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Diario de Alcalá

Publicado: 22 febrero 2013 en Leila Guerriero
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Haití tiene una sola cama. Es oscuro, caliente, pequeño, con una ventana cuyo postigo solo se mantiene abierto si se lo aprisiona con la puerta del armario en el que hay tres perchas y una manta. Madrid, en cambio, es luminoso, tibio, amplio, tiene dos camas y un armario con diez perchas y tres mantas. Haití y Madrid son los nombres de dos de los cuartos de la residencia universitaria donde me hospedo en Alcalá de Henares. Hay otros, y llevan nombres como Teruel, Puerto Rico, Sevilla. Pero a mí, apenas llegar, me hospedan en Haití y, como no tiene wifi, pido que me cambien y me cambian a Madrid. Así, en minutos, acarreo computadora, libros y maleta desde el hoyo oscuro, caliente, pequeño y destecnologizado de Haití al paraíso luminoso, tibio, amplio y tecnológico de Madrid, donde pasaré un mes. Y, mientras camino de una habitación a otra, pienso que alguien —un hombre, una mujer— vino aquí, vio los cuartos, decidió: “Este es Madrid, este es Haití”. Y me digo qué vicio, qué manía: la de ver, en todo, otra cosa. La de ver, en todo, una metáfora. Después, esa misma noche, comento en un bar, con un grupo de gente, el curioso reparto de nombres: Haití un pozo oscuro, Madrid un prado luminoso. Todos me miran extrañados y uno de todos me dice, con encogimiento de hombros: “Llevo años trabajando allí y ni me había dado cuenta ¿Quieres otra caña?”.

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Estuve en Alcalá en el año 2004. No lo sabía antes de venir pero lo recordé cuando vi la plaza. Entonces, busqué en mis archivos y encontré lo que escribí después de aquel viaje:

“Junto al hospital de Antezana, donde cuenta la leyenda que el padre de Cervantes se desempeñaba como cirujano sangrador, está el Museo-Casa Cervantes, una vivienda con patio y dos pisos en galería, donde se supone que nació don Miguel. (…) En la puerta, sobre la calle Mayor, varios adolescentes se toman fotos sentados en la falda de una estatua del Quijote mientras envían mensajes de texto a sus amigos que vacacionan en el Mediterráneo. A pocos metros, Tribal Body Piercing promete tatuajes y piercings en todas las zonas: nariz, veinticuatro euros; cejas, veintiocho; pezón horizontal y vertical, veintiocho; lengua, treinta; nuca, treinta; genitales, consultar precio. En el patio de la Facultad de Humanidades, que depende de la universidad de Alcalá (…), los estudiantes expresan su protesta contra la decisión del Consejo de Coordinación Universitaria según la cual carreras como Historia del Arte, Humanidades y Geología dejarían de existir por falta de salida laboral: allí el ingenio universitario montó una instalación de dólares falsos pendiendo sobre la consigna ‘Primero extinguieron mi carrera/ Más tarde profesionalizaron mi mente/ Después quemaron mis libros/ Solo me dejaron dinero’. La consigna, tan primer mundo, estruja un poco: da pudor”.

Ahora, seis años más tarde, abril, 2010, camino por Alcalá hasta el hospital de Antezana y ahí están: las esculturas de Quijote y Sancho, el tattoo piercing, los mismos precios. Imagino que eso que llamamos progreso es, a veces, tan solo una idea de permanencia, de estabilidad.

(Tomo nota de que en la universidad ya no hay carteles. Primero pienso que debería preguntar qué sucedió con aquella decisión del Consejo pero después pienso que, en medio de la crisis de la que todo el mundo habla, aquello de “Solo me dejaron mi dinero” ya no debe ser tan buen argumento, sonar tan despechado.)

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Me fijo más en otras cosas. En que no hay viejos más viejos que los viejos de Alcalá. No deben tener más de setenta pero caminan despacio y visten ropas rígidas, adustas. Hace años que no veo viejos así: viejos que fueron siempre viejos, viejos que no tuvieron juventud.

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Haití es pobre, pero tiene vista a un patio.

Madrid es rica, pero tiene vista a una pared.

Pobres, pero con vista.

Qué pensamiento barato.

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Después, un día, espero en un semáforo junto a una pareja de viejos. Él usa una campera oscura, triste, pero cuando la miro de cerca veo que es de Lacoste.

Los primeros días de todos los viajes, siempre iguales: armo mi mapa, busco los sitios en los que compraré agua mineral, comeré algo, conseguiré el diario. Ahora son las cinco y media de la tarde y busco un locutorio. Pregunto a una mesera y me dice “A la vuelta”. Pero voy a la vuelta y el locutorio cerró hace un año o dos. Vuelvo a preguntar y me dicen que a dos cuadras. Pero voy a dos cuadras y no quedan rastros. Lo mismo, siempre, en todas partes: excepto en barrios de inmigrantes, Europa asume que nadie necesita un teléfono ni una computadora porque todo el mundo tiene uno, una. Pregunto, entonces, por la estación de trenes, y allí, en los alrededores, encuentro de todo: locutorios, sitios donde venden tarjetas telefónicas, kioscos, verdulerías, panaderías con sánguches apabullantes, negocios de comidas árabes y checas, negros hablando a gritos por celular en un inglés alarmante calzados con botas de cuero de alguna imitación muy muerta, tres supermercados chinos, muchas cafeterías baratas. Pienso: un mundo parecido al mío. Un mundo posible.

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(Después, cuando les cuente a algunos habitantes de Alcalá las pequeñas historias que sucederán en esas cuadras, preguntarán sorprendidos dónde encontré cosas como esas: un bar llamado La Oficina, un locutorio atendido por una rubia endemoniada, un salón donde los viejos inmigrantes bailan merengue y chachachá. Llevan años en esta ciudad, pero no van por ahí o, si van, ven otras cosas.)

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—Perdón, ¿sabe dónde puedo comprar agua mineral por acá cerca?
—Como yo digo: como no te vayas al bar. No ha quedado ninguna tienda de alimentación por aquí.

El tipo de la casa de fotos lo dice de una manera rara: como si yo tuviera la culpa de que no haya quedado ninguna tienda de alimentación por aquí.

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Es humillante. La cantidad y la variedad de la comida es humillante. Orejas de cerdo, arroces con costra, pescados, cocidos, guisos, cazuelas, tapas, tortillas, pinchos. En el pequeño mercado municipal la fruta no se vende: se exhibe. Parece puesta para dar envidia.

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—Vete por ahí, cariño.
—Listo, amor, me llamas.
—Cariño, vente, vente con nosotros.

Me dicen cariño, me dicen amor. Y yo, como una imbécil, me lo creo: que mujeres y hombres que no me conocen, que nunca volverán a verme, me quieren, se preocupan por mí.

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El tren de cercanías sale con una puntualidad que me avergüenza, porque le desconfío. Los carteles dicen que va de Alcalá a Atocha y Recoletos y aseguran que sale en tres, en dos, en un minuto, pero le desconfío. El tren, por supuesto, sale a horario, y yo siento que esa puntualidad, tan previsible, despierta en mí un eco de lejana desazón.

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No conozco Madrid. Conozco una ciudad que para mí es Madrid y que está hecha con trozos de Chueca, Lavapiés, algo de la Gran Vía y la puerta del Sol, la Plaza Mayor, el Paseo de la Castellana, Salamanca, Ventas. No conozco Argüelles, no recuerdo la plaza de toros, aunque sé que estuve. Madrid empieza a ser, como Bogotá, como DF, una ciudad que no conozco con rincones que conozco bien: una ciudad inventada. Como todas.

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Regreso a Alcalá desde Madrid en bus. Son las dos de la mañana. El bus está lleno de gente que recién sale del trabajo: empleados, enfermeras, artesanos. Un hombre borracho quiere subir, el chofer le pide que se baje. Todos se amotinan (indignados, gritan que quieren llegar rápido a casa) pero son dos negrazos los que se ponen de pie, lo encaran, le dicen en un español truculento: “Báhate o te empuho, hombe. Te empuho ió, sí, no mires”. El hombre se baja, el bus sigue. Detrás de mí una vieja le cuenta a otra la receta de una lasaña y le dice que debería llamar a Conchis, la pobre Conchis de la gasolinera, que no se le dilata el estómago y hace meses que no come. La otra, entonces, le pregunta: “¿Pero se puso buena o ya se murió?”.

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Un día entiendo qué es lo que pasa con los viejos: uno no espera encontrar a estos viejos en España. Estos viejos —austeros donde reina el consumo, antiguos donde manda el diseño— no son viejos de acá. Son viejos que vienen de un pasado que no existe. De un pasado que, hoy parece, nunca existió.

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La residencia de la universidad funciona en el Colegio de San Ildefonso y, junto a la residencia, hay una puerta que da al paraninfo. Allí, en ese paraninfo, se entrega —se va a entregar en unos días— el premio Cervantes. Por algún motivo eso —el hecho de que la puerta esté tan cerca, el hecho de que le estemos durmiendo casi encima— a muchos les parece excitante.

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Iré a Zimbabwe desde España, en un mes.

Ahora prefiero pensar que estos días plácidos no terminarán nunca. Que siempre tendré este cuarto caliente, conexión a internet, agua mineral junto a mi cama. Será que la patria son las rutinas, no otra cosa.

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Por primera vez, desde que estoy en España, hablo con un tipo que está, de verdad, en crisis. Es el guardia que cuida la entrada de la residencia y, aunque ahora trabaja en una empresa de seguridad, tuvo una financiera y lo pasó muy bien hasta que 2009 —la crisis— acabó con su vida tal como la había conocido. Me dice que, de todos modos, en dos años podrá dejar este trabajo, poner una consultora, y entonces todo volverá a ser como antes. Yo pienso en lo que nosotros, en la Argentina, llamamos crisis —esa cosa que te hunde de una vez y para siempre, a vos y a tus hijos y a los hijos de tus hijos— mientras el tipo sigue contando que tiene su casa y su autito y que nunca dejó de tomarse vacaciones en la costa porque vivir no se vive dos veces, y yo pienso que en la Argentina vivir, lo que se dice vivir, a veces ni siquiera una.

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Termino una nota para La Nación, la mando. Son las seis de la tarde, hay un sol de justicia, saldré a correr. La tentación de pensar que esto bastaría: una habitación modesta, una ciudad pequeña, correr unos kilómetros al fin de la jornada.

Pero sé que no.

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Cené en una parrilla argentina. La mesa de al lado estaba ocupada por dos checos, una checa, niños. La mesera argentina, amabilísima, empezó a darles consejos acerca de cómo conseguir trabajo y fue un momento intensamente triste porque todos la miraban —a ella— con esperanza.

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Ayer en Madrid, hoy en Alcalá: los fines de semana hay, en la calle, una multitud espeluznante. Las fondas de Alcalá estaban llenas a mediodía y lo están aún pasadas las diez de la noche. La gente bebe, grita, come tapas, refritos, revueltos, panes, fuma. En medio de todo ese desborde me siento inclinada a cierta modestia de costumbres.

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Domingo. No muy tarde. Voy hasta el locutorio de la estación a llamar por teléfono. Cuando regreso, un tipo que antes me había pedido un céntimo me encara otra vez: “Dame un céntimo”. No tengo, le digo. El tipo me pega un codazo brutal en el costado. Me susurra: “Te mueras”. Me doy vuelta por instinto, ni sé para qué, y susurro un insulto que quizás no entienda. Dentro de mí reverbera eso que conozco: una violencia que, si saliera, me mataría o haría que me maten.

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Los chinos regentean los sitios que venden golosinas y gaseosas. Los pakistaníes y los checos, los locutorios. Los árabes, algunas casas de comidas. Me detengo delante de una inmobiliaria. Veo los precios. Unos pisos precarios, de ochenta metros cuadrados, cuestan doscientos cuarenta mil euros.

¿Dónde vive la gente? ¿Cómo?

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Ayer en la noche, caminando hacia la estación, una vieja viejísima, encorvada, del bracete de la que debía ser su hija, dijo:

—Con todo eso que han puesto, los satélites y no sé qué leches.

Y se rió, con una picardía de quince años.

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Por la mañana, en la cafetería de un hotel que está frente a la residencia, una mujer vieja, muy arreglada, lee el periódico. Al rato llega una amiga. Hablan de albóndigas, del potaje que no se descongela. La que llegó más tarde saca de la cartera una Barbie, unos vestidos en miniatura, y anuncia que ha montado una empresa de ropa para muñecas. La otra la felicita.

—Y fíjate qué bien te queda, eh —dice, admirada.

Es como si la vida, aquí, nunca fuera del todo en serio. Como si siempre hubiera tiempo para algo más.

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Ya sé qué pasa con los viejos: se dejan ver. En Buenos Aires los viejos no quedan con amigos, ni pasean del bracete con su esposa, ni toman helados o café. En Buenos Aires los viejos no salen de su casa. No tienen con qué.

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Las inmobiliarias anuncian cosas impresionantes. Un pisito de setenta y dos metros cuadrados cuesta doscientos cuarenta y cuatro mil euros. O sea que a un tipo que en la Argentina ganara, digamos, seis mil pesos por mes —y si destinara a eso todo su salario—, pagarlo le tomaría más de veinte años. Terminaría cuando tuviera edad para mudarse a un sitio más grande, por aquello de la movilidad social. Si es que hubiera, claro.

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Una escena desde la ventana de mi cuarto: tres autos detenidos, esperando detrás de un camión que carga containers de basura. Nadie grita, nadie se queja, nadie toca bocina. El conductor de uno de los autos baja las ventanillas, pone música, enciende un cigarro. Cuando los operarios terminan, el camión se pone en marcha y los autos retoman su camino. El asunto ha tomado más de quince minutos. Quizás veinte. Será eso la civilización: una cierta paciencia.

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Caminando por la calle, luego de un almuerzo, uno de los profesores de la universidad dice que él no cree en nacionalidades. “Yo solo creo en los barrios.” Es una de esas frases que querría haber dicho (pensado) yo.

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Siempre me impresiona cómo, en Europa, se vive con naturalidad en ciudades que son monumento histórico, patrimonio de la humanidad, reliquia pura. Cómo la gente camina sobre calles centenarias y apoya el culo en bancos de iglesias de mil años y estudia en aulas antiquísimas. En Latinoamérica si todo esto nos rodeara, le estaríamos poniendo cordoncitos y un cartel que dijera no pasar. Recuerdo, de pronto, Dubrovnik o Split, y esa sensación de pisar piedras como si uno estuviera mancillando alguna cosa.

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Lo más desconcertante de estar en una ciudad extraña es que, a ciertas horas, todo el mundo parece saber a dónde va. Menos uno.

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Un taxista, en Madrid, me cuenta con todo detalle la estrategia horaria que tuvo que montar para ver, hace algunos años, una exposición de Velázquez en el Prado que lo obligó a hacer cuatro horas de cola. Después me habla de sus planes para ir a la muestra de los impresionistas que auspicia Mapfre y donde siempre hay filas de tres cuadras. Le pregunto si le gusta la pintura. Dice “Bueno, no especialmente”.

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En tren a Madrid. Sube un rubito con ropa de gimnasia negra. Otro, vestido de rapper, lo mira mal. Cuando en la siguiente parada se abren las puertas el rubito baja y corre, decidido, hacia una reja de cuatro metros. Apoya el pie en el tapial y salta. Me gusta esa certeza en la falta de límites. La misma certeza, claro, que lo transforma en un peligro vivo.

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En Madrid, con los taxistas, el tema suele ser la crisis. En un trayecto entre el diario El País y Atocha un taxista me dice cosas como “Es que cuando no hay trabajo, no hay trabajo”. “Es que cuando no se puede pagar la hipoteca, no se puede pagar la hipoteca.” Me divierte esa tozudez que no deja espacio para rebatir. “Es que cuando aquí llueve, aquí llueve”, dice, cuando ya bajo.

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Alcalá tiene una calle llamada la calle Mayor, que continúa a la calle de Libreros. Hay, allí, negocios apretados, uno junto al otro. Eso es, para mí, Europa: ese abarrotamiento en el que caben una casa de alta costura, una mercería que ofrece bragas de abuela, un kiosco de chinos, una peluquería toda Kérastase, una bombonería fundada en 1846, tres tiendas que venden vestidos para novias y la casa de Cervantes.

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En el tren a Madrid un nene llora. Se tapa la cara con las manos y grita, con total desesperación, por qué por qué por qué por qué. Me dan ganas de decirle que no se gaste, que nadie sabe por qué

Por la noche ceno en un restaurante argentino que se llama El churrasquito. Los meseros son argentinos, el tipo de la caja es argentino, pero el ruido es el volumen universal del español: ocho grados por encima del grito. En una mesa hay dos parejas. Una de las mujeres dice, indignada, que parte de la crisis se debe a que los inmigrantes tienen más derecho que los españoles. Qué coraje, me digo, venir a hablar de eso en territorio enemigo.

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No escribo desde el sábado y hoy es viernes. El martes escuché la conferencia de un científico que trabaja en el yacimiento arqueológico de la sierra de Atapuerca desde hace veinticinco años. En cada viaje a la sierra él y su equipo se hospedan en Burgos. Alguna vez alguien le preguntó qué hacían por la noche en Burgos y él, muy tranquilo, respondió que iban a la taberna y bailaban con sus chicas.

—Y luego me di cuenta de que nuestras chicas ya tienen cincuenta años. Y que llevamos veinticinco años bailando con nuestras chicas.

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Miro la televisión. Anuncian el estreno del documental más caro de la historia, quinientos millones de euros. Muestran imágenes de ballenas, de morsas y morsitas, de tiburones. Después, el eslogan: “Queremos conocer las galaxias, y aún no conocemos bien nuestro planeta”. Yo no había leído todo Dostoievsky cuando sin embargo, antes de leerlo todo, quise leer a Kafka. Y no había leído todo Kafka cuando sin embargo, antes de leerlo todo, quise leer a Irving. ¿No es ese discurso una negación de lo que mueve las obras de los hombres: la curiosidad? Los ecológicos. Un grupo de gente desinfectada, caminando orgullosa hacia un futuro sin riesgos.

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El ruido que tiene el poder no es el de las trompetas, ni el de los bombos, ni el del aplauso. El ruido que tiene el poder es el que producen cientos de culos vestidos con ropa cara, levantándose de sus asientos en el exacto momento en que entra una majestad.

Su Majestad el Rey Juan Carlos entra en el paraninfo para la ceremonia de entrega del premio Cervantes a José Emilio Pacheco y, sin necesidad de que nadie dé una orden, acompaña a su entrada ese ruido triunfal.

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Noticias desde Zimbabwe. Me dicen que no hay luz, así que compro una linterna. La pago cuatro euros.

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Una camioneta recorre Alcalá anunciando la llegada de un circo. Circo Coliseo, treinta animales en escena, dice por megáfono una voz con acento italiano. La carpa del circo, que vi ayer mientras corría, es cremosa, elegante, a rayas azules y blancas. “Elefantes, impalas, leones, y lo nunca visto: cerdos amaestrados”, dice la voz, y yo me digo que tengo que ver eso: lo nunca visto. Pero después no voy.

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Sábado en Madrid. Los bares rebosan, los restaurantes rebosan, las taperías rebosan, la Plaza Mayor rebosa, los negocios de ropa rebosan, las tiendas de discos rebosan. Recuerdo nuestro año peor (2002, aunque fueron tantos), cuando nadie salía a la calle, cuando nadie se atrevía a comprar nada por miedo a la catástrofe que pudiera venir después.

Junto al Mercado San Miguel —antiguo, coqueto, gourmet, lleno de gente— hay tres parejas de mendigos, cada una en su umbral. A eso llamarán su casa. ¿A eso llamarán su casa? Frente a la FNAC hay un grupo de cuerdas tocando Las cuatro estaciones. Las cuatro estaciones debe ser, a Europa, lo que El cóndor pasa es a Latinoamérica.

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Una combinación indescifrable: se entierra a un franquista con honores (Samarranch) un día y medio después de una marcha masiva en apoyo al juez Garzón (que ha metido el dedo en la llaga de los crímenes franquistas).

Qué difícil.

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Por la mañana, en la cafetería de la residencia, Mariano, el hombre que sirve el café, habla con una mujer y dice que las heridas, cuanto más lejos del corazón, más duelen. La mujer dice que ella hace diez días que no aparece porque le han operado la boca.

—Me quitaron piel del cielo de la boca y me la pusieron en las encías. Es maravilloso lo que hacen ahora, Mariano, que ni te cortan.
—A este lo dejaron como a un jugador de fútbol —dice Mariano, señalando a su compañero—. Le pusieron unos electrodos, unos cacharros, y lo dejaron como un jugador de fútbol.
—Es increíble lo que hacen.
—Que sí.

Esa extraña sensación de tener la sensación —todo el tiempo— de que están usando un asombro muy antiguo para asombrarse de cosas no tan nuevas.

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Es martes. Ceno en el restaurante argentino. Hay poca gente, apenas tres o cuatro personas en la barra, y todos miran la televisión. Pasan un programa conducido por una española que recorre Buenos Aires: San Telmo, la Boca. Los mozos, el dueño, la mesera, miran arrobados. La presentadora se acerca a un bebé que está con sus padres, en la mesa de un bar, y le canta: “Yo tengo un elefante que se llama trompita”. Los mozos, el dueño, la mesera, sonríen con una nostalgia horrible y obvia.

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Hay una tienda de ropa, casi al final de la calle Mayor. Paso por allí siempre que puedo porque tienen vestidos fabulosos. Cuestan, en promedio, unos trescientos euros y cambian la vidriera casi a diario. Un día entro a curiosear y pregunto por el motivo del cambio tan frecuente. Me dicen: “Es que no nos duran, los vendemos todos”.

Qué difícil.

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Me invitan a dar una conferencia, en noviembre, en el Centro de Cultura Contemporánea de Barcelona. Debo hablar sobre el bicentenario, sobre las relaciones entre España y Argentina. En el minúsculo escritorio de mi cuarto de Alcalá empiezo a tomar notas. Escribo:

“¿Qué es España? Para nosotros, para los argentinos, para los que aportamos con cuarenta millones de habitantes a los trescientos setenta y cinco millones que, en diecinueve países, forman hispanoamérica, ¿qué es España? ¿El sitio del que nos independizamos? ¿El sitio del que venimos? ¿El sitio al que queremos volver? ¿Es la tortilla de papas, las doce uvas a las doce, los toros, el Quijote, Alaska, Almodóvar, Serrat, Sabina, Los héroes del silencio, Tomatito, García Lorca, Góngora, Quevedo, el vino, el Duero, el Tajo, la sangre y la tragedia, una plaza de piedra una tarde de sol, la Rambla, la Guerra Civil, el rey, la reina, el Escorial, Letizia, el Prado, Paquirri, los funcionarios de migraciones de Barajas, Machado, Miguel Hernández, la virgen de la Macarena? ¿El único país de Europa donde hay vida más allá de las nueve de la noche? ¿El sitio del que nos independizamos? ¿El sitio del que venimos? ¿El sitio al que queremos volver?”.

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No pocas veces, más bien varias, esta escena: madres (muy jóvenes) zamarreando críos (muy críos) y diciéndoles cállate, diciéndoles imbécil, diciéndoles eres un bueno para nada, diciéndoles no, no te perdono.

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Me depilo en Malvasol, un centro de estética. Me atiende una chica de veintiún años con ortodoncia de las de antes, con fierritos. Me pregunta de dónde soy. Cuando le digo que de Argentina dice que le gusta mucho viajar pero que no ha salido nunca de su país. Me pregunta qué hago y, cuando le digo que soy periodista, pregunta lo de siempre: si he conocido a algún famoso. Pienso un poco, porque quiero ofrecerle algo decente, y le digo que sí, que hace años entrevisté a Paulo Coelho. Me dice que a ella le gusta Jorge Bucay y me cuenta el cuento de un elefantito —un cuento de Jorge Bucay— que la conmovió. Después me dice que la crisis está fatal, que ella trabaja mucho para ganar poco porque el convenio es malo. Que ha pensado en irse de España pero que le costaría vivir afuera. Le pregunto por qué. Me dice que extrañaría la comida, que acá comen mucho y a toda hora y que por las dudas está estudiando para policía, que es otra cosa que también le gusta.

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La gran noticia, hoy, es el escándalo: el escándalo de la gente escandalizada con Zapatero, que mintió, y que, en vez de decir que los desempleados eran 4.700.000, como son, dijo que eran 4.200.000, como no eran.

Qué difícil.

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En la cafetería del hotel, las mismas señoras conversan. Una dice, con frialdad, que, cuando te vienes vieja, la línea de los labios desaparece, los ojos se hacen más chicos, la piel de aquí te empieza a sobrar.

—Vamos, que no te reconoces.
—No es para tanto —dice la otra.

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La publicó esta mañana el diario La Razón, pero ahora no puedo encontrarla. Era una nota sobre el hospital de Aguascalientes, México, donde le salvaron la vida a José Tomás, a quien corneó aquel toro. El artículo empezaba diciendo que el sitio no era una clínica suiza ni un sanatorio francés, pero que tampoco era tan sucio.

Qué difícil.

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Dejo Alcalá para irme al África pero primero paso por Madrid, donde me quedo en casa de un amigo, en Lavapiés. Un día, recostada contra una columna de la Plaza Mayor, mientras miro a un grupo de baile de Galicia preguntándome si serán todos gallegos, pienso que he escuchado muchas veces en este viaje el argumento de que no se puede cantar tango si se es gitano, ni bossa nova si se es chileno, etcétera. Si siguiéramos el hilito del argumento hasta el final, descubriríamos que tampoco sería posible que un tipo de barrio, argentino y devoto del mate y el fernet, como Julio Bocca, bailara el Cascanueces. Digo, digamos, por ejemplo.

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Una noche regreso caminando a Lavapiés y veo, frente a la catedral de San Isidro, un papel pegado en el piso, enmarcado con cinta scotch, que dice “Colombiano pinta uñas de pies y manos: prolijo”. Hay un teléfono y el papel tiene tiras que pueden arrancarse para llevar. Un tipo que descubrió que la gente camina mirando el piso más que ninguna otra cosa es, además de un genio, un sobreviviente implacable. A lo mejor tienen razón en tener miedo.

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Me voy a Zimbabwe, enferma. Ayer vinieron unos médicos, me inyectaron algo, me recetaron cosas. Para mi escándalo, en la farmacia descubro que una caja de cuarenta comprimidos de alguna de todas esas cosas cuesta apenas dos euros.

Qué difícil.

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Después, Zimbabwe. Por muchos días. Por muchos días.

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De regreso en Madrid paro en un hotel de la calle de San Bernardo. En el hotel han apagado la calefacción hace dos semanas y dicen que no pueden volver a encenderla aunque haga cinco grados: “Pero podemos darle una manta”.

Cada tarde escucho historias tristes en los locutorios de la zona a los que solo acuden bolivianos, brasileños, peruanos: ya no bebas, mi hijito; llámame cuando sepas que estoy en la casa, ¿por qué siempre me llamas cuando no estoy?; cuídame al perro, porfa; es que la niña no quiere hablar contigo, ¿no lo entiendes?, ya no te recuerda. Algunos lloran. Cuando les cuento estas historias a mis amigos de acá se sorprenden: jamás han estado en un lugar así.

***

De la puerta de mi cuarto cuelga un cartel. En vez del atildado “Por favor, no molestar”, el cartel dice, en mayúsculas brutales: “No molesten”. Lo leo cada mañana, cuando bajo a tomar el desayuno. A veces pienso que es una forma, no demasiado mala, de empezar el día

—¡Atención que nos jugamos ciento quince mil euros!, ¿eh, parejita? —dice Carlos Sobera, el presentador de Atrapa un millón, el programa de TV donde muchos españoles, cada vez más, buscan llevarse fajos de euros apelando al saber y el azar.

La cámara desciende en picado. A la derecha, el conductor. A la izquierda, dos que se abrazan: los hermanos Luisa y Juan Botella. La parejita que busca llevarse más de cien mil euros. Él es periodista; ella, genetista. Se presentaron al programa con una misión: conseguir los euros necesarios para que Luisa pueda continuar pagando a su equipo de investigación.

Todo el estudio de televisión es un anfiteatro pastel: violáceo, azulado, rosa. Los protagonistas están de pie sobre una plataforma circular cercada por barandas. Sobre una mesa semicircular hay monitores que si responden mal se tragarán los billetes. En una esquina de esa mesa, un montón de billetes: veintitrés paquetes de cinco mil euros. De derecha a izquierda, del último al primero, estos letreros en cada uno de los monitores: “Jugar al baloncesto”, “Leer a Stephen King”, “Ponerse la vacuna del tétanos”, “Tatuarse a Piolín en el brazo”.

—¿Qué podía hacer una persona del siglo XIX? —dice el presentador, leyendo la pregunta en una pantalla más grande.

La respuesta es una de esas cuatro opciones: la boca de uno de esos monitores nunca se abrirá. Comienza a andar el cronómetro.

—A ver: leer a Stephen King no —dice el hermano Botella mientras camina hacia los monitores—. Jugar al baloncesto yo creo que tampoco.
—¿Tatuarse a Piolín en el brazo? Piolín no puede ser —interviene la hermana Botella con voz de mezzosoprano.
—¡Tétanos!
—Tétanos. Puede ser que fuera una de las primeras vacunas —razona ella—. Porque leer a Stephen King… Stephen King es de este siglo.

En 2012, el gobierno de Rajoy recortó un 35% el presupuesto para ciencia y convirtió al Ministerio de Ciencia e Innovación en una Secretaría de rango menor. Ya en 2010 la administración de Rodríguez Zapatero había reducido un 40% los contratos del personal de todos los grupos de investigación del Centro de Investigaciones Biomédicas. Allí trabaja Luisa. Por los recortes se quedó sin técnico de laboratorio. Luisa busca una cura para la telangiectasia (HHT), una alteración genética de las células de los vasos sanguíneos que hace sangrar mucho por la nariz a un millón doscientos mil personas en todo el mundo. La HHT es una enfermedad crónica. Y rara: afecta a cinco de cada diez mil.

Ahora están los dos hermanos repartiendo los fajos entre las pantallas sobre las que dudan menos, sobre las que esperan que no abran sus bocas. Es en lo que consiste todo: cuanto más apuesten al que se mantendrá cerrado, menos dinero perderán.

—¿Jugar al baloncesto? ¿Cuándo se inventó el baloncesto? —dice ella—. ¡Ponle algo al baloncesto!

El cronómetro corre, quedan diez segundos. Luisa, por si acaso, razona también sobre Piolín, hasta que Juan la interrumpe:

—¿Cuánto es lo mínimo para una investigación de la asociación?, pregunta con ambas manos sobre los billetes.

Ella le pasa dos fajos más.

Así han quedado entonces sus apuestas: veinte mil euros al baloncesto; noventa y cinco mil euros a la vacuna del tétanos.

Ella sigue la perorata: cree que sí, que una de las primeras vacunas del diecinueve fue la del tétanos, porque tatuajes, tatuajes han existido siempre, pero Piolín es de los años sesenta del siglo veinte.

La música de fondo incrementa la tensión. Un plano americano muestra a Carlos Sobera con los brazos cruzados y una mueca de cejas levantadas. El cronómetro se detiene en los dos ceros.

—¡Tiempo! —Sobera juega con la tensión—. Bueno, pues hemos hecho bien dividiendo, ¿no? Pero, ¿las vacunas ya existían en el siglo diecinueve?
—Sí, sí —responde Luisa—. Yo creo que las vacunas empezaron en el siglo diecinueve.
—Ahora, la del tétanos yo no lo sé. Tengo que confiar en mi hermana —dice Juan, mirando a Luisa.
—Bueno, tampoco es que sea mi fuerte —replica Luisa.
—¡Comprobamos! —eleva la voz Carlos Sobera.

La noche del 2 de agosto millones de españoles ven en sus televisores a los hermanos en pantalla partida: él con el puño en la boca; ella todavía murmurando. Otro plano cenital de los monitores: la mayoría de los billetes en los tétanos, el resto en el baloncesto.

Se abren las fauces del primer monitor, el de Piolín. Se van cero euros. Se abre la boca del tercero, el de Stephen King. Ningún billete. Luisa se tuerce los dedos.

—Que sea el tétanos. Que sea el tétanos —implora Juan.

Cuando le toca el turno al monitor de la vacuna, los hermanos lo ven tragarse noventa y cinco mil euros. “95.000 € SE VAN”, dice en el monitor.

—Era el baloncesto. Se inventaba en una escuela de Estados Unidos en el año de 1891, chicos, devela el presentador. Solo nos quedan veinte mil ¡Recogemos el dinero!

***

Luisa es vocal científico de la Asociación HHT española. Fue a Atrapa un millón con su hermano menor a buscar fondos para la investigación que sigue hace diez años en el Centro de Investigaciones Biológicas, adjunto al Consejo Superior de Investigaciones Científicas de España.

La crisis y las medidas de ajuste se llevaron puesto recursos de lo que en España abrevian como I +D: Investigación y Desarrollo. Los presupuestos generales del Estado de 2012 destinan a este renglón unos dos mil millones de euros menos que el año pasado, un recorte de veinticinco por ciento. El Consejo Superior del que depende el trabajo de Luisa Botella tiene previsto terminar el año con diecisiete millones de euros menos que en 2011.

Cuando en mayo de 2010, recortaron los contratos del personal de los Centros de Investigación Biomédica en Red de Enfermedades Raras, Luisa perdió a su técnico de laboratorio. Se quedó solo con una tesista doctoral que terminaría su trabajo este año.

Por eso fue al programa de televisión favorito de su madre.

La otra pregunta en la que fallaron los hermanos Botella fue una de sentido común: ¿Qué podemos pasar por el control de seguridad en un aeropuerto como equipaje de mano?

Esta vez fueron más cautelosos y pusieron solo un fajo en la opción de la cuchilla de afeitar, porque Juan recordó haber colado una en algún viaje. La respuesta correcta era el cortaúñas, a las que habían puesto los otros quince mil con los que al final se fueron.

Los euros alcanzan para recontratar a un técnico de laboratorio por un año, a partir de octubre.

—No me daban vergüenza ni el público ni las cámaras. Lo único que quería era que no nos fuéramos sin nada, la carga psicológica de decir: si voy a concursar para la asociación y la enfermedad, no quiero irme sin nada—recuerda un mes después, sentada en su despacho de Madrid, Luisa María Botella.

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Veinte personas fundaron la Asociación HHT España en 2005. Hoy son casi seiscientos. Solo la mitad paga la cuota anual de 100 euros. No hay dinero que alcance.

La sede de la asociación es el laboratorio 109 del Centro de Investigaciones Biológicas. Cada seis meses sus miembros hacen las asambleas en la sala de visitas. El resto del contacto, por internet. Luisa pasa mucho tiempo aquí: escribe artículos especializados en los que explica los hallazgos genéticos y moleculares de la enfermedad y de sus tratamientos, y responde uno a uno a los pacientes que escriben en los foros de la página web de la asociación.

En el suelo del laboratorio 109 hay un par de pantuflas de recambio para cuando está mucho tiempo de pie. Pocos muebles y mbjetos de la experimentación científica: embudos, matraces, vasos, probetas, cajas, tapas, centrífugas, el símbolo de la radioactividad. Y microscopio, claro.

Solo se oye el péndulo de las básculas, hasta que Luisa irrumpe para hablarle a la becaria. Le dice “endoglina”, “KLC6”, “gen regulador”, mientras revisan los cultivos que han hecho hace quince días.

A veces –hoy no- hay jaulas con los ratones. Con ellos, la tesista doctoral hace sus experimentos sobre esa proteína. Esta mañana, en el laboratorio 109 están Luisa, dos tesistas doctorales y la becaria. Para estar muy bien, necesitarían al menos tres investigadores más, pero para eso no hay fondos, dice Luisa. Por lo pronto, la prioridad es la técnico.

Y para eso están los quince mil euros de Atrapa el millón.

Quince mil euros. La cifra por la que el entrenador del Real Madrid, José Mourinho, demandó a un crítico de cine español por llamarlo “nazi portugués”. O lo mismo que cuesta el Elantra 2013, un auto con motor de cuatro cilindros, ciento cuarenta y ocho caballos de fuerza y seis velocidades. Quince mil euros al mes le paga la actriz Halle Berry a su ex marido tras el divorcio.

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Las primeras apariciones del síndrome de Rendu-Osler-Weber, con esos apellidos entre guiones como homenaje a los señores que primero avanzaron en su identificación, datan de 1896.

Aunque un Sutton habló de ella la primera vez en 1864, y luego un Hanes la llamó Telangiectasia Hereditaria Hemorrágica en 1909, cuando ya hubo determinado que entre sus síntomas había un antecedente familiar, manchitas rosa o púrpura en los labios, la boca, los dedos y sangrado en la nariz.

En los casos más graves, los enfermos de HHT llegan a necesitar transfusiones. A veces también tienen hemorragias en el estómago, otras en el cerebro y los pulmones.

La Telangiectasia, ese nombre que Luisa María Botella tardó un año en pronunciar sin que la lengua tropezara con las primeras sílabas, es una alteración genética de las células que tapizan las paredes de los vasos sanguíneos, ya sean arterias, venas o capilares.

La HHT es lo que la Organización Mundial de la Salud llama una “enfermedad rara”, porque afecta a cinco de cada ocho mil a diez mil personas. En el hospital de Sierrallana de Cantabria, al norte de España, el equipo de un médico llamado Roberto Zarrabeitia ha diagnosticado quinientas ochenta y cinco familias. En el mundo, según la HHT Foundation International, hay aproximadamente un millón doscientos mil enfermos de este síndrome.

Si tu madre o tu padre la tuvieron, hay un 50 por ciento de probabilidad por cada embarazo de que tu hijo la tendrá. En una versión más moderada o más fuerte. Si tienes el gen y superas los cuarenta años, las probabilidades de que aparezca son todas.

Las enfermedades raras suelen no tener cura, son crónicas y con una amplísima base genética. Por ser raras, los diagnósticos tardan mucho, porque son raros también los especialistas. Por ser raras, los medicamentos que podrían aliviarlas se llaman huérfanos: no tienen ni padre ni madre en los grandes laboratorios farmacéuticos, porque el coste de su comercialización, tratándose de tan pocos en comparación con otras patologías, sería más alto que sus beneficios.

Quince mil euros, al lado de los millones que hacen falta, es nada. O casi nada.

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Los hermanos Verde sangran.

Patrocinio Verde, 57 años, es secretaria de la Asociación HHT y amiga de Luisa Botella: heredó de su tía materna la versión moderada del síndrome. Es también médico de familia, en un centro público de salud.

Francisco, su hermano menor, de 54, estuvo hace un año hospitalizado durante veinte días: heredó de su madre la versión más dura de la enfermedad. Trabaja en la compañía estatal de trenes Renfe, en el centro de operaciones del tren de alta velocidad AVE, atendiendo las incidencias de los viajes Madrid-Barcelona. Su hijo menor, de veintiún años, heredó la versión suave de su tía Patrocinio.

Son, como Luisa, funcionarios públicos. Su gremio, de casi dos millones de trabajadores, ha sufrido rebajas y congelación de salarios y reducción de beneficios. Están en protesta permanente desde el verano europeo.

Los dos siempre cargan encima bolsas de algodón -él de medio kilo- y un rollo de papel para improvisar tapones y meterlos en a la nariz. Francisco, además, va a todos lados con ropa de recambio.

Bostezar, llorar, reírse a carcajadas, emocionarse sin control, son disparadores de la sangría. Estornudar también, pero es menor el sangrado porque se mantiene húmeda la mucosa.

Patrocinio y Francisco cuentan esto sentados una junto al otro en una cafetería del barrio del Pilar, en el norte de Madrid, una mañana de agosto. Con la presencia de su hermana mayor, él se siente confiado para hablar de un tema que lo incomoda.

Patrocinio: Yo tuve una etapa corta, muy corta, sangrando, y ahora llevo muchísimo sin sangrar. Ayer sangré dos minutos, porque estaba acostada. Te levantas, te pones un taponcito y ya está. No como a mi madre y a él.

Francisco muestra la lengua, el labio, los dedos, las manchitas púrpura típicas del HHT.

Patrocinio: Lo peor de esta enfermedad es que te hace vivir permanentemente en alerta.

Francisco: Sí, tu cabeza está siempre pensando, me va a sangrar. Vas al teatro, como me pasó una vez, y antes de entrar empiezas a sangrar. Estás en una comida con amigos… Llegas a plantearte no salgo de mi casa. Se te pone la camisa como si te hubieran degollao. El año pasado eran tres y cuatro veces al día. Era estar tres cuartos de hora sangrando con bastante caudal.

Patrocinio: La recaída de mi hermano fue grave, muy grave, de las más graves que creo haber visto.

El ser humano carga con unos cinco litros de sangre. El año pasado a Francisco le transfundían tres bolsas diarias de su concentrado, y le inyectaban hierro directamente en la vena, porque los vasos de la fosa nasal izquierda no paraban de romperse. Pero terminaba botando la mitad por la nariz. Así que la taponaban.

Francisco: Tenía la cara deformada, tenía toda la cara llena de coágulos. Hasta que la doctora decidió hacerme una operación en una arteria que se llama esfoneidea palatina.

Patrocinio: Esfeno palatina

Francisco: A raíz de eso, ahora la fosa izquierda apenas me da problemas. Como un fontanero entra en las tuberías, ella entró en la arteria, la cortó. Las costras de vez en cuando siguen saliendo y son bastante voluminosas. Cuando sale esa costra, entra un chorro de aire impresionante que puedo respirar.

Ahora le molesta un poco la derecha, pero ya nunca como la otra. Está en una buena racha. Por ahora, Francisco está a salvo de recibir la obstrucción quirúrgica definitiva, aunque estuvo a punto. Toma anticoagulantes que lo ayudan.

Patrocinio: Un enfermo de Rendú es el paciente que nadie quiere ver en una Urgencia. Somos pacientes muy difíciles de manejar. En el fondo, a los médicos no nos gusta que la gente sangre. En el desarrollo de la especie, el sangrado ha sido un símbolo de peligro, de miedo.

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Luisa María Botella es la mayor de cinco hermanos. Quería ser maestra como su madre Filomena, pero terminó siendo científica. Entró a estudiar Biología en la Universidad de Valencia, en la costa suroriental de España, donde nació y de donde salió su segundo apellido, Cubells.

—Me gustaba mucho la genética, la bioquímica, todo lo molecular.

Es una mañana soleada de julio y Luisa está sentada en su despacho. Hace un mes se grabó el programa en el que ganó los euros junto a su hermano menor. Aunque todavía faltan un par de semanas para que la emisión salga al aire, Luisa ya habló de su participación televisiva un programa de radio.

Su oficina son computadoras, archivadores grandes con protocolos y tesis doctorales, papeles, un gallo portugués, un abrehuecos, dos plantas medio secas en pequeños maceteros. Y, sobre todo, los dibujos de su hijo Adrián en las paredes. Luisa lo adoptó en México en 2000 y ahora es madre soltera con cuarenta y nueve años.

En persona es más menuda: las piernas cruzadas, de tan delgadas, se le enroscan hasta las ruedas de la silla. Del cuello le cuelga el carnet que la acredita como trabajadora de este centro, además de una llave y el teléfono móvil. Esconde el flequillo detrás de las orejas y muestra un rostro prominente, descolorido sin ese maquillaje televisivo. Un anillo abarca la mitad de su dedo índice.

Se recibió de bióloga en 1982. Hizo un doctorado con una beca de Formación de Personal Investigador en el Departamento de Genética de la misma universidad. Aunque no era la especialidad que buscaba, confirmó que ya no podría dejar de intentar descifrar los misterios científicos de la herencia.

Fue después a Suecia a un postdoctorado, también becada, buscando lo que más le fascinaba: la genética molecular. Se quedó tres años. Volvió a Madrid en 1989 para trabajar en el Centro de Investigaciones Biológicas como investigadora en genética molecular. En 1997 entró al laboratorio de Carmelo Bernabeu, que había descubierto una proteína que insistía en aparecer en las células de la pared interna de las venas, arterias, vasos: la endoglina, la misma que se altera cuando tienes HHT. Empezó Luisa con la misión de investigar el gen que guía esa proteína.

En 2001, su jefe, que ya pertenecía a la HHT Foundation International, la envió a un congreso mundial en Tenerife en 2001. Allí escuchó ella lo que hacían los científicos y médicos estadounidenses, ingleses y holandeses.

La Federación Española de Enfermedades Raras se había creado apenas un año antes. No hubo un programa de investigación para estas patologías hasta 2006. Luisa se metía en el desierto.

—Bueno, yo pediré el primer proyecto si tú lo escribes y consigues unos médicos que empiecen a reclutar pacientes de toda España y empiecen a querer interesarse —le dijo Bernabeu.

Entonces encontró a ese otro Carmelo, Carmelo Morales, del hospital de Sierrallana y redactó el proyecto. Morales la ayudó con otros médicos y mandaron el papel al Fondo de Investigación Sanitaria.

Ya han hecho tres programas de tres años desde 2002. En 2005, Luisa María Botella asumió como la investigadora principal. La HHT Foundation declaró a hospital de Sierrallana como centro de referencia, pero todavía no lo ha hecho el Ministerio de Sanidad español.

—Todo en mi vida ha sido perseverancia y me ha costado muchísimo.

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Filomena, la madre de Luisa María Botella, con sus ochenta y dos años, es televidente fiel de los programas de concursos. Ve Atrapa un millón cada tarde. La mayoría de las veces acierta los resultados desde su sofá.

Un día, al ver el entusiasmo de su madre frente a la pantalla, Luisa dijo por qué no y se animó a probar en el concurso para donar el dinero a su asociación. Entre navidad y fin de año de 2011 hizo la primera llamada al número con prefijo 905 para optar al casting, y dejó su intención en un mensaje grabado. Costo: 1,42 euros, IVA incluido.

Pasaron dos meses y no hubo respuesta. Llegó en febrero el día de las Enfermedades Raras, una ocasión para hablar del tema en medios de comunicación.

Llamó otra vez a ese 905. Mientras esperaba respuesta, Luisa dio entrevistas a varios medios sobre esa enfermedad rara del HHT. Contó a lainformacion.com que estaba intentando llegar al concurso. Al programa Asuntos Propios, de Radio Nacional de España, le pareció curioso y tiró del hilo. Su entonces presentador, Toni Garrido llamó a la científica en directo para que contara la historia, y se comprometió a hacer el puente con Gestmusic, la productora de Atrapa un millón. Diez días después, los hermanos Botella estaban en el casting de Madrid.

Cuando la productora los llamó para grabar en el estudio de Barcelona, Luisa no estaba nerviosa, aunque antes de pasar con su hermano vio a otra pareja perder todo el dinero en la última pregunta.

El casting es un filtro para gente simpática, extrovertida, habladora. Buscan empatía entre las parejas, verbal y gestual: que sean entusiastas, que se toquen, que se abracen cuando aciertan. Eso explica al teléfono desde Barcelona la directora de Atrapa un millón, Montse Claros.

Hay cada vez más aspirantes en España a concursar en el programa. La producción aumentó de dos a cuatro los equipos que hacen castings a diario por todas las provincias.

Puede verse esa inquietud en los comentarios de la gente en el sitio web oficial del programa. Quieren participar porque: están en el paro y tienen que pagar la hipoteca; la mujer de un matrimonio joven quedó embarazada y tienen una única fuente de ingresos; el hermano de un primo se casa y se han quedado sin empleo; necesito operarme por un accidente a los doce años; quiero dinero para ayudar a mamá.

El programa es la franquicia de The Million Pound Drop de Reino Unido y lo transmiten en más de diez países del mundo. Comenzó a emitirse en España, por el canal privado Antena 3, en febrero de 2011, primero en una emisión semanal los viernes en horario estelar, a las diez de la noche. Un millón de euros a repartir, durante dos horas de ocho preguntas. En estas ediciones los fajos eran de veinticinco mil euros. Al millón le dicen “kilo” en español ibérico y de verdad pesaban los billetes: durante las primeras preguntas, cuando todavía eran muchos los fajos, veías a los concursantes tardar valiosos segundos en ponerlos en los monitores.

Dos meses después, recuerda su directora, agregaron la emisión diaria, de lunes de lunes a viernes a las 19:45 y, según Montse Claros, han mantenido una media de 13,5% de la audiencia de esa franja horaria. Hasta principios de 2012 convivieron las dos ediciones, porque eliminaron la emisión semanal del millón de euros, sin que nadie los ganara.

Nadie tampoco ha ganado los doscientos mil en la edición regular. Noventa mil, setenta y cinco mil, sesenta mil es lo máximo que se han llevado. Excepto aquellos doscientos diez mil con los que cargó una pareja en unos programas especiales con famosos en los que se apostaban quinientos mil euros. En Argentina el programa se llamó Salven al millón y lo condujo Susana Giménez. Fue en el único país donde una pareja ganó el bendito millón. De pesos argentinos.

—Estamos estudiando hacer una semana especial de causas solidarias, un poco en la línea del programa que hicimos con la científica, con casos más extremos y más sociales —dice Montse Claros.

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Una tarde de septiembre, en su oficina, Luisa cuenta que se necesitan al menos un millón y medio de euros para investigar el medicamento que alivia la enfermedad, el raloxiceno, un componente “análogo de los estrógenos” que disminuye los sangrados. La Unión Europea lo declaró como medicamento huérfano en 2010 y avaló su efecto en reducir los síntomas.

Luisa diseñó un proyecto de ensayo clínico con el raloxiceno, de acuerdo con los criterios de la Agencia Europea del Medicamento, que involucra a pacientes de España, Dinamarca, Alemania, Italia, Holanda, Israel, Argentina, Guatemala (estos dos últimos vinculados con la asociación española). Lo ofreció a la farmacéutica Lilly, la que tiene la patente del medicamento hasta 2013. El laboratorio no aceptó, porque después de 2013, una vez que el compuesto comience a venderse de forma genérica, ya no tendrá las mismas ganancias.

Luisa envió el proyecto a la Plataforma de Ensayos Clínicos del Ministerio de Sanidad español (CAIBER) y le dijeron que podrían aprobarle el dinero mínimo para España. Pero desde 2012, dice Luisa, la plataforma está detenida.

Intentó enviar el proyecto al Séptimo Programa Marco de Europa, que tiene un apartado específico para enfermedades raras, pero no se lo aprueban porque necesitan al menos 30 por ciento de participación de una farmacéutica.

Entonces están parados, aunque ya los pacientes diagnosticados en España toman el componente.

Para avanzar en el medicamento huérfano, Luisa tendría que haber llegado sin un solo fallo al final de Atrapa un millón, en su edición original, claro. Porque ¿quién va a invertir esa cantidad de dinero en un medicamento que afecta a poca gente, en comparación con otras patologías?, se pregunta Luisa.

Un millón y medio es lo mínimo. Pero lo que cuesta el ensayo clínico, pagando a compañías externas en todas las fases de investigación, supera los cinco millones seiscientos mil.

Un millón y medio de euros es lo que dice El País que gastó en agosto el alcalde de La Coruña, en Galicia, para las fiestas de la ciudad. O es lo que Televisa les ofreció a Pep Guardiola y Jose Mourihno para que comentaran juntos la Eurocopa de junio.

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Francisco Verde, el hombre que sangra, prefiere mostrar su oficina del AVE en un día libre, para evitar cualquier situación que lo ponga nervioso y le produzca hemorragias. Es un recinto similar al de las películas hollywoodenses de operaciones militares o espaciales. En el casillero número doce, el suyo, está la ropa de recambio. Sus compañeros inmediatos ya se familiarizaron con su condición y saben que cuando se ausenta unos minutos es porque está en el baño poniéndose algodones.

Ese día Francisco habla muy poco de HHT. Dice que ayer sangró veinte minutos y se mosqueó. Que el viernes tuvo una hemorragia de diez.

—Es que había mucho follón en los trenes.

Dice que todavía está en la buena racha. Entonces habla de la sangre en concreto.

Dice que tiene un sabor acre.

Que fue para él fue vida, en los momentos en los que la perdía tanto.

Y que odia el color rojo

—Cuando veo cualquier color rojo digo, ¡hostias!, ya estoy sangrando. Y a mi mujer que le encanta ese color.

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La científica asegura que no volverá a concursar en el programa, pero seguirá desafiando nuevas fuentes de dinero. Mientras Luisa espera que le aprueben solicitudes de fondos en fundaciones privadas y un proyecto europeo que posiblemente le permitiría contratar a un investigador más, la junta directiva de la Asociación HHT de España ha decidido buscar otras vías: un concierto benéfico de música tradicional en Canarias, vender a una planta de reciclaje una tonelada de tapones de botellas que una socia de Vitoria ha recogido, si consiguen quien la ayude a transportarlos; quizás una carrera de ciclistas en Madrid.

Y la lotería.

La asociación va a vender billetes con un número para la Lotería de Navidad de este año. En 2011 este sorteo, que se juega cada 22 de diciembre, repartió más de 2500 millones de euros en sus muchos premios.

Y las probabilidades de que te toque la lotería nacional de España en su sorteo de navidad, es de 1 entre 85 mil. Ya si vamos a los premios gordos-gordos, la proporción es de 1 entre 14, 15, 31 y hasta 76 millones.

Luisa ha jugado la lotería por su cuenta a todos los sorteos grandes. Necesitan al menos un millón y medio de euros para investigar el medicamento que alivia la enfermedad.

Ella se conforma con 5 mil.

Más de dos mil mujeres faenan, mariscando, en la ría de Vigo. El fruto es, sobre todo, el croque o berberecho y la almeja con todos sus sabrosos travestismos: fina, babosa, japonesa, rubia, bicuda. Y también navaja, carneiro, reló, zamburiñas, ostras, ostión… Tribus de moluscos que se ocultan o mimetizan en los fondos cuando el mar se repliega. Y entonces llegan ellas para arañar o cavar en el lecho, con sus pequeños rastrillos o con azadas. Calladas, encorvadas hacia la arena, moviendo enérgicamente los brazos a contrarreloj, la mirada concentrada como si cada bivalvo fuera un pequeño grano de oro.

La luna es la diosa. Cuando la luna se llena con cara feliz de madre clueca, como un melocotón en almíbar, se abren como nunca las carnes de la ría, mareas bajísimas, y el arenal se ofrece como una bandeja promisoria para las madres del mar. Las mareas milagrosas son en tiempo de plenilunios de Pascua (Ramos y Ceniza), y también son buenas las de San Martiño, que era amigo de los astros. Hay un libro de ancestros ahí arriba, en la bóveda de la ría, en el que las madres leen con la exactitud de una tabla de mareas.

Hay días, como hoy, en que la diosa luna anda huida. Al amanecer, por la boca de la ría, cabalgando sobre las islas Cíes, han entrado jinetes oscuros, nubarrones tremendos, que ponen el mar del revés e inyectan hasta el tuétano de los huesos una humedad antigua, de líquenes y reuma. Ellas han bajado igual.

Las de Moaña son seiscientas. Las madres del mar mejor organizadas. Faenan todo el año porque han puesto fin al imperio de los intermediarios, se han marcado cuotas, evitan la esquilmación y siembran y cultivan el mar como un labradío de común. Vienen del litoral pero también, en grupos parroquiales, de las aldeas de los montes del Morrazo: Berducedo, O Cruceiro, Abelendo, Domaio, Meira, O Caero, O Latón, O con. Bajo la tormenta, por caminos de anfibios, con las ropas de agua y los pertrechos, envueltas en jirones de niebla, parecen extras de una película de ciencia-ficción.

Pero son tan reales que traen la casa a cuestas.

Carmen Otero, por ejemplo, ha venido desde Barbucedo. Anda por los cuarenta y pico. Su marido trabaja de peón. Le pagan poco. Carmen se ha levantado a la hora de la lechuza, cuando Vigo, la urbe atlántica, varada allá enfrente, parece aún la Gran Nave Galáctica de las Almas en Pena, una Santa Compaña de fluorescencias y neón. Después de rastrillar los campos marinos, con sus croques y almejas, se irá a labrar la tierra del maíz, con la ayuda de su burro Rubio, compañero de fatigas agrícolas desde hace siete años. No tiene tiempo para hablar. Cuando termina el pesaje, sale a paso apurado hacia la aldea.

—¿Entrevista? ¿Por qué no entrevistas a la princesa Lady Di?
—Me gusta más usted.
—Mira, neniño, no estoy para charlas. Tengo que trabajar la tierra, alimentar a los animales, hacer la comida…
—¿Qué va a hacer de comer?
—Pollo. Pollo y patatas.
—¿El pollo es de casa?
—¡Claro!
—¿Lo mató usted?
—No. Yo no soy capaz. Me da pena. También los corderos me dan pena. Lo mató mi hijo. Le hace un corte aquí, por el cuello, y ya está… Además, ¿a quién le importa quién mató el pollo?
—¿Comen marisco?
—Croques sí. Almejas, no. Con lo que te dan por un kilo de almejas puedes comprar cosas más necesarias.

Miro sus orejas agujereadas, el lugar de los pendientes. No sé por qué, pregunto: ¿Hay algún regalo que recuerde con especial cariño?

—Nunca me han regalado nada, ¿terminamos?
—Espere. Sólo una pregunta. ¿Le cuenta cuentos a su nieta para dormirla?

(¡Bien! He conseguido que sonría y le brillen los ojos).

—No. Es ella quien me los cuenta a mí y me duerme. Tiene cinco años. Se llama Duvinila…

También cuida de una nieta, Amelia, de A Paradela, un lugar bajo el monte Agudelo. La visión de la niña, peinarla, le hace feliz. Es la cría de una de sus tres hijas. La tuvo de soltera. “Mejor así, en casa”, dice con su mirada azulada, como si le aliviase saberla libre de un destino no querido. Y en la aldea ha dejado “desayunado” un pequeño mundo animal: dos terneros, un burro, dos cerdos, gallinas y ovejas. El marido está embarcado. Por las Malvinas, antes. Ahora, por el Mar de la Plata.

Es el caso de muchas de ellas. Casadas con pescadores, con hombres del mar. Algunos cerca, en la árdora, en la bajura. Otros, a cientos o miles de millas. En el Banco Sahariano, en el Gran Sol, en Terranova, en las Malvinas, en el Índico. Adiós, un beso, hasta dentro de cinco meses. En fin, para qué contar.

Las lumbalgias. Ésa es la dolencia más frecuente, dicen los médicos. Ellas lo expresan, sin quejarse, echando las manos a la espalda. Hay otra, un eufemismo, “los nervios”. Evitar que los nervios se metan en la cabeza, ése es el desafío cuando la vida se presenta en forma de alimaña y enseña los dientes.

La lumbalgia puede ser también una metáfora. He visto radiografías de la columna de mujeres mayores que arrancaron sobre la cabeza pesos de hasta ochenta kilos. Las cervicales parecían nudos de un castaño centenario. Sus espaldas han soportado el peso del mundo.

Así deben de ser las vértebras de María. María Collazo, de sesenta y tres años, comparte el marisqueo con el cultivo de flores para vender. De los berberechos y la almeja se va a ala margarita reina, las cinias, las dalias y las siemprevivas. “Cuando rastrillo en la playa o rareo en la hierba, pienso mucho en lo que fue mi vida. Y tengo ganas de descansar”. Viuda, tiene todavía un hijo a su cargo. “Es bueno, pero a veces le vienen rarezas a la cabeza, dicen que es porque se tragó el parto antes de nacer”. María tiene una pierna de palo, por una gangrena de la infancia. “En casa tengo una ortopédica, pero no me da gracia al andar”. Esta que lleva es de madera de nogal. Se la hizo un carpintero de Tirán. “También mi hijo sabe hacerlas, es muy mañoso para todo. ¡Ay, si no tuviera esas rarezas!”.

Ahora, viéndolas inclinarse bajo la tormenta, sigue dando la impresión de que si estas mujeres desfalleciesen todo el universo de la ría se haría añicos como una fuente de porcelana. Fueron ellas, en Moaña como en otras partes de las Rías Baixas, las que hicieron frente a la meiga azul, a la heroína, que embrujó a tantos jóvenes. Es vital su salario neolítico, arrancando a la mar y la tierra. Y las que tienen el hombre en el mar tratan de tejer los lazos afectivas, sosteniendo los hilos macho y hambre, de padre y madre.

Alicia notó los dolores del primer parto cuando mariscaba en esta playa de Moaña, a las 9.30 de la mañana. Su marido, marinero de la mercante, pudo volver cuando el niño daba ya los primeros pasos. Ella se había casado a los dieciséis años. El banquete, para quince familiares, fue un caldo de tocino. No hubo foto de boda. A la mañana siguiente se fueron a la ribera, a mariscar. Alicia fue guardando su parte para pagar la cama de matrimonio. Sabía lo que era el trabajo. Había ido seis meses a la escuela y de noche. Jornadas interminables en fábricas de conservas. Descargas en el Berbés de Vigo, con la patela (cesta grande), a la cabeza. Cuando aquella primera larga ausencia del marido, con el primer hijo dentro, reparó horrorizada en que no tenía ninguna foto suya. Fueron veintidós meses. “Pasaba las noches recordando sus rasgos, imaginando su cara”. En aquella experiencia, aprendió algunas cosas decisivas. “En la casa de los marineros, debe estar bien visible la foto del padre. Las madres deben enseñarles a los hijos el rostro del padre, hablarles de la dureza de su trabajo, que sepan lo que cuesta ganar el dinero. Y las madres tampoco deben meter en su cama a los críos, porque si lo hacen los pequeños verán en el padre a un intruso, alguien que llega y los expulsa del calor de la madre”.

Alicia Rodríguez tiene ahora cincuenta y un años, cuatro hijos y cuatro nietos. Es cabeza y alma en la organización de las mariscadoras de Moaña. Podría hacer también de portavoz de los trabajadores del mar. Navegó en ocasiones con su marido y sabe lo que es de verdad un temporal. “Se escoraba el barco y te decían “cuenta hasta seis segundos, si no se endereza, nos hundimos”. Sus meses de escuela nocturna los ha suplido con una permanente ansia por saber. Asiste a todos los cursos para gente del mar, el último de radiotelefonista. Hasta hace unos pocos años, los frutos de la ría eran monopolio de unos pocos compradores, y lo sigue siendo en otras partes de Galicia. El primero de octubre se abría la temporada, bajaban familias enteras a la ribera, miles de personas que vivían la ficción de llenar sacas de berberechos. Los precios eran de risa. A los pocos días, ya no quedaba nada que rastrear.

“Había una mafia y la tiramos abajo”, dice Alicia, que combina la dulzura de los sentidos con una firmeza granítica.

Costó sangre, sudor y lágrimas. Los conflictos en la ría no son una broma. Alicia recuerda perfectamente el día en que decidieron hacer frente a aquella gente. Había un tratante de chaquetas de cuero y anillo de oro macizo. Decía: “A ti te compro, a ti no te compro…”. Ella le dijo: “No abuses tanto”. Él echó una carcajada: “¡Esta tonta de qué va”. Aquella frase surtió el efecto de una capanada de ira justiciera en su cabeza. Al año siguiente, las mariscadoras se conjugaron. Ni una palabra, ni siquiera en casa. Cuando llego el primero de octubre, dijeron a los compradores: “Nada de mangoneos. A cotizar en lonja, libremente”. Fue la guerra. Amenazas. Zarandeos. Presiones de todo tipo, con políticos del poder conservador por medio. Alicia perdió kilos. Pero las mujeres, las madres del mar, ganaron la batalla del amor propio. “Que nadie nos pisotee. Se acabó”.

Luego vino el resto. Las largas vigilias de vigilancia en las playas. La limpieza y siembra de los arenales. La distribución de cuotas para que seiscientas mujeres, durante todo el año, pudieran tener unos ingresos permanentes. Influir en el mercado: ajustar las capturas según los precios. El sueño siguiente, la utopía que les ronda, es una cooperativa y poder comercializar los propios productos.

En realidad, la ría está llena de heroínas, más anónimas si cabe dentro del traje de aguas, absolutamente indiferentes a toda vanidad mediática. Una foto, una pregunta periodística,no valen un berberecho. Y el mar no para. Va y viene, abre su vientre nutricio y lo cierra implacable.

La historia de Rosa Peréz, cuarenta y siete años, no es antigua, es de ahora, pero parece un cuento de Dickens. A la edad de jugar con las muñecas, Rosa trabajaba en una cordelería en jornadas de tantas horas como años tenía: diez. Y ése era el suelo: diez pesetas. A los doce años cambio de empleo: una fábrica de conservas. Se hizo moza, en los tiempos de la yenka, de Adamo y el Dúo Dinámico. Pero también en la época de las excursiones que acababan en conclaves clandestinos en bosques y playas, donde alumbraba el rechazo a la dictadura de franco. La península del Morrazo fue siempre tierra indómita y Rosa era de esa estirpe. “Yo era rebelde”. Se casó a los veintitrés años. Dos hijas muy seguidas. Se separó de su marido y tuvo que sacar sola adelante a su camada. Y lo consiguió. “Fue duro, no estaba bien visto en aquel tiempo que te separaras”. Llego a trabajar en las obras, conduciendo una hormigonera.

Rosa, desde la infancia, nunca dejo de ir a mariscar a la ribera cuando llegaba la temporada.

“Es un recurso pero también es algo que te engancha. Hubo un tiempo en que estaba visto como cosa de los muy pobres. Pero ahora, cuando ha pasado el espejismo de las vacas gordas, ha recobrado valor. A las mujeres les estima. Es tu cosecha. La ría es como una madre que nos protege”. María Olivia, de treinta y cuatro años, huérfana de un pescador que naufragó en el Cabo de Home, lo tiene claro: “Prefiero cien veces la ría que ir de criada a Vigo”. Amalia, de veintisiete años, es lectora de Tolkien (El señor de los anillos) e hizo salto de altura y atletismo. La ría es ahora para ella el espacio de una maratón interminable.

Hay ancianas que miran por la ventana a la ribera y sienten punzadas de nostalgia.

La madre de O`Caramuxo, una de ellas. Le enseño a coger el longueirón (especie de navaja), un arte muy difícil. Hay que ir pisando fuerte en la arena, distinguir un minúsculo agujero que se abre y, como el rayo, meter a modo de horquilla los dedos índice y corazón. O`Caramuxo es capaz de capturar 300 longueirones. Ha habido auténticos fenómenos en la ría, como Lolo da Viuda, Lolo de Paz o Luis de Maxímo, que cogían hasta mil, pero eso pasó cuando el mundo era mundo. Ahora hay algunos hombres, muy pocos, mariscando a pie. Pepe O`Caramuxo es uno de ellos. Un personaje fascinante, propio de una onvencion de don Álvaro Cunqueiro. Además de mariscador y gran pescador de fanecas y calamares, O´Caramuxo es propietario de once millones de abejas (ciento tres colmenas) que producen miel con sabor a mar, capador de cerdos, cantador de bingo en la Cofradía de Pescadores, constructor de su propia casa (“Llevo nueve años haciéndola”) y compositor de las letras sátiras que todo el pueblo de Moaña tararea en carnaval. ¡Quien fuera O`Caramuxo! La descripción que hace este hombre de cómo se pilla un longueirón, de la vida de las abejas (“Si entra un ratón en la colmena lo matan y lo embalsaman para que no pudra”) o de cómo se canta el bingo (¡La pareja de la Guardia Civil! ¡El 55!) Revela un ingenio envidiable.

—Oye, Pepe- le dice un vecino – el otro día me picó una de tus abejas.
—¿Cómo lo sabes? ¿Le miraste la matrícula!

Es un contador de historias nato. Le han querido llevar de candidato todos los partidos. Pero nada. La ría es su reino. Las mariscadoras, las mejores compañeras que un hombre puede desear. Cuando busca en la arena, vuelve a ser el niño que oye la voz de la madre que le susurra: “Ahí hay oro”.

El oro humilde que la diosa luna siembra cada año en el mar.

La imagen de España en el mundo es más o menos así: paella, siesta, sol, vestidos estampados de lunares, toreros, sangría y olé. Hoy, en cambio, o también, es así: desempleados, desahucios, endeudamiento, indignados, recortes y caras de a-ver-cómo-salimos-de-ésta.

Pero viajemos por un momento al año 2007 a. C. (antes de la Crisis). Con un PIB mayor que el de Canadá, España juega en la champions league de la prosperidad. La economía ha crecido a un ritmo feroz, la tasa de desempleo es de un ridículo 8% —la más baja desde 1978— y, por primera vez, recibe inmigración masiva. El milagro económico español, que así se llamaba lo que empezó en 1998, estaba sostenido en ladrillos. El gobierno incentivó la construcción urbanizando áreas que nunca habían sido urbanas y los bancos prestaron millones a las inmobiliarias: la costa se llenó de edificios, el campo de chalés, los pueblos de Guggenheims y las calles de nuevos ricos. Sólo en 2005, las ochocientas mil viviendas construidas en España superaron a las levantadas en Alemania, Reino Unido y Francia juntas. Como esas casas había que venderlas, los bancos abrieron el crédito como quien abre una represa.

Con el parque inmobiliario más grande de la Unión Europea en plena construcción, la necesidad de mano de obra subió y del cielo cayeron dos millones de latinoamericanos atraídos por el Spanish dream. Por tierra y mar llegaron dos millones de africanos y europeos del este. España se conjugaba en futuro perfecto.

Pero los precios de la vivienda —ay— estaban infladísimos: un departamento normalito en Madrid o Barcelona podía costar cerca de medio millón de dólares (la hipoteca media nacional era de doscientos mil dólares). Aun a esos precios, los pisos se vendían. La gente firmaba hipotecas a cuarenta años, con cuotas de 80% de su sueldo, pero había sueldo y todos lo hacían. Los vendedores inmobiliarios tenían la suave tenacidad de ciertos grupos religiosos: “Y usted, hermana, ¿sigue desperdiciando su fe en el alquiler?”. Durante las vacas gordas se daban hipotecas como se da la hora. Según datos del Instituto Nacional de Estadística, en 2007 fueron casi cuatro mil al día: 1.4 millones al año. Entonces llegó 2008, año 1 de la era d. C. (después de la Crisis).

El 17 de septiembre de ese año, allende los mares, quebró un banco estadounidense. Y esa caída, la de Lehman Brothers, fue como el dedo en la primera ficha del dominó. Años de créditos alegres a entidades y personas de dudosa solvencia pasaron factura. Los bancos estadounidenses entraron a cuidados intensivos y a los españoles se les paró el corazón y dejaron de dar dinero. El consumo se desplomó, setenta mil empresas cerraron y sus trabajadores se fueron a la calle.

Y, por supuesto, la gente que no trabaja deja de pagar sus deudas.

De 2008 a 2009 fue una barbarie: de dos millones y medio de parados se pasó a cuatro millones doscientos mil. Ahora mismo, en 2012, seis personas por minuto, trescientas setenta y cinco por hora, nueve mil por día son despedidas. En 2007 había cerca de dos millones de parados. En 2012, apenas cinco años después, hay cinco millones.

***

Francisco Hernando, Paco el Pocero, fue un niño dickensiano: pasó su infancia en una chabola y no tuvo techo hasta los veintinueve, cuando compró su primera casa. “Pocero”, según la RAE, es el encargado de limpiar pozos o depósitos de inmundicias y eso era Paco hasta que se subió a la grúa de la construcción. En 2006 decía tener una fortuna de ochocientos millones de dólares. Mientras unos lo acusaban de corrupción, otros admiraban a la encarnación ibérica del self-made man. Dicen que no sabe escribir, que lee mal y que llama “toballa” a la toalla, pero la urbanización que lleva su nombre escrito en dorado es la mayor obra privada de la historia de España, con más de trece mil casas proyectadas y mucho delirio del yo: el parque lleva el nombre de su mujer y la calle principal una enorme estatua de sus padres.

Pero en 2008, cuando los bancos cerraron la llavecita de nuevos ricos, ni el propio Hernando pudo comprar los pisos de Hernando. Tenía tantas deudas que la urbanización, apenas inaugurada, pasó a ser propiedad de las cajas de ahorro que la financiaron. Mejor para él. Al ver que España se hundía, Hernando huyó. Hoy, a sus sesenta y siete años, dicen que construye como un poseso en África.

La urbanización Francisco Hernando, en Seseña (Toledo), es el museo de la crisis con todo su esperpento. Allí no vive nadie. Casi nadie.

Por una avenida vacía, postapocalíptica, el viento arrastra un vasito vacío de yogurt y su troc, troc, troc es un escándalo. De vez en cuando pasa una persona. Anna, polaca, vive desde hace poco en uno de los edificios de Hernando. Ante la falta de compradores, ahora hay alquileres convenientes. Anna dice que es una lotería: paga una mensualidad baja por un piso flamante en un complejo con piscina y canchas deportivas. Pero no hay vecinos. Los departamentos que hace cuatro años costaban trescientos setenta mil dólares, han bajado a noventa y dos mil. Y ni así.

—Hay otra familia en mi planta —dice Anna—. Y allá, ¿ves?, parece que hay gente.

***

La sala de reuniones de la Federación de Vecinos de Madrid, donde entran unas veinte personas, ya le quedó pequeña a la Plataforma de Afectados por la Hipoteca (PAH). En una pared hay una placa: “Plaza de las Libertades”. En otra, una pizarra con carteles que invitan a actividades y manifestaciones contra el machismo, los bancos, los transgénicos. Uno de ellos, el de la Semana de la Lucha por el Derecho a la Vivienda, se repite en dos paredes. La convocatoria es a las siete, pero mucho antes las sillas ya están ocupadas. Los que se creían puntuales se suman a los que estaban detrás, y el grito no se escucha es la coletilla total. Pero nadie se va. Pasan las horas y nadie se va.

Cada desahucio detenido, cada novedad legal, es oxígeno para los que están ahogados por la deuda. Aquí no hay abogados ni expertos, sólo desesperados contándole su caso a otros desesperados. Jóvenes, jubilados, familias inmigrantes, madres solteras, profesionales y gente que no terminó el colegio. Al que va a perder su casa se le reconoce por una cara que trasciende la derrota, por la voz casi ajena con la que habla.

Carmen —chaqueta de lana lila, falda abajo de la rodilla— ha llegado temprano y está sentada. Cuando quiere leer algún papel, trata de ponerse los lentes que lleva en el pecho, pero la mano le tiembla. Esta ama de casa madrileña y su esposo jubilado vivían sin sobresaltos. La pensión del marido, ni mucho ni poco, era suficiente. La casa —su casa— la compraron con pesetas cuando el niño era niño. El hijo, que trabajaba en una fábrica, decidió comprar un departamento hace tres años. Papá y mamá fueron los garantes. Al firmar nadie pensó que llegaría la crisis, pero llegó: un recorte de personal dejó al joven en el paro, le quitaron la casa por no pagar y ahora el banco quiere la de los padres.

—Hemos recibido a mi hijo y a mis nietos en casa —dice Carmen mientras intenta abrir la carpeta, ponerse los lentes, leer su carta de desahucio—. Y ahora van a por nosotros.

—La ley hipotecaria de España es una de las más crueles del mundo —explican en la Plataforma—. El artículo 1911 del Código Civil establece que el ciudadano responde a una deuda con todos sus bienes presentes y futuros. Aquí la entrega de la propiedad no salda la deuda hipotecaria.

El banco embarga la vivienda por impago, pero la recibe a un valor menor del que tenía originalmente (lo que se llama retasación en términos financieros y putada en términos de la calle). Como la persona hipotecada tomó en su día trescientos mil y ahora la casa, para el banco, vale ciento cincuenta mil, esa diferencia hay que seguir pagándola. De modo que estás en la calle y, aun así, debes una fortuna. El banco tiene potestad de embargar todos los ingresos, sobre un mínimo, que una persona endeudada y sus garantes lleguen a tener. Eso incluye los bienes. Por eso a Carmen le van a quitar su casa de toda la vida.

Según datos de la Plataforma, desde 2007 y hasta hoy se han ejecutado más de ciento setenta mil desahucios y otros trescientos cincuenta mil están en curso.

—Hay que luchar —dice con su voz de niña Aída Quinatoa, una ecuatoriana hipotecada que se ha convertido en la líder de la batalla por parar los desahucios—. Esto ha sido una estafa masiva y lo único que tenemos es la lucha, hay que negociar para no quedarnos con la deuda: si el banco quiere, puede.

Juanjo, un camarógrafo treintañero, no ha vuelto a encontrar trabajo luego de que CNN lo despidiera. Si éste fuera un documental de la crisis y él estuviese filmándolo, haría un close up de sus uñas hundidas en la carne. Se verían sus manos mordidas y se escucharía su voz de fondo:

—Antes de esto, yo era una persona normal, ¿sabes?, un tío con su piso, con su coche, con su curro.

El trabajo no aparece. Juanjo vivía del subsidio por desempleo, pero ya se agotó. Su casa es un local comercial que era de sus padres. Era. Porque con él avalaron el restaurante de su hermana y su hermana quebró.

—El otro día volví y me habían cambiado la cerradura. Ahora cuando tocan no abro. Paso el día sin luz, en silencio, como un ratón: sólo salgo de noche. Si me echan, no tengo adónde ir. No hablo con mi hermana porque nos arruinó, mis padres están donde una tía —dice Juanjo mientras nos alejamos de la reunión de hipotecados—. De verdad, no tengo adónde ir.

***

Madrid se despereza, y al pie de la casa de Uddin y Hafiz, en el barrio de Lavapiés, ya hay unas cincuenta personas. Uddin ha comprado bizcochos de coco y hay chocolate caliente. Parece una fiesta popular, pero es un desahucio. Esta pareja, inmigrantes bengalíes con cuatro niños, compró hace tres años un modestísimo piso tan sobrevalorado que es inverosímil. A pesar de sus condiciones laborales precarias y de tener unos garantes en la misma cuerda floja, el banco les prestó trescientos treinta mil dólares. Las cosas iban bien y los alquileres eran tan altos como las mensualidades de las hipotecas. Pero cuando ella perdió su empleo en el servicio doméstico y a él le bajaron el sueldo en el restaurante en el que trabaja como camarero, las cuotas, de dos mil dólares mensuales, se hicieron imposibles. Al dejar de pagar, el banco retasó la vivienda en doscientos mil. Ahora tienen que pagar la diferencia, más intereses, más gastos de gestión: en breve estarán sin casa y con una deuda de trescientos diez mil dólares.

La multitud, al grito de este desahucio lo vamos a parar, logra que se aplace el desalojo. Hay aplausos y abrazos: otro triunfo del colectivo popular Stop Desahucios. Pero es sólo una tregua. Al cabo de pocos meses volverán los jueces y la policía a sacar de la casa a Uddin, Hafiz y los niños.

El segundo intento de desahucio es casi siempre definitivo.

***

Ana Rosa Quintana es la Oprah ibérica. Tiene programa, productora, revista (AR), perfumes, libros y fundación: La Última Frontera, para los más desfavorecidos. Ana Rosa convierte en noticia todo lo que toca y ha decidido tocar un comedor social infantil recién inaugurado. En el pequeño salón de la ONG Mensajeros de la Paz hay más cámaras que niños. De pronto, una bandada de fotógrafos empieza a aletear sin descanso. Ha llegado otra presentadora maravilla: Anne Igartiburu, la del programa Corazón, pasea su chaqueta de cuero naranja entre las mesas con manteles plásticos.

—¡Qué guapos sois todos!

La apertura del primer comedor infantil de la crisis, más el dato de Unicef de que hay dos millones de menores en riesgo de pobreza en España, hizo reflotar la posguerra en la prensa. Ana Rosa, presurosa, dedicó programas a recaudar dinero para esos pobres críos. Que vuelve el hambre, señores, que vuelve el lobo. Porque en España, hace menos de cien años, hubo un hambre perversa. Tras la Guerra Civil, en 1939, los campos españoles, como su gente, estaban arrasados. Pero hoy no es así. El Informe del Consumo Alimentario en España en 2011 revela que el año pasado se gastaron casi noventa mil millones de dólares en comida, es decir, 0.6% más que en 2010. Hablando en kilos, la de 2011 fue la caída más suave desde que empezó la crisis: de los 664 kilos de comida que nos metimos entre pecho y espalda en 2010, se pasó a 660 en 2011. Mercadona, una cadena de supermercados españoles conocida por sus precios bajos, batió récords de beneficios en 2011, un aumento de 19% en relación con 2010. Y más: según un informe de enero de 2012 de Unilever Food Solutions, al día más de 160 000 kilos de comida de restaurantes y bares van a la basura. A dos kilos por persona, podrían alimentar a 86 000 comensales.

En el comedor social de Ana Rosa las voluntarias traen bandejas con la cena de los niños, la mayoría hijos de inmigrantes que están ahí no por desnutrición, sino porque, mientras sus padres trabajan, les ayudan a hacer las tareas. El menú es macarrones con tomate, de primero, y albóndigas con papas, de segundo. Pan para todos. Torta de chocolate de postre. Los educadísimos hijos de Sulficar, un inmigrante de Sri Lanka moreno, alto, esperan mientras el padre cuenta que es jardinero y que gana bien, pero que como él y su mujer trabajan, los niños pasan la tarde en el centro social.

—Ahora con la cena es mejor: los llevo a casa listos para el baño y dormir.

Gloria, una dominicana de veintisiete años, madre soltera con dos hijos, pide llevarse algo para el día siguiente. Trabaja medio tiempo en un supermercado y el dinero le llega justito. Se zampa, antes de que se lo lleven, lo que han dejado sus hijos.

Termina de masticar una albóndiga y cuenta que el padre de los niños se volvió a Santo Domingo cuando se quedó en el paro. No quiere saber de ellos. Ni de España.

—Él dijo que aquí ya se había acabado todo.

***

“Quien regala caviar honra al receptor”, leo en la entrada del Salón de Gourmets, de Ifema, el recinto ferial de Madrid. El estand de caviar iraní Caspian Pearl es el más grande y más suntuoso de una feria grande y suntuosa. La encargada frunce los labios antes de responder si la crisis ha afectado el consumo de caviar en España.

—Ha bajado un poquito, pero vamos, no es una bajada que se considere importante.

Hablar de precios es del vulgo.

En otro estand dicen que cien gramos de buen caviar iraní pueden costar hasta tres mil dólares.

Según un estudio de la Asociación Española del Lujo, Luxury Spain, en 2011 las ventas de productos exclusivos en el país subieron 25% en relación con 2010. Los pasillos de la feria están llenos de gente que ha pagado cuarenta dólares para estar aquí. Alfredo Martín es uno de ellos. Trabaja en una importadora de productos gourmet y explica que el primer termómetro de la economía es la alimentación. Con la crisis ha notado que el carro de la compra es más reducido, pero no la calidad de los productos.

—Ahora mismo se está vendiendo muy bien esta agua que viene de un glaciar finlandés, que tiene características de calidad inmejorables.

Entre jamones de bellota expuestos como obras de arte, aceite de oliva en botellitas de perfume, chocolate con oro de veintitrés quilates y agua marca Porsche, pasea malencarada Marisa Varona. Dueña de un catering de lujo, los proveedores no la han atendido de forma profesional.

—Hay que recuperar el glamour de otros años. En la feria y en el país: hace falta glamour.

***

En el Paseo del General Martínez Campos, en el Madrid de portero uniformado y mármol, está el comedor de las Hijas de la Caridad de San Vicente de Paúl. Son las dos de la tarde de un día de perros. El guardia, un gigante bueno de nacionalidad rumana, cuenta que ha visto cómo cada vez llega más gente —gente de todo origen, de toda condición social—. Detrás de él, en un baño con la puerta abierta, cinco hombres se lavan los dientes y la cara.

Del comedor sale una mujer. Se llama Milena y está cubierta por un largo abrigo de piel marrón, tiene los ojos pintados, medias y botas de caña alta. Es de esas mujeres de buen tipo que pasan de los sesenta, pero aparentan diez años menos. Con su pañuelo estampado y sus gafas grandes, podría pensarse que acaba de salir de una de las cafeterías de la zona y no del comedor de unas religiosas.

—Yo también estoy en este barco —suelta con el tono que se dicen las cosas que empiezan por “aunque no lo creas”.

Milena cuenta que tuvo dinero, que la suya fue una familia adinerada, pero que, por la crisis, le toca pedir ayuda. Cuando la economía iba como la seda, pidió créditos y más créditos para poner negocios y para mantener el estilo de vida al que la herencia del padre —que gasté sin pensar— la tenía acostumbrada. Pero los negocios, esos que no explica del todo —tú escribe que eran entre inmobiliarios y financieros—, se hundieron con la crisis. Hace tres años se declaró en bancarrota.

—Ahora no tengo la casa que tenía antes ni la asistenta, pero, y disculpa que lo diga así, me importa un carajo porque verdaderamente eso se va a quedar aquí, yo no quiero ser la rica del cementerio, quiero a los pobres, sobre todo ahora que los he visto muy de cerca.

Milena usa palabras como “taxativamente”, “ruina económica”, “austeridad” o “fehaciente”. Llama por su nombre a los ministros de Economía de Zapatero y de Rajoy, al director del Banco Central Europeo, a los empresarios y, ahora, a sus compañeros de mesa en el comedor. Le pregunto si ha visto aumentar el número de españoles necesitados.

—Mucho más, gente con carreras, gente que no te imaginarías que por la situación han tenido que… Es así, pero no hay que sentir vergüenza, sino dar gracias a Dios que hay personas que nos ayudan tantísimo, ¿no?

Este comedor se ha hecho famoso en estos días porque un importante publicista español, Alejandro Toledo, acaba de donar un spot, —”Los nuevos pobres”— para Cáritas. El anuncio nació de su sorpresa al toparse con un ex colega del mundo del marketing que ahora, al no encontrar trabajo, debe almorzar allí. En el spot, un treintañero español con una niña rubia, de unos siete años, vagan por las calles con una maleta a cuestas, duermen en un cajero y comen en Martínez Campos. Toledo dijo en una entrevista que lo que más le sorprendió en el comedor fue que los comensales no se correspondían con la gente que esperábamos: “Eran gente como yo, vestidos perfectamente, que acudían porque no tenían dinero”.

***

Mercamadrid es una ciudad de comida. La llaman “La capital de los mercados” porque, dicen, es la plataforma de distribución alimentaria más grande del mundo. Todos, de una forma u otra, comemos de ahí.

Jimena es boliviana y Genaro dominicano. Se han hecho amigos porque coinciden cada semana en Mercamadrid. Jimena, que cuidaba a una señora, se quedó sin trabajo el año pasado. En casa, donde sólo queda el sueldo del marido —un ex trabajador de la construcción que hoy hace pequeñas reformas— para ella, su madre, su hermana y dos niños, hubo que hacer ajustes: se acabó la costumbre de pagar por verduras y frutas.

Jimena lleva el carrito repleto. Todo lo ha recogido de la basura de Mercamadrid porque allí, si una caja tiene un par de productos estropeados, se tira toda. En el suelo se ensucian tomates hermosos, naranjas, mangos en su punto, plátanos: cosas por las que se paga en el mundo real.

—Yo me ahorro ciento veinte euros a la semana —dice Jimena—. No me da vergüenza porque esto se iba a tirar y mis hijos tienen que comer.

Genaro hoy sólo ha recogido lo que le gusta a su gente: yuca, plátano verde, cilantro, limas. En el camino ha encontrado unas peras gorditas. Se las ofrece a Jimena. Las rechaza: ya no le cabe nada.

Carlos, trabajador de Mercamadrid, cuenta que antes los guardias echaban un químico rosado sobre los desechos para que no los recogieran. Ahora hay manga ancha.

—De todos modos no he visto que con la crisis venga más gente. Aquí hay una nave a la que vienen los comedores, los curas, la Cruz Roja a llevarse comida y las reparten en barrios. Esto queda lejos de todo —dice Carlos mientras fuma—. Aunque no lo creas ahora se tira más porque, por la crisis, no hay tanta venta y el distribuidor prefiere tirarlo. Fliparías con la cantidad de comida que se desperdicia al día aquí.

En toda la geografía de Mercamadrid, unas retroexcavadoras cogen los desperdicios del suelo y los depositan en grandes vagones. Ahí dentro, una ensalada gigantesca, como una pesadilla de Arcimboldo, se pudrirá.

Una madre y su hija, peruanas, pasan cerca de las peras huérfanas de Genaro. Les digo que están en perfecto estado. Sacuden el índice: buscan lechuga y no tienen tiempo para conversar.

Antes de subirse al autobús con la caja de mercadería, Jimena, la mujer boliviana, dice:

—Aquí en España, el que pasa hambre es porque quiere.

***

Camino por la Gran Vía. Zara ya exhibe la primavera en famélicos maniquíes con pestañas postizas. Decenas de personas salen llevando la característica bolsa azul marino de la tienda gallega. Inditex, dueña de Zara, incrementó en 2011 12% su facturación mundial y 1% en la local. Sólo en España vendió casi cinco mil millones de dólares. La crisis no va con ellos. Desde Inditex explican que esto se logra gracias a la suma de estrategias que tienen que ver con el control de costes de producción para mantener los precios, la venta por internet y la gran acogida de las colecciones.

Muy cerca de Zara he quedado con Eduardo Arcos, fundador de Hipertextual, un blog de blogs de temas tecnológicos, que recibe al mes doce millones de visitas y es el más leído en América Latina. La cita es en Le Pain Quotidien, una cafetería belga de la Gran Vía donde el café viene en un tazón sin asa.

A Eduardo, de barbita de candado, gafas de pasta, camiseta negra, piercings, le gustan los tazones sin asa y le gusta Bélgica, donde vivió. Este ecuatoriano, nacionalizado español, sonríe como sonríen los prósperos. Cuenta que su empresa está inscrita en España porque aquí está su principal inversor, Martín Varsavsky, un argentino de cuarenta y cinco años, que en los últimos veinte ha fundado siete empresas, una de ellas Jazztel, de telefonía e internet, valorada en mil millones de dólares. A Varsavsky le interesó Hipertextual cuando aún era pequeña. Invirtió en ella. Tuvo olfato: los clientes, desde mayo de 2011, se han cuadriplicado y, con ellos, la facturación. En su mayoría, quienes compran publicidad en Hipertextual son de Latinoamérica. Pero, y esto no se lo esperaba Eduardo, muchos son de España y han llegado en los peores meses de la crisis. Resumiendo: le va de puta madre.

—Éste va a ser el mejor año de Hipertexual ever.

El informe La Sociedad de la Información en España 2011, de Fundación Telefónica, asegura que los hogares con acceso a internet desde el celular subieron 218% en relación con 2010: 91% de los españoles tiene un teléfono desde el que se conecta a la red. La madrugada del 23 de marzo, primer día de venta del iPad 3, cientos de personas hicieron fila para ser los primeros en tenerlo —cuestan entre seiscientos y novecientos dólares—. Según un empleado de Apple en Madrid, desde entonces se venden setecientos iPad 3 diarios.

—¿Y la crisis?

Eduardo pone cara de chupar limón. Juega un segundo con el piercing de la lengua.

—Los españoles aún tienen cierto nivel de comodidad. Tampoco se están muriendo de hambre. Vas a un bar un viernes por la tarde y está a reventar. En Andalucía se nota más: hay más desempleo, es más evidente. Pero, oye, nada como un país latinoamericano, donde la gente está pidiendo en la calle, que ves miseria. Eso aquí no existe.

Eduardo no habla de cifras, pero en una entrevista de enero de 2011 soltó una, gorda: Hipertextual ingresa más de un millón de dólares al año por publicidad. ¿Cómo es que un chico de clase media, ecuatoriano, ha llegado a tener una de las empresas de internet más importantes en la España de la crisis? Según él porque vive persiguiendo esta frase de Ray Bradbury, su cita favorita: primero lánzate al precipicio, construirás las alas en el camino hacia abajo. Eduardo cree que la razón del enorme desempleo está en que los españoles hacen lo contrario: quieren que alguien les construya las alas, entonces ven si saltan.

—España vivió una época de comodidad absoluta. La generación entre los veinte y treinta y cinco años fue muy sobreprotegida. Entonces, salvo que tú les des condiciones sumamente óptimas dicen: ¿por qué tengo que trabajar? Tengo el paro, estoy en casa de mis padres. Yo todavía no he visto en España una persona que me diga mañana no tengo nada que comer. Y no creo que la vea.

***

—Aquí pasan cosas con la vida de uno.

Koka a veces se queda en silencio. Con las manos en la cara, los labios entreabiertos y los ojos vacíos. Prefiere hablar del presente y repetir mucho las anécdotas que hacen reír. Koka se llama Jaime Andi y dice que tiene setenta años sólo para que le respondas que parece de cuarenta. Le dicen así por la ciudad de Coca, en el oriente ecuatoriano, donde nació. Allí, hace diez años, dejó madre, padre, hija de ocho años y un país atontado por la moneda prestidigitadora: el dólar transformó los sueldos en calderilla, a la clase media en pobres y a los pobres en pordioseros. O en emigrantes.

—Las noticias que llegaban eran de que aquí se ganaba bien.

A Koka al principio le fue mal. Mal de llorar toda la noche después de un día despiadado recogiendo naranjas. Luego le fue bien. Bien de ganar tres mil setecientos dólares mensuales en una empresa de construcción. Pero él tenía una estrategia traicionera.

—Pensé que no iba a pasar esa crisis, y en 2009, teniendo trabajo, me boté al paro. Sabes que así es la vida, yo nunca pensaba que iba a pasar esto. Yo así hacía: cuando no quería ese trabajo porque me aburría, me botaba y encontraba otro, pero en el último no pasó así.

El último coincidió con la crisis que dejó en la calle a un millón y medio de trabajadores de la construcción. Desde entonces no ha vuelto a trabajar. Al quedarse desempleado, dejó de pagar el piso de cuatro habitaciones que se había comprado, él solo, cuando se creía rico, cuando tenía ropa cara y cuatro y cinco chicas. Ahora Koka vive en la calle como otras treinta mil personas —45% de ellas son inmigrantes, según cifras de Cáritas—. Duerme en el portal de El Corte Inglés de la calle Preciados. Y allí mismo, en El Corte Inglés, va al baño por la mañana. Los días de Koka empiezan igual: a las nueve, un policía lo despierta. El resto es aventura. Ir a comedores, esperar ese sábado de gloria en el que el restaurante de la Plaza Benavente regala paella. Le gusta la paella porque le recuerda al arroz marinero y le recuerda a él mismo cuando tenía llaves, nómina y plata en los bolsillos. Pero no le gustan los albergues.

—Una vez me fui. Ahí había rumanos, polacos, moros. Son problemáticos: te sacas los zapatos, al otro día no hay. Peor que en la calle.

Koka va limpio y afeitado. Fue a la Casa de Baños donde cobran quince céntimos por ducha. En un bolso negro tiene cinco pares de medias con etiqueta. Usa un par y, como no tiene dónde lavar, los tira.

—Como los ricos.

Le pregunto por qué no regresa a Ecuador, como esos treinta mil inmigrantes agobiados por el desempleo que, según el Instituto Nacional de Estadística, se han ido desde que empezó la crisis. Allá tiene una hija y un nieto bebé que no ha visto ni en fotos.

—Por motivos personales.

***

El 4 de mayo de 2011, el dueño de Novapress, una empresa editorial, llamó, uno a uno, a sus empleados. Hacía calor y hasta la pequeña oficina —decorada con las mejores portadas de su periódico— subían las voces y las risas de las terrazas abarrotadas. Una banda sonora extrañísima para las palabras que salen de la boca de un hombre en quiebra. Al regresar a su puesto, los trabajadores ya eran desempleados y la incertidumbre, como un taladro, les impedía pensar.

El ruido de la crisis rebotando en la cabeza: otro parado en un país de parados. Pero, un año después, sólo una de las dieciséis personas despedidas ese día ha tenido que volver a casa de sus padres. El resto está trabajando. Varios encontraron otro empleo. Uno tiene dos de medio tiempo, otro ha montado su propio negocio editorial, otra va de reemplazo en reemplazo como quien va de liana en liana, otro está en una ONG. Hay varios freelance que, con los sobresaltos de la condición, se confiesan mejor que antes. Lo sé bien: yo soy una de ellos.

***

Si alguien llegara hoy a Madrid desde, digamos, una isla remota, no entendería nada. El isleño vería en los quioscos de prensa estos titulares:

El Mundo: “El New York Times cree que España será el próximo país en caer”.

El País: “Rajoy prepara ‘medidas contundentes’ para espantar el fantasma del rescate”.

Diario de Jerez: “España entra en un callejón sin salida”.

Todo el tiempo, todos los días, en todo formato, éstas son las noticias, las únicas noticias. Pero ese visitante, acojonado por la prensa, pensando que lo asaltará en breve una masa de desesperados para rogarle por un mendrugo de pan, caminaría un par de pasos y vería esto: terrazas llenas, restaurantes llenos, tiendas llenas, supermercados llenos, filas para comprar artefactos tecnológicos, gente saliendo de los teatros y de los cines. El isleño sólo podría pensar en una palabra: esquizofrenia.

Josep-Francesc Valls, catedrático de la Esade, universidad de negocios con sede en Barcelona, y prestigioso analista del consumo en España, me explica esa esquizofrenia por teléfono.

—Aunque el nivel de consumo se ha reducido en forma considerable, cuando uno va por la calle sigue viendo que la gente compra productos caros, productos medianos y productos muy baratos. ¿Cómo se explica? Por una parte, el número de personas que no han perdido el trabajo es muchísimo más elevado que el de personas que lo han perdido y, segundo, las familias se están convirtiendo en un poder de resistencia que hace que muchos miembros que se han quedado en paro puedan seguir alimentándose de forma normal. Cabe destacar el papel de muchos jubilados que gracias a su pensión son capaces de mantener a la familia. Así que esto no es, para que nos entendamos, el corralito de Argentina ni ninguna otra crisis de Latinoamérica.

Para Valls, la diferencia entre los hábitos de compra antes de la crisis y ahora es que se miran más los precios, se compara. Se ve gente en las tiendas, sí, explica Valls, pero tal vez no todos están para comprar, sino para tomar nota e ir a otra tienda, y ahí donde lo encuentran más barato, compran. Los comerciantes se dan cuenta de eso y entonces voilà: ofertas, promociones, descuentos.

Valls insiste en que la situación de España no es dramática, en que hay muchas familias con grandes dificultades, pero la economía sigue tirando en términos normales.

“En plena crisis, la asistencia a los estadios crece en medio millón de entradas”, tituló, hace poco, El País. Casi diez millones de personas acudieron en la temporada 2010-2011 a los estadios de primera división, la cifra más alta de la última década (igual a la asistencia de 2005-2006).

“La productividad española crece 11.1% desde el inicio de la crisis”, publicaba Europa Press. El Observatorio Económico de España dio el 10 de abril pasado el dato de que la productividad española registró un crecimiento de 11.1% desde 2008, el mayor incremento entre los países de la zona euro, gracias a sus elevadas tasas de exportación y a la mejora de la competitividad.

El visitante isleño, después de ver tantos titulares catastróficos sobre un país en ruinas, creería, con lógica, que en España le van a robar hasta los órganos. Pero no. Los robos no han crecido. El último informe Evolución de la Criminalidad de la Secretaría de Estado de Seguridad, publicado en 2010, reveló que si en 2002 hubo dos millones de delitos y faltas en el país (51.5%), esa cifra a 2010 bajó a un millón setecientos mil (43.9%). Eso, traducido, quiere decir que tras la crisis la criminalidad bajó 15% y España es hoy un país más seguro que hace diez años. ¿Entonces?

—Es fácil afirmar que hay una vivencia subjetiva de crisis, probablemente independiente de la situación socioeconómica de la persona —dice Ricardo López, psiquiatra de un hospital público de Castilla-La Mancha—. Para explicar esto podemos quedarnos en una visión simplista y considerar que los medios de comunicación y los políticos transmiten una imagen apocalíptica y esto genera temor o considerar que hay un fenómeno de retroalimentación.

La retroalimentación consiste, según López, en que existe un grupo importante de personas sin trabajo (25% de la población), otro de gente con deudas que no puede asumir (quizá 35%) y 12% de personas con empleo que sienten que su puesto está amenazado por mala situación económica de la empresa o, en el caso del empleo público, por los recortes del gobierno.

—Podemos considerar que 47% de la población activa se encuentra en una situación como mínimo de incertidumbre.

—¿Pueden diez millones de personas, en una población de cuarenta y cinco millones, crear un estado de pánico generalizado?

—En la medida que la masa crítica es lo suficientemente alta como para que todos tengamos en nuestro entorno próximo a alguien afectado por la situación socioeconómica, nos va a influir y, a su vez, nosotros vamos a influir en otros. Todos influimos en todos e incrementamos la vivencia del miedo.

***

Crisis de esto-es-lo-que-hay es como la define Verónica Vicente, periodista de veintinueve años, que sospecha que su futuro, como el de trescientos mil españoles que han salido del país desde que empezó la crisis, está fuera. Esta alicantina recibió su título el mismo año en que España recibía el suyo como país en crisis. Encadenó trabajos de becaria, mal pagados o directamente gratuitos, con un trabajo en un periódico al borde de la quiebra y otro que, sin cierre a la vista, exige mucho por muy poco sueldo.

—Nunca he trabajado tanto por tan poco y hambre no paso, pero no me compro ropa, ni voy al cine ni viajo. Esto no es apocalíptico, pero no podría plantearme tampoco construir nada por mi cuenta si mi familia no estuviera ahí como respaldo. Mi situación familiar es privilegiada, pero la vida que llevo no es mía, sino fruto del sueldo de mis padres. Y yo: ni casa ni hijos. Es decir, no podría ni plantearme tener un bebé, pese a estar en edad de hacerlo. Lo de irme a parir a Canadá lo digo entre risas, pero entre broma y broma, la verdad asoma.

A Verónica, nieta de obreros, le vendieron el mismo sueño que a todos los jóvenes de su generación: termina una carrera, sé alguien, llegarás alto.

—Nos dijeron que si estudiábamos tendríamos contrato, buen sueldo, catorce pagas y un mes de vacaciones al año. Pero ya no viviremos como nuestros padres. Ésa es nuestra crisis: la frustración.

A la gente como Verónica, los medios le han dado un mote: nimileuristas. Gente preparada, incluso preparadísima, que no gana ni mil euros. Pero el bajo sueldo no es lo peor, sino las perspectivas. En un país cada vez más envejecido y con tanta gente joven que no cotiza a la Seguridad Social, el famoso estado de bienestar español (salud gratuita, educación gratuita, pensiones para los mayores) peligra.

***

Luis Leoz tiene esa edad crítica, veinte años, en la que el paro es una ruleta rusa.

Eurostat, el organismo estadístico de la Unión Europea, difundió que el dato de febrero de 2012 de desempleo juvenil, 50.5%, es el peor desde que en España hay registros. Uno de cada dos jóvenes está desempleado. Luis es el uno malo: no encuentra trabajo ni en el Burger King, a pesar de que ha falseado el currículo quitando cosas en lugar de ponerlas. Antes de que a la suya la empezaran a llamar “La generación perdida”, Luis quería estudiar Bellas Artes. Tercero de tres, sus hermanos son:

Gonzalo, el médico.

—Ése vive muy bien, muy, muy bien.

Ignacio, el licenciado en historia.

—Ése no trabaja de lo suyo, sino en la lavandería de un hospital y ha vuelto a casa porque no le llega el sueldo.

Y Luis, el que quería ser artista y aprenderá un oficio civil.

—Soldador o calderero, algo que dé de comer.

La generación anterior a la de Luis, acunada por la bonanza, estudió carreras larguísimas, hizo maestrías y doctorados, fue a la universidad en masa. Según un informe de la Fundación Conocimiento y Desarrollo (CYD), el paro afecta a uno de cada diez licenciados universitarios.

—Esto de que te llamen la generación perdida es desolador. No es nuestra culpa. Ya no hay supernobles, clase alta, media y baja como antes. Ahora, después de la crisis, hay clase alta y clase baja. Punto. Pero tú dices, me cago en la puta, no voy a dejar que me deprima esta gentuza que nos está dirigiendo. Yo sigo adelante, hay que espabilar. Creo que todos saldremos adelante.

***

—Tienes un visado de turista, no sé qué te esperas, nadie te va a dar trabajo.

Xemein Goñi, una arquitecta vasca de veintinueve años, escuchó esas palabras de una colega francesa en un parque de San Francisco, Estados Unidos. Tragó espeso. Era diciembre de 2011. Acababa de llegar.

—Y yo qué coño hago aquí, pero también y yo qué coño hago allá.

Hablo con Xemein por teléfono. Está contenta —debería decir eufórica— porque el estudio en el que estaba haciendo prácticas gratuitas, de nueve de la mañana a seis de la tarde, ha decidido hacer el trámite de su visado de trabajo.

—La Green Card de los cojones.

Xemein es una de los 3 576 arquitectos parados por la crisis. Diez años de estudio, especialización, idiomas, contactos: nada le sirvió para encontrar trabajo en el ex reino del ladrillo. El pinchazo de la burbuja inmobiliaria mandó a volar a los arquitectos españoles: están en Noruega, China, Brasil y Estados Unidos. Ninguno quiere volver.

—Sé que en los próximos diez años no voy a poder trabajar en España. Es duro porque tengo dos sobrinas y me lo estoy perdiendo todo.

Xemein tuvo que recordar varias veces, cuando escuchaba críticas a la inmigración en los años en que la España del ladrillo todavía era El Dorado, que hace apenas treinta años los emigrantes eran ellos, los españoles.

—Y todo vuelve.

***

Ramón Tamames, gafas de pasta a lo Yves Saint Laurent, chaleco turquesa, traje de tweed y pelo cobrizo de un vigor sospechoso, es, además de dandi, Premio Nacional de Economía, catedrático de la Sorbona, académico de la London School of Economics, miembro del Club de Roma.

—¿Está grabando? Yo sólo hablo una vez como el oráculo de Delfos.

El octagenario gurú ve el futuro desde su oficina. Al otro lado de la calle se escucha el chillerío de los niños en recreo.

—Es el único ruido que no me molesta.

Otros sí, como el que se ha montado en la opinión internacional con la crisis española.

—El país no está postrado ni colapsado, el país está viviendo. Tú sales y las carreteras están bastante activas y los teatros están bastante llenos, los restaurantes también. El paro es muy duro, la situación es problemática, pero tampoco es desesperada.

En lo que va de crisis, Tamames ha sacado tres libros. Uno, ¿Cuándo y cómo acabará la crisis?, resume eso que se llama La Gran Recesión, la colosal resaca con la que amaneció el mundo después de una sobredosis de Wall Street adulterado. Ramón Tamames dice que la situación no es desesperada.

—Pero a los cinco millones de parados sí les debe parecer desesperada.

—Sí, pero nadie habla, mi querida, de los dieciséis millones y medio de personas que están trabajando. Los medios tienen una obsesión con la crisis porque tiene morbo. Sólo hablan de los cinco millones de parados. Además, fíjese, aquí hay mucha gente trabajando que no está en las estadísticas: como un millón de personas sin papeles, otro millón de parados cobrando subsidio, que también hacen trabajos en economía sumergida. Y luego esos más de setecientos mil entre jubilados, pensionistas y personas del trabajo doméstico que no cotizan, pero por supuesto que trabajan.

Tamames está seguro de que en España hay casi tres millones de personas que, aunque engorden la cifra del paro, no están sin ingresos.

—Soy optimista porque yo he vivido momentos peores que éste. Yo creo que en dos, tres años estaremos en una situación de una economía más dinámica, más flexible, más internacionalizada y más competitiva.

***

Es domingo y es primavera. La calle Argumosa, en Madrid, está repleta de gente. Los camareros salen de los bares con bandejas llenas de cervezas, aceitunas y papas fritas y, ante los vasos helados, vuelve la palabra: crisis, crisis, la crisis.

En la Edad Media se decía que una ardilla podía cruzar España de norte a sur sin tocar el suelo, saltando de árbol en árbol. Ahora, la ardilla tendría que saltar de conversación sobre la crisis en conversación sobre la crisis.

Pero el invierno ha sido antipático y ahora el sol calienta. En las mesas se ríe y se blasfema como sólo se ríe y se blasfema en España. Este domingo de primavera, en esta esquina, lo único amargo es la cerveza.

Educando al extraño

Publicado: 18 julio 2012 en Santiago Roncagliolo
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Yo había visto las películas. Tenía previsto que al comenzar las contracciones mi esposa se pondría muy nerviosa, y yo también. Tomaríamos un taxi que se atascaría en el tráfico, y llegaríamos al hospital justo a tiempo. En la sala de partos, ella gritaría y me insultaría, y yo me desmayaría hasta que sacasen de su vientre a un bebé rollizo y rosado que contemplaríamos embelesados. Sonrisas a la cámara. Final feliz.

Fue todo lo contrario. Las contracciones se anunciaron con tiempo, desde la madrugada, y mi esposa me llamó por la mañana para reunirnos en el hospital. Ella ya estaba ahí cuando llegué, y aún pasaron unas horas más antes del parto, que se desarrolló —epidural mediante— con calma y rutina. Y por cierto, los bebés son morados y sangrientos, como los zombies.

El estrés no fue el parto. El estrés recién estaba a punto de empezar.

Llorar es lo normal

La primera noche nos trajeron al niño a nuestro cuarto en el hospital. Yo dormía en el sofá, mi esposa en la cama, y el niño en una especie de incubadora, bajo un potente haz de luz que debía estar encendido todo el tiempo por alguna razón médica que no entendí. Para proteger sus ojos, le embutieron unas gafas oscuras que pugnaba por arrancarse con sus recién estrenadas manitas. Nuestra obligación era asegurarnos de que no se quitase las gafas ni se apartase de la luz. A pesar del sueño, vigilarlo fue fácil, porque durante nueve horas no paró de gritar.

Obviamente, lo atribuimos a la lámpara. Pensamos que nuestra idílica existencia familiar tendría que posponerse un par de días, hasta llegar a nuestro dulce hogar. Pero una vez en casa, nada cambió. Con o sin lámpara, el pequeño lloraba toda la noche, pegando alaridos. Primero tenía cólicos.

Más adelante resultó que debía aprender a dormir. Yo siempre había pensado que uno nace sabiendo eso, pero uno nace sabiendo nada. Uno nace siendo un extraño que no conoce al mundo ni a las personas con quien vive, y se ve obligado a hacer ciertas cosas en ciertas horas sin entender por qué.

Debíamos haber planeado alguna solución. Pero cuando llegaba el día estábamos demasiado agotados para pensar. Aunque hubiésemos estado más frescos, no teníamos tiempo de nada. Nuestra idea original del permiso de maternidad era un periodo de tierna convivencia. La realidad hizo pedazos nuestras previsiones.

Mi día consistía en darle personería jurídica al niño: Registro Civil, Seguridad Social, ayudas del Gobierno a la maternidad, Libro de Familia. Había que inscribirlo en miles de lugares, haciendo miles de colas, para llevar a casa miles de papeles. Pero el día de mi mujer era peor. Ella se había convertido en un restaurante abierto las veinticuatro horas. Vivía en pijama, agotada, con el cuerpo derrengado por el parto y las fuerzas absorbidas por el recién llegado. Para colmo, durante la fase de adaptación a la lactancia, el niño le lastimaba los pezones.

Pero lo más desesperante era el llanto. Un bebé no tiene ningún medio para hacerse entender. No conoce palabras, y ni siquiera tiene una paleta de matices para sus ruidos, como los gatos o los perros. Un bebé ni siquiera tiene claro qué quiere exactamente, ni cómo conseguirlo. Un bebé siente alguna necesidad, hambre, frío o dolor, y lo único que puede hacer es gritar hasta que alguien la resuelva.

En este caso, podría decirse lo mismo de sus padres. Mi familia vivía a doce mil kilómetros de nosotros, en Lima. La de mi esposa se reducía a una persona: su madre, una valenciana de setenta y cinco años, con sus propios problemas médicos, que vivía a quinientos kilómetros de Barcelona y que había criado solo a una niña en una ciudad pequeña en tiempos de Franco. No teníamos ninguna referencia sobre cómo actuar con un bebé. Si seguía llorando después del pañal y el biberón, no sabíamos qué hacer. Si tenía fiebre, lo llevábamos de inmediato al hospital. Dicen que los inmigrantes recurrimos demasiado a la Seguridad Social. A lo mejor. Pero es que demasiado es una palabra para familias con abuelos y tíos, equipos de asistencia médico-afectiva. Cuando eres de fuera, no tienes nada de eso.

Una vez, llevamos al niño al hospital solo porque lloraba. Llevaba seis horas sin parar, y ya no sabíamos qué hacer. Pasamos una hora más en la sala de espera hasta que nos atendió una doctora bajita de mediana edad, con cara de conocer bien la vida. Apenas miró al bebé. Le tocó la frente, le miró la lengua y sentenció:

—Es un bebé. Los bebés lloran.
—¿Todo el día? Tiene que haber una medida, un promedio ¿Qué es lo normal?

Ya de espaldas, quitándose los guantes de látex como dos condones, alejándose para revisar a otro paciente, abandonándonos a nuestra desdicha, la doctora concluyó:

—Llorar. Llorar es lo normal.

La crisis neurótica que me producía la falta de sueño tenía otras manifestaciones, algunas de ellas, francamente siniestras. La peor fue el descubrimiento de que amar a tu hijo es obligatorio. Es tu deber ser feliz. Cuando tienes un bebé, la gente se te acerca con sonrisas beatíficas y te pregunta, más bien te afirma:

—¿Qué tal la paternidad? Es un dechado de bendiciones y felicidad ¿verdad?

Y tú, que sientes que alguien ha metido tu vida en una batidora, que llevas un mes sin dormir dos horas seguidas, que dedicas cada segundo de tu existencia a una persona incapaz de agradecer nada pero infaltable para quejarse y demandar, que recuerdas con nostalgia aquella época lejana en que salías por la noche y dormías hasta medio día los fines de semana, sabes que debes callar. Exponer tu sufrimiento no resolvería tus problemas, solo te convertiría a ojos de los demás en un psicópata. Así que recoges tus ojeras, fuerzas a tus labios a dibujar una sonrisa y dices, con toda la firmeza de que eres capaz:

—Sí. Soy muy feliz.

Pregunté a otros padres si sus hijos habían llorado tanto al nacer. Todos me dijeron que no, que sus hijos habían dormido siempre de un tirón catorce horas. Que comían como caballos, de todo y sin chistar. Que cada minuto a su lado había sido una fuente de inagotable felicidad. Algunos incluso aseguraban que sus niños se comunicaban con gestos desde antes de aprender a hablar, formulando con claridad sus demandas y sugerencias.

Supongo que los seres humanos tienden a olvidar las malas noches de su pasado. Quizá se deba a un condicionamiento biológico, orientado a garantizar la reproducción de la especie. O quizá solo fingen olvidar. El caso es que, ante ese despliegue de unánime felicidad, te empiezas a preguntar si tu niño tiene algo raro. O si tú tienes algo raro. Quizá eres una mala persona. Tal vez no estás preparado para ser padre. Hay algo malo en ti, algo congénitamente equivocado, y es demasiado tarde para que te eches atrás. Acabas de cometer el peor error de tu vida, y es un error que te acompañará, en el mejor de los casos, de por vida.

Lo único positivo, en medio de esos sombríos pensamientos, es que valoras más a tus padres. Específicamente, valoras que no te hayan arrojado por la ventana mientras podían. Y no importa qué tan tirante sea tu relación con ellos, o qué conflictos hayan tenido en el pasado, empiezas a sentirte realmente agradecido por ello.

Lástima que es tarde para corregir todos tus errores de infancia y adolescencia, pero no te preocupes, la vida es cruelmente justa: también será tarde cuando tu hijo quiera corregir los suyos.

Mira quién habla

Puedo recordar el momento exacto en que todo cambió. El instante en que la vida comenzó a florecer. Ocurrió en verano, en un apartamento que mi suegra alquilaba cerca de la playa. El niño tenía cuatro meses, así que nosotros habíamos sumado ya ciento veinte noches sin dormir, un récord. Pero sus llantos eran ya una rutina. No teníamos fuerzas ni para enfadarnos. Solo tratábamos de calmarlo maquinalmente, con el entusiasmo de dos muertos en vida.

Una tarde, mientras él dormía una siesta en nuestra habitación, mi esposa y yo lo oímos gritar. Intercambiamos miradas de súplica y, al final, me levanté a atenderlo yo. Conforme me acercaba a la habitación, sentí que su llanto sonaba diferente de lo normal. Era más agudo pero menos lacerante, y llegaba acompañado de gorjeos. Temí que se estuviese ahogando y me precipité hacia la cama. El niño miraba al techo con los ojos muy abiertos, como asustado, e intermitentemente producía esos extraños sonidos. Tuve que acercarme mucho para comprender lo que ocurría. Se estaba riendo.

Acababa de descubrir el sonido de su propia voz: gritaba un poco, y se escuchaba sorprendido, y eso le producía risa, algo que lo sorprendía más, así que volvía a gritar. Estaba contento. Era la primera vez que lo veía contento. A veces había estado relajado, satisfecho, incluso entretenido. Pero ahora se estaba riendo a carcajadas. Y súbitamente, yo también.

La paternidad es quizá el ejemplo más patente de lo inútiles que somos los hombres. Nuestra participación en la gestación toma cinco minutos, probablemente robados al intermedio de un partido de fútbol, después de los cuales nuestra presencia se vuelve irrelevante. Tras el nacimiento, el bebé tiene una relación física con su madre: responde a su tacto, a su olor, a su voz. Pero el padre, ese despojo de la naturaleza carente de tetas, tiene poco que ofrecerle. Su función se limita a comprar cosas en la farmacia y tratar de que la madre lo lleve lo mejor posible.

El padre va entrando en escena conforme el niño comienza a comunicarse, y sus relaciones interpersonales ya no dependen del contacto físico. La primera manifestación de respuesta a estímulos externos es la risa. Rápidamente le siguen los balbuceos, después las palabras y, al final, las estructuras gramaticales.

El límite entre estas últimas etapas es bastante difuso, y tiene más que ver con la voluntad de los padres que con los verdaderos progresos del niño. Por ejemplo, en la mayoría de las lenguas, las palabras para referirse a los padres se componen de vocales abiertas y consonantes labiales combinadas y reduplicadas, como “papá” y “mamá”. Esta extraña coincidencia se debe sencillamente a que esos son los primeros sonidos que los niños articulan. Pero en todos los casos, los padres, ansiosos por ser reconocidos por sus hijos, celebran estos balbuceos efusivamente:

—¡Ha dicho mamá!

Y todo el mundo se pone feliz. Es el nombramiento oficial, el momento en que el niño admite que es su niño, y por lo tanto, agradece tácitamente todo lo que se hace por él.

Por supuesto, esa no es la interpretación del propio niño. Él solo comprende que cada vez que pronuncia esos sonidos las personas a su alrededor están felices y, lo más importante, le dan cosas, así que los repite una y otra vez, y va delimitando su significado. Empieza a descubrir que otros sonidos le procuran beneficios más específicos, y a darle nombres a las cosas. Ya entonces “papá” y “mamá” han dejado de ser dos balbuceos aleatorios para convertirse en dos títulos oficiales.

Conforme el niño adquiere el lenguaje, sus padres lo van perdiendo. O, al menos, pierden cualquier tema de conversación que se aparte de su hijo. En mis reuniones con viejos amigos, fui descubriendo que había quedado desfasado. La paternidad me absorbía tanta energía que ya no estaba al corriente de las noticias, ni de los lanzamientos de libros y películas, ni de más o menos ninguno de mis objetos habituales de interés (que, por otra parte, nunca habían sido muchos). Pero, además, tampoco me interesaban gran cosa esos temas. Mi mundo se había reducido drásticamente y, en un cincuenta por ciento, estaba constituido por cacas, pañales y biberones. Pronto empecé a reconocer en las caras de mis amigos la misma expresión de aburrimiento que antes había puesto yo cuando otros me informaban sobre sus propias cacas y pañales.

Cuando el niño estaba presente, su constante demanda de atención volvía imposible cualquier conversación adulta: con frecuencia manoseaba, escupía y —alguna vez— vomitaba sobre mi interlocutor. Como estaba descartado cambiar de hijo, se impuso cambiar de interlocutores. Mi vida social se desplazó de los solteros a los casados, de los solitarios a los padres de familia, de la gente que salía de noche a la gente que salía de día.

Sin embargo, me quedaba un refugio: los viajes de trabajo. Al principio de todo esto, yo pensaba que mis compromisos fuera del país me permitirían breves paréntesis de regreso a la vida sin hijos. Los viajes solían estar sazonados de vida social y salpicados en alcohol, de modo que no tenía que renunciar por entero a mis costumbres de hombre libre.

Y sin embargo, en ese aspecto, la transformación de la paternidad fue tan radical como en los otros, pero mucho más sorprendente.

Antes de ser padre, cuando llegaba a una ciudad nueva y dejaba mis cosas en el hotel, lo primero que pensaba era:

—¡Qué bien! Ahora voy a buscar a un par de colegas para salir hasta la madrugada.

En los primeros meses de vida de mi hijo, en los pocos y breves viajes que hice, pensé siempre:

—¡Qué bien! Ahora voy a dormir doce horas.

Pero cuando el niño empezó a dormir mejor, las cosas empeoraron. Porque la falta de sueño fue sustituida por una emoción totalmente nueva y desconocida para mí: la añoranza.

Yo siempre había sido, desde el punto de vista familiar, un malnacido. Jamás llamaba a mis padres por teléfono y olvidaba sus cumpleaños. Los compromisos familiares me tenían sin cuidado, y la manía de mi madre por saber cada detalle intrascendente de mi vida —qué has desayunado, a quién has visto, cómo ha amanecido mi hijito— me ponía nervioso, incluso irascible. Pero durante mis viajes, en los momentos más insospechados, se me venía a la mente la imagen de mi hijo jugando conmigo a los muñecos o a la cocinita. Tenía que dar charlas en público, y en vez de mi trabajo o la literatura, me apetecía hablar de lo bien que mi niño ordenaba su cuarto. Por las noches, me torturaba no tener una foto más reciente de él para verlo tal cual era. Por supuesto, cuando hablábamos por teléfono ametrallaba a su madre a preguntas —qué ha desayunado, a quién ha visto, cómo ha amanecido mi hijito— y si, por casualidad, se enfermaba durante mi ausencia, me sumía en estados de culposa depresión.

Lo peor de todo era volver a casa y descubrir que en solo tres días él había aprendido una nueva gracia, era un poco más alto, decía nuevas palabras. Se transformaba en otra persona en cuestión de horas, y con cada viaje yo me perdía la persona que había sido durante un tiempo, una persona que nunca más volvería a existir.

Introducción a la narrativa

Después de adquirir el lenguaje, los seres humanos empiezan a contar historias. Es un paso lógico o, al menos, es el paso que sigues si tu padre es un narrador obsesivo compulsivo básicamente incapacitado para cualquier otra faceta de la vida real. Como yo.

Los primeros relatos que mi hijo consiguió entender eran muy simples y, en su mayoría, tenían moralejas prácticas. Eran más o menos así:

—Este era un niño que no se quería bañar. Pero le salieron piojos en la cabeza. Y los piojos se comieron su desayuno. Entonces comprendió que debía bañarse.

Es difícil explicar a un niño de un año por qué debe bañarse. O por qué debe comer. O dormir a una hora determinada. No está capacitado para entender las razones. Le resulta mucho más fácil escuchar una historia sobre alguien más como él, y descubrir qué le ocurre por ser de esa manera. Supongo que por la misma razón se venden más novelas que ensayos: las argumentaciones son abstractas, se construyen con ideas. Las historias son concretas, se construyen con hechos; además, atribuyen causas y consecuencias a las acciones, y al hacerlo les dan un sentido. De manera natural, mi hijo empezó a pedirlas para explicarse cada pequeño hecho de la vida. Si lo llevaba al colegio, me decía:

—Cuéntame el cuento del colegio.

Y yo le contaba un cuento sobre un niño que no quería ir al colegio y se encerró en su cuarto y le crecieron hongos en las axilas. Si lo llevaba al baño, me pedía:

—Cuéntame el cuento de la caca.

Y así.

Es curioso pararse a pensar que para un niño todo es posible. El sol se acuesta por las noches, el mar le da besos a la playa y los caballos hablan. Nada en su experiencia le impide procesar esos hechos como ciertos. Conforme crecemos, vamos clasificando las cosas en “posibles” e “imposibles” y establecemos relaciones lógicas entre ellas. Los grandes pensamos que si es de día no puede ser también de noche, y que si los animales no hablan, tampoco pueden cantar. Pero para un niño, la realidad es más flexible. En cierto modo, su mundo es más amplio que el nuestro. La imaginación es la total ignorancia de los límites de la realidad, que hace que los niños siempre encuentren puntos de vista originales sobre ella.

Para muchos padres, el mayor obstáculo para establecer vínculos con sus hijos es que han perdido esa facultad: la imaginación. Sus hijos son una fuente constante de ocurrencias, invenciones y asociaciones libres, y ellos no consiguen ponerse a la altura, razón por la cual pierden la paciencia. Mi problema es exactamente lo contrario: tengo mucha imaginación. Puedo pasarme muchas horas inventando cosas y jugando con el niño, pero me cuesta poner reglas claras y me aburro mortalmente al enfrentar la mayoría de sus necesidades prácticas. Al parecer, mi edad mental es de unos dos años y medio.

La parte buena de eso —si tiene alguna— es que puedo ahorrarme muchos berrinches, porque las fuentes de conflicto habituales —ve a bañarte, cómete tu comida, vístete— se resuelven mediante el recurso a la ficción. Si yo le doy una orden, es muy posible que se niegue. Pero si se la da Spiderman, o su tigre de peluche, o el malo de los dibujos animados, acatará sin dudar. Si el baño no es el baño sino el escenario de un combate naval, se bañará. Si su chaqueta negra no es su chaqueta sino la capa de Batman, se la pondrá. No es que no distinga entre la realidad y la ficción. Es que la ficción, al ser más colorida, más aventurera y más atractiva que la realidad, también le parece más real.

Quizá por eso mi niño es adicto a los cuentos. Todas las noches, me pide que le cuente uno. Con frecuencia recurro a un clásico, como La Cenicienta, Pulgarcito o Hansel y Gretel. Llevaba décadas sin leer esos cuentos, y ahora que los he redescubierto siendo ya un narrador me sorprende lo bien construidos que están. Tienen escenarios espectaculares, como bosques oscuros o casas de caramelo. Y puntos de giro sorprendentes, como la aparición de los siete enanos o la llegada del lobo. Y, lo más increíble, son políticamente incorrectísimos y muy violentos. Los padres de Pulgarcito lo abandonan en el bosque porque no pueden mantenerlo. El lobo se come a la abuela de Caperucita, y cuando llega el leñador, le abre el estómago para sacarla. Las madrastras invariablemente torturan a las hijas de sus maridos.

Los modelos de familia de los clásicos infantiles serían desaprobados por toda la pedagogía del siglo XXI. Pero esos cuentos han durado y durarán más que cualquier modelo pedagógico, e incluso pueden adaptarse a ellos (en las últimas ediciones, por ejemplo, el lobo no se come a la abuela: la guarda en el armario, porque como todos sabemos, los lobos cazan a sus presas y las guardan en sus armarios).

Algunas noches mi hijo no quiere ningún cuento clásico. Pide relatos a la carta, como el cuento “del piojo” o el “del árbol” o cualquiera que se le ocurra. En esos casos, me veo obligado a improvisar. A veces, las improvisaciones salen bien. Otras, terriblemente mal.

Puedo saberlo porque un buen cuento, como una buena droga, surte efecto: el niño se relaja, se apacigua, y no tarda mucho en dormirse. En cambio, cuando el cuento no está bien tramado, o el personaje no me queda claro, o simplemente le falta acción, el niño se revuelve inquieto en su cama, se enoja, llama a su madre. Entonces sé, como un mal actor en el escenario, que he fracasado. Porque escuchar historias es una facultad natural, como comer o dormir. Nadie le ha enseñado a hacerlo, pero él sabe cómo.

La llegada de mi hijo también cambió mi propia manera de enfrentarme a las historias. Particularmente, me volvió sensible a las escenas de crueldad contra niños. Lo descubrí viendo Anticristo de Lars von Trier. En la primera secuencia, asistimos al suicidio de un niño de tres años. Mientras sus padres hacen el amor en su dormitorio, él acerca una silla a la ventana del tercer piso, trepa sobre ella, y se lanza. Ante todo eso, yo sentía que se me revolvía el estómago, que me atenazaba el pánico, y por primera vez en mi vida —una vida marcada por el amor al género de terror— sentí ganas de cerrar los ojos frente a la pantalla. En Los próximos tres días con Russell Crowe, un niño asiste al violento arresto de su madre. Los policías allanan la casa, le gritan a todo el mundo y se llevan a la mujer frente a las lágrimas de incomprensión del pequeño. Cuando vi la escena, quise levantarme de la butaca e irme del cine.

Yo, que en una novela monté a un niño sobre el cadáver de su abuela y lo hice caminar por una cornisa. Yo, que escribí un cuento para niños en que el protagonista muere al final.

Dios, ya no soy el mismo.

El extraño se parece a mí

Un día, mi hijo decidió que no quería que le diese su biberón en la mano. Quería que se lo dejase en la mesa para recogerlo personalmente.

Otro día, se negó a que le lave el pelo. La sensación del agua cayendo sobre su cabeza le resultaba insoportable.

Mientras tanto, empezó a mostrar gusto por el espectáculo: antes de salir, exigía ponerse su disfraz de Spiderman, máscara incluida. La gente por la calle lo saludaba y le sonreía. Algunos le pedían que los salvase de algún peligro imaginario. Ante el éxito del público, él volteaba y me decía:

—Mira papá, me han reconocido.

Y si yo trataba de llevarlo por una calle vacía, protestaba:

—Pero papá, en esta calle no me van a reconocer.

El siguiente disfraz fue bastante previsible: la camiseta del Fútbol Club Barcelona. La descubrió en el invierno de sus dos años, con toda la ciudad en plena fiebre Leo Messi. Ir al colegio, pasear, dormir, todas eran actividades imposibles sin la camiseta de Leo Messi. Y aunque en el exterior hiciese cero grados, el niño se negaba a cerrarse la chaqueta:

—¡No la cierres, papá —chillaba—, que no se ve mi camiseta!

Todas esas demandas configuran un nivel superior. Ya no se trata de “quiero comer” o “tengo frío”. Ahora es, si se puede decir así, una cuestión de estilo.

A sus dos años, el niño decide que quiere tener una personalidad, una forma propia de vestir, jugar y hacer las cosas, una serie de actividades que le interesan y actividades que no. Para mí, lo más sorprendente es que, para bien o para mal, esa personalidad es parcialmente de mi responsabilidad. Su sentido del espectáculo es el mío. Y yo, como él, siempre tuve un vocabulario muy desarrollado —casi ridículamente desarrollado— y una gran ineptitud para las actividades físicas. Un día descubro que mi hijo no sabe pedalear en un triciclo, algo que los otros chicos ya dominan, pero que no le he enseñado porque no sé montar en bicicleta. Otro día, cuando no puedo armar un rompecabezas, él me dice:

—Papá, tranquilidad. Tienes que concentrarte.

Algo que los niños de su edad no suelen decir, pero yo sí.

Como casi todos los adolescentes —quizá debería decir “todos los hombres”—, yo tuve una relación conflictiva con mi padre. Lo culpaba de todos mis problemas y peleábamos con frecuencia, incluso mucho más allá de la adolescencia. Por eso, si algo me lastimaba era constatar que yo tenía rasgos de él. Me desesperaba que nos confundiesen en el teléfono, o que alguien me dijese que teníamos el mismo sentido del humor, lo que ocurría con frecuencia. Me disgustaba ver una foto de él y reconocer mi nariz, mis orejas, mi mentón, que en realidad son su nariz, sus orejas y su mentón.

Conforme mi hijo crece, puedo adivinar qué cosas le disgustarán de sí mismo, porque me echará —con razón— la culpa de ellas. También puedo hacer apuestas sobre qué rasgos de su carácter le traerán alegrías, y cuáles le harán sufrir. En cierto sentido, yo ya he vivido muchas de esas cosas. Previsiblemente, cuando discutamos, él me dirá que no las he vivido, que su vida es suya y solo la vive él, y que yo no entiendo nada.

También en eso tendrá razón, porque conforme él se va transformando en lo que yo era, yo me transformo en otra persona. Mis rasgos de personalidad actuales no son los del niño que jugaba a los disfraces, sino los del impaciente obseso del trabajo que es un hombre agobiado de responsabilidades. Conforme mi hijo se parece a mí, yo dejo de parecerme a mí y me parezco más y más a mi padre.

Supongo que ese es el proceso natural y obvio. Lo más extraño de ser padre es que nada hay de novedoso en tus sentimientos, nada que no hayas escuchado ya miles de veces. Todas tus emociones son como un cliché de una película navideña con Meg Ryan. Lo único nuevo e irrepetible, en realidad, es ese extraño que llegó a tu casa un día pegando gritos y que se transforma a la misma velocidad que tú.