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Los últimos nómadas

Publicado: 1 junio 2013 en Zigor Aldama
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No ha amanecido y Toya ya está despierta. Son las cuatro y media de la mañana cuando, sin la ayuda de un despertador y tras haber dormido sólo cuatro horas, abandona el ger familiar, la yurta tradicional mongola, para dirigirse al recinto en el que las vacas esperan a ser ordeñadas. Aunque es verano, hace frío. El mercurio lucha por rebasar la línea de los cero grados. Los movimientos de su madre despiertan a Delgerma, una joven de rasgos amables y 15 años de edad. Sabe que, aunque no se lo pida, la progenitora necesita de su ayuda. Enfundada en una chaqueta de confección china, abre la puerta y deja que el frío de la mañana golpee su cara. Frente a ella se abre un espacio que parece no tener fín, una uniforme alfombra verde. Es la estepa del centro de Mongolia.

La cuadra de las vacas está a cincuenta metros del ger. Una pequeña franja de luz azul asoma en el horizonte, pero un extraordinario manto de estrellas brilla aún en lo más alto. El cielo está completamente despejado, como sucede en Mongolia una media de trescientos días al año. Delgerma descubre la figura de su madre sentada en un taburete de madera, inmersa ya en la tarea de ordeñar a los animales. Sin mediar palabra, la joven se sienta a su lado y trae hacia sí otra vaca. Solo el chorro de leche al golpear contra el balde de metal rompe el silencio de lo cotidiano. Al final, un gallo canta en la lejanía la salida del sol.

En el interior del ger, Tander, el padre de familia, refunfuña. Anoche regó generosamente con vodka la celebración del nacimiento de un potro, y el alcohol no engrasa sus neuronas. Un rayo de luz cálida atraviesa la yurta por el orificio situado en el centro del techo, por donde asoma la chimenea metálica de la cocina-estufa. Poco a poco, Tander se incorpora y bosteza. La puerta vuelve a abrirse para que Delgerma entre con un balde de leche fresca. Su madre está ahora ocupada con las ovejas, así que es ella la encargada de preparar el desayuno. En una oscura esquina del ger, sobre la cama en la que ha descansado Toya, la pequeña Itchko, de cinco años, es la única que aún duerme. Si lo hubiera, un reloj marcaría las cinco y cuarto. Todavía no se han intercambiado ni una sola palabra.

Excrementos de vaca secos es lo que Delgerma utiliza como combustible en la vieja cocina metálica. “En Mongolia los árboles excasean, son un lujo, así que sólo podemos permitirnos quemar esto”, explica. El fuego prende rápido, y un olor ligeramente acre inunda la estancia. Itchko tose a causa del humo, trata de librarse de él escondiéndose bajo la gruesa manta, pero no tiene mucho éxito. Finalmente, no le queda otro remedio que abrir los ojos. Y entonces se rompe el silencio.

Yogur y sopa. Es la base de la dieta de la familia de Tander, cuatro miembros que sobreviven con 350 euros al año y un extra, difícil de calcular, gracias al trueque. A pesar de las precarias condiciones de su vida, Tander está satisfecho: “Cada vez tenemos más animales, y engordan según lo previsto. Con eso hemos conseguido enmoquetar el suelo de nuestro ger, y hasta hemos comprado una radio”. El aparato, un artefacto propio de la Unión Soviética, ciertamente ocupa un lugar destacado en el altar familiar, situado siempre en la zona posterior izquierda de la yurta y adornado generalmente con fotografías de antepasados y de los mejores caballos del clan. Sin embargo, quien se lo vendió no mencionó la necesidad de obtener pilas para su funcionamiento, por lo que hace tiempo que ningún sonido mana del radiocasete.

Mongolia es un país único en el mundo. Cuenta con una superficie tres veces mayor que la de Francia y, sin embargo, una población de poco más de tres millones de habitantes. Casi la mitad practica aún el nomadismo, una forma de vida cuyo origen se pierde en los albores de la Historia. Desde entonces, poco ha cambiado para un millón de personas. Su vida supone la convivencia estrecha con la naturaleza. Y la supeditación a los elementos en un entorno extremo en el que difícilmente se puede contar con ayuda externa.

Los vecinos más próximos pueden encontrarse a decenas de kilómetros de distancia, a horas de camino. Esta forma de vida es también la prueba de la resistencia del ser humano, capaz de sobrevivir con medios propios de la Edad Media a temperaturas que oscilan entre los treinta grados bajo cero del crudo invierno y los treinta grados sobre cero de los asfixiantes días de verano. Es más, los nómadas de mongolia, como sucede con Tander y su familia, son capaces de hacer frente a cambios de temperatura de 40 grados en un mismo día.

Poco a poco, el sol muestra su poder. A las ocho de la mañana, el termómetro ya ha alcanzado los diez grados. Tander se enfunda los pies en lana, y se calza las botas tradicionales, símbolo del nomadismo mongol. A la carrera, sin hacer siquiera una breve pausa, salta sobre su caballo y pone rumbo a la nada, al infinito. Allá se encuentra el resto del ganado, junto a un pequeño estanque.

En el interior del ger comienza a hacer calor, aunque por su estructura es una vivienda ideal para hacer frente tanto al calor como al frío extremos. Dan las once cuando la temperatura exterior supera con creces la del interior, donde Toya se afana en desenredar el enmarañado pelo de Itchko a la vez que cuece la leche de las cabras para preparar yogur, pieza básica en la dieta mongola.

A setenta kilómetros de Orkhon Bag, la llanura en la que viven Tander, Toya, Delgerma e Itchko, tres gers llaman la atención. A diferencia del anterior, están situados a pocos metros de la autopista, apelativo que los mongoles atribuyen a una irregular franja de asfalto de no más de tres metros de ancho que recorre el país de este a oeste. La apariencia de estas tres viviendas es, sin duda, más sofisticada. Al lado de cada yurta, una pequeña placa solar revela la llegada de la electricidad a la vida de la familia de Tsendayush, compuesta por dieciséis miembros.

“Viajando en familia conseguimos aunar fuerzas”, comenta el padre de tres hijos. “No sólo sumamos nuestras cabezas de ganado y con ello podemos negociar el precio de nuestros productos con más fuerza, sino que además tenemos más facilidades para llevar a los hijos al colegio, y más ayuda en caso de que alguno de nosotros enferme”. Teniendo en cuenta que la escuela más cercana se encuentra a 30 kilómetros, y el hospital del distrito a 43, estos detalles son dignos de ser tenidos en cuenta. “Nuestra forma de vida no ha cambiado mucho desde hace siglos, pero hemos ido introduciendo objetos y costumbres de la vida moderna, siempre que nuestras posibilidades económicas lo han permitido. Nosotros somos afortunados porque disponemos de electricidad suficiente como para cambiar las velas, que son un peligro porque pueden prender los gers, por bombillas de bajo consumo. Y también ha llegado la televisión a nuestras vidas”. Sin embargo, Tsendayush no parece entusiasmado con este último punto: “La televisión ha traído consigo un nuevo mundo que atrae a los jóvenes, y creo que es una amenaza para el nomadismo. Pero nada podemos hacer contra el progreso, y esa es la razón de que cada vez más jóvenes decidan ir a Ulan Bator en busca del futuro”.

Hace solo una década muy pocos contaban con televisor y motocicleta. Ahora, según datos no oficiales, alrededor de 30.000 familias nómadas disfrutan de la electricidad y, de ellas, 20.000 disponen de esos dos aparatos. Pero también ha aumentado el número de familias que solo tienen cien cabezas de ganado o menos, una cifra que marca el umbral de la pobreza. El 60% de todos los nómadas mongoles está por debajo de ese listón.

El número de pastores ha descendido en la última década de medio millón a 300.000, mientras que el número de animales se mantiene estable en unos treinta millones. “Las disparidades aumentan, incluso entre nómadas”, comenta Tsendayush. “Quienes tienen suerte y se mueven en zonas en las que el clima es bueno cada vez son más ricos, y pueden enviar a sus hijos al colegio, lo cual les asegura mantener su calidad de vida. El resto, al no disponer de medios ni permisos para moverse de zonas desérticas, sobrevive a duras penas”.

Aunque no lo parezca, el nomadismo en Mongolia también se ha desarrollado, y ha ido modificando sus pautas con el tiempo. En el siglo XXI, la mayor parte de la población rural cambia de residencia entre dos y cuatro veces al año, y, generalmente, se encamina siempre hacia lugares prefijados. Técnicamente, han pasado a ser seminómadas, ya que no viajan constantemente en busca de mejores pastos, ni se mueven libremente por todo el territorio. Así, los más pudientes cuentan con cuatro lugares de residencia, uno para cada estación, mientras que la clase media sólo se traslada en verano y en invierno y, algunos, no pueden siquiera permitirse un cambio de territorio.

Es el caso de la familia de Byambsuren, un joven de treinta años que vive en la región de Dorongobi (desierto del Gobi) con su madre, un hermano, la mujer y sus dos hijos. Las sequías de los últimos años han matado a un tercio de sus reses, y ya sólo cuenta con 50 cabezas. Ha tenido que vender parte del mobiliario de su ger para comprar gasolina para la moto, un vehículo indispensable para una familia que no cuenta con caballos, sin duda el animal más preciado en el país. “Para conseguir algo de dinero tuvimos que vender la piel de nuestros camellos antes de tiempo, y dos murieron congelados. Si no fuera por las ayudas que recibimos, hace tiempo que nuestra familia habría desaparecido, como muchas otras”. En su caso, UNICEF escolariza a los más pequeños en una escuela-ger cercana, en la que una veintena de niños nómadas son preparados para su ingreso en escuelas estándar.

La vida de la familia de Byambsuren, sin embargo, contrasta con la de Choijames, un hombre que lleva más de dos décadas casado con una mujer que ha viajado por Europa y Asia y que ha proporcionado enseñanza superior a sus hijos. Su ger, situado en la estepa del centro de Mongolia, a más de 2.000 metros de altura, está equipado con mullidas alfombras persas, televisión por satélite y agua caliente. Pero, aun así, cuesta creer que, con la experiencia acumulada por el mundo y su buen nivel de vida, mantengan viva la herencia nómada. “El mundo exterior no es mejor que el nuestro. Hemos sabido adoptar los elementos positivos del desarrollo y combinarlos con esta forma de vida, que es la conjunción perfecta con la naturaleza. Nosotros moriremos con el ger a cuestas, aunque posiblemente la próxima generación lo cambie por una vivienda de ladrillo”, se lamenta la madre, Oyunbileg.

A más de mil kilómetros de distancia, una tormenta de arena convierte el cielo azul en una mancha ocre que se funde con la infinidad árida del Gobi. Dandijav, a pesar de sus setenta años largos, mantiene las fuerzas necesarias para dirigir la caravana que llevará, sobre varios carros tirados por camellos, los tres gers de la familia. “Cada uno pesa unos 250 kilos, y tardamos dos horas en montarlos. Así que, en cuatro días estaremos ya en nuestra residencia de verano, que este año vamos tarde”, apunta. Su familia es el ejemplo de clase media: tres núcleos de padres e hijos que conviven todo el año, electricidad gracias a placas solares, 250 cabezas de ganado, y dos motocicletas. La masa de arena se acerca, se levanta el viento y todos corren al interior de los gers. Las paredes de tela vibran, y parece como si toda la estructura fuese a salir volando. Pero la familia de Dandijav ríe ante el temor del extranjero, y el ger resiste sin problema alguno. “Cada vez son más habituales estas tormentas, y dificultan mucho encontrar después algo de pasto para el ganado”.

En la última década, las condiciones en el desierto del Gobi no han hecho sino empeorar, fruto del cambio climático que sufre el planeta en general. “Hace cuatro años no era complicado encontrar algo de vegetación con la que alimentar al ganado, pero cada año que pasa el desierto se va haciendo más inhabitable, y no es posible tener tantos animales como teníamos. Cada vez llueve menos, y hay que desplazarse más lejos para encontrar pastos”, explica Dandijav. Ello, sin duda, repercute en la calidad de vida de los nómadas del desierto. “Nuestros ingresos no nos permiten hacer recorridos tan largos, así que tenemos que apañarnos con menos animales, que es lo mismo que decir que tenemos que sobrevivir con menos recursos. Así es difícil que nuestros nietos acudan a la escuela, o que mis sobrinas puedan ir a la universidad”.

En esta nueva coyuntura, Dandijav no ve claro el futuro del nomadismo. “Esperamos que el gobierno decida disparar a las nubes para que llueva, como hacen en China. El problema es que no descargan como solían hacerlo, pasan de largo sin dejar una gota”. Y luego está la polución que llega de la vecina China. “Lo que tememos es que, al final, este hecho puede acabar con nuestra forma de vida, porque no podremos resistir siempre”.

Cae la noche en Mongolia. Delgerma enciende una vela para poder cocinar la cena, una simple sopa de fideos. Tsendayush regresa con su caballo de una sesión de entrenamiento para el festival de Nadaam, la mayor celebración nacional. El resto de familia prepara una pasta de arroz con carne de cabra, mientras los niños juegan a la pelota aprovechando los últimos rayos de luz. También en la estepa, Choijames observa con atención un partido la Premier League, rodeado por sus hijos y sobrinos. En el Gobi, Byambsuren bebe una taza de té con leche de camella, y sus hijos comen un cuenco de yogur. Sólo se oye el sonido de los animales. Finalmente, Dandijav vuelve al ger tras un día preparando el traslado. Ya está casi todo listo, y puede sentarse a escuchar las noticias en la radio mientras su mujer, Tserendejid, prepara una sopa de pollo. Cinco historias bajo el mismo manto de estrellas, unidas por una forma de vida, y separadas por cientos de kilómetros.

Sujeta al perro

Pocos rituales son tan complejos como la entrada a un ger mongol, la yurta tradicional del país. Sin embargo, pocos muestran de forma tan clara la generosidad de un pueblo. Todo comienza incluso antes de cruzar la puerta cuando, a varios metros de distancia, se ha de gritar ¡Nokhoi Khor! Aunque, en este caso, más que parte del ritual, se trata de una formalidad con base práctica. La frase se entiende como: ¿Puedo pasar? Pero el significado literal es sujeta al perro. Imprescindible si no se quiere padecer la rabia.

Rara es la familia que no invite a cualquier visitante a pasar a su vivienda, una yurta circular en la que viven generalmente todos sus miembros sin separación de espacio alguna. Eso sí, es necesario respetar un riguroso repertorio de normas. En primer lugar, los visitantes han de entrar por la puerta, que siempre está orientada hacia el sur, con su pie derecho por delante, y han de descubrirse nada más entrar en la vivienda. A continuación, los invitados se sientan en la cama situada a la izquierda de la puerta. Comienza una curiosa retahíla de preguntas:

—¿Qué tal habéis pasado el invierno?
—¿Engorda bien el ganado?
—¿Han nacido muchos potros?

Mientras el hombre de la casa responde, sentado en la parte norte de la tienda, reservada a los miembros más respetados de la familia y a su altar, la mujer prepara cuencos de yogur casero, té y, según su poder adquisitivo, caramelos o trozos de queso. Tras ofrecer los alimentos a los recién llegados, quienes han de aceptarlos con la palma de su mano derecha hacia arriba y la izquierda sujetando el codo, la mujer ocupa su espacio, en la parte derecha del ger, considerada bajo la protección del dios Sol.

Si todo se ha realizado correctamente, la conversación puede derivar a otro tipo de temas, más personales. Pero, en ningún caso se han de mencionar asuntos que tengan relación con muertes o accidentes. Pasado cierto tiempo, el padre de familia abrirá una botella de vodka que sólo soltará una vez se haya vaciado. Antes del primer trago, hay que mojar el dedo índice en el alcohol y disipar gotas en los cuatro puntos cardinales, antes de mojarse la frente. A partir de ahí, barra libre. Pero, por muy borrachos que estén, los invitados no deben jamás jugar con el sombrero del hombre, ni atreverse a tocarlo. Es una de las mayores ofensas que se pueden infligir, y puede derivar en una agria disputa. No se debe olvidar, además, que en todo ger hay siempre un mosquetón listo para ser disparado.

Está apoyada en la pared, bajo la luz amarilla de la farola. Las botas plateadas suben más allá de la rodilla. Por encima de ellas, apenas cuatro centímetros de piel y luego, un abrigo gris de falsa piel que abre de un único gesto cuando un coche se acerca. El gesto es parte del trabajo.

***

Casi dos años antes, esa misma mujer transexual que ahora hace la calle esperaba en el pasillo de la cárcel vestida de novia. Vivian había llegado tiempo atrás desde Perú con una única maleta llena de perfumes. Entonces no tenía ni idea de cómo sería su vida en Buenos Aires. Pero de todos los futuros que imaginó, en ninguno se casaba estando presa con un compañero de encierro.

El escenario: la cárcel de Ezeiza un día de abril de 2011. En el corredor gris completamente enrejado del módulo, los guardias observaban con los brazos en jarras. Eduardo –el novio– aprovechó para besar a Vivian, algo que no podía hacer un día normal sin ser castigado. Ella lo notó muy nervioso.

—Tranquilo, pa –le susurró al oído antes de dejarle ahí un beso leve.

Él –traje negro y cresta– la tomó del brazo y la introdujo en la sala donde aguardaba el público. Un estruendo de aplausos rebotó en el techo metálico. Una semana antes, Eduardo había tenido que pintar este mismo espacio que normalmente sirve de gimnasio. Ella había limpiado. Eran trabajos pagados a precio de presidio a 2,4 dólares la hora.

Las que aplaudían eran unas cincuenta personas sentadas en sillas de plástico en torno a un pasillo central. Pero esta vez no había familia de los novios que separar sino que los asistentes se organizaron de forma espontánea en dos grupos: funcionarios y autoridades de la prisión por un lado, y organizaciones sociales y de derechos humanos por el otro.

Con las gafas descansando en la punta de la nariz y un aire de maestra de escuela, la jueza leyó el acta.

—Comparecen Miguel Ángel Gutiérrez…
—Vivian –rectificó la novia riendo, mientras se aferraba a un ramo de margaritas blancas.

Además de las flores, todo lo que llevaba puesto era un regalo: los pendientes, los zapatos, el vestido blanco de corte sirena y escote abismal. La semana anterior habían llegado las encomiendas que mandaron las amigas. Estaban abiertas y faltaban varias cosas, entre ellas el vestido. El disgusto fue enorme. Vivian lloraba y amenazaba con reclamar al juez.

—Sin el vestido no me caso –dijo.

El día antes de la ceremonia, mientras Vivian trabajaba, el vestido apareció.

Eduardo, serio y erguido en la silla, parecía ausente. Trataba de no pensar para no estar furioso en su propia boda, pero tenía en la cabeza la imagen de su hermano –también preso– a quien no dejaron asistir.

—Por la mañana vinieron a mi celda y me dijeron: “Ojo con lo que decís a la prensa porque a tu hermano lo vamos a mandar al Chaco y allá te matan si tienes un familiar que vende falopa –cocaína– y más si ese familiar está con un puto. Así que mejor te callás”. Luego, cuando pasó el casamiento, me di cuenta de que era mentira, pero ese día no podía parar de pensar en eso– dirá después Eduardo.

En su discurso, la jueza trataba de resaltar la excepcionalidad del acontecimiento: la primera boda en prisión entre personas del mismo sexo. Los activistas a un costado aplaudían fervorosamente y exhibían banderas y folletos a los periodistas.

Cuando les entregaron el libro de familia, Vivian no podía parar de sonreír.

—¡Vivan los novios! ¡Otra política carcelaria fue posible! –gritó una activista.

Entre cámaras y flashes y gente que besaba y felicitaba a los novios en desorden, la misma mujer se acercó y le susurró a Vivian al oído:

—Cuando hablés con las cámaras nombrá a nuestra asociación y al director, que fue con quien pudimos lograr estar nosotras aquí.

Alguien desplegó una bandera de la Federación de Gays y Lesbianas y muchos de los asistentes, sobre todo funcionarios, se fueron poniendo detrás para la foto. Incluso el director del penal acabó sujetando la bandera por un extremo. Con la prensa delante, Vivian, un poco balbuceante, agradeció a los funcionarios –cuyos nombres tenían que apuntarle por detrás– y a las trabajadoras sociales y de las organizaciones de las que sí se acordaba.

—Y ayúdenme mucho cuando salga que estoy por salir.

Tras las entrevistas, la pareja estaba sentada en la sala de visitas. Vivian dijo sacándose un zapato:

—Tengo sed. Tomemos agua, imaginemos que es champán francés.

***

En la puerta una placa de mármol: Hotel Moderno Sevilla. En la entrada niños jugando. Niños desconfiados que no quieren abrir la puerta hasta que aparece Vivian con las llaves.

Hoy es un día de mayo de 2012. Eduardo salió absuelto hace un año y ella obtuvo la condicional dos meses atrás. Viven aquí desde entonces con la familia de él: su madre y tres de sus sobrinos.

El lugar quizás alguna vez recordó a la primavera andaluza con su patio de azulejos mozárabes y su farolillo de reja negra hoy desconchado. Las habitaciones quedan a un lado; los huecos de las puertas cubiertos por sábanas para que corra el aire y se disfrute de cierta intimidad.

—Nuestras celdas eran un poco más grandes– dice Eduardo mirando a su alrededor con los ojos achinados por el cálculo. El cuartito es de tres por dos con una cama individual encajada entre un armario; una estantería llena de maquillaje, champús y algo de comida; una silla y una mesa con la tele de plasma siempre encendida.

En ella ahora se reproduce una grabación con las noticias que salieron en televisión el día de la boda. Comentan las ilusiones puestas ahí, cómo creían que iba a facilitarles –quizás– las cosas al salir.

Sus expectativas no se han cumplido. Han visitado a todas las instancias estatales y organizaciones que estuvieron presentes. Allí reciben su currículum, les ofrecen asistencia legal o alguna ayuda económica y les desean suerte. Tampoco pueden hacer mucho más.

Vivian señala el reloj. Eduardo llega tarde a una reunión de Alcohólicos Anónimos.

—Quedó muy resentido –dice Vivian cuando sale Eduardo–. Con los guardias, pero también con las travestis. No sabes cómo es con ellas. Las odia, hasta las trata de chabones. A mí me da mucha bronca.

Se abraza a un oso de peluche gastado y se queda tendida en la cama. Recordando.

Habla de su familia en Perú y de su infancia: una biografía como otras de pobreza y abusos. Dice que le gustaría trabajar cuidando niños, algo que hizo de jovencita, cuando todavía no se había operado para tener tetas y podía vestirse de chico. Luego todo fue más complicado.

***

La historia de amor es así –aunque también está por escribir–.

—Una historia larga, como un cuento –dice Vivian jugando con su melena negra.

Se conocieron en Perú. Por aquel entonces ella todavía se ponía panchos –sujetador con relleno– para hacer la calle. Después de un tiempo él volvió a Buenos Aires porque le esperaban una mujer y una hija. Pero al regresar, la esposa murió debido a un aborto clandestino. La familia de ella vino a llevarse a la pequeña. Un juez decidió que estaría mejor con ellos. Eduardo enloqueció.

Cuando el dolor apenas había remitido, alguien chocó con él en un supermercado. La voz que se disculpó y la risa que vino con la disculpa le resultaron familiares.

Era septiembre del 2007. Vivian acababa de llegar a Argentina. Ese día pasearon juntos redescubriéndose y a partir de ahí empezaron una relación que duró un año. Tras ese año, Eduardo le declaró sus intenciones de pasar el resto de su vida juntos. Vivian aceptó y después de dos semanas, desapareció.

***

El día que cayó Vivian estaba en la cama. Le acababa de llamar un cliente, un chico que también se prostituía y que insistía en que quería verla esa misma noche. Pero ella llevaba bastantes horas sin dormir; había empalmado muchos clientes uno tras otro. Dijo que no a pesar de la insistencia de él. Y tiempo después, la imagen de un pasado que no llegó a ser le perseguiría noche tras noche durante gran parte de su encierro. Un pasado en el que salía a ver al chico y con ello se libraba de la detención y de todo lo que vino después. Pero estaba cansada y no fue.

A las cuatro de la mañana cayó la policía. Vivian estaba durmiendo.

—¡Abajo, puto! y que yo te vea las manos o te pego un tiro.

Casi al mismo tiempo que abría los ojos fue agarrada del cuello y arrojada al suelo mientras le apuntaban con un arma. La casa se llenó de gritos, golpes, miedo. Estuvieron tiradas en el suelo del patio y esposadas desde las cuatro de la mañana hasta la una de la tarde del día siguiente mientras los quince policías destruían meticulosamente cada uno de sus muebles y pertenencias.

—Pero lo peor estaba por venir –dice ahora. Lo peor no sólo serían los dos años de prisión sino también el periplo desde la detención hasta llegar a Marcos Paz.

En la comisaría, después de ser fichada, Vivian volvió a ser esposada, esta vez con los brazos en la espalda. A la tarde del segundo día les hicieron levantarse. Y otra vez los insultos: putos, trolos, sidosos.

—Ya van a ver. Allá donde van las van a coger por todos los agujeros.

Las subieron a una furgoneta donde derivaron tres días de penal en penal. De Marcos Paz a Devoto, de Devoto a Ezeiza. En ningún lado las querían.

—Los travestis son demasiado quilomberos –les decían.

Esos tres días no bajaron del vehículo. No bajaron para mear ni para dormir. Dormían esposadas, cambiando de postura a cada rato para que el dolor de las muñecas no se hiciese insoportable. O despertando por el hambre. Orinando en una botella. Acostumbrándose al miedo.

Vivian pensaba en Eduardo, en cómo avisarle. Le habían quitado el teléfono donde guardaba su número. Sólo podía esperar que alguien le dijese. Confiar.

Al cabo de una semana de la detención, ingresaron por fin en el penal de Macos Paz. La primera verja se abrió. Luego la segunda. Luego otras. Tras esas rejas se abría un nuevo mundo del que hasta entonces sólo habían oído hablar: uno de sombras, que iba a ser el único mundo posible para Vivian durante los próximos dos años y diez meses.

—Mi abogado me dijo: “Hay que pelearla para que salgas libre”. Pero yo pensaba que el juez no me iba a creer por travesti y prostituta. Así que me declaré culpable para que me rebajasen la pena.

***

Eduardo la buscó por todas partes pero nadie le dijo de la detención.

—Yo pensé: ya se fue, salió conmigo y se tomó el palo. Me puse mal, tomaba.

Dos meses después Eduardo fue detenido. Según dice, la policía le armó una causa por robo y como tenía antecedentes lo encerraron.

—Cuando llegué a Marcos Paz me estaban dando la bienvenida: yo estaba contra la pared con las manos en la espalda y los cobanis –policías– me cacheteaban. Escucho que venían caminando de lejos y se oía una risa familiar y pienso: ¿Será Vivian? Creí que me estaba volviendo loco por los golpes.

Ella, que llevaba ya unos meses presa, lo reconoció de lejos.

—¡Pedí el cuatro! –le gritó.

El cuatro era el pabellón donde estaban alojados homosexuales, mujeres trans y agresores sexuales; los “desviados” según la jerga del servicio. La lógica carcelaria clasifica a los detenidos, en teoría para prestarles una atención más personalizada. Pero sobre todo, para gestionar el conflicto entre presos, y entre presos y el servicio. En este caso, también se supone que separar a esta población sirve para protegerla de ataques y humillaciones.

Dentro de las jerarquías tumberas las transexuales en las prisiones de hombres tienen el estatus más bajo, menos que gato –los que hacen de mujeres en el pabellón: lavan la ropa de los otros, limpian y a veces, otras cosas–. Lo contrario de lo que les sucede a los transexuales varones en las cárceles de mujeres que suelen ocupar espacios de poder.

En el caso de Marcos Paz algunos detenidos se declaraban homosexuales –con la aprobación del servicio– para evitar el “resguardo de integridad física”. Los que están en resguardo –porque se considera que corren peligro– acaban padeciendo un encierro aún peor. Eduardo estuvo preso anteriormente en esas condiciones. Pasaba veintidós horas sin salir. Conseguía hablar a duras penas con un vecino gracias a un agujero de ventilación.

Después de esa experiencia, el pabellón IV no le pareció tan mal. Pero para Vivian era la primera vez.

***

Cada noche a las diez se cerraba la puerta de su celda.

Se sentaba en la mesa de metal y escribía cartas para Eduardo. Sobre los márgenes, dibujaba flores y osos con rotuladores de colores. Luego le daba esas cartas junto con algún regalo: una camiseta, unas galletas de chocolate. Regalos que conseguía cambiándolos por tranquilizantes que le recetaba el médico y con los que se drogan algunos reclusos mezclándolos con alcohol. Esa actividad de trueque era imprescindible para comer algo decente, cuando todavía no trabajan y por tanto no recibían ningún salario. El rancho –la comida de la prisión– es una de las principales quejas de los detenidos.

La mayoría sobrevive gracias a lo que le traen sus familias o comprando comida en la cantina. Pero casi ninguna transexual recibe visitas familiares, así que en Marcos Paz, muchas se juntaban o intercambiaban favores sexuales con los violetas –los condenados por delitos sexuales– con los que compartían pabellón. Vivian estuvo con uno hasta que llegó Eduardo.

—A mí no me gustan los mayores pero éste era muy buenito y sólo quería que lo abrazase y lo besase.

En las horas de trabajo Vivian pegaba bolsas de papel, una tras otra, todas las que podía, para llegar algo cansada a las noches de la celda. Pero hacer bolsas no cansa tanto, así que cuando se tumbaba en la cama y cerraba los ojos se sucedían dentro –uno podría pensar que en el reverso de los párpados– imágenes que le hacían imposible conciliar el sueño.

—Pensaba en la humillación de las requisas, en las peleas del pabellón. En como las otras me decían “peruana muerta de hambre vete a tu país”. A veces tenía miedo– dice ahora y cierra los ojos otra vez.

Cuando los cierra vuelve a la celda.

El silencio –recuerda– estaba lleno de sonidos metálicos, olor a humedad, a óxido. También se oía el balido de las ovejas, que parecía un llanto o que ella imaginaba llanto y que el eco hacía resonar en las paredes desnudas.

Para no escucharlo, Vivian ocupaba la duermevela en imaginar cosas bonitas. Hacía listas. La lista de qué iba a hacer al salir: ir a bailar, bañarse en una piscina, tener hijos, viajar a Europa. La lista de lo que comería. Y otra que consistía en todas las modificaciones corporales que le faltaban: operarse la nariz, reemplazar sus prótesis mamarias, cambiar de sexo. Al final de esta última lista, una Vivian con ropa bonita y “más femenina” –como dice ella–, una Vivian imaginada o quizás una Vivian del futuro la tomaba de la mano y sonriendo, la conducía por fin al mundo del sueño.

***

Ni Vivian ni Eduardo sabían que la creación del pabellón IV del penal de Marcos Paz había sido una conquista. Antes, las presas transexuales del sistema federal –dependiente del gobierno central– iban a parar a La Jaula de la Unidad 2 de Devoto.

Jorgelina Abelardo –militante de la Asociación de Travestis, Transexuales y Transgénero de Argentina, ATTTA– estuvo presa ahí. Fue detenida –recuerda– el día de su cumpleaños a una cuadra del bar en el que nos encontramos.

—Caí en el peor momento. En medio de la crisis, con todo ese caos político en el país. En esa época en Devoto yo vi morir entre uno y dos chicos por día. Las políticas de derechos humanos empezaron a tomar más peso un tiempo después de asumir Néstor Kirchner. Ahora por suerte ha cambiado bastante.

La Jaula era eso, una jaula: un entrepiso elevado totalmente enrejado que quedaba en medio del pabellón y que originalmente servía a los guardias para poder tener una vista completa del área. Ahí metían a las transexuales. Los presos se encaramaban y se colgaban con sábanas para tener sexo con ellas a través de las rejas.

—Nos pusieron para calmar a las fieras. Para que los tipos que no tenían visita tuvieran sexo con las chicas.

Jorgelina cuenta cómo las travestis eran obligadas a prostituirse y a veces lo hacían también por necesidad, incluso con los guardias. Además tenían que lavar la ropa de todo el pabellón. Algo que todavía sucede en muchas cárceles provinciales, como dan cuenta los informes de organizaciones como el Comité Contra la Tortura de la provincia de Buenos Aires.

Gracias a las demandas de presas como Jorgelina y a las luchas que llevaron a cabo, en el 2005 se creará el pabellón IV de Marcos Paz donde se encontraron Vivian y Eduardo y La Jaula desaparecerá.

***

Llueve. Vivian y Eduardo están en la cocina de su hotel. Es compartida pero no hay nadie más. Entre la cocina y el cuarto hay un patio, así que cada vez que olvidan algún ingrediente se mojan un poco. Vivian prepara ceviche.

—Es muy sencillo, sólo tienes que ponerle amor.

Está intentado enseñar a Eduardo a cocinar comida peruana.

—¿Nunca se separan?
—No mucho –contesta Eduardo–.
—Allí vivíamos las veinticuatro horas pegados. Fueron más de dos años –dice Vivian.

Para ellos “allí” siempre quiere decir la cárcel. Aunque “pegados” significa cosas distintas.

En el penal de Marcos Paz a menudo los “sectorizaban”. Es decir, los separaban en grupos distintos para que no coincidiesen en los espacios comunes. Primero salían de sus celdas las transexuales dos horas, luego los homosexuales otras dos y así los iban alternando. Esto implicaba que pasaban más tiempo encerrados.

—Y estar tantas horas sin salir –dice Vivian– lo que provoca es más locura, que los mismos internos se peleen, porque se drogan con pastillas y todo eso.

Durante esos castigos la pareja sorteaba rejas y distancias. Se hablaban a través de los barrotes. Para cocinar se turnaban con la metra –un balde de agua en la que preparaban los alimentos al baño maría calentando el agua mediante dos cables de electricidad pelados–. El que estaba fuera de la celda le pasaba la comida al otro por el ventanuco roto de la puerta. Había que aplastar el pan para que cupiese y pasarse la sopa en una bolsita de plástico. Y así comían juntos.

Por el agujero de la ventana no cabían más que dos dedos. Dedos que buscaban una mano al otro lado. Dedos que iban al encuentro de una boca que los besara clandestinamente.

Llegaron a estar encerrados entre dieciocho y veinte horas diarias por periodos de varios meses. La justificación del servicio para imponer la sectorización eran las peleas que a veces se producían entre homosexuales y transexuales –donde volaban sillas y las escobas eran armas–. El argumento era la seguridad de los detenidos. Sin embargo, justo antes de ingresar Vivian, tres reclusos se habían suicidado debido a este régimen de encierro, según el informe de la Procuración Penitenciaria de la Nación.

A principios del 2010 las transexuales iniciaron varias formas de lucha para terminar con la sectorización. También pedían que dejasen de tratarlas como hombres y que les permitiesen entrar ropa de mujer. Estas demandas provocaron la intervención de organismos estatales y de la militancia homosexual que las hicieron públicas. Era un tema sensible para el gobierno de Cristina Fernández, quien había hecho suyas las reivindicaciones del movimiento gay a través de la aprobación del matrimonio de las personas del mismo sexo. Pero además, se trataba de un tema de vulneración de derechos humanos, otra de las banderas simbólicas del kirchnerismo.

Tener acceso al altavoz del activismo comenzó a proteger a las transexuales respecto de la violencia física.

—Los guardias no se atrevían a tocarnos –dice Vivian ahora–, como tenemos pechos tenían miedo de que les acusásemos de abuso sexual. Pero para los homosexuales era distinto.

En marzo del 2010, la situación en el pabellón IV estaba tan tensa que la dirección del servicio penitenciario pactó con algunas organizaciones sociales un programa que implicaba el traslado a la Unidad Penitenciaria I de Ezeiza.

***

Una noche las transexuales estaban en el salón mientras que los homosexuales y los presos en resguardo se encontraban en sus celdas. Vivian pidió al guardia de turno que conectase la electricidad para poder cocinar.

—Mejor no cocinés porque se tienen que ir. Avisá a tus compañeras.

Fue un golpe. Habían oído hablar del programa, pero les habían dicho que el traslado sería voluntario. Muchas de ellas, como Vivian, habían establecido relaciones con sus compañeros de los que ahora tenían que separarse sin saber si volverían a reunirse alguna vez. Para la mayoría, constituían un sustituto de las familias que les habían dado la espalda. A este miedo a la soledad se sumaba la incertidumbre por el sitio al que iban, del que habían oído todo tipo de rumores. La imaginación –negra– suplía la falta de información.

Las mujeres comenzaron a recorrer celda por celda para despedirse. Se daban la mano entre los barrotes. Todo el mundo estaba callado, sólo se oía el croar de las ranas y el zumbido eléctrico de las puertas.

—En el pabellón parecía que se había muerto alguien –dice Eduardo–. Igual nos peleábamos mucho pero sabíamos que nos íbamos a extrañar. Nos dimos cuenta de que nos queríamos.

***

—Los primeros días en Ezeiza fueron horribles –dice ahora Vivian–. Estábamos muy solas. Tuvimos que pelear por todo. Pero lo más importante para nosotras era que nos volviesen a juntar con los chicos.

Las mantenían casi todo el tiempo encerradas para que no se mezclasen con los otros detenidos. Así que iniciaron otro periodo de confrontación directa con el servicio para pedir mejoras y el traslado de los detenidos que quedaron en Marcos Paz. Pero no todas se sumaron a la protesta, tenían miedo de las represalias. Una dijo a sus compañeras:

—Yo acá estoy bien. No puedo reclamar más de lo que me dan porque no he tenido una vida mejor en la calle.

Una madrugada, Vivian estaba tumbada en la cama de su celda. Durante las noches insomnes contaba uno a uno los días de su separación: habían pasado ya casi dos semanas. El módulo estaba a oscuras y en silencio.

Alguien gritó:

—¡Vivian! ¡Vivian!
—Hola. ¿Hola?
—¿Quién habla?
—Soy yo, soy el Pantera –contestó Eduardo–. Vinimos para acá.

La madrugada se llenó de gritos y risas. Las transexuales empezaron a golpear las puertas de sus celdas. El ruido en la prisión puede ser una forma extraña de felicidad.

***

Pese a esa victoria, poco después del traslado la sectorización se había vuelto a repetir. Los dividieron en cuatro grupos alojados en distintos pabellones. No se veían nunca.

—Las chanchadas que pasaban en Marcos Paz no van a pasar más. Nadie va a coger acá –decía el jefe de módulo.

Vivian y Eduardo tuvieron que reinventar el arte de pasarse la comida por rendijas y tocarse a través de rejas y agujeritos. Sus pabellones estaban enfrentados y en medio quedaba el patio que no podían usar al mismo tiempo. Un día limpiaron el hueco de la cerradura que ya no estaba. Por ese hueco cabía una lengua. Los besos tenían sabor a metal.

Se inició otra ronda de luchas para que los juntasen. Las transexuales amenazaron con cortarse el pelo y dejarse bigote, así no habría ninguna razón para mantenerlas apartadas de los demás. “No queremos estar separadas por especies”, decían en los comunicados.

—Ustedes se creen mujeres pero la mujer no se comporta así. La mujer es más delicada, más de su casa y a ustedes les gusta gritar como tipos y pelearse –contraatacaban los guardias.

A dos presas de las más activas en las protestas las trasladaron al sistema provincial. Allí las condiciones de encarcelamiento son mucho más duras y los organismos de derechos humanos denuncian constantemente abusos sexuales a las personas trans.

Poco a poco y con apoyo del exterior, consiguieron mejoras. Vivian y Eduardo pudieron compartir espacios: trabajar, estudiar, hacer deporte. A veces podían tomarse de la mano. Pero normalmente tenían que esconderse. Para las trans, besarse o cogerse de la mano con otro detenido era causa de sanción por “excitación corporal” y se castigaba con el encierro.

Para entonces ya se había aprobado el matrimonio para personas del mismo sexo. Desde que lo supieron, la pareja no habló de otra cosa. Pero no podían esperar a salir porque el resultado de los juicios era incierto. Querían hacerlo ya.

Dos días después de iniciar los trámites para casarse les preguntaron si querían que hubiese prensa en la ceremonia.

—Tendrán que pintar y adecentar el gimnasio –les pusieron como condición.

Mientras trabajaban juntos arreglando la sala donde sería la boda, les nació una esperanza, como si la publicidad fuese algún tipo de llave capaz de abrir un mañana distinto o de cambiar el pasado.

***

—El día que salí parecía un zombi –dice Vivian– todo me asustaba: el ruido de los coches, la gente. Él no vino a buscarme. Y ahí yo pensé: es verdad lo que dicen, cuando la gente sale, cambia. Ya cuando yo todavía estaba dentro y él había salido, pensé en separarme porque él venía a visitarme todas las semanas, pero venía todo trasnochado, desordenado, sucio. Le daba al escabio –bebida– y a mí eso no me gusta. Como el día que salí no vino a buscarme me fui a un hotel a dormir. A los dos días apareció.

***

—¿Y cómo es el afuera?

La que pregunta es Alba Rueda, una activista trans que Vivian conoció por teléfono durante las primeras denuncias. Estamos en el INADI –el Instituto Nacional contra la Discriminación–. La sala de reuniones es grande y fría. Pero Alba es cálida: sin maquillaje, lentes finos, jersey de lana.

Vivian explica: la lista de problemas es larga.

—¿Crees que podré encontrar trabajo?
—Siendo realista está todo por escribirse –dice Alba.

Tiempo atrás ella misma decía que las posibilidades laborales de una trans eran básicamente dos: el activismo o la prostitución. Hoy se muestra más optimista tras la aprobación de la ley de identidad de género que permite el cambio de nombre y sexo en el DNI. Esta ley posibilita además el acceso a otros derechos como las operaciones de reasignación de sexo.

—Nosotras estamos viviendo un momento de cambio cultural –prosigue–. Me parece que vos vas a vivir momentos difíciles pero también está bueno que sepas que estás luchando para educar a nuestra sociedad.
—Ya se me está haciendo difícil… ¿Te puedo dejar mi currículum?
—Pásamelo por mail acá.

***

Hace frío en Ezeiza, pero es un día radiante. El sol esculpe las cosas a golpe de sombras. Vivian y Eduardo han ido al penal a ver si queda un remanente de dinero que le falta a ella por cobrar de su trabajo en prisión. El primer cheque ya lo gastaron. Con éste piensan pagar el trámite de residencia.

En la entrada, la cola perenne de las visitas y una ventanilla de cristal espejado. Vivian llama con los nudillos. Al cabo de unos minutos aparece un funcionario que recoge los papeles mientras le alcanza un cheque a una mujer. La mujer lo toma sonriente y se acerca a hablar.

—¿Ustedes acaban de salir? Me han dicho que se echa de menos a los amigos de allá adentro.
—Yo no, ni hablar –contesta Vivian–. Yo no echo de menos a nadie –y le explica con una sonrisa que se casó allá dentro, que salió por la tele.

La ventanilla se abre. Vivian se acerca nerviosa.

No hay nada.

El mes que viene, le dicen. Quizás el mes que viene.

La selección nacional de fútbol de Kiribati jamás ha ganado un partido oficial desde su fundación en 1979. Ni siquiera ha empatado. Su mejor resultado fue una derrota 3-2 frente a Tuvalu en los Juegos del Pacífico de 2003. Lo demás, escandalosas goleadas: 24-0 frente a Fiyi, 13-0 contra Papúa Nueva Guinea o 12-0 frente a Islas Salomón. Sus vapuleos suelen cerrar las secciones de deportes de los informativos europeos. A veces los presentadores se ríen.

A falta de veinte minutos para aterrizar, su excelencia Anote Tong, presidente de la República de Kiribati desde el año 2003, mira por la ventanilla del avión con la frente apoyada en el cristal. Contempla, como cada vuelo que le lleva de vuelta a casa, las islas que conforman su país. Un país peculiar: Kiribati está formado por 33 pequeños atolones de coral que, unidos, suman sólo 800 kilómetros cuadrados, algo más que la ciudad de Madrid. Pero no están unidos, ni mucho menos: los 33 atolones se encuentran dispersos por una inmensa área del océano Pacífico de tres millones de kilómetros cuadrados. El dibujo final de Kiribati es el de pequeñas manchas de arena diseminadas por una superficie oceánica equivalente a Argentina, en pleno Pacífico.

El avión toma tierra en el aeropuerto de Tarawa, el atolón que hace de capital de la república. Este atolón está formado por 24 islotes, de los que sólo ocho están habitados. Tarawa, a su vez, es uno de los atolones que conforman las Islas Gilbert, uno de los cuatro sectores en los que está dividido administrativamente Kiribati. Estas islas Gilbert están compuestas en total por 16 atolones, además del de Tawara. Los otros tres sectores son las Islas Fénix, cuyos ocho atolones (cada uno son sus islotes) forman el Patrimonio marino de la Humanidad más extenso del planeta; las Islas de la Línea, otros ocho atolones entre los que se encuentra el más grande del mundo, el atolón de Christmas; y la isla volcánica de Banaba, deshabitada. No es un país fácil Kiribati.

Directamente desde la pista, Tong –que en 2003 le ganó las elecciones a su hermano, el doctor Harry Tong- se traslada en coche a Bikenibeu, el islote donde tiene su despacho presidencial, al sur del atolón. La carretera discurre entre palmeras y pasa de islote a islote. A pocos metros a la derecha, el océano; a pocos metros a la izquierda, el océano. Una piedra lanzada podría atravesar el ancho insular. Por momentos Tong puede sentir con lucidez la fragilidad de vivir a ras del océano, rodeado por el inmenso azul del Pacífico. Su mente se traslada al paisaje que ve en cada aterrizaje desde el avión: diminutas islas en medio del vasto mar. Cuando llega a su escritorio se afloja la corbata y se desabrocha un botón de la camisa. Se pasa una toalla mojada en agua caliente por los ojos y el cuello, se recuesta sobre la silla y toma aire.

Desde el despacho puede oír las olas. Los 33 atolones coralinos que forman Kiribati –de los que 20 están deshabitados- tienen una media de altitud de dos metros sobre el nivel del mar. Así estaban ya, según parte de la comunidad científica, cuando en 1520 Magallanes desembarcó en sus playas. Fue el punto final a tres mil años de vida oceánica aislada de las tribus. Se declaró colonia y en el siglo XIX pasó a manos británicas. Su enrevesada situación geográfica impidió una invasión demográfica: el 97% de sus habitantes siguen siendo, a día de hoy, de etnia oceánica. El 12 de julio de 1979 Kiribati declaró su independencia. Desde entonces se han registrado las desapariciones de al menos tres islotes bajo las aguas del Pacífico: Abanuea, Bikerman y Tebua Tarawa, todos sumergidos en 1999. La versión científica: cambio en las corrientes oceánicas, nada ha variado desde la llegada de Magallanes. El mensaje de Anote Tong: el cambio climático.

Tong se incorpora de su silla para encender el ordenador. Acaba de llegar de Nueva Zelanda. Es el único país que ha respondido a su llamada de socorro. Desde hace años, el presidente kiribatiano le grita al mundo que el cambio climático está engullendo su república. Además de los tres islotes sumergidos, el presidente explica que varias aldeas ya han tenido que ser desalojadas porque se han inundado, que el crecimiento de la marea es un hecho y que la salinidad de su agua dulce es cada vez mayor. Kiribati desaparece bajo las aguas pero su S.O.S. no parece preocupar demasiado a la comunidad internacional. La última vez que la ONU hizo caso a Kiribati fue en 1995: hasta ese año, la república que preside Tong era el único país del mundo que daba la vuelta al calendario, ya que está atravesado por el meridiano 180, considerado la Línea Horaria Internacional. La enorme extensión sobre la que se dispersan sus islotes provocaba que, cuando un día comenzaba en las islas de la Línea, el anterior hacía lo propio en Tawara. Un mismo estado que vivía en dos fechas. Las dificultades que esto suponía para el normal desarrollo de la vida empujaron a la república a solicitar que se unificara su huso horario. Le hicieron caso en fin de año de 1994. Aquella Nochevieja la parte occidental de Kiribati pasó del 31 de diciembre al 2 de enero. Fue un éxito para el único Estado del mundo que ocupa los cuatro hemisferios en los que se divide el planeta –norte, sur, oriental y occidental- y el logro puso a Kiribati en los telediarios de medio mundo sin necesidad de humillar a sus futbolistas.

Pero en esta ocasión la victoria parece más remota. Varios reconocidos expertos han salido a la palestra para desmontar la alerta de hundimiento de Tong. Sostienen, a través de estudios, que Kiribati no se hunde, que el cambio climático no está amenazando los atolones. El nivel del mar sube y baja dependiendo de diversos factores –especialmente de cambios en la presión atmosférica- y las gráficas demuestran que los parámetros a día de hoy siguen siendo los normales. Desde la glaciación –exponen los científicos que responden a Tong- el nivel del mar ha subido unos cien metros, esto es, cien metros en unos 10.000 años, lo que equivale a una media de diez milímetros al año. Actualmente se estima la subida del nivel del mar en unos dos o tres milímetros al año, algo que no parece suponer una amenaza para los atolones. Ningún dato indica que el mar intimide de manera especial la flotabilidad de Kiribati. Añaden, además, que en todo caso no es el nivel del mar el que sube, si no que los atolones pierden altura. Un atolón es un volcán hundido de cuyas laderas submarinas crece coral. La superficie del coral que asoma es lo que forma la isla de modo que los atolones tienen una laguna de mar en su interior, bajo la que se sitúa la cima del volcán.

Si el coral creciese más despacio que la subida del nivel del mar, entonces el atolón sí desaparecería. Pero no es el caso, dicen quienes se oponen a la alarma de Tong.

El presidente no cede. Si lograron el cambio horario y perder un partido por tan solo un gol, también pueden alcanzar esto. Recorre el mundo incansable advirtiendo de que el cambio climático puede hacer desaparecer a su pueblo. Pide ayuda y responsabilidad a cada uno de los habitantes del mundo. “Hay que alejarse de la idea de que una persona, una acción, no pueden hacer la diferencia. Un millón es 1 +1 +1 y así sucesivamente. Cada persona y cada acción son importantes”, dijo en su discurso contra el cambio climático en San Francisco. Tong es un hombre profundamente comprometido con la sostenibilidad, hasta el punto de declarar las islas Fénix Patrimonio Marino sacrificando parte de la industria pesquera kiribatiana. El ataque final en su batalla llegó días atrás, antes de partir a Nueva Zelanda, cuando se dirigió a la nación en un discurso televisado. El anuncio que hizo dejó asombrados a los kiribatianos: el gobierno planifica comprar una isla deshabitada a Fiyi para trasladar a los habitantes del país cuando éste se sumerja. “Nuestra gente tendrá que ser reasentada cuando las mareas hayan alcanzado nuestros hogares y poblaciones”, dijo. Y Kiribati salió de nuevo en los periódicos de Occidente.

Tong se ha fijado en una zona de 20 kilómetros cuadrados de extensión en la mayor y más montañosa de las islas del archipiélago de Fiyi, Viti Levu, para alojar a los 103.000 kiribatianos que viven en los 13 atolones habitados de su país. Lo tiene todo planeado. Durante el mes anterior trabajó codo con codo con Filimoni Kau, su secretario de Tierras y Recursos Minerales. Encerrados en su despacho calcularon un gasto de 7,5 millones de euros sólo en la adquisición de la tierra. Además, prevén un plan de evacuación progresivo, en el que los kiribatianos que vayan siendo trasladados garanticen el progreso de la zona, ejerciendo oficios que beneficien a la comunidad y logren su integración. No quiere que se les dé el estatus de refugiados. “Para Fiyi son grandes masas de tierra que ellos llaman islas abandonadas, pero que a nosotros nos encantaría tener”, concluyó el discurso. El asunto no terminó ahí. Existe un plan B. Si Fiyi no quiere vender, Tong y Kau ya planean cómo construir una enorme plataforma flotante gigante en la que alojar a su población, al estilo de una plataforma petrolífera.

Nadie parece tomar demasiado en serio a Anote Tong, pelo cano, ojos rasgados que evidencian su ascendencia china y padre de siete hijos. Ni Fiyi se ha pronunciado, ni la ONU atiende sus peticiones ni gran parte de la comunidad científica le respalda. Ni siquiera mucha de su población, que no teme por su flotabilidad. Sólo la prensa recoge sus avisos. “Me niego a creer que cualquier persona con conciencia continúe deliberadamente sin hacer frente al cambio climático a sabiendas de que sus acciones van a provocar la desaparición de otros. Es importante no olvidar que aquí estamos hablando del destino de un pueblo. Nuestro país no puede desaparecer”.

Tong apaga el ordenador, ha sido un día largo. Uno más de los muchos de lucha que le quedan por delante para que el mundo reaccione ante su llamada de auxilio. Se coloca la chaqueta, dobla la toalla húmeda y abandona el despacho. Se va a casa caminando, pensando en su próximo desafío, la cumbre de Naciones Unidas en la que explicará que para la siguiente generación de kiribatianos abandonar su país ya no será una elección, si no una obligación. A pocos metros, el profundo océano se mece ante la playa.

Park City, Estados Unidos. Enero de 2011

Empezaré por el final. A la puerta de una casa de madera en la noche del Deer Valley, en el estado norteamericano de Utah, hay dos tipos fumando unos Marlboro. La llanura a sus pies está cubierta por un manto de nieve y las estrellas y la luna proyectan su luz helada sobre el sitio de montañas altísimas. El flaco y bajo que hace preguntas y ofrece sus cigarrillos comprados en el dutyfree del aeropuerto de Barcelona soy yo. El otro, más corpulento, más silencioso y con el pelo rapado, se llama Fredy Peccerelli y su trabajo es desenterrar esqueletos. Huesos de muertos torturados, asesinados y desaparecidos.

Fredy es el jefe de los antropólogos forenses de Guatemala y uno de los protagonistas de Granito, un documental sobre el genocidio maya que se ha estrenado por la mañana en el festival de cine de Sundance y en el que he trabajado como asistente de montaje durante nueves meses. En el Temple Theatre, el público se ha puesto en pie para aplaudir a Pamela Yates, Peter Kinoy y Paco de Onís, el triunvirato creador, y el resto del equipo en las butacas ha sucumbido a una sobredosis de adrenalina. Ahora toca celebrarlo, pero antes le confieso a Fredy, en este momento de intimidad, ese síndrome tan extraño que se da en la sala de montaje: el de sentirse un espía que conoce al detalle a los protagonistas sin que éstos lo sepan, que convive con su voz y sus gestos, con sus vidas desplegadas en una pista de vídeo y dos de audio en un cuarto oscuro de Nueva York. Fredy asiente y sonríe y le da otra calada al cigarrillo.

Le pregunto por Clyde Snow, el antropólogo forense norteamericano, el gran pionero que ayudó a formar los equipos nacionales de Argentina y Guatemala. “Clyde es una persona fascinante. Se podría hacer una película sobre él, no un documental, sino una película, una trilogía como la de Bourne”. Fredy me cuenta que ha estado una docena de veces con Clyde Snow y que cada una es como un regalo. “Recuerdo una noche en Antigua con él y el escritor Michael Ondaatje viendo los Oscar en un bar cuando El paciente inglés –la película inspirada en la novela de Ondaatje- se llevó casi todos los premios. Clyde nos había reunido porque Ondaatje se había refugiado en Antigua para escribir un libro sobre antropólogos forenses [El fantasma de Anil]. De hecho, creo que uno de los personajes está inspirado en mí”.

Fredy me deja solo afuera en el frío, pensando, tocando las fascinantes estalactitas de hielo que cuelgan del porche, mientras los habitantes de Casa Granito se preparan para darle un repaso a la noche de Main Street, la calle principal de Park City, un pueblito lleno de esquiadores donde a Robert Redford se le ocurrió inaugurar el festival de Sundance en 1984. ¿Y qué es lo que pienso afuera? Le doy vueltas a cómo he llegado yo aquí.

Albarracín, España. Octubre de 2005

Creo que todo empezó en Albarracín, en el seminario de fotoperiodismo organizado por el fotógrafo Gervasio Sánchez. Hice el viaje solo desde Barcelona con la furgoneta Volkswagen de mis padres y de camino paré en Belchite. Guillermo del Toro estaba filmando El laberinto del fauno y el lugar tenía un aspecto más irreal -con los camiones y los figurantes marchando por entre las ruinas- de lo que ya de por sí es un pueblo arrasado por las bombas hace setenta años.

En Albarracín, planté mi casa con ruedas en el camping y me fui a dormir con Homenaje a Cataluña de George Orwell y los mapas de la Batalla del Ebro, donde mi abuelo me dijo una vez que luchó, aunque a mí nunca me cuadraran las fechas. Durante aquellos días descubrí a la generación impresionante de jóvenes fotógrafos que se venía encima -todavía hoy clandestina, como es ley en España- y conocí a Luis de Vega, por entonces corresponsal del ABC en Marruecos, y a Miquel Dewever-Plana, un fotógrafo franco-español que había pasado mucho tiempo en Guatemala y que tiene un libro maravilloso y terrible llamado La verdad bajo tierra.

No podía saberlo, pero Miquel y Luis iban a ser muy importantes para mí. Una tarde de primavera del año siguiente, Luis de Vega nos abrió de par en par las puertas de su casa en Rabat a Ángela y a mí y nos ayudó a encontrar a familiares de islamistas encarcelados en Marruecos para un reportaje que queríamos hacer. En enero de 2007, Miquel respondió a un e-mail que le envié desde San José de Costa Rica, donde yo estaba haciendo unas prácticas en el diario La Nación, y nos dio los contactos necesarios para irnos a Guatemala a hacer otro trabajo sobre el genocidio contra la población maya. Aunque ya había hecho algunos reportajes antes, tengo la sensación de que ellos me dieron la alternativa.

Panajachel, Guatemala. Febrero de 2007

La siguiente escena sucede en Panajachel, a orillas del lago Atitlán, Guatemala. Ángela y yo estamos en un locutorio, repartiéndonos las llamadas a los contactos que Mario Polanco, director del Grupo de Apoyo Mutuo (GAM), la organización de desaparecidos más importante de Guatemala, nos había dado de algunos supervivientes en el triángulo Ixil. En el área montañosa delimitada por los municipios de San Juan Cotzal, Chajul y Nebaj, el ejército guatemalteco practicó con más saña su política de tierra arrasada. Por la noche, Ángela regateó durante una media hora el alquiler de una furgoneta y un conductor que supiera llegar hasta allí. Lo único que recuerdo del precio es que pagamos más dinero del que teníamos.

De madrugada, bordeando el Atitlán en una Nissan Vanette conducida por nuestro avaricioso guía, pusimos rumbo hacia las montañas del Quiché. Este es el párrafo de contexto sobre el conflicto que escribí en el reportaje publicado el 1 de abril de 2007 en el dominical Proa del diario costarricense La Nación:

“Tras casi dos décadas de guerra civil entre el Estado guatemalteco y las guerrillas, agrupadas en la Unidad Revolucionaria Nacional Guatemalteca (URNG), llegó lo peor. Con la intención de eliminar el apoyo popular que los insurgentes recibían en las zonas más pobres del país, los sucesivos dictadores Kjell Laugerud (1974-1978), Romeo Lucas García (1978- 1982), fallecido el año pasado en Venezuela; Efraín Ríos Montt (1982-1983) y Humberto Mejía Víctores (1983-1986) decidieron “barrer el mapa” desde la capital hasta la frontera norte con México. Solo en los dos años de poder de Ríos Montt, el más esmerado en esta política de “tierras arrasadas”, el resultado fue brutal: 448 aldeas fueron borradas de la faz de la tierra dejando decenas de miles de asesinados y desaparecidos, según un informe de Naciones Unidas.

Las casas, los animales de granja y los cultivos fueron destruidos, los sobrevivientes huyeron a zonas selváticas y muchos murieron en el éxodo interno. Las víctimas fueron, principalmente, los indígenas mayas, más del 40% del total de guatemaltecos en la actualidad.

La política del ejército era clara: había que “matar a los indios”, como dijo en su día un portavoz de Ríos Montt. Los intereses terratenientes en las áreas donde vivían también estuvieron detrás del genocidio, para el que el ejército se sirvió de las Patrullas de Autodefensa Civil (PAC), grupos paramilitares formados por ciudadanos corrientes”.

Pasado Huehuetenango -recuerdo un bonito arco de piedra cerca del mercado- y después de un buen rato entre la niebla, llegamos al pueblo de Chupol. Allí entrevistamos a Diego Ventura, un hombre de unos 45 años, con una gorra del Chelsea, que fue torturado durante quince días por negarse a matar a nadie en sus rondas obligadas con las PAC. En Uspantán, la región que vio nacer a la Nobel de la Paz Rigoberta Menchú, conocimos a Dionisio Camajá, uno de los primeros en sacudir el tema de las matanzas y la impunidad, permanente amenazado de muerte y en guardia.

Estábamos acercándonos al triángulo Ixil y los testimonios y hasta el paisaje mismo parecían crecer y envolvernos hasta reclamar toda nuestra atención y energía. Llegamos a Nebaj para pasar la noche, con su preciosa iglesia encalada y una tranquilidad maldita que sólo se encuentra en los lugares donde han pasado cosas innombrables. Bebimos cerveza en un hostal para mochileros con anuncios de excursiones a caballo y descensos en kayak por el río. A la mañana siguiente teníamos una entrevista con un grupo de supervivientes en Cotzal.

Así es como arranqué el reportaje de Proa:

“En algún punto, dentro de la niebla que se va tragando la sierra de los Cuchumatanes, en el departamento guatemalteco del Quiché, tres mujeres y un hombre esperan para contar su historia una vez más.

Sin su memoria, la de los que se quedaron acá, del lado de los vivos, sería imposible saber qué les sucedió a sus vecinos, amigos y familiares: los muertos del genocidio más grande que haya visto el continente americano en su historia reciente.

Tras un tímido intercambio de saludos, una pequeña sala al lado de la carretera, con apenas una mesa y cinco sillas sobre el piso de concreto, sirve de escenario para invocar el abismo que guardan en su recuerdo.

‘Tenía 11 años cuando se murió mi papá. Decían que era guerrillero, lo agarraron, le regaron encima un galón de gasolina y le metieron fuego. ¡Cómo brincaba del puro dolor!’, cuenta Antonieta López, de 27 años.

‘Es dura la vida de ser víctima. Siete años estuvimos en la montaña, sin ropa, sin nada. Igual que un animalito escondido, así estábamos nosotros’, añade esta joven que es la tesorera de la asociación de mujeres en el barrio Los Ángeles, del municipio de San Juan Cotzal”.

Ahora, pasados cuatro años, sé que todo lo que escribí es cierto, pero que la verdad, de alguna forma, se quedó allí. Habría que apropiarse de la luz de la sala, del polvo en el suelo, de los silencios y las miradas y hasta de las montañas por donde un día se escaparon del ejército para acariciar la verdad de su historia. En aquel cuarto también estaban Feliciana de la Cruz, Juana Sánchez y Tomás Tomacruz, sentados en sillas de plástico, también con sus miradas y sus silencios y todo lo demás que es imposible expresar aunque escriba “tortura” o “tiro en la cabeza”.

En Ciudad de Guatemala visitamos a Mario Polanco, director del Grupo de Apoyo Mutuo y casado con la congresista y fundadora del grupo Nineth Montenegro. Al primer marido de Nineth, Fernando García, lo detuvo la policía guatemalteca el 18 de febrero de 1984. Luego lo desapareció (como a otras 45.000 personas) y aunque hay documentos sobre su caso en el Archivo General de la Policía Nacional –encontrado por casualidad en 2005 en un almacén abandonado de la capital-, nada se sabe todavía de su paradero. El día del estreno de Granito, Alejandra García, la única hija de Nineth y Fernando y también protagonista del documental, estaba en la cocina de nuestra casa en Park City. Había llegado la noche anterior desde Guatemala y era la primera vez que la veía en persona. Me ahorré la explicación del síndrome del montador. Pensé en lo que Mario Polanco me dijo aquel día de 2007: “Es como una encuesta. Te sientan en una camilla y el torturador es el encuestador y te pregunta. Solo que el encuestado nunca jamás regresa”.

En otra de las entrevistas en Ciudad de Guatemala conocimos a Feliciana Macario, de la Coordinadora Nacional de Viudas de Guatemala (Conavigua). No creo en las casualidades, pero en la mesa de montaje de Skylight Pictures en Nueva York me reencontré con ella. Feliciana fue una de las testigos de la querella por genocidio que Rigoberta Menchú presentó en 1999 en la Audiencia Nacional española y aparece en el documental en la parte en la que se cuenta ese proceso.

La visita más impresionante fue a la sede de la Fundación de Antropólogos Forenses de Guatemala (FAFG), un chalé en la zona 3 de la capital. No conocimos a Fredy (¿quién me iba a decir que lo concería algún día?) y la entrevista fue con José Suasnavar, subdirector de la organización. En la pantalla de Nueva York vería muchas veces los laboratorios, la máquina de ADN, los esqueletos tendidos y ensamblados como piezas de un puzzle, pero en aquella mañana en Ciudad de Guatemala lo que se me quedó grabado fueron las cajas de cartón en los pasillos, los osarios en el jardín listos para guardar los huesos de alguien que, por fin, abandonaría el limbo de los desaparecidos.

Nueva York, Estados Unidos. Abril, 2010

Llovía. En el cruce de la calle 42 con la Novena Avenida, lo único que queda del Hell’s Kitchen de las películas es la suciedad, los borrachos a las puertas de la estación de autobuses y el desamparo. Fumé un cigarrillo para hacer tiempo, resguardado bajo el toldo de un pizzería de porciones a un dólar y luego subí al piso 24 del rascacielos. Peter Kinoy, el montador de Granito, me estaba esperando en la oficina de Skylight Pictures. Un profesor de la universidad me había puesto en contacto con él y Peter, con un gesto que sería familiar muy pronto, me recibió con la cabeza ladeada y una sonrisa de sabio. Me senté en un sofá detrás de su mesa de montaje y durante unos minutos hablamos sobre mi vida en Nueva York, los estudios, mis conocimientos de montaje. Le hablé de mis días en Guatemala, de las entrevistas con los supervivientes y la visita a los antropólogos forenses. Peter respondía con más sonrisas o con un “muy bien” o un “excelente”. Me explicó el proyecto, el momento de la producción en el que estaban y lo que quedaba por delante. Le dije que me encantaría trabajar con él y se quedó pensando un segundo. “¿Puedes estar aquí mañana a las 10?”.

Al día siguiente conocí a Pamela Yates, la directora de Granito. Pamela había estado en Guatemala en 1982, siendo apenas una veinteañera, para filmar Cuando las montañas tiemblan, un documental sobre la guerra entre ejército y guerrillas y el genocidio encubierto contra la población maya. En el 2005, la abogada española Almudena Bernabéu, representante de las víctimas en el caso por genocidio en la Audiencia Nacional, contactó con Pamela después de ver Cuando las montañas tiemblan para saber si en el material descartado en el montaje de hacía más de veinte años pudiera haber pruebas útiles para el caso. Las había, entre ellas, Ríos Montt reconociendo en una entrevista su control absoluto sobre el ejército. En ese momento nació Granito, un viaje al pasado del primer documental, de su importancia en el presente y de los valientes, cada uno aportando su granito de arena, que siguen luchando por acabar con la impunidad en Guatemala. Pamela fue llamada a declarar como testigo por el juez Santiago Pedraz, pero esa historia está mejor explicada en Granito.

En mis primeros días de trabajo con Peter me tocó transcribir entrevistas. A veces pasaba cuatro horas seguidas tecleando lo que oía en la pantalla, como hipnotizado. Él lo necesitaba para hacer una primera edición del material y para mí era la mejor manera de conocer todo lo que habían filmado en Guatemala y Madrid en los tres años anteriores. De vez en cuando paraba y me quedaba embobado con la vista desde la ventana de nuestro piso 24. A la izquierda el Empire State y el edificio del New York Times, a la derecha el Hudson con Nueva Jersey al fondo, en medio, la muralla de rascacielos del Midtown y, sólo intuida, la lengua de asfalto y cristal y más edificios del Lower Manhattan donde una vez estuvieron las Gemelas.

A las seis de la tarde, cuando me metía en el metro para volver a casa, todas las palabras viajaban conmigo. Las declaraciones de los testigos en Madrid, los detalles de las matanzas, los gestos. No fue fácil, pero acabé acostumbrándome. Un difuso sentido de la responsabilidad me hacía encarar el trabajo de notario del horror con ánimo.

cabo de un tiempo conocí a Paco de Onís, el tercer pilar de la productora, más encargado de la parte de financiación, excelente cocinero y siempre simpático con su español influido por mil lugares. Una mañana en la que acompañé a Pamela a hacer unos recados, me contó que el abuelo de Paco, Federico de Onís, fue el fundador del departamento de español de la universidad de Columbia y la persona que invitó a Federico García Lorca a venir Nueva York. El tatarabuelo, por su parte, había firmado en 1819 el acuerdo de venta de La Florida a Estados Unidos, conocido como Tratado Adams-Onís.

Peter se convirtió en todo un maestro y un amigo (me llevó de vacaciones en verano con su familia) y yo me gané cierta fama a la hora de sincronizar el sonido y la imagen de los descartes de Cuando las montañas tiemblan. La oficina estaba inundada de cajas y cajas de cintas de audio y sobre mi mesa un reproductor Nagra de cuatro kilos de peso, toda una reliquia que me sirvió para encontrar verdaderas joyas que se colaron en el montaje final de Granito.

En noviembre, cuando sólo faltaba un mes para acabar el documental, Peter me llamó para decirme que lo habían seleccionado en Sundance. Le dije que no faltaría por nada del mundo.

Park City, Estados Unidos. Enero, 2011

Son las 11 de la mañana y estoy en un cine a oscuras en Park City. El logotipo de Skylight Pictures ilumina la pantalla y una banda sonora de piano se avanza a las primeras imágenes de Granito.

Pamela acciona un viejo proyector de cine y su voz dice “A veces, una historia contada hace mucho tiempo, vuelve de nuevo al presente”. En la fila de delante están sentados Fredy y Alejandra, a mi lado Peter y su mujer Mary. No puedo evitar la tentación de espiar las reacciones de Fredy y Alejandra durante la película. Para los que sabemos quienes son, su presencia carga la sala de una energía extraña.

Se acaba el documental, la pantalla se funde a negro y el público se pone de pie para aplaudir. Algunos se secan las lágrimas. Alejandra y Fredy acompañan a Peter, Pamela y Paco en la sesión de preguntas. Yo salgo afuera a vender copias de Cuando las montañas tiemblan, “la precuela de Granito”, como se anuncia en la tapa. Por la noche, antes de irnos a celebrarlo por Main Street, antes de que le cuente a Alejandra que conocí a Mario Polanco en Guatemala, le preguntaré a Fredy si quiere un cigarrillo y saldremos a fumar al porche y entonces le diré que, antes de conocerle, ya le conocía.