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Al terminar esta historia, usted no sabrá si Nelson Alvarado Montoya está vivo o está muerto. No sabrá si debe decir que el pasado 30 de enero él cumplió o habría cumplido 24 años, porque esta historia no desemboca en Nelson, el voluntario que desapareció en Chirripó el 6 de enero del 2011. Este es un recorrido por todos los caminos que no llevaron a él.

De hecho, es poco apropiado hablar de caminos cuando el acceso asfaltado al macizo Chirripó se desmorona a casi 20 kilómetros del punto más alto de Costa Rica. En San Gerardo de Rivas, un pueblo arropado en la base del cerro, continúa la calzada hasta perderse en el monte y un rótulo negro, de madera con letras amarillas, señala el inicio del ascenso. A partir de ahí no son caminos: son trillos.

Nelson subió al Chirripó dos días antes de que la montaña se lo tragara. Salió del pueblo desde la madrugada y con zancadas cortas recorrió los 14,5 kilómetros en alrededor de seis horas.

Andrés Cambronero, su compañero del Programa de Voluntariado de la Universidad de Costa Rica (UCR), lo hizo en cinco horas, apurado porque sus pies lo estaban matando. Para el mediodía del 4 de enero, estaban los dos jóvenes en el refugio Base Crestones, a 3.400 metros sobre el nivel del mar.

Esa tarde aprovecharon para bañarse y vaciar sus mochilas en los cuartitos que el Parque les asignó. Luego empezó el trabajo.

Una fotografía muestra a Nelson en la recepción del albergue, sentado frente a un monitor y con un jugo de naranja al lado. Viste un suéter de lana, verde con anaranjado, y mira entre risas cómo un guardaparques dialoga con otros dos hombres.

La foto puede ser del 4 de enero en la tarde, o tal vez del día siguiente, nadie recuerda con precisión. Pero no pudo haber sido tomada después, porque el 6 de enero por la madrugada, un par de horas antes de que saliera el sol, Nelson salió con su compañero Andrés del refugio Base Crestones. Iban a ver el amanecer al Chirripó.

‘Ring’, ‘ring’

¿Cuántas llamadas deben hacerse para explicar que se perdió un hijo? ¿Cuántos teléfonos necesitan sonar para anunciar que no regresó un mejenguero, un guitarrista, un estudiante de agronomía?

Al día siguiente, Guillermo Alvarado contestó el teléfono en San Antonio de Escazú y encontró la voz de Carlos Villalobos, entonces vicerrector de Vida Estudiantil de la Universidad de Costa Rica, para decirle que su hijo se había extraviado en Chirripó.

El hombre quedó mudo y otro de sus hijos le preguntó por la llamada. Guillermo solo contestó: “Ay, Wálter, Chichi se perdió”.

La mamá de Nelson no contestó las primeras llamadas, pues a principios del 2011 trabajaba en una cerrajería y guardaba el celular durante el día.

En su pantalla se apilaron llamadas perdidas y, finalmente, un mensaje de su hijo: “Nelson se perdió”. Fue hasta las 5, cuando salió del negocio, que lo vio, y al cabo de un par de días, estaban todos en San Gerardo.

Los buscadores de Nelson iniciaron su peregrinaje hacia Chirripó desde todos los puntos del país. Los teléfonos sonaron en Siquirres y en Guanacaste, en Ciudad Neily y en San José.

Saltaron una y otra vez por todas las casas de San Gerardo para hacer conteo de cabezas y voluntarios. Pero uno llegó por suerte: Dondi.

A sus 53 años, Gilbert Dondi es un veterano del rescatismo costarricense que una vez sacó a un ministro de Corcovado y otra tarde encontró, atónito, un helicóptero cargado con 347 kilos de cocaína.

Dos días después de que Nelson saliera de Base Crestones, Dondi llegó a San Gerardo para llevarse unos kayaks a Quepos, donde realizaba otra búsqueda. Los guardaparques le dijeron que lo necesitaban arriba, donde estaba el director del Par-que, Bernal Valverde, y subió como un vendaval.

Cuando llegó, tras caminar toda la noche y sin una hora de sueño, preguntó: “¿Cómo se perdió?”. Durante los próximos días la historia rodó tantas veces entre los buscadores, que fue como si todos hubieran estado ahí.

Hora cero

Estamos sentados con Nelson al borde de la cama mientras él se calza las botas de montaña. Las cobijas están impecablemente tendidas y la oscuridad se pasea a sus anchas por la habitación. Son las 4:00 a. m., pero como él quiere ver el amanecer en el cerro, se pone el gorro peruano y salimos del cuarto con Andrés.

El desayuno es frugal: pan y café. Uno de ellos dice: “Mae, llevemos algo de lo que sobre”, entonces empacan cuatro pedazos de pan, no mucho. Este dato resultará vital saberlo después. Se ajustan los focos a la frente y salimos.

Afuera de Base Crestones, el macizo espera. Caminar hacia Chirripó por la madrugada es –en realidad– huir del sol que, si avanzamos despacio, nos humillará por la espalda.

Entonces es un lujo detenerse a pensar que hoy es Día de Reyes (ah, pero Nelson sabe), que este parque tiene 50.150 hectáreas o que la temperatura travesea con los 0°.

Andrés se adelanta con sus zancadas largas. Nelson tiene piernas maradónicas que se aburrieron de driblar defensas en la juvenil del Herediano, pero no avanza tan veloz en montaña. En algunas curvas, ellos no se ven por unos segundos; sin embargo, solo hay un camino y el macizo está despejado de niebla.

No, aquí no es donde Nelson se pierde.

Subimos todos juntos el último trecho y a las 5:54 a.m., cuando el sol emerge solo como un barrendero, Nelson y Andrés están a 3.820 metros sobre el nivel del mar. Desde ahí, más alto que ningún otro ser humano entre Nicaragua y Panamá, ven el amanecer. Resulta que cuando esto pasa, nadie puede realmente describir qué es lo que ve.

Aquí nos separamos porque no logran acordar una ruta a seguir. Andrés regresa en dirección al Valle de los Conejos para ir a Ditkevi, y Nelson desciende con alegría caprina hacia el Valle de las Morrenas por la ladera noreste del cerro, fuera del sendero oficial.

Horas más tarde, se darían cuenta (o tal vez Nelson no llegó a notarlo) que los trozos de pan quedaron con Andrés, quien tras merodear los cerros cercanos y comer con una austeridad muy pía, regresa a Crestones mareado por el hambre. Es pasada la tarde y Nelson, quien no comió nada, ya debería estar de vuelta, ¿verdad?

No. La primera partida que salió a buscarlo el 7 de enero encontró algo menos que un trillo, apenas el indicio de que un cuerpo pasó de Chirripó a las Morrenas por una zona prohibida a los visitantes, y una o dos huellas al borde de la laguna.

Vivir en la montaña

Nelson se perdió un jueves. El viernes empezó la búsqueda, y el lunes, la montaña era otra.

En el pueblo, la Cruz Roja había tomado la oficina administrativa de los guardaparques con portátiles y radios de largo alcance y ahí llegaba la familia, cada tarde, a las 4:30 p. m., a recibir un reporte de la búsqueda.

Los Alvarado Montoya se hospedaron en el hotel Urán, un hotel a 50 metros del inicio del sendero desde donde Elizabeth Montoya presenció el desfile.

Las cuentas oficiales suman 29 miembros de la Asociación de Guías, Arrieros y Porteadores, 12 baquianos de los alrededores, siete cruzrojistas –dos de ellos buzos–, diez funcionarios de Parques Nacionales, cuatro miembros del Club de Montañismo de la UCR, tres miembros de la Fuerza Pública y dos “civiles”.

Al menos 67 personas subieron al refugio Base Crestones para entregarse a la búsqueda de Nelson, sin contar los que esperaban en San Gerardo.

La vida arriba era, cuanto menos, marcial. Base Crestones despertaba a las 4:00 a. m. con los valientes que se enjuagaban bajo el chorro helado antes de arrancar el día y una hora más tarde sonaba un grito: “¡Desayuno!”. A las 5:30 a. m. en punto, estaba servida la comida más fuerte de la jornada: pinto, maduros y huevos, con café, aguadulce o chocolate.

Almuerzo a las 2:00 p.m., café caliente a mitad de tarde, cena a las 6:30 p.m. y media hora después, una asamblea general.

Pero por la mañana, pasadas las 6, estaban afuera del refugio y ordenados por cuadrillas.

Dondi se había abalanzado sobre mapas enormes la noche anterior y ahora solo decía: “Ustedes a tal punto, ustedes a aquel”. Salían y llegaban con las mismas manos vacías e historias diferentes cada jornada.

Pero todos tenían en mente solo una cosa. Por eso la cuadrilla en la que estaba Juan Carlos Catalán no pudo contener el grito de “¡Lo encontramos!” cuando vieron, el viernes 15 de enero, un bulto en posición fetal en valle de la Morrenas.

En el monte

“De las 13 veces que he subido Chirripó, nunca he visto tanta agua como esa vez y nunca he sentido tanto frío. Las condiciones estuvieron realmente espantosas, porque el viento y la lluvia bajaban la sensación térmica. Una mañana, dieron la orden de sacar las cuadrillas del campo a las 10 a. m. porque nadie podía avanzar, todos decían ‘qué frío, qué frío’”, cuenta Jorge Bolaños, coordinador Club de Montañismo de la UCR.

“Chirripó tiene muchas cosas y para los indígenas es como un templo. Si usted grita o hace algo indebido, como salirse del sendero, el clima se oscurece. En el momento en que él deja el camino, hace algo malo. Lo raro es que no deje ningún indicio. Ni la cámara, ni el abrigo, nada”, añade Francisco Chacón, baquiano.

“Hubo un día que fuimos a las Morrenas y, como empezó a llover bastante fuerte, decidimos devolvernos. Fue uno de los días en que la he visto más fea, porque el sendero era un caño de agua en que había que agarrarse hasta del pasto y, en un momento, tenía tanto frío que no podía tocar nada. Cuando llegamos arriba, todo el equipo empezó a correr a ver si nos calentábamos”, añade Andrés Cambronero, voluntario.

“Estando afuera, uno de los muchachos me dijo que mis uñas estaban sangrando. Me volví a verlas y me di cuenta que sí, por el frío las tenía rojas y con algo de sangre. Cuando le iba a responder, casi no pude mover la boca: fue cuando noté que no podía hablar”, recuerda Juan Carlos Catalán, de montañismo de la UCR.

“Cuando regresaban había que darles mucho chocolate caliente, aguadulce o café. Había que rehabilitarlos porque el frío era demasiado. Muchos tenían heridas por el tipo de vegetación, que es muy espinosa. Eran leves, pero molestas. También afectaciones respiratorias por el cambio de clima”, detalla Rommel Castillo, técnico en emergencias.

Último empujón

La asamblea general del viernes por la noche fue la última que estuvo completa.

Ahí estaban los arrieros que donaron las cargas –usualmente pagadas a ¢14.000 cada una–, que son su único sustento; los profesionales que volverían el lunes a la oficina tras una semana sin salario; los voluntarios que dejaron solas a sus familias.

Dondi y Bernal Valverde, director del Parque, dijeron: “Muchachos, ya no hay dónde buscar”, y para algunos, la amargura se condensó en un llanto rabioso e impotente. Habían agotado todos los caminos y ninguno llevaba a Nelson.

El jueves, Rommel Castillo había ensamblado una enfermería en la laguna de las Morrenas y cuando llegaron Alberto Jara y Alfredo Jiménez, buzos de la Cruz Roja, el paramédico estaba tan listo como iba a estarlo con el equipo que habían logrado subir a 3.500 metros de altura.

Los mapas en Base Crestones estaban totalmente coloreados por los caminos recorridos y la última opción, por la que rezaba la familia y los buscadores por las noches, eran las lagunas.

Una mañana entera estuvieron los buzos nadando la fina línea entre encontrar a Nelson y morir de hipotermia. Cinco-minutos-adentro, donde la oscuridad los devoraba, cinco-minutos-afuera, donde Rommel estuvo cerca de calentar el suero con las cocinas de gas y alistar el equipo de intubación.

Tras horas bajo el agua, lo único que salió de los lagos San Juan y Morrenas fueron los mismos dos hombres tiritando.

La mañana siguiente, Dondi apostó todo a las Morrenas porque el último rastro conocido de Nelson terminaba al borde de una de las lagunas. Si no está ahogado, razonaba, no pudo haber ido muy lejos sin comida ni abrigo. Cada equipo fue asignado a una zona cercana al valle para barrerla con terquedad quirúrgica.

Ahí fue cuando, a mitad del día, Juan Carlos Catalán rompió la siesta de los radiotransmisores con el grito de “¡Lo encontramos, lo encontramos!”. A lo lejos, su cuadrilla había divisado un nudo de tela enroscado en el suelo, una masa que parecía un poncho sobre un cuerpo.

Desde el día uno, la instrucción había sido permitir que la Fuerza Pública revisara de primero a cualquier cuerpo que encontraran. ¿Quién puede guardar la compostura tras días de caminar empapado, con los pies adoloridos, y finalmente encontrarlo?

Mas los demás miraron al policía asignado al grupo caminar hacia el bulto mientras las otras cuadrillas timoneaban en carrera hacia ellos.

Pero, como dijeron todos al final de ese día, no era Nelson, sino el prólogo de otro misterio: un abrigo de montaña, un gorro y un bulto con varias latas de alimentos con marcas de mordidas de coyotes. Ninguna bufanda roja, ningún gorro peruano.

A través de huecos en la desgastada tela del bulto y del abrigo, crecía una fauna diminuta que estiraba hojas y raíces.

Quien sea que hubiera sido el dueño de esto, lo abandonó hace años.

Últimos caminos

El goteo de regreso hacia el pueblo fue vertiginoso, mitad porque el descenso desde Chirripó siempre es más rápido y mitad porque un cuerpo desinflado casi no pesa. El sábado bajaron los que debían trabajar el lunes, para dormir en el Urán y salir el domingo, algunos de los baquianos y Andrés, quien por primera vez pudo relatar su historia a la familia.

El lunes fue la conferencia de prensa en que la UCR, la Cruz Roja y el Sistema Nacional de Parques anunciaron que la búsqueda no continuaba. San Gerardo, hasta ahora pueblo-hotel, volvió a ser pueblo-de-paso y Erick Villarevia, administrador de la Asociación de Arrieros, se quedó perplejo: “Tan extraño como empezó, así terminó”.

A finales de enero, la vida siguió en el macizo y el 25 de enero del 2011 dos estudiantes de voluntariado de la UCR iniciaban el ascenso hacia el Chirripó. Las autoridades universitarias no gastaron presupuesto en rosarios o dispositivos de ubicación satelital y se conformaron con pedirles precaución. A la fecha, Nelson es el único voluntario del programa que se ha extraviado en 15 años.

¿Qué pasó con Nelson? Dos años después, nadie sabe. Ni Dondi, ni los baquianos, ni los guardaparques, ni los montañistas de la UCR, ni sus familiares. El folclor criollo ha adornado la historia con universos paralelos según los cuales él descansa en Panamá o fue raptado por marcianos, pero los buscadores sostienen dos hipótesis: se ahogó en una laguna o terminó en un barranco.

Aun así, de las docenas de personas que vivieron esos diez días de montaña, muchos lo han vuelto a ver. La última tal vez fue Elizabeth Montoya, una noche en que Nelson llegó al comedor familiar y le preguntó: “Mami, ¿me puedo quedar un rato?” y ella replicó: ‘Claro, sí, sí’.

A la mañana siguiente, ella despertó.

El sabor de la muerte

Publicado: 23 febrero 2012 en Juan Villoro
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El terremoto de magnitud 8,8 que devastó a Chile el 27 de febrero fue tan potente que modificó el eje de rotación de la Tierra. El día se redujo en 1,26 microsegundos. Desde la Estación Espacial Internacional, el astronauta japonés Soichi Noguchi fotografió la tragedia y mandó un mensaje: “Rezamos por ustedes”.

Los mexicanos tenemos un sismógrafo en el alma, al menos los que sobrevivimos al terremoto de 1985 en el DF. Si una lámpara se mueve, nos refugiamos en el quicio de una puerta. Esta intuición sirvió de poco el 27 de febrero. A las 3.34 de la madrugada, una sacudida me despertó en Santiago. Dormía en un séptimo piso; traté de ponerme en pie y caí al suelo. Fue ahí donde desperté. Hasta ese momento creía que me encontraba en mi casa y quería ir al cuarto de mi hija. Sentí alivio al recordar que ella estaba lejos.

Durante dos minutos eternos el temblor tiró botellas, libros y la televisión. El edificio se cimbró y pude oír las grietas en las paredes. Pensé que nos desplomaríamos. Alguien gritó el nombre de su pareja ausente y buscó una mano invisible en los pliegues de la sábana. Otros hablaron a sus casas para contar segundo a segundo lo que estaba pasando. Imaginé el dolor que causaría esa noticia, pero también que mi familia dormía, con felicidad merecida. Me iba del mundo en una cama que no era la mía, pero ellos estaban a salvo. La angustia y la calma me parecieron lo mismo. Algo cayó del techo y sentí en la boca un regusto acre. Era polvo, el sabor de la muerte.

Mientras más duraba el temblor, menos oportunidades tendríamos de salir de ahí. Los muebles se cubrieron de yeso. Una naranja rodó como animada por energía propia.

Cuando el movimiento cesó, sobrevino una sensación de irrealidad. Me puse de pie, con el mareo de un marinero en tierra. No era normal estar vivo. El alma no regresaba al cuerpo. Los gritos que el edificio había sofocado con sus crujidos se volvieron audibles. Abrí la puerta y vi una nube espesa. Pensé que se trataba de humo y que el edificio se incendiaba. Era polvo. Sentí un ardor en la garganta. Volví al cuarto, abrí la caja fuerte donde estaban mis documentos, tomé mi computadora y perdí un tiempo precioso atándome los zapatos con doble nudo. Los obsesivos morimos así.

En la escalera se compartían exclamaciones de asombro y espanto. Ya abajo, una conducta tribal nos hizo reunirnos por países. Los mexicanos repasamos cataclismos y supusimos que la ciudad estaría devastada. La acera de enfrente era un bloque de sombras, escuchamos ladridos distantes, los coches de los trasnochadores tocaban la bocina, había cristales en el suelo, pero la fachada de nuestro edificio permanecía intacta.

En la explanada frente al hotel se alzaba la réplica de una estatua de la Isla de Pascua. Es la efigie de un Moai, jerarca que durante su mandato habrá visto maremotos. Se convirtió en nuestra figura tutelar. Supimos esto cuando se fue la luz y dejamos de verlo. Por suerte, el apagón duró poco. La piedra donde los ojos parecen hechos por el tiempo regresó de las sombras. No estábamos solos.

Otra señal de tranquilidad vino del reino animal. Un perro se echó a dormir en medio de nosotros. Mientras no despertara, todo estaría bien.

Alguien quiso regresar al edificio por sus “pantalones de la suerte”. La superstición era la ciencia del momento. Nuestras ideas, si se las puede llamar así, no seguían un curso común. El editor Daniel Goldin, que estaba en muletas por un accidente previo, me propuso recorrer el edificio para ver si había daños estructurales. “¡Tú estás cojo y yo soy tonto!”, exclamé. De nada servía que buscáramos lo que no podíamos encontrar, como un ciego y un sordo dibujados por Goya.

Poco a poco, la realidad recuperó nitidez. Me sorprendió que tanta gente usara pijama. Pensaba que se trataba de una prenda en desuso. Un grupo de voluntarios volvimos al hotel por pantuflas. No podíamos revisar la estructura, pero podíamos evitar que se enfriaran los pies.

La arquitectura chilena es una forma del milagro. Sólo esto explica que en Santiago los daños hayan sido menores. Aunque algunos edificios fueron desalojados y otros tendrán que ser demolidos (inmuebles posteriores a 1990, cuando las leyes de supervisión se hicieron menos estrictas), lo cierto es que la resistencia del paisaje urbano fue asombrosa. Un terremoto es una radiografía de la honestidad arquitectónica. En 1985, el terremoto de la Ciudad de México demostró que la especulación inmobiliaria y la amañada construcción de edificios eran más dañinas que los grados de Richter. “Con usura no hay casa de buena piedra”, escribió Ezra Pound.

Llama la atención que en un país con tanta sapiencia antisísmica el aeropuerto padeciera graves lastimaduras. El cierre de vuelos contribuyó al aftershock . Nuestra vida se había detenido y no sabíamos cuándo comenzaría nuestra sobrevida. Estábamos en el limbo o en un episodio de la serie Lost .

Pillaje y rating

El discurso de los noticieros se caracterizó por el tremendismo y la dispersión: desgracias aisladas, sin articulación de conjunto. Las imágenes de derrumbes eran relevadas por escenas de pillaje. No había evaluaciones ni sentido de la consecuencia. Unos tipos fueron sorprendidos robando un televisor de pantalla plana extragrande. Obviamente no se trataba de un objeto de primera necesidad. ¿Era un caso solitario? ¿El crimen organizado se apoderaba de electrodomésticos? Los rumores sustituyeron a las noticias. Se mencionó a un pueblo que temía ser invadido por otro. El relato fragmentario de los medios mostraba rencillas de tribus y repetía las declaraciones de una gobernadora que pedía que el ejército usara sus armas.

Algunos amigos chilenos creen que además de la morbosa búsqueda de rating, los noticieros pretenden crear un clima de confrontación antes de que Michelle Bachelet abandone el poder. El sismo llegó como un último desafío para la presidenta que tiene el 80% de aprobación y como una amarga encomienda para su sucesor, el empresario Sebastián Piñera, que había prometido expansión y desarrollo al estilo Disney World y ahora tendrá que proceder con el cuidado de los restauradores y anticuarios. Si el ejército comete un error en los días de toque de queda, o si se produce una confrontación, la sucesión presidencial sería menos tersa, se podrían hacer acusaciones sobre el origen de la violencia y se regresaría al divisionismo y la crispación que durante años dominaron la sociedad chilena. Las réplicas más fuertes del sismo ocurrirán en la política chilena.

En Santiago, la suspensión de vuelos y la ocasional falta de teléfonos, Internet, suministro de electricidad y agua fueron las señas visibles de la catástrofe. Esto nos dejó la sensación de estar en un reality show al revés. Nuestra vida parecía transcurrir en la realidad controlada de un estudio de televisión, mientras las cámaras retrataban una realidad salvaje al sur de Chile. Los supermercados asaltados eran el rostro dramático de un país donde la gente tenía hambre y las filas para cargar gasolina en los barrios ricos de Santiago eran su rostro hipocondríaco.

El terremoto ha sido el segundo más fuerte en la historia de Chile. La isla Robinson Crusoe naufragó como el personaje que le dio su nombre. El tsunami dejó miles de desaparecidos y sepultados en el lodo. Los rescatistas chilenos que estuvieron en Haití comentan que será mucho más difícil sacar cuerpos de construcciones de concreto, encapsulados en el lodo endurecido después del tsunami.

Aún hay mucha gente atrapada en la zona de Concepción. Como tantas veces, los periodistas han llegado al desastre antes que las personas que deben aliviarlo, y como siempre, los más afectados son los que habían padecido antes el cataclismo de la pobreza.

Dos días después del terremoto fui a una casa en las afueras de Santiago, con piscina y jardines, uno de esos espacios latinoamericanos que muestran que Miami puede estar donde sea. Había que hacer un esfuerzo para recordar que el escenario pertenecía al país arrasado por el terremoto.

En su duplicidad, la cifra 8,8 adquiere carga simbólica: los gemelos del miedo, el diablo ante el espejo o, sencillamente, lo que somos y lo que podemos dejar de ser. Una falla invisible decide el juego, nuestra residencia en la Tierra.

Retrato de una dama

Publicado: 12 febrero 2012 en Leila Guerriero
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Suave es la noche.

El departamento, un piso en las calles Libertad y Marcelo T. de Alvear, se abre a una plaza con árboles como capullos frescos. La anfitriona, Fanny Llambi Campbell de Ferreyra -Bebita-, acaba de regresar de un viaje en barco y da, en ese departamento que no es suyo porque desprecia respingadamente la idea de tener casas y vive entre París, Nueva York y Buenos Aires, una fiesta. Corre el año 1952, quizá 1953. Es verano. El ventanal es un paño nítido por el que entra a raudales la noche clara. Hay brisa y el zumbido lento de la ciudad se cuela en ese piso donde criaturas refinadas ríen, fuman, beben.

La mujer entra en cuadro desde la derecha. Camina como si fuera parte de la tierra, con una gracia épica, serena. Lleva una falda azul marino y una camisa de un blanco óptico, de poplín. Su rostro tiene la belleza de lo que no puede repetirse. Las líneas, que ondulan suaves en los pómulos, se transforman en la altiva arquitectura de las cejas, en la vivacidad elástica de la boca, en el carbón de los ojos. Cuando su figura atraviesa el ventanal con gracia distraída, algo, en el íntimo engranaje de esa fiesta, se detiene. Porque la mujer que acaba de rasgar la suavidad de la noche derrama, sobre los que están allí, la sensación eufórica, y a la vez triste, de estar viviendo ya un recuerdo.

Y también está el nombre: Felisa.

Que significa la-que-siempre-está- feliz.

***

Felisa Pinto nació en la ciudad de Córdoba el 25 de noviembre de 1931, de padre cordobés -Hernán Pinto, pianista y músico-, madre tucumana -Julia Rusiñol- y se crió en un mundo en el que se mezclaban la intelectualidad y la fortuna, la música dodecafónica y las fiestas en palacios, los apellidos de la más pura vanguardia -la generación de Nueva Música, la del instituto Di Tella- con los de una clase altísima ilustrada cuyos nombres no pueden encontrarse en doctor Google porque doctor Google no llega ni tan atrás ni tan profundo ni tan lejos: ni le interesa. El pasado que vivió Felisa Pinto es un mundo que ya no existe, habitado en idénticas proporciones por tías beatas y el secretario del Partido Comunista Argentino. En equilibrio entre esas dos orillas, Felisa Pinto encontró una profesión -el periodismo- y dentro de esa profesión una especialidad -la moda- que, si hasta entonces había sido tratada como un género menor, ella redefinió con textos que funcionaban -funcionan- como retratos de época, atravesados por una ideología que defiende lo auténtico y celebra la originalidad no pretenciosa cuyo mejor adorno es la simplicidad. Escribió sobre moda -pero no sólo sobre moda- en Primera Plana, en Confirmado, en La Opinión, en La Nacion, en Página 12, redactó el programa de la carrera de Diseño de Indumentaria de la Universidad de Buenos Aires, hizo curadurías en museos. Hasta el día de hoy es voz autorizada y de consulta para una o dos generaciones de periodistas y diseñadores jóvenes y alguien que cree que hacer el epígrafe de una foto de moda es una forma de escribir poesía. Además, claro, de ser una de las mujeres más hermosas de Buenos Aires.

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—Yo soy testigo viva del siglo veinte. No soy el google , entendés. Yo lo viví.

Felisa Pinto enfatiza la ve, violenta y corta:

—Lo vi-ví.

Son las cinco de la tarde de un día de sol. Por la ventana del departamento de dos ambientes se ven una bandera argentina, edificios lejanos. Usa un suéter oscuro, pantalón, zapatos chatos, el pelo carré. En el living hay una mesa baja, tres sofás, una biblioteca y retratos de ella misma, fotos de ella misma, una escultura de ella misma.

—Ése es un retrato de cuando yo tenía cuatro años. Ésa es una cabeza esculpida de cuando tenía 8. Esa foto me la hizo Rolando Paiva. Ésa, Juan Gatti; ésa, Alejandro Kuropatwa; ésa, Ronald Shakespear…

Rolando Paiva es un fotógrafo prestigioso, de origen paraguayo, que murió en París en 2003; Juan Gatti es un artista plástico que vive en Madrid y es responsable de la gráfica de los afiches de las películas de Almodóvar; Alejandro Kuropatwa es un fotógrafo especializado en retratos de músicos y artistas argentinos que murió en 2003; Ronald Shakespear es diseñador, responsable del sistema de señalización visual de la ciudad de Buenos Aires. Al cumplir 60 años Felisa Pinto no hizo una fiesta sino una muestra de sí misma: expuso todas esas fotos -majestuosas- en una galería de arte e invitó a sus amigos, que son muchos, a tomar champagne.

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“Cuando conocí a Felisa yo era realmente joven. Ella, en estos momentos, es más joven que yo. Tratando de encontrar una explicación, creo que el secreto radica en que tiene un cerebro Dorian Gray, y que en algún oscuro altillo de Córdoba hay una pintura de un cerebro que envejece inexorablemente”, escribe Juan Gatti, uno de sus mejores amigos, desde Madrid.

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Las fotos de su bautismo la muestran no en brazos de sus padres sino de su niñera porque así era como se hacían las cosas por aquellos años: sus primas ricas se criaban con misses , frauleins y mademoiselles , y las chicas como ella -de clase alta pero sin fortuna- con institutrices españolas. El 5 de diciembre de 1931, apenas diez días después de haber nacido, ya estaba en Totoral, una localidad del norte de Córdoba. Ella, su hermana menor, su madre, su padre, diecisiete primas, cuatro primos y varias tías beatas pasaban los veranos en el caserón de su abuela materna que compartía calle con el de Rodolfo Aráoz Alfaro, secretario del partido comunista para Latinoamérica, frecuentado por todos los refugiados de la Guerra Civil Española.

—A los del pueblo les llamaban la atención estas dos casas. A la que era de la familia de mi madre, donde estaban mis tías que eran todas de iglesia y misa, le decían el Vaticano. Y a la de Aráoz Alfaro le decían el Kremlin. Así que yo soy el resultado de esa calle. Una mezcla de ideas con mucha conciencia social y cierta concepción cristiana.
—¿Hace mucho que no vas?
—Sí. Pero me dicen que está hecha bola. Me basta con los recuerdos buenos.

En 1937, cuando tenía 7 años, su padre recibió una oferta de trabajo del Ministerio de Educación en Buenos Aires, y allá se fueron. Ella empezó a estudiar en un colegio público y, al terminar sexto grado, la mandaron al Mallinckrodt, privado y alemán.

—Fue un infierno porque las profesoras eran todas monjas alemanas y hablaban mal el castellano. Nos enseñaban matemáticas en alemán y nadie entendía nada.

Habla con precisión de enciclopedia, con comas, con subordinadas, con una pedagogía puntillosa: cada tanto, ante un apellido, deletrea: “Llambi: elle, a, eme, be larga, i”, y, ante una historia con demasiados recovecos y afluentes, se detiene y pregunta: “¿Te interesa?”. A cada rato suena el teléfono pero ella no atiende ni detiene la conversación. Los que llaman son su hermana Maru, la periodista Victoria Lescano o el diseñador de joyas Marcial Berro, que vivió en París trabajando para Hermès y Cloe y que deja un mensaje sintético: “Felisa: Marcial”.

Porque se pasaba el día leyendo, cuando era chica la llamaban “la literata”. Al terminar el secundario pensó en ingresar a la facultad de Filosofía y Letras, pero después entendió que necesitaba trabajar.

—Una parienta trabajaba en Emecé y me consiguió un trabajo como correctora de pruebas de libros científicos y técnicos. Después empecé a trabajar corrigiendo pruebas de la revista Nueva Visión, de Tomás Maldonado. ¿Sabés quién era Tomás Maldonado?

Tomás Maldonado es un diseñador y teórico de culto que, además de fundar esa revista de teoría de la arquitectura, fue parte de la Organización de Arquitectura Moderna (OAM), que funcionaba en el mismo edificio que la revista y que integraban varios amigos de Felisa (Eduardo Polledo, Jorge Griseti). Ella, a su vez, formaba parte del círculo de Juan Carlos Paz, el compositor y crítico que introdujo la música dodecafónica en Latinoamérica y fue fundador de los conciertos de Nueva Música, donde se ejecutaba la obra de toda la vanguardia latinoamericana. Así, esa belleza escandalosa se hacía adulta en el corazón de la más bruta vanguardia.

—Me hice fama de elegante, pero porque usaba lo que a mí me parecía. Ignacio Pirovano, cuando trabajaba en la Secretaría de Cultura, daba unas fiestas extraordinarias. Cuando me invitó, dije “¿Qué me pongo?”. Fui a La Europea, que vende tela para sillones, y elegí un terciopelo de algodón color Hermès. Entonces le dije a la costurera, que era tucumana, se llamaba Petronila y vivía como si te dijera en Villa Caraza, que me hiciera una solera de terciopelo con breteles cruzados. Y así fui. Ignacio Pirovano me agarró y me dijo “Sos la más elegante de la fiesta”. Ahí adquirí una seguridad en mí misma enorme. A partir de ahí siempre seguí esa cosa de elegir lo que me gusta.

Fue esa capacidad para entender, entre la confusión del presente, el esquivo lenguaje de lo que vendrá, lo que hizo que Jorge Iotti, el dueño de una casa de ropa para hombres, le ofreciera, en 1957, diseñar una colección de ropa de mujer. Ella hizo chaquetas y palazzos, y trajes de baño tejidos, sin forro, que recuperaban el recato de los años 20. Julia Constenla y Piri Lugones, que dirigían la revista Damas y Damitas, quisieron retratarlos. Felisa dijo sí, se los calzó ella misma y apareció en una foto en la que sus piernas brotan de un traje que es un incendio de pudor.

—Qué piernas.
—Sí, yo era muy mona, francamente.

Después le ofrecieron hacer una columna sobre música en Damas y Damitas y, desde entonces, nunca se detuvo.

***

(Días más tarde la desgrabación develará que, en dos horas y media de charla, Felisa Pinto ha hablado de su amistad o de su relación con Julio Llinás, María Luisa Bemberg, Pepe Bianco, Marta Minujín, Dalila Puzzovio, Carmen Córdova, Rosa Bailón, Delia Cancela, Jorge Grisetti, Marcial Berro, Juan Gatti, Manuel Puig, Juan Stoppani, Tununa Mercado, Juan Carlos Paz, Alejandro Kuropatwa, Clorindo Testa, Lalo Schiffrin, el Gato Barbieri, Marilú Marini, Jorge Álvarez, Ramiro de Casasbellas, Jacobo Timmerman, Rodolfo Walsh, Juan Gelman, Mercedes Rovirosa. Alguno son sus amigos más queridos; otros, sus compañeros de trabajo; otros, conocidos sin amistad confesional. No hace falta saber quién es cada uno de ellos, pero sí entender que son algunos de los escritores, diseñadores, cineastas, artistas, modelos, fotógrafos, músicos, periodistas, editores y coleccionistas más importantes de eso que ya pasó y que se llamó el siglo veinte en la Argentina).

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—¿Cómo lo conocí a Rubén? Lo conocí vía Lalo Schiffrin, porque tocaban en un club de jazz. El Gato y Rubén Barbieri, que son hermanos, tocaban con Lalo ahí y Lalo me invitó.

Rubén Barbieri tocaba la trompeta y era hijo de una familia de inmigrantes italianos afincados en Rosario. Había llegado a Buenos Aires a los doce años pero él y su hermano, que sería un saxofonista de prestigio internacional, habían aprendido a tocar, con instrumentos prestados, en un sitio llamado “La infancia desvalida”.

—¿Cómo no te vas a enamorar de una persona que estudió en “La infancia desvalida”?

Se casaron el 28 de diciembre de 1959. Lo que siguió fueron décadas de un amor tozudo, tres separaciones, muchos regresos.

—Yo era periodista y él era músico. Casi no nos veíamos. Teníamos demasiada personalidad, y nadie se dejaba. Nos divorciábamos, nos juntábamos. Llevábamos una vida que no era burguesa. Para mí lo primero era el trabajo. Mi vida laboral era intocable.

Con conocimientos de música, arte, diseño y arquitectura, sin haber pasado por la universidad, y de las vanguardias americanas y europeas, sin haber salido del país, entró, en 1960, a trabajar en la revista Atlántida, y fue allí donde, a punta de refinamiento e intuición, inventó una forma de escribir sobre la moda.

—Me gustaba el lenguaje fuera de lo corriente pero nadie me dijo si eso estaba bien o mal. Me di cuenta de que escribir un epígrafe de moda era un subgénero extraordinario, poético. Una vez usé como modelos a Dora Baret y Nacha Guevara para hacer una nota muy importante sobre Fridl Loos. ¿Sabés quién es Fridl Loos?

Fridl Loos fue una diseñadora vienesa que creó una línea de ropa en la que utilizó materiales como el barracán y vivió, desde los años 40, en Buenos Aires, donde murió en el año 2000. En aquella nota, circa 1962, las actrices Guevara y Baret fueron fotografiadas en el departamento de la diseñadora, en un cruce entre moda y arquitectura que resultaba insólito para esos años: “Una investigación constante de sus diseños hace que los resultados sean despojados, nítidos, inteligentes como el plano más estricto de un arquitecto”, decía Felisa Pinto sobre la ropa de Loos, con una prosa parca, asertiva, y una mirada capaz de relacionar un ruedo con la historia de la cultura universal.

En 1962, después de separarse por primera vez de Rubén Barbieri, Atlántida le ofreció una corresponsalía en París. Tenía treinta años cuando llegó a la capital francesa donde se hospedó en casa de su amiga, Lita Sánchez Cinez, modelo de Laroche y madre de la futura modelo de Chanel Inès de la Fressange, portando dos cartas que le había dado Bebita Ferreyra: una, para el fotógrafo de origen húngaro Brassai; otra, para el escritor americano Henry Miller.

—Brassai me dijo: “Voy a tratar de contactarme con dos amigos en el sur de Francia. Uno es Jacques Prevert y el otro es Picasso”. Al mes me fui a Antibes, y ahí Prevert me presentó a Picasso que, cuando me vio, me dijo “¿Qué raza tienes, hija, de dónde vienes tú?”. Claro, yo tenía una cara muy étnica, me había hecho una trenza y estaba muy quemada por el Mediterráneo.

En una columna llamada “Historia de una tarde de verano”, que publicó en 1976 en el diario La Opinión, Felisa Pinto recordaba así aquel encuentro: “Me llevó a una escalera más despejada y allí sentí sus ojos como carbones encendidos y toda su fama justificada de homme à femmes [...]. Cuando se acercó su esposa Jacqueline a buscarlo, Picasso repitió el mismo chiste sobre mi físico preguntándole: ‘¿No te parece que a esta chica solamente le falta una pluma?’: La mujer respondió seria y cabalmente [...]: ‘Sí. Es verdad’”.

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—Me gustaría que empezara así.

La artista plástica Dalila Puzzovio, amiga de Felisa Pinto desde los años 50, ha escrito en un papel parte de la letra de “O que é que a bahiana tem”, del brasileño Dorival Caymmi. La ha retitulado “O que é que a Felisa tem” y ha copiado algunos pasajes de ese ditirambo a la gracia emocionante de una mujer bahiana: “Tem torso de seda tem

Tem brinco de ouro tem

Corrente de ouro tem [...]. E tem graça como ninguém…[...]. Como ela requebra bem”

—Así es Felisa. Charlie Squirru, mi marido, dice que es la mujer más chic, ya no de Buenos Aires sino del planeta.

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En 1964, ya de regreso en Buenos Aires, consiguió trabajo en Primera Plana, la revista que Jacobo Timmerman había fundado en 1962. Durante cuatro años hizo notas sobre moda además de la sección “Estravagario”, una miscelánea donde podía recomendar tanto un negocio que vendía miel como los nuevos escarpines de Pierre Cardin, todo con una prosa cargada de (buen) humor: “Una cocina ecuménica, además de refinada, debería guardar los alimentos básicos en recipientes que muestren algún indicio de cultura gastronómica. Una serie de gavetas de loza blanca, alemana, empotradas en un mueble de madera oscura, proponen el cumplimiento de tal exigencia. Conviene saber de antemano el significado de las palabras estampadas al frente de cada compartimiento (Brösel, pan rallado; Zucker, azucar; Zimmt, canela; Gries, sémola) para que el artefacto no se convierta en un laberinto”.

—La idea era hacer mundanidad que no fuera tonta. Frivolidad en serio.
—¿Qué repercusión tenían tus notas?
—Y, la gente iba donde yo decía. Si yo no lo decía, no existías.

Todavía no cae la tarde cuando se acomoda en el sillón y dice:

—Bueno, me gustaría que me cuentes vos, ahora: ¿qué vas a hacer con todo esto?

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Diana Vreeland fue editora de moda en las revistas Harper’s Bazaar y Vogue, además de curadora del Metropolitan Museum of Art de Nueva York. Marcó tendencias, consolidó prestigios, y por su capacidad de ver más allá de la tendencia, trazando vínculos con la arquitectura, la pintura y la sociedad, a Felisa Pinto se la ha comparado con ella. “Felisa es la hermana amerindia de Diana Vreeland, no conozco elegancia y belleza menos colonizadas que las suyas. Su mirada sobre la moda no está calcada de lo que dice Vogue” escribe, desde París, una de sus mejoras amigas, la actriz Marilú Marini. “La elección de un campo como la moda es un tremendo desafío. Es muy específico lo que hay que describir y muy escasos los términos que se tienen a mano. Y después hay que saber ‘leer’ esos objetos, circunscribirlos en una tendencia, en una concepción estética. Felisa hizo todo eso e inventó un tipo de crónica de moda con valor propio”, dice la escritora cordobesa Tununa Mercado, amiga de Felisa Pinto desde los años 50.

***

—Ay, cómo estás. Yo me dije “esta mujer no viene más”. Con todo lo que hablé.

Son las dos de la tarde de un martes. Llueve y por la ventana se ve el mismo paisaje: la bandera, ahora mojada, los lejanos edificios. Felisa Pinto está vestida con una variación de lo mismo: pantalón, suéter.

—Me visto con el vintage de mí misma. ¿Vos no vas con fotógrafo a las notas?
—No.
—¿Ves? Por eso salen las cosas que salen. Yo iba siempre con el fotógrafo y le decía exactamente qué quería que sacara y después elegía la foto. Una vez me vino a ver un periodista del New Yorker, que me mandó Jacobo Timmerman. ¿Te interesa?

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La Galería del Este, en la calle Florida el 500, fue, junto al instituto Di Tella,?el núcleo duro de la vanguardia de los años 60. Allí Felisa Pinto abrió, en 1968 y con amigos, la boutique “Etcétera”, donde se vendía arte aplicado: papelería de Edgardo Giménez, plataformas de Dalila Puzzovio. Blackie -quizás era Pinky- conducía un programa televisivo e invitó a la actriz Marilú Marini, la diseñadora Rosa Bailón y la periodista Felisa Pinto a hablar de mujeres intelectuales. El look que usó para ir a ese programa fue, quizás, la única concesión que hizo, en toda su vida, a la moda entendida en su forma banal: aquello que se usa.

—-ijimos “Tenemos que hacernos la croquignole”. Nos hicimos un afro look enorme. Nos costó un año sacarnos eso. Era una bola de pelo. Pero lo hicimos porque era el look de Angela Davis y dijimos consignas de Angela Davis en el programa. Una cosa muy increíble. ¿Sabés quién es Angela Davis?

(Angela Yvonne Davis: activista afroamericana, expulsada en 1969 de la universidad de California, donde enseñaba filosofía, al descubrirse que estaba afiliada al Partido Comunista. Etcétera).

En 1968, cuando cerró Primera Plana, empezó a trabajar en la revista Confirmado, donde hizo una sección parecida a “Estravagario” que se llamo “Escaparate”. En 1969 pasó a La Opinión, el periódico fundado por Jacobo Timmerman, donde estuvo a cargo de cuatro páginas para la mujer. En 1977, ya en plena dictadura, empezó a trabajar en La Moda, una revista dirigida a fabricantes nacionales y solventada por textiles como Grafa y Alpargatas.

—No tenía que escribir de la situación del país, pero defendía la industria nacional. Mientras tanto, todos mis amigos se iban del país o desaparecían. Cuando Juan Gelman volvió después de la dictadura me dijo “¿Qué hiciste vos, todo este tiempo”. Le conté y me dijo “Ah, a vos te salvó el canesú”.

Durante esos años viajó por el mundo para ver desfiles y diseñadores, empezó a colaborar en el suplemento de modas de La Nacion, donde escribió durante dos décadas, y, en algún momento, aunque siguieron formando una pareja, con Rubén Barbieri decidieron vivir en casas separadas. Un día, mientras buscaba departamento, revisando los avisos clasificados, Felisa Pinto dio un grito de felicidad: “Esto es para mí: departamento chic, calle Paraguay”. Después descubrió que “chic” era la abreviatura de “chico” pero, de todos modos, ése es el departamento donde vive ahora. Finalmente, antes o después de todas esas cosas, murió su madre.

—No podía mover un brazo, no podía caminar. Lo tengo borrado porque esa imagen de mamá es un horror. Después murió papá. Mejor no acordarse.

Cuando se le pide algún detalle sobre cosas como ésas -la muerte, los divorcios- esquiva o resume con pinceladas gruesas: “No quiero ni acordarme”; “las separaciones nunca fueron traumáticas”. Un día dirá: “Yo me defiendo del horror. Al horror ni lo miro”. Otro, enviará un mail: “Quedé muy conmocionada luego de tu minuciosa entrevista de ayer. Confío en que rescates de mi vida plena y feliz los mejores momentos y olvides los pocos que fueron tristes. Como siempre lo hice yo”.

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En 1990 diseñó, junto a Susana Saulquin y Andrea Saltzman, el programa de la carrera de Diseño de indumentaria de la Universidad de Buenos Aires. Colabora, desde su inicio, con el suplemento “Las 12″, de Página 12, donde escribió tanto sobre las monjas francesas desaparecidas durante la dictadura militar argentina como acerca de los cien años de Dior o el feminismo de Victoria Ocampo. En 2004 publicó, con ilustraciones de Delia Cancela, el libro Moda para principiantes, un recorrido por la vestimenta desde 1900 hasta 1999. En 1997, en una nota de La Nacion que se abría con un título elegante -”Otoño en Nueva York”- enlazaba un recorrido por las tiendas de Prada o Miyake con esto: “La revancha llega desde los fabricantes de Canal Street, calle enclavada en el barrio chino, donde las falsas perfectas copias de Prada se venden a 20 dólares, junto con las de Chanel o Donna Karan [...]“.

—Yo nunca fui consumista. Los japoneses me gustan todos, y aunque nunca pude tener nada porque son carísimos, me he comprado varios falsos Miyakes. La idea de lo falso me parece genial. Lo verdaderamente falso me parece valioso y si es un falso muy mal hecho, me parece una ironía y me parece divertido. Yo voy al barrio chino de Nueva York y me parece lo máximo. Ahí consumo porque me parece festivo, celebratorio. En cambio, especular con el valor de las cosas, la ostentación de la riqueza, siempre me pareció asqueroso.

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El jueves 26 de mayo envía un mail, en respuesta a otro donde se le pide revisar algunos de sus artículos más antiguos, en el que dice que tiene más bien pocos. El domingo 29 escribe otro: “Hoy estuve mirando y encontré algunas cosas que creo te servirán”. El jueves 2 de junio, a las dos de la tarde, espera, puntual en su departamento, con una carpeta en la que ha separado artículos y folletos.

—A ver, controlemos lo que te llevás.

Durante algunos minutos revisa cada uno de los documentos mientras recomienda que, al chico de la fotocopiadora, se le pasen los papeles de a uno y sólo después de tener la certeza de que haya devuelto el anterior.

—Se ponen a escuchar rock atronadoramente, se distraen y se les caen las cosas abajo de la fotocopiadora.

En la fotocopiadora el chico escucha atronadoramente música clásica y pone un cuidado candoroso en no contrariar los pliegues de esos papeles viejos. Quince minutos más tarde, en su casa, Felisa recibe y dice:

—Vamos a ver.

Y controla, uno a uno, los documentos que llegan de regreso.

El 17 de julio enviará un mail: “Me preguntás si guardo mis archivos en la computadora. Te diré que toda la vida fui desprolija en cuanto a guardar notas publicadas y luego, con el tiempo, me arrepentí. Con mis archivos me ha pasado muchas veces que no hago back ups y todo se pierde”.

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“¿Cosas que la hacen flaquear? La amenaza de una derechización. Perder amigos y amores. Las restricciones económicas de una jubilación magra”, escribe Tununa Mercado.

“Felisa no es una mujer que te va a llamar para contarte pálidas”, dice Dalila Puzzovio.

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—Nos habíamos divorciado legalmente hacía poco, pero nos veíamos todos los fines de semana. Así que fue muy horrible esa historia de que se murió. Porque fue una gran sorpresa. Fue a una observación de un ACV y se murió. Inadmisible. Mientras lo estaban observando. Fue brutal.

Así, después de ser por primera vez un hombre divorciado, un día de 2006 Rubén Barbieri se murió.

—Mejor no pensar.

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Hay una foto: es en Totoral y hay varios niños. Una es Felisa Pinto, otro es el Che Guevara. Todos llevan abrigo exagerado en lo que parece haber sido un invierno aterrador.

Hay un mensaje escrito en un papel: está firmado por Julio Cortázar, a quien Felisa Pinto le prestó su departamento durante un viaje a Buenos Aires. Dice: “Querida Felisa, disfruté mucho de tu casa y sobre todo de tus discos de jazz”.

Hay una carta: está firmada por Manuel Puig, remitida desde Cuernavaca, y dice: “Estoy con mamá, tenés que venir a ver la nueva casa en la calle Orquídea, tenemos pileta de natación. Vení, Salif, Salif, Salife”.

Hay imágenes de una placidez mórbida -Dalila Puzzovio pelando papas bajo los árboles- en una casa que Felisa Pinto, Rubén Barbieri y su amigo Eduardo Pollero compraron en La Barra, Uruguay. Hay, en esa misma casa, recuerdos de una algarabía adolescente: Felisa, Dalila Puzzovio y Charlie Squirru, intentando prender fuego para hacer asado, incendiaron el jardín.

Son tantas las cosas que ya no existen.

Pero ahí está Felisa Pinto, en su departamento chico, diciendo que le gustan los programas de cocina de Narda Lepes, las revistas digitales, la ropa de Alexander McQueen, Valeria Pesqueira y Pablo Ramírez, los restaurantes buenos y baratos, el under fino, la Rodhesia.

—Yo no tengo un mango, me compro una Rodhesia que vale setenta centavos y soy feliz. Ahora ya no viajo. No tengo plata. Pero eso no me entristece. Me encanta haberlo hecho. Con las cosas que no se van a dar más digo “Qué suerte que lo pude hacer”. No me quedo pensando “Qué pena que no lo voy a poder hacer más”.

Después ofrece agua, café, jugo de mango, y dice:

—Ahora me gustaría que me cuentes qué vas a hacer con todo esto

—Espere un segundito.

Frente a la habitación, en un extremo del pasillo oscuro —la mano pálida en el picaporte—, el hombre dice:

—Espere un segundito que aviso que me cuiden a Ángela.

Tubos de oxígeno, mesas rodantes, ruidos a metales sanadores: cuchillos, agujas, esas cosas. Todo lo demás: prolijidades de hospital privado. Un médico, las manos envueltas en la viscosidad del látex, baja la vista por precaución, pero el hombre no lo ve. Camina errático, como si fuera a desarmarse, y entra en el cuarto de las enfermeras. Dice:

—Por favor, me la cuidan a Ángela.

Y está claro que esa frase no es un ruego: es una orden.

Después, en una sala con televisor, butacas, donde otros parientes esperan a que todo pase o a que todo termine de pasar, el hombre —alto— se sienta y dice que la cuenta de este hospital le va a salir una fortuna.

—Pero fue ella: ella quiso internarse.

Ella. Ángela.

***

Es poco después del mediodía. El televisor está anclado en Mirtha Legrand y sus almuerzos. El hombre —camisa clara, pantalón beige, saco de hilo— se llama Horacio Tirigall y nació en San Isidro ochenta y un años atrás.

—Éramos doce hermanos. Doce. Mi casa era un cuartel, realmente.
—¿Su padre qué hacía?
—Mi padre… Ramón… trabajó en la aduana toda la vida.

Vuela un pañuelo desde su bolsillo. Zic, zac, se frota cada ojo enrojecido.

—Perdonemé. Era un gran artista. Tocaba la guitarra, hacía de todo. Un acuariano que hacía títeres, un gran cocinero. Mi madre se llamaba Ángela. No permitió nunca, con doce hijos, que entrara un médico en la casa. Jarabe de tuna para esto, de cebolla para lo otro. Un día mi hermano estaba jugando al fútbol y se hizo un tajo terrible. Se le empezó a poner negra la pierna. Lo llevaron al hospital y le dijeron: “Mire, va a haber que cortarle la pierna”. Y mi madre dijo: “Primero lo voy a llevar a mi casa”. Le puso agua caliente, sal, rezó. Y se curó.

En las Navidades, dice, eran ciento cinco. Una mesa interminable, y fogateiros con fuegos de artificio, y las guitarras.

—Yo había hecho una traducción de Romeo y Julieta cantada por un gaucho: “Les voy a contar ahora la historia del gaucho Luna/ que una vez que tenía sed se tomó una laguna./ Subido en una vinchuca que era más grande que él/ una vez se mordió un pie por el lado de la nuca./ Como el gaucho era leído, cuando una tarde llovía/ dentró en una librería para ver qué habían traído/. Para mitigar sus pesares y serenar su alma inquieta/ compró Romeo y Julieta que escribió un tal Chaquespeare”. Y ahí arrancaba con lo de Romeo y Julieta.
—¿Usted leía mucho?
—Si. Flammarion, Freud, Heine. Pero en realidad, todo eso lo leía para disimular lo que estaba haciendo, que era estudiar astrología y astronomía. Después pasaron cosas.

La primera: que un día, yendo al colegio, pasó por la quinta de una escritora mundana, sofisticada, que vivía en el vecindario.

—Yo tenía ocho años, iba con mi hermano. Un hombre alto, como hindú, me miró y dijo: “Este chico tiene el ombligo de Mahoma”. No sé si era ombligo o tercer ojo. Pero yo lo único que recuerdo es que ese hombre me daba miedo.

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De Horangel se dice que es culto, discreto, cascarrabias. Cuando a fines del año 2007 se presentó en el programa Mañanas Informales, de canal 13, se molestó con los conductores —Ronnie Arias, Ernestina Pais— reconviniéndolos con frases del tipo “No me haga repetir” o “Se nota que usted no me ha leído”. Eso, a los ojos de sus seguidores, aumentó su fama de hombre serio. De astrólogo entre astrólogos.

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De infante era un chico reconcentrado pero no triste, buen alumno. Por eso fue tan extraño que, a los doce años, le dijera a su madre que ahí se terminaban los estudios para él.

—Yo quería estudiar piano. Fui a ver a doña Rosa Castex, una señora que era parienta nuestra y que tenía mucho dinero, y le pregunté si me prestaba dos mil dólares. Era mucha plata. Le dije: “Señora, necesito ayuda, estoy buscando alguien que me ayude a comprar un piano porque yo quiero estudiar dirección orquestal”. Y me dijo: “¿Y cómo me lo vas a pagar?”. Y le dije que había conseguido trabajo en una imprenta.

Y, en efecto, había conseguido: en la imprenta Busnelli de la calle Lavalle al 400. Se levantaba a las cuatro de la mañana y a veces tomaba doble turno. Le llevó apenas una tarde aprender a manejar el tipógrafo, y poco después lo ascendieron a encuadernador. Compró su piano, tomó clases. Cuando terminó de pagar el instrumento abandonó la imprenta, y siguió estudiando música en el conservatorio Williams. Creció. Terminó el colegio en una escuela nocturna. Con sus hermanos, con sus amigos, acostumbraba ir a charlas y conciertos. En alguno de todos se topó, un día, con un pianista de quince años que lo impresionó tremendamente. Se llamaba Luis Bacalov.

—El que ganó el Oscar con la música de Il postino. Nos hicimos grandes amigos y le sugerí dar unos conciertos.

Para entonces tenía veinte años y hacía algunos meses que mantenía correspondencia -intensa- con Ángela Groba.

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En 1963 Horangel empezó a publicar un libro llamado Predicciones astrológicas. Desde entonces y hasta hoy el libro ha aparecido puntualmente, cada año; lleva vendidos treinta millones de ejemplares y la de 2009 (publicada por Atlántida) es la edición número cuarenta y seis.

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—La diferencia que hay entre un astrólogo de los que te dicen “a usted le va a pasar tal cosa” y los que, como Horangel, hacen astrología mundana y pretenden vaticinar lo que va a pasar en el mundo, es que se abre una brecha de posibilidades mucho más grande para ser refutado. Es más fácil refutar un vaticinio al cual todos tenemos acceso —se va producir un cataclismo equis, van a matar a tal— que refutar algo que le dice un astrólogo a una persona. ¿Dice algo de la buena fe de Horangel que se dedique a la astrología mundana? Posiblemente. Se arriesga a lanzar profecías o pronósticos que cualquiera puede chequear. Pero su buena fe no lo hace más efectivo. En 2004 dijo que si el triunfador de las elecciones en Estados Unidos resultaba George Bush, corría el riesgo de no concluir su mandato, por enfermedad o accidente. A la luz de lo que ocurrió, no fue así —dice el periodista argentino Alejandro Agostinelli, autor del blog magiacritica, en el diario Crítica.

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“Los horóscopos no son serios; lo mío es una ciencia”, titulaba la revista Gente, en el año 2008, un artículo donde Horangel decía así: “Tengo más de cuatro mil aciertos. Pronostiqué la muerte de la princesa Lady Di con el día exacto (…) Si hubiera puesto un consultorio, estaría forrado en dólares. Pero mi trabajo es serio. Los horóscopos son poco serios, y lo mío está basado sobre estudios”. En la página 243 de su libro Predicciones astrológicas 2008-2009 pueden leerse cosas como estas bajo el signo de Sagitario: “El Lucero Vespertino tocará Sagitario (…) en su pasaje por el sector, ayudará a resolver viejos dilemas conyugales, amparará los noviazgos y las uniones postergadas se consumarán con felicidad. (…) La agudeza y la fina percepción para los negocios rápidos patrocinarán adquisiciones significativas, traslados e inauguraciones”.

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Datos difusos, frases desdibujadas, escenas inconexas: eso sucede cuando Horacio Tirigall habla de los nexos que llevan de ciertas cosas a ciertas otras: en este caso, del nexo que llevó de la inexistencia absoluta de Ángela Groba en su vida a la existencia absoluta de Ángela Groba en su vida. Difuso, vago, desdibujado, habla de reuniones en las que él solía tomar cualquier objeto que le dieran los presentes y aventurar, en plan de broma, alguna cosa acerca del dueño de ese pañuelo, de ese par de gafas. Habla, en particular, de una reunión en la que una mujer le dijo: “¿Por qué no me dice algo sobre este anillo?” y que él, sin pensarlo, respondió: “A la persona dueña de este anillo la mordió un caballo y tiene un ojo de vidrio y está en cama”.

—La mujer me contestó: “En efecto, mi marido acaba de ser mordido por un caballo, y está internado en un hospital”.

Difuso, vago, desdibujado, dice que se cruzó con esa mujer en más reuniones y que, en una de tantas, la dama le dijo: “Conozco a una persona que le puede interesar” y le dio una dirección, en la ciudad de Córdoba, de una chica llamada Ángela Groba, universitaria, estudiante de francés, grafóloga, ganadora de premios literarios desde los ocho años. Horacio Tirigall le escribió, a esa mujer, una carta petulante en la que le hablaba de Schopenhauer y de poetas alemanes. Ella no le respondió durante dos meses. Y, cuando lo hizo, ya no hubo manera de parar. Él tenía veinte. Ella, seis menos. Eso quiere decir que, cuando Ángela Groba empezó a enamorarse de ese hombre al que no conocía, era una niña de catorce años.

***

—Yo no dudo que Horangel cree en lo que hace, pero es una impresión personal –dice Alejandro Agostinelli—. Y no está bien juzgar a las personas por las impresiones. Porque no sabemos si él maléficamente sabe que está engañando a los demás o si confía en lo que hace. Pero se expone al ridículo y eso te inspira cierta ternura. Por otra parte, no son los tipos como Horangel los responsables de lo que sucede, sino los medios, que siempre andan buscando gente rara para que haga afirmaciones extravagantes. Y después nosotros, los periodistas, nos hacemos los tontos, nos lavamos las manos, decimos ah, no sé.

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—Ángela escribía tan divinamente.

Horangel tiene la piel muy lisa, intocada por el sol, los poros espesos, apretados, de un varón de veinte.

—Cuando me llegó su primera carta perdí toda cordura. Nos escribíamos tres veces por semana. El tipo del correo me decía: “No te veo caminar pisando el piso, vas flotando”. Estuvimos un año escribiéndonos antes de conocernos. Ni siquiera nos habíamos mandado una foto. Un día le dije: “Mirá, yo tengo absoluta dependencia de esta relación con vos. No pienso en otra cosa, no puedo hacer otra cosa que escribirte y leerte. Tengo que casarme con vos”. Le sugerí a Luis Bacalov, ese pianista joven con el que dábamos conciertos, que hiciéramos uno en Córdoba. Le dije: “Resulta que me escribo con una chica y no la conozco, nunca la vi, pero me he enamorado de ella. Vive en Córdoba, tiene catorce años, y no podemos dejar de escribirnos cartas fogosas, ardientes”. Fuimos. Cuando llegamos, tomé un mateo para recorrer el territorio. Y ella estaba en la puerta, sola. Nos dimos un gran abrazo. Un abrazo definitivo. Yo no la conocía, pero hubiera podido dibujarla. Yo temblaba todo el tiempo, y ella también. Después me presenté a los padres. El padre no me quería. Me decía: “Usted es un seductor literario”.

Un año después, Ángela Groba y Horacio Tirigall se casaron y empezaron a vivir en San Isidro.

—Ya había decidido que la música no era para mí. Había conocido, en casa de Luis Bacalov, a Lalo Schiffrin. Y me di cuenta de que yo no podía tocar el piano. Para mí fue como la línea Maginot: dije “basta, empezó otra guerra para mí”.

Y, aunque nunca dejó de tocar Beethoven para Ángela, abandonó la idea de la música y empezó a ser esto que es: Horangel, la mezcla de Horacio y Ángela.

***

En Predicciones astrológicas 2009-2010 (editorial Atlántida) la carta de los editores dice así: “Horangel basó su arduo y minucioso trabajo no sólo en el dictado de los astros: lo complementó con rigurosos buceos por la Historia, la Psicología, la Heliofísica y otras disciplinas colaterales, hasta lograr una Ciencia de lo Posible que llamó Previmetría. Es decir, la predicción de sucesos en función de cálculos celestes y terrenos que dejaron atrás la intuición, la casualidad o la audacia —la irresponsabilidad, en suma— y les dieron serio y respetable sostén a sus pronósticos. El resultado fue y sigue siendo sorprendente. Predijo centenares de sucesos. (…) Los asesinatos de John Fitzgerald Kennedy y Martin Luther King, la guerra árabe-israelí de Los Seis Días, la llegada del hombre a la Luna y el trágico terremoto que enlutó al Perú en 1970 (…). Causó gran conmoción su acierto sobre la muerte de Lady Di, predicho con fecha exacta. Así también el atentado a las Torres Gemelas de Nueva York y el colapso financiero mundial anunciado en Mercado Bursátil y el Efecto Canguro (Predicciones astrológicas 2008-2009)”. En la página 46 de Predicciones astrológicas 2008-2009, bajo el titulo “Mercado bursátil, Efecto Canguro”, dice: “El criterio especulativo de las grandes potencias moverá hilos invisibles que con frecuencia inusitada burlarán el ritmo relativamente moderado de las oscilaciones bursátiles en el mundo. El constante cambio de manos de empresas prestigiosas, el lavado de dinero, los capitales golondrina y la corrupción de gobernantes inescrupulosos promoverán en las bolsas el Efecto Canguro, es decir que sólo funcionarán a los saltos”.

***

—La previmetría es un estudio de la persona, no del zodíaco. Algo basado en encuestas. Yo empecé hace años a estudiar a cientos de personas, millonarios, atletas, presidentes, trabajadores comunes, farmacéuticos. Y después los iba metiendo en signos, entonces usted veía que subían en tal cosa, bajaban en tal otra. Como frasquitos. Tenía los promedios de personas reales: los que tenían tendencia a hacer buenos negocios, los que se habían casado cuarenta veces o una vez. Tengo un millón seiscientos mil encuestados. Gasté, en eso, más de cuatro millones de dólares. Nosotros vivimos en Perú, en España, en Florencia. Todos nuestros viajes son de estudio y de investigación muy seria. En Florencia fuimos a un laboratorio astrofísico. Ahí estudié las manchas solares, y aprendí que el sol tiene estiramientos. Se estira como una carita.

Se toma las mejillas con las manos, estira y dice, pedagógicamente:

—Así.

***

“Horacio Tirigall, más conocido como Horangel, es uno de los pseudocientíficos más populares en la Argentina”, escribió el periodista Alejandro J. Borgo (especializado en temas pseudocientíficos y director del CFI Argentina —Center For Inquire Argentina, http://www.cfiargentina.org— en la revista Pensar, abril 2007. “(…) Horangel apuesta a los clásicos, pero los clásicos a veces no se dan: hace largo tiempo que el afamado profesional viene prediciendo la abdicación de la reina Isabel, las posibles enfermedades de figuras conocidas, el pago total de la deuda externa argentina (…)”.

—El tipo —dice Alejandro Borgo— tiene un discurso bien elaborado. Utiliza muy bien la jerga pseudocientífica: hacer pasar por científico algo que no lo es. Él dice que usa la previmetría, algo que hasta ahora ningún científico sabe qué es. Es difícil saber si él está convencido de lo que está diciendo. Lo único que podemos decir es que si lo juzga uno por sus resultados, lo que predice hasta ahora no es gran cosa. Dice que predijo la muerte de Kennedy, pero la muerte de Kennedy la habían anunciado videntes en Estados Unidos mucho antes. Y lo que trasciende es lo que el tipo acertó, y no lo que no acertó. Y siempre hay una probabilidad. Tirás mil, tres acertás.

***

En sus primeros años como Horangel, con la previmetría en pleno desarrollo, Horacio Tirigall trabajaba también como celador en un colegio, preparaba alumnos, era bibliotecario, relataba partidos de fútbol, redactaba fotonovelas y discursos para políticos. El nexo que lleva de una cosa a la otra es, una vez más, difuso, vago, desdibujado.

—Pasaron cosas. Conocí personas.

Un día, dice, a los oídos del presidente de la empresa Mercedes Benz llegó el rumor de un hombre que le había predicho, al anarquista y escritor español residente en la Argentina, Diego Abad de Santillán, que iba a recibir una carta importante el día 10 de octubre.

—La carta llegó. Yo no sé cómo supe. El caso es que a los 23 años yo era asesor del presidente de Mercedes Benz.

En esos años —difusos, vagos, desdibujados— se presentó en las oficinas de Julio Korn, dueño de la revista Vosotras, y empezó a publicar una doble página con predicciones. Poco después le ofrecieron un programa de televisión por canal 9: Dimensión Astral. Allí, un día, dijo: “Señores, yo creo que el próximo 22 de noviembre lo pueden matar al presidente Kennedy”. Era 1963. Llegaron quejas, llamados del Gobierno. Una semana después, Kennedy estaba muerto en la fecha que Horangel había predicho. Dice que no lo echaron pero que, así y todo, tuvo a la CIA durante cinco años pegada a los talones.

***

—¿Y quién prueba una cosa así? Yo también, puedo decir que me persigue Interpol. Horangel parece el agente del recontraespionaje, Maxwell Smart. Yo diría que este señor me diga qué organización internacional avaló la previmetría —dice Alejandro Borgo—, en qué revista de astronomía o de física la publicó. Que no me diga que fue a visitar el observatorio tal. Yo le hago un desafío: que me diga qué número va a salir en la lotería en una fecha determinada, lo jugamos y le donamos lo que salga al hospital Garrahan. Y le hacemos un bien a la humanidad.

En Predicciones astrológicas 1991-1992, Horangel escribió: “El próximo año [el conocido comentarista de fútbol argentino)] José María Muñoz será portador de nuevos lauros y crecientes beneficios materiales”. José María Muñoz falleció en 1992. En Predicciones astrológicas 1993-1994 escribió:“[Para Lady Di y el príncipe Carlos] Existe la probabilidad de que este matrimonio, luego de un tiempo, aplaque sus iras y (…) se reconcilien (…) Diría que a partir de junio mejorará el panorama de esta relación”. Ambas citas están tomadas del libro Puede fallar. Predicciones fallidas de astrólogos, videntes y mentalistas en la Argentina, escrito por Alejandro Borgo y Enrique Márquez (Planeta 1998).

***

Horangel no tiene consultorio, no hace cartas natales personalizadas, no atiende a civiles de a pie. Vive, dice, de asesorar a una empresa petrolera que paga sus movimientos por el mundo y de la venta de sus libros que, desde hace años, mantienen una estructura más o menos igual a sí misma: una carta a sus lectores; un calendario de lluvias (astrometeorología); un capítulo dedicado a la lectura del dorso de las manos (donde dice por ejemplo, que la cutícula crecida que tapa la base de la uña indica “abuso de alimentación chatarra y consumo excesivo de azúcares; alteración transitoria del sistema nervioso, insatisfacción sexual”); una sección con predicciones mundiales (rebrotes del cólera o peligrosos asteroides demasiado cercanos); otra, más amplia, con predicciones para cada signo y, en los últimos tiempos, un capítulo sobre los astros y su influencia en el corte de pelo. En Predicciones astrológicas 2008-2009 detalla, bajo el título “Depilación, tintura, cortes de uñas y tratamientos para la piel”, los días propicios para cada una de esas actividades: “El llamado ‘viento solar’ es el que traslada desde el Sol hasta la Tierra la mayor cantidad de protones electrificados, que tantos perjuicios suelen causar al cuero cabelludo y a la piel”, dice, escribe, justifica.

***

Después de aquel programa en canal 9 hizo otro, llamado Juicio Final, en canal 13, y en los primeros años setenta se fue a vivir, con Ángela, a Venezuela.

—Tuvimos una oferta de Venevisión para hacer allá Horangel y los Doce del Signo. Y fue un éxito. Después me hice asesor de la familia.

La familia es la familia Cisneros, dueña, en aquel país, de Venevisión y Directv, y sobre cuyos miembros pesan, siempre, sospechas oscuras.

—Pero yo no necesitaba ese apoyo. Ya tenía mi dinero. Yo no quiero ese dinero. Ni ese ni el de nadie. Publico mi libro, y el que lo quiera comprar, que lo compre. Esos que le dicen a la gente cómo le va a ir en el amor, todo eso son inventos de las revistas.

Así, durante más de tres décadas, su base de operaciones fue Caracas, desde donde regresaba a la Argentina para publicar el libro de las predicciones. Pero cinco años atrás se instaló en Buenos Aires, en un departamento de la Recoleta, y entonces, un día, esa mujer que fue a buscar a Córdoba para quedársela toda la vida, Ángela Groba, se enfermó.

—Y la semana pasada me dijo que quería internarse. Yo no quería, pero ella insistió.

***

De Horangel se dicen cosas: que es culto, que es discreto. Que no es como los demás. Escancia frases sobre la astrología caldea, Fenelón, la genética y el determinismo. Dice que ganó su primer millón de dólares siendo muy joven, en una historia que no puede develar del todo y en la que asesoró, de forma casi conductista, a una mujer muy rica en un juicio por unas propiedades. Que, durante años, guardó el dinero que ganaba en cajas de zapatos. Que le robaron. Que lo atrapó el corralito.

—Si yo fuera adivino, sería todo muy fácil. Pero lo mío es otra cosa. La astrología usa los planetas, y la distancia que hay entre ellos, y dice que eso podría influir en el momento del nacimiento sobre un individuo, según el lugar, la hora, etcétera. Eso no se pudo probar nunca, porque si uno cree ciegamente en eso está negando la teoría genética, y no se puede ser terminante porque hay personas que nacieron el mismo día y son muy distintas, o cuatrocientos que se mueren en un accidente aéreo y son todos de distinto signo.

Lo rodea el halo de virtud del no fanático. De quien permite la sombra de la duda incluso en su contra, aun a su pesar.

***

Al final de la tarde el televisor está apagado, y el pasillo que lleva a las habitaciones, sumido en susurros lentos. Horangel se pone de pie y camina —como si fuera a desarmarse— hacia el sitio donde yace esa mujer que quiso —que quiere— tanto.

—Ella quiso venir. Yo no quería.

Las enfermeras, a su paso, lo miran con recelo, se escabullen.

—Yo quería seguir cuidándola en casa. Si yo la cambio, la lavo, le plancho, soy marido, enfermero, amante, todo. Yo no quería una internación.

Y, antes de entrar al cuarto, la mano pálida en el picaporte, dice:

—Tener un buen amor es una bendición. Pero no hay que andar diciendo que uno fue feliz en el amor.

Y después:

—En el fondo, yo he intentado ser siempre un hombre bueno.

Dos semanas después, Ángela habrá muerto.

Hay algo que la niña, de pronto, sabe. Está recostada en la cama de su madre, en la duermevela de la tarde, quizás un fin de semana, seguramente en Burzaco, seguramente a fines de 1960. Está ahí, la niña, durmiendo o mejor dicho: intentando dormir, intentando vaciarse de todas las palabras cuando de improviso llega eso: la certeza. Como una hiedra que trepa, como una oscuridad que le va tomando el cuerpo y recién a lo último llega a la cabeza, la certeza avanza y se transforma en pensamiento, y ese pensamiento dice: la muerte es.

La muerte, es.

Todo lo que está acá: el techo, la cama, los árboles, tu madre, vos misma, Claudia Piñeiro: todo va a morir. Todo va sumirse en un abismo eterno y no hay nada que puedas hacer al respecto.

—Mamá.

Claudia abre los ojos, llora.

—Mamá.

Su madre se acerca, escucha las angustias de su hija, explica lo que está a su alcance. Su madre –que décadas después morirá de Parkinson; que décadas después será nombrada en el honesto libro Elena sabe- dice lo único que puede decirse en estos casos:

—Pero si sos una nena, qué te vas a morir.

Claudia se le queda mirando: su madre no la entiende. No entiende que la certeza de la muerte la declara a ella, Claudia Piñeiro, muerta.

—Desde muy temprano tengo conciencia de que la vida es finita. Y eso cambia mucho a una persona.

Cuarenta años más tarde, en el bar Rond Point –donde ha escrito fragmentos de todas sus novelas- Claudia Piñeiro habla sin seriedad y sin sonrisas. Como si dijera: es.

—Pero bueno. Saber eso tiene algunas ventajas.

La muerte, es.

***

Tres hombres flotando, muertos, sobre una piscina de aguas calmas. Una anciana sentada en un banquito y esperando que le haga efecto una pastilla. Un arquitecto dibujando un edificio que jamás va a construir. Una escritora esperando en su departamento que el diario de la mañana golpee contra la puerta. Una mujer escondida atrás de un árbol, viendo cómo su marido discute con su amante y la empuja y la mata por accidente.

Cuando empieza a trabajar en un libro, Claudia Piñeiro no parte de ideas en abstracto sino de imágenes como éstas: construcciones enigmáticas que la acometen de un modo inesperado –como si fueran sueños o visiones o fenómenos de la naturaleza- y de las que Piñeiro va rielando, a lo largo de los meses, una historia mayor, una estructura, un esqueleto que permite que los muertos en el agua se transformen en Las viudas de los jueves; que la anciana de la pastilla se convierta en Elena sabe; que el arquitecto sea el personaje principal de Las grietas de Jara; que la escena del árbol y la amante de lugar a Tuya; y que la escritora sea la figura fuerte de Betibú: el último de todos los títulos; una novela de lectura fácil y estructura compleja que vuelve a instalar a Piñeiro en el lugar incógnito de una autora de best séllers.

Nadie sabe –y todos quieren saber- cómo hace para vender. Nadie sabe –y todos quieren saber- si hay una fórmula, un mapa del tesoro, una especulación secreta que la deposite en el lado próspero de las palabras.

De todo esto, Piñeiro sólo sabe algunas cosas: que hay que cuidar las estructuras del relato para que sean hilos sólidos pero a la vez invisibles. Que no importa tanto si un personaje es alto, bajo, rubio o morocho, como qué hacen esos personajes ante ciertas situaciones límite. Que los nombres de los protagonistas deben elegirse con infinito cuidado porque en el nombre –sobre todo en el apellido- yace la historia familiar del personaje. Que dentro de la historia –principalmente, si puede leerse como un policial- el lector nunca debe saber más que el narrador. Esas cosas sabe.

Pero las otras, no.

Alguna gente que la conoce y la quiere –este es un dato: mucha gente quiere a Claudia Piñeiro- tiene, sin embargo, hipótesis.

Dice Guillermo Martínez, escritor: “Un elemento que, creo, resultó inicialmente atractivo en su escritura fue el de develar un mundo relativamente oculto y hasta ese momento ‘no escrito’: la intimidad del country. Ese mundo aparece a la vez dentro de un relato policial, que tiene un público propio, fiel e interesado en nuevas variantes. La parte más abierta y saludable de la crítica valoró también que sus novelas abordan indirectamente las consecuencias sociales del menemismo, el derrumbe del 2001, etcétera, lo que les da el plus de ‘seriedad’, más allá de lo ‘meramente policial’ que parece necesitar la crítica para aceptar una novela policial”.

Dice Alberto Díaz, director editorial de Emecé, elegido Editor del Año por la Fundación el Libro: “Confieso que en el año 2005 leí Las viudas de los jueves más como curiosidad sociológica que por interés literario. Error. De su lectura descubrí que éste no era un libro más: había un lenguaje solvente y perfectamente adecuado al tema, capacidad para construir personajes y contar una historia sin fisuras, concienzudo detalle de un microcosmos que la autora logra elevar a categoría universal, y que en algunos momentos recuerda a Arthur Miller… A partir de entonces leí todos sus libros. Ya es posible hablar de una ‘obra’ y de una autora con voz propia”.

Dice Cristian Domingo, compañero de Piñeiro en un grupo de lectura y escritura al que Claudia aún hoy concurre, y uno de los primeros lectores de Betibú cuando aún estaba en proceso: “No creo que la suya sea una fórmula secreta, al estilo Coca Cola. Lo que convoca tanto es qué cuenta y cómo lo cuenta. Casi todos los lectores, a pesar de lo que creen algunos snobs literarios, abrimos un libro esperando que nos cuenten una buena historia. A su talento hay que agregarle aquello que decía Arlt: la prepotencia de trabajo. Cree en esto y lo practica rigurosamente. Además de que es sincera, humilde y generosa, algo que creo que es apreciado entre sus colegas, generando ese afecto que la aparta de las camarillas literarias”.

Dice Julia Saltzmann, a cargo de Alfaguara, la editorial de Piñeiro: “Tratándose de Claudia Piñeiro, me parece fuera de lugar hablar de fórmulas. La fórmula es una receta que cualquiera puede seguir valiéndose de determinados ingredientes y dosis, y no creo que las novelas de Claudia nazcan de este tipo de procedimientos. Si la pregunta, en cambio, es por qué sus libros son muy leídos, diría que es, además de por su indudable solvencia narrativa, sobre todo porque son cercanos: los lectores pueden encontrarse a cada paso con situaciones similares a las que han vivido y con formas de diálogo familiares. En cuanto a los temas, Claudia parece tener unas antenas poderosas para captar preocupaciones o asuntos que están en el ambiente. Y finalmente, creo que a todo esto se suma un factor que también resulta convocante, que es la crítica social que impera en sus libros, que proviene de un deseo muy genuino de manifestarse respecto de asuntos que nos afectan a todos como sociedad. Aunque muchas veces se la considere una escritora de novelas policiales, en la raíz de lo que hace Claudia está la dramaturgia, aquello que sí o sí quiere ser dicho en voz alta, no lo propio del secreto”.

Dice Rosa Montero, jurado del premio Clarín de Novela (que fue otorgado a Piñeiro por Las viudas de los jueves): “La verdad es que nunca se sabe por qué se vende un libro. Leo novelas superventas que me parecen horrendas y un tostón y luego hay libros maravillosos que de pronto no se venden nada. Pero en algunas felices ocasiones, como ésta, obras que te parecen apasionantes, maravillosamente escritas, con emoción, ritmo, humor, inteligencia y contenido, resulta que además se venden un montón. Cosas así son las que te hacen sentir confianza en el ser humano”.

Dice Claudia Piñeiro:

—No he tenido problemas por escribir libros populares. Aunque sí, a veces, hay un prejuicio de gente que dice “yo best sellers no leo, así que no leo lo que vos escribís”. Pero bueno. Cada uno tiene derecho a elegir qué leer. Yo tampoco leo todo lo que sale.

Y no sonríe. Y no está seria.

Como si dijera: es.

***

En el country La Maravillosa, en una casa con mesas de mármol y adornos de plata, sobre un sillón de terciopelo verde, hay un hombre degollado. La noticia llega pronto a las redacciones y en el diario El Tribuno deciden contratar a Nurit Iscar: una escritora de pasado exitoso y presente deslucido –su último libro recibió pésimas críticas, y desde entonces sólo trabaja de escritora fantasma- que pronto es enviada a vivir al country para escribir “desde adentro” y en clave de non fiction sobre las hipótesis del crimen.

Cuando llega a La Maravillosa, Nurit no sólo queda de cara al misterio de un asesinato (que luego derivará en varios). Debe internarse, también, en la incógnita mayor que supone vivir en un barrio cerrado. Interminables pedidos de datos en la entrada, calles despobladas, casas vacías y empleadas domésticas denunciadas por robarse un queso forman parte de un mundo que Nurit descubre con la boca abierta.

Algo parecido –pero sin muertos, y sin fracaso literario- le sucedió a Claudia Piñeiro trece años atrás, cuando se mudó al country de zona norte donde hoy vive y donde terminó escribiendo todos sus libros. Vino con su marido arquitecto –del que ya se separó- y con tres hijos que hoy tienen 13, 15 y 17 años.

—Me costó mucho adaptarme. Sentí una soledad muy grande, una abstinencia de no poder salir a la esquina y tomarme un café. Yo tenía una sensación que luego le presté a Nurit: la idea de que acá nada puede pasarte. Ni para bien ni para mal: nada. Me acuerdo que una vez iba hablando con una amiga acá adentro y le decía: “¿Pero con quién podés llegar a cruzarte acá…?”, y justo en ese momento pasó Nicolás Repetto, en la época del primer Sábado Bus, que era un éxito. Guau, dijimos. Nos pasó algo.

Es mediodía de un martes y en el living –sillones claros, ventanales, y una vista que da a un césped lacio, una pileta, árboles- Claudia Piñeiro sonríe con sus ojos azules. Su voz es plácida: fina. Todo lo demás es silencio.

—Igual no creas. Con el tiempo las cosas cambiaron. Ahora todo está tranquilo, pero acaban de irse catorce chicos que se quedaron a dormir. Hay escritores que sólo pueden trabajar de noche, cuando nada se mueve, je. Yo no.

Sin rituales, sin horarios malditos, sin botellas de ginebra, sin tormentas visibles: en este lugar con luz, Piñeiro escribió cinco novelas –además de dos obras de teatro, un ensayo histórico y dos libros para niños- que la transformaron en una de las autoras más populares de Argentina. Tuya es usada en las escuelas secundarias para iniciar a los estudiantes en la lectura. Las viudas de los jueves –ganadora del Premio Clarín- tiene cientos de miles de ejemplares vendidos y fue llevada al cine por Marcelo Piñeyro. Elena sabe está terminando de ser adaptada para teatro con dirección de Marcelo Moncartz e Inés Cuesta. Las grietas de Jara –ganadora del premio Sor Juana Inés de la Cruz- también irá a la pantalla grande, esta vez dirigida por Julia Solomonoff. Betibú no baja del ranking de los más vendidos desde el mes de su lanzamiento. Y todos los libros, en definitiva, terminaron colocándola en un pedestal que a veces no es sólo simbólico. Una tarde de Navidad, caminando con su hija por un shopping, Piñeiro llegó a una librería donde se alzaba una montaña de ejemplares que en la cima, como una estrella de Navidad, estaba coronada por el rostro de Claudia.

—Fue impactante. Con mi hija nos miramos, dimos media vuelta y nos fuimos.
—¿Por qué?
—Porque noto que mis hijos necesitan preservarse de algunas cosas. Esto lo he visto mucho con los hijos de otros dramaturgos o escritores: en la obra de sus padres hay demasiada información, y ellos raramente quieren acceder a eso.
—Tus hijos, entonces, no han leído tus libros.
—No les impongo nada. Las novelas están ahí, y si quieren pueden leerlas. Pero yo no los obligo a leer ningún libro, menos todavía si es mío. Además, me parece que la cabeza de la madre está demasiado abierta ahí, y ellos son chicos y les va a costar ver qué es fantasía y qué es verdad, y quizás empiecen a pensar: “¿A mi mamá le habrá pasado esto que dice ahí?” Si eso pasa con los lectores adultos, ¿cómo no les va a pasar a ellos?
—¿Te molesta ese equívoco?
—Es raro. Con Elena sabe se me ocurrió contar que mi mamá, al igual que la protagonista, había tenido Parkinson, y eso dio lugar a todo tipo de malos entendidos. Una vez Rosa Montero me dijo: “Nunca hay que decir que algo es autobiográfico porque la gente lo interpreta mal”. Y tenía razón. La relación entre madre e hija en el libro es mala, y tuve que aclarar mil veces que mi relación con mi mamá no era mala, a pesar de que había un montón de situaciones en el libro que tenían que ver con nosotras y de las que mi madre, que tenía muy buen humor, se habría reído.
—Igualmente, Elena sabe es un libro muy duro.
—Sí. La enfermedad es dura. Es difícil de mirar. Mientras mi mamá estaba enferma yo noté que hay mucha gente que no puede mirar a los enfermos. Y el enfermo empieza a perder la mirada del otro. Entonces, veo que Elena sabe es como un primer plano de ese cuerpo. Si querés leer la novela tenés que ver todo lo que aparece ahí, y algo te va a doler.
—A vos también te habrá dolido.
—No siempre es agradable ponerte a sacar todo eso para afuera. No todo el mundo se atreve. Cuando doy clases me pasa que hay gente que trae historias y a veces te das cuenta de que esas historias tienen algo tremendo detrás y que no logran sacarlo porque es doloroso. Y a la vez, al no poder sacarlo se quedan en la superficie de la historia. El tema es poder nombrar. El recuerdo, la escritura tienen que ver con poder nombrar. Y para poder nombrar hay que tener una cierta valentía.
—Hay que escribir desde la fisura, entonces.
—De algún modo, sí. Las fisuras que tienen los personajes no necesariamente son todas propias, pero son fantasmas que uno conoce y que finalmente te permiten construir al personaje. A mí no me interesan mucho los personajes íntegros, porque no me los creo. El ser más íntegro alguna fisura debe tener, y esa grieta a su vez es el punto de empatía con el lector, que tampoco es íntegro.
—Nurit Iscar, la protagonista de Betibú, es una escritora de best sellers que se cayó del podio. Más allá de las diferencias entre ficción y realidad, da la sensación de que ése podría ser un temor tuyo.
—Sí, claro. Lo que más le presté a Nurit son fantasmas. Temores de lo que me puede pasar en unos años, cuando mis hijos tengan 20 y ya no me necesiten tanto. Fantasmas respecto de qué pasa si alguna vez sacás un libro que no le interesa a nadie. ¿Qué hacés? ¿Seguís escribiendo? ¿No seguís escribiendo?
—A su vez, dentro del libro esas preguntas aparecen en un contexto de mucho humor negro.
—Es que ése era un objetivo. Quería reírme de algunas cosas que tenían que ver conmigo. El regreso al escenario del country también se relaciona con eso. Tengo amigos escritores que llegaron a ser encasillados en un tema y se matan por correrse de ese tema, por aclarar todo el tiempo que ése no es “su” tema y que fue sólo “ese” libro, y me dije: ¿Qué pasa si lo hacemos al revés? ¿Qué pasa si vuelvo al country pero la historia es totalmente diferente? Y eso es lo que hice: mientras que Las viudas de los jueves tiene un punto de vista endogámico, en Betibú no hay nadie “de adentro” que cuente la historia.
—¿Te leen tus vecinos del country?
—No lo sé. Hace un tiempo una persona me dijo: “Así que escribiste otra vez sobre el lugar donde vivimos”, y le contesté que era un error: todos esos lugares son parecidos. Igualmente, con Las viudas pasó que el libro se vendía muchísimo y había ganado un premio importante, y el éxito creo que en eso te protege.
—Pero ese éxito también debe tener un doble filo. Betibú es el cuarto título que publicás luego de Las viudas…, y sin embargo en las contratapas de tus libros se te sigue mencionando como “la autora de Las viudas de los jueves”.
—Sí. Ese libro me produce una sensación ambivalente. Por un lado le estoy sumamente agradecida al libro y al Premio Clarín, por lo lindo que es que te conozcan un montón de lectores. Me pasa que si voy por la calle y alguien me para y me dice “leí tu libro”, sé que es Las viudas… Pero por otro lado pensás: “Basta, ya hablemos de otro…”.
—Sobre todo porque los otros libros, en mi opinión, son incluso mejores.
—Totalmente. Las viudas… tampoco es el libro que a mí más me gusta. El periodista Vicente Muleiro, que me acompañaba a algunas charlas organizadas por el suplemento Ñ, me decía que yo quería ser la viuda de Las viudas de los jueves. Y algo de eso hay.

***

Antes del éxito de Las viudas de los jueves, Claudia Piñeiro fue muchas cosas. Fue, en primer lugar, una niña. Una niña que escribía muy bien. Sus composiciones se leían siempre en los actos escolares, y las maestras le decían a su madre –la de Piñeiro- que guardara esos cuentos y la madre los guardó en un lavadero. Un lavadero que un día –años después- se inundó.

—Mis carpetas de Ciencias Económicas estaban en un lugar privilegiado dentro de la casa, pero mis cuentos estaban ahí. No quedó nada.

Antes del éxito de Las viudas de los jueves, Claudia Piñeiro fue una contadora eficiente –el mejor promedio de su promoción en Ciencias Económicas- que trabajaba para un estudio importante, y que solía llorar en el ascensor de la empresa.

—Eso lo conté en algunas entrevistas, y desde entonces me ha pasado de encontrarme con ex socios de ese estudio que me preguntan: “¿Fui yo el que te hizo llorar?”. Je. Todos creían que podían haber sido. En ese estudio debemos haber llorado varios.

Antes del éxito de Las viudas de los jueves, Claudia Piñeiro fue una mujer de veintinueve años y tailleur inmaculado que subió a un avión rumbo a San Pablo con el fin de hacer un inventario en una fábrica de tornillos. Para no pensar en los tornillos –para no seguir llorando- Piñeiro abrió el diario, y vio un aviso: la editorial Tusquets convocaba a un concurso de novela erótica llamado “La sonrisa vertical”. Piñeiro decidió presentarse. Pidió licencia en el trabajo para dedicarse a escribir, y escribió. Y con esa primera escritura salió finalista del premio.

—Ahí pensé: “Esto puede que funcione no sólo por placer. Acá hay algo”.

Antes del éxito de Las viudas de los jueves, Claudia Piñeiro escribió, finalmente, en el año 2005, Las viudas de los jueves: una historia que trabajó en el taller de Guillermo Saccomanno y que la terminó instalando como autora de renombre en el escenario literario argentino primero, y en el internacional después.

Ahí fue cuando Las viudas de los jueves, al menos en la vida de Piñeiro, dejó de ser un libro para transformarse en un punto de partida: Piñeiro, ante los ojos de todos, empezó a nombrar. Así llegó Tuya, un thriller de humor ácido –escrito antes de Las viudas…, pero publicado después- que se lee en una sola noche de insomnio. Llegó Elena Sabe: un relato honesto y lacerante sobre la enfermedad y la vejez. Llegó Las grietas de Jara, una metáfora sobre el desmoronamiento –familiar y social- que tiene de telón de fondo la cara oscura del boom inmobiliario. Y llegó Betibú: un policial de lenguaje llevadero y exacto, que Piñeiro construyó cruzando humor, fantasmas y varias páginas de medicina forense.

—Sí, leo libros de medicina forense. Tengo dos que se usan en la Facultad. Si el primer asesinado muere degollado, yo tengo que leer todas las posibilidades de degüello que hay: para arriba, para abajo, con un chorro de sangre en la mano, con la mano limpia… –enumera con una voz dulce, delicada: maligna.
—¿Y nunca hablaste con un forense?
—No. Lo que pasa es que no conozco a ninguno.

Los ojos de Piñeiro –azules, oscuros- se detienen en alguna observación remota.

—Pero sería bárbaro, ¿no? No podés hablar con mucha gente de cómo es un degüello.

Silencio.

—De la muerte, bah.

De la muerte. No podés, dice Piñeiro, hablar con mucha gente de la muerte.