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CASA DEL HIELO, esquina del barrio Boston, Aracataca. Empiezo la historia del Macondo real en el mismo punto donde empieza la del Macondo de ficción. A este lugar acuden de cuando en cuando viajeros procedentes de todo el mundo, admiradores de Gabriel García Márquez que pretenden encontrar aquí, en el pueblo donde él nació, elementos tangibles de su universo literario.

Cuando ciertos nativos desocupados avistan a esos forasteros en las calles del pueblo, entienden que ha llegado el momento de actuar. Macondo será historia pura en las páginas de Cien años de soledad, compadre, pero aquí en Aracataca existe, es materia genuina, ellos lo ven cada día y pueden hacérselo visible a los visitantes que tengan fe en hallarlo más allá de la literatura. En esa casa esquinera, por ejemplo, fue donde el coronel Aureliano Buendía conoció el hielo que habría de recordar muchos años después, usted sabe, frente al pelotón de fusilamiento. Présteme la cámara si quiere y yo lo retrato ahí con su novia.

Si el turista pide más detalles, se le dan. La casa de madera fue construida en 1923. En su patio se almacenaban hasta 200 bloques semanales de hielo durante los tiempos de la United Fruit Company, multinacional que entonces manejaba la producción de banano en estas tierras. Para los abuelos que poblaban Aracataca en aquella época, la llegada del hielo representó un avance notable. Acababan de descubrir un prodigio que servía para conservar los alimentos y espantar el bochorno.

Algunas veces, los guías espontáneos añaden que durante gran parte del siglo pasado el hielo fue un símbolo de estatus. Tú sabes, viejo gringo, hielito para la limonada del mediodía y hielito para el refresco del atardecer. Un lujo que no podía permitirse todo el mundo, apenas los ricos de Aracataca y los mandamases de la compañía bananera. Los bloques venían desde Ciénaga en un tren de la United Fruit Company. Eran cubiertos con aserrín para evitar que se derritieran, pues la madera es un aislante térmico. El que quisiera beber frío debía ir al patio y picar un poco de escarcha.

—Eche, Míster, tú sabes cómo es la película por aquí con estos calores.

Es posible que mientras el guía atiende a los forasteros aparezcan niños en chanclas de esos que en la actualidad se ganan la vida vendiendo bolsas de agua helada. El anfitrión les dará un vistazo cómplice, sonreirá.

—Las vueltas que da la vida: antes salía carísimo beber agua fría y ahora es lo más barato del mundo. Trescientas barritas nada más, Míster. Hoy el hielo es el aire acondicionado de los pobres.

El guía retoma su discurso en el mismo punto en que lo había abandonado cuando hizo la digresión. Entonces dice que en los años veinte del siglo XX a los niños les encantaban esos bloques, pues estaban surcados por agujas que se tornaban iridiscentes cuando les pegaba el sol. Así que uno de los planes familiares predilectos era entrar en esta casa a contemplar el hielo. Gabito —así lo llaman casi todos— seguramente vino muchas veces con su abuelo, el coronel Nicolás Márquez. Lo que pasa es que según la novela quien vino a conocer el hielo fue el coronel Aureliano Buendía. ¡Es que ese Gabito es más embusterooooo!

En el Macondo real, mucha gente vive convencida de que conoce al dedillo cada elemento del Macondo ficticio. Cita a sus personajes como si los hubiera visto en la vecindad, describe sus espacios como si los tuviera al frente. De eso me habla ahora el poeta Rafael Darío Jiménez mientras entramos en la Casa del Hielo.

¿Casa del Hielo?

El nombre suena irónico: al franquear la puerta, nos recibe una vaharada de aire caliente. En el suelo hay un reguero de cables eléctricos y muchas piezas automotrices desbaratadas.

—Esto es ahora un taller mecánico —dice Jiménez.

***

Son muchos los visitantes que buscan en el Macondo real la resonancia poética del Macondo literario. Pero acá el hielo no es un témpano luminoso que permanece intacto en la memoria sino una sustancia vulgar que se deslíe entre las manos. Eso sí: me cuenta el poeta Jiménez que algunos visitantes insisten. Quieren saber, por ejemplo, qué mujer del pueblo fue el molde original de Petra Cotes, la amante de Aureliano Segundo en Cien años de soledad. Nunca falta un nativo astuto que aporte el dato solicitado.

—Esa es Fulana, la querida de Perencejo.

Los guías agregan a continuación que según decían sus padres que habían dicho sus abuelos, el Mauricio Babilonia de la novela era un electricista que cada vez que pasaba por donde los Márquez Iguarán —abuelos de Gabito— dejaba tras de sí un enjambre de mariposas amarillas. Curiosamente, muchos de los nativos jamás han leído un libro de García Márquez. Pero llevan años oyendo hablar de sus criaturas y de sus historias, saben de sobra cómo explotar ciertos códigos macondianos. Además, sienten que el Macondo de la literatura es un simple reflejo de la vida de ellos. Así que ¿para qué perder el tiempo buscándolo en las novelas cuando pueden verlo en sus propias esquinas?

—¿Ustedes quieren saber quién era la tal Rebeca que comía tierra? Una señora llamada Francisca que vivía en la calle Monseñor Espejo.

Le digo a Rafael Darío que si yo fuera un lugareño sin formación académica, también pensaría que conozco a mi coterráneo más ilustre sin necesidad de haberlo leído. Total, llevo años viéndolo en la prensa, he oído su voz en la voz de todo el mundo. Si fuera un aldeano más y cerrara los ojos para que alguien me leyera pasajes de Cien años de soledad en voz alta, sentiría que me nombran a mis parientes cercanos, sentiría que me conducen a través de senderos familiares. Reconocería el aguamanil donde se lavaba las manos la tía y el mosquitero donde se guarecía el tío. Reencontraría en la ficción ciertos objetos de la realidad que ya no se ven en la realidad misma: la cama de tijera, el gramófono, la bacinilla de peltre. Identificaría el gallo de riña de mi compadre, supondría que Remedios la Bella ascendió al cielo envuelta en las sábanas blancas que lavó mi nana esta mañana. Vería a Úrsula Iguarán como la personificación de mi bisabuela: cegatona, indestructible.

Entiendo a esos paisanos que no ven las historias de García Márquez como transposición poética de la realidad, sino como simple reproducción documental de los sucesos cotidianos que narraban los vecinos.

—Eche, gringo, ¿quién dijo que Gabito inventó esos cuentos? Él mismo se la pasa diciendo en las entrevistas que solo ha sido un notario. Vae pues, por mi madre.

Los paisanos de Gabito saben que él es un señor muy importante con unas alas enormes, ni más faltaba, saben que es célebre, celebrado, gracioso, distinguido, pero muchos de ellos no lo ven precisamente como fabulador, como alguien que creó el universo por el cual se volvió tan famoso. Lo ven tan solo como un amanuense, como un tipo que supo plasmar en los libros el acervo que heredó de sus mayores, un compadre que echó en su maletín de viaje los cuentos de todos, y los hizo circular hasta en el último rincón del planeta.

***

En este momento el poeta Rafael Darío Jiménez me entrega uno de los muchos recortes de prensa que ha ido acumulando en su larga vida como estudioso de la obra de García Márquez. Hace varios años fundó en Aracataca el restaurante Gabo, una especie de altar al que acuden los devotos del escritor. Allí pueden rendirle culto y, de paso, comerse un buen filete de pargo rojo con patacones. En las paredes hay portadas de revistas dedicadas a Gabito, fotografías de Gabito, autógrafos de Gabito. Mientras uno se sienta en el taburete de cuero a esperar el almuerzo, puede escuchar fascinado al anfitrión, que conversa con la gracia típica de los palabreros del Caribe.

—El primer Macondo que existió fue un árbol —dice—. Es originario de África y alcanza hasta 35 metros de altura.
—Como la bonga.
—Como la bonga. En la Zona Bananera había una finca que todavía existe. Se llama Macondo porque tenía muchos árboles de esos.
—La finca vendría siendo el segundo Macondo.
—Exacto. El tercero es el de Gabito. Él cuenta en sus memorias que un día iba viajando en tren y de pronto vio la finca a un lado de la carretera. Leyó el letrero “Macondo” de la fachada y quedó impresionado.
—Claro, esta historia de la finca también es una parte muy conocida del mito.
—Gabito cuenta que antes de acabar el viaje, supo que el pueblo de Cien años de soledad se llamaría Macondo.
—Tercer Macondo, pues.
—Sí, el tercero. El primero y el segundo eran Macondos reales. El Macondo de Gabito es un mundo imaginario como el condado de Yoknapatawa creado por Faulkner.

Le digo a Rafael Darío que, en principio, el Macondo de la ficción se alimentó del Macondo de la realidad, pero después empezó a suceder lo contrario: la voz del escritor —irresistible, contagiosa— le impuso ciertos códigos a la realidad. Para la muestra, un botón: en Colombia nunca hubo un registro exacto de los trabajadores masacrados durante la huelga bananera de 1928. Gabito escribió en Cien años de soledad que habían sido 3000, y así pasó a la historia. Entonces un congresista propuso un minuto de silencio en honor a las 3000 víctimas de la matanza.

Si en el remoto país capitalino los senadores de la República inventan la realidad a partir de la ficción, con mayor razón tienen que hacerlo los habitantes de este ardiente Macondo real donde nació el truco. Así las cosas, vamos desembocando en una conclusión exótica: también es posible reinventar la cotidianidad a través de los espejismos. La realidad como imagen de sí misma, la imagen como una nueva realidad.

Extiendo frente a mis ojos, por fin, el recorte de prensa que me acaba de pasar Rafael Darío. Él sonríe, pone su índice derecho sobre un párrafo escrito por el propio García Márquez. Lo leo en voz alta:

“Siempre he tenido un gran respeto por los lectores que andan buscando la realidad escondida detrás de mis libros. Pero más respeto a quienes la encuentran, porque yo nunca lo he logrado. En Aracataca, el pueblo del Caribe donde nací, esto parece ser un oficio de todos los días. Allí ha surgido en los últimos veinte años una generación de niños astutos que esperan en la estación del tren a los cazadores de mitos para llevarlos a conocer los lugares, las cosas y aun los personajes de mis novelas: el árbol donde estuvo amarrado José Arcadio el viejo, o el castaño a cuya sombra murió el coronel Aureliano Buendía, o la tumba donde Úrsula Iguarán fue enterrada —y tal vez viva— en una caja de zapatos”.

Sonrío, bebo un sorbo de la limonada repleta de hielo que hace un momento me trajo la camarera. Sigo leyendo.

“Esos niños no han leído mis novelas, por supuesto, de modo que su conocimiento del Macondo mítico no proviene de ellas, y los lugares, las cosas y los personajes que les muestran a los turistas solo son reales en la medida en que éstos están dispuestos a aceptarlos. Es decir, que detrás del Macondo creado por la ficción literaria hay otro Macondo más imaginario y más mítico aún, creado por los lectores, y certificado por los niños de Aracataca con un tercer Macondo visible y palpable, que es sin duda el más falso de todos. Por fortuna, Macondo no es un lugar sino un estado de ánimo que le permite a uno ver lo que quiere ver, y verlo como quiere”.

De modo que Macondo no se lleva por fuera sino por dentro. Está en el alma, mucho más allá de las piedras del Macondo real, mucho más allá de las páginas del Macondo literario. Macondo es un mito que se elevó para siempre a los más altos aires, allá donde solo pueden alcanzarlo los más altos pájaros de la memoria.

Macondo es una invención tanto del autor como de sus cultores. Ahora bien: las licencias literarias con las que uno mata son las mismas con las que uno muere. En el epígrafe de Vivir para contarla, su libro autobiográfico, García Márquez dice: “La vida no es la que uno vivió sino la que uno recuerda, y cómo la recuerda para contarla”. Eso es, ni más ni menos, lo que aplican quienes hacen turismo con los elementos que le sirvieron a Gabito para hacer literatura. Ellos también tienen sus historias, ellos también narran. Eche, gringo, ahora no te pongas a averiguar si lo que oíste es cierto o falso. A nosotros no nos interesa esa vaina. Si te lo dijimos es porque es cierto. En el Caribe la verdad no sucede: se cuenta. ?Hace poco, otro gran escritor de esta región, Ramón Illán Bacca, me contó una historia de esas que demuestran que en el Caribe lo importante no es saber la respuesta sino decirla, y decirla con gracia. En cierta ocasión Ramón estaba conversando con un tipo que, de repente, mencionó “la espada de Demóstenes”. Ramón, dueño de una vasta erudición, no aguantó la tentación de corregirlo.

—Es la espada de Damocles.

Pero el tipo, lejos de acomplejarse, supo encontrar un argumento bastante digno.

—Bueno, da lo mismo que sea Demóstenes o Damocles porque en esa época todo el mundo andaba armado con espada.

Aquella mañana, al otro lado de la línea telefónica, Ramón soltó entre carcajadas su conclusión luminosa: en el Caribe a nadie le dan ganas de suicidarse por confundir el talón de Aquiles con el de Atila, ni por lavarle las manos a Herodes y dejárselas sucias a Pilatos. Así que resérvate esos escrúpulos racionales, Míster, no vengas de por allá tan lejos a dañarnos el cuento.

Cada persona con la que uno se tropieza tiene su propio Macondo, cada quien va por ahí con la historia que le tocó en suerte. Ahora, mientras Rafael Darío Jiménez guarda el recorte de prensa, recuerdo una anécdota que me contó el poeta Juan Manuel Roca cuando le anuncié mi viaje a Aracataca. Una tarde, después de un recital en Santa Marta, Roca vino a este pueblo con varios poetas de otros países, entre ellos el cubano Eliseo Alberto. El guía que los recibió era el tipo más locuaz del mundo. Sin ningún pudor buscaba en el Macondo real ciertas equivalencias del Macondo ficticio. La peste del olvido, según él, surgió en el Puente de los Varaos; el hilo de sangre que recorrió la Calle de los Turcos en Cien años de soledad era de un tipo que había sido amigo de su abuelo, y así.

Uno de los poetas, medio en broma y medio en serio, le obsequió un cumplido.

—¡Qué inteligente es usted!?Entonces el guía le expresó su gratitud al mejor estilo macondiano:
—Me gusta que me digas eso, poeta. Es que aquí en Aracataca todos somos inteligentes, lo que pasa es que Gabito es el único que sabe redactá.

***

Vine a la Zona Bananera del Magdalena, en el Caribe colombiano, porque me dijeron que acá quedaba Macondo, el mítico pueblo creado por el escritor Gabriel García Márquez. Llevo cuatro días recorriendo este territorio y aún sigo preguntándome dónde está Macondo, cuáles son sus confines.

—Macondo queda por allá arribita, compadre. Es una finca.
—¿Macondo? Ñerda, esa te la debo: no sé.
—Macondo es toda la tierra que pisamos —dice el poeta Rafael Darío Jiménez—. Por donde veníamos era Macondo y para donde vamos será Macondo.
—Eche, me extraña esa pregunta. Macondo está en los libros de García Márquez. ¿Acaso tú no has leído Cien años de soledad?

He encontrado a Macondo en varios elementos a lo largo de mi caminata. En las plantaciones de banano que se extienden a ambos lados de la carretera. En la canícula de las dos de la tarde. En la gallina jabada que puso un huevo en el alar y después alborotó el vecindario con su cacareo. En las calles contiguas a la finca donde nació esta fábula: polvorientas, torcidas. Sin duda, en ese pasaje el mundo es todavía tan reciente que muchas cosas siguen careciendo de nombre y para mencionarlas hay que señalarlas con el dedo.

He encontrado a Macondo, digo, en esa tristura que a veces tiene la gente aunque muestre una risa. En las conversaciones sobre la guerra, la guerra de siempre que pasa del Macondo real al ficticio y viceversa. En la anciana enlutada que a pesar de su apariencia frágil estremece la casa con su voz de mando. En el caos, en la desmemoria, en la repetición cíclica de nuestras calamidades. En los cuentos que me contaron sobre las disputas políticas eternas y sobre la corrupción sistemática. Macondo es esta Aracataca por donde voy caminando, aunque ya no sea una aldea de 20 casas de barro y cañabrava, como en la novela, sino una villa de 40.000 habitantes.

Macondo es también lo que he oído durante el viaje. Fui al colegio Gabriel García Márquez a entrevistarme con el profesor Frank Domínguez, conocedor de la obra de Gabito. Me dijo que Macondo es chispa, brujería. Mantente alerta y oirás su música. Macondo suena, Macondo canta, Macondo encanta.

—Si vas a escribir sobre Macondo —me dijo el profesor Domínguez— tienes que leer a Federico Nietzsche.

En ese momento, desde luego, me sentí a punto de alucinar.

—¿Nietzsche en Macondo?
—Claro que sí: Nietzsche. Él dijo la mejor frase que conozco para describir a Gabito: “La potencia intelectual de un hombre se mide por la dosis de humor que es capaz de utilizar”.
—Qué buena frase.
—Es el epígrafe del libro que escribí para celebrar el humor de Gabito.

Cuando iba saliendo del colegio, volví a toparme con el espíritu disparatado del que me habló Ramón Illán Bacca. En una de las paredes leí la siguiente cita, atribuida al poeta “Pedro” Neruda: “Cien años de soledad es quizá la más grande revelación de la lengua española después de Don Quijote de Cervantes”.

A esas alturas ya había entendido las reglas de juego. En Macondo da lo mismo Pedro que Pablo porque acá, carajo, todos son poetas.

Ya dije que Macondo es lo que uno oye mientras transita por la Zona Bananera. Aguza el oído, quédate quieto cuando zumbe la brisa. Después caminas un poco más y oyes a la profesora Aura Ballesteros, a quien llaman “Fernanda del Carpio” porque es “la cachaca de la historia”. Ella nació en Simijaca, cerca a la fría Bogotá.

—Macondo es un chorro de luz —dice—. Acá el sol no se oculta por mucho tiempo.

Buscando a Macondo en los paisajes y en las voces de la Zona Bananera, desemboqué en una historia insólita, la historia del holandés Tim Aan’t Goor, quien llegó a Aracataca a lo mismo que llegan todos los visitantes: quería encontrar en la realidad la magia que le había deslumbrado en la literatura. Vino por una semana y ya lleva tres años. Hace poco construyó en el pueblo una bóveda para enterrar simbólicamente a Melquíades, el gitano inolvidable del Macondo ficticio.

Cuando conocí la tumba, me pregunté si el Macondo de mi crónica también tendría un final alegórico. Pero ahora estoy aquí, en Bogotá, frente a mi computador, convencido de que Macondo es mucho más que todo lo que vi y oí en la Zona Bananera. Macondo se vino conmigo porque siempre ha estado dentro de mí. Es la pasión por narrar que bebí en la palabra de Gabito, mi profeta, el único brujo al que le creo. Muchos pueden contar bien una historia, pero pocos son capaces, como él, de crear un universo personal fácil de identificar desde la primera hasta la última línea. Y por eso me parece más justo cerrar los ojos para que Macondo siga vivo en mi memoria y las estirpes condenadas a cien años de soledad tengan por fin la segunda oportunidad que se merecen.

Una mañana de julio de 2001, Gabriel García Márquez dijo algo inesperado sobre su dentista. Había aparecido en un salón de la Universidad Iberoamericana de México para saludar al escritor Ryszard Kapuscinski, quien por esos días dictaba un taller en el Distrito Federal. Regresaba de un cáncer, y se le veía con una flacura de hospital, envuelto en una chaqueta ocre pero con un humor caribeño que infectaba de verano el salón de clase. En un descanso del taller, García Márquez intentaba llegar hasta la puerta del aula pero siempre se tropezaba con alguien que le cerraba el paso. Esa mañana fui uno de ellos. Quería saber si había leído «García Márquez va al dentista», una historia que yo había publicado sobre su amistad con un odontólogo de Cartagena de Indias a quien años antes él había buscado para aliviar una inflamación de sus encías. El escritor se detuvo un segundo detrás de unos anteojos de carey tan grandes que parecían pertenecer a un gigante miope. Luego se inclinó ante las páginas de mi libro y se retiró de súbito, como quien hubiese descubierto a un biógrafo con mal aliento.

–Gazabón no fue ético en contarte eso –me dijo.

Ojo por ojo, diente por diente. Una tarde de enero de 1999, el odontólogo Jaime Gazabón me había contado la historia de un dentista de provincia a quien un Premio Nobel de Literatura le había pedido ser el padrino de bautizo de su hijo. Era su historia con el paciente Gabriel García Márquez. Había sido un testimonio menos de vanidad que de orgullo, menos de presunción que de honor, menos de indiscreción que de agradecimiento. Sin embargo, esa mañana de 2001, cuando lo interrumpí para recordarle la historia de cómo un dentista se había convertido en su compadre, Gabriel García Márquez se fue a sonreír a otra parte. «Gazabón no fue ético en contarte eso», me dijo, con cierto desdén, y siguió su camino a que otro más lo interrumpiera. No hubo tiempo para explicarle nada. No había sido la traición de un ex psiquiatra ni el chisme de un guardaespaldas ni la venganza de una amante. Esa mañana, más que sentirse decepcionado sobre su dentista, García Márquez parecía haber perdido el sentido del humor. Después de todo, no era tan grave decir que tenía caries.

* * *

La tarde del 11 de febrero de 1991, Gazabón abrió una puerta de su clínica dental de Cartagena de Indias y descubrió a Gabriel García Márquez solo como un astronauta en una sala de espera. Eran las dos y treinta de la tarde, y el paciente había llegado puntual. «En siete años nunca llegó tarde a una cita», recordaría tiempo después el médico. Aquella primera vez, García Márquez había llegado hasta su consultorio en su automóvil con chofer. El lugar estaba ubicado en un barrio de la ciudad cuyo nombre es perfecto para el oficio de un dentista: Bocagrande. En la mesa de centro, sólo había literatura de consultorio de dentista, revistas para disimular la espera antes de ingresar al cuarto de salud dental, y una música de fondo de efectos sedantes. Cuando el odontólogo salió a recibirlo, el escritor acababa de completar a manuscrito su ficha de historia clínica: «Nombre del paciente: Gabriel García Márquez. ¿Cuál es su ocupación? Paciente vitalicio. Número de teléfono: Cortado por falta de pago. Si es casado, ocupación de su esposa: Sí, no hace nada. ¿Para qué compañía trabaja su esposa? Ya quisiera yo saberlo. Nombre de la persona responsable por el pago del tratamiento: Gabo, el hijo del telegrafista. ¿Tiene usted alguna molestia o dolor? Molestia sí, el dolor vendrá después. ¿Nos podría decir quién lo recomendó al Dr.? Su fama universal». Fue todo lo que García Márquez escribió en esa dramática visita que tarde o temprano todos hacemos al consultorio de un dentista.

Los primeros siete años de consulta el odontólogo trató a García Márquez con el respetuoso vocativo de maestro. Luego empezó a llamarlo compadre. El doctor Gazabón recuerda que cuando se había enterado de que su esposa estaba embarazada de su sexto hijo, García Márquez le preguntó con el entusiasmo de un cura recién ordenado: «¿Y cuándo lo bautizamos?». Jaime Enrique de Jesús iba a ser su primer hijo varón. Pero el odontólogo no entendía aquella pregunta del novelista. Alguien que había vivido en México tuvo que explicarle que en ese país, donde el escritor ha vivido por décadas, el honor de ser padrino se ofrece a los padres y no al revés. El día del bautizo, García Márquez y su esposa Mercedes fueron los primeros en llegar a la iglesia.

–No creo que nada sea casual –dice el dentista–. Fue un bautizo macondiano.

Aquella ceremonia no parecía haber sido la primera coincidencia familiar. Las familias de ambos, recuerda Gazabón, habían sido vecinas en el barrio de Pie de la Popa y la hermana de García Márquez iba a jugar a casa con su hermana. Entonces el dentista era un bebé de un año, y el escritor debía ser un veintañero, alguien que andaba mamando gallo, ese modo tan caribeño de tomarte el pelo y vacunarte contra la solemnidad. Eran de generaciones distantes: cuando García Márquez ganaba el Nobel de Literatura, Gazabón hacía un posgrado de Rehabilitación Oral en la Ohio State University. La primera vez que el ilustre paciente visitó la casa de quien iba a ser su compadre, el novelista entró por la puerta principal y salió por la de la cocina para saludar a las muchachas de servicio.

Desde entonces ningún dentista había callado tanto sobre la intimidad y la boca abierta de uno de los escritores más famosos de la Tierra. A García Márquez, según el médico, le gustaba repetirle que cada vez que llegaba a Cartagena era a él al primero que telefoneaba. Y desde que García Márquez lo visitara en su consultorio dental, la vida del doctor Gazabón sufrió una metamorfosis. Sus amigos le enviaban libros para que García Márquez se los dedicara. Unas palabras. Una firma. Un garabato. Una serie de señoras le rogaban si era posible fotografiarse con él. Una sola vez. Un minuto. Por favor. El dentista era invitado a leer un fragmento de Cien años de soledad en el Museo Naval de Cartagena. Los pacientes que llegaban al consultorio dental veían colgado en una pared, encima de un temible sillón negro donde todos se acostaban, un cuadro que enmarcaba una fotografía del paciente ilustre junto a su odontólogo envidiado. A veces les parecía una alucinación en colores: el escritor, que aparecía recostado en aquel mismo sillón negro, llevaba una camisa negra y las manos tan juntas como si hubiese sido maniatado por su risueño odontólogo. Uno que otro veía ese retrato de García Márquez acostado en el sillón dental, y creían que podía ser la travesura de una Macintosh caribeña, el burdo montaje de un fetichista literario. Lo cierto es que aquel cuadro parecía servir al dentista como una primera anestesia. De un golpe de vista los pacientes se olvidaban de sus muelas, y cualquier mueca de dolor se mudaba a una misma pregunta. ¿Cómo había llegado hasta allí el autor de Crónica de una muerte anunciada?

* * *

Una noche de setiembre de 2004, el doctor Gazabón cogió un maletín negro cerrado con una clave de seguridad. Estaba de pie frente a mí, en la mesa del comedor de su nueva casa en Tampa, Florida, revolviendo algunos recuerdos de su amistad con su compadre Gabriel García Márquez. Aún había cajas por abrir, señal de que su mudanza a Estados Unidos todavía no acababa. En el comedor, por debajo de una mesa, se paseaba un perro pincher en miniatura, llamado Blackie, de quien Gazabón decía que sólo le faltaba hablar, y de las paredes de su casa colgaban pinturas de su esposa, la artista plástica Ángela Schiappa. El dentista y su familia se habían mudado hasta Florida luego de haber tenido que partir de Cartagena, donde él y su esposa eran militantes evangelistas de La Comunidad Cristiana de Fe. Ambos solían predicar en barrios populares, donde no eran nada bienvenidos por la guerrilla. Esa noche de otoño, luego de abrir la clave de seguridad de su maletín, el Dr. Gazabón extrajo de él una bolsa de terciopelo azul, una de ésas en donde los joyeros guardan metales preciosos en miniatura para protegerlos del maltrato del tiempo. Días atrás había pasado un huracán destructor cerca de su casa. Gazabón aún no podía ejercer en Florida el oficio de odontólogo, y por entonces trabajaba de ceramista dental en un laboratorio de prótesis molares. Se había vuelto un escultor de dientes de porcelana, un artista de la dentadura artificial. Acababa de llegar la medianoche. En uno de los cuartos de su nueva casa, uno de sus hijos, Jaime Enrique de Jesús Gazabón, se había quedado dormido. Tenía siete años, y su padrino de bautizo era Gabriel García Márquez. Todo había sucedido cuando él era un bebé, y el niño no sabía nada más. Pero esa noche de setiembre de 2004, el doctor Gazabón parecía estar dispuesto a mostrarme algo que no me había confiado cinco años atrás, la tarde en que lo conocí en su antiguo consultorio de Bocagrande. Guardaba una extraña joya en aquella bolsa de terciopelo azul.

* * *

Las razones que habían hecho aterrizar a Gabriel García Márquez en el consultorio del doctor Gazabón no fueron nada novelescas: un odontólogo de Bogotá había operado una corrección en su dentadura y, para que continuara su tratamiento, le recomendó buscar en Cartagena de Indias al ortodoncista Luis Eduardo Botero. La suya iba a ser una operación de rutina. García Márquez sólo parecía necesitar a uno de esos especialistas que mueven dientes en mala posición y los devuelven a su lugar normal. El ortodoncista puso los dientes del escritor en su sitio, pero le diagnosticó un dolor periodontal –en buen castellano, un dolor de encías. Era la especialidad del doctor Gazabón, y el ortodoncista lo recomendó. Fue así como aquella tarde de febrero de 1991, el dentista descubrió al hijo del telegrafista en la sala de estar de su consultorio de Bocagrande, en el preciso instante en que éste escribía los datos de su historia clínica en una ficha de cartón que le había entregado la secretaria Onira Madera.

–Fue como un mandato de Dios –me diría Gazabón trece años después, en Florida, una noche de otoño a miles de kilómetros de allí.

Durante las consultas, recordaba el dentista, García Márquez se volvía más terrenal cuando hablaba de política. Una vez Gazabón se atrevió a comentarle algo sobre Dios.

–Gabo hizo lo que cualquier persona –me dijo el dentista–: dio un muletazo y pasó a otro tema.

Aquella vez entendió que debía evitar a Dios en sus conversaciones con el novelista. Pero mi pregunta metafísica era qué iba a hacer el dentista con sus recuerdos cuando García Márquez se muriese.

–Uno nunca sabe –me dijo, escéptico–. Hasta uno se puede morir antes que él.

–Los dentistas no van al cielo –le recordé.

–Fíjate que yo sí voy –respondió, sin ánimos de apuesta.

No estaba mal saber que uno va siempre hacia alguna parte. Era la única soberbia que parecía advertirse en el doctor Gazabón: la de sentirse un hombre bueno. La última vez que atendió a García Márquez la tenía apuntada en su historia dental: 20 de enero de 1999. Fue un miércoles. Gazabón también recordaba haber recibido una llamada telefónica suya en diciembre de ese año apocalíptico.

El escritor se iba a ir de Cartagena de Indias al siglo siguiente. Por entonces, un cáncer linfático se asomaba a su vida. Según el dentista, García Márquez residía ahora en México y no parecía haber vuelto a la ciudad amurallada. Hubo incluso un rumor de que el cantante Julio Iglesias quería comprar su casa. Antes de mudarse a Estados Unidos, el doctor Gazabón dejó una carta a uno de los hermanos de García Márquez con el pedido expreso de que éste la leyese. También, una caja de galletas italianas que solía preparar su suegra. Esa noche de otoño de 2004, en una Florida de huracanes, el dentista me dijo que aún no había recibido respuesta.

* * *

No había razones obvias para explicar por qué Gabriel García Márquez eligió como sacamuelas y luego como compadre al doctor Gazabón. Era un dentista de provincia. En los estantes de su consultorio de Cartagena de Indias no se asomaba ninguna novela. Sólo clásicos de la dentadura como Periodontal Disease, Occlusal Problems, dolorosa literatura para odontólogos impacientes. No había leído la novela Anestesia Local de Günter Grass ni el cuento El dentista de Alfred Polgar ni los angustiosos episodios de visitas al odontólogo en Experiencia de Martin Amis. Sólo el poema Desiderata colgaba de una pared de su consultorio, por encima de un mueble con dentaduras postizas y enjuagues bucales. En 1999, en el escritorio del doctor Gazabón, había una calavera y nada tenía que ver con la de Hamlet. Era la vulgar escenografía de un sacamuelas, el lugar común de la castración dental.

El dentista tenía sólo una teoría: que García Márquez lo había elegido para romper su rutina de famoso. «La gente se olvida de que Gabo es un ser humano», decía él. Pero también se olvidaban de que Gazabón era un ser humano, y le preguntaban cuánto se le podía cobrar a un compadre así. «¿Podría decir quién lo recomendó al Dr.? Su fama universal», había escrito García Márquez, mamando gallo. Pero ya la astrología pronosticaba entre ellos una historia perfecta: García Márquez es piscis; Gazabón, escorpio. «Piscis verá en Escorpio a un gran compañero con el que compartir todas las facetas de su vida». Tratándose del parentesco espiritual entre un novelista y un odontólogo, sólo la astrología parecía ser la teoría más confiable.

* * *

El doctor Gazabón solía hablar de García Márquez con familiaridad y admiración, pero sin reverencias. Esa noche de otoño en Florida, contaba anécdotas del Premio Nobel de Literatura mientras revisaba aquel maletín negro donde guardaba sus recuerdos bajo clave: la historia clínica del paciente García Márquez, retratos de familia con García Márquez, recortes de prensa sobre García Márquez, una muela de García Márquez. Sí. El tesoro del doctor Gazabón era un molar con tres raíces y una incrustación de oro. La muela se veía más horrenda en el acto de extraerla de una bolsa de terciopelo y saber que había sido del señor García Márquez. Ver un molar de García Márquez es como ver cualquier muela fuera de su boca: hace que uno pasee su lengua para verificar que las suyas siguen allí, dispuestas aún a masticar y morder. La muela de un gran escritor se veía tan espantosa como las de cualquiera, y creaba la ilusión de que todos somos iguales debajo de un dentista. Era la punta del iceberg de una antigua dentadura. Era la historia secreta de su sonrisa.

Hasta el último día en que fue su paciente, me dijo el doctor, la dentadura de García Márquez tenía doce incrustaciones de oro. Es decir, tenía una docena de restauraciones de dientes con caries. La intimidad del escritor con su dentista no podía ser entonces en el autor de La mala hora una historia anecdótica y casual. García Márquez había dedicado varios episodios de su obra a lo indefenso que uno puede ser ante un dolor de muelas y al poder de fascinación que puede causar una dentadura. En Un día de éstos, uno de sus más famosos cuentos, Aurelio Escovar, un dentista sin título, extrae sin anestesia la muela que ha torturado por cinco días a su opositor, el alcalde de un pueblo sin nombre.

Por suerte, García Márquez nunca quiso ser alcalde y Gazabón sí es un odontólogo con título. Años después, en Cien años de soledad, el novelista escribió un episodio premonitorio de su primera visita al odontólogo: «Vieron [los habitantes de Macondo] un Melquíades juvenil, repuesto, desarrugado, con una dentadura nueva y radiante. Quienes recordaban sus encías destruidas por el escorbuto, sus mejillas fláccidas y sus labios marchitos, se estremecieron de pavor ante aquella prueba terminante de los poderes sobrenaturales del gitano». En resumen, Melquíades terminó sacándose los dientes y envejeciendo de súbito, pero luego se los puso otra vez y sonrió con el poder restaurado de su juventud. Sí. El hombre envejece cuando los dientes no se reponen. García Márquez lo sabía. Sabía que perder un diente era la más perfecta metáfora de la caída del poder, y que un dolor de muelas era tan agudo e incurable como el amor.

No había sido el primer escritor en fascinarse tanto por las muelas: ya Joyce y Nabokov habían perdido la dentadura antes de cumplir los cincuenta años, y no ahorraron palabras para retratarlas como algo mas que un rasgo fisonómico en sus libros. Martin Amis, otro escritor del club de los desdentados, ensayó en su libro Experiencia una primera y nada desdeñable comunidad de escritores de dientes postizos: «¿Qué más tenían en común Nabokov y Joyce aparte de la pésima dentadura y una soberbia prosa? El exilio y décadas de una precariedad económica cercana a la indigencia. Y una compulsiva tendencia al exceso. Y la desmedida sumisión que merecidamente les inspiraban sus esposas». Cualquier parecido no es pura coincidencia.

El último día que el doctor Gazabón lo vio en su consultorio de Cartagena de Indias, el único diente que le faltaba a García Márquez era la muela del juicio. Aunque el escritor parecía haber perdido el juicio esa mañana de 2001 en que le pregunté sobre su historia con el dentista, me quedó también la sensación de que siempre los ganaba.

–Es como un Dios de la literatura. Todo el mundo está interesado en cualquier cosa que hace –me dijo el dentista aquella noche de Florida–. Estoy seguro de que Gabo sabe que yo no puedo esconder lo que pasó entre nosotros.

El doctor Gazabón lo recordaba todo con la conciencia limpia de un pastor evangélico: aquella primera tarde de 1991 en el consultorio de Bocagrande, Gabriel García Márquez tenía una caries y él decidió operar. Le inyectó anestesia local, le extrajo un molar, suturó la herida y un tiempo después colocó un implante en su lugar. Gazabón dice que nunca se quejó. Pero desde ese primera cita entre los futuros compadres ya hubo una pérdida. Sucede en todas las épocas: Homero fue ciego y a Cervantes le fallaba un brazo. García Márquez perdió una muela.

–El hilo dental es más importante que el cepillo –advirtió el doctor Gazabón.