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Los muchachos perdidos

Publicado: 21 septiembre 2012 en Humberto Padgett
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―¡Eres El Banda! –gritó Janeth en medio del forcejeo para sujetarla y meterla al piso del espacio trasero de una camioneta.
―¿Qué haces? –quiso averiguar la joven de 16 años que ese 1 de mayo de 2007 –resistía, sin saberlo, las últimas horas de su vida.

Esa misma noche, la madre de Janeth recibió una llamada y escuchó la exigencia: 10 millones de pesos por la vida de su hija. Jamás juntaría esa cantidad, así que pactó el pago de 161 mil pesos y algunas alhajas. Recibió instrucciones de dirigirse al Circuito Exterior Mexiquense y depositar el dinero detrás de un altar, junto a la vía. Eso no fue suficiente.

Poco después, se encontró el cadáver de Janeth en un paraje solitario de Acolman, Estado de México. En la morgue, los padres reconocieron el cuerpo de su hija. Eso es lo que dice la averiguación policial.

El Banda recuerda con claridad ese hecho mientras descansa en una banca de cemento del tercer patio de la vieja Correccional de San Fernando, al sur del DF, en donde se encuentra recluido desde 2007. Tenía entonces 16 años de edad y una experiencia nada envidiable: cinco secuestros, nueve asesinatos, 20 asaltos de casas, 50 robos de autos…

Años después habla en voz baja. Sus párpados, caídos hacia los extremos, casi no se cierran. Está adormecido como reptil bajo el sol del mediodía. Una pelota rebota de la pared del frontón a la mano desnuda de dos muchachos. Su voz es uniforme, medida. Es un veterano en estas lides y su tono carece de una sola nota de presunción o de arrepentimiento cuando recuerda lo que ocurrió.

―¡Eres El Banda! –me dijo–. No respondí. La subí a la camioneta y nos la llevamos a la casa de seguridad. La tuvimos tres días. Nos dieron 800 mil pesos por ella. La matamos porque me reconoció y seguimos nuestra vida como si nada.

***

La oscura espiral en la vida del Banda comenzó en los meses en que las agendas tenían marcadas los números 2005, un año difícil, con una violencia inclemente montada sobre el país entero.

Y él, un jovencito de 14 años, llenaba la primera casilla de su récord delictivo: robó un teléfono celular. Desde entonces, no se detendría. A mediados de ese año lo detuvieron en Guerrero a bordo de un auto robado en el DF. Estuvo internado un tiempo impreciso en el Consejo Tutelar para Menores en Chilpancingo. Pero duró poco encerrado en esas tierras.

Regresó y durante un par de años se estuvo endureciendo en las calles de Iztapalapa, así que vivió una especie de anonimato que se rompió al despertar 2007.

Llegó la medianoche del 12 de enero de ese año y con ella un camino que difícilmente admite retorno. El Banda asesinó a otros dos jóvenes, cuyos nombres no se han borrado de su memoria: Jonathan y Carlos. ¿Por qué los mato? “Agravios, guerra de poder”, dice, sin más, como si la pregunta rayara en la estupidez, como si todo mundo, menos uno, supiera que en las calles no se requiere razón para morir.

“A quemarropa. ¡Pap, pap!”. El índice encogido y seguido del relámpago metálico. “Se les dio en la cabeza, en el cuerpo. En todos lados. Uno era Jonathan, hermano de Christopher, El Ligas, mi amigo, mi carnal. A él lo agarraron en 2006 por un doble asesinato. Robábamos juntos, todo hacíamos juntos. Hubo agravios de su familia. Su hermano dijo que era su barrio y sí era, pero yo traía el poder. Y lo maté”.

En efecto, él traía el poder. Y lo ejercería casi como rutina. Elián Berenice lo supo. Ella se marchó de casa el 11 abril de 2007 y se fue a vivir con El Banda, su compañero en la secundaria.

No aguantó mucho. Una semana después, Elián regresó y les confió a sus padres que El Banda robaba, vendía drogas y secuestraba. La joven empezó a ser amenazada y luego fue plagiada.

El 3 de mayo fue encontrada muerta en Nezahualcóyotl. Según las declaraciones ministeriales, Elián participó, como miembro del grupo de El Banda, en dos secuestros.

El Banda coincide con la versión policiaca, excepto en que la relación amorosa no fue con él. La joven los había amenazado con denunciarlos si un integrante de la banda, llamado El Oso, no aceptaba casarse con ella.

―¿Qué hicieron?
―Luego de que me quiso poner con la policía, que les señaló el hotel en que yo vivía en ese tiempo, la secuestramos. Nos pagaron 600 mil pesos. Las negociaciones las hizo El César. No era el jefe, pero tenía más labia. La familia avisó a la policía. Cuando fuimos por el dinero, nos persiguió la policía. Le ganamos. Hablamos con su familia y preguntamos que si en tan poco dinero valoraban su vida. A ella le disparamos tres veces en la cabeza.

Cuatro días después de que el cuerpo de Elián fue encontrado en Neza, la madre de otra chica, de nombre Jessica, denunció que el día anterior un ex compañero de la secundaria la había invitado a salir. Era El Banda. Horas después, la madre recibió la llamada en la que le exigían el pago de un rescate de cinco millones a cambio de la vida de su hija. Acordó entregar 58 mil pesos, joyas y 100 dólares. El padre de Jessica siguió las instrucciones y pagó.

Pero el 18 de mayo, el hombre recibió una llamada del mismo joven. Le dijo que fuera a las inmediaciones de Zumpango. Ahí encontraría a su hija.

Antes de colgar, el joven le hizo una recomendación, según consta en la investigación policial:

―¡Apúrate! Llega antes de que se la coman los perros.

Una semana después, exactamente a las seis de la tarde del 25 de mayo de 2007, El Banda fue detenido. El juicio fue rápido. Lo sentenciaron a poco menos de cinco años de cárcel. No había cumplido los 16 años de edad.

***

San Fernando es la segunda prisión juvenil del DF en que El Banda ha sido encerrado. Antes fue enviado al Centro Especializado Alfonso Quiroz Cuarón, que sólo admite a 12 internos, los que sintetizan la violencia extrema y el liderazgo.

El centro abrió en 1993. Funcionaba mediante un sistema electrónico de cierre y apertura de puertas que fue destruido durante el motín de 1998, cuando los muchachos encerraron a los guardias en las celdas y los golpearon hasta el cansancio. La prisión fue recuperada por guardias de máxima seguridad de Almoloya.

Él llegó en los viejos tiempos, cuando el gobierno federal administraba el sistema de tratamiento a menores infractores. La bienvenida consistía en una fórmula sencilla: tres días de insomnio y golpizas contundentes, un mes sin cepillado dental ni baño y el pago de la entrada al sanitario. No se pagaba con dinero, sino recibiendo con docilidad una golpiza sin recato alguno.

En la Correccional existen costumbres extrañas: en cada sección se levantan altares muy particulares, colocados sobre las bases de cemento de las camas desocupadas de cada litera, llamadas tumbas. El altar está hecho de barras de jabón Zote y se colocan en los extremos; los jabones Rosa Venus quedan en el centro. Los botes de crema Nivea y de shampoo Pantene sirven de base. Todos los efectos de higiene personal se acomodan ahí y en lo alto una foto de algún ser querido o una imagen religiosa.

Hay otras “tradiciones” en cada sección: en contraste con la dureza de vida de estos jóvenes, o quizá por ello, sobre la pared se colocan cobertores, de esos de poliéster, estampados con las figuras de El Hombre Araña, Winnie Pooh o cualquier otro superhéroe.

La cárcel da zarpazos y casi todos los que viven dentro llevan heridas de guerra. De dos en dos, de tres en tres, los muchachos se hieren a sí mismos los brazos y las pantorrillas. Apenas empieza a formarse la costra, se la quitan. Y se la quitan. Al final quedan gruesas cicatrices, oscuras huellas como lombrices a las que llaman “charrasqueadas”.

“Los sueños de poder los he vivido muy pesado. Me han dado atención muy especial. Cuando llegué aquí estuve solo, solo. Me aventé seis meses solo, solo, solo. Nomás psicología y mi visita, nada más. Estaba en un cuarto solo, solo, solo. La soledad es lo más culero que he vivido aquí. A lo mejor sí me han dado unas madrizas, pero lo más culero es la soledad”, reflexiona El Banda.

―¿Qué buscabas cuando estabas afuera?
―Estaba obsesionado con la popularidad y el respeto… y lo hacía, lo hacía a costa de lo que fuera. Gané respeto y popularidad. Si tenía que matar, si tenía que robar, si tenía que golpear, lo hacía. A mí no me importaban las circunstancias en que se tenía que hacer, pero se hacía lo que yo decía.
―¿Qué hay en tu conciencia? ¿Tienes arrepentimiento?
―Sólo me arrepiento del secuestro de la chava que me reconoció al subirla a la camioneta. A los demás que maté los he olvidado. Dicen que cuando matas a alguien no vas a dormir, que te va a seguir y donde quiera ves su rostro o su sombra. Eso es mentira. No pasa que venga y te jale los pies. Eso nada más está en tu mente.
―¿Qué piensas de El Pequeño? –se le pregunta sobre otro joven con 18 asesinatos en su historial.
―Nada. Se me hace una persona normal –responde con una mueca que subraya la normalidad.
―¿Y qué crees que él piense de ti?
―Yo creo que lo mismo.
―¿Qué harás cuando salgas?
―Me gustaría estudiar ingeniería automotriz. Ahora leo filosofía y novelas. Afuera no leía ni estudiaba. Mi novela favorita es de Carlos Cuauhtémoc Sánchez, Dirigentes del mundo futuro.

Dirigentes del mundo futuro

Hace al menos una o dos décadas, los demógrafos previeron lo que podría ser una estupenda noticia para México. Entre 2010 y 2015 el país gozaría de un bono demográfico porque tendría una población de jóvenes sin precedente, que permitiría contar con un capital humano envidiable y, por lo tanto, con un potencial de desarrollo inmejorable.

Las proyecciones se cumplieron –hay 35 millones de mexicanos de entre 12 y 29 años de edad–, pero las expectativas no contaron con que unos 8 millones de esos jóvenes no estudian ni trabajan, y muchos más han migrado a Estados Unidos o a la economía informal.

Héctor Castillo Berthier, un doctor en sociología conocedor como pocos del fenómeno de marginalidad juvenil, estima que de cada 10 empleos generados, 6.5 se abren en el sector informal, no sólo el comercio ambulante o actividades como “acomodar autos” en la vía pública, sino el narcomenudeo, trata de mujeres, piratería, etcétera.

La informalidad es el “campo de cultivo magnífico” para que millones de jóvenes que se encuentran a la deriva sean captados por la delincuencia. “Algunos los llaman los ninis (ni estudio ni trabajo), algunos los llaman los excluidos. Simplemente son los chavos pobres de los sectores populares que no tienen espacios ni forma de participación real”, dice el coordinador de la Unidad de Estudios Sobre la Juventud del Instituto de Investigaciones Sociales de la UNAM.

Las políticas sociales dirigidas a jóvenes han sido inexistentes o desarticuladas. La población de este rango de edad enfrenta nuevas realidades. La escuela no es más un mecanismo de ascenso, el empleo se ha reducido y la familia se ha desarticulado. La educación formal está agotada. “El título ya no significa nada”.

Por eso no extraña el incremento de jóvenes que participan en el narcotráfico y las actividades relacionadas con la violencia. “El crimen organizado tiene un ejército de elementos absolutamente desechables, pero siempre dispuestos. Nadie sufrirá por ellos ni estará atento a lo que les pase”. Así que a nadie extrañe que cada vez haya más jóvenes inmersos en el universo del crimen y la droga.

Lo peor, reflexiona Castillo Berthier, es que si uno pudiera introducirse en las vidas de esos jóvenes encontraría algo sorprendente: “Sólo buscan su superación personal”.

Al cuadro hay que enriquecerlo con otros elementos: el consumo es la medida del éxito y los valores sociales se han ido al abismo.

Los padres han perdido a los ojos de los hijos su status de héroes. Una pinta que el investigador universitario vio en una barda de Culiacán, Sinaloa, lo describe de modo rotundo: “Prefiero morir joven y rico que viejo y jodido… igual que mi papá”.

Desconfiado y lejos de la gente

El Kiko aprendió a desconfiar a muy temprana edad. Primero lo hizo de sus padres. Aún recuerda cuando se detuvieron en la puerta de la casa con las maletas hechas. Viajaban a Estados Unidos y, antes de cruzar el umbral, prometieron que pronto enviarían por él. El niño esperó la primera semana e imaginaba cómo sería la vida en Nueva York. Pasó la segunda semana, el primer mes y los años sin volver a saber nada de ellos.

Él piensa que en ese momento su futuro se inclinó hacia el robo de autos y actividades parecidas. Y desde entonces no volvió a creer en nadie.

―¿Trabajabas con la policía? –se le pregunta afuera del estrecho cuarto en que permanece confinado, porque es incapaz de dejar de golpear a los demás chavos y siempre encuentra el modo de introducir drogas.
―A mí, en lo personal no me gustaba trabajar con un comandante, porque luego son la gente que te traiciona, son los que te ponen. Nosotros salíamos sólo con la bendición de Dios. Luego trabajas con la policía y a la mejor sí vas a salirte un rato, vas a estar así y si hay una bronca, hasta te saltan. Pero el día de mañana no les parece algo y son los que te clavan y hasta más, porque son los que te saben todo el corrido. Mejor así, ¿no? Lejos de la gente.

Comenzó en alguna miscelánea del centro de la ciudad, aferrado durante horas a un cajón de madera al que se le empotró una televisión y una consola de videojuegos. Tenía 14 años y la escuela había quedado muy atrás. Tanto que había olvidado cómo leer y escribir. Lo único que le quedaba era la aritmética básica.

Alguna de las tardes llegó a la tienda un grupo de chavos más grandes que él con un Beetle robado. Fue toda una fiesta. Como en pocos lados, en el barrio los autos son mucho más que llantas y un motor. Representan una demostración de éxito, una alegoría de opulencia y la extensión de la virilidad.

A los 16 años, El Kiko ya acumulaba otra muestra de hombría callejera: una pistola cromada nueve milímetros.

Él y los suyos sólo robaban de noche, luego de que el tráfico de la ciudad se aquietaba. Esperaban el paso del auto pedido e iban detrás de él. Concretaban el asalto, casi siempre, cuando el automovilista se estacionaba para entrar a casa. Las mejores noches eran las de fin de semana porque cazaban parejas trasnochadas fáciles de amagar y de llevar de un cajero automático a otro.

Trabajaba para un solo cliente, a quien debía entregarle los 50 vehículos incluidos en un listado de autos a robar. Y ellos lo hacían, y con ganas, sólo que no se daban abasto. Para cumplir el encargo, se necesitaban los servicios de otras dos o tres pandillas.

Siempre había opciones una vez que tenían los autos: los podían comerciar para que fuera desarmados, venderlos para un asalto o un secuestro, o deshacerse de ellos en tianguis automovilísticos o en el extranjero.

No es extraño, pues, que El Kiko esté preso por el robo de una camioneta Honda CVR por la que habría ganado 17 mil pesos. El pago sube en la medida en que se cumplen exigencias como color, características del motor y equipamiento. Una SUV marca BMW se paga hasta en 25 mil pesos.

Normalmente habla quedo, pero baja aún más la voz cuando menciona los días en que traficó drogas dentro de este lugar, aunque ahora él ya no consume. Y para que se le crea, se despoja súbitamente de la playera y muestra su cuerpo de gimnasta, atlético y fuerte. Se sostiene entonces de un tubo con los puños, sube su cuerpo y conserva una posición horizontal, paralela al piso, como si fuese una bandera.

―¿Qué pensarían tus papás de ti?
―¿Con qué cara me podrían juzgar? Podrían pensar muchas cosas, no estoy en su mente para saber qué podrían pensar, pero de juzgarme, puedo decir que no, porque yo sería el primero que podría reclamarles.

De dónde vienen y por qué lo hacen

Raquel Olvera, directora de Tratamiento a Menores en la Ciudad de México, se concentra en el ambiente de los jóvenes criminales:

Más de la mitad crecieron en hogares con un grado alto o muy alto de marginación. Seis de cada 10 lo hicieron con la presencia exclusiva de la madre, cuya formación educativa suele ser mínima. Los jóvenes abandonan la escuela durante la secundaria. Buena parte de ellos vivieron en casas con un solo cuarto. Muchos conocieron la violencia desde muy pequeños.

Algunas estadísticas: 87 por ciento de los recluidos está por robo, casi 3 por ciento por homicidio y un poco menos por delincuencia organizada, portación de arma de fuego o delitos contra la salud.

No roban, en lo inmediato, empujados por la pobreza. Sólo la quinta parte argumentó que lo hizo por necesidad económica. Los demás lo hicieron para experimentar el tremendo subidón de adrenalina. O porque robar les permite ser parte de un grupo. Y, porque, para la mayoría, hurtar es la única manera de andar por la vida con los zapatos tenis, el pantalón de marca y el teléfono celular exigidos.

Otro asunto social incide, en opinión de Olvera. La sociedad posiciona a los narcotraficantes como figuras ejemplares. No existen personajes que contrasten los valores de los narcos y despierten empatía y solidaridad. Así, los muchachos son endebles cuando se encuentran con la corriente crecida del crimen organizado.

Las alternativas son pocas. Los muchachos que han delinquido, de manera general, no conocen ni aceptan más que la ley del barrio. Odian lo distinto. Sufren cuando se les discrimina, pero siempre discriminan.

El trabajo formal es una meta inalcanzable para la mayoría. “Nadie les ha dicho cómo obtener esa habilidad. Para el empleador, no tienen nada qué ofrecer”, concluye Olvera.

Por eso el número de adolescentes que han sido detenidos por narcotráfico ha aumentado en el último lustro. De hecho, hoy, en las cárceles mexicanas más de 60 por ciento de la población es menor de 30 años de edad.

La ley en la Ciudad de México castiga penalmente a muchachos de 12 años en adelante, pero bajo ninguna circunstancia se puede internar a ningún menor de 14 y, de ninguna manera, un joven puede ser trasladado a un centro de adultos una vez cumplida su mayoría de edad.

Guantes de oro

Para ser “cocinero” hace falta una báscula, una pelota de cocaína base del tamaño de una toronja, bicarbonato y raticida. El Moreno lo es. De niño quiso ser militar, pero al poco tiempo todo lo que quería se evaporó.

Estudió hasta el tercer año de primaria. Ya no pudo continuar porque sus arranques de violencia lo hacían inmanejable para las autoridades de la escuela. Su madre lo quiso meter a un internado, pero no había nada al alcance del bolsillo, pues era la única responsable de él y dos hermanos menores.

Sin saber leer ni escribir, sin conciencia clara de por qué la furia lo sacudía y lo desbordaba, el niño de ocho años ya era un muchacho perdido. Fue albañil, pero desertó y a los 13 años se convirtió en un gran vendedor de piedra o crack. Al año siguiente, en una pelea con vendedores rivales sacó navajas y armas de fuego. La bronca terminó cuando El Moreno remató a su rival con una piedra.

A los 15 años recobró la libertad y descubrió, en esta nueva etapa de su carrera, que conservaba la sangre fría a la hora de robar autos, así que pensó que lo lógico era adherirse a una banda y no andar en solitario. Cada semana hurtaban entre 10 y 20 autos por encargo, para su posterior entrega en el Estado de México, Guerrero y Morelos.

En una ocasión le tocó llevar tres Mercedes Benz a un fraccionamiento de Cuernavaca. Un hombre de aspecto convencional los invitó a pasar. Supo luego que los terrenos que pisaba eran de los hermanos Beltrán Leyva.

―¿Cómo era la casa?
―Tenía una alberca. Grande. Cuadros. Tenía dos pinches perros chidos. Su esposa estaba hermosa. Alta, güera, pestañas grandes. Era tranquilo, pedía las cosas por favor. Yo veía al güey éste y me decía que debía ser más chingón y tener cosas más chingonas.

Parte del pago de los Mercedes se hizo con dinero y el  resto con cocaína degradada. El Moreno se sintió cómodo con eso porque ya sabía cortarla con bicarbonato o con pastillas de sedalmerck para duplicarla. La ganancia se podía triplicar. Aunque no era la única sustancia con que la droga se podía rebajar.

“Tambien usaba raticida”, dice y sacude la cabeza. Mira hacia abajo y entrelaza sus manos de piedra y nudillos borrados.

―¿Para qué el veneno para ratas?
―El raticida apendejada a la gente que lo está consumiendo –una risa culposa lo sacude–. Y dicen: “puta, con una no me conformo, me conformo con 10, 15, 20 o hasta que se me acabe el dinero”.

El Moreno y su banda, claro, sólo fumaban la piedra cocinada para ellos mismos. Más pura, más potente, menos dañina. Aun así, el dinero se iba en piedra y whiskey Buchanans, en coca y en tequila Agavero, los tragos de los narcos.

Con 1.68 metros de estatura, El Moreno se enganchó a la piedra y su cuerpo empezó a extinguirse hasta pesar apenas 58 kilos. Le sangraban las encías, la ansiedad no lo soltaba ni un instante  y tenía el porte de un zombi.

Pero se enamoró y se recuperó. Consiguió un empleo honesto y la familia de su pareja lo adoptó. Tiempo después, un amigo lo encontró con los zapatos sucios y todo cansado.

―¿Mil pesos semanales pudiendo sacar 30, 40 mil varos en un pinche día? –dice El Moreno que su amigo le dijo.

“Y volví a caer. Me drogué y a los dos meses me apañaron con dos carros robados, papeles de piedra, una pistola 9 milímetros”.

―¿Qué sientes al asaltar, al matar?
―Sientes chido al golpear, al matar a alguien. Ni yo me lo explico. Frío. Te sientes bien al momento. Después, cuando estás tranquilo, dices: “chale, por un carro”.

Semana a semana, su madre y sus hermanos menores lo visitan en la Correccional de San Fernando. Los muchachos lo extrañan. Lo admiran. Estando adentro, El Moreno se ha convertido en un boxeador. Tiene forje de welter.

―Voy a robar para venir a estar contigo –le ha dicho uno de sus hermanos.
―¿Y qué les dices?
― Que no. Que es como echar al aire tu vida.

¡Fum! Con una moneda. Que no hay futuro.

***

Una pequeña viñeta sobre el encabronamiento juvenil:

Por la ruta actual, dice Castillo Berthier, el bono demográfico está irremediablemente perdido. La única manera de evitar caer al precipicio es, en su opinión, la intervención en educación, cultura, la transmisión de valores y, por supuesto, el empleo.

Desde finales de los años sesenta, la época de los movimientos estudiantiles, el Estado adoptó un criterio raso: ver a los chavos como eventuales delincuentes. Pero, a diferencia de los jóvenes de entonces, que tenían una visión política e ideológica consistente, los de ahora no tienen más que al odio.

“Hoy, existen muchísimos chavos encabronados, y con razón, que han pasado, en su propia visión, a ser simplemente antagonistas de cualquier cosa que pueda llamarse Estado, gobierno, autoridad o lo que sea”.

***

La tumba de oro blanco

La primera vez que El Pepino conoció la prisión tendría unos seis o siete años. Su madre, que era una interna, le regaló globos metálicos rellenos de hule espuma. Lo abrazó en algún pequeño jardín y luego se despidieron. La vio desaparecer detrás del portón metálico. Sin desearlo, entendió con el paso de los años que la prisión puede ser parte de la vida de alguien, al menos de la su madre, quien regresó al reclusorio nueve veces en total.

A la tercera ocasión en que su madre fue a la cárcel, ya no pudo visitarla. Le exigieron que mostrara una credencial escolar, pero él, desde entonces, ya no estudiaba, así que debían conformarse con hablar por un celular que ella ocultaba en su celda. Algo ocurrió, sin embargo, que se acabaron los telefonazos.

Ese es un recuerdo que duele, pero no el único que sacude a El Pepino, un joven rubio y en cuyo rostro destaca la nariz respingada. Si no fuera por las cicatrices en cara y brazos, su apariencia física desentonaría en la correccional.

El otro recuerdo es el de El Chinos, su padre, cuya primera aparición en la memoria de su hijo está conectada con el dinero que le daba para jugar en las maquinitas y el queso Oaxaca que le compraba. También se encuentra, claro, la escena en que tomaba de la mano al niño para descender del microbús y subir a la habitación del hotel con olor a insecticida donde vivía el hombre.

El Chinos se aseguraba de que la puerta quedara bien cerrada y encendía el televisor. Sintonizaba el canal que transmitiera caricaturas y se desparramaba en el colchón. Daba a su hijo papel y colores para dibujar.

“Yo volteaba y lo veía inyectarse. Ahora sé que es heroína. Me decía: ‘ve la tele’, ‘dibuja lo que se te venga a la mente’. ‘No me veas, ve la tele’. Se inyectaba. Sí, viajado. Yo veía las caricaturas. En ese tiempo estaban los Transformers”.

Pero su padre también desapareció detrás del portón metálico de una prisión.

―¿A quién mató tu papá?
―A uno de sus tíos, porque a su hermana, la mamá de mi papá, la manoseaba y todo eso desde que eran niños. Mi jefe siempre se dio cuenta y se hizo lacra y lo detonó a pura puñalada. Le metió 20 o 21.

El Pepino soñaba con los go carts. Esperó que los Reyes Magos le regalaran uno de fibra de vidrio y motor, pero eso nunca ocurrió. Así que cuando quiso un teléfono celular, se lo robó a un anciano que hacía cola en la tortillería. Tenía 13 años.

“Me latió. Había naves, carros, viejas. Todo. Quise moto y Rolex. Era más fácil vender vicio que correr con los celulares. Y, quieras o no, el chido –el vendedor de drogas de nivel intermedio– se aparece”.

Así que se enroló en la nómina de vendedores. Su patrón era un hombre de cara colorada y excedido de peso. A bordo de un automóvil sencillo y viejo, de láminas oxidadas, repartía la droga a su equipo de menudistas.

―¿Y cuánto ganabas tú?
―Del diario me daba 50 gramos. De esos 50 gramos, le sacaba 500 puntos. Yo vendía, cada punto, en 35 pesos. Diario movía 100 papeles. Me quedaba 15 pesos por cada papel… Éramos como 15, todos del centro. Yo la movía por la colonia Guerrero.

El Pepino empezó a alcanzar algunos de sus sueños. Como, por ejemplo, cuando fue a la fiesta de 15 años de una vecina cuyo traje color durazno estaba decorado con alas moradas. Su patrón le prestó su Hummer amarilla. “¡No mames! Las chavas luego, luego se te acercan. ‘¿Cómo te llamas?’, te preguntan. Y acá. Hasta te gritan. ¡Carajo!”.

El sueño fue efímero. Lo detuvieron con 66.6 gramos de cocaína. Ese día todo había empezado bien. Tenía pensado comprar una subametralladora Uzi en 10 mil pesos. Una ganga. Salió a conseguir el dinero, pero al voltear la esquina se encontró con media policía federal apuntándole.

“Me pusieron mi playera en la cara. Me golpearon y me subieron a una camioneta. Me decían que delatara a mi patrón. Me aferré. Me dieron toques en los huevos y los pies. Les decía que ya me habían torcido, que yo no tenía patrón. Vieron que era menor de edad y les dio miedo a los federales. Uno me pidió 70 mil pesos por soltarme. Pa’ pronto, no se hizo el bisne y aquí estoy”.

***

Hace poco tiempo, la madre de El Pepino salió de la cárcel de Santa Martha, pero no recuperó su libertad. Subió a una camioneta que la trasladó a la Correccional de San Fernando para ver a su hijo. “Lloramos machín. Me pidió que me cuidara, que le echara ganas”.

―¿Qué piensas de los chavos, en general, que van a la escuela?
―Que era fresón, que era puto. Como que caían mal, porque decía “chale, esos güeyes qué”. Se sienten muy, cómo se llama, muy fresones, ¿no? Acá yendo a la escuela… hijos de papi. Ya los veía y los chacaleaba y acá. Y luego hasta los robaba. Los madreaba y los robaba aparte. Si no se dejaban robar, les daba en su pinche madre.
―¿Y qué sentías después?
―Me empezaba a reír, como que decía ¡chale! Luego si me llegaba el remordimiento: “me pasé de verga” y ora sí que, en mi pachequez, decía “¡chale, me pasé de verga”! y me empezaba a reír. Pero está bien, para no se sientan muy verga.
―¿Cómo veías a tu “patrón”?
―Ese güey es chingón, ¿no? Quiero ser cómo ese güey.
―¿Y por qué no ser como un médico, como un contador, como lo que quieras, pero por la derecha?
―Ora sí que me llamaba más la atención, ¿no? Que trajera buticarros, culos arriba. El oro. Dos tres cuetes chidos. A cada rato le iban a empeñar los estéreos, las teles, buticosas le iban a empeñar.
―¿Por vicio?
―¡Ajá! Y veía que era rápido, así como cualquier rato llegaba lo chulo. Iban carros a empeñarlos, me empezó a llamar más la atención. Ora sí que casi no veía que los que se la llevaban por la derecha casi no les veía nada. Los veía a patín.
―¿Qué piensas de ti mismo?
―Yo soy un güey al que le vale verga, pa’ pronto. Me da igual… Ora sí que legalicen la pinche droga. Que ya no haya tanta pinche tira. Quiero ser un pinche narco chido. Que ya no me vuelvan a agarrar. Quiero fama, como el puto del Chapo.
―¿Te gustaría que hubiera un narcocorrido que hablara de El Pepino?
―Que dijera que me balaceaba con la tira, que tenía suerte, que traía unas viejas y pistolas con cachas de oro y con mi nombre grabado.
―¿Cómo te gustaría morir?
―A balazos con la tira. Nunca dejarme agarrar.
―¿Cómo sería tu tumba?
―De oro blanco, ¿no? Y que en vez de que la raza esté llorando, que se esté dando un toque. Chupando y cotorreando.

Enloquecidos

Óscar Galicia conoce San Fernando desde hace más de 20 años. Entraba ahí de la mano de su padre, un trabajador del taller de máquinas de costura de la vieja Correccional.

No hay definiciones simples, advierte Galicia, psicólogo e investigador de la Universidad Iberoamericana. Hace un apunte. No sólo los chavos pobres son violentos.

Los científicos encontraron jóvenes agresivos en las clases media y alta. Muchachos sin privaciones ni violencia intrafamiliar. Sin padres convictos ni madres prostitutas. “Simplemente eran ‘malos’. Punto”, resume.

Los neurólogos encontraron que algo funcionaba de manera diferente en la zona prefrontal de su corteza cerebral, el sitio donde se deposita el control de los impulsos y, en palabras del especialista, “nos hace propiamente humanos”.

“Cuando hay algún tipo de lesión ahí tenemos falla en la empatía y en las capacidades sociales, como seguir reglas, decir la verdad o sentir lástima”.

Pero sí es una constante que, cuando concurren la pobreza y este funcionamiento diferente del cerebro, se tiene un joven violento al extremo.

―¿Por qué somos violentos?
―Tienes familias violentas y una sociedad violenta porque hay una serie de sujetos muy infelices. El Estado es responsable de procurar el bienestar de sus ciudadanos y no cumple.

El olvido en que se tiene a los jóvenes y la falta de políticas sociales es criminal.

―¿Hasta qué punto son culpables estos chavos violentos, que delinquen?
―Hay que pensar si no estamos tratando con una persona enferma y, si al final, son sujetos imputables.
―¿Qué pronóstico tienen?
―Muy malo.
―¿Los perdimos?
―Sí. A estos jóvenes ya los perdimos. Platicaba con algunos de ellos y me dijeron: “Cuando salga de aquí, regresaré a mi barrio y me querrán matar. Tendré que matar a alguien. Y así nos acabaremos. Así acabó mi hermano y mi primo. Así yo he acabado con los hermanos o los primos de alguien más, ¿y qué otra nos queda?”.

Como si en verdad no existiera otra posibilidad. Lo que ocurre es que no les damos otras posibilidades.

Ángeles y demonios

Cuando lo detuvieron, en agosto de 2007, los policías judiciales no entendían la broma. Era, aún es, un niño de 1.53 metros y menos de 50 kilos, cabello lacio casi a rape y un flequillo en la frente que muestra el contorno del crecimiento de un cabello afro.

¿Cómo que ese niño era el terror de la Ciudad de México?

No había engaño. Ese era el matón que puso en jaque a la policía capitalina. Su apodo hace referencia a su tamaño: El Pequeño. En realidad el sobrenombre es otro, pero ha sido cambiado a petición de él, aunque su talla sí es pequeña. Apenas a los ocho o nueve años se curtió en los laberintos de su barrio, El Hoyo, oficialmente la Unidad Habitacional Ermita Iztapalapa.

Delgado, pequeño, con largas y lacias pestañas sobre ojos siempre somnolientos. La nariz diminuta y la boca marcada por los dientes frontales. Los hombros son angostos y las pantorrillas delgadas en extremo. No deja de bostezar. La mañana que habla de su vida no calza los Nike Michael Jordan de rigor. Los cambió durante una semana con un compañero por unos Adidas blancos con las tres franjas rojas. “Casi no robaba. Andábamos en otro rollo, andábamos matando”.

―¿Cómo mataban?
―Cuando era por dinero les poníamos unos cinco tiros. La mayoría de veces los agarrábamos saliendo de sus cocheras. ¡Pum! A quemarropa, de frente. ¡Pum, pum! Cuando era el poderío del barrio tirábamos hasta 30 balazos.
―¿Quién los contrataba?
―Un ruco de mi barrio. Está en una cárcel del Estado de México. Mató a un comandante de la policía y lo mandaron para allá.
―¿Por cuántos homicidios estás?
―Tenía 14 averiguaciones, pero creo que nada más están comprobados cuatro o cinco.
―¿Y cuántos asesinatos fueron?
―Unos 18 o 19. Había meses que hacíamos dos. Luego nada. Variaba. No todo fue bueno. A mi hermano lo levantaron, lo picaron y lo aventaron de un carro. Fue en 2006. Sentí un madrazo en el pecho. Lloré. Lloré de impotencia, porque no hallaba cómo sacármela rápido y vengarlo.
―¿Quién lo mató?
―La banda de Los Ojos Rojos. Fueron dos hermanos y el chido de la banda, pero sólo pude matar al chido y a uno de los hermanos. El otro se me desapareció. No los torturamos. Ya no pudimos. Tanta fue nuestra saña y coraje que lo hicimos rápido. ¡Pum, pum! ¡La .40! Les dimos como 60 balazos. Los matamos y les prendimos fuego.
―¿Qué sentías?
―Que había hecho lo que tenía que hacer, sacarme la de mi hermano. La vez que sentí feo, fue la primera vez que maté a alguien. ¿Qué sentía? Miedo de que me agarraran. Pero cuando maté al primero y vi que no pasó nada, me daba igual. La vez que matamos a una chava en una balacera, fue la única vez que soñé feo. Pero lo que pasara, me daba igual. Como quiera que sea, de los hombres dices pues que anda de culero y había veces que nos hacían matar a mujeres por culpa de sus güeyes. Haz de cuenta que tú tienes pedos y nos mandan a matar a tu esposa. Ahí decíamos ¡chale!
―¿A quiénes matabas?
―La mayoría de veces era entre la mafia. A mí me mandaba la mafia a matar más mafia. Gente de en medio. A ellos les daban indicaciones y a nosotros nos mandaban para hacer el trabajo.
―¿Eres un sicario?
―A mí mandaba la mafia a matar más mafia.
―¿Qué mafia?
―Era gente de en medio y era cuando queríamos. A veces teníamos planes de irnos de vacaciones. Yo tenía un Jetta cuarta generación azul marino. Traía sus rines y su equipito, su quemacocos. Estaba bonito. Me latía andar en las motos de pista. Yo traía una VCR 900. Estaba pesada, me tenía que parar con las puntitas de los pies.
―¿Qué arma traías?
―Siempre usaba una nueve milímetros de 15 tiros Smith and Wesson. Potentes y cromadas. Las comprábamos a un viejo que se dedicaba a eso. Las vendía en cajas, nuevas. Yo tenía una escopeta calibre 12, una metralleta Mendoza nueve, una .45 y una .22. Éramos muy respetadillos, desde chicos no se metían con nosotros.
―¿A qué edad comenzaste?
―Desde los 11 años vendí vicio. Después robé carros. Luego vimos que ahí (en el asesinato) había más dinero y nos cambiamos.
―¿Secuestraron?
―A un empresario por avenida Chapultepec. Se llamaba Raúl quién sabe qué. Pagaron cuatro millones de pesos. Le pegamos, pero no le cortamos dedos ni nada, porque él y su familia siempre cooperaron. El segundo fue a uno que vendía vicio, nos dieron 800 mil pesos. Otro fue el hijo de La Ma Baker. Lo tuvimos tres semanas y nos dieron un millón 200 mil pesos.
―¿Y qué hacían con el dinero?
―Yo compré mi carro, mi casa y ayudé a mi mamá a arreglar la suya. Me gastaba 50 mil varos en un cotorreo. Nos íbamos una semana a Acapulco o Puerto Vallarta.

El Pequeño adora el reguetón. El del portorriqueño Tego Calderón –hombre nacido pobre y enriquecido por cantar sobre el racismo y la miseria urbana– por encima de todos.

“Canta cosas reales, lo que cada día ocurre en el barrio”: Los maté… (estribillo con arreglo de ovejas balando) / Sí, señor… / Y si vuelvo a nacer/ yo los vuelvo a matar…

***

El Pequeño tiene tatuado el antebrazo derecho con las manos de Cristo reunidas en oración y atravesadas por clavos: “Perdóname Dios mío por lo que he hecho”.

Reza a veces. Reza a San Judas Tadeo, el de las causas difíciles, al que se busca en la desesperación.

―¿Te ha ayudado Judas?
―Sí, me libró una vez por un secuestro y extorsión. Me agarró la policía. Le dimos 80 mil pesos a mi licenciado para pagar una jueza del Consejo Tutelar. No hallaron pruebas. Otra vez me detuvieron con una pistola y también salí. O cuando vendía piedra, me agarraron dos que tres veces con vicio. Sí, San Juditas Tadeo me ha ayudado.
―¿Y tu papá?
―Nunca he andado con mi papá. Él también es carnero. Él también anda de cabrón. Mi jefe ha estado preso en el Reclusorio Oriente, en el Sur, creo en el Norte y dos veces en el Bordo de Xochiaca. Roba joyería y cajeros. El Pequeño pertenece a una familia en la que son comunes los asaltantes y extorsionadores del transporte público en Iztapalapa. Uno de sus primos, al que se le atribuye el asesinato de un policía judicial, es secuestrador y trabajó con la mítica Ma Baker.

Ma Baker era la propietaria de una arena de lucha libre en Ciudad Neza y durante años controló el narcomenudeo en el oriente del Valle de México. Su organización era protegida por jueces federales, policías municipales y judiciales del Estado de México y agentes de la PGR. Se le responsabilizó del asesinato de tres empleados de gobierno.

Y a un hijo de la Ma Baker secuestró El Pequeño.

―¿Es fácil matar? ¿Es fácil secuestrar?
―Cuando tienes la gente todo es fácil. Todo se hace fácil cuando te proporcionan las cosas. Para mí todo se me ha hecho fácil. Pero a veces he llevado la de perder, pero así es esto.
―¿Te arrepientes de algo?
―Pues no. No me arrepiento más que de no haber puesto trucha a mi hermano. Si lo hubiera puesto más al tiro, hubiéramos evitado estas cosas. Pero así es esto. No siempre voy a ganar.

El Pequeño bosteza. Camina a su sección, la primera del tercer patio. Va sin playera y muestra otro tatuaje. Le cubre casi toda la espalda: de un lado, el ala de un ángel; del otro, la de un demonio.

Tierra Caliente.- Ni siquiera dentro de la presidencia municipal afloja el calor que ahoga a cualquier “extranjero”, como aquí llaman a quien no haya nacido en esta franja de Michoacán, Guerrero y una muesca del Estado de México.

–¿Está el presidente? –pregunta Martín, uno de los 50 intermediarios autorizados por Los Caballeros Templarios para comprar marihuana en la región.
–No, pero si quieres vamos a la sala del cabildo –responde el funcionario público municipal que presenta al narcotraficante con los periodistas.
–Vamos a su oficina –resuelve Martín con el ceño fruncido.

Avanza a una pequeña antesala y, tras un rápido saludo con la cabeza a la secretaria del alcalde, ingresa confiadamente a la oficina ocupada por un sillón, un escritorio y cuatro sillas.

Se siente a sus anchas. Y cómo no. Uno lo entiende casi de inmediato cuando este michoacano explica cómo funcionan las cosas en esta tierra:

–Trabajamos con todos los partidos. Apoyamos las campañas políticas. ¡Qué caras son! Tengo un hermano que quiso ser presidente municipal. Me pidió ayuda y se la di, pero antes le advertí: “Te voy a dar dinero sólo para que te des cuenta de que la gente no te quiere y ya te quites esa tentación”.

Es un hombre delgado y afable, dedicado desde hace 30 años a entregar la “mercancía”, como se refiere a la marihuana, en Texas. Su nombre, como todos los aquí presentados, fueron cambiados a petición de los entrevistados y por razones de seguridad.

No es difícil comprender que aquí las reglas poseen una lógica distinta, que existe una nación dentro de México, que Michoacán esconde una República en su interior. Miles de kilómetros cuadrados de suelo ardiente.

Por eso le llaman Tierra Caliente, un grupo de municipios en el que existe un gobierno paralelo al formal, hasta hace pocas semanas conocido como La Familia Michoacana y hoy refundado con el nombre de Los Caballeros Templarios.

Sus habitantes se rigen por sus propias leyes y pagan sus particulares impuestos. Aquí, la vida, cada vez más dura, y la muerte, cada vez más fácil, orbitan alrededor de la marihuana.

Como cualquier país cuya diplomacia defiende intereses geopolíticos, la República Marihuanera hace lo propio: establece y rompe alianzas. Ahora forma parte del eje integrado por los cárteles de Sinaloa y El Golfo. Los enemigos, con quienes disputa violentamente y palmo a palmo los cerros y las cañadas, son Los Zetas y los Beltrán Leyva.

–¿Usted puede llevarnos a un sembradío de marihuana?
–Sí, claro que sí.
–¿Y qué hace falta para hacerlo?
–Pues nomás que nos vayamos.

***

Martín admite toda pregunta. Contesta con la precisión de un experto y el lenguaje fluido de un profesionista educado y un profesional. Y de hecho lo es. Concluyó con éxito su licenciatura y de sus 50 años de edad, ha vivido los últimos 30 en el negocio.

Así que se ha convertido en un hombre con dominio de todas las fases de producción –cultivo, cosecha, control de calidad, empaque, logística, rentabilidad, transporte, comercialización y exportación, entre otras– de la marihuana.

De hecho, durante la última semana, Martín y tres de sus trabajadores prensaron y empacaron tres toneladas que a estas alturas del mes ya debieron entrar a Estados Unidos.

Existen tres tipos de marihuana: la comercial, la buena y la inservible, explica con la autoridad de un empresario en toda forma. Aquí, en la Tierra Caliente, un kilo de marihuana comercial se paga al productor en 300 pesos. Por la buena, no más de 200 pesos.

“Cuando escasea, hasta el zacate seco se vende. Hay quien en una situación de desesperación compra la de mala calidad en 150 pesos. Yo no. Prefiero pagar 100 pesos más en México por kilo que perder 100 dólares en Estados Unidos. En Houston, cobro 800 dólares el kilo, pero de ninguna manera la diferencia es mi negocio. Pago 120 pesos por kilo a la organización, lo que cubre el impuesto cobrado por las policías municipales, estatales, y federales”.

–¿Y cómo sabe la organización que usted saca lo que reporta?
–Hay checadores en el camino. Pregunta quién dio el permiso de salida. Entonces, ahí mismo, habla al teléfono celular del responsable y averigua si el transportista es quien dice ser y si trae lo que dice traer.
–¿Cómo?
–Pesa la mercancía. Si es más de lo permitido, el dueño paga el impuesto faltante, los 120 pesos por kilo, y admite, sin más, la incautación de la marihuana o, en su caso, de la goma de amapola.
–¿Así nomás?
–Una falta de ese tipo se permite una sola vez. A la segunda, te vas.

Martín ha sufrido dos plagios, es padre de una niña secuestrada a los dos años y hermano de un hombre muerto como parte de la fiesta de balas en que se ha convertido la Tierra Caliente: 260 ejecuciones durante el año pasado y 165 en el primer semestre de este año.

–¿Piensa usted en su muerte? ¿En las decapitaciones?

Martín responde. Pero antes muestra cómo se vive en la República Marihuanera.

***

En la oficina del presidente municipal, el teléfono celular de Martín timbra nuevamente e inunda el aire con un corrido ranchero. No abundan los lugares en los que existe señal, pero cuando eso ocurre, todo el tiempo lo andan buscando. Martín no deja de lado los negocios un solo instante.

–Permítanme un segundo –solicita sentado junto al escritorio del alcalde y responde la llamada.
–¿Qué paso?… ¿dónde? Déjame ver y te marco.
–Perdón –comenta antes de marcar a su vez y preguntar: “oye, me dicen que desde hace rato se están balaceando acá arriba. Chécamelo, por favor, y me hablas”.

El papel que Martín juega en esta zona tiene múltiples facetas. Su posición lo obliga a estar atento a lo que ocurra, incluso detalles como que alguien pide ayuda económica, si es preciso reforzar la vigilancia, si hay que buscar que entreguen los apoyos. No lo dice abiertamente, pero él juega un incuestionable papel de autoridad.

Así que Martín retoma la plática. “Los campesinos cuentan con el apoyo de mil 100 pesos por hectárea a través del Promaf, un programa del gobierno federal de apoyo al cultivo de maíz y frijol”.

Pero eso no sirve de mucho. Ni lo que la bolsa de semilla mejorada cuesta: un bulto de grano Pioner, por ejemplo, de 20 kilos, con alrededor de 60 mil semillas, cuesta mil 200 pesos y sirve para cultivar una hectárea con un producto resistente al calor y la sequía.

El precio de garantía del maíz es de 2 mil 600 pesos y el costo de producción por hectárea de unos 8 mil 200 pesos, considerando sólo insumos, sin incluir el trabajo de los campesinos. La tierra con mediano potencial en la región ofrece hasta seis toneladas por hectárea y la de bajo rendimiento, poco más de la mitad.

Las cuentas salen sólo si se obtienen más de cuatro toneladas, una suerte que sólo marca a una minoría porque grandes porciones del ejido se encuentran en laderas a donde ni la yunta de bueyes puede entrar, así que aún usan la lanza para agujerar la tierra y dejar caer las semillas. Y al menos una parte de la siembra no se vende, sino que se embodega, a veces en trojes redondas de adobe, para el consumo familiar del año.

La mayor parte de los sembradíos en la Tierra Caliente son de temporal, así que se levanta una cosecha al año. Los pocos ejidatarios beneficiarios de un sistema de riego lo pueden hacer hasta dos veces.

Explica Martín: “Puedes ir a las comunidades y ver niños tan desnutridos que tienen los ojos saltones y la panza inflada por las lombrices. Muchas personas beben agua de los arroyos, y los servicios médicos, donde existen, son pésimos. Las clínicas de un consultorio carecen de medicamentos y el trabajo social es mínimo. Hay niños vacunados sólo por el favor de rancheros que acomodan tres o cuatro en sus cuatrimotos y los bajan a la clínica más cercana. Y la mayoría de los dueños de esos vehículos son, de una u otra forma, parte del negocio de la yerba”.

Algunas comunidades se encuentran en tal aislamiento que se requieren cuatro horas para llegar en camioneta cuando el camino no es un río por los temporales. En la época de lluvias, como ésta, el transporte público únicamente aparece por los caseríos retirados una vez a la semana y sólo pasan vehículos de doble tracción.

En contra la miseria, han dicho los señores de la República de la Yerba, es contra lo que están, aún sin reparar en la producción masiva de metanfetaminas.

Del teléfono sale nuevamente la música de trompetas, trombones y guitarras.

–¿Qué pasó?… ¿Entonces no es de este lado? Muy bien. Gracias –cuelga y devuelve la primera llamada.
–Oye, sí, que tienen ya horas partiéndose su madre. Pero no aquí. Es del otro lado, en Guerrero. Ahí seguimos al pendiente –termina el asunto y regresa a la conversación.

“Así que el cultivo de enervantes se ha convertido en una opción de autoempleo para casi todas las familias campesinas en la región. Esto siempre ha existido, al menos desde que regresaron los primeros braceros de Estados Unidos, y más desde hace 10 años”, declara Martín antes de salir al campo.

Nadie, ningún hombre que pase a su lado a pie o en vehículo deja de saludarlo y él de detenerse para hablar dos minutos.

–Ya tengo el dinero, ¿cuándo pasas? –pregunta a un hombre de bigote grueso y mirada recia. Sus acompañantes escrutan a los “extranjeros”.
–Ahí te busco luego, mañana.

Vuelve a parar la marcha cuando un hombre a caballo sale detrás de un árbol.

–¿Cómo van tus matitas?
–Apenas así –y separa 15 centímetros las palmas de las manos.
–¿Y dónde las tienes ahora?
–Como a tres horas.
–Pues deja veo a quien me encuentro.

***

Los habitantes de la República Marihuanera son hombres y mujeres de piel oscura, cejas juntas, lengua rápida y temperamento caliente.

Por acá, la Virgen de San Lucas es la más socorrida y milagrosa, tanto que vienen del resto de Michoacán, Puebla y Veracruz a venerarla. Los hombres viejos y de mediana edad mantienen en uso el pantalón flojo y la camisa blanca desfajada y desabotonada, con frecuencia hasta el ombligo, y los huaraches de dos correas de cuero.

Aún cubren las cabezas con sombreros de paja de ala ancha y la corona encintada de negro, cordel que sirve para afirmar la pieza durante el galope de caballo.

No mucho más formal viste Martín. Acaso lo distingue una camisa cuadriculada con toda la botonadura cerrada, excepto el broche del cuello, y la ausencia de sombrero.

Los jóvenes usan cada vez más pantalones de varias tallas más grandes que la requerida por su cintura, playeras holgadas y gorras de lado. Algunos ya traen tatuado en el cuerpo el paso por una pandilla de Los Ángeles o Chicago.

Por la calle se ve una camioneta “chocolata”, como todavía se llama a los vehículos importados de contrabando de Estados Unidos. Al fondo de la casa se ve un buen estéreo, televisión y niños robustos, ya aceitunados por el sol.

–Es difícil sacarle la vida al maíz –interviene Anselmo, un campesino cuarentón que se cuelga un rifle de cacería en el hombro y señala con el dedo hacia un pedazo de monte.
–Allá vamos.

Monta su caballo y ofrece un burro, pero comos somos cuatro, seguimos al animal a pie por un camino angosto y cada vez más escarpado e inclinado.

Anselmo toma veredas durante hora y media como si tuviera memoria de cada piedra y árbol. O cada vez toma un camino diferente o la selva baja que abre con la hoz crece cada día nuevamente.

–Esas –señala Anselmo unas frutas redondas y amarillas como toronjas y de piel gruesa y dura, como de sandía– son buenas para la desinflamación.

La ladera adquiere tal inclinación que deja el caballo enganchado a una rama y continúa a pie. Corta un matorral y se acuclilla al inicio de su sembradío. La respiración de Martín es la de un maratonista después del primer kilómetro. Nada.

–Aquí tengo 400 matas en acuerdo a partes iguales con mi vecino –toma una hoja de la muestra, como si la presentara–, sembramos a mediados de junio, y a mediados de septiembre, si no le cae la plaga, si no la pudre la lluvia o no la queman los soldados, estaremos pizcando. Y sembré otras 500 por aquel lado.

–¿Y sí deja?

Anselmo sonríe. Viste botas con suela de goma, pantalón de mezclilla descolorido, camisa de algodón, cazadora con estampadote camuflaje y una cachucha beisbolera.

–De cada mata, si me va bien, sacaré menos de medio kilo. Cada kilo, si me pagan bien, me deja 300 pesos. Tal vez unos 100 mil pesos. Del maíz, el frijol y el chile comemos, de la marihuana vivimos. Una vez di la cosecha entera a cambio de una camioneta gringa, de 10 años de vieja.
–Usted dijo “estaremos pizcando”.
–Pizcamos mi mujer, mis hijos y mis nietos.
–¿Y sus vecinos?
–Todos. Con sus mujeres y sus nietos.
–¿Sólo en su pueblo?
–En toda la Tierra Caliente.

Desde el promontorio es posible ver hacia La Huacana, donde hace un par de años 12 policías federales fueron ejecutados, desnudados y sus cuerpos apilados para luego prenderles fuego al lado de una carretera. También se puede mirar hacia Uruapan, en uno de cuyos bares los grupos del crimen organizado arrojaron cinco cabezas a una pista de baile. Cerca de aquí, los sicarios asesinaron a una funcionaria pública e introdujeron el cuerpo sin vida a un molino de rastrojo para alimentar a los animales con sus restos. Hacia otro punto se aprecia Ciudad Hidalgo, de donde era el vocalista del grupo K-Paz de la Sierra, ejecutado por órdenes de la organización, antes de lo cual fue torturado con un soplete de soldadura autógena.

–¿Entiende usted el negocio? ¿Y las matanzas?
–Yo sé que aquí estoy sembrando el mal. Pero no tengo de otra. Y no estaría sembrando aquí, si después, en Estados Unidos, no se la fumaran.

***

Eulogio coloca el puño derecho sobre la palanca de velocidades de la camioneta todoterreno en que sorteamos la brecha. El camino, en algunas partes es eso, un camino. Sólo hoy. Mañana, después del aguacero que se avecina, se convertirá en un lodazal atravesado por arroyos.

Lleva la AR-15 entre el asiento y la puerta del vehículo. Viste de azul marino porque es un jefe policiaco municipal. Avanza rápido. Los agentes que viajan en la batea mantienen las piernas abiertas como si montaran a caballo para amortiguar los brincos de la pick up oficial. Uno lleva el rostro cubierto con un pasamontañas negro; ambos, los fusiles apretados contra el cuerpo.

Eulogio frena intempestivamente. Señala hacia un paraje al lado del camino y los otros brincan hacia tierra, en carrera.

–¡Ahí va, cabrones, córranle! –grita el comandante, más grueso que sus subalternos.
–¡Se está subiendo por el palo! –secunda uno de los hombres y señala hacia una rama, que no deja de sacudirse por el peso de una iguana negra.

Quién sabe cómo la identificó Eulogio. Camina hacia el árbol, coloca la culata del arma al hombro y apunta. Dispara. El animal cae, herido entre la mandíbula y el cuello.

–No hay que maltratarla. Es para comer –anota el policía.

Otro policía hunde la cabeza de la iguana en la tierra, bajo su bota negra. La asfixia. El jefe la levanta por la cola y la ofrece.

–Es para ustedes, para que se la coman. Pueden guisarla en salsa verde.
–No tenemos dónde cocinarla.
–Se la pueden llevar. Sabe a pollo –convida y estira la mano.

Eulogio lanza la iguana a la caja de la camioneta y retoma el camino.

–¿Desde cuándo siembra usted marihuana?
–Desde los nueve o 10 años. Mi papá me llevaba a la milpa desde más chico, luego me llevó a la siembra de marihuana –informa con naturalidad Eulogio.

–¿Cómo es la siembra?
–Muy parecida a la del maíz.

Existen dos tipos de semilla utilizadas aquí: la violenta y la huevona. La primera crece más rápido y suele emplearse en tierra de temporal; se cosecha a los tres meses. La segunda es de lento desarrollo, pero de más provecho, y los pocos que tienen manera de regarla, levantan dos cosechas al año.

La marihuana nace en el monte, en tierra de nadie. Se tala la selva baja, se queman tocones y enredaderas y se empareja el terreno. Aquí nadie siembra más de mil matas por bloque de tierra arrebatada al bosque. Cuando un plantío es mayor se corre el riesgo de que sea detectable desde aviones y helicópteros del ejército. Y, entonces, es probable que llegue una partida de soldados con fusiles en el hombro para incendiar el sembradío.

Y si eso ocurre, la pérdida, igual que cuando hay mal tiempo o ataca una plaga, es del campesino. Un solo hombre de esta Tierra Caliente llega a sembrar, en diferentes áreas de la sierra, hasta 5 mil plantas. Ninguno trabaja solo. En la labor participan su mujer y sus hijos, incluidos los niños, tal como él mismo fue enseñado por sus padres.

Martín tasa el costo de producción de mil plantas de marihuana en unos 20 mil pesos, repartidos en semillas, herbicidas, pesticidas y fertilizantes. Con frecuencia, los ejidatarios de la región –son contados los pequeños propietarios– obtienen de Los Caballeros Templarios el préstamo para adquirir los insumos. Es el crédito a la palabra.

De las mil matas, el sembrador espera obtener entre 300 y 500 kilos, lo que, de acuerdo con la calidad obtenida y al precio negociado con el acaparador, reditúa entre 90 mil y 150 mil pesos por temporada.

Al comienzo del cultivo extensivo de la droga, la siembra se hacía directamente en el suelo. Ya no. Como los niños cuando plantan frijolitos en la escuela, ahora se utilizan vasos de plástico a los que se les recorta el fondo, dejando únicamente una pequeña junta entre la base y el cuerpo. Lo demás se pega con cinta aislante.

El vaso se llena con tierra gruesa, rica en hojarasca, y ahí se hunden tres semillitas de color marrón y verde militar, cocos en miniatura. Cuando la planta alcanza 15 centímetros de alto, se trasplanta a la tierra gruesa del monte talado. Aquí la técnica del vasito da resultado, pues sólo se retira la cinta adhesiva y la base, y las raíces se integran sin ningún daño, lo que favorece el rápido crecimiento de la mata.

El campesino esparce fertilizante alrededor del tallo. Uno de uso común es el sulfato de amonio, aquí llamado “azúcar”, aunque el guano de murciélago resulta mejor, pues, entre otras cosas, colorea de un verde más comercial el producto final.

La marihuana sufre el acoso de un parásito que come la planta desde el centro del tallo; la amarillenta y la mata. Si el parásito –los rancheros lo describen como un gusano microscópico– toma la hierba, ya nada queda por hacer. “Esa peste no se ataca, se previene. Eso nos dice el ingeniero agrónomo”. Los marihuaneros combaten la plaga con paratión, un químico “extremadamente tóxico” prohibido en México y Estados Unidos por los graves daños que ocasiona a la salud humana y al medio ambiente.

A los 80 centímetros de altura, el trabajador arrima la segunda tierra y nuevamente retira las hierbas de alrededor. También se busca que no haya lluvia en exceso, pues la abundancia de agua podría malograr la planta u oscurecerla. Y a los estadunidenses no les gusta la yerba prieta.

“A los gringos les gusta la marihuana verde, nomás la verde, no la negra ni la pelirroja, las que aquí, en México, tienen fama de poner más y mejor”, explica Martín con voz baja, atento a que se comprendan sus palabras.

Sigue el deshije. “La mercancía con semillas no debe ser. Si ese enervante contiene mucha semilla o está muy café, ese kilo no vale ni 100 pesos para el productor”, apunta Martín. Algo más: las hembras concentran más alcaloide.

Al momento del corte, luego de cuatro meses sembrados los coquitos, la planta tiene más de dos metros y medio de altura. Se arranca y se tiende, hacia arriba, de cuerdas colgadas en el mismo bosque.

Cuando se seca, se cortan los capullos con tijeras, necesariamente ligeras por la demanda de trabajo en que toda la familia participa. Hay “colas” que alcanzan el largo y grueso del brazo de un hombre adulto, pero la presentación requerida para exportarlas es de tramos de 20 centímetros de largo.

La mercancía se entrega al acaparador en costal.

–¿Y luego? –se pregunta al policía Eulogio.
–Se pesa y se ofrece. Ahora está mal el negocio para el campesino. Hace 10 años el kilo se pagaba en mil 200 pesos.

Hoy no dan más de 300.

–¿Siembran todos los policías municipales que conoce?
–Todos.
–¿Y los estatales?
–Todos.
–¿Y los federales y soldados que son de aquí?
–Todos. Todos…

***

El sector productivo de la República de la Yerba conoce a la competencia con detalle. Sabe quiénes son sus generales, sus capitanes y las ventajas productivas que tiene.

–¿Qué piensa del modo de trabajo de los sinaloenses? –se le pregunta a Martín.
–Son más ordenados y la siembra en la sierra de Durango, donde la tierra es más gruesa que en nuestros montes, da hasta tres cuartos de kilo por mata. Es una vegetación más cerrada y siembran hasta 2 mil matas por espacio y encuentran lugares en que hasta tractor meten. El aspecto de su mercancía es óptimo, muy verde; del uno al 10, le pongo 10 y, a la nuestra, siete.
–¿De olor?
–La suya ocho y la nuestra 10.
–¿De efecto?
–Una vez enviaron de Tamaulipas a un probador. Que con la de menor calidad se puso bien arriba. Ya ni cuenta se dio de cómo pone la mejor. Y se llevó la otra.
–Personalmente, ¿cuál prefiere usted?
–Nosotros no fumamos ni tabaco, no tomamos alcohol.

Hacemos las cosas en nuestros cinco sentidos –advierte severo, porque en el decálogo de los Caballeros Templarios la adicción está proscrita y castigada.

El programa de reclutamiento incluye aprobar los pasos cuatro y cinco del programa de Alcohólicos Anónimos, referentes al inventario exhaustivo de las faltas personales cometidas por quien atraviesa el catecismo, pues aquí se combina con postulados religiosos.

***

Luis González y González, el gran historiador y fundador de El Colegio de Michoacán, describió así a la Tierra Caliente: “De las épocas que fue lumbre (por el origen volcánico del suelo), todavía retiene la temperatura calurosa. Se le dice Tierra Caliente con sobrados merecimientos, por razones muy justificadas. Según algunos es susceptible de hacer huir a los mismos diablos; según otros, basta con rasguñar un poco el suelo para sacar diablitos de la cola. Unos y otros afirman haber visto difuntos terracalenteños condenados al purgatorio que volvieron por su cobija.

“La Tierra Caliente es un país tropical, en medio de mala reputación, distante de las rutas máximas del tráfico mercantil (…) Por su débil situación respecto a las veredas del hombre, se le estampó el epíteto culto de la Última Tule y el apodo popular de fondillo del mundo”.

La delimitación geográfica de la Tierra Caliente es tan complicada que las mismas autoridades estatales han incluido y excluido de esa región a diferentes municipios durante las últimas tres décadas.

Si se atiende a todos los criterios vigentes, la República Marihuanera está integrada por 24 municipios. De Guerrero se incluye a nueve más y un municipio adicional del Estado de México, con la misma inclinación a la siembra de marihuana que sus vecinos.

La mayoría son lugares generalmente pobres, algunos miserables. En Michoacán 88 por ciento de las viviendas tienen agua entubada. En la Tierra Caliente, este servicio se encuentra disponible para 53.7 por ciento de las viviendas.

Hay quien divide la Tierra Caliente en dos zonas: una, con capital en Apatzingán, y la otra, con Huétamo y Ciudad Altamirano, Guerrero, como polos principales. Los recovecos, los miles de pliegues de la sierra y la inexistencia de caminos formales han favorecido los cultivos ilegales.

Cuando los jefes de aquí hablan sobre las razones por las cuales la gente tiene vocación para cosechar marihuana y amapola siempre aparece la palabra migración. Los jornaleros de la región fueron a Estados Unidos hace más de medio siglo contratados a través del Programa Bracero.

Algunos de ellos arribaron a California, al área hoy conocida como Sillicon Valley, uno de los símbolos mundiales del crecimiento a partir del desarrollo tecnológico. Pero aquí, en Michoacán, la necesidad de ir al otro lado no ha cambiado.

“Cuando muchos regresaron, contaron del gusto que tenían los gringos de allá por fumar la yerba y supieron luego de la facilidad de sembrarla por acá y empezaron a llevarla directamente ellos”, comenta Agustín, un coyote con más de 40 años de experiencia.

El aumento de la rudeza de las autoridades migratorias en Estados Unidos incidió también en el engrosamiento de las filas de la narcoeconomía de la Tierra Caliente: cada deportado sin trabajo en la región se convierte en campesino, halcón o sicario.

***

La cruenta disputa cuyo escenario es la Tierra Caliente descansa sobre una lógica económica poderosa: las enormes riquezas derivadas del control del tráfico de marihuana, amapola y metanfetaminas, producidas localmente, y de la cocaína, contrabandeada por los michoacanos desde Colombia, Venezuela y Centroamérica hacia Estados Unidos.

El origen de todo esto no es muy lejano. Se remonta a comienzos de la década de los ochenta, cuando algunos hombres organizaron la siembra dispersa de marihuana bajo el liderazgo de Carlos Rosales Mendoza, un fumador empedernido con tos permanente. El Tísico, le llamaban.

La ruta hacia Estados Unidos incluía a Tamaulipas, así que eventualmente los michoacanos negociaron con el Cártel del Golfo. Cuarenta michoacanos exploraron Tamaulipas bajo pago por el respaldo para cruzar hasta la frontera con Texas.

Desde ese entonces, durante la década pasada y parte de ésta, Martín negoció directamente en varias ocasiones con Osiel Cárdenas Guillén cuando éste era, además de un narcotraficante en ascenso, un mecánico. “Hasta se le podía tener por un hombre agradable”, apunta Martín sobre el ex líder del Cártel del Golfo.

Rosales fue detenido en 2004 y, al poco tiempo, el líder de Los Zetas envió a un tamaulipeco a encargarse de las operaciones en el puerto de Lázaro Cárdenas, vital por su acceso al mar. Pero los michoacanos no estaban conformes con que unos “extranjeros” dictaran qué se hacía y qué no. Así que cuando Osiel Cárdenas Guillén fue detenido en 2003, decidieron no pagar respeto más que a La Familia, un grupo que pronto tomó el control.

A la cabeza quedó Nazario Moreno González, una figura relevante por su carisma religioso. Tres años más tarde, La Familia proclamó su independencia del Cártel del Golfo y de Los Zetas. Se levantó en armas. “La Familia no mata por paga, no mata inocentes. Sólo muere quien debe morir. Sépanlo toda la gente, esto es justicia divina”, arengó el grupo en una de sus primeras mantas.

“A Nazario no le gustaba cómo nos trataban a los michoacanos allá. Los cabrones de los tamaulipecos, si los dejas, hasta los zapatos te quitan. De transas les siguen los veracruzanos. Pero fue por eso que hicimos familia y, de dos años para acá, nuevamente hacemos negocio con el Golfo”, recuerda Martín.

Tras la supuesta muerte de Nazario en diciembre de 2010 –el gobierno federal la da por cierta, pero en Tierra Caliente persiste la idea de que se encuentra vivo–, Jesús El Chango Méndez asumió el liderazgo y La Familia Michoacana se partió en dos grupos que rápidamente hicieron la guerra.

El grupo opositor, liderado por Servando Gómez La Tuta, acusó a El Chango de alta traición por haber negociado presuntamente con Los Zetas. Jesús Méndez fue capturado el 21 de junio de 2011, lo que permitió a La Tuta y a Enrique Plancarte Solís asumir la dirección y acordar la reunificación de la banda.

En el más reciente reporte del Senado de Estados Unidos sobre las organizaciones del narco en México, publicado en mayo de 2011, se anota que al igual que Pablo Escobar en Colombia, La Familia reparte dinero a pobres, escuelas y oficiales locales.

Además de Michoacán, se reporta su presencia en Guerrero, Guanajuato, Estado de México, Jalisco, Querétaro, Nuevo León, Aguascalientes, Tamaulipas, Distrito Federal y Colima. La Familia operaba en 77 de las 133 ciudades michoacanas. En Estados Unidos, sostiene la DEA, ha tenido un “significativo crecimiento” en el mercado de las metanfetaminas en Carolina y Carolina del Norte, así como en Houston, Dallas y Atlanta.

Estos datos corresponden a los que Martín calcula: en la zona bajo su supervisión, no menos de 100 hectáreas están dedicadas a la siembra de marihuana y alrededor de 80 hectáreas a la amapola.Y hay que tener en cuenta que Martín es uno de los 50 jefes que coordinan la siembra y la  exportación.

En otro documento elaborado por el Congreso de EU, y publicado en enero de 2011, se afirma sobre La Familia: “Es un híbrido de empresa de drogas con creencias cristianas evangélicas, combinando elementos sociales, criminales y religiosos en un movimiento. La Familia Michoacana es conocida por dejar señales sobre cadáveres y describir sus acciones como ‘justicia divina’”.

–¿Por qué se llaman Los Caballeros Templarios? –se le pregunta a Martín.
–Porque Nazario es pastor y tiene esa ideología. Los Caballeros Templarios fueron, a la vez que guerreros, hombres de Dios. Y pelearon por recuperar la Tierra Santa.

***

Martín camina ligero por un cerro. Lleva una bolsa llena de hamburguesas compradas en un carrito, en la plaza de un pueblo cercano.

En una de las zanjas yace un caballo muerto; metros adelante un buey negro, también cubierto de moscas. “Murieron de sed, durante la pasada sequía”, dice el narcotraficante. El sol comienza a caer detrás de una sierra. “Vamos a darnos prisa”, sugiere.

El hombre se separa de la vereda y mantiene el paso por las suaves laderas de un pequeño cerro. Señala un costal lleno de marihuana, una bolsa negra con yerba desparramada. “Esa ya no sirve. Está podrida”. Sube por una pendiente casi vertical de dos metros y apunta a la base de un árbol, en donde se encuentra la prensa desarmada.

Arrastra un marco de acero montado sobre un pedazo de riel ferroviario. Carga, con dificultad, cinco láminas de acero y forma un cubo que cierra con una gruesa bisagra y lo monta sobre el marco. Una vez llena la cubeta de marihuana, coloca la tapa, una pieza de menor superficie que la base, a la que sobrepone un trozo grueso de madera.

Ahí ajusta un gato hidráulico tipo botella de 32 toneladas que aprisiona entre el polín y el marco superior de acero. El tabique de marihuana queda comprimido en un grosor que depende de la forma del “clavo”, como aquí llaman al relleno de marihuana, heroína o cocaína que ocupa el sitio escondido de un vehículo para transportarla.

Una mercancía no puede estar detenida por más de cuatro meses. Después de ese tiempo queda reseca y pulverizada. Existen métodos para conservarla. Rociarla con suero de glucosa al cinco por ciento; con refresco Fresca o Sprite, o con té de marihuana hecho a partir de los restos inútiles de la planta, aunque ésta es la opción menos eficiente pues sólo garantiza su conservación durante un mes.

–Yo tengo una técnica propia –comenta Martín–: hiervo 20 litros de agua mineral con un cuarto de miel por cada 200 kilos de mercancía. Queda pegajosa, conservada y de sabor dulce. Pero debe ser miel de caja, porque la de bote está rebajada.
–¿Por qué Sprite o Fresca? ¿Por qué no Coca Cola?
–Porque la mercancía debe ser verde y la Coca Cola la oscurece. La Coca se utiliza para los caramelos y dulces, como los dela feria, que se mojan con refresco y quedan de aspecto fresco y brillante. Me la sé porque un compadre mío es dulcero.
–¿Hay manera de hacerle trampa al campesino?
–Sí, pero yo no lo hago. Se truquea la báscula, ajustando el resorte para que se apriete a cada pesada. La primera carga es correcta, pero en las siguientes dará menos de lo que en realidad es. En mi opinión, no hace falta hacer eso, hay mucho dinero y pa’ todos alcanza. El temporal llega para todos. Yo le aprendí a un viejo esto: hay que trabajar y no hay que robar.
–¿Desde hace cuándo comenzó el control de La Familia sobre el negocio?
–Unos 10 años. Se puede hablar de ventajas y desventajas. Una ventaja es que la policía no extorsiona como antes hacía: ahora pagas tu impuesto de 120 pesos por kilo que sacas y ya está. La organización también frenó a los bandidos, que robaban al productor y al intermediario.
–¿Qué derechos se adquieren con el pago de ese impuesto?
–El derecho a salir y no tener problemas con municipales, estatales ni federales. Cuando te topas al checador, te preguntan de quién traes permiso. Das el nombre y ellos se comunican directamente con el responsable. Él confirma y dice cuánto peso pagaste de salida. Con el ejército es otra cosa, aunque dependiendo quién te detenga es que puedes arreglarte o no.
–¿Y los marinos?
–Son más cabrones. Tanto en el enfrentamiento como en el soborno. Pegan más. El problema también es que los militares llegan, golpean, violan, roban.
–Decía que también existen desventajas por el control de Los Templarios.
–Antes, el productor tenía opciones de venta. Venían cientos de compradores de Guerrero, Estado de México o Tamaulipas. Ya no y eso redujo el precio para el campesino, de mil 200 pesos en algunos momentos, a 300 máximo por kilo.
–¿Y ahora quiénes son los compradores?
–La organización sectorizó, de manera reglamentaria, la Tierra Caliente. En total, somos unos 50 compradores. Yo no puedo entrar y comprar en un sector que no me corresponde sin antes pedir permiso.

–¿Sólo a los policías mexicanos les gusta el dinero?
–Por supuesto que no. Si el cruce es por la garita, se forman los carros cerca del cruce. Cuando le toca turno al aduanal con que tenemos acuerdo, nos manda un mensaje al teléfono celular para decirnos exactamente en qué línea de revisión lo colocaron y ahí nos formamos los que seamos, sólo autos grandes como Grand Marquis o Caprice, pero nunca camionetas. Al aduanal le tocan 100 dólares por indocumentado o 5 mil dólares por cargamento de marihuana.
–¿Entonces como se reparte el dinero?
–Trescientos pesos por kilo para el productor, 120 pesos por kilo para la organización michoacana, 30 dólares por kilo para el transportista, 50 dólares por kilo por derecho de paso al Cártel del Golfo, 50 dólares por kilo a quien cruce el Río Bravo. Luego 160 dólares por kilo para dejarla en San Antonio o adelante. Yo dejo en Houston. Así que por cada kilo invierto 320 dólares. A quien me la compra aquí, en Tierra Caliente, se la vendo en 550 pesos el kilo.
–¿Y en cuánto la vende en Houston?
–La comercial, la mejor, en 800 dólares el kilo. La buena en 600 dólares, máximo. Por eso yo prefiero no ahorrarme 10 dólares aquí si voy a perder 100 dólares allá.

***

Martín ingresó al negocio antes de cumplir 20 años de edad. Era un pequeño vendedor en Estados Unidos, alentado por la facilidad que encontró para trasladar la droga entre los dos paí- ses y su convicción de nunca consumirla, premisa compartida por buena parte de sus colegas michoacanos.

Los tiempos cambian y los modos de transporte también. Hace más de 20 años, los marihuaneros fabricaban dobles fondos en los tanques de combustible de las camionetas. En algún tiempo la flotilla constaba de 15 o 17 vehículos. Hasta que uno volcó y la policía se percató del truco.

Hace más de 10 años, Martín salía por las noches en lancha de Veracruz. Se alejaba más de 100 kilómetros de la playa y seguía las señales de los primeros geoposicionadores disponibles en el mercado, con un costo de más de 30 mil pesos. Arribaba cerca de las playas tamaulipecas y seguía por tierra el resto del camino. Ahora confecciona compartimentos con forros de plomo que ocultan los narcóticos a los rayos X.

Pero conozco gente, aclara el contrabandista, que toda su vida la transportó casi a la vista, gente que no tiene aprendida una sola letra, pero sabe darle dinero a quien se le debe dar. Y uno de ellos es un hombre al que se le acabó la vista de viejo sin ver nunca la cárcel. Llevaba bolsas de dinero preparadas y le decía al policía: “Vete a comer con tu familia, disfruta a tus hijos y déjame seguir”.

–¿A usted le han incautado algún cargamento?
–Sólo un flete se me ha caído, un cargamento de 3.8 toneladas. Los dos transportistas están presos.
–¿No lo delataron?
–Aquí no señalamos –apunta severo–. No tengo miedo a la cárcel. Si pasa, sería algo muy natural, Dios lo sabe, aunque no tengo por qué meter a Dios en esto. Sólo es que por sembrar maíz no me meterían al bote.
–¿Cuánta marihuana saca usted de la Tierra Caliente?
–Unas 20 toneladas al año. Yo contrato transportistas y, dependiendo del viaje y el peso de la mercancía, pago por flete o por peso. Todavía la llevo yo mismo. De aquí a Nuevo Laredo, por ejemplo, sólo tomo 150 kilómetros de carretera. Lo demás son brechas. Ese viaje sí se hace con escolta armada.
–Usted no tiene escolta aquí.
–No me hace falta, no estoy quemado. Trato bien a la gente y la gente me avisa de cualquiera de fuera que por aquí venga. A veces, cuando su mercancía no vale, les doy algo de dinero sin recibir nada a cambio. Eso me ha dado chance, por ejemplo, de que cuando me he quedado sin dinero me fíen la cosecha entera. Tampoco me gusta presumir mi dinero. He visto costales de dólares y hasta 20 carros he tenido. Ya no. Me levantaron dos veces y me secuestraron a mi hijo.
–¿Y qué pasó?
–Me ayudaron mis amigos de las policías.
–¿De cuáles?
–De todas.
–¿Y qué pasó con los secuestradores?
–Gente conocida. Avaricia.
–¿Y qué pasó con ellos?
–Nada. No pasó nada. De mi cuenta prefiero no presumir. Es también un asunto de estilos. Hay otro comprador, como yo. Él sí anda armado y con dos escoltas. Una vez fue a comprar marihuana y, cuando la vio, no le gustó. “¡Esta es una chingadera!”, le gritó al campesino y a los campesinos no se les habla así, porque es su trabajo y el de su familia lo que se insulta. El comprador pateó el costal que, como estaba lleno y redondo, rodó. Y rodó a la mierda de un marrano. El campesino sacó una retrocarga y se la puso en la cabeza antes de que los escoltas reaccionaran. “¡No sea usted hijo de su chingada madre y aprenda a tratar a la gente! Si no le gusta mi mercancía, nomás no la compre”, dijo. Los sicarios apuntaron al hombre, pero con el grito salió su familia y vecinos y encañonaron a los guardias. “Se la compro, se la compro toda”, pidió el intermediario. “No sea usted pendejo, si no le gusta, no me compre nada, pero enséñese a hablarle a la gente”.
–¿Y luego? –se pregunta a Martín.
–Ahí quedó. A mí no me gusta ese estilo.
–Y lo que no gusta a quienes no estamos en el negocio, son los secuestros, las extorsiones y las matanzas.

Martín guarda silencio. Afila la mirada de coyote. Muerde su hamburguesa y vuelve a templar el carácter.

–A él –en referencia de Nazario– no le gustan los secuestros y los tiene prohibidos. Las matanzas también son porque hay gente que vende lo que no es o lo que no le corresponde. Y cuando la organización dice que te vas, te vas.
–¿Te vas de la organización?
–No. Te vas.
–¿Te vas del estado?
–Te vas a chingar a tu madre. Desapareces. Y cuando la decisión está tomada, no hay vuelta atrás.

Martín responde a la pregunta que tiene sobre su final, el que se ha vuelto común en la República Marihuanera, cuyo peculiar panteón alberga a miles de propios y extraños decapitados, torturados, desaparecidos, apilados desnudos por docenas, fusilados con sus familias incluidas o reducidos a cenizas en un tambo ardiente con diesel.

–¿Piensa usted en su muerte?
–A uno de mis hermanos ya lo mataron. Todos los demás se fueron derechos, sólo yo estoy de este lado… Yo no soy monedita de oro pa’ caerle bien a todos. Sólo pido que cuando vengan por mí, sólo a mí me lleven. Que cuando vengan y me maten, no sea frente a mis hijos.

Roma, Texas.- Te llamas María Teresa. No, no es cierto. Inventas cualquier nombre porque lo que menos deseas es que se sepa quién eres, de dónde vienes, en qué calle de Ciudad Mier, Tamaulipas, se quedaron tu ropa, tu cama, tu vestido de novia y los primeros dibujos de tus hijos. No, no te llamas María Teresa. Tampoco Luisa. Ni Andrea. El miedo te quita el nombre, como a las cientos de personas que huyen de la violencia de los narcotraficantes.

Escondes tu nombre, pero eres real, tan real como que en este momento accedes a hablar en el Club de Leones de Miguel Alemán, Tamaulipas. Te encuentras en el amplio salón en el que se instaló el refugio para quienes huyen, aterrados, de Ciudad Mier. Ese salón, a ratos es un campo de juego para los niños que se golpean arriba del ring que extrañamente está montado en el local; por las tardes se transforma en un comedor comunitario y por las noches se tapiza de colchonetas para recibir a los desplazados.

También lo han convertido en un centro religioso y de entretenimiento.

Este medio día del sábado 20 de noviembre te sientas en una esquina desde la que vigilas lo que sucede en el salón. Estás de visita. Fuiste a buscar al resto de tu familia, que se esconde ahí de los tiroteos. A diferencia de ellos, tú eres una refugiada en Estados Unidos, así que en unas horas regresarás a Roma, Texas.

Con tu mueble —como le dicen en el norte de México a los automóviles— alcanzas el puente colgante, cruzas el río Bravo y, por fin, puedes transitar despreocupada como a ti te gusta: con tus jeans ajustados, con tu camiseta negra pegada al cuerpo y tus lentes oscuros de artista pop. Ésos que usas para no ver y que no te vean.

Pisas el otro lado de la frontera y te sientes como una niña que juega a los encantados y corre a la base para estar a salvo. No es que allá no se escuchen de vez en vez algunos balazos, ni que no vivan muchos narcos allá; no es que no haya policías corruptos aliados con los cárteles para dejar pasar droga y armas; no, pero definitivamente hay más orden.

Tienes ocho meses refugiada en Roma, Texas. Saliste después de que algunos sicarios se metieran a tu casa. Ese día estabas en la cocina limpiando frijoles. Era de noche y en las calles de Mier se escuchaban los arrancones de los mañosos en sus camionetas. Ya no te sorprendías, eso era rutina desde que el 23 de febrero de este año el cártel del Golfo y Los Zetas empezaron a despedazarse por el territorio, mucho antes de que, tras seis horas de tiroteo, muriera el Tony Tormenta, hermano de Osiel Cárdenas y uno de los jefes del cártel del Golfo.

Los últimos días de marzo pasado te empezabas a acostumbrar a las balaceras, nomás te arrimabas a las paredes cuando arreciaban. Esa noche, en especial oscura, los oíste venir enfilados en 10 camionetas, pero seguiste quitando las piedras a los frijoles.

Se estacionaron frente a tu casa y entonces sí te quedaste sin aire. Golpearon la puerta. Intentaron romper la cerradura, que resistió como si luchara su última batalla. Las ventanas no fueron tan heroicas y se hicieron pedazos con un cachazo.

Hay que esconderse, le dijiste en un murmuro a tu esposo. Subiste los escalones de la casa como si buscaras una escalera al cielo. Una mirada rápida a las recámaras, al pasillo, al baño, donde por fin te refugiaste. Nunca soltaste la mano del padre de tus tres hijos, quienes por fortuna dormían lejos, en casa de la abuela.

Te metiste con tu marido debajo del pequeño hueco que deja el lavabo. Se encogieron.

Eran las nueve de la noche. Atinaron a quitarle las baterías a sus celulares para evitar que una llamada los delatara. Cada minuto pesaba, se les entumieron las piernas. Tu respiración parecía desbocada. La acallaste. Tus manos y las de él se hacían agua, pero nunca se soltaron.

Los sicarios reían, contentos porque el refrigerador estaba lleno. Necesitaban recargar energías y saciar el apetito. Después irían por las joyas de oro, el dinero, los cobertores y hasta la ropa de los niños.

Cuando los sentías acercarse al pasillo pensabas en que no querías morir. ¿A tus 35 años? No. Y rezabas padre nuestro que estás en el cielo… Y seguías rezando líbranos del mal… La puerta del baño estaba abierta, pero los narcos no los vieron porque los apagadores de la luz del piso de arriba también decidieron esconderse.

Doce de la noche. En las venas de tus piernas y brazos sentías que un ejército de hormigas te inmovilizaba. Mientras, abajo, los mañosos descansaban en tu sillón favorito, hurgaban en tus cosas, bromeaban, abrían la puerta que lleva a tu tienda de artículos para fiestas. No sabías cuántos eran, pero sonaban como a 30 malandros.

Psh, psh, psh, psh. Se empezó a oír el gas que escapaba de los cilindros y tu corazón rebasó las 100 pulsaciones por minuto, parecía que la sangre se te fuera a salir de las venas. En el espejo del baño surgieron las llamas que abrazaron tu tienda.

Nos van a quemar, pensaste. Cerraste los ojos y te pusiste a rezar. ¿Qué más podías hacer?

Que quemen allá, pero no acá, rogaste al cielo. Te veías en el infierno, pero las llamas aún estaban lejos.

El reloj marcó las dos y los hombres se organizaron, se enfundaron en sus armas, dieron el último trago de jugo y se fueron. Tú saliste de casa corriendo sin parar por más de 15 minutos hasta llegar al monte. Ahí entre las matas pasaste cinco horas. Amaneció. Y desde entonces no te has atrevido a regresar a casa. No quieres, no puedes.

Las balas siguen perforando las paredes de casas, edificios, comercios; los coches aparecen tendidos en las calles como cadáveres metálicos; la comandancia está cocida, tapizada de tizne, con fierros colgantes, el teléfono descolgado, la computadora y los archiveros como queso gruyere, llenos de hoyos por las balas.

No hay ni un policía. Los soldados y los marinos custodian las entradas al pueblo, pero en cualquier descuido los cárteles reinician sus enfrentamientos. Ya les mandaron refuerzos, pero los militares de los retenes se quejan de estar haciendo “el trabajo que los policías no pudieron”.

Tú dices que prefieres que el ejército esté en la zona, convencida de que si los dejan solos será peor. Ya ni puedes lamentar que la Comisión Nacional de Derechos Humanos haya recibido en 18 meses 100 quejas por abusos de los militares en la guerra contra el narcotráfico.

Sabes que mucha gente se refugia al otro lado del río Bravo y autoridades de la alcaldía de Roma, Texas, confirman el rumor de que el alcalde de Mier, José Iván Mancias, se esconde del lado gringo. Y tú haces lo mismo, por qué no.

Atrás quedaron todas tus pertenencias, tus amigos y parte de tu familia. Tu esposo ya no tiene aquel empleo como personal de limpieza en la presidencia municipal; ahora hace trabajos en las casas de los texanos. Sonríes con tus dientes de princesa y le dices que es un milusos.

Vives en casa de tus suegros, que ya son ciudadanos estadunidenses, y aunque a ti y a tu marido no les alcanza para rentar una casa, están más tranquilos del otro lado del puente. Ya juntarán los 3 mil dólares que necesitan para arreglar sus papeles. Mientras, de vez en vez rezas por los que se quedaron atrás.

Y siempre acabas implorando: líbranos del mal.

De pueblo mágico a pueblo trágico

Quien se pare junto al cactus de la colina donde trabaja el alcalde de Roma, Texas, verá México. Primero el río verdoso, luego una franja de árboles que murieron ahogados cuando creció el cauce del agua y después la ciudad de Miguel Alemán. A 15 kilómetros está Mier.

Roma es un poblado de apenas 11 mil habitantes, un hotel, dos moteles, media docena de iglesias, una docena de restaurantes de tacos y hamburguesas, una secundaria, una preparatoria, una avenida principal, ningún café internet ni edificio alto.

De extremo a extremo, un automóvil no tarda más de 10 minutos en cruzar el pueblo. Caminar por sus amplias avenidas es casi imposible, existen pocas banquetas y la ciudad está atomizada entre grandes baldíos, negocios y casas. No hay transporte público, pero eso sí, los ancianos encontraron una forma de ganarse unos dólares al convertir sus autos en taxis, que trabajan sin regulación alguna.

Entre las calles del pueblo hay un lugar que huele a flores, madera y cítricos, donde un grupo de mujeres vende perfumes y tabacos. El mostrador les sirve de trinchera y desde ahí están al pendiente de los enfrentamientos al otro lado del puente. Ellas nacieron en Mier, se casaron en Mier y sus muertos están enterrados en Mier pero, al igual que casi 600 familias este año, decidieron escapar de Mier.

Llevan tiempo trabajando en la tienda, desde antes de ese 23 de febrero, cuando empezó la pesadilla que transformó a su “pueblo mágico” en uno trágico, como dicen los mierenses.

Ese día 23, una de las mujeres de la perfumería se levantó temprano, arregló a sus dos hijos, preparó el desayuno y cuando estaba por salir desu casa unas 20 camionetas con vidrios polarizados y las siglas C.D.G. (cártel del Golfo) llegaron hasta la plaza principal. Los motores se detuvieron y comenzaron los ataques con granadas y armas de calibres capaces de perforar el cemento de las casas y alcanzar a los moradores.

Mier quedó sitiada.

—No puedo salir de la ciudad… ¡Nos están atacando, están baleando! —llamó la mujer a su jefa en Roma, Texas.
—Escóndete, no intentes ir a la calle. Cálmate, aléjate de las ventanas —le sugirió su jefa, que desde hace años dejó México y se fue a vivir al otro lado de la frontera.

A eso de las ocho de la mañana el ejército registró que los sicarios habían secuestrado a por lo menos 10 elementos de Policía y Tránsito de Ciudad Mier.

Dentro de sus casas la gente se había tirado al piso o se había escondido en cualquier recoveco: el armario, la tina del baño y hasta en la lavadora, a donde algunos intentaron meterse en medio de la desesperación. El zumbido de las balas rebotaba en las paredes, en los techos.

Los muchachos que ya estaban dentro de la escuela de bachilleres Jesús Ramírez Quintana gritaban aterrados por las detonaciones. Los disparos se internaban en el plantel y todo era pánico.

Cuando los narcotraficantes intentaron salir de Mier por las calles de Cuauhtémoc y Allende, se encontraron de frente con un convoy de soldados que regresaban de Miguel Alemán, donde otros grupos de delincuentes se habían enfrentado.

Ese día hubo por lo menos 10 muertos.

Temblorosa, la mujer de los perfumes recuerda cada balazo que Mier ha vivido desde entonces. Le escurren las lágrimas, se sujeta del marco de la puerta de la oficina. No quiere hablar y se enoja.

—¿Quieres saber qué perdimos, cómo estamos? ¡Qué quieres que te diga! Carlos Marín (periodista de Milenio Diario) dice que es paranoia colectiva y que somos sólo unos aldeanos a los que nos desplazaron. Yo lo reto a que venga aquí y vea cómo está el pueblo, que se dé cuenta de que sentimos un luto, porque no queda nada. Esto es como cuando se te muere una persona que amas. No puedes regresar al lugar en donde viviste, donde te criaron, donde te casaste y tuviste a tus hijos. No puedes ir ni a ponerle una rosa a la tumba de tus padres. Te robaron tu casa,tus propiedades, tu vida. Se siente coraje, dolor,pero más impotencia. Y cuando ves a estos delincuentes se te eriza la piel porque tienen cara de demonio.

La mujer está molesta, pero mira con ojos tristes. Suspira y calla.

—Yo no quiero hablar, en todos lados hay oídos —dice antes de darse la vuelta e irse.
—La situación es tal, que en Mier los buitres no piden carne, ¡piden postre! —remata con fúnebre sentido del humor su compañera de trabajo, y sigue—. Si quieres saber cómo nos tiene esta guerra, cuando salgas fíjate en las manos de la otra chica que viste al llegar: tiene todos los dedos lastimados, ya se los acabó de comerse las uñas por los nervios.

Prohibido ir a México

Hasta el lugar llega una oficial de policía de caderas jugosas, labios rosados, cara de ángel y una estrella plateada en su pecho.

—¿Todo bien? —interrumpe—. Hay que tener cuidado con lo que se anda preguntando por aquí. La gente tiene miedo. Hace unos días por la mañana hubo una balacera en la calle Primera de Miguel Alemán y se tuvo que cerrar el puente por un rato. Uno de los heridos llegó hasta la frontera y se le dejó pasar, como a todos los que llegan así. Ya van varios.
—¿No le da miedo su trabajo, estar tan cerca de las balaceras?
—No, no me da miedo —responde con tono orgulloso—. Pero a todos los oficiales de policías de este lado ya nos prohibieron ir para México. Y eso sí es una pena, porque yo tengo un rancho allá y me divertía mucho. Lo tuve que dejar encargado.
—¿Cómo van a hacer para contener la violencia y que se quede de ese lado del río?
—Para eso todas las agencias policiacas están trabajando unidas. Ahora mismo las autoridades están en una junta por la balacera del otro día.
—¿Y de este lado cómo está la situación?
—La gente nos dice: “ahí viven unos zetas”, pero a diferencia de lo que pasa en México, aquí eres inocente hasta que se demuestre lo contrario, entonces no podemos ir a atraparlos mientras de este lado se comporten. En Estados Unidos tienen la libertad, pero el día en que los atrapen ya no van a salir y ni siquiera derecho a visitas conyugales van a tener.

En la oficina de la tienda de los aromas hay una computadora donde las mujeres monitorean todos los comentarios que la gente deja en Frontera al Rojo Vivo, un sitio que habilitó el periódico Reforma y que se ha vuelto un medio por el que los pobladores de la zona se comunican, tratan de organizarse y saben si es seguro salir a la calle.

Días después del encuentro en la perfumería, en la feria de juegos mecánicos instalada temporalmente en Roma la mujer de ojos llorosos paseaba entre la iluminada rueda de la fortuna y el martillo, famoso por marear a sus tripulantes. A unos metros, la gente gastaba sus dólares en los juegos de destreza para conseguir un oso gigante de peluche rosa.

Más tranquila, quiso contar una parte de su historia.

A su hijo menor le gustaba sentarse en sus piernas mientras ella manejaba la camioneta por las calles de Mier. Una tarde los atajaron varios hombres armados. Los rodearon. En un instante ella quedó con una arma en la sien y su pequeño, escondiéndose entre sus brazos. En la parte trasera iba su hijo mayor. Creyó que morirían ahí mismo, pero tuvo suerte. Al ver a los niños asustados, uno de los hombres levantó la mano y ordenó:

—Déjenla pasar.

Hay que andar con tapaojos

El es lo que se dice un cowboy.

Su casa está en una de las zonas lujosas de Roma, Texas. Le gusta la pesca y es de los más importantes ganaderos de la región. En México posee un extenso rancho donde cría sus vacas. Ya no puede vivir ahí porque los delincuentes “están desatados”.

Ha sido afortunado, los narcos no le han pasado a cobrar cuota para dejarlo hacer sus negocios, pero ya le ha tocado toparse con ellos en la calle, así que decidió salir del pueblo antes de tener algo que lamentar.

La última vez que los vio fue a principios de noviembre, a eso de las nueve de la mañana, en una de las calles de Nueva Ciudad Guerrero, Tamaulipas. Eran ocho camionetas que circulaban a toda velocidad. Se topó con ellos en una esquina y sólo bajó la mirada. Dice que en el estado del gobernador Eugenio Hernández hay que andar como los caballos: con tapaojos.

En febrero, “cuando empezó la revolución”, el hombre de bronceado perfecto decidió sacar del pueblo a sus dos hijos y su esposa. Los mudó a Texas y ahora él vive entre las dos fronteras. Cuando pasa al lado mexicano se lleva un mueble viejo para que, si se lo quitan, no sea tan grande la pérdida; en su garaje deja estacionados dos camionetas nuevas de impecable color blanco.

Antes de cruzar, toma medidas de seguridad y llama para monitorear si está tranquilo el ambiente en Nueva Ciudad Guerrero.

—Es común que los narcos pasen y te digan: “señor, necesito su camioneta, bájese y agarre sus pertenencias” —justifica, como si fuera necesario.

Platicamos en Roma, afuera de su casa, junto a dos perros salchicha y una lancha de pesca deportiva.

—La seguridad en este país (Estados Unidos) no es al cien, pero te sientes más seguro porque no es tan corrupto —cuenta mientras prepara los anzuelos que llevará a una competencia el fin de semana—. De este lado también ha habido crímenes relacionados con la delincuencia organizada, pero nada que se le compare. En México no tenemos ley. Hacen lo que se les da la gana. Te pisotean y no tienes a quién acudir.
—¿Cómo le ha cambiado la vida?
—Me ha afectado la cuestión económica porque el comercio no va bien. Los sueños que tenía para este año se vinieron abajo. Pensé que el negocio iba a ser más próspero, pero no te dejan trabajar y pasar el negocio para acá es caro. Pero la gente que tiene menos recursos es la que está más afectada, la que sufre más, porque no tiene la opción de venirse de este lado de la frontera. Muchos se tienen que quedar.

A unos días de esta entrevista, la alcaldesa de Nueva Ciudad Guerrero, Olga Juliana Elizondo, dijo que de los 4 mil 800 habitantes, 2 mil 400 ya dejaron sus hogares para irse a Estados Unidos o desplazarse a otras partes de Tamaulipas (El Universal, 25/11/10). Y solicitó ayuda urgente para enfrentar la crisis económica propiciada por la violencia.

—Nosotros hemos perdido libertad, hay que irse a dormir a la hora que los malandros dicen y ya no podemos andar a las dos o tres de la mañana en los bares —lamenta el ganadero—. Mis hijos era felices de poder estar en el rancho y andar en bici o a caballo. Y sus amigos se fueron a vivir a otros estados o a otros países. Yo mismo tenía un grupo de amistades con quienes me juntaba los fines de semana y perdimos esa libertad. Tampoco puedes circular a tu antojo porque hay carreteras que no son seguras, como la rivereña, la que va de Monterrey a Lumiere o la de Nueva Ciudad Guerrero a Salinas. Y si sales de tu casa de noche debes procurar llevar ropa clara y los vidrios abajo para que te reconozcan.
—¿Y el ejército?
—La presencia militar da un alivio tremendo, si se van no sé qué va a pasar. Yo cuando los veo me quito el sombrero porque están dando la vida por pelear contra los mañosos.
—¿Qué opina de las recomendaciones que han hecho a los militares por violaciones a los
derechos humanos?
—Yo prefiero que los militares me bajen cien veces del coche y me revisen. No me importa que me detengan. Me siento más seguro si están. No importa que te hablen mal, sabemos que tienen mucha adrenalina.

Nada de “psicosis social”

La diminuta oficina legal donde se arreglan los papeles para vivir en Estados Unidos es como un confesionario a donde la gente llega a contar sus penas. Todos tienen una historia de balaceras, algún conocido que ha sido secuestrado o un muerto al cual llorar.

Hace calor, son más de las tres de la tarde del 19 de noviembre y la puerta de vidrio se abre para ceder el paso a un par de mujeres de cabello teñido que quieren arreglar sus documentos porque van a dejar Mier. Ellas han decidido no irse al refugio y siguen atrincheradas en su casa, aunque todos los negocios están cerrados, no se ve gente caminando por las calles ni coches estacionados y tampoco hay gasolina desde hace más de un mes.

Están esperando que los marinos y los soldados regresen el orden. Entre tanto, llevan la cuenta del número de balaceras que ha habido desde aquel fatídico 23 de febrero: 34 en total, aseguran. Y se han puesto a coleccionar los casquillos de diferentes calibres que quedan en su patio después de los enfrentamientos. “Tengo de todos”, presume una de ellas.

Sus hijos han dejado de ir a la escuela sin que hubiera una suspensión oficial de la Secretaría de Educación Pública. Y cuentan que los maestros están pidiendo su reubicación. Ahora están enojadas porque las autoridades minimizaron lo que estaba pasando.

—Nada de “psicosis social”… ¡Vayan a ver los agujeros en las casas! Los medios (de comunicación) nada más entran rápido y se van, nos dejan solos y en los noticieros nacionales, como el de Joaquín López Dóriga, no existimos —dice exaltada una de las falsas pelirrojas.
—Desde febrero en Mier y en Guerrero están canceladas las bodas, los XV años y todos los eventos sociales. Lo peor es que nos hemos ido acostumbrando a las balaceras. Ya una pregunta común entre la gente es: ¿cuántos muertos hubo hoy? —relata la otra mujer.

El sol empieza a anunciar su retirada. Las dos señoras intentarán llegar hasta Monterrey antes de que oscurezca. Saben que no es seguro estar en la carretera, por lo que abruptamente terminan la plática. Salen corriendo para llegar antes de que caiga la noche.

Métanse, Va a empezar la balacera

Sentada en una silla en la que se balancea como si fuera mecedora, está Raquel. La adornan la luz del sol en tonos naranjas y los tres tendederos llenos de pinzas de madera que parecen congelados en una extraña coreografía. Al fondo se alcanzan a ver un montón de cachivaches arrumbados. Estamos en la parte trasera del baldío donde descansa un camping de pintura descarapelada color azul celeste en el que viven los 10 integrantes de la familia.

Raquel, entrada en sus treinta, tiene casa en una colonia a las orillas de Mier. Trabajaba en una de las escuelas de esa ciudad, pero la SEP la reubicó en Miguel Alemán después de los enfrentamientos. De momento se la pasa en ese patio polvoso en Roma, Texas, porque le da miedo estar del otro lado del puente. Si no se ha quedado definitivamente es porque no puede renunciar a su trabajo, no tiene cómo mantener a sus hijas.

—Los niños no están aprovechando la escuela. Les está afectando: ya nada más oyen un ruido fuerte y se asustan. Ellos ya saben que si pasa algo tienen que tirarse al piso y quedarse quietos. Va a pasar mucho tiempo antes de que puedan superar este trauma —dice Raquel mientras raspa el barniz morado que queda en sus uñas y mira sus tenis brillantes, llenos de letras—. A nosotros no nos interesa qué cártel gane la guerra, lo que nos interesa es que se acabe esta desolación, este sentimiento de persecución y de inseguridad. Si te enfermas a media noche no hay doctor, no hay farmacias. Vivimos en un pueblo sin ley. Y yo me pregunto: ¿por qué somos nosotros los que tenemos que huir como criminales?

Pedro es un joven de 23 años que solía ser el encargado de resguardar los 15 mil libros que los niños iban a consultar por las tardes para hacer su tarea en la biblioteca de Ciudad Mier. Ahora vive en ese camping también, hasta que encuentre un nuevo trabajo y arregle los papeles para que, como su padre, sea ciudadano estadunidense.

Él tiene muy presente el día que decidió que no quería vivir entre más balaceras. Era un 5 de abril, a las seis de la tarde. Su familia estaba en el portón de la casa que tenían en Mier, cocinando carne asada para celebrar su cumpleaños, cuando alguien gritó:

—¡Va a empezar la balacera!, métanse pa’dentro.

Uno de los niños que escucha el relato, y que es otro de los inquilinos del camping, sonríe.También quiere contar algo:

—Mi tío se iba quemando porque agarró la carne del asador y se metió corriendo. Y cuando nos metimos vi que uno de los sicarios se puso a tirar desde el porche de la casa. Otros estaban en el techo y nosotros nos escondimos adentro. Cuando salimos encontramos un montón de casquillos, unas gorras con sangre, zapatos, calcetines y una cangurera.

Un mes después el bibliotecario estaba refugiado en Roma.

—A qué me quedaba, si el presidente municipal ya ni estaba ahí, se fue en mayo por esa balacera que ocurrió el día de mi cumpleaños. Aquí quiero empezar otra vida. Me gustaría estudiar, primero aprender inglés y luego meterme a la escuela para ser maestro de primaria. Aun así sigo extrañando mi casa y a mi mamá, que no ha querido salirse de ahí.

A 100 años de la Revolución

En Miguel Alemán el aire pesa. La tensión casi se puede tocar. Todos están alerta. Todos miran pasar las camionetas sospechosas y bajan la mirada. En cuanto se mete el sol, los pobladores se guardan en casa.

No hay un toque de queda, pero después de las seis de la tarde la calle se queda sola. Cuando la gente que viene de Texas cruza la frontera, evita vestirse de negro, no desea que se le confunda. Y realizan sus actividades siempre de día.

Al caminar en Miguel Alemán se siente zozobra. Nadie confía en desconocidos. Las personas prefieren no hablar “de esas cosas” porque cualquiera podría estar escuchando.

Es sábado 20 de noviembre, algunas escuelas organizaron un desfile con los niños vestidos de revolucionarios. Salen a la calle y los padres no los pierden de vista ni por un segundo.

Dentro del albergue poco les importa que se hayan cumplido 100 años de la Revolución.

Ahí, sentada, balanceándose en su mecedora preferida, está doña Consuelo. Tiene 104 años y está en el albergue con cinco generaciones de su familia. Ya no oye nada. Lo único que se le ocurrió a su sobrina para que la anciana accediera a dejar su casa, fue hacerle señas de que venían los soldados.

Doña Consuelo no sabe de la guerra contra los narcos, ni de los 30 mil muertos, ni que es una de las desplazadas por la violencia. Cree que, como en la época revolucionaria, están huyendo de los soldados, por eso el otro día que los vio en Miguel Alemán pensó que tendrían que volver a buscar escondite.

En el mismo salón se encuentra Miguel, un joven a quien le gusta sentarse frente a la televisión para ver el futbol y el box. Ahí pasa las horas, con las piernas estiradas, el bigote a medio salir, sus ojos color miel y una melena de cabello ensortijado. Veinte miembros de su familia están en el refugio esperando poder regresar a casa. Él no tiene idea de cuándo será eso, pero tiene muy claro que la violencia ya lo dejó en el limbo.

Antes de que las cosas se pusieran feas, Miguel tomaba el autobús todos los días rumbo a la Universidad Politécnica de la Región Ribereña en Miguel Alemán. Se aplicaba para ser ingeniero en informática, hasta que un día el camión que lo llevaba a la escuela no pasó más. Ahora ni estudia ni trabaja, sólo espera a que acaben los tiempos de guerra.

Los Acapulco Kids

Publicado: 2 julio 2010 en Alejandro Almazán
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La primera vez que Jarocho me ofreció a una niña por 300 pesos le dije que sí, que a eso había ido al Zócalo aquella noche. El tipo, que cuidaba autos frente al Malecón, se echó la franela al hombro y sonrió de tal manera que los dientes le brillaron en el oscuro rostro, reventado por el acné. Luego, cuando se dispuso a traerla de un callejón, dije que no, que mejor volvería más tarde.

—De una vez, brother, el yate llega a la una de la mañana y ahí vienen gringos ya rucos que se llevan a las más morritas. Orita hasta te puedo conseguir una de nueve o diez años –dijo con cara de “tú me entiendes, no te cuento nada nuevo”, y sentí tremendo retortijón en el estómago.
—Regreso antes de esa hora, nada más no vayas a fallar.
—¿Qué pasó, brother? Los hombres sabemos hacer negocios. Y como me caíste a toda madre, te la voy apalabrar pa que te dé un servicio chingón. Ái tú te arreglas con ella si quieres cosas más perversonas.

Volví después de que el yate Aca Rey había tocado tierra firme. Entonces supe que Jarochosólo era un mero cazador de clientes, que trabajaba para un proxeneta y que la niña que llevaría esa noche se llamaba Allison. Era adicta a la piedra –esa droga barata que embrutece más que otras– y no pasaba de los 12 años.

***

Un día Acapulco se cubrió de verde y de cerdos salvajes que desafiaban los caminos de tierra. Las gargantas de los pescadores toltecas cantaban a los dioses, los bambúes crepitaban con el viento y los mangos petacones engordaban. Mil años después, los aztecas traerían la plaga hasta que Hernán Cortés y su gente la aplastaron a su vez con la gonorrea y la virgen de La Soledad.

Luego de 500 años de ensangrentar destinos, llegaron los grandes edificios a la bahía y dividieron la ciudad en dos: la cara bonita y el patio trasero. Agustín Lara le cantó a María Félix, Pedro Infante compró casa y Tintán amó al puerto por siempre. Entonces cayó el nuevo milenio y bajo el brazo trajo un racimo de pedófilos estadounidenses y canadienses que se hartaron de que en Cancún los señalaran. Ellos fueron los que corrieron la voz y, al poco tiempo, Acapulco se transformó en el paraíso de la carne más joven.

Desde entonces, los pederastas acarrearon consigo padrotes intocables, madrotas disfrazadas de mujeres abnegadas, nuevas estadísticas del VIH, tendejones para emborrachar a las niñas, revólveres, pobreza de la que unos se enriquecen, vientres abiertos, noches para velar a los chicos, home pages para ver el mapa y saber dónde encontrar niños; hoteleros y taxistas para el trabajo sucio. Rencor y noches y días de ajetreo.

Han traído hordas de niños al Malecón, al Zócalo, alcanalque lleva las aguas negras a Hornos, al Oxxo que está rumbo a Telecable, a la Soriana de la Costera, a las canchas de la crom, al asta bandera, a Caleta y Caletilla, a la barda del restaurante Condesa, a la vuelta del salón de belleza Xóchitl, a la calle La Paz, al hotel Real Hacienda, al puente de la Vía Rápida, al semáforo de Aurrerá, a La Redonda que todos conocen como Las Piedras de la Condesa, a la playa que Cortés bautizó como Puerto Marqués, y a los puteros del centro.

Y es por ello que Unicef califica ya a Acapulco como la ciudad mexicana número uno en lo que a prostitución infantil se refiere. Ha desbancado a Cancún y a Tijuana.

En estos 1 882 kilómetros cuadrados se concentra casi todo lo que necesita un pederasta: playas increíbles, droga barata y en cantidades pasmosas, ojos que nunca ven y bocas que nunca hablan, hoteles 50% off, un bando municipal que estipula que en Acapulco no se multa a los turistas, prostíbulos donde la mayoría de edad se alcanza desde chicos, padres que piensan que los hijos son moneda de cambio, y niños, muchos niños, que por un bote de PVC o un poco de mariguana están dispuestos a encarar la vida y despistar la muerte con sus cuerpos.

***

En las callejuelas del centro, esas que suben dolorosamente hacia el cielo, está el bar Venus. Es una construcción vieja de dos pisos, pintada de mala gana. Es de un naranja parecido con el que Van Gogh pintó el melancólico cuadro The Old Tower in the Fields. La desvencijada puerta es azul, como si quien la cruzara fuera directo al paraíso. Pero no: los ventiladores giran sin énfasis, hay mesitas de lámina extenuada y los clientes son una bola de infelices a los que sólo les queda emborracharse para combatir el calor y la tristeza. Quizá lo más deprimente sea la pista donde bailan las mujeres de vientres poderosos: es una enorme ostra de concreto que arroja luces rojas y verdes. Todo aquello parece sacado de las películas o de los cómics de Alejandro Jodorowsky.

Mía bailaba en el tubo como una boa adormecida mientras de la rocola salía la voz de Noelia con eso de“tú, mi locura, tú, me atas a tu cuerpo, no me dejas ir”.

Mía, que en realidad se llamaba Ariadna, había cumplido los 14 años el 3 de septiembre pasado y estaba orgullosa de su edad porque eso le ayudaba a que los clientes se pelearan por ella.

Intentó sentarse en mis piernas y la mandé a la silla.
—¿Qué, eres joto? –preguntó con un hablar pastoso. Ya estaba algo ebria.
—No, pero tienes la edad de mi sobrina – y Mía miró como si me hubiera vuelto loco. Luego, ordenó una cerveza mientras enumeró sus reglas:
—Me tienes que dar 40 pesos por estar aquí contigo; con eso ya pagas mi cerveza. Si quieres algo más, allá atrás hay cuartos. Cuestan 100 pesos y yo te cobro 200. Si quieres que te la chupe, son 100 más.
—A mí sólo me gusta platicar, soy reportero.
—Bueno, dame los 40 y platicamos.

Al sacar el dinero la miré bien: los ojos, de negro intenso, casi se perdían en la cara; estaba maquillada como los muertos, tenía papada, los pechos apenas le estaban creciendo y su cuerpo rechoncho era de un irreparable color cobrizo.
Pagué. Entonces Mía me contó que ese nombre se lo puso ahí un viejo, amigo de la patrona. A ella se le hacía muy estúpido, pero debía aguantarse. “Yo hubiera escogido un nombre como Esmeralda o algo así”. Era de Tierra Caliente, pero había llegado a Acapulco hace medio año para trabajar en un Oxxo, pero cuando le dijeron que en el Venus podía ganar 800 pesos al día mandó al diablo la idea de ser una cajera vestida con uniforme rojo con amarillo. “Ahí en el Oxxo iba a ganar como 50 pesos y a mí me gusta comprarme ropa”. Su mamá no sabe a qué se dedica y, si lo supiera, no le preocupa:“Porque yo la mantengo a ella, a mi abuelita y a dos sobrinos; como mi papá se fue a California y nunca regresó, necesitamos el dinero”.

Prostituirse no le quita el sueño. “En mi pueblo venden a las mujeres desde chiquillas, con eso pagan la tele que compran o las cervezas que no pagaron”. También dijo que le gustaría probar las drogas y que un día quiere ser actriz de telenovelas.

No habló más porque un gordo, al que le faltaban varios dientes y andaba todo andrajoso, la llamó con la mano en la cartera para que se sentara con él. Se bebieron una caguama como si ambos desfallecieran de sed. Luego, cuando en la ostra gigante bailaba una mujer que parecía haber ido con un carnicero a que le hiciese la cesárea, el tipo se llevó a Mía. Fueron a los cuartos.

***

—Mañana tendré dos chicos; acá nos vemos y te paso a uno.

Andrew tendrá unos 60 años y sus tres hijos ya le han dado cuatro nietos. Su segunda esposa, según contó, es 10 años menor que él y jura quererla igual que el día en que se conocieron. Puede que sea cierto. Andrew tiene cabello blanco, su piel está lo bastante bronceada como para parecer un trozo de marlin ahumado, y sus ojos son de un gris encendido. Su español es mordisqueado, pero da para platicar.

Supuestamente vive en Boston y trabajó en un pub donde los hombres le confiaron nostalgias y proezas de machos. Yo hice eso para acercarme a él mientras comíamos un cóctel de camarones en la playa Caleta. Andrew fue el único gringo que creyó que los niños también eran mi debilidad. Los otros con los que intenté conversar fueron displicentes y no sirvieron de mucho. Desde hace unos cinco años, cuando Jean Succar Kuri calentó Cancún, Andrew entró a las páginas de los pedófilos en Internet y supo a dónde emigrar: Acapulco. Y, sobre todo, a la playa Caleta.

—Me dijeron que en Caleta uno consigue niños, pero no sé cómo —le solté cuando Andrew combinaba los camarones con una coca cola de dieta.
—Es fácil –dijo con el tono de quien no miente–. Hay que tratar con aquellas mujeres —y señaló a las indígenas que aquella mañana vendían artesanías mal hechas y otras baratijas.
—¿Y qué les tengo que decir? —pregunté a Andrew y él me miró como quien le tiene lástima a un pordiosero.
—Cómprales algo de lo que venden o dales para que vayan a comer; el chico ya va en el precio.
—Como el desayuno…
—Sí, como la barra libre.

Para ser honestos, no supe si hablar más o propinarle ahí mismo un puñetazo. Nos quedamos callados porque no se nos ocurrió otra cosa y miramos el mar y sus virutas. Por ahí pasó un par de viajeros con mochilas al hombro, un tipo que vendía raspados, una costeña que hacía trencitas, un viejo que alquilaba cámaras de llanta para usarlas como flotadores, un par de pescadores que mostraban mojarras de 10 kilos, un matrimonio con su hijo en brazos, y unos niños que, como si fuesen cachorros, se revolcaban en las olas. A ellos, Andrew los escudriñó como hacen los críticos de arte.

—No les digas a las mujeres que eres mexicano, mejor háblales en inglés –Andrew rellenó el silencio.
—No me lo creerían. Creo que ya me jodí.
—Mañana tendré dos chicos; acá nos vemos y te paso a uno. Son tan inocentes…
—¿Y hoy no se puede? —No, anoche fue de locos
–replicó y ordenó media docena de ostiones con unas gotas de salsa Tabasco.

Cuando me despedí para no verlo nunca más, fui con algunas indígenas y, aunque hablaron en su lengua, entendí que me fuera al carajo.

Con la misma importancia me trató el salvavidas de la playa. Usó una lógica absurda y cínica para responder por qué no hace nada contra tipos como Andrew: “Yo nomás cuido que nadie se ahogue”.

PD: En el DIF municipal, Rosa Muller, una mujer con un corazón enorme, había contado que las indígenas tienen el hábito de vender a sus hijos a los extranjeros. A mexicanos no. Quién sabe por qué. Otro dato: Adriana Gándara, funcionaria del Centro de Atención a Víctimas de Delito de la PGR, ha dicho que al menos la mitad de los más de dos mil niños que se prostituyen en Acapulco son indígenas.

***

Agenda Amarilla del Novedades, El diario de la familia guerrerense. Viernes 21 de noviembre. Dos anuncios:

¡Chavita de secundaria! Tiernita, Bebita hermosa y sexy. ¿Qué esperas?
Chiquilla bonita. Soy estudiante de secundaria. Delgadita. Bustona. Llámame.

Llamé de un teléfono público. En el primer anuncio contestó un tipo que sabía su negocio. No recuerdo el nombre de la niña que ofrecía, pero la describió con tal labia que no dejaba resquicio alguno para creer que no existía cintura más delgada ni trasero más redondo y levantado que el de ella.

—Me hablas de una mujer de calendario, compa.
¿Estás seguro de que va en la secundaria?
—Te lo juro por Dios, carnal. La chamaca está garantizada, por eso te la estoy dejando en mil 500 pesos. Ira: ella va a tu hotel y después de dos horas me la regresas.
—Deja hospedarme y te llamo otra vez.
—Pásame tu celular.

Le di un número viejo que dejé de usar.

En el segundo anuncio clasificación xxx respondió una mujer con voz de niña. Suponiendo que sí era una estudiante de secundaria, dijo llamarse Lulú, se jactó de tener experiencia y reiteró que estaba dispuesta casi a todo. Cobraba 2 mil pesos y 500 más por tener sexo anal. Nada de fotos, nada de video.

—Estoy hospedado en el Mayan Palace –mentí–. ¿Y si no te dejan entrar?
—Ya he ido ahí. No te preocupes, me gusta su alberca, está bien grandota.
—Pues deja pensarlo y te busco.
—Anímate ya, más tarde voy a estar ocupada.
—¿Y no te da miedo que sea un asesino o algo así?
No me conoces.
—Tú tampoco.
—¿Y si te dijera que soy reportero y ando contando historias de niñas como tú?
Colgó.

***

Tú ponle ahí que me llamo Manuel. Tengo 16 años, pero me prostituyo desde hace 10, cuando me salí de la casa porque mi mamá nomás quería a mi padrastro, un viejo cabrón que sabe que si se mete conmigo mi banda de Ecatepec le pone en su madre. He andado por el DF, Hidalgo, Puebla, Veracruz, Cuernavaca y Chilpancingo. Aquí, a Acapulco, ya tiene que llegué como desde 2004. Y está chido.

[Estamos en el albergue del DIFmunicipal llamado Plutarca Maganda de Gómez, una religiosa a la que nadie recuerda. Aquí llegan los niños prostitutos que la directora del lugar, Rosa Muller, busca en las calles de Acapulco para darles comida, ropa, dejarlos que se duchen y, si quieren, vivir hasta que cumplan los 18. Ningún chico es obligado a quedarse.

Manuel es uno de esos niños que entra y sale del albergue dependiendo de las ganas que tenga de drogarse. Para comprar piedra y mariguana, con lo que le fascina dinamitarse el cerebro, sabe que debe cumplir con el círculo vicioso de escapar, prostituirse, comprar su cóctel letal y ropa nueva que le ayuda a alardear entre la banda de que él ha triunfado; luego vuelve al albergue.

Cuando está afuera, gana unos 6 mil pesos a la semana. A él se le hace una fortuna.]

En esto siempre hay clientes. La mayoría son viejos, pero hay de todo: gabachos, de Canadá, franceses y mucho mexicano. No es cierto que nomás los turistas de otros países nos busquen. Hay batos más dañados. Checa: está el payaso del Zócalo, el Chapatín; ese nomás quiere que uno le dé y nos regala drogas. Está el del Tsuru gris; es de Cuernavaca, le cae una vez al mes y levanta a dos o tres; paga bien. Está otro cabrón de la taquería Los Tarascos. Está un güey del hotel Real Hacienda que nos deja dormir y él tiene mucha piedra y PVC. Otro güey es uno que anda en una moto rojo; también es padrote. La que también le entra duro es una doña que luego vende burbujas de jabón en el centro; a ella le gustan las niñas y es madrota de mayates. Y está Fátima, una gringa ya señora que vive por el Fiesta Inn.

[Manuel no tendría por qué mentir, así que es mejor seguir escuchándolo.]

El precio que manejamos casi todos es de 200 pesos, más 100 por quedarnos a dormir. Los gabachos y las gabachas dan más: 400. Y lo chido también de ellos es que te llevan al parque Papagayo, a Recórcholis o se hospedan en hoteles bien chingones. Yo he ido al Avalón, al Hyatt, al Presidente, al Emporio y al Princess. Son muy bonitos. Pero no creas que me apantallan los gabachos. Sé inglés. Bueno, me defiendo. Sé decir cómo me llamo, mi teléfono, de dónde soy y todas las groserías. Así conquisté a una gringa. Tenía como 50 años. Es la gabacha más vieja con la que he estado. ¿La más chica? Una de 30, cuando yo tenía como ocho años.

[Manuel trae el cabello teñido de las puntas. Es un chico pura fibra con una mirada zigzagueante. Presume sus jeans Fubu o algo así, como si fuesen unos Versace. Lleva dos días sin drogarse.]

Eso es lo que no puedo dejar: las drogas. Los chochos no me gustan porque me amensan. Los hongos me ponen tonto y la coca me quita el sueño. Por eso prefiero la mariguana y la piedra. Unos se paniquean con la piedra, creen que los andan siguiendo, se les entume el cuerpo; a mí no. Ni siquiera me ha dejado loco. Ah, porque la piedra es cabrona. Muchos de la banda se han quedado idos, bien babosos. Con esos ya ni puedes platicar. Ni les entiendes lo que dicen. Pero te decía, con la mota y la piedra la hago. A veces también al PVC, pero poco porque se me mete el diablo. A ese le hago porque la lata cuesta 50 pesos y a mí, el de la ferretería, me lo da a 35. Es que hay noches que me quedo con él y me lo da más barato.

[Mientras habla, Manuel bosteza y parpadea como si lo hubieran sacado a patadas del sueño. Se despertó hace cosa de media hora. Por ahí de la una de la tarde.]

¿Qué más te puedo decir? Pues que aquí me ha tocado ver muchas muertes. A un jotito con el que me juntaba lo treparon a un carro y lo apuñalaron. No sé si eran sus clientes, pero yo vi caer al bato. Otro se murió de cáncer y una morrita de sobredosis. Ángel, el gordo, murió de sida. Yo hasta eso soy negativo. Aquí en el albergue nos hacen la prueba a cada rato. No le tengo miedo al sida. Soy un cabrón con suerte.

***

Allan García, uno de los editores de La Jornada Guerrero, tiene una memoria implacable para los datos duros y escalofriantes:

  • Hay paquetes exclusivos para pederastas que incluyen hotel y niño. Costos: de 200 a 2 mil dólares, según el grado de pubertad. El chico sólo recibe 20 dólares.
  • Desde los cinco años se prostituyen. A los 18 ya no sirven.
  • Los que controlan la prostitución infantil en Acapulco son, sobre todo, tailandeses.
  • Después del turismo y la venta de droga, la prostitución infantil es la actividad que deja más ingresos en Acapulco.

Allan recuerda bien esas cifras porque hace menos de un mes, durante la semana que el DIF Acapulco organizó para hablar del tema, los funcionarios locales de la PGRabrieron sus bases de datos.

En esas reuniones también se contó la historia del autobús con un azteca grabado en el parabrisas. Circula por todos lados, menos en su ruta. No levanta pasaje. Suben niñas que se van con hombres decrépitos cada vez que el camión se detiene. De hecho, a la hora de lavar el bus, en el río El Camarón, las chicas se pelean por hacer la limpieza porque el chofer no paga con dinero. Paga con droga y clientela que gasta a puño suelto.

***

Eric Miralrío, un acapulqueño que sirvió de guía al reportero, sugirió que buscáramos a Nayeli en el Malecón. La conocía porque apenas este año le había tomado algunas fotografías durante la realización de un documental. Por lo que le escuché decir, la chavita no pasaba de los 16 años, a los 13 fue mamá y su padrote le pegaba para imponer respeto. Parecía un gran personaje.

La segunda noche en que la buscamos, otro niño de la calle llamado Chucho nos dijo con su lengua drogada que a Nayeli la habían asesinado de 25 puñaladas. Ya no dijo más porque el PVC lo traía hecho un zombi.

Un día después, Rosa Muller, la directora del albergue del DIF municipal, contaría la historia de una Nayeli que resultó ser la misma que Eric conocía.

Y esto es lo que viene en la libreta de apuntes: Nayeli era una costeña que desde que nació fue linda. Antes de cumplir los siete años ya era parte del catálogo que un padrote mostraba a los clientes. A los 13, el proxeneta la hizo madre y le quitó el bebé porque le dijo que una adicta como ella lo terminaría matando. Nayeli se la pasó en las calles hasta que un chico de la banda se enamoró de ella y juntos lograron rentar un cuartucho allá por las fábricas. A principios de mayo pasado, salió drogada de su casa y se la tragó la tierra. Los reporteros de la nota roja la encontraron tirada en las calles, con 25 puñaladas. También la degollaron. Muller se enteró del asesinato por las páginas de El Sol de Acapulco, el diario que contabiliza a los muertos.

Lo que las autoridades llegaron a saber es que, por unos cuantos pesos, Nayeli delató un quemadero (lugar donde se consume droga). Y los traficantes no perdonan esas cosas. Cuando el DIF quiso recoger el cadáver en el forense para entregárselo a la familia, ya había desaparecido. Nadie quiso saber más del asunto. Muy pocos le lloraron.

***

Esa mañana la radio dijo que Acapulco estaría fresco, a no más de 33 grados. A Samy, sin embargo, el sol le caía como un piano en la cabeza: traía una tremenda resaca. Lo conocí en la playa Condesa porque un pescador con un ojo de vidrio llegó a ofrecer de todo: ostiones, el paseo en el paracaídas, hasta que aterrizó en el asunto de la mariguana y los niños.

—Conozco a los jotitos de Las Piedras, le puedo decir a uno que venga acá contigo o, si quieres, te lo puedes coger ahí mismo, no hay pedo. Todo el mundo lo hace ahí.

Samy traía un pantaloncillo rojo, la playera en el hombro y una sed endemoniada. Le dije que era reportero desde el arranque. Quién sabe si pudieron más las ganas de beberse una Yoli, pero se quedó un rato.

Primero dijo que nada más había ido a Las Piedras porque le urgía dinero. Pero ya en el tren de confesiones, presumió que su mejor experiencia fue con una pareja de cubanos, hace un año: mientras él recorrió el cuerpo de la mujer, el hombre lo grabó. Le dieron 100 dólares y con eso se fue a nadar al parque de diversiones Cici, comió en una taquería del centro, se compró dos camisetas y lo demás se lo inhaló. Dejó en claro que no era homosexual: “Yo nomás doy y tengo novia”, remarcó con la pose del Valiente de la lotería.

—¿Y usas preservativos? ¿Te cuidas?
—No me quedan.
Se fue hundiendo sus pies en la arena.
No lo he mencionado, pero Samy tiene nueve años.

***

Si Rosa Muller se lo propusiera, probablemente sería capaz de contar un millar de historias.

Por ella me enteré cómo Yahaira, una niña de Pachuca, llegó un día hasta la casa de Muller con un pastel de cumpleaños, una pierna gangrenada, una tuberculosis invencible y un VIH que le arrojaba dardos a las últimas defensas de su organismo. Murió hace un par de meses.

Otra historia que le duele a Muller es la de Oliver, de 12 años. Hasta hace unas semanas, además de prostituirse, se dedicaba a vender drogas. Se le hizo fácil consumir y no pagar al dueño del negocio. Para que escarmentara, para que entendiera que eso no se hace, lo amarraron con cinta canela a un árbol. En 15 días, sólo le dieron agua, sopa de pasta y un centenar de golpes. Así llegó al albergue. A los médicos les llevó varios días salvarle las manos y a él cinco minutos volverse a escapar. Muller, que sabe por qué dice las cosas, jura que a estas alturas Oliver debe estar muerto.

La historia más atractiva, sin embargo, es la de la propia Muller. Es decir, la de Mamá Rosy, como todos los chicos la llaman.

Resulta que su hijo, hoy de 13 años, solía ir a un internet ubicado atrás del hotel Oviedo, en pleno centro de Acapulco. Iba ahí porque le prestaban el play station sólo por dejarse tomar fotografías. Además, como el dueño del lugar le decía que en la casa de Mamá Rosy había fantasmas, al chico no le interesaba volver a su recámara si su madre no se encontraba.

Un día, a Mamá Rosy le llamó la atención que, súbitamente, su hijo fuese huraño, sudara por las noches y hablara de espíritus malignos a los que nadie podía derrotar. La curiosidad la llevó a indagar y a saber que en el café internet siempre había muchos extranjeros que a simple vista no resultaban nada confiables. Con el tiempo, contactó a la policía cibernética de la PFP y en pocas semanas se descubrió que aquel café internet era el centro de operaciones de una banda de pederastas.

En abril de 2003, las autoridades arrestaron a 18 pedófilos, 12 de ellos extranjeros, y rescataron a 10 niños. Entre los detenidos iba Enrique Meza Montaño, hijo del entonces regidor por Convergencia, Óscar Meza Celis. Enrique fue el único que obtuvo su libertad a las pocas horas. No importó que él, de 29 años, fuese el dueño del internet llamado Ikernet ni que fuese arrestado cuando estaba en compañía de dos menores.

A los otros, la PFP los presentó como parte de una banda que operaba en Europa, Estados Unidos, Canadá y México, además de vincularlos con dos artistas de la pedofilia: Robert Decker y Timothy Julian, ambos sentenciados en cárceles californianas. La edad promedio de los detenidos era de 65 años. Un par de ellos tenía VIH y se “suicidarían” después en las mazmorras acapulqueñas.

Ese hecho marcó a Mamá Rosy y fundó una ONG para proteger a los niños. De la gasolinera de su familia sacó los recursos y los chicos la fueron queriendo.

Pronto su nombre empezó a circular en el puerto y en 2005, cuando llegó Félix Salgado Macedonio a la alcaldía,éste la nombró directora del albergue Plutarca.

El próximo 31 de diciembre terminan los tres años de Mamá Rosy. Los chicos están tristes, dicen que volverán a las calles porque nadie los ha cuidado como ella. Muller, de ascendencia alemana, tiene pensado rentar una casona vieja para llevarse a los niños. “Ya veré cómo le hago, pero no quiero dejarlos, son presa fácil”, dice mientras se acomoda sus anteojos para la miopía. Lo que sí es un hecho es que su hijo poco a poco ha ido saliendo. Ya no ve fantasmas.

PD: El pasado miércoles 26 de noviembre, la estadounidense Patricia Katheryn O’Donovan denunció que el neozelandés Murray Wilfred Burney, también conocido como Mario Burney, estaba reclutando a menores de edad para reorganizar la red de pederastas que Meza Montaño y otros dejaron a la deriva.

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Yo era de ésas que andaba vendiendo droga. El buenero (narco) hasta me dio una pistola para defenderme. Era una 22, bien perrona. Le entré porque a mí no me gustó eso de acostarme con los gringos. Bueno, lo que pasa es que un día uno me pegó y ya no quise. De ahí les tiré la onda a las mujeres, pero hubo una, creo que era de Italia porque hablaba bien chistoso, que se puso bien loca en el cuarto, como que quería matarme. Era flaquita y yo, ya ves, pues estoy llenita, así que le puse unos madrazos y me fui. Por eso me metí de dealer. Bueno, me metieron.

¿Cómo te explico? Aquí hay mucho buenero que nos agarra para vender porque a nosotros no nos meten a la cárcel, nomás nos quitan la droga y nos dan unos zapes. Y le entras porque le entras. Si no quieres, te pegan. Dicen que a uno hasta lo mataron. Ya luego me harté y mejor me vine al albergue. No sé qué haré ahora que Mamá Rosy se vaya. Es todo lo que puedo contar. Tengo una vida aburrida.

[Silvia, se llama Silvia. Para tener su edad, 14 años, es lo bastante fuerte como para destrozar un piso entero en un arrebato. Le gustaría tener una muñeca.]

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Yo soy Norma. Crecí en Tepito, ahí en la calle de Jesús Carranza. Me fui de ahí porque mi mamá se murió. Tenía sida. Yo digo que mi papá la contagió; siempre fue muy mujeriego, pero quién sabe, mi mamá también tuvo sus novios y cuando andaba drogada no se fijaba.

[Otra vez en el albergue Plutarco. Otra historia. Otra niña invisible. Otro cigarro para aguantar.]

De lo otro, de cómo empecé a prostituirme, no me gusta hablar. Me da ansiedad. Pero ya estoy aquí, ya qué. Me voy a abrir. Mamá Rosy nos ha dicho que lo hablemos, que eso que trae uno es como una piedra en el zapato o como un anillo que se nos atoró en el dedo. A ver, ahí te va.

[A Norma, de 16 años, le han estado sudando las manos desde que sentó. Se la ha pasado secándolas sobre el short de basquetbolista que viste. Trae el cabello mal cortado, como si alguien le hubiese mordido la cabeza. Huele a jabón barato. Hace bombas con el chicle y tiene una sonrisa exacta.]

Tendría que empezar a contar que a los seis años me violó un primo. Luego, como a los ocho, me violó un tío, hermano de mi papá. Ya tenía como 11 años cuando mi papá llegó drogado y quiso hacérmelo. Sólo Dios sabe por qué no pudo. Si me lo hubiera hecho, seguro yo también tuviera sida. Desde ahí ya no me gustaron los hombres. Me dan asco. Pero hace como cuatro años cuando llegué a Acapulco, me dijeron que había señores que se acostaban con la chamacada. Yo, al principio, no quise. Luego ves que les regalan cosas y que la banda trae dinero. Entonces dije “chingue a su madre, le entro”. Eso sí: siempre lo he hecho bien drogada. Como que en mi juicio no se me da, hasta me dan ganas de vomitar. La bronca es que luego ni te acuerdas de lo que te hicieron. Yo luego he despertado con dolores en todo el cuerpo y con moretones. Con quienes sí me ha gustado, la verdad, es con las gringas. A ellas sí se los hago como con amor. Había una que me buscaba mucho. Ella me regaló un celular y ropa. Me dijo que quería llevarme a Estados Unidos para que viviera con ella, pero ya nunca volvió.

[Norma se levanta, dice que va al baño. Se ve rara, ansiosa, sin saber por qué. Todo empezó porque le pregunté si ese tatuaje mal rayado que dice Faby era en honor a la gringa y ella dijo que no, que Fabiola es una historia que ahora que vuelva va a contar. Regresa y cumple con su palabra.]

Fabiola fue mi novia, pero me hizo como trapeador. Era una cabrona. Decía que me quería y andaba con hombres. Yo le lloré, le dije que mi hijo, ¡ah!, porque tengo un hijo de cuatro años que no he visto hace mucho, necesitaba una mamá como ella. Le valió madre. Nomás me engañó. Hasta los papás de ella me querían, decían que algo como yo era lo que Fabiola necesitaba. Ahora la odio y amo a Diana, la chava que hace rato vino acá con su bebé. Diana sabe que ahora que termine de estudiar enfermería voy a cuidar de ella y el bebé. Lo malo de Diana es que todavía actúa como una niña y luego no sé ni lo que quiere.

[Intempestivamente, Norma me pregunta que si ya se puede ir. No puedo obligarla. Al poco rato, la psicóloga llega como un ventarrón con la mala noticia de que Norma se ha enterrado las uñas en la cara y que se la ha pasado quemando las cartas que le escribió a Fabiola. Me siento un imbécil.

Mamá Rosy irá a tranquilizarla y Norma volverá con el rostro sangrante. “No hay bronca, luego me pongo locochona”, dice con el tono de quien asume toda la culpa sin tenerla. “Ahorita me curo yo, ya me enseñaron en la escuela cómo hacerlo”. Lleva medio curso para auxiliar de enfermera. Se lo paga Mamá Rosy. Me dice que ahora que se reciba vaya a su graduación.]

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Frente al bar Barbaroja, en la playa Condesa, abordé un taxi en la Costera Miguel Alemán.

—¿Tú sabes dónde puedo conseguir morritas?
—Ahorita, por la hora, nomás en el Tavares, el Sombrero o en las casas de cita. Ya son las cinco de la mañana.
—Pero tengo gustos raros: quiero niñas, o niños –dije mirándole los ojos por el espejo retrovisor. El conductor, como si le hubiera dicho que necesitaba comprar un perro, buscó entre su celular ciertos números de contactos.
—Conozco a un cabrón que tiene pura chamaquita.
Ya he trabajado con él, es seguro, no te roban y todo es muy discreto. Deja llamarle.
Habló con tal desenvoltura que bien podría renegociar el TLC.
—Dice que las tiene ocupadas. Es que ya es tarde, el bisne hay que hacerlo a media noche.
Aliviado, me bajé en un hotel que no era el mío. La cara del taxista, en la duermevela, no me dejó en paz.

***

Es viernes por la tarde y en el Zócalo de Acapulco hay una cacofonía sostenida. Cuando mis padres me traían yo sólo veía boleros libinidosos, indígenas que se la pasaban expulgando a sus hijos, jóvenes que llevaban en sus cabezas cubetas en equilibrios imposibles, perros comiendo basura, al vendedor de globos, una catedral cuya entrada olía a excremento, basura y tamarindo; un puesto de periódicos que sólo vendía malas noticias, la nevería, policías que se la pasaban rascándose la cabeza, un quiosco donde los gringos se tomaban fotografías con las indígenas, como si las mujeres fuesen unos macacos, y una acera de restaurantes donde uno terminaba con diarreas interminables.

Hubiese visto ese mismo zócalo si no fuera porque Mamá Rosy me hizo un croquis de lo que uno nunca ve.

Entonces vi que, en efecto, la banca que está frente al Oxxo es para que se sienten las mujeres que buscan niño. Unos metros adelante, a la derecha de sur a norte, hay otra banca que rodea un árbol. Esa es para las niñas. Los pederastas lo saben muy bien. Quien busca acción con manos infantiles tiene que sentarse donde trabajan los boleros; la mercancía llega sola. En la noche, con sacar el celular y mantenerlo encendido, basta para que los chamacos se ofrezcan. Ahí está la gorda que vende burbujas, metida en unas mallas de lycra, al lado de un tipo cuya cara parece retrato hablado de la PGR. Es la misma a la que tanto las autoridades del DIF municipal como los chicos ubican como madrota. Vi la lonchería Chilacatazo atestada de indígenas, pero no vi a gringos. Supuestamente, ahí las indígenas ofrecen a sus hijos a cambio de comida. Vi al viejo en short y zapatos que se la pasa ejercitándose mientras escoge a qué chico llevarse. Los extranjeros, sobre todo estadounidenses, comen en El Kiosco. Se la pasan analizando a los chicos como si fuesen catadores expertos.

Ni el mosquerío sabía de qué color ponerse por la pena.

***

Alexa, Chucho y El Quemado hunden sus rostros en los platos donde les han servido un vomitivo alambre de carne al pastor. Estamos en una taquería por los rumbos del Malecón.

Y como hablarán hasta que terminen de comer, sólo queda verlos. Sobre todo a Alexa.

Es muy delgada. Dicen que no estaba así. Que de un tiempo para acá trae diarreas. Su cabello tiene un color pariente muy lejano del rubio. Es casi negra. Trae una mochilita rosa donde guarda la lata de PVC. Ella es la menor de los tres: tiene 17 años y una década en la calle. El Quemado y Chucho, que ya rebasan los 20, contarán luego que la niña es huérfana y que qué bueno, porque sus padres le pegaban.

–¿Entonces qué quieres saber? –la voz de El Quemado repta por las paredes.
–Todo lo que quieran contar.
Alexa y Chucho, ya con el estómago medio lleno, se rehúsan a hablar. Pero El Quemado, quien ha perdido todo escrúpulo, resume la vida de ambos:
—A Alexa todo mundo se la ha cogido. Y el Chucho ha sido mayate.
—Cálmate, güey –reprocha Chucho, un tipo bajito
que se cree luchador.
—Es la neta, ¿no? ¿Para qué nos hacemos pendejos?
Hay que decir las cosas como son.
—Pero ya no lo hago con hombres –se defiende Chucho.
—¿Pero le hicistes, qué no?
—Nomás un tiempo, de los ocho a los 14 años.
Alexa se mantiene callada. Nada la hará cambiar de opinión: dejará que El Quemado cuente lo que quiera.
No le importa.
—Aquí todos hemos sido mayates –dice El Quemado–.
Uno necesita el dinero. Neta que si nos dieran trabajo dejamos esto, pero como que le valemos madre al gobierno. Ve a la Alexa, toda puteada. Ve tú a saber si está enferma.

La plática se interrumpe porque el mesero nos ha corrido de la taquería. La gente que comía en la otra mesa exigió que se largaran los tres pordioseros y el cliente con más dinero manda.

Camino a las canchas de la CROC, donde los tres duermen, El Quemado irá contando que ya no tienen tanta ropa desde que un canadiense al que familiarmente llamó Cris dejó de ir a Acapulco.

—¿Él se las regalaba? ¿Era religioso o algo así?
—No mames, compa, ese cabrón era un pinche cogelón de morritos. Venía muy seguido al Malecón porque tenía un velero. Ese bato nos daba un chingo de ropa y las drogas que quisiéramos por acostón.
—¿Y qué fue de él?
—Pues mira: el Cris tenía la maña de pegarles a los morros. Un día, un cuate al que le decimosEl Querétaro no se dejó y le puso sus madrazos. Lo mandó al hospital. Ya tiene como un año que el Cris no se para por aquí.
—¿Y qué hay de Alexa? Se ve muy mal.
—Simón. Es el sida, esa morra ya tiene sida. Pero uno no le dice para que no se agüite.
—¿Y qué hay de tu vida? ¿Por qué te dicen El Quemado?
—Porque cuando era morrito me quemé en la casa del Padre Chinchachoma. Se me prendió el suéter por andar de cabrón. Tengo toda la espalda como chicharrón.
—¿Y tus padres? ¿Tienes hermanos? ¿De dónde eres?
—No, no, no. De mí no vamos a hablar. Además ya te conté mucho y ni un pinche refrescoquisistes comprarme.
El Quemado se fue. Chucho se despidió con una pirueta de luchador. Y Alexa dijo que odiaba a los reporteros.

***

Jarocho, con sus pies descalzos y su hedor agrio, llevó a Allison hasta el auto. La niña traía un perfume grosero, el cabello lacio, estaba bronceada, apenas le estaban saliendo los pechos, y usaba sandalias y una pulsera de Hello Kitty.

—Bueno, yo los dejo –dijo Jarocho con sus 100 pesos en la mano por haber sido el intermediario y a mí me dio la desesperación.
Allison iba triste o asustada. No avancé mucho. Me estacioné por la Playa Tamarindos. Estaba por decirle que sólo platicaríamos, y nada más, cuando una camioneta me echó las luces. Pensé que era la policía. Me imaginé en la cárcel y en la contraportada de La Prensa. Pero no, era algo peor: una Lobo blanca doble cabina con vidrios polarizados.
—Es el que nos cuida –dijo Allison y volví a experimentar uno de esos momentos cuando el mundo parece detenerse.
—¿Y por qué nos sigue?
—Porque quiere ver en qué hotel voy a entrar.
Empecé a sudar y me sentí pegajoso. Lo único que se me ocurrió fue acelerar. Tan preocupado iba que pasé los semáforos en rojo. Entonces ahí sí me detuvo la policía. Bajé del auto y, entre murmullos, les tuve que decir que era reportero y que la niña era parte de la historia. Uno de ellos, el de mandíbulas potentes, le echó la luz a Allison y ella sonrió de tal manera que en ese momento hubiese podido venderle cocaína a cualquier cártel. “Pues si ya le pagaste, cógetela”, dijo el oficial y yo quise romperle la cara. “Sale, te vamos a dar el servicio”, dijo el otro con su diente de oro como Pedro Navajas. Ahí reparé que la Lobo blanca doble cabina no estaba. Llegamos al estacionamiento del hotel.

Cuando Allison, que en realidad se llamaba Gregoria, intentó bajarse del auto para entrar al local, la paré:
—Sólo me interesa que me cuenten historias.
Allison arrojó un gesto de incredulidad.
—Primero págame los 300 pesos y pon una canción de Belanova.
—No tengo ninguna de ella. ¿No te gusta U2?
—Pon lo que quieras, pero menos en inglés. Es que me gusta cantar, eso quiero ser de grande: cantante.
Caifanes se escuchó en las bocinas y ella echó a perder la canción.
Entonces Allison tomó la palabra:
—Vengo de por allá de Zihuatanejo, allá tengo un novio europeo que luego viene a visitarme acá. Me trata bien. Me compra lo que yo quiera. Él me regaló un celular rosita. Nada más que el que nos cuida me lo quitó, dijo que eso no es para mujeres de mi edad. ¿Esto quieres que te cuente o algo más cachondo?
—Así está bien.
—Eres bien raro –y le dio una bocanada violenta al cigarro–. Bueno: pues a mi papá lo mataron y mi mamá está en la cárcel. Creo que se robó algo, no sé bien. Y como allá mis tíos me pegaban, pues mejor me vine para acá. Nomás terminé la primaria. Me gusta el color rojo y casi a diario el que nos cuida nos regala piedra.
Esa soy yo.
—¿Y vives en una casa, rentas un cuarto de hotel?
—Ahora me quedo en la casa del que nos cuida. Somos como siete y dos chamacos que se la pasan fregando.
—¿Y pueden salir solas?
—Depende.
—¿De?
—Depende.
—¿Y a quién prefieres: gringos, canadienses o mexicanos?
—Depende. Me gustan los que tienen dinero. Una vez un gringo me llevó a Cancún como un mes. Allá está muy bonito, no sé si conozcas. Aquí, una pareja me llevó una semana a su casa, nomás para estar con ellos, dormirme en medio de los dos y nadar sin ropa. No sé si lo sepas, pero cada cliente es distinto –lo dijo como si hubiese descubierto la rueda.
—¿Qué es lo mejor y lo peor que te ha pasado en este negocio?
—Lo mejor es conocer gente de todos lados y que además de pagarte te regalan ropa o piedra. ¿Lo peor?
Cuando nos pega el que nos cuida.
–¿Les pega mucho?
–Nomás cuando anda drogado. En su juicio es muy bueno. ¿Cómo te diré? Es cariñoso.
Jarocho me había dicho que no me excediera de la hora para no tener problemas y que dejara a Allison a un lado del bar Barbaroja, que ahí alguien la recogería. El plazo estaba por cumplirse. Allison se fue cuando Los Caifanes decían algo así como que “no dejáramos que nos comiera el diablo”. Cuando amaneció me largué de Acapulco, odiándolo.

I.

Culiacán, Sinaloa— En uno de sus tres celulares, el Nokia Palm 650, colocó como protector de pantalla una foto suya en la que, en medio de un sembradío de amapola, aparece sujetando un cuerno de chivo con el cargador chapeado en oro, un AK-47 de siete mil dólares con el que parte el aire, porque que en este pedazo de México, cuando falla el habla, habla la bala. “Un pariente me dijo: “Malandrín sin arma es como una puta sin cliente”, y desata una risa estridente y entrecortada en plena bocanada.

Cruel —en un arrebato de talento así ha pedido que se le llame— no pasa de los 25 años y sus familiares le han diagnosticado el incurable síndrome de la mafia.

Cuando aún acudía al colegio, su cabeza se convirtió en un lío: juró que él no iba a tener una vida de desprecio, de trabajo duro y poca paga; él, quién sabe cómo, sería rico. Y su concepto de riqueza consiste en vivir en el exclusivo fraccionamiento Colinas de San Miguel, manejar una camioneta todoterreno con neumáticos anchos y rines de aluminio, comer mariscos y carne asada, dar propinas de cien dólares, beber Buchanan’s en las rocas, cambiar rutinariamente de celulares, vestirse a la moda italiana, mirar televisión por cable, tener aire acondicionado, caballos pura sangre bailadores, un rancho de 20 hectáreas, un jet, una bolsa Louis Vuitton de 400 dólares (que usa como cangurera para guardar tres cosas imprescindibles: cocaína, un revólver y dinero, mucho dinero) y acostarse con una mujer distinta cada día.

“Porque todo eso te da poder y la gente te mira con miedo, con respeto”, filosofa mientras se empuja con cerveza unos camarones crudos.

Cruel se considera adicto a la música de banda, a esas canciones que ensalzan el crimen y la sangre, y siempre celebra con whisky, cocaína y mujeres relucientes las ganancias que obtiene cada vez que mueve droga. Según él, su primer jale o trabajo fue hace unos dos años: sacó a crédito un kilo de pasta básica de coca; en las universidades de Culiacán los jóvenes aspiraron hasta el último residuo. Cruel no sólo recuperó los diez mil dólares invertidos: ganó buena plata, tanta como para darse el privilegio de encargar por catálogo a Nueva York su primera ropa Versace e invitar a una chica dos semanas a Mazatlán.

“Lo demás se lo debo a la suerte”, justifica su vertiginoso ascenso en el mundo del narco. Pero tiene razón: en este negocio un día más con vida es la mejor fortuna. Los traficantes, ya se sabe, necesitan matar para no morir. Matar: verbo transitivo en Sinaloa que exige el tiro de gracia. Viven poco y viven deprisa. Muchos terminan engrosando el ejecutómetro. Demográficamente hablando, Culiacán se controla así: 1.4 vivos por un ejecutado al día. Quizá esa sea la explicación de por qué en los censos esta ciudad siempre oscila en los 750 mil habitantes.

Cruel suele leer los periódicos que contabilizan los muertos y ahí ha corroborado que la vida se va pronto. Por eso dice que todo buchón que se precie de serlo, cuando tiene dinero debe acabárselo.

Y él lo hace. Hoy, por ejemplo, se ha propuesto gastar los 200 mil pesos que trae en la bolsa Louis Vuitton para festejar la Navidad.

Cruel, como muchos hombres, supone que el dinero es poder y hace guapo a cualquiera.

Woody Allen dice que el dinero sólo tiene sentido cuando uno puede comprar el sexo que quiera o tener las relaciones que se le antojen. Y Cruel —quien ignora quién es Allen, él sólo sabe de películas mexicanas de matones y actrices desnudas— paga mucho dinero para sentirse hermoso.

Paga para que lo bronceen. Paga para robustecer su cuerpo en un gimnasio. Paga a una estética para que todos los días le engomen su indomable cabellera, le rebajen el mustio bigote y le recorten las uñas hasta dejarlas redondas. Pero para ser honestos, Cruel sigue siendo feo.

“Eso vale madre con una buena camioneta”, dice con la boca llena, dejando escapar trocitos de camarón crudo curtidos en chile y limón. “Con la Hummer, por ejemplo, hasta el calzón de la morra sale volando”, y descarga nuevamente su risa estridente y entrecortada.

Anoche, en una prueba más de que el dinero lo hace verse apuesto, manejó ebrio su camioneta por todo Culiacán y gastó casi diez mil dólares con tres mujeres de concurso (las trae fotografiadas en ropa interior en otro de sus celulares) y con los jóvenes que le cuidan la espalda. Él tiene una camioneta Hummer. Pagó 80 mil dólares por ella. Antes manejaba una Lobo doble cabina de 370 mil pesos, pero dice que la moda hoy es una Hummer o una Lincoln Navigator de 64 mil dólares. Un día lo miré fascinado cuando salía a la pesca de hembras mientras serpenteaba las calles de Culiacán en los 4 mil 742 milímetros de largo de su camioneta que un día blindará.

En sus confesiones de macho profundo, se jacta de que mujer que ha subido a la Hummer, mujer con la que terminó en la cama.

La ropa de Cruel pasaría por estrafalaria, pero jamás por costosa. Los zapatos que ahora lleva puestos son de cuero de jabalí y Hugo Boss tiene la patente; le costaron unos 500 dólares. Los pantalones son Moschino, dice que pagó 800 dólares por ellos, pero uno de sus amigos me dijo que a veces exagera en las cuestiones de plata. La camisa brilla, es de seda, suave, y en la espalda trae zurcida la marca Versace; jura que gastó casi tres mil dólares en ella, que un amigo se la trajo de la Quinta Avenida en Nueva York, donde está una de las tiendas del diseñador italiano asesinado en Miami. Usa lociones creadas en Francia, se acaba de comprar un Rolex con rubíes, tiene varias gafas Dolce&Gabbana que le cubren la mitad del rostro y nunca olvida colgarse el rosario de oro al que un diamantista le incrustó varios quilates.

Si no trae más vestimenta no es por el desmesurado sol de Culiacán. Es porque cree que tanta ropa entorpece los movimientos y un malandrín nunca, nunca, debe sentirse apretado a la hora de los balazos.

“Con toda esta ropa de marca, atraes a cualquier mujer”, fanfarronea Cruel mientras oprime el atomizador de la loción Moschino que sacó de su Hummer.

Pese a la cantidad de dinero que lleva encima, hay algo que a Cruel lo identifica: es lo que en Sinaloa la gente llama buchón.

“Buchón no, esos son los de la sierra. Nosotros somos compas”, se enfada Cruel y pisa el cigarro hasta triturarlo.

Buchón, en la jerga sinaloense, es aquel habitante de la sierra que se hace millonario por sembrar, empaquetar y traficar mariguana y goma de opio. Se les empezó a llamar así porque en esos lugares el agua es una infamia. Entonces, después de beberla durante años, a muchos pobladores se les hinchó el cuello. La gente, comparando el cuello con el buche de los animales, los llamó simplemente buchones. Luego el tiempo hizo su parte: manoseó el concepto y ahora a todo aquel que se dedica al narco y se viste de modo extravagante se le dice buchón.

Un pariente de Cruel era buchón puro, de los rumbos de Badiraguato. En cuanto tenía dólares, gastaba en botas de piel de avestruz, mandaba traer jeans de Los Ángeles o Tucson y sombreros de Texas, compraba cintos piteados y pedía que a las camisas de seda garabateadas les zurcieran en la espalda el rostro de Jesús Malverde, el santo patrono de los narcotraficantes. Viajaba a Las Vegas y se la pasaba en las máquinas tragamonedas. Un día hasta fue a esquiar a Lake Tahoe, en Nevada. Pudo ir a Nueva York, pero siempre se le hizo lejos y prefirió Acapulco para mostrar lo rico que era. Gastó decenas de dólares por segundo porque supo que iba a morir pronto. Y así fue: lo ejecutaron un día porque en este negocio, además de rencores, hay envidias y esas matan más rápido.

Esa generación de buchones, los auténticos, los de la sierra, sigue viva.

Hace unas semanas, en la Plaza Forum en Culiacán, una linda mujer de minifalda, extensiones en el cabello negro y ojos grandes me confundió con un vendedor de la tienda de discos. Preguntó por los compactos que miraba. Le dije que eran distintos conciertos de Pearl Jam, pero en realidad sólo eran dos; los otros ocho discos estaban repetidos. En eso llegó su pareja, un güero de rancho, rojizo del sol, cuya camisa de seda traía estampada la imagen de San Judas Tadeo en la bolsa sobre el corazón, negros jeans ajustados y botas amarillas. La mujer aún miraba los discos cuando su pareja le preguntó: “¿Los quieres, mi’ja?”. Y no esperó la respuesta: cogió los diez discos con su manaza de campo y fueron hacia la caja para pagar.

La cajera cobró los discos de Pearl Jam, uno de la Banda El Recodo, otro de éxitos de Los Tigres del Norte y la primera temporada, en DVD, de Los Sopranos.

Cuando le conté a Cruel la historia alardeó, con su risa estridente y entrecortada, que eso no era nada, que él le ha regalado diamantes y esmeraldas a varias mujeres; que a una le paga la colegiatura de la universidad y que a otra la llevó un mes a Europa, donde la vistió, la calzó y “socializó” con ella hasta el hartazgo. Socializar, en su lenguaje, es coger.

Entonces supe que los buchones, que los compas, por tener a una mujer, no saben en qué gastar.

II.

Los cuatro puntos cardinales de Sinaloa, ya se sabe, son el narco, la impunidad, el soborno y las mujeres. Por eso existen los buchones.

III.

Erre Ele es un compa extraño. Se considera sencillo, lejos de las estridencias. Pero su anillo con diamantes, el enorgullecerse de que tiene hijos que ni siquiera conoce porque las mujeres han tenido la culpa —“para retenerme se han embarazado las muy cabronas”—, recordar que tuvo en casa tigres de bengala y otros animales exóticos, que ha hecho varios envíos de droga a Estados Unidos, y el que se vanaglorie de que fue una máquina de matar, inevitablemente le restriegan a uno que un bandido no se retira, sólo hace una pausa.

Por eso Erre Ele prefiere moverse en un compacto austero que en la camioneta de 440 mil pesos que se compró hace meses. Dice que ahora escucha a The Beatles y que dejó a un lado los discos de El Potro de Sinaloa. Sigue comprando su ropa por catálogo en Nueva York, pero ha agarrado la costumbre de vestirse con las imitaciones chinas de Versace, Tommy y Armani. Y antes, como sus amigos, solía ir a rentar películas mexicanas en DVD (como Tras las rejas por culero, La ley del ojete y Para narco cabrón federal más chingón, estelarizadas por Jorge Reynoso, Miguel Ángel Rodríguez, Chelelo, Hugo Stiglitz, Sergio Mayer y Lina Santos), pero ahora está deslumbrado con HBO y Discovery Channel, aunque no por ello deja de pensar a quién le debe dinero, a quién tiene que cobrarle o cómo le hará para mover la siguiente carga de droga.

Erre Ele critica hoy a los otros buchones de simples, glotones, estrafalarios, de tener mal gusto y ser despilfarradores.

“Si tienen cinco mil dólares, los mismos que se los gastan los plebes en una camisa, aunque se queden sin nada en la bolsa. No piensan. En este negocio estás arriba y abajo, por eso hay que invertir en propiedades para cuando se te acaba el dinero”, aconseja luego de que sumerge en una salsera un grasoso totopo.

Erre Ele ha aceptado platicar con la condición de omitir algunos detalles. Es alto, corpulento. Un pariente suyo lo describió como un fumador empedernido, pero eso fue en otra época. Ya no fuma nicotina, sólo mariguana.

Ahora faltan seis minutos para la medianoche y Erre Ele dice que un compa de verdad debe saber cuándo llegar y cuándo marcharse.

Pero esa máxima no se aplica en él: sólo dejó de ser matón a sueldo.

Y no recuerda a cuánta gente ha matado. No se acuerda y ni siquiera se esfuerza en tratar de precisarlo. Pero sí dice que algunos muertos fueron gratis. “A veces sueño que aún sigo quebrando”, dice preocupado, como si eso fuera peor que enfrentarse a alguien y reventarle la cabeza a ráfagas.

Cree que todo —“el asesinato de un cura marica o la muerte accidental de un niño”—, se puede pagar con arrepentimiento. Su retiro de matón no fue porque en Sinaloa se haya devaluado la vida —“ahora por un cigarro de mota o una dosis de cristal contratas a un sicario”, informa. No. Algo le pasó y de eso prefiere no hablar.

Quizá aprendió que en este negocio el que logra fama tiene los días contados.

“Uno de plebe quiere que le hagan un corrido, pero cuando te exhibes más de la cuenta, eres hombre muerto”, dice Erre Ele mientras le grita al mesero para que le traiga una cerveza. Porque eso sí: si hay algo que tiene esta clase de hombres es que son mandones. Conocí a uno que, aún teniendo enfrente los cigarros, ordenó a su mujer que se los acercara y ella estaba a unos diez metros de distancia. “Y hay otros que matan a traición sólo para cobrar fama de valientes, pero a esos los matan más rápido”, agrega cuando le llevan su Modelo escurriendo en el tarro.

Tiene razón: un joven buchón que sólo me permitió hablar con él pocos minutos me dijo que le encantaría que un día estampen sus fechorías en las primeras planas, que quería que todos le temiesen, y que ha matado porque las armas no son para guardarse.

Erre Ele es astuto como el diablo. Si no, no hubiera rebasado los 40 años de edad. Y ahora, como las ráfagas, recuerda bastantes extravagancias.

Por ejemplo:

Cuenta que a la mujer de un buchón le sacaba tanto de quicio el manchado natural del mármol italiano, que lo mandó a quitar para colocar una alfombra amarillenta traída del Medio Oriente. Que otro todavía viaja en su jet a Arizona sólo para ir al cine con la mujer en turno. Que uno, cuando se casó, mandó a tapizar con rosas rojas y blancas las escaleras del hotel. Que hay quienes compran celulares únicamente para telefonearles a sus novias una vez y luego los tiran. Que un amigo suyo acaba de comprar una mesa de billar con las buchacas de oro, porque así lo deseaba su esposa. Se acuerda de otro que ordenó destruir los armarios de cedro tallado por unos de PVC que le agradaron a su morra. Que un conocido mandó a traer un piano de cola a Francia para regalárselo a su mujer. Y dice que hace poco un compadre, para festejar el cumpleaños a su esposa, paseó a la mujer en un auto convertible con banda, globos y peluches.

“Así somos para deslumbrar a las pollas”, dice Erre Ele que ya ha bebido en este rato cuatro cervezas, se ha tomado su Tafil y sólo le falta fumar mariguana para que al rato, en el colofón de la hierba, pueda dormir. “Y a las mujeres hay que vestirlas bien y enjoyarlas para cogértelas. Ya cuando las dejas, si tienes hijos con ellas, sólo ves por los plebes. No vas a vestir a la polla y tenerla al pedo para que otro cabrón se la tire”.

—¿Y a ellas les gusta andar con ustedes?

—¡Por supuesto! —y se tumba hacia atrás de la silla—. Les gusta lo prohibido, son interesadas, quieren estar al puro pedo, bonitas. Y a nosotros nos gustan así, buenotas, nalgonas, piernudas, guapas y valemadristas para estar a tono con los otros compas.

—¿Y qué acostumbran regalarles a las mujeres?

—Diamantes, esmeraldas, dinero, camionetas y casas. A otras les gustan los animales, como los caballos bailadores. Hace años un amigo le regaló a una morra un ranchito y en la entrada la estaba esperando un caballo de ésos; en el hocico traía un diamante. Fue bien perrón, dicen que hasta lloró la morra.

A Erre Ele le entra una llamada a uno de sus celulares.

Habla en claves que sólo él entiende. Cuelga. Dice que se tiene que ir a un jale y esos no esperan. A él le va mejor, hablando en dólares, cuando trae droga de Colombia, la vuela en avioneta hacia Estados Unidos o la transporta en lancha. “Pero en eso tienes más posibilidades de morir, porque las envidias son muchas en este negocio: si ven que tienes éxito, te matan, los hijos de la shingada”.

Lo veo marcharse.

Y no creo que abandone los revólveres, el tráfico y la lucha contra la muerte.

Porque un bandido de verdad no se retira, sólo hace una pausa.

IV.

Doble T es un sol naciente, un hombre que va escalando en el narco.

Desde hace rato se ha estado alicusando. (La palabra alicusar sólo existe en Sinaloa y significa arreglarse para una fiesta. En el resto del mundo es acicalar, pero aquí es alicusar y punto).

Decía que Doble T se está alicusando para una fiesta, que la loción Dolce&Gabbana ha impregnado en su cuerpo, que su cabello está engomado y sólo le falta mirarse por enésima vez al espejo para sentirse listo. La fiesta será en un salón que, según el mito, fue construido en pocos días para celebrar un bautismo; por la rapidez, en pleno festejo se derrumbó el techo, y seguramente alguien pagó las consecuencias. Me prohíbe decir qué se conmemora, pero autoriza a informar que cantarán Julio Preciado y un fulano llamado Sergio Vega. El primero cobrará por una hora 25 mil dólares; el segundo, 15 mil dólares. Para recorrer mesa por mesa, una banda tocará hasta el amanecer por unos cien mil pesos.

“¡Un chingo de billete, bato, un chingo!”, sigue admirándose Doble T de las excentricidades de un mundillo que conoce desde niño.

A él lo deslumbran este tipo de fiestas porque hay todo lo que necesita: perico, música, whisky y mujeres. La cocaína, en un festejo como éstos, sólo se consume en el baño por pudor. El resto se deja al libre albedrío. Hoy, y siempre, tiene la expectativa de seducir a una hembra. Y, si sus fanfarronerías son ciertas, lo hará: “A mí me buscan por lo guapo y no tanto por el dinero”, alardea.

Él no tiene tanta plata. Apenas le ha alcanzado para comprar imitaciones chinas de ropa italiana, para traer una camioneta que apantalla y “para la vagancia y la peda”.

Algunos de sus amigos, en cambio, ya son un sol de mediodía.

Y Doble T aspira a alcanzarlos.

Imagina, por lo pronto, que llegará el día en que, igual que sus amigos, gastará tres mil dólares en una camisa. “Eso sí: va a estar perrona, sin tanta madre, sin tanto garabateado; mis amigos piensan que lo caro, aunque esté feo, es lo más chingón… están pendejos”, dice. Supone que cuando se case desembolsará, sólo para la música, 50 mil dólares, mandará a revestir el salón de flores caras, tendrá una gran copa llena de cocaína en el baño para sus invitados y se irá de luna de miel a recorrer el Caribe en un crucero. Cree, también, que llegará el momento en que lo cuiden unos esbirros y éstos le regalarán, como a todo buen capo, ranchos con lagos artificiales, diamantes puros, camionetas blindadas, caballos y leones, relojes lujosísimos, todo para congraciarse con él. Claro que él preferiría que le obsequien armas diseñadas en oro para que cada bala que escupa valga la pena.

Entonces Doble T se marcha a la fiesta a seducir a una hembra.

V

Los buchones son los responsables del boom de las estéticas, de que se fundaran escuelas para aprender modales, que la General Motors venda más Hummers aquí que en ninguna otra parte de México, que los colegios privados subieran sus costos, que los salones de fiestas encarecieran sus tarifas, que las funerarias mandaran hacer ataúdes con armas talladas en el cedro, que los brujos se pusieran a sus órdenes, que los músicos de banda tocaran mejor con una bolsa de cocaína como propina, que los niños salgan a las calles a jugar a los pistoleros con revólveres de verdad. Y llevaron algo de amor para dignificar la muerte.

VI

A Sin Nombre lo conocí en la Feria Ganadera de Culiacán, que no es otra cosa que la fiesta anual donde los buchones pueden exhibir su poderío. Y éste consiste en ver quién maneja la mejor camioneta, quién despilfarra más dólares contratando bandas para bailar, quién bebe Buchanan’s 18 años y lo combina con perico, quién llega rodeado de matones a sueldo, quién apuesta cifras inalcanzables en las peleas de gallos, quién monta mejor a caballo, quién carga con más celulares y quién imanta a más mujeres.

Sin Nombre contrató cinco bandas que tocaban al mismo tiempo mientras él hablaba al penal de Culiacán para que algunos de sus amigos recluidos escucharan la canción que les dedicó. Traía Buchanan’s y coca. Lo cuidaban varios hombres de cara dura que escudriñaban los alrededores. Ya había perdido 300 mil pesos en el palenque y se burlaba de sí mismo por confiar en perdedores. Y tres mujeres, cuya belleza parecía haber sido diseñada por computadora, se le encaramaban. Entonces le pregunté que cuánto traía en su cartera.

—Traigo la cantidad que me digas —dijo sin alterarse.

—¿Un millón de dólares?

—No cabe en la cartera, pero sí, lo tengo si pido que me lo traigan —y se empujó un whisky con agua mineral.

—¿Y ahorita, cuánto ha gastado?

—Sin ofender, lo que en tu vida nunca vas a tener.

Quién sabe si Sin Nombre exageró. Aquí en Culiacán las cosas terminan por ser necesariamente ciertas.

Dijo que él sólo se dedica a “mandar, mandar, mandar y mandar”.

Que come, trafica y mata a toda prisa. Que desde los ocho años de edad su padre le dio un revólver para defenderse y desde entonces es malo. Que la vida ha sido benévola con él, pero que sí, que le han matado a mucha parentela. Que suele consumir cocaína para ligar bien las ideas. Que las fiestas en Acapulco son espectaculares porque ahí se termina acostando con actrices, cantantes y edecanes. Que él busca respeto y que eso, en este país, sólo se gana siendo un malandrín pesado. Que no le da miedo morir sino vivir demasiado. Y que tiene muchas esposas porque le gusta rodearse de mujeres, cada una más guapa que la otra.

VII

Sacado del diccionario de la Real Academia Sinaloense.

Buchona: dícese de la hembra de la especie humana que, una vez mirada, nunca es posible olvidar sus extensiones de cabello, sus largas uñas de colores, sus dientes blancos, su bello rostro acentuado con maquillaje, su ropa y accesorios fulgurantes, sus zapatos de tacón alto, su impúdico escote y sus nalgas.

Dícese de la bípeda mamífera que le pertenece a un buchón, que le paga todos los caprichos, la envía a Guadalajara a que un cirujano plástico le arregle las imperfecciones, es parte de su equipaje de viajero, cumple sus fantasías eróticas o la utiliza para fanfarronear.

VIII

Si los ángeles existen, entonces, a primera vista, Fuego parece uno de ellos.

Trae los pies enfundados en unas zapatillas de Dolce&Galbana que la hacen crecer diez centímetros. Sus tobillos, piernas, muslos y glúteos vienen protegidos por unos jeans Versace que compró cuando se relacionó por tercera vez con un buchón. Trae un cinturón de plateados círculos entrelazados comprado en el centro de Culiacán, donde toda la ropa es obscenamente brillante. En las muñecas trae pulseras con diamantes y un reloj Cartier, obsequio de su penúltima pareja, que ahora está muerto. Sus extensiones rojas combinan con sus uñas, a las que la manicurista les dibujó unas flores con corazones; presume que pagó 20 mil pesos en la estética para que todo estuviera en su lugar. Su rostro es un poema. Pero lo que más sobresale es el top negro Bebe: si se ha operado los senos, si el médico le cobró 45 mil pesos por aumentar dos tallas, está consciente de que los debe exhibir. Y lo hace.

Fuego tiene 20 años, va a la mitad de su carrera y vive en uno de los barrios más pobres de Culiacán. Una amiga suya la define como una rosa en medio de magueyes.

Ahora es mediodía y llega al restaurante. Camina con altivez. Se sienta, cruza la pierna izquierda, enciende un cigarro, se quita las gafas Cartier de piloto espacial y ordena una cerveza para ponerle orden a la resaca.

—¿Qué se necesita para ser buchona?

—Estar buena, mi rey, estar bien buenota

—entonces se levanta y se luce caminando como si estuviera en una pasarela de Milán. Disfruta su vanidad, le paladea provocar la envidia.

Y no exagera: un requisito indispensable para que los buchones miren a mujeres como Fuego es, precisamente, su belleza natural.

Lo demás que le cuelguen o le pongan son sólo juegos pirotécnicos.

Pero otra cláusula es el riesgo.

“Tú sabes que si andas con un buchón también caes con él”, dice y acaricia la panza del envase de Corona. “A una amiga la ejecutaron junto con el morro que andaba, a eso te expones”.

—Entonces, ¿por qué arriesgarse?

—Porque necesitas dinero. Mis padres son muy pobres y yo tengo que pagar mi celular, mi universidad, mi ropa, tengo que cuidar mi cabello, mis uñas y eso cuesta un chingo.

Fuego suele gastar al mes entre 50 y 70 mil pesos. Pero hay noches, como cuando a Culiacán llega la Feria Ganadera, en que su buchón le ha dado 30 mil pesos para vestirse para la ocasión.

—¿Y ustedes en qué se fijan? ¿Qué las atrapa de ellos?

—El dinero —y sonríe como si se avergonzara, pero Fuego se considera una desfachatada—. Nos fijamos en que su ropa tenga marcas, que tengan buena camioneta, que sean lo bastante extravagantes, porque ahí siempre hay dinero.

—¿Y si sólo es un parapeto, si resulta que no tienen dinero, pero se ven bien?

—Entonces los mandas a la chingada. En eso te das cuenta de inmediato: le dices que te compre algo y si te pone un pretexto, entonces ya no le sigues el rollo; el que sigue —y voltea a mirarse al espejo que está a sus espaldas, simulando una pared.

—¿Y sólo deben andar con uno o hay libre albedrío?

—No, la regla dice que sólo debes andar con él. Son muy celosos. Una amiga se atrevió andar con otro al mismo tiempo y el bato la madreó bien feo. Para sobrevivir hay que respetar el mayor número de reglas.

Y los estatutos buchones dicen:

La buchona es de quien la trabaja.

Las buchonas no trafican, sólo se benefician de las ganancias.

Entre buchones no se arrebatan las mujeres; ellas deciden cuándo termina. “Nosotras sí sabemos cómo desarmar a estas bestias”, se jacta.

Si le regalan una casa a la mujer en turno, sólo es para que ambos tengan sus zooms sexuales. Si es violado el artículo: “Te matan. Una amiga llevó a su novio formal y los encontraron; la muerte apareció en el periódico, le pusieron que fue un crimen pasional y esas mamadas”.

Y si el compa invierte, la buchona debe estar dispuesta a todo.

“Una vez, un buchón gastó en mí como cien mil pesos y se los cobró en el motel. Pagué cara la inversión”.

—¿Y siempre se paga caro?

—Pues es que depende la inteligencia. Con ese morro, la verdad, sí tuve miedo, porque me puso la pistola en la boca. Pero te puedes apartar si juegas con la cabeza. Por ejemplo: si ves que ya quieren llevarte a la cama y el plebe está guapo, pues le entras, no hay pedo; pero si está feo el cabrón, porque muchos son feos, entonces les presentas a otra amiga y con eso calman su calentura. Otras veces, si están muy piñados contigo, entonces desapareces de Culiacán hasta que anden con otra morra y te olviden.

—¿Y cuántas veces has tenido que desaparecer de Culiacán?

—Pues quise hacerlo una vez, pero te digo que me puso la pistola en la boca. Pero mis amigas lo hacen seguido. Hace poco le llamaron a uno para que las llevara a un antro, les pagó todo y hasta les dio dinero para que se compraran lo que quisieran en la plaza. Entonces le dijeron que iban al baño y se fueron del antro, lo dejaron colgado. Esa misma noche el bato las estaba buscando para matarlas, pero a las pocas semanas lo ejecutaron en la sierra y pues mis amigas pudieron salir de donde estaban escondidas.

Fuego no sólo ha sentido el cañón de un revólver, también el de un cuerno de chivo y los dientes de un cuchillo. Pero sobre eso no quiere abundar.

“Lo bueno de mí y de mis amigas es que somos como los perros: nos acostumbramos muy rápido a los nuevos amos”.

Después de un par de cervezas Fuego tiene la boca grande y los oídos pequeños. En otras palabras: no escucha y no para de hablar.

Dice que todos los días se levanta a mediodía, que todas las noches sale con el buchón en turno, que les paga en dólares a sus maestros para acreditar las materias y así se olvida que debe acudir a la escuela, que prefiere los BMW pero aquí creen que esos autos son para los homosexuales, que sus padres no le recriminan su forma de vida porque ella les da entre 15 y 20 mil pesos al mes, que lo más estrafalario que le han regalado ha sido un viaje de un mes en Europa, que si no viste ropa brillante se siente insignificante, que las buchonas siempre deben brillar, que le gusta conocer a los capos pesados porque entonces ella gana respeto en el mundo del narco, que no se droga, que le gustan los mariscos y la cerveza, que no hace ejercicio, que ayer le trajeron de Nueva York un vestido Armani y está muy emocionada, que manejaba un camionetón pero como ya no anda con el compa, tuvo que entregarle las llaves, que aprendió a tirar un arma en un rancho, que le gusta ir a los bautizos de hijos de buchones porque dan centenarios en el bolo, que sus antros favoritos son La Tequilera y El República, porque ahí siempre hay quien cargue más dinero que el otro, que con el buchón que anda le ha dado unos 300 mil pesos todavía sin nada a cambio y que espera en Dios que siempre siga “bien buenota”.

Al final le digo que parecía un ángel cuando llegó. Se echa a reír, se mira por enésima vez en el espejo para alimentar su narcisismo. Pero le digo que después de escucharla, sin ofender, parece más el vecino del diablo. “Entonces en tu texto ponme Fuego o algo así”.

Se le quedó Fuego.

IX

Lo último que supe de Cruel es que embarazó a una buchoncita, que está por comprar la Lincoln Navigator, que se quitó el bigote para verse menos feo, que sigue cosiendo el aire con su AK-47 y que colocó como protector de pantalla en un nuevo celular una fotografía reciente: tiene en las manos muchas pacas de a kilo de cocaína, carcajeándose, con su risa estridente y entrecortada.