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Hitler vive en Uruguay. Sí. En esta república oriental de Sudamérica viven Hitler Aguirre y Hitler da Silva. Viven Hitler Pereira y Hitler Edén Ganoso. Vive hasta un Hitler de los Santos. Y aunque en la guía telefónica del país sólo aparecen seis ciudadanos llamados así, es difícil saber cuántos otros tienen teléfono o cuántos prefieren figurar con nombres distintos para evitar que los califiquen o que se burlen de ellos. Llamarse como se apellidó el mayor genocida del siglo XX, o sea Hitler, ¿no es acaso una razón para vivir avergonzado?

«Nadie sabe que me llamo así», confiesa en el teléfono Luis Ytler Diotti, que guarda su segundo nombre como un secreto familiar, tal como le aconsejó su padre cuando todavía era un niño. Todos lo conocen como Luis y punto.

Con Hitler Pereira pasa algo parecido: quienes lo conocen lo llaman Waldemar, que es su segundo nombre. Su hijo, que atiende el teléfono, se niega a comunicarme con su padre: no hay nada que comentar.

Juan Hitler Porley rechaza tomarse una fotografía: «Yo de esto no quiero hacer propaganda», dice desconfiado.

A Hitler de los Santos lo entrevisté en 1996 y entonces ya había empezado los trámites para cambiarse el nombre. Tal parece que lo logró, porque ahora es imposible ubicarlo en la guía telefónica.

Pero hay quienes llevan el nombre Hitler sin pudor y hasta con orgullo. El comerciante Hitler Aguirre, por ejemplo, nunca quiso cambiarse el nombre. Llamarse así le parece de lo más normal, y no encuentra motivos para avergonzarse. Hablar con él es algo inquietante: este comerciante, dueño de un almacén de Tacuarembó, una pequeña ciudad en el norte del país, dice ser un hombre de izquierda, que incluso fue perseguido por sus ideas. Al mismo tiempo insiste en que Hitler es un nombre como cualquier otro. Tan normal le parece que a su hijo primogénito también le puso Hitler.

Todos los Hitlers uruguayos (al menos los de la guía de teléfonos) ya son ancianos. Todos nacieron poco antes o durante la Segunda Guerra Mundial, cuando el dictador alemán Adolf Hitler dividía al mundo entre sus simpatizantes, sus detractores y sus víctimas. Todos los Hitlers uruguayos pertenecen a esa época, menos uno. Hitler Aguirre junior, el hijo mayor de Hitler Aguirre, tiene treinta y ocho años y es la única excepción. ¿Vivirá a gusto con su nombre?

Tradición

En Uruguay los nombres raros son una tradición centenaria. A fines del 2007, el jefe de la guardia del Parlamento aún era el comisario Waldisney Dutra. Y un político de apellido Pittaluga se llamaba Lucas Delirio. Casos parecidos ocurren en otros países. En Venezuela hay un debate para prohibir nombres como Batman, Superman y Usnavy. En España, el pueblo Huerta del Rey se jacta de ser La Meca de los nombres raros porque trescientos de sus novecientos habitantes han sido bautizados con nombres tales como Floripes y Sinclética. Pero en cuanto a la extrañeza del nomenclátor ciudadano Uruguay va a la cabeza.

El principal historiador de la vida privada en este país, José Pedro Barrán, dice que los nombres extravagantes comenzaron a multiplicarse a principios del siglo XX, cuando el presidente anticlerical José Batlle y Ordóñez impulsó un temprano laicismo y la gente descubrió que no estaba obligada a bautizar a sus hijos usando los nombres de los santos y mártires cristianos.

Por esa época, el médico Roberto Bouton recorría el país ejerciendo su profesión y conocía a paisanos de nombres tan alejados del santoral como Subterránea Gadea, Tránsito Caballero, Felino Valiente, Clandestina da Cunha, Dulce Nombre Rosales y Lazo de Amor Pintos. También trató a un señor llamado Maternidad Latorre y a otro bautizado Ciérrense las Velaciones. Entonces, la ley permitía que los padres eligieran para sus hijos el nombre que se les antojara, no importa lo espantoso que éste fuera. El Registro Civil certifica la existencia de Pepa Colorada Casas, Roy Rogers Pereira, Caerte Freire y Selamira Godoy, entre muchos otros. Mientras que en la Corte Electoral figuran como ciudadanos uruguayos Feo Lindo Méndez, No Me Olvides Rodríguez, Democrática Palmera Silvera, Filete Suárez, Teléfono Gómez y Oxígeno Maidana. Ponerle el nombre a un hijo, por aquellos años, parecía una demencial competencia de ingenio. Una lapidación anticipada. ¿Qué otra cosa puede decirse de los padres que decidieron llamar Tomás a un niño de apellido Leche?

Pero la razón también ha tenido sus héroes. Hay funcionarios que bien podrían ser condecorados por haberse negado a registrar nombres denigrantes. A mediados del siglo XX, el juez Óscar Teófilo Vidal, que ejercía su oficio en el remoto pueblo de Cebollatí, en el este del país, cerca de la frontera con Brasil, anotó en un cuaderno todos los nombres que logró evitar durante su carrera. La lista, que fue publicada en 2004 en un diario local, incluía a Coito García, Prematuro Fernández, Completo Silva, Asteroide Muñiz, Lanza Perfume Rodríguez, Socorro Inmediato Gómez y Sherlock Holmes García.

Por supuesto, una cosa es querer llamar Sherlock Holmes a tu hijo y otra muy distinta es condenarlo a llamarse Hitler.

Noticias de la guerra

Los historiadores de Uruguay creen que hay claves racionales para explicar la abundancia de Hitlers en este país. La mayor parte de la población desciende de inmigrantes; en general de españoles e italianos, pero también de alemanes, franceses, suizos, británicos, eslavos, judíos, sirios, libaneses y armenios. Estas colonias prestaban mucha atención a lo que ocurría en sus tierras de origen. «Uruguay siempre vivió con pasión lo que pasaba fuera de sus fronteras, porque somos un país de inmigrantes. La nacionalidad uruguaya está fundada en un ideal cosmopolita y abierto», dice el historiador José Pedro Barrán, con cierta molestia, como remarcando lo obvio.

A principios del siglo XX Uruguay era un país orgulloso de estar abierto al mundo, dice José Rilla, otro historiador. Las escuelas públicas llevaban nombres como Inglaterra y Francia. Los feriados reflejaban fechas extranjeras, como el 4 de julio, el día la Independencia de Estados Unidos. No existía resquemor hacia lo extranjero, y la prensa dedicaba sus primeras planas a las noticias internacionales. En los años treinta, por ejemplo, la invasión de Italia a Etiopía fue seguida con pasión. Este interés comenzó a notarse en los nombres que los inmigrantes italianos y otros habitantes de Uruguay les ponían a sus hijos. Más de medio siglo después, en la guía telefónica aún sobreviven once ciudadanos que se llaman Addis Abebba, como la capital etíope, y dos Haile Selassie, como el príncipe que se enfrentó a las tropas de Benito Mussolini.

A Addis Abeba Morales, que nació en 1936, le encanta su nombre. Pero sus conocidos prefieren llamarla Pocha. «Mi nombre fue idea de mi madrina –dice con orgullo a través del teléfono–. Ella estaba con mi madre en las tiendas London París, en el centro de Montevideo, y había un aviso luminoso que pasaba las principales novedades de la guerra. Mi madre estaba embarazada y, mientras leían las noticias, se decidieron: “Si es nena le ponemos Addis Abeba; si es varón, Haile Selassie”».

En el extremo opuesto de ese campo de batalla imaginario, otros padres bautizaban a sus hijos con el apellido del dictador italiano. Hoy, Manuel Mussolini García es un banquero jubilado de setenta años, que a veces se entretiene desentrañando los misterios de su nombre. «Mussolini era un héroe –dice resignado–. Después, en 1942, cuando se alió con el bandido de Hitler, se transformó en un hombre indigno, pero yo ya tenía su nombre». Luego cuenta que su hija se ha casado con un muchacho de apellido Moscovitz. «Mire lo que son las paradojas de la vida: yo, Mussolini, ahora tengo un nieto judío».

Un nombre famoso

Al igual que la guerra de Etiopía, la política expansionista de Alemania de los años treinta y cuarenta producía noticias que en Uruguay se seguían con la misma fruición con que ahora se siguen las telenovelas. Y a continuación, por un mecanismo de imitación en cadena, nacía una ola de Hitlers en este país apacible de Sudamérica.

«Yo nací en 1934 y entonces mi madre ya había tenido once hijos. Se le habían acabado los nombres. No sabía cómo ponerme y justo leyó Hitler en el diario y le gustó ese nombre», dijo Hitler Edén Gayoso la tarde que conversé con él a través del teléfono. «Ella no conocía de política, vivía en la mitad del campo, ¿qué iba a saber quién era Hitler?».

Algo parecido le ocurrió a Luis Ytler Diotti, que también nació en 1934, y es hijo de un inmigrante italiano. Su padre quiso ponerle el nombre de Hitler, pero el niño fue inscrito Ytler por motivos que ahora éste desconoce. «Yo nací cuando Hitler fue nombrado jefe del gobierno de Alemania. En ese momento le pareció que ponerle Hitler a su hijo era algo bueno. Pero después él mismo se dio cuenta de que no había sido una gran idea».

Juan Hitler Porley, quien de joven fue futbolista, nació en 1943, cuando el tétrico perfil del Führer ya estaba más claro para el mundo. Sin embargo, él me asegura que su padre no era nazi. «Nunca le pregunté por qué me puso este segundo nombre –dice cuando hablamos por teléfono–. Yo pienso que creyó que Hitler era un nombre famoso cualquiera, como ponerle Palito a un niño, por Palito Ortega».

Las historias de Hitler Edén Gayoso, Luis Ytler Diotti y Juan Hitler Porley tienen algo en común: los tres cuentan que sus padres eligieron sus nombres por novelería o ignorancia. Los tres parecen sentir cierta incomodidad cuando se les toca el tema.

Los casos de Hitler Aguirre y Hitler da Silva son distintos. Sus padres sí creyeron en Hitler y en su ideología. Ambos son protagonistas del documental Dos Hitlers, de la cineasta uruguaya Ana Tipa. Ella, que vivía en Alemania, observó lo chocante que es para los pueblos involucrados en la Segunda Guerra Mundial que alguien se llame Hitler, como ocurre con naturalidad en Uruguay. Entonces hizo esa película.

Hitler da Silva nació en Artigas, una ciudad de una única avenida en la frontera norte con Brasil. Su padre era un oficial de la Policía que desbordaba de admiración por el líder nazi. «Le gustaban sus ideas, su forma de ser, las cosas que hacía», cuenta en una noche de lluvia, vestido en jeans, en el modesto apartamento de su hija, en Montevideo. «Mi padre escuchaba las noticias, guardaba recortes y todo lo que podía conseguir sobre Hitler. Si alguien lo criticaba, él lo defendía a los gritos. Cuando yo nací en 1939 me puso Hitler como había prometido, a pesar de la oposición de mi madre». Luego –dice– quiso ponerle Mussolini a su segundo hijo, pero su madre, que era analfabeta, se negó con firmeza. Ella prefería los nombres corrientes.

No muy lejos de allí, en el departamento de Tacuarembó, y durante la misma época, los hermanos Aguirre discutían sobre política internacional, tal como era habitual en aquellos años. ¿Quién es mejor –se preguntaban–, Hitler o Mussolini? «Los viejos brutos se ponían a discutir quién mataba a más gente, ¡qué barbaridad! Al final mi tío le puso Mussolini a su hijo, y mi padre me puso Hitler a mí», cuenta Hitler Aguirre, que ahora es un comerciante en la ciudad de Tacuarembó. Él es el inquietante Hitler de izquierda que nunca se quiso cambiar el nombre.

–Si su padre le puso a usted Hitler por bruto –le pregunto a través del teléfono–, ¿por qué usted también le puso Hitler a su hijo?
–Por tradición. ¡Qué bruto!

El rechazo

Ahora se sabe que las ideas y actos de Hitler causaron la muerte de millones de personas. Cuando los crímenes cometidos por su ejército de nazis empezaban a conocerse en todo el mundo, llamarse como él pasó a ser un estigma. El padre de Luis Ytler Diotti, por ejemplo, se arrepintió pronto del nombre que había elegido para su hijo. «Le pesaban las barbaridades que había hecho ese hombre. Mi nombre había tomado un concepto que no tenía nada que ver con lo que él había pensado cuando me llamó así. Se asesoró sobre los trámites que había que seguir para cambiarme el nombre, pero vio que no era sencillo. Yo era un niño grande cuando me dijo: nunca más uses este nombre, ni firmes con él. Desde ese día, no lo menciono nunca».

A Hitler da Silva sus compañeros de escuela lo molestaban todo el tiempo. Lo perseguían y se mofaban de él: ¡Alemán! ¡Asesino! Eso le decían.

Un día Hitlercito volvió muy enojado a casa y, con rabia, increpó a su padre por el nombre que le había puesto. El padre lo miró, le acarició la cabeza y le dijo que algún día se sentiría muy orgulloso de llamarse así.

Pero ese día nunca llegó. Hitler da Silva fue policía como su padre y hasta llegó a enfrentarse a balazos con los guerrilleros tupamaros en los años setenta. En su ciudad natal de Artigas todavía muchos lo saludan: Heil, Hitler. Pero él, un hombre alto, de abundante pelo blanco y rasgos que podrían pasar por «arios», no se siente orgulloso de eso. «Ese hombre tenía ideas descabelladas: el despreciar a la gente por su piel o su raza, lo que le hizo a los judíos, el Holocausto. Eso no está en mi criterio», dice sin consuelo.

A Da Silva el nombre de Hitler no le trajo suerte. La dureza con que lo ha tratado la vida se le nota en la mirada. No hizo carrera en la Policía y hoy, ya jubilado, vive con casi nada. Ni siquiera tiene teléfono en su casa. Dice que más de una vez ha sentido el rechazo que provoca el nombre Hitler y que por eso jamás pensó en llamar así a sus hijos. Una vez visitó Buenos Aires: cada vez que mostraba su documento de identidad para ingresar a un hotel le decían que no quedaban más habitaciones.

Hitler Aguirre, en cambio, insiste en que jamás tuvo problemas con su nombre, nunca sintió ningún tipo de rechazo. El juez que lo inscribió no se opuso. Tampoco el sacerdote que lo bautizó. El único que intentó convencerlo de que se cambiara el nombre fue el director del hospital de Tacuarembó, que fue su profesor en el liceo. Entonces Aguirre tenía unos trece años, y averiguó que el trámite era muy costoso. Su familia era muy pobre. «Entonces nunca me quise cambiar el nombre», dice, reafirmando su decisión de entonces. «El doctor Barragués me contaba las cosas que había hecho Hitler, pero la verdad es que a mí no me importaba. Y cuando nació mi primer hijo le puse Hitler, como marca la tradición. Yo opino que eso no es nada malo».

Durante tres largas conversaciones telefónicas, le pregunto a Hitler Aguirre por los horrores del nazismo de todas las maneras posibles. Pero el nombre de Hitler no le provoca nada. «Francamente no me importa lo que haya hecho Hitler. Yo me dedico a mi vida. Lo que pasó, bueno. Yo no tuve nada que ver. Cada persona hace su propia historia y no importa el nombre que tenga».

¿Ha visto alguna de las películas que narran el horror del Holocausto? Hitler Aguirre dice que jamás va al cine y que nunca mira la televisión. No tiene video, ni DVD. No usa computadora. Nunca sale de la pequeña Tacuarembó. Sólo un par de veces en su vida ha ido a Montevideo para ver al médico. «Yo me encerré a trabajar en un bar a los diecisiete años, día y noche, sábado y domingo de corrido», cuenta. Trabajando así, logró tener uno de los locales más grandes de su ciudad. Hitler Aguirre había empezado a votar por el Frente Amplio, un partido de izquierda, como protesta porque el voto se había hecho obligatorio en Uruguay. Cuando en 1973 una dictadura militar tomó el poder, él quedó en la mira como todas las personas de izquierda. Estuvo cincuenta días preso, acusado de usura. También le enviaron una inspección impositiva tras otra, hasta que le pusieron una multa tan grande que se vio obligado a vender el bar e irse a vivir al campo. La jefa de ese equipo de contadores que lo inspeccionó era judía. Cuando Hitler Aguirre va recordando aquellos días, lo invade la furia y el odio que sintió entonces. «Yo digo, si Hitler hubiera matado siete millones de judíos –dice–, esa contadora no hubiera existido. Y no me hubiera jodido».

Simplemente H

Hitler Aguirre no consultó a su esposa para elegir el nombre que habría de llevar su primogénito: Hitler. Como su abuelo y su padre habían hecho en su momento, Aguirre también lo decidió solo. El que manda es el dueño de casa, me explica. A otro de sus hijos lo quiso llamar Líber Seregni, en honor del primer líder del Frente Amplio, un militar que estuvo preso más de una década durante la dictadura de la derecha. Ahora recuerda que una enfermera lo convenció de que mejor lo llamara sólo Líber.

A Hitler Aguirre junior todos lo llaman Negro. El Negro Hitler nunca le reprochó a su progenitor el nombre que éste le puso, ni se siente incómodo llamándose así, ni ha tenido ningún inconveniente por ese motivo. Una oculista que él frecuenta en Montevideo le dice que lo va a llamar simplemente H. Él piensa que sólo se trata de una broma de esa doctora. «Nunca tuve un problema con el nombre –dice también por teléfono–. A la gente le llama la atención la novedad. Pero a mí no me afecta en nada. En aquel tiempo Hitler debía ser famoso». Luego confiesa que nunca le gustó estudiar. Terminó la escuela, cursó un año de clases en un instituto politécnico y luego abandonó las clases para irse a trabajar al campo. Hoy cría vacas y ovejas.

A diferencia de su padre, Hitler Aguirre junior sí vio algunas películas sobre el líder nazi. «¡Unas matanzas bárbaras!», dice. ¿Lo conmueve enterarse de los crímenes de su homónimo más famoso? «Sí me conmueve lo que hizo –reconoce sin cambiar el tono de voz–, pero el nombre no, el nombre no me perjudica para nada. Quizá en Montevideo la gente lo vea distinto, pero acá en Tacuarembó el mío es un nombre como cualquier otro».

¿No es paradójico que a una persona llamada Hitler le digan Negro? Él se ríe. Dice que en su tierra nadie anda calibrando ese tipo de sutilezas.

El caso de los Hitler uruguayos (y de los Haile Selassie y los Mussolini) debe ser entendido en su contexto histórico, explica el historiador José Rilla. «En aquellos años había una confianza en la política, en los grandes líderes, en el progreso –dice en la universidad donde da clases–. Hoy los líderes políticos han perdido esa dimensión profética. Ya nadie le pone a su hijo Tony Blair. Los políticos hoy no recaudan adhesiones mayores». Si lo que afirma Rilla es cierto, en poco tiempo los Hitler se extinguirán en Uruguay y no serán sucedidos por otros niños llamados George Bush, Vladimir Putin, Hugo Chávez u Osama Bin Laden. El país ha cambiado: ya no es tan cosmopolita como antes, ya no recibe inmigrantes, los diarios venden diez veces menos que hace medio siglo y la política internacional ha dejado de encender las ilusiones colectivas. Ya casi nadie cree en un líder que vendrá a salvar el mundo. Los padres se inspiran en los personajes de la televisión a la hora de bautizar a sus hijos. En el Registro Civil los funcionarios recuerdan que en los años noventa hubo una ola de niños llamados Maicol, en honor al protagonista de la serie de televisión estadounidense El auto fantástico. Luego hubo miles de niñas llamadas Abigail, como la heroína de una telenovela venezolana.

En el medio del campo, Hitler Aguirre junior, el Negro, también tiene televisor. Y a pesar de las películas que ha visto sobre los nazis y sus matanzas, hasta hace un tiempo su sueño era tener un hijo varón para llamarlo Hitler, como se llama él y como se llamó su padre. «No lo decidí porque fuera fanático, ni nada. Es la tradición y hay que seguirla», me explica. Pero como los tiempos han cambiado en algunas cosas, él sí lo consultó con su esposa. Ella aceptó, y sólo pidió que el niño tuviera un segundo nombre. Lo iban a llamar Hitler Ariel, y habría sido el único Hitler del mundo con nombre judío. Pero no fue. Dos veces su esposa quedó embarazada, y las dos veces alumbró una niña: Carmen Yanette, de dieciséis años, y María del Carmen, de doce. El Negro se ríe al contar estos hechos. Quería un varón pero ya se resignó, le salieron dos niñas a las cuales adora. Ahora ya no quiere tener más hijos. «La fábrica está cerrada», dice.

Con él, la dinastía Hitler parece haber llegado a su fin.

Una tarde fui a conocer al dictador más malvado del mundo. Su nombre es Charles Taylor, gobernaba Liberia y era un asesino en serie con el disfraz de un presidente. Había ido a entrevistarlo a su residencia de Monrovia, la capital de ese país, en los días que había ordenado exorcizar su palacio presidencial. No era un megalómano como Saddam Hussein, quien se creía la reencarnación del rey Nabucodonosor de Babilonia, y ejercía su poder de una manera tan absoluta y brutal como otro de sus héroes favoritos, Stalin. Tampoco era como el disparatado de Kim Jong II, el sol Radiante de Corea del Norte, cuyos caprichos llegaban hasta raptar a directores de cine para que rodaran películas bajo su dirección, y era hijo de su fallecido papá Kim Il Sung de quien había heredado su poder dinástico y, gracias a ese curioso sincretismo de estalinismo y confucionismo, también su estatus de dios viviente. Tampoco encajaba en la estirpe de dictadores fundamentalistas como Pinochet, quien desde una lógica nazi y anticomunista de la Guerra Fría, creía que todos sus crímenes eran por el bien de su pueblo.

No es ninguna novedad decir que los dictadores son malvados, pero siempre será un desafío entender el origen y el método de su maldad. El presidente de Liberia había asesinado a más de medio millón de inocentes. La explicación es tan simple que hasta podría parecer la de una madre a su niño: Charles Taylor mataba porque quería más riqueza, más poder y, al parecer, mataba también porque le daba la gana.

Pero mi fascinación por Taylor no había nacido sólo al enterarme de las terribles noticias sobre él, sino también porque yo había vivido en Liberia, cuando era un adolescente. Entonces me había internado en su selva más hostil y visitado varias veces el caserío Balama, donde vivía gente de la etnia Bpelle. La primera vez que bailé en mi vida fue con ellos y sus habitantes me bautizaron con un nombre honorífico: Saki. Significaba, según me dijeron, “el chico que llegó por sorpresa”. Durante años llevé con orgullo ese nombre, y desde entonces soñaba siempre con volver a Liberia. La oportunidad fue cuando me enteré de que Charles Taylor había aparecido monte adentro, como líder de unos guerrilleros.

Liberia deriva, es obvio, de libertad. La tradición decía que el poder quedaría en manos de los libero-americanos, es decir, de los descendientes de los esclavos norteamericanos devueltos a África, quienes a mediados del siglo XIX fundaron el país de Liberia, la primera democracia de África. Todo iba como de costumbre –harta corrupción sin una violencia descarada–, hasta que en 1980, un sargento de la etnia Krahn, Samuel K. Doe, dio un golpe de estado. Para comenzar, Doe y sus amigos destriparon al entonces presidente William Tolbert en su cama. La primera dama fue violada y luego desnudada y humillada en público.

Doe invitó a la prensa internacional a Monrovia para que fuesen testigos de una serie de ejecuciones en una playa cerca de la capital. Allí sus soldados mataron a balazos a los principales ministros del gobierno del ex presidente Tolbert. Fue el fin de una era, la del poder de los libero-americanos. Fue el principio del poder de los de monte adentro y también de una guerra tribal sangrienta.

Uno de los primeros aliados de Doe fue Charles Taylor, hijo de un maestro bautista, quien se había puesto a sus órdenes al día siguiente de su golpe de estado. Entonces Taylor era un activista estudiantil que acababa de volver de Massachussets, donde había estudiando administración de empresas en un college. De inmediato se lució al lado del analfabeto Doe. Llegó a ser el ministro de la Agencia de Servicios Generales, que vigilaba todas las compras del gobierno y aprovechó al máximo su tarea: acusado de un desfalco de un millón de dólares, Taylor se esfumó de Liberia y volvió a aparecer en Boston, su antigua morada, cuando estaba a punto de ser arrestado (y quién sabe si asesinado por Doe). A insistencia de éste, fue capturado por la policía de los Estados Unidos y encarcelado, en espera de su extradición. Dos años después, Taylor escapó de la cárcel y se volvió un misterio.

La Nochebuena de 1989, el hombre más buscado de Liberia apareció en la selva fronteriza de este país encabezando un grupo armado, el Frente Patriótico Nacional. Se sabe que antes había estado en Libia, recibiendo armas y entrenamiento de Muammar Kaddafi para su gesta libertadora. Y Taylor empezó la guerra. A los seis meses, sus guerrilleros habían avanzado hasta las afueras de Monrovia. Lo único que los frenaba era la intervención de tropas de los países vecinos, sobre todo de Nigeria. En medio del caos, uno de sus principales lugartenientes, Prince Johnson, rompió con Taylor, lideró su propia facción, y frente a las narices de las tropas extranjeras capturó al presidente Doe. Después, en una noche de cerveza, videos y sangre, lo torturó hasta la muerte filmándolo todo.

Me fui acostumbrado así a las noticias de Liberia. La televisión exhibía, como un macabro carrusel, las imágenes de sus guerreros adolescentes, vestidos con batas de ama de casa, pelucas y máscaras tipo Viernes 13, envueltos en una orgía de sangre que iba a exterminar a por lo menos doscientos mil liberianos en los siguientes siete años. Taylor se había hecho invencible en un pueblo del interior –próximo a Balama, ese caserío selvático de mi adolescencia–, donde vivía custodiado por sus incondicionales soldados que vigilaban los puntos de entrada a su refugio y que adornaban sus retenes con calaveras y vísceras humanas. Cuando veían mujeres embarazadas, los guerreros de Taylor hacían apuestas jugando a adivinar el sexo de los fetos. Para averiguar quién era el ganador, abrían los vientres de las mujeres con bayonetas y machetes. Les gustaba bautizarse con nombres tipo General Fuck Me Quick, Babykiller y Dead Body Bones. A ojos de todos, arrancaban los corazones de personas vivas y se los comían crudos en plena calle, con el doble propósito de intimidar a los transeúntes y, según las viejas creencias tribales, adquirir el poder de los fallecidos.

No fue suficiente quedarse a jugar a ser el diablo en Liberia. Otro de sus lugartenientes, Fondoy Sankoh, volvió a Sierra Leona, su país natal fértil en diamantes y vecino del infierno de Taylor. Entre su séquito, el nombre en clave de Sierra Leona era Kuwait. Allá, en su patria, Sankoh fabricó una guerra civil y más muertes con su fúnebre ejército de guerreros arrancalenguas y cortabrazos. Desde sierra Leona, Sankoh enviaba a Taylor los diamantes de las minas conquistadas para que éste los vendiera a su antojo. En 1997, dueño de las tres cuartas partes del territorio de Liberia, Taylor accedió a presiones internacionales para participar en elecciones democráticas, a sabiendas de que las iba a ganar. Su escalofriante eslogan de campaña era “Better the Devil you know than the Angel you don’t”. Más vale demonio conocido que ángel por conocer. Taylor ganó. Setenta y cinco por ciento de los votantes eligieron al diablo conocido. Sabían que, si no votaban por él, el diablo continuaría su guerra.

Volví a Liberia un año después de la llegada al poder de Taylor, quien entonces ya era el presidente legítimo de Liberia. Monrovia era casi una ruina, sin luz eléctrica ni agua potable. Taylor se había mandado a construir una villa despampanante en un suburbio, Congotown, muy cerca de un campamento de desplazados de la guerra. Aquella residencia estaba amurallada y adentro tenía una capilla privada, una cancha de tenis y otra de baloncesto, una piscina y una flota de Mercedes Benz. Vivía ahí con su mujer y una cuarentena de huérfanos de guerra a quienes trataba como si fueran sus hijos. Cada mañana, Taylor salía de su residencia escoltado hacia sus oficinas de la Mansión Presidencial en un convoy de unos treinta vehículos manejados a alta velocidad por sus niños asesinos –los llamaba su Special Security Service–, quienes apuntaban sus Kalashnikov y cohetes antitanques RP-7 a todo civil que aparecía a su paso por la calle. De vez en cuando, mataban a alguien.

Afuera de esa mansión hubo una estatua conmemorativa del soldado desconocido. Había estado allí hasta unas semanas antes de mi llegada a Liberia, cuando el dictador ordenó su destrucción a través de un “ritual de purificación” de ese palacete. Fue el propio consejero religioso del presidente, el obispo Alfred Reeves, quien me explicó que era una operación urgente y necesaria: había rumores de que, como un ritual de sacrificio, el ex presidente Doe había enterrado vivo a un niño bajo ese monumento. El obispo en persona se encargó de esa ceremonia de purificación, que, además de la demolición de la estatua, involucró la “consagración” de cada habitación de la Mansión Presidencial. Setenta clérigos se dividieron en siete y siete, y se pasaron siete días trasladándose de una sala a otra, orando y en ayunas. “El número siete –me recordó el obispo– es el número de suerte del presidente”. A pesar de estos rituales, según el consejero, era posible que la purificación no hubiera funcionado del todo. En los últimos días se había detectado un gato negro husmeando por el palacio. No era un gato cualquiera: “Es un brujo transformado en gato”, me dijo el obispo. “Y esto es muy peligroso”, advirtió.

Un día, mientras visitaba la Mansión Presidencial, vi que estaban talando los árboles del jardín. Un soldado me dijo que los estaban cortando porque habían visto un búho. Y era obvio: los búhos no eran búhos, sino brujos. La brujería, el Juju, ha sido siempre fundamental en la política de Liberia, y en algunas de sus prácticas como el canibalismo y los sacrificios humanos. La ceremonia de consagración de La Mansión era un indicio de que Taylor era creyente del Juju. Los rumores que circulaban en Monrovia durante mi visita decían que Taylor tenía un balde de sangre fresca humana al lado de su cama, y que cada día se bañaba en él. Pero también que él era culpable de la serie de asesinatos rituales cometidos por esos días por los cazadores furtivos de corazones humanos, llamados “hombres-corazón”, quienes proveían de órganos vitales a gente con ambiciones políticas, o a políticos que deseaban aún más poder. Así mataban a civiles incautos, les arrancaban el corazón y se los daban a los candidatos, quienes se lo comían con la convicción de que iban a acrecentar su poder.

Algún tiempo antes, Charles Taylor se había añadido el título Dakhpannah al de presidente, que, entre las doce tribus de Liberia, significa “Zo Supremo”, o Gran Jefe de todas las tribus del país. Existen dentro de ellas unos seres llamados “Diablos del Monte”, quienes ejercitan su poder en complicidad con los jefes tribales de la estrategia del terror. Son hombres de verdad, shamanes que viven escondidos en la selva y que sólo aparecen de noche, disfrazados de máscaras y disfraces espantosos para ejecutar rituales, sermonear a las tribus y castigar con maldiciones de Juju a los pecadores. Taylor se había hecho no sólo con el poder político de Liberia, sino también con ese poder folclórico, el del terror de los diablos del monte. No era un presidente cualquiera, sino el Supremo.

Aquella tarde que fui a visitar a Taylor a su residencia en Monrovia, el dictador me recibió en la cochera de su casa, frente a la fila de sus Mercedes Benz. Era un hombre bajo, atlético, con barbita y cara de luna. Vestía un camisón y pantalones sueltos de color marfil, calzaba unas pantuflas de piel de pitón con adornos de oro, un reloj de oro incrustado de diamantes y anteojos negros con mangos de oro. Se protegía del sol con una gorra de béisbol negra adornada, en hilo dorado, con unas letras que decían: “President Taylor”. Sus manos descansaban sobre un palo color sangre de buey. Me dijo que ese palo provenía de un árbol sagrado de la selva cuya virtud era causar la muerte de todo animal que se acercaba. A primera vista, Taylor parecía el espectro de un rey de la Edad Media.

Sentí que me estaba confirmando todo lo que sospechaba de él: con su respuesta sobre el palo, me estaba diciendo que tenía poder sobre la muerte y que le gustaba conservarla siempre cerca. Sentía una profunda repugnancia, pero también una extraña fascinación hacia él. Quería saber hasta dónde estaría dispuesto a revelar su verdad, saber si aún podía existir una gota de conciencia en ese hombre. Le pregunté si sentía alguna responsabilidad moral por todas las atrocidades cometidas en su país durante la guerra. “Yo ya me he disculpado con la gente de Liberia. He pedido su perdón”, me dijo. “Y también los he perdonado”. Lo interrogué también sobre los rituales Juju de su ceremonia de consagración. “¿Fue un exorcismo?”, pregunté. “Ay, no, mi querido, yo no diría que fue un exorcismo”, me dijo, riéndose a carcajadas. “A través de los años de guerra en Liberia, hemos rezado y ayunado. Somos un pueblo muy, muy, muy religioso. Somos gente que reza, como en los Estados Unidos. Quiero decir, allí está nuestra fuerza y en Dios confiamos”, me dijo.

Su modo de evadirme y la falta de sinceridad eran evidentes. Hablaba sin convicción alguna, sus ojos vagaban a los lados y no dejaba de acomodarse en su tronito. Taylor seguía explicándome en un tono altanero y pedagógico. “Tú sabes, en algunas partes de África hay todavía gente que cree en los sacrificios humanos. Todas esas cosas son pura vanidad”. Taylor dejaba todas las sospechas sobre él flotando en el aire. Y era lógico: en la duda está el terror. Y en el terror está su poder. “Así que, después de la guerra, y cuando llegué a ser presidente –continuó– creímos esencial consagrar esta Mansión Presidencial. La purificación era para rezar y agradecer a Dios por traer un presidente a este edificio”. Y me dio una sonrisa complaciente.

He conocido en persona a varios dictadores, pero nunca a alguien tan malo como Taylor. A su lado, Fidel Castro es un santo caribeño digno de beatificación. El propio Pinochet, con quien conversé varias veces antes de que lo detuvieran en Londres, estaba consciente de que era responsable de unos tres mil muertos, pero el tono de sus evasivas me hizo comprender que sabía muy bien que había cometido esos crímenes y que temía ser juzgado y castigado. Dentro de él, había, muy escondida, una conciencia moral que él mismo había violentado. Pinochet fue cobarde y criminal, pero no me pareció un hombre intrínsecamente malo. También había ido a Irak a investigar a Saddam Hussein, y llegué a conversar con amigos muy cercanos de él. Su cirujano plástico de cabecera me lo definió como un hombre muy práctico, algo paranoico y brutal: “Es muy bueno con su amigos”, me dijo, “pero implacable con sus enemigos”. Su caso es comprensible, en su tradición regional, donde el ejercicio del poder ha sido de lo más paranoico y sangriento.

Saddam Hussein quizás estaba loco, pero con cálculo: mataba y tenía delirios de grandeza, pero hacía obras sociales. Taylor, en cambio, parecía ejercer mal como un destino en sí, y existir incluso al margen de sus deberes públicos de presidente: se quejaba conmigo de que la gente le molestara demasiado con sus súplicas, pidiéndole ayuda siempre. En un año de gobierno, no había hecho ninguna construcción, excepto la de su propia mansión. Puede entenderse que haya hombres que se corrompen con el poder, incluso que los seres humanos más normales y anodinos sean capaces de crueldad en situaciones extremas de guerra y de miedo. Pero Charles Taylor ejercía esa maldad perversa de los asesinos en serie, que se deleitan con hacer sufrir a sus víctimas prolongando su agonía, esa crueldad espantosa que uno se pregunta si puede provenir de un ser humano.

La maldad de Taylor era tan insólita que él era un extravagante del mal. Si hacemos matemáticas –entre Liberia, Sierra Leona y Guinea, otro país vecino adonde ha llegado el efecto Taylor– más o menos medio millón de personas ha muerto por él, un promedio de cincuenta mil vidas al año y de modos tan atroces que no me atrevería a contar. ¿Cuántos más iban a morir por él mientras viviera? Había que entender que Taylor era como Nosferatu: necesitaba sangre fresca para mantenerse poderoso y con vida. Si alguien puede tomarse la molestia y hacer el favor de fulminarlo de una vez, se salvarán miles de vidas humanas.

Es su última cita del día y Joseph Stiglitz no va a llegar a tiempo. Dentro de dos horas tiene una reservación para cenar y su mujer luce preocupada: a veces él se queda conversando durante horas sobre economía con sus colegas y se olvida de comer. Esperar por Joseph Stiglitz es un ejercicio de fe. Su vida es una vasta colección de momentos que suceden a destiempo. Cuando alguien pide una cita a su asistente para discutir con él sus problemas con el tiempo, la muchacha que debe administrar el caos de su agenda solo atina a reírse. En 2002, cuando un periodista de la revista The Nation debió entrevistarlo varias veces en Manhattan para escribir un reportaje biográfico, todas las entrevistas comenzaban al menos una hora tarde. Cuando era el conferencista principal de un debate sobre el mundo después del 11 de setiembre, estuvo a punto de perdér­selo porque había olvidado en qué día estaba. Una vez por fin llegó puntual a una charla en Australia, pero, al no tener tiempo de revisar la presentación que había preparado en el avión, cometió errores durante su dis­curso. Sus estudiantes enla Universidadde Columbia le preguntan por qué llega tarde y él les explica que, si su impuntualidad fuese real, la clase empezaría sin él. En una disciplina donde el prestigio está en acertar a los pronósticos, todos pueden asegurar que Stiglitz llegará, pero nadie se atreve a predecir cuándo. Que un Nobel llegue con retraso a las reuniones con familia y amigos lo humaniza; que lo haga a las cenas con presidentes, y nadie se enfade con él, certifica su estatus de celebri­dad: el poder es capaz de esperar por un señor miope que ve las cosas con demasiada claridad. Esta tarde de verano de 2011, el Nobel de Economía más rebelde de la historia entra al lounge ejecutivo de un lujoso ho­tel en Washington con el paso apurado de los que han aprendido a llegar tarde. Stiglitz mueve su metro se­tenta y cinco con agilidad, y como si la almohada que tiene por barriga fuera de plumas. Viste un traje azul oscuro y una camisa celeste de algodón que se afana por salirse del pantalón. Se ha sentado en el filo de un sillón de terciopelo borravino con filigranas dora­das y ha depositado el codo sobre el apoyabrazos y el mentón sobre su puño derecho con la tranquilidad de los que tienen todo el tiempo del mundo. Pero no es así: pronto deberá cenar, y antes tendrá que descan­sar, ver correos, darse un baño. No parece importar­le. Su trabajo es pensar el futuro del mundo pero no suele tener en mente sus próximas dos horas.

The Fairmont es un hotel para poderosos como Joseph Stiglitz. En los años noventa, Bill Clinton lo puso al frente de sus asesores enla Casa Blanca, y él luego recibió el siglo como el economista jefe del Banco Mundial. Stiglitz tam­bién es el Nobel de Economía del año en que los talibanes aprendieron a estrellar aviones, y antes fue el mejor eco­nomista joven de Estados Unidos el año en que los taliba­nes se fueron a las montañas de Afganistán a combatir a los soviéticos. En los últimos veinte años, Stiglitz se peleó con todos sus poderosos empleadores de Occidente y se ganó el cariño de naciones en miniatura como Indonesia y Ecuador, los globalifóbicos yla Chinaposcomunista. The New York Times dijo que era el economista teórico más influyente de su generación solo para que una déca­da después Newsweek lo llamara el hombre más incomprendido por el poder en Estados Unidos. Para llegar al hotel The Fairmont, esa tarde Stiglitz tomó un taxi en el centro de Washington DC hacia el noroeste de la ciudad a la hora en que los burócratas y los diplomáticos se su­ben a sus autos y escapan del verano de una capital que se derrite en un país que se derrite. Anya Schiffrin, su mujer, lo llamó a mitad de camino para planificar la cena. Quería que descanse, pues asumía que se sentaría a con­versar, un ejercicio al que se lanza con la determinación de los clavadistas. El hombre más esperado del mundo estimó que llegaría en diez minutos. Lo hizo en media hora, y con la camisa a punto de salirse del cinturón.

Joseph Stiglitz ha hecho de la impuntualidad un mé­todo. Si no llegó tarde a ser investido porla Academiasueca era porque el premio Nobel lo estaba esperando, y ese miércoles de octubre de 2001 un transporte pasó a buscarlo temprano por su hotel. Cuando lo conocí en su oficina dela Universidadde Columbia, en Nueva York, una mañana de primavera de 2011, Stiglitz venía de su casa con el periódico bajo el brazo y llegaba, por supuesto, tar­de. Había postergado una entrevista previa y la siguiente y, cuando concluyó, la agenda de sus asistentes ya era un calendario viejo. En un momento de la reunión, Stiglitz levantó el brazo para rascarse la cabeza y la manga de la camisa dejó asomar el reloj: eran las 11.30, pero marcaba las 10.30. Stiglitz es un iconoclasta que parece creer que los relojes, las agendas y los calendarios no son más que pro­ductos perecederos. Para él su tiempo personal resulta una abstracción de importancia efímera, un recurso que dista de ser una ventaja competitiva. Pero cuando le preguntan si siempre llega tarde, no tarda un segundo en responder:

—Por supuesto que no: lo consigo si me lo propongo.
—¿Nadie le dice nada por sus demoras?

Anya Schiffrin, la esposa, que lleva la estadística de sus tardanzas, sí.

—Joe olvida una cosa importante cada día.

Stiglitz bebe de la copa de agua Perrier que su mujer ha depositado sobre la mesa de centro en The Fairmont. Elige una uva de un plato con quesos y panecillos y la lanza a la boca sin mirar.

—¿Cómo define su relación con el tiempo?

Juega con la uva, la mueve de un lado al otro y parpadea.

—Yo diría que es más bien relajada.

Stiglitz tiene los ojos mínimos y azules, y mira con la intensidad de un búho. Uno de sus amigos dice que es la encarnación del Profesor Tornasol de Las Aventuras de Tintín, un genio que se distrae por experimentar en todos los campos posibles del conocimiento. Un sibarita de la curiosidad que goza pensando en la misma econo­mía que a otros los tiene con los dientes apretados. El hombre relaja el nervio: a su lado parece que el capita­lismo no se desmoronará jamás. La sonrisa de Stigtliz es breve, de labios finos como vainas que dejan asomar los dientes blancos, odontológicamente perfectos. Mientras escucha, la sonrisa está siempre a punto de soltarse, tem­blando en los labios, pero cuando habla se ensancha y se contrae en un solo movimiento; ese gesto dubitativo que los tímidos muestran cuando parecen recordar una picardía. Stiglitz, que se gana la vida resolviendo compli­cadas fórmulas matemáticas y traduciéndolas para que el resto de los mortales entiendan las leyes que gobiernan los bolsillos es un bromista sutil que oculta lo que ríe. Tiene la voz suave de los astutos.

Joseph Stiglitz ofrece esperanza para los menos favore­cidos en un lenguaje que todos pueden entender. Sus pa­labras taciturnas se reproducen en las naciones emergen­tes y el mundo más pobre. Es un descastado voluntario y, para muchos, un traidor. Su exuberancia no soporta el corsé retórico de los gobiernos y las instituciones, y sus peleas han sido grabadas en la memoria de quienes siguen los chismes de académicos como si fueran fenómenos de las guías de espectáculos. En 1999 el Banco Mundial lo despidió por criticar abiertamente sus políticas. Él, un justiciero de marcadores indelebles, ha declarado apoyar el cobro de un impuesto estilo Robin Hood a las activi­dades de la banca especulativa para aliviar las dificulta­des de los pobres. En 2002 Kenneth Rogoff, ex jefe del departamento de investigaciones del Fondo Monetario Internacional (FMI), le escribió una carta abierta en la que cuestionaba su autopromocionado estilo de lanzador de piedras. Rogoff recordaba una conversación de ambos cuando enseñaban enla Universidadde Princeton, en la que Stiglitz le había preguntado sobre Paul Volcker, ex jefe dela Reserva Federal(FED) durante las presiden­cias de Jimmy Carter y Ronald Reagan. “Ken, tú traba­jaste para él” –le dijo Stiglitz–. “Dime, ¿es realmente listo?”. Rogoff había trabajado para Volcker y creía que había sido el mejor presidente dela FEDen todo el siglo veinte. Stiglitz insistió: “Pero ¿es listo como nosotros?”. Después explicó que con esa pregunta sólo había querido indagar sobre la capacidad de Volcker como teórico, no sobre su inteligencia. Stiglitz también ha declarado que las políticas del Departamento del Tesoro de Esta­dos Unidos son sentencias de muerte y ha sido severo con sus ex colegas del Banco Mundial, a quienes acusó de imponer a las naciones más débiles recetas económicas como si fueran manuales de tormentos. Su blanco preferi­do ha sido el FMI, el financista de los gobiernos con pro­blemas de dinero. Stiglitz lo ha comparado con un hospital donde los enfermos empeoran que contrata estudiantes de tercera categoría en universidades de primera. Un día le preguntaron qué debían hacer los países en desarrollo con los consejos de los técnicos del FMI sobre sus economías.

—Juntarlos y tirarlos a la basura –respondió.

La vida de Joseph Stiglitz es hoy la de una persona­lidad global con una armada de detractores y seguido­res en cada rincón del planeta. Han fracasado las ideas más conservadoras –lo que él llama el fundamentalismo de mercado–, y la heterodoxia de Stiglitz ocupó su espa­cio a la par que nuevas naciones –desde China a Bra­sil, desde India a Sudáfrica– suben como espuma para desafiar a Estados Unidos y Europa. La aburrida y re­servada existencia de los economistas se ha convertido en una asamblea pública en la que el nombre de Joseph Stiglitz crece en los pasillos creando bandos. El Nobel es cándido y humano para tirios y un intolerable arrogante para troyanos. Un ingenuo bienintencionado o un teóri­co puro incapaz de gestionar. Un intelectual insurgente, alborotador y tirabombas o un intelectual insurgente, al­borotador y tirabombas. Amigos como Barry Nalebuff, un colega en Yale que sabe de su trato amable de abuelo tranquilo, no dudan.

—Joe es un perrito hogareño.

Anya Schiffrin, la esposa, asegura que cuando sus pa­dres querían saber quién era ese hombre veinte años ma­yor que ella y con un Nobel en su vitrina, les dijo de Sti­glitz: “Es igual que nosotros, pero buena persona”. Para sus enemigos, en cambio, Joseph Stiglitz, la mascota del hogar, muerde.

Cuando Stigliz propuso reemplazar el dólar como moneda global por una nueva, el eje del planeta se mo­vió, pues los chinos giraron los oídos hacia sus oficinas de Nueva York. Robert Johnson, un economista del Se­nado de Estados Unidos que ha viajado con él, dice que en Asia lo reciben como si fuera un dios. Cuenta que gracias a sus ideas de una economía con los ojos en los pobres, algunas personas en Asia y Sudamérica lo re­conocen en la calle. No hay movimiento anticapitalista que no lo cite –sin saber qué hace– ni presidente sud­americano que no desee fotografiarse con él –sin saber qué es capaz de hacer–. Hugo Chávez tiene sus libros en el Palacio de Miraflores y los exhibe en sus mítines políticos como si fueran un recetario de cocina. Stiglitz puede sentarse a dos mesas distintas con la misma muda de ropa sobre el cuerpo. Allí está el primer ministro de China, Wen Jiabao, influido por todo su trabajo, y allí también el premier británico, Gordon Cameron, quien lo hizo viajar de Sudáfrica a Londres para que lo ayudara a prepararse para una reunión de las naciones más poderosas del mundo. La economía global vive en el mundo al revés, donde el Partido Comunista de Mao celebra a un liberal estadounidense y los conservado­res herederos de Margaret Thatcher piden consejos al rebelde que los azota. Sin proponérselo, Stiglitz ha ata­do a Carlos Marx y a Adam Smith: todas las ideologías quieren tomarse una foto con él. Hay un mundo según Joseph Stiglitz y un mundo para Joseph Stiglitz. Menos, por supuesto, en Estados Unidos.

—El apellido Stiglitz no nos consigue mesa en los res­taurantes de Washington o Nueva York –se ríe su mujer.

En alguna medida, Stiglitz se ha ganado a pulso el re­chazo en Estados Unidos. El presidente Barack Obama ha tratado a Stiligtz con pinzas. Dice escucharlo con atención, y a última hora lo ha invitado a cenar ala Casa Blancacon otros economistas, pero no ha logrado que el Nobel guarde el garrote. Obama nunca le ofreció un puesto en el gabinete pero sí a sus adversarios, y Sti­glitz ha sido especialmente crítico por su fracaso para controlar a los financistas que desataron la crisis y para dotar de músculo a una economía paralizada. La crisis de hoy –piensa Stiglitz– reclama un rol más decidi­do del gobierno, que gaste más dinero para reactivar el crecimiento de los países. Las teorías clásicas dicen que el mercado puede arreglar los problemas por sí solo, sin necesidad del Estado: la “mano invisible” de la oferta y la demanda asigna los recursos con mayor eficiencia. Esta forma de pensar, que Stiglitz califica de fundamen­talismo de mercado, ha dejado a los Estados reducidos a quioscos en los últimos treinta años y ha conducido al tren bala de la economía global hacia un murallón. An­tes de que se desplomaran las economías más poderosas, el Nobel ya había advertido que la “mano invisible” se parecía más a una mano negra. Los estados pequeños han dejado sin regulación los fondos de inversión y per­mitido el alegre dispendio de créditos hipotecarios que ahora son imposibles de pagar. Para Stiglitz el mundo debería aprender a equilibrar un mercado sin trabas ni control del gobierno. Pero quienes no quieren a Stiglitz en Estados Unidos, y son muchos, aseguran que sus ideas son inaplicables por la dimensión de los intereses en juego: el poder puede corregirse a sí mismo, pero como ejercicio de cosmética no con cirugía integral. Las primeras medidas después de la crisis no ayudan al Nobel: las corporaciones se salen con la suya, el Estado termina rescatándolas y pierde. Stiglitz gana en la tri­buna, pero no en el campo de juego.

***

Los primeros dos premios Nobel de Economía del si­glo XXI nacieron en el mismo lugar, Gary, Indiana, una ciudad industrial del medio oeste americano, a unos cuarenta kilómetros al sur de Chicago. Stiglitz creció en el ambiente donde los Estados Unidos de posguerra creían que el sueño americano era una casa, un auto, mil millones de cachivaches y un empleo a perpetuidad. Tolstoi llamó a pintar la aldea propia para descubrir lo que sostiene al mundo. Gary fue el mundo tosltoiano de Stiglitz. En su autobiografía cuenta que fue en esa ciudad donde los inviernos congelan el pensamiento que aprendió a preocuparse por quienes la pasan peor. Fundada a principios del siglo XX alrededor dela US Steel, una de las mayores corporaciones siderúrgicas de Estados Unidos, Gary creció rápidamente hasta dejar la llanura pinchada de chimeneas y cuadriculada por tu­berías, cables de alta tensión y autopistas que producían dinero. Pero esa pintura ideal de su aldea se revelaba distinta al levantar la alfombra: debajo de Gary corría un tajo con pus de la historia norteamericana. Los me­jores trabajos eran para los blancos. Stiglitz creció ro­deado por una fauna metalúrgica de obreros sometidos a empleos sulfurosos y empresarios que engordaban sus cuentas de dólares con el mismo afán con que llenaban sus bocas de espíritu patriótico. Una de las imágenes más viajadas dela Chinamás moderna muestra a cada ciudad industrial, desde la septentrional Guangzhou a la norteña Shenyang, hundida en un flan de hollín. En los años ochenta, antes de que ser verde estuviera tam­bién de moda entre los economistas, Stiglitz ya cono­cía esa postal. Parida por un horno de fundición, Gary respiraba nubarrones de plomo, y cuando no era una magnífica aurora boreal de polución eran las lenguas de fuego de la cama de petróleo y químicos sobre las aguas del Calumet River las que iluminaban la ciudad. El Nobel insurgente supo desde muy temprano que el progreso puede ser tóxico e intragable.

—¿Tuvo que luchar viniendo de allí? –le pregunto en el aire acondicionado de The Fairmont.

Suena el teléfono y Stiglitz se disculpa un segundo. Va hasta el bolsillo del saco y extrae un Motorola Razor des­pintado. Se resiste a comprar un teléfono más actual por sentido práctico: no tiene idea de cómo recuperar men­sajes de un contestador y pierde los aparatos con dema­siada frecuencia. Stiglitz tiene un iPad cuyos mecanismos desconoce, y en su oficina, donde conserva un teléfono de tubo inservible, la pantalla y el teclado de su compu­tadora Dell compiten para obtener primero la jubilación.

—No –dice cuando regresa de la llamada telefóni­ca–. Yo tuve suerte.

La suerte, en la vida de Stiglitz, asume tres formas. Sus padres, que lo impulsaron a estudiar y le dieron una buena vida. La escuela pública de Gary, que segre­gaba por raza pero reunía a los hijos de inmigrantes sin preguntar si sus padres fundían acero o atendían una consulta médica privada. Y sus maestros, gente de un magisterio en una época en que dedicaban tiempo per­sonal a sus estudiantes. Stiglitz se crió en una familia de clase media interesada por la política y gustosa de la conversación. Su madre, una maestra de inglés afiliada al Partido Demócrata, y el padre, un vendedor de segu­ros, lo formaron en la escuela del compromiso personal y la autoconfianza. A los diecisiete años, cuando salió de Gary, Stiglitz se dio con un supermercado de ideas liberales en el Amherst College de Massachussets. Allí se convirtió en el hombre que es ahora. Fue una estre­lla del club de debates, donde aprendió un esgrima de verbos ácidos y argumentos. Sus maestros le enseñaron el método socrático y él organizó su vida para respon­der preguntas con nuevas preguntas. Si el joven huma­nista creció rodeado de metales, el economista adulto germinó en un jardín de profesores de ideas clásicas. Allí recibió dos de sus principales influencias: las ideas de John Maynard Keynes, el gran teórico moderno que creía que el Estado debía intervenir en la economía para corregir los desequilibrios generados por los pri­vados, y de Robert Solow, un genio que construía mo­delos econométricos como quien hornea pasteles cada fin de semana. En su autobiografía, Stiglitz escribió que debía haber algo en el aire de Gary –además de polución– que orientaba a sus habitantes a la economía: Paul Samuelson, uno de los primeros economistas en adoptar las ideas de Keynes a la práctica política y el Nobel que lo precedió, era, como Stiglitz, nativo de la ciudad. Pero la mundana singularidad de Gary es toda­vía mayor. Cuando Stiglitz era un adolescente de quin­ce años, en un hospital de la ciudad se escucharon los primeros berridos del octavo hijo de Katherine Scruse y un obrero metalúrgico de los barrios pobres. El chico se llamó Michael Jackson y dejó ese pueblo para ser el Rey del Pop. Con su particular sentido del tiempo, Stiglitz también es un rock star.

Unas mil quinientas invitaciones para hablar en con­ferencias en todo el mundo llegan cada año a la oficina del profesor Joseph Stiglitz en el octavo piso del edifi­cio Uris Hall, la sede de Columbia Business School, en Nueva York. Cuando la economía del mundo empieza a toser, los teléfonos de su oficina y su casa suenan his­téricos por el asalto de la prensa internacional en busca de sus recetas de botica. En los últimos diez años, Stiglitz ha acumulado tantas millas de vuelo como para dar la vuelta al mundo varias veces. Solo quince días después de su estancia en The Fairmont, visitaría An­gola, Egipto y Grecia. Como parecía sobrarle el tiempo, escribió entre un país y otros dos ensayos sobre la crisis de Occidente para Project Syndicate y sobre el desmoronamiento europeo para The New York Times. En me­dio, viajó a España. En Madrid, Stiglitz suele visitar a la familia de su mujer, Anya Schiffrin, nieta de un general republicano exiliado. La rutina incluye salir de paseo por la Plaza Mayora beber una horchata y detenerse en el Café Gijón a comer churros. Pero esta vez Stiglitz cambió de ruta y se apareció a dar un discurso calleje­ro por el Parque del Retiro, donde se reunió con una fracción de los Indignados, el gran movimiento juvenil que levanta campamentos para exigir más democracia y menos atención a los intereses de los grupos de poder, tal como Stiglitz demanda en su libro Cómo hacer que funcione la globalización. Su aparición en la calle sorprendió a algunos de los jóvenes, pero la improvisa­ción es parte del protocolo de Stiglitz. Horas antes unos asistentes a su conferencia en el Palacio de El Escorial de Madrid se acercaron a invitarlo. Un rato después, un Stiglitz, en pantalones caquis y tenis, continuaba su revuelta personal en el Retiro, un antiguo parque de se­ñores y reyes que esa tarde andaba alborotado por mu­chachos en chancletas sentados en el césped quemado por el sol del verano.

—Joe es una de las pocas personas en el mundo que podría ser excusada de comportarse como una prima donna –dice por correo electrónico Ha-Joon Chang, un profesor de la Universidadde Cambridge que prolo­gó sus ensayos de El Rebelde Interior–. Y lo es, pero jamás actúa como tal.

En el parque El Retiro, Stiglitz, quien cree que el capitalismo de este siglo será conducido por las perso­nas y no por las corporaciones, tomó un megáfono con la misma naturalidad que utiliza en el podio del Foro Económico Mundial que reúne a los empresarios y pre­sidentes más poderosos del planeta. Stiglitz repitió su discurso habitual que reclama por un Estado regulador y convocó a la solidaridad frente al sálvese quien pueda de las ideas conservadoras.

—No se pueden reemplazar malas ideas por “no-ideas” –dijo al final–, sino por ideas mejores.

Fue una frase común e intrascendente en un discur­so sin nada del énfasis teatral de los políticos. Pero fue efectiva. Los Indignados aplaudieron y teclearon en sus teléfonos celulares con furia. Unas horas después la no­ticia ya estaba en su biografía de Wikipedia, y Twitter, YouTube y Facebook contagiaban los videos de los ce­lulares a todo el mundo. Stiglitz, el rockstar de los eco­nomistas pop, lo había hecho otra vez.

Hasta hace unas décadas, los economistas teóricos eran señores de traje y corbata pasados de moda que se peinaban para atrás y envejecían en los departamen­tos de estudios de las universidades. Hoy el Nobel Paul Krugman da cátedra a amas de casa y jubilados desde uno de los blogs de The New York Times y Nouriel Rou­bini, quien predijo la crisis de las hipotecas tóxicas que desataron el colapso global, es invitado al programa de humor Saturday Night Live. ¿Por qué habría de sor­prender que la economía haya ido del libro de texto a la televisión si un grupo de estudiantes de Física son las estrellas de una serie de TV como The Big Bang Theory y la biopic del fundador de Facebook es candidata al Os­car? El siglo XXI ha hecho carne la película La vengan­za de los nerds: la tecnología y la educación amplia­rán más la brecha entre quienes tienen conocimiento y quienes solo tienen manos para trabajar. Algo de eso está en los estudios por los que Stiglitz obtuvo el Nobel en coautoría. Su teoría de las asimetrías informativas es una idea tan obvia que parecía raro que nadie la hubie­ra visto antes. Una explicación simple es ésta: en toda relación hay alguien que sabe más que otro, y eso genera desequilibrios de poder y oportunidades. La teoría de Stiglitz, que puede aplicarse a todo tipo de relación, desde una transacción de negocios hasta los noviazgos, refuta la idea de los economistas clásicos, que asumen que todos los tomadores de decisiones tienen informa­ción perfecta. La última crisis financiera comprueba sus ideas: los banqueros ofrecían hipotecas a gente poco informada; Wall Street maquillaba su riesgo y vendía las deudas entre especuladores ávidos de ganancias rápi­das. La burbuja se infló hasta que explotó y, como no había regulaciones, las ganancias quedaron en manos de privados y los costos fueron absorbidos por los go­biernos, algo que habían advertido Stiglitz y otros nerds. Un nerd como Stiglitz, que ha dedicado su existencia al cálculo aritmético y no tiene interés por asuntos tan humanos como los deportes o la ficción, puede explicar la vida de la sociedad moderna, su pasado y los días por venir. La nueva especie dominante escribe el mundo con lentes de aumento.

***

Joseph Stiglitz ha aprendido a vivir con la fama como si no fuera él a quien le toca. En The Fairmont, mientras acaba con los bocadillos, un vecino de otra sala mira a Stiglitz con fijación, mientras se rasca la barbilla. Va, viene y se peina el cabello, uno de esos gestos usua­les de quien no se decide a interrumpir. El merodeo dura unos diez minutos, hasta que el desconocido se desanima y el Nobel parece no notarlo. Está hablando de sus problemas con el tiempo. Stiglitz, un economista neoclásico, es el mejor vendedor de la economía pop. En su más reciente viaje a China, uno de los vicepresi­dentes del Congreso Nacional del Pueblo se le presentó con una de sus primeras publicaciones en la mano. La había leído quince años atrás, cuando no era más que un economista de nivel medio. Era una edición en papel económico y tenía las páginas amarillentas y curvadas, y estaba subrayada y escrita en los márgenes.

—Fue conmovedor –dice de repente, y parpadea rá­pido; sonríe otra vez, y se disculpa por salir.

Estos días, millones de copias de sus dos docenas de libros recorren el mundo. Stiglitz ha tenido la ha­bilidad de convertir en bestsellers temas de aridez de­sértica, como la macroeconomía, las regulaciones fi­nancieras y el comercio internacional o la propiedad intelectual y las privatizaciones. Para El malestar en la globalización se sentó a escribir varios meses du­rante jornadas de siete o más horas, de las que emer­gía con los ojos rojos. Su mujer, una ex redactora de finanzas, es también su consejera y editora. Llegó a corregirle doce borradores. Anya Schiffrin dice que fue agobiante, pero ese libro llevó a su marido a otro nivel de popularidad y justo a tiempo, pues, cuando el mundo explotaba con la crisis, Stiglitz se convertía en protagonista de una película: la suya.

Jacques Sarasin fue trabajador humanitario en África, circunstancial emprendedor en Argentina y vendedor de botes en su Suiza natal hasta que un día decidió con­vertirse en cineasta. Sarasin leyó El malestar en la globalización, llamó al Nobel, lo invitó a ver una pelí­cula, fueron a cenar y, a la vuelta de una larga conver­sación, lo convenció de hacer Alrededor del mundo con Joseph Stiglitz. El filme repara en los fracasos y desafíos de la globalización para hacer al mundo más rico –o menos pobre– y se grabó en Estados Unidos, Ecuador, India, China y Botswana. En los primeros fotogramas, Stiglitz llega a Gary en un tren plateado y baja del vagón en un andén de deprimente concre­to gris. Una estación vacía, viejas pipas echando humo blanco, la congestión de cemento y hierro hecha fábri­ca bajo una telaraña de cables de electricidad. El tren de Stiglitz deja la estación y la sirena de una patrulla se despega del sonido de fondo: Gary es una ciudad que boquea como un pez sin agua, un cementerio de óxi­do, un escombro en el derrumbe de Estados Unidos. En un momento, Stiglitz visita al alcalde del pueblo, Rudy Clay. El experto en globalización quiere saber cómo la globalización afectó a Gary y de qué modo respondió la ciudad. Clay viste un delicado terno gris, una camisa blanca y corbata color uva para recibir al hijo pródigo de la que hoy parece una ciudad fantasma. Stiglitz lleva también traje, pero el suyo es negro, como si asistiera a un velorio. Con tono pausado, Clay explica que se ha reunido treinta veces con inversores de China para convencerlos de montar en Gary las líneas de ensam­blaje de los productos que fabrican en Oriente. Es una fotografía triste. Gary, cuando ascendía hacia las estrellas, fue llamada La ciudad del siglo. Hoy la ciudad natal de Stiglitz ruega clemencia al mundo.

—Eso es lo opuesto de lo que debiera estar pasando –dice Stiglitz al alcalde, que buscaba una ayuda y en­contró sarcasmo.

Las entrevistas para la película sumaron seis horas y me­dia de grabación entre Estados Unidos y China, y un Sti­glitz entusiasta nunca perdió el tiempo en mirar su reloj.

—Joe quiere que lo entiendas y se toma el tiempo para explicar –dice Sarasin a través del ojo de Skype–. Te hace sentir que eres importante, no un estúpido.

Las crisis son momentos para profetas, y Stiglitz tie­ne feligresía. El mundo ha perdido la brújula, y él es de los pocos economistas con fondo para arriesgar un trata­miento a los desequilibrios entre quienes saben y no sa­ben, tienen y no tienen. Su mérito es más que paradójico: puede criticar el discurso único dominante porque parti­cipó en las organizaciones que lo inocularon. Compartió el nido de las serpientes y, cuando se revolvió contra ellas a denunciar el veneno, las multitudes lo abrazaron. Quie­nes lo odian le gritarían traidor. Quienes lo aman, aliado.

—La globalización abrió oportunidades para encontrar nueva gente a la que explotar su ignorancia –dijo él, una vez, a Newsweek–. Y la encontramos.

Stiglitz admite que podría haber empezado a tirar de la fra­zada mucho antes para descubrir al FMI y al Banco Mundial, y que los abusos de las grandes empresas y gobiernos han llegado demasiado lejos. Pero es un profesor, no un político en busca de votos, y recién habló cuando las evidencias fueron irrefu­tables, como cuando el FMI y el gobierno de Estados Unidos recomendaban a las naciones asiáticas enfrentar su crisis de fin de siglo recortando gastos. Ahora ha adoptado una costumbre muy temprano, a la hora del desayuno: buscar las bombas de tiempo que esconde la economía mundial en las páginas de fi­nanzas de The Wall Street Journal, Financial Times y The New York Times y en las columnas escritas por Paul Krugman y Martin Wolf, otros dos viudos de Keynes que piden al go­bierno de Estados Unidos que salve al país gastando dinero mientras los conservadores proponen serruchar las patas de las camillas de los hospitales para ahorrar.

—Joe lee y dice: “Esto va a ser un problema” –cuenta su esposa, relajada en el sofá del President’s Club de The Fairmont–. Y acaba siendo un problema.
—¿Así de simple?
—Así de simple –sentencia Schiffrin–. Joe sabe cómo funciona el mundo.

Entender al mundo es una buena razón para excu­sar demoras.

Joseph Stiglitz comienza el día temprano: a las siete y media baja de su departamento con vista al río Hudson en el Upper West Side, en Manhattan, a una cuadra de la iglesia de Saint Paul & Saint Andrew y a unos minutos a pie del Museo de Historia Natural, y camina un buen rato por Central Park. Regresa a la casa por un café, que marea durante cuarenta y cinco minutos mientras desanda los periódicos, y allí agota la mañana escribiendo, sentado en el sillón con las iniciales «J.S.» que se llevó del Banco Mundial, rodeado de libros y papeles. Por la tarde, asiste a reuniones y, si le corresponde, da clases en la Universidadde Columbia. La noche es para una cena con su mujer o con amigos si es fin de semana. Antes de dormir, leerá y conversará otro tanto. Dejará sus gafas sobre la mesa de noche, junto a la pila de libros y las vitaminas. Stiglitz abo­rrece la televisión: al economista pop le parece una pérdi­da de tiempo, pero sí ve en DVD 30 Rock la serie donde la cadena de TV NBC está patas arriba y en manos de Jack Donaghy, el director ejecutivo protagonizado por el actor Alec Baldwin, un hipócrita adorable que añora a Ronald Reagan y esclaviza al personal para ocultar que en realidad es sensible. En 30 Rock, el personaje preferido de Stiglitz es el pasante multiuso Kenneth Parcel, un chico ingenuo y amable hasta el abuso. El pasante es hijo de un granjero que cría cerdos en un pueblito de Georgia y tiene una ab­negación de misionero. En un episodio, su jefe lo encierra en un elevador con nueve personas, le informa que sólo hay aire para ocho y el bueno de Parcel se ofrece a volar­se la cabeza de un disparo. Es un voluntario al sacrificio ante el problema básico del que se ocupala Economía: la escasez de recursos. En otro episodio de la serie favorita de Stiglitz, un sacerdote le pregunta a Donaghy si tiene fe.

—Por supuesto; tengo fe en cosas que pueda ver y comprar y desregular –dice el personaje dela NBC–. Mi religión es el capitalismo.

Stiglitz se ríe de las devociones de los conservadores.

Annya Schiffrin sugiere que, cuando su marido se con­centra, se separa del mundo. El economista no deja de hacer una tarea hasta que la concluye, y en la red de la concentración pierde la noción del tiempo. Cuando co­menzó a estudiar en el Massachusetts Institute of Tech­nology, se convirtió en la estrella de la camada de doc­tores en Economía de su año encerrándose a estudiar y dormir en la oficina. Schiffrin insinúa que el Nobel tiene más parecido con un dinka del África que con un ha­bitante de Kansas City. Los dinkas son una etnia de la cuenca del Nilo que vive de criar ganado: un dinka toma sus vacas y las lleva a pastorear en los campos ribereños, se sienta a esperar hasta que los animales terminan de comer y no hace nada más. Recién comenzará algo nue­vo después de regresarlos a los corrales. Schiffrin dice que esa misma dedicación es evidente en su marido, los primos de su marido, los hijos y los nietos de su marido. Stiglitz viene de una tribu cerebral que agota las horas sin dar una respuesta por definitiva. Cuando piensa, el profesor que llega tarde es un velocista que pulveriza cronómetros y agota al tiempo por extenuación.

—Joe puede ser el máximo ejemplo de –profesor dis­traído–. En una discusión, él ya ha resuelto lo que otros tratan de entender –dice Ha-Joon Chang, el economis­ta de Cambridge–. Se traslada a un argumento similar, resuelve ese, y está pensando en el siguiente paso lógico, así que cuando expresa sus pensamientos los demás qui­zás no entiendan de qué está hablando.

Después de estudiar en el MIT, Stiglitz siguió con­centrado en pasarse las luces rojas de los formalismos y tomando todas las verdes del éxito académico. En las dos décadas siguientes cubrió posiciones en Cam­bridge, Yale, Oxford, Stanford y Princeton, la crema de la academia. Sus largas tardes y noches dedicadas a macerar ideas le pusieron en el pecho la medalla John Bates Clarke, que todavía hoy se entrega cada año al economista joven más influyente de Estados Unidos. Stiglitz tenía entonces treinta y cuatro años, y, a la par que no perdía el tiempo, construía el mito que asegura que él no es una persona común. Mientras sus colegas cuidan sus formas, él se pasea sin zapa­tos por su oficina, usa las mismas camisas celestes o blancas y los mismos pantalones caquis. Sus pelos se despeinan por nada y puede pasarse el día en reunio­nes con VIP sin notar que los cristales de sus anteojos de aumento están sucios de sebo.

A Stiglitz lo domina el afán de conocer, y para saber es preciso tiempo: perderlo hoy para ganarlo luego. Stiglitz ha estudiado y estudia mucho: él mismo es la premisa de su teoría de la información asimétrica que gana por acumulación de poder y acceso. Tiene reu­niones de largo aliento para discutir nuevos modelos y teorías. Conversador nato, sus charlas de sobreme­sa pueden romper un récord y sus reuniones de me­dia hora en la universidad nunca duran media hora. Stiglitz llega tarde para adelantarse al futuro. En su universo, la importancia de las cosas no está determi­nada por el reloj. Para saber arreglar la economía, en la que el tiempo es uno de los bienes más escasos y complejos de administrar, Stiglitz ha debido apren­der a perderlo. Le ha robado horas con impunidad a la trivialidad del calendario para entender los meca­nismos que mueven al poder y encontrarles una so­lución. Llegar tarde es su modo de estar a tiempo, de ser el hombre indicado en el momento correcto.

Ahora, en The Fairmont, Stiglitz come sus últimas uvas cuando su mujer regresa de hacer llamadas de un pasillo del President’s Club. No hay tiempo para más. Una mesa los espera en Ris, un restaurante de autor en Washington DC, muy cerca del hotel, luego debe descansar. Schiffrin lo apura. Stiglitz se disculpa con la mirada. Mañana espera otro viaje, otra batalla por el mundo por el que Joseph Stiglitz va a seguir perdiendo el tiempo. Stiglitz se embucha una última uva. De salida, dice ser optimista, muy a pesar de la crisis. En su mente, el capitalismo del siglo XXI va a ser más democrático, pero las naciones que deseen crecer deben educarse más y tomar decisiones por sí mismas. Volverse adultos es un asunto que siempre excede al tiempo. Stiglitz toma su saco y Schiffrin le cuenta que, de regreso a la sala, se había cruzado con Jack McBryer, el actor que interpreta al pusilánime Kenneth Parcel en 30 Rock. El actor esperaba a alguien frente al escritorio de la concierge del President’s Club. Schifrrin dice que McBryer es idéntico –idén­tico– a su personaje. Stiglitz festeja el hallazgo, ríe y se acomoda los pantalones.

—¿Le dijiste que somos sus fans? –le pregunta.

Un ómnibus es lo mejor y más grande que puede pedir un grupo viajero de cantantes de gospel a través de sus ruegos. Se sienten bendecidos si los contratan para un show, pero de verdad benditos si pueden encontrar la forma de llegar a él. A veces, cuando los llaman, no tienen cómo ir. Volar no es una opción porque es demasiado costoso, y porque los conciertos de gospel ocurren en lugares a los que no suelen llegar las líneas aéreas, como Demópolis, en Alabama, y Madison, en Georgia. Los Jackson Southernaires han cantado en programas de gospel de todo Estados Unidos casi cada fin de semana en los últimos cincuenta años, y viajaban de show en show abarrotados en cualquier auto: agradecían a Dios si éste era capaz de llevarlos al evento y traerlos de vuelta antes de quedarse varados. En 1965 cantaron en una competencia de gospel en Detroit, y uno de sus fanáticos apostó contra un seguidor de los Mighty Clouds of Joy [Poderosas Nubes de Gozo] a que los Southernaires ganarían. Los Mighty Clouds eran los favoritos, pero ganaron los Southernaires. El fanático quedó tan agradecido que les regaló un bus con una parte de sus ganancias. Los Southernaires viajan ahora en su tercer bus. Está pintado de azul y plata, tiene una placa que reza «Abróchate con Jesús», y el nombre de The Jackson Southernaires calado con una ondulante caligrafía en la parte posterior y a ambos lados del vehículo.

***

El ómnibus atrae la atención. Una vez, en una cafetería de Florida, un camionero que remolcaba un juego mecánico de carnaval desde Tampa hasta Birmingham se acercó a la mesa de los Southernaires, se presentó y les dijo: «Hace treinta años los escuché cantar en un salón de reuniones en Virginia, y desde entonces he soñado con conocerlos». Luego se golpeó el pecho y exclamó: «¡Gracias a Jesús por hacer que viera su bus!». Otra vez en Jackson, Mississippi, que es la base de operaciones del grupo, McKinley Mac Brandon, chofer de los Southernaires, estaba afuera revisando el motor y los neumáticos cuando una mujer se detuvo a tomar una foto del bus para su álbum gospel. Ella le pidió que posara junto a la llanta delantera. Él vestía su ropa de trabajo y no se sentía muy fotogénico que digamos, pero ella insistió. No hace mucho le pregunté a Mac Brandon si alguna vez llegó a ver aquella fotografía. Y él me contestó:

—¡Y cómo! Esa mujer y yo nos comprometimos.

Pero a veces el bus se convierte también en una fuente de problemas. Cierta vez, los Southernaires se quedaron varados en algún lugar entre Nashville y Louisville, y necesitaron tres días para conseguir el dinero que hacía falta para las reparaciones. Otra vez, en Richmond, Virginia, la transmisión del bus explotó, pero por suerte el cantante principal de Willis Pittman y los Burden Lifters (otro grupo de gospel) vive en Richmond y es mecánico y reparó la transmisión gratis. Otra noche, en medio de Ohio, al bus se le reventó un neumático y al mismo tiempo se quedó sin gasolina. Un granjero que había oído la conmoción salió de su casa, entró en su granero, encontró un neumático que le hiciera al aro, llenó una galonera con gasolina, ayudó a levantar el bus, reemplazó la llanta, llenó el tanque de combustible, los remolcó con su tractor a la carretera y luego sacó su tarjeta de miembro del Ku Klux Klan y les pidió que siguieran su camino.

Los seguidores de la música gospel son quizá la más pobre de las audiencias masivas en Estados Unidos, y hay también mil maneras de cómo los cantantes de gospel podrían ganar más dinero: trabajar en un Kmart, la cadena de supermercados estadounidense, o emplearse como obreros de construcción. La mayoría no gana lo suficiente con su música como para vivir. Es un asunto de devoción. La música gospel tiene orígenes complicados, pero proviene en esencia de un movimiento negro del sur llamado Iglesia de Dios en Cristo yla Santidad, que forma parte dela Iglesia Metodista.Musicalmente el gospel es la unión de himnos de reanimación ingleses y estilos africanos: llamadas y respuestas, lamentaciones, vociferaciones. En los años treinta, los cantantes de gospel empezaron a viajar por un circuito de auditorios, templos y campamentos, y a lo largo de medio siglo su camino apenas ha cambiado. Existen discos de gospel, aunque para la mayor parte de la audiencia es más una forma de adoración y representación pública que algo que uno escucharía en su casa.

Los Jackson Southernaires dejan su casa cada jueves y pasan el fin de semana en la ruta. Han cantado en lugares tan pequeños como Blytheville, Arkansas, y tan grandes como Brooklyn. Han cantado en iglesias medio vacías como en teatros repletos. En 1994, por vez primera, cantaron en Francia y fueron tratados como estrellas. No hace mucho viajé con los Southernaires por el circuito gospel. La primera noche de ruta no pude dormir, así que me senté en los peldaños de la cabina del bus y hablé con McKinley Mac Brandon. Íbamos a Demópolis, un pueblo venido a menos en medio del estado de Alabama. Mac me dijo: «Estamos adentrándonos mucho en el país. Espera y verás, la gente vendrá al concierto hasta en mulas». Él ha sido chofer de bus gospel por veinticinco años, y se unió a los Southernaires en 1991. Su hogar está en Carolina del Norte, pero se queda a menudo en Jackson, Mississipi. Me contó que su cenit profesional fue en 1981, cuando nominaron a Willie Neal Johnson para el Grammy y los Gospel Keynotes fueron a la ceremonia en una limosina.

–No era sólo la limosina –me dijo–. Cuando fueron a recogerme, abrí la puerta y ahí estaba Dionne Warwick. Fue una experiencia hermosa. Abrí la puerta, vi a Dionne y me quería morir.

Si Mac Brandon se cansa, James Burks conduce. Pero ése es su trabajo secundario con los Southernaires. Su ocupación principal es tocar el bajo y hacer la segunda voz. Todos en el grupo cumplen una doble función. Granard McClenton, el guitarrista –que es delgado, despreocupado y viste con mucha elegancia–, negocia los cuartos de motel cuando se detienen en un pueblo, y también escoge cuál de los seis juegos de uniformes iguales vestirán cada noche. Durante mi viaje con el grupo, Melvin Wilson cantaba tenor (alto) y falsetto (altísimo), y era además el ingeniero de sonido. Tiene una piel oscura satinada y la cara rellena y en forma de calabaza. Cuando Melvin era adolescente, su padre manejaba un grupo de gospel llamado los Dynamic Powell Brothers. Nadie sabía que Melvin Wilson podía cantar, ni siquiera Melvin. Un día regresaba a casa de un show y simplemente abrió la boca y se dejó llevar. Los Dynamic Powell Brothers lo contrataron en el acto. Cuando viajé con los Southernaires, el tecladista era Gary Miles (Melvin y Gary salieron hace poco del grupo para unirse a otra banda). Gary Miles también descargaba el equipo del bus y lo regresaba tras cada presentación. En su vida fuera de las carreteras es actor. Ha sido extra en Murder, she wrote y en Magnum P.I. En ambas oportunidades lo eligieron para personificar a un dedicado mesero.

Maurice Surrell toca la batería, canta y es el policía de los Southernaires: él anota a los miembros del grupo cuando infringen las reglas. Son quince páginas de reglas escritas a máquina y fueron creadas por Luther Jennings, uno de los miembros originales que ahora enseña matemáticas en una escuela secundaria de Jackson. Luther Jennings quería que los Southernaires fueran conocidos como los caballeros del circuito gospel, así que sus reglas son muy estrictas y las multas, elevadas. Veinticinco dólares por usar el uniforme arrugado. Veinticinco más por tener los zapatos sin lustrar. Cien dólares por maldecir. Cien más por llevar a una jovencita al restaurante donde come el grupo. Veinticinco por dar una nota errada en una canción. Luther Jennings no creía en la indulgencia: si él transgredía las reglas se multaba a sí mismo. Pero también era el cobrador de los Southernaires. A veces los promotores de los conciertos se conmovían tanto con la interpretación de los Southernaires que extraviaban el dinero que debían pagarles. Luther se irritaba tanto por esto que siempre llevaba consigo una o más armas de las que posee. Un revólver simple, un rifle de repetición, una 22, una 32, una Winchester, dos revólveres 25, algunas escopetas cartucho 12, dos 357, dos 45 y un par de armas de mano exquisitamente decoradas que él depositaba en el escritorio –como quien pone la mesa– cuando iba a cobrar a los promotores una vez terminado el espectáculo.

Los Southernaires tienen dos cantantes principales: Roger Bryant y Huey Williams. Roger Bryant es un ministro consagrado y un enfático orador público, así que es el responsable de subir a escena antes de cada concierto y persuadir al público a comprar un disco o video de los Southernaires. Tiene mejillas redondas, dientes separados, mirada sesgada y piel color pergamino. Su cabello es voluminoso y moldeable: se ve diferente cada día. Su voz es ahogada y explosiva. En escena, Roger Bryant es un caminante, un balancea-brazos, un golpea-caderas, un sacude-puños y un gritón. Cuando era pequeño, su padre, un predicador y obrero de metalurgia, solía pararlo en la mesa de la cocina y golpearlo para hacerlo cantar.

Huey Williams ha estado con los Southernaires durante veintinueve años y ahora, cuando la gente piensa en el grupo, piensa sobre todo en él. Antes de convertirse en cantante de gospel a tiempo completo, trabajó en construcción en Detroit y Nueva Orleáns, pero sus entusiasmos son estrictamente rurales. Un día me dijo que la gente se refiere a él como el cantante caza-mapaches. En sus días libres, Huey sale con sus seis perros a cazar. Cuando lo visité pasamos el día manejando a la casa de un taxidermista para recoger un lince que había atrapado. Huey Williams es alto, de tórax amplio y pómulos salientes como un cheroqui. Tiene grandes hoyuelos, ojos azules y un delgado bigote. Usa dos anillos macizos de oro y una voluminosa esclava. Sus manos son largas y elegantes, y sus uñas, suaves. La primera vez que lo vi tomó mi mentón entre sus manos, lo levantó y me dijo:

–Deme una buena mirada. ¿Ha visto alguna vez en su vida ojos azules en un hombre negro?

Su modo de hablar es a veces vigoroso y autoritario, y otras susurrante e íntimo, aunque siempre cordial. Lo he oído cantar con una voz de bajo tan profunda que suena como un eructo. También en un chirriante y afectado tenor, y en un suave y afligido barítono. Dice que cuando tenía treinta años (ahora tiene cincuenta y cinco) su voz era tan dúctil que podía hacer con ella lo que quisiera. Él cree que en ese tiempo era el mejor cantante del mundo. Antes de una presentación, mientras está rodeado por sus fanáticos, camina como un Goliat. En la mañana, cuando se despierta ronco por el show y adolorido por dormir en el bus, se le ve como alguien que piensa mucho en retirarse. Su esposa Marie, que es operadora de máquinas en una planta de General Motors en Mississippi, dice:

–Estoy tan acostumbrada a sus viajes que no sé qué haría si estuviese aquí. Él tiene a sus perros, supongo. Pero estando siempre tan lejos, no tenemos tiempo para hastiarnos mutuamente.

En la ruta nos deteníamos en los restaurantes de camioneros y cafeterías, y comíamos chocolates rellenos con mantequilla de maní marca Reese’s. Papas fritas Pringles de crema y cebolla. Chocolates Three Musketeers. Pollo horneado, sancochado, estofado, ahumado, en pastel o con crema à la king. Milanesa de pollo. Pollo frito. A veces hasta pollo en el desayuno, cuando habíamos viajado toda la noche después de un show sin haber cenado. Llegando a Columbus, en Georgia, tras haber andado en la carretera desde la medianoche, comimos pollo asado a las diez de la mañana, que es cuando más temprano he comido pollo en mi vida. A menudo los Southernaires comen en esas paradas para camiones que tienen teléfonos en las mesas y duchas de alquiler, e incluso casetes de los Southernaires a la venta en estanterías cerca de los cajeros. «Las paradas de camiones tienen una comida deliciosa», me explicó Mac Brandon cierta vez. «Además podemos hacer que revisen el camión mientras comemos». A veces me parecía que pasábamos más tiempo planeando nuestras comidas, deteniéndonos para comer, pidiendo comida para llevar, esperando que nos atendieran y comiendo que en los conciertos de gospel.

***

En los conciertos vi a muchos hombres vistiendo polainas y a mujeres que usaban unos sombreros como no había visto jamás. Un sombrero negro de ala angosta con velo turquesa y un lazo. También una gorra blanca de marino con perlitas cosidas sobre el borde. Y una boina verde. Y un sombrero hongo púrpura, ladeado. Y un sombrerito rojo con redecillas alrededor del borde y un adorno de tela tiesa en forma de Dorito que sobresalía justo en la coronilla. Y un ten-gallon color fucsia con una pluma de avestruz meciéndose desde la banda. Los sombreros de las mujeres mayores navegaban sobre la muchedumbre como cruceros. Las adolescentes acudían a los conciertos con vestidos floreados o en jeans y tops, con sus bebés colgando de sus caderas, como los excursionistas usan sus canguros, o bamboleándolos como quien juega con unas monedas.

Escuché a gente que se refería a los anteojos como «ayudantes» y al camino de cascajos como «camino sucio». Oí que a un niño lo llamaban «bebé de regazo» y a una pistola, «persuasora». A morir le decían «pasarse al otro lado», y describían a una persona avergonzada como alguien que «quería tragarse los dientes». Y a una persona fallecida como alguien «a quien las marmotas entregan su correo». Todos hablaban de Jesucristo todo el tiempo. Lo llamaban doctor, abogado, lirio del valle, cordero, pastor, alegría del alba, una roca, un camino, paz de la tarde, constructor, capitán, rosa de Sharon, amigo, padre y el que siempre llega a tiempo. Conocí a un hombre apodado Chuleta de cerdo y a otro Enano. También a un niño llamado Royriquez Clarencezellus Wooten. Oí a otros grupos de gospel tocar: Los Armonizadores Cristianos y Los Armonizadores Sensacionales y Las Religiosettes y Las Gloriettes y Las Luces dela Verdad GospelyLa Hermandadde Cantantes Gospel y Los Cinco Hijos Cantantes y Los Poderosos Hijos dela Gloriay Los Fan-tásticos Discípulos y Los Fantásticos Soulernaires y Los Fantásticos Violinistas y Los Jubilosos del Atardecer y Los Jubilosos Peregrinos y Los Chicos Brown y El Chico Maravilla y las Voces Espirituales. Los conciertos parecían conversaciones públicas, y la gente exhortaba a los cantantes con frases como «Tómate tu tiempo» y «Deja que Él te use». Las exhortaciones que Huey Williams y Roger Bryant hacían con mayor frecuencia eran «¿Creen en Jesús?» y «¿Puedo tener un solo testigo?» y «¿Están conmigo, Iglesia?» y «Ustedes saben, Dios es capaz».

En Madison, Georgia, los Southernaires cantaron en el auditorio de un colegio. Apenas empezó el concierto, una mujer vestida con un traje sastre color durazno se levantó de su asiento, se abrió paso hasta el pasillo y estuvo haciendo espirales durante una hora, boqueando «¡Gracias, Jesús! ¡Gracias, Jesús!» con los ojos apretados y las manos palmoteando el aire. La gente la rodeaba con cuidado cuando iba o venía de sus asientos. En el escenario tocaba un grupo local y una de las cantantes había levantado los brazos y vuelto sus palmas hacia su rostro mientras cantaba: tenía seis dedos en cada mano, y cada uña pintada de rosado coral. Tras la canción, se inclinó sobre el borde del escenario y dijo con aspereza: «¿No está Satán ocupado? Satán es una vieja mula terca. Recuerdo cuando me pasaba toda la noche en eso que llaman la discoteca. Entonces algo me impactó en la cabeza. La voz que oí era justo como enhebrar una aguja». Vi sólo a una persona blanca en el concierto aparte de mí: era la recepcionista del motel en que nos habíamos hospedado, y Huey Williams le dijo que si nos daba buenas habitaciones le daría una entrada gratuita. Huey me presentó ante la audiencia una noche y luego alguien me pasó una nota que decía: «Te damos la bienvenida a Madison, Georgia. De: Hattie». La leí y levanté la mirada. La mujer que había escrito la nota agitó su pañuelo hacia mí. Durante la siguiente canción cruzó el salón y me besó.

Marianna, Florida. Hemos llegado a las cuatro y media de la mañana tras conducir toda la noche. Granard McClenton, el guitarrista, va a tratar de negociar una tarifa de medio día en el hotel, ya que sólo dormiremos pocas horas y luego tendremos que partir para preparar el show y al final del concierto volveremos a subir al bus y a viajar a Carolina del Sur para el siguiente espectáculo. Incluso para un grupo de gospel bien establecido como los Southernaires, cada dólar hace la diferencia. Una noche encontré un pedazo de papel en el que alguien había hecho cálculos. Decía: «Show $1500, discos $232». Eso parecía ser todo lo que ganarían aquella noche, y aún tenían que pagar la comida, el combustible, el alojamiento, y dividir lo restante entre ocho. Los moteles por los que hemos pasado son edificios construidos con retazos de carbón sobre terrenos plagados de maleza. En el primero, el administrador nocturno salió, miró el bus y, aunque el parqueo se hallaba vacío, dijo a Granard McClenton que el hotel estaba copado. Ahora nos detenemos en otro y McClenton negocia durante diez minutos hasta que nos dan un precio hospitalario. Mac Brandon estaciona el bus detrás del motel, en un estacionamiento que es sólo mugre y pasto muerto. Mi cuarto es maloliente e inhóspito. En la televisión pasan un programa de compras y un show blanco de gospel. Además hay una lagartija, paralizada pero latiente, en una esquina de mi puerta.

Ya es la tarde siguiente y el aire está completamente quieto. La calle que lleva al colegio secundario de Marianna está delineada por palmeras, y ni una hoja se agita. La escuela es un bonito edificio de estilo mediterráneo, con paredes de ladrillo color albaricoque. El césped a su alrededor está tostado. Algunas niñas rubias juegan con una pelota frente a un bungalow contiguo al colegio. A pocos metros, un grupo de ancianos negros está de pie, conversando. Visten camisas de manga corta, usan unas fedoras dobladas y unos pantalones que se han subido hasta sus diafragmas. Cuando distinguen el bus, se ajustan aun más los pantalones y empiezan a trotar hacia él, agitando sus manos. Mac Brandon gira en dirección a una zona de carga y tira de los cambios hasta que por fin el bus resopla y se detiene. Huey Williams se estira, medio inclinado: es demasiado alto para estirarse por completo dentro del bus. Le pasa la voz a Roger Bryant –que está escuchando música en su walkman– y luego se limpia la frente, mira al exterior y dice con voz ronca: «Siempre he amado Florida». Ahora viene la hermana Lula Cheese Vann.

Es una mujer robusta con la apariencia soberbia de los grandes. Está vestida con un traje color salmón y usa una docena de anillos, aretes y brazaletes. También lleva un sombrero del mismo color que su traje: tiene el tamaño de una panera y a mí me parece estructuralmente complejo. En su mano derecha sujeta un volante del programa para esta noche. En su mano izquierda tiene un abanico de papeles en los que había impreso un ensayo titulado «Cómo llevarse bien con la gente» y que está auspiciado por su negocio a tiempo completo:la Casa FunerariaVann. La hermana Vann es directora de pompas fúnebres por vocación. Como afición promueve el gospel. Se acerca a la puerta abierta del bus y dice en tono jovial: «Southernaires. Hola. ¿Saben quién soy?». Entonces aparece Huey Williams y la saluda con su voz más sensual: «Hermana Vann». La hermana se desarma un poco. Los ancianos han formado un círculo zumbante alrededor: dan órdenes y gesticulan. Gary Miles y Melvin Wilson también salen, vistiendo jeans, camisetas y guantes de trabajo. Y todos empiezan a sacar el equipo de la panza del bus.

La puerta delantera del salón del colegio está entreabierta. Un halo de luz amarilla de atardecer, de pasto reseco, de palmeras, de bungalows cerrados, de vereda salpicada de brea, de pequeñas niñas rubias deambulando, empieza a mostrarse. El salón ya se está llenando. Mac Brandon prepara la mesa de los casetes y bromea con dos muchachitas con vestidos de fiesta. Una mujer de voz metálica pasa por su lado, jalando a su hija adolescente del codo. «Me gustaría que la hermana Vann la oyese», le dice la mujer a Mac. «Póngala en el programa. Sí, yo lo haría». El hermano Alonzo Keys, un apuesto parlanchín de Panamá, en Florida, que cantará esta noche, se acerca a rendir sus respetos a Huey Williams y los Southernaires. Otra hermana, la que abrirá el programa de esta noche, llega revoloteando, escoltada por tres jovencitas saltarinas envueltas en vestidos lavanda. El auditorio es mediano y ordenado, con asientos dorados y de suaves rellenos púrpuras. Tres mujeres están ya sentadas, hacia la parte posterior, y se echan aire unas a otras con los abanicos de la hermana Vann.

***

A las siete Melvin Wilson ya ha terminado la prueba de sonido, así que los Southernaires regresan al bus y se cambian de ropa por la muda que usarán antes de ponerse los trajes de noche: es decir, cualquiera de los seis conjuntos que haya elegido Granard. Melvin se ha puesto un blazer color mostaza, una camisa del mismo color y una corbata negra. Huey Williams está usando una túnica turquesa. Los últimos rayos del sol se han hundido. El vecindario está quieto y nublado, excepto aquí, en este pequeño recinto que está lleno de bulla, con las luces del colegio encendidas y alguien en el auditorio que ya empezó a gritar con el sonido de fondo de un órgano. El uniforme que Granard McClenton ha elegido es un traje negro cruzado que combinará con una camisa blanca, una corbata con el estampado de una gardenia violácea y zapatos negros. Sobre el escenario se ven pulidos, pulcros y un poco serios. La hermana Vann los presenta: «Me siento bendecida. Nunca pensé que tendría a los Jackson Southernaires aquí en Marianna, y aquí están. El Señor ha sido bueno conmigo». Hace una pausa. «Ahora, antes de empezar con los Southernaires, quiero decirles a todos ustedes que debemos parar todo el griterío y el lloriqueo sobre el precio de las entradas. Este programa cuesta siete dólares el ticket, y puedo decirles, con Dios como mi testigo, que es lo más barato que han cobrado los Jackson Southernaires en cualquier lugar al que hayan ido jamás. ¡Así que denle una mano a Dios si les place y dejen esas miserables quejas de lado!». Estalla una salva de aplausos. La hermana Vann sonríe. El lema de su funeraria es «Preocupación por los vivos, reverencia por los muertos».

—Estoy muy contenta de seguir los pasos de Dios –dice–. Y estoy muy contenta de que Dios haya puesto amor en mi corazón y que no me importe compartirlo. ¡Ahora, los Jackson Southernaires!

Maurice Surrell, el baterista, baquetea los tambores, y todos empiezan. Cada show de los Southernaires abre con Roger Bryant cantando «He sido convertido». Es una canción con un ritmo torpe, poco agradable, pero que siempre levanta a la multitud. Cantándola, Bryant se ve enroscado y feroz. Ahora el auditorio está casi lleno, y la audiencia bate palmas siguiendo el ritmo. Cuando Roger termina la canción, da un paso al costado.

—Digan amén, Marianna –los exhorta.
—¡Amén! –dicen todos.
—Digan amén otra vez.
—¡Amén!

Huey Williams sacude el micrófono hacia arriba, mira hacia delante y otra vez lo hace chasquear hacia la derecha y por encima de su cabeza. No es un gesto aparatoso, pero sí muy vívido.

–Cántala, Huey. ¡Cántala, cántala! –le gritan.

La mujer a mi lado se inclina y susurra:

—Oh, Señor, aquí tenemos a un gritón.
—Déjenme preguntarles algo –dice Huey dando un paso adelante–. ¿Cuántos de ustedes aquí saben que existe un paraíso?
—¡Amén!

Huey Williams da su testimonio sobre la noche en que toda su casa se incendió. Es una terrible historia real: perdió todo lo que tenía, y su hijo pudo haber muerto si Huey no se hubiera tropezado con él mientras la familia se tambaleaba afuera. A mi alrededor, la gente asiente con la cabeza y llora. Yo ya lo he escuchado contar esto muchas veces: me lo ha dicho a mí, en privado, y lo ha contado en varios shows, pero en cada ocasión el crispado y angustiado semblante de su cara me ha parecido fresco. Después de narrar su historia, Huey canta siempre «Él preparará un camino», que comienza como un dulce, lento y melancólico contrapunto entre el cantante y el coro, y luego se eleva como una tormenta. En el último verso grita que Dios preparará un camino porque Él siempre encuentra la manera, pero luego no puede hablar más y empieza a reír y el sudor corre por sus mejillas y vuelve sus ojos hacia arriba y fija la mirada más allá del techo del auditorio y las lágrimas caen por su rostro.

***

Williams da un paso hacia atrás, exhausto, y el baterista empieza el redoble zumbón de «Ningún soldado cobarde». Roger Bryant ya ha tomado la posta y seguirá así hasta el final del show: se acerca al borde del escenario y empieza a cantar. La mujer a mi lado, que había agarrado mi mano, ahora la libera de manera gentil, como si estuviese poniendo de vuelta un pescado en el agua. Luego gira hacia mí y me dice: «Lo siento, nena, pero tengo que liberarme». Finalmente, salta al pasillo, se inclina sobre su cintura y estalla en un ritmo staccato hacia adelante y hacia atrás, mientras Roger sigue cantando. En este momento me levanto, me abro camino hasta el pasillo más alejado y me paro en la puerta al lado del escenario. Es casi la medianoche. Alguien está friendo siluro afuera, y un olor apimentado espesa el aire.

Una persona con tos cavernosa está de pie detrás de mí. Un enorme bicho se estrella conmigo, sisea y cae. Puedo verlo todo desde donde me encuentro. Un hombre de la primera fila llora sin hacer ruido recostado en su asiento. Unas chicas gemelas con vestidos punteados se abanican filas más atrás. Mac, en la parte posterior del auditorio, está sentado sobre las grandes cajas de plástico gris que contienen los discos y casetes del grupo. Un bebé en pañales con traje de marinerito cuelga del hombro de una mujer esbelta vestida con una túnica amarilla. Una mujer demasiado ancha para sentarse en una de las sillas del auditorio está balanceándose sobre una silla plegable que alguien le ha puesto cerca de la salida. Roger, en el filo del estrado, da pequeños saltos explosivos sobre la planta de sus pies. Huey, detrás de él, apoyado contra el piano eléctrico, se jala los pelos con las manos: su expresión es una mezcla de abandono, fatiga y distracción, como si algún tipo de quietud lo absorbiera, como si estuviese en un lugar diferente, más tranquilo. Una banderola cuelga encima del escenario con un perro bulldog –la mascota de la secundaria de Marianna– vestido con una chompa púrpura. Un flash tan incandescente como un foco encendido o como el envoltorio luminoso de una flama. Un volante descartado. Un niño. Una silla de ruedas.

Roger Bryant salta del escenario y aúlla: «¿Qué día recibiste al Espíritu Santo? ¿Un lunes? ¿Un martes? ¿Un miércoles? ¿Alguien aquí lo recibió un jueves?». Uno por uno, los asistentes se levantan como burbujas y flotan hacia el escenario, toman su mano, la agitan con fuerza y luego giran y se alejan danzando. Roger llama a cualquiera que haya recibido al Espíritu Santo un domingo. Canta que Dios no necesita soldados cobardes. Grita que desearía tener un testigo. Dice que él sabe que algunos de los presentes están pasando por algo. Palmea su cabeza con su mano izquierda y luego la azota contra su pecho. La noche está terminando. El tiempo de los Southernaires casi ha terminado. Estarán de vuelta en el bus y camino a Jackson en menos de una hora. La música está rugiendo. Una brisa empieza a correr afuera, levantando pedacitos de pasto y de tierra y haciéndolos volar. Bryant pisa con fuerza y grita:

–¡Seguro nos encontraremos otra vez algún día!

Dentro de unos minutos, el cocinero Pedro Miguel Schiaffino dirá que nunca ha visto un pescado tan raro como el que va a sostener, cara a cara, entre sus manos. El turushiqui es un animal casi tan extraño y temible como su nombre. Su cuerpo negro parece atrapado dentro de una coraza de metal. La boca es larga y aplanada, a medio camino entre el pico de un ornitorrinco y el hocico de un lagarto, y resulta adecuada para hacer trizas a cualquier enemigo. Sus ojos oscuros y dilatados como proyectiles envían un permanente aviso de peligro. El turushuqui tiene las dimensiones de un jabalí y, en efecto, luce como un jabalí. Un jabalí acuático. Que Schiaffino nunca haya visto un ejemplar de esa especie le confiere al pescado una extrañeza mayor, pues él ha pasado casi una década explorando la selva amazónica en busca de todo tipo de rarezas comestibles. Esta mañana, el cocinero-explorador recorre un extenso mercado callejero en Iquitos, un oasis de ciudad en medio de la jungla peruana. Aún no ha tomado desayuno, y le provoca comer un buen pescado. Dicen que debajo de su terrible fealdad, el turushiqui ofrece una carne muy blanca y fina, como un manjar embrujado por la naturaleza. En lo profundo de este mercado hay un ejemplar así esperando por Schiaffino. No será un amor a primera vista.

Schiaffino es un hombre menudo, de treinta y tres años, que lleva una bolsa de compras blanca en la mano izquierda. Viste unas bermudas de baño a rayas grises, una camiseta beige y lleva unos lentes de sol encima de la frente. La barba sin recortar añade un marco perfecto que resalta las reacciones de sus inquietos ojos claros y pequeños. Parece un surfista que ha extraviado su camino a la playa, y no el cocinero del que muchos de sus colegas limeños hablan con cerrada admiración. Schiaffino, uno de los tres mejores cocineros del Perú. El más joven de los grandes, el más osado, el más impredecible, el innovador. Eso se dice. Pero ahora él está a una hora y media en avión de esos comentarios, y anda en busca de algo más terrenal que la fama, mientras se abre paso entre el río de compradores y vendedores que discurre en el mercado de Belén. Iquitos es una ciudad calurosa a mil kilómetros de Lima, a la que sólo se puede llegar efectuando un salto prodigioso por encima de los Andes. En avión. Un lugar donde el boom de la gastronomía peruana aún suena a un banquete lejano. Allí, Schiaffino, que lleva casi diez horas sin comer, ha entrado a una cámara frigorífica donde los estibadores cargan pescados tan grandes que el binomio parece el de un hombre que carga a otro hombre. Son animales de río y su aspecto desconcertaría a cualquier ser humano que vive al nivel del mar. El cocinero distingue a los fríos huéspedes como quien reconoce a un perro de un gato. «Ése es un saltón», dice apuntando el cuerpo de lo que parece un delfín. Pesa unos ochenta kilos y cuelga de una ganzúa que duele a la vista. Es de la familia de los peces gato, animales sin escamas, de bigotes largos como alambres. Schiaffino, que parece bastante pequeño ante esos ejemplares, los carga, sopesa, y repite sus nombres de memoria: torre, cuchimama, zúngaro. Resultará más fácil para el lector familiarizarse con el pez tigre, un pescado de piel brillante, tersa y cuyas rayas negras parecen diseñadas a mano. «No tiene escamas, tócalo», sugiere el cocinero mientras lo sostiene como a un bebé. La piel es suave como un corte fino de satén.

Afuera del frigorífico, la rareza no es un atributo de los especímenes más grandes. Schiaffino examina lo que se ofrece como un montón de bolas billar hasta que éstas empiezan a moverse con lentitud. Son caracoles gigantes en perfecto estado de salud. Se llaman congonpes y en Malabar, el restaurante que el cocinero tiene en Lima, el comensal puede degustarlos en cortes finos, guisados y acompañados con chorizo y puré. Schiaffino parece un profesor de zoología que dicta una clase para adolescentes hiperactivos, y cuesta recordar que ha venido al mercado para tomar un desayuno. Ahora señala a una mujer que ejecuta cortes veloces sobre un pescado pequeño, como si picara una cebolla. Es una palometa, tiene forma de paleta de ping pong y provoca trasladarla viva a un acuario. Pero las apariencias engañan. En la selva más exuberante del mundo, es preciso reprimir cualquier sentimentalismo para recordar que tú, hombre de ciudad, eres un predador y que ellos, los peces extraños de la selva, son tu alimento. La palometa es un pariente de la piraña, ese pez carnívoro del que circulan leyendas sangrientas y una mala película de terror. El predador Schiaffino contempla esos pescados con apetito de cocinero.

Aunque no hay que confiarse de ello. El hombre es un predador sentimental que puede desarrollar cariño o aversión hacia lo que come o deja de comer. Para entenderlo, conversa con ese amigo o amiga vegetarianos al que jamás invitarías a Malabar para disfrutar de unas jugosas costillas de gamitana o de un generoso filete de maparate, peces amazónicos que Schiaffino cocina, y que le han ganado la fama de sofisticado explorador de lo desconocido. «Schiaffino va en expediciones en la jungla para descubrir oscuros ingredientes amazónicos», ha dicho de él la prestigiosa revista Food & Wine, que lo considera una de las veinte estrellas en crecimiento de la culinaria mundial. Es curioso verlo charlar con las comerciantes de ese mercado de Iquitos, donde cualquier cocinero cosmopolita pediría a gritos un intérprete. El conocimiento de la comida, como todo lenguaje, es un conjunto de códigos que se adquiere con el tiempo. Schiaffino intercambia datos, pregunta, informa. Ahora se ha detenido en un puesto de frutas. Toma en sus manos una muy grande, como una toronja amarillo verdosa, la huele, la acaricia. La vendedora le explica que se trata del caimito, «la fruta del amor». Él, por supuesto, ya la conoce. «También le llaman la fruta del beso –replica mientras su nariz afilada absorbe el perfume del vegetal–. Es buena para los riñones, ¿no, seño?». Cuando muerdes un caimito, explica la seño, se siente igual que cuando una mujer te besa con empeño. Ella es una mujer robusta, de piel marrón y ojos achinados, que sonríe como quien observa una exótica curiosidad. Algo en su comprador le causa gracia. Schiaffino es seguido muy de cerca por el fotógrafo de esta historia, y parece el curtido conductor de un programa de viajes. Pero entonces su rostro se desencaja como una dibujo animado.

–Pucha, qué loco –exclama con los muy abiertos.

Ha encontrado al turushuqui. Su sorpresa parece la de un niño que ha hallado una mascota, y no la del cocinero-explorador cuya reputación muchos diarios, revistas y programas de televisión han difundido por el mundo en media docena de lenguas. El asombro de Schiaffino es peculiar, pues lo que se origina con un gesto excesivamente plástico de su rostro, suele tener consecuencias profundas en el fenómeno cultural más sorprendente del continente. El ingrediente-Schiaffino del boom de la gastronomía peruana se inicia de manera inesperada en cualquiera de los diez o doce viajes anuales que él emprende a la selva amazónica. Encuentra algo que no conocía. Se asombra. Lleva sus hallazgos a Lima. Domestica esos ingredientes a su estilo y los incorpora a la alta cocina. Schiaffino empieza a tener seguidores entre sus colegas. Schiaffino expande los horizontes del boom y abre una trocha mental hacia ese mundo lejano y espeso, la despensa de comida más variada y desconocida del planeta.

–¿Cómo se llama eso, ah?

–Turushuqui.

–¿Curushiqui?

–No, turushuqui.

En realidad, sólo ha hallado la cabeza del turushuqui.

–Mira los bichos que uno se encuentra acá. Nunca lo había visto. Es un bagre, pero es bien parecido a la carachama mama.

Se refiere a otro pez acorazado y de aspecto robótico, aunque de tamaño menos atemorizante, que tiene una carne blanca y suave como el algodón. La dueña del puesto retira una torre de pescados pequeños, y descubre el resto del cuerpo del animal. Schiaffino, el explorador de ingredientes, está en éxtasis.

–Qué beeestia.

El cuerpo del turushuqui hace pensar en esas imágenes de los libros de escuela que explican que la vida comenzó en el agua. Los peces evolucionan y se transforman en anfibios que luego pueblan y conquistan el planeta. El turushiqui parece un pez que está en camino de ser otra cosa, un reptil, acaso un dinosaurio. Su lomo terso y oscuro está marcado por una cordillera de espinas filosas que podrían cortarte la piel como una sierra de metal. Schiaffino lo observa con hambre de conocimientos.

–Y está fresquito, además, ¿no, seño? ¿Y cómo lo cocinas?

–Como quieras –responde la mujer–. En caldo, en mazamorra o ahumado.

–¿Frito?

–También. Pura pulpa tiene.

Pasado el asombro, el hambre retorna. Schiaffino no tiene intenciones de comprar algo así. Al menos no en este viaje. Su bolsa es pequeña, del tamaño adecuado para llevar algunas frutas y verduras y cargar con ellas el resto del día. A las cuatro de la tarde él recordará que debe apresurarse para reunirse con el resto de la tripulación del Aqua, una empresa de cruceros de lujo que, a cambio de varios miles de dólares, te pasea por los fotogénicos paisajes del río Amazonas, mientras tienes la posibilidad de disfrutar de un menú diseñado, cuidado (y a veces preparado) por el más peculiar de los cocineros peruanos. Pero esta mañana aún luce tranquila, libre de esas presiones del trabajo, aunque el empresario Schiaffino anda pendiente de los mensajes que llegan a su Blackberry. Espera una importante llamada de negocios que podría alterar para siempre el ritmo de este viaje. Por lo pronto, ha llegado por fin la hora del desayuno.

–Seño, ¿tiene maparate?

A Schiaffino le encanta el maparate, otro pez gato, alargado como una anguila de río, y cuya carne tiene una textura similar a la del salmón. En Malabar se sirve gratinado, con un poco de foie gras, vinagre de arroz y nabos bañados en un caldo ligero. Ningún otro local de Lima ofrece una experiencia similar. La aparente excentricidad de sus ingredientes esconde la filosofía-Schiaffino sobre el boom. «La ventaja de la cocina peruana no sólo está en la técnica», me dijo en Lima unos días antes de emprender este viaje. Acababa de llegar de unas vacaciones en Chile, donde había practicado esquí. «La técnica la puede tener cualquiera. La diferencia nuestra debe estar en aprender a incorporar todos esos ingredientes que existen en el país y que no hay en ninguna otra parte del mundo». Explorar. Encontrar más productos. Sorprender con la variedad. La vendedora de pescados explora en una batea, pero no encuentra maparates. Es una mujer robusta en camiseta y falda azules que responde no, joven, ya se terminaron sin levantar la vista de una parrilla que arroja un humo juguetón hacia la clientela. Schiaffino elige entre los pescados fritos una palometa, esa pariente de la piraña que, asada al carbón, parece una escultura de pescado. «Mira la grasita que tiene acá debajo del pellejo», dice, y levanta la piel para punzar la carne blanquísima con el tenedor. «Su sabor es increíble». Delicado. Dulce. El cocinero extrae de su bolsa de compras un atado de hojas verdes de cuyo interior brota un amasijo fresco de chonta, un vegetal regional que se parece al espagueti. Añade encima una salsa de ají de cocona, una fruta ácida que parece una guayaba tersa, y que la vendedora le ofrece en un plato hondo. Él lo revuelve todo ayudándose de un plátano frito. Un plátano regional. Casi todo lo que puedes comer en el mercado es de origen local. La cuenta suma diez soles, poco más de tres dólares. «Esto es un lujo, carajo», dice Schiaffino mientras se dispone a seguir su recorrido. Está satisfecho. «¿Dónde más se puede comer así?».

La gente come tres veces al día. Seis mil millones de bocas tratando de hacerlo cada jornada convierten al hombre en la especie más voraz del planeta. Pero desde que el habitante de la ciudad delegó en los supermercados y restaurantes el trabajo de proveerle de alimentos, también dejó de enterarse de la cadena de hechos que ocurren en la naturaleza antes de que él pueda comer. La extinción de ciertos peces de mar es un suceso difícil de advertir desde la mesa de un restaurante. Un día de principios del 2009, Schiaffino presentó un documental en Madrid Fusión, el foro anual que reúne a los cocineros más importantes del planeta. El cocinero-explorador recorría el mismo mercado de Iquitos, y detallaba esas frutas, verduras y pescados amazónicos de los que el auditorio –salvo sus colegas peruanos y brasileños– jamás había oído hablar. Carachama. Maparate. Palometa. Es decir, variedad. «En la cuenca amazónica», explicaba su voz en off, «hay igual o mayor cantidad de peces que en el océano». Cantidad. En otra escena, Schiaffino se zambullía en una laguna junto a un grupo de pescadores y extraían un pez del tamaño de un torpedo. El paiche es un animal de aspecto prehistórico, escamas gruesas y boca enorme, que llega a pesar unos doscientos kilos y puede alimentar a docenas de personas con un filete sabroso y grueso. En un negocio concentrado en explotar los productos del mar, aquel documental parecía una invitación para que los cocineros reunidos en Madrid corrieran a zambullirse a los ríos. Era un mensaje que proponía la búsqueda de un nuevo equilibrio en el consumo de pescados. Explorar. Porque ciertos cocineros dicen o hacen cosas que son mensajes. Y una carta de menú también puede leerse como una declaración de principios del chef. Su opinión sobre el estado de cosas en el mundo.

Si el comensal revisa con calma la carta de Malabar, en Lima, se sorprenderá al no encontrar allí a ninguno de los tres pescados que por años los caprichosos paladares de la costa han consumido hasta la fatiga. Un cebiche preparado con mero, lenguado o corvina todavía se considera el ingreso por la puerta vip al mundo de la gastronomía peruana. Éstas son ideas. Costumbres de un predador exquisito y aún ensimismado en la tradición. Pero las costumbres alimenticias de nuestra especie tienen consecuencias tristes. «A uno que intenta ser siempre optimista le cuesta creer que quizás en diez años nuestros lenguados, chitas y corvinas sean sólo un recuerdo», opinó Gastón Acurio, el cocinero peruano más conocido en el mundo, desde su cuenta de Facebook. Era agosto del 2010 y su lamento sonaba bastante lógico para la época. Pero tres años antes, los mozos de Malabar se exaltaron cuando Schiaffino les comunicó su decisión de expulsar de la carta a aquellos hijos ilustres del mar peruano. «Casi nos arman una revolución», recuerda una tarde Toti Salazar, una tía muy cercana a Schiaffino que fuma cigarrillos rojos y se encarga de la logística de su restaurante. Los mozos, sin embargo, comprendieron las razones después de algunas charlas explicativas. Los mozos son parte importante de la cadena alimenticia de la alta cocina. «Si a un mozo no le gusta un plato, no lo ofrece», reflexiona Salazar, sentada a una mesa de Malabar. Los mozos lucen bastante concentrados en el salón mientras llevan los platos típicos del local: sudado de paiche, costillas de gamitana, ensalada de chonta. El gusto es una costumbre que se aprende y se expande con el tiempo. Schiaffino es uno de esos cocineros que no sólo se obsesiona con los microscópicos detalles de un plato. Sus creaciones tienen esa firma del explorador que quiere explicarte que el mundo de la comida es más grande y complejo que una mesa de manteles blancos donde todo es sabroso.

Enviar mensajes a través de los ingredientes de un plato no es una tarea fácil. Rafael Piqueras es un cocinero alto y reflexivo que podría ganarse la vida como galán de la televisión. Él incorporó ciertas técnicas de la cocina molecular a la gastronomía peruana. Trabajó en el Bulli, por años el mejor restaurante del mundo, y al volver a Lima observó la comida local con ojos de científico inquieto. El ají amarillo, por ejemplo, se convirtió en sus manos en una espuma de ají. En el año 2003, cuando el boom apenas era una ola en formación, Schiaffino le ofreció a Piqueras tres cortes de pescado. Schiaffino versión 2003 era un cocinero que había dejado sus trabajos para mudarse a la selva. Estaba fascinado por sus pescados, frutas y verduras. Al vivir en Iquitos comprobó que aquellos productos eran desconocidos en Lima porque no existían proveedores serios y capaces de trasladarlos frescos y con la periodicidad que requiere todo restaurante. Schiaffino versión 2003 se convirtió en proveedor. Piqueras recuerda vagamente las muestras que su colega le entregó para que las estudiara. Las trabajó. Las probó. Pero decidió que no funcionarían en su restaurante. Uno de esos cortes era de paiche. En esa época en que la novedad consistía en procurarle sofisticación a la cocina tradicional peruana, resultaba lógico que los cocineros desconfiaran del entusiasmo de Schiaffino por esos productos raros. «Yo fui uno de ellos», confiesa Piqueras mientras bebe café en un Starbucks de Lima. «Los cocineros vamos hasta donde nos permite el cliente». Parece referirse a un dictador inflexible. «En esa época –añade–, los clientes no estaban preparados para algo así». Pero las cosas cambian con el tiempo. Los clientes también. A principios de este siglo no había cadenas de cafeterías en la ciudad. Ahora que sí existen, los limeños beben más café. El café despierta los sentidos. Piqueras versión 2010 acaba de volver de un viaje a Tarapoto, una ciudad de la selva peruana, donde ha recorrido mercados, restaurantes y pescaderías que Schiaffino, que es su amigo de años, le recomendó. Al hablar de ellos su emoción es notoria, sobre todo cuando agranda los ojos para decir: «Era un viaje que me debía». Luego añade una conclusión bastante realista para la época: «Si comiéramos más pescados de la selva, habría más peces en el mar: nos estamos devorando todo». Piqueras versión 2011 abrirá un restaurante en un hotel lujoso en el edificio más alto de la ciudad. Allí sus clientes podrán ordenar paiche.

Pero en el mercado de Iquitos no. Schiaffino no ha encontrado una sola muestra de ese animal. El paiche se ha vuelto muy cotizado y los compradores se lo disputan desde temprano. Es una historia larga de contar y ahora, bajo el sol asfixiante de esta ciudad, a Schiaffino le ha dado sed. Quiere tomar un jugo de naranja. A las once de la mañana, las calles del mercado lucen un tanto vacías y es posible observar a las vendedoras de pescado que ejecutan cortes finos y veloces sobre los flancos de las palometas. Esta especie, como muchos peces de la selva, tiene una cadena adicional de espinas que atraviesa su cuerpo. Los cortes paralelos que las comerciantes ejecutan permitirán que el comensal arañe la carne con el tenedor y lo extraiga lleno de pulpa y sin peligro de llevarse una espina a la garganta. Schiaffino le pregunta al fotógrafo si puede hacer una toma de ese procedimiento. En dos semanas presentará una ponencia sobre los peces amazónicos en el Congreso Gastronómico Internacional de México. Schiaffino versión 2010 es un divulgador internacional de los insumos de la Amazonía. Días antes, un amigo había prometido enviarle un paiche entero hasta Lima. Ese ejemplar no estaba destinado a la tabla de picar de la cocina de Malabar, sino al consultorio de una veterinaria. Durante días, el cocinero peruano había evaluado cuál sería la mejor manera de explicarle a ese auditorio de cocineros de todo el mundo, en México, la peculiaridad del espinazo de los peces amazónicos. Su primera intención fue hacer un dibujo. Pero presentar un dibujo no resultaría tan convincente como exhibir en pantalla gigante la radiografía que podría obtener en una veterinaria. Verlo ingresar allí cargando un animal de aspecto prehistórico habría sido una sorpresa excesiva para los clientes del consultorio. Un exceso del boom. Pero, al final, el proveedor de paiches no pudo cumplir con lo ofrecido, y esta mañana Schiaffino está muy pendiente de la fotografía que incluirá en un Power Point. Mientras observa a la mujer que «retalea» la palometa, su mano derecha se distrae acariciando la cabeza de una doncella, un pez gato de rayas negras, hocico plano y bigotes largos. Es un ejemplar formidable, de unos doce kilos, que ha sido capturado durante la madrugada. Pero, contra todo pronóstico, aún tiene algo que decir.

Seis horas después de haber sido capturada, la doncella comienza a mover el hocico para comunicar que aún no entra a la categoría de cadáver. Schiaffino acerca su rostro pasmado a la boca del animal. La lengua late levemente. En efecto, está vivo, y hasta provoca devolverlo al río en mérito a su heroica resistencia, pero los pescadores ya le han cortado las aletas. Los muñones manan pequeñas gotas de sangre. Las branquias se agitan. Schiaffino dice que nunca ha visto algo así. Pero lo que parece un fenómeno sobrenatural, también puede asumirse como la cruda demostración de lo poco que se sabe de la vida en los ríos de la selva. Ciertos peces de la amazonía logran sobrevivir varias horas fuera del agua. Para comprobarlo, basta girar un poco la cabeza hacia el puesto contiguo. Una niña lucha por alinear unas carachamas, esos pequeños acorazados negros, en una fila presentable. Una carachama, dos carachamas, tres carachamas. La niña retira la mano con cuidado, como quien acaba de construir una torre de naipes, pero los animales se inquietan y se lanzan en caída libre hacia el suelo. Al lado, Schiaffino aún examina a la doncella, aunque ya ha superada la etapa del asombro profesional. El rudo conocedor de los pescados de la selva parece por un momento el niño que criaba todo tipo de mascotas. A él siempre le han encantado los animales vivos. Entonces, sin dejar de mirar a la doncella, le acaricia la cabeza con una mano y exclama con cierta melancolía:

–Da pena, ¿no?

***

Ciertas personas evidencian que han entrado a la madurez cuando de manera inconciente comienzan a buscar las mismas cosas que le emocionaron en el pasado. Los sabores de la infancia, por ejemplo. Una mañana de sol, Pedro Miguel Schiaffino conduce su camioneta 4×4 hacia Pachacamac, un distrito de casas de campo y chacras de cultivo a media hora de Lima. Va a inspeccionar los acabados de su futuro de restaurante de comida a leña, un negocio que abrirá con apoyo de un socio. Schiaffino-empresario, además de Malabar, maneja otros negocios: La Pescadería, un restaurante a punto de convertirse en una cadena, y donde el cliente puede comprar sus propios cortes para prepararlos en casa; una empresa de catering (que por estos días se encargará de la dieta de los artistas del Cirque du Soleil); también asesora un crucero amazónico y un hotel en el Cusco. Él ha postergado la apertura de su restaurante campestre debido a una serie de viajes que lo mantuvieron ocupado durante la primera mitad del año, y ahora quiere concentrarse en revisar los acabados del local. El terreno es inmenso, del tamaño de ocho campos de fútbol, y el proyecto comprende huertos, granjas para animales, jardines, una cocina inmensa, hornos de barro, parrillas. Habrá un gran salón con mesas, cubierto con techos de esteras, y una zona donde las familias podrán retirarse a espacios privados cuyas paredes serán de arbustos y donde tendrán la posibilidad de sentarse mientras un cocinero termina de preparar su pedido delante de ellos. Los niños tendrían columpios, castillos de madera, camas elásticas y otros juegos propicios para quedar extenuados antes del almuerzo. Suena muy divertido, pero Schiaffino tiene una pregunta para el arquitecto que lo acompaña esta mañana.

–¿Y cómo vamos a hacer para que la gente no venga gratis, juegue, y luego se vaya a su casa a comer?

Es una pregunta inocente que deja pensando por unos segundos a su interlocutor. Cuando era niño, su familia tenía una chacra en el mismo distrito. Schiaffino solía jugar algunas tardes después de la escuela. Allí se criaban patos, gallinas, gansos, cerdos y otros animales de granja que se distribuían en algunas tiendas y supermercados de la ciudad. El futuro cocinero veía cómo se degollaban a esos animales. Animales vivos convirtiéndose en comida casi en tiempo real. Años después, mientras recorre su futuro restaurante, él no puede recordar con exactitud dónde quedaba esa chacra familiar, pero su memoria de cocinero retiene ciertos detalles gustativos de la infancia. Por ejemplo, los rellenos para el pan que preparaba con la sangre de los patos. «Era buenazo –dice–. Pan con “sangrecita” y tamal». El pasado produce ciertos sabores que no se olvidan. Su nuevo restaurante empezará con cierta cautela, pero el proyecto contado por Schiaffino suena a un episodio de ciencia ficción culinaria: lograr que todos los alimentos que se preparen allí sean producidos en sus propias huertas y granjas, y que, incluso, éstas abastezcan con algunos productos a Malabar. Algo parecido a esos locales farm-to-table que hay en algunas partes del mundo, donde el mozo te explica que esa lechuga que estás a punto de comer se ha cosechado hace apenas veinte minutos. Mensajes. Schiaffino parece una especie de explorador del futuro, y en el futuro de su restaurante los comensales saldrán de Lima, la capital del boom, no sólo para comer en ese local, sino para enterarse de cómo se producen los alimentos que siempre se han llevado a la boca. De la granja a la mesa. La naturaleza convirtiéndose en comida en tiempo real, y el cliente transformado en un predador reflexivo.

El cocinero trata de controlar su emoción futurista con pasos calculados de empresario. «La idea es llegar a eso poco a poco». Por ahora, su socio ha invertido casi medio millón de dólares en esa aventura. Quiero preguntarle por ese personaje, pero Schiaffino se topa con el ala de una avioneta que descansa en medio de algunos trastos. El artilugio es del tamaño de un pequeño velero y está envuelto en una bolsa protectora, como una de esas compras que se realizan a pedido y se entregan por correo. Schiaffino revisa un poco y se rasca la cabeza.

–Puta madre. ¿Y esto qué hace aquí?

No parece molesto. Al contrario: sonríe como quien se enfrenta a un acertijo.

–Debe de haberla traído mi socio –añade–. Es un loco. Pero un loco bueno.

Rato después, decide que el ala de avioneta podrá formar parte del decorado del restaurante.

***

Hay una sensibilidad Schiaffino para las cosas. Es una mezcla de sencillez y despreocupación que lo vuelve finamente excéntrico ante la seriedad de la vida. Es algo que en su manera de hablar podría describirse como estar en otra onda. A veces él parece no darse cuenta de ello y entonces dice y hace cosas mientras la gente saca sus conclusiones. La gente siempre saca conclusiones. Renato Peralta, un cocinero experto en producir panes y compañero de Schiaffino en viajes, premiaciones o cenas oficiales, cuenta que a veces Pedro Miguel lo llama por teléfono antes de asistir a una de esas reuniones. Peralta es un hombre de apariencia bien cuidada y lleva una barba en candado recortada con esmero. Es un cocinero que ha dejado de cocinar para convertirse en uno de los promotores del boom. Cuando Peralta contesta las llamadas de Schiaffino a pocas horas de esas actividades, intuye cuál será la pregunta y entonces se produce más o menos el siguiente diálogo:

–Cholo, ¿y cómo hay vestirse para ir a esa vaina, ah?

–Hay que ponerse un saco, Pedro Miguel.

–Pucha, cholo, no tengo, ¿qué hago?

A veces el tiempo le alcanza para hallar un traje, y entonces Schiaffino aparece a tono con la ocasión. Pero cuando no lo consigue –dice Peralta–, es capaz de asistir con lo que lleva puesto ese día: un jean, una chaqueta de excursionista y las crocs que suele llevar cuando cocina. Entonces su aspecto resulta «tan, pero tan notorio» en medio de ministros, embajadores o empresarios de trajes pulcros, que, al recordarlo, el impecable Peralta, que a veces puede ser muy diplomático, intenta reconstruir el gesto que suele hacer en esas situaciones.

–Ay, Pedro Miguel –dice, llevándose una mano a la frente.

Tal vez la psicología plantee algunas explicaciones para este tipo de conducta. Pero la teoría que tiene Toti Salazar, la tía de Schiaffino que trabaja en Malabar, es bastante razonable. Un miércoles, pasada la hora del almuerzo, un mozo coloca en su mesa un plato de arroz con pollo sin pollo. No se trata de una elección de la sofisticada carta, sino una variación de la misma comida que todo el personal se sirve antes o después de iniciar su trabajo. Si uno abre la puerta de la cocina a las doce y media de la tarde, tal vez sorprenda a Schiaffino con una pierna de pollo entre los dedos mientras devora hasta el último rastro de cartílago. «Nosotros somos gente de playa –dice Salazar mientras manipulaba sin prisa el tenedor–. Hemos crecido sin zapatos corriendo por la arena, bastante libres y relajados, ¿me entiendes?». Salazar se refiere a la casa de playa que la familia tenía en Punta Hermosa, un balneario a media hora de Lima donde puede verse casas de veraneo cerca de barrios de pescadores artesanales. Es difícil calcular qué tan adinerada era la familia de Schiaffino, pero la de la playa era sólo una de sus propiedades, además de la granja de Pachacamac y la casa en San Isidro, el distrito más pudiente de Lima. Un amigo del colegio asegura que el padre de Schiaffino era dueño de una fábrica de dulces, y que a veces Pedro Miguel le invitaba de esas golosinas en el salón de clases. Otro amigo que asistió a la graduación de Schiaffino en el Culinary Institute of America, en Nueva York, la escuela de cocineros más prestigiosa de los Estados Unidos, recuerda que papá Schiaffino los llevó de gira por los mejores restaurantes de esa ciudad antes de que los muchachos emprendieran una juerga de antología. Pero cuando Schiaffino era un niño, de todos los lugares donde podía estar, él disfrutaba mucho la playa. «Uy, no sabes», comenta Salazar en su mesa de Malabar. «Pasábamos meses allí, pescando pintadillas con un cordel». Un día frente a un auditorio de periodistas, cocineros y público en general, el cocinero Schiaffino recordó esas tardes en que llegaba a casa con una canasta llena de pintadillas y se la entregaba a su nana para que las friera. Hay cosas que te marcan de niño. Coger un animal vivo del mar y convertirlo en tu comida puede ser una de ellas.

El niño que pescaba pintadillas con su tía Toti se volvió el adolescente que salía de madrugada a echar redes con los pescadores de Punta Hermosa, y luego el joven que hacía caza submarina y más tarde el cocinero al que le encanta surfear. Pero el «surfer-chef», como lo llamó una revista de los Estados Unidos que recomienda Malabar como uno de «los lugares que ofrecen las mejores experiencia culinarias del planeta», no coge una ola hace más de cinco meses, por falta de tiempo. Schiaffino es un cocinero que pasa tantas horas trabajando dentro de su cocina como fuera de ella. Su biografía inmediata se puede leer en dos agendas cuyo contenido una asistente le va comunicando a lo largo del día. En el curso de seis semanas, el cocinero debe acoger durante tres días a una colega de Brasil traída por la embajada de ese país. Luego dará una conferencia para estudiantes de cocina en una universidad de Lima. También será el anfitrión de los gerentes japoneses de la empresa Ajinomoto, la más grande fabricante de umami en el mundo, y viajará con ellos al Cusco. Horas después de despedirlos, tomará un vuelo para dirigir el menú de un crucero de lujo por el Amazonas durante cuatro días. Enseguida volará a un congreso de cocineros en México. De vuelta en Lima, pasará seis días de actividades en Mistura, el festival de comida peruana. Y sólo al final trabajará en la inauguración de su restaurante de Pachacamac. Sus agendas parecen el prólogo de una historia clínica de estrés.

Pero esta mañana, en Pachacamac, Schiaffino exhibe la habitual tranquilidad que suele sorprender a quienes conocen de cerca su carga de trabajo. Ha terminado de inspeccionar su futuro negocio de comida a leña, y trepa a su camioneta para regresar a la ciudad. Mientras conduce (y a él le encanta viajar por tierra), se convierte de pronto en un analista crudo de la realidad. Los restaurantes de carreteras son malos, dice. Salvo dos o tres locales en la costa norte, no hay sitios buenos para llevar a un invitado del extranjero sin correr el riesgo de que algo le caiga mal. En la selva, con contadas excepciones, no hay buenos restaurantes para que los turistas más exigentes –esos que jamás se sentarían a devorar un delicioso pescado en el mercado– puedan disfrutar de la cocina regional en un ambiente seguro, pulcro, en el que la arquitectura sea una experiencia adicional, y donde treinta personas se ganen la vida trabajando obsesivamente. Alta cocina. El paisaje desértico de la costa puede encender la mente de todo empresario, como esos lienzos en blanco a los que provoca llenar de pintura. Entonces Schiaffino describe un proyecto: un restaurante de comida exclusivamente amazónica en Lima (doncellas, caimitos, carachamas). Un local donde se trabaje con los productos y la sazón de la selva, y que pueda ser replicado en cualquier ciudad de Latinoamérica. (Aquí el comensal puede imaginar la primorosa carne del turushuqui doblegada entre hierbas perfumadas). Por ahora el proyecto depende del sí o el aún no de los inversionistas. Así que hay que esperar con calma esa llamada telefónica que Schiaffino recibirá dentro de dos semanas en el mercado de Iquitos, camino a una juguería y después de haber atestiguado la «resurrección» de una doncella.

La camioneta se desliza bajo los acantilados que perfilan la ciudad. Edificios espigados y modernos. Parapentes sobrevolando el otro boom, el de la construcción. Un centro comercial con vista al mar. El mar salpicado de botes. Al pasar frente a él, Schiaffino, que no corre tabla hace mucho, recuerda que tiene un bote que tampoco usa. No es una queja ante su exceso de trabajo, sino un comentario propiciado por el paisaje. A veces, dice, le gustaría tener una casita apartada frente al mar, un restaurantito de cinco mesas, un espacio para criar animales y sembrar plantas. «El sueño de todo cocinero», añade; es decir, un lugar que le permita ganar lo suficiente para mantener a su familia, viajar, volver a bucear, tener un velero. La tranquilidad del mar abierto de la ciudad relaja los gestos de Schiaffino con un efecto inspirador, hasta que la camioneta trepa una cuesta y se zambulle en una avenida llena de automóviles. Entonces Schiaffino vuelve a la realidad.

–La vida es complicadaza –agrega con cierto lirismo juvenil–. Es que te das cuenta de que en este país hay mucho por hacer, y te vas llenando de cosas y proyectos, y éstos te envuelven. Así que tampoco me imagino encerrado en mi chacrita y cocinando sin que el resto del mundo me importe. Yo creo que esta es la edad perfecta para llenarse de trabajo.

–¿Y de viejo tampoco? –pregunto.

Él medita por un momento. El tránsito torpe de Lima puede despertar una angustiante conciencia del tiempo. Un llavero en forma de dona de chocolate cuelga de la chapa de encendido del vehículo y se balancea como el péndulo de un reloj. Es la una de la tarde, la hora del almuerzo, y los carros van lento, muy lento. Provoca tirarse por la ventana para echarse a correr o escapar a cualquier lugar tranquilo mientras detrás de ti todo se hunde.

–¿De viejo? ¿Mi chacrita? Podría ser, ¿ah?

Es un futuro bonito. Pero, ahora, Schiaffino va llegar tarde a su cocina.

***

En Malabar dicen que cuando el chef Schiaffino está viaje, los cocineros lo celebran. Se relajan. Eso no significa que el menú pierda su calidad. Los clientes asiduos a ese restaurante saben que Schiaffino no es de esos cocineros extrovertidos que salen a recibir aplausos o a contestar saludos en persona. De hecho, los comensales casi nunca notan si él está o no está en la cocina, y disfrutan sus alimentos en un salón cálido y tranquilo, de paredes ocres y blancas decoradas con pinturas coloridas. Una música suave cobija las largas sobremesas mientras los tragos discurren desde un bar con apariencia de altar, y cuyos espejos duplican la armonía. Pero justo del otro lado de la puerta batiente por la que desfilan los platos, la vida se torna difícil. Es un martes por la noche y Schiaffino no está de viaje. Lleva la chaquetilla blanca de chef abotonada hasta el cuello y el aire relajado de costumbre se le ha borrado. Parecería otra persona si no fuera por las zapatillas de excursión que lo llevan de un lado a otro de la cocina mientras él imparte órdenes, decora platos, saborea salsas, comenta aciertos, descubre errores. Schiaffino siempre descubre errores y suele proyectar en su cocina un aura de controlada tensión. Un ambiente similar al de un salón de clases gobernado por un instructor de coreografía militar. «Oye, Chinaaa». ¿Sí, Pedro? «Baja la voz, carajo». «Concentración, señores. Atiendan el pedido de la mesa doce. Más rápido». «No quiero ver impurezas ni cojudeces en este caldo». «Oye, Cholo, esa decoración, métetela al poto». «Así, así quiero que quede este plato. ¿Vieron? Tú, por favor, tómale una foto». «Este aceite no, Eduardo, quiero el de manzanilla. ¿Cómo? ¿No tienes? ¿Quién no te ha dado? Me cago si no te ha dado. Tú tienes que pedirle, tienes que perseguirlo para que te dé».

El humor o mal humor de Schiaffino se manifiesta en oleadas. Pasada la racha de tensión propiciada por un error, él vuelve adquirir el tono profesoral de costumbre. Entonces adquieren notoriedad otros detalles de la cocina: los cocineros en acción, las paredes de cerámicos celestes, una pequeña pizarra de tiza que cuelga en el centro de la cocina. Frente a ese tablero, Schiaffino suele reunir a los mozos y cocineros para explicarles las novedades de la carta, que en Malabar cambia con cada una de las cuatro estaciones del año. El personal apunta, pregunta, degusta y reflexiona. «El maparate es un pez de río –ha dictado el profesor Schiaffino unos minutos antes del inicio del servicio–. Lo traemos de Iquitos. Es un pez gato, sin escamas. Bien grasoso. Lo servimos con mirín». ¿Qué era el mirín?, preguntó un mozo. «Es un vino de arroz japonés. Es más como un vinagre. ¿De acuerdo? Vamos a preparar el plato completo para que lo prueben». Los mozos, ya se sabe, son los primeros publicistas de todo nuevo platillo. Mientras, Schiaffino seguía conduciendo esa clase, uno de los meseros me dijo que Pedro Miguel había madurado, que ya no era el ogro que solía ser, y señaló con el dedo índice un punto en medio de la cocina. No se refería al vetusto refrigerador que descansa en un extremo, y que Schiaffino y sus hermanos plagaron con calcomanías de ropa de surfista a lo largo de su adolescencia, sino a un dispensador de papel. Schiaffino solía destruirlo a puñetazos cuando la tensión lo desbordaba. El dispensador ahora luce victorioso, pues tiene otro lugar por encima de un grifo de agua. Para asestarle un golpe directo, Schiaffino tendría que hacer un esfuerzo adicional. Empinarse.

Schiaffino versión 2010 ya no hace ese tipo de cosas. Los cocineros cambian, evolucionan. Cuando él llegó de Italia, donde trabajó después de graduarse como cocinero en los Estados Unidos, admiraba la imagen de sus antiguos jefes de cocina. Uno de ellos era Piero Bertinotti, al que él llama su mentor, y que es el dueño de un restaurante con una estrella Michelin. El Bertinotti que Schiaffino conoció era uno de esos chefs que difícilmente abandonan su restaurante y que, al llegar las dos de la madrugada, podía retener a sus trabajadores abriendo botellas de vino para seguir charlando sobre la cocina. Schiaffino pasó cuatro años en Italia sin descansar un solo día, y durante su estancia en el restaurante de Bertinoti gozó del raro privilegio de dormir en el granero. Por las mañanas debía levantarse muy temprano para preparar el pan. Cuando abrió Malabar, en el 2004, todavía estaba imbuido en esa mística. Carlos Testino, un cocinero que trabajó allí durante el primer semestre y que ahora dirige su propio restaurante a dos cuadras de Malabar, recuerda noches en que, acabado el servicio, Schiaffino permanecía obsesionado limpiando con un cepillo las suciedades que sólo él parecía encontrar en la cocina. Testino se divertía por entonces arrojándole maníes a la distancia para recordarle que ya era hora de irse. Schiaffino versión 2007 aún era capaz de aceptar hacer un viaje hasta Bogotá para cocinar un bufet de cumpleaños para más de cien personas, solo y sin pago de por medio. Al día siguiente de la fiesta, recuerda él, el dueño del cumpleaños se levantó con antojos de comer lomo saltado y le pidió ese último deseo. Schiaffino aceptó a regañadientes, pero rechazó la invitación a almorzar con el dueño del cumpleaños porque aún tenía que asear sus utensilos. El anfitrión era el célebre cantante Juanes y entonces quizá también tuvo la tentación de arrojarle algo. O tal vez sólo miró con divertido respeto a ese obsesivo soldado de la revolución de la cocina peruana.

Pero algunos cocineros cambian con el tiempo, absorben los mensajes de la realidad y a veces aceptan salir de sus restaurantes para emprender otras tareas. Schiaffino respeta mucho la calidad de sus cocineros. «Si no fuera por ellos –me dijo–, no podría dedicarme a trabajar otros proyectos». El único defecto que él encuentra en sus trabajadores, sobre todo en los más jóvenes, es que a veces se ensimisman tanto en sus propias tareas que olvidan que cocinar en un restaurante es un trabajo de conjunto. No se comunican. Por eso, cuando él está en su cocina, trata de corregir ese pequeño defecto y entonces hasta podría parecer que, en realidad, no ha cambiado tanto.

–Pásame buenos cortes de pescado para el tiradito, por fa, Jonathan.

–Ya, Pedro.

Schiaffino quiere controlar la salida de un tiradito de cabrilla.

–Hey, mira estos cortes. Afila tu cuchillo. Sabes perfectamente que yo soy una ladilla con esta huevada.

Jonathan, un joven cocinero de la estación de alimentos fríos, corrige los cortes y se los pasa al chef por segunda vez.

–¿Por qué han dejado de afilar los cuchillos? ¿Qué ha pasado? Esto es una mierda. Me lo vuelves a hacer.

–Ya, Pedro.

Cuando Schiaffino recibe por tercera vez los cortes de cabrilla, algo en su rostro se descompone. Se agria.

–No puedo creer que esta huevada esté pasando. Te corrijo y sigues cortando así. Es una mierda, pues. No quiero el pescado así.

Jonathan murmura algo sobre el encargado de la despensa.

–Pero habla, pues, di: «no puedo trabajar con este pescado», y listo. Si el encargado de arriba te lo trae mal, se lo revientas en la cara, pero no me lo entregas así porque la puteada te cae a ti. ¡Dónde estamos, carajo!

Estamos en la cocina de Malabar, uno de los cinco restaurantes más exquisitos de Latinoamérica, según la revista inglesa Restaurant, que clasifica a los mejores locales del mundo. La alta cocina es el esfuerzo por mantener los errores del mundo fuera del plato; y la tensión es un clima que suele envolver a quienes trabajan en busca de esa perfección. Pasada la breve ola de enfado, Schiaffino pretende comunicarse con los clientes de una mesa del salón. Eso, dado su carácter, no supone necesariamente que él saldrá de su cocina.

–¿Los que han pedido ese carpaccio de olluco son gringos?

El mozo le informa que se trata de una pareja de turistas canadienses.

–Les llevas el carpaccio y luego les muestras este plato, ¿ya?

En el plato hay dos ollucos enteros, largos, anaranjados.

–Explícales de dónde vienen, que cosa son. Tubérculos, familia de la papa… Tú ya sabes.

Unos segundos después, empuja ligeramente una de las hojas de la puerta de la cocina, y asoma la cabeza para espiar el cálido salón. Música. Conversaciones. Sonrisas. Sosiego. El mozo, frente a los turistas canadienses, imparte una tranquila charla de geografía y botánica sobre el olluco. Schiaffino observa la escena por un momento y parece complacido. Hace un breve gesto de labios parecido a una sonrisa y luego vuelve al fragor de la cocina. «Concentración, señores –repite una y otra vez. Los quiero concentrados». En algún lugar del restaurante una de sus dos agendas indica que aún faltan catorce días para que el chef parta de viaje. Es difícil determinar si sus cocineros llevan la cuenta regresiva.

***

Catorce días después, en el mercado de Iquitos, Schiaffino disfruta un jugo de naranja. Lo hace mientras responde una llamada telefónica que cambiará el ritmo de su paso por esta ciudad y seguramente recargará su agenda del próximo año. Se ha recostado en la columna de madera de la juguería. La vendedora refriega sus vasos en una batea de agua trajinada. Por allí circulan algunos turistas. Curiosean. Toman fotos. Schiaffino a veces se imagina a un político inteligente que invierte dinero en el mercado, que construye grifos de agua potable y que alienta a los comerciantes a trabajar con higiene. Pero tal cosa no existe en esta región de fauna variada. Al colgar, termina de beber el jugo a toda prisa.

–Me aprobaron el proyecto de restaurante amazónico –dice tomándose la cabeza con ambas manos–. Más chamba.

Sonríe. Es una preocupación que lo pone contento. El negocio podría estar listo en unos nueve meses. Schiaffino se imagina el restaurante como una experiencia propicia para comunicar a los clientes de qué se trata la selva. Por ejemplo, el arte. Son las once de la mañana y él calcula que hay tiempo para establecer una pequeña agenda de trabajo para lo que queda del día: visitar a un pintor que le han recomendado, y cuyas pinturas tal vez puedan colocarse en el futuro restaurante, y después ir a un criadero de un viejo conocido suyo. Es importante mantener las relaciones de amistad y de trabajo con los proveedores. En su bolsa de compras, Schiaffino ha reunido una fina muestra de la diversidad del mercado: unos cuantos caimitos, algunas lúcumas gigantes, un atado de chonta y hueveras de carachama de color anaranjado brillante, buenas para preparar caviar. Caviar en un barco de lujo que navega tranquilo sobre el Amazonas. Schiaffino aferra con fuerza su compra.

Pasada la una de la tarde, él está sentado a una mesa en el criadero Arapaima Gigas, que es el nombre científico del paiche. Tiene hambre y almuerza finos trozos de un dorado entero (cabeza, tronco y aletas), mientras el propietario del lugar le sugiere algunas ideas que podría adaptar en Malabar.

–Allá deberías servirlo así, enterito, con sus ojitos y todo.

–¿Estás loco? –reacciona el cocinero–. Los clientes de allá se asustan. Hay que hacer las cosas poco a poco.

Santiago Álvez no está loco aunque sus conocidos lo apodan Indio blanco. Es un hombre alto, de cabello cano que exhibe una luminosa barriga, pues se ha quitado la camiseta debido al calor. Su propiedad es un mar de vegetación en cuyo interior cuatro lagunas brillan bajo el sol de la tarde. Decenas de hombres de piel cetrina y ojos achinados construyen diques, trasladan redes de pesca y alimentan a la realeza. Al paiche también le llaman el Rey del Amazonas, y en este criadero hay doscientos que conviven con una corte de vasallos menores: carachamas, doncellas, maparates. En la superficie caminan motelos (una tortuga anfibia de carne suave y buena para las sopas), manadas de sajinos (cerdos salvajes cubiertos de pelo grueso), familias de ronsocos (roedores gigantes como ovejas), y varios majaces (roedores del tamaño de media oveja). Para entender la riqueza de esa propiedad, dice Álvez, hay que regresar un domingo al restaurante que hay en el criadero y ver cómo veinte mozos atienden a setecientos comensales mientras una parrilla de cinco metros asa a la leña toda la fauna que cabe en ella. Veinte meseros versus setecientos clientes es un espectáculo digno de verse. Álvez es un hombre carismático. Schiaffino quiere averiguar si será capaz de enviarle periódicamente algo de carne y pescado. Dice que le gustaría empezar con el majaz. Majaz en su nuevo restaurante amazónico.

–Te lo mando, hermano, ¿por qué no? –ofrece Álvez–. Ya sazonadito y todo te lo envío.

–Papá, no es así como piensas –replica la hija del anfitrión, una mujer en pantalón corto y blusa escotada, que come un pescado a la parrilla–. Él tiene un restaurante gourmet, allí ellos lo cocinan a su manera.

–¿En serio? –Álvez parece sorprendido–. ¿Qué van a saber ellos de sazón?

Indio blanco no conoce Malabar y tampoco parece interesarle mucho ahora. Sí le interesa entretener a sus visitantes contándoles algunos capítulos de su biografía. Siendo niño, por ejemplo, Indio blanco estuvo a punto de ser aniquilado por un otorongo. Estaban frente a frente en la espesura de la selva y el chico se moría de miedo, pero tuvo tuvo la ocurrencia de gritar tan fuerte que ese animal feroz como un tigre salió huyendo desconcertado como un gatito. La tarde y las historias avanzan con aire alegre pero poco propicio para los negocios. Hay algunas cervezas destapadas sobre la mesa. Animado por la conversación, Álvez ordena a sus hombres que extiendan las redes en una de las lagunas. Quiere mostrar la calidad de sus paiches. Schiaffino se quita la camiseta y las sandalias para ayudar a cerrar la red. En el agua doce hombres forman un círculo que se hace cada vez más pequeño. Caminan despacio mientras arrastran la trampa, no hablan: el paiche es un pez sensible y está pendiente de cualquier ruido. Cuando la gente ha cerrado la ronda, las redes retienen varias docenas de peces pequeños y algunas tortugas. También hay un paiche de escamas plateadas y cola dorada que aletea con ferocidad. Tiene el tamaño de un delfín, pesa unos treinta kilos. Es un paiche casi púber, si tal cosa existe.

El púber Schiaffino coleccionaba todo tipo de animales. Tenía monos, iguanas, serpientes, hurones, halcones, arañas, hamsters, tarántulas y, una vez, hasta llegó a poseer diecinueve loros. Conseguía esas mascotas a escondidas, las criaba un tiempo, pero luego en casa le decían que debía devolverlas o donarlas al zoológico. Para tener un animal –me dijo una vez– es preciso tener tiempo. Cuando ya fue un cocinero famoso, él concentró su afición por todo tipo de criaturas en un perro braco llamado Apu al que mimaba mucho. Un día el cocinero se mudó junto a su novia. Apu se puso celoso. Andaba de mal humor, orinaba en cualquier parte y enseñaba los dientes con frecuencia. En el 2009, Schiaffino tuvo que regalarlo, y desde entonces ha vivido un año extrañándolo. Un año huérfano de mascota. Esta tarde, en la laguna, cuando él se acerca al paiche con la intención de tocarlo, uno de los hombres le dice que tenga cuidado. Hace unas semanas, un pez similar dio un coletazo repentino y le rompió la nariz a un pescador. El cocinero no hace caso a esas noticias. Desliza una mano por encima del lomo del animal, luego le pasa la otra por el vientre y con silencioso cuidado logra tomarlo entre sus brazos, como quien carga un bebé. El paiche está algo tenso fuera del agua, pero se va calmando hasta lucir inofensivo. Parece digno de una caricia. O quizá sea su instinto de conservación ante el predador humano lo que controla su ferocidad. Schiaffino le acaricia la cabeza con la palma de una mano. El pez permanece quieto, dejándose tocar, durante un segundo. Dos segundos. Tres. Cuatro. Treinta. Sesenta y dos. Ciento quince. Ciento cuarenta y cuatro. Ciento sesenta y nueve. Ciento noventa y dos segundos. Y no se pone nervioso ni siquiera ante las fotografías. Los hombres miran la escena con cierta tensión, pero les causa gracia y sonríen. El niño que coleccionaba todo tipo de animales extraños se comporta como si hubiera hallado un cachorro de paiche. Si tal cosa existe.

Camino al lugar donde lo recogerán para partir hacia el crucero, mucho rato después, Schiaffino todavía sigue pensando en aquel paiche manso. «Nunca me ha ocurrido nada parecido –dice–. Normalmente son bravos. Qué raro, ¿no?». Vamos caminando por una carretera flanqueada de árboles muy altos. Entonces se da cuenta de que no trae consigo su billetera; es decir, no lleva documentos y sólo carga algunas monedas para abordar el primer mototaxi que asome por allí. El olvido le divierte. Luego repara en su aspecto: su traje de baño está mojado y sucio y sus pies en sandalias están salpicados de lodo. Parece un muchacho que acaba de revolcarse con una mascota, y quizá tenga que contar algo así cuando se reúna con la tripulación del crucero y éstos lo presenten a los turistas.

–¿El cocinero de un crucero de lujo va llegar así? –piensa en voz alta–. Qué jodido, ¿no?

Pero el sol caliente propicia el buen humor y Schiaffino está bastante tranquilo. Un viento fresco agita su cabello mientras seguimos caminando. Todavía no se ha dado cuenta de que, en algún lugar, ha olvidado la bolsa con las compras que hizo en el mercado.