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Un bongo remonta el Orinoco. De pie en la proa, sujeta el amarre, mientras la pequeña embarcación se abre paso por el ancho río, va Henrique Capriles Radonski, rival de Hugo Chávez en las elecciones presidenciales del próximo 7 de octubre y, para muchos de quienes lo esperan en la orilla, el próximo presidente de Venezuela. A medida que la proa se enfila hacia el puerto de La Arenosa y el encuentro con sus conciudadanos se hace inminente, el candidato saluda, derrocha sonrisas y regala besos que son atajados en el aire por jóvenes mujeres al borde del desmayo.

Son las diez y media de la mañana en Caicara del Orinoco. A pesar de su lugar en la historia patria, el pueblo no es gran cosa. Después de muchos años y muchos gobiernos sigue teniendo cierto aire de abandono. Algunas de sus calles aún son de tierra pisada, y cuando llueve se inundan y dejan inmensos charcos de aguas mohosas por los que pasean perros famélicos de mirada arrepentida. Pero en una campaña electoral como la venezolana, Caicara tiene una connotación especial. Después de Ciudad Bolívar, antigua Angostura, Caicara del Orinoco fue el pueblo más visitado por el Libertador durante la gesta de Independencia entre 1811 y 1824.

Capriles Radonski salta ágilmente de la nave y un instante después se encuentra encaramado en un diminuto templete, mientras a sus pies una compacta pero ardorosa multitud lo aclama con gritos eufóricos. Muchos intentan hacerle llegar papeles en los que solicitan su ayuda. Otros simplemente lo escuchan bajo elegantes sombrillas que los protegen del implacable sol de la zona tórrida. “Chávez se acabó”, dice un antiguo militante del histórico partido Acción Democrática (AD). He escuchado expresiones muy parecidas durante las giras en días recientes, pero ninguna tan categórica.

Quizás es muy temprano para anunciar la muerte política del hombre fuerte de la revolución bolivariana. Chávez siempre ha sido un peso pesado de las campañas y sigue como puntero en los sondeos. Capriles Radonski, sin embargo, lo ha sorprendido al moverse con la agilidad de un peso ligero en el ring electoral, se le acerca día a día en una campaña sin tregua y hace posible para la oposición venezolana la esperanza de ganar el 7 de octubre. Ése es su principal reto como candidato. El segundo no es menor: si pierde, debe perder ganando. Es decir, debe ofrecer un resultado tan cerrado como para convertirse en líder indiscutido de la oposición y, al mismo tiempo, en la paradójica opción natural para suceder a Chávez ante su virtual ausencia del escenario político.

En el templete, Andrés Velásquez, un diminuto pero infatigable político y actual candidato a la gobernación del estado, recuerda los problemas que sufre Caicara: centros educativos en la ruina, cortes de luz y agua en el estado de mayor generación hidroeléctrica y con las mayores reservas del vital líquido del país, criminalidad sin freno.

Un minuto después se inicia una asamblea ciudadana en la que los vecinos plantean sus agonías. Édgar, el sindicalista, invita al candidato a comprometerse con la recuperación de las empresas básicas —siderúrgica y de producción eléctrica—, mayores fuentes de trabajo de la zona. Hay indígenas que depositan en él sus esperanzas en un idioma de sonidos dulces, pero incomprensibles a mis oídos. Una maestra jubilada habla por las madres del pueblo que en lo que va de año han perdido ya diecisiete hijos, que fueron asesinados. Otra mujer le recuerda que no debe prolongar su soltería y ofrece presentarle a su hija soltera en edad de merecer.

Capriles Radonski escucha en silencio y anota todo lo que puede en un cuaderno. Luego toma el micrófono y otea el mar de rostros, banderas y pancartas. “Buenos días a todos. Dios bendiga a Caicara del Orinoco”. Y uno a uno, de un modo sistemático, responde a los planteamientos expuestos. Más adelante desmiente la campaña del gobierno según la cual, si llegara a ser presidente, eliminaría las misiones, populares programas sociales creados por Hugo Chávez. “Las misiones son del pueblo. El gobierno tiene otra misión: la misión miedo, para que ustedes no voten por un país mejor”. A mi lado se encuentra Jesús Urbina, un hombre de piel curtida quien también lleva una camiseta de AD. “¿Es usted adeco?, porque según el dicho: ‘¡Adeco es adeco hasta que se muere!’”, lo sonsaco. “Soy ‘caprilero’ —dice acuñando un neologismo—. Me gusta lo que este muchacho ofrece para arreglar la inseguridad. Hay demasiada violencia en este pueblito”.

El líder los anima a dejar atrás lo que llama catorce años de mal gobierno y adoptar el progreso con el que dice soñar. Son las once y el acto está por terminar. Un hombre grita: “¡Por un presidente que no hable tanta paja, carajo!”.

Capriles Radonski busca abrirse paso entre el corazón de la masa pero es casi imposible. Por fin, los muchachones que lo resguardan logran arrancarlo a la turba y llevarlo hasta el microbús que lo transportará el resto del día por el noroeste del enorme estado Bolívar. Van cuarenta y dos días de campaña en los que Capriles Radonski ya ha dado una vuelta al país visitando ciento treinta y tres pueblos. Pero cuando estas líneas sean publicadas serán más de doscientos, o quizá trescientos, y el candidato habrá ya dado tres vueltas al país.

La evolución de HCR

Las opiniones sobre Capriles Radonski están lejos de ser universales, pero nadie pone en duda que es un político de raza. Hace un año, en las filas opositoras pocos apostaban por él. Gracias a su enérgica campaña, hoy es un líder nacional. En realidad, Capriles Radonski no dejó nada al azar en su ruta hacia la candidatura presidencial. Mientras la oposición venezolana se desgarraba en luchas internas, él se apartó de la polémica. Durante cuatro años recorrió intensivamente el estado Miranda, del cual fue elegido gobernador en 2008, y se dedicó a profundizar programas educativos, de salud y deportivos para un estado densamente poblado, que alberga desde municipios de clase alta hasta enormes barrios y zonas rurales, con grandes necesidades de servicios y obras públicas. El relativo éxito obtenido lo convirtió en una referencia de gestión eficaz.

Cuando lo entrevisté hace un año para un reportaje de esta misma revista, me dijo que Chávez había abandonado la calle mientras él había recorrido cada pueblo de Miranda. Su oportunidad de oro cayó del cielo en forma de un diluvio que asoló buena parte de ese estado —en particular sus zonas costeras— durante la temporada de lluvias de 2010. Capriles Radonski se dedicó a atender la emergencia ante la lenta respuesta del gobierno nacional. Hace pocas semanas, al preguntarle por su gestión de gobernador, recordó el episodio: “El presidente vino a aparecer en Barlovento —la población más afectada por las inundaciones— cuando llevaba quince días bajo las aguas, y sólo para tomarse unas fotos. Yo estuve allí desde el día uno hasta que solucionamos la emergencia”.

Durante años, quienes se oponen a Chávez han enfocado sus ataques en temas ideológicos o políticos, como el estilo autocrático, el enorme control institucional que ejerce, sus relaciones con gobiernos dictatoriales o la exacerbada corrupción en su mandato. Capriles Radonski evadió con disciplina estos asuntos para criticar la ineficiencia del gobierno y, al mismo tiempo, promover una oferta social para todos los venezolanos sin distinción ideológica o partidaria. Era una fórmula en la que nadie creía, porque evitaba dar una pelea por principios democráticos que han sido la bandera opositora. Sin embargo, funcionó y lo llevó a triunfar de manera arrolladora en las elecciones primarias de la oposición en febrero pasado.

Cuando se indaga sobre el pasado de Capriles Radonski antes de la política, no se encuentran hazañas personales al estilo de la conquista de alguna cumbre o épicas estudiantiles contra un poder establecido. Pero nadie deja de mencionar su implacable tenacidad y disciplina como el principal resorte de su éxito en la política.

“Era normal en todo, salvo en su acentuado interés por el rugby…, y la política —dice un compañero suyo en la Unidad Educativa El Peñón, un reconocido colegio del este de Caracas—. Siempre estaba pendiente de lo que decían los periódicos. Lo obsesionaban. Ahora me llama la atención también su perseverancia. Cuando a Henrique se le metía algo en la cabeza…, siempre terminaba pasando algo. ¿Que dé un ejemplo de su carácter? Durante el bachillerato, Henrique era un gordito del que muchos se burlaban y quien no tenía mayor éxito entre las chicas, pero durante unas vacaciones se puso a trotar, y trotó tanto que cuando regresamos a clases se había transformado en el flaco que es hoy”.

Algo parecido sucedió con sus estudios universitarios. Comenzó en la Facultad de Derecho en la Universidad Santa María, un centro de enseñanza muy desprestigiado en aquellos años por haber graduado piratamente a la amante del presidente de la República de turno. Capriles Radonski me confirmó que se había esforzado para cambiarse a la Universidad Católica Andrés Bello, donde se tituló de abogado, para evitar ser asociado con la mala fama de la Santa María. “Para que veas cómo son las cosas. En 2007 volví a la Santa María como profesor de Derecho Constitucional y me gustó mucho la experiencia”, me contó en un paréntesis de la gira del estado Vargas.

Una noche, poco antes del viaje a Bolívar, fui a comer chino con un compañero de sus inicios en la política. Al preguntarle sobre las virtudes de Capriles Radonski, mencionó tres: “Primero, aunque parece muy terco, reconoce cuando está equivocado y cambia de curso. Segundo, sabe trabajar en equipo delegando responsabilidades. Tercero, es muy leal con sus amigos y trabajadores”. Le pedí que mencionara el defecto que más sobresalía. Se encogió de hombros y me dijo: “Uno quisiera que fuera más ilustrado”. También lo retrató como alguien muy leal y que sabe compensar con perspicacia sus debilidades. “Una vez debía estar en un debate televisado por la alcaldía de Baruta. Henrique no era ducho ante las cámaras y se suponía que la alcaldesa, una consumada actriz de telenovelas, lo arroparía sin ningún esfuerzo. Cuando se inició el debate, la actriz lanzó un speech agresivo y dramático. Pero cada vez que decía algo, Henrique en vez de responder discutiendo le sacaba un cartel mostrando en cifras las fallas de gestión y los problemas del municipio. Funcionó. Fue así como ganó el debate y poco después la alcaldía. Típico de David contra Goliat”.

En cambio, cuando se le pregunta a otros políticos sobre Henrique Capriles Radonski, lo primero que comentan es su suerte, pues ha ganado cada una de las cuatro elecciones en que ha competido. ¿Es suerte o destino?

El mismo Capriles Radonski me comentó que su familia no lo influyó a la hora de elegir la carrera política. “En mi casa, la política no era un tema de discusión. Mi madre se compadeció de mí cuando le dije que a los dieciocho años me inscribiría en un partido político, algo que no hice, por cierto. Pero seguí el ejemplo de mi primo Armando Capriles, el Pelón, quien fue diputado del antiguo Congreso de la República y me llevó a trabajar con él. Desde que tengo memoria, la política es lo que más me ha interesado. Con el tiempo he comprendido que soy un servidor. A través de la política puedo mejorar la vida de muchas personas. Y ésa es mi pasión”.

Sin embargo, hay en su biografía más pedigrí político del que él admite. Otro familiar, Miguel Ángel Capriles, fue un poderoso editor y amasó una inmensa fortuna con los populares periódicos y revistas que publicaba su emporio periodístico, la Cadena Capriles, que sigue siendo hoy una de las mayores influencias en la opinión en Venezuela. Miguel Ángel Capriles fue un personaje instrumental de la lucha democrática durante la dictadura de Pérez Jiménez y, luego de la caída del tirano, llegó al Congreso como senador.

¿Quién es?

Cualquiera que repare en los dos apellidos del candidato notará que se trata de apellidos judíos. Los Capriles eran sefardíes que emigraron a América desde Holanda en el siglo XVIII y se asentaron en Curazao antes de diseminarse por América Latina. Los abuelos maternos, Radonski Bochenek, llegaron a Venezuela en 1947. Eran sobrevivientes del Gueto de Varsovia y el Holocausto, en el que perdieron a sus padres y muchos familiares. Cuando llegaron a Venezuela, el abuelo Radonski prosperó como exhibidor de películas hasta construir uno de los principales circuitos cinematográficos del país. Mientras tanto, los Capriles eran también prósperos empresarios, por lo cual Henrique Capriles Radonski creció en una familia acomodada.

Chávez lo descalifica con la menor excusa. El insulto predilecto es llamarlo “majunche”, lo que en argot venezolano quiere decir “poca cosa”, “mediocre” o “don nadie”. También lo llama burgués, por su riqueza familiar. No conforme con eso, injuria sus raíces judías diciéndole “cerdo”, sinónimo de “marrano”, término utilizado para ofender a los judíos conversos. Uno de los momentos curiosos de la campaña presidencial fue a principios de agosto, cuando —durante una virulenta agresión verbal— el presidente, además de burgués, cerdo y fascista, le dijo nazi. Capriles Radonski respondió que él no caería en descalificaciones personales. Chávez, aclaró, no tenía idea de lo que era el nazismo, mientras que él lo sabía muy bien, porque sus bisabuelos Radonski habían sido asesinados por los nazis.

Chávez y sus voceros suelen sacarle en cara constantemente su supuesta participación en el hostigamiento a la embajada cubana durante el golpe contra Chávez el 11 de abril de 2002. Tiempo después de esos hechos, el embajador Germán Sánchez Otero, en representación de su país, instigó un juicio contra Capriles Radonski por haber supuestamente violado la soberanía territorial cubana al entrar furtivamente en la sede diplomática. En aquel momento, el actual candidato opositor era alcalde de Baruta, el municipio donde se encuentra la misión cubana. En efecto, la casa fue asediada por una turba enardecida que quería entrar por la fuerza y que cortó el suministro de luz y agua. Capriles Radonski entró por el muro con una escalera improvisada. Hay versiones contradictorias. Capriles Radonski alegó que él había sido llamado por el embajador para que como máxima autoridad local atendiera la emergencia. Sánchez Otero lo acusó de haber soliviantado a la muchedumbre. Un video tomado en el lugar aquel día (y que ha circulado recientemente) muestra al embajador cubano que le da la bienvenida como mediador y le pide que garantice la seguridad de la embajada, a lo que Capriles Radonski se compromete. Incluso el video registra una llamada del embajador de Noruega a Sánchez Otero para ofrecer sus buenos oficios. El cubano le contesta que la situación ya está en vías de solucionarse gracias a la intervención del alcalde. En marzo de 2004 fue ordenado un auto de detención contra Capriles Radonski, quien se entregó a principios de abril y pasó cuatro meses detenido sin cargos y en abierta violación del derecho a seguir en libertad mientras no se comprobara su culpabilidad. Simplemente, un fiscal pidió su detención y un juez la ordenó. En su caso, las cosas sucedieron al revés de lo normal: fue juzgado después de pasar por la cárcel.

La prohibida

Una semana antes de viajar a Bolívar, acompañé al candidato a una gira de su campaña pueblo por pueblo en el estado Vargas, hasta ahora un tradicional bastión del chavismo. La estrategia general de la campaña de Capriles Radonski es llevar al extremo el roce personal del candidato visitando tantos pueblos como sea posible, en especial aquellos que Chávez no ha visitado o lleva mucho tiempo sin visitar. La idea es aprovechar la ventaja relativa de su movilidad frente a un Chávez al que le es imposible sobrellevar el paso maratónico y casi suicida de su rival. Pero quien subestime a Chávez comete un serio error. Cuenta con una maquinaria partidista engranada, con enormes recursos del Estado venezolano, una plataforma de medios de comunicación y su propio talento de líder carismático corrido en siete plazas, sin contar que no ha dejado de estar en campaña ni un segundo en los últimos catorce años.

Era una mañana fresca en El Junquito, un pueblo de agricultores, famoso por sus dulces de conserva y su chicharrón de cerdo, donde los caraqueños hacen turismo de fin de semana. En todo el camino vi gente que salía a las calles a festejar la llegada del candidato. Los seguidores de Capriles Radonski llenaron las calles, gritaban consignas y portartaban pancartas y afiches, mientras los vendedores ambulantes promocionaban la sensación del momento: una gorra de béisbol con los colores de la bandera venezolana a la que llamaban “la prohibida”, puesto que las autoridades electorales decían que violaba la norma de no hacer proselitismo con símbolos patrios.

Frente a un restaurante de fritangas, les pregunté a dos mujeres —que portaban carteles que rezaban “Hay un camino”— por qué estaban con Capriles Radonski. Carolina Romero, vecina de la zona, me dijo que desde que Chávez llegó al poder el precio del kilo de queso había subido 700%. Luego me pidió que contemplara a mi alrededor. “El Junquito era uno de los pueblos más hermosos y tranquilos del país —me explicó—. Hoy matan gente todos los días. Hay violencia porque el pueblo sigue el ejemplo de Chávez, quien usa un lenguaje violento. La economía se ha empobrecido porque Chávez ataca por el cuello a los empresarios y los ahoga. Fui chavista los primeros cuatro años de su gobierno, hasta que me di cuenta de que Chávez representaba el atraso y quería adueñarse del país”.

La mujer perdía mesura mientras subía de tono y velocidad. Ahora su monólogo era indignado e imparable. Me tomó del brazo y me miró a los ojos con el ceño fruncido: “Chávez sigue ganando porque tiene a la gente hipnotizada. La hipnotizó con brujería. ¿O qué crees tú que fue lo que él hizo cuando sacó al Libertador de su sarcófago? Fue una operación a medianoche. ¿Por qué no lo hicieron durante el día? Porque era un ritual de brujería para hacer una ganga con los cubanos. Chávez ha regado la brujería”, dijo sin soltarme el brazo.

De repente se oyó una bulla de motores, gritos y cornetas a la distancia. El candidato corría a paso rápido hacia el lugar de la concentración. Pero todo lo que se veía era una especie de cardumen humano que gritaba e intentaba sacar fotos. Por momentos, emergía la gorra tricolor y Capriles Radonski sacaba la mano del tumulto para saludar.

La gente desbordó las calles para escucharlo. Desde las ventanas, balcones y comercios coreaban: “Se ve, se siente, Capriles presidente”. El abanderado del progreso se encaramó en el techo del camión de la mano de Leopoldo López, quien había sido su contendor en las filas opositoras y que ahora suele acompañarlo en la campaña junto con otros líderes opositores. Se había dicho que Capriles Radonski no enamoraba al pueblo ni levantaba pasiones. Pero lo que veía ante mí era una muestra de verdadero entusiasmo.

El aspirante interpeló a los presentes: “¿Hace cuánto tiempo que ustedes no veían aquí a un candidato presidencial?”. La multitud rugió para reprobar a Chávez. Luego, Capriles Radonski pasó revista a los problemas que aquejan a El Junquito. La inseguridad: “Queremos un pueblo sin violencia, porque si erradicamos la violencia, todos podemos estar mejor”. El desempleo: “Hay que creer en nuestros agricultores y no en los de otros países. Ésta es una tierra maravillosa. Hay que desarrollarla”. La carretera: “Hay que desarrollar la vialidad para que mejore el turismo”.

En un interludio en el que se mostró más coloquial habló de sus idílicas visitas a El Junquito en la niñez. Había hecho contacto con el corazón de la gente y era recompensado con aplausos. Leopoldo López lo miraba con una sonrisa complacida.

Este discurso y otros que vi ese día fueron como relámpagos comparados en extensión con los de Chávez. Duraron quince minutos, a lo sumo veinte, el tiempo que usa para calentar las cuerdas vocales.

Unos minutos antes del final, recibí indicaciones de esperarlo en su minibús. Adentro reinaba el silencio y la calma, pero de pronto el vehículo se estremeció, como sacudido por un sismo. Cuando al fin entra el candidato, tiene un manojo de papeles y cartas en la mano que entrega a su asistente.

Capriles Radonski me mira con familiaridad y saluda jovialmente como si hace tiempo esperara verme. No bien arrancamos comienza una reunión de campaña impromptu. La actriz Fabiola Colmenares, protagonista de exitosas telenovelas que participa desde hace años en las luchas políticas de Vargas, le dice que el deterioro de la carretera afecta la vida de la gente que pasa hasta cuatro horas para ir a su trabajo. El candidato reflexiona en voz alta que el tema hay que saber presentarlo porque, para la gente que vive en casas de lata, la vivienda es el tema principal, pero si se le hace ver que la carretera es el camino al trabajo digno, puede entender mejor su importancia.

La discusión del cenáculo da oportunidad para estudiar el rostro del candidato. Las facciones son angulosas. Dan la impresión de seriedad pero también sugieren una ternura que aflora cuando su portador muestra los dientes con una enorme sonrisa. Un momento después, la sonrisa se ha ido para adoptar una máscara de seriedad y ceño fruncido en la que destacan unos ojos oscuros que absorben lo que ven con una expresión levemente descolocada. Llama la atención una cicatriz que abarca parte del cuello y la mejilla. La nariz es nítida y aguileña. La fisonomía transmite llaneza por encima de otras notas.

Aprovecho una pausa para preguntarle a Capriles Radonski qué le han parecido los actos de Chávez. “No lo verás como me viste hoy a mí corriendo junto a la gente. Sólo hace giras en una carroza porque perdió la tolerancia a la masa”.

—¿Cómo es eso?
—No hablo paja. Tengo tiempo estudiándolo. Desde hace cinco o cuatro años su contacto directo con la gente es muy escaso. En Aló, presidente todas las intervenciones espontáneas eran arregladas.

Serpenteábamos por una carretera de curvas pronunciadas. Varios pasajeros se marearon. Paramos un minuto a saludar frente a un restaurante de carretera. Un puñado de seguidores se apiñó en la ventana mientras el candidato lanzaba gorras y balones de futbol y basquetbol. Un hombre lo abordó como si se conocieran. Al cerrar la ventana, Capriles Radonski dijo que se que llamaba Frank y que lo apodaban el Muerto. “Era mi carcelero cuando estuve en El Helicoide —la cárcel de la policía política—. Su trabajo era vigilarme, pero también me cuidaba diciéndome en quién podía confiar y en quién no. Cuando estás preso, tu vida depende de gente así”, dijo.

—La cárcel marcó tu vida y tu carrera política, ¿por qué hablas tan poco de esa experienci
—Porque yo no soy egotista. La cárcel me fortaleció de muchas maneras.
—¿A qué te refieres?
—Mi sentido religioso se fortaleció en la cárcel y luego de ella. En prisión te ves ante una encrucijada. O te apartas de Dios o te acercas. Dios te ayuda a no caer en ‘el hueco’ —señaló mientras hacía un gesto con las manos y abría enormemente los ojos para subrayar la expresión de abismo.
—¿Qué es ‘el hueco’?
—Es la pérdida de esperanza. El derrumbamiento. Estar preso es perder la libertad, y quien pierde la libertad lo pierde todo. Preso ni en la casa.

Mientras hablábamos, el candidato se anudaba con mucho esmero y cuidado los zapatos, unos sneakers de correr Brooks color negro. Estaba vestido con unos pantalones grises de excursionista contemporáneo, hechos de tela impermeable con ventosas para respirar, marca The North Face, y una camisa también ventilada que un pequeño taller de confección hace para él. Capriles Radonski usa no menos de cuatro en cada día de gira. Las cambia de color según el escenario, casi siempre en tonos claros y de preferencia pasteles. Las camisas han venido a ser un símbolo de su identidad —una identidad multicolor— tanto como las estridentes camisas rojas son un símbolo del monótono fanatismo por Chávez.

Como había otros dirigentes de peso, pregunté al foro por qué la oposición se empeñaba en presentar el 7 de octubre como una suerte de Día D, en el que la suerte del país quedará sellada.

Leopoldo López atajó la pregunta: “La percepción de que el 7 de octubre define un límite es real. Estamos en el mejor momento de la oposición, con una unidad genuina que nunca antes había ocurrido. Y eso nos puede llevar a ganar. Pero esta elección decidirá muchas cosas. Si ganara Chávez, vendría un cambio en la Constitución, planteado ya en su programa de gobierno, para terminar de adoptar el modelo cubano y acabar con la descentralización, algo que ya está en marcha. Se cambiará también el sistema electoral. De modo que ésta puede ser la última elección democráticamente hablando”.

Le comenté a Capriles Radonski que la actual campaña presidencial era la más religiosa que había visto desde que tenía memoria. Chávez le pide más vida a Cristo, a todos los santos y deidades para llevar adelante su opus magnum, y él muestra abiertamente su devoción por la Virgen María. Es un caso extraño. A pesar de los orígenes judíos por línea paterna y materna, su papá se declara católico. Eso llevó a que Capriles Radonski y sus hermanos se criaran entre dos religiones y con la libertad de elegir entre ellas cuando mejor lo consideraran.

El candidato me habló con inusitada candidez de su relación con la Virgen, me dijo que ella lo había ayudado a mantenerse del lado del bien en la cárcel. “Una vez una persona me regaló dos estampas de la Virgen María. Con ellas hice un altar. La Virgen se convirtió en mi compañía y me protegió. En una ocasión pasé veinte días confinado, sin ver la luz del sol. Me sacaron al patio. Me extrañó que me dejaran allí más tiempo del acostumbrado. Cuando regresé a la celda, me di cuenta de que la habían requisado, porque aunque todo estaba en aparente orden, habían movido la estampa de la Virgen. Ella me dijo que habían entrado. Desde que salí de la cárcel, todos los 8 de septiembre voy a El Valle, en la isla de Margarita, a visitar la basílica de la Virgen del Valle”.

Todos en el minibús lo escuchaban con mucha atención extrañados de que fuera tan abierto a relatar esta experiencia. Luego dijo que contaría algo que hasta ahora pocos sabían y refirió gestiones del ex presidente de los Estados Unidos Jimmy Carter para logar su liberación. “Carter estaba en Caracas como observador del referéndum de 2004 y él habló con Chávez para pedirle por mi liberación. Eso me ayudó a salir”.

Le pregunté si es un hombre de oración. Me dijo que buscaba un momento en el día, generalmente en las mañanas, para agradecerle a Dios. “No pido para mí. Chávez pide de forma oportunista, primero para él”.

—Chávez también se muestra como un hombre religioso —le respondí, con la sospecha de que la pregunta no sería bien recibida.
—Nadie sabe qué es Chávez —me respondió, y dejó el tema de lado.

El contexto electoral

Capriles Radonski ganó en febrero las elecciones primarias de la oposición con una muy amplia ventaja frente a todos sus competidores, lo que hizo ver diáfanamente que una mayoría de la oposición quiere poner fin a catorce años de divisiones y polarización. Eso también demostró que, pese a la simpleza que muchos le achacan, tenía muy buenos instintos políticos.

Iniciaba la precampaña presidencial con una intención de voto de entre 30% y 34%, mientras Chávez contaba con entre 43% y 46%, un fuerte predictor de éxito en las elecciones del 7 de octubre, de acuerdo con las encuestadoras más confiables. El candidato trató de usar el tiempo hasta el arranque de la campaña para descontar ventaja frente a Chávez. Sin embargo, en las semanas y los meses siguientes, sus números cayeron hasta ubicarse en entre 23% y 28%, según esas mismas encuestadoras.

¿Cómo explicar el desplome? “Aunque Chávez parecía estar de bajo perfil recibiendo tratamientos de quimioterapia en Cuba, la opinión pública estaba monopolizada por él —según Luis Vicente León, director de Datanálisis, una de las encuestadoras con mayor credibilidad—. Para Capriles Radonski mejorar su posición en este contexto era como intentar dar un discurso en una discoteca en la que el DJ Chávez tenía la música a todo volumen”.

De hecho, cuando en junio de 2011 Chávez hizo público que le habían extraído un tumor del tamaño de una pelota de béisbol y que padecía cáncer, su popularidad estaba en un bajo histórico de 48%, pero en los meses siguientes subió hasta 59%. Este escalamiento es un signo del espíritu compasivo de los venezolanos. A juicio de Vladimir Gessen, ex candidato presidencial y actual director de Informe21.com, un exitoso portal de análisis informativo, Chávez ha manejado la enfermedad como si se preparara para la posteridad. A principios de julio visité a Gessen, quien también ha padecido cáncer y ha seguido con atención la evolución del presidente. “El pensamiento mágico puede ayudar a explicar el resurgimiento de Chávez —me dijo—. Durante la primera parte del año, Chávez estuvo visitando iglesias para rezarle a Jesús y asistió a diversos ritos yorubas y de otras religiones. Todo esto tiene el propósito de pedir un milagro para completar su proyecto de vida. Los ruegos de Chávez han creado una poderosa conexión psicológica con el pueblo, que se ha congregado alrededor de su líder”.

Por eso el arranque de la campaña estaba más centrado en despejar la incógnita de si Chávez podría o no dar lo que él llamó la “batalla de Carabobo”. Para muchos, Capriles Radonski sería un actor de segunda fila.

El segundo libertador

El apoteósico lanzamiento de la candidatura de Chávez el 1 de julio, en Maracay, tras un recorrido de 17 kilómetros en carroza desde el estado Carabobo, cerca del campo de batalla donde se selló la Independencia venezolana, parecía confirmar este cálculo. Asistí a ese acto y quedé impresionado con el despliegue de maquinaria electoral. Decenas de autobuses transportaban desde muchos rincones a los seguidores del presidente, centenares de parlantes multiplicaban su voz, miles de afiches reproducían su imagen.

A lo largo de la avenida Constitución colgaban pancartas con los mensajes que festejaban su milagroso regreso del cáncer: “Hasta el 2000 siempre…”, “Amor con amor se paga”. También cantaban estribillos: “Viva Venezuela, mi patria querida./ Quien la libertó, mi hermano, fue Simón Bolívar”, “Mi comandante se queda./ Se queda./ Se queda”.

Cuando ya se acercaba la carroza, una mujer de unos sesenta años, al ver que yo no vestía de rojo, me preguntó amablemente qué hacía allí. Le dije que estaba tomando notas para una crónica electoral y aproveché para escudriñar cómo se sentía al ver de cerca al presidente. “Él es mi hermano, mi marido, mi mamá, mi amigo. Lo quiero, lo amo”. América Carvallo, me dijo que se llamaba y que trabajaba en el programa de salud Barrio Adentro. “Chávez nos ha traído salud, alimentación, educación y casa. Con él no hay pele [no hay forma de equivocarse]“. Al final agregó: “Se ve bello, ¿no? Que Dios le dé mucha salud”.

La llegada de Chávez causó furor entre una masa sedienta de verlo en carne y hueso luego de pasar meses en vilo. Apareció aún visiblemente hinchado por la quimio y con cierta lentitud de movimientos. Pero al subirse a la tarima, protegida por un perímetro que lo separaba al menos treinta metros de sus feligreses, su voz entonó el himno nacional con un hinchado vibrato capaz de poner la piel de gallina.

Comenzó su discurso, y recordó con melancolía sus años juveniles en esa zona. “Maracay, te regalo mi corazón…, también mis lágrimas de emoción”. No tardó en hacer girar la enfermedad a su favor para anunciar el arranque del “Huracán Bolivariano” y la “Campaña de Carabobo”. Abrazado al legado de Bolívar y con la historia trufada con la fábula épica, el presidente trató de presentarse a sí mismo como el paladín de una segunda independencia continental —esta vez del imperio estadounidense—. Desde ese pedestal ególatra, no tardó en atacar al sospechoso habitual de todos sus discursos: “El socialismo es vida y felicidad. El capitalismo, sufrimiento y barbarie”. No había duda posible: Chávez estaba de regreso, ¿okey?

Reencontrarse con Chávez era como asistir a un desfile con bombas de ruido y fuegos artificiales. Sin embargo, algo había cambiado desde la campaña de 2006. Quienes lo veían, querían sentir la electricidad de años pasados, pero sus pases retóricos sonaban gastados. Transcurrida media hora, lo que usualmente se toma para entrar en materia, ya la mitad de los asistentes habían abandonado el mitin.

El arranque de Capriles parecía, en comparación, demasiado modesto. Lanzó su campaña con la visita a dos poblaciones, aparentemente insignificantes, en confines opuestos del país: Santa Elena de Uairén, al sur, casi en la frontera con Brasil, y la península de La Guajira, en el extremo noroccidental del país, colindante con Colombia.

A Capriles también se le criticaba no ser un orador con pico de plata como su contrincante, sino más bien introvertido y parco en la palabra masiva. Mientras los discursos de Chávez suelen contarse en largas horas, los de Capriles se miden en cortos minutos.

Estas diferencias subrayan otro evidente contraste de los estilos de campañas. Los actos de Chávez son una superproducción para entronizar al líder, pero no siempre garantizan los efectos deseados. Los de Capriles Radonski son austeros y casi carecen de aparataje, pero ha ido en aumento el caudal de asistentes casi día a día. Mientras las concentraciones de Chávez tienen mucho de parada militar, las de Capriles recuerdan más una espontánea fiesta colectiva, la acción flash y el happening.

Pero también marcan un cambio de época. A la vuelta de catorce años, Chávez personifica el establishment. Capriles Radonski apareció en la escena en 1998 cuando tenía veintiséis y también ha participado en los mayores eventos políticos de la última década. Pero es dieciocho años menor, y no se le puede asociar fácilmente con el pasado y el viejo orden partidista contra el que el presidente lleva catorce años predicando. Chávez detesta que su adversario diga que hay un nuevo camino, porque lo obliga a decir que él sí encarna el futuro, aunque todos sepan que su futuro tiene catorce años de pasado. Y como dice el adagio, el futuro ya no es como antes.

Todo esto ha hecho que la campaña sea muy distinta de lo previsto. Aun así, la candidatura opositora no ha subido tanto como lo esperado. A medida que caen las hojas del calendario, la pregunta de los analistas es si el descontento general le dará al candidato opositor suficiente impulso para morderle votantes a Chávez. Los voceros chavistas lo ven al revés. Esperan que el titánico esfuerzo de Chávez por apagar incendios, sumado a aumentos salariales y ambiciosos programas sociales como la Misión Vivienda, frene la caída del gobierno y asegure lealtades susceptibles de quebrarse. A muchos les conviene que Chávez permanezca, porque es la garantía de que sus bolsillos seguirán llenándose o de que se mantengan las políticas que les convienen. Las encuestas de principios de septiembre sugieren que esta fórmula ha dado resultados escasos.

Alcabalas

Al salir de Caicara recorrimos un paisaje de sabanas inundadas y prados color esmeralda, punteado por pequeñas fincas, potreros y chozas indígenas. Cincuenta y cinco minutos después estábamos en Santa Rosalía, otro pueblo olvidado en los mapas. La aglomeración no llegaba a masa. Pero era quizá la mayoría del pueblo y estaba evidentemente agradecida por el avistamiento de un candidato presidencial, especie extraterrestre para los estándares de esas soledades.

Capriles apareció con una camisa verde y los arengó desde el consabido techo del camión, les prometió acabar con los apagones eléctricos y trató de conjurar en la mente del público la idea machacada por Chávez y sus voceros de que un gobierno opositor acabaría de inmediato con las misiones —ayudas económicas y programas sociales—. “Hay que buscar soluciones y recursos para todos. Ustedes tienen la fuerza en sus manos”. Más adelante se refirió al lenguaje cada vez más belicoso utilizado por Chávez y su séquito para referirse a él. “Con puños no se construye nada, sino tendiendo la mano”. Se despidió con un gesto que ha llegado a definirlo. “Uso esta gorra no para dividir, para demostrar mi compromiso”, dijo al lanzarla.

Cuando partíamos, una señora pidió que la dejaran entrar, pues traía unas viandas con el almuerzo y, a causa de las inundaciones, había tenido que salir a nado de su aldea. Él le dio las gracias y la despidió con abrazos y besos. Eran arepas de coroba y fueron devoradas por el equipo de campaña antes de que llegaran al candidato, quien debió conformarse sólo con probarlas.

Pocos minutos después fuimos detenidos en un puesto de control de la Guardia Nacional. Hombres con rostros duros, uniformes verde oliva y armas largas y pistolas rodearon el microbús. Un sargento de 1.90 de altura y porte temible tocó violentamente la ventana. Adentro hubo un tenso silencio. Capriles Radonski se levantó de su asiento en el fondo y le extendió la mano. El hombre lo rechazó y lo mandó con otro gesto imperioso a volver a sentarse. Era lógico pensar que ordenaría una “inspección exhaustiva” para boicotear el tour. El militar le habló directamente al candidato: “Óigame bien” —pronunció en un tono casi de advertencia—, tiene que ganar estas elecciones. Lo que estamos viviendo no puede seguir. Las Fuerzas Armadas mantienen su compromiso con la democracia. Así que siga adelante y gane las elecciones”. El discurso del militar no duró más de treinta segundos. Con la misma intensidad que había entrado, salió y ordenó a la caravana seguir su camino. Nadie habló del asunto, salvo alguien que dijo que esa clase de situaciones se presentaban con frecuencia con los empleados públicos.

La meta era llegar a Guarataro a las dos de la tarde a más tardar, pero a cada instante el microbús debía frenar para no caer en las enormes trincheras de la vía.

Capriles Radonski se acomodó en la última fila y abrió un Red Bull (sugar free) y me dijo que pocos días atrás había cruzado un punto tras el cual su candidatura no pararía de crecer. Se refería a la calurosa bienvenida que había recibido en los estados Mérida y Trujillo, donde una multitud premiosa lo esperó hasta la madrugada, pese al frío del páramo.

Hace dos años, una de sus ayudantes más cercanas me había comentado que Capriles Radonski se comenzaba a reunir con Henri Falcón, disidente del chavismo, y Leopoldo López para mover la oposición en una nueva dirección y que, de salir las cosas bien, Capriles Radonski buscaría ser candidato. Entonces, ese “de salir las cosas bien” sonaba como un estorbo colosal para que la aspiración llegara a concretarse. Le pregunté al candidato qué decisiones había tomado para que las cosas funcionaran bien.

“Dicen que el tiempo de Dios es perfecto”, me respondió. Luego habló sobre cómo los desafíos que había resuelto como alcalde y gobernador le habían dado gran experiencia de gobierno. “Me ha tocado lidiar con todos los obstáculos. Pero aquí estoy. Esto es como construir una casa: hay que hacerla bloque por bloque de abajo para arriba. Mi pasión política consiste en tomar decisiones que mejoran la vida de la gente”.

—¿Piensas cambiar la estrategia y los mensajes que has usado hasta ahora?

Me miró con ojos incrédulos: una mirada excéntrica y defensiva, típica suya, que más que ver se incrusta en su interlocutor.

—No tengo previsto cambiarla. Se trata de mantener la disciplina en el mensaje. Repetirlo y repetirlo. Me oyeron en Caicara y Santa Rosa, pero no me han oído en Tucupita o en otros pueblos.
—¿Y cómo gobernarás, de ser elegido?
—Garantizaremos la seguridad personal. No haremos más expropiaciones innecesarias. Venezuela antes producía y exportaba muchos productos. Ahora importamos todo. Utilizaremos el petróleo para impulsar la diversificación. El objetivo del 7 de octubre no es ser presidente, sino dar inicio a una nueva etapa. Hemos logrado entusiasmar al país y llenarlo de optimismo sobre la base de trabajar todos para tener una mejor sociedad. En Venezuela hay una disputa esencial entre un presente que mira al pasado y otro que mira al futuro. Además hay problemas muy serios con la distribución actual de la riqueza. Una parte no se le está entregando a los venezolanos, sino a otros países”.

Capriles Radonski se encuentra en la contienda climática de su carrera política. Nunca ha perdido una elección. Pero esta vez es diferente. Para convertirse en un verdadero líder nacional debe o ganar la presidencia o perderla en un final de fotografía con Chávez. Sólo así su liderazgo será indiscutible entre una oposición emocionalmente inestable, caracterizada por frecuentes ups and downs y que se debate entre sentir que el próximo 7 de octubre es el Juicio Final o el día de la Resurrección. Si las cosas no van bien, debe preparar a sus seguidores para la tremenda tarea de asimilar la derrota. Tiene el mandato para hacerlo, y además cuenta con una gran ventaja frente a otros prominentes políticos de su generación: no trasluce avidez de poder.

Por fin, entramos a Guarataro a las dos con quince minutos. Antes de lanzarse al gentío, Capriles Radonski se desanudó los zapatos, se alzó las medias y volvió a amarrarlos cuidadosamente. Le pregunté si era una especie de ritual particular. Me dijo que si no lo hacía podía caerse o quedar descalzo durante sus estampidas hacia la tarima. De tanto empujón que recibe, suele salir golpeado y magullado de las giras, me contó mientras me enseñaba cicatrices en su cuello y cara y me dijo que tenía un fuerte golpe en el hombro. Otra vez encaramado sobre el techo de un camión aprovechó para preguntar si allí también había apagones. Unas quinientas personas —es decir, casi todo el pueblo— le contestaron a coro que sí. Capriles Radonski parecía estar cada vez más cómodo en su rol. “El gobierno no se ocupa de que estos postes tengan luz, pero sí de que tengan un afiche del otro candidato. Pero él sólo viene aquí en afiches, mientras aquí me tienen en carne y hueso”. Todos los asistentes se desahogaron en un abucheo catártico contra Chávez. Era apenas un preludio microscópico de lo que en dos horas esperaba en Ciudad Bolívar.

El sucesor

Cuando hablé con Gessen a principios de julio, toda la expectativa electoral giraba en torno a si el milagro se mantendría o no. El nombre del candidato opositor era algo así como una referencia de segundo grado. La agenda la ponía Chávez. Pero Capriles Radonski ha hecho una campaña inesperada y extraordinaria que, por decirlo de algún modo, le ha robado el show a Chávez, quien por primera vez en una campaña presidencial se ha visto a la defensiva.

La campaña pueblo por pueblo ha hecho una mella considerable en el chavismo. Para compensar, Chávez pasa horas en cadenas nacionales de televisión, que interrumpen la programación regular con o sin motivos de peso. El líder de la revolución suele aparecer ante las cámaras excitado y errático atacando a su rival con insultos que se mueven del cliché a lo insólito: oligarca, burgués, fascista, jalabolas, nazi.

Claramente Chávez es todavía un caudillo fuerte, pero sus viejos poderes de seducción se desvanecen ante los ojos del país en un interminable teletón —seiscientos un minutos entre el 1 de julio y el 28 de agosto, de acuerdo con Monitor Digital—. Solía decirse que Chávez era un predicador carismático capaz de hipnotizar con su oratoria prodigiosa a millones de creyentes. Hoy parece más un viejo mago cuyos trucos y actos de ilusionismo están gastados de tanto repetirse y ya no encienden en la masa la intensa fascinación del pasado. Incluso un acto tan mágico como su milagrosa recuperación del cáncer no ha dado el resultado político por él esperado. Sus maniobras ya no son una novedad para la mayoría de los votantes que han pasado buena parte de su vida consciente en la Era Chávez. Para muchos, las cosas se han prolongado suficiente.

Esta sensación se acentuó a fines de agosto durante la llamada “semana negra de Chávez”, cuando en cuestión de días el país sufrió un sangriento motín carcelario, la caída del principal puente que une el oriente venezolano con el resto del país, diluvios bíblicos que destruyeron varios pueblos y una descomunal explosión en la refinería de Amuay —una de las más grandes del mundo— que dejó más de cuarenta muertos, un centenar de heridos y más de mil quinientas casas afectadas. En medio de la crisis por el mayor accidente petrolero en la historia venezolana, Chávez dijo: “El show debe seguir”, en referencia a la campaña electoral. Esas cuatro palabras trataban de restarle importancia a la emergencia, pero la realidad dejaba al desnudo el colapso simultáneo del gobierno y la incompetencia de sus políticas en muy distintos frentes.

Volviendo a Capriles Radonski, Gessen me comentó que su mayor reto era convertirse en el sucesor político de Chávez, ya que si a Chávez le fallara el milagro, él quedaría al frente. “Hasta ahora ha evitado entrar en el tema de la enfermedad, porque ir contra Chávez en ese terreno no le traería votos. Pero él sabe serpentear y se irá colando en el sentimiento de los venezolanos sin generar resistencia. Fue así que llegó a la presidencia de la Cámara de Diputados al inicio de su carrera política. Si la gente percibe que Chávez morirá, Capriles Radonski quedará como el sucesor con al menos 40% de los votos… El venezolano cree en los milagros, pero también se apega firmemente a aquel adagio que dice: ‘A rey muerto, rey puesto’”. Y es cierto que a veces las circunstancias conspiran para que surja un nuevo líder.

Ciudad Bolívar

Desde la salida de Guarataro, la mayor preocupación era llegar al aeropuerto de Maripa a las tres y media de la tarde. Éste era apenas una pista de tierra donde esperaban cuatro Cessna 206 y un helicóptero. El equipo abordó las avionetas y el candidato, con su entourage, el helicóptero. Durante la siguiente hora volamos a cinco mil pies de altitud por un paisaje de planicies inundadas con el soberbio Orinoco de fondo. Un avión tras otro tocó la pista de Ciudad Bolívar en perfecta secuencia coreográfica, como si el aterrizaje hubiera sido coordinado por un show aéreo. Finalmente, el helicóptero se posó con suavidad a un costado del terminal. Tras el cordón de seguridad lo esperaba una aglomeración de mujeres vueltas locas. En realidad no parecían esperar a un candidato, sino al grupo Menudo en pleno —o a Justin Bieber, para las nuevas generaciones.

Lo que venía era la hora más agitada y sorpresiva de todo el trayecto. Cruzamos en caravana media Ciudad Bolívar. No había calle que no estuviera repleta de gente. Capriles Radonski bajó del microbús, y al instante desapareció como tragado en un cúmulo. Debía correr casi tres kilómetros para llegar a la tarima. A medida que avanzaba, más gente se le unía hasta formar una estampida de miles de personas. Corrí como un kilómetro en subida hasta que las fuerzas no me dieron y paré exhausto para ver el torbellino humano diluirse entre una masa compacta.

Hasta donde entendía yo, Ciudad Bolívar era tierra de sindicatos y chavista a más no poder. Y según la propaganda, Capriles Radonski es un burgués, un cerdo, un oligarca, un neoliberal, un fascista, un nazi… Por eso era tan sorprendente el caudal humano y la calidez del recibimiento. Me abrí paso hasta la tarima como pude. “Aquí está el flaco que está oyendo a Venezuela”, anunció el diminuto pero enérgico Andrés Velásquez.

Cuando Capriles Radonski comenzó su discurso todavía recobraba la respiración de la carrera y todo su cuerpo soltaba chorros de sudor (si el éxito electoral se midiera en hectolitros de sudor, el suyo estaría asegurado). En un momento de solipsismo me asaltó como un flash una frase que leí hace algún tiempo: “Llegar al poder no es para los débiles de corazón”. Enseguida conjeturé sobre si Capriles Radonski tenía o no posibilidades de ganar. Recordé los ejemplos de Churchill y De Gaulle, héroes nacionales que fueron arrastrados por el cambio en el espíritu de los tiempos pese a sus glorias y charreteras. Por supuesto, ellos no eran Chávez. Sus motivaciones y su época eran distintas, pero, como él, luchaban para mantenerse en el poder.

Alguien le entregó al candidato un icono de la virgen en yeso del tamaño de un trofeo deportivo. Lo tomó en sus manos y lo besó. “¿Están listos?— preguntó mientras escrutaba el horizonte con la mano en la visera de la gorra tricolor— Ustedes son el futuro y yo estoy con el futuro… Si todos aquí hacemos la tarea, ¿quién puede con nosotros?”. Hizo una pausa para recibir el bramido de miles de gargantas. Desde la tarima, la vista se perdía en un mar de gente. Continuó predicando contra los catorce años de mal gobierno, con preguntas al pueblo de Bolívar si con altos índices de violencia, desempleo, deserción escolar y sus industrias colapsadas estaban realmente mejor. Hizo un esfuerzo notable por inspirar en ellos el sueño de un futuro sin violencia y odios, y les ofreció un gobierno bajo el cual vivir vidas seguras y productivas. Y fue enérgico y persuasivo. La respuesta fue una larga ovación. Ese enigmático pacto entre un líder y una masa llamado carisma funcionaba. Al menos en ese instante. “Otros quieren ser líderes del mundo, yo quiero convertir esta alegría en millones de votos… Y el 7 de octubre, cohetes en la noche”.

No se sabe qué pasará ese día. Lo único cierto es que hasta ahora la suerte ha estado de su lado, ¿seguirá estándolo?

El 11 de diciembre, Hugo Chávez Frías, el extravagante y radical presidente de Venezuela, se sometió a su cuarta cirugía contra el cáncer y desde entonces ha languidecido en un hospital de La Habana bajo una celosa guardia. Sólo familiares y allegados políticos cercanos —y, se presume, los hermanos Castro— tienen permiso para verlo. No ha habido ningún vídeo de él sonriendo desde su cama de hospital ni animando a sus seguidores. Funcionarios del gobierno reconocen que está experimentando “severas dificultades respiratorias”, a pesar de los rumores de que está bajo un coma inducido y conectado a un respirador. La presidenta de Argentina, Cristina Kirchner, visitó La Habana la semana pasada llevando una Biblia para Chávez. Y aunque no comentó si lo llegó a ver, tuiteó poco después: “Hasta siempre”. Los partidarios de Chávez insisten en que el presidente se está recuperando, y que incluso firmó un documento- una prueba de vida que se exhibió debidamente a la prensa. Pero el mensaje de Kirchner sonaba como un último adiós.

Es apropiado que Chávez haya escogido Cuba como el mejor lugar para recuperarse, ya que el país ha sido un segundo hogar para él durante mucho tiempo. En noviembre de 1999, Fidel Castro lo invitó a dar una charla magistral en la Universidad de La Habana. Chávez, un ex-paracaidista militar, se había convertido en presidente de Venezuela apenas nueve meses antes, pero ya contaba con una audiencia embelesada, incluyendo a Castro, a su hermano menor Raúl y a otros altos cargos del buró político de Cuba. El discurso de Chávez estuvo lleno de expresiones de buena voluntad hacia Cuba y elogió a Castro, a quien llamó “hermano”. Era imposible pasar por alto las implicaciones de su visita. Desde el fin del subsidio soviético, ocho años antes, Cuba luchaba por sostenerse y Venezuela era una nación rica en petróleo. Chávez había viajado con una delegación de la empresa petrolera nacional. El presidente, ya en ese entonces un orador expansivo, habló durante noventa minutos, y Castro sonrió atentamente todo ese tiempo. El hombre que estaba a mi lado susurró que nunca había visto a Fidel mostrar tanto respeto por otro líder.

Esa noche, una multitud llenó el Estadio Nacional de Béisbol de La Habana en ocasión de un partido amistoso entre jugadores veteranos de las dos naciones. El ambiente era festivo. Chávez pichó y bateó para Venezuela, jugando las nueve entradas. Castro, vestido con una chaqueta de béisbol sobre su uniforme de faena militar, fue el mánager de Cuba y aprovechó para darle a su huésped una lección en tácticas: a medida que el juego avanzaba, Castro infiltró jóvenes impostores al campo de juego, disfrazados con barbas postizas que luego se arrancaron, desencadenando aplausos y risas en la audiencia. Al final del juego Cuba ganaba cinco a cuatro pero, como declaró Chávez, “tanto Cuba como Venezuela han ganado. Esto profundizó nuestra amistad”.

Antes de que pasara mucho tiempo, Cuba empezó a recibir envíos de petróleo venezolano a menores precios, a cambio de los servicios de docentes, médicos e instructores deportivos cubanos que trabajaron en un enorme programa de alivio de la pobreza lanzado por Chávez. Desde el año 2001, decenas de miles de médicos cubanos han proporcionado tratamiento a los pobres de Venezuela, y personas con enfermedades de la vista han recibido atención médica en Cuba, en el marco de un programa que Chávez llamó, con su típica grandiosidad, Misión Milagro.

Como parte no escrita del acuerdo, Chávez también adquirió una ideología. Desde el principio él era un ferviente discípulo de Simón Bolívar, libertador de Venezuela y su máximo héroe nacional. Poco después de haber asumido el poder, Chávez cambió el nombre del país a República Bolivariana de Venezuela. Bolívar era un modelo complicado: fue un luchador carismático por la libertad, cuyas sangrientas campañas liberaron a gran parte de América del Sur de la España colonial. Pero, a pesar de ser admirador de la Revolución Americana, Bolívar era mucho más un autócrata que un demócrata. Para Chávez, Castro era el Bolívar de los tiempos modernos, el actual guardián de la lucha antiimperialista. En 2005, después de un largo período de estudio y reflexión, Chávez anunció que había decidido que el socialismo era la mejor propuesta de progreso para la región. En sólo unos pocos años, con sus miles de millones en petróleo y guiado por Castro, Chávez resucitó el discurso y el espíritu de la revolución izquierdista en América Latina. Él transformaría Venezuela en lo que llamó, en su discurso en la Universidad de La Habana, “un mar de felicidad y de verdadera justicia social y paz”. Su máximo objetivo fue elevar a los pobres. En Caracas, la capital del país, los resultados de esta irregular campaña están a la vista de todos.

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Los colonizadores españoles que fundaron Caracas en el siglo XVI lo hicieron con cuidado: situaron la ciudad en las montañas, en vez de la cercana costa del Caribe, para protegerla de piratas ingleses y de los indios que merodeaban. Actualmente, la costa ubicada a diez millas de distancia de la ciudad es accesible por una carretera escarpada entre las montañas construida por órdenes del fallecido dictador militar Marcos Pérez Jiménez, quien dominó el país durante la década de los cincuenta. De cruel carácter y ampliamente odiado en su país, Pérez Jiménez fue derrocado después de sólo seis años como Presidente, pero dejó tras de sí un impresionante legado de obras públicas: edificios gubernamentales, proyectos de vivienda pública, túneles, puentes, parques y carreteras. En las décadas siguientes, mientras las dictaduras molestaban a gran parte de América Latina, Venezuela resultó ser una democracia dinámica y generalmente estable. Siendo una de las naciones petroleras más ricas del mundo, el país tuvo una creciente clase media con un nivel increíblemente alto de vida. También fue un firme aliado de EE.UU.: los Rockefellers tenían campos petroleros en Venezuela, así como grandes ranchos donde sus familiares montaban a caballo con amigos venezolanos.

La perspectiva de una buena vida en Venezuela atrajo a cientos de miles de inmigrantes del resto de América Latina y de Europa, quienes ayudaron a darle a Caracas la reputación de ser una de las ciudades más atractivas y modernas de la región. Tenía una espléndida universidad —la Universidad Central de Venezuela—, un museo de arte moderno de primer orden, un elegante Country Club, una serie de buenos hoteles y exquisitas playas. A finales de los años setenta, cuando las mujeres venezolanas se convirtieron en perennes ganadoras del concurso de Miss Universo, la mayoría de los latinoamericanos consideraban al país como un lugar hermoso para gente hermosa. Incluso su criminal más infame, el terrorista marxista Illich Ramírez Sánchez (Carlos El Chacal), fue un todo un dandy, con un gusto por los pañuelos de seda y el whiskey Johnnie Walker. En 1983, en lo que puede haber sido la cúspide del encanto de Caracas, fue inaugurada la primera línea del Metro y el Teresa Carreño, un complejo teatral de clase mundial.

Esa ciudad apenas puede percibirse hoy. Después de décadas de abandono, pobreza, corrupción y agitación social, Caracas se ha deteriorado muchísimo. Tiene una de las tasas de homicidios más altas del mundo: el año pasado, en una ciudad de tres millones de habitantes, se estima que tres mil seiscientas personas fueron asesinadas, cifra que equivale a una muerte cada dos horas. La tasa de homicidios en Venezuela se ha triplicado desde que Chávez asumió el poder. De hecho, el crimen violento (o la amenaza de que suceda) es probablemente el carácter definitorio de Caracas, tan ineludible como el clima, que generalmente es maravilloso, y el terrible tráfico, con autos atascados durante horas en las calles día tras día. Vendedores deambulan a través del embotellamiento, vendiendo juguetes, insecticidas y DVDs piratas, mientras que los drogadictos lavan los parabrisas o hacen malabares a cambio de monedas. Se observan fachadas enteras cubiertas de graffitis y con basura amontonada en las vías. El río Guaire, su cauce a lo largo de toda la ciudad, es un torrente gris de agua maloliente. A lo largo de sus riberas viven cientos de personas sin hogar, indigentes —en su mayoría adictos a las drogas— y enfermos mentales. Los barrios más ricos de Caracas son enclaves fortificados, protegidos por muros de seguridad con alambre electrificado. En las entradas de las urbanizaciones, guardias armados permanecen en vigilia tras un vidrio oscuro.

Caracas es una ciudad fallida y la Torre de David es quizás el símbolo más importante de ese fracaso. La torre es un zigurat de espejos de vidrio coronado por un gran eje vertical, que se eleva a cuarenta y cinco pisos por encima de la ciudad. La principal característica del complejo de rascacielos de Confinanzas, que incluye otra torre de dieciocho pisos y un estacionamiento elevado, es su visibilidad desde cualquier punto de Caracas, que sigue siendo mayormente una ciudad de edificios modestos. El vecindario que rodea al edificio es típico: una ladera cuadriculada de casas y comercios de uno o dos pisos que se disipan a pocas cuadras de las faldas del cerro El Ávila, un montaña selvática que forma un dramático muro verde entre Caracas y el Mar Caribe.

La torre ha sido nombrada en honor a David Brillembourg, un banquero que hizo fortuna durante el boom petrolero de Venezuela en los años setenta. En 1990, Brillembourg se lanzó a la construcción de un complejo que esperaba convertirse en la respuesta venezolana a Wall Street. Sin embargo, Brillembourg murió en 1993, mientras el complejo seguía en construcción, y poco después de su muerte una crisis bancaria acabó con un tercio de la instituciones financieras del país. La construcción, completada en un sesenta por ciento, se detuvo y nunca fue reanudada.

Vista desde la distancia, la Torre no da indicio alguno de sus problemas. De cerca, sin embargo, las irregularidades en su fachada son claramente evidentes. Hay partes donde los paneles de vidrio se han perdido y los agujeros han sido rellenados; en otras partes de la fachada, las antenas parabólicas y satelitales se asoman como hongos. En los costados no hay paneles de vidrio en absoluto. El complejo es un coloso de hormigón sin terminar —en el que habitan personas. Casas de ladrillo mal ensambladas, similares a las que cubren los cerros alrededor de Caracas como costras, han llenado los espacios vacíos dentro de muchos de los pisos. Sólo las plantas superiores están abiertas al cielo, como plataformas de un gran pastel de bodas. El decano de Arquitectura de la Universidad Central, Guillermo Barrios, me dijo: “Todo régimen tiene su impronta arquitectónica, su icono, y no tengo duda de que la imagen arquitectónica de este régimen es la Torre de David. Encarna la política urbana de este régimen, que puede definirse por la confiscación y expropiación, por la incapacidad gubernamental y el uso de la violencia”. La Torre, construida como una muestra de la eminencia del país, se ha convertido en el barrio alto del mundo.

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Cuando Chávez asumió el poder en 1999, el centro de la ciudad ya estaba descuidado y en franca decadencia, y la torre había caído bajo custodia del Fondo de Garantías de Depósitos. Cuando el gobierno trató de venderla mediante subasta pública en el 2001 nadie ofertó y el plan que existía para convertirla en la nueva sede de la Alcaldía fue abandonado. Finalmente, una noche de octubre del 2007, varios cientos de hombres, mujeres y niños, dirigidos por un grupo de duros y decididos exconvictos, invadieron la torre y acamparon allí. Una mujer que fue parte de la invasión me dijo: “Entramos como si fuera una cueva. Parecíamos cochinos, todos ahí juntos. Abrimos la puerta y desde ese día hemos estado viviendo aquí”. Estaba asustada, pero sentía que no tenía otra opción. “Todos buscaban un techo sobre sus cabezas porque nadie tenía donde vivir. Y era una solución”. Muchos más los siguieron. Los líderes de la invasión comenzaron a vender el derecho de entrada a los recién llegados, en su mayoría personas pobres de las barriadas de Caracas que deseaban cambiar las laderas fangosas por el centro citadino.

Hoy en día, la torre es el emblema de una tendencia de la era Chávez: la “invasión” organizada de edificios desocupados por grupos grandes de ocupantes ilegales. Cientos de edificios han sido invadidos desde que el fenómeno se inició en 2003: bloques de apartamentos, torres de oficinas, almacenes, centros comerciales. Cerca de ciento cincuenta edificios en Caracas están ocupados por invasores. La Torre de David alberga un estimado de tres mil personas, llenando la torre más pequeña por completo y la más alta hasta el piso veintiocho. Jóvenes motociclistas operan una línea de “mototaxistas” para los residentes de los pisos más altos, llevándolos desde la planta baja hasta el décimo piso del estacionamiento adjunto, desde donde pueden ascender por unas rudimentarias escaleras de concreto. Para quienes viven por encima del décimo piso, es un largo camino hasta el tope.

En un reciente viaje a Caracas, le pedí a un taxista que me dejara en frente de la Torre de David y me contestó con una mirada de asombro. “No vas a entrar allí, ¿verdad? “, dijo, “¡De ahí sale todo el mal de esta ciudad!”. La Torre se ha ganado el dudoso honor de ser un centro criminal, alimentado por los relatos de la prensa que presenta al lugar como un refugio para delincuentes, asesinos y secuestradores. Para muchos caraqueños, la Torre es sinónimo de todo lo que está mal en su sociedad: una comunidad de invasores que habitan en medio de la ciudad, controlada por pandilleros armados con el consentimiento tácito del gobierno de Chávez.

El jefe de la Torre es un excriminal convertido en pastor evangélico, llamado Alexánder “El Niño” Daza. Un ardiente partidario de Chávez que aceptó reunirse conmigo sólo después de que un intermediario le aseguró que era políticamente aceptable. Cuando llegué a la entrada principal de la Torre había mujeres dentro de una cabina de seguridad que operaban una puerta controlada electrónicamente. Me pidieron una identificación y que firmara un registro, permitiéndome pasar sólo porque era un invitado de Daza. Daza me esperaba en el atrio, un espacio de concreto al aire libre entre los dos edificios principales. Una música ensordecedora salía de un par de altavoces grandes justo en la puerta de entrada a la “iglesia” de Daza, una habitación ubicada en la planta baja donde predica los domingos. Según contaba, se había convertido o “renacido” estando en prisión. De baja estatura, cuerpo fornido y cara de niño, tiene treinta y ocho años pero luce mucho más joven.

Nos sentamos en un muro pequeño para hablar pero, con los altavoces a todo volumen, Daza era prácticamente inaudible. No habló de la Torre, su comunidad ni de su papel como una figura de autoridad. En su lugar, haciendo eco del lenguaje de los funcionarios del gobierno, se quejó de que los “medios de comunicación privados” siempre buscaban la manera de distorsionar la verdad, hacer daño a “la causa de la gente” y de “dañar a Chávez”. Durante mi experiencia reportando sobre Chávez, he llegado a pasar una buena cantidad de tiempo con él, y cuando le dije esto a Daza me miró con cautelosa impresión. Después de un rato, se relajó considerablemente, señalándome a su esposa, una bonita joven llamada Gina, mientras caminaba junto a nosotros con un niño.

Gran parte de la vida comunitaria de la Torre estaba fuera de nuestra vista, por encima de nosotros, pero algunos de los apartamentos de los niveles más bajo estaban al pie del atrio. Había ropa tendida en balcones por terminar y en algunas antenas. También pueden verse signos de la lealtad política imperante. En las últimas elecciones, Daza hizo todo lo posible para que la Torre de David fuese una base de apoyo para Chávez y colgó una pancarta grande y roja en su honor.

Daza protestó por las historias sobre la Torre que la denunciaban como centro de crimen y a él como un criminal. Él y su gente se hicieron cargo de algo que estaba “muerto” y “le dimos vida”, dijo: “La rescatamos con la visión de vivir aquí en armonía”. Ésta fue una opinión minoritaria. Guillermo Barrios, el Decano de Arquitectura, me dijo: “La Torre de David no era un bello ejemplo de la autodeterminación de una comunidad sino una invasión violenta”. Describió a Daza como un malandro, como el tipo de oportunista matón que ha llegado a tipificar la vida urbana en Venezuela, con la apariencia de un pastor. “Es el líder de un grupo de invasores que vende la entrada al edificio, un ejemplo del más salvaje capitalismo”, dijo. “Se arropa en la religiosidad, pero hay un grupo violento detrás de él que le permite llevar a cabo sus acciones”.

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Chávez ganó la reelección en octubre, y en las semanas siguientes la ciudad tenía una atmósfera de incertidumbre. El presidente de cincuenta y ocho años había estado recibiendo tratamiento para el cáncer desde junio ​​del 2011, pero se declaró a sí mismo lo suficientemente sano como para competir para gobernar otros seis años más. Libró una dura campaña en contra de su oponente Henrique Capriles Radonski, un atlético abogado de cuarenta años que representó la centro derecha y ganó por un respetable margen de once puntos. Sin embargo, desde su discurso de victoria, no había aparecido en público.

En noviembre, uno de los funcionarios de Chávez me dijo: “El Presidente se está recuperando de una agotadora campaña”. Un par de semanas más tarde, Chávez viajó a Cuba para un chequeo médico y poco después regresó a Caracas y anunció que sus médicos le habían detectado nuevas células cancerígenas. Sentado junto a su vicepresidente, Nicolás Maduro, dijo: “Si algo me llegara a suceder… elijan a Nicolás Maduro”.

Chávez me dijo una vez que Castro le había advertido públicamente que debía mejorar su seguridad, diciendo: “Sin este hombre, esta revolución se acabará de inmediato”. A los ojos de Chávez, esto ponía demasiada importancia en él. Pero en la medida en que su revolución ha avanzado, lo ha hecho arrastrada por su personalidad: el lograba que las cosas pasaran cuando estaba físicamente presente pero, apartando esto, su administración era caótica y desordenada.

Chávez consolidó su educación ideológica estando en prisión. Fue encarcelado en 1992, por liderar un fallido Golpe de Estado Militar contra el entonces presidente Carlos Andrés Pérez. Mientras cumplía su condena, llamó a Jorge Giordani (un profesor marxista de economía y planificación social de la Universidad Central) para que le diera clases. “El plan era que Chávez escribiera una tesis sobre cómo convertir su movimiento bolivariano en un gobierno”, me dijo Giordani en el 2001, cuando servía como Ministro de Planificación de Chávez. Se echó a reír: “Nunca terminó la tesis. Cada vez que le pregunto por eso, sólo me dice: ‘Eso es lo que estamos haciendo ahora: llevar la teoría a la práctica’”.

Giordani me mostró los planes de uno de sus proyectos revolucionarios. “Queremos deshacernos de las favelas y repoblar el campo”, dijo. Por lo que Chávez y él habían mandado al ejército al centro no desarrollado del país para comenzar a construir “comunidades agroindustriales autosostenibles” o SARAOs, que a su juicio se convertirían en pequeñas ciudades. Reconoció que era una idea utópica, “pero en la planificación social uno debe moverse entre la utopía y la realidad”. Al final, los SARAOs fueron engavetados y los barrios crecieron en su lugar. Era típico del gobierno ad hoc de Chávez. Una vez en el set de “Aló Presidente” (su programa de televisión exento de forma), lo vi lanzar un importante programa de expropiaciones de grandes fincas que serían entregadas a los campesinos. Hizo el anuncio con gran cordialidad, a lo cual le siguió un comentario, jugada por jugada, de un partido de voleibol.

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Cuando llegué a Caracas en noviembre tenía casi cuatro años sin volver, y la ciudad se veía más inmunda y desgastada que nunca, aunque se mantenía llena de carteles y pancartas en las que el gobierno se felicitaba a sí mismo por diversos logros. Se mostraba a Chávez en gigantescas vallas abrazando con cariño a ancianas y niños. Por todas partes había carteles sobrantes de la última campaña electoral, en las paredes, en postes de electricidad, puentes y carreteras. Había grafitis políticos de ambos bandos y salpicones de pintura en los lugares donde un partido había tratado de sabotear la propaganda del otro.

La polarización es lo que ha definido la era chavista. Son raras las cuestiones de la vida pública que no sean batalladas y discutidas amargamente. Esto se extiende a la Torre de David: todas las personas que conocí tenían una opinión al respecto. Un amigo periodista, Boris Muñoz, me dijo que el edificio está manejado por el “lumpen empoderado” que controlaba la vida de los residentes con el mismo sistema violento que rige la vida dentro de las cárceles venezolanas. Guillermo Barrios respondabiliza de las invasiones al gobierno y a su política negligente sobre la ciudad, incluyendo al propio Chávez. “El lenguaje político que ha justificado las invasiones y el robo absoluto proviene de los discursos de Chávez “, dijo. En el año 2011, Chávez dio un discurso exhortando a los indigentes de Caracas a tomar almacenes abandonados y galpones bajo su poder. “Invito al pueblo”, dijo, “a que busquen su propio galpón y me digan dónde está. Cada quién que busque sus galpones. ¡Vamos a buscarnos un galpón! Hay mil, dos mil galpones abandonados en Caracas. ¡Vamos para allá! Que Chávez los expropiará y los pondrá al servicio del pueblo”.

Las ocupaciones ilegales de todo tipo de edificios se habían disparado. Después de que una inundación desastrosa en diciembre del 2010 dejó a cien mil personas más sin hogar —la mayoría desalojados de los barrios pobres ubicados en los cerros— Chávez obligó a hoteles, un club de campo y hasta un centro comercial a alojarlos. Durante meses, varios miles de damnificados vivieron en parques de la ciudad y en una tienda de campaña levantada frente al Palacio Presidencial de Miraflores. Algunos fueron alojados dentro del palacio. La situación era claramente urgente y Chávez, en típico estilo cuasi militar, declaró una nueva “misión”: la Gran Misión Vivienda Venezuela.

En Caracas, buena parte de la carga de la Gran Misión Vivienda Venezuela recayó en manos de Jorge Rodríguez. Rodríguez fue vicepresidente bajo el mandato de Chávez y es el alcalde del municipio Libertador, el centro de la ciudad, desde el año 2008. Fui a verlo una mañana a su oficina ubicada en un hermoso edificio colonial, con balcones y un patio interior lleno de árboles. Es un hombre delgado y amistoso con la cabeza rapada, vestido a la manera informal de muchos de los ministros de Chávez: una pulcra guayabera blanca sobre jeans negros y zapatos deportivos. Sobre su oficina se alzaba un enorme óleo de Simón Bolívar y la ventana daba a una preciosa plaza con el nombre de Bolívar, decorada con una gran estatua de El Libertador.

Rodríguez no había absorbido el grado de deterioro de la ciudad hasta que llegó a ser alcalde. “En mi primer día de trabajo, miré por la ventana y vi a un borracho orinando sobre la estatua de Bolívar. Me dije a mí mismo, ‘si así son las cosas aquí, ¿cómo será en el resto de la ciudad?’”. Rodríguez dijo que fue a ver a Chávez para discutir la situación. “Decidimos que íbamos a arreglar la ciudad, desde el centro hacia afuera. Teníamos que empezar en alguna parte”.

Rodríguez culpó a los gobernantes anteriores por los problemas de Caracas. Desde que los españoles fundaron la ciudad su crecimiento no ha sido planificado, excepto durante la dictadura de Pérez Jiménez. “Él tenía un plan, pero luego fue derrocado”, según Rodríguez. El alcalde describe el preámbulo a la emergencia actual como un “lento terremoto”. Los pobres habían vivido en barrancos y laderas de las montañas para luego trasladarse a la ciudad por mera necesidad. El adinerado sector privado dejó de invertir en la ciudad y la inundación de 2010 había tornado la situación en una crisis.

Rodríguez dijo que en todo el país la déficit de viviendas era de tres millones, y la meta para el año era de doscientas setenta mil unidades nuevas. Barrios me había dicho que durante la mayor parte del mandato de Chávez el gobierno había construido un promedio de veinticinco mil unidades al año. El gobierno había atendido un porcentaje menor de las necesidades de vivienda que cualquier administración desde 1959. Pero Rodríguez me aseguró de que estaba en buen ritmo para alcanzar su meta, diciendo: “Estamos construyendo donde sea que podamos”. Admitió que todavía tenían un largo camino por recorrer. “Apenas descanso, ¡y estoy de pie todo el día!”, dijo, riéndose y señalando sus zapatos deportivos.

Rodríguez señaló a la plaza y me preguntó si notaba alguna diferencia respecto a mi visita anterior. Me di cuenta de que la plaza estaba vacía. No estaba ninguno de los vendedores ambulantes que obstruían el paso peatonal de las calles del centro histórico. “Nos deshicimos de cincuenta y siete mil de ellos”, dijo Rodríguez. Los trasladaron a un nuevo mercado cubierto en el borde del centro de Caracas. Con el respaldo del Presidente, Rodríguez también decretó que las invasiones a edificios ya no serían toleradas, pero que tampoco habría expulsiones arbitrarias. “Todavía hay uno o dos intentos semanales de adueñarse de un edificio, pero los detenemos”.

Al parecer, el gobierno no aprobó oficialmente ninguna invasión de la Torre de David, pero no ha hecho ningún intento para cerrarla. ¿Hubo un acuerdo tácito en dejar las cosas como estaban? Rodríguez se mostró incómodo y dijo: “La situación de la Torre de David debe corregirse y será tratado por el gobierno a su debido tiempo”.

En los alrededores de la ciudad había indicios de que Chávez había comenzado a enfrentar los problemas relacionados con la insuficiencia de vivienda pública y transporte. Rodríguez me llevó a un sitio en la Avenida Libertador donde varios edificios de apartamentos eran derribados, incluyendo construcciones espontáneas de ladrillo y acero de más de cinco pisos. Junto a éstos, en el borde de la carretera, se demolían barriadas cuyos habitantes eran reubicados. A los lados de varias autopistas se veían torres de alta tensión para un nuevo tren de pasajeros elevado (comprado en China), parte de un ambicioso plan para aliviar el tráfico de la ciudad y aliviar la presión sobre su abrumado sistema de Metro. Se ha instalado un costoso teleférico para transportar a pasajeros hasta el tope del cerro que aloja a San Agustín, uno de los barrios marginales más antiguos de la ciudad. Los vagones parten de una reluciente estación y se mueven silenciosamente en el aire, impulsados por enormes poleas austríacas. Todos están pintados del color predilecto de Chávez, el rojo Bolivariano, y en cada uno reza: Soberanía, Sacrificio, Moral Socialista… Debajo, puede verse la basura rodando entre pendientes fangosas, un laberinto de ranchos y callejones mugrientos. Me dijeron que no me bajase en la cima, para evitar el riesgo de ser asaltado.

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Una mañana, Daza se reunió conmigo en un terreno baldío cubierto de maleza detrás la torre más pequeña. Estaba supervisando un grupo de trabajo de cuatro adolescentes y un hombre mayor que mezclaban cemento en una carretilla y lo untaban sobre una extensión de hormigón, barro, hierba y escombros. Daza lucía jeans, zapatos de gamuza y una camisa de cuadros. El aire apestaba a cloaca. Daza explicó que quería hacer un pequeño parque, donde las familias con niños puedan tener un lugar seguro para jugar y organizar piñatas y fiestas de cumpleaños.

Los adolescentes del grupo bromeaban y evitaban trabajar, mientras que Daza gritaba órdenes de vez en cuando, pero en general los observaba con tolerancia. Él me dijo que eran jóvenes en riesgo de caer en la delincuencia, recomendados por sus propios padres. En el trabajo podían ser supervisados​​ y, ganando un salario de aproximadamente cien dólares al mes, podrían colaborar con un poco de dinero para sus familias. Los supervisaba personalmente, explicó, porque el último encargado resultó ser irresponsable. “Todo lo que hacía era pasear en su moto, armando desorden”, me dijo.

Daza tenía planes ambiciosos para la Torre. Me mostró el estacionamiento en planta baja, un espacio enorme y vacío excepto por algunos autobuses dañados y explicó que era una fuente importante de ingresos: el garaje se alquila a los conductores de autobús. Más tarde estaría lleno. Cerca de la entrada, donde un par de muchachos descansaban en sucios sofás, Daza planificaba instalar una puerta de seguridad y construir una caseta de vigilancia. A un lado del edificio, cerca de una hilera de frondosos árboles de mango, Daza señaló un espacio no utilizado donde quería construir una guardería para los niños de las madres trabajadoras. Cerca de la puerta principal esperaba abrir una cafetería, “donde pueda venderse comida Bolivariana a precios socialistas”.

A medida que caminábamos Daza me explicaba cómo funciona el edificio. Tenía una manera rítmica y enfática de hablar, como un predicador. “No hay ningún régimen carcelario impuesto aquí”, dijo. “Lo que hay aquí es orden. Y no hay celdas, sino hogares. Nadie está obligado a colaborar aquí. Aquí nadie es un inquilino: todos son habitantes”. Cada habitante tiene que pagar una cuota mensual de ciento cincuenta bolívares (alrededor de ocho dólares al tipo de cambio del mercado negro) para ayudar a cubrir los gastos básicos de mantenimiento, como los salarios de la brigada de limpieza y de construcción. A las personas que no pudieron permitirse el lujo de construir sus viviendas se les ofreció ayuda financiera. Todos los residentes están registrados y cada piso tiene su propio delegado encargado de resolver cualquier problema. Si los problemas no podían resolverse en el piso, son llevados a una reunión del consejo de la Torre, que Daza convocaba dos veces por semana. Un problema común, dijo con un poco de amargura, era que los residentes no pagaran su cuota mensual, y era difícil disuadir a los inquilinos de arrojar basura en el patio. A los transgresores “se les da una advertencia apelando a sus conciencias”. Hay una junta disciplinaria que tiene la capacidad de expulsar de la construcción a los peores infractores, pero siempre hay quienes se toman libertades.

La versión de Daza del sistema de justicia de la torre contrastaba crudamente con las historias que había escuchado de ejecuciones al estilo carcelario, de personas mutiladas y partes corporales volando desde los pisos superiores. Este era el castigo habitual para ladrones y soplones en las cárceles de Venezuela, y la costumbre se ha colado entre los criminales de los barrios de Caracas. Cuando le pregunté acerca de estas historias, Daza apretó los labios, un gesto común de reproche entre los venezolanos. “Lo que queremos es seguir viviendo aquí “, dijo. “Tenemos una buena vida. No oímos tiroteos todo el tiempo. No hay matones con pistolas en sus manos. Lo que hay aquí es trabajo. Lo que hay aquí es gente buena, gente trabajadora”. Cuando le pregunté a Daza cómo se había convertido en el jefe o líder de la Torre frunció nuevamente los labios, y finalmente dijo: “Al principio, todo el mundo quería ser el jefe, pero Dios se deshizo de los que quería deshacerse y dejó a aquellos que él quería que se quedaran”.

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Muchos de los residentes de la Torre han llevado vidas complicadas, afectados por la confluencia en el país de la pobreza y la delincuencia. En un almacén habilitado cerca de la iglesia de Daza vive Gregorio Laya, un compañero de Daza de los tiempos de la prisión. Laya trabajaba como cocinero en la cocina presidencial del Palacio de Miraflores, pero en los viejos tiempos formaba parte de una banda de roleros o ladrones de relojes caros. Hizo una lista de sus favoritos: Rolex, Patek Philippe, Audemars Piguet. Por lo general, él y sus hombres esperaban fuera del Teatro Teresa Carreño a los asistentes de conciertos. Pero un día decidió robar al dueño de un spa “cerca de aquí, a pocas cuadras de distancia”, señalando más allá de la Torre. Consiguió el reloj pero, al salir, el hombre sacó un arma y comenzó a dispararle. No tuvo “más remedio” que responder, dijo, y disparó contra el propietario varias veces hasta matarlo. Laya fue herido también y la policía lo acorraló a sólo unas cuadras de distancia. Lo condenaron a once años en prisión.

El apartamento de Laya era de una sola habitación, equipado con elementos esenciales de la vida diaria, similar a un camarote de marinero o una celda de prisión. Había una cama grande y una TV pantalla plana, un armario, una silla y un tendedero en una esquina con ropa. Laya declaró estar contento. Tuvo la suerte de conseguir un trabajo y agradece a Daza por haberle encontrado un lugar en la Torre. Todos los días camina frente al spa en su trayecto al trabajo y piensa en lo diferente que era su vida.

Daza contó su propia historia de redención en términos similares. Un día me mostró su iglesia, un almacén antiguo y grande pintado de verde, con sillas de plástico apiladas y un atril de predicador. Letras recortadas de papel dorado pintaban en la pared las palabras “Casa de Dios” y “Puerta del Cielo”. Daza dispuso de dos sillas y me invitó a sentarme.

Daza me dijo que era oriundo de Catia, uno de los barrios más famosos de Caracas. Su familia era muy pobre. Era el más joven de varios niños y sus hermanos eran mucho mayores. Se mantuvo alejado de los problemas hasta cumplir los ocho años, cuando unos muchachos mayores robaron su bicicleta y le dieron una humillante paliza. Los describió como malandros que aterrorizaban su barrio. “Recuerdo que miraba como perseguían a mis hermanos mayores”, dijo Daza. “Ellos tenían armas y mis hermanos corrían cuando los perseguían y les disparaban”.

“No me importaba si mataban a mis hermanos”, prosiguió. “Me molestaba la forma en que llegaban a casa y se comportaban frente a mi mamá. Ellos la maltrataban, fumaban drogas y hablaban mal delante de ella. Yo les decía que eran unos cobardes, porque lo único que hacían era traer a sus enemigos al barrio para luego huir cuando llegaban”.

Daza formó su propia banda de niños delincuentes. “Nos adueñamos de algunas pistolas y luego, cuando tenía quince años, hicimos nuestro primer trabajo, que fue esperar a que el líder de esos mismos malandros subiera y…” -simulando disparar con su mano- dijo, “acabamos con él”. Después de eso, Daza se convirtió en el jefe de todo el barrio.

Daza ha cumplido dos sentencias en la cárcel, una de cinco años y otra de dos. Durante su segundo encarcelamiento, por un cargo de porte ilegal de armas, un policía que también ejercía de pastor llegó a la cárcel y lo convirtió. Él resurgió “con el Evangelio” y ha tratado de llevar una vida mejor desde entonces.

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Para Daza, como para muchos otros residentes de Caracas, la perspectiva de una vida mejor es tanto material como espiritual. La administración de Chávez ha tenido efectos volubles sobre la economía de la nación. Mientras que su retórica anticapitalista ha inducido a algunas empresas a abandonar el país, otras han aprendido a trabajar con el gobierno y han obtenido muy buenos resultados. Las regulaciones son sorprendentemente abundantes (el mero hecho de pagar la cena en un restaurante requiere mostrar una identificación) pero, de forma perversa, esto ha fomentado el emprendimiento en el mercado negro. Muchos médicos e ingenieros han huido del país, mientras que otros profesionales han prosperado. La única constante es el flujo de dinero petrolero, que brinda una gran riqueza a ciertas personas y es compatible con un creciente sector público. Los venezolanos más pobres están ligeramente mejor en la actualidad. Y, sin embargo, a pesar de que Chávez apela a la solidaridad socialista, su gente ansía seguridad y objetos de la buena vida tanto como una sociedad más equitativa.

Una noche, Daza insistió en llevarme de regreso a mi hotel. Él, Gina y yo esperamos fuera de la torre cuando una reluciente Ford Explorer verde se detuvo frente a nosotros y un conductor se bajó y le entregó las llaves a Daza. Entré al asiento trasero y nos pusimos en marcha. Mientras conducía, Daza me dijo: “Dios me bendijo con el carro el diciembre pasado”. Aparentemente un hombre le debía dinero y, cuando éste fue incapaz de devolvérselo, le dio el auto a cambio. Era un modelo del 2005, según Daza, lo cual estaba bien. Pero ahora quería el del 2008 (idealmente de color blanco). Por casualidad pasamos al lado de una Explorer blanca 2005 en la vía. Daza murmuró su apreciación del vehículo, admirando el cromo brillante en la rejilla del espejo retrovisor. Más tarde pasamos frente a un concesionario Ford, donde una Explorer 2012 descansaba en una sala de exposición iluminada. “Quién sabe lo que costará ésa, ¡tal vez medio millón de bolívares!”, exclamó.

En la autopista, Daza me preguntó dónde quedaba el hotel y parecía inseguro cuando le dije que era en el sector de Los Palos Grandes. ¿Había estado allí? “Sí, por supuesto”, me dijo, aunque tuve que señalarle la salida y dirigirlo a partir de allí. A medida que nos acercábamos al hotel, pasando edificios de apartamentos enrejados y exclusivos restaurantes, él y Gina miraban asombrados por la ventana. “La gente aquí es muy rica, ¿verdad?”, dijo Daza. Detuvo el coche en medio de la calle frente al hotel y lo observó paralizado, mientras que el resto de los autos tocaban la corneta y nos adelantaban.

Pero en muchas partes de la ciudad no son los ricos, sino los malandros, quienes están en ascenso. Caracas es uno de los lugares del mundo dónde es más fácil ser secuestrado. Miles de secuestros se producen cada año. En noviembre del 2011 fue secuestrado el cónsul chileno por hombres armados, que lo golpearon y le dispararon antes de liberarlo. Ese mismo mes, el cátcher venezolano de los Nacionales de Washington, Wilson Ramos, fue secuestrado en la puerta de la casa de sus padres y estuvo capturado por dos días antes de ser rescatado. En abril, un diplomático costarricense fue secuestrado. Al día siguiente la policía hizo una redada en la Torre de David en su búsqueda, pero sólo encontraron algunas armas.

En una cena, en Caracas, escuché a dos parejas intercambiar historias sobre unas llamadas que recibieron de criminales que aseguraban haber secuestrado a sus hijos. En ambos casos salían del teléfono voces infantiles muy similares a las de los suyos, llorando y pidiendo ayuda. Las llamadas eran falsas y fueron realizadas por secuestradores fraudulentos, pero el episodio, junto a las noticias cada vez más sangrientas en la prensa, los dejó preocupados por el futuro. Uno de los crímenes más comentados mientras estuve en Caracas involucró el asesinato de un taxista, que fue golpeado, cortado en la cara y le dispararon varias veces. Sus asesinos le pasaron por encima con su propio carro, sólo por diversión, antes de escapar.

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Daza aparentemente nunca salía de la planta baja de la Torre y tampoco parecía querer que yo pasara de allí. Cada vez que le propuse subir, tomaba una actitud evasiva y respondía con excusas cuando le preguntaba si podía asistir a una sesión de sus reuniones con los delegados. Si en verdad exigía una cuota de inscripción a cada nuevo residente, como me habían informado, es algo que no quiso admitir. Pero parecía probable que se ganase la vida del edificio, posiblemente de los ingresos del garaje de autobuses. En cierta forma, es capaz de permitirse algunos lujos: aunque vive encima de su iglesia, mantiene un apartamento en otra zona de la ciudad y sus hijos de relaciones anteriores pueden visitarlo allí con seguridad.

En un par de ocasiones me las arreglé para subir a la Torre y dar un vistazo. En el décimo piso, los miembros del equipo de seguridad del edificio siempre exigían que me identificase y les dijese a donde iba. Cuando mencioné a Daza me dejaron ir, pero reaparecían cada cierto tiempo, manteniendo un ojo vigilante sobre mí. Los residentes de la Torre eran cuidadosos y hablaban muy poco al pasar. En las escaleras, muchos tenían cargas propias que llevar, y se movían como montañistas, con las expresiones faciales propias de un grupo que está participando en una prueba de resistencia.

Los pasillos estaban en un ángulo que les permitía recibir luz de las ventanas ubicadas en las paredes de cada extremo de la construcción, pero aún así la iluminación era tenue. En los pisos que no estaban terminados se habían construido pequeñas casas de bloques pintados y de yeso. Muchos mantienen sus puertas abiertas para dejar entrar la brisa y para socializar y pude verlos ocupados con sus tareas cotidianas: cocinar, limpiar, llevar cubos de agua, bañarse. Se escuchaba música aquí y allá. Daza montó una bomba de agua que funcionaba por un generador y cada piso tenía su tanque, aunque el suministro de agua corría a través de tuberías impredecibles y mangueras de caucho.

La Torre cuenta con varias bodegas, una peluquería y un par de guarderías. Visité una pequeña bodega en el noveno piso donde Zaida Gómez, una mujer peliblanca y locuaz de unos sesenta años, vivía con su madre de noventa y cuatro años. Ella me mostró el cubículo al lado de la tienda donde había instalado a su madre, una pequeña mujer que me parecía un pájaro dormido, justo en una cama al lado de uno de los ventanales. Gómez mantiene un ventilador prendido a toda hora, ya que el calor que emana la ventana volvía la habitación en un horno.

Gómez es una pionera en la Torre y me dijo que al principio las cosas eran terribles allí. La Torre estaba gobernada por malandros —dijo sacudiendo la cabeza— y se habían producido palizas, tiroteos y asesinatos. Pero ahora podía dejar la puerta de su tienda abierta, algo que nunca fue capaz de hacer en Petare, el barrio donde vivía antes. Su tienda vendía de todo, desde jabón hasta refrescos y verduras. Y para reabastecerse de suministros tenía que subir y bajar las nueve plantas de la Torre varias veces al día. Era agotador, pero dijo que no podía darse el lujo de pagar un mototaxi que cobraba quince bolívares (alrededor de ochenta centavos de dólar) por cada viaje. Tiene una hija que la asiste y un nieto.

Gómez tenía miedo de verse obligada a mudarse de la Torre. “Este edificio es demasiado caro para que gente como nosotros esté aquí “, dijo. Vendrá el día en que las autoridades lo quieran de vuelta. Esperaba que el gobierno, que estaba construyendo viviendas para los pobres en la adyacente Avenida Libertador, se acercase a la Torre también y los reubicase a todos. “Todo lo que quiero es mi casa propia y un pequeño pedazo de tierra para cultivar. Algo que pueda llamar mío”.

Albinson Linares, un periodista venezolano que ha escrito sobre la Torre, me describió a sus residentes como “refugiados de un estado subdesarrollado que viven en una estructura del Primer Mundo”. Contiene una muestra de trabajadores caraqueños: enfermeras, guardias de seguridad, conductores de autobuses, comerciantes y estudiantes. Hay personas desempleadas también y el círculo de exconvinctos evangélicos de Daza. Cada piso tenía su propia sociología. Los pisos más bajos son reservados en gran parte para las personas mayores, quienes no pueden subir hasta los niveles más altos. Algunos pisos están dominados por familias y otros están ocupados principalmente por hombres jóvenes de peligroso aspecto. Un día, un fotógrafo con quien viajaba fue jalado hacia un apartamento por un par de hombres que lo interrogaron con suspicacia. Cuando mencionó el nombre de Daza lo dejaron ir, pero a regañadientes. En la escalera vimos un grafiti que decía “El Niño Sapo”. Parecía que Daza tenía enemigos dentro de la Torre.

Que hubiese conflicto parecía inevitable. Entre los derechos de admisión, los cargos de mantenimiento y el alquiler del garaje, hay una buena cantidad de dinero disponible para los invasores. Una tarde Daza me llevó a un restaurante en la calle de la Torre, un lugar pequeño y caluroso con una cocina abierta. Poco después de sentarnos, tres hombres entraron a rondar amenazadoramente por nuestra mesa, parados justo detrás de nuestras sillas. Daza arqueó las cejas y dejó de hablar, hasta que después de un par de largos y tensos minutos los hombres salieron y se sentaron en la acera. Más tarde, Daza me dijo que aquellos hombres se ganaban la vida organizando invasiones. “Son profesionales”, dijo. “Es lo que hacen”. Le pregunté si eran enemigos. Me dijo que no exactamente y luego murmuró que había muy poca gente en la vida en quienes se pueda confiar.

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A media hora en carro desde la Torre de David está otra invasión: El Milagro. Fue fundada unos años antes por José Argenis, otro ex convicto convertido en pastor que se unió a ex reclusos y sus familias para invadir una parcela de terreno al lado del río en las afueras de Caracas. Era una zona cubierta de matorrales y desperdicios, pero cuenta con una excelente ubicación: justo al lado de la carretera principal, al lado de una estación de autobuses y cerca de un puente angosto que le permite a los residentes cruzar el río a pie o en moto. El Milagro es ahora una comunidad de casi diez mil personas y sigue creciendo.

Argenis, un hombre negro con carisma y una atronadora voz, dirige un centro de rehabilitación en El Milagro para ex prisioneros que van a pedirle ayuda para hacer una mejor transición al mundo exterior. Las cárceles de Venezuela tal vez sean las peores de América Latina: las treinta instalaciones del país fueron diseñadas para mantener unos quince mil internos, pero realmente alojan tres veces esa cantidad. Se compran y venden narcóticos abiertamente, y los reclusos tienen acceso a armas automáticas y granadas. En muchas prisiones los guardias han cedido el control a las bandas armadas dirigidas por jefes delincuentes llamados “pranes”, llamados así por el sonido que hace un machete al golpear concreto. Los pranes lideran la creciente comunidad criminal que se extiende dentro y fuera de las prisiones. Frente a una deplorable fuerza policial y judicial, caracterizadas por la ineficiencia y la corrupción, los pranes brindan una estructura donde no existe ninguna.

Los pranes se han vuelto suficientemente poderosos como para tratar directamente con el gobierno. Argenis trabajó como asesor de Iris Varela, la recién nombrada por Chávez Ministra de Servicios Penitenciarios, a quien ayudaba a negociar con los pranes. Explicó que era un trabajo no remunerado “hasta el momento”, pero que le interesaba trabajar con ella. Argenis espera que su modelo de rehabilitación obtenga financiamiento gubernamental, y que pueda construir otras instalaciones a lo largo del país.

Argenis cumplió una condena de nueve años por homicidio, en los que conoció a Daza. Después de salir de prisión se mantuvieron en contacto. “Cuando invadieron la Torre, El Niño todavía estaba involucrado en ese mundo, el de los bajos fondos”, dijo. “Y había quienes querían desorden, pero él impuso orden… a la antigua”. Me regaló una mirada resabiada. Hubo un momento en el que Daza acudió a él en busca de ayuda. “Estuvo aquí por seis meses. Permanecía como el líder oficial de la Torre, pero se quedó aquí”. Según Argenis, Daza había “salido de la cárcel con problemas. Había gente que quería matarlo y lo protegimos”. Dejó abierta la posibilidad de que Daza volviera a la vida criminal. “Creo que ya colgó los guantes”, dice Argenis, sonriendo irónicamente. “Pero siempre puede volver a caer en tentación, porque tenemos que cuidar de nosotros mismos, ¿sabes?”

Argenis mantenía enemigos también. “He matado a hombres. He dejado a otros en silla de ruedas. Dejé a algunos estériles. Sólo imagínalo: me van a odiar por el resto de sus vidas”. Cuando le pregunté cómo la cultura del malandro había cobrado tanta fuerza, me respondió que se debía a las cárceles. Me explicó que los hombres internados ni siquiera trataban de escapar, porque “tienen todo lo que necesitan allí y viven tan bien o mejor que en las calles”. La economía penitenciaria estaba en auge, con miles de millones de bolívares generados a través del control del tráfico de drogas. “Las cárceles son muy fuertes, y han llegado a ser mucho más fuertes en los últimos siete u ocho años”.

Argenis cumplió su condena en una prisión llamada Yare, situada en medio de colinas a una hora del sur de Caracas. Yo visité la cárcel en el 2001 y un funcionario de la prisión me condujo por un camino de tierra alrededor del perímetro de la verja que cercaba el edificio. Nos detuvimos y vi dos bloques de celdas con decenas de agujeros de bala en sus fachadas. Había agujeros donde debían estar las ventanas y un grupo grande de hombres rudos sin camisa bajaba la mirada hacia nosotros. Una línea gruesa y negra de excremento humano recorría la pared exterior y el patio de abajo era un mar de lodo y basura de varios pies de profundidad. “No podemos quedarnos por aquí”, me dijo el funcionario. “Si nos quedamos demasiado tiempo, puede que nos disparen”. A medida que nos alejábamos, me explicó que sólo había seis guardias a la vez dentro de la prisión. Los internos permitían a un guardia elegido por ellos para acercarse hasta una puerta determinada y recuperar los cadáveres dejados allí.

Chávez estuvo preso en Yare durante dos años después de su intento de golpe de Estado. A pesar de que se mantuvo en un área segura para presos políticos, supuestamente escuchó con impotencia cómo un grupo violaba a otro recluso, le cortaban la garganta y luego era apuñalado hasta morir. Chávez fue perdonado en 1994 y al comienzo de su presidencia se comprometió a contribuir con la reforma del sistema carcelario. Pero, mientras nuevas causas y crisis emergían, las prisiones fueron olvidadas: de las veinticuatro prisiones que prometió construir, sólo se construyeron cuatro. El año pasado hubo más de quinientas muertes violentas en el sistema. En agosto, dos pandillas de Yare se involucraron en un tiroteo de cuatro horas en el que murieron veinticinco reclusos y un visitante. Se publicaron fotografías de Geomar y El Trompiz, los jefes pandilleros responsables de la masacre, posando desafiantes con sus armas. El Trompiz fue asesinado el pasado enero, al parecer por sus propios hombres.

Después de que Chávez fue reelecto, declaró un estado de emergencia en el sistema penitenciario del país, y prometió una completa transformación. Sin embargo, Argenis sugiere que el daño ya estaba hecho. “Este gobierno ha sido más permisivo: los gobiernos anteriores eran más represivos”, dijo. “Y así, la cultura malandra ha crecido y ha migrado de las cárceles hacia las escuelas, las universidades y las calles. Se ha convertido en una cultura nacional”.

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Lo primero que un visitante ve al llegar desde el Aeropuerto Internacional a Caracas es un barrio, quizás el más famoso de la ciudad: el 23 de Enero. “El 23″, como se le conoce, fue construido en los años cincuenta como un proyecto de vivienda pública diseñado por uno de los más grandes arquitectos del país: Carlos Raúl Villanueva. Es un complejo de ochenta edificios que ocupa verticalmente un enorme pedazo de tierra en la entrada norte de la ciudad. Fue concebido como un enorme suburbio, dividido entre edificios de cuatro plantas y torres de quince pisos, entrelazados por jardines y caminerías.

Hoy en día, los espacios verdes están sobrecargados de invasores. El 23 es una favela donde viven unas cien mil personas, apretadas entre los bloques de apartamentos de Villanueva. La zona es un volátil mosaico de colectivos independientes que abarcan desde aquellos con pretensiones izquierdistas hasta criminales puros y duros. Muchos están armados.

Uno de las figuras emblemáticas del 23 fue Lina Ron, una activista militante de pelo rubio teñido y carácter grandilocuente. Antes de morir el año pasado de un infarto, Ron organizó ruidosas protestas antiimperialistas que con frecuencia se tornaban violentas. Chávez toleraba a Ron y sus agresivos seguidores porque era una apasionada defensora de sus políticas y solía aparecer a su lado en marchas y eventos. En 2001, Chávez me insinuó que había aceptado a la extrema izquierda como una forma de impedir un golpe de Estado como el que lo puso en el cargo. “La verdad es que necesitamos una revolución aquí y si no lo logramos ahora vendrá después, con otra cara”, dijo. “Tal vez de la misma manera que comenzó, una medianoche con pistolas”.

Probablemente no haya hoy en día otro chavista más abiertamente radical que Juan Barreto. Profesor de cincuenta años de la Universidad Central, Barreto es un marxista rotundo, brillante y locuaz. Fue Alcalde Mayor de Caracas, supervisando todos los distritos de la ciudad desde el 2004 hasta 2008, cuando ocurrieron muchas de las invasiones, incluyendo la ocupación de la Torre de David. Pasé algún tiempo con él a inicios del 2008 y me quedó claro que era visto como un protector por algunos ocupantes ilegales del centro de la ciudad. Barreto siempre ha dicho que no apoya las invasiones, pero consiente las expropiaciones de propiedades abandonadas en la ciudad para aliviar la crisis habitacional. En una acción típica de su mandato, Barreto enfureció a la fracción adinerada de la ciudad al amenazar con la confiscación del Country Club de Caracas, rodeado de suntuosas villas y jardines que circundan un campo de golf de dieciocho hoyos, para darle el espacio al pueblo. Al final, el plan fue abandonado, al parecer, por órdenes de Chávez.

La franqueza de Barreto le ha ganado numerosos enemigos e incluso muchos jefes chavistas lo ven como un fanático desbocado, con una tendencia de hablar públicamente acerca de “armar al pueblo” para defender la revolución. Siendo alcalde, claramente le encantaba ser el enfant terrible de la revolución de Chávez. Organizó una tripulación de motorizados guardaespaldas que viajaban con él. Entre sus allegados estaba un ex sicario adolescente llamado Cristian, que estaba siendo rehabilitado por Barreto. Al presentármelo le preguntó: “Cristian, ¿a cuántas personas has matado?” El chico murmuró “Unas sesenta, creo…” y Barreto se rió con deleite.

Cuando Barreto dejó el cargo, entró en un limbo político que terminó el año pasado durante la campaña de reelección de Chávez, en la que volvió al entorno presidencial. Fue el líder de un grupo informal de colectivos radicales de barrios con los que formó una nueva organización, REDES, que se unió a la campaña del presidente. Caracas fue abarrotada de pósters de REDES que muestran a un Chávez hinchado, debido a tratamientos con esteroides, unido por un abrazo varonil con el aún más corpulento Barreto.

Me encontré con Barreto en su casa situada en el sector de El Cementerio, llamado así por el gran cementerio que alberga y en el que malandros celebran rituales en honor a sus camaradas caídos. Las colinas cercanas están cubiertas por ranchos. El frente de la casa de Barreto es una enorme puerta doble de hierro, resguardada por un par de vigilantes armados con pastores alemanes cerca. Después de haberme identificado me condujeron a través del garaje, donde había dos camionetas blindadas estacionadas. Dentro había un claustro repleto de arte moderno y esculturas, además de un gran acuario. Barreto estaba en la parte de arriba, en una cocina de último modelo preparando tamales. A un lado de la cocina estaba la sala de estar, donde un grupo de hombres jóvenes, miembros de su séquito, estaban sentados en una mesa con laptops. La habitación estaba decorada con una pintura erótica hecha por Barreto —una mujer sin camisa, con la mano de un hombre dejando caer una fresa en su boca— junto a una botella de Johnnie Walker Platinum (“regalo de un amigo”) y una figura de Marlon Brando como Don Corleone.

Barreto explicó que él y sus compañeros estaban trabajando para convertir a REDES en un partido político. Chávez había mostrado un reciente plan para el “socialismo del siglo veintiuno”, en el cual la sociedad venezolana sería reestructurada en comunas. Nadie entendía exactamente lo que el término significaba o cómo se aplicaría, excepto tal vez el propio Chávez, y había un acalorado debate al respecto. Barreto dijo que él y sus seguidores estaban preocupados pues, sin la presión de grupos como REDES, el plan se utilizaría para “meter en una camisa de fuerza” a las verdaderas fuerzas revolucionarias.

Para ayudar a crear una comuna auténtica, Barreto trabaja estrechamente con Alexis Vive, uno de los colectivos armados mejor organizados del 23. Barreto sugirió subir a verlos. A medida que entramos en una de sus camionetas —que, según él, Chávez le había prestado—, un guardaespaldas sacó una ametralladora, una P90 belga. “Hermosa, ¿verdad?”, dijo Barreto, sonriendo. “Dispara cincuenta y siete balas”. Explicó que armas como estas son necesarias para defenderse. “No es que estemos en contra del gobierno. Es que no encuentro la manera de apoyarlo totalmente”. Se echó a reír. “Es como cuando tienes una mujer hermosa, pero te has desenamorado de ella. Es difícil. La quieres un momento y al siguiente no, ¿me entiendes?”

En la sede del colectivo Alexis Vive hay murales de Marx, Mao, Castro y el Che Guevara pero, aparte de algunos hombres armados merodeando al borde de unos edificios cercanos, los soldados se mantenían discretamente fuera de la vista. Uno de los líderes del grupo, un joven estudiante de Sociología llamado Salvador, me explicó que el colectivo controlaba unas cincuenta acres que alojaban cerca de diez mil habitantes, con quienes trataban de formar en un colectivo marxista autosustentable. El grupo estaba armado sólo para defenderse, dijo. Policías corruptos y miembros de la Guardia Nacional venezolana estaban trabajando con grupos de malandros del 23, a veces en zonas que bordeaban su propio territorio. Barreto sostuvo que el contingente armado estaba protegiendo a su pueblo de oficiales delincuentes. “No han sido capaces de llegar aquí desde 2008″, dijo entre risas. “Hemos estado en tiroteos con ellos”.

La corrupción en las fuerzas de seguridad es un problema profundamente arraigado —y según Barreto—es la verdadera fuente de la cultura criminal del país. Dijo haber luchado contra el problema durante su período como Alcalde, sustituyendo gran parte de la fuerza policial con miembros de los Tupamaros, un grupo armado del 23 de Enero. Salvador dice que la situación surge de la incapacidad de Chávez para enfrentarse a los verdaderos criminales: “Chávez no ha perseguido a los malandros porque cree que pueden volverse en su contra”.

***

Un domingo, cincuenta sillas de plástico fueron alineadas para la misa dominical en la iglesia de Daza, pero sólo una docena de personas se presentaron, casi todas mujeres y niños. Daza no se veía molesto. Llevaba una corbata, pantalones y zapatos negros. Probó el micrófono cantando “Gloria” y “Aleluya”, mientras que un par de hombres acomodaban el equipo musical: una batería, un órgano eléctrico y enormes altavoces. Llegaron un par de mujeres más y se arrodillaron a orar antes de unirse a la congregación. Apareció Gina, la compañera de Daza, con sus hijos, y sacó una Biblia forrada en una cubierta de rosado chillón.

Mientras los músicos tocaban, Daza cantaba desde un lado de la tarima (cantaba mal pero sin complejos) y tocaba unos bongos. Finalmente tomó el micrófono y comenzó a gritar, en un rítmico gruñido ronco, sobre el bien y el mal. Dijo: “Hay guerras en el mundo, en las que a la gente no les importa si los niños mueren, si las mujeres mueren, si los viejos mueren: lo único que les importa son las riquezas. Pero la Biblia dice que sólo hay una vida y es ésta. El Señor conoce la vida eterna, pero sólo él la conoce y entonces debemos vivir ésta. Tenemos que vivir esta vida y ser buenos con Dios”.

El servicio duró tres horas. Las mujeres se balanceaban y movían sus pies con los ojos cerrados. La voz de Daza se volvió un fascinante muro sonoro. Hubo un momento en el que se levantó a testificar un joven predicador invitado llamado Juan Miguel. Dijo ser de un barrio pobre y que su padre estaba loco. Había estado en la cárcel, y su casa había sido arrasada por las inundaciones de 2010. Vivía con miles de otros damnificados en el interior de un centro comercial expropiado por Chávez. “Hemos tenido vidas difíciles, vidas duras, pero Dios nos ha llamado a predicar su palabra”. Sus ojos brillaban cuando le dijo a Daza: “Dios nos ha escogido. Dios ha escogido a Venezuela para llevar el Evangelio al Mundo”.

Un día Daza me llevó a Miranda, un estado vecino, a ver el barrio donde vivió con su ex esposa y donde ésta aún vivía. A lo largo del camino habló, como siempre, de cómo Dios lo había salvado. Dejó la escuela cuando tenía trece años y a los catorce ya estaba en la vida pandillera. Aprendió a leer durante su segunda estadía en prisión y la Biblia fue su primer libro. “Yo no tengo preparación universitaria, pero me he educado mucho sobre Dios. Solía ​​hablarle a la gente de manera ofensiva, con groserías. Me salía la inmundicia. Pero leí en alguna parte de la Biblia, no recuerdo dónde, que el lenguaje grosero corrompe las buenas costumbres. Y cuando leí eso me dije: ‘Ay, Dios me está hablando’”.

Llegamos a una pequeña casa de bloques en la loma de un cerro empinado que se alzaba sobre otras colinas boscosas, marcadas por nuevas invasiones. La hija de la ex esposa de Daza estaba allí, una mujer joven y rolliza de unos veinte años. Parecía feliz de ver a Daza. Nos sentamos en una pequeña sala de estar y Daza comenzó a recordar la vida con su ex esposa. Aunque entonces era todavía un criminal, la relación había sido formativa para él. Ella era mayor que él y Daza sintió que ella lo ayudó a moldearlo como hombre. Ella también lo malcriaba, dijo riendo, ya que le cocinaba, limpiaba y hasta le planchaba su ropa.

Daza se veía con otras mujeres. “Yo solía cambiar de novias como tú te cambias de ropa”, me dijo, y dejó a varias embarazadas. Él y su ex esposa peleaban mucho. Se puso de pie y representó una pelea particularmente dramática, en la que Daza inmovilizó a su esposa contra la pared, sacó su pistola, y disparó justo al lado de su cabeza. “Era sólo para asustarla “, dijo sonriendo. Pero ella sostenía un cuchillo y, cuando Daza disparó (“quizás ella pensó que realmente iba a dispararle… o tal vez fue sólo su reacción instintiva”), le había clavado el cuchillo en el pecho. Salió tambaleándose de la casa y se internó en una clínica. Tuvo suerte: el cuchillo falló en darle al corazón o a otros órganos vitales. La joven asintió con la cabeza y se rió al recordar el incidente. “Después volvimos a estar juntos”, dijo Daza.

En el carro, le pregunté a Daza si se arrepentía de algo

—No… —dijo.
—¿Qué hay de los hombres que has matado?
—¿Como quién?
—Como el malandro que mataste cuando tenías quince años.

Daza se quedó callado. Después de un minuto, dijo: “Yo era un ignorante y ahora me he transformado. Me siento como un hombre nuevo, una nueva persona. Ésas son cosas que se viven en la vida y que, bueno, Dios permitió, pero ahora creo que soy diferente”.

Daza volvió a guardar silencio y luego dijo: “En esta vida, cuando te conviertes en un líder, tu vida corre riesgo porque te ganas enemigos. A veces la gente piensa que estás involucrado con mafias y cosas extrañas, gracias a tu pasado. Los enemigos siempre van a tratar de desacreditarte. El Diablo tratará de garantizar que continúes siendo miserable para utilizarte para su beneficio”.

Al final era difícil saber si El Niño Daza era un malandro, un genuino defensor de los pobres o ambas cosas. Lo qué parecía claro es que estaba perfectamente adaptado a la vida en la Venezuela de Hugo Chávez, capaz de obtener ventajas por todos los medios: aprovechando los vacíos dejados por el gobierno, manejando su propia empresa capitalista y negociando con el mundo del hampa cuando era necesario. Al salir de su antiguo barrio, la calle estaba llena por un pequeño mitin político. Henrique Capriles, quien compitió contra Chávez en las elecciones presidenciales, es el gobernador de Miranda y las elecciones gubernamentales se avecinaban en pocas semanas. Voluntarios de la campaña repartían cerveza y carteles desde una camioneta. Daza se encogió de hombros. Esperaba que el candidato de Chávez ganara.

Daza comentó que estaba considerando meterse en la política. Siendo el jefe de la Torre de David, Daza ha logrado conocer a algunas autoridades de Caracas, incluyendo a funcionarios de Chávez, y estos le han pedido que considere la posibilidad de postularse para un puesto de concejal en la ciudad. Con los cambios propuestos por el gobierno y la creación de las comunas, Daza espera que la Torre de David pueda adquirir estatus legal. Ha comenzado a hacer sondeos en el edificio. “La gente me sigue diciendo que debería lanzarme y que tengo una buena oportunidad”, me dijo. “Así que lo estoy pensando”.

***

En el centro de Caracas, a una milla de la Torre de David, un nuevo y espléndido mausoleo está a punto de ser terminado. Chávez ordenó su construcción hace dos años para proporcionar un nuevo lugar de descanso a los huesos de Simón Bolívar. Chávez ya había ordenado anteriormente exhumar y examinar los restos de Bolívar, persiguiendo la hipótesis de que había sido envenenado por sus enemigos, pero la autopsia no llegó a ninguna conclusión. Después ordenó levantar la nueva tumba.

El edificio es una cuña blanca y delgada que se eleva ciento setenta pies como un mástil hacia el cielo. La construcción ha costado ciento cincuenta millones de dólares según reportajes y, como todo lo que ha hecho Chávez, es controversial. La construcción se llevó a cabo con mucha reserva y el mausoleo, que planeaba abrir sus puertas el pasado 17 de diciembre después de múltiples retrasos, aún no se ha inaugurado. En el momento en que se complete se convertirá en la pieza central de un decadente rincón de la ciudad, junto a una vieja fortaleza militar (donde Chávez estuvo brevemente encarcelado después de su intento de golpe) y al Panteón Nacional, una iglesia del siglo XIX donde los restos de Bolívar son vigilados por guardias floridamente uniformados. Hay rumores persistentes de que cuando Chávez muera será enterrado en el mausoleo, al lado de Bolívar.

Por supuesto, Chávez y sus seguidores tienen la esperanza de que su lucha no sea sepultada con él. En 2001, Chávez me dijo que era su más ferviente deseo llevar a cabo una “verdadera revolución” en Venezuela. Sin embargo, unos años más tarde su viejo maestro Jorge Giordani parecía preocupado de que su protegido no estuviera construyendo una revolución permanente. “Yo también soy un Quijote”, dijo. “Pero hay que tener los pies firmemente plantados en la tierra. Si todavía tenemos petróleo, vamos a tener un país de verdad en unos veinte años, pero tenemos mucho que hacer entre hoy y ese entonces”, dijo Giordani. Y recitó un proverbio venezolano: “Muerto el perro, se acabó la rabia…”

Ahora, mientras Chávez yace gravemente enfermo, los hombres que se denominan chavistas transmiten sus supuestos deseos a los ciudadanos. Durante los pasados meses, los venezolanos han tenido muy poca información confiable acerca de sus intenciones o del verdadero estado de su salud y, por lo tanto, tienen poco que decir acerca de su propio futuro. Para ellos, la muerte de Chávez representa el final de una larga y fascinante actuación. Le dieron el poder elección tras elección: son víctimas de su afecto por un hombre carismático al que le permitieron convertirse en el personaje central del escenario venezolano, a expensas de todo lo demás. Después de casi una generación, Chávez deja a sus compatriotas con muchas preguntas sin respuestas y sólo una certeza: la revolución que trató de llevar a cabo nunca sucedió. Comenzó con Chávez, y lo más probable, es que con él termine.

Doña Elena está sentada en el asiento de atrás de la camioneta que siempre la lleva a donde vaya. Al principio, cuando su hijo tenía poco tiempo en la presidencia y su esposo se estrenaba como gobernador del estado llanero de Barinas, discutía con los choferes y guardaespaldas porque prefería ir de copiloto. Pasado el tiempo, con asesoría de protocolo, aprendió a comportarse como una reina, como la dama de la ‘familia real de Barinas’, como han bautizado allí a los Chávez. Como toda una doña Elena Frías de Chávez.

Con ese temple, mira por la ventanilla de vidrios polarizados y se percata de que la camioneta frena al acercarse a un peaje. Se dirige a un evento fuera de Barinas como presidenta de la Fundación del Niño regional. El conductor baja su ventanilla. “Son 200 bolívares”. Desde adentro le explican al empleado que se trata de un auto oficial, que transportan a la primera dama de Barinas, a la madre del presidente Hugo Chávez. El empleado responde: “Perfecto, pero son 200 bolívares el peaje”. Otro acompañante le repite, alzando la voz pero con tacto, que están eximidos del pago porque es un auto oficial.

Doña Elena, al ver que el empleado se niega, decide bajarse. Esta vez la voz que se alza es fuerte y categórica. “¿Acaso usted no sabe quién soy yo? Yo soy la madre de Hugo Rafael Chávez Frías y la esposa del gobernador de Barinas, el Maestro Hugo de los Reyes Chávez”. Da la espalda y regresa a su asiento. La barrera sube para dejar el paso libre a la dama y a sus protectores.

La señora que protagonizó este episodio es la misma que he visto en muchas fotos inaugurando obras y acompañando a su hijo, el Presidente, en actos oficiales. Quien me relató la escena del peaje estuvo muy cerca de ella ese día, y por supuesto, prefiere que omita su nombre. Yo también necesito esa cercanía para retratar a doña Elena. Debo confirmar si todas las anécdotas sobre su vehemencia son ciertas. Si es, como dicen, franca, expresiva, simpática, estricta, impulsiva. Quiero acompañarla a alguna actividad de la Fundación del Niño, a tomar café en su residencia, estar con ella un domingo, verla consentir a alguno de sus veinte y tantos nietos o bisnietos, escucharle historias de cuando vivían en Sabaneta, pueblo pequeño a 40 minutos de Barinas, o de cuando se mudaron a la sureña calle Carabobo de esa ciudad y Hugo Rafael era un adolescente que jugaba béisbol todos los días.

Aspiro sentarme con esta señora de 73 años y ver sus expresiones al rememorar sus tiempos de maestra, que me cuente lo difícil que debe haber sido entregarle sus dos hijos mayores, Adán y Hugo Rafael, a su suegra Rosa Inés para que los criara por no tener cómo mantener a seis hijos en la misma casa. Deseo saber cómo manejó esos dos años en los que ella y su hijo el presidente dejaron de hablarse y cómo es hoy su relación, cuántas veces por semana se llaman, qué le regala él en su cumpleaños y en el Día de la Madre, por qué ha sido tan dura y arisca con las esposas y mujeres de su hijo Hugo Rafael.

Me inquieta su reacción cuando le comente que los barinenses se sienten decepcionados porque ya no baja la ventanilla para saludarlos, o cuando le diga que les sienta mal verla tan ostentosa, con joyas y lentes de diseñadores famosos, pues extrañan a la señora humilde que se parecía más a ellos. Que me diga si no le parece exagerado andar siempre escoltada. Mi intención es contrastar las críticas, darle oportunidad para responderles a los que la acusan a ella y a su familia de enriquecimiento ilícito, de gozar de privilegios excesivos, de ser nuevos ricos en un sistema que su hijo proclama como socialista.

No quiero quedarme sin escuchar cuál es su visión del poder, sin saber cómo asume el hecho de ser una de las madres más queridas y más odiadas de América Latina, y del mundo. Así que tomo un avión hacia Barinas.

***

En el pasillo de la Oficina Regional de Información de Barinas hay un televisor con el volumen demasiado alto. La secretaria de la dirección de prensa se asoma para decirme que la jefa de información no está. Sí, le avisará que ya llegué y que por favor espere afuera. Estoy en el tercer piso de un edificio que enfrenta la sede de la Gobernación. El pasillo es estrecho y me siento en una de las tres sillas que dan al televisor. Me ofrecen café para calmar el frío que despide el aire acondicionado.

En Barinas, capital del estado del mismo nombre, los espacios cerrados congelan la piel. La energía barata en Venezuela permite el privilegio de contrastar los sofocantes 35 grados centígrados que deshidratan afuera con un clima de invierno como el de este pasillo. “La doctora llamó (la jefa de prensa, además de comunicadora social, es abogada). Dice que vaya ahora mismo a la emisora donde está transmitiendo el ingeniero Argenis (Chávez)”.

Los 35 grados de sol encandilan mi salida. Noto un despliegue bárbaro de guardias y policías frente a la Gobernación. ¿Será que vendrá la primera dama o su esposo justo cuando me estoy yendo? Cierran el paso por esta calle y pasan velozmente dos camionetas negras rodeadas de una custodia intimidante. Una pancarta gigantesca con un retrato de don Hugo de los Reyes Chávez da la bienvenida al edificio donde se toman las decisiones de lo que sucede en esta región llanera.

En la vía hacia la emisora hay pancartas como esa, pero con el gobernador junto a su hijo el presidente, o con el presidente y su hermano Argenis, a quien apodan el “Colin Powell de Barinas”, por ser Secretario de Estado de Barinas, un cargo creado por su padre exclusivamente para él en 2004. “Mucha gente está cansada de tanta pantalla —comenta el taxista—. A los Chávez no los quieren como antes y a doña Elena ya ni se le ve. Ahora anda en camionetotas, con muchas joyas y cirugías plásticas, con caravanas y guardaespaldas. ¿Y al pueblo quién lo protege de la delincuencia? Yo sigo queriendo al presidente, pero no a la familia. La riqueza que tienen ha sido un secreto a voces. Lo que pasa es que el dinero vuelve avara a la gente”.

Es cierto que muchos taxistas hablan de más, pero no es casual que todos los taxistas de Barinas que me llevaron a algún sitio repitan comentarios casi idénticos. Ni que las quejas las repita el panadero, el vendedor de dulces de la plaza de Sabaneta, la estudiante de Ingeniería Industrial, el dueño de una finca o el constructor. “La gente está muy decepcionada. La familia Chávez ocupa cargos importantes y parece no importarles nuestros problemas. Y eso que ésta es la cuna de la revolución”, dicen.

La emisora en la que conduce el programa Argenis Chávez los jueves al mediodía se llama Emoción. Funciona en un apartamento vacío, en el cuarto piso de un edificio situado en la muy transitada avenida 23 de Enero. La jefa de prensa aparece después de varios minutos, atareada, con dos celulares en mano. Es rubia, esbelta y siempre sonríe, incluso cuando dice que no se puede hacer ésto o aquello. Resulta que también coordina las actividades del Partido Socialista Unido de Venezuela en Barinas, la tolda que promueve el presidente para unificar al chavismo. Por eso siempre está tan ocupada. “Ya le avisé a Argenis. Saldrá cuando termine la transmisión”.

Falta más de una hora para que culmine el programa. Varias personas llaman para decir al aire que les reparen una calle o para pedir cupo en un centro de salud. Argenis Chávez les responde que atenderán sus demandas. Él representa a la Gobernación en la mayor parte de las funciones públicas, pues su padre no está bien de salud y casi no acude al despacho. Se dice que él era el favorito de doña Elena para suceder al gobernador, pero el presidente decidió enviar al hermano mayor que lo inició en la militancia de izquierda, Adán Chávez, hasta hace poco ministro de Educación, como candidato a la Gobernación para las elecciones regionales de noviembre.

Terminó la transmisión y quedaron llamadas pendientes. “Voy de salida. No la voy a poder atender ahora. Hable con mi asistente para pedir una cita conmigo o con mi madre”.

***

Cuando entro a las extensas instalaciones de la Fundación del Niño de Barinas, pienso en una foto de doña Elena tomada hace un par de años en Barinas. Aparece sosteniendo a su perro, Caqui, y luce sonriente, maquillada, encopetada, con lentes de Dolce & Gabbana, zarcillos y collar de perlas, brazalete y reloj de brillantes. No aparenta tener más de 70 años. “Lo siento, doña Elena no está. No ha venido en toda la semana. Y dudo que venga hoy o mañana”. Es jueves en la tarde y el ambiente es tranquilo en la institución que dirige la madre del presidente. El sol hierve sobre el asfalto del estacionamiento que da a la edificación de una sola planta. Una persona cercana a la familia me dijo que este terreno era de la doña y que ella se lo vendió a la Gobernación para que construyeran allí las oficinas de la fundación.

Me mandan a contactar a su jefa de prensa, Teresita, para que pida una cita. No, pero si con Teresita he hablado hasta el cansancio, le he enviado cantidad de faxes y correos electrónicos. Recuerdo clarísimo la última vez que conversamos por teléfono. Yo todavía estaba en Caracas. “Doña Elena no puede darle la audiencia. Ella dice que sólo la recibirá si el ‘Maestro’ (su esposo, el gobernador) la autoriza. Debe enviar otra solicitud a la Gobernación”. Basta de solicitudes, pensé ese día. Es mejor irse hasta Barinas, la región suroccidental de los llanos venezolanos donde habitan poco más de 700.000 personas y donde nació la familia artífice de esta revolución. La apuesta es llegar a ella por medio de alguno de sus hijos.

Sé bien que en Venezuela el acceso a las fuentes oficiales para medios nacionales no afines al gobierno está prácticamente prohibido desde hace mucho tiempo. Si se trabaja en un medio internacional, quizás se consigan puertas entreabiertas. Al menos con esa apertura se manejaban las “audiencias” en Barinas hasta hace poco. Pienso en otra imagen de doña Elena publicada en Hugo Chávez sin úniforme, una biografía de Hugo Chávez escrita por los periodistas Cristina Marcano y Alberto Barrera Tyszka. Es una foto de 1992, la primera vez que ella visitó a su hijo en la cárcel luego de la intentona de golpe que lideró Chávez en febrero de ese año. Está vestida con bata de flores, sin maquillaje ni zarcillos ni pulseras, con el cabello recogido. Ese retrato también me recuerda una conversación que tuve con un vecino de la familia que estudió bachillerato con Argenis Chávez y que hoy es un ex diputado opositor.

Antonio Bastidas, presidente en Barinas del partido Un Nuevo Tiempo, conoció a los Chávez desde que se mudaron a mediados de los años 60 a la urbanización Rodríguez Domínguez de Barinas. “Jugábamos en la plazoleta trompo, metras, pelotita de goma y chapitas. Apostábamos refrescos. Pero a Hugo lo que le apasionaba era jugar béisbol”. Bastidas se la pasaba en casa de los Chávez jugando cartas. La recuerda como una vivienda modesta, de aquellas que adjudicó el Banco Obrero cuando don Hugo de los Reyes Chávez y su esposa trabajaban como docentes. “Ella nos traía café al patio. Es una mujer de carácter fuerte; daba la impresión de querer controlar a sus hijos. Por eso prefería que los amigos fuéramos a su casa de visita y no al revés”.

Esa casa todavía existe, cerrada e inhabitada. Está situada frente a una plaza y una cancha deportiva que reacondicionó la Gobernación, en la avenida Carabobo. La pintura sepia de la fachada y el esmalte beige de las rejas todavía no sufren el impacto del abandono. Las personas no voltean ya para ver si alguien se asoma. En una esquina de la plazoleta se estaciona todos los días un vendedor de sandías y una jovencita que vende minutos telefónicos. “Los Chávez tienen mucho tiempo sin venir por aquí”, comentan.

Diagonal a la casa vive Mercedes Navarro. Ella es famosa porque prepara el dulce de lechoza (papaya) que nombra el mandatario venezolano cada vez que encuentra la ocasión. Esa receta compite con la de la abuela Rosa Inés, madre del maestro Hugo de los Reyes, y con quien se criaron el presidente y su hermano Adán, una referencia afectiva constante de Hugo Chávez cuando recuerda su infancia en Barinas. La anécdota de que él, cuando era niño, salía a vender esos dulces para ayudar a su humilde familia es un cuento repetido.

Desde que la abuela falleció hace 25 años, el postre de Mercedes Navarro pasó a deleitar a los Chávez. “Siempre fueron buenos vecinos”, recuerda la señora que viste un camisón similar al de doña Elena en la foto de 1992. “Ella daba clases en un instituto por aquí cerca. Era una familia unida, muy estudiosa. Venían a tomar café y a comer mis dulces. Se mudaron cuando ganaron la gobernación en 1999. El presidente, cada vez que puede, manda a pedir mi dulce de lechoza”.

Es cierto, confirma Mercedes, el duro carácter de su antigua vecina. “Imagínese —dice— criar a seis muchachos no es sencillo. Yo también tuve seis hijos, tres hembras y tres varones. A veces hay que imponerse”. Ella ha admitido que era muy estricta y que acostumbraba pegarle a sus hijos cuando era necesario. Tenía 18 años y 10 meses de casada cuando tuvo al primer varón, Adán. Después llegaron seis más: Hugo, Narciso, Argenis, Aníbal, Enzo, que falleció a los seis meses, y Adelis, el menor, el único que hoy trabaja en el sector privado y no en un puesto político, en un alto cargo en el banco comercial andino Sofitasa.

Ese rigor también predominaba cuando alguno de los hijos mostraba interés por una mujer. Su testimonio en el libro de Marcano y Barrera deja eso en claro: “En la casa nunca hubo mucha novia. Yo no les aceptaba a mis hijos novia. Si las tenían, las tenían fuera”. Igual norma aplica doña Elena en su hijo, el presidente, con el argumento de que ninguna de sus mujeres lo ha merecido. Ni siquiera las compañeras más estables que se le han conocido: Nancy Colmenares, su primera esposa, con quien tuvo tres hijos; Herma Marksman, su amante durante nueve años; y Marisabel Rodríguez, su segunda esposa, madre de su hija menor Rosinés. “Dios lo bendice, pero él ha tenido muy mala suerte con las mujeres. No ha habido mujer ideal para él”, subraya doña Elena en esa biografía.

Otro compañero del presidente en el liceo O’Leary de Barinas, el ex diputado opositor Rafael Simón Jiménez, recuerda cuando los hermanos mayores, Adán y Hugo, llegaron a Barinas a estudiar bachillerato. “Los cuartos de su casa no tenían puertas sino cortinas, como en muchas casas de pueblo. Doña Elena nos atendía bien, con simpatía. Ella siempre decía que Hugo sacó su carácter arrecho, férreo”.

***

Sabaneta es un pueblo de pocas calles y de menos de 18.000 habitantes. Si no fuera porque la plaza Bolívar es su centro de reunión, sería difícil ver vida en este lugar. Fue aquí donde nació con ayuda de una comadrona Hugo Rafael Chávez Frías, el 28 de julio de 1954. Es aquí donde todavía se mantienen de pie las casas donde vivieron los Chávez: la de la abuela Rosa Inés y la de Elena Frías y Hugo de los Reyes Chávez.

El quinto hijo del matrimonio, Aníbal, es el alcalde de Sabaneta. La mayoría de los habitantes de este pueblo se sienten desilusionados porque pensaron que por ser la cuna de los Chávez, iban a ser los más beneficiados cuando llegaron al poder. Hasta estas calles vine para conocer dónde vivió la Elena que se mudó de su pueblo natal San Hipólito, a tres kilómetros de Sabaneta, cuando se casó con Hugo de los Reyes. En ese entonces él tenía 20 años, ella 17 y ya sabía bien cómo tostar café, cortar racimos de plátano, agarrar maíz y frijoles en los conucos barinenses. Elena soñaba con ser maestra pero no pudo estudiar para docente porque debía atender a los niños. Su esposo, en cambio, sí dio clases por 20 años en la única escuela del pueblo, la Julián Pino. De allí el que sea conocido como ‘Maestro’. Apenas Elena tuvo la oportunidad, comenzó a trabajar como docente en educación de adultos.

Han pasado más de 50 años y no hay ni un símbolo, bandera, escudo, afiche, placa o pancarta que indique que en esta casa vivieron los Chávez su primera década de matrimonio. A lado y lado funcionan un taller de radiadores y una tienda de lubricantes. Al frente, hay un terreno baldío con una camioneta vieja desvalijada. “No, mija, esa gente no se asoma por acá —responde el mecánico desde uno de los talleres—. Se le está cayendo el techo. No le han hecho cariño a esa casa ni a Sabaneta. Se les olvidó que nacieron acá”.

La vivienda tiene un gran árbol de mamón en la entrada. La puerta del estacionamiento está oxidada, igual que las rejas del frente, y la pintura blancuzca de la fachada se ve carcomida por la desidia. Me dijeron que ahora allí habitaban unos cubanos. Mientras pego dos gritos con la esperanza de que rebote un quién es, aparece en la calle un joven moreno en bicicleta. Se detiene junto a mí. “¿Buscaba a alguien?”, pregunta con acento de Fidel. Pues sí, la verdad es que sí. A alguien que me cuente sobre la madre de los Chávez.

“Es cierto, aquí vivimos varios cubanos. Somos cinco. No, no pagamos alquiler. ¿En qué trabajo? En el centro de salud, en rehabilitación. ¿Qué si he visto a doña Elena? Discúlpeme, pero debo irme ya”. El moreno desaparece después de que una chica le abre la puerta. Es viernes y el calor de las 11 de la mañana es recio. A esta hora, y no sé si a otras horas, casi nadie pasa por la calle 11 de Sabaneta. A dos cuadras está la casa de la abuela Rosa Inés. Fue transformada hace años en sede del partido chavista, Psuv. Allí hay un mural rojo sangre que invade las paredes con el rostro de Chávez pintado a mano. En esa esquina nadie quiere comentar nada acerca de la familia.

Dejo atrás la valla que da la bienvenida a Sabaneta con la frase en fondo rojo vivo escrita en mayúsculas “La Cuna de la Revolución”. A ambos lados de la estrecha carretera varias fincas se pierden de vista en el verdor llanero. Entre las tantas denuncias que existen contra los Chávez, están las acusaciones de haber adquirido fincas enormes por medio de testaferros, como la que acabamos de pasar, La Malagueña. Muchos barinenses asumen, nadie ha podido probarlo, que esa famosa hacienda de 800 hectáreas pertenece realmente a Argenis Chávez. Pero doña elena no vive allí. Su residencia oficial es la casona de gobernadores, mansión con aspecto de finca situada en una zona privilegiada y tranquila de la ciudad de Barinas. Hay varios autos estacionados en el andén que da al portón principal. Si no ha ido a trabajar a la Fundación del Niño en toda la semana, pues quizás se encuentre aquí, en su casa.

En este momento cierro los ojos y visualizo dos fotografías más de doña Elena. Una que publicó un diario londinense el año pasado, donde posa junto a un altar religioso que dispuso en su habitación, a pocos metros pasando este portón, según ella para rezar cuando teme por la vida de su hijo. En él, alternan una imagen de la virgen María, un holograma de Jesucristo y una imagen de José Gregorio Hernández, el médico milagroso que algunos venezolanos esperan sea beatificado. El otro retrato que me asalta, y aquí hago el ejercicio infantil de imaginar que tengo visión de rayos equis y puedo ver hasta el salón principal, es uno que apareció en una revista francesa hace dos años. Está doña Elena en primer plano, exquisita y maquillada, parada junto a una fotografía enmarcada que ocupa la mitad de la pared. Es un cuadro familiar donde aparece con su esposo y sus seis hijos de saco y corbata.

Me acerco y pregunto por Cléver Chávez, el nieto que, dicen, es el predilecto de doña Elena. “Deje su cédula acá, anote sus datos”, me frena el vigilante. Quizás pueda persuadir a Cléver de que convenza a su abuela para conversar conmigo. “Buenas tardes, encantado”. Me invita a sentarnos en un sillón en el porche de la casona. Cléver es hijo de Narciso Chávez, mejor conocido como ‘Nacho’, coordinador regional del Convenio Cuba Venezuela y fuerte activista político. Me recibe de camisa bien planchada y jeans impecables. El perfume vigoroso debe ser de marca, al igual que los mocasines. Me cuesta mirarlo a los ojos pues me distraigo con un retrato de Hugo Chávez en traje militar, en la pared que da al jardín.

Miro el retrato y el rostro de Cléver, y veo una similitud que impresiona. Ojos, frente, nariz, pómulos, idénticos. Hasta la misma verruga, como una marca familiar. Su léxico es nutrido, su hablar pausado y a sus treinta y pico de años, se encarga de los operativos sociales de la Gobernación.

Este encuentro será breve. No lo veo muy convencido con mi argumento para entrevistar a su abuela. Me explica que su tío, el presidente, llamó para prohibirle dar más entrevistas. El problema, justifica, es que la prensa los ha maltratado mucho, y últimamente los medios extranjeros no han hablado maravillas de los Chávez. “Antes los dejábamos pasar. Por aquí vinieron periodistas ingleses, franceses, de otras latitudes. Tomaron fotos, hablaron con mi abuela. Y después publicaron cosas que no son verdad”. Es una orden presidencial, reitera ante mi insistencia. Se levanta, me pide disculpas, me da la mano y sonríe. “Siento mucho no poder ayudarla más. No está en mis manos. Gracias por venir. Y no olvide recoger su cédula al salir”.

Carlos Andrés Pérez descendió al atardecer del avión que lo llevó de Davos, Suiza, y se sorprendió de ver en la plataforma al general Fernando Ochoa Antich, su ministro de Defensa. “¿Qué pasa?”, le preguntó intrigado. El ministro lo tranquilizó con razones tan confiables, que el Presidente no fue al palacio de Miraflores sino a la residencia presidencial de La Casona. Empezaba a dormirse cuando el mismo ministro de Defensa lo despertó por teléfono para informarle de un levantamiento militar en Maracay. Había entrado apenas en Miraflores cuando estallaron las primeras cargas de artillería.

Era el 4 de febrero de 1992. El coronel Hugo Chávez Frías, con su culto sacramental de las fechas históricas, comandaba el asalto desde su puesto de mando improvisado en el Museo Histórico de La Planicie. El Presidente comprendió entonces que su único recurso estaba en el apoyo popular y se fue a los estudios de Venevisión para hablarle al país. Doce horas después el golpe militar estaba fracasado. Chávez se rindió, con la condición de que también a él le permitieran dirigirse al pueblo por televisión. El joven coronel criollo, con la boina de paracaidista y su admirable facilidad de palabra, asumió la resposabilidad del movimiento. Pero su alocución fue un triunfo político. Cumplió dos años de cárcel, hasta que fue amnistiado por el presidente Rafael Caldera. Sin embargo, muchos partidarios, como no pocos enemigos, han creído que el discurso de la derrota fue el primero de la campaña electoral que lo llevó a la presidencia de la República menos de nueve años después.

El presidente Hugo Chávez Frías me contaba esta historia en el avión de la Fuerza Aérea Venezolana que nos llevaba de La Habana a Caracas, a menos de quince días de su posesión como presidente constitucional de Venezuela por elección popular. Nos habíamos conocido tres días antes en La Habana, durante su reunión con los presidentes Castro y Pastrana, y lo primero que me impresionó fue el poder de su cuerpo de cemento armado. Tenía la cordialidad inmediata y la gracia criolla de un venezolano puro. Ambos tratamos de vernos otra vez, pero no nos fue posible por culpa de ambos, así que nos fuimos juntos a Caracas para conversar de su vida y milagros en el avión.

Fue una buena experiencia de reportero en reposo. A medida que me contaba su vida iba yo descubriendo una personalidad que no correspondía para nada con la idea de déspota que teníamos formada a través de los medios. Era otro Chávez. ¿Cuál de los dos era el real?

El argumento dura en su contra durante la campaña había sido su pasado reciente de conspirador y golpista. Pero la historia de Venezuela ha digerido a más de cuatro. Empezando por Rómulo Betancourt, recordado con razón o sin ella como el padre de la democracia venezolana, que derribó a Isaías Medina Angarita, un antiguo militar demócrata que trataba de purgar a su país de los treintiséis años de Juan Vicente Gómez. A su sucesor, el novilista Rómulo Gallegos, lo derribó el general Marcos Pérez Jimenez, que se quedaría casi once años con todo el poder. Éste, a su vez, fue derribado por toda una generación de jóvenes demócratas que inauguró el período más largo de presidentes elegidos.

El golpe de febrero parece ser lo único que le ha salido mal al coronel Hugo Chávez Frías. Sin embargo, él lo ha visto por el lado positivo, como un revés providencial. Es su manera de entender la buena suerte, o la inteligencia, o la intuición, o la astucia, o cualquier cosa que sea el soplo mágico que ha regido sus actos desde que vino al mundo en Sabaneta, estado Barinas, el 28 de julio de 1954, bajo el signo del poder: Leo. Chávez, católico convencido, atribuye sus hados benéficos al escapulario de más de cien años que lleva desde niño, heredado de un bisabuelo materno, el coronel Pedro Pérez Delgado, que es uno de sus héroes tutelares.

Sus padres sobrevivían a duras penas con sueldos de maestros primarios y él tuvo que ayudarlos desde los nueve años vendiendo dulces y frutas en una carretilla. A veces iba en burro a visitar a su abuela materna en Los Rastrojos, un pueblo vecino que les parecía una ciudad porque tenía una plantilla eléctrica con dos horas de luz a prima noche, y una partera que lo recibió a él y a sus cuatro hermanos. Su madre quería que fuera cura, pero sólo llegó a monaguillo y tocaba las campanas con tanta gracia que todo el mundo le reconocía por su repique. “Ese que toca es Hugo”, decían. Entre los libros de su madre encontró una enciclopedia providencial, cuyo primer capítulo lo sedujo de inmediato: cómo triunfar en la vida.

Era en realidad un recetario de opciones, y él las intentó casi todas. Como pintor asombrado ante las láminas de Miguel Ángel y David, se ganó el primer premio a los doce años en una exposición regional. Como músico se hizo indispensable en cumpleaños y serenatas con su maestría del cuatro y su buena voz. Como beisbolista llegó a ser un catcher de primera. La opción militar no estaba en la lista, ni a él se le habría ocurrido por su cuenta, hasta que le contaron que el mejor modo de llegar a las grandes ligas era ingresar en la acadamia militar de Barinas. Debió ser otro milagro del escapulario, porque aquel día empezaba el plan Andrés Bello, que permitía a los bachilleres de las escuelas militates ascender hasta el más alto nivel académico.

Estudiaba ciencias políticas, historia y marxismo-leninismo. Se apasionó por el estudio de la vida y la obra de Bolívar, su Leo mayor, cuyas proclamas aprendió de memoria. Pero su primer conflicto consciente con la política real fue la muerte de Allende en septiembre de 1973. Chávez no entendía. “¿Y por qué si los chilenos eligieron a Allende, ahora los militares chilenos va a darle un golpe?” Poco después, el capitán de su compañía le asignó la tarea de vigilar a un hijo de José Vicente Rangel, a quien se creía comunista. “Fijate las vueltas que da la vida”, me dice Chávez con una explosión de risa. “Ahora su papá es canciller”. Más irónico aún es que cuando se graduó recibió el sable del presidente que veinte años después trataría de tumbar: Carlos Andrés Pérez.

“Además”, le dije “usted estuvo a punto de matarlo”. “De ninguna manera”, protestó Chávez. “La idea era instalar una asamblea constituyente y volver a los cuarteles”.

Desde el primer momento me había dado cuenta de que era un narrador natural. Un producto íntegro de la cultura popular venezolana, que es creativa y alborozada. Tiene un gran sentido del manejo del tiempo y una memoria con algo de sobrenatural, que le permite recitar de memoria poemas de Neruda o Whitman, y páginas enteras de Rómula Gallegos.

Desde muy joven, por casualidad, descubrió que su bisabuelo no era un asesino de siete leguas, como le decía su madre, sino un guerrero legendario de los tiempos de Juan Vicente Gómez. Fue tal el entusiasmo de Chávez, que decidió escribir un libro para purificar su memoria. Escudriñó archivos históricos y bibliotecas militares, y recorrió la región de pueblo en pueblo con un morral de historiador para reconstruir los itinerarios del bisabuelo por los testimonios de su sobrevivientes. Desde entonces, lo incorporó al altar de sus héroes y empezó a llevar el escapulario protector que había sido suyo.

¿Para qué estoy yo aquí?

Uno de aquellos días atravesó la frontera sin darse cuenta por el puente de Arauca, y un capitán colombiano que le registró el morral encontró motivos materiales para acusarlo de espía: llevaba una cámara fotográfica, una grabadora, papeles secretos, fotos de la región, un mapa militar con gráficos y dos pistolas de reglamento. Los documentos de identidad, como corresponde a un espía, podrían ser falsos. La discusión se prologó por varias horas en una oficina donde el único cuadro era un retrato de Bolívar a caballo: “Yo estaba casi ya rendido -me dijo Chávez- pues mientras más le explicaba menos me entendía”. Hasta que se me ocurrió la frase salvadora: “Mire mi capitán lo que es la vida: hace apenas un siglo éramos un mismo ejército y éste que nos está mirando desde el cuadro era el jefe de nosotros dos. ¿Cómo puedo ser un espía?” El capitán conmovido, empezó a hablar maravillas de la Gran Colombia, y los dos terminaron esa noche bebiendo cervezas de ambos países en una cantina de Arauca. A la mañana siguiente, con un dolor de cabeza compartido, el capitán le devolvió a Chávez sus enseres de historiador y lo despidió con un abrazo en la mitad del puente internacional.

“De esa época me vino la idea concreta de que algo andaba mal en Venezuela” dice Chávez. Lo habían designado en Oriente como comandante de un pelotón de trece soldados y un equipo de comunicaciones para liquidar los últimos reductos guerrilleros. Una noche de grandes lluvias le pidió refugio en el campamento un coronel de inteligencia con una patrulla de soldados y unos supuestos guerrilleros acabados de capturar, verdosos y en los puros huesos. Como a las diez de la noche, cuando Chávez empezaba a dormirse, oyó en el cuarto contiguo unos gritos desgarradores. “Era que los soldados estaban golpeando a los presos con bates de béisbol envueltos en trapos para que no les quedaran marcas”, contó Chávez. Indignado, le exigió al coronel que le entregara los presos o se fuera de allí, pues no podía aceptar que se torturara a nadie en su comando. “Al día siguiente me amenazaron con un juicio militar por desobediencia -contó Chávez- pero sólo me mantuvieron un tiempo en observación”.

Pocos días después tuvo otra experiencia que rebasó las anteriores. Estaba comprando carne para su tropa cuando un helicóptero militar aterrizó en el patrio del cuartel con un cargamento de soldados mal heridos en una emboscada guerrillera. Chávez cargó en sus brazos a un soldado que tenía varios balazos en el cuerpo. “No me deje morir, mi teniente”… le dijo aterrorizado. Apenas alcanzó a meterlo dentro de un carro. Otros siete murieron. Esa noche, desvelado en la hamaca, Chávez se preguntaba: “¿Para qué estoy yo aquí? Por un lado campesinos vestidos de militares torturaban a campesinos guerrilleros, y por otro lado campesinos guerrilleros mataban a campesinos vestidos de verde. A esta altura, cuando la guerra había terminado, ya no tenía sentido disparar un tiro contra nadie”. Y concluyó en el avión que nos llevaba a Caracas: “Ahí caí en mi primer conflicto existencial”.

Al día siguiente despertó convencido de que su destino era fundar un movimiento. Y lo hizo a los veintritrés años, con un nombre evidente: Ejército Bolivariano del Pueblo de Venezuela. Sus miembros fundadores: cinco soldados y él, con su grado de subteniente. “¿Con qué finalidad?” le pregunté. Muy sencillo, me dijo: “con la finalidad de prepararnos por si pasa algo”. Un año después, ya como oficial paracaidista en un batallón blindado de Maracay, empezó a conspirar en grande. Pero me aclaró que usaba la palabra conspiración sólo en su sentido figurado de convocar voluntades para una tarea común.

Esa era la situación el 17 de diciembre de 1982, cuando ocurrió un episodio inesperado que Chávez considera decisivo en su vida. Era ya capitán en el segundo regimiento de paracaidistas y ayudante de oficial de inteligencia. Cuando menos lo esperaba, el comandante del regimiento, Angel Manrique, lo comisionó para pronunciar un discurso ante mil doscientos hombres entre oficiales y tropa.

A la una de la tarde, reunido ya el batallón en el patio de fútbol, el maestro de ceremonias lo anunció. “¿Y el discurso?”, le preguntó el comandante del regimiento al verlo subir a la tribuna sin papel. “Yo no tengo discurso escrito”, le dijo Chávez. Y empezó a improvisar. Fue un discurso breve, inspirado en Bolívar y Martí, pero con una cosecha personal sobre la situación de presión e injusticia de América Latina transcurridos doscientos años de su independencia. Los oficiales, los suyos y los que no lo eran, lo oyeron impasibles. Entre ellos los capitanes Felipe Acosta Carle y Jesús Urdaneta Hernández, simpatizantes de su movimiento. El comandante de la guarnición, muy disgustado, lo recibió con un reproche para ser oído por todos: “Chávez, usted parece un político”. “Entendido”, le replicó Chávez.

Felipe Acosta, que medía dos metros y no habían logrado someterlo diez contendores, se paró de frente al comandante, y le dijo: “Usted está equivocado, mi comandante, Chávez no es ningún político. Es un capitán de los de ahora, y cuando ustedes oyen lo que él dijo en su discurso se mean en los pantalones”.

Entonces el coronel Manrique puso firme a la tropa, y dijo: “Quiero que sepan que lo dicho por el capitán Chávez estaba autorizado por mí. Yo le di la orden de que diera ese discurso, y todo lo que dijo, aunque no lo trajo escrito, me lo había contado ayer”. Hizo una pausa efectista, y concluyó con una orden terminante: “¡Qué eso no salga de aquí!”.

Al final del acto, Chávez se fue a trotar con los capitanes Felipe Acosta y Jesús Urdaneta hacia el Samán del Guere, a diez kilómetros de distancia, y allí repitieron el juramento solemne de Simón Bolívar en el monte Avelino. “Al final, claro, le hice un cambio”, me dijo Chávez. En lugar de “cuando hayamos roto las cadenas que nos oprimen por voluntad del poder español”, dijeron: “Hasta que no rompamos las cadenas que nos oprimen y oprimen al pueblo por voluntad de los poderosos”.

Desde entonces, todos los oficiales que se incorporaron al movimiento secreto tenían que hacer ese juramento. La última vez fue durante la campaña electoral ante cien mil personas. Durante años hicieron congresos clandestinos cada vez más numerosos, con representantes militares de todo el país. “Durante dos días hacíamos reuniones en lugares escondidos, estudiando la situación del país, haciendo análisis, contactos con grupos civiles, amigos. “En diez años -me dijo Chávez- llegamos a hacer cinco congresos sin ser descubiertos”.

A estas alturas del diálogo, el Presidente se rió con malicia, y reveló con una sonrisa: “Bueno, siempre hemos dicho que los primeros éramos tres. Pero ya podemos decir que en realidad había un cuarto hombre, cuya identidad ocultamos siempre para protegerlo, pues no fue descubierto el 4 de febrero y quedó activo en el ejército y alcanzó el grado de coronel. Pero estamos en 1999 y ya podemos revelar que ese cuarto hombre está aquí con nosotros en este avión”. Señaló con el índice al cuarto hombre en un sillón apartado, y dijo: “¡El coronel Badull!”.

El Caracazo

De acuerdo con la idea que el comandante Chávez tiene de su vida, el acontecimiento culminante fue El Caracazo, la sublevación popular que devastó a Caracas. Solía repetir: “Napoleón dijo que una batalla se decide en un segundo de inspiración del estratega”. A partir de ese pensamiento, Chávez desarrolló tres conceptos: uno, la hora histórica. El otro, el minuto estratégico. Y por fin, el segundo táctico. “Estábamos inquietos porque no queríamos irnos del ejército”, decía Chávez. “Habíamos formado un movimiento, pero no teníamos claro para qué”. Sin embargo, el drama tremendo fue que lo que iba a ocurrir ocurrió y no estaban preparados. “Es decir -concluyó Chávez- que nos sorprendió el minuto estratégico”.

Se refería desde luego, a la asonada popular del 27 de febrero de 1989: El Caracazo. Uno de los más sorprendidos fue él mismo. Carlos Andrés Pérez acababa de asumir la presidencia con una votación caudalosa y era inconcebible que en veinte días sucediera algo tan grave: “Yo iba a la universidad a un posgrado, la noche del 27, y entro en el fuerte Tiuna en busca de un amigo que me echara un poco de gasolina para llegar a casa”, me contó Chávez minutos antes de aterrizar en Caracas. “Entonces veo que están sacando las tropas, y le pregunto al coronel: ¿Para dónde van todos estos soldados? Porque sacaban los de logística que no están entrenados para el combate, ni menos para el combate en localidades. Eran reclutas asustados por el mismo fusil que llevaban. Así que le pregunto al coronel: ¿Para dónde va ese pocotón de gente? Y el coronel me dice: A la calle, a la calle. La orden que dieron fue esa: hay que parar la vaina como sea, y aquí estamos. Dios mío, ¿pero qué orden les dieron? Bueno Chávez, me contesta el coronel: la orden es que hay que parar la vaina como sea. Y yo le digo: Pero mi coronel usted imagina lo que puede pasar. Y él me dice: Bueno Chávez, es una orden y no hay nada que hacer. Que sea lo que Dios quiera”.

Chávez dice que también él iba con mucha fiebre por un ataque de rubéola, y cuando encendió su carro vio un soldadito que venía corriendo con el casco caído, el fusil guindando y la munición desparramada. “Y entonces me paro y llamo”, dijo Chávez. “Y él se monta, todo nervioso, sudado, un muchachito de 18 años. Y yo le pregunto: Ajá, ¿y para dónde vas tú corriendo así? No, dijo él, es que me dejó el pelotón, y allí va mi teniente en el camión. Lléveme, mi mayor, lléveme. Y yo alcanzo el camión y le pregunto al que los lleva: ¿Para dónde van? Y él me dice: Yo no sé nada. Quién va a saber, imagínese”. Chávez toma aire y y casi grita ahogándose en la angustia de aquella noche terrible: “Tú sabes, a los soldados tú los mandas para la calle, asustados, con un fusil y quinientos cartuchos, y se los gastan todos. Barrían calles a balas, barrían los cerros, los barrios populares. ¡Fue un desastre! Así fue: miles, y entre ellos Felipe Acosta”. “Y el instinto me dice que lo mandaron a matar”, dice Chávez. “Fue el minuto que esperábamos para actuar”. Dicho y hecho: desde aquel momento empezó a fraguarse el golpe que fracasó tres años después.

El avión aterrizó en Caracas a las tres de la mañana. Vi por la ventanilla la ciénaga de luces de aquella ciudad inolvidable donde viví tres años cruciales de Venezuela que lo fueron también para mi vida. El Presidente se despidió con su abrazo caribe y una invitación implícita: “Nos vemos aquí el 2 de febrero”. Mientras se alejaba entre sus escoltas de militares condecorados y amigos de la primera hora, me estremeció la inspiración de que había viajado y conversado a gusto con dos hombres opuestos. Uno a quien la suerte empedernida le ofrecía la oportunidad de salvar a su país. Y el otro, un ilusionista, que podía pasar a la historia como un déspota más”.

Hugo Chávez (1998)

Publicado: 15 abril 2009 en Milagros Socorro
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Cerrados los ojos y juntas las manos, el líder descansa, inmóvil y silencioso, en el asiento trasero del automóvil que lo conduce hacia sitios cada vez más contrastados. Con un leve gesto impone respeto para su aislamiento momentáneo. Qué piensa. Qué propósitos lo animan. Qué dudas abaten su alma. Qué certezas aploman su carácter. De qué sustancia está hecho este hombre cuya garganta oprime una corbata a la que no termina de acostumbrarse. Quién es, finalmente, este lancero recientemente ataviado con trajes cortados a la medida. Eso nadie lo sabe. Más se expone a la mirada del mundo y más inescrutables son sus designios. Incluso para sus colaboradores más inmediatos, para este asesor que lo escolta en el recorrido, para aquel ujier que le retira una mota de la solapa, Hugo Rafael Chávez Frías es un enigma.

 

De pronto respira hondo e inquiere por tal o cual detalle. La voz ronca que interrumpe su mutismo exige cabal y rápido acatamiento de sus órdenes. Nada se le escapa, nada queda al azar y, sobre todo, nada se descarría de su control. Puede pasarse horas escuchando –de hecho, es célebre su disposición a prestar oído a todo y a todos– pero es suya la última palabra y quienes han pretendido replicarla no se cuentan ya entre los llamados a su reino.

 

Esos breves períodos de silencio que resguarda para sí, como una quilla que rasgara el vocerío que lo envuelve, le permiten retomar el hilo de sus reflexiones –de sus obsesiones, que en su caso es lo mismo–, ese cauce que lo ha traído hasta la senda de Miraflores partiendo de modesta cuna en Sabaneta de Barinas, donde naciera el 28 de julio de 1954, bajo el signo de la terquedad y una inquebrantable tozudez labrada en la habilidad para trocar en ventura el infortunio. En esa manera de quedarse callado podría residir la principal característica de Hugo Chávez, a saber, su enorme capacidad de asimilación y aprendizaje. De allí la sorprendente fluidez de sus posturas, la prestidigitación de su plante, la ubicuidad de su talante. Chávez no es ahora tan Chávez como lo era el 4 de febrero de 1992, cuando llevaba la cabeza –caliente– tocada por roja boina; y no lo es porque manteniéndolos muy abiertos ha cerrado los ojos y ha conservado en la humedad de los párpados las lecciones que impone el paisaje y su movediza circunstancia.

 

En rápida aritmética: seis años han transcurrido desde que un brioso Chávez nos sacó de la cama y nos emplazó a contemplar una pirueta de la historia, ateridos frente al televisor. Hacia la medianoche el país quedó impuesto de la asonada. Algo así como una hora después apareció en pantalla el presidente Carlos Andrés Pérez, ileso pero íngrimo, el golpe había fracasado. Y antes del meridiano el alzamiento cobró rasgos: una especie de indio, inusualmente fornido y bien calafateado de vitaminas, se puso de cara al sol y soltó un parlamento que no parecía recitado por un insomne: “Primero que nada”, dijo en esa única aparición televisiva que abatió el récord de sintonía nacional acaparado hasta entonces por aquel pequeño paso de un hombre en la luna, “quiero dar buenos días a todo el pueblo de Venezuela y, este mensaje bolivariano va dirigido a los valientes soldados que se encuentran en el Regimiento de Paracaidistas de Aragua y en la Brigada Blindada de Valencia. Compañeros, lamentablemente, por ahora, los objetivos que nos planteamos no fueron logrados en la ciudad capital. Es decir, nosotros acá en Caracas, no logramos controlar el poder. Ustedes lo hicieron muy bien por allá, pero ya es tiempo de evitar más derramamiento de sangre. Ya es tiempo de reflexionar y vendrán nuevas situaciones y el país tiene que enrumbarse definitivamente hacia un destino mejor. Así que oigan mi palabra. Oigan al comandante Chávez, quien les lanza este mensaje para que, por favor, reflexionen y depongan las armas porque ya, en verdad, los objetivos que nos hemos trazado a nivel nacional es imposible que los logremos. Compañeros, oigan este mensaje solidario. Les agradezco su lealtad, les agradezco su valentía, su desprendimiento y yo, ante el país y ante ustedes, asumo la responsabilidad de este movimiento militar bolivariano. Muchas gracias”.

 

Un minuto y doce segundos bastaron para instilar en la conciencia nacional los tics más relevantes del insurrecto. Con eso se supo todo –o casi todo, que entonces era más que suficiente– el líder de los alzados era un muchachón de ojillos profundos, nariz lanceolada y boca prominente, todo distribuido sobre rostro moreno de diseño claramente mestizo; empaque de machazo cultivado en trotes mañaneros y largas caminatas de campaña; guapetón que no escurre el bulto a las consecuencias de sus chapuzas; lengua floja que desliza un provocador por ahora… promesa segura de nuevos capítulos para su saga de rebelde con causa; corazoncito tricolor que palpita con el acento romántico de la doctrina de Padre de la Patria. Todo un bocado para el marketing político, entonces empozado en el humeante detritus del deterioro y el más completo desgaste.

 

Hubo Chávez para encarnar todas las fantasías: las de los nostálgicos que aplaudieron el revival de los madrugonazos con uniforme y Orquesta Aragón; las de la vieja izquierda que mascaba su frustración en la destartalada dacha del olvido; las del moderno mantuanaje, manicurado y nervioso, aterrado ante la amenaza de que la horda insurrecta saliera de los cuarteles directamente hacia sus residencias, a quebrar los jarrones y mancillar a sus hijas, como había hecho la recua capitaneada por Cipriano Castro a fines del siglo pasado; las de los pobres y preteridos que vieron en el bisnieto de Maisanta la empuñadura de la vendetta; las de cierta casta ilustrada que confundió los corríos llaneros con los acordes emanados de la flauta del virtuoso de Hammelin; las de la clase media, que tachaba todas las líneas de la lista de supermercado menos la del gritón que viniera a redimirla de su desmedro y a rehabilitar sus líneas de crédito; también las de un sector súbitamente sobreerotizado y anhelante que vio en el mozo vestido de camuflaje la concreción del antiguo mito de la erección perpetua. Carne fresca para un consumo de avidez, hubo Chávez para todos los sueños y todas las pesadillas.

 

Ahí se puso en marcha el proceso de despatarre con Chávez que por estos días alcanza picos de auténtico frenesí porque el comandante ha resultado un camaleón; elástica musculatura de complacencias que por las mañanas alebresta en La Charneca, por las tardes persuade en el cónclave de la British Petroleum y por las noches saca las sillas de las damas más encumbradas, quienes le ofrecen su nuca espumosa y bajan la mirada para escuchar –por qué no, chica– al centauro puesto en limpio.

 

En las encuestas, en los denuestos, y siempre a espuertas, Chávez arrasa. Sus detractores (que los hay, los furibundos y los burlones) asoman numerosos argumentos para desacreditarlo, la mayoría entresacada de la propia hoja de vida del candidato, incapaz, al parecer, de estarse quieto un momento. La principal carta de desprestigio es la que esgrime el ex presidente Pérez, para quien Chávez es, desde luego, la soga en su casa de ahorcado, “cómo puede el individuo que atentó contra la institucionalidad proponerse ahora como autoridad legítima del país que sacudió con sables y estuvo a punto de ensangrentar desde Tucupita hasta Perijá”. No faltan quienes advierten una tendencia autocrática de Chávez Frías, secuela de su formación castrense, evidenciada en el júbilo con que corrió a La Habana a echarse en brazos de Fidel Castro en cuanto salió de su presidio en Yare y en las carantoñas que se apresuró a hacerle a Pérez Jiménez, en raudo paso por Madrid, tras sostener reuniones de alto nivel en Londres.

 

Está el clamor de altos oficiales que lo tuvieron como contrafigura en los días de la candela, cual es el caso del general (r) Fernando Ochoa Antich, ministro de la Defensa en el febrero de la remezón, quien no se ahorra invectivas para lanzar a la cara del ex golpista. “Chávez”, dice el general Ochoa, “es un hombre apasionado, con exagerada confianza en sí mismo y sin límites para su ambición. Un populachero, que busca acercarse al pueblo a través de los valores populares, sin tener sentido crítico, de allí que coja un cuatro y se ponga a cantar en un mitin, o que haga de pitcher en un partido de béisbol”.

 

—Cuando estaba haciendo el curso de Estado Mayor –desliza el ex ministro, fulminante– el comandante Chávez fue reprobado en la asignatura de Inteligencia Militar, una materia técnica.

 

Repitió el examen y obtuvo una calificación casi aprobatoria, mas no suficiente. Y si no fue retirado del curso, fue para evitar que esto se tomara como represalia por las sospechas que recaían en él por conspirador; no hay que olvidar que Chávez había sido detenido el año 89, a raíz de los sucesos de “la Noche de los Tanques”, oportunidad en que una unidad de tanques del Batallón Ayala salió de Fuerte Tiuna y tomó el Ministerio del Interior, donde se encontraba Simón Alberto Consalvi, titular de ese despacho y entonces presidente encargado en ausencia del presidente Jaime Lusinchi, quien se encontraba fuera del país.

 

“Uno de los objetivos prioritarios del alzamiento del 4 de febrero”, continúa Ochoa, “era detener al presidente y eso fracasó por la incapacidad militar de Chávez porque, sorprendentemente, a pesar de que contaba con un batallón de paracaidistas sumamente bien armado, vino de Maracay y se puso en un sitio muy importante desde el punto de vista táctico en la guarnición de Caracas, que es la vieja Escuela Militar, emplazada en una colina desde donde se ve claramente Miraflores; y permaneció allí inactivo durante las primeras horas del golpe, mientras otros oficiales insurrectos atacaban el Palacio de Miraflores. Él ha dicho que no tenía comunicaciones, ha buscado mil maneras de justificarse, pero es inexplicable que el jefe del alzamiento no haya hecho un disparo durante las acciones y haya permitido que sus subalternos combatieran en situación de debilidad, estando él a 400 metros con un batallón perfectamente bien armado. Ahí no cabe sino suponer una gran incapacidad militar o que se inhibió por temor al combate, no queda otra explicación”.

 

“El 4 de febrero engañó a sus subalternos haciéndoles creer que se trataba de una insurrección de todas las Fuerzas Armadas dirigida por el propio ministro de la Defensa. Su traición causó la muerte a un grupo de jóvenes venezolanos y produjo graves daños institucionales al país. Además, el 27 de noviembre, sus seguidores asesinaron vilmente a los vigilantes del Canal 8 y llamaron al pueblo al saqueo y a la violencia”.

 

A los señalamientos de poco arrojo y mucha falacia que hace –entre otros– el general Ochoa, se suman los de Arturo Úslar Pietri, quien afirma que Chávez “es un oportunista. Un hombre que llevó a cabo un gesto poco maduro, una tentativa de alzamiento fracasada que en el desierto político y cultural de Venezuela le valió gran popularidad. Yo no creo que tenga ninguna propuesta seria que hacerle al país ni que esté en condiciones de dirigir una transformación positiva de Venezuela. Creo que tiene otros méritos pero ésos no”. Uslar le concede el merecimiento de ser un hombre resuelto, que corre riesgos y asume responsabilidades… “pero tiene una formación incompleta y fragmentaria, en la cual une perspectivas muy difíciles de conciliar, como la figura de Bolívar con la de Ezequiel Zamora, personajes completamente inacoplables. Chávez es beneficiario de una vieja tradición venezolana, vigente desde los orígenes de la República, proclive a la aparición de los hombres mágicos, de los caudillos”.

 

Esta alusión de Úslar al gazpacho ideológico de Chávez, en cuyo sedimento se percibe una forzada amalgama que empegota a Bolívar con Ezequiel Zamora y a Simón Rodríguez con Maisanta, su antepasado y suerte de santo patrono, recorta el perfil patriotero de Chávez, que ha hecho las delicias de quienes ven en él una especie de ex boxeador entalcado que anda por los caminos desgranando frases solemnes espigadas del ideario decimonónico y protagonizando lances teatrales tan chorrantes como el conciliábulo sostenido por los entonces capitanes Jesús Ernesto Urdaneta Hernández, Felipe Acosta Carles (caído en la refriega de febrero de 1989) y Hugo Chávez Frías, a fines de 1983 –año del bicentenario del nacimiento de Bolívar– en las inmediaciones de lo que queda del Samán de Güere, para fundar una sociedad carbonaria cuyos objetivos eran, según declaró el propio Chávez a Ángela Zago para su libro La rebelión de los ángeles (Fuentes Editores, 1992), “eminentemente internos, sus esfuerzos estaban dirigidos en primer lugar al estudio de la historia militar venezolana como fuente de una Doctrina Militar propia, hasta entonces inexistente. Y, en segundo lugar, a enfrentar la problemática interna del Ejército con estudios analíticos y recomendaciones pertinentes”.

 

El Chávez feroz que asalta el alba con ráfagas de pánico es, en realidad, un muchachote sentimental que distribuye las mayúsculas con salero. Un buen alumno escogido por la maestra para recitar, con las uñas recién cortadas y los zapatos muy pulidos, en el Día del Árbol. Y ése es el Chávez que está saliendo del cascarón como un Marte sin armas ni municiones, posado sobre la concha que le ofrecen, todos a una, diversos sectores del establishment. El Chávez rugiente que atemorizó a las familias a la hora del noticiero es, según cuentan, muertos de risa, algunos tejedores de la pequeña crónica nacional, un delirante que mantiene en su casa una silla siempre vacante porque es la destinada al Libertador. Y, claro, nadie más puede arrellanarse en ella porque un día podría llegar el héroe del Paso de los Andes y preguntar, como los tres ositos, quién se ha sentado en mi silla, quién se ha tomado mi sopa. Cuentan que en la oficina de Eduardo Salinas, en Venevisión, cuelga un gran retrato ecuestre de Bolívar, frente al cual, dejado solo unos instantes, fue encontrado el candidato, por el mismo Salinas y por Edgardo De Castro, en animada conversación con el glorioso jinete a quien tuteaba y casi trataba de hermanazo querido con gestos declamatorios, como una Juana de Arco de entrepierna pronunciada. Hay que decir, en oposición a esto, que Francisco Arias Cárdenas, su compañero de tantas jornadas y amigo irrestricto, niega de plano estos transportes y asegura no haberse visto jamás constreñido en el uso del mobiliario en casa de Chávez, adonde va de vez en cuando, ni haberle escuchado diálogos con interlocutores carentes de materia constatable. Como también es falso, establece el gobernador del Zulia, que la nueva señora Chávez, la rubia locutora barquisimetana Marisabel Rodríguez Oropeza, haya, como se ha dicho, expuesto el ebúrneo pecho para amamantar, frente a connotadas visitas, a la bebé de la pareja. “Al menos, delante de mí no lo ha hecho y me considero amigo fraterno de esa familia”. Será que no ha estado el mandatario zuliano a la hora de la puericultura al alcance de todos. “Será”, concede Arias, “pero lo pongo en franca duda; las mujeres guajiras lo hacen con toda espontaneidad porque forma parte de su cultura pero no creo que ocurra lo mismo con Marisabel, dama de todo pudor y recato”.

 

Que Chávez es hombre polifacético, de eso no cabe duda, se sorben los bigotes quienes cantan la rapsodia de sus boutades. Lleva años rumiando ese asunto de la Asamblea Constituyente que vendrá a poner el país patas arriba, lo que no lo ha distraído de sus arrebatos creativos: el hombre fuerte de nuestro fin de siglo es literato y pintor de domingos. Es autor, tal como aparece en el curriculum suministrado por un colaborador cercano, “de variados cuentos y poesías, Vuelvan Caras (enviado a El Nacional), Mauricio y El Genio y El Centauro (obra teatral que ganó el tercer premio del Teatro Histórico Nacional) en Cañafístola (1987). Tiene un famoso poema dedicado al Tte. Cnel. fallecido, Felipe Acosta Carles. Es autor de numerosas obras de Artes Plásticas como Sombra de Guerra en el Golfo (1980)”. Es textual, mira por donde. Y omite el citado documento mencionar que Chávez es también compositor de un romance titulado El Corrío del Catire Acosta, que estuvo a punto de verse inmortalizado en acetato con la voz del cantante llanero Cristóbal Jiménez, quien alguna vez dijo recordar un verso donde decía “… mataron a mi compadre” y otro que traía a colación al mariscal Antonio José de Sucre. Como diría María Conchita Alonso, un hombre que compone canciones no puede ser completamente malo. Y ésta es la consigna que parece imantar a los nuevos allegados a Chávez, contingentes de la alcurnia local, huestes de la banca, legiones del agro industrializado, chicos y chicas provenientes de urbanizaciones de solera, no precisamente arrullados por Los Guaraguaos.

 

Como el meteorito que pierde en su tránsito su llameante cola, Chávez se ha ido desactivando a medida que se sacude el polvo de los cuarteles. Mantiene su popularidad –incluso entre las capas más desfavorecidas– pero ya no huele a azufre. Digamos que se ha ido contaminando de todo lo mórbido que lo ha rodeado desde que se fue despojando de antiguos atuendos –primero el verde oliva, después el liqui-liqui– y actualizó su guardarropa morigerando, de paso, su discurso, antes impregnado de sesentismos amelcochados. Al principio, cuando irrumpió en el álbum de familia nacional como un caporal dispuesto a todo, aparecía como un forajido poco vinculado al sector civil y con aquel caletre de cartelera en 5 de Julio. Después se vio acorazado por la antigua izquierda, corifeo del marxismo coreano inspirado por Kim Il Sung, que lo sacó en hombros al ver en él su tan esperado jefe natural; fue la época en que se le veía rodeado por José Vicente Rangel, Manuel Alfredo Rodríguez, Domingo Alberto Rangel, Manuel Quijada, Luis Miquilena, Francisco Mieres, Núñez Tenorio (algunos de los cuales se han alejado y otros permanecen en estado de latencia esperando a ver cómo viene la mano). Y, luego, como en vetas perfectamente discernibles en el corte geológico de sus desplazamientos, se inició un proceso de mutua seducción con la burguesía del patio. Chávez holló con su planta altanera las alfombras de Clement, sastre que atesora en sus cuadernos las medidas exactas del poder y sus contornos de pecho, y lo demás fue miel sobre hojuelas. Por un lado, remató la puntada que le aseguró el apoyo del Movimiento V República, el MAS, Independientes por la Comunidad, el Partido Comunista de Venezuela, Solidaridad Independiente, Acción Agropecuaria y Patria para Todos, así como las constantes filtraciones de simpatizantes de otras toldas que se han ido desinflando en el camino; y, por el otro, ejerció sus conocidas artes de encantador de serpientes en decorados como los de la Bolsa de Caracas, Fedecámaras, la Asamblea Nacional de Ganaderos, los salones donde ha departido con altos inversionistas de Wall Street o con representantes del gobierno norteamericano, y la sede del diario El Universal, donde desplegara sortilegios que vencieron las resistencias de más de un desconfiado que compartiera memorable almuerzo.

 

Cuando vinimos a ver, al febril orador del Aula Magna de la Universidad de La Habana le llovieron las adhesiones provenientes de próspero empresariado y conspicuo team de ejecutivos y se sabe que cuenta con el apoyo de algunos miembros del clan Boulton, Jorge Castillo (tercero a bordo en Avensa), Oswaldo Capriles, Concho Quijada, Alejandro Riera, Carlos Sequera Yépez, Reinaldo Cervini, Juan Andrés Cova, Carlos Enrique Tinoco, Parsifal De Sola, Pedro Mario Burelli (hijo del actual canciller), Giovanni Finol (Zulia), Fuaz Kassen y Bernard Geraud (Portuguesa), Lorenzo Rávago (presidente de los Industriales de la Pesca y de Fedecámaras-Sucre), Luz Alejandra Cárdenas de Betancourt (Táchira), Pedro Solano, Sixto Concepción y Franca de Castro (Guárico), eso por citar sólo unos pocos de un caudal que ya es una riada hacia las desembocaduras de Chávez, en la cual sobrenadan numerosos empresarios de la pequeña y mediana industria que le arrimaron un dedo a un centímetro de su boca y, al ver que no mordía, lo apoyaron sin reservas .

 

Un vocero idóneo de esta tendencia es Hiram Gaviria, atildado caballero del agro venezolano, ex ministro, insospechable (aunque con pasado de izquierda universitaria) de lanzar piedras a la vidriera de las convenciones. Gaviria es el secretario general de Acción Agropecuaria, partido político inscrito en trece estados del país, conformado mayoritariamente por productores rurales, “cuyo objetivo es defender un programa que estimule la producción y el empleo nacional, desde la óptica de un país moderno”, sumado a la nómina chavista sin restarle un ápice a su parapeto clasista (high clasista).

 

“Nuestra óptica es empresarial”, establece Gaviria, “encaramos la agricultura como una actividad rentable y moderna que garantice a los venezolanos un mínimo de producción interna competitiva en calidades y precios para abastecer el mercado interno y aún arroje algunos rubros para la exportación”. Para lograr tal desiderátum, la organización política ha confeccionado un detallado proyecto que no se toca con proclamas demagógicas ni ñoñerías alusivas al campesinado famélico. Ellos van a lo suyo y lo suyo es el aumento de la productividad en un marco de reglas claras y faena hipertecnologizada.

 

“Creemos que en Venezuela hace falta un proyecto nacional, un proyecto de país, y que así como nosotros lo tenemos para la agricultura debe haberlo para la educación, la salud, la industria, el funcionamiento del Estado. Chávez representa una posibilidad real de orientarse hacia esas metas porque él es la ruptura, el cambio de un modelo sustentado en el Pacto de Punto Fijo que descuidó la diversificación económica y mantuvo el modelo rentista petrolero, con el resultado trágico de un Estado macrocefálico e ineficiente, en una democracia secuestrada por los partidos políticos. Nosotros estamos a favor de ese cambio profundo que Chávez encarna hoy en día”.

 

Gaviria no se acredita un especial vínculo amistoso con el candidato, “he tenido poco contacto con él, no lo visité en Yare”; y está consciente de que algunos gajos del chavismo se colocan en sus antípodas, donde pululan el revanchismo y eso que se ha llamado resentimiento social. Sabe que las diferencias van más allá del hecho de que la muchachada de Chávez prefiere llamar a las vacas por nombres propios como Mariposa y Nube de agua, mientras ellos, los ganaderos suscritos a revistas especializadas, les clavan en la oreja un arete con un código y las enfilan hacia el ordeño mecánico. Pero, aunque él no da el tipo del ganadero que canturrea tonadas a la pata de una res, no se inmuta demasiado por la obvia brecha que lo separa del grueso de los chavistas. “Todo eso convive. En la heterogeneidad nos une el deseo de cambio. Nosotros queremos participar, desde nuestros intereses empresariales, de ese cambio que queremos en paz y democracia para sentar las bases de una nueva sociedad, de un nuevo proyecto de país para el siglo XXI. Y Hugo Chávez es el hombre para conducir ese proyecto”.