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El viaje toca a su fin. En cualquier caso, el fin de ese fragmento suyo que hasta aquí he descrito. Ahora –camino de vuelta– aún queda un breve descanso a la sombra de un árbol. El árbol en cuestión crece en una aldea que se llama Adofo y está situada cerca del Nilo Azul, en la provincia etíope de Wollega. Es un inmenso mango de hojas frondosas y perennemente verdes. El que viaja por los altiplanos de África, por la infinitud del Sahel y de la sabana, siempre contempla el mismo y asombroso cuadro que no cesa de repetirse: en las inmensas extensiones de una tierra quemada por el sol y cubierta por la arena, en unas llanuras donde crece una hierba seca y amarillenta, y sólo de vez en cuando algún que otro arbusto seco y espinoso, cada cierto tiempo aparece, solitario, un árbol de copa ancha y ramificada. Su verdor es fresco y tupido y tan intenso que ya desde lejos forma, claramente visible en la línea del horizonte, una nítida mancha de espesura. Sus hojas, aunque en ninguna parte se percibe una sola brizna de viento, se mueven y despiden destellos de luz. ¿De dónde ha salido el árbol en este muerto paisaje lunar? ¿Por qué precisamente en este lugar? ¿Por qué uno solo? ¿De dónde saca la savia? A veces, tenemos que recorrer muchos kilómetros antes de toparnos con otro.

A lo mejor, en tiempos, crecían aquí muchos árboles, un bosque entero, pero se los taló y quemó y sólo ha quedado este único mango. Todo el mundo de los alrededores se ha preocupado por salvarle la vida, sabiendo cuán importante era. Es que en torno a cada uno de estos árboles solitarios hay una aldea. En realidad, al divisar desde lejos un mango de estos, podemos tranquilamente dirigirnos hacia él, sabiendo que allí encontraremos gente, un poco de agua e, incluso, tal vez algo de comer. Esas personas han salvado el árbol porque sin él no podrían vivir: bajo el sol africano, para existir, el hombre necesita sombra, y el árbol es su único depositario y administrador.

Si en la aldea hay un maestro, el espacio bajo el árbol sirve como aula escolar. Por la mañana acuden aquí los niños de todo el poblado. No existen cursos ni límites de edad: viene quien quiere. La señorita o el señor maestro clavan en el tronco el alfabeto impreso en una hoja de papel. Señalan con una vara las letras, que los niños miran y repiten. Están obligados a aprendérselas de memoria: no tienen con qué ni sobre qué escribir.

Cuando llega el mediodía y el cielo se vuelve blanco de tanto calor, en la sombra del árbol se protege todo el mundo: los niños y los adultos, y si en la aldea hay ganado, también las vacas, las ovejas y las cabras. Resulta mejor pasar el calor del mediodía bajo el árbol que dentro de la choza de barro. En la choza no hay sitio y el ambiente es asfixiante, mientras que bajo el árbol hay espacio y esperanza de que sople un poco de viento.

Las horas de la tarde son las más importantes: bajo el árbol se reúnen los mayores. El mango es el único lugar donde se pueden reunir para hablar, pues en la aldea no hay ningún local espacioso. La gente acude puntual y celosamente a estas reuniones: los africanos están dotados de una naturaleza gregaria y muestran una gran necesidad de participar en todo aquello que constituye la vida colectiva. Todas las decisiones se toman en asamblea, las disputas y peleas las soluciona la comunidad en pleno, que también resuelve quién recibirá tierra cultivable y cuánta. La tradición manda que toda decisión se tome por unanimidad. Si alguien es de otra opinión, la mayoría tratará de persuadirlo tanto tiempo como haga falta hasta que cambie de parecer. A veces la cosa dura una eternidad, pues un rasgo típico de estas deliberaciones consiste en una palabrería infinita. Si entre dos habitantes de la aldea surge una disputa, el tribunal reunido bajo el árbol no buscará la verdad ni intentará averiguar quién tiene razón, sino que se dedicará, única y exclusivamente, a quitar hierro al conflicto y a llevar a las partes hacia un acuerdo, no sin considerar justas las alegaciones de ambas.

Cuando se acaba el día y todo se sume en la oscuridad, los congregados interrumpen la reunión y se van a sus casas. No se puede debatir a oscuras: la discusión exige mirar al rostro del hablante; que se vea si sus palabras y sus ojos dicen lo mismo.

Ahora, bajo el árbol, se reúnen las mujeres; también acuden los ancianos y los niños, curiosos por todo. Si disponen de madera, encienden fuego. Si hay agua y menta, preparan un té, espeso y cargado. Empiezan los momentos más agradables, los que más me gustan: se relatan los acontecimientos del día y se cuentan historias en que se mezclan lo real y lo imaginario, cosas alegres y las que despiertan terror. ¿Qué ha hecho tanto ruido entre los arbustos esta mañana, ese algo oscuro y furioso? ¿Qué pájaro tan extraño ha levantado el vuelo y ha desaparecido? Unos niños han obligado a un topo a esconderse en su madriguera. Luego la han descubierto y el topo no estaba. ¿Dónde se habrá metido? A medida que avanzan los relatos la gente empieza a recordar que, en tiempos, los viejos hablaban de un pájaro extraño que, en efecto, había levantado el vuelo y había desaparecido; otra persona se acuerda de que, cuando era pequeña, su bisabuelo le dijo que una cosa oscura llevaba tiempo haciendo ruido entre los arbustos.

¿Cuánto? Hasta donde llega la memoria. Aquí, la frontera de la memoria también lo es de la Historia. Antes no había nada. El antes no existe. La Historia no llega más allá de lo que se recuerda.

Aparte del norte islámico, África no conocía la escritura; la Historia nunca ha pasado aquí de la transmisión oral, estaba en las leyendas que circulaban de boca en boca y era un mito colectivo, creado involuntariamente al pie de un mango, en la profunda penumbra de la tarde, cuando no se oían más que las voces temblorosas de los ancianos, puesto que las mujeres y los niños, embelesados, guardaban silencio. De ahí que los momentos en que cae la noche sean tan importantes: es cuando la comunidad se plantea quién es y de dónde viene, se da cuenta de su carácter singular e irrepetible, y define su identidad. Es la hora de hablar con los antepasados, que si bien es cierto que se han ido, al mismo tiempo permanecen con nosotros, siguen conduciéndonos a través de la vida y nos protegen del mal.

Al caer la noche el silencio bajo el árbol sólo es aparente. En realidad lo llenan muchas y muy diversas voces, sonidos y susurros que llegan de todas partes: de las altas ramas, de la maleza circundante, de debajo de tierra, del cielo. Es mejor que en momentos así nos mantengamos unidos, que sintamos la presencia de otros, presencia que nos infunde ánimo y valor. El africano nunca deja de sentirse amenazado. En este continente la naturaleza cobra formas tan monstruosas y agresivas, se pone máscaras tan vengativas y terroríficas, coloca tales trampas y emboscadas, que el hombre, permanentemente asustado y atemorizado, vive sin saber jamás lo que le traerá el mañana. Aquí todo se produce de manera multiplicada, desbocada, histéricamente exagerada. Cuando hay tormenta, los truenos sacuden el planeta entero y los rayos destrozan el firmamento haciéndolo jirones; cuando llueve, del cielo cae una maciza pared de agua que nos ahogará y sepultará de un momento a otro; cuando hay sequía, siempre es tal que no deja ni una gota de agua y nos morimos de sed. En las relaciones naturaleza-hombre no hay nada que las suavice, ni compromisos de ninguna clase, ni gradaciones, ni estados intermedios. Todo –y durante todo el tiempo– es guerra, combate, lucha a muerte. El africano es un hombre que desde que nace hasta que muere permanece en el frente, luchando contra la –excepcionalmente malévola– naturaleza de su continente, y ya el mero hecho de que esté con vida y sepa conservarla constituye su mayor victoria.

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Pues bien, ha caído la noche, estamos sentados bajo un árbol enorme y una muchacha me ofrece un vaso de té. Oigo hablar a gentes cuyos rostros, fuertes y brillantes, como esculpidos en ébano, se funden con la inmóvil oscuridad. No entiendo mucho de lo que dicen pero sus voces suenan serias y solemnes. Al hablar se sienten responsables de la Historia de su pueblo. Tienen que preservarla y desarrollarla. Nadie puede decir: leedla en los libros, pues nadie los ha escrito; no existen. Tampoco existe la Historia más allá de la que sepan contar aquí y ahora. Nunca nacerá esa que en Europa se llama científica y objetiva, porque la africana no conoce documentos ni censos, y cada generación, tras escuchar la versión correspondiente que le ha sido transmitida, la cambia, altera, modifica y embellece. Pero por eso mismo, libre de lastres, del rigor de los datos y las fechas, la Historia alcanza aquí su encarnación más pura y cristalina: la del mito.

En dichos mitos, el lugar de las fechas y de la medida mecánica del tiempo –días, meses, años– lo ocupan declaraciones como: «hace tiempo», «hace mucho tiempo», «hace tanto que ya nadie lo recuerda». Todo se puede hacer caber en estas expresiones y colocarlo en la jerarquía del tiempo. Sólo que ese tiempo no avanza de una manera lineal y ordenada, sino que cobra forma de movimiento, igual al de la Tierra: giratorio y uniformemente elíptico. En tal concepción del tiempo, no existe la noción de progreso, cuyo lugar lo ocupa la de durar. África es un eterno durar.

Se hace tarde y todos se van a sus casas. Cae la noche, y la noche pertenece a los espíritus. ¿Dónde, por ejemplo, se reunirán las brujas? Se sabe que celebran sus encuentros y asambleas en las ramas, sumergidas y ocultas entre las hojas. Más vale no molestarlas, mejor retirarse del refugio del árbol: no soportan que se las mire, escuche, espíe. Saben ser vengativas y son capaces de perseguirnos: inocular enfermedades, infligir dolor, sembrar la muerte.

De modo que el lugar bajo el mango permanecerá vacío hasta la madrugada. Al alba en la tierra aparecerán, al mismo tiempo, el sol y la sombra del árbol. El sol despertará a la gente, que no tardará en ocultarse ante él, buscando la protección de la sombra. Es extraño, aunque rigurosamente cierto a un tiempo, que la vida del hombre dependa de algo tan volátil y quebradizo como la sombra. Por eso el árbol que la proporciona es algo más que un simple árbol: es la vida. Si en su cima cae un rayo y el mango se quema, la gente no tendrá dónde refugiarse del sol ni dónde reunirse. Al serle vetada la reunión, no podrá decidir nada ni tomar resolución alguna. Pero, sobre todo, no podrá contarse su Historia, que sólo existe cuando se transmite de boca en boca en el curso de las reuniones vespertinas bajo el árbol. Así, no tardará en perder sus conocimientos del ayer y su memoria. Se convertirá en gente sin pasado, es decir, no será nadie. Todos perderán aquello que los ha unido, se dispersarán, se irán, solos, cada uno por su lado. Pero en África la soledad es imposible; solo, el hombre no sobrevivirá ni un día: está condenado a muerte. Por eso, si el rayo destruye el árbol, también morirán las personas que han vivido a su sombra. Y así está dicho: el hombre no puede vivir más que su sombra.

Paralelamente a la sombra, el segundo valor más importante es el agua.

—El agua lo es todo –dice Ogotemmeli, el sabio del pueblo dogon, que habita en Malí–. La tierra procede del agua. La luz procede del agua. Y la sangre.

—El desierto te enseñará una cosa –me dijo en Niamey un vendedor ambulante sahariano–: que hay algo que se puede desear y amar más que a una mujer. El agua.

La sombra y el agua, dos cosas volátiles e inseguras, que aparecen para luego desaparecer no se sabe por dónde.

Dos modos de vivir, dos situaciones: a todo aquel que por vez primera se encuentre en uno de los hipermercados norteamericanos, en uno de esos mallos gigantescos e interminables, le chocará la riqueza y la diversidad de las mercancías allí expuestas, la presencia de todos los objetos posibles que el hombre ha inventado y fabricado, y luego los ha transportado, almacenado y acumulado, con lo cual ha hecho que el cliente ya no tenga que pensar en nada: lo han pensado todo por él y ahora lo tiene todo listo y a mano.

El mundo del africano medio es diferente; es un mundo pobre, de lo más sencillo y elemental, reducido a unos pocos objetos: una camisa, una palangana, un puñado de grano, un sorbo de agua. Su riqueza y diversidad no se expresan bajo una forma material, concreta, tangible y visible, sino en esos valores y significados simbólicos que dicho mundo confiere a las cosas más sencillas, tan baladíes que son inapreciables para los no iniciados. Sin embargo, una pluma de gallo puede ser considerada como una linterna que ilumina el camino en la oscuridad, y una gota de aceite, como un escudo que protege de las balas. La cosa cobra un peso simbólico, metafísico; porque así lo ha decidido el hombre, quien, por el mero hecho de elegirla, la ha enaltecido, trasladado a otra dimensión, a la esfera superior del ser: a la trascendencia.

Tiempo ha, en el Congo, me permitieron acceder al misterio: pude ver la escuela de iniciación de los niños. Al acabarla se convertían en hombres adultos, tenían derecho a voz y voto en las reuniones del clan y podían fundar una familia. Al visitar una de estas escuelas, tan archiimportantes en la vida del africano, el europeo no parará de sorprenderse y de frotarse los ojos, incrédulo. ¡Cómo? ¡Pero si aquí no hay nada! ¡Ni bancos, ni tan siquiera una pizarra! Sólo unos arbustos espinosos, unos manojos de hierba seca y, en lugar de suelo, una capa de ceniza y arena gris. ¿Y a esto llaman escuela? Y, sin embargo, los jóvenes se mostraban orgullosos y solemnes. Habían alcanzado un gran honor. Es que allí todo se basaba en un contrato social –tratado con mucha seriedad–, en un profundo acto de fe: la tradición reconocía que el lugar donde permanecían aquellos muchachos era la sede de la escuela del clan, la cual, al introducirlos en la vida, gozaba de un estatus de privilegio, solemne e, incluso, sagrado. Una nadería se convierte en algo importante porque así lo hemos decidido. Nuestra imaginación la ha ungido y enaltecido.

El disco de Leshina puede ser un buen ejemplo de esa transformación ennoblecedora. La mujer que llevaba el apellido Leshina vivía en Zambia. Tenía unos cuarenta años. Era vendedora en la pequeña ciudad de Serenje. No se distinguía por nada especial. Corrían los años sesenta y en los más diversos rincones del mundo se topaba uno con gramófonos de manivela. Leshina tenía un gramófono de aquellos y un disco, uno solo, gastado y rayado hasta lo imposible. El disco contenía la grabación de un discurso de

Churchill, de 1940, en el que el orador exhortaba a los ingleses a aceptar las privaciones y los sacrificios de la guerra. La mujer colocaba el gramófono en su patio y daba vueltas a la manivela. Del altavoz, metálico y pintado de verde, salían roncos gruñidos y borbolleos que retumbaban en el aire y en los que se podían adivinar los ecos de una voz llena de pathos, pero ya incomprensibles y desprovistos de sentido. Al populacho que allí acudía, cada vez más numeroso con el paso del tiempo, Leshina le explicaba que era la voz de dios, que la nombraba su mensajera y ordenaba obediencia ciega. Auténticas muchedumbres empezaron a acudir a su casa. Sus fieles, por lo general pobres de solemnidad, con un esfuerzo sobrehumano construyeron un templo en la selva y comenzaron a decir allí sus oraciones. Al principio de cada oficio el estrepitoso bajo de Churchill los sumía en estado de trance y éxtasis. Pero como los líderes africanos se avergüenzan de tales manifestaciones religiosas, el presidente Kenneth Kaunda mandó contra Leshina su tropa, que en el lugar del culto a la mujer, asesinó a varios cientos de personas inocentes y cuyos tanques convirtieron en polvo su templo de arcilla.

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Estando en África, el europeo no ve más que una parte de ella: por lo general, ve tan sólo su capa exterior, que a menudo no es la más interesante, ni tampoco reviste mayor importancia. Su mirada se desliza por la superficie, sin penetrar en el interior, como si no creyese que detrás de cada cosa pudiera esconderse un misterio, misterio que, a un tiempo, se hallara encerrado en ella. Pero la cultura europea no nos ha preparado para semejantes viajes hacia el interior, hacia las fuentes de otros mundos y de otras culturas. El drama de éstas –incluida la europea– consistió, en el pasado, en el hecho de que sus primeros contactos recíprocos pertenecieron a una esfera dominada, las más de las veces, por hombres de la más baja estofa: ladrones, sicarios, pendencieros, delincuentes, traficantes de esclavos, etc. También se dieron casos –pocos– de otra clase de personas: misioneros honestos, viajeros e investigadores apasionados, pero el tono, el estándar y el clima los creó y dictó, durante siglos, la internacional de la chusma rapiñadora. Es evidente que a ésta no se le pasó por la cabeza el intentar conocer otras culturas, respetarlas, buscar un lenguaje común. En su mayoría, se trataba de torpes e ignorantes mercenarios, sin modales ni sensibilidad alguna y a menudo analfabetos. No les interesaba sino conquistar, saquear y masacrar. De resultas de tales experiencias, las culturas –en lugar de conocerse mutuamente, acercarse y compenetrarse– se fueron haciendo hostiles las unas frente a las otras o, en el mejor de los casos, indiferentes. Sus respectivos representantes –excepto los mencionados truhanes– guardaban prudentes distancias, se evitaban, se tenían miedo. La monopolización de los contactos interculturales por una clase compuesta de brutos ignorantes decidió y selló el mal estado de sus relaciones recíprocas. Las relaciones interpersonales habían empezado a fijarse de acuerdo con el criterio más primitivo: el color de la piel. El racismo se convirtió en una ideología según la cual los hombres definían su lugar en el orden del mundo. Blancos-negros: en esta relación a menudo ambas partes se sentían mal. En 1894, el inglés Lugard penetra, al frente de un pequeño destacamento, en el interior de África para conquistar el reino de Borgu. Primero quiere entrevistarse con el rey. Pero sale a su encuentro un emisario que le dice que el soberano no lo puede recibir. Dicho emisario, mientras habla con Lugard, no para de escupir en un recipiente de bambú que lleva colgado del cuello: escupir significa purificarse y protegerse de las consecuencias de un contacto con el hombre blanco.

El racismo, el odio hacia el otro, el desprecio y el deseo de erradicar al diferente hunden sus raíces en las relaciones coloniales africanas. Allí, todo esto ya había sido inventado y llevado a la práctica siglos antes de que los sistemas totalitarios modernos trasplantasen aquellas sórdidas e infames experiencias a la Europa del siglo XX.

Otra consecuencia de aquel monopolio de los contactos con África, ostentado por la mencionada clase de ignorantes, radica en el hecho de que las lenguas europeas no han desarrollado un vocabulario que permita describir adecuadamente mundos diferentes, no europeos. Grandes cuestiones de la vida africana quedan inescrutadas, o ni siquiera planteadas, a causa de una cierta pobreza de las lenguas europeas. ¿Cómo describir el interior de la selva, tenebroso, verde, asfixiante? Y esos cientos de árboles y arbustos, ¿qué nombres tienen? Conozco nombres como «palmera», «baobab» o «euforbio», pero precisamente estos árboles no crecen en la selva. Y esos árboles inmensos, de diez pisos, que vi en Ubangi y en Ituri, ¿cómo se llaman? ¿Cómo llamar a los más diversos insectos con que nos topamos por todas partes y que no paran de atacar y de picarnos? A veces se puede encontrar un nombre en latín, pero ¿qué le aclarará éste a un lector medio? Y eso que no son más que problemas con la botánica y la zoología. ¿Y qué pasa con toda la enorme esfera de lo psíquico, con las creencias y la mentalidad de esta gente? Cada una de las lenguas europeas es rica, sólo que su riqueza no se manifiesta sino en la descripción de su propia cultura, en la representación de su propio mundo. Sin embargo, cuando se intenta entrar en territorio de otra cultura, y describirla, la lengua desvela sus límites, su subdesarrollo, su impotencia semántica.

África significa miles de situaciones. De lo más diversas, distintas, contradictorias, opuestas. Alguien dirá: «Allí hay guerra.» Y tendrá razón. Otro dirá: «Allí hay paz», y también tendrá razón. Todo depende de dónde y cuándo.

En tiempos anteriores a la colonización –así que tampoco hace tanto– en África habían existido más de diez mil países, entre pequeños Estados, reinos, uniones étnicas, federaciones. Un historiador de la Universidad de Londres, Ronald Oliver, en su libro titulado African Experience (Nueva York, 1991), centra su atención en la paradoja, aceptada de manera generalizada, según la cual los colonialistas europeos llevaron a cabo la división de África. «¿División?», exclama Oliver, asombrado. «Brutal y devastadora, pero ¡fue una unificación! El número diez mil se redujo a cincuenta.»

Aun así, queda mucho de aquella diversidad, de aquel fulgurante mosaico, que se ha vuelto un cuadro creado con terrones, piedrecillas, astillas, chapitas, hojas y conchas. Cuanto más lo contemplamos, mejor vemos cómo todos esos elementos diminutos que forman la composición, ante nuestros ojos cambian de lugar, de forma y de color hasta ofrecernos un impresionante espectáculo que nos embriaga con su versatilidad, su riqueza, su resplandeciente colorido.

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Hace unos años pasé la Nochebuena en compañía de unos amigos en el Parque Nacional de Mikumi, en el interior de Tanzania. La tarde era cálida, agradable, sin viento. En un claro en medio de la selva, sin más protección que el cielo, había dispuestas varias mesas. Y sobre ellas, pescado frito, arroz, tomates y pombe, la cerveza local. Ardían las velas, las antorchas y las lámparas de petróleo. Reinaba un ambiente distendido y agradable. Como suele pasar en África en ocasiones semejantes, se contaban chistes e historias graciosas. Habían acudido allí ministros del gobierno tanzano, embajadores, generales, jefes de clanes. Era más de medianoche cuando sentí que la impenetrable oscuridad –que empezaba justo detrás de las mesas iluminadas– se mecía y retumbaba. No por mucho rato. El ruido aumentaba por momentos, hasta que de las profundidades de la noche emergió un elefante, justo a nuestras espaldas. Ignoro si alguien de entre vosotros se ha topado con uno cara a cara, no en un zoo o en un circo, sino en la selva africana, allí donde el elefante es el terrible amo del mundo. Al verlo, la persona es presa de un pánico mortal. El elefante solitario, apartado de la manada, a menudo se halla en estado de amok y es un agresor frenético que se abalanza sobre las aldeas, arrasando chozas y matando a personas y animales.

El elefante era realmente grande, tenía una mirada penetrante y perspicaz y no emitía sonido alguno. No sabíamos qué pasaba por su tremenda cabeza, qué haría al cabo de un segundo. Tras quedarse parado durante un rato, empezó a pasearse entre las mesas, en cuyo derredor reinaba un silencio sepulcral: todo el mundo, inmóvil, estaba paralizado por el terror. Nadie osaba moverse, no fuera a ser que aquello liberase la furia del animal, que es muy rápido; no hay manera de huir de un elefante. Aunque por otro lado, al quedarse sentada quieta, la persona se exponía a que la atacase; en tal caso moriría aplastada bajo los pies del gigante.

De modo que el paquidermo se paseaba, contemplaba las guarnecidas mesas, la luz, la gente petrificada… Por sus movimientos, por sus balanceos de cabeza, se adivinaba que aún vacilaba, que le costaba tomar una decisión. La cosa se prolongó hasta el infinito, durante toda una gélida eternidad. En un momento dado intercepté su mirada. Nos escrutaba pesada y atentamente, con unos ojos que expresaban una profunda y queda melancolía.

Al final, después de dar varias vueltas a las mesas y al prado, nos abandonó: se apartó de nosotros y desapareció en la oscuridad. Cuando cesó el retumbar de la tierra y la oscuridad dejó de moverse, uno de los tanzanos que se sentaban a mi lado preguntó:

—¿Has visto?

—Sí –contesté, aún medio muerto–. Era un elefante.

—No –repuso–. El espíritu de África siempre se encarna en un elefante. Porque al elefante no lo puede vencer ningún animal. Ni el león, ni el búfalo, ni la serpiente.

Sumidos en el silencio, todos se dirigían a sus respectivas cabañas mientras los chicos apagaban las luces en las mesas. Todavía era de noche, pero se aproximaba el momento más maravilloso de África: el alba.

En el restaurante más caro de Etiopía las copas de vino son de plata y los cubiertos son dorados. La cuchara, el tenedor y el cuchillo parecen bañados en un oro que encandila. Tal vez, por eso hay tantos guardias de seguridad en la puerta: un salero debe costar más que un sueldo promedio en el país más pobre del mundo según el Banco Mundial (en una medición que combina el PIB, el valor de los activos, el capital humano, la producción y los intangibles de cada nación). El lugar queda dentro del Hotel Sheraton Addis, una pequeña ciudad lujosa dentro de la gran capital de la hambruna. Se trata de una enorme fortaleza, amurallada, donde las habitaciones están sobre los 300 euros y ya está lleno por varios meses. La mayoría de los funcionarios internaciones o empresarios o invitados del gobierno se quedan en este hotel, que tiene de todo lo que debe tener una ciudadela boutique. Dentro de sus varios restaurantes hay uno llamado Shaheen, que ofrece “elegante comida de la India”. El Shaheen es el restaurante más caro del país más pobre. Cuando entro, dos mujeres vestidas con trajes de la India, me dan la bienvenida, me corren la silla, me traen el menú.

Un guardia, con audífono en la oreja y que seguramente está armado, te conduce amablemente al Shaheen. Cuando ingresas al lugar más caro de la ciudad no piensas en el país más pobre. El sitio no es muy amplio, la mitad de las mesas están desocupadas y hay un enorme vidrio tras el cual se puede ver a un habilidoso cocinero preparando los platos de comida india.

En la mesa de al lado hay una pareja de rusos gordos que se ríen a carcajadas. Más allá un solitario hombre de negocios, que parece de la India, bebe una sopa típica de Bombay con su cuchara bañada en oro. En una de las paredes hay un estante con vinos de Francia. La luz es baja, encienden velas en candelabros de plata y toda el agua que se ofrece es embotellada en Europa. Si no fuera por la exagerada ostentación, podría ser un típico restaurante bueno y caro de Nueva York o París, pero estoy en Etiopía.

Me sirven el vino en la copa de plata, y antes de que lleguen los platos, recuerdo que el alimento no es solo placer gastronómico. La comida sirve para satisfacer el apetito, las funciones fisiológicas, regular el metabolismo corporal y mantener la temperatura corporal. La comida es indispensable para el ser humano, y cada vez más escasa en un mundo donde comienzan a faltar los alimentos. Pero cuando finalmente la comida llega, me olvido de esas necesidades básicas y me dedico a comer por placer. A degustar, minuciosamente y con gusto, cada diferente sabor que cae sobre la mesa. Como, masticando lento y pausado y disfrutando cada plato de comida india. Como, sabiendo que hay pocas cosas tan placenteras como la comida. Y pocas tan injustas.

Me sirvo otra copa de vino, y otra, y agrego un nuevo plato, y otro. La cuenta final parece la alineación de un equipo de fútbol indio: un Mun Makahanwalla, un Tandoori Tang, un Subzi Pulao, un Garlio Naan, un Biebal Ki Handi. Todo eso, más una botella de vino etíope Axumit, no supera los 70 dólares. Una fortuna, para el etíope promedio: un alquiler en el centro de la capital puede salir por 30 dólares y un campesino del interior puede ganar 4 dólares semanales, lo mismo que el agua mineral sin gas que pido al final, sin mucha sed.

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Cuando uno cruza la puerta de un restaurante caro, quedan afuera los niños mendigos, los viejos mutilados, las mujeres con poliomielitis, las moscas gordas, la miseria y, fundamentalmente, el hambre. Adentro, uno se siente a salvo del bombardeo mental que significa recorrer la ciudad. En un país azotado por la hambruna, como Etiopía, los buenos restaurantes funcionan como refugios antiaéreos. Un búnker en mitad de la guerra existe para resguardar a los de siempre: altos funcionarios internaciones y a esa parte de la élite local que aún no deja el país. El mismo tipo de personajes que veo en las mesas vecinas esta noche en el restaurante Ghion, otro de los restaurantes caros del país del hambre.

El Ghion es el restaurante más caro de los que se dedican a la comida etíope. Por eso, todo lo que a uno le sirven, viene acompañado con un show folclórico compuesto por cinco músicos y cuatro bailarines: dos hombres y dos mujeres que se cambian de trajes y saltan risueños mientras nosotros comemos. Cerca del escenario, tres tipos de corbata (un etíope con traje italiano y dos europeos) hablan de negocios y brindan con vino francés y uno saca fotos del show con su iPhone. Los bailarines son delgados como una bicicleta y se mueven de manera nerviosa, con movimientos rápidos y bruscos, al límite de terminar con el codo dislocado o un hombro salido. Entre los garzones, que siguen transportando bandejas con comida, hay una mujer de traje negro y peinado de trenzas que se acerca para tomar mi pedido:

—Le recomiendo esto— me dice, con acento de inglés para turistas, indicando con su dedo largo un Doro Wat.

El restaurante Ghion está dentro del hotel Ghion, un cinco estrellas estatal, que se vende como “The garden palace of east Africa”. Dentro del local, adornado con largas cortinas blancas y donde se huele incienso, no hay mesas. En Etiopía, un país con su propio alfabeto, su propio horario y su propio calendario, no es de extrañar un restaurante sin mesas. Tampoco hay cubiertos. Tradicionalmente, los etíopes comen con las manos, entre varios, y sobre una gran tortilla llamada injera. La misma mujer que me toma el pedido vuelve a los pocos minutos con una gran jarra, la inclina, y deja caer agua para que me lave las manos. Al rato, comienza la comida con un procedimiento simple: te ponen frente a ti la injera, una suerte de crèpe gigante hecha con un cereal etíope que se llama teff, y sobre ese mantel esponjoso y comestible van depositando lo que pediste. Ya sea una carne picante, un saltado de verduras o una preparación de pollo, el Doro Wat. La idea es que todos los que están sentados alrededor de esta gran tortilla, vayan cortando pedazos de injera para hacer unos tacos con la comida. La gracia de comer comida típica entre extranjeros te puede salir por unos 50 dólares. Y con 50 dólares en Addis Abeba se pueden comprar 25 entradas, de la tribuna preferencial más cara, para un partido del Campeonato Nacional de Fútbol de Etiopía.

En eso estoy, destrozando la gran tortilla esponjosa para atrapar el pollo con tomates, cuando los músicos comienzan una nueva canción. Los bailarines parecen poseídos, saltando hasta dislocarse, ejecutando una tradicional danza dedicada al agua: las sequías prolongadas habituales en Etiopía —y que repercuten en malas cosechas— son una de las razones de tanta hambruna. Antes que termine el baile, y que me termine el pollo, entran al restaurante un grupo de cuatro parejas de italianos cargando niños africanos que seguramente acaban de adoptar. Uno de ellos filma todo, le habla a la cámara, y enfoca a su mujer que besa con entusiasmo a la niña de dos años que lleva en brazos. Afuera del restaurante, afuera del búnker, está el país con el mayor número de niños huérfanos del planeta.

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En Etiopía no hay muchos restaurantes de comida típica. Seguramente, porque casi no hay turistas, la gran masa consumidora de platos típicos. Dentro de los destacados está el Teshomech Kitfo House y Carnivore’s restaurant, pero la gracia del restaurante de Ghion es que además de tener buena fama en su comida, tiene un espectáculo de danza típica.

Después de un rato de comer con la mano esta tortilla esponjosa sobre la que han esparcido pequeños guisos picantes, uno ya está manchado. Las manos, alrededor de la boca, la servilleta y tal vez algo del pantalón. Otros platos destacados, de una comida basada en la simpleza de meter todo sobre la tortilla son: el Kifto, carne de res cruda y condimentada y cortada en pedacitos, que es la forma más popular de cocinar la carne en el país; y el picante Hummus de garbanzo con cebolla. En el menú, donde se ven pocos platos, bordean los 12 dólares. En general, la comida etíope no tiene mayores pretensiones y en la carta no hay aperitivos ni postres. Sin embargo, en otros lugares está convertida en todo un éxito.

Mientras las Naciones Unidas tiene a Etiopía como uno de los países con alarmante falta de alimentos y siempre dispuesto a aumentar su porcentaje de hambruna, en ciudades como Nueva York, Londres o París, la comida Etíope cada vez está más de moda. Hace poco se abrió un restaurante en Madrid, en Berlín hay varios y en DF algunos habitantes de paladar exótico claman en los foros gastronómicos para que pronto llegue “un etíope a La Condesa”. El restaurante Queen of shebba, uno de comida etíope en Manhattan, fue elegido el año pasado entre los mejores de la gran manzana. Y hace varios años que Marcus Samuelsson, un chef nacido cerca de Addis Abeba, está considerado por The New York Times dentro de los mejores cocineros de la ciudad.

Dentro del restaurante se huele el aire cosmopolita que tiene esta comida en el primer mundo. Una pareja de novios canadienses, que parecen saber que Etiopía hoy es un destino cool entre “viajeros vanguardistas”, se preparan bocadillos de injera con la delicadeza de expertos. Fuera del restaurante, del búnker que nos mantiene a salvo del bombardeo, claramente la realidad de la comida etíope es otra.

De los 75 millones de habitantes que tiene el país, más de 15 millones están bordeando la línea de la hambruna. A esto hay que agregar la crisis mundial de alimentos que vive el planeta. La Organización de las Naciones Unidas para la Agricultura y la Alimentación (FAO) estima que unos 1.500 millones de personas en el mundo sufren de hambre y desnutrición, y Etiopía es una de las naciones que lidera el ranking. Si la comida sigue subiendo de precio, su tendencia en los últimos meses, la consecuencia lógica será que aumente la cifra de miles de personas que mueren al día a causa del hambre. Stop. Disculpen, pero quiero frenarme en esa última frase: “Miles de personas mueren al día a causa del hambre” es una oración que ya no dice nada, tal como no dicen nada “Se están quemando nuestros bosques” o “Salvemos las ballenas”. Pero, por un momento, detengámonos en esa frase: Miles de personas se mueren, cada 24 horas, por no tener nada para comer. Esas miles son 25.000 al día, 750.000 al mes. A partir de hoy, y en apenas seis años, morirán de hambre en el mundo la misma cantidad de personas que toda la población de Colombia.

No es que morirán en una guerra, ni que los picará una víbora, o les explotará una bomba, o los contagiará una epidemia o los aplastará una ola gigante: morirán por no tener comida. Morirán oxidados, como quedan los autos en aquellas ciudades donde ya no llega el combustible. Morirán, como siempre sucede cuando no hay alimentos, con los ojos hundidos y la boca abierta.

Estos días en Etiopía he visto el hambre muchas veces, pero no la he sentido ni de cerca. Los médicos dicen que para sentir hambre, verdaderamente hambre, hay que pasar al menos 14 horas sin ingerir alimentos. Y en esta historia, la de comer en Addis Abeba, nunca ha pasado un par de horas sin que coma algo. He comido mientras me contaban la historia del emperador etíope Haile Selassie, el único rey africano de la historia y en quien se inspiró la fundación del movimiento rastafari y la música reggae. He comido mientras una enfermera belga me decía que este país es el que tiene el mayor número de ONG humanitarias del planeta, y me lo decía en una pizzería donde casi todos eran empleados “humanitarios”. He comido recordando que las únicas veces que sentí verdaderamente hambre en mi vida fue en Barcelona, donde nunca pasé un día completo sin comer. He comido mientras recordaba que el Chavo del ocho siempre tenía hambre, pero que nunca le faltaba algo para meterse a la boca: incluyendo un pescado vivo de la pecera de don Ramón. He venido a comer por trabajo, y he comido en lugares lujosos, exclusivos como pocos, y que sin embargo son baratos en precios internacionales: la comida típica del Ghion me salió por 40 dólares, lo mismo que un sueldo de cajero en Addis.

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Por estos días, Etiopía sigue celebrando la llegada del nuevo milenio. Basta un recorrido por el centro de la capital, repleta de edificios eternamente a medio cons(des)truir, para sorprenderte por la cantidad de afiches oficiales saludando la llegada del año 2000. No es una broma. Etiopía puede ser visto como un ejemplo del atraso, pero es un dato objetivo que ellos recién viven la llegada del nuevo milenio.

—Tenemos nuestro propio calendario, en años y en meses. Nosotros tenemos 13 meses— me dice orgulloso Alemayehu, el empleado de una empresa de buses para turistas, flaco y largo como el famoso fondista etíope Abebe Bikila. Pero Alemayehu no corre. Y se toma las cosas con calma: son muy pocos son los turistas que llegan hasta aquí, y menos son los que contratan su servicio.

Como muchos etíopes, el flaco Alemayehu tiene la piel negra y los rasgos árabes. Mueve las manos cuando habla, y trata de decir las cosas educadamente. Tiene 32 años, no conoce ningún otro país africano, y con los 140 dólares que gana le alcanza para arrendar un departamento para él solo, comprarse una corbata al año y comer bien.

—Yo sé que tenemos una mala imagen en el extranjero. Que se dice que en Etiopía hay muchos enfermos, mucha hambruna, muchos niños desnutridos. Eso es cierto, pero también es un poco exagerado. No somos solo eso. Etiopía tiene muchas otras cosas para ofrecer— dice, con la heroica defensa de cualquier hijo de vecino cuyo país tiene un estigma mundial.

Me habla de religión, de parques naturales, de tribus en el interior del país, del café (cuyo origen mundial está en Etiopía), y remarca que Addis Abeba es considerada una de las primeras ciudades de la civilización. De hecho, en el Museo Nacional de la ciudad, está Lucy, considerada la momia más antigua de la historia.

Sin embargo, hay otro dato que más enorgullece a Alemayehu y al resto de los etíopes: nunca fueron colonia de nadie.

—Nunca, nunca, nunca fuimos conquistados. Somos el único, el único país de todo África que nunca fue colonia. Italia nos intentó conquistar, pero los expulsamos. Y después, durante Mussolini, ellos ocuparon el país unos pocos años. Pero nunca fuimos conquistados, nunca fuimos colonia— la calma de Alemayehu se transforma en desbordado entusiasmo. La ciudad parece arrasada, el país vive en constante bombardeo por la hambruna, y ahí esta él, como muchos etíopes, defendiendo el orgullo de ser parte de este lugar en el mundo. Rescatando, pese a todo y con energía, ser verdaderamente un etíope.

—¿En los colegios les hablan mucho de que Etiopía nunca fue colonia de nadie?

—Mucho. Siempre lo recuerdan. Siempre está presente— y deja clavada en su cara una sonrisa que dura varios segundos, hasta que se vuelve a empinar la Coca – Cola.

Estamos en el restaurante-bar de la piscina del hotel Hilton. Cada uno pidió un Club Sándwich, con abundantes papas fritas. En la piscina hay dos chicas en bikini que hablan en inglés y parecen ser las novias de algún funcionario internacional que se aloja en el hotel. En la capital de Etiopía la mayoría de los extranjeros prácticamente vive en los hoteles. El Hilton de Addis, por ejemplo, tiene adentro un supermercado con productos importados, para que cada funcionario internacional o miembro de la elite local que aún no se va del país, haga su propio búnker en casa. La comida de los dos sale en 30 dólares.

Dos horas antes de llegar al bar de la piscina había estado comiendo. Por eso, dejo la mitad del club sándwich en el plato. No porque tenga mal sabor, sino porque no doy más de tanto alimento. Tal vez, de vuelta a casa, debería ponerme a régimen. Desde que estoy en Addis, la capital de la hambruna, casi no he parado de comer.

Por algún momento, un extraño momento, pienso que sería bueno envolver esa mitad de club sándwich para regalárselo a alguno de los niños con hambre que están afuera del hotel pidiendo limosna. En Latinoamérica, donde también está lleno de niños hambrientos que piden limosna, hay muchos que consideran su gran labor contra el hambre envolver las sobras del restaurante en una servilleta y regalárselas al chico que nos cuidó el auto. Pero aquí es diferente. Sentir que estamos construyendo un mundo mejor por regalar las sobras aquí, al menos, parece ineficiente. Supongo que, dadas las circunstancias, el camino más efectivo para que estas sobras lleguen a la gente es dejarlas en el mismo plato.

No es algo que se me ocurra, ni de ahora. Ya lo contaba Ryszard Kapuscinski en su libro El Emperador, donde relata la vida del emperador etíope Haile Selassie. Ahí cuenta Kapuscinski de una reunión de presidentes africanos en el palacio imperial de Addis Abeba, a mediados de los 60. Describe una fiesta de la abundancia. Muchos miles de dólares se le había pagado a la famosa cantante Miriam Makeba, la voz de “Pata Pata”, para que entretuviera a las autoridades y periodistas acreditados durante esa gala adornada con cerros de comida. En eso, el periodista polaco sale un segundo del palacio, y escucha un ruido extraño colina abajo: “En la profundidad de la noche, hundida en el barro y bajo la lluvia, se apiñaba una turba de mendigos descalzos a los que arrojaban las sobras de las bandejas los que trabajaban en el barracón fregando platos y cubiertos”.

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Uno podría pensar que África es un invento de la televisión. Que más que un continente, es obra de esa gran y millonaria religión llamada “caridad”. Un truco, una leyenda, por la que hacemos conciertos y campañas y grabamos discos en el mundo ¿Y si África en realidad no existe? ¿Y si esos niños desnutridos no son más que muñecos a control remoto, construidos especialmente para dar miedo y lástima, y que han sido filmados en un desierto cerca de Los Ángeles? ¿Si es todo un invento para que, finalmente y en comparación a esas imágenes, nos sintamos afortunados? Tal vez sea así, y eso explique el porqué África siempre ha estado ahí, incomodándonos a todos, pero ahí se queda.

La noche que fui al Shaheen, el restaurante más caro de Etiopía, las calles de la ciudad estaban a oscuras, y en muchas esquinas se veían bultos que seguramente respiraban y tenían ojos. Iba rumbo al restaurante más caro del país más pobre, y en el trayecto pasamos por un gigantesco edificio del Ministerio de Agricultura, porque Etiopía existe, claro que existe, igual que África. Y desde el taxi se veía casi lo mismo que en cualquier capital latinoamericana, pero muy exagerado y sin salsa ni reggaetón.

Después de la larga comida, junto a la cuenta me dieron una invitación para una fiesta de los años 80 en la discoteca del hotel. La noche prometía. En la puerta de la discoteca, había dos guardias y una pareja de franceses jóvenes que le discutían algo. Pasé mi invitación, y el guardia me detuvo en seco: “Usted tampoco puede pasar”, me dijo, y apuntó a los pies antes de decir: “¡Solo con zapatos de vestir!”. Fuera de ahí, en el país bombardeado por la hambruna, la mayoría de los niños andaban descalzos.