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Mi otro yo, el malo

Publicado: 1 octubre 2010 en José Adan Silva
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“Podía haberle ocurrido a Juan Pérez, a Luis González o a Claudio Rodríguez. A cualquiera, menos a mí. ¿Por qué, Dios todopoderoso, por qué? Si yo estaba bien conmigo mismo. Me gustaba mucho mi nombre y siempre agradecí no llamarme Tyson, Michael, George o cualquier otro nombre de allá. No es porque don Justo Pastor Cruz Coronado se haya puesto de acuerdo con doña Gregoria García Ortega para engendrarme y regalarme el bonito Víctor Manuel al que tanto me acostumbré. ‘Víctor Manuel’, me llamaban y yo respondía: ‘¿cómo está usted paisano?’, ‘¿cómo le va señora?’, ‘¿qué me dice el patojito?’, ‘¿qué tal la cosa compadre?’. Oír mi nombre ha sido cosa tan común en mi vida como respirar. Y eso que he logrado identificar muchas cosas cuando me dicen mi nombre. Mi mujer me dice ‘Víc–tor Manuel’, casi deletreado, y yo sé que está enojada aunque no le vea la cara. Me recuerda cuando en la escuela la profesora decía mi nombre completo, al revés, para darme la regañada: ‘Cruz García Víctor Manuel’, y ya sabía yo que la tarea no había sido correcta. Mis hijos me dicen ‘papá Víctor, papá Víctor’, y entonces sé que tienen problemas, porque no es el mismo ‘papi Víctor’ mimoso y cantadito que oigo cuando quieren más de la mesada semanal. Mis amigos me dicen ‘Víctor, vamos por una cerveza’, y sé que no ocurre nada, pero ya cuando me dicen ‘Víctor Manuel’, a secas, sé que hay problemas. He logrado comprender muchas cosas de la vida por medio de mi nombre, de la forma en que me lo dicen y cuándo me lo dicen, pero en aquellos días oía mi nombre y apenas lo reconocía, sólo veía los rostros secos y las bocas que lo mencionaban mal y yo trataba de descifrar en esas caras adustas si el Víctor Manuel que citaban eran un Víctor Manuel condenado a prisión o un Víctor Manuel regresado a la libertad”.

Estados Unidos ha sido su principal proveedor y Centroamérica su mercado. Allá hay abundancia de repuestos, no piden muchos papeles y, por supuesto, los carros usados son más baratos que en El Salvador, Guatemala o Nicaragua. Así que decidió ir allá a traer las piezas y los carros viejos, armarlos en Guatemala y darles venta en toda la región.

Aunque parezca irónico, le empezó a ir mal en la vida cuando le comenzó a ir bien en el negocio. Primero, sus pocos amigos mecánicos que al inicio casi le ayudaban de gratis, empezaron a cobrarle más cuando vieron que el negocio ya daba sus frutos. Luego, cuando el taller creció, llegaron los del ayuntamiento a exigirle tributo, y después empezaron a llegarle rateros, pedigüeños y demás lacras que le hicieron la vida de cuadritos con aquello de que “si le traigo un carro robado, cuánto me da” o “si usted quiere que yo le brinde protección tiene que pagar un impuestito” o el clásico “oiga, amigo, ¿tiene un trabajo para mí?”. Y, con el trabajo, crecían también las necesidades de ordenarlo, porque había que llevar los libros de contabilidad y demás papeles al día.

Por ahí apareció la mala suerte cuando un mal día de 1999 contrató a un Judas llamado Carlos Aguilar Álvarez, Carlitos, quien años más tarde habría de venderlo con todo y documentos de identidad.

***

La desgracia de Víctor Manuel Cruz García inició en julio de 2004, cuando se enteró de que su ex trabajador había llegado a la alcaldía La Gomera, en el departamento de Escuintla, Guatemala, para indagar en el Registro Civil de las Personas. Quería los datos personales del que fuera su patrón. “Oiga, compadre, hace pocos días vino Carlitos a ver sus datos en los libros”, le comentó con alarma William Vega, el secretario de los libros. Víctor Manuel iba ocasionalmente a las oficinas municipales a pedir oficios legales para la venta y compra de los vehículos usados.

“No le creo, ¿por qué querría Carlitos mis datos si hace ya rato que no trabaja conmigo?”, replicó asombrado Víctor Manuel, quien dos años atrás lo había despedido porque le causó desconfianza, ya que de pronto empezó a rodearse de amigos extraños que tenían mucho dinero y los rumores del pueblo decían que andaba en cosas gruesas. “Vaya usted a saber, don Víctor, usted está al tanto de que los libros son públicos”, le respondió Vega.

El asunto pronto pasó al olvido, hasta que en abril de 2006, unos días antes de que Víctor Manuel saliera de viaje a Costa Rica a ver una Ford Ranger que le llamaba la atención, se le apareció el mismísimo Carlitos. Ya para entonces era otra persona: se ufanaba de mucha plata, gastaba a manos llenas en bares caros y se rodeaba de putas jóvenes de la Zona Rosa. A veces se perdía por semanas, meses, y luego regresaba cada vez más rico y sospechoso. Cambiaba de autos modernos con frecuencia y sus celulares de última tecnología nunca dejaban de repicar, aun en horas inverosímiles, como las seis de la mañana de un domingo cualquiera, como aquel primer domingo de abril cuando se presentó en el taller de su otrora patrón para preguntarle muy cordial, muy amigo, si seguía metido en el negocio de la compra y venta de autos de segunda. “Claro, de eso vivo”, le respondió Víctor Manuel, y Carlitos, siempre sonriendo, le ofreció otro trabajo: “Quiero que vaya a Panamá a traer una camionada de cosas para Guatemala, y aquí le pagamos mucho pisto. Yo le doy el boleto de ida y allá lo veo”.

A Víctor Manuel no le gustó la oferta y además no confiaba en un tipo al que había despedido porque le extraviaba las facturas, le perdía los documentos de pago y hurgaba entre sus papeles personales. Por eso, en aquel momento, pensó rápido: “¿Qué haría yo con un boleto sólo de ida a Panamá? ¿Y si estando allá no llega este carajo? ¿Qué camionada de cosas será?”. Sin dudarlo dijo que no, pero cometió el peor error de su vida: a modo de excusa, le contó sus verdaderos planes.

Víctor Manuel le confesó a Carlitos que ya tenía prevista una visita a Costa Rica el 8 de abril, que llegaría a Nicaragua el 7 y que no podía ir a Panamá porque el 10 debía estar de regreso en Guatemala para vender una Nissan Frontier. Carlos se le quedó viendo y le preguntó si le hacía un favor: “¿Podrías llevar a Nicaragua a un hermano mío? Él va a traer el camión de Panamá, ya que tú no puedes. Cuando estés en Managua yo te llamo”. Para salir de él, le dijo que no había problema, que con gusto le haría ese favor.

A los pocos días se le apareció un muchacho diciendo que ya estaba listo para viajar a Nicaragua. Al comerciante le dio mala espina viajar solo con un enviado de su sospechoso ex trabajador. Pensaba: “¿Por qué no le dio el boleto a Panamá a su hermano? ¿Y este hermano de Carlos de dónde salió si yo conozco a su familia en La Gomera y a este patojo nunca lo había visto?”. En medio de las dudas y antes de salir de la frontera guatemalteca, Víctor Manuel llamó a José Chavarría Mijangos y a Carlos Ponciano, unos amigos guatemaltecos que trabajaban en El Salvador, para pedirles que lo acompañaran a Costa Rica a traer el vehículo. No le dijo nada a su silencioso acólito y, tras confirmar la compañía de sus cuates salvadoreños, partió hacia Nicaragua el 7 de abril de 2006 a las cuatro de la mañana.

Durante el viaje, Víctor Manuel logró sacarle algunas cosas a su acompañante: decía llamarse Julio, aseguraba ser guatemalteco pero hablaba con un tono distinto al de sus compatriotas chapines y se veía muy nervioso en los retenes migratorios. Antes de llegar a San Salvador, Julio le preguntó a Víctor Manuel si iba armado. Víctor le dijo que no, y luego el hombre le pidió que lo dejara en un lugar de la carretera conocido como Lourdes, entrada a Acajutla. Dizque iba a visitar a unos amigos y que después llegaría por su propia cuenta a Managua.

Antes de bajar, se le quedó viendo a Víctor con condescendencia y le dijo serenamente: “Usted que es negociante debería caminar armado. La plata en la bolsa del hombre es el peor enemigo que existe, don Víctor Manuel”. Al guatemalteco le dio escalofrío aquel consejo y, en cuanto dejó al enviado de Carlitos, llamó a sus amigos para verlos en San Salvador. Así se hizo acompañar de Carlos Ponciano y José Chavarría, con quienes se fue al día siguiente a Managua, en la camioneta Nissan Frontier que ya había ofrecido en venta en Guatemala.

La tarde del viernes 7 de abril, mientras los tres guatemaltecos cenaban en un restaurante a orillas de la carretera a Estelí, un departamento al norte de Nicaragua y cercano al puesto fronterizo con Honduras, el celular de Víctor Manuel sonó y en su pantalla apareció un código de llamada restringida. Vaya sorpresa: era nada más y nada menos que Carlitos, diciéndole que necesitaba hablar urgentemente con él, esa misma noche, que si se podían ver en el mall de Metrocentro, en Managua.

“Claro que sí, pero decime qué pasa, vos”, lo interrogó Víctor, a lo que Carlitos le respondió relajado: “Víctor Manuel, nada pasa compadre, le tengo un negocio bonito en Managua que le va a interesar”.

Otra vez el escalofrío: sus amigos lo llamaban “Víctor” cuando la cosa era asunto de cuates, pero ya cuando decían “Víctor Manuel” era porque algo no andaba bien. Se armó de valor para enfrentar lo malo que podría haber tras aquel “Víctor Manuel”, y quedó de verse con Carlitos a las nueve de la noche en el sitio acordado.

Tomó un taxi y llegó puntual a la cita. No quiso manejar porque venía agotado de conducir toda la madrugada, así que dejó la Nissan estacionada en el patio del hotel de paso Ahualcas, sobre la Carretera Norte de Managua. Buscó a Carlos y no lo encontró, así que se entretuvo viendo los vehículos nuevos que se exhibían en una sala de la planta baja del centro comercial, que a esa hora ya estaba casi vacío. Mientras veía al interior de una pick up, sintió que alguien le ponía un cañón en las costillas: “Si te movés, te mato, Víctor Manuel”, le dijo una voz desconocida, y cuando el guatemalteco quiso ver el rostro del bromista, porque pensó que era una jugarreta, recibió un golpe en el estómago que lo tiró al piso. De nuevo el escalofrío recorrió su espina dorsal al identificar que el “Víctor Manuel” con que lo habían amenazado no lo había escuchado en toda su vida, ni en sus peores problemas. Tirado en el suelo, vio que cinco hombres vestidos de uniforme policial oscuro, armados y con pasamontañas lo estaban rodeando y poniéndole las esposas, mientras le decían que no hablara, que agachara la cabeza. Luego sólo sintió que lo empujaban contra el piso de un vehículo que arrancó raudo hacia la peor pesadilla de su vida.

***

Cuando se vio vestido de overol naranja, entrando atado de manos y pies a aquella celda pequeña y silenciosa, empujado por guardias que hablaban en inglés, Víctor Manuel se sintió derrotado como nunca antes en sus 46 años de existencia. En menos de 72 horas su vida era otra. Un torbellino de voces, caras y eventos sin sentido lo habían metido en una vorágine de locura, y apenas en ese momento, ya sentado sin cadenas ni esposas en la cama de la celda 30, podía discernir que su vida se le había escapado de las manos. Había caído en poder de la gente extraña que lo detuvo, lo golpeó, lo acusó, lo montó en un avión, lo llevó a Estados Unidos y lo metió en una cárcel. Todo por llamarse Víctor Manuel Cruz García.

A las pocas horas de estar ahí, ya extrañamente lleno de sosiego, repasó los turbulentos episodios de su recién pasado viaje, tratando de explicarse en qué había fallado. El 7 de abril le había dado un aventón al amigo de Carlitos, Julio, luego recogió a sus amigos Carlos Ponciano y José Chavarría, llegó a Nicaragua y recibió la llamada en Estelí, se fue a ver a Carlitos al Metrocentro. Ahí lo capturaron los oficiales antinarcóticos de Nicaragua para llevarlo a la Dirección de Auxilio Judicial, donde le quitaron la ropa y le pusieron un traje azul. Luego lo metieron en una celda y le dijeron que lo habían detenido por tráfico de drogas y que la justicia internacional lo buscaba.

Recuerda que al amanecer del sábado 8 de abril fue montado en un vehículo particular de vidrios oscuros y llevado a una oficina en un hangar del Aeropuerto Internacional de Managua, donde oficiales antinarcóticos con pasamontañas lo enfrentaron a unos hombres con apariencia de gringos, de gafas y trajes oscuros, que hablaban spanglish. Los tipos únicamente se identificaron como agentes de la Drug Enforcement Administration (DEA). Los vio firmar unos papeles y luego un oficial de la Policía lo entregó a los cheles, quienes le ataron pies y manos con cadenas. Se vio subir las escalinatas de un avión que estaba con los motores encendidos en la pista del aeropuerto y lo único que exclamó, antes de ver la ciudad desaparecer velozmente bajo sus pies, fue: “Dios mío, voy a Guantánamo”.

Más tarde se vio bajando del avión y subiéndose a una patrulla policial que lo llevó esposado a una enorme prisión donde dos guardias lo esperaban en una oficina. Le dieron una ropa color naranja talla extragrande, le dijeron cosas en inglés, le hicieron firmar unos papeles que él no pudo rubricar porque estaba aterrado y luego se vio caminando por unos pasillos bien limpios con celdas a cada lado, arriba y abajo, voces en inglés y guardias que lo llevaban jalado de las cadenas que no le quitaron hasta que entraron en una celda fría, al final de un largo pasillo metálico, separado del edificio principal por una enorme puerta de acero con acceso de llaves electrónicas.

***

Su captura no fue un asunto de mucha claridad legal. A Víctor Manuel lo atraparon y entregaron a la DEA en un procedimiento lleno de irregularidades y violaciones a sus derechos, según denunció en su momento el periódico El Nuevo Diario de Nicaragua. El rotativo investigó que la Dirección de Auxilio Judicial (DAJ), agencia legal de la Policía Nacional de Nicaragua, capturó el 7 de abril a los guatemaltecos Víctor Cruz García, José Chavarría Mijangos y Carlos Ponciano. A estos dos los puso en libertad al día siguiente, pero Cruz García no fue remitido a los tribunales, como manda la ley, sino que desapareció junto con su Nissan Frontier. La esposa del guatemalteco, Zoila Batres Valenzuela, llegó a Managua a investigar la suerte de su esposo y supo, por medio de los dos amigos, que Víctor Manuel había sido detenido por la Policía. La versión policial fue lacónica: nunca había sido capturado nadie con ese nombre, nunca lo habían visto.

La insistencia de los periodistas y la presión judicial llevaron a la policía a reconocer que había sido trasladado a Estados Unidos en un avión de la DEA, por estar vinculado al crimen organizado y a una red de narcotraficantes a la que supuestamente pertenecía el colombiano Luis Ángel González Largo. Este último había sido capturado cuando transportaba escondido en su camioneta un botín de más de un millón de dólares (que en el conteo oficial quedó reducido a 609 mil dólares), bajo custodia de la Corte Suprema de Justicia. González Largo estuvo varios meses detenido en Managua y fue entregado a la DEA en abril de 2006, en medio de un escándalo de corrupción, cuando se descubrió que la plata custodiada había desaparecido de las cuentas del Tribunal Judicial sin que a la fecha se sepa dónde fue a parar.

Posterior a la entrega del colombiano, los comisionados mayores de la policía, Clarence Silva, entonces jefe Antidrogas, y Alonso Sevilla, vocero de la institución, dijeron que habían deportado a Cruz García por estar ilegal en Nicaragua; que la DEA lo había arrestado en la zona internacional del Aeropuerto de Managua por estar vinculado a un cartel colombiano; que usaba identidad guatemalteca falsa pero en realidad era colombiano y estaba ligado al tráfico de armas, drogas e indocumentados.

Según el reporte de Inteligencia, su alias era El Flaco, de 46 años de edad, complexión delgada, pelo lacio negro, ojillos negros y tez morena, de andar pausado y modales tímidos. Que tenía su sede de operaciones en La Gomera, en el departamento de Escuintla, Guatemala, y que se identificaba con cédula falsa A–120997.

“¿Cuál caso criminal? ¿Qué asunto de drogas? ¿Cuál colombiano? Yo soy Víctor Manuel Cruz González, de oficio comerciante y originario de La Gomera, Escuintla, hijo de Justo Pastor Cruz Coronado y Gregoria García Ortega y padre de tres hijos…”. Y justo en este punto se echó a llorar como lloran los que han guardado durante muchos días las penas de duelos y martirios: agarrándose la cabeza entre las manos, posando las manos abiertas sobre los ojos para después desplomarse hacia delante entre golpes de convulsión en el pecho. No pudo seguir hablando y lo único que hizo el abogado de oficio, David W. Bos, fue darle una palmadita en el hombro y decirle por medio de un traductor: “Tranquilo hombre, la cárcel no lo matará”.

Víctor Manuel se le quedó viendo incrédulo y del llanto triste pasó al grito de rabia: “¿Cómo que esté tranquilo? Estoy aquí metido en una hija de puta celda de alta seguridad, rodeado de condenados a cadena perpetua, señalado de ser un narcotraficante colombiano de mierda y enfrentando un juicio por jodidas drogas que nunca he visto ¿y aún así quiere que esté tranquilo? ¡Cualquiera me puede matar! ¿Entiende eso?”. Su defensor se le quedó viendo compasivo, se despidió y le prometió regresar a la mañana siguiente. Él se quedó solo, frente al cubículo donde había hablado con su abogado, y fue regresado por los custodios a su celda, donde se quedaría pensando sobre su vida.

Apenas se acostumbraba a su nueva situación de reo, pero al menos ya tenía cuatro personas con quienes hablar español: el traductor de su abogado de oficio, la religiosa española que hacía oficios de asistencia humanitaria en la penitenciaría, un guardia boliviano y un ilustrado reo colombiano que hablaba con fruición de Simón Bolivar.

Con el que menos gozaba hablar era con su traductor, de quien ni siquiera quiso aprenderse el nombre. Daniel Quispe, el guardia de origen boliviano, lo entretenía con sus revelaciones: “¿Ves aquel negro que viene allá?, anda feliz porque hoy el juez le rebajó una cadena perpetua, ya sólo le quedan dos”. La madre María, una monja de la Orden de las Carmelitas, era quien le daba fortaleza por medio de la palabra de Dios y se encargaba de buscarle contacto con su familia en Guatemala.

Pero su sustento ideológico fue su amigo colombiano, quien le abrió el camino a un mundo que el vendecarros de Guatemala no conocía: la literatura. Le dio a leer biografías de Simón Bolívar, Alejandro Magno, Nelson Mandela, novelas como Guerra y paz, Crimen y castigo, obras de García Márquez y otras cosas que la memoria de Víctor Manuel no retuvo en aquellos días de barrotes.

Y si la vida en la celda 30 del primer nivel había sido muy aburrida, el cambio a la celda 6 del segundo nivel le sentó bien. Se hizo amigo del vecino de la celda 2, el colombiano ilustrado que, mientras pasaban las horas libres en la cancha de básquetbol, le preguntaba si había oído hablar de la guerra de Colombia. Pero Víctor Manuel no sabía que su nuevo amigo era todo un personaje. Un día, mientras conversaba con el guardia boliviano, se enteró de que quien le metía la idea de reclamar por sus derechos era el famoso cerebro financiero de las Fuerzas Revolucionarias de Colombia (FARC), Ricardo Juvenal Ovidio Palmera, mejor conocido por el seudónimo de Simón Trinidad. Del recuerdo de aquella inesperada amistad, el guatemalteco guarda una carta manuscrita donde Trinidad le expresa sus mejores deseos: “Te has sabido comportar con dignidad, fortaleza y valor. Para expresarlo con tus palabras: Dios te ha puesto a prueba y con creces has superado todos los obstáculos, has ganado más en tu fe y eres mejor cristiano. Ya te faltan menos días, tómalo con calma y acepta la realidad de la lenta burocracia gringa que así como fue ágil para cometer contigo una inmensa injusticia, es lenta para resarcir su gravísimo y grande error”.

Cuando Víctor le exigió a su despreocupado abogado que le explicara qué pasaba con su caso, la verdad se le estrelló en la cara con tanta fuerza que cree que en su vida no ha sentido calor más grande de rabia en el rostro como el de esa bofetada de confesión.

David W. Bos le dijo que estaba recluido en el Departamento Correccional del Distrito de Columbia, Washington, bajo acusación de conspiración, transformación y distribución de más de cinco kilogramos de cocaína en Estados Unidos. Le dijo sin prisa y con tranquilidad que su caso estaba archivado en el expediente criminal número 05–451, que su acusador era el Estado mismo, Estados Unidos, y que había sido detenido por una orden federal de arresto dictada por el magistrado judicial John M. Facciola, de la Corte del Distrito de Columbia. Mascando goma, Bos le dijo, además, que su caso estaba ligado a la captura de Luis Ángel González Largo y de René Oswald Cobart, ambos presos también en Estados Unidos por narcotráfico.

Víctor Manuel no podía creer que lo vincularan a Cobart, un conocido millonario en Guatemala del que se hacían oscuros comentarios sobre el origen de su fortuna y al que se le achacaban propiedades y riquezas que él, simple vendedor de carros, nunca había imaginado.

Sin dejar de mascar goma, Bos le explicó que la conspiración contra él, Víctor Manuel, había comenzado en 2004, cuando un agente encubierto de la DEA había participado en Las Vegas, Nevada, en una reunión con Cobart y un presunto narco colombiano conocido como El Flaco, residente en Guatemala y con documentos que lo identificaban como Víctor Manuel Cruz García, de oficio comerciante y originario de Escuintla. Allí pactaron la compra de 400 kilos de coca que serían entregados en Panamá para ser llevados a Estados Unidos. Desde esa fecha se abrió el caso en Estados Unidos y Cobart fue detenido en suelo estadounidense por la DEA.

A El Flaco, el otro Víctor Manuel, lo empezaron a buscar en Centroamérica y a González Largo le siguieron la pista porque supuestamente sería el encargado de pagar la droga. Víctor enfrentaba ahora una acusación que de ser comprobada lo mandaría entre 30 y 50 años a prisión.

Víctor Manuel se presentó a audiencia inicial en la Corte el Distrito el 10 de abril, el 14 del mismo mes, el 5 de junio y el 19 de julio, cuando por fin pudo conocer a González Largo y Cobart. Ambos, en un momento en que los dejaron solos durante un receso, le preguntaron si él era en realidad El Flaco. Víctor les dijo que no. Luego le comentaron que atestiguarían con la verdad y no lo implicarían en lo que no estaba metido.

Pese a que en las audiencias y en las conversaciones con los abogados siempre tuvo un intérprete a su lado, Víctor Manuel asegura que no recuerda los argumentos legales que se usaron a su favor para librarlo de las acusaciones, pero sí la infinidad de chequeos médicos e inspecciones que le realizaron en el rostro, en busca de cicatrices y huellas de cirugías faciales. “Me revisaron hasta la lengua y el pelo”, cuenta el guatemalteco.

Un día su abogado de oficio le explicó que alguien que había conocido a El Flaco en Nevada, aseguró ante los investigadores que Víctor Manuel no era el narco que había visto en Las Vegas. El 19 de julio su abogado lo visitó en la cárcel y le dijo: “Tú no eres”. Y él, hastiado de decir que era Víctor Manuel, pero no el que se había hecho pasar por él para meter drogas a Estados Unidos, le respondió con dureza: “Yo sé que no soy ése”. Su abogado le explicó: “El tipo que andan buscando es más bajo que tú, tiene cicatrices aquí, es más blanco y yo estoy seguro que tú no eres, así que podrás salir de aquí el 8 de septiembre”.

Sin embargo, el 18 de septiembre nuevamente llegó Bos mascando goma para plantearle una propuesta: “Si te declaras culpable, el fiscal asegura que sólo te clavan un par de meses aquí y luego te marchas, pero si no, podrías quedarte toda la vida”. La propuesta lo desmoralizó y sólo tuvo aliento para una respuesta: “No me importa, si Dios me quiere tener aquí toda la vida, toda la vida voy a estar, pero no aceptaré algo que no hice”. El otro levantó los hombros y, sin dejar de mascar, se fue. Regresó al día siguiente para decirle que la Fiscalía retiraría los cargos. “Nunca había visto un caso como el suyo, vaya que tiene mucha suerte”, le dijo sonriendo antes de despedirse del preso 309982 de la Correccional del Distrito de Columbia.

Oficialmente, a Víctor Manuel le notificaron que estaba fuera del juicio el 26 de septiembre, pero la carta firmada por el secretario de la Corte, Royce C. Lambert, le llegó a su celda el 24 de octubre y salió de ahí hasta el 6 de noviembre, aunque fue entregado a Migración y retenido en prisión un mes más en Hampton Roads Regional Jail, Virginia y Lousiana.

Finalmente llegó deportado a Guatemala a las once de la mañana del 8 de diciembre, ocho meses después de haber salido a Nicaragua. Al bajar del avión, le entregaron los documentos que le habían requisado en Managua, incluyendo su pasaporte, con las respectivas visas de México y Estados Unidos, su cédula y algunos dólares que portaba en la cartera. Compró una tarjeta de telefonía y llamó a casa. Antes que le respondieran, pasaron unos segundos que le parecieron siglos y finalmente oyó una voz al otro lado de la línea que preguntaba: “¿Bueno, quién habla?”. Era su esposa y él no sabía qué decir, hasta que por fin dijo algo: “Ya regresé”. Y escuchó cómo del otro lado le decían la palabra que tanto añoró oír en la cárcel: “¡Víctor!”.

***

Víctor Manuel Cruz García regresó a Managua el pasado mayo. Fue con su esposa a varias misiones: a recuperar la Nissan que le retuvieron cuando lo apresaron, a aclarar su situación migratoria con Nicaragua, a pedir ayuda de su embajada para obtener una disculpa oficial de las autoridades policiales de Nicaragua y a denunciar su caso ante el Centro Nicaragüense de Derechos Humanos. Cuando se marchó, en junio pasado, sólo había logrado dos cosas: recuperar la camioneta que durante su ausencia se le había asignado a un jefe policial y denunciar su caso ante los derechos humanos, donde lloró incansablemente.

“Yo sólo quería una disculpa”, dijo antes de partir a su país y considerar una demanda contra Estados Unidos y Nicaragua. La Policía Nacional nicaragüense, hasta el momento de la partida de Víctor Manuel, no se daba oficialmente por enterada de la solicitud de disculpas y la embajada de Estados Unidos en Managua no respondió a la petición de una explicación sobre el caso del guatemalteco.

A Carlos Aguilar Álvarez nunca más lo volvió a ver. Al regresar a Guatemala tras su detención, fue a visitar a la familia y le dijeron que no sabían nada de él, que posiblemente estaba en Estados Unidos o muerto.

Antes de que regresara a Guatemala le pregunté a Víctor Manuel: “¿No se va cambiar el nombre?”. Muy sereno respondió: “No, mi nombre no me lo cambio, así me pusieron mis papás y así me llaman mis hijos, no me dejaré de llamar como me llamo. ¿Sabe usted algo? Yo estaba bien conmigo mismo. Me gustaba mucho mi nombre y siempre agradecí no llamarme Tyson, Michael, George o cualquier otro nombre de allá”.

Matilde Pinchi Pinchi recuerda que le preguntó a Vladimiro Montesinos:

–Doctor, ¿qué pasó? ¿Por qué llega tan tarde?

–Dame un abrazo –le dijo él–. Mañana te vas a tu casa: el juez ya firmó tu libertad.

–Pero doctor, ¿por qué no vino más temprano?

–Porque hoy es mi cumpleaños –le respondió–. Cumplo cuarenta.

Entonces dice que se levantó de la cama, todavía vestida con el pijama de la clínica. Montesinos, quien por entonces era su abogado defensor por un caso de contrabando, la abrazó con emoción y le dio un beso en la boca. Había dos policías que la custodiaban, y él la besó delante de ellos. Era la medianoche del lunes 19 de mayo de 1986.

Pinchi Pinchi recuerda ahora este episodio sentada tras el oscuro escritorio de su oficina. Delante de ella hay decenas de papeles de la empresa de importaciones que aún sigue siendo su próspero negocio, aunque ahora paga impuestos. Al frente está también su actual abogado, quien hoy la defiende del propio Montesinos. Pinchi Pinchi cuenta que aquella vez había pasado varias horas de angustia en la habitación 204 del segundo piso de la Clínica Montefiori, en el exclusivo distrito de La Molina. Esperaba que Montesinos llegara con buenas noticias. Ella era por entonces una comerciante de treinta y dos años que había reunido una modesta fortuna vendiendo joyas de fantasía en el Mercado Central de Lima. La bisutería made in China que vendía era de contrabando, y la habían descubierto. Dice que compraba las joyas en Nueva York y las traía en varias maletas que pasaban por la aduana del aeropuerto de Lima sin pagar impuestos, gracias a un funcionario al que sobornaba. Pero un juez ya había ordenado su captura. Vladimiro Montesinos, un abogado que había conocido semanas atrás, le había dado una estrategia para que no fuese a la cárcel: que se internara en una clínica como si estuviese enferma.

El falso diagnóstico decía que la paciente Pinchi Pinchi sufría una infección aguda en las trompas de Falopio. Con esa mentira, Montesinos había conseguido que un juez suplente, llamado Tomás Castañeda, la interrogase en la misma cama de la habitación donde estaba internada. Una mañana, el juez suplente había llegado a la clínica junto con su secretario y dos policías. El interrogatorio había durado hasta el mediodía, y durante toda la sesión Montesinos había estado al pie de la cama de su clienta. De todos modos, no había nada de qué preocuparse: Pinchi Pinchi se sabía las preguntas de antemano. Su eficiente abogado parecía tener todo bajo control.

Cerca de la una de la tarde, el juez Castañeda y su secretario salieron de la habitación. Montesinos sabía bien con quiénes podía negociar y con quiénes no, y Castañeda era «uno de los suyos». Había aguardado a que el juez titular se fuese de vacaciones para presentar a Pinchi Pinchi ante la justicia. Los policías estuvieron rondando la habitación para vigilar que la interrogada se quedara en la cama mientras se mantuviera la orden de captura. Ese día, Montesinos también abandonó la clínica, pero antes de salir de la habitación 204 le dejó a Pinchi Pinchi una frase esperanzadora:

–Espera tranquila –le dijo.

A las once de la noche, los policías pidieron relevo. Matilde Pinchi Pinchi estaba prohibida de moverse de la habitación. Las horas pasaban y ella no tenía nada que hacer. El aburrimiento multiplicaba su angustia. El doctor Montesinos no llegaba con ese papel que podría declararla libre o al menos convertirla en una procesada por contrabando sin pena de cárcel. Ella pensaba que aquella vez la suerte no estaría de su lado, que todo el dinero gastado en su defensa había sido en vano. ¿Valía la pena confiar en Montesinos? ¿Cuán bueno podía ser ese abogado tan intrigante que le había recomendado un tío de su marido?

Pinchi Pinchi se había enterado de que la policía estaba tras ella cuando su único hijo, Manolo Jaime Pinchi, estaba por cumplir un año. Meses antes, una madrugada del verano de 1985, la policía aduanera había descubierto cuatro maletas repletas de joyas chinas en el aeropuerto de Lima. Más de doscientos cincuenta kilos de collares, aretes y pulseras de contrabando en un vuelo procedente de Nueva York. Ella sólo las había embarcado en Estados Unidos. Por eso, cuando las maletas llegaron al aeropuerto, parecían no tener dueño. Ningún pasajero las reclamó. Entonces no pudieron detenerla. Meses después, Pinchi Pinchi había recibido una notificación judicial. Recuerda que le asustaba la idea de ir a la cárcel y que su hijo se quedara solo. Pero entonces se le ocurrió una idea.

Le contó todo al padre de su hijo, el agente de la policía de investigaciones Víctor Manuel Jaime, y éste le prometió ayuda. Jaime buscó a un tío, un ex coronel de la policía a quien habían dado de baja por tener vínculos con narcotraficantes, y este tío lo contactó con su propio abogado. Sin duda, les dijo el tío, vayan a buscar al doctor Montesinos. El argumento que les dio era su propia experiencia: Montesinos lo estaba «limpiando» con bastante audacia de su relación con una de las bandas más célebres de traficantes de drogas en el Perú: la de Reynaldo Rodríguez López, El Padrino. Aun así, ella recuerda que aquella noche, acostada en la cama de la clínica, estaba nerviosa y angustiada.

Casi a la medianoche escuchó que alguien abría la puerta de su habitación. Lo que vio le devolvió las esperanzas: era Montesinos con una sonrisa de euforia, como si hubiera bebido unas copas antes de llegar a la clínica. Lo había logrado. Con un papel en las manos le dijo que el juez había cancelado la orden de arresto. El juicio continuaría, pero ella no perdería su libertad, al menos hasta que no se dictara una sentencia. Y hasta que llegara ese momento, podían pasar años. Se abrazaron.

Fue entonces cuando él le dio aquel beso que, en esemomento, a ella le pareció más de alegría que de pasión. Pinchi Pinchi no lo dice, pero es posible que ella misma deseara entonces lo que habría de ocurrir años después. Es decir, que llegó a amar locamente a Montesinos, que es la única forma de amar a alguien como él. Lo que Pinchi Pinchi sí recuerda es quedespués de aquel beso la habitación se quedó en silencio. Los policías miraron con atención al abogado Montesinos, como si también quisieran celebrar que la noticia de la libertad fuese cierta, y así marcharse a sus casas. Montesinos volvió a hablar, esta vez con más calma:

–Mañana por la tarde vas a mi oficina para celebrar tu libertad y mi cumpleaños –le dijo, y se fue.

Trece años más tarde, Vladimiro Montesinos sería el hombre más poderoso del Perú, y Matilde Pinchi Pinchi, la mujer más influyente de su vida. Sería su cajera, su confidente, el ama de llaves que lo bañaba y le peinaba la calvicie durante casi veinte minutos. También su amiga, su brazo derecho, su amante, su camarógrafa de orgías y películas porno caseras. Así, hasta el año en que todo acabó. Hasta esa última semana de agosto del 2000 cuando ella dice que tenía demasiado miedo de que la estuvieran buscando para asesinarla. Hasta ese instante en que decidió robarse un video de una maleta: la prueba letal de la corrupción del régimen de Fujimori. Ahora lo reconoce: ella entregó el video. Lo traicionó.

***

A fines de 1985, cuando Pinchi Pinchi y Montesinos se habían visto las caras por primera vez, ella ya tenía ahorros suficientes como para vivir sin trabajar. Se conocieron en la casa de Irving Jaime Llamosas, el ex coronel, tío de su marido, que los presentó. El ex coronel había organizado una cena en su residencia de lujo ubicada en Las Casuarinas, en uno de los barrios más exclusivos de Lima, donde suelen vivir empresarios, diplomáticos y gerentes de transnacionales, pero donde resultaba extraño que viviera un agente de policía. En el Perú, un policía de alto rango apenas tiene un sueldo equivalente al de un vendedor de electrodomésticos.

Menos incluso de lo que podría aspirar un profesional promedio. Montesinos llegó en su viejo Oldsmobile marrón. Pinchi Pinchi lo recuerda vestido con un pantalón beige de lanilla, una casaca de cuero color café y unos mocasines de taco bajo. Dice que todavía tenía los cabellos oscuros, aunque la calvicie ya empezaba a prolongarle la frente y asomar por su coronilla.

Pinchi Pinchi había llegado a la cena del brazo de su marido. Tanto así que el ex coronel la presentó ante

Montesinos como su «sobrina»: la mujer de su sobrino carnal. Cuando le tocó presentar a Montesinos, el ex coronel se deshizo en halagos: dijo que era un abogado que «todo» lo solucionaba, muy eficiente, pero en especial con muy buenos «contactos» en el Poder Judicial. Pinchi Pinchi recuerda que desde un inicio Montesinos tomó el caso con mucha calma, con esa serenidad del experto que de inmediato inspira confianza.

No le explicó nada sobre los pasos a seguir: sólo le advirtió que su defensa le costaría quince mil dólares, la mitad por adelantado. También le dijo que habría «otros gastos» para asegurar el éxito: sobornar a quien fuera necesario. Pinchi Pinchi diría años después que Montesinos le pidió otros quince mil dólares para esos gastos adicionales.

–Sabe, señora –le advirtió Montesinos–: aquí todo se arregla con plata.

Era el credo del doctor.

Dos décadas después, Matilde Pinchi Pinchi recuerda todo esto acompañada por su actual abogado, Luis Francia.

Mientras ordena algunas facturas sobre su largo escritorio, dice:

–El pelado me llamaba los sábados y me decía: «Mati, mañana paso por tu casa a las siete de la mañana. Me esperas para estudiar tus respuestas». Y al día siguiente el condenado me tocaba el claxon de su carro viejo.

El pelado es Vladimiro Montesinos. Así lo llama ahora. Antes le decía doctor. A veces, Vladi. En la primera declaración que Pinchi Pinchi hizo aquella vez ante el juez, las preguntas habrían de resultar idénticas a las que había estudiado con Montesinos. Quizá él mismo las había escrito y el juez sólo repetía su libreto como un muñeco de ventrílocuo. Montesinos la recogía e iban a un parque que quedaba por su antigua casa, cerca de un mercado de frutas. Con el tiempo, la clienta y su defensor empezaron a construir una peculiar relación de confianza y necesidades mutuas. Pinchi Pinchi había encontrado en él a un abogado eficiente y sin escrúpulos, y con el poder necesario para evitar que fuera a prisión. Montesinos había encontrado en ella a una mujer negociante y emprendedora, y dispuesta a escuchar las penas que él a veces acompañaba con lágrimas. Sí: según ella, Montesinos era un llorón.

Pinchi Pinchi había creado una pequeña fortuna de la nada, después de haber sido una vendedora ambulante en su amazónica ciudad natal. Le pagaba todas las cuentas a Montesinos. Lo invitaba a cenar, le hacía regalos, le compraba ropa. Lo admiraba.

–La primera vez que salimos a comer, él me dijo: señora, yo la invito a almorzar. Pero yo le dije: no, doctor, estoy apurada. Pero él insistió. Me dijo: aquí nomás podemos almorzar, frente de la embajada de Estados Unidos.

Aquel mediodía de primavera almorzaron en un restaurante muy popular porque tenía forma de ballena. Él pidió un cebiche de entrada y un guiso de carne como plato de fondo. Ella ordenó lo mismo. «Yo pagué la cuenta, él era un conchudo», dice ella ahora.

Poco antes, él le había contado casi llorando que en ese lugar había visto por última vez a Silvana, su hija mayor, antes de tener que fugar a Ecuador. Los militares lo perseguían por haber vendido secretos del Estado peruano, y lo acusaban de traidor a la patria.

–Sentí que agarró confianza conmigo muy rápido, y pronto fue una amistad muy profunda. Me contaba todas sus cosas. Había empatía.

Esa confianza no se rompería hasta agosto del 2000, cuando ella entregó el video. Dice que Montesinos no creía que ella fuese la delatora. Que tardó meses en aceptarlo.

***

Un día después del beso, Matilde Pinchi Pinchi estaba de nuevo en libertad. Dice que al mediodía recibió una llamada de Montesinos: la esperaba en su oficina. Ella salió a comprar le un regalo de cumpleaños. Cuando llegó al estudio lo halló vacío. Qué raro, pensó, porque siempre estaban allí el secretario de Montesinos, un hermano de éste y su asistente, a quien años después ella habría de reconocer como Antonio Ketín Vidal, el policía que se atribuye la captura del líder del grupo terrorista Sendero Luminoso. Pero ese día no estaba ninguno. Sólo Montesinos, quien la invitó a pasar a su despacho.

–Me estaba esperando con un whisky, vasos de cristal y hielos listos para servir.

Dice que primero se negó:

«Doctor, yo no tomo». Nunca había bebido whisky, pero aquella vez acabó por aceptarle un trago: después de todo, era el cumpleaños del hombre que acababa de ayudarla.

Brindaron. Él volvió a habla de su vida privada.

–Doctor, me tengo que ir –dijo ella al cabo de un rato.

Él se levantó de su silla y le acarició el rostro.

–Estás demasiado colorada –le dijo.

Luego la miró a los ojos.

Prosiguió:

–Estoy enamorado de ti.

–Usted tiene novia y esposa.

–Sí, mi esposa me ayudó mucho, pero no te lo voy a contar ahora.

Después salieron y él la llevó en su auto hasta su casa. La oficina de Montesinos quedaba en el séptimo piso de un viejo edificio del centro de Lima. Pinchi Pinchi conocía bien el lugar: antes del episodio de la clínica, solía ir a diario por allí. Luego las citas se sucederían con la misma frecuencia, pero en otros lados. Ella recuerda que empezaron a recorrer las mejores cocinas de Lima. Iban al hotel Sheraton y al Crillón. También a otro hotel, pero no del centro de la ciudad, sino de un barrio bonito: el Cesar’s de Miraflores. La pasaban bien estando juntos. Pinchi Pinchi dice que sus encuentros a veces acababan más allá del comedor: después de la cena, tomaban una habitación. También que ella era quien pagaba las cuentas y que él comenzó a pedirle con insistencia que le comprara ropa. Primero iban a una tienda llamada Él, que por esos años era todo un símbolo de la clase media limeña. Luego ella habría de refinar sus gustos y comprarle trajes más caros y elegantes.

–Él nunca tenía plata –recuerda Pinchi Pinchi–. Al día siguiente me llamaba y me decía: ven a la oficina para que veas cómo me ha quedado el terno que compramos ayer.

Pinchi Pinchi admite que estaba impresionada con su inteligencia y la habilidad con que manejaba su caso.

Mientras tanto, sus encuentros sexuales –«amorosos», los llama ella– se repetían como la rutina de cualquier pareja.

Hasta que una mañana ella llegó sin avisar a la oficina de Montesinos. Tocó la puerta y alguien le abrió sin preguntar quién era. Cuando entró en su despacho lo encontró teniendo sexo con su secretaria en un sofá.

–Él levanta la cabeza y me mira. Y yo le digo: chau.

Pinchi Pinchi pensó que sería el final. Le dijo que se marcharía a Estados Unidos y dejó de verlo: estaba segura de que la haría sufrir demasiado. Para entonces la policía ya no la buscaba, así que dio instrucciones a sus empleados para que, si veían a su abogado, la negaran.

–Pero él me esperaba en la puerta de mi casa, durmiendo en su carro. Pinchi Pinchi siguió trabajando en su negocio de joyas de fantasía. Dice que hizo todo por olvidarlo. Pero no era fácil.

***

A mediados de agosto del año 2000, Matilde Pinchi Pinchi recuerda que entró en el dormitorio de Montesinos, en el segundo piso del Servicio de Inteligencia Nacional (SIN). Al lado, unida por una pared de madera oscura, quedaba una oficina en la que el presidente Fujimori se reunía en privado con su asesor de inteligencia y otros funcionarios de su gobierno. Casi nadie más podía entrar allí. Pinchi Pinchi solía llegar al SIN a eso de las diez de la mañana. Era parte de su rutina entrar en la habitación de Montesinos para revisar que todo estuviese en orden. Si había que cambiar la ropa de cama, era ella quien avisaba al personal de limpieza. También mandaba a lustrar sus zapatos y advertía que no faltaran toallas, jabón ni papel higiénico en el baño. A Montesinos le encantaba lucir impecable y Pinchi Pinchi, más que su abnegada mujer, era como su nana.

Pero esa mañana ocurrió algo inusual. Oyó que alguien había entrado en el salón del otro lado de la pared de madera. Eran dos personas: reconoció la voz de Montesinos y la de un coronel de policía, Manuel Aivar Marca, uno de los hombres de confianza del asesor. Al poco rato escuchó que hablaban sobre ella. Se quedó aralizada. El coronel le exigía a Montesinos que decidiera de una vez. Ha llegado la hora, le decía: tenemos que eliminar a Rosita, que era el apodo con el que todo el mundo conocía a Pinchi Pinchi dentro del SIN. Sus argumentos eran que Pinchi Pinchi (Rosita) sabía demasiado y que, asustada, «podría hablar», delatarlos.

En el entorno de Montesinos todos eran hombres: militares, policías o agentes de inteligencia. Estaban preparados para morir por defender un secreto. Pero ella no encajaba. Además, pensaba Pinchi Pinchi mientras los escuchaba decidirsobre su propia suerte, Montesinos había confiado tanto en ella que le había pedido guardar sus archivos clasificados, todo su dinero y todos los videos de sus extorsiones a políticos y empresarios, rotulados y escondidos en varias maletas. Por todo ello, Pinchi Pinchi recuerda que se aterrorizó al oír que el coronel Aivar Marca quería matarla. Y que Vladimiro Montesinos no se oponía. Sólo dudaba de que aquél fuese el momento indicado.

Eran los últimos días del gobierno de Fujimori. Su tercer período había empezado muy mal, con escándalos de corrupción y protestas en las calles. Seis personas habían muerto en una sola manifestación, llamada La archa de los Cuatro Suyos, en que gente de todo el país había llegado hasta Lima. Montesinos, dice Pinchi Pinchi, abía llegado a creer tanto en su poder que actuaba con total descaro. Se sabía que como asesor de inteligencia ejercía el control de muchos diarios y canales de televisión. Lo acusaban desde haber ordenado la matanza de unos universitarios hasta de tener sobornados a todos los jueces. Por eso él y el coronel

Aivar Marca estaban tan nerviosos aquella mañana, planeando el asesinato de Pinchi Pinchi. Ya no podían confiar en nadie, repetía Aivar Marca.

Y Montesinos dijo que sí, que estaba de acuerdo. Pinchi Pinchi recuerda que sólo le puso una condición: esperar algunas semanas, hasta que volviese la calma al SIN. Ella sabía que cuando Montesinos tomaba una decisión de esa naturaleza no daba marcha atrás. El hombre que juraba que la amaba había postergado su muerte, pero nada lo haría cambiar de parecer.

Tiempo atrás, dice, había escuchado a Montesinos planear otras dos muertes. Una había sido la de Gustavo

Mohme, el director del diario opositor LA REPÚBLICA, quien falleció de un extraño paro cardíaco mientras hacía ejercicios cerca de su casa de playa. Según Pinchi Pinchi, ella escuchó que unos agentes infiltrados habían introducido unas pastillas en el frasco de un medicamento que Mohme tomaba a diario, y que esa sustancia le habría provocado el paro cardíaco. La otra muerte había sido la del cardenal Luis Vargas Alzamora, el arzobispo de Lima que falleció luego de una extraña enfermedad. Ambas historias las contó Pinchi Pinchi a una fiscal en febrero del 2001, el día en que decidió con vertirse en una «testigo protegida». Es decir, alguien que habría de dar toda la información esencial para juzgar a Vladimiro Montesinos a cambio de no ir a la cárcel.

De modo que aquel día Pinchi Pinchi estaba muy asustada. Helada de miedo. Pasó horas en silencio, pensando en cómo impedir su muerte. Al principio decidió hablar con él, «encararlo», pero luego se le ocurrió que si hacía eso le estaría dando un pretexto para matarla de inmediato. Además, recordó algo que Montesinos solía repetir: el «sentido de la oportunidad», actuar antes que tu enemigo, sorprenderlo, emboscarlo. A la mañana siguiente regresó al SIN con una decisión definitiva: extraer uno de los casetes de video que probaban la corrupción de Montesinos y buscar la forma de hacerlo público para desatar el escándalo.

Era la segunda semana de agosto del 2000. Encontró un video donde se veía a Montesinos entregándole varios miles de dólares a un parlamentario de la oposición. Compraba su lealtad hacia el gobierno de Fujimori con un soborno. En realidad, no era un solo casete: eran dos, porque Montesinos siempre hacía grabar sus reuniones con dos cámaras. Aguardó un tiempo prudencial y salió del SIN. Se los llevó en el bolso. Aparte de Montesinos, ella era la única persona a quien los agentes de seguridad no revisaban lo que llevaba consigo. Así que salió tan tranquila, dice, tal como había llegado.

Un mes después, el 14 de septiembre transcurría como un día cualquiera en el SIN. Las protestas habían disminuido y Montesinos acababa de regresar de Rusia, donde había logrado que lo invitaran a una reunión con los servicios secretos de ese país. Era un viaje en teoría de trabajo, pero Montesinos había viajado con su novia, Jacqueline Beltrán, y con la propia Pinchi Pinchi. Ella dice que se sumó al viaje para no estar entre los sospechosos de traición el día en que se difundiera el video. En el peor de los casos, si la interrogaban, diría que podían haber robado el video mientras ella también estaba en Rusia. El sentido de la oportunidad, sorprender a tu enemigo, emboscarlo.

La tranquilidad del día terminó cuando el principal testaferro de Montesinos, el empresario textil Alberto Venero, llegó con la noticia de que un político de la oposición tenía un video. No hacía falta explicar qué clase de video era, pero hasta ese instante nadie en el SIN sabía de cuál se trataba. Venero agregó que estaban por pasarlo por televisión, y Montesinos envió a sus hombres a conseguir más detalles. Por su parte, Pinchi Pinchi recuerda que empezó a sentir una enorme presión. Pensaba que así como ella se había convertido en una traidora, podía haber uno entre los políticos que habían recibido el video que revelara su nombre.

Los congresistas que ya tenían el video en sus manos no habían fijado el día ni la hora para hacerlo público. Uno era Fernando Olivera y el otro Luis Iberico, por entonces feroces opositores del presidente Fujimori, y después aliados del gobierno siguiente, el de Alejandro Toledo. Cuando Montesinos confirmó que eran ellos, los amenazó de muerte. Les dijo que también sus familias corrían peligro. Olivera e Iberico han recordado que ese día fueron a buscar a sus hijos de los colegios donde estudiaban y contrataron a una empresa privada de seguridad para custodiarlos. Los llevaron a las afueras de Lima. Una vez a salvo, fijaron la hora para soltar el video: ese mismo día, 14 de septiembre, a las cuatro de la tarde. Desde el Hotel Bolívar.

***

Faltaban menos de cinco horas para ese momento. Pinchi Pinchi y Montesinos habían almorzado juntos, y los hombres de inteligencia ya habían descubierto que el casete que faltaba era el de una reunión del doctor con el congresista Alberto Kouri. En las imágenes se veía a Montesinos entregándole quince mil dólares por vender su lealtad al gobierno. Después del almuerzo, Pinchi Pinchi cuenta que Montesinos le habló de la cinta por primera vez:

–Pollito –le dijo–: van a pasar un video mío con Beto Kouri.

–Qué raro. Debe ser mentira –le respondió ella.

Dice que no se le ocurrió otra idea, pero se convenció a sí misma de que ya no podía flaquear. Durante las siguientes horas, semanas y meses, tendría que estar concentrada para disimular lo que había hecho. Pinchi Pinchi había escogido esa cinta de VHS por una razón: unos días atrás, el parlamentario Kouri había presentado una denuncia penal contra Alejandro Toledo, el jefe de su propio partido. Toledo había dicho a la prensa que Kouri se había vendido al gobierno de Fujimori tras recibir ciento sesenta mil dólares, y entonces Kouri le pedía una indemnización de un millón seiscientos mil por lo que –según él– era una calumnia. Eso le había dado cólera a Pinchi Pinchi. Así que cuando abrió las maletas donde escondía los videos, escogió sin dudar las dos cintas rotuladas con el nombre de Alberto Kouri.

La conferencia de prensa se retrasó una hora, hasta las cinco de la tarde. Cuando al fin aparecieron, Olivera, Iberico y otros parlamentarios de su partido tenían unos diez casetes de VHS sobre la mesa y una pantalla gigante a la izquierda. Horas antes habían hecho instalar en el Hotel Bolívar un generador eléctrico por si les cortaban la luz. Dejaron una copia de seguridad en el único canal que había aceptado televisar el video. Si los agentes del SIN saboteaban la presentación, el canal lanzaría la cinta desde su sala de control.

En ese mismo momento, Montesinos seguía la conferencia en directo. Pinchi Pinchi recuerda que al cabo de unos segundos en los que Kouri salía esperando en una sala con muebles de cuero, Montesinos la abrazó. Le dijo:

–Pollito, me jodí, estoy arruinado, no tengo remedio.

No sé si tirarme un balazo o renunciar.

Ella trató de tranquilizarlo.

Le dijo que no se preocupara, que aun de peores cosas había salido librado.

–Esto va a pasar, Vladi.

Busquemos una solución.

–¿Cómo pudo haber salido este video de aquí? –le preguntó

Montesinos casi sin haberla escuchado.

El doctor no lo podía creer. Sus sistemas de seguridad eran extremos. Nadie que él no conociera ni controlara podía entrar en el SIN. Espiaba hasta a sus amigo de mayor confianza. Incluso a su novia. Tenía a todos vigilados porque grababa sus conversaciones telefónicas. Estaba seguro de que su sistema de control era infalible, y eso lo enfurecía aun más. Podía sospechar de cualquiera de sus allegados, menos de Pinchi Pinchi. Acababan de volver juntos de Rusia y Montesinos estaba seguro de que el casete lo habían robado en su ausencia. Nadie podría haberlo hecho en sus narices. Al menos eso creía.

Mientras tanto, se habían interrumpido también los debates en el parlamento. Un congresista había levantado una cinta de VHS y gritado que Alberto Kouri había sido descubierto. El aludido se levantó de su asiento y fue a buscar un televisor para ver por sí mismo lo que estaba sucediendo. A los pocos minutos escapó por la puerta trasera del Congreso hacia el local del SIN. Montesinos le había dicho que tenía que ir a su oficina a recibir instrucciones de inmediato. Antes de que éste pudiera subir en su auto, unos periodistas le pidieron una explicación. Kouri dijo que el dinero era un préstamo. Luego desapareció a toda velocidad.

A esa misma hora, el presidente Fujimori telefoneó a Montesinos. Pero él no le quiso responder. Recién hablarían horas más tarde. Entonces el presidente le pediría su renuncia y el asesor se negaría argumentando que solucionaría el problema «de todos modos». En el otro extremo de la ciudad, Germán Barrera, un hombre a quien el congresista Fernando Olivera bautizaría con el apelativo de El Patriota, también se quedó paralizado ante una pantalla. Estaba de compras con su esposa cuando notó que la gente se arremolinaba frente a un televisor puesto en un escaparate. Era el video que él había tenido en sus manos días atrás y por el que había pedido que le pagasen doscientos mil dólares. De hecho, en ese momento estaba gastando parte del adelanto de quince mil que le habían dado los congresistas que hablaban desde el Hotel Bolívar.

Cuando Pinchi Pinchi tuvo el video en sus manos, se convenció de que tenía que entregarlo a algún congresista de oposición. Pero como ella no podía hacerlo en persona, contactó a El Patriota, un conocido de su chofer que por casualidad conocía a otra persona que podía llegar hasta los congresistas que luego emitieron el video.

Pero una vez que tuvo la cinta en sus manos, El Patriota supo que venderla podía ser el negocio de su vida. Así consiguió el adelanto de quince mil dólares, aunque jamás le pagarían el resto. Meses más tarde, tras su fallido negocio, la propia Pinchi Pinchi fue quien le pagó cincuenta mil dólares para que éste le devolviera sus originales. Lo hizo indignada, y sólo porque era la única forma de demostrar en un tribunal que ella había sido la verdadera responsable de la caída de Montesinos.

Pero hay otra versión. Algunos creen que Montesinos cayó por una operación de la CIA al desclasificar información que probaba que Montesinos era parte del tráfico de fusiles a la guerrilla colombiana de las FARC. Dicen que el video sólo habría sido la estocada final. Según esta versión, Pinchi Pinchi debía trabajar también para el famoso servicio secreto estadounidense. Sin embargo, suena extraño que una operación de tanto riesgo se hubiera podido confiar en la última etapa a un chofer y a su conocido, dos inexpertos. Por su parte, Montesinos tardaría meses en descubrir que era su «Mati» quien lo había delatado.

En febrero del año 2001, Pinchi Pinchi entregó a la justicia toda la información y los documentos que guardaba. A cambio tendría la posibilidad de salvarse de la cárcel. Entonces ella todavía se comunicaba indirectamente con Montesinos, a través de Silvana, su hija mayor, y él siguió confiando en Pinchi Pinchi mientras estuvo escondido en Venezuela. Desde allí le escribía correos electrónicos en clave. Le pedía dinero para poder pagar a sus abogados y para mantener a su familia a la distancia. Le pedía que no lo abandonara. Pero ya era demasiado tarde. Pinchi Pinchi era una doble agente: cumplía algunos de sus pedidos, pero le sonsacaba información para que pudieran apresarlo. Por eso fue la primera en contarle a un fiscal dónde estaba el prófugo ex asesor. El sábado 23 de junio del 2001, agentes de inteligencia militar venezolana detuvieron a Montesinos en Caracas. Y él empezó a odiar a Pinchi Pinchi. Para siempre.

***

Hacia el mediodía del viernes 22 de julio del 2005, Pinchi Pinchi y Montesinos volvieron a verse las caras.

Habían pasado cinco años desde que se emitiera el video. El escenario era un juzgado público instalado en la Base Naval del Callao, al oeste de Lima. Decenas de cámaras de televisión estaban listas para transmitir en directo lo que la prensa había bautizado como «la confrontación del año». Pinchi Pinchi vestía pantalones de color crema, un saco azul de paño y un pañuelo de seda naranja alrededor del cuello. Su cartera y sus zapatos eran del mismo color que su pantalón. En la mano derecha tenía una botella de agua sin gas que parecía una señal de que iba a hablar mucho. Se puso de pie en el extremo derecho de la sala de audiencias.

En ese momento, Montesinos apareció escoltado por un policía. Lucía una chaqueta azul y pantalones del mismo color. Parecía vestir ropa nueva, pero no la que antes le escogía Pinchi Pinchi. Estaba obligado a ser más modesto y se le veía más calvo que antes, quizá porque ya no tenía a esa ama de llaves que lo peinaba con tanto cuidado. Era la tercera vez que los citaban, pero la primera en que Montesinos había aceptado confrontar a Pinchi Pinchi. Las anteriores se había hecho esperar en vano. Algunos periodistas decían que Montesinos había querido ganar tiempo para llegar bien preparado al encuentro. Antes de empezar, la presidenta de la sala advirtió con tono conciliador pero enérgico que no iba a admitir que se faltasen mutuamente el respeto.

Pinchi Pinchi le dijo a Montesinos, mirándolo a los ojos:

–Yo me encargué de las cuentas del SIN desde octubre de 1999. Aunque lo niegues tratando de sorprender con mentiras, tú tenías el dinero en cajas de cartón y bajo los libreros. Cuando yo llegué te recomendé que compraras cajas fuertes.

–No es cierto –respondió él–. Y no le permito que me tutee porque yo la trato de usted. Y aunque yo permanezca detenido no he perdido mi dignidad.

–Vladi, estás hablando con La Pollito –le dijo ella con sarcasmo–. Yo conozco todos tus secretos, todas tus cosas. Tú, que dices ser un oficial de inteligencia para impresionar, cuando sólo eres un oficial de artillería.

El público estalló en carcajadas. Quedaba claro que ambos estaban preparados para disparar adonde más le dolía al otro. Se conocían demasiado y sabían que ambos tenían el poder de revelar en público sus secretos, como una pareja que se divorcia después de una traición. La abogada de Montesinos se quejó del trato «ofensivo» de Pinchi Pinchi, y la corte le ordenó a ésta que lo tratara de «señor».

Pero la soltura de Pinchi Pinchi ya lo había hecho tambalear. No sólo lo llevó a perder los papeles, sino que la abogada de Montesinos se dedicó a interrumpirla cada vez que pudo. Él llegó al límite de agredirla: dijo que Pinchi Pinchi era una simple masajista analfabeta y que no podía haber manejado sus cuentas porque ella no sabía sumar ni restar. Al día siguiente, esta agresión sería titular en varios diarios del Perú. Pero Pinchi Pinchi le respondió con otra frase digna de un titular sensacionalista:

–¿Así que sólo soy masajista? ¿Por qué no cuentas que tú traías hombres del extranjero para masajearte?

***

Ahora es la primera semana de setiembre del 2005, y Matilde Pinchi Pinchi acaba de llegar a su oficina. La luz de la mañana se cuela entre las persianas de una ventana que da a la calle. Su despacho queda en un segundo piso. Su rutina suele empezar con una citación en los juzgados anticorrupción, y termina con otra. Durante los últimos cinco años de su vida, Pinchi Pinchi ha ido más de mil veces a declarar ante los jueces. Es una testigo a tiempo completo.

Mientras revisa unos documentos que tiene sobre su escritorio, reprende a uno de sus empleados por no haber efectuado unos pagos como debía. Se siente cansada de responder a diario decenas de preguntas sobre lo que vio, hizo o escuchó alguna vez en la oficina de Montesinos. Ahora las vidas de ambos trascurren en dos lados distintos de la línea. Son rivales. Enemigos. Ambos saben que la subsistencia de uno depende de la inmovilidad del otro, y Pinchi Pinchi parece estar ganando la partida. Al menos mientras Montesinos continúe encarcelado en una base militar, en una de esas celdas de alta seguridad que él mismo mandó a construir para encerrar para siempre a los líderes terroristas. Y a ella no le da pena.

Pinchi Pinchi se acomoda tras su escritorio con una soltura que parece haber ido ganando en los últimos años. Dejó de ser la amiga anónima de un poderoso asesor presidencial y pasó a convertirse en un personaje de los que salen en la televisión. Ahora todo el mundo sabe quién es. Suele contar con cierto asombro que cuando va al supermercado hay personas que la saludan con familiaridad. Aunque reconoce que no siempre es así. Una vez, mientras hacía las compras, se le acercó una mujer y la empezó a llamar corrupta.

Antes de que Pinchi Pinchi pudiera responderle, otra mujer desconocida se acercó a defenderla: era una mujer valiente que se había atrevido a delatar toda la corrupción, decía su espontánea protectora.

Pinchi Pinchi cuenta que ya se acostumbró a no pasar desapercibida. Uno siempre hablará bien o mal de ella, pero es difícil que alguien la olvide. En junio del 2005, una encuesta de la Universidad de Lima decía que uno de cada cuatro limeños creía que era corrupta. Pero cuando la cadena de radio más importante del país preguntó a sus oyentes a quién le creían más, a Montesinos o a Pinchi Pinchi, seis de cada diez dijeron que confiaban más en ella. Para Pinchi Pinchi, haber traicionado a Montesinos es su mayor capital. Más que todo el dinero de su empresa. Se ha puesto un traje oscuro y tiene el cabello ondulado como si acabara de salir de una peluquería. Los años de tensión la han ido desgastando: tiene unas finas arrugas incluso en sus manos. Un día, uno de sus agentes de seguridad le mostró que alguien había dejado un gato muerto con las patas amarradas afuera de su casa. Ella lo entendió como una señal de Montesinos. Pinchi Pinchi dice que alguna vez él le había contado que a los soplones los esposaban y los lanzaban desde un helicóptero al mar. Antes del gato también le habían dejado un pájaro desplumado: a ella le decían La Pollito. Esos sustos la han llevado varias veces a internarse en una clínica.

–Yo no le tengo miedo al pelado, porque es un cobarde. Al que le tengo miedo es a Aivar Marca: ése sí es capaz de cualquier cosa –dice.

Por eso camina con una escolta policial que la sigue a todos lados. Y casi nadie sabe dónde está su nueva casa.

También a eso se ha acostumbrado. Sabe que a más de uno le encantaría verla muerta. Al final de una conversación que ha durado casi dos horas, Pinchi Pinchi se pone de pie y se dirige hacia la puerta de su oficina. Su actual abogado va tras ella. Es como su sombra: siempre está a su lado cuando le piden que relate algún episodio de su historia privada.

Pinchi Pinchi habla de sus planes futuros. Cuenta que está escribiendo un libro de memorias, y que quiere terminar sus estudios escolares que dejó a medias cuando vivía en Pijuana, su pueblo natal en la selva norte del Perú. Cuando acabe la secundaria piensa estudiar derecho. Necesita prepararse, dice, para su próximo objetivo: fundar un movimiento político para las elecciones generales del 2011. Mientras Pinchi Pinchi hace planes, los médicos legistas que hace poco evaluaron la salud de Montesinos han dicho que él a veces tiene ganas de matarse. Son dos piezas distantes aunque esta historia continuará siendo de los dos. Ninguno podrá escapar de la memoria del otro, como sucede con cualquier historia de amor.

Mauricio Álvarez, más conocido como La Madison, saca del maletín un espejo pequeño. Luego, mientras se peina el escaso cabello tinturado de rubio, cuenta que descubrió su homosexualidad a los siete años, leyendo un cómic de Supermán.

—Apenas vi a Clark Kent, me volví loco —dice, ahogándose de la risa.

John Jairo Murillo, apodado La Ñaña, advierte con un gesto burlón que esta es la “confesión más maricona” que ha oído en sus treinta y siete años de vida.

—¡Usted es tan gay —exclama, chocando las palmas de sus manos— que no perdona ni a los muñecos de las tiras cómicas!

Tanto Madison como los otros integrantes de Las Regias ríen a carcajadas. Están vistiéndose al aire libre en las graderías del Coliseo Misael Pastrana Borrero, ubicado en el municipio de Riofrío, Valle del Cauca, a ciento doce kilómetros de Cali. El equipo, conformado por travestis, se creó en 1992 con el propósito de recaudar fondos para socorrer a los homosexuales enfermos de sida o adictos a las drogas. Y por estos días anda en busca de patrocinio para participar en el Campeonato Mundial de Fútbol Gay, que se llevará a cabo en Buenos Aires el próximo mes de septiembre.

Esta tarde, como ya es costumbre, los jugadores arman bochinche mientras se ponen el uniforme. El más lenguaraz de todos es La Ñaña, fundador del equipo, quien no deja títere con cabeza. Dice que La Valeria, cuando era un bebé de brazos, se sentaba sobre el biberón; que La Britney nació con un chupo entre las nalgas; que La Nando se mudó para un barrio de ricos en Cali porque quiere que se lo coma el arriendo; que La Canasto es agüita de florero y La Natalia, flor de otro patio, y que La Cuto es tan gay que cuando ve un pene pintado en el piso, lo borra con el trasero.

—Y este —afirma ahora, refiriéndose a La Iguana, que se revuelca de la risa— si se hubiera demorado quince segundos más en el vientre de su madre, habría nacido con panocha.

Las graderías de concreto sin pañetar están casi desiertas. Se espera que dentro de una hora, cuando comience el partido, haya quinientas personas. Los integrantes de Las Regias continúan arreglándose, en un ritual que, por ahora, parece más emparentado con los salones de belleza que con las canchas de fútbol. En el escenario no hay todavía ningún balón y, en cambio, abundan las extensiones capilares, las uñas esmaltadas, los cabellos teñidos, los lápices labiales, las cejas depiladas y los cosméticos faciales.

La Ñaña se dirige a mí.

—¿Sabe qué, papá? Escriba que todos los jugadores de Las Regias somos gays, pero eso sí: aquí no hay maricas ni locas, porque marica es el que le presta plata a otro y loca es la que anda sucia por las calles tirándole piedras a la gente.

Todos largan la risotada. Diego Fernando García, más conocido como Melissa Williams, saca de su maletín una pelota de microfútbol y le pide a Óscar Gil, apodado La Natalia, que se ponga en la portería para practicar tiros libres. Por un momento, da la impresión de que el primer cobro terminará en gol, pues el guardameta, en vez de rechazar el balón con un puñetazo, agita ambas manos a los lados del tronco, como si fueran las aletas inútiles de un pingüino. Sin embargo, la bola rebota accidentalmente contra su cuerpo y se desvía hacia un costado de la cancha. Entonces, La Natalia abandona el arco corriendo con histeria, como si acabara de atajar el penalti que le da a su equipo el campeonato mundial.

***

Pedro Julio Pardo es el coordinador de la Fundación Santamaría, que vela por los derechos de la población LGBT —lesbianas, gays, bisexuales y transexuales—. Pardo, quien ha sido cercano al proceso de Las Regias, considera que, aunque resulte excluyente, los travestis tienen derecho a congregarse para armar su propio equipo de fútbol o hacer cualquier otra cosa que les plazca. ¿Acaso a ellos les permiten arrimarse a los estadios donde juegan los hombres heterosexuales? Este país —añade— solo les ha dejado dos opciones productivas: la prostitución y la peluquería. Por tanto, construir guetos es su mecanismo de defensa contra la discriminación.

—Cuando los maricas practicamos el fútbol —dice— estamos enviando un mensaje contra la intolerancia de la sociedad: como no nos dejan jugar con los hombres, nos toca crear nuestro propio equipo.

Pedro Julio Pardo estima que la existencia de Las Regias representa para la comunidad transexual de Cali la oportunidad de divulgar sus problemas. Cita, en primer lugar, la permanente exposición a la violencia. Durante los últimos nueve meses, doce travestis han sido asesinados y quince han resultado heridos a bala o con cuchillo. Algunos han aparecido desnudos en lotes baldíos, con múltiples señales de tortura que evidencian el odio implacable de los agresores. Los fines de semana muchos jóvenes salen borrachos de las discotecas, portando pistolas de aire comprimido, y se van a practicar tiro al blanco disparándoles a los transexuales en los senos de silicona.

El diálogo con Pardo transcurre en la peluquería Madison, ubicada en el barrio Siete de Agosto. Al principio, Mauricio Álvarez, su dueño, no nos prestaba atención porque estaba ocupado motilando a un cliente. Ahora, mientras barre el cabello que quedó desperdigado por el piso, interviene por primera vez en la conversación. A su juicio, los transexuales son las personas más marginadas de toda la población LGBT.

—Si es difícil que la sociedad acepte a un gay común y corriente —dice—, imagínese cómo se complican las cosas cuando ese gay se viste de mujer o se pone tetas.

Ni las mujeres ni los hombres heterosexuales lo ven como alguien de su género, sino como un ser disfrazado, una caricatura. Hasta el gay convencional lo rechaza, porque lo considera una criatura disparatada que necesita ponerse falda para asumir su sexualidad. A menudo, los policías que patrullan la ciudad desalojan al travesti del mismo espacio público en el cual le permiten estar a la prostituta. Cuando termina el acoso del mundo exterior —explica La Madison— comienzan los conflictos personales. En principio está el abismo entre lo que el transexual quiere proyectar en la sociedad y la percepción que en realidad se tiene de él. Le pesa, además, la obligación de vivir aprisionado dentro de un cuerpo que no desea, y sufre cada noche en su habitación, al final de la jornada, desandando los pasos de su propia metamorfosis: entonces le toca destruir a la mariposa nocturna que él mismo había creado, para que reaparezca el escarabajo de siempre. Desmaquillarse, redescubrir la sombra azulosa de la barba debajo del polvo facial, es una muerte diaria que, según La Madison, solo pueden entender quienes la han experimentado. Quizá por la depresión que generan todos estos problemas —concluye— los transexuales son tan propensos a la drogadicción.

El hombre que se exhibe en las calles con blusa ombliguera y tacones —dice ahora Pedro Julio Pardo— es consciente de que su decisión tiene un precio y está dispuesto a pagarlo. Sabe que en tales condiciones ninguna empresa le dará empleo. Sabe que se pone en la mira de extremistas capaces de matarlo. Pero ya a esas alturas no hay punto de retorno ni a él le interesa devolverse. Asume su cruzada con la certeza de que en ella encontrará, al mismo tiempo, su reafirmación y su suicidio. Muchos defienden a dentelladas el espacio que les tocó en suerte y, antes de inmolarse, se convierten en propagadores de la misma violencia que denuncian.

—La hostilidad del entorno los vuelve agresivos —dice Pardo—. Por otro lado, reconozco que algunos de ellos expanden drogas en la vía pública o se involucran con menores de edad.

***

Andrés Santamaría, Defensor del Pueblo en el Valle del Cauca, informa que en Cali existen, aproximadamente, tres mil transexuales. De esos, trescientos se dedican a la prostitución y el resto, a la peluquería. Retirar de las calles a quienes se han adueñado de ellas desde hace años, no es, a su juicio, un asunto de fuerza sino una tarea que exige respuestas sociales. Semejante labor resulta demasiado difícil en una ciudad donde, según sus palabras, ha imperado siempre una mentalidad injusta y segregacionista. En Cali, de acuerdo con los resultados de una investigación que él dirigió, los pobres que cometen infracciones menores permanecen retenidos, en promedio, treinta y seis horas, mientras que los ricos solo duran tres.

—El desarrollo económico de la región —explica— se debió en parte a los ingenios azucareros, y estos prosperaron gracias a la práctica de la esclavitud. Así se fomentó un pensamiento hegemónico que todavía perdura.

Santamaría dice que el hecho de haberse tomado en serio los derechos de la población LGBT ha avivado el antiguo fanatismo. Recientemente, un periodista radial lo acusó de estar “mariquiando” a la ciudad. En esta historia —añade— se refleja lo que somos como país: aparentemente estamos hablando de las dificultades de un grupo humano, pero el problema de fondo es la intransigencia típica de los colombianos, que nos hace percibir al diferente como un transgresor que debe ser borrado de la faz de la tierra. Por eso, vivimos de conflicto en conflicto.

Al ver el panorama completo, Santamaría les concede a Las Regias un gran valor simbólico. Más allá de auxiliar a los transexuales caídos en desgracia, han puesto en primer plano varios temas importantes relacionados con la convivencia ciudadana. Algunos de los casi cuarenta travestis que integran su plantilla —como La Iguana y La Paulito— han encontrado en el equipo una oportunidad de combatir su adicción a las drogas.

***

Como futbolistas, Las Regias son desatinados: se resbalan mucho, patean hacia las nubes cuando se encuentran a veinte centímetros de la portería, no saben parar la pelota ni con el pecho ni con el pie, y son incapaces de ponerle un pase preciso al compañero que está a diez metros de distancia. Esa torpeza, que no es deliberada sino natural, se convierte, paradójicamente, en su principal arma de persuasión. Los espectadores son indulgentes con ellos porque los perciben como actores de una parodia. Si los vieran cabecear como Miroslav Klose o gambetear como Ronaldinho, no les perdonarían las uñas pintadas ni las pestañas postizas.

Terminado el primer tiempo, el equipo rival, conformado por mujeres de Riofrío, va ganando tres goles a cero. Las casi doscientas personas que han venido al coliseo observan el espectáculo coreográfico que Édinson Aramburu, otro de los miembros del grupo, realiza en la circunferencia central de la cancha. Los jugadores de Las Regias, entre tanto, están reunidos en las mismas graderías donde antes se habían vestido. En vez de discutir con preocupación sobre una estrategia que les permita remontar el marcador, han vuelto a las humoradas. El que lleva la voz cantante, como siempre, es La Ñaña, quien está increpando a su portero.

—Usted no tapa nada, mijito, usted no es Muralla sino Mireya.

Otra vez estallan las carcajadas. Aprovecho para preguntarle a La Ñaña, en su mismo tono socarrón, por qué se burla tanto de los travestis. ¿Acaso —agrego— se está volviendo homofóbico? Noto en su mirada una chispa de malicia, pero, repentinamente, adopta un rostro grave.

—Nosotros nos apropiamos de los insultos que nos dirige la sociedad y los desactivamos convirtiéndolos en chiste.

Su compostura, sin embargo, desaparece en el instante.

—¿Qué vas a decir sobre mí en esa crónica? —me pregunta, poniendo los brazos en jarra y mirándome de manera retadora.

Como me quedo callado, sugiere una idea.

—Escribe que yo no soy masculino sino más culona.

Esta vez quien más festeja la broma es La Valeria.

Le pido que se ponga serio siquiera un minuto para que hablemos de fútbol. Lo que he visto esta tarde —le digo, con voz dramática— me preocupa muchísimo. Si el equipo Las Regias fuera a representar a Colombia en el Campeonato Mundial de Fútbol Gay, seguramente sería goleado por Argentina, por Brasil y hasta por Guatemala, qué horror. Su respuesta es una joya magnífica del humor negro.

—¡Ay, mijito, golean a la selección de los machos y no nos van a golear a nosotros, que somos unas completas locas!

Esta vez soy yo el de la carcajada. Poco después, mientras regreso a mi puesto para observar el segundo tiempo, me pregunto de nuevo por la motivación que tienen los espectadores para asistir a las funciones de Las Regias. Quizá tratan de aliviar su conciencia donando una moneda que sirva para pagar el tratamiento de un gay contagiado de sida o enfermo de la próstata. Quizá buscan una dosis de humor bizarro en las incompetencias deportivas de sus jugadores. En todo caso, supongo que todavía no están preparados para ver a los travestis más allá de las paredes de este coliseo.

La mañana en que iban a sentenciar a Alberto Fujimori, un hombre interesado en su condena libraba una batalla inútil contra un televisor. La señal era pésima. Fujimori lucía muy elegante frente al tribunal que durante más de quince meses lo juzgaba por el asesinato de 25 personas. Vestía un traje negro y una corbata oscura. El rostro parco de siempre delataba cierta ansiedad. Jugaba con un bolígrafo y evitaba ver a los jueces. A ratos tomaba notas con los labios apretados. Detrás de una mampara de vidrio, sus hijos Keiko y Kenji tenían el gesto gélido de quien se apresta a escuchar una mala noticia, la peor de todas. Los rodeaban algunos congresistas de su partido. Nadie murmuraba cuando el juez principal empezó a decir: «Este tribunal declara que los cuatro cargos objeto de imputación se encuentran probados más allá de toda duda razonable. Por consiguiente, la sentencia que se emitirá es condenatoria». La sala estaba abarrotada. Allí también estaban los familiares de las víctimas, varios observadores internacionales, periodistas, fotógrafos y camarógrafos que registraban cada detalle de la sesión. Cada cierto tiempo, los corresponsales daban cuenta del alboroto que había en los exteriores de esa base policial donde durante 16 meses se juzgaba al ex presidente. Una multitud de fujimoristas vestidos con sus características camisetas anaranjadas había acudido a apoyar a su líder. Grupos de activistas de derechos humanos exigían una condena ejemplar. Los policías contenían la euforia de esos dos grupos rivales. Las imágenes del juicio se transmitían a todas las cadenas internacionales de noticias. Pero se filtraban con dificultad en las laderas de un cerro de Lima, donde Justo Arizapana estaba de visita. Él, que había descubierto los restos humanos de la masacre de la Cantuta, el primer testigo del caso más contundente contra Fujimori, se esforzaba por entender con claridad la lectura de la sentencia. Quería saber si hablarían de él. Pero en las cuatro horas que duró aquella sesión histórica, como decían los comentaristas de la televisión, nadie pronunció su nombre en esa sala.

Ni siquiera en el barrio de Chosica, donde él se había escondido durante años, recordaban su verdadera identidad. Algunos vecinos que lo veían después de mucho tiempo lo saludaron llamándolo Juan. Otros le decían Julio. Otros Julián. Eran los nombres falsos que Justo Arizapana había usado durante los años en que temía que los militares lo buscarían para vengarse por lo que había hecho.

Esa misma mañana, en Comas, al extremo opuesto de la ciudad, otro testigo olvidado escuchaba la sentencia mientras preparaba una sopa en la cocina de su casa. «Nosotros pusimos ahí al presidente. A mí esto me parece como una película. He visto todo el juicio, desde que comenzó, y se ha hecho justicia», dijo Guillermo Catacora mientras revolvía la olla con un cucharón de madera. A los 78 años, él todavía atiende a una de sus hijas que sufre de retardo mental. Ella esperaba el almuerzo. Catacora dejó el cucharón y bajó el fuego. «Los mencionados delitos de homicidio calificado constituyen crímenes contra la humanidad», leía la relatora del tribunal por la televisión. Afuera hacía sol. Algunos jóvenes jugaban al fútbol en la pista. Un minuto antes del mediodía, llegó la sentencia: «…condenándolo a 25 años de pena privativa de la libertad, que computados desde su detención en Chile vencerán el 10 de febrero del año 2032». Fujimori saldría de prisión a los 93 años. Era la primera vez que se dictaba una condena a un ex presidente en América Latina por crímenes contra los derechos humanos. Catacora, el otro hombre que ayudó a que eso fuera posible, tampoco escuchó su nombre.

¿Acaso debían aceptar el anonimato como castigo por sus actos? Semanas después de finalizado ese juicio, los dos testigos se han reunido en casa de Catacora. Allí tratan de entender este nuevo capítulo de su historia: esa mañana, el tribunal pudo haber mencionado sus nombres, pero no lo hizo. «En los juicios se necesitan pruebas y la nuestra fue la más importante –dice Justo Arizapana, que tiene el cabello muy negro y es bajo de estatura–. Sin los cuerpos no había nada. No sé por qué no nos tomaron en cuenta». Se refiere a los huesos humanos que él desenterró en un cerro de Lima, en 1993: los restos de los desaparecidos. Ahora es una mañana de mayo del 2009, y Arizapana ha regresado después de pasar algunos días en Chosica, en la sierra de Lima. Vive en casa de Catacora desde marzo, por generosidad de su amigo, a quien ayuda en su taller de artesanías. No tiene hogar propio ni esposa ni hijos. Durante el proceso a Fujimori, la sala citó a 83 personas para recoger sus testimonios, pero nunca a esos dos amigos. Ellos ya tenían su propio veredicto. «No interesan los años que le dieron [a Fujimori]. Es un asesino y por su culpa vivimos corridos muchos años», dirá Arizapana en algún momento.

Las consecuencias de su paradójico anonimato pesan en el ánimo de ambos.

–Si hubiera sabido lo que nos iba a pasar, jamás hubiera denunciado las fosas –dice Arizapana–. Todos se han beneficiado, menos nosotros. Él exagera. Gracias a ellos, muchas personas obtuvieron justicia o celebridad. Pero también hubo otros que después de toparse con Arizapana y su hallazgo la iban a pasar mal.

Catacora pudo ser una de esas personas, pero él piensa distinto. Es un hombre alto, de cabello negro, que no aparenta su edad, salvo por unos dientes postizos que le incomodan al hablar.

–No me arrepiento de haber denunciado las fosas –dice frente a su camarada–. Lo haría de nuevo. Aún sabiendo lo que nos iba a pasar, lo denunciaría otra vez.

–¿Y por qué? –le pregunto.

–Porque los dos estamos en la historia.

Pero la historia no siempre es lo que uno imagina. A Arizapana, por ejemplo, ni siquiera lo conocen los deudos de las víctimas de La Cantuta. «Yo nunca lo he visto –me dirá días después Gisela Ortiz la hermana de uno de esos estudiantes asesinados. Es la vocera de los deudos–. Sé que él descubrió las fosas, pero no lo conozco. Si me lo han presentado, la verdad, no lo recuerdo». ¿Por qué nadie se acordaba de ellos?

2.

La madrugada en que los miembros del Grupo Colina iban a cometer el peor error de su carrera criminal, a Justo Arizapana le tocó cumplir el papel de testigo involuntario. Era poco más de la medianoche en un basural de Cieneguilla, un sector de cerros desérticos a media hora de Lima. Arizapana, un solitario reciclador de cartones, dormía como de costumbre bajo el montón que había recolectado durante el día. El rugido de unos motores lo despertó. Instintivamente, abandonó su refugio y se arrastró hacia la ladera de un cerro. Desde ahí, tendido detrás de una roca, distinguió las luces de dos camionetas que trepaban la quebrada y se dirigían hacia él. Arizapana apagó la pequeña radio marca Futachi que siempre llevaba al cuello y contuvo la respiración. A través de ese aparato, que era su único contacto con el exterior, se había enterado de los operativos antiterroristas que por esa época, abril de 1993, los militares y policías realizaban en varios puntos de la ciudad. Dos años antes, un comando anónimo había asesinado a 15 personas en una fiesta, incluido un niño, porque supuestamente eran integrantes de Sendero Luminoso, la organización terrorista que empezaba a asolar la capital del país. Nueve estudiantes y un maestro universitarios desaparecieron en 1992, y una subcomisión del Congreso investigaba el hecho. En el cerro, Arizapana temblaba. Un hombre bajó de una de las camionetas e inspeccionaba el terreno con una linterna. «¿Hay alguien ahí?», escuchó el reciclador a la distancia. «No», respondió otra persona. Arizapana recuerda bien esa voz, venía de casi al lado, quizá sólo un par de metros detrás de la roca donde él se escondía. «Es sólo basura –añadió el extraño–. Aquí no hay nadie». Entonces las camionetas continuaron la marcha remontando el cauce seco de la quebrada. En el cielo no había luna ni estrellas, recuerda ese testigo, que, con la camisa húmeda pegada al cuerpo y los brazos cubiertos de polvo, trepó persiguiendo las luces.

Hasta ese basural sólo llegaban cuatro veces a la semana camiones recolectores a dejar los desperdicios de la ciudad. Una vez, recuerda Arizapana, también llegaron dos sujetos, arrastraron una buena distancia a una joven que parecía mareada y la violaron. Aquella madrugada, unos diez hombres bajaron de las camionetas y se dividieron en tres grupos. Algunos llevaban suéteres negros, otros se cubrían el rostro con pasamontañas. La mayoría cargaba palas. Una silueta de estatura más bien baja daba órdenes. Los equipos se separaron unos metros y cavaron sobre una pequeña loma por casi una hora. Arizapana notó que arrojaron unas cajas a los huecos y las cubrieron de inmediato. Luego se marcharon. ¿Serían armas?, se preguntó. ¿Drogas? ¿Joyas? Por la mañana, el testigo bajó a saltos de su escondite. Llevaba tres años trabajando en ese fin del mundo y conocía la quebrada de memoria. El terreno estaba cubierto de huellas. Le parecieron de tipo militar. Unas pocas eran de zapatillas. Escarbó allí. El hueco era profundo pero la tierra removida cedía fácilmente. Pronto sintió el borde de una caja de cartón. Temió que pudiera haber explosivos, y trató de tener más cuidado. Introdujo un pulgar y un índice a través de un agujero. Sintió un polvillo suave. Cocaína, pensó de inmediato. Pero cuando sacó la mano sus dedos estaban tiznados de ceniza. Estiró el brazo una siguiente vez y atravesó la caja con el puño. Se abrió paso entre la ceniza y capturó un objeto largo y áspero. Le pareció madera seca.

Supuso que estaría quemada. Aferró el objeto con fuerza y sacó la mano de un tirón. Era el trozo de un fémur.

Arizapana sintió una inquietante certidumbre. Los programas de radio, a los que él era adicto, seguían hablando de los desaparecidos de La Cantuta. ¿Valía la pena arriesgarse a decir algo? Él devolvió el hueso a su lugar y lo enterró de nuevo. Sólo pudo guardar el secreto un mes. El artesano Guillermo Catacora fue el primero que escuchó la historia de los huesos enterrados. Arizapana lo buscó en su casa de Comas. Ambos se conocían de la prisión, donde ambos habían caído en los años setenta por simpatizar con la izquierda radical. Desde entonces cultivaban una estrecha amistad.

Fue Catacora quien propuso contarle todo a una tercera persona: el congresista Roger Cáceres Velásquez, por esa época uno de los líderes de la oposición contra Alberto Fujimori. Ninguno lo conocía en persona, pero a Catacora le bastaba que ese político fuera su paisano para sentir confianza. Le tomó algo de trabajo convencer a Arizapana de visitar el Congreso esa misma tarde. Cáceres, que presidía la subcomisión que investigaba la desaparición de nueve estudiantes y un catedrático, los recibió con aparente desconfianza en su oficina del Congreso. En un mes debía entregar su informe sobre el caso, pero sus investigaciones no habían avanzado mucho. Esa tarde, recuerda Arizapana, su rostro de piel cetrina evidenciaba varias noches sin dormir. Catacora lo notó sorprendido, tal vez nervioso. «Extraordinario. Increíble», recuerda que dijo cuando escuchó el relato. Cáceres les pidió un mapa que precisara cómo llegar al lugar. Les garantizó que nadie se enteraría de que ellos habían sido los autores.

Los amigos salieron con la certeza de no haberse equivocado. Una vez en la calle, compraron un pliego de papel cometa amarillo. En casa de Catacora, lo extendieron sobre una mesa en la sala y trazaron el camino que llevaba hasta el lugar de los entierros. Arizapana incluyó algunas referencias en lugares clave. La prueba que el congresista necesitaba la recuperaron al día siguiente: un hueso ilíaco chamuscado, quebrado a la mitad. Lo pusieron en un sobre junto con el mapa y dejaron el paquete en la oficina de Cáceres. Un asistente del parlamentario les devolvió el sobre días después. Debían hacer un mapa igual, pero sin colocar el nombre del congresista. Guillermo Catacora accedió sin terminar de entender. Calcó los trazos sobre otro pliego de papel cometa y cambió el destinatario: «A la opinión pública». Guardó el mapa original. Ambos confiaban en que la denuncia se difundiría de inmediato.

Pero dos semanas más tarde, seguía siendo un secreto. Al menos eso creían ambos. Los amigos se reunieron para evaluar su situación. Estaban preocupados. Las fosas permanecían en el misterio y ellos se sentían vulnerables. Cáceres ni siquiera los había llamado. ¿Se había acobardado? ¿No les creyó? ¿Habría hablado con alguien más? Arizapana comenzó a lamentarse de haber confiado en él. Catacora propuso buscar a un periodista amigo conocido en su barrio. Se llamaba Juan Jara y trabajaba en una radio pequeña. Se citaron en un bar del centro de Lima. La conversación duró tres horas. Al momento de despedirse, Jara llevaba en un bolsillo el mapa original que conducía hacia los cuerpos enterrados, el mismo que había rechazado el congresista Cáceres al inicio. Antes de partir, el periodista soltó una frase que iba a pesarle demasiado: «Nos vemos en veinte años –dijo sonriendo, algo mareado por las cervezas–. Si me encuentran con esta vaina me guardan al toque». Dos semanas después de esa reunión, la policía antiterrorista arrestó a Jara en una operación sorpresa. Pasaría 11 años en prisión.

3.

A lo largo de sus vidas, y hasta el momento en que decidieron dar a conocer las fosas, Justo Arizapana y el artesano Guillermo Catacora habían desarrollado una vocación por huir de todo protagonismo. Tenían razones poderosas. Se habían conocido en el penal de Lurigancho, el más grande de Lima, en 1976. Estaban presos por su militancia comunista. Habitaban pabellones distintos, pero los unían las mismas convicciones. O quizá era sólo simpatía mutua. Arizapana acababa de cumplir la mayoría de edad. Catacora tenía 44 años. Cada vez que podía, el joven Arizapana visitaba a ese hombre que le enseñaba a hacer figurillas con los cuernos de los toros, y cuya vida parecía una novela de aventuras.

No era la primera vez que Catacora estaba en prisión. La primera fue por el robo de una bicicleta. La segunda, a fines de los años cincuenta, por robar casas. A ambos encierros sobrevivió gracias a su habilidad para tallar huesos. Había aprendido el oficio de artesano de su padre. Sus creaciones impresionaban a sus compañeros de celda. La figura más popular era la del cura con el enorme pene erecto. Le seguía el cuchillo: una empuñadura de hueso unida al mango afilado de una cuchara. Allí, en prisión, lo captaron los dirigentes del Partido Comunista, quienes le hablaron de Mariátegui y Marx. Al salir en libertad, los comunistas lo alejaron de la delincuencia y lo integraron a sus filas. Le enseñaron a fabricar armas caseras. Aprendió con rapidez, como siempre, y a mediados de los años sesenta, debido a su eficacia, estaba viajando por Cuba, Europa del Este y China, para perfeccionarse. Cuatro décadas después, en su casa de Comas, el viejo Catacora recuerda algunos episodios de ese viaje. Durante una clase en español sobre cómo preparar dinamita, en China, el instructor notó que el aprendiz peruano dibujaba trazos irreconocibles. Le preguntó por qué no tomaba notas como todos. «Es que no sé leer ni escribir, profesor», respondió él. «¿Y por qué no lo dijiste antes?», increpó el instructor. «Es que si lo decía no me mandaban de viaje. Y así he conocido muchos países». Era una prueba de su ingenio para la supervivencia.

Aún hoy Catacora lee y escribe con mucha dificultad. Él sólo ayudó a dibujar el mapa original de las fosas de La Cantuta, pues quien redactaba las instrucciones era Justo Arizapana. Cuando el asistente del congresista pidió una copia del mapa, Catacora se limitó a calcar el plano original omitiendo el nombre del destinatario. En ese momento, su compañero no estaba en casa.

–¿Qué los hace tan unidos? ¿Por qué confían tanto el uno en el otro? –les pregunté durante un almuerzo.

Ambos amigos se miraron.

–Es que los dos somos materialistas –dijo Catacora sin vacilaciones.

En el penal de Lurigancho, el joven Justo Arizapana también era un preso comunista. De adolescente lo había marcado mucho una batalla entre policías y campesinos, donde hubo ganado robado y casas quemadas. Eso ocurrió en Yauyos, una provincia de la sierra de Lima, donde él vivía. El sinsabor de la injusticia, dice, le duró varios días. Un muchacho de la zona, de apellido Sanabria, vio en su rabia un campo fértil. Le pasó las primeras lecturas socialistas, y después lo convenció de robar las armas de una comisaría cuando los policías estaban en una fiesta. Sanabria fue detenido seis meses más tarde, torturado y obligado a revelar el escondite de las armas, pero no delató a su cómplice. Pasó dos años en prisión. Tiempo después, al reencontrarse, los amigos se abrazaron y se confiaron sus secretos: Arizapana se había unido al movimiento Vanguardia Revolucionaria. Sanabria militaba en el Ejército Popular Peruano. Un día, cuando viajaban en un autobús, un policía les pidió documentos a los pasajeros. El agente reconoció al ex presidiario Sanabria y lo obligó a bajar. Arizapana los siguió. Sería otro de sus pasos errados: mientras eran llevados a la comisaría, Sanabria sacó un revólver escondido y mató al policía de un tiro en el pecho.

Cuatro días les tomó burlar la nueva persecución. Pasaban la mayor parte del tiempo enterrados en la arena del río. Comían pequeños camarones y pejerreyes que encontraban bajo las piedras. Sanabria fue arrestado a las pocas semanas. Volvieron a torturarlo. Esta vez, con los dedos reventados, dio algunas pistas para hallar a Arizapana y a varios integrantes del Ejército Popular Peruano. Entre ellos estaba Guillermo Catacora. Fue esta caída en Lurigancho la que unió a los dos personajes de esta historia.

En el penal, Arizapana pasó un tiempo a cargo de la biblioteca. Allí leyó la ODISEA, la ILÍADA, ROBINSON CRUSOE y LOS MISERABLES. Quedó impresionado por este último drama. La historia de un ex presidiario atribulado por un perseguidor implacable.

–Juan Valjian. Así se llamaba –se esmeró en pronunciar una tarde en la casa de Comas–. Ése era el personaje de Victor Hugo.

–¿Y de dónde es ese autor? –preguntó Catacora, que escuchaba atento la historia de su compañero–. ¿Es peruano?

–No –respondió Arizapana con seguridad–.

Es francés.

Ambos salieron de prisión a finales de los setenta, pero volvieron a encontrarse en el mismo lugar años más tarde. Esta vez, Arizapana estaba involucrado en un lío de tierras en Yauyos. Catacora había caído por fabricar pequeñas dosis de cocaína. A fines de los ochenta los dos ya estaban libres. Tal vez fue por esa época –cuando la lucha armada ya no era un anhelo romántico de la izquierda radical sino una tragedia con miles de muertos cada año– que despertó en ellos el anhelo de vivir al margen de la política. Guillermo Catacora se dedicó como nunca antes a sus once hijos, a los que apenas había visto crecer por las intermitencias de la prisión. Arizapana se fue a vivir a una barriada entre los cerros secos de Cieneguilla. Consiguió mujer, y aunque no estaba realmente enamorado, apreciaba su compañía. Allí descubrió que se podía ganar buen dinero reciclando cartones y fierros en los botaderos donde las municipalidades arrojaban sus desperdicios. Eso le garantizaba un trabajo fuera de la ciudad. Sabía por la radio que quienes habían purgado condenas por terrorismo eran vigilados o detenidos. Entonces él se ocultó en la quebrada y dejó de firmar el cuadernillo de libertad condicional. Cuando encontró los huesos enterrados sólo quería que el mundo se olvidara de él.

4.

Una secretaria corpulenta y amable me dice que el doctor Roger Cáceres está listo para la entrevista. Es una mañana de mayo, y han pasado dieciséis años desde el día en que le trajeron el mapa que mostraba cómo dar con los restos de las víctimas de La Cantuta. El nueve veces congresista de la República, alguna vez considerado el decano de los parlamentarios, hoy alquila una oficina en el cuarto piso de un viejo edificio en La Victoria, un distrito conocido por sus calles sucias y peligrosas. El despacho es modesto. En La puerta, una hoja bond impresa hace las veces de placa: «Dr. Roger Cáceres Velásquez. Abogado». Sobre el escritorio cuelgan dos cuadros. A la izquierda la Virgen de Otuzco. A la derecha, el Señor de la Misericordia.

–Se vengaron de mí –me dice poco después–. Me hicieron daño. A mí y a mi familia. Cuando Fujimori me pidió encabezar la comisión yo le puse mis condiciones: que tuviera autonomía, que fuera de mayoría opositora, pero, sobre todo, que no hubiera venganzas. Esto fue lo que más se violó.

Cáceres lleva una camisa lila y una corbata verde y amarilla. Tiene casi ochenta años. Se le ve cansado por el paso implacable del tiempo. Su partido, el Frenatraca, se extinguió con el nuevo siglo. Él no fue elegido de nuevo. Ha olvidado o no tiene ganas de recordar los detalles de cuando investigó el caso Cantuta. Confunde fechas, nombres, lugares. Cuando habla del tema se le agria el rostro. Baja los ojos. Mira un montón de papeles sobre el escritorio. –Hubiera preferido en verdad no tener ninguna intervención en ese problema. No hubiera aceptado la comisión. Ese mismo año empezaron las llamadas amenazantes. Me decían que me iban a sacar la mierda por apoyar a los terrucos. Que mi familia la iba a pagar.

–¿Qué le hicieron?

–Prefiero no decir qué pasó, pero fue una venganza dura, ejecutada por personas manipuladas. Dejémoslo mejor ahí. Todavía sigo afectado… todavía me tienen.

Cáceres dice que Arizapana y Catacora también tuvieron problemas. Alguna vez, recuerda, alguien lo llamó para contarle que esos testigos habían sido asesinados. En abril de 1993, Cáceres era un congresista respetado. Tenía el récord de elecciones, mociones y proyectos. Y era el encargado de investigar los casos Barrios Altos y La Cantuta, las dos masacres más graves del gobierno de Alberto Fujimori. Cuando recibió a esos testigos estaba por debatirse su informe final, y quedó bastante preocupado con lo que le contaron. Le habían dejado una bomba. ¿Debía poner las pruebas en conocimiento de su grupo de trabajo? En la subcomisión participaban cinco congresistas. Dos eran fujimoristas. Contarles del mapa –pensaba entonces– era como avisarle a Fujimori y a la plana mayor del Ejército. Eso daría pie a la desaparición de las pruebas. Por otro lado, si él denunciaba el hallazgo se convertiría en juez y parte. El pleno del Congreso, dominado por los fujimoristas, habría desacreditado su investigación. Al final, Cáceres no consideró el mapa en su informe. Pero hizo otra cosa que a la larga resultó más efectiva: pidió a los testigos una segunda copia que no estuviera dirigida a él, para no sembrar sospechas. Cáceres se la entregó a unos periodistas. Cuando ellos hicieran la denuncia, el congresista fingiría sorpresa e indignación.

Por esos días, no había una teoría certera sobre lo que había ocurrido con los nueve estudiantes y el profesor de La Cantuta. Había pasado casi un año de su desaparición. Los congresistas fujimoristas argumentaban que las víctimas se habían autosecuestrado o fugado con sus enamoradas. Cáceres, por el contrario, sostenía que había responsabilidad en el Ejército. En el informe que presentó reunía valiosos indicios, no pruebas concluyentes. El pleno descartó ese informe y entonces el caso parecía cerrado. Pero el 8 de julio de ese año la revista SÍ convocó a los medios de comunicación a Cieneguilla, donde un fiscal destaparía unas fosas. Siguiendo un mapa anónimo su equipo periodístico había hallado unos restos humanos enterrados en ese paraje desolado. No dijeron que fueran los estudiantes de La Cantuta. No fue necesario.

Periodistas, políticos, familiares y representantes de organismos de derechos humanos llegaron al lugar. Por allí también estaba Justo Arizapana. Pero, los periodistas ni los otros personajes presentes, tan curiosos para ciertas cosas, repararon en ese reciclador que observaba con curiosidad el desentierro del hallazgo que sólo él había hecho posible.

Antes de ese día, los periodistas de SÍ habían visitado la zona varias veces. Siguiendo los trazos del mapa, el periodista Edmundo Cruz llevó su Volkswagen verde sobre la sinuosa ruta a Cieneguilla. Lo acompañaba un colega. El mapa era muy preciso. Quien lo hubiera hecho tenía gran capacidad de observación o, al menos, mucha familiaridad con el sitio. Se señalaba una roca grande, un muladar, una loma. Durante una de esas inspecciones preliminares, Cruz y su compañero saludaron a un solitario personaje con apariencia de mendigo. Lo hicieron con la amabilidad de quien encuentra a un extraño en un lugar imposible. Era Justo Arizapana, pero entonces no lo sabían. Tampoco lo adivinaron el día de la exhumación. Arizapana había regresado a la quebrada para vigilar su hallazgo, pero sobre todo porque necesitaba trabajar en el basural.

Alrededor de las fosas, las cámaras de televisión entrevistaban a las personalidades presentes. El congresista Roger Cáceres se esforzaba en mostrar sorpresa e indignación. Los funcionarios de la fiscalía de turno excavaban en los sitios marcados. Algunos huesos comenzaron a aparecer en la arena. Las palas rompieron las cajas. La ceniza coloreó la tierra. Jirones de tela. Carne chamuscada. La joven Gisela Ortiz, hermana de una de las víctimas, lloraba a un lado. Llevaba un año de búsqueda. Algunos activistas de derechos humanos se le acercaron. La televisión lo registraba todo, menos al verdero descubridor. Los periodistas Edmundo Cruz y Ricardo Uceda, el director de SÍ, respondían las preguntas de sus colegas. Arizapana observaba en silencio, recuerda ahora. Llevaba el rastrillo de trabajo en la mano. Semanas después, presas del miedo, tanto él como su amigo Catacora empezarían su éxodo de años.

–Tuvieron mala suerte –me dice Roger Cáceres en su oficina–. Recuerdo que los recomendé a comisiones evaluadoras a ver si les podían dar alguna indemnización. Hasta mandé documentos acreditando su servicio al país. Al final no hicieron caso.

Tras casi una hora de conversación, el ex senador me acompaña a la salida de su despacho. Detrás de la puerta pende un adorno de palma, de esos que la gente lleva en Domingo de Ramos. A través del ventanal de la oficina, se ve una azotea vecina repleta de trastos, las calles hostiles de La Victoria. Cáceres estrecha mi mano. Me ve a los ojos algunos segundos. Y me pide algo que parece haber meditado por años:

–Por favor, en su reportaje, no me ponga como un héroe.

5.

El periodista Juan Jara sí pudo ser un héroe. Jara tuvo en sus manos un mapa idéntico al

que hizo célebres a los periodistas de la revista SÍ, pero tardó demasiado en hacer lo correcto: publicarlo. Todavía lo dudaba cuando se enteró a través de la televisión de la exhumación de los restos en Cieneguilla. Su segundo error fue no aceptar que debía quedarse callado.

–Si ya la denuncia la habían hecho los de la revista SÍ –le pregunto una mañana de abril–, ¿por qué querías publicar el mapa?

–Porque lo que yo tenía en la mano era diferente. No era el mismo mapa. Era el original. No es que fuera mi intención ser parte de la denuncia, pero debía completarla.

Entonces cometió el tercer y definitivo error. La madrugada siguiente a la exhumación de los restos, Jara le pidió a un amigo que le hiciera un servicio de taxi. Según dice, iba a hacer un último intento de contactarse con un colega del diario LA REPÚBLICA. Antes lo había intentado con colegas de EL COMERCIO y la revista CARETAS. Se fue de viaje. Ya no trabaja aquí. Está enfermo. Ésas eran las respuestas que le daban, recuerda Jara. Pero esa madrugada, durante su recorrido, vio encendidas las luces de la casa de un amigo. Dice que le pareció sospechoso y se bajó a preguntar. Esta vez la puerta se abrió. Dentro lo recibieron tres agentes de inteligencia que en ese momento hacían una intervención sorpresiva. Según la versión policial, en aquel lugar se imprimía EL DIARIO, un vocero clandestino de Sendero Luminoso. Jara fue considerado sospechoso de inmediato. El mapa en el bolsillo lo condenó.

Esta mañana Juan Jara bebe un vaso de jugo de fresa en una cafetería de Surco, un barrio residencial de clase media. De pronto abre un sobre de manila. Allí tiene su certificado de libertad. Es un formato impreso, de una sola carilla y con datos llenados a mano: «La Sala Nacional de Terrorismo lo absuelve por el delito de terrorismo. Fecha de Ingreso: 26/07/93. Fecha de egreso: 31/01/04. Se expide la presente constancia para los fines que estime convenientes». Después de once años en prisión, el periodista Juan de Matta Jara Berrospi dice que busca una indemnización por el tiempo que pasó preso. Algo de dinero que le permita rehacer su vida. Pero la ley sólo contempla para él beneficios educativos o en salud. Él dice que ni siquiera eso ha recibido. No se arrepiente de lo que hizo. Tampoco tiene ningún peso en la conciencia. Jamás delató a sus fuentes.

6.

Cuando Arizapana y Catacora vieron por la televisión a Juan Jara presentado como terrorista, sintieron pánico. La imagen de ese periodista en traje a rayas, expuesto ante cámaras como un peligroso criminal, después de caer con el mapa que ellos habían trazado, derrumbó la poca serenidad que les quedaba. Dicen que conversaron mucho sobre lo que debían hacer. Tendrían que separarse y desaparecer. Se desearon suerte. Esperaban algún día volverse a ver.

Justo Arizapana no regresó más a la quebrada de Cieneguilla. Durante varios días vagó por la ciudad, sin sentirse seguro y apenas con lo que llevaba puesto. En los medios seguía vigente la primicia de la revista SÍ. En la exhumación, se había encontrado un manojo de llaves. El fiscal del caso abrió con ellas armarios y puertas del pabellón de alumnos de la universidad La Cantuta. Los huesos eran de los desaparecidos. La mayoría de fujimoristas calló. Arizapana pensó que el gobierno buscaría a los verdaderos autores de la denuncia. Se sentía perdido. Con algo de dinero que le prestó Catacora, escapó al norte del país. Se despidió brevemente de su mujer. Le prometió que pronto volverían a reunirse. Sabía que mentía.

Catacora huyó a la selva. Empeñó el negocio de venta de querosene que entonces tenía y dejó a su familia. Recuerda que poco después escuchó que los cuerpos de otros estudiantes desaparecidos habían sido encontrados en un campo de tiro de la policía. Uno de los cuerpos tenía tres disparos en el cráneo. Ante la presión de la denuncia, Fujimori reveló que el jefe del escuadrón responsable, el mayor Santiago Martin Rivas, estaba detenido, pero no aceptó que el crimen se investigara en un juzgado civil.

–¿Fue éste el caso más importante de tu carrera? –le pregunto a Ricardo Uceda, que en 1993 era director de la revista SÍ.

Después de recibir el mapa del congresista Cáceres, su equipo

organizó la denuncia pública de las fosas.

–No sé si de mi carrera, pero lo fue para la revista –me responde una mañana–. A mí me puso como protagonista de una investigación importante. El caso Cantuta permitió el proceso contra los responsables y al final éstos debieron ser identificados.

Uceda cree que ni siquiera la masacre de Barrios Altos tuvo el mismo impacto. Él habla con soltura en su oficina, en una casona de Barranco, frente a una quebrada verde que desemboca en el mar. Ahí funciona el Instituto Prensa y Sociedad, que él dirige. Ha recibido varios reconocimientos después de la denuncia. En 1994, por ejemplo, el Comité de Protección de Periodistas de Nueva York le concedió el premio Libertad de Prensa. Ese mismo año, Justo Arizapana, que para entonces se hacía llamar Julián, volvió a Lima. De regreso a Cieneguilla, ya no encontró a su mujer. Le dijeron que había vuelto con su familia, que se cansó de esperar. Él viajó a Yauyos, su lugar de nacimiento, y trabajó en el campo durante tres años. Luego se escondió en casa de un amigo en Chosica. Algún sentido de protección especial debe de ofrecer el lugar donde se ha nacido. Catacora, por esa época, también estaba en Puno. Aunque no tenía la certeza de que lo perseguían, por temporadas volvía a Lima, se endeudaba y volvía a partir. Una mañana encontró un sobre anónimo debajo de su puerta. Le daban indicaciones para entregar mil dólares a cambio de que no se supiera lo que había hecho. El Congreso dictó una ley de amnistía que dejaba libres a los implicados en la matanza de La Cantuta. Catacora sintió que debía irse del país. Tenía una hija en Italia. Empeñó su tienda a cambio de cinco mil dólares y buscó la manera de irse.

–Yo ayudé a Catacora para que pudiera viajar –me contó Roger Cáceres en su oficina–. Me dijo que lo estaban persiguiendo. A quien nunca vi fue a Justo Arizapana.

Una parte de la historia de estos personajes se cuenta al final de MUERTE EN EL PENTAGONITO, un libro que publicó Ricardo Uceda en el 2004, donde describe muchos de los crímenes cometidos por mandos del Ejército. Para entonces, muchas cosas habían cambiado: las leyes de amnistía ya habían sido derogadas y varios de los integrantes del grupo Colina, e incluso sus superiores, estaban detenidos y eran enjuiciados. Catacora regresó de Italia por esos días. Pero como al inicio de esta historia, ningún tribunal lo citó. Nadie lo buscó. Nadie lo persiguió.

7.

Catacora trae dos platos humeantes a la sencilla mesa de madera de su casa, la misma mesa en la que alguna vez trazaron el mapa. Sirve uno a su amigo, el otro es para mí. Es una espesa sopa de huesos. Huesos de res. Todos los días, a la una de la tarde en punto, como para recordar que a veces el destino es muy irónico, ellos almuerzan lo mismo. Pero Catacora no compra esos ingredientes por mandato de su gusto, sino porque luego usa los mismos huesos para tallar sus obras de artesanía. Preparó lo mismo la mañana de la sentencia a Fujimori. Ya han pasado varias semanas de eso.

–Si sabían que era un riesgo –les pregunto–, ¿por qué denunciaron la existencia de las fosas? ¿Qué ganaban con todo esto?

–Mira, yo no sé si esos muchachos eran terroristas o no. Tampoco me importa –se adelanta Arizapana con voz segura–. Pero que los hayan matado, eso ya está mal. Eso no tiene nombre.

Es un delito.

Catacora habla con cierta calma. Procura no abrir mucho la boca debido a un problema con los dientes postizos.

–Si hubiéramos tenido esa ambición de hacer plata la hubiéramos hecho –dice–. No teníamos ambición de dinero. Estaban por encima nuestros ideales, el socialismo, la justicia.

¿Les correspondía algún mérito a los testigos clave de este caso? «Hicieron posible un cambio en la historia peruana del último siglo y para ellos es como si algo enorme hubiera pasado por sus vidas sin dejarles nada bueno», me dijo Uceda. Varios de los involucrados, desde distintas perspectivas, sí obtuvieron alguna compensación. En 1999, aún con Fujimori en el gobierno, el propio Uceda recibió el premio Héroe de la Libertad de Prensa del Internacional Press Institute. Al año siguiente, la Universidad de Columbia le otorgó el premio Maria Moors Cabot. Los deudos de La Cantuta, por su parte, recibieron cien mil dólares por familia en un fallo de la justicia militar. Con el retorno de la democracia les prometieron otra indemnización que todavía esperan. Pero la historia es diferente para Catacora y Arizapana. Están en un vacío legal. El Estado ni siquiera tiene una política de protección a testigos. «No hay nada que los ampare –me dijo tiempo atrás Miguel Jugo, director de la Asociación Pro Derechos Humanos–. Debería haber, pero en el Perú todas las personas que corren peligro o se van del país o se protegen solos». Eso fue lo que hicieron los protagonistas de este relato. Se quedaron a solas con sus miedos. Uceda dice que a través de otras personas sintió la amargura de ambos. «Nunca me lo dijeron directamente», añade. «Tal vez la Coordinadora Nacional de Derechos Humanos les pudo dar un premio. Los podrían declarar héroes civiles». ¿Podrían?

En su casa, ambos se concentran en el almuerzo. Arizapana muerde un trozo de canilla. Arranca apenas los pocos filamentos de carne pegados al cartílago. Dicen que antes se interesaban más por su caso, pero que desde hace un tiempo ya no tanto. Salir de Comas les cuesta unos tres soles en pasajes, más o menos lo mismo que un kilo y medio de huesos. Es lo que necesitarían para llegar a las oficinas del Registro Único de Víctimas, en el exclusivo distrito de San Isidro, donde están los expedientes de treinta y seis mil personas que esperan una reparación económica. Guillermo Catacora también acudió un día a inscribirse. Allí le pidieron que precisara su situación. «Él dijo que fue perseguido pero no pudo probarlo. Debió ser más específico. Al final nunca regresó», me dijo Susana Codi, Coordinadora del Área de Evaluación y Calificación de esa institución. «El señor Arizapana en cambio jamás se acercó». En el local hay niños que corren. Llegaron con sus madres o con sus abuelas, las viudas de esa guerra cada vez más lejana. De las once razones por las que el Estado atiende a esas víctimas, sólo una podría aplicarse a Arizapana y Catacora: desplazamiento forzoso. Ambos deberían demostrar que dejaron sus casas debido a alguna amenaza tangible contra sus vidas. Pero aún si lograran probarlo, no les correspondería ninguna indemnización. Esto sólo vale para quienes fueron heridos, violados o son familiares de asesinados o desaparecidos.

–Sentimos celos. Mira cómo vivimos. Actuamos bien, pero otros se llevaron el crédito –se queja Catacora con cierta amargura. –Nadie se ha acordado de nosotros. Ni las ONG de derechos humanos ni Ricardo Uceda ni los familiares de los muchachos –reclama Arizapana, quien sí luce fastidiado.

Deja la cuchara en el plato. Ha manchado la camisa a cuadros que lleva. Me mira unos segundos. Pone una mano sobre la mesa.

–Si yo no decía nada, nunca encontraban justicia.

Justicia. «Su testimonio fue valiente. Reconozco que hay una deuda pendiente», me dice Gisela Ortiz, la vocera de los deudos de La Cantuta, a través del teléfono. Un periodista le presentó a Catacora. Ortiz recuerda ese encuentro. Fue en el 2004. Intentó ayudarlo. Le dio unos setecientos u ochocientos dólares. «A Justo, en cambio, nunca lo conocí», comenta. Tiempo después, ese periodista también reunió a Catacora con la presidenta del Consejo de Reparaciones, pero no ocurrió nada. Ricardo Uceda ayudó a Catacora a completar el dinero para regresar a Italia. Una congresista colaboró con cien dólares para ellos.

Ambos amigos cada vez salen menos a la calle. Tres veces a la semana compran dos kilos de hueso en un matadero cercano. Hierven un poco cada día, durante hora y media, y agregan algunas verduras y un poco de sal. El único lujo que se permiten son los fideos. Está vez a la sopa le faltó un poco de gusto. Con esa preocupación de artesano, Catacora me pide que no muerda mucho los huesos. Después de la comida, él los secará al sol y dos días más tarde ya estarán listos para el trabajo. De eso viven. Luego del almuerzo, Arizapana y Guillermo Catacora pasan al taller. Los huesos ya limpios están alineados en una ventana con vista al pequeño patio en el que se levanta la rudimentaria mesa de trabajo. Aquí pasan casi todo el tiempo confeccionando peines, botones, cortaplumas y palomas con ese material.

–Yo compartí lo que me dieron con Justo… y eso es todo –dice Catacora–. No hay más.

Arizapana escucha a su amigo mientras talla lo que será un llavero en el esmeril. Se detiene un momento. Deja el hueso sobre la mesa. Permanece en silencio unos segundos. Entonces se pone de pie.

–Como decía San Lucas, busca primero el reino de los cielos y todo lo demás será añadido –me dice–. Ya llegará nuestro momento.

El 10 de noviembre de 2009, Robert Enke, portero de la selección alemana de fútbol, hizo su última salida al campo. Le dijo a su esposa que iba a entrenar, subió a su Mercedes 4×4 y se dirigió a un pequeño poblado cuyo nombre quizá le pareció significativo: Himmelreich, Reino del Cielo. Cerca de allí hay un descampado por el que corren las vías del tren. El guardameta dejó su cartera y sus llaves en el asiento del vehículo y no se molestó en cerrar la puerta. Caminó a la intemperie, como tantas veces lo había hecho para defender el arco del CZ Jena, el Borussia Mönchengladbach, el Benfica, el Barcelona, el Fenerbahçe, el Tenerife o el Hannover 96.

A doscientos metros de ahí, como a unas dos canchas de distancia, estaba enterrada su hija Lara, muerta a los dos años.

Un portero ejemplar, Albert Camus, dejó los terregales de Argelia para dedicarse a la literatura. Acostumbrado a ser fusilado en los penaltis, escribió un encendido ensayo contra la pena de muerte. Su primer aprendizaje moral ocurrió jugando al fútbol. Años después, escribiría: «No hay sino un problema filosófico realmente serio: el suicidio». Morir a plazos es la especialidad de los porteros. Sin embargo, muy pocos pasan de la muerte simbólica que representa un gol a la aniquilación de la propia vida. Enke fue más lejos que la mayoría de sus colegas. Su muerte, de por sí dolorosa, llegó con un enigma adicional: estaba en plenitud de su carrera y podía defender la portería de su país en el Mundial de Sudáfrica.

El número 1 de Alemania suele ejercer un inflexible liderazgo. Sepp Maier, Harald Schumacher, Oliver Kahn y Jens Lehmann se han ubicado entre los tres palos con seguridad de decanos de la custodia. Los porteros alemanes envejecen como si la jubilación no existiera y los años brindaran energías. A los treinta y dos años, Enke pasaba por un buen momento deportivo. Sin embargo, carecía de la condición esencial de los grandes porteros alemanes. Era un hombre de la retaguardia, que rehuía la publicidad, hablaba muy poco de sí mismo y atesoraba secretos que casi nadie conocía.

Tal vez la posibilidad de éxito contribuyó a su tensión nerviosa. El puesto definitivo parecía al alcance y comportaba nuevos retos. En la extraña ruleta interior a la que se sometía Enke, un fracaso habría sido preferible. Odiaba la presión, pero desde los ocho años, cuando entró a las fuerzas inferiores del CZ Jena, sólo pensaba en atajar balones. Casi siempre, los niños desean ser goleadores. Corresponde a los gordos, los muy altos, los lentos o los raros resignarse al puesto que obliga a tirarse y maltratar la ropa en el patio del colegio. El número 1 es el último en un equipo. El recurso final.

Sólo en sitios que valoran mucho la resistencia se convierte en favorito. En Alemania, incluso la academia ha tenido que ver con las heridas. Max Weber ostentaba con orgullo la cicatriz que le había dejado un duelo con un miembro de una fraternidad estudiantil enemiga. El niño que opta por ser guardameta tiene las rodillas raspadas y se ensucia con el lodo del sacrificio. En el país donde Sepp Maier fabricaba guantes blancos para enfrentar un destino oscuro, Enke quiso ser portero.

El fútbol profesional puede invadir un organismo en forma absoluta. Para los que crecen en ese entorno, la realidad es lo que se recorre en autobús entre un partido y otro. En su mente no hay otra cosa que pasto, balones, lances fugitivos. Se concede poca importancia a algo decisivo: la forma en que un sujeto se vacía de todo lo demás para convertirse en futbolista integral. La paradoja es que los jugadores más completos son los que conservan otras aficiones, ya sean los tallarines que preparan sus mamás, los números privados de las top models o el gusto por el rock o la samba.

Enke era un fundamentalista del fútbol, un puritano que no pensaba en nada más y prefería vestirse de negro, como los porteros de antes, que cada domingo emulaban a los sacerdotes. Defender el destino de Alemania en el Mundial de 2010 podía llevarlo a la gloria. Sin esa oportunidad decisiva, Enke habría estado más sereno.

Sus verdaderos problemas profesionales habían ocurrido tiempo atrás. Debutó con el CZ Jena en 1995, donde sólo estuvo una temporada. Después de varios años de regularidad con el Borussia Mönchengladbach, dio el anhelado salto a un club grande de Europa, el Benfica de Portugal. Aunque cautivó a la afición, llegó en una época turbulenta; tuvo tres entrenadores en un año y decidió aceptar un puesto más tentador, sin saber que sería el peor de su vida: «Ninguna posición en el fútbol es tan exigente como la de portero del Barcelona», diría después. En la sufrida era del tiránico Louis van Gaal, Enke fue el frágil defensor de la portería barcelonista. Aún se le culpa de la eliminación ante una escuadra de tercera división en un partido de la Copa del Rey.

Barcelona consagra o aniquila. Fue ahí donde Maradona se entregó a la cocaína; fue ahí donde Ronaldinho triunfó y quiso superar las presiones del éxito con la variante brasileña del psicoanálisis: las discotecas. Fue ahí donde Enke padeció sus más severas depresiones. Con resignación, el emigrado alemán aceptó defender la puerta del Fenerbahçe, en Turquía, y de ahí pasó a una discreta isla europea: fue guardameta del Tenerife, en segunda división. Cuando el borrador de su biografía trazaba un fracaso, recibió la oportunidad de regresar a Alemania con el Hannover 96. La experiencia es la gran aliada de los porteros y Robert Enke demostró que merecía un segundo acto. La revista Kicker lo nombró mejor guardameta de Alemania. Ciertos jugadores sólo se enteran de que no están hechos para salir de su país cuando una cancha extranjera se mueve bajo sus pies. Enke necesitaba el suelo de Alemania. De vuelta en su ambiente, recuperó la regularidad y los ánimos.

Entonces, la vida privada le presentó severos desafíos: su hija de dos años, Lara, murió a causa de una deficiencia cardíaca. Su mujer y él adoptaron a otra niña, Leila. La seguridad del portero había aumentado, pero su paranoia encontró otra salida: temía que se conociera su estado depresivo y le quitaran la custodia de su hija. Obviamente se trataba de una fantasía autodestructiva.

El pecado de estar triste

Con frecuencia, el número 1 había sufrido depresiones. No le faltaba apoyo. Su mujer se había convertido en una mezcla de enfermera y orientadora sentimental, y su padre, Dirk Enke, es psicoterapeuta. El Dr. Enke trató de rebajar la importancia que su hijo concedía al fútbol. Continuamente le enviaba mensajes de texto para preguntarle por su estado y le repetía que el bienestar personal es más importante que el triunfo deportivo. Pero ya era tarde para una pedagogía paterna. La auténtica educación de Robert Enke había ocurrido en las canchas. El fútbol de alto rendimiento está sometido a una exigencia extrema. En ese entorno, cuando alguien se siente mal, se informa que no podrá jugar porque lo atacó un «virus». No se habla de asuntos personales: sólo los débiles los padecen.

Es posible que Alemania haya inventado la Aspirina como una paradoja para recordar que nada es tan importante como soportar el dolor. En el Colegio Alemán, uno de mis maestros iba al dentista y se hacía atender sin anestesia. Nos lo contaba como si se tratara de un triunfo ético.

A siete partidos de su retiro, Harald Schumacher, ex guardameta de la selección alemana, un hombre con pinta de mosquetero que adquirió triste celebridad por despojar de varios dientes al francés Battiston en el Mundial de España, dio una entrevista a André Müller para el semanario Die Zeit. El resultado fue una confesión digna de un monólogo teatral. Para entonces, el portero jugaba en Turquía y había sido expulsado de la selección por sus declaraciones sobre la corrupción y el uso de drogas en la Bundesliga. En su último lamento como cancerbero, dijo: «La gente cree que soy frío porque soporto el dolor. Una vez le pedí a mi esposa que me apagara un cigarrillo en el antebrazo y sufrí tanto como ella. Todavía tengo la cicatriz. Quería demostrar que uno puede soportar lo que se propone. No soy un bloque de mármol. Soy vulnerable como cualquier otro. Sólo soy brutal conmigo mismo. No soy un genio como Beckenbauer. No he heredado nada. Estamos en el purgatorio. Cuando deje de sentir dolor, estaré muerto». El área chica de Alemania es un purgatorio al aire libre.

En 1897, Émile Durkheim publicó su monumental investigación sociológica El suicidio. Una de sus aportaciones fue vincular la tendencia de ciertas personas a quitarse la vida con la anomia que padece la sociedad entera. El malestar colectivo influye en forma difusa pero decisiva en la reiteración de tragedias individuales. En otras palabras: las causas del suicidio siempre son particulares, pero al final del año se cumple una cuota fijada por la sociedad. ¿Qué país tiene más tendencia al suicidio? «De todos los pueblos germánicos, sólo hay uno que esté de una manera general fuertemente inclinado al suicidio: los alemanes», responde Durkheim.

Sería simplista pensar en Enke como parte de una tendencia nacional, pero sin duda vivió en un entorno de severa exigencia donde las excusas no podían tener lugar. No cumplió con un código de honor samurái, que pudiera ser celebrado por los suyos. En la ceremonia luctuosa que tuvo lugar en el estadio del Hannover 96, el sufrimiento embargó a todo el fútbol alemán y acaso se convirtió en estímulo para futuros triunfos. Convertir el calvario en éxito ha sido una especialidad alemana en los mundiales.

Portento de la entrega y la disciplina, la nación que ha conquistado tres veces la Copa del Mundo y ha sido cuatro veces subcampeona suele estar integrada por neuróticos que no se hablan en el vestuario pero son aliados inquebrantables en el césped. «El portero de la selección nacional es el símbolo de la fortaleza física», escribió Der Spiegel a propósito de Enke: «Debe ser impecable. Controlado. Seguro de sí mismo. No hay empleo más duro en el fútbol, y Enke lo había obtenido». Su círculo más próximo de amigos y familiares estaba al tanto de la severidad con que se juzgaba y la fragilidad con que reaccionaba. «No podía gozar nada», ha dicho su padre, el terapeuta Enke. No hay forma de sanar el alma de un portero. De nada sirve saber que estás bien: la pifia decisiva puede ocurrir el próximo domingo.

Cuando el último hombre del equipo pierde la concentración, sella su destino. Moacyr Barbosa fue el primer portero negro de la selección brasileña y tuvo una carrera admirable, pero todo mundo lo recordará por su error en la final de Maracaná, en 1950, impidiendo que Brasil alzara la Copa Jules Rimet. La responsabilidad del portero es absoluta. Hay rematadores que necesitan diez oportunidades para acertar y salen orgullosos del campo. El hombre de los guantes no puede distraerse. Su puesto se define por el error posible. «Quisiera ser una máquina», dice Schumacher. «Me odio cuando cometo errores. ¿Cómo podría combatir si me importara un carajo el resultado? Vivimos en una enorme fábrica. Cuando no funcionas, el siguiente te reemplaza. Supongo que sólo la muerte cura las depresiones». Estas declaraciones de Schumacher prefiguran el exigente destino que uno de sus sucesores tendría casi veinte años después.

El portero es el jugador que tiene más tiempo para reflexionar. No es casual que se trate de alguien muy preocupado. Algunos guardametas tratan de aliviar los nervios con supersticiones (escupen en la línea de cal, colocan a su mascota de la suerte junto a las redes, rezan de rodillas, usan los guantes raídos que les dio una novia que no se casó con ellos pero les trajo suerte). Otros buscan vencer la preocupación con altanería, considerando que un gol en contra no vale nada. Pero es raro que no tengan un alma en crisis. Schumacher convirtió esa tensión en dramaturgia: «A veces me concentro con el odio y provoco al público. No sólo juego contra los otros once. Soy más fuerte rodeado de enemigos. Cuando la mierda me llega hasta arriba, sé que puedo resistir. Un atleta no se hace creativo con amor sino con odio». Enke nunca tuvo esta claridad para revertir en méritos emociones negativas, pero heredó la cabaña de Schumacher y sus redes tensadas por la furia.

Cada posición futbolística determina una psicología. El portero es el hombre amenazado. En ningún otro oficio la paranoia resulta tan útil. El número 1 es un profesional del recelo y la desconfianza: en todo momento el balón puede avanzar en su contra. La gran paradoja de este atleta crispado es que debe tranquilizar a los demás. En su ensayo Una vida entre tres palos y tres líneas, escribe Andoni Zubizarreta: «Cuando me preguntan cuál debe ser la mayor virtud del portero, contesto sin dudarlo que la de generar confianza en el resto de los jugadores». El equipo debe ir hacia delante, sin pensar en quién le cuida la espalda. «Claro está que, para no transmitir dudas, es fundamental no tenerlas», añade Zubizarreta: «El portero no puede ser de carácter inseguro». Inquilino del desconcierto, el guardameta vive para no aparentarlo. Es el pararrayos, el fusible que se calcina para impedir daños mayores.

Peter Handke narró una trama existencial con un título que alude al hombre fusilado: El miedo del portero al penalty. La novela no trata de fútbol sino de los predicamentos sufridos por alguien que lo practicó. La situación límite del portero es el penalti. En ese sentido, el título de Handke es exacto; sin embargo, la verdadera angustia del último hombre no viene de ahí. El disparo a once metros es un ajusticiamiento con exiguas opciones de supervivencia. Si el arquero impide el gol, se trata de un milagro. Schumacher comenta al respecto: «Ante un penal sólo puedo ganar. Es el tirador quien tiene miedo. Porque cada penalti es un gol al cien por ciento. Matemáticamente, el portero no tiene chance. Si el balón entra, no tengo nada que reprocharme. Si lo atrapo, soy el rey».

Algunos custodios han sido maravillosamente irresponsables, bufones capaces de convertir el peligro en un placer extraño. El argentino Hugo Orlando Gatti y el colombiano René Higuita transformaron su imprudencia en diversión. A ambos les gustaba salir del área y enfrentar oponentes en un solitario mano a mano. Gatti nunca era tan feliz como cuando hacía «el Cristo» ante un delantero que trataba de sortearlo. Higuita se atrevió a despejar un tiro en la línea de gol usando sus pies como el aguijón de un alacrán. Esta cabriola de fantasía no ocurrió en un entrenamiento sino en el estadio de Wembley, santuario del balompié.

Los porteros alemanes no son de ese tipo. Se trata de hombres que sólo dejan de ser excéntricos cuando de plano están locos, pero analizan la cancha como la Crítica de la razón pura. Esto no los lleva a la sobriedad sino al sacrificio. El romanticismo alemán tiene que ver menos con declarar amor que con beber arsénico por amor. Otra vez Schumacher: «Cuando me arrojo a los pies del contrario, no pienso que pueda sacarme un ojo de una patada. He jugado con los dedos rotos, con el tabique roto, con las costillas rotas, con los riñones deshechos. Tengo desgarrados los ligamentos. Me extirparon los meniscos. Tengo una artrosis terrible. Me acuesto con dolores y me levanto con dolores». ¿Se trata de una queja? Por supuesto que no. Con la misma felicidad con que Heinrich von Kleist compartió el pacto suicida con su amada y se voló la tapa de los sesos después de dispararle a ella en el corazón, Schumacher explica que todo eso ha valido la pena: «Para llegar a la cima hay que ser fanático. Tal vez la tortura me sirva de distracción. Para no preocuparme voy al gimnasio y le pego a un costal de arena hasta que me sangran las manos».

Robert Enke tenía una extraña sed de serenidad. No quería asumir la postura de artista del dolor del inimitable Schumacher. Pero, como su padre señala con agudeza, «no fue suficientemente fuerte para aceptar sus debilidades». Prefirió ocultarse, negar su sufrimiento, como un alumno del colegio que teme ser castigado.

Los ángeles caídos se levantan

En sus años de Cambridge, Vladimir Nabokov destacó como portero. Además de los placeres de detener balones, disfrutaba el prestigio donjuanesco que entre los latinos y los eslavos tiene el puesto de guardameta. En ciertos países, el número 1 representa la estética en el césped y liga más que los centrodelanteros.

Lev Yashin, la Araña Negra, fue perfecto emblema del portero ruso: elegante, de una seguridad casi mística, insondable, de policía secreto o pope de la Iglesia Ortodoxa. Sus equivalentes latinos podrían ser Dino Zoff o Gianluigi Buffon, atletas poco afectos a moverse, que practican una eficaz vigilancia de capos de mafia, supervisando el trabajo duro de los demás y limitándose a proteger la rendija esencial. Al arquetipo latino también pertenece el portero que se ve de maravilla cuando le anotan. El portugués Vítor Baía perfeccionó el arte de la caída carismática.

El portero alemán es un comandante en jefe de la defensa. «Grito sin parar», dijo Schumacher: «El grito es mi manera de estar al cien por ciento en el partido. Debo mantenerme en tensión. En un principio me programaba; pensaba: “tengo que gritar, tengo que hacer algo para no dormirme”. Ahora lo llevo en la sangre. Te puedes entrenar para esto como te entrenas para un disparo difícil». El controlado Sepp Maier solía bajar la vista a sus manos durante las charlas en el vestidor, como si quisiera perfeccionar los guantes que vendía en el mundo entero. Pero en los raros momentos en que alzaba la vista, era el único capaz de oponerse al líder de opinión, Franz Beckenbauer. La tendencia al alejamiento de los guardametas convirtió a Jens Lehmann en un ermitaño. El portero del Bayern Múnich vive en una aldea y todos los días viaja en helicóptero para entrenar. Es más fácil que se lesione con una turbulencia que con una patada. Oliver Kahn sólo hablaba para elogiarse y sólo usaba los oídos para escuchar rock ultrapesado. Toni Schumacher fue el «héroe de la retirada», como llama Hans Magnus Enzensberger a los líderes que claudican y desmontan todo lo que han hecho: en su libro Anpfiff (Silbatazo inicial), Schumacher denunció suficientes lacras del fútbol para ser expulsado de la selección.

No hay gente común en la puerta de Alemania. Sin embargo, esos célebres hombres raros comparten un credo: no pueden fallar. Han sido entrenados para una resistencia que no conoce los pretextos. «Si me atendiera en una clínica psiquiátrica, tendría que abandonar el fútbol», dijo Enke unos días antes de morir. La tristeza no puede decir su nombre en un estadio.

En Cultura y melancolía, Roger Bartra explica que durante siglos la melancolía fue vista como una dolencia judía, «un mal de frontera, de pueblos desplazados, de migrantes, asociada a la vida frágil, de gente que ha sufrido conversiones forzadas y ha enfrentado la amenaza de grandes reformas y mutaciones de los principios religiosos y morales que los orientaban». En términos futbolísticos, el portero es el hombre fronterizo, condenado a una situación limítrofe, el que no debe abandonar su área, el raro que usa las manos. Si el dios del fútbol es el balón, el arquero es el apóstata que busca detenerlo.

El cuadro más célebre del arte alemán es el retrato secreto de un portero derrotado. En Melancolía I, Durero dibuja a un ángel en la actitud de meditar bajo el nefasto influjo de Saturno. Después de un gol, todo portero es el ángel de la melancolía. Sentado en el césped, con las manos sobre las rodillas o la cabeza apoyada en un puño, el cancerbero vencido simboliza el fin de los tiempos, la sinrazón, la pura nada.

La última jugada

¿Qué hacen los alemanes ante la depresión? «Las mujeres buscan ayuda, los hombres mueren», responde el Dr. Georg Fiedler, quien dirige el Centro de Terapia para Tendencias Suicidas de la Clínica Universitaria de Eppendorf, en Hamburgo. Para él, Enke pertenece a una clara tendencia social. Aunque el diagnóstico de depresión es dos veces más alto en las mujeres, la tasa de suicidios es tres veces más alta en los hombres.

La prueba más ardua que padeció Enke fue la muerte de su hija Lara. Él dormía a su lado en el hospital. Después de un entrenamiento estaba tan agotado que no se despertó cuando las enfermeras luchaban por mantener a su hija con vida. Enke no se perdonó que ella muriera mientras él dormía. Aunque no podía hacer nada, el guardameta había nacido para la responsabilidad y la culpa.

Seis días más tarde, defendió la portería de su equipo. «Alemania admiró a este Robert Enke», escribió Der Spiegel: «Admiró la calma. La claridad de todo lo que decía, y más aún de lo que hacía. Era infalible». La obligación de actuar sin faltas fue el castigo y la pasión del extraño Enke. No podía dejar aquello que lo tiranizaba. Sin duda, esto tiene que ver con una disciplina que privilegia la obtención de resultados sobre el placer de obtenerlos, y que es incapaz de ofrecer una formación integral, más allá de los deberes en la cancha.

El mundo del fútbol parece ser demasiado importante y poderoso como para que los destinos individuales cuenten. El joven Werther se mató por una decepción amorosa del mismo modo en que el poeta Kleist se mató por el cumplimiento de su amor. Enke ofreció otra muerte ejemplar en la atribulada Alemania. Si todo portero es un suicida tímido, que enfrenta la metralla lanzándose al aire, él dio un paso más.

El 10 de noviembre de 2009, Robert Enke caminó por la hierba crecida, bajo un cielo encapotado. En su tipología del suicidio, Durkheim no incluyó a los que se lanzan bajo las vías del tren. Ese acabamiento se reserva a Ana Karenina y al portero de Alemania. A las seis de la tarde con diecisiete minutos, el exprés 4427, que hacía la ruta Hannover-Bremen, pasó con acostumbrada puntualidad. El torturado Enke se lanzó ante la locomotora con la certeza de quien, por vez primera, no tiene nada que detener.