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¿Pero puede haber mayor tedio que una crónica mesurada? La sensatez, tan útil para decidir que el mejor colegio para los niños es el que está más cerca de la casa, es un narcótico literario.
Palmeras de la brisa rápida (Alianza, 1989)

El animal del reportaje

Juan Villoro Ruiz pasó la primavera de 2012 en Barcelona. Viajé para seguirlo la última semana de su estancia en aquella ciudad en la que impartió un curso del máster en Creación Literaria de la Universidad Pompeu Fabra. Me intrigaba conocer, entre otras cosas, por qué un controvertido genio, poco elogioso, de nombre Roberto Bolaño, lo definió como un escritor que con el paso de los años no se había convertido en cobarde ni caníbal.

El último día de la persecución lo acompañé al aeropuerto El Prat para que se subiera a su avión de regreso a la ciudad de México. Antes de que entrara a la sala de abordar, nos sentamos en una cafetería de paninos con pequeñas sillas plateadas, en las que la altura y corpulencia de Villoro resaltaban aún más. Puse la grabadora sobre la mesa y la encendí para registrar el relieve acústico de su voz calculada y estereofónica. “Qué bueno. Ya era hora de que grabaras algo”, me dijo con una sonrisa irónica, al inicio de aquella conversación, la única que guardé en mi vieja Olympus tras varios días a su lado en Barcelona. Esa entrevista en forma, con una duración de apenas cincuenta y cuatro minutos y treinta y siete segundos, debí comenzarla improvisando la pregunta de si él grababa siempre a sus entrevistados. “Casi nunca oigo lo que grabo, porque lo que recuerdo es lo importante. Pero grabo por una cuestión casi jurídica”, respondió.

Villoro suele hablar con un amable tono pedagógico sobre todas las cosas. Sabes que te está dando una cátedra de algo pero no te apabulla con su conocimiento. El escritor Javier Marías ha resaltado los tremendos poderes de persuasión —seducción incluso— de Villoro, así como su mordiente ironía. Es claro que encarna un caso inusual: “El de poseer una inteligencia sin vanidad”, de acuerdo con Julio Villanueva Chang, editor de la revista Etiqueta Negra. Villanueva Chang también dice que Villoro ha hecho suyo el credo de Gay Talese: “Decir la verdad sin ofender”. Otro atributo de la conversación casual de Villoro es que puede producir frases sumamente poderosas: aforismos que siguen la tradición de Georg Christoph Lichtenberg, escritor del siglo XVIII al que Villoro ha traducido del alemán al español. Lichtenberg es una de varias influencias de la cultura alemana que le fue inculcada desde niño por su papá.

Luis Villoro Toranzo, nació en Barcelona en 1922, y en su juventud viajó a París para estudiar primero en La Sorbona y luego en Múnich, donde se matriculó en la Ludwig-Maximilians-Universität, de la desaparecida República Federal de Alemania. A sus noventa años, Villoro Toranzo es uno de los filósofos mexicanos más respetados. Aunque lleva meses en convalecencia, todavía cuenta con energía para sostener correspondencia pública con el subcomandante Marcos, líder del Ejército Zapatista de Liberación Nacional (EZLN), la organización política-militar que considera al papá de Juan Villoro como uno de sus principales referentes. Villoro Toranzo también cuenta aún con un estómago adecuado para comer un tamal mientras mira por la televisión la entrega de los premios Oscar en compañía de su hijo. En ocasiones pregunta acerca de los conceptos que él mismo desarrolló en sus libros, algunos de los cuales olvida a ratos a causa de su padecimiento. Ambos comentan, sobre todo, temas recurrentes del pensamiento de Villoro Toranzo, como su análisis crítico de la ideología.

Si la prosa del Villoro escritor va de forma vertiginosa directo al descubrimiento (y el trayecto al descubrimiento suele ser aún más revelador), la del Villoro filósofo hace el rodeo revelador: “Quien está preso en un estilo de pensar ideológico no tiene por qué aceptar que su creencia se deba a intereses particulares, porque él sólo ve razones. En realidad, si aceptara que su creencia es injustificada y que sólo se sustenta en intereses, no podría menos que ponerla en duda. Por eso la crítica a la ideología no consiste en refutar las razones del ideólogo, sino en mostrar los intereses concretos que encubren”.

En la entrevista del aeropuerto El Prat pedí a Villoro hablar de otras diferencias entre la escritura de él y de su padre. “Como no soy filósofo, sino escritor, soy fácilmente chismoso, porque es obvio que a un escritor lo que le interesa es la vida privada de las personas. Contar historias singulares, meterte donde no debes. Y también como periodista, pues muchas veces conoces a las personas no sólo por sus ideas o sus posturas, sino por sus tentaciones más bajas, y es más difícil respetarlas”.

Antes de que acabara la conversación en el aeropuerto —durante la cual, sin que lo supiéramos, Josep Guardiola provocaba un cisma en Cataluña al anunciar su renuncia como entrenador del Futbol Club Barcelona—, comenté a Villoro que en México buscaría a su mamá, Estela Ruiz Milán, para entrevistarla.

“¿Seguro? Si lo haces, ella va a querer escribir esta crónica”.

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La primera crónica en forma que publicó Villoro apareció a finales de los años setenta en la revista semanal del Palacio de Bellas Artes. El personaje central de su historia fue el autor de “El dinosaurio” (“Cuando despertó, el dinosaurio todavía estaba allí”), el célebre cuento breve, tan relacionado con el México actual y sus inesperados vaivenes y la reaparición de la nomenclatura y burocracia del PRI que inspiraba en aquellos años más microrrelatos, como el del interminable título “Tú dile a Sarabia que digo yo que la nombre y que la comisione aquí o en donde quiera, que después le explico”, el cual inicia así: “Era un poco tarde ya cuando el funcionario decidió seguir de nuevo el vuelo de la mosca”. Augusto Monterroso había sido maestro de Villoro en un taller literario de la UNAM, en el que también participaban el poeta infrarrealista Mario Santiago Papasquiaro y el periodista independiente Jaime Avilés, entre otros. A petición de Sergio Pitol, quien trabajaba en la revista de Bellas Artes, Villoro hizo su primer texto de no ficción. El entonces joven escritor no tenía duda alguna de su vocación como narrador de ficción, pero la experiencia periodística le gustó. Visualizó la oportunidad de no restringir sus curiosidades, la posibilidad de viajar más y la de contar con un pretexto legítimo para entrevistar a personas. También descubrió que del periodismo emergían experiencias secundarias que luego podían ser usadas en los cuentos que escribía en esos años.

Aquello sucedió hace más de tres décadas. Hoy no es raro que Villoro sea definido como uno de los principales periodistas mexicanos. Sus crónicas y conceptos al respecto son populares y respetados. Una de sus crónicas de largo aliento más recientes es 8.8: El miedo en el espejo (Almadía, 2010), en la que narra el terremoto que sacudió a Chile durante febrero de 2010, mes en el que Villoro participaba en un Congreso Iberoamericano de Lengua y Literatura Infantil y Juvenil celebrado en Santiago. El texto inicia así: “Mi padre siempre ha dormido en piyama. Lo recuerdo en las noches de mi infancia con una prenda azul clara, de ribetes azul oscuro, y así lo veo cuando lo visito en sus ochenta y siete años en sus ocasionales cuartos de enfermo”.

Y uno de sus conceptos periodísticos más populares gira sobre el ornitorrinco, ese raro animal mamífero, reptil y ave con el que Villoro equipara a la crónica, por el amplio catálogo de influencias que pueden nutrirla. El ornitorrinco que ha inventado Villoro para explicar un género de moda en el mundo literario es capaz de provocar discusiones públicas entre académicos y periodistas, lo mismo en Italia que en una provincia lejana de Argentina. O bien, ser retomado durante debates internos en periódicos del Distrito Federal como El Universal, en el que la recién creada revista Domingo estuvo cerca de ser bautizada como Ornitorrinco.

Esta misma crónica está estructurada a partir de los siete “animales” que Villoro propone en el ensayo aparecido en Safari accidental (Joaquín Mortiz, 2005). Por ello es que, a partir de este momento, el lector se encuentra frente a un ornitorrinco —es probable que no bien nacido— de mi experiencia con el escritor mexicano en Barcelona.

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—¿Te sientes más afianzado en el periodismo que en la literatura?
—La verdad es que en ningún lado. Eso es lo interesante. Es como cuando te gusta una chava. Si te interesa, te pone muy nervioso, no se te ocurre algo absolutamente genial que decirle. Lo mismo pasa con los géneros literarios: el teatro pone unas tensiones distintas a las que te ponen los cuentos para niños o las crónicas. Además, las crónicas funcionan en el presente, entonces tienen que ser entendidas y leídas hoy, lo mismo la literatura para niños, que también apela a los niños contemporáneos. En ese sentido, me da gusto conectar. Pero en otros géneros sí puedes ser más caprichoso y posponer tus efectos. Decir: “Pues a lo mejor dentro de cuarenta o cincuenta años alguien va a entender esta novela”.
—En el mundo periodístico eres visto como un gurú.
—Yo tanto como gurú no me siento. El secreto de la vida es no tomarse muy en serio y jamás pensar que tú tienes una responsabilidad exagerada en tus espaldas.
—¿Es equivalente el compromiso ético de un periodista y el de un escritor?
—El compromiso ético del periodista es mayor que el del escritor. El escritor puede ser un hijo de puta y ser un genio, no tiene que rendirle cuentas a nadie y puede ser tan caprichoso como quiera, someter a sus personajes a todo tipo de torturas y deslealtades, lo importante es que el efecto sea bueno. Y puede tener una vida privada siniestra. No es que el periodista tenga que ser un ángel, pero lo que sí necesita de manera imprescindible es establecer un pacto de confianza con la gente: si a ti te van a decir cosas, deben poder confiar en ti, y tú necesitas tener una empatía con los entrevistados para entenderlos. Es decir, en el periodismo, las razones de lo que tú vas a escribir están en los otros, y eso es una muy saludable lección ética, porque te saca de ti mismo, te quita tus certezas y te demuestra que los demás tienen razón. Eso es central para mí.

El animal de la novela

Una novela que se limita al proselitismo es tan inútil como una arenga política que se percibe como un caudal de metáforas.
Los once de la tribu (Aguilar, 1995)

A la medianoche, en la calle Roger de Llúria, sobre la que se encuentra el departamento de Juan Villoro en Barcelona, todavía se percibe algo del ambiente del Día de Sant Jordi que se celebró el lunes 23 de abril de 2012. Jóvenes caminan discutiendo en catalán, mientras que en el suelo frente al viejo portón del edificio está tirado un racimo de tallos con las flores decapitadas. En el centro de la fiesta patronal están las rosas y los libros que los catalanes regalan a lo largo del día. La fecha coincide, además, con el aniversario de la muerte de Shakespeare y Cervantes. Villoro acaba de llegar a su departamento tras una larga jornada en el Día del Libro y de la Rosa, la cual terminó en un restaurante diseñado por Jean Nouvel, el mismo arquitecto francés que creó la sofisticada torre Agbar, a la que la arquitectura mental de los catalanes de a pie renombró como “El Supositorio”, por su anatomía cónica y redondeada de proporciones monumentales. Ahí cenó tapas con amigos y compañeros de El Periódico, uno de los dos diarios más importantes de esta comunidad autónoma española.

Durante el día, Villoro acudió a diferentes puntos de Barcelona a firmar libros para sus lectores. Entre las resonancias carnavalescas de una de las sesiones se topó al escritor Enrique Vila-Matas, amigo de antaño con quien en esta primavera parece que se dio un distanciamiento. Mientras ambos firmaban sus nuevos libros (Villoro, Arrecife, y Vila-Matas, Aire de Dylan), en algún momento, el autor catalán se acercó y le dijo que lamentaba que estuvieran molestos. Villoro le respondió que no sabía que lo estaban. El escritor colombiano Juan Gabriel Vásquez, que estaba presente, intervino de prisa diciendo que seguro estaban molestos porque el Barcelona había perdido el partido de ida con el Chelsea en la Champions League. Todos rieron. Al final de la sesión de firmas, Vila-Matas se acercó de nuevo a Villoro. Le dijo que no tomara a mal que no hubiera respondido un mensaje suyo para que leyera y le hiciera comentarios a Arrecife antes de imprimirlo. Villoro le contestó que no había ningún problema. Vila-Matas y Villoro, junto con el chileno Roberto Bolaño y el editor de todos ellos, Jorge Herralde, formaron un grupo compacto que se reunía de forma regular en ciertos bares de Barcelona. El grupo menguó porque Bolaño murió y Vila-Matas enfermó, y luego dejó la editorial Anagrama y firmó un contrato con Seix Barral, recién adquirida por Planeta. Villoro y Vila-Matas quedaron como dos personas que fueron amigos íntimos y ahora se llevan cordialmente y se respetan, aunque no se frecuentan.

Mientras Villoro recuerda aquella época que tuvo su auge en los alrededores de 2000, entra Martín Caparrós, quien pasa estos días en el departamento de Villoro. El escritor y cronista argentino viene de una fiesta en el Belvedere, precisamente uno de los bares de escritores en los que antes se reunían Bolaño, Herralde, Vila-Matas y Villoro. Caparrós platica que se encontró ahí al cantante Andrés Calamaro, quien ese día también estuvo dedicando ejemplares de un libro que publicó sobre su vida o algo así. Villoro le comenta que a él le tocó firmar al lado de un hombre llamado —no es broma— Mario Vaquerizo, esposo de la cantante Alaska.

Como los canapés del festejo del Belvedere eran inalcanzables, Caparrós va a la cocina a destapar una cerveza Coronita (el nombre que toma la Corona en España) y a prepararse un sándwich. El cronista argentino recién terminó un libro sobre degustaciones exóticas para la editorial oaxaqueña Almadía, el cual lleva como título Entre dientes, pero su trabajo más ambicioso va en sentido contrario al de la gastronomía extravagante: se trata de un gran reportaje sobre el hambre en el mundo. Es por ello que ahora está en Barcelona, donde planeaba pasar la mayor parte de 2012. Caparrós ha elegido esta ciudad como centro de operaciones para moverse desde aquí hasta la India y a algunos países africanos a hacer su investigación. Aprovecha los días en Barcelona para hacer crónicas de futbol que manda a El Periódico, en que Villoro lo ha recomendado.

Villoro y Caparrós comparten muchas más cosas que las páginas de El Periódico y este departamento de la calle Roger de Llúria en esta primavera: ambos hacen novelas y crónicas, ambos escriben de futbol, ambos han traducido a autores del siglo XVIII y hasta el nombre de sus esposas es el mismo: Margarita. Se han convertido en auténticos amigos.

En algún momento, desde la cocina, Caparrós pregunta sobre Bledos a Villoro. Éste le contesta que es un pueblo remoto que está en la frontera de San Luis Potosí con Zacatecas, México, en el que nacieron algunos de sus ancestros. Caparrós confiesa que durante la mañana espió su biblioteca y lo más raro que halló fue una tesis académica sobre dicho lugar. Cuando Villoro está a punto de explicar sobre Bledos, Caparrós se da cuenta de que se le quemó una de las rebanadas de pan con las que estaba por hacerse su sándwich. Maldice su suerte en argentino.

Una vez que vuelve a la sala, Villoro le cuenta que incorporó Bledos a El testigo, pero que en la novela lo renombró como Cominos. En el pueblito hay una hacienda que producía el mezcal Toranzo hasta que la Revolución mexicana acabó con el latifundio y la hacienda quebró. Hoy vive en ese lugar un primo de Villoro que es arquitecto. Lo cuida con una escopeta y una jauría. Un bull terrier llamado Droopy fue por años el vigilante más férreo que podía haber en la zona, asediada por bandas innombrables como Los Zetas. El día que murió Droopy, el primo de Villoro lo metió a una congeladora mientras iba a buscar a un yesero a la ciudad de Zacatecas para que le hiciera un monumento al guardián caído. El monumento a Droopy actualmente está ahí. Su historia podría parecer un invento literario, sin embargo, no lo es.

La plática con Villoro y Caparrós se dirige después hacia La Portellada, otro pueblo, éste de Teruel, en la franja catalana de Aragón, donde doscientos de los trescientos habitantes se apellidan Villoro. Ahí nació, un siglo atrás, su abuelo, el médico Miguel Villoro Villoro. Algunos de los Villoro de La Portellada se reúnen cada año aquí en Barcelona, en el bar Martín Villoro, al que el escritor va de vez en cuando. Villoro lleva una década interesado por su pasado familiar en esta región. En 2002 visitó La Portellada y publicó un artículo para El País titulado “El pueblo de tu nombre”.

Casi a las dos de la mañana, Caparrós se marcha a dormir al cuarto de huéspedes, mientras que Villoro se alista para hacer lo mismo. El escritor no usa pijama, a diferencia de su padre el filósofo. En cambio, se pone un pants gris deportivo de Newport y unas pantuflas blancas. Antes de meterse a su habitación, coge el teléfono de la cocina para llamarle a su esposa a México. Margarita, a quien Villoro llama “mi angelito”, le cuenta de su pequeña hija Inés y de otros asuntos del día, hasta que llega el momento en que comentan las noticias en México, que giran alrededor de la forma en que hacen campaña los tres principales candidatos de las elecciones presidenciales en puerta. Según una nota de Reforma que le platica Margarita, Enrique Peña Nieto, del PRI, lo hace con seis aviones a su disposición; Josefina Vázquez Mota, del PAN, con uno, mientras que Andrés Manuel López Obrador (el candidato por el que votarán Villoro y Margarita), del PRD, se traslada en vuelos comerciales.

El animal del teatro grecolatino

Defequé un líquido de una fetidez extrema. En cientos de cantinas he visto las blanduzcas y amarillentas cagadas de la dieta mexicana, como si padeciéramos una monomanía vegetariana. Lo mío era un chorro negro, intoxicado.
El disparo de argón (Alfaguara, 1991)

La mañana del martes 24 de abril, Juan Villoro permanece arrinconado en el comedor, frente a una pequeña mesa con una Mac negra que, a causa de tanto uso, ya tiene borrada la mayor parte de las letras del teclado. La amplia mesa principal del comedor está a su lado, sin que Villoro la use para escribir. Suele ocuparla su esposa Margarita para trabajar, mientras que, cerca de ahí, un cómodo escritorio ubicado frente a la ventana con la mejor vista del departamento, tiene crayones para colorear que delimitan la propiedad: fue asaltado y tomado por su hija Inés. Tres semanas atrás estuvieron aquí Margarita e Inés, durante las vacaciones de Semana Santa y la semana de Pascua. Luego se fueron, pero Villoro respeta sus dominios en el departamento de la calle Roger de Llúria y escribe en un rincón.

El escritor contesta sin parar un mensaje electrónico tras otro. Suele sortear peticiones para que haga prólogos a libros narcos o de literatura clásica, comente exposiciones de pintura o participe en programas de televisión. También para que dé entrevistas sobre teatro grecolatino o el PRI, imparta clases especiales en alguna universidad estadounidense, lea manuscritos de amigos, sea jurado, reciba premios, apoye causas perdidas y se implique en una larga lista de cosas que exigen una exagerada servidumbre. Sin embargo, Villoro es un escritor prolífico. Sólo su fallecido amigo Carlos Monsiváis podría competir con él en cuanto a omnipresencia.

En algún momento, Villoro detiene la marcha y se acerca a la cocina para prepararse el desayuno. No le molesta, pero tampoco parece que le entusiasme mucho la idea de que lo consideren sucesor de Monsiváis. Durante varios años, Villoro viajó con él a eventos de diversa índole, en los que Monsiváis era “el cronista” y Villoro “el joven cronista”. Lo mismo acudían a Londres para un encuentro de escritores que a una convención revolucionaria en el sureste de México. En agosto de 1994 fueron a la selva tojolabal para participar en el primer gran encuentro que organizó el EZLN con representantes de la sociedad civil. Monsiváis y Villoro fueron dos de los seiscientos invitados seleccionados por el subcomandante Marcos. Ese año de la insurrección chiapaneca, Villoro había sido invitado a participar como profesor en la Universidad de Yale, donde además de enseñar literatura latinoamericana, tomó un seminario con Harold Bloom y se lesionó el tobillo practicando esquí. En 1994 acudió a Chiapas con la intención de escribir una crónica que luego publicó con el título de Los convidados de agosto (un guiño a Rosario Castellanos). Villoro llegó a la selva con una férula, pero como Monsiváis sufriría la misma lesión el primer día del viaje al territorio zapatista, Villoro le prestó su férula, además de que le compartió las recomendaciones médicas puntuales que él mismo había recibido. La primera noche, cuando Monsiváis logró al fin meterse al sleeping bag, se sintió un genio y juró no volver a apoyar ninguna causa que no fuera urbana.

Una diferencia importante entre Monsiváis y Villoro estriba en que Monsiváis no escribió nunca cuentos ni novela. Aunque de esto último, al parecer, sí tuvo la intención. De acuerdo con Villoro, el escritor japonés Kenzaburo Oe, con quien coincidió en un evento celebrado aquí en Barcelona, le dijo que había conocido tiempo atrás a un escritor mexicano de nombre Carlos Monsiváis, quien le había platicado que estaba haciendo una ambiciosa novela sobre la fiebre del oro en Tijuana. Villoro le preguntó después a Monsiváis si lo que le había dicho el premio Nobel japonés era cierto o se trataba de uno de sus comunes divertimentos. Monsiváis reconoció que sí había intentado hacer esa novela en los setenta, pero no lo había conseguido.

La conversación sobre férulas lleva a que Villoro recuerde que debe conseguir zapatos nuevos antes de regresar a México. Sale a la calle a cumplir ése y otros pendientes. Tras unos cuantos pasos entra a una tienda de discos, donde suena un saxofón a todo volumen. Es la música de un cubano exiliado en Barcelona que se oye mientras Villoro busca la Sinfonía fantástica, de Berlioz, para llevársela a su hija Inés. “Es una buena forma de acercar a los niños a la música clásica”.

Después va a una tabaquería en la que compra un sello postal por cincuenta y un centavos de euro. El despachador refunfuña porque no encuentra en la caja todo el cambio compuesto por monedas diminutas que parecen de mentira.

—Ya casi no hay centavos —le comenta Villoro.
—No había, pero ahora con la crisis que tenemos, van a tener que salir como sea.

Villoro pega el sello en un sobre. Lleva adentro una factura con la que cobrará el prólogo que hizo a la nueva edición de un libro de Juan Carlos Onetti. Deposita el documento en el buzón de la esquina de la tabaquería y continúa su marcha hacia la zapatería Camper. Villoro y el despachador, que le da un par de zapatos número 11 americano, ríen mientras comentan que hay gente que llega y quiere darle cierto caché a su compra y pronuncia “Campér”, con acento en la “e”, como si fuera francés. En realidad, explica el empleado, el nombre de la marca Camper es un homenaje a los “campe-sinos” de Mallorca, la isla oriental de España donde se fabrican.

Tras renovar calzado, Villoro debe ir al barrio de las e-companies, en el que están las nuevas cabinas de la Radio Nacional Española, donde lo entrevistarán sobre Arrecife. El productor, un hombre tan expresivo como una piedra, lo espera en la cabina cuarenta y cuatro del piso cuatro del edificio, para enlazarlo a Madrid con el entrevistador. Villoro se ha puesto ya sus zapatos Camper nuevos y responde preguntas a lo largo de una hora: “Esta novela tiene que ver con la memoria y con la forma en la que nos relacionamos con el pasado”, “Me interesaba una novela en la que el narrador tuviera una memoria imprecisa”, “El miedo es en México nuestro mejor recurso natural”, “Los mayas mataban, no porque les pareciera gratuita la vida y fueran sanguinarios, sino, al contrario, porque tenían miedo de que todo el cosmos desapareciera, de que todo se muriera si ellos no ofrendaban lo más preciado, que era la sangre”. Villoro está sentado de espaldas a los operadores, con aparatosos audífonos bien puestos para escuchar a su entrevistador. Habla de forma animada. Va de un tema rebuscado a otro más simple con naturalidad. En algún momento menciona El Lado Oscuro de la Luna, no en alusión al disco de Pink Floyd, sino al programa radiofónico de rock que condujo en los setenta en México, una década en la que Villoro era estudiante de Sociología en la Universidad Autónoma Metropolitana, cuentista en ciernes y letrista del grupo Los Renol. Al fondo, por la ventana de la cabina ubicada en el moderno edificio, todo el tiempo suben y bajan elevadores cargados de personas elegantes. Villoro sigue hablando: “El 10% del lavado de dinero del mundo acaba en Londres, algo que casi no se sabe”, “Estos hoteles son como sedes interespaciales. Los habita gente que no quiere tener pertenencia alguna”, “Los arrecifes son tentaciones peligrosas. Aguas de peces hermosos, pero también de tiburones”. En comparación con El testigo, Arrecife es la apuesta de Villoro por la claridad: una claridad rodeada de cientos de desafíos morales que giran en torno a un asesinato cometido en un Caribe mexicano transformado en “Disneylandia con herpes o un Vietnam con room service”.

Luego de la entrevista, Villoro regresa a su departamento. En la entrada se topa con su amigo, el dueño de una tienda de comestibles junto al edificio de la calle Roger de Llúria. Sale al tema la bolsa de basura que al parecer ha dejado en la calle un periodista americano que vive en el mismo edificio. “Un periodista americano, pero no es Hemingway”, aclara Villoro. El periodista americano que no es Hemingway representa una pesadilla de veinticuatro horas para la mayoría de los inquilinos del viejo edificio. Se trata de un hombre que se pone violento con el ruido del aire acondicionado de los departamentos vecinos. Por ello, Villoro ha tenido que pagar tres revisiones, de cuarenta euros cada una, para disminuir más y más el ruido del suyo. Sin embargo, el periodista americano que no es Hemingway aún está insatisfecho. Una auténtica lata para todos.

Por la tarde, luego de la comida, la nueva parada quedará muy cerca de la Praça de Sant Jaume, donde están el Ayuntamiento y el Palau de la Generalitat de Cataluña. Villoro irá al Colegio de Arquitectos de Cataluña, en el que un pequeño comando conspira la creación de un círculo de lectores arquitectos catalanes. Uno de los miembros es su primo Joan Villoro, quien le ha pedido que participe en una mesa de discusión que servirá para ir calentando el asunto entre la comunidad local de arquitectos. Durante el trayecto, por la ventana del taxi se ve un grupo de fanáticos del Chelsea recién llegados a la ciudad. Como su equipo juega hoy en la noche contra el Barcelona, los hooligans están haciendo desmadre en las calles del Barrio Gótico. Villoro parece no darles importancia.

A la sesión inaugural del club de arquitectos lectores ha acudido poca gente. De hecho, casi hay el mismo número de exponentes que de público. “Es una sesión que empieza en familia”, justifica con buen ánimo Joan Villoro, cuando arranca el evento. El moderador es Gerardo García-Ventosa, director de la Caja de Arquitectos, quien presenta de forma campechana al Villoro escritor: “Aquí lo conocemos por sus escritos en El Periódico y sobre todo por el Premio Herralde. Yo, en lo personal, no lo conocí por su novela El testigo, sino por sus cuentos de Los culpables”. Comparten la sesión con Villoro el arquitecto y escritor Josep Maria Montaner, la historiadora de arte Raquel Lacuesta y el editor de una revista arquitectónica, Moisés Puentes.

Villoro habla de la importancia del espacio arquitectónico en el mundo de un escritor. Cuenta que viene del Distrito Federal, una ciudad en la que ni siquiera se sabe cuántos habitantes hay. “Preguntas y te dicen que entre dieciséis y veinte millones, un margen de error de cuatro millones, el número de habitantes que tiene una ciudad europea”. Después explica que Vladimir Nabokov ponía a sus alumnos a leer La metamorfosis, de Kafka, y les pedía que hicieran un plano de la casa de Gregorio Samsa. “No puede haber literatura sin espacio”. Más adelante habla de las bibliotecas de arquitectos que ha visitado. Por ejemplo, la de Luis Barragán, donde encontró invaluables libros de jardinería y de fortificaciones militares. Por ello, aboga para que los familiares de los arquitectos muertos de Barcelona donen sus bibliotecas y sus valiosos libros no queden desbalagados.

Finalmente emplaza a los asistentes a defender la vigencia del libro como objeto y refiere un artículo que publicó al respecto en la revista colombiana El Malpensante. Recuerda la tradición catalana con los libros: “Cuando El Quijote llega a Barcelona dice: ‘Aquí sí hacen libros’. Además, creo que de aquí son los mejores editores”. Parece que va a terminar su intervención, pero insiste de nuevo en que se luche por la vigencia del libro como objeto. Hasta parece que se exalta: “La fiesta de Sant Jordi es un buen momento para defender el libro: no me imagino un Sant Jordi en el que se estén regalando descargas electrónicas de libro. ‘Hola. Feliz día. Te regalo una descarga electrónica de libro’”. Aunque hay poco público, Villoro se lleva una estruendosa ovación cuando termina de hablar.

El último destino del día son las oficinas de El Periódico, donde verá el partido de vuelta de la semifinal de la Champions League, entre el Chelsea y el Barcelona. En la redacción del diario se siente la misma atmósfera de expectativa de un pequeño estadio de futbol. Villoro es detenido a cada rato para saludar y recibir abrazos mientras camina entre los escritorios de reporteros y editores, rumbo a la sala de juntas del periódico, como si fuera el alto y barbudo defensa central del equipo que va entrando a la cancha del Camp Nou. Al sentarse en el lugar donde verá el partido con un grupo de editores del diario, coloca sobre la mesa un pequeño elefante que ha comprado por cinco euros a un vendedor africano, durante una cita con un amable periodista boliviano en un bar. “Es el elefante de Botswana que nos dará la suerte”, dice. Tras la divulgación de unas fotos de cacería del rey Juan Carlos I en Botswana, al lado de un paquidermo muerto, los elefantes africanos se han puesto malamente de moda.

Pese al elefante de la suerte, el primero de muchos alaridos de la sala de juntas ocurre al minuto dos con cuarenta y siete segundos, cuando el Chelsea se acerca con peligro a la portería del Barcelona. Unos minutos después, la puerta de la sala de juntas se abre de forma violenta. Aparece un editor desorbitado gritando en contra del propietario ruso del Chelsea: “¡Cómo puedes tener un yate, una casa así y tener un equipo así! ¡Cómo puede pasar eso con Abramóvich!”.

En la pantalla, un imponente negro llamado Didier Drogba tumba al auténtico defensa central del Barcelona, Gerard Piqué, novio de la cantante colombiana Shakira, y Villoro comenta: “Pensamos que lo iba a lesionar la cadera de Shakira, pero fue un caderazo de Drogba el que lo tumbó”. Al minuto treinta y cinco, Barcelona anota uno de los goles que necesita para remontar la situación con el Chelsea, quien le ganó en el partido de ida, como bien lo recordó Juan Gabriel Vásquez a Villoro y Vila-Matas, durante Sant Jordi. Ocho minutos después, el Barcelona anota otro gol y se alcanza a oír que el narrador del partido dice una y otra vez “groovie” o una palabra en catalán que suena muy parecida. Los editores y Villoro se relajan, pero no del todo. Lo impide un brasileño del Chelsea que mete un gol magistral en los minutos extra del primer tiempo. Villoro pone cara de fastidio y se quita el suéter después del tanto.

En el medio tiempo, los espectadores de la sala de juntas comentan sobre Josep Guardiola, el joven entrenador del Barcelona que se ha convertido en el gurú de la ciudad tras conseguir más campeonatos que nadie en la historia del club. También hablan sobre lo catastrófico que sería que Barcelona quedara eliminado de este torneo, aun más en medio de la depresión económica que viven Cataluña y el resto del Estado español. El tema de la crisis se extiende hasta que comentan el rumor de que se avecina un recorte de personal en el diario El País.

El segundo tiempo se convierte en un calvario para los de la sala de juntas a partir de que Lionel Messi falla un penal. Silencio sepulcral. Un par de minutos después, un editor lo rompe diciendo: “Es el octavo que falla”. Otro se para y grita: “¡Mierda! Hay que vender a Messi ya, no sé qué hace en el Barcelona”. Después el silencio regresa a la sala de juntas, pero nunca más la cordura. Ahora sí se oye clarito que el locutor de la televisión asegura: “Esto parece una película de Hitchcock”.

Villoro adopta una nueva postura, de mayor concentración. Incluso se pone los anteojos con los que escribe, y saca y acaricia un misterioso llavero de la suerte, el que sí es, en serio, su amuleto para la buena fortuna. El elefante de Botswana sigue sobre la mesa, pero ya no es gracioso. La sala de juntas parece una capilla velatoria hasta el minuto ochenta, cuando el Barcelona anota un gol, y Villoro se levanta y salta como niño mientras abraza al subdirector de El Periódico y ambos gritan “gol” una y otra vez.

Sin embargo, el árbitro anula el tanto porque el jugador que lo hizo estaba en fuera de lugar. Todo es tan rápido en este momento que no hay tiempo de lamentar demasiado el engaño de la fortuna. En la pantalla, el Barcelona sigue atacando. Sus jugadores disparan contra la portería una y otra vez. En cierto momento, el balón golpea el travesaño de la portería rival… La agonía termina cuando un jugador español del Chelsea, Fernando Torres, anota el gol que manda todo al carajo. El Barcelona quedó eliminado.

Los editores gritan y patean. Las sillas de la sala de juntas salen volando y los descansabrazos golpean el piso, mientras que las patas quedan de lado. “Vamos a cambiar páginas”, dice uno de ellos, con el rostro rojo y enfurecido. Villoro se queda en la revoloteada sala de juntas. Solo. Sumido en un silencio reflexivo.

Cinco minutos después sale de ahí y va a la isla de edición en la que el subdirector y otros periodistas trabajan con la portada del día siguiente. No hay nada más importante en el mundo que la derrota del Barcelona en una semifinal, y por eso toman con tanta seriedad las palabras que deben elegir para el titular de mañana. Hace unos días, su equipo perdió contra el Real Madrid y la cabeza fue: “La noche más amarga”. El subdirector plantea que el editorial del día siguiente sea una crítica a Lionel Messi. Otro editor le pide que tenga calma con el argentino, pero sugiere que se escriba con dureza contra el entrenador Guardiola. Otro editor más aparece y los tranquiliza a los dos. Les dice que esperen un día para reflexionar con frialdad sobre el partido antes de emitir juicios contundentes. El titular sigue sin definirse y se acerca peligrosamente la hora de cierre de la edición.

Mientras tanto, algunos reporteros de otras secciones llegan con Villoro para que les firme ejemplares de Arrecife. Villoro les hace largas y afanosas dedicatorias. Se acerca la medianoche y acaba de perder el Barcelona. Aún tiene energía para concentrarse y poner una palabra tras otra con un ritmo frenético, como si acabara de despertarse y estuviera en la misma mesa de trabajo en la que se arrincona a trabajar por las mañanas cuando está en su departamento de la calle Roger de Llúria.

El animal de la entrevista

Me gustan tus historias, las alucinaciones con lagartijas de colores, los delirios de otra época. Mis amigos tuvieron que ir a la guerra para pasar por eso. Tú te jodiste en paz. Este país no deja de maravillarme. Los mexicanos necesitan chingarse para estar bien, por eso son tan buenos en las Olimpiadas de paralíticos.
Arrecife (Anagrama, 2012)

Esa noche triste de Barcelona, Juan Villoro llegó a su departamento de la calle Roger de Llúria preocupado porque la chapa de la puerta principal estaba movida, como si alguien la hubiera forzado. ¿El periodista americano que no es Hemigway? Villoro siguió avanzando por el pasillo y en la barra del comedor encontró un platón con fresas frescas y una botella vacía de cerveza Coronita. También una imponente rosa roja sumergida en un vaso grande de vidrio con agua. “¿Quién habrá dejado esto?”, se preguntó Villoro. Luego dijo: “¿Caparrós?”. Era parte del ritual de despedida de su huésped, quien al día siguiente debía volar hacia Argentina para participar en la Feria Internacional del Libro de Buenos Aires, en la que tenía que presentar Ida y vuelta, un libro con la correspondencia sobre futbol que mantuvieron Villoro y Caparrós durante el Mundial de Sudáfrica 2010.

En el comedor, Villoro se lamentó de que la derrota del Barcelona implicara otorgarle más aliento a personajes como el entrenador del Real Madrid, José Mourinho, un tipo conocido por el sistema represivo y dictatorial que emplea para dirigir a sus jugadores, a quienes ordena cometer faltas al equipo rival para sacarlo de quicio. Y si el árbitro expulsa a uno de los suyos, el tramposo entrenador dirá después que se favoreció al Barcelona: que uno de los suyos fue expulsado solamente porque el Barcelona tiene comprados a todos. Képler Laveran Lima Ferreira, mejor conocido como Pepe, es un defensa del Real Madrid que ha llevado al extremo el “estilo Mourinho”. Más que por su nivel de juego, el futbolista portugués es famoso porque le pisó la mano a Messi cuando éste ya estaba tirado en el piso; además, ha dado patadas célebres a otros rivales mientras se encuentran indefensos. Villoro lo define como un sociópata.

Mourinho es tan maquiavélico —dice el escritor— que llegó a generar un nivel de tensión entre los jugadores del Barcelona y el Real Madrid, el cual puso en riesgo la estabilidad de la selección de futbol campeona del mundo, en la que los integrantes de ambos equipos debían convivir. Para tratar de remediar esto, el capitán del Real Madrid, el portero Iker Casillas, le habló por teléfono al capitán del Barcelona, el mediocampista Xavi Hernández, a fin de proponerle una especie de tregua. Mourinho se enteró y estalló en furia. En represalia, dejó en la banca a Casillas durante varios partidos. Otro que padeció el “estilo Mourinho” fue el antiguo director general del Real Madrid, el argentino Jorge Valdano. A su llegada a Madrid, cuando el entrenador portugués era cuestionado por los periodistas acerca de temas polémicos, respondía: “Si quieren la versión amable, busquen al argentino”. Ni siquiera llamaba a Valdano por su nombre. Una vez dijo: “Ese argentino se va cuando yo consiga mi primer título”. Y así fue. Valdano salió del Real Madrid cuando Mourinho ganó el primer campeonato. “Mourinho es como Hitler pero sin genocidio. Tiene el mismo aparato de propaganda y control”, lamenta Villoro.

No resulta extraño que Villoro sea tan apasionado del Barcelona, debido a su pasado familiar y a otras cosas como el heroico actuar del equipo catalán durante los años de la dictadura de Francisco Franco. Lo que sorprende es que su equipo favorito en México sea el Necaxa, un conjunto tan inocuo que Don Ramón, el personaje de El Chavo del Ocho, cuando se veía en apuros, para expresar su neutralidad ante ciertas disputas, decía: “Yo le voy al Necaxa”.

—En cuestión de los equipos y grupos literarios que existen, ¿también le vas al Necaxa?, ¿te consideras alguien neutral?
—Yo creo que los grupos literarios son necesarios, son útiles, porque sin grupos de pronto no hay revistas, no hay espacios de acción cultural, entonces, me parece muy respetable que alguien pertenezca a un grupo. Yo nunca he querido hacerlo, porque también me parece que un grupo tiene el handicap de que estás trabajando para una comunidad demasiado restringida de intereses, y que los críticos de esa comunidad te van a favorecer siempre, y los que no pertenecen a esa comunidad, o son incluso enemigos, van a tener un prejuicio. Yo prefiero que la gente me juzgue, hasta donde eso es posible, a partir de lo que yo hago y nada más. Algo que, claro, tampoco es fácil, porque todos tenemos prejuicios: si un autor es chilango o es de Tijuana, es católico, o es de izquierda o es de derecha, ya tienes un prejuicio respecto a él. Así es en cualquier cosa.
—Eres libra, el signo más diplomático del zodiaco…
—Sí, rehúye el enfrentamiento directo, pero eso no quiere decir que Libra sea un signo blando. Lo que pasa es que busca, digamos, la fuerza tranquila o la fuerza amable: convencer a los demás y tratar de que ellos crean que tus ideas son de ellos. La mayoría de la gente que yo he conocido de ese signo es más suave para el enfrentamiento, pero no menos resistente.
—Claramente eres de izquierda, pero a veces desde ahí te acusan de ser de derecha.
—Sí. Uno de los grandes problemas de la izquierda es que si no asumes la postura mayoritaria, parecería que eres un traidor al interior del grupo. La frase de Siqueiros de “No hay más rutas que la nuestra” muchas veces es lo que impera en cualquier discusión de izquierda.
—¿Qué haces con esas críticas y discusiones?
—Yo considero que la tolerancia es un atrevimiento. Muchas veces pensamos que la tolerancia es algo blando, que significa ser débil y consecuente con ideas en las que no crees, pero yo estimo que es al revés. La tolerancia es un atrevimiento, porque significa escuchar al otro pensando que puede tener razón y respetar una idea discrepante, aunque eso no es fácil. Ahora, el atrevimiento es también decir lo que tú piensas en ese contexto, sin pretender destruir al otro, aniquilar o criticar. Es un movimiento complicado, pero yo creo que hay que hacerlo. Yo he tratado siempre, si estoy en un grupo, de decir: ‘Bueno, estamos juntos en esto y mi compromiso es decir lo que pienso’. Casi siempre lo he hecho.
—¿Así fue tu periodo de militancia en el Partido Mexicano de los Trabajadores?
—En aquel tiempo, los sábados en la mañana teníamos larguísimas asambleas y al final votábamos. Una vez que la asamblea aprobaba algo, tenías que apoyarlo aunque estuvieras en contra. Digamos, hay una razón de partido que siempre es compleja: ya que perdiste la discusión, tienes que apoyar la resolución. Esos momentos no son tan fáciles, pero bueno, tampoco es dramático. Es como si un amigo muy cercano te invita a presentar un libro. Tú anhelas que sea una obra maestra, pero te das cuenta de que es muy inferior a lo que tú esperabas, y en ese caso la generosidad se tiene que imponer un poco a la justicia y, claro, hacer comentarios que no necesariamente sean de un rigor calvinista. Eso también sucede.
—¿Lo de irle al Necaxa no se trata de una decisión táctica que tiene que ver con tu afán de neutralidad?
—No. Yo vivía en una calle donde todos le iban al Necaxa y me quería identificar con esa calle. Mis papás se habían divorciado y yo estaba en el Colegio Alemán, con el que no me identificaba para nada. Estaba como perdido, sin brújula, y como que quería pertenecer a algo. Quería pertenecer a esa calle, y ahí le iban al Necaxa…
—Pero pudiste cambiar de equipo después…
—¡No! Porque eso es como cambiar de infancia, es como decir: “Yo ya no soy ese niño, soy otro, tengo otra infancia”.
—Necaxa ya ni siquiera juega en Primera División…
—No, bueno, pero de todas maneras tú le sigues yendo ciegamente al equipo. Es el último rango de la intransigencia emocional. Puedes cambiar de todo en la vida, hasta de sexo con una operación, con una terapia psicológica para ajustarte, pero de equipo de futbol no, porque es como traicionar tu infancia. Yo sigo fiel al Necaxa. Por otra parte, era un equipo muy simpático, porque era un equipo muy gitano, que le ganó al Santos con todo y Pelé, y luego perdía con el colero de la liga. Le llamaban “el equipo de los últimos diez minutos”, porque daba volteretas insospechadas. Hubo un jugador que se llamaba Fumanchú Reynoso, que desapareció un balón en plena cancha. Por eso le pusieron Fumanchú, como el gran mago. El Necaxa tenía muchos récords inútiles y era muy pintoresco. Fue el último equipo que defendió el amateurismo, porque era del Sindicato [Mexicano] de Electricistas, y consideraban que cobrar era una vulgaridad. Ellos crearon muchos años después el primer sindicato de futbolistas, e incluso interpusieron el primer caso ante el sindicato. El Necaxa siempre ha sido un equipo con un aura muy especial.
—Creo que mi generación creció relacionándolo con Televisa. Como el equipo comparsa del América…
—Exactamente, ya cuando resurge en las últimas épocas, es propiedad de Televisa, y eso es un desastre. Son de las cosas con las que tenemos que vivir. Porque si algo en tu vida no es propiedad de Televisa es porque es propiedad de Carlos Slim.

El animal de la autobiografía

¿Es usted mexicano? Sí, pero no lo vuelvo a ser.
Los culpables (Anagrama, 2008)

La mañana siguiente de la noche triste, El Periódico llega al departamento de la calle Roger de Llúria con una noticia que toda Barcelona ya sabe. Finalmente, el titular elegido por los crispados editores fue: “Fundidos”. Junto a él aparece, muy pequeña, una nota sobre otra de las tristezas diarias que produce la crisis: “Los pacientes pagarán parte de las muletas”. Villoro comenta que esto es lamentable, aunque anota que en la abundancia de la seguridad social española de antes existían abusos. Menciona a un escritor que se practicaba dos colonoplastias al año, lo que significa que le metieran una vaina por el ano cada seis meses, lo cual era una exageración. “Hasta parece que le gustaba”.

Villoro lee diarios todas las mañanas. Cuando se topa con notas o entrevistas acerca de él, pasa de largo. Tampoco es uno de esos escritores con una alerta de Google sobre sí mismo ni sobre sus contemporáneos, aunque es un escritor mediático sobre quien la prensa suele estar atenta. Abundan los elogios hacia su trabajo, y de vez en cuando tiene que enfrentar críticas exigentes, como las que ha hecho Christopher Domínguez a su novela Materia dispuesta, a la que calificó como “deplorable”, u otra que hizo Heriberto Yépez a una crónica de Tijuana aparecida en Safari accidental. “La autocrítica es necesaria… Es como cuando te vas a cortar un pellejito: si te lo corta la enfermera, te duele más que si te lo cortas tú”.

Entre las novedades de las librerías de Barcelona de esta primavera, hay un voluminoso libro con la foto de Villoro de perfil en la portada. Se trata de Materias dispuestas, una antología de críticas sobre su obra, con decenas de comentarios y ensayos hechos por escritores, académicos y periodistas. El volumen, recopilado por Catalina Arango, José Ramón Ruisánchez y Oswaldo Zavala, abarca reseñas desde La noche navegable, el primer libro de Villoro, aparecido en 1980. De la treintena que ha publicado desde entonces, el más vendido es El libro salvaje: un relato para adolescentes cuyas ventas superan las acumuladas por todos sus demás libros juntos. El segundo más vendido es también una historia para adolescentes: El profesor Zíper y la fabulosa guitarra eléctrica. A sus demás libros no les va mal: hace un momento le llegó un mensaje electrónico del Fondo de Cultura Económica en el que le avisaban que saldrá la décima edición de su traducción de los aforismos de Lichtenberg. El correo lo lee en su mesita del rincón, en la que se ha puesto a contener el nuevo caudal de mensajes que han llegado en las últimas horas. Antes de hacer la inmersión total de la mañana, dice: “Se puede escribir muy bien sin hacer best sellers y sin tener premios, pero necesitas un diálogo con un pequeño grupo de lectores”.

***

Al niño Juan Villoro le gustaba oír las historias que le contaba su abuela yucateca, la primera fabuladora que lo sedujo. Su gran crónica Palmeras de la brisa rápida es un homenaje a ella y al mundo de Yucatán que le compartía. El cronista futbolero más famoso de la radio, Ángel Fernández, es otra de las primeras influencias literarias de Villoro, así como las radionovelas de Kalimán y las historietas de La familia Burrón, de Gabriel Vargas, que abordaban la vida íntima de una familia disfuncional y eran al mismo tiempo la crónica informal del idioma y la vida en la ciudad de México.

Pero el descubrimiento esencial fue De perfil, de José Agustín. La novela trata sobre un muchacho de la capitalina colonia Narvarte que está en las vacaciones intermedias entre la secundaria y la preparatoria, durante las cuales sus padres se están divorciando y él se liga a una cantante de rock. Ésa era exactamente la misma situación en la que se hallaba Villoro cuando leyó la novela, salvo la de haber tenido la fortuna de enamorar a una cantante de rock. Leer De perfil fue un acto de identificación con la literatura que vivieron Villoro y cientos de adolescentes mexicanos de aquella época. Hasta ese momento, Villoro no pensaba que un libro pudiera tener algo que ver con él de una manera tan íntima. Descubrió que la vida cotidiana, que le parecía rutinaria, parda y monótona, podía incluir secretos reveladores. Comenzó a ver su vida con una mirada literaria.

Durante ese mismo periodo vacacional, Villoro le dijo a Pablo, su mejor amigo de aquellos años, que quería ser escritor. A Pablo le pareció rarísimo porque nunca lo había visto leer, y eso que lo conocía de toda la vida. De perfil había llegado a manos de Villoro porque otro amigo del barrio, llamado Jorge, lo había leído y se lo había dado, diciéndole que eran las confesiones del chavo que aparecía en la foto de la solapa, en la que podía verse a un rocambolesco joven llamado José Agustín. Villoro quería comenzar a escribir de inmediato. Ahora suele decir que en ese momento se convirtió en uno de los escritores más incultos de la tradición, porque había leído un primer libro por gusto y ya quería escribir otro.

Cuando se sentó a trabajar frente a la hoja en blanco, Villoro descubrió que tenía cierta facilidad para el lenguaje, tal vez heredada de la cultura oral de su familia. Su padre, Luis Villoro Toranzo, hablaba de manera muy profesoral, organizando mucho sus ideas, pero su abuela yucateca era sumamente chismosa y fantasiosa. El primer cuento que escribió Villoro se llamaba “Los hijos de Aída”, y era la historia de un grupo de amigos que se reúnen en el billar Los Hijos de Aída, llamado así porque el dueño es un aficionado a la ópera Aída. En realidad, los asiduos del billar lo visitan porque están formando un grupo revolucionario clandestino. El cuento ganó el concurso literario organizado por la revista Punto de Partida de la UNAM. En ese entonces, Villoro tenía quince años y era “un altísimo adolescente hiperkinético”, según lo recuerda Sergio Pitol.

Después entró a un taller de cuento impartido por Miguel Donoso Pareja, escritor con fama de consentidor con sus alumnos y que había sido guerrillero maoísta, reo, marino mercante y al que además le gustaba el futbol. Donoso se convirtió en un ídolo para Villoro, a quien tomó bajo su tutela. Donoso lo llevaba con él a otros talleres que daba en ciudades como León, Aguascalientes y San Luis Potosí. El “adolescente hiperkinético” se implicó así en una red de escritores de provincia que vivía una bohemia muy interesante y diferente a la de la capital del país. A Villoro le parecía que en el Distrito Federal se llegaba a un evento literario, se leía un cuento y luego cada quien se iba a su casa, pero en provincia, al acabar los actos literarios, surgía una vida mucho más animada. De aquella parvada de escritores, algunos acabaron en la burocracia y otros en el PRI.

Por entonces, el joven Villoro leía a los autores del boom latinoamericano: Julio Cortázar, Jorge Luis Borges, Adolfo Bioy Casares, Juan Carlos Onetti, Mario Vargas Llosa, y a los estadounidenses Ernest Hemingway y William Faulkner. Tenía muy claro que lo único que quería hacer el resto de su vida era escribir, aunque un amigo de la preparatoria, Javier Cara, que también iba con Villoro al taller de Donoso, lo tentó a que estudiaran Medicina, una carrera que a Villoro también le atraía. Tras pensarlo varias semanas, se acobardó porque la carrera médica le parecía muy pesada. Además, a los dieciocho años, ya se sentía escritor, puesto que había publicado en Punto de Partida y en una antología que hizo Donoso llamada Zepelin compartido. Cara, quien sí estudió Medicina, murió mientras hacía guardia en el Hospital General, durante el terremoto de 1985. Villoro le dedicó su novela Materia dispuesta.

Uno de los libros que Villoro ha leído más veces en su vida y que cada vez le dice cosas distintas es Don Quijote de la Mancha; otro era Rayuela, de Cortázar, una obra que durante su juventud le fascinó, pero a la que hoy en día ve con menos pasión, ya que le parece un tanto esnob. Donoso le dijo que tenía que leer Desnudo en el tejado, del chileno Antonio Skármeta, porque ahí se manejaba muy bien un cruce de caminos entre lo fantástico y la cultura pop. El primer cuento del libro era “El ciclista del San Cristóbal”, que iniciaba con un epígrafe de San Juan de la Cruz y trataba sobre lo que pasaba por la mente de un chavo durante una competencia de ciclismo. La rara mezcla atrajo a Villoro, y los primeros libros de cuentos de Skármeta le fascinaron. Cuando conoció a Roberto Bolaño, en los setenta, el escritor chileno también había sido seducido por su compatriota. El cuento “A las arenas”, de Skármeta, dice Villoro, es el germen de Los detectives salvajes. “En el cuento, un chileno y un mexicano viajan on the road a Nueva York. Son pobrísimos y tienen que vender su sangre para poder pagar las entradas a un concierto de jazz. ¡La vida a cambio del arte! Cuando conocí a Roberto, en 1976, me dijo que esa trama le recordaba a los grandes novelistas rusos, y que algún día haría circular a otro mexicano y otro chileno para repetir la transubstanciación: sangre que sería literatura”. Luego Skármeta se fue por otro camino. A partir de El cartero de Neruda, que primero se llamó Ardiente paciencia, empezó a buscar otro registro en su escritura que no necesariamente fascinó a Bolaño.

Pero Lichtenberg fue el descubrimiento fundamental de Villoro. No solamente como escritor, casi también como modelo de vida: el escritor alemán era un hombre muy disperso, muy irónico, muy chismoso, y que en su escritura podía pasar de la filosofía a la moda femenina. Villoro lo encontró gracias al escritor Alejandro Rossi, a quien vio hasta su muerte como una especie de padre sustituto. En una ocasión en que se quedó sin tema, Rossi decidió traducir unos aforismos de Lichtenberg y publicarlos en su columna de la revista Vuelta. Villoro los leyó maravillado y descubrió después que no había ningún libro de Lichtenberg en español. En ese momento se planteó que alguna vez él mismo lo traduciría.

Rossi había sido el mejor amigo de su padre durante muchos años, pero luego se separaron por razones políticas, ya que Rossi era bastante conservador. Lo hicieron sin pleito de por medio, y mantuvieron el afecto. Y tiempo después Villoro descubrió en Rossi el valor de las emociones, las cuales resaltaban en un mundo en el que todos los amigos de su padre eran filósofos que rara vez mostraban rasgos afectivos. Rossi no ocultaba en lo absoluto su capacidad de ternura. El joven Villoro lo visitaba en su casa con regularidad para que le diera consejos. Conversaban a veces hasta por cinco horas sobre la literatura y la vida.

Cuando Villoro le dijo a su madre que sería escritor, ésta se emocionó mucho. Estela Ruiz Milán había estudiado Letras y era buena lectora de escritores españoles, sobre todo de Azorín, aunque luego se dedicó a la psicología. En el trance publicó el libro Strindberg. Una mirada psicoanalítica. Una vez que supo que su hijo quería ser escritor, nunca pensó pragmáticamente de qué iba a vivir, sino en el aspecto romántico de lo que significaba tener un hijo escritor. En la actualidad, suele ser lectora de los manuscritos de la obra de su hijo.

Aunque su padre tenía confianza en que conseguiría ser un buen escritor, él sí se preocupó por las cuestiones prácticas. Villoro dejó el hogar familiar a los veintidós años, para irse a vivir con su gran amigo, el escritor Francisco Hinojosa, a una casa de Avenida del Convento 136 bis, en Coyoacán. Al filósofo Villoro Toranzo le parecía arriesgado que su hijo no tuviera una carrera universitaria sólida, ya que no estaba pensando en hacer un doctorado. Le preguntaba con regularidad sobre sus empleos, más aún cuando se casó. En la época de su primer matrimonio, Villoro vivía de hacer los guiones del programa El Lado Oscuro de la Luna, que se transmitía por Radio Educación. Fue cuando se dio cuenta de que podía hacer distintos trabajos para mantenerse, lo que hasta la fecha no ha dejado de suceder: Villoro es un escritor que trabaja. Es profesor de Literatura de la UNAM e invitado de la Fundación Nuevo Periodismo Iberoamericano, de la Universidad de Princeton y de la Pompeu Fabra; graba programas de televisión con regularidad y escribe una columna semanal en el diario Reforma y otra quincenal en El Periódico. No pertenece al Sistema Nacional de Creadores de Arte del Consejo Nacional para la Cultura y las Artes ni ha pedido becas especiales, porque considera que éstas deben darse a escritores que no pueden vivir de su trabajo. “Yo, por ejemplo, si juego al póquer con amigos me siento pésimo si gano. Es una cosa personal. Del mismo modo me siento mal si, pudiendo trabajar por mi cuenta, solicito una beca que le haría más bien a un escritor joven, a un escritor de provincia, o alguien que tiene menos salida comercial”. También ha dicho no en varias ocasiones a ofertas de cargos públicos. Dice que la independencia de un escritor se funda en decir “no”: no a vidas fantasmas, trabajos burocráticos, cargas ideológicas que acaban con tu obra. “Creo que es más fácil decirle ‘no’ al presidente que tener una idea creativa”.

No le preocupa el asunto de la posteridad, aunque hay algunas cosas al respecto con las que se divierte. Hace no mucho, las viudas de Salvador Elizondo y de Alejandro Rossi, durante una comida en Coyoacán, le recomendaron a su esposa Margarita que fuera dura con el manejo póstumo de la obra de Villoro. Villoro protestó, les dijo que todavía estaba vivo y delante de ellas. Todos rieron. Además, Villoro le recomendó a su esposa que fuera como la viuda de Onetti, que es una maravilla. Sobre todo en comparación con otras que parecen vengarse de sus maridos escritores con la administración póstuma de su obra.

***

Al fin Villoro deja de contestar mensajes y se alista para ir a un estudio que tiene junto a su recámara y que casi no usa. Sin embargo, hoy escribirá en él su columna de mañana para Reforma. Sobre la mesa principal del comedor queda un ejemplar de Materias dispuestas, el libro que compila la crítica sobre su obra, en el que hay un breve y críptico texto titulado “Recuerdos de Juan Villoro”, que dice:

“La primera vez que vi a Juan Villoro fue en la Universidad Autónoma de México, en la entrega de unos premios. Él había obtenido el segundo premio de cuento y yo el tercero de poesía. Villoro tenía diecinueve o dieciocho años y yo tres más. Mis recuerdos de aquel día son más bien brumosos. Recuerdo a un adolescente muy alto y entusiasta. No sé si ya entonces llevaba barba, puede que no, aunque en mi memoria lo veo con barba, conversando conmigo durante unos minutos, sin estudiarnos, sin pensar en nuestro futuro, un futuro que comenzaba a abrirse para ambos pero no como telón ni como visión instantánea sino como puerta metálica de garaje que se abre con estrépito, sin limpieza ni armonía. Eso era lo que había. Eso era lo que nos había tocado. Pero no lo sabíamos y hablamos de lo que hablaban los escritores menores de veintiún años. Después pasaron más de veinte y no hace mucho lo volví a ver. Creo que está un poco más alto que entonces y tal vez un poco más flaco. Sus cuentos son mucho mejores que los de entonces, de hecho sus cuentos están entre los mejores que se escriben hoy en la lengua española, sólo comparables a los del guatemalteco Rodrigo Rey Rosa.

“Pero eso que sé, mientras observo a Villoro que mira el Mediterráneo, no es lo importante. ¿Lo importante es que seguimos vivos? Tampoco, aunque no es poco. Lo importante es que tenemos memoria. Lo importante es que aún podemos reírnos y no manchar a nadie con nuestra sangre. Lo importante es que seguimos en pie y no nos hemos vuelto ni cobardes ni caníbales”.

Roberto Bolaño, Barcelona, 2004.

El animal del ensayo

Nabokov sabía que no hay juicio estético más preciso que sentir un escalofrío en el espinazo. El ensayo asume en forma intrépida el reto de razonar escalofríos.
De eso se trata (Anagrama, 2008)

En la biblioteca catalana de Juan Villoro hay unos mil libros. No se trata de su selección principal —que permanece en el estudio de su casa de Coyoacán, Distrito Federal—, sino de libros que lo han acompañando durante ciertos viajes europeos o que ha conseguido aquí y que aquí se han quedado.

Si se escogen al azar cinco pequeños estantes de su biblioteca catalana, se asoman estos títulos:

Estante 1: Trayecto, Ignacio Echevarría; El País de la canela, William Ospina; Cartas de Nueva York, Elliot Hesh; Observaciones a la mina de plomo, Carlos Barral; Monstruos cardinales, Rafael Gumucio; La reina del sur, Arturo Pérez-Reverte…

Estante 2: Partes de guerra, Ignacio Martínez de Pisón; Escribir con el cuerpo, Beatriz Ferreyra; Literatura joven 2003; Nuevas voces en la narrativa mexicana; Cumbres borrascosas, Emily Brontë; La novela de mi vida, Leonardo Padura…

Estante 3: Mamá, Jorge Fernández Díaz; Algunas tardes con Alejandro Rossi, Adolfo Castañón; Escolta, Volòdia!, Ramon Erra; Novelas de Santa María, Juan Carlos Onetti; Visión desde el fondo del mar, Rafael Argullol; Naufragios del mar del sur, Fernando Aínsa; revista Granta: La última frontera…

Estante 4: Vena cava, Jorge Esquinca; Alguien de lava, Fabio Morábito; Los cinco sentidos del periodista, Ryszard Kapuściński; ¿Quién mató a Daniel Pearl?, Bernard-Henri Lévy; Pedro Páramo y El llano en llamas, Juan Rulfo; La vida desaforada de Salvador Dalí, Ian Gibson…

Estante 5: Cuentos completos, José Agustín; El cielo de Sotero, Alejandro Rossi; Un día en la vida de Dios, Martín Caparrós; Pixie en los suburbios, Ruy Xoconostle; El cementerio de sillas, Álvaro Enrigue; Poesía, Juan Manuel Roca…

A simple vista no hay ninguno de los escritores Fabrizio Mejía, Ricardo Cayuela, Héctor Abad, Alberto Barrera Tyszka o de Mihály Dés, los mejores amigos de Villoro.

Sobre la mesa del estudio permanece un par de botellas de tequila vacías, una de Cuerno de Chivo reposado, cuya etiqueta presume que es 100% agave y no tiene nada de alcohol, y otra de El Caballito Cerrero.

Éste es el último día de trabajo de Villoro en la primavera de Barcelona de 2012. Mañana temprano volará de regreso a la ciudad de México. En el artículo para Reforma titulado “El gol que cruzó el mar”, conectará el tsunami de Japón con Borges y un balón de futbol. Después irá a la Universidad Pompeu Fabra a tramitar el pago por sus clases en el máster de Creación Literaria. Comerá con el catalán Miguel Aguilar, editor del sello Debate, de Random House Mondadori, y con el promotor cultural mexicano Diego Celorio, en un restaurante a la vuelta de su departamento de la calle Roger de Llúria. Saliendo de ahí, caminará a la peluquería a cortarse el cabello y luego regresará a su departamento para darle el pato y la merluza que tiene en su refrigerador a una mujer que lo ayuda con la limpieza de su hogar. También se pondrá un saco y una corbata y se irá al Ayuntamiento de Barcelona, donde será el orador principal del acto por el 101 aniversario de la Casa Amèrica Catalunya. La ceremonia será en un viejo salón que fue sede de uno de los primeros parlamentos democráticos del mundo. Uno de los objetivos de su discurso será conseguir que, en medio de la crisis actual, las autoridades locales den un edificio que sea la sede adecuada del organismo encargado de promover las relaciones culturales de Cataluña con América Latina, el cual se encuentra operando, irónicamente, en un departamento y no en una casa. El evento es a las siete de la noche, pero Villoro llega a las 6:20 de la tarde a la Praça de Sant Jaume, donde ha quedado de verse con el director de la Casa Amèrica Catalunya. A esa misma hora esperan a Villoro su primo el arquitecto Joan Villoro y el hijo de éste, así como Antonio López, experto en el árbol genealógico de los Villoro del pueblo de La Portellada.

Se trata de un evento al que acuden las máximas autoridades de Cataluña. Villoro comienza su discurso en catalán. Luego repasa en español las conexiones entre México y Barcelona. El escritor ha preparado un discurso titulado “Una casa para todos”, que lee, algo inusual en sus intervenciones públicas. La soprano Vanesa Regalado canta al final de la ceremonia, acompañada por una pianista de apellido Pujol. Su hermoso canto se confunde con el grito “No más multas, queremos trabajar”, que se cuela hasta el elegante salón. Afuera hay una manifestación de prostitutas contra los nuevos impuestos que el Ayuntamiento ha decidido cobrarles a ellas en especial para sortear la crisis. Debido a esto, los invitados a la sesión especial deben abandonar el viejo salón por una puerta lateral, ya que las prostitutas de Cataluña bloquean el acceso principal. Villoro camina entre callejuelas del Barrio Gótico, y del Ensanche rumbo al bar Belvedere, donde ha quedado de verse con Paula Canal, brazo derecho del editor de Anagrama, Jorge Herralde, para comentar la acogida del Arrecife. Canal está satisfecha por la forma en que la prensa ha recibido la novela. Resalta que Babelia, el suplemento cultural de El País, le dedicó una portada a Villoro, en el marco del lanzamiento. Le comenta también que acaban de recibir una oferta para traducirla al francés. Ríen los dos porque un catálogo literario reseña la novela diciendo que, debido a la trama de Arrecife, Villoro podría ser “el nuevo Stieg Larsson”, el autor sueco de la saga best seller llamada Millenium.

Tras beberse un coctel, Villoro anuncia que va a cenar “con el jefe”. Villoro conoció a Jorge Herralde en los ochenta, cuando lo visitó en su oficina con una carta de recomendación escrita por Sergio Pitol. El primer trabajo que Herralde le encomendó fue la traducción de Memorias de un antisemita, de Gregor von Rezzori, publicado por Anagrama en 1988. En eventos literarios, Herralde ha relatado que cuando conoció a Villoro le intrigaba que un joven mexicano fuera tan estudioso y conocedor del idioma alemán, por lo que se lo preguntó. “Me comentó que su padre, Luis Villoro, gran pensador y una de las figuras imprescindibles en el ámbito de la ciencia política, había decidido que Juan estudiara alemán, opción algo exótica”. Villoro lo explica así: “Lo extravagante de la decisión fue que en un entorno donde nadie tenía relaciones con el alemán (y en una época en que ese idioma sólo nos llegaba por los nazis de las películas), mi padre pensó que yo podría abrirme camino en la selva lingüística que fue el hábitat de Heidegger”.

Herralde también ha contado la forma en que reclutó a Villoro para las filas de Anagrama en los alrededores de 2002. “Durante su estancia en Barcelona nos veíamos con frecuencia, aunque sólo en muy contadas ocasiones yo aludía a su work in progress (El testigo): lo bastante para que supiera de mi interés, pero sin querer presionarlo. Sabía que era un autor muy codiciado por otras editoriales y quizá con algunos compromisos. Un día me contó que había firmado con la agente literaria Mercedes Casanovas, una profesional eficaz, transparente, nada pushing y buena amiga. Me pareció una decisión muy acertada. Cuando la novela estuvo terminada, empezamos a negociar y llegamos a un acuerdo no demasiado insensato, creo, para ninguna de las dos partes”.

El animal del teatro moderno

He visto ciegos, cojos, jorobados que venden lotería, como si se hubieran jodido para que tú ganaras. Ninguno de ellos compra billetes.
Los culpables (Anagrama, 2008)

La última noche en Barcelona, Juan Villoro habla en su departamento de la calle Roger de Llúria sobre la nueva etapa de su vida. “Estoy entrando al tercer acto de la obra. La edad que tengo es un umbral en el que las personas ven cómo van a concluir la historia y, desde un punto de vista ufano y vanidoso, piensan en cómo serás recordado”. Explica que está consciente de que la reputación siempre es una simplificación y un malentendido. “La gente interpreta de forma distinta a los escritores. No hay nada más ocioso que buscar moldear esa percepción”. Insiste en que no le distrae el hecho de que algunos lo vean como “el nuevo señor de las letras mexicanas”, sucesor de Carlos Monsiváis y Carlos Fuentes. “La presión de ser un supuesto representante nacional se ve amenazada por cosas más cabronas como el agotamiento de la fuente. A partir de este momento, uno tiene el riesgo de que se puede retirar. También hay autores de primer nivel que en este lapso se convirtieron en sus peores discípulos, incluso en su parodia. A mí me preocupa eso: es la razón por la que cambio tanto de género”.

La diversidad de disciplinas y formatos que ha practicado Villoro abarca la televisión, el cine y de forma especial el teatro. En 2001 hizo una serie de veinte programas televisivos llamada ¡Silencio! Maestros leyendo, dirigida a profesores de secundaria y preparatoria. Fue producida por la Televisión del Estado de México y consistía en la reseña de libros emblemáticos desde locaciones estrambóticas: para hablar de Los albañiles, de Vicente Leñero, usó un edificio abandonado. Al terminar de grabar, Villoro y su equipo vieron enfrente un restaurante chino, que les pareció perfecto para grabar el programa de El complot mongol, de Rafael Bernal. También realizó Café con Shandy, una entrevista con Enrique Vila Matas, para Teveunam. Su faceta televisiva más conocida es su participación en el Mundial de Futbol de Alemania 2006. Para Sudáfrica 2010 volvió a tener la invitación de Televisa, pero optó por hacer comentarios en Canal 22. “La tele hay que saber controlarla”, dice. Para el mismo canal de televisión pública, ahora que regrese a México, conducirá Piedras que hablan, una serie de trece programas que implicará que visite casi sin descansar, veinticuatro sitios prehispánicos a lo largo del verano.

En el mundo del cine, su incursión más importante fue como guionista de Vivir mata, una película que dirigió el gran documentalista mexicano Nicolás Echevarría y que fue filmada en medio del llamado renacimiento del cine nacional, a finales de los noventa. Sin embargo, Villoro no disfrutó demasiado el proceso. El guión original que escribió fue cambiado veintiocho veces, lo que lo llevó a concluir que “un guionista de cine es como el cocinero de un antropófago”.

Su primera obra de teatro fue Muerte parcial, cuya dramaturgia fue publicada en un libro de Ediciones El Milagro, para la que Vicente Leñero escribe una introducción en la que advierte a Villoro sobre tener cuidado porque el teatro es un mundo muy hostil: “Con un dejo de pudor personal, termino este prólogo endosando una frase que escribió Rodolfo Usigli luego de presenciar mi primera obra dramática: Bienvenido al maravilloso infierno del teatro, Juan Villoro”. Sin embargo, Villoro ha vivido más el cielo que el infierno de ese mundo. El fallecido escritor chihuahuense Víctor Hugo Rascón Banda era tan partidario de Villoro que incluso fue al estreno de Muerte parcial en una ambulancia y acompañado por un médico en todo momento. Rascón Banda le dijo que quería defenderlo de algunas críticas nacidas de la envidia, por el atrevimiento de Villoro de escribir teatro.

—¿Qué va a cambiar en este tercer acto?
—A mí me gustaría pensar en algo más esencializado. Después del terremoto en Chile, que fue una sacudida monumental, te das cuenta de que hay cosas muy significativas, que son las únicas que importan: tu núcleo básico de amigos, tu familia, los afectos más cercanos y tu trabajo más verdadero. Porque todos nosotros hacemos un trabajo que de pronto es como boxeo de sombra. De que dices: ‘Bueno, a ver si me sale esto’.

“A mí me gustaría ahora aprovechar el tiempo mejor. Eso sería un cambio pequeño. Y luego está también el acentuar una vocación que sí me parece que es clara, pues es lo que me gusta hacer, no ha dejado de gustarme en todos estos años, pero, digamos, quisiera aceptarla ahora más caprichosamente. Decir: ‘Bueno, ya no voy a escribir tres textos para tres catálogos de exposiciones. Ahora me voy a concentrar en escribir un cuento que muy posiblemente no me va a salir’. Eso es parte del capricho. El capricho muchas veces te lleva a la esterilidad. Una de las grandes sorpresas al escribir es que de pronto tú estás trabajando con enorme felicidad en un texto y a fin de cuentas queda muy mal. Uno de los misterios de la creación literaria es cuando el grado de felicidad con el que escribes algo no se corresponde con el resultado. Hay veces que te cuesta mucho trabajo un texto y luego queda mejor.

“Para mí la única prueba de calidad, si se le puede calificar así a lo que yo escribo, es cuando casualmente lo releo bastante tiempo después y me parece escrito por otro. O sea, cuando veo que eso tiene una autonomía. Por eso me interesa tanto el tema del autor ausente en Borges. El original siempre es el otro, dice Borges. Y eso también te despoja de vanidad respecto a lo que tú creaste, porque lo que te gusta te parece ajeno y te parece que vive por su cuenta, como si tú fueras un curioso, y ese trabajo que finalmente pasa por el capricho, por el tiempo que le puedes dedicar a un texto, las cancelaciones de las otras variantes de ese texto, todo eso es lo que me gustaría aprovechar más en estos últimos tiempos en que está empezando el tercer acto de la obra y que no sé cuánto va a durar. Eso sí, espero que sea un acto largo, no tan aburrido.

—¿Te enfocarás en el teatro?
—Eso lo voy a tener que ir decidiendo. Yo he estado picoteando géneros, también como un aprendizaje, como una manera de probarme a mí mismo. Afortunadamente ha habido posibilidad de ejercerlos, de publicarlos todos, pero ahora tengo que decidir con más cuidado. Ya sé que puedo ejércelos, sé que puedo publicarlos, ¿pero qué es lo que verdaderamente me interesa? En los últimos años, el teatro me está jalando mucho, y creo que mi tercera edad será dramática o no será.

“Y creo que tampoco podría dejar de escribir literatura infantil. Para mí es el teatro, la literatura infantil y en medio estará algo más que no sé qué es… Tengo planes de varias novelas. El problema que yo tengo con la novela es que siempre me juro a mí mismo que cuando publico una, no van a pasar dos años sin que publique otra, y hasta ahora, entre novela y novela ha habido seis, siete, ocho años. Ahora acabo de publicar una y, claro, empiezas a hacer cálculos en la vida: si quiero escribir cinco novelas más… pues tendría que vivir como Matusalén.

El animal del cuento

Hablé con mi hija y le dije que todo estaba bien. Me preguntó por Pancho Hinojosa, a quien admira mucho. “¿Están escribiendo cuentos?”, quiso saber. A sus diez años la normalidad significa eso: escribir cuentos.
8.8: El miedo en el espejo (Almadía, 2010)

Hace horas Juan Villoro se subió al avión que lo llevaría de regreso a México. Ha quedado atrás su primavera catalana.

En Passeig de Joan de Borbó, conde de Barcelona, en el barrio de La Barceloneta, está el restaurante Martín Villoro, atendido hoy por Enrique Villoro, quien habla con cariño sobre las visitas frecuentes de su primo el escritor mexicano. La Barceloneta es una antigua zona de pescadores intervenida por la especulación inmobiliaria. Los cuartos pequeños en los que vivían los trabajadores del mar se volvieron hipsters. Sin embargo, el restaurante Martín Villoro mantiene su agradable toque antiguo, aunque cercado por ese aire esnob. Una espantosa torre moderna ubicada a medio kilómetro representa el mayor desatino arquitectónico del barrio en plena metamorfosis: el llamado “Hotel Vela”. Debajo de él está un hombre armado con una metralleta. Subir y comer en el restaurante del último piso cuesta, mínimo, doscientos cincuenta euros.

Esta tarde del 28 de abril de 2012 en la que Roberto Bolaño, si aún viviera, cumpliría cincuenta y nueve años, en el Martín Villoro hay una mesa de la terraza en la que, entre un agradable olor a tabaco, un grupo de catalanes relatan sus experiencias recientes en México. Un par de ellas se turna para contar que las pararon en una carretera de Campeche por exceso de velocidad. Los policías les perdonaron la multa después de que ellas se los rogaron. Luego les informaron que el cruce que estaban buscando lo habían pasado hace mucho. Ríen mientras platican su experiencia y les dicen “mayitas” a los policías que les perdonaron la vida. “Policías mayitas mexicanos”.

Uno de los catalanes acota con voz de loro:

—A veces sirve eso de hacerse la rubia tonta.

Todos ríen más.

Una de las dos catalanas con pelo color Fanta continúa:

—Y más si los policías son así [pone su mano a la altura de una silla del restaurante Martín Villoro].

Muchas carcajadas más.

Otro de los catalanes de la mesa, de ojos color verde estiércol, cuenta su aventura con indígenas de Ecuador. Otro más, de voz gargajosa, su viaje a Paraguay. Durante una hora se turnan para narrar historias de sus encuentros con el animalejo latinoamericano, e imitan acentos mexicanos, peruanos, venezolanos, ecuatorianos, colombianos, guaraníes… Simplemente pasan una buena tarde con sus recuerdos en el Martín Villoro.

Cuando comienza a caer la noche, uno de los comensales mira su BlackBerry y les dice a sus amigas que esa noche habrá una fiesta en un “pisazo” de unos ingenieros químicos ingleses. “Me ha enviado un e-mail uno de ellos para pedirme que llevara a dos hot girls españolas”. Ellas se emocionan con la idea y discuten quiénes irán, porque son cuatro, y los ingleses sólo necesitan dos hot girls. Comienza otra conversación en la mesa de la terraza del Martín Villoro. Ahora no hay carcajadas. Hay que resolver un asunto serio.

Mientras tanto, tras su regreso a México, en las redes sociales en las que lo siguen más de cien mil personas, el escritor que con el paso del tiempo no se convirtió en cobarde ni caníbal publica un enigmático tuit sobre la derrota de su equipo de futbol preferido.

Y eso marca el momento de que concluya el ornitorrinco sobre Juan Villoro en Barcelona.

El ornitorrinco acaba aquí.

El poeta y la boxeadora

Publicado: 17 febrero 2013 en Alejandro Toledo
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Cuenta la boxeadora:

—Yo, don Jaime, descubrí sus poemas hace apenas tres años. Mi papá era encargado en una pulquería y llegaba gente que le decía, por ejemplo: “Deme tantos litros y le dejo este cinturón”. Y así le iban dejando cosas. En uno de esos intercambios se quedó con un tomo en pasta dura roja que contenía poemas, aún lo conservo, y en él venía el poema Los amorosos. Era una antología de poesía mexicana preparada por Carlos Monsiváis. Tanto me conmovieron esos versos que cuando encontraba el poema en algún libro doblaba la esquina de las hojas. Luego busqué la obra reunida, el Nuevo recuento de poemas (1977), que me gusta muchísimo.

Escucha el poeta y confiesa a su vez:

—Pues más o menos fue cuando te conocí, Laura. Entonces ya te hacían entrevistas en la televisión y en los periódicos. Fue cuando ibas a pelear por el campeonato. Lo recuerdo muy bien.

Así, poeta y boxeadora, Jaime Sabines y Laura Serrano, celebraron un único encuentro. Fuera del cuadrilátero y los libros, round por round, verso a verso (como diría Antonio Machado), la charla ocurre.

***

Recuerda la boxeadora que el jueves 24 de septiembre de 1997 llegó a la sala Nezahualcóyotl, de la Universidad Nacional, pues quería escuchar al poeta Jaime Sabines. Encontró las puertas de cristal cerradas, y cientos de muchachos afuera sin esperanzas de poder entrar. Se quedó entonces pegada al cristal, resignada a seguir los versos del autor de Horal, Tarumba y Diario semanario desde las bocinas que habían instalado en las afueras de la sala. Mas la puerta se abrió de pronto y alguien dijo:

—Siete personas más.

Y logró pasar.

El poeta también tiene imágenes de esa jornada.

—Me conmovió ver un video de lo que ocurrió afuera de la sala Nezahualcóyotl porque era una multitud de estudiantes, como si asistieran a un partido de futbol —recuerda Sabines.

Antes de la lectura, se acercó al poeta el coordinador de Difusión Cultural de la Universidad Nacional y le pidió:

—Don Jaime, por favor, diga usted algunas palabras a los muchachos que están afuera, tenemos miedo de que vayan a romper las puertas.

Sabines dijo:

—Les agradezco mucho a todos su presencia, y especialmente a los que están afuera, a los que no alcanzaron a entrar.

Completa Laura Serrano:

—Sí, dijo que no importaba que no lo vieran, que sólo lo escucharan, pues en realidad no valía la pena verlo —recuerda la boxeadora.
—Y eso tranquilizó a todos.
—Y después pidió usted que prendieran las luces —dice Laura.
—Una vez en Guadalajara me ocurrió que las luces estaban apagadas —relata Sabines —. Leía un poema y la sala se quedaba en silencio; leía otro y lo mismo… Así leí como cinco poemas, hasta que no aguanté. “Voy a hacer un breve paréntesis”, les dije. “En primer lugar pido que me enciendan la luz, pues quiero hablar con gente no con sombras. En segundo lugar creo que no están escuchando una ópera sino poemas, y quiero que la comunicación se establezca entre ustedes y yo. Si no les gusta el poema tírenme un tomatazo, pero si les gusta, aplaúdanme”. Se rompió el hielo, pero antes estuve como media hora molesto porque no me gustaba ese silencio. El poema debe provocar una reacción, lo debemos sentir inmediatamente.

***

De la lectura de poemas se pasa a la historia en los cuadriláteros. Sabines, el poeta, se interesa, comenta, exclama, interroga…

Laura Serrano relata:

—Mi presentación a los medios de comunicación fue cuando iba a pelear contra Christy Martin en Las Vegas. En esa función participaron Julio César Chávez y Ricardo Finito López. La gente decía que iba a ser una pelea muy dura para mí, prácticamente iba como carne de cañón: no tenía peleas profesionales y ella llevaba treinta con tres nocauts y tres campeonatos mundiales.
—¡Hijo!
—Era el diablo arriba del ring. Yo tenía confianza en mi preparación, en mi trabajo…
—¿En tu pegue?
—Fíjese que no tengo mucho pegue, tengo más técnica… Y esa niña pega como hombre, durísimo —dice.
—¿Y sí te alcanzó a dar?
—Me conectó un golpe en la mandíbula… —responde.
—Te pescó.
—…que hasta las piernas se me doblaron. Fue rápido: la abracé, llegó el réferi y nos separó, y para ese instante ya me había recuperado. Pega durísimo.
—¿Y le ganaste la pelea?
—Se la gané, maestro, pero dieron empate. ¡Cómo la estrella iba a perder con la debutante y, para colmo, mexicana! En los periódicos me presentaban como “La mexicanita”…
—Un racismo cabrón…
—Aun así le gané, aunque dieron empate. Fue bueno porque a partir de eso me clasificaron para pelear por un título mundial. No tuve que pelear con todas las demás porque me enfrenté a la mejor.
—Después de eso fuiste por el campeonato, ¿verdad?
—Sí, en 1995, también en Las Vegas —contesta.
—Y allí sí ganaste.
—Ajá. Fue contra una irlandesa muy alta, delgada, fuerte y de mucha experiencia: ella tenía catorce combates, y el mío era el segundo. Estuvo muy difícil esa pelea.

***

El poeta entrevista a la peleadora.

—Cuéntame, ¿qué te dio por el boxeo? —pregunta.
—Fíjese que no me gustaba…
—Tú ibas a la escuela primaria…
—Sí.
—Y allí no tenías ni idea de lo que era el boxeo…
—Desde los siete años iba a nadar, me encantaba. Lo seguí haciendo durante la secundaria, la preparatoria y los primeros semestres de la carrera de Derecho. Pero me ocurrió en la natación que competía y no ganaba, y mi deseo era ganar. Dejé la natación por el futbol soccer, y lo practiqué tres años. Era muy duro, más que el boxeo: me fracturaron la nariz dos veces, siempre llegaba cojeando…
—Caídas, golpes, patadas…
—De todo.

Continúa la boxeadora el cuento de su descubrimiento de los guantes.

—Pasó esa época del futbol y un día me dijeron unos amigos: “Vamos a conocer el gimnasio del estadio Olímpico”. Acepté. Íbamos al gimnasio de pesas, que está entrando a la derecha, pero me distraje con el de boxeo que está a la izquierda. Me sorprendí al descubrir a una muchacha güerita, delgada, bonita, que estaba entrenando. Seguí su entrenamiento. Hablé con ella y me explicó por qué le interesaba. “¿Y yo puedo hacerlo?” “Claro, habla con Toño”. “Pero sólo quiero entrenar, nada de peleas”. Y así comencé: no subía al ring, pero me entrenaba como si lo fuera a hacer. Y ya ve lo que dicen: que no se ama lo que no se conoce. Y empecé a conocer el boxeo, los nombres de los golpes, cómo pararse, y me gustó.
—Te vas a subir al ring —ordenó un día el entrenador a Laura.
—No, no me subo. Tengo la nariz fracturada —le dijo ella.
—Te vas a subir y no te van a pegar —le indicó otra vez el entrenador.

Y la subieron con un muchacho para que intercambiara golpes. “Nos protegimos en el primer round. No recuerdo en el segundo qué golpe le di y él me lo respondió. Me enojé entonces, pero no hice nada”.

—Laura, aunque sea tira un golpe —gritó el entrenador.

Pensó la boxeadora: “¡Cómo que aunque sea un golpe! ¿Cree que no puedo?”. Tiró el golpe y el muchacho se lo regresó. En el tercer round le dio fuerte y ya no paró. El entrenador se reía. Los que estaban en el gimnasio se acercaron al cuadrilátero y vieron cómo casi tiraba al compañero.

Laura se dijo: “Esto me gusta”.

El cuento de la boxeadora es escuchado con atención por Jaime Sabines, el poeta.

***

—¿Y a usted le gusta el boxeo, maestro? —pregunta Serrano.
—Sí, mucho. Desde chamaco me gustaba ir a ver las peleas.
—¿Lo practicó?
—Nunca. Jugué basquetbol, y me gustaba la natación. Nadador sí fui de chamaco, y muy bueno, pues vivía yo cerca de un río. Me iban a reprobar en la escuela primaria porque en lugar de irme a las clases me iba derechito al río Sabinal, que así se llama el río de Tuxtla. La natación era un vicio para mí —dice Sabines.
—Tengo una amiga que es admirable como deportista —comenta Laura Serrano—. Ella ha cruzado cinco veces el Canal de la Mancha, y una lo hizo de ida y vuelta.
—¡Híjole!
—Y el año pasado rompió el récord de las veinticuatro horas. Mi amiga se llama Nora Toledano.
—Sí, recuerdo haberla visto en televisión, ¡chingona vieja!
—Admirable, maestro. Por cierto me dijo que lo saludara de su parte. Ella también lo ha leído, lo admira.
—Sí, la conozco, la estimo, la vi por televisión esa vez que nadó veinticuatro horas… A mí me encantaba la natación. Y crucé no el Canal de la Mancha pero sí el río Grijalba, que ya son palabras mayores. En la alberca del parque Madero nadaba tres, cuatro, cinco mil metros, sin cansancio. Lo que es la vida, ahora nado cuarenta metros y ya estoy sacando el bofe.
—¿Qué boxeadores le gustan, maestro? —pregunta Laura.
—Todos los grandes que ha tenido México. En esa época eran Casanova, Kid Azteca… Y, claro, oíamos por la radio las peleas de Henry Armstrong, las defensas de Joe Louis… Esto fue cuando yo era chiquito. Siempre me gustó mucho el boxeo… verlo, claro —dice Sabines.
—¿Y le gusta verlo en vivo?
—Sí, de chamaco iba a la arena.

***

Sigue la boxeadora, a la que han llamado La poeta del ring.

—No me gusta decir que escribo poesía, más bien pongo en el papel lo que siento… Y le escribí algo, maestro —sorprende la pugilista.

Mientras Laura Serrano descubre sus cuartillas, Jaime Sabines pasea un cigarro de plástico y explica:

—Cumplí mis bodas de oro con el cigarro: empecé a fumar en 1945 y lo dejé en 1995.
—Yo no aguanto el cigarro —dice Laura Serrano—. Me da náuseas oler el cigarro.
—Y yo no podía vivir sin él. Fue muy difícil dejarlo, fue un tormento. Ahora conservo éste de plástico, por el vicio de la mano.

Y la boxeadora lee:

Sabines, sangre, ausencia,
palabra muda, rosa muerta,
destino lento, amargo.
Tu poema está a mi lado
y yo te lo agradezco…

La lectura ocupa ocho, diez minutos. El poeta Sabines toma luego las cuartillas y sigue el texto línea por línea.

—¿Y le gustó? —pregunta, nerviosa la boxeadora.

Jaime Sabines responde con un interrogatorio.

—¿Normalmente cómo escribes? ¿Con asonancias, consonancias y todo eso?
—En realidad no sé.
—Entonces escribes de manera natural. Para ser poeta necesitas estudiar. En la poesía hay dos cosas: el don natural, con el que se nace; y el oficio, que se aprende. Es como aprender a hacer zapatos.

El poeta aconseja a la boxeadora cómo dar golpes contundentes con los versos.

—Se ve que tienes oído, pero no has leído nada, no tienes cultura poética. ¿A qué poetas has leído?
—A Pablo Neruda, Mario Benedetti, Amado Nervo, Rubén Darío, Elías Nandino… —dice Laura.
—Pero es muy escaso. Está bien Darío, pero hay cuarenta poetas posmodernistas más que no conoces: Luis G. Urbina, Manuel José Othón, Manuel Acuña… ¿Has leído a Huidobro? Tu cultura es escasa. Te dedicaste a estudiar leyes pero… Para llegar a ser buen poeta se necesita trabajo, oficio, disciplina. Así como aprendiste a boxear, así hay que aprender a escribir.

Y el resto en la conversación es sólo literatura.

Una carrera abominable

Publicado: 14 julio 2012 en Ander Izagirre
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La leyenda del Tour nació con un grito. En 1910 el ciclista Octave Lapize atacó desde la salida en la etapa Luchon-Bayona, la primera que recorría los caminos pirenaicos. En su escapada de 326 kilómetros, el francés pedaleó durante catorce horas y por el camino se topó con cinco monstruos que entonces nadie conocía: Peyresourde, Aspin, Tourmalet, Soulor y Aubisque. Lapize excavó la ruta de los mitos a golpe de dolor. Llegó a la cumbre del Aubisque gimiendo; tiró al suelo la bicicleta, se dirigió hacia uno de los organizadores del Tour y, cuando sus pulmones reunieron un poco de aire, cinceló la primera sentencia en las tablas del ciclismo: “¡Asesinos!”.

Octave Lapize resumió en una palabra lo que muchos corredores han descubierto durante más de un siglo: el instinto criminal del Tour. También lo descubrió Paco Cepeda, que se mató en el descenso del Galibier en 1935. Y Wim Van Est, el holandés que marchaba con el maillot amarillo en 1951, se despeñó por un barranco de setenta metros en el Aubisque y apareció vivo cuando bajaron a buscar su cadáver. Y Roger Riviére, un chaval que volaba hacia la victoria en 1960 cuando se estrelló en el Perjuret: se partió la columna vertebral y pasó el resto de sus días en una silla de ruedas. Y Fabio Cassartelli, el campeón olímpico que en 1995 se quedó para siempre en una curva del Portet d’Aspet. Y Jean Robic, un escalador de bolsillo que en los descensos se cargaba de plomo para compensar su poco peso y que llevaba un anillo con la inscripción bretona Kenbeo kenmaro, a vida o muerte. Robic, vencedor del Tour de 1947, se fracturó a lo largo de su carrera la muñeca izquierda, las dos manos, la nariz, la clavícula izquierda, el omoplato derecho, el fémur; se abrió una ceja y sufrió el desplazamiento de cuatro vértebras; se partió el cráneo dos veces y se lo tuvieron que reforzar con una plancha de acero. Era Robic trompe-la-mort, el engañamuertes. También Louis Malléjac esquivó el filo de la guadaña en 1953: “He creído morir subiendo el Mont Ventoux”. Malléjac acababa de intuirlo: la muerte esperaba en aquella montaña para llevarse un ciclista. En 1967 Tom Simpson dio sus últimas cuarenta pedaladas en el Ventoux y cayó fulminado por una mezcla de fármacos, alcohol y calor. El fallecimiento de este inglés, que en 1965 se había proclamado campeón del mundo en San Sebastián, removió las entrañas de miles de espectadores que seguían la tragedia en directo por televisión. Simpson se les murió en el salón de casa.

Esta competición de instinto feroz empezó a gestarse  a finales del siglo XIX, en las redacciones de dos diarios deportivos parisinos. En 1891, el diario Vélo organizó la París-Brest-París, una prueba ciclista de 1.260 kilómetros que ganó Charles Terrot tras 71 horas de pedaleo. Los lectores, ansiosos por conocer el relato de semejante aventura, agotaron los ejemplares de Vélo. El éxito asombró al director del diario, Pierre Giffard, quien no tardó en crear la Burdeos-París y la París-Roubaix, un monumento del ciclismo que aún hoy recorre las rutas empedradas de hace un siglo, conservadas exclusivamente para que los ciclistas sufran en ellas una vez al año. Aquellas primeras maratones ciclistas eran en el fondo un escaparate de dos negocios en simbiosis: la venta de diarios y la venta de bicicletas. El diario Vélo se financiaba en gran parte por los anuncios de los fabricantes de bicicletas, y ambos, periodistas y fabricantes, se aliaban para organizar grandes espectáculos deportivos. El objetivo era seducir con las hazañas ciclistas tanto a los espectadores que presenciaban en directo el paso de las carreras como a los lectores de las crónicas del Vélo, teñidas de épica rimbombante. Lo consiguieron: la venta de diarios deportivos y bicicletas se disparó en Francia.

Y así, otros periodistas franceses se inventaron el Tour para vender más diarios. El hombre clave fue Henri Desgrange. Este antiguo ciclista, que entre otras hazañas había establecido en 1893 el récord de la hora en 35,325 kilómetros, trabajaba de jefe de publicidad para Adolphe Clément, fabricante de bicicletas. Organizaba carreras ciclistas para promocionar las bicicletas Clément,  incluso lanzó la idea de construir el velódromo del Parque de los Príncipes -donde terminaría el Tour todos los años, hasta 1977-. Pero Clément y Desgrange rabiaron: el diario Vélo jamás publicaba noticias sobre las competiciones que ellos organizaban. Y cuando se dignó a mencionar el velódromo del Parque de los Príncipes, solo fue para sentenciar que resultaba “demasiado grande” y quedaba “demasiado lejos” del centro de París. Desgrange y Clement, indignados por el monopolio informativo y publicitario que ejercía Vélo, se reunieron con los presidentes de varios clubes y fabricantes automovilísticos -entre ellos, un tal Édouard Michelin- y en 1900 decidieron fundar un diario sobre automovilismo y ciclismo: L’Auto-Vélo. Henri Desgrange fue el primer director. Pero Pierre Giffard contraatacó pronto: denunció al nuevo diario por uso indebido de una marca registrada y ganó el juicio, por lo que Desgrange tuvo que eliminar la palabra Vélo y quedarse solo con L’Auto, a pesar de que también hablara de ciclismo.

Henri Desgrange, alias El Patrón, decidió luchar contra Giffard con su misma fórmula, y como primer ensayo organizó la carrera ciclista Marsella-París. La prueba tuvo cierto éxito, pero L’Auto no vendía más de 20.000 ejemplares mientras que el Vélo de Giffard rondaba los 80.000. Por eso, el 20 de noviembre de 1902, Desgrange reunió a sus colaboradores para pensar en algún proyecto más ambicioso que permitiera dar un revolcón a las cifras de ventas. La idea germinó en el cerebro del redactor Géo Lefèvre:

—Últimamente nos llegan cartas desde las ciudades de provincias, porque quieren ver a las figuras del ciclismo. Podríamos organizar una carrera por etapas que saliera de París y que recorriera las ciudades principales. Sería una vuelta a Francia.

El proyecto apasionó al Patrón, quien durante los siguientes días se reunió con Lefèvre en el restaurante Madrid para concretar los detalles de semejante carrera. Por fin, el 19 de enero de 1903, la portada del diario L’Auto anunció el nacimiento de la criatura: “La mayor prueba ciclista del mundo entero. Una carrera de un mes, del 1 de junio al 5 de julio, por Lyon, Marsella, Toulouse, Burdeos y Nantes. 20.000 francos en premios”. El proyecto aún estaba prendido con alfileres, pero Desgrange, publicista hábil, solo redactó esa especie de telegrama porque sabía que causaría expectación y que las cábalas de los demás diarios y de los lectores engordarían como una bola de nieve: “Una prueba monstruosa llamada a causar sensación” (Le Figaro), “Una carrera gigantesca, un espectáculo grandioso” (Le Soleil), “Nunca jamás se había anunciado una prueba deportiva de tal calibre” (Le Matin).

Hay que entender aquella euforia efervescente dentro de su contexto. A principios del siglo XX se vivía una fe algo ingenua en el progreso material. Era la época de las hazañas deportivas y las proezas técnicas, del avance imparable de las comunicaciones y los medios de transporte, de la creencia en que el progreso tecnológico acercaría a los pueblos del mundo y abriría camino a una fraternidad universal. Como escribió Josep Pla, aquellos hombres que estrenaron siglo creían que la paz y la tranquilidad humana dependían del mejoramiento del motor de explosión o de la telegrafía sin hilos. Divinizaban el tornillo, el cambio de marchas y la carburación.

También lo hacían los franceses de 1900: se inauguró el metro parisino, el piloto Blériot atravesó el canal de la Mancha en aeroplano, se organizó la prueba automovilística París-Madrid, los ferrocarriles se habían extendido ya por todo el país y todo el continente, los transatlánticos que zarpaban de El Havre tardaban menos de doce días en llegar a Nueva York. Y donde aún no se podían construir raíles, carreteras o motores, se dejaba vía libre a la poesía y la imaginación: el cineasta Georges Méliès estrenó su delicioso Viaje a la Luna. Muy poco después, en 1914, estalló la Gran Guerra y sobrevino la peor catástrofe jamás conocida, precisamente porque el progreso material había aumentado también la potencia de los horrores. Quedó un mundo en ruinas, amargo y perplejo. Pero aquella oleada de optimismo que bañó los primeros años del siglo XX dejó algunas huellas perdurables: el Tour de Francia, por ejemplo. Con la bicicleta, ese invento genial, los hombres se movían por su propio esfuerzo a velocidades similares o superiores a las que alcanzaban los automóviles de la época. Y esa máquina tan sencilla permitiría recorrer Francia entera, en una ruta que de paso era una exploración por los límites de la capacidad humana.

Porque la magia del ciclismo nace siempre de ese misterio que existe más allá de la frontera del sufrimiento. El corazón late como una lavadora a punto de estallar, hierven los muslos, los pulmones se ahogan. Saltan todas las alarmas y el cuerpo pide clemencia, pero el ciclista prolonga cuanto puede esa agonía: “Cuántas veces cerré los ojos sobre la bicicleta -escribió Pello Ruiz Cabestany-. Me acuerdo de esos momentos tan duros, en los que me olvidaba de todo: de mis amigos, de mi familia y de mí mismo. Todas mis fuerzas concentradas en las bielas que subían y bajaban. Toda mi imagen enfocada en la rueda trasera de quien me precedía. Mis ojos se cerraban para que no entrase ningún pensamiento que pudiera distraerme. Llegaba a los límites físicos, a salirme de mi cuerpo”. Cuestión de límites. La diferencia entre un buen ciclista y un campeón reside en la capacidad agonística, en ese punto del sufrimiento que distingue a unas personas de otras. “He llegado muy lejos en el dolor”, confesó Miguel Induráin.

Y el Tour de Francia dibujó esa ruta del dolor: 2.428 kilómetros divididos en solo seis etapas. Henri Desgrange perfiló los detalles de la prueba. Entre una etapa y otra habría dos o tres jornadas de descanso. Por miedo a quedarse sin corredores, Desgrange permitió que los ciclistas pudieran participar en algunas etapas y renunciar a otras, pero el triunfo final solo se disputaría entre quienes completaran todo el recorrido. Se establecían, además, dos categorías: una para los ciclistas que competían en equipos profesionales y disfrutaban de la ayuda de mecánicos y masajistas al final de las etapas, y otra para los isolés -aislados-, también conocidos como desherités -desheredados-, que se las apañaban para buscar comida y alojamiento, para lavarse la ropa y curarse las heridas, para reparar la bicicleta y parchear los neumáticos. Al contrario que en muchas pruebas de la época, no se permitía pedalear a rueda de motoristas o ciclistas ajenos a la prueba. Los corredores no podían llevar “coches de apoyo con víveres, repuestos o entrenadores”, ni “recibir comida o bebida de una mano amiga” -deberían buscarla en las posadas y fuentes del camino-; tampoco cambiar de bicicleta -“salvo que encontréis fortuitamente a un ciclista desconocido que acepte la vuestra en mal estado y os dé la suya en bueno”- y la ayuda mecánica estaba totalmente prohibida.

Desgrange contrató al ciclista y poeta italiano Rodolfo Muller, para que meses antes recorriera en solitario todo el trazado de la prueba, a modo de ensayo. Desde el final de cada trayecto, enviaba un telegrama para informar al Patrón sobre las condiciones de la ruta y los lugares adecuados para establecer controles de paso. Sobre aquellas carreteras de tierra y socavones, Muller dibujó la primera huella ciclista a través de toda Francia. Y los organizadores temieron que quizá fuera la última: a pocas semanas de la fecha de inicio, solo se habían inscrito quince ciclistas. Eso sí, entre ellos figuraban los nombres más prestigiosos del ciclismo europeo, como Maurice Garin, Léon Georget, Hippolyte Aucoutourier y el alemán Joseph Fischer. Pero Desgrange no estaba dispuesto a poner en marcha el Tour si al menos no participaban sesenta corredores. Para darle un impulso a las inscripciones, los organizadores retrasaron la fecha de salida y redujeron la duración de la prueba: se celebraría del 1 al 19 de julio, para que los corredores no profesionales pudieran participar con más facilidad, sin tener que abandonar el puesto de trabajo tanto tiempo. Y además de los premios, L’Auto ofreció una dieta de cinco francos para los primeros cincuenta de cada etapa, una pequeña ayuda que permitiría a muchos sufragarse los gastos mínimos de la aventura. En pocos días, la redacción recibió 78 nuevas inscripciones, aunque algunos de ellos decidieron borrarse al final.

Por fin, el 1 de julio de 1903, frente a una posada de carretera llamada Reveil Matin (“el despertador”) se apelotonaron 76 figuras extravagantes, ataviadas como una mezcla de aviador, minero y vagabundo, con los tubulares enrollados a la espalda, con un maletín de cuero en el manillar para cargar con la comida y una botella de vidrio. Al frente de ellos, hablaba un hombre de mostacho, chaqueta de tela y sombrero de panamá: el periodista Georges Abran, encargado de dar la salida.

—Señores, debido a unas obras en la carretera, la prueba comenzará seiscientos metros más adelante, en dirección a Draveil.

Los corredores recorrieron ese tramo a pie, con la bici en la mano, charlando y bromeando con amigos, familiares y seguidores.

—Alto.

Todos se detuvieron en silencio, mientras Abran levantaba un banderín amarillo -el color de las páginas de L’Auto, que en 1919 se convertiría en el color del maillot del líder-. A las 15 horas y 16 minutos de aquel 1 de julio de 1903, Abran bajó la bandera y los 76 ciclistas emprendieron la marcha en esa primera etapa de 467 kilómetros hasta Lyon. Nada más empezar, Aucoutourier lanzó el primer ataque de la historia del Tour. Este ciclista impaciente, que recurría al vino tinto para soportar el esfuerzo, acabó derrengando en una cuneta y se tuvo que subir al tren para llegar hasta Lyon.

Dentro del pelotón pedaleaba otro personaje insólito: Géo Lefèvre, el redactor de L’Auto a quien se le había ocurrido la idea original del Tour de Francia. Lefèvre cumplía los papeles de director de carrera, vigilante de los controles de paso, cronista y cronometrador. Tomaba la salida con los corredores y les seguía en bici durante veinte o treinta kilómetros, paraba en una estación y se subía al tren para adelantarse hasta otro tramo de la carrera, donde volvía a unirse a los corredores de cabeza. Al final, buscaba otro tren que le llevara a meta y allí se encargaba de tomar los tiempos. Fue el primer enviado especial al pelotón y el único de la historia que lo siguió con la fuerza de sus piernas.

El deshollinador Maurice Garin, ganador del primer Tour, venció también en esa primera etapa, después de pedalear durante toda la tarde, la noche y la madrugada, hasta alcanzar la meta de Lyon a las nueve de la mañana del día siguiente, tras dieciocho horas de esfuerzo. Cerca de él llegó su compañero de equipo Pagie, a un minuto, y en tercer lugar entró otro de los favoritos, Georget, a 35 minutos. Al mediodía, Géo Lefèvre dejó el cronómetro en manos de un ayudante y se marchó a redactar la crónica. Aún faltaban muchos participantes por llegar, pero gotearon hacia la meta de Lyon durante toda la tarde. El último llegó tras veintiocho horas de pedaleo, diez horas más tarde que Garin. Y como en esa etapa inaugural, era frecuente que los ciclistas se pasaran la noche entera pedaleando. La etapa Toulouse-Burdeos, por ejemplo, comenzó a las tres de la mañana mientras un cinematógrafo proyectaba en una sábana imágenes de las etapas anteriores.

Antes, en la segunda etapa, un suceso obligó a Desgrange a cambiar el reglamento sobre la marcha. Aucoutourier, el ciclista que bebió demasiado tinto y llegó a Lyon en tren, quedó descalificado para la clasificación general y ya solo optaba a las victorias parciales, de modo que alcanzó un acuerdo con Georget, el tercer clasificado: se fugarían juntos para atacar al líder Garin. Así lo hicieron, y se presentaron en una Marsella abarrotada de espectadores con 26 minutos de ventaja sobre Garin. Los dos compinches se repartieron el botín: Aucoutourier ganó la etapa y Georget recortó casi toda la ventaja perdida en la primera jornada. Desgrange, consciente de que los llamados “parciales” como Aucoutourier podrían influir en el resultado final, decidió dividir el pelotón en dos. Quienes no optaran a la clasificación general saldrían unas horas más tarde que el resto.

Garin aprovechó las siguientes etapas para vapulear a sus rivales. Este es un fragmento de la crónica nocturna escrita por Géo Lefèvre durante la tercera etapa: “Léopold Alibert y yo pedaleamos por la carretera de Nimes. En plena noche, luchamos contra las ráfagas del mistral desencadenado y las nubes de polvo. Alrededor de nosotros, la oscuridad completa. Solo la carretera blanca reluce bajo la luna. De pronto, cuatro fantasmas nos sobrepasan. Yo salgo tras ellos y les grito: “¿Quiénes sois?”. Me responde una voz: “¿Quién eres tú?”, y reconozco a Maurice Garin. Me presento. “¡Monsieur Géo! ¡Buenas noches!”, dice Garin. “He dejado atrás a Georget, lo tengo ya dominado”. Entonces habla la otra voz: “¡Yo soy Dargassies, Dargassies de Grisolles!”. Las sombras de Garin y Dargassies desaparecen en la noche. Pronto llegan los siguientes corredores, en plena persecución rabiosa. Nos gritan: “¡Apartaos a la derecha!”. Es la voz nasal de Rodolfo Muller, quien me grita: “¡Muy bien, Géo, cumples muy bien con la vigilancia!”.

La carrera fue un éxito completo. La tirada de L’Auto pasó de 20.000 ejemplares a los 50.000 que se vendían durante el Tour, y la cifra seguiría creciendo año tras año hasta los 320.000 en vísperas de la Primera Guerra Mundial. Los lectores seguían con avidez las crónicas pedaleadas de Lefèvre, las entrevistas, las semblanzas de los campeones, los mínimos detalles magnificados por el plantel de periodistas de L’Auto. Cuando los 21 ciclistas supervivientes llegaron al atestado velódromo del Parque de los Príncipes de París, el público rompió en una ovación estruendosa. En la clasificación final, Garin, ganador de tres etapas, aventajó en casi tres horas a Pottier; y Muller, el ciclista que corrió dos Tours el mismo año, concluyó cuarto a cinco horas. El vencedor consiguió una velocidad media de 26 kilómetros por hora, superior a la que podían obtener los automóviles de la época por aquellas rutas.

Ya se iba gestando el mito. Los periodistas ensalzaban a los ciclistas con apelativos y epítetos de estilo homérico: acuñaron la expresión “gigante de la ruta” como sinónimo de ciclista; Garin era “el pequeño deshollinador”; Dargassies, “el herrero de Grisolles”; estaban “el poeta Muller”, “el terrible Aucoutourier” y “el escalador Fischer”. ¿El escalador, en un Tour plano, sin montañas? El apodo le había caído unos meses antes, al final de las 72 horas de París, una de esas pruebas ultramaratonianas tan del gusto de la época, en la que los ciclistas pasaban tres días seguidos dando vueltas al velódromo del Parque de los Príncipes. El alemán Fischer terminó la carrera al borde de la locura. Tiró la bici, salió del velódromo, escaló un árbol y se sentó allí, sobre una rama, en silencio. Durante un par de horas, el alemán no dijo media palabra y nadie le convenció para que bajara. Joseph Fischer, el escalador. Había nacido la leyenda del Tour y la leyenda de sus primeros personajes.

“He sufrido penurias; he pasado sed, frío y sueño; lloré entre Lyon y Marsella”, declaró Garin en L’Auto. “Ahora que la carrera ha terminado y que no estoy obsesionado con la siguiente etapa, puedo decir que vuestra carrera es la más abominablemente dura que se pueda imaginar. Habéis revolucionado el ciclismo. El Tour marcará un hito en la historia de las carreras en ruta”.

Nueva York es una ciudad de cosas inadvertidas. Es una ciudad de gatos que dormitan debajo de los coches aparcados, de dos armadillos de piedra que trepan la catedral de San Patricio y de millares de hormigas que reptan por la azotea del Empire State. Las hormigas probablemente fueron llevadas hasta allí por el viento o las aves, pero nadie está seguro; nadie en Nueva York sabe más sobre esas hormigas que sobre el mendigo que toma taxis para ir hasta el barrio del Bowery, o el atildado caballero que hurga en los cubos de la basura dela Sexta Avenida, o la médium de los alrededores de la calle 70 Oeste que afirma: “Soy clarividente, clariaudiente y clarisensual”.

Nueva York es una ciudad para los excéntricos y una fuente de datos curiosos. Los neoyorquinos parpadean veintiocho veces por minuto, pero cuarenta si están tensos. La mayoría de quienes comen palomitas de maíz en el Yankee Stadium deja de masticar por un instante antes del lanzamiento.  Los mascadores de chicle en las escaleras mecánicas de Macy’s dejan de mascar por un instante antes de apearse: se concentran en el último peldaño. Monedas, clips, bolígrafos y carteritas de niña son encontrados por los trabajadores que limpian el estanque de los leones marinos en el zoológico del Bronx.

Los neoyorquinos se tragan cada día 460.000 galones de cerveza, devoran 3.500.000 libras de carne y se pasan por los dientes 34 kilómetros de seda dental. Todos los días mueren en Nueva York unas 250 personas, nacen 460 y 150.000 deambulan por la ciudad con ojos de vidrio o plástico.

Un portero de Park Avenue tiene fragmentos de tres balas en la cabeza, enquistadas allí desde la Primera Guerra Mundial. Varias jovencitas gitanas, influenciadas por la televisión y la educación, escapan de sus casas porque no quieren terminar ejerciendo de adivinas. Cada mes se despachan cien mil libras de pelo a Louis Feder, en el 545 dela Quinta Avenida, donde se elaboran pelucas rubias con cabellos de mujeres alemanas, pelucas castañas con cabellos de francesas e italianas, pero ninguna con cabellos de norteamericanas, ya que son, según el señor Feder, endebles por los frecuentes enjuagues y champús.

Entre los hombres mejor informados de Nueva York están los ascensoristas, que rara vez conversan porque siempre están a la escucha; igual que los porteros. El portero del restaurante Sardi’s oye los comentarios sobre algún estreno que hacen los asistentes cuando salen de la función. Oye con atención. Pone cuidado. A diez minutos de caer el telón ya te podrá decir qué espectáculos van a fracasar y cuáles serán un éxito.

Al caer la noche en Broadway un gran Rolls-Royce de 1948 oscuro se detiene y salta afuera una dama diminuta armada de una Biblia y un letrero que dice: “Los Condenados habrán de Perecer”. Se planta entonces en la esquina y vocifera a las multitudes pecadoras de Broadway hasta las 3 a.m., cuando el Rolls-Royce y su chófer la recogen para llevarla e regreso a Westchester.

A esas horas la Quinta Avenida está vacía, a excepción de unos cuantos insomnes de paseo, algún que otro taxista que circula y un grupo de sofisticadas féminas que pasan noche y día en las vitrinas de las tiendas, exhibiendo sus frías y perfectas sonrisas…, sonrisas conformadas por labios de arcilla, ojos de vidrio y mejillas cuyos rubores durarán hasta que la pintura se desgaste. Como centinelas, forman fila a lo largo dela Quinta Avenida: maniquíes que escrutan la calle silenciosa con sus cabezas ladeadas, sus puntiagudos pies y sus largos dedos de goma, que esperan cigarrillos que nunca llegarán. A las cuatro de la madrugada algunas de esas vitrinas se convierten en un extraño reino de las hadas, de diosas larguiruchas paralizadas todas en el momento de apurarse a la fiesta, de zambullirse en la piscina, de deslizarse hacia el cielo en un ondulante negligé azul.

Aunque esta loca ilusión se debe en parte a la imaginación desbocada, también debe algo a la increíble habilidad de los fabricantes de maniquíes, quienes los han dotado de algunos rasgos individuales, atendiendo a la teoría de que no hay dos mujeres, ni siquiera de plástico o yeso, completamente iguales. Por tal razón, las muñecas de Peck & Peck se elaboran para que luzcan jóvenes y pulidas, mientras que en Lord & Taylor parecen más sabias y curtidas. En Saks son recatadas y maduras, mientras que en Bergdorf ’s irradian una elegancia intemporal y una muda riqueza. Las siluetas de los maniquíes dela Quinta Avenida han sido modeladas a partir de algunas de las mujeres más atractivas del mundo. Mujeres como Susy Parker, que posó para los maniquíes de Best & Co., y Brigitte Bardot, que inspiró algunos de los de Saks. El empeño de hacer maniquíes cuasi humanos y dotarlos de curvas es quizás responsable de la bastante extraña fascinación que tantos neoyorquinos sienten por estas vírgenes sintéticas. A ello se debe que algunos decoradores de vitrinas hablen frecuentemente con los maniquíes y les pongan apodos cariñosos, y que los maniquíes desnudos en un escaparate inevitablemente atraigan a los hombres, indignen a las mujeres y sean prohibidos en Nueva York. A ello se debe que algunos maniquíes sean asaltados por pervertidos y que una esbelta maniquí de una tienda de White Plains fuera descubierta no hace mucho en el sótano con la ropa rasgada, el maquillaje corrido y el cuerpo con señales de intento de violación. Una noche la policía tendió una trampa y atrapó al asaltante, un hombrecito tímido: el recadero.

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Cuando el tráfico disminuye y casi todos duermen, en algunos vecindarios de Nueva York empiezan a pulular los gatos. Se mueven con rapidez entre las sombras de los edificios; los vigilantes, policías, recolectores de basura y demás transeúntes nocturnos los avistan… no por mucho tiempo. La mayoría de ellos merodea por los mercados de pescado, en Greenwich Village, y los vecindarios de los lados Este y Oeste, donde abundan los cubos de la basura. No hay, sin embargo, zona de la ciudad que no tenga sus animales callejeros, y los empleados de los garajes de veinticuatro horas de áreas tan concurridas como la calle 54 han llegado a contar hasta veinte de ellos cerca del teatro Ziegfeld por la mañana temprano. Pelotones de gatos patrullan los muelles por la noche a la caza de ratas. Los guardavías del metro han descubierto gatos que viven en la oscuridad. Parece que nunca un tren los atropella, aunque a veces a algunos los liquida el tercer riel. Unos veinticinco gatos viven veintitrés metros por debajo del ala oeste de la terminal Grand Central, son alimentados por los trabajadores subterráneos y nunca se aventuran a la luz del día.

Los vagabundos, independientes y autoaseados gatos de la calle llevan una vida extrañamente diferente a la de los gatos mantenidos de casa o apartamento de Nueva York. Casi todos están infestados de pulgas. A muchos los matan la comida intoxicada, la intemperie y la desnutrición; su promedio de vida es de dos años, mientras que el de los gatos caseros es de diez a doce años o más. Cada año la Sociedad Americana para la Prevención de la Crueldad contra los Animales (ASPCA) sacrifica unos 1.000 gatos callejeros neoyorquinos para los cuales no encuentra hogar.

No es común el arribismo entre los gatos callejeros de Ciudad Gótica. Rara vez adquieren por gusto una mejor dirección postal. Por lo común mueren en las manzanas que los vieron nacer, aunque un pulgoso espécimen recogido por la ASPCA fue adoptado por una mujer acaudalada: ahora vive en un lujoso apartamento del lado Este y pasa el verano en la quinta de la dama en Long Island. La Asociación Felina Americana una vez trasladó dos gatos callejeros a la sede de las Naciones Unidas, tras haberse enterado de que los roedores habían invadido los archivadores dela ONU.

—Los gatos se encargaron de ellos –dice Robert Lothar Kendell, presidente de la sociedad–Y parecían contentos en la ONU. Uno de ellos dormía en un diccionario de chino.

En cada barrio de Nueva York los gatos golfos están bajo el dominio de un “jefe”: el macho más grande y fuerte. Pero, salvo por el jefe, no hay mucha organización en la sociedad del gato callejero. Dentro de esa sociedad hay, no obstante, tres “tipos” de gatos: los salvajes, los bohemios y los de media jornada en tienda (o restaurante).

Los gatos salvajes dependen, en cuestión de comida, de la ocasional tapa suelta del cubo de la basura, o de las ratas, y poco o nada quieren tener que ver con la gente, así sea con quienes los alimentan. Éstos, los más desaliñados, tienen una mirada perturbada, una expresión demente y ojos muy abiertos, y en general rondan por los muelles.

El bohemio, por su parte, es más dócil. No huye de la gente. Con frecuencia recibe en la calle alimentación diaria de manos de sensibles amantes de los gatos (casi siempre mujeres) que los llaman “niñitos”, “angelitos” o “queridos” y se indignan cuando los objetos de su caridad son tildados de “gatos de callejón”. Tan puntuales suelen ser los bohemios a la hora de comer, que un amante de los gatos ha propuesto la teoría de que saben la hora. Puso el ejemplo de una gata gris que aparece cinco días a la semana a las cinco y media en punto en un edificio de oficinas en Broadway con la calle 17, cuyos ascensoristas le dan comida. Pero la minina nunca cae por allí los sábados y domingos: como si supiera que la gente no trabaja en esos días.

El gato de media jornada en tienda (o restaurante), a menudo un bohemio reformado, come bien y espanta a los roedores, pero acostumbra usar la tienda a manera de hotel y prefiere pasar las noches vagando por las calles. Pese a tan generoso esquema laboral, reclama la mayoría de los privilegios de una raza emparentada (el gato de tienda de tiempo completo o sin pizca de callejero), incluido el derecho a dormir en la vitrina. Un bohemio reformado de un delicatessen de la calle Bleecker se agazapa detrás de la puerta y ahuyenta a los otros bohemios que mendigan bocados.

A propósito, el número de gatos de tiempo completo ha disminuido en gran medida desde el ocaso de la pequeña tienda de ultramarinos y el surgimiento de los supermercados en Nueva York. Con el perfeccionamiento de los métodos de prevención contra ratas, mejores empaquetados y mejores condiciones sanitarias, almacenes de cadena como a&p rara vez tienen un gato de tiempo completo.

En los muelles, sin embargo, la gran necesidad de gatos sigue vigente. Una vez un estibador alérgico a los gatos los envenenó a todos. En cuestión de un día había ratas por todas partes. Cada vez que los hombres se giraban a mirar, veían ratas sobre los embalajes. Y en el muelle 95 las ratas empezaron a robar los almuerzos de los estibadores, e incluso a atacarlos. De modo que hubo que reclutar gatos callejeros de las zonas vecinas, y ahora el grueso de las ratas está bajo control.

—Pero los gatos no duermen mucho por aquí –decía un estibador–. No pueden. Las ratas acabarían con ellos. Hemos tenido casos en los que la rata ha destrozado al gato. Pero no pasa con frecuencia. Esas ratas del puerto son unas miserables desgraciadas.

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A las 5 de la mañana Manhattan es una ciudad de trompetistas cansados y cantineros que regresan a casa. Las palomas se apropian de Park Avenue, y se pavonean sin rivales en medio de la calle. Ésta es la hora más serena de Manhattan. Casi todos los personajes nocturnos se han perdido de vista, pero los diurnos no aparecen aún. Los camioneros y taxistas ya están despabilados, pero no perturban el ambiente. No perturban el desierto Rockefeller Center, ni a los inmóviles vigilantes nocturnos del mercado de pescado de Fulton, ni al gasolinero que duerme al lado del restaurante Sloppy Louie’s con la radio encendida.

A las 5 de la mañana los asiduos de Broadway se han ido a casa o a un café nocturno, en donde, bajo el relumbrón de luz, se les ven las patillas y el desgaste. Y en la calle 51 se encuentra estacionado un automóvil de la prensa radiofónica, con un fotógrafo que no tiene nada que hacer. Así que simplemente se pasa allí sentado unas cuantas noches, atisba por el parabrisas y no tarda en volverse un sagaz observador de la vida después de medianoche.

—A la una de la mañana –dice–, Broadway se llena de avispados y de muchachitos que salen del hotel Astor vestidos de esmoquin, muchachitos que van a los bailes en los coches de sus padres. También se ven señoras de la limpieza que vuelven a sus casas, siempre con la pañoleta puesta. A las dos, algunos bebedores empiezan a perder la compostura, y ésta es la hora de las peleas de cantina. A las tres, termina la última función en los night-clubs y la mayoría de los turistas y compradores forasteros están de vuelta en sus hoteles. A las cuatro, cuando cierran los bares, se ve salir a los borrachos…, así como a los chulos y las prostitutas que se aprovechan de los borrachos. A las cinco, sin embargo, casi todo está en calma. Nueva York es una ciudad completamente distinta a las cinco de la mañana.

A las seis de la mañana los empleados madrugadores comienzan a brotar de los trenes subterráneos. El tráfico empieza a fluir por Broadway como un río. Y la señora Mary Woody salta de la cama, se apresura a su oficina y telefonea a docenas de adormilados neoyorquinos para decirles con voz alegre, rara vez apreciada: “Buenos días. Hora de levantarse”. Durante veinte años, como operadora del servicio despertador de Western Union, la señora Woody ha sacado a millones de la cama.

A las7 a.m. un hombrecillo colorado y robusto, muy parisino en una boina azul y un suéter de cuello alto, recorre a paso rápido Park Avenue, visitando a sus adineradas amigas: se asegura de darle a cada cual un enérgico masaje antes del desayuno. Los uniformados porteros lo saludan con afecto y lo llaman “Biz” o “Mac”, puesto que se trata de Biz Mackey, masseur extraordinaire para las damas.

Míster Mackey es brioso y muy derecho y lleva siempre un bolso de cuero negro con los linimentos, cremas y toallas de su oficio. Sube en el ascensor, media hora después está abajo otra vez, y de nuevo a casa de otra dama: una cantante de ópera, una actriz de cine, una teniente de la policía.

Biz Mackey, antiguo boxeador de los pesos pluma, empezó a sobar de manera correcta a las mujeres en París, allá en los años veinte. Habiendo perdido una pelea durante una gira por Europa, decidió dejarlo ahí. Un amigo le sugirió que acudiera a una escuela para masajistas, y seis meses después tuvo a su primera clienta: Claire Luce, actriz que por entonces era la estrella del Folies-Bergère. Ella quedó satisfecha y le mandó otras clientas: Pearl White, Mary Pickford y una rolliza soprano wagneriana. Se precisó dela Segunda GuerraMundial para sacar a Biz de París.

De regreso en Manhattan la clientela europea siguió empleándolo cuando venía por aquí; y si bien es cierto que él ya frisa los setenta, todavía no afloja. Biz trata a unas siete mujeres por día. Sus dedos musculosos y sus brazos gruesos poseen un toque milagrosamente relajante. Es discreto y, por eso, el preferido de las damas de Nueva York. Las visita en sus apartamentos y tiene llaves de sus alcobas: es a menudo el primer hombre que ven por la mañana, y lo esperan tendidas en la cama. Nunca revela los nombres de sus clientas, pero la mayoría tiene sus años y son ricas.

—Las mujeres no quieren que otras mujeres sepan de sus asuntos –explica Biz–. Ya sabes cómo son –agrega como al descuido, sin dejar duda de que él sí lo sabe.

Los porteros con los que Biz se cruza en las mañanas tienden a ser un servicial y siempre elocuente grupo de diplomáticos de acera, entre cuyas amistades se cuentan algunos de los hombres más poderosos de Manhattan, algunas de las mujeres más hermosas y algunos de los poodles más estirados. La mayoría de las veces los porteros son corpulentos, tienen un aspecto vagamente gótico y los ojos lo bastante aguzados como para detectar una buena propina a una manzana de distancia en el día más oscuro del año.

Ciertos porteros del lado Este son orgullosos como un noble, y sus uniformes, festoneados con recargo, parecen salidos de la misma sastrería que atiende al mariscal Tito. Casi todos los porteros de hotel son estupendos para la charla intrascendente, la grandilocuente y la impertinente, para recordar apellidos y evaluar equipajes de cuero. (Saben calcular la riqueza de un huésped más por el equipaje que por la ropa que lleva.)

Hoy en Manhattan hay 650 porteros de torres de apartamentos, 325 de hoteles (catorce en el Waldorf Astoria) y un número desconocido pero formidable de porteros de teatro y de restaurante, porteros de night-club, porteros voceadores y porteros sin puerta.

Los porteros sin puerta, que son vagabundos sin antecedentes penales, usualmente carecen de uniforme (pero no de sombreros alquilados) y merodean por las calles abriendo puertas cuando el tráfico se embotella, en las noches de ópera, de conciertos, de peleas por un título y de convenciones. Christos Efthimiou, portero del Brass Rail, dice que los porteros sin puerta saben cuándo está libre (lunes y martes) y que en esos días trabajan free lance desde su sitio enla Séptima Avenidacon la calle 49.

Los porteros voceadores, que a veces lucen uniformes alquilados (pero son dueños del sombrero), se apostan enfrente de los clubes de jazz con programas de espectáculos, como los que bordean la calle 51. Además de abrir puertas y de enlazar taxistas, los porteros voceadores bien pueden susurrarle suave pero claramente al peatón que pasa: “¡Psss! ¡Sin pagar el puesto: chicas adentro… la nueva reina de Alaska!”.

Aunque en la ciudad son pocos los porteros que no juren por las buenas o por las malas que les pagan mal y que son menospreciados, muchos porteros de hotel reconocen que en ciertas semanas buenas, las de lluvia, se han hecho cerca de 200 dólares con las meras propinas. (Más gente pide taxis cuando llueve y los porteros que suministran paraguas y taxis rara vez se quedan sin propina.)

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Cuando llueve en Manhattan el tráfico de automóviles es lento, las citas se incumplen y en los vestíbulos de los hoteles la gente se arrellana detrás de un periódico o da vueltas por ahí sin tener dónde sentarse, con quién hablar, nada qué hacer. Se hace más difícil conseguir un taxi; los grandes almacenes reducen sus ventas entre un 15 y un 25 por ciento, y los monos del zoo del Bronx, sin público, se encorvan malhumorados en sus jaulas, con más cara de aburridos que los desocupados de los hoteles.

Aunque algunos neoyorquinos se ponen taciturnos con la lluvia, otros la prefieren. Les gusta caminar bajo ella y sostienen que en los días lluviosos los edificios de la ciudad parecen más limpios…, bañados de una cierta opalescencia, como un cuadro de Monet. Hay menos suicidios en Nueva York cuando llueve; pero cuando el sol brilla y los neoyorquinos parecen felices, el deprimido se hunde más en su depresión y el hospital Bellevue recibe más casos de intentos de suicidio.

En fin, un día lluvioso en Nueva York es un día resplandeciente para los vendedores de paraguas y gabardinas, las chicas de los guardarropas, los botones y el personal de la oficina del Consulado General Británico, donde dicen que la lluvia les recuerda la patria. La firma Consolidated Edison informa que los neoyorquinos consumen 120.000 dólares más en electricidad que en los días despejados; las rayas de los pantalones se deterioran con la lluvia, y en la lavandería Norton Cleaners, en la calle 45, se plancha un promedio de 125 pantalones extras en días como ésos.

La lluvia les estropea el rímel de los ojos a las modelos que no consiguen un taxi; y la lluvia significa un día solitario para los sargentos de reclutamiento, los manifestantes, los limpiabotas y los ladrones de Times Square, que tienden todos a perder el entusiasmo cuando se mojan.

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Todas las mañanas, pasadas las 7.30, cuando la mayoría de los neoyorquinos sigue aún sumida en un cegajoso duermevela, cientos de personas hacen fila en la calle42 ala espera de que abran los diez cines ubicados casi hombro a hombro entre Times Square yla Octava Avenida.

¿Quiénes son los que van al cine a las8 a.m.? Son los vigilantes nocturnos del centro, los pelagatos, los que no pueden dormir, los que no pueden ir a casa o los que no tienen casa. Son los camioneros, los homosexuales, los polizontes, los gacetilleros, las sirvientas y los empleados de un restaurante que han trabajado toda la noche. Son también los alcohólicos, que esperan hasta las ocho para pagar cuarenta centavos por un asiento blando y algo de sueño en un teatro fresco, oscuro y cargado de humo.

Con todo, al margen de estar llenos de humo, cada Uno de los teatros de Times Square carece de o posee una característica especial que lo define. En el teatro Victoria uno sólo se topa películas de terror, mientras que en el teatro Times Square sólo presentan películas de vaqueros. Hay películas de estreno por cuarenta y cinco centavos en el Lyric, en tanto que en el Selwyn hay siempre cintas viejas por treinta y cinco. Tanto en el Liberty como en el Empire hay reestrenos, y en el Apollo sólo proyectan filmes extranjeros. Los filmes extranjeros han venido haciendo dinero en el Apollo desde hace veinte años, cosa que William Brandt, uno de los propietarios, no alcanzaba a entender.

—Así que un día fui a investigar al sitio –dice él– y vi a la entrada gente que conversaba con las manos. Me di cuenta de que eran casi todos sordomudos. Son asiduos del Apollo porque pueden leer los subtítulos que vienen con las películas extranjeras. El Apollo probablemente tiene el mayor público sordomudo del mundo.

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Nueva York es una ciudad con 8.485 operadoras telefónicas, 1.364 repartidores de telegramas dela Western Uniony 112 mensajeros de casas periodísticas. La hinchada beisbolera promedio en el estadio de los Yankees gasta unos diez galones de jabón líquido por partido: récord extraoficial de limpieza de las grandes ligas. Este estadio también ostenta el mayor número de acomodadores de la liga (360), de barrenderos (72) y de baños para hombres (34).

En Nueva York hay 500 médiums, clasificados desde el semitrance hasta el trance y el trance profundo. La mayoría vive en las calles setentas, ochentas y noventas del Oeste de Nueva York, y en los domingos algunas de estas manzanas se comunican con los muertos, vibran al clamor de trompetas y solucionan todo tipo de problemas.

En Nueva Yorkla Lenceríadela Quinta Avenidaestá situada enla Avenida Madison,la Tiendade Mascotas Madison queda enla Avenida Lexington,la Floristería ParkAvenue está enla Avenida Madisonyla Lavandería AMano Lexington está enla Tercera Avenida.Nueva York alberga 120 tiendas de ropa y muebles usados, y es allí donde el hermano del obispo [Bishop] Sheen, el doctor Sheen, comparte una oficina con un tal doctor Bishop.

Dentro de una típica y apacible fachada de piedra rojiza sobrela Avenida Lexington, en la esquina de la calle 82, un boticario llamado Frederick D. Lascoff lleva años vendiendo sanguijuelas a boxeadores maltrechos, aceite de calamento a cazadores de leones y millares de pócimas extrañas a personas en lugares exóticos de todo el mundo.

Dentro de una lóbrega factoría del lado Oeste, todos los meses una larga cinta de cartulina verde sube y baja arrastrándose como un reptil interminable por una prensa de imprenta que la pica en miles de enojosos trocitos. Cada trocito fue ideado para encajar en el bolsillo de un policía, decorar el parabrisas de un coche aparcado ilegalmente y despojar a un conductor de quince dólares. Unas 500.000 multas de quince dólares se imprimen cada año para la policía de Nueva York en la calle 19 Oeste, enla May Tagand Label Corporation, cuyos empleados a veces ven el fruto de su trabajo volver como un bumerán sobre sus propios parabrisas.

Nueva York es una ciudad de 200 vendedores de castañas, 300.000 palomas y 600 estatuas y monumentos. Cuando la estatua ecuestre de un general alza del suelo los dos cascos delanteros, quiere decir que el general murió en combate; si levanta uno, murió de heridas recibidas en combate; si los cuatro cascos pisan el suelo, el general probablemente murió en cama.

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En Nueva York, desde el amanecer hasta el ocaso y de nuevo al amanecer, día tras día, se escucha el incesante y sordo ruido de las llantas sobre la plancha de hormigón del puente George Washington. El puente nunca está completamente quieto. Tiembla con el tráfico. Se mueve con el viento. Sus enormes venas de acero se hinchan al calentarse y se contraen al enfriarse; con frecuencia la plancha se acerca al río Hudson, unos tres metros más en verano que en invierno. Esta estructura, poco menos que inquieta y de grácil belleza, oculta, como una seductora irresistible, algunos de sus secretos a los románticos que la contemplan, los escapistas que saltan desde ella, la chica regordeta que recorre pesadamente su distancia de mil setenta metros buscando bajar de peso y los cien mil automovilistas que cada día la cruzan, se estrellan contra ella, le esquilman el peaje, se atascan encima.

Pocos de los neoyorquinos y turistas que lo cruzan a toda velocidad se percatan de los obreros que,186 metrosmás arriba, utilizan los ascensores dentro de sus dos torres gemelas; y pocas personas saben que algunos borrachitos errabundos de cuando en cuando lo escalan despreocupadamente hasta la cima y allí se echan a dormir. Por las mañanas se quedan petrificados y tienen que bajarlos brigadas de emergencia.

Pocas personas saben que el puente fue construido en un área por la que antiguamente trashumaban los indios, en la cual se libraron batallas y en cuyas riberas, en los primeros tiempos coloniales, se llevaba a la horca a los piratas a modo de advertencia para otros marinos aventureros. El puente hoy se levanta en el lugar donde las tropas de George Washington retrocedieron ante los invasores británicos que más adelante capturarían Fort Lee, en Nueva Jersey, quienes encontraron las ollas en el fuego, el cañón abandonado y un reguero de ropa por el camino de retirada de la guarnición de Washington.

La calzada del puente George Washington descuella30 metrospor encima del pequeño faro rojo que se quedó obsoleto cuando se erigió el puente en 1931; el acceso por el lado de Jersey queda a tres kilómetros de donde el mafioso Albert Anastasia vivía tras un muro alto y custodiado por perros dóberman pinschers; el peaje de Jersey queda a seis metros de donde un conductor sin licencia intentó pasar con cuatro elefantes en un remolque; y lo hubiera logrado si uno de ellos no se hubiera caído. La plancha superior está a67 metrosdel sitio hasta donde una vez trepó un guardia dela Autoridad Portuariapara decirle a un suicida en ciernes: “Óigame bien, so hp: si no se baja, lo bajo a tiros”, y el hombre descendió en un dos por tres.

Día y noche los guardias se mantienen alerta. Tienen que estarlo. En cualquier momento puede ocurrir un accidente, una avería o un suicidio. Desde 1931 han saltado del puente cien personas. A más del doble se les ha impedido hacerlo. Los saltadores de puentes decididos a suicidarse obran rápida y silenciosamente. Junto a la calzada dejan automóviles, chaquetas, gafas y a veces una nota que dice “Cargo con la culpa de todo” o “No quiero vivir más”.

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Un solitario comprador que no era de la ciudad y que se había tomado unas copas se registró una noche en un hotel de Broadway cerca de la calle 64, fue a la cama y despertó en medio de la noche para presenciar una escena pavorosa. Vio pasar, flotando por la ventana, la imagen resplandeciente dela Estatuadela Libertad.

Se imaginó que lo habían drogado para reclutarlo y que navegaba frente a Liberty Island con rumbo a una calamidad segura en alta mar. Pero luego, mirándolo mejor, cayó en la cuenta de que en realidad veía la segunda Estatua dela Libertadde Nueva York: la estatua anónima y casi inadvertida que se yergue en el techo del depósito Liberty-Pac en el 43 de la calle 64 Oeste.

Esta aceptable copia, construida en 1902 por encargo de William H. Flattau, un patriótico propietario de bodegas, se eleva diecisiete metros sobre el pedestal, pocos en comparación con los46 metrosde la estatua de Bartholdi en Liberty Island. Esta más menuda Libertad también tenía una antorcha encendida, una escalera espiral y un boquete en la cabeza por el cual se divisaba Broadway. Pero en 1912 la escalera se descacharró, la tea se apagó en una tormenta y a los escolares se les prohibió corretear de arriba abajo en su interior. El señor Flattau murió en 1931 y con él se fue mucha de la información sobre la historia de esta estatua.

De vez en cuando, sin embargo, los empleados del depósito y los vecinos responden las preguntas de los turistas acerca de la estatua.

—La gente por lo general se arrima y dice: “Eh, ¿qué hace eso allá arriba?” –cuenta el vigilante de un aparcamiento al otro lado de la calle–. El otro día un tejano detuvo su coche, miró hacia arriba y dijo: “Yo pensaba que la estatua debía estar en el agua, en otra parte”. Pero algunos están de veras interesados en la estatua y le sacan fotos. Considero un privilegio trabajar al pie de ella, y cuando vienen los turistas siempre les recuerdo que ésta es “la segunda Estatua dela Libertadmás grande del mundo”.

Pero la mayoría de los vecinos no le presta atención a la estatua. Las adivinas gitanas que trabajan al costado derecho no lo hacen; los asiduos de la taberna que hay debajo, tampoco; ni quienes sorben la sopa en el restaurante Bickford al otro lado de la calle. David Zickerman, taxista de Nueva York (taxi núm. 2865), ha pasado zumbando por la estatua centenares de veces y no sabe que existe.

—¿Quién demonios mira hacia arriba en esta ciudad? –pregunta.

Por varias décadas la estatua ha sostenido una antorcha apagada sobre este vecindario de jugadores de punchball, cocineros de comidas rápidas y vigilantes de bodega; sobre botones de magras propinas y policías y travestis de tacones altos, quienes pasada la medianoche emergen de sus paredes por las escaleras de incendios para ir a pasearse por esta ciudad de acaso demasiada libertad.

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Nueva York es una ciudad de movimiento. Los artistas y los beatniks viven en Greenwich Village, que fue habitada primero por los negros. Los negros viven en Harlem, donde solían vivir judíos y alemanes. La riqueza se ha trasladado del lado Oeste al Este. Los puertorriqueños se hacinan por todas partes. Sólo los chinos son estables en su enclave en torno al antiguo recodo de la calle Doyer.

Algunos prefieren recordar a Nueva York en la sonrisa e una azafata del aeropuerto deLa Guardia, o en la paciencia de un vendedor de zapatos dela Quinta Avenida; para otros, la ciudad representa el olor a ajo en la parte trasera de una iglesia de la calle Mulberry, o un trozo de “territorio” que se pelean las pandillas juveniles, o un lote en compraventa por la inmobiliaria Zeckendorf.

Pero por fuera de las guías de la ciudad de Nueva York y la cámara de comercio, Nueva York no es ningún festival de verano. Para la mayoría de los neoyorquinos es un lugar de trabajo duro, de demasiados coches, de demasiada gente. Muchas de esas personas son anónimas, como los conductores de bus, las criadas por días y esos repulsivos pornógrafos que suben los precios que aparecen en los anuncios de publicidad sin que nunca los cojan. Parecería que muchos neoyorquinos sólo tienen un nombre, como los barberos, los porteros, los limpiabotas. Algunos neoyorquinos transitan por la vida con el nombre incorrecto, como Jimmy Panecillos [Jimmy Buns], que vive en frente del cuartel general de la policía en Centre Street. Cuando Jimmy Panecillos, cuyo verdadero apellido es Mancuso, era un chico, los policías le gritaban del otro lado de la calle: “Oye, chico, ¿qué tal si vas a la esquina y nos traes café y unos panecillos?”. Jimmy siempre hacía el favor, y no tardaron en llamarlo Jimmy Panecillos o simplemente “Eh, Panecillos”. Ahora Jimmy es un señor mayor, canoso, con una hija que se llama Jeannie. Pero Jeannie nunca tuvo apellido de soltera: todos la llaman “Jeannie Panecillos”.

Nueva York es la ciudad de Jim Torpey, quien desde 1928 arma los titulares de prensa del letrero eléctrico que rodea Times Square, sin gastar nunca una bombilla de su bolsillo; y de George Bannan, cronometrador oficial del Madison Square Garden, quien ha aguantado como un reloj de pie siete mil peleas de boxeo y ha tocado la campana dos millones de veces. Es la ciudad de Michael McPadden, quien se sienta detrás de un micrófono en una caseta del metro cerca de Times Square y grita en una voz que oscila entre la futilidad y la frustración: “Cuidado al bajar, por favor, cuidado al bajar”. Imparte este consejo 500 veces cada día y en ocasiones quisiera improvisar. Pero rara vez lo intenta. Desde hace tiempo está convencido de que la suya es una voz desatendida en el bullicio de puertas que golpean y cuerpos que se estrujan; y antes de que se le ocurra algo ingenioso para decir, llega otro tren dela Grand Centraly el señor McPadden tiene que decir (¡una vez más!): “Cuidado al bajar, por favor, cuidado al bajar”.

Cuando comienza a oscurecer en Nueva York y los compradores salen de Macy’s, se escucha el trotecito de diez dóberman pinschers que recorren los pasillos olfateando en busca de algún pillastre oculto detrás de un mostrador o al acecho entre las ropas de un perchero. Peinan los veinte pisos de la gran tienda y están entrenados para subir escaleras de mano, saltar por las ventanas, brincar sobre los obstáculos y ladrarle a cualquier cosa extraña: un radiador que gotea, un tubo de vapor roto, humo, un ladrón. Si el ladrón tratara de escaparse, los perros lo alcanzarían fácilmente, metiéndosele entre las piernas para derribarlo. Sus ladridos han alertado a los vigilantes de Macy’s sobre peligros menores pero nunca sobre un ladrón: ninguno se ha atrevido a quedarse en la tienda después del cierre desde que los perros llegaron en 1952.

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Nueva York es una ciudad en la que unos halcones grandes que suelen anidar en los riscos hincan las garras en los rascacielos y se precipitan de vez en cuando para atrapar una paloma en Central Park, o Wall Street, o el río Hudson. Los observadores de pájaros han visto a estos halcones peregrinos circular perezosamente sobre la ciudad. Los han visto posarse en los altos edificios, e incluso en los alrededores de Times Square.

Una docena de estos halcones, que llegan a tener una envergadura de noventa centímetros, patrulla la ciudad. Han pasado zumbando al lado de las mujeres en la terraza del hotel St. Regis, han atacado a los hombres de la reparación sobre las chimeneas y, en agosto de 1947, dos halcones asaltaron a unas damas residentes en el patio de recreo del Hogar del Gremio Judío de Ciegos de Nueva York. Los trabajadores de mantenimiento en la iglesia de Riverside han visto a los halcones cenar palomas en el campanario. Los halcones permanecen allí un corto rato. Luego emprenden el vuelo hacia el río, dejando las cabezas de las palomas para que los trabajadores hagan la limpieza. Cuando regresan, los halcones entran volando silenciosamente, inadvertidos, como los gatos, las hormigas, el portero de las tres balas en la cabeza, el masajista de señoras y muchas de las otras raras maravillas de esta ciudad sin tiempo.

Víctor Hugo Viscarra no murió en su ley, como quería: “solo y como un perro, pero libre, tomando el último trago”. No pudo decirle nada al alcohol –que tanto le dio y tanto le quitó– en sus últimos suspiros. No pudo brindar ni tan siquiera con una gota de licor adulterado. Porque dijo adiós desde una cama de hospital, no en una cantina. Porque su estómago maltrecho sólo admitía las cucharaditas de sopa que la escritora Vicky Ayllón le daba en la boca con la paciencia de un editor de textos.

Viscarra solía decir a sus amigos más cercanos que no pasaría de los 50. Que si lo hacía, “nacionalizaría un revólver para pegarse un tiro”. Pero no hizo falta. El cuadro clínico que lo llevó a la tumba resultó más contundente que un disparo: reumatismo, neumonía crónica, alteraciones digestivas y cirrosis galopante. Se fue un miércoles, a las 10 de la mañana del 24 de mayo de 2006, a los 49 años.

Antes, intuyendo probablemente la fatalidad, bautizó el último libro que publicó en vida con un título premonitorio: Avisos necrológicos. Y poco después el suyo apareció en las páginas de los periódicos más importantes del país a modo de noticia.

“El Bukowski boliviano” o “Viskarrowski”, le llamaban algunos periodistas. “El narrador de los márgenes”, decían otros. Pero él se definía simplemente como un pobre diablo que esperaba ir al infierno. Porque allí, bromeaba, “por lo menos hay calefacción”.

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Mi primer encuentro con Víctor Hugo fue sin trago de por medio, en enero de 2004, a las siete y media de la noche en la Casa de la Cultura de La Paz. Yo no lo conocía. No había visto antes ninguna fotografía suya. Y las interrogantes eran muchas. ¿Serán sus lentes gruesos? ¿Será dueño de una barba mal cortada o de un bigote bien cuidado? ¿Llevará una botella estrangulada en alguna de sus manos? ¿Fumará negro?, me preguntaba. Hasta que el portero de la Casa de la Cultura me devolvió a la realidad con un anuncio escueto. “Ahí está”, dijo, estirando luego el dedo índice como un pirata, hacia lo lejos.

Más que una persona, medio encorvado, parecía una sombra. Caminaba lento, a pasos cortos, mezclado entre la gente sin que nadie reparara en su presencia. Se cubría con una chamarra café, una camisa medio blanca, medio sucia, un suéter viejo y un pantalón negro. Tenía la pinta lúgubre de un enterrador antes de meter pala a una tumba.

Cuando le hice una señal se acercó enseguida y alargó la mano para darme un apretón tibio. Después soltó uno de los chistes que usaba a veces para romper el hielo.

–Hola, soy Víctor Hugo Viscarra, el antropólogo –me dijo.
–¿El antropólogo? –contesté con un ademán de sorpresa, medio confundido.
–Sí, sí, el especialista en antros –dijo él con cara de no haber roto nunca un plato. Y luego me mostró una sonrisa de niño malo a la que le faltaban varios dientes.

Días atrás, Viscarra había llamado a la redacción del diario en el que yo trabajaba porque lo había mencionado en un reportaje sobre el binomio escritura-alcohol y quería conocerme. Hablamos un ratito por teléfono y acordamos una cita. Pero con él los compromisos tenían menos valor que un cheque sin fondos. Y corría el riesgo de que no se presentara. Un año antes, una periodista del diario chileno La Nación pasó las de Caín para ubicarlo. Pablo Gozalves, su editor en aquel tiempo, lo había dejado esperando en la capilla del Sagrado Corazón, pero escapó para continuar con su farra interminable y demoraron casi una semana en rescatarlo de las calles para que atendiera la entrevista.

Por eso, el hecho de tenerlo frente a mí era un alivio. Y en un par de minutos comprendí el por qué de su puntualidad y su buen aspecto, cuando me confesó que llevaba casi 11 meses sin beber para cumplir con un tratamiento contra la tuberculosis que le había impuesto el médico. Porque, aunque borracho de corazón, lo hizo con la misma determinación con la que un predicador alza la Biblia para pregonar el fin del mundo. En los momentos de mayor flaqueza, Viscarra solía lanzar una amenaza contra sí mismo como quien recita una poesía: “El trago o yo”, decía. Esta vez fue él y su salud se lo agradeció.

De mutuo acuerdo decidimos ir a una cafetería cercana en los bajos del hotel Gloria, al abrigo de una ciudad gris, con olor a orín en las aceras, paredes mal pintadas y subidas y bajadas en cada esquina. El escritor pidió un mate y un sándwich de jamón con queso. Y a continuación depositó en la mesa un amasijo de recortes y varios de sus libros con un gesto de cierta pesadez, como si también dejara ahí encima sus más de 30 años vividos en la calle, la apariencia de alguien de 60 y su tos de perro apaleado.

“Nací viejo”, escribió Viscarra en Borracho estaba, pero me acuerdo, quizás su obra más autobiográfica. “Si es cierto eso de que en cada hombre hay un niño, el que habita en mí debe de ser muy triste”, añadía unos renglones más abajo. Su madre, según él mismo contaba, rompió varias escobas contra su espalda. Su padre, “aunque un buen hombre”, tras una paliza de su madrastra, cuando Viscarra le dio a escoger entre él o ella, la prefirió a ella; y a los 12 años comenzó el vía crucis del autor en la indigencia.

Desde entonces, no dejó de sentir frío. “Es artero, sale como de un gigantesco refrigerador y lo envuelve a uno por completo”, describía. Por eso andaba siempre encogido. Por eso observaba a todos de abajo arriba y no de arriba abajo. Y desde esa posición me vigilaba mientras esperaba su tentempié con una ansiedad no disimulada.

–Esto es un robo a mano armada –me dijo apenas tuvo la oportunidad, tras echar una mirada a la carta de los precios. Acostumbrado a pagar sólo unos pesos por los “soldaditos” –pequeños envases de plástico con alcohol casi puro dentro–, el café con leche de dos dólares que yo acababa de pedirme le parecía quizás un caro capricho.

De cerca, los rasgos de Víctor Hugo se intensificaban. Su nariz, fruto de las caídas y los golpes recibidos, parecía un gancho retorcido de derecha a izquierda. La línea de sus cejas subrayaba unos ojos achinados y meditabundos. Y disimulaba la lámina de grasa que le invadía el pelo con un peinado clásico con la raya a un lado.

Conversamos, sobre todo, de la calle. Su máxima era ésta: “Allí, con mis delincuentes, mis putas, mis mendigos y mis ladrones, me siento en casa”. Me comentaba que los ambientes en los que se movía eran los tugurios que pueblan diferentes rincones de la ciudad:

La Garita de Lima, Tembladerani, Achachicala, Gran Poder, Alto Tejar y Chijini, entre otros. Que los protagonistas de sus escritos subsistían en los callejones de algunos de estos lúgubres enclaves. Y aseguraba que el mayor halago que recordaba se lo debe a una mujer en estado de embriaguez. “Escritor, he leído tu libro. No mentiste”, le dijo.

Memorioso, Víctor Hugo enlazaba una anécdota detrás de otra, recordando con detalle cada fecha, cada espacio, cada nuevo remiendo en la ropa de sus cuates, cada cicatriz que conformaba el mapa de sus rostros. Era capaz de recitar párrafos enteros de sus libros. Es más, lo hacía a menudo porque recordar se convirtió en su estrategia de supervivencia. Como escribía en servilletas y pedacitos de papel que solía perder por el camino, aprendió a reconstruir los textos en tan sólo unos minutos. Y manifestaba tanto arte a la hora de reescribirse que cualquiera diría que vivía en un monólogo constante.

Al hablar, sus mañas se hacían más visibles. Sus manos se movían rápidas de un lado para otro, como las de un mago veterano. Silabeaba. Se secaba los labios una y otra vez relamiéndolos con la lengua sin sutileza. Marcaba las eses y las pes para dar mayor énfasis a las palabras. Y un leve tartamudeo, imperceptible casi, acompañaba su discurso.

También se mostraba deslenguado:

–Aunque digan que no tengo estilo literario, a mí me encanta escribir de esta manera. Es mi forma de hacer las cosas, y al que no le guste que se meta su dedo y su desagrado en el orificio de su disgusto –me dijo mientras hincaba el diente al emparedado.

Y cuando la charla no dio más de sí, se retiró con lentitud a tomar un minibús con dirección a la parroquia del Rosario, de su amigo Humberto, cura en el barrio de Villa Dolores, de la ciudad de El Alto.

Allí Viscarra dormía a veces porque el sacerdote le prestaba una computadora en la que escupía sus historias tremebundas; y porque luego le guardaba los archivos, ya que él no sabía manejar bien aquella máquina.

***

Tras la muerte de Viscarra, visité en Villa Copacabana a uno de los hombres que mejor lo conocía: Manuel Vargas, su último editor.

Villa Copacabana es un barrio en el que rige el caos de las laderas, sin un orden lógico de números en el marco de las puertas, con algunas edificaciones de ladrillo descubierto y otras salpicadas de cal blanca. Un lugar en el que los perros –esos perros que fueron durante décadas los compañeros más fieles de Víctor Hugo– suelen buscar algún resto de comida entre las bolsas de basura. Y Manuel es un hombre espigado que rodea de silencios prolongados todo lo que hace, que oculta su rostro alargado bajo unos lentes de alambre y que luce siempre una perilla bien dibujada que otorga un aire de mayor calidez a la expresión de su cara. El día que me recibió usaba una gorra de chulapo madrileño para recoger su media melena. Y no tardó en confirmarme una realidad que a menudo había sospechado: tras mi primer encuentro con él, Víctor Hugo volvió enseguida al trago. “Estuvo sin chupar 11 meses y tres días –me dijo Manuel–. Y estoy seguro de que eso fue para él una auténtica condena”.

Cuando Manuel me hizo pasar a su escritorio había allí decenas de libros: muchos, bien ordenados en los estantes; otros, formando montañitas que crecían desde el suelo. Hallé de todo: literatura inglesa, francesa y latinoamericana. Y también estaban a la vista las obras de Viscarra: Coba, lenguaje secreto del hampa boliviano (1981), Relatos de Víctor Hugo (1996), Alcoholatum y otros drinks: crónicas para gatos y pelagatos (2001), Borracho estaba, pero me acuerdo (2002) y Avisos necrológicos (2005).

Coba es una experiencia creativa que refleja la jerarquización de clases y la división de la sociedad a través del lenguaje. Viscarra publicó la primera edición con la ayuda desinteresada del escritor tradicionalista Antonio Paredes Candia, ya fallecido. Y solía compartir una anécdota muy jugosa sobre la publicación con sus colegas. “Me entregaron el primer ejemplar en la plaza Alonso de Mendoza, una tarde nublada. Me fui a festejar y se lo regalé a la mesera que me atendía sin saber si ella sabía leer”.

Con Relatos, Alcoholatum, Borracho estaba y Avisos necrológicos, el escritor se adentró en un universo de supervivencia que, en palabras del crítico Germán Aráuz, “bebió a cada momento en carne propia”. Y en las páginas de Alcoholatum dejó además plasmado su único testamento conocido, un testamento literario que muestra a un Víctor Hugo con todos sus aderezos: irónico, sarcástico y tremendamente ácido.

El “documento”, en algunas de sus partes, dice así: “Mis libros los dono a la Biblioteca de Alejandría. Puesto que los he perdido irremediablemente, presumo que a ese lugar han ido a parar. Los textos que me fueron robados quedan en calidad de perdidos. Ya que no pude hacer nada para retenerlos, menos puedo hacer para recuperarlos. Mis pensamientos se los cedo a la humanidad entera, no para que los aproveche, sino para que aprenda cómo en el más completo estado de abandono uno puede cultivarse y educarse sin pasar por institutos, universidades, simposios, congresos, diplomados, maestrías y demás tucuymas. Todas mis deudas se las dejo generosamente dora mis acreedores, porque, sabiendo que yo vine al mundo sin traer nada, ¿cómo voy a tener algo para pagar deudas a otarios y prestamistas? Lo que sé es que cada obrero es digno de su salario. Por lo tanto, lo único que hice fue cobrarme las lecciones que les di, desasnándolos. Los culturicé un poco. Las pocas ropas que poseo son sólo para mí. A los que se jactaban y se jactan todavía de ser mis enemigos les dejó mi perdón.

“Y mi pobre corazón, hecho pomada desde los tiempos en que era ingenuo y cándido y con el que recorrí los caminos de la frustración y el desengaño, se lo dejo a aquellas personitas que se divirtieron hasta el cansancio con sus juegos sentimentales; a esas personitas que supieron poner en práctica sus ardides y sus mañas femeninas, lastimando a su gusto mis pálidos estertores personales para dejarme llorando mi desconsuelo en cantinas y chicherías donde estúpidamente moría ahogado en ingentes cantidades de licor. Sólo a ellas pertenecen los guiñapos de mi devaluado corazón”.

Tras leerme en voz alta algunos fragmentos de ese texto cuando menos curioso, Manuel quiso enseñarme la edición española de Borracho estaba, pero me acuerdo, que llegó a La Paz tan sólo dos días después de la muerte de Viscarra. Un libro de tapa blanca con una botella de cristal, una hoja de libreta y un lapicero ilustrando una portada –según un lector– “ajena al miedo y asco que se esconde entre las páginas”.

–¿Y por qué quisiste publicar a Víctor Hugo en tu editorial (Correveidile)? –pregunté a Manuel aprovechando un minuto en el que no decía nada. Y él simplemente se sentó, sonrió y acomodó su voz grave y pausada a la acústica de papel de su refugio.
–Marcela Gutiérrez, una amiga suya, tenía en sus manos un cuaderno con los escritos de Víctor Hugo. Había buenos textos, pero ella no sabía si él estaba vivo o muerto porque hacía ya mucho que no lo veía. Luego, él me buscó y me dejó una caja mal amarrada llena de recortes. “De ahí escoge tú”, me dijo. Era todo una especie de rompecabezas, con hojas sueltas, relatos incompletos, cuartillas rotas y un sinfín de anotaciones. En ocasiones, escribía un párrafo, lo numeraba y había que buscar en otro de los papeles la numeración siguiente para continuar con la lectura. Al final, logré hacer una selección de lo rescatable y de ahí nació Alcoholatum, la primera obra suya que edité.

Por convenio, Manuel le daba a Viscarra sus derechos de autor en ejemplares. A veces, todos de golpe y a veces unos cuantos, porque, cuando peor estaba, Víctor Hugo todo lo que vendía lo bebía de un trago: cambiaba ejemplares por una botella o los ofrecía sin ton ni son en las cantinas. En una ocasión, en pleno proceso de impresión, llegó a aparecerse completamente borracho en la imprenta para pedir libros. Y a veces él mismo se pirateaba: fotocopiaba sus Relatos de Víctor Hugo para multiplicar la plata.

Según Manuel, cuando Viscarra estaba farreando no se podía contar con él para nada. Sano, sin embargo, era serio y responsable.

–Y durante esos guiños de sobriedad aprovechábamos para trabajar juntos.

Solían juntarse en casa de Manuel, en una sala con suelo de madera y olor a pipa en la que el editor intentaba transmitirle a Víctor Hugo algo del calor que le faltaba.

–Yo le daba ropa y él, cuando conseguía nuevas prendas, regalaba las viejas o las tiraba. Su ropa interior, decía, estaba sucia y destrozada. No lavaba.

Sus enseres eran siempre de usar y tirar. Y como las serpientes cambian de piel, él mudaba de aspecto a cada rato. Para mimetizarse con las calles que tantas veces se convirtieron en su madriguera y lo ocultaban.

Viscarra pudo escapar de ellas, pero no quiso. Por eso, cuando se mencionaba su nombre en algún sitio, la pregunta era casi inevitable: ¿Seguirá vivo?

***

Mi segundo encuentro con Víctor Hugo fue casual, en 2005, otra vez en las puertas de la Casa de la Cultura. A las tres de la tarde de un día de lluvia. Lo vi venir mientras estaba esperando a que escampara, con sus pisadas irregulares pero bien marcadas. Apareció tambaleándose, dando saltitos, como un duende salido de las entrañas de una bestia, como un don Quijote que no se acuerda dónde dejó a su Dulcinea. Su cara me pareció una mueca macabra, muy distinta a la del escritor que un año antes compartió conmigo un café dulce y una charla amena sin vapores etílicos de por medio.

Cuando se acercó hasta donde estaba, masculló primero un par de maldiciones. Después puteó a unos policías. Se quejó además de dos mujeres que yo no conocía. Y luego ahogó sus palabras en un susurro incomprensible. Estaba borracho. Temblaba. Una capa de mugre envolvía su ropa ajada. Su noche había sido demasiado “larga”, me confesó apenas.

Cuando tomaba, Viscarra caminaba a menudo sin rumbo para luchar contra las bajas temperaturas. A veces se animaba a dormitar en alguna gradita. Pero no siempre, porque cuando lo hacía no faltaba el vecino madrugador que lo despertaba temprano con un balde de agua. Cuando su cuerpo estaba helado, se animaba a armar una fogata con los maleantes que suelen rodear algunos basurales, sacrificando los cartones mal cortados que le servían para enrollar su propio cuerpo en los amaneceres congelados.

Antes de irse, Viscarra me pidió sin mucha amabilidad 20 pesitos.

–No tengo más que 10, Víctor Hugo –le dije mientras buscaba en mi cartera.
–Entonces, me das 10 ahora nomás y me debes otros 10 –me dijo. Aquella frase era habitual en él, y la solía conjuntar con la sonrisa más pícara de su repertorio.

Le entregué un billete arrugado y antes de meterlo en su bolsillo jaló la tela para comprobar que no había agujeros por donde pudiera salir la plata. De cerca, pude ver una cara muy hinchada; y me di cuenta también de que fruncía el ceño impulsivamente, como si de un tic se tratara, concentrando un mar de arrugas sobre su nariz desviada.

Se marchó sin despedirse. Para seguir peregrinando en su improvisado papel de recaudador de impuestos. Porque cuando deseaba alcohol, visitaba a los amigos y les reclamaba dinero sin cuidar las formas. Sobrio, sin embargo, el orgullo le podía. Y no se dejaba invitar ni siquiera a un té o un pan con queso. Incluso se permitía el lujo de dar limosna a algún borracho. “Yo sé lo que es necesitar para tomar un trago”, decía.

Se alejó atravesando puestos llenos de enchufes, dulces, peluches, devedés y libros pirata. Esquivando a charlatanes que ofrecían lociones contra la calvicie, antenas de televisión y manuales para todo y para nada. Parando después frente a una nutrida marcha de protesta. Y no tardó en ser absorbido por el magma de una ciudad que al mismo tiempo era su trinchera, rumbo a las cantinas hasta quién sabe qué día del almanaque.

Él resumía esta experiencia itinerante mejor que nadie. “Pierdo la noción del tiempo y algunas noches, víctima de los insomnios prolongados, me hace fechorías mi cerebro. Se acelera, se me escapa todo lo negativo y me asusto. A veces lloro, pero como estoy sin compañía nadie se entera. La hora avanza y espero la amanecida para huir del antro en el que me encuentre en ese momento. Entonces me pongo más tranquilo. Cuando me siento ya muy mal, tengo mi propio tratamiento: primer día, puro líquido, agua, mates o refrescos; después, cosas suaves, como sopa; y luego me meto lo que venga: pollo, res o lo que sea. Soy como un perro, sin ayuda me curo, yo solito”.

***

Uno de los “infiernos” favoritos de Viscarra era el Bocaisapo, una taberna impregnada por un profundo olor a viejo, iluminada por la luz delgada de un puñado de velas, con mesas robustas y embovedada rústicamente con ladrillos rojizos que parecen recién horneados. Un punto de reunión casi obligado para jóvenes universitarios, alcohólicos con cierto pedigrí y poetas trasnochados. Y el lugar en el que semanas después de la muerte de Víctor Hugo me cité con Erick Ortega, periodista y buen amigo del escritor.

El viernes en el que nos encontramos el ritmo del folclor boliviano armaba la banda sonora del local: morenadas, cuecas, sayas, diabladas y demás familia. Los vasos chocaban con energía y se repartían sin cesar cuencos con hoja de coca desde una pequeña barra adornada con una campana que quisiera pensar que estaba allí para dar el toque de queda a los últimos borrachos. Un vaho de humo de cigarro lo inundaba todo, conformando un sinfín de formas caprichosas que se confundían sutilmente con la decoración. Un mural con personajes de la bohemia de La Paz ocupaba una de las paredes. Y, como no podía ser de otra manera, en él también estaba inmortalizado Víctor Hugo.

Erick pidió un yungueñito –aguardiente con naranja– para recordar los buenos tiempos. Tenía ojeras profundas, pero ya no por las noches en vela a lomos de una copa “sino por mi beba, que no perdona”, me dijo. Luego me contó que siempre traía aquí a sus chicas para que las conociera Víctor Hugo. Que a una le recitó algunos versos en quechua y quedó enamoradísima. “Pero lo que jamás olvidaré –me confesó Erick– es cuando le presenté a la madre de mi hija. ‘Por fin te has jodido la vida’, se reía a carcajadas. Así era él, conciso y directo en sus apreciaciones, y lleno de anécdotas. Una vez me habló de un morguero que tenía relaciones con una cholita muerta. Y cuando se deprimía lloraba, lloraba muchísimo, con un llanto bien indígena, sin soltar lágrimas”.

Erick fue un privilegiado. Sin ser alcohólico, pudo acompañar a Viscarra en algunas de sus muchas escaramuzas para calentar el alma, un alma que el escritor sentía siempre fría. Y en cada salida con él se sorprendía. “Un par de veces quiso llevarme al Averno, un local de mala reputación, pero ya no existía, y en una ocasión terminamos en un bar en el que sólo había baldes para tomar. ‘Si entras aquí, no vas a querer salir’, me dijo”.

En Borracho estaba, pero me acuerdo Víctor Hugo dibuja con sus afiladas descripciones escondrijos similares. Uno de ellos es el famoso Cementerio de los Elefantes. Y lo describe así: “Para los que quieren suicidarse bebiendo sin parar está el traguerío de doña Hortensia, conocido entre los ‘artistas’ –los borrachos– como el Cementerio de los Elefantes, un lugar en el que el ‘artista’ que decide suicidarse es conducido a un cuarto para que pueda terminar con su existencia. Como los bebedores tienen el pulso de pajero, doña Hortensia les vende el trago en un balde de plástico en el que caben dos litros de líquido. Para beber, a falta de un vaso de cristal, les da un vasito vacío de yogurt. Y para que el tipo no se eche atrás, cierra la puerta con un candado, cuya llave guarda luego en uno de los bolsillos de su pollera [falda]. Cuando hay necesidad de botarlo a la calle –porque está tieso–, no faltan nunca voluntarios para llevarlo al callejón, donde lo recoge luego la furgoneta de homicidios”.

Según Erick, la mayoría de los sitios que Viscarra visitaba eran sórdidos, sucios, desaconsejables para los estómagos sensibles, pero excelentes para que Víctor Hugo alimentara sus relatos. El escritor aseguraba que en La Casa Blanca, donde atendían de domingo a domingo, tomó una vez 19 días y 19 noches consecutivos y que no recordaba haber comido nada en aquella aventura. En el Callejón Tapia, ubicado en un rincón con el mismo nombre, tuvo su bautizo de fuego: allí, a los 16 años, comenzó a probar sus primeros tragos fuertes; y allí comprendió que con alcohol en el cuerpo las bajas temperaturas son más llevaderas. Del Averno destacaba las peleas, tan violentas que “a nadie le extrañaba ver el empedrado manchado de sangre cuando amanecía”. Y contaba que, cuando tenía plata, trataba de no abandonar estos tugurios hasta las primeras luces, cuando el sol entraba en el cuerpo de uno como si fuera agua bendita.

–Cuando tomaba, él era consciente de que moriría joven –me dijo Erick antes de que abandonáramos juntos el Bocaisapo.

Después subimos las graditas que conectan con la calle Jaén, una vía estrecha y adoquinada, llena de balcones señoriales, donde los vecinos aseguran haber escuchado cascos de caballo, lamentos de condenado y los pasos de una viuda negra.

***

Mi último encuentro con Víctor Hugo fue en abril de 2006, en el café Alexander de Sopocachi, un barrio de La Paz con casas de pocas alturas y grandes edificios donde en los últimos años se ha instalado una buena parte de la bohemia de la ciudad, pero una bohemia bastante ligada a una clase media que desagradaba especialmente al escritor.

Quizá por eso no tardó mucho en llegar el primer reproche de la tarde:

–¡Esta mate no tiene nada de sabor, parece agua, carajo! –protestó.

Aquel día estaba a mi lado Mabel Franco, también amiga de Viscarra y periodista del diario La Razón. Aunque él quería irse, insistimos en quedarnos para que llenara el buche con algo consistente. Y al final pidió a regañadientes una ensalada muy frugal: sin champiñones, ni pepino, ni tomate, ni pan, ni aliño. Lechuga y punto.

–El estómago no me acepta casi nada –justificó al notarnos a Mabel y a mí un poco inquietos. Su cara estaba inflada, parecía una caricatura. Sus palabras, a ratos, sonaban como un aullido apagado. Pero no había perdido su buen humor: su humor negro.
–Si pudiera, me compraría un cuerpo a medio uso en el Barrio Chino –nos dijo, divertido, acto seguido.

El Barrio Chino es un pequeño territorio de La Paz, entre las calles Sagárnaga e Isaac Tamayo, donde transan los volteadores, descuidistas, rateros y raterillos. Y donde se dan cita habitualmente los “vizcachas” (vendedores de objetos robados), quienes, según Viscarra, están sindicalizados y afiliados a la Central Obrera Boliviana.

Mientras Víctor Hugo hablaba, algunas miradas furtivas se concentraban a nuestro alrededor. Un par de encorbatados de las mesas contiguas parecían incómodos con nuestra presencia. Examinaban disimuladamente al escritor, pero con asco. Hasta que Víctor Hugo volteó los ojos y, sin pronunciar palabra, los tuteó con apenas un golpe de vista. Fue como si dijera: más asco les tengo yo y no pasa nada.

–No soy como ellos. No me gusta el deporte. No me gusta la política. Y no me gustan los intelectuales. Pero bueno, aunque otros ganan el quivo (la plata), yo me he llevado la fama. Hay que tener agallas para desenvolverse en este mundo y no en el cuento de hadas donde habita la mayor parte de esta gente –resumió Viscarra de un tirón (porque Mabel y yo reaccionamos como si no entendiéramos bien lo que pasaba).

Era un Viscarra envuelto en una bufanda roja desgastada y en un suéter gris con agujeros que se veía igual de mal que el escritor, igual de maltratado. Lucía como un viejo achacoso. Su tos se había vuelto crónica. Un temblor repetitivo en una mano dificultaba sus movimientos. Y su listado de dolencias se había multiplicado. Por eso el reencuentro duró menos de lo habitual, de lo esperado. Y con la ensalada todavía a medio terminar nos retiramos del café despacio, a su paso.

Cuando salimos, Viscarra se agarró al brazo de Mabel como si fuera una botella. Andamos unos pocos metros, hicimos parar un taxi y él se despidió con una sola frase:

–Ya estoy demasiado mayor para amargarme –nos dijo.

Ya nunca más volvería a escuchar su voz. Dos semanas más tarde, ingresó al hospital Arco Iris. Otras dos después murió.

***

Vicky Ayllón estuvo a su lado en esos momentos tan difíciles. Aquellos días muchos de los que conocían a Víctor Hugo desaparecieron. Ella no: el escritor le había rescatado en una de las dictaduras más sangrientas de Bolivia, la de García Meza, en los ochenta, que persiguió y castigó con saña a muchos de los miembros del Partido Comunista.

Cuando me entrevisté con Vicky en un despacho de la editorial Plural, poco después del fallecimiento de Viscarra, ella combatía el frío con cafés y cigarrillos. Y recordaba con los párpados completamente cerrados cómo el escritor le guió por una parte de la ciudad que desconocía para protegerla de los torturadores que por aquel entonces la acechaban. Concentrada, sin abrirlos ni siquiera un segundo mientras hablaba.

–El día que Víctor Hugo me ayudó a escapar de los que me buscaban nos vimos en el mercado Uruguay. ¿Estás dispuesta a ir donde sea?, me dijo. Le contesté que sí. Estaba anocheciendo y me llevó primero por un sinfín de recovecos. Yo era una intrusa, pero sabía que él dominaba bien el barrio y eso me daba confianza. Seguimos por más callejones hasta llegar a una puerta de latón. Y luego comenzamos a bajar hasta un lugar con una tela blanca. Detrás había un hueco. Era un cuarto de tierra con las paredes blanqueadas con cal, un colchón de paja y una manta. Había que usar velas para ver bien. Y me dejó allí sola. Dos horas más tarde volvió con una hamburguesa y varias revistas: Vanidades y Cosmopolitan. Me salvó la vida. Y yo le quedé eternamente agradecida.

La complicidad creció y Vicky se convirtió después en una incondicional de Víctor Hugo. Por eso no me extrañó ver encima de su mesa un par de libros de Viscarra. Mientras hablábamos los manoseaba. Pero sin detenerse a mirar ninguna de las páginas.

–Su estrategia, sin duda, se basaba en la supervivencia –siguió contando Ayllón mientras sorbía su café de a poco, como si eso le tranquilizara–. Y consiguió algo muy difícil de lograr cuando la calle es casi el único mundo en el que uno se desenvuelve: ser respetado. En una ocasión me invitó a La Guerra, un local de los bajos fondos de La Paz, y la experiencia fue hermosa. “Puedes poner tu cartera y el celular sobre la mesa. Han destinado a un tipo para cuidarnos”, me dijo. Luego, la señora que nos atendía lo felicitó sincera. “Podías habernos delatado y no lo has hecho. Eso significa que eres un buen escritor”, le dijo. Para mí no hay crítica literaria más profunda que esa.

En casa de Vicky, Víctor Hugo, que no tenía un peso casi nunca, y menos para comprarse libros, leía a los clásicos y a los no tan clásicos con la voracidad de un lector al que le quema el papel entre las manos.

–Cuando lo hacía, se encogía. Mostraba toda su joroba y volcaba su cuerpo sobre el libro. Era muy inquieto. Reía, puteaba, exclamaba. No era educado. Ejercía su derecho activo sobre la lectura: hacía escuchar las reacciones que le provocaba el texto.

Gracias a estos encuentros, Vicky pudo saber algo más de su pasado, aunque tampoco mucho. Supo que Viscarra estuvo en un albergue para menores. Que luego entró al seminario como novicio. Que allí no duró mucho. Que perteneció a las juventudes comunistas. Que trabajó para el Servicio de Aduanas en la localidad fronteriza de Charaña, conocida por su dureza, por ser un punto perdido en mitad del Altiplano. Que le dieron un puesto en la Casa de Cultura de Cochabamba. Que no aguantaba eso de estar en medio de oficinas. Que su psiquiatra le recomendó escribir todo lo que sentía. Y que así lo hizo, pero llevando la experiencia con el alcohol hasta las últimas consecuencias.

La conversación se interrumpió cuando Vicky recibió una llamada telefónica de sus amigos, que le estaban convocando a tomar unos “traguines” más tarde en el Bocaisapo. Unos de esos que a Viscarra tanto le gustaban. Porque le distraían. Porque le relajaban. Porque supuraban las heridas.

***

En diciembre de 2006, casi siete meses después de su muerte, fui al Cementerio General para volver a ver a Víctor Hugo. Tardé un poco en dar con su tumba. Las únicas referencias para localizarla me las había proporcionado Manuel Vargas, su editor, tomando como único punto de partida la capilla donde se realizan los responsos a los difuntos antes de los entierros.

Desde ahí desfilé frente a una hilera interminable de tumbas, todas parecidas, con flores de plástico y pequeñas fotos de los fallecidos insertadas en portarretratos minimalistas. Mientras caminaba, pensaba que en lugares como éste también hay clases: granito, mármol y mausoleos para la gente con plata y cemento, mucho cemento, para el resto. Seguí andando y me topé con dos o tres tumbas sin lápida, con una inscripción mal hecha cuando el cemento estaba todavía fresco. Y tardé un rato en hallar la de Viscarra, aún más sencilla. Su familia –al parecer– no quiso gastar ni un solo peso para adecentar su sepultura.

Como hicieron otros antes, le llevé una botella de aguardiente. Para que matara las penas. O las quemara. Porque su madre, a la que tanto odiaba, ni siquiera muerto lo dejó descansar tranquilo. “Sinvergüenza, lo que me has hecho sufrir, te has dejado vencer porque eres un débil”, cuenta el cineasta Armando Urioste que exclamó ella en pleno entierro.

Ese día, Ayllón brindó a su salud con los alcohólicos que seguían la comitiva fúnebre.

–¡Viva La Guerra! –gritó alzando un botellín de cerveza en honor al antro donde una vez se emborracharon juntos.
–¡Ya, mierda, así como pateaste la vida patea ahora la muerte! –dijo después. Y la tierra se tragó a Viscarra con la misma velocidad con la que él vaciaba los vasos una y otra vez cuando estaban llenos.

Víctor Hugo sostenía que los marginados –como él– conforman un gremio en extinción permanente. “Pero, por suerte, siguen llegando nuevos adscritos”, añadía.

Hacen falta. Porque a veces los que parecen no tener ninguna dignidad cargan con toda la dignidad del hombre, como lo hacía Viscarra, que continúa todavía vivo como personaje literario, en sus libros.

Salí del cementerio y atrás quedaron las “aves funerarias”, adolescentes que conocen las historias de cada una de las fosas del camposanto; los rezadores profesionales, que reparten ave marías y padres nuestros con la misma seriedad con la que los panaderos hornean el pan cada mañana; las lloronas, que lloran como lo hacía Víctor Hugo, sin verter lágrimas; los limpiadores de tumbas, que escalera en mano, por unos pocos pesos, se encargan de que los sepulcros se mantengan blancos; los niños sin techo, que esnifan pegamento en los nichos vacíos; y Viscarra.

A falta de fogatas, esperaba que el escritor se mantuviera caliente con la botella de alcohol que unos minutos antes dejé a su lado. Aquel día hacía frío, mucho frío.