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Último paradero

Publicado: 15 enero 2012 en Oscar Paz Campuzano
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1.

Lo encontré.

Esa fría y pálida tarde de invierno lo sorprendí en su escondite. Estaba borracho y con el rostro engrasado por salsa de tomate. Apestaba a rancio, a hombre que la vida le importa poco. Pero eso nada valía: por fin lo tenía al frente, vulnerable, despreocupado, devorando como bestia salvaje un plato de jugosos tallarines. Esa fría y pálida tarde de invierno era la primera vez que reparaba en su aspecto después de escuchar tantas veces su nombre, de escuchar tantas veces maldecirlo, y de preguntarme cómo es que está vivo. Sí, sobrevivió.

En el barrio Miraflores, a diez minutos del centro de Chimbote, ciudad pesquera en el norte peruano, Denys Ponce Aznarán se escondía. La policía tenía orden de capturarlo por la muerte de 38 personas, pero no daba con su paradero –o quizás no tuvo tiempo para buscarlo-. Sin embargo, yo lo encontré cerca de su casa, haciendo lo que acostumbra  todos los domingos: embriagarse hasta que los sentidos simplemente ya no respondan.

Al verme, saltó voraz a la calle. Algo lo alteró, lo pude notar en su mirada examinante. Como perro me olió a la distancia, listo para el escape. Tenía la casaca entreabierta y el torso desprotegido, un flojo y desteñido pantalón blue jeans y zapatillas blancas que -como él- lucían descuidadas. Su instinto de supervivencia lo lanzó sobre el cuello de Yorman, aquel amigo que me llevó hasta su paradero. Lo arrastró algunos metros como si se tratara de un ave a punto de sacrificar y lo interrogó en voz baja. Luego de unos instantes, parecía estar todo bien: ellos habían trabajado juntos; después de tiempo se encontraban.

Denys tiene el rostro maltratado, los ojos desafiantes y la sonrisa macabra. El cabello negro y alborotado y una insípida barba que le cuelga del mentón. Su piel es morena, pero sus facciones no son las de un descendiente de Mandela o E’to. Es alto y macizo. Da miedo. Más ahora descontrolado por varios litros de energía alcoholizada.

Era la una y treinta de la tarde, el sol brillaba con palidez entre las nubes. A lo lejos, se    escuchan los gritos desaforados de unos muchachos que juegan al fútbol junto al cuchicheo de una que otra familia que va en busca del almuerzo tradicional  en el que coinciden todos los domingos. Ya más tranquilo, Denys bajó la guardia, aunque no del todo. Se recostó con pesadez sobre un muro mal pintado, apoyado sobre esa pierna derecha, la que estuvo a punto de perder hace cinco meses. Miró de un lado a otro, desconfiado, y por ratos clavó la cabeza al suelo, angustiado. Sólo entonces, tras varios intentos fallidos, con la voz partida y con los ojos apretados, pronunció la frase que lo persigue desde el fatídico 22 de febrero de 2010, poco antes de las 6 de la mañana:

—Si no se hubiera metido, ni mierda hubiera pasado ese día.

Pero pasó.

***

El fuerte impacto se produjo a pocos minutos del alba. La espesa neblina y la densa oscuridad vieron con horror como dos pesados ómnibus repletos de historias, sueños e ilusiones chocaban a varios kilómetros por hora, despertando así al armónico silencio del desierto con el ruido de la muerte. Del terror.

Kilómetro 534, carretera Panamericana Norte, provincia de Virú, región La Libertad, Perú. Eran las 5 y 45 de la mañana y Denys Ponce Aznarán, con 31 años encima, iba al volante de un vehículo de la empresa América Express. Su destino era la ciudad de Chimbote, a tan sólo 2 horas al sur de su punto de partida.

Para él era un viaje cualquiera hasta que apareció, como un monstruo sacado de la tierra, el ómnibus de la empresa Crisolito que iba a la ciudad de Chiclayo, más al norte, proveniente de Lima. Las luminosas farolas brillaron intensamente, su corazón se aceleró al mismo tiempo que sus desesperadas manos giraron el timón a la izquierda. Dicha maniobra le salvó la vida, pero no pudo evitar la tragedia: 38 personas murieron, literalmente, en un abrir y cerrar de ojos.

Si algo recuerda con claridad Ponce Aznarán de aquel momento es la muerte de su compañero Alex Ramos Barbarán, de 28 años de edad. Cuenta que el muchacho saltó sobre el timón al ver que el otro ómnibus se incrustaba por el lado del copiloto. Tras el impacto, ambos fueron disparados por el parabrisas. El desplome de Denys fue amortiguado por Alex que, sin tiempo a reaccionar, soportó parte del pesado vehículo convertido en filudas navajas.

Denys vio espantado la escena a un metro y medio. El intenso dolor en la pierna derecha y en todo el cuerpo no le permitieron llorar ni siquiera pensar. Todo estaba oscuro y sólo escuchaba el lamento de los pasajeros aterrados, quienes invocaban a los suyos sin respuesta alguna. Entre lágrimas, pedían ayuda y él, inmovilizado sobre la arena, no podía hacer nada. Poco a poco las voces se apagaron, recuerda. Luego llegaría la primera ambulancia y en ella, aunque no está seguro, se alejaría de la escena.

Atrás dejaría a los rescatistas que llegaban sin saber por dónde empezar. El panorama era desolador por no decir un infierno. Cada fierro, cada vidrio, cada cuerpo, cada grito, cada llanto, cada segundo eran parte de la tragedia. “Aquí hay siete”, gritó alguno y en adelante la cifra fue casi incontenible.

***

Proveniente del desierto, apareció una patrulla salvadora. Eran obreros de la siembra, cosechadores de madrugada, que por cosas del destino trabajan cerca. Escucharon los llamados desesperados de auxilio y dejaron a un lado sus espárragos para ayudar a los heridos, para acopiar muertos. Junto a ellos, los bomberos quienes trepaban y anunciaban a gritos que aún había gente con vida entre los fierros retorcidos o que tenían otro cadáver –o lo que quedaba de él-.

Entre la muchedumbre un hombre era inconfundible. Se movía con destreza en medio del sangriento escenario. Como otros, usaba mascarilla y guantes. Era el antropólogo forense. Caminaba de un lado a otro cargando cabezas, brazos y piernas para encontrar el cadáver correcto. Se acercaba a cada cuerpo y analizaba el color y tipo de piel, la textura y sus cicatrices. Metros más allá, las ambulancias esperaban con las puertas abiertas de par en par para recoger a los heridos que estaban sumergidos en la inconsciencia. Uno de ellos fue Denys, internado de emergencia en una sala del hospital Belén de Trujillo. Desorientado, horas después, despertaba bajo la desesperada mirada de gente que buscaba un milagro entre los sobrevivientes. Asustado y con la pierna derecha magullada, escuchó el rumor intrahospitalario que viajaba en el aire: “Uno de los choferes está vivo”.  Cerró los ojos y guardó silencio.

***

La noche anterior al accidente, Marco Zárate, joven médico de 27 años, volvía a cenar, después de mucho, junto a toda su familia. El trabajo en el hospital de la Solidaridad, en Lima, lo alejó varios años del sosiego que sentía al estar en casa. Esa noche, preparó su ligero equipaje para volver al amanecer a su faena médica: se trataba de una campaña gratuita en Chimbote.

Durmió sin mayor sobresalto y salió de casa prometiendo volver pronto. Tomó un taxi hasta el terminal terrestre de la empresa América Express, en la salida al sur de Trujillo. Al trepar los escalones del ómnibus se cruzó con Denys fijo al volante, pero ninguno reparó en el otro. Se acomodó en los primeros asientos y cuarenta minutos después el destino rompía a la fuerza su promesa de regresar: Marco no sobrevivió.

***

Aquella mañana a Carlos Alvarado Rojas se le partió el corazón. Una llamada telefónica le anunciaba que el ómnibus en el que horas antes partió su hijo a Chimbote nunca llegó. Desesperado dejó las oficinas del Colegio Militar de Trujillo donde trabajaba para buscar a su engreído, un funcionario del Scotiabank.

A esa hora ya muchos heridos estaban en los hospitales y clínicas de Trujillo. Por allí, con los ojos hinchados de angustia, empezó la búsqueda: pasillo a pasillo, cama por cama. Descubrió que esa era la primera vez que deseaba con desesperación verlo herido, pero nada: no figuraba en la lista de ningún nosocomio. Se sentía morir.

Sin pensarlo viajó a la zona del accidente y al no hallarlo entre los escombros metálicos desperdigados en la carretera, siguió camino hasta el centro de salud de Virú, a pocos minutos de allí. En su auditorio, convertido aquel día en un improvisado mortuorio, reposaban decenas de cuerpos inertes y tapados, entre ellos el de Carlos Alvarado Bazán, su hijo.

***

Habían pasado cinco horas del accidente cuando Gladys Neyra se enteró de lo sucedido. Un leve escalofrío le recorrió el cuerpo: un ómnibus de la empresa en la que su hermano Víctor solía viajar había chocado. Justo ese día, muy temprano, él se despidió para nunca más volver. Lo hizo sin fuerza porque estaba seguro que la semana entrante se reunirían en una fiesta familiar en Chimbote, ciudad en la que trabajaba, entornillado en la oficina de registro de la Universidad Los Ángeles.

Como casi todos, Gladys buscó primero en los hospitales. Adentro se topó con un hombre que llegaba del siniestro provisto de una lista de pasajeros. Allí se enteró que los primeros veintitrés tripulantes del bus América Express no sobrevivieron. Víctor iba en el asiento dieciocho.

***

Con un cálido beso en la boca, Nadia Isminio Chuquival y Luis Atto Pulido, se despidieron para siempre. Sólo tenían 11 días de feliz matrimonio. La noche del 21 de febrero él viajaba a Tarapoto, a la selva peruana, y ella debió retornar de Trujillo, a la misma hora, a Chimbote, ciudad en la que ambos comerciantes vivían. Por cosas que Luis aún no llega entender, Nadia viajó al día siguiente.

Cuenta Luis que a mitad de su viaje, una llamada le entró al celular. Era la voz pausada del doctor César Quito, médico legista de Virú, quien en medio del proceso de identificación y levantamiento de cadáveres encontró, bajo los escombros, un teléfono con varias llamadas no contestadas. “Buenos días, le habla el doctor César Quito ¿Conoce a la propietaria del celular? … ¿Es su esposa?…Lo siento, ella murió”.

***

El doctor César Quito es un hombre al que le sobran algunas cosas como la amabilidad y los kilos. Es padre, médico y profesor de medicina forense. Siempre va bien peinado, impecable. De eso se olvidó aquella mañana del 22 cuando le ordenaron ir al lugar del accidente.

—Recién al mediodía se realizaba el rescate del último cadáver atrapado en el ómnibus de la empresa Crisolito. Lo llevamos decapitado. Al llegar con el cuerpo cercenado, vi que el centro de salud de Virú estaba rodeado de gente reclamando a sus familiares después de haberlo reconocido en el auditorio. Las escenas eran muy dramáticas. Un médico legista está acostumbrado a ver el dolor de un grupo de personas ante la muerte de alguien, pero esta vez era el llanto de toda una multitud- recuerda Quito.

—Certificamos la muerte acta por acta – continuó-. Algunos casos fueron más complicados que otros por el estado de deformación de los cadáveres. Pasadas dieciséis horas del accidente, el antropólogo forense junto al grupo fiscal continuaba en la identificación y entrega de cuerpos.

Cuenta Quito que nadie almorzó. Virú ardía en calor y los cuerpos aceleraban su descomposición. De rato en rato dejaban de escribir formularios, caminar entre muertos, meterlos al cajón, escuchar llantos, restar uno y de nuevo llenar más documentos. Escapaban a la calle para alejarse del olor a muerto y tomar nuevas dosis de oxígeno o simplemente para descansar. Pero no lo lograban. Su sola presencia en los exteriores de ese hangar de la muerte movilizaba a la multitud que, entre gritos y empujones, exigía prisa.

***

Así cayó el manto oscuro de la noche. En el auditorio ya sólo quedaban algunos cuerpos; afuera, la multitud ya no existía. El fiscal Robert Angulo, un hombre joven de voz paciente y cabello rebelde, se tomaba una pausa. Todo retornaba a la calma de siempre, la calma que hace horas extrañaba.

Eran las siete de la noche y un hombre ingresaba presuroso al lugar preguntado por el fiscal. Una hora antes, hablaron por teléfono. Sin demora, ambos ingresaron. El hombre se aproximó a los cuerpos más pequeños, buscando uno. Entonces encontró lo que temía, a su pequeña hija: tendida, sucia, rígida e inerte. Las lágrimas se le escurrieron y las rodillas le temblaron al ponerlas al suelo. Lloró con lo último de sus fuerzas, mientras acomodó el cadáver de la pequeña sobre su pecho. La abrazó y besó. “Mi reinita, te fuiste, mi reinita”. El fiscal Robert Angulo recuerda que esa era la primera vez, en todo el día, que se conmovió. Se quebró.

El hombre, encogido de angustia, siguió entre los pequeños cuerpos y encontró el cadáver de su otra hija. Con ella repitió la triste escena. A ambas las reconoció por la ropa. Finalmente, fue hasta el cuerpo de su esposa, irreconocible entre grumos de tierra seca. Supo que era ella porque hace algún tiempo se tatuó en el cuello una carita feliz que, esa noche, no había perdido la sonrisa.

***

Según su historia clínica, Denys no era el chofer del ómnibus América Express, sino un pasajero. En una de las camillas del antiguo hospital, fundado hace más de quinientos años en el centro histórico de Trujillo, Denys mintió. Por ello, en menos de 48 horas, pidió ser dado de alta para retornar a Chimbote. En el trayecto, pasó por el lugar del accidente. Nadie sabe en qué o quién pensó en ese momento. Quizás en su compañero Alex. Quizá en él. Quizá en todos.

Quince días después, en su declaración ante la policía y el fiscal, Denys reconocía ser el chofer. En la comisaría, respondió más de veintidós preguntas contando con detalles lo sucedido. Había bajado de peso, tenía sobresaltos y un cuadro depresivo lo torturaba. Su padre, su esposa y sus pequeñas hijas veían como se desmoronaba después de sortear a la muerte. Así, sumergido en su profundo trance, fue llevado por unos días a una ciudad al norte peruano, bien al norte: Piura. Con rituales extraños, intentaron devolverle la vida que parecía perder poco a poco. Al otro lado, en la vía legal, su situación se agravaba. La Fiscalía Provincial Mixta Corporativa de Virú formalizaba la denuncia en su contra por homicidio culposo en agravio de 38 personas y por lesiones a más de cuarenta.  Entonces, Denys iniciaba sus primeras sesiones psicológicas, pero el peso de la ley seguía recayendo sobre él. El Juzgado de Investigación Preparatoria del Módulo Básico de Justicia de Virú ordenaba su captura y reclusión preventiva en una prisión. Denys prefirió la clandestinidad.

2.

Lo busqué.

Salí a su encuentro 159 días después del accidente. Chimbote, aquella ciudad porteña que en la década del sesenta era la mayor productora de harina de pescado en el mundo, amanecía nublada. Domingo uno de agosto, cinco meses después del siniestro. Unas doscientas veinte mil personas viven allí entre buques, lanchas, redes, fábricas de acero, arenales, chicha de jora, gaviotas que revolotean en el cielo jugando a volar, barrios marginales, autos destartalados, comercio ambulatorio y pestíferos olores. Después de su vertiginoso auge, la sobre pesca, la contaminación y el terremoto del setenta la sepultó bajo los escombros de una ciudad decadente.

En ese lugar nació Denys. Gran parte de su vida trabajó en San Pedro, aquel reputado y malhechor barrio llamado así en honor al santo patrón de los pescadores y cuyas pistas carecen de asfalto. De la zona son populares “Las picanterías”, locales turbios de dudoso prestigio en el que se da la bienvenida a los parroquianos al ritmo de cumbia, chicha y demás géneros musicales de moda. Toda una fiesta a la que más vale estar invitado ya que, sin tarjeta de presentación, la probabilidad de salir envuelto en algún lío es mayor.

De San Pedro parte una de las líneas de transporte público de la urbe: La número cinco. Su paradero es sólo una esquina abandonada sin carteles que alerten de su existencia. Cada cierto tiempo, aparece uno de los vehículos de la empresa tropezando sobre los desniveles de la trocha  accidentada. Son ´combis` de color blanco matizado con franjas de color marrón, naranja y beige. Todas andan empolvadas por los arenales que les toca cruzar. Sus choferes son seres mecanizados que van al volante por una ciudad que no los entiende –y que no los quiere-. Hace años, uno de ellos era Denys.

 —Yo era su cobrador. Él me despertaba todos los días temprano para trabajar, pero me daba pereza. Él me decía: “Sólo para dar unas vueltas” y era mentira. Salíamos a las cinco de la mañana y volvíamos en la noche – cuenta Yorman, quien vio a Denys un mes antes del choque y, desde entonces, poco supo de él. Aquel domingo de invierno, Yorman me ayudaba a buscarlo.

 —El trabajaba por temporadas. Era un buen chofer, tenía caña. En la empresa, lo premiaron por eso. Hasta que un día desapareció. El feo – como lo llaman- resultó de chofer en América Express.

En San Pedro, desde donde se puede ver todo Chimbote, incluyendo el mar, las lanchas y sus islotes perla, todos conocían a Denys, pero pocos querían decir su paradero. Eran casi correligionarios que guardaban el secreto popular en medio de un barrio convulsionado por la violencia y marginalidad: muy cerca, en los arenales, yace el cementerio de los pobres, donde muchos fueron a parar para guardar sus propios secretos. El silencio, en este barrio, vale mucho más que la palabra de cualquiera.

—No está por acá y punto – vociferaban.

Sí pues, no estaba allí. Lo encontré en Miraflores, un barrio colindante al mar que para llegar a él se debe atravesar el centro de Chimbote. Miraflores es tan o más peligroso que San Pedro. Sus calles sigilosas, casi vacías, dan la impresión de estar siempre ante una trampa: la sospecha que tras la esquina seis o más tipos desquiciados aguardan ansiosos, nunca dejará de estar latente.

Denys estaba en casa de su padre almorzando con la placidez de un fugitivo sin escrúpulos. Sus pequeñas hijas jugaban cerca, despreocupadas. Es difícil saber si poco o nada le importaba a Denys que unos desconocidos llegaran, quizás yo, y le recordaba aquello que tanto trataba de olvidar. O peor aún: que irrumpan policías y lo lleven enmarrocado. Sus hijas, que seguían jugando, jamás entenderían la historia aquella en la que su padre resultaba ser el malo: ´Treinta y ocho personas murieron dicen por culpa de tu papá´ o ´Estará encerrado en un lugar del que no puede salir´.

No. Jamás lo entenderían.

***

—Si no se hubiera metido, ni mierda hubiera pasado ese día.

Esa era su defensa.

En la respuesta 22 de su declaración decía no ser culpable. Recordaba que delante de él, en su carril, marchaban dos vehículos: un ómnibus y, más adelante, un tráiler. De pronto, este último, frenó intempestivamente para evitar chocar con un auto que invadió su carril. Esto obligó al primer ómnibus a despistarse a su derecha, mientras que Denys optó por ir a su izquierda. Entonces, chocó.

—Sí, invadí el carril contrario. Sí, lo hice- reconoce Denys -, pero fue por instinto, por mi vida. Tenía tres opciones: Salir a la derecha y chocarme con el ómnibus, frenar y chocar con el tráiler o salir a mi izquierda. Claro, en esta última, estrellarme nunca estuvo entre mis posibilidades. Al ver el ómnibus, ni siquiera pude frenar. Giré a mi izquierda y lo  esquivé, pero el otro chofer maniobró a su derecha y chocamos.

Sin embargo, el fiscal Robert Angulo no le cree. Su tesis, sustentada en el informe técnico del Departamento de Investigación de Accidentes de Tránsito de la Policía Nacional (DIVAT), es que Denys invadió el carril contrario en una zona prohibida para intentar sobrepasar al tráiler. Marilú Alvarado Rivera era pasajera del ómnibus América Express que viajaba en los asientos uno y dos junto a su esposo, Santos Roldán Fernández, y su pequeña hija de siete meses, Jazmín Roldán Alvarado. Marilú, la única sobreviviente de los tres, confirmaba para la fiscalía esta versión. En su declaración dijo que, momentos antes del impacto, vio por una de las ventanas del lado derecho como un tráiler iba quedando en el camino. Luego de esa imagen sólo recuerda abrir los ojos en el hospital.

Además, un informe elaborado por especialistas físico – matemáticos determinaron que, al momento del impacto, el vehículo América Express aceleraba. Para la fiscalía es un indicio más de que Denys intentaba pasar a otro vehículo.

El día que lo encontré en la casa de su padre, no hablamos mucho. Él cuidaba a sus hijas. Las quiere; aunque su talante no parezca el de un hombre amoroso. Después de verlas jugar y pedirles que vuelvan a casa, Denys anunciaba, esta vez con una leve sonrisa, que pronto respiraría los agrios rumores de una prisión. Se entregaría en 48 horas y, según él, aceptando los cargos que la fiscalía le imputaba. Puede que las noches intranquilas que no lo dejaban dormir lo llevaran a tomar tal decisión. Quién sabe.

El plazo venció y, como era de esperarse, no lo hizo. Recién, cuando el reloj marcaba las tres de la tarde del 10 de agosto, Denys Ponce Aznarán, acompañado de un policía, ingresaba al centro penitenciario El Milagro, en Trujillo, perdiéndose, a paso lento, entre pabellones y los más de mil quinientos presos que allí purgan condena.

3.

Lo encontré, otra vez.

Han transcurrido apenas cinco días de su encierro. Es mediodía del domingo 15 de agosto: día de visita en la prisión. Largas filas humanas se extienden desde la puerta de ingreso al penal. Minutos antes, todos corrimos para que un policía, con el ceño fruncido, nos coloque un sello y un número con un bolígrafo indeleble azul en el brazo derecho. En la piel me estampó el 634. Pasaron largos e intensos 40 minutos para chocar cara a cara con un agente penitenciario, joven y de voz agresiva, que uno a uno hace pasar a los últimos visitantes hombres. Por la tarde, ingresarían las mujeres. Después de más controles y órdenes, de más sellos e inspecciones, logro ingresar. Adentro, me siento un recluso más, pero extraviado entre pabellones, celdas y prisioneros.

Siempre tuve la idea de que al ingreso me preguntarían a quién buscaba y yo respondería: “A Denys Ponce Aznarán”, pero nunca pasó. Entro desorientado. Al pasar delante del primer pabellón tengo sobre mí a un grupo de hombres, con algo para vender en las manos, interrogándome, casi a gritos, por quien iba (notaron que estaba perdido y asustado) y les respondo: “Por Denys Ponce Aznarán”. El primer hombre, moreno, flacucho, decrépito y de aspecto delincuencial, se ofrece a llevarme. Metros más allá, descubro que es un preso.

—Tan rápido lo conoces. Apenas ingresó hace cinco días- Le digo.
Conozco a todos acá adentro- Responde.

 

No damos más de diez pasos y reclama su salario. Se lo doy. Dos paso más allá, me dice: “Él te llevará”. Es otro vendedor, también preso, con una bolsa de caramelos. No pasa mucho y también me pide dinero. Se lo doy. Sin embargo, ninguno me ha llevado a Denys. En menos de cinco minutos en la cárcel, dos tipos ya me han estafado.

En el ingreso a una especie de encuentro entre conductos enrejados que llevan a los diferentes pabellones del penal y que es custodiado por un carcelario, me topo con un hombre de mediana estatura y que viste chaleco naranja. A la entrada, me lo advirtieron. “Ellos te pueden guiar”. Y así lo hace con una amabilidad sorprendente. Mientras me lleva, pienso en si es preso o no. Es más probable que sí. Nadie, que no sea un agente del orden o administrativo, ingresa a trabajar a un penal.

Él sí conoce a Denys. Por lo menos sabe quién es y cómo es. Dice que desde temprano llegaron a verlo, se trata de su padre y alguien más. Ellos le advirtieron que otras dos visitas llegarían; por supuesto, no se trataba de mí. Mientras camino, divago entre la reacción de Denys y su padre al verme, en la mirada desafiante de algunos internos y en el laberíntico inframundo urbano en el que me sumerjo. Reacciono cuando me veo entre celdas: tugurizadas, desordenas, sucias, oscuras; casi impenetrables. Quedé suspendido en el aire unos segundos y comprendo: Estoy en la cárcel.

En día de visita, las celdas lucen abiertas y los presos deambulan no lejos de allí. En una de ellas, hay una mesa tembleque, con un grupo de personas que conversan y juegan casinos. Denys está en el patio, a espaldas de su calabozo, junto a dos hombres de avanzada edad. A lo lejos, parece reconocerme. Es la segunda vez que nos vemos, pero ni una mueca ni un gesto amable despide su rostro. Debe pensar que soy una especie de cargo de conciencia con dos patas. Me acercó y apretamos las manos. A nuestro alrededor, pasan desapercibidos otros internos. Cruzamos algunas palabras y ahora sí, una leve, muy leve sonrisa se deja ver.

Transcurren apenas cinco minutos y el horario de visita acaba. Sólo alcanza a contarme que si todo le va bien, pasará encerrado los próximos seis años y ocho meses. Si le va mal, serán más. Eso es todo. Mucho tiempo, para él. Poco tiempo, para otros. Tal vez 38 cadenas perpetuas los logre consolar; tal vez no. Aquí pudo haber acabado una historia, pero nunca dejarán de comenzar otras. Catorce murieron en la carretera a Cajamarca y otras 23 perdieron la vida al caer a un abismo en la sierra de La Libertad. Como Denys, como otros, como todos, me pregunto: hasta cuándo y no tengo respuesta. Puede que sea inútil.

Mientras camino a la puerta de salida, la mirada viaja hasta el dedo pulgar izquierdo buscando la vieja cicatriz que me hice correteando junto a un amigo cuando aún éramos niños. Ambos creíamos ser los campeones del mundo, despreocupados aquel entonces de nuestro destino. Él fue uno de los 38. Recobro la libertad y Denys vuelve a su celda. Tras las rejas, entre cuatro paredes y tendido sobre su catre tratará, como otros, como todos, de cerrar el 22 de febrero de 2010, que minutos antes de las 6 era un día normal; a pocos minutos del alba.

Muerte en el desierto

Publicado: 23 noviembre 2009 en Marcela Turati
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I

Secos como ramas. Así quedaron, esparcidos en los pedazos de desierto. Desde el tercer día de su caminata por el desierto de Arizona, uno por uno, fueron vencidos por el infierno. Uno, desesperado, abrazó un cactus y flageló su cuerpo con las espinas; Edgar Adrián, de 23 años, veracruzano de Coatepec, se desvaneció bajo la sombra de un matorral, refresco inútil. Frente a él, su tío José Isidro lo vio que apretó los párpados, lloró dos lágrimas y expiró. Arnulfo, el padrino de Edgar, también de Coatepec, tierra caliente y húmeda, de cafetales, tampoco aguantó. Alcanzó a esconder su cuerpo en el hoyo de un tronco. Los 47 grados derritieron su desesperación. Vino un grito y una convulsión.

Un día después, el 23 de mayo de 2001, agentes de la Patrulla Fronteriza descubrieron huellas en el suelo del Refugio Silvestre de Cabeza Prieta, condado de Yuma, que los condujeron a hombres semidesnudos con los ojos secos. A cuerpos quemados, regados por el desierto, abandonados por sus parientes que seguían arrastrándose en busca de agua. A muertos y vivos sentados bajo la misma sombra. A un hombre con manos ardidas por cavar un hoyo en las dunas para enterrarse y esconderse del sol.

Hallaron a 14 mexicanos muertos y 12 vivos, que durante 5 días, tres sin agua y sin comida, caminaron por la llamada “Ruta del Diablo” siguiendo a Jesús López Ramos, un “coyote” perdido que los dejó abandonados. Se toparon, también, con una de las peores tragedias migratorias de las que en México se tiene memoria.

REFORMA reconstruyó parte de lo ocurrido con base en entrevistas a oficiales del condado de Yuma y de la Patrulla Fronteriza que participaron en el rescate; en el reporte que la Fiscalía Federal del Distrito de Arizona realizó al finalizar la investigación policiaca a López Ramos y en la entrevista a Eugenio Martínez, padre de uno de los fallecidos, quien participó en la descarga de evidencias en la fiscalía.

“Los encontramos sentados por grupos de tres, cuatro. Muertos sentados junto a los vivos. Ropa tirada por el camino. Cuando hablé con unos de ellos, un señor me avisó que dos horas atrás dejó a un hermano suyo y que había 20 más al sur”, recuerda el oficial David Phagan, de la Patrulla Fronteriza, descubridor de los primeros sobrevivientes.

Los muertos eran varones de entre 14 y 54 años de edad que habían pagado de 15 a 20 mil pesos por adelantado a “El Negro”, luego identificado como Evodio Manilla Cabrera, de Sonoíta, Sonora, para que su banda los pasara al otro lado. Los pasó en el peor punto de cruce a Estados Unidos.

***

El día 15 de mayo salieron de Martínez de la Torre, Veracruz. Eran 28. En el camión iba Raymundo Barreda, de 54 años, con su hijo catorceañero que lleva su mismo nombre. Iban a trabajar para ponerle piso, cocina y baño a su casa de El Equimite, ranchería del municipio de Atzalán.

De Coatepec iban Edgar Adrián Martínez, de 23, quien quería dinero para casarse; su tío José Isidro Colorado, de 28, que planeaba trabajar para construirse una casa sólida; y su padrino Arnulfo Flores, de 43, quien contactó a los polleros por recomendación de familiares suyos a los que transportó a Estados Unidos.

La nota de prensa de la Oficina de la Fiscalía de Estados Unidos para el Distrito de Arizona, del 22 de febrero del 2002, establece que el 19 cruzaron de Sonoíta, Sonora, a Lukeville, Arizona, en una pequeña camioneta tipo van a través del desierto. Jesús López Ramos, moreno jalisciense de 20 años, iba al volante acompañado de otros dos “coyotes” de los que sólo se conocen sus apodos: “Lauro” y “Santos”. Manejó con dirección norte aproximadamente 90 minutos.

“Perdieron ahí mucha energía. La camioneta estaba muy encerrada, el calor muy fuerte, iban los 28 encerrados juntos”, dice Eugenio Martínez, padre de Edgar Adrián y cuñado de José Isidro Colorado, quien logró reconstruir la historia a partir de lo que escuchó en Phoenix, Arizona, donde platicó con los sobrevivientes y presenció la audiencia en la Fiscalía.

En Sonoíta, “El Negro” les había explicado el plan: caminarían por el desierto a la carretera 85 del estado de Arizona, justo al norte de la ciudad de Ajo. Ahí los esperaría un automóvil que los llevaría a Phoenix, donde aguardarían otro auto que los trasladaría a sus destinos finales en Chicago, Illinois, y Lake Placid, Florida.

El grupo fue informado por “El Negro” y por López Ramos de que el viaje requeriría sólo de dos días enteros de caminata.

“López Ramos explicó también que el grupo caminaría de noche para minimizar su exposición al calor y maximizar su habilidad para evadir exitosamente a las autoridades estadounidenses. Cada participante fue informado de que debería de llevar agua para satisfacer sus propias necesidades”, establece el recuento hecho por la Fiscalía.

Para evitar a los vehículos y al personal de la Patrulla Fronteriza, bajo las órdenes del guía viraron al oeste hacia una porción inhabitada del desierto. Lejos de Ajo.

“Se metieron a un lugar donde no hay casas ni agua ni nada. En ese lugar casi no hay sombra, sólo arena, piedras grandes y mucho calor. Si el día está caliente, la arena se hace más caliente porque es como una estufa”, dice el oficial Phagan.

“Estaban en un área de montañas, piedra, tierra, con árboles Piedra Verde que no dan mucha sombra. Y si el calor en la ciudad está a 43 grados, allá en el desierto puede estar a 48, pero la tierra puede estar a 54 o 65 grados. Si uno se cae, se empieza a cocer”, dice el teniente Arturo Ramírez, encargado de investigar toda muerte de migrante en el Condado de Yuma.

Los miembros del grupo agotaron su ración de agua durante el segundo día de viaje.

Eugenio Martínez, uno de los tres mexicanos que ha podido ver a los sobrevivientes, quienes serán testigos protegidos en Estados Unidos hasta que culminen las investigaciones a la banda de “El Negro”, dice que sí llevaban agua.

“Habían comprado garrafones, pero la noche siguiente (día 20) se dieron cuenta de que había una patrulla en el desierto. Todos se espantaron y entre las espinas de las zarzas dejaron tirada el agua y el poco alimento que llevaban”, narra en la sala de su casa, en Coatepec, sentado junto al altar que levantaron a la memoria de su hijo.

El 20 de mayo, dos de los 28 hombres que comenzaron la expedición decidieron regresar. “Santos” se ofreció a acompañarlos. El resto sospechaba que había problemas, pero López Ramos les aseguró que “en dos, tres horas” llegarían.

“El guía caminaba en zig zag, nunca recto. Preguntaban si estaban perdidos y les decía: ‘No, en media hora llegamos, ya mañana, atrás de esa lomita, ya casi’. Señaló unos depósitos que había en una loma y les dijo que ése era su punto de referencia, pero cuando los perdieron de vista empezaron a preocuparse más”, dice Eugenio.

Las condiciones del grupo se deterioraron dramáticamente durante dos siguientes días.

“Los extranjeros comenzaron a consumir cactus y sus propias orinas en un intento de sostenerse y de frenar los efectos de la exposición al calor y la deshidratación. Conforme iban debilitándose y sucumbiendo, el grupo se partió en varios pequeños grupos”, prosigue la nota de la Fiscalía para el caso CR-01-482-PHX-SRB.

Eugenio dice con rabia que no todos carecían de agua. “Los muchachos se dieron cuenta de que los guías llevaban agua. Alguien los descubrió tomando agua, pero jamás la quisieron compartir con los que no traían. Inclusive los oyeron discutir por el agua”.

Ocurrió entonces la primera muerte: el suicidio con el cactus. Al atardecer, algunos del grupo exigieron a López Ramos ir a buscar agua y transporte para sacarlos del infierno. El les pidió 90 dólares y partió con “Lauro” hacia el noroeste. Los que quedaban en el grupo se sentaron a esperarlo. Era el 21 de mayo.

La imagen del joven suicida dejó impresionado a Edgar Adrián, quien dejó su trabajo de jarabero en Coca-cola para cruzar a Estados Unidos, comprarse una camioneta y regresar a construir la casa donde viviría con Claudia, con quien llevaba cinco años de novio. Quería jubilar a Eugenio, su papá, de la albañilería, pues estaba enfermo del riñón, y poner una estética a su hermana Celenia.

“Mi hijo fue el segundo que cayó”, dice Eugenio, con la mirada perdida. “Le afectó mucho ver al primer joven que se abrazó al cactus. Me dicen que se hizo muy amigo del muchacho, que en el trayecto fueron platicando de las ilusiones que tenían, de lo que pensaban comprarse al trabajar.

“Le dolió mucho dejar al muchacho tirado. Pedía que lo levantaran pero todos iban agotados, no podían hacer nada”, dice su padre, quien abraza la fotografía ampliada que tiene de su hijo y de José Isidro, en un campo verde, tomada una hora antes de partir hacia la muerte en el desierto.

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La mañana antes de morir, Edgar Adrián sacó la estampa de la Virgen de Juquila que traía consigo y le dedicó una oración. Le preguntó José Isidro si creía que tenían posibilidades de sobrevivir. Se arrastró hacia la sombra de un arbusto para esquivar al calor que saca ampollas. Llevaba dos días tomando su propia orina y cuatro perdido en el desierto.

“Estaban todos en la pequeña sombra que encontraron, cubriéndose, aunque José Isidro dice que aún así sentían que se asaban. Arnulfo, mi compadre, vio cuando Edgar se desplomó y le dijo a José Isidro. Ninguno pudo hacer nada, estaban a poca distancia pero no podían moverse.

“José Isidro se acercó un poco y Edgar se le quedó viendo, y apretó sus ojos, derrama dos lágrimas y ya no dijo nada”.

Ni José Isidro ni Arnulfo encontraron fuerzas para acercarse, menos para enterrarlo.

“Mi compadre se tiró bajo un tronco hueco. Quiso cubrirse del sol pero la temperatura estaba altísima y no fue suficiente. Gritó de dolor, comenzó a darle como una convulsión y ahí fue cuando falleció. José Isidro se arrastró a donde estaba, pero ya no pudo llegar. Quedó como a dos metros de distancia tirado, poco después pudo levantarse, pero ya sin conciencia, caminó sin rumbo hasta que volvió a caer”, dice.

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“Papi, acuérdate, nos vas a hacer una casa”, escuchó José Isidro cerca de su oído. Abrió los ojos. Seguía en el desierto. Pero vio ante sí a su hija recién nacida, así que comenzó a avanzar. En otra de sus alucinaciones, la niña le dio un consejo que cree le salvó la vida: “Papi, límpiate la garganta”.

“Dice que su hija le dijo que se limpiara la garganta porque el sarro de la orina se la estaba infectando, que ellos mismos se estaban ahogando con su propia saliva porque ya tenían muy infectada la garganta.

El volvió en sí y empezó a meterse el dedo para vomitar y sí, sacaba flemas amarillas completamente.

“Les dijo a los demás muchachos que se limpiaran, que hicieran lo mismo, y así pudieron respirar un poco más y tuvieron más fuerzas para caminar”, dice su cuñado.

Al teniente Arturo Ramírez, comandante de las patrullas del sheriff de Yuma, no le parece extraña la visión de José Isidro. Sabe que ese fenómeno es provocado por la falta de agua.

“Uno empieza a alucinar, no piensa bien, el cuerpo reacciona así por falta de agua. El cuerpo empieza a chupar agua de otros órganos no esenciales, como los ojos. Muchas veces encontramos a gente que parece momia, aunque tenga pocas horas de muerto, porque los órganos empiezan a sacar agua de los órganos no esenciales. Están secos ya, por falta de agua”, dice.

Es normal, por eso, que la gente perdida en el desierto se tire al piso y se eche tierra en la cabeza. “Lo hacen pensando que es agua, pero están alucinando, viendo cosas que no están”. Es normal, también que la gente pierda el rumbo y camine en círculos pensando que avanza.

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Al ver que los “coyotes” no volvían, el grupo tomó rumbos diferentes. Dateland, el pueblo más cercano, estaba a 40 kilómetros. “Lauro” ya había muerto de sed, y Jesús desfallecía lejos.

Entre alucinaciones, pérdidas y recuperación de conciencia, José Isidro vio a algunos morir. Según su narración, del teniente Ramírez, y del capellán del hospital de Yuma, Manuel Jiménez, uno empezó a llamar a su mamá, la miraba, platicaba con ella. Otro muchacho les pedía que confiaran en Dios. Uno, en su desesperación, pidió a Satanás que hiciera algo.

Raymundo Barreda y su hijo, los de El Equimite, quedaron tendidos juntos en la fina arena. Raymundo padre no quiso dejar que su hijo viajara solo a EU y lo acompañó porque ya tenía experiencia en cruzar. Al parecer, es a ellos a quienes José Isidro recuerda abrazados, muertos, a 2 mil 200 kilómetros de su casa.

Muchos creían que ya estaban muertos, hasta que los sacudió de su agonía un helicóptero. Ese fue el caso de José Isidro.

“Atrás quedó mi sobrino, mi padrino, y hay más gente tirada”, fue lo único que alcanzó a decir a los marinos que bajaron del helicóptero, antes de perder la conciencia. Despertó en el hospital de Yuma. Fue rescatado el día 23, 8 días después de que salió de su casa. En su quinto día en la “Ruta del Diablo”.

II

Juicio a la codicia de un ‘coyote’

El “coyote” Jesús López Ramos iba a ganar 100 dólares por cada uno de los migrantes que llevara de Sonoíta, Sonora, al kilómetro 43 de la carretera 85 de Arizona. En cambio, recibió 16 años de cárcel, problemas renales y cutáneos de por vida, y una multa de 2 mil 500 de dólares. Iba cruzar por el desierto a 28 mexicanos y 14 se le murieron de sed en el camino.

Lo encontraron el 23 de mayo de 2001 sentado, solo, bajo la sombra de un arbusto del desierto de Yuma, Arizona. Llevaba un día varado en ese punto, a 28 kilómetros de donde dejó a sus clientes cuando les pidió 90 dólares y les dijo que iría a buscar agua. Tenía la piel calcinada y el cuerpo deshidratado, como los 11 del grupo rescatados con vida.

Bajo su guía se perdieron cinco días, del 19 al 24 de mayo, en el lugar conocido como la “Ruta del Diablo”, el peor punto de cruce a Estados Unidos. Estuvieron tres días sin agua y sin comida, bebiendo sus propias orines.

Nueve meses después, el 22 de febrero del 2002, en la Corte Federal de Phoenix se llevó el caso llamado “Estados Unidos versus Lopez-Ramos”. Las fotos de los cuerpos secos como momias, regados por la arena, sólo fueron vistas por la juez Susan R. Bolton.

“Tan trágico fue que nosotros pedimos ver las fotografías y un oficial nos dijo: ‘Yo que ustedes no pido verlas porque ellos quedaron muy mal’. No quisieron enseñárnoslas. De lejos vi el monitor donde estaban pasando las fotos a la juez, ví unos cuerpos desnudos porque conforme iban caminando iban tirando su ropa.

“La doctora forense que habló en el juicio lloró al narrar todo, porque dice que jamás en su vida había visto unos cuerpos tan maltratados, sin nada de líquido en su organismo, unos cuerpos tan contraídos”, narra Eugenio Martínez Ledo, quien salió de Veracruz para participar en el juicio como testigo por ser padre de Edgar Adrián Martínez, uno de los muertos.

Funcionarios del Gobierno estadounidense fueron a Coatepec, por él, por su comadre Nila Andrade y por José Antonio Flores Badillo, para que participaran con su testimonio como familiares de las víctimas. Su presencia consta en la minuta del juicio.

Los sobrevivientes que estuvieron presentes fueron José Isidro Colorado Huerta, Javier Santiago García, Rafael Temich González y el propio López Ramos, quien llegó custodiado por dos guardias, vestido con ropa de cárcel y chanclas naranjas.

El piloto del cuerpo de marinos de Yuma, Stuart Goodrich, en su turno para hablar dijo que no se explicaba por habían cruzado la frontera por la “Ruta del Diablo”, terreno peligroso, accidentado y con animales venenosos.

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David Phagan, de 32 años, patrullaba el Refugio Silvestre de Cabeza Prieta, condado de Yuma, frontera con Sonora, el 23 de mayo de 2001. Buscaba, como de rutina, huellas para detectar si alguien traspasaba clandestinamente la frontera. Se topó con cuatro personas tumbadas sobre la plancha de arena ardiente, repletos de espinas de cactus.

Ellos le informaron que cuando comenzaron el viaje eran más de 20. Llamó a la base para pedir ayuda y comenzó la búsqueda del resto del grupo. Ese día vio por primera vez un migrante muerto en el desierto.

“Me impresionó una de las personas que tenía dinero, como 60 dólares, y rompió todo su dinero antes de morir. El dinero estaba roto cerquita de él. Yo pensé que no quiso que el ‘coyote’ agarrara su dinero o que pensó que el dinero no valía nada, no le podía ayudar en una situación así. Quién sabe qué pasó por su mente”, dice.

El mayor Robert Lack, de la Estación Aérea de Marinos en Yuma, dice que encontró una decena de personas a 65 kilómetros de la carretera 85 a la que inicialmente querían llegar.

“Nos pedían agua. Siete personas estaban tan débiles que tuvimos que cargarlas y subirlas al helicóptero porque no podían caminar. Dos que estaban mejor fueron llevados por la Patrulla Fronteriza al hospital. A un joven que vimos más débil lo pusimos sobre la estructura, pero murió camino al hospital”.

Ambos oficiales recuerdan que ese día la temperatura era de 47 grados.

El capellán del hospital del condado de Yuma, Manuel Jiménez, quien acudió al llamado de emergencia, dice que uno de los sobrevivientes llegó suplicando que no lo regresaran a México. Le decía que era un buen trabajador que, por favor, no lo enviaran de regreso porque ya había sufrido mucho.

El cuadro clínico compartido era deshidratación, insolación, quemaduras y debilidad. Dos tenían colapso de los riñones.

“Uno parecía momia porque estaba bien calcinado; por el sol, sus ojos como que se le habían secado. En el hospital todos pedían agua, pero no les podían dar, nomás les mojaban los labios. Dos me dijeron que pensaban que ya habían muerto”, dice.

Los rescatados descubrieron que el guía que los abandonó a su suerte era una de las personas que tenían en la cama de enseguida. Identificaron ante la policía del condado a López Ramos como el hombre que les dijo, antes de comenzar el viaje, que sólo tendrían que caminar dos días para llegar a la carretera 85.

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En el juicio del 22 de febrero se estableció que el jalisciense López Ramos, quien también se hacía llamar Antonio López Cruz, había sido aprehendido en seis ocasiones anteriores por haberse internado ilegalmente a Estados Unidos.

Reconoció que su jefe era Evodio Manilla Cabrera, “El Negro”, oriundo de Sonoíta, hoy prófugo de la justicia. Para él trabajaban también “Lauro”, uno de los 14 fallecidos en el desierto, y “Santos”, un guía que se regresó a México con dos migrantes que desertaron, al segundo día, de su intento de cruzar.

“Confesó que ya había pasado exitosamente por el desierto en varias ocasiones anteriores, pero se perdió en este viaje y fue incapaz de localizar dónde estaba (la ciudad de) Ajo (Arizona)”, se lee en el comunicado que dio a conocer la Fiscalía de Distrito.

La banda de “El Negro” llevó al grupo a una casa de seguridad en el poblado de “El Papalote”, Sonora, donde les dieron de comer y descansaron. En una pequeña camioneta tipo van, los migrantes fueron introducidos a Estados Unidos a través de Lukeville. En el kilómetro 43 de la carretera 85 lo esperaba un “hombre de nacionalidad mexicana” que conocía sólo por el nombre de Daniel. El le iba a pagar lo pactado por cada persona transportada de contrabando.

“El Negro” les había pedido a los 28 tripulantes entre 15 y 20 mil pesos para pasarlos. El trato incluía a los guías y el transporte. Sus destinos finales eran Chicago, Illinois, y Lake Placid, Florida.

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“Lamento mucho la suerte de las víctimas y de sus familias… Mi intención no era conducirlos a la muerte. Mi intención era cruzarlos para que pudieran encontrar mejores vidas. Pido su perdón”, fueron las palabras que pronunció López Ramos, de 20 años, originario de Guadalajara, en la Corte de Phoenix, Arizona, según reporta el North County Times.

Para Eugenio Martínez, padre de Edgar Adrián, quien murió el día 22 de mayo, el guía se salvó de una pena mayor al admitir su culpa.

“Yo hubiera pedido la pena de muerte aunque sé que no me devolvería la vida de mi hijo y la de todos los demás, pero ese sí sería un escarmiento para los demás polleros”, dice en su casa de Coatepec, junto al altar dedicado a su hijo.

“Nos hizo mucho daño. Mi cuñado, José Isidro, quedó muy afectado de sus riñones, ha desahogado sangre, su piel la tiene muy maltratada, muy chinita, blanca, blanca porque se peló de toda su piel. Sabemos que tiene que estar en una temperatura media, que no sea caliente, donde no le afecte el clima.

“Sus intestinos también quedaron mal por los días que estuvo sin comer. Siente dolores muy fuertes, renales e intestinales. Psicológicamente quedó traumado. Hay noches que se la pasa sin dormir. Sueña mucho cómo fueron cayendo cada uno, sueña mucho con el momento en que murió mi hijo”, dice.

Evodio Manilla Cabrera es buscado por las autoridades estadounidenses, acusado de tráfico de seres humanos. Dos hombres de Lake Placid, Florida, Francisco Vázquez Torres y Joel Viveros Flores, están acusados de ser parte de la banda de “El Negro” y esta semana comenzará el juicio en su contra.

López Ramos reconoció su culpabilidad desde el principio. Fue sentenciado en la Corte Federal por 25 delitos en su contra por “tráfico de extranjeros” que resultaron en la muerte de 14 inmigrantes ilegales y en serias heridas corporales a 11 más. La juez Bolton lo condenó a 16 años de prisión.

“La historia de este hombre no trata sobre el sueño americano y sobre ayudar a otros a encontrar una vida mejor. La historia de este hombre trata del lucro de los sueños de las víctimas, quienes ahora descansan enterrados. La historia de este hombre versa sobre la explotación de los sueños cobrando 100 dólares por la entrega”, señaló el Fiscal Michael T. Shelby durante el juicio.

Los otros 11 sobrevivientes fueron contratados en fábricas empacadoras de carnes de Phoenix y Chicago; los mantienen alejados de cualquier exposición solar. Son testigos protegidos de las investigaciones la banda de “El Negro”. Reciben sueldos de 7 dólares con 50 centavos la hora, poco más de 70 pesos.

III

En el olvido, deudos de migrantes

El Presidente Vicente Fox dijo que haría pagar a los criminales que provocaron la muerte de 14 mexicanos en el desierto de Arizona. Eso fue justo hace un año. Hoy, los familiares de las víctimas aseguran que los “polleros” están libres, que han sido vistos en Martínez de la Torre, el municipio veracruzano donde engancharon a los clientes que dejaron morir de sed.

“No los han atrapado. Rigoberto Landa, uno de los que se llevó a mi esposo, va a donde compro la mercancía para mi tienda. Cuando fui la última vez me dijeron que ahí estuvo. Misael Vázquez se apareció en un juego de futbol y Moisés Sierra en Tlapacoyan, de ahí es”, dice Faustina Romero, de Atzalan, y viuda de Reyno Bartolo.

Los familiares de las víctimas señalan a Moisés Sierra, Misael Vázquez y Rigoberto Landa como las personas que engancharon a sus parientes y los prometieron guiarlos para cruzar la frontera.

Arnulfo Barreda, de Equimite, y quien perdió a su hijo y a su nieto, dice que los polleros están libres, felices. Juana Hernández, de San Pedro Altepepan, viuda de Lorenzo Hernández, dice que ha escuchado que quien se llevó a su esposo anda por ahí.

“No han cogido a ningún maleante. Se la andan gozando y los difuntitos debajo de tierra”, reclama don Ranulfo, sentado afuera de su casa, sobre una madera.

Eugenio Martínez, padre de Edgar Adrián, uno de los 14 muertos, y cuñado de José Isidro Colorado, quien sobrevivió al desierto, trae coraje contra el gobierno foxista y el de Veracruz, porque no se aparecieron en el entierro. Tampoco recibió ayuda económica.

Viajó a Phoenix en febrero y platicó con los 11 sobrevivientes de la tragedia. Considera que el gobierno también se olvidó de los que no murieron.

“Los muchachos están muy decepcionados del gobierno de México. El de Estados Unidos les consiguió trabajo y los dejó quedarse. De México los visitó Juan Hernández (encargado de la oficina presidencial para la atención a los migrantes) y les prometió apoyo médico y psicológico, pero cuando salieron del hospital no recibieron ningún tipo de atención”, relata desde Coatepec.

***

“Les vamos a echar el guante (a los polleros) y les vamos a hacer pagar por su crimen”, señaló Fox el 25 de mayo del 2001, en Guadalcázar, San Luis Potosí, después de pedir un minuto de silencio por los 14 migrantes muertos.

“No vamos a para ahí… Esto tiene que ver con muchos crímenes, por lo que no les podemos llamar polleros, sino criminales que están engañando y que están esquilmando a nuestros paisanos, pero que además los están llevando por este camino de muerte, lo cual es verdaderamente vergonzoso”, dijo.

Antes había informado que, en una conversación telefónica, había acordado con el Presidente George W. Bush, “trabajar duro” para detener a los causantes de la tragedia.

Uno de los polleros sí fue castigado, pero en Estados Unidos. Es Jesús López Ramos, el guía que fue rescatado junto a los sobrevivientes en el desierto y fue condenado a 16 años de prisión por una corte de Phoenix, Arizona. Esta semana se abre el juicio contra dos presuntos cómplices capturados en Florida: Francisco Vázquez Torres y Joel Viveros Torres.

Evodio Manilla Cabrera, “El Negro”, identificado como el líder de la banda, está prófugo en México. El resto de la cadena, los enganchadores veracruzanos y los demás guías no han pisado la cárcel.

“La gente quería ir por ellos para hacerles pagar, pero del Ayuntamiento nos dijeron que ellos iban a ver la forma de que la pagaran, y ahorita nos dicen que nomás agarraron a uno, al que estaba con ellos. Dicen que al que agarraron allá le dieron nomás 16 años.

“Yo me conformaría con que lo tuvieran preso y que nos regrese el dinero que les pidieron para llevárselos”, dice Faustina, quien debe 20 mil pesos que pidió prestados su esposo para financiar su viaje a Estados Unidos.

Su esposo era árbitro de los partidos que se organizan por la zona. En un juego de futbol conoció a Misael Vázquez. Un día lo llevó a la casa a tomar unas cervezas. Cuando lo cuenta, Faustina dice angustiada: “aquí lo tuve, pero no recuerdo su cara”.

“Antes de irse para allá me decía muy contento que se iba muy confiado a Estados Unidos porque su amigo Misael lo iba a pasar”.

Ahora sólo sueña con conocer el desierto donde murió Reyno Bartolo.

“Me gustaría ir a conocer por donde él se acabó, aunque me imagino que así como se acabaron ha de ser un lugar muy feo. Me hubiera de dar gusto poner una cruz ahí para recoger su espíritu y que su espíritu no se quede allá. Aunque creo que ya está por aquí porque lo sueño a cada rato”.

Ranulfo Barreda, de Equimite, padre y abuelo de los dos Raymundo Barreda que perecieron en Arizona, se queja también por la lentitud de las autoridades.

“Ya han venido muchas autoridades, unos investigadores de Gobernación del estado, unos de la PGR y hace poco vinieron otros policías. Según vinieron a decirme, ya los buscaron pero tienen doble nombre y por eso no los han agarrado”.

“El que conocemos por aquí, porque ha sido coyote desde hace cinco, seis años, es Moisés Sierra y es de Huaytemalco, Puebla. Venía a rastrear gente para engancharla, pero se desapareció sabiendo lo que hizo. Me dijeron que lo buscaron en el padrón y no aparece. Anda libre sabiendo lo que debe. Por causa de él se murieron. Por los dos míos, mi hijo y mi nieto cobró 32 mil pesos”.

***

Irma Vázquez, esposa de Mario Castillo Hernández, otro de los jóvenes que murió en el viaje, ha intentado quitarse la vida varias veces. Habitante de Cuatro Caminos, madre de dos niños en el kinder, dice que su esposo tenía que irse porque en Veracruz no hay trabajo.

“Del municipio según quedaron que nos iban a seguir apoyando. Dieron 5 mil para el entierro y trajeron otros 5 mil a los ocho días para irla pasando. Los dí para pagar algo de los 12 mil que pidió para irse.

“Muchos se van a peligrar porque aquí los hombres no trabajan. No hay trabajo para nada”.

La del año pasado iba a ser la segunda experiencia de Mario en Estados Unidos. La primera lo agarró la migra y lo aventó por Nogales. Ni siquiera alcanzó a ir por su ropa y sus ahorros. Tardó tres años en animarse a volver, empujado por los gastos se venían porque sus hijos Yereni y Giovani iban a entrar al kínder.

Irma tiene una cesta de plástico con la ropa de sus esposo, coronado por un sombrero negro.

“Ni modo, nos tocó perder”, resume, al limpiarse las lágrimas, Juana Hernández, de San Pedro Altepepan, cuando habla de la muerte de su compañero por 13 años, Lorenzo Hernández Ortiz.

“El salió de aquí muy contento, era su primera vez que iba para allá. Llevaba buenos pensamientos de trabajar, mandar para su educación de ellos, su comida, gastos de su escuela. Desgraciadamente no fue así. De aquí se fueron con un tal Moisés, que viene de Tlapacoyan, que como no tiene la cara limpia no viene después de lo que hizo”.

Se enteró de la muerte de su esposo cuando reporteros comenzaron a llegar a su casa a entrevistarla. Ha pasado un año, y cuando habla de Lorenzo no deja de llorar. Dice que ella fue la más perjudicada de la zona pues la dejó sola con sus cinco hijos.

“Del gobierno no nos están apoyando ni con una Minsa (harina de maíz), nada, ni una despensa, y así sobrevivimos. Prometieron que me iban a ayudar para los niños, que una beca, que para alimentación, pero las promesas se las llevó el viento. Del municipal vinieron a prometer, pero ya tuvo un año, y no llegó ni siquiera una Minsa”.

Lorenzo, su hijo de 13 años, el mayor, y Nahúm, de 12, aún se sienten culpables de la muerte de su papá.

“Cuando llegó, cuando lo trajeron en su caja, le pedían a Dios que mejor les quitara la vida a ellos. No importaba que hubiéramos perdido todo, pero no su vida. Se sienten muy culpables. Me decían: ‘papá se fue por el bien de nosotros, si hubiéramos sabido más valía que no hubiéramos estado, que nos hubiera sacado de la primaria, pero lo tuviéramos enfrente’”.

Su apuro actual es pagar 16 mil pesos de los 23 mil que pidió prestado su marido para pagar a los polleros que lo iban a ayudar a cruzar la frontera. Lamenta que de Estados Unidos no le hayan regresado el dinero que su esposo llevaba en su pantalón.