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Temporada de polo

Publicado: 15 diciembre 2010 en Josefina Licitra
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Las buenas yeguas no olvidan. Una vez que aprenden todo (a andar con el pie derecho, a frenar a tiempo, a ser bravas pero obedientes, a dejarse montar con elegancia) pueden pasar los años y ellas sólo sabrán hacer lo correcto. Por eso, en el universo del polo, las buenas yeguas son sagradas. Literalmente sagradas. Las cuidan y las peinan como a una cortesana pero no las dejan aparearse ni por equivocación. Todos los meses, con puntualidad biológica, un grupo de expertos les hace un lavaje y les extrae un óvulo que se fecunda in Vitro con los espermatozoides de un padrillo. Ese embrión, a su vez, no vuelve a ellas sino que es implantado en un vientre sustituto que llevará adelante el embarazo (valor del embrión: 50 mil dólares). Gracias a esta técnica de laboratorio -que alcanza niveles de excelencia en la Argentina- una buena yegua puede tener hasta diez hijos por año sin perder su línea, sin dejar de jugar un solo día y sin saber que alguna vez los tuvo.

Las buenas yeguas saben todo, menos que son madres. Y menos aún que, gracias a los sistemas de transplante embrionario, muchas veces comparten campo de juego con sus propias hijas, dando lugar a una lógica reproductiva que habla más del universo del polo que del animal. Todo, en el mundo del alto handicap, queda en familia. Pero lo más curioso es que esta asociación (la de las yeguas y su reproducción eugenésica, con los clanes de polistas) no la hace un Luis D’Elía cualquiera sino la voz en off dePolo Real, uno de los videos que ven los extranjeros cuando vienen a aprender a jugar este deporte a la Argentina.

“El polo es un deporte de reyes, sultanes y millonarios del mundo entero. Por eso los caballos de máximo nivel están emparentados entre sí, consanguinidad que también se da entre los polistas” subraya una voz en off en el video y deja en claro, sin rodeos, qué busca buena parte de los miles de extranjeros que todos los años vienen a probar una tajada del campo argentino: no les atrae bailar tango o conocer el Obelisco. Ni siquiera los desvela aprender a cabalgar con elegancia. Sólo quieren comprar algo que en teoría no se vende (el estatus) y con ese fin juegan al polo en “el país del polo” -así se ve a la Argentina desde el 2001-, compran caballos de calidad premium y dejan una montaña de dólares -entre 2100 y 4500 semanales por persona- en el bolsillo de un grupo social -criadores, estancieros y jugadores- que durante los ’90 había visto en sus campos un gran dolor de cabeza.

¿Pero qué significa “estatus” en el polo? ¿Dónde se ve? ¿Cómo se vende? Un recorrido por las páginas web de algunas de las 150 estancias que ofrecen clínicas en la Argentina da como resultado una sobreabundancia de frases y palabras como “adrenalina”, “adicción”, “tradición”, “sentir”, “estar adonde hay que estar” y “no hay vuelta atrás”. Buena parte de esas haciendas está emplazada en Pilar, autoproclamada la “capital internacional del polo”; una localidad que -más allá de las áreas altamente urbanizadas- habla en un lenguaje de exportación. Las afueras de Pilar son fáciles de describir: hay mucho pasto, muchos caballos, muchos árboles, muchos boxes de ladrillo y algarrobo, y muchos carteles con la leyenda “lots for sale”.

Allí, rodeado de estancias que quizás se le parezcan -entre ellas La Ellerstina, dueña de uno de los equipos de polo más importantes del mundo- está Don Augusto Campo & Polo, un club que funciona todo el año (aunque la temporada alta, como en todo el país, se da de septiembre a marzo) y que tiene su epicentro en un inmenso campo de verde incandescente. En el borde de la cancha hay un árbol con una campana quieta y lo que puede verse es la postal minimalista de aquellos que todos quisiéramos creer que es el campo: pasto lacio, árboles al fondo, un caballo de crines luminosas y un disimulado olor a bosta.

En el medio de todo eso están Eric Wright (un “polo manager” -así se los llama- que juega profesionalmente en San Francisco y que vino al país para comprarle unas yeguas a su patrón) y Abby, una morocha que salta del caballo con la levedad de una paloma y dice que no quiere fotos ni apellidos. Abby tiene una cicatriz en el labio superior y esa marca le da al rostro una belleza distante, alerta. Cuando rondan los cuarenta, las mujeres del polo suelen parecerse a ella: tienen el rostro fuerte, marcado y generalmente intervenido por algún colágeno que borra o estira las arrugas que les hizo el tiempo, pero sobre todo el sol. Abby también es polo manager y está buscando tres tipos de yegua: una grande, lenta y sencilla de manejar. Otra mediana y rápida. Y una tercera pequeña y fácil de llevar. Para elegirlas las monta y las lleva a taquear por el campo. Evalúa su boca (es decir, su capacidad de freno), su aplomo, su relación con el taco (es fundamental que los caballos no le tengan miedo), sus ojos (deben estar sin “nube”), su coordinación de movimientos y su cuerpo sin cicatrices.

-Los extranjeros no saben mucho de caballos y piensan que con cicatriz no sirve -explica Abby-. Es como los que no entienden de autos y, en vez de fijarse en el motor, se fijan en el capot.

Según datos de la Aduana Argentina, se exportan cerca de 4 mil animales por año a un precio que va desde los 5 mil hasta los 15 mil dólares (aunque también están los que se venden por 30 y hasta 200 mil). Esto implica que al país ingresan anualmente, en concepto de caballos, un mínimo de 20 millones de dólares. ¿Adónde van estos bichos? A cualquier parte, incluida -por ejemplo- la Guardia Real de Marruecos, que le compró a la familia del polista Clemente Zavatela (marido de una trilliza de oro) veintiséis animales que fueron facturados al 25 por ciento de su valor real (una diferencia que originó una denuncia por evasión contra la empresa de Zavatela).

Cuando se mira una yegua, sin embargo, todas las chanchadas comerciales quedan lejos. La belleza tiene ese poder anestesiante y estos bichos, como todo lo que es bello, se sobreponen a la inmundicia ajena y a la propia con rozagante hidalguía. Las yeguas son refinadas hasta cuando cagan: lo hacen con el pecho afuera, las ancas dignas y el gesto de estar escuchando la mejor música del mundo. A metros de una yegua en trance, un holandés llamado Paul Van Oostveen -programador de páginas web- dice que estos animales son una adicción. Hace dos años que Paul vive en Argentina y desde hace uno que juega en el club Don Augusto. Viene todos los días y ya compró seis yeguas.

-¿Por qué tantas?

-Porque nunca es suficiente.

Los extranjeros que vienen a jugar al polo se dividen en dos grandes grupos. Por un lado están los europeos, solamente interesados en comer bien y pasarse el día a caballo. Y por otro están los estadounidenses, que hacen de las clínicas de polo un proyecto “all inclusive”: quieren amortizar el dinero que pagaron y no dejan un segundo librado al azar. Cuando bajan del caballo salen a ver tango, hacer shopping, pasear por La Boca y dejar fortunas en las talabarterías. En general, ninguno de estos dos grupos habla de “inseguridad”. Según Gonzalo Palacios Hardy, manager de Don Augusto, se trata de gente “de mundo” que ya recorrió Asia y África y que no cree que la Argentina sea un país más duro que Zimbabwe.

¿Por qué vienen acá, y no a Zimbabwe? Todos los motivos pueden resumirse en uno: en Argentina hay caballos mejores y más baratos que en cualquier otro lugar del mundo. Esta sería la explicación económica, mientras que la psicológica la da Bautista Heguy en el video Polo Real: “Para muchos el polo es una pasión, pero para otros también es un capricho, es esnobismo, es la posibilidad de acceder a un deporte elitista que les permite codearse con la realeza”.

El príncipe Harry de Inglaterra vino un par de veces a la estancia El Remanso, en Lobos, para mejorar su taqueo de la mano del polista Eduardo Heguy. E incluso el actor Tommy Lee Jones -perteneciente a la realeza de Hollywood- se hizo habitué de la estancia La Mariana y hasta devino el padrino de su equipo de polo. “Pensar que, en un principio, sólo vine a la Argentina a aprender un poco a jugar al polo, a comprar unos caballos y a comer buens asados -dijo-. Ahora vengo una o dos veces por año para no perder mis prácticas. Aunque sigo sosteniendo que, al lado del polo, trabajar en películas de cine es muy fácil”.

Claludio Uras, 31 años, petisero de Don Augusto, advierte que -si sólo se quiere estatus- es más fácil comprar un palo de golf y una pelota. Con el golf no es necesario tener tanto estado físico, es casi imposible romperse un hueso y es definitivamente menos riesgoso en términos económicos.

-Trabajar con caballos es como trabajar con alhajas, con la diferencia de que un collar no se te retoba -dice Claudio-. Una vez, en la estancia anterior donde trabajaba, se escapó un caballo de casi treinta mil dólares. Se fue a un campo vecino, comió mucho, se empachó y le agarró un cólico. Cuando el cólico es fuerte el caballo se hincha y ya no sirve más para polo. Por suerte este zafó, pero quedó un poco tonto, perdía el equilibrio. Casi me mato.

Claudio tiene 32 años, una mujer, dos hijos y media vida al servicio del polo. Nació en Pehuajó y, ya en la adolescencia, lo contrataron en una estancia para preparar caballos. Tenía que amansarlos, adelgazarlos, acostumbrarlos al taco y someterlos a un trabajo de ablande no sólo físico sino también sentimental. A diferencia de otros petiseros, Claudio tuvo la posibilidad de aprender a jugar. Ahora participa de las prácticas con extranjeros, aunque su principal tarea está a los pies del caballo: les hace la cama (con aserrín o viruta), los cepilla, les trenza la cola, los afeita y los alimenta.

“Los petiseros son el 50 por ciento del éxito de un equipo” dice Bautista Heguy en el video Polo Real. “Un buen petisero es como un buen contador o un buen abogado: hace al éxito de tu empresa” agrega Juan Ignacio Merlos, de la estancia La Dolfina.

Claudio, responsable entonces del 50 por ciento de esta historia, vive con su familia en la estancia Don Augusto. Su casa consiste en dos ambientes pequeños que antes tenían cocina compartida, y ahora es individual.

***

El polo tiene su origen en el llamado Sagol Kangjei, un deporte que se jugaba en la India unos 300 años antes de Cristo. Muchos siglos después, el colonialismo inglés se apropió de esta práctica y finalmente la trajo a la Argentina en el siglo XIX. El polo se fue transformando, en este país, en un deporte de confraternización entre inmigrantes sajones. Hasta que el 30 de agosto de 1875 se jugó el primer partido oficial. Aunque la mayoría de los jugadores era inglesa, el polo se empezó a difundir entre los argentinos. El motivo de esa adopción lo dio una crónica periodística de la época: “El polo resulta particularmente adaptable a un país de centauros como la Argentina, donde los campos son tan lisos como tableros de ajedrez y los caballos denotan admirables condiciones y entrenamiento para la lucha”.

En 1895, la primera delegación de polistas criollos jugó en Londres -le fue muy bien- y desde entonces el polo argentino mantuvo el primer lugar dentro de los equipos internacionales. El mejor ejemplo de que el polo local es superior al del resto del mundo lo da la inscripción al Campeonato Abierto de Polo de Palermo (el mayor evento deportivo del rubro a nivel internacional): para anotarse, es requisito básico que los jugadores tengan un handicap superior a los 28 puntos. Pero hay pocos equipos extranjeros que cumplan con este requisito.

-Existen torneos altamente prestigiosos, pero no existe el mundial de polo -explica Gonzalo Palacios Hardy-. La razón, justamente, es que si hubiera un mundial siempre ganaría la Argentina, y así no tiene gracia.

El polo se maneja por temporadas. La más alta va desde septiembre hasta principios de diciembre, y en ese lapso de tiempo se concentran todos los torneos y campeonatos de alto nivel. La baja, en cambio, arranca en otoño, cuando la lluvia llena los campos y vuelve todo más difícil.

-No estoy acostumbrado a los inviernos.

El que habla es Emiliano Blanco, 32 años, polista, él dice que mediocre. Lo conocí seis meses atrás, cuando de polo entendía menos que ahora y quise hacer esta crónica suponiendo que el polo era una fiesta todo el año. Esa tarde Emiliano estaba solo, callado, padeciendo el invierno, fumando Philip Morris con boquilla transparente y dejando que el sol frío le pegara en el cabello rubio con un golpe distante, como en una escena del Gran Gatsby.

-Cuando llueve todavía es peor: directamente no sé qué hacer.

Emiliano jugó en Santa Fe, Nuevo México (Estados Unidos) durante una década, y de allí se trajo varios clientes gringos. Ahora es reconocido por sus pares como uno de los que mejor maneja el negocio de los extranjeros y el polo. A su estancia -llamada Don Manuel y ubicada en Cañuelas- llegan profesionales que quieren ponerse en forma para la temporada europea, estudiantes de universidades inglesas que tienen un convenio con la estancia, y también turistas que aprovechan la devaluación para comprar, a precio moderado, la pertenencia a una casta a la que pertenecen pocos.

La tarea de Emiliano es grata, dice, pero no es rentable. Una cosa es ser un polista 10 de handicap, que cobra un mínimo de 300 mil dólares por jugar la temporada inglesa (y luego usa ese dinero para solventar la temporada en Argentina). Y otra cosa es ser como Emiliano.

-Si sos mediocre como yo, el tema de las temporadas y la llamada “vida de polo” te termina cansando, porque vivís de viaje, no formás nada en tu país, y el dinero que ganás afuera ni siquiera sirve para armarte acá un buen futuro. En un momento empezás a ver que la vida se va rápido y entonces muchos chicos como yo piensan que una forma de seguir viviendo del polo, pero en Argentina, es traer extranjeros. Quieren aprovechar porque piensan que es fácil. Que el extranjero es un tipo al que le vas a sacar dólares así nomás: dándoles asado y haciéndolos jugar con petiseros. Pero yo no hago eso, y así estoy: extenuado.

El campo de Emiliano -una infinidad de hectáreas con facilidades cinco estrellas- es el resultado del patrimonio familiar, al que Emiliano sumó sus doce años de trabajo en Estados Unidos. Emiliano nunca, en las últimas dos décadas, se tomó vacaciones. Cada vez que cerraba una temporada de polo volvía a Cañuelas para comprar ladrillos.

-Y está bien porque el lugar es mío y el día de mañana haré un negocio inmobiliario. Pero para hacerlo como negocio para turistas no es rentable. Sólo cierra si sos como el dueño de El Metejón: un extranjero que vio el negocio inmobiliario y entonces usa el polo para captar extranjeros para que le cmpren la tierra. Pero yo no hago eso. Entonces muchos amigos me dicen “quiero vender polo en Pilar, me compré unas hectáreas” y yo trato de explicarles, sin tirarlos abajo, cuáles son los problemas.

-¿Y cuál sería el problema?

-Que dejás la vida acá. Que no sé lo que es ir al cine. Por algo estoy soltero.

-¿Entonces por qué te metiste en esto?

-Porque a la vez amo los caballos, y porque mi papá vive acá. Mi papá es un tipo que vino muy de abajo. Y yo quiero que mi viejo viva en el mejor lugar.

Emiliano es uno de los pocos personajes dedicados al polo que no tienen origen patricio. Su padre trabajó en el rubro de la carne hasta que dos enfermedades contraídas en el trabajo -una broncoestasis y una tuberculosis- le hicieron pasar demasiados años en cama. Mientras su padre trabajaba, Emiliano iba a la escuela y jugaba al pato. Pero jugando se quebró las dos piernas y, tiempo después, un amigo de la familia directamente se mató. Cuando supo la noticia, su padre fue claro:

-Hacé lo que quieras con caballos -dijo-, pero olvidate del pato.

Así empezó Emiliano con el polo. A los dieciséis años viajó como petisero a Australia, y algunos años después hizo su base de trabajo fuerte en Estados Unidos.

A veces, cuando tiene tiempo de pensar en algo, Emiliano piensa en lo que él podría haber sido.

-Acá están los mejores polistas del mundo por el mismo motivo por el que tenemos los mejores caballos. Por un lado, el costo de hacerte jugador de polo, si tu familia juega al polo, es barato. Y por otro, hay un tema cultural: en Estados Unidos o Inglaterra, cumplís diecisiete años y tu viejo, por más que sea millonario, te obliga a ir a la facultad, a trabajar para pagarte los estudios, y recién cuando terminás con todo eso podés dedicarte al polo. Es decir que llegás grande y sin una cultura del caballo. A mí me han llegado adolescentes de Inglaterra; los padres los mandaban pero me decían: “No lo hagas jugar todo el tiempo: que aprenda a barrer, a lavar: que trabaje”. Es otra mentalidad. En cambio, en Argentina, si terminás el secundario y tenés familia con dinero ellos te pagan todo.

-¿Y eso te parece bueno o malo?

-La verdad… el estilo sajón me parece una pérdida de tiempo. Mi papá me hizo empezar a trabajar a los doce años. Y si me comparo con los chicos que empezaron conmigo con el polo, llegaron a más que yo porque tuvieron el tiempo y la cabeza más libres para pensar en eso. Yo a los diecisiete manejaba un matadero de vacas, iba a la facultad de noche y además jugaba al polo.

-Creés que si hubieras sido más consentido te habría ido mejor como polista.

-Sí.

Aunque no es un gran polista, Emiliano es una referencia ineludible para las clínicas de polo que se hacen para extranjeros. Por ese motivo ahora, en septiembre, llegaron hasta él Aaron y Marcus, dos estadounidenses de treinta y tantos años que en este momento montan un caballo fijo -una especie de animal de Troya en miniatura-, miran a un frontón, y empiezan a taquear para mejorar la técnica y precalentar el cuerpo para un partido que se jugará dentro de media hora.

Aaron se apellida Ball y tiene 37 años, pantalón blanco, botas de caña alta y un castellano correcto. Trabaja como abogado de una petrolera en Houston -a la que pertenece Marcus- y vino a esta estancia recomendado por el Club de Polo de Houston, del que es miembro desde hace un mes.

Un mes es poco. Ayer Aaron se cayó del caballo, aunque mantiene el optimismo.

-Emi tiene reputación muy buena en Estados Unidos -dice-. El polo se está haciendo popular entre personas entre 30 y 40 años. Ahora todos quieren venir a Argentina. Es el único lugar en el que piensas para hacer polo. No hay sitio en el mundo como éste.

-¿Y la política? ¿Sabe algo del país?

-Prestamos atención a la política, sí. Por ejemplo, el problema entre el campo y el resto. Y también hay interés en desarrollar acá los recursos petroleros. Argentina es más europeo que latino. Los creemos más parecidos a nosotros. Por eso nos gusta. Y porque es más barato que Europa. Hace dos meses tuve un casamiento en Inglaterra y es 2.2 pound el dólar. ¡Qué caro!

A su lado, montado sobre el caballo fijo, Marcus parece estar en otro mundo. Viste jeans -y no pantalón blanco, como se acostumbra en polo- y asiste a las indicaciones de Emiliano con la expresividad de una hoja en blanco. Marcus es la clase de personas que parecen no entender el idioma ni siquiera en su propio país. En la mayor parte de los casos, uno diría que eso significa “ser tonto”; pero en el caso de Marcus -ejecutivo de una petrolera- eso suele llamarse “estrategia”.

-Aaron tiene una facilidad natural, quiere hacer las cosas mejor -dice Emiliano-. Pero Marcus no. Marcus no le pone ganas.

-No lo digas en voz alta que te va a escuchar.

-No, no: yo se lo digo en la cara. Le digo “Marcus, poné ganas”.

-¿Y él qué hace?

-Nada.

Como mínimo, son necesarias cinco clases para aprender las posturas básicas del polo. En cualquier clínica para principiantes, lo primero que se enseña es a dominar un caballo, luego a mover el cuerpo y finalmente a pegar a la pelota lo mejor posible. Luego están las prácticas en la cancha. En este caso, Emiliano convocó a otros polistas amigos para que jueguen con Aaron y Marcus, a cambio de permitirles promocionar sus caballos para la venta. Por eso ahora, en el establo, a minutos nomás de jugar un partido, ocho personas se suben a sus yeguas de un salto.

-Che -interrumpe un polista desde las alturas-, decile al fotógrafo que me haga todos los planos que quiera, pero que me saque al caballo sin culo.

El que habla es Carlos Sciutto, jugador y hacedor de caballos que vino a hacer las prácticas con los estadounidenses. Sciutto está muy preocupado por la cola de su yegua: está despeinada.

-Este es un deporte de caballeros, por ende es un deporte elegante y todo debe estar perfecto, ¿entendés? El caballo debe estar descolado, bien tuzado, sin pelo en las patas, las orejas, en fin. Estos son caballos nuevos que van a hacer la temporada ahora, entonces esto es una guerra contra los pelos, ¿entendés? ¿Vos te depilás?

-Sobre todo en temporada.

-Bueno, ellas también.

El culo de las yeguas es sensual. La cola trenzada, la carne dura y las ancas tan abiertas recuerdan bastante a la hondura existencial que proponen las portadas de revistas para hombres. Las yeguas, además, están mejor peinadas que yo: llevan las colas trenzadas y en rodete, y a su vez ese rodete es de una tirantez tan perfecta que podría concursar en un certamen de peinados penitenciarios. Sobre una de esas yeguas, entrando al campo de juego, está Aaron. La novedad es que lleva puesto un casco extraño. A diferencia de las gorras de los demás jugadores, Aaron usa un accesorio que podría protegerlo de una guerra mundial.

-Para los gringos toda protección es poca -aclara Sciutto.

En rigor, toda protección es poca ya no para los gringos, sino para el polo en general. No existe profesional que conserve su osamenta sana. Ignacio Figueras -considerado el Brad Pitt del polo y convocado para sus campañas por la firma Ralph Laurent- tiene una cicatriz cerca del ojo y la nariz rota. Horacio Heguy perdió un ojo de un tacazo en 1995, y una década después se cayó del caballo y terminó en terapia intensiva, con tres costillas rotas y un pulmón perforado. En cuanto a Emiliano, llegó de su reciente temporada en el extranjero -estuvo dos meses dando clínicas en Inglaterra y Estados Unidos- con la tibia y el peroné hechos puré.

Los partidos de polo duran seis chukkers o chacras: lapsos de siete minutos cada uno, que es el tiempo que un caballo puede correr sin parar y sin deshidratarse. En un partido de alta competencia puede llegar a haber treinta goles. Pero en la práctica en Cañuelas, más que goles -hubo dos- se escucharon frases coom “Go! Go! Go!” y “Come on, Marcus, score!!!” (¡Marcus, hacé un punto!). Después, más allá de las palabras, estuvieron los famosos “hechos”. Aaron se cayó dos veces. Y el segundo episodio fue casi dramático.

Un rato después, con Aaron completamente entero y en manos de una masajista, Marianela Castagnola -una de las mejores polistas mujeres del país, invitada a jugar este partido- diría que Aaron cayó “como una bolsa de papas porque no sabe montar”. Pero en el momento exacto del desplome, lejos de cualquier hipótesis, lo que pudo verse fue una yegua frenando maliciosamente, y un pobre tipo hecho estampilla contra el suelo.

Aaron quedó sobre el pasto, boca arriba, con el casco puesto y los brazos en cruz.

-Aaron… are you okay?

-Ouch.

Detrás de Aaron, a cincuenta metros, la yegua se veía cada vez más chica, cada vez más lejos, galopando con la desesperación de los que necesitan mantener algo a salvo, quizás la elegancia.

Matías se sienta en una mesa del café donde quedamos en encontrarnos y una de las primeras cosas que dice, antes de que le pregunte nada, es: “A mí me van a echar”. Lo miro unos segundos y después le pregunto si está hablando en serio. “Bueno, todavía no nos dijeron nada. Pero estoy seguro de que nos van a echar, a mí y a los que trabajan conmigo. Mi jefa ya nos recomendó que habláramos con nuestros abogados para ver nuestra situación por el tema de la visa”. Matías –que no se llama Matías pero me rogó, como los otros cuatro argentinos de Wall Street con los que hablé para escribir esta nota, que por favor no dijera su nombre ni diera demasiadas pistas sobre su laburo– está buscando trabajo en Buenos Aires: no sabe bien dónde, porque el tamaño del mercado laboral financiero de Buenos Aires es mínimo, pero sabe que su experiencia neoyorquina, menos de tres años después de iniciada, está a punto de terminar. Matías trabaja en el área de mercados emergentes de uno de los cinco grandes bancos de inversión que había en Wall Street hasta septiembre (de los que ahora quedan, y en no muy buenas condiciones, dos). Su objetivo inmediato es, como el de todos sus colegas con miedo de quedar en la calle, llegar con trabajo al 8 de noviembre, el día a partir del cual los bancos están obligados a pagarles entero el bono de fin de año, cuyo monto se decide entre noviembre y diciembre y se paga de un saque en enero. Para alguien que trabaja en Wall Street, el bono, o bonus (algunos lo dicen en castellano, otros en inglés), puede ser hasta cinco o seis veces más grande que su sueldo. “Vivir con el sueldo, ahorrar el bono”, dicen siempre los banqueros, pero en los últimos años muchos de ellos no han obedecido su propio consejo y han usado los bonos de 2005, 2006 y 2007, jugosos, gorditos, para meterse en gastos –autos, hipotecas, departamentos en Buenos Aires– que ahora quizás tengan problemas para mantener.

Después de cinco años de borrachera –de plata fácil y crédito para todo el mundo–, Wall Street está lista para la resaca. Ya se mareó, ya cantó y ya exaltó su amistad con el mundo; ya se quedó dormida boca abajo en el sillón y vomitó hipotecas podridas en un balde de plástico. Ahora le duele la cabeza y siente un poco de vergüenza, porque ha venido papá, el Estado, a rescatarla y recordarle sus pecados recientes. Pase lo que pase en los próximos meses –nadie sabe: quien pronostica, estafa–, esta crisis de septiembre-octubre será abrochada en los calendarios como la más profunda y la más intensa desde el crack de 1929: nombres históricos como Lehman Brothers y Bear Stearns han dejado de existir y otros, como Merrill Lynch, han tenido que fusionarse dentro de mamuts mayores. Ya no habrá más bancos de inversión, la columna vertebral y el cerebro de Wall Street. Más de 50.000 personas perderán sus empleos financieros en Nueva York, donde el aire huele inequívocamente a fin de época. Fue raro y electrizante y odioso mientras duró: una ciudad burbujeante de velocidad y vértigo, optimista pero impiadosa, próspera pero exhibicionista.

* * *

Los argentinos de Wall Street no son muy optimistas con sus bonos de este año. (Losbonos se calculan con una mezcla del rendimiento personal, del área donde trabajan y del banco en general.) Matías cree que el suyo, si finalmente se lo dan, será al menos un 50% inferior al del año pasado, que ya había sido más bajo que el de 2006. Otro argentino me dijo, mientras tomábamos una cerveza en un restaurante francés del distrito financiero, que estaría contento si su bono de este año es la mitad que el del año pasado, y que no protestaría mucho si su bono fuera, directamente, de cero dólares. En J.P. Morgan, el banco que mejor resistió la crisis y donde trabajan decenas de argentinos –es difícil calcular cuántos argentinos hay en el mercado: una encuesta informal entre algunos de ellos pone el número entre 300 y 500–, está enviando señales a sus muchachos latinoamericanos de que sus regalos de Navidad serán entre un 30% y un 50% inferiores a los de 2007. (De todas maneras, estamos hablando de ingresos anuales, incluyendo el bono, de entre 250.000 dólares y 750.000 dólares para el pelotón más o menos exitoso. Las rock stars, los que llegan a managing directors de los bancos, que es como ser general del ejército, o los que manejan las inversiones de grandes fondos de inversiones, pueden llevarse uno, dos, cinco y hasta diez millones de dólares al año. Por encima hay otra casta más, con ingresos anuales de nueve dígitos, pero ahí ya no llegan los argentinos, o por lo menos no por ahora.)

No está claro todavía con cuánta violencia va a afectar el terremoto financiero en la vida de los banqueros y operadores argentinos que trabajan en los bancos y los fondos de inversión de Nueva York. Hasta principios de octubre, todos admitían estar sorprendidos por la persistencia y la virulencia de la crisis, pero decían que a ellos, más allá del posible descenso del bono, no los había afectado ni los iba a afectar. “Lo que más pasa es que no tengo nada para hacer”, me explicó, a las tres y media de la tarde en un bar del downtown, un argentino cuyo trabajo es emitir bonos de gobiernos de América Latina. “Está todo parado. Y entonces nos pasamos todo el puto día mirando la pantalla de Bloomberg, viendo las flechitas yendo para abajo y los números titilando como locos”. Otro decía: “Todavía no hay consecuencias directas de la crisis, son más bien silenciosas”. Todos conocían casos de otros argentinos en problemas, pero aun creían que el piso debajo de sus escritorios estaba firme.

Unos días más tarde, a medida que se profundizaba la crisis –los bancos se negaban a prestarse plata, rodaban cuesta abajo las bolsas de todo el mundo, la máquina de rumores se volvía cada día más loca–, el tono de sus respuestas había cambiado. “Lo más importante, hoy por hoy, es mantener el laburo”, me dijo uno de ellos. “Esto es un desastre, esto puede no terminar nunca, no hay nadie a salvo”, protestaba otro. “La sensación general es de colapso”. Dos de ellos me dijeron que conocen gente que está sacando su plata de bancos de Estados Unidos y mandándola de vuelta para Buenos Aires, aceptando perder el 3% de comisión que les cobran las cuevas financieras para esquivar los controles del Banco Central. “Por primera vez hay gente que está empezando a pensar en un Plan B o un Plan C”, me dijo uno de ellos.

Para muchos de estos pibes, que llegaron a Wall Street frescos de las escuelas de negocios, con la promesa de carreras más o menos rectas hacia el estrellato y la casa de verano en los Hamptons o Punta del Este, la crisis pone un signo de pregunta en un relato al que ellos sólo tenían planeado puntuar con signos de exclamación. Muchos todavía deben parte de lo que costaron sus másters, o se compraron casas con precios de siete dígitos, o pagan alquileres de 4.000 y 5.000 dólares por mes: no son vidas fáciles de aguantar sin trabajo. La sorpresa del cataclismo los ha dejado turulatos y a algunos los ha puesto a pensar, quizás no tanto como para intentar una autocrítica sobre su contribución al bienestar del planeta –un sentimiento infrecuente no sólo entre los argentinos sino en general en el mercado financiero–, pero sí quizás para replantearse si todo esto vale la pena. Lo mejor de trabajar en Wall Street es la guita. Si la guita empieza a no ser tanta, empieza a valer menos la pena, por ejemplo, el esfuerzo de tomarte todos los días el tren de los 5:20 de la mañana desde Greenwich (Connecticut) hacia Manhattan, como hace un amigo mío, trabajar hasta las ocho de la noche, ver a tus hijos una hora por día y desmayarte en la cama, como si te hubieran disparado, no mucho después de las 10 de la noche.

Los argentinos empezaron a llegar a Wall Street a mediados de los ’80. Venían de la salvaje city porteña, donde se habían curtido durante años de inflación y planes económicos sorpresivos. Cuando estos pibes –de veintilargos o treinta y pocos años; algunos, hijos de familias acomodadas; otros, guerreros de clase media entradores y rápidos para los números– llegaron a Wall Street, ocuparon oficinas chiquitas y oscuras y se pusieron a comprar y vender títulos de la deuda en default de los países de América Latina. Eran los 80 de Gordon Gekko (el personaje de Michael Douglas en el fim de Oliver Stone) y Pat Bateman (el de American Psycho) y nadie les prestó mucha atención –los papeles que manejaban valían chirolas– hasta que, desde 1990, los países entraron en el Plan Brady, que perdonaba parte de sus deuda externa y transformaba aquellos viejos papeles inservibles en deuda nuevita y mucho más atractiva para comerciar. En los equipos de los bancos, había operadores de todos los países, pero sobre todo había argentinos. En parte porque ya tenían el entrenamiento de la Buenos Aires financiera de los ’70 y en parte porque eran cínicos y desconfiados, dos virtudes que no compartían sus colegas brasileños o mexicanos y que en esos primeros años de confusión eran imprescindibles para sobrevivir. Después del Plan Brady, el mercado de deuda latinoamericana se puso saco y corbata: todo empezó a ser más transparente y los bancos contrataron desde entonces a generaciones de economistas y administradores de  empresas, muchos de ellos con másters en el extranjero, para intensificar y endulzar su relación con América Latina.

Desde entonces ha habido básicamente tres tipos de trabajo para los argentinos que aterrizaban en Wall Street: están los banqueros, los traders y los analistas. Los banqueros son los más rubios y bilingües y con más tendencia a tener un origen de clase alta. Sus clientes no son los gobiernos sino las empresas: en largos almuerzos con vino y cigarros convencen a sus ejecutivos para sacar acciones a bolsa o emitir bonos o los ayudan a comprar una empresa rival. Los traders –así les dicen todos en el mercado y no tiene una buena traducción al castellano: se dice tréiders– son los que compran y venden papelitos en nombre de su banco o de los clientes de su banco. El secreto es comprar barato y vender caro. En los años de bonanza, cuando todo sube, como en 2003‐2007, es un trabajo maravilloso, porque es casi imposible perder guita, te pagan millones y uno enseguida se siente Maradona. Son los que más guita ganaron en los años de la burbuja. Hay algunos chetos entre ellos, pero también muchos pibes de clase media, casi todos porteños, muchos egresados de la UBA, que se tuvieron fe y salieron a jugar a La Bombonera de las finanzas. Después están los economistas‐analistas, los que menos ganan de los tres grupos y cuyo trabajo es investigar y recomendar títulos de países o empresas. Son los únicos que a veces aparecen citados en los diarios u opinando en programas de radio sobre qué deben hacer los gobiernos de América Latina. Tienen un perfil más claro de clase media; muchos de ellos son hijos de profesionales. Los banqueros y muchos traders están obsesionados con el golf y con mudarse a los suburbios. Los economistas, más urbanos, prefieren decir que van a la ópera y que tienen intereses intelectuales más amplios que los de sus colegas. Están convencidos de que son muy distintos unos de otros.

* * *

Son las siete de la tarde de un lunes de octubre, está a punto de hacerse de noche y en la planta baja vidriada de este rascacielos sobre Park Avenue, en Manhattan, una docena de pibitos de restaurantes mexicanos y tailandeses esperan que sus clientes bajen 30 o 40 pisos en ascensores ultrarrápidos para buscar sus enchiladas y su pad thai. Ninguno de los que trabaja acá arriba se va a ir temprano a casa hoy, después de un día en el que la Bolsa de Nueva York cayó más del 7% y las arterias del crédito global se cerraron hasta bloquearse por completo. Habrá que trabajar, como muchos de estos últimos días, hasta bien tarde.

En una de las paredes, la lista de inquilinos muestra sucursales de bancos extranjeros –el sueco Skandinaviska Enskilda Banken, piso 42º; el holandés Rabobank, piso 16º– y decenas de fondos desconocidos con nombres como Pritchard Capital Partners (piso 32º) y Blackacre Advisors (piso 39º). Casi todos estos fondos son hedge funds, los fondos desregulados y privados que han sido las estrellas de Wall Street en la última década: generalmente están compuestos por tres o cuatro amigos o ex compañeros de laburo en algún banco de Wall Street que ponen su propio boliche y empiezan a recibir inversiones de otras personas –familias ricas, fondos de pensiones, fondos que invierten en otros fondos–, a quienes les cobran la fabulosa combinación de comisiones conocida como “dos veinte”: 2% del monto invertido, 20% de las ganancias. En uno de los pisos más altos del edificio me espera, solo, sin corbata y con cara de cansado, Ariel, un argentino de treintilargos que, después de trabajar varios años en bancos como J.P. Morgan, en 2005 se abrió por su cuenta y ahora tiene un “pequeño”, según él, fondo de inversión, que no acepta inversiones por abajo de los cinco millones de dólares. Desde su oficina se puede ver, al sur, los puentes que cosen a Manhattan con Brooklyn y, hacia el oeste, el resplandor del aeropuerto de LaGuardia.

Charlamos un rato sobre la crisis. “Nosotros estamos bien, estamos ganando guita”, dice. “Pero los que se quedan sin laburo ahora son boleta. Si laburabas en algo relacionado con hipotecas, ponete una verdulería”. Le digo que lo noto de buen humor, haciendo chistes, exactamente igual a las tres o cuatro reuniones sociales en las que coincidimos en los últimos años. (Ariel es un gran personaje, con una historia fascinante, pero no se llama Ariel: otra vez, sólo accedió a dejarme visitarlo si omitía su nombre y sus señas personales. Al principio había dicho que sí, pero después de leerse a sí mismo en una entrevista que le había hecho dos días antes un medio argentino, había cambiado de opinión.) La pregunta lo ofende un poco y lo pone más serio. “No, no. No es así. Estoy muy preocupado”.

En parte está preocupado porque, aunque el saldo de su fondo en 2008 todavía es positivo –o era positivo hasta el 7 de octubre, el día que hablamos–, desde septiembre haestad o perdiendo plata. Además, en el caos actual cada vez le resulta más difícil aplicar sus métodos cuantitativos‐matemáticos, que no sólo son los favoritos de Ariel sino que son lo que él y sus socios publicitan como su especialidad. Los cuantitativos, o quants, como se los conoce en el mercado, son la última generación de genios inversores de Wall Street; físicos, matemáticos e ingenieros informáticos capaces de aplicar su capacidad de abstracción a obtener ganancias de los movimientos de precio más mínimos. En temporadas normales, de cambios graduales, los matemáticos sacan petróleo de las piedras: ganan la guita centavo por centavo, buscando oportunidades que otro prefieren no pueden ver. En el mercado salvaje y arbitrario de las últimas semanas, estas armas no sirven. Ariel también está preocupado porque de a poco se ha dado cuenta de que, aun sintiéndose superior a sus rivales, un huracán que se lleve puesto al 80% de los hedge funds también podría llevárselo puesto a él y a sus socios (no argentinos). “Hace un año apostamos, correctamente, que este año al mundo le iba a ir mal”, explica. “Pero no apostamos a que iba a ser tan malo. Esto de ahora es un desastre”. El temor más grande es perder la mina de oro del “dos veinte”: para qué te voy a pagar tanto a vos, niño maravilla, si me llevo lo mismo, o más, poniendo la guita en fondos comunes y silvestres que puedo manejar por Internet. Ariel dice que sí con la cabeza, con un gesto de resignación.

* * *

Una mañana de principios de octubre, Arturo Poiré iba en el subte al trabajo, revisando los emails en la Blackberry, cuando un empleado de la MTA, la empresa municipal que maneja el subte de Nueva York, le preguntó si el Congreso iba finalmente a aprobar esa noche el plan de rescate para los bancos. “Ojalá que sí”, respondió Poiré, quien, después de una década en uno de los principales bancos de Wall Street, ahora trabaja para una consultora. No es banquero: es sociólogo, experto en organizaciones y en las personas que las hacen funcionar. Cuando trabajaba en Wall Street, su especialidad era reorganizar equipos y departamentos después de que su banco compraba a otro. Por eso, aunque no lo ha sido, conoce de cerca qué se siente ser un banquero de Wall Street. En parte porque muchos de sus amigos lo son.

El trabajador del subte meneó la cabeza, indignado, y dijo: “Es una barbaridad. Odio que el gobierno esté haciendo esto”. Poiré se quedó mirándolo y comprendió que lo que más jodía a su interlocutor era la certeza de saber que si el gobierno no salvaba a los bancos, se caía el país. El hombre inició entonces una invectiva bíblica, casi a los gritos: “Ya nos encontraremos los banqueros y nosotros en el cielo. ¡Dios y la vida eterna nos igualan a todos!” Poiré, a quien su paso por Sociales de la UBA todavía le prende una lamparita cada vez que ve de cerca un episodio simbólico de lucha de clases, se quedó pensando en la ambigua relación de Wall Street con la gente de Nueva York con Wall Street y, en general, con todos los que estamos en el más allá, esos extraños seres humanos que no pertenecemos al mundo de las finanzas.

La curiosidad sociológica le permite a Poiré hablar sobre estos temas con una paleta conceptual más amplia que la de muchos de sus amigos en el mercado. Igual, cuando tiene que atribuir culpas sobre qué pasó, por qué estalló en mil pedacitos el luminoso edificio de las finanzas, la suya es la misma explicación que la de sus ex colegas: fuimos todos. “¿Quién se quedó con la plata?”, se preguntó Poiré la noche en la que hablamos por teléfono. “El tipo del fondo de inversión que ganó fortunas, es cierto, se llevó buena parte de la plata. Pero también tiene culpa Main Street [lo opuesto de Wall Street: la economía real], endeudándose con sus tarjetas de crédito y consumiéndose por encima de sus posibilidades. Todos hablan de lo que hacen los fat cats de Wall Street, pero no de lo que hace Doña Rosa”. Ése es básicamente el argumento de los que trabajan en finanzas: nosotros les dimos el caramelo, pero ustedes se empacharon solos.

Entre el mal humor general que provoca la crisis en Nueva York, una pequeña válvula de escape en estos días ha sido, para mucha gente, criticar y burlarse de los banqueros de Wall Street, esos supuestos genios de las finanzas que no sólo hundieron a la economía global sino que ni siquiera pudieron salvarse a sí mismos. Sus bancos han desaparecido o están tecleando y el pánico los tiene petrificados frente a sus pantallas, vendiendo sin parar cosas que compraron mucho más caras hace no tanto tiempo. Sin embargo, y esto es lo que alimentaba la bronca del empleado que se desahogaba frente a Poiré, nadie va a ir a pedirles a los tipos de Wall Street los millones que ganaron en el lustro glorioso de 2003‐2007. Hay quien ha dicho que esta crisis representa el final de los Masters of the Universe, el nombre que les puso Tom Wolfe en La hoguera de las vanidades en 1987: que estos tipos, tras probar que a fin de cuentas no son más que una manga de timberos con computadoras y modelos matemáticos, ya no podrán sentirse los reyes de Nueva York ni los tipos más talentosos o inteligentes del mundo.

Les pregunto a los argentinos de Wall Street si esta crisis ha sido de alguna manera un golpe a su autoestima, si esto ha puesto en duda algunas de las cosas que creían seguras hasta hace un par de meses y si tienen alguna autocrítica a punto de asomar de entre sus labios. Las respuestas son bastante uniformes: todos nos, o casi nos. Ninguno de ellos cree que éste es el fin de los Masters of the Universe o que la crisis trae escrita una lección moral. “Eso es paja”, dice Ariel, con las mangas de su camisa turquesa arremangadas por encima del codo y hamacándose levemente en una de las doce sillas Aeron de la sala de conferencias. “A la gente le encanta decir esas cosas. Hablan del pendejo que gana 500 veces más guita que vos y es un pelotudo. Todo eso es verdad. Siempre es lindo ver caer a un pibe exitoso”. Ariel, de todas maneras, predice que, en los próximos años, el pibe promedio de Wall Street ganará menos que hasta ahora y que, además, ellos mismos serán menos. Ya no habrá laburo para tanta gente. (Algunos cálculos predicen que Nueva York perderá con la crisis 50.000 de sus 200.000 empleos financieros.) Uno de los costados positivos del sacudón es, según alguna gente, que los chicas y los pibes egresados de las escuelas de negocios ya no van a estar tan desesperados por trabajar en Wall Street y que van a desparramar su talento en áreas de la economía a las que hasta ahora nadie quería ir.

Poiré, que hace dos años publicó The Latino Advantage in the Workplace, un libro en inglés sobre las ventajas de los latinos para triunfar en las empresas de EE.UU., se consuela con una explicación barrial‐cinematográfica: “En el barrio, el que jugaba mejor al fútbol se llevaba a la mejor minita. A los que jugábamos mal, un poco de bronca nos daba, pero a nadie le parecía injusto o ilegal. Ahora, es la revancha de los que éramos buenos alumnos y nos gustaba estudiar. Yo no jugaba bien al fútbol, y acá estoy. Es nuestra versión de la venganza de los nerds”.

* * *

Matías está sentado frente a mí en el café de una de las sucursales neoyorquinas de la cadena de librerías Borders. Él no toma nada; yo tomo té helado de una botella. Él está nervioso, no del todo cómodo con las opciones que le esperan en los próximos meses. Lo peor de volver a Buenos Aires no es Buenos Aires, sino irse de Nueva York, un proceso que siempre se afronta como una derrota. “Lo que me jode es que tomen la decisión por mí. No me siento un loser, porque no me echan por mi culpa sino porque trabajo en un área que la van a limpiar entera, pero igual me jodería”, dice Matías. “El problema, para los pibes como yo, que tenemos entre 25 y 30 años, es que todavía no ahorramos tanta guita. En parte porque todavía estamos pagando los préstamos para estudiantes y en parte porque nunca habíamos vivido una crisis así. Muchos gastaban, o gastábamos, más de lo recomendable”. Otro argentino cuenta la historia de una compañera suya a la que un día acompañó a la casa, en Chelsea, y parecía un hotel cinco estrellas: tenía sauna, jacuzzi, valet parking, tipos que te hacen las compras en el supermercado por vos. “¿Acá vivís?”, le preguntó Matías, hace un par de meses, y se dio cuenta de que a muchos como él se les estaba yendo la mano.

Si todavía no ha habido mucho movimiento de banqueros de un banco a otro –las finanzas son una industria con alta rotación: los mejores operadores reciben ofertas y son fichados casi como si fueran jugadores de fútbol–, es porque nadie está contratando a nadie y porque los propios banqueros están tomándose las cosas con cuidado: ya estamos a octubre, razonan muchos, si me voy ahora pierdo el bono de casi todo el año. Para muchos de estos argentinos, enero será el mes clave: volverán de Punta del Este después de Navidad y Año Nuevo, cobrarán el bonus y, si todavía hay mercado financiero y todavía hay Wall Street, ofrecerán sus talentos en la plaza pública. Si las dificultades persisten, aparecen las opciones más imaginativas. Uno de los argentinos con los que hablé tiene un amigo que trabaja en un banco y que está pensando en pedir un año sabático, sin goce de sueldo. “Como total el bono va a ser cero, o casi cero, y el sueldo no es mucha guita, por ahí vale la pena perder el sueldo y no laburar, irme unos meses a la playa o adonde se me cante la gana a oxigenarme y limpiar la cabeza”, argumenta el implicado. Matías entiende perfectamente la sensación: “Conozco pibes de mi edad que se están preguntando si realmente esto es lo que quieren hacer con sus vidas”.

Este verano, en julio y agosto, los argentinos de Manhattan no habían acusado aún el golpe: las casas cerca de la playa que alquilan unos con otros, de a cuatro o cinco parejas, siguieron alquiladas; sus partidos de fútbol y sus asados con carne uruguaya y malbec mantuvieron el mismo ritmo. El verano que viene se verán, si las hay, las primeras bajas. Los que queden seguirán buscando consuelo en las pocas buenas noticias que vienen con la crisis. La favorita de muchos es el descalabro de Brasil, un tanque financiero de última generación que parece haberse quedado sin nafta. “Venían diciendo que la crisis no los afectaba y bla, bla, bla”, me dijo uno. “Los brasucas se creían los capos del mundo. Qué lindo es verlos caer, es como meterles cuatro en el Maracaná”.

De lo que nadie tiene dudas es de que estamos viendo el fin de una era. Todavía no está del todo claro cuánto sobrevivirá y por cuánto tiempo, pero la fiesta acaba de terminar y los banqueros ya sienten nostalgia. Durante varios años fue imposible para ellos no ganar guita. Su laburo era casi como ver qué número salía en la ruleta y recién después tirar las fichas sobre la felpa. Ahora empieza lo más difícil: jugar sin cartas, ganar guita con el cuatro de copas y un ancho falso. Con el ancho de espadas y el siete de oros todos somos ases de las finanzas. Poiré interrumpe mis metáforas de casino: “Tampoco para tanto. ¿Cómo vas a decir que nunca más se va a ganar plata en Wall Street?”, me pregunta. Se responde él mismo: “Eso es falso. Siempre aparece una forma”. Como no agrego nada, vuelve a hablar, y me doy cuenta de que tiene razón, de que muchas veces las épocas no terminan sino que sólo cambian de nombre o aspecto: “De eso no tengas la menor duda”, me dice. “El juego va a seguir funcionando”.

I.

Culiacán, Sinaloa— En uno de sus tres celulares, el Nokia Palm 650, colocó como protector de pantalla una foto suya en la que, en medio de un sembradío de amapola, aparece sujetando un cuerno de chivo con el cargador chapeado en oro, un AK-47 de siete mil dólares con el que parte el aire, porque que en este pedazo de México, cuando falla el habla, habla la bala. “Un pariente me dijo: “Malandrín sin arma es como una puta sin cliente”, y desata una risa estridente y entrecortada en plena bocanada.

Cruel —en un arrebato de talento así ha pedido que se le llame— no pasa de los 25 años y sus familiares le han diagnosticado el incurable síndrome de la mafia.

Cuando aún acudía al colegio, su cabeza se convirtió en un lío: juró que él no iba a tener una vida de desprecio, de trabajo duro y poca paga; él, quién sabe cómo, sería rico. Y su concepto de riqueza consiste en vivir en el exclusivo fraccionamiento Colinas de San Miguel, manejar una camioneta todoterreno con neumáticos anchos y rines de aluminio, comer mariscos y carne asada, dar propinas de cien dólares, beber Buchanan’s en las rocas, cambiar rutinariamente de celulares, vestirse a la moda italiana, mirar televisión por cable, tener aire acondicionado, caballos pura sangre bailadores, un rancho de 20 hectáreas, un jet, una bolsa Louis Vuitton de 400 dólares (que usa como cangurera para guardar tres cosas imprescindibles: cocaína, un revólver y dinero, mucho dinero) y acostarse con una mujer distinta cada día.

“Porque todo eso te da poder y la gente te mira con miedo, con respeto”, filosofa mientras se empuja con cerveza unos camarones crudos.

Cruel se considera adicto a la música de banda, a esas canciones que ensalzan el crimen y la sangre, y siempre celebra con whisky, cocaína y mujeres relucientes las ganancias que obtiene cada vez que mueve droga. Según él, su primer jale o trabajo fue hace unos dos años: sacó a crédito un kilo de pasta básica de coca; en las universidades de Culiacán los jóvenes aspiraron hasta el último residuo. Cruel no sólo recuperó los diez mil dólares invertidos: ganó buena plata, tanta como para darse el privilegio de encargar por catálogo a Nueva York su primera ropa Versace e invitar a una chica dos semanas a Mazatlán.

“Lo demás se lo debo a la suerte”, justifica su vertiginoso ascenso en el mundo del narco. Pero tiene razón: en este negocio un día más con vida es la mejor fortuna. Los traficantes, ya se sabe, necesitan matar para no morir. Matar: verbo transitivo en Sinaloa que exige el tiro de gracia. Viven poco y viven deprisa. Muchos terminan engrosando el ejecutómetro. Demográficamente hablando, Culiacán se controla así: 1.4 vivos por un ejecutado al día. Quizá esa sea la explicación de por qué en los censos esta ciudad siempre oscila en los 750 mil habitantes.

Cruel suele leer los periódicos que contabilizan los muertos y ahí ha corroborado que la vida se va pronto. Por eso dice que todo buchón que se precie de serlo, cuando tiene dinero debe acabárselo.

Y él lo hace. Hoy, por ejemplo, se ha propuesto gastar los 200 mil pesos que trae en la bolsa Louis Vuitton para festejar la Navidad.

Cruel, como muchos hombres, supone que el dinero es poder y hace guapo a cualquiera.

Woody Allen dice que el dinero sólo tiene sentido cuando uno puede comprar el sexo que quiera o tener las relaciones que se le antojen. Y Cruel —quien ignora quién es Allen, él sólo sabe de películas mexicanas de matones y actrices desnudas— paga mucho dinero para sentirse hermoso.

Paga para que lo bronceen. Paga para robustecer su cuerpo en un gimnasio. Paga a una estética para que todos los días le engomen su indomable cabellera, le rebajen el mustio bigote y le recorten las uñas hasta dejarlas redondas. Pero para ser honestos, Cruel sigue siendo feo.

“Eso vale madre con una buena camioneta”, dice con la boca llena, dejando escapar trocitos de camarón crudo curtidos en chile y limón. “Con la Hummer, por ejemplo, hasta el calzón de la morra sale volando”, y descarga nuevamente su risa estridente y entrecortada.

Anoche, en una prueba más de que el dinero lo hace verse apuesto, manejó ebrio su camioneta por todo Culiacán y gastó casi diez mil dólares con tres mujeres de concurso (las trae fotografiadas en ropa interior en otro de sus celulares) y con los jóvenes que le cuidan la espalda. Él tiene una camioneta Hummer. Pagó 80 mil dólares por ella. Antes manejaba una Lobo doble cabina de 370 mil pesos, pero dice que la moda hoy es una Hummer o una Lincoln Navigator de 64 mil dólares. Un día lo miré fascinado cuando salía a la pesca de hembras mientras serpenteaba las calles de Culiacán en los 4 mil 742 milímetros de largo de su camioneta que un día blindará.

En sus confesiones de macho profundo, se jacta de que mujer que ha subido a la Hummer, mujer con la que terminó en la cama.

La ropa de Cruel pasaría por estrafalaria, pero jamás por costosa. Los zapatos que ahora lleva puestos son de cuero de jabalí y Hugo Boss tiene la patente; le costaron unos 500 dólares. Los pantalones son Moschino, dice que pagó 800 dólares por ellos, pero uno de sus amigos me dijo que a veces exagera en las cuestiones de plata. La camisa brilla, es de seda, suave, y en la espalda trae zurcida la marca Versace; jura que gastó casi tres mil dólares en ella, que un amigo se la trajo de la Quinta Avenida en Nueva York, donde está una de las tiendas del diseñador italiano asesinado en Miami. Usa lociones creadas en Francia, se acaba de comprar un Rolex con rubíes, tiene varias gafas Dolce&Gabbana que le cubren la mitad del rostro y nunca olvida colgarse el rosario de oro al que un diamantista le incrustó varios quilates.

Si no trae más vestimenta no es por el desmesurado sol de Culiacán. Es porque cree que tanta ropa entorpece los movimientos y un malandrín nunca, nunca, debe sentirse apretado a la hora de los balazos.

“Con toda esta ropa de marca, atraes a cualquier mujer”, fanfarronea Cruel mientras oprime el atomizador de la loción Moschino que sacó de su Hummer.

Pese a la cantidad de dinero que lleva encima, hay algo que a Cruel lo identifica: es lo que en Sinaloa la gente llama buchón.

“Buchón no, esos son los de la sierra. Nosotros somos compas”, se enfada Cruel y pisa el cigarro hasta triturarlo.

Buchón, en la jerga sinaloense, es aquel habitante de la sierra que se hace millonario por sembrar, empaquetar y traficar mariguana y goma de opio. Se les empezó a llamar así porque en esos lugares el agua es una infamia. Entonces, después de beberla durante años, a muchos pobladores se les hinchó el cuello. La gente, comparando el cuello con el buche de los animales, los llamó simplemente buchones. Luego el tiempo hizo su parte: manoseó el concepto y ahora a todo aquel que se dedica al narco y se viste de modo extravagante se le dice buchón.

Un pariente de Cruel era buchón puro, de los rumbos de Badiraguato. En cuanto tenía dólares, gastaba en botas de piel de avestruz, mandaba traer jeans de Los Ángeles o Tucson y sombreros de Texas, compraba cintos piteados y pedía que a las camisas de seda garabateadas les zurcieran en la espalda el rostro de Jesús Malverde, el santo patrono de los narcotraficantes. Viajaba a Las Vegas y se la pasaba en las máquinas tragamonedas. Un día hasta fue a esquiar a Lake Tahoe, en Nevada. Pudo ir a Nueva York, pero siempre se le hizo lejos y prefirió Acapulco para mostrar lo rico que era. Gastó decenas de dólares por segundo porque supo que iba a morir pronto. Y así fue: lo ejecutaron un día porque en este negocio, además de rencores, hay envidias y esas matan más rápido.

Esa generación de buchones, los auténticos, los de la sierra, sigue viva.

Hace unas semanas, en la Plaza Forum en Culiacán, una linda mujer de minifalda, extensiones en el cabello negro y ojos grandes me confundió con un vendedor de la tienda de discos. Preguntó por los compactos que miraba. Le dije que eran distintos conciertos de Pearl Jam, pero en realidad sólo eran dos; los otros ocho discos estaban repetidos. En eso llegó su pareja, un güero de rancho, rojizo del sol, cuya camisa de seda traía estampada la imagen de San Judas Tadeo en la bolsa sobre el corazón, negros jeans ajustados y botas amarillas. La mujer aún miraba los discos cuando su pareja le preguntó: “¿Los quieres, mi’ja?”. Y no esperó la respuesta: cogió los diez discos con su manaza de campo y fueron hacia la caja para pagar.

La cajera cobró los discos de Pearl Jam, uno de la Banda El Recodo, otro de éxitos de Los Tigres del Norte y la primera temporada, en DVD, de Los Sopranos.

Cuando le conté a Cruel la historia alardeó, con su risa estridente y entrecortada, que eso no era nada, que él le ha regalado diamantes y esmeraldas a varias mujeres; que a una le paga la colegiatura de la universidad y que a otra la llevó un mes a Europa, donde la vistió, la calzó y “socializó” con ella hasta el hartazgo. Socializar, en su lenguaje, es coger.

Entonces supe que los buchones, que los compas, por tener a una mujer, no saben en qué gastar.

II.

Los cuatro puntos cardinales de Sinaloa, ya se sabe, son el narco, la impunidad, el soborno y las mujeres. Por eso existen los buchones.

III.

Erre Ele es un compa extraño. Se considera sencillo, lejos de las estridencias. Pero su anillo con diamantes, el enorgullecerse de que tiene hijos que ni siquiera conoce porque las mujeres han tenido la culpa —“para retenerme se han embarazado las muy cabronas”—, recordar que tuvo en casa tigres de bengala y otros animales exóticos, que ha hecho varios envíos de droga a Estados Unidos, y el que se vanaglorie de que fue una máquina de matar, inevitablemente le restriegan a uno que un bandido no se retira, sólo hace una pausa.

Por eso Erre Ele prefiere moverse en un compacto austero que en la camioneta de 440 mil pesos que se compró hace meses. Dice que ahora escucha a The Beatles y que dejó a un lado los discos de El Potro de Sinaloa. Sigue comprando su ropa por catálogo en Nueva York, pero ha agarrado la costumbre de vestirse con las imitaciones chinas de Versace, Tommy y Armani. Y antes, como sus amigos, solía ir a rentar películas mexicanas en DVD (como Tras las rejas por culero, La ley del ojete y Para narco cabrón federal más chingón, estelarizadas por Jorge Reynoso, Miguel Ángel Rodríguez, Chelelo, Hugo Stiglitz, Sergio Mayer y Lina Santos), pero ahora está deslumbrado con HBO y Discovery Channel, aunque no por ello deja de pensar a quién le debe dinero, a quién tiene que cobrarle o cómo le hará para mover la siguiente carga de droga.

Erre Ele critica hoy a los otros buchones de simples, glotones, estrafalarios, de tener mal gusto y ser despilfarradores.

“Si tienen cinco mil dólares, los mismos que se los gastan los plebes en una camisa, aunque se queden sin nada en la bolsa. No piensan. En este negocio estás arriba y abajo, por eso hay que invertir en propiedades para cuando se te acaba el dinero”, aconseja luego de que sumerge en una salsera un grasoso totopo.

Erre Ele ha aceptado platicar con la condición de omitir algunos detalles. Es alto, corpulento. Un pariente suyo lo describió como un fumador empedernido, pero eso fue en otra época. Ya no fuma nicotina, sólo mariguana.

Ahora faltan seis minutos para la medianoche y Erre Ele dice que un compa de verdad debe saber cuándo llegar y cuándo marcharse.

Pero esa máxima no se aplica en él: sólo dejó de ser matón a sueldo.

Y no recuerda a cuánta gente ha matado. No se acuerda y ni siquiera se esfuerza en tratar de precisarlo. Pero sí dice que algunos muertos fueron gratis. “A veces sueño que aún sigo quebrando”, dice preocupado, como si eso fuera peor que enfrentarse a alguien y reventarle la cabeza a ráfagas.

Cree que todo —“el asesinato de un cura marica o la muerte accidental de un niño”—, se puede pagar con arrepentimiento. Su retiro de matón no fue porque en Sinaloa se haya devaluado la vida —“ahora por un cigarro de mota o una dosis de cristal contratas a un sicario”, informa. No. Algo le pasó y de eso prefiere no hablar.

Quizá aprendió que en este negocio el que logra fama tiene los días contados.

“Uno de plebe quiere que le hagan un corrido, pero cuando te exhibes más de la cuenta, eres hombre muerto”, dice Erre Ele mientras le grita al mesero para que le traiga una cerveza. Porque eso sí: si hay algo que tiene esta clase de hombres es que son mandones. Conocí a uno que, aún teniendo enfrente los cigarros, ordenó a su mujer que se los acercara y ella estaba a unos diez metros de distancia. “Y hay otros que matan a traición sólo para cobrar fama de valientes, pero a esos los matan más rápido”, agrega cuando le llevan su Modelo escurriendo en el tarro.

Tiene razón: un joven buchón que sólo me permitió hablar con él pocos minutos me dijo que le encantaría que un día estampen sus fechorías en las primeras planas, que quería que todos le temiesen, y que ha matado porque las armas no son para guardarse.

Erre Ele es astuto como el diablo. Si no, no hubiera rebasado los 40 años de edad. Y ahora, como las ráfagas, recuerda bastantes extravagancias.

Por ejemplo:

Cuenta que a la mujer de un buchón le sacaba tanto de quicio el manchado natural del mármol italiano, que lo mandó a quitar para colocar una alfombra amarillenta traída del Medio Oriente. Que otro todavía viaja en su jet a Arizona sólo para ir al cine con la mujer en turno. Que uno, cuando se casó, mandó a tapizar con rosas rojas y blancas las escaleras del hotel. Que hay quienes compran celulares únicamente para telefonearles a sus novias una vez y luego los tiran. Que un amigo suyo acaba de comprar una mesa de billar con las buchacas de oro, porque así lo deseaba su esposa. Se acuerda de otro que ordenó destruir los armarios de cedro tallado por unos de PVC que le agradaron a su morra. Que un conocido mandó a traer un piano de cola a Francia para regalárselo a su mujer. Y dice que hace poco un compadre, para festejar el cumpleaños a su esposa, paseó a la mujer en un auto convertible con banda, globos y peluches.

“Así somos para deslumbrar a las pollas”, dice Erre Ele que ya ha bebido en este rato cuatro cervezas, se ha tomado su Tafil y sólo le falta fumar mariguana para que al rato, en el colofón de la hierba, pueda dormir. “Y a las mujeres hay que vestirlas bien y enjoyarlas para cogértelas. Ya cuando las dejas, si tienes hijos con ellas, sólo ves por los plebes. No vas a vestir a la polla y tenerla al pedo para que otro cabrón se la tire”.

—¿Y a ellas les gusta andar con ustedes?

—¡Por supuesto! —y se tumba hacia atrás de la silla—. Les gusta lo prohibido, son interesadas, quieren estar al puro pedo, bonitas. Y a nosotros nos gustan así, buenotas, nalgonas, piernudas, guapas y valemadristas para estar a tono con los otros compas.

—¿Y qué acostumbran regalarles a las mujeres?

—Diamantes, esmeraldas, dinero, camionetas y casas. A otras les gustan los animales, como los caballos bailadores. Hace años un amigo le regaló a una morra un ranchito y en la entrada la estaba esperando un caballo de ésos; en el hocico traía un diamante. Fue bien perrón, dicen que hasta lloró la morra.

A Erre Ele le entra una llamada a uno de sus celulares.

Habla en claves que sólo él entiende. Cuelga. Dice que se tiene que ir a un jale y esos no esperan. A él le va mejor, hablando en dólares, cuando trae droga de Colombia, la vuela en avioneta hacia Estados Unidos o la transporta en lancha. “Pero en eso tienes más posibilidades de morir, porque las envidias son muchas en este negocio: si ven que tienes éxito, te matan, los hijos de la shingada”.

Lo veo marcharse.

Y no creo que abandone los revólveres, el tráfico y la lucha contra la muerte.

Porque un bandido de verdad no se retira, sólo hace una pausa.

IV.

Doble T es un sol naciente, un hombre que va escalando en el narco.

Desde hace rato se ha estado alicusando. (La palabra alicusar sólo existe en Sinaloa y significa arreglarse para una fiesta. En el resto del mundo es acicalar, pero aquí es alicusar y punto).

Decía que Doble T se está alicusando para una fiesta, que la loción Dolce&Gabbana ha impregnado en su cuerpo, que su cabello está engomado y sólo le falta mirarse por enésima vez al espejo para sentirse listo. La fiesta será en un salón que, según el mito, fue construido en pocos días para celebrar un bautismo; por la rapidez, en pleno festejo se derrumbó el techo, y seguramente alguien pagó las consecuencias. Me prohíbe decir qué se conmemora, pero autoriza a informar que cantarán Julio Preciado y un fulano llamado Sergio Vega. El primero cobrará por una hora 25 mil dólares; el segundo, 15 mil dólares. Para recorrer mesa por mesa, una banda tocará hasta el amanecer por unos cien mil pesos.

“¡Un chingo de billete, bato, un chingo!”, sigue admirándose Doble T de las excentricidades de un mundillo que conoce desde niño.

A él lo deslumbran este tipo de fiestas porque hay todo lo que necesita: perico, música, whisky y mujeres. La cocaína, en un festejo como éstos, sólo se consume en el baño por pudor. El resto se deja al libre albedrío. Hoy, y siempre, tiene la expectativa de seducir a una hembra. Y, si sus fanfarronerías son ciertas, lo hará: “A mí me buscan por lo guapo y no tanto por el dinero”, alardea.

Él no tiene tanta plata. Apenas le ha alcanzado para comprar imitaciones chinas de ropa italiana, para traer una camioneta que apantalla y “para la vagancia y la peda”.

Algunos de sus amigos, en cambio, ya son un sol de mediodía.

Y Doble T aspira a alcanzarlos.

Imagina, por lo pronto, que llegará el día en que, igual que sus amigos, gastará tres mil dólares en una camisa. “Eso sí: va a estar perrona, sin tanta madre, sin tanto garabateado; mis amigos piensan que lo caro, aunque esté feo, es lo más chingón… están pendejos”, dice. Supone que cuando se case desembolsará, sólo para la música, 50 mil dólares, mandará a revestir el salón de flores caras, tendrá una gran copa llena de cocaína en el baño para sus invitados y se irá de luna de miel a recorrer el Caribe en un crucero. Cree, también, que llegará el momento en que lo cuiden unos esbirros y éstos le regalarán, como a todo buen capo, ranchos con lagos artificiales, diamantes puros, camionetas blindadas, caballos y leones, relojes lujosísimos, todo para congraciarse con él. Claro que él preferiría que le obsequien armas diseñadas en oro para que cada bala que escupa valga la pena.

Entonces Doble T se marcha a la fiesta a seducir a una hembra.

V

Los buchones son los responsables del boom de las estéticas, de que se fundaran escuelas para aprender modales, que la General Motors venda más Hummers aquí que en ninguna otra parte de México, que los colegios privados subieran sus costos, que los salones de fiestas encarecieran sus tarifas, que las funerarias mandaran hacer ataúdes con armas talladas en el cedro, que los brujos se pusieran a sus órdenes, que los músicos de banda tocaran mejor con una bolsa de cocaína como propina, que los niños salgan a las calles a jugar a los pistoleros con revólveres de verdad. Y llevaron algo de amor para dignificar la muerte.

VI

A Sin Nombre lo conocí en la Feria Ganadera de Culiacán, que no es otra cosa que la fiesta anual donde los buchones pueden exhibir su poderío. Y éste consiste en ver quién maneja la mejor camioneta, quién despilfarra más dólares contratando bandas para bailar, quién bebe Buchanan’s 18 años y lo combina con perico, quién llega rodeado de matones a sueldo, quién apuesta cifras inalcanzables en las peleas de gallos, quién monta mejor a caballo, quién carga con más celulares y quién imanta a más mujeres.

Sin Nombre contrató cinco bandas que tocaban al mismo tiempo mientras él hablaba al penal de Culiacán para que algunos de sus amigos recluidos escucharan la canción que les dedicó. Traía Buchanan’s y coca. Lo cuidaban varios hombres de cara dura que escudriñaban los alrededores. Ya había perdido 300 mil pesos en el palenque y se burlaba de sí mismo por confiar en perdedores. Y tres mujeres, cuya belleza parecía haber sido diseñada por computadora, se le encaramaban. Entonces le pregunté que cuánto traía en su cartera.

—Traigo la cantidad que me digas —dijo sin alterarse.

—¿Un millón de dólares?

—No cabe en la cartera, pero sí, lo tengo si pido que me lo traigan —y se empujó un whisky con agua mineral.

—¿Y ahorita, cuánto ha gastado?

—Sin ofender, lo que en tu vida nunca vas a tener.

Quién sabe si Sin Nombre exageró. Aquí en Culiacán las cosas terminan por ser necesariamente ciertas.

Dijo que él sólo se dedica a “mandar, mandar, mandar y mandar”.

Que come, trafica y mata a toda prisa. Que desde los ocho años de edad su padre le dio un revólver para defenderse y desde entonces es malo. Que la vida ha sido benévola con él, pero que sí, que le han matado a mucha parentela. Que suele consumir cocaína para ligar bien las ideas. Que las fiestas en Acapulco son espectaculares porque ahí se termina acostando con actrices, cantantes y edecanes. Que él busca respeto y que eso, en este país, sólo se gana siendo un malandrín pesado. Que no le da miedo morir sino vivir demasiado. Y que tiene muchas esposas porque le gusta rodearse de mujeres, cada una más guapa que la otra.

VII

Sacado del diccionario de la Real Academia Sinaloense.

Buchona: dícese de la hembra de la especie humana que, una vez mirada, nunca es posible olvidar sus extensiones de cabello, sus largas uñas de colores, sus dientes blancos, su bello rostro acentuado con maquillaje, su ropa y accesorios fulgurantes, sus zapatos de tacón alto, su impúdico escote y sus nalgas.

Dícese de la bípeda mamífera que le pertenece a un buchón, que le paga todos los caprichos, la envía a Guadalajara a que un cirujano plástico le arregle las imperfecciones, es parte de su equipaje de viajero, cumple sus fantasías eróticas o la utiliza para fanfarronear.

VIII

Si los ángeles existen, entonces, a primera vista, Fuego parece uno de ellos.

Trae los pies enfundados en unas zapatillas de Dolce&Galbana que la hacen crecer diez centímetros. Sus tobillos, piernas, muslos y glúteos vienen protegidos por unos jeans Versace que compró cuando se relacionó por tercera vez con un buchón. Trae un cinturón de plateados círculos entrelazados comprado en el centro de Culiacán, donde toda la ropa es obscenamente brillante. En las muñecas trae pulseras con diamantes y un reloj Cartier, obsequio de su penúltima pareja, que ahora está muerto. Sus extensiones rojas combinan con sus uñas, a las que la manicurista les dibujó unas flores con corazones; presume que pagó 20 mil pesos en la estética para que todo estuviera en su lugar. Su rostro es un poema. Pero lo que más sobresale es el top negro Bebe: si se ha operado los senos, si el médico le cobró 45 mil pesos por aumentar dos tallas, está consciente de que los debe exhibir. Y lo hace.

Fuego tiene 20 años, va a la mitad de su carrera y vive en uno de los barrios más pobres de Culiacán. Una amiga suya la define como una rosa en medio de magueyes.

Ahora es mediodía y llega al restaurante. Camina con altivez. Se sienta, cruza la pierna izquierda, enciende un cigarro, se quita las gafas Cartier de piloto espacial y ordena una cerveza para ponerle orden a la resaca.

—¿Qué se necesita para ser buchona?

—Estar buena, mi rey, estar bien buenota

—entonces se levanta y se luce caminando como si estuviera en una pasarela de Milán. Disfruta su vanidad, le paladea provocar la envidia.

Y no exagera: un requisito indispensable para que los buchones miren a mujeres como Fuego es, precisamente, su belleza natural.

Lo demás que le cuelguen o le pongan son sólo juegos pirotécnicos.

Pero otra cláusula es el riesgo.

“Tú sabes que si andas con un buchón también caes con él”, dice y acaricia la panza del envase de Corona. “A una amiga la ejecutaron junto con el morro que andaba, a eso te expones”.

—Entonces, ¿por qué arriesgarse?

—Porque necesitas dinero. Mis padres son muy pobres y yo tengo que pagar mi celular, mi universidad, mi ropa, tengo que cuidar mi cabello, mis uñas y eso cuesta un chingo.

Fuego suele gastar al mes entre 50 y 70 mil pesos. Pero hay noches, como cuando a Culiacán llega la Feria Ganadera, en que su buchón le ha dado 30 mil pesos para vestirse para la ocasión.

—¿Y ustedes en qué se fijan? ¿Qué las atrapa de ellos?

—El dinero —y sonríe como si se avergonzara, pero Fuego se considera una desfachatada—. Nos fijamos en que su ropa tenga marcas, que tengan buena camioneta, que sean lo bastante extravagantes, porque ahí siempre hay dinero.

—¿Y si sólo es un parapeto, si resulta que no tienen dinero, pero se ven bien?

—Entonces los mandas a la chingada. En eso te das cuenta de inmediato: le dices que te compre algo y si te pone un pretexto, entonces ya no le sigues el rollo; el que sigue —y voltea a mirarse al espejo que está a sus espaldas, simulando una pared.

—¿Y sólo deben andar con uno o hay libre albedrío?

—No, la regla dice que sólo debes andar con él. Son muy celosos. Una amiga se atrevió andar con otro al mismo tiempo y el bato la madreó bien feo. Para sobrevivir hay que respetar el mayor número de reglas.

Y los estatutos buchones dicen:

La buchona es de quien la trabaja.

Las buchonas no trafican, sólo se benefician de las ganancias.

Entre buchones no se arrebatan las mujeres; ellas deciden cuándo termina. “Nosotras sí sabemos cómo desarmar a estas bestias”, se jacta.

Si le regalan una casa a la mujer en turno, sólo es para que ambos tengan sus zooms sexuales. Si es violado el artículo: “Te matan. Una amiga llevó a su novio formal y los encontraron; la muerte apareció en el periódico, le pusieron que fue un crimen pasional y esas mamadas”.

Y si el compa invierte, la buchona debe estar dispuesta a todo.

“Una vez, un buchón gastó en mí como cien mil pesos y se los cobró en el motel. Pagué cara la inversión”.

—¿Y siempre se paga caro?

—Pues es que depende la inteligencia. Con ese morro, la verdad, sí tuve miedo, porque me puso la pistola en la boca. Pero te puedes apartar si juegas con la cabeza. Por ejemplo: si ves que ya quieren llevarte a la cama y el plebe está guapo, pues le entras, no hay pedo; pero si está feo el cabrón, porque muchos son feos, entonces les presentas a otra amiga y con eso calman su calentura. Otras veces, si están muy piñados contigo, entonces desapareces de Culiacán hasta que anden con otra morra y te olviden.

—¿Y cuántas veces has tenido que desaparecer de Culiacán?

—Pues quise hacerlo una vez, pero te digo que me puso la pistola en la boca. Pero mis amigas lo hacen seguido. Hace poco le llamaron a uno para que las llevara a un antro, les pagó todo y hasta les dio dinero para que se compraran lo que quisieran en la plaza. Entonces le dijeron que iban al baño y se fueron del antro, lo dejaron colgado. Esa misma noche el bato las estaba buscando para matarlas, pero a las pocas semanas lo ejecutaron en la sierra y pues mis amigas pudieron salir de donde estaban escondidas.

Fuego no sólo ha sentido el cañón de un revólver, también el de un cuerno de chivo y los dientes de un cuchillo. Pero sobre eso no quiere abundar.

“Lo bueno de mí y de mis amigas es que somos como los perros: nos acostumbramos muy rápido a los nuevos amos”.

Después de un par de cervezas Fuego tiene la boca grande y los oídos pequeños. En otras palabras: no escucha y no para de hablar.

Dice que todos los días se levanta a mediodía, que todas las noches sale con el buchón en turno, que les paga en dólares a sus maestros para acreditar las materias y así se olvida que debe acudir a la escuela, que prefiere los BMW pero aquí creen que esos autos son para los homosexuales, que sus padres no le recriminan su forma de vida porque ella les da entre 15 y 20 mil pesos al mes, que lo más estrafalario que le han regalado ha sido un viaje de un mes en Europa, que si no viste ropa brillante se siente insignificante, que las buchonas siempre deben brillar, que le gusta conocer a los capos pesados porque entonces ella gana respeto en el mundo del narco, que no se droga, que le gustan los mariscos y la cerveza, que no hace ejercicio, que ayer le trajeron de Nueva York un vestido Armani y está muy emocionada, que manejaba un camionetón pero como ya no anda con el compa, tuvo que entregarle las llaves, que aprendió a tirar un arma en un rancho, que le gusta ir a los bautizos de hijos de buchones porque dan centenarios en el bolo, que sus antros favoritos son La Tequilera y El República, porque ahí siempre hay quien cargue más dinero que el otro, que con el buchón que anda le ha dado unos 300 mil pesos todavía sin nada a cambio y que espera en Dios que siempre siga “bien buenota”.

Al final le digo que parecía un ángel cuando llegó. Se echa a reír, se mira por enésima vez en el espejo para alimentar su narcisismo. Pero le digo que después de escucharla, sin ofender, parece más el vecino del diablo. “Entonces en tu texto ponme Fuego o algo así”.

Se le quedó Fuego.

IX

Lo último que supe de Cruel es que embarazó a una buchoncita, que está por comprar la Lincoln Navigator, que se quitó el bigote para verse menos feo, que sigue cosiendo el aire con su AK-47 y que colocó como protector de pantalla en un nuevo celular una fotografía reciente: tiene en las manos muchas pacas de a kilo de cocaína, carcajeándose, con su risa estridente y entrecortada.

Era un sábado de enero de 1983 y hacía calor. En el aire se sentía la humedad de la brisa que venía del río Magdalena. Alrededor de la casa, situada en el centro de la hacienda, había muchos árboles cuyas hojas de color verde oscuro se movían con el viento. De pronto, cuando la luz del sol empezó a desvanecerse, centenares de aves blancas comenzaron a llegar volando por el cielo azul, y caminando por la tierra oscura, y una tras otra se fueron posando sobre las ramas de los árboles como obedeciendo a un designio desconocido. En cosa de unos minutos, los árboles estaban atestados de aves de plumas blancas. Por momentos, parecían copos de nieve que habían caído del cielo de forma inverosímil y repentina en aquel paisaje del trópico. Sentado en una mesa, junto a la piscina, mirando el espectáculo de las aves que se recogían a dormir en los árboles, estaba el dueño de la casa y de la hacienda, Pablo Escobar Gaviria, un hombre del que los colombianos jamás habían oído hablar antes de las elecciones de 1982, cuando la aparición de su nombre en las listas de aspirantes al Congreso por el Partido Liberal desató una dura controversia en las filas del Nuevo Liberalismo, movimiento dirigido entonces por Luis Carlos Galán Sarmiento.

—A usted le puede parecer muy fácil –dijo Pablo Escobar, contemplando las aves posadas en silencio sobre las ramas de los árboles.

Luego agregó mirando el paisaje, como si fuera el mismo dios:

—No se imagina lo verraco que fue subir esos animales todos los días hasta los árboles para que se acostumbraran a dormir así. Necesité más de cien trabajadores para hacer eso…. Nos demoramos varias semanas.

Pablo Escobar vestía una camisa deportiva muy fina, pero de fabricación nacional según dijo con orgullo mostrando la marquilla. Estaba un poco pasado de kilos pero todavía conservaba su silueta de hombre joven, de pelo negro y manos grandes con las que había manejado docenas de autos cuando junto con su primo, Gustavo Gaviria, competía en las carreras del autódromo de Tocancipá y de la plaza Mayorista de Medellín.

—Todo el mundo piensa que uso camisas de seda extranjera y zapatos italianos pero yo sólo me visto con ropa colombiana –dijo mostrando la marca de los zapatos.

Se tomó un trago de soda para la sed porque la tarde seguía muy calurosa y luego agregó:

—Yo no sé que es lo que tiene la gente conmigo. Esta semana me dijeron que había salido en una revista gringa… Creo que, si no me equivoco, dizque era la revista People… o Forbes. Decían que yo era uno de los diez multimillonarios más ricos del mundo. Les ofrecí a todos mis trabajadores y también a mis amigos 10 millones de pesos por esa revista y ya han pasado dos semanas y hasta ahora nadie me la ha traído…. La gente habla mucha mierda.

Pablo Escobar hablaba con seguridad, pero sin arrogancia. La misma seguridad con la que en compañía de su primo se montó en una motocicleta y se fue a comprar tierras por la carretera entre Medellín y Puerto Triunfo, cuando aún estaba en construcción la autopista Medellín-Bogotá. Después de comprar la enorme propiedad, situada entre Doradal y Puerto Triunfo, casi a orillas del río Magdalena, empezó a plantar en sus tierras centenares de árboles, construyó decenas de lagos y pobló el valle del río con miles de conejos comprados en las llanuras de Córdoba y traídos hasta la hacienda en helicópteros. Los campesinos, aterrados, dejaron durante un tiempo de venderle tantos conejos porque a un viejo se le ocurrió poner a correr el rumor de que unos médicos antioqueños habían descubierto que la sangre de estos animales curaba el cáncer. Escobar mandó a un piloto por el viejo y lo trajo hasta la hacienda para mostrarle lo que hacía con los animales: soltarlos para que crecieran en libertad. Ahora había conejos hasta en Puerto Boyacá, al otro lado del Magdalena.

Igual que con los conejos, Pablo Escobar consiguió un ejército de trabajadores para plantar palmas y árboles exóticos por el borde de todas las carreteras de la hacienda. Las carreteras daban vueltas, e iban y venían de un lugar a otro de forma caprichosa porque ya Escobar tenía en mente la construcción de un gran zoológico con animales traídos de todo el mundo.

Él mismo, durante muchos meses, dirigió la tarea de poblar su tierra con canguros de Australia, dromedarios del Sahara, elefantes de la India, jirafas e hipopótamos del África, búfalos de las praderas de Estados Unidos, vacas de las tierras altas de Escocia y llamas y vicuñas del Perú. Los animales alcanzaron a ser más de 200. Cuando el Instituto Colombiano Agropecuario (ICA) se los decomisaba, por no tener licencia sanitaria, Escobar enviaba un amigo a los remates. Allí los compraba de nuevo y los llevaba de regreso a la finca en menos de una semana.

Durante varios años, Pablo Escobar dirigió personalmente las tareas de domesticar todas las aves, obligándolas con sus trabajadores a treparse a los árboles por las tardes cuando caía el sol. Cosas parecidas hizo con los demás animales, tratando de cambiar la naturaleza y hasta sus hábitos. Por ejemplo, a un canguro le enseñó a jugar fútbol y mandó a traer desde Miami, en un avión, a un delfín solitario envuelto en bolsas plásticas llenas de agua y amarrado con sábanas para evitar que se hiciera daño tratando de soltarse. Luego, lo liberó en un lago de una hacienda situada entre Nápoles y el Río Claro.

En esa época, Pablo Escobar era representante a la Cámara y había sido elegido para ese cargo en las listas del Movimiento de Renovación Liberal que lideraba el senador Alberto Santofimio Botero, seguidor a su vez del candidato presidencial del Partido Liberal, Alfonso López Michelsen. La justicia sólo había proferido contra él una vieja orden de captura que reposaba sin ningún efecto jurídico en un oscuro juzgado de Itagüí. Por todo esto era fácil obtener una entrevista con él. Escobar se codeaba de tu a tu con todos los políticos de entonces y hasta había sido invitado a España por el presidente electo de ese país, Felipe González. En ese viaje lo acompañaron varios parlamentarios colombianos de los dos partidos. La policía española recibió informaciones de infiltrados en el mundo de la droga según las cuales el principal capo del narcotráfico colombiano se hallaba hospedado en un hotel de Madrid. Por este motivo, fuerzas especiales allanaron el edificio y detuvieron por un rato a varios asustados congresistas del Partido Conservador, que se habían acostado temprano. Los senadores, ya vestidos de pijamas, fueron requisados minuciosamente junto con sus equipajes. Mientras tanto Pablo Escobar tomaba champaña con varios amigos y periodistas colombianos en la suite presidencial adonde los había invitado Felipe González.

La entrevista con Pablo Escobar la ordenó Enrique Santos Calderón, columnista del periódico El Tiempo y en esa época director de la edición dominical. La conseguí con la ayuda de un locutor de radio de Medellín que tenía un programa muy popular y que había empezado a trabajar con Escobar como jefe de prensa. El locutor organizó un almuerzo en el hotel Amarú, que entonces era propiedad del primo de Escobar, Gustavo Gaviria.

Durante el almuerzo, Pablo Escobar dio unas breves declaraciones desmintiendo al candidato del Nuevo Liberalismo, Luis Carlos Galán, quien lo había expulsado públicamente de las filas del Nuevo Liberalismo durante una manifestación en el parque de Berrío. En su discurso, Galán acusó públicamente a Escobar de tener nexos con el narcotráfico. Todo esto lo refutó Pablo Escobar ante los periodistas. Luego anunció su candidatura a la Cámara de Representantes por las listas del Movimiento de Renovación Liberal que dirigía el parlamentario Jairo Ortega Ramírez, uno de los lugartenientes más respetados de Santofimio en Antioquia y de López Michelsen en el país. Escobar resultó electo después de una singular campaña en la que sembró árboles por todos los barrios populares de Medellín y construyó e iluminó decenas de canchas polideportivas en los barrios pobres. Además, prometió públicamente a la gente que vivía en los tugurios del basurero de Moravia construir más de 200 casas para que en el futuro pudieran tener una vivienda digna. Después del almuerzo, Pablo Escobar me hizo saber a través de su jefe de prensa, Alfonso Gómez Barrios, que me esperaba en la hacienda Nápoles, en Puerto Triunfo, durante el próximo fin de semana. Los guardaespaldas de Escobar me llamaron al día siguiente y me propusieron encontrarnos en la población de San Luis, a donde yo tenía que viajar para acompañar al entonces gobernador de Antioquia, Nicanor Restrepo Santamaría, a la inauguración de la escuela Juan José Hoyos, que lleva ese nombre en memoria de mi abuelo, un maestro de escuela del oriente de Antioquia.

—¿Cómo hago para encontrarlos si yo no los conozco? –les pregunté a los guardaespaldas de Escobar.
—Tranquilo que nosotros lo encontramos a usted…

Yo, por supuesto, no estaba tranquilo. Había tenido noticias sobre la amabilidad con que Escobar atendía a los periodistas, pero también sabía que todos sus empleados temblaban de miedo cuando él les daba una orden.

Llegué a San Luis poco después del mediodía del sábado. Mientras el gobernador pronunciaba su discurso inaugurando la escuela me di cuenta, muy asustado, de que mi hijo Juan Sebastián, de apenas dos años de edad, había desaparecido. Abandoné el acto y en uno de los corredores de la escuela encontré a un hombre moreno y de apariencia dura cargando a mi hijo. El hombre me miró con una sonrisa. Tenía cara de asesino. Nadie tuvo que explicarme que era uno de los guardaespaldas de Pablo Escobar. De inmediato fui a buscar a Martha, mi esposa, y le dije que ya habían llegado por nosotros. En menos de un minuto abordamos mi carro, un pequeño Fiat 147 que los hombres de Escobar miraron con desprecio. Ellos subieron a una camioneta Toyota de cuatro puertas, con excepción del hombre con la cara de asesino. Él nos dijo que quería acompañarnos en mi carro para que no nos fuéramos a envolatar. Cuando encendí el motor del auto y vi por el espejo retrovisor la camioneta Toyota con esos tres hombres, todos armados, me di cuenta de que estaba temblando. El hombre con cara de asesino trató de serenarme.

—Tranquilo, hermano, que usted va con gente bien…

En seguida abrió un morral que llevaba sobre sus piernas y sacó un teléfono satelital… ¡Un teléfono satelital en esos tiempos en los que en Colombia ni siquiera se conocían los teléfonos celulares!

—Aló, patrón. Aquí vamos con el hombre. Todo Ok. Estamos llegando en media hora.

Cuando cruzamos el alto de La Josefina y empezamos a descender hacia el valle del Río Claro me fui tranquilizando poco a poco viendo por el espejo retrovisor cómo mi hijo jugaba con su madre. Sin embargo, para controlar mejor los nervios le propuse al hombre de la cara de asesino que paráramos en algún lado y nos tomáramos una copa de aguardiente.

—Hágale usted tranquilo, hermano, que yo no puedo. Si le huelo a aguardiente al Patrón, me manda a matar. Nos detuvimos un par de minutos en una fonda junto al Río Claro. Yo bajé solo del carro y me tomé dos tragos. Martha, Juan Sebastián y el guardaespaldas me esperaron sin decir ni una palabra. Lo mismo hicieron los guardaespaldas que venían detrás, en la camioneta Toyota. Llegamos a la hacienda Nápoles cuando ya iban a ser las cuatro de la tarde. La primera cosa que me impresionó fue la avioneta que estaba empotrada en un muro de concreto, en lo alto de la entrada. La gente, que siempre habla, decía que esa era la avioneta del primer kilo de cocaína que Escobar había logrado meter a los Estados Unidos.

Después me impresionaron los árboles alineados en perfecto orden a lado y lado de una carretera pavimentada y sin un solo hueco. Empezamos a ver los hipopótamos, los elefantes, los canguros y los caballos que corrían libres por el campo verde. Mi hijo le dio de comer a una jirafa a través de la ventanilla del auto, con la ayuda del guardaespaldas. A medida que nos adentrábamos en la hacienda íbamos cruzando puertas custodiadas por guardianes. En cada puerta, el guardaespaldas mostraba una tarjeta escrita de su puño y letra por el patrón. Con la tarjeta, las puertas se abrían de inmediato como obedeciendo a un conjuro mágico. Junto a una de las últimas había un carro viejo montado en un pedestal. Era un Ford o un Dodge de los años treinta y estaba completamente perforado por las balas.

—¿ De quién es ese carro? –le pregunté al hombre con cara de asesino.
—Lo compró el Patrón…. Era el carro de Bonnie and Clyde.

Después de atravesar la última puerta cruzamos un bosque húmedo lleno de cacatúas negras traídas del África y otros pájaros exóticos cazados en todos los continentes. Al final estaba la entrada a la casa principal de la hacienda. Bajé del carro, otra vez asustado, y alcé a mi hijo en brazos. Martha abrió la maleta del Fiat y bajó el equipaje. Pensábamos quedarnos dos días de acuerdo con la invitación de Escobar. Lo primero que encontré caminando hacia la casa fue una ametralladora montada sobre un trípode. Me dijeron que era un arma antiaérea. Más adelante había un toro mecánico que un técnico traído desde Bogotá estaba reparando. En la piscina, dos hombres se bañaban. Uno de ellos era un poco entrado en años. Por los uniformes y las insignias que habían dejado al borde de la piscina me di cuenta de que eran dos coroneles del ejército. En ese momento apareció Pablo Escobar. Me saludó con una amabilidad fría, pero llena de respeto por mi oficio y por el periódico para el cual trabajaba. Estaba recién motilado y lucía un bigote corto. En su cara, en su cuerpo y en su voz aparentaba tener aproximadamente unos treinta y tres años. Me invitó a sentarme en una de las sillas que bordeaban la piscina donde los coroneles seguían disfrutando de su baño. Junto a la mesa donde empezamos a hablar había un traganíquel marca Wurlitzer, lleno de baladas de Roberto Carlos. La que más le gustaba a Escobar era “Cama y mesa”. Desde que eran novios, él se la dedicaba a su esposa, María Victoria Henao. Ella estaba sentada en otra mesa, a dos metros de la nuestra, acompañada solo por mujeres. Entonces me di cuenta de que todos los hombres y las mujeres estábamos sentados aparte los unos de los otros. Por los corredores de la casa, un niño de gafas pedaleaba a toda velocidad en su triciclo. Era Juan Pablo, el hijo de Escobar. De vez en cuando, una que otra garza blanca llegaba sin miedo hasta el borde de la piscina a tomar agua con su largo pico. En la mitad de la piscina había una Venus de mármol. En un estadero cubierto que podía verse desde la piscina, había 3ó 4 mesas de billar cubiertas con paños verdes. Varios pavos chillaban junto a la puerta del bar donde un mesero joven vestido de blanco preparaba los primeros cocteles de la noche.

Desde donde estábamos también se divisaba un comedor enorme de unos 20 ó 25 puestos. Los pájaros saltaban sobre la mesa comiéndose las migajas de pan que la gente había dejado sobre los manteles. Mirando desde la piscina, las únicas partes visibles de la casa eran el comedor, los corredores y los salones de juego. Aun costado del comedor había un gran cuarto de refrigeración donde se guardaban las provisiones para los habitantes de la hacienda. El resto estaba detrás: dos pisos aislados del área social de la piscina, donde se hallaban las habitaciones. El cuarto de Escobar, totalmente separado del resto de la casa, estaba en el segundo piso, en el ala derecha. Los demás cuartos, estaban en el ala izquierda. La casa no era excesivamente lujosa. Parecía expresamente construida para las necesidades de Escobar: afuera, alrededor de la piscina, espacios generosos para atender a los invitados. Adentro, silencio e intimidad para su familia y para la gente que quisiera recogerse a descansar.

De pronto se hizo el milagro del que ya hablé: las aves empezaron a subir a los árboles y un resplandor blanco iluminó la casa y sus alrededores.

El primer tema que tratamos esa tarde tenía que ver con política y me reveló de inmediato la agudeza de la mente de Pablo Escobar:

—Ese güevón de Carlos Lehder la está cagando con el tal Movimiento Latino… Cree que se puede hacer política con arrogancia.

Mientras hablábamos, Pablo Escobar no fumaba ni bebía ningún licor. Como yo insistí que la entrevista no era para hablar de política pasamos a otro tema, el de la hacienda.

—Las haciendas –me corrigió– porque son como cuatro…

De ellas, por supuesto la niña mimada era Nápoles. Allí tenía el zoológico, el ganado, los aviones, el helicóptero y una impresionante colección de carros antiguos que había ido comprando a lo largo de su vida. Cuando visitamos el garaje donde los guardaba vi también varios autos deportivos cubiertos con lonas y unas cincuenta o sesenta motos nuevas.

Aproveché el tema de los autos para preguntarle por el carro de Bonnie and Clyde.

—Eso es pura mierda que habla la gente. Ese es un carro viejo que me conseguí en una chatarrería en Medellín. Otros dicen que era de Al Capone…
—¿Y los tiros?
—Yo mismo se los pegué con una subametralladora.

Cuando cayó la noche, Pablo Escobar me dio un paseo por toda la finca manejando un campero Nissan descubierto. Me dijo que su lugar preferido era un bosque nativo que él no había dejado tocar de ningún trabajador. Me contó como había arborizado planta por planta toda la hacienda. Me mostró unas esculturas enormes, de concreto, en las que trabajaba un artista amigo. Pensaban hacer dos enormes dinosaurios cerca de uno de los lagos. Me llevó también al lago de los hipopótamos y me mostró un letrero lleno de humor negro que él mismo había mandado a pintar. Ya no recuerdo la frase pero hablaba de la pasividad y de la peligrosidad de estos animales. También me mostró desde afuera una plaza de toros recién terminada Ya muy entrada la noche, Pablo Escobar me invitó a conocer un proyecto hotelero que según él iba a transformar la región de Puerto Triunfo. Era un pequeño pueblo blanco, de estilo californiano, y estaba situado cerca de la hacienda, junto al poblado de Doradal. Para abandonar la hacienda, Escobar llamó a uno de sus guardaespaldas y le pidió que nos acompañara. Volví a sentir miedo: el elegido había sido el hombre con la cara de asesino.

Llegamos a la aldea de Doradal cuando iban a ser las nueve de la noche. Nos sentamos en el bar y pedimos una botella de aguardiente. El guardaespaldas con la cara de asesino miró a su patrón con asombro. Él nos sirvió el primer trago. En ese momento descubrí que a unos metros había una mesa en la que dos viejos amigos míos conversaban con un par de mujeres hermosas. Uno de ellos me descubrió mirándolas y entonces gritó:

—¿Qué estás haciendo por aquí?

Yo fui a saludarlos. Los dos vivían en Bogotá y por la alegría que reflejaban en sus caras pensé enseguida que andaban volados de sus mujeres. Cuando regresé a la mesa, Pablo Escobar me preguntó quiénes eran mis amigos. Yo le dije:

—Son periodistas.

Él propuso que juntáramos las mesas. Quería hacer política. Tenía que hablar con los periodistas. Entonces empezó una de las conversaciones más memorables que yo he tenido en la vida.

Pablo Escobar habló de su proyecto de erradicar los tugurios del basurero de Moravia, en Medellín, y construir un barrio sencillo, pero decente, para los tugurianos. Después se enfrascó en un montón de recuerdos personales: su paso por el Liceo de la Universidad de Antioquia, donde se robaba las calificaciones de los escritorios de los profesores para que ninguno de sus amigos perdiera las materias. Habló de su primer discurso durante una huelga. Fue en el teatro al aire libre de la Universidad de Antioquia.

El guardaespaldas con la cara de asesino se animó a recordar la misma época, cuando los dos eran estudiantes revolucionarios, antiimperialistas, antigobiernistas, etc, etc… Más adelante Pablo Escobar volvió a hablar de política. Dijo que estaba tratando de conformar un movimiento popular y ecológico que iba a cambiar la forma de hacer las campañas electorales en Antioquia y en el país. Cuando la botella iba por la mitad yo me atreví a poner sobre el tapete el tema vedado: el asunto de las drogas. Pablo Escobar ni siquiera se inmutó y empezó a contarnos en forma animada cómo hacía su gente para contrabandear cocaína hacia los Estados Unidos de América.

En esa parte de la conversación donde, por supuesto, no hubo grabadoras ni libretas de apuntes, Pablo Escobar se puso a dibujar sobre un papel el radio de acción del radar de un avión Awac de los que empleaba la DEA para detectar los vuelos ilegales que entraban a la Florida procedentes de Colombia.

—Las rutas de esos aviones –dijo, refiriéndose a los Awac– también tienen precio… Ya hemos comprado varias. Pero lo mejor es entrar a la Florida un domingo o un día de fiesta, cuando el cielo está repleto de aviones. Así no lo puede detectar a uno ni el hijueputa…

El tema de la conversación nos emocionó a todos. Entonces le dije a Pablo Escobar que yo quería escribir esa historia y también escribir la historia de cómo había empezado el problema del narcotráfico en Colombia.

—Pero hay que escribirla como hacen los periodistas gringos, contando las cosas con pelos y señales –dijo él con tono enérgico–, porque si usted la va a contar como la cuentan los periodistas colombianos, no vale la pena. Aquí los periodistas no son sino lagartos y lambones. Lo que hace que estoy en el Congreso, los redactores políticos no se me arriman sino a preguntarme pendejadas con una grabadora en la mano y a pedirme plata… Yo insistí en el tema. Le dije que quería escribir un libro como “Honrarás a tu Padre”, de Gay Talese, un bello reportaje sobre una familia de la mafia italiana en Estados Unidos. Insistí en que quería contar cómo había empezado la historia de la mafia en Medellín.
—Entonces vas a tener que contar la historia de Ramón Cachaco y de todos esos asaltantes de bancos de los años sesenta. Ellos fueron los primeros pistoleros. Muchos de ellos trabajaron para don Alfredo Gómez López, el hombre del Marlboro. A don Alfredo también tenés que entrevistarlo antes de que se te muera. Él vive ahora en Cartagena. Yo te doy una carta de recomendación para él. La mujer de Ramón Cachaco todavía vive en Medellín. Pero para hablar de Ramón Cachaco hay que contar que asaltaba bancos él solo, a punta de pistola, y que siempre usaba vestidos de paño verde y zapatos blancos, y que le gustaba montar en carros Ford y Chrysler de rines cromados.

Cuando evocó al bandido, Escobar recordó un asalto en el que se escapó de la policía armando un bochinche espectacular, tirando billetes a diestra y siniestra por las calles. A partir de ese momento la conversación se volvió mucho más abierta y más animada y en la medida en que Pablo Escobar veía que no estábamos tomando notas, se sentía cada vez más tranquilo. Por eso contó muchas cosas más que todavía no se pueden publicar en ningún periódico. Mientras tanto, el guardaespaldas con la cara de asesino daba cuenta de la botella de alcohol. Nosotros lo secundábamos a un ritmo un poco más lento. A las dos de la mañana ya todos estábamos borrachos y entusiasmados, pero el más borracho de todos era el guardaespaldas, que se había dormido encima de una mesa. Pablo Escobar y yo lo cogimos de los brazos y lo montamos al carro. Afortunadamente, el hombre era delgado.

Escobar encendió el campero y el tipo se derrumbó sobre la banca de atrás. Cuando íbamos por el camino, Pablo Escobar dijo algo que me dejó helado:

—Escribí el libro. Salite del periódico. Yo te doy una beca.

Llegamos a la hacienda Nápoles casi a las tres de la madrugada. La casa estaba en silencio. Había ranas por todos los rincones. Juan Sebastián, mi hijo, todavía estaba levantado y trataba de capturar una viva. Casi no logro convencerlo de que se fuera a dormir. Escobar y yo llevamos al guardaespaldas hasta la cama. Antes de cerrar la puerta le quité los zapatos.

Al día siguiente, muy temprano, la casa volvió a animarse. En el aeropuerto de la hacienda se oían aterrizar y despegar los aviones. Por los preparativos en la cocina parecía que los invitados de ese día eran muchos y muy importantes. Yo me senté junto a la piscina y me puse a mirar cómo el técnico traído de Bogotá acababa de reparar el toro mecánico. Sabía por la esposa de Pablo Escobar que él no se iba a levantar antes de la una o las dos de la tarde.

—Él siempre se acuesta tarde y se levanta tarde.

El primero que llegó a Nápoles ese día fue el senador Alberto Santofimio Botero. Media hora después llegaron en su orden los congresistas Ernesto Lucena Quevedo, Jorge Tadeo Lozano y Jairo Ortega Ramírez. A ninguno de los otros los reconocí, pero había visto sus fotos en la prensa. Todos se sentaron a tomar whisky bajo unos parasoles en los alrededores de la piscina.

Pablo Escobar no salió a recibirlos sino hasta las dos de la tarde. Cuando se acercó a la mesa donde los congresistas conversaban y bebían en forma animada, todos sin excepción se levantaron como si fuera el 20 de julio y el presidente de la República acabara de hacer su entrada al Salón Elíptico del Capitolio Nacional.

Una hora después, una caravana de carros partía de Nápoles hacia una de las fincas de Escobar situada cerca del Río Claro. La casa era una cabaña de troncos construida alrededor de un lago donde el delfín que él había mandado traer desde Miami lloraba y daba vueltas asomándose de vez en cuando a mirar la concurrencia que lo observaba como si fuera un animal del otro mundo.

Después de una corta visita a la finca del delfín, la caravana de carros se dirigió hacia otra finca situada sobre la margen izquierda del Río Claro. Era otra cabaña de madera escondida en medio de un bosque tupido. Los trabajadores de Pablo Escobar iban y venían por la casa y sus alrededores preparando un fogón donde se iba a asar media res para todos los invitados. De pronto, uno de los guardaespaldas de Escobar bajó por el río manejando un extraño bote que parecía un caballo de agua dulce. El aparato tenía casco de acero y estaba impulsado por una hélice de avión Twin Otter instalada en la cola. El aire que desplazaba la hélice impulsaba el bote por el agua, por los pantanos, por la tierra, como si no existiera para él ningún obstáculo que lograra detenerlo.

—Esto es para atravesar los Everglades y todos esos otros putos pantanos de la Florida –me dijo en voz baja uno de los trabajadores de Escobar cuando notó mi curiosidad por el aparato.

Pablo Escobar ordenó que el bote se arrimara a la orilla y se montó en él como un jinete avezado. Uno de sus hombres le cubrió las orejas con unos tapones de corcho para que el ruido del motor de la hélice no lo ensordeciera. Los congresistas fueron invitados a abordar e aparato. Ellos lo hicieron en orden: primero Santofimio, después Lucena y por último Jairo Ortega. Tadeo Lozano se quedó en la orilla. Apenas me vio observándolos desde la orilla, Escobar me hizo señas con la mano para que les tomara una foto. Yo disparé mi cámara, entre sumiso y regocijado. Los congresistas se asustaron cuando vieron la cámara.

Pablo Escobar les dio un paseo por el río. Cuando regresaron, llamó aparte a Alberto Santofimio Botero y le dijo:

—Venga, doctor, le presento a un amigo. Él es periodista de El Tiempo. Santofimio me dio la mano a regañadientes, tragando saliva y sin mirarme a la cara.
—¿Y usted qué está haciendo por aquí hombre? –me preguntó con un gesto de disgusto.

Yo le contesté:

—Lo mismo que usted, doctor…

A renglón seguido Pablo Escobar tomó en sus brazos a mi hijo Juan Sebastián e insistió en que les tomara una foto. El asado terminó poco después de las cinco de la tarde. Me despedí de Escobar y de su guardaespaldas con cara de asesino y regresé directamente a Medellín sin volver a la hacienda Nápoles, donde los aviones iban a recoger a los congresistas y al resto de los invitados.

Al día siguiente fui a la oficina del periódico y llamé por teléfono a Enrique Santos

Calderón.

—¿Como le fue? –me preguntó.
—Muy bien –le  contesté entusiasmado.

En forma breve le conté algunos episodios de la historia. El se rió cuando escuchó ciertos pasajes. Después me dijo:

—Yo creo que podríamos publicar el reportaje el próximo domingo.

Esa misma tarde la revista Semana empezó a circular con un reportaje sobre Pablo Escobar titulado “Un Robin Hood paisa”. La nota era producto de la ofensiva de relaciones públicas que habían comenzado a desplegar los hombres de Escobar y destacaba las cualidades humanas y filantrópicas del nuevo congresista antioqueño elegido en las listas del Movimiento de Renovación Liberal. El escritor del texto decía poco más o poco menos, que los pobres de Medellín por fin habían encontrado su redentor.

Al día siguiente toda la prensa del país se vino en contra de Semana. Un día después, en su editorial, Hernando Santos, en el periódico El Tiempo, recriminó a Semana en términos muy duros y dijo que reportajes como ese sólo contribuían a glorificar a los capos del narcotráfico.

Al mediodía recibí una llamada urgente de Enrique Santos Calderón.

—Olvídate del reportaje con Pablo Escobar….. ¡Y te pido por favor que jamás le vayas a mencionar este asunto a mi papá!

Mi reportaje nunca fue publicado y quedó convertido en unas cuantas notas apuntadas en una libreta que luego perdí. Las fotos de los congresistas quedaron muy bien. Yo las guardé celosamente durante varios años. Mientras tanto en el país las cosas de la política se volvieron cada vez más sórdidas debido al dinero que entraba a montones a las arcas de los partidos por cuenta de los traficantes de drogas. Durante el gobierno de Belisario Betancur, la situación se tornó más tensa cuando el ministro de Justicia Rodrigo Lara Bonilla decidió enfrentarse públicamente con Escobar, luego de ser acusado de recibir dinero de la mafia. Un tiempo después, Lara Bonilla fue asesinado y un juez de la República dictó auto de detención contra Pablo Escobar y otros capos del narcotráfico por su posible participación en el asesinato del ministro.

Desde entonces, Escobar desapareció de la vida pública. Aunque lo intenté varias veces, con la idea de que me contara unas cuantas historias más, no pude volver a verlo. Luego vinieron la pelea con el cartel de Cali, las bombas, los asesinatos de policías y toda esa larga historia de terror que rodeó a Escobar por el resto de su vida, hasta el día en que fue acribillado a balazos por un comando del Cuerpo Élite de la Policía Nacional, el 2 de diciembre de 1993, un día después de su cumpleaños.

En el restaurante más caro de Etiopía las copas de vino son de plata y los cubiertos son dorados. La cuchara, el tenedor y el cuchillo parecen bañados en un oro que encandila. Tal vez, por eso hay tantos guardias de seguridad en la puerta: un salero debe costar más que un sueldo promedio en el país más pobre del mundo según el Banco Mundial (en una medición que combina el PIB, el valor de los activos, el capital humano, la producción y los intangibles de cada nación). El lugar queda dentro del Hotel Sheraton Addis, una pequeña ciudad lujosa dentro de la gran capital de la hambruna. Se trata de una enorme fortaleza, amurallada, donde las habitaciones están sobre los 300 euros y ya está lleno por varios meses. La mayoría de los funcionarios internaciones o empresarios o invitados del gobierno se quedan en este hotel, que tiene de todo lo que debe tener una ciudadela boutique. Dentro de sus varios restaurantes hay uno llamado Shaheen, que ofrece “elegante comida de la India”. El Shaheen es el restaurante más caro del país más pobre. Cuando entro, dos mujeres vestidas con trajes de la India, me dan la bienvenida, me corren la silla, me traen el menú.

Un guardia, con audífono en la oreja y que seguramente está armado, te conduce amablemente al Shaheen. Cuando ingresas al lugar más caro de la ciudad no piensas en el país más pobre. El sitio no es muy amplio, la mitad de las mesas están desocupadas y hay un enorme vidrio tras el cual se puede ver a un habilidoso cocinero preparando los platos de comida india.

En la mesa de al lado hay una pareja de rusos gordos que se ríen a carcajadas. Más allá un solitario hombre de negocios, que parece de la India, bebe una sopa típica de Bombay con su cuchara bañada en oro. En una de las paredes hay un estante con vinos de Francia. La luz es baja, encienden velas en candelabros de plata y toda el agua que se ofrece es embotellada en Europa. Si no fuera por la exagerada ostentación, podría ser un típico restaurante bueno y caro de Nueva York o París, pero estoy en Etiopía.

Me sirven el vino en la copa de plata, y antes de que lleguen los platos, recuerdo que el alimento no es solo placer gastronómico. La comida sirve para satisfacer el apetito, las funciones fisiológicas, regular el metabolismo corporal y mantener la temperatura corporal. La comida es indispensable para el ser humano, y cada vez más escasa en un mundo donde comienzan a faltar los alimentos. Pero cuando finalmente la comida llega, me olvido de esas necesidades básicas y me dedico a comer por placer. A degustar, minuciosamente y con gusto, cada diferente sabor que cae sobre la mesa. Como, masticando lento y pausado y disfrutando cada plato de comida india. Como, sabiendo que hay pocas cosas tan placenteras como la comida. Y pocas tan injustas.

Me sirvo otra copa de vino, y otra, y agrego un nuevo plato, y otro. La cuenta final parece la alineación de un equipo de fútbol indio: un Mun Makahanwalla, un Tandoori Tang, un Subzi Pulao, un Garlio Naan, un Biebal Ki Handi. Todo eso, más una botella de vino etíope Axumit, no supera los 70 dólares. Una fortuna, para el etíope promedio: un alquiler en el centro de la capital puede salir por 30 dólares y un campesino del interior puede ganar 4 dólares semanales, lo mismo que el agua mineral sin gas que pido al final, sin mucha sed.

* * *

Cuando uno cruza la puerta de un restaurante caro, quedan afuera los niños mendigos, los viejos mutilados, las mujeres con poliomielitis, las moscas gordas, la miseria y, fundamentalmente, el hambre. Adentro, uno se siente a salvo del bombardeo mental que significa recorrer la ciudad. En un país azotado por la hambruna, como Etiopía, los buenos restaurantes funcionan como refugios antiaéreos. Un búnker en mitad de la guerra existe para resguardar a los de siempre: altos funcionarios internaciones y a esa parte de la élite local que aún no deja el país. El mismo tipo de personajes que veo en las mesas vecinas esta noche en el restaurante Ghion, otro de los restaurantes caros del país del hambre.

El Ghion es el restaurante más caro de los que se dedican a la comida etíope. Por eso, todo lo que a uno le sirven, viene acompañado con un show folclórico compuesto por cinco músicos y cuatro bailarines: dos hombres y dos mujeres que se cambian de trajes y saltan risueños mientras nosotros comemos. Cerca del escenario, tres tipos de corbata (un etíope con traje italiano y dos europeos) hablan de negocios y brindan con vino francés y uno saca fotos del show con su iPhone. Los bailarines son delgados como una bicicleta y se mueven de manera nerviosa, con movimientos rápidos y bruscos, al límite de terminar con el codo dislocado o un hombro salido. Entre los garzones, que siguen transportando bandejas con comida, hay una mujer de traje negro y peinado de trenzas que se acerca para tomar mi pedido:

—Le recomiendo esto— me dice, con acento de inglés para turistas, indicando con su dedo largo un Doro Wat.

El restaurante Ghion está dentro del hotel Ghion, un cinco estrellas estatal, que se vende como “The garden palace of east Africa”. Dentro del local, adornado con largas cortinas blancas y donde se huele incienso, no hay mesas. En Etiopía, un país con su propio alfabeto, su propio horario y su propio calendario, no es de extrañar un restaurante sin mesas. Tampoco hay cubiertos. Tradicionalmente, los etíopes comen con las manos, entre varios, y sobre una gran tortilla llamada injera. La misma mujer que me toma el pedido vuelve a los pocos minutos con una gran jarra, la inclina, y deja caer agua para que me lave las manos. Al rato, comienza la comida con un procedimiento simple: te ponen frente a ti la injera, una suerte de crèpe gigante hecha con un cereal etíope que se llama teff, y sobre ese mantel esponjoso y comestible van depositando lo que pediste. Ya sea una carne picante, un saltado de verduras o una preparación de pollo, el Doro Wat. La idea es que todos los que están sentados alrededor de esta gran tortilla, vayan cortando pedazos de injera para hacer unos tacos con la comida. La gracia de comer comida típica entre extranjeros te puede salir por unos 50 dólares. Y con 50 dólares en Addis Abeba se pueden comprar 25 entradas, de la tribuna preferencial más cara, para un partido del Campeonato Nacional de Fútbol de Etiopía.

En eso estoy, destrozando la gran tortilla esponjosa para atrapar el pollo con tomates, cuando los músicos comienzan una nueva canción. Los bailarines parecen poseídos, saltando hasta dislocarse, ejecutando una tradicional danza dedicada al agua: las sequías prolongadas habituales en Etiopía —y que repercuten en malas cosechas— son una de las razones de tanta hambruna. Antes que termine el baile, y que me termine el pollo, entran al restaurante un grupo de cuatro parejas de italianos cargando niños africanos que seguramente acaban de adoptar. Uno de ellos filma todo, le habla a la cámara, y enfoca a su mujer que besa con entusiasmo a la niña de dos años que lleva en brazos. Afuera del restaurante, afuera del búnker, está el país con el mayor número de niños huérfanos del planeta.

* * *

En Etiopía no hay muchos restaurantes de comida típica. Seguramente, porque casi no hay turistas, la gran masa consumidora de platos típicos. Dentro de los destacados está el Teshomech Kitfo House y Carnivore’s restaurant, pero la gracia del restaurante de Ghion es que además de tener buena fama en su comida, tiene un espectáculo de danza típica.

Después de un rato de comer con la mano esta tortilla esponjosa sobre la que han esparcido pequeños guisos picantes, uno ya está manchado. Las manos, alrededor de la boca, la servilleta y tal vez algo del pantalón. Otros platos destacados, de una comida basada en la simpleza de meter todo sobre la tortilla son: el Kifto, carne de res cruda y condimentada y cortada en pedacitos, que es la forma más popular de cocinar la carne en el país; y el picante Hummus de garbanzo con cebolla. En el menú, donde se ven pocos platos, bordean los 12 dólares. En general, la comida etíope no tiene mayores pretensiones y en la carta no hay aperitivos ni postres. Sin embargo, en otros lugares está convertida en todo un éxito.

Mientras las Naciones Unidas tiene a Etiopía como uno de los países con alarmante falta de alimentos y siempre dispuesto a aumentar su porcentaje de hambruna, en ciudades como Nueva York, Londres o París, la comida Etíope cada vez está más de moda. Hace poco se abrió un restaurante en Madrid, en Berlín hay varios y en DF algunos habitantes de paladar exótico claman en los foros gastronómicos para que pronto llegue “un etíope a La Condesa”. El restaurante Queen of shebba, uno de comida etíope en Manhattan, fue elegido el año pasado entre los mejores de la gran manzana. Y hace varios años que Marcus Samuelsson, un chef nacido cerca de Addis Abeba, está considerado por The New York Times dentro de los mejores cocineros de la ciudad.

Dentro del restaurante se huele el aire cosmopolita que tiene esta comida en el primer mundo. Una pareja de novios canadienses, que parecen saber que Etiopía hoy es un destino cool entre “viajeros vanguardistas”, se preparan bocadillos de injera con la delicadeza de expertos. Fuera del restaurante, del búnker que nos mantiene a salvo del bombardeo, claramente la realidad de la comida etíope es otra.

De los 75 millones de habitantes que tiene el país, más de 15 millones están bordeando la línea de la hambruna. A esto hay que agregar la crisis mundial de alimentos que vive el planeta. La Organización de las Naciones Unidas para la Agricultura y la Alimentación (FAO) estima que unos 1.500 millones de personas en el mundo sufren de hambre y desnutrición, y Etiopía es una de las naciones que lidera el ranking. Si la comida sigue subiendo de precio, su tendencia en los últimos meses, la consecuencia lógica será que aumente la cifra de miles de personas que mueren al día a causa del hambre. Stop. Disculpen, pero quiero frenarme en esa última frase: “Miles de personas mueren al día a causa del hambre” es una oración que ya no dice nada, tal como no dicen nada “Se están quemando nuestros bosques” o “Salvemos las ballenas”. Pero, por un momento, detengámonos en esa frase: Miles de personas se mueren, cada 24 horas, por no tener nada para comer. Esas miles son 25.000 al día, 750.000 al mes. A partir de hoy, y en apenas seis años, morirán de hambre en el mundo la misma cantidad de personas que toda la población de Colombia.

No es que morirán en una guerra, ni que los picará una víbora, o les explotará una bomba, o los contagiará una epidemia o los aplastará una ola gigante: morirán por no tener comida. Morirán oxidados, como quedan los autos en aquellas ciudades donde ya no llega el combustible. Morirán, como siempre sucede cuando no hay alimentos, con los ojos hundidos y la boca abierta.

Estos días en Etiopía he visto el hambre muchas veces, pero no la he sentido ni de cerca. Los médicos dicen que para sentir hambre, verdaderamente hambre, hay que pasar al menos 14 horas sin ingerir alimentos. Y en esta historia, la de comer en Addis Abeba, nunca ha pasado un par de horas sin que coma algo. He comido mientras me contaban la historia del emperador etíope Haile Selassie, el único rey africano de la historia y en quien se inspiró la fundación del movimiento rastafari y la música reggae. He comido mientras una enfermera belga me decía que este país es el que tiene el mayor número de ONG humanitarias del planeta, y me lo decía en una pizzería donde casi todos eran empleados “humanitarios”. He comido recordando que las únicas veces que sentí verdaderamente hambre en mi vida fue en Barcelona, donde nunca pasé un día completo sin comer. He comido mientras recordaba que el Chavo del ocho siempre tenía hambre, pero que nunca le faltaba algo para meterse a la boca: incluyendo un pescado vivo de la pecera de don Ramón. He venido a comer por trabajo, y he comido en lugares lujosos, exclusivos como pocos, y que sin embargo son baratos en precios internacionales: la comida típica del Ghion me salió por 40 dólares, lo mismo que un sueldo de cajero en Addis.

* * *

Por estos días, Etiopía sigue celebrando la llegada del nuevo milenio. Basta un recorrido por el centro de la capital, repleta de edificios eternamente a medio cons(des)truir, para sorprenderte por la cantidad de afiches oficiales saludando la llegada del año 2000. No es una broma. Etiopía puede ser visto como un ejemplo del atraso, pero es un dato objetivo que ellos recién viven la llegada del nuevo milenio.

—Tenemos nuestro propio calendario, en años y en meses. Nosotros tenemos 13 meses— me dice orgulloso Alemayehu, el empleado de una empresa de buses para turistas, flaco y largo como el famoso fondista etíope Abebe Bikila. Pero Alemayehu no corre. Y se toma las cosas con calma: son muy pocos son los turistas que llegan hasta aquí, y menos son los que contratan su servicio.

Como muchos etíopes, el flaco Alemayehu tiene la piel negra y los rasgos árabes. Mueve las manos cuando habla, y trata de decir las cosas educadamente. Tiene 32 años, no conoce ningún otro país africano, y con los 140 dólares que gana le alcanza para arrendar un departamento para él solo, comprarse una corbata al año y comer bien.

—Yo sé que tenemos una mala imagen en el extranjero. Que se dice que en Etiopía hay muchos enfermos, mucha hambruna, muchos niños desnutridos. Eso es cierto, pero también es un poco exagerado. No somos solo eso. Etiopía tiene muchas otras cosas para ofrecer— dice, con la heroica defensa de cualquier hijo de vecino cuyo país tiene un estigma mundial.

Me habla de religión, de parques naturales, de tribus en el interior del país, del café (cuyo origen mundial está en Etiopía), y remarca que Addis Abeba es considerada una de las primeras ciudades de la civilización. De hecho, en el Museo Nacional de la ciudad, está Lucy, considerada la momia más antigua de la historia.

Sin embargo, hay otro dato que más enorgullece a Alemayehu y al resto de los etíopes: nunca fueron colonia de nadie.

—Nunca, nunca, nunca fuimos conquistados. Somos el único, el único país de todo África que nunca fue colonia. Italia nos intentó conquistar, pero los expulsamos. Y después, durante Mussolini, ellos ocuparon el país unos pocos años. Pero nunca fuimos conquistados, nunca fuimos colonia— la calma de Alemayehu se transforma en desbordado entusiasmo. La ciudad parece arrasada, el país vive en constante bombardeo por la hambruna, y ahí esta él, como muchos etíopes, defendiendo el orgullo de ser parte de este lugar en el mundo. Rescatando, pese a todo y con energía, ser verdaderamente un etíope.

—¿En los colegios les hablan mucho de que Etiopía nunca fue colonia de nadie?

—Mucho. Siempre lo recuerdan. Siempre está presente— y deja clavada en su cara una sonrisa que dura varios segundos, hasta que se vuelve a empinar la Coca – Cola.

Estamos en el restaurante-bar de la piscina del hotel Hilton. Cada uno pidió un Club Sándwich, con abundantes papas fritas. En la piscina hay dos chicas en bikini que hablan en inglés y parecen ser las novias de algún funcionario internacional que se aloja en el hotel. En la capital de Etiopía la mayoría de los extranjeros prácticamente vive en los hoteles. El Hilton de Addis, por ejemplo, tiene adentro un supermercado con productos importados, para que cada funcionario internacional o miembro de la elite local que aún no se va del país, haga su propio búnker en casa. La comida de los dos sale en 30 dólares.

Dos horas antes de llegar al bar de la piscina había estado comiendo. Por eso, dejo la mitad del club sándwich en el plato. No porque tenga mal sabor, sino porque no doy más de tanto alimento. Tal vez, de vuelta a casa, debería ponerme a régimen. Desde que estoy en Addis, la capital de la hambruna, casi no he parado de comer.

Por algún momento, un extraño momento, pienso que sería bueno envolver esa mitad de club sándwich para regalárselo a alguno de los niños con hambre que están afuera del hotel pidiendo limosna. En Latinoamérica, donde también está lleno de niños hambrientos que piden limosna, hay muchos que consideran su gran labor contra el hambre envolver las sobras del restaurante en una servilleta y regalárselas al chico que nos cuidó el auto. Pero aquí es diferente. Sentir que estamos construyendo un mundo mejor por regalar las sobras aquí, al menos, parece ineficiente. Supongo que, dadas las circunstancias, el camino más efectivo para que estas sobras lleguen a la gente es dejarlas en el mismo plato.

No es algo que se me ocurra, ni de ahora. Ya lo contaba Ryszard Kapuscinski en su libro El Emperador, donde relata la vida del emperador etíope Haile Selassie. Ahí cuenta Kapuscinski de una reunión de presidentes africanos en el palacio imperial de Addis Abeba, a mediados de los 60. Describe una fiesta de la abundancia. Muchos miles de dólares se le había pagado a la famosa cantante Miriam Makeba, la voz de “Pata Pata”, para que entretuviera a las autoridades y periodistas acreditados durante esa gala adornada con cerros de comida. En eso, el periodista polaco sale un segundo del palacio, y escucha un ruido extraño colina abajo: “En la profundidad de la noche, hundida en el barro y bajo la lluvia, se apiñaba una turba de mendigos descalzos a los que arrojaban las sobras de las bandejas los que trabajaban en el barracón fregando platos y cubiertos”.

* * *

Uno podría pensar que África es un invento de la televisión. Que más que un continente, es obra de esa gran y millonaria religión llamada “caridad”. Un truco, una leyenda, por la que hacemos conciertos y campañas y grabamos discos en el mundo ¿Y si África en realidad no existe? ¿Y si esos niños desnutridos no son más que muñecos a control remoto, construidos especialmente para dar miedo y lástima, y que han sido filmados en un desierto cerca de Los Ángeles? ¿Si es todo un invento para que, finalmente y en comparación a esas imágenes, nos sintamos afortunados? Tal vez sea así, y eso explique el porqué África siempre ha estado ahí, incomodándonos a todos, pero ahí se queda.

La noche que fui al Shaheen, el restaurante más caro de Etiopía, las calles de la ciudad estaban a oscuras, y en muchas esquinas se veían bultos que seguramente respiraban y tenían ojos. Iba rumbo al restaurante más caro del país más pobre, y en el trayecto pasamos por un gigantesco edificio del Ministerio de Agricultura, porque Etiopía existe, claro que existe, igual que África. Y desde el taxi se veía casi lo mismo que en cualquier capital latinoamericana, pero muy exagerado y sin salsa ni reggaetón.

Después de la larga comida, junto a la cuenta me dieron una invitación para una fiesta de los años 80 en la discoteca del hotel. La noche prometía. En la puerta de la discoteca, había dos guardias y una pareja de franceses jóvenes que le discutían algo. Pasé mi invitación, y el guardia me detuvo en seco: “Usted tampoco puede pasar”, me dijo, y apuntó a los pies antes de decir: “¡Solo con zapatos de vestir!”. Fuera de ahí, en el país bombardeado por la hambruna, la mayoría de los niños andaban descalzos.