Posts etiquetados ‘Internet’

I

La casa donde Guillermo Fariñas hace la huelga de hambre número 22 de su vida huele a estofado de cerdo que prepara su madre. El día que me encontré con él, a su decisión de no probar alimentos había sumado la privación de líquidos para hacer su protesta aún más desafiante. Luego de la vuelta al mundo que dio la noticia de la muerte de Orlando Zapata Tamayo —un preso político, negro, pobre y desconocido— tras 86 días de ayuno, Fariñas había decidido seguir su ejemplo con la exigencia de que 26 opositores del gobierno de Cuba fueran puestos en libertad.

Sentado en uno de dos sofás viejos que se amontonan delante de un televisor ruidoso, Fariñas descubre su camisa celeste para mostrarme cicatrices que le dejaron las huelgas anteriores y una bala recibida en la columna vertebral durante los días en que fue enviado por Fidel Castro a Angola, al lado de miles de soldados cubanos que participaron en la guerra de independencia del país africano colonizado por Portugal. Marcas ya cerradas y ennegrecidas aparecen a lo largo del pecho huesudo y la espalda morena, como vestigios de combate.

El anterior ayuno de protesta de Fariñas comenzó el 31 de enero de 2006, después de que agentes de seguridad cubana le bloquearan el acceso al cibercafé de Santa Clara, la apacible villa donde vive, a 250 kilómetros del rumor de las olas y el olor a salitre de La Habana. En esa ocasión, Fariñas anunció que dejaría de comer hasta que el gobierno garantizara internet para él y para todo el pueblo de Cuba. Al poco tiempo de iniciada su protesta, su estado de salud colapsó y fue llevado a la sala de terapia intensiva de un hospital cercano, donde dice que cada vez que recuperaba el conocimiento se arrancaba los sueros y los aparatos que le conectaban de forma intravenosa para que siguiera con vida pese que no probaba alimentos. La batalla por el derecho a internet en el único país comunista de América duró siete meses. El 31 de agosto de ese mismo año, Fariñas volvió a su casa con 15 kilos menos, problemas renales y alteraciones esporádicas del corazón. No consiguió internet para todos pero recibió dos premios, uno del gobierno de la ciudad alemana de Weimar, y otro de la organización Reporteros sin Fronteras, ambos por su lucha para lograr el libre acceso a la red en la isla.

A sus 47 años de edad, Fariñas ha logrado adaptarse a la nueva generación de jóvenes opositores que han hecho de internet una de sus principales armas de combate. Oswaldo Payá, quien durante los noventa y principios de esta década fue el disidente cubano más conocido a nivel mundial, se ha visto rebasado debido a su falta de pericia para navegar por la red. Payá tiene una página web bastante insípida que alimenta con información que envía a colaboradores en Miami a través de cartas escritas de puño y letra, que deja en las embajadas en Cuba de algunos países como Polonia o Suiza, o bien mediante dictados telefónicos, lo que le resta agilidad a su activismo. Por eso es que cada vez son menos las noticias que tiene el mundo sobre este disidente.

Fariñas, en cambio, se comunica vía electrónica. Cuando nos vimos, aunque en Cuba muy pocos estaban enterados de su protesta, medios de comunicación alrededor del mundo daban seguimiento a su estado de salud con entrevistas vía telefónica o por medio de blogs y cuentas de redes sociales como Twitter y Facebook. En algún momento de nuestro encuentro de casi tres horas, Fariñas se levantó de su asiento y se dirigió con paso lento de la sala de su casa hacia un pequeño cuarto donde cohabitaban una computadora y un lavadero de ropa. Con el rostro serio me dijo: “No vamos a dejar que el fuego que encendió Zapata Tamayo se extinga, porque si dejamos que este fuego se extinga, vamos a ser aniquilados como oposición pacífica. Éste es el momento de ahora o nunca”.

Coco, como le dicen sus amigos, se sentó frente a su máquina y empezó a enseñarme diversos escritos y fotografías de su vida, en especial las de su época como miembro de uno de los tres comandos de demolición, penetración y sabotaje del Ejército cubano en Angola, así como las de su paso posterior por la academia militar de Tambov, Rusia, donde padeció un ataque epiléptico a causa de un gas neuroparalizante que, erróneamente, le dio otro soldado. Fariñas volvió a Cuba, estudió Psicología y se desencantó del gobierno. Años después optó por dedicarse al periodismo.

Su gran contacto con internet aconteció en 2003, cuando se incorporó a la agencia Cubanacán Press, a la cual nutría de crónicas sobre la vida en Santa Clara. Cubanacán Press, que fue creada por disidentes, pretendía usar la entonces novedosa plataforma cibernética para dotar de información periodística rigurosa al mundo, pero acabó cerrando cinco años después, justo cuando iniciaba en Cuba una oleada de blogs que relataban con desenfado la cotidiana realidad de una generación de jóvenes aparentemente enclaustrada. Uno de éstos era el de Yoani Sánchez Cordero, amiga de Fariñas, cuyas opiniones divulgadas por la red hoy son seguidas por centenares de medios de comunicación de todo el mundo y traducidas a 12 idiomas, incluido el persa.

Durante el viaje a Cuba, que hice con la finalidad de entrevistar a Fariñas, internet se convirtió en el tema recurrente. Mientras que en México y otros países latinoamericanos los medios sociales son para algunos especialistas tan sólo una moda, el mundo opositor cubano está convencido de que celulares, Twitter, Facebook, conexiones inalámbricas y memorias portátiles son un cambio radical en la forma de comunicación, el cual detonará la transformación social y política de esta isla gobernada desde hace 51 años por Fidel y Raúl Castro.

La nueva revolución cubana, creen, pasará por internet.

II

El primer viaje que hice en mi vida al extranjero fue a Cuba, en 1998, para presentar un fanzine que hacíamos en la Universidad Autónoma de Nuevo León, donde estudié. Uno de los jóvenes escritores cubanos que conocí aquella vez, fiel seguidor de Fidel, me lo volví a topar 12 años después, luego de visitar a Fariñas. Para mi sorpresa, J.L., como me pidió que lo identificara, estaba ahora alborotado con el ventarrón de novedad que significaba la escritura de blogs. A pesar de que el Instituto Cubano del Libro ya ha publicado un par de cosas suyas, J.L. consideraba que el futuro de Cuba era ser una potencia mundial de blogueros. J.L. imaginaba su porvenir escribiendo un blog para The New York Times y dando clases en países del mundo “con gobiernos tiránicos y enemigos de internet como Irán o Venezuela”, según me compartió. “Ser una especie de Che Guevara, pero punto com”, añadió con sonrisa provocadora.

En realidad, el entusiasmo de J.L. por el mundo del blog es algo atípico en Cuba. El gobierno ha explicado ante la ONU, en voz del canciller Bruno Rodríguez, que el bloqueo económico de Estados Unidos no permite a Cuba usar los cables submarinos de fibra óptica que cruzan cerca de la costa, por lo cual el acceso masivo a internet se vuelve imposible y se ha optado por el uso colectivo de estos recursos, por medio de centros comunitarios, instituciones, salas de navegación, escuelas, universidades y una especie de cibercafés públicos llamados “joven clubs” de computación, en los cuales existe una vigilancia de la seguridad del Estado que impide navegar a mar abierto por la red.

Fuera de este entorno, la población cuenta con un acceso muy limitado. Empleados de hoteles de La Habana, donde se da el servicio en forma privada, me aseguraron que los usuarios cubanos enfocaban sus caros minutos de uso en escribir, a leer cartas o chatear con sus familiares en el extranjero. “Dudo que haya un solo cubano que venga y se ponga a revisar blogs”, me dijo un empleado del Hotel Meliá Cohiba, donde una hora de internet cuesta alrededor de 12 dólares.

Los blogs cubanos que se han hecho famosos en los últimos años están dirigidos principalmente a las gradas internacionales, no al ciudadano de a pie en la isla.

III

Yoani Sánchez, la bloguera más famosa de habla hispana, tiene una voz dulce pero resuelta. Parece gitana: orgullosa y predestinada. Amarra y desamarra con una resistente liga su largo pelo negro mientras cuenta su historia en el rincón de su departamento, donde vive con su pareja, el escritor Reinaldo Escobar, quien alguna vez trabajó en Juventud Rebelde, uno de los dos principales periódicos oficiales. El departamento de ambos está en el piso 14 de un edificio de la zona Nuevo Vedado. Tiene un par de habitaciones, una cocina y una amplia estancia que además incluye un lindo balcón para mirar los atardeceres de la ciudad. Su vivienda en este edificio llamado Modelo Revolución Socialista, cuenta la misma Yoani, no tiene nada que ver con el “solar” del barrio de Cayo Hueso, donde nació hace 34 años. Las mansiones en las que vivían los ricos cubanos antes de la revolución de 1959 fueron ocupadas por familias pobres, quienes se acomodaron como pudieron en ellas y formaron vecindades en las cuales normalmente hay baños y cocinas compartidos por todos. Por aquellos años, William Sánchez, el padre de Yoani, trabajaba a pico y pala en la ampliación de las líneas de ferrocarriles. Tiempo después acabaría conduciendo una locomotora. María Eumelia Cordero, la mamá de Yoani, desde que nació su hija y hasta la fecha trabaja organizando la papelería de una base de taxis. Ambos eran unos bebés cuando Fidel Castro, el Che Guevara y Camilo Cienfuegos, el 1 de enero de 1959 llegaron a La Habana a tomar el poder. Hasta la crisis de los noventa, cuando se desplomó la Unión Soviética y a su vez el importante apoyo económico a Cuba, vivieron satisfechos con el comunismo. Desde entonces tienen una postura crítica, que sin embargo y, a diferencia de su hija, no va más allá de las salas de sus casas.

En los setenta, cuando Yoani nació, estaban de moda los nombres que comenzaban con la letra “i griega”. La hermana mayor de Yoani se llama Yunia y algunos de sus amigos de la infancia eran Yordani, Yovani y Yuneiqui. Suele decirse que el desvarío de esta generación cubana por la penúltima letra del alfabeto se debe a la influencia rusa. Sin embargo, hay quienes piensan que el origen de la tendencia tiene que ver más con un pequeño acto de rebeldía y confusión lingüística. Para los hablantes hispanos, la letra jota inglesa suena como la i griega, entonces, cuando en Cuba se oía hablar de John Lennon, de Jacqueline Kennedy, o de otros nombres de la escena del espectáculo o la política internacional, a los oídos caribeños esto sonaba a una i griega, por lo cual, lo que había era un deseo de imitar la pronunciación anglosajona y no la rusa.

“La época de las Y era un momento de mucho control social en todos los sentidos. Los cubanos nos vestíamos solamente con ropa del racionamiento, comíamos lo que venía por el mercado subvencionado, había mucho control en nuestras vidas y había sólo una porción de nuestras vidas que no estaba controlada: nombrar los hijos”, interpreta Yoani. De esos años, la bloguera afirma que tiene muy presente —pese a que sólo tenía cinco años— la estampida de personas que asaltó la Embajada de Perú buscando abandonar la isla. Entre los desesperados, había algunos vecinos del solar de Cayo Hueso.

A los tres años de edad, Yoani entró a la escuela República Popular de China, donde una maestra llamada Melva, que vive aún, aderezaba la formación de los pequeños lanzándoles una rata disecada para espantarlos cuando no ponían atención. Las primeras oraciones que escribió Yoani fueron: “La revolución es buena” y “Nuestro querido comandante, jefe invencible”, asegura. Después estudió la secundaria en el Instituto Protesta de Baraguá, llamado así en honor de una manifestación que hizo en el siglo XIX el héroe nacional Antonio Maceo, a quien Yoani prefiere decirle lugarteniente cuando se refiere a él. La mayoría de los alumnos eran afrocubanos y los blancos como Yoani vivían acosados, según cuenta. Yoani no era una estudiante destacada pero empezó a interesarse por la lectura, a pesar de que sus orígenes familiares incluían abuelos analfabetas y unos padres que tenían una biblioteca con apenas cinco libros. A los 13 años, Yoani ya se había leído toda la obra de Víctor Hugo, la de Dostoyevski y la de Tolstoi, una proeza que parece inverosímil.

—¿Esta avidez por la lectura era fomentada por la educación revolucionaria? —pregunté.

—No. En realidad era una rareza.

Según Yoani, su gusto por la lectura era motivo de escarnio entre la mayoría de sus compañeros e incluso su madre interrumpía en ocasiones su lectura para advertirle: “¡Ya! Te vas a quedar ciega, ¿por qué lees tanto?” o “Vamos a comer, te vas a morir de flaca, ¿por qué lees?”.

Por esos años de la adolescencia de Yoani, aun mucho más que ahora, Fidel Castro era una presencia omnisciente. Estaba en la televisión, en los libros, en la radio y en la prensa. Era una presencia imposible de evitar.

—¿Recuerdas qué pensabas de él?

—Todo lo que yo pensaba hasta los 14 años de Fidel Castro no tiene ya ningún valor, porque sencillamente yo era una niña que no podía discernir ideológica ni políticamente nada.

Cuando Yoani cumplió 14 años, en Cuba la crisis llamada “periodo especial” estaba en su cresta más alta. Tanto William como María Eumelia vieron cómo se arruinaban sus empleos en el sector del transporte, el primero en ser afectado drámaticamente por la escasez de combustible. Yoani dice que vivió una pauperización moral y física. A diferencia de otras familias que tenían ahorros, parientes en el extranjero o familiares en el gobierno que aminoraron las penurias, la de Yoani conoció el vacío.

IV

Pese a que el dictador Nicolás Ceaucescu ya había sido derrocado y no faltaba mucho para que fuera fusilado por el delito de genocidio, la escuela donde Yoani Sánchez estudió la preparatoria se llamaba República Popular de Rumanía. La institución era un albergue en las afueras de La Habana, donde los alumnos estudiaban y vivían. Yoani lo recuerda como una cárcel donde se imponía la ley del más fuerte, y en la cual le tocó presenciar violaciones, suicidios, robos y “mucha degradación moral”. Durante ese tiempo en el internado, Yoani enfermó del hígado y de queratitis, una enfermedad en la córnea que obliga a quien la padece a cerrar el ojo repentinamente. Debido a este padecimiento, Yoani fue trasladada a un internado de La Habana, donde quedaron atrás las noches vergonzosas.

Yoani quiso estudiar periodismo en la universidad pero reprobó el examen de ingreso y fue enviada al Instituto Pedagógico de La Habana, en el que, tras sacar buenas calificaciones, consiguió luego el traslado de especialidad a la Facultad de Filología. Durante esos días de ajetreo, entre escuela y escuela, nació su hijo Teo, quien hoy tiene 14 años. “Se ha dicho mucho que en Cuba todo mundo tiene oportunidad para estudiar la universidad, pero yo no creo que sea cierto. Estudian en la universidad aquellas personas que tienen una familia que los puede mantener durante cinco años de improductividad. Según el historial de pobreza de mi familia, a mí no me tocaba estudiar en la universidad. O sea, yo nunca hubiera podido estudiar en la universidad porque ¿quién iba a pagar para que Yoani Sánchez estuviera cinco años metida en los libros sin producir? Afortunadamente en ese tiempo, a los 17 años, conozco a mi actual esposo y los dos teníamos muchas inquietudes y mucha miseria acumulada, entonces decidimos encontrar una fórmula para ganarnos la vida y comenzamos a enseñarle la ciudad y nuestro país a turistas que encontrábamos en la calle. Es una profesión ilegal, underground, no permitida, pero nos dio cierta autonomía económica. Con esa autonomía económica yo podía, bueno, financiarme estar en la universidad, comprar los libros, comprar la ropa”, relata.

Mientras Yoani trabajaba como guía de turistas, sobre todo de suizos y alemanes, aumentaba su conciencia crítica sobre la realidad del país. “Me iba abriendo los ojos a mi propia realidad, porque tener que explicar la realidad propia a extranjeros es la mejor manera de conocerla”. De cosas tan visibles para un viajero recién llegado, como el deterioro físico de la ciudad, se dio cuenta gracias a las preguntas de los turistas, quienes a su vez le sembraron “el bichito del deseo de libertad” con otros cuestionamientos como: ¿Tienes acceso a la prensa extranjera?, ¿lees?, ¿cómo funciona el internet y la telefonía móvil?

V

El primer contacto que tuvo Yoani con la computación fue en 1993, cuando estudiaba la universidad y empezó a hacer un periódico literario llamado Letra a letra, un boletín de corte literario. Yoani lo hacía en una computadora que ella misma se había construido con piezas del mercado negro, intercambiadas con amigos. Era un armatoste al que la bloguera cuenta que le puso el nombre de “Frankenstein”. La máquina tenía instalado el MS-DOS y el Word Perfect 5.1, con el cual se diseñaba el periódico. Al paso de los meses, Letra a letra fue prohibido, ya que se vendía en 20 centavos, lo cual dio pie a que Yoani fuera acusada de enriquecimiento ilícito.

—¿Por qué querías hacer una computadora?

—Yo siempre he sido muy tecnológica. Le digo a todo mundo que fui la segunda hija hembra de un hombre que siempre quiso tener hijo varón y como ya sabía que no iba a poder, entonces me enseñó a mí todos los rudimentos de la electrónica. Desde chiquita reparo lavadoras, refrigeradores, televisores, planchas…

Yoani acabó la universidad en el año 2000 con la tesis Palabras bajo presión. La literatura de la dictadura en Latinoamérica. Aunque mencionaba poco del caso cubano, fue reprendida por sus maestros. Su trabajo incluye revisiones de La fiesta del chivo de Mario Vargas Llosa, de una novela llamada La dama de cristal, ganadora del premio Casa de Américas y cuya trama gira alrededor de una mujer dictadora; también incluía un libro cubano llamado El caballero ilustrado. El proceso de trabajo de esta tesis fue clave para convencerse de que su futuro era la informática. “El mundo académico y literario me parece que es un mundo con muchos dobleces, muchas falsedades, con mucha simulación, mucho oportunismo, y que yo sencillamente conocí con aquella tesis. Con todos esos incidentes me había dado cuenta de que con la informática me sentía más cómoda, más en mi salsa. Era una profesión más clara, menos cínica”.

A principios de 2002 fue asignada por el gobierno a una editorial para niños y jóvenes, llamada Gente Nueva. Ahí lo mismo reparaba una computadora que cargaba con una bicicleta llena de libros para llevarlos a una presentación, o bien editaba en ocasiones uno que otro texto infantil. Ese mismo año se abrieron los primeros cibercafés en La Habana. El más conocido era el del Capitolio, donde costaba cinco convertibles (euros) el uso de internet durante una hora. Páginas como Cubaencuentro, bloqueada luego, o la del periódico El País, de España, se convirtieron en sus preferidas. El 26 de agosto de ese mismo año, por la tarde, Yoani estaba subiéndose a un avión con rumbo a Zurich, Suiza, donde tenía la intención de quedarse y no regresar nunca más a Cuba. La ciudad la deslumbró de inmediato y al día siguiente de haber llegado empezó a trabajar en una librería especializada en literatura latinoamericana, la cual era propiedad de una mujer nacida en Perú. Meses después, su hijo Teo la alcanzó. Todo parecía indicar que Yoani y Teo harían su vida en el país europeo, pero abruptamente —“todo en mi vida está lleno de arranques”, explica Yoani— la bloguera decidió regresarse a Cuba y visitar a su padre, quien había enfermado. Una vez aliviado su padre, se sentía como un pez fuera del agua. Animal informático, Yoani había conocido en Suiza la banda ancha, inexistente en Cuba.

“Yo creo poder vivir sin los frijoles negros y todo eso, pero la falta de información me asfixió”.

VI

En abril de 2007, nació Generación Y, el blog de Yoani. El primer post que subió se titulaba: “Carteles sí, pero sólo sobre pelota”, y decía: “Por estos días el país vive una fiebre beisbolera a partir de los últimos partidos correspondientes al play off de la serie nacional. Los industrialistas visten de azul, mientras que el rojo es el color de quienes le van a Santiago de Cuba. En numerosos balcones, puertas y muros se leen carteles como ‘Industriales Campeón’ o ‘Santiago es mucho Santiago’. A los militantes del Partido les han orientado que durante los juegos en el gran estadio latinoamericano deben evitar que se grite despectivamente la palabra ‘palestinos’ para referirse a los jugadores del equipo oriental. Mientras que el despliegue policial dentro y alrededor del propio estadio sólo es comparable con el ocurrido durante la Cumbre de Países No Alineados en septiembre último”.

”Hasta yo, que no comparto la pasión beisbolera, veo los partidos transmitidos en la TV y salto cuando anotan los leones industriales. Sin embargo, no dejo de notar que durante estos días la pelota nos sumerge en un sopor irreal y que hasta la aparición de los tolerados carteles es un paréntesis, un permiso temporal, del que no podremos hacer uso para otros temas. Me puedo imaginar qué pasará si una vez concluida la final cuelgo en mi balcón un mínimo papel que diga: ‘Sí al etanol’ o ‘Internet para todos’”.

Su escrito recibió tan sólo 21 comentarios de lectores, a diferencia de hoy en que a veces pasan del millar. Buena parte de las opiniones eran de simpatizantes extranjeros del gobierno cubano, quienes la acusaban de “desagradecida con la Revolución”. Unas semanas antes de iniciar su blog, Yoani se había motivado leyendo Penúltimos Días, el blog de Ernesto Hernández Busto, un cubano que vive en Barcelona; también el de Alejandro Armengol, periodista del Nuevo Herald, quien hace Cuaderno de Cuba; así como una columna de sátira sobre la cultura cubana llamado La Lengua Suelta.

—Los detractores de los blogs dicen que éstos son muy banales e imprecisos en sus informaciones —solté.

—A la blogósfera alternativa cubana, no nos están leyendo por la inmediatez, la cual no podemos dar por el tema de la conexión internet, no nos están leyendo porque estemos acreditados a un evento donde solamente están los periodistas confiables y los corresponsales extranjeros. Nos están leyendo para saber qué pensamos sobre determinado asunto. En un país donde durante tantos años se ha utilizado más bien un periodismo de reporte, un periodismo editorialista, un periodismo que transmite la voz del Estado, y no se ha potenciado la voz y la opinión del ciudadano, hacen mucha falta a veces estos dislates de los bloggers, este atreverse a decir, aunque no estés muy seguro de lo que estás diciendo: La voz del yo por encima de la voz del nosotros.

VII

El portal de internet más importante del gobierno cubano se llama Cubadebate. Contra el Terrorismo Mediático y es dirigido por Randy Alonso Falcón, periodista estrella del oficialismo y conductor de Mesa Redonda, el programa estelar de la barra televisiva nacional. Tras dejarle la presidencia a su hermano Raúl, no fue en el papel periódico de Granma ni en el de Juventud rebelde, sino en las páginas digitales de este portal, donde Fidel Castro decidió comenzar a publicar una columna llamada “Las reflexiones del compañero Fidel”. El 4 de junio de 2008, apareció en el sitio web un prólogo que éste preparó para un libro sobre Bolivia y Cuba. En dicho texto se refirió por primera vez, sin llamarla por su nombre, a Yoani Sánchez, quien por esos días acababa de recibir el premio Ortega y Gasset, así como distintos reconocimientos internacionales por su blog Generación Y. Fidel asegura en el texto que tras leer las declaraciones que hizo “una joven cubana” a un enviado especial de Notimex, había recordado “al mártir de Dos Ríos, nuestro Héroe Nacional José Martí”, así como al “Che Guevara”. Luego, una serie de frases dichas por Yoani Sánchez son seleccionadas por el propio Fidel y presentadas en su prólogo, entre ellas éstas:

“… Si la idea de las autoridades cubanas de haberme negado el permiso para viajar a recibir el galardón fue una especie de castigo, no ha sido nada dramático”.

“Compro una tarjeta de internet, que oscila entre cinco y siete dólares, para enviar mis textos…”

“No soy opositora, no tengo un programa político, ni siquiera tengo un color político y ésa es una característica de mi generación y del mundo actual: ya la gente no se define ni de izquierdas ni de derechas, son conceptos cada vez más obsoletos”.

“Mi blog tiene un récord de comentarios espeluznantes que a mí me asustan…”

El viejo comandante revolucionario se sorprendió de encontrar en estas opiniones de Yoani “la generalización como consigna” y el que “haya jóvenes cubanos que piensen así”, y también que exista “prensa neocolonial de la antigua metrópoli española que los premie”.

Enrique Ubieta, escribió la otra referencia notable que existe en la prensa oficial sobre la bloguera catalogada por la revista Time como una de las 100 personalidades más influyentes del mundo. Ubieta publicó en Granma un texto titulado: “Yoani Sánchez: La hija de PRISA”, en el cual critica los intereses del poderoso grupo mediático accionista de El País de España y del Nuevo Herald de Miami. Dice Ubieta: “El caso Yoani —o si se prefiere, la operación Yoani— seguramente se estudiará en el futuro como ejemplo de manipulación mediática y de injerencia en los asuntos internos de una nación soberana, a pesar del poco éxito que ha tenido su traje de cordero, en un mundo acostumbrado a distinguir a cada lobezno disfrazado por sus peludas orejas”.

VIII

Platiqué sin grabadoras sobre la represión a internet en Cuba con un funcionario del gobierno cubano. Cuando le comenté por teléfono cuál era el tema del que quería conversar, me dijo que me estaba fijando en cosas baladíes. “En Cuba hay problemas más importantes y urgentes como la economía o las cuestiones energéticas. A los cubanos no les importa internet, nadie sabe quién es Yoani Sánchez”, me advirtió. Ya en persona, delante de un café me dijo que si había acceso o no a internet para la mayoría de los cubanos, era un debate superficial, ya que provenía desde una serie de países que ni hundiendo en la miseria a la isla, han logrado conquistarla. “¿En Oaxaca o en Chiapas todo mundo tiene acceso a internet? Internet es un lujo al alcance de sociedades opulentas y ricas. En Cuba la gente no quiere internet, quiere chancho [cerdo]”. Además, me refirió el caso de un grupo de manifestantes estadounidenses detenidos en Pittsburgh en septiembre de 2009 por usar Twitter para organizar una serie de protestas contra la reunión del G-20 que ahí se iba a celebrar. “Yoani Sánchez no es importante para el presente de Cuba ni para el futuro. Los mosquitos mueren entre aplausos”, remató.

IX

El reclamo estudiantil más airado y famoso que ha habido hasta el momento en contra del gobierno cubano no sucedió en la escuela de Ciencias Políticas o en la de Filosofía, sino en la de Ciencias Informáticas de la Universidad de La Habana. En febrero de 2008, hasta las manos del corresponsal de la BBC en La Habana, Fernando Ravsberg, llegó la videograbación de una reunión entre Ricardo Alarcón, presidente de la Asamblea Nacional de Cuba, con jóvenes representantes de la Facultad de Informática. Uno de los estudiantes cuestionaba, a nombre de sus 10 mil compañeros de aulas, la prohibición que existe para que los cubanos viajen libremente al extranjero. “¿Y si yo quiero viajar al lugar donde cayó el Che en Bolivia? No puedo”, dijo Eliécer Ávila, quien junto con otros universitarios se quejó ante el poderoso miembro del buró político del Partido Comunista Cubano del acceso limitado a internet. “Nos quitaron Gmail y Yahoo, dos de los servicios más usados en el mundo, porque están fuera del control de la seguridad del Estado. ¿Por qué?”.

Pensar estratégicamente implica imaginarse en los zapatos del enemigo. Días después de los reclamos a Alarcón, con la aparición de un blog a nombre de Yohandry, inició la que para algunos es la guerra cibernética que se vive hoy en día en Cuba. El autor de este blog no revela su identidad real, pero sus textos están enfocados en responder directamente a los comentarios que hace Yoani Sánchez en el suyo y a presumir los logros del gobierno. Para no pocos conocedores del cibermundo cubano, Yohandry es un invento de la industria de las conciencias, el espejo oficial de Yoani. De acuerdo con esta creencia, el gobierno cubano formó un grupo de apoyo en internet para tratar de lavar su imagen en los foros de comentarios de los principales medios de comunicación del mundo. El blog de Yohandry es parte clave de ello, según la creencia. En China, el gobierno contrata a miles de “usuarios” que se dedican a inundar de comentarios positivos del gobierno en portales tanto del país como occidentales.

Por medio de la periodista Laura Alvarado, el misterioso “Yohandry”, explicó que no revelaría su identidad, ya que “poner un rostro sería demeritar el de los otros que también soy… Soy también la voz de lo institucional, pero en la misma medida en que puedo serlo del trovador, del reguetonero o del ex recluso”. De acuerdo con datos que ha dado Yohandry para explicar su aparición en la blogósfera, más de 80% de los blogs aparecidos en internet sobre el tema Cuba, miran únicamente las espinas. “Toda sociedad es criticable, la mía también. De alguna forma reflejo esa realidad. Pero si sólo viera las manchas, me (nos) estaría (mos) perdiendo la mitad del paisaje”, asegura.

X

La mayoría de los opositores que quisieron acudir a los funerales de Orlando Zapata Tamayo fueron retenidos por agentes de Seguridad del Estado hasta que estos acabaron, me dijo la madre del difunto, Reyna María Tamayo. Rolando Rodríguez Lobaina, uno de los pocos que sí estuvo ahí, describió que el día del entierro de Zapata Tamayo, cerca de 80 agentes de la seguridad del Estado agredieron a la treintena de personas que se dirigía a la ceremonia fúnebre. De acuerdo con el testimonio de Rodríguez Lobaina, los policías cubanos golpearon y tiraron al piso a los asistentes. A uno de ellos, quien acompañaba Rodríguez Lobaina cuando nos vimos, un agente lo agarró del cuello fuertemente, con la intención de darle una paliza. “Yo rápidamente agaché la cabeza porque le vi la intención. Si no me hubiese roto la frente, y si me rompe la frente hubiese estado preso, pero como no me golpeó estoy libre”, contó el joven.

—¿No entiendo? —interrumpí.

—Fíjate cuántas cosas. Si no se les va la mano dándote golpes, vas para la calle, pero si se les va la mano en una golpiza, vas preso porque no se van a dar el lujo de que tú salgas a la calle y te tires fotos que luego vas a subir a internet.

Dentro del arsenal de la subversión cubana que se apoya en la computación, la tarjeta de memoria portátil —conocida como USB y nombrada en Cuba como “memoria flash”— ocupa un lugar preponderante. Una mañana tuve una cita en La Habana afuera del Cine Yara con Rodríguez Lobaina y otros tres jóvenes recién llegados del oriente de la isla. Los chicos, al igual que Rodríguez Lobaina, habían estado presentes en el velorio de Zapata Tamayo en Banes, el apartado pueblo de la provincia de Holguín donde nació y fue despedido. Cuando nos vimos, no se habían conocido imágenes del funeral ni del entierro del huelguista muerto. A pesar de eso, los cuatro jóvenes traían en sus USB una serie de fotografías y videograbaciones de ambos eventos. Nos fuimos a una cafetería del Hotel Habana Libre y en una mesa del rincón, cada uno de los cuatro transfirió el contenido de sus memorias a mi computadora. Había 24 fotos del funeral, siete videos y 18 artículos firmados por la Alianza Democrática Oriental, el grupo coordinado por Rodríguez Robaina.

“Te damos este material para una gran exclusiva, porque queremos que se conozca lo que pasó en Banes; pero nos gustaría que si puedes, nos ayudaras a imprimir algunos artículos que tenemos en las tarjetas (USB), para poder leerlos y estudiarlos. No te lo estamos pidiendo a cambio. Fuimos a una embajada amiga, pero la impresora estaba fallando”, me comentó uno de los chicos.

Revisé los documentos que venían en la memoria portátil. Eran cinco: dos notas simples de El País, otra de un periódico colombiano y un par de comentarios editoriales de un sitio web de Miami.

XI

El repertorio de tuits que hace Yoani va desde la denuncia como: “Algunos tratando de acallar a los bloggers y nosotros reproduciéndonos como el virus de la gripe en primavera. Vivan los estornudos!”, las confesiones: “El blog me ha traído insomnio y paz, la perenne zozobra de sentirme vigilada y la tranquilidad de quien no tiene nada que ocultar”, el desafío: “La palabra blogger es contestataria. A pesar de los esfuerzos del gobierno de crear su propia blogósfera, la rebelde sigue ganando espacios”, los asuntos personales: “Estuve con una gripe muy fuerte, pero ya regreso al twitterespacio” y las proclamas: “Antes de irme a dormir voy a lanzar mi grito de ciberbatalla: internet o ‘muerte’. ¡Twittearemos!”.

Para acceder a su cuenta de Twitter, Yoani utiliza un mecanismo algo rudimentario en otros países. Como el acceso a internet es caro y complicado, envía desde su celular un mensaje de texto a un número de servicio de la empresa Twitter, la cual automáticamente lo publica en la página donde Yoani tiene su cuenta. Uno de los dos inconvenientes de esta modalidad es que la bloguera no puede interactuar al momento con quienes responden a lo que ha tuiteado, y el otro es lo caro del servicio. “A veces, cuando uno tiene algo en demasía no le da el verdadero valor, lo tiene ahí, es normal, es una costumbre, entonces lo subutiliza. Y a veces, por ejemplo, yo veo a los tuits que la gente envía en Twitter, con fatuidades y banalidades, digo: ‘Si yo pudiera al menos, pero no, yo tengo que concentrar la información, mi tweet no me puedo permitir un tweet frívolo porque es costoso, el tiempo es oro en internet para nosotros en Cuba’”.

Otra de las formas en las que Yoani accede a Twitter es acumulando tuits atemporales: reflexiones a largo plazo que lanza de un tirón cuando está conectada a una computadora, o bien, en el último de los casos, dictando vía telefónica sus mensajes, a amigos en el extranjero que la llaman.

“Sí, me gustaría hacer un llamado a la conciencia de la gente y decir: ‘Tienes esa herramienta maravillosa, no la dilapides en fatuidades. Hay mucho que decir, hay mucho que denunciar, hay mucho que comentar, hay mucho que mejorar, entonces úsala para eso’. El tweet que a mí me encantaría poner pronto es ‘Ya en Cuba se puede opinar libremente. El criterio libre no está penalizado’”.

”Pero, van a tener que esperar un poco esos 140 caracteres”.

XII

—¿Qué crees que vendrá para la primavera de 2010? —pregunto a Yoani.

—Lo que puede seguir es tremebundo o fantástico, es la gloria o el castigo…

Por estos días, además de la huelga de hambre de Guillermo Fariñas, las calles de La Habana han visto insólitas marchas diarias de las esposas de los 75 opositores presos en 2003, durante una gran redada oficial que en el ambiente disidente se conoce como La Primavera Negra. Estas manifestaciones de “Las damas de blanco” han estado acompañadas del aumento de blogueros cubanos que, como Yoani Sánchez, escriben crónicas en internet sobre los malestares cotidianos del país.

—¿Vendrá otra “primavera negra”?

—Eso o la represión a la blogósfera, lo cual es muy difícil porque ¿cómo tú vas a callar a una persona que se expresa en un mundo virtual? Eso es un poco difícil, pero lo pueden intentar. Yo le digo a la gente al respecto: bueno, en marzo de 2008 censuraron el acceso a mi blog pero dos semanas después yo ya había encontrado el camino para saltarme ese bloqueo informático. Dicto los textos a los amigos por teléfono, los mando por correo electrónico, y mis amigos fuera de Cuba los ponen, el blog sigue vivo.

Un año y medio después estaba descubriendo el poder de Twitter y estaba conectando mi móvil cubano a través del SMS a la tuitósfera internacional. Mañana mismo me quitan mi móvil, me lo confiscan y puedo pedirle a amigos que por favor transcriban lo que les dicto por teléfono. Entonces ¿cómo se silencia a un blogger? Es un poco difícil. Mira, incluso, hay un blog que se hace desde las prisiones de Cuba, donde seis presos de conciencia de la “primavera negra” de 2003 dictan, vía telefónica, desde sus respectivas prisiones. Se llama Voces tras las rejas.

Estamos en un punto de inflexión, o viene la gran ola represiva o viene sencillamente el reconocimiento por parte del Estado, de que no pueden parar. Viene el reconocimiento público, que ellos digan: “Está bien, la discrepancia está despenalizada”. Pero el problema es que ellos no pueden confesar eso ni decirlo, porque el día que lo digan, la propia discrepancia los va a devorar…

—¿Cómo te imaginas ese día?

—Ellos tienen el control sobre el país, porque no permiten a otros hablar ni pronunciarse. El día que lo permitan tienen sus días y sus horas contadísimas. Mientras tanto, somos nosotros los que estamos al borde del castigo.

XIII

El sol no calienta todavía en La Habana. En la sala del departamento de Yoani se celebra una de las sesiones finales de la Academia Blogger, a la cual se inscribieron 27 alumnos, de los cuales hoy vinieron sólo una decena. Un hombre moreno, flaco y con despeinados cabellos, Reinaldo Escobar, esposo de la bloguera, se encarga de dar la clase de Redacción y Estilo. Mientras habla de sintaxis, suelta uno que otro chiste. “Yo digo que la de Cuba no es una dictadura sanguinaria, sino una dictadura sanguínea”. El alumnado, en su mayoría jóvenes, sonríen y un camarógrafo alemán graba sus rostros con una cámara de cine.

Entre los asistentes a la clase circula la edición del Granma donde se habla de la condena de la Unión Europea por la violación de derechos humanos en Cuba. Alrededor de la estancia están enmarcados y colgados, recortes de notas periodísticas sobre Yoani. Un par de libreros y un garrafón de vidrio que adentro tiene corchos de botellas de vino también forman parte de la decoración.

Entre la decena de alumnos presentes hoy, hay un jovencito flaco, de ojos claros y con el cabello medio largo peinado hacia un lado. Este chico tipo emo trajo un texto a revisar. Es la crónica sobre el veto oficial que hubo para que un grupo de jóvenes no entrara a ver una muestra de cine documental que recién hubo en La Habana, y en la cual se prohibió la entrada de ciertos jóvenes críticos al gobierno.

Mientras la clase transcurre, Yoani va y viene de un lado a otro vestida con una falda larga de color morado y una camiseta blanca de algodón. Por la ventana abierta del balcón entran los vientos de la Pascua y un pequeño perro llamado Chispita ronda silenciosamente.

Otro de los profesores es el abogado Wilfrido Ballín Almeida, quien hoy da una clase sobre leyes cubanas. Al terminar aparece Yoani para dar su clase sobre Twitter. En la mano lleva un libro con la pasta maltrecha y las hojas algo amarrillentas. Se llama El epigrama español y lo trae, dice, para sustentar la profundidad lingüística que puede haber en los 140 caracteres que exige Twitter. Me pongo a ver algunos de los títulos que hay en los libreros de Yoani: La Habana en un espejo, de Alma Guillermoprieto; Los mejores trucos para internet 2010; Los perros ladran, de Truman Capote; Biografía de la Madre Teresa; Ser periodista. Vida y obra de Carlos M. Castaneda; Viajes con Heródoto, de Ryszard Kapuscinsky. De México me ha dicho que le gusta leer a Octavio Paz y a Elena Poniatowska. También me dice que Letras Libres y Gatopardo —donde ya publicó un reportaje— “le han tocado el corazón”.

A sus alumnos, Yoani les recomienda que para usar Twitter hay que eliminar los adverbios. “No hay que decir: “Corro velozmente”, sino: “Corro”. Les recuerda lo que ha dicho en una clase anterior: “En un blog, lo que se escriba, en lugar de tener que responder las clásicas preguntas del periodismo tradicional: ¿Qué? ¿Dónde? ¿Cuándo?, a mí me gusta responder el ¿Por qué? Por qué yo creo que ocurrió determinado hecho. Eso hace que la gente se acerque mucho más a uno”. Explica también el poder letal que puede llegar a tener Twitter: “Los bloggers estamos forzando a la propia prensa oficialista, a que respondan temas que ellos hubieran pasado por alto, que hubieran ocultado, que hubieran mantenido en secreto. Durante muchos años en Cuba las únicas noticias que salían o las daba el periódico normal, o las daban los corresponsales extranjeros, que como sabemos tienen un accionar muy limitado, son personas que están rodeadas de mucha observación, también de chantajes materiales y chantajes que parten de la propia estancia de ellos aquí, y que muchas veces no pueden atreverse a reportar determinadas noticias”.

Habla de que ella más que considerarse ideológicamente comunista o capitalista, se ve como una posmoderna que llegó tarde a todo. “Yo en lugar de decir: ‘Otro mundo es posible’, diría: ‘Este mundo es posible’. Luego anuncia que acaba de crear una cuenta de Twitter para Guillermo Fariñas (twitter.com/farinascuba). Días después, ya desde mi departamento en la ciudad de México, entré a internet a mirar lo que había en la cuenta de Twitter de Fariñas creada por Yoania. Leí: “Estable sin orinar consciente”, o “Este esfuerzo lo hago por los periodistas independientes, los opositores, las personas de la sociedad civil y los bloggers”.

Desde que llegué a Salamanca, varios me han advertido acerca de Benjamín Franklin y sus inventos. Su nombre completo es Benjamín Franklin Silva Donoso y vive en esta pequeña ciudad al norte de Chile. Tiene treinta y cuatro años, es soltero, no está de novio y vive con sus padres. Su piel es más clara que la del promedio de habitantes de este pueblo andino y, por eso, se protege del sol con anteojos y gorra. Cuando nos conocemos, en la plaza central de Salamanca, llena de árboles, Benjamín Franklin llega vestido con una gorra azul de visera larga, anteojos oscuros y jeans.

—Hola, soy Benjamín –me estira su mano con timidez.

Logré contactarlo por intermedio de una secretaria de la municipalidad. Por estos días, llegar a Salamanca como periodista te convierte casi en un extranjero ilustre: las autoridades se ponen a tu disposición y las secretarias de cualquier jefe oficial pasan a ser tus propias asistentes. Todo, creo, gracias a internet.

Salamanca es el primer poblado de Latinoamérica con internet gratis, inalámbrico, y, según lo que me han dicho, absolutamente democrático: para todos.

En sus manos, Benjamín Franklin trae su último invento: una antena artesanal que sirve para conectarse mejor a la señal inalámbrica de internet. Un tubo con cables que, conectado a la computadora, mejoraría la captura de la señal. Por casi veinte dólares, el precio al que vende su invento, promete a los habitantes de Salamanca una significativa mejora en la conexión a la red. En tres meses ha vendido más de diez de sus antenas y, con el dinero que ha ganado (en dólares serían dos billetes con la cara del Benjamín Franklin original), le ha bastado para vivir exclusivamente de su idea. Todavía no tiene pensado patentarla. Por ahora, el tiempo se le va en pensar cómo mejorar su antena.

Cuenta que en los últimos meses lo han entrevistado en varios canales de televisión, en un par de radios locales y en diarios de circulación nacional. Está orgulloso. No sólo eso, el 12 de octubre del 2006 apareció en la portada de La Voz del Choapa, un pequeño diario que circula por Illapel, la ciudad grande vecina a Salamanca. Internet ha traído cambios a su vida, y no únicamente tecnológicos. Casi le digo que lo entiendo, porque gracias a internet he podido sobrevivir escribiendo historias desde diferentes lugares, pero al final me limito a escucharlo.

Benjamín Franklin dice que siempre le han gustado los inventos. Su hablar es pausado. Recuerda que muchos años atrás, antes que internet fuera inalámbrico, antes aun que apareciera internet, Salamanca era una ciudad aun más plana y aislada del resto del país, y él diseñó su primera antena. Empezaban los años noventa y hablar de una red mundial de comunicación, en Salamanca, todavía era como pensar en ciencia ficción: las computadoras sólo eran robots gigantes propios de ciudades ahogadas entre rascacielos. Era una época donde todavía tenía una importancia gravitante la radio. Las primeras antenas de Benjamín Franklin fueron precisamente para eso, para captar ondas de radios de Santiago, la capital del país.

La vida en Salamanca es apacible, tranquila, con familias en bicicleta, niños que van caminando a la escuela, policías que saludan a los vecinos, perros que se pasean sin sus dueños y automóviles estacionados con las ventanas abiertas. Aquí se ven muy pocos taxis, casi no hay semáforos y los bomberos hace varias semanas que no van a apagar un incendio. Para entretenerse hay una piscina municipal, un estadio, un gimnasio y dos discotecas que abren sólo los fines de semana. Una vieja camioneta amarilla, con parlantes a todo volumen, se pasea anunciando un festival de música ranchera. Un grupo de jóvenes toca guitarra en la plaza. El centro tiene pocas calles. De los dos cajeros automáticos de Salamanca, uno está en una gasolinera y otro en la única sucursal bancaria de la ciudad. La mayor parte del tiempo uno tiene la sensación de estar en una ciudad desenchufada. Totalmente acústica.

Sentado en la plaza de Salamanca, rodeado de niños que persiguen pelotas de fútbol y de jubilados que ya no persiguen nada, Benjamín Franklin me dice que en la ciudad la gente escucha música campesina, cumbias y rancheras:

—No desmerezco ese tipo de música, pero a mí me gusta mucho más lo que es el anglo. Me gustan los clásicos, los Beatles, los Creedence Clearwater Revival, entonces fue por esa necesidad que comencé a inventar las primeras antenas.

Así recuerda, buscando en el pasado una consecuencia lógica para su actual trabajo de inventor de antenas para internet.

La historia de por qué este poblador de Salamanca se llama Benjamín Franklin empieza en la década de 1900, cuando su abuelo, Pedro Silva Contreras, sale a recorrer el mundo como marino de la Esmeralda, el buque escuela de la Armada de Chile. En uno de esos viajes, de hace cien años, el barco llegó a Nueva York.

—Mi abuelo recorrió cuatro veces la vuelta al mundo, pero le gustó Estados Unidos. Siempre hablaba de Nueva York y nos contaba que se subió a la Estatua de la Libertad.

Tanto le gustó a su abuelo Estados Unidos que bautizó a sus hijos con los nombres Washington, Edison, «y a mi papá le puso Franklin». Y, para seguir la tradición familiar, su padre lo bautizó Benjamín Franklin, como el inventor.

En un momento y en silencio, como una sombra entrada en años, se suma a la conversación el papá de Benjamín Franklin. Canoso, de ojos claros y pocos dientes, parece que no ha querido faltar a la cita que su hijo tenía con un periodista. Los dos padres del inventor de antenas son artesanos en madera, y venden sus trabajos en la plaza central de Salamanca. Hasta antes que llegara internet a la ciudad, el hijo los acompañaba en el trabajo y en la venta. Ahora, como los viejos buscadores de oro, abandonó todo por la tecnología.

—Siempre fue inventor mi hijo, igual que el otro Benjamín Franklin –dice su padre, Franklin Silva-. Yo no entiendo de internet, no sé nada, pero veo que lo que hace mi hijo es algo muy importante y que puede estar conectado con todo el mundo. Mi padre dio la vuelta al mundo cuatro veces, en barco, y ahora mi hijo lo hace por internet. Desde la casa.

Mientras el padre interrumpe con sus opiniones, el hijo, el inventor, Benjamín Franklin Silva Donoso, mira hacia los cerros de la cordillera de los Andes, tal vez pensando en un nuevo experimento. Tal vez pensando en su abuelo marino. Tal vez sorprendido por el orgullo público que le demuestra su padre: con sus antenas, la precaria señal llega mejor a los hogares de Salamanca.

***

Los últimos kilómetros antes de llegar a Salamanca son una interminable seguidilla de curvas y contracurvas, subidas y bajadas empinadas por una zona de valles precordilleranos estrechos y peligrosos. Son más de trescientos kilómetros al norte de Santiago. Tengo la sensación de estar ingresando a una zona aislada y escondida, a un territorio al que podría caerle una bomba radioactiva y el resto del país tal vez ni se entere. El bus entra a Salamanca a baja velocidad y con el motor aún forzado. La mayoría de los pasajeros son obreros de Los Pelambres, un yacimiento de cobre, moderno y privado, en el país que es el principal productor de cobre del mundo. Paradójicamente, la sostenida alza del cobre en los últimos años se debe al auge mundial del cableado de cobre, negocio que se vendría abajo en un mundo inalámbrico.

Antes de saltar a los medios de comunicación como la primera ciudad iluminada con wifi (abreviatura de wireless, es decir, sin cables), Salamanca era conocida por la leyenda de ser una zona de brujas. Basta llegar a la ciudad para ver dibujos de brujas volando en escobas pintadas en las paredes, en las tiendas, en los anuncios de restaurantes, en las publicidades locales.

—Siempre se dice que acá hay brujas, pero nunca vi una –dice Roxana Pizarro, una joven nacida en Salamanca que trabaja para la municipalidad y que ahora escucha radios de Santiago por internet–. De todas maneras, es lo que identifica a la ciudad en el resto del país. Mejor dicho, lo que lo identificaba, porque ahora somos conocidos por el wifi.

El proyecto de internet gratuito para esta aislada localidad chilena se llamó «Salamanca sale al mundo», y el slogan fue acompañado de una bruja montada en una escoba.

Si bien los veinticinco mil habitantes del lugar sabían que la llegada de la tecnología podía traer cambios, tras la instalación de las once antenas que distribuyen la señal sin cables, Salamanca siguió con su vida cansina, con una economía dividida entre el trabajo en la minería y la agricultura. Pero la noticia del experimento corrió rápido, y no tardó en salir de Chile. Varios recuerdan que a los pocos días de inaugurada oficialmente la señal libre, el 4 de septiembre del 2006, la información estaba siendo trasmitida por CNN en español para toda América Latina y Estados Unidos. Desde los estudios instalados en Atlanta, la periodista Carolina Escobar abría el informativo con entusiasmo: uno, dos, tres, ¡al aire! «Una pequeña ciudad en Chile es la primera en Latinoamérica que cuenta con conexión inalámbrica gratuita a internet de banda ancha. El experimento busca potenciar las capacidades de los ciudadanos, con las ventajas de internet: contenidos gratuitos, alfabetización digital, capacidad de subir contenidos, entre otros».

De ser una perdida ciudad cordillerana del norte de Chile, estaban saliendo al mundo como los primeros de Latinoamérica. Y no había pasado siquiera un mes de conexión.

***

La municipalidad de Salamanca está frente a la Plaza de Armas de la ciudad y, para llegar a la oficina del alcalde, hay que atravesar un pasillo oscuro donde se ven varios escritorios con funcionarios que te saludan moviendo las cejas. Fundada en 1844, en sus habitantes se ve la mezcla del pasado prehispánico marcado por los incas y los indios Diaguitas. Hoy, todas las computadoras de la municipalidad están conectadas a internet y, sobre el escritorio del alcalde, hay una poderosa laptop inalámbrica.

El despacho de la máxima autoridad de la ciudad es simple, y además de su escritorio repleto de papeles y de algunas sillas, hay una pequeña mesa de reuniones donde están repartidos los planos de lo que será la plaza central después de la remodelación que se tiene planeada. Pese a ser de día, están las luces prendidas. El alcalde se llama Gerardo Rojas, es abogado y nació en Salamanca hace cuarenta y tres años. Es calvo, tiene voz aguda y está recién divorciado.

El alcalde de Salamanca se muestra entusiasmado con el proyecto. Y casi no es necesario hacerle preguntas para que se largue con entusiasmo a hablar de la experiencia.

Así cuenta que el proyecto comenzó cuando estaba leyendo una entrevista, en un diario de circulación nacional, al senador Fernando Flores. El senador hablaba de los blogs. En la entrevista, Flores planteaba que las comunas que estaban dispuestas a hacer algo en tecnología, podían llamarle. La idea quedó dando vueltas en la cabeza del alcalde de Salamanca. Algunos días despertaba con ganas de llamarlo, otras veces pensaba que para qué si no le darían mucha ayuda. Así pasaron como dos meses. Hasta que un día…

—Un día dije, voy a llamar. Lo hice pensando a ver si quedaba algún cupo por ahí. Lo llamé y parece que no lo había llamado nadie. Nadie.

Con entusiasmo, el alcalde Gerardo Rojas cuenta que el senador los puso en contacto con su fundación, llamada Mercator. A los pocos días llegaba a Salamanca la primera comitiva de técnicos de Mercator y en la primera reunión, sin muchas demoras, lo primero que se conversó fue de iluminar la comuna con wifi. Cuatro antenas lanzando la señal inalámbrica de internet por sobre todo el pueblo. Eso sucedía en junio del 2006. Tres meses después, la presidenta de Chile estaba inaugurando la señal libre para que lo viera todo el país.

El propio alcalde de Salamanca dice que su ciudad está de moda. Jura «por Dios» que el proyecto nunca fue pensado como una competencia y que ser los primeros de Latinoamérica los sorprendió a todos: le ha subido la autoestima a toda la comuna.

En Chile es común –asunto de gran orgullo nacional– las noticias internacionales que ponen al país primero en diferentes rankings de Latinoamérica. Atrás, muy atrás, parecen haber quedado los traumáticos años donde viajar con pasaporte chileno, en plena dictadura militar, equivalía a pasar horas extras en cualquier aeropuerto del mundo. En menos de veinte años, de un país culposo por las violaciones a los derechos humanos, los chilenos han asumido el rol continental del orgullo. De un orgullo basado en la economía.

Ahora aparecen en los titulares de todos los medios nacionales, noticias que confirman esta tendencia. «Chile sigue liderando a Latinoamérica en ranking de competitividad», dice el informe anual del Foro Económico Mundial. «Chile sigue liderando a Latinoamérica en clima de inversión», según un informe del Banco Mundial. «Chile lidera ranking de apertura en Latinoamérica», dice un informe de Federal Express (FedEx). «Chile es líder en la lucha contra la corrupción en Latinoamérica», según Transparencia Internacional. Un orgullo para el país que hace rato viene generando una enemistad regional.

—Ya somos los primeros en Latinoamérica, eso no lo puede negar nadie -dice el alcalde de Salamanca, Gerardo Rojas, mientras nos tomamos un café a media tarde. Buena parte de la ciudad, a esta misma hora, está durmiendo la siesta.

Sin embargo, en un momento de la charla, el alcalde reconoce que hay que perfeccionar la conexión. Y que el asunto tiene «tres patitas». Una, la instalación de las antenas. Dos, la capacitación de la gente. Tres, la creación de un blog municipal.

De un cajón de su escritorio saca unas fotocopias, donde me lee que en enero del 2007 hicieron un curso de alfabetización básica para casi cinco mil personas, «para la gente que no tiene idea de nada». La capacitación fue con voluntarios venidos de Santiago y se realizó en el liceo de Salamanca, que tiene treinta y cuatro computadoras, las que se distribuían en tres turnos. Benjamín Franklin fue a una de las capacitaciones y dice que aprendió bastante, aunque quisiera aprender más.

—Y estamos haciendo un convenio con la Embajada de Estados Unidos por el asunto del inglés –remata orgulloso el alcalde.

Cuando le pregunto al alcalde por un beneficio concreto que traerá la red a Salamanca, pienso en los cambios que la red ha traído en mi propia vida: paso la mayor parte de mis días pegado a internet, desde el punto que sea, mi oficina portátil es mi correo electrónico. Para el alcalde, en cambio, las transformaciones han sido diferentes. Dice que hoy Salamanca existe y ese lado ha sido bueno. Cuenta que hace unos días, en un noticiero nacional, estaban hablando de que Shanghái se iba a iluminar completamente con wifi. Y uno de los conductores dijo: «Ah, sí, pero nosotros ya tenemos a Salamanca».

—¿Pero habrá libertad absoluta para internet, señor alcalde?
—Hay restricciones para el sexo y la música. Nada más.

Dice que es por un asunto técnico, que descargar esos materiales haría muy pesado el tráfico. Aunque a los pocos minutos confiesa que, por ahora, los filtros no se han puesto a funcionar. Y vuelve a remarcar que el objetivo es educar, que la comunidad agilice los trámites, que Salamanca salga al mundo. A ese mundo donde lo que más se descarga, justamente, es música y pornografía.

***

—Antes que en París, Nueva York o Buenos Aires, Salamanca vuela con internet.

La periodista Scarleth Cardenas, de Televisión Nacional de Chile, inició así su despacho en directo al resto del país. Fue el 4 de septiembre del 2006, el día que la presidenta Michelle Bachelet inauguró oficialmente el internet sin cables para todo Salamanca.

El riesgo asumido por Salamanca era alto. Un año antes, otra ciudad chilena, Puerto Montt, había hecho el mismo anuncio. Pero había fracasado. Aunque nadie lo decía públicamente, el día de la inauguración muchos recordaban una ceremonia similar ocurrida el 2005. El protagonista era el anterior presidente, Ricardo Lagos, de la misma coalición de la actual presidenta, quien inauguraba la primera ciudad iluminada por wifi del país: Puerto Montt. El portal de la BBC lo anunciaba al mundo.

Sin embargo, aquella carrera por ser primeros terminó estrellada contra interminables fallas técnicas. Puerto Montt tuvo que abortar su plan de liderazgo. Y esa posta del número uno, en un país obsesionado por los rankings, la tomó Salamanca. Aunque también con problemas.

En la municipalidad de Salamanca recuerdan que al principio hubo fallas porque pusieron las antenas que no eran las adecuadas. Y que hasta el día de hoy no son capaces de cubrir toda la ciudad. Si bien las autoridades están asustadas por los problemas que presenta el proyecto, hay una persona en esta historia que está feliz con las dificultades. Él le ha encontrado una solución a los desperfectos. Esa persona se llama Benjamín Franklin Silva Donoso.

***

Si uno no tiene computadora, la hora de internet en un cibercafé de Salamanca cuesta un dólar. Frente a la plaza central hay dos, donde la mayoría son niños que juegan en línea a dispararse y acuchillarse con los vecinos de asiento. El resto lo usa para mandar o leer correos electrónicos, y para chatear. Rara vez se pasa de ahí. Uno de los que chatea me dice que habla con un compañero de colegio que está a dos cuadras y que se están poniendo de acuerdo para un trabajo. Al lado hay una mujer mayor, que le está mandando un mail a su hermana en Santiago, y dice que sólo lee los correos y que para informarse prefiere la radio, que una sola vez leyó un diario de Santiago, y que nunca entró a un website de un periódico extranjero.

***

Estos días en Salamanca me quedo en el hotel My House, de avenida Infante 451 y donde generalmente se alojan ingenieros que vienen a la mina Los Pelambres. Cuando me registro, la recepcionista me pregunta si vengo por la minera. Quizá deba sentirme orgulloso: los que trabajan en la mina son los más respetados de Salamanca.

En la recepción del hotel hay internet, pero no funciona con wifi, sino que con banda ancha. En los días que me quedo en My House, los que más utilizan la red son los hijos de la dueña, para hacer las tareas. El hotel es nuevo, tiene cortinas de flores, un baño amplio y esta frente al estadio de la ciudad. Cada vez que conecto la maquina, ésta capta la señal de dos antenas. Desde la ventana se ven las antenas, que están cerca, y no hay interferencia ni árboles. En otras palabras, no es tan difícil que capte internet en el hotel.

Según las autoridades, los problemas son los árboles, que interfieren la señal. En realidad, dice el alcalde, acá debería instalarse wi max, que es más avanzado, pero aún no está del todo desarrollado.

La dueña del hotel sabe que estoy escribiendo esta historia y siempre que puede me habla del alcalde:

—La verdad es que es mucho ruido todo, pero no ha cambiado tanto internet –dice–. Es más la publicidad que lo importante.

Pese a los problemas, la fiebre continúa.

En realidad, en todo Chile persiste esta fiebre por querer ser los líderes en adoptar la tecnología para ser «los primeros en Latinoamérica». En octubre del 2006, dos diputados del Partido por la Democracia, en esa época el mismo partido del alcalde de Salamanca, propusieron una reforma a la Constitución del país para que el acceso a internet sea incluido entre los derechos fundamentales de los ciudadanos. «La conectividad digital debe ser considerada, al igual que el acceso al agua potable o a la luz eléctrica, un derecho humano que acorte las brechas sociales en Chile», afirmó el día del lanzamiento de la propuesta uno de los gestores de la iniciativa.

—Tengo como meta, para septiembre del 2008, tener cobertura en todo el sector rural de la comuna –se atreve a pronosticar el alcalde de Salamanca, pero sabe que en muchos sitios la señal no llega.

Golpeo en la puerta de madera de la casa de Benjamín Franklin, donde hay un anuncio que dice «antenas artesanales para wifi». Son las tres de la tarde y me abre cansado. Lo desperté de la siesta.

Esta nueva visita ya no tiene la formalidad de la primera vez que nos vimos en la plaza central, y si bien Benjamín está sin la camisa puesta, es amable. A los pocos minutos me trae una silla y pela una naranja que compartimos durante la charla.

El tema de internet le gusta y cualquier anécdota tecnológica la escucha atento. Le cuento que durante varios años escribí casi todo mi trabajo de periodista en cibercafé de distintos países, sin oficina fija, y que me bastaba entrar a un ciber para estar conectado a las redacciones donde ofrecía mi trabajo de cronista free lance. Cuando le cuento que a ese tipo de periodismo lo llamé periodismo portátil, repite «periodismo portátil», como si estuviera registrándolo en su propia memoria o pensando en algo nuevo para su antena.

—La verdad es que el wifi es intramuros, por eso no funciona bien. Pero con mi antena queda perfecto –dice Benjamín Franklin, mientras me muestra su taller, donde corta las cañerías de plástico y coloca en un extremo de ellas una placa dorada con conexiones interiores: de allí cuelgan cables que se conectan a las computadoras.

Benjamín Franklin me dice que le gusta internet, pero también que le gustaría tener una novia aunque es muy difícil, porque las mujeres de Salamanca se van en los autos de los trabajadores de la mina. También me cuenta que chatea con una mujer de Santiago, pero que todavía no se encuentran. Dice que tiene muchas depresiones, que le duele la cabeza y que a veces está varios días sin salir de casa.

Al rato aparecen sus padres, que siempre están cerca. Mientras ellos hablan al mismo tiempo, sobre Benjamín Franklin, su hijo, él se da vuelta buscando alambres que muestra como un inventor que revela sus secretos. Al rato me hace pasar al cuarto donde tiene su computadora, pegada a una cama sin hacer, y donde se ven tres direcciones de sitios para adultos escritos en la pared.

—Ya hay varias zonas donde no se puede escuchar radios, ni bajar música. Ya cortaron eso en algunos lugares -se queja con el fastidio de quien escucha a los Beatles en una ciudad dominada por las rancheras.

Semanas después de esa visita, en un correo electrónico, Benjamín Franklin me diría que ya casi ni se dedica al negocio. «Las redes sirven muy poco. Es que fue un trabajo muy mal hecho, en principio todo anduvo bien, pero a medida que fueron ingresando más usuarios se fue empeorando la cosa. Ahora es muy difícil conectarse porque después de Navidad aparecieron unos cientos o mil usuarios más y además los estudiantes están de vacaciones». Como si lo importante, más que dar un buen servicio, fuera promocionar un servicio que se vendió al mundo como el primero de Latinoamérica.

***

El bus sale de Salamanca, la primera ciudad con internet de toda Latinoamérica, y la mayoría de ocupantes son obreros de la mina Los Pelambres, que vuelven de estar varios días encerrados en el yacimiento. En mi mochila llevo una laptop, diferente a aquella que me compré hace casi siete años, cuando me fui de Chile a vivir del periodismo gracias a que las revistas, los diarios, los bancos, los pasajes de avión y los hoteles ahora están conectados a internet. En siete años muchas cosas pueden cambiar. Finalmente, no le conté a Benjamín Franklin que internet a mí también me transformó la vida, pero supongo que lo pensó cuando me dio un papel con su dirección de e-mail para conectarse al messenger.

Mientras dejamos atrás la ciudad, los caminos son de tierra, y al paso del bus vamos levantando polvo que no deja ver hacia fuera. Pero aunque no se vea, afuera del bus está Salamanca, una pequeña ciudad de un país en veloz carrera, y donde los índices de desigualdad se disparan tan rápido como las buenas cifras económicas. Un país orgulloso, que a veces parece esclavo, por ser el mejor en términos económicos de la región. El primero de Latinoamérica que tiene tratados de libre comercio firmados con Estados Unidos, con la Unión Europea, con Japón y con China. Y recuerdo el «Antes que Nueva York, París y Buenos Aires, Salamanca sale al mundo», y aunque trato de mirar por la ventana, sólo se ve una nube de polvo.