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Más de dos mil mujeres faenan, mariscando, en la ría de Vigo. El fruto es, sobre todo, el croque o berberecho y la almeja con todos sus sabrosos travestismos: fina, babosa, japonesa, rubia, bicuda. Y también navaja, carneiro, reló, zamburiñas, ostras, ostión… Tribus de moluscos que se ocultan o mimetizan en los fondos cuando el mar se repliega. Y entonces llegan ellas para arañar o cavar en el lecho, con sus pequeños rastrillos o con azadas. Calladas, encorvadas hacia la arena, moviendo enérgicamente los brazos a contrarreloj, la mirada concentrada como si cada bivalvo fuera un pequeño grano de oro.

La luna es la diosa. Cuando la luna se llena con cara feliz de madre clueca, como un melocotón en almíbar, se abren como nunca las carnes de la ría, mareas bajísimas, y el arenal se ofrece como una bandeja promisoria para las madres del mar. Las mareas milagrosas son en tiempo de plenilunios de Pascua (Ramos y Ceniza), y también son buenas las de San Martiño, que era amigo de los astros. Hay un libro de ancestros ahí arriba, en la bóveda de la ría, en el que las madres leen con la exactitud de una tabla de mareas.

Hay días, como hoy, en que la diosa luna anda huida. Al amanecer, por la boca de la ría, cabalgando sobre las islas Cíes, han entrado jinetes oscuros, nubarrones tremendos, que ponen el mar del revés e inyectan hasta el tuétano de los huesos una humedad antigua, de líquenes y reuma. Ellas han bajado igual.

Las de Moaña son seiscientas. Las madres del mar mejor organizadas. Faenan todo el año porque han puesto fin al imperio de los intermediarios, se han marcado cuotas, evitan la esquilmación y siembran y cultivan el mar como un labradío de común. Vienen del litoral pero también, en grupos parroquiales, de las aldeas de los montes del Morrazo: Berducedo, O Cruceiro, Abelendo, Domaio, Meira, O Caero, O Latón, O con. Bajo la tormenta, por caminos de anfibios, con las ropas de agua y los pertrechos, envueltas en jirones de niebla, parecen extras de una película de ciencia-ficción.

Pero son tan reales que traen la casa a cuestas.

Carmen Otero, por ejemplo, ha venido desde Barbucedo. Anda por los cuarenta y pico. Su marido trabaja de peón. Le pagan poco. Carmen se ha levantado a la hora de la lechuza, cuando Vigo, la urbe atlántica, varada allá enfrente, parece aún la Gran Nave Galáctica de las Almas en Pena, una Santa Compaña de fluorescencias y neón. Después de rastrillar los campos marinos, con sus croques y almejas, se irá a labrar la tierra del maíz, con la ayuda de su burro Rubio, compañero de fatigas agrícolas desde hace siete años. No tiene tiempo para hablar. Cuando termina el pesaje, sale a paso apurado hacia la aldea.

—¿Entrevista? ¿Por qué no entrevistas a la princesa Lady Di?
—Me gusta más usted.
—Mira, neniño, no estoy para charlas. Tengo que trabajar la tierra, alimentar a los animales, hacer la comida…
—¿Qué va a hacer de comer?
—Pollo. Pollo y patatas.
—¿El pollo es de casa?
—¡Claro!
—¿Lo mató usted?
—No. Yo no soy capaz. Me da pena. También los corderos me dan pena. Lo mató mi hijo. Le hace un corte aquí, por el cuello, y ya está… Además, ¿a quién le importa quién mató el pollo?
—¿Comen marisco?
—Croques sí. Almejas, no. Con lo que te dan por un kilo de almejas puedes comprar cosas más necesarias.

Miro sus orejas agujereadas, el lugar de los pendientes. No sé por qué, pregunto: ¿Hay algún regalo que recuerde con especial cariño?

—Nunca me han regalado nada, ¿terminamos?
—Espere. Sólo una pregunta. ¿Le cuenta cuentos a su nieta para dormirla?

(¡Bien! He conseguido que sonría y le brillen los ojos).

—No. Es ella quien me los cuenta a mí y me duerme. Tiene cinco años. Se llama Duvinila…

También cuida de una nieta, Amelia, de A Paradela, un lugar bajo el monte Agudelo. La visión de la niña, peinarla, le hace feliz. Es la cría de una de sus tres hijas. La tuvo de soltera. “Mejor así, en casa”, dice con su mirada azulada, como si le aliviase saberla libre de un destino no querido. Y en la aldea ha dejado “desayunado” un pequeño mundo animal: dos terneros, un burro, dos cerdos, gallinas y ovejas. El marido está embarcado. Por las Malvinas, antes. Ahora, por el Mar de la Plata.

Es el caso de muchas de ellas. Casadas con pescadores, con hombres del mar. Algunos cerca, en la árdora, en la bajura. Otros, a cientos o miles de millas. En el Banco Sahariano, en el Gran Sol, en Terranova, en las Malvinas, en el Índico. Adiós, un beso, hasta dentro de cinco meses. En fin, para qué contar.

Las lumbalgias. Ésa es la dolencia más frecuente, dicen los médicos. Ellas lo expresan, sin quejarse, echando las manos a la espalda. Hay otra, un eufemismo, “los nervios”. Evitar que los nervios se metan en la cabeza, ése es el desafío cuando la vida se presenta en forma de alimaña y enseña los dientes.

La lumbalgia puede ser también una metáfora. He visto radiografías de la columna de mujeres mayores que arrancaron sobre la cabeza pesos de hasta ochenta kilos. Las cervicales parecían nudos de un castaño centenario. Sus espaldas han soportado el peso del mundo.

Así deben de ser las vértebras de María. María Collazo, de sesenta y tres años, comparte el marisqueo con el cultivo de flores para vender. De los berberechos y la almeja se va a ala margarita reina, las cinias, las dalias y las siemprevivas. “Cuando rastrillo en la playa o rareo en la hierba, pienso mucho en lo que fue mi vida. Y tengo ganas de descansar”. Viuda, tiene todavía un hijo a su cargo. “Es bueno, pero a veces le vienen rarezas a la cabeza, dicen que es porque se tragó el parto antes de nacer”. María tiene una pierna de palo, por una gangrena de la infancia. “En casa tengo una ortopédica, pero no me da gracia al andar”. Esta que lleva es de madera de nogal. Se la hizo un carpintero de Tirán. “También mi hijo sabe hacerlas, es muy mañoso para todo. ¡Ay, si no tuviera esas rarezas!”.

Ahora, viéndolas inclinarse bajo la tormenta, sigue dando la impresión de que si estas mujeres desfalleciesen todo el universo de la ría se haría añicos como una fuente de porcelana. Fueron ellas, en Moaña como en otras partes de las Rías Baixas, las que hicieron frente a la meiga azul, a la heroína, que embrujó a tantos jóvenes. Es vital su salario neolítico, arrancando a la mar y la tierra. Y las que tienen el hombre en el mar tratan de tejer los lazos afectivas, sosteniendo los hilos macho y hambre, de padre y madre.

Alicia notó los dolores del primer parto cuando mariscaba en esta playa de Moaña, a las 9.30 de la mañana. Su marido, marinero de la mercante, pudo volver cuando el niño daba ya los primeros pasos. Ella se había casado a los dieciséis años. El banquete, para quince familiares, fue un caldo de tocino. No hubo foto de boda. A la mañana siguiente se fueron a la ribera, a mariscar. Alicia fue guardando su parte para pagar la cama de matrimonio. Sabía lo que era el trabajo. Había ido seis meses a la escuela y de noche. Jornadas interminables en fábricas de conservas. Descargas en el Berbés de Vigo, con la patela (cesta grande), a la cabeza. Cuando aquella primera larga ausencia del marido, con el primer hijo dentro, reparó horrorizada en que no tenía ninguna foto suya. Fueron veintidós meses. “Pasaba las noches recordando sus rasgos, imaginando su cara”. En aquella experiencia, aprendió algunas cosas decisivas. “En la casa de los marineros, debe estar bien visible la foto del padre. Las madres deben enseñarles a los hijos el rostro del padre, hablarles de la dureza de su trabajo, que sepan lo que cuesta ganar el dinero. Y las madres tampoco deben meter en su cama a los críos, porque si lo hacen los pequeños verán en el padre a un intruso, alguien que llega y los expulsa del calor de la madre”.

Alicia Rodríguez tiene ahora cincuenta y un años, cuatro hijos y cuatro nietos. Es cabeza y alma en la organización de las mariscadoras de Moaña. Podría hacer también de portavoz de los trabajadores del mar. Navegó en ocasiones con su marido y sabe lo que es de verdad un temporal. “Se escoraba el barco y te decían “cuenta hasta seis segundos, si no se endereza, nos hundimos”. Sus meses de escuela nocturna los ha suplido con una permanente ansia por saber. Asiste a todos los cursos para gente del mar, el último de radiotelefonista. Hasta hace unos pocos años, los frutos de la ría eran monopolio de unos pocos compradores, y lo sigue siendo en otras partes de Galicia. El primero de octubre se abría la temporada, bajaban familias enteras a la ribera, miles de personas que vivían la ficción de llenar sacas de berberechos. Los precios eran de risa. A los pocos días, ya no quedaba nada que rastrear.

“Había una mafia y la tiramos abajo”, dice Alicia, que combina la dulzura de los sentidos con una firmeza granítica.

Costó sangre, sudor y lágrimas. Los conflictos en la ría no son una broma. Alicia recuerda perfectamente el día en que decidieron hacer frente a aquella gente. Había un tratante de chaquetas de cuero y anillo de oro macizo. Decía: “A ti te compro, a ti no te compro…”. Ella le dijo: “No abuses tanto”. Él echó una carcajada: “¡Esta tonta de qué va”. Aquella frase surtió el efecto de una capanada de ira justiciera en su cabeza. Al año siguiente, las mariscadoras se conjugaron. Ni una palabra, ni siquiera en casa. Cuando llego el primero de octubre, dijeron a los compradores: “Nada de mangoneos. A cotizar en lonja, libremente”. Fue la guerra. Amenazas. Zarandeos. Presiones de todo tipo, con políticos del poder conservador por medio. Alicia perdió kilos. Pero las mujeres, las madres del mar, ganaron la batalla del amor propio. “Que nadie nos pisotee. Se acabó”.

Luego vino el resto. Las largas vigilias de vigilancia en las playas. La limpieza y siembra de los arenales. La distribución de cuotas para que seiscientas mujeres, durante todo el año, pudieran tener unos ingresos permanentes. Influir en el mercado: ajustar las capturas según los precios. El sueño siguiente, la utopía que les ronda, es una cooperativa y poder comercializar los propios productos.

En realidad, la ría está llena de heroínas, más anónimas si cabe dentro del traje de aguas, absolutamente indiferentes a toda vanidad mediática. Una foto, una pregunta periodística,no valen un berberecho. Y el mar no para. Va y viene, abre su vientre nutricio y lo cierra implacable.

La historia de Rosa Peréz, cuarenta y siete años, no es antigua, es de ahora, pero parece un cuento de Dickens. A la edad de jugar con las muñecas, Rosa trabajaba en una cordelería en jornadas de tantas horas como años tenía: diez. Y ése era el suelo: diez pesetas. A los doce años cambio de empleo: una fábrica de conservas. Se hizo moza, en los tiempos de la yenka, de Adamo y el Dúo Dinámico. Pero también en la época de las excursiones que acababan en conclaves clandestinos en bosques y playas, donde alumbraba el rechazo a la dictadura de franco. La península del Morrazo fue siempre tierra indómita y Rosa era de esa estirpe. “Yo era rebelde”. Se casó a los veintitrés años. Dos hijas muy seguidas. Se separó de su marido y tuvo que sacar sola adelante a su camada. Y lo consiguió. “Fue duro, no estaba bien visto en aquel tiempo que te separaras”. Llego a trabajar en las obras, conduciendo una hormigonera.

Rosa, desde la infancia, nunca dejo de ir a mariscar a la ribera cuando llegaba la temporada.

“Es un recurso pero también es algo que te engancha. Hubo un tiempo en que estaba visto como cosa de los muy pobres. Pero ahora, cuando ha pasado el espejismo de las vacas gordas, ha recobrado valor. A las mujeres les estima. Es tu cosecha. La ría es como una madre que nos protege”. María Olivia, de treinta y cuatro años, huérfana de un pescador que naufragó en el Cabo de Home, lo tiene claro: “Prefiero cien veces la ría que ir de criada a Vigo”. Amalia, de veintisiete años, es lectora de Tolkien (El señor de los anillos) e hizo salto de altura y atletismo. La ría es ahora para ella el espacio de una maratón interminable.

Hay ancianas que miran por la ventana a la ribera y sienten punzadas de nostalgia.

La madre de O`Caramuxo, una de ellas. Le enseño a coger el longueirón (especie de navaja), un arte muy difícil. Hay que ir pisando fuerte en la arena, distinguir un minúsculo agujero que se abre y, como el rayo, meter a modo de horquilla los dedos índice y corazón. O`Caramuxo es capaz de capturar 300 longueirones. Ha habido auténticos fenómenos en la ría, como Lolo da Viuda, Lolo de Paz o Luis de Maxímo, que cogían hasta mil, pero eso pasó cuando el mundo era mundo. Ahora hay algunos hombres, muy pocos, mariscando a pie. Pepe O`Caramuxo es uno de ellos. Un personaje fascinante, propio de una onvencion de don Álvaro Cunqueiro. Además de mariscador y gran pescador de fanecas y calamares, O´Caramuxo es propietario de once millones de abejas (ciento tres colmenas) que producen miel con sabor a mar, capador de cerdos, cantador de bingo en la Cofradía de Pescadores, constructor de su propia casa (“Llevo nueve años haciéndola”) y compositor de las letras sátiras que todo el pueblo de Moaña tararea en carnaval. ¡Quien fuera O`Caramuxo! La descripción que hace este hombre de cómo se pilla un longueirón, de la vida de las abejas (“Si entra un ratón en la colmena lo matan y lo embalsaman para que no pudra”) o de cómo se canta el bingo (¡La pareja de la Guardia Civil! ¡El 55!) Revela un ingenio envidiable.

—Oye, Pepe- le dice un vecino – el otro día me picó una de tus abejas.
—¿Cómo lo sabes? ¿Le miraste la matrícula!

Es un contador de historias nato. Le han querido llevar de candidato todos los partidos. Pero nada. La ría es su reino. Las mariscadoras, las mejores compañeras que un hombre puede desear. Cuando busca en la arena, vuelve a ser el niño que oye la voz de la madre que le susurra: “Ahí hay oro”.

El oro humilde que la diosa luna siembra cada año en el mar.

Aquí no es Miami

Publicado: 15 abril 2011 en Fernanda Melchor
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Corría el mes de enero y el viento del norte soplaba gélido contra el rostro desnudo de Paco mientras caminaba por la avenida Montesinos hacia la entrada del muelle. Eran cerca de las nueve de la noche y la temperatura seguía bajando. Probablemente alcanzaría los doce grados en la madrugada, predijo su padre, así que Paco se colocó encima un suéter y dos camisolas antes de abandonar la casa: su sangre jarocha se helaba siempre con más benigna de las brisas.

Compró dos tortas de cochinita pibil en el mercadillo establecido afuera de la garita de Morelos. Se empujó también dos tacos, uno de papa con chorizo y otro de papa con buebo, en el puesto de doña Almeja. Su turno empezaba a las diez de la noche y terminaba a las seis de la mañana, pero Paco esperaba trabajar solamente un par de horas debido al mal tiempo.

Solo habían nombrado a ocho trabajadores para el turno nocturno. El viento impedía la carga y descarga de mercancías y contenedores pero no afectaba a los trincadores, especializados en sujetar con bandas los autos dentro de los buques, o de supervisar las maniobras de descenso de los mismos. El trabajo de Paco, y de los otros siete hombres asignados aquella noche, consistiría en armar rampas de acero, arrastrarlas hacia las madrinas -esos camiones gigantes que llevan autos nuevos en sus vientres- y trincar los carros a las estructuras de acero.

El supervisor había anunciado que solo cargarían nueve madrinas.

- A lo mucho estamos saliendo de aquí a las doce- pronosticó uno de los obreros, un viejo de vientre fofo y brazos tatuados desde las muñecas hasta los hombros, que apodaban El Burro.

Paco nunca trabajaba los sábados por la noche pero tenía tantas deudas que había decidido pedir varios turnos extras y así compensar sus derroches. Era el más joven de los siete compañeros y le tocó en la primera línea. Entre trinca y trinca bromeaba y conversaba con los obreros. Todos tenían el rostro enrojecido por el frío pero nadie llevaba guantes. Las manos callosas de aquellos hombres lo sorprendían por su tosquedad y aparente aspereza, y Paco imaginó que algún día las suyas lucirían de aquel modo, si no se apuraba a terminar la preparatoria.

Así cargaron ocho madrinas. La última venía retrasada, explicó el supervisor, que caminaba de un lado a otro de la explanada con el radio en la mano. Al parecer se le había ponchado una llanta y el conductor reportaba hallarse apenas en Tamarindo. Eran pasadas las once y el frío apretaba.

Los obreros se habían sentado en el suelo. Se acurrucaban unos contra otros para protegerse del viento, cuando un resplandor de luces rojas y azules iluminó la noche.

- Hay pedos- murmuró El Chiles, otro de los obreros.

Una camioneta de Migración y dos camionetas repletas de policías auxiliares avanzaban por la explanada hacia un pequeños barco de carga atracado en el muelle dos. Detrás de los policías venía una patrulla de la Policía Federal, con la sirena encendida. Bajaron corriendo hombres armados con fusiles y perros y subieron al barco. Paco y sus compañeros solo alcanzaban a ver, sobre la cubierta de la nave, las lucecitas de las linternas apuntando hacia todos lados.

- Ese barco ha de traer droga- dijo Paco- Les han de haber encontrado algo…

Pero no acabó de decir esto cuando notaron que los agentes regresaban al muelle, acompañados de unas veinte personas, todas de raza negra: mujeres y hombres viejos que lloraban y se frotaban los brazos y que pronto desaparecieron en el interior de la camioneta de Migración. Algunos policías permanecieron, al pie del barco, apuntando al agua con sus linternas. Sus perros gruñían y arremetían contra las olas que reventaban con la orilla de concreto, pero después de un rato también se marcharon.

A las doce de la noche la explanada había vuelto a quedar desierta, y Paco y sus compañeros esperaban, con crecientes ansias, la llegada de la novena madrina. Sentados en el suelo les dieron la una, la una y media, y no fue hasta las dos de la mañana que los faros del enorme vehículo aparecieron en el portón de la garita. Despacharon su trabajo en pocos minutos y caminaron hacia el supervisor para preguntarle si ya podían marcharse.

- Espérenme, compañeros, que estoy pidiendo autorización- decía el tipo.- Denme una hora y les resuelvo.

Maldiciendo, Paco y sus compañeros volvieron a posar sus traseros yertos sobre el piso de cemento. Hablaron de mujeres, de música, de futbol, de métodos para ganar la lotería, de religión, de política, de mujeres de nuevo. La mente de Paco divagaba, aburrida, mientras contemplaba la negrura del mar a través de un pasillo que se formaba entre las dos hileras de madrinas estacionadas, cuyos conductores esperaban la entrega de la documentación para poder partir en caravana hacia Puebla.

Algo se movía en el pasillo. El corazón de Paco dio un brinco cuando alcanzó a ver un hombre harapiento que corría hacia donde estaban sentados. Paco se irguió, pensando que sería algún drogadicto pendenciero , y entonces pudo ver que el hombre no se acercaba solo: lo seguían ocho sombras esqueléticas. Eran nueve los hombres que se aproximaban en total, completamente mojados, con largas heridas como latigazos sobre los brazos y piernas, todos negros como el carbón y descalzos.

Paco se adelantó, con los puños en alto, y el primer polizón dijo, con un acento que le recordó al usado en Puerto Rico:

- Mi hermano, ayúdame, mi hermano, por favor, somos de República Dominicana, tenemos una semana sin comer…

- No nos delates- gemían los otros, en coro.

Sangraban de todas partes y escurrían agua helada. Eran todos jóvenes y fuertes; debían serlo para haber aguantado dos horas sujetos a los pilares que sostenían el muelle. Los viejos y las mujeres no pudieron escapar de las bodegas del barco, pero los más aptos alcanzaron a saltar al agua y aferrarse a los pilares de concreto infestados de percebes, soportando el embate de las olas embravecidas y el frío que recorría el puerto en una exhalación gélida.

- Dime, hermano, ¿dónde estamos? ¿Ya estamos en Miami?

A Paco se le escapó una risa nerviosa.

- ¿Miami? ¡No mames, están en Veracruz!

- ¿Qué tanto falta para Miami?- preguntaba el que habló primero.

- Falta un chingo, como tres días.

- ¿Y dónde estamos?

- En Veracruz

- ¿Pero dónde está eso?

Los negros volteaban hacia el barco de carga de donde habían saltado, como si buscaran la manera de introducirse de nuevo.

Paco dibujó en el aire la curva del Golfo de México; señaló un punto intermedio.

Los rostros de los dominicanos se llenaron de congoja. Paco pensó que, de haber tenido líquidos suficientes en el cuerpo, ya estarían llorando.

- ¿Y por tierra, cómo llegamos a Miami?- preguntó otro negro, desde la retaguardia.

- No tengo ni idea- respondió Paco.

Lo más lejos al norte que conocía era la ciudad de Poza Rica.

- Ayúdanos, hermano, por piedad – gimoteaba el líder.

Los nueve pares de ojos, enormes y amarillentos, miraban a los estibadores con aire suplicante.

- Hay que meterlos al baño, porque si los ven, van a valer verga- afirmó El Chiles.

Los condujeron a los sanitarios del almacén. Allá dentro, Paco sacó la última de sus tortas; sabía que no sería suficiente ni para alimentar a uno de ellos, pero sus rostros hambrientos le daban lástima.

El negro que actuaba como líder por poco se la arrebata. Devoró la mitad de la torta de dos enormes mordiscos, y al ver la manera en que sus compañeros de infortunio salivaban, pasó el resto de la torta al negro que le seguía, un tipo enrome y musculoso con cicatrices en la cara. Otro de los obrero les llevó un balde con agua y los dominicanos se abalanzaron sobre del líquido; bebían con la desesperación de quien lleva días en el mar sin ver más que la oscuridad de las bodegas, rezando para que el capitán del navío no fuera inglés o alemán; sabían que los oficiales europeos tenían por costumbre arrojar a los polizones al mar, para evitarse trámites molestos al llegar a su destino.

Entonces, en susurros, los dominicanos comenzaron a contar su historia. Eran treinta los que habían subido al barco, que llevaba madera de República Dominicana a Miami. Habían sobornado a un grupo de tripulantes para que los dejaran esconderse en las bodegas. Iban contando las paradas que hacía al barco: Rio Jaina, Cristóbal, Veracruz, y bajaron cuando creyeron que se hallaban en Miami, pero no contaban con que el barco se detendría también en Kingston, Jamaica.

Uno de los polizones, el de las cicatrices en la cara, apartó a Paco del grupo-

- Mi hermano, tienes que ayudarme, tú no sabes los que yo he sufrido. Tengo que llegar a los Estados Unidos porque allá tengo una hermana, en Nueva York, que me está esperando…

Y apretaba el brazo de Paco con su manaza.

- Mi hermana me mandó una carta, diciéndome que allá están los tipos que mataron a mi padre. Tú no sabes lo que yo he sufrido, hermano. Mi padre tenía deudas y lo mataron, cuando mi hermana y yo habíamos ido por agua al río. Tú no sabes lo que es ver que están macheteando a tu papá, que están matando a tu mamá- jadeaba, con los dientes apretados .- La violaron y la mataron y yo sin poder hacer nada, escondido detrás de los matorrales.

Su rostro, arañado de líneas irregulares, estaba contraído de angustia.

- Mi hermana me escribió, diciéndome que esos tipos que mataron a mis padres están allá, en Nueva York, y yo nada voy a eso, voy a matar a ésos hijos de puta.

Paco no podía hablar. El odio del dominicano era tan intenso que tuvo miedo de proseguir el plan que había urdido con sus compañeros y los conductores de las madrinas: sacar a los polizones del muelle a bordo de las cabinas de los transportes. Aquel hombre estaba lleno de rencor y furia, de determinación asesina, y nada lo haría abandonar sus propósitos. Paco estaba seguro de que no dudaría en asaltar con violencia, o hasta matar, para obtener dinero y llegar a su destino, si no es que ya lo había hecho.

Uno de los compañeros de Paco, un hombre moreno y fornido apodado La Thalía, rescató a Paco del abrazo del dominicano y lo llevó hacia la explanada. El viento había arreciado y llevaba consigo el aroma a grasa quemada de los barcos.

- Paquito, no le vayas a dar tus datos a ése hijo de la chingada- dijo Thalía.

- ¿Cómo crees? Está bien zafado- respondió Paco, tomando el cigarrillo que el obrero le ofrecía.- ¿Escuchaste lo que me estaba contando? Hablaba de que quería llegar a Nueva York a matar a no sé quienes…

- Mira, que se los lleven los choferes y los boten en otro estado…

- Pero, ¿cómo vamos a dejarlos entrar a México? Tú no sabes si van a matar a alguien aquí afuerita…

- Mira, uno hace lo que puede…. Pero que te quede claro: nunca nadie es nomás una víctima.

Ése día, un sábado de enero a principios de siglos, fue el último turno nocturno que Paco trabajó en la trinca.

Capítulo I. Hombre de mar.

Hasta este día, Juan Francisco habrá llorado tantas lágrimas que uno podría creer que no hay de dónde sacar más. Pero en un lugar recóndito, debajo de las costillas o en el fondo de la garganta, se activarán ahora mismo las ganas de hacerlo de nuevo.

Llora cada vez que recuerda. Es imposible no recordar.

Es Pancho para los amigos, y Juan Francisco Gallegos cuando tiene que presentarse. El Trejo casi no lo usa. Adora a su mamá, doña Ana, de 49 años, cabellos sueltos y rizados, limpios y brillosos, dueña de una piel morena y ojos negros que fulguran con el sol. Pero el Trejo hace más largo el nombre: Juan Francisco Gallegos Trejo.

Nació junto al mar un día esplendoroso de hace 23 años. El mundo lo recibió en Puerto Peñasco, Sonora, donde comienza la curva que da forma a la península de Baja California, en el noroeste de México, cielo azul, desierto a un lado.

Es el segundo hijo biológico de doña Ana y don Jesús Gallegos Adame, ocho años mayor que ella. Él era pescador. Ella se estrena como comerciante por una necesidad infinita de trabajar para pensar en otras cosas. También llora cada vez que recuerda.

Juan Francisco y el mar eran amigos. ¡Cuántos días alegres pasó en el mar antes de todo esto! Era muy feliz en sus olas verdosas. Bueno, no tan feliz como el día que conoció a Selene, la muchachita que se adueñó de su amor. Bueno, tal vez no tan feliz como hace cinco años cuando nació su bebé, una niña que ahora corre tras los gordinflones cachorros de una perra que quedó preñada de quién sabe qué perro en la calle, pero que en la casa todos quieren.

Llegar no es difícil. En una ciudad pequeña donde la mayoría se dedica a la pesca, es común que todos se conozcan entre ellos. El dependiente de una tienda de autoservicio sabe que Juan Francisco vive en el barrio de Nueva Esperanza, en una casa cercana a la de su cuñada, y ofrece su auto para viajar hasta allá, al extremo sur, a cinco minutos de camino por un bulevar pavimentado, rodeando calles repletas de arena, de esa arena que con cualquier viento se levanta y duele en los ojos y golpea la piel. Se puede sentir cada grano colisionar en los poros.

La mayoría sabe dónde vive este joven porque antes de que acabara octubre ya se había convertido en una prueba palpable de que los milagros sí existen.

La casa es sencilla: cuartos de ladrillos, sin pintura por afuera y un patio enorme de tierra arenosa donde crecen los cachorros. Hay un cerco de madera. La puerta principal da directo a la cocina, donde hay agua hirviendo en una olla sobre la vieja estufa. Es para el café. En la mañana, a las once, hay seis grados de temperatura ambiental.

En la cocina, una barra adornada con azulejos blancos y dos tazas y dos cucharas. Junto a la estufa, un refrigerador blanco. A unos pasos de éste, un comedor sencillo con mantel. Dos pasos después, un altar de muertos.

Capítulo II. A la memoria de papá.

Juan Francisco es ancho y moreno. Lleva el cabello relamido hacia atrás y cojea de una pierna, la derecha. El ortopedista le ordenó unas radiografías, pero ni él ni doña Ana ni Selene le entienden a esos huesos amorfos que ven en un pedazo de plástico. Esperarán a la próxima cita. Allí les dirán qué tiene en la rodilla, que apenas puede mover. Dibuja algo parecido a un círculo con su pie suspendido unos segundos en el aire. Hace un gesto de dolor. Esa rodilla no está nada bien.

Detrás de él está el altar. Tiene velas, unas rosas marchitas que reposan sus últimas horas de vida en un vaso con agua, un rosario hecho con cuentas de madera, un bulto de San Judas Tadeo, otro de la Virgen de Guadalupe y una copa con agua. Dicen que la luz de las velas guía el camino de los difuntos. El agua les ayuda a aguantar el recorrido hacia la eternidad.

En este caso, el difunto es su papá, don Jesús Gallegos Adame, hombre recio, de surcos morenos en el rostro y una barba y bigote blancos, ojos tristes, pelo largo, sin sonrisa, en un marco dorado, en tamaño 5×7, sobre la repisa del altar.

Quien lo viera allí en la foto no imaginaría que ese hombrezote de 57 años tenía un problema en su corazón. María del Carmen, la única enfermera de la familia, le había hecho un electrocardiograma y le advirtió que se cuidara, que su corazón estaba fallando. Pero ya saben cómo son los hombres a veces cuando son el único sostén de la familia, fuente de ingresos y mano segura para el trabajo: no hay corazón enfermo que los detenga para ir por unos pesos y llevar el pan a la mesa.

Murió en el mar, como él lo habría querido, pero no como Juan Francisco lo hubiera imaginado.

Ya habían sentido miedo mar adentro. En septiembre de 2009, los dos fueron llamados a pescar camarones al puerto de Yavaros, en el sur de Sonora, cuando los agarró un vendaval en medio del Golfo de California. Era la primera vez de Juan Francisco en un barco pesquero. A sus 23 años y con una esposa y una hija que mantener, el empleo de una semana en altamar era una idea agradable, además conocería a otros pescadores y tal vez harían una buena amistad. Uno nunca sabe. Son cosas del destino.

Eran momentos terribles. Del espanto pasaban al silencio, a verse los ojos de asustados, a correr a resguardarse. El viento estaba muy fuerte y el mar no podía estar de otra forma más que alebrestado, molesto, colérico.

Cuando la tempestad pasó, les quedó la anécdota. Él la contó muchas veces porque aquello fue un acto heroico: haber permanecido en un barco, en medio de vientos huracanados, y salir vivo de eso, no cualquiera lo pasa. Tenía algo qué presumir. Pero el dinero pronto se acaba y resurgen las necesidades.

Capítulo III. A bordo.

Una segunda oportunidad. Dinero extra para ganar en una semana en altamar, claro, con muchísimo esfuerzo. A Juan Francisco le gustó aquella primera experiencia: atrapar con las redes de arrastre toneladas de simpáticos camarones que iban a dar a la cubierta del barco, robados del mar, y empacados para su próxima venta.

Le gustó el trabajo en equipo, el olor a mar y pescados impregnado en la madera del barco, en las redes verdes que entraban al agua y salían con un botín de camarones. Algunas jaibas distraídas se pegaban y pasaban directo al congelador.

La segunda ocasión que se subió a un barco para ir a pescar fue el domingo 25 de octubre, al mediodía. Lo llamaban Carranza II, un viejo navío de casco blanco, 22 metros de eslora, 450 caballos de fuerza.

Otra vez iba su papá a su lado para enseñarle los trucos del mar. También iba Alberto Medina García, el capitán, un señor gordo, cincuentón, con mucha experiencia. Es lo que llaman un viejo lobo de mar. ¡Sí que era gordo! Con ellos, “el Canitas”, Concepción Canizales Estrada, dueño y señor de la cocina; “el Claveles”, o Javier Chacón Zúñiga, otro marinero de experiencia sobrada; y José de Jesús Montes Ruelas, “el Chuy”, también cincuentón, de fácil palabra y amistad.

Zarparon del puerto. Esa vez en el muelle, sobre el asta de seis metros, no había bandera roja que anunciara peligro en el mar. Otras treinta embarcaciones levaron anclas casi al mismo tiempo.

El Carranza II llevaba las redes rotas. Había tiempo suficiente para arreglarlas con zurcidos de nylon: un cruce por aquí, una vuelta por acá y un nudo final. El mar estaba brillante esa tarde. Sólo tenían una semana para tirar las redes y sacar los pescados, antes de regresar con sus familias que habían dejado horas atrás en el muelle.

La noche fue esplendorosa. En octubre la luna brilla más en esta parte de México. En el mar en calma se reflejaba esa bola, enorme, blanca. No es cierto que tenga un conejo. Tan cerca no lo parece.

Amaneció el lunes. La isla San Felipe les dio los buenos días a los seis marineros, ya adentrados en el golfo, a las seis de la mañana. De la cabina de mando, salió el capitán y los reunió a todos en la cubierta.

–No me gusta engañar a nadie: va a haber muy mal tiempo mañana y no podremos pescar. Hay dos opciones: una, quedarnos anclados en San Felipe hasta el viernes; y la otra es que nos regresemos a Peñasco. Llegaríamos el martes por la mañana, antes de que comience el mal tiempo.

El primer oficial de Capitanía de Puerto, José Germán Islava, había estado atento de los avisos meteorológicos desde esa mañana y se los reportaba a todas las embarcaciones. A las diez de la mañana llegó el nuevo reporte: un frente frío avanzaba desde el suroeste de Estados Unidos hacia el Golfo de California.

El informe fue actualizado a las cuatro de la tarde. Era motivo de alerta para todos porque habría vientos sumamente fuertes. Así decía:

“Los pronósticos actuales indican que el frente frío localizado al sur de California se localiza en las primeras horas del miércoles sobre el norte de Baja California y para la mañana del mismo día alcanzará el norte de Baja California Sur, región central del Golfo de California, y sur de Sonora, por lo que se recomienda mantener precaución a la navegación por la intensificación de los vientos con velocidades fuertes y oleajes elevados, algunas nevadas y un marcado descenso en las temperaturas de las costas en mención, por lo que se mantiene una estrecha vigilancia. Se recomienda mantener precaución a la navegación, actividades de pesca, pesca turística y de playa en las costas occidentales del Golfo de California por la proximidad de un frente asociado a una tormenta invernal”.

El capitán Medina, a bordo del Carranza II, volvió a insistir:

–Sugiero que regresemos a Peñasco. No nos vamos a quedar aquí anclados tanto tiempo porque se van a enfadar de estarse viendo las caras todo el día.

El papá de Juan Francisco apoyó la propuesta. Por la tarde, el Carranza II surcaría el mar con destino a puerto seguro.

Capítulo IV. Con el mar en calma.

Todos los marineros saben que la calma presagia tormentas y que el mar no es de fiar. Pero también tienen una frase que todos, en Peñasco, conocen perfectamente: “Del tamaño de tu necesidad es tu valor”.

En la casa de Juan Francisco hay necesidades. Por eso se subió al barco.

Ese lunes el mar estaba en completa calma. Un camarón podía saltar sobre el agua y provocar una onda ancha, aunque no fuese el más carnosito. Sólo se escuchaba el motor del Carranza II. Ni un hilo de viento.

El capitán volvió a hablar con los marineros, decepcionados por el regreso. Estaban seguros de que sin producto, no habría pago.

–Tomando en cuenta que el mar está calmado y que el mal tiempo comenzará hasta mañana, ¿qué les parece si tiramos las redes, pescamos todo el lunes y nos regresamos mañana temprano a Peñasco?

La idea sonó excelente. Habría que regresar a la isla San Felipe porque en esa área se sabe que hay muchos peces. A las ocho de la noche estaban allí, con las redes listas en el fondo del mar. Juan Francisco esperaba una buena captura. Los otros hacían bromas en la cubierta, esperando el momento preciso.

A las once de la noche se levantó la primera carga. Una tonelada de lenguados, peces ángeles, vaquetas, otras jaibas distraídas y algunas lisas, cayó con fuerza en la cubierta.

A mitad de la noche los marineros limpiaban los pescados, uno a uno. Les abrían la barriga y sacaban las tripas y las agallas con las manos. Un pescado no puede durar más de dos horas con tripas, afuera del mar, porque comienza a apestar a azufre.

Más redes salían del mar, pesadas, cargadas de pescados que terminaban amontonados en el congelador. Tal vez fueron tres toneladas.

Toda la noche limpiaron pescados. Nadie durmió. Juan Francisco peleó contra un pez vaqueta de casi treinta kilos que lo revolcó sobre la montaña de pescados. Era un animal muy fuerte que intentó luchar, sin éxito, por regresar al agua.

Amaneció el martes, el día temido. A las siete se dio la orden de recoger las redes, subirlas a cubierta y limpiarlas muy bien. Algunas veces se han quedado peces atorados que se sulfatan a las dos horas y apestan horrible.

No es un trabajo sencillo. Una jornada de ocho horas es suficiente para dejar las redes impecables, atrincadas y listas para el siguiente viaje.

Juan Francisco vio la hora en su teléfono celular: las tres de la tarde. Estaban listos para partir. De su cartera sacó las fotos de familia. Las vio. Sonrió. Las acomodó otra vez. La regresó a la bolsa trasera de su viejo pantalón Dickie, de color negro, deslavado.

Las tres de la tarde. Apenas el tiempo alcanzaría para llegar bien al puerto. Creyeron que tenían los segundos perfectamente medidos, como relojeros, dueños de los minutos y las horas.

El viento comenzó a soplar. Esa tarde, casi al oscurecer, el mar no se sentía normal.

Capítulo V. Gritos de miedo.

Capitanía de Puerto ordenó poner la bandera roja en el asta del muelle. Era la señal de alerta. Los barcos ya deberían estar anclados allí.

Por radio les ordenaron a los capitanes que regresaran de inmediato.

–En los canales de comunicación comenzamos a escuchar que todos decían: “Se puso muy fea esta chingadera”. Nosotros les respondimos: “Ven, se los advertimos con mucho tiempo y no nos hicieron caso” -recuerda en su oficina el oficial Islava.

Después de las nueve de la noche se perdió la visibilidad en el pueblo. La arena se levantó en nubes oscuras. Estaba a merced del ventarrón y la movía a su antojo. En minutos se sintió un descenso en la temperatura y el viento agarró más fuerza.

Doña Ana, la mamá de Juan Francisco, estaba en su casa. Muy claro pudo oír los silbidos del sur, del norte, de todas partes. Le llegaban al oído como presagios de tragedia. Afuera no podía ver la casa vecina por los remolinos de arena.

En el muelle, los barcos rechinaban. Las olas se abrieron paso hacia la dársena de maniobras. En 35 años de marinero, el oficial Islava nunca había visto algo así. Con sus manos viejas y rechonchas había levantado cuerpos vivos y muertos, unos completos, otros destrozados; pero nunca había visto al mar intentando llegar hasta las calles con esa fuerza. Se asustó. Volvió a tomar el radio y ordenó a todos regresar cuanto antes.

El Independiente I le contestó que había tenido contacto con el Carranza II y que iban a toda máquina hacia el puerto, sorteando las altísimas olas que comenzaron a formarse con el vendaval.

Avanzaban juntos el Carranza II, el Cazamar y el Independiente I, con mucha marejada y mucho viento. Otros corrieron a la isla San Jorge, que les ofrece un refugio y que está a 24 millas náuticas, unos 35 kilómetros de Puerto Peñasco.

En el radio de comunicación se escuchaban gritos de miedo. El amigo mar se había enfurecido con los pescadores. Juan Francisco sintió esa furia cuando, de forma abrupta, el Carranza II se detuvo a mitad del camino.

Capítulo VI. Un S.O.S.

El estruendo fue ensordecedor, como petardos estallando en sincronía con el agua. Vino debajo del barco. Una parte del equipo de pesca había golpeado la propela y la paró en seco, con ese ruido intenso que dejó en los oídos sordos un tintineo tan agudo que dolía. Cimbraron la cubierta y los pequeños camarotes.

Las irascibles olas ladearon todo el barco hacia su costado derecho. Todos sintieron eso.

Don Jesús Gallegos, el papá de Juan Francisco, estaba encargado de las máquinas. Malditas máquinas. ¿Por qué fallaban ahora en el momento más inoportuno?

Además de su problema cardiaco, don Jesús tenía una varilla en la pierna. Alguna intervención quirúrgica. Debía actuar con rapidez para echar a andar nuevamente al Carranza II.

Le pidió ayuda a su hijo. Desde la cubierta se lanzó a la parte inferior del barco, en el cuarto de máquinas. Dos metros de altura. No hubo varilla en la pierna que importara más. Conectó dos cables. Una chispita. Prum. El motor del Carranza II volvió a prender.

El capitán Medina tomó el timón en la caseta de arriba para controlar la nave. Estaban todos desesperados y asustados. Volteaban a verse con esa mirada suplicante que se distingue cuando se teme a la muerte.

Juan Francisco vio el mar subir a la cubierta, sin invitación ni permiso.

–El capitán logró enderezar el barco, pero la popa, que es la parte de atrás, estaba ya adentro del agua. Luego escuchamos un zumbido. El agua llegaba a la cubierta porque el viento empezó más recio y las olas más altas. Quisimos mover todo el producto para que nivelara el peso, pero el barco se volvió a ladear y comenzó a hundirse.

Medina lanzó la señal de alerta. Un S.O.S. que sólo pudo captar el Independiente I.

Al mismo tiempo que pasaba las coordenadas a los tripulantes de ese barco, gritó con mucha fuerza:

–¡Chuy, que todos se pongan los chalecos!

La orden era para José de Jesús Montes Ruelas, el marinero que le enseñó algunas artes de pesca al novato Juan Francisco. Desesperado, el capitán volvió a gritar:

–¡Que todos se pongan los chalecos porque esto ya valió madre! ¡Esto se va a hundir!

Capítulo VII. El barco se fue a pique.

El Independiente I captó el S.O.S. a las 10:52 de la noche, según el Centro Satelital para Monitoreo de Embarcaciones Pesqueras de Mazatlán, en el vecino estado de Sinaloa, localizado a cientos de kilómetros de distancia.

–El Independiente I gira y se dirige al Carranza II, ya con las coordenadas. No lo encuentra. Permanece en el área y da unas vueltas. Finalmente se vuelve a puerto porque estaba muy feo el mar –recuerda el viejo Islava, amigo entrañable de los marineros.

Juan Francisco tomó su chaleco salvavidas, de color naranja fluorescente, liviano, con cuadrados plateados al frente. Cualquier luz en la oscuridad los habría hecho brillar como focos. Luego corrió al camarote de su papá y tomó otro chaleco.

–Cuando llegué con mi papá, con el chaleco para ponérselo, él estaba en la cubierta a un lado de la caseta. Atrás de mí salió “el Chuy”. Yo miré a mi papá fatigado y le dije: “Vamos, homie, póngase su chaleco”. Él me dijo: “No puedo, homie, se me durmió el brazo”. Allí se me perdió el miedo y me empecé a preocupar por él. Tenía miedo de que cayéramos al agua y él no pudiera mover su brazo. Se le paralizaba medio cuerpo.

Con esfuerzo, Juan Francisco le puso el chaleco a su papá. Lo amarró muy fuerte. Don Jesús estaba realmente muy mal. Tenía el brazo doblado. Estaba inmóvil, a punto del infarto.

En el barco ya había más agua. El muchacho, a sus 23 años, sacó fuerzas para colocarse su chaleco salvavidas. Estaba a punto de abrocharlo cuando el barco volvió a cimbrarse.

–El barco se pegó un jalón muy fuerte. Mi papá me dijo: “Homie, nunca pensé que se fuera a hundir el barco”.

Era un lamento claro, una mezcla de preocupación con impotencia que don Jesús no escondió en su rostro, en aquella negrura espectral.

Juan lo tomó del brazo. El señor agarró al Chuy. Los tres cayeron al agua. La borda del barco golpeó el agua a medio metro de ellos y provocó una ola que los aventó.

–Al barco le empezó a salir aire de todas partes, hasta del fondo. Cuando volteé vi que ya se estaba hundiendo. Le dije a mi papá: “Homie, hay que nadar porque el barco nos va a jalar al fondo”. Pero él me contestó: “Homie, no puedo. Me duele mucho mi brazo, carnalito”.

Juan Francisco hizo un gran esfuerzo para jalar del chaleco a su papá y alejarse de la succión del barco. “El Chuy” lo ayudó. Vieron hasta el último mástil hundirse en la tenebrosidad del agua.

Los tres permanecieron juntos, flotando, con medio cuerpo debajo del agua, sin pisar nada. Don Jesús debió quitarse el pantalón Levi’s para mantenerse a flote. Se quedó en calzoncillos blancos y su camiseta negra tipo polo. El único accesorio que tenía era un dije de la Santa Muerte, pendiendo de su cuello en una piola negra de seda.

–Desde una parte, escuchamos una voz que nos gritó: “¡Ey, ¿dónde están? ¿Cuántos son?!”. Yo le contesté que éramos tres. Después vimos que era el capitán que nadó hacia nosotros con su chaleco puesto.

Faltaban dos. “El Claveles” y “el Canitas” no aparecieron por ninguna parte. Tal vez se fueron junto con el barco.

Juan Francisco se aferró a su papá. Que no se le soltara ni un instante.

–Se me hace que no pasó ni media hora cuando yo volteé a ver a mi papá. Se estaba desabrochando su chaleco con una mano. Él ya presentía que le iba a pegar el infarto.

Yo me le aferré con las piernas y me empecé a quitar mi chaleco también y le dije: “Suéltese y yo me suelto. Los dos venimos juntos y si se lo quita usted yo también me lo quito y los dos nos vamos a ir al fondo”. Me dijo: “Usted aférrese, homie, está muy feo el clima y aquí nadie se va a aferrar por usted, usted sálvese”.

Era su papá, su adoración, dejándose vencer por el mar, donde vivió los últimos treinta años de su vida.

Los cuatro juntos, inmóviles, esperaban la llegada del Independiente I. La espera era eterna. Ese barco ya estaba más cerca del puerto que de ellos.

Lo peor siguió a continuación. Una ola, la más grande que Juan Francisco hubiese visto, los golpeó con la fuerza de un barco. Medía siete metros. En esas circunstancias qué importaba ya la longitud, si la fuerza del golpe fue portentosa.

El impacto los separó a los cuatro. Las piernas de Juan Francisco, aferradas al cuerpo de su papá, se separaron instantáneamente.

–Prácticamente las olas me quitaron a mi papá de las manos y me quedé solo toda la noche del martes, en medio de la nada.

Ya no volvieron a encontrarse.

Capítulo VIII. El hombre de blanco.

Las malas condiciones prevalecieron toda esa noche. Los vientos fuertes, helados por el frente frío que empujaba una tormenta invernal, se sentían como cuchilladas en la piel curtida por la sal.

Sin su papá, Juan Francisco se aferró a vivir.

En el puerto y en la isla, la treintena de barcos ya estaba anclada. Todos pudieron llegar, excepto el Carranza II.

Al amanecer del miércoles, con todo el frío en contra, Juan Francisco vio al capitán Medina flotando con su chaleco, sobre un corcho a merced de las olas. También vio un cerro a lo lejos. Tierra firme y segura.

El experimentado Medina le dijo que no intentara nadar hasta allá. Era muy riesgoso y podría ahogarse. Pero su sugerencia no fue escuchada. En este joven había muchas ganas de vivir.

–Yo me aferré hacia el cerro. Le nadé desde que me separé del capitán. Seguí nadando y nadando. Me empezó a oscurecer el miércoles por la noche. Se miraba el cerro entero pero estaba muy lejos. La corriente me siguió arrastrando otra vez hacia el mar. Yo le pedía a mi padre Dios que me ayudara, a mi Virgen de Guadalupe, a Jesucristo, a San Judas.

Había pasado veinticuatro horas solo en el mar, sin dormir ni comer ni beber agua dulce, colgado de un chaleco relleno de esponja. El frío calaba horrible en los huesos. El ventarrón que pegaba en la cara se sentía en las piernas temblorosas.

Este fue el encuentro íntimo con sus creencias, con su devoción, con su Dios, que no lo dejó solo en el mar.

–Un rato después de estarles suplicando tanto a ellos, llegó una panga blanca y un señor todo de blanco, con un perrito. Le decía que me ayudara porque estaba muy cansado: “Ya no aguanto. Tengo mucho frío. Estoy bien cansado”. El señor me dijo que sí me iba a ayudar, pero cuando nadé para tratar de alcanzar la panga, ya no estaba.

Juan Francisco lo vio bien claro. El hombre vestía de blanco y habló con él. Pero desapareció. Prefirió seguir nadando hacia donde había visto el cerro de día.

–Yo seguía pidiendo ayuda. De repente me empezó a salir la torre de un faro desde el agua. Volteé hacia arriba y se miró la imagen de la virgen, grande, en la punta. Yo supe que me estaban ayudando, pero cuando llegué al faro se comenzó a desaparecer de abajo hacia arriba. ¡Era una virgen tan bonita! Seguí nadando y más adelante vi otra torre igual que salía del mar. A lo alto estaba el Cristo. Quise hacer lo mismo, agarrarme de la torre, pero se desapareció. Todo eso me tranquilizó porque pensaba que sí me estaban ayudando, que me estaban guiando y alumbrando el camino.

En su desesperación, Juan Francisco clamó ayuda. De la misma forma que el señor de blanco, la Virgen de Guadalupe y el Cristo de brazos abiertos, apareció San Judas.

–Yo le pedía a gritos que no me dejara solo, que ayudara a mi papá que estaba enfermo. Entonces volvió a llegar el señor en la panga: “Oiga, yo le pedí hace rato que me ayudara”. “Sí, yo te voy a ayudar”, me dijo. Pero cuando le tiré el agarrón a la panga, se desapareció.

Capítulo IX. Salen a buscarlos.

Comenzó a amanecer el jueves 29 de octubre. En la ciudad, doña Ana fue informada del accidente. Ella y las esposas de los otros marineros pidieron más detalles en Capitanía de Puerto, pero no había mucho qué contarles.

Les explicaron que el miércoles no pudieron salir a buscarlos por la intensidad del viento y el oleaje.

Según el oficial José Germán Islava, ese día hubo intensiones de buscarlos por aire, pero desde el aeródromo se impidió la salida de cualquier avioneta. Tampoco la Armada de México permitió salidas de embarcaciones.

El jueves, con mejores condiciones atmosféricas, salieron cinco aviones, dos helicópteros, veinte lanchas pesqueras, tres yates pequeños y doce barcos pesqueros. Pero no encontraron a nadie.

Peinaron toda el área desde el lugar del naufragio hasta cerca del área de El Desemboque, muy lejos de Puerto Peñasco. Hubo aviones que volaron hasta cerca de la Isla del Ángel, en medio golfo. Pero cualquier esfuerzo de búsqueda era inútil.

Juan Francisco, con su devoción reforzada, escuchó las aspas de un helicóptero. Lo vio aproximarse… y lo vio alejarse.

–Le empecé a hacer señas, comencé a gritar y nada. Se fue de largo. Pensé que mi padre Dios no quiso que me ayudaran. Entonces vi que el helicóptero se regresó y opté por quitarme el chaleco y lo extendí frente a mí por los cuadritos que parecen espejos y reflejan el sol. Pero nadie me vio.

Desanimado, intentó ponerse de nuevo el chaleco, pero se le escapó. Una ola igual de grande que la noche del accidente lo golpeó con furia y lo zambulló. Tragó agua a litros. Pataleó hacia la superficie y alcanzó a asomar la cabeza. Un ligero respiro de aire salado y otra ola igual de fuerte. Hasta el fondo. Agua turbia en los ojos. Todo gris. Y más agua a la panza.

Salió a flote. Vio su chaleco y lo alcanzó con las piernas. Metió una al agujero de los brazos y así se mantuvo. Luego, otra ola. El mar estaba enojado con él, pero había una mano amiga que lo ayudó siempre.

La ola lo elevó varios metros. Lo dejó suspendido unos segundos. A lo lejos, muy lejos, divisó dos barcos, uno azul y otro blanco. Luego, al fondo otra vez. Debajo del agua creyó que era una ilusión, que al salir ya no estarían los barcos.

Al asomar la cabeza tragó con desesperación una gran bocanada de aire. Allá estaban todavía, tan lejos, pero tan reales. Sacó renovadas fuerzas. No supo de dónde. Comenzó a nadar. Los vio alejarse en la misma dirección que braceaba. Estaban demasiado lejos.

El mar, embravecido, le mandó otra ola descomunal y lo volvió a zambullir. Lo sacudió abajo y lo sacó a la superficie.

–Estaba resignado a morir porque no había alcanzado a agarrar suficiente oxígeno. Volví a tragar mucha agua. Cuando salí, no sé cómo, el barco estaba cerquita de mí. Yo salí enfrente del barco blanco, el Mister I, un tiburonero. Salí a escasos veinte metros y vi a dos muchachos volteando para todas partes.

Capítulo X. Sobre piso firme.

Con la última esperanza, soltó un grito hueco, desde sus pulmones acuosos. Agitó los brazos ardidos, llenos de ampollas y llagas. Comenzó a sentir el ardor en las axilas, el cuello, la espalda, la ingle.

El barco era real y la gente también. Le lanzaron una cuerda. Se enroscó con fuerza y lo jalaron hacia la cubierta.

Juan Francisco había pasado casi tres días en el mar, con el único abrazo de un chaleco salvavidas, sin comer ni beber agua dulce, sin dormir, aferrándose a vivir, recordando a su papá, acompañado de su devoción y un deseo de volver a ver a su esposa, a su hija, a su mamá, a sus hermanos.

Con la boca destrozada por la sal no podía siquiera balbucear su nombre. Los hombres que lo sacaron del mar encontraron su identificación en su cartera, en la bolsa trasera del pantalón. Fue el único sobreviviente que hallaron.

El 22 de noviembre, veinticuatro días después de su rescate, volvió a encontrarse con su papá. Don Jesús murió en el mar, como siempre quiso. Hallaron su cuerpo a cientos de kilómetros del lugar del naufragio, en condiciones tristes. Juan Francisco lo identificó en la morgue, en Hermosillo, la capital de Sonora, hasta donde viajó con su mamá en un automóvil prestado porque no tenía dinero para el autobús.

Del capitán Medina, del Canitas, del Chuy y del Claveles no se supo nada. Los marineros que pescan en el golfo voltean de vez en vez, pero no encuentran más que agua. El mar ya está en calma.