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San Mateo Ixtatan. Guatemala.- Ya entra la madrugada. En el piso frío de la casa de madera y lámina, las manitas de las niñas van y vienen en silencio, navegando entre lo que les queda del último llanto y el chapaleo del líquido que sienten tibio y espeso, irreal, saliendo calladito y lento del cráneo de su madre.

Lo juntan como pueden. Que no se vaya, que se quede, y una va por un trapo y otra le arregla el cabello mientras le acaricia la cabeza que es como algo pesado y sin forma, pero que huele a ella.

Los ángeles lo ven todo. Están allí y se acomodan tristes y azorados, callados, a una distancia prudente de Chabelita que ya los vio pero no tiene ánimo para hablarles ni escucharlos porque el dolor y la pesadilla son más grandes que el portento de sus presencias.

Esa noche de mayo, los escasos siete años de vida se le convierten a la pequeña en una losa que nada ni nadie le va a quitar de la piel. Los recuerdos y los sueños aún hoy, en la habitación más segura de todas, se transforman en gusanos que se mueven debajo de su cama sobre granos de arroz blanco, igualito al que había en el piso de tierra, regado entre platos y sillas rotas cuando veían a su mamá con la mirada en el techo, jadeando rápido y luego lento lento hasta que ya no respiró más.

Su otra hermana, cuatro años mayor que la Chabelita, le habla al oído para decirle que es bonita, que no tenga más miedo, que ya pasó todo, que todo está bien, que eso no se va a quedar así, que esa grosería del padre se va a castigar pero que ya no va a sufrir más.

La hermana más pequeña, de apenas tres años, solloza y las mira desde la cama desordenada y sucia.

Unas horas antes, los gritos y la angustia desbocada de la mujer se terminaban de tajo frente a sus hijas. Cuatro, cinco golpes secos, cortos y envainados, cargados de maldiciones, bastaban para terminar con la discusión que en principio se parecía a las que todas las mañanas tenían papá y mamá cuando empezaba el día.

Pero ese primero de mayo, como lo recuerda muy bien Chabelita, fue distinto a los demás.

Faltaba poco para la media noche y la bestia, movida por hilos de odio y locura, de los celos y alcohol, batía sus brazos y manos como el aire a los árboles hasta arrancarlos de la tierra y lanzarlos desmadejados, como bultos, hacia un rincón del cuartucho.

El brazo derecho de la mujer y su rostro, levemente inclinado a la derecha, quedaron apuntando hacia el fondo de la pieza en donde Chabelita y sus hermanas eran también como ángeles ocultos que lo ven todo, que lo saben todo pero no dicen nada, no hacen ruido porque la brutalidad las dejó mudas o porque los ángeles les taparon la boca para que su paso por este mundo no fuera así de efímero y terrible.

El hombre buscó unos quetzales revolviendo todo lo que encontraba a su paso. Removió con el machete húmedo lo que había sobre la mesa de madera en busca de algo. Comida, monedas, un vaso con agua o cerveza.

Buscaba en las latas algo del dinero que Chabelita y su hermana ganaban en las calles de Huehuetenango, pidiendo limosna a la gente.

Ella tenía apenas siete años y su hermana casi diez. Entre las dos cuidaban a la más pequeñita de la familia. A Chabelita le tocaba lavarle los pañales de tela y cuando se acababan, la mandaban a la calle a pedir dinero para comprar de los desechables, la mandaban a conseguir dinero para comprar algo de comida y por supuesto, cervezas, alcohol para su padre.

El tipo maldijo al aire, a la noche y al cuerpo de la mujer que le dio tres niñas y entre el ladrido de los perros alebrestados por los gritos salían de la vivienda se perdió en lo oscuro, macheteando a sus propios fantasmas y cortando de tajo el frío de la madrugada que intentaba cerrarle el paso para que no huyera.

Con él se fueron los ladridos y el murmullo de los vecinos que no se atrevieron a acercarse al cuartucho para descubrir lo que imaginan. Alguno de ellos venció el miedo y se fue por la vereda a buscar a la abuela de las niñas en otra comunidad para que fuera a ver lo que había pasado y se llevara a sus nietas de ahí.

Los ojos de la mujer miraban al vacío, entrecerrados y negros, sin brillo, ya sin alma. Del otro lado del cuartucho, entre las sombras, Chabelita y su hermana creían mirar otra golpiza más de las tantas que él le propinaba a su mamá y que luego de unos instantes ella se levantaría entre llantos y quejidos.

Pero esa fue la última discusión de todas. Unas eran por el dinero que no había, otras por la ropa mal planchada o por la comida fría y sin sabor, o por la casa que estaba sucia. A veces los golpes eran porque no había cervezas o porque ella no podía más y le reclamaba el maltrato, el alcohol, la brutalidad.

Todo eso se acabó a filo de machete. Tal vez los ángeles, que luego vienen a platicar con la niña, lo sabían pero de todos modos nada pudieron hacer en esas horas.

Arrodilladas, Chabelita y su hermana limpiaron el cuerpo de su mamá, trozado a golpes, empujones y fierrazos, mientras el hombre enfilaba hacia la frontera con México.

***

“No es cuento, es verdá…”

La de Chabelita es una historia que se rearma paso a paso, reuniendo la pedacería que han dejado en su mente y en su cuerpo el maltrato, las carencias, los abusos, la muerte, la violencia sexual y la traición de sus familiares.

En este rompecabezas que muestra los fragmentos de una vida que no rebasa los ocho años de edad, surge en esporádicos chispazos una niña-mujer con destellos de lucidez forjada por la desgracia y el sufrimiento.

Chabelita se viste de color rosa, lleva pantalones de mezclilla y zapatillas bajitas, como de princesa de cuento o de bailarina.

A veces usa tenis de colores y listones en su cabello negro y lacio. La mirada de indígena morena, de niña chuj del norte de Guatemala, se le endurece. Pese al dolor, sus ojos delatan permiten adivinar un mundo interior vivo, revuelto, intenso, en apariencia confuso pero también decidido a ir separando lo grotesco de lo sensato, lo triste de lo esperanzador, lo oscuro de lo luminoso.

Va contando su vida en saltos que mezclan su voz aguda con fraseos rasposos, acompañados de gestos y pequeños arrebatos contra enemigos invisibles que la atosigan y obligan a crecer, a dejar por momentos de ser una niña de ocho años.

Son los fantasmas de carne y hueso que la hacen transformarse en rabiosa mujer que lanza piedras de tamaño de su cabeza contra los pies de un gringo negro para hacerlo sangrar y poder escapar antes de ser ultrajada en una casucha a las afueras de la ciudad, sobre la tierra caliente de algún lugar de Quintana Roo, tal vez cerca de Chetumal o de Cancún o de otro sitio que no puede precisar y del que jamás sabrá el nombre.

Entonces, el recuerdo de esa odisea -quizá la única de la que salió victoriosa- le hincha la voz y la memoria le engrosa la garganta y se yergue en la silla mientras abraza a sus muñecas rubias y las protege y con la otra mano abofetea el aire y lo empuja y le dice que “no; ¡ándele usted!, ¡no!, ¡a mí me respeta, a mí me deja en paz y no me toca!, ¿qué se cree? …Usted, ¡tenga, tenga más!..¡Tenga!

Luego, la niña-tormenta vuelve a la calma en un nuevo giro, una acrobacia del tiempo y del alma que la regresan a estos días en los que abraza contra su pecho a tres Barbies a las que cuida para que no les suceda lo mismo.

Chabelita mira a los ojos de quien la ve, pero no por mucho tiempo. La imperiosa necesidad de seguir siendo niña la lleva de nuevo a hurgar  en sí misma y reinicia el diálogo con sus muñecas. Las peina y las despeina, les canta, les sonríe, algo les enseña y las lleva de allá para acá. No las deja ni un instante.

Sólo si le pregunta menciona a sus hermanas. Una, tres años mayor que ella y la otra que apenas comenzaba a caminar. Las tres, separadas por las tías, por los abuelos tras la muerte trágica de su mamá.

–Mira Chabelita, ven, siéntate y platicamos aquí, como jugando, sobre tu vida y…

–No, no es juego, es de verdá…, -dice la niña y antes de permitir el acceso a su vida te dice que primero va a hablar de los ángeles, porque los ángeles la han cuidado y la han ayudado y viene a decirle cosas de las que se entera antes que la gente las sepa.

“Este es una historia de navideño; primero el ángel Gabriel visitó a María y dijo óyelo bien, tú vas a tener un hijo muy especial María, y llegó María para dar las buenas noticias a José y José… ¿cómo vas a tener un hijo si no nos habíanos casado…Tu mamá y tu papá tiene hijos ¿y tú?

No te creo nada, dijo José y después en la noche envió un ángel Dios a José y dijo, no te preocupes José, el hijo que va a tener María, él va a salvar todas las vidas, dijo el ángel y ese día no se preocupó mucho José.

Y después hubo un orden de César, dijo, tú pueden regresar a la ciudad donde habían nacido, y después llegaron a la ciudad y ya no había lugar para quedar José con María y viajaron a Belén y dijo un hombre, tú pueden dormir a mi establo y se iban a dormir a su terreno pero ya no pudo porque está todo ocupado y viajaron a Belén y esa noche, al establo, nació el Niño Jesús”.

Y después de todo eso, “el Dios dijo, van a vivir muy felices, porque el Dios está con tu hijo”. Chabelita repite de memoria el pasaje del Antiguo Testamento que le han enseñado en el DIF (Desarrollo Integral de la Familia, creado en la década de los setentas), y en la casa segura en la que vive con otras niñas y jovencitas víctimas de situaciones similares.

Allí fue a parar la niña desde la muerte de su madre, desde los regaños de sus parientes y la codicia que luego se convirtió en negocio, porque comenzaron a ofrecerla como juguete sexual a extranjeros en el puerto turístico de Cancún, Quintana Roo.

***

“Los hombres no nos cuidan…”

Aquella batalla contra un “gringo negro” fue seguramente la única que Chabelita ganó. El resto de su breve historia en tierras mexicanas es tan confusa como dolorosa.

La niña asegura que después de lanzarle la piedra al tipo, salió corriendo de donde estaba (una calle de Cancún) y antes de que la buscaran ya se había escondido entre los botes de basura de una calle cercana a al sitio en el que su papá la acababa de ofrecer.

En su versión, Chabelita dice que pasó mucho tiempo luego de haber aventado la piedra y que después, agachándose y ocultándose en varios lugares pudo llegar hasta el centro. Después, con la ayuda de un policía al que le contó lo que le estaba pasando, llegó al DIF de Cancún.

Ahí fue admitida y se le abrió un expediente que poco a poco fue derivando en una investigación por abuso sexual, violencia física y más tarde por tráfico de personas y abuso de menores.

Esta última parte es imprecisa y al mismo tiempo fundamental, porque la niña describe cómo fue sacada de Guatemala hacia Belice y luego hacia México, muy probablemente sedada, con los ojos vendados y envuelta en cobijas para cruzar la frontera clandestinamente.

Cuando narra esta parte de su vida regresan los gestos, el asombro y las palabras extraídas de todos lados para tratar de explicarse la realidad y sobre todo para encontrar en cada recuerdo la respuesta a una pregunta que ronda todo el tiempo en su relato: “¿por qué yo?, ¿por qué me hacen esto?”

El expediente de Chabelita llegó al instituto Nacional de Migración (INM) y a la Procuraduría General de la República (PGR), en donde el caso de Chabelita ha seguido su curso mientras las instancias federales deciden la situación migratoria de la niña.

La indagatoria para reconstruir la vida de Chabelita es complicada y tiene visos muy especiales, porque de su reato se van desprendiendo aspectos cada vez más delicados que no solo explican lo que le sucedió, sino que también van dando una imagen sobre las personas y las situaciones en torno suyo que fueron conformando parte de una incipiente estructura de trata y prostitución de menores, en un punto del país caracterizado por la agudeza de esta problemática.

Chabelita se incomoda y parece confundirse seriamente si se le preguntan más detalles sobre aquellos días de Quintana Roo.

–¿Quién te llevó a Cancún?, ¿Cómo llegaste hasta allá?

–Mmm…es muy largo, que decir…primero me quitaron de mis tías, porque luego de que se murió mi mamá, de que la mataron a mi mamá, uno su hermano que ella tenía le dio mucha tristeza y se puso mal y se dio cuenta. Se desmayó, dicen.

–¿Se enfermó cuando supo que tu mamá habían muerto?

–Sí. Se puso mal y se desmayó y se murió.

–¡Uy!, no me digas, y entonces tu abuelita, la que dices que no veía nada, ya se quedó sin hijos.

–Sí, ya no tiene hijo ninguno. Se quedó sin hijo y sin su hija.

Chabelita se resiste a escarbar en esos recuerdos, pero la indignación se le va volviendo coraje y en las respuestas se desliza más y más en la zona de los días pesados y violentos que su gente pareciera llevar en la sangre.

Y es que Huehuetenango, el Departamento en donde se halla San Mateo Ixtatan, es uno de los 15 puntos del mapa guatemalteco que registra los índices más elevados de violencia hacia las mujeres.

Los bajos niveles educativos, el desempleo, el alcoholismo, la drogadicción, la ausencia de una infraestructura básica para una población expulsada del campo hacia las ciudades o hacia la migración al norte del continente, forjaron una cultura de violencia y machismo hacia las mujeres.

Las huellas de esta tragedia quedan plasmadas en estridentes notas periodísticas que dan cuenta de abusos, vejaciones y crímenes en aumento.

En mayo de 2008 las autoridades de Guatemala reportaban 255 asesinatos de mujeres, la mayoría por arma de fuego, en un periodo que al final arrojó un saldo de 672 víctimas. Una de ellas fue la mamá de Chabelita, asesinada, según recuerda la pequeña, el primero de mayo.

Las autoridades guatemaltecas indicaban en 2008 que el perfil de las víctimas era el de “jóvenes, trabajadoras, amas de casa y adolescentes, en situación de vulnerabilidad, debido a la pobreza y extrema pobreza”.

De poco o nada sirvió la creación, en abril de 2008, de la Ley Contra el Feminicidio. El promedio de asesinatos contra las mujeres se incrementó tras la entrada en vigor de esa legislación y alcanzó la escandalosa cifra de 70 víctimas por mes.

Para el 2009 las cosas no mejoraron en lo absoluto, y tanto los asesinatos como las violaciones y abusos sexuales, la trata de menores y la expansión de la pornografía infantil marcaron la pauta en la situación de la violencia constante hacia las mujeres guatemaltecas.

Al final del 2009 la cifra de homicidios ascendió a más de 730 casos, pese a la vigencia de la ley para castigar incluso con la pena de muerte a asesinos de mujeres. Las cifras al respecto son abrumadoras y siguen creciendo.

Entre 2002 y 2008 se registraron poco más de 4,300 muertes violentas de mujeres guatemaltecas. A esa cifra se han sumado los datos de 2009 y los que se acumulan cada día del 2010, en el que hasta el pasado 15 de febrero habían sido asesinadas otras 87 mujeres.

No en balde la Organización de Estados Americanos (OEA) ubica a Guatemala como el país con el nada honroso primer lugar en el continente en feminicidios. Le siguen en esa lista negra El Salvador y Honduras.

Pero al final, en este mar de datos y estadísticas, impera una ley inamovible: la de la impunidad, apuntalada por el menosprecio y la discriminación, por la sinrazón de la violencia de género.

Chabelita lo sabe muy bien porque lo ha visto y lo ha vivido hasta la médula, sin entender por qué a ella, para qué a ella.

Otro fragmento de su tragedia surge de su boca cuando recuerda que al pasar ilegalmente a Belice y luego en Chetumal, su tía Elsa le dijo que de ahora en adelante a su papá le tenía que decir “tío”, porque así tenía que ser, que no le dijera papá, que eso ya no existía.

Entonces, al llegar a Cancún, lo descubrió. No pudo llegar a los Estados Unidos. Se había quedado en Quintana Roo porque ahí ya tenía novia; una mujer muy joven y bajita que de inmediato tuvo roces y enfrentamientos verbales y físicos con Chabelita.

“Y ahí estaba esta chaparra condenada, que a ver para qué sirve, si no sirve para nada…Porque mi mamá no era chaparrita y esta chaparra, ay, si yo le decía, ¡A ver tú, chaparra, que haces si ni haces nada y ahí estas y nada más ordenan y no saben hacer nada y mi mamá sí sabía hacer cosas y tú no”, le gritaba Chabelita y su “tío” se enojaba y venían las groserías y los golpes y las cachetadas de la novia y de las tías.

Mira tú, “nos sabes cocinar, ni sabes lavar su calzón (del papá); mi mamá está más alta que tú…A ver, ¿para qué sirves”, le reventaba la niña en la cara a la nueva mujer de su papá y terminaba la escena poniéndose un par de zapatos de tacón que le dejaron rescatar de entre las cosas de su madre.

Trepada en ellos la volvía a enfrentar: “¿Ves?, estoy más alta que tú.”

Para acabar con el pleito, el papá la amenazaba con llamar a la policía para que se la llevaran porque era muy grosera y esta sin control. “Que me lleven, que vengan”, respondía Chabelita a gritos.

Indignada, la niña levanta la mirada. En su cuello y en la mejilla izquierda conserva marcas de golpes. Aprieta la mandíbula y mientras su pensamiento viene de regreso a este tiempo, alcanza a decir: “ya ves, los hombres no nos cuidan; las mujeres creen que nos pueden dar órdenes y nos ponen a lavar trastes…”

***

¿Sabes por qué estoy acá?

La noche del primero de mayo, cuando murió su mamá, Chabelita vio a los ángeles cerca de ella pero no les hizo mucho caso, porque era más importante atenderla a ella, sacar el martillo, los clavos, desarmar los tablones de la litera y hacerle una camita, una cosa a su mamá para acomodarla y que estuviera bien.

Las horas de la noche que ella y su hermana emplearon en buscar los tablones, bajar cobijas y ropa para envolver a su mamá fueron vigiladas por los ángeles, dice ella. Desde entonces vienen a verla en secreto cada quince días. Le tocan la ventana o la puerta y le hablan bajito para que sepa que son ellos.

Pero la condición es que no le ande diciendo a la gente que vienen a verla, que no le cuente a los otros que la van a cuidar para que nunca más le vuelvan a pasar cosas feas, como en San Mateo.

Los ángeles se quedaron cerca de ellas mientras limpiaban y arreglaban a su mamá tirada en el piso. Vieron a las niñas clavar tablones y proteger con cobijas a la mujer y todos estuvieron con Chabelita hasta que al amanecer llegó la abuela materna, ayudada por otros parientes porque estaba prácticamente ciega.

Al día siguiente la abuela se encargó de llamarle a su otro hijo que vivía en los Estados Unidos para decirle lo que había sucedido, pero la noticia fue devastadora. Murió de un infarto al saber que su hermana había asesinada a machetazos y golpes delante de las niñas.

Con ese doble dolor a cuestas, la abuela y las niñas sepultaron a su hija en el cementerio de San Mateo. Consiguieron un nicho y colocaron el ataúd ahí. Consiguieron bloques de tabique para tapiar el nicho y la gente cooperó para comprar unos botes de pintura. Chabelita recuerda que el día en que arreglaron el nicho “mi mamá estaba rete feliz, rete contenta.”

–¿Cómo lo supiste?

–Porque ella me dijo, ¡qué bonito se ve que están quedando los colores!

Unos días antes de que sus familiares la llevaran ilegalmente a Belice, Chabelita fue visitada de nuevo por los ángeles. Esa vez la visita fue más importante, porque traían un mensaje para ella.

“¿Sabes por qué estoy aquí?” – le preguntó uno de los ángeles a la niña –.

“¿No sabes? Yo estoy aquí porque te estoy protegiendo y te estoy cuidando, porque tu mami y su hermano están muy felices, porque están con Dios”, le dijo ese ángel.

Chabelita escuchaba con atención el secreto y la condición que el ángel le ponía para seguir viéndola y hablando con ella.

“Tú no le vas a decir a ninguna gente que venimos a hablarte, si no te van a llevar al infierno”, le dijo el ángel. Y entonces, “me desmayé”, recuerda Chabelita.

Pasó mucho tiempo para que los ángeles regresaran a verla. Tal vez estaba ya en Cancún cuando tocaron en la puerta de la casa y en una de las ventanas. Supo que eran ellos y que esta vez no venían solos. Su mamá los acompañaba y se veía feliz, recuerda la niña.

“Vino a verme y me vio que estaba y jugando, vino a ver cómo estaba yo y me dijo, mira esto es un secreto y no le puedes decir nada a nadie de que vine a verte, de que anduve por acá”.

No sabe cuánto duró la visita de su mamá y de los ángeles, pero conserva el secreto y solo lo revela cuando algo le dice que puede confiar, que no hay problema.

Los ángeles también la visitan cuando las cosas se ponen mal, cuando la gente vuelve a abusar de ella o le ha hecho muchas groserías. Dice que ya estando acá en México, en la casa donde las cuidan a ella y a otras jovencitas, tuvo un problema fuerte con Rocío -una adolescente que tiene más tiempo de haber sido rescatada de la trata de personas- y le dio una cachetada.

Lloró mucho y le dio coraje, porque Rocío es mayor que ella y lo que hizo fue un abuso. Pero de todo esto se enteraron los ángeles y regresaron una tarde a visitarla. De nuevo le pidieron que no le contara a nadie que la estaban visitando y le dijeron que ya sabían lo que le había hecho Rocío.

Quien te pegó, va a pagar más que el doble por lo que hizo, y tú vas a vivir y vas a visitar a la gente y vas a ir a muchos lugares, pero no vayas a decir nada de esto; tú sabes que las niñas son bonitas pero no deben ser caprichosas”, le dijo uno de ellos y sin saber cómo, se le desapareció esa tarde.

***

Sin perdón.

Chabelita está bajo protección de autoridades federales, pero la investigación sobre lo que le sucedió, al menos en suelo mexicano, no ha avanzado gran cosa. Hay huecos en su historia que ni la niña ni las autoridades que la atienden logran llenar.

Sin embargo, en otras cosas es muy clara y los detalles de su vida van perfilando un universo que es común no solo a las mujeres guatemaltecas, victimas de todos los tipos de violencia imaginable, sino también a un sector cuyas características siguen apuntalando y recreando las peores condiciones de vida que terminan por reproducir y agigantar las agresiones como un rasgo distintivo, una subcultura de la que casi nadie escapa.

Cuando Chabelita dice que esa parte de su historia es difícil de narrar, no exagera. El tema “es muy largo”, insiste, pero en realidad quiere decir que al asunto es más bien doloroso. Los pasajes se le borran de la memoria o comienzan a aparecer confusos.

Aún así sigue con el relato y dice que los malos tratos ya los sufría su abuela, que el abuelo nada mas tomaba y comenzaba a decirles cosas feas, puras groserías y acaba dándole golpes a su esposa.

El abuelo robaba. Se llevaba el dinero de la familia, el de la abuela y de la gente que iba conociendo y cuando tenía mucho o suficiente para emborracharse, les decía “mataré con este dinero…mataré con este dinero”, y se perdía varios días. Regresaba maltrecho y a buscar más dinero o a dormirse muchas horas y a despertarse para exigir que le dieran de comer.

Así era casi todos los días, y cuando la abuela le reclamaba venían los golpes, venía la vida como una calca de otras vidas y otros abuelos y abuelas; golpeadores y golpeadas, vidas que se repiten una y otra vez, un espejo sin fin que se le quebró en pedazos a Chabelita una noche de mayo.

De las tías -las hermanas de su papá- dos eran buenas personas o al menos así las conserva la niña en la memoria.MaryElizabeth no la trataban mal y jugaban con ella cuando tenían tiempo, quizá porque eran jovencitas, unos ocho o diez años mayores que ella.

Pero Elsa, la tercera tía, esa sí era mala con Chabelita, no solo porque la cacheteaba y le decía cosas y la amenazaba. Era mala persona porque la quería matar, porque la hacía trabajar como si la niña fuera gente grande. De sus agresiones quedan varias cicatrices en el cuerpo de Chabelita. Marcas en el rostro, en los brazos y la espalda.

Pero lo peor, cuenta Chabelita, es que Elsa quería robarle sus secretos y le recordaba todo el tiempo que su mamá estaba muerta, que no la iba a ver más.

Cuenta la niña que Elsa ganaba mucho dinero porque se dedicaba a limpiar casas en la ciudad de Chetumal. Cuando tuvo a su alcance a Chabelita, la tía la enseñó a limpiar y se la llevaba a trabajar, pero se quedaba con el dinero que le daban a la pequeñita.

La lastimaba y la amarraba con una cuerda para que no saliera a jugar, para que no se le escapara de la casa y para tenerla dispuesta a lavar la ropa, los platos, lo que Elsa le ordenara.

Un día Chabelita se hartó de lo que le hacía Elsa y le dijo que ya estaba cansada de los malos tratos, que ya no quería vivir con ella. Fue cuando la mujer le anunció que se iban de Guatemala y que su destino sería Chetumal o Cancún, en México. La niña se negó también a acompañarla. “No tienes opción, te vienes conmigo y ya”, le dijo Elsa. Después de esa discusión, la tía comenzó a castigarla dejándola sin comer varios días.

Eso fue cuando todavía estaban en Guatemala. Para entonces las tías de Chabelita, en particular Elsa, ya habían establecido contacto son su hermano en Cancún y tenían preparado el andamiaje para sacar a la niña de su tierra natal y llevarla con él. Lo que sucediera en tierras mexicanas era asunto distinto y que seguramente nadie imaginaba.

Una tarde, Chabelita fue a donde la llamaba su tía Elsa y ésta le dijo que iban a salir pero que para eso necesitaba taparle y la vendó. La niña no recuerda mayores detalles. Es muy probable que la hayan sedado para sacarla de Guatemala y llevarla sin contratiempos al país vecino.

“¡No manches, ya estábamos en Belice!”, alcanza a decir Chabelita en una frase copiada de las jovencitas con las que comparte espacio, cuidados y atención en México, en instalaciones de la PGR.

Después de pasar a Belice, lugar del que no recuerda nada, fue llevada a Chetumal. Ahí encontró la única distracción y alegría de esos días de pesadilla. Conoció el mar. Mientras se establecían y localizaban a su papá, la llevaron a la playa. La experiencia fue única. Dice orgullosa que ahí aprendió a nadar muy rápido porque se sumergía mucho, se metía muy adentro del agua.

De Chetumal pasaron rápidamente a Cancún y Chabelita pudo ir a la playa una vez más, hasta que por fin sus tías dieron con su hermano y el sueño se terminó. Volvieron los malos tratos y en especial la explotación.

De Cancún hay más recuerdos, casi todos malos. La vida diaria era muy dura y a Chabelita la obligaban a trabajar de lo que fuera, a pedir dinero en las calles, a juntar latas de aluminio para venderlas en depósitos de basura, a recolectar envases de plástico y en chatarra para venderla en tiraderos del puerto donde están las zonas marginadas.

Recuerda que en una ocasión ella y Elsa o alguna otra de las tías, tuvieron que vender la televisión que tenían, una videocasetera y un DVD. Envolvieron todo con cobijas y lo llevaron en una bicicleta hasta el lugar donde les compraban la chatarra. Les dieron unos cuantos pesos por lo que llevaban, una cantidad que a Chabelita le pareció importante, porque también acabaron vendiendo la bicicleta en la que cargaban las cosas.

A otra cosa que recuerda con agrado es la cama de la tía Elsa. Aunque ella era “mala y tonta, su cama estaba rica, suavecita”. Fue Elsa quien localizó al papá de Chabelita y finalmente la dejó con él, advirtiéndole que de ahí en adelante no le podría decir de nuevo “papá”, que tenía que llamarlo “tío”, nada más.

De todos modos, cuando se enteró de que iban a ver a su papá y de que se iba a quedar con él, el coraje se le había venido encima otra vez porque se acordaba de aquel primero de mayo, de la noche en la que su mamá fue asesinada delante de ella y de sus hermanas.

“Yo ya le tenía un gran coraje y no le iba a decir papá otra vez, por lo que hizo, por lo que le había hecho a mi mamá”, repite.

El hombre no había logrado pasar más allá de Cancún en su huida de Guatemala. Quizá descubrió que además de mantenerse impune podría también dedicarse a otras actividades, tener otra mujer y continuar con su vida abusiva.

Viviendo con ellos, con el papá y su novia –a la que refiere como muy jovencita- Chabelita le decía a él algunas cosas que le había enseñado su madre y le insistía en que la Biblia mencionaba lo malo que era decir groserías porque iba en contra de Dios y lastimaba a los ángeles, pero él no entendía y seguía agrediéndola física y verbalmente.

Las cosas empeoraron porque el papá y ella chocaban con el tema de la Biblia. El tipo le pagaba cada vez que ella intentaba corregirlos a él y a su pareja citando un pasaje o una idea del texto religioso.

–Oye Chabelita, ¿perdonarías a tu papá por lo que hizo?

–Sí lo perdonaría. Sí sería su única oportunidad de perdonarlo pero sólo si estuviera viva mi mamá. Solo así se perdonaría, pero ya no lo quiero por lo que hizo.

***

Y me llevaron con los hombres.

En esos días de abusos y de hartazgo, Chabelita se dio el lujo del desquite, de la revancha infantil con la que se cobró algunas de las cosas que le hacían su papá, su novia y la tía Elsa.

Esa suerte de venganza fue contra su papá y su pareja. La risa le ilumina el rostro moreno y le llena los ojos oscuros y profundos cuando recuerda que consiguió la llave del candado del cuarto o la casa en la que vivían y se las ingenió para dejarlos encerrados mucho tiempo, tanto que cuando regresó a abrirles tenían mucha hambre.

Desde el otro lado de la puerta de la casa, Chabelita brincaba y con las llaves en la mano brincaba y le gritaba a la novia de su papá “loser (perdedora), loser…eres una loser”, y se reía como nunca. Mientras el papá y la novia la cocían a maldiciones para que les abriera, Chabelita dio media vuelta y se fue hacia la ciudad, al fin que ya conocía los caminos, porque la mandaban a cada rato a buscar cosas para vender, a comprar comida o simplemente a pedir limosna en las calles.

Por supuesto que las cosas no se quedaron así. El papá y la mujer aumentaron los abusos contra Chabelita y ella les respondía de la única manera en que sabía hacerlo; diciéndole a ella que era una chaparra, que no servía para nada. A él le recordaba que en San Mateo su mamá de ella le decía a cada rato que era un bueno para nada, que ya hiciera algo, que buscara trabajo.

Y a los dos terminaba por decirles que ojalá y se los llevaran al infierno de una vez por todas.

Chabelita no puede dar más detalles sobre cómo fue iniciada en el comercio sexual infantil en Cancún.

Para los especialistas que comenzaron a atenderla en Quintana Roo, queda claro que esa parte de su vida es borrosa e incompleta y que por eso la recuerda en forma limitada, bajo ciertos parámetros, porque para ella implicaría enfrentarse a las imágenes y a la memoria de los tocamientos, de abusos sexuales y otro tipo de agresiones que prefiere dejar atrás.

Pero no es fácil, porque quienes la han atendido calculan que durante mes y medio o quizá dos meses fue abusada sexualmente, aunque ella asegura que “solo una vez me llevaron con los hombres.”

–¿Y para qué te llevaban con los hombres?

–Pues para que me violaran y eso.

–¿Quién te llevaba con los hombres?

–Mi papá y su novia.

–¿Cuántas veces te llevaron con los hombres?

–Una vez nada más.

–¿Y entonces dices que te violaron?

–No, no me violaron, porque no me dejaba.

Chabelita se pasea entre las sillas negras del auditorio en el que cientos de cristianos se funden en abrazos, en plegarias y lágrimas conforme escuchan a su Pastor alabando al Señor, invitando a la gente a abrirse a la palabra divina mientras un grupo musical y el coro concluyen la celebración.

En unos meses más su situación migratoria y su vida entera cambiarán. Es casi un hecho que va quedarse en México y que será adoptada por una familia que será seleccionada cuidadosamente por el DIF.

La ayudarán a recomenzar su vida apenas a los ocho años de edad. Chabelita se sienta en una silla y luego en otra. Abraza a sus tres muñecas, les habla y las acomoda o las carga un momento y las deja junto a ella mientras busca en su bolsita plateada un peine o un espejo para arreglarlas.

Luego voltea y atiende las últimas preguntas mientras el día va clareando y el sol enciende en verde esmeralda el pasto detrás de los enormes ventanales, justo frente a la puerta del auditorio en un centro de convenciones que los domingos es el centro de reunión de este grupo de crisitanos.

–Chabelita, ¿qué quieres ser cuando crezcas?, ¿Qué te gustaría?

–Ah, pues quiero ser presidenta…

–Qué bien, que maravilla. ¿Presidente de Guatemala?, ¿de tu país?

–No, de Guatemala no. Ahí ya no quiero regresar.

–¿Entonces?

–Presidenta de México, si se puede.

Mi sola presencia en este lugar invoca a la muerte. Me lo dice esta mujer que llora delante de mí: si no me voy, ella se muere.

Estamos en una comunidad marginal en alguna parte de Ilopango. Queda al lado de una carretera principal, pero es invisible en la calurosa selva urbana: un foso donde corren aguas malolientes, muros pintados con spray, casas de techo bajo, gente que barre hojas secas, ropa tendida al sol… En una de esas comunidades estoy ahora con un fotógrafo, amenazando la vida de esta mujer. Eso es lo que ella nos dice mientras nos mira con un miedo que la hace llorar.

Desde la calle cuesta adivinar la profundidad que pueden tener los estrechos pasajes y lo enredados que pueden llegar a ser. Llegamos a este lugar luego de dar muchos rodeos por la zona y de que mucha gente señalara en direcciones opuestas. Habíamos pasado frente a este grupo de casas al menos dos veces. Pero ya hemos dicho que es invisible. Preguntamos a un grupo de mujeres y señalaron una casita. Nos acercamos y preguntamos a otra que estaba sentada a la entrada de una tienda y señaló la misma casita. De los pasajes comenzaron a salir muchachos que nos miraban con descaro y quizá con reto. Nos seguían con la vista. La mujer que estaba sentada en la tienda desapareció.

Luz se asomó tras la puerta de su casa. Es una mujer mayor a la que aún es atrevido llamar anciana. Mide poco más de metro y medio y va descalza. Tras ella, como pollitos, salió un grupo de niños. ¿Cinco, seis? Todos iban descalzos. Cuando escuchó el motivo de nuestra visita negó con la cabeza y le dijo a sus pollos descalzos que se largaran, que esa no era plática de niños, sino de abuelas corajudas. Los chicos se replegaron, pero volvieron como moscas atraídas por el misterio. Vinimos a ver a Luz para preguntarle sobre Clara, su hija.

-¿Y cómo dio conmigo?

- Preguntando.

-¿Y preguntó a los vecinos?

-Sí.

-¡Ay, Dios! No. ¿Y le preguntó a la mujer que estaba sentada ahí a la par?

-Eeeeh… pues sí.

Entonces fue cuando Luz se echó a llorar y a moverse como si algo le doliera por dentro, a frotarse las manos, a mirar al cielo. Hemos revuelto un hormiguero. Es que esa mujer que estaba sentada ahí a la par ordenó matar a su hija Clara, y Luz había jurado olvidarlo, no acordarse, no volver a pronunciar su nombre, no revolver en el recuerdo a sus fantasmas y, sobre todo no hablar. No hablar ni una palabra. Y ahora, como elefantes en una cristalería hemos entrado preguntando por su dirección a la asesina de su hija. La pandilla tiene oídos en todas partes y Luz lo sabe; tendrán curiosidad de saber qué hablamos y Luz lo sabe, y si creen que ha hablado de más la van a matar… y Luz lo sabe.

El fotógrafo apenas ha disparado un par de veces para conseguir imágenes del entorno. A la mujer le ofrezco disculpas e intento actuar, diciendo lo más alto que puedo: “¡Vámonos, Mauro, si esta señora no nos quiere decir nada, está en su derecho!” Y le ofrezco largarnos de inmediato. Se tranquiliza, nota que hemos entendido. Antes de que salgamos de la colonia me dicta en un susurro un número de teléfono y promete contármelo todo.

* * *

Era diciembre de 2006 y Zoila Cisneros estaba un poco nerviosa. Antes de que dieran las 7 de la mañana entró en aquel edificio ahumado de tres plantas donde tenía algunas semanas entrenándose en el arte de contestar teléfonos. Pero aquel día sería especial, porque ella se convertiría, al fin, en una recepcionista del sistema de emergencias 911.

El edificio que alberga la central de recepción de llamadas queda justo atrás del cuartel central de la Policía y su fachada no invita a la alegría. Es una estructura monótona surcada de cables, bañada a diario por las excrecencias de los escapes de miles de vehículos. Lo único bueno -o coherente al menos- es que la fachada anuncia con bastante fidelidad el ambiente interior: un conjunto de salones desolados y oscuros, como una especie de convento policíaco. Ahí estaba Zoila aquel día de diciembre, en absoluto preocupada por la decoración. En su cabeza había otras prioridades, como la de tener que lidiar con gente en problemas que esperaría que ella tuviera respuestas atinadas y ágiles, cabeza fría. Zoila aún no sabía que en El Salvador, cuando se atiende un teléfono de emergencias, se corre el riesgo de contestarle al horror, de escuchar lo abyecto, de oír la voz de lo oscuro. Pero ya lo aprendería.

En realidad el entrenamiento que reciben los operadores del 911 no es muy diferente al de un operador de cualquier call center; de forma que saben lo básico como para reservar vuelos en una línea aérea, rentar un carro o mandar una pizza a domicilio. Aunque hay una diferencia importante: el software que utilizan los telefonistas de Pizza Hut es más avanzado. El subcomisionado Gersan Pérez, jefe del sistema 911, explica el procedimiento que se utiliza para elegir a los telefonistas de emergencias: primero pasan por un examen sicológico, luego por uno de inteligencia, después uno de cómo contestar el teléfono. Si aprueban, pasan dos semanas familiarizándose con la estructura jerárquica de la Policía y con el sistema técnico. “Bueno, últimamente se les ha dado también unos cursos de superación y de liderazgo”, anota el oficial.

Faltando algunos minutos para las 9 de la mañana, luego de las últimas explicaciones sobre su trabajo, Zoila se sentó en el cubículo número 4. Quizá le designaron ese sitio para que la novata pudiera estar más cerca del supervisor. El cubículo número 4 queda justo frente al puesto de mando de la central de llamadas que en ese momento ocupaba un cabo de apellido Rauda. Zoila tomó asiento, se colocó la diadema con el micrófono y los audífonos y esperó la primera llamada que atendería en su primer turno de trabajo. El teléfono no tardó en sonar.

La grabación de la primera llamada de Zoila circuló meses después por internet, viajando por el carril del morbo a gran velocidad. Fue enviada en cadenas de correo, colgada en varios blogs y dramatizada con fotomontajes: sólo en Youtube hay cuatro vídeos en los que se ilustra la pista de voz. Hasta el cierre de este artículo habían sido reproducidos 206 mil 765 veces. La llamada la perseguiría desde entonces, pero en aquel momento Zoila no tenía forma de saberlo. Apretó el botón para recibir y escuchó en sus audífonos la voz rota de una niña que sollozaba al teléfono:

Niña: Aló, buenas, vengan por favor a mi casa.

Zoila: Aló.

Niña: Aló, venga a mi casa por favor.

Zoila ¿De dónde estás hablando?

Niña: De celular.

Zoila: Dame el número

Niña: … De celular… 703070…

Zoila: ¿Qué te pasa?

Niña: Un hombre está peleando con mi mami.

Zoila: ¿Dónde vive? ¿No hay nadie adulto que te pueda ayudar?

Niña: No.

Zoila: ¿Dónde vivís, en qué colonia?

Niña: Por Ticsa

Zoila: ¿Por dónde?

Niña: Por la escuelita de Altavista… ¡nooo, nooo!

Es en ese momento cuando todo se sale de control, cuando el horror brinca como una alimaña corrosiva y se transforma en la voz de una niña que grita un grito torturado, como si se lo arrancaran de la garganta con un instrumento afilado. Cuando aquella niña grita “nooo”, la voz se le derrumba y se le muere. Luego grita sin decir nada, como gritaría un animal.

Niña: (Gritos agudos).

Zoila: Espérese, hijo.

Niña: (Gritos).

Zoila: Aló.

Niña: (Se escucha su voz alejada del teléfono) ¡Déjela, por favor!

Zoila: ¡Ay, Dios mío!

Niña: (Gritos) ¡Déjela, por favor! (Llanto) ¡Ayúdeme, ayúdeme!

Zoila: ¡Ay! Hay un niño pegando unos gritos…

Niña: ¡Ayúdeme!

Zoila: Aló.

Niña: Es que mi mami está peleando.

Zoila: Por eso: ¿dónde estás?

Niña: (Gritos y llanto) ¡No, no, no, noooo! ¡La mataron, la mataron, la mataron! ¡Mami, mami, mami! (llantos y gritos) ¡Mamita, no te mueras, mamita…! (Suena otra voz de niño: ¡La mataron, la mataron! ¡Tía, la mataron! Llanto.

De entre los 13 operadores que cada turno atienden el sistema simultáneamente, esa llamada fue desviada precisamente al cubículo 4, donde la nueva. Zoila, la recepcionista novata, no supo cómo actuar y ella misma cortó la llamada. Después se quedó con un retumbo en la cabeza, con el eco que deja una bomba que explota cerca. Le comentó a su vecino de cubículo lo que acababa de escuchar y este hizo un gesto como quien oye llover. Total, los niños son traviesos y hábiles maestros del engaño. “Hay que saber porque los niños lo engañan a uno”, le recomendó, a partir de su experiencia. Pero él no había oído esos gritos, él no había escuchado la muerte por el auricular, él no había tenido esa voz al teléfono pidiendo misericordia. Zoila comenzó entonces a entender su trabajo y a contestar las llamadas con el aliento contenido. ¿Qué le pasaba a esa niña? Evidentemente Zoila no tenía la más mínima idea de dónde estaba Ticsa y mucho menos la escuela de Altavista. Al verla dudar tanto, su compañero de cubículo le recomendó que se curara en salud y que le comentara lo sucedido al cabo Rauda, el supervisor.

“Me levanté y le fui a decir al supervisor que acababa de recibir una llamada y que el niño gritaba y que yo creía que quería ayuda y que yo tenía el número y entonces él marcó el número de celular y le contestó un señor, le puso el altavoz al auricular y le dijo: ‘Hemos recibido una llamada pidiendo ayuda’. El señor le dijo que no, que no habían llamado al 911. El supervisor le dijo: ‘Cómo no, un niño está diciendo que le están golpeando a la mamá’. El otro: ‘No, aquí ha habido un pequeño problema entre hermanos, pero ya pasó todo, los niños son escandalosos’. Y entonces el supervisor colgó”, recuerda Zoila.

Zoila entendió que sus compañeros del 911 no iban a comprender su angustia porque ellos no habían escuchado aquella voz al teléfono. “Los compañeros que tienen experiencia me decían: ‘A todos nos pasó el primer día, uno se asusta, pero los niños son excelentes para fingir’. Pero yo entendía porque ellos no escucharon a ese niño. Cuando yo le fui a decir al supervisor, él creyó que yo estaba por primera vez impactada por lo que escuchaba, y yo le digo: ‘Yo de lo único que estoy segura es que ese niño necesitaba ayuda’. Es una angustia terrible. Después, cuando el supervisor habló con el señor y le dijo ‘los niños son bien escandalosos’, en ese momento a mí se me olvidó ya ese evento”.

Zoila se tranquilizó y siguió haciendo su trabajo y volvió a escuchar a otros niños que hacían bromas y fue adquiriendo pericia y familiarizándose con las direcciones, con las calles y con las esquinas. Así siguió una semana. Así hubiera seguido de no haber sido porque un operador del sistema, husmeando entre los archivos en busca de grabaciones que pudieran ser empleadas con fines didácticos, escuchó aquella grabación y la rescató del olvido, quizá más de lo que él se imaginó.

“Todo cambió cuando a la semana llegó uno de informática y me dijo: ‘¿Qué tal?’ Yo le dije que bien. ‘¿Y el primer día?’ ‘Bien’ , dije. ‘¿Segura?’ Entonces me llamó y me llevó a que escuchara esa grabación. Él me dijo: ‘¿Sabía que a la mamá la estaban matando?’ ” Y entonces todo volvió a aparecer y lo que estaba sepultado como una broma, reapareció como una niña que miraba cómo agredían a su mamá, quizá hasta la muerte. Zoila reclinó la cabeza y lloró amargamente.

El software de la Policía permite contestar una llamada y poco más. El comisionado Gersan Pérez, jefe del 911, envidia a los despachadores de pizzas, porque estos, con su tecnología pueden crear una base de datos. Así, cuando un hambriento llama por segunda vez a la misma cadena de comida rápida, se sorprende cuando la recepcionista le saluda con su nombre y apellido. La Policía no puede permitirse esos lujos y se conforma con grabar cada llamada. Cada vez que suena el teléfono es un misterio, y la pronta ubicación del lugar de los hechos depende del conocimiento que los telefonistas y los despachadores de unidades tengan de la nomenclatura urbana. Y, claro, desde luego, el archivo no guarda automáticamente delicadezas como el día y la hora de cada llamada. Por eso, cuando un bromista entra al sistema, ocupa una de las 13 unidades durante el tiempo que dure la broma. Y si vuelve a llamar no hay forma de reconocerlo. Así que los policías salen a la calle a hacer conciencia de la necesidad del buen uso del 911. ¿Y qué mejor manera de explicar lo importante de tener las líneas despejadas que la primera llamada de Zoila?

Así que ese archivo circuló entre el cuerpo de agentes, pasó de computadora en computadora, de memoria en memoria, hasta que una vez, casi dos años después de la llamada, luego de un curso de formación con personal policial, un sargento consideró que la llamada ameritaba ser compartida con el público y la subió a internet. Lo que se escuchaba resultó tan atroz que de inmediato comenzaron a aparecer muchas preguntas al respecto. 2006 no fue un buen año para la Policía ni para la política de seguridad del presidente Saca. Ese año se batió el récord de homicidios y El Salvador encabezó en violencia todo el continente. Durante los años que siguieron, la política de “mano dura” hacía agua por todos lados. Era obvio que la llamada de una niña a la que no se le pudo dar respuesta no ayudaba mucho a mejorar la imagen de la PNC ni colaboraba tampoco con la campaña presidencial que se avecinaba.

Según unos agentes del sistema 911, se involucró a la División Anti Homicidios (DIHO) y a la División de Investigación Criminal (DIC) para dar con la identidad del agente que había subido el archivo a internet. Estos investigaron diligentemente hasta dar con el malhechor cuya identidad guardan con celo. Después de eso, ¿qué hacer con la llamada? Simple: mentir. Mentir a quien hubiera que mentir. Pasara lo que pasara, esa llamada no había existido, era falsa. Y así fue creciendo y creciendo un curioso muro de mentiras y silencio.

* * *

Me subo al vehículo y veo de reojo la esquina donde hace tres años terminó muerta Clara, tirada en el charco de su propia sangre, a menos de una cuadra de la casa de Luz, su madre.

Al día siguiente marco el teléfono que Luz me dictó con sigilo y quedamos de vernos en el interior de una estación policial, que es el único lugar donde se siente segura para contar su historia, que es en realidad la historia del asesinato de su hija.

Conseguí llegar hasta Luz gracias a una diligente gestión del departamento de comunicaciones de la PNC. Un procedimiento simple, un trámite de unos minutos. Yo que pregunto por la grabación que circulaba en internet y Wendy -la chica de comunicaciones- que me contesta en unos minutos para decirme con detalle la dirección de la víctima.

Llego a la estación de Policía que habíamos pactado y Luz ya está esperándome. Ahora no va descalza, se ha puesto elegante. Lleva un vestido café, unas sandalias y un toque ligero, casi imperceptible de maquillaje. Se hace acompañar por una de sus cuatro hijas que aún viven. La chica permanece en el más absoluto silencio mientras nos presentan. Se limita a mirarme con desconfianza y a extenderme la mano. Conseguimos que los policías nos dejen utilizar las bancas de madera de la cafetería que está en la estación y Luz busca la más apartada, aquella donde nadie puede oírnos.

“Lo que le voy a contar no se lo he contado a nadie, a nadie, ni a la Policía y usted tiene que prometerme que no se los va a contar tampoco”. Lo prometo y Luz comienza a pronunciar la historia que la quema por dentro. Clara era la cuarta de sus hijas, tenía 23 años y dos hijos de padres diferentes: una niña de 10 años y un chico de 8. Clara poco a poco comenzó a andar en malos pasos, a desaparecer noches enteras, luego por varios días y luego apenas visitaba a su madre. Bebía mucho y cuando bebía no medía sus palabras. Eso la mató. Un día ofendió a aquella mujer que descubrimos sentada a la entrada de una tienda. Fue un insulto serio. Al parecer Clara le sabía algunos secretos a aquella mujer, secretos que cuestan la vida y Clara los gritó en público. La tipa era miembro de la pandilla y desde aquel agravio estaba obligada a hacer correr sangre para limpiar su honor. Unos días después, Clara estaba recogiendo agua en una cantarera y un desconocido se acercó a hablar con ella. Dos tipos más se aproximaron y le pidieron al muchacho que les mostrara su torso desnudo. Buscaban tatuajes. Clara intervino y los pandilleros le dispararon a quemarropa. Quedó tirada en el suelo con cuatro balazos en el cuerpo, sucia de sangre y de tierra. “Como una empanada en azúcar”, recuerda Luz, su madre. Esto es todo lo que se puede decir de la muerte de Clara sin poner en riesgo al resto de su familia. Luz decidió no hablar, no confía en nadie. El lugar donde ocurrió es una de las tantas y tantas comunidades que quedan entre Ticsa y Altavista.

Pero la historia no cuadra. Cuatro tiros a quemarropa no dan espacio para que nadie haga una llamada al 911. Ninguno de los hijos de Clara estaba en casa en ese momento y de haber estado ninguno tenía un celular del cual llamar. Además, a Clara no la mataron a las 9 de la mañana. Unos días después del asesinato de su hija, un investigador de la Policía se presentó a su casa comentándole algo sobre una llamada al 911 hecha por un menor. A Luz sólo le importaba que ese señor se fuera, así que le dijo la verdad: no sé nada sobre ninguna llamada de ningún niño. Asunto cerrado. Ningún policía ha vuelto a llegar jamás a casa de Luz.

Lejos, muy lejos de aquella casa sencilla, en la cuarta planta de un edificio en la lujosa colonia Santa Elena, alguien más decidió investigar. Karla de Varela, especialista de políticas públicas de Unicef, quedó impactada cuando el año pasado alguien le hizo llegar la grabación que ya circulaba en internet. Decidió hacer algo y sus contactos le permitieron indagar al más alto nivel. Ella llegó en calidad de funcionaria de Naciones Unidas hasta el ex ministro de Seguridad Pública, René Figueroa, a quien preguntó por la veracidad de la llamada y Figueroa se comprometió a investigar.

Días después, Varela y otros funcionarios de Unicef volvieron a reunirse con el ministro de seguridad y este les tenía una noticia tranquilizadora: todo era una falsa alarma. Una mentira muy bien orquestada. “Una leyenda urbana”, fueron sus palabras. A esas alturas conocían sobre la veracidad de la llamada, como mínimo, una operadora de teléfono, uno de sus compañeros, su supervisor, el grupo de soporte técnico del sistema, un sargento aficionado al internet, varios grupos de oficiales que utilizaron la llamada para dar cursos, varios agentes que recibieron esos cursos, un grupo de oficiales que -según Zoila, la telefonista- se reunieron para evaluar su caso… y el comisionado José Luis Tobar Prieto, director general de la Policía. Pero René Figueroa, con su sonrisa de cortesía, le aseguró al Fondo de las Naciones Unidas para la Infancia que todo era una leyenda urbana, un mito.

* * *

La primera vez que hablé con Gersan Pérez, jefe del sistema 911, el presidente de la República aún era Antonio Saca y el jefe de la policía Tobar Prieto. Faltaba una semana para que las nuevas autoridades asumieran sus cargos y a Gersan el tema parecía resultarle incómodo. Me recomendó que hablara con la unidad de comunicaciones y le conté el periplo que me había supuesto valerme de la información que esa unidad me había proporcionado. “El director nos ha pedido explícitamente que no hablemos de ese tema. Te prometo que vamos a hablar, pero esperame después del lunes”. El lunes al que él se refería era el 1 de junio, día en que la administración Saca entregaba el poder.

Días después, sentado en su despacho, Gersan explicó la razón del silencio: ni la Policía, ni la Fiscalía habían podido nunca ubicar el origen de la llamada. En parte debido a que Zoila nunca generó “evento”, que en el argot policial quiere decir que, en el rudimentario sistema informático de la Policía, la recepcionista jamás consignó la fecha ni la hora de la llamada, de manera que, al cabo de los años, esos datos naufragaron -quizá para siempre- en la memoria de la PNC. A pesar de que se trató del primer día de trabajo en cabina de Zoila, y de la primera llamada que recibió, ella no recuerda la fecha exacta. Y no hay registros. El sistema tampoco archiva automáticamente el teléfono del que proviene la llamada y este aparece en la pantalla de la recepcionista justo el tiempo que tarda la llamada, como en cualquier teléfono. Si este no es anotado a mano, el número también dejará de existir. En la llamada, la niña que denuncia la muerte de su madre está a dos dígitos de pronunciar el número celular del que habla, cuando Zoila la interrumpe. Nunca la policía dio con el caso y en lugar de asumirlo decidió guardar silencio o, simplemente mentir. “Claro que afectaba a la Policía, por el mismo desgaste que esto ha generado”, explicó Gersan.

En un país donde el promedio de asesinatos diarios fue de 9.5 en los últimos cinco años, no es difícil encontrar un cadáver que coincida con la ubicación espacial entre Ticsa y Altavista. Otro cadáver al que, por cierto, tampoco se le ha hecho justicia. Sólo en Ilopango, durante el año 2006 murieron 15 mujeres. El rango de edad en que la muerte reclamó prendas va desde menos de un año hasta los 54 años de edad. 11 murieron asesinadas a balazos, una murió estrangulada, dos fueron muertas con instrumentos afilados y de una más no se detalla el instrumento que le quitó la vida.

La lista de circunstancias de las muertes que detalla el archivo del Instituto de Medicina Legal entraña algunas anotaciones inverosímiles: “Atada de todo el cuerpo; se hacía pasar por hombre; semienterrada; plancha de pupusas…”.

Quizá nunca sepamos qué fue de aquella niña que un día de 2006 tomó un teléfono y compartió su suplicio con una recepcionista novata del 911. Ahora su voz circula en internet. Ahí, en Youtube, donde se puede encontrar la constancia de su terror, en la lista de opciones que se llama “videos relacionados” aparece el video de otra niña que también le habló al mundo, sólo que ella era de Vancouver, Canadá y al mundo le habló desde el podio central en una reunión de Naciones Unidas. Su nombre: Severn Cullis Suzuki.

A los nueve años de edad, Suzuki fundó una organización de niños por la defensa del ambiente y a los 12 se dirigió a los representantes de distintos países del mundo reunidos en la Cumbre de Medio Ambiente y Desarrollo en Río de Janeiro. Ahora ella es una prestigiosa bióloga graduada en Yale. Pero cuando tenía apenas 12 años así le habló Suzuki a los adultos del mundo:

“… Perder mi futuro no es como perder unas elecciones o unos puntos en el mercado de valores. Estoy aquí para hablar en nombre de todas las generaciones por venir. Estoy aquí para hablar en defensa de los niños hambrientos del mundo cuyos llantos siguen sin oírse… En mi país derrochamos tanto… Compramos y desechamos y aún así, los países del Norte no comparten con los necesitados. Incluso teniendo más que suficiente, tenemos miedo de perder nuestras riquezas si las compartimos. En Canadá vivimos una vida privilegiada, plena de comida, agua y protección. Tenemos relojes, bicicletas, ordenadores y televisión… No puedo dejar de pensar que esos niños tienen mi edad, que el lugar donde naces marca una diferencia tremenda. Yo podría ser uno de esos niños que viven en las favelas de Río; podría ser un niño muriéndose de hambre en Somalia; un niño víctima de la guerra en Oriente Medio, o un mendigo en la India…”

Quizá si Suzuki, la niña, o la bióloga de Yale, escuchara a aquella otra que aparece en un “video relacionado”, podría agregar: “… o una niña que le grita y le suplica a un teléfono mientras a su madre la matan ante sus ojos, en El Salvador”.