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El Justiciero

Publicado: 11 febrero 2013 en Jeovanny Benavides
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“Poetic justice”. El inglés Thomas Rymer acuñó esta expresión en 1678 para referirse a la posibilidad de hacer justicia sólo en el mundo de la ficción. Más de tres siglos después, Mauricio Montesdeoca Martinetti empieza a construir su historia a raíz de esta premisa y convierte la fantasía en realidad, alimentado por la venganza, dejando un legado de cientos de asesinatos regado en una fría e inolvidable ola de sangre, rencor y pánico en los cabecillas de las bandas del crimen organizado situadas en el corazón del mundo: el Ecuador.

Antes de que su cuerpo fuera abatido por 13 balas y muriera el 16 de julio del 2009, ya era conocido como El Justiciero, el criminal disfrazado de agente del grupo de operaciones especiales de la Policía más temido del país.

La leyenda comienza a consolidarse cuando apareció en la lista de los ecuatorianos fallecidos en los atentados a las Torres Gemelas de Nueva York, el 11 de septiembre de 2001. Sin embargo, el origen de su historia (la pública) se cuajó años antes. Para ser exactos el 28 de diciembre de 1997. La brumosa noche trágica de aquel día, Mauricio se encontraba fumando con sus dos hermanos mayores: José Rey y Nicola. Los acompañaban José Aveiga y Joseph Zúñiga, dos amigos de la familia. Quienes los conocían solían referirse a ellos como “los niños ricos” de la ciudad. La familia Montesdeoca siempre tuvo una buena condición económica en Portoviejo, su padre, Reinaldo, fue dueño del cine Roma y representante en Manabí de los productos La Universal.

Pese a la ostentación de lujos y riqueza, José Rey y Nicola odiaban que los trataran como idiotas a la hora de hacer las cuentas. En esto Mauricio siempre quedaba al margen, pues prefería dedicarse a sus dos grandes pasiones: el rock y el deporte. En los negocios de su familia: ropa, alcohol y autos a sus dos hermanos siempre les gustaba sacar ventaja con el dinero. Aunque nunca traficaron drogas, sí las consumían. Su distribuidor era un hombre al que ni la madre lo conocía por su nombre (Daniel Bravo Pisco), sino por “Chani”. Aquella tarde de diciembre de hace quince años, fue él quien decidió hacerles una visita en una camioneta blanca, junto a tres encapuchados. Saltaron las verjas sin problemas y los encañonaron casi sin que se den cuenta. Justo antes de que ellos

llegaran, Mauricio tuvo ganas de orinar y fue a una habitación contigua. Desde ahí escuchó cómo empezaron a discutir. La razón: Las últimas cuentas por la venta de tres kilos de marihuana no cuadraron. Mauricio, de 27 años, tuvo ganas de salir, pero no lo hizo. Todo ocurría en el hall de la casa, mientras conversaban y escuchaban música de un convertible Ford Mustaine, color negro. Eran las 23h30. Un año antes Nicola había sido detenido por estafa al cambiar billetes falsos de cien dólares a unos comerciantes de camarón y, luego de haber estado preso un tiempo, lo dejaron en libertad condicional. Al parecer, en el último intercambio drogas-dinero los hermanos Montesdeoca deslizaron billetes adulterados. Aquello no le hizo gracia a Chani, quien fuera de sí gritó que a él “nadie le veía la cara de pendejo”. Insultos y reclamos; antes de que se hiciera medianoche todo era un caos. Según relatará Mauricio años más tarde, José Rey les dejó claro que no les iban a pagar y que los dejaran en paz de una buena vez. Fue ahí, en ese fugitivo instante, cuando el mundo se detuvo para quien la posteridad conocería como “El Justiciero”. Los encapuchados sacaron una cartuchera calibre 12, un revólver calibre 38 y otra arma calibre 22 y vaciaron en reiteradas ocasiones sus cartuchos sobre los cuerpos de los cuatro “niños ricos”.

José Aveiga y Joseph Zúñiga murieron de contado, mientras que José Rey y Nicola fueron trasladados al hospital dónde sólo se comprobó su deceso. Con los cadáveres de sus hermanos en las manos, Mauricio prometió vengarse. Jura que ni esa noche ni nunca derramó una sola lágrima. En cada uno de los cuerpos la Policía encontró más de cincuenta impactos de bala. Por ello, en un informe definirán el sangriento hecho como “una auténtica masacre” y confirmarán, tras las investigaciones, que el múltiple asesinato se debió a una deuda por drogas.

Aquel momento se le quedó alojado nítido en la memoria a Mauricio, porque no sólo eran sus hermanos, sino sus amigos y una gran parte de su vida la que murió la medianoche de aquel 28 de diciembre de 1997. Desde entonces nunca fue el mismo. Su mirada se volvió distante, profunda y evasiva. Quiso morir, pero el odio fue más fuerte. Lo único que lo mantuvo vivo en los posteriores años de intensa soledad en Estados Unidos (adonde fue primero) e Israel (donde se especializó después en el manejo de armas) fue el rencor y el irrefrenable deseo de venganza.

Se trasladó a Estados Unidos junto a su madre, Peggy Martinetti, y su hermana Karla. Alrededor de seis meses más tarde, retornó a Portoviejo (a 350 Kilómetros al norte de Quito, capital del país) para, supuestamente, ayudar a la Policía en la identificación y captura de los responsables de la muerte de sus hermanos. Antes del retorno hizo una

escala en Israel para aprender técnicas especializadas de combate, uso de repetidoras y armamento sofisticado.

Coincidencialmente, por la misma época, empezaron a aparecer muertos varios de los antisociales más peligrosos del Ecuador. A algunos de ellos, además, se los relacionaba con los homicidios sucedidos en la residencia de los Montesdeoca.

Nadie sabe a ciencia cierta cómo consiguió aliarse al grupo de élite policial, específicamente con el Grupo de Intervención y Rescate (GIR), pero fue en noviembre de 1998 en que empieza hacerse sentir su furia contra los delincuentes. A manera de “El Cobrador” en el cuento de Rubem Fonseca en el que el protagonista siente que la humanidad le debe algo, Mauricio siente en cambio que son los criminales quienes le deben aquella felicidad no vivida y cortada de raíz a fines de 1997.

Si bien decenas de cadáveres de criminales habían despertado la curiosidad en todo el país, el origen de la leyenda se forja cuando por fin, y tras una búsqueda incesante de cuatro años, encuentra a Chani en un sitio inhóspito de la provincia de Bolívar, en Ecuador. Uno de los acompañantes de Mauricio dirá que antes de dispararle por sesenta ocasiones, le extirpó los genitales y le obligó a comérselos en un baño indiscriminado de sangre que en lo posterior aumentó el apetito desmedido de matar criminales los sábados en la noche sólo por no perder la puntería. La tarde del 3 de noviembre del 2002 que terminó con la muerte del principal culpable de la muerte de sus hermanos, Mauricio llevó un cartel hecho de espuma flex y encima adhirió una hoja bond en la que se dio modos para escribir estas palabras: “Ha llegado el tsunami para los delincuentes: El Justiciero”.

La Fiscalía concluyó en un informe que todos los delincuentes implicados en la matanza de su familia fueron asesinados. En todos encontraron los cadáveres con la misma leyenda. Su modus operandi era calcado en casi todos los casos: se ponía el uniforme de la Policía y una capucha, subía a sus víctimas, amenazándoles a punta de pistola, en una camioneta doble cabina. Después, esas personas aparecían abandonadas en terrenos baldíos con un número similar de tiros con los que mataron a sus hermanos. Además de Chani se le atribuyeron los crímenes de “El Chico del Millón”, fallecido el 6 de noviembre de 1998, “Chico Nike”, Kléver Auncacela y el “Loco Joffre” acribillados el 20 de diciembre del 2005, 9 de abril del 2008 y 1 de agosto del mismo año, éste último antes de ser asesinado se enfrentó a balas con El Justiciero, dejándolo herido.

Hacia el 2008 un avezado reportero le preguntó: ¿Eres El Justiciero?, ¿has asesinado a más de 100 personas? “El Justiciero somos todos. Todos y cada uno de los ecuatorianos

que reclaman justicia. El Justiciero está en el corazón de todos. Unos desconcertantes ojos verdes con lentillas rojas incendian de intriga los silencios”.

Entonces usaba ropa policial, un chaleco con la palabra SWAT, botas negras, guantes, pantalones militares. Del cuello le colgaba un collar con una cabeza pequeña de Eloy Alfaro, un revolucionario político ecuatoriano.

A inicios del 2004 la Policía menciona que operaba con su respaldo, aunque lo reconocía con el enigmático apelativo de “un informante clave”. Diputados de ese entonces como el socialcristiano Simón Bustamante e incluso el presidente del Congreso Jorge Cevallos, solicitaron formalmente a grupos policiales de élite que incorporen a sus filas a Mauricio “por ser experto en seguridad”.

Él tenía uniforme y armamento oficial. Y hasta dormía en los cuarteles de los grupos de Intervención y Rescate (GIR) y de Apoyo Operacional(GAO) en Manta. Y entonces, cuando la prensa hizo la denuncia, la Comandancia General de la Policía anunció una investigación. Pero, en la práctica, lo que sucedió fue que arrinconaron a El Justiciero y la policía después de tanta presión pública decidió quitarle el apoyo.

Fue a fines del 2006 que Mauricio supo que había que cambiar de estrategia o, de lo contrario, sería hombre muerto. Paradójicamente lo que hizo dejó perplejos incluso a sus más íntimos amigos.

Nadie sabe qué le dio por convertirse en un hombre público o en qué momento le picó el bicho de la política. Lo cierto es que un buen día de marzo del 2006 empezó a hacerse visible ante el miedo, la veneración y el desconcierto de todo un pueblo. Primero en centros comerciales, luego en sitios concurridos y avenidas… su paso no dejaba indiferente a nadie. Incluso había quienes lo trataban como un estrella de cine y le pedían autógrafos que él daba con la paciencia y el afecto de un anciano recluido en un asilo, como si tuviera todo el tiempo del mundo, como si acallara las voces de un pasado que no hacía otra cosa más que gritarle las múltiples muertes de decenas de pedófilos, criminales y traficantes internacionales de drogas. Sin embargo, el tiempo dirá después que aquella fue la peor decisión de su vida.

Formó el Movimiento Justicia Libertaria Alfarista, por el cual encabezó la lista como candidato a la Asamblea Nacional Constituyente en el 2007. Quería ser asambleísta, porque creía que si el Ecuador iba a cambiar necesitaba hacerlo por medio de una nueva Constitución que se iba a redactar en Montecristi un año después. Él quería estar ahí ¿Por qué? “Deseo combatir la impunidad y la corrupción. Mi propuesta de seguridad integral está basada en tres ejes: seguridad jurídica, económica y ciudadana. Quiero

incluir estos puntos en la nueva Constitución. Estoy a favor de la pena de muerte para asesinos y políticos corruptos, siempre que se despoliticen las Cortes”.

Los otros candidatos le temían. Y contrario a lo que sucede en cada lid electoral ecuatoriana (y en cualquier parte del mundo, en realidad) en que unos descalifican a los otros y el pasado vergonzoso de un político es sacado a la esfera pública sólo para restarle votos, todos (sin excepción) respetaron a Mauricio. Consultaban sus recorridos para no tener la desafortunada coincidencia de cruzarse con él en los mítines.

“Más seguridad, menos delincuentes, seremos un látigo contra las injusticias y barreremos las ciudades de toda la escoria que tanto daño ha hecho al país y la humanidad”. Sus palabras seducían, conmovieron a miles. Pese a la fuerza y originalidad de sus ideas, no logró su objetivo. Perdió. El cómputo oficial arrojó 13.763 votos a su favor. Su slogan “Protegido por el Justiciero” acaparó la atención. Mauricio salía vestido de negro, armado con pistolas automáticas, sub-ametralladoras y hasta con granadas. También usaba guantes, gafas y un pañolón para cubrir su rostro. Su figura era un imán para miles de personas que se aglomeraban en los mítines y que veían extasiados cómo su ídolo, el que había barrido con más de la mitad de los delincuentes más temidos del país, estaba ahí, junto a ellos. Apretó miles de manos, recorrió con su equipo las calles del cantón, buscando un voto y ofreciendo seguridad, sobre todo. Caía el mito y se levantaba la leyenda. Disfrazado, Montesdeoca recorría Manabí para pedir votos. Saludaba a la gente desde el balde de la camioneta, aunque siempre con un pañuelo que sólo dejaba ver sus ojos verdes. Más de 100 escoltas lo acompañaban. Eran sus guardaespaldas, algunas de los cuales estaban mejor armados que él.

En plena campaña, el Grupo de Intervención y Rescate (GIR) detuvo a Mauricio con varias armas de fuego y municiones: una pistola 9 milímetros con dos alimentadoras.

Luego del incidente su discurso pretendía conquistar a los jóvenes, hizo popular la canción Somos de calle del reggaetonero Daddy Yankee, la que fue adaptada con su nombre y sus propuestas. Los sábados colocaba parlantes en las avenidas más populares para que la gente baile. Sus marchas denominadas Por la justicia fueron multitudinarias; incluso cuando terminó el conteo y vio que no ganó, organizó otra, con igual cantidad de asistentes.

Dos años más tarde, alcanzó la tercera posición cuando se postuló a alcalde de Portoviejo. Esta vez el cómputo oficial arrojó un total de 21.459 votos a su favor. Por entonces, cientos de stickers con ojos dibujados, con la consigna “Yo estoy con el justiciero” o sencillamente “Mauricio alcalde” se encontraban en todo lugar. Su campaña

fue muy llamativa, los colores rojo, blanco y azul invadieron la capital provincial. Pero esta última campaña fue distinta: ya mostraba su rostro. Lo tuvo que hacer obligado. Meses antes, en una comparecencia judicial, un fiscal le exigió que se quitara el pañuelo de la cara. Empezaba a diluirse el mito. Todos los diarios y noticieros lo mostraban: el atlético hombre de 1,90 era como el resto de gente.

Aún en campaña seguía practicando el volley, su deporte favorito, en canchas públicas. Rara vez perdía y, cuando se subía a su camioneta, instalaba a todo volumen los altoparlantes con la música que siempre le gustó: el heavy metal.

Aunque andaba resguardado con gente de su confianza, todos sabían que en algún momento lo iban a matar. Y aunque él fuera también consciente de que aquello iba a ocurrir tarde o temprano, acallaba las voces de su interior exhibiéndose aún más en entrevistas y encuentros con jóvenes y líderes barriales. Unas semanas antes de morir hasta se había despojado del chaleco marrón que lo había acompañado durante el tiempo que la gente lo conocía con la leyenda forjada de “El Justiciero”.

¿Quiénes? ¿De dónde provino la venganza? Familiares de los antisociales acribillados lo acusaron ante la Fiscalía de ser un asesino, demandas que no progresaron y terminaron en el archivo del olvido.

El mismo Mauricio recibió varias amenazas de muerte que provenían no solo de familiares de delincuentes asesinados. En octubre del 2008 acusó a la Policía de persecución y de querer atentar contra su vida. Denunció que varios integrantes de la institución eran cómplices de bandas delincuenciales. Acusó a uniformados como Luis Martínez, oficial del GOE, de estar involucrados con la banda “Los Choneros”, la organización criminal más temida del Ecuador, y hasta los responsabilizó de su posible muerte. Y en el medio, el Presidente de la República, Rafael Correa Delgado, cuestionado por la opinión pública, ordenó el 22 de noviembre del 2008 quitarle los permisos para portar armas. Un año antes, el 7 de julio del 2008 el fiscal Agustín Zamora anunciaba que Mauricio afrontaba por primera vez una investigación por asesinato.

De la noche a la mañana empezó a estar expuesto, era consciente de que se había exhibido más de lo necesario y, por ello, empezaba a ser más precavido de lo usual. Y sin embargo, pese a todo, la madrugada del 16 de julio del 2009 estaba sin la custodia con la que siempre vivía. Tomaba precauciones como ir a su casa por un camino diferente, pero esa noche se le durmió el diablo. Mauricio regresaba de una reunión social en el hotel Ejecutivo. Trataba de conformar un plan con el que se buscaba repeler la inseguridad en el Ecuador. En esa reunión y ante dirigentes sindicales expresó: “Por mi experiencia

estoy convencido de que esta criminalidad es cambiante, sanguinaria y sin límites, y para combatirla se necesita mano dura, sin contemplaciones, eliminando sus bases”

Iba a bordo de su automóvil Pathfinder Nissan, sin placas, cuando a cien metros de su casa, fue interceptado por dos camionetas Chevrolet D’max de color blanco y gris. 15 hombres armados y con el rostro cubierto con pasamontañas bajaron de los vehículos y lo emboscaron cuando iba a ingresar a su vivienda, localizada en la urbanización Ceibos del Norte. Los encapuchados rodearon el automóvil y comenzaron a disparar en cuestión de segundos. Fue un baño de sangre y una lucha desigual, porque mientras Mauricio se defendió con una pistola 9 milímetros, los agresores, en cambio, portaban fusiles 5.50, subametralladoras y pistolas.

Pedro Vera, guardia de seguridad, al escuchar los estruendos se lanzó al piso. Y desde ahí, temblándole todo el cuerpo, lo vio todo claro: un Mauricio jadeante y con el cuerpo cosido a balazos que, aún así, se logró poner de pie y empezó a disparar; sin embargo, un proyectil le perforó la pierna derecha. Con ello perdió estabilidad y cayó para no volver a levantarse nunca más. “Allí fue que lo remataron sus asesinos”, relató un testigo. Un amigo de la familia indica que llegó con vida hasta el hospital de Solca e incluso expresó que le dolía la pierna.

Ante la balacera, Luis Alfonso Espinoza, de 22 años, chofer y único acompañante de Montesdeoca no atinó a reaccionar. “El guardia se demoró en abrir la puerta. Entonces el jefe se bajó a repartir bala y fue allí que lo mataron. No pude hacer nada”, relató días más tarde.

Lo llevaron hasta el hospital de Solca, a pocas cuadras de la masacre, pero todo fue en vano.

Respecto a si llegó o no con vida al hospital hay otra versión: médicos del área de emergencia manifestaron que Mauricio Montesdeoca llegó sin signos vitales. Su corazón dejó de latir a las 00h30.

La noticia técnica de los peritos policiales fue contundente. Las balas fueron dirigidas al hombro derecho, muslo derecho, muslo izquierdo, intercostal derecho, brazo derecho, 2 en el abdomen, 2 en la región dorsal y 4 en la pierna derecha. Una lesión en la vena aorta fue la causa de su muerte tras recibir trece disparos, que en su mayoría presentaron orificios de entrada y salida.

Luis Espinoza resultó con heridas en el antebrazo izquierdo y codo derecho; mientras que el vehículo recibió 44 disparos en los parabrisas delantero y posterior, es decir del lado en que se movilizaba Mauricio. Había cumplido los 38 años.

El funeral fue fastuoso. Lo enterraron como un líder. El sacerdote Edmundo Viteri presidió la plegaria. Unas tres mil personas se aglomeraron en la Catedral para escuchar una corta liturgia. Terminada la misa, la caja de dos metros de longitud, donde guardaron el cadáver de Mauricio, fue retirada de la Iglesia y subida a la plataforma con destino al cementerio. Ahí, su esposa, María Fernanda Solórzano, lloró desconsoladamente. Frente al edificio de La Fiscalía el alboroto de quienes acompañaban el cortejo fúnebre se detuvo. ¡Justicia!, ¡Justicia!, ¡Queremos Justicia! Sin embargo, en estos tres años de su muerte el crimen sigue impune. Aquella tarde lúgubre del 17 de julio de 2009, perdido de todo, en un fragmento de realidad diferente, tres amigos de Mauricio se apartaron precipitadamente del ataúd: arrojaron al aire dos palomas blancas que no quisieron volar.

Este es un país al que le encantan las madres. No porque les garantice completo acceso a oportunidades laborales o porque tenga disponibles todos los servicios de salud en todos los rincones urbanos y rurales. Este país dice adorar a las madres cada mayo, cuando las tiendas se llenan de ofertas de planchas, flores, ropa o lavadoras. Y porque lo común es que, cada vez que se puede, se le atornille a la palabra “madre” una serie de adjetivos que hablan de abnegación, sacrificio, entrega, dolor y casi todo aquello que implique algún grado de sufrimiento. Por esto, no resulta raro que cada vez que aparece alguna madre que no encaje con ese imaginario de lo que debería ser la entrega indiscriminada, se le tache, de una y sin pruebas, de “desnaturalizada”. Por esto le tocó pasar a Silvia Beatriz Jiménez hace un par de días, cuando en la edición del mediodía un noticiero presentó lo que había hecho como “horroroso”.

Y hoy, viernes 13 de julio, sentada frente al juez Francisco Castillo Borja, le toca volver a escuchar palabras similares que salen de la boca de una fiscal que pide –exige– al juez “que se siente un precedente en este crimen horrible”. Silvia calla. Y se mantendrá así durante toda la audiencia inicial que se sigue en su contra esta mañana en el Juzgado de Paz de Apaneca, Ahuachapán. Apenas ha intercambiado unas cuantas palabras con su abogado defensor, que recién acaba de conocerla, y quien intenta que el delito que se le imputa no sea el de homicidio agravado en grado de tentativa, sino el de abandono, que tiene una pena menor. A Silvia, con la cara inexpresiva y la mirada perdida, tanto término le debe sonar desconocido. Pero no dice nada ni cuando el juez le da la palabra, quizá porque en realidad no sabe qué decir.

Después de escuchar a la fiscal hacer alusión al testimonio de un hombre que asegura haber encontrado al recién nacido hijo de Silvia vivo en un cafetal y después de escuchar al abogado defensor decir que no hay un informe forense que certifique que el bebé fue enterrado, el juez Castillo Borja decide no cambiar el delito y no dar a Silvia el beneficio del arresto domiciliar. Silvia, hasta este momento, reacciona y lo hace con llanto. Llora sin reparar en que sus gemidos rompen con el ambiente tan formal e impersonal que ha reinado en la sala. Silvia tiene otro hijo de dos años al que no ve ni toca desde hace cuatro días, cuando le tuvo que soltar la mano para irse con los policías que la arrestaron a unos cuantos pasos de su casa, cuando, dicen, aún tenía las piernas ensangrentadas.

***

En casa de Silvia no se explican qué le pasó por la cabeza ese lunes 9 de julio por la mañana. “A mí ni me dijo que le dolía, ni me dijo que se sentía mal. A mí no me dijo nada. Que si yo hubiera sabido algo, en algo le hubiera ayudado, pero aquí no nos dimos cuenta. Es que a ella, yo siento, le faltó madurez”, cuenta Adela de Jiménez, madre de Silvia, quien esta mañana de viernes, a unas horas de que se celebre la audiencia inicial de Silvia, apenas sale del estupor para decir que jamás le notó este segundo embarazo.

Apaneca, para muchos, existe solo el fin de semana, cuando como turistas recorren sus calles en busca de una estampa de pueblo en la que se aprecie la belleza de los cerros cuadriculados de arbustos de café. Existe porque es la ciudad del país ubicada a mayor altura. O porque entre la neblina y las bajas temperaturas, el café y los antojos típicos del festival gastronómico saben mejor. Pero Apaneca es una cruel contradicción. Por sus calles céntricas es común ver a extranjeras o a mujeres de la capital que visten shorts y buscan comprar bufandas o bisutería. Pero al avanzar unas cuantas cuadras, la vista se llena de casas de madera o bajareque que huelen a fuego de leña, un fuego que, por lo general, es avivado por mujeres jóvenes, con baja escolaridad, sin oportunidades de empleo y que, por una razón u otra, han enfrentado la maternidad a corta edad, así como Silvia.

“Aquí en la casa ella es la que me ayuda. Ella saca los oficios, porque yo estoy enferma y ya no puedo”, cuenta Adela vencida, mientras toma asiento frente a un fogón en el que se coce el maíz para las tortillas de la cena. Todo el ambiente está inundado de humo. De esta casa de piso de tierra, techo de lámina y paredes de bajareque salió Silvia el lunes 9 de julio temprano en la mañana. Le dijo a Adela que regresaba en un ratito. A nadie se le hizo raro que se internara en un cafetal que comienza a unos cuantos metros de la vivienda. “Es que tenemos letrina, pero ahorita estamos cerrando una fosa y abriendo otra”, justifica Concepción de Jiménez, cuñada de Silvia y quien se ha unido a la plática con obvias ganas de defenderla, pese a que nadie la esté atacando, al menos no aquí.

Lo que del expediente judicial se contará en la audiencia inicial es que Silvia parió en el cafetal –uno de esos que se van en las fotografías de los turistas– a un niño que pesó cinco libras y midió 46 centímetros. Después de cortar el cordón umbilical, de acuerdo con un hombre que ha decidido servir de testigo, Silvia dejó ahí al niño y él, habiendo permitido que ella se alejara, tomó al bebé, lo envolvió en una camisa y bajó hasta la calle principal del cantón San Pedro Tizapa.

De tres personas a las que se les ha tomado testimonio, una dice que el niño estaba semienterrado. Otra dice que tenía “tierra encima” y una más dice que estaba colocado sobre la hojarasca. Al margen de que es un proceso todavía abierto, en Apaneca a Silvia se le conoce como “la que enterró al hijo”. Desde el alcalde Osmín Antonio Guzmán hasta la vecina de la familia de Silvia, cada quién maneja una versión distinta del caso, pero a ninguno de los consultados al azar le suena extraño. “Yo no entiendo qué ha pasado, porque es de una familia conocida a la que desde la municipalidad le entregamos ayuda”, refiere el munícipe, por teléfono, aprovechando la pregunta para llevar agua hacia su molino. “Es que no sé cómo hay muchachas se manean con uno, si mire la de este otro lado ha tenido ocho y ahí está entera”, dice la vecina con pañuelo blanco en la cabeza.

Cuando el hombre con el bebé en brazos terminó de llegar a la calle, según el expediente, pasaba una patrulla policial. Uno de los agentes es el que dice en su informe que varias personas se reunieron para ver al bebé y, entre ellas, estaba Silvia, quien confesó que era la que lo acababa de parir. Dan cuenta algunos hasta de la sangre que llevaba entre las piernas.

“Mire, la gente inventa, y lo que no les conviene, no lo dicen. En este rato en el que se armó la bulla, otro nieto mío fue corriendo a ver qué era lo que pasaba, y se vino para la casa diciendo que a un tierno habían hallado. En eso, yo solo vi que la Silvia ya se había lavado las canillas, agarró a este muchachito, y se fue a ver qué pasaba. Ella fue la que les dijo que el tierno era de ella. ¿Dígame si a ella lo que le falló ahí no fue la madurez? Es que no sé qué le dio para no decirme nada”. En el regazo de Adela ha venido a sentarse Eduardo, el hijo de dos años con dos meses de Silvia, al que ella le sostenía la mano cuando los policías la arrestaron.

A Eduardo le lloran los ojos y le moquea la nariz por el humo. Mira a la cámara con la boca abierta y las manitas juntas, como si fuera a rezar. Hasta ahora lleva cuatro días sin ver a su madre, y esta cuenta aumentará a semanas. Adela dice que de vez en cuando pronuncia mamá, pero nada más. Del dormitorio –una mera formalidad, porque esta casa en donde viven dos adultos y cuatro niños es solo un corredor y un cuarto– uno de los nietos de Adela saca la tarjeta de la unidad de salud en la que se da cuenta de la vacunación y el control de peso de Eduardo. Hasta el momento, Silvia logró cumplir con el esquema y a su hijo ya solo le falta una inmunización que se suministra a los cuatro años de edad.

En el suelo están aventadas unas ruedas de madera. Son los asientos de los banquitos enanos –no miden más de 25 centímetros de alto– que Silvia suele elaborar para vender en Juayúa, un municipio cercano, y en San Salvador. El mercado de Apaneca se le hizo pequeño a la familia debido a la competencia. Así que, cada fin de semana, ella se unía a su hermano y a su padre para cargar 40 o 50 banquitos de a $1 sin barniz y de a $2 con barniz.

Silvia es analfabeta. No sabe ni firmar. Concepción, la cuñada, dice que no todos tienen la misma “capacidad mental” y que a Silvia nunca le gustó ir a la escuela. En esto, el “Informe del estado mundial de las madres 2011”, realizado por Save the Children, es contundente y resulta casi una sentencia para jóvenes como Silvia: “Las mujeres con formación tienen mayores posibilidades de ganarse la vida y apoyar a sus familias. Los hijos e hijas de las mujeres con formación también tienen más probabilidades de recibir una alimentación saludable, terminar su educación y recibir atención sanitaria adecuada”.

Eduardo, que ahora parece usar la conversación como canción de cuna para conciliar el sueño, nació el 4 de mayo de 2010 en el Hospital de Ahuachapán. Midió 47 centímetros y pesó 6.4 libras. Del progenitor de este niño en esta casa se maneja una versión con pocos detalles. “Mire, a ella la agarró un hombre en Juayúa cuando andaba vendiendo orquídeas. El hombre le dijo que no dijera nada, porque si le contaba algo a la policía, él iba a venir a matarnos, porque él sabía dónde vivía ella. Así que ella no quiso andar en vueltas”. En esa etapa de embarazo, Silvia, fiel a su costumbre, casi no habló. “Yo solo la veía llorar y llorar, hasta que tuvo a este su niño”, agrega Adela mientras con los dedos le limpia la nariz a Eduardo.

En Apaneca, con el revuelo y la alarma social que se levantó en torno al caso del bebé enterrado, han salido a luz otras versiones, tan poco confirmadas como esta de la violación en Juayúa. Se dice que el padre es un familiar de Silvia, y nada más. Ninguna institución, hasta el momento ha querido romper el hermetismo de Silvia para averiguar si ha habido delito en la concepción tanto de Eduardo como del otro bebé. La figura del padre no parece formar parte ni del proceso de juzgamiento que se lleva a cabo en las calles del pueblo o en los medios de comunicación, como tampoco en el juzgado, en donde pese a que se descargó cualquier tipo de adjetivos en contra de Silvia, no se mencionó nada del progenitor o de que la forma en la que fueron concebidos ambos niños pudo haber afectado moral, emocional y psicológicamente a Silvia. Nada.

—¿Qué sabe Silvia de sexo, de la forma en la que se conciben los bebés?

La pregunta deja a Adela viendo para todos lados en un intento por encontrar una respuesta. Se acomoda a Eduardo en las piernas y mira a Concepción en busca de ayuda, quien atiende el llamado.

—Pues mire, aquí se le dijo, pero ya sabe que ahora en la televisión es que se mira todo y eso no es poco ni es mentira.

La idea de la maternidad como don, milagro o bendición está sin duda arraigada en la sociedad salvadoreña. Una encuesta realizada a finales de 2011 y publicada en enero de este año por LPG Datos apuntó que de 1,000 mujeres que habitan en el área urbana de municipios metropolitanos, el 47% consideró que ser madre es la mejor parte de ser mujer. Esto pese a que poco se ha hecho por poner al sistema a que funcione a favor de las mujeres que son madres. Por ejemplo, no avanzan iniciativas para aumentar el salario mínimo o para lograr equidad en los salarios, ya que las mujeres, según la DIGESTYC, ganan un 15.5% menos que los hombres. También hay deudas en acciones como garantizar protección efectiva en casos de violencia doméstica o evitar que las niñas sean las que engrosan las estadísticas de deserción escolar, por ejemplo, el año pasado descendió en 2.3% la tasa neta de cobertura educativa para las niñas en parvularia.

El Salvador ocupa el puesto 40 del nivel de países poco desarrollados del “Informe del estado mundial de las madres”, por debajo de Malasia o Vietnam. Está lejos, muy lejos de Noruega que, con sus 47 semanas de licencia por maternidad y sus 18 años en promedio de educación formal para las mujeres, ocupa el número 1 en el listado de los países desarrollados. En El Salvador la regla para la mayoría de mujeres sigue siendo la de tener que enfrentar cualquier cantidad de dificultades para criar a los hijos.

En casa de Silvia no conservan ni una foto de ella. Había una, una de un documento, pero se la han llevado para que sea parte de los trámites judiciales. Parece que lo único que hace constar que ella vivía en esta casa son, tiradas en el suelo de tierra, las piezas de ciprés y mondano con las que hacía los banquitos. Y Eduardo que, en todo este rato, no ha emitido ni un solo sonido, se ha limitado a apoyarse en el pecho de su abuela. Desde ahí dice adiós con la mano extendida.

La salida de la casa de Silvia es un pasillo de cemento flanqueado por champas en el que varios perros se han acostado. La regla es que huela a leña, que haya gallinas y pollos correteando y que en cada cerco de palos retorcidos y láminas agujereadas haya docenas de pañales, cuturinas, gorritos, mantas y calcetines de bebé secándose al sol.

***

Al final de la audiencia inicial celebrada aquí en el Juzgado de Paz de Apaneca, a unas cuantas cuadras de la casa del cantón Tizapa en la que se han quedado Adela y Eduardo, Silvia deja de llorar. Escucha algo que le dice su abogado defensor mientras espera a que la trasladen hasta las bartolinas de la PNC de este municipio. Una de las agentes que la trasladará pregunta afuera si hoy no vendrán las cámaras de aquel noticiero que, al mediodía, mostró a Silvia esposada y la sentenció como culpable. Y no, no vinieron. La agente parece decepcionada.

Silvia, blusa celeste y falda oscura, sale del juzgado a paso rápido y en su camino, mientras el fotoperiodista le saca imágenes, alcanza a decir: “Basta, ya basta”. Esta será la única vez en la que le escucharemos la voz.

Una semana después de la audiencia inicial, el abogado Víctor Hugo Mata, quien ha trabajado en varios casos similares a los de Silvia, cuenta que intentó hablar con ella en las bartolinas de Apaneca para ofrecerle su asesoría gratuita. “A ella la sentí muy cohibida, muy retraída. Me dijo que su papi ya había contactado a un abogado privado para que la defendiera y ya”, dice en su oficina ubicada en San Salvador. Una contratación que no deja de llamar la atención si se considera, primero, la pobreza de esta familia y, segundo, el hecho de que una de las vías de investigación en casos de jóvenes sin un entorno social que permita una relación debería ser la de descartar si dentro de su círculo más cercano, la misma familia, hay algún agresor.

Mata sabe que el camino que está frente Silvia es complicado. Para apoyarse cita nombres como los de Karina Herrera Clímaco y Sonia Ester Tábora, ambas condenadas a 30 años de prisión por homicidio agravado en contra de sus recién nacidos. Después de pasar siete años en la cárcel, el caso de Herrera Clímaco fue revisado por el mismo tribunal que la condenó. Y en 2009 le fue levantada la condena. Ahora trabaja en una asociación de mujeres. “El lunes vamos a tener la revisión del caso del Sonia Ester Tábora”, anuncia Mata poco después de señalar que estos casos se complican por tres razones: la falta de investigación objetiva de la Fiscalía General de la República, la falta de capacidad jurídica de la defensoría pública y la falta de prudencia en los tribunales.

Mata, quien llevó el caso de Herrera Clímaco, es todavía más agudo y hace énfasis en que este es un delito por el que se procesa casi de forma exclusiva a mujeres extremadamente pobres, jóvenes, con baja escolaridad, con familias disfuncionales o con las que no tienen una relación sana y, en la mayoría de casos, desnutridas. “En estos casos no va a ver involucrada a una mujer de clase media, por esto, en parte, es que en estos casos se escucha tan poco a la mujer”.

Silvia cumplió 18 años el 28 de marzo de este año. Solo porque fue necesario para el proceso judicial es que se le está tramitando el DUI, porque no estaba en los planes de ella sacar el documento. Una lista de casos parece darle la razón a Mata en el perfil que describe. Lorena Beatriz Villalta López tenía 25 años cuando fue arrestada por intento de homicidio en contra de su hija recién nacida. Irma Liseth Morales tenía 21 años cuando en 2008 fue condenada a ocho años por lanzar a su hija a una fosa séptica. Y, entre otras historias y mujeres similares, Sonia Ester Tábora tenía 20 años cuando en 2005 fue arrestada bajo el cargo de homicidio agravado en contra de su hija recién nacida. Fue sentenciada a 30 años de cárcel de los que ya lleva siete años cumplidos. Del progenitor, en el caso de Tábora, tampoco se sabe nada más que era vigilante en la misma colonia capitalina en donde ella trabajaba como doméstica. Nunca fue parte del proceso averiguar más de él o procesarlo por abandono.

Después de dos suspensiones, por fin es lunes 30 de julio y por fin Sonia ha sido trasladada desde Ilopango hasta el Centro Judicial de Sonsonate en donde se realiza la revisión de su sentencia. Sonia ocupa una de las sillas ubicadas en el corredor frente a la sala en donde se desarrollará su proceso. Pese a sus 27 años de edad, parece una adolescente por su cuerpo escuálido y sus no más de 1.50 de estatura. Lleva las cejas perfiladas, la falda ajustada y con un hilo de voz apenas audible agradece a un oficial que le quita las esposas para que pueda comer lo que su hermana le ha llevado antes de que empiece el proceso en el tribunal.

Lo de Sonia se conoce en medios de varios países y en internet porque varias organizaciones de mujeres han hecho eco del caso. Ella parió el 19 de febrero de 2005 en un cantón de Sacacoyo, La Libertad. Jamás le dijo a su hermana o a su cuñado, con quienes residía, que estaba embarazada. Solo se alejó de la casa en la noche con una sábana en la mano, con la que se suponía iba a envolver a su hija. En medio de un cafetal tuvo a la bebé y sufrió un colapso nervioso. Su hermana mayor, Maritza, su cuñado y su padre la buscaron en el monte hasta que dieron con ella pasada la medianoche. Al verla ensangrentada, pensaron que había intentado matarse, ya que sufría de una profunda tristeza desde que unos meses antes muriera de cáncer uterino su madre, la única con la que platicaba. Sonia ha manifestado que no recuerda cómo llegó a un centro de atención en el cantón El Botoncillal, en Colón, La Libertad o el momento en que fue arrestada.

“Se propone una revisión del caso porque, prácticamente, Sonia fue condenada sin pruebas directas de que la bebé que tuvo haya nacido viva. Informes de peritos que han analizado los documentos indican que en realidad se trató de una mortinata, una niña que no respiró, nació muerta. Además, Sonia sufrió un colapso al momento del parto que la dejó inhabilitada para cuidarse ella, dar asistencia a un menor o pedir ayuda. En este caso, ella es una persona a la que no se le puede imputar un delito”, es parte de lo que Mata explica en el tribunal a las tres juezas que lo escuchan, una de ellas con un sueño tan evidente que tiene que pedir café durante la sesión de la tarde.

En esta sala, se pueden identificar acciones que hacen pensar en que quizá pocos son los que en realidad prestan atención a que en este momento se están definiendo los siguientes 23 años de la vida de una mujer joven a la que siendo una niña no se le dio la oportunidad de estudiar para ampliar su abanico de oportunidades; a la que tampoco se brindó seguridad, porque fue violada a los 16 años por un motorista de microbús que evitó el proceso judicial porque ella –aunque denunció– no encontró el apoyo para continuar; y a la que tampoco se le pusieron al alcance los servicios médicos oportunos, porque un día antes de dar a luz intentó ir al hospital más cercano, pero perdió el bus. Y aquí en la sala en donde se ventila la revisión de condena, una representante de la Procuraduría General de República, que en teoría está aquí para velar por los intereses de la hija que tuvo Sonia, no ha dejado de mandar mensajes en el chat de su BlackBerry, por ejemplo.

Pese a que ya son las 4 de la tarde y la diligencia se ha tomado ya por lo menos cinco horas, Sonia tendrá que regresar hoy a Cárcel de Mujeres, en Ilopango, porque el fallo de las tres juezas con respecto a la revisión de su sentencia se dará a conocer hasta el 14 de agosto. Antes de levantar la sesión, las juezas le dan a Sonia la palabra y lo único que sale de ese cuerpo flaco y corcovado es el mismo hilo de voz que a un metro de distancia solo hace entendible la palabra “oportunidad”.

Lo que Mata, de hecho, con su experiencia en estos casos sostiene es que a la sociedad de nada le sirve mantener a mujeres como Sonia, o como Silvia encerradas en la cárcel, al menos no sin antes hacer una investigación acerca de qué es lo que las llevó a comportarse como se comportaron ante sus hijos. “Es sumamente difícil que una mujer atente contra el niño que da a luz, solamente pasa en condiciones extremas y raras. Por naturaleza, las mujeres no atentan contra sus hijos. En la abrumadora mayoría de casos hay factores que llevan a las mujeres a este extremo. Entonces antes de acusar, hay que investigar qué es lo que ha pasado con esta señora, antes de decir que horroso, terrible o tremendo”.

Esto es algo a lo que también apela el abogado defensor de Silvia, Edson Morán Conrado: “A estos casos se les debería dar un tratamiento diferente. Ya se debió hacer una evaluación psicológica, porque no sabemos cómo fue la concepción del niño, no sabemos que circunstancias atravesó Silvia Jiménez en su embarazo. No sabemos las condiciones del parto. Nadie sabe nada. La película comienza desde que al menor lo encontraron en el cafetal”. En casos como los de Karina Herrera Clímaco y Sonia Ester Tábora esta evaluación psicológica se hizo, pero no en el momento en que fueron arrestadas, cuando recién habían dado a luz. Así el sistema judicial perdió la oportunidad de tener una fotografía del estado en el que se encontraban al momento de supuestamente haber cometido el ilícito del que se les acusa. A Silvia, tampoco le hicieron esa evaluación. Solo la detuvieron.

El bebé que tuvo Silvia el 9 de julio está ahora bajo la protección del Instituto Salvadoreño de la Niñez y la Adolescencia (ISNA). Desde ese momento en que fue encontrado en el cafetal, se ha cuestionado de muchas formas el instinto y las intenciones de Silvia. Pero entre las cosas de las que no muchos conocen es que poco después de que las cámaras la grabaran esposada, Silvia fue llevada al Hospital Francisco Menéndez, de Ahuachapán, para que le fuera extraída la placenta. Ahí también fue ingresado el bebé. Y durante por lo menos tres noches, los dos estuvieron juntos. Ella lo amamantó. Un acto que parece no cuadrar en una historia en la que los personajes se dividan en buenos y malos, víctimas o victimarios, a menos que se tome en cuenta que el de la maternidad es un concepto complicado que no acepta uniformes. Silvia es madre.

Agachado, remera, bermudas y zapatillas negras, medias blancas, Eugenio Raúl Zaffaroni busca un libro en su biblioteca. Uno de sus colaboradores acaba de descubrir, en el frente de cada estante, un papelito blanco con un número. Cuenta en voz alta: Treinta y siete, treinta y ocho, treinta y nueve.

—Sí, los estantes están numerados —dice el ministro de la Corte Suprema de la Nación—. Pero con eso solo no alcanza.

Separada de la mansión del barrio de Flores por un jardín con plantas, helechos, una fuente y siete gatos callejeros atigrados e idénticos, la biblioteca es un gran salón lleno de diplomas, artesanías latinoamericanas, felicitaciones y plaquetas.

Los estantes cubiertos con vitrinas son muchos, demasiados. En total, estima el juez, entre 15 mil y 20 mil libros. En total, estima uno de sus asistentes, más de 30 mil. Una de las bibliotecas de derecho más importantes de la Argentina.

—Varias personas vinieron a ordenarla. Pero todos, sin excepción, propusieron hacer cosas complicadísimas.

En el salón principal, tres mesas cubiertas de libros, rebosantes. Arriba de la pila, El principito de Antoine de Saint Exupery, el libro del ex jefe de Gabinete Aníbal Fernández y uno de investigación periodística.

En otra mesa, más libros. Uno encima del otro.

La tercera, también repleta. Libros que fueron llegando, libros que le mandan colegas de otras partes del mundo, todavía desordenados, ensimismados, difusos.

—Nadie nos pudo dar una solución…

Pasando una puerta, un segundo ambiente. Dos pisos, más vitrinas.

—Son muchos. Habría que sacarlos. Ponerlos en el piso y contratar a algún empleado que ayudara. Yo definiría las palabras clave de cada uno y se los iría pasando.

Otello, uno de los dos perros Chow Chow del juez, husmea la alfombra blanca. Recorre el salón con expresión lejana y aire de dragón oriental, displicente.

—Contratando a dos personas, unas miles de horas, un par de meses, podríamos resolverlo.

La biblioteca está dividida por sectores. Abajo a la izquierda: filosofía y teología. Luego historia, sociología, procesal penal, menores. Arriba: constitucional y literatura política. Miles y miles de libros.

—El orden era regional. Más o menos sabía el lugar de cada uno. Pero desde hace un año, aproximadamente, se empezó a despelotar todo. Sé que algo está, pero no sé dónde.

Revisa, con la vista, las vitrinas.

—Y cuando comprás dos veces el mismo libro es porque tenés un quilombo importante.

Lo dice tranquilo. Como si, a fin de cuentas, no fuera un problema.

—Esta semana —dice el primero de sus colaboradores— voy a hablar con la bibliotecóloga de la Biblioteca Nacional. Ella tiene que saber cómo arreglarlo.
—Yo no necesito tanto —dice el juez—. Sólo necesito un tipo que sepa hacer eso en la computadora. Que ponga nombre, autor, número de estantes, dos o tres palabras básicas. Y nada más.

Buscan, sin encontrarlo, un libro que el juez (previa anotación de título y fecha en un cuaderno) les va a prestar a sus colaboradores.

—Es que hay muchos —comenta, resignado, el segundo.
—Tenías el de Brassé. Te estás olvidando de el de De Las Casas —dice el primero.
—No lo veo por ningún lado.
—Y si no tenés catálogo.
—Voy a tener que hacerlo yo mismo —dice Zaffaroni—. Con ficheros de papel y plumín de ganso.

Se ríen.

***

A los 55 años, el juez flotaba pero no sabía nadar.

Una tarde de 1994, en una playa de México, leía un libro de Derecho Penal cuando alguien propuso ir al agua. “Y yo pensé: qué estúpido que soy, no sé nadar”, dice Zaffaroni, diecisiete años después, vestido con guayabera y pantalón blanco, detrás del escritorio que usa en la Corte.

Volvió a Buenos Aires y esa misma semana fue al club del barrio. “Quiero aprender. Me miraron. ¿Para competición profesional? No, porque se me dio la gana. ¿Clase colectiva? Prefiero individual”. Comenzó al día siguiente. “Me asignaron una profesora que, al verme, debe haber pensado: ¿y este hipopótamo qué quiere hacer?”. Treinta minutos de brazadas y pataleos. “Volví a mi casa y me metí en la cama. No daba más. A los dos días se repitió exactamente lo mismo. Después de la clase tenía que dormir. Había sido sólo media hora pero necesitaba descansar. Y me asusté. Un susto grande. Dije: me estoy muriendo”.

Entonces continuó con las clases. “Vino el proceso de tragar agua, entrar a la pileta sentado por miedo a tirarme de cabeza. Las cosas que tienen que hacer los pibes yo las hice de boludo grande”. Aprendió a flotar mejor y luego se animó a nadar solo. “Cuando pude hacer un largo de veinte metros, sostenerme del otro lado, me sentí (José) Meolans”. Dos largos, tres, cuatro. A los seis meses llegó a los veinte. “Quedaba agotado, pero los hacía”.

Un día, en la pileta del colegio de abogados de Costa Rica, alguien lo salpicó desde el andarivel de al lado y el agua le entró en la nariz. Se ahogó; para recuperarse braceó más despacio. “Me di cuenta de que así no me cansaba, pasé los veinte largos y se produjo un efecto muy raro. Empecé a sentir una sensación impresionante. Nunca probé cocaína… Pero supongo… Era una euforia intensa”.

Sin darse cuenta, había sincronizado respiración y brazadas. Pudo nadar cincuenta, sesenta, setenta largos. Mejoró el estilo, levantó las piernas, empezó a respirar para los dos lados. Y viajó a San Pedro, donde un amigo le presentó a Agenor Almada, “el yacaré del Paraná”, la única persona que nadó cuatro veces de Rosario a Buenos Aires. “Me vio en una pileta y me preguntó: ¿No quiere nadar en el río? Venga, yo lo preparo”.

A los quince días, Zaffaroni estaba en el agua amarronada del Paraná, y Almada mirándolo desde el bote. “Solo no me hubiera metido ni loco”. Desde Vuelta de Obligado a San Pedro, quince kilómetros: tac, tac, respiración, tac, tac, respiración, tac, tac, respiración.

Y entre 2004 y 2009 se preparó para las aguas abiertas con un entrenador. Compitió en las maratones acuáticas de Baradero (nueve kilómetros), de San Pedro (siete kilómetros y medio) y de Ramallo (ocho kilómetros). En 2005 y 2007 salió tercero de su categoría en el cruce de la laguna de Chascomús.

A pesar de sus logros, con 72 años, se siente discriminado. Su categoría le molesta. “Para los organizadores, después de los 60 años todo da igual. ¿Por qué? Si tenés un tipo de 85: ¡dale una categoría! Pero no. Para ellos es todo lo mismo. Una única: la categoría descarte”.

***

Sólo sabiendo que no le gusta el ocio absoluto, que entiende las vacaciones como tiempo para pensar lejos de las computadoras, que a la noche lee y, luego, duerme unas cinco horas, se puede entender cómo Zaffaroni construyó su prestigio. Un currículum de más de ciento ochenta hojas que, telegráficamente, se podrían resumir como: abogado a los 22 años, un doctorado a los 24, juez de cámara a los 29, procurador general de la provincia de San Luis a los 33, juez nacional a los 35, ministro de la Corte Suprema a los 63, titular de la Comisión de Reforma del Código penal a los 72.

Dirigió un Instituto de Naciones Unidas, fue diputado de la Ciudad de Buenos Aires y presidente de la Comisión de Redacción de la Constitución. Escribió libros, muchos: dos tratados, uno de cinco tomos, diez manuales de Derecho Penal, más de 20 sobre temas específicos y colaboró de distintas formas en otros 100. En castellano y portugués. El Manual de direito penal brasileiro que escribió junto a José Enrique Pierangeli va por la novena edición: ya vendió más de 95 mil ejemplares.

Le dieron la Orden de Mérito del gobierno alemán, la orden de la estrella de la solidaridad italiana y, en 2009, un equivalente al Nóbel de criminología, el Premio Estocolmo, por un trabajo sobre crímenes de masas.

Es uno de los profesores con más Honoris Causa del mundo: ya recibió 32. Le hicieron una página de Facebook que le gusta a 21.920 personas. Tiene el título académico más alto al que se puede aspirar: profesor emérito de la Universidad de Buenos Aires. Y discípulos en toda América Latina, algunos que ni siquiera conoce.

Zaffaroni podría decir: “Bueno, no escribo más, me voy a mi casa a cultivar plantitas”. Sin embargo, sigue produciendo como a los 30 años, cuando trabajaba en la provincia de San Luis y todas las semanas, los jueves, se tomaba un micro hasta Buenos Aires: trece horas en un micro sin baño, para dar clases en La Plata y pasar un día con su mamá. El domingo a la noche volvía.

Sus colaboradores dicen que es un popstar: lo paran para saludarlo, para pedirle un autógrafo o que firme libros. Ya no da clases regularmente, pero dicta cursos y conferencias.

Zaffaroni dice que a lo largo de los años formó una red de gente que conoce y que muchas veces, qué sé yo, rechazar invitaciones podría dar la sensación de decir: bueno, éste se considera el maestro supremo, se subió al caballo, ahora no da más pelota. Pero le da no sé qué hacer eso. Selecciona, claro, si no tendría que ser comisario de a bordo, explica antes de la carcajada.

—¿Qué lo impulsa a seguir en la actividad académica?

—Yo nunca tuve como objetivo ser ministro de la Corte —sentado detrás del enorme escritorio, acaba de encender un angosto cigarrillo, el segundo de los cinco que fumará en la hora y media de la primera charla—. Me autopercibo más como un investigador que como un profesor, o como un juez. Cuando alguien me dice: usted es juez. No. Yo trabajo de juez. Este es un trabajo: un accidente político.

***

—La gente se sorprende —dice el bañero sin dejar de mirarlo—. Es uno de los pocos que se queda tanto tiempo yendo y viniendo, yendo y viniendo. Una vez incluso alguien me ha dicho: “Ese tipo no para nunca”.

Es jueves y la pileta de este club de barrio en Flores, veinte metros, una calurosa carpa blanca que la cubre, está dividida en dos. De un lado, diecinueve mujeres hacen gimnasia: se mueven lentas, por el agua, por la edad, agarradas a coloridos flotadores cilíndricos. Del otro lado, dos carriles.

—Nada con ritmo regular una hora seguida.

En el segundo carril, slip turquesa, gorra celeste, antiparras, reloj, ajeno a los comentarios que suelen rodearlo, el ministro de la Corte Suprema bracea. Va y viene sin detenerse, constante.

—La técnica tal vez no sea de lo más vistosa —dice el bañero, que lo sigue con la vista—, pero es efectiva. El brazo derecho no entra muy bien, lo abre demasiado, pero no lo afecta mucho porque el agarre se consigue y el ritmo se mantiene.

Según indica el termómetro, el agua de la pileta está a 28 grados. Se siente tibia, agradable, quizá por el contraste con este día de enero que abochorna, inclemente.

Zaffaroni casi no mueve los pies. Respira, a cada brazada, siempre por el lado izquierdo.

—Es grandote, largo: aprovecha la envergadura de sus brazos. Las piernas consumen el doble de oxígeno, por eso, como los fondistas, casi no patea. No importa la velocidad sino soportar el trayecto —dice el bañero.

Al llegar al borde, el ministro de la Corte Suprema se agarra con una mano e, impulsado por los pies, rebota en las venecitas celestes.

—Para ir y venir durante tanto tiempo, para soportar ese sufrimiento (porque en un punto hay sufrimiento), tiene que ser un hombre mentalmente muy fuerte.

***

Zaffaroni era un chico de barrio. Fue al colegio Mariano Moreno, en Flores. Estudiaba inglés con una profesora y dibujo en una escuela nocturna. Leía a Julio Verne, a Emilio Salgari. Quería tener un laboratorio, hacer experimentos químicos. Luego, en la secundaria, a mediados de los cincuenta, le gustó la historia, la filosofía, la política y, también, el derecho.

A los 18 años empezó a trabajar: estaba a cargo de los ficheros de presentismo de los barrenderos de la Ciudad de Buenos Aires. Después fue inspector de hospitales públicos. Verificaba que la carne que decía ser lomo no fuera cogote, que las enfermeras de la noche atendieran a los pacientes en vez de dormir, y así.

En 1960, su voz se oyó en todas las radios de la Ciudad de Buenos Aires. Hacía micros sobre salud, que se emitían durante la tanda publicitaria. Zaffaroni decía: señora, vacune a sus hijos. Señor, lávese bien los dientes. Coma frutas y, por lo menos dos veces por semana, también pescado.

Su papá, dueño de un negocio de crickets mecánicos para camiones, murió cuando él tenía 24 años. Raúl lo reemplazó en la fábrica. Trabajó un tiempo. Después, se fue a estudiar a México.

En 1968, a los 28 años, Zaffaroni daba clases en la Universidad de Veracruz. En diciembre,volvió a Buenos Aires para pasar Navidad. Cuando sonó el teléfono, se estaba bañando. La madre le avisó que lo llamaban. Después de secarse, fue a atender.

—Hola, ¿Zaffaroni? Un gusto. Soy el doctor Viale. Vengo de San Luis. Tenemos un problema, pero deberíamos hablarlo personalmente.

“Habrá matado a la mujer”, pensó Zaffaroni, aunque dijo:

—Cómo no, doctor.
—¿Mañana le parece?

Al día siguiente, se encontró con Viale en el hotel Castelar.

—Tenemos un juez con un jury. Necesitamos un juez, pero el pueblo se dividió en dos y tenemos que traer a alguien de afuera. ¿A usted le interesaría?

Así, dice, empezó su carrera judicial.

***

No tiene celular. Lee los mails una vez por día o cada dos. Si le mandan correos largos, se aburre y se saltea partes. La única forma de comunicarse con él es a través del correo electrónico, o dejando un mensaje en el contestador de su casa y esperar en línea, “Raúl, ¿andás por ahí?”, o llamando al celular de alguien que esté con él; por ejemplo a Tito, su chofer.

Le gustan los animales. Le dedicó el libro La pachamama y el humano a los perros que tuvo: Biyú, Chiche, Toy, Laika, Lazzie, Petisa, Deisy, Eric, Günther, Chu-chu, Chispa, y a los de ahora: Otello y Gräffin. Y a sus gatos: Mimí, Manón, Microbio y Negrito.

Los que lo conocen dicen que no se lo comió el cargo: almuerza en la Corte con sus ayudantes y sigue dirigiendo tesis doctorales.

Sabe hacer salchichas y ensalada. Puede poner en la plancha un pedazo de carne y ver si está cocido. O meter un huevo en el agua. Pero no mucho más. Huevo frito, no. Es una técnica que no maneja.

Se llama Eugenio Raúl Zaffaroni. Su padre se llamaba Eugenio Raúl Zaffaroni.

Es partidario de un estado de bienestar incorporativo y un abierto enemigo del Estado gendarme. Los que lo conocen dicen que sigue una línea que respeta la libertad humana. Que, para él, la vida es un bien jurídico sagrado, y que propone un derecho penal reductor del poder punitivo: siempre va a estar del lado de los más vulnerables. Dicen que es coherente y que, por eso, la vez que entraron a su casa y le robaron la video y el televisor, dijo: “bueno… está bien, los muchachos debían necesitar una tele”. No hizo la denuncia.

Usa trajes a medida. Desde hace años los manda a hacer a una antigua sastrería de la calle Warnes porque tiene los brazos largos, uno más que el otro, y siempre que se prueba alguno le queda corto de mangas. Los trajes no son modernos o son deliberadamente feos. La ropa no le importa demasiado. Ha ido a la Corte combinando traje y zapatillas.

A diferencia de otros ministros no tiene custodios, no siempre viaja con chofer, y también toma taxis o, a veces, maneja.

Colecciona cactus: en la terraza tiene más de cien. Y pesebres o “nacimientos”: cerca de doscientos, de todas partes del mundo. Los guarda en cajas y antes de Navidad los saca y los acomoda sobre los muebles hasta ocuparlos todos y, luego, también, en el suelo; los últimos días de diciembre es difícil caminar por la casa de Zaffaroni sin pisar un burrito o un niño Jesús.

Cuando lee, le da igual si el libro está en portugués, inglés o italiano. “Quando eu me encontrava na metade do caminho de nossa vida”, “Along the journey of our life half way” o “nel mezzo del camin di nostra vita”, para él es lo mismo. También entiende, y habla, francés y alemán.

Casi no lee libros de ficción.

Si viaja a un Congreso no le importa si va en primera o en turista, o cómo es el hotel adonde se va a alojar, pero sí que haya una pileta cerca.

Sin importar lo incómodo que esté, apenas se sube a un avión se queda dormido.

En los viajes, además de asistir a conferencias y dar charlas y nadar, recorre librerías de nuevos y usados. Mete los libros en cajas. A veces son tantas que tiene que mandarlas por correo. Es muy respetuoso con los libros que le regalan: no tira ninguno y eso le produce un enorme problema de espacio.

Dicen los que lo conocen que no se enoja. Que la única vez que, se acuerdan, se enojó mucho, nadaba. Y la secretaria, que no lo conocía demasiado, llamó al celular de Tito y le dijo que lo interrumpiera. Cuando nada no hay que interrumpirlo.

Tiene una formación clásica: si hubiera un manual que dijera lo que tiene que hacer un penalista según su currículum, él lo habría cumplido paso a paso. En Europa la fama lo antecede. El comentario en los congresos, después de que él habla, suele ser: “Qué interesante lo que dijo”. “Avanzado”. “Quizás, un poco arriesgado intelectualmente, ¿no?”. “Pero es Zaffaroni”.Cuando aparece en malla y ojotas en el lobby del hotel los catedráticos se sorprenden y susurran.

Dicen los que lo conocen que lo material no le interesa. Que sin embargo, es cierto, con su sueldo no le falta nada. Tiene mucha plata. Todo lo que fue guardando y heredando lo convirtió en inmuebles. Quince inmuebles en la Ciudad. Dicen que nunca firmó personalmente un contrato de locación. Que siempre tuvo intermediarios. Y que ésa fue la causa de muchos, muchos, problemas.

Se crió en un espacio de clase media empobrecida con pocos recursos. Hay cosas que no valora. No le gustan los autos de alta gama. Y, si tiene que pagarlo, prefiere un hotel de dos estrellas a uno de cinco. Le alcanza con que no le roben la valija.

Fuma unos cigarrillos norteamericanos, finitos, marca Vogue. Unos veinte por día, que según cree, por su bajo contenido de tabaco equivalen a diez de los comunes.

En las entrevistas teoriza, piensa en voz alta, cuenta anécdotas que repite casi idénticas. Como un actor, sabe dónde meter la pausa, en qué momento largar una carcajada. Pero si le preguntan sobre cosas de su vida íntima, puntualmente cómo era su madre, Elsa Clelia Cattaneo, contesta con unas pocas líneas. Dice: “No. Mi vieja era un ama de casa. No. Nunca tuvo actividad pública. Sí. Un ama de casa era…”. Y se queda en silencio esperando la pregunta que sigue.

Es hijo único, sus padres fallecieron, nunca se casó. Sólo tiene primos lejanos de segundo y tercer grado.

Dicen los que lo conocen que cuando era chico usaba anteojos pero que después no los necesitó más.

Que tiene una capacidad de abstracción que le permite generar un alto nivel de pensamiento, pero que si un empleado no le pagara las cuentas le cortarían la luz todos los meses.

Dicen que a la Corte va poco.

Que le molesta el aire acondicionado. Y le fascinan las máquinas de café.

Dicen que para escribir evita la compañía.

Dicen, también, que a veces se siente solo.

***

Pasaron cuatro meses desde la primera entrevista. La biblioteca está ordenada. En las tres mesas del salón principal sólo hay unos pocos libros, apilados y prolijos. El juez ya no puede mover los dos brazos. Tiene un cabestrillo en el derecho. La semana que sigue, aunque él no lo sepa, van a operarlo. Le pondrán una plaqueta, varios clavos, alambres. Todo saldrá bien.

Hace cuatro días, en Tucumán, fue al baño. Estaba oscuro, se tropezó y se cayó. Se fracturó la muñeca y el húmero. Dice que no le duele. Que está aprendiendo a firmar con la mano izquierda. Que lo único que no puede hacer, por ahora, es nadar.

—Usted asumió como juez de tribunal de juicio oral en 1969, durante la presidencia de facto de Onganía. Algunos lo critican por haber jurado por los estatutos de aquella dictadura.

—Es muy complicado pensarlo desde la perspectiva actual, después de treinta años sin golpes de Estado. Pertenezco a una generación que se crió con golpes (en 1943 era muy chico, pero luego el ‘55, ‘62, ‘66 y ‘76). Golpes de estado que eran dictablandas, con alguna que otra barbaridad, pero, te gustara o no, eran parte de nuestra política. La otra alternativa era irte. Qué sé yo. En líneas generales, hay un sector del Poder Judicial que siempre consideró este trabajo como una profesión. No es la visión que se puede tener hoy. Uno dice: bueno, en el ‘76 yo no sabía exactamente qué pasaba, ¡y claro que no lo sabía! Recién cuando viajé a Europa tuve una idea aproximada. Veía cosas, sí, pero no sabía qué carajo pasaba con la gente que secuestraban.

—Y en el ‘76, ¿se planteaba la jura por esos estatutos como algo cuestionable?

—No se planteaba porque nadie suponía lo que iba a pasar. En ese momento era un golpe más. Por otra parte, cuidado que en los últimos meses del gobierno de Isabel, la triple A ya estaba en la calle. Alfredo Nocetti Fasolino, Teófilo Lafuente, y yo, fuimos los últimos tres jueces del gobierno constitucional antes del golpe. Nocetti Fasolino andaba en la calle con dos autos de custodia y a Teófilo Lafuente le pusieron dos bombazos en la casa. Y no era la llamada subversión, el bombazo venía del otro lado. La llamada subversión nos consideraba la contradicción en el sistema. Nosotros éramos una mínima garantía. Éramos los tipos que dábamos los habeas corpus para salir del país. Declaramos la inconstitucionalidad del decreto de Isabel que prohibía la salida a cualquier país latinoamericano. Por eso hoy, cuando me hablan de que hay presión en los jueces, me cago de risa. ¿De qué presión me hablan? Te llama un tipo por teléfono para decirte algo, lo escuchás, te hacés el boludo y le decís: ¡Andate a la puta que te parió!, y chau. ¿Qué te puede pasar?

***

“Señora directora:

El 21 de marzo último fue un día de pérdida para los habitantes de las cárceles (…). Lamentablemente no hubo voces para impedir que nuestro Poder Judicial perdiera a uno de los más destacados penalistas, el doctor Eugenio Raúl Zaffaroni, quien era camarista y renunció ese día. Siempre recibió a los familiares de los presos y los escuchó sin discriminaciones, lo cual es muy raro, sobre todo cuando se trata de gente pobre y anónima. Siempre nos escuchó cuando pedimos una audiencia y visitó cárceles como ningún otro juez lo hizo. (…) Pasará el tiempo y, sin duda, el doctor Zaffaroni ocupará un lugar privilegiado en la historia del Derecho Penal…”

Eduardo S. Ulloa, Rubén H. Olivera, Ignacio C. Díaz (y otras firmas).

Internos de la Unidad 2 de Villa Devoto.

Texto publicado en el diario Clarín, el 14 de julio de 1990, sección Cartas de lectores.

***

—En una nota que le hicieron decía que cada sentencia es un acto político y encierra una determinada ideología. A riesgo de simplificar, ¿cómo definiría la suya?
—Soy un burgués despreciable. Un liberal, entendido como anarquista moderado mezclado con populista —dice entre risas.

En unas horas irá al Congreso. Cuando la presidenta Cristina Kirchner anuncie la difusión de un informe oficial sobre la guerra de Malvinas, estará sentado en la primera fila junto al diputado opositor Francisco De Narváez. Lleva un traje celeste muy claro. La corbata es del mismo color.

***

El peluquero Omar Colliano tiene canas, barba candado, una medalla al cuello y una camisa a rayas con varios botones abiertos. Vive en Remedios de Escalada, Lanús, frente a la cancha de Talleres. Los sábados se levanta temprano porque a las nueve y media de la mañana atiende al primer cliente en su peluquería de Gaona y Cucha Cucha, Caballito. El corte, sea para hombre, sea para mujer, cuesta $ 45 (us$ 10).

Hace dos meses, la nuera le contó a Omar que estaba estudiando Abogacía. Omar le dijo que, de vez en cuando, le cortaba el pelo a Zaffaroni y que, si ella tenía ganas, podía invitarlo a comer. Emilse, la nuera de Omar, dijo: “Si lo conozco me muero”.

—Y la vez siguiente que vino, se lo tiré —cuenta el peluquero, una tijera en la mano—. Pensé que podría poner reparos: yo vivo en un barrio, en una casa común, pero me dijo: “Sí, cómo no. Hable con mi secretaria y arregle con ella”.

El domingo siguiente comieron asado el juez, el chofer Tito, Omar y la nuera Emilse.

—En mi casa fue una revolución. Mi nuera no lo podía creer. Zaffaroni llegó al mediodía y se quedó como hasta las cuatro de la tarde. Ella, embobada, escuchándolo hablar. Creo que la única vez que abrió la boca fue para decirle si no le podía autografiar el libro. Se quedó callada durante toda la comida. Como si enfrente tuviera a un dios.

***

Los primeros días de junio de 2003, al volver de México, donde daba clases en la ciudad de Morelia, Zaffaroni leyó su nombre en la nota de un diario que hablaba sobre los posibles candidatos a jueces de la Corte Suprema. “Mi labor judicial había terminado en 1990 y para mí estaba cerrada. Me acuerdo de que empecé a llamar a periodistas amigos para preguntarles quién había largado esto: sonaba raro —dice, detrás del escritorio. Con la mano derecha apoya la colilla en el cenicero—. Cuando largan una candidatura que no se concreta, te queman un poco. ¿Quién estaba atrás de todo eso? Nadie sabía”.

A los pocos días el teléfono de su casa sonaba, intranquilo. Atendió. Era el ministro de Planificación Federal Julio de Vido y quería verlo en una hora. “Bueno, esperá que me tengo que bañar, le dije, pensando: ¿qué le pasará? Debe ser algo grave”. Ya en la Casa Rosada, después de hablar un rato, el funcionario le contó el motivo del llamado: querían proponerlo como juez de la Corte Suprema.

—Mirá: yo te agradezco, pero sinceramente querría ser defensor general.
—No, pero te queremos en la Corte.
—¿Y esto qué es? ¿Una prueba de militancia? ¿A las tres de la mañana en Curapaligüe y Cobo?

Se rieron.

—Hablando en serio —volvió Zaffaroni—. Hay dos puntos importantes. Sobre el corralito: creo que hay que devolver el capital. Y otra cosa, sobre los crímenes de lesa humanidad: no voy a legitimar las leyes de amnistía.
—Quedáte tranquilo, nosotros tampoco. Lo del corralito ya veremos.
—Está bien. Ustedes sabrán qué hacen.

Al salir del despacho pensó que todos estaban locos.

“Nunca creí que nadie bienpensante me llamaría para integrar la Corte —dice mientras maneja su auto, un Volkswagen Vento gris, desde su casa hasta el Palacio de Justicia—.Se supone que alguien que quiere pertenecer a ese cuerpo intenta dar una sensación de respetabilidad que yo nunca di. Siempre se me ocurrió decir cosas que los demás no dicen, o llevar adelante desafíos que no son muy normales en el mundo jurídico. Es cierto que tengo muchos años de juez, pero mi perfil no es el tradicional. Normalmente, los políticos no buscan problemas: se fijan si el tipo tiene cara de ministro de la Corte y lo nombran. Y la verdad es que yo, mucha cara de ministro no tengo”.

Zaffaroni ocuparía la vacante que en junio de ese año había dejado el entonces presidente de la Corte Julio Nazareno, que renunció para evitar que la Cámara de Diputados lo acusara en juicio político ante el Senado. Durante dos meses, la candidatura fue expuesta a la opinión pública.

El por entonces titular de la AFIP Alberto Abad lo definió como “tributariamente desprolijo y provisionalmente moroso”. En los diarios de mayor tirada del país se publicaron solicitadas a página completa que repetían: “El dr. Zaffaroni no es el candidato adecuado”. “Las condiciones intelectuales y académicas no acreditan necesariamente su idoneidad para desarrollarse como juez de la Corte”, “Ser complaciente con la delincuencia aumenta la inseguridad”.

—Al día siguiente de la reunión con De Vido hablé con Néstor (Kirchner) y le pregunté: ¿pero vos me conocés?
—Sí —le respondió el entonces presidente—, quedate tranquilo que te conocemos.

En sesenta días, la candidatura recibió 134 adhesiones y 831 impugnaciones.

Zaffaroni nunca imaginó el odio que podría despertar. “Uno está acostumbrado al debate político, la discusión, los golpes bajos, pero en ese momento me asusté. No por el ataque ideológico sino por la enorme cantidad de dinero que estaban invirtiendo: publicar solicitadas, mandar gente al extranjero para hacer averiguaciones, fabricar una ONG, intentar sacar la personería jurídica. Cuando vi eso dije: esto es una mafia”.

Sin embargo, en esa época, al juez le preocupaban otras cosas. Después de 30 años de vivir en la misma casa, se estaba mudando. En ese momento aprendió que, si los hechos lo superan, uno no puede hacer nada. “Pensé: que sea lo que Dios quiera. El tiempo resolverá estas cosas. Y me di cuenta de que la pulseada no era conmigo sino con (Néstor) Kirchner. También me di cuenta de que a él esto le venía muy bien, porque por tres meses se armó un despelote. Y eran los tres primeros meses de Gobierno y supongo que él no sabía adónde estaba parado. Yo aparecía en primer plano y él en la segunda página de los diarios”.

Para alejarse de ese debate mediático, de las acusaciones y reivindicaciones, para poder pensar aislado de todo eso, el juez se sumergía. “La natación es una actividad muy rara e interesante que te permite estar pensando dos cosas al mismo tiempo —dice—. Por un lado, llevar una cuenta de la cantidad de largos y, por otro, concentrarte en una segunda de una forma más relajada. Con un pensamiento que fluye, como si se deslizara mejor”.

Cuando puede, y puede bastante, Zaffaroni nada en la pileta de la Facultad de Derecho o en la del club del barrio, en verano, al mediodía, antes del horario de la colonia, antes de que los pibes llenen la carpa de gritos. Nada diez kilómetros por semana. Hoy hizo tres mil metros. El mínimo por día son dos mil: cien largos cada vez.

El agua clorada, el repetitivo ir y venir entre andariveles, también lo separó del escándalo mediático, de las acusaciones y los pedidos de renuncia cuando en julio de 2011 se conoció que, en al menos cuatro departamentos de su propiedad, funcionaban prostíbulos. “Son quince inmuebles en la ciudad que están en todas mis declaraciones patrimoniales. Es obvio que no puedo administrarlos personalmente, de modo que tengo un apoderado y una inmobiliaria que los alquila”, salió a aclarar Zaffaroni en un diario.

Las noticias se repetían: “Otro departamento atribuido al juez funcionaría como prostíbulo”, “Una estrella porno trabajaba en un departamento de Zaffaroni”. Dos diputados de la Coalición Cívica pidieron juicio político, la Asociación de Mujeres Meretrices de la Argentina (AMMAR) salió a defenderlo, el presidente de la Corte lo respaldó, hubo voces a favor y pronunciamientos en contra.

“Todos los colaboradores nos pusimos locos, como si nos estuvieran atacando a nosotros—dice el doctor en Derecho Penal Matías Bailone, que trabaja con el juez en la Corte—. Queríamos salir a defenderlo en todos lados. Estábamos al borde del ataque de nervios, y sin embargo él seguía tranquilo”.

Zaffaroni cree que fue una especie de lapidación mediática. Alguien tiró una piedra. Y otro tiró otra, y otra, y otra más. Lo que le preocupaba, dice el juez, no era su reacción, sino la de su entorno. “Uno no está solo. Yo puedo garantizar que no me descontrolo, pero no sé que puede hacer alguien que tengo cerca. No me gustó, pero tuve que tomar una actitud autoritaria para adentro: acá nadie se mueve si yo no lo digo. ¿Para qué nos íbamos a desequilibrar si no pasaba nada? Distinto es si tenés un cadáver en el ropero. Pero si sabés que el armario está vacío, sólo tenés que esperar”.

El juez dice que esto no es nuevo. Que le pasó también al mejor constitucionalista alemán. Peter Häberle dirigió la tesis de uno de sus alumnos que terminó siendo ministro de Defensa. La tesis era una copia de otra y todos los diarios hablaron del tema. “Sí, es cierto que la tesis estaba plagiada. Sí, es cierto que había una puta en el departamento. Es verdad. Pero no porque Häberle haya vendido una tesis plagiada, ni porque yo estuviera alquilando el departamento para eso”, dice el Juez.

El 11 de agosto de 2011 hubo un acto de desagravio en la Facultad de Derecho en el que Zaffaroni, frente a mil personas, habló. “A diferencia de lo que hace siempre, que nos muestra sus textos, esa tarde no nos contó nada —dice Bailone—. Teníamos miedo de que renunciara”. Sin embargo, luego de decir que no iba a dejar el cargo, el juez presentó la hipótesis de la “lapidación mediática”. “Era un actor, una mezcla de Churchill en discurso político con un gran manejo de la escena: el movimiento de las manos, la voz, la entonación, cómo jugaba con los silencios y los aplausos —dice Bailone—. Dio una clase magistral, mostrando que todo lo que le habían hecho estaba enmarcado en la teoría de la criminología mediática que él había escrito unos meses antes. Me acuerdo que al final, en medio de la ovación, pensé: este tipo es un monstruo político”.

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El primer honoris causa fue en la Universidad de Río de Janeiro, en Brasil. Luego vino otro, y otro, y otro más: universidad de Santo Domingo, Particular San Martín de Porres, Privada Antenor Orrego, de Cajamarca, Morón, Tucumán, Lomas de Zamora, Macerata y así, 32 diplomas.

—¿Qué importancia le da a estos títulos?
—Qué sé yo —dice, dirá, una muletilla que repite cuando habla, y se ríe—. Creo que esto es una lucha a brazo partido contra la muerte.

A espaldas del juez, la enorme ventana, la cortina blanca. El escritorio con papeles, un enorme cenicero transparente, ningún marco, ninguna foto.

—Cuando en las asociaciones te sacan del staff ejecutivo y te pasan a la vicepresidencia, que son de los próceres, vos decís: bueno, acá está faltando la página necrológica.

Más risas. Prende el cuarto cigarrillo. Tiene un leve tic: a veces, cierra los dos ojos con fuerza.

—En Europa, cuando un catedrático llega a los 70 años se jubila y recibe un libro con artículos de sus discípulos y colegas: un libro homenaje. Yo nunca acepté uno. No, no, no, no, no. Libros homenajes, no. Les dije: ustedes pueden hacer los libros homenajes que quieran. Pero yo no voy a ir a aceptarlos, no los voy a aprobar, no me los van a entregar en público. Y no lo hicieron, por las dudas. Me suena raro. Es una costumbre académica, lo sé y todo, pero… no.
—¿Piensa seguido en la muerte?
—No. Creo que la muerte pertenece a la vida. No la vida a la muerte. Pertenezco a una generación en la que a los 20 años leíamos a Sartre, a Heidegger. Y me quedó bastante: soy muy existencialista.

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Noticias: En varias entrevistas noté que el tema de su sexualidad es recurrente. ¿Usted es gay?

Zaffaroni: No formulo manifestaciones sobre opciones personales.

Noticias: ¿Por qué?

Zaffaroni: Eso es de cada uno.

Noticias: Cuando lo eligieron en la Corte intentaban cuestionarlo por ser soltero…

Zaffaroni: En la Argentina eso no le interesa a nadie.

Noticias: ¿Le parece?

Zaffaroni: Salvo a los chismosos, claro.

Noticias: Van a seguir preguntando.

Zaffaroni: Y seguiré sin contestar.

Noticias: Jorge Telerman dijo ser afrancesado…

Zaffaroni: Yo no soy afrancesado. Puedo ser mexicanizado o peruanizado. Pero afrancesado, no.

Nota de la revista Noticias, 2/12/2006

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Los lunes a la mañana llega a la Corte temprano: tiene clase de alemán. Después del mediodía empieza a ver expedientes. Se junta con su equipo de trabajo. Cada uno tiene una pila. Cada uno le cuenta una causa. Le dicen al juez: esto está bien, está mal, es conveniente firmarlo, de ninguna manera. Así, la pila va bajando.

El trabajo no lo aburre. Pero es monótono. Las causas son distintas. Pero es monótono. Y, dice, llega un momento en que uno piensa que su misión está cumplida.

No es que esté cansado. No es eso. Pero piensa que hay ciclos que se cierran. Cree que habría que terminar una etapa, aunque no quiere ser el primero en irse y desarmar la Corte. Viene funcionando bastante bien, es la más longeva de la historia, y se siente cómodo.

En algún momento quiere volver a la Academia y, alguna vez, despuntar el vicio de asumir una defensa. Porque, explica, cuando es juez uno mira el trabajo de otros. De alguna manera, la responsabilidad la tienen los demás. La cosa ya está. En última instancia es muy poco lo que puede decidir. En la defensa, en cambio, de lo que el abogado diga o escriba depende la suerte, lo que le pase a una persona. Le gustaría recuperar aquella adrenalina.

***

Después de nadar se limpia el interior de la oreja con un hisopo húmedo en alcohol boricado. No usa tapones para los oídos desde que, hace unos años, en una pileta llamada Carlos Saúl Menem trató de acomodárselos debajo del agua y sintió un pinchazo intenso, la punta de un destornillador a la altura de la oreja. Seis meses de dolor profundo. “Tuve que ir a un hospital, me hicieron estudios, audiometrías. Y, después de unos días, como lamentándolo, el médico me explicó que por el daño de la lesión, no iba a percibir frecuencias bajas, no podría oír a los murciélagos —dice antes de bajarse del auto—. Aunque la verdad es que no sé, para qué querría yo oír a los dichosos murciélagos”.

PRIMER CAMINO…

El abogado que murió de amor

Se sentó en la banqueta, colocó la bicicleta a un costado y esperó la muerte. Si pudiera elegir cómo morir, Rodrigo Rosenberg hubiera elegido ir a toda velocidad en su Camaro, con la guitarra de Santana sonando a tope. Pero la vida se empeña en torcer los planes y en entregar las muertes menos deseadas. Rodrigo Rosenberg sí pudo elegir su muerte, pero trocó la imagen del carro en la autopista por cinco balazos en la calle.

La mañana del domingo diez de mayo se levantó temprano. Se vistió con ropa deportiva y se dispuso a salir en bicicleta. En sus últimos veinte minutos de vida hizo dos llamadas. La primera a Luis López, su chofer. “Te voy a necesitar” le dijo, “ahorita voy a ir a dar una vuelta en bicicleta pero para cuando vengás seguro que ya he regresado”. Después buscó otro teléfono, un aparato sencillo que acaba de comprar y que utilizaba para hablar con una sola persona. “Colocho, es el Canche”, se identificó.

Del otro lado de la línea Jesús Manuel Cardona escuchaba atento, el Canche iba a darle el sprint para completar la operación, a su lado Nelson Wilfredo Santos Estrada se tronaba los dedos, el momento había llegado. “Háganlo rápido, solo va a estar allí cinco minutos y se va”, les advirtió el Canche.

Fue una operación sencilla, la víctima estaba justo donde les indicaron y matarle fue tan fácil como halar de un gatillo. Terminado el trabajo, el equipo fue a desayunar a Burger King, Lucas Josué Santiago pidió un menú agrandado, como fue el que disparó merecía comer mejor que los demás.

Mientras tanto al final de la Avenida las Américas, en una estrecha y desierta calle, la gente se arremolinaba alrededor de un cadáver. Luis López se abría paso entre los curiosos, su jefe estaba tirado con la bicicleta al lado. El celular del Canche sonaba frenético, pero nadie lo respondió. Jesús Manuel se sorprendió, imaginó que el Canche estaría ansioso por recibir la confirmación del servicio. “Ya contestará después” dijo, aunque por dentro temía que no lo hiciera, que se olvidara de la parte del pago que había quedado pendiente. Eso, de ninguna manera se lo permitiría.

Un video que cambia la historia

“Si usted está viendo esto es porque lamentablemente fui asesinado” las palabras de Rodrigo Rosenberg se multiplicaron por todo el mundo. Un muerto que delata a sus asesinos, y sus asesinos son –nada más– el Presidente y su esposa. Rodrigo estaba tranquilo, hablaba con fluidez y parecía plenamente convencido de lo que estaba diciendo. Había solo una cosa extraña en él: el abogado dos veces divorciado llevaba una argolla de matrimonio.

“La razón de que Gustavo Alejos y Gregorio Valdés hayan ordenado mi muerte, y el Presidente de la República lo haya aprobado, es porque hasta el día que me mataron fui el abogado de dos increíbles guatemaltecos Don Khalil Musa y su hija Marjorie, y sabía exactamente como Álvaro Colom, Sandra de Colom, Gustavo Alejos y Gregorio Valdés fueron los responsables de ese cobarde asesinato, y así se los hice saber a ellos mismos” dejó escrito Rosenberg en su testimonio póstumo.

A Khalil Musa lo asesinaron –pensaba Rosenberg– por un nombramiento que el Gobierno le había hecho para la junta directiva de Banrural y Anacafé: “Es Álvaro Colom, por medio de Gustavo Alejos y Gregorio Valdés quienes le piden su colaboración a Don Khalil Musa para que forme parte de la junta directiva de Banrural en forma ad honorem, sin que don Khalil Musa sospechara de los negocios ilegales y millonarios que se negocian día a día, los cuales van desde el lavado de dinero hasta el desvío de fondos públicos a programas inexistentes de la señora del Presidente”, justificó Rosenberg.

El video causó la efervescencia lógica. Cientos de personas salieron a la calle a exigir la renuncia del Presidente y Colom pidió a la Comisión Internacional Contra la Impunidad (CICIG) que investigara el caso. “Rodrigo, gracias por despertarnos”, decían carteles en las calles, los guatemaltecos gritaron que estaban hartos de la violencia. La frase de Eduardo Galeano “hemos guardado un silencio bastante parecido a la estupidez” parecía flotar en el aire.

Con el Gobierno a punto de venirse abajo, la CICIG se enfrentaba al momento más álgido de su mandato. Estaban ante un caso que –de descubrirse verdadero– acabaría con un presidente y sumiría a un país ya desgastado, en una crisis difícil de superar. Carlos Castresana, el comisionado español, recibía una bomba de tiempo. Quizás imaginaba que ante la verdad que hallara –fuera cual fuera– encontraría oposición y crítica.

Lo primero que los investigadores hicieron fue conseguir los videos de las cámaras de seguridad de los edificios cercanos al lugar del crimen. Así lograron identificar a uno de los vehículos en los que se desplazaban los sicarios. Era un carro bastante llamativo, un Mazda 6 con los aros rojos y una enorme calcomanía en la tapadera del tanque de gasolina. Al revisar el registro se llevaron una agradable sorpresa: había menos de cincuenta carros Mazda 6 negros en Guatemala. Uno de ellos estaba domiciliado en San Miguel Petapa; los sicarios habían huido con dirección a San Miguel Petapa, así que todo empezaba a cuadrar. Cuando uno de los investigadores fue a la dirección y encontró el carro aparcado enfrente, con sus aros rojos y su calcomanía, tenían ya a los autores materiales en la mira. Pan comido. Lo difícil estaba por llegar, descubrir quién los contrató.

Botar un palo grande

El Canche no respondió más. William Santos, el jefe de la banda, estaba molesto. Además de la incertidumbre que le provocaba que su cliente no cumpliera con la otra parte del pago, le intranquilizaba algo que había oído en la radio: el tipo al que mataron no era una extorsionador de poca monta, era un abogado famoso. “Botar a un palo grande” casi siempre trae problemas. No sabía por entonces que el Canche era, en realidad, el abogado y que aquel que les dio la orden de disparar fue también el que recibió la bala. Como tampoco podía siquiera imaginar que su línea de celular fue intervenida y que la CICIG lo había oído planear secuestros, tumbes de droga, robos y otras de sus productivas actividades. Ignoraba también que habían identificado ya a todos sus secuaces y que la banda había caído, uno por uno, voz a voz, en manos de los investigadores. Tenía al enemigo en el oído.

El 11 de septiembre William recibió una llamada: “el MP te anda coleando, salí y tirás esas mierdas para otro lado”, le informaron. Los investigadores supieron entonces que no podían esperar más, que era preciso actuar. La banda cayó en pleno, el carro seguía exhibiendo sus aros rojos y su calcomanía.

Para dar con el autor intelectual, un equipo de investigadores siguió las pistas de los teléfonos usados el día del crimen. Dos de ellos llamaron su atención: los que usaban el Canche y el Colocho. De acuerdo a los sicarios, los hermanos Valdez Paiz les entregaron el celular que usaban para arreglar el servicio. La CICIG comprobó que ambos celulares fueron adquiridos por Luis López, el empleado de confianza de Rosenberg. Surgía entonces la duda de si el propio Luis habría tenido algo que ver en el asesinato de su jefe. Pero esa teoría se descartó pronto, cuando el chofer pudo demostrar que había sido Rodrigo quien le pidió que los comprara. La investigación se tornaba cada vez más increíble: la víctima compró el teléfono a sus asesinos. Después expertos en telecomunicaciones hicieron las mediciones para determinar desde dónde salían las llamadas y el resultado fue todavía más surreal: salían del apartamento de la víctima. No había duda, la víctima compró el teléfono a sus victimarios y los llamó para darles instrucciones.

Algo más, Luís Mendizábal les había entregado a los investigadores un número de teléfono, se lo había dado Rodrigo días antes de morir, el abogado simplemente le pidió que lo apuntara y Luis pensó que ese era el número desde el que lo amenazaban. La CICIG volvió a comprobar las llamadas, las de amenaza salían del apartamento de Rosenberg y llegaban al teléfono personal del abogado, que también estaba en el apartamento. La llamada de amenaza salía y entraba en el mismo lugar. Rodrigo se estaba amenazando a sí mismo.

Un largo día de la madre

El diez de mayo Salvador Solares estaba trabajando como albañil en una iglesia evangélica, eran cerca de las nueve de la mañana cuando vio llegar a William Santos Divas con su esposa y su hija; en una mano llevaba un pastel y en la otra un ramo de flores para su madre. A William los vecinos lo conocían bien porque era el hijo del pastor. Si lo que dijo Salvador es verdad, Santos Divas tuvo una jornada atareada: coordinó un asesinato y le celebró el día a su madre. Pero el Tribunal no le dio valor a su testimonio, de acuerdo con ellos, Salvador se contradijo. En cambio sí aceptaron la versión de los fiscales sobre lo que sucedió después, ese mismo día.

Cuando los sicarios se dieron cuenta de que el Canche no respondería el teléfono, optaron por buscar al hombre que originalmente los contactó: Nelson Wilfredo Santos. Acorralado, Nelson no tuvo otra alternativa que molestar a su jefe, estaban en el funeral de un familiar y no era el momento para pedirles dinero, pero los sicarios no esperarían. Le respondió Estuardo Valdez Paiz, primo y amigo cercano de Rosenberg.

Cuando Nelson le aseguró que los sicarios no se quedarían tranquilos hasta saldar la deuda, Estuardo supo que él y su hermano Francisco tenían que arreglar el problema. Se reunieron en una de sus empresas, en la ruta a Villa Canales, allí Jesús Manuel encontró a un Francisco Valdés Paiz completamente abatido: “pero si ustedes mataron a mi primo”, le reclamó. Para los sicarios el trabajo había sido limpio, no se equivocaron de víctima y si ahora resultaba que el muerto era su amigo daba igual, el dinero ya estaba pactado. Los hermanos Valdez Paiz fueron entonces a buscar su caja fuerte, regresaron con dólares. Los sicarios contaron billete a billete y llegaron a la conclusión de que faltaba: “es que ustedes están haciendo mal el cambio, a nosotros nos sale más”. Los hermanos buscaron en sus bolsillos y billeteras lo restante para adecuarse al tipo de cambio de unos delincuentes. Esta historia la contaron los colaboradores eficaces a la CICIG, pero aún no ha sido probada en corte.

El 12 de enero de 2010, ocho meses después del asesinato, Carlos Castresana habló ante la prensa. “Rosenberg se mandó a matar”, aseguró a los periodistas. El caso estaba solucionado. Álvaro Colom y compañía respiraron, por fin, tranquilos. Al principio la CICIG investigó todo lo que Rosenberg decía pero poco a poco fue perdiendo fuerza, las pruebas eran tan contundentes que el castillo de naipes que armó Rosenberg –con el rey en la punta– se venía inevitablemente abajo.

¿Por qué inventar todo eso? La respuesta la supo únicamente Rosenberg, pero los investigadores sacaron algunas conclusiones. Una de las pistas la dio el anillo en el dedo del abogado. Unos días después de la muerte de Marjorie Musa, Rodrigo recibió una llamada, era un joyero que le avisaba que tenía un anillo para él, Marjorie lo había encargado. Marjorie quería demostrarle que su amor era verdadero y que pretendía divorciarse para casarse con él, el anillo le llegó cuando ella ya estaba muerta. “Buenas noches mi Marjorie de Rosenberg. Te amo. Te amo. Te amo”, se leía un mensaje que los investigadores hallaron en el celular del abogado; como ese habían cientos, “Te amo, mi Tinkerbell”, le decía en otra ocasión. En su computadora guardaba una carpeta con fotografías de las cenas románticas que le preparaba. La muerte de la mujer que amaba, como es lógico, lo debilitó. Los investigadores piensan que Rosenberg estaba molesto con el Presidente porque había perdido una licitación para emitir los DPI; con Gustavo Alejos tenía problemas personales y con Gregorio Valdez, rivalidad comercial. Además estaba harto de la violencia, de la inseguridad de todos los días y ese es un reclamo que el Presidente merece, por eso lo acusó.

Los días previos al diez de mayo Rosenberg hizo una serie de preparativos.

Dejó a su socia al mando del bufete. Arregló su testamento. Hizo un poder para que su hijo mayor pudiera actuar en su nombre. Le regaló a su empleada doméstica una joya que perteneció a su madre y pagó el desayuno a todos los miembros de su club de tenis. Pidió que prepararan un espacio en el Cementerio Las Flores para que lo enterraran allí, junto a Marjorie, y dejó cartas para sus amigos más cercanos. Además dio instrucciones a su secretaria para que recibiera un cheque por US$40 mil que llegaría de Panamá, en cuanto lo tuviera era preciso que lo enviara a los hermanos Valdés Paiz. La mujer lo hizo todo tal y como el abogado se lo pidió. Ese dinero serviría para pagarle a sus primos los servicios del sicario. Sin embargo el cheque nunca apareció.

El sábado anterior a su muerte fue a La Antigua con su hijo; en una tienda iba a pagar con la tarjeta cuando la dueña le dijo que si no pagaba en efectivo tenía que cobrarle un recargo, “si quiere, mejor me lo pasa la otra semana”, le sugirió la mujer, Rosenberg era un cliente habitual, así que no habría problema. Pero él no aceptó, le dijo que no importaba el recargo, no quería dejar ninguna deuda. Ese día le pidió a su hijo que no se involucrara en lo que sucediera, que se mantuviera alejado.

Ese diez de mayo un atormentado Rosenberg se sentó en la banqueta, los árboles lo protegían del sol. El cielo amenazaba con soltar un aguacero y su inminente muerte amenazaba con desatar una tormenta. Esperaba al hombre que le ayudaría a terminar con su vida… o esperaba al tipo que le ayudaría a esclarecer un crimen. La verdad, a veces, es tan personal como los pensamientos.

SEGUNDO CAMINO…

El abogado mártir de la justicia

Se sentó en la banqueta, colocó la bicicleta a un costado y esperó al tipo que iba a llevarle las pruebas. Si pudiera elegir cómo morir, Rodrigo Rosenberg hubiera elegido ir a toda velocidad en su Camaro, con la guitarra de Santana sonando a tope. Pero la vida se empeña en torcer los planes y en entregar las muertes menos deseadas. Rodrigo Rosenberg no murió con la adrenalina de la velocidad, sino por los inesperados disparos del hombre que –pensó ingenuamente– le ayudaría a conseguir justicia para la mujer que amaba.

Aquel diez de mayo una lluvia fina y persistente bañó la ciudad. Rodrigo había hecho una llamada muy temprano. Utilizó el teléfono que compró especialmente para comunicarse con “el Colocho” y le preguntó si ya tenía todo listo. El tipo al otro lado de la línea le aseguró que los documentos estaban en orden y que esa misma mañana los recibiría. Rodrigo no sospechó las dobles intenciones del informante y lo citó cerca de su casa, en una solitaria y estrecha calle. Pensó que las piezas del rompecabezas finalmente le llagarían.

Unos días antes, el 14 de abril, Rosenberg recibió una llamada. Era Marjorie Musa: “tengo puesta la blusa que me regalaste, me quedó linda”, le dijo. Poco después del mediodía Rodrigo empezó a inquietarse, algo extraño sucedió, recibía información a medias, había algo que le decía que Marjorie no estaba bien. “¿Sabes qué pasó en la Petapa?”, le preguntó a su amigo Luis Mendizábal. Luis le contó que habían matado a un empresario y a su hija y fue entonces cuando Rodrigo Rosenberg empezó a morir.

Khalil Musa y Marjorie salieron del trabajo para ir a almorzar a casa, pero apenas habían avanzado cinco cuadras cuando un hombre en moto les descargó el arma. A Marjorie la mató una bala que salió del torso de su padre. Quedó tendida en el asiento, vestida con la ropa que Rodrigo le había regalado.

Desde entonces, hallar al culpable del crimen se convirtió en una obsesión para el abogado. Justicia era lo último que podía regalarle a la mujer que amaba. Vio el video del asesinato una y otra vez. Marjorie y su padre saliendo de la fábrica. Después dos motos los seguían de cerca, en el semáforo se acercaban y disparaban sin piedad. Los últimos minutos de Marjorie quedaron grabados y eran la primera pista que lo llevaría a los asesinos. Como había sido abogado de los Musa sabía bien que Khalil estaba siendo amenazado. Primero le habían pedido que aceptara un puesto en la directiva de Anacafé y Banrural, y después lo presionaron para que no lo aceptara.

Rodrigo le confesó a su amigo Francisco Fuentes que estaba investigando, “no puedo permitir que quede impune el crimen de Marjorie”, le dijo, “me metí en cuerpo y alma a investigarlo”. Las pesquisas oficiales avanzaban poco; a pesar de que el empresario había contado que estaba amenazado, las autoridades no daban con el responsable del atentado.

Apenas cinco días antes del crimen, Khalil Musa había enviado una carta para pedir explicaciones, “si me ofrecieron para un puesto directivo en dos entidades, es porque creen en mi honradez y mi rectitud, no por ser vecino de algún personaje. Soy el único director de Anacafé que he devuelto parte de los viáticos no gastados cuando salíamos al exterior en representación de Anacafé (…) lo que me inquieta es por qué tanto revuelo por dos nombramientos que yo nunca pedí”, escribió. Rosenberg empezó a tirar de esos hilos. A Musa le ofrecieron dos nombramientos que obviamente incomodaban a alguien. Solo tenía que averiguar a quién.

El lunes cuatro de mayo fue a visitar a Luis Mendizábal. Iba alterado.

–Ya sé que me vas a regañar, pero lo hice –le dijo.
–¿Qué hiciste?
–Hablé con Gustavo Alejos. Él me dijo “ya dejá de estar diciendo que el Gobierno mandó a asesinar a los Musa, te puede pasar lo mismo a vos”, y yo le contesté: a mí ni vos ni nadie me va a callar, ustedes son unos asesinos hijos de la gran P… y colgué el teléfono.

Mendizábal se quedó atónito. “¡Qué hiciste!”, le gritó. “Ahora te tenés que ir de Guatemala”.

–Me desahogué. No podía aguantar todo esto, respondió Rosenberg. Después le prometió que solo arreglaría unos pendientes y dejaría Guatemala. Pero no cumplió su promesa. Al día siguiente volvió. Se reunieron en la pequeña sala que está en el segundo nivel de la boutique de Luis, desde la ventana se veía la calle, la Zona Viva en su habitual ajetreo.
–Siguen con esta chingadera, me siguen llamando –se quejó–, ayer que llegué al apartamento al nada más prender la luz entró la llamada, me dijeron “ya llegaste” y colgaron.

Luís Mendizábal insistió en que tenía que irse, que eso no era un juego. Rosenberg le aseguró que estaba ya todo listo para partir, pero que antes quería dejar una grabación para blindarse. Ese mismo día acordaron con Mario David García que el próximo jueves grabarían una denuncia para sacarla a luz si llegaban a matarlo. “Una grabación que nunca vamos a tener que usar”, le dijo Mendizábal para tranquilizarlo y para tranquilizarse. Mendizábal conocía a Rodrigo desde que era un niño, lo había visto graduarse del colegio y de abogado, lo quería como un hermano y la idea de que algo le pudiera suceder le causaba angustia. “Te tenés que ir”, le repitió mientras lo veía marcharse.

El viernes siguiente Rosenberg volvió a la boutique, le dejó a Luis cinco sobres y una centena de copias de un DVD, las instrucciones fueron claras: “si algo me pasa, repartilos”. Mendizábal los guardó pensando que nunca iba a sacarlos.

Rosenberg murió con una pregunta dándole vueltas en la cabeza ¿quién mató a Khalil Musa?, ¿quién se ensañó contra un anciano que llevaba 52 años trabajando en Guatemala y nunca tuvo ningún enemigo?, ¿quién le haría daño a una persona para la que todos solo tenían halagos? La teoría no confirmada de la muerte de Rosenberg sugiere que el abogado estaba muy cerca de averiguarlo.

Algunos de los sicarios que participaron en su asesinato fueron los mismos que atentaron contra los Musa. Las investigadoras de la CICIG piensan que esto fue una simple casualidad, “era una banda muy cotizada que operaba a granel y que hacía bien el trabajo” cuentan, “todos ellos se conocían entre bandas y buscaban cooperación, en las escuchas oímos que colaboraban entre ellos y se compartían trabajos” agregan. Pero la otra teoría, la no oficial, sugiere que no fue en absoluto una casualidad. Rosenberg en su investigación logró dar con los asesinos de Khalil y Marjorie; pero como quería llegar hasta el autor intelectual decidió pactar con los sicarios: “si me dan pruebas de quién los contrató para matar a los Musa yo les doy US$40 mil”. Ese fue el trato. Rodrigo esperaba las pruebas, pero el sicario lo traicionó.

¿Quién mató a los Musa?

Para dar con el autor intelectual del crimen de Khalil y Marjorie Musa, la CICIG convirtió a Adelino Morales, uno de los sicarios, en colaborador eficaz. Adelino les contó que quien les había pagado era un hombre de Chimaltenango llamado Felipe Antonio Escobar Sicán, un empresario que vendía telas. Khalil se dedicaba al negocio textil, así que no fue difícil hacer la conexión. Adelino aseguró que Khalil le debía Q300 mil a Escobar, por unas telas que le había comprado. Escobar Sicán, según la CICIG, se dedicaba a robar furgones en Puerto Quetzal para después comerciar las mercaderías. Deberle a un delincuente es, casi siempre, motivo de muerte. El caso estaba resuelto.

La CICIG consiguió que condenaran a Escobar Sicán como autor intelectual del crimen de los Musa, pero fue, a decir verdad, una condena muy extraña. Las juezas admitieron que no hubo móvil ni pruebas suficientes y las investigadoras admitieron que nunca pudieron probar –más allá de la palabra de un sicario– que Khalil debía dinero. En los allanamientos que hicieron a la empresa de los Musa no encontraron telas robadas ni ningún documento que lo vinculara a Escobar Sicán.

La teoría de que Khalil pudo haberle comprado telas a Escobar Sicán se fundamentó en la CICIG con el testimonio de un empleado de los Musa: “El encargado de la bodega de inventario nos dijo que él veía tela que ingresaba con marcas chinas y que ahí la modificaban”, cuenta una de las investigadoras, “lo que no quedó probado era que Musa le debiera a Escobar Sicán –reconocen las investigadoras– no hay testigos que digan que sí le debía, esa parte no la pudimos probar”. Nada más allá de las palabras de Adelino unían a Khalil con Escobar y hay que recordar que Adelino es un hombre que recibe dinero por matar. El testimonio del bodeguero tampoco se pudo probar: “Aunque no encontramos puntualmente si ingresó esa tela ni estaba registrada, sí había diferencias entre lo que entraba y lo que salía como producto terminado”, recalcaba una de las investigadoras.

Sin embargo declararon culpable a Felipe Antonio Escobar Sicán de ordenar el asesinato de Khalil Musa, lo condenaron a 48 años de prisión. “Lo que se desconoce es: ¿cuál fue el verdadero motivo que Felipe Antonio Escobar Sicán tuvo para pagar por esa muerte?, ¿cómo obtuvo el dinero?, ¿por qué se hizo creer que la intención de dar muerte se origina de una deuda contraída por Khalil Musa? Deuda que no existió, no constituyó el móvil del delito” concluye la sentencia. Según el colaborador eficaz, Musa debía Q300 mil a Escobar, pero las cuentas de Musa tenían dinero suficiente para saldar esa deuda, si es que hubiera existido.

La familia Musa no aceptó esa versión. Para ellos fue un insulto que hayan dicho que su padre compró tela robada: “no se imagina el dolor tan grande que sentimos –dice Aziza Musa­– que un hombre como él, que todo el tiempo cuidó su nombre, que fue respetado, un inmigrante que hizo su dinero a puro trabajo, pare en estas historias que no tienen ninguna base. La CICIG nos defraudó, se rieron de nosotros”, se lamenta.

“El colaborador dio ese testimonio únicamente para tener un beneficio”, dice Johan Gómez, abogado de Escobar, él piensa que el colaborador cuando vio la oportunidad de reducir su condena se inventó la historia de la tela robada; como conocía a Escobar Sicán y sabía que él tenía un negocio con telas armó un complot que supuso “creíble”. “Es una burla al Estado, cuando utilizamos la colaboración eficaz, debe existir una comprobación de los medios narrados, si no existe no se puede establecer si es cierto o no lo que dijo”, agrega el letrado. Se acaba de admitir la apelación y según Gómez el juicio se repetirá. “En virtud de haber sido aceptada la apelación interpuesta por motivos de forma y de fondo, nos encontramos esperando la fecha del debate nuevo”, cuenta.

Aziza Musa confiaba que la CICIG estaba investigando lo que Rosenberg dijo en el video; en junio se reunió con Carlos Castresana y él le aseguró que el caso estaba casi cerrado, “lo que dijo Rosenberg es verdad y lo voy a hacer público antes de irme” recuerda Aziza que le prometió. Pero luego Castresana se fue y cuando ella se reunió con el nuevo comisionado la línea de investigación había cambiado. “Me sorprendió porque hacía un mes había hablado con Castresana y era muy raro que hubieran cambiado la teoría. De ahí en adelante nos convertimos de víctimas en perseguidos”, cuenta Aziza. Si Escobar Sicán no mandó matar a Musa, entonces surge un espacio para pensar que Rosenberg tenía razón. “Nosotros creemos en la teoría de Rodrigo”, dice Aziza, “porque mi papá recibió amenazas, su gran problema fue ese puesto que le habían ofrecido. No tenía enemigos, siempre fue una persona de servicio y fue hasta que le ofrecieron el puesto que empezó a tener problemas”.

Tan cerca de la verdad

Rosenberg habló durante más de 20 minutos, en ese tiempo entregó decenas de pistas para solucionar el asesinato de Musa y a la vez descifrar el suyo. En un principio la gente le creyó y salió a las calles. Álvaro Colom tembló y Sandra Torres ardió en cólera. Pero el tiempo volteó la imagen y la pareja recuperó la credibilidad.

Uno de los investigadores que trabajó en el caso Rosenberg asegura que inicialmente “se investigó lo que aparece en el video, pero datos científicos nos fueron conduciendo a otras líneas que son las que están en la sentencia. Si bien se investigó lo que él expone en el video, fue quedando en segundo plano ante la contundencia de la realidad de lo que hoy en día está demostrado”. Las pruebas, como dice, fueron contundentes… ¿o no? Luís Mendizábal cree que no.

Una de las principales evidencias de la CICIG fue la prueba científica que determinó que las llamadas de amenaza salían del propio apartamento de Rosenberg. Pero Mendizábal aclara que era imposible saberlo con tanta precisión. El apartamento de Rosenberg está a apenas veinte metros de la sede de la Unidad Nacional de la Esperanza (UNE), las llamadas –dice Mendizábal– pudieron salir de allí: “o del apartamento de arriba, o de abajo o de al lado. Una antena cubre un espacio, y otra otro adyacente, y por eso es como que fueran celdas. Pero cualquier persona que sepa triangular señales sabe que se necesitan tres antenas para conocer la posición exacta, con una triangulación se puede determinar por milímetros la ubicación. Pero aquí hablamos de solo una antena y eso tiene un margen de error tremendo”, asegura.

Entonces las llamadas pudieron salir del vecino de enfrente o de al lado, pero queda un cabo suelto: se demostró que el propio Rosenberg compró los teléfonos que emplearon sus sicarios. Mendizábal también tiene una explicación para eso. Rodrigo compró los celulares con el fin de comunicarse sin riesgos con los delincuentes, les pidió a sus primos que lo ayudaran a entregarle uno al tipo que supuestamente le iba a vender pruebas y él se quedó con el segundo. Tras la muerte de Rosenberg, Mendizábal le entregó a la CICIG un número de teléfono que Rodrigo le había pedido que apuntara. En un principio se pensó que ese número era desde el que Rodrigo recibía las amenazas, pero conforme se investigó pudieron concluir que era uno de los que compró el propio abogado. Conclusión: se estaba amenazando a sí mismo. Pues no. Mendizábal no recuerda que Rosenberg le haya dicho “apunta este número porque de ahí me están amenazando”, sino simplemente: apunta este número. Rodrigo quizá quería que él tuviera el celular con el que se comunicaba con los delincuentes, y las amenazas llegaban desde otro.

Días antes de su muerte Rosenberg arregló muchos asuntos. Fueron los actos de alguien que piensa suicidarse, o de alguien que sabe que en cualquier momento puede ser asesinado. La realidad siempre puede verse desde distintos cristales. Mendizábal duda que Rosenberg se haya suicidado. “Hice amistad sincera con un investigador de la CICIG”, relata. “Esta persona cuando se fue de Guatemala, vino a despedirse y me dijo: vos siempre me has hecho una pregunta, que por qué se cambió el rumbo de las investigaciones. ‘Yo solo te voy a decir una cosa, que espero que entiendas, no te la voy a repetir: la CICIG vino a Guatemala para fortalecer la institucionalidad del país’”, le dio una palmadita en el hombro y se fue.

Ese diez de mayo un atormentado Rosenberg se sentó en la banqueta, los árboles lo protegían del sol. El cielo amenazaba con soltar un aguacero y su inminente muerte amenazaba con desatar una tormenta. Esperaba a un tipo que le ayudaría a esclarecer un crimen… o esperaba al hombre que le ayudaría a terminar con su vida. La verdad, a veces, es tan personal como los pensamientos.

Esta es una historia de pérdida sin ausencia. Eso me dijo Jorge Sánchez, el papá de Nicolás Sánchez, el marido de Cristina Andreoni, un mediodía cualquiera de sábado en la ciudad de Córdoba. Él es un hombre que resiste; que sabe lo que es perder.

—Porque te aclaro que el padecimiento se me hizo carne. Cuando te pasa una cosa así, entrás en guerra con la injusticia. No es fácil acostumbrarse, pero jamás me voy a rendir. Ese irresponsable que destrozó a mi familia me dio el propósito de la lucha.

Jorge tiene 58 años y una entereza triste; la demostró aquel sábado cualquiera cuando lo llamé para acordar un encuentro al mediodía.

—No sé. No me siento bien -dijo. Quería evitar la entrevista.
—Pero es un ratito nomás. Luego puede dormir la siesta y recuperarse -argumenté estúpido.
—Qué mierda voy a poder dormir una siesta. Yo ya no tengo tiempo de una vida normal.
—….
—Pero no te preocupes. Te di mi palabra de que nos juntaríamos y la pienso cumplir. Lo único que te pido es que sea al aire libre, para poder fumar. El cigarrillo me tranquiliza.

No es fácil conversar con lo que queda de un padre que alguna vez se sintió más completo: un hijo inválido por un conductor prófugo y una esposa muerta de pena son situaciones que quitan el sentido a las palabras. Nomás queda, entonces, regresar a la esquina donde Franco Morata levantó con su Mini Cooper dos metros por el aire a Nicolás Sánchez.

Sucede que decir cualquier otra cosa -decir que Jorge no llora y que no tiene posibilidad de duelo porque perdió a su segundo hijo pero ese segundo hijo vive- sería una torpeza.

Mayo de 2008 o El impacto que cambió todo. Los testigos no titubearon: el cuerpo pegó contra el parabrisas, dio en el aire una vuelta desarticulada de muñeco y cayó de cabeza sobre el asfalto.

Indignados: los estudiantes que a las 5.30 de la madrugada acababan o empezaban la noche y vieron esa carambola humana en el cruce de las calles Ituzaingó y San Lorenzo.

Nueva Córdoba, el barrio que nunca duerme, concentró su coraje en esa esquina: Yo lo vi, oficial. Todos lo vimos. Era un Mini Cooper azul que subía por Ituzaingó. ¿Y usted puede creer que no frenó? O frenó apenas, el conductor asomó la cabeza y después aceleró. No sabemos bien hacia dónde, esto es un quilombo de gente y autos y luces y no podemos dar muchas precisiones porque todo fue muy rápido. Como una ráfaga. Este pobre chico estaba cruzando y el Mini Cooper lo levantó tres metros. No, no sé cómo se llama. Nadie de acá sabe; iba solo cuando lo atropellaron. ¿Viene la ambulancia ahora? La estamos llamando pero no llega y este chico tiene la cabeza empapada de sangre. ¡Oficial, se está por morir y el que lo atropelló se fue a la mierda! Mire… acá quedó un pedazo destrozado del auto.

El oficial Hugo Roberto Bazán levantó el aro de la óptica y se puso bajo un poste de luz: era una circunferencia de 30 centímetros de plástico cromado. Los estudiantes tenían razón: un Mini Cooper había sido el auto que atropelló a este chico que no sabemos quién es y no reacciona, está acá tirado y nosotros no podemos hacer nada más que ponerle una campera para que deje de temblar. Hace mucho frío.

Uno de los pocos testigos que se animó a acercarse al herido fue Diego Marcelo Arce, un estudiante que, en el juicio que tres años después enviaría a Franco Morata a la cárcel, recordó: Estaba frío y algunos querían abrigarlo y otros decían que mejor no, que mejor no lo tocáramos y esperáramos a la ambulancia. Me arrodillé a su lado y le toqué la mano: temblaba. Con dificultad cerró el puño y me apretó los dedos. Me acerqué un poco más y le susurré que todo iba a estar bien. Unas palabras de aliento. Le sostuve la mano hasta que se lo llevó la ambulancia.

La familia Sánchez empezaba a desmembrarse ese amanecer del 31 de mayo de 2008. En el preciso momento en que a Nicolás le abrían la cabeza en el Hospital de Urgencias para descomprimir una lesión neurológica que en lenguaje médico no se entiende, pero que suena feo: hematoma subdural agudo fronto temporal derecho, fractura parietal, edema cerebral difuso, hematoma subaracnoideo general, hematoma en párpado superior izquierdo.

Jorge: Te lo traduzco si querés. Significa que mi hijo no tiene posibilidad de pensar un futuro. Mucho menos, aferrarse a un pasado sano: no recuerda nada de lo que pasó cinco años antes del impacto. Tiene 26 años, tenía 23 cuando lo atropellaron y 18 de esos 23 años son una cosa en blanco. Significa que Nicolás no tiene lucidez ni para ir al baño por su cuenta. Él está, sí, pero pasa 14 horas por día sentado. Iniciativa cero. Mirá que hago un esfuerzo por acostumbrarme a este callo de vida, pero todavía no puedo. Mi principal obsesión es mantener siempre cerrada la ventana del séptimo piso por las dudas que a Nicolás se le ocurra tirarse.

Apuntes de familia. Cristina Andreoni. Arquitecta. Docente de matemática y plástica en una escuela hogar de Villa Mercedes, San Luis. Madre de tres: Sabrina (27), Nicolás (26), Adrián (22). Casi 50 años al lado de Jorge Sánchez: cinco como compañera de primaria, 15 de novios y 29 de casados.

Después del choque que incapacitó a Nicolás para siempre, ella hizo lo que haría cualquier madre con un hijo débil: sacrificó su salud por la de él. Tensión alta, congoja, nervios, depresión. Qué más da: Nicolás necesitaba a alguien y su madre no pensaba ceder ese lugar.

Tenía 56 años y el ánimo carcomido cuando le advirtió a Jorge que se sabía débil. Se acabó la fuerza necesaria para ver a un hijo herido. Estaba sentada con Nicolás esa tarde del 13 de setiembre de 2010 en la que le dio un derrame cerebral. El noticiero informaba que la Justicia había rechazado la probation –suspensión del juicio a prueba solicitada por los abogados de Franco Morata para evitar el juzgamiento-, por lo que sólo restaba la fecha de inicio en el Juzgado Correccional de Susana Cordi Moreno.

Adrián salía de misa en la Iglesia de los Capuchinos. Su hermana Sabrina, sobrepasada por lo vivido/sufrido con Nicolás, había abandonado sus estudios y regresado a San Luis. Adrián caminó una cuadra hasta el departamento de Hipólito Irigoyen y Derqui y encontró a su madre descompuesta sobre el sillón. Nicolás, al lado, sentado, sin posibilidad de reaccionar.

La mujer falleció al día siguiente en el Sanatorio Allende.

—Murió de angustia -dijo Jorge.
—Murió por un ACV -le explicaron los médicos.
—De angustia -cerró Jorge. Los médicos callaron.

Jorge: A ver, que alguien me niegue que a mi esposa la venció la congoja. Te cuento algo más: 20 días después de la muerte de Cristina, murió mi suegra, Dora. ¿Te creés que esas muertes no van de la mano?

Que alguien se atreva a negar, también, que la vida es una sátira sin sentido del humor: Adrián nació con una discapacidad en un brazo; Jorge, antes de mudarse por obligación a Córdoba, trabajó casi toda su vida en una ONG en Villa Mercedes que asistía a discapacitados; y Nicolás, antes de quedar discapacitado del cuerpo y la reflexión, eligió la carrera de Medicina para ayudar a su hermano Adrián.

Jorge: Cómo son las cosas: Nicolás quería ayudar a Adrián, pero fue Adrián quien terminó ayudando a Nicolás. Te lo digo con lágrimas en los ojos.

Pero Jorge no llora.

Nicolás. Cristina Andreoni no se había rendido por un padecimiento menor: su familia estaba rota. La explicación es concreta, pero no por eso sencilla: después del 31 de mayo de 2008, la familia Sánchez se acostó en San Luis y amaneció en Córdoba. Para los padres de Nicolás comenzaba una nueva rutina: la del destierro.

Así, tal cual suena: corte abrupto de la vida en casa para proteger a un hijo que estaba internado en provincias desconocidas. Porque Nicolás no sólo pasó por la terapia del Hospital de Urgencias y del Sanatorio Allende; en junio de 2008 sus padres consiguieron una de las 46 habitaciones en la prestigiosa Fundación para la Lucha contra las Enfermedades Neurológicas de la Infancia (Fleni) y se mudaron nueve meses a la ciudad bonaerense de Escobar, a la espera de mejoras en su hijo.

Nicolás y Sabrina eran los únicos de la familia Sánchez que vivían en Córdoba antes del choque. Sabrina aprovechó aquella semana de receso en mayo de 2008 para visitar a sus padres en Villa Mercedes. Nicolás también quería, pero el primer lunes de junio debía rendir su undécima materia en el tercer año de Medicina. No sería fácil mantener el promedio de 8,33, pero eso tampoco implicaba dejar de salir por una cerveza.

Salió a tomar algo en la populosa noche juvenil y a eso de las 5 decidió regresar al departamento. Encaró por San Lorenzo, pero nunca llegó.

De ser eso -alguien que se preparaba para rendir un examen-, se convirtió en el informe de esta pericia psicológica: Tiene dificultades para desplazarse por una hemiplejia izquierda. Camina lentamente ayudado por un andador. Debe ser asistido para trasladarse dentro y fuera del hogar, así como para otras tareas relacionadas con la higiene, la vestimenta y la alimentación. Su lenguaje resulta por momentos incomprensible por la dificultad que presenta en la articulación de las palabras. La memoria del trabajo y la memoria a corto plazo se encuentran significativamente afectadas, por lo que no puede estudiar ni trabajar.

La reflexión de arriba pertenece a las licenciadas Marcela Scarafía y Liliana Montero. Ambas apuntaron, también, lo siguiente: Si bien Nicolás refiere que éste es su mayor desafío de vida y que así lo ha tomado, puede observarse por otra parte la presencia de un importante estado depresivo, con ideación suicida recurrente, instalada ya de un modo tal que acompaña diariamente al joven, especialmente en lo que respecta al método que desea usar para darse muerte. La muerte de la mamá agrava la situación de Nicolás, que era una función muy primaria. Frente a la pérdida de la memoria, era la mamá quien le decía quién era y qué hacía. El duelo de la madre va a ser irreversible. No parece quedar un solo aspecto sano en este joven.

Si acaso queda algo sano, se intenta mantenerlo con una dosis diaria de cinco pastillas en el desayuno, siete en la merienda y nueve en la cena.

Jorge lo grafica así: Si le sirvo pescado, primero tengo que sacarle hasta la más pequeñita espina porque él no va a estar consciente de lo que está masticando.

Llevaba cuatro años de novio. Podía suceder que ella lo dejara, y así lo hizo.

Tenía su grupo de amigos. Podía suceder que varios de ellos dejaran de visitarlo con el tiempo, y así lo hicieron.

El hoy de Nicolás Sánchez es un tratamiento continuo con psicólogos, psiquiatras, psicoterapeutas, fonoaudiólogos y kinesiólogos. Una cantidad pesada para un padre de familia que debió dejar su trabajo en San Luis por necesidad obligatoria.

Franco o El juicio del precedente. Hay que ser justos: Franco Morata no tuvo intención de atropellar a Nicolás Sánchez. Ni siquiera lo conocía y no tenía por qué: pertenecían a ambientes diferentes. Pero no fueron las intenciones las que hicieron de Franco el nombre de un paria: fueron sus conductas previas y posteriores a destrozar a Nicolás con el Mini Cooper. Las mismas conductas previas y posteriores que sirvieron como fundamento jurídico para enviarlo a prisión.

Franco es el malo de la historia, aunque no es el propósito de esta crónica que suene como algo personal. Ocurre lo siguiente: si Jorge sabe lo que es perder, Franco sabe lo que es quedarse solo. Ser el momentáneo objeto de linchamiento social.

El juicio “Morata Franco, p.s.a. Lesiones Culposas Agravadas” empezó el 24 de febrero de 2011 y llegó a sentencia el 7 de abril siguiente, casi tres años después de que Nicolás intentara cruzar Ituzaingó y San Lorenzo.

Pero no puede contarse el juicio sin echar un vistazo a la vida del acusado: hijo de Pedro Rey Morata (+) y Gloria Fernández. 28 años. Hermano menor de Federico. Vivió desde siempre en barrio San Vicente. Secundario incompleto. Amante de las carreras de motos. Según él: mozo, cocinero, limpiador de “baños y vómitos de los demás”, vendedor de huevos y dueño de un porcentaje de dos bares en Nueva Córdoba. Tuvo un auto, después otro auto, después vendió los dos y compró el Mini Cooper negro con techo blanco que puso a nombre de su abuela, Carmen Cieri.

La madrugada en que atropelló a Nicolás, dijo, se dirigía a sus bares a supervisar cómo le había ido la noche.

Dijo, también, que no tenía antecedentes por infracciones de tránsito, pero la Justicia Administrativa Municipal de Faltas constató 22: tres por hablar por celular mientras conducía; dos por violar un cartel que prohibía girar a la izquierda; dos por violar un cartel que prohibía estacionar; una por cruzar un semáforo en rojo; dos por circular por carriles selectivos; dos por estacionar sobre un puente; una por estacionar sin pagar parquímetro; una por estacionar en doble fila; una por estacionar en una parada de ómnibus; tres por circular sin chapa patente; cuatro por obstruir el tránsito.

También fue sancionado por zigzaguear a excesiva velocidad con un cuadriciclo y pasar un semáforo en rojo para eludir a un patrullero en avenida Sabattini al 2.500.

Un antecedente demasiado riesgoso para alguien que, a la hora del descargo en el juicio, se atrevió a tutear a la jueza: ¿Vos te pensás que soy millonario? ¡No! He laburado toda mi vida como un burro. Yo no soy un delincuente, ¿me entendés? No le robé nada a nadie. No soy una madera ni un diablo, ¿me entendés lo que te digo?

Después, cuando las peritos psicólogas lo definieron como “una persona neurótica, con rasgos histéricos, psicopáticos y narcicistas”, él les respondió: Ustedes son unas genias por hacer semejante pericia mía y decir las barbaridades que dijeron.

Parecía que Franco hacía lo posible por ir a la cárcel, pero para eso debía seguir esforzándose: nunca en la historia del Poder Judicial de Córdoba se había sentenciado con prisión efectiva a un acusado por “lesiones culposas agravadas” (un delito excarcelable: pena mínima seis meses, máxima tres años).

Los “méritos” de Morata para quebrar ese invicto se dieron con lo que más arriba se nombró como conductas previas y posteriores, y que el fiscal Aldo Patamia reconfiguró “los hechos precedentes, concomitantes y posteriores” del episodio material juzgado.

Previas al choque: su amor por el acelerador / conducir el Mini Cooper con la pierna izquierda inutilizada a raíz de una operación por fractura que le impedía controlar el vehículo / la excesiva velocidad (más de 40 kilómetros por hora) con que transitó por calle Ituzaingó, rumbo al cruce con San Lorenzo / manejar acompañado por dos personas en el asiento delantero, lo que dificultó un maniobrar correcto / no respetar las normas de tránsito que obligan a disminuir la velocidad al llegar a la esquina, a desacelerar ante el semáforo intermitente y a frenar para dar paso a los peatones.

Él hizo juego de luces y tocó bocina, pero no apretó el freno.

Posteriores al choque: sintió el rígido impacto del Mini Cooper contra un cuerpo y escapó del lugar, dejando a Nicolás abandonado a su suerte / pidió presupuesto en la concesionaria Bremen para arreglar las abolladuras y esconder las pruebas materiales / huyó del país y se refugió tres semanas en Uruguay, aduciendo un tratamiento de fisioterapia en la pierna izquierda.

Cuando se entregó, tenía pedido de captura de Prefectura, Gendarmería y Policía Federal.

De ser eso –mozo, cocinero, limpiador de vómitos, dueño de bares-, se convirtió en un prófugo con nombre maldecido socialmente.

El día de la sentencia, la jueza Cordi Moreno adujo la terminología “peligrosidad social”, “personalidad moral desfavorable” y “riesgo procesal de fuga”. La cara de Franco se desfiguró: esos calificativos no sonaban nada bonito.

Lo condenaron a dos años de prisión efectiva y lo inhabilitaron a conducir por cuatro. Aunque es de suponer que la segunda parte, para cualquier acusado, sería lo de menos.

La jueza también ordenó una indemnización de tres millones y medio de pesos para las víctimas que debía ser afrontada por Franco Morata, su abuela Carmen Cieri y la compañía de seguros Berkley Internacional: un intento de compensación por haber extirpado el futuro de Nicolás Sánchez. El fallo civil todavía debe ser resuelto por el Tribunal Superior de Justicia.

En la sala del Juzgado Correccional Nº4 hubo algo de gritos y mucha lágrima.

Epílogo: la justicia permite dormir. Franco Morata salió de Bouwer en libertad condicional el 1 de diciembre de 2011. Cumplió ocho meses -238 días- de la condena de dos años porque así lo permitía una serie de requisitos del reglamento penitenciario.

¿Habrá sacado algo bueno de todo esto?

Jorge: Me causa gracia tu pregunta. Fijate que Morata es un modelo ejemplar: alguien que fue enviado a prisión por sus comportamientos neuróticos y narcisistas y que, apenas ocho meses después, fue liberado porque repentinamente se volvió una buena persona. Dejémonos de joder. Lo único que rescato de todo esto es que no hubo impunidad: Morata estuvo donde debía estar y esa certeza, cuando llega la noche, me permite dormir.

—Pero hay gente que dice que, considerando el daño que causó, estuvo preso poco tiempo.
—Puede ser, pero hay que bancarse un día en cana, ¿eh? Como correspondía, él recibió su condena. Esta historia ya está cerrada.