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Aquella calurosa tarde de enero de 2006, cuando el presidente electo de Bolivia cerraba la puerta de su casa para comenzar la gira que lo llevaría por cuatro continentes, la memoria lo obligó a detenerse.

-¡Ah! ¡Pero no estoy llevando una chompa! En Europa estará haciendo frío, allá es invierno.

Con la maleta, Evo Morales volvió sobre sus pasos y el vehículo que lo esperaba en la plazuela Divino Maestro sin número apagó el motor. Allí, en el barrio obrero Magisterio de la ciudad de Cochabamba, en la capital del corazón tropical del país, Morales esquivaba la sofocante atmósfera, imaginaba espacios gélidos, entraba de nuevo a su domicilio, cruzaba el dormitorio, abría el armario y se quedaba estupefacto.

Su suéter favorito había desaparecido. Un misterio.

-Imposible, presidente, quizás no buscó bien -le dije, cuando me contó esa anécdota hace pocos días, en la residencia oficial de San Jorge, en La Paz.

-Claro que busqué bien. Mi chompa preferida no estaba. Era de color beige, con sus adornos, de artesanía, linda… La compré en un puesto de Copacabana (en la orilla boliviana del lago Titicaca). ¡Hasta hoy no aparece!

-Pero entonces la famosa chompa a rayas que se llevó al primer viaje como presidente electo, el origen de tantas polémicas, teorías sobre la práctica estética de su filosofía política…

-Ésa me la encontré de pronto en el armario. Pensé: ‘Bueno, a la maleta’. Estaba nueva, sin estrenar. Ni idea de dónde venía. La cosa es que había que resolver el tema del frío.

A Morales aún le desconcierta el diluvio universal de opiniones que cayó sobre su chompa multicolor. Con el suéter a rayas se especializó en el arte de sortear protocolos. Con él acudió a la cena en su honor organizada por los reyes de España, en el Palacio de la Zarzuela de Madrid; con él llegó hasta Sudáfrica y la China, para saludar a los presidentes Thabo Mbeki y Hu Jintao. A su paso dejó una estela de bromas -aquella canción mexicana: “¡oh sí, ya cómprenle otro suéter!”-; análisis -”Morales es una variante andina de los descamisados argentinos o un moderno sans-culotte, en su caso, sans-cravate, sin corbata”, escribía la española Rosa Belmonte en ABC-; o solidaridad -”el suéter vuelve presente las voces de miles de gentes que se visten así”, decía el politólogo José Laso desde Quito.

La sinécdoque del actual jefe de Estado boliviano se resume en un informal suéter. Guste o no, en esta sociedad de símbolos y consignas que toma la parte por el todo, la chompa se ajusta a la silueta política de Evo como la pipa y el verdugo delimitan las posibilidades del subcomandante Marcos, y la boina de estrella plateada nimba la aureola del Che.

Con los hilos de un suéter, un verdugo y una boina se ha tejido mucha épica sobre la intención del fashion populismo. Pero detrás de los objetos míticos casi siempre hay un origen tan llano o improvisado que exponer la simple verdad haría carraspear a más de un iluminado de la retórica.

Y la verdad es que el suéter llegó al armario de Evo por azar. Fue un obsequio de Vilma Chambi, una estudiante de ingeniería comercial de 31 años, amiga de Morales desde la infancia. Por eso, cuando Vilma vio las portadas de la prensa y las imágenes de televisión y escuchó en la radio el barullo que causó Evo Morales cuando cenó con el Rey de España enfundado en las rayas multicolores del suéter que ella había elegido, se dejó caer en un sillón y exclamó:
-¡No es posible, la chompita que le regalé al Evo!

La opinión pública europea se dividía entre la simpatía -de la gente- y la intolerancia indignada -de las autoridades protocolares-, como luego lo estaría buena parte del planeta.

Y Vilma:
-Opa. Me quedé opa cuando empezaron a interpretar la chompa. Llegaron a decir que cada color tenía un significado y que expresaba un mensaje político. ¡Pero si los colores los escogí yo misma!

El presidente no se acuerda del obsequio. Pero Vilma sí. Porque para entregárselo recorrió 411 kilómetros en dos autobuses, desde Oruro hasta el pueblo de Chimoré, en la zona cocalera del Chapare. Noviembre de 2005. Evo cerraba su campaña electoral en el trópico.

Primero viajó con los músicos de la banda Real Imperial, antiguos compañeros del Morales trompetista que tocó en el conjunto en 1976. Salieron en un bus especialmente alquilado a las 10 de la noche, para dormir en el camino y llegar temprano al acto. Y entonces, a las cuatro de la madrugada, sucedió.

-¡No hay paso! -gritó el conductor.

-¡Cómo que no hay paso! ¡Pero si tenemos que tocar en el cierre de campaña del Evo!

-Pues aquí nos quedamos trancados. El puente se lo ha llevado el río y hay derrumbes en la carretera. Hagan ustedes lo que quieran.

La mayoría de los músicos optaron por dar media vuelta con sus instrumentos, las bebidas, las viandas y fiambres que habían llevado para la fiesta. Pero Vilma no pensaba rendirse. Esperó a que clareara, se descalzó, se remangó los pantalones y cruzó a pie el río T’iyu Mayu, abrazada al sencillo paquete con el suéter que alcanzaría fama mundial. Caminaba con su marido. En la otra orilla tomaron un nuevo autobús y por fin llegaron a Chimoré, tras 16 horas de accidentado viaje.

El hoy presidente de Bolivia, y su vicepresidente, Álvaro García Linera, hacían su entrada triunfal en el pueblo, encaramados a un tractor. El gentío, los periodistas y fotógrafos, el cordón de seguridad, desanimaron a Vilma. Morales, su amigo de infancia, parecía inalcanzable. Le costaba creer que aquel diputado cocalero a punto de ganar las elecciones presidenciales, fuera el campesino que se presentó en la casa de sus padres, con unos 16 años -no puede precisarlo- para instalarse en un pequeño cuarto alquilado, con cocina y dormitorio, donde ya vivía su hermana Esther Morales, quien trabajaba limpiando casas. Evo llegó de la aldea de Orinoca al domicilio de los Chambi, en la calle Velasco de Albarro, en Oruro, y se quedaría “unos 6 años”.

-Mis padres y los de Evo eran amigos -relata Vilma Chambi-. Mi madre, Nati Véliz, que es comerciante, le compraba lana y cuero a don Dionisio Morales, padre de Evo, quien fue compañero de cuartel de mi papá, Fulgencio Chambi, que es transportista. Como viajaban mucho, le pidieron a Evo que cuidara de mí y de mis hermanos Rosemary y Gonzalo. Para nosotros, fue como nuestro hermano mayor.

De Evo, recuerdan las tardes de futbol en el patio que separaba la casa familiar de la pequeña habitación de 3 por 4 metros donde estudiaba; las meriendas con harina de cañahua mezclada con agua y azúcar y, sobre todo, los libros y los crucigramas.

-Hacía crucigramas todo el tiempo y leía biografías del Che. Nos contaba la vida del Che como si fueran cuentos y nos decía que de él había aprendido que uno no debe confiar ni en su camisa.

Pero aquel noviembre de 1995, las cosas eran distintas. Vilma escuchaba a medias el discurso antineoliberal, antiimperialista, antiglobalización, que Morales arrojaba a los cocaleros. Su afán se centraba en saludar a Evo, felicitarle por su pasado cumpleaños -celebrado el 26 de octubre-y entregarle el regalo, de parte de ella y de toda la familia.

-Pensé en comprarle un perfume, pero lo descarté. Un poncho o un sombrero no, porque le obsequian muchos en cada acto público. Así que me decidí por una chompa.

Vilma fue a la galería comercial El Universo de Oruro, recorrió las tiendas y se paró frente a un suéter a rayas de tonos naranjas, mezcla de lana y acrílico, “de los que las vendedoras bolivianas reciben del norte de Argentina o de China”. Le pidió a la dependienta que se lo prestara porque quería encargar, a un grupo de madres tejedoras, que le confeccionaran uno similar, pero en otros colores.

-Entre mi hermana Rosemary y yo decidimos que era mejor el rojo para Evo, porque nos da bien a nosotros, los de piel morena. Y el azul oscuro, porque combina con el rojo. Así elegimos los colores principales. El resto (blanco, verde, beige y azul celeste) lo combinaron las señoras. Pagué 30 dólares.

Lo hicieron a máquina, con mezcla de lana de alpaca y acrílico.

Por fin, la oportunidad de entregarlo en mano. Vilma divisa a uno de los guardaespaldas de Morales, que la reconoce. Ella le hace señas y levanta el paquete. El guardaespaldas consigue que le abran paso entre la multitud, y le permite subir a la tarima, junto a Evo. Le saluda con un beso.

“Felicidades por tu cumpleaños, Evo, este regalo es de parte de toda la familia”. Morales abre el paquete y muestra la chompa al público. Encarga a su chofer que no pierda de vista a Vilma y a su marido (es padrino de boda de la pareja) y les invita esa noche a cenar, con otros amigos. Por su parte, la autora del regalo y su esposo viven una nueva odisea, esta vez de tres días, en su viaje de regreso a Oruro. Diluvios, derrumbes, cortes de carretera. “Valió la pena”, concluye Vilma.

Morales terminó sus campañas, siguió recibiendo decenas de regalos, se olvidó de quién le había obsequiado qué, arrasó en las elecciones con el 53,7% de los votos y un día, al abrir el armario para buscar aquel suéter preferido que no apareció, se topó con una chompa nueva, multicolor, a rayas. Una chompa que eligió a Evo Morales -y no viceversa- para convertirse en bandera y voz de una clase popular. Una chompa que, para miles de bolivianos, expresó el “así somos”. Una chompa que Evo se vio obligado a exhibir ante las cámaras bolivianas, al regreso de su gira internacional, cuando decenas de periodistas se agolparon a la puerta de su casa de Cochabamba, empeñados en tocarla.

Una chompa que, en su origen, jamás fue parte de una estrategia de comunicación “pensadísima y estudiadísima”, como me dijo el modisto español Lorenzo Caprile -uno de los preferidos de la princesa Leticia de Borbón-. “El jersey está planeadísimo y es un bofetón a toda una clase poderosa y dirigente. Evo conoce perfectamente los códigos de protocolo de una recepción, y sabe del significado y el simbolismo encerrado en ese suéter. No es una cuestión de mal o buen gusto; él está haciendo una proclama de su reivindicación social, de lo que defiende para su país y de sus idealismos. Es coherente con su personaje. A mí, como empresario, me asustaría más un Evo con jersey que un indígena disfrazado a lo occidental. Tienen motivos para estar preocupados, los de las multinacionales petroleras.”

A su manera, Caprile acertó. Si bien la chompa nunca fue parte de un plan, finalmente Evo, dolido por las feroces crónicas de desprecio y burla impresas sobre todo en España, recogió los símbolos que otros mal atribuyeron a su sencillez y al descuido sin doblez de su apariencia y con ellos revistió su chompa de verdadera actitud contestataria. En vez de relegar la prenda al fondo de un cajón, se enfrentó con ella a sus sátiros -”Un jersey así lo reparten las catequistas de caridad y se lo tiran a la cara”, escribió Antonio Burgos en el diario español ABC.

Morales ha respondido usando profusamente la chompa, ostentándola en las jornadas más significativas de su gestión: con la mano sobre la chompa y el puño en alto, tomó juramento a su gabinete; con la chompa se sentó en el salón de actos de Yacimientos Petrolíferos Fiscales Bolivianos (YPFB), enfrentado al foro repleto de ejecutivos de las multinacionales petroleras la medianoche en que firmaron los nuevos contratos. La chompa había asomado incluso bajo la túnica ceremonial que se ideó para su investidura simbólica, bastón de mando en mano, sobre las ruinas andinas milenarias de Tiahuanaco. Hoy es una de las prendas más cuidadas por el presidente. “La verdad es que me gusta”, me dijo.

La chompa es mito porque convino crearlo. Y aquí llega lo más disparatado de esta historia. Un episodio que el escritor inglés Evelyn Waugh, autor de la novela satírica ¡Noticia Bomba! (1938) hubiera celebrado con sonoras carcajadas, puesto que confirma la ironía que vertió sobre la profesión periodística. Que me perdone el director de informativos regional de la cadena boliviana de televisión Unitel, David Cárdenas, y me disculpe la reportera chilena -afincada en Bolivia- Elvia Moya, pero tengo que contarlo, porque además la propia Elvia me lo ha reconocido con tono de travesura: “Sí, yo provoqué la noticia, y la lancé antes de que se hiciera realidad”. Se refiere a la primicia difundida en todo el mundo: la creación de la línea Evo Fashion, la llegada de la Evomanía, exportable de las calles de La Paz al resto del planeta. El primer paso se dio en la reunión de contenidos para los informativos Unitel de la mañana. Era jueves, 19 de enero, tres días antes de que Evo asumiera la presidencia. “A ver, sugerencias”, incitó Daniel Cárdenas. “Habría que hacer algo de Evo, de su chompa, ver dónde la están vendiendo, la gente habla de ella”, aventuró Moya. Y salió a encontrar la noticia que necesitaba.

Recorrió la calle Comercio, en el corazón de la ciudad y “por instinto”, comenta, entró en la tienda principal de la empresa textil Punto Blanco. “Fui a provocar -admite-; le pregunté al vendedor si ya estaban fabricando la chompa y el contestó que no, que todavía no había salido. ‘¡Y a qué están esperando, por qué no hacen la réplica de la chompita de Evo de una vez, cómo es que no se ponen en onda!’. Lo interesante -continúa la reportera- es que cuando le puse la cámara delante, el vendedor se animó. Me siguió el juego, y dijo que la chompa llegaría muy pronto a la tienda y que iba a llamar ahorita al jefe de ventas para conocer la fecha exacta”. Elvia remata: “el vendedor avisó por teléfono a la empresa, pero cuando terminé la nota. Y les dijo que había que fabricar la chompa. En Bolivia, cuando te dicen ahorita puede ser ahora o nunca, pero en este caso fue realmente ahorita”. Y Elvia apareció en el noticiero de Unitel anunciando la “noticia bomba” con toques de misterio: “hemos sabido que Punto Blanco podría estar fabricando la chompa de Evo Morales”.

La llamada telefónica del empleado se produjo a las 12 del mediodía. Seis horas después, Punto Blanco había confeccionado dos chompas de prueba y la fábrica, un edificio de fachada blanca y 2 600 metros cuadrados en el barrio popular de Villa Fátima, bullía de periodistas, fotógrafos, cámaras de televisión y radios. Las agencias EFE, Reuters, Associated Press, Europa Press, la cadena CNN, la BBC y todos los medios bolivianos inmortalizaban la réplica cien por cien acrílico y en punto de arroz, del jersey de Morales. Se vendería a 10 dólares, al día siguiente de la investidura.

El presidente de Punto Blanco, Raúl Valda, 60 años, rostro jovial y espíritu de improvisación, dirigía el show con aplomo.

“Las chompas no existían y ya estaban vendidas. El mismo día que se dio la noticia, pedimos grandes cantidades de hilos de tres colores: rojo italiano, azul petróleo y crudo, a las hilanderas Hilbo de La Paz y Sentex de Cochabamba. Era la peor época, la escolar, y esos tonos eran los más pedidos para los uniformes. Con nuestro encargo se agotaron, y durante muchos días nadie pudo hacernos la competencia. El gran problema, y a la vez la bendición, era la prensa. Teníamos que supervisar la producción y no podíamos porque todos, incluido el portero, estábamos ocupados en responder preguntas o en madrugar para ir a los canales de televisión y a las radios. Al tercer día todos estábamos de mal humor”.

Charlamos en su amplio despacho sin lujos: dos sillas, una gran mesa oscura de madera, un aparador más propio de un living y un sillón gastado, sobre el que se exhiben tres diseños de suéteres. En las paredes, dibujos de alguno de sus nietos y pósters de la compañía. Punto Blanco estuvo en quiebra a finales de los ochenta. Logró recuperarse hace poco y crecer 30 por ciento. Ahora, según Valda gracias al “efecto Evo”, está creciendo 36% y ha logrado estabilizarse.

En su computador, me muestra los gráficos de ventas de la chompa de Morales, catalogada con la referencia BAEV.

Me sorprenden las cifras: 1 719 pulóvers vendidos, en los cuatro primeros meses de gestión de Evo y 2 105 hasta julio de este año. No está mal. Pero The New York Times llegó a publicar -en una doble página y portada dedicadas a la “Sweater Mania”-que se facturó, en el primer mes de gobierno socialista, una venta de 300 Evosuéteres diarios, fiándose de las declaraciones de Valda. Las cuentas no salen. La única conclusión cínica posible es la que imaginan: no dejes que la realidad te estropee una buena historia. La chompa de Evo no fue ni es, el otro uniforme castrista en versión boliviana, promocionado por Cuba, como espetó algún empresario al propio Valda, convirtiéndolo en pieza principal de un complot orquestado desde la isla caribeña. El rey de España jamás le re­­galó una corbata a Morales. El que le regaló ropa, fue el embajador de Venezuela en España, Arévalo Méndez: un par de camisas, una chaqueta, bufanda y guantes, “porque Evo no iba bien preparado para el frío de China”. Y fue Evo quien me dijo: “estaría bien averiguar la historia de la chompita, así también me entero yo”.

Justo enfrente de las cinco estrellas del hotel Radisson Plaza de La Paz, la más prestigiosa diseñadora de alta costura de Bolivia exhibe sus creaciones en una pequeña tienda de fachada blanca y toldos negros. El camino del hotel a la tienda se resume en cruzar la Avenida Arce, subir siete breves peldaños de piedra, soslayar a un guarda de seguridad y pisar los dominios de Beatriz Canedo Patiño, la emperatriz de la alta moda en lana de alpaca, la fibra más apreciada del mundo, junto al cachemir y el mohair. Ese trayecto es el mismo que hicieron la reina Sofía de España y la entonces primera dama de los Estados Unidos, Hillary Clinton, después de paralizar el tráfico en la zona. Mucho más discretamente llegó un miembro del Movimiento al Socialismo (mas) de Evo Morales, para invitar a Patiño a diseñar la ropa de investidura del electo presidente. Con dos condiciones irrevocables: sin corbata y con motivos que identificaran a Evo con sus raíces.

-Ah, entonces un poncho…

-No señora, se trata de fusionar lo occidental y lo andino.

Del taller de Patiño han salido capas para el papa Juan Pablo II y los nuncios del Vaticano, prendas que ocupan los armarios del ex presidente francés Jacques Chirac y su esposa; de las reinas Silvia de Suecia y Sofía de España; de la princesa Sayako de Japón o de los Clinton. Por vestir, doña Beatriz ha ataviado de gala hasta a la Virgen del Carmen, patrona de Bolivia.

Sin embargo, el encargo del mas suponía el siempre difícil reto de abordar el sincretismo. Encarnar en un traje el mestizaje, dando preeminencia a la raíz indígena.

No es aventurado afirmar que, si de Evo Morales hubiera dependido, de buena gana habría levantado el puño izquierdo para jurar su cargo, con su chamarra de la suerte. La prenda, de tela azul índigo con cuello negro y blanco -los colores del mas- y grecas con diseños andinos en la espalda y el pecho, sobrevivió a cien mítines, batallas sindicales y los avatares de la campaña electoral. Evo barajó la posibilidad, en alguna entrevista. “No voy a cambiar mi forma de vestir. Tengo que jurar tal y como soy”. Tenía sentido llegar a la meta con la chamarra que, para él, simbolizaba su trayectoria combativa. Finalmente, su entorno político convino con él que no podía recibir la banda presidencial con la estética de la protesta sindicalista. Pero Evo dejó claro que no se sometería a los accesorios occidentales -corbata, gemelos- y al estilo “importado” del traje (o terno) clásico.

Así pues, Canedo Patiño -emparentada con los herederos de Simón Patiño, el rey del estaño, una de las mayores fortunas de Latinoamérica en el siglo XIX- subió las escaleras que conducen a su despacho y se sumergió en la investigación cibernética de las telas andinas. Después visitó el Museo Costumbrista y el Museo de Textiles Andinos Bolivianos.

Con una franqueza que le honra, comenta su escaso conocimiento, hasta entonces, de los significados y símbolos de los tejidos altiplánicos y, concretamente, de los aymaras.

La diseñadora ejemplifica el prototipo de la élite acomodada boliviana que para triunfar salió de su país y regresó mucho tiempo después. Delgada, de cutis fino extremadamente claro, ojos grandes, oscuros y firmes que contrastan con su apariencia de fragilidad, habla con ligero acento norteamericano, puntualizado con un bullicio de expresiones en francés e inglés.

Cada mañana de su infancia, hasta que viajó a Estados Unidos a los 13 años, su padre la despertó para ir al colegio con fragmentos de óperas -sobre todo Aida y La Bohème- o con marchas húngaras y polacas. Después de comulgar, en Bolivia, con todos los estereotipos educativos de la alta sociedad criolla -clases de ballet, piano y hasta flamenco incluido, como recuerda con cierta ironía-; luego de su formación en Norteamérica, aterrizó en París para estudiar Ciencias Políticas.

A los seis meses, viró su destino, empujó las puertas de la Escuela de Bellas Artes y la Academia de Diseño de Moda y con 22 años entró como pasante en el taller del diseñador francés Michel Daniel.

Mientras Evo Morales pastoreaba llamas y cosechaba papas en el helado altiplano de su aldea de Orinoca, Beatriz descubría, a miles de kilómetros de allí, el tejido de camélido más fino y valorado de su país: la fibra de alpaca.

-Recuerdo la mirada furibunda del señor Daniel cuando pregunté de qué material maravilloso estaba hecho un abrigo teñido en rosa pálido que vi en su atelier. ‘¿No lo sabes? ¡Y tú eres boliviana! ¡Es alpaca, de tu país!’ Pero yo recordaba la alpaca como un tejido muy rústico, que usaban sobre todo los indígenas en suéteres que picaban, con dibujos de llamas o diseños tihuanacotas, muy locales. En cambio, aquel abrigo tenía tacto de seda, un toque de diseño francés, una caída magnífica, se podía drapear. En Bolivia no había nada así, en tela. Entonces vi el inmenso potencial que tenía delante. Luego supe que los españoles llamaban a la alpaca el otro oro de los incas.

En definitiva: Canedo viajó al otro lado del mundo para descubrir el glamour de un camélido de su tierra. Con finísima fibra de bebé alpaca -la más valorada- definiría la estética de Evo Morales el día de su posesión y le confeccionaría varios trajes, sacos y chamarras más. Mucho antes, se convertiría en la única diseñadora de alta costura del planeta en presentar todas sus colecciones en alpaca, trajes de novia incluidos.

Evo orientaba su brújula hacia el sur, y Beatriz hacia el norte. Del altiplano, Morales tomó un autobús al trópico cocalero del Chapare, en la cálida Cochabamba, y Patiño tomó un avión con destino a Nueva York. Morales celebraba sus ascensos en la carrera sindical y Patiño presentaba, en la antigua mansión de Rockefeller en Park Avenue -la America’s Society- su primera colección de alta costura. Givenchy y Ralph Lauren también habían exhibido sus prendas allí. Cuando Evo lanzaba encendidas protestas contra la Ley 1008, del Régimen de la Coca y Sustancias Controladas, impulsada por Estados Unidos, Beatriz subía los pisos del famoso rascacielos situado en el 550 de la Séptima Avenida. En el imperio de la alta moda, Carolina Herrera, Ralph Lauren, Oscar de la Renta, Donna Karan, Beatriz Canedo Patiño y otros gurús de la aguja, coincidían.

Veintinueve años después de salir de Bolivia, en 1994, Patiño retornó. Buscaba mano de obra barata, para poder atender sus pedidos.
-Cuando retorné con mis diseños de alpaca, una persona de nuestra alta sociedad paceña me dijo: “Bea, se ve que has pasado tanto tiempo fuera que no sabes, querida, que nosotros no nos ponemos alpacas. Eso es para los indígenas”. Fue un comentario racista, cargado de estigmas y además de total ignorancia sobre la prenda, que usaba la realeza inca, junto con el textil de vicuña; mientras que las clases más bajas llevaban guanaco o llama.

Finalmente, Patiño se instaló en La Paz y fundó un taller compuesto por 40 indígenas aymaras y quechuas: maestros sastres, bordadores, sombrereros, macramistas y modistas.

Con tono cáustico, recuerda el instante en que “aquella persona” de la alta sociedad se presentó en su tienda para comprar sus prendas de alpaca, después de que adquirieran sus diseños los miembros de todo el cuerpo diplomático acreditado, las mujeres de todos los presidentes desde el primer mandato de Sánchez de Lozada (1993-1997) y los ejecutivos de las petroleras que operan en el país.

Subraya que el encargo de confeccionar el traje para el hombre más votado de la historia democrática de Bolivia, “supuso el honor de vestir al primer presidente indígena de la República”. Eso significaba subir las laderas de La Paz, buscar en las empinadas calles Sagárnaga y Linares restos de aguayos (textiles andinos) antiguos, joyas tejidas a mano, de hasta cien años, que a veces se encuentran cuando uno sabe rastrear. Patiño, asesorada por uno de sus empleados, dio con una pieza de entre 80 y cien años de antigüedad, llegada de la zona de Pelechuco (al norte de la Paz) en tonos tierra y diseño espigado. De la decena de bocetos que presentó con otros tantos textiles, triunfó el anterior. Con ese aguayo, aplicado a una suave tela de alpaca bebé negro, Evo mostró al mundo su imagen de elegancia: la nueva moda andina.

Pero el carácter de Evo seguirá siendo el mismo, sea presidente, sindicalista o cocalero -lo saben muy bien quienes le conocen- y, por más toque chic que Patiño quisiera darle a la tendencia andina, Morales cambió el cuello Mao de la camisa de algodón italiano que la diseñadora había preparado por otra de cuello tradicional en picos, como está acostumbrado a usar; tampoco utilizó los tirantes que debían sujetar el pantalón de alpaca sin trabillas ideado por Patiño.

Evo lució pantalón clásico y cinturón de los de siempre. El calzado lo compró su joven asistente Jeannette Ramírez, con la misma naturalidad que lo había hecho en los dos años previos a que Evo asumiera la presidencia. Se dirigió a donde siempre: al mercado popular de la calle Uyustus, y adquirió unos zapatos de cuero negro y piso de goma.

Hoy Morales ha encontrado, en la combinación de cuero y motivos andinos, la imagen que exporta al mundo. El mensaje mezcla lo sport con lo autóctono, y en esa combinación se siente cómodo. Al saco (chaqueta) de alpaca negra del juramento solemne en la ceremonia de investidura lo sucedió pocos minutos después uno de cuero azul marino. Lo usó para saludar desde el balcón del Palacio Quemado -sede del Gobierno- y para pronunciar un largo discurso en la abarrotada Plaza de los Héroes, el lugar donde siempre desembocaron las marchas y protestas que organizó.

Si Canedo Patiño simboliza la exquisitez, el veterano sastre aymara Manuel Sillerico, autor de aquel saco de cuero, representa el corte perfecto que le caracteriza, y la comprensión del carácter y la personalidad de Evo.

En cuanto Morales ganó las elecciones, Sillerico le envió una carta, ofreciendo sus servicios. Evo respondió con un sí, y lo citó en su pequeño apartamento alquilado, en la Avenida Busch de La Paz, para que le tomara medidas en el comedor. Sin espejo. “Después, para otra prueba, alguien sacó uno del baño y, como no era grande, lo pusimos encima de una silla para que don Evo se viera”. Sillerico viste hoy al jefe de Estado boliviano.

Telefoneé a la sastrería de Manuel y, mientras aguardaba a que me atendiera, escuché a alguien guitarrear y cantar una típica cueca, con acompañamiento de palmas. Cesó la música, comenzaron los aplausos y me saludaron al teléfono. Entonces comprendí que era el sastre quien cantaba. Lo visité en su taller de la calle Federico Suazo, un edificio de tres plantas pintado de rojo vino y blanco.

Sillerico, 69 años, metro y medio de estatura, piel cobriza, ojos vivos y pelo canoso recortado en abundantes mechas desiguales, se presentó con una cinta métrica azul al cuello. Después de un rato de charla, trajo un bolsón de plástico transparente. Lo vació sobre el suelo. Cayeron decenas de retazos de textiles andinos antiguos; los restos de los aguayos que ha cosido a las chamarras de cuero o a los sacos de tela cachemir (también conocida como casimir, mezcla de lana y poliéster) que usa el presidente.

-Mire, reliquias textiles, viejas. Usadas en el campo. Cuanto más llevadas mejor. Tendrán 50, 60 años. Se las pusieron los campesinos. Tienen ajayu -alma, espíritu en aymara-. Por eso los trajes que viste el presidente no son así nomás, tienen energía. Él lleva las cosas que se ha puesto la gente, representada en esos tejidos. Y sus trajes están hechos por un indio.

Paradójicamente, es la primera vez que el aymara Sillerico utiliza textiles andinos en sus confecciones. Porque toda su vida se dedicó a vestir, de riguroso traje con corbata, a aquellos a quienes Evo llama “la oligarquía”. Con humor, lo reconoce.

-La gente decía: ése es el sastre de los oligarcas, de los dictadores, de los neoliberales, ¡cómo va a vestir ahora al Evo! Pero yo no tengo nada que ver con la política, hago trajes según los gustos del cliente y todos son mis amigos. El general Hugo Banzer (dictador entre 1971 y 1978, luego presidente electo entre 1997 y 2001) fue mi amigo y Evo Morales es mi amigo.

Manuel, hijo de campesinos de Pucarani (La Paz) comenzó a trabajar con 8 años, en una panadería y luego en una carpintería. Asistió cuatro años al colegio.

-Lo justo para saber leer y escribir. Había que ganarse la vida y mis padres me decían que lo importante era aprender un oficio. Después, como a Evo, me ha enseñado la escuela de la vida.

Con 13 años, ayudaba en una sastrería de abrigos para damas. A los 17 abrió su propio taller, de unos 2 por 2 metros, en un edificio del céntrico Paseo del Prado, perteneciente a una familia de la alta sociedad paceña. Ellos le introdujeron en el mundo de los “apellidos ilustres”, “los abuelos de Sánchez de Lozada, los Ballivián, los Arce, los Campero… a todos les hacía ternos”.

Se convirtió en el sastre de todos los presidentes de Bolivia, desde que criticó al general Barrientos (1964-1969) “por vestirse con ropa que le hacen en serie en Estados Unidos”. Tras la muerte del general, todos los jefes de Estado vistieron su marca. Cuando recorrí su tienda de 120 metros cuadrados, vi el último saco diseñado para Evo Morales, en tela azul casimir, con motivos andinos en el cuello y los bolsillos, en tonos amarillos y verdes. El diseño reposaba en un maniquí, bajo sendos retratos del dictador Banzer y del actual jefe del partido opositor de Morales: el ex presidente Jorge Tuto Quiroga.

-¿Don Manuel, no hay otro lugar donde colocar el saco del presidente? -Sillerico se percataba del detalle y se reía a carcajadas.

La primera vez que Sillerico se reunió con Morales, llevó patrones de sus trajes clásicos. Evo respondió sacando del ropero una chamarra de tela muy rústica, “de ésas que se usan para alzar costales. Él tenía en mente que le hiciera algo parecido”, comenta Sillerico.

-Me dijo: “Quiero algo que me identifique tal como soy, con mis orígenes”. Yo le había llevado muestras de las buenas telas, pero las desechaba. Entonces le dije: “Con todos los respetos, don Evo, ahora usted es presidente, no se puede poner cualquier cosa como antes. Yo le hago chamarras y sacos, pero por lo menos en cuero, o en tela de bayeta (tejido de lana de oveja) y con motivos andinos propios de su origen”. Y a él le pareció bien.

Manuel hilvanó tres prendas iniciales, para que Morales pudiera llevarlas a su primera gira como presidente electo. Por un malentendido, Evo no acudió al día de la prueba. Horas antes del viaje, reaccionó y llamó a Sillerico: “¿Ya está lista la ropa?”. No había remedio. Los modelos permanecían inacabados. “Se fue por el mundo casi sin nada, con una camisa, con la chompa, me dio pena”, reconoce el sastre. Y luego, reflexiona: “pero mire, al final me alegro, porque demostró carisma, su sencillez se puso de moda y todos debatieron sobre él”.

Los ternos que Beatriz Canedo Patiño confeccionó al presidente se hicieron por un precio especial de menos de 500 dólares, con descuento de la diseñadora -no costaron 25 mil dólares, como publicaron varios medios internacionales-; las chamarras y sacos con pantalones a juego que le cose Sillerico no pasan de los 350 dólares. “Al presidente, oficialmente, no se le cobra, eso sería de mal gusto, pero él insiste y siempre nos da lo que le parece bien”.

Villa Tunari es un pequeño poblado tropical del centro de Chapare, una provincia boliviana. Hace tres años, se expresaron aquí las profundas raíces y el poderío de la revolución étnica de esta nación andina. En aquel entonces, la región había sido afectada por numerosas inundaciones que dejaron ríos revueltos, puentes destruidos, derrumbes y muerte. Varios vehículos, entre ellos un autobús lleno de reporteros, quedaron atrapados a 16 kilómetros de la localidad, cerca del crecido Río Espíritu Santo, entre un túnel sellado por un derrumbe y el puente más cercano que había colapsado. ¿Qué clase de persona se presentaría en medio de esta catástrofe para escuchar un discurso de campaña y lanzar consignas? La respuesta fue una multitud compuesta por miles de descendientes de los pueblos indígenas, u originarios, de Bolivia. Muchos cruzaron ríos desbordados y caminaron por kilómetros para llegar a las afueras de Villa Tunari, sin preocuparse por la insistente lluvia y el lodo que les llegaba a los tobillos y les arrancaba los huaraches. Algunos miembros de la prensa logramos cruzar el río en un todoterreno a lo largo de las ruinas del puente.

Cuando llegamos, la gente llevaba horas bajo el diluvio, hombro con hombro y apretados alrededor de un endeble podio, tiritando bajo capas de plástico o empapados hasta la médula. Sin embargo, ahí permanecieron hasta el final del mitin, cuando se puso el sol. Estos hombres y mujeres se habían reunido aquí con una misión histórica: tras siglos de humillación y desafiando a la ley de las probabilidades, el siguiente presidente de Bolivia, Evo Morales, estaba a punto de surgir de entre sus filas. Este hombre, elegido en diciembre de 2005 en una de las naciones más inestables de América Latina, sigue en el poder dos años y medio después. Su gobierno se ha visto atestado de dificultades: Bolivia está partida geográficamente entre las tierras bajas tropicales y el altiplano empobrecido. Hoy estas dos regiones se encuentran más divididas que nunca políticamente. Un movimiento autonomista en la parte oriental, donde habita más población blanca, amenaza la estabilidad del gobierno. Merece la pena recordar lo improbable que parecía en ese entonces el ascenso al poder de Morales, incluso aquel día en Villa Tunari, cuando faltaban solamente unas semanas para la elección. En la capital administrativa, La Paz, varios hombres influyentes de tez clara y vestidos de traje, con los que hablé días antes de la reunión, contemplaban con una mezcla de desprecio y asombro la posibilidad de que ganara. ¿Un presidente indígena? No triunfaría jamás. O bien, será elegido, pero su gobierno estaría condenado al fracaso en el corto plazo.

En el podio, los hombres lucían guirnaldas hechas de flores y hojas de coca y hablaban en lenguas que yo no entendía, el quechua y el aimara, del antiguo Imperio inca, y que hoy siguen siendo más usadas por este público que el español. El candidato, cuyo rostro amplio y nariz aguileña sobresalían en medio de las guirnaldas de coca, fruta y verdura, avanzó y empezó a hablar en español con acento. “¡Somos aimaras, quechuas, guaraníes, los propietarios legítimos de esta noble tierra boliviana!”, gritó entre aclamaciones y aplausos. La algarabía no se hizo esperar. En algún lugar, sonaba un bombo. ¿Un presidente cuya lengua materna no fuera el español? Imposible.

Los hombres y mujeres a mi lado me ignoraban cuando intentaba entablar una conversación. Olían a lana mojada y humo. La mayoría de las mujeres usaban sombreros de paja sobre sus trenzas negras, al estilo quechua, y traían polleras de terciopelo de colores intensos sobre enaguas cortas. Las mujeres aimaras, que en general son de complexión más robusta y caras más anchas, vestían faldas largas, chales bordados y bombín en la cabeza. Los hombres usaban pantalones viejos y camisas de poliéster remendados. En la mejilla de cada uno se podía ver un bulto: las hojas de coca que mastican todo el tiempo los nativos de los Andes.

La multitud respondió a una exhortación del candidato con un canto, moviendo sus puños en el aire, zapateando y agitando sus banderas. “Sus esfuerzos no serán en vano”, dijo Morales. Y aclamaron al futuro presidente de Bolivia y a sí mismos. Habían luchado juntos desde que él era un campesino como ellos, el cocalero y líder de una batalla larga y difícil contra las fuerzas antidrogas de Estados Unidos, concentradas en esta región. Lucharon con tesón y prácticamente sin armas en interminables confrontaciones con los militares y la policía antidrogas. La estrategia consistía en no ceder ante nada, de la misma manera en que demostraban apoyo a su candidato bajo la lluvia.

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El ascenso al poder de una nueva elite de pueblos indígenas militantes era inevitable. Hace casi quinientos años, los conquistadores españoles llegaron y transformaron el territorio boliviano básicamente en un campo de trabajos forzados. Las comunidades quechuas y aimaras del altiplano fueron separadas y su gente fue obligada a trabajar en minas sofocantes o en haciendas. Se les permitía la libertad suficiente para obtener apenas lo indispensable para vivir de la tierra. Los habitantes originales del Amazonas de Bolivia corrieron con la misma suerte. Después de la independencia del país, en 1825, se les envió a las tierras bajas para trabajar en la recolección de látex de los árboles de caucho. Apenas en los años ochenta del siglo XX, las comunidades indígenas migrantes del altiplano –como las que se establecieron en Chapare– los expulsaron de sus tierras fértiles. La historia andina está marcada por estas rebeliones indígenas, pero prácticamente todas han terminado en tragedia y el cambio no ha llegado. A lo largo de Bolivia, ya muy avanzado el siglo XX, el uso de siervos seguía siendo legal. Actualmente, fuera de los núcleos urbanos, los patrones aún tienen la aterradora costumbre de violar a las mujeres a su servicio, y los hijos de estas uniones deben soportar el estigma de por vida.

En 1952, una revolución nacionalista resultó en la reforma agraria y les dio el voto a las mujeres y a los indígenas (antes excluidos por “analfabetas”). Sin embargo, el país pasó la mayor parte del siglo bajo el mando de una elite militar corrupta. Cuando el ejército finalmente se retiró del poder y convocó a elecciones en 1982, Bolivia era el país más pobre de América del Sur y su deuda externa estaba entre las más grandes. Carecía de experiencia sobre la vida cívica moderna y el abismo entre la mayoría indígena y la minoría blanca de las clases superiores era infranqueable. Los siguientes cinco periodos presidenciales no fueron fruto de elecciones sino de la designación de un candidato de la clase blanca gobernante.

Esto no significa que en el lugar imperara la apatía. El país estaba en un estado de revuelta constante, gracias a los sacerdotes radicalizados, sindicatos y organizaciones locales, así como a miles de mineros desempleados y altamente politizados del altiplano que migraron a la región de Chapare para establecerse como cocaleros. Estos agricultores, que cultivaban algo que en Bolivia es tan tradicional como el tabaco, y que con frecuencia desviaban al mercado ilegal de la cocaína, lucharon contra tropas bolivianas entrenadas por las fuerzas especiales estadounidenses. Los sacerdotes y los líderes sindicales organizaron comunidades enteras para que marcharan por sus derechos. Una guerrilla indigenista de corta duración bombardeó algunas torres de alta tensión y planteó la idea del retorno al Imperio inca. A partir de 2000, cada día parecía traer una nueva avalancha de marchas, bloqueos de caminos y huelgas.

En diciembre de 2005, como si repentinamente los indígenas bolivianos se percataran del poder de sus números, el grupo se lanzó a votar con una meta común. En el censo de 2001, 62 % de la población se identificaba como indígena. Seis semanas después del mitin en Villa Tunari, Evo Morales ganó la elección presidencial con 54 % (la primera victoria mayoritaria de esta magnitud en décadas) y con el índice de abstencionismo más bajo de la historia de este país. Las comunidades originarias del territorio nacional eligieron a docenas de miembros como representantes para ambas cámaras del congreso. Tras la toma de posesión, en una ceremonia que incluyó ritos andinos tradicionales oficiados por amautas, o sabios, quechuas y aimaras, el presidente Morales nombró cuatro ministros de su gabinete que tenían apellidos indígenas o que conservaban las usanzas de sus ancestros y convocó a elecciones para integrar una asamblea con la misión de redactar una nueva constitución. Cuando aquella sesionaba, se podía ver trabajando a docenas de delegados indígenas con sus tradicionales vestimentas coloridas. Además del español, las 36 lenguas indígenas que se hablan en Bolivia fueron declaradas oficiales en el proyecto de la carta magna. Cinco siglos tras la conquista, se vislumbraba la posibilidad de un Nuevo Mundo en Bolivia.

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En el humilde salón de sesiones del edificio municipal de Achacachi, un poblado a más de 3600 metros de altura sobre el nivel del mar, la consejera Gumersinda Quisbert, de 42 años, se sentó en un viejo sofá de plástico con la vista firme bajo el borde dorado de su bombín. Portaba un chal bordado y raído, y habló con vehemencia, aunque en español titubeante, sobre las transformaciones en su distrito de origen, que ahora tenía un alcalde y un consejo indígenas. “Antes, los campesinos no teníamos forma de ingresar a una oficina del gobierno oficial –dijo Quisbert, y puso un ejemplo–: Yo estaba involucrada en una demanda con mi esposo, y cada vez que íbamos a la corte, como yo traía una pollera (las faldas y enaguas tradicionales) siempre me pedían que esperara afuera”.
Quisbert había pasado la mañana en una reunión del consejo convocada para explicar el presupuesto de construcción a los representantes de un poblado dentro del distrito. La junta se realizó en aimara, con uno que otro término moderno en español, como “techos de cinc” y “estándares ecológicos.” El público, hasta donde podía verse, parecía estar conformado por todos los adultos del pueblo, entre ellos, madres lactantes con sus bebés. Llenaron las sillas doradas imitación Luis XIV en la descuidada habitación y escucharon con atención. Hicieron preguntas específicas y pertinentes a sus representantes electos.

Pero algunos de los cambios en Achacachi eran desconcertantes. Una de las exigencias permanentes de los pueblos originarios –que Evo Morales convirtió en promesa de campaña e incluyó en la nueva constitución– fue que las ayllus, o comunidades rurales tradicionales, pudieran resolver disputas locales según su antiguo sistema de códigos y sanciones. Tras ganar la presidencia, Morales designó una líder sindical quechua, Casimira Rodríguez, como su primera Ministra de Justicia para supervisar el cambio. Muchos bolivianos se preocupan de la existencia de sistemas de justicia paralelos en un país que, de por sí, ya está dividido, pero otros sostienen que la justicia ayllu sortea la burocracia y privilegia la resolución de conflictos sobre el castigo. Sin embargo, Quisbert dio un ejemplo diferente sobre cómo funcionaba el nuevo sistema: “Si una pareja de esposos pelea –dijo– y el caso se lleva en el pueblo, ante una corte, se aplicará una multa. Si el caso se juzga dentro del ayllu, se usará un látigo”.

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La gran parte de los líderes indígenas de hoy surgieron en los ochenta a partir de movimientos sociales locales y sus miembros, por tanto, no son bien vistos por la elite blanca conservadora en las planicies tropicales del sureste, donde se genera la mayor parte del dinero boliviano, gracias a las industrias del gas natural y el petróleo, los bancos, la agricultura y la ganadería. Hay movimientos autonomistas importantes en estas provincias orientales que exigen más control sobre los recursos locales y el conflicto con el nuevo gobierno ha aumentado cada vez más. Por su parte, los movimientos indígenas y locales siguen siendo polémicos, y ninguno de los problemas estructurales que mantienen empobrecidos y descontentos a los ciudadanos bolivianos se ha resuelto. Una de las metas de Evo Morales, incluso antes de llegar al poder, fue reformar la constitución para permitir que hubiera una reelección de los periodos de cinco años de los presidentes. Esta medida fue revocada temporalmente, pero la pregunta de cómo sobrevivirá como líder de una nación tan volátil y como representante de un movimiento que solía mostrar su descontento derrocando presidentes sigue en el aire.

Morales se ganó la atención del público originalmente como el jefe de los cocaleros de Chapare, una organización improvisada que ha sido vilipendiada por la elite política. El hombre tiene su carisma y, en un principio, se percibía incómodo al tratar con personas que sabían más que él sobre algún tema, como la economía o el protocolo. En sus conferencias de prensa dependía mucho de su vicepresidente urbano, Álvaro García Linera, ex miembro de un grupo guerrillero que propuso el regreso al Imperio inca (pero que era miembro blanco de la elite) para que lo ayudara con los datos que él desconocía.

Recientemente, el Presidente Morales se ve más adaptado a su cargo. Y a pesar de sus tendencias radicales y del ambiente turbulento que heredó, ha logrado mantener el país en un curso sorprendentemente estable. En esta primavera, sus índices de aprobación permanecían bien, a pesar de no poder lograr un consenso entre los intereses opositores sobre el futuro de esta nación fracturada. Las marchas, bloqueos de caminos y confrontaciones con militares y policías que derrocaron a sus predecesores no han alcanzado los niveles anárquicos que tenían al país en efervescencia antes de su elección. Ha seguido con diligencia la erradicación de la corrupción institucional, aunque hay pocas esperanzas de lograr esto en el futuro cercano. Conserva su aversión visceral hacia Washington, que surgió cuando fue líder de la lucha contra el programa antinarcóticos de Estados Unidos, pero ha mantenido las relaciones con la administración Bush dentro de los límites del protocolo. Y las dos medidas más controvertidas que ha tomado –la nacionalización de la industria de hidrocarburos y el ambicioso programa de reforma agraria que se está llevando a cabo– no le han restado inversionistas internacionales.

Iván Arias, experto en planeación municipal que ha trabajado mucho tiempo en las comunidades indígenas y observador del gobierno, menciona que Morales ya ha durado más en el poder que lo que la mayoría de los no indígenas esperaban, debido a que cuenta con el apoyo popular, y el flujo de efectivo para mantenerlo. “Hay mucho dinero nuevo –apunta Arias–. Tenemos el dinero del petróleo y del gas, el que proviene del turismo y las remesas que los bolivianos en el extranjero envían a casa. Y también el dinero del comercio de la cocaína”. El área de cocales creció 8 % en 2006, aunque el número de laboratorios de esta droga destruidos aumentó más de 50 por ciento.

Arias me comentó que Morales, quien fue un notorio miembro del congreso antes de ser candidato a la presidencia, practica la política de la misma manera en que juega futbol, una de sus pasiones: “Es un gran oportunista, así que sabe cómo anotar goles”. Entre sus opositores de ambos lados, hay quienes sostienen que un político que juega este deporte, usa pantalones de mezclilla y ahora apenas habla la lengua aimara nativa de sus padres, actúa con hábil oportunismo al postularse como candidato indígena.

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¿Pero cuáles son los requisitos para ser indígena? Y, si se es indígena, ¿se es también boliviano? Si esto es cierto, entonces, ¿cuál de las dos identidades tiene prioridad? En la nueva Bolivia estos profundos cuestionamientos filosóficos repentinamente son tan comunes como la disputa sobre si la más reciente ganadora del concurso Cholita Paceña podía ser auténtica si sus trenzas eran falsas, y tan serio como los argumentos entre los militares y los grupos indígenas sobre si las banderas indígenas de colores a cuadros, llamadas wiphalas, pueden portarse en el desfile militar anual en Santa Cruz.

“En realidad, para nosotros Bolivia no existe”, dijo Anselmo Martínez Tola, un hombre agradable de plática pausada que viene de Potosí quien era, según el letrero de su puerta, el “mallku a cargo” en las oficinas centrales del Consejo Nacional de Ayllus y Markas de Qullasuyu. El nombre del consejo se refiere a la “federación nacional de comunidades quechuas y aimaras del cuadrante del antiguo Imperio inca que alguna vez incluyó a los Andes bolivianos”. Pese a lo parco de la decoración del lugar, es una de las organizaciones indígenas más poderosas de Bolivia, con 10 delegados en la asamblea constitucional. “Bolivia es el nombre que se impuso hace apenas 183 años –dijo el mallku, o líder tradicional–. Yo me siento más quechua que boliviano, más originario que boliviano”. Reconoció con pesar que no traía la vestimenta tradicional indígena y le pregunté si sus hijos seguirían siendo indígenas si nacieron fuera del ayllu, hablaban español, usaban pantalones de mezclilla y emigraban a Nueva Jersey en busca de trabajo. “Claro –respondió–. La misma sangre corre por sus venas y esa no se puede cambiar”.

Abel Mamani, un hombre delgado y alerta que recientemente ocupó el puesto de Ministro de Aguas, tiene otro punto de vista. Antes de que fuera elegido Morales, Mamani era el líder de la Federación de Juntas Vecinales para la gigantesca ciudad, de 30 años de edad, llamada El Alto, en las afueras de La Paz o que, mejor dicho, se posa justo sobre ella, ya que está en el borde del valle que alberga a la capital. El Alto es una caótica ciudad de migrantes, la mayoría indígenas del campo, y es un centro de turbulencia política. Aquí se organizaron las huelgas y los bloqueos de caminos que sitiaron La Paz a partir de 2003, y Mamani fue quien, como líder de la federación de El Alto, dirigió el movimiento huelguista en el amargo 2005. El agua es uno de los temas más explosivos en las ciudades bolivianas, en particular en El Alto. Morales creó un ministerio para esto. Mamani, de 41 años, quien había tenido varios trabajos distintos, fue su primer dirigente (llegó igual de pobre que muchos miembros del gabinete al tomar posesión, y era más talentoso que la mayoría como político. Fue despedido el año pasado por presunto malgasto de fondos públicos en uno de sus viajes oficiales a Europa).

Le pregunté a Mamani si él era indígena y sonrió irónicamente: “Soy un líder indígena surgido de los movimientos políticos protagonizados por los indígenas y otras personas empobrecidas –dijo–. Pero no provengo del campo. Mis abuelos sí, al igual que sus ancestros. Se podría decir que son originarios. Pero mis padres emigraron a la ciudad y ahí nací yo. Mis hijos sí que están completamente urbanizados”. Se encogió de hombros, con las palmas de las manos hacia arriba. “Además, hay otra cosa que considerar. El Alto es una de las tres ciudades más grandes del país. Está conformada por una mezcla de personas de todos los rincones de Bolivia y de todas las clases sociales. Entonces, ¿el líder de un lugar lleno de indígenas y otros tipos de personas debe ser cabeza sólo de los indígenas?”. Los políticos nacionales que declaran serlo se enfrentan a algunas cuestiones morales difíciles, añadió. Si fueran ricos, ¿serían menos indígenas? ¿Se puede decir seriamente que el color de la piel define el carácter? Y, continuó, definitivamente él no era un qara, que significa “blanco”.

“Cuando decimos que soy indígena –apuntó finalmente–, supongo que estamos refiriéndonos a mis orígenes. Probablemente también estemos hablando un poco sobre la manera de ver el mundo”.

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Lejos del ruido de automóviles y la contaminación de la carretera fuera de la rica ciudad tropical de Santa Cruz, hay un camino de tierra lleno de basura. Cerca de este se encuentra el Barrio Bolívar, una docena de chozas de adobe, más o menos idénticas a miles más que rodean la ciudad. Estas viviendas están agrupadas alrededor de un polvoso claro central que tiene en un extremo una capilla evangélica construida de ladrillos y, en el otro lado, el orgullo de la comunidad: una escuela de dos habitaciones, hecha también de ladrillo. Junto, dentro de un círculo de malla de alambre, hay más polvo y basura. También algunas plantas, una cinia y un escuálido aguacate.

Junto a este jardín, rodeados de polvo, bolsas de plástico y contenedores de queroseno vacíos, había tres hombres sentados, eran morenos y vestían camisetas y pantalones de mezclilla, tallando tiras de madera para convertirlas en flechas. Eran miembros del grupo étnico ayoreo, quienes incluso en los sesenta defendían fervientemente sus tierras en la región de Chaco. Los misioneros que se aventuraron a estas zonas tuvieron muertes desagradables. Los ayoreo, con el cuerpo decorado con pinturas rituales, cruzaron la selva entre Bolivia y Paraguay, cazaban y pescaban, recolectaban miel y frijol, maíz y calabaza durante la época de lluvias. Hace cuatro años, un grupo de 17 ayoreos, extenuados física y emocionalmente, surgieron de sus selvas en Paraguay y cambiaron su vida seminómada por otra como la de sus parientes en Barrio Bolívar, donde la mortalidad infantil es devastadora y hay muy pocas oportunidades de trabajo. Para los ayoreo, el choque cultural y el desplazamiento de los pueblos andinos de la conquista es algo que sucede en este momento.

Hoy parece que se están adaptando más, aunque no necesariamente mejor, al sistema capitalista de la ciudad. Los que en otro tiempo fueron cazadores recorren las calles de Santa Cruz y venden sus flechas, o en el caso de algunas de las mujeres, sus cuerpos, pero parecen conservar el placer de la conversación, como pude comprobar cuando los tres hombres y yo nos unimos a otros miembros de la comunidad y, con la ayuda de una mujer que hablaba español, conversamos sobre los osos hormigueros a los que esperaban cazar en sus selvas, cada día más chicas, sobre lo deliciosos que eran y sus largas colas. Platicamos también sobre México, país del que han oído por la música ranchera, que les gusta mucho, hasta que se nos terminaron las palabras en común y nos despedimos.

Al intentar definir qué es lo que distingue a los indígenas de otros seres humanos, Abel Mamani aseguró que están unidos por cierta cosmovisión, sin embargo, para un observador externo, no sería obvia la similitud de los ayoreos –que han ingresado al mundo moderno tan recientemente– con los infatigables aimaras y quechuas. Estas personas del Altiplano siguen relacionadas de muchas maneras no sólo con el Imperio inca, por su forma de vestir y su distribución de la tierra, sino también con la corona española y la revolución nacionalista de 1952. Los conquistadores españoles únicamente vieron “indios” donde, sólo en Bolivia, existen más de cincuenta diferentes culturas y grupos de lenguas. El enorme peligro que corre el actual gobierno es ver a la poderosa mayoría aimara y quechua como representante de todos los pobladores originarios de Bolivia. Le pregunté al presidente del consejo municipal de Achacachi qué era lo que esperaba. El Qullasuyu –el Imperio inca–, respondió. Pero la mujer ayorea que había traducido amablemente para su gente en Barrio Bolívar tenía una meta más simple y urgente: “Queremos ayuda para que otorguen becas a nuestros jóvenes, para que puedan salir del barrio y tengan una buena educación en algún lugar”, comentó. Entre la esperanza y la necesidad, hay espacio para una mejor Bolivia.