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“¿Quién dijo miedo detrás de una palmera?”.
Dicho de los campesinos del Movimiento Unificado Campesino del Aguán (MUCA), Honduras.

Doris en el laberinto

A las 11 de la noche del 25 de diciembre de 2009, Doris Pérez se preparó para una emboscada. Se puso unos vaqueros, una camisa grande de hombre, de botones, cuadriculada, unas botas de hule y sobre el cabello castaño un gorro negro.

Cinco horas más tarde cargaba un machete en una mano. Avanzaba despacio y en silencio. Los rayos de la luna se colaban raquíticos hasta los senderos que separan a unas palmas africanas de otras palmas africanas. Gracias al follaje de las palmeras, elevado 25 metros, ella y el resto de campesinos eran sombras sigilosas que esquivaban como podían las ramas secas del camino. El menor ruido, cerca de la estación de guardias de seguridad, a la entrada de la finca, podía frustrar la misión.

En el Valle del Aguán, al noroeste de Tegucigalpa, Honduras, una plantación de palma africana puede convertirse en un laberinto sin paredes. Forma senderos interminables y desde cualquier punto evoca un espejo infinito: palmeras gigantescas, casi idénticas, alineadas una detrás de la otra, una a la par de la otra; cientos a la derecha, cientos a la izquierda y en diagonal… Un mar geométrico de árboles en el que solo los expertos saben entrar, salir, esconderse.

Doris no conocía ese laberinto pero no iba sola. Era una más entre el grupo de 100 usurpadores que avanzaban, decididos, para tomarse La Aurora, una de las plantaciones propiedad de la Exportadora del Atlántico, empresa de Miguel Facussé, uno de los hombres más poderosos de Honduras. La mayoría de los sigilosos invasores cargaba machetes y gorros como los de Doris. Unos pocos, los que lideraban la expedición, se cubrían además el rostro con pasamontañas. Esos cargaban armas de fuego.

El asalto fue rápido. “¡Ahí vienen los campesinos!”, gritó un guardia a lo lejos. Alguien disparó, otros respondieron y Doris se escondió detrás del tronco de una palmera. La División Nacional de Investigación Criminal (DNIC) en el municipio de Tocoa, departamento de Colón, insinúa que fueron los campesinos los primeros en apretar los gatillos. “Los campesinos amenazaron con armas de fuego”, escribió en un informe -elaborado año y medio después, en mayo de 2011- el jefe departamental de la división, Nelson Aguilera. Según los campesinos, ellos únicamente respondieron al fuego de los vigilantes. En el Bajo Aguán, las versiones sobre los enfrentamientos siempre están divididas.

De los hechos de aquella madrugada basta decir que había 25 guardias armados contra un centenar de campesinos. Los guardias huyeron serpenteando entre las palmeras. Cuando uno de los campesinos de la delantera descubrió la retirada, gritó: “¡Vencimos!” Doris también gritó, varias veces, mientras alzaba su machete, mientras brincaba, mientras se fundía en un abrazo con Geovany, el joven que venía a su lado: “¡Ganaron los campesinos! ¡Ganamos! ¡Que vivan los campesinos!”

***

El Valle del Aguán es una inmensa alfombra verde que atraviesa los municipios de Tocoa y Trujillo, en el Caribe hondureño. Es un paraíso agrícola en el que confluyen transnacionales como la Standard Fruit Company, con sus furgones planchando día y noche la Carretera Panamericana; poderosos terratenientes como Miguel Facussé, con más de 16 mil hectáreas de tierra; un ejército de guardias privados para custodiar la carretera y las fincas; y más de 3 mil campesinos pobres y sin tierras.

Hace tres años, en mayo de 2009, se expresaron aquí las profundas diferencias entre esos hombres y mujeres pobres y los terratenientes millonarios. En una revuelta pacífica y sorpresiva, un millar de campesinos ocuparon la planta El Chile, una de las procesadoras del aceite de palma africana de la Corporación Dinant, la empresa insignia de Miguel Facussé.

Esa toma generó pérdidas millonarias a Dinant, porque en un mundo con una creciente crisis energética los derivados del aceite de la palma africana generan cada día millones de dólares en ganancias. El aceite de palma es el cuarto producto de mayor exportación en Honduras, y en los últimos 10 años ha colocado al país en la lista de los 10 principales productores del mundo. Pero más allá de lo económico, se impone el valor simbólico de lo que ocurrió hace tres años: por segunda ocasión en una década, los campesinos de esta zona del país entonaban un mismo cántico revolucionario. Exigían más tierras para los pobres a costa de quitar tierras a los ricos.

Doris Pérez y el resto de los que participaron en aquella primera toma de 2009 y en las que la han seguido desde entonces, están inspirados por otros que en el año 2000 se tomaron por primera vez tierras en el Aguán. En aquel entonces, la región intentaba recuperarse de la devastación provocada por el Huracán Mitch de 1998, que dejó inundaciones, ríos revueltos, puentes destruidos, derrumbes y muerte. Más de un millón de damnificados, 5 mil fallecidos y 8 mil desaparecidos. Honduras, el país más afectado por el huracán, tenía hambre y frío. Entonces de todos los rincones del país, una masa de campesinos caminó hasta el Valle del Aguán, aquel que en otros tiempos había sido un edén de productividad agrícola, de empleo, de estabilidad, pero que para el nuevo siglo se había convertido en un intrincado sistema de compraventas, de cooperativas campesinas quebradas, estafadas, sobornadas. Todo eso lo sabían los campesinos, pero aún así las familias marcharon cargando machetes, una muda de ropa, animales de granja y niños. Decían que si la tierra alguna vez fue de los campesinos debía volver a manos de los campesinos. Decían que el Estado no los podía dejar morir de hambre. Se instalaron en las tierras del otrora Centro Regional de Entrenamiento Militar (CREM), el campamento en el que Estados Unidos entrenó en tácticas contrainsurgentes a los ejércitos de Centroamérica, hace más de 30 años, en los 80. Se instalaron y ya nunca se fueron. Luego de meses de negociaciones, los campesinos aceptaron asentarse en una porción de tierra lo suficientemente grande como para que ahora quepan ahí los cultivos, las edificaciones, y hasta la tercera generación de esos primeros colonizadores.

Los campesinos de 2009, autonombrados como el Movimiento Unificado Campesino del Aguán (MUCA) emularon aquellas tomas pero le agregaron un nuevo matiz: se armaron. El entonces presidente de Honduras, Manuel Zelaya, intentó reaccionar y diluir el movimiento aceptando sus motivos, negociando entregas parciales de tierras y prometiendo soluciones futuras, pero el golpe de Estado que lo derrocó en junio de 2009 truncó cualquier posible acuerdo.

El movimiento creció y se organizó. Para el primer semestre de 2010 eran 23 las plantaciones tomadas, en una operación que paralizó la producción en más de 20 mil hectáreas de tierra, el equivalente al área urbana de la capital del país, Tegucigalpa, o a casi cuatro veces la isla de Manhattan, en Nueva York. El 10 de diciembre, 200 campesinos se tomaron 950 hectáreas de la finca La Confianza; el 22 de diciembre cayó la finca San Isidro; en la madrugada del 26, Doris y sus compañeros se tomaron La Aurora; el 5 de enero de 2010 cayó la Finca Concepción…

El gobierno de Porfirio Lobo, electo a finales de 2009 e instalado el 27 de enero siguiente, se encontró con un fenómeno desbocado y ya no pudo hacer mucho. Las tomas siguieron. El nuevo presidente apenas alcanzó a colocarse como intermediario entre los campesinos y los terratenientes, encabezados por Miguel Facussé, dueño de 12 de las 23 fincas tomadas. La intermediación solo consiguió que los campesinos entregaran la mayoría de las tierras a sus actuales dueños y se instalaran en poco más de 4 mil hectáreas, a cambio de una promesa de compraventa, de remediciones y acciones jurídicas que definieran si era legal que un pequeño grupo de terratenientes tuviera tanta tierra en su poder. Así se desarrolló el conflicto: con el gobierno negociando con cada grupo por separado, y con los bandos enfrentados entendiéndose con las armas. Lo dicen los hechos. Lo dice el odio que ha crecido en estos tres años entre los dos bandos armados. Lo dicen los muertos que comenzó a cobrarse y que se sigue cobrando el conflicto del Bajo Aguán.

Como los tres guardias que en enero de 2010, cinco semanas después de la toma en la que participó Doris Pérez, regresaron a sus puestos de vigilancia en La Aurora creyendo que la Policía había desalojado a los usurpadores. Se encontraron con las armas de los campesinos, decididos a preservar a cualquier precio la tierra conquistada. Los tres fueron abatidos a balazos. Del lado de los campesinos no hubo ninguna baja. Las autoridades no realizaron capturas. Por ninguna de las más de 60 muertes que ha caudado la guerra por el Bajo Aguán hay capturas. Ni una sola. Los guardias, eso sí, han vengado a los suyos por la vía de las armas, en otros enfrentamientos, de otras maneras.

Zona de guerra

—¡Ahí van esos hijos de puta! ¡Sígalos, compa, sígalos!

Contagiados de la urgencia que hay en la voz de Vitalino, giro a toda velocidad el timón, damos media vuelta y enrumbamos de regreso a Tocoa. El pick up con el que nos acabamos de cruzar y que ha despertado la cacería desaparece en una curva. Aceleramos. 80 kilómetros por hora. Lo redescubrimos a lo lejos, en la recta de asfalto. En la cama del pick up van, parados, sujetos a un armazón de hierro, media docena de hombres. Algunos llevan pasamontañas. Van armados, pero por la distancia no sabemos si lo que cargan son escopetas, fusiles o -quién sabe- armas de juguete. Vitalino Álvarez, “El Chino”, el vocero del MUCA, que está sentado a mi lado y nos sigue animando a darles alcance, asegura que vio armas largas.

—¡Ahí llevan AK-47, compa! ¿No las vio? ¡Métale, compa! Métale para que les saquen la foto.

En el asiento trasero, el fotoperiodista alista su cámara. Los guardias bajan la velocidad cerca de la entrada a Tocoa, en un desvío en el que hay una gasolinera y que separa a la ciudad de las plantaciones. Entre Tocoa y las plantaciones de palma de Miguel Facussé hay 15 minutos en automóvil. La división entre lo urbano y lo rural es una nada.

Nos llevan 200 metros de ventaja cuando llegan al desvío y cruzan a la derecha. Vitalino, mi copiloto, sube el vidrio y se enrolla en el asiento. Perseguimos a los guardias de la finca San Isidro, la propiedad que colinda con el asentamiento campesino de La Confianza y con la finca La Aurora. Esta zona de plantaciones es como un rombo en el que en cada esquina hay hombres armados. Los guardias controlan una de las cuatro partes del territorio en disputa. Los campesinos las otras tres.

Los encapuchados giran a la derecha y se meten en una calle de tierra, paralela a la Carretera Panamericana. Vitalino grita:

—¡Siga recto, compa! ¡Ahí ya no nos metamos! ¡Esa es zona caliente!

Apenas y asoma los ojos chinos por la ventana, mientras los guardias se alejan, escoltados por una nube de polvo. No hemos tenido oportunidad de fotografiarlos. Damos media vuelta, ya despacio, y emprendemos el camino original hacia La Confianza. Vitalino no sale del caparazón en el que convirtió el asiento de copiloto hasta que retomamos la Carretera Panamericana. Son las 6:30 de la mañana. Es martes 29 de mayo de 2012 y faltan dos días para que venza un ultimátum que lanzó el terrateniente Miguel Facussé.

Han pasado tres años desde las primeras tomas en el Bajo Aguán y el gobierno no ha resuelto nada. Aquí todavía suenan las balas y caen los cuerpos. La lista de asesinados supera, repito, los 60. La mayoría de las bajas son del lado campesino. Las autoridades no han hecho, repito, ni una sola detención. El terrateniente dijo hace dos semanas que los campesinos tienen que desocupar las 4 mil hectáreas en las que se replegaron mientras esperan que el gobierno haga algo que convenza a todos, que deje satisfechos a todos. Pero en estos días nadie entiende, ni siquiera el gobierno, por qué el terrateniente tiene tanta prisa. Los campesinos han respondido que de esta tierra solo los sacan muertos.

Por fin atravesamos La Confianza, el asentamiento campesino más organizado del Bajo Aguán, y nos topamos con la cerca que separa la finca San Isidro de las tierras a las que las gentes del MUCA llaman con mística revolucionaria “territorio liberado”. La calle se convierte en una T que surca un océano de palmeras. Si vamos hacia la izquierda, nos explica Vitalino, daríamos con la misma “zona caliente” donde se metieron los guardias que perseguíamos. Ahí no entra nadie, dice. A la derecha está el sector de Sinaloa, con las instalaciones del Instituto Nacional Agrario (INA) y el camino hacia la finca La Aurora, ambas en manos de los campesinos. Enfrente, 50 metros detrás de la cerca que protege la finca San Isidro, sobresale una barricada.

Es un muro de sacos de arena levantado debajo de las palmeras. Parece que no hay nadie, pero igual nos sentimos observados. Tomamos fotos. Esta es “zona caliente”, tierra de sospechas, de paranoias. Enfrente tenemos el territorio que ocupan los hombres de Facussé.

Vitalino nos invita a un café en un chalé ubicado en medio de los dos territorios enemigos. Bromeamos con que este lugar fue la Casablanca del Bajo Aguán, como en la película. Aquí, hace solo un año, guardias y campesinos coincidían a la hora del almuerzo. Hoy se han acumulado demasiados odios como para que eso se repita. Aquí, en este Rick’s centroamericano, mientras su dueña prepara huevos fritos, calienta el café y hornea las tortillas, Vitalino nos cuenta de una campesina aguerrida, una líder del movimiento. Nos habla de Doris Pérez.

***

A las 6 de la mañana del 5 de junio de 2011, Doris Pérez preparó cinco pollos que comerían su familia y sus amigos más tarde, en el almuerzo. Primero les torció el pescuezo. Luego los desplumó. Por último, les sacó las entrañas.

Terminando estaba con el último animal cuando unos jóvenes le advirtieron que los guardias de la finca San Isidro hacían “una gran disparazón”. “Ahí que se maten ellos, nosotros no les estamos haciendo nada”, respondió ella. Los jóvenes le dijeron que por atenida le podía ir mal, y se marcharon.

Media hora más tarde, cinco mujeres pasaron junto a Doris corriendo, espantadas. Cuando, intrigada, fue a ver qué pasaba al otro lado de la casa, que alguna vez funcionó como oficina gubernamental, a Doris se le aguadaron las piernas. Un grupo de guardias armados cruzaba la calle de tierra y estaba a punto de entrar al INA, el sector ocupado por los campesinos en el que desde un año antes vivía Doris. A gatas se metió a la casa y encontró a tres de sus cuatro hijos escondidos debajo de una cama. La mayor, de 11 años, que ya no cupo en el hueco, le dijo: “¡Hoy nos matan, mamita!”. Ambas se tiraron al suelo cuando la casa fue barrida por los disparos.

Pasaron unos minutos hasta que el silencio que suele seguir a las balas logró convencer a Doris de que era hora de escapar. Uno de los pasillos internos de la casa conducía al patio, donde quedaron unos pollos sin plumas, encima de una pila. Ahí reunió a los niños, que temblaban, y les dijo: “Primero Dios no nos pasa nada, pero tenemos que correr con todas nuestras fuerzas”. Les ordenó desfilar uno detrás del otro, lo más recto posible. Doris imaginaba que si corrían en grupo serían un blanco fácil. No habían avanzado ni 10 metros cuando le dieron la razón los zumbidos de los disparos que caían a los lados de la fila, que zigzagueaba entre los arbustos.

Cerca de la salida de la propiedad encontraron apretujadas, asustadas, congeladas, a las mismas que huyeron cuando inició el ataque. “¡Levántense, que ahí vienen los guardias!”

Y entonces Doris sintió el balazo.

Todavía siguió corriendo junto a sus hijos por unos minutos, hasta que uno de sus compas, que acudía en auxilio de quienes huían en desbandada, se le echó encima y la aventó al suelo. “¡Cuidado, muchacha!”, le dijo, antes de que ambos rodaran en la tierra, antes de que una bala zumbara justo donde ella estaba parada. Ese hombre, cree ella, le terminó de salvar la vida. El compa se levantó, tomó su fusil y se fue a repeler a los guardias. Antes de irse, le dijo a otro que auxiliara a Doris, gravemente herida. Solo entonces Doris se tocó el vientre y se manchó con su propia sangre; solo entonces se dio permiso para ser débil. Sintió algo ácido en el estómago y vomitó.

La bala había atravesado el celular que cargaba en la cintura, sostenido por unos apretados vaqueros, y se le había alojado en las entrañas. Ella cree que esa costumbre de cargar ahí los celulares le permitió sobrevivir. Ahí carga ahora su nuevo celular, cubriendo la cicatriz del disparo. “Imagínese me agarran de nuevo”, dice Doris Pérez.

***

Los guardias de los terratenientes tienen bien ganada mala fama entre los campesinos y entre oenegés que velan por los derechos humanos en Honduras. En la semana del ultimátum de Miguel Facussé un grupo de estas oenegés instauró en Tocoa un juicio simbólico en el que se recogieron más de 15 testimonios que hablan de asesinatos, maltratos, desapariciones, persecuciones a manos de esos guardias. Asistieron cientos de habitantes de las comunidades de la zona y de los asentamientos del MUCA. En la mesa de honor lograron sentar a un representante de la Comisión Interamericana de Derechos Humanos de la OEA.

Nadie contó el caso de Carmela Chacón. El 15 de mayo de 2011, los guardias de la finca San Isidro secuestraron a Pascual López, su cuñado. Pascual, de 45 años, le cuidaba unas vacas a Carmela en un pastizal ubicado al extremo norte de la finca, que linda con otro asentamiento de campesinos llamado Rigores. Cuando los guardias lo vieron, le dispararon en una pierna y luego lo arrastraron hacia el laberinto de las palmeras. Todo esto ocurrió frente a los ojos de Jaime, un niño de 12 años que acompañaba a Pascual aquella tarde. Será porque iba al otro lado del rebaño, cubierto por una docena de vacas, pero no vieron a Jaime, que cuando escuchó los disparos se escondió detrás de unos matorrales. Un año después, el niño no logra sacarse de la cabeza aquella imagen: un hombre arrastrado hacia una plantación mientras grita que lo suelten, que le den auxilio. Pascual, a la fecha, no aparece. Su cuñada, cuando lo recuerda, todavía llora.

Cuando inició el conflicto, los principales periódicos de Honduras, el gobierno y buena parte de la sociedad, cuando hablaban de la guerra en el Bajo Aguán se referían únicamente al terror que provocaban los “campesinos guerrilleros”. La violencia ejercida por el ejército de guardias armados que custodian las fincas de los terratenientes no encontraban espacio en ninguna portada ni en ningún discurso gubernamental. Si se pregunta a las autoridades, casi siempre dicen que los guardias actuaron en legítima defensa. Tuvieron que pasar tres años, y más de 60 muertos, la mayoría campesinos, para que los campesinos dejaran de ser víctimas de “la violencia” -así, en abstracto- de un país devorado por la delincuencia y con la medalla de tener la tasa de homicidios más alta del mundo. Ahora los periódicos comenzaron a preguntarse quién asesina a los campesinos del Aguán y a pedir reacciones a la Corporación Dinant, a la que los campesinos acusan de ordenar la mayoría de asesinatos. Dinant se lava las manos. Le reclama al gobierno porque no logra poner orden en la zona. Hoy que le toca responder, cuando un campesino cae muerto o desaparece, la empresa de Facussé responde que no se dedica a la eliminación sistemática de personas.

Los familiares de estos campesinos no creen a Dinant.

Yamileth Valle es una de las que desconfía. A mediados de marzo de 2012, dos fiscales del municipio de Trujillo ingresaron al recién inaugurado cementerio del asentamiento campesino en La Confianza. Pretendían exhumar un cadáver, pero no pudieron iniciar la excavación porque Yamileth Valle, de 16 años, estaba sentada sobre la tumba recién sellada y no quería levantarse. Tenía una mirada furiosa, en la mano derecha una piedra, y alrededor de los pies otra docena. Yamileth desafió a los fiscales a que intentaran desenterrar a su padre, Matías Valle, asesinado un mes antes, pero les advirtió que con las piedras apuntaba a la cabeza. Los fiscales no lo intentaron demasiado.

Yamileth desconfiaba de los fiscales. Ni siquiera creía que fueran fiscales. Aún hoy no tiene cómo comprobarlo, pero en el conflicto del Bajo Aguán casi nadie trata de confirmar sus sospechas. Aquel día, Yamileth temía que esos hombres estuvieran del lado de los asesinos de su padre, uno de los máximos líderes del MUCA. Desde el día del asesinato, los rumores decían que los sicarios que lo mataron no podían cobrar su pago porque les pedían la cabeza de Matías Valle como prueba para cobrar la recompensa.

Matías Valle se había convertido en los últimos años en uno de los principales promotores de la lucha campesina en el Bajo Aguán. Exsoldado, se convirtió a la causa campesina después de asistir a algunas asambleas que el MUCA organizó en su comunidad, ubicada muy cerca de una de las fincas de Miguel Facussé. Al principio, Valle llegaba a escuchar, pero pronto comenzó a hacer oír su voz y se acabó por convertir en el enlace de los campesinos del Aguán con las organizaciones campesinas del resto del país. Él fue el principal organizador de la revuelta pacífica que culminó con la toma de la planta extractora de aceite de palma de la Corporación Dinant en mayo de 2009. La primera toma campesina, la que dio inicio al conflicto armado entre los campesinos pobres y los guardias de los terratenientes.

La identidad del hombre que ordenó la muerte de Matías Valle quizá sea, para siempre, un misterio sin resolver. Yamileth da por hecho que los gatilleros eran hombres de Miguel Facussé. En la mañana en que fue asesinado, Valle esperaba un autobús en una parada cuando dos sicarios, en moto, lo acribillaron. Tres de los disparos le entraron en el tórax. Matías Valle quedó tendido sobre un piso de tierra, con los ojos completamente cerrados, frente a unas cajas de cervezas y gaseosas llenas de botellas vacías.

Lo velaron en su comunidad, y en la noche de la vela un amigo corrió el rumor de que los sicarios, guardias de una de las fincas, necesitaban cortarle la cabeza al cadáver para cobrar por el trabajo. Por eso en el cementerio de Quebradas de Arena se abrió un nicho para un cuerpo que nunca se enterraría. La familia decidió hacerlo en otra comunidad llamada Suyapa, pero el rumor también los alcanzó hasta allí. Matías Valle fue enterrado en los terrenos de La Confianza porque es zona liberada y los policías y fiscales saben que no pueden llegar hasta allí sin bajar los vidrios de los autos y, sobre todo, sin permiso del MUCA. La tumba fue cavada debajo de unas palmas africanas.

El sueño del guerrillero

Si no hubiera tanto en juego, las muertes en el Bajo Aguán quizá hubieran significado poca cosa en Honduras, el país más violento del mundo. Su tasa de homicidios para 2011 fue de 82 por cada 100 mil habitantes, y diluidos en esas cifras los asesinatos por este conflicto bien podrían pasar inadvertidos. Pero lo que ocurre aquí importa. Están en juego millones de dólares representados por miles de hectáreas agrícolas cultivadas con palma africana. Y está en juego un proyecto político.

En 2009 se expresaron aquí las profundas diferencias entre Manuel Zelaya, un presidente que se salió del molde de las élites hondureñas, y la poderosa clase empresarial del país. Es curioso que para entender el conflicto del Bajo Aguán haya que revisar el papel de un antiguo terrateniente convertido en político y derrocado con un golpe de Estado.

En junio de 2009 Zelaya, un finquero hijo de finqueros de la región ganadera de Olancho, había dado la espalda al ala tradicional del Partido Liberal, que lo llevó a la presidencia, y se había convertido en aliado del presidente venezolano Hugo Chávez. También se había revelado como un defensor populista de las causas campesinas en Honduras. El 17 de junio de 2009, en una reunión con un millar de campesinos del Bajo Aguán, realizada en la ciudad de Tocoa, Zelaya lanzó una bomba para el sector político empresarial del país: prometió remedir las tierras de los terratenientes y entregar los excedentes que estuvieran fuera de la ley, junto a otras tierras ociosas, a unos 100 mil campesinos que reclamaban suelo cultivable. Los líderes del MUCA que participaron en la firma de ese acuerdo no pudieron ser más felices. Zelaya movió hilos en el Congreso y aprobó el decreto que haría realidad sus promesas. El conflicto del Bajo Aguán parecía solucionado. Pero la alegría campesina duraría muy poco. 11 días después de esa promesa, el domingo 28 de junio de ese mismo año, el ejército, tras conspirar con la élite económica del país y con la mayoría del Congreso, sacó a Zelaya de su casa en plena madrugada y lo subió a un avión con destino a Costa Rica. Allá llegó exiliado el presidente derrocado. Allá se bajó de un avión, vestido en pijamas.

“Eso nos hizo entender que había que actuar por la fuerza, dado que el sistema estaba colapsado. No había otra salida”, dice hoy Jhony Rivas, uno de los líderes políticos del MUCA y el negociador en la mesa del gobierno de Porfirio Lobo, que tres años después todavía intenta solucionar el conflicto.

¿Qué pasó en el Bajo Aguán tras el golpe? Hasta agosto de 2009, dos meses después del golpe, los campesinos no hicieron nada. Se sumaron al Frente Nacional de Resistencia Popular (FNRP), un movimiento que abrazaba a un sinnúmero de gremios, oenegés y asociaciones que van desde defensores de derechos humanos, maestros, sindicalistas, estudiantes, obreros, políticos y campesinos opuestos al golpe de Estado. El FNRP era una nueva izquierda visible, y quería el regreso de Zelaya. Para agosto de 2009 ya era evidente que no lo lograría. Entonces los campesinos se decidieron a actuar.

“Si algo estalla, va a estallar en el Bajo Aguán. Allá hay comunidades entrenadas, comunidades con armas”, nos dijo aquel agosto un activista beligerante del FNRP en Tegucigalpa. Este activista, en esa época, era uno de los encargados del sistema de comunicaciones, tenía contactos con la mayoría de líderes de esa resistencia.

Tres años después, en el Bajo Aguán hay una guerra entre dos frentes: los campesinos y los guardias de los terratenientes, y el Estado es apenas un testigo silencioso de lo que aquí está ocurriendo.

En septiembre de 2011 el general René Osorio, jefe de las Fuerzas Armadas hondureñas, calificó de “guerrilla” a uno de los bandos en esta guerra. Se refería a los campesinos.

***

Atardece en el Bajó Aguán, a la redonda todo se ha pintado gris y se aproxima una tormenta. La anuncia una llovizna que humedece la frente de Vitalino Álvarez, “El Chino”, el hombre con el que estuvimos persiguiendo a un pick up lleno de guardias. Recién cruzamos la caseta de control de la entrada principal y un hombre con pistola al cinto y un fusil en la mano le pregunta a Vitalino quiénes somos. Se lo pregunta con un semblante serio, con desconfianza. “Vienen conmigo, compa. Vienen a conocer el asentamiento”, explica Vitalino. El equipo de seguridad tiene todas las alertas encendidas.

Entramos a La Confianza y desde decenas de ranchos de manaca (como se llama aquí a las chozas hechas con ramas de palma africana unidas con nailon y recubiertas con barro) hombres, mujeres y niños nos observan curiosos. Los campesinos han soñado con que esto algún día se convierta en una bonita colonia. Las calles ya están trazadas, hay una escuela con techos de lámina, un templo católico, uno evangélico, los cimientos de una casa comunal y el pasto para una cancha de fútbol. El dinero para todo esto ha salido de la venta de la fruta de la palma africana que los campesinos han cosechado en las fincas tomadas. Los líderes del MUCA estiman que solo en 2011 lograron un producción de 114 millones de lempiras (alrededor de 6 millones de dólares). La administración de estos fondos recae en una asamblea comunitaria. Los del MUCA se han convertido en millonarios, por decirlo de alguna manera. En la tierra ocupada dan empleo a cientos de familias y con los beneficios pagan salarios que rondan los mil 300 lempiras semanales (68 dólares) por ocho horas de trabajo. Comparando con los 38 dólares semanales que ganaban trabajando para los terratenientes en estas mismas fincas, con jornadas que superaban las 12 horas diarias, los campesinos dicen sentirse satisfechos.

El MUCA asegura que el pago de salarios consumió el 60% de lo que el movimiento ganó en 2011. El resto lo invirtieron en seguir edificando La Confianza y en el mantenimiento de la organización. Y el mantenimiento de la organización incluye la compra de armas. En lo que va de conflicto, la Policía ha recogido rumores sobre las armas de los campesinos a lo largo y ancho del caudal del río Aguán. Solo rumores, porque armas de guerra no ha pescado ninguna. Esos rumores dicen que las AK-47 están escondidas en el follaje de las palmeras oenterradas a la orilla del río o en cajas, debajo de las chozas en los asentamientos… Hay fotografías que alimentan esos rumores: hace dos años, un fotógrafo de La Prensa captó la imagen de un grupo de encapuchados que cargaban lo que se presume eran unos fusiles de guerra.

Más rumores. Un periodista de la Resistencia Nacional, que nunca publica nada con su nombre real, que viaja por todo el país para monitorear cómo se está moviendo la Resistencia, invita a creerle y a no creerle cuando habla de los secretos del Aguán. “En una de las zonas tomadas hay un campo de entrenamiento militar, pero como nunca los dejarán llegar hasta ahí, y como el periodismo vive de confirmaciones, esto que les cuento no les sirve de nada”.

Lo cierto es que en La Confianza hoy Vitalino carga en la cabeza una gorra; en la espalda una mochila; y en la cintura, por debajo de la camisa, una pistola nueve milímetros. “Está en regla”, dice. Es decir, que es un arma legal, registrada a su nombre. Con la pistola se protege cuando sale del perímetro custodiado por el equipo de seguridad, porque el vocero del MUCA, dice, no puede andar desarmado cuando viaja a otros lugares. “Los compas me lo han exigido”. Los compas se la han comprado. Luego nos pide que no hablemos de las otras armas, que no fotografiemos las otras armas, que no escribamos de las otras armas.

Vitalino no es campesino. Al menos no un campesino que cultive palma africana. Es un activista político que antes del golpe de Estado trabajaba en la construcción y administraba una pequeña tienda. Ahora trabaja a tiempo completo como vocero del MUCA y enlace del movimiento con la prensa nacional e internacional. “¡Hasta la victoria siempre!”, se lee en su tarjeta de presentación. Vitalino ha sido político siempre. Es un sobreviviente de la década más represiva de un país que aniquiló, en los 80, todos los intentos de la izquierda de acabar por las armas con “los opresores” de este país. En Honduras hubo un intento de formar una guerrilla, como la de El Salvador, como la de Nicaragua, como la de Guatemala, pero fracasó. Vitalino sueña ahora con una segunda oportunidad.

En aquella época hubo dos famosas células guerrilleras ligadas al Partido Comunista de Honduras: las Fuerzas Populares de Liberación “Lorenzo Zelaya”, y los Cinchoneros. A los integrantes de la primera los llamaban “Lenchos”, en honor al pionero de las luchas campesinas, asesinado en 1935. Los de la segunda le deben su nombre a Serapio Romero, un campesino que vivía de hacer cinchos y correas para caballos. Hace un siglo y medio, Romero lideró una revuelta en contra del presidente de turno, fue capturado y murió decapitado, por orden judicial, el 20 de julio de 1868.

—A una de esas células pertenecía, pero no les voy a decir a cuál –dice Vitalino, mientras tomamos gaseosas al pie del rancho que comparte con su pareja, una morena de pelos rizados y labios gruesos. En una esquina del solar que ocupa en La Confianza, Vitalino tiene una letrina, y la puerta de lámina de la letrina está recubierta por una llamativa bandera de Estados Unidos. “Es que el imperio se ha cagado tanto en nuestros pueblos, compa, que hay que jugarle una broma”, dice Vitalino, mientras ríe con los dientes completamente pelados. Según él, en algo tiene uno que pensar mientras caga.

***

A Vitalino no le gusta revelar muchos secretos. No es originario del Bajo Aguán. Su verdadera residencia está a siete horas de camino, en otro departamento. Allá viven sus hijos y la madre de sus hijos. “Aquí está mi otra familia. Aquella ya la formé, ya camina sola. Ahora aquí me necesitan más”, dice. A su modo, Vitalino protege a los suyos, intercede por los suyos. Y ellos se lo agradecen.

“¡Chino! ¡Chino!”, grita una niña pelirrubia que nos sale al paso, con los brazos abiertos, bajo la llovizna. Seguimos recorriendo La Confianza y la niña prácticamente se cuelga de Vitalino, que la carga y la abraza mientras hace de guía en esta utopía de comunidad autorregulada. “El robo y el hurto comprobado se sanciona con tres veces el valor de lo robado, y se anotará en el expediente personal del compañero sancionado. Att. Junta de Disciplina y Vigilancia”, se lee en un rótulo colgado en la puerta de la administración de la comunidad.

Avanzamos. Un niño chapotea casi desnudo en una poza que se ha formada en la calle de tierra. Vitalino se molesta. Hay visita -nosotros- y quiere que todo brille en el asentamiento estrella del MUCA y un niño careto, con los calzones llenos de lodo, rompe con la estampa. Le grita a la mamá del niño y le hace señas. Se lo llevan. “¿Quieren ver la quesera?”, nos pregunta Vitalino, mientras la madre y el niño se escabullen dentro de una champa. “Eso que ven allá, al fondo, es el bulevar. Ya casi está terminado”. En una ancha avenida de tierra, una docena de lámparas formadas en línea recta esperan a que llegue el cemento.

Una reportera de la televisión local, del municipio de Tocoa, se entretiene entrevistando a la niña pelirrubia de siete años, ojos vivaces y pestañas colochas.

—¿Qué querés ser cuando seas grande? –le pregunta.
—Una socia de la cooperativa porque aquí vivo muy bien –contesta la niña, risueña pero apenada, moviendo los pies, apretándose los dedos, mirando hacia el suelo barroso.

Vitalino, complacido, sonríe. “Estos niños ya saben lo que significan las siglas del MUCA. Desde pequeños los vamos preparando”, nos dice. En las escuelas de los asentamientos, además de enseñarles a sumar y a restar, a los niños les inculcan la historia y los valores del movimiento campesino.

La reportera entrevista a Vitalino. “(…) Esta es una lucha que nunca vamos a dar por perdida”, alcanzamos a escuchar, mientras nos concentramos en la pelirrubia que ahora juega sobre un montículo de arena.

—¿Qué es el MUCA? ¿Qué significa? –le preguntamos.

La niña levanta el dedo índice y gira 360 grados, al tiempo que responde, risueña, con la mirada perdida en algún punto del asentamiento, que desde aquí luce inmenso:

—Todo esto es MUCA.

***

Son las 2 de la tarde y en el Bajo Aguán el calor provoca sudores a un millar de campesinos que rodean al ministro de Agricultura, César Ham. Ham es un ingeniero agrónomo de la Universidad Nacional de Honduras que con el tiempo se convirtió en burócrata y en uno de los líderes del partido de centroizquierda Unión Democrática (UD). Cuando derrocaron a Manuel Zelaya fue uno de los principales opositores al golpe y al gobierno de facto de Roberto Michelletti, pero no renunció a participar como candidato a la presidencia por UD en las elecciones que ganó Porfirio Lobo. El FNRP no se lo perdona. Le acusan de legitimar el proceso electoral y con ello al gobierno de facto. Peor fue cuando Ham aceptó integrar el “gobierno de unidad” que Lobo instauró, y se convirtió desde 2010 en ministro de Agricultura. A él le ha correspondido actuar como mediador en el conflicto de tierras en el Aguán. Sin resultados hasta el momento.

Ham es un hombre recio y desconfiado. No confía en los campesinos y tampoco confía en los guardias de Miguel Facussé. Hace dos horas entró al INA, el lugar en el que casi perdió la vida Doris Pérez, custodiado por un convoy militar compuesto por tres vehículos Humvee armados con metralletas M-60. Cuando entraron, los soldados apuntaron hacia los campesinos con sus armas. Un grupo compuesto por unos 30 campesinos respondieron apuntándoles con sus celulares. Decían que había que registrar en fotografías esa “intimidación”. Los soldados se retiraron del lugar, y se parquearon frente a la finca San Isidro, sin dejar de apuntar con sus metralletas. La reunión está por terminar y los soldados siguen patrullando el perímetro.

Ham ha venido para dar otro ultimátum a los campesinos: o firman un acuerdo de compraventa con el gobierno y asumen un préstamo con bajos intereses para pagar con él las tierras ocupadas a Miguel Facussé, o serán desalojados. “Es ahora o nunca, compañeros, tienen que firmar”, dice el ministro Ham. Le responde el silencio. Los campesinos no entienden por qué el gobierno se ha contagiado con la prisa del terrateniente.

Antes de que se retire, una campesina increpa al ministro:

—¿Por qué nos llama compañeros, si mire cómo nos viene a visitar: presionándonos, intimidándonos con esos hombres y esas armas?
—Compañeros, a mí me hubiera gustado ir a la finca La Aurora para reunirme allá con ustedes, pero es que no nos engañemos: esta zona es caliente allá y acá, y uno solo quiere ser precavido.

Ham se monta en su camioneta, y atraviesa La Confianza para buscar la Carretera Panamericana. Ni un ministro custodiado con tres Humvees se atreve a tomar el camino que corre a lo largo de la finca San Isidro, la zona caliente. En esta zona hay que ser precavidos.

***

El ministro se fue hace 10 minutos y nosotros queremos conocer a los famosos guardias del terrateniente. La guerra del Aguán se ha cobrado ya una docena de bajas de su lado y ellos también tendrán algo que decir. Pese a las advertencias de Vitalino Álvarez y a la precaución del mismo César Ham, decidimos que es ahora o nunca, así que tomamos la calle de la zona caliente y la atravesamos. Avanzamos a 10 kilómetros por hora. Desde ambos lados de la calle, el laberinto de palmeras africanas nos vigila.

A los pocos minutos los vemos. Serán unos ocho o 10. Quizá una docena. No hay tiempo para contarlos. Unos están sentados en una especie de banca y otros están parados. Parecen posar para una foto de postal, con el paisaje de las palmeras al fondo. Portan armas. Parecen escopetas. A su alrededor hay pichingas de agua. El grupo es una mancha azul turquesa en medio del negro de las sombras de las palmeras y del verde del follaje. De un inconfundible azul chillón es la camisa de su uniforme.

Vamos a detenernos. Levantamos la mano para saludar. Ellos nos han visto llegar y ahora nos pueden distinguir a través de la ventana abierta del copiloto. Es entonces cuando escuchamos un disparo. ¿Un disparo? En esta zona hay que ser precavidos, ya lo dijo el ministro, así que para efectos prácticos ese tronido fue un disparo. Aceleramos. Las llantas traseras se barren. ¿Se barrieron? Nos perdemos delante de una nube de polvo. ¿La levantamos?

Un día después, le narramos lo sucedido al jefe policial del municipio de Tocoa, Daniel Reyes.

—¿Un arma con silenciador? Tal vez un disparo a la tierra. ¿50 metros? ¿Dice que había palmeras? El sonido pudo ahogarse entre las palmeras… Pero mire, déjeme decirle algo… Eso que hicieron es una imprudencia. ¡Si ni nosotros vamos por esa ruta! Y si vamos nos coordinamos primero con ellos. ¿Es qué don Vitalino no les advirtió que esa es zona caliente?

En ese camino, en esa zona caliente, el 15 de agosto de 2011 cinco personas fueron asesinadas. Tres hombres y dos mujeres. Recién habían salido de las instalaciones ocupadas del INA. Nadie sabe por qué tomaron la calle de la zona caliente. Nadie les dijo que debían ser precavidos. Lo cierto es que un pick up los interceptó y desde el pick up los acribillaron. Cuatro de los asesinados eran empleados de la embotelladora Pepsi, que venían de pintar unas vallas publicitarias. La quinta era la dueña del negocio favorecido con la publicidad de esa compañía. Por esta masacre no hay ningún sospechoso, mucho menos algún capturado. Ya hemos dicho que por las muertes en el Aguán no hay nadie detenido. Nadie.

Tres días más tarde, en Tegucigalpa, le narramos lo mismo al gerente financiero de la Corporación Dinant, Roger Pineda.

—Honestamente no sé qué decirle. La verdad es que los nervios están crispados. No se justifica, pero (los guardias) deben tener una paranoia, sobre todo cuando ven gente extraña. Bueno, ustedes lograron captar la esencia del ambiente que está ahí, ¿no?

El terrateniente padece dolores de espalda

A juzgar por una foto colgada en el lobby de su oficina en la ciudad de Tegucigalpa, en la que se le ve con una banda azul cruzándole el pecho, uno pensaría que Miguel Facussé Barjum es el presidente de Honduras y está pasado de años. Por las fotos que hay en un taburete de su oficina, sin embargo, el terrateniente es un abuelo canoso, bonachón y sonriente. Y por el aparato de masajes dispuesto frente al ventanal, en el que se somete a dos sesiones diarias de terapia, Facussé es un anciano de 85 años que debe inclinarse mucho, boca arriba, para intentar sosegar sus fuertes achaques en la espalda.

Facussé es todo eso y más. Es uno de los empresarios más poderosos de Honduras y sus detractores dicen que es pieza clave para poner y quitar presidentes en su país. Su influencia se extiende por todo el istmo centroamericano, donde su empresa, Corporación Dinant, tiene fuertes inversiones. Inunda las cocinas -y los anuncios en televisión- con el popular aceite vegetal “Mazola” y las pastas marca “Issima”. En las tiendas y supermercados introdujo la marca “Yummies”, especializada en las tajaditas de plátano “Zambos”, en los palitos de papa “Zibas”, y en los aros de cebolla “Taco”. Las inversiones de Facussé inclusive saltan hasta México, al Norte; y Colombia, al Sur. El 4 de mayo de 2011, un fan escribió en la página de Facebook de la compañía: “Grande el Zar de las marcas”. Dinant produce y exporta snacks, jabones, lejías, pastas y aceite de palma. También ha invertido con éxito en biogás, biodiésel y biomasa. Todo esto último gracias a la palma africana.

A Facussé en las esferas políticas de Honduras todavía lo llaman “Tío Mike”, un mote que cobró relevancia cuando su sobrino, Carlos Flores Facussé, gobernó el país entre 1998 y 2002. Pero para los campesinos del Bajo Aguán este empresario es “el terrateniente”. El mote tiene un asidero lógico: según Dinant, antes de las tomas Facussé tenía en Honduras 16 mil hectáreas destinadas al cultivo de palma africana. Eso sin contar las propiedades que aseguran poseer en Nicaragua. El mote también lleva un dejo de rencor que asoma en la voz de los campesinos cada vez que hablan del conflicto: ¿De quién son esas tierras? “Del terrateniente”. ¿A dónde trabajaba antes de ingresar al MUCA? “En la palma del terrateniente”. ¿Quién mató a su esposo? “Los guardias del terrateniente”. ¿Por qué no denunció el asesinato? “Porque la Policía está con el terrateniente”.

En su oficina hay otros dos objetos que lo perfilan: un cuadro pequeño, con un dibujo a grafito, en el que sobresale orgullosa una palma africana, y una avioneta a escala que reposa sobre un archivero, al lado del escritorio. “¡Le fascinan!”, dice Anabela, su asistente en los últimos 25 años. En Honduras dicen que Facussé suele poner a disposición de los presidentes y de la élite política centroamericana sus avionetas. También hay quienes dicen que muchas de esas avionetas aterrizan con fines sospechosos en las plantaciones de palma del terrateniente. Sobre todo después de que la organización WikiLeaks revelara en 2011 algunos cientos de cables confidenciales de la embajada de Estados Unidos en Honduras.

En uno de esos cables, fechado el 4 de marzo de 2004, la embajada reporta el aterrizaje, descarga y posterior destrucción de una narcoavioneta en una finca de Facussé, ubicada en el municipio de Trujillo.

En el conflicto del Bajo Aguán, el narcotráfico ocupa un papel importante. Según el ejército, gracias a los narcos los campesinos se han armado hasta los dientes. Según los campesinos, algunos de los enfrentamientos en los que han muerto guardias e incluso policías han sido en realidad revueltas entre narcotraficantes y guardias o policías que se les enfrentan. Lo único cierto es que se ha comprobado que los narcotraficantes utilizan las fincas más cercanas al mar Caribe para aterrizar sus avionetas o descargar narcolanchas. Lo único seguro es que esta región está dominada por el narcotráfico.

Según el mismo cable develado por WikiLeaks, en marzo de 2004 fue el mismo Miguel Facussé quien reportó a las autoridades que una narcoavioneta fue derribada por los guardias cuando sobrevolaba su finca. Al margen de las diferentes versiones que la embajada norteamericana recogió sobre el suceso, el entonces embajador Larry Palmer cerró el cable considerando “de mucho interés” el hecho de que en los 15 meses previos al reporte otros cargamentos de droga habían tratado de desembarcar en esa misma propiedad de Miguel Facussé:

“In July 2003, a go-fast boat crashed into a sea wall on the same property and engaged in a firefight with National Police forces. Two known drug traffickers were arrested in this incident and 420 kilos of cocaine were recovered. Earlier in the year, another air track terminated at the same property and appeared to have used the same airstrip”.

***

Es lunes 4 de junio de 2012. El plazo para que los campesinos firmen con Facussé un acuerdo de compra o desalojen las tierras se ha vencido, y aunque la Policía ya recibió las órdenes de desalojo, por instrucciones del gobierno no han actuado y dan un compás de espera. El MUCA, acorralado, ha anunciado que firmará el acuerdo y comprará las tierras usurpadas. En la sede de Corporación Dinant, un complejo de oficinas situado en una loma, en el centro de Tegucigalpa, nadie está celebrando nada. Facussé no está en casa. Pese a la promesa de su equipo de relaciones públicas, el empresario designa a otro para que hable en su lugar: el gerente financiero, Roger Pineda. Al terrateniente no le gusta hablar con la prensa.

Pineda es un ingeniero agrónomo, experto en banca, que lleva 16 años trabajando para Facussé. Es un hombre de buenas maneras que habla fluido, como un candidato entrenado en plena campaña electoral, y quizá sea por eso que me recuerda a los diputados cuarentones, pasados de peso, que se saben ganadores porque hay alguien mucho más fuerte detrás de ellos que los respalda. Pineda es el representante y vocero de Facussé para el conflicto en el Bajo Aguán. Es quien da la cara a la prensa por su jefe. Desde septiembre de 2011 no viaja a la zona porque dice que lo han amenazado de muerte. Hace una semana, por sugerencias del departamento de seguridad de la compañía, blindó su camioneta.

Pineda asegura tener una visión clara de lo que está ocurriendo en el Bajo Aguán, pero antes de compartirla con nosotros ofrece copias de denuncias por usurpación y de un informe elaborado por la Dirección Nacional de Investigación Criminal de la Policía de Honduras, en donde se detallan todos los ataques contra la Exportadora del Atlántico en el Bajo Aguán. Pineda muestra fotocopias de notas periodísticas que habla de campesinos armados y violentos. Habla de guardias desaparecidos. De guardias torturados “a los que les arrancaron la oreja como salvajes”.

—Contra los guardias de esta empresa también hay serias acusaciones –le decimos.
—¿Pero dónde están judicializadas? ¿Dónde están las pruebas? Nosotros amparamos nuestras acusaciones sobre la base de denuncias verificables en las oficinas destinadas a perseguir el delito. Los dichos de los campesinos, en cambio… ¿cuál es el asidero de sus denuncias?
—¿Los guardias de esta empresa nunca han disparado un arma contra un campesino?
—Siempre que han utilizado un arma de fuego es para defenderse. Nuestros guardias siempre han fallecido adentro de las fincas, no fuera de ellas.
—¿Qué ocurrió en la finca El Tumbador?
—No hay una conclusión clara sobre lo que pasó, pero nuestros guardias portaban pistolas y escopetas. Sin embargo, los campesinos tenían disparos de AK-47. Como le repito, nosotros pusimos a disposición de la justicia a nuestros guardias pero no hubo y a la fecha no hay certeza de lo que pasó.

El 15 de noviembre de 2010, en la finca El Tumbador, ubicada en el municipio de Trujillo, cinco campesinos fueron asesinados y otra media docena fueron heridos de gravedad, tras una toma que terminó en tragedia, los 100 campesinos que intentaron hacerse de la finca terminaron huyendo despavoridos. Según la Fiscalía, los cinco asesinados fueron abatidos fuera de la finca custodiada por los guardias de Dinant. Una de las víctimas, un joven de 23 años, José Luis Sauceda, padre de dos niños, recibió “varios disparos en la cabeza”.

—¿Qué tipo de armas utilizan los guardias de la empresa?
—Armas legales: escopetas y pistolas.
—¿No utilizan armas de guerra?
—Hay fotografías, de la prensa, en donde usted se da cuenta que son los campesinos los que utilizan armas ilegales. Yo no sé qué pasó en esa ocasión en El Tumbador… Supongo que ellos mismos, en la desesperación, fueron presas del cross-fire.
—El jefe de la policía municipal en Tocoa dice que en los enfrentamientos entre guardias y campesinos nunca han encontrado casquillos o municiones de escopetas o pistolas. Dice que los enfrentamientos son con armas largas.
—¡Pues claro! ¡Son las que usan los campesinos!

Roger Pineda saca una última fotografía: es una ampliación a colores. En la imagen, un hombre carga una pancarta de color rojo con las siglas MUCA pintadas de blanco. En la esquina de la pancarta aparece dibujado, en negro, el rostro del Che Guevara. Para Pineda detrás de las acciones de los campesinos hay una motivación política.

***

Un sábado de 2010 –Pineda no recuerda la fecha- un hombre que lo había visto en la televisión lo abordó a la entrada de un supermercado. Para esa fecha, primer trimestre de 2010, las 23 fincas en el Bajo Aguán seguían tomadas. El hombre le preguntó a Pineda si ya habían resuelto el problema, y Pineda le respondió que lo estaban intentando resolver. Entonces el hombre se le quedó mirando, serio, y Pineda se asustó. Después, se sorprendió. “Dígame la verdad –le dijo aquel hombre-, tengo 45 manzanas de tierras y quiero saber si las voy a perder o no”.

—Ahí me cayó el 20 de por qué el MUCA ha hecho esto, sobre todo a don Miguel. Lo que han logrado es crear en la mente de la población un estado de indefensión inmediato, bajo la siguiente lógica: la gente ve el escenario y se pregunta: ¿si al grande, o a uno de los más grandes lo botaron, por qué no me van a botar a mí?

Pineda está convencido de que hay un grupo detrás de los campesinos que está utilizando la fuerza como estrategia de una campaña política, pero no se atreve a ponerle nombre alguno a sus suposiciones. “No, sé, no sabría decirle…”

Pineda cierra su hipótesis citando otros hechos. Según él, la guerra por el Bajo Aguán lo que ha hecho es levantar otros frentes de guerra. Para junio de 2012, en varias regiones del país, incluido el Valle de Sula, departamento de Cortés, movimientos campesinos se habían tomado miles de hectáreas de cultivo de caña de azúcar. La industria azucarera de Honduras reportó pérdidas superiores a los 300 millones de lempiras debido a la toma de las tierras. Los campesinos de esa zona han copiado la organización de las tomas en el Bajo Aguán.

Los hombres más tristes del mundo

La penúltima vez que vimos a Jhony Rivas, el líder político del MUCA, a Vitalino Álvarez, el vocero, y a Doris Pérez, la campesina que se tomó La Aurora y fue baleada en el INA, fue el viernes 1 de junio, en la toma del puente sobre el río Aguán, que sirve de entrada al municipio de Tocoa. El día anterior había vencido el ultimátum del terrateniente y del gobierno.

Vitalino llevaba gorra, camiseta y su nueve milímetros en la cintura; Jhony Rivas un fólder en la mano y dos custodios en los costados; Doris Pérez llevaba sombrero, una camisa cuadriculada de botones tallada en la cintura, jeans apretados y un par de botas negras con tacón alto. Parecía una vaquera a la moda.

Vitalino soñaba con que en la marcha los campesinos desfilaran con los machetes en alto y con los malayos con los que cortan la fruta de la palma africana. El malayo es un tubo de aluminio de 25 metros de largo que tiene acoplada una hoja curva y afilada en la punta. “¿Ha visto cómo desfila el ejército chino, compa? Eso da una impresión de poder”, nos dijo días antes de la marcha. Pero en la marcha eran muy pocos los campesinos que cargaban machetes y solo él y los guardias de Jhony Rivas estaban visiblemente armados. Ese viernes, el MUCA, a sus campesinos, les aseguraba que nadie podía presionarlos, que la lucha llegaría hasta las máximas consecuencias.

Dos días después, el domingo 3 de junio, nos reencontramos con ellos en Tegucigalpa. Estaban recluidos en un hotel custodiado por el equipo de seguridad del MUCA. Después de la marcha en el puente, el equipo de negociación de los campesinos, liderado por Jhony Rivas, se había movilizado de urgencia para pensar mejor las cosas y había acabado por aceptar el acuerdo ofrecido por el gobierno, con cierta sensación de derrota.

Doris Pérez se alegró al vernos, pero rápido regresó a la melancolía que reinaba en el lugar. Nos dijo que los habían presionado con el uso de la fuerza, con las amenazas de desalojo, que firmaron sin querer firmar. Lo mismo repitieron Vitalino y Jhony Rivas.

Vitalino improvisó una conferencia de prensa y Johny Rivas se lanzó a hablar. A medio discurso entró al salón uno de los máximos dirigentes del Frente Popular de Resistencia Nacional de Honduras. Nos vio, saludó y se retiró. Era Rafael Alegría, uno de los hombres más cercanos al depuesto presidente Manuel Zelaya, que hoy impulsa la candidatura presidencial de su esposa, Xiomara, por medio del Partido Libre, extensión del FNRP.

La conferencia de Rivas se alargó una hora. Aunque la lógica mandaba que estuvieran felices porque ahora La Confianza y más de 4 mil hectáreas de tierra iban a ser suyas, porque ya no habría amenazas de desalojos y las escrituras estarían a su nombre, porque el conflicto, en teoría, estaba resuelto y cesarían los enfrentamientos, la violencia, los asesinatos, Jhony y Vitalino estaban tristes. En aquel hotel, lejos de celebrar que habían ganado tierra para más de 600 familias campesinas, actuaban como si lo hubieran perdido todo.

***

Un hombre camina lento en un camino de tierra, a un costado de una plantación de palma africana. Esa plantación es el laberinto de la finca Paso Aguán, otra de las propiedades del terrateniente Miguel Facussé. El campesino se llama Gregorio Chávez, tiene 69 años. Gregorio es miembro activo del MUCA. Alguien aborda a Gregorio y Gregorio desaparece sin dejar rastro. Desaparece en la tarde del domingo 3 de junio, el mismo día en el que el MUCA decidió darle una tregua al conflicto. A la fecha, Gregorio sigue desaparecido.

***

Un grupo de hombres encapuchados, sigilosos, armados, se abre paso entre las palmas africanas. Es la madrugada del domingo 8 de julio. Ha pasado un mes desde que los campesinos, el gobierno y Miguel Facussé acordaron la tregua; un mes desde la desaparición de Gregorio Chávez en la finca Paso Aguán. Los campesinos que caminan entre los árboles de palma saben que hay un acuerdo firmado y saben que hay un desaparecido más. Por supuesto que lo saben. Quizá albergan esperanzas de encontrar mientras avanzan los restos de Gregorio Chávez. Pero su objetivo es otro. El grupo sigue avanzando y esquiva como puede las ramas secas del camino. El menor ruido, cerca de la estación de guardias de seguridad, a la entrada de la finca Paso Aguán, podía frustrar la misión…

La guerra del fútbol

Publicado: 19 octubre 2011 en Ryszard Kapuscinski
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Luis… había leído un informe del partido de fútbol entre los equipos de Honduras y El Salvador. Los dos países jugaban para ganar el derecho a participar en la copa del mundo de 1970 en México. El primer partido fue llevado a cabo el Domingo 8 de Junio de 1969, en la capital hondureña, Tegucigalpa. Nadie en el mundo prestó atención.

El equipo de El Salvador llegó a Tegucigalpa el sábado y pasó una noche sin dormir en su hotel. El equipo no pudo dormir porque era blanco de la guerra psicológica emprendida por los hinchas hondureños. Una multitud cercó el hotel. La muchedumbre lanzó piedras en las ventanas y hacía ruido golpeando latas y barriles vacíos con palillos. Lanzaron petardos unos después de otros. Alinearon vehículos y tocaron sus bocinas parqueados delante del hotel. Los hinchas silbaron, gritaron y cantaron canciones hostiles. Esto duró toda la noche. La idea era que un equipo soñoliento, nervioso y agotado estaría limitado para perder. En América Latina éstas son prácticas comunes.

Honduras derrotó el día siguiente por uno a cero al soñoliento equipo de El Salvador.

Amelia Bolaños de dieciocho años de edad estaba sentada delante del televisor en El Salvador cuando el delantero hondureño Roberto Cardona anotó el gol en el minuto final. Ella se levantó y corrió al escritorio donde estaba la pistola de su padre y se disparó en el corazón. `La joven no pudo soportar ver a su patria perder,’ escribió un periódico de El Salvador el día siguiente. Toda la capital participó en el entierro televisado de Amelia Bolaños. Una guardia de honor del ejército marchó con una bandera al frente del entierro. El presidente de la república y sus ministros caminaron detrás del ataúd cubierto con una bandera. Detrás del gobierno venía la oncena del equipo salvadoreño que había sido abucheado, burlado y escupido en el aeropuerto de Tegucigalpa, y que había vuelto a El Salvador en un vuelo especial de esa mañana.

Pero el partido de vuelta de la serie tendría lugar en San Salvador una semana después, en el estadio con el bonito nombre de Flor Blanca. Esta vez el equipo hondureño pasó una noche sin dormir. La muchedumbre rompió todas las ventanas del hotel y lanzó adentro huevos podridos, ratas muertas y trapos que apestaban. Los jugadores fueron llevados al estadio en vehículos blindados de la primera división mecanizada –que los protegió de la venganza y de morir en manos de la multitud que alineó la ruta–, llevando las fotos de la heroína nacional Amelia Bolaños.

El ejército rodeó el estadio. En la cancha se apostó un cordón de soldados de un regimiento de la Guardia Nacional, armado con sub ametralladoras. Al ejecutarse el himno nacional de Honduras la muchedumbre rugió y silbó. Después, en vez de la bandera hondureña –que había sido quemada delante de los espectadores, enloquecidos de alegría– los anfitriones colocaron un trapo sucio, hecho andrajos encima del asta de la bandera. Bajo tales condiciones los jugadores de Tegucigalpa, no tenían, por razones comprensibles, sus mentes en el juego.Tenían sus mentes en salir vivos. Fuimos`terriblemente afortunados al perder,’ dijo con alivio el entrenador visitante Mario Griffin.

El Salvador ganó tres a cero.

Los mismos vehículos blindados llevaron al equipo hondureño directo desde el estadio al aeropuerto. Un destino peor aguardaba a los hinchas visitantes. Pateados y golpeados, huyeron hacia la frontera. Dos de ellos murieron. Más llegaron al hospital. Ciento cincuenta carros hondureños fueron quemados. La frontera entre los dos países fue cerrada algunas horas más adelante.

Luis leyó sobre todo esto en el periódico y dijo que iba a haber una guerra. Él había sido reportero durante mucho tiempo y sabía su oficio.

En América Latina, dijo, la frontera entre el fútbol y la política es vaga. Hay una lista larga de gobiernos que han caído o fueron derrocados después de la derrota del equipo nacional. Los jugadores del equipo perdedor son tratados como traidores en la prensa. Cuando Brasil ganó la copa del mundo en México un colega mio del Brasil se puso triste: ‘el régimen militar’, dijo, ‘ puede estar seguro al menos con otros cinco años de tranquilidad.’ En la ruta al título, Brasil ganó a Inglaterra. En un artículo con el titulo ‘Jesucristo defiende a Brasil’, el diario de Rio de Janeiro Jornal dos Sportes explicó así la victoria: ” siempre que la bola llegó a nuestra meta y un gol parecía inevitable, Jesucristo sacó su pie de las nubes y despejó la bola.” Dibujos acompañaron el artículo, ilustrando la intervención supernatural.

Cualquiera puede perder su vida en el estadio. En el partido en que México perdió con Perú, 2-1, un mexicano enojado gritó “¡Viva México!”y fue muerto, masacrado por la muchedumbre. Pero las emociones exaltadas encuentran a veces otras salidas. Después que México ganó a Bélgica 1-0, Augusto Mariaga, el guardia de una prisión de máxima seguridad en Chilpancingo (estado de Guerrero, México), llegó a delirar con alegría y corrió alrededor disparando una pistola al aire y gritando, `¡Viva México!’ abrió todas las celdas, liberando a 142 criminales peligrosos. Una corte lo absolvió, y según el veredicto, ` actuaba en exaltación patriótica.’

“¿Piensas que vale la pena ir a Honduras?” Pregunté a Luis, que entonces editaba la seria e influyente revista semanal Siempre .”Creo que vale la pena”, respondió, “algo va a suceder.”

La mañana siguiente ya estaba en Tegucigalpa.

Al anochecer un avión voló sobre Tegucigalpa y arrojó una bomba. Todos la oyeron. Las montañas cercanas repitieron el eco del violento estallido de modo que algunos dijeron más adelante que una serie entera de bombas habían caído. El pánico barrió la ciudad. La gente huyó a sus casas; los comerciantes cerraron sus tiendas. Los carros fueron abandonados en el centro de la calle. Una mujer corrió a lo largo del pavimento, gritando, `¡Mi niño! ¡Mi niño!’ Luego hubo silencio y todo quedó quieto. Era como si la ciudad hubiera muerto. Las luces se apagaron y Tegucigalpa se hundió en la oscuridad.

Corrí al hotel, entré a mi cuarto, puse papel en la máquina de escribir e intenté escribir un despacho a Varsovia. Intentaba moverme rápidamente porque sabía que en ese momento era el único corresponsal extranjero allí y que podría ser el primero en informar al mundo sobre el inicio de la guerra en América Central. Pero estaba oscuro en el cuarto y no podía ver nada. Encontré camino abajo a la recepción, donde me prestaron una candela. Regresé arriba, encendí la candela y encendí mi radio transistor. El locutor leía un comunicado oficial del gobierno hondureño sobre el comienzo de hostilidades con El Salvador. Entonces vinieron las noticias de que el ejército de El Salvador atacaba Honduras a todo lo largo de la línea fronteriza.

Comencé a escribir:

TEGUCIGALPA (HONDURAS) PAP 14 DE JULIO VÍA LA RADIO TROPICAL RCA HOY A LAS 6 DE LA TARDE COMENZÓ LA GUERRA ENTRE EL SALVADOR Y HONDURAS LA FUERZA AÉREA DE EL SALVADOR BOMBARDEÓ CUATRO CIUDADES HONDUREÑAS STOP AL MISMO TIEMPO EL EJÉRCITO SALVADOREÑO CRUZÓ LA FRONTERA HONDUREÑA TRATANDO DE PENETRAR EN EL PAÍS STOP EN RESPUESTA A LA AGRESIÓN LA FUERZA AÉREA DE HONDURAS HA BOMBARDEADO IMPORTANTES OBJETIVOS ESTRATÉGICOS E INDUSTRIALES Y FUERZAS TERRESTRES INICIARON UNA ACCIÓN DEFENSIVA.

En este momento alguien en la calle comenzó a gritar”¡Apaga la luz!” repetidamente, más y más alzando la voz con mayor agitación. Soplé la candela. Continué escribiendo ciegamente, por el tacto, encendiendo un fósforo al tocar las teclas.

LOS INFORMES DE RADIO DICEN QUE HAY LUCHA A LO LARGO DE LA FRONTERA Y QUE EL EJÉRCITO HONDUREÑO ESTÁ INFLINGIENDO FUERTES PÉRDIDAS AL EJÉRCITO DE EL SALVADOR STOP EL GOBIERNO HA LLAMADO A TODA LA POBLACIÓN A LA DEFENSA DE LA NACIÓN QUE ESTÁ EN PELIGRO Y HA LLAMADO A LA ONU PARA QUE CONDENE EL ATAQUE.

Desde temprano en la mañana la gente había estado cavando trincheras y erigiendo barricadas, preparándose para un ataque. Las mujeres almacenaban provisiones y protegían sus ventanas con cinta adhesiva. La gente corría cruzando las calles sin dirección; reinaba una atmósfera de pánico. Brigadas de estudiantes pintaban enormes lemas en las paredes y muros. Una burbuja de grafitis había estallado sobreTegucigalpa, cubriendo las paredes con numerosas consignas.

SOLO UN IMBÉCIL SE PREOCUPA NADIE ATACA A HONDURAS

Ó:

TOME SUS ARMAS Y VAMOS MUCHACHOS A DESTRIPAR A ESOS SALVADOREÑOS NOS VENGAREMOS DEL TRES A CERO

PORFIRIO RAMOS DEBE ESTAR AVERGONZADO POR VIVIR CON UNA MUJER DE EL SALVADOR

CUALQUIERA QUE VEA A RAIMUNDO GRANADOS QUE LLAME A LA POLICÍA ES UN ESPÍA DE EL SALVADOR

Los latinoamericanos tienen obsesión con los espías, conspiraciones y complots. En guerra, cada uno es quinta-columna. Yo no estaba en una situación particularmente cómoda: la propaganda oficial en ambos lados culpaba a los comunistas por cada desgracia, y yo era el único corresponsal en la región de un país socialista. Incluso así pues, quería ver la guerra hasta el final.

Fui al correo y pedí al operador del Telex que me acompañara para una cerveza. Estaba temeroso, porque, aunque él tenía un padre hondureño, su madre era una ciudadana de El Salvador. Era un nacional mezclado y estaba entre los sospechosos. No sabía que sucedería después. Toda la mañana la policía había estado reuniendo salvadoreños en campos provisionales, a menudo en estadios. En América Latina, los estadios desempeñan un papel doble: en tiempo de paz son lugares de deportes; en guerra se vuelven campos de concentración.

Su nombre era José Málaga, y tomamos una bebida en un restaurante cerca del correo. Nuestro estado incierto nos había hermanado. José telefoneaba a menudo a su madre, que estaba encerrada en su casa, y decía “mamá, todo está bien. No han venido por mi. Todavía estoy trabajando.”

Por la tarde otros corresponsales llegaron desde México, cuarenta de ellos, mis colegas. Habían volado a Guatemala y alquilaron un autobús, porque el aeropuerto en Tegucigalpa estaba cerrado. Querían ir al frente. Fuimos al palacio presidencial, un edificio azul brillante, feo, de principios del siglo, en el centro de la ciudad a arreglar el permiso. Habían nidos de ametralladoras y sacos de arena alrededor del palacio, y armas antiaéreas en el patio. En los pasillos adentro, los soldados dormitaban o caminaban alrededor en uniforme de campaña.

La gente ha estado haciendo la guerra por miles de años, pero cada vez es como si fuera la primera guerra emprendida, como si cada uno haya empezado de cero.

Un capitán apareció y dijo que era el portavoz de prensa del ejército. Le pidieron describir la situación y dijo que estaban ganando en todo el frente y que el enemigo sufría fuertes pérdidas.

“OK” dijo el corresponsal de la AP, vamos al frente.

Los estadounidenses ya están alli, dijo el capitán. Van siempre primero debido a su influencia – y porque comandan obediencia y pueden arreglar las cosas.

El capitán dijo que podríamos ir al día siguiente, y cada uno debía traer dos fotografías.

Fuimos a un lugar en donde dos piezas de artillería estaban emplazadas debajo de unos árboles. Los cañones disparaban y había municiones en el suelo. Delante de nosotros podíamos ver la carretera con dirección a El Salvador. A ambos lados de la carretera era pantanoso y más allá empezaba un denso bosque.

El sudoroso y barbado comandante en el mando nos dijo que no podíamos ir más lejos. Más allá de este punto ambos ejércitos estaban en acción, y era difícil distinguirlos. El bosque era demasiado denso para ver. Dos unidades opuestas se distinguían al último momento cuando se enfrentaban. Además ya que los dos ejércitos tienen similares uniformes, poseen el mismo equipo y hablan el mismo idioma era difícil distinguir uno de otro. El comandante nos aconsejó volver a Tegucigalpa, porque avanzar podía significar morir sin saber quién lo había hecho (como si importara eso, pensé.) Pero los camarógrafos de la televisión dijeron que tenían que ir a la línea del frente a filmar a los soldados en acción, disparando y muriendo. Gregor Straub del NBC dijo que él tenía que tener un primer plano del goteo del sudor de la cara de un soldado. Rodolfo Carillo del CBS dijo que él tenía que tener a un comandante desanimado que se sentaba debajo de un arbusto y que lloraba porque había perdido su unidad entera. Un operador francés deseaba filmar un panorama con una unidad de salvadoreños que atacaba a una unidad de Honduras desde un flanco, o viceversa. Alguien quería capturar la imágen de un soldado que llevaba a su camarada muerto. Los reporteros de radio apoyaron a los camarógrafos. Uno deseaba grabar los gritos de un herido pidiendo ayuda, al hacerse débil y más débil, hasta perder el aliento. Charles Meadows de Radio Canadá deseaba la voz de un soldado que maldecía la guerra en medio de un infernal ataque. Naotake Mochida de Radio Japón quería el grito de un oficial que gritaba a su comandante en medio del ruido de la artillería – usando un teléfono de campo japonés .

Muchos decidieron ir adelante. La competencia es un incentivo poderoso. Puesto que la televisión estadounidense iba, también tenían que ir los servicios de radio. Puesto que iban los americanos, Reuters tenía que ir. Excitado por la ambición patriótica, ya que era el único polaco en la escena, decidí unirme al grupo que intentaba hacer la desesperada marcha. A los que dijeron tener corazones enfermos, o estar desinteresados en detalles ya que escribían comentarios generales, los dejamos atrás bajo un árbol…

La guerra del fútbol duró cien horas. Sus víctimas: 6.000 muertos, más de 12.000 heridos. Cincuenta mil personas perdieron sus hogares y cosechas. Muchas aldeas fueron destruidas.

Los dos países cesaron la acción militar porque intervinieron los estados de América Latina, pero hasta éste día hay intercambios de fuego a lo largo de la frontera Honduras – El Salvador, y la gente muere, y se destruyen aldeas.

Éstas son las razones verdaderas de la guerra: El Salvador es el país más pequeño de América Central, tiene la densidad demográfica más grande en el hemisferio occidental (más de 160 personas por kilómetro cuadrado). Las cosas están apretadas, y tanto más porque la mayor parte de la tierra está en manos de catorce grandes clanes de terratenientes. El pueblo incluso dice que El Salvador es propiedad de catorce familias. Mil latifundistas poseen exactamente diez veces más tierra que cien mil campesinos. Dos tercios de la población rural no posee ninguna tierra. Por muchos años una parte de los pobres sin tierra ha estado emigrando a Honduras, donde hay zonas extensas de tierra sin cultivar. Honduras (112.492 kilómetros cuadrados) es casi seis veces más extenso que El Salvador, pero tiene casi la mitad de la población (2,500,000). Ésta fue una emigración ilegal pero fue mantenida silenciada, tolerada por el gobierno hondureño por años.

Los campesinos de El Salvador se asentaron en Honduras, establecieron aldeas, y crecieron acostumbrados a una vida mejor que la que habían dejado detrás. Llegaron a ser cerca de 300,000.

En los 1960, el malestar comenzó entre el campesinado de Honduras, que exigía tierra, y el gobierno de Honduras pasó un decreto de Reforma Agraria. Pero puesto que era un gobierno oligárquico, dependiente de los Estados Unidos, el decreto no tocó la tierra de la oligarquía o de las plantaciones grandes de banano que pertenecían a la United Fruit Company. El gobierno decidió redistribuir la tierra ocupada por los ocupantes ilegales de salvadoreños, significando que los 300,000 salvadoreños tendrían que volver a su propio país, en donde no tenían nada, y donde, en cualquier caso, serían rechazados por el gobierno de El Salvador, temiendo una revolución campesina.

Las relaciones entre los dos países eran tensas. La prensa en ambos lados emprendió una campaña de odio, llamándose nazis entre si, enanos, borrachos, sádicos, agresores y ladrones. Había pogroms. Las tiendas fueron quemadas.

En esas circunstancias había ocurrido el partido entre Honduras y El Salvador.

La guerra terminó en un estancamiento. La frontera siguió siendo igual. Es una frontera establecida a vista en el bosque, en terreno montañoso que ambos lados demandan. Algunos de los emigrados volvieron a El Salvador y algunos de ellos todavía están viviendo en Honduras. Y ambos gobiernos están satisfechos: por varios días Honduras y El Salvador ocuparon los titulares de prensa del mundo y fueron objeto de interés y preocupación. El único chance que los países pequeños del tercer mundo evocan un animado interés internacional es cuando derraman su sangre. Es una triste verdad, pero así es.

El juego decisivo se realizó en campo neutral, en México (El Salvador ganó 3 a 2). Los hinchas de Honduras fueron colocados a un lado del estadio, los salvadoreños al otro lado entre 5,000 policías mexicanos armados con garrotes.

A la orilla de la carretera hacia La Entrada, orina un hombre atrás de su carro. Anochece en la frontera hondureña con Guatemala. El Tigre Bonilla da la orden a su subordinado para que el convoy policial revise al borracho. Al vaquero gordo que orina lo acompañan su guardaespaldas y una señora que espera en el carro. En el carro, por supuesto, hay dos armas de fuego. El guardaespaldas muestra los permisos de ambas. El vaquero le grita algo a Rivera Tomas, el jefe policial del municipio de Florida, subordinado de El Tigre.

En ese momento, al otro lado de la calle, una camioneta repleta de hombres sube la cuesta con música norteña a todo volumen. Al ver la escena, el conductor frena con brusquedad y seis hombres armados bajan de ella. De inmediato, los 20 policías rodean y apuntan a los recién llegados.

—¡Soy el alcalde de La Jigua, pendejos! –grita el más gordo de todos los que acaban de llegar, y luego da un empujón en el pecho al agente que pretende revisarlo.

El Tigre, que observa a la distancia, no puede contenerse cuando mira la agresión contra el policía.

—¡A ver, qué papadas pasa aquí! –interviene.

El alcalde de La Jigua, Germán Guerra, lo ve, ve a El Tigre, y entonces entrega no una, sino las tres pistolas que andaba. Dos no tienen permiso, son armas ilegales.

La escena más descriptiva de esta frontera empezó a ocurrir aquí, ya a unos kilómetros de El Paraíso, un lugar que resultó ser un fiasco.

* * *

El Paraíso es un fiasco. Es un lugar vacío, solitario, de polvo o de lodo, depende de la temporada. Ahora es de lodo. Nada que ver con lo que me habían anunciado. Un lugar sorprendente, dijeron, un sitio que no muchos han visto. Un lugar del que jamás saldrás con vida si osas entrar sin permiso.

Nada de eso ha pasado. Aquí hay poco que ver, al menos si uno entra como yo entré. Si es así, El Paraíso es un fiasco. Lo del palacio sí es cierto, es imponente. Es un bloque de dos pisos, justo en el centro de El Paraíso, con sus cinco pilares largos en la fachada. Diminuto, en medio de la tormenta que hoy arrecia, asomaba el guardián del palacio a la par de uno de los pilares. Era apenas del tamaño de la base. Porque el palacio sí es tal cual lo que uno espera. Majestuoso, impoluto. Y allá arriba, arriba de la estructura y de los pilares, en el techo, digamos, un helipuerto, como si en El Paraíso hubiera mucha gente que necesitara un helicóptero para salir volando.

Todo ocurrió así porque la gente que alguna vez estuvo allá me dijo que no había otra manera de entrar, que llegar por llegar, como un turista desorientado, era inverosímil. Que, con suerte, solo sería expulsado de El Paraíso. Por eso tuve que entrar como entré, en caravana.

Así, El Paraíso es un fiasco. Es obvio que los vigilantes de este lugar nos detectaron desde que descendíamos entre precipicios por la vereda lodosa y turbulenta que conduce a El Paraíso, este municipio hondureño que hace frontera con Izabal, Guatemala, y que es señalado como la puerta de oro de la droga entre estos dos países.

* * *

En Honduras todo empieza mal desde arriba. Es de esperar que cuando uno busca entrar en un territorio de control del crimen organizado las advertencias fatalistas empiecen a darse en cierto momento a medida que uno se acerca al lugar.

No se puede entrar.

Ellos lo ven todo.

Si –quién sabe cómo– entrás, no salís.

En Honduras esto ocurre desde el inicio, desde la capital, Tegucigalpa, a ocho horas en vehículo de El Paraíso.

Era una tarde de sábado y en la mesa me acompañaban dos expertos reporteros del país. Ambos con experiencia en cobertura de crimen organizado. Al poco tiempo, se nos unió una fuente de confianza de ellos, un fiscal que también en varias ocasiones ha llevado casos que han involucrado a familias dedicadas al crimen organizado, que en Honduras se dedica principalmente al tráfico de drogas, personas y madera, y a la trata de personas.

Para hablar del tema hemos abandonado la fresca terraza y, a petición de uno de los colegas, nos encerramos en el apartamento a susurrar.

—Cerca de la calle ni mú –dice uno de los reporteros.

El fiscal ha llegado para reafirmar las restricciones.

—Copán es un lugar donde te podemos abrir contactos. Yo al menos tengo a alguien de confianza en la capital, Santa Rosa, pero hasta ahí. De ahí para la frontera con Guate es territorio de los señores. Allá no hay Estado que valga.

Por primera vez escuché hablar de El Paraíso. En esa conversación, El Paraíso era algo lejano, sin nombre, un lugar mítico gracias a su palacio municipal.

—Hay por ahí un pueblito en medio de esa zona de la frontera que sí es jodido. Dicen que tienen pista de helicópteros en el techo de la alcaldía, y que el alcalde se jacta de que ahí no les falta nada, de que no necesitan cooperación porque les sobra el dinero –contó uno de los periodistas.
—En esos lugares, cerca de ese pueblo, el Estado no tiene fiscales asignados exclusivamente para esa región, tiene pocos policías y ninguno de investigación, de unidades especiales. Esa zona, el gobierno ha decidido entregarla a los señores –complementó el fiscal.

* * *

Estoy convencido de que El Tigre Bonilla no está satisfecho. Son más de las 10 de la noche cuando salimos de El Paraíso. Los 25 policías que componen la aparatosa caravana están cansados. El ímpetu que mostraron al inicio del recorrido, cuando al mediodía registraban enérgicos cada vehículo que trastabillaba en estas veredas, ha desaparecido. Tiemblan de frío. Sus uniformes están empapados y el viento se los recuerda allá atrás en las camas de los pick ups. Pero El Tigre Bonilla quiere más.

El comisionado policial Juan Carlos Bonilla, El Tigre, es un policía de 45 años, con casi 25 de servir en la institución. Ahora mismo es el jefe de tres departamentos hondureños que hacen frontera con Guatemala y El Salvador. Él manda en Copán, donde estamos ahora, frontera con Izabal y Zacapa, en Guatemala. Izabal y Zacapa están bajo el control de los Mendoza y los Lorenzana, que según la Policía chapina son dos de las familias más emblemáticas del narco guatemalteco. Manda también en Nueva Ocotepeque, frontera con Chiquimula, Guatemala, y con Chalatenango, El Salvador. Este departamento hondureño es frontera con San Fernando, el minúsculo pueblo chalateco donde inician los dominios de El Cártel de Texis. El Tigre también es el jefe policial de Lempira, que hace frontera con Chalatenango y Cabañas, en El Salvador. Por encargarse de Copán, El Tigre está al mando del punto de salida de lo que en Honduras se conoce como el corredor de la muerte, la ruta del tráfico de cocaína que inicia en la frontera con Nicaragua, en el caribeño departamento de Gracias a Dios, y que recorre por la costa otros cuatro departamentos antes de llegar a esta frontera con Guatemala. Entre ellos, Atlántida, el departamento centroamericano más violento.

El Tigre es un descomunal hombre grueso y de casi 1.90 metros, con un rostro duro, como esculpido en roca, que recuerda a las mexicanas cabezas olmecas. Entre sus colegas tiene fama de bravo, y a él le gusta que así se le reconozca.

—Todos saben que conmigo no se anda con mierdas –repite seguido.

En 2002, la Unidad de Asuntos Internos de la Policía acusó a El Tigre de participar en un grupo de exterminio de supuestos delincuentes en San Pedro Sula, una de las ciudades más violentas de Centroamérica, con 119 homicidios por cada 100,000 habitantes. Incluso hubo un testigo que dijo haber presenciado una de las ejecuciones de este grupo de exterminio formado, supuestamente, por policías y llamado Los Magníficos. El Tigre tuvo que pagar una multa de 100,000 lempiras (más de $5,000) por su libertad durante el juicio. Luego, en un proceso que muchos tachan de amañado, donde la principal promotora de la denuncia, la ex jefa de la unidad acusadora, quedó fuera de su cargo a medio juicio, Bonilla fue exonerado.

—¿Ha matado fuera de los procedimientos de ley? –le pregunté, mientras dejábamos atrás El Paraíso.
—Hay cosas que uno se lleva a la tumba. Lo que le puedo decir es que yo amo a mí país y estoy dispuesto a defenderlo a toda costa, y he hecho cosas para defenderlo. Eso es todo lo que diré.

La entonces inspectora María Luisa Borja aseguró ante los medios hondureños que durante el interrogatorio de la inspectoría interna, El Tigre pronunció una frase.

—Si a mí me quieren mandar a los tribunales como chivo expiatorio esta Policía va a retumbar, porque yo le puedo decir al propio ministro de Seguridad en su cara que yo lo único que hice fue cumplir con sus instrucciones –fue, según Borja, la frase de El Tigre, que luego llamó al entonces viceministro de Seguridad, Óscar Álvarez, hoy número uno en esa oficina.

Estamos aquí porque El Tigre quiere demostrar que no es verdad lo que le dije. Le dije que, según funcionarios, alcaldes, periodistas, defensores de derechos humanos, sacerdotes, hombres y mujeres que piden que se oculten sus nombres, ciertas zonas de la frontera de Copán, de su frontera, están controladas por el narcotráfico. Por los señores, dicen.

El Tigre, en una tarde, montó un operativo. Me aseguró que los hace como rutina, y que hoy yo podía escoger dónde ir, para que me diera cuenta de que él entra donde le da la gana.

—A El Paraíso, quiero ir a El Paraíso.
—Está bien… Donde quiera entro yo… Niña, deje esos informes y prepare una buena comitiva de agentes, llame a los de caminos, pero no les diga a dónde vamos, que sea sorpresa.

El Tigre no confía en sus policías. Él dice que solo confía en uno de los de su zona: en él mismo.

* * *

El agente de inteligencia hondureño era más desconfiado que cualquier otro de Centroamérica con el que he trabajado. El de Nicaragua incluso accedía a tomar unas cervezas a orillas del Caribe, pero aquel asesor de inteligencia del Gobierno hondureño ni siquiera aceptó bajarse del carro. Dio vueltas por Tegucigalpa durante una hora mientras conversábamos, vueltas cuyo único patrón era no repetir la misma calle.

Yo buscaba preguntar un poco por la zona de Copán, conocer el sitio al que entraría. Sin embargo, la mitad del tiempo lo gastamos en preguntas de él hacia mí. Cuando al fin habló, lo que dijo retrató una zona de vaqueros y ranchos.

—Santa Rosa de Copán es un lugar de descanso de esos señores, de oficina. Ahí hacen tratos, se reúnen, tienen a sus familias y casas de descanso. Ahí también hacen trato con aquellos policías, alcaldes y funcionarios que tienen comprados, sus reuniones políticas.

El agente diferenció Copán de otros departamentos hondureños, sobre todo de aquellos como Olancho o Gracias a Dios, puertas de entrada de la cocaína que sube desde Colombia hasta Honduras. Allá, las balaceras son música cotidiana. Ayer hubo una de dos horas en Catacamás, la segunda ciudad en importancia de Olancho, porque los narcos de ese lugar disputan el control de las rutas con las familias de Juticalpa, la capital. En Copán, la efímera paz de los narcos reina de momento. Cuando tras sus batallas uno se proclama rey, durante un tiempo lo dejan reinar. Solo durante un tiempo.

—En Copán todos saben quién manda. Ese es territorio de gente vinculada al Cártel de Sinaloa, aunque no son exclusivos de ellos. Operan como agentes libres de quien pague, pero tienen una estrecha relación con Sinaloa. Incluso tenemos una alerta constante porque sabemos que (Joaquín) El Chapo Guzmán (jefe del cártel de Sinaloa) suele venir a los municipios fronterizos con Guatemala. Este año hemos detectado presencia de Los Zetas. Eso, de confirmarse su interés por la zona, cambiaría el panorama.

Dimos más vueltas por Tegucigalpa. Entramos a una zona residencial y al poco tiempo aparecimos en una avenida principal de la que pronto volvimos a salir. El agente de inteligencia del Estado continuó describiendo Copán como una zona de narcos más organizados, con más experiencia. Dice que gran parte del control de esa frontera lo tiene la familia Valle, con sede en El Espíritu, una aldea de poco menos de 4,000 habitantes a una hora de la frontera con Guatemala. De frontera sin aduana, obviamente, de frontera en pleno monte.

El agente defiende la teoría de que Guatemala es la cabeza centroamericana en cuanto a transporte de cocaína hacia Estados Unidos, son los hombres de confianza de los mexicanos y de los colombianos. Sin embargo, aseguró que las organizaciones hondureñas del occidente del país, como las de Copán, tienen un fuerte poder de negociación, gracias a su experiencia, y que eso queda demostrado por el constante envío de emisarios mexicanos a negociar a ciudades como Santa Rosa de Copán, sin intermediarios guatemaltecos de por medio.

—Y ya, que hoy solo íbamos a conocernos y ya empecé a hablar –dijo.

Detuvo el carro en una acera de Tegucigalpa, en medio de una colonia poco transitada. Cada vez que el carro no estaba en marcha, su mano estaba en la cacha de su Beretta. Con un gesto amable, me invitó a bajar. Lo hice y él se fue.

* * *

Parece que aquí un hombre sin pistola no es hombre. No exagero. Desde que iniciamos el recorrido al mediodía hasta ahora que salimos de El Paraíso y El Tigre continúa revisando a todos los tripulantes de cuanto carro nos cruzamos, solo dos hombres no han llevado al menos una pistola en el cinto. Hemos parado a 14 hombres. Solo uno, un pobre campesino en un carro destartalado, llevaba un revólver sin permiso, y ahora viaja esposado en la cama del pick up que escolta al nuestro, el que conduce El Tigre.

En estos caminos de tierra, las pistolas y los rifles son de lo más común, pero también más allá, cuando el lodo termina en pavimento.

Descendemos por la calle pavimentada que va desde el desvío hacia El Paraíso hasta La Entrada. La Entrada es un punto de carretera del municipio de Florida, como a una hora de la frontera. La Entrada, paso obligado para ir a El Paraíso, para ir a El Espíritu, para ir a la frontera donde los señores se mueven a sus anchas, es un asentamiento cada vez mayor, clave para el paso de la cocaína y la mercadería robada que transita la zona. La Entrada, digamos, es el punto intermedio entre la Copán civilizada y la Copán pistolera.

A la orilla de esta carretera hacia La Entrada, orina un hombre atrás de su carro. Anochece. El Tigre da la orden para que el convoy lo revise. El hombre vocifera, le grita algo a Rivera Tomas, el jefe policial del municipio de Florida, subordinado de El Tigre. Entonces aparece la camioneta del alcalde de La Jigua, repleta de hombres armados. Los 20 policías rodean y apuntan a los hombres. El alcalde arma su zafarrancho, se pone a insultar.

—¡A ver, qué papadas pasa aquí! –interviene El Tigre.

El alcalde de La Jigua, Germán Guerra, lo ve, ve a El Tigre, y entonces entrega no una, sino las tres pistolas que andaba. Dos no tienen permiso, son armas ilegales.

—Hola, Tigre, gusto de verlo otra vez. Vaya, está bueno, llévese las pistolitas, pero yo tengo que irme a un velorio –pide, lambiscón.
—Entiéndase con Rivera Tomas –responde con desdén El Tigre.

Se acerca a Rivera Tomas, lo toma del brazo y le dice en voz baja.

—Haga el procedimiento. ¡Lo miro temblando! Deje la cagazón. Así como llevó al indito del revólver, lleve a estos señores.

La Jigua es uno de los cinco municipios considerados como zonas de control de los narcotraficantes de Copán debido a estar en la franja del departamento que toca Guatemala.

Rivera Tomas ordena que los suban a la cama del pick up, esposados, y los lleven a la delegación de La Entrada. Es evidente el nerviosismo de Rivera Tomas. Es evidente que el alcalde de La Jigua solo cambió la actitud cuando vio a El Tigre. Es evidente que lo ve pocas veces. Y también es evidente que está acostumbrado a tratar a los policías como sirvientes.

—¿Ve? Conmigo no se andan con mierdas –se pavonea El Tigre.

* * *

—Si yo creyera que dar mi nombre cambiaría algo, te daría mi nombre, pero no sirve de nada, porque estos señores que mandan en esta frontera no están solos, detrás de ellos están los hombres de corbata que gobiernan el país –justificó el ex alcalde por qué no se identificará en la conversación.

Nos reunimos a desayunar en un restaurante en las afueras de Santa Rosa de Copán. Para que accediera a presentarse, este exalcalde de un municipio de la zona fronteriza de Copán, solicitó todo el protocolo habitual. Un conocido de confianza de él le dijo que confiara en mí. Le dijo que no publicaría su nombre, que no diría el lugar de la reunión ni el municipio que gobernó. Le dijo que tampoco le sacaría fotos. Entonces, aceptó hablar, e hizo un muy ilustrativo resumen.

—Mirá, aquí las cosas que parecen mentira, invento, exageración, no lo son. Hacen lo que quieren porque tienen todo el apoyo político que les viene en gana. El Chapo Guzmán sí que ha pasado por aquí, todos lo sabemos, ha estado en una hacienda en El Espíritu protegido por la familia Valle, los grandes lavadores de dinero de la zona, con hoteles en Santa Rosa de Copán y otro montón de negocios. Y ha estado en El Paraíso.

Por primera vez, de manera directa, pregunté por El Paraíso, por su bonanza, por su helipuerto y su alcaldía con ínfulas de El Capitolio.

—Mirá, todos los alcaldes de la zona sabemos cómo opera el alcalde de El Paraíso. Él no siempre te ofrece dinero. Cuando tenés ferias municipales él te manda a ofrecer lo que querás, jaripeos, grupos norteños mexicanos de prestigio que te atraen gente y así recaudás más. Luego, él te pedirá favores. Eso nos pasó a muchos alcaldes. Y vos te preguntás, si mi municipio es tan pobre, tan rural como el de él, ¿por qué él tiene tanto dinero como para traer grupos mexicanos que cobran miles de dólares por una función?

Lo que el exalcalde me contó mientras desayunábamos lo confirmó otro alcalde en funciones que también recibió ofertas del edil de El Paraíso. Este notable alcalde de El Paraíso se llama Alexander Ardón, y viaja en una camioneta blindada escoltada por otras dos en las que se movilizan los 20 hombres armados que lo custodian día y noche.

El interés mediático por El Paraíso se acrecentó cuando en 2008 el ex ministro de Seguridad hondureño, Jorge Gamero, calificó a ese municipio como “el punto negro de Copán”, un departamento ya de por sí célebre por ser clave en el tránsito de la cocaína sudamericana.

En una entrevista publicada en agosto de 2008 por el periódico hondureño La Prensa, la única que ha concedido el alcalde, Ardón se jacta de haber estudiado solo hasta quinto grado, de haber nacido pobre y ahora tener crédito de millones de lempiras con los bancos. Asegura que su municipio y él son ricos por la leche y el ganado. Dice que es un negocio millonario ese.

Ardón se define como un hombre humilde, pero asegura que es, literalmente, el rey del pueblo. Rehúye las respuestas sobre sus vinculaciones con el narcotráfico, y acepta que, por estar en la frontera, muchos ganaderos como él se han beneficiado del contrabando de ganado. Por lo demás, Ardón no da entrevistas ni recibe medios.

Quien sí lo hace es el obispo de Copán, Luis Santos, que desde 2008 ha declarado a diferentes medios frases que bien podrían ser impactantes titulares si no fuera porque en Copán ya cualquier declaración sobre el mundo del narcotráfico, por estrambótica que sea, se lee como normal. “En El Paraíso solo la iglesita queda, porque todo lo demás ya lo compraron los narcos”, dijo. “En El Paraíso hay aldeas donde pueden verse mansiones”, dijo también. “En El Paraíso las muchachitas no aceptan al novio si no tiene un carro último modelo, que los narcos sí tienen”, dijo. No nos perdamos: recordemos que El Paraíso es un municipio refundido en la frontera, refundido en Honduras, con acceso de tierra, de lodo.

—Hay cosas que todos sabemos, como que en El Paraíso en las elecciones de alcaldes y diputados de 2009, las urnas se cerraron a las 11 de la mañana con ayuda de hombres armados que repartieron a cada delegado del Partido Liberal 3,000 lempiras y los despacharon. Se llevaron las urnas y las terminaron de llenar –me dijo el ex alcalde en el desayuno.

Dos fuentes más me confirmaron este hecho en Santa Rosa de Copán. Uno de los que lo hizo es miembro del Partido Nacional, al que pertenece el alcalde Ardón. Los números de las votaciones hablan de unos muy inusuales resultados en El Paraíso en comparación con el resto de municipios. De los 12,536 votantes que podían decidir en ese municipio, 9,583 fueron a las urnas. Es el que menos abstención tuvo en todo el departamento de Copán. De esos votantes, solo 670 eligieron al Partido Liberal. Los otros 8,151 dieron el triunfo al Partido Nacional. Fue tanta la diferencia que El Paraíso estuvo a menos de 1,000 votos de conseguirle un diputado más a su partido en ese departamento. En los demás 22 municipios de Copán la diferencia de votos entre un partido y otro nunca superó las 600 marcas. En el municipio de Ardón, su partido barrió por 7,481 votos a sus contrincantes.

Es un hecho, si alguien se acerca a Copán a preguntar por el narco, el nombre de El Paraíso y de su alcalde terminarán saliendo a la plática. Eso le ocurrió, por ejemplo, al investigador y periodista estadounidense Steven Dudley, quien en su investigación de febrero de 2010 para el Woodrow Wilson Center y la Universidad de San Diego obtuvo información de la inteligencia policial así como de oficiales de la misma institución que le aseguraron que Ardón trabaja directamente con el Cártel de Sinaloa y que es usual que en este municipio se celebren fiestas de capos centroamericanos y mexicanos. Por eso no es de extrañar que en febrero de 2010, el actual ministro de Seguridad hondureño, Óscar Álvarez, declarara a la mexicana Radio Fórmula que el Chapo Guzmán, el capo mexicano más poderoso, vacaciona en El Paraíso.

Álvarez también dijo que a El Paraíso han llegado a tocar Los Tigres del Norte para amenizar fiestas de capos organizadas por el alcalde. Sin embargo, y aunque el folclor llama más la atención, pocos reparan en lo que me hizo ver mi informante de inteligencia.

—Con todo y su mala fama, Ardón es el alcalde de un pueblito perdido, pero es capaz de convocar, como lo hizo para la inauguración de su palacio municipal con helipuerto, a los políticos y empresarios más importantes de este país. Es un hecho, por eso no se permitió libertad de fotografías en el evento. ¿Por qué pasa eso? Porque uno de los mecanismos más eficientes para asegurarte tu tranquilidad, tu bienestar como señor de la frontera, es financiar campañas políticas departamentales y nacionales. Así, cualquier problema futuro se resuelve con una llamadita a tu amigo el importante político.

Según el alcalde en funciones y el ex alcalde con quienes hablé, aquella inauguración del pulcro palacio de El Paraíso fue una alfombra roja de diputados, funcionarios y empresarios.

* * *

El Tigre no quedó satisfecho con las órdenes que le dio a Rivera Tomas. Está estresado. Las oficinas no son su fuerte. Primero, condujo a toda marcha para encontrar un furgón que fue robado con todo y su carga: un tractor. Efectivamente, el furgón estaba a orillas de la carretera que va de La Entrada a Santa Rosa de Copán. Como era de esperar, el tractor había desaparecido. O sea que entre las 5 de la tarde que lo robaron y las 11 de la noche que llegamos, los delincuentes trasladaron un tractor de plataforma a plataforma y desaparecieron.

—Es que aquí no son rateros de cartera los que andan. Esto es frontera, aquí hay señores criminales. ¡Es por gusto, vámonos! Ese tractor ya ha de estar entrando a El Salvador por algún lugar de Ocotepeque –ordena El Tigre a los dos policías que escrutaban la oscuridad que rodeaba el camión mientras apuntaban al monte con sus M-16.

Pasó lo del camión, y ya hace media hora que estamos en la delegación de La Entrada para que El Tigre se cerciore de que Rivera Tomas no dejará ir al alcalde de La Jigua.

Alrededor de la delegación donde el alcalde firma furioso las actas de detención se han apostado 10 personas que, si no son guardaespaldas, intentan parecerlo. Nos examinan, nos filman con las camaritas de sus teléfonos a los policías y a mí, hablan por teléfono, nunca dejan de hacerlo, y se acercan para que los escuchemos: Ya lo vamos a sacar. No saben con quién se metieron estos pendejos. Le vamos a llamar al ministro. En unos minutos lo sacamos.

Pero El Tigre no está de acuerdo. Allá en la esquina azora a Rivera Tomas diciéndole que cuidadito y deja al alcalde de La Jigua pasar la noche en su casa.

Subo a la patrulla con El Tigre. Vamos solos en la cabina. En la cama del pick up van tres agentes. Avanzamos en silencio hasta que una llamada interrumpe en el celular de El Tigre.

—¿Que qué? ¿Que llamó a Barralaga? ¡Me vale verga! ¡Ahí me lo tiene!

Jorge Barralaga es el jefe policial de Copán. El Tigre es su jefe regional, y no se llevan nada bien. El Tigre pidió que se investigara a Barralaga por haber permitido, contra sus órdenes, que 60 policías de Copán brindaran seguridad a la Alcaldía de El Paraíso el 28 de febrero de este año, durante la inauguración. “¿Dónde se ha visto que se descuide todo un departamento para cuidar una alcaldía perdida?”, se pregunta El Tigre. No solo fueron los 60 que envió Barralaga, sino que, según correspondencia interna policial que pude ver en Tegucigalpa, se enviaron otros 20 agentes y algunos militares. Un ejército resguardó la inauguración de una alcaldía que gobierna a poco más de 18,000 personas. En algunas delegaciones solo quedó el motorista. Luego del evento, dice el documento en poder de la dirección nacional de la Policía, los más de 80 servidores públicos se formaron y recibieron 1,000 lempiras cada uno de agradecimiento. La Alcaldía de El Paraíso agradeció con más de 80,000 lempiras (casi $5,000) el gesto multitudinario de los encargados de la seguridad de esta frontera.

En su carta de protesta, anexa al documento, El Tigre se queja de que esto representaba “una violación y desprestigio de la imagen”, porque evidenciaba que “nuestra Policía está al servicio de individuos dedicados a la actividad del narco”. La queja de El Tigre terminó en un llamado de atención hacia él por su mala relación con los alcaldes de la frontera.

Seguimos en silencio por la carretera unos cinco minutos. Nueva llamada en su celular.

—Ajá, dígame. ¿Que qué? ¿Que también llamó el ministro de Seguridad preguntando que por qué han detenido al alcalde? Bueno, hasta que no les diga que lo liberen, ahí me lo tienen.

Cuelga.

—Condenados estos, no dejan de mover sus hilos –me dice, riendo.

Seguimos en silencio. Tres minutos nada más. Nueva llamada.

—Ajá, ajá, dígame… Sí, ahí lo tengo detenido, publíquelo… Ajá, entonces no es información lo que usted quiere, sino que yo libere al alcalde.

Tapa la bocina de su celular, pone el altavoz y me dice en susurro que es una periodista importante de la zona.

—Fíjese que me llamó el diputado Marcio Vega Pinto (diputado por Copán), que intercediera, que porque yo tengo contactos con usted me dijo –dice la voz de mujer.
—Pero ya sabe que en eso no la puedo ayudar –responde El Tigre.
—Se van a enojar todos esos alcaldes, ellos son bien amigos.
—Sí, ya sé que todas esas fieras me van a recordar de por vida.
—Mire, tenga cuidado, dicen que ese alcalde es socio de Los Valle, los de El Espíritu.
—¿Y que a esos Valle no les entra el plomo, acaso?

Quita el altavoz para despedirse de la periodista.

—No va a dejar de sonar el teléfono –me dice El Tigre-. Hasta que suelten a ese alcalde.

Aquí, en la frontera entre Guatemala y Honduras, entre Honduras y El Salvador, el dominio de los señores del narco se parece menos a un pueblo lodoso en la frontera y más a unas llamadas telefónicas que contesta gente que está lejos de la frontera.

Seguimos en silencio. Esta vez es un silencio que hace que El Tigre se sienta incómodo.

—¡Bueno, bueno, está bien! –irrumpe-. Si me dice que esos señores controlan la frontera porque saben cada vez que entro a El Paraíso o El Espíritu, le digo que sí. Me pregunto por qué, y respondo que porque mi gente está infiltrada.

Seguimos en silencio, pero sigue siendo incómodo, porque El Tigre me voltea a ver, como esperando que yo lo interrumpa.

—Se quedó inquieto –le digo.
—Es que está bien, si usted me dice que los señores narcos mueven libremente las drogas en esta frontera, yo le digo que sí, porque nunca he decomisado ni un granito de cocaína…

El Ministerio de Seguridad calcula que cada año atraviesan el país 300 toneladas de cocaína. Copán se considera la principal puerta de salida terrestre de esa droga hacia Guatemala.

—¿En todo este año no ha decomisado ni un granito en tres departamentos que hacen frontera con Guatemala y El Salvador?
—Nada de nada. Y me pregunto por qué. ¡Eso sí, yo no me le ahuevo a nadie! ¿Vio o no vio?
—Es cierto, Tigre, veo que no se le ahuevó al alcalde, ¿pero de qué sirve eso?

Seguimos en silencio hasta llegar a Santa Rosa de Copán.

Los pesetas

Publicado: 27 noviembre 2009 en Daniel Valencia Caravantes
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Misterio sale de las sombras de los dormitorios del primer nivel del penal de Támara y se aparece como fantasma silencioso en medio de la puerta. Nos lanza una mirada fría y cruza los brazos. No dice nada. Óscar, el otro guía que nos ha conducido por la cárcel más grande de Honduras, llega después, alertado por aquellos que tienden ropa afuera, en el patio. Hoy es día de limpieza en el sector de los pesetas.

El silencio adentro del penal hace que los segundos respiren en cámara lenta, en sincronía con el escaneo minucioso hacia los intrusos que esperamos a El Zarco. Por suerte, ellos se distraen con la película True Lies en la televisión colgada en la esquina de la pared. Solo entonces dejan de asfixiarnos con la mirada.

Una hora más tarde, mientras otro reo prepara tortillas, Misterio se enoja porque la fotoperiodista dispara hacia la cocina. Es la primera vez que habla sin hablar con los ojos y a Óscar le toca traducir la queja. “Esperen a que baje el hombre para ver si autoriza las fotos”, dice. Misterio, satisfecho, apoya el cuerpo en la pared y mira hacia el patio. Afuera, tres reos recogen la ropa seca. Son las 10 de la mañana.

El Zarco baja del segundo nivel, vestido con una toalla y pidiendo disculpas por el retraso. Se baña como quien va tarde al trabajo y sube corriendo las gradas. Minutos después regresa vestido, preguntando qué hacemos ahí.

—Queremos saber por qué los atacaron.

El Zarco llama a los otros dos y se sientan todos en círculo, acercando las cabezas al centro, susurrándose secretos al oído. Parecen los líderes conspiradores de una trama política. Si no fuera porque son retirados de pandillas y porque están presos, no habría creído que un tatuado con el barrio 18, otro de la Mara Salvatrucha (MS-13) y un veterano de la pandilla Sunseri pudieran discutir sin matarse.

Entonces El Zarco me saca del asombro:

—¡Órale! –dice–. Ya vuelvo.

Sube de nuevo y baja con dos páginas de un periódico en donde se reseña el ataque que sufrieron el 20 de abril de 2009 dentro de la penitenciaría. Ahí comienza a señalar, una a una, las fotos de los fallecidos en ese ataque.

—Este es Luis, este es Víctor y este, ¿lo ves? Este de aquí es El Vago. Es el primo de este –dice El Zarco, dándole una palmada en el hombro a Misterio, que esquiva las miradas girando la cabeza, de nuevo, hacia el patio.

***

El Zarco tiene ojos verdes y una cara que parece estar afeitada con la mejor navaja del mundo. La faz la tiene simétricamente delineada en forma de V; y el pelo, al ras, lo hace ver como uno de esos cantantes de reguetón que salen en la tele. Lleva Nike negras y calcetines cortos del mismo color, una calzoneta azul de lona que esconde las piernas flacas y una camiseta blanca sin mangas que deja ver los brazos engreídos, el músculo redondo y perfecto. Es un adonis color canela a quien afuera de la prisión “Marco Aurelio Soto”, ubicada en la región de Támara, Honduras, una mujer todavía le rinde culto.

—Mi amor, estoy en el trabajo –dice El Zarco a quien le habla desde quién sabe dónde esta mañana de martes.

La chica del teléfono como que se desplomó, porque él, compasivo, la levanta de nuevo con un:

—Tranquila, baby, cuando termine te hablo.

El Zarco cojea de la pierna derecha –herida del fútbol que juegan en el sector–, pero no cuesta imaginarlo “rifando el barrio” o conquistando lindas hondureñas en las caribeñas ciudades de Ceiba y Tela de las que tanto me habla. Pero es tarde para sueños. A ese mar que tanto recuerda no lo podrá tocar en los próximos 22 años porque cayó por tráfico ilegal de armas de fuego. Llegó hace ocho a Támara, ubicada a 45 minutos de la capital; hace seis se retiró de la pandilla del barrio 18 y hoy es uno de los líderes, junto a Óscar y Misterio, de un grupo de 46 hombres a los que las autoridades, sus enemigos y la prensa llaman los pesetas.

En este sector hay ex pandilleros del barrio 18, de la Mara Salvatrucha y de los Sunseris, otra de las pequeñas pandillas casi extintas de Honduras. Aquí todos son retirados. Lo sé desde mucho antes de cruzar los muros del penal y me pregunto cómo es que estos tipos que eran enemigos a muerte ahora conviven bajo el mismo techo. Al entrar a este sector –escoltado por tres que me vieron como bicho raro, haciéndome sentir fuera de lugar– me di cuenta de que viven como si no hubiesen sido enemigos. Se refriegan sus hazañas de cuando eran guerreros del barrio y nada parece molestarlos de esa épica en la memoria. Me pregunto por qué. Quizá porque comparten el mismo sino: los buscan para matarlos.

En Honduras, alejarse de las pandillas es como una doble condena de muerte. Si afuera del penal a los retirados sus ex compañeros los extinguen cuando los encuentran, adentro los retirados tienen tres enemigos: la Mara Salvatrucha, el Barrio 18 y los reos comunes, aquí conocidos como paisas.

Los peseteados, los pesetas, son, a juicio de sus ex colegas, los peores traidores del mundo por abandonar al barrio o por robarle o delatarlo. Aquí adentro hay de todo. El término peseta se le habrá ocurrido a algún pandillero activo para decir que uno de sus ex compañeros ya estaba peseteado, es decir, marcado por haber renunciado a la pandilla. Cada uno de estos disidentes tuvo sus motivos para dar un paso al costado. El Zarco decidió dar “paz a la guerra, a las pandillas” adentro de la prisión porque dice que le mataron a la familia biológica. “A la familia”, repite.

Aquí El Zarco encontró a otros con los que ha formado una hermandad de retirados, en donde hay más bravos como Misterio –108 años por los homicidios que coleccionó– hasta los que cayeron presos por robo de autos y todavía no han sido condenados. Támara es injusta y de los 2 mil 646 reos que hay hoy, solo 885 están sentenciados. Luis y Víctor tenían una pena de ocho años cada uno: el primero por robo, y el segundo por violación. El Vago, que también venía por robo, llevaba un año preso y todavía no había recibido condena cuando murió.

Entre los pesetas hay unos que lavan, cocinan, asean, se drogan, juegan fútbol, se tachan los tatuajes, aprenden inglés y administran dos chicleras (venta de golosinas). Hay otros, comandados por El Zarco, que protegen al resto. Los protegen de una guerra que inició hace nueve años y en la que ellos son el flanco débil.

El Zarco me cuenta que los retirados viven como gallos de pelea dentro de una jaula repleta de zorros y le creo. Le creo porque hace cuatro meses, en este patio le mataron a tres de los suyos y le hirieron a otros 12; porque señala con el índice un hueco de unos 25 centímetros de diámetro en el gris concreto, debajo de una pequeña portería de fútbol, y porque dibuja en el aire los detalles de la onda expansiva que provocó aquella explosión. Los pesetas, aquí dentro, viven para sobrevivir.

En este mismo lugar, El Vago fumó su último cigarrillo aquella mañana del 20 de abril. Su suerte estaba echada para otro y él no lo supo nunca. De lo que sí estuvo consciente era de su rango de inferioridad y por eso había aceptado sin reclamos la misión que le habían encomendado: vigilar en dirección sur y parar las orejas como radares para escuchar cualquier movimiento detrás del muro, al norte.

Aquel día también era de limpieza y cerca de El Vago había unos lavando ropa. A su izquierda, un ex 18 de 22 años de nombre Yerson restregaba su camisa contra el suelo con un mascón. En esa esquina, Óscar vigilaba colgado de un hierro que le servía de plataforma. Y en la otra esquina, cerca de la puerta, Luis y Víctor platicaban con otros retirados.

Entonces El Vago vio rodar aquella bolita de metal –que venía del sur– hacia la pequeña portería, a su lado. Cuando la pelotita ingresó a la portería, quedaba un segundo para la explosión y fue cuando, resuelto, gritó:

—¡Granada!

Después del grito, El Vago era un cuerpo tirado en el concreto; el concreto era un pedazo del patio de Los Pesetas y Los Pesetas no lograron evitar el ataque.

***

A las 7 de la mañana, la neblina que todos los días envuelve a Támara con su manto gris no se había disipado del todo aquel lunes 20 de abril. Hacía frío. Un frío de muerte. El Zarco pensaba levantarse a las 10, pero se despertó a las 7:01 a.m. porque el “boom” de la explosión desbarató su sueño, haciéndolo brincar como rana hasta la primera planta del edificio, mientras soltaba varios ¡mierda! en el camino.

Cuando bajó y miró hacia el patio, sus compañeros eran como zombies aturdidos que se tambaleaban de un lado a otro sin rumbo fijo. Al fondo, cerca de las pilas, Yerson se meneaba como epiléptico y pedía auxilio mientras se tapaba el ojo derecho con ambas manos. Yerson quedó tuerto por culpa de las esquirlas. Óscar, empapado, salía de la pila en donde se refugió después de que El Vago los alertara con su grito. Misterio, sin camisa, también recién levantado, estaba hincado enfrente de El Vago, que boca abajo ya no respondía a nada porque la explosión y las esquirlas le sacaron toda la sangre del cuerpo.

Algunas de esas esquirlas se elevaron y rebotaron cerca de la ventana ubicada en la segunda planta del edificio. Ahí, en la ventana, El Black lleva cuatro meses hipnotizado por la fortaleza gris que se eleva detrás del muro de este sector. Colgado sobre una hamaca a 10 metros del suelo, este ex soldado de la Mara Salvatrucha acata las órdenes de El Zarco: vigilar hacia el sur. En esta guerra de Támara, El Black es un halcón centinela.

Hay un segundo halcón que vigila en dirección contraria, subido en un andamio de madera que truena, como rama seca, al menor movimiento del cuerpo. El Zarco aquí no pide permiso y le basta con decir “hola, buenas” para cuadrar a sus soldados. Al llegar a la esquina, mira a ese del andamio y con un chasquido de los dedos ordena que baje.

—Tenemos visita. Son periodistas que vienen a ver qué hay.

El otro, acostumbrado a la altura, baja de un salto para cedernos su puesto.

—¿Por qué los atacaron? –pregunto a El Zarco, una vez que nos acomodamos en el andamio.

—Porque son paisas, porque nos odian.

—¿Por pesetas?

La palabra peseta, me habían dicho, es el peor insulto que se le puede hacer a un retirado de pandillas en Honduras. En aquel momento la mencioné para confirmar el dato sin reparar en que estaba en un sector en donde hay ex pandilleros que alguna vez robaron, violaron y mataron. Aunque están retirados, ellos mismos me aclararon que de angelitos ni una pluma. Y yo, necio, sin meditarlo –pero ni un segundo–, encendí un fósforo dentro de un cuarto lleno de pólvora a la que por suerte no le cayó ninguna chispa.

Para los reos comunes, para los paisas, los pesetas deben pagar la factura por el maltrato que alguna vez infligieron en la calle cuando estaban activos. Es como si en ello encontraran una retribución divina. Matan pesetas porque estos ya no tienen a una pandilla atrás que los defienda. Porque están indefensos y porque son inferiores en número. En la prisión hay 2 mil 646 reos, aunque se construyó para 2 mil. Pandilleros de la MS-13 hay 153. Pandilleros de la 18 hay 145. Pesetas sobreviven 46. Eran más, pero a veces las autoridades inclinan la balanza hacia el lado paisa. Hace un año movieron a 18 pesetas trasladados del penal de San Pedro Sula hacia sectores paisas, a los módulos de Casa Blanca, en Támara. Según el director José Vásquez, los movieron porque temían que los pesetas tomaran más fuerza y se convirtieran en lo que tanto temen:

—En una súper pandilla –dice–. De los 18 trasladados, solo seis sobrevivieron. A los demás los hicieron picadillo en cuestión de minutos. Picadillo, como lo oye. Ha sido uno de los peores errores ese traslado –reconoce Vásquez, antes de que una cuchara llena con agua de sopa ingrese a su boca.

Dos días antes, mientras estábamos en el andamio de madera, viendo al sur, El Zarco me había dicho que un peseta en territorio paisa no dura ni 30 segundos.

—¿Y si un paisa es trasladado a este módulo?

—Aguanta con vida el mismo tiempo –dijo El Zarco, y El Black transformó su dedo índice en un cuchillo que se deslizó por su garganta.

Aunque lo desean, los dos retirados saben que ese es un escenario un tanto imposible. Lo mismo opina Vásquez:

—Nunca se ha trasladado a un paisa al sector de los peseteados.

El director es un moreno de unos dos metros, con brazos rollizos y unas piernas gruesas que llenan un uniforme militar de color azul. Vázquez no llega a los 40 años y ya es director interino de la prisión porque el director anterior tomó unas vacaciones mientras se investiga el incidente de la granada y otra serie de asesinatos registrados a lo largo del año.

Aquí en Támara se mata por venganza y por encargo. Y cuando matan, me dijo El Zarco, lo hacen porque algún preso les “cagó la vara” allá afuera.

—Se las cagó en algún negocio o matando algún familiar.

El martes 4 de agosto, en mi segundo día en el penal, en el sector paisa de Casa Blanca, un interno de nombre Jorge acuchilló a otro de nombre Miguel porque dijo que el segundo asesinó afuera a un primo y a un hermano. Miguel cumplía su noveno día en la prisión.

Afuera de Támara, en la Honduras de la esfera criminal, todo se sabe. Siempre se ha sabido y por eso a lo largo de su historia han caído cientos de guerreros de los grupos en conflicto. Aquí, desde la década del 90 hasta 2002, el promedio anual de asesinatos fue de 11 por año. En 2003 y 2004 la cifra ascendió a 21 muertos y desde entonces el registro anual no ha bajado de 10.

Vásquez explica lo que pasa en Támara con una naturalidad resignada, una naturalidad que solo poseen aquellos que saben que la costumbre puede convertirse en cultura. Y aquí la cultura es la plata de la droga o del encargo de homicidios.

—El poder económico que se mueve aquí es muy grande y no tenemos idea nosotros de cuán grande es. Solo suponemos. Y recuerde que la mayor parte de los seres humanos somos sensibles al dinero… los que se venden lo hacen por necesidad.

Aquí dentro no importa si son pandilleros o no las víctimas. Pero cuando los que cagaron la vara fueron pesetas, hay persecución y aniquilación. En su contra, los paisas incluso se tomaron la molestia de sobornar a un guardia para que permitiera el ingreso de la granada que mató a El Vago, a Luis y a Víctor.

—¿Para los pesetas guerra y muerte? –pregunto a El Zarco.

—Siempre, ¿me entiendes? –responde.

“Pe-se-tas”. La palabra llega separada en sílabas y en cámara lenta a la cabeza de Black, porque solo entonces despierta del trance y busca a El Zarco con la mirada. Algo se dicen sin decirse nada en ese segundo porque a Black se le escapa una carcajada. Black, entonces, me da una palmada en el hombro derecho. “Ja, ja, ja. Sí, pe-se-tas”.

El Zarco me pide que bajemos de la plataforma y de la segunda planta del edificio y acato sus órdenes como otro de sus soldados. Entonces nos dirigimos de nuevo a la meta donde estuvo parado El Vago. El Black nos alcanza en las gradas donde de 10 en 10, todos los martes, los retirados se sientan a masticar colores en inglés (“ye-llow”, dicen al unísono) que un gringo creyente de nombre Michael Miller les regala. Las clases de inglés y la eliminación de los tatuajes con rayos láser es lo más cercano a la rehabilitación aquí. “Ni nosotros podemos ni el Estado puede dar programas de rehabilitación”, dijo Vásquez.

Los tres regresamos al lugar en donde estuvo parado José Leodán García, El Vago, antes de convertirse en un cuerpo bañado por un polvo blanco que sudaba gotas de sangre. Guardamos silencio. Y entonces reaparece Óscar, que se escondió en su cuarto mientras recorríamos el sector, para contar que él se salvó por un golpe de suerte.

***

A las 6 de la mañana de aquel 20 de abril, Óscar estaba nervioso, intranquilo. Pero aquellos nervios que le susurraban al oído que algo iba a pasar no eran ninguna suerte de prestidigitación. No. Óscar sabía –como lo sabían El Zarco y Misterio– que él y sus compañeros serían atacados un día de tantos. Lo que no sabían era la fecha ni la hora exacta. Cerca de la pila donde se tiró como clavadista después del grito de El Vago, Óscar me confesó:

—Por eso vigilábamos.

Y por eso cuando Luis Omar Flores Lago, de 26 años, llegó con aquella propuesta, no dudó en aceptarla. A Luis la cafeína le jugó sucio.

—Quiero café, Óscar. Cambiemos un rato para ir a encargarlo –le dijo.

Óscar aceptó y se trepó, como gato, en la esquina, al fondo de las pilas. Testigo del intercambio fue El Vago, que también le pidió café a su amigo Luis. Óscar ya nunca más regresaría a su puesto, a la par de la portería, junto a El Vago. Tampoco regresaría Luis, que se quedó esperando las bebidas cerca de la puerta.

Crónica pesetas

La vida de Óscar se definió en cuestión de minutos. Un día después de dejar Támara, en la oficina de la Fiscalía Especial de Derechos Humanos, en Tegucigalpa, el fiscal Juan Carlos Griffin me explicó que en el expediente del caso está la declaración de un testigo protegido que cuenta dos cosas. La primera, que había un blanco de nombre Óscar, que resultó ser el mismo veterano Sunseri de la región de Progreso, con 34 años, dos hijas y un nieto. El mismo al que le fascinan las zapatillas blancas y que fuera de prisión llegó a tener hasta 10 pares, todas de diferentes marcas. Las Adidas son las que más le gustan. Es el mismo Óscar que dejó la pandilla, hace 15 años, después de que un fulano casi le arrancara la cabeza con un machete.

—Por suerte no me pegó con fuerza –dice, señalándose la cicatriz que le nace en el centro de la nuca y le termina en la comisura del labio derecho. Un año después, Óscar cayó preso por pelearse con otro fulano que quería matarlo en un pueblo llamado Chamelecón.

—¡Los pandilleros deben morir!, me gritaba, y como no entendía razones y venía con otro fierro, le solté un plomazo. Justo en el corazón le cayó.

—¿Que no estabas retirado? –le pregunto.

—Es que todavía andaba haciendo algunos robos –contesta.

Óscar dice entre risas que la persecución que le dieron en Chamelecón ha sido la más grande registrada en la historia. Dice que corrió y corrió como correcaminos durante hora y media, dando vueltas por el pueblo, metiéndose en los matorrales, bajando y subiendo lomas para despistar.

—Pero esos coyotes sí eran astutos, y poco a poco me fueron cercando.

Lo cercaron tanto que el tambor del revólver que cargaba lo traicionó y él se quedó indefenso, como conejo acorralado, en una casa abandonada en las afueras del pueblo. La Policía llegó justo antes de que los familiares dolidos de la víctima lo mataran a golpes en el patio. Óscar nunca más temió por su vida hasta que llegó aquella mañana del 20 de abril.

La segunda cosa que contó el testigo de la Fiscalía es que entre los pesetas hay un traidor que presuntamente informó a los atacantes el orden de vigilancia que había en el patio. Lo hizo minutos antes de que Óscar y Luis cambiaran de puesto.

—Contrataron a un sicario adentro del territorio de los pesetas. El testigo X dice que el ataque iba dirigido a Óscar –leyó Griffin–. Eso es todo lo que tenemos.

Nunca sabré si Óscar sabía que él era el blanco porque desde que los dejé en Támara hasta la fecha ya no contestó su celular. Lo que sí me quedó claro es que después de la explosión ya no alcanzó a escuchar los gritos de Luis porque quedó aturdido adentro de la pila en la que se refugió. De oídas él sabe que Luis, antes de morir, gritó:

—¡Ayúdenme compañeros! –mientras caía al suelo, chorreando sangre de las piernas.

Tampoco alcanzó a ver que El Vago se elevó, como flotando –con las piernas apuntando a la puerta– después de tragarse la mayor parte de la metralla y antes de caer inconsciente. Con la piel color ceniza. Luego, color sangre. Muerto.

Y no pudo ver ni escuchar pedir auxilio a Víctor Manuel Quintanilla, de 27 años, que se sostenía con ambas manos el estómago desecho mientras susurraba:

—Quiero agua. Quiero agua, que me muero.

***

Hace 10 años, cuando la guerra arrancó, en Támara no había pesetas. Adentro, la guerra se libraba entre los paisas y los pandilleros de la 18 o de la MS-13, alimento de estas cárceles glotonas que a la fecha no dejan de tragar reos estén condenados o no.

Hace 10 años los retirados de pandillas morían en las calles de Honduras masacrados por sus barrios, engañados por sus conciencias, que les susurraban un “tirate, no pasa nada, tirate”, justo cuando llegaban al borde de un abismo imaginario.

En Honduras, la organización no gubernamental Casa Alianza lleva un conteo anual –producto del monitoreo diario en medios desde 1998 hasta la fecha– que cuenta de 4 mil 776 jóvenes asesinados en ejecuciones extrajudiciales en los barrios más pobres. Casa Alianza sospecha que en esa lista hay pandilleros asesinados por pandilleros; otros, por escuadrones de limpieza social –que aparecieron en el contexto del plan Cero Tolerancia del ex presidente Ricardo Maduro en 2003–, y otros que no eran pandilleros pero que pagaron el impuesto que se cobra a la marginalidad.

Todas estas cifras se suman a la cuenta de Honduras en esta región, considerada por el Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo como la más violenta del mundo con una tasa de homicidios de 33 por cada 100 mil habitantes. Honduras, Guatemala y El Salvador lideran la lista formando un triángulo perfecto.

En este país, a pesar de la ley que decreta la muerte al pandillero disidente, existen algunos a los que se les respeta la retirada gracias a la clecha (respeto y conocimiento de las reglas internas) que acumularon durante sus años de servicio. A uno de estos tuve que buscar una semana después de visitar a los pesetas de Támara para tratar de entender por qué todos los odian, por qué los matan, qué hay detrás de las paredes de Támara para que se desate esta guerra. Y lo encontré en San Pedro Sula, la ciudad industrial, la que impulsa la débil economía hondureña.

Jovel Miranda, Scrappy, me recoge un sábado al mediodía en la gran terminal de buses de San Pedro, un monstruo de concreto que hasta centro comercial tiene. Ahí me presenta a otros que, como él, dejaron las pandillas hace muchos años, se tacharon los tatuajes con láser o químicos y consiguieron trabajo con sueldo mínimo gracias al apoyo de la empresa privada y de organizaciones no gubernamentales.

De lejos, al igual que sus compañeros, Scrappy no aparenta haber tenido un pasado con las pandillas. De cerca, la piel abultada y lisa, como plástico, que lleva en las muñecas, lo delatan. Ahí cargaba, orgulloso, dos números 18 antes de borrarlos con ácido.

—Fue el precio que pagué para que me creyeran que me quería retirar –dice.

Scrappy era un pandillero de la 18 hasta que decidió dejar el barrio en Támara, justo dos semanas después de que arrancaran los conflictos entre los paisas y los pandilleros activos por el control interno de la droga. Eso fue en 2001. Hasta la aparición de los reclusos pandilleros en la segunda mitad de la década de los 90s, los paisas más fieros, ligados al narcotráfico y al crimen organizado, eran amos y señores de Támara.

***

Scrappy tiene 28 años y los ojos como los de El Zarco, pero a diferencia de aquel, ahora luce una barriguita y sus derrotados brazos perdieron los músculos que alguna vez presumían. Isabel, su mujer, me cuenta que antes tenía hasta tres mujeres al mismo tiempo que le planchaban, cocinaban y satisfacían. Cuesta creerla.

—¡No sabes cuánto me costó! Este baboso cuesta –me dice Isabel, una morena con curvas que sonríe todo el tiempo mientras la acompaño a dejar los pedidos de sopa de res a los clientes de su colonia, repleta de casitas de concreto en donde apenas y caben dos cuartos.

Scrappy no tiene trabajo con sueldo ahora y vive junto a su mujer de la sopa que venden todos los domingos.

Crónica pesetas

En 2003, Isabel, también ex pandillera, lo conoció en un salón lleno de retirados, en una oficina extraviada del centro de esta polvosa y seca ciudad. En aquel salón, Scrappy, entonces de 23 años, le ponía rostro al sueño que llevó a todos esos pandilleros a estar ahí sentados, aguantando el calor pegajoso de San Pedro Sula. Terminaron creyéndole porque tres años después de salir del barrio seguía vivo. Fue así como nació Generación X, una organización creada y dirigida por ex pandilleros de la 18 y de la MS-13 que en Honduras busca rehabilitar y reinsertar a retirados de pandillas.

Después de ocho años aún vive consciente de que en la calle, en cualquier vuelta de esquina, se le puede aparecer un salvatrucho o un dieciochero que no entienda razones.

—Lo vivo y lo acepto. Ya perdí el miedo –me confiesa en un cafetín maloliente en la segunda planta de un centro comercial. Allí alguna vez estuvo la oficina de la organización.

—Hoy esta es la oficina –me dice en broma, mientras me muestra su celular.

Como El Zarco, Scrappy se salió de las pandillas adentro de la cárcel. Como aquel, se salió porque le mataron a un ser querido. Y también se lo mataron en Támara. En 2001, la 18 en Honduras se dividía entre aquellos que respetaban las viejas costumbres de los pandilleros deportados y aquellos que creían que no tenían nada que obedecer a esos que eran escupidos por los aviones en los aeropuertos, traídos desde Estados Unidos.

Uno de esos pandilleros con clecha de Los Ángeles era El Shadow, que nació de padre y madre pandilleros. El Shadow era moreno, fornido. Sus tatuajes del 1 y el 8 en forma de pescado alucinaron a Scrappy. Se habían conocido en La Ceiba, la misma ciudad que alguna vez vio caminar a El Zarco, y se reencontraron en Támara. Scrappy acepta que mató, robó, traficó, pero asegura que por el crimen que lo condenaron no tenía culpa.

—Acepté para evitar que otro fuera preso. Eso en la pandilla es un gran sacrificio que se recompensa. Además, en aquel tiempo, en las cárceles para nosotros había una gran escuela.

En Támara, El Shadow enseñó a su discípulo que de una baleada (tortilla de maíz rellena de frijoles y carne) “pueden comer todos los homeboys”, que si uno tiene medias y tenis de marca, el otro debe tenerlas también. El Shadow fue para Scrappy esa figura paterna que nunca había tenido.

—Y lo mataron, lo mataron por pensar de esa forma. Lo mató aquella que yo pensé que era una familia. Ahí me di cuenta de que uno en la pandilla lo puede dar todo, hasta la vida, pero la pandilla puede pagarte no con la misma moneda.

Una mañana de septiembre de 2001 El Shadow se levantó con un dolor en el estómago que le sacaba gritos de desesperación.

—Traeme agua –pidió a Scrappy.

El Shadow se la empinó y después cayó al suelo, donde comenzó a restregarse.

Scrappy aún no sabe si el veneno con el que lo mataron iba en el agua o en el vaso con chicha que toda la noche le estuvieron rellenando a El Shadow, mientras departía en una pequeña fiesta organizada en el sector.

—¡Me mataron! –gritó El Shadow antes de ahogarse en su propio vómito.

Murió en los brazos de Scrappy, en una celda del sector de Casa Blanca, en Támara, cuando aún no había pesetas.

***

Dos semanas después de la muerte de El Shadow, Scrappy descubrió a qué sabe el miedo. En cada mirada adentro del sector de la 18 creía reconocer a su potencial asesino y por eso se convirtió en un ermitaño. A su cuarto llegaban a buscarlo “porque ya no participaba”, me dice, y eso le afligía. Le preguntaban por su fidelidad al barrio y él temía que le descubrieran esa idea loca que le comía la cabeza. Quería desertar.

Esas dos semanas dio vueltas al asunto e incluso participó en la primera batalla entre paisas y pandilleros sin saber realmente si quería morir por el barrio. En septiembre de 2001, los sectores de las pandillas MS-13 y 18 ya se habían convertido en competidores de los paisas en el contrabando interno de armas y de droga. Al principio, las pandillas le compraban la droga a los paisas, usando a los custodios como encomenderos. Más tarde descubrieron que ellos también podían sobornar y tener su propio mercado, ofreciendo el precio de la droga, robándole una porción del pastel a los paisas.

—En ese momento estuvimos a punto de tener una gran batalla, recuerdo, porque el sector de los paisas quedaba frente al nuestro. Llovían piedras, garrotes… a tirarnos balas íbamos cuando entraron los custodios y a todos los pandilleros nos fueron a meter a las salas de aislamiento –dice Scrappy.

En una de esas salas estaba cuando su padre biológico llegó a ofrecerle un trato.

Joel Miranda es un hombre alto, moreno, con bigote y con una barba canosa. Tiene los ojos del color de los de su hijo y hoy lo transporta en su taxi por la ciudad cuando Scrappy lo necesita. Una noche de lunes, una semana después de mi visita a Támara, Joel me lleva a una colonia pobre en las afueras de San Pedro Sula para conocer a El Negro, un hombre de 25 años, con un 18 que le inicia en el pecho y le termina en el ombligo. El Negro, por las mañanas, trabaja de soldador y por las tardes se disfraza como adolescente de octavo grado porque quiere sacar el bachillerato, ir a la universidad, superarse fuera de las pandillas. El Negro es uno de los últimos jóvenes a los que Scrappy convenció de que dejara el barrio.

Conversar con los convertidos por su hijo a Joel le hincha el pecho de orgullo y le hace recordar su drama con Scrappy. De regreso al hotel, se confiesa. Hace 26 años, cuando el niño tenía dos, Joel decidió huir hacia Estados Unidos víctima de un policía que le pedía demasiado dinero por dejarlo comerciar con droga y armas. Allá, en un giro de 180 grados, se convirtió al evangelio después de pasar toda su juventud metido en el mundo de la droga. Regresó a Honduras por sus hijos cuando el primero tenía 11 y la segunda 9. Quería rescatar al varón que ya andaba de “fascinante”, como le dicen a los jovencitos que todavía no han sido brincados por las pandillas. Scrappy y su hermana rechazaron a su padre pero este, terco como mula, insistió. Al pasar los años se consiguió otra familia ajena a Scrappy, quien en ese momento ya daba su vida por el barrio.

—Una vez me lo balearon y por un milagro un amigo taxista que lo conocía lo encontró tirado en la calle y lo llevó al hospital –dice Joel, mientras limpia el empañado parabrisas.

Después su hijo cayó preso y entonces Joel se propuso visitarlo por última vez. Viajó en bus desde San Pedro hasta la prisión y llegó a la celda de aislamiento en donde metieron a Scrappy después de la primera pelea con los paisas. Scrappy lloró 15 largos minutos antes de responder al ofrecimiento que le llevó su padre.

—Te puedo sacar de aquí pero solo si prometes dejar de una vez por todas esta vida. Y esa es tu decisión –le dijo.

Joel, después de soltar esto, se parquea al lado del camino porque entre la lluvia que afuera cae a cántaros y la que le comienza a salir de los ojos ya no ve nada. Joel llora como un niño que se desahoga con su madre.

***

El paisa que tiró la granada aquella mañana tenía el brazo de un jugador de béisbol y la precisión de un billarista, porque hizo que se elevara sobre el muro que separa a Diagnóstico del sector de los peseteados, cayera en el centro de la cancha de fútbol y luego rodara hasta la meta, a la par de El Vago.

Desde las ventanas de Diagnóstico se ve todo el patio de los pesetas. Del otro lado comen, viven y duermen algunos de los líderes del crimen organizado y del narcotráfico de Honduras. Allá, debajo del muro, hay un taller en donde apareció el seguro de una granada de fragmentación M67. Un seguro sin huellas que perseguir.

El fiscal Juan Carlos Griffin dice que cuando investigaron quién la lanzó, los paisas de Diagnóstico respondían riéndose como hienas burlonas.

—Se reían, ¡en serio! –responde Griffin, al repreguntarle por la reacción de los paisas.

En estos cuatro días en Támara solo he visto a un paisa de Diagnóstico. Este salió, esposado de manos y pies, por la puerta principal justo cuando llegamos a la cárcel. Un custodio sujetaba sus hombros mientras tres oficiales mujeres tomaban sus datos. Tenía bigote espeso, ojeras profundas y una frente y unos pómulos recios, que combinaban perfecto con su cara cuadrada y con sus brazos fuertes como mazos.

Antes de irse observó, uno por uno, con tiempo, sin prisa, a todos los que lo rodeábamos. Si Misterio con su cara tatuada y Óscar con su cara deformada por un corte de machete asfixian con la mirada, este paisa sin tatuajes no se detiene. Estrangula. Acuchilla. Dispara con esos ojos negros.

El paisa se fue y las tres mujeres, vestidas de azul, con gorras en la cabeza y botas estilo militar, fueron las primeras en comentar lo que yo ya sabía. Los paisas sobornaron custodios para ingresar la granada a la cárcel. En Támara, la droga, los celulares, las armas, camas, equipos de sonido y televisores siempre entran por la puerta principal.

“Hay quienes aquí se venden”, dice una de ellas, antes de catear a un compañero. Luego el proceso se repite con otros 12, algo que, aunque es una rutina diaria, igual le causa gracia. “A ver, ¿qué lleva?”, pregunta la misma antes darle dos palmaditas en las axilas, otras dos en las caderas y dos últimas en las piernas a su compañero. Eso es todo. Los días de visita hacen lo mismo con los familiares de los reos porque tienen prohibido escrutarles los genitales. “Por aquello de los derechos humanos”, dice.

Crónica pesetas

En Támara, la máquina detectora de metales no sirve y los perros que olfatean droga nunca están cerca.

—Yo creo que cuando encontramos a una mujer con una bolsa de marihuana en la vagina es porque llaman nuestra atención para ingresar cargamentos más grandes con más bolsas y más vaginas – comenta otra de las oficiales.

Ella lleva 12 años como custodia. Tiene 40, un sueldo equivalente a 100 dólares mensuales y un deseo por cualquier otra vida mejor que esta. En 1997, un informe oficial ya advertía de que la corrupción en el sistema penitenciario de Honduras tiene orígenes económicos.

El halcón Black, originario de Olancho, con 26 años y una pena de 19 por hurto y robo, lo explica de una mejor manera. Él apenas lleva tres años preso y ya ha aprendido la importancia de tener dinero en los bolsillos para sobrevivir acá adentro.

—Aquí, yo, él, todos nosotros valemos dinero –me dice más tarde, mientras tres pesetas dan vueltas como disco rayado alrededor de la cancha. Uno mueve los brazos como si fuera cantando un rap; otro habla por teléfono y el tercero fuma un puro de marihuana.

—Aquí hay días que te podés volver loco si no tenés comida o droga –añade.

La droga, el dinero y las armas, los alicientes de estos hombres sin libertad, mueven un mercado negro en la prisión en donde los custodios se llevan una parte del botín. Las tres oficiales dicen que no todos son corruptos pero cuesta creerlo. Antes de despedirme de ellas, la anciana madre de un reo llega a pedir un favor a la puerta de la cárcel. Quiere que le entreguen a su hijo un dinero para pasar el mes.

—¿Cuánto le trae? –le pregunta una oficial.

—600 lempiras.

—¿Cuánto va a dejar por la carrera? Le recomiendo que deje algo porque así tiene más certeza de que le llegue a su hijo el dinero.

La anciana Oliva accede entonces con 100 lempiras más después de la recomendación. Luego la oficial se dirige a otro cabo que está adentro del salón y regresa con un papelito en donde se lee “600 para X. 100 de carrera. Espere confirmación”.

Por esta puerta donde se dejan encomiendas ingresó también la granada con la que los paisas atacaron a los pesetas hace cuatro meses. La investigación interna, basada en lo que dijo un testigo, determinó que la granada iba dentro de la vagina de una mujer amante de un paisa. Una mujer desconocida.

Más tarde, en el patio de los pesetas, intento por última vez que Misterio se abra para contarme la vida de El Vago. Lo único que obtengo son unos ojos negros que también pueden inspirar compasión.

—Hay cosas que duele recordar. Mejor déjemelo así.

Misterio se lamenta de haberle pedido a su primo, un año antes, que se retirara, que se convirtiera en peseta, para que lo trasladaran a este sector. Dejo a Misterio con sus recuerdos y sigo platicando de pesetas con El Zarco y preguntando a Óscar por los tatuajes de la cara que se tachó con ácido. Nos sentamos en una pila de ladrillos en donde dicen que cayó Víctor antes de pedir agua. En uno de los ladrillos todavía hoy hay restos de sangre. Black, el halcón, ha subido minutos antes a encaramarse en su hamaca, a vigilar el edificio contiguo. Desde la ventana me suelta una sonrisa como despedida.

Es entonces cuando, desde el edificio de Diagnóstico, alguien grita:

—¡Pesetas mierdas!

Desde el hueco de donde proviene el grito, un brazo termina de esconderse por entre los barrotes, como si fuera una serpiente que solo ha sacado la cabeza para atacar.