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Se llama Édgar Alexander Nufio-Villanueva, es de Esquipulas, en el sur de bosque y montaña de Guatemala. Es joven, es decidido. Con su tía, Orfilia Mélita Hernández-Aquino, cruzó México en auto para animársele a la frontera del río Bravo y al desierto bestial.

Se llama Édgar Alexander Nufio-Villanueva y junto a Orfilia Mélita Hernández-Aquino acabó detenido en las cercanías de Falfurrias, diez días y setenta y siete millas al norte en línea recta desde la frontera de México y de la salvación.

“Hay sed, tía”, dice Édgar, un tiempo después, en abril de 2013, en una carta a su tía Ingrid, hermana de Orfilia. “Mucha, demasiada. Hay serpientes que no he visto en mi vida, alacranes. Y hay gente con la que uno se cruza y está desfalleciente, a punto de morirse”.

Édgar escribe en frases acuchilladas, sin más carga emocional que cuanto uno se permita hallar.

“Hay otros que están ya muertos, tía. Los cuerpos empiezan a oler o ya huelen!.

Los adjetivos pueden ser palabras obesas.

“Cuando llegó la policía, tía —cuenta Édgar—, corrimos”.

Eran varios —más hombres que mujeres, miedos en español—. Los otros corrieron más y llegaron a unas casas y se escondieron.

“A mí y a la Mélita nos agarraron porque íbamos juntos. Nos metieron en unas camionetas y se acabó, nos dejaron presos. Así se terminó todo, tía”.

***

Es marzo, y es el principio.

Ingrid, en ese principio, no sabía nada de esto. De Falfurrias, alacranes, cuerpos pútridos. Ingrid sólo tenía fe y alegrías. Ingrid es hermana de Orfilia —la Mélita, veintiséis— y tía de Édgar —el Edgarcito, veintitrés—, y cuando el viaje comenzó calculó doce a quince días para tenerlos en su departamento nuevo, un sótano remodelado, con cocina y sala amplias, en las afueras de Washington, DC. Ingrid tiene treinta y cinco años, determinación de huracán y, de tanto en tanto, ayuda en mi casa. Nació y se crió en el este de Guatemala, en los llanos de los que abusa el río Motagua, en un caserío, Champas Corrientes, tan pequeño que puede confundirse con los restos de un pueblo anterior. En Champas, Ingrid tiene un campito y algunas vacas, muchos amigos, más familia y demasiados miedos enterrados. En Estados Unidos no tiene mucho, empezando por los papeles —que no existen.

Todo pareció ir normal hasta que Orfilia y Édgar pasaron del espacio crudo de México a McAllen, Texas, cuando comenzó el apagón frecuente, las llamadas salteadas, breves, urgentes. Ingrid habló con Orfilia —la Mélita— una tarde a inicios de marzo: estaban en una casa de la frontera cuidados por una señora, de quien usó el celular, a la espera de que las patrullas americanas relajasen la vigilancia. Había un policía cada dos brazadas.

—Da miedo eso.

Equivoco el miedo del que Ingrid habla: creo, y creo mal, que se refiere al temor a la muerte.

—Ya están adentro —digo—. Los narcos están del otro lado. ¿A qué le temes?

Ingrid juega con mi hijo Matteo en el piso de la sala de casa. Han construido una vía para que circule Thomas The Train con cuatro vagones de ganado.

—Sí, pero igual.

Menosprecio el miedo:

—Lo único que podría pasar —digo, como si fuera nada— es que los detengan y los deporten. Tranquila, lo peor ya pasó.

Recién un tiempo después vería las púas en mi respuesta.

***

Marzo 22, 4:43 pm. Ingrid envía un mensaje a mi mujer: quiere venir a limpiar el domingo en vez del sábado. Mi mujer le pregunta si llegó su hermana.

Veinte minutos después:

Nadaqueber.mujer.tubieron.problemas.en.El.Camino.

Ingrid no usa la barra espaciadora: sus conversaciones son puntos y seguido sin final.

Esta.en.Macali.tengo.3.dias.denosaber.nada.

Es.horrible.estar.alaespera.

Pero.dios.sabra.lomejor

En el siguiente mensaje mi mujer procura tranquilizarla. Si siguen en Texas, escribe, ya han de estar por llegar a Washington. Habían pasado México: pisaron descalzos el piso del infierno, y lo cruzaron, sin quemarse.

Ingrid:

Tienen.quepasar.unagarita.todabia.idicen.que.esta.muydificil.porque.tienen.Que.Rodiar.

Tienen.que.caminar.24horas.pero.noce.cuando.bacer.esedia.

Y el consuelo, el deseo, la consagración, la aspiración:

Mas.que.esperar.estamos.entoque.dequeda.mujer

Perobien.ennombrededios.porque.es.El.unico

La esperanza final tiene ochenta y siete caracteres. Ingrid se encomienda en un tuit.

***

Uno o dos días después, las hermanas vuelven a hablar, pero, tras eso, pasan casi siete días de bloqueo. Cuando Orfilia y Édgar llevan un tiempo indeterminado en McAllen —¿una semana, diez días, mil años?—, Ingrid llama nerviosa al celular de la mujer del aguantadero. La mujer le informa que los chicos habían salido en auto hacia el noroeste de Texas tres días antes. No han regresado, no hay noticias. Como si conversara de las compras de la semana o el clima, la mujer termina de hablar y cuelga, e Ingrid entra en pánico. Lleva una semana sin dormir y bajo los ojos tiene dos bananas moradas. La chica que podía dejar un departamento con brillantinas en dos horas ahora se demora cuatro. Parece encorvada, y así llega a casa.

—Don Diego, ¿me puede ayudar?

Sepan:

Yo no sabía si ayudar. No estaba seguro, tal vez no quería.

***

Sepan:

Me estoy poniendo viejo, me canso más rápido y me acomodan cada vez más y más y más mis manías. Si a los veinte quería cambiar la historia del mundo —quién no—, mi militancia ahora es privada: se llama Matteo y hace las funciones de hijo. Me intranquiliza el trauma reiterativo de todo padre: no duermes bien cuando tu niño nace y no lo harás cada día que viva —porque debe vivir—. Lo demás, importa menos. Lo demás, gracias, que sean felices.

Sepan:

Lo que me pasa, quiero creer, es la ausencia de sorpresa. Detienen a Jayron Lopes y a Brenda Daca y los preparan para su deportación en California y Texas, y otro día y en otro lugar detendrán a Jesús María José y a Kevin James Peter y a Mayron Blanca René. Y así cambiasen esos nombres, y así cada vida sea un planeta, una sola historia parecería contenerlas a todas. O sea: alguien entró sin papeles, estudió, trabajó, procreó, crió, obedeció, la Migra lo detuvo y ya, no hay más, hasta la vista baby.

Se me ha vuelto todo tan común, tan repetido, tan igual, que, sepan disculpar, han normalizado el horror: la repetición narcotiza —y entonces siento cada vez menos lo que debiera sentir—. El agobio es feo: uno no piensa bien. Y a veces no pienso bien.

Entonces, sepan:

Cuando Ingrid me contó sobre el inicio del viaje de Orfilia y Édgar, alcé la ceja: cuánto riesgo tomaron estos chicos, qué locura. Cuando me contó que llevaban días varados en McAllen, alcé la otra ceja: qué tan poco presente hay en tu terruño conocido que alguien es capaz de jugarse la vida por algo que no existe como el futuro. Cuando llevaban tres días sin aparecer y luego cinco y luego siete, me quedé sin cejas para levantar.

Cuando Ingrid me pidió ayuda, yo, sin cejas, nada más suspiré hondo.

Cuando Ingrid me pidió ayuda lo hizo de rodillas. Y esa sería una vulgar y perfecta imagen para mostrar una de las formas preferidas de la pobreza de recursos para manifestarse —la indefensión—, pero también sería equivocada y sensiblera. Ingrid no estaba de rodillas para rogarme nada sino porque estaba en casa, en el piso, jugando con mi hijo Matteo. Y aquí está, al fin, la clave de todo: Teo adora a Ingrid, ella lo adora a él y a mí me hace bien que ellos estén bien.

El amor, lo creas o no, te jode la vida.

***

La mañana del 27 de marzo reuní teléfonos y correos: el consulado de Guatemala en Washington, DC, escritores y cronistas guatemaltecos, medios del país. Pedí en mi muro de Facebook cualquier ayuda posible para armar un mapa de ideas, pues aun apuntaba más o menos a ciegas. Envié un mensaje por Facebook a un fotógrafo y a un cronista mexicanos pidiendo contactos en organizaciones de apoyo a los migrantes a ambos lados del río Bravo, pues no tenía constancia de que Orfilia y Édgar efectivamente hubieran dejado Reynosa, su último punto de descanso en México antes de Estados Unidos. Hice lo mismo con una amiga académica en El Paso, una periodista en California y un par de colegas en Arizona.

Las respuestas llegaron pronto: había lanzado mi red a un mar cargado. Una colega que vive en Lima, Lizzy Cantú, movilizó a su familia en Reynosa; si los chicos estaban allí, ayudarían a ubicarlos. Su amiga Iriela disponía de los teléfonos de Juanita Valdez-Cox, una de las principales activistas del Rio Grande Valley, miembro de la organización de César Chávez, La Unión del Pueblo Entero, en San Juan, Texas. Buscar a dos guatemaltecos como Orfilia y Édgar era complejo —la mayoría de las organizaciones, porque son mayoría, trabaja con migrantes mexicanos— pero podía contactar a Mike Seifert, un ex sacerdote marista que fue pastor de San Felipe de Jesús, una parroquia en Cameron Park, la sección más pobre de Brownsville, ciudad espejo de Matamoros y zona de paso de legiones de chapines.

Rafael Acosta, un joven escritor mexicano, me enlazó con Orlando Lara, un activista del lado texano que me recomendó llamar a la patrulla fronteriza. Hasta entonces, sólo sabía que Orfilia y Édgar habían sido abandonados por los coyotes en el área de Falfurrias, muy probablemente antes del punto de control fronterizo. La oficial que me atendió fue práctica: como no era familiar, no me daría ninguna información por teléfono, así que mi mejor oportunidad era rastrear a los chicos por intermedio del consulado de Guatemala en McAllen.

En un par de horas los mensajes en Facebook eran pan en el agua. Una periodista mexicana que vive en la India me envía el teléfono de su padre, activista en Los Ángeles. Desde Cuba, un estudiante de periodismo en la Universidad de La Habana, recomienda que contrate a un abogado especializado en migración que vive a unas pocas cuadras de mi casa. Tenía teléfonos, correos, direcciones postales, PO boxes, nombres y apellidos de los Border Angels, los Dreamers de Arizona y California, de organizaciones civiles de Austin y de Matamoros; grupos de cabildeo en Washington; las cuentas de correo personales de colegas en CNN, La Opinión, Univision. Una colega argentina que colabora con Mil Mujeres Legal Services se ofrecía a abrirme, en minutos, la puerta de la oficina del cónsul de Guatemala en la capital de Estados Unidos. En El Paso me avisaban de Casa Anunciación y me enviaban las coordenadas de las oficinas de Texas Rural Legal Aid en Weslaco y Edinburg para cuando Orfilia y Édgar precisaran asistencia legal en el estado. Desde Los Ángeles y Nueva York también confluían sobre Benigno Peña y la South Texas Immigration Coalition (STIC), con sede en Harlingen y una oficina en McAllen. Peña es desconfiado —ha denunciado haber recibido amenazas de grupos antiinmigrantes—, así que Eileen Truax, autora de Dreamers, un libro sobre los jóvenes estadounidenses hijos de papás sin papeles, habló a su oficina y les adelantó los detalles del caso. Yo llamaría en cuanto pudiera; esperaban por mí.

Dios: esta gente está loca. Ser solidario parece más fácil que hablar.

***

Cuando la información nos somete parece que estamos en un cuarto lleno de personas hablando alto al mismo tiempo. Tomé el camino directo y llamé al consulado de Guatemala en McAllen. Tenía todo el sentido del mundo: estaba en la ciudad que había sido punto de partida de Orfilia y Édgar y en el mismo estado donde habían desaparecido. En menos de tres minutos se presenta al otro lado de la línea Alba Cáceres, cónsul.

—Esto es lo que sé —le digo—: salieron de McAllen el miércoles 20 de marzo, y no se sabe más. Tenían que rodear o cruzar una cerca o un control. Iban, tengo entendido, por la zona de Falfurrias, el último lugar donde los vieron.
—Deme los nombres.

Cáceres ingresa el nombre de Orfilia en su computadora.

—La semana pasada exhumaron dieciocho cuerpos en esa zona, en Falfurrias —dice, mientras revisa en la web del Servicio de Inmigración y Control de Aduanas, el ICE.
—¿Perdón?

La cónsul no me oye; hace una pausa.

—Contó con suerte, aquí está: a la chica la procesaron ayer. Está en custodia. Lo acaban de subir al sistema. ¿Orfilia Mélita, no?
—Sí.
—Bien, nosotros podemos pedir una entrevista. Posiblemente le den la llamada de cortesía hoy, a ella. ¿Tiene familia aquí? —digo que sí— Del chico, en cambio… ¿Nufio? Nufio, Édgar… De él todavía no hay nada, no fue procesado si estaba con ella. ¿Estaba con ella?
—Sí, sí, se perdieron juntos. Desaparecidos en el área de Falfurrias, los dos.

La cónsul me responde con la nada delicada brutalidad de las certezas:

—Tuvieron suerte, de verdad, porque cuando uno se pierde en Falfurrias, no se pierde: se muere.

***

Falfurrias. Cada vez que busco datos del pueblo —cinco mil habitantes, un grano en la piel de Texas—, encontré historias formadas con un brevísimo diccionario de palabras giratorias: “tráfico”, “inmigrante ilegal”, “drogas”, “Zetas”, “patrulla fronteriza”, “cadáveres”, “México”, “mexicanos”.

Una periodista de la Costa Este me da el nombre con que los activistas nombran a la zona: “La correa de la muerte de McAllen”. Los medios no saben bien cuánta gente pierde la vida allí; nada más parece ser mucha. Cuando un cuerpo desaparece bajo tierra o se lo comen las alimañas, sólo fue una persona para los suyos y cercanos: para el resto es olvido; para las oficinas públicas, estadística.

En Facebook encontré la página del Falfurrias Border Patrol Checkpoint. A fines de 2012, Kevin Keiser, un hombre semicalvo que pasó por allí, subió una foto con su celular. Se ve el túnel de chapa donde deben detenerse todos los autos para verificación y, a la izquierda, un cartel elevado, un anuncio orgulloso.

Arriba dice: “Falfurrias Checkpoint. Thanks for your support of America’s frontline”. Y debajo, en una letra que grita:

Procedimientos en el año:

Drogas: 15962 libras.

Extranjeros indocumentados: 2661.

La tabla de los méritos de quienes controlan las fronteras parecen las estadísticas personales de un catcher de béisbol. O peor: incautar plantas psicotrópicas y seres humanos son una misma práctica contable.

***

La pregunta más veces respondida es qué hace a alguien correr tanto riesgo.

Elijo ésta: tu vida, otras vidas.

Champas Corrientes es el pueblo llano de ranchos de adobe y palma y pisos de tierra en la costa caribe donde nacieron Ingrid y Orfilia. Hacia el sur, Champas tiene las faldas de unos cerros hinchados de verde: el límite invisible que supone que, del otro lado de la ladera, hay un país hundido en violencia llamado Honduras y, de éste, otro muy golpeado que hoy es Guatemala y supo ser Guatepeor.

A los veintitantos, Ingrid y Edgardo, su hombre, trabajaban con ganado y en las milpas y los campos frijoleros. Edgardo ordeñaba cuarenta y cuatro de las noventa y nueve vacas de su padre. Por tener, Ingrid y él primero tuvieron unas manzanas de tierra para plantar. Por tener, tuvieron una hija, Vanessa. Por tener, tres años después, sumaron a Robinson. Por tener, también, Edgardo decidió ampliar el plan y un día de hace una década cruzó todo México y todo el sur de Estados Unidos y llegó al estado de Maryland, los jardines de Washington, DC. Cuando Edgardo partió, Robinson tenía un año y no supo nada; Vanessa tenía más y se enfermó.

—De tristeza —dice Ingrid, hoy, aquí.

Ingrid siguió al marido cuatro años después. Quince días entre la salida de Champas y la llegada a Union Station, la estación de autobuses de la capital de Estados Unidos. El auto del coyote que la llevó de Champas a la frontera sur de México casi se da vuelta en una curva y la deja a medio camino con una embarazada de ocho meses y dos niños pequeños, compañía circunstancial de viaje, otros locos. En Palenque sirvió comidas para dieciocho migrantes que dormían en el piso de una casa sin mesas ni sillas y un solo baño. En Matamoros pasó toda una noche en una habitación sin luz ni agua ni colchón ni pintura ni revoque ni nada. Cruzó el río Grande a plena luz del día montada en un neumático de camión, un flotador que tiraba un tipo flaco como una rama. Ya en Texas, mientras el agua se llevaba la mugre y su ropa vieja, se desnudó y cambió a la vera del río y se vistió con sus ropas limpias pero usando el nombre de otra persona: Ingrid cruzó con papeles comprados. Cuando llegó a Migraciones, el policía —ancho, blanco y en uniforme azul— la miró con desinterés.

—¿De dónde vienes?
—De Honduras.
—¿Por qué vienes?
—Turista.

Un tiempo después sus papeles ya no servían pero ella ya estaba en Silver Spring, una ciudad dormitorio de Maryland, y trabajaba. Primero barrió oficinas, luego pasó a un restaurante de comida rápida, más tarde —y por varios años— en el edificio donde vivo yo. Allí nos conocimos, allí encontró en mi hijo un pedacito de los suyos, que ya tienen doce y diez años y a los que, desde 2005, ve crecer a través de Skype. Allí, en casa, fue donde una mañana de domingo me miró con la cara de los entusiastas: la sonrisa reventándole los cachetes.

—Orfilia, la Mélita, mi hermana: me la estoy trayendo.

***

Es simple: uno aprende de lo que vive. Los pobres más pobres de Centroamérica se montan a “La Bestia”, el tren de carga que corta México de sur a norte, y donde a muchas las violarán y a muchos los asesinarán. Los que tienen dinero, se montan a los aviones. Ingrid cruzó México como un migrante de clase media: juntó siete mil dólares para ganarse el derecho de clavar el trasero en tres autos y llegar, con documentos, hasta la capital de Estados Unidos. Para ella no hubo narco, para ella no hubo secuestros, para ella no existieron decapitaciones. Nadie abusó de su cuerpo y una familia de coyoteros se la llevó a dormir en un cómodo sofá en la sala de su casa de dos pisos y cinco habitaciones.

¿Por qué no iba a ser igual para Orfilia y Édgar?

***

¿A quién pertenece una vida, si a alguien le pertenece?

Llamo a Ingrid: encontraron a Orfilia, le digo. Está detenida en Falfurrias, tal vez la trasladen a Port Isabel, unos kilómetros al sur y sobre la costa, a tiro de Matamoros. Parece que está bien. Fue ayer mismo.

Es la primera vez en mi vida que me alivia que alguien que no es un criminal esté preso. Las dos medialunas del insomnio de Ingrid me impresionaban a mí —y yo las porto a diario—, pero esa noche, tras la charla, la mujer pegó un ojo: dejó el otro abierto para esperar noticias de Édgar.

Pero primero, esa tarde, por teléfono, cuando ya le había contado todo lo que sabía de su hermana por la cónsul, ella me abrió los ojos a mí.

—Don Diego —dijo—, usté me sacó las ganas de llorar.

Estaba solo en casa; mi mujer y Teo jugaban en el parque. Corté y me fui al cuarto. Vivo en un piso dieciséis: desde mi ventana se ven Somerset, Bethesda, los bosques de Maryland. Bebo un aire limpio todo el puto día. Mucha luz.

Mi excusa será ésa: tanta claridad daña el iris. Lloré como hacía años no lloraba.

***

Llega un e-mail de Lara, el activista del sur. Asunto: “Preguntas para pelear los casos”. Me pide los nombres, las fechas de nacimiento, el número de los casos de deportación de Orfilia y de Édgar. Cuándo entraron a Estados Unidos. ¿Vinieron con visa, los atraparon en la frontera? ¿Hay, por si acaso, algún miembro de la familia —hijos, esposa o esposo, parientes— que sean ciudadanos estadounidenses? ¿Residentes? Las últimas líneas eran para preguntar si los detuvieron por un cargo criminal, y, si era así, cuál.

El activista, Lara, es voluntarioso. Me dice que “lo más importante” es que Ingrid esté dispuesta a participar en el caso, y también la familia, de manera pública, así sean indocumentados. “Mucha de la presión viene de la participación de los medios y en la comunidad”. Estoy de acuerdo, lo veo a diario: los Dreamers de Arizona, un vasto grupo de jóvenes que busca convertirse en ciudadanos plenos, son máquinas de producir hechos para que los medios presten atención. Charlas, conferencias, talleres. Manifestaciones. Estuvieron detrás de la gran marcha hispana, en Washington y a mediados de abril, por la reforma migratoria. Sus seguidores, convencidos de estar en el camino correcto, se pasean con playeras que dicen “Soy indocumentado” por las mismas calles de Maricopa County que patrulla el sheriff Joe Arpaio, un perseguidor fiero de migrantes sin papeles. Erika Andiola, su vocera más conocida, una chica de veintitantos que llegó de México con menos de doce, se plantó frente a la cámara de su computadora y se grabó en llanto pleno minutos después de que el ICE se llevara detenidos a su madre y hermano en la puerta de su casa, en Phoenix. Su video se hizo viral en YouTube, ella organizó en la noche a veinte activistas y en menos de cuarenta y ocho horas congresistas, representantes y los medios tenían correos, gente con pancartas y tuits saltando frente a sus ojos. El hermano fue liberado de inmediato y la mamá unas horas más tarde, cuando el autobús en el que la deportaban ya rodaba rumbo a la frontera. Eso es activismo, compromiso, lo que llaman —con todo derecho y razón— la lucha.

“No sé su disposición a hacerse pública —respondo al activista—. Ingrid es tímida y tiene miedo”.

No le dije que le aterra respirar cerca de un policía. Lara, el activista, me pide que hable con ella, y yo, ese mismo día, hablo.

***

Literalmente, hablo. Solo. Un monólogo.

—Es así, Ingrid: si apareces en los medios, puede ayudar al caso. No hay certeza, claro —reculo—, de que los liberen, de que se queden. Pero he visto cómo operan las organizaciones, y logran que el caso se haga conocido. Eso puede ayudar.
—…

Ingrid está en el corte del almuerzo, trabaja a una calle de mi edificio.

—¿Por qué no vienes a casa y te doy detalles?
—…
—Eso sí, claro, debes estar convencida para hacerlo. ¿Te parece?
—…
—En fin, ven y te cuento. Pros y contras. Avísame.
—…

***

La primavera comenzó en fecha. Los árboles tenían pequeños brotes verdes, listos para reventar, pero entonces, un día, de la nada, un océano de frío bajó de Canadá, y nevó. Cinco centímetros de película blanca después, el verdeo estaba reseco y las ramas de los árboles volvían a ser pelados huesos negros.

Una semana más tarde, ya con un sol amable, vuelven a asomar. Sé que las plantas son sensibles pero evito exagerar y, sin embargo, creo que tienen miedo de mostrar mucho.

Uno aprende cuando se quema, sí, pero después del invierno algo siempre debe florecer.

***

Una fea interpelación, ésta: ¿qué hace uno cuando sabe que debe hacer lo correcto pero no puede o —tal vez, quizá— no quiere? Varias veces un día Ingrid marcó mi número y yo lo dejé sonar. Debía escribir, trabajar, editar; se me iban como viento las horas persiguiendo burócratas, señoras, señores. Ocuparme de alguien más me superaba. Varias veces y varios días, dudé de mandar un e-mail, me eché atrás en la silla, miré por la ventana para decidir si seguía o no. Pero entonces recordaba a mi hijo y veía a Ingrid con él, aún dominada por el insomnio y el miedo, y volvía a tomar aire.

De tanto en tanto, antes y después de esas horas negras, Ingrid me ha llamado para contarme detalle de cada cosa que hace, la mayoría intrascendente, ruido en la línea, los minutos de la basura.

—Y usté, don Diego, ¿qué piensa que debo hacer?
—¿Qué le parece, don Diego?
—¿Don Diego, qué?

Y yo, bueno.

La impotencia es un río crecido. Paraliza y arrastra, ahoga. Cada brazada para salir puede hundirte más.

***

Se acaba marzo, e Ingrid tiene un abogado en DC. Habló con él. No sé cómo lo encontró. (Me lo dice, pero lo olvido: estoy escribiendo un libro, ayudo en la edición de otro, preparo dos textos para dos revistas, negocio tres: mi demasiado poco importante vida; mi excusa.) Le reitero que tengo un e-mail para que se mueva, que hable con medios, que dé información.

—Yo tengo dos parientes que son residentes —responde—. El tío Carlos, que vive en Nueva York, y un medio hermano, Johnny.
—Tal vez eso pueda ayudar a tu hermana y tu sobrino.
—¿Usted cree? ¿Los podrán sacar?

En esos días, llamo al consulado de Guatemala en McAllen. La cónsul, que había sido amable y solícita a mis anteriores pedidos de periodista, no está disponible. Dos veces en una junta; fuera de la oficina, la otra. El personal me resuelve la duda: Édgar. Ocupados con Orfilia, por varios días nadie supo del chico. Ingrid me lo recordaba a diario y yo a diario entraba a la web de los agentes fronterizos del ICE. (Paréntesis: las siglas ICE se escriben en inglés igual que la palabra “hielo”. Fin de paréntesis.) En vano ingresaba variantes de su nombre en la pestaña de búsquedas. Édgar Nufio. Édgar Villanueva. Alexander Villanueva. Édgar Alexander, Alexander Édgar. Édgar (o Alexander) Nufio-Villanueva. Alexander Nufio, Nufio Alexander. Cero. El chico no existía.

Fue una secretaria del consulado, Ema, quien lo sacó del limbo: Édgar está preso en San Antonio. La noticia me relaja —no pregunto cómo lo supieron ni qué pasos siguen—, cuelgo y llamo de inmediato a Ingrid, que se contenta, la voz otra vez fresca.

—Ay, Dios mío.

En medio de la charla, en el entusiasmo, vuelve su interés hacia mí. No tiene documentos en el país, la atemoriza cualquier autoridad, no habla inglés ni sabe manejarse con internet ni las burocracias. Soy, para ella, el cabo seguro. Me pide que siga, que no me detenga.

—Usted sabe, don Diego.
—Yo…
—Yo le pago.
—Ingrid, por favor…
—Le pago, don Diego.

***

Dinero.

O cifras. Mientras los que discuten cuentan la plata y los votos, la crisis humanitaria espía por la ventana: no parece invitada a la sesión. Por mucho tiempo, las personas que cruzan las fronteras pueden ser aritmética para lanzar sobre la mesa de un campeonato de matemática política. Migrantes indocumentados que viven en Estados Unidos: 11.5 millones. Mexicanos apresados por migraciones: un millón en 2002, la mitad en 2011. Guatemaltecos: 8300 en 2002, casi cinco veces más en 2011. Niños que llegaron sin documentos al país: 1.7 millones. Personas muertas tras cruzar la frontera: 5600 entre 1984 y 2009. Deportados en 2011: 392000. Retornados a su país sin juicio de deportación, mismo año: otros 324000. Convictos deportados en 2012: 191000.

Balance neto de la migración indocumentada: positivo. Dicen los liberales de Brookings Institution: cuesta en impuestos por uso de servicios, pero la migración de desempapelados genera mayor volumen de ingresos asociados, eleva la productividad, baja los precios de la economía, sube la demanda. Dicen los conservadores del Cato Institute: si se legalizaran los inmigrantes poco calificados, la economía sumaría ciento ochenta mil millones de dólares en diez años.

Dinero.

En 2011, por una ley que persigue a los migrantes indocumentados, el estado de Alabama perdió ochenta mil trabajadores agrícolas y negocios por once mil millones de dólares, de acuerdo con un estudio de la Universidad de Alabama. Nadie quiere ir al campo excepto el que cruza jodido del otro lado. Alguien tiene que hacer el trabajo de alimentar a otros.

Dinero.

Y sí: tenemos que sentir la crisis pero también debemos pesarla, medirla, contarla. Y cortarla y venderla en trocitos digeribles para no atragantar.

Hablar de la gente es más difícil que eso: las historias se repiten tanto que parecen ya una sola. Otra vez: lo que se repite se normaliza. Nos acostumbramos a la brutalidad.

***

Lunes: llamo a la oficina del activista Benigno Peña en Texas.

Consigo el teléfono del Proyecto Libertad: trabajan —o trabajaban— con inmigrantes centroamericanos. Si alguien puede dar soporte local a Ingrid en Texas, es gente que ha manejado casos de hombres, mujeres y niños de El Salvador, Honduras, Guatemala y Nicaragua. Circulo el número: tengo ya siete asociaciones que pueden estar a disposición de la familia.

Llamo al Pro Bono Asylum Representation Project (ProBAR), otro centro de asistencia legal a centroamericanos. Un chico joven busca los datos de Orfilia y Édgar. No encuentra nada que yo no sepa. Repito lo mío: que busco asistencia legal, que el dinero de Ingrid es poco, que no tiene a nadie en el sur. Toma mis datos —lo hace de buen modo, todos lo hacen de buen modo: nunca he visto tanta delicadeza— y sugiere que también pruebe en DC, que hay muchas organizaciones, que allí el cabildeo latino está creciendo, que la Iglesia católica, que los activistas, que…

Por darle una noticia —por decirle algo—, cuento a Ingrid que tengo más teléfonos de activistas, amigos que se ofrecen a ayudar, abogados, periodistas, mi mundito. Ingrid ha venido a casa en una escapada del trabajo. Viste los jeans ceñidos y la camiseta blanca de siempre y, encima, el mismo delantal azul de las muchachas que trabajan en cualquier casa de la ciudad de México. En el bolsillo del delantal trae el handy del trabajo —Robert, Robert… I need a screwdriver— y una bolsa de nylon con fotos: Orfilia y Édgar.

Por primera vez los veo. Hasta entonces, mi proyecto de bondad social era una descripción en palabras, nada de qué asirse. Ahora mis aliens favoritos son una imagen en papel mate; empiezan a parecer reales.

Orfilia viste como Ingrid: jeans pegados al cuerpo, tank top azul, el cabello negro apenas por encima de los hombros. Parece baja. Tiene los ojos negros ¿desanimados, aburridos, cansados, distantes? Está en una plaza, abraza a una niña: Vanessa, la hija de Ingrid. Vanessa sonríe y sonríe lindo; Orfilia no hace una mueca. Detrás de las dos mujeres hay una iglesia blanca, un árbol mediano y flores rojas y amarillas. Hay sol; es algún lugar en Guatemala.

Édgar viste una toga y un birrete con borla de color negro. Es su graduación, un día de 2011. Édgar estudió en el Instituto Tecnológico Henry Ford de Esquipulas, un terciario donde enseñan mecánica automotriz y dibujo técnico y de construcción. En una de las imágenes camina por debajo de una guardia de banderas y parece sorprendido por la toma. En otra, mira a la cámara con el mentón elevado y los párpados semicaídos, como si desafiase a algo. A la vida, tal vez —es tan joven.

Envío esas fotos a una colega de Impacto Latin News de Nueva York, un periódico latino, y en pocas horas ella las sube a la web y las transfiere al National Council of La Raza, a la red de activistas Presente y a la organización de abogados para latinos MALDEF. También subo un recorte de los rostros de los chicos a mi muro de Facebook y, junto a las imágenes, escribo una nota para contar las últimas noticias y agradecer a quienes han ayudado con contactos y, sobre todo, tiempo.

Entonces, de repente, la incomodidad.

Amigos y conocidos, movilizados por la historia que narro en setecientas palabras, hablan de mí como “un gran ser humano”, admiran mi compromiso, aplauden mi ayuda.

“Gracias, Diego, por tu sensibilidad”, dice Analía.

“Grande lo tuyo”, exagera Daniel.

“Diego Fonseca es alguien muy especial”: mi querida Pilar Marrero, de La Opinión en Los Ángeles.

“Gigante”: mi hermana Paula.

“Ahora Orfilia y Édgar sabrán de ti, y así cada vez más gente”: Blanquita, fuerza natural.

“Enorme”. “De gran nobleza”. “Qué bueno que estabas cerca de Ingrid”.

Me muevo en el asiento, se me hace un nudo la lengua: yo no hice nada más que hablar por teléfono varias veces y, si algo logré, fue gracias a contactos ajenos, nunca míos. No lo hice por compromiso con la humanidad: fue interés propio activado por carácter transitivo. Me gusta ver feliz a mi hijo y Teo lo es cuando juega con Ingrid, y no quiero ver mal a Ingrid porque, si ella está mal, mi hijo no está bien. ¿Puede el egoísmo ser una forma de la solidaridad?

***

Pasa un fin de semana, caen otros días.

Llamo a Ingrid por novedades de Orfilia y Édgar. Ha de estar limpiando oficinas en el edificio North Park porque la llamada entra directo al buzón de voz.

El mensaje de bienvenida no tiene su voz. Es Prince Royce cantando “Stand by Me”, de Lennon.

“When the night has come

And the land is dark

Y la luna es la luz que brilla ante mí

Miedo no, no tendré, oh I won’t, no me asustaré

Just as long as you stand, stand by me”

El valor de los contextos: un mes antes, ni una de esas líneas me significaba nada.

***

Ya no hay más abogado: ahora es abogada. Se la recomendó el suegro de su hermana Anita, la mamá de Édgar.

—Es de confianza —me dice Ingrid—. Hace cuatro años, a él le sacó a dos sobrinos de la cárcel.

Orfilia lleva más de dos semanas en el East Hidalgo Detention Center de La Villa, Texas. La abogada habló con ella el jueves 4 de abril.

—Vive en Houston, la abogada. Yo le dije todo lo que usted me dijo. Le pasé todos los datos y los números de cada caso. Así no le costó encontrar a los patojos, pero, de sacadita, para verlos y por charlar, me cobra mil quinientos dólares.

(¿Dijo “mil quinientos dólares”?)

—Voy a luchar, don Diego. Dios me ayudará a que salga bien. La cosa es que estos cipotes se queden.
—¿Cipotes?
—Así es, con “c” de zapatos.

Ingrid ríe.

—Bueno, la abogada habló con mi hermana, la Mélita, y evitó que la deportaran, vea. Ella ya había firmado una hoja a la policía y fíjese que hasta eso le ayudó.
—Qué bien, estás contenta, ¿no?
—Contenta, sí.

Pero, ahora, Ingrid no ríe.

—¿Usted sabe, don Diego, que ni cobija le dieron a la Mélita en esa cárcel ingrata? Ayer recién le dieron la primera sábana. ¡Santo Dios! Me quedé sorprendida y asustada. ¡No tenía cómo taparse ni un dedo de los pies! ¿Hace frío allá?

Digo que no mucho, pero igual siempre es bueno tener algo para la noche.

—Hay que pedirle a Dios que nos ayude, don Diego.

Eso, que dios, que no creo, ayude.

—Del que sigo sin saber nada es del Edgardito. No sé dónde lo pasaron, no estaba con la Mélita. El lunes la abogada va a ver qué pasa. ¿Usté puede ver algo?

Digo que sí: estoy frente a la computadora. En el Sistema de Detección en Línea de Detenidos del ice tipeo “205-320-XXX”, el número en que Édgar se convirtió. La página me pide un captcha y, en nada, responde:

“Not in custody”.

—¿Y eso, don Diego?

Trato de ser cauto. “Not in custody”, explico, significa una de cuatro opciones: que Édgar —”el individuo”— fue liberado de la custodia del ice porque “dejó voluntariamente” Estados Unidos, porque su caso está pendiente, porque su caso fue resuelto y recibió permiso para quedarse en el país o porque fue transferido a otra agencia de la ley.

Ingrid ya no ríe.

—¿Y eso significa que me lo han enviado de vuelta al Edgarcito?

Elijo seguir siendo cauto: lo mejor es no apresurarse, digo, la abogada debe saber más.

—Lo importante es que el chico sobrevivió al desierto y a todo lo malo que pudo pasar. Y si quiere, puede volver a intentarlo.

Ingrid, de súbito, parece sonreír.

—¡Quiere! Cuando estaban en McAllen, me dijo clarito: “Si caigo, tía, yo me regreso”.

Yo no sé si reír o no.

***

A las 9:08 pm del viernes 5 de abril, cuando los Houston Rockets comienzan a bombardear balones a la canasta de los Blazers de Portland, entra un SMS al celular de mi mujer:

Mujer.buenasnochez.lecuento.que.Ace2.minutos.meyamo.mi.hermana.quebayegando.su.hijo.aguatemala.

ya.esta.consufamilia.El.muchacho.

La barba de James Harden atropelló a Houston, 116-98. Buena noche, buen juego.

No llamé a Ingrid.

Días sin noticias. Hablo con Ingrid, por hablar.

—¿Te acuerdas que una vez me dijiste que querías traer a tus hijos? ¿Sigues pensando igual?
—¡Ay, cállese! Mejor me estoy quieta o me van a terminar de matar los sustos. Ganas no me faltan. Si lo que daría porque mis niños estuvieran aquí. Si cuando yo voy a su casa, don Diego, es una alegría muy grande recibir un abrazo y un besito del niño. ¿Me le manda un beso a mi niño, vea?

***

“¿Recuerdas cuando dije que te iba a explicar acerca de la vida, amigo? Bueno, la cosa acerca de la vida, es que se pone rara. La gente siempre está hablándote de la verdad. Todo el mundo sabe siempre cuál es la verdad, como si fuera papel higiénico o algo así, y ellos tienen proveedor en el armario. Pero lo que aprendes, a medida que envejeces, es que no hay ninguna verdad. Todo lo que hay es una mierda, y perdona mi vulgaridad. Capas de mierda. Una capa de mierda encima de otra. Y lo que haces en la vida cuando te haces mayor es escoger la capa de mierda que prefieras y ésa es tu mierda, por así decirlo”.

En Héroe por accidente, Dustin Hoffman es el perdedor más convincente que he conocido y su nombre dignifica y sintetiza la derrota —alguien que se llama Bernie Laplante debe esforzarse mucho para triunfar en algo.

Laplante fue un héroe muy a su pesar: salvó a varias personas de morir en un accidente de aviación. Los medios le dieron el crédito a John Bubber, más joven, más televisivo, más vendedor. Laplante no se quejó: lo suyo era evitar figuraciones innecesarias. Derrotarse solo antes de ser derrotado.

“Tu padre es Bernie Laplante —dijo un día la ex esposa al hijo de ambos—. Va en contra de su religión asomar la cabeza”.

No me siento ni uno ni otro —no me dejo ganar fácilmente por mi Bernie Laplante interior ni tomo crédito que no me corresponda como John Bubber— pero no puedo borrar el recuerdo de Héroe por accidente desde el día en que, tras pedir ayuda por Facebook para Orfilia y Édgar, mis amigos y conocidos convirtieron a mi Bernie Laplante interior en mi John Bubber público.

Por ese runrún, desde que supe sobre la situación de Orfilia y la deportación de Édgar, no volví a publicar nada en Facebook ni en Twitter. No quiero —aunque no sé si no lo haré nunca—. Sé, sí, que he ayudado, que he sido el gránulo en la masa arenosa, pero también sé que pude abrir puertas porque quienes conocen sus cerraduras me dieron las combinaciones. No he hecho nada que alguien más con dos segundos de tranquilidad no hubiera hecho. Me asignaron informalmente la incomodidad del salvador cuando lo que sucedió fue una sucesión de decisiones individuales dentro de una red.

—Lo mío no fue nada heroico —al fin le digo a Ingrid una tarde, un poco cansado.

Ella no duda.

—Para mí, sí.

Yo no quiero escuchar. En ese momento, sí quiero actuar como Bernie Laplante: separarme del asunto, dejar todo en manos adecuadas. ¿No es acaso, Ingrid, la verdadera heroína? ¿No es ella quien dio cada paso por esos chicos, quien perdió el sueño, empeñó sus ahorros, lloró lo indecible, le rezó a su Dios y a sus santos?

Por primera vez en mucho tiempo, Ingrid habla en un tono decidido.

—Vea, yo en este momento tengo delante esta estampa: “Yo soy el pan vivo bajado del Cielo. El que coma este pan vivirá para siempre. El pan que Yo daré es mi carne, y la daré para la vida del mundo”. Cuando todo esto empezó yo llamé a su señora esposa y ella me dijo que le hable, que usted sabría ayudarme. Y ese día que le hablé mis ojos se llenaban de agua, don Diego. Pero desde ese día que usted averiguó de la Mélita y del Edgarcito, yo ya me sentí diferente. Mejor. Así que para mí sí fue importante. Que Dios me lo guarde, don Diego.

Dice John Bubber a Bernie Laplante, cuando éste lo convence de que asuma su rol como el héroe involuntario:

“Entonces, ¿no quieres el crédito?”.

Responde Laplante:

“Yo no tomo crédito. Soy más de efectivo”.

Psss.

***

Devolvieron a Édgar a Guatemala hace más de una semana e Ingrid no llamó una sola vez. Marqué un par de veces, di siempre con Lennon: la casilla de mensajes de voz estaba llena. Finalmente, la tarde calurosa de un miércoles de abril, Ingrid levanta mi —¿cuarta, quinta?— llamada. La abogada ya manejaba todo, pero tampoco había grandes novedades de su lado. Cuando las tuviera, le dijo, se las informaría. Ingrid —y el caso— entraban en el balanceo suave de los barcos anclados, sometidos a lo que el clima —la ley— dicte. A mí también me mecía: había tomado distancia desde que la abogada manejaba el caso. Era lo que quería, al cabo, pero, igual, no podía dejar de llamar a Ingrid, como si no hubiera otra cosa que hacer —como si fuera a hacer otra cosa.

—¿Hablaste con tu hermana?

Ingrid responde corta de palabras.

—Ayer, don Diego.
—¿Y?
—No mucho. Nada.

Demasiado corta de palabras.

—¿Nada?
—Bueno —parece revolverse incómoda, como si hablase con alguien a su lado: como si no quisiera hablar conmigo—, usté sabe lo que dicen, que lo que uno habla lo graban…

Esto supongo: Ingrid cree que alguien puede estar grabándonos también. La idea se me cruza como un golpe de viento: mi barco se sacude un poco, inquieto e inseguro.

—Ah —respondo.
—Sí.
—OK. Entonces…
—Bueno…
—¿Hablamos, no? Acá, en casa, digo, no sé…
—Sí…
—Digo, no por teléfono.
—Sí, sí, claro. Claro. Claro.
—Hasta luego, Ingrid.
—Hasta luego, don Diego.

Ingrid cuelga y yo me quedo en la línea esperando oír un segundo clic, el de los espías. Lo único que escucho es el eco de mi respiración en el vacío que deja una llamada terminada. Barcos hundidos.

Édgar está con su familia, en casa, cobijado. Pero no es un lugar en el que quiera quedarse: años atrás, su padre, el primer Édgar, fue asesinado por dos sicarios. Le dispararon por la espalda cuando entraba a la iglesia. Un medio hermano comenzó a llamar a Anita, la hermana de Ingrid y mamá de Édgar, para pedirle dinero a cambio, decía, de permitirle vivir: si no estaba tras la muerte del marido, estaba tras lo que quedase. Anita tomó a sus hijos y se marchó de la ciudad. Édgar no quiere nada de aquella suerte. Si dice lo que dijo, se volverá a jugar la vida en el desierto. Falfurrias parece dar más chances de sobrevivir que su pueblo en Guatepeor.

La estadía de Orfilia puede tomar meses, pues, con su abogada, la patoja ha desafiado el proceso de deportación y discute quedarse. Casi a mediados de abril, Orfilia pasó de East Hidalgo Detention Center, en La Villa, el complejo de quince barracones rectangulares casi en el límite de Texas con México, al T. Don Hutto Residential Center, una cárcel privada para mujeres inmigrantes que es el cuarto empleador de Taylor, un pueblo de catorce mil habitantes, unos kilómetros al norte de San Antonio. En aquel pueblo, donde aun predominan los blancos de ascendencia eslava, la cárcel es territorio latino, dentro y fuera. Sus directores se llaman Enrique Lucero y Francisco Venegas.

Intento informarle a Ingrid que su hermana ya no está en La Villa sino en la cárcel de Taylor, pero, cada vez, me topo con la barrera de la casilla de mensajes. Cuando pasa, allí está otra vez Prince Royce cantando a Lennon, diciéndome “Stand by Me”. Sin embargo, un jueves, la canción se me presenta más breve.

“When the night has come

And the land is dark

Y la luna es la luz que brilla ante mí”

Y ya. Faltan los versos finales:

“Miedo no, no tendré, oh I won’t, no me asustaré

Just as long as you stand, stand by me”

“No tendré miedo, no me asustaré, mientras estés a mi lado.”

La providencia —o mi estupidez o mi culpa o la tonta casualidad— me hacen creer que hay un feo mensaje allí. Que, por un lado, mi tibieza tal vez ya no sea necesaria para Ingrid y Orfilia, y eso resultaría muy cómodo para mí. O bien, en el peor de los casos, que el miedo y el susto ganaron la partida. Y eso sería siempre incómodo para todos.

¿Pero puede haber mayor tedio que una crónica mesurada? La sensatez, tan útil para decidir que el mejor colegio para los niños es el que está más cerca de la casa, es un narcótico literario.
Palmeras de la brisa rápida (Alianza, 1989)

El animal del reportaje

Juan Villoro Ruiz pasó la primavera de 2012 en Barcelona. Viajé para seguirlo la última semana de su estancia en aquella ciudad en la que impartió un curso del máster en Creación Literaria de la Universidad Pompeu Fabra. Me intrigaba conocer, entre otras cosas, por qué un controvertido genio, poco elogioso, de nombre Roberto Bolaño, lo definió como un escritor que con el paso de los años no se había convertido en cobarde ni caníbal.

El último día de la persecución lo acompañé al aeropuerto El Prat para que se subiera a su avión de regreso a la ciudad de México. Antes de que entrara a la sala de abordar, nos sentamos en una cafetería de paninos con pequeñas sillas plateadas, en las que la altura y corpulencia de Villoro resaltaban aún más. Puse la grabadora sobre la mesa y la encendí para registrar el relieve acústico de su voz calculada y estereofónica. “Qué bueno. Ya era hora de que grabaras algo”, me dijo con una sonrisa irónica, al inicio de aquella conversación, la única que guardé en mi vieja Olympus tras varios días a su lado en Barcelona. Esa entrevista en forma, con una duración de apenas cincuenta y cuatro minutos y treinta y siete segundos, debí comenzarla improvisando la pregunta de si él grababa siempre a sus entrevistados. “Casi nunca oigo lo que grabo, porque lo que recuerdo es lo importante. Pero grabo por una cuestión casi jurídica”, respondió.

Villoro suele hablar con un amable tono pedagógico sobre todas las cosas. Sabes que te está dando una cátedra de algo pero no te apabulla con su conocimiento. El escritor Javier Marías ha resaltado los tremendos poderes de persuasión —seducción incluso— de Villoro, así como su mordiente ironía. Es claro que encarna un caso inusual: “El de poseer una inteligencia sin vanidad”, de acuerdo con Julio Villanueva Chang, editor de la revista Etiqueta Negra. Villanueva Chang también dice que Villoro ha hecho suyo el credo de Gay Talese: “Decir la verdad sin ofender”. Otro atributo de la conversación casual de Villoro es que puede producir frases sumamente poderosas: aforismos que siguen la tradición de Georg Christoph Lichtenberg, escritor del siglo XVIII al que Villoro ha traducido del alemán al español. Lichtenberg es una de varias influencias de la cultura alemana que le fue inculcada desde niño por su papá.

Luis Villoro Toranzo, nació en Barcelona en 1922, y en su juventud viajó a París para estudiar primero en La Sorbona y luego en Múnich, donde se matriculó en la Ludwig-Maximilians-Universität, de la desaparecida República Federal de Alemania. A sus noventa años, Villoro Toranzo es uno de los filósofos mexicanos más respetados. Aunque lleva meses en convalecencia, todavía cuenta con energía para sostener correspondencia pública con el subcomandante Marcos, líder del Ejército Zapatista de Liberación Nacional (EZLN), la organización política-militar que considera al papá de Juan Villoro como uno de sus principales referentes. Villoro Toranzo también cuenta aún con un estómago adecuado para comer un tamal mientras mira por la televisión la entrega de los premios Oscar en compañía de su hijo. En ocasiones pregunta acerca de los conceptos que él mismo desarrolló en sus libros, algunos de los cuales olvida a ratos a causa de su padecimiento. Ambos comentan, sobre todo, temas recurrentes del pensamiento de Villoro Toranzo, como su análisis crítico de la ideología.

Si la prosa del Villoro escritor va de forma vertiginosa directo al descubrimiento (y el trayecto al descubrimiento suele ser aún más revelador), la del Villoro filósofo hace el rodeo revelador: “Quien está preso en un estilo de pensar ideológico no tiene por qué aceptar que su creencia se deba a intereses particulares, porque él sólo ve razones. En realidad, si aceptara que su creencia es injustificada y que sólo se sustenta en intereses, no podría menos que ponerla en duda. Por eso la crítica a la ideología no consiste en refutar las razones del ideólogo, sino en mostrar los intereses concretos que encubren”.

En la entrevista del aeropuerto El Prat pedí a Villoro hablar de otras diferencias entre la escritura de él y de su padre. “Como no soy filósofo, sino escritor, soy fácilmente chismoso, porque es obvio que a un escritor lo que le interesa es la vida privada de las personas. Contar historias singulares, meterte donde no debes. Y también como periodista, pues muchas veces conoces a las personas no sólo por sus ideas o sus posturas, sino por sus tentaciones más bajas, y es más difícil respetarlas”.

Antes de que acabara la conversación en el aeropuerto —durante la cual, sin que lo supiéramos, Josep Guardiola provocaba un cisma en Cataluña al anunciar su renuncia como entrenador del Futbol Club Barcelona—, comenté a Villoro que en México buscaría a su mamá, Estela Ruiz Milán, para entrevistarla.

“¿Seguro? Si lo haces, ella va a querer escribir esta crónica”.

***

La primera crónica en forma que publicó Villoro apareció a finales de los años setenta en la revista semanal del Palacio de Bellas Artes. El personaje central de su historia fue el autor de “El dinosaurio” (“Cuando despertó, el dinosaurio todavía estaba allí”), el célebre cuento breve, tan relacionado con el México actual y sus inesperados vaivenes y la reaparición de la nomenclatura y burocracia del PRI que inspiraba en aquellos años más microrrelatos, como el del interminable título “Tú dile a Sarabia que digo yo que la nombre y que la comisione aquí o en donde quiera, que después le explico”, el cual inicia así: “Era un poco tarde ya cuando el funcionario decidió seguir de nuevo el vuelo de la mosca”. Augusto Monterroso había sido maestro de Villoro en un taller literario de la UNAM, en el que también participaban el poeta infrarrealista Mario Santiago Papasquiaro y el periodista independiente Jaime Avilés, entre otros. A petición de Sergio Pitol, quien trabajaba en la revista de Bellas Artes, Villoro hizo su primer texto de no ficción. El entonces joven escritor no tenía duda alguna de su vocación como narrador de ficción, pero la experiencia periodística le gustó. Visualizó la oportunidad de no restringir sus curiosidades, la posibilidad de viajar más y la de contar con un pretexto legítimo para entrevistar a personas. También descubrió que del periodismo emergían experiencias secundarias que luego podían ser usadas en los cuentos que escribía en esos años.

Aquello sucedió hace más de tres décadas. Hoy no es raro que Villoro sea definido como uno de los principales periodistas mexicanos. Sus crónicas y conceptos al respecto son populares y respetados. Una de sus crónicas de largo aliento más recientes es 8.8: El miedo en el espejo (Almadía, 2010), en la que narra el terremoto que sacudió a Chile durante febrero de 2010, mes en el que Villoro participaba en un Congreso Iberoamericano de Lengua y Literatura Infantil y Juvenil celebrado en Santiago. El texto inicia así: “Mi padre siempre ha dormido en piyama. Lo recuerdo en las noches de mi infancia con una prenda azul clara, de ribetes azul oscuro, y así lo veo cuando lo visito en sus ochenta y siete años en sus ocasionales cuartos de enfermo”.

Y uno de sus conceptos periodísticos más populares gira sobre el ornitorrinco, ese raro animal mamífero, reptil y ave con el que Villoro equipara a la crónica, por el amplio catálogo de influencias que pueden nutrirla. El ornitorrinco que ha inventado Villoro para explicar un género de moda en el mundo literario es capaz de provocar discusiones públicas entre académicos y periodistas, lo mismo en Italia que en una provincia lejana de Argentina. O bien, ser retomado durante debates internos en periódicos del Distrito Federal como El Universal, en el que la recién creada revista Domingo estuvo cerca de ser bautizada como Ornitorrinco.

Esta misma crónica está estructurada a partir de los siete “animales” que Villoro propone en el ensayo aparecido en Safari accidental (Joaquín Mortiz, 2005). Por ello es que, a partir de este momento, el lector se encuentra frente a un ornitorrinco —es probable que no bien nacido— de mi experiencia con el escritor mexicano en Barcelona.

***

—¿Te sientes más afianzado en el periodismo que en la literatura?
—La verdad es que en ningún lado. Eso es lo interesante. Es como cuando te gusta una chava. Si te interesa, te pone muy nervioso, no se te ocurre algo absolutamente genial que decirle. Lo mismo pasa con los géneros literarios: el teatro pone unas tensiones distintas a las que te ponen los cuentos para niños o las crónicas. Además, las crónicas funcionan en el presente, entonces tienen que ser entendidas y leídas hoy, lo mismo la literatura para niños, que también apela a los niños contemporáneos. En ese sentido, me da gusto conectar. Pero en otros géneros sí puedes ser más caprichoso y posponer tus efectos. Decir: “Pues a lo mejor dentro de cuarenta o cincuenta años alguien va a entender esta novela”.
—En el mundo periodístico eres visto como un gurú.
—Yo tanto como gurú no me siento. El secreto de la vida es no tomarse muy en serio y jamás pensar que tú tienes una responsabilidad exagerada en tus espaldas.
—¿Es equivalente el compromiso ético de un periodista y el de un escritor?
—El compromiso ético del periodista es mayor que el del escritor. El escritor puede ser un hijo de puta y ser un genio, no tiene que rendirle cuentas a nadie y puede ser tan caprichoso como quiera, someter a sus personajes a todo tipo de torturas y deslealtades, lo importante es que el efecto sea bueno. Y puede tener una vida privada siniestra. No es que el periodista tenga que ser un ángel, pero lo que sí necesita de manera imprescindible es establecer un pacto de confianza con la gente: si a ti te van a decir cosas, deben poder confiar en ti, y tú necesitas tener una empatía con los entrevistados para entenderlos. Es decir, en el periodismo, las razones de lo que tú vas a escribir están en los otros, y eso es una muy saludable lección ética, porque te saca de ti mismo, te quita tus certezas y te demuestra que los demás tienen razón. Eso es central para mí.

El animal de la novela

Una novela que se limita al proselitismo es tan inútil como una arenga política que se percibe como un caudal de metáforas.
Los once de la tribu (Aguilar, 1995)

A la medianoche, en la calle Roger de Llúria, sobre la que se encuentra el departamento de Juan Villoro en Barcelona, todavía se percibe algo del ambiente del Día de Sant Jordi que se celebró el lunes 23 de abril de 2012. Jóvenes caminan discutiendo en catalán, mientras que en el suelo frente al viejo portón del edificio está tirado un racimo de tallos con las flores decapitadas. En el centro de la fiesta patronal están las rosas y los libros que los catalanes regalan a lo largo del día. La fecha coincide, además, con el aniversario de la muerte de Shakespeare y Cervantes. Villoro acaba de llegar a su departamento tras una larga jornada en el Día del Libro y de la Rosa, la cual terminó en un restaurante diseñado por Jean Nouvel, el mismo arquitecto francés que creó la sofisticada torre Agbar, a la que la arquitectura mental de los catalanes de a pie renombró como “El Supositorio”, por su anatomía cónica y redondeada de proporciones monumentales. Ahí cenó tapas con amigos y compañeros de El Periódico, uno de los dos diarios más importantes de esta comunidad autónoma española.

Durante el día, Villoro acudió a diferentes puntos de Barcelona a firmar libros para sus lectores. Entre las resonancias carnavalescas de una de las sesiones se topó al escritor Enrique Vila-Matas, amigo de antaño con quien en esta primavera parece que se dio un distanciamiento. Mientras ambos firmaban sus nuevos libros (Villoro, Arrecife, y Vila-Matas, Aire de Dylan), en algún momento, el autor catalán se acercó y le dijo que lamentaba que estuvieran molestos. Villoro le respondió que no sabía que lo estaban. El escritor colombiano Juan Gabriel Vásquez, que estaba presente, intervino de prisa diciendo que seguro estaban molestos porque el Barcelona había perdido el partido de ida con el Chelsea en la Champions League. Todos rieron. Al final de la sesión de firmas, Vila-Matas se acercó de nuevo a Villoro. Le dijo que no tomara a mal que no hubiera respondido un mensaje suyo para que leyera y le hiciera comentarios a Arrecife antes de imprimirlo. Villoro le contestó que no había ningún problema. Vila-Matas y Villoro, junto con el chileno Roberto Bolaño y el editor de todos ellos, Jorge Herralde, formaron un grupo compacto que se reunía de forma regular en ciertos bares de Barcelona. El grupo menguó porque Bolaño murió y Vila-Matas enfermó, y luego dejó la editorial Anagrama y firmó un contrato con Seix Barral, recién adquirida por Planeta. Villoro y Vila-Matas quedaron como dos personas que fueron amigos íntimos y ahora se llevan cordialmente y se respetan, aunque no se frecuentan.

Mientras Villoro recuerda aquella época que tuvo su auge en los alrededores de 2000, entra Martín Caparrós, quien pasa estos días en el departamento de Villoro. El escritor y cronista argentino viene de una fiesta en el Belvedere, precisamente uno de los bares de escritores en los que antes se reunían Bolaño, Herralde, Vila-Matas y Villoro. Caparrós platica que se encontró ahí al cantante Andrés Calamaro, quien ese día también estuvo dedicando ejemplares de un libro que publicó sobre su vida o algo así. Villoro le comenta que a él le tocó firmar al lado de un hombre llamado —no es broma— Mario Vaquerizo, esposo de la cantante Alaska.

Como los canapés del festejo del Belvedere eran inalcanzables, Caparrós va a la cocina a destapar una cerveza Coronita (el nombre que toma la Corona en España) y a prepararse un sándwich. El cronista argentino recién terminó un libro sobre degustaciones exóticas para la editorial oaxaqueña Almadía, el cual lleva como título Entre dientes, pero su trabajo más ambicioso va en sentido contrario al de la gastronomía extravagante: se trata de un gran reportaje sobre el hambre en el mundo. Es por ello que ahora está en Barcelona, donde planeaba pasar la mayor parte de 2012. Caparrós ha elegido esta ciudad como centro de operaciones para moverse desde aquí hasta la India y a algunos países africanos a hacer su investigación. Aprovecha los días en Barcelona para hacer crónicas de futbol que manda a El Periódico, en que Villoro lo ha recomendado.

Villoro y Caparrós comparten muchas más cosas que las páginas de El Periódico y este departamento de la calle Roger de Llúria en esta primavera: ambos hacen novelas y crónicas, ambos escriben de futbol, ambos han traducido a autores del siglo XVIII y hasta el nombre de sus esposas es el mismo: Margarita. Se han convertido en auténticos amigos.

En algún momento, desde la cocina, Caparrós pregunta sobre Bledos a Villoro. Éste le contesta que es un pueblo remoto que está en la frontera de San Luis Potosí con Zacatecas, México, en el que nacieron algunos de sus ancestros. Caparrós confiesa que durante la mañana espió su biblioteca y lo más raro que halló fue una tesis académica sobre dicho lugar. Cuando Villoro está a punto de explicar sobre Bledos, Caparrós se da cuenta de que se le quemó una de las rebanadas de pan con las que estaba por hacerse su sándwich. Maldice su suerte en argentino.

Una vez que vuelve a la sala, Villoro le cuenta que incorporó Bledos a El testigo, pero que en la novela lo renombró como Cominos. En el pueblito hay una hacienda que producía el mezcal Toranzo hasta que la Revolución mexicana acabó con el latifundio y la hacienda quebró. Hoy vive en ese lugar un primo de Villoro que es arquitecto. Lo cuida con una escopeta y una jauría. Un bull terrier llamado Droopy fue por años el vigilante más férreo que podía haber en la zona, asediada por bandas innombrables como Los Zetas. El día que murió Droopy, el primo de Villoro lo metió a una congeladora mientras iba a buscar a un yesero a la ciudad de Zacatecas para que le hiciera un monumento al guardián caído. El monumento a Droopy actualmente está ahí. Su historia podría parecer un invento literario, sin embargo, no lo es.

La plática con Villoro y Caparrós se dirige después hacia La Portellada, otro pueblo, éste de Teruel, en la franja catalana de Aragón, donde doscientos de los trescientos habitantes se apellidan Villoro. Ahí nació, un siglo atrás, su abuelo, el médico Miguel Villoro Villoro. Algunos de los Villoro de La Portellada se reúnen cada año aquí en Barcelona, en el bar Martín Villoro, al que el escritor va de vez en cuando. Villoro lleva una década interesado por su pasado familiar en esta región. En 2002 visitó La Portellada y publicó un artículo para El País titulado “El pueblo de tu nombre”.

Casi a las dos de la mañana, Caparrós se marcha a dormir al cuarto de huéspedes, mientras que Villoro se alista para hacer lo mismo. El escritor no usa pijama, a diferencia de su padre el filósofo. En cambio, se pone un pants gris deportivo de Newport y unas pantuflas blancas. Antes de meterse a su habitación, coge el teléfono de la cocina para llamarle a su esposa a México. Margarita, a quien Villoro llama “mi angelito”, le cuenta de su pequeña hija Inés y de otros asuntos del día, hasta que llega el momento en que comentan las noticias en México, que giran alrededor de la forma en que hacen campaña los tres principales candidatos de las elecciones presidenciales en puerta. Según una nota de Reforma que le platica Margarita, Enrique Peña Nieto, del PRI, lo hace con seis aviones a su disposición; Josefina Vázquez Mota, del PAN, con uno, mientras que Andrés Manuel López Obrador (el candidato por el que votarán Villoro y Margarita), del PRD, se traslada en vuelos comerciales.

El animal del teatro grecolatino

Defequé un líquido de una fetidez extrema. En cientos de cantinas he visto las blanduzcas y amarillentas cagadas de la dieta mexicana, como si padeciéramos una monomanía vegetariana. Lo mío era un chorro negro, intoxicado.
El disparo de argón (Alfaguara, 1991)

La mañana del martes 24 de abril, Juan Villoro permanece arrinconado en el comedor, frente a una pequeña mesa con una Mac negra que, a causa de tanto uso, ya tiene borrada la mayor parte de las letras del teclado. La amplia mesa principal del comedor está a su lado, sin que Villoro la use para escribir. Suele ocuparla su esposa Margarita para trabajar, mientras que, cerca de ahí, un cómodo escritorio ubicado frente a la ventana con la mejor vista del departamento, tiene crayones para colorear que delimitan la propiedad: fue asaltado y tomado por su hija Inés. Tres semanas atrás estuvieron aquí Margarita e Inés, durante las vacaciones de Semana Santa y la semana de Pascua. Luego se fueron, pero Villoro respeta sus dominios en el departamento de la calle Roger de Llúria y escribe en un rincón.

El escritor contesta sin parar un mensaje electrónico tras otro. Suele sortear peticiones para que haga prólogos a libros narcos o de literatura clásica, comente exposiciones de pintura o participe en programas de televisión. También para que dé entrevistas sobre teatro grecolatino o el PRI, imparta clases especiales en alguna universidad estadounidense, lea manuscritos de amigos, sea jurado, reciba premios, apoye causas perdidas y se implique en una larga lista de cosas que exigen una exagerada servidumbre. Sin embargo, Villoro es un escritor prolífico. Sólo su fallecido amigo Carlos Monsiváis podría competir con él en cuanto a omnipresencia.

En algún momento, Villoro detiene la marcha y se acerca a la cocina para prepararse el desayuno. No le molesta, pero tampoco parece que le entusiasme mucho la idea de que lo consideren sucesor de Monsiváis. Durante varios años, Villoro viajó con él a eventos de diversa índole, en los que Monsiváis era “el cronista” y Villoro “el joven cronista”. Lo mismo acudían a Londres para un encuentro de escritores que a una convención revolucionaria en el sureste de México. En agosto de 1994 fueron a la selva tojolabal para participar en el primer gran encuentro que organizó el EZLN con representantes de la sociedad civil. Monsiváis y Villoro fueron dos de los seiscientos invitados seleccionados por el subcomandante Marcos. Ese año de la insurrección chiapaneca, Villoro había sido invitado a participar como profesor en la Universidad de Yale, donde además de enseñar literatura latinoamericana, tomó un seminario con Harold Bloom y se lesionó el tobillo practicando esquí. En 1994 acudió a Chiapas con la intención de escribir una crónica que luego publicó con el título de Los convidados de agosto (un guiño a Rosario Castellanos). Villoro llegó a la selva con una férula, pero como Monsiváis sufriría la misma lesión el primer día del viaje al territorio zapatista, Villoro le prestó su férula, además de que le compartió las recomendaciones médicas puntuales que él mismo había recibido. La primera noche, cuando Monsiváis logró al fin meterse al sleeping bag, se sintió un genio y juró no volver a apoyar ninguna causa que no fuera urbana.

Una diferencia importante entre Monsiváis y Villoro estriba en que Monsiváis no escribió nunca cuentos ni novela. Aunque de esto último, al parecer, sí tuvo la intención. De acuerdo con Villoro, el escritor japonés Kenzaburo Oe, con quien coincidió en un evento celebrado aquí en Barcelona, le dijo que había conocido tiempo atrás a un escritor mexicano de nombre Carlos Monsiváis, quien le había platicado que estaba haciendo una ambiciosa novela sobre la fiebre del oro en Tijuana. Villoro le preguntó después a Monsiváis si lo que le había dicho el premio Nobel japonés era cierto o se trataba de uno de sus comunes divertimentos. Monsiváis reconoció que sí había intentado hacer esa novela en los setenta, pero no lo había conseguido.

La conversación sobre férulas lleva a que Villoro recuerde que debe conseguir zapatos nuevos antes de regresar a México. Sale a la calle a cumplir ése y otros pendientes. Tras unos cuantos pasos entra a una tienda de discos, donde suena un saxofón a todo volumen. Es la música de un cubano exiliado en Barcelona que se oye mientras Villoro busca la Sinfonía fantástica, de Berlioz, para llevársela a su hija Inés. “Es una buena forma de acercar a los niños a la música clásica”.

Después va a una tabaquería en la que compra un sello postal por cincuenta y un centavos de euro. El despachador refunfuña porque no encuentra en la caja todo el cambio compuesto por monedas diminutas que parecen de mentira.

—Ya casi no hay centavos —le comenta Villoro.
—No había, pero ahora con la crisis que tenemos, van a tener que salir como sea.

Villoro pega el sello en un sobre. Lleva adentro una factura con la que cobrará el prólogo que hizo a la nueva edición de un libro de Juan Carlos Onetti. Deposita el documento en el buzón de la esquina de la tabaquería y continúa su marcha hacia la zapatería Camper. Villoro y el despachador, que le da un par de zapatos número 11 americano, ríen mientras comentan que hay gente que llega y quiere darle cierto caché a su compra y pronuncia “Campér”, con acento en la “e”, como si fuera francés. En realidad, explica el empleado, el nombre de la marca Camper es un homenaje a los “campe-sinos” de Mallorca, la isla oriental de España donde se fabrican.

Tras renovar calzado, Villoro debe ir al barrio de las e-companies, en el que están las nuevas cabinas de la Radio Nacional Española, donde lo entrevistarán sobre Arrecife. El productor, un hombre tan expresivo como una piedra, lo espera en la cabina cuarenta y cuatro del piso cuatro del edificio, para enlazarlo a Madrid con el entrevistador. Villoro se ha puesto ya sus zapatos Camper nuevos y responde preguntas a lo largo de una hora: “Esta novela tiene que ver con la memoria y con la forma en la que nos relacionamos con el pasado”, “Me interesaba una novela en la que el narrador tuviera una memoria imprecisa”, “El miedo es en México nuestro mejor recurso natural”, “Los mayas mataban, no porque les pareciera gratuita la vida y fueran sanguinarios, sino, al contrario, porque tenían miedo de que todo el cosmos desapareciera, de que todo se muriera si ellos no ofrendaban lo más preciado, que era la sangre”. Villoro está sentado de espaldas a los operadores, con aparatosos audífonos bien puestos para escuchar a su entrevistador. Habla de forma animada. Va de un tema rebuscado a otro más simple con naturalidad. En algún momento menciona El Lado Oscuro de la Luna, no en alusión al disco de Pink Floyd, sino al programa radiofónico de rock que condujo en los setenta en México, una década en la que Villoro era estudiante de Sociología en la Universidad Autónoma Metropolitana, cuentista en ciernes y letrista del grupo Los Renol. Al fondo, por la ventana de la cabina ubicada en el moderno edificio, todo el tiempo suben y bajan elevadores cargados de personas elegantes. Villoro sigue hablando: “El 10% del lavado de dinero del mundo acaba en Londres, algo que casi no se sabe”, “Estos hoteles son como sedes interespaciales. Los habita gente que no quiere tener pertenencia alguna”, “Los arrecifes son tentaciones peligrosas. Aguas de peces hermosos, pero también de tiburones”. En comparación con El testigo, Arrecife es la apuesta de Villoro por la claridad: una claridad rodeada de cientos de desafíos morales que giran en torno a un asesinato cometido en un Caribe mexicano transformado en “Disneylandia con herpes o un Vietnam con room service”.

Luego de la entrevista, Villoro regresa a su departamento. En la entrada se topa con su amigo, el dueño de una tienda de comestibles junto al edificio de la calle Roger de Llúria. Sale al tema la bolsa de basura que al parecer ha dejado en la calle un periodista americano que vive en el mismo edificio. “Un periodista americano, pero no es Hemingway”, aclara Villoro. El periodista americano que no es Hemingway representa una pesadilla de veinticuatro horas para la mayoría de los inquilinos del viejo edificio. Se trata de un hombre que se pone violento con el ruido del aire acondicionado de los departamentos vecinos. Por ello, Villoro ha tenido que pagar tres revisiones, de cuarenta euros cada una, para disminuir más y más el ruido del suyo. Sin embargo, el periodista americano que no es Hemingway aún está insatisfecho. Una auténtica lata para todos.

Por la tarde, luego de la comida, la nueva parada quedará muy cerca de la Praça de Sant Jaume, donde están el Ayuntamiento y el Palau de la Generalitat de Cataluña. Villoro irá al Colegio de Arquitectos de Cataluña, en el que un pequeño comando conspira la creación de un círculo de lectores arquitectos catalanes. Uno de los miembros es su primo Joan Villoro, quien le ha pedido que participe en una mesa de discusión que servirá para ir calentando el asunto entre la comunidad local de arquitectos. Durante el trayecto, por la ventana del taxi se ve un grupo de fanáticos del Chelsea recién llegados a la ciudad. Como su equipo juega hoy en la noche contra el Barcelona, los hooligans están haciendo desmadre en las calles del Barrio Gótico. Villoro parece no darles importancia.

A la sesión inaugural del club de arquitectos lectores ha acudido poca gente. De hecho, casi hay el mismo número de exponentes que de público. “Es una sesión que empieza en familia”, justifica con buen ánimo Joan Villoro, cuando arranca el evento. El moderador es Gerardo García-Ventosa, director de la Caja de Arquitectos, quien presenta de forma campechana al Villoro escritor: “Aquí lo conocemos por sus escritos en El Periódico y sobre todo por el Premio Herralde. Yo, en lo personal, no lo conocí por su novela El testigo, sino por sus cuentos de Los culpables”. Comparten la sesión con Villoro el arquitecto y escritor Josep Maria Montaner, la historiadora de arte Raquel Lacuesta y el editor de una revista arquitectónica, Moisés Puentes.

Villoro habla de la importancia del espacio arquitectónico en el mundo de un escritor. Cuenta que viene del Distrito Federal, una ciudad en la que ni siquiera se sabe cuántos habitantes hay. “Preguntas y te dicen que entre dieciséis y veinte millones, un margen de error de cuatro millones, el número de habitantes que tiene una ciudad europea”. Después explica que Vladimir Nabokov ponía a sus alumnos a leer La metamorfosis, de Kafka, y les pedía que hicieran un plano de la casa de Gregorio Samsa. “No puede haber literatura sin espacio”. Más adelante habla de las bibliotecas de arquitectos que ha visitado. Por ejemplo, la de Luis Barragán, donde encontró invaluables libros de jardinería y de fortificaciones militares. Por ello, aboga para que los familiares de los arquitectos muertos de Barcelona donen sus bibliotecas y sus valiosos libros no queden desbalagados.

Finalmente emplaza a los asistentes a defender la vigencia del libro como objeto y refiere un artículo que publicó al respecto en la revista colombiana El Malpensante. Recuerda la tradición catalana con los libros: “Cuando El Quijote llega a Barcelona dice: ‘Aquí sí hacen libros’. Además, creo que de aquí son los mejores editores”. Parece que va a terminar su intervención, pero insiste de nuevo en que se luche por la vigencia del libro como objeto. Hasta parece que se exalta: “La fiesta de Sant Jordi es un buen momento para defender el libro: no me imagino un Sant Jordi en el que se estén regalando descargas electrónicas de libro. ‘Hola. Feliz día. Te regalo una descarga electrónica de libro’”. Aunque hay poco público, Villoro se lleva una estruendosa ovación cuando termina de hablar.

El último destino del día son las oficinas de El Periódico, donde verá el partido de vuelta de la semifinal de la Champions League, entre el Chelsea y el Barcelona. En la redacción del diario se siente la misma atmósfera de expectativa de un pequeño estadio de futbol. Villoro es detenido a cada rato para saludar y recibir abrazos mientras camina entre los escritorios de reporteros y editores, rumbo a la sala de juntas del periódico, como si fuera el alto y barbudo defensa central del equipo que va entrando a la cancha del Camp Nou. Al sentarse en el lugar donde verá el partido con un grupo de editores del diario, coloca sobre la mesa un pequeño elefante que ha comprado por cinco euros a un vendedor africano, durante una cita con un amable periodista boliviano en un bar. “Es el elefante de Botswana que nos dará la suerte”, dice. Tras la divulgación de unas fotos de cacería del rey Juan Carlos I en Botswana, al lado de un paquidermo muerto, los elefantes africanos se han puesto malamente de moda.

Pese al elefante de la suerte, el primero de muchos alaridos de la sala de juntas ocurre al minuto dos con cuarenta y siete segundos, cuando el Chelsea se acerca con peligro a la portería del Barcelona. Unos minutos después, la puerta de la sala de juntas se abre de forma violenta. Aparece un editor desorbitado gritando en contra del propietario ruso del Chelsea: “¡Cómo puedes tener un yate, una casa así y tener un equipo así! ¡Cómo puede pasar eso con Abramóvich!”.

En la pantalla, un imponente negro llamado Didier Drogba tumba al auténtico defensa central del Barcelona, Gerard Piqué, novio de la cantante colombiana Shakira, y Villoro comenta: “Pensamos que lo iba a lesionar la cadera de Shakira, pero fue un caderazo de Drogba el que lo tumbó”. Al minuto treinta y cinco, Barcelona anota uno de los goles que necesita para remontar la situación con el Chelsea, quien le ganó en el partido de ida, como bien lo recordó Juan Gabriel Vásquez a Villoro y Vila-Matas, durante Sant Jordi. Ocho minutos después, el Barcelona anota otro gol y se alcanza a oír que el narrador del partido dice una y otra vez “groovie” o una palabra en catalán que suena muy parecida. Los editores y Villoro se relajan, pero no del todo. Lo impide un brasileño del Chelsea que mete un gol magistral en los minutos extra del primer tiempo. Villoro pone cara de fastidio y se quita el suéter después del tanto.

En el medio tiempo, los espectadores de la sala de juntas comentan sobre Josep Guardiola, el joven entrenador del Barcelona que se ha convertido en el gurú de la ciudad tras conseguir más campeonatos que nadie en la historia del club. También hablan sobre lo catastrófico que sería que Barcelona quedara eliminado de este torneo, aun más en medio de la depresión económica que viven Cataluña y el resto del Estado español. El tema de la crisis se extiende hasta que comentan el rumor de que se avecina un recorte de personal en el diario El País.

El segundo tiempo se convierte en un calvario para los de la sala de juntas a partir de que Lionel Messi falla un penal. Silencio sepulcral. Un par de minutos después, un editor lo rompe diciendo: “Es el octavo que falla”. Otro se para y grita: “¡Mierda! Hay que vender a Messi ya, no sé qué hace en el Barcelona”. Después el silencio regresa a la sala de juntas, pero nunca más la cordura. Ahora sí se oye clarito que el locutor de la televisión asegura: “Esto parece una película de Hitchcock”.

Villoro adopta una nueva postura, de mayor concentración. Incluso se pone los anteojos con los que escribe, y saca y acaricia un misterioso llavero de la suerte, el que sí es, en serio, su amuleto para la buena fortuna. El elefante de Botswana sigue sobre la mesa, pero ya no es gracioso. La sala de juntas parece una capilla velatoria hasta el minuto ochenta, cuando el Barcelona anota un gol, y Villoro se levanta y salta como niño mientras abraza al subdirector de El Periódico y ambos gritan “gol” una y otra vez.

Sin embargo, el árbitro anula el tanto porque el jugador que lo hizo estaba en fuera de lugar. Todo es tan rápido en este momento que no hay tiempo de lamentar demasiado el engaño de la fortuna. En la pantalla, el Barcelona sigue atacando. Sus jugadores disparan contra la portería una y otra vez. En cierto momento, el balón golpea el travesaño de la portería rival… La agonía termina cuando un jugador español del Chelsea, Fernando Torres, anota el gol que manda todo al carajo. El Barcelona quedó eliminado.

Los editores gritan y patean. Las sillas de la sala de juntas salen volando y los descansabrazos golpean el piso, mientras que las patas quedan de lado. “Vamos a cambiar páginas”, dice uno de ellos, con el rostro rojo y enfurecido. Villoro se queda en la revoloteada sala de juntas. Solo. Sumido en un silencio reflexivo.

Cinco minutos después sale de ahí y va a la isla de edición en la que el subdirector y otros periodistas trabajan con la portada del día siguiente. No hay nada más importante en el mundo que la derrota del Barcelona en una semifinal, y por eso toman con tanta seriedad las palabras que deben elegir para el titular de mañana. Hace unos días, su equipo perdió contra el Real Madrid y la cabeza fue: “La noche más amarga”. El subdirector plantea que el editorial del día siguiente sea una crítica a Lionel Messi. Otro editor le pide que tenga calma con el argentino, pero sugiere que se escriba con dureza contra el entrenador Guardiola. Otro editor más aparece y los tranquiliza a los dos. Les dice que esperen un día para reflexionar con frialdad sobre el partido antes de emitir juicios contundentes. El titular sigue sin definirse y se acerca peligrosamente la hora de cierre de la edición.

Mientras tanto, algunos reporteros de otras secciones llegan con Villoro para que les firme ejemplares de Arrecife. Villoro les hace largas y afanosas dedicatorias. Se acerca la medianoche y acaba de perder el Barcelona. Aún tiene energía para concentrarse y poner una palabra tras otra con un ritmo frenético, como si acabara de despertarse y estuviera en la misma mesa de trabajo en la que se arrincona a trabajar por las mañanas cuando está en su departamento de la calle Roger de Llúria.

El animal de la entrevista

Me gustan tus historias, las alucinaciones con lagartijas de colores, los delirios de otra época. Mis amigos tuvieron que ir a la guerra para pasar por eso. Tú te jodiste en paz. Este país no deja de maravillarme. Los mexicanos necesitan chingarse para estar bien, por eso son tan buenos en las Olimpiadas de paralíticos.
Arrecife (Anagrama, 2012)

Esa noche triste de Barcelona, Juan Villoro llegó a su departamento de la calle Roger de Llúria preocupado porque la chapa de la puerta principal estaba movida, como si alguien la hubiera forzado. ¿El periodista americano que no es Hemigway? Villoro siguió avanzando por el pasillo y en la barra del comedor encontró un platón con fresas frescas y una botella vacía de cerveza Coronita. También una imponente rosa roja sumergida en un vaso grande de vidrio con agua. “¿Quién habrá dejado esto?”, se preguntó Villoro. Luego dijo: “¿Caparrós?”. Era parte del ritual de despedida de su huésped, quien al día siguiente debía volar hacia Argentina para participar en la Feria Internacional del Libro de Buenos Aires, en la que tenía que presentar Ida y vuelta, un libro con la correspondencia sobre futbol que mantuvieron Villoro y Caparrós durante el Mundial de Sudáfrica 2010.

En el comedor, Villoro se lamentó de que la derrota del Barcelona implicara otorgarle más aliento a personajes como el entrenador del Real Madrid, José Mourinho, un tipo conocido por el sistema represivo y dictatorial que emplea para dirigir a sus jugadores, a quienes ordena cometer faltas al equipo rival para sacarlo de quicio. Y si el árbitro expulsa a uno de los suyos, el tramposo entrenador dirá después que se favoreció al Barcelona: que uno de los suyos fue expulsado solamente porque el Barcelona tiene comprados a todos. Képler Laveran Lima Ferreira, mejor conocido como Pepe, es un defensa del Real Madrid que ha llevado al extremo el “estilo Mourinho”. Más que por su nivel de juego, el futbolista portugués es famoso porque le pisó la mano a Messi cuando éste ya estaba tirado en el piso; además, ha dado patadas célebres a otros rivales mientras se encuentran indefensos. Villoro lo define como un sociópata.

Mourinho es tan maquiavélico —dice el escritor— que llegó a generar un nivel de tensión entre los jugadores del Barcelona y el Real Madrid, el cual puso en riesgo la estabilidad de la selección de futbol campeona del mundo, en la que los integrantes de ambos equipos debían convivir. Para tratar de remediar esto, el capitán del Real Madrid, el portero Iker Casillas, le habló por teléfono al capitán del Barcelona, el mediocampista Xavi Hernández, a fin de proponerle una especie de tregua. Mourinho se enteró y estalló en furia. En represalia, dejó en la banca a Casillas durante varios partidos. Otro que padeció el “estilo Mourinho” fue el antiguo director general del Real Madrid, el argentino Jorge Valdano. A su llegada a Madrid, cuando el entrenador portugués era cuestionado por los periodistas acerca de temas polémicos, respondía: “Si quieren la versión amable, busquen al argentino”. Ni siquiera llamaba a Valdano por su nombre. Una vez dijo: “Ese argentino se va cuando yo consiga mi primer título”. Y así fue. Valdano salió del Real Madrid cuando Mourinho ganó el primer campeonato. “Mourinho es como Hitler pero sin genocidio. Tiene el mismo aparato de propaganda y control”, lamenta Villoro.

No resulta extraño que Villoro sea tan apasionado del Barcelona, debido a su pasado familiar y a otras cosas como el heroico actuar del equipo catalán durante los años de la dictadura de Francisco Franco. Lo que sorprende es que su equipo favorito en México sea el Necaxa, un conjunto tan inocuo que Don Ramón, el personaje de El Chavo del Ocho, cuando se veía en apuros, para expresar su neutralidad ante ciertas disputas, decía: “Yo le voy al Necaxa”.

—En cuestión de los equipos y grupos literarios que existen, ¿también le vas al Necaxa?, ¿te consideras alguien neutral?
—Yo creo que los grupos literarios son necesarios, son útiles, porque sin grupos de pronto no hay revistas, no hay espacios de acción cultural, entonces, me parece muy respetable que alguien pertenezca a un grupo. Yo nunca he querido hacerlo, porque también me parece que un grupo tiene el handicap de que estás trabajando para una comunidad demasiado restringida de intereses, y que los críticos de esa comunidad te van a favorecer siempre, y los que no pertenecen a esa comunidad, o son incluso enemigos, van a tener un prejuicio. Yo prefiero que la gente me juzgue, hasta donde eso es posible, a partir de lo que yo hago y nada más. Algo que, claro, tampoco es fácil, porque todos tenemos prejuicios: si un autor es chilango o es de Tijuana, es católico, o es de izquierda o es de derecha, ya tienes un prejuicio respecto a él. Así es en cualquier cosa.
—Eres libra, el signo más diplomático del zodiaco…
—Sí, rehúye el enfrentamiento directo, pero eso no quiere decir que Libra sea un signo blando. Lo que pasa es que busca, digamos, la fuerza tranquila o la fuerza amable: convencer a los demás y tratar de que ellos crean que tus ideas son de ellos. La mayoría de la gente que yo he conocido de ese signo es más suave para el enfrentamiento, pero no menos resistente.
—Claramente eres de izquierda, pero a veces desde ahí te acusan de ser de derecha.
—Sí. Uno de los grandes problemas de la izquierda es que si no asumes la postura mayoritaria, parecería que eres un traidor al interior del grupo. La frase de Siqueiros de “No hay más rutas que la nuestra” muchas veces es lo que impera en cualquier discusión de izquierda.
—¿Qué haces con esas críticas y discusiones?
—Yo considero que la tolerancia es un atrevimiento. Muchas veces pensamos que la tolerancia es algo blando, que significa ser débil y consecuente con ideas en las que no crees, pero yo estimo que es al revés. La tolerancia es un atrevimiento, porque significa escuchar al otro pensando que puede tener razón y respetar una idea discrepante, aunque eso no es fácil. Ahora, el atrevimiento es también decir lo que tú piensas en ese contexto, sin pretender destruir al otro, aniquilar o criticar. Es un movimiento complicado, pero yo creo que hay que hacerlo. Yo he tratado siempre, si estoy en un grupo, de decir: ‘Bueno, estamos juntos en esto y mi compromiso es decir lo que pienso’. Casi siempre lo he hecho.
—¿Así fue tu periodo de militancia en el Partido Mexicano de los Trabajadores?
—En aquel tiempo, los sábados en la mañana teníamos larguísimas asambleas y al final votábamos. Una vez que la asamblea aprobaba algo, tenías que apoyarlo aunque estuvieras en contra. Digamos, hay una razón de partido que siempre es compleja: ya que perdiste la discusión, tienes que apoyar la resolución. Esos momentos no son tan fáciles, pero bueno, tampoco es dramático. Es como si un amigo muy cercano te invita a presentar un libro. Tú anhelas que sea una obra maestra, pero te das cuenta de que es muy inferior a lo que tú esperabas, y en ese caso la generosidad se tiene que imponer un poco a la justicia y, claro, hacer comentarios que no necesariamente sean de un rigor calvinista. Eso también sucede.
—¿Lo de irle al Necaxa no se trata de una decisión táctica que tiene que ver con tu afán de neutralidad?
—No. Yo vivía en una calle donde todos le iban al Necaxa y me quería identificar con esa calle. Mis papás se habían divorciado y yo estaba en el Colegio Alemán, con el que no me identificaba para nada. Estaba como perdido, sin brújula, y como que quería pertenecer a algo. Quería pertenecer a esa calle, y ahí le iban al Necaxa…
—Pero pudiste cambiar de equipo después…
—¡No! Porque eso es como cambiar de infancia, es como decir: “Yo ya no soy ese niño, soy otro, tengo otra infancia”.
—Necaxa ya ni siquiera juega en Primera División…
—No, bueno, pero de todas maneras tú le sigues yendo ciegamente al equipo. Es el último rango de la intransigencia emocional. Puedes cambiar de todo en la vida, hasta de sexo con una operación, con una terapia psicológica para ajustarte, pero de equipo de futbol no, porque es como traicionar tu infancia. Yo sigo fiel al Necaxa. Por otra parte, era un equipo muy simpático, porque era un equipo muy gitano, que le ganó al Santos con todo y Pelé, y luego perdía con el colero de la liga. Le llamaban “el equipo de los últimos diez minutos”, porque daba volteretas insospechadas. Hubo un jugador que se llamaba Fumanchú Reynoso, que desapareció un balón en plena cancha. Por eso le pusieron Fumanchú, como el gran mago. El Necaxa tenía muchos récords inútiles y era muy pintoresco. Fue el último equipo que defendió el amateurismo, porque era del Sindicato [Mexicano] de Electricistas, y consideraban que cobrar era una vulgaridad. Ellos crearon muchos años después el primer sindicato de futbolistas, e incluso interpusieron el primer caso ante el sindicato. El Necaxa siempre ha sido un equipo con un aura muy especial.
—Creo que mi generación creció relacionándolo con Televisa. Como el equipo comparsa del América…
—Exactamente, ya cuando resurge en las últimas épocas, es propiedad de Televisa, y eso es un desastre. Son de las cosas con las que tenemos que vivir. Porque si algo en tu vida no es propiedad de Televisa es porque es propiedad de Carlos Slim.

El animal de la autobiografía

¿Es usted mexicano? Sí, pero no lo vuelvo a ser.
Los culpables (Anagrama, 2008)

La mañana siguiente de la noche triste, El Periódico llega al departamento de la calle Roger de Llúria con una noticia que toda Barcelona ya sabe. Finalmente, el titular elegido por los crispados editores fue: “Fundidos”. Junto a él aparece, muy pequeña, una nota sobre otra de las tristezas diarias que produce la crisis: “Los pacientes pagarán parte de las muletas”. Villoro comenta que esto es lamentable, aunque anota que en la abundancia de la seguridad social española de antes existían abusos. Menciona a un escritor que se practicaba dos colonoplastias al año, lo que significa que le metieran una vaina por el ano cada seis meses, lo cual era una exageración. “Hasta parece que le gustaba”.

Villoro lee diarios todas las mañanas. Cuando se topa con notas o entrevistas acerca de él, pasa de largo. Tampoco es uno de esos escritores con una alerta de Google sobre sí mismo ni sobre sus contemporáneos, aunque es un escritor mediático sobre quien la prensa suele estar atenta. Abundan los elogios hacia su trabajo, y de vez en cuando tiene que enfrentar críticas exigentes, como las que ha hecho Christopher Domínguez a su novela Materia dispuesta, a la que calificó como “deplorable”, u otra que hizo Heriberto Yépez a una crónica de Tijuana aparecida en Safari accidental. “La autocrítica es necesaria… Es como cuando te vas a cortar un pellejito: si te lo corta la enfermera, te duele más que si te lo cortas tú”.

Entre las novedades de las librerías de Barcelona de esta primavera, hay un voluminoso libro con la foto de Villoro de perfil en la portada. Se trata de Materias dispuestas, una antología de críticas sobre su obra, con decenas de comentarios y ensayos hechos por escritores, académicos y periodistas. El volumen, recopilado por Catalina Arango, José Ramón Ruisánchez y Oswaldo Zavala, abarca reseñas desde La noche navegable, el primer libro de Villoro, aparecido en 1980. De la treintena que ha publicado desde entonces, el más vendido es El libro salvaje: un relato para adolescentes cuyas ventas superan las acumuladas por todos sus demás libros juntos. El segundo más vendido es también una historia para adolescentes: El profesor Zíper y la fabulosa guitarra eléctrica. A sus demás libros no les va mal: hace un momento le llegó un mensaje electrónico del Fondo de Cultura Económica en el que le avisaban que saldrá la décima edición de su traducción de los aforismos de Lichtenberg. El correo lo lee en su mesita del rincón, en la que se ha puesto a contener el nuevo caudal de mensajes que han llegado en las últimas horas. Antes de hacer la inmersión total de la mañana, dice: “Se puede escribir muy bien sin hacer best sellers y sin tener premios, pero necesitas un diálogo con un pequeño grupo de lectores”.

***

Al niño Juan Villoro le gustaba oír las historias que le contaba su abuela yucateca, la primera fabuladora que lo sedujo. Su gran crónica Palmeras de la brisa rápida es un homenaje a ella y al mundo de Yucatán que le compartía. El cronista futbolero más famoso de la radio, Ángel Fernández, es otra de las primeras influencias literarias de Villoro, así como las radionovelas de Kalimán y las historietas de La familia Burrón, de Gabriel Vargas, que abordaban la vida íntima de una familia disfuncional y eran al mismo tiempo la crónica informal del idioma y la vida en la ciudad de México.

Pero el descubrimiento esencial fue De perfil, de José Agustín. La novela trata sobre un muchacho de la capitalina colonia Narvarte que está en las vacaciones intermedias entre la secundaria y la preparatoria, durante las cuales sus padres se están divorciando y él se liga a una cantante de rock. Ésa era exactamente la misma situación en la que se hallaba Villoro cuando leyó la novela, salvo la de haber tenido la fortuna de enamorar a una cantante de rock. Leer De perfil fue un acto de identificación con la literatura que vivieron Villoro y cientos de adolescentes mexicanos de aquella época. Hasta ese momento, Villoro no pensaba que un libro pudiera tener algo que ver con él de una manera tan íntima. Descubrió que la vida cotidiana, que le parecía rutinaria, parda y monótona, podía incluir secretos reveladores. Comenzó a ver su vida con una mirada literaria.

Durante ese mismo periodo vacacional, Villoro le dijo a Pablo, su mejor amigo de aquellos años, que quería ser escritor. A Pablo le pareció rarísimo porque nunca lo había visto leer, y eso que lo conocía de toda la vida. De perfil había llegado a manos de Villoro porque otro amigo del barrio, llamado Jorge, lo había leído y se lo había dado, diciéndole que eran las confesiones del chavo que aparecía en la foto de la solapa, en la que podía verse a un rocambolesco joven llamado José Agustín. Villoro quería comenzar a escribir de inmediato. Ahora suele decir que en ese momento se convirtió en uno de los escritores más incultos de la tradición, porque había leído un primer libro por gusto y ya quería escribir otro.

Cuando se sentó a trabajar frente a la hoja en blanco, Villoro descubrió que tenía cierta facilidad para el lenguaje, tal vez heredada de la cultura oral de su familia. Su padre, Luis Villoro Toranzo, hablaba de manera muy profesoral, organizando mucho sus ideas, pero su abuela yucateca era sumamente chismosa y fantasiosa. El primer cuento que escribió Villoro se llamaba “Los hijos de Aída”, y era la historia de un grupo de amigos que se reúnen en el billar Los Hijos de Aída, llamado así porque el dueño es un aficionado a la ópera Aída. En realidad, los asiduos del billar lo visitan porque están formando un grupo revolucionario clandestino. El cuento ganó el concurso literario organizado por la revista Punto de Partida de la UNAM. En ese entonces, Villoro tenía quince años y era “un altísimo adolescente hiperkinético”, según lo recuerda Sergio Pitol.

Después entró a un taller de cuento impartido por Miguel Donoso Pareja, escritor con fama de consentidor con sus alumnos y que había sido guerrillero maoísta, reo, marino mercante y al que además le gustaba el futbol. Donoso se convirtió en un ídolo para Villoro, a quien tomó bajo su tutela. Donoso lo llevaba con él a otros talleres que daba en ciudades como León, Aguascalientes y San Luis Potosí. El “adolescente hiperkinético” se implicó así en una red de escritores de provincia que vivía una bohemia muy interesante y diferente a la de la capital del país. A Villoro le parecía que en el Distrito Federal se llegaba a un evento literario, se leía un cuento y luego cada quien se iba a su casa, pero en provincia, al acabar los actos literarios, surgía una vida mucho más animada. De aquella parvada de escritores, algunos acabaron en la burocracia y otros en el PRI.

Por entonces, el joven Villoro leía a los autores del boom latinoamericano: Julio Cortázar, Jorge Luis Borges, Adolfo Bioy Casares, Juan Carlos Onetti, Mario Vargas Llosa, y a los estadounidenses Ernest Hemingway y William Faulkner. Tenía muy claro que lo único que quería hacer el resto de su vida era escribir, aunque un amigo de la preparatoria, Javier Cara, que también iba con Villoro al taller de Donoso, lo tentó a que estudiaran Medicina, una carrera que a Villoro también le atraía. Tras pensarlo varias semanas, se acobardó porque la carrera médica le parecía muy pesada. Además, a los dieciocho años, ya se sentía escritor, puesto que había publicado en Punto de Partida y en una antología que hizo Donoso llamada Zepelin compartido. Cara, quien sí estudió Medicina, murió mientras hacía guardia en el Hospital General, durante el terremoto de 1985. Villoro le dedicó su novela Materia dispuesta.

Uno de los libros que Villoro ha leído más veces en su vida y que cada vez le dice cosas distintas es Don Quijote de la Mancha; otro era Rayuela, de Cortázar, una obra que durante su juventud le fascinó, pero a la que hoy en día ve con menos pasión, ya que le parece un tanto esnob. Donoso le dijo que tenía que leer Desnudo en el tejado, del chileno Antonio Skármeta, porque ahí se manejaba muy bien un cruce de caminos entre lo fantástico y la cultura pop. El primer cuento del libro era “El ciclista del San Cristóbal”, que iniciaba con un epígrafe de San Juan de la Cruz y trataba sobre lo que pasaba por la mente de un chavo durante una competencia de ciclismo. La rara mezcla atrajo a Villoro, y los primeros libros de cuentos de Skármeta le fascinaron. Cuando conoció a Roberto Bolaño, en los setenta, el escritor chileno también había sido seducido por su compatriota. El cuento “A las arenas”, de Skármeta, dice Villoro, es el germen de Los detectives salvajes. “En el cuento, un chileno y un mexicano viajan on the road a Nueva York. Son pobrísimos y tienen que vender su sangre para poder pagar las entradas a un concierto de jazz. ¡La vida a cambio del arte! Cuando conocí a Roberto, en 1976, me dijo que esa trama le recordaba a los grandes novelistas rusos, y que algún día haría circular a otro mexicano y otro chileno para repetir la transubstanciación: sangre que sería literatura”. Luego Skármeta se fue por otro camino. A partir de El cartero de Neruda, que primero se llamó Ardiente paciencia, empezó a buscar otro registro en su escritura que no necesariamente fascinó a Bolaño.

Pero Lichtenberg fue el descubrimiento fundamental de Villoro. No solamente como escritor, casi también como modelo de vida: el escritor alemán era un hombre muy disperso, muy irónico, muy chismoso, y que en su escritura podía pasar de la filosofía a la moda femenina. Villoro lo encontró gracias al escritor Alejandro Rossi, a quien vio hasta su muerte como una especie de padre sustituto. En una ocasión en que se quedó sin tema, Rossi decidió traducir unos aforismos de Lichtenberg y publicarlos en su columna de la revista Vuelta. Villoro los leyó maravillado y descubrió después que no había ningún libro de Lichtenberg en español. En ese momento se planteó que alguna vez él mismo lo traduciría.

Rossi había sido el mejor amigo de su padre durante muchos años, pero luego se separaron por razones políticas, ya que Rossi era bastante conservador. Lo hicieron sin pleito de por medio, y mantuvieron el afecto. Y tiempo después Villoro descubrió en Rossi el valor de las emociones, las cuales resaltaban en un mundo en el que todos los amigos de su padre eran filósofos que rara vez mostraban rasgos afectivos. Rossi no ocultaba en lo absoluto su capacidad de ternura. El joven Villoro lo visitaba en su casa con regularidad para que le diera consejos. Conversaban a veces hasta por cinco horas sobre la literatura y la vida.

Cuando Villoro le dijo a su madre que sería escritor, ésta se emocionó mucho. Estela Ruiz Milán había estudiado Letras y era buena lectora de escritores españoles, sobre todo de Azorín, aunque luego se dedicó a la psicología. En el trance publicó el libro Strindberg. Una mirada psicoanalítica. Una vez que supo que su hijo quería ser escritor, nunca pensó pragmáticamente de qué iba a vivir, sino en el aspecto romántico de lo que significaba tener un hijo escritor. En la actualidad, suele ser lectora de los manuscritos de la obra de su hijo.

Aunque su padre tenía confianza en que conseguiría ser un buen escritor, él sí se preocupó por las cuestiones prácticas. Villoro dejó el hogar familiar a los veintidós años, para irse a vivir con su gran amigo, el escritor Francisco Hinojosa, a una casa de Avenida del Convento 136 bis, en Coyoacán. Al filósofo Villoro Toranzo le parecía arriesgado que su hijo no tuviera una carrera universitaria sólida, ya que no estaba pensando en hacer un doctorado. Le preguntaba con regularidad sobre sus empleos, más aún cuando se casó. En la época de su primer matrimonio, Villoro vivía de hacer los guiones del programa El Lado Oscuro de la Luna, que se transmitía por Radio Educación. Fue cuando se dio cuenta de que podía hacer distintos trabajos para mantenerse, lo que hasta la fecha no ha dejado de suceder: Villoro es un escritor que trabaja. Es profesor de Literatura de la UNAM e invitado de la Fundación Nuevo Periodismo Iberoamericano, de la Universidad de Princeton y de la Pompeu Fabra; graba programas de televisión con regularidad y escribe una columna semanal en el diario Reforma y otra quincenal en El Periódico. No pertenece al Sistema Nacional de Creadores de Arte del Consejo Nacional para la Cultura y las Artes ni ha pedido becas especiales, porque considera que éstas deben darse a escritores que no pueden vivir de su trabajo. “Yo, por ejemplo, si juego al póquer con amigos me siento pésimo si gano. Es una cosa personal. Del mismo modo me siento mal si, pudiendo trabajar por mi cuenta, solicito una beca que le haría más bien a un escritor joven, a un escritor de provincia, o alguien que tiene menos salida comercial”. También ha dicho no en varias ocasiones a ofertas de cargos públicos. Dice que la independencia de un escritor se funda en decir “no”: no a vidas fantasmas, trabajos burocráticos, cargas ideológicas que acaban con tu obra. “Creo que es más fácil decirle ‘no’ al presidente que tener una idea creativa”.

No le preocupa el asunto de la posteridad, aunque hay algunas cosas al respecto con las que se divierte. Hace no mucho, las viudas de Salvador Elizondo y de Alejandro Rossi, durante una comida en Coyoacán, le recomendaron a su esposa Margarita que fuera dura con el manejo póstumo de la obra de Villoro. Villoro protestó, les dijo que todavía estaba vivo y delante de ellas. Todos rieron. Además, Villoro le recomendó a su esposa que fuera como la viuda de Onetti, que es una maravilla. Sobre todo en comparación con otras que parecen vengarse de sus maridos escritores con la administración póstuma de su obra.

***

Al fin Villoro deja de contestar mensajes y se alista para ir a un estudio que tiene junto a su recámara y que casi no usa. Sin embargo, hoy escribirá en él su columna de mañana para Reforma. Sobre la mesa principal del comedor queda un ejemplar de Materias dispuestas, el libro que compila la crítica sobre su obra, en el que hay un breve y críptico texto titulado “Recuerdos de Juan Villoro”, que dice:

“La primera vez que vi a Juan Villoro fue en la Universidad Autónoma de México, en la entrega de unos premios. Él había obtenido el segundo premio de cuento y yo el tercero de poesía. Villoro tenía diecinueve o dieciocho años y yo tres más. Mis recuerdos de aquel día son más bien brumosos. Recuerdo a un adolescente muy alto y entusiasta. No sé si ya entonces llevaba barba, puede que no, aunque en mi memoria lo veo con barba, conversando conmigo durante unos minutos, sin estudiarnos, sin pensar en nuestro futuro, un futuro que comenzaba a abrirse para ambos pero no como telón ni como visión instantánea sino como puerta metálica de garaje que se abre con estrépito, sin limpieza ni armonía. Eso era lo que había. Eso era lo que nos había tocado. Pero no lo sabíamos y hablamos de lo que hablaban los escritores menores de veintiún años. Después pasaron más de veinte y no hace mucho lo volví a ver. Creo que está un poco más alto que entonces y tal vez un poco más flaco. Sus cuentos son mucho mejores que los de entonces, de hecho sus cuentos están entre los mejores que se escriben hoy en la lengua española, sólo comparables a los del guatemalteco Rodrigo Rey Rosa.

“Pero eso que sé, mientras observo a Villoro que mira el Mediterráneo, no es lo importante. ¿Lo importante es que seguimos vivos? Tampoco, aunque no es poco. Lo importante es que tenemos memoria. Lo importante es que aún podemos reírnos y no manchar a nadie con nuestra sangre. Lo importante es que seguimos en pie y no nos hemos vuelto ni cobardes ni caníbales”.

Roberto Bolaño, Barcelona, 2004.

El animal del ensayo

Nabokov sabía que no hay juicio estético más preciso que sentir un escalofrío en el espinazo. El ensayo asume en forma intrépida el reto de razonar escalofríos.
De eso se trata (Anagrama, 2008)

En la biblioteca catalana de Juan Villoro hay unos mil libros. No se trata de su selección principal —que permanece en el estudio de su casa de Coyoacán, Distrito Federal—, sino de libros que lo han acompañando durante ciertos viajes europeos o que ha conseguido aquí y que aquí se han quedado.

Si se escogen al azar cinco pequeños estantes de su biblioteca catalana, se asoman estos títulos:

Estante 1: Trayecto, Ignacio Echevarría; El País de la canela, William Ospina; Cartas de Nueva York, Elliot Hesh; Observaciones a la mina de plomo, Carlos Barral; Monstruos cardinales, Rafael Gumucio; La reina del sur, Arturo Pérez-Reverte…

Estante 2: Partes de guerra, Ignacio Martínez de Pisón; Escribir con el cuerpo, Beatriz Ferreyra; Literatura joven 2003; Nuevas voces en la narrativa mexicana; Cumbres borrascosas, Emily Brontë; La novela de mi vida, Leonardo Padura…

Estante 3: Mamá, Jorge Fernández Díaz; Algunas tardes con Alejandro Rossi, Adolfo Castañón; Escolta, Volòdia!, Ramon Erra; Novelas de Santa María, Juan Carlos Onetti; Visión desde el fondo del mar, Rafael Argullol; Naufragios del mar del sur, Fernando Aínsa; revista Granta: La última frontera…

Estante 4: Vena cava, Jorge Esquinca; Alguien de lava, Fabio Morábito; Los cinco sentidos del periodista, Ryszard Kapuściński; ¿Quién mató a Daniel Pearl?, Bernard-Henri Lévy; Pedro Páramo y El llano en llamas, Juan Rulfo; La vida desaforada de Salvador Dalí, Ian Gibson…

Estante 5: Cuentos completos, José Agustín; El cielo de Sotero, Alejandro Rossi; Un día en la vida de Dios, Martín Caparrós; Pixie en los suburbios, Ruy Xoconostle; El cementerio de sillas, Álvaro Enrigue; Poesía, Juan Manuel Roca…

A simple vista no hay ninguno de los escritores Fabrizio Mejía, Ricardo Cayuela, Héctor Abad, Alberto Barrera Tyszka o de Mihály Dés, los mejores amigos de Villoro.

Sobre la mesa del estudio permanece un par de botellas de tequila vacías, una de Cuerno de Chivo reposado, cuya etiqueta presume que es 100% agave y no tiene nada de alcohol, y otra de El Caballito Cerrero.

Éste es el último día de trabajo de Villoro en la primavera de Barcelona de 2012. Mañana temprano volará de regreso a la ciudad de México. En el artículo para Reforma titulado “El gol que cruzó el mar”, conectará el tsunami de Japón con Borges y un balón de futbol. Después irá a la Universidad Pompeu Fabra a tramitar el pago por sus clases en el máster de Creación Literaria. Comerá con el catalán Miguel Aguilar, editor del sello Debate, de Random House Mondadori, y con el promotor cultural mexicano Diego Celorio, en un restaurante a la vuelta de su departamento de la calle Roger de Llúria. Saliendo de ahí, caminará a la peluquería a cortarse el cabello y luego regresará a su departamento para darle el pato y la merluza que tiene en su refrigerador a una mujer que lo ayuda con la limpieza de su hogar. También se pondrá un saco y una corbata y se irá al Ayuntamiento de Barcelona, donde será el orador principal del acto por el 101 aniversario de la Casa Amèrica Catalunya. La ceremonia será en un viejo salón que fue sede de uno de los primeros parlamentos democráticos del mundo. Uno de los objetivos de su discurso será conseguir que, en medio de la crisis actual, las autoridades locales den un edificio que sea la sede adecuada del organismo encargado de promover las relaciones culturales de Cataluña con América Latina, el cual se encuentra operando, irónicamente, en un departamento y no en una casa. El evento es a las siete de la noche, pero Villoro llega a las 6:20 de la tarde a la Praça de Sant Jaume, donde ha quedado de verse con el director de la Casa Amèrica Catalunya. A esa misma hora esperan a Villoro su primo el arquitecto Joan Villoro y el hijo de éste, así como Antonio López, experto en el árbol genealógico de los Villoro del pueblo de La Portellada.

Se trata de un evento al que acuden las máximas autoridades de Cataluña. Villoro comienza su discurso en catalán. Luego repasa en español las conexiones entre México y Barcelona. El escritor ha preparado un discurso titulado “Una casa para todos”, que lee, algo inusual en sus intervenciones públicas. La soprano Vanesa Regalado canta al final de la ceremonia, acompañada por una pianista de apellido Pujol. Su hermoso canto se confunde con el grito “No más multas, queremos trabajar”, que se cuela hasta el elegante salón. Afuera hay una manifestación de prostitutas contra los nuevos impuestos que el Ayuntamiento ha decidido cobrarles a ellas en especial para sortear la crisis. Debido a esto, los invitados a la sesión especial deben abandonar el viejo salón por una puerta lateral, ya que las prostitutas de Cataluña bloquean el acceso principal. Villoro camina entre callejuelas del Barrio Gótico, y del Ensanche rumbo al bar Belvedere, donde ha quedado de verse con Paula Canal, brazo derecho del editor de Anagrama, Jorge Herralde, para comentar la acogida del Arrecife. Canal está satisfecha por la forma en que la prensa ha recibido la novela. Resalta que Babelia, el suplemento cultural de El País, le dedicó una portada a Villoro, en el marco del lanzamiento. Le comenta también que acaban de recibir una oferta para traducirla al francés. Ríen los dos porque un catálogo literario reseña la novela diciendo que, debido a la trama de Arrecife, Villoro podría ser “el nuevo Stieg Larsson”, el autor sueco de la saga best seller llamada Millenium.

Tras beberse un coctel, Villoro anuncia que va a cenar “con el jefe”. Villoro conoció a Jorge Herralde en los ochenta, cuando lo visitó en su oficina con una carta de recomendación escrita por Sergio Pitol. El primer trabajo que Herralde le encomendó fue la traducción de Memorias de un antisemita, de Gregor von Rezzori, publicado por Anagrama en 1988. En eventos literarios, Herralde ha relatado que cuando conoció a Villoro le intrigaba que un joven mexicano fuera tan estudioso y conocedor del idioma alemán, por lo que se lo preguntó. “Me comentó que su padre, Luis Villoro, gran pensador y una de las figuras imprescindibles en el ámbito de la ciencia política, había decidido que Juan estudiara alemán, opción algo exótica”. Villoro lo explica así: “Lo extravagante de la decisión fue que en un entorno donde nadie tenía relaciones con el alemán (y en una época en que ese idioma sólo nos llegaba por los nazis de las películas), mi padre pensó que yo podría abrirme camino en la selva lingüística que fue el hábitat de Heidegger”.

Herralde también ha contado la forma en que reclutó a Villoro para las filas de Anagrama en los alrededores de 2002. “Durante su estancia en Barcelona nos veíamos con frecuencia, aunque sólo en muy contadas ocasiones yo aludía a su work in progress (El testigo): lo bastante para que supiera de mi interés, pero sin querer presionarlo. Sabía que era un autor muy codiciado por otras editoriales y quizá con algunos compromisos. Un día me contó que había firmado con la agente literaria Mercedes Casanovas, una profesional eficaz, transparente, nada pushing y buena amiga. Me pareció una decisión muy acertada. Cuando la novela estuvo terminada, empezamos a negociar y llegamos a un acuerdo no demasiado insensato, creo, para ninguna de las dos partes”.

El animal del teatro moderno

He visto ciegos, cojos, jorobados que venden lotería, como si se hubieran jodido para que tú ganaras. Ninguno de ellos compra billetes.
Los culpables (Anagrama, 2008)

La última noche en Barcelona, Juan Villoro habla en su departamento de la calle Roger de Llúria sobre la nueva etapa de su vida. “Estoy entrando al tercer acto de la obra. La edad que tengo es un umbral en el que las personas ven cómo van a concluir la historia y, desde un punto de vista ufano y vanidoso, piensan en cómo serás recordado”. Explica que está consciente de que la reputación siempre es una simplificación y un malentendido. “La gente interpreta de forma distinta a los escritores. No hay nada más ocioso que buscar moldear esa percepción”. Insiste en que no le distrae el hecho de que algunos lo vean como “el nuevo señor de las letras mexicanas”, sucesor de Carlos Monsiváis y Carlos Fuentes. “La presión de ser un supuesto representante nacional se ve amenazada por cosas más cabronas como el agotamiento de la fuente. A partir de este momento, uno tiene el riesgo de que se puede retirar. También hay autores de primer nivel que en este lapso se convirtieron en sus peores discípulos, incluso en su parodia. A mí me preocupa eso: es la razón por la que cambio tanto de género”.

La diversidad de disciplinas y formatos que ha practicado Villoro abarca la televisión, el cine y de forma especial el teatro. En 2001 hizo una serie de veinte programas televisivos llamada ¡Silencio! Maestros leyendo, dirigida a profesores de secundaria y preparatoria. Fue producida por la Televisión del Estado de México y consistía en la reseña de libros emblemáticos desde locaciones estrambóticas: para hablar de Los albañiles, de Vicente Leñero, usó un edificio abandonado. Al terminar de grabar, Villoro y su equipo vieron enfrente un restaurante chino, que les pareció perfecto para grabar el programa de El complot mongol, de Rafael Bernal. También realizó Café con Shandy, una entrevista con Enrique Vila Matas, para Teveunam. Su faceta televisiva más conocida es su participación en el Mundial de Futbol de Alemania 2006. Para Sudáfrica 2010 volvió a tener la invitación de Televisa, pero optó por hacer comentarios en Canal 22. “La tele hay que saber controlarla”, dice. Para el mismo canal de televisión pública, ahora que regrese a México, conducirá Piedras que hablan, una serie de trece programas que implicará que visite casi sin descansar, veinticuatro sitios prehispánicos a lo largo del verano.

En el mundo del cine, su incursión más importante fue como guionista de Vivir mata, una película que dirigió el gran documentalista mexicano Nicolás Echevarría y que fue filmada en medio del llamado renacimiento del cine nacional, a finales de los noventa. Sin embargo, Villoro no disfrutó demasiado el proceso. El guión original que escribió fue cambiado veintiocho veces, lo que lo llevó a concluir que “un guionista de cine es como el cocinero de un antropófago”.

Su primera obra de teatro fue Muerte parcial, cuya dramaturgia fue publicada en un libro de Ediciones El Milagro, para la que Vicente Leñero escribe una introducción en la que advierte a Villoro sobre tener cuidado porque el teatro es un mundo muy hostil: “Con un dejo de pudor personal, termino este prólogo endosando una frase que escribió Rodolfo Usigli luego de presenciar mi primera obra dramática: Bienvenido al maravilloso infierno del teatro, Juan Villoro”. Sin embargo, Villoro ha vivido más el cielo que el infierno de ese mundo. El fallecido escritor chihuahuense Víctor Hugo Rascón Banda era tan partidario de Villoro que incluso fue al estreno de Muerte parcial en una ambulancia y acompañado por un médico en todo momento. Rascón Banda le dijo que quería defenderlo de algunas críticas nacidas de la envidia, por el atrevimiento de Villoro de escribir teatro.

—¿Qué va a cambiar en este tercer acto?
—A mí me gustaría pensar en algo más esencializado. Después del terremoto en Chile, que fue una sacudida monumental, te das cuenta de que hay cosas muy significativas, que son las únicas que importan: tu núcleo básico de amigos, tu familia, los afectos más cercanos y tu trabajo más verdadero. Porque todos nosotros hacemos un trabajo que de pronto es como boxeo de sombra. De que dices: ‘Bueno, a ver si me sale esto’.

“A mí me gustaría ahora aprovechar el tiempo mejor. Eso sería un cambio pequeño. Y luego está también el acentuar una vocación que sí me parece que es clara, pues es lo que me gusta hacer, no ha dejado de gustarme en todos estos años, pero, digamos, quisiera aceptarla ahora más caprichosamente. Decir: ‘Bueno, ya no voy a escribir tres textos para tres catálogos de exposiciones. Ahora me voy a concentrar en escribir un cuento que muy posiblemente no me va a salir’. Eso es parte del capricho. El capricho muchas veces te lleva a la esterilidad. Una de las grandes sorpresas al escribir es que de pronto tú estás trabajando con enorme felicidad en un texto y a fin de cuentas queda muy mal. Uno de los misterios de la creación literaria es cuando el grado de felicidad con el que escribes algo no se corresponde con el resultado. Hay veces que te cuesta mucho trabajo un texto y luego queda mejor.

“Para mí la única prueba de calidad, si se le puede calificar así a lo que yo escribo, es cuando casualmente lo releo bastante tiempo después y me parece escrito por otro. O sea, cuando veo que eso tiene una autonomía. Por eso me interesa tanto el tema del autor ausente en Borges. El original siempre es el otro, dice Borges. Y eso también te despoja de vanidad respecto a lo que tú creaste, porque lo que te gusta te parece ajeno y te parece que vive por su cuenta, como si tú fueras un curioso, y ese trabajo que finalmente pasa por el capricho, por el tiempo que le puedes dedicar a un texto, las cancelaciones de las otras variantes de ese texto, todo eso es lo que me gustaría aprovechar más en estos últimos tiempos en que está empezando el tercer acto de la obra y que no sé cuánto va a durar. Eso sí, espero que sea un acto largo, no tan aburrido.

—¿Te enfocarás en el teatro?
—Eso lo voy a tener que ir decidiendo. Yo he estado picoteando géneros, también como un aprendizaje, como una manera de probarme a mí mismo. Afortunadamente ha habido posibilidad de ejercerlos, de publicarlos todos, pero ahora tengo que decidir con más cuidado. Ya sé que puedo ejércelos, sé que puedo publicarlos, ¿pero qué es lo que verdaderamente me interesa? En los últimos años, el teatro me está jalando mucho, y creo que mi tercera edad será dramática o no será.

“Y creo que tampoco podría dejar de escribir literatura infantil. Para mí es el teatro, la literatura infantil y en medio estará algo más que no sé qué es… Tengo planes de varias novelas. El problema que yo tengo con la novela es que siempre me juro a mí mismo que cuando publico una, no van a pasar dos años sin que publique otra, y hasta ahora, entre novela y novela ha habido seis, siete, ocho años. Ahora acabo de publicar una y, claro, empiezas a hacer cálculos en la vida: si quiero escribir cinco novelas más… pues tendría que vivir como Matusalén.

El animal del cuento

Hablé con mi hija y le dije que todo estaba bien. Me preguntó por Pancho Hinojosa, a quien admira mucho. “¿Están escribiendo cuentos?”, quiso saber. A sus diez años la normalidad significa eso: escribir cuentos.
8.8: El miedo en el espejo (Almadía, 2010)

Hace horas Juan Villoro se subió al avión que lo llevaría de regreso a México. Ha quedado atrás su primavera catalana.

En Passeig de Joan de Borbó, conde de Barcelona, en el barrio de La Barceloneta, está el restaurante Martín Villoro, atendido hoy por Enrique Villoro, quien habla con cariño sobre las visitas frecuentes de su primo el escritor mexicano. La Barceloneta es una antigua zona de pescadores intervenida por la especulación inmobiliaria. Los cuartos pequeños en los que vivían los trabajadores del mar se volvieron hipsters. Sin embargo, el restaurante Martín Villoro mantiene su agradable toque antiguo, aunque cercado por ese aire esnob. Una espantosa torre moderna ubicada a medio kilómetro representa el mayor desatino arquitectónico del barrio en plena metamorfosis: el llamado “Hotel Vela”. Debajo de él está un hombre armado con una metralleta. Subir y comer en el restaurante del último piso cuesta, mínimo, doscientos cincuenta euros.

Esta tarde del 28 de abril de 2012 en la que Roberto Bolaño, si aún viviera, cumpliría cincuenta y nueve años, en el Martín Villoro hay una mesa de la terraza en la que, entre un agradable olor a tabaco, un grupo de catalanes relatan sus experiencias recientes en México. Un par de ellas se turna para contar que las pararon en una carretera de Campeche por exceso de velocidad. Los policías les perdonaron la multa después de que ellas se los rogaron. Luego les informaron que el cruce que estaban buscando lo habían pasado hace mucho. Ríen mientras platican su experiencia y les dicen “mayitas” a los policías que les perdonaron la vida. “Policías mayitas mexicanos”.

Uno de los catalanes acota con voz de loro:

—A veces sirve eso de hacerse la rubia tonta.

Todos ríen más.

Una de las dos catalanas con pelo color Fanta continúa:

—Y más si los policías son así [pone su mano a la altura de una silla del restaurante Martín Villoro].

Muchas carcajadas más.

Otro de los catalanes de la mesa, de ojos color verde estiércol, cuenta su aventura con indígenas de Ecuador. Otro más, de voz gargajosa, su viaje a Paraguay. Durante una hora se turnan para narrar historias de sus encuentros con el animalejo latinoamericano, e imitan acentos mexicanos, peruanos, venezolanos, ecuatorianos, colombianos, guaraníes… Simplemente pasan una buena tarde con sus recuerdos en el Martín Villoro.

Cuando comienza a caer la noche, uno de los comensales mira su BlackBerry y les dice a sus amigas que esa noche habrá una fiesta en un “pisazo” de unos ingenieros químicos ingleses. “Me ha enviado un e-mail uno de ellos para pedirme que llevara a dos hot girls españolas”. Ellas se emocionan con la idea y discuten quiénes irán, porque son cuatro, y los ingleses sólo necesitan dos hot girls. Comienza otra conversación en la mesa de la terraza del Martín Villoro. Ahora no hay carcajadas. Hay que resolver un asunto serio.

Mientras tanto, tras su regreso a México, en las redes sociales en las que lo siguen más de cien mil personas, el escritor que con el paso del tiempo no se convirtió en cobarde ni caníbal publica un enigmático tuit sobre la derrota de su equipo de futbol preferido.

Y eso marca el momento de que concluya el ornitorrinco sobre Juan Villoro en Barcelona.

El ornitorrinco acaba aquí.

Un bongo remonta el Orinoco. De pie en la proa, sujeta el amarre, mientras la pequeña embarcación se abre paso por el ancho río, va Henrique Capriles Radonski, rival de Hugo Chávez en las elecciones presidenciales del próximo 7 de octubre y, para muchos de quienes lo esperan en la orilla, el próximo presidente de Venezuela. A medida que la proa se enfila hacia el puerto de La Arenosa y el encuentro con sus conciudadanos se hace inminente, el candidato saluda, derrocha sonrisas y regala besos que son atajados en el aire por jóvenes mujeres al borde del desmayo.

Son las diez y media de la mañana en Caicara del Orinoco. A pesar de su lugar en la historia patria, el pueblo no es gran cosa. Después de muchos años y muchos gobiernos sigue teniendo cierto aire de abandono. Algunas de sus calles aún son de tierra pisada, y cuando llueve se inundan y dejan inmensos charcos de aguas mohosas por los que pasean perros famélicos de mirada arrepentida. Pero en una campaña electoral como la venezolana, Caicara tiene una connotación especial. Después de Ciudad Bolívar, antigua Angostura, Caicara del Orinoco fue el pueblo más visitado por el Libertador durante la gesta de Independencia entre 1811 y 1824.

Capriles Radonski salta ágilmente de la nave y un instante después se encuentra encaramado en un diminuto templete, mientras a sus pies una compacta pero ardorosa multitud lo aclama con gritos eufóricos. Muchos intentan hacerle llegar papeles en los que solicitan su ayuda. Otros simplemente lo escuchan bajo elegantes sombrillas que los protegen del implacable sol de la zona tórrida. “Chávez se acabó”, dice un antiguo militante del histórico partido Acción Democrática (AD). He escuchado expresiones muy parecidas durante las giras en días recientes, pero ninguna tan categórica.

Quizás es muy temprano para anunciar la muerte política del hombre fuerte de la revolución bolivariana. Chávez siempre ha sido un peso pesado de las campañas y sigue como puntero en los sondeos. Capriles Radonski, sin embargo, lo ha sorprendido al moverse con la agilidad de un peso ligero en el ring electoral, se le acerca día a día en una campaña sin tregua y hace posible para la oposición venezolana la esperanza de ganar el 7 de octubre. Ése es su principal reto como candidato. El segundo no es menor: si pierde, debe perder ganando. Es decir, debe ofrecer un resultado tan cerrado como para convertirse en líder indiscutido de la oposición y, al mismo tiempo, en la paradójica opción natural para suceder a Chávez ante su virtual ausencia del escenario político.

En el templete, Andrés Velásquez, un diminuto pero infatigable político y actual candidato a la gobernación del estado, recuerda los problemas que sufre Caicara: centros educativos en la ruina, cortes de luz y agua en el estado de mayor generación hidroeléctrica y con las mayores reservas del vital líquido del país, criminalidad sin freno.

Un minuto después se inicia una asamblea ciudadana en la que los vecinos plantean sus agonías. Édgar, el sindicalista, invita al candidato a comprometerse con la recuperación de las empresas básicas —siderúrgica y de producción eléctrica—, mayores fuentes de trabajo de la zona. Hay indígenas que depositan en él sus esperanzas en un idioma de sonidos dulces, pero incomprensibles a mis oídos. Una maestra jubilada habla por las madres del pueblo que en lo que va de año han perdido ya diecisiete hijos, que fueron asesinados. Otra mujer le recuerda que no debe prolongar su soltería y ofrece presentarle a su hija soltera en edad de merecer.

Capriles Radonski escucha en silencio y anota todo lo que puede en un cuaderno. Luego toma el micrófono y otea el mar de rostros, banderas y pancartas. “Buenos días a todos. Dios bendiga a Caicara del Orinoco”. Y uno a uno, de un modo sistemático, responde a los planteamientos expuestos. Más adelante desmiente la campaña del gobierno según la cual, si llegara a ser presidente, eliminaría las misiones, populares programas sociales creados por Hugo Chávez. “Las misiones son del pueblo. El gobierno tiene otra misión: la misión miedo, para que ustedes no voten por un país mejor”. A mi lado se encuentra Jesús Urbina, un hombre de piel curtida quien también lleva una camiseta de AD. “¿Es usted adeco?, porque según el dicho: ‘¡Adeco es adeco hasta que se muere!’”, lo sonsaco. “Soy ‘caprilero’ —dice acuñando un neologismo—. Me gusta lo que este muchacho ofrece para arreglar la inseguridad. Hay demasiada violencia en este pueblito”.

El líder los anima a dejar atrás lo que llama catorce años de mal gobierno y adoptar el progreso con el que dice soñar. Son las once y el acto está por terminar. Un hombre grita: “¡Por un presidente que no hable tanta paja, carajo!”.

Capriles Radonski busca abrirse paso entre el corazón de la masa pero es casi imposible. Por fin, los muchachones que lo resguardan logran arrancarlo a la turba y llevarlo hasta el microbús que lo transportará el resto del día por el noroeste del enorme estado Bolívar. Van cuarenta y dos días de campaña en los que Capriles Radonski ya ha dado una vuelta al país visitando ciento treinta y tres pueblos. Pero cuando estas líneas sean publicadas serán más de doscientos, o quizá trescientos, y el candidato habrá ya dado tres vueltas al país.

La evolución de HCR

Las opiniones sobre Capriles Radonski están lejos de ser universales, pero nadie pone en duda que es un político de raza. Hace un año, en las filas opositoras pocos apostaban por él. Gracias a su enérgica campaña, hoy es un líder nacional. En realidad, Capriles Radonski no dejó nada al azar en su ruta hacia la candidatura presidencial. Mientras la oposición venezolana se desgarraba en luchas internas, él se apartó de la polémica. Durante cuatro años recorrió intensivamente el estado Miranda, del cual fue elegido gobernador en 2008, y se dedicó a profundizar programas educativos, de salud y deportivos para un estado densamente poblado, que alberga desde municipios de clase alta hasta enormes barrios y zonas rurales, con grandes necesidades de servicios y obras públicas. El relativo éxito obtenido lo convirtió en una referencia de gestión eficaz.

Cuando lo entrevisté hace un año para un reportaje de esta misma revista, me dijo que Chávez había abandonado la calle mientras él había recorrido cada pueblo de Miranda. Su oportunidad de oro cayó del cielo en forma de un diluvio que asoló buena parte de ese estado —en particular sus zonas costeras— durante la temporada de lluvias de 2010. Capriles Radonski se dedicó a atender la emergencia ante la lenta respuesta del gobierno nacional. Hace pocas semanas, al preguntarle por su gestión de gobernador, recordó el episodio: “El presidente vino a aparecer en Barlovento —la población más afectada por las inundaciones— cuando llevaba quince días bajo las aguas, y sólo para tomarse unas fotos. Yo estuve allí desde el día uno hasta que solucionamos la emergencia”.

Durante años, quienes se oponen a Chávez han enfocado sus ataques en temas ideológicos o políticos, como el estilo autocrático, el enorme control institucional que ejerce, sus relaciones con gobiernos dictatoriales o la exacerbada corrupción en su mandato. Capriles Radonski evadió con disciplina estos asuntos para criticar la ineficiencia del gobierno y, al mismo tiempo, promover una oferta social para todos los venezolanos sin distinción ideológica o partidaria. Era una fórmula en la que nadie creía, porque evitaba dar una pelea por principios democráticos que han sido la bandera opositora. Sin embargo, funcionó y lo llevó a triunfar de manera arrolladora en las elecciones primarias de la oposición en febrero pasado.

Cuando se indaga sobre el pasado de Capriles Radonski antes de la política, no se encuentran hazañas personales al estilo de la conquista de alguna cumbre o épicas estudiantiles contra un poder establecido. Pero nadie deja de mencionar su implacable tenacidad y disciplina como el principal resorte de su éxito en la política.

“Era normal en todo, salvo en su acentuado interés por el rugby…, y la política —dice un compañero suyo en la Unidad Educativa El Peñón, un reconocido colegio del este de Caracas—. Siempre estaba pendiente de lo que decían los periódicos. Lo obsesionaban. Ahora me llama la atención también su perseverancia. Cuando a Henrique se le metía algo en la cabeza…, siempre terminaba pasando algo. ¿Que dé un ejemplo de su carácter? Durante el bachillerato, Henrique era un gordito del que muchos se burlaban y quien no tenía mayor éxito entre las chicas, pero durante unas vacaciones se puso a trotar, y trotó tanto que cuando regresamos a clases se había transformado en el flaco que es hoy”.

Algo parecido sucedió con sus estudios universitarios. Comenzó en la Facultad de Derecho en la Universidad Santa María, un centro de enseñanza muy desprestigiado en aquellos años por haber graduado piratamente a la amante del presidente de la República de turno. Capriles Radonski me confirmó que se había esforzado para cambiarse a la Universidad Católica Andrés Bello, donde se tituló de abogado, para evitar ser asociado con la mala fama de la Santa María. “Para que veas cómo son las cosas. En 2007 volví a la Santa María como profesor de Derecho Constitucional y me gustó mucho la experiencia”, me contó en un paréntesis de la gira del estado Vargas.

Una noche, poco antes del viaje a Bolívar, fui a comer chino con un compañero de sus inicios en la política. Al preguntarle sobre las virtudes de Capriles Radonski, mencionó tres: “Primero, aunque parece muy terco, reconoce cuando está equivocado y cambia de curso. Segundo, sabe trabajar en equipo delegando responsabilidades. Tercero, es muy leal con sus amigos y trabajadores”. Le pedí que mencionara el defecto que más sobresalía. Se encogió de hombros y me dijo: “Uno quisiera que fuera más ilustrado”. También lo retrató como alguien muy leal y que sabe compensar con perspicacia sus debilidades. “Una vez debía estar en un debate televisado por la alcaldía de Baruta. Henrique no era ducho ante las cámaras y se suponía que la alcaldesa, una consumada actriz de telenovelas, lo arroparía sin ningún esfuerzo. Cuando se inició el debate, la actriz lanzó un speech agresivo y dramático. Pero cada vez que decía algo, Henrique en vez de responder discutiendo le sacaba un cartel mostrando en cifras las fallas de gestión y los problemas del municipio. Funcionó. Fue así como ganó el debate y poco después la alcaldía. Típico de David contra Goliat”.

En cambio, cuando se le pregunta a otros políticos sobre Henrique Capriles Radonski, lo primero que comentan es su suerte, pues ha ganado cada una de las cuatro elecciones en que ha competido. ¿Es suerte o destino?

El mismo Capriles Radonski me comentó que su familia no lo influyó a la hora de elegir la carrera política. “En mi casa, la política no era un tema de discusión. Mi madre se compadeció de mí cuando le dije que a los dieciocho años me inscribiría en un partido político, algo que no hice, por cierto. Pero seguí el ejemplo de mi primo Armando Capriles, el Pelón, quien fue diputado del antiguo Congreso de la República y me llevó a trabajar con él. Desde que tengo memoria, la política es lo que más me ha interesado. Con el tiempo he comprendido que soy un servidor. A través de la política puedo mejorar la vida de muchas personas. Y ésa es mi pasión”.

Sin embargo, hay en su biografía más pedigrí político del que él admite. Otro familiar, Miguel Ángel Capriles, fue un poderoso editor y amasó una inmensa fortuna con los populares periódicos y revistas que publicaba su emporio periodístico, la Cadena Capriles, que sigue siendo hoy una de las mayores influencias en la opinión en Venezuela. Miguel Ángel Capriles fue un personaje instrumental de la lucha democrática durante la dictadura de Pérez Jiménez y, luego de la caída del tirano, llegó al Congreso como senador.

¿Quién es?

Cualquiera que repare en los dos apellidos del candidato notará que se trata de apellidos judíos. Los Capriles eran sefardíes que emigraron a América desde Holanda en el siglo XVIII y se asentaron en Curazao antes de diseminarse por América Latina. Los abuelos maternos, Radonski Bochenek, llegaron a Venezuela en 1947. Eran sobrevivientes del Gueto de Varsovia y el Holocausto, en el que perdieron a sus padres y muchos familiares. Cuando llegaron a Venezuela, el abuelo Radonski prosperó como exhibidor de películas hasta construir uno de los principales circuitos cinematográficos del país. Mientras tanto, los Capriles eran también prósperos empresarios, por lo cual Henrique Capriles Radonski creció en una familia acomodada.

Chávez lo descalifica con la menor excusa. El insulto predilecto es llamarlo “majunche”, lo que en argot venezolano quiere decir “poca cosa”, “mediocre” o “don nadie”. También lo llama burgués, por su riqueza familiar. No conforme con eso, injuria sus raíces judías diciéndole “cerdo”, sinónimo de “marrano”, término utilizado para ofender a los judíos conversos. Uno de los momentos curiosos de la campaña presidencial fue a principios de agosto, cuando —durante una virulenta agresión verbal— el presidente, además de burgués, cerdo y fascista, le dijo nazi. Capriles Radonski respondió que él no caería en descalificaciones personales. Chávez, aclaró, no tenía idea de lo que era el nazismo, mientras que él lo sabía muy bien, porque sus bisabuelos Radonski habían sido asesinados por los nazis.

Chávez y sus voceros suelen sacarle en cara constantemente su supuesta participación en el hostigamiento a la embajada cubana durante el golpe contra Chávez el 11 de abril de 2002. Tiempo después de esos hechos, el embajador Germán Sánchez Otero, en representación de su país, instigó un juicio contra Capriles Radonski por haber supuestamente violado la soberanía territorial cubana al entrar furtivamente en la sede diplomática. En aquel momento, el actual candidato opositor era alcalde de Baruta, el municipio donde se encuentra la misión cubana. En efecto, la casa fue asediada por una turba enardecida que quería entrar por la fuerza y que cortó el suministro de luz y agua. Capriles Radonski entró por el muro con una escalera improvisada. Hay versiones contradictorias. Capriles Radonski alegó que él había sido llamado por el embajador para que como máxima autoridad local atendiera la emergencia. Sánchez Otero lo acusó de haber soliviantado a la muchedumbre. Un video tomado en el lugar aquel día (y que ha circulado recientemente) muestra al embajador cubano que le da la bienvenida como mediador y le pide que garantice la seguridad de la embajada, a lo que Capriles Radonski se compromete. Incluso el video registra una llamada del embajador de Noruega a Sánchez Otero para ofrecer sus buenos oficios. El cubano le contesta que la situación ya está en vías de solucionarse gracias a la intervención del alcalde. En marzo de 2004 fue ordenado un auto de detención contra Capriles Radonski, quien se entregó a principios de abril y pasó cuatro meses detenido sin cargos y en abierta violación del derecho a seguir en libertad mientras no se comprobara su culpabilidad. Simplemente, un fiscal pidió su detención y un juez la ordenó. En su caso, las cosas sucedieron al revés de lo normal: fue juzgado después de pasar por la cárcel.

La prohibida

Una semana antes de viajar a Bolívar, acompañé al candidato a una gira de su campaña pueblo por pueblo en el estado Vargas, hasta ahora un tradicional bastión del chavismo. La estrategia general de la campaña de Capriles Radonski es llevar al extremo el roce personal del candidato visitando tantos pueblos como sea posible, en especial aquellos que Chávez no ha visitado o lleva mucho tiempo sin visitar. La idea es aprovechar la ventaja relativa de su movilidad frente a un Chávez al que le es imposible sobrellevar el paso maratónico y casi suicida de su rival. Pero quien subestime a Chávez comete un serio error. Cuenta con una maquinaria partidista engranada, con enormes recursos del Estado venezolano, una plataforma de medios de comunicación y su propio talento de líder carismático corrido en siete plazas, sin contar que no ha dejado de estar en campaña ni un segundo en los últimos catorce años.

Era una mañana fresca en El Junquito, un pueblo de agricultores, famoso por sus dulces de conserva y su chicharrón de cerdo, donde los caraqueños hacen turismo de fin de semana. En todo el camino vi gente que salía a las calles a festejar la llegada del candidato. Los seguidores de Capriles Radonski llenaron las calles, gritaban consignas y portartaban pancartas y afiches, mientras los vendedores ambulantes promocionaban la sensación del momento: una gorra de béisbol con los colores de la bandera venezolana a la que llamaban “la prohibida”, puesto que las autoridades electorales decían que violaba la norma de no hacer proselitismo con símbolos patrios.

Frente a un restaurante de fritangas, les pregunté a dos mujeres —que portaban carteles que rezaban “Hay un camino”— por qué estaban con Capriles Radonski. Carolina Romero, vecina de la zona, me dijo que desde que Chávez llegó al poder el precio del kilo de queso había subido 700%. Luego me pidió que contemplara a mi alrededor. “El Junquito era uno de los pueblos más hermosos y tranquilos del país —me explicó—. Hoy matan gente todos los días. Hay violencia porque el pueblo sigue el ejemplo de Chávez, quien usa un lenguaje violento. La economía se ha empobrecido porque Chávez ataca por el cuello a los empresarios y los ahoga. Fui chavista los primeros cuatro años de su gobierno, hasta que me di cuenta de que Chávez representaba el atraso y quería adueñarse del país”.

La mujer perdía mesura mientras subía de tono y velocidad. Ahora su monólogo era indignado e imparable. Me tomó del brazo y me miró a los ojos con el ceño fruncido: “Chávez sigue ganando porque tiene a la gente hipnotizada. La hipnotizó con brujería. ¿O qué crees tú que fue lo que él hizo cuando sacó al Libertador de su sarcófago? Fue una operación a medianoche. ¿Por qué no lo hicieron durante el día? Porque era un ritual de brujería para hacer una ganga con los cubanos. Chávez ha regado la brujería”, dijo sin soltarme el brazo.

De repente se oyó una bulla de motores, gritos y cornetas a la distancia. El candidato corría a paso rápido hacia el lugar de la concentración. Pero todo lo que se veía era una especie de cardumen humano que gritaba e intentaba sacar fotos. Por momentos, emergía la gorra tricolor y Capriles Radonski sacaba la mano del tumulto para saludar.

La gente desbordó las calles para escucharlo. Desde las ventanas, balcones y comercios coreaban: “Se ve, se siente, Capriles presidente”. El abanderado del progreso se encaramó en el techo del camión de la mano de Leopoldo López, quien había sido su contendor en las filas opositoras y que ahora suele acompañarlo en la campaña junto con otros líderes opositores. Se había dicho que Capriles Radonski no enamoraba al pueblo ni levantaba pasiones. Pero lo que veía ante mí era una muestra de verdadero entusiasmo.

El aspirante interpeló a los presentes: “¿Hace cuánto tiempo que ustedes no veían aquí a un candidato presidencial?”. La multitud rugió para reprobar a Chávez. Luego, Capriles Radonski pasó revista a los problemas que aquejan a El Junquito. La inseguridad: “Queremos un pueblo sin violencia, porque si erradicamos la violencia, todos podemos estar mejor”. El desempleo: “Hay que creer en nuestros agricultores y no en los de otros países. Ésta es una tierra maravillosa. Hay que desarrollarla”. La carretera: “Hay que desarrollar la vialidad para que mejore el turismo”.

En un interludio en el que se mostró más coloquial habló de sus idílicas visitas a El Junquito en la niñez. Había hecho contacto con el corazón de la gente y era recompensado con aplausos. Leopoldo López lo miraba con una sonrisa complacida.

Este discurso y otros que vi ese día fueron como relámpagos comparados en extensión con los de Chávez. Duraron quince minutos, a lo sumo veinte, el tiempo que usa para calentar las cuerdas vocales.

Unos minutos antes del final, recibí indicaciones de esperarlo en su minibús. Adentro reinaba el silencio y la calma, pero de pronto el vehículo se estremeció, como sacudido por un sismo. Cuando al fin entra el candidato, tiene un manojo de papeles y cartas en la mano que entrega a su asistente.

Capriles Radonski me mira con familiaridad y saluda jovialmente como si hace tiempo esperara verme. No bien arrancamos comienza una reunión de campaña impromptu. La actriz Fabiola Colmenares, protagonista de exitosas telenovelas que participa desde hace años en las luchas políticas de Vargas, le dice que el deterioro de la carretera afecta la vida de la gente que pasa hasta cuatro horas para ir a su trabajo. El candidato reflexiona en voz alta que el tema hay que saber presentarlo porque, para la gente que vive en casas de lata, la vivienda es el tema principal, pero si se le hace ver que la carretera es el camino al trabajo digno, puede entender mejor su importancia.

La discusión del cenáculo da oportunidad para estudiar el rostro del candidato. Las facciones son angulosas. Dan la impresión de seriedad pero también sugieren una ternura que aflora cuando su portador muestra los dientes con una enorme sonrisa. Un momento después, la sonrisa se ha ido para adoptar una máscara de seriedad y ceño fruncido en la que destacan unos ojos oscuros que absorben lo que ven con una expresión levemente descolocada. Llama la atención una cicatriz que abarca parte del cuello y la mejilla. La nariz es nítida y aguileña. La fisonomía transmite llaneza por encima de otras notas.

Aprovecho una pausa para preguntarle a Capriles Radonski qué le han parecido los actos de Chávez. “No lo verás como me viste hoy a mí corriendo junto a la gente. Sólo hace giras en una carroza porque perdió la tolerancia a la masa”.

—¿Cómo es eso?
—No hablo paja. Tengo tiempo estudiándolo. Desde hace cinco o cuatro años su contacto directo con la gente es muy escaso. En Aló, presidente todas las intervenciones espontáneas eran arregladas.

Serpenteábamos por una carretera de curvas pronunciadas. Varios pasajeros se marearon. Paramos un minuto a saludar frente a un restaurante de carretera. Un puñado de seguidores se apiñó en la ventana mientras el candidato lanzaba gorras y balones de futbol y basquetbol. Un hombre lo abordó como si se conocieran. Al cerrar la ventana, Capriles Radonski dijo que se que llamaba Frank y que lo apodaban el Muerto. “Era mi carcelero cuando estuve en El Helicoide —la cárcel de la policía política—. Su trabajo era vigilarme, pero también me cuidaba diciéndome en quién podía confiar y en quién no. Cuando estás preso, tu vida depende de gente así”, dijo.

—La cárcel marcó tu vida y tu carrera política, ¿por qué hablas tan poco de esa experienci
—Porque yo no soy egotista. La cárcel me fortaleció de muchas maneras.
—¿A qué te refieres?
—Mi sentido religioso se fortaleció en la cárcel y luego de ella. En prisión te ves ante una encrucijada. O te apartas de Dios o te acercas. Dios te ayuda a no caer en ‘el hueco’ —señaló mientras hacía un gesto con las manos y abría enormemente los ojos para subrayar la expresión de abismo.
—¿Qué es ‘el hueco’?
—Es la pérdida de esperanza. El derrumbamiento. Estar preso es perder la libertad, y quien pierde la libertad lo pierde todo. Preso ni en la casa.

Mientras hablábamos, el candidato se anudaba con mucho esmero y cuidado los zapatos, unos sneakers de correr Brooks color negro. Estaba vestido con unos pantalones grises de excursionista contemporáneo, hechos de tela impermeable con ventosas para respirar, marca The North Face, y una camisa también ventilada que un pequeño taller de confección hace para él. Capriles Radonski usa no menos de cuatro en cada día de gira. Las cambia de color según el escenario, casi siempre en tonos claros y de preferencia pasteles. Las camisas han venido a ser un símbolo de su identidad —una identidad multicolor— tanto como las estridentes camisas rojas son un símbolo del monótono fanatismo por Chávez.

Como había otros dirigentes de peso, pregunté al foro por qué la oposición se empeñaba en presentar el 7 de octubre como una suerte de Día D, en el que la suerte del país quedará sellada.

Leopoldo López atajó la pregunta: “La percepción de que el 7 de octubre define un límite es real. Estamos en el mejor momento de la oposición, con una unidad genuina que nunca antes había ocurrido. Y eso nos puede llevar a ganar. Pero esta elección decidirá muchas cosas. Si ganara Chávez, vendría un cambio en la Constitución, planteado ya en su programa de gobierno, para terminar de adoptar el modelo cubano y acabar con la descentralización, algo que ya está en marcha. Se cambiará también el sistema electoral. De modo que ésta puede ser la última elección democráticamente hablando”.

Le comenté a Capriles Radonski que la actual campaña presidencial era la más religiosa que había visto desde que tenía memoria. Chávez le pide más vida a Cristo, a todos los santos y deidades para llevar adelante su opus magnum, y él muestra abiertamente su devoción por la Virgen María. Es un caso extraño. A pesar de los orígenes judíos por línea paterna y materna, su papá se declara católico. Eso llevó a que Capriles Radonski y sus hermanos se criaran entre dos religiones y con la libertad de elegir entre ellas cuando mejor lo consideraran.

El candidato me habló con inusitada candidez de su relación con la Virgen, me dijo que ella lo había ayudado a mantenerse del lado del bien en la cárcel. “Una vez una persona me regaló dos estampas de la Virgen María. Con ellas hice un altar. La Virgen se convirtió en mi compañía y me protegió. En una ocasión pasé veinte días confinado, sin ver la luz del sol. Me sacaron al patio. Me extrañó que me dejaran allí más tiempo del acostumbrado. Cuando regresé a la celda, me di cuenta de que la habían requisado, porque aunque todo estaba en aparente orden, habían movido la estampa de la Virgen. Ella me dijo que habían entrado. Desde que salí de la cárcel, todos los 8 de septiembre voy a El Valle, en la isla de Margarita, a visitar la basílica de la Virgen del Valle”.

Todos en el minibús lo escuchaban con mucha atención extrañados de que fuera tan abierto a relatar esta experiencia. Luego dijo que contaría algo que hasta ahora pocos sabían y refirió gestiones del ex presidente de los Estados Unidos Jimmy Carter para logar su liberación. “Carter estaba en Caracas como observador del referéndum de 2004 y él habló con Chávez para pedirle por mi liberación. Eso me ayudó a salir”.

Le pregunté si es un hombre de oración. Me dijo que buscaba un momento en el día, generalmente en las mañanas, para agradecerle a Dios. “No pido para mí. Chávez pide de forma oportunista, primero para él”.

—Chávez también se muestra como un hombre religioso —le respondí, con la sospecha de que la pregunta no sería bien recibida.
—Nadie sabe qué es Chávez —me respondió, y dejó el tema de lado.

El contexto electoral

Capriles Radonski ganó en febrero las elecciones primarias de la oposición con una muy amplia ventaja frente a todos sus competidores, lo que hizo ver diáfanamente que una mayoría de la oposición quiere poner fin a catorce años de divisiones y polarización. Eso también demostró que, pese a la simpleza que muchos le achacan, tenía muy buenos instintos políticos.

Iniciaba la precampaña presidencial con una intención de voto de entre 30% y 34%, mientras Chávez contaba con entre 43% y 46%, un fuerte predictor de éxito en las elecciones del 7 de octubre, de acuerdo con las encuestadoras más confiables. El candidato trató de usar el tiempo hasta el arranque de la campaña para descontar ventaja frente a Chávez. Sin embargo, en las semanas y los meses siguientes, sus números cayeron hasta ubicarse en entre 23% y 28%, según esas mismas encuestadoras.

¿Cómo explicar el desplome? “Aunque Chávez parecía estar de bajo perfil recibiendo tratamientos de quimioterapia en Cuba, la opinión pública estaba monopolizada por él —según Luis Vicente León, director de Datanálisis, una de las encuestadoras con mayor credibilidad—. Para Capriles Radonski mejorar su posición en este contexto era como intentar dar un discurso en una discoteca en la que el DJ Chávez tenía la música a todo volumen”.

De hecho, cuando en junio de 2011 Chávez hizo público que le habían extraído un tumor del tamaño de una pelota de béisbol y que padecía cáncer, su popularidad estaba en un bajo histórico de 48%, pero en los meses siguientes subió hasta 59%. Este escalamiento es un signo del espíritu compasivo de los venezolanos. A juicio de Vladimir Gessen, ex candidato presidencial y actual director de Informe21.com, un exitoso portal de análisis informativo, Chávez ha manejado la enfermedad como si se preparara para la posteridad. A principios de julio visité a Gessen, quien también ha padecido cáncer y ha seguido con atención la evolución del presidente. “El pensamiento mágico puede ayudar a explicar el resurgimiento de Chávez —me dijo—. Durante la primera parte del año, Chávez estuvo visitando iglesias para rezarle a Jesús y asistió a diversos ritos yorubas y de otras religiones. Todo esto tiene el propósito de pedir un milagro para completar su proyecto de vida. Los ruegos de Chávez han creado una poderosa conexión psicológica con el pueblo, que se ha congregado alrededor de su líder”.

Por eso el arranque de la campaña estaba más centrado en despejar la incógnita de si Chávez podría o no dar lo que él llamó la “batalla de Carabobo”. Para muchos, Capriles Radonski sería un actor de segunda fila.

El segundo libertador

El apoteósico lanzamiento de la candidatura de Chávez el 1 de julio, en Maracay, tras un recorrido de 17 kilómetros en carroza desde el estado Carabobo, cerca del campo de batalla donde se selló la Independencia venezolana, parecía confirmar este cálculo. Asistí a ese acto y quedé impresionado con el despliegue de maquinaria electoral. Decenas de autobuses transportaban desde muchos rincones a los seguidores del presidente, centenares de parlantes multiplicaban su voz, miles de afiches reproducían su imagen.

A lo largo de la avenida Constitución colgaban pancartas con los mensajes que festejaban su milagroso regreso del cáncer: “Hasta el 2000 siempre…”, “Amor con amor se paga”. También cantaban estribillos: “Viva Venezuela, mi patria querida./ Quien la libertó, mi hermano, fue Simón Bolívar”, “Mi comandante se queda./ Se queda./ Se queda”.

Cuando ya se acercaba la carroza, una mujer de unos sesenta años, al ver que yo no vestía de rojo, me preguntó amablemente qué hacía allí. Le dije que estaba tomando notas para una crónica electoral y aproveché para escudriñar cómo se sentía al ver de cerca al presidente. “Él es mi hermano, mi marido, mi mamá, mi amigo. Lo quiero, lo amo”. América Carvallo, me dijo que se llamaba y que trabajaba en el programa de salud Barrio Adentro. “Chávez nos ha traído salud, alimentación, educación y casa. Con él no hay pele [no hay forma de equivocarse]“. Al final agregó: “Se ve bello, ¿no? Que Dios le dé mucha salud”.

La llegada de Chávez causó furor entre una masa sedienta de verlo en carne y hueso luego de pasar meses en vilo. Apareció aún visiblemente hinchado por la quimio y con cierta lentitud de movimientos. Pero al subirse a la tarima, protegida por un perímetro que lo separaba al menos treinta metros de sus feligreses, su voz entonó el himno nacional con un hinchado vibrato capaz de poner la piel de gallina.

Comenzó su discurso, y recordó con melancolía sus años juveniles en esa zona. “Maracay, te regalo mi corazón…, también mis lágrimas de emoción”. No tardó en hacer girar la enfermedad a su favor para anunciar el arranque del “Huracán Bolivariano” y la “Campaña de Carabobo”. Abrazado al legado de Bolívar y con la historia trufada con la fábula épica, el presidente trató de presentarse a sí mismo como el paladín de una segunda independencia continental —esta vez del imperio estadounidense—. Desde ese pedestal ególatra, no tardó en atacar al sospechoso habitual de todos sus discursos: “El socialismo es vida y felicidad. El capitalismo, sufrimiento y barbarie”. No había duda posible: Chávez estaba de regreso, ¿okey?

Reencontrarse con Chávez era como asistir a un desfile con bombas de ruido y fuegos artificiales. Sin embargo, algo había cambiado desde la campaña de 2006. Quienes lo veían, querían sentir la electricidad de años pasados, pero sus pases retóricos sonaban gastados. Transcurrida media hora, lo que usualmente se toma para entrar en materia, ya la mitad de los asistentes habían abandonado el mitin.

El arranque de Capriles parecía, en comparación, demasiado modesto. Lanzó su campaña con la visita a dos poblaciones, aparentemente insignificantes, en confines opuestos del país: Santa Elena de Uairén, al sur, casi en la frontera con Brasil, y la península de La Guajira, en el extremo noroccidental del país, colindante con Colombia.

A Capriles también se le criticaba no ser un orador con pico de plata como su contrincante, sino más bien introvertido y parco en la palabra masiva. Mientras los discursos de Chávez suelen contarse en largas horas, los de Capriles se miden en cortos minutos.

Estas diferencias subrayan otro evidente contraste de los estilos de campañas. Los actos de Chávez son una superproducción para entronizar al líder, pero no siempre garantizan los efectos deseados. Los de Capriles Radonski son austeros y casi carecen de aparataje, pero ha ido en aumento el caudal de asistentes casi día a día. Mientras las concentraciones de Chávez tienen mucho de parada militar, las de Capriles recuerdan más una espontánea fiesta colectiva, la acción flash y el happening.

Pero también marcan un cambio de época. A la vuelta de catorce años, Chávez personifica el establishment. Capriles Radonski apareció en la escena en 1998 cuando tenía veintiséis y también ha participado en los mayores eventos políticos de la última década. Pero es dieciocho años menor, y no se le puede asociar fácilmente con el pasado y el viejo orden partidista contra el que el presidente lleva catorce años predicando. Chávez detesta que su adversario diga que hay un nuevo camino, porque lo obliga a decir que él sí encarna el futuro, aunque todos sepan que su futuro tiene catorce años de pasado. Y como dice el adagio, el futuro ya no es como antes.

Todo esto ha hecho que la campaña sea muy distinta de lo previsto. Aun así, la candidatura opositora no ha subido tanto como lo esperado. A medida que caen las hojas del calendario, la pregunta de los analistas es si el descontento general le dará al candidato opositor suficiente impulso para morderle votantes a Chávez. Los voceros chavistas lo ven al revés. Esperan que el titánico esfuerzo de Chávez por apagar incendios, sumado a aumentos salariales y ambiciosos programas sociales como la Misión Vivienda, frene la caída del gobierno y asegure lealtades susceptibles de quebrarse. A muchos les conviene que Chávez permanezca, porque es la garantía de que sus bolsillos seguirán llenándose o de que se mantengan las políticas que les convienen. Las encuestas de principios de septiembre sugieren que esta fórmula ha dado resultados escasos.

Alcabalas

Al salir de Caicara recorrimos un paisaje de sabanas inundadas y prados color esmeralda, punteado por pequeñas fincas, potreros y chozas indígenas. Cincuenta y cinco minutos después estábamos en Santa Rosalía, otro pueblo olvidado en los mapas. La aglomeración no llegaba a masa. Pero era quizá la mayoría del pueblo y estaba evidentemente agradecida por el avistamiento de un candidato presidencial, especie extraterrestre para los estándares de esas soledades.

Capriles apareció con una camisa verde y los arengó desde el consabido techo del camión, les prometió acabar con los apagones eléctricos y trató de conjurar en la mente del público la idea machacada por Chávez y sus voceros de que un gobierno opositor acabaría de inmediato con las misiones —ayudas económicas y programas sociales—. “Hay que buscar soluciones y recursos para todos. Ustedes tienen la fuerza en sus manos”. Más adelante se refirió al lenguaje cada vez más belicoso utilizado por Chávez y su séquito para referirse a él. “Con puños no se construye nada, sino tendiendo la mano”. Se despidió con un gesto que ha llegado a definirlo. “Uso esta gorra no para dividir, para demostrar mi compromiso”, dijo al lanzarla.

Cuando partíamos, una señora pidió que la dejaran entrar, pues traía unas viandas con el almuerzo y, a causa de las inundaciones, había tenido que salir a nado de su aldea. Él le dio las gracias y la despidió con abrazos y besos. Eran arepas de coroba y fueron devoradas por el equipo de campaña antes de que llegaran al candidato, quien debió conformarse sólo con probarlas.

Pocos minutos después fuimos detenidos en un puesto de control de la Guardia Nacional. Hombres con rostros duros, uniformes verde oliva y armas largas y pistolas rodearon el microbús. Un sargento de 1.90 de altura y porte temible tocó violentamente la ventana. Adentro hubo un tenso silencio. Capriles Radonski se levantó de su asiento en el fondo y le extendió la mano. El hombre lo rechazó y lo mandó con otro gesto imperioso a volver a sentarse. Era lógico pensar que ordenaría una “inspección exhaustiva” para boicotear el tour. El militar le habló directamente al candidato: “Óigame bien” —pronunció en un tono casi de advertencia—, tiene que ganar estas elecciones. Lo que estamos viviendo no puede seguir. Las Fuerzas Armadas mantienen su compromiso con la democracia. Así que siga adelante y gane las elecciones”. El discurso del militar no duró más de treinta segundos. Con la misma intensidad que había entrado, salió y ordenó a la caravana seguir su camino. Nadie habló del asunto, salvo alguien que dijo que esa clase de situaciones se presentaban con frecuencia con los empleados públicos.

La meta era llegar a Guarataro a las dos de la tarde a más tardar, pero a cada instante el microbús debía frenar para no caer en las enormes trincheras de la vía.

Capriles Radonski se acomodó en la última fila y abrió un Red Bull (sugar free) y me dijo que pocos días atrás había cruzado un punto tras el cual su candidatura no pararía de crecer. Se refería a la calurosa bienvenida que había recibido en los estados Mérida y Trujillo, donde una multitud premiosa lo esperó hasta la madrugada, pese al frío del páramo.

Hace dos años, una de sus ayudantes más cercanas me había comentado que Capriles Radonski se comenzaba a reunir con Henri Falcón, disidente del chavismo, y Leopoldo López para mover la oposición en una nueva dirección y que, de salir las cosas bien, Capriles Radonski buscaría ser candidato. Entonces, ese “de salir las cosas bien” sonaba como un estorbo colosal para que la aspiración llegara a concretarse. Le pregunté al candidato qué decisiones había tomado para que las cosas funcionaran bien.

“Dicen que el tiempo de Dios es perfecto”, me respondió. Luego habló sobre cómo los desafíos que había resuelto como alcalde y gobernador le habían dado gran experiencia de gobierno. “Me ha tocado lidiar con todos los obstáculos. Pero aquí estoy. Esto es como construir una casa: hay que hacerla bloque por bloque de abajo para arriba. Mi pasión política consiste en tomar decisiones que mejoran la vida de la gente”.

—¿Piensas cambiar la estrategia y los mensajes que has usado hasta ahora?

Me miró con ojos incrédulos: una mirada excéntrica y defensiva, típica suya, que más que ver se incrusta en su interlocutor.

—No tengo previsto cambiarla. Se trata de mantener la disciplina en el mensaje. Repetirlo y repetirlo. Me oyeron en Caicara y Santa Rosa, pero no me han oído en Tucupita o en otros pueblos.
—¿Y cómo gobernarás, de ser elegido?
—Garantizaremos la seguridad personal. No haremos más expropiaciones innecesarias. Venezuela antes producía y exportaba muchos productos. Ahora importamos todo. Utilizaremos el petróleo para impulsar la diversificación. El objetivo del 7 de octubre no es ser presidente, sino dar inicio a una nueva etapa. Hemos logrado entusiasmar al país y llenarlo de optimismo sobre la base de trabajar todos para tener una mejor sociedad. En Venezuela hay una disputa esencial entre un presente que mira al pasado y otro que mira al futuro. Además hay problemas muy serios con la distribución actual de la riqueza. Una parte no se le está entregando a los venezolanos, sino a otros países”.

Capriles Radonski se encuentra en la contienda climática de su carrera política. Nunca ha perdido una elección. Pero esta vez es diferente. Para convertirse en un verdadero líder nacional debe o ganar la presidencia o perderla en un final de fotografía con Chávez. Sólo así su liderazgo será indiscutible entre una oposición emocionalmente inestable, caracterizada por frecuentes ups and downs y que se debate entre sentir que el próximo 7 de octubre es el Juicio Final o el día de la Resurrección. Si las cosas no van bien, debe preparar a sus seguidores para la tremenda tarea de asimilar la derrota. Tiene el mandato para hacerlo, y además cuenta con una gran ventaja frente a otros prominentes políticos de su generación: no trasluce avidez de poder.

Por fin, entramos a Guarataro a las dos con quince minutos. Antes de lanzarse al gentío, Capriles Radonski se desanudó los zapatos, se alzó las medias y volvió a amarrarlos cuidadosamente. Le pregunté si era una especie de ritual particular. Me dijo que si no lo hacía podía caerse o quedar descalzo durante sus estampidas hacia la tarima. De tanto empujón que recibe, suele salir golpeado y magullado de las giras, me contó mientras me enseñaba cicatrices en su cuello y cara y me dijo que tenía un fuerte golpe en el hombro. Otra vez encaramado sobre el techo de un camión aprovechó para preguntar si allí también había apagones. Unas quinientas personas —es decir, casi todo el pueblo— le contestaron a coro que sí. Capriles Radonski parecía estar cada vez más cómodo en su rol. “El gobierno no se ocupa de que estos postes tengan luz, pero sí de que tengan un afiche del otro candidato. Pero él sólo viene aquí en afiches, mientras aquí me tienen en carne y hueso”. Todos los asistentes se desahogaron en un abucheo catártico contra Chávez. Era apenas un preludio microscópico de lo que en dos horas esperaba en Ciudad Bolívar.

El sucesor

Cuando hablé con Gessen a principios de julio, toda la expectativa electoral giraba en torno a si el milagro se mantendría o no. El nombre del candidato opositor era algo así como una referencia de segundo grado. La agenda la ponía Chávez. Pero Capriles Radonski ha hecho una campaña inesperada y extraordinaria que, por decirlo de algún modo, le ha robado el show a Chávez, quien por primera vez en una campaña presidencial se ha visto a la defensiva.

La campaña pueblo por pueblo ha hecho una mella considerable en el chavismo. Para compensar, Chávez pasa horas en cadenas nacionales de televisión, que interrumpen la programación regular con o sin motivos de peso. El líder de la revolución suele aparecer ante las cámaras excitado y errático atacando a su rival con insultos que se mueven del cliché a lo insólito: oligarca, burgués, fascista, jalabolas, nazi.

Claramente Chávez es todavía un caudillo fuerte, pero sus viejos poderes de seducción se desvanecen ante los ojos del país en un interminable teletón —seiscientos un minutos entre el 1 de julio y el 28 de agosto, de acuerdo con Monitor Digital—. Solía decirse que Chávez era un predicador carismático capaz de hipnotizar con su oratoria prodigiosa a millones de creyentes. Hoy parece más un viejo mago cuyos trucos y actos de ilusionismo están gastados de tanto repetirse y ya no encienden en la masa la intensa fascinación del pasado. Incluso un acto tan mágico como su milagrosa recuperación del cáncer no ha dado el resultado político por él esperado. Sus maniobras ya no son una novedad para la mayoría de los votantes que han pasado buena parte de su vida consciente en la Era Chávez. Para muchos, las cosas se han prolongado suficiente.

Esta sensación se acentuó a fines de agosto durante la llamada “semana negra de Chávez”, cuando en cuestión de días el país sufrió un sangriento motín carcelario, la caída del principal puente que une el oriente venezolano con el resto del país, diluvios bíblicos que destruyeron varios pueblos y una descomunal explosión en la refinería de Amuay —una de las más grandes del mundo— que dejó más de cuarenta muertos, un centenar de heridos y más de mil quinientas casas afectadas. En medio de la crisis por el mayor accidente petrolero en la historia venezolana, Chávez dijo: “El show debe seguir”, en referencia a la campaña electoral. Esas cuatro palabras trataban de restarle importancia a la emergencia, pero la realidad dejaba al desnudo el colapso simultáneo del gobierno y la incompetencia de sus políticas en muy distintos frentes.

Volviendo a Capriles Radonski, Gessen me comentó que su mayor reto era convertirse en el sucesor político de Chávez, ya que si a Chávez le fallara el milagro, él quedaría al frente. “Hasta ahora ha evitado entrar en el tema de la enfermedad, porque ir contra Chávez en ese terreno no le traería votos. Pero él sabe serpentear y se irá colando en el sentimiento de los venezolanos sin generar resistencia. Fue así que llegó a la presidencia de la Cámara de Diputados al inicio de su carrera política. Si la gente percibe que Chávez morirá, Capriles Radonski quedará como el sucesor con al menos 40% de los votos… El venezolano cree en los milagros, pero también se apega firmemente a aquel adagio que dice: ‘A rey muerto, rey puesto’”. Y es cierto que a veces las circunstancias conspiran para que surja un nuevo líder.

Ciudad Bolívar

Desde la salida de Guarataro, la mayor preocupación era llegar al aeropuerto de Maripa a las tres y media de la tarde. Éste era apenas una pista de tierra donde esperaban cuatro Cessna 206 y un helicóptero. El equipo abordó las avionetas y el candidato, con su entourage, el helicóptero. Durante la siguiente hora volamos a cinco mil pies de altitud por un paisaje de planicies inundadas con el soberbio Orinoco de fondo. Un avión tras otro tocó la pista de Ciudad Bolívar en perfecta secuencia coreográfica, como si el aterrizaje hubiera sido coordinado por un show aéreo. Finalmente, el helicóptero se posó con suavidad a un costado del terminal. Tras el cordón de seguridad lo esperaba una aglomeración de mujeres vueltas locas. En realidad no parecían esperar a un candidato, sino al grupo Menudo en pleno —o a Justin Bieber, para las nuevas generaciones.

Lo que venía era la hora más agitada y sorpresiva de todo el trayecto. Cruzamos en caravana media Ciudad Bolívar. No había calle que no estuviera repleta de gente. Capriles Radonski bajó del microbús, y al instante desapareció como tragado en un cúmulo. Debía correr casi tres kilómetros para llegar a la tarima. A medida que avanzaba, más gente se le unía hasta formar una estampida de miles de personas. Corrí como un kilómetro en subida hasta que las fuerzas no me dieron y paré exhausto para ver el torbellino humano diluirse entre una masa compacta.

Hasta donde entendía yo, Ciudad Bolívar era tierra de sindicatos y chavista a más no poder. Y según la propaganda, Capriles Radonski es un burgués, un cerdo, un oligarca, un neoliberal, un fascista, un nazi… Por eso era tan sorprendente el caudal humano y la calidez del recibimiento. Me abrí paso hasta la tarima como pude. “Aquí está el flaco que está oyendo a Venezuela”, anunció el diminuto pero enérgico Andrés Velásquez.

Cuando Capriles Radonski comenzó su discurso todavía recobraba la respiración de la carrera y todo su cuerpo soltaba chorros de sudor (si el éxito electoral se midiera en hectolitros de sudor, el suyo estaría asegurado). En un momento de solipsismo me asaltó como un flash una frase que leí hace algún tiempo: “Llegar al poder no es para los débiles de corazón”. Enseguida conjeturé sobre si Capriles Radonski tenía o no posibilidades de ganar. Recordé los ejemplos de Churchill y De Gaulle, héroes nacionales que fueron arrastrados por el cambio en el espíritu de los tiempos pese a sus glorias y charreteras. Por supuesto, ellos no eran Chávez. Sus motivaciones y su época eran distintas, pero, como él, luchaban para mantenerse en el poder.

Alguien le entregó al candidato un icono de la virgen en yeso del tamaño de un trofeo deportivo. Lo tomó en sus manos y lo besó. “¿Están listos?— preguntó mientras escrutaba el horizonte con la mano en la visera de la gorra tricolor— Ustedes son el futuro y yo estoy con el futuro… Si todos aquí hacemos la tarea, ¿quién puede con nosotros?”. Hizo una pausa para recibir el bramido de miles de gargantas. Desde la tarima, la vista se perdía en un mar de gente. Continuó predicando contra los catorce años de mal gobierno, con preguntas al pueblo de Bolívar si con altos índices de violencia, desempleo, deserción escolar y sus industrias colapsadas estaban realmente mejor. Hizo un esfuerzo notable por inspirar en ellos el sueño de un futuro sin violencia y odios, y les ofreció un gobierno bajo el cual vivir vidas seguras y productivas. Y fue enérgico y persuasivo. La respuesta fue una larga ovación. Ese enigmático pacto entre un líder y una masa llamado carisma funcionaba. Al menos en ese instante. “Otros quieren ser líderes del mundo, yo quiero convertir esta alegría en millones de votos… Y el 7 de octubre, cohetes en la noche”.

No se sabe qué pasará ese día. Lo único cierto es que hasta ahora la suerte ha estado de su lado, ¿seguirá estándolo?

Marisol Valles temblaba cuando llegó a la garita fronteriza. “Soy Marisol Valles y me van a matar —le dijo al agente de migración—. Venimos a pedir asilo”. Llevaba a su hijo en brazos. Atrás de ella: su marido, sus padres y sus dos hermanas. Los seis habían salido de casa con sus actas de nacimiento y lo que traían puesto. Ni un papel más, ni un cambio de ropa para el bebé.

Esa tarde, cuando su padre y su marido regresaron de trabajar, la madre de Marisol les dijo la decisión: iban a irse. Todos se subieron a la camioneta roja y manejaron sin parar hasta la garita fronteriza.

Los agentes la reconocieron: sólo cinco meses antes, su foto con la leyenda “La mujer más valiente de México” había dado la vuelta al mundo. Llevaba los mismos lentes de pasta sobre la nariz recta, el pelo lacio al hombro (y, ahora, mirada de angustia). A los veinte años, Marisol Valles había sido nombrada directora de Seguridad Pública de Práxedis G. Guerrero, un pueblo en el Valle de Juárez, Chihuahua, donde habían sido asesinados, según la versión, cuatro o cinco comandantes. Otros simplemente habían huido ante las amenazas de los cárteles del narcotráfico. Marisol tomó el puesto que nadie quería, con la promesa de que la nueva policía, formada casi por puras mujeres, no haría trabajo de combate a la delincuencia, mucho menos al narcotráfico, sino de prevención del delito.

Pero las amenazas, a veces disfrazadas de invitaciones a colaborar, tardaron cuatro meses en llegar. Y la única solución para la jefa de policía fue el exilio.

El día que decidió pedir asilo, Marisol dejó de asistir a una cita que tenía en Ciudad Juárez. La llamada del hombre plantado llegaría en cualquier momento. O no. Quizá no habría más llamadas, sólo amenazas cumplidas.

***

Marisol Valles nunca ha tocado un arma. Nunca quiso ser policía. Tampoco tuvo intenciones de cambiar la negra historia reciente de su pueblo —la de ejecutados y cabezas exhibidas en la plaza—. “Yo metí mi solicitud para trabajar como secretaria, no como directora [de Seguridad Pública]“, me dijo.

Me reuní con ella en una vieja casona de El Paso, Texas, donde están las oficinas de su abogado, Carlos Spector. Esa mañana, la esposa de Spector, Sandra, había ido a recogerla a algún lugar donde la dejó un pariente. Sandra me asegura que ni ella sabe dónde vive Marisol. Desde que llegó a Estados Unidos sólo ha dado un par de entrevistas en vivo, y ésta es la primera vez que lo hace sin acompañantes.

—No confío —me dijo, y repitió la frase varias veces.

Más que la joven valiente cuya foto habían publicado los periódicos un año antes, parecía una adolescente perdida que no sabe cómo volver a casa ni cómo llego a donde está.

Marisol Valles nació en Ciudad Juárez y vivió siempre en Práxedis. Nunca viajó más allá de Juárez, ni hacia el sur, ni hacia el norte. Su padre, un mecánico diesel que trabajaba en un rancho, se encargó de que todas sus hijas fueran a la escuela. Marisol, la segunda, era una niña dulce, ordenada, siempre cuidada por su madre. En 2007, cuando terminó la preparatoria, pensó en estudiar psicología, hasta que alguien le habló de la carrera de criminología. “Me interesaba mucho entender por qué la gente se comporta de diferentes maneras, qué quiere decir cuando una persona hace una cosa”, dijo.

El único lugar donde encontraron esa carrera fue en una escuela privada en Ciudad Juárez. Para ayudar a sus padres con los gastos, Marisol se consiguió un trabajo como secretaria en la comandancia de policía del pueblo. Por la mañana trabajaba llenando reportes policiacos, y por la tarde viajaba a Ciudad Juárez para ir a clases. Ahí empezó a ver a su pueblo desde una ventana distinta de la de su casa.

—Entré porque la secretaria renunció, porque habían matado al comandante.
—Habían matado al comandante de la policía de Práxedis —le digo casi incrédula.
—Pues ya habían matado a varios, para serte sincera. A éste se lo llevaron, luego reportaron una riña muy grande, y salieron los policías. Cuando regresaron estaba en una hielerita la cabeza del comandante y había una cartulina que les explicaba todo.

***

El Valle de Juárez es una región en la frontera de Estados Unidos, al este de Ciudad Juárez, donde en otra época se sembraba algodón. Hoy, a lo largo de la carretera, sólo se ven unos cuantos campos algodoneros. El resto del territorio está compuesto por solares polvosos; sus plantas son pedazos de coches viejos. Los puestos improvisados de venta de ropa usada son el tipo de comercio más popular.

En el camino de Juárez a Práxedis, nuestro guía nos va haciendo recuento de los muertos. “Aquí una vez mataron a dos. Aquí encontraron los cuerpos desenterrados de los hermanos Reyes Salazar. Aquí, dos. Aquí, tres. Aquí, un ejecutado”. “Aquí —en un campo conocido como Los Arenales—, se llenaba de carros de Juárez, era un estacionamiento. La gente hacía sus carnes asadas y pisteaba. La poli no te decía nada. Todo eso se perdió”.

Práxedis siempre fue un sitio para el paso de la droga a Estados Unidos. Los paquetes se cruzaban por el río. “Pasaban y corrían. Desde aquí se veía [el otro lado]. Hasta que pusieron esa malla ridícula. O barda, lo que sea”, me dice el sacerdote de Práxedis, Martín Magallanes, en la oficina de la parroquia de San Ignacio de Loyola, casi a la entrada del pueblo.

Magallanes, un sacerdote joven con barba de candado que habla ronco con un fuerte acento juarense —dice morros y batos y llama La Morena a la Virgen de Guadalupe— llegó hace unos meses al pueblo. Antes había estado a cargo de la Pastoral Penitenciaria, como guía espiritual de todos los presos de Ciudad Juárez. “Puede ser que algo tenga que ver con que el señor obispo me haya enviado aquí”, dice.

Cuando Magallanes llegó a Práxedis encontró un pueblo triste. La violencia había bajado, pero el pueblo se había quedado medio vacío, por los muertos y los desplazados. En su primer sermón, la gente lloraba. “Va más allá de la violencia, hay dolor, tristeza, ganas de venganza —dice—. La gente tiene miedo, está triste. Me encuentro un pueblo con padres a los que les mataron a varios hijos, jovencitas viudas, muchachitos en shock, porque vieron como mataban a sus padres, abuelos criando nietos”.

En este lugar, dice Magallanes, la vida se estaba volviendo desechable.

En 2007, cuando la violencia por la lucha entre cárteles había crecido, el Ejército llegó a ocupar el gimnasio municipal, a la entrada del pueblo, justo frente a la escuela primaria. Todos coinciden en el pueblo que la presencia militar sólo trajo más sangre. Las cifras dicen que, en 2010, Práxedis fue el cuarto municipio con más muertes relacionadas con el crimen organizado: setenta y uno en un pueblo de menos de cinco mil habitantes, muy por encima de Ciudad Juárez. De los levantamientos y desapariciones no hay cifras. Práxedis se volvió tierra de nadie y, por su ubicación, objeto del deseo de la avidez territorial del narco.

Varias personas me cuentan una historia escabrosa.

Una mañana, una caravana de camionetas recorrió los pueblos del Valle. Desde adentro aventaban volantes en la plaza, en las paradas de camiones donde los estudiantes tomaban el trasporte a la preparatoria —ahí estaba la hermana de Marisol—, en la fila de las panaderías, en la entrada de las escuelas, afuera de la Presidencia Municipal.

Eran copias de un documento escrito a mano con una lista de cientos de nombres divididos por pueblos. Era la lista negra. Esas personas tenían veinticuatro horas para abandonar el pueblo, si querían seguir con vida. Los que pudieron, huyeron esa misma noche. La mayoría cruzó la frontera a los pueblos texanos de Fabens y Hancock. Saúl Reyes Salazar, un activista de Guadalupe, el pueblo con más homicidios relacionados con el narcotráfico, me cuenta que de la lista de su pueblo ya sólo quedan unos cuantos vivos. Él ha perdido cuatro hermanos.

Magallanes dice que, en esa zona, más gente de la que uno se imaginaría trabajaba para el narco. “Aunque sea nada más ver, informar, guardar algo o hacer un pequeño servicio —dice—. Un día el cártel contrario dijo: o trabajan con nosotros, o mejor se van, o nos encargamos de que no trabajen para nadie”.

Cada dos o tres cuadras, en las calles terregosas de Práxedis, aparece una casa deshabitada, vandalizada. Algunas incluso están quemadas. A las orillas del pueblo, los ranchos están abandonados. Eran las propiedades de muchos que salieron huyendo del derecho de piso que les cobraban los cárteles.

“La gente decía: yo viví aquí, me la pasé toda mi vida aquí, treinta, cuarenta años, y tuve que dejar mi familia, mi casa, mi rancho, a lo que yo me dedicaba, porque estos señores quieren que yo me vaya. No les puedo dar lo que ellos piden, tendría que trabajar nada más para ellos”, dijo Magallanes.

Había levantados todos los días. Algunos cuerpos aparecían semanas después. De otros nunca se volvía a tener noticias después de su desaparición. Una noche, Marisol bajó a la cocina de su casa y escuchó ruidos. Los vecinos tenían una gran fiesta que un comando armado estaba interrumpiendo. La fiesta completa se tiró al piso. Los hombres armados se llevaron a los que quisieron, no se sabe por qué o para qué. Semanas después, los cuerpos acribillados aparecieron en un lote baldío.

La policía municipal —con veinte agentes en su mejor momento—, no se daba abasto con las llamadas para atender riñas, balaceras, ejecuciones, cuerpos encontrados. No sólo no podían hacer mucho, estaban también amenazados.

Cuando Marisol era secretaria de la comandancia, el titular en turno recibió una llamada. Dejó la bocina de lado y puso el altavoz. Del otro lado salía una voz masculina: “No somos los marranos que están matando gente inocente, podemos ser amigos, pero tienes que cooperar”. El hombre leyó la lista de los agentes que tenían que dejar la corporación en veinticuatro horas. El comandante se limitaba a responder: “Sí, señor, sí, señor”. Al día siguiente, varios de esos policías no se presentaron a trabajar. Nadie los volvió a ver por el pueblo.

Camionetas con hombres armados patrullaban el pueblo, asegurándose de que los hombres de su lista no siguieran deambulando por las calles de Práxedis.

Un domingo, cuenta Marisol, la llamaron de la Presidencia Municipal. Tenía que ir a hacer un reporte por pérdida de armas. Marisol había escuchado que algo había pasado en la comandancia, pero no se enteró hasta que llegó a trabajar. Los policías llegaban uno por uno a entregar su arma y presentar su renuncia. La noche anterior, cuando un par de agentes estaban de guardia, un grupo armado entró a la comandancia. Se llevaron todas las armas que estaban bajo llave en una especie de librero de metal. Uno de los agentes alcanzó a huir corriendo, pero se cree que lo agarraron. Su mujer llegó al día siguiente desesperada preguntando por su marido. Nunca se volvió a saber de él.

Los comandantes cambiaban cada mes. “Un día tenía un jefe, y al rato ya no estaba. Otro jefe, y ya no está”, dice. Marisol vio salir de la comandancia a uno de ellos, Manuel Carbajal —del que tiene mejores recuerdos—, en el auto de un policía. Unas horas después, escuchó la llamada de la policía del pueblo vecino, avisando que habían encontrado su auto y su cuerpo rafagueado en la carretera a Ciudad Juárez.

Marisol, que ganaba tres mil pesos quincenales, tenía un seguro de vida de cuatrocientos mil pesos en caso de muerte por accidente y doscientos mil en caso de ser acribillada en servicio.

***

En julio de 2010, Chihuahua eligió gobernador y alcaldes. En Práxedis, donde gobernaba el Partido Revolucionario Institucional (PRI), ganó el Partido Acción Nacional (PAN). Con el cambio de gobierno, se acabaría el contrato de trabajo de Marisol, que para entonces se había casado y tenía un hijo. Necesitaba conservar su trabajo, y llevó una nueva solicitud a las oficinas del presidente electo.

“Cuando [el alcalde electo José Luis Guerrero de la Peña] lee mi solicitud y ve que estoy estudiando criminología, me ofrece lo de director de Seguridad Pública —dice Marisol—. Me dijo que el proyecto iban a ser de puras mujeres, que sólo iba a haber dos hombres armados, y era un trabajo más social, íbamos a rescatar la confianza”.

Su primera respuesta fue un no rotundo. “Le dije que tenía miedo”.

La idea del presidente municipal era que la policía delegara al Ejército la lucha contra la delincuencia e hicieran un trabajo social de apoyo al DIF —entrega de despensas, censos de personas necesitadas, niños abandonados, ancianos solos—. La nueva policía femenina recuperaría la confianza de la gente.

“Se me hizo muy bonito el proyecto. Yo tengo un hijo pequeño y pensé de aquí a que crezca, si sigue así, ¿qué le va a tocar? Va a tener que ser sicario, no va a tener caso”.

Marisol corrió a contarle a su madre y ella la apoyó y la ayudó a convencer a su padre y a su marido. Con sus veinte años, Marisol, al frente de la policía de un pueblo peligrosísimo, se volvió una nota nacional e internacional. Práxedis G. Guerrero adquirió notoriedad ante el mundo, que poco o nada sabía del infierno en el que cotidianamente vivía.

La llegada de la prensa internacional era también una oportunidad de darle su mensaje al narco. “El alcalde me dijo: si viene la prensa hay que decir que no estamos en contra de nadie. Porque no íbamos contra ellos, les teníamos miedo y eso es lo que es. Lo que quería el alcalde era un acuerdo para que dejaran en paz el municipio. Estábamos en lo social, no nos estábamos metiendo en nada que les perjudicara”.

En octubre, en una rueda de prensa escoltada por el alcalde y algunos regidores, Marisol dijo que su trabajo sería de prevención, y que su principal obstáculo era la falta de recursos en un cuerpo policiaco que no tenía ni patrullas ni bicicletas, en donde los recorridos se hacían a pie.

El diario español El País la bautizó como “La mujer más valiente de México”, y otros medios retomaron el apelativo. Así se le conoció desde entonces.

Con ocho mujeres y dos hombres policías —el cargo de comandante desapareció—, dos rifles y un revólver, la nueva corporación hacía recorridos por todo el pueblo. Las policías regresaban al cuartel con la lista de las necesidades de la gente. “Muchas se ponían a llorar. Les tocaban casos de gente que estaba pobre, abuelitas que se quedaron con los nietos porque mataron a los papás, madres solteras con muchos niños y el esposo levantado”.

La atención internacional se transformó en ayuda. El Club Rotario mandó personal médico a hacer mamografías a las mujeres de Práxedis; llegó un dentista, despensas, hasta algo de dinero. Gente de todas partes llamaba preguntando cómo podían ayudar al municipio. “Un señor me dijo: por usted estamos aquí; dijimos: cómo una niña tiene más pantalones que nosotros y no podemos ir a darle esa ayuda a esa gente —dice Marisol, y una lágrima rueda por su mejilla izquierda—. Me da pena pensar que no terminé”.

A finales de 2010, la revista Newsweek incluyó a Marisol en la lista de las ciento cincuenta mujeres que mueven al mundo, al lado de Oprah Winfrey y Michelle Bachelet. Y El País la nombró uno de los cien personajes del año.

—¿Qué sentías cuando te decían la mujer más valiente de México? —le pregunto.
—Yo nunca me sentí así.

***

Dos meses después de empezar su función como directora policiaca, el alcalde la mandó llamar. Una de las policías había encontrado una hoja con un mensaje durante uno de sus recorridos. En tinta roja y escrito a mano llamaban “marrana” a Marisol y la amenazaban con dejar huérfano a su hijo por trabajar para un cártel.

“Yo no iba a ser tan tonta para meterme con un cártel. Yo tengo un hijo”, dice.

Pasó casi inadvertida esa primera amenaza. Después —según Marisol— llamaron al alcalde para pedir que la despidiera. Cuando Marisol se enteró, perdió la tranquilidad. Vivía esperando que la llamaran directamente.

Así que, poco antes de cumplir cuatro meses en el cargo, Marisol recibió una llamada de un número desconocido, mientras estaba en casa de su madre.

—¿Qué no te dieron el mensaje que no te queremos ver aquí? —le dijo la voz de un hombre joven.
—¿En qué le estoy perjudicando? —contestó Marisol tratando de no perder la calma.
—No te hagas la tonta, que tú sabes que andas con aquellos marranos. Te voy a investigar y a llamar el viernes.
—Espero su llamada, yo no tengo que ver con nadie.

Empezaron a aparecer indicios de espionaje. Un auto rondaba constantemente la casa de sus padres, un niño en una bicicleta se estacionaba mañanas y tardes afuera de la casa de Marisol y las policías le avisaban de coches desconocidos afuera del cuartel, con hombres que nunca se bajaban.

Marisol se cambiaba del auto de su marido al de su hermana para tratar de distraer al enemigo. Pasaba más tiempo en casa de sus padres. Había dejado de dormir y hacía planes con su marido sobre las posibilidades de escape en caso de que llegara un comando a su casa.

El viernes no llegó la llamada esperada, pero eso no le quitó el miedo. “Yo dije: un día de estos van a venir por mí”. Una semana después recibió una llamada en la comandancia, pero no estaba. Más tarde, le llamaron de un número privado a su celular. Era la misma voz de días antes.

—Tú fuiste a la tienda del pollito a recoger dinero.
—Yo no he salido en ningún momento, se está equivocando.
—Tengo a alguien vigilando, tú trabajas para ésos, conoces a…

Ahí se sintió vencida.

—Si quiere el puesto en el que estoy ponga a quien quiera. Yo puedo trabajar de recepcionista, pero no me voy a ir del pueblo.

En ese momento el hombre cambió la estrategia. Le dijo que si era cierto que no trabajaba para nadie, entonces quería verla en Ciudad Juárez para hablar. Marisol se atrevió a decir que iría para probarle que no trabajaba para ningún cártel. Colgó el teléfono.

La madre de Marisol llegó a recogerla a la comandancia y se encontró con un auto estacionado atrás de ella, con dos hombres y la puerta abierta.

El celular volvió a sonar, el hombre le dio a entender que sabía que era su mamá quien había llegado a la comandancia. Esta vez, la conversación fue más lejos. El hombre le dijo que tenía a alguien dentro de su corporación vigilándola, y que la vería en Ciudad Juárez, que tendría que cooperar. Marisol preguntó si podía ir acompañada de su madre. El hombre sólo le dijo que la volvería a llamar para darle instrucciones.

El lunes, Marisol regresó a trabajar. Le dijo al alcalde que ya no podía trabajar bajo amenaza, que estaba aterrorizada, que quería renunciar, le pidió que la ayudara dándole un puesto de recepcionista. “El alcalde me dijo que estaba bien. Estaba triste porque apenas habíamos empezado”, dice Marisol.

Esa tarde, Marisol se fue a su casa temerosa. Las horas en la comandancia habían sido una pesadilla esperando que el teléfono sonara de nuevo. Llegó a casa de su madre y juntas decidieron que lo único seguro era dejar Práxedis. Era el mes de marzo de 2011.

***

La Presidencia Municipal de Práxedis está al lado de la comandancia de policía, frente a la plaza, que no es distinta de la mayoría de las plazas de pueblo de todo el país. La de Práxedis tiene bancas verdes y un quiosco rosa. El pueblo entero es de un silencio aterrador. Desde la Presidencia se escucha la música de banda que tocan en algún negocio del otro lado de la plaza.

El alcalde me recibe en una oficina austera. Tiene prisa, insiste. Sólo unos minutos. Es un hombre católico que habla de un proyecto político basado en principios tomistas: persona humana, bien común, solidaridad, subsidiariedad.

Me dice que su plan para el municipio está basado en la experiencia personal. Su policía le dijo adiós a las armas no sólo porque le toca a las fuerzas federales combatir al narcotráfico, sino porque con amor se consigue más. Si la policía se gana la confianza y cuida al pueblo, el pueblo los va a cuidar a ellos.

Dice que hace año y medio que Práxedis no tiene muertes violentas. “Hay gente de aquí a la que han matado, pero fuera del municipio”, dice. No se acuerda cuando fue la última vez que escuchó una balacera en Práxedis. Fue ahí frente a la plaza antes de que él tomara posesión como alcalde. La violencia en toda la zona disminuyó en 2011. El gobierno federal lo atribuye a sus acciones. La gente en Juárez tiene dos teorías: o ya ganó un cártel sobre el otro o hubo arreglos que nunca conoceremos.

Le pregunto al alcalde por su antigua directora de Seguridad, Marisol Valles.

“No era directora —dice tajante—. Era encargada de despacho”. De pronto Marisol ya no era la mujer valiente que iba a salvar al pueblo, como en aquella rueda de prensa un año antes a la que la Alcaldía había convocado. “Ustedes [los medios] buscaron un icono y lo encontraron en Marisol. Pero nada que ver, ella no salía a las casas, ella no coordinaba el programa. Ella llevaba una bitácora del trabajo de los policías y desparramaba informes a obras públicas, al DIF, a desarrollo social”.

El presidente municipal duda que Marisol haya sido amenazada, aunque tampoco puede negarlo. Dice que habían despedido personal y que es común que lleguen llamadas extrañas a la Presidencia Municipal. “¿Quién necesitaría amenazarnos? Ahí es donde me queda la duda. No puedo asegurar que alguien lo haya hecho de broma, pero tampoco puedo negar que sí haya pasado”.

Habla de toda la presión que tuvo Marisol desde que los medios la descubrieron. Todos opinan sobre ella, el gobernador no la quiere, le llegan ofertas mediáticas de muchos lados. “Yo sentí que le estaban haciendo mucho daño a ella. La presionaron al extremo. Llegaron tentaciones. La muchachita resistió mucho”, dice.

—Si le estaban haciendo daño, ¿por qué la alcaldía no paró esa locura de los medios? —le pregunto.
—En la libertad no puedes presionar por encima del derecho de alguien. No es ni bueno ni sano.

Guerrero de la Peña dice que Marisol le avisó que se iba, pero que él le dio un permiso por quince días porque su hijo estaba enfermo. “Me dijo: si todo sale bien, ya no regreso”.

Cuando Marisol dejó el cargo, el presidente municipal dijo que había pedido un permiso y que sería despedida de su puesto si no regresaba a trabajar cierto día. El gobernador César Duarte fue más lejos y la acusó de aprovechar su puesto y su fama para irse a vivir a Estados Unidos.

Marisol no podía defenderse. Estaba en calidad de detenida en un centro de detención en Estados Unidos cuando vio en la televisión las declaraciones del gobernador y el alcalde. Sus compañeras le decían: “¿Ésa no eres tú?”.

Cuando apareció de nuevo dando un mensaje desde Texas, Duarte la acusó de dañar la imagen de Chihuahua y de haber abandonado el cargo por un lío de faldas. “Lo que no puede ser es que su circunstancia personal sirva para dañar mayormente la imagen de Juárez y de México. Aprovechar el estigma impuesto a esta ciudad para arroparse. Ella no quiso recibir protección de la autoridad porque no tenía amenazas. Estamos haciendo un gran esfuerzo por cambiar esa imagen de Juárez y por un lío de faldas alguien va y dice que debe ser asilado político”, dijo a los medios de comunicación.

***

Una tarde llegó a la oficina del abogado Carlos Spector la llamada de un hombre que pedía ayuda para su familia. Era un tío de Marisol Valles. Marisol y parte de su familia estaban en un centro de detención en el noreste de Estados Unidos. El padre y la hermana, en otro.

En los años ochenta, Spector, un prestigiado abogado de madre mexicana y padre ruso judío, fue el primero en ganar un caso de asilo político para un mexicano. Desde joven ha sido activista por los derechos de los migrantes. Es un hombre de apariencia dura y claras posturas políticas.

Spector tomó el caso de Marisol pro bono. Había escuchado ya las declaraciones del gobernador y el alcalde y le había quedado clara una cosa: Marisol no era una amenaza para el narco de Práxedis, pero la necesitaba. “¿Qué necesita el narco? Inteligencia. Marisol tenía información y no quiso colaborar”, me dice.

En el pizarrón de la sala de juntas de su oficina están listados todos los casos de asilo que lleva, alrededor de cuarenta —la mitad son pro bono—. Será difícil que todos tengan un final feliz. Las cortes migratorias de Estados Unidos rechazan noventa por ciento de los casos de asilo para mexicanos.

“Otorgar asilo político a un mexicano es reconocer el fracaso de las políticas de México y Estados Unidos”, me dice Spector. Por eso, un colombiano o un keniano tienen más posibilidades de que se les conceda el asilo.

Pero Spector tiene un plan más grande que esperar hasta julio de 2013, cuando Marisol y su familia tienen la primera audiencia ante el juez. Ha formado la Asociación Mexicanos en el Exilio, a la que pertenecen la mayoría de sus clientes. Ahí están los hijos de Marisela Escobedo, la activista asesinada frente al Palacio de Gobierno de Chihuahua; Saúl Reyes Salazar, que perdió cuatro hermanos, y su sobrino, que quedó huérfano cuando un comando armado levantó y asesinó a su madre; una familia de hermanos transportistas; pequeños y medianos empresarios que ya no pudieron pagar el derecho de piso, y muchos más.

Para el gobierno mexicano es muy fácil que la gente huya, me dice Spector. No se vuelve a responsabilizar de su gente. “Pues con nosotros no se va a acabar la disidencia ni se dejará de escuchar la voz de esta gente. Le vamos a ir a decir al Tío Sam [lo que está pasando], porque es lo único que a México le importa”, dice el abogado.

Me dice que en las siguientes semanas tienen una presentación con tres congresistas federales, lo que les van a ayudar a llevar el testimonio de los Mexicanos en el Exilio al Capitolio en Washington. Spector, como casi todos los habitantes de El Paso, tiene una estrecha relación con Ciudad Juárez y los pueblos de alrededor. Su madre nació en Guadalupe —el luegar más violento del país—, y entiende la relación de las dos ciudades Juárez-El Paso como única e indisoluble. Pero de lejos, en Washington, no lo ven tan claro como ellos.

Me cuenta la historia del más reciente de sus clientes: un joven miembro de una familia con negocios en Juárez al que le cortaron los pies porque dejó de pagar las extorsiones por derecho de piso.

“No nos podemos quedar callados. Lo que está ocurriendo (del otro lado del muro fronterizo) es un genocidio. ¿Qué haríamos si hubiera campos de concentración en Juárez? Tenemos que hablar, tenemos que hacer ruido”.

***

La primera vez que Marisol se reunió con su abogado estaba triste, deprimida, dice Spector. “No sabía en qué se había metido. Nunca había venido a Estados Unidos”.

La familia entera llegó a vivir con unos tíos. Diez personas en una casa. No han logrado salir de ahí porque después de ocho meses no les han otorgado el permiso para trabajar en Estados Unidos mientras se resuelve el caso de asilo. Marisol está desesperada. No puede trabajar, no puede manejar, no tiene dinero.

Una abogada del despacho de Spector organizó una fiesta para recaudar fondos. Así han pagado los gastos judiciales. La comida y los pañales salen de trabajitos que hacen su padre y su marido: limpiar jardines, hacer arreglos en las casas vecinas.

El último día que nos reunimos, Sandra, la esposa de Spector, no podía regresar a Marisol al lugar donde la recogería su padre. Me ofrecí a llevarla.

“No confío”, volvió a decir Marisol.

Sandra, una mexicoestadounidense de unos sesenta años que fue activista por los derechos sindicales y que ahora apoya las labores de su marido, le insistió en que estaría segura.

En el camino paramos a comer a una famosa taquería de El Paso sobre la carretera 10. Marisol me dijo que nunca había ido ahí y empezó a recordar las comidas que hacían en su casa, con toda la familia. De pronto se acordó de la casa de su madre. Le han dicho que está vandalizada, que se han llevado todo: las ventanas, las puertas, los muebles, la reja, hasta el plafón del techo. Me pide que cuando vaya a Práxedis visite su casa y le diga cómo está. Y que si todavía queda algo, le traiga un recuerdo, lo que sea. [Lo que Marisol se imagina es poco: la casa parece una obra negra. Los vándalos no dejaron más que papeles y ropa regados por el piso, que con las lluvias y la tierra se han vuelto una masa tiesa].

Manejamos un par de horas por una carretera hasta llegar al estacionamiento oscuro de una tienda de pueblo. Ahí esperamos a que llegaran por ella. Marisol volteaba insegura cada vez que un coche entraba al estacionamiento.

“Desconfío hasta de un niño”, dijo. Ella misma parecía una niña en ese momento, esperando que la recogieran sus padres de regreso de pasar el día en casa de alguna compañera de escuela.

—¿Por qué querrían buscarte acá? —le pregunto.
—Porque me burlé de ellos.

Me acordé de lo que me había dicho Spector un día antes: “Esa niña avergonzó a México”.

La imagen de España en el mundo es más o menos así: paella, siesta, sol, vestidos estampados de lunares, toreros, sangría y olé. Hoy, en cambio, o también, es así: desempleados, desahucios, endeudamiento, indignados, recortes y caras de a-ver-cómo-salimos-de-ésta.

Pero viajemos por un momento al año 2007 a. C. (antes de la Crisis). Con un PIB mayor que el de Canadá, España juega en la champions league de la prosperidad. La economía ha crecido a un ritmo feroz, la tasa de desempleo es de un ridículo 8% —la más baja desde 1978— y, por primera vez, recibe inmigración masiva. El milagro económico español, que así se llamaba lo que empezó en 1998, estaba sostenido en ladrillos. El gobierno incentivó la construcción urbanizando áreas que nunca habían sido urbanas y los bancos prestaron millones a las inmobiliarias: la costa se llenó de edificios, el campo de chalés, los pueblos de Guggenheims y las calles de nuevos ricos. Sólo en 2005, las ochocientas mil viviendas construidas en España superaron a las levantadas en Alemania, Reino Unido y Francia juntas. Como esas casas había que venderlas, los bancos abrieron el crédito como quien abre una represa.

Con el parque inmobiliario más grande de la Unión Europea en plena construcción, la necesidad de mano de obra subió y del cielo cayeron dos millones de latinoamericanos atraídos por el Spanish dream. Por tierra y mar llegaron dos millones de africanos y europeos del este. España se conjugaba en futuro perfecto.

Pero los precios de la vivienda —ay— estaban infladísimos: un departamento normalito en Madrid o Barcelona podía costar cerca de medio millón de dólares (la hipoteca media nacional era de doscientos mil dólares). Aun a esos precios, los pisos se vendían. La gente firmaba hipotecas a cuarenta años, con cuotas de 80% de su sueldo, pero había sueldo y todos lo hacían. Los vendedores inmobiliarios tenían la suave tenacidad de ciertos grupos religiosos: “Y usted, hermana, ¿sigue desperdiciando su fe en el alquiler?”. Durante las vacas gordas se daban hipotecas como se da la hora. Según datos del Instituto Nacional de Estadística, en 2007 fueron casi cuatro mil al día: 1.4 millones al año. Entonces llegó 2008, año 1 de la era d. C. (después de la Crisis).

El 17 de septiembre de ese año, allende los mares, quebró un banco estadounidense. Y esa caída, la de Lehman Brothers, fue como el dedo en la primera ficha del dominó. Años de créditos alegres a entidades y personas de dudosa solvencia pasaron factura. Los bancos estadounidenses entraron a cuidados intensivos y a los españoles se les paró el corazón y dejaron de dar dinero. El consumo se desplomó, setenta mil empresas cerraron y sus trabajadores se fueron a la calle.

Y, por supuesto, la gente que no trabaja deja de pagar sus deudas.

De 2008 a 2009 fue una barbarie: de dos millones y medio de parados se pasó a cuatro millones doscientos mil. Ahora mismo, en 2012, seis personas por minuto, trescientas setenta y cinco por hora, nueve mil por día son despedidas. En 2007 había cerca de dos millones de parados. En 2012, apenas cinco años después, hay cinco millones.

***

Francisco Hernando, Paco el Pocero, fue un niño dickensiano: pasó su infancia en una chabola y no tuvo techo hasta los veintinueve, cuando compró su primera casa. “Pocero”, según la RAE, es el encargado de limpiar pozos o depósitos de inmundicias y eso era Paco hasta que se subió a la grúa de la construcción. En 2006 decía tener una fortuna de ochocientos millones de dólares. Mientras unos lo acusaban de corrupción, otros admiraban a la encarnación ibérica del self-made man. Dicen que no sabe escribir, que lee mal y que llama “toballa” a la toalla, pero la urbanización que lleva su nombre escrito en dorado es la mayor obra privada de la historia de España, con más de trece mil casas proyectadas y mucho delirio del yo: el parque lleva el nombre de su mujer y la calle principal una enorme estatua de sus padres.

Pero en 2008, cuando los bancos cerraron la llavecita de nuevos ricos, ni el propio Hernando pudo comprar los pisos de Hernando. Tenía tantas deudas que la urbanización, apenas inaugurada, pasó a ser propiedad de las cajas de ahorro que la financiaron. Mejor para él. Al ver que España se hundía, Hernando huyó. Hoy, a sus sesenta y siete años, dicen que construye como un poseso en África.

La urbanización Francisco Hernando, en Seseña (Toledo), es el museo de la crisis con todo su esperpento. Allí no vive nadie. Casi nadie.

Por una avenida vacía, postapocalíptica, el viento arrastra un vasito vacío de yogurt y su troc, troc, troc es un escándalo. De vez en cuando pasa una persona. Anna, polaca, vive desde hace poco en uno de los edificios de Hernando. Ante la falta de compradores, ahora hay alquileres convenientes. Anna dice que es una lotería: paga una mensualidad baja por un piso flamante en un complejo con piscina y canchas deportivas. Pero no hay vecinos. Los departamentos que hace cuatro años costaban trescientos setenta mil dólares, han bajado a noventa y dos mil. Y ni así.

—Hay otra familia en mi planta —dice Anna—. Y allá, ¿ves?, parece que hay gente.

***

La sala de reuniones de la Federación de Vecinos de Madrid, donde entran unas veinte personas, ya le quedó pequeña a la Plataforma de Afectados por la Hipoteca (PAH). En una pared hay una placa: “Plaza de las Libertades”. En otra, una pizarra con carteles que invitan a actividades y manifestaciones contra el machismo, los bancos, los transgénicos. Uno de ellos, el de la Semana de la Lucha por el Derecho a la Vivienda, se repite en dos paredes. La convocatoria es a las siete, pero mucho antes las sillas ya están ocupadas. Los que se creían puntuales se suman a los que estaban detrás, y el grito no se escucha es la coletilla total. Pero nadie se va. Pasan las horas y nadie se va.

Cada desahucio detenido, cada novedad legal, es oxígeno para los que están ahogados por la deuda. Aquí no hay abogados ni expertos, sólo desesperados contándole su caso a otros desesperados. Jóvenes, jubilados, familias inmigrantes, madres solteras, profesionales y gente que no terminó el colegio. Al que va a perder su casa se le reconoce por una cara que trasciende la derrota, por la voz casi ajena con la que habla.

Carmen —chaqueta de lana lila, falda abajo de la rodilla— ha llegado temprano y está sentada. Cuando quiere leer algún papel, trata de ponerse los lentes que lleva en el pecho, pero la mano le tiembla. Esta ama de casa madrileña y su esposo jubilado vivían sin sobresaltos. La pensión del marido, ni mucho ni poco, era suficiente. La casa —su casa— la compraron con pesetas cuando el niño era niño. El hijo, que trabajaba en una fábrica, decidió comprar un departamento hace tres años. Papá y mamá fueron los garantes. Al firmar nadie pensó que llegaría la crisis, pero llegó: un recorte de personal dejó al joven en el paro, le quitaron la casa por no pagar y ahora el banco quiere la de los padres.

—Hemos recibido a mi hijo y a mis nietos en casa —dice Carmen mientras intenta abrir la carpeta, ponerse los lentes, leer su carta de desahucio—. Y ahora van a por nosotros.

—La ley hipotecaria de España es una de las más crueles del mundo —explican en la Plataforma—. El artículo 1911 del Código Civil establece que el ciudadano responde a una deuda con todos sus bienes presentes y futuros. Aquí la entrega de la propiedad no salda la deuda hipotecaria.

El banco embarga la vivienda por impago, pero la recibe a un valor menor del que tenía originalmente (lo que se llama retasación en términos financieros y putada en términos de la calle). Como la persona hipotecada tomó en su día trescientos mil y ahora la casa, para el banco, vale ciento cincuenta mil, esa diferencia hay que seguir pagándola. De modo que estás en la calle y, aun así, debes una fortuna. El banco tiene potestad de embargar todos los ingresos, sobre un mínimo, que una persona endeudada y sus garantes lleguen a tener. Eso incluye los bienes. Por eso a Carmen le van a quitar su casa de toda la vida.

Según datos de la Plataforma, desde 2007 y hasta hoy se han ejecutado más de ciento setenta mil desahucios y otros trescientos cincuenta mil están en curso.

—Hay que luchar —dice con su voz de niña Aída Quinatoa, una ecuatoriana hipotecada que se ha convertido en la líder de la batalla por parar los desahucios—. Esto ha sido una estafa masiva y lo único que tenemos es la lucha, hay que negociar para no quedarnos con la deuda: si el banco quiere, puede.

Juanjo, un camarógrafo treintañero, no ha vuelto a encontrar trabajo luego de que CNN lo despidiera. Si éste fuera un documental de la crisis y él estuviese filmándolo, haría un close up de sus uñas hundidas en la carne. Se verían sus manos mordidas y se escucharía su voz de fondo:

—Antes de esto, yo era una persona normal, ¿sabes?, un tío con su piso, con su coche, con su curro.

El trabajo no aparece. Juanjo vivía del subsidio por desempleo, pero ya se agotó. Su casa es un local comercial que era de sus padres. Era. Porque con él avalaron el restaurante de su hermana y su hermana quebró.

—El otro día volví y me habían cambiado la cerradura. Ahora cuando tocan no abro. Paso el día sin luz, en silencio, como un ratón: sólo salgo de noche. Si me echan, no tengo adónde ir. No hablo con mi hermana porque nos arruinó, mis padres están donde una tía —dice Juanjo mientras nos alejamos de la reunión de hipotecados—. De verdad, no tengo adónde ir.

***

Madrid se despereza, y al pie de la casa de Uddin y Hafiz, en el barrio de Lavapiés, ya hay unas cincuenta personas. Uddin ha comprado bizcochos de coco y hay chocolate caliente. Parece una fiesta popular, pero es un desahucio. Esta pareja, inmigrantes bengalíes con cuatro niños, compró hace tres años un modestísimo piso tan sobrevalorado que es inverosímil. A pesar de sus condiciones laborales precarias y de tener unos garantes en la misma cuerda floja, el banco les prestó trescientos treinta mil dólares. Las cosas iban bien y los alquileres eran tan altos como las mensualidades de las hipotecas. Pero cuando ella perdió su empleo en el servicio doméstico y a él le bajaron el sueldo en el restaurante en el que trabaja como camarero, las cuotas, de dos mil dólares mensuales, se hicieron imposibles. Al dejar de pagar, el banco retasó la vivienda en doscientos mil. Ahora tienen que pagar la diferencia, más intereses, más gastos de gestión: en breve estarán sin casa y con una deuda de trescientos diez mil dólares.

La multitud, al grito de este desahucio lo vamos a parar, logra que se aplace el desalojo. Hay aplausos y abrazos: otro triunfo del colectivo popular Stop Desahucios. Pero es sólo una tregua. Al cabo de pocos meses volverán los jueces y la policía a sacar de la casa a Uddin, Hafiz y los niños.

El segundo intento de desahucio es casi siempre definitivo.

***

Ana Rosa Quintana es la Oprah ibérica. Tiene programa, productora, revista (AR), perfumes, libros y fundación: La Última Frontera, para los más desfavorecidos. Ana Rosa convierte en noticia todo lo que toca y ha decidido tocar un comedor social infantil recién inaugurado. En el pequeño salón de la ONG Mensajeros de la Paz hay más cámaras que niños. De pronto, una bandada de fotógrafos empieza a aletear sin descanso. Ha llegado otra presentadora maravilla: Anne Igartiburu, la del programa Corazón, pasea su chaqueta de cuero naranja entre las mesas con manteles plásticos.

—¡Qué guapos sois todos!

La apertura del primer comedor infantil de la crisis, más el dato de Unicef de que hay dos millones de menores en riesgo de pobreza en España, hizo reflotar la posguerra en la prensa. Ana Rosa, presurosa, dedicó programas a recaudar dinero para esos pobres críos. Que vuelve el hambre, señores, que vuelve el lobo. Porque en España, hace menos de cien años, hubo un hambre perversa. Tras la Guerra Civil, en 1939, los campos españoles, como su gente, estaban arrasados. Pero hoy no es así. El Informe del Consumo Alimentario en España en 2011 revela que el año pasado se gastaron casi noventa mil millones de dólares en comida, es decir, 0.6% más que en 2010. Hablando en kilos, la de 2011 fue la caída más suave desde que empezó la crisis: de los 664 kilos de comida que nos metimos entre pecho y espalda en 2010, se pasó a 660 en 2011. Mercadona, una cadena de supermercados españoles conocida por sus precios bajos, batió récords de beneficios en 2011, un aumento de 19% en relación con 2010. Y más: según un informe de enero de 2012 de Unilever Food Solutions, al día más de 160 000 kilos de comida de restaurantes y bares van a la basura. A dos kilos por persona, podrían alimentar a 86 000 comensales.

En el comedor social de Ana Rosa las voluntarias traen bandejas con la cena de los niños, la mayoría hijos de inmigrantes que están ahí no por desnutrición, sino porque, mientras sus padres trabajan, les ayudan a hacer las tareas. El menú es macarrones con tomate, de primero, y albóndigas con papas, de segundo. Pan para todos. Torta de chocolate de postre. Los educadísimos hijos de Sulficar, un inmigrante de Sri Lanka moreno, alto, esperan mientras el padre cuenta que es jardinero y que gana bien, pero que como él y su mujer trabajan, los niños pasan la tarde en el centro social.

—Ahora con la cena es mejor: los llevo a casa listos para el baño y dormir.

Gloria, una dominicana de veintisiete años, madre soltera con dos hijos, pide llevarse algo para el día siguiente. Trabaja medio tiempo en un supermercado y el dinero le llega justito. Se zampa, antes de que se lo lleven, lo que han dejado sus hijos.

Termina de masticar una albóndiga y cuenta que el padre de los niños se volvió a Santo Domingo cuando se quedó en el paro. No quiere saber de ellos. Ni de España.

—Él dijo que aquí ya se había acabado todo.

***

“Quien regala caviar honra al receptor”, leo en la entrada del Salón de Gourmets, de Ifema, el recinto ferial de Madrid. El estand de caviar iraní Caspian Pearl es el más grande y más suntuoso de una feria grande y suntuosa. La encargada frunce los labios antes de responder si la crisis ha afectado el consumo de caviar en España.

—Ha bajado un poquito, pero vamos, no es una bajada que se considere importante.

Hablar de precios es del vulgo.

En otro estand dicen que cien gramos de buen caviar iraní pueden costar hasta tres mil dólares.

Según un estudio de la Asociación Española del Lujo, Luxury Spain, en 2011 las ventas de productos exclusivos en el país subieron 25% en relación con 2010. Los pasillos de la feria están llenos de gente que ha pagado cuarenta dólares para estar aquí. Alfredo Martín es uno de ellos. Trabaja en una importadora de productos gourmet y explica que el primer termómetro de la economía es la alimentación. Con la crisis ha notado que el carro de la compra es más reducido, pero no la calidad de los productos.

—Ahora mismo se está vendiendo muy bien esta agua que viene de un glaciar finlandés, que tiene características de calidad inmejorables.

Entre jamones de bellota expuestos como obras de arte, aceite de oliva en botellitas de perfume, chocolate con oro de veintitrés quilates y agua marca Porsche, pasea malencarada Marisa Varona. Dueña de un catering de lujo, los proveedores no la han atendido de forma profesional.

—Hay que recuperar el glamour de otros años. En la feria y en el país: hace falta glamour.

***

En el Paseo del General Martínez Campos, en el Madrid de portero uniformado y mármol, está el comedor de las Hijas de la Caridad de San Vicente de Paúl. Son las dos de la tarde de un día de perros. El guardia, un gigante bueno de nacionalidad rumana, cuenta que ha visto cómo cada vez llega más gente —gente de todo origen, de toda condición social—. Detrás de él, en un baño con la puerta abierta, cinco hombres se lavan los dientes y la cara.

Del comedor sale una mujer. Se llama Milena y está cubierta por un largo abrigo de piel marrón, tiene los ojos pintados, medias y botas de caña alta. Es de esas mujeres de buen tipo que pasan de los sesenta, pero aparentan diez años menos. Con su pañuelo estampado y sus gafas grandes, podría pensarse que acaba de salir de una de las cafeterías de la zona y no del comedor de unas religiosas.

—Yo también estoy en este barco —suelta con el tono que se dicen las cosas que empiezan por “aunque no lo creas”.

Milena cuenta que tuvo dinero, que la suya fue una familia adinerada, pero que, por la crisis, le toca pedir ayuda. Cuando la economía iba como la seda, pidió créditos y más créditos para poner negocios y para mantener el estilo de vida al que la herencia del padre —que gasté sin pensar— la tenía acostumbrada. Pero los negocios, esos que no explica del todo —tú escribe que eran entre inmobiliarios y financieros—, se hundieron con la crisis. Hace tres años se declaró en bancarrota.

—Ahora no tengo la casa que tenía antes ni la asistenta, pero, y disculpa que lo diga así, me importa un carajo porque verdaderamente eso se va a quedar aquí, yo no quiero ser la rica del cementerio, quiero a los pobres, sobre todo ahora que los he visto muy de cerca.

Milena usa palabras como “taxativamente”, “ruina económica”, “austeridad” o “fehaciente”. Llama por su nombre a los ministros de Economía de Zapatero y de Rajoy, al director del Banco Central Europeo, a los empresarios y, ahora, a sus compañeros de mesa en el comedor. Le pregunto si ha visto aumentar el número de españoles necesitados.

—Mucho más, gente con carreras, gente que no te imaginarías que por la situación han tenido que… Es así, pero no hay que sentir vergüenza, sino dar gracias a Dios que hay personas que nos ayudan tantísimo, ¿no?

Este comedor se ha hecho famoso en estos días porque un importante publicista español, Alejandro Toledo, acaba de donar un spot, —”Los nuevos pobres”— para Cáritas. El anuncio nació de su sorpresa al toparse con un ex colega del mundo del marketing que ahora, al no encontrar trabajo, debe almorzar allí. En el spot, un treintañero español con una niña rubia, de unos siete años, vagan por las calles con una maleta a cuestas, duermen en un cajero y comen en Martínez Campos. Toledo dijo en una entrevista que lo que más le sorprendió en el comedor fue que los comensales no se correspondían con la gente que esperábamos: “Eran gente como yo, vestidos perfectamente, que acudían porque no tenían dinero”.

***

Mercamadrid es una ciudad de comida. La llaman “La capital de los mercados” porque, dicen, es la plataforma de distribución alimentaria más grande del mundo. Todos, de una forma u otra, comemos de ahí.

Jimena es boliviana y Genaro dominicano. Se han hecho amigos porque coinciden cada semana en Mercamadrid. Jimena, que cuidaba a una señora, se quedó sin trabajo el año pasado. En casa, donde sólo queda el sueldo del marido —un ex trabajador de la construcción que hoy hace pequeñas reformas— para ella, su madre, su hermana y dos niños, hubo que hacer ajustes: se acabó la costumbre de pagar por verduras y frutas.

Jimena lleva el carrito repleto. Todo lo ha recogido de la basura de Mercamadrid porque allí, si una caja tiene un par de productos estropeados, se tira toda. En el suelo se ensucian tomates hermosos, naranjas, mangos en su punto, plátanos: cosas por las que se paga en el mundo real.

—Yo me ahorro ciento veinte euros a la semana —dice Jimena—. No me da vergüenza porque esto se iba a tirar y mis hijos tienen que comer.

Genaro hoy sólo ha recogido lo que le gusta a su gente: yuca, plátano verde, cilantro, limas. En el camino ha encontrado unas peras gorditas. Se las ofrece a Jimena. Las rechaza: ya no le cabe nada.

Carlos, trabajador de Mercamadrid, cuenta que antes los guardias echaban un químico rosado sobre los desechos para que no los recogieran. Ahora hay manga ancha.

—De todos modos no he visto que con la crisis venga más gente. Aquí hay una nave a la que vienen los comedores, los curas, la Cruz Roja a llevarse comida y las reparten en barrios. Esto queda lejos de todo —dice Carlos mientras fuma—. Aunque no lo creas ahora se tira más porque, por la crisis, no hay tanta venta y el distribuidor prefiere tirarlo. Fliparías con la cantidad de comida que se desperdicia al día aquí.

En toda la geografía de Mercamadrid, unas retroexcavadoras cogen los desperdicios del suelo y los depositan en grandes vagones. Ahí dentro, una ensalada gigantesca, como una pesadilla de Arcimboldo, se pudrirá.

Una madre y su hija, peruanas, pasan cerca de las peras huérfanas de Genaro. Les digo que están en perfecto estado. Sacuden el índice: buscan lechuga y no tienen tiempo para conversar.

Antes de subirse al autobús con la caja de mercadería, Jimena, la mujer boliviana, dice:

—Aquí en España, el que pasa hambre es porque quiere.

***

Camino por la Gran Vía. Zara ya exhibe la primavera en famélicos maniquíes con pestañas postizas. Decenas de personas salen llevando la característica bolsa azul marino de la tienda gallega. Inditex, dueña de Zara, incrementó en 2011 12% su facturación mundial y 1% en la local. Sólo en España vendió casi cinco mil millones de dólares. La crisis no va con ellos. Desde Inditex explican que esto se logra gracias a la suma de estrategias que tienen que ver con el control de costes de producción para mantener los precios, la venta por internet y la gran acogida de las colecciones.

Muy cerca de Zara he quedado con Eduardo Arcos, fundador de Hipertextual, un blog de blogs de temas tecnológicos, que recibe al mes doce millones de visitas y es el más leído en América Latina. La cita es en Le Pain Quotidien, una cafetería belga de la Gran Vía donde el café viene en un tazón sin asa.

A Eduardo, de barbita de candado, gafas de pasta, camiseta negra, piercings, le gustan los tazones sin asa y le gusta Bélgica, donde vivió. Este ecuatoriano, nacionalizado español, sonríe como sonríen los prósperos. Cuenta que su empresa está inscrita en España porque aquí está su principal inversor, Martín Varsavsky, un argentino de cuarenta y cinco años, que en los últimos veinte ha fundado siete empresas, una de ellas Jazztel, de telefonía e internet, valorada en mil millones de dólares. A Varsavsky le interesó Hipertextual cuando aún era pequeña. Invirtió en ella. Tuvo olfato: los clientes, desde mayo de 2011, se han cuadriplicado y, con ellos, la facturación. En su mayoría, quienes compran publicidad en Hipertextual son de Latinoamérica. Pero, y esto no se lo esperaba Eduardo, muchos son de España y han llegado en los peores meses de la crisis. Resumiendo: le va de puta madre.

—Éste va a ser el mejor año de Hipertexual ever.

El informe La Sociedad de la Información en España 2011, de Fundación Telefónica, asegura que los hogares con acceso a internet desde el celular subieron 218% en relación con 2010: 91% de los españoles tiene un teléfono desde el que se conecta a la red. La madrugada del 23 de marzo, primer día de venta del iPad 3, cientos de personas hicieron fila para ser los primeros en tenerlo —cuestan entre seiscientos y novecientos dólares—. Según un empleado de Apple en Madrid, desde entonces se venden setecientos iPad 3 diarios.

—¿Y la crisis?

Eduardo pone cara de chupar limón. Juega un segundo con el piercing de la lengua.

—Los españoles aún tienen cierto nivel de comodidad. Tampoco se están muriendo de hambre. Vas a un bar un viernes por la tarde y está a reventar. En Andalucía se nota más: hay más desempleo, es más evidente. Pero, oye, nada como un país latinoamericano, donde la gente está pidiendo en la calle, que ves miseria. Eso aquí no existe.

Eduardo no habla de cifras, pero en una entrevista de enero de 2011 soltó una, gorda: Hipertextual ingresa más de un millón de dólares al año por publicidad. ¿Cómo es que un chico de clase media, ecuatoriano, ha llegado a tener una de las empresas de internet más importantes en la España de la crisis? Según él porque vive persiguiendo esta frase de Ray Bradbury, su cita favorita: primero lánzate al precipicio, construirás las alas en el camino hacia abajo. Eduardo cree que la razón del enorme desempleo está en que los españoles hacen lo contrario: quieren que alguien les construya las alas, entonces ven si saltan.

—España vivió una época de comodidad absoluta. La generación entre los veinte y treinta y cinco años fue muy sobreprotegida. Entonces, salvo que tú les des condiciones sumamente óptimas dicen: ¿por qué tengo que trabajar? Tengo el paro, estoy en casa de mis padres. Yo todavía no he visto en España una persona que me diga mañana no tengo nada que comer. Y no creo que la vea.

***

—Aquí pasan cosas con la vida de uno.

Koka a veces se queda en silencio. Con las manos en la cara, los labios entreabiertos y los ojos vacíos. Prefiere hablar del presente y repetir mucho las anécdotas que hacen reír. Koka se llama Jaime Andi y dice que tiene setenta años sólo para que le respondas que parece de cuarenta. Le dicen así por la ciudad de Coca, en el oriente ecuatoriano, donde nació. Allí, hace diez años, dejó madre, padre, hija de ocho años y un país atontado por la moneda prestidigitadora: el dólar transformó los sueldos en calderilla, a la clase media en pobres y a los pobres en pordioseros. O en emigrantes.

—Las noticias que llegaban eran de que aquí se ganaba bien.

A Koka al principio le fue mal. Mal de llorar toda la noche después de un día despiadado recogiendo naranjas. Luego le fue bien. Bien de ganar tres mil setecientos dólares mensuales en una empresa de construcción. Pero él tenía una estrategia traicionera.

—Pensé que no iba a pasar esa crisis, y en 2009, teniendo trabajo, me boté al paro. Sabes que así es la vida, yo nunca pensaba que iba a pasar esto. Yo así hacía: cuando no quería ese trabajo porque me aburría, me botaba y encontraba otro, pero en el último no pasó así.

El último coincidió con la crisis que dejó en la calle a un millón y medio de trabajadores de la construcción. Desde entonces no ha vuelto a trabajar. Al quedarse desempleado, dejó de pagar el piso de cuatro habitaciones que se había comprado, él solo, cuando se creía rico, cuando tenía ropa cara y cuatro y cinco chicas. Ahora Koka vive en la calle como otras treinta mil personas —45% de ellas son inmigrantes, según cifras de Cáritas—. Duerme en el portal de El Corte Inglés de la calle Preciados. Y allí mismo, en El Corte Inglés, va al baño por la mañana. Los días de Koka empiezan igual: a las nueve, un policía lo despierta. El resto es aventura. Ir a comedores, esperar ese sábado de gloria en el que el restaurante de la Plaza Benavente regala paella. Le gusta la paella porque le recuerda al arroz marinero y le recuerda a él mismo cuando tenía llaves, nómina y plata en los bolsillos. Pero no le gustan los albergues.

—Una vez me fui. Ahí había rumanos, polacos, moros. Son problemáticos: te sacas los zapatos, al otro día no hay. Peor que en la calle.

Koka va limpio y afeitado. Fue a la Casa de Baños donde cobran quince céntimos por ducha. En un bolso negro tiene cinco pares de medias con etiqueta. Usa un par y, como no tiene dónde lavar, los tira.

—Como los ricos.

Le pregunto por qué no regresa a Ecuador, como esos treinta mil inmigrantes agobiados por el desempleo que, según el Instituto Nacional de Estadística, se han ido desde que empezó la crisis. Allá tiene una hija y un nieto bebé que no ha visto ni en fotos.

—Por motivos personales.

***

El 4 de mayo de 2011, el dueño de Novapress, una empresa editorial, llamó, uno a uno, a sus empleados. Hacía calor y hasta la pequeña oficina —decorada con las mejores portadas de su periódico— subían las voces y las risas de las terrazas abarrotadas. Una banda sonora extrañísima para las palabras que salen de la boca de un hombre en quiebra. Al regresar a su puesto, los trabajadores ya eran desempleados y la incertidumbre, como un taladro, les impedía pensar.

El ruido de la crisis rebotando en la cabeza: otro parado en un país de parados. Pero, un año después, sólo una de las dieciséis personas despedidas ese día ha tenido que volver a casa de sus padres. El resto está trabajando. Varios encontraron otro empleo. Uno tiene dos de medio tiempo, otro ha montado su propio negocio editorial, otra va de reemplazo en reemplazo como quien va de liana en liana, otro está en una ONG. Hay varios freelance que, con los sobresaltos de la condición, se confiesan mejor que antes. Lo sé bien: yo soy una de ellos.

***

Si alguien llegara hoy a Madrid desde, digamos, una isla remota, no entendería nada. El isleño vería en los quioscos de prensa estos titulares:

El Mundo: “El New York Times cree que España será el próximo país en caer”.

El País: “Rajoy prepara ‘medidas contundentes’ para espantar el fantasma del rescate”.

Diario de Jerez: “España entra en un callejón sin salida”.

Todo el tiempo, todos los días, en todo formato, éstas son las noticias, las únicas noticias. Pero ese visitante, acojonado por la prensa, pensando que lo asaltará en breve una masa de desesperados para rogarle por un mendrugo de pan, caminaría un par de pasos y vería esto: terrazas llenas, restaurantes llenos, tiendas llenas, supermercados llenos, filas para comprar artefactos tecnológicos, gente saliendo de los teatros y de los cines. El isleño sólo podría pensar en una palabra: esquizofrenia.

Josep-Francesc Valls, catedrático de la Esade, universidad de negocios con sede en Barcelona, y prestigioso analista del consumo en España, me explica esa esquizofrenia por teléfono.

—Aunque el nivel de consumo se ha reducido en forma considerable, cuando uno va por la calle sigue viendo que la gente compra productos caros, productos medianos y productos muy baratos. ¿Cómo se explica? Por una parte, el número de personas que no han perdido el trabajo es muchísimo más elevado que el de personas que lo han perdido y, segundo, las familias se están convirtiendo en un poder de resistencia que hace que muchos miembros que se han quedado en paro puedan seguir alimentándose de forma normal. Cabe destacar el papel de muchos jubilados que gracias a su pensión son capaces de mantener a la familia. Así que esto no es, para que nos entendamos, el corralito de Argentina ni ninguna otra crisis de Latinoamérica.

Para Valls, la diferencia entre los hábitos de compra antes de la crisis y ahora es que se miran más los precios, se compara. Se ve gente en las tiendas, sí, explica Valls, pero tal vez no todos están para comprar, sino para tomar nota e ir a otra tienda, y ahí donde lo encuentran más barato, compran. Los comerciantes se dan cuenta de eso y entonces voilà: ofertas, promociones, descuentos.

Valls insiste en que la situación de España no es dramática, en que hay muchas familias con grandes dificultades, pero la economía sigue tirando en términos normales.

“En plena crisis, la asistencia a los estadios crece en medio millón de entradas”, tituló, hace poco, El País. Casi diez millones de personas acudieron en la temporada 2010-2011 a los estadios de primera división, la cifra más alta de la última década (igual a la asistencia de 2005-2006).

“La productividad española crece 11.1% desde el inicio de la crisis”, publicaba Europa Press. El Observatorio Económico de España dio el 10 de abril pasado el dato de que la productividad española registró un crecimiento de 11.1% desde 2008, el mayor incremento entre los países de la zona euro, gracias a sus elevadas tasas de exportación y a la mejora de la competitividad.

El visitante isleño, después de ver tantos titulares catastróficos sobre un país en ruinas, creería, con lógica, que en España le van a robar hasta los órganos. Pero no. Los robos no han crecido. El último informe Evolución de la Criminalidad de la Secretaría de Estado de Seguridad, publicado en 2010, reveló que si en 2002 hubo dos millones de delitos y faltas en el país (51.5%), esa cifra a 2010 bajó a un millón setecientos mil (43.9%). Eso, traducido, quiere decir que tras la crisis la criminalidad bajó 15% y España es hoy un país más seguro que hace diez años. ¿Entonces?

—Es fácil afirmar que hay una vivencia subjetiva de crisis, probablemente independiente de la situación socioeconómica de la persona —dice Ricardo López, psiquiatra de un hospital público de Castilla-La Mancha—. Para explicar esto podemos quedarnos en una visión simplista y considerar que los medios de comunicación y los políticos transmiten una imagen apocalíptica y esto genera temor o considerar que hay un fenómeno de retroalimentación.

La retroalimentación consiste, según López, en que existe un grupo importante de personas sin trabajo (25% de la población), otro de gente con deudas que no puede asumir (quizá 35%) y 12% de personas con empleo que sienten que su puesto está amenazado por mala situación económica de la empresa o, en el caso del empleo público, por los recortes del gobierno.

—Podemos considerar que 47% de la población activa se encuentra en una situación como mínimo de incertidumbre.

—¿Pueden diez millones de personas, en una población de cuarenta y cinco millones, crear un estado de pánico generalizado?

—En la medida que la masa crítica es lo suficientemente alta como para que todos tengamos en nuestro entorno próximo a alguien afectado por la situación socioeconómica, nos va a influir y, a su vez, nosotros vamos a influir en otros. Todos influimos en todos e incrementamos la vivencia del miedo.

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Crisis de esto-es-lo-que-hay es como la define Verónica Vicente, periodista de veintinueve años, que sospecha que su futuro, como el de trescientos mil españoles que han salido del país desde que empezó la crisis, está fuera. Esta alicantina recibió su título el mismo año en que España recibía el suyo como país en crisis. Encadenó trabajos de becaria, mal pagados o directamente gratuitos, con un trabajo en un periódico al borde de la quiebra y otro que, sin cierre a la vista, exige mucho por muy poco sueldo.

—Nunca he trabajado tanto por tan poco y hambre no paso, pero no me compro ropa, ni voy al cine ni viajo. Esto no es apocalíptico, pero no podría plantearme tampoco construir nada por mi cuenta si mi familia no estuviera ahí como respaldo. Mi situación familiar es privilegiada, pero la vida que llevo no es mía, sino fruto del sueldo de mis padres. Y yo: ni casa ni hijos. Es decir, no podría ni plantearme tener un bebé, pese a estar en edad de hacerlo. Lo de irme a parir a Canadá lo digo entre risas, pero entre broma y broma, la verdad asoma.

A Verónica, nieta de obreros, le vendieron el mismo sueño que a todos los jóvenes de su generación: termina una carrera, sé alguien, llegarás alto.

—Nos dijeron que si estudiábamos tendríamos contrato, buen sueldo, catorce pagas y un mes de vacaciones al año. Pero ya no viviremos como nuestros padres. Ésa es nuestra crisis: la frustración.

A la gente como Verónica, los medios le han dado un mote: nimileuristas. Gente preparada, incluso preparadísima, que no gana ni mil euros. Pero el bajo sueldo no es lo peor, sino las perspectivas. En un país cada vez más envejecido y con tanta gente joven que no cotiza a la Seguridad Social, el famoso estado de bienestar español (salud gratuita, educación gratuita, pensiones para los mayores) peligra.

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Luis Leoz tiene esa edad crítica, veinte años, en la que el paro es una ruleta rusa.

Eurostat, el organismo estadístico de la Unión Europea, difundió que el dato de febrero de 2012 de desempleo juvenil, 50.5%, es el peor desde que en España hay registros. Uno de cada dos jóvenes está desempleado. Luis es el uno malo: no encuentra trabajo ni en el Burger King, a pesar de que ha falseado el currículo quitando cosas en lugar de ponerlas. Antes de que a la suya la empezaran a llamar “La generación perdida”, Luis quería estudiar Bellas Artes. Tercero de tres, sus hermanos son:

Gonzalo, el médico.

—Ése vive muy bien, muy, muy bien.

Ignacio, el licenciado en historia.

—Ése no trabaja de lo suyo, sino en la lavandería de un hospital y ha vuelto a casa porque no le llega el sueldo.

Y Luis, el que quería ser artista y aprenderá un oficio civil.

—Soldador o calderero, algo que dé de comer.

La generación anterior a la de Luis, acunada por la bonanza, estudió carreras larguísimas, hizo maestrías y doctorados, fue a la universidad en masa. Según un informe de la Fundación Conocimiento y Desarrollo (CYD), el paro afecta a uno de cada diez licenciados universitarios.

—Esto de que te llamen la generación perdida es desolador. No es nuestra culpa. Ya no hay supernobles, clase alta, media y baja como antes. Ahora, después de la crisis, hay clase alta y clase baja. Punto. Pero tú dices, me cago en la puta, no voy a dejar que me deprima esta gentuza que nos está dirigiendo. Yo sigo adelante, hay que espabilar. Creo que todos saldremos adelante.

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—Tienes un visado de turista, no sé qué te esperas, nadie te va a dar trabajo.

Xemein Goñi, una arquitecta vasca de veintinueve años, escuchó esas palabras de una colega francesa en un parque de San Francisco, Estados Unidos. Tragó espeso. Era diciembre de 2011. Acababa de llegar.

—Y yo qué coño hago aquí, pero también y yo qué coño hago allá.

Hablo con Xemein por teléfono. Está contenta —debería decir eufórica— porque el estudio en el que estaba haciendo prácticas gratuitas, de nueve de la mañana a seis de la tarde, ha decidido hacer el trámite de su visado de trabajo.

—La Green Card de los cojones.

Xemein es una de los 3 576 arquitectos parados por la crisis. Diez años de estudio, especialización, idiomas, contactos: nada le sirvió para encontrar trabajo en el ex reino del ladrillo. El pinchazo de la burbuja inmobiliaria mandó a volar a los arquitectos españoles: están en Noruega, China, Brasil y Estados Unidos. Ninguno quiere volver.

—Sé que en los próximos diez años no voy a poder trabajar en España. Es duro porque tengo dos sobrinas y me lo estoy perdiendo todo.

Xemein tuvo que recordar varias veces, cuando escuchaba críticas a la inmigración en los años en que la España del ladrillo todavía era El Dorado, que hace apenas treinta años los emigrantes eran ellos, los españoles.

—Y todo vuelve.

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Ramón Tamames, gafas de pasta a lo Yves Saint Laurent, chaleco turquesa, traje de tweed y pelo cobrizo de un vigor sospechoso, es, además de dandi, Premio Nacional de Economía, catedrático de la Sorbona, académico de la London School of Economics, miembro del Club de Roma.

—¿Está grabando? Yo sólo hablo una vez como el oráculo de Delfos.

El octagenario gurú ve el futuro desde su oficina. Al otro lado de la calle se escucha el chillerío de los niños en recreo.

—Es el único ruido que no me molesta.

Otros sí, como el que se ha montado en la opinión internacional con la crisis española.

—El país no está postrado ni colapsado, el país está viviendo. Tú sales y las carreteras están bastante activas y los teatros están bastante llenos, los restaurantes también. El paro es muy duro, la situación es problemática, pero tampoco es desesperada.

En lo que va de crisis, Tamames ha sacado tres libros. Uno, ¿Cuándo y cómo acabará la crisis?, resume eso que se llama La Gran Recesión, la colosal resaca con la que amaneció el mundo después de una sobredosis de Wall Street adulterado. Ramón Tamames dice que la situación no es desesperada.

—Pero a los cinco millones de parados sí les debe parecer desesperada.

—Sí, pero nadie habla, mi querida, de los dieciséis millones y medio de personas que están trabajando. Los medios tienen una obsesión con la crisis porque tiene morbo. Sólo hablan de los cinco millones de parados. Además, fíjese, aquí hay mucha gente trabajando que no está en las estadísticas: como un millón de personas sin papeles, otro millón de parados cobrando subsidio, que también hacen trabajos en economía sumergida. Y luego esos más de setecientos mil entre jubilados, pensionistas y personas del trabajo doméstico que no cotizan, pero por supuesto que trabajan.

Tamames está seguro de que en España hay casi tres millones de personas que, aunque engorden la cifra del paro, no están sin ingresos.

—Soy optimista porque yo he vivido momentos peores que éste. Yo creo que en dos, tres años estaremos en una situación de una economía más dinámica, más flexible, más internacionalizada y más competitiva.

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Es domingo y es primavera. La calle Argumosa, en Madrid, está repleta de gente. Los camareros salen de los bares con bandejas llenas de cervezas, aceitunas y papas fritas y, ante los vasos helados, vuelve la palabra: crisis, crisis, la crisis.

En la Edad Media se decía que una ardilla podía cruzar España de norte a sur sin tocar el suelo, saltando de árbol en árbol. Ahora, la ardilla tendría que saltar de conversación sobre la crisis en conversación sobre la crisis.

Pero el invierno ha sido antipático y ahora el sol calienta. En las mesas se ríe y se blasfema como sólo se ríe y se blasfema en España. Este domingo de primavera, en esta esquina, lo único amargo es la cerveza.