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Una carrera abominable

Publicado: 14 julio 2012 en Ander Izagirre
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La leyenda del Tour nació con un grito. En 1910 el ciclista Octave Lapize atacó desde la salida en la etapa Luchon-Bayona, la primera que recorría los caminos pirenaicos. En su escapada de 326 kilómetros, el francés pedaleó durante catorce horas y por el camino se topó con cinco monstruos que entonces nadie conocía: Peyresourde, Aspin, Tourmalet, Soulor y Aubisque. Lapize excavó la ruta de los mitos a golpe de dolor. Llegó a la cumbre del Aubisque gimiendo; tiró al suelo la bicicleta, se dirigió hacia uno de los organizadores del Tour y, cuando sus pulmones reunieron un poco de aire, cinceló la primera sentencia en las tablas del ciclismo: “¡Asesinos!”.

Octave Lapize resumió en una palabra lo que muchos corredores han descubierto durante más de un siglo: el instinto criminal del Tour. También lo descubrió Paco Cepeda, que se mató en el descenso del Galibier en 1935. Y Wim Van Est, el holandés que marchaba con el maillot amarillo en 1951, se despeñó por un barranco de setenta metros en el Aubisque y apareció vivo cuando bajaron a buscar su cadáver. Y Roger Riviére, un chaval que volaba hacia la victoria en 1960 cuando se estrelló en el Perjuret: se partió la columna vertebral y pasó el resto de sus días en una silla de ruedas. Y Fabio Cassartelli, el campeón olímpico que en 1995 se quedó para siempre en una curva del Portet d’Aspet. Y Jean Robic, un escalador de bolsillo que en los descensos se cargaba de plomo para compensar su poco peso y que llevaba un anillo con la inscripción bretona Kenbeo kenmaro, a vida o muerte. Robic, vencedor del Tour de 1947, se fracturó a lo largo de su carrera la muñeca izquierda, las dos manos, la nariz, la clavícula izquierda, el omoplato derecho, el fémur; se abrió una ceja y sufrió el desplazamiento de cuatro vértebras; se partió el cráneo dos veces y se lo tuvieron que reforzar con una plancha de acero. Era Robic trompe-la-mort, el engañamuertes. También Louis Malléjac esquivó el filo de la guadaña en 1953: “He creído morir subiendo el Mont Ventoux”. Malléjac acababa de intuirlo: la muerte esperaba en aquella montaña para llevarse un ciclista. En 1967 Tom Simpson dio sus últimas cuarenta pedaladas en el Ventoux y cayó fulminado por una mezcla de fármacos, alcohol y calor. El fallecimiento de este inglés, que en 1965 se había proclamado campeón del mundo en San Sebastián, removió las entrañas de miles de espectadores que seguían la tragedia en directo por televisión. Simpson se les murió en el salón de casa.

Esta competición de instinto feroz empezó a gestarse  a finales del siglo XIX, en las redacciones de dos diarios deportivos parisinos. En 1891, el diario Vélo organizó la París-Brest-París, una prueba ciclista de 1.260 kilómetros que ganó Charles Terrot tras 71 horas de pedaleo. Los lectores, ansiosos por conocer el relato de semejante aventura, agotaron los ejemplares de Vélo. El éxito asombró al director del diario, Pierre Giffard, quien no tardó en crear la Burdeos-París y la París-Roubaix, un monumento del ciclismo que aún hoy recorre las rutas empedradas de hace un siglo, conservadas exclusivamente para que los ciclistas sufran en ellas una vez al año. Aquellas primeras maratones ciclistas eran en el fondo un escaparate de dos negocios en simbiosis: la venta de diarios y la venta de bicicletas. El diario Vélo se financiaba en gran parte por los anuncios de los fabricantes de bicicletas, y ambos, periodistas y fabricantes, se aliaban para organizar grandes espectáculos deportivos. El objetivo era seducir con las hazañas ciclistas tanto a los espectadores que presenciaban en directo el paso de las carreras como a los lectores de las crónicas del Vélo, teñidas de épica rimbombante. Lo consiguieron: la venta de diarios deportivos y bicicletas se disparó en Francia.

Y así, otros periodistas franceses se inventaron el Tour para vender más diarios. El hombre clave fue Henri Desgrange. Este antiguo ciclista, que entre otras hazañas había establecido en 1893 el récord de la hora en 35,325 kilómetros, trabajaba de jefe de publicidad para Adolphe Clément, fabricante de bicicletas. Organizaba carreras ciclistas para promocionar las bicicletas Clément,  incluso lanzó la idea de construir el velódromo del Parque de los Príncipes -donde terminaría el Tour todos los años, hasta 1977-. Pero Clément y Desgrange rabiaron: el diario Vélo jamás publicaba noticias sobre las competiciones que ellos organizaban. Y cuando se dignó a mencionar el velódromo del Parque de los Príncipes, solo fue para sentenciar que resultaba “demasiado grande” y quedaba “demasiado lejos” del centro de París. Desgrange y Clement, indignados por el monopolio informativo y publicitario que ejercía Vélo, se reunieron con los presidentes de varios clubes y fabricantes automovilísticos -entre ellos, un tal Édouard Michelin- y en 1900 decidieron fundar un diario sobre automovilismo y ciclismo: L’Auto-Vélo. Henri Desgrange fue el primer director. Pero Pierre Giffard contraatacó pronto: denunció al nuevo diario por uso indebido de una marca registrada y ganó el juicio, por lo que Desgrange tuvo que eliminar la palabra Vélo y quedarse solo con L’Auto, a pesar de que también hablara de ciclismo.

Henri Desgrange, alias El Patrón, decidió luchar contra Giffard con su misma fórmula, y como primer ensayo organizó la carrera ciclista Marsella-París. La prueba tuvo cierto éxito, pero L’Auto no vendía más de 20.000 ejemplares mientras que el Vélo de Giffard rondaba los 80.000. Por eso, el 20 de noviembre de 1902, Desgrange reunió a sus colaboradores para pensar en algún proyecto más ambicioso que permitiera dar un revolcón a las cifras de ventas. La idea germinó en el cerebro del redactor Géo Lefèvre:

—Últimamente nos llegan cartas desde las ciudades de provincias, porque quieren ver a las figuras del ciclismo. Podríamos organizar una carrera por etapas que saliera de París y que recorriera las ciudades principales. Sería una vuelta a Francia.

El proyecto apasionó al Patrón, quien durante los siguientes días se reunió con Lefèvre en el restaurante Madrid para concretar los detalles de semejante carrera. Por fin, el 19 de enero de 1903, la portada del diario L’Auto anunció el nacimiento de la criatura: “La mayor prueba ciclista del mundo entero. Una carrera de un mes, del 1 de junio al 5 de julio, por Lyon, Marsella, Toulouse, Burdeos y Nantes. 20.000 francos en premios”. El proyecto aún estaba prendido con alfileres, pero Desgrange, publicista hábil, solo redactó esa especie de telegrama porque sabía que causaría expectación y que las cábalas de los demás diarios y de los lectores engordarían como una bola de nieve: “Una prueba monstruosa llamada a causar sensación” (Le Figaro), “Una carrera gigantesca, un espectáculo grandioso” (Le Soleil), “Nunca jamás se había anunciado una prueba deportiva de tal calibre” (Le Matin).

Hay que entender aquella euforia efervescente dentro de su contexto. A principios del siglo XX se vivía una fe algo ingenua en el progreso material. Era la época de las hazañas deportivas y las proezas técnicas, del avance imparable de las comunicaciones y los medios de transporte, de la creencia en que el progreso tecnológico acercaría a los pueblos del mundo y abriría camino a una fraternidad universal. Como escribió Josep Pla, aquellos hombres que estrenaron siglo creían que la paz y la tranquilidad humana dependían del mejoramiento del motor de explosión o de la telegrafía sin hilos. Divinizaban el tornillo, el cambio de marchas y la carburación.

También lo hacían los franceses de 1900: se inauguró el metro parisino, el piloto Blériot atravesó el canal de la Mancha en aeroplano, se organizó la prueba automovilística París-Madrid, los ferrocarriles se habían extendido ya por todo el país y todo el continente, los transatlánticos que zarpaban de El Havre tardaban menos de doce días en llegar a Nueva York. Y donde aún no se podían construir raíles, carreteras o motores, se dejaba vía libre a la poesía y la imaginación: el cineasta Georges Méliès estrenó su delicioso Viaje a la Luna. Muy poco después, en 1914, estalló la Gran Guerra y sobrevino la peor catástrofe jamás conocida, precisamente porque el progreso material había aumentado también la potencia de los horrores. Quedó un mundo en ruinas, amargo y perplejo. Pero aquella oleada de optimismo que bañó los primeros años del siglo XX dejó algunas huellas perdurables: el Tour de Francia, por ejemplo. Con la bicicleta, ese invento genial, los hombres se movían por su propio esfuerzo a velocidades similares o superiores a las que alcanzaban los automóviles de la época. Y esa máquina tan sencilla permitiría recorrer Francia entera, en una ruta que de paso era una exploración por los límites de la capacidad humana.

Porque la magia del ciclismo nace siempre de ese misterio que existe más allá de la frontera del sufrimiento. El corazón late como una lavadora a punto de estallar, hierven los muslos, los pulmones se ahogan. Saltan todas las alarmas y el cuerpo pide clemencia, pero el ciclista prolonga cuanto puede esa agonía: “Cuántas veces cerré los ojos sobre la bicicleta -escribió Pello Ruiz Cabestany-. Me acuerdo de esos momentos tan duros, en los que me olvidaba de todo: de mis amigos, de mi familia y de mí mismo. Todas mis fuerzas concentradas en las bielas que subían y bajaban. Toda mi imagen enfocada en la rueda trasera de quien me precedía. Mis ojos se cerraban para que no entrase ningún pensamiento que pudiera distraerme. Llegaba a los límites físicos, a salirme de mi cuerpo”. Cuestión de límites. La diferencia entre un buen ciclista y un campeón reside en la capacidad agonística, en ese punto del sufrimiento que distingue a unas personas de otras. “He llegado muy lejos en el dolor”, confesó Miguel Induráin.

Y el Tour de Francia dibujó esa ruta del dolor: 2.428 kilómetros divididos en solo seis etapas. Henri Desgrange perfiló los detalles de la prueba. Entre una etapa y otra habría dos o tres jornadas de descanso. Por miedo a quedarse sin corredores, Desgrange permitió que los ciclistas pudieran participar en algunas etapas y renunciar a otras, pero el triunfo final solo se disputaría entre quienes completaran todo el recorrido. Se establecían, además, dos categorías: una para los ciclistas que competían en equipos profesionales y disfrutaban de la ayuda de mecánicos y masajistas al final de las etapas, y otra para los isolés -aislados-, también conocidos como desherités -desheredados-, que se las apañaban para buscar comida y alojamiento, para lavarse la ropa y curarse las heridas, para reparar la bicicleta y parchear los neumáticos. Al contrario que en muchas pruebas de la época, no se permitía pedalear a rueda de motoristas o ciclistas ajenos a la prueba. Los corredores no podían llevar “coches de apoyo con víveres, repuestos o entrenadores”, ni “recibir comida o bebida de una mano amiga” -deberían buscarla en las posadas y fuentes del camino-; tampoco cambiar de bicicleta -“salvo que encontréis fortuitamente a un ciclista desconocido que acepte la vuestra en mal estado y os dé la suya en bueno”- y la ayuda mecánica estaba totalmente prohibida.

Desgrange contrató al ciclista y poeta italiano Rodolfo Muller, para que meses antes recorriera en solitario todo el trazado de la prueba, a modo de ensayo. Desde el final de cada trayecto, enviaba un telegrama para informar al Patrón sobre las condiciones de la ruta y los lugares adecuados para establecer controles de paso. Sobre aquellas carreteras de tierra y socavones, Muller dibujó la primera huella ciclista a través de toda Francia. Y los organizadores temieron que quizá fuera la última: a pocas semanas de la fecha de inicio, solo se habían inscrito quince ciclistas. Eso sí, entre ellos figuraban los nombres más prestigiosos del ciclismo europeo, como Maurice Garin, Léon Georget, Hippolyte Aucoutourier y el alemán Joseph Fischer. Pero Desgrange no estaba dispuesto a poner en marcha el Tour si al menos no participaban sesenta corredores. Para darle un impulso a las inscripciones, los organizadores retrasaron la fecha de salida y redujeron la duración de la prueba: se celebraría del 1 al 19 de julio, para que los corredores no profesionales pudieran participar con más facilidad, sin tener que abandonar el puesto de trabajo tanto tiempo. Y además de los premios, L’Auto ofreció una dieta de cinco francos para los primeros cincuenta de cada etapa, una pequeña ayuda que permitiría a muchos sufragarse los gastos mínimos de la aventura. En pocos días, la redacción recibió 78 nuevas inscripciones, aunque algunos de ellos decidieron borrarse al final.

Por fin, el 1 de julio de 1903, frente a una posada de carretera llamada Reveil Matin (“el despertador”) se apelotonaron 76 figuras extravagantes, ataviadas como una mezcla de aviador, minero y vagabundo, con los tubulares enrollados a la espalda, con un maletín de cuero en el manillar para cargar con la comida y una botella de vidrio. Al frente de ellos, hablaba un hombre de mostacho, chaqueta de tela y sombrero de panamá: el periodista Georges Abran, encargado de dar la salida.

—Señores, debido a unas obras en la carretera, la prueba comenzará seiscientos metros más adelante, en dirección a Draveil.

Los corredores recorrieron ese tramo a pie, con la bici en la mano, charlando y bromeando con amigos, familiares y seguidores.

—Alto.

Todos se detuvieron en silencio, mientras Abran levantaba un banderín amarillo -el color de las páginas de L’Auto, que en 1919 se convertiría en el color del maillot del líder-. A las 15 horas y 16 minutos de aquel 1 de julio de 1903, Abran bajó la bandera y los 76 ciclistas emprendieron la marcha en esa primera etapa de 467 kilómetros hasta Lyon. Nada más empezar, Aucoutourier lanzó el primer ataque de la historia del Tour. Este ciclista impaciente, que recurría al vino tinto para soportar el esfuerzo, acabó derrengando en una cuneta y se tuvo que subir al tren para llegar hasta Lyon.

Dentro del pelotón pedaleaba otro personaje insólito: Géo Lefèvre, el redactor de L’Auto a quien se le había ocurrido la idea original del Tour de Francia. Lefèvre cumplía los papeles de director de carrera, vigilante de los controles de paso, cronista y cronometrador. Tomaba la salida con los corredores y les seguía en bici durante veinte o treinta kilómetros, paraba en una estación y se subía al tren para adelantarse hasta otro tramo de la carrera, donde volvía a unirse a los corredores de cabeza. Al final, buscaba otro tren que le llevara a meta y allí se encargaba de tomar los tiempos. Fue el primer enviado especial al pelotón y el único de la historia que lo siguió con la fuerza de sus piernas.

El deshollinador Maurice Garin, ganador del primer Tour, venció también en esa primera etapa, después de pedalear durante toda la tarde, la noche y la madrugada, hasta alcanzar la meta de Lyon a las nueve de la mañana del día siguiente, tras dieciocho horas de esfuerzo. Cerca de él llegó su compañero de equipo Pagie, a un minuto, y en tercer lugar entró otro de los favoritos, Georget, a 35 minutos. Al mediodía, Géo Lefèvre dejó el cronómetro en manos de un ayudante y se marchó a redactar la crónica. Aún faltaban muchos participantes por llegar, pero gotearon hacia la meta de Lyon durante toda la tarde. El último llegó tras veintiocho horas de pedaleo, diez horas más tarde que Garin. Y como en esa etapa inaugural, era frecuente que los ciclistas se pasaran la noche entera pedaleando. La etapa Toulouse-Burdeos, por ejemplo, comenzó a las tres de la mañana mientras un cinematógrafo proyectaba en una sábana imágenes de las etapas anteriores.

Antes, en la segunda etapa, un suceso obligó a Desgrange a cambiar el reglamento sobre la marcha. Aucoutourier, el ciclista que bebió demasiado tinto y llegó a Lyon en tren, quedó descalificado para la clasificación general y ya solo optaba a las victorias parciales, de modo que alcanzó un acuerdo con Georget, el tercer clasificado: se fugarían juntos para atacar al líder Garin. Así lo hicieron, y se presentaron en una Marsella abarrotada de espectadores con 26 minutos de ventaja sobre Garin. Los dos compinches se repartieron el botín: Aucoutourier ganó la etapa y Georget recortó casi toda la ventaja perdida en la primera jornada. Desgrange, consciente de que los llamados “parciales” como Aucoutourier podrían influir en el resultado final, decidió dividir el pelotón en dos. Quienes no optaran a la clasificación general saldrían unas horas más tarde que el resto.

Garin aprovechó las siguientes etapas para vapulear a sus rivales. Este es un fragmento de la crónica nocturna escrita por Géo Lefèvre durante la tercera etapa: “Léopold Alibert y yo pedaleamos por la carretera de Nimes. En plena noche, luchamos contra las ráfagas del mistral desencadenado y las nubes de polvo. Alrededor de nosotros, la oscuridad completa. Solo la carretera blanca reluce bajo la luna. De pronto, cuatro fantasmas nos sobrepasan. Yo salgo tras ellos y les grito: “¿Quiénes sois?”. Me responde una voz: “¿Quién eres tú?”, y reconozco a Maurice Garin. Me presento. “¡Monsieur Géo! ¡Buenas noches!”, dice Garin. “He dejado atrás a Georget, lo tengo ya dominado”. Entonces habla la otra voz: “¡Yo soy Dargassies, Dargassies de Grisolles!”. Las sombras de Garin y Dargassies desaparecen en la noche. Pronto llegan los siguientes corredores, en plena persecución rabiosa. Nos gritan: “¡Apartaos a la derecha!”. Es la voz nasal de Rodolfo Muller, quien me grita: “¡Muy bien, Géo, cumples muy bien con la vigilancia!”.

La carrera fue un éxito completo. La tirada de L’Auto pasó de 20.000 ejemplares a los 50.000 que se vendían durante el Tour, y la cifra seguiría creciendo año tras año hasta los 320.000 en vísperas de la Primera Guerra Mundial. Los lectores seguían con avidez las crónicas pedaleadas de Lefèvre, las entrevistas, las semblanzas de los campeones, los mínimos detalles magnificados por el plantel de periodistas de L’Auto. Cuando los 21 ciclistas supervivientes llegaron al atestado velódromo del Parque de los Príncipes de París, el público rompió en una ovación estruendosa. En la clasificación final, Garin, ganador de tres etapas, aventajó en casi tres horas a Pottier; y Muller, el ciclista que corrió dos Tours el mismo año, concluyó cuarto a cinco horas. El vencedor consiguió una velocidad media de 26 kilómetros por hora, superior a la que podían obtener los automóviles de la época por aquellas rutas.

Ya se iba gestando el mito. Los periodistas ensalzaban a los ciclistas con apelativos y epítetos de estilo homérico: acuñaron la expresión “gigante de la ruta” como sinónimo de ciclista; Garin era “el pequeño deshollinador”; Dargassies, “el herrero de Grisolles”; estaban “el poeta Muller”, “el terrible Aucoutourier” y “el escalador Fischer”. ¿El escalador, en un Tour plano, sin montañas? El apodo le había caído unos meses antes, al final de las 72 horas de París, una de esas pruebas ultramaratonianas tan del gusto de la época, en la que los ciclistas pasaban tres días seguidos dando vueltas al velódromo del Parque de los Príncipes. El alemán Fischer terminó la carrera al borde de la locura. Tiró la bici, salió del velódromo, escaló un árbol y se sentó allí, sobre una rama, en silencio. Durante un par de horas, el alemán no dijo media palabra y nadie le convenció para que bajara. Joseph Fischer, el escalador. Había nacido la leyenda del Tour y la leyenda de sus primeros personajes.

“He sufrido penurias; he pasado sed, frío y sueño; lloré entre Lyon y Marsella”, declaró Garin en L’Auto. “Ahora que la carrera ha terminado y que no estoy obsesionado con la siguiente etapa, puedo decir que vuestra carrera es la más abominablemente dura que se pueda imaginar. Habéis revolucionado el ciclismo. El Tour marcará un hito en la historia de las carreras en ruta”.

El psiquiatra y la machi

Publicado: 4 septiembre 2010 en Oscar Guisoni
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El psiquiatra Arturo Philip es argentino, descendiente de franceses y vive en un pequeño pueblo de la Bretaña, ubicado en el corazón del bosque de Brocéliande, en el lluvioso norte de Francia. En ese bosque, según la leyenda, habitaban el Rey Arturo y sus caballeros.

Para entrar en su casa hay que atravesar un pasillo que es un laberinto. El interior se asemeja a un viejo barco anclado. Philip tiene el aspecto de un antiguo marinero bretón. Suéter de lana azul con cuello alto, pipa, barba blanca y una calva portentosa que termina en una mínima cabellera enloquecida, físico de ex jugador de rugby, hablar sereno, es el autor de, entre otros libros, El hospital bizarro (De los cuatro vientos, 2008), en el que cuenta su historia con la machi mapuche Dominga Ñancufil, una especie de chamana de la última cultura indígena que habitó el sur argentino.

Veinticinco años atrás, Arturo Philip dirigía el Hospital Neuropsiquiátrico de Carmen de Patagones, una ciudad en el confín de la provincia de Buenos Aires, donde comienza la Patagonia. Fue entonces cuando conoció a doña Dominga Ñancufil, a la que describe en su libro como sacerdotisa y médica, una mujer que se convirtió, gracias a él, en la primera machi mapuche que llegó a trabajar en un hospital aportando su cosmovisión a la hora de enfrentarse con la locura.

En el invierno de 1990, Arturo Philip se encontraba en la ciudad de La Plata, a sesenta kilómetros de Buenos Aires. Para ese entonces ya era un psiquiatra célebre, había ganado el premio a la Mejor Labor Institucional otorgado por la Asociación Psiquiátrica Argentina en 1986 por su trabajo con Dominga en el Hospital Neuropsiquiátrico de Carmen de Patagones, y hacía tres años que su experiencia con la machi se había derrumbado. Philip, sin embargo, no había dejado de ocuparse en los temas que le interesaban y había extendido su labor al teatro, presentando una serie de trabajos que contribuyeron a extender su prestigio en otros ámbitos. En esos tiempos comenzó a coordinar en La Plata una comunidad terapéutica que funcionaba como una casa de prealta para pacientes que habían estado internados en hospitales psiquiátricos y requerían una etapa de resocialización antes de volver a sus hogares. Un grupo de estudiantes universitarios de distintas disciplinas colaboraban con la comunidad. Y aunque el periodismo tiene poco punto de contacto con la psiquiatría, al menos en apariencia, decidí sumarme al grupo atraído por la historia del primer psiquiatra que había decidido reconocer los conocimientos de una machi. A la comunidad la conocíamos como “la casa de la calle 7” o “7” a secas. En La Plata las calles no tienen nombres, sino números, y la casa de prealta quedaba en la avenida 7. Era un típico caserón con infinidad de habitaciones y un pasillo central que llevaba a una sala en la que Philip solía hacer esperar a los padres de los pacientes. Las primeras historias sobre quién era en realidad doña Dominga las escuché de primera mano en aquella casa, ya que algunos de los que allí trabajaban la habían conocido en tiempos en los que aún funcionaba el Neuropsiquiátrico de Carmen de Patagones.

El periodista de la desaparecida revista El Porteño, Fernando Almirón, había entrevistado en el año 1983 a la machi en un artículo que tituló “Dominga, la mapuche que venció la tristeza”. “¿Qué es la locura, Dominga?”, le preguntaba Almirón. “Los locos son así porque se les debilita la mente —decía Dominga—. Piensan cosas malas. Unos se enloquecen porque quieren tener mucho, pero no pueden tener. Otros porque quieren trabajar pero no les gusta, y de ahí se transforma la locura, de ahí se transforman los malos pensamientos. Gritan, se desesperan”. El diálogo de la machi con el periodista despertó la curiosidad del mundo intelectual porteño de aquellos años. La mítica revista Crisis, dirigida por Vicente Zito Lema, también se fascinó con Dominga y su historia. En un artículo firmado por Ernesto Adelson, titulado “Mapuches, la salud entre dos culturas” y publicado en 1987 se denuncia que “pese a la obtención de resultados altamente satisfactorios, las autoridades hospitalarias alarmadas despidieron al personal médico interrumpiendo el desarrollo de las actividades”.

Un día Arturo Philip anunció que la machi iba a venir a la ciudad.

El escenario del encuentro no podía ser más sugerente. Philip, además de la comunidad en La Plata, dirigía una fundación llamada Tierra Firme que tenía su sede en una vieja casona aristocrática de la calle Arias, en el elegante barrio de Belgrano, en el norte de la ciudad de Buenos Aires. En esa fundación el psiquiatra atendía pacientes, daba clases privadas y organizaba talleres de fin de semana con grupos de personas interesadas en el conocimiento mapuche y sus aplicaciones en la vida cotidiana.

En uno de los salones de la sede de Tierra Firme, de paredes blancas y piso de madera lustrada, el psiquiatra dictaba en 1991 un curso de seis meses de duración para unas treinta personas bajo el título de “Bienestar, arte sutil y delicado placer”. Dominga fue invitada a participar en una sesión.

El grupo que formaba parte del taller era bastante heterogéneo. Más allá de las cuatro o cinco infaltables señoras new age, incansables consumidoras de cuanto curso con tufillo exótico se hiciera en la ciudad, la mayoría de los presentes teníamos entre 20 y 30 años y procedíamos de los ambientes universitarios o de las escuelas de teatro de la ciudad. Había también pintores, escultores, bailarines. Yo había comenzado el curso motivado por su sugerente título y por la curiosidad que me despertaba acercarme a una cultura de la que sabía tan poco. La mayoría había llegado atraída por el prestigio de Philip no sólo como psiquiatra sino también como director teatral. Ángel Tessadro, un colega de la Facultad de Periodismo al que yo había invitado al taller, era uno de los presentes. “Nunca me había sugestionado tanto”, recuerda con una sonrisa detrás de sus anteojos redondos de comelibros. “Una cosa es leer acerca de los indios mapuches, otra muy distinta es tener una machi al lado haciendo una danza, como aquella tarde”.

¿Cómo había llegado doña Dominga Ñancufil hasta ese lugar? ¿Bajo qué circunstancias se habían encontrado la machi y el psiquiatra? ¿Qué había ocurrido en aquel hospital de provincias entre 1980 y 1987 como para despertar el interés y hasta la fascinación de una ciudad cosmopolita e incrédula como Buenos Aires? Para entender todo eso hay que volver atrás. Muy atrás.

***

Patagonia, a finales de los años treinta del siglo pasado. Escondida entre una mata de árboles una niña mapuche observa con atención el movimiento de los animales que se acercan al “paraíso”. El paraíso se llama Yaimanhué y es el último reducto mapuche que los hombres blancos todavía no han descubierto, a pesar de que hace medio siglo que terminó la guerra de conquista y exterminio que llevó a cabo, en 1880, el ejército argentino comandado por el siniestro general Julio Argentino Roca contra el pueblo mapuche. Yaimanhué es un enclave protegido por los accidentes geográficos cerca de la meseta de Somuncurá, en la provincia de Río Negro. El apellido de la niña, Ñancufil, hace referencia a su antiguo linaje: el águila, ñancu, la serpiente, filü, los animales totémicos creadores de todo lo que existe según la cultura mapuche. La abuela de la niña intuye que el rincón del mundo en el que viven está a punto de ser descubierto por los hombres blancos, los huincas, vencedores de la guerra, y que se aproximan tiempos difíciles para su gente y su cultura. “La abuela me enseñaba cosas que ella sabía. Me decía que yo sería la única que iba a poder andar cerca del hombre blanco sin perder el valor y todo el conocimiento de mi raza”, recordaría años después la niña, ya convertida en doña Dominga.

Los únicos hombres blancos que llegan al rincón de Yaimanhué son los comerciantes siriolibaneses que en esos años recorren la Patagonia llevando mercancías. “De chiquita yo tenía que salir corriendo apenas veía un huinca, y eso hacía cuando empezó a llegar el turco, el mercachifle que venía con mercadería. Yo me escapaba de la casa, me escondía en los matorrales y me quedaba ahí calladita hasta que se fuera la visita. A veces me quedaba un día entero o más. No quería saber nada con los huincas”. Durante esos años, Dominga aprende de la naturaleza, de los animales, los secretos del comportamiento humano. Su abuela la ha apostado entre los matorrales a propósito, para que sepa de la paciencia y ejerza el arte de la observación. “Si aprendés de los bichos —le dice— vas a saber mucho sobre la gente”. Años después, en el hospital de Carmen de Patagones, todo lo que ha observado entre las matas del desierto le servirá para lidiar con la locura.

“Mi abuela era una gran machi. Ella me enseñó a escuchar el agua, la tierra, mirar las señales del cielo, observar el fuego y quemar las porquerías en él”, le contará Dominga años después al psiquiatra en una de las charlas en su casa de la Villa del Carmen, el suburbio pobre en las afueras de Carmen de Patagones en el que vivía. “En aquellos años yo aprendí todo lo que necesitaba para lo que iba a vivir más tarde. La abuela me enseñó a sentir con mi cuerpo los dolores y los sufrimientos de las personas enfermas”.

Cuando su abuela le dijo que estaba destinada a encontrarse con los hombres blancos y a compartir con ellos el conocimiento milenario de su raza, la joven machi se rebeló. “A veces me cansaba y me decía a mí misma: ¿Qué me dice esta vieja? ¿Para qué sirve todo esto? No aceptaba lo que me profetizaba sobre mi futuro. Lo que más rabia me daba era eso de andar cerca del blanco. Yo quería estar siempre ahí, en el sitio donde nací”. Pero una noche, en un bar del poblado de Los Menucos, uno de los empleados del turco Abraham, el vendedor que tanto la asustaba, habló de más y un comisario se enteró de la existencia del poblado mapuche. Días más tarde una patrulla de policía rompió “la cortina de viento” que, según la leyenda, las machis habían tejido alrededor de Yaimanhué para protegerlo de los hombres blancos. Las autoridades huincas pusieron manos a la obra para controlar el pueblo y apoderarse de las nuevas tierras. En esos tiempos se consideraba a los indios poco menos que salvajes y la existencia de una comunidad así era impensable. Las tierras enseguida despertaron la codicia de los poderosos de la zona. El padre de Dominga se resistió y acabó en prisión. “Estuvo en el calabozo el tiempo suficiente para que nos quitaran todo”, le dirá años después Dominga a Philip. “Mi pobre madre veía cómo se llevaban las ovejas, las cabritas. Ella entendió que había llegado el momento de repartir a sus hijas. Salimos cada una para donde pudimos. Hasta esa época, yo no sabía lo que era sufrir”.

Dominga fue a parar a Carmen de Patagones. Apenas era una adolescente. Ya en la ciudad de los blancos, empezó a pensar que su abuela se había equivocado. Era un mundo de “injusticias y mentiras” en el que nadie parecía dispuesto a recibir su conocimiento. “La primera que había llegado era mi hermana Anastasia, la menor”. Después, de a poco “vino toda mi familia. Aquí nos pudimos juntar de nuevo; despacito, cada uno pudo hacerse la casita, en esta villa que es casi toda de nuestra gente”. No fue un periodo agradable para ella, que nunca hablaba de esos años en los que sólo se dedicó a criar hijos, primero con un hombre de su raza que fue su marido, después con un descendiente de siriolibaneses, con el que vivió hasta sus últimos años.

A punto estaba por olvidarse de las profecías de su abuela mientras se dedicaba “a la curación de enfermos, gente que venía de todos lados para verme y pedirme que la ayudara, hasta que algunos paisanos me empezaron a hablar de un médico que los atendía bien en el hospital municipal. Tanto me dijeron que yo fui a verlo, me hice pasar por enferma, le dije que me dolía la cabeza. Y la verdad que me trató muy bien, como nadie antes lo había hecho. El doctor ni se dio cuenta a lo que yo iba. Yo quería conocerlo, estudiarlo un poco. Después estuve pensando mucho en ese doctor y pasó un tiempo antes de que él viniera a verme. Me trajo un enfermo del hospital que no podían curar. El médico no se acordaba de mí, pero yo me dije: a lo mejor mi abuela tenía razón”.

***

Arturo Philip pisó por primera vez Carmen de Patagones cuando tenía 18 años, en diciembre de 1965. El tren que lo llevaba junto a sus compañeros del colegio desde Buenos Aires a Bariloche en viaje de estudios, se detuvo en la polvorienta estación construida por los ingleses a finales del siglo xix. “No sé por qué”, dice, mientras observa la caída de la tarde sobre el verde espeso de la Bretaña, “pero en mi mente jugué con la idea de quedarme y no continuar el viaje. Diez años más tarde ese inocente juego se hizo realidad”.

En 1965 las bombas llovían sobre Vietnam, Los Beatles enloquecían los oídos del planeta y los estudiantes de París no habían cubierto todavía el mundo de sueños imposibles, pero ya se respiraban aires de rebelión global. Hacía apenas un año, en Londres, el psiquiatra escocés Ronald Laing y el filósofo y psiquiatra británico David Cooper habían publicado Razón y violencia, un libro que Philip no tardaría en leer, junto al mítico Psiquiatría y antipsiquiatría, el texto con el que Cooper sacudiría dos años más tarde, en 1967, los cimientos del concepto de enfermedad mental y de las formas tradicionales de tratarla. Cooper había pegado una patada en la mesa de la psiquiatría tradicional al dejar de considerar la locura una enfermedad química y trasladando el núcleo del problema a la cultura, la familia y el contexto general del enfermo.

Después de ese viaje a Bariloche, Arturo Philip, que provenía de una familia de clase media de La Plata, comenzó sus estudios de psiquiatría en la Universidad Nacional de su ciudad. Años después, ya con el título bajo el brazo y luego de una breve experiencia en el Melchor Romero, uno de los hospitales neuropsiquiátricos más importantes de Argentina, decidió que era tiempo de abandonar la ciudad y marchar al sur. Corrían los años de plomo y fuego, las bandas ultraderechistas de la Triple A acosaban a los intelectuales y militantes de izquierda, mientras que se multiplicaban las guerrillas que pretendían lograr la revolución con la lucha armada. “Se habían despertado las peores ambiciones de los mediocres y violentos, el país se sumergió en una feroz batalla por aniquilar a quienes pensaban distinto y el precio por sobrevivir consistía en cerrar los ojos”, recuerda. Un año después de instalarse en Carmen de Patagones el general Videla dio el golpe de Estado el 24 de marzo de 1976 y comenzó la peor dictadura de la historia argentina.

Durante esos años los pueblos y las pequeñas ciudades del interior del país fueron un territorio de exilio. Allí se podían hacer cosas que, con sólo proponerlas, en Buenos Aires podían llegar a costar la vida. En 1980, Arturo Philip se hizo cargo de la dirección del Hospital Neuropsiquiátrico de Carmen de Patagones y decidió implementar un sistema “que se conoce como ‘comunidad terapéutica’, en el que no hay lugares de privilegio entre pacientes, enfermeros, profesionales y vecinos; cualquiera de ellos podía manifestar su opinión en las reuniones semanales que se llevaban a cabo”, explica en El hospital bizarro. El nuevo director abrió además las puertas del neuropsiquiátrico, permitiendo a los pacientes “pasear por las calles, visitar a sus familias”. Pero había un problema sin resolver. Gran parte de los internos pertenecían a la etnia mapuche y las nuevas concepciones terapéuticas que se empezaban a aplicar en la institución no resultaban muy eficaces con ellos.

“Yo estoy enfermo porque me hicieron un daño, me metieron algo en la sangre para que me vuelva loco. Creo que ningún médico podrá curarme”. De esta forma describía César C. su enfermedad y así consta en su historia clínica. César era de origen mapuche y contra él se habían estrellado todas las técnicas terapéuticas del nuevo director del hospital y de su equipo. “No ingería alimentos y su estado se tornaba cada vez más crítico —recuerda Philip—. Sólo sobrevivía gracias al suero, todo parecía anticipar un final nada feliz. En un esfuerzo desesperado, una psicopedago-ga estuvo todas las mañanas durante un mes sentada junto a su cama tratando de hablarle con cariño, intentando comunicarse con la ayuda de un títere, pero fue inútil”. Arturo Philip recordó entonces que la socióloga del hospital le había hablado de la presencia, en los alrededores de la ciudad, de una machi, una curandera mapuche. Como ya no le quedaban opciones para salvar a César, el médico arriesgó una última carta. “Conseguí la dirección de esa mujer y me fui a visitarla. Le comenté el caso y la machi aceptó ver al paciente, pero en su casa y sin nadie presente”, recuerda.

Jacinto Ñancufil también guarda un preciso recuerdo de ese día. Jacinto es el actual lonco —jefe, en su lengua—, de la comunidad mapuche de Carmen de Patagones. Tiene el mismo apellido totémico que Dominga y en su porte se adivina el linaje que los une. Sentado a la mesa del comedor de su humilde casa, en el que abundan amarillentos cuadros con la figura de ese extraño santo católico de origen mapuche que es Ceferino Namuncurá, junto a fotos de una familia infinita, Jacinto recuerda que “lo de Arturo fue muy bueno porque creyó en Dominga, muy pocos profesionales creen que nosotros podemos recuperar un enfermo”. Después de dejar a César C. en una habitación a solas con la machi, el psiquiatra y la enfermera que lo llevaron hasta allí se quedaron a esperarlo, sentados en el coche. No había pasado ni una hora cuando César apareció “por la puerta del frente de la casa seguido de Dominga y diciéndome: ‘Bueno, doctor, ya estoy mejor. Voy a comenzar a comer y a tomar los remedios que usted me quiere dar porque estoy muy débil. Qué malos momentos les hice pasar, deben disculparme’ ”.

“Todo esto nos modificó nuestros esquemas —cuenta Philip—. En un primer momento pensamos que nos habíamos equivocado con el diagnóstico del paciente, pero luego lo confirmamos”.

Silvia Ocampo también es psiquiatra y actualmente dirige el Hospital General de Patagones. En aquella época se encontraba haciendo las prácticas bajo la dirección de Arturo Philip. “Yo venía de trabajar en el Melchor Romero —afirma— y si alguien venía y me decía que tenía un daño lo medicábamos como si estuviera alucinando. Aquí me di cuenta de que se trataba de una cuestión cultural, algo diferente”.

“Cuando vi ese resultado comprendí que no podía quedarme quieto”, sostiene Arturo Philip y los ojos se le van iluminando con los recuerdos. “Mi curiosidad médica me llevó acercarme a Dominga y pedirle permiso para aprender de ella”. Pero la machi pensaba más en un intercambio que en tener un aprendiz, así que finalmente “hicimos una alianza, no hubo un maestro y un discípulo. Entonces nos pusimos a trabajar juntos en resolver patologías, sobre todo de gente de su raza. Dominga nos estaba abriendo la puerta al mundo oculto de América, de la América profunda, pero eso lo íbamos a descubrir después”.

A pesar de que por respeto nadie quiso preguntarle a César qué había sucedido en aquella habitación con la machi, los médicos del hospital pudieron oír luego cómo les contaba el episodio a sus compañeros de habitación. Arturo Philip recrea el relato en su libro: “Cuando el doctor me dejó solo con doña Dominga, ella se me vino encima y me dio un empujón que me tiró al piso. Yo no me asusté ni nada, pero estaba tan débil que no podía moverme, así que me quedé tirado mientras la machi empezó a dar vueltas alrededor. Daba vueltas y vueltas, y cantaba bajito. Yo empecé a marearme, a ver todo nublado, y entonces ella se me acercó y me metió la mano en el estómago. Me metió la mano y todo el brazo adentro. Yo sentía como me revolvía las tripas. Sentí un gran dolor, creí que me iba a desmayar. Entonces ella agarró algo que estaba muy prendido en todo mi cuerpo y empezó a tirar para afuera. Hasta que sacó una serpiente, estaba viva dentro de mi cuerpo. Después la machi me mostró cómo le aplastaba la cabeza con una piedra contra el piso”.

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Con la historia clínica de César en la mano, Arturo Philip decidió tomar la decisión más arriesgada de su carrera: incorporar a Dominga Ñancufil a la plantilla del Hospital Neuropsiquiátrico de Carmen de Patagones en calidad de asistente terapéutica. Terminaba el año 1983 y con él también la dictadura militar. Con la democracia florecieron los viejos sueños y volvieron a ocupar posiciones de poder algunos soñadores. Uno de ellos era el médico psiquiatra Miguel Materazzi, que fue nombrado director de Salud Mental de la Provincia de Buenos Aires y que en esos tiempos presidía la Asociación de Psiquiatras Argentinos. “Cuando me encontré con Arturo Philip” —recuerda desde su casa en Buenos Aires— me di cuenta de que era una persona superadora, con una visión distinta de la profesión, que tenía un proyecto claro para hacer un hospital de puertas abiertas. Entonces me contó sobre las vivencias fuera de lo común que tenía con doña Dominga”. Con el apoyo de Materazzi la gobernación dio el visto bueno al incipiente trabajo que se estaba desarrollando en el hospital de Carmen de Patagones. “Dominga era una mujer con una presencia extraordinaria —recuerda Materazzi— con una hidalguía y una sapiencia fuera de lo común. La experiencia de Philip fue significativa porque demostró que no hay una sola verdad, que no puede ser todo visto desde un solo punto de vista y que la medicina occidental no puede ser tan omnipotente”.

El trabajo con los pacientes mapuches comenzó a dar tan buenos resultados que Arturo Philip creyó oportuno probar las técnicas de la machi con una paciente de raza blanca. Para sorpresa de los miembros del equipo, el experimento funcionó. La paciente, de nombre Norma, era hija de un hombre alcohólico y agresivo que había intentado violarla cuando ella era niña. En su libro La curación chamánica (Planeta, 1994) Philip cuenta que el padre de la paciente muere “cuando ella tiene apenas 17 años” y poco después Norma ve su cara “en el rostro de su compañero de baile en una situación claramente erotizante”. Norma comienza a sentir que su padre la posee, por lo cual Philip y su equipo deciden “resolver la situación dentro de la misma concepción mítica de la paciente. Es decir, estábamos dispuestos a realizar un exorcismo. La lectura de Una neurosis demoníaca en el siglo xvii de Sigmund Freud nos aportó algunas puntas —recuerda hoy Philip—, pero la cuestión era ¿quién iba a ocupar el lugar del exorcista? ¿Un médico? ¿Un cura?”. “Yo lo voy a hacer”, dijo entonces doña Dominga.

Dominga iba todos los días al hospital y compartía con los médicos las reuniones en las que se evaluaban las historias clínicas, pero cierto tipo de ceremonias necesitaba hacerlas siempre en el contexto de la naturaleza. Por esa razón el ritual mapuche se llevó a cabo durante la noche en las inmediaciones de “la loma”, un terreno elevado a orillas del Río Negro en el que los mapuches de la zona llevan a cabo sus ceremonias. Philip y un par de colaboradores llevaron a la paciente hasta el lugar donde la estaba esperando la machi. En medio de la oscuridad, valiéndose sólo de la palabra y la sugestión del paisaje, Dominga revivió los fantasmas de la paciente y comenzó a modificar su percepción de la realidad. Para sorpresa de todos, Norma experimentó una gran mejoría. Con esta historia clínica bajo el brazo, más una exposición detallada del trabajo que se realizaba en el hospital, el equipo de Philip enfrentó en abril de 1986 al jurado del Primer Encuentro Nacional de Psiquiatría que se realizaba en la ciudad de Tucumán, en el norte argentino. Se llevaron el Premio a la Mejor Labor Institucional del país.

El hospital era pequeño y no albergaba a más de una treintena de pacientes, así que en poco tiempo Dominga se encontró dando consejos sobre casi todos los casos. “Para los que veníamos de la ciudad, después de habernos quemado las cejas en la universidad, era un duro golpe a nuestro narcisismo tener que discutir con la machi si correspondía o no que le diéramos a tal enfermo una medicina”, recuerda Silvia Ocampo.

“Los resultados fueron tan buenos —cuenta Philip— que en poco tiempo el hospital se fue vaciando”. Los pacientes que quedaban disfrutaban del régimen de puertas abiertas que el hospital instauró siguiendo el modelo de la psiquiatría italiana que era puntera en Europa en este tipo de propuestas. El equipo del hospital comenzó a concentrarse en la salud mental de la población desde un punto de vista preventivo. El hospital empezó a organizar cursos, obras de teatro con participación de los enfermos y un gran número de actividades que involucraban cada vez más a la gente de la pequeña ciudad, lo que contribuyó también a despertar las resistencias de los sectores más conservadores.

Philip, mientras tanto, compatibilizaba su labor frente al hospital dando clases en la Universidad del Comahue, al tiempo que coordinaba el Programa de Epidemiología Psiquiátrica en Patagonia creado por el Consejo Nacional de Investigaciones Científicas y Técnicas (Conicet) que dirige el prestigioso Fernando Pagés Larraya. La Asociación Psiquiátrica Argentina lo puso al frente de su Capítulo de Psiquiatría Transcultural, empezó a dictar clases en el Instituto de Psiquiatría de la Universidad de Londres y a llevar a cabo trabajos etnográficos sobre el terreno en Colombia junto a Nohemi Infante, consejera de la Organización Panamericana de la Salud. Visitó Perú y Brasil para continuar con sus investigaciones sobre el uso del mito y de la medicina tradicional indígena a la hora de abordar la locura. “El Hospital se transformó en la niña bonita de la psiquiatría nacional —recuerda—. En los meses siguientes recibimos numerosas visitas, médicos, psicoanalistas, profesionales de la salud mental del país y del extranjero, artistas, directores de teatro, periodistas”.

Pero en la conservadora Carmen de Patagones se estaba gestando la reacción. El hospital tenía los días contados.

En octubre de 1987 se impuso, en las elecciones a gobernador de la provincia de Buenos Aires, Antonio Cafiero, un exponente de los sectores más conservadores del peronismo. Miguel Materazzi abandonó su cargo de director de Salud y Arturo Philip se quedó sin respaldo. En Carmen de Patagones se hizo, con el gobierno municipal, del mismo sector político. Irene Roldán, una psicopedagoga empleada del hospital, hija de un militar implicado en la dictadura y con asiduos vínculos con la Iglesia católica, para quien Dominga era una simple curandera ejerciendo ilegalmente la medicina, le advirtió a Philip que, según su parecer, “estamos transitando por el borde de un peligroso abismo”. Poco después, en connivencia con políticos locales y un grupo de profesionales recién llegados, molestos con el lugar que se le había otorgado a una machi sin estudios, Irene se prestó a denunciar a sus colegas, a pesar de que todo el trabajo que se estaba haciendo era legal. Sin prestar mucha atención a las formas legales, el municipio despidió a todo el equipo médico sin siquiera hacerles un sumario administrativo. Fue un final abrupto y fulminante. En 1992, después de un largo proceso, la Corte Suprema de Justicia de la provincia de Buenos Aires le dio la razón a Arturo Philip, en el juicio que éste inició contra la municipalidad por la forma arbitraria de acabar con el programa de salud que se estaba llevando a cabo. Pero el hospital no volvería a abrir sus puertas, ya que el municipio decidió quitarle su independencia y lo puso bajo la jurisdicción del Hospital Municipal como una simple Área de Salud Mental. Las puertas se cerraron y los pacientes volvieron a ser tratados de modo convencional.

Dominga le había advertido a Philip lo que estaba por suceder. Lo hizo a su manera. La machi intuía que la cultura blanca estaba empezando a defenderse de su conocimiento. Le dijo al psiquiatra que iba a encontrarse pronto una serpiente en su camino y que si no quería que “sucedieran cosas malas” tenía que matarla. “Un día me fui a correr al cerro, como hacía a menudo —cuenta Philip— y una serpiente se cruzó delante. Me detuve con intenciones de matarla, pero pudo más mi razón y me dije ‘pobre bicho’ y la dejé marchar”. Cuando la tempestad que acabó con la experiencia se desató, Arturo Philip recordó el incidente. Pero ya era demasiado tarde.

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En 1992, Arturo Philip no sólo ganó su lucha en la justicia, sino que decidió poner pie en Europa con el objetivo de difundir la experiencia aprovechando el prestigio internacional que había ganado en el campo psiquiátrico. Durante los cinco años que siguieron, Dominga lo acompañó por todo el país dictando conferencias y realizando talleres en los que la machi siguió ofreciendo al hombre blanco sus conocimientos, tal como su abuela se lo había anunciado. Cuando se disponía a viajar en compañía de Philip a España, la muerte la sorprendió en su humilde rancho de Carmen de Patagones. Nadie sabía su edad, tal vez ni ella misma. Ni siquiera sus más allegados supieron muy bien cuál fue el mal que terminó por carcomerla. Durante los últimos años un grupo de su propia gente le había dado la espalda. No comprendían las razones por las que había decidido compartir su conocimiento ancestral con los hombres blancos. Ya no contaba con los ingresos que le proporcionaba el hospital, donde cobraba un modesto salario como asistente, aunque no le faltó trabajo durante sus últimos años gracias a las actividades que realizaba, junto a Philip y el pequeño equipo que siguió acompañando al psiquiatra durante los tiempos que siguieron al cierre del Neuropsiquiátrico. Murió con la misma dignidad con la que vivió toda su vida, sin que nadie escuchara de su boca una queja. Hoy vive en el recuerdo de los muchos hijos que tuvo, mientras los mapuches de Carmen de Patagones esperan que se cumpla la leyenda y que la machi vuelva reencarnada en una de sus nietas. “Se murió Dominga, se acabaron las machis”, dice Jacinto Ñancufil con una triste contundencia en su mirada. “Hasta donde sabemos —dice Guillermo Sabanes, uno de los hombres que acompañó a Philip en la aventura—, nadie hasta ahora ocupó su lugar”.

Una vez en Europa, Arturo Philip se alejó progresivamente de la práctica psiquiátrica convencional, un espacio a su juicio ocupado cada vez más “por las multinacionales de los medicamentos que sólo buscan hacer negocio”, y decidió volcar su experiencia en el teatro y en el cine documental, dirigiendo obras como Ciao, Diego, un documental en el que indaga los orígenes del mito Diego Maradona filmado en la ciudad de Nápoles en 1996, que fue exhibido en distintos circuitos alternativos de Europa y América Latina. En 1996, precisamente, la justicia decidió restituirlo en el cargo de director del hospital. “Un hospital que ya no era el mismo”, recuerda, ya que ahora dependía del hospital central y no tenía autonomía. De regreso en Carmen de Patagones, el psiquiatra decidió crear un área científica desde la que desarrolló trabajos de investigación y docencia hasta que se jubiló en 2007. Durante todos esos años no dejó de transmitir la experiencia sin par que significó ese pequeño hospital patagónico. A finales de los años noventa fundó en París la Asociación Cultural Franco-Argentina, que luego radicó en la región de Bretaña y abrió el portal http://www.eventualmente.com, uno de los sitios pioneros en atención psiquiátrica virtual, en el que promovió también su trabajo artístico, sus documentales y sus libros. Hoy vive en Francia, en la tierra desde la que partieron sus abuelos hace un siglo. Su experiencia con doña Dominga es objeto de estudio en varias facultades de psicología de América Latina.

Ninguno de los veinte niños reunidos esta mañana ha sentido el placer de matar. Todavía no. Pero es seguro que pronto, en algunos años, varios de ellos verán con placer a sus adversarios tendidos sobre un charco de sangre. Para eso se entrenan y obedecen a su instructor. Son aprendices de toreros y como tales aún no están en condiciones de tener una víctima. Ser adultos y poder perseguir un animal y matarlo con arte y recibir aplausos por ello es todo lo que desean por ahora. Hoy es un sábado de noviembre en el ruedo de Nimes, en el sur de Francia. Uno de los estudiantes de la Escuela de Tauromaquia de la ciudad, que funciona en este lugar, se inclina mientras deja caer a un costado la capa; luego se adelanta con los brazos y sortea la embestida de unos cuernos de mentira. Da un giro leve, adelanta la pierna derecha y vuelve a alzar en vuelo el paño rosado con el que esquiva a otro niño que embiste como un toro enfurecido. El sol graba un instante dorado en las gradas semivacías de la plaza, mientras los niños y adolescentes de entre siete y veinte años practican el toreo de salón, una imitación del arte taurino que consiste en torear sin un toro. En matar de mentira. Al menos por ahora.

El instructor alza la voz y le ordena al aprendiz de torero que se quede quieto, sin levantar los pies del ruedo. Antes le ha pedido que cambie el paño rosado (capote) por una muleta, ese palo de madera unido a una tela roja que se despliega por el aire creando la forma de un corazón. Todo el secreto se encuentra allí –explica el instructor–: en el arte de provocar al toro y guiarlo sólo con la muleta, logrando que éste pase de largo, como una ráfaga filosa que sólo debe rozar el abdomen. El aprendiz se llama Steven Lenfant, tiene once años y está inmóvil como una estatua de mármol. Su muleta dibuja un agujero de sombra en la tierra cuando Thomas Ubeda, un compañero de siete años, se acerca dando zancadas como una pulga, mientras sostiene un par de cuernos entre los puños. En el ruedo hay otras ocho parejas que practican, alternativamente, a ser el toro y el torero. En lo alto de las gradas, durante tres horas, algunos padres observan una y otra vez la representación. Son sólo una muestra escasa del público que en el futuro podría estar aplaudiendo a rabiar el espectáculo de verdad. Cuando sus hijos, por fin, puedan llamarse matadores.

Ahora los alumnos se toman un descanso. Thomas, el aprendiz que hacía de toro hace un rato, apoya los cuernos en la arena y acomoda sus gafas antes de salir corriendo a abrazar a su padre. Es flacucho, se parece al mago Harry Potter y se hace llamar El niño de la plaza. Su padre le acaricia los hombros y cuenta que a los cuatro años Thomas ya se interesaba en los toros. Ahora tiene unos espléndidos trajes de luces que le cose su abuela. ¿Qué es lo que le puede atraer a un niño de las corridas de toros? La respuesta de Thomas es un simple no sé. Le cuesta explicarse.

Steven Lenfant, el compañero de once años que hacía de torero, está a unos metros acomodando el capote sobre la barrera que separa las gradas de la arena.

–A mí me encantan los toros –dice–, su bravura, su coraje.

–¿No te da un poco de pena que haya que matarlos? –le pregunto.

–No, porque no me pasa a mí. No soy el toro, y no me da pena porque nosotros también recibimos cornazos.

Ha dicho nosotros. Nosotros los toreros, claro. Steven parece un niño con prisa por ser mayor, y ya demuestra esa indiferencia profesional ante la suerte del toro. Como si se le preguntara si le mortifica aplastar a una mosca. ¿Es que alguien se pregunta si es correcto matar un insecto? En todo caso, Steven se hace llamar Angelito. Fue su hermana quien, a su pedido, lo ayudó en la búsqueda de un apodo español. La creatividad de los toreros para inventarse apodos es una tradición que viene de lejos. Este hábito –según escribió el ex matador y periodista taurino, André Viard– se debe al universo familiar y cercano en el que se vivía antes de la globalización. Entonces, era sencillo identificar a las personas con sobrenombres que hacían referencia a sus cualidades físicas, lugar de nacimiento u oficios. En el siglo XVIII los toreros comenzaron a hacerse llamar de modos tan divertidos como ridículos. Cagancho, Lagartijo, Frascuelo, Perrucho o Cara ancha son ejemplos del empeño teatral de la fiesta. Una corrida de toros es un espectáculo: hay un escenario, un torero con seudónimo llamativo, un público que aplaude o calla para aprobar o desaprobar la función y, por supuesto, está la burbuja de fama que envuelve a las celebridades, cada vez más precoces. De todo ese sistema, los aprendices de esta escuela apenas tienen el sobrenombre, que es como empezar a poseer esa versión adulta de sí mismos.

Fin del recreo. Thierry Vau, el instructor, se dirige al centro de la arena y ésa es la señal para que comience un ballet monótono y repetitivo. Otra vez los alumnos conforman parejas; uno es el toro, otro el torero. Sin toros ni becerros ni vaquillonas de verdad el entrenamiento es de un aburrimiento atroz. Para un espectador profano, los movimientos de estos dúos infantiles son como los aleteos de los pájaros bebé, que intentan aprender a volar por cuenta propia. El instructor Vau tiene el cabello graso que cae a los costados de su rostro como una letra V invertida, lleva lentes, camiseta verde y un pantalón deportivo. Para los más pequeños, me explica en el centro del ruedo, las clases se tratan de un juego. El talento, dice, se ve en la prestancia, el porte; y luego alza un brazo en dirección de un adolescente de catorce años llamado Alexandre Dumas, como el autor de Los Mosqueteros, y a quien quizá ya no le hace falta un apodo. El muchacho es el ejemplo de aquello que el instructor llama «elegancia», pero sus acciones sólo parecen ademanes disforzados. Por allí hay un joven rubio y esbelto. Su nombre es Arthur Pons, tiene dieciséis años y dejó París un año antes para hacer realidad su sueño de convertirse en matador, como se llama a los toreros. Su pasión taurina tiene un origen extraño: una fotografía. Pons tenía trece años cuando vio en una revista la imagen del torero español Enrique Ponce y supo que quería ser como él: bello y valiente. Lo que parece entusiasmar a todos los aprendices es la extravagante combinación de hombría enfrentada al instinto animal, mezclada además con la coquetería en la manera de vestirse y adornarse como un príncipe pomposo de los toreros consagrados.

Salir malheridos o morir en el ruedo es un riesgo aún inexistente, propio de los matadores adultos. El dolor no es materia de esta escuela de aprendices. Para sufrir está la vida real.

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Hay que tener más de dieciséis años para poder matar a un toro en Francia. Pero esta ley «humanitaria» puede jugar en contra del entrenamiento de un profesional de este país. El Juli, en España, fue un torero precoz favorecido por otras circunstancias: tenía ocho años cuando mató a su primer toro en un criadero privado. Michelito, en México, tiene apenas diez años y ya ha dado cuenta de cincuenta animales. El primero de ellos, cuando tenía apenas seis años. Michelito es el hijo de un antiguo torero francés y es capaz de lidiar animales de hasta doscientos cincuenta kilos. En agosto del 2008, cuando visitó Francia, un frente antitaurino le impidió torear un animal de esa envergadura con el argumento de que ningún menor de edad puede trabajar. Al final, el niño sólo se lució ante novillos de setenta kilos. A pesar de sus trayectorias extraordinarias, los ejemplos de Michelito o El Juli son imposibles de reproducir en un país como Francia, donde las leyes son más severas y establecen una carrera contra el tiempo en los egresados de las cuatro escuelas de toreros que existen en el país. Estos centros de enseñanza, lejos de estar prohibidos, son subvencionados por el Estado, que invierte medio millón de euros en la formación de matadores. De esa manera, los alumnos pueden estudiar esa profesión pagando cien euros al año. El precio de una entrada a un partido de fútbol en cualquier país de Europa.

¿Pero qué se puede aprender en una escuela de toreros además de lidiar al animal? La directora de la Escuela de Tauromaquina de Nimes, Brigitte Dubois, observa la clase a un costado del redondel y dice que la tauromaquia puede enseñarles a los muchachos el coraje, el respeto y el valor de las cosas. ¿Y respecto al caso del precoz Michelito? A los seis años se es muy pequeño para lidiar toros. «Pero si hay talento –reconoce ella con un suspiro de resignación– son los padres los que deben decidir». Poco después, llega un hombre rubio y, desde atrás, empuja levemente a Dubois como un toro amansado. Mientras ella lo reta con amabilidad, él alza los brazos hacia mí y exclama: «Eres de la liga anticorridas». Se llama Maxime Ducasse y es un antiguo torero cuyos ojos azules ahora están ahogados en un pozo de arrugas. Él aclara que sólo se trataba de una broma. Dice que comprende a aquellos a quienes no les gustan las corridas, pero no entiende que quieran prohibirlas. Ahora es Dubois quien se esfuerza por ilustrar su pasión.

–Usted no se imagina cuánto amamos a este animal. Hay una relación entre el hombre y el toro que es extraordinaria.

Puede sorprender ese sentimiento amoroso: el amor de los amantes de las corridas por un animal que el torero somete a un ritual que terminará con su muerte. Pero es un sentimiento bastante real.

–El hombre –dice ahora la directora de la escuela– mata al animal porque la muerte es el final inevitable: todos vamos a morir. Lo mata, pero lo respeta. Se lo mata noblemente. El torero va a dignificar la muerte del toro.

¿Es que en menos de veinte minutos una bestia desangrada, mareada, rodeada de picadores, puede morir con dignidad? La escritora Rosa Montero, cuyo padre fue un torero en España, me dijo a través de un correo electrónico: «Estoy completamente en contra de la fiesta taurina, desearía con todo mi corazón que la sociedad hubiera aumentado su intransigencia ante la violencia hasta el punto de que un ritual tan cruel no resultara admisible ni fuera considerado una fiesta. Sobre los niños toreros, me parece simplemente una atrocidad y una barbaridad». Ajena a este debate, una mujer pequeña se esconde detrás del callejón del ruedo de la escuela –el espacio entre las localidades y la barrera de las plazas de toros–. Es la mamá de Steven, el pequeño aprendiz de torero a quien el maestro daba instrucciones. Ella nunca está demasiado lejos de su hijo. Se llama Marie Lenfant. Su apellido, curiosamente, quiere decir el niño. Tiene una sonrisa luminosa y cada vez que se le nombra la palabra toro suspira un poco y sus ojos se vuelven chispeantes. Lenfant vive en Arles, una ciudad a treinta kilómetros de Nimes. Todos los sábados recorre ese trayecto con la esperanza de que un día Angelito se convierta en una leyenda.

–Ya verá –dice invitándome a visitar su casa–. Su cuarto es un altar taurino.

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Toda escuela es una burbuja a salvo de la crueldad del mundo, y el mundo suele ser cruel con los toreros de verdad. Muchos los detestan. Por eso, la Escuela de Tauromaquia de Nimes parece un remanso aislado del universo de personas que luchan por que se cierren las plazas y se prohíban las corridas. El movimiento antitaurino (un entramado mundial que incluye a vegetarianos, defensores de animales, adeptos de la ecología, entre otros) aumenta cada día sus soldados. Siete de cada diez españoles desaprueban el espectáculo taurino, según una encuesta de la empresa Gallup, y entonces España, el país de los toreros más famosos, pronto podría no serlo más. En las islas Canarias, las corridas ya han sido prohibidas. Barcelona fue declarada en el 2004 una ciudad antitaurina y, tres años después, cinco mil personas se manifestaron en sus calles en contra de ese espectáculo que por siglos ha formado parte de la identidad de ese país. Ser o no ser. Matar o no matar. Aplaudir o dejar aplaudir el espectáculo por cientos de años aplaudido. Ése es el dilema.

Pero la prohibición de las corridas podría significar también el final de la raza de animales que participan en ella. Parece un contrasentido, una ironía, pero el argumento de los grupos taurinos es así de simple: sin corridas no habría toreros, ni espectáculo, ni muerte, pero tampoco existirían los toros de lidia. Las corridas, dicen ellos, pueden ayudar a preservar esa pequeña parte de la fauna del planeta cuyo único fin es luchar. Se dice que el toro de lidia desciende del uro salvaje, una especie bovina que habitaba Europa y que solía soltarse en los circos romanos. Ahora sus descendientes requieren los preparativos propios de un concurso de belleza antes de ser arrojados a la arena como fieras temerarias y sensuales. El ganadero Olivier Riboulet dice que el toro con trapío –aquel animal que causa respeto al margen de su tamaño– debe tener la musculatura y las carnes firmes propias de un atleta; el pelo brillante, limpio y bien parado; las patas finas, las pezuñas redondeadas y pequeñas; los cuernos limpios, la cola larga y los ojos negros y vivaces. Durante una corrida, el toro de lidia no sufre –explica ese criador a través del teléfono–. «Si lo hiciera no lucharía hasta el final. Por el contrario, en un matadero siente la sangre, se estresa y pierde fuerza. Los toros de lidia son capaces de matarse entre ellos. El toro bravo es un toro que nos merece respeto porque puede matar». Las corridas son el destino de esos animales furiosos, dice. Han sido criados, desde la antigüedad, para ese fin.

Criarlos no sólo es una práctica tradicional y popular sino un negocio. Cada año, se matan mil doscientos toros en los ruedos de Francia. En España, doce mil. Hay que sacar una calculadora para saber lo que ganan los criadores al vender cada unidad: entre mil y dieciocho mil euros, por cada cabeza, cuando se trata de las razas más exclusivas. Pero incluso esas cifras resultan insignificantes si se piensa en el millón y medio de toros que la industria de la carne sacrifica todos los años en Francia. Allí, encerrados en cubículos, rodeados de sangre y ruidos de sierras, esos animales mueren de un golpe seco sin que, a lo largo de su vida, puedan gozar de la libertad que tiene un toro de lidia, criado durante cuatro años al aire libre, en fincas donde se les reserva hasta una hectárea por cada espécimen. ¿Qué es mejor? ¿Qué es peor? ¿El espectáculo público de un toro muerto a banderillazos o la matanza privada de un animal que jamás ha podido correr al límite de sus fuerzas?

Las relaciones que unen al hombre con el toro han sido siempre complejas. Pablo Picasso realizó en 1935 la Minotauromaquia, un aguafuerte dedicado al minotauro, aquel ser mitad hombre, mitad toro, que es el símbolo de esa misteriosa relación de atracción. Goya también fue un gran aficionado a los toros y hasta le dedicó una serie de grabados: La tauromaquia. También cayeron seducidos ante este espectáculo el poeta García Lorca y el escritor Ernest Hemingway. El mundo taurino y el arte se entrelazan y esta relación suele ser una especie de coartada para todo aficionado que se siente obligado a defender su pasión. Allí donde algunos ven un espectáculo ramplón y cobarde, otros encuentran belleza. Hay quienes creen que el matador –como Hércules al cruzar el mar con el toro de Creta en sus hombros– es un héroe hermoso y trágico. Otros, en cambio, lo consideran un farsante que se menea desafiante ante la bestia y, con impunidad, la asesina para el aplauso de la multitud. Hay lugares, como el Perú, donde las corridas fueron importadas desde Europa y ahora son parte de sus fiestas tradicionales: cada día hay por lo menos una corrida en algún pueblo de este país. En ese mundo disperso de las corridas, las celebridades son los toreros consagrados, que pueden llegar a ganar más de trescientos mil euros por cada participación. Una cantidad cercana al sueldo de un futbolista consagrado. ¿Acaso no hay buenas razones para soñar con ese oficio tan rentable?

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«Su cuarto es un altar taurino», me dijo Marie Lenfant invitándome a conocer la casa donde crece su hijo Steven, el aprendiz de torero. Así que he llegado a Arles para ver cómo vive un niño que sueña con ser matador. En la ciudad, el cielo arroja agua a cántaros. Lenfant se ha tomado parte del día y ha ido a buscarme a la estación de tren. Es un jueves a media mañana y, mientras recorremos la ciudad en su impecable automóvil blanco, ella me cuenta que se dedica a limpiar casas y que pertenece a la quinta generación de una familia de arlesianos. Así se llama a los habitantes de esta ciudad fundada por los conquistadores romanos, cuya plaza de toros es el mayor anfiteatro clásico de Francia y ha sido declarado Patrimonio de la Humanidad por ese motivo. Aquí el toro y su fiesta son parte de la vida cotidiana de las personas. Es decir, la diversión de fin de semana no es el fútbol, sino las corridas.

Marie Lenfant vive en Place Toscane, en Barriol, un suburbio de edificios algo vetustos de donde han salido ocho matadores (de los cincuenta que han obtenido la alternativa, el rito que consagra a un aspirante como verdadero matador) de Francia. En el edificio donde vive ella, el ascensor de metal gris despintado se detiene en el séptimo piso. Allí nos espera Steven. Hoy faltó a la escuela porque le duele un poco el estómago, pero de todos modos su madre lo habría dejado ausentarse para esta entrevista. En la sala sólo hay una cómoda, un sofá y el televisor, y es evidente que se trata de una familia humilde. Allí, sin embargo, Lenfant, ha dejado un amplio espacio para que el aprendiz de matador pueda entrenar. Las paredes de la habitación de Steven están tapizadas de fotos y afiches de sus ídolos. Uno de ellos es Mehdi Savalli, la última gloria del barrio. Savalli obtuvo su alternativa en septiembre del 2006, a los veintiún años, una edad que en España es propia de un torero ya curtido. En Francia, claro, la precocidad no está bien vista. El retrato de Savalli, dice la mujer, está en las paredes de todos los dormitorios de los chicos del barrio, junto con otras imágenes de matadores célebres como El Juli o El Fandi. Con sólo once años, Steven está decidido a seguir los pasos de Savalli, su célebre vecino. En el afiche desplegado en la pared de su cuarto, se ve a un joven moreno, espigado y de nariz prominente. Savalli –número setenta y cuatro de la lista mundial de toreros– no tiene los méritos de celebridades internacionales como El Cid o El Cordobés, pero a escala local su trayectoria es remarcable. Savalli, cuyo origen es ítalo marroquí, pasa varios meses al año en México, donde cobra unos quince mil euros por corrida. Steven, que admira a ese vecino, no atesora automóviles de juguete, como pueden hacerlo otros niños de su edad. Él colecciona orejas. Casi se puede decir que en su dormitorio acaba de ser destazado un animal. Sobre un armario hay cuatro orejas de toro y un rabo. De una pared cuelgan unos cuernos que parecen recién encerados.

En el mundo de las corridas, las orejas y los rabos se comenzaron a usar como medida para pagarles a los toreros por el trabajo realizado en el ruedo. Ahora son el premio que un jurado decide entregar al matador cuando éste ha realizado una faena admirable. Las orejas que Steven sostiene entre sus manos las obtuvo durante unas corridas protagonizadas por El Fandi y Mehdi Savalli. El rabo, en cambio, lo fue a buscar al matadero. «Tócalo, es muy suave», me dice su madre mientras me lo ofrece con talante triunfador. Lo arrima a su nariz y, mientras lo acaricia una y otra vez, explica que para obtener su brillo y suavidad hay que peinarlo y luego colocarlo en un recipiente con abundante agua y sal, dejándolo reposar durante dos meses. Para las orejas, en cambio, tres semanas de remojo son suficientes para que queden con el pelaje lustroso y rígido. Esos fragmentos de animal parecen requerir los cuidados de una mascota viviente.

Steven está sentado frente a su computadora, donde archiva las fotografías de sus ídolos. Allí también hay imágenes de sus presentaciones en doce capeas, esas fiestas en las que se lidian becerros o novillos, y donde no hay derrame de sangre ni se pica a los toros. Luego el niño se pone de pie y con gesto triunfante me muestra los trofeos que ha recibido. Uno como ganador de una capea y otro como el mejor alumno de la escuela taurina de Arles. Paquito Leal, un antiguo torero de cuarenta y siete años, era una suerte de hermano mayor de todos los niños del barrio, y los entrenaba en la arena del Patio, un pueblo gitano creado por Chico, uno de los miembros del grupo de música Gipsy Kings, que servía como terreno de juego para los muchachos de la zona. En 1988, Leal fundó la Escuela Taurina de Arles. Él recuerda a su ex alumno Steven como un niño con talento pero al que le faltaba coraje. «Eso no se aprende –me dijo otro día a través del teléfono–. Pero aún puede cambiar». A pesar del afecto que el instructor siempre sintió por Steven (fue él quien le prestó un primer traje de luces cuando el niño tenía sólo tres años), a Marie Lenfant no le cayó nada bien esa crítica. Entonces decidió trasladar a su hijo a la escuela de Nimes, aun cuando eso le supone recorrer sesenta kilómetros cada semana. Hay orgullos más fuertes que las distancias.

Steven estaba a punto de chatear en la computadora, pero su madre le ha pedido que busque sus tres trajes camperos. Más modestos que los trajes de luces, éstos son conjuntos que se utilizan en las becerradas. Marie Lenfant elige uno de ellos, compuesto por una chaquetilla gris y un pantalón negro rematado en la botamanga con caireles plateados. Así vestido, el rostro pícaro del niño adopta un rictus serio adecuado para las fotografías. Steven posa erguido como un soldado. Luego se pone una gorra mientras su mano extiende una espada que le ha entregado su madre. La estampa es desafiante y la puesta en escena parece divertirlo. En la solapa el niño lleva la única muletilla de la buena suerte que le entregó su madre. Es un prendedor diminuto con la imagen de San Cristóbal, el patrón de los viajeros.

Desde un rincón de la sala, Lenfant observa a su hijo y hace cuentas en voz alta. Entre los trajes, la muleta, el capote, las banderillas, las botas y la espada, ha invertido más de mil euros. Un gasto que realizó sola ya que el padre de Steven, de quien ella se divorció hace años, no quiere ni oír hablar de las corridas. De hecho, el año anterior no dio la autorización para inscribir al niño en la escuela y lo matriculó en un curso de fútbol. Steven aguantó seis meses dando aburridos pelotazos, y después lo dejó. Su padre cedió, firmó su ingreso al centro taurino, pero no participa ni acompaña a su hijo a ninguna actividad relacionada con los toros. En cambio, a la madre no le interesa ninguna otra cosa que no esté relacionada con el mundo de los matadores.

–¿No le da miedo que Steven se haga daño?

Marie Lenfant gira un brazo de un modo panorámico y señala un retrato que cuelga encima de la cómoda de la sala. Es la fotografía de un joven rubio, de sonrisa fresca.

–Es mi hijo mayor. Se mató en un accidente de autos –dice con un gesto de desgano y dolor.

La pregunta, por supuesto, no tiene sentido.

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En la mesa de la cocina, la otra hija de la familia hace sonar sus labios como un resoplido de caballo. Se llama Claudia, tiene dieciocho años y está aburrida. Desde hace años su madre siempre tiene los mismos planes para los fines de semana: ver toros. Marie Lenfant sonríe y se recuerda a sí misma cargando a su prole en el automóvil para ir a alguna corrida. Una de las actividades que más la entusiasman son los llamados encierros, que consisten en correr delante de una manada de toros. También disfruta de las llamadas toro-piscinas, un juego en el que los toros tienen sus cuernos cubiertos por unas bolas protectoras. ¿A qué se debe este amor por el toro y las corridas? Ella dice que se trata de la adrenalina que le provoca presenciar un momento exuberante, de ver a un animal poderoso. Pero en verdad se trata de una pasión que ella no logra explicar.

Steven apenas traga las pastas que su madre cocinó. «Lo único que come son las hamburguesas de McDonald’s», se queja Lenfant. A través del amplio ventanal de la cocina se oye la lluvia, la torpeza del tránsito. Steven ahora está tratando de comer un pedazo de pan. Tal vez le conviene realizar algún régimen dietético –le digo–, no porque sea gordo sino por la necesidad de tener un estado atlético para enfrentar a los toros. Como adivinando lo que piensa su madre, muestra sus dientes de perfil y me dice que él no engorda. Luego me habla de los estudios: el año anterior lo repitió. Falta de concentración, dice.

–Soy muy bueno en matemáticas y cuando sea grande, si no llego a torero, me gustaría ser contador.

Su madre sonríe ante la inesperada vocación de su hijo.

–El hará lo que quiera, yo no lo obligo a nada.

Steven, entretanto, se ha marchado a la sala y ha colocado un DVD donde está registrada una entrevista que le hicieron para el noticiero de una canal de televisión. Allí se lo ve el primer día de su inscripción a la escuela taurina de Arles, a los nueve años. Se lo nota inquieto. Las imágenes también lo muestran durante una novillada que él presencia desde el burladero, ese trozo de valla situado delante de la barrera como refugio del torero. En un momento, se ve un becerro que se acerca en su dirección mientras él se esconde muerto de miedo. Pero eso fue hace una eternidad. Ahora Steven confiesa que a lo único que le teme es a las serpientes.

–¿A qué torero quisieras parecerte?

Piensa unos segundos y responde:

–A El Juli.

Luego dice que la plaza de toros que le hace soñar no se encuentra en España sino en México.

–¿Por qué México?

–Porque allí dejan que los niños maten toros.

Pero por ahora él debe conformarse con herir el sofá de la sala de su casa. Steven levanta la funda que cubre ese mueble y muestra unos pequeños agujeros en el cuero, resultado de las banderillas que él le clava durante sus prácticas caseras de toreo de salón. A los tres años, él se entretenía jugando a ser un torerito usando unos trapos de la cocina. Ahora, en la sala, también juega secundado por su madre. Una vez que ha finalizado la entrevista en el DVD, ambos se preparan para una demostración. Ella sostiene un palo a media altura mientras Steven practica algunos pases. El capote se eleva y la madre lo esquiva. Steven es el torero; ella, el toro. Se mueven como en un baile agitado. La capa rosada pasa como un rayo por la cabeza de Marie Lenfant. Sus omóplatos casi le tocan las rodillas de lo inclinada que se encuentra. El capote se pasea exageradamente hinchado para una sala tan pequeña. Ella avanza un poco sonrojada. La escena parece una postal irreal, pero es una imagen tierna y cómica a la vez. Madre e hijo, frente a frente, jugando el juego que más les gusta. Ella es la víctima. Él, el matador.