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En el primer tiempo de nuestro segundo partido del año, empatando cero a cero contra un equipo de ecuatorianos amables y ceremoniosos a quienes teníamos la obligación moral de ganarles, nos dieron un córner a favor y yo, aunque cabeceo bastante mal, decidí mezclarme con la tropilla de compañeros y rivales a ver si se producía el milagro de un rebote o un descuido. Participé de la breve estampida obligatoria —¡trucu-trucu-trúm!—, vi la bola volar lejos, muy por encima de nuestras cabezas, y después, cuando la jugada parecía terminada, sentí un empujón en la espalda lo suficientemente fuerte como para creerme con derecho a enojarme. Identifiqué a mi agresor (un peladito adolescente, un poco gordo y con aspecto de aprendiz de pandillero) y nos paramos pecho con pecho, los dos bastante ridículos, esperando no se sabe qué. Después de un forcejeo torpe pero breve —creo que en un momento agité un puño amenazador—, troté solemnemente hacia el otro lado de la cancha sintiéndome orgulloso de mí mismo, porque creía haber reaccionado bien ante la provocación.

Me sorprendió entonces ver al juez de línea agitar su banderita como si hubiera habido un asesinato y al árbitro correr hacia él con la urgencia ominosa de los árbitros cuando corren hacia los jueces de línea. Cuchichearon los diez segundos reglamentarios, el banderín del juez de línea apuntó en mi dirección y, segundos después, una tarjeta roja se recortó contra el cielo límpido de Brooklyn, arruinándome una mañana hermosa de primavera. Humillado y avergonzado, caminé despacio alrededor de la cancha de McCarren Park, con las canilleras en la mano y la camiseta celeste fuera del pantalón, pensando en cómo disculparme con mis compañeros de San Martín de Brooklyn, el equipo de media docena de argentinos, cuatro o cinco gringos, dos paraguayos, un colombiano, un uruguayo y un italiano con el que jugamos los sábados de verano en la Greenpoint Soccer League. Alrededor de la cancha, unos pocos vecinos de Williamsburg o Greenpoint trotaban sobre la pista naranja de tartán; más afuera, otros miraban el partido mientras tomaban sol, recogían la caca de sus perros o desarmaban mantelitos para picnics inminentes.

La escena era extraordinaria (veintipocos grados centígrados, instalaciones públicas en buen estado: postal de un barrio feliz) pero yo no podía disfrutarla: había prometido a mis compañeros que este año iba a evitar meterme en problemas con los árbitros, y había fracasado rápido. Además, nos habíamos comprometido a dar lo mejor de cada uno para clasificarnos por primera vez para los playoffs de la liga, después de dos años bastante malos (décimo terceros de dieciséis equipos en 2008; décimo cuartos de veinte equipos en 2009). Y para eso necesitábamos ganar partidos como el de aquel día contra los ecuatorianos bondadosos de El Progreso FC, un grupo de tíos, sobrinos y cuñados inmigrados a Estados Unidos desde el mismo suburbio de Ambato, en la sierra ecuatoriana, y que el año anterior habían terminado decimoctavos.

Un par de meses antes, en el comedor sin ventanas del restaurante peruano Pío Pío, en Greenpoint, veinte capitanes y un par de curiosos habíamos participado de la reunión anual de capitanes de la Greenpoint Soccer League. Mientras comíamos pollo con arroz y plátanos fritos, cortesía de la liga, algunos capitanes se quejaron de la calidad de los árbitros, otros pidieron reembolsos para cuando se suspendiera algún partido (“¿Quién les paga el taxi a mis jugadores?”, se quejó el capitán de un equipo que a veces contrata jugadores semi-profesionales) y otros pidieron más rigor con los equipos cuyas hinchadas se emborrachaban y escupían e insultaban a los rivales. (El año anterior, la hinchada de Español Hidalgo, parada sobre la línea del lateral, me había castigado todo el partido: “¡Viejo, retirate —me gritaba uno—, deja paso a las generaciones jóvenes!”.)

Yo, en cambio, pedía una revolución tecnológica. En un momento de la noche levanté la mano y le pregunté a Gildardo Revilla, dueño y mandamás de la liga, si no podíamos crear una humilde pagina web para publicar los resultados, los horarios y la tabla de posiciones del torneo. Revilla, que me tiene aprecio y está harto de mí a partes casi iguales, bajó la vista, un poco agotado por mi insistencia, y respondió con una vaga promesa de pensarlo. Los demás capitanes fueron menos receptivos: mientras hablaba, podía oír sus “pffttt…” y las risitas que salían desde las penumbras del salón, como si la Internet fuera una cosa de señoritas o de gringos que no tiene nada que ver con el fútbol.

Revilla, un peruano bajito y astuto que maneja la liga desde hace casi veinte años, nos comunicó las novedades para este año (aumento de precio para los árbitros, “tolerancia cero” para la violencia de las hinchadas) y nos recordó las reglas del torneo: veinte equipos en una rueda todos contra todos, clasifican los primeros doce para un repechaje, después ocho pasan a los cuartos de final y después semifinales y final. El ganador de la temporada regular se lleva mil quinientos dólares en efectivo; el ganador de los playoffs, otros dos mil dólares. Asentimos todos con la cabeza, como si verdaderamente creyéramos que podíamos ganar (los candidatos son siempre los mismos cuatro o cinco), y pasamos de a uno en fila para darle a la esposa-asistente de Revilla los billetes del adelanto para sellar la inscripción. Vi a mis co-capitanes acercarse al mostrador de Revilla —casi todos latinos, casi todos inmigrantes, casi todos trabajadores— y volví a sentir la distancia que en estos años ha marcado mi relación y la de nuestro equipo con Revilla y el resto de la liga.

Por un lado, me siento y nos sentimos cercanos a ellos porque compartimos la latinidad y la enfermedad por el fútbol, dos cosas que el resto de Nueva York no tiene ni entiende ni puede aprender; pero por otro me siento y nos sentimos inevitablemente lejanos, porque sabemos que en otras cuestiones nosotros también representamos la Nueva York gringa a la que ellos miran desde lejos y con desconfianza. En estos tres años que llevamos en el torneo, esta tensión —clase media versus clase trabajadora, inmigración legal contra inmigración ilegal, inglés fluido contra inglés tartamudeado, comer en restaurantes contra trabajar en restaurantes— se ha inflamado o se ha aliviado, pero siempre ha estado ahí: algunos de nosotros a veces hemos creído que Revilla o los árbitros nos perjudicaban porque no formábamos parte del “núcleo duro” de equipos peruanos, ecuatorianos y mexicanos de la liga, y ellos quizás han creído, con algo de razón, que nosotros somos parte de la avanzada clasemediera que desde hace una década está trepando por Brooklyn desde Manhattan, transformando barrios obreros en barrios cool, con restaurantes japoneses y tiendas de diseño, destrozando o desplazando lo que encuentra a su paso.

San Martín de Brooklyn empezó la temporada con su grisura habitual: derrota mínima contra un equipo mejor, triunfo sufrido contra El Progreso FC (después de mi expulsión, mis compañeros ganaron tres a uno), un cero-cero espantoso contra una pandilla de uruguayos guerreros pero pataduras y un uno-dos que parece digno pero fue un lección de fútbol.

El quinto partido nos puso en movimiento. En el minuto tres de su primer día como titular, Claudio, un paraguayo peleón, rápido y goleador que se nos había ofrecido después de jugar contra nosotros un par de semanas antes, se fue de un marcador sobre la izquierda, perdió la pelota, la recuperó, la volvió a perder, la volvió a recuperar y tiró un centro bajo que rodó hacia la medialuna por la línea del área grande. Yo, que lo venía acompañando más como un comentarista que como un destino posible de pase, detecté la bola en los suburbios de mi botín izquierdo y le pegué casi de lleno, intentando darle una comba para que se abriera primero y se cerrara después en el primer palo; la pelota salió mucho más alta de lo que había querido pero agarró mucho efecto, eludió la manopla extendida del arquero y se metió cerca del palo opuesto. (Celebré moderadamente, como si estuviera acostumbrado a meter este tipo de golazos.) Nos empataron cerca del final del primer tiempo con un penal que no existió y volvimos a marcar nosotros casi en el último minuto con un gol desde el borde del área. Justo después del gol, mientras mis compañeros festejaban, yo grité: “¡A pesar del árbitro!”, y recibí mi única tarjeta amarilla por protestar de la temporada.

La semana siguiente, después de empatar sobre el final un partido que merecimos perder, terminó nuestra pequeña racha positiva y empezó nuestro deslizamiento habitual y un poco inevitable hacia el pantano en el que nos hundimos cada verano. Entre mediados de junio y fines de agosto ganamos dos partidos (contra los equipos que terminaron en las posiciones catorce y veinte) y perdimos todos los demás, jugando mal y metiendo pocos goles. Es difícil jugar en la cancha de McCarren Park con treinta y dos o treinta y cuatro grados, como nos tocó hacerlo varias veces, pero lo que más nos complicó el verano fue la falta de jugadores, porque nuestros compañeros estadounidenses y algunos de los latinos empezamos a preferir, por voluntad propia o presionados por nuestras familias, pasar los sábados en la playa o de vacaciones.

La Greenpoint Soccer League es tan poco gringa que se juega incluso en los fines de semana largos, desde Memorial Day en mayo hasta el Día del Trabajo en septiembre. El cuatro de julio de 2009, Día de la Independencia, jugamos de noche bajo el estruendo y la filigrana de los famosos fuegos artificiales de Nueva York, mientras nuestros jugadores estadounidenses (y el resto de la ciudad) tomaban cerveza, comían salchichas y rulaban porros en terrazas propias o ajenas. Un año después, este último verano, unos amigos nos invitaron a pasar un fin de semana a una casa en Connecticut, a tres horas de Nueva York. Le propuse a mi mujer que ella fuera con nuestros amigos el sábado por la mañana, mientras yo primero jugaba contra Los Hobos y después tomaba el tren que paraba en Connecticut a las siete de la tarde. Mi mujer, que ha aprendido a elegir sus batallas, accedió. Cuando aquel sábado llegué a McCarren Park, no se estaba jugando ningún partido.

—Me vas a tener que perdonar, Hernán —dijo Revilla abriendo los brazos— pero ha habido un malentendido con los capitanes de los equipos Real Hidalgo y Misfits y todavía no empezaron a jugar. Está todo retrasado.

Insulté a Revilla como hacía tiempo que no insultaba a nadie y me fui a la estación con mi bolsito al hombro y en el peor de los mundos: sin el fútbol de la clase trabajadora ni la vacación bucólica de la burguesía.

El catorce de agosto, con la mayoría de los titulares de vuelta de sus viajes y una carambola de resultados que nos había dejado lejos pero con posibilidades matemáticas de llegar a los playoffs, jugamos contra un equipo llamado “New York United”, que en ese momento iba séptimo. Para motivarnos durante la semana, nos intercambiamos emails llenos de lugares comunes futboleros: “Este sábado es ganar o ganar”, nos decíamos; “Desde ahora son todas finales”; “¡Es el partido del año!”.

***

Un par de meses más tarde, fui a McCarren Park a ver los partidos de vuelta de los cuartos de final. Era una noche bastante fría de principios de octubre y la cancha estaba hermosa, iluminada como un escenario desde las líneas para adentro y en penumbra desde las líneas para afuera, donde cientos de personas mirábamos los partidos de pie, con los manos en los bolsillos y dando pequeños saltitos para sacudirnos el frío sorprendente del principio del otoño. Adentro de la cancha jugaban dos de los pocos equipos multinacionales del torneo. Dream Team, usando una vieja camiseta suplente del Inter de Milán, combinaba una vieja base ecuatoriana apuntalada (y casi reemplazada) con refuerzos de todos lados: dos de sus mejores jugadores eran un húngaro flaquito y elegante a quien llamaban “Eli” y un delantero centro afroamericano a quien le decían “Winsy” y llevaba metidos más de treinta goles. El otro equipo en la cancha era New York United, donde había algunos latinos pero no los suficientes como para romper la barrera idiomática: se pedían la pelota (“¡Switch!”, “¡Drop!”), se felicitaban (“Good ball”) y se daban órdenes (“¡Back, back!”, “¡Pressure!”) en inglés.

Encontré a Revilla bastante rápido, parado cerca de la mitad de la cancha, con su gorrita blanca bien hundida hasta los orejas, y conversando con el juez de línea. Cuando me vio, se me acercó sonriendo y me dijo: “Te quiero escribir una carta, para explicarte algunas cosas que dijiste sobre mí en la Internet”. Yo sabía bien de qué me estaba hablando: en junio y julio yo había escrito un diario del Mundial de Sudáfrica y le había dedicado un puñado de párrafos. No había sido agresivo con Revilla, pero sí moderadamente sarcástico, especialmente con su rocambolesco sistema para fijar los horarios de los partidos, que no admite negociaciones ni excepciones. Quienes más nos quejamos del sistema somos los equipos clasemedieros, que por su culpa no podemos “planificar” nuestros fines de semana y acomodar el fútbol en nuestro (supuestamente) variado menú de opciones. Hasta los martes a la noche, cuando los capitanes llaman al celular de Revilla, ningún equipo sabe a qué hora va a jugar el sábado siguiente (el primer partido es a las once de la mañana; el último, a las diez de la noche). Revilla está tan enamorado de su sistema (asigna los horarios según una misteriosa escala que toma en cuenta la posición de los equipos en la tabla) que ni siquiera durante el Mundial de Sudáfrica aceptó acomodar los equipos con argentinos, uruguayos, gringos o mexicanos a los horarios de los partidos de sus selecciones.

—Te quejas del calor, de los horarios, de todas esas cosas que ya hablamos mil veces —me dijo Revilla aquella noche—. Pero tú no sabes lo difícil que es organizar esto, la cantidad de reclamos que hay, la cantidad de demandas que tengo.

Le expliqué a Revilla que entendía perfectamente su situación y que en esa columna había dicho exactamente eso, pero no me quiso escuchar. Enseguida me di cuenta de que estaba jugando conmigo, más halagado que ofendido, y dispuesto a cobrarse una victoria psicológica. Juntó las manos y agitó los dedos, tipeando en un teclado invisible, y me dijo, al borde de la carcajada:

—¿Pensaste que no me iba a meter a la Internet? Jaja, te descubrí.

Me quedé en silencio, sonriendo, un poco emocionado de ver que un tipo tan de otro siglo como Revilla también había caído presa del auto-googleo y se había buscado a sí mismo, como hemos hecho todos, en la red de redes. (La Greenpoint Soccer League es un torneo tan analógico que casi no ha dejado rastros en Internet: es “ingoogleable”. La búsqueda “Greenpoint Soccer League” devuelve un puñado de resultados, pero ninguno relacionado con la liga.)

Después del partido se acercó un amigo de Revilla y nos pusimos a hablar de cómo se puede adivinar de dónde es un jugador solo por la forma de caminar por la cancha. “Al argentino, al uruguayo, al peruano lo ves parado en la cancha, antes de que toque la pelota, y ya sabes que es un futbolista”, decía Revilla. ¿Y los gringos? Revilla resopló, porque no le gusta hablar mal del país del que también es ciudadano, pero admitió: “No, no, los blancos no. Los blancos no”. Los blancos. Una hora antes le había preguntado a Revilla de dónde eran los de New York United y me había contestado algo parecido: “No sé, creo que son blancos”. Pero los del United, que jugaban con la camiseta de la Real Sociedad y tenían, en efecto, un promedio de piel más clara que la de los equipos ecuatorianos o mexicanos, eran de países que difícilmente podrían calificarse de “blancos”: había puertorriqueños, rumanos, chilenos e incluso había también un par de ecuatorianos.

—Los mexicanos son toscos —dijo Revilla después—. Pero ponen mucha garra. Uno les mete un gol, dos goles y les tiene que meter un tres-cero o un cuatro-cero para ganarles, porque con solo dos goles van al frente y te lo empatan.
—¿Y los peruanos?
—Los peruanos tenemos calidad —dijo Revilla con una mezcla de orgullo y resignación—. El problema es que somos indisciplinados.

Su descripción de los equipos peruanos se parecía bastante a lo que habíamos notado nosotros en la cancha (equipos como la selección de Perú: talentosos pero inofensivos, que tocan bien pero ante el primer problema se deshacen inexplicablemente). Mucho menos se parecía nuestra experiencia a su descripción de los mexicanos, que no nos habían parecido nada toscos, pero sí (también) bastante parecidos a su selección: defensores rápidos pero poco confiables, mediocampistas centrales lentos pero señoriales y dos parejas de alfiles por las puntas que corrían todo el tiempo y eran capaces de poner en peligro a cualquiera.

Un patrón habitual en McCarren Park, en estos equipos mexicanos o ecuatorianos con muchos jugadores bajitos y algunos gorditos, era ver que sus únicos jugadores altos eran dos negros gringos o jamaicanos o senegaleses que se paraban de zaguero central y centrodelantero. Estos tipos —algunos, becados universitarios de vacaciones; otros, veteranos de mil batallas del fútbol urbano en los parques de Randall Island o Flushing Meadows— reciben entre cuarenta y ochenta dólares por partido y juegan cuatro o cinco partidos por fin de semana en ligas de toda la ciudad. Como sus compañeros hispanohablantes no los conocen bien o no se aprenden sus nombres, les piden la pelota con sonoros “¡Negro, negro!”, que en este patio fronterizo apenas sacuden el barómetro de la corrección política. En los años que llevamos jugando en la Greenpoint Soccer League, uno de los mejores delanteros del torneo ha sido siempre un petiso punzante y endiablado a quien sus compañeros mexicanos nunca aprendieron a llamar por el nombre: “¡Árabe, árabe!”, le gritaban y el petiso, igualito a Diego Buonanotte, se daba vuelta y sonreía.

***

El partido más importante de nuestras vidas, contra New York United, duró media hora. Después no hubo partido sino exhibición (de ellos) o tortura (para nosotros). Nos metieron el primer gol en el minuto doce o trece; el segundo, en el veinticinco o veintiséis; el tercero, justo antes del final del primer tiempo. Entramos a la cancha eufóricos pero mareados, ya antes de recibir el primer puñetazo, y después nos fuimos cayendo lentamente, como si nos soplaran, hacia la lona. Volvimos malhumorados y en silencio al arbolito donde nos esperaban nuestras mujeres, que nos preguntaron, con la mejor intención y el peor tacto: “¿Ganaron?”. A algunos de nosotros se nos escaparon unas carcajadas socarronas, casi diabólicas, que reflejaban la vergüenza y la indignación de perder cinco a cero el único partido que teníamos que ganar.

El martes siguiente analizamos la hoja manuscrita y fotocopiada con la tabla de posiciones, lo llamamos a Revilla para preguntarle los resultados de los otros partidos —a veces se los acuerda, a veces duda: “Creo que ganó Guadalupe…”—e hicimos un poco de aritmética: la única posibilidad que nos quedaba de meternos entre los primeros doce era ganando los cuatro partidos que nos quedaban.

La noche del veintiuno de agosto jugamos contra Universidad Católica, un equipo de peruanos y mexicanos que iba sexto en la tabla. Nosotros estábamos decimocuartos y nunca le habíamos ganado a ningún equipo que estuviera por encima de nosotros. Metí el uno-cero en el primer tiempo, tocando en el primer palo un muy buen centro bajo de John, uno de nuestros gringos, y Claudio metió el segundo un rato más tarde, definiendo de zurda un pase mío de los que hace años daba miles pero que ahora, con la edad y la falta de confianza, cada vez doy menos.

El sábado siguiente jugamos contra Real Hidalgo, los campeones del año anterior. Fingimos estar condenados, como personajes de una tragedia griega, y el truco funcionó: se lo creyeron ellos y, sobre todo, nos lo creímos nosotros, que jugamos sin presión y con confianza, incapaces de creernos nuestro empaque y nuestra energía hasta que Pietro, nuestro delantero italiano, metió un gol de penal y después tiró un centro que Claudio cabeceó en el segundo palo. En el entretiempo nos pellizcábamos en silencio, como si no quisiéramos despertarnos. Después quisieron atropellarnos y lo consiguieron: se pusieron dos a uno y por un momento pareció inevitable que San Martín recuperara su habitual talante apedreado y dubitativo. Cuando faltaban dos minutos, Matías, que se había pasado la temporada persiguiendo rivales en la mitad de la cancha, metió un derechazo al ángulo y lo gritó tan fuerte que todo el mundo en el parque se dio vuelta para mirarlo. El partido siguiente lo ganamos por decreto (Honduras FC se había retirado del torneo) y el último lo ganamos cuatro a cero, como si siempre hubiéramos sabido cómo meter goles. Cuando terminó el partido, nos miramos y no lo podíamos creer: a pesar de habernos saboteado durante semanas y semanas, habíamos terminado el torneo undécimos, con veintinueve puntos en diecinueve partidos y autorización para bailar aunque sea un ratito con la aristocracia futbolística de la Greenpoint Soccer League.

Hasta hace no mucho, varios equipos de la liga usaban los sábados como ocasión deportiva pero también social: se quedaban en el parque, comiendo fruta y sándwiches, escuchando música y tomando cerveza hasta después de la medianoche. Cuando tenían que hacer pis, lo hacían contra las paredes de las fábricas vacías. Ahora que esas fábricas han sido reemplazadas por departamentos, Revilla les ha tenido que pedir por favor que dejaran de orinar cerca de los edificios. “¿Y entonces dónde?”, habían protestado algunos en la reunión de capitanes en Pío Pío. “Háganlo del otro lado del parque, contra las canchas de béisbol”, les había recomendado el presidente de la liga.

Un sábado fui a visitar a Revilla y lo encontré caminando alrededor de la cancha con un bastón en una mano y una bolsa en la otra, recogiendo la basura —botellas vacías de Gatorade, bolsas de plástico, restos de comida— que habían dejado los espectadores de los partidos del día. Le pregunté cuánto había cambiado el barrio en los casi veinte años que llevaba organizando el torneo. Revilla frenó, se dio vuelta y, mirando a los edificios de departamentos construidos en el boom inmobiliario pinchado en 2008, dijo: “Esto era todo factoría”. Levantó los brazos y señaló hacia el Este y hacia el Sur. “Todo factoría. No había ni un solo edificio.”

McCarren Park, el parque municipal donde se juegan los torneos de Revilla, está en el borde oriental de Williamsburg, un barrio que en la última década y media pasó de rincón semi-feo, semi-polaco y semi-vacío a refugio de artistas y rockeros y, en una segunda transición asociada a la primera, en barrio cool y caro con boutiques alternativas y mueblerías de estilo escandinavo. Lo que pasó en Williamsburg pasó en toda la ciudad: a medida que los yuppies y otros jóvenes se cansaron de los suburbios y retornaron a los centros de las ciudades, desplazaron a los bohemios o lúmpenes creativos que vivían casi gratis en barrios dilapidados como el Soho o el East Village. Estos bohemios (artistas, músicos, diseñadores) encontraron refugio en Brooklyn, del otro lado del East River, donde pusieron galerías de arte y pequeños restaurantes bonitos que lentamente fueron Desplazando a las familias negras y dominicanas que llevaban treinta años allí. La tendencia —que algunos en castellano llaman “gentrificación”, traduciendo fonéticamente desde el inglés— se ha desacelerado pero persiste, alcanzando territorios cada vez más alejados de Brooklyn y el norte de Manhattan.

Para Revilla, que vive cerca del parque pero en la otra dirección, todavía a salvo de los salones de yoga y el café orgánico, el beneficio principal de la gentrificación de Williamsburg ha sido la renovación de McCarren Park: hasta 2005, la Greenpoint Soccer League se jugó en un erial traicionero de yuyos y escombros; desde 2006, en una cancha extraordinaria con luz artificial y césped sintético de última generación. Para algunos de los latinoamericanos que participan de la liga, este parque es uno de los beneficios más valiosos que reciben del Estado gringo, que no les da permisos de trabajo pero al menos los deja jugar al fútbol en una cancha a la cual casi ninguno de ellos tendría acceso en América latina.

Revilla y otros peruanos empezaron a jugar en McCarren Park a principios de los noventa, cuando en los alrededores había solo “factorías”, depósitos agrietados y unos pocos bares y carnicerías polacos derramados desde el vecino barrio de Greenpoint. Una tarde llegó un comisionado del Departamento de Parques, les advirtió que no podían usar el campo sin permiso y les dejó una tarjeta. Revilla lo llamó, fue a varias reuniones y seminarios y en 1992 fundó la Greenpoint Soccer League, que en su primera edición tuvo ocho equipos, casi todos peruanos. Con los años, la liga fue creciendo y también se fue “desperuanizando”, imitando las tendencias migratorias de la ciudad. Hace quince años había pocos mexicanos en Nueva York y pocos mexicanos en el torneo de Revilla; hoy hay muchos mexicanos más, en las cocinas y obras en construcción de la ciudad y en las canchas de Brooklyn. “Los equipos peruanos ya no dominan”, dijo Revilla. “Se fueron quedando viejos, no ha habido recambio”.

Después conversamos sobre su historia personal. Me contó, con algo de la morriña habitual de los inmigrantes, que lleva treinta años en Estados Unidos, que primero vino solo y que solo más tarde pudo traer a su mujer. Lo más doloroso, me dijo después, fue dejar en Perú a su hijo, a quien durante casi tres años cuidaron su hermana y su cuñada. En una entrevista que le dio a un periodista del sitio Peru21.pe (a quien conoció gracias a mí), Revilla contó aquellos años con más detalle:

—Acabo de estar en Lima y mi hermana me entregó las tarjetas que yo le enviaba a mi hijo —muestra una serie de tarjetas amarillentas fechadas desde el setenta y nueve—. Fue muy emocionante. Son cosas que pasan. Se luchó tres años, regularizamos nuestra situación migratoria y pudimos pedir a mi hijo. Pero una de las cosas más difíciles de estar aquí —hace una pausa— es que ya no pude ver a mi padre. Cuando regresé, me dijeron que ya había fallecido. Este país te da cosas buenas, pero también te las cobra.

Cuando leo párrafos como éste, me arrepiento un poco de mi relación con Revilla, con quien me peleé muchas veces más de las necesarias. Sigo sin entender por qué necesita ser tan inflexible y arbitrario con su calendario de partidos y por qué se resiste (por convicción o indiferencia, a esta altura da casi lo mismo) a crear una sencilla página web donde todo el mundo pueda ver la tabla de posiciones, los resultados de los rivales y los horarios de los próximos partidos. Estos años, nuestro único contacto matemático con el resto del torneo ha sido una hoja escrita a mano y fotocopiada que nos entrega Revilla cada sábado antes de los partidos. Es una tabla que usa tecnología de 1970, más una reliquia que un instrumento, pero contra la que cada vez tengo menos ganas o argumentos para protestar.

***

Nuestro baile en la élite de la Greenpoint Soccer League fue corto y brutal. Perdimos tres a cero, sometidos y colonizados desde el primero hasta el último minuto, contra Filco, mi equipo favorito de la liga, un grupo multilatino, toqueteador y agresivo que usa la camiseta rosa fosforescente del Barcelona. Mientras ellos jugaban al fútbol, nosotros parecíamos tener vergüenza de interrumpirlos. Tardábamos cinco minutos en recuperar la pelota y diez segundos en perderla; subía la bola al cielo y saltaban tres fosforescentes contra uno solo celeste; cuando quisimos frenar el partido, hacer una pausa (¡pedir una tregua!), ni se enteraron: nos pasaron por encima. “Por lo menos cumplimos nuestro objetivo de la temporada”, dijo uno de los nuestros, sin consolar a casi nadie.

Un mes después se jugó la final. Ahí estaba Filco, con sus bailarines fosforescentes, después de ganar todas sus eliminatorias por goleada; y también estaba Dream Team, el Chelsea de la liga, el equipo con más jugadores contratados. Le pregunté una vez al técnico y manager de Dream Team, un ecuatoriano con bigotito y pelo corto, de dónde sacaba sus jugadores y me dijo que recorría las ligas de toda la ciudad: “Miramos jugadores en todos lados y los que más nos gustan, los mejores de los mejores, los traemos para acá”, me respondió. Yo hinchaba por Filco, entonces, no solo porque tenía menos jugadores contratados (y me parece una posición moral defendible preferir a los equipos con más espíritu amateur), sino también porque nos habían eliminado a nosotros, y perder contra el campeón siempre es un truco útil para subir o salvar la autoestima futbolística.

En la cancha había clima de final. A un costado, Revilla había parado una mesa de jardín con los trofeos, bañados en (o disfrazados de) mármol y oro. Unas dos mil personas mirábamos el partido parados sobre la raya, al borde de la invasión, obligando a los jueces de línea a meterse dentro de la cancha y generando pequeños tumultos y confusiones en cada lateral. En el público había latinos con sus familias (sentados en sillitas de playa, tomando cafés de Dunkin’ Donuts, compartiendo bolsas de comida) pero también personajes típicos del barrio (guitarristas barbudos de bandas indie, blogueros freelance con camisas ajustadas, chicas pálidas con vestidos de flores y tatuajes en los hombros), probablemente atraídos por la electricidad del momento. El partido era parejo y bastante bien jugado. Eli, el húngaro de Dream Team, manejaba el tempo desde su guarida en el centro de la cancha, pero Filco se las ingeniaba para generar peligro. En el segundo tiempo, con el partido uno a uno, el técnico de Dream Team hizo entrar a un negro panameño panzón y culón y la tribuna lo recibió con risas y burlas. Yo, que lo había visto jugar, me alegré cuando el panameño culón enhebró un pase finísimo para Winsy, que metió su gol treinta y ocho o treinta y nueve (Revilla perdió la cuenta). Filco, más veterano pero con más mística, se fue para adelante, metió el partido en un pantano y así consiguió el empate, después de cien pelotazos y noventa y nueve rebotes, en el último minuto.

El público celebró el gol como si fuera propio, porque extendía el drama hasta la definición por penales. El árbitro, un peruano flaco y alto con poco sentido del humor, quiso mantener al público fuera de la cancha, pero nadie le hizo caso. Cuando el lateral izquierdo de Filco tomó carrera para patear el primer penal, la multitud ya se había abroquelado en los bordes del área grande, rodeando por completo el arco y los pateadores, dándole a la definición una atmósfera de tensa calma, a mitad de camino entre la congregación religiosa y la amenaza de linchamiento. Antes de cada penal, el público se callaba por completo, como en el teatro, y con cada gol se derramaba en grititos de alegría o decepción. Cuando el arquero mexicano de Dream Team, el mejor del torneo, atajó el único penal mal pateado de la noche, se oyeron los “¡ahhhh!” y “¡ohhhh!” de la multitud gringa, que quizás no sabe mucho de fútbol pero sí sabe identificar un buen espectáculo.

Mientras unos festejaban, otros se lamentaban y otros miles se iban para sus casas o donde tuvieran que ir, Revilla me llamó a un costado y me pidió que le hiciera de traductor en la entrega de premios. Primero vino el técnico de Filco, que además es el jefe de la mayoría de sus jugadores en una empresa de reciclado de basura, y se llevó un trofeo alto y dorado grabado con la entrañable “Sub-Champion 2010”. Después se acercaron los jugadores de Dream Team. “Las medallas las va a poner acá el señor Hernán, del equipo San Martín”, dijo Revilla, y los campeones pasaron en fila a mi lado mientras yo, un poco halagado y otro poco incómodo, pasaba las medallas alrededor de sus cabezas transpiradas y las soltaba sobre sus nucas. Revilla tomó un trofeo de la mesa y dijo: “¡El premio al goleador!” Después me miró: “¡Traduce!” Tartamudeé: “The award for the top scorer…”, pero ya no era necesario, porque sus compañeros habían empujado al frente a Winsy, que levantaba su copita tímido y contento. “¡El mejor jugador!”, dijo Revilla después. “The best player…”, repetí yo, en voz bajita. Revilla, que no sabía cómo se llamaba, apuntó hacia el húngaro Eli y el húngaro, que tiene modales y aspecto de otra época, como escapado de una película en blanco y negro, sacudió su trofeo con la misma timidez. Después Revilla se dio vuelta, tomó un sobre que le pasó su mujer y se lo dio al ecuatoriano del bigotito: “Cuéntalo”, le dijo. El técnico de Dream Team abrió el sobre y contó: había, en efecto, dos mil dólares.

Cuando nos quedamos solos, felicité a Revilla por el éxito de la final, que había tenido buen fútbol, buen público y una definición dramática. “Sí, ha estado bien”, me respondió, cansado o melancólico. Después, como para terminar de componer nuestra relación, lo felicité por la liga, le dije que admiraba su dedicación y le aclaré que, aunque todavía estuviéramos en desacuerdo con algunas cosas, jugar en la Greenpoint Soccer League me parecía una experiencia fascinante, la mejor parte de mi verano. Revilla me agradeció, pero después apuntó a los edificios de departamentos de alrededor, donde algunas ventanas en ámbar sugerían el calor de hogares de clase media. “A esta liga le quedan tres o cuatro años, cinco como mucho”, me dijo. Un poco sorprendido, le pregunté por qué pensaba eso. “Claro, hermano. Nos están empujando. Esta cancha está demasiado bonita como para que la sigamos usando nosotros. En algún momento nos la van a quitar.” Me quedé callado, analizando si realmente Revilla tenía motivos para ser tan pesimista, y no supe qué responder. Después me pregunté si, llegado el improbable caso de que hubiera que tomar una decisión, de qué lado creía Revilla que estábamos nosotros. Tampoco quise contestarme. “Se vienen los blancos, Hernán”, dijo Revilla después, quizás dándome una respuesta. “Se vienen los blancos.”

I

Mientras llega el camarero con nuestros almuerzos, Boricua Zárate advierte que está acostumbrado a ser un extraño para casi todas las personas con las que se tropieza en la calle. La última vez que pateó un balón —añade, meditabundo— fue en 1985, es decir, hace veintiséis años. Así que el mesero joven que nos atiende en este restaurante de Barranquilla tendría que ser sobrino suyo para haberlo reconocido. De otro modo, ¿cómo podría saber que el cliente de cabello ralo al que acaba de tomarle el pedido, el cojo de la pierna ortopédica, fue uno de los dos defensores centrales de la Selección Colombia que en 1975 quedó subcampeona de la Copa América?

Boricua aprieta con las dos manos el mango de su bastón. Luego insiste en que su época como jugador de la Selección Colombia pasó hace más de tres décadas. Resulta apenas lógico que a estas alturas él se haya envejecido y no se asemeje ya al mocetón que el país conoció en las canchas. Pienso que tiene razón pero me abstengo de decírselo. El Boricua de los años setenta era uno de esos zagueros intimidantes que parecen andar siempre a punto de descabezar a alguien. El de hoy es un sesentón maltrecho al que uno no se imaginaría en una cancha de fútbol ni siquiera como espectador. Uno se lo figuraría, más bien, jugando dominó en un parque de jubilados.

Como lo he frecuentado durante cuatro días estoy familiarizado con él, pero si me lo hubiera topado en cualquier esquina sin antes ojear en la prensa las imágenes de su aspecto actual, seguramente lo habría desconocido. Y eso que pertenezco a la generación de hinchas nacidos en los sesenta. Yo alcancé a ser testigo de su carrera, lo vi enfundado en las camisetas del Junior, del Medellín y de la Selección Colombia. Un domingo remoto de mi adolescencia, incluso, lo tuve a pocos metros de distancia en el viejo Estadio Romelio Martínez. Era un hombre brioso a pesar de su corpulencia, lo contrario de este señor menguado y lento que ahora empieza a tomarse la sopa.

Boricua se esfumó del panorama desde el momento en que se retiró de las canchas, y no volvió a aparecer en público. Jamás hizo el saque de honor en un partido importante ni en uno de poca monta; jamás fue entrevistado en los noticieros de televisión. Una que otra vez era evocado en son de mofa por los periodistas deportivos veteranos: cuando un zaguero pifiaba la pelota de manera horrible, o cuando la mandaba hacia las tribunas con un patadón antiestético, exclamaban: “Hizo la de Boricua”. Cuando el defensor se aturdía y en vez de rechazar el balón se quedaba estático viéndolo pasar por su lado, los comentaristas mayores citaban la frase burlona que el locutor Pastor Londoño decía a mediados de los años setenta: “No me la deje ahí, Boricua, no me la deje ahí”.

Se referían, cómo no, al error que estigmatizó a Boricua durante la mayor parte de su carrera. Sucedió en el juego de vuelta por la final de la Copa América de 1975. Colombia había ganado 1 a 0 el primer partido, disputado en Bogotá. En el segundo partido, el de Lima, estaba alcanzando el título gracias al empate parcial, pero el equipo peruano mandaba en la cancha. De pronto, un atacante de Perú que avanzaba por la derecha envió un centro aparentemente inofensivo al área colombiana. Parecía que Zárate controlaría la situación de manera fácil, ya que el balón cruzaba englobado, manso, frente a sus narices. Bastaba con darle un cabezazo para mandarlo al córner o hacia un costado. Zárate, los brazos pegados al cuerpo, las manos posadas en las piernas, se quedó idiotizado viéndolo pasar, como si esperara que al balón mismo le diera la gana de alejarse sin causar problemas. O como si creyera que podía desviarlo con una simple mirada. Cuando el balón lo rebasó, intentó reaccionar, pero ya era tarde: Juan Carlos Oblitas irrumpía como un bólido por la izquierda. Al peruano, sin embargo, también lo sobró el balón y por eso no disparó en seguida. En todo caso logró detenerlo antes de que traspusiera la línea final. Entonces, de espaldas al arco, decidió jugarse un albur: le pegó un taconazo con la zurda para centrarlo de nuevo, a ver qué sucedía. Y lo que sucedió fue que le rebotó a Zárate en el pie derecho y se metió en la portería de Colombia.

Desde ese día hasta el momento en que se retiró, diez años después, Boricua soportó las chanzas más pesadas. Cada vez que la pelota llegaba a sus predios el público rugía con saña, mientras Pastor Londoño soltaba el consabido gracejo:

—No me la deje ahí, Boricua, no me la deje ahí.

La gente se burlaba de él, incluso, en lugares distintos al estadio: en las calles, en los centros comerciales.

—No me la deje ahí, Boricua, no me la deje ahí.

Aunque la broma lo irritaba, Zárate se mostraba risueño ante los provocadores, en parte por su temperamento apacible y en parte porque entendía que si perdía los estribos le iría peor. Para consolarse apelaba, además, a un argumento ingenuo: si se mofaban de él era porque, al menos, lo reconocían. Pero eso fue hace mucho tiempo, dice ahora, mientras aparta hacia un lado de la mesa el plato ya vacío de la sopa. Hoy solo encuentra indiferencia a su paso. Nadie lo señala con el dedo índice, nadie le pregunta por la Selección Colombia del 75. El taxista que nos trajo al restaurante, a propósito, no lo reconoció, pese a que vivió en el mismo barrio suyo cuando ambos eran adolescentes. Zárate sonríe, insiste en que ya está acostumbrado a esa situación.

II

En esta Colombia vertiginosa donde las noticias caducan al instante, un futbolista de los años setenta pertenece a la prehistoria. Más aún si su carrera fue gris y nadie volvió a saber de su vida durante el último cuarto de siglo. Ese personaje es a la prensa lo que el medicamento vencido a la farmacia: un producto desclasificado, sacado de circulación. Lo máximo que los editores de los periódicos podrían concederle es un rinconcito en la sección de efemérides, para evocar algún acontecimiento suyo —un autogol, por ejemplo— o contarles a los lectores en qué anda tras el retiro. Eso sí: el día que el personaje sufra un percance o estire la pata, será incluido otra vez, sin falta, en las páginas de actualidad. Ahora, mientras el mesero nos entrega las bandejas de pescado que le pedimos, recuerdo la frase irónica de Chesterton: “El periodismo consiste en decir ‘Lord Jones ha muerto’ a gente que no sabía que Lord Jones estaba vivo”.

Boricua hinca la punta del cuchillo en la posta de bagre frito. Dos años atrás nadie lo mencionaba, ni siquiera los locutores deportivos más viejos. Yo, lo confieso, tampoco lo extrañaba. No era que lo creyera ya un Lord Jones muerto: era que, sencillamente, su nombre se me había borrado de la memoria. Entonces sobrevino la calamidad que lo volvió noticia otra vez. “En estado crítico Boricua Zárate” —informaba El Heraldo a principios de 2010—: “Tiene diabetes y requiere ser amputado”. El reporte abundaba en detalles sobre las desdichas del personaje: sus dolencias, sus apuros económicos. Además advertía que Boricua no se encontraba afiliado a ninguna Empresa Promotora de Salud y, por tanto, los médicos se negaban a practicarle la cirugía. Sus excompañeros del Junior se aprestaban a organizar en Barranquilla un partido de veteranos para conseguirle fondos. Por primera vez nos mostraban el rumbo que tomó el personaje durante el tiempo en que le perdimos la pista. Al principio trabajó en las divisiones inferiores del Deportivo Independiente Medellín. Después se quedó sin empleo. Fue el momento en que surgieron las penurias: perdió el hogar, pasó hambre. Terminó yéndose para Mocoa, ciudad petrolífera de la región amazónica colombiana, donde se vinculó a una escuela de fútbol infantil. Un día amaneció con una uña del pie izquierdo encarnada. Como creyó que se trataba de un mal menor, no le prestó atención. Un mes después caminaba apoyado en un bastón.

—La pierna se me puso flaca como la de un niño con polio —dice Boricua.

Los cubiertos con los que corta el bagre naufragan en sus manos enormes. Mastica despacio, el ceño fruncido, la mirada grave.

Encuentro un parale-lismo entre el zaguero central que se durmió frente a aquel balón manso en la final contra Perú y el señor que se descuidó porque creyó que la uña encarnada era una minucia. Se me ocurre, además, una idea malévola: también este último Boricua “la dejó ahí”. Sin embargo, no me atrevo a comentarle en voz alta lo que estoy pensando. Me gustaría saber con qué ojos mira la realidad un hombre que no percibe ciertas señales de alarma que para los demás mortales resultan evidentes. Su hermana Isabel lo define como una persona ingenua y confiada. Físicamente parecería capaz de protegerse de cualquier adversidad, pero el pobre José —ella jamás le dice el apodo— siempre ha escondido a un niño indefenso dentro de ese cuerpo fortachón. Un niño que a veces es lento de reflejos.

—¿Por qué demoró para hacerse ver del médico la uña ulcerada?
—No, para nada, yo no me demoré. A mí la pierna se me adelgazó en cuestión de un momentico.

Me arrepiento de la pregunta: es injusto que uno se enferme y encima tenga que sentirse culpable. Veo otra vez el tenedor extraviado en la mano descomunal de Boricua, sus ojos que ahora no se me antojan graves sino afables. Definitivamente se parece al hombre que retrata su hermana: grandulón, desamparado, como un ogro bueno de historieta infantil. Así era también cuando jugaba: tosco, noble.

—Un locutor salió un día con este chiste: “Boricua pega más que un cable de energía pelado”.
—¿Y usted no era acaso pegador?
—A mí me expulsaron como dos veces apenas.
—Entonces, ¿de dónde salió esa fama?
—No sé. Vainas de ustedes los periodistas. Y como mido 1,82 y en esa época pesaba 86 kilos… Yo era muy fuerte. El que chocaba conmigo se caía, pero no era que me la pasara pegando patadas.

Manos grandotas, dedos muy gruesos. De alguna manera su contextura incidió en la clase de jugador que fue. Boricua no patrullaba la zona defensiva en la carroza de los príncipes sino en el burro de los leñadores. Quizá por esa razón lo olvidamos. Jugaba en el puesto de un exquisito como Beckenbauer pero pertenecía a la estirpe de un rústico como Scirea. ¿Lo que le cobramos, entonces, fue su falta de virtuosismo? Tal vez. El mundo no celebra al que corta la madera para hacer el violín sino al que crea la música.

Le digo a Boricua que el tiempo arrojó sobre él un manto de olvido pero, por otra parte, actuó en su favor. Si hubiera anotado aquel autogol a finales de los años ochenta o a principios de los noventa, cuando el fútbol colombiano estaba en la mira de las mafias y de los apostadores, posiblemente no estaría aquí echando el cuento.

—Huy, sí, de pronto me hubieran dado balín —dice con una expresión sombría.
—Así es.
—Vea usted el caso del finado Escobar…

En este punto Boricua hace el clásico gesto de la degollada, pasándose el índice derecho por el cuello. Se refiere al autogol que le costó la vida a Andrés Escobar tras el Mundial USA 94.

—Es preferible la broma de Pastor Londoño, ¿cierto?
—Sí, es preferible.

Y se ríe.

—¡No me la deje ahí, Boricua, no me la deje ahí!

Y se ríe otra vez.

¡Ah, el tiempo! He pensado mucho en el tiempo a lo largo de estos días. Boricua ajustaba 36 años cuando se apartó de los reflectores y 61 cuando regresó a ellos. Mucha agua ha corrido desde entonces bajo el puente. El personaje dejó de usar las patillas gruesas que usaba en los setenta, se encorvó un poco, perdió varios dientes. Y, sobre todo, sufrió quebrantos de salud y se convirtió en un desempleado frecuente. Sin embargo, en los archivos de prensa se mantuvo ocupado pateando balones, ostentando la firmeza de un guayacán. El reducido sector de la sociedad que se acordaba de él, lo divisaba aún dentro del mismo vagón de sus años mozos, pero él había concluido ese viaje hacía una eternidad. Seguimos viendo a los exfutbolistas tal y como eran cuando jugaban, prestos todavía a cobrar el córner, o calentándose en la pista atlética. El día que decidimos buscarlos a ellos mismos para que nos cuenten qué fue de sus vidas, la realidad nos entra en los ojos como un puñado de tierra. Pregunta uno por Bonifacio Martínez, aquel veloz puntero del Junior, y responde Boricua:

—Me dijeron que anda en chancletas vendiendo pescado por las calles de Soledad.

Después pregunta uno por Ernesto Díaz, delantero de la Selección del 75, y vuelve a responder Boricua.

—Murió en una cancha de Estados Unidos. No tenía ni cincuenta años cuando le dio el infarto ese.

Enseguida pregunta uno por Pescaíto Calero, otro integrante de la Selección del 75, y a Boricua se le quiebra la voz en la respuesta:

—Hombre, Pescaíto murió en un accidente de tránsito en Pereira.

Y así sucesivamente.

Ayer, enfundados en una camiseta que llevaba cruzada en el pecho los colores de nuestra bandera, representaban a Colombia ante el resto del mundo; hoy andan desaparecidos, necesitados, muriéndose sin que nos enteremos. Y no nos enteramos porque ya no nos interesan, ya les pasó su tiempo. Si en estos momentos no pueden darnos circo, ¿por qué tendríamos nosotros que darles pan? Todo exfutbolista que llega pobre a la vejez —nos recordaba el entrenador holandés Rinus Michels— se vuelve extranjero en su propio país.

III

Al final de la tarde, cuando baja la temperatura en Barranquilla, Boricua sale de su casa en el barrio Montes y le da doce vueltas a la manzana. El médico que le ordenó la terapia —el mismo que le amputó la pierna izquierda— le aconsejó recorrer un kilómetro diariamente. Boricua dice que cumple la tarea de manera juiciosa, pero en cierta ocasión su hermana Isabel me condujo a escondidas hacia el patio para desmentirlo.

—Esos son puros embustes de él —me dijo, bajando la voz y mirando con cautela hacia el interior de la casa—. Él no camina todas las tardes. Viera usted la lucha que hay que tener para que salga a hacer el ejercicio.
—Pero ayer caminó conmigo…
—Sí, claro, y hoy va a caminar otra vez. En estos días sale a caminar porque usted está aquí.
—Caramba…
—Yo quiero que usted lo regañe. Como usted es periodista, a usted le para bolas.
—O sea que si no hay periodistas él no da ninguna vuelta.
—Bueno, él sí sale algunas veces. Pero yo quiero que usted lo regañe, porque el médico le pidió que camine con el bastón y él camina es con el caminador.

Esta tarde Boricua también utiliza el caminador. Dice que con el bastón se cansa mucho. Además, si usara el bastón tendría que caminar muy despacio, lo cual, según él, es poco recomendable en este barrio peligroso. A ambos lados de la calle 29 hay vecinos que vociferan como si estuvieran en una plaza de mercado. Boricua los mira de reojo, los saluda, y en seguida vuelve a fijar la vista en el piso. La prótesis, engarzada en un zapato de punta vaciada, le llega hasta el muslo. El Boricua de hoy será un alfeñique en comparación con el zaguero macizo de los años setenta, pero seguro es Sansón al lado del paciente demacrado que nos mostró la prensa a principios de 2010, en vísperas de la cirugía. Tres pasos, seis pasos, pausa. No es que le falle el estado físico —se excusa— sino que necesita más tiempo para acostumbrarse a su condición actual. Entonces separa los dedos tensos de las empuñaduras del caminador y estira las manos en el aire.

El sector por el cual avanzamos es considerado la Meca del fútbol colombiano. Al fondo, allá en la calle 30, vemos el Estadio Moderno, donde el 7 de agosto de 1922 se disputó el primer partido oficial de nuestra historia. Ese día se enfrentaron dos equipos cuyos nombres parecían aludir a los colores de nuestros partidos políticos tradicionales: Los Colorados y Los Azules. Después, en 1946 —tres años antes del nacimiento de Boricua—, el estadio fue sede de la Selección Colombia que ganó invicta los Juegos Centroamericanos y del Caribe.

La pasión de Montes por el fútbol surgió antes de que existiera ese estadio. Como las calles eran desnudas, terrosas, resultaban favorables para ciertos juegos. También se practicaba el ‘bate de la chequita’, una especie de béisbol en el que las pelotas eran las tapas de gaseosa que los jóvenes solicitaban en las tiendas. Los padres, dice Boricua, preferían ver a sus hijos jugando que cotorreando en las esquinas, donde se exponían a ser influenciados por los viciosos y por los ladrones. Tanto apreciaban los habitantes estos deportes que en los años sesenta, cuando la Alcaldía de Barranquilla anunció que empezaría a asfaltar el barrio, se rebelaron. Para ellos el pavimento era un simple afeite, pues allí nadie era dueño de ningún carro ni le tenía asco a la arena. Además temían que la medida desencadenara una crisis social. ¿A qué se dedicarían los muchachos —desempleados y sin estudios universitarios— cuando ya no tuvieran dónde jugar?

Ahora bordeamos un canal de aguas negras. Boricua dice que el fútbol lo salvó de “agarrar el mal camino”. Empezó a practicarlo, más o menos, a los ocho años. Entonces a ningún muchacho se le ocurría la idea de que ese pasatiempo sirviera para ganar dinero. Para ganar dinero estaban los oficios serios de los mayores: cargar bultos en la terminal marítima, o lavar envases en la fábrica local de cervezas, o vender butifarras en el centro de la ciudad. El fútbol era un simple recreo, un burladero para escondérseles a las tentaciones del ocio. Cuando mucho, le reportaría a quien lograra jugarlo profesionalmente unos cuantos pesitos para garantizar la vespertina del sábado en El Mogador, el cine del barrio. Lo de “profesionalmente” es un decir: Boricua recuerda que en 1970, cuando principió su carrera en el Junior, se sintió como si estuviera trabajando en una tienda. El jefe de personal le daba en efectivo los tres mil pesos del sueldo, un billete detrás del otro, y luego lo ponía a firmar un cuaderno escolar averiado en el lomo.

—¿Qué más, viejo Bori? —le grita un señor, cerveza en mano, desde la tienda de la esquina.

Boricua responde el saludo. Luego, el rostro ceñudo de siempre, me dirige una frase que no sé si es broma o reclamo:

—Vea que todavía hay quien se acuerde de mí.

Para desagraviarlo le digo que no solo me acuerdo de él sino de la época difícil que le tocó durante su carrera, esos años perdidos que fueron una especie de Patria Boba del fútbol: no clasificábamos a los mundiales, no le ganábamos a casi ningún equipo (el subcampeonato en la Copa América del 75 fue un hecho aislado); nuestros mejores clubes jamás pasaban de la primera ronda en la Copa Libertadores, nuestros mejores jugadores no le interesaban a nadie en el exterior. Mientras Boricua se pone a conversar con un vecino que le sale al paso, reproduzco en mi memoria algunas instantáneas de aquellos tiempos: veo a Pedro Pablo Pasculli metiéndonos dos goles y a Jorge Luis Burruchaga rematándonos con el tercero, en el Estadio El Campín de Bogotá. Perdemos 3 a 1 con Argentina y quedamos por fuera de México 86. Veo a los brasileños masacrándonos 6 a 0 en el Maracaná, así que tampoco iremos a Argentina 78. Pero no hay drama: caer ante Brasil es el tipo de traspié anunciado que solo nos hace encoger los hombros. Veo a continuación una imagen que revela nuestra mentalidad de entonces: tras el cuarto gol brasileño, el delantero Eduardo Vilarete se ubica en el centro de la cancha para reanudar las acciones. Sin embargo, en lugar de hacer el saque reglamentario se sienta encima de la pelota y empieza a manotear, impotente, como diciendo que estamos vencidos desde siempre, que no tenemos salvación, y que lo razonable es arrellanarnos de una vez por todas sin mover ni un puto dedo, pues pase lo que pase perderemos. Y eso fue, justamente, lo que le sucedió a la Selección Colombia durante aquel periodo de desastre: siguió perdiendo.

Cuando Boricua debutó llevábamos ocho años sin asistir a un mundial; cuando se retiró aún nos faltaban cinco para volver a clasificar. Mala suerte, pienso, mientras lo veo despidiéndose del vecino. En su época andábamos tan mal que lo más parecido a una hazaña que podíamos exhibir era el empate ante la antigua Unión Soviética, conseguido en Chile 62. Empezamos perdiendo 3 a 0 y al final igualamos 4 a 4. El histórico partido era una referencia obligatoria en Colombia, incluso para quienes nacimos después de aquel mundial. Todos, tarde o temprano, contábamos el chiste que en este momento le estoy contando a Boricua.

—¿Usted sabe qué significaban las letras “CCCP” que las camisetas de los soviéticos llevaban en el pecho?
—Me lo sabía, pero ahora no me acuerdo.
—Con Colombia Casi Perdemos.

Boricua sonríe. Luego vuelve a su expresión adusta. Da dos pasos, tres pasos. Su rostro cetrino destila sudor. Por un instante tengo la impresión de que ha envejecido diez años durante esta caminata. Le pesa la andadura, le pesa el país. Cualquier equipo de los grandes habría sobrevivido a un zaguero central limitado como él. Brasil, como todos sabemos, ganó el Mundial del 70 prácticamente sin arquero. Hubiera podido ganarlo también con Boricua en la defensa. Por eso supongo que el problema de Colombia en la Copa América del 75 no fue la presencia de Boricua, sino la ausencia de Pelé, Rivelino, Tostão y Jairzinho. Quisiera compartir mi deducción con él, pero me temo que la entendería como un sarcasmo, o como un artificio encaminado a hacerlo sentir bien. Boricua se enjuga el sudor de la frente con el índice derecho, se detiene de nuevo. Más que como un enfermo agotado por el esfuerzo físico, lo veo como un penitente castigado por nosotros. Primero dejamos que cargara él solo una cruz que tendríamos que estar cargando entre todos, la de nuestras frustraciones. Después lo olvidamos. Y ahora, cuando es un veterano discapacitado y sin ingresos, le damos la espalda.

Nos encontramos justo al frente del Estadio Moderno. Está distinto, dice Boricua. Antes no existían esas paredes frontales. Los espectadores entraban libremente y se sentaban en las graderías de cemento. En realidad fueron muchos los cambios que se presentaron en Barranquilla durante su ausencia, que empezó en 1976, cuando fue contratado por el Deportivo Independiente Medellín, y terminó en 2010, cuando regresó arruinado y enfermo. Desapareció el bar de salsa El Boricua, que inspiró su apodo (se lo puso el periodista Carlos Castillo Monterrosa). Disminuyeron las primitivas casas bajas, aumentaron las modernas casas altas. En la ciudad se siente más el olor del humo industrial que el de los caños. Ya nadie juega al ‘bate de la chequita’, ya no venden cubos de brillantina en las tiendas. Las flores de batatillas solo perduran en las canciones de Esthercita Forero. Y también se extinguieron los barberos que recorrían el barrio en bicicleta para ofrecer sus servicios de casa en casa. En esta urbe anárquica, desconocida, José del Carmen Zárate Samudio, Boricua, se siente a la deriva.

—Duré veinticinco años sin venir a Barranquilla.
—El año pasado volvió debido a su problema de salud. Antes de eso, ¿cuándo había venido?
—En el 85 vine con el Cúcuta. Me acuerdo porque fue mi último año como jugador. El Estadio Metropolitano estaba recién inaugurado y yo lo estrené.
—¿Por qué tanto tiempo sin venir?
—Bueno, usted sabe, en Medellín vivía con mi mujer y mis dos hijos.
—No entiendo. ¿Por tener mujer e hijos en otra ciudad no podía venir ni siquiera de visita?
—Nadie sabe la sed con la que bebe el otro. ¿Cómo iba a comprar los pasajes, si no tenía ni cinco centavos? Me quedé varado en Medellín y me tocó irme para El Putumayo porque fue la única parte donde salió trabajito.
—¿Nunca buscó en Barranquilla?
—No.?—¿Y ahora?
—Ahora es más difícil.

Afuera del estadio hay tres muchachos que nos miran insistentemente. Quizá sienten curiosidad por el forastero que anota en su libreta las palabras del vecino cojo. Al momento de empezar la caminata, Boricua me había aconsejado dejar la grabadora, el reloj y el teléfono móvil en la casa. Y hace unos minutos, cuando nos aproximábamos al Moderno, me pareció que masculló algo sobre ellos. Uno de los muchachos, el torso desnudo, lleva la camisa enrollada en la cabeza como un turbante. Otro tiene el rostro atravesado por una gran cicatriz. El tercero está de espaldas a nosotros. De vez en cuando se voltea, nos observa y sigue cuchicheando con sus amigos.

Husmeo a través del portón a los veteranos que, allá en la cancha, disputan un partido. No hay cámaras, ni vallas publicitarias, ni público. Me imagino a los protagonistas de este juego vespertino como viejas glorias a las que nadie les presta atención. Tal vez alguno también sufre una enfermedad o está necesitado. Jamás lo sabremos porque para ellos hace mucho rato cayó el telón. Juegan en la trasescena, adonde no llegan las luces halógenas de la industria del fútbol. Ellos son el tiro de esquina sin el patrocinador, la página ya desgarrada del álbum, el moho en el Botín de Oro. Mientras podían competir estaban blindados contra la miseria: recibían sueldos, primas. Cuando se retiraron quedaron desprotegidos. El futbolista profesional goza de inmunidad tanto tiempo como sea productivo en el campo de juego. Termina su carrera y ahí mismo, al salir del estadio, reencuentra sus problemas de siempre.

—Nos vamos —dice Boricua.

Nos vamos. Cuando hemos avanzado, más o menos, cincuenta metros, vuelve a hablar.

—Esos muchachos que nos estaban mirando son de aquellos. Lo que pasa es que me conocen y por eso se quedaron quietos.
—¿“De aquellos”?
—Rateritos. Ahí en esa esquina se roban como tres celulares todas las tardes.

Entonces pienso otra vez en los veteranos a los que hace unos minutos me imaginé como exfutbolistas legendarios abandonados a su suerte. Después de todo, allá en la cancha se encuentran seguros. Porque en Colombia, no nos engañemos, los estadios funcionan más como trincheras para proteger la vida que como santuarios del buen fútbol. Al encerrarse a jugar, lo que esos veteranos hacen, aunque no se den cuenta, es salvarse de los pillos que montan guardia en los alrededores. La mala noticia es que el partido se acabará, y cuando eso suceda tendrán que salir a exponerse. El país, que no los acompaña en su juego, los espera afuera con todas sus inclemencias. Y en estas calles ninguna pelota sirve como escudo. Boricua respira profundo. Todavía nos queda un largo trecho por recorrer.

IV

Estamos rastreando los archivos de Boricua para ver si damos con una foto de la Selección Colombia que nos representó en los VI Juegos Panamericanos, celebrados en Cali en 1971. Es la segunda vez que exploramos el cuaderno donde él tiene pegados sus recortes de prensa, pero seguimos sin encontrar lo que buscamos. En aquel equipo del 71 Boricua coincidió con el atacante Jaime Morón, quien hace seis años también se complicó a causa de la diabetes. Primero perdió una pierna, luego la otra, y finalmente murió, a los 55 años, en su natal Cartagena. ¿Habrá alguna otra selección de fútbol sobre la faz de la Tierra en la que dos jugadores hayan terminado amputados?

Boricua calla, sigue revisando sus recortes de prensa. La diabetes, advierte, le trastornó la vida. En este punto cierra el cuaderno para subrayar con sus grandes dedos una retahíla de calamidades. Se quedó sin trabajo —y agita el meñique en el aire—, regresó de improviso a Barranquilla —y sacude el anular—, tuvo que aprender a caminar otra vez —y agita el dedo del corazón—, se “recostó como mantenido” en la casa de su hermana Chave —y mueve el índice— y, sobre todo, se convirtió en un paciente crónico que debe estar todo el tiempo consumiendo medicinas —y menea el pulgar—. Cuando se le terminan los dedos, cierra la mano como si fuera a descargar un puñetazo contra algo, pero solo la posa suavemente en su muslo derecho. Entonces, la voz quebrada, dice que lo más triste de todo lo que mencionó es sentirse una carga para su hermana y sus sobrinos.

Si hemos abordado estos temas difíciles, a propósito, ha sido sobre todo por la presión de Isabel. Según ella, es injusto que su hermano siga contando en las entrevistas cómo fue que rebautizó a Hernán Darío Gómez, exdirector técnico de la selección Colombia, con el apodo de Bolillo, o cómo metió aquel autogol viejísimo del que ya nadie se acuerda. Siempre lo mismo, lo mismo. ¿Y quién pregunta por el Anafrin, que vale setenta y pico mil pesos? ¿Quién habla de los doce centímetros cúbicos de insulina que necesita diariamente? Solidarizarse con un deportista que representó a Colombia no es tomarle fotos ni darle palmaditas en el hombro. Tampoco es despacharlo para su casa con los recaudos de un partido de caridad disputado en su honor, y luego desentenderse de sus necesidades. Chave aclara, eso sí, que sin la misericordia de los amigos del fútbol a su hermano le habría resultado imposible sobrevivir. Menciona a exjugadores, a directores técnicos, a periodistas deportivos. Ellos organizaron el juego amistoso para recolectar fondos, ellos le consiguieron la cirugía, ellos le dieron ánimo en los días posteriores a la amputación. Pero, y más allá de eso, ¿qué hay para él? No puede ser que la única consideración que se merezca sea la limosna. Bastante que se jodió el cuero chupando sol en los entrenamientos. ¿Es mucho pedir que los equipos para los cuales jugó le encarguen alguna tarea en la que pueda sentirse útil y al mismo tiempo ganarse unos pesitos de manera honrada?

Boricua evade mi mirada, pasa mecánicamente las páginas del cuaderno. En la sala se siente un silencio pesado. Isabel vuelve a la carga, esta vez bajando el tono de la voz. A José le tocaron sueldos malísimos en su época, dice. Tanto así que cuando ya era titular de la Selección Colombia seguía yendo en bus urbano a las prácticas del Junior. Reunía sus moneditas por la mañana y se plantaba en la esquina del Estadio Moderno a esperar el transporte. Ahora cualquier Don Juan de los Palotes que esté empezando y nunca haya sido llamado a la Selección, llega al club en tremendo carro último modelo. Cuando muestran en la televisión las sedes deportivas de los equipos, ella no sabe si los jugadores están entrenando o cuidando un parqueadero público. El giro que ha tomado la conversación entusiasma a Boricua. Entonces sí me mira, sonríe. A continuación cuenta que, en efecto, el Medellín de finales de los setenta les pagaba mal y tarde a sus jugadores criollos. En cambio a los extranjeros les cancelaba puntual y en dólares. Un viernes de 1979 los futbolistas nativos estaban en las oficinas administrativas suplicando que les abonaran siquiera uno de los sueldos pendientes. Aunque el tesorero repetía que no había dinero, los jugadores se negaban a marcharse. Unos jugaban cartas, los otros leían cómics, los de más allá charlaban. De pronto divisaron al argentino Juan José Irigoyen saliendo de la gerencia. Exhibía una sonrisa de oreja a oreja y traía un fajo de dólares en la mano. Cuando pasó frente a ellos, odioso, empezó a abanicarse con los billetes. Ahí mismo los colombianos montaron en cólera y se le fueron encima.

—¿Qué le pasa, gran marica? —gruñó uno.
—Vaya a burlarse de su madre —lo increpó otro.
—¿Alguno de nosotros tiene cara de puta? —le preguntó Boricua—. Porque las que son felices cuando les muestran la plata son las putas.

Aquella fue la única vez —advierte Boricua— en que estuvo a punto de liarse a golpes con un compañero. Entonces Isabel, que evidentemente no se desvive por esa parte de la historia, retoma su tema en el mismo punto en que lo dejó cuando fue interrumpida. La situación actual de José es insostenible, advierte. El pobre es dizque entrenador de los exjugadores del Junior que participan en un torneo local para mayores de 55 años. ¿Quién le habrá dicho a él que esos vejetes panzones necesitan director técnico? Mire, el campeonato de ellos es lo que en Barranquilla se llama un vacilón, es decir, un divertimento. Allí se juega por gusto, solamente como pretexto para juntarse y beber cervezas al final de los partidos. José se arrimó a curiosear un domingo cualquiera de 2010, cuando ya el muñón de su pierna había cicatrizado. Necesitaba, simplemente, salir del encierro y tener con quién hablar. Se sintió tan bien en el reencuentro con sus compañeros de gremio que siguió asistiendo a la cita los domingos siguientes. En cierta ocasión, uno de los jugadores propuso hacer una colecta para ayudar a Boricua. Algunos aportaron monedas; otros, billetes. El recaudo total fue de cuarenta mil pesos. La donación se repitió, puntual, semana tras semana, y así se convirtió en un acto sagrado de la rutina dominical. Entonces Boricua decidió hacer algo para merecerse los treinta mil o cuarenta mil pesos que aquellos camaradas le entregaban al final de cada jornada: se autodenominó ‘director técnico’ del equipo.

—Cuarenta mil pesos —afirma Isabel, afligida.

Boricua cierra el cuaderno. Dice que, definitivamente, no tiene ninguna foto en la que aparezca junto a Jaime Morón.

—Cuarenta mil pesos —repite Isabel.

Todos volvemos a enmudecernos. Abro el cuaderno que Boricua acaba de abandonar en la mesa y me aparece un retrato suyo del año 75. Aunque exhibe el rostro grave de siempre, refleja un aire de satisfacción. Quizá lo que en aquel momento lo hacía lucir rozagante era la certeza de que se aprestaba a jugar. Estaba vivo, se sentía importante. Seguramente cuando el fotógrafo se le paró al frente Boricua no oyó el disparo de la cámara, porque lo que predominaba en el ambiente era el rugido del público. Hoy, en cambio, el silencio es tan profundo que se oiría, nítido, el clic del obturador. Si lo retrataran ahora, derrumbado en su mecedora de mimbre, quedaría con una expresión melancólica. En este otro extremo de la boca del túnel que ayer lo conducía a la cancha no se percibe el bullicio de la gente, sino el peso de la soledad.

El balón salió rechazado hacia el pico del área, justo donde llegaba Lidia Galván, la extremo derecha boliviana: “Pateé fuerte y de pronto vi la bola en la red. No me lo podía creer. Salí corriendo pero no sabía adónde ir, me sentí medio mareada”. Sus compañeras se le echaron encima, la abrazaron, saltaron, gritaron.

Galván es la mayor del equipo (39 años), la que más hijos tiene (siete) y la que más goles metió en el primer partido (dos). Cuando se separó del abrazo colectivo, se tapó la cara con las manos y volvió caminando a su posición, con la cabeza baja. Al reanudarse el juego, recibió un par de broncas del entrenador: corría despistada, había dejado marchar a la lateral contraria banda arriba, sin seguirla.

“Anoche estaba muy nerviosa, me costó dormir”, contó al final del partido, en un campo de San Sebastián, durante el torneo internacional Donosti Cup. Para Galván, como para casi todas sus compañeras, era la primera vez que salía del Chaco boliviano. “Quería meter un gol, por lo menos uno en todo el campeonato, por mi familia, por mis hijos, por mi país, por los auspiciadores que nos ayudaron a venir. Marqué y lo primero me acordé de mi familia. Hace unos días llamé por teléfono y casi no pude hablar con ellos, me entraron ganas de llorar. ¿Por qué? Porque estamos muy lejos. Ahora me siento feliz pero mi marido y mis hijos aún no saben que marqué dos goles”.

Galván luce con orgullo sus dos empeños más recientes: el fútbol y el trabajo en el vertedero de Camiri donde, con otras veinte mujeres, recicla botellas. “Soy la reveterana del equipo. Pero no me siento vieja, estoy muy viva”, dice. “Siempre me gustó el deporte, de niña jugué a voleibol y a básquet, pero luego ya no pude. Tuve que criar a mis hijos, cuidar a mi mamá, llevar la casa. Por muchos años no pude hacer deporte ni tener un trabajo. Pero mis hijos ya crecieron, algunos incluso salieron bachilleres, estoy muy orgullosa. El año pasado empecé a trabajar en el vertedero, y dos días por semana voy a los entrenamientos del equipo”.

Revolución a balonazos. Galván es una de las veintidós futbolistas que el pasado julio viajaron a San Sebastián con la selección del Momim (Movimiento de Mujeres Indígenas del Mundo). Esta organización se fundó en el Chaco para apoyar a las mujeres guaraníes, que padecen condiciones muy duras: muchas viven con cinco o seis hijos, a veces nueve o diez, hacinados en casetas de adobe sin agua ni electricidad, acosados por el hambre y las enfermedades parasitarias. Los maridos a menudo se marchan y no vuelven. O vuelven borrachos, gritando y golpeando. Ellas trabajan sin descanso para cuidar a los niños y llevar la casa, limpiar, coser, cocinar, cultivar un poco de maíz en una parcelita, criar algún chancho, unas gallinas y salir unas horas a la ciudad para vender empanadas en la calle o limpiar casas a cambio de unos pesos. A partir de 2003, el Momim les ofreció cursos de salud, talleres de formación profesional y asesoría para las víctimas de violencia de género. Con el tiempo, empezaron a organizar equipos de fútbol.

“Estas señoras que vienen a los entrenamientos dos o tres veces por semana tienen un mérito extraordinario”, explica Margoth Segovia, directora del Momim en el Chaco. “Llegan agotadas pero participan porque el fútbol representa para ellas mucho más que un deporte: es su espacio de libertad, el momento de la semana en el que se juntan con las amigas, charlan, se ríen, practican un juego en grupo, y durante unas horas se olvidan de sus vidas tan duras. La sociedad guaraní es muy machista. Aquí las mujeres no tienen vida propia, sólo hacen lo que les permita el marido, pero ellas han ido ganando sus espacios”.

En apenas dos años, el fútbol impulsó una revolución social en el Chaco: “Al principio, muchos hombres se negaban a que las mujeres jugaran”, cuenta Segovia. “Les parecía algo ridículo, vergonzoso. ¡Sus mujeres jugando al fútbol! Las que se atrevían a venir recibieron más de una paliza. Pero los hombres se fueron acostumbrando poco a poco y cada vez vienen más a ver los partidos. Un domingo me di cuenta de que estábamos cambiando las cosas: vi cómo una de las jugadoras dejaba el bebé a su marido y salía a la cancha. Aquello era revolucionario: ¡el hombre con el niño en brazos, mientras la mujer jugaba! No me lo podía creer”.

Muchas de estas mujeres padecen además el Mal de Chagas, una enfermedad transmitida por la vinchuca, un insecto al que llaman “el vampiro de los pobres”, porque se reproduce en condiciones de miseria y de insalubridad. Hace unos años la doctora valenciana Pilar Mateo viajó a Bolivia con una pintura de su invención, que se aplica a los muros de adobe y repele a la vinchuca. Desde entonces la pintura de la doctorita ha salvado muchas vidas. Pero los inicios fueron desalentadores: “Llegué al Chaco con mi pintura para las paredes y descubrí que a veces no tenían ni paredes, que algunas familias vivían con esteras y lonas. Al principio pensaba que la enfermedad requería una solución simplemente científica, pero me di cuenta de que el verdadero problema es la pobreza, la desesperanza, la resignación. No es una cuestión de química sino de justicia: el Mal de Chagas tenía que haberse erradicado hace cien años, pero persiste porque aún persiste la miseria. Y los científicos no estamos solo para escribir publicaciones y decir que los guaraníes se mueren, sino para denunciarlo y para poner el conocimiento en acción”.

Mateo fundó el Momim para ayudar a que las mujeres, responsables principales de las familias, pelearan por mejorar sus condiciones. En esa lucha por la autoestima llegó el fútbol. Y unos años después, llegó la oportunidad para que una veintena de jugadoras volaran a Europa. En ese proyecto, y en la búsqueda de patrocinadores, tuvieron mucho que ver otras dos personas: Íñigo Olaizola, director del torneo Donosti Cup, que todos los veranos reúne en San Sebastián a más de cinco mil jóvenes futbolistas de todo el mundo, y Xabier Azkargorta, el entrenador guipuzcoano que en 1994 llevó a Bolivia a un Mundial por única vez en su historia, y que se ofreció para entrenar a las mujeres guaraníes.

Estreno con goleada. El Profe Azkargorta, el Bigotón, es un ídolo semidivino en Bolivia. Unas semanas antes del torneo viajó al Chaco para entrenar a las mujeres del Momim, y su presencia lanzó la historia a las televisiones y a las portadas de los diarios bolivianos: “El Bigotón dirigirá a jugadoras guaraníes en torneo mundial en España”. Las futbolistas se convirtieron de pronto en estrellas. Las empresas locales se apuntaron como patrocinadoras del viaje. A Azkargorta lo llevaron de acá para allá, por ruedas de prensa y platós, y cuando lo bombardeaban con preguntas de la actualidad futbolera boliviana, él siempre insistía en que estaba allí para contar la historia de las mujeres del Momim.

El Profe enseñó a las jugadoras a repartirse el espacio, ese inmenso campo de fútbol once en el que antes naufragaban y se perdían de vista. Ya en San Sebastián, en los partidillos previos al torneo, les gritó hasta perder la voz para que vigilaran sus posiciones, para que las centrales no se quedaran atrás rompiendo el fuera de juego, para que la arquera se colocara más adelantada, para que formaran un 4-4-2 muy apretado, en el que pudieran mantenerse cerca unas de otras. Las chicas aprendieron los movimientos para sacar el balón desde atrás con apoyos, empezaron a jugar pendientes de las compañeras, se organizaban a voces, tomaron soltura. Se atrevieron a regatear. Perdieron el miedo a chutar. Y así llegaron los goles.

En el primer partido del torneo, contra el equipo vasco del Bidebieta, las centrocampistas bolivianas tenían la lección bien aprendida: buscaban siempre a Griselda, la 10, la más habilidosa. A los quince minutos, Griselda recibió el balón en la banda izquierda, dribló a dos rivales con dos ruletas dignas de Zidane, y entró al área. Cuando le salió al paso la última defensora, pasó la bola al otro extremo, por donde llegaba embalada Esther Medina, la Niña, la 9, su compañera en el ataque doble del Momim, que pegó un zambombazo en diagonal y coló el balón junto al poste.

La Niña se volvió loca de alegría, corrió por el campo, chilló, se quitó la camiseta, pegó saltos, recibió el abrazo tumultuoso de sus compañeras. “De pronto me dio miedo”, explicó al final del partido. “Pensé que el árbitro me iba a enseñar tarjeta por sacarme la polera”.

No hubo tarjeta. El árbitro estaba distraído contemplando el baile del pollo con el que las bolivianas celebraban el 1-0 –“¡el pollo, el pollo con una pata, el pollo con una alita, el pollo con la colita!”-, igual que se distrajeron las rivales del Bidebieta, igual que se distrajo el público, entre el que había un grupo de emigrantes bolivianos afincados en San Sebastián, que animaban con banderas y con las caras pintadas de rojo, verde y amarillo.

Las futbolistas del Momim se crecieron. Jugando muy juntas, replegadas en su propio campo, robaban balones y salían al contragolpe con chispa. En el descanso ya ganaban tres a cero. Algunos bolivianos bajaron de la grada para felicitar a las jugadoras, y Azkargorta se enfadó: “¡Eso al final, al final! Chicas, no se relajen, empezamos la segunda parte como si fuéramos cero a cero”.

En el segundo tiempo llegaron otros tres goles del Momim, incluidos los dos de la reveterana Lidia. Con el 6-0 definitivo –dos de Lidia, dos de Griselda y dos de la Niña-, corrieron al centro del campo las jugadoras, las suplentes y los espectadores bolivianos, que querían fotografiarse con ellas y con el míster. Azkargorta posó rápido y se llevó a su equipo al vestuario, donde recibió un maremoto de besos y abrazos. Luego pidió silencio.

—Chicas, clasificar a Bolivia para el Campeonato del Mundo fue el mayor éxito de mi carrera como entrenador. Pero la alegría más grande que jamás me ha dado el fútbol ha sido esta victoria de ustedes.

Las mujeres lo abrazaron de nuevo, lloraron y le cantaron a pleno pulmón: “¡Te queremos, Profe, te queremos!”.

Derrotas y orgullo. Al día siguiente jugaron otros dos partidos contra rivales muy superiores: perdieron 12-0 por la mañana y 11-0 por la tarde. En el primero, cuando las catalanas del AEM marcaron el undécimo gol en un clamoroso fuera de juego, a Azkargorta se lo llevaban los demonios. Era el undécimo, quedaban tres minutos para acabar, pero corrió por la banda en pleno arrebato de furia, sacudiendo los brazos y chillando al árbitro como si le hubieran robado un penalti en la final de la Copa del Mundo. El duodécimo, justo después, también lo marcaron en un fuera de juego de libro. Al final del partido, algunas futbolistas del Momim se acercaron al árbitro y le reclamaron que descontara esos dos últimos goles y que dejara el marcador en un 10-0. No lo hizo, claro, pero ese detalle de rebeldía entusiasmó a Azkargorta, quien escribió en su cuenta de Twitter: “Cada día estoy más orgulloso de estas madres y su espíritu, su gran capacidad de lucha y sus ganas de vivir. Han cantado a pesar de la derrota”.

También cantaron y bailaron tras los dos partidos siguientes, perdidos por 7-1 y 5-1, con nuevos goles de Griselda. El entrenador insistió en la idea: “Estas mujeres ya han ganado el partido más valioso. Su participación en la Donosti Cup es una manera de decir que son pobres, que tienen el Mal de Chagas… ¡y qué! Esos problemas no son ahora lo importante, lo importante es que han aprendido a luchar, a levantarse”.

A Barbarita Saavedra, coordinadora de la expedición, tampoco le importaron las derrotas: “Nuestro triunfo es que ya no somos invisibles. Allá en nuestras casas muchas mujeres no tienen voz ni capacidad de decidir. Sufren una triple discriminación: por ser mujeres, por ser pobres, por ser indígenas. Pero en este torneo somos futbolistas como todas las demás, venimos a competir de igual a igual con cualquiera. Si nos meten gol, no importa: recogemos la bola y empezamos de nuevo. Queremos mostrar a las mujeres de nuestras comunidades que tenemos que pelear, y que, si caemos, nos levantamos otra vez. Cuando vuelvan a casa, estas futbolistas van a ser líderes en sus comunidades. Van a tomar la iniciativa y no van a callar más”.

Las campeonas de los Andes

Publicado: 7 febrero 2012 en Marco Avilés
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Benedicta Mamani recoge una pelota de su cocina y sale cojeando bajo la mañana helada de diciembre. Está lesionada. Ayer caminó mucho persiguiendo a las ovejas que pastaban en la montaña y ha amanecido con las pantorrillas moradas. Frota sus piernas con llantén, una planta analgésica que crece en el huerto de su cabaña. No quiere perderse el partido de entrenamiento de esta mañana: Mamani es delantera y capitana del equipo de fútbol de su aldea. Tiene 40 años. Hoy viste un traje que ella misma ha fabricado, como suelen hacer todas las mujeres de Churubamba, un pueblo de campesinos cuya selección de fútbol femenino ha ganado cinco veces las Olimpiadas de la provincia de Andahuaylillas, una ciudad de edificios de adobe a 100 kilómetros del Cuzco. Mamani lleva cuatro juegos de faldas de colores, una blusa blanca, una chaqueta de lana de alpaca y un sombrero chato, cuadrado, de alas anchas, bordado con hilos de colores y salpicado de lentejuelas. Es la vestimenta oficial para jugar al fútbol, la ropa que usan todos los días.

Son las seis de la mañana, y un megáfono retumba en la aldea como un despertador: “Señoras, ha llegado la avena desde la ciudad. Reunión en la cancha de fútbol. Después se jugará un partido”. Churubamba es una altura lejana y caprichosa: a 4.000 metros sobre el nivel del mar, las cumbres de la cordillera de los Andes rodean una planicie muy verde. El paisaje de la aldea parece la imitación natural de un gran estadio de fútbol. Aquí no hay una comisaría, ni un prostíbulo, ni una iglesia, pero sí dos arcos de madera en el centro de la gran explanada-plaza de armas-cancha de fútbol. Alrededor, sólo hay 60 casas de barro con techos de paja y una escuela donde se aprende a contar y a leer en quechua, el idioma que hablan más de siete millones de personas en los Andes del Perú. El segundo idioma más extendido podría ser el fútbol en este universo de montañas altas donde tampoco existen el transporte público ni los zapatos.

Cada 15 días, la municipalidad del distrito de Andahuaylillas, la ciudad más próxima, envía a Churubamba una camioneta repleta de bolsas de avena. La llegada del cereal es una fecha tan importante que paraliza la aldea como si se tratara de un día feriado. Los hombres dejan la siembra para cargar los cereales y las mujeres se reúnen en la plaza-cancha de fútbol para repartir el alimento, según el número de hijos de cada familia. Después del reparto, las mujeres suelen hacer dos cosas: discutir asuntos de la comunidad y disputar un partido de fútbol. El fútbol es una tradición joven, con poco más de veinte años, y es una novedad que se acaba de descubrir apenas una generación atrás. Las mujeres lo juegan mejor, si jugar mejor significa ganar trofeos.

Esta mañana hay un juicio en la aldea. Una mujer obesa es acusada de comer demasiada avena. Se llama Toribia Ccopa, y el juicio, como todas las decisiones, será comunal. Si te casas, la comunidad te entrega un terreno. Cuando mueres, la tierra retorna a la comunidad. Si robas, la comunidad te lleva al río Vilcanota y te hace reflexionar a latigazos. Si descubren que tienes una amante, te expulsan del pueblo. En la asamblea hay 20 mujeres y algunos hombres.

Según la FIFA, 40 millones de mujeres practican el fútbol de manera oficial en todo el planeta. Es decir, en clubes o en asociaciones. Si la cantidad fuera una mancha sobre un globo terráqueo –que también es una pelota–, apenas salpicaría dos o tres países de Europa, el continente donde más mujeres practican este deporte. Pero ni la FIFA conoce Churubamba, ni Benedicta Mamani sabe de estadísticas. Tampoco sabe leer. Mientras los hombres terminan de retirar las bolsas de avena de la cancha de fútbol, ella y otras ocho mujeres han formado un equipo y discuten alrededor de la pelota sobre la lesión de su capitana.

La historia comienza en 1982, año del Mundial de fútbol en España. La selección de Perú debutó en aquel campeonato empatando con Italia, una de las selecciones favoritas. Los habitantes de Churubamba escuchaban las noticias a través de sus radios, y algunos bajaban de la montaña para espiar los partidos en televisores de las ciudades vecinas. Al regresar a su comunidad, miraron con malicia la plaza de armas y colocaron allí arcos de madera con ayuda de sacerdotes de la iglesia de Andahuaylillas, que vieron en el fútbol un remedio que podía reducir algunos problemas de las aldeas. El alcoholismo, por ejemplo, un vicio barato que sobrevivió a la época de las haciendas. Benedicta Mamami era niña en esa época, y recuerda que su abuela, que ya era una anciana, también aprendió a patear la pelota y bebía menos antes de morir. Durante los años noventa, Alberto Fujimori fue un presidente del Perú que, con la excusa de reducir las estadísticas de pobreza en las zonas rurales del país, auspició una campaña para esterilizar a las mujeres. La campaña llegó a Churubamba. El profesor Pilco dice que cuando una mujer llegaba al hospital de Andahuaylillas para curarse de un dolor de estómago, allí la atendían, pero además le ligaban las trompas. Resultado: en aquella década nacieron menos pobres.

“Tuvimos que cerrar la escuela porque no había alumnos”, dice el profesor. “Imagine el castigo de la esterilización en un pueblo donde las mujeres son criadas para tener hijos y los hijos son criados para trabajar la tierra. A ellas les sobraba el tiempo libre”.

En el relato del profesor, las mujeres empezaron a jugar porque tenían tiempo de sobra para hacerlo. Pero es difícil comprobarlo y tratar de cruzar el terreno de la fábula. Un total de 150.000 mujeres fueron esterilizadas en Perú durante el Gobierno de Fujimori. Pero no todas son futbolistas, ni viven en una aldea donde el centro del mundo es una cancha de fútbol, como en Churubamba. Lo cierto es que en 1999, la Iglesia católica de la zona organizó un campeonato deportivo donde debían participar todas las aldeas campesinas de las montañas y los barrios de Andahuaylillas. “Creíamos que el deporte era una manera de tender los puentes con esas poblaciones alejadas”, diría después el sacerdote de la ciudad. Aquella vez, la Iglesia propuso que los hombres compitieran en fútbol, y sus esposas, en voleibol. Ellas explicaron que también sabían patear y consiguieron que se reconociera la categoría femenina. Poco después ganaron el campeonato de mujeres, y entonces empezó su leyenda sin derrotas.

Suena el pitido del árbitro para ordenar que los niños y los perros abandonen el campo. Entran los dos equipos: nueve jugadoras en cada uno, con faldas floreadas. Un muro de barro delimita la cancha del resto de la aldea. Allí está sentado el esposo de Benedicta Mamani, conversando con los esposos de las otras jugadoras. Se llama Encarnación. ¿Le molesta que su esposa juegue al fútbol? ¿Cuánta libertad tienen las mujeres en la aldea? “Ellas tienen que cumplir su tarea de madres, y nosotros como padres”, dice; “después, todos podemos jugar”.

El partido está por comenzar. Un equipo se llama Mirador de Churubamba y está capitaneado por Benedicta Mamani. El otro se llama Club Churubamba, y su líder es Andrea Puma, una mujer de unos veinte años. Desde el año 2000, es la capitana de la selección oficial del pueblo.

“Las que pierdan, que regresen a atender a sus maridos”, amenaza colocando las manos sobre sus amplias caderas.

Otro pitido del árbitro. La pelota rueda fuera del campo. Un niño llora a gritos en la tribuna. Su madre abandona el puesto de centrocampista para consolarlo. Andrea Puma levanta el brazo. Está en el área rival. Saque lateral. Benedicta Mamani detiene la pelota con el pecho. Sus pantorrillas moradas y doloridas están gobernadas por la concentración. Saque de meta. Minutos después, Mamani grita de dolor: la uña de su dedo gordo se ha partido en dos, y sangra. Mamani sale del campo apoyada en dos compañeras. Sin su capitana, Mirador de Churubamba soporta el resto del partido sin gloria. Empate sin goles. Premio para las ganadoras: panes con queso y algunas naranjas, regalos del alcalde de Andahuaylillas. Para las perdedoras, lo mismo.

Para celebrar su aniversario, la municipalidad de la ciudad de Andahuaylillas ha organizado un partido de exhibición entre la selección de Churubamba y la selección local, un equipo de mujeres dedicadas al comercio de artesanías. Ellas sí hablan castellano, han ido a la escuela y usan zapatillas.

“Acá”, dice Andrea Puma. “las mujeres sabemos cocinar bien, atendemos a nuestros niños bien, cosechamos con nuestros esposos bien. Somos fuertes, y, entonces, sabemos jugar bien”.

El día del partido de fútbol, el cielo de Andahuaylillas ha amanecido despejado y azul, como una gran cúpula pintada a mano. Las calles de la ciudad son pequeños pasajes empedrados donde merodean algunos turistas que disparan sus cámaras fotográficas. Las casas son de paredes blancas que envuelven una plaza amplia donde dormitan cuatro árboles frondosos y tan viejos como la iglesia, construida en 1650. Los libros de viaje la promocionan como “la Capilla Sixtina del Perú”. En su interior, los turistas se fascinan al descubrir paredes llenas de aterradoras pinturas murales.

Andrea Puma mira la portería rival y lamenta su mala puntería. El disparo le salió muy alto. El césped crecido y húmedo como una esponja ata los pies de las jugadoras visitantes. Churubamba está ganando por un gol a cero.

El cielo oscurecido por las nubes negras arroja sombras sobre un estadio donde podrían entrar 5.000 personas. Sólo han llegado 200 curiosos. Las tribunas son de cemento y están pintadas con los colores del arco iris. En la década de los setenta, un abogado de Cuzco dijo que así había sido la bandera del imperio de los incas. No era cierto. Pero su invento era tan convincente que pronto se hizo verdad en el lucrativo negocio del turismo. En el centro de la tribuna principal, el alcalde de Andahuaylillas se preocupa por el mal tiempo. Se llama Guillermo Chillihuane, y nació en una aldea cercana de campesinos. Cuando era niño, recuerda, sus padres le enviaron a estudiar a la ciudad. Allí aprendió español, trabajó en lo que pudo, y con sus ahorros estudió ingeniería en una Universidad de Cuzco. Muchos habitantes de Churubamba y otras aldeas quechuas sueñan con algo parecido para sus hijos. Les envían a estudiar en las escuelas de la ciudad, pero como la distancia que separa sus aldeas es tan grande que los niños no pueden ir y volver en el mismo día, los padres han edificado un asentamiento de casitas de barro en las faldas de las montañas, muy cerca de un río. Se llama Nuevo Churubamba, y parece un pueblo fantasma. Los niños viven allí de lunes a viernes y duermen sobre pellejos de oveja, cubiertos de frío.

“Como no tienen familiares cerca, deambulan por la ciudad pidiendo dinero a los turistas”, dice Chillihuane. El deporte es una manera de combatir esos problemas, y estamos construyendo más canchas de fútbol.

El alcalde de Chillihuane mira su reloj y se levanta de la tribuna para conversar con el árbitro. En el campo, las jugadoras de la ciudad también están preocupadas por el tiempo. Quieren empatar. Las jugadoras de Churubamba están cansadas. Final. El equipo ganador corre hacia el filo de la cancha, como si escapara de los premios.

La lluvia ha estallado. Las gotas de agua parecen pelotas diminutas haciendo blanco sobre las cabezas. La ceremonia de los premios es muy rápida. En unos minutos, el espectáculo se desarma. El alcalde trepa a una camioneta, junto con el equipo de la ciudad. Las jugadoras de Churubamba, sus hijos de pecho y sus esposos suben a un camión de carga protegido por un toldo grueso. La subida a la aldea será peligrosa y muy lenta. Tardará más de tres horas. La próxima vez que haya un partido de fútbol, es posible que las jugadoras de Churubamba vistan esas mismas camisetas que acaban de ganar y algo habrá cambiado en su vestimenta. ¿Serán ésos los puentes que se debe tender para unir el mundo de las alturas con el de la ciudad? Entonces, ¿por qué no les ofrecen zapatillas? La respuesta abre un túnel en el tiempo. “Porque sus pies son tan gruesos que no caben en otra cosa que en las ojotas (zapatillas)”, dice el alcalde. Paso a paso, la civilización occidental es una educación lenta que empieza por los pies.

Robert Carmona había acompañado a su hija al shopping center para comprarle un libro para el liceo. Entraron a una librería y Robert hizo lo que nunca: tomó un libro. Era el Libro Guinness de los Récords. Buscó en el índice y fue directo a las páginas que le importaban, las de fútbol. Vio quién tenía el gol más tempranero, el jugador expulsado más rápido y quién hizo el gol desde más lejos, hasta que llegó al futbolista más veterano que todavía jugaba oficialmente. Cuando vio que ese récord lo ostentaba Marco Ballota, volante de Lazio, con 43 años, se sorprendió como Caperucita Roja cuando vio a su abuelita tan distinta. “Si yo me pongo de nuevo los cortos el año que viene, con 49, y jugando en el club decano de Uruguay, ese récord es mío”, pensó.

Así nació la quijotada de este hombre que nació para ser futbolista en la medianía, aunque él se sienta tan feliz y su rostro lo demuestre tan poco. Desde ese día, Carmona tiene una idea fija: sacarle el récord a Ballota y que en el mundo entero se hable de él.

***

Carmona es el director deportivo, mánager, entrenador, preparador físico, équipier y hasta aguatero de Albion Fútbol Club, un club malhadado de la divisional C de Uruguay que se jacta de ser el verdadero decano del fútbol uruguayo, para romper las discusiones histéricas de Peñarol y Nacional. Desde 2010, también es futbolista del cuadro, un volante de creación lento pero criterioso.

Hoy Carmona no corre, trota. Cuando le pasan el balón, da la impresión que piensa más de la cuenta, que debe esforzarse para rematar y que se esmera en ser atinado con el destino del mismo. Los rivales lo marcan como con un respeto excesivo, como con miedo a lesionarlo y cortar su dilatada carrera en un santiamén. Desde afuera, la tribuna lo alienta con tibieza y hasta candor. A Carmona no se lo insulta, se lo mima.

Albion fue fundado el 1 de junio de 1891 y, dicen, la selección uruguaya jugó por primera vez con la camiseta azulgrana de este equipo fundacional antes de la era celeste. Desde entonces, milita en su reducto histórico: la tercera división del fútbol uruguayo, un gran agujero negro donde los jugadores llegan de sus trabajos para ponerse a jugar malcomidos y les rezan a todos los santos para que los vea un cazatalentos.

El DT y hombre orquesta de Albion llegó en 2004 para “hacer y deshacer”, tal lo que acordó con el presidente del club, Fernando Chaínca. Lo increíble es que no arregló una paga, por el contrario: Carmona pierde plata con el cuadro, unos 500 dólares mensuales entre pagar fichajes de jugadores, comprar pelotas, pagar traslados y comidas a los jugadores una vez por semana. En Albion se siente cabeza de ratón.

Carmona se parece al actor Viggo Mortensen, pero más triste. Ha vivido, desde que tiene memoria, por y para el fútbol, pero este ha sido muy ingrato con él. O eso parece. Él dice que no, que siente que ha cumplido y se siente realizado. La última vez que cobró un sueldo como futbolista fue en 1997, en un equipo de la ciudad de Young.

En los ochenta jugó en varios equipos de Montevideo, pero siempre en tercera o cuarta división, luego pasó al Municipal Limeño de El Salvador hasta que en 1988 se fue a jugar a Estados Unidos. Esa fue, según él, su época dorada: en el fútbol semiprofesional gringo jugó en el Boys Club de la liga de equipos portugueses, pero donde más se lució fue en Los Imperiales de Nueva Jersey donde, dice, fue elegido como “uno de los mejores” jugadores del torneo en 1993.

Un año después jugó en la selección uruguaya… de inmigrantes de Nueva Jersey. “Por aquellos años jugaba allá porque se pagaba muy bien, a veces mil dólares por partido más viáticos, y cuando había receso me venía a jugar a Uruguay, a cuadros del interior. En la Liga Fernandina (del departamento de Maldonado) me pagaban 300 dólares por partido en aquel momento. Así pude comprar mi casa, mi auto, ayudar a mi esposa para que se recibiera”, dice él con orgullo.

Hoy su mujer es pediatra neonatóloga y es la que mantiene el hogar, porque Carmona no tiene ingresos del fútbol, y no quiere dedicarse a otra cosa. Quiere seguir dirigiendo y jugando en un equipo que lleva treinta personas —los familiares de los jugadores— a las canchas, que tienen más barro duro que césped y más policías que aficionados. En la C no hay alcanzapelotas ni vendedores de chorizos al pan.

Carmona se consuela con pequeños logros que, para otro, podrían ser frustraciones. Ascendió a Deportivo Colonia a la primera división de Uruguay, pero luego de la clasificación lo echaron (“cosas del fútbol”, explica enigmáticamente) y ha representado a jugadores que sí llegaron al profesionalismo, “como Heber Collazo, que ahora está en Peñarol, y lastimosamente lo perdí”.

No solo eso. Una vez con Albion dejaron afuera de la lucha por el título a Platense al ganarle 3 a 2, otra vez le ganaron 4 a 2 a Boston River y lo obligaron a jugar finales contra Oriental de La Paz. Dirigiendo a la cuarta de Albion una vez llegó a la final. Y perdió.

En su hoja de vida suma otros asteriscos de dudosa reputación: fue captador de talentos durante seis meses en Tristán Suárez de Buenos Aires junto a Diego Maradona (una foto lo muestra a él sonriendo frente a la cámara, Diego mirando para otro lado), trajo al hijo de un conocido periodista chimentero argentino a jugar a Albion y apadrinó a jugadores japoneses, que fueron a La Luz en la divisional B y Racing, en la A. Los jovencitos nipones que pasaron sin pena ni gloria por Uruguay fueron el arquero Ryota Zama y el delantero Hideki Kakita, a quien todos llamaban por su apellido.

***

En julio de 2009 lo entrevisté para una crónica sobre la segunda división amateur, como pomposamente se llama la ex C. Le pregunté cómo estaba el histórico Albion, uno de los ocho clubes más añejos del mundo, y me contestó: “En el horno. Está arruinado, impresentable, destruido. Es una vergüenza que en este país futbolero dejen morir a la institución fundadora del fútbol uruguayo. Sería bueno que el ministro de Deportes y las autoridades no miren solo a la A o a la B e hicieran valer en la FIFA el nombre del club más antiguo del país”, se despachó.

Su equipo iba último y estaba por enfrentar al primero, Coraceros Polo Club. Carmona me dijo: “Está vivo gracias a que Carmona hace lo que hace con un grupo de muchachos”. Ese día al entrenador le faltaban seis titulares: algunos estaban sancionados, otros lesionados y otros no habían podido ir porque tenían que trabajar.

En el vestuario les dio a sus dirigidos algunas indicaciones. “Tenemos que parar la línea de cuatro, como dijimos. Los dos puntas no pueden dejar que ellos salgan con soltura. Tenemos que manejar el cero en nuestro arco, ¿eh, Torena?”, le dijo al arquero. Se jugaba el Clausura, era el partido revancha del Apertura en el que habían caído 8 a 0. Mientras los jugadores entraban a la cancha, Carmona hizo una predicción, esa tarde perderían 15 a 0. No le erró por mucho: su equipo cayó 12 a 0, y —se sabe— Torena no supo “manejar el cero” en su arco. El chico se fue desconsolado; quería llegar a jugar en Peñarol en algún momento.

Al año siguiente y con Carmona ya como jugador (DT, y sus otros roles), Pablo Torena ya no estaba en el plantel. Es que en un partido tuvo el tupé de rezongar a Carmona porque se comió un amague de un delantero rival, en una jugada que terminó en gol. “¡Marcá, Carmona! ¡Acá sos uno más, eh!”, le gritó el chico al veterano futbolista. “No, te equivocás, sigo siendo el técnico”, le contestó, y lo sacó del equipo en ese instante.

Al terminar la temporada 2010 Albion ya no iba último como el año anterior sino tercero, contando desde el último hacia arriba. Pero Oriental, uno de los dos colistas, estaba allá abajo porque le quitaron varios puntos por una sanción administrativa. Carmona dice que lo que cambió de un año al siguiente es que “ahora juega Carmona”, y manda desde la cancha.

Me lo dice mientras vamos por la rambla portuaria de Montevideo en su auto rumbo al penúltimo partido del campeonato. Estamos llegando tarde, faltan 15 minutos y todavía tiene que pasar por su casa a buscar la indumentaria de los jugadores. Mientras maneja llama por su celular a un defensa, le da la integración y luego le pregunta quién es el juez. “Bueno, decile que me aguante que Carmona está llegando con las camisetas y la ficha de ustedes, que no lo suspenda, por favor”.

Ese día él decidió no ponerse entre los titulares por estar lesionado. Llegó faltando cinco minutos para el comienzo del partido e intentó reunir a todos, que se alternaban para orinar a último momento. Repartió las camisetas, que en lugar de patrocinador tienen una leyenda autopromotora; delante dicen “R. Carmona. World Record Guinness 2010” y en la espalda “Facebook Carmonayalbion”. “¿Qué querés? Si yo mismo no me doy para adelante, no lo va a hacer nadie”, se justificó.

Nuevamente me permitió escuchar la charla técnica en el precario vestuario. “Muchachos, lo importante es no entrar como locos. Tenemos que ser conservadores por nuestro físico, porque no tenemos un buen entrenamiento. Andrés, ponete las pilas hoy. ¡Que no te echen hoy, te pido! Has hecho cosas buenas, pero te has mandado muchas cagadas. Vo’, no puede ser que siempre que viene alguien de la prensa nos comemos ocho o nueve. ¡No me hagan pasar vergüenza! Que hoy el periodista se vaya y diga: ‘Mirá vos, los de Albion, empataron 0 a 0’…¡por lo menos!”.

La explicación de las catástrofes esperadas quizás tenga que ver con el estilo Carmona como seleccionador de jugadores. “Conmigo han jugado gorditos, ha jugado cada uno… Para mí lo importante es que sean buenas personas, que tengan valores, que sean gurises de familia; si juegan bien, mucho mejor. Pero lo mío es una obra social”, me había advertido en el trayecto a la cancha (decirle estadio al Parque Suero de Colón sería una hipérbole).

“Yo me iba a cambiar hoy para jugar, pero estoy recaliente, estoy requemado, así que prefiero dirigirlos”, les dijo a ellos, minimizando su tirón muscular.

Se puso al lado de la línea de cal para esperar el comienzo del partido y un hincha gritó: “¡Pongan a Carmona, che! ¿Dónde está el 10?”. Él giró y le levantó su pulgar al padre del arquero de Albion, que dio más órdenes que el propio técnico.

El primer tiempo terminó solo 1 a 0 en contra, y entusiasmado, Carmona les dijo en el entretiempo que estaban jugando bien y debían seguir así. Al zaguero que le había pedido que no se hiciera expulsar, ahora le dio otro consejo: “Meté un suelazo en alguna pelota dividida, que no tenés ni amarilla”. “¿Viste cómo es esto?” Nos llegaron una sola vez y fue gol. Esa es mi historia, mi karma, me patean una vez al arco y es gol”, me dijo. El partido terminó 4 a 0.

En la vuelta a casa, Carmona me fue contando su vida como jugador, técnico y dirigente de entrecasa: contó que había abandonado el secundario para dedicarse al fútbol, que desde chico siempre le pedía a Papá Noel una pelota, que en el semiprofesionalismo estadounidense la “rompió” (“tenía buen dominio del balón y una buena pegada, que aún conservo”) y desde 2004 con Albion quiso liderar una obra social para recuperar chicos de la droga.

Al llegar a un semáforo, un hombre que limpiaba parabrisas le pidió a los gritos una moneda y le hacía gestos elocuentes. “Ese muchacho jugó conmigo en Estados Unidos, mirá vos… Ni paré porque me tiene una hora hablando”.

Las cosas del fútbol, pensé.

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Mientras esperaba el último partido del campeonato para ver jugar a Robert Carmona, les di un vistazo a los videos que su mujer había editado con imágenes de algunos encuentros en busca del récord y las entrevistas que había concedido a diversos medios. Noté en la cancha lo mismo que en sus palabras: una nobleza encantadora, sacrificio y buenas intenciones.

Además de cinco videos me dejó dos biblioratos llenos de recortes de diarios, fichas de los partidos con las integraciones, los cambios y las tarjetas sacadas, y hasta el correo de respuesta que le dio el Record Management Team del Guinness World Records, una respuesta automática que dejaba constancia de haber recibido su pedido y que, prometían, atenderían oportunamente. En una de las carpetas decía que Carmona había convertido 65 goles en su carrera, que había ejecutado 59 penales (44 transformó en gol y erró 15) y lo habían expulsado cuatro veces.

Por esos días hablé nuevamente con el volante, que en abril de este año cumplió 49 años y, asegura, seguirá jugando. Me contó de su proyecto social “Hacele un gol a la vida” (inicialmente “Hacele un gol a la droga”): él le pidió apoyo al Estado para salir al interior del país a predicar su ejemplo de profesionalismo ante los niños. La idea madre es contarles a los más pequeños que se puede llegar a tener casi cincuenta años y seguir jugando semiprofesionalmente al fútbol si durante la carrera se evitaron la noche, el alcohol y las drogas, como él hizo. En sus palabras: “Quise volcar mi experiencia para que tengan la oportunidad de ver al jugador más viejo del mundo en busca del Guinness, sin necesidad de sustancias. Doy charlas, les firmo autógrafos y me saco fotos con ellos. Después transporto una canchita portátil de 20 x 8 y hacemos un picadito. Carmona y sus muchachos se visten y pateamos al arco, hacemos jugadas, pateamos penales y hasta discutimos con un juez, como si fuera un show, para que se diviertan”.

Para tal iniciativa, Carmona contó con el patrocinio de Presidencia de la República (el presidente José Mujica lo felicitó por carta) y la Junta Nacional de Drogas, y fue declarada de interés ministerial por las carteras de Deportes, Trabajo y Transporte. Él no gana nada, dice, más que ofrecer su testimonio. A las intendencias de los departamentos que visita solo les pide una sala para brindar la conferencia y firmar autógrafos, una comida para los jugadores y un cuarto de hotel para él, porque los muchachos se vuelven a Montevideo tras el show en césped sintético.

El domingo 19 de diciembre era el gran día para ver en acción a este 10 “de buena pegada”. Cuando íbamos camino a La Bombonera, la cancha de Basáñez (que solo en el nombre se parece a la de Boca), me hizo su confesión reprimida. “Mirá que no vamos a jugar, no nos presentamos”. Carmona había tenido una discusión con el presidente Chaínca, quien no le quiso dar dinero para llevar a almorzar a los jugadores después del partido, y él, harto de los problemas, decidió no presentar a Carmona y sus muchachos.

Así las cosas, mientras los jugadores iban llegando a la cancha ignorando la noticia y esperando las camisetas con el doble patrocinador de Carmona, aprovechó para hablar, dentro del auto.

—¿Alguna vez quisiste llegar a ser otra cosa?
—Jamás. Yo digo que nunca trabajé, y después aclaro que soy futbolista. Me tracé esa meta desde chiquito. Yo era elegido en la escuela, en el liceo, en los cuadros de barrio.
—¿Te sentís frustrado por no haber llegado más lejos, considerando que siempre fue tu vocación?
—Creo que hice todo bien. Quizá no tuve la suerte, no acerté cuando fui a algunos equipos que no debí haber ido, pero nunca me dijeron que jugaba mal. Por el contrario, elogiaban mi juego, mi zurda, era endiablado. Siempre fui profesional, me dediqué por entero.
—¿Qué te faltó para llegar al profesionalismo, a un equipo importante?
—Contactos y suerte. Y hay mucha competencia en mi posición, yo soy 10. Pero estoy feliz con mi carrera. Hoy me mantiene mi esposa, pero mis hijos van a colegio privado. Lo que tengo lo logré con el fútbol, y los viajes que hice también.
—¿Por qué seguís jugando?
—Porque es mi vida, es mi pasión. Yo veo que estoy bien. El día que lo deje, voy a extrañar. No sé qué hacer un domingo si no voy a una cancha de fútbol. Dejé bailes, salidas, cumpleaños, todo por esto.
—¿Cuándo pensás retirarte?
—Eso lo dejo en manos de Dios. Mientras el cuerpo aguante, jugaré. Hoy cumpliría el partido número 13 y de acá me voy al médico para comenzar un tratamiento para las piernas, en las que tengo muchas operaciones, para ponerme a punto para el torneo que viene.
—¿Qué pasó con el Guinness? ¿Qué te han vuelto a decir?
—Mi señora, que sabe inglés, habló con ellos. Le dijeron que acumulara información y siguiera compitiendo. Así lo hicimos. Dos meses después me pidieron más material y se lo envié. Hasta que un día me dijeron que sinceramente los torneos de la UEFA en Europa tenían mucho más peso que Uruguay en lo político. Me dijeron que necesitaría el apoyo institucional de la Asociación Uruguaya de Fútbol. Le pedí una entrevista a Sebastián Bauzá, el presidente, pero todavía no me la dio. Guinness es muy importante, pero ahora quiero llegar a la Confederación Sudamericana de Fútbol y después a la FIFA. Hasta la FIFA no paro, porque no hay un jugador de fútbol en actividad con 49 años de edad. Me lo merezco.

Terminó de decirlo y bajó del auto para comunicarles a sus muchachos que no se vistieran, que ese día Albion no se presentaría a jugar porque no había plata para llevarlos a comer.

Cosas del fútbol… tercermundista, más que subdesarrollado, en el país que salió cuarto en el mundo.