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El poeta y la boxeadora

Publicado: 17 febrero 2013 en Alejandro Toledo
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Cuenta la boxeadora:

—Yo, don Jaime, descubrí sus poemas hace apenas tres años. Mi papá era encargado en una pulquería y llegaba gente que le decía, por ejemplo: “Deme tantos litros y le dejo este cinturón”. Y así le iban dejando cosas. En uno de esos intercambios se quedó con un tomo en pasta dura roja que contenía poemas, aún lo conservo, y en él venía el poema Los amorosos. Era una antología de poesía mexicana preparada por Carlos Monsiváis. Tanto me conmovieron esos versos que cuando encontraba el poema en algún libro doblaba la esquina de las hojas. Luego busqué la obra reunida, el Nuevo recuento de poemas (1977), que me gusta muchísimo.

Escucha el poeta y confiesa a su vez:

—Pues más o menos fue cuando te conocí, Laura. Entonces ya te hacían entrevistas en la televisión y en los periódicos. Fue cuando ibas a pelear por el campeonato. Lo recuerdo muy bien.

Así, poeta y boxeadora, Jaime Sabines y Laura Serrano, celebraron un único encuentro. Fuera del cuadrilátero y los libros, round por round, verso a verso (como diría Antonio Machado), la charla ocurre.

***

Recuerda la boxeadora que el jueves 24 de septiembre de 1997 llegó a la sala Nezahualcóyotl, de la Universidad Nacional, pues quería escuchar al poeta Jaime Sabines. Encontró las puertas de cristal cerradas, y cientos de muchachos afuera sin esperanzas de poder entrar. Se quedó entonces pegada al cristal, resignada a seguir los versos del autor de Horal, Tarumba y Diario semanario desde las bocinas que habían instalado en las afueras de la sala. Mas la puerta se abrió de pronto y alguien dijo:

—Siete personas más.

Y logró pasar.

El poeta también tiene imágenes de esa jornada.

—Me conmovió ver un video de lo que ocurrió afuera de la sala Nezahualcóyotl porque era una multitud de estudiantes, como si asistieran a un partido de futbol —recuerda Sabines.

Antes de la lectura, se acercó al poeta el coordinador de Difusión Cultural de la Universidad Nacional y le pidió:

—Don Jaime, por favor, diga usted algunas palabras a los muchachos que están afuera, tenemos miedo de que vayan a romper las puertas.

Sabines dijo:

—Les agradezco mucho a todos su presencia, y especialmente a los que están afuera, a los que no alcanzaron a entrar.

Completa Laura Serrano:

—Sí, dijo que no importaba que no lo vieran, que sólo lo escucharan, pues en realidad no valía la pena verlo —recuerda la boxeadora.
—Y eso tranquilizó a todos.
—Y después pidió usted que prendieran las luces —dice Laura.
—Una vez en Guadalajara me ocurrió que las luces estaban apagadas —relata Sabines —. Leía un poema y la sala se quedaba en silencio; leía otro y lo mismo… Así leí como cinco poemas, hasta que no aguanté. “Voy a hacer un breve paréntesis”, les dije. “En primer lugar pido que me enciendan la luz, pues quiero hablar con gente no con sombras. En segundo lugar creo que no están escuchando una ópera sino poemas, y quiero que la comunicación se establezca entre ustedes y yo. Si no les gusta el poema tírenme un tomatazo, pero si les gusta, aplaúdanme”. Se rompió el hielo, pero antes estuve como media hora molesto porque no me gustaba ese silencio. El poema debe provocar una reacción, lo debemos sentir inmediatamente.

***

De la lectura de poemas se pasa a la historia en los cuadriláteros. Sabines, el poeta, se interesa, comenta, exclama, interroga…

Laura Serrano relata:

—Mi presentación a los medios de comunicación fue cuando iba a pelear contra Christy Martin en Las Vegas. En esa función participaron Julio César Chávez y Ricardo Finito López. La gente decía que iba a ser una pelea muy dura para mí, prácticamente iba como carne de cañón: no tenía peleas profesionales y ella llevaba treinta con tres nocauts y tres campeonatos mundiales.
—¡Hijo!
—Era el diablo arriba del ring. Yo tenía confianza en mi preparación, en mi trabajo…
—¿En tu pegue?
—Fíjese que no tengo mucho pegue, tengo más técnica… Y esa niña pega como hombre, durísimo —dice.
—¿Y sí te alcanzó a dar?
—Me conectó un golpe en la mandíbula… —responde.
—Te pescó.
—…que hasta las piernas se me doblaron. Fue rápido: la abracé, llegó el réferi y nos separó, y para ese instante ya me había recuperado. Pega durísimo.
—¿Y le ganaste la pelea?
—Se la gané, maestro, pero dieron empate. ¡Cómo la estrella iba a perder con la debutante y, para colmo, mexicana! En los periódicos me presentaban como “La mexicanita”…
—Un racismo cabrón…
—Aun así le gané, aunque dieron empate. Fue bueno porque a partir de eso me clasificaron para pelear por un título mundial. No tuve que pelear con todas las demás porque me enfrenté a la mejor.
—Después de eso fuiste por el campeonato, ¿verdad?
—Sí, en 1995, también en Las Vegas —contesta.
—Y allí sí ganaste.
—Ajá. Fue contra una irlandesa muy alta, delgada, fuerte y de mucha experiencia: ella tenía catorce combates, y el mío era el segundo. Estuvo muy difícil esa pelea.

***

El poeta entrevista a la peleadora.

—Cuéntame, ¿qué te dio por el boxeo? —pregunta.
—Fíjese que no me gustaba…
—Tú ibas a la escuela primaria…
—Sí.
—Y allí no tenías ni idea de lo que era el boxeo…
—Desde los siete años iba a nadar, me encantaba. Lo seguí haciendo durante la secundaria, la preparatoria y los primeros semestres de la carrera de Derecho. Pero me ocurrió en la natación que competía y no ganaba, y mi deseo era ganar. Dejé la natación por el futbol soccer, y lo practiqué tres años. Era muy duro, más que el boxeo: me fracturaron la nariz dos veces, siempre llegaba cojeando…
—Caídas, golpes, patadas…
—De todo.

Continúa la boxeadora el cuento de su descubrimiento de los guantes.

—Pasó esa época del futbol y un día me dijeron unos amigos: “Vamos a conocer el gimnasio del estadio Olímpico”. Acepté. Íbamos al gimnasio de pesas, que está entrando a la derecha, pero me distraje con el de boxeo que está a la izquierda. Me sorprendí al descubrir a una muchacha güerita, delgada, bonita, que estaba entrenando. Seguí su entrenamiento. Hablé con ella y me explicó por qué le interesaba. “¿Y yo puedo hacerlo?” “Claro, habla con Toño”. “Pero sólo quiero entrenar, nada de peleas”. Y así comencé: no subía al ring, pero me entrenaba como si lo fuera a hacer. Y ya ve lo que dicen: que no se ama lo que no se conoce. Y empecé a conocer el boxeo, los nombres de los golpes, cómo pararse, y me gustó.
—Te vas a subir al ring —ordenó un día el entrenador a Laura.
—No, no me subo. Tengo la nariz fracturada —le dijo ella.
—Te vas a subir y no te van a pegar —le indicó otra vez el entrenador.

Y la subieron con un muchacho para que intercambiara golpes. “Nos protegimos en el primer round. No recuerdo en el segundo qué golpe le di y él me lo respondió. Me enojé entonces, pero no hice nada”.

—Laura, aunque sea tira un golpe —gritó el entrenador.

Pensó la boxeadora: “¡Cómo que aunque sea un golpe! ¿Cree que no puedo?”. Tiró el golpe y el muchacho se lo regresó. En el tercer round le dio fuerte y ya no paró. El entrenador se reía. Los que estaban en el gimnasio se acercaron al cuadrilátero y vieron cómo casi tiraba al compañero.

Laura se dijo: “Esto me gusta”.

El cuento de la boxeadora es escuchado con atención por Jaime Sabines, el poeta.

***

—¿Y a usted le gusta el boxeo, maestro? —pregunta Serrano.
—Sí, mucho. Desde chamaco me gustaba ir a ver las peleas.
—¿Lo practicó?
—Nunca. Jugué basquetbol, y me gustaba la natación. Nadador sí fui de chamaco, y muy bueno, pues vivía yo cerca de un río. Me iban a reprobar en la escuela primaria porque en lugar de irme a las clases me iba derechito al río Sabinal, que así se llama el río de Tuxtla. La natación era un vicio para mí —dice Sabines.
—Tengo una amiga que es admirable como deportista —comenta Laura Serrano—. Ella ha cruzado cinco veces el Canal de la Mancha, y una lo hizo de ida y vuelta.
—¡Híjole!
—Y el año pasado rompió el récord de las veinticuatro horas. Mi amiga se llama Nora Toledano.
—Sí, recuerdo haberla visto en televisión, ¡chingona vieja!
—Admirable, maestro. Por cierto me dijo que lo saludara de su parte. Ella también lo ha leído, lo admira.
—Sí, la conozco, la estimo, la vi por televisión esa vez que nadó veinticuatro horas… A mí me encantaba la natación. Y crucé no el Canal de la Mancha pero sí el río Grijalba, que ya son palabras mayores. En la alberca del parque Madero nadaba tres, cuatro, cinco mil metros, sin cansancio. Lo que es la vida, ahora nado cuarenta metros y ya estoy sacando el bofe.
—¿Qué boxeadores le gustan, maestro? —pregunta Laura.
—Todos los grandes que ha tenido México. En esa época eran Casanova, Kid Azteca… Y, claro, oíamos por la radio las peleas de Henry Armstrong, las defensas de Joe Louis… Esto fue cuando yo era chiquito. Siempre me gustó mucho el boxeo… verlo, claro —dice Sabines.
—¿Y le gusta verlo en vivo?
—Sí, de chamaco iba a la arena.

***

Sigue la boxeadora, a la que han llamado La poeta del ring.

—No me gusta decir que escribo poesía, más bien pongo en el papel lo que siento… Y le escribí algo, maestro —sorprende la pugilista.

Mientras Laura Serrano descubre sus cuartillas, Jaime Sabines pasea un cigarro de plástico y explica:

—Cumplí mis bodas de oro con el cigarro: empecé a fumar en 1945 y lo dejé en 1995.
—Yo no aguanto el cigarro —dice Laura Serrano—. Me da náuseas oler el cigarro.
—Y yo no podía vivir sin él. Fue muy difícil dejarlo, fue un tormento. Ahora conservo éste de plástico, por el vicio de la mano.

Y la boxeadora lee:

Sabines, sangre, ausencia,
palabra muda, rosa muerta,
destino lento, amargo.
Tu poema está a mi lado
y yo te lo agradezco…

La lectura ocupa ocho, diez minutos. El poeta Sabines toma luego las cuartillas y sigue el texto línea por línea.

—¿Y le gustó? —pregunta, nerviosa la boxeadora.

Jaime Sabines responde con un interrogatorio.

—¿Normalmente cómo escribes? ¿Con asonancias, consonancias y todo eso?
—En realidad no sé.
—Entonces escribes de manera natural. Para ser poeta necesitas estudiar. En la poesía hay dos cosas: el don natural, con el que se nace; y el oficio, que se aprende. Es como aprender a hacer zapatos.

El poeta aconseja a la boxeadora cómo dar golpes contundentes con los versos.

—Se ve que tienes oído, pero no has leído nada, no tienes cultura poética. ¿A qué poetas has leído?
—A Pablo Neruda, Mario Benedetti, Amado Nervo, Rubén Darío, Elías Nandino… —dice Laura.
—Pero es muy escaso. Está bien Darío, pero hay cuarenta poetas posmodernistas más que no conoces: Luis G. Urbina, Manuel José Othón, Manuel Acuña… ¿Has leído a Huidobro? Tu cultura es escasa. Te dedicaste a estudiar leyes pero… Para llegar a ser buen poeta se necesita trabajo, oficio, disciplina. Así como aprendiste a boxear, así hay que aprender a escribir.

Y el resto en la conversación es sólo literatura.

Al final de esta historia Lino Portillo Cabanillas se quedará solo, enfurecido y con la idea de que lo van a matar.

Pero eso sucederá hasta el final porque en estos momentos, esta noche de jueves 6 de febrero de 2003, apenas le están informando que un juez le dictó el auto de formal prisión. Le dicen que el homicidio no se libra sólo con una fianza.

Por las maldiciones que arroja para sus adentros y por ese sabor a cobre que dice tener en el paladar, pareciera que lo acaban de desahuciar.

Por si fuera poco, otra situación lo saca de quicio: en la enfermería del Cereso de Culiacán, su celda hasta que le cicatrice esa nalga derecha reventada por un balazo en una emboscada, cuatro agentes del Ministerio Público de Sonora -allá debe otras muertes-, le leen declaraciones que lo inculpan en asesinatos y una docena de secuestros, como las del reo Guadalupe Atienzo Peinado, todavía en octubre pasado presunto compañero de Lino.

Dicha declaración espanta: habla de matanzas en las que habría participado Lino y donde incluso niños terminaron con el tiro de gracia; de ejecuciones donde autoridades y la prensa han vinculado a los Arellano Félix (“fui escolta de Benjamín”, declaró apenas el 3 de febrero cuando fue arrestado); de secuestrados que fueron asesinados y enterrados sin pudor alguno; de policías ejecutados y hasta de familiares que sólo matándolos dejó de odiar.

Lino niega casi todo, salvo el asesinato de una bailarina que fue su pareja. “Me agarraron de bajada, todo me lo achacaron a mí. Me puse nomás de moda”, se defiende.

Su expediente criminal que autoridades de cuatro estados del país han ido integrando (donde también se incluyen rumores), lo resumió quien coordinó todo el operativo para arrestar a Lino en la sierra de Baridaguato, el director de la Policía Ministerial de Sinaloa, Jesús Aguilar: “Es la historia de un hijo de la chingada”.

* * *

Lino Portillo Cabanillas, según los primeros estudios del Cereso:

Cocainómano desde los 16 años, alcohólico cada tercer día, presión arterial de 110/70, 90 kilos repartidos en 1.80, sicópata, un mercenario, una hermana epiléptica, una esposa (María Cruz Medina Pérez) arrestada en Sonora por el delito de secuestro, seis hijos pequeños con tres mujeres, estudió hasta quinto de primaria porque supo que era mejor andar de pistolero en El Tabachín, municipio de Baridaguato, donde nació el 23 de septiembre de 1968. Lino firma de acuse de recibo.

Lino, según los expedientes de la Policía Ministerial de Sinaloa:

En Sonora se hacía llamar Manuel Camacho Espinoza. En Tránsito de Culiacán se registró como Armando Araujo Almodóvar y así obtuvo su licencia para conducir. En Tijuana y en El Tabachín le decían Lino El Güero Quintana, porque bien dicen Los Tigres del Norte en la Banda del Carro Rojo que ese tal Lino no sabe cantar, no confiesa, pues sabe que el contrabando y la traición son cosas incompartidas.

Dos órdenes de aprehensión en Sinaloa. Una de ellas data de enero de 1990. En esos días la empacadora Chico Ruiz, en Mocorito, fue robada. Dos policías judiciales y un agente de seguridad resultaron asesinados. Hubo dos detenidos. Y Lino fue señalado como el orquestador del robo.

-Ni madres -dice 13 años después, rengueando, con su mano derecha conectada al suero y al antibiótico que le ayudan a recuperarse después de que una bala de grueso calibre de uno de sus enemigos intentó matarlo en el monte hace apenas unos días-. Puras mentiras, no hay pruebas.

Lo mismo dice sobre la segunda orden de aprehensión que se libró en su contra por el delito de homicidio intencional. Al comerciante Juan Aparicio Astorga lo mataron el 16 de mayo de 1998 cuando conducía su Grand Marquis blanco. Uno de los tres sicarios detenidos, confesó en su momento que Lino le había pagado 20 mil dólares por ejecutar a Astorga. El matón no puede reiterar su declaración, porque tan luego entró al penal de Culiacán fue asesinado.

Lino podrá contravenir tal la versión, pero en unas horas el juez sexto de primera instancia se basará en este expediente para dictarle el auto de formal prisión.

“Me quieren chingar, eso es lo que pasa”, dice Lino, mientras se atraganta de carne deshebrada con frijoles y que empuja con un vaso con agua de la llave. “No soy tan malo”.

-Pero mató a una bailarina, ¿no?

-Ah, pero fue en defensa propia. Se me echó encima y tuve que echarle dos tiros -dice y recuerda que de eso hace cuatro meses, allá en Ciudad Obregón, de donde huyó para refugiarse en la sierra de Baridaguato.

Aquella vez, según las autoridades sonorenses, Lino, su esposa, su amante la bailarina y otros tres hombres secuestraron a un militar, a un policía y a un testigo del plagio. No les pagaron el rescate de 200 mil dólares y los tres plagiados terminaron muertos y enterrados.

Al detener a algunos de los secuestradores, se supo que la bailarina Érika Albinera también murió; su cuerpo fue encontrado sobre la carretera; estaba calcinado.

-¿En defensa propia? Si ya la había matado para qué la quemó.

Se toma su tiempo Lino y luego dice.

-Bueno, ahí sí la cagamos. Aquella vez andábamos muy locos, muy drogados y pos perdimos el control. Ella también se alocó. Pero, en verdá, no soy más malo quel hambre. ¿A poco se ve que soy un hijo de la chingada?

Ciertamente, conectado a tantas sondas, parece un títere que da pena, aunque no por ello deja de asustar. El comandante Polanco, el que arrestó a Lino y está presente en la entrevista, le refutaría: “Si tu papá es un buen hombre, por qué no sacaste nada de él. Eres la pura maldad, bato”. Y Lino se sonríe.

Jesús Aguilar, el director de la ministerial, ya nos había advertido que Lino declaraba ya ser “un cabrón a toda madre, un ángel de Dios”, pero nos mostró testimonios de pobladores de Baridaguato donde Lino era, sencillamente, el azote de la región.

Unos le declararon a Jesús que desde hacía unos meses, Lino les exigía dinero con el dedo en el gatillo. Otros, los que se negaban, sufrían el secuestro de un familiar, siempre un niño o un anciano. “Por eso cuando lo arrestamos dijo Aguilar la gente nos comentó que, por el bien de todos, nunca lo dejáramos en libertad. Si regresa se lo van a chingar”.

* * *

Cuando lo arrestaron, Lino estaba tumbado sobre un petate en plena sierra de Baridaguato, su refugio para las emergencias. No podía moverse por el balazo en la nalga derecha que dos días antes recibió. Su madre le había llevado lo necesario para sobrellevar el dolor: Xilocaína, neo-melubrina, isodine, suero y valium.

También tenía una 38 súper, pavón negro “porque en el rancho siempre hay que andar empistolao”, con una cacha de plata y un águila grabada en oro; la policía dice que es el arma de todas sus muertes.

Hay medios que han publicado que la policía dio con Lino gracias a las versiones de otra de sus amantes, Célida Gastélum, una profesora rural de kinder que también fue herida durante la emboscada contra Lino y ahora está en una cama de hospital y prefiere abstenerse de hablar con la prensa.

“Se enamoró de mí por lo guapo que estoy”, diría Lino con arrogancia de puro macho.

La verdad, dice Aguilar, la mujer sólo ayudó en la ubicación en la sierra, porque el Grupo Antisecuestro de Ciudad Obregón ya le seguía la pista a un escurridizo Lino. Por ejemplo, encubiertos como camarógrafos que filmaban fiestas, los agentes grabaron a Lino en varias bodas y 15 años donde él fue el padrino, donde él pagaba todo.

Pidieron ayuda a las autoridades de Culiacán para que en sus archivos buscaran dos alias que usaba en Sonora. Cuando reconocieron la fotografía en una licencia, la suerte de Lino estaba echada.

Herido, Lino se arriesgó a que Célida viajara a Culiacán y diera los pormenores a la policía. Sabía que si se quedaba un día más en la sierra podrían rematarlo sus enemigos. Y sólo con nueve balas, pues el cuerno de chivo lo había perdido en la balacera, hubiera terminado como carne para los perros.

* * *

Lino asegura que la policía ministerial lo golpeó y fue obligado a declarar que fue pistolero de Benjamín Arellano Félix. Durante la entrevista, Lino y el comandante Polanco sostendrán una discusión al respecto. El agente lo dejará sin argumentos.

Lino pudo haberlo declarado durante la conferencia de prensa donde fue presentado, pero fue hasta que lo trasladaban cuando espontáneamente comentó a los medios locales que trabajó para “El Mín , el señor que arrestaron hace poco”, que éste le pagaba 10 mil dólares a la quincena por ser su pistolero, que para esa labor lo recomendó su paisano Jesús El Tesoro Ariel Salazar, que bien conoció a José Humberto La Rana Ramírez Bañuelos, lugarteniente del cártel de Tijuana ya también preso, que andaba con Benjamín el día que el cardenal Jesús Posadas Ocampo fue ejecutado, que ese día “se desafanó” de Benjamín, pues éste le dijo “que había valido verga todo”, que desde entonces sembraba mariguana en Yécora, Sonora.

Todo es falso dice 72 horas después de esas declaraciones.

“No tuve nada que ver con ellos, ni los conocí. Yo sí conozco Tijuana, pero porque allá vendía autos usados, a eso me dedicaba. Y en Sonora tengo una casita, pero sólo de descanso. Las casas que compré fue por trabajo honesto. La que tengo en Tijuana la presté a unos familiares que no tienen ni para tragar. Le digo que no soy tan malo”.

-Pero la policía hasta asegura que usted fue compadre de Ramón Arellano.

-No, el compadre de Ramón fue mi hermano Armando. Él era más chico que yo. Él sí fue su pistolero. A él lo mataron por defender a Ramón en Puerto Vallarta -se refiere a aquella madrugada del 8 de noviembre de 1992 en la disco Christine, donde gente del Chapo Guzmán tenía la misión de matar a los Arellano Félix.

-¿Y su hermano nunca lo presentó con los Arellano Félix?

-Bueno, sí. Iba a sus fiestas allá en Tijuana. Pero hasta ái. Nunca tuve una relación con ellos. Si luego hasta Ramón me quería matar.

-¿Y eso, por qué?

-Porque pensaba que trabajaba para El Mayo Zambada, pero no, yo sólo me dedicaba a cuidar mi ganado, allá en Baridaguato. No le hacía mal a nadie, si me tenían miedo era por las habladas, de que yo andaba con mucho matón.

-Se dice que traías unos cinco lugartenientes -interviene un agente ministerial.

-No, poco más.

-¿Y cómo supo que Ramón quería matarlo?

-Pues ya ven, los rumores que le llegan a uno.

Los rumores, también dicen que Lino habría estado en la ejecución de 12 hombres incluyendo niños en El Limoncito (ocurrida el 14 de febrero de 2001, en la sierra norte de Sinaloa). Al menos eso declaró Atienzo Peinado, aunque no ha sido comprobado.

Según las palabras de Atienzo (arrestado por secuestro), a Lino le gustaba hablar de más cuando estaba ebrio. Esas veces les dijo que lo de El Limoncito, “fue para que El Mayo Zambada sintiera lo que era le mataran a un familiar, pues Lino quería vengar a su hermano” Armando. Pero esos ejecutados no eran familiares de El Mayo , sólo trabajaban para él sembrando mariguana.

También Atienzo declaró que Lino había matado a un cuñado “porque lo quería entregar a las autoridades”. Que asesinó a un comandante de la Federal Preventiva en Mazatlán “por instrucciones”. Y que “había disparado” durante la ejecución en el Rancho El Sauzal, ocurrida el 17 de septiembre de 1998, donde 19 personas recibieron el tiro de gracia por una supuesta deuda de droga entre los Arellano Félix y Fermín Castro.

En esta historia, considerada la más sanguinaria del narcotráfico (pues entre los muertos había mujeres embarazadas y niños), sí hay orden de aprehensión contra Lino.

“Todo eso fue como un complot contra mí”, asegura Lino, quien todavía no tiene abogado, salvo el consejo de sus hermanas que ya lo han visitado y le regalaron un short y una playera que dice Culiacán, los mismos que ahora trae puestos. “Todos me tiraban. Era el malo favorito. Yo nunca haría eso de matar niños, también tengo hijos. Por Dios santo que no hay pruebas”.

-¿Y cómo explica que los que declaran en su contra dan bastantes detalles suyos?

-Pos sabe. Hubo un momento que hasta quise entregarme para aclarar las cosas, pero ya sabes que a la policía no hay que tenerle confianza.

-¿Qué le va a decir al juez para defenderse?

-Lo mismo que les digo a ustedes. Tarde o temprano muchas cosas no van a ser ciertas. La Virgen me va a cuidar.

* * *

Cuando Lino despidió de mala gana a los cuatro agentes del Ministerio Público sonorense y volvió a quedarse solo, estaba ya perdiendo los estribos. Le comentamos lo que el propio comandante Gómez, el encargado de la seguridad del penal, había dicho: “Hay gente en esta cárcel a la que Lino traicionó y hoy quiere verlo muerto”.

-Ya lo sé chingá, esta cárcel es un desmadre -atajó Lino, rascándose la rojiza barba-. Por eso quiero que me lleven pa’Almoloya.

Pero a estas horas la gente de la UEDO ni siquiera se ha parado en el penal; el capitán Pedregal, director de Readaptación Social en el Estado, ve que pasan los días y los reos del penal de Culiacán se están alborotando.

-¿Y se queda aquí, Lino?

-Pues soy hombre muerto. Esos cabrones me van a chingar.

-¿Quiénes?

-¿Cómo quiénes? Los matones del Mayo Zambada y otros. No te digo que también Ramón (Arellano) me traía ganas.

-¿Y por qué Ramón, si usted mismo declaró que trabajó para Benjamín Arellano?

-¡Que la chingada! Ya te dije que la policía me forzó a decir que fui pistolero de Benjamín, pero no es cierto- y se tumbó en el catre donde duerme; la boca le temblaba, tartamudeaba, tantas malas noticias y tantas preguntas durante el día lo habían hartado, le habían arrebatado toda aquella ligereza con la que hablaba-. Ya estoy hasta la madre de que vengan toda una bola de cabrones a pregunte y pregunte, como si fueran la ley y no periodistas. Tengo otras cosas en qué pensar en lugar de estar hablando con ustedes.

-¿En qué?

-¿En qué? Pues en qué crees: en librarla.

Posdata:

Lino no la libró. Cuatro días después de la entrevista fue encontrado muerto en su celda. La versión oficial es que terminó suicidándose, que se colgó. Off the record , un comandante dijo que, en realidad, había sido asesinado. Más de diez familiares de Lino también fueron ejecutados en los días posteriores. El comandante que comandó su arresto, Jesús Aguilar, resultó protector del Mayo Zambada; ahora está prófugo o muerto.

Ana, nombre ficticio empleado para proteger su identidad, fue secuestrada durante cinco días, 120 horas en las que conoció de cerca una estación en la que la vida parece perder todo sentido. Hoy, meses después de que ha visto, frustrada y perpleja, cómo la negligencia, la corrupción y el desdén de las autoridades han permitido que sus plagiarios sigan libres, acepta contar en Larevista la historia de esos momentos de espanto. Este es su relato, verídico, directo, de primera mano.

1.- Tengo enfrente de mí el retrato de Mario Alberto Bayardo Hernández, el hombre que me secuestró durante cinco días. En este instante del 2 de febrero de 2004 vuelvo a mirar el rostro de quien también me violó. Del hombre que forma parte de la infame lista de los diez más buscados en México. Del hombre cuya fotografía ha sido colocada en algunos espectaculares de este Distrito Federal, el hábitat natural de Bayardo, aunque la otra mitad de su vida la divida en Tlaxcala.

Es el mismo secuestrador que ha sido llevado tres veces a las prisiones capitalinas, pero extrañamente siempre queda libre y regresa a liderar la banda que lleva su apellido. Es el sujeto que tiene negocios de lavado de autos y es dueño de microbuses en el área metropolitana, según la PGR. Es el hijo de Alberto Bayardo Rosales, y el padre de Geraldyn Alberto, detenidos por ser los plagiarios de Laura Zapata y Ernestina Sodi.

Es El loco. Así lo apodé durante mi cautiverio. Juro que es el que hace 60 días, a principios de diciembre, me apuntó con un revólver y me dijo que lo abrazara como si fuera su novia.

Era de noche. Yo estaba a media cuadra de la casa de Marcelo Ebrard, el jefe de la policía capitalina que se jacta de que en su colonia, la Del Valle, no hay secuestros. ¡Ah! Es él. ¿Cómo diablos olvidas al cabrón insano que, al final, prometió buscarme para ver si, de casualidad, me enamoraba de él?

Y la foto que miro es reciente. Se la tomaron el 13 de noviembre de 2003, cuando la PGR anunció que había detenido al azote del sur de la ciudad. Sonará insólito, pero veinte días después ya estaba libre… secuestrándome.

Es él: su barba de candado que me restregó en el pecho; su clara piel que tanto deseaba que yo observara cuando me violó; sus ojos verdes que te asustan; y su ancho cuello que me obligó a acariciar.

Seguramente la playera amarilla que viste en el retrato tamaño infantil huele a suavizante de telas, su irremplazable aroma que aún tengo pegado a la nariz. Y aunque sus gordas manos no se aprecian, quizá traía ese carísimo reloj Audemars Piguet que alcancé a mirar, ya en la parte posterior del auto en el que me trasladaron a una casa de seguridad. Una casa que era el infierno.

Es él. El primer y último rostro que miré, porque entonces me colocaron parches sobre los ojos.

* * *

Aquella noche del 2 de febrero Ana telefoneó al policía judicial que le asignó la procuraduría capitalina y que ella llama Pejota. Aturdida, le contó lo de la foto de Bayardo. Le dijo que era el mismo que ella había descrito en el retrato hablado.

El Pejota le comentó con su desenfado de siempre: “¿A poco todavía no te das por vencida?”.

Semanas después, cuando un conocido le llamaría para decirle que en ese momento su secuestrador estaba en una plaza de toros, Ana recurriría a las autoridades federales, a la Agencia Federal de Investigación, en particular, que por esos días alardeaba de estar desmembrando bandas de secuestradores. Pero al final, terminaría hundida en la frustración.

* * *

2.- Desde antes de salir de aquella venta nocturna del Palacio de Hierro en Santa Fe, le dije a mi prima (que entonces iba a la mitad de un embarazo) que me sentía angustiada. Ella lo atribuiría a que tardamos casi diez minutos en encontrar en el estacionamiento el Clío negro, propiedad de la compañía en la que yo trabajaba.

Pero aquella ansiedad no me abandonó. Osciló. Bajó cuando dejé a mi prima en su casa, allá en Polanco, y un vigilante me deseó suerte.

Creció cuando estacioné el Clío, justo en la esquina de la calle donde vive Marcelo Ebrad. Bajé con mis bolsas del Palacio de Hierro. Abrí la reja de mi casa. Y miré la hora por última vez: las 10:45. Entonces, atrás de mí se escuchó un ruido tremendo, como si hubiera entrado un ventarrón.

3.- Eran dos tipos. Vestían trajes impecables, con mocasines. Sólo uno se agachaba y se cubría con una gorra que no cuadraba con su ropa.

Entonces el del traje gris, el de la barba de candado, el que apodé El Loco, el que ahora sé es Bayardo, sacó un revólver y, educadamente me dijo con su vozarrón que me volteara, que a partir de ese momento debía cerrar los ojos.

Dejé de verlo hasta que me arrancó las bolsas, me pidió el celular que me acababa de enviar un amigo de Europa y me colocó sobre los ojos la gorra de su acompañante. Durante los cinco días que duraría mi cautiverio no volvería a ver el rostro de nadie.

Me tumbaron en la parte posterior del auto. Reconocí que era el Clío por mis olores. El Loco recargó su codo y brazo sobre mis ojos y se acomodó en el asiento con los pies apoyados en mí. Me dejó en una posición tan incómoda que no podía respirar. Y yo sintiendo que el corazón se me salía.

El Loco trató de calmarme: “No te preocupes, tú eres una dama y nosotros unos caballeros, no te va a pasar nada”.

Le dije que se llevara todo, pero que me dejara ir, que toda mi riqueza estaba en mi bolso: tarjetas de crédito boletinadas por tantas deudas. “Nosotros no somos pinches raterillos y ya cállate”.

Y entonces sentí que algo se cerraba en mi espalda. Muchos pensamientos se desbocaron en mi cabeza: ¿me están confundiendo?, ¿así son los secuestros exprés?, ¿harían conmigo una snuff movie o sólo es una violación?

Salí de mis cavilaciones cuando El Loco empezó a acribillarme con preguntas: que si la mujer que había dejado en Polanco era mi hermana, que si no me había fijado que me perseguían desde Santa Fe, que dónde trabajaba, que si el carro era mío, y que qué inconciencia la mía de andar tan tarde en la calle…

Para cuando me pasaron a otro auto, un Jetta rojo, supe lo que es que los músculos ya no te obedezcan, que ni siquiera tengas fuerza para lanzar un grito; que tu cuerpo, desde ese momento, ya no te pertenece. Que has perdido la capacidad de oler y escuchar. ¿Ver? Jamás, los parches elaborados con gasa te clausuran los párpados. Eso sí, el aire frío fue la única realidad palpable.

Calculo que el traslado a la casa de seguridad habrá durado un par de horas. Casi todo fue en línea recta. Cuando nos estacionamos, El Loco me envolvió y alguien me cargó, pero me resbalé de sus brazos y mi cintura dio directo al filo de la baqueta. Escuché el vozarrón de El Loco reprobándolo y gritándole que tuviera mucho cuidado conmigo, pues me había convertido desde ya en la mujer de sus sueños.

Me llevaron a un cuarto, me aventaron en un colchón, me cambiaron los parches de los ojos por unos más grotescos y entonces llegó un hombre que dijo ser médico. Me obligó a desvestirme y, mientras hacía un registro minucioso de cada cicatriz en mi cuerpo, me dijo que sólo buscaba si no traía “un arroz”, un chip localizador. Luego me habrán pasado un escáner, que sonó en mi tobillo y se enojaron.

“¡Sí trae arroz, sí trae!” y alguien cortó cartucho. Pero el doctor lo detuvo: se dio cuenta que era un viejo clavo que une mis huesos desde la adolescencia.

Cuando terminó la revisión, El Loco me dijo dos cosas: Una: “Estas son la reglas: Si te pones loca, te madreamos. Si tratas de huir, te matamos. Si te quitas los parches, te matamos. Si te portas bien, verás que esto nunca ocurrió”.

Y dos: “Ya hablamos con tu papá, mi amor. Que regreses a casa depende de él. Porque, bueno, no te he dicho, pero estás secuestrada”.

Entonces me enrosqué en el colchón y tomé la cobija como si fuera un estúpido escudo. Ese fue mi pequeño mundo en cinco días.

* * *

El primero de la familia que se enteró del secuestro fue el padre de Ana, un profesor. Eran las tres y cuarto de la mañana cuando sonó el teléfono. El Loco fue breve: le exigió un millón de pesos de rescate y se disculpó de que le estuviera pidiendo dinero y no la mano de su hija.

También le dio instrucciones de dónde recoger el Clío negro y le advirtió que se lo devolvía a cambio de que la empresa donde trabaja Ana no levantara denuncia alguna.

El profesor se comunicó con algunos jefes de la policía que fueron sus vecinos. Y ellos mismos le recomendaron que no denunciara, que era mejor juntar la mayor plata posible -que no llegaría a más de 50 mil pesos-. Sería hasta el sábado cuando el secuestrador volvería a telefonear.

* * *

4.- Chavo, al que fue asignado mi cuidado, me contó por qué la casualidad me condenó al secuestro: iban por otros jóvenes, pero no pudieron alcanzarlos. Y estaban tan frustrados que de pronto apareció el Clío negro con una mujer a bordo. Chavo terminó compartiendo la soledad de mi encierro.

5.- La primera noche fue de insomnio.

Te sientes cómo te invade un vacío inconmensurable. Estás en el desamparo total.

6.- Chavo no pasaba de los 18 años. Y se identificó conmigo por una simple razón: él era adicto a la cocaína y yo había trabajado en una clínica de adicciones. Eso me funcionaría durante el cautiverio: gracias a la confianza que le inspiré, se abstuvo de aturdirme con tranquilizantes.

Y poco a poco fueron regresando mis sentidos. Agucé el oído lo más que pude para escuchar mi entorno: oía los rugidos de los autos o los rumores de tráilers, y me imaginaba que estaba a orilla de una carretera. Oía los programas de la televisión, y me ayudaba a calcular las horas.

Pero también escuché otras cosas.

Como una radio de banda que soltaba claves como “R10″, “R30″, o “un 24 en la 12″. Luego me enteraría que son contraseñas de la policía.

O como aquellos gritos de adolescentes que duraron toda esa noche y que Chavo me explicó el por qué: “Son dos morritas que traían un Jaguar. Ahorita están gritando porque las están violando. Pero no te angusties, le gustas al jefe y nadie te va a hacer daño. Salvo él, si se pone loco”.

Cada vez que fui al baño escuché llantos y los televisores o radios encendidos. Me imaginé los infiernos de cada uno. Chavo me dijo aquella noche que tenían “casa llena” de “visitas”, como nombran a los secuestrados.

7.- A la mañana siguiente, se escucharon helicópteros. Chavo me pegó una pistola en la cabeza y me dijo que, si era la policía, tendría que matarme, pues era mejor que lo condenaran a diez años por homicidio que a 40 por secuestro.

Los helicópteros se fueron. Chavo me pidió una disculpa y luego me dejó tocar la cacha de su pistola: ahí tenía grabada la imagen de San Judas Tadeo.

8.- Hablamos Chavo y yo de muchas cosas el día dos de cautiverio:

Que él ya tenía tiempo en este negocio. Que ganaba bien. Que compraban las revistas Caras, Quién y los suplementos donde los ricos son fotografiados en toda su altivez, para aprenderse bien los rostros de a quién van a secuestrar, pues ellos sólo raptan a gente adinerada.

Que, claro, también son matones. Que las banditas que han surgido son unos improvisados y ponen en riesgo el negocio, y que de ahí que ellos delaten a esos espontáneos con la policía. Que buena parte de los jefes policiacos en el centro del país son sus protectores. Que cuando los detienen deben tener lista una millonada para ofrecérsela al juez. Que ellos sólo plagian a mujeres y a jóvenes, sobre todo en antros como El Alebrije o el Palmas 500…

“A los viejos con dinero, los dejan morir sus hijos. Y las esposas, rencorosas, terminan por darnos las gracias”, me explicó.

Todavía lo escucho contándome una insalubre historia:

“Nos comunicamos con la esposa de un secuestrado y nos dijo que ojalá lo matáramos. La verdad nos dolió decirle al señor y hasta nos pusimos a sus órdenes por si quería que le echáramos bala a la pinche vieja desgraciada. Un compadre de él fue quien pagó el rescate. A la semana siguiente, leímos en el periódico lo de un asesinato de una mujer. Era la esposa. Ese güey la mató. ¿Imagínate al pinche loco que teníamos aquí? Por eso nos vamos con las morritas y los chavos, porque se ponen pedos, nos facilitan las cosas y por ellos sí pagan”.

9.- Otra noche de insomnio y de espanto: otros de la banda, inestables y brutales, empezaron a golpear a un joven; escuché su llanto. En eso entró Chavo muy agitado y me dijo que me pusiera a rezar con él, porque sus compañeros estaban drogados y ya habían matado a un secuestrado.

Dejé de rezar después de varias horas cuando escuché a El Loco: “¿Buenos días, mi amor, qué quieres de desayunar?”.

El desayuno fue una violación.

10.- El sábado llegó El Loco azotando la puerta y con un rostro enloquecido me dijo: “Tu papá no aguantó la negociación, le dio un infarto. ¿Ya ves? Dios quiere que te quedes conmigo”.

* * *

Aquello era mentira. El padre de Ana estaba a esas horas esperando la prueba de vida para entregar el dinero allá por las Pirámides de Teotihuacan.

Ana terminó rota. Desconsolada, le pidió a El Loco que por favor la matara. El secuestrador se enfureció y le soltó: “¿Estás enferma, estúpida? Te puedo matar, pero te quiero mucho”.

Hasta en la noche, Chavo le dijo a Ana que su padre estaba sano, que lo único que buscaba El Loco era verla humillada.

Y aunque el padre de Ana entregó el rescate, después de tantas indicaciones, su hija no llegó a casa.

* * *

11.- El domingo me quedé sola. Y al menos cuatro veces entró alguien distinto a mi cuarto, me pidieron que contara hasta diez y luego jalaban el gatillo. Terminaban riéndose.

Chavo no llegó hasta que empezó la final de Big Brother y lo maldije. Se disculpó diciéndome que había ido a visitar a su mamá.

Le conté que habían jugado a asesinarme.

“¿Si te ayudo a escapar me sacas del país?”, me diría luego Chavo, muy nervioso. Al escucharlo, lo único que sentí en ese momento fue que ya estaba decidido: me iban a matar.

12.- Cuando Omar Chaparro fue declarado el ganador de Big Brother, apareció El Loco y soltó: “¡Te vas, mi amor!”. Y ordenó a Chavo que me peinara y me limpiara con alcohol. Ahí, Chavo se me acercó al oído y me pidió esto: “Dime que Dios me bendiga, por favor. Dímelo”. Se lo dije.

Lo último que escuché de Chavo fue que no me confiara, que todo podía ocurrir.

Habré caminado unos 15 pasos, sujetada a las mano de Chavo, cuando sentí el frío y la voz de El Loco: “Vas a abrazarme como si fuera tu novio, ¿eh? No vayas a hacer ninguna pendejada, mi amor”.

Me subieron a una camioneta y en todo el trayecto, yo acostada, El Loco me manoseó y me dijo que yo le había traído paz a su vida y que estaba dispuesto a dejar “este trabajo” para casarse conmigo. “Te voy a buscar, mi amor”.

13.-El Loco me ordenó bajar y contar hasta 120 antes de quitarme los parches en los ojos. Que entonces caminara hacia mi lado izquierdo hasta encontrar un módulo de policía, donde pediría un taxi con el billete que me enroscó en la mano. Y me dio un beso el cabrón.

No lo creí. Yo tenía en la cabeza la imagen de El Loco dándome el tiro de gracia. Estaba tiritando. Me sentía en un precipicio. Tenía la boca reseca.

No escuché cuando la camioneta arrancó. Y ni siquiera podía contar. Pero lo que me trajo a la realidad fue el grito lejano de una señora: “¡Ya apaga la tele, pinche güevón!”.

Me arranqué los parches y apenas pude enfocar que estaba en una unidad habitacional. Corrí a buscar el módulo. Y, al llegar, el policía me miró con una expresión de sospecha muy comprensible: eran las tres de la mañana, y yo estaba sucia, maloliente y preguntándole dónde carajos estaba. “En Villa Coapa”, me dijo y me ayudó a tomar un taxi en la Calzada de las Bombas.

Sólo hasta que entré al taxi me vi al espejo y no era yo: tenía cinta adhesiva por todo el rostro, los ojos estaban morados, no tenía color.

El taxista pensaba que me había golpeado mi pareja hasta que se dio cuenta que una camioneta nos seguía. Le tuve que decir que había sido secuestrada y que esos de la camioneta eran los que me habían liberado.

* * *

Después de unos kilómetros de paranoia, el taxista dejó a Ana en casa. La camioneta se estacionaría casi enfrente de ella. Seguramente la vieron cómo Ana saltó al cuello a toda su familia y cómo la abrazó intensa y mudamente.

* * *

14.-Empecé a parchar mi vida.

Acudí a denunciar ante un ministerio público sin alma. Me hice carísimos análisis del VIH. Me topé con que en mi empresa mi jefa les contó a todos mi tragedia y me trataron con lástima; terminaron por despedirme. Mis amigos se alejaron. A mi padre le cayeron 20 años encima. A mis hermanas las condené a la demencia. Me quedé más pobre de lo acostumbrado.

Por fortuna me encontré con el Centro de Apoyo Sociojurídico a Víctimas del Delito Violento, de la procuraduría capitalina. Ahí me ofrecieron terapia sin ningún costo.

15.- Diez días después de que observé el retrato de Bayardo en la televisión y que no obtuve respuesta de mi Pejota, los diarios destacaron una noticia: un empresario había sido secuestrado en la colonia Del Valle, pero logró saltar de la Windstar donde lo trasladaban. La policía intervino y detuvo a los raptores; dos de ellos resultaron heridos.

Una de las fotografías que publicaron me cimbró: entre lo decomisado a la banda estaba una pistola cuya cacha tenía a San Judas Tadeo y un celular igual al mío, un modelo que no hay en México.

Los tenían en la delegación Gustavo A. Madero y fui para allá. Un comandante escuchó mi historia sin oírme. Le pedí verlos para intentar reconocerlos. Pero me trató con desprecio y me echó.

Por la tarde logré contactar al empresario que había librado el secuestro y me dijo que acababa de ir a denunciar. Pero que ya habían sido puestos en libertad “por falta de parte acusadora”.

16.- En internet logré conseguir algunos datos de Bayardo:

Una entrevista de López Dóriga con José Espina, presidente del Consejo Ciudadano, donde éste decía que Bayardo era protegido en Tlaxcala por funcionarios de allá.

Unas columnas de diarios tlaxcaltecas donde lo ligaban familiarmente con el subprocurador de justicia Edgar Bayardo.

Denuncias en contra de magistrados del Primer Tribunal Colegiado del Primer Circuito en Materia Penal, pues ellos liberaron a Bayardo en sus dos primeros arrestos de 1990 y 1999. Se dice que recibieron varios millones de pesos.

Le proporcioné esta información a mi Pejota y es hora que no se ha comunicado conmigo.

17.- Un domingo me llamó una amiga y me dijo: “El tal Bayardo está ahorita en la plaza de toros de Tlaxcala”.

Telefonee al número de la AFI donde reciben denuncias ciudadanas y me contestó una vieja pendeja:

-¿Bayardo? Y ése quién es, señorita.

Después de explicarle y darle señas, me dijo: “¿En una plaza de toros. No, señorita, ¿se imagina el gentío? Sígalo y llámenos luego”.

18.- Ahora, frustrada, estoy aquí contándoles la bitácora de mi cautiverio.