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Sucede que los asesinos -advierto de pronto, mientras camino frente al árbol donde fue colgada una de las 66 víctimas- nos enseñan a punta de plomo el país que no conocemos ni en los libros de texto ni en los catálogos de turismo. Porque, dígame usted, y perdone que sea tan crudo, si no fuera por esa masacre, ¿cuántos bogotanos o pastusos sabrían siquiera que en el departamento de Bolívar, en la Costa Caribe de Colombia, hay un pueblo llamado El Salado? Los habitantes de estos sitios pobres y apartados solo son visibles cuando padecen una tragedia. Mueren, luego existen.

José Manuel Montes, mi guía, un campesino rollizo y taciturno que se ha pasado la vida sembrando tabaco, asiente con la cabeza. Cae la tarde del sábado, empieza la sonata de las cigarras. El sol ya se ocultó pero su fogaje permanece concentrado en el aire. Mi acompañante cuenta entonces que en este punto en el que estamos ahora, más o menos aquí, en la mitad de la cancha, los paramilitares torturaron a Eduardo Novoa Alvis, la primera de sus víctimas. Le arrancaron las orejas con un cuchillo de carnicería y después le embutieron la cabeza en un costal. Lo apuñalaron en el vientre, le descerrajaron un tiro de fusil en la nuca. Al final, para celebrar su muerte, hicieron sonar los tambores y gaitas que habían sustraído previamente de la Casa de la Cultura. En los alrededores desolados de este campo de microfútbol apenas hay un par de burros lánguidos que se rascan entre sí las pulgas del espinazo. Sin embargo, es posible imaginar cómo se veían esos espacios aquella mañana del viernes 18 de febrero del año 2000, cuando los indefensos habitantes se encontraban apostados allí por orden de los verdugos.

—Casi toda la gente estaba sentada en ese costado —dice Montes, mientras señala un montículo de arena parda que se encuentra perpendicular a la iglesia, a unos veinte metros de distancia.

Hoy por la mañana, al despuntar el día, Édita Garrido me había mostrado esa misma lomita de tierra. Ella, una aldeana enjuta de tez cetrina, también sobrevivió para echar el cuento. Los paramilitares, dijo, llegaron al pueblo un poco antes de las nueve, disparando en ráfagas y profiriendo insultos. Debajo de su cama, en el piso, donde se hallaba escondida, Édita oyó la algarabía de los bárbaros:

—¡Partida de malparidos: párense firmes, que somos los paracos y vamos a acabar con este pueblo de mierda!

—¡Eso les pasa por ser sapos de la guerrilla!

En seguida arrancaron a los pobladores de sus casas y los condujeron como borregos de sacrificio hacia la cancha. Allí —aquí— los obligaron a sentarse en el suelo. En el centro del rectángulo donde normalmente es situado el balón cuando va a empezar el partido, se plantaron tres de los criminales. Uno de ellos blandió un papel en el que estaban anotados los nombres de los lugareños a quienes acusaban de colaborarle a la guerrilla. En la lista, después de Novoa Alvis, seguía Nayibis Osorio. La arrastraron prendida por el pelo desde su casa hasta el templo, acusada de ser amante de un comandante guerrillero. La sometieron al escarnio público, la fusilaron. Y a continuación, en el colmo de la sevicia, le clavaron en la vagina una de esas estacas filosas que utilizan los campesinos para ensartar las hojas de tabaco antes de extenderlas al sol. “¿A quién le toca el turno?”, preguntó en tono burlón uno de los asesinos, mientras miraba a los aterrados espectadores. El compañero que manejaba la lista le entregó el dato solicitado: Rosmira Torres Gamarra. Separaron a la señora del grupo, le amarraron al cuello una soga y comenzaron a jalarla de un lado al otro, al tiempo que imitaban los gritos de monte característicos de la arriería de ganado en la región. La ahorcaron en medio de un nuevo estrépito de tambores y gaitas. Luego ametrallaron, sucesivamente, a Pedro Torres Montes, a Marcos Caro Torres, a José Urueta Guzmán y a un burro vagabundo que tuvo la desgracia de asomar su hocico por aquel inesperado recodo del infierno. Uno de los paramilitares amenazó a la muchedumbre: el que llore será desfigurado a tiros. Otro levantó su arma por el aire como una bandera y prometió que no se iría de El Salado sin volarle los sesos a alguien. “Díganme cuál es el que me toca a mí, díganme cuál es el que me toca a mí”, repetía, mientras caminaba por entre el gentío con las ínfulas de un guapetón de cine. Hubo más muertes, más humillaciones, más redobles de tambores. Varios tramos de la cancha se encontraban alfombrados por el reguero de cadáveres y órganos tronchados que había dejado la carnicería. Entonces, como al parecer no quedaban más nombres pendientes en la lista, los paramilitares se inventaron un juego de azar perverso para prolongar la pesadilla: pusieron a los habitantes en fila para contarlos en voz alta. La persona a la cual le correspondiera el número 30 —advirtió uno de los verdugos— estiraría la pata. Así mataron a Hermides Cohen Redondo y a Enrique Medina Rico. Después llevaron su crueldad, convertida ya en un divertimento, hasta el extremo más delirante: de una casa sacaron un loro y de otra un gallo de riña, y los echaron a pelear en medio de un círculo frenético. Cuando, finalmente, el gallo descuartizó al loro a punta de picotazos, estalló una tremenda ovación.

Ahora, José Manuel Montes me explica que la mortandad de la cancha era apenas una parte del desastre. El país ha conocido después —gracias a los familiares de las víctimas, a las confesiones de los verdugos y al copioso archivo de la prensa— los pormenores de la masacre. Fue consumada por 300 hombres armados que portaban brazaletes de las Autodefensas Unidas de Colombia (AUC). Los paramilitares comenzaron a acordonar el área desde el miércoles 16 de febrero de 2000. Mientras estrechaban el cerco sobre El Salado, se dedicaron a asesinar a los campesinos que transitaban inermes por las veredas. No los mataban a bala sino a golpes de martillo en la cabeza, para evitar ruidos que alertaran a los desprevenidos habitantes que se encontraban aún en el pueblo. El viernes 18, ya durante la invasión, forzaron las casas que permanecían cerradas y ametrallaron a sus ocupantes. Cometieron abusos sexuales contra varias adolescentes, obligaron a algunas mujeres adultas a bailar desnudas una cumbiamba. Por la noche les ordenaron a los sobrevivientes regresar a sus moradas. Pero eso sí: les exigieron que durmieran con las puertas abiertas si no querían amanecer con la piel agujereada. Entre tanto ellos, los bárbaros, se quedaron montando guardia por las calles: bebieron licor, cantaron, aporrearon otra vez los tambores, hicieron aullar las gaitas. Se marcharon el sábado 19 de febrero, casi a las cinco de la tarde. A esa hora los lugareños corrieron en busca de sus muertos. El panorama con el cual se toparon era lo más horrendo que hubiesen visto jamás: la cancha que con tanto esfuerzo les habían construido a sus hijos cinco años atrás, estaba convertida en una cloaca de matadero público: manchones de sangre seca, enjambres de moscas, atmósfera pestilente. Y, para rematar, los cerdos callejeros les caían a dentelladas a los cadáveres, corrompidos ya por el sol.

—Mi marido —dijo Édita Garrido esta mañana— ayudó a cargar uno de esos cadáveres, y cuando terminó tenía las manos llenas de pellejo podrido.

Le reitero a José Manuel Montes que mi visita se debe a la matazón cometida por los paramilitares. Si no se hubiese presentado ese hecho infame, seguramente yo andaría ahora perdiendo el tiempo frente a las vitrinas de un centro comercial en Bogotá, o extraviado en una siesta indolente. El terrorismo, fíjese usted, hace que algunos de quienes todavía seguimos vivos, pongamos los ojos más allá del mundillo que nos tocó en suerte. Por eso nos conocemos usted y yo. Y aquí vamos juntos, recorriendo a pie los 150 metros que separan la cancha del panteón donde reposan los mártires. Mientras avanzamos, digo que acaso lo peor de estos atropellos es que dejan una marca indeleble en la memoria colectiva. Así, la relación que la psiquis establece entre el lugar afectado y la tragedia es tan indisoluble como la que existe entre la herida y la cicatriz. No nos engañemos: El Salado es “el pueblo de la masacre”, así como San Jacinto es el de las hamacas, Tuchín el de los sombreros vueltiaos y Soledad el de las butifarras. Hemos llegado por fin al monumento erigido en honor a las personas acribilladas. En el centro del redondel donde yacen las osamentas, se levanta una enorme cruz de cemento. La pusieron allí como el típico símbolo de la misericordia cristiana, pero en la práctica, como no hay a la entrada de El Salado ningún cartel de bienvenida, esta cruz es la señal que le indica al forastero dónde se encuentra el mojón que demarca el territorio del pueblo. Porque en muchas regiones olvidadas de Colombia, fíjese usted, los límites geográficos no son trazados por la cartografía sino por la barbarie. Al distinguir los nombres labrados en las lápidas con caligrafía primorosa, soy consciente de que camino por entre las tumbas de compatriotas a quienes ya no podré ver vivos. Habitantes de un país terriblemente injusto que solo reconoce a su gente humilde cuando está enterrada en una fosa. ?

***

Domingo de rutina en El Salado: Nubia Urueta hierve el café en una hornilla de barro. Vitaliano Cárdenas les echa maíz a las gallinas. Eneida Narváez amasa las arepas del desayuno. Miguel Torres hiende la leña con un hacha. Juan Arias se apresta a sacrificar una novilla. Juan Antonio Ramírez cuelga la angarilla de su burro en una horqueta. Hugo Montes viaja hacia su parcela con un talego de semillas de tabaco. Édita Garrido pela yucas con un cuchillo de punta roma. Eusebia Castro machaca panela con un martillo. Jamilton Cárdenas compra aceite al menudeo en la tienda de David Montes. Y Oswaldo Torres, quien me acompaña en este recorrido matinal, fuma su tercer cigarrillo del día. Los demás lugareños seguramente están dentro de sus moradas haciendo oficios domésticos, o en sus cultivos agrandando los surcos de la tierra. A las ocho de la mañana el sol flamea sobre los techos de las casas. Cualquier visitante desprevenido pensaría que se encuentra en un pueblo donde la gente vive su vida cotidiana de manera normal. Y hasta cierto punto es así. Sin embargo —me advierte Oswaldo Torres— tanto él como sus paisanos saben que, después de la masacre, nada ha vuelto a ser como en el pasado. Antes había más de 6000 habitantes. Ahora, menos de 900. Los que se negaron a regresar, por tristeza o por miedo, dejaron un vacío que todavía duele.

Le digo a Oswaldo Torres que el sobreviviente de una masacre carga su tragedia a cuestas como el camello a la joroba, la lleva consigo adondequiera que va. Lo que se encorva bajo el pesado bulto, en este caso, no es el lomo sino el alma, usted lo sabe mejor que yo. Torres expulsa una bocanada de humo larga y parsimoniosa. Luego admite que, en efecto, hay traumas que perduran. Algunos de ellos atacan a la víctima a través de los sentidos: un olor que permite evocar la desgracia, una imagen que renueva la humillación. Durante mucho tiempo, los habitantes de El Salado esquivaron la música como quien se aparta de un garrotazo. Como vieron agonizar a sus paisanos entre ramalazos de cumbiamba improvisados por los verdugos sentían, quizá, que oír música equivalía a disparar otra vez los fusiles asesinos. Por eso evitaban cualquier actividad que pudiese derivar en fiesta: nada de reuniones sociales en los patios, nada de carreras de caballo. Pero en cierta ocasión, un psicólogo social que escuchó sus testimonios en una terapia de grupo les aconsejó exorcizar el demonio. Resultaba injusto que los tambores y gaitas de los ancestros, símbolos de emancipación y deleite, permanecieran encadenados al terror. Así que esa misma noche bailaron un fandango apoteósico en la cancha de la matanza. Fue como renacer bajo aquel firmamento tachonado de velas prendidas que anunciaban un sol resplandeciente.

En este momento, paradójicamente, el sol se ha escondido. El cielo encapotado amenaza con desgajarse en un aguacero. Torres recuerda que cuando ocurrió la masacre, en febrero de 2000, todos los habitantes se marcharon de El Salado. No se quedaron ni los perros, dice. Pues, bien: él, Torres, fue una de las 120 personas —100 hombres y 20 mujeres— que encabezaron el retorno a su tierra, en noviembre del año 2002. Cuando llegaron —cuenta— El Salado se hallaba extraviado bajo un boscaje de más de dos metros de alto. Uno de los paisanos se encaramó en el tanque elevado del acueducto para precisar dónde quedaba la casa de cada quien. En seguida se entregaron a la causa de rescatar al pueblo de las garras del caos. Un día, tres días, una semana, enfrascados en una lucha primitiva contra el entorno agresivo, como en los tiempos de las cavernas, corte un bejuco por aquí, queme un panal de avispas furiosas por allá, mate una serpiente cascabel por el otro lado. La proliferación de bichos era desesperante.

—Si uno bostezaba —dice Torres— se tragaba un puñado de mosquitos.

Para defenderse de las oleadas de insectos, todos, inclusive los no fumadores, mantenían un tabaco encendido entre los labios. Además, fumigaban el suelo con querosene, armaban fogatas al anochecer.

Dormían apretujados en cinco casas contiguas del Barrio Arriba, pues temían que los bárbaros regresaran. Reunidos —decían— serían menos vulnerables. Su consigna era que quien quisiera matarlos, tendría que matarlos juntos. Tan grande era el miedo en aquellos primeros días del retorno que algunos dormían con los zapatos puestos, listos para correr de madrugada en caso de que fuera necesario. Al principio subsistieron gracias a la caridad de los pueblos vecinos —Canutal, Canutalito, El Carmen de Bolívar y Guaimaral— cuyos moradores les regalaban víveres, frazadas y pesticidas. Cuando terminaron de segar la maraña, cuando quemaron el último montón de ramas secas, se dedicaron a poner en su sitio, otra vez, los elementos perdidos del universo: el caney del patio, el establo, la burra baya, el garabato, la alacena de las hojas de tabaco, el canto del gallo, el ladrido de los perros, los juegos de los niños, los amores furtivos en los callejones oscuros, la ollita tiznada del café, la visita del compadre. Entonces volvieron los sobresaltos: la guerrilla de las FARC (Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia) los acusó de ser colaboradores clandestinos de los paramilitares. ¿Habrase visto ironía más grande? ¡Si los masacraron, precisamente, porque se les consideraba compinches de los guerrilleros!

Oswaldo Torres advierte, mientras chupa su eterno cigarrillo, que los problemas de orden público en El Salado se debían al simple hecho de pertenecer geográficamente a los Montes de María, una región agrícola y ganadera disputada durante años por guerrilleros y paramilitares. En los periodos más críticos de la confrontación, los habitantes vivían atrapados entre el fuego cruzado, hicieran lo que hicieran. Y siempre parecían sospechosos aunque no movieran ni un dedo. Ciertamente, algunos paisanos —bajo intimidación o por voluntad propia— le cooperaron a un bando o al otro. Tal circunstancia resultaba inevitable dentro de un conflicto corrompido en el cual los combatientes tomaban como escudo a la población civil. Hugo Montes, un campesino que ni siquiera terminó la educación primaria, me explicó el asunto, anoche, con un brochazo del sentido común que les heredó a sus antepasados indígenas.

—Es que donde hay tanta gente, nunca falta el que mete la pata.

En seguida encogió los hombros, me miró a los ojos y me retó con una pregunta:

—¿Y qué podíamos hacer los demás, compa, qué podíamos hacer?

—Lo único que podíamos hacer —responde Torres ahora— era pagar los platos rotos.

Su respiración es afanosa porque vamos subiendo una senda empinada. De pronto, mira hacia el cielo como si suplicara clemencia, pero en realidad —según me dice, jadeante— está inquieto por un nubarrón que parece a punto de romperse encima de nuestras cabezas. Torres retoma una idea que planteamos al principio de nuestra caminata: en este momento, cualquier visitante desprevenido pensaría que los pobladores de El Salado viven otra vez, venturosamente, su vida diaria. Y hasta cierto punto es así —repite— porque ellos han retornado al terruño que aman. Mal que bien, hoy cuentan con la opción de disfrutar en forma tranquila los actos más entrañables de la cotidianidad, como se percibe en esta calle por la cual avanzamos: una niña escruta el horizonte con su monóculo de juguete, un niño retoza en el piso con sus bolitas de cristal, una muchacha peina a un anciano plácido. Sin embargo, ya nada será tan bueno como en la época de los abuelos, cuando ningún hombre levantaba la mano contra el prójimo, y los seres humanos se morían de puro viejos, acostados en sus camas. La violencia les produjo muchos daños irreparables. Espantó, a punta de bombazos y extorsiones, a las dos grandes empresas que compraban las cosechas de tabaco en la región. Enraizó el pánico, la muerte y la destrucción. Provocó un éxodo pavoroso que dejó el pueblo vaciado, para que lo desmantelaran las alimañas de toda índole. Cuando los habitantes regresaron, casi dos años después de la masacre, descubrieron con sorpresa que la mayor parte de la tierra en la que antes sembraban tenía otros dueños. Ya no había ni maestros ni médicos de planta, y ni siquiera un sacerdote dispuesto a abrir la iglesia cada domingo.

El nubarrón suelta, por fin, una catarata de lluvia que rebota enardecida contra el suelo arenoso.

***

Los dos únicos centros educativos que quedan en el pueblo funcionan en una casa esquinera de paredes descoloridas. Uno es la Escuela Mixta de El Salado, dueña de este inmueble, y otro, el Colegio de Bachillerato Alfredo Vega. Varios chiquillos contentos corretean por el patio esta mañana de lunes. En el primer salón que uno encuentra tras el portón, los niños se aplican a la tarea de elaborar un cuadro sinóptico sobre las bacterias y otro sobre las algas. El número de alumnos ni siquiera sobrepasa el centenar, pero el problema mayor es otro: el bachillerato apenas está aprobado hasta noveno grado. Los estudiantes interesados en cursar los dos grados restantes deben mudarse para El Carmen de Bolívar, lo que demanda unos gastos que no se compadecen con la pobreza de casi todos los pobladores. En consecuencia, muchos jóvenes renuncian a concluir su educación y se convierten en jornaleros como sus padres.

Tal es el caso de María Magdalena Padilla, 20 años, quien a esta hora hierve leche en una olla vetusta. En 2002, cuando se produjo el retorno de los habitantes tras la masacre, María Magdalena fue noticia nacional de primera página. En cierta ocasión, una mujer que debía ausentarse de El Salado dejó a su hija de cinco años bajo la custodia de María Magdalena. Para matar el tiempo, las dos criaturas se pusieron a jugar a las clases: María Magdalena era la maestra. Y la niña más pequeña, la alumna. Una vecina que vio la escena también envió a su hijo chiquito, y luego otra señora le siguió los pasos, y así se alargó la cadena hasta llegar a 38 niños. Como no había escuelas, el divertimento se fue tornando cada vez más serio. En esas apareció una periodista que quedó maravillada con la historia, una periodista que, folclóricamente, le estampilló a la protagonista el mote de “Seño Mayito”, dizque porque María Magdalena sonaba demasiado formal. El novelón caló en el alma de los colombianos. A María Magdalena la retrataron al lado del Presidente de la República, la ensalzaron en la radio y en la televisión, la pasearon por las playas de Cartagena y por los cerros de Bogotá. Le concedieron —vaya, vaya— el Premio Portafolio Empresarial, un trofeo que hoy es un trasto inútil arrinconado en su habitación paupérrima. Los industriales le mandaron telegramas, los gobernadores exaltaron su ejemplo. Pero en este momento, María Magdalena se encuentra triste porque, después de todo, no ha podido estudiar para ser profesora, como lo soñó desde la infancia. “No tenemos dinero”, dice con resignación. Lejos de los reflectores y las cámaras, no resulta atractiva para los falsos mecenas que la saturaron de promesas en el pasado. Pienso —pero no me atrevo a decírselo a la muchacha— que ahí está pintado nuestro país: nos distraemos con el símbolo para sacarle el cuerpo al problema real, que es la falta de oportunidades para la gente pobre. Les damos alas a los personajes ilusorios como “la Seño Mayito”, para después arrancárselas a los seres humanos de carne y hueso como María Magdalena. En el fondo, creamos a estos héroes efímeros, simplemente, porque necesitamos montar una parodia de solidaridad que alivie nuestras conciencias.

Eso sí: los problemas persisten, se agrandan. La vecina de María Magdalena se llama Mayolis Mena Palencia y tiene 23 años. Está sentada, adolorida, en un taburete de cuero. Ayer, después del tremendo aguacero que cayó en El Salado, resbaló en el patio fangoso de la casa y cayó de bruces contra un peñasco. Perdió el bebé de tres meses que tenía en el vientre. Y ahora dice que todavía sangra, pero que en el pueblo, desde los tiempos de la masacre, no hay ni puesto de salud ni médico permanente. Yo la miro en silencio, cierro mi libreta de notas, me despido de ella y me alejo, procurando pisar con cuidado para no patinar en la bajada de la cuesta. Veo las calles barrosas, veo un perro sarnoso, veo una casucha con agujeros de bala en las paredes. Y me digo que los paramilitares y guerrilleros, pese a que son un par de manadas de asesinos, no son los únicos que han atropellado a esta pobre gente.

Vienen de soportar el frío de la madrugada, de atravesar dos puntos de control con vigilantes, cámaras y detectores de metales. Luego caminan por corredores solitarios, entre oficinas y vestíbulos abiertos que duermen en la oscuridad. Cuando llegan al piso nueve del edificio vacío, los periodistas encienden luces, aparatos y pantallas: se preparan para arrancar. Y mientras el reloj de la cabina marca las dos y veinte, cuando el televisor número uno muestra imágenes de un partido de fútbol femenino, Herbin Hoyos, el conductor del programa, se sienta ante su micrófono para iniciar la transmisión en vivo de los casi cuarenta telegramas llorosos que compondrán esta noche Las voces del secuestro.

Sentado, dando la espalda a una sala de redacción en penumbras, Herbin coordina desde su puesto al equipo que lo acompaña (María Isabel, Catterinna, Andrea, Lina, Jenny y Carlos). Justo en el centro de la cabina hay una gran mesa en forma de V. Ubicado en el vértice, bajito y locuaz, con un pantalón repleto de bolsillos y forrado por una gruesa chaqueta que le aprieta el cuello, el conductor va pidiendo datos y dando órdenes a las muchachas.

—¿Todo listo, pregunta Hoyos mientras repasa los rostros con su mirada. ¿Me tienen los primeros a tiro?

Todos miran sus computadores, revisan mensajes que llegan por correo electrónico, por teléfono, por chat. Y los van pegando en una hoja de Word que será la bitácora de la jornada, con los datos de la persona que llama, el nombre del secuestrado a quien irá dirigido el mensaje, el lugar y la fecha exacta de su desaparición.

Un jingle sale de los parlantes repitiendo un estribillo que pide “ya no más”. Herbin engola ligeramente su voz y empieza, como cada madrugada de domingo, enviando un saludo desde el edificio de Caracol Radio a esos miles de cautivos que, según dice, “nos escuchan a esta hora en las montañas de Colombia”.

Cada fin de semana algunos familiares de rehenes acuden a esta cabina como invitados. Aquí leen sus mensajes sin depender de la lotería a la que usualmente los somete el sistema de llamadas. Existen casos de gente que llama, se comunica, permanece una hora esperando turno en la línea y de pronto la comunicación se interrumpe. Entonces, después de llorar y maldecir tan mala suerte, el paciente corresponsal vuelve a discar y a formarse en la larga fila de los que ansían un momento al aire.

Se necesita que el conmutador reciba mil cien llamadas simultáneas para que colapse, y en fechas como el Día del Padre o de la Madre, el Día del Amor y la Amistad o en Nochebuena, esa desproporción ha ocurrido.

Esta noche han venido varios. Está Emperatriz Guevara, una anciana que viste de negro cerrado, sus cabellos color plata, que guarda luto por la muerte de un hijo al que aún no ve (Julián Ernesto Guevara, secuestrado el 11 de enero de 1998, muerto en poder de la guerrilla y cuyos restos todavía no devuelven). Cuando interviene, Emperatriz lee un largo preludio de su mensaje: “buenos días doctora Íngrid, buenos días Álex y Beto, buenos días abuelitos, buenos días James Silva, buenos días…”. Así va repasando a casi todos los secuestrados que conoce, los más populares o lo más mencionados, o simplemente esos cuyas familias son más activas en la larga cadena de interesados que se han vinculado a este programa en los últimos trece años. A fuerza de compartir causa y desvelos, esta gente ha formado una comunidad de militantes. Todos se conocen, se llaman, se saludan.

También están Rafael Mora y su esposa Myriam, que se sumaron a “las voces” desde que su hijo mayor (Juan Camilo Mora, administrador de 27 años, secuestrado el 19 de enero de 2006) fue raptado por un par de supuestos policías en un edificio de Santa Cecilia, en el occidente de Bogotá. Ella se aprieta las manos, parece que espanta el sueño cuando mueve con velocidad sus grandes ojos abiertos:

—Desde entonces a nosotros la vida se nos ha vuelto esto: pegarnos al teléfono los domingos en la madrugada para mandarle un mensaje a Juan Camilo, y volver a llamar una o dos veces por semana para grabar otro mensaje si no hemos podido comunicarnos el fin de semana.

Lo más cercano a una prueba de vida que los Mora han recibido fue precisamente una llamada. Entró al celular de Myriam el lunes 27 de agosto a las dos y treinta y cuatro de la tarde, y como ella no pudo responder, esta fue a parar al buzón. En el mensaje se oyen algunos gritos, frases que parecen ser órdenes apresuradas. Y se escucha con toda claridad el tableteo, el tatatá de ametralladoras o fusiles o quién sabe qué armas que escupen balas en medio de un combate. Se perciben respiraciones agitadas, movimientos, prisas. Y se sospecha que alguien, el que llama, quienquiera que sea, levanta el teléfono en algún punto lejano de la selva para transmitir esos sonidos, ese mensaje urgente deseando que acá, en este extremo de la línea, haya un corresponsal con la oreja pegada al aparato: escuchando.

Esta noche ha venido, además, la familia del teniente coronel Luis Mendieta (secuestrado el 1° de noviembre de 1998), que representa algo así como el paradigma del activismo antisecuestro: son protagonistas de un documental dirigido por el periodista Jorge Enrique Botero; Jenny, la hija del coronel, trabaja como voluntaria en el programa; su madre, María Teresa, ha viajado a Venezuela y se ha reunido con Hugo Chávez en medio de las gestiones que buscan un intercambio humanitario.

Junto a todos ellos, sin familiares cautivos, pero venidos acá por pura solidaridad, los tres policías cantantes: unos hombrazos duros, de actitud marcial, que sin embargo se ablandarán en las próximas horas.

***

La oficina de Herbin Hoyos, ubicada a solo diez cuadras del edificio de Caracol Radio, tiene todas las paredes tapizadas con diplomas y placas de reconocimiento. La mayoría de los carteles habla de labores humanitarias, del trabajo que esta organización, liderada por él, hace por los secuestrados, por la erradicación de minas, por casi cualquier cosa que tenga algo que ver con la guerra colombiana. Sobre las mismas paredes abundan, también, las fotografías: Herbin en Afganistán, en Gaza o en Irak, siempre protegido por un grueso chaleco; Herbin ligeramente agachado, sonriente, abrazando con orgullo al difunto Yasser Arafat.
Sentado detrás de su escritorio, atendiendo con frecuencia uno de sus tres celulares, Herbin —ahora, de día, vestido de saco y corbata— narra el episodio que dio origen al programa. Cuenta que él mismo fue secuestrado por las Farc después de una “invitación” que le hicieron en el mes de marzo de 1994. Que se lo llevaron para que asistiera a una cumbre guerrillera, para que saliera del monte con un mensaje de los insurgentes dirigido a la opinión pública.

En una de sus primeras noches cautivo, en las montañas del Tolima, Herbin fue conducido a una choza donde había otros secuestrados. Allí, confundido en la oscuridad, vio a un anciano que se guarecía bajo un cobertizo; un refugio precario donde el viejo, enroscado sobre sí mismo, se aferraba a un pequeño radio, matando así las horas de ocio. Fue él quien le preguntó al periodista recién llegado por qué los medios de comunicación no hacían algo para los rehenes.

Herbin se reclina en su silla, se acomoda la corbata y dice con cierta solemnidad:

—A partir de ese momento yo no pude dejar de pensar en las palabras del viejo.

Así transcurrieron sus dos semanas en poder de la guerrilla: durmiendo mal en campamentos de paso, caminando entre la maleza, atravesando ríos sobre puentes hechos con troncos caídos. Hasta que el ejército les dio alcance. Hasta que se produjo una breve escaramuza y los guerrilleros, desesperados por escapar de sus perseguidores, decidieron abandonar al reportero allí mismo.

—Apenas regresé hice un programa donde conté mi secuestro, y empezaron a llegar decenas de llamadas.

Desde esa emisión, explica Herbin, Las voces del secuestro ha reunido un equipo de trescientos colaboradores en todo el país, con corresponsales, investigadores y productores. Un conjunto que ha realizado poco más de setecientas emisiones y ha recibido casi 320.000 llamadas, mientras en más de un centenar de países una red de emisoras repite la señal. Además, el grupo mantiene un portal con noticias y estadísticas de secuestros en Colombia, y el programa completo forma parte de diversas iniciativas no gubernamentales en el área de Derechos Humanos.

***

A las tres y nueve de la madrugada, cuando el televisor número dos entrega a Paris Hilton, risueña, despreocupada, bajando de su Jaguar, Herbin lee media docena de nombres como quien pasa lista de asistencia. Así les avisa a esos secuestrados, en caso de que estén escuchando, que en los próximos minutos algún familiar les hablará. Todos los que llaman, para no repetirse ni olvidar datos importantes, sin improvisar, aplican la técnica del mensaje leído. La mayoría recurre a la religión, eleva plegarias y recomienda a los cautivos que se armen de paciencia y confianza en Dios. Que resistan, que no desmayen, que en algún momento tendrá que producirse la liberación. Hablan como esos bomberos que, frente a las llamas, sí, queriendo socorrer a la víctima atrapada, pero viendo el infierno desde afuera, dicen con una ética difícil que jamás podrá ser justa: aguante, amigo, no salte.

Acá, en los treinta metros cuadrados de la cabina, salvo en los recesos esporádicos, domina una atmósfera de abatimiento. Cuando los televisores regalan postales del mundo libre, cuando las muchachas cruzan chismes e historias, al ambiente se relaja enseguida, y esos latigazos alegres parecen diluir por momentos la pureza del pesar.

Hay quienes llaman y envían a sus familiares breves reportes del mundo negado. Que las ciudades han crecido mucho, que hay nuevas vías y centros comerciales enormes; que se casó la prima Julia, la hija del tío Miguel; que tu hijo menor, querido Pablo, nos ha salido medio flojo pa’ los estudios, pero ahí va; que todos en el barrio me preguntan por usted, que no lo hemos olvidado; que te sigo siendo fiel; que después de tantos años, papá, me ha crecido una barba igualita a la tuya. Y que aguanten, les insisten.

A medida que siguen llegando llamadas, estas van dibujando en alta resolución el mapa de la república. Desde Remedios, desde San Carlos, desde Caucasia y San Luis, desde todos los municipios; desde Medellín, Paipa y Riosucio acuden los infinitos reportes del miedo. Y no hay, no parece haber rincón de Colombia seguro para nadie. Ni siquiera en los cielos: en el transcurso de la noche llegará una llamada para el senador Jorge Gechem, secuestrado el 19 de febrero de 2002 en un avión de la aerolínea Aires que cubría la ruta de Neiva a Bogotá.

Y Herbin cuenta la historia de aquella inocente reportera japonesa, que llegó una noche a reseñar el programa y, mientras escuchaba a decenas de madres, maridos, hermanos y amigos que se iban comunicando a través de las diez líneas telefónicas, la enviada no entendía tanto alboroto y se atrevió a preguntar quién era ese secuestrado importantísimo al que tanta gente llamaba para saludar. Se quedó como de piedra y soltó una lágrima cuando Herbin y las muchachas —ay, cómo te lo explicamos— le dijeron que no era un secuestrado: que cada llamada, querida colega, corresponde a solo una de las 2.801 personas (es la cifra actual de prisioneros en manos de la insurgencia, según las estadísticas de la Fundación País Libre. El año 2000 fue el que más registró secuestros, con un total de 3.572. Y en doce años, desde 1996, el gran total suma 23.666 ciudadanos privados de su libertad) que a esta hora mueven botones y perillas en algún rincón de la selva para sintonizar este programa.

Y que no se sabe, mientras no aparezcan o den señales de vida, si de verdad cada destinatario está escuchando.

***

El propio Herbin, lo sabe poca gente, también fue un guerrero. Pagó el servicio militar, y como soldado tuvo que enfrentarse a tiros con algunos miembros de esa guerrilla que ahora, veinte años más tarde, mantiene cautiva a la audiencia de su programa. Cuando recuerda su paso por el ejército —unas noches más tarde, cuando comamos una pizza juntos—, Herbin luce evidentemente incómodo: no es este el trabajo que le genera más orgullo dentro de su hoja de vida. Pareciera, incluso, que el antiguo combatiente, convertido en hombre de radio, intentara lavar su pasado violento con estas labores humanitarias.

Después de salir del ejército, Herbin se fue a España a estudiar periodismo. Y en un viaje de vacaciones que hizo con un amigo a Irak, empezó su carrera de reportero de guerra cubriendo informalmente la Guerra del Golfo. Desde aquella primera aventura, saltando entre varios países, pero siempre radicado en Colombia, Herbin Hoyos ha desarrollado toda su carrera ligado al mundo de la guerra, metido de cabeza en el conflicto.

En todo momento, no importa el día ni la hora, los celulares de Herbin siguen timbrando. Uno de los aparatos lo usa exclusivamente para comunicarse con los familiares de los secuestrados; resuelve a través de esa línea todo lo que tenga que ver con el problema de los prisioneros. Además de conductor del programa radial, Hoyos es una especie de gestor, de negociador de rescates, de enlace entre las familias y la guerrilla de las Farc.

Desde que recibió un atentado en 1998, Herbin debe desplazarse siempre seguido por un par de guardaespaldas. Casi siempre viaja a bordo de una camioneta blindada; o solo, en una moto enorme, pero siempre acompañado por ese par de tipos sigilosos.

***

En el televisor número tres, a las cuatro y cuarto de la mañana, un centenar de mujeres chinas se ejercitan en una tranquila plaza de Beijing. Mientras se interrumpe el programa durante cinco minutos para que un periodista lea algunos titulares de noticias, todos aprovechan para tomarse un descanso.
Al volver del receso canta un agente de la policía de carreteras. Canta y llora, se le quiebra la voz cuando entona un verso de esa tristísima tonada, de las más tristes que ha podido escoger, que se llama Mi viejo. No se asoman intentos de humor durante la transmisión. Nadie ríe al aire, nadie hace un chiste. Todos los mensajes llevan melancolía, nadie se atreve a bromear. En el mejor de los casos, las comunicaciones son joviales y esperanzadas, pero, concentrados en la seriedad de la desgracia, ninguno de los que llama parece considerar apropiada una dosis de irreverencia.

Son las cinco y veintinueve cuando el televisor número uno exhibe escenas que muestran a dos hombres en batas fabricando quesos en un galpón inmaculado. Quedan sonando, entre tantos reportes del terror, algunos casos. El de Delio Arango (63 años, secuestrado el 29 de agosto de 1996), el de esa pareja de ancianos que todos llaman “los abuelitos”: Gerardo y Carmenza Angulo, secuestrados el 19 de abril de 2000 en La Calera. O el de Jaime Salem, que llamó desde los Emiratos Árabes para leer un mensaje a su hijo Mahmud (secuestrado en Santa Marta el 3 de enero de 2000).

En la sala de redacción que está al lado de la cabina, tres reporteros han llegado hace veinte minutos para empezar a cubrir el primer turno de noticias. Por las grandes ventanas ya se mete la luz de la mañana, se ve el tráfico todavía ligero que empieza a trajinar la carrera séptima. Herbin y las chicas bostezan, hablan con deleite del desayuno que en pocos minutos comerán. Bromean, se va relajando el ambiente de pesar.

Después de que dos policías ejecutan un dueto improvisado, Herbin empieza a despedir el programa. Uno a uno repasa los nombres de todos los integrantes del equipo de producción, y recuerda que seguirán transmitiendo mientras haya secuestrados en el país. Admitiendo, quizá sin verlo de ese modo, que también ellos, quienes hacen el programa, están atrapados: que también viven atados por el secuestro. Que seguirán acá durante las madrugadas frías y solitarias de cada domingo, que “las voces del secuestro” son también las suyas. Y que solo, repite Herbin, “el día que liberen al último secuestrado, ese día se acaba este programa”.

Antes no.

Luces y sombras de Ingrid

Publicado: 14 septiembre 2009 en Felipe Restrepo
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Muy poco tiempo había transcurrido desde su liberación, acaso unas cuantas horas, cuando empezaron las especulaciones sobre el futuro de Ingrid Betancourt. Aún estaban frescas las conmovedoras imágenes de la colombiana regresando a la libertad, el pasado julio. Todavía era imposible adivinar qué podría pasar por la cabeza de una mujer que estuvo más de seis años sepultada en la jungla —algunos de ellos encadenada a un árbol y bajo una espantosa tensión psicológica— o cuál era realmente su estado emocional. Pero eso no importó: todos nos preguntábamos cómo capitalizaría su fama. A nadie le quedaba duda, eso sí, de que tendría un porvenir político. Algunos se aventuraron a decir que podría llegar a ser la primera presidenta de Colombia, que le entregarían el Nobel de la Paz o que la nombrarían en algún puesto en el gobierno de Francia, país que le otorgó la nacionalidad y en el que era vista casi como una santa.

Pero, con el paso de los meses, ese futuro brillante empezó a desdibujarse. Betancourt desconcertó con actuaciones fuera de lugar y algunas de las personas más cercanas a ella empezaron a desvirtuar su imagen en público. Las revelaciones de Clara Rojas —supuestamente una de sus mejores amigas y su fórmula vice-

presidencial—, de los tres ciudadanos estadounidenses que fueron compañeros de secuestro, de Juan Carlos Lecompte —su ex esposo— y de muchos otros, que la pintaron como una persona egoísta y ambiciosa, dejaron ver que Betancourt estaba lejos de ser la heroína que los medios habían creado. Incluso en Colombia, donde ya había sido muy criticada en el pasado, sorprendió la rapidez de su desprestigio.

Betancourt ha optado por el silencio desde hace un tiempo y no ha querido responder a los, cada vez más frecuentes, ataques. Es más: ni siquiera se sabe muy bien dónde está viviendo. Al principio se creía que estaba en París, pero todo parece indicar que se instaló en Seychelles, una minúscula república conformada por un grupo de islas en el Océano Índico. Ahí vivió entre 1985 y 1989 y obtuvo la nacionalidad. La última vez que habló en público fue a finales de diciembre, en la Ciudad de México. La escala final de una maratónica gira latinoamericana en la que visitó casi todos los países del continente y se reunió con los líderes de la región.

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Poco antes de la llegada de Ingrid Betancourt a México, recibo una llamada de una funcionaria del gobierno francés: me informa que la colombiana ha accedido a reunirse conmigo, en una sesión privada. Apenas estará tres días en el país. Me cita en la Embajada de Francia, al final de la tar-de del día siguiente.

Llego a la cita un poco antes de las seis de la tarde y me encuentro con un operativo de seguridad sorprendente: digno de la visita de un jefe de Estado. La calle está cerrada y la embajada es custodiada por varias patrullas de policía. Para llegar hasta la residencia —una de las más lujosas del exclusivo

barrio Lomas de Virreyes— hay que traspasar varios círculos de seguridad y es obligatorio pasar por una minuciosa requisa. En la puerta me espera Laurence Pattin, encargada de las comunicaciones de la embajada, que me acompaña hasta un acogedor salón amueblado con antigüedades y con las paredes repletas de obras de arte clásico. Me siento en un sillón frente a un ventanal que mira al enorme jardín trasero y a una piscina es-condida entre columnas envueltas por enredaderas. Al fondo de la sala hay dos agentes de seguridad que el gobierno de Nicolas Sarkozy le asignó a Betancourt y que tienen la misión de acompañarla a cualquier lugar.

Tras una corta espera, Betancourt aparece. Su apariencia me deslumbra: no sólo por su figura —casi atlética—, sino por su elegancia. Viste un arriesgado traje negro de una pieza, que deja al descubierto sus estilizados brazos. Su melena está recogida y, en la muñeca del brazo derecho lleva un escapulario que le regaló su padre y que la acompañó durante todo el cautiverio. Sólo tiene un adorno en su cuello: una imagen de la Virgen de Guadalupe, tallada sobre una piedra blanca, que cuelga de una delgada cadena de oro. “Divina mi virgencita, ¿verdad? Me la regalaron ayer en la basílica de Guadalupe”, me dice con genuina emoción. Recuerdo entonces las imágenes que inundaron esa mañana todos los diarios: Betancourt arrodillada y casi al borde de las lágrimas frente a la imagen de la virgen.

Aunque sencilla, su apariencia da muchas pistas sobre la nueva Betancourt, la que regresó de la selva: una mujer confiada, que no está abatida por su experiencia y que, al contrario, es más fuerte —y guapa— que nunca. Una mujer impecable y elegante que no desentonaría junto de ningún líder o celebridad. Y, tal vez lo más revelador, una mujer que se salvó gracias a su fe. Betancourt es ahora —y no lo esconde en ningún momento— muy religiosa. Algo que era impensable antes de su secuestro y que ha sido ferozmente criticado en Francia, donde ser creyente parece ser algo peor que ser criminal.

La observo, mientras toma un té antes de empezar nuestra charla. Levanta la taza con un gesto delicado y se la lleva a la boca casi en cámara lenta. Adelanta los labios y entrecierra los ojos: sus rasgos finos, como de ave exótica, se marcan. La luz de los flashes ilumina su cara, poniendo en relieve sus arrugas y las pocas canas que ya se filtran en su pelo. Posiblemente muchas de ellas se formaron durante las largas horas de angustia. Pienso entonces en todos los contrastes de su vida. Y sospecho que, por más que responda preguntas, que relate con detalle su cautiverio o que escriba cientos de libros con explicaciones, nadie podrá entender nunca lo que realmente le ocurrió a esta mujer.

***

Está agotada. Ha visitado ocho países en diez días. Pero esto no impide que su discurso sea impetuoso. “Creo que en Latinoamérica se dio un fenómeno, del que yo sólo fui espectadora, durante los últimos diez años. Un momento de ruptura, un viraje, en el que la mayoría de países eligieron gobiernos de izquierda. Todos intentaron romper con su pasado político”, dice. Habla despacio y hace énfasis en cada palabra. Tiene un acento cambiante: en algunas frases es bogotano, mientras que en otras tiene un ligerísimo tinte parisino. “Así que esta gira nació de esa constatación. Cuando yo estaba en la selva, fue la posesión de Cristina Fernández de Kirchner. Todos los presidentes latinoamericanos que asistieron a su toma de poder, por coincidencia, tocaron el tema de los secuestrados. Sentí que ese momento fue un punto de quiebre y las cosas empezaron a cambiar”.

La gira latinoamericana fue intempestiva y se centró en el tema de los secuestrados. “Es muy importante que todos los presidentes hagan presión sobre las farc. Para que, primero que todo, liberen a los secuestrados. Porque mientras las farc sigan teniendo secuestrados, no son un interlocutor político válido para nadie. El secuestro, del que viven, terminó siendo un harakiri, pues perdieron la oportunidad de actuar en política”, dice. Sin embargo, y a pesar de las buenas intenciones, la visita de Betancourt a Latinoamérica no fue entendida. Pocos comprendieron por qué era recibida con las atenciones de una alta funcionaria o por qué el Estado francés financió la logística. Otros vieron una necesidad injustificada de recibir atención para subsanar una muy mala racha que ya llevaba un tiempo.

En efecto, la buena imagen de Betancourt empezó a decaer a finales de 2008. Después de su liberación la ex secuestrada se reunió con varios líderes mundiales: Sarkozy, Rodríguez Zapatero, Benedicto XVI, Bono y Madonna, entre muchos otros. También recibió la Legión de Honor, en el grado de caballero en París; el Premio Príncipe de Asturias de la Concordia, en Madrid; fue postulada al Premio Nobel de la Paz por el gobierno chileno y habló en la onu. Si bien todos eran reconocimientos merecidos, empezó a ser criticada por su exceso de exposición.

Luego vino el bochornoso incidente del Premio Nobel de la Paz. Cuando se anunció que el galardón de 2008 le había sido otorgado al finlandés Martti Ahtisaari, un reconocido mediador en conflictos mundiales, el jefe de prensa de la fundación de Betancourt, Olivier Roubi, reaccionó violentamente. En un comunicado cuestionó a la academia sueca por su decisión y dijo que Ahtisaari estaba muy lejos de personajes como Nelson Mandela o el Dalai Lama. No lo decía directamente, pero insinuaba que Betancourt sí lo estaba. El gesto fue considerado de muy mal gusto. María Jimena Duzán, columnista colombiana de la revista Semana y amiga de Betancourt en el pasado, fue una de las sorprendidas: “Lo ad-vertí en una columna. Lo que hicieron fue una vergüenza, una declaración agresiva en una ceremonia en la que la paz es la gran protagonista. Sólo les faltó decir que le habían robado el Premio Nobel a Ingrid, como sucede con las candidatas colombianas en Miss Universo, que siempre quedan de finalistas, pero nunca ganan”, me dice.

Enseguida Betancourt dio otro paso en falso en París. El 22 de noviembre se reunió en las oficinas de la alcaldía de la ciudad con varios miembros de su fundación y con amigos que, por años, habían luchado por su liberación. Según un reportaje publicado hace unas semanas en la revista Marianne, todos habían esperado meses para verla y no les importó que ella hubiera preferido encontrarse primero con famosos. Sólo querían ver a su heroína. “Dio la impresión de decir ‘hola y adiós’ a las personas que lucharon por ella. Nos habíamos hecho muchas ilusiones sobre ese encuentro, pero fue una decepción”, le dijo a la revista Hervé Marro, un estudiante de ciencias políticas que trabajó en la fundación casi desde su inicio. Betancourt fue especialmente fría con ellos, cuenta el artículo de Stéphanie Marteau, y les anunció que creería su propia fundación. También les pidió que ya no utilizaran su nombre.

Durante la gira latinoamericana, Betancourt jamás se refirió a estos incidentes y se concentró en atacar duramente a las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia (farc). Tal vez como una estrategia para desviar las miradas. “Creo que las farc son mulas, totalmente cerradas. Pero pienso también que son seres humanos y que algo tienen que entender. Algo de lo que está pasando en el mundo les tiene que entrar en la cabeza. No sé cuál va a ser el giro, pero sí estoy segura de que tienen que cambiar. No hay otra salida para ellos. O hay una profunda transformación en su esencia y se vuelven políticos, o se mueren”, me dice con un tono que no le había escuchado antes.

***

De todas las personas cercanas a Betancourt, Clara Rojas parecía ser la más fiel. Las dos mujeres se conocieron en los noventa, cuando trabajaban juntas en el Ministerio de Comercio Exterior de Colombia. Rojas, una abogada bogotana, se fue involucrando poco a poco en el proyecto político de Betancourt y se convirtió en una de sus más cercanas colaboradoras. Tanto así que, el 23 de febrero de 2002, en plena campaña electoral, decidió acompañarla a un peligroso viaje a San Vicente del Caguán, una zona que el entonces presidente Andrés Pastrana había despejado y que estaba a merced de las farc.

El resto de la historia es conocido por todos. Betancourt y Rojas fueron retenidas esa mañana por un grupo de guerrilleros y empezó un largo secuestro que acabó, entre muchas otras cosas, con su amistad.

Cuando se conoció la noticia de su retención, se dijeron dos cosas sobre Rojas, una mujer muy poco conocida por el público. La primera, que era una de las mejores amigas de Betancourt y su fórmula a la vicepresidencia en una campaña política que había comenzado en 2001. También, que había decidido acompañar voluntariamente a Betancourt cuando los guerrilleros la raptaron. Sin embargo, ambas cosas resultaron ser falsas.

En una reciente entrevista con la edición española de la revista Vanity Fair, Rojas contó que ella nunca se entregó. Lo que ocurrió fue que confrontó a los guerrilleros cuando se llevaban a su amiga y ellos, como castigo, la raptaron también. Tampoco era cierto que en ese momento fuera fórmula vicepresidencial. Fue Juan Carlos Lecompte, el segundo ex esposo de Betancourt, quien lo inventó, después del secuestro. Lecompte, un publicista que había diseñado todas las campañas de su esposa, pensó que sería una buena estrategia pues le daría visibilidad a Rojas. Le consultó a la familia de ella y aceptaron.

Casi desde el comienzo del cautiverio la relación entre Rojas y Betancourt se desmoronó. Sus personalidades eran opuestas —Rojas es tímida e introvertida, mientras que Betancourt es explosiva— y llegó un momento en que no aguantaron más. “Yo tuve una actitud generosa y por eso esperaba algo diferente de Ingrid, pero no fue así. Ha sido desconcertante y doloroso. La selva nos distanció y todavía no sé muy bien qué ocurrió”, le dijo Rojas a Vanity Fair. La situación era muy tensa y los lazos de su amistad muy débiles. El momento más difícil, por supuesto, fue cuando Rojas anunció que estaba embarazada de un guerrillero y que pensaba tener el bebé. Betancourt no aceptó la decisión de su compañera y rompió relaciones con ella.

Cuando Rojas fue liberada unilateralmente por las farc, en enero de 2008, llevaban ya tres años separadas. Los jefes guerrilleros habían decidido aislar a Rojas en el momento en que dio a luz a su hijo Emmanuel, después de un parto salvaje que casi le cuesta la vida. Entonces ya era vox populi que las relaciones entre las dos estaban muy mal y varias veces sus familias se habían enfrentado por la manera en que querían que se llevaran las negociaciones con la guerrilla.

Desde entonces sólo han coincidido dos veces. Cuando Betancourt fue librada y tres meses después en un foro de mujeres líderes, en Deauville, Francia. Ese día, según varios medios locales, Rojas intentó acercarse a saludar a Betancourt. Pero ésta la ignoró. Rojas la siguió por un pasillo: “Ingrid, Ingrid, soy yo, Clara”, le gritaba. Pero Betancourt no se dio vuelta y entró a un salón reservado. Cuando Rojas quiso entrar, los guardaespaldas de su antigua amiga le impidieron el paso.

Con el tiempo las cosas empeoraron. Sobre todo porque Betancourt insinuó en algunas entrevistas que durante el cautiverio Rojas había enloquecido y tratado de ahogar a su bebé en un río. Y que ella lo había rescatado de las aguas. Este comentario enfureció a Rojas, quien respondió en un programa radial de la cadena rcn de Bogotá: “No sé de donde saca esto, pero Ingrid tiene algo de teatro (…) Hay cosas de ella que me asustan. Me asusta sobre todo esa incapacidad de fijar ciertos límites, esa sensibilidad por ciertas cosas. Porque ella es una cosa ante los medios y otra en su situación personal”, dijo.

A pesar de que la contacté, Rojas prefirió no dar declaraciones a Gatopardo. Su libro —cuyo título provisional es Rehén y que será editado por Norma en Latinoamérica— saldrá al mercado el próximo 16 de abril. Antes de su publicación, la autora prefirió guardar silencio y no hablar con ningún medio. “Es un testimonio honesto de su tragedia y su soledad”, me dijo un lector que tuvo acceso adelantado a la obra y prefirió no ser identificado. La publicación de la versión de Rojas ha generado mucha expectativa, pues contará detalles que hasta ahora son desconocidos. Betancourt, quizá, sea la menos entusiasmada con la idea de que el libro aparezca: ya ha salido muy mal librada de otros testimonios de antiguos compañeros de cautiverio.

***

Mi futuro es muy sencillo, yo quiero sacar a mis hermanos de la selva. Quiero dedicarme a mi fundación y estar tranquila en mi vida familiar. No puedo desconocer la responsabilidad que tengo, en el sentido que sé que la gente me conoce, y que eso implica que puedo ayudar a otras personas. Eso no es un valor político ni mucho menos electoral”, me dice cuando le pregunto sobre sus planes. Su mirada siempre está puesta sobre mí. Pero a veces se pierde: sus grandes ojos se quedan mirando al infinito. Luego retoma con precisión: imagino que, durante esos segundos, algunas imágenes del secuestro vuelven a su memoria.

Desde que la rescataron, Betancourt ha dicho que no se sentirá realmente libre hasta que se acabe el secuestro en Colombia. También ha dicho que no tiene ningún interés en lanzarse a la política: “En este momento no veo nada que me podría hacer regresar”, me confirma. Lo que es, de cierta forma, muy sorprendente: siempre ha sido una política y parece increíble que se quiera retirar.

Durante su cautiverio redactó un plan de gobierno, de 190 puntos, que pretendía llevar a cabo si llegaba a ser elegida presidenta de Colombia. Todos los días discutía su proyecto con Luis Eladio Pérez, un senador nariñense, que también fue secuestrado por las farc el 10 de junio de 2001. Durante los primeros años de su cautiverio, los guerrilleros mantuvieron a Pérez aislado y no le permitían hablar con nadie. El senador se vio obligado a hablarle a los árboles para no volverse loco. Sin embargo, después de un tiempo, fue trasladado al mismo campamento de Betancourt y se convirtió en su confidente durante cuatro años. Él, mejor que nadie, conoce las aspiraciones reales de su compañera. Así que le pregunto si le cree cuando dice que no va a regresar a la política: “Sí, le creo. Lo ha demostrado con sus palabras y con hechos. Se ha marginado voluntariamente de toda discusión en el país”, me dice.

La parte que no le queda clara a Pérez es la de la liberación de los secuestrados. Le parece que si bien Betancourt tiene toda la voluntad, aún no tiene una propuesta concreta. Le pregunto entonces cuál cree que es una solución realista: “Creo que existen tres escenarios posibles. El primero es una liberación unilateral por parte de la guerrilla, que es bastante remoto. El segundo es un rescate militar, que, como todos lo sabemos, es muy riesgoso. Finalmente hay un tercer escenario, que es el que me parece mejor: la salida negociada. Si se llega a dar esa negociación creo que todos los ex rehenes tenemos que participar. Me gustaría mucho que Ingrid estuviera presente en ese caso”, explica. Pérez fue liberado unilateralmente el 27 de febrero de 2007, gracias a las gestiones de la senadora colombiana Piedad Córdoba.

Justamente ella es una de las más comprometidas con el acuerdo humanitario. Córdoba ha arriesgado su capital político y su vida —es, tal vez, la persona más amenazada en Colombia— para lograr la liberación negociada de los rehenes que continúan en poder de las farc. Así que conoce, como nadie, la situación de los secuestrados. Le pregunto sobre las intenciones de Betancourt: “La verdad, Ingrid no ha estado en Colombia desde su liberación. Apenas vino a Bogotá un día. El acuerdo humanitario está a punto de definirse y no veo cómo se puede enganchar”, dice. Córdoba insiste en que no quiere criticar a Betancourt pues ella no está presente y no puede defenderse ni debatir. Pero deja ver cierto extrañamiento: “Yo estoy muy comprometida con el tema de las negociaciones. Si ella quisiera participar me podría haber llamado, para enterarse. Y nunca ha hecho esa llamada. Tampoco una para agradecer todo el trabajo que hicimos en su caso. Para ser honesta, ha sido una verdadera desilusión”.

En el escenario político actual, además, parece bastante remoto que Betancourt tenga una opción real de hacer algo por los secuestrados. Las farc han repetido una y otra vez que no negociarán con el gobierno de Álvaro Uribe Vélez. Betancourt, que en el pasado fue muy crítica del gobierno de Uribe y de su política de mano dura, ha cambiado de opinión: “Sí, creo que el gobierno de Colombia está aislado desde el punto de vista ideológico y de sensibilidad. Pero, al mismo tiempo, el presidente Uribe tiene el apoyo de su pueblo. Aunque muchos piensan diferente a él, todos le reconocen su liderazgo y es un actor con el que cuentan”. Este cambio de opinión ha molestado a muchos, sobre todo a los activistas europeos que culpaban a Uribe de todas las desgracias de Colombia. Pero es bastante comprensible si se tiene en cuenta que fue gracias a un operativo orquestado por el gobierno que Betancourt recuperó la libertad.

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A Marc Gonsalves, Thomas Howes y Keith Stansell no les gusta la frase: “Lo que pasó en la selva se queda en la selva”, que tanto repiten otros secuestrados liberados. De hecho, estos tres estadounidenses decidieron contar con detalle su experiencia como rehenes de las farc en el libro Out of Captivity, publicado hace unas semanas en Estados Unidos. Los tres hombres fueron retenidos cuando el avión en el que viajaban —desde el cual fotografiaban cultivos ilícitos controlados por las farc— se estrelló en algún lugar de la jungla colombiana. Después del accidente fueron rescatados por guerrilleros y llevados al mismo campamento en el que se encontraba Ingrid Betancourt. Ahí permanecieron 1 967 días, hasta que fueron rescatados, también junto a ella, en la Operación Jaque.

Desde su llegada al campamento, los estadounidenses tuvieron problemas con Betancourt. “Es una persona a la que le gusta controlar y manipular. Eso en cautiverio es una cosa muy difícil”, dijo Howes en una entrevista con CNN. Según los tres empleados de Northrop Group, cuando llegaron al lugar —en el que había muy poco espacio y los otros secuestrados estaban hacinados— Betancourt los recibió con displicencia. Ella misma fue a hablar con Martín Sombra, el comandante guerrillero encargado de custodiarlos, y le dijo que sospechaba que los tres estadounidenses eran agentes de la cia y que era necesario registrar todas sus pertenencias. Betancourt también pidió que los instalaran lejos de ella, pues temía que el ejército estadounidense intentara rescatarlos y que su vida corriera peligro. “No los ponga bajo el mismo techo, déjelos afuera al lado de la basura, porque no tenemos espacio para ellos”, ordenó a los guerrilleros, según la versión que Stansell le dio al diario El Tiempo.

El libro da una imagen devastadora de Betancourt. Sus autores cuentan situaciones que, de ser reales, hablan muy mal de la colombiana. Relatan, por ejemplo, que los guerrilleros les permitían tener un pequeño radio para que no se sintieran aislados. Pero en una ocasión, por cuestiones de seguridad, se los quitaron: “El día en que las farc llegaron para quitarnos los radios vi cómo Ingrid se metía uno de los pequeños radios transistores en su bota. Todos esperábamos que ella nos pusiera al corriente de lo que escuchaba sobre cómo se desarrollaba todo en Colombia y que nos transmitiera cualquier mensaje de nuestros familiares, pero no hizo nada de eso”. Stansell narra otro incidente relacionado con un diccionario, la única lectura que tenían permitida en el campamento: “Cada día me llevaba el diccionario y me separaba del grupo para leerlo. Todo parecía bien, y nadie tenía problemas con mi pequeña rutina. Entonces, un día, busqué el diccionario y no estaba. Ingrid lo tenía”.

Las situaciones son, por momentos, confusas. Además los tres estadounidenses plantean versiones contradictorias sobre Betancourt. Marc Gonsalves la describe como una mujer fuerte y brillante. Cuenta cómo, incluso, llegaron a tener una relación amorosa: “Yo quería reunirlos y anunciárselo a todos: Ingrid y yo nos sentimos atraídos el uno al otro”, escribe. Mientras que los otros dos, Howes y Stansell, se ensañan con ella.

Una de las revelaciones más polémicas de Out of Captivity, tiene que ver con otra supuesta relación sentimental de Betancourt durante el cautiverio. Cuando llegaron al campamento, los tres estadounidenses se encontraron con que la colombiana era pareja de Luis Eladio Pérez. Él, desde luego, no quiere comentar nada sobre el tema: “Es mi vida privada, y eso sólo me importa a mí y a mi familia”, me dice enérgico. Sin embargo su mujer, Ángela, confirmó en una entrevista reciente con El Tiempo que los rumores eran ciertos. Pero confesó que ella ya había perdonado a su esposo: “Yo no podré jamás juzgar a Luis Eladio por cuenta del infierno en el que le tocó vivir. Para el ser humano, cuando tiene que pasar unas pruebas semejantes, una mano calurosa, una sonrisa, se convierten en cosas imprescindibles para sobrevivir. Así he intentado entender lo que pasó con mi esposo”.

El matrimonio de Betancourt, en cambio, no sobrevivió. Juan Carlos Lecompte, su segundo esposo, apenas ha podido intercambiar unas cuantas palabras con ella desde su liberación. “No he podido hablar al detalle con ella, pero el amor se puede perder en la selva, estar sometido a humillaciones y maltrato pueden crear sentimientos inesperados”, le dijo al diario El Espectador. Betancourt conoció a Lecompte cuando regresó a vivir a Colombia después de haber pasado varios años en París, donde su padre, Gabriel Betancourt, trabajaba como embajador ante la unesco. Allá estudió en Sciences Po, como se conoce al prestigioso y elitista Instituto de Ciencias Políticas de París. También se casó con el diplomático francés Fabrice Delloye, en 1981, y tuvo dos hijos: Melanie y Lorenzo. Cuando Betancourt decidió regresar a su país de nacimiento —en 1989, tras el asesinato del líder liberal y candidato presidencial Luis Carlos Galán—, se separó de su esposo francés, pero mantuvieron una relación muy amigable. Después de su liberación, no obstante, se han distanciado. “Es un poco violento”, le comentó Delloye a la revista Marianne. El hombre, que es embajador en Costa Rica, confesó que su contacto se ha reducido a algunos esporádicos mensajes de texto.

La relación con Lecompte también terminó abruptamente. Desde el día del secuestro él comenzó una intensa campaña para la liberación de su mujer. Se tatuó una imagen de su rostro en el brazo izquierdo y mandó hacer varios carteles de tamaño natural con una foto de ella. También alquiló una avioneta en la que sobrevoló las regiones donde se creía que Betancourt estaba y desde el aire lanzó cientos de fotos de Melanie y Lorenzo, con la esperanza de que ella recibiera alguna. Sin embargo, cuando Betancourt fue liberada, Lecompte se llevó una sorpresa. Apenas se vieron unos minutos y ella le dijo que sólo quería estar con sus hijos y su madre. El pasado 16 de marzo, Lecompte decidió contra demandar alegando incumplimiento de los deberes conyugales de su esposa. Me comuniqué con él, pero no quiso dar su versión. Me dijo que estaba pasando por serios problemas familiares y que no quería hablar más del tema.

Todo parece indicar que Betancourt quiso romper con su pasado sentimental. Y cortar relaciones con los hombres que hicieron parte de su vida antes y después del secuestro. Por supuesto algunos ya se han precipitado a inventar nuevos romances. En enero de este año, para no ir más lejos, la revista Caras publicó unas fotos tomadas durante las vacaciones de Betancourt y su familia, en Miami Beach. Dos cosas sorprendieron de esas imágenes: el cuerpo espectacular de la ex rehén y su compañía. En varias de las fotos aparece muy cerca de un hombre desconocido. La actitud afectuosa entre los dos estimuló la imaginación de la gente. Sin embargo, al poco tiempo, la fantasía se derrumbó: el hombre resultó ser Francisco Dueñas, un primo lejano con el que, parece ser, Betancourt tiene una relación sumamente cariñosa.

***

Muy pocas figuras políticas latinoamericanas llegan a ser conocidas en Europa. Betancourt es una de ellas. Sin embargo, la imagen idealizada que se hicieron los europeos contrastaba con la que tenían los colombianos. Como ocurrió cuando Semana publicó una portada en la que criticaba las ínfulas mesiánicas de la entonces senadora Betancourt con un montaje de su cabeza sobre el cuerpo de Juana de Arco. Los medios franceses no entendieron la ironía del montaje y simplemente lo registraron como una prueba más de que Betancourt era percibida como una Juana de Arco tropical.

También empezaron a llamarla la candidata de “los verdes” como si se tratara de una ecologista europea, lo que nunca fue cierto. La confusión se debió a una mala traducción —que luego fue hábilmente capitalizada— del nombre de su movimiento político: Oxígeno. Un floricultor colombiano, que ya falleció, me contó hace unos años que colaboró en la financiación de la primera campaña de Betancourt al Senado. A cambio, ella le ayudó a aprobar una ley sobre patentes de variedades vegetales que él, como representante en Colombia de varios hibridadores europeos, necesitaba. Este tipo de leyes que favorecen a grandes multinacionales productoras de variedades genéticamente modificadas, no son bien vistas por los activistas verdes.

La publicación de su primer libro, La rage au coeur (La rabia en el corazón, 2001), contribuyó a que su fama aumentara. El libro, escrito en francés, era una especie de autobiografía en la que Betancourt narraba su trayectoria política. Contaba cómo, junto a los parlamentarios María Paulina Espinosa, Guillermo Martínez Guerra y Carlos Alonso Lucio, formó un bloque que se conoció como “Los cuatro mosqueteros”, que pretendía luchar contra la corrupción. O como, en 1997, en medio de una convención del liberalismo acusó a varios políticos de ser mafiosos y fue abucheada. El libro denunciaba la corrupción en el gobierno del entonces presidente Ernesto Samper quien, supuestamente, recibió dinero del narcotráfico para financiar su campaña. La rage au coeur se vendió muy bien en Francia, pero en Colombia fue destrozado, pues su autora se presentaba como la única política honesta del país.

Después del secuestro, la familia continuó con una campaña mediática que exaltaba la figura de Betancourt, pero que, en ciertas ocasiones, dejaba mal parado al gobierno de Colombia. Recuerdo haber visto a Melanie Delloye, la hija mayor, en algún programa de televisión francesa, diciendo que el presidente Álvaro Uribe impedía la liberación de su madre. Decía que a Uribe no le convenía que Betancourt estuviera libre pues ella había denunciado sus supuestos vínculos con paramilitares y, además, sería una temible contrincante en las siguientes elecciones.

Los medios europeos aprovecharon la confusión para inventarse un personaje ficticio, que vendía muy bien. Describían a Betancourt como una idealista, defensora de los valores democráticos más avanzados. Mientras que en Colombia se sabía, por ejemplo, que había sido parte de los llamados “conspiretas”, un grupo que a mediados de 1995 se reunió en secreto con Myles Frechette, el embajador de Estados Unidos en Colombia, para pedirle que aprobara un golpe de Estado contra Samper. “Existen dos Ingrids. Una es el personaje que ella misma se inventó en su libro, una especie de heroína que se enfrentaba a la corrupción y el narcotráfico. La otra es la real, la que conocemos en Colombia, que no fue más que una congresista normal”, me dice Duzán.

Para Jacques Thomet, ex corresponsal de la afp en Colombia y autor de varios libros sobre Betancourt, la cercanía de la colombiana con altos mandos del gobierno francés fue definitiva. Según él, toda la importancia que se le dio a su secuestro en Francia se debió a su cercanía con personajes claves del gobierno. Como Dominique de Villepin, entonces ministro de Relaciones Exteriores de Francia, quien fue profesor de Betancourt en Sciences Po y uno de sus mejores amigos. Thomet está convencido de que ese “asunto afectivo” movió toda la política exterior francesa. “Ese conflicto de intereses era doble pues Daniel Parfait, el embajador de Francia en Colombia, se convirtió en amante de Astrid Betancourt (la hermana de Ingrid)”, dice indignado. Gran parte de la teoría de Thomet —que por momentos es un tanto obsesivo— está expuesta en su blog y en sus dos libros: Affaire de coeur ou raison d’État y Les secrets de L’Opération Betancourt, que pronto será editado en Latinoamérica por Planeta.

Thomet —que fue demandado por la familia Betancourt por calumnia— también menciona el caso de Aida Duvalier, otra ciudadana colombo-francesa que fue secuestrada por el Ejército Popular de Liberación (epl) en 2001. El periodista sostiene que el gobierno de Francia no hizo nada por rescatar a esta mujer que estuvo retenida al mismo tiempo que Betancourt. De hecho, Duvalier murió en cautiverio y sus restos fueron hallados en 2006.

***

El recibimiento en Francia es cada vez menos cálido. Ya pocos se acuerdan de la enorme foto de Betancourt que colgaba de la fachada de la alcaldía de París. O cuando los parisinos salían a las calles a marchar por su liberación. Su nueva imagen ya no concuerda tanto con sus ingenuos ideales románticos y revolucionarios. Su Juana de Arco se extravió y es el momento de buscar una nueva heroína en apuros en el tercer mundo. Florence Cassez, la francesa que está presa en México acusada de secuestro, parece ser la candidata ideal.

Además de los desaires con los miembros de su fundación, a los franceses les molestó la cercanía de Betancourt con el poder, su decisión de no regresar a Colombia a luchar por los pobres y desvalidos campesinos y su entrega religiosa. La prensa la atacó sin misericordia por su visita y sus elogios a Benedicto xvi. Ni siquiera sus hijos —que cumplen al pie de la letra con el arquetipo del francés educado, laico y de izquierda— la quisieron acompañar a su encuentro con el Papa en septiembre en Castel Gandolfo.

La desilusión también se apoderó de algunos funcionarios que trabajaron por su causa. Noël Saez, un ex militar y diplomático, fue el encargado de negociar con las farc desde 2001. Él tenía la misión de impulsar y facilitar el acuerdo humanitario. Su trabajo se acabó el día del rescate de Betancourt, y Saez se quedó esperando un agradecimiento que no llegó. “No hubo la más mínima señal de su parte, ningún encuentro, ninguna llamada. Ella se ha olvidado de algunos, los más pequeños, los más expuestos, los que han tomado más riesgos”, dijo durante la presentación de su libro L’émisaire, a principio de este mes.

Pero quizá no se puede culpar a Betancourt por la decepción de los demás. En Francia se tejió un mito sobre una persona que no existía y nadie hizo nada por desmentirlo. “La imagen de la Ingrid de antes del secuestro evocaba algunos aspavientos de mayo del 68 francés, la de después de la liberación remitía a la elegancia estática de Jacqueline Kennedy. Como todos los fenómenos mediáticos (e Ingrid Betancourt lo es en un grado difícil de superar), despide un magnetismo que viene de todas las partes de su ser y de ninguna, quizá por eso provoca adhesiones extraordinarias y rechazos exagerados, que en la mayoría de las ocasiones carecen de base racional”, escribió Juan José Millás en El País. También es cierto que Betancourt pasó de estar siete años en la selva a codearse, de un momento a otro, con los más poderosos y a ser una celebridad mundial. Aún no ha tenido tiempo para decantar lo que le ocurrió y tal vez sea muy pronto para exigirle que lo haga. Como me dice Piedad Córdoba: “Entre todo lo que se ha dicho de Ingrid últimamente hay mucho de desquite, de la gente que estuvo involucrada en el proceso y tiene resentimientos con ella. Por eso creo que lo mejor es no opinar sobre sus decisiones”.

Tampoco es prudente especular sobre su futuro. Se sabe que está trabajando en su fundación en absoluto secreto. Nadie sabe nada al respecto. La coordinadora del proyecto Marie Duvall —que en realidad se llama Cristina Laranjeira y que utiliza un alias por seguridad— no quiere revelar nada. Así mismo se sabe que a final del año saldrá publicado su libro. Nadie sabe sobre qué escribirá Betancourt pero, no cabe duda, dará mucho de qué hablar. Un editor parisino le dio un adelanto de 500 mil euros y ya varios productores de cine se pelean por los derechos del texto.

El gran enigma, para mí, es qué pasa por su cabeza. “Yo sigo sintiendo rabia. Es una rabia de no resignarme frente a lo que creo que es injusto. Pero también tiene que ver con una reflexión que no había hecho antes del secuestro y es ¿en qué país quiero vivir yo? Es decir: cuál es la Colombia que a mí me entusiasma, cuál es el futuro que yo quiero. Y veo en este momento un país que a mí me duele. Un país lleno de odio, por culpa de un sistema injusto. Y por eso también es mi repugnancia a hacer parte de ese sistema”, me responde cuando la pregunto por la rabia en su corazón.

En una carta que escribió durante uno de los peores momentos de su secuestro, en octubre de 2007, Betancourt decía que había perdido las ganas de vivir. “No tengo ganas de nada. Y creo que es lo último que está bien. No tener ganas de nada. Porque aquí en la selva, la única respuesta a todo es ‘No’. Es mejor entonces, no querer nada para quedar al menos libre de deseos”, escribió. Ahora me parece imposible que la mujer entusiasta que tengo al frente, hubiera tenido semejantes ideas. Le pregunto si recuperó el deseo de vivir y si le quedan ganas de hacer cosas. “¡Tengo deseos de todo!”, me responde con una inocencia conmovedora. A sus 47 años tiene claro lo que quiere: “Obviamente lo que más deseo es vivir. Recuperar el tiempo perdido”.

Lazos de sangre

Publicado: 3 febrero 2009 en Alberto Salcedo Ramos
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Cuando Edinson Márquez compareció en el campamento central del frente guerrillero Resistencia Guamocó, en marzo de 2005, estaba muerto del susto. Sabía que un llamado perentorio del comandante a tan altas horas de la noche, era indicio de que ocurría algo muy grave. Y así lo confirmó en cuanto llegó a la cita y se encontró con la mala noticia de que José Atilano Márquez, su hermano mayor, se había incorporado a las Autodefensas Unidas de Colombia – AUC –. Edinson, reclutado por las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia – FARC – dos años atrás, sabía de sobra que cuando los combatientes tienen parientes cercanos en el bando enemigo, son sometidos a una fiscalización inclemente. Por eso consideró normal la actitud recelosa del jefe, que le exigió enumerar las razones por las cuales su hermano fue a parar a ese grupo armado, y luego aclarar por qué ocultó un dato tan importante. Edinson entendía que la respuesta más urgente era la segunda. Así que la abordó de entrada: ¿cómo iba a contar la situación de José Atilano, si apenas en ese momento – lo juraba por la cruz de Cristo – estaba conociéndola? Además, la comunicación con su familia se encontraba rota desde el día en que él llegó a las FARC. Si debido a la guerra había perdido el rastro de su madre, la persona a la que más quería en el mundo, era lógico que también ignorara el destino del resto de su parentela. En cuanto al primer punto – agregó con voz firme – la contestación también se caía de su propio peso: él carecía de la información necesaria para explicar la decisión de su hermano.

El jefe movió la cabeza en señal de aprobación. Sin embargo, Edinson vio con claridad que no existían motivos para tranquilizarse. A partir de ese momento – se dijo – sus días en el monte se volverían tortuosos. Ser objeto de desconfianza en la guerrilla le crispa los nervios al más templado. Genera zozobra, desestabiliza. Y hay algo todavía peor: en la práctica, esa suspicacia de los superiores es una guillotina que pende constantemente sobre la cabeza de la persona vigilada. Cualquier actitud dudosa puede precipitar la caída letal de la cuchilla contra el cuello. Estar en entredicho es como estar muriéndose: sometido al escrutinio hostil de su comandante, el sospechoso tiene ya aspecto de culpable. A menudo es sentenciado a fusilamiento sin derecho a apelación.

En medio de la angustia, lo único que le proporcionaba a Edinson un poco de alivio era el hecho cierto de que él, definitivamente, no tenía nada que ver con la decisión de José Atilano, y tampoco había cultivado jamás ningún tipo de relación indebida con “los paracos” –como se les llama en Colombia a los grupos paramilitares de extrema derecha–. Cualquiera que hurgara sus andanzas comprobaría que, en ese sentido, él era un guerrillero íntegro. El problema era otro: Edinson, que entonces se encargaba de cobrar las extorsiones en la región, solía exigirles a los ganaderos y empresarios cantidades superiores a las establecidas por el campamento central, para robarse el excedente. Gracias a la buena reputación de que gozaba al interior del grupo, podía permitirse tamaña infracción sin correr peligro, ya que nadie andaba detrás de él revisando sus acciones con lupa. Pero a partir de aquella noche de marzo de 2005, seguramente habría muchos ojos fisgones siguiéndole los pasos. Edinson era consciente de que si se descubrían sus fraudes, moriría ametrallado contra una empalizada o colgado en la rama de un cedro.

En esas cavilaciones se encontraba cuando oyó la voz del comandante.

—¿Usted sabe lo que le tocaría hacer si algún día se tropieza con su hermano?

Edinson enterró la mirada en el suelo. Se quedó callado. Así permaneció –calcula– durante unos diez segundos. De pronto, el comandante lo tomó por los hombros y lo sacudió con fuerza. Esta vez la conminación fue más cortante.

—¡Conteste, carajo! ¿Lo mataría o no lo mataría? Entonces, por fin, Edinson levantó la mirada y asintió con la cabeza. El comandante también movió el rostro en sentido afirmativo. Luego, con un ademán despectivo de la mano, le ordenó que se retirara.

Esa noche, en su “guindo” –carpa, en jerga guerrillera–, Edinson se volvió un amasijo de espantos. Temía que probaran su lealtad exigiéndole ir vestido de civil a su casa paterna, cuando José Atilano se encontrara de descanso, para acuchillarlo por la espalda. Se figuraba un combate a campo abierto en el cual tanto él como su hermano iban en las filas delanteras, y apenas se topaban se disparaban mutuamente. Cada idea que se le cruzaba por la mente era más terrorífica que la anterior: se imaginaba decapitaciones, descuartizamientos, rostros desfigurados, cadáveres hinchados flotando en un río. Hubo un momento en que se le apareció el rostro de su madre bañado en llanto. En la pesadilla lloraba él también, abrazado a su hermana Darlys. Edinson desvariaba despierto, pues la fiebre que padecía desde hacía varios días, consecuencia de una severa leishmaniasis, le impedía conciliar el sueño. Le pesaban los párpados, le trepidaban las sienes. Palpó con intranquilidad la úlcera que tenía debajo del codo izquierdo, donde le había picado el bicho que le transmitió la enfermedad. Era una llaga hedionda y llena de babaza. Al tocarla, Edinson sintió una punzada en todo el brazo. Pensó en la posibilidad de sacar su navaja suiza y rebanarse de un solo tajo el pedazo de piel infectada, pero le faltó valor. Se decidió, entonces, por la misma cura ordinaria que aprendió un año atrás, cuando sufrió leishmaniasis por primera vez: se embutió en la herida la pólvora que le extrajo a una bala de su fusil y, a continuación, le prendió fuego con un fósforo. Para resistir el dolor, mordió un trapo enrollado.

Minutos después, mientras se envolvía en una manta gruesa para sudar la fiebre, se preguntó si tendría algún sentido seguir en la selva. Sobre el particular, dedujo que su suerte no le importaba a nadie en la guerrilla. Si el comandante del frente lo había hecho salir de su rancho a media noche, a sabiendas de que llevaba varios días enfermo, fue porque juzgó que él no se merecía ni la más mínima consideración. El menosprecio resultaba insignificante comparado con los riesgos que correría en el futuro. ¿Valía la pena asumirlos? La respuesta se le antojó negativa. Además, él contaba apenas dieciocho años. Podría conseguirse una buena oportunidad de trabajo en otro lugar, donde los zancudos no se ensañaran en su contra, donde la muchacha que le gustaba no fuera “ranguista” – es decir, de esas que sólo se fijan en los guerrilleros de alto rango – y donde nadie lo obligara a matar a ninguno de sus hermanos. Aquella noche, la más larga de su vida, Edinson empezó a planear su retiro de la guerrilla. Sabía que el jefe le negaría la baja y que, en consecuencia, le tocaría desertar a la brava. En ese lance se jugaría la cabeza – se dijo – pero prefería morir como un traidor de las FARC antes que matar a un hombre salido del vientre de su propia madre.

***

Aquella tarde de mediados de 2005, diez hombres armados del Bloque Central Bolívar, perteneciente a las Autodefensas Unidas de Colombia –AUC–, caminaban por un sendero fangoso. Pretendían apostarse antes del anochecer en las inmediaciones de un barranco, por donde, según se rumoraba, solían transitar milicianos del Frente Cimarrones del Ejército de Liberación Nacional –ELN–. La idea de los paramilitares era ocultarse en el follaje, para ametrallar a mansalva a los guerrilleros en cuanto asomaran sus narices por aquel paraje. A sus treinta años, José Atilano Márquez, uno de los patrulleros comisionados para dar el golpe, participaba por primera vez en una tarea de combate. Lo hacía por razones de fuerza mayor, debido a que varios integrantes del bloque con experiencia en este tipo de misiones bélicas, habían sido enviados a custodiar la finca en la cual se refugiaba un poderoso cabecilla nacional de las AUC. Cuando se normalizara la situación, volvería al cargo de cocinero, que ostentaba desde el momento en que ingresó al grupo, en febrero de 2005. Pero aquella tarde no se encontraba allí para sazonar las ancas de una novilla sino para disparar contra un lote de combatientes enemigos. A medida que la fila se acercaba al sitio convenido, Márquez se sentía más asustado. Temía tropezar con una de las muchas minas antipersonales que, según se decía, estaban sembradas en la zona. Por eso marchaba en la parte de atrás, evitando pisar en los bordes de la trocha.

José Atilano Márquez apreciaba su papel de cocinero. Ante todo, porque en esa posición, prácticamente, resultaba imposible que se enfrentara a Edinson, su hermano menor, vinculado a las FARC desde hacía dos años. Mientras permaneciera resguardado en el rancho, existían escasas posibilidades de que muriera en combate o destrozado por una mina terrestre. Además, frente al fogón era invisible tanto para la guerrilla como para la población civil, y él sabía muy bien que, en la guerra, mostrar la cara equivale a poner el pecho en la mira de los enemigos. El combatiente reconocible se granjea un montón de odios que lo vuelven vulnerable. Y encuentra problemas por donde quiera que se mueve: encargos complicados, presión de los jefes, dificultades en el terreno. El temperamento apacible de Márquez no le permitía resistir tales apremios ni se compadecía con las atrocidades del conflicto. Por eso, él se sentía mejor revolviendo el sancocho con el cucharón que alineado en aquella caravana que se aprestaba a tenderles una emboscada a los guerrilleros. La tropa continuaba su marcha por el atajo encharcado, bajo las primeras sombras de la noche.

Dos días atrás, cuando se enteró de que participaría en la operación contra el ELN, José Atilano fingió serenidad aunque se ahogaba de miedo. Esa noche se agolparon en su memoria varias de las escenas dantescas presenciadas por él desde cuando arribó a las AUC. Recordó, por ejemplo, la tarde en que trajeron a un combatiente levantado en andas, debido a que una bomba le había descuajado los testículos. Recordó al paramilitar que cortejaba a las mujeres de sus compañeros y que una mañana, misteriosamente, apareció muerto en su catre con un clavo enterrado en la frente. Recordó también algunas de las historias de horror contadas por los patrulleros mientras almorzaban en el rancho: la del viejo ganadero que, por resistirse al chantaje, recibió un castigo bárbaro: primero le arrancaron las plantas de los pies y luego lo obligaron a caminar sobre la arena caliente. La del ladronzuelo al que le extirparon los ojos por robarse unas gafas de sol. La del profesor que fue forzado a comerse veinte barras de tiza, supuestamente por incitar a sus alumnos al comunismo. De todos esos relatos, el que más impresionaba a José Atilano era el que detallaba los trucos que utilizaban los verdugos para impedir que las víctimas fueran identificadas: les rajaban las barrigas con un cuchillo de carnicero, les sacaban las vísceras, las rellenaban con piedras, las cosían con agujas de enfardelar costales y, al final, las arrojaban al río. De ese modo garantizaban que los cadáveres se hundieran hasta el fondo. Cuando salían a flote, muchísimos días después, estaban lacerados por los mordiscos de los peces y eran irreconocibles.

La tarde no había terminado de oscurecerse cuando los hombres armados del Bloque Central Bolívar llegaron al barranco en el que se iban a parapetar para sorprender a los guerrilleros. De repente, mientras se aprestaban a tomar sus posiciones, fueron acometidos por una ráfaga de plomo.

—¡Caímos en una trampa! – gritó alguien, angustiado.
—¡Al suelo, al suelo! – exclamó otro compañero.

Después, José Atilano no oyó más voces sino únicamente el tableteo de las ametralladoras. Entonces, por puro instinto, se arrojó a una cuneta. Allí permaneció acurrucado en posición fetal durante varios minutos. Cuando cesaron los disparos, siguió tirado en el piso, inmóvil. Temía que todos sus compañeros hubiesen sido exterminados y él fuera el único sobreviviente. ¿Qué haría en ese caso?, se preguntó. ¿Para dónde se iría? ¿Y si los francotiradores continuaban agazapados en la espesura, esperando que él asomara la cabeza para desbaratársela a punta de balazos? De cualquier modo, Márquez salió de su escondite. Y se encontró con un panorama menos malo de lo que presumía: sólo dos de sus camaradas estaban heridos, el uno en un tobillo y el otro en una mano. Este último, que apenas contaba dieciséis años, sangraba copiosamente y soltaba unos alaridos de espanto. Tenía la mano triturada, como si la hubiese metido en un molino eléctrico. Murió al poco tiempo, desangrado. Fue sepultado allí mismo, en una fosa improvisada al pie de un almendro. El otro lesionado fue cargado en andas hasta el campamento. Esa misma semana le amputaron la pierna y, meses más tarde, le instalaron una prótesis.

Márquez pasó la noche en vela. Estaba aterrado, triste. Quería desertar pero sabía que le faltaban agallas para dar ese paso. Fugarse equivalía a firmar su sentencia de muerte. Mejor – se dijo – aguantaba hasta donde le fuera posible. Por fortuna, el comandante del bloque le había asegurado que jamás lo enviaría en una misión en la que existiera el riesgo de tropezarse con su hermano guerrillero. Esa noticia le procuraba un cierto alivio. Pero entonces recordó al muchacho de dieciséis años al que vio desangrarse con la mano vuelta añicos, y sintió que definitivamente sería incapaz de resistir tanta angustia.

***

Ana Toribia Martínez, la madre de José Atilano y Edinson Márquez, aparenta por lo menos diez años más de los sesenta y cuatro que tiene. Su cabello ralo y entrecano, trincado en la coronilla con una peineta de carey, luce maltratado. Ella lo acicala de vez en cuando con los dedos de la mano derecha. Se ve postrada, ojerosa. Lleva un traje gris de popelina ceñido a su cuerpo enjuto. Pies descalzos, uñas rocosas, talones cuarteados. Mientras camina por el patio colmado de limoneros, guayabos ácidos, mangos y cocoteros, se queja de lo mala que ha sido su vida.

—Mala, señor, mala – remacha después, al tiempo que arranca una hoja de limón.

Ahí donde la ven, dice, el único alimento que ha consumido hoy es un café con leche que le regaló la vecina. ¡Y eso que ya son las tres de la tarde! Lo peor es que ignora cuándo volverá a probar bocado, porque aún restan muchos días para que a Edinson y a José Atilano les llegue la ayuda que les da el gobierno por haberse acogido al programa de reinserción a la sociedad civil. Le tocará matar otro pollo, agrega con resignación. Y en seguida se dedica a masticar la hojita que le arrancó al limonero. Ana Toribia cuenta que en el pasado llegó a acumular en su patio hasta cien pollos de engorde. Los cebaba con el afrecho que le obsequiaban varios tenderos del pueblo y, cuando crecían, los sacrificaba y los vendía despresados. No se volvía millonaria pero por lo menos aseguraba el cubrimiento de sus gastos básicos y, además, adquiría una nueva camada de pollos pequeños que le permitían garantizar la continuidad del negocio. Siempre estaba ocupada, siempre tenía ánimos para despertarse por las mañanas. En cambio ahora sufre mucho cuando, al amanecer, debe levantarse de la cama a luchar contra sus eternos problemas: el hambre, la falta de plata, las dolencias. Si contara siquiera con unos cincuenta pollos grandes – repite, obsesiva – haría un mercado que le alcanzaría para una semana. Pero en el patio solo le quedan veinte pichones flacos que con seguridad no le interesarían a ningún comprador. Así que seguirá comiéndoselos al menudeo hasta que se acaben. Después de eso, quién sabe qué pasará. Quizá su vida sea entonces peor de lo que ha sido, dice, con un gesto amargo. O quizá Dios se apiade de ella y le conceda otra oportunidad.

Ana Toribia agarra un cascajo del suelo y lo avienta contra sus tres perros, que están disputándose a dentelladas una blusa de bebé. Los animales se dispersan por el patio, largando una andanada de ladridos histéricos. Ana Toribia recoge la camisita, que quedó desgarrada y mugrienta, y la cuelga en una cuerda. A continuación informa que antes los ricos del pueblo le daban trabajo como lavandera, pues cuando ella lava – y no es por envanecerse, señor – la ropa se ve tan limpia que parece nueva. Pero ahora ya no la tienen en cuenta, dizque porque está muy vieja. ¿Acaso la ven tullida o manca? ¡Ella se echa encima un montón de oficios caseros, señor, desde cortar leña, que es cosa de hombres, hasta barrer y planchar! Ana Toribia cree – y lo dice con una mueca irónica – que sus antiguos patrones empezaron a apartarla cuando supieron que era madre de dos combatientes, uno de la guerrilla y otro de los paramilitares. La aislaron de un solo porrazo, como si la creyeran portadora de una peste contagiosa. O como si fuera ella la que cargara el fusil al hombro. Deberían saber, caramba, que los muchachos tomaron el mal rumbo a escondidas, sin consultarle, porque eran conscientes de que ella jamás los respaldaría. Si alguien ha padecido en carne propia las consecuencias de esa decisión, ha sido ella, precisamente: perdió la tranquilidad y quedó estigmatizada. Se volvió enfermiza, señor, con esa vida tan mala. Sufrió durante muchas noches interminables pensando que sus hijos podrían matarse entre sí o ser asesinados por cualquier otra persona. Aunque ambos salieron del conflicto y regresaron a la casa, los problemas continúan: ningún ex combatiente, por muy ajuiciado que esté, puede darse el lujo de andar por ahí libremente, porque la participación en la guerra deja unas enemistades feroces que perduran en el tiempo. Hasta ella, que jamás le ha hecho daño a nadie, se encuentra amenazada de muerte, pues en las FARC creen que indujo a Edinson a desertar. Así que sus días transcurren en medio del temor. Y, para colmo de males, siente un ardor en el estómago debido al hambre. En este punto regresa, porfiada, a una de sus primeras preocupaciones de la tarde:

—¡Cómo están de flacos esos pollos!

Ana Toribia camina ahora hacia la sala. Lo único parecido a un mueble que hay allí es el esqueleto de hierro de un viejo sillón de barbería. Apenas la armadura, carcomida por el óxido, sin fondo donde sentarse, sin espaldar. Hay, además, un televisor prehistórico en blanco y negro, montado sobre una mesa de patas torcidas que luce a punto de desmoronarse. Sobre el cascarón de una nevera inservible devorada por la herrumbre, reposa otro cachivache: el vaso de una licuadora desechada. Diríase que los utensilios de este lugar fueron encontrados entre las ruinas de un desastre antiguo. La casa cuenta tan solo con dos alcobas: en la más pequeña duerme José Atilano y en la otra se amontonan como pueden Edinson, su mujer y su hijo Aldair, así como Darlys – la menor de la familia Márquez Martínez – su hijo Juan Camilo y la propia Ana Toribia. El cuarto de José Atilano es oscuro y tiene el techo repleto de goteras. Cuando llueve por la madrugada – advierte Ana Toribia – él debe salir corriendo a acostarse en el piso de la sala. La colchoneta, de poco espesor, baila de un lado a otro sobre las tablas, ya que es mucho más angosta que la cama. Siempre fueron pobres, dice, pero hubo un tiempo en que eso no era problema: vivían como custodios en una finca donde había todo lo necesario para la subsistencia: la leche, la yuca y, por supuesto, los pollos de engorde. Nadie sufría penurias, nadie andaba muerto de miedo. La situación empezó a cambiar una noche en que llegaron varios hombres armados buscando al dueño de la hacienda para matarlo. Los tipos regresaron al otro día y luego siguieron volviendo los días siguientes, siempre equipados con fusiles, siempre amenazantes. Algunas veces tendían sus hamacas para dormir la siesta en el rancho y hasta ordenaban que les sacrificaran una novilla del patrón para comérsela allí mismo, delante de los atemorizados anfitriones. Entonces, a Ana Toribia y a su prole no les quedó más alternativa que abandonar aquella tierra. Deambularon por varios lugares sin amañarse en ninguno, hasta que se establecieron en El Bagre, un pueblo del Bajo CAUCa antioqueño, localizado a unos doscientos ochenta kilómetros de Medellín, la capital del departamento.

En El Bagre, municipio de sesenta mil habitantes bañado por los ríos Nechí y Tigüí, la situación siempre ha sido peligrosa, como en las demás poblaciones del Bajo CAUCa. La riqueza aurífera de sus tierras y el hecho de ser un corredor estratégico para el tráfico de drogas, convierten a esta región en el foco de una disputa sangrienta entre los grupos armados al margen de la ley. En el área operan frentes de la guerrilla de las FARC y el ELN y bloques de las Autodefensas Unidas de Colombia. Es común que ocurran asesinatos, balaceras o secuestros en la vía pública, incluso a plena luz del día. En esa atmósfera terrible donde la violencia es algo cotidiano, se formaron los nueve hijos de Ana Toribia Martínez con Ismael de Jesús Márquez. El marido, por cierto, no se amañó en El Bagre y por tal razón consiguió trabajo en otra finca, donde vive todavía. Desde cuando se fue, sus visitas al pueblo han sido esporádicas. Ana Toribia, por su parte, admite que sus ocupaciones como lavandera a destajo la obligaron a permanecer mucho tiempo ausente de su casa, justamente cuando los muchachos estaban creciendo.

Ana Toribia empieza a barrer el piso rugoso de la sala. Mientras arrastra con el escobajo una lagartija muerta, cuenta que José Atilano nació el catorce de enero de 1975. Desde pequeño ha sido callado y tranquilo, dice. Los amigos de infancia le rogaban para que saliera a divertirse con ellos, pero él prefería quedarse encerrado en el cuarto todo el día, distrayéndose con varias tapitas de gaseosa. Solitario, taciturno. Solo asistió durante dos años a la escuela primaria. Allí jamás se metió en líos. Era tan medido que se negaba a jugar fútbol en la clase de educación física, con el argumento de que se le podían dañar los zapatos y eso perjudicaría a sus padres, que eran muy pobres. En cambio Edinson, nacido el diecinueve de marzo de 1987, fue malgeniado y problemático desde chiquito. Cuando apenas era un bebé, armaba unas pataletas memorables cada vez que sentía hambre y no tenía a la mano su biberón. Se chupaba los brazos hasta llenárselos de moretones, berreaba como si lo estuvieran torturando. En primero elemental le enterró un lápiz en la barriga a un compañero que se burló de él. En tercero, su último año en la Escuela 20 de Julio, descalabró con una piedra a un chico apodado “Curramba”, que le había escondido una regleta. A diferencia de José Atilano, era indolente: extraviaba los bolígrafos, destruía los cuadernos. Lo cierto es que ninguno de los dos se interesó en el estudio. Y en el fondo, sus padres tampoco querían que ellos se ilustraran. Para la familia Márquez Martínez, como para tantas otras familias campesinas de Colombia, la educación es un proyecto demasiado azaroso: demanda una inversión muy grande de tiempo y dinero – piensan–, y nadie les garantiza que al final del proceso se vean los frutos. En cambio, la práctica de un oficio frecuente en la región – como el ordeño, o la conducción de lanchas, o la tala de malezas – produce unos resultados tangibles e inmediatos. Quien corta una carga de leña hoy, asegura en seguida el desayuno de mañana. Eso de pasarse veinte años gastando y sin cobrar, es un lujo que los pobres no se permiten, señor.

De modo que José Atilano y Edinson, así como los demás hijos de Ana Toribia, empezaron a sudar la gota gorda desde la infancia. Los siete varones arreaban ganado, alambraban tapias y buscaban oro en las riberas de los ríos. Y las dos hembras laboraban ocasionalmente como empleadas domésticas. Sin embargo, la situación en la casa seguía siendo lastimera, pues la paga de esas faenas temporales se evaporaba muy pronto entre tanta gente. Además, no siempre había trabajo para todos.

—Pasábamos mucha hambre, señor – dice ahora Ana Toribia, mientras recuesta el escobajo contra la pared.

Aparte de padecer los rigores de la miseria, vivían aterrorizados frente a la barbarie: un día era asesinado un político en el parque central y al día siguiente eran masacrados varios mecánicos en un taller de los extramuros. Los verdugos de cada bando bregaban por imponer a la brava sus códigos de guerra. El que controlaba el territorio con base en la fuerza, establecía las reglas de juego. Decidía, por ejemplo, a qué horas se cerraban los bares o qué tan largo debían llevar los chicos el cabello. Fijaba el monto de las extorsiones, ordenaba destierros. Estas acciones criminales se facilitaban debido a la negligencia del Estado. Cundían los secuestros, las venganzas, el sálvese quien pueda. La población civil, atrapada en el fuego cruzado, padecía, impotente, los atropellos aunque también sentía una especie de fascinación por los bárbaros. Los veía como héroes dignos de admiración por destacarse en aquel paisaje de seres derrotados. Al fin y al cabo, ellos se apartaron de la modorra reinante y se atrevieron a hacer algo para ganar su apuesta. Su proceder era ilícito, desde luego, pero se les abonaba el esfuerzo por intentar sobreponerse al fracaso que les tenían asignado como destino desde antes de nacer. Así empezaron a circular las historias más delirantes relacionadas con el supuesto bienestar del cual disfrutaban los integrantes de las guerrillas y de las autodefensas. Entonces, los muchachos necesitados de la región querían pertenecer a estas tropas irregulares y, de hecho, varios amigos de infancia de José Atilano y Edinson empuñaron las armas desde temprano. Lo que los jóvenes veían en esos grupos, primordialmente, era una posibilidad de empleo. Por eso se vinculaban a cualquiera de ellos sin detenerse en escrúpulos de tipo ideológico. Que eligieran uno u otro, en principio, era un asunto más bien aleatorio, ya que consideraban que todos les ofrecían lo mismo: un sueldo mensual a cambio de ejercer ciertas actividades delictuosas prácticamente iguales a ambos lados de la trinchera: protección de los cultivos de coca, expoliación de los hacendados, eliminación sistemática de los ciudadanos que supuestamente le colaboraban al enemigo. No existían reparos de conciencia en torno de lo dañinas que resultaban tales tareas, porque lo que prevalecía era un sentido comercial del conflicto.

Ana Toribia se aferra al marco de la puerta. Luce ensimismada, melancólica. Tras unos segundos de silencio, dice que, a su modo de ver, hubo dos acontecimientos que impulsaron a Edinson a meterse en las FARC cuando apenas contaba dieciséis años. El primero fue la muerte de “Curramba”, el amigo de infancia al que le había roto la cabeza en el colegio, quien era un muchacho correcto y lleno de ilusiones. Fue baleado erróneamente por un soldado oficial, mientras pasaba por el Batallón Juan José Reyes del Ejército Nacional. El otro fue una desgracia familiar. Wilson, uno de los nueve hijos de Ana Toribia, un joven de tan solo veintiún años, quería sintonizar su programa favorito pero el televisor no funcionaba. Cuando trató de reparar el daño por su cuenta, quedó pegado a un cable eléctrico que estaba pelado. Su madre, que lo vio convulsionar y morir, afirma que en este mundo no hay ninguna vara capaz de medir el dolor que le produjo esa pérdida. Ella cree, además, que cuando el sepulturero del pueblo echó la última palada de tierra sobre el ataúd de Wilson, Edinson ya tenía cocinada su decisión de irse para la guerrilla. Se fue a escondidas, sin despedirse, sin pedirle siquiera la bendición. Y desertó tres años después – en 2006 – justamente el mismo día que ella, después de una intensa campaña de averiguación para determinar dónde se encontraba, había ido a visitarlo. Para hablar con él – advierte, altiva – sacó a relucir su temple en un par de retenes guerrilleros donde intentaron cerrarle el paso. Ana Toribia cuenta que esa misma tarde, más o menos a las dos horas de ella haber regresado a El Bagre, Edinson llegó a la casa. Percudido, demacrado. De inmediato, lo tomó por el brazo y lo arrastró hasta El Batallón Juan José Reyes, para que entregara el fusil y solicitara protección.

—Me tienen amenazada y por eso me tocó botar el teléfono celular que me habían regalado. Yo parí a Edinson, señor, yo no se lo quité a ellos.

Lo de José Atilano es distinto. A ella aún le cuesta trabajo entender cómo un hombre va a parar a las toldas de las Autodefensas Unidas de Colombia a los treinta años, cuando ya debería saber dónde está lo bueno y lo malo de la vida. Sucedió – recuerda – en febrero de 2005, un sábado por la tarde, cuando ella estaba planchando ropa en una casa del barrio Laureles. Ana Toribia dice, con aire reflexivo, que tal vez su hijo mayor se aburrió de la mala situación y creyó que al volverse “paraco” encontraría una forma de aportar a la solución del problema. Quizá lo que ocurrió, simplemente, fue que se dejó engatusar. ¡Como al pobre le falta carácter y es de chispa tan retardada! En todo caso, señor, ella investigó dónde estaba instalado y fue a visitarlo un domingo. Por esos días el Bloque Central Bolívar de las AUC se encontraba gestionando con el gobierno su desmovilización. Sus integrantes depusieron las armas, finalmente, el catorce de diciembre de 2005, fecha en la cual José Atilano volvió a su casa.

Ana Toribia muestra una fotografía de bordes carcomidos en la cual aparecen José Atilano y Edinson. Tendrían, quizá, dieciocho y seis años, respectivamente, cuando fueron retratados. Están de pie a lado y lado de un arbolito de Navidad torcido, adornado con cintas rojas y borlas blancas. Apacibles, candorosos. Parecen conscientes de que entre ellos existe un lazo fraternal indestructible. Una ligazón de sangre y de sentimiento. Imposible descubrir en esta vieja foto algún anticipo del periodo de guerra que les deparaba el destino. Viéndolos en esa actitud tan entrañable, nadie pronosticaría que, por cuenta de un conflicto que ellos ni siquiera entendían, resultarían integrándose a bandos enemigos, enfrascados en una contienda que pudo haberlos forzado a matarse entre sí. El gesto de amistad que exhiben ante la cámara sugiere que pocos segundos después del disparo del flash se fueron juntos a bailar trompos en cualquier solar del pueblo. Quizá, si no les hubiese tocado en suerte un entorno desventurado y hostil, habrían sido siempre tan tranquilos como lucen en la foto. Si hubieran crecido en un lugar pacífico, estaríamos hablando ahora de diferencias civilizadas, como que el uno jugara en un equipo de fútbol y el otro, en el equipo archirrival. El Boca y el Ríver en Buenos Aires, pongamos por caso. O habrían sido botones de hoteles competidores, como el Palma Real y el Punta Leona en San José de Costa Rica. Pero como crecieron en uno de los lugares más empobrecidos y peligrosos de este país conflictivo, les correspondió rebuscarse el sustento en dos escuadrones rivales al margen de la ley. Eran las alternativas laborales que tenían a su alcance. Nadie les dio la garantía de que si se quedaban quietos al lado del arbolito de Navidad, estarían a salvo de la balacera. Entonces, en vez de sentarse a esperar que la guerra los matara, Edinson y José Atilano se metieron en la guerra para protegerse. Como hermanos, brotaron del mismo vientre. Y como combatientes, también tuvieron la misma madre aunque vistieran uniformes camuflados distintos: la falta de oportunidades. Unidos hasta la muerte como la uña y la carne.

***

Sesenta y tres de los sesenta y cinco ex combatientes que se encuentran en la Institución Educativa Esperanza, Amor y Paz, de El Bagre, militaron en las Autodefensas Unidas de Colombia – AUC –. Los dos restantes fueron guerrilleros de las Fuerzas Armadas de Colombia – FARC –. Ellos son una mínima parte de los 46.181 alzados en armas que, desde el año 2002, se han acogido al programa de desmovilización del gobierno colombiano, a través de la Alta Consejería Para la Reintegración. Reciben un auxilio mensual que puede ser hasta de 510 mil pesos – unos 250 dólares – si participan en todas las jornadas psico-sociales y desarrollan competencias productivas en talleres de tipo técnico. Son las diez de la mañana de un sábado lluvioso. La semana que se está terminando ha sido particularmente difícil para este grupo. El lunes murió Berledys Ricardo a causa de un cáncer en el útero. Se fue a los treinta años, dejando huérfanas a tres niñas. Y el miércoles, en las afueras del pueblo, fue asesinado Richard Chimá. Ambos habían sido militantes de las AUC. De modo que hoy se percibe en la atmósfera una especie de duelo colectivo, agravado por un temor profundo: la pregunta inevitable que se plantean – sin rodeos, sin ambigüedades – es quién será la próxima víctima. Muchos de ellos reconocen que tienen deudas pendientes con el pasado y saben que en cualquier momento se toparán con los encargados de cobrárselas.

Acaso lo que más impresiona de contemplar a estos seres en los salones de clase, es su tremenda ignorancia. Abundan los analfabetos, los lerdos. Los que confunden la margen izquierda del cuaderno con la margen derecha, y dicen “padimento” en vez de “pavimento”. Entre los que saben leer, hay varios con problemas graves de comprensión de lectura. Algunos deletrean los textos como niños principiantes. Y cuando son conminados a escribir, garrapatean cada símbolo con una lentitud penosa. Empiezan la frase con una letra pequeña, pero a medida que avanzan en la escritura, la caligrafía se les va agrandando y descarrilando en el renglón, como si de repente el alfabeto, cansado de tanta torpeza, se encabritara y decidiera huir del tablero. Sorprende ver cómo estos hombres, tan seguros de sí mismos cuando se terciaban el fusil al hombro, tan solventes cuando consumaban sus atrocidades, palidecen ahora de impotencia frente al sujeto y el predicado de la oración. Uno de ellos hace una mueca de desconsuelo ante sus propios garabatos en el pizarrón, y otro luce asustado, como si creyera que las palabras estuvieran conspirando para lincharlo.

—Varios desconocían hasta lo más elemental cuando llegaron aquí por primera vez – advierte Roberto Carlos Rivero, uno de los pedagogos encargados de la enseñanza de estos reinsertados. – No es solamente que no supieran leer ni escribir – añade, categórico – sino que jamás en su vida habían tenido un lápiz en las manos.

Ahora, el profesor Edward Agámez escribe en el tablero varias palabras entrecomilladas: “respeto”, “tolerancia”, “civilidad”, “amor”, “humildad”, “libertad”, “honradez”, “derechos”, “deberes” y “solidaridad”. Paseándose de un extremo al otro del aula, las manos anudadas a la altura del pecho, pregunta el significado de cada vocablo. Silencio. Rostros aturdidos. Suspiros. Miradas enterradas en el piso. Un muchacho negro se dedica a tajarle la punta a un lápiz, cuyos residuos de madera van cayendo al suelo. Otro mira distraído a través de la ventana, por donde se ven, oblicuos, los hilos de la lluvia. Agámez continúa, entonces, su monólogo. Dice que esos conceptos son indispensables para proteger a la sociedad. Los explica de manera sencilla, pone ejemplos, habla de querer al prójimo. Su conclusión es que todos los términos que él apuntó podrían resumirse en uno solo. Y lo anota en el pizarrón con caracteres enormes: “valores”. ¿Alguien sabe qué es “un valor”? Otra vez el mutismo, la desidia. Pero de pronto, José Atilano Márquez, que está sentado en la parte de atrás, levanta la mano y arriesga una respuesta.

—¡Un valor es como el valor de la libra de yuca, que vale quinientos pesos!

Todos largan la risotada, salvo el autor de la frase, que parece desconcertado.

El profesor Roberto Carlos Rivero considera que existe una relación directamente proporcional entre la falta de educación de estos ex combatientes y el hecho de que hubiesen elegido ser mercenarios. Una buena instrucción les habría bastado para comprender, por ejemplo, que la guerra no les deparaba ningún futuro provechoso. Sí, de acuerdo, aseguraban un sueldo durante cierto tiempo, pero ¿en qué condiciones? A cambio de ofrecerse como señuelos en las trincheras, a cambio de envilecerse perpetrando monstruosidades en un conflicto degradado, a cambio de acumular enemigos por todas partes, a cambio de convertirse en parias mientras vivan. Muchos se encuentran ahora en las aulas en contra de su voluntad, sencillamente porque se trata de un requisito que se les exige para entregarles la ayuda económica mensual. Están allí como podrían estar donde el dentista si les doliera una muela. Obligados, abrumados. Qué bueno el estudio, compadre, dicen en los recreos, mientras aspiran el humo de sus cigarrillos o miran hacia el horizonte. En seguida, sin embargo, se preguntan si será posible obtener, a través de las clases, conocimientos que les permitan resolver sus necesidades. Tal vez – se responden – descubrieron demasiado tarde este nuevo camino. Algunos admiten, sin ruborizarse, que si no fuera porque el comando del bloque paramilitar al que pertenecían les ordenó retirarse – ya que así lo convino con el gobierno – ellos todavía andarían por ahí cometiendo sus tropelías.

Confesiones de este tipo – afirma el profesor Rivero – son preocupantes porque demuestran que muchos reinsertados, aunque hayan entregado los fusiles, siguen armados en sus conciencias. Por eso, entre otras razones, es supremamente difícil relacionarse con ellos. Acostumbrados a imponer sus deseos mediante la intimidación, no aceptan de buena gana las diferencias, ni entienden que los derechos de las demás personas también cuentan, ni respetan las reglas, ni son capaces de observar las más elementales normas de convivencia. Abundan los casos de agresividad. En el taller de escobas y traperos que se llevó a cabo durante los días en que el fotógrafo y yo estuvimos en El Bagre, un chico atrabiliario de aproximadamente veinte años se iba a liar a golpes con un cincuentón cascarrabias, sencillamente porque ambos sentían que no cabían en el mismo espacio. Se miraban con fiereza, se desafiaban de manera permanente, hasta que el mayor de los dos, un hombre de ojos verdes que en la actualidad se desempeña como moto-taxista, explotó y profirió a gritos un rosario de insultos. Ambos se cuadraron en seguida como gallos de pelea, y de no ser porque los compañeros intervinieron oportunamente para apartarlos, estarían aún intercambiando trompadas. Uno de los más violentos – informa Rivero – es, precisamente, Edinson Márquez. Una mañana apareció borracho en el colegio, y como no le permitieron entrar al salón en esas condiciones, pateó la puerta. En otra ocasión montó en cólera, debido a que llegó retrasado y el profesor le anotó la falta de asistencia en la planilla. A veces, cuando se demora el pago de la ayuda mensual, blasfema, manotea, amenaza con devolverse para el monte a “echar bala”. Aquí la rabia – lo confirman todos los personajes entrevistados – se encuentra siempre a flor de piel. Así lo atestigua la tutora sicológica de estos reinsertados, Shirley Díaz. Justo el día que arribó a El Bagre, procedente de Barranquilla, para tomar posesión de su cargo, fue testigo de un incidente bochornoso. Resulta que uno de los ex combatientes, para agasajarla en su debut, le regaló una manzana. A ella se le ocurrió usar la fruta en un ejercicio lúdico de presentación: cada persona que recibiera la manzana cerraría los ojos y, de inmediato, se la pasaría a su compañero más cercano. Mientras la manzana rodara de mano en mano, los jugadores tendrían que repetir la palabra “tingo”.

—Tingo, tingo, tingo.

En el momento en que la persona que permaneciera a ciegas gritara “tango”, todos deberían quedarse quietos como estatuas. Entonces, al hombre que había comenzado la ronda le correspondería tratar de adivinar, antes de abrir los ojos, quién tenía la manzana. Si acertaba, lo aplaudirían. Y si no, lo rechiflarían. Entre un juego y el otro, los participantes se presentarían, expondrían sus metas, saludarían a los demás.

—Tingo, tingo, tingo.
—¡Tangoooooooo!

Aquel día el pasatiempo transcurría de manera jubilosa, pero de repente, en el inicio de un nuevo ciclo, uno de los jugadores decidió morder la manzana. ¡Ahí empezó a arder Troya! El ex combatiente que se la había obsequiado a la tutora, comenzó a soltar una retahíla de improperios, mientras caminaba en actitud de justiciero hacia el lugar donde se encontraba el responsable de la ofensa. Esa vez los conciliadores no lograron impedir que los dos gallos de pelea se zumbaran a sus anchas. Lo cierto es que con mucha frecuencia, bien sea que estén de juerga o en cumplimiento de sus quehaceres, estos reinsertados actúan como si se creyeran ungidos de un poder especial para castigar a los irrespetuosos que andan mordiendo los frutos prohibidos. Arbitrarios, soberbios. Al igual que esas bacterias que se incuban en la carroña, ellos medraron como parásitos entre los desechos de un país paupérrimo y enfermo de intolerancia. Aislados en la abandonada periferia, desheredados por las élites excluyentes del centro que administran el poder, aprendieron a fortalecerse entre los desperdicios de su hábitat. En la aridez sobrevivieron, en la aridez reinaron. Si no necesitaron al Estado para salvarse, ¿por qué iban a necesitarlo para que les organizara la vida con sus leyes de papel? Sencillamente, se arrogaron el derecho a crear su propio gobierno, sus propias cláusulas, su propia manera de matarse las pulgas. Y por eso a estas alturas muchos siguen convencidos de que la manera más confiable de impartir justicia es a través de sus propias manos.

Edinson Márquez reconoce, sonriente, que la animosidad es típica de los reinsertados. Pero aclara que, en su caso, lo que la genera no es el desprecio a las reglas sino su mal carácter congénito. Está sentado en una gradilla de cemento del patio del colegio, al lado de su hermano José Atilano. Hace pocos minutos cesó el aguacero, pero un nubarrón encapotado anuncia nuevas lluvias. Aprovechando el recreo, Edinson se fuma un cigarrillo. Lo aspira con fuerza, el ceño fruncido, el rostro ansioso, como si en cada chupada se jugara la vida. Sólo bota el cigarro cuando es ya un chicote recalentado que le quema los dedos. Adquirió ese vicio en la selva, dice, pues casi todos los guerrilleros son fumadores. Se empieza por imitación y luego se sigue por necesidad: porque hay que combatir el frío o porque el humo espanta los zancudos. Cuando la persona viene a darse cuenta, está fumando es por gusto y haciendo cosas insensatas con tal de satisfacerse. En la guerrilla – añade –, quienes prestan guardia nocturna no deben fumar después de las ocho. El motivo de la prohibición es impedir que la humareda de los cigarrillos alerte a los enemigos. En una ocasión él transgredió esa norma. Al día siguiente fue obligado a barrer los “guindos” del campamento y a arrancar maleza con las manos descubiertas. Edinson sonríe otra vez. Luce relajado, incluso infantil, en contraste con la expresión de adulto afanoso que exhibía mientras fumaba. Viéndolo bien, a ratos parece un púber aunque tenga veintiún años: el cuerpo menudo, la piel reciente, las extremidades quebradizas como las ramas de un árbol joven que apenas está empezando a curtirse. Imposible percibir en este muchacho de apariencia frágil y sonrisa afable al ser irascible y destructivo que describen su madre y sus profesores.

—A uno la guerra lo deja marcado – dice, al tiempo que muestra las huellas que le quedaron en el brazo izquierdo como consecuencia de las cuatro veces que padeció leishmaniasis. Son cuatro cicatrices repolludas y circulares, cada una del tamaño de una moneda grande. Da la impresión de que hubieran sido fraguadas en la piel con un hierro candente.

A José Atilano, entre tanto, le dio leishmaniasis sólo una vez. Como recuerdo le quedó una pequeña marca en la mejilla derecha. En cuanto al cigarrillo, su respuesta jactanciosa es que jamás ha sido un hombre de vicios. A diferencia de su hermano, es parsimonioso, retraído. Habla en un tono de voz bajo. Y como sus dientes superiores son grandes y salidos, pronuncia las palabras con un seseo acentuado. Su defecto físico le obliga a permanecer gran parte del tiempo con la boca entreabierta, lo que a veces produce la impresión falsa de que está riéndose. ¿Cómo fue que esta versión bucólica de Bugs Bunny terminó metido en las AUC? Lo convencieron algunos amigos de infancia, dice, tal y como les sucedió a Edinson y a casi todos los demás. El hambre – concluye – empuja a la gente a hacer lo que sea.

A menudo, José Atilano y Edinson comparten sus experiencias del conflicto. Entonces se sorprenden con las similitudes: las mismas salvajadas contra la población civil, las mismas historias sobre los cultivos de coca, los mismos castigos para los combatientes que extravían sus fusiles, la misma maña de rellenar los cadáveres con piedras antes de botarlos en los ríos. Ambos creen que a pesar de haber pertenecido a tropas enfrentadas, jamás existió la posibilidad real de que chocaran en el campo de batalla. Cuando más se aproximaron geográficamente fue la vez que Edinson estuvo en Oro Verde y José Atilano en Marisosa, lugares separados, más o menos, por ocho kilómetros de distancia. Antes de empuñar las armas, andaban apartados: Edinson con los chicos de su edad y José Atilano con los adultos como él. Ahora son amigos y se la pasan juntos, no sólo porque – según cuentan – se quieren mucho y han descubierto que les gusta acompañarse, sino también porque al estar unidos pueden protegerse mutuamente.

—Escriba que ya lo que pasó, pasó – exclama Edinson, tras encender un nuevo cigarrillo –. ¡Lo importante es lo que hagamos de ahora en adelante!
—Pero usted ha dicho que se va a devolver para el monte a “echar bala”.

Por toda respuesta, sonríe, expulsa una copiosa bocanada de humo. Luego, con una expresión sarcástica, como si le explicara algo muy obvio a un interlocutor corto de entendimiento, prosigue:

—Si me devuelvo, me mata la guerrilla. ¿No ve que yo deserté? Y ni le digo lo que me harían los “paracos” si yo me fuera para donde ellos.

De manera súbita, Edinson se ha puesto taciturno. Entonces se pregunta, en voz alta, si el pasado lo atormentará durante el resto de su vida. Hay lugares de la región, por ejemplo, adonde no puede ir ni de día ni de noche, y esa es una limitación grave en su trabajo actual como moto-taxista. Lo mismo le sucede a José Atilano, quien quisiera buscar oro libremente por todo el Bajo Cauca, como lo hacía en los viejos tiempos, pero está maniatado por las amenazas de muerte.

Este asunto de las amenazas, a propósito, se tornó muchísimo más crítico un mes después de que el fotógrafo y yo regresamos a Bogotá. Al principio me era posible hablar telefónicamente con los dos hermanos: averiguar detalles pendientes, verificar datos confusos, precisar fechas. Pero de repente, Edinson dejó de responder el teléfono móvil y nunca más me llamó de vuelta, como era su costumbre. Shirley Díaz, la tutora sicológica, fijó su residencia en Caucasia, municipio vecino, por razones de seguridad. Ella me contó que la situación de orden público es desastrosa: Edinson y José Atilano tienen tanto miedo que no salen de su casa; Robinson Jaramillo y Luis Narváez Quinto, dos de los reinsertados fotografiados por nosotros en el aula del colegio, fueron asesinados. Y otros seis, que temían ser los próximos objetivos de los francotiradores, pidieron ser trasladados de inmediato hacia un lugar remoto. Recientemente, un enviado especial del periódico El Espectador describió la tensión que impera en la zona y contó que, durante los últimos cuatro meses, la oficina regional de la Alta Consejería Para la Reintegración, con sede en Caucasia, perdió el rastro de cuatrocientos cincuenta desmovilizados. Una parte de ellos estaría huyendo y la otra se habría enrolado a bandas emergentes de paramilitares. El informe indica, además, que la nueva guerra se desató cuando dos narcotraficantes conformaron sendos escuadrones para disputarse a sangre y fuego las rutas de la droga que quedaron sin dueño tras la extradición a Estados Unidos del comandante de las AUC conocido con el alias de Cuco Vanoy. De acuerdo con el enviado especial, uno de esos dos narcotraficantes anda por los pueblos del Bajo Cauca reclutando ex combatientes para su ejército privado. Muchos ya se han adherido. Quienes se han opuesto han sido sentenciados a muerte.

Miseria, oscurantismo, subversión, represión, paramilitares, guerra, drogas, sangre, barbarie, degeneración, pánico, desarraigo, desarme, retorno, principio, otra vez miseria, otra vez desconfianza, otra vez fusiles, otra vez coca, otra vez guerra, siempre la guerra, siempre la miseria, siempre la sangre. Las paradas de este carrusel se repiten de manera incesante. Aquí los extremos se tocan, se confunden. Se llega y se parte, se parte y se llega, todo depende de la perspectiva desde la cual se mire. Y no hay avance porque los movimientos son en redondo, machacones, perniciosos. Abundan las razones para suponer que el ciclo de mortandades continuará multiplicándose mientras los gérmenes del problema social persistan. Sin embargo, Shirley Díaz, la tutora, dice que se atreve a apostar por un futuro mejor. Ella cree que al interior del proceso hay ciertas señales esperanzadoras: hombres cuyo esfuerzo por rehabilitarse es sincero, individuos que cada día encuentran poderosos argumentos – como la conformación de nuevas familias – para no regresar al conflicto. Desde el otro extremo de la línea telefónica, sugiere que así como se señala a los

reinsertados intemperantes, se mencione a los de conducta ejemplar, aquellos que le envían a la sociedad el mensaje de que es posible desarrollar procesos productivos legales y rentables. Cita, entonces, a Derian Cano, dueño de la heladería “Antojitos” y de cinco moto-taxis; a Juan Carlos Molina, quien forjó a pulso la verdulería “El Impacto” y hoy es un hombre respetado en El Bagre, y a Eyezid Angarita, quien ha logrado ascender administrando la oficina regional de una importante empresa distribuidora de gaseosas.

La pregunta es qué pasará con los que nunca han podido obtener esas ventajas en la vida civil, con los que desconfían de las alternativas lícitas, con los que deciden armarse por miedo a morir indefensos mientras se retratan al lado del arbolito de Navidad; con los que perciben los salones de clase como espacios inútiles; con los que creen que el paraíso se gana mordiendo la manzana ajena y luego enfrentándose a la serpiente; con los amenazados, con los desesperados, con los desahuciados, con toda esa legión de criaturas infelices que van montadas desde siempre en el eterno carrusel del desastre.

***

José Atilano Márquez contaba, quizá, diez años cuando empezó a fantasear con la idea de encontrar un montón de oro para volverse millonario de un solo golpe. Ya en aquel tiempo El Bagre era conocido con el apelativo de “pueblo rico, pueblo pobre”, debido al contraste entre sus formidables yacimientos de oro y la miseria de la mayoría de sus habitantes. José Atilano no entendía por qué tantos hombres que madrugaban con la intención de traer a casa una fortuna, regresaban al caer la tarde con las manos vacías. Algún error cometían, pensaba. Un error que él corregiría en cuanto creciera y tuviera la oportunidad de convertirse en explorador. La ocasión se le presentó justo cuando cumplió trece años. Ese día su madre lo llevó de la mano al municipio de Zaragoza, donde, según los rumores, existía una veta lo suficientemente grande como para enchapar la torre de la iglesia. El muchacho ya había visto a varios adultos “barequear”, que es como se le llama en la región al proceso de extraer el metal de su cantera, usando una batea ancha. Pero aquella era la primera vez que él mismo lo intentaba. En pocos minutos, José Atilano consiguió sacar nueve castellanos de oro de dieciocho quilates.

—¡Suerte de principiante! – refunfuñó un hombre que tenía un cigarrillo ladeado en la boca y que, al parecer, llevaba bastante tiempo parado en aquel filón.

Con el dinero que recibió por los nueve castellanos de oro, Ana Toribia Martínez compró tres novillas, veinte carneros y cien pollos de engorde. De repente, la esquiva Hada Madrina de la Fortuna les regalaba un guiño que parecía, por fin, el comienzo de una fiesta venturosa. Sin embargo, poco tiempo después la música se apagó de un solo porrazo, los caballos volvieron a ser ratones, la carroza volvió a ser calabaza y la Cenicienta y su corte de humillados mordieron de nuevo el polvo. Ana Toribia atribuyó la enfermedad que le ocasionó la pronta ruina a los maleficios de la gente envidiosa. Alguien le dijo que el hombre del cigarrillo ladeado que estaba en el yacimiento cuando José Atilano encontró el oro, era, ni más ni menos, el mismísimo Diablo. Estaba allí, supuestamente, cuidando la riqueza que siempre le ha pertenecido, y dispuesto a castigarles a los hombres su incurable codicia. El gran error de José Atilano, advertían algunos lugareños, era no haberse encomendado a Dios en su ritual de iniciación. En la región siempre ha existido un amplio repertorio de mitos relacionados con el oro. Algunos creen que, de vez en cuando, el oro camina y se aleja del lugar en el que los buscadores lo han visto. Otros presumen que, para engañar a las personas demasiado ambiciosas, el oro se transmuta en materias fecales. Acaso el común denominador de todas estas leyendas es que intentan repartir un poco de consuelo entre la horda de seres necesitados que persiguen inútilmente los favores del azar.

Aunque la exploración sea infructuosa, José Atilano jamás renunciará a ella. Un buscador de oro es un afiebrado de todas las horas, alguien que sólo se retira el día que muere, y muere, como los buenos soldados, con las botas puestas. Antes de vincularse a las AUC, José Atilano se desplazaba libremente a lo largo y ancho del Bajo Cauca antioqueño, desde Cáceres hasta Nechí, desde Tarazá hasta El Guamo. No conseguía un botín de respeto como el día de su debut, pero tampoco le faltaba una que otra esquirla de valor. De ese modo costeaba la próxima aventura y mantenía viva la esperanza de convertirse en millonario cuando el Hada Madrina de la Fortuna volviera a sonreírle. Ahora, en cambio, no se atreve a rebasar los límites de El Bagre: sabe que si pone un pie más allá de esos confines, podría toparse con guerrilleros de las FARC dispuestos a cobrarle su pasado como “paraco”. El sitio al que hoy va con mayor frecuencia queda en los extramuros y se conoce con el nombre de La Villa.

Para llegar a La Villa esta mañana de domingo, José Atilano tomó una trocha cenagosa y olorosa a pasto húmedo, que tiene en el centro un filo coronado por matas de ortiga. Atravesó un sector llamado El Porvenir, donde había un par de niños retozando entre el lodo; cruzó por un barrio llamado El Progreso, en el que se había interrumpido el servicio de agua potable, y pasó por una zona llamada Metrópolis, que estaba convertida en un lodazal de espanto. El Porvenir, Metrópolis, El Progreso: paradójicas formas de nombrar el subdesarrollo. El lenguaje, como las fábulas relacionadas con la riqueza siempre huidiza, también ayuda a esta gente a defender el optimismo. Sin esa ilusión única la vida sería más infernal de lo que ya es. Se trata, sin duda, de una metáfora de la resistencia cotidiana en este país difícil que nos tocó en suerte. Muchos saben que podrían morir con las manos vacías, pero la certeza de que el tesoro de sus sueños existe, aunque sea inalcanzable, los alienta a seguir esforzándose. Eso sí: también son numerosos los que se cansan de buscar en vano y convierten su frustración en un pretexto para empezar la matazón. O para continuarla. Hoy, como en la infancia, José Atilano confía en encontrar la fortuna que los librará a él y a su familia de las tentaciones de la guerra. Por eso ahora enrolla las botas de su pantalón, se santigua y mete la batea en el riachuelo de aguas amarillas.