Posts etiquetados ‘Maras’

Por una ladera escabrosa y empinada que se precipita hasta el fondo de un barranco, bajan dos señoras de sociedad, ayudadas por su chófer y guardaespaldas. Van levantando polvo y midiendo cada paso para no equivocar el pie que las haría rodar sin remedio hasta el fondo. El escolta las sujeta por los antebrazos con delicadeza y ellas intentan no perder la estampa y sonreír bajo un sol rabioso que está a punto de alcanzar el cenit.

Hace unos meses esta hondonada era utilizada como basurero al aire libre por los vecinos de la zona y junto con las bolsas de basura –en los casos afortunados en los que la basura era lanzada dentro de una bolsa- crecía una maleza silvestre e hirsuta. Años antes había funcionado una granja de pollos cuyos propietarios fueron abandonando con el paso del tiempo debido a la violencia que imperaba en el sector, hasta que la pequeña quebrada que ahora apenas lame las piedras con un agua sospechosa perdió el juicio en 2011, a causa de las lluvias torrenciales, e inundó este vallecito arrancando la estructura de la granja, rompiendo sus pilares y retorciendo las láminas contra las rocas. Entonces quedó a merced de la basura y la maleza.

Este sol cancerígeno les alborota los perfumes a las señoras y las ahoga en el vaho de su propia esencia. Llevan gafas de sol con enormes aros estilizados y mientras bajan la barranca a trompicones van enterrando sus delgadas zapatillas en el polvo. Sobre sus cabezas, adornadas con peinados al estilo Bouffant –muy de moda entre la aristocracia de los años 60- que levanta el cabello a fuerza de fijador hasta hacerlo parecer una corona, o un casco, gravita el hollín de hojarasca quemada.

Una de esas damas de sociedad es una señora vestida con elegancia casual y con evidentes retoques faciales para disimular la edad. La otra es Mercedes Gloria Salguero Gross, fundadora del partido Arena que gobernó el país durante dos décadas seguidas; redactora de la Constitución de la República de 1983 y ex presidenta del parlamento entre 1994 y 1997, desde donde promovió fervientemente, pero sin éxito, la pena de muerte para el delito de homicidio. Abajo, en el pequeño valle que se forma a los pies de estas laderas de tierra hay un toldo blanco con el escudo de la alcaldía de Ilopango bajo el que esperan dos pastores evangélicos, un sacerdote católico, el alcalde y buena parte de la poderosa clica de la Mara Salvatrucha (MS-13) que domina esta zona.

Ilopango es uno de los 14 municipios que conforman el área metropolitana de San Salvador y carga sobre su nombre el estigma de ser violento, muy violento y cundido de pandilleros violentos. En los últimos años la tasa de asesinatos se ha movido entre los 70 y los 100 por cada 100 mil habitantes. En números brutos, el año 2010 registró 85 homicidios, el año siguiente hubo 117, y el año pasado, en el que entró en vigor la tregua entre pandillas, hubo 62. Lo que resulta innegable es que los pandilleros tienen sobre este municipio una presencia poderosa y cotidiana.

Debido a su estigma de lugar pendenciero y peligroso y al entusiasmo con que su alcalde, Salvador Ruano, abrazó la idea de que la solución a la violencia del país pasaba por dialogar y negociar con las pandillas, Ilopango fue el primer municipio declarado “libre de violencia” por parte de las más altas autoridades de seguridad del país. El acto que está a punto de celebrarse es considerado por las autoridades municipales, por los clérigos, por Mercedes Gloria Salguero Gross y por la veintena de miembros de la Mara Salvatrucha un éxito y una clara señal de esperanza.

Marvin es el vocero de la Mara Salvatrucha de todo Ilopango, lo que de ninguna manera significa que sea el jefe de la MS-13 en este lugar. Significa solo eso: que algunas mentes, que algunas voces dentro y fuera de las cárceles creyeron que él era el apropiado para dar la cara. Cuando se le pide una entrevista Marvin responde: “Así como usted, yo tengo una jerarquía que debo respetar, déjeme consultar y yo le aviso a ver qué me dicen”.

Quienes lo nombraron vocero deben tener muy buen ojo para la imagen pública. Marvin se escapa de todo el estrafalario cúmulo de clichés sobre los mareros: no está tatuado de manera visible y de todas formas, si llevara tatuajes no sería fácil notarlos sobre una piel tan morena. Al verlo de espaldas parecería un adolescente en los años de la más temprana adolescencia; tiene una apariencia frágil, apenas por encima del metro y medio, con una espalda delgada y ropa que invariablemente parece hecha para alguien más corpulento. Pero su cara no es la de un niño, es la de un hombre, que nunca ríe, que mira detrás de unas gafas, que siempre mide lo que dice y que siempre habla en serio. Marvin es el tipo de personas a las que es fácil creer una promesa.

Este día el vocero de la Mara lleva –como siempre- cubiertos los antebrazos con una camiseta de algodón y un jeans metido en unas botas de hule blanco que son las de faena. Están a punto de inaugurar una nueva granja de pollos, en el mismo lugar que hace años funcionó otra. Esta vez han sido los hommies de la pandilla quienes la han construido con sus propias manos: han aserrado, martillado, cortado, clavado, serruchado… cada pieza de esta granjita.

De los trescientos pollos que recibieron hace dos días solo han muerto dos, y lo atribuyen al flash de una cámara de la alcaldía que retrató el momento. Así que ahora está prohibido alumbrar a los pollitos y los pandilleros se contienen las ganas de levantar los plásticos negros de la granja para mirarlos. Para entrar al corral, Marvin moja la suela de sus botas en agua yodada, para no contaminarlos, y los contempla con el gesto circunspecto: cree que la presencia de tantos medios de comunicación terminará matando a más de un pollo, pero también sabe que es un mal necesario. La alcaldía convocó a todos los periódicos, radios y canales de TV a cubrir la noticia.

Marvin espera que esta granja le de sustento a al menos 20 pandilleros y a sus familias. Pero no lo dice con gran contentura –aunque hay que decir que él no dice nada con gran contentura-. Torna los ojos para sacar cuentas: solo en Ilopango hay 14 clicas y la más pequeña es la Guanacos Locos, que tiene 20 miembros. Su propia célula tiene 45 homeboys activos. “Pero no es así nomás, solo nosotros tenemos como a 30 homeboys presos y no los podemos dejar perder, así que solo ahí habría 75 personas y ponele que cada clica ande por ahí… más los 37 muertos que tenemos, que también hay que ver por sus familias…”. Marvin estima que el tamaño del problema es de al menos 500 personas. “Y eso sólo de nosotros, de la MS. ¿cómo ves el problema? Púchica, es grande el problema ¿verdad?”.

Para no tener que partir el pastel en pedacitos más pequeños, algunas clicas han dejado de incorporar a nuevos miembros a la pandilla y repiten que no esperan mucho, que esperan un salario mínimo. “Somos como un animalito: agua y tortillas y sobrevivimos”, sentencia el Marvin, mientras controla con la mirada que todo esté ordenado, listo para el evento.

Una semana antes de la inauguración, otro homeboy explicaba sus preocupaciones con respecto al futuro de la empresa: “Lo que nos gustaría es que el Súper Selectos nos comprara todo el producto, por lo pronto lo que pensamos es venderlo en los mercados de aquí” y siguió reflexionando en voz alta: “pero en los mercados de acá distribuyen los del Pollo Sello de Oro, ahí la Mara va a tener que ver cómo hacerle para que ya no vengan o para que mejor nos compren a nosotros…”. Y luego, quizá al percatarse de cómo había sonado aquello: “Pues sí, pero no intimidando, sino haciéndole conciencia a la gente, porque si no eso ya sería como bravuconada ¿verdad? Y eso es lo que estamos tratando de evitar…”

Hay muchos pandilleros en este lugar, los más jóvenes fuman y escuchan música de sus teléfonos celulares, se acurrucan huraños, se reúnen en grupo, vigilan el sector, se tapan el rostro con pañoletas y enseguida lo destapan, acarrean cosas, echan vistazos a los pollos, intentan ayudar en algo. Algunos impostan al extremo la mirada pandillera: la cabeza ligeramente echada para atrás, el rostro de lado, los ojos orgullosos que miran retadores, los labios fruncidos… pero es imposible ocultar que apenas son niños. Los mayores están sentados sobre unas sillas plásticas, en actitud señorial, pegados a tus teléfonos que no paran de sonar.

No han venido autoridades de la policía, aunque se les invitó; tampoco llegaron los habitantes de los cantones y comunidades de la zona, aunque se les invitó, tampoco llegaron representantes del Barrio 18, aunque también se les invitó y no hay cámaras, ni canales de TV transmitiendo en vivo, ni radios, ni periodistas. Al comenzar solo hay una cámara de un canal religioso y luego llegaría una más del programa sensacionalista “Código 21”. En este lugar lo que hay es funcionarios municipales, pandilleros y algunos familiares de estos. Además justo ahora terminan de bajar la ladera dos sonrientes damas de sociedad.

Todos se apiñan abajo del toldo para dar inicio a la ceremonia. Se ha dispuesto una hilera de sillas para las autoridades e invitados especiales frente a otra hilera de sillas, para las autoridades de la Mara Salvatrucha en Ilopango. Los pastores bendicen la granja, felicitan a los muchachos, claman al cielo pidiendo apoyo, o si no es posible, pues el visto bueno del Creador. Raúl Mijango –que ha llegado solo, sin ninguna pompa, al evento- pronuncia unas palabras cortas y cede el micrófono a la ex diputada constituyente que ofrece un largo discurso motivacional:

“Gracias, un abrazo para todos y decirles que me siento muy contenta y muy feliz de estar aquí, desde el primer día en que nuestro querido alcalde me invitó yo dije: “voy a llegar” (…) siempre digo que uno tiene que ver y hablar pensando en Dios siempre. Hay gente que dice que el dinero es todo. El dinero no es todo en la vida, eso es falso, absolutamente falso, lo más importante es la familia, los amigos, el juego de los sábados, que haya juegos de fútbol, que haya música para la población, eso es lo bonito (…) Un trabajo honesto no da una gran cantidad de dinero, pero da paz (…) ¡no importa que no tengamos lujos ni nada de eso! Eso no es necesario. He visto gente con mucho dinero y muy desgraciados (…) Ustedes van a ser los más beneficiados. Y van a ver qué lindo es irse a acostar y decir. “ay, qué rico, mañana voy a trabajar en la granja, voy a ver los pollitos, van creciendo, el día de mañana van a tener huevos” (…)”. Frente a ella los pandilleros escuchaban con su gesto más protocolario.

En las actas que hacen constar los acuerdos entre la alcaldía y los pandilleros hubo un cambio de palabras: ya no se trataría de pandilleros, sino de “jóvenes en riesgo”. En algunas actas, para no confundirse, el secretario escribió: “jóvenes en riesgo (Mara Salvatrucha)”. La alcaldía se comprometió a entregarles carnés que hagan constar que esos jóvenes en riesgo están dentro del proceso iniciado por la comuna.

Llega el turno de Marvin, que pasa al centro de las dos hileras de sillas y sostiene el micrófono con las dos manos nerviosas. “Somos los jóvenes que estamos en riesgo en el municipio de Ilopango. Estamos ansiosos de trabajar, si nos ponen una pala lo hacemos, si nos ponen un martillo lo hacemos, ahora estamos viendo los frutos del esfuerzo. Este trabajo ha sido pesado, le pusimos un gran amor hasta que vimos los frutos. No descansamos ni un día, pasamos horas, pasamos días, meses, y nuestros muchachos cansados, pero seguían… y…”. Y Marvin se rompió, la voz no le aguantó el peso de la emoción y lloró avergonzado de llorar. El alcalde se puso de pie para darle un profundo abrazo y una botella de agua. Todos aplaudieron. Marvin intentó recuperar su discurso y su rostro de mármol, pero sólo alcanzó a decir algo sobre todo lo que habían perdido, sobre todos los que se habían perdido producto de sus propias decisiones y la voz le volvió a faltar. Solo pudo recuperarla para dar las gracias y devolver el micrófono. Marvin volvió a su silla mirando al piso.

Llegó el momento final, el plato fuerte del acto: el turno del alcalde Salvador Ruano. Tomó el micrófono con timidez histriónica, viendo al suelo siempre y comenzó a hablar en un tono apenas audible para agradecer a los presentes. Se paseaba mirando siempre al suelo, como si estuviera muy triste, pero más bien en su cabeza buscaba las palabras precisas para no vomitar el enojo que andaba dentro y la manera de medir el tono de un reclamo que ya se había guardado mucho tiempo. Cuando levantó la vista del suelo su voz ya sonaba a grito: “Voy a hacer un llamado a ya no andar con medias tintas al gobierno central, que ¡en lugar de estar gastando grandes cantidades en publicidad vengan y nos den un par de miles de dólares! y hacer un llamado a mi candidato a la presidencia Norman Quijano: ¡ya no ande con politiquería, necesitamos la ayuda, ya no podemos andar con esta cuestión de vernos bien y de oírnos bien, pero no dar resultados positivos!”. Luego dijo que se sentía solo y también se echó a llorar. “Mejor ya no digo más”, cerró de súbito, mientras los demás aplaudían y devolvió el micrófono a la maestra de ceremonias.

Enseguida Mercedes Gloria Salguero Gross rescató el ánimo del evento con una sorpresa: dos pelotas de fútbol para la Mara Salvatrucha. “Para que jueguen”. Y se las lanzó a los palabreros de la pandilla de un rodillazo a cada balón. Luego sacó de su cartera una inmensa bolsa repleta de dulces y los repartió a los presentes con una gran sonrisa, con sus lentes oscuros, con su peinado Bouffant.

“Claro que continúo con esa idea de la Pena de Muerte. Uno tiene que ser coherente. Si alguien violara a tu abuela y luego la matara y luego le robara ¿tú quisieras que esa persona siguiera viviendo?; ¿tú creés que esa persona merece vivir?”. Luego se retiró las gafas de sol y se volvió para llenar de dulces las manos de los pandilleros de la Mara Salvatrucha que la escuchaban divertidos.

***

Detengo mi motocicleta en el andén de una gasolinera porque estoy perdido. Busco una pequeña casita en el laberinto de colonias idénticas y apretujadas que le han crecido a Ilopango durante dos décadas. En la acera está parado un hombre mayor con un carretón de panes, de esos panes aflautados que llevan dentro algo parecido a la mortadela. Me le acerco para averiguar qué tan lejos estoy de la novena etapa de San Bartolo. Me mira un rato sonriente, o temeroso y me pregunta para confirmar lo que ha oído: “¿Ahí quiere ir?”. Asiento con el casco puesto y me explica cómo llegar. Cuando vuelvo a encender la moto, se aleja de su carretón unos pasos, viendo hacia los lados y se me acerca susurrando, todo lo bajo que puede: “Tenga cuidado”. En aquella casita me esperan los homies del Barrio 18 a los que he acordado visitar hoy.

La entrada de una moto desconocida por este estrecho pasaje alerta a los muchachos, que se van poniendo de pie uno por uno y se hacen gestos de desconcierto. Antes de llegar a la casa que busco ya estoy rodeado de una decena de chicos con el gesto hosco y a mi no deja de aparecerme en la cabeza la cara de aquel sabio vendedor de panes. Les explico que he hablado con Edwin y lo mucho que me gustaría conocer –si no es mucha molestia- su panadería. Respiro cuando veo venir a Perro Loco, Edwin, trotando desde el fondo de un pasaje. Cuando me da la mano y me saluda con cordialidad, el resto de la clica me echa una última mirada y se dispersa.

Edwin es el homólogo de Marvin para la pandilla 18. A diferencia del vocero de la MS-13, este es un tipo rollizo, con el doble de cuerpo que la mayoría de los pandilleros que me dieron la bienvenida. Edwin tiene una enorme sonrisa infantil capaz de hacerte sentir cómodo y quizá por eso su taca –Perro Loco- ha sido suavizada en la costumbre de sus compañeros al más ajustado “Can”. Desde una casa sale el olor amistoso del pan recién hecho. Dentro es un cuarto estrecho y vaporoso en el que conviven un pequeño horno de pan, un estante para las bandejas de la masa cruda que hace turno y un rodillo para amasar. Los homeboys llevan delantales y mascarillas y se apretujan dentro de este cuartito, horneando, o amasando o embolsando o solo echando vistazos envidiosos a los que sí hacen algo.

Esta panadería de la clica Tiny Locos fue el primer proyecto de acercamiento entre la alcaldía y los pandilleros del municipio. De hecho, según el alcalde Salvador Ruano, fue en uno de los pasajes de esta colonia donde le sorprendió un dieciochero, con la cara completamente tatuada, mientras hacía campaña pidiendo el voto de los ciudadanos puerta por puerta: “¿Ajá, Ruano, y si ganás será que podemos hablar?” y Salvador Ruano le dijo que sí. Esta panadería es la prueba de que hablaron. El trato fue este: ¿Si la alcaldía les monta una panadería ustedes dejan de delinquir? Y el Barrio 18 estuvo de acuerdo, o eso dicen todos por aquí. Así que ahora pueden emplear a ocho panaderos y a 16 repartidores de pan. Con el tiempo se acercaron más clicas de la 18 y con los meses comenzaron los acercamientos con la Mara Salvatrucha.

Una niña muy pequeña viene aguantando el llanto, hasta que mira a su padre y corre a hundirle la cara en la panza para llorar cómoda y resguardada. Edwin me explica cómo las cosas han cambiado, mientras le acaricia el cabello a su hija que se ha raspado las rodillas jugando en el pasaje: insiste en que se han suspendido todo tipo de extorsiones para los vecinos con mini negocios y para entrar a la pandilla ahora ya no se obliga a matar, como hasta hace poco, como en sus tiempos de aspirante. Ahora, dice, eso es solo si al nuevo “le renace del corazón” hacerlo. Sin embargo, debido a las nuevas disposiciones, si uno de los pandilleros bajo su responsabilidad mata sin justificación, pues le tocaría a él romperle las manos con un bate.

La tarde va cayendo y todo el frenesí industrial de este municipio va calmándose poco a poco. El sol se adormita y se pone tierno y en las colonias los pasajes se van llenando de vida. La panadería trabaja a todo vapor, los vecinos no dejan de llegar a buscar pan francés, que es cortado y embolsado por manos tatuadas, y los repartidores vuelven sudorosos, con los canastos vacíos.

Hace algunos días hubo acá una jornada de pintura: los pandilleros blanquearon para las cámaras de los medios varios graffitis con sus números. Ese fue un gesto doloroso para varios hommies que llevan el 18 en la piel y que habían aprendido a defender su bandera con la sangre. También fue un gesto sorpresivo para los vecinos que habían aprendido que mear sobre una pared que estuviera plaqueada les hacía acreedores de una paliza; y borrar los números quizá de algo más grave. Con los días la cal se ha ido esfumando y sobre las paredes han vuelto a aparecer los distintivos que dejan claro quién manda aquí.

***

El 22 de enero un grupo de niños gordos chapoteaba dentro de un par de piscinas en el centro de Ilopango. Se revolcaban en el fondo y hundían las caras para tener la ilusión de que buceaban. El sol amenazaba con derretir el plástico de aquellas piscinas inflables y dejarles las panzas a los niños sobre el pavimento hirviente del parque central. Encima de una tarima bailaban unas cachiporristas con falditas brillantes y escasas, piropeadas por la multitud y en las aceras del parque probaban suerte varios vendedores de comida y golosinas. Había ambiente de fiesta.

Ese es territorio de la Mara Salvatrucha: La alcaldía, el parque central, la escuela y los alrededores se consideran parte de los dominios logrados a fuerza de fuerza por la Mara. Por eso ellos se habían quedado con el parque, a la vista de todos, al lado de las piscinas inflables y habían reservado para sus huéspedes del Barrio 18 una esquina a un lado de la tarima. Ahí arrinconados, se apuñaban fuera de base, huraños, los dieciocheros, sintiéndose merodeados. Cuando los medios de comunicación se dieron cuenta de que en aquel rincón había pandilleros para entrevistar corrieron en horda apuntando con micrófonos y con cámaras al que se dejara y eso hizo sentir a los dieciocheros aún más vulnerables, más acorralados en el territorio de sus enemigos.

Más tarde hubo autoridades sobre la tarima y los discursos monopolizaron la atención de los reporteros, que dejaron en paz a los hommies, que poco a poco fueron sacando las cabezas de sus camisas, como tortugas y respiraron aliviados. Los políticos se saludaron y se felicitaron, hubo un diputado, hubo un ministro con su viceministro, jefes de policía, pastores, curas, oraciones y se liberaron palomas blancas y Marvin ofreció su discurso en representación de la Mara: “nos comprometemos ante Ilopango a regresarle la paz a este municipio”, y luego Edwin en representación del Barrio 18: “Ya no va a haber más derramamiento de sangre”. Y hubo aplausos.

Mientras los asistentes firmaban un acta para dejar registro de que a partir de aquel día Ilopango era un territorio “Libre de violencia”, los pandilleros de la MS-13 se agolparon en la esquina del parque y mostraron en grupo la seña que los distingue, la garra de la Mara Salvatrucha, y corearon el nombre de su pandilla y dejaron a los firmantes sin cámaras para filmarlos.

Cuando el acto terminó, el alcalde Salvador Ruano repartía pan dulce a quien asomara la mano. Era el pan de la panadería dieciochera que se esfumaba de la cesta en un santiamén, le faltaban brazos al alcalde que sudaba y daba pan, con la cara roja, con la lengua de fuera, feliz como un niño famoso.

Cuando se acabó la fiesta el alcalde resoplaba diciendo: “bueno, yo hice esto para ver si el gobierno nos ayuda con recursos, esperemos que así sea”. Entre enero y febrero de este año ocurrirían 6 homicidios en este municipio, a comparación de los 22 ocurridos durante el mismo período del año pasado. Al menos durante el mes siguiente Ruano no recibirá ni un centavo, ni verá al ministro de seguridad pública en persona, ni le contestaría ninguna de las tres llamadas que Salvador Ruano le haría a su celular.

A los gorditos que reptaban en sus charcas de plástico se les dijo que el cuento se había acabado, que había que desinflar las piscinas en las que tenían la ilusión de bucear y por las cunetas corrieron riadas de agua sucia.

***

El 12 de febrero por la tarde el Godo salió a vender aguacates a pie, acompañado de su amigo. Era su segundo recorrido ese día. Por la mañana trabajaba como repartidor de pan para la panadería de la novena etapa de San Bartolo. Era pandillero activo del Barrio 18. Por la tarde vendía aguacates en un canasto. Su nombre real era Kevin Antonio Lemus Paz. Hacía unos días había cumplido 18 años. Cinco tipos le salieron al paso y no le dieron tiempo de nada. Le dejaron 14 agujeros en el cuerpo. Los expertos no se pusieron de acuerdo si fueron 8 u 11 balazos. A unos metros del cadáver quedaron desparramados sus aguacates. El chico que lo acompañaba aseguró que Godo ni siquiera pudo correr. La policía capturó a dos sujetos en flagrancia. Al menos uno tenía tatuada en el cuerpo la M y la S.

***

La colonia Las Cañas es un barrio bravo. Siempre lo ha sido. Desde la carretera se puede ver el universo de casitas apiñadas, empujándose una a la otra, peleándose en un valle y luego trepando una colina para seguir el pleito arriba. De hecho el drama de este lugar se divide así: entre abajo y arriba.

En los noventa este lugar ya era arisco. Los Thrillers y los Ceibas hacían de las suyas, marcaban territorios y cometían fechorías, con las que los vecinos aprendieron a convivir. Les consideraban más bien una panda de vagos. Hasta que poco a poco fue siendo más notable la expansión de algo nuevo, más fuerte, algo que asustaba más. La Mara Salvatrucha y el Barrio 18 barrieron, en su virulento crecimiento, a cualquier otra pandilla noventera: cuando no pudieron incorporar, mataron. Y la vida en la colonia Las Cañas quedó dividida así: arriba controla y manda la MS-13 y abajo se respeta la palabra de la 18.

El problema es que los urbanizadores no contaban con este muro invisible, quizá indestructible, a la hora de hacer las cosas: abajo hay más gente, más familias con más jóvenes y más niños. Pero la escuela pública y la Iglesia Católica quedaron arriba. Y el problema de esta guerra es que no hay uniformes, así que quieran o no todos son posibles soldados: si sos de abajo sos mi enemigo o si venís de arriba te mato. Punto.

El Buen Maestro notó que las cosas estaban cambiando en 2010, cuando impartía bachillerato nocturno. No es que ignorara la guerra, ¿quién puede ignorar si es de noche o de día?, es solo que cada vez había más pupitres vacíos. También estaba acostumbrado a la deserción escolar: las ocupaciones de sus muchachos suelen ser demandantes: algunos eran panaderos, otros repartidores de pan, alguno trabajaba triturando maíz en un molino, otros eran pepenadores de basura, otros hacían cualquier cosa que les dejara algún dólar en la bolsa. Cualquier cosa. Sus estudiantes iban y venían. Hasta que ese año no vinieron más.

El año anterior El Buen Maestro había impartido bachillerato nocturno en tres secciones de 30 y tantos alumnos cada una. Pero aquel año los estudiantes se redujeron a la mitad. Y el año siguiente de nuevo a la mitad. Tuvieron que cerrar dos secciones y quedarse sólo con una. En dos años la escuela completa había perdido a más de 500 estudiantes, desde niños de preparatoria hasta adultos mayores de la escuela nocturna. Así que El Buen Maestro y otros profesores se organizaron para irlos a buscar.

Salieron de la escuela, atravesaron la avenida principal, que es la frontera de los territorios y bajaron al valle con encuestas que ellos mismos diseñaron. Se fueron a parar a los parques, a las pupuserías, a las calles y ahí preguntaron: ¿por qué no suben a la escuela a estudiar? Y la gente contestó: por miedo a la muerte. Alguien dijo que había sido amenazado por la Mara hace tres años y que jamás olvidó la amenaza, así que ahora que era papá temía subir a dejar a sus hijos a la escuela y estos se quedaron sin estudiar. Algunas familias que algún día subieron a comprar, o a visitar, o a la Iglesia, fueron señalados por el Barrio 18 como espías y se largaron de Las Cañas con la familia entera, y sacaron a sus tres hijos de la escuela, y a los dos chiquillos de la hermana, que temió que la sospecha le alcanzara también. El Buen Maestro pensó que con el anuncio de la tregua entre las dos pandillas la gente comenzaría a subir a cuenta gotas. No pasó. El miedo, como el hambre, no se quita por decreto.

Así que los profesores decidieron bajar a enseñar al valle. Al ver la posibilidad, 90 personas se inscribieron de un golpe y el grupo siguió creciendo. Pidieron dinero al ministerio de educación para alquilar una casita y el ministerio les dijo que no, que ahí en Las Cañas había ya una buena escuela, pintada con los colores de la bandera y con espacio para todos. Entonces los profesores reunieron dinero y alquilaron una casa con sus propios salarios. Carísima la casita. 35 dólares mensuales vale. Fea, pequeñita, con espacios crueles. A medida que el grupo fue creciendo, habilitaron el local de un partido político y otro de protección civil como salones de clase.

Como tampoco hay presupuesto para contratar a más profesores, pues tienen que apechugar con lo que hay y el que daba inglés, ahora también da ciencias, y el que enseñaba matemáticas ahora también se las ve con estudios sociales. En la noche, luego de dar el turno vespertino en la escuela, los profesores se dividen. El Buen Maestro atraviesa la avenida principal y baja a la casita fea y buena que él mismo paga para poder enseñar.

***

Hoy hay reunión de padres de familia en la escuela de la Colonia Las Cañas, van a tratar el punto importante de la seguridad para los estudiantes. La directora convocó esta reunión extraordinaria a la que han llegado más de 300 padres y abuelos de los muchachos que se forman aquí. También ha venido el gerente general de la alcaldía y el jefe de policía del municipio. Pero en realidad la concurrencia ha venido a escuchar las promesas de la Mara Salvatrucha y el Barrio 18.

Cuando el año pasado la alcaldía formalizó las conversaciones con las pandillas, fueron las clicas de Las Cañas de las primeras en acudir. Las reuniones se llevaron –se llevan- a cabo en la misma sala donde se reúne el consejo municipal. La primera que quedó consignada en acta fue el 20 de diciembre de 2012 con la clica del Barrio 18, escrita por el puño y letra del jefe de policía, que hace de secretario de la comisión de pacificación: “Que se respete las divisiones de espacios de cada pandilla, que cada uno se mantenga y se respete el territorio desde el pasaje N hasta la parte baja; que se respete el derecho de servidumbre (de paso) en la entrada y salida a la colonia para ambas pandillas; que se permita a las personas visitar la iglesia católica y la escuela y que esas personas se limiten a su religión y al estudio”.

Al día siguiente fue el turno de la Mara Salvatrucha, que aunque estuvo de acuerdo en los puntos medulares objetó algunos matices: “Que están de acuerdo en respetar la línea divisoria; pero que reconocen como límite la avenida principal y no el pasaje N; que en el territorio de la MS no requieren vigilante y que ellos se responsabilizan de no robar, ni extorsionar a pequeños comerciantes; que están de acuerdo en el punto del derecho de servidumbre de entrada y salida, pero que lo hagan (los de la 18) en el transporte público y no a pie; que están de acuerdo en que los residentes visiten la Iglesia Católica y la escuela; siempre y cuando no tengan vínculo con los 18 o sean de ellos”.

Ambos se comprometieron a acatar una tregua total de no agresión y la 18 se comprometió además a llevar a cabo jornadas de ornato y limpieza en su territorio. Firmó el alcalde Salvador Ruano, firmó el gerente de la alcaldía y firmó el jefe de policía. Los pandilleros escribieron su nombre y estamparon su firma y en el espacio que el documento reserva para el cargo oficial que ocupa el firmante escribieron, MS o 18.

El gerente y el jefe de policía cumplieron con el trámite de decir unas palabras, sabedores ellos que la gente no estaba ahí para escucharlos e hicieron pasar sin mayores demoras a las dos delegaciones de pandilleros que subieron a la tarima juntos y una vez arriba se agruparon a unos metros de distancia.

Tomó la palabra un tipo sonriente, de gorra grande y elegantes anteojos negros: “De parte del sector del número, del Barrio 18, queremos pedirles perdón por los homicidios, por los familiares que han perdido, por los niños que han tenido problemas (…) Les pedimos perdón de corazón. El proyecto de la tregua de un sector contra el otro sector lo estamos respetando y se está llegando a la idea de que concluya para el bienestar del pueblo y el municipio de Ilopango. Aquí estamos dándoles la cara”, y se despidió anunciando a su enemigo: “Les voy a pasar al otro cipote”.

Marvin dio unos pasos adelante. Llevaba una mochila en la espalda que le hacía parecer un estudiante de secundaria. Fue más abundante en promesas, quizá sintiendo la responsabilidad que conlleva el hecho de que esta escuela, puesta en la parte alta de una loma, es territorio suyo: “Para todos muy buenas tardes, soy Marvin represento a la MS. Lo que hoy se ve es histórico en Ilopango, creo que ni en películas se ven estas cosas (…) Hemos retirado las ventas de droga dentro y en los alrededores de la escuela. Hemos retirado el reclutamiento de niños en cualquier esquina o escuela. (…) ya no queremos robarles el sueño con aquellas balaceras que ustedes conocen”. Y agregó, con el aplomo del que sabe que su palabra es ley: “si alguna vez alguien se está haciendo pasar por nosotros, o incluso si es alguien de nosotros mismos no tenga temor alguno de denunciarlo. Preséntenos problemáticas. Si en la escuela o en la colonia alguien le está exigiendo dinero a usted o a su hijo o mandándole papeles o lo está acosando, amenazándolo, busque la manera de acercarse a uno de nosotros y nosotros vamos a solucionar: Si somos nosotros lo vamos a investigar y si no somos nosotros también”.

Fue el líder de la célula de la Mara en Las Cañas -un chico delgado de enormes ojos listos, llamado Alfredo- el que anunció el fin de la maldición: “a partir de ahora todos los alumnos van a poder venir a estudiar en paz, a recibir su curso en paz”. Alfredo es estudiante de la escuela y para los maestros fue una sorpresa descubrir que ese alumno aplicado y de ejemplar conducta era el palabrero de la MS-13

La concurrencia les regaló a los pandilleros una ovación cerrada y larga. Varias mujeres mayores tomaron el micrófono y les agradecieron con lágrimas en los ojos, una mujer con el pelo gris y un largo vestido con flores les dijo que los amaba; otra que los admiraba por lo que estaban haciendo, un hombre de edad madura les pidió disculpas a nombre de su generación, por haber sido malos padres y finalmente una mujer joven tomó el micrófono y cantó a alaridos y con los ojos cerrados una alabanza religiosa.

Cuando bajaban de la tarima, un grupo de profesores les solicitó una audiencia a puertas cerradas y ambas delegaciones aceptaron gustosos. Se reunieron en el centro de cómputo y cuando estuvieron a solas tomó la palabra El Buen Maestro, con su tono didáctico y pausado, absolutamente neutro de emociones:

―Miren muchachos, a nosotros lo que hemos oído nos gusta, pero del dicho al hecho hay un gran trecho. Nos estamos quedando sin alumnos, porque abajo hay 10 veces más alumnos que aquí arriba.
―Mire profesor –atajó el representante del Barrio 18- queremos que los niños puedan subir a estudiar, ya no queremos más violencia.
―Yo les he dicho a los hommies –complementó Alfredo, de la MS- que ya no los quiero ver en los alrededores de la escuela. Esto es real –continuó-, esto no es política.

En la jerga pandilleril, “política” es sinónimo de intrigas, de conspiración, de dobles intenciones, de mentira.

Los jefes de las dos clicas guerreras le dieron sus teléfonos al Buen Maestro y el representante del Barrio 18 en las cañas se comprometió a ir en persona a decirle a los estudiantes de abajo que la maldición estaba rota, que la amenaza se esfumó, que podían subir a estudiar o a misa sin temor de ser vistos como traidores. El Buen Maestro apuntó los números en un cuaderno, y en su rostro serio y descreído apareció una pequeña lucecilla, tímida, pero visible, aunque demasiado tibia, demasiado oculta para llamarla esperanza.

***

Se suponía que el palabrero del Barrio 18 llegaría ayer lunes a la casita para decirles de su viva voz a los estudiantes de abajo que podían subir a la escuela, en lugar de estudiar apiñados aquí, pero no llegó. Así que esperamos que venga hoy, en cualquier momento.

El Buen Maestro luce cansado y avanza despacio, llevando un ataché negro en la mano, con sus ropas formales y grises. Camina balanceando el cuerpo lado a lado por el pasaje que conduce a la casita, arriando a los muchachos que lo esperan afuera. En la primera planta un profesor enseña segundo grado a unos niños y a varios señores mayores que quieren reponer el tiempo perdido. En el único cuarto con puerta, otro maestro les hará hoy un examen de matemáticas a una treintenta de chicos de tercer ciclo. El Buen Maestro sube cansado unas mortales escaleras de caracol que lo llevan a la planta alta, que es un único salón en el que se acomodan más de cuarenta jóvenes de segundo de bachillerato. Hoy aprenderán a despiezar un cerdo.

Con el tiempo pudieron conseguir pupitres, que comparten entre dos, y una pizzara y en las paredes han colgado rutulitos de colores con “pensamientos sabios”: el que no nace para servir, no sirve para vivir. Hay seis pensamientos sabios.

Un carnicero despieza un cerdo para venderlo por partes y obtiene 42 kilos de carne, 20 de hueso… y si tomamos en cuenta que un kilo es igual a 2.2 libras… y cada cosa tiene su precio… y el Buen Maestro se pone de rodillas al lado de un pupitre para explicarle al chico este confundido la regla de tres; luego al otro que no entiende si las libras de hueso son iguales a las de carne… Intenta hacer una broma, les llama por su nombre, felicita a los que terminan, les resuelve el ejercicio…

El representante del Barrio 18 no llegó hoy, ni llegará mañana miércoles, ni el jueves, ni el viernes… ninguno de estos chicos subirá esta semana a la escuela.

***

Después de la muerte de Godo, el vendedor de aguacates, los teléfonos del Barrio 18 echaron fuego, hubo quien habló de traición y para Edwin –Perro Loco- fue un problema contener la ira del hermano menor del difunto, que también se cuenta entre los homboys de la pandilla. Pero esa muerte se guardó con llave en los secretos de esta guerra. Los pandilleros solo alcanzan a explicar que esa no era clecha de la MS-13, que no fue una orden oficial y que los responsables le tendrán que responder a algunos cuyos nombres no se mencionan.

Cuando la Mara promovió una reunión con la 18 para tratar el punto, Edwin le respondió que se reuniría pero no en la alcaldía, porque ese era territorio enemigo y le lanzó a Marvin una propuesta maliciosa: ¿por qué no se miraban mejor en la cancha que está cerca de su territorio? Cualquier palabra mal dicha, el primer centímetro de una navaja descubierto, una amenaza mal disimulada pudiera haber calentado de más el asunto. Por eso tuvo que intervenir el gerente de la alcaldía, para servir de árbitro, para moderar un poco los ánimos. Una semana después del homicidio de Godo ocurrió la primera reunión conjunta en la sala de sesiones del consejo municipal. La Mara pidió “ser serios y saber que habrá problemas”, pero que aún así hay que seguir con el proceso. También ofreció que cuando un dieciochero entre en su territorio lo van a capturar, pero lo van a entregar con vida a sus enemigos y que esperan que así se comporten también los contrarios. A partir de aquella ocasión acordaron que todas las reuniones serían conjuntas y así ha sido desde entonces.

En esas reuniones los líderes de clicas de las dos pandillas suelen apartarse para abordar temas secretos; se juntan en grupos susurrantes de los que apenas se escapan algunas palabras: “Lo que no queremos es que vayan a aparecer ya armas y ahí ya se complica la cosa”; “la onda es que siempre hablémoslo pues”; “No, pero ¿los vatos iban en bicicleta o a pie?”; “No, no lo golpeamos, solo le levantamos la camisa… para revisarlo nada más”; “vaya, ahí ustedes sí se merecen una disculpa”…

***

El 11 de febrero apareció el cadáver destrozado de un hombre desconocido. Al parecer había sido capturado en otra zona y obligado a caminar amarrado hacia uno de los lugares más miserables e indómitos de Ilopango, la Colonia San Mauricio. Todas las pistas indican que el tipo fue golpeado con brutalidad y que luego intentaron ahorcarlo en una estructura que no soportó el peso. Por eso los asesinos levantaron un tramo de los tubos de cemento que conducen aguas negras y con él le aplastaron la cabeza. La policía busca por esta muerte a dos miembros de la MS a los que solo conoce como Fredy y Alex.

***

Esperamos frente a una escuela al hommie de la pandilla 18 que nos indicará cómo llegar al territorio de la clica Hollywood Gangsters. “Tímido”, el líder de aquella célula, ha prometido “mandarme” a alguien para que no me extravíe en estos laberintos que saben ser engañosos. Aparece el guía, que es un niño, aunque insiste en que hace unos meses cumplió la mayoría de edad. Se sube en el vehículo y nos advierte que tendremos que hacer unas maniobras complicadas.

Resulta que para ir a su territorio en carro hay que pasar por un punto de buses, que es controlado por la Mara Salvatrucha y el guía me pide correr. Sin embargo, justo esa parte de la calle está llena de túmulos, que amenazan con desarmarme el vehículo. El chico vio a alguien por la ventana y se tiró cuán largo era en el asiento de atrás, tapándose la cara con la gorra. “¡Píquele, ese que está ahí es… y si me miran…. ¡píquele!”. Ni el fotoperiodista ni yo conseguimos saber nunca en el rostro de qué hombre aquel chico había visto la muerte.

***

Hace una semana, a la entrada de esta colonia había un enorme letrero, puesto sobre la pared más visible de todas, en el que la pandilla había escrito, con letras góticas y oscuras: “Si de la vida quieres gozar: ver, oír y callar”. Ahora ahí hay una gran mancha blanca, producto de la última jornada de pintura de graffitis. En esta colonia los hommies se jactan de haberlo hecho con pintura de verdad y no con la indecisa mezcla de cal, que se corre con la primera tormenta.

Los únicos placazos que quedaron son los que estaban recién hechos, en el fondo de la colonia, donde los escasos medios que llegaron a atestiguar la jornada de pintura no metieron sus cámaras.

Posiblemente para que pudiéramos verlo, o quizá porque les importa un pepino si lo vemos, los pandilleros que controlan este lugar se pasan una pistola de mano en mano y fuman marihuana sin parar. Alguno inhala una buena bocanada y luego pasa el humo con gran presión directo a la boca de otro pandillero. A eso le llaman “hacer un súper”. Compran una cerveza de litro en la tienda y la beben compartiendo sorbos. Escuchan música en el teléfono y se dejan tentar por las insinuaciones de una chica entrada en carnes que se contonea frente a ellos. Llaman para tener monitoreada la presencia de la policía, activan sus alarmas cuando entra un carro que a lo lejos parece desconocido, reciben a otros homeboys que vienen a este pasaje buscando algo de hierba, se gastan bromas, hablan de la historia de sus tatuajes, escupen, escupen mucho, se adormecen por el efecto pesado y relajante de aquel humo. Están.

A unos metros de ellos hay una cancha de baloncesto fulminada por el sol y en el centro de la cancha hay un niño solitario, que deberá tener cuatro o cinco años. Se llama César y aún le cuesta pronunciar algunas palabras. Intenta reproducir en su cuaderno un ángel caído, que ha pintado en el muro el grafitero de la clica. Pero lo que más le gusta dibujar a César es al Hombre Araña. Alguien le ha regalado un cartón lleno de pegatinas del Hombre Araña y él las atesora en su cuaderno. Pega una en el extremo de una página en blanco y luego intenta dibujarlo a lápiz. Está muy orgulloso el César de lo bien que le queda la máscara de Spiderman.

―¿Y no vas a la escuela, César?
―Iba, pero mi mamá ya no me puede llevar.
―¿Y por qué?
―Porque le quitaron el puesto en el mercado y dice que ya no tiene pisto para llevarme.
―¿Y qué vendía tu mamá?
―Mmmm… tomates ¡y galletas!, pero fíjese que ahora le dieron cinco dólares.

Cuando César levante la cabeza verá que a unos metros de él, hay un grupo de muchachos pasándola bien. Son los homeboys de alguna de las dos pandillas que controlan cada palmo del territorio de Ilopango y a unos metros de ellos hay un niño que es la respuesta a si la historia termina aquí.

1. Un detective busca el cadáver de su hija

Antes de caer hipnotizado por la calavera, en una mañana de diciembre, Noé Martínez examinó, con mucho detenimiento, el esqueleto dispuesto sobre la mesa de aluminio de la bodega de cadáveres del Instituto de Medicina Legal, en San Salvador. Era un esqueleto joven, a juzgar por su tamaño, con huesos finos, “completamente chelitos”. Pero esos huesos no le decían nada más.

A la calavera la vio de reojo, sobre otra mesa de aluminio a un costado del esqueleto. Él cree que la calavera le habló, y aquel momento se convirtió en un torbellino: dos huecos penetrantes le apuntaron a los ojos, y una mandíbula, con su dentadura saltona, le sonrió y le gritó: “¡Soy yo, papá! ¡Soy yo, Iris!”

Cuando relata ese momento, Noé lo dramatiza: “Luego vi como que me sonrió así”, y pela los dientes, hundiendo la mandíbula inferior para adelantar aún más sus dientes superiores.

Sacudido por aquel espejismo, la imaginación de Noé intuyó que algo quería decirle aquella calavera. Así que se acercó a ella, tanto, que hasta olfateó el olor a tierra húmeda impregnado en ella. Luego transformó sus ojos en dos lupas de detective forense y examinó la mandíbula superior. Eso era lo que querían decirle esos huesos: esa dentadura se parecía mucho a la de su hija. Noé vio que tenía los dientes superiores ligeramente pronunciados hacia adelante.

Para confirmar sus sospechas, se le ocurrió que necesitaba comparar la sonrisa de Iris, inmortalizada en una fotografía, con la dentadura de la calavera. De esa comparación, pensó, a lo mejor obtenía un resultado positivo. Eso se le ocurrió a este pobre hombre porque luego de dos meses de desaparecida su hija, él estaba convencido de que era el único que la andaba buscando.

***

Noé Martínez, en los últimos tres meses, se ha convertido en una especie de detective. Empírico, lo reconoce, pero detective al final de cuentas. Las sospechas y pistas que hay en el caso de su hija, asegura, fueron recogidas por él. Por él y nadie más.

La vida de Iris Martínez es como un rompecabezas al que le faltarán, quizá para siempre, muchas piezas. Noé lo sabe. Este vendedor de pizzas en motocicleta no tiene ni idea de qué fue lo que ocurrió, aunque las piezas que ha recogido en todo este tiempo le hacen sospechar, principalmente, de la posible participación de dos pandillas: la de la colonia en la que vivía su hija, Barrio 18, y la del Instituto Técnico San Luis, de Soyapango, la Mara Salvatrucha-13. Él sospecha más de la última que de la primera.

Cuando transcurrieron las primeras 24 horas de la desaparición, Noé se sintió solo. Buscó auxilio en la delegación policial de Agua Caliente, en Soyapango, pero se decepcionó con la atención brindada por el agente de turno. No quería tomarle la denuncia. Le dijo que debían pasar 72 horas para que su hija fuera catalogada como desaparecida. Noé insistió, y solo venció al oficial hasta que otros tres jóvenes llegaron a reportar la desaparición de otra muchacha. Noé se fue de ahí con la impresión de que ese policía lo único que hizo fue deshacerse de él para luego intentar deshacerse de los otros tres muchachos.

Creyendo que ningún policía le ayudaría, cuando se cumplieron 48 horas, Noé armó un plan de búsqueda en el que incluyó a varios de sus sobrinos, que le servirían para llegar adonde a él le sería más difícil: los amigos del Instituto en donde estudiaba Iris. Con su ayuda ubicó a los amigos de su hija y los buscó en sus casas, afuera del Instituto, o los contactó por teléfono.

A las 72 horas, Noé ya tenía avances. Días más tarde incluso dio con tres vecinos que le aseguraron que Iris “y una amiga” habían abordado el mismo microbús que ellos, y que se bajaron frente al centro comercial Unicentro, de la ciudad de Soyapango, en el oriente de San Salvador. Hasta esa parada se dirigió también Noé, con una fotografía de ambas chicas en la mano, preguntándole al viento si había visto quién se llevó a su hija y a su amiga. El viento, convertido en vendedora, recordó haber visto a dos muchachas, parecidas a las de la foto, que se subieron en un auto de color rojo.

Quien acompañaba a Iris Martínez aquella mañana era su amiga del Instituto, Verónica Platero. Verónica, desde hacía un mes, vivía en casa de Noé. Las dos estudiaban el bachillerato en salud del Instituto Técnico San Luis. Ambas tenían 20 años.

Noé, desde el inicio, creyó manejar una probable hipótesis. Katherine Martínez, de 15 años, hermana de Iris, había emigrado hacia Estados Unidos en marzo de 2012, obligada por su papá, para prevenir que unos estudiantes del Instituto la siguieran maltratando. En febrero de 2012 la golpearon una vez, y Noé no permitiría que a su segunda hija la golpearan una vez más. A Katherine la acosaban porque ella se resistía a formar parte de la Raza Técnica, la pandilla estudiantil con vasos vinculantes a la Mara Salvatucha-13. Cuando en sus averiguaciones Noé encontró indicios de que a Iris probablemente le estuvo ocurriendo lo mismo que a Katherine, preguntó a esta por teléfono. En una primera llamada, Katherine le dijo que no sabía nada. Días más tarde, desde Estados Unidos, Katherine le habló llorando a su papá. Se disculpó por no haberle dicho la verdad y le confesó que en septiembre de 2012 Iris le contó que tenía problemas con los mismos compañeros que a ella la habían golpeado. Katherine no había dicho nada porque se avergonzaba de haber guardado ese gran secreto.

Noé Martínez contrastó los nombres y apodos de los estudiantes acosadores que Katherine recordaba, con los que le dieron los compañeros y amigos de Iris. Cuando creyó haber encontrado coincidencias, lo reportó a la dirección del Instituto, pero la respuesta que obtuvo fue que el Instituto tenía controlado eso de las bandas juveniles. Fue entonces cuando Noé se dio cuenta de que él no es ninguna autoridad, que todo lo que él había averiguado probablemente no le serviría para nada.

Y, mientras tanto, ningún policía se acercó o lo contactó para ofrecerle ayuda o darle noticias sobre su denuncia.

Noé siguió buscando y encontró una pista más al hablar con los familiares de Verónica, la otra desaparecida. Risueña, simpática, Verónica había pedido posada en la casa de Noé porque aseguraba que era maltratada en la suya. Uno de los familiares de Verónica le dijo algo a Noé y él encontró otra probable ruta de investigación.

—Ellos me dijeron que la muchacha como que había tenido algo que ver con un joven de su colonia, que decían que era pandillero, y eso le había generado problemas. Por eso se había salido de su colonia.

Noé estaba desesperado y recordaba -aún recuerda- con mucho dolor algo que ocurrió cuando se cumplieron 72 horas de la desaparición de Iris. El jueves 1 de noviembre, en un despliegue exhaustivo, efectivo, de película, la Policía y la Fiscalía resolvieron la desaparición y posterior asesinato de otra joven, reportada como desaparecida un día después que su hija. Noé recuerda bien su nombre: “Helene Arias”. Noé no entendía cómo ese caso, y no el de su hija, recibió esa fuerte atención policial y de la Fiscalía.

Pieza suelta #1

2012 pasará a la historia como el año en el que los homicidios se desplomaron, gracias a una tregua negociada entre el gobierno y las pandillas (cese al fuego entre las pandillas a cambio, al menos, de beneficios en cárceles y la promesa de un plan integral de reinserción). Pero desplomados los homicidios de 12 a 5 diarios, la gente comenzó a especular que a la gente quizá la estaban desapareciendo. Eso se piensa, sobre todo, si en un país como El Salvador, desde 2004, se registran cementerios clandestinos en donde las pandillas han enterrado a sus víctimas.

La sospecha de que hay menos homicidios porque hay más desaparecidos es una constante difícil de borrar. Por ejemplo, el presidente de la Comisión de Seguridad de la Asamblea Legislativa, Ernesto Angulo, del partido Arena, está convencido de que los homicidios se han reducido no porque se deje de matar gente, sino porque se están desapareciendo los cadáveres.

El ministro de Seguridad, David Munguía Payés, ha pedido que creamos, desde marzo de 2012, que la cifra de desaparecidos ha ido a la baja. También ha mandado un mensaje a la población: al fenómeno se le está dando especial atención. Por eso, los casos más sonados de personas desaparecidas durante 2012 fueron investigados por una unidad élite: la Unidad de Búsqueda de Personas Desaparecidas.

En mayo, la atleta de lucha libre Alison Renderos desapareció en San Vicente, y la unidad policial encontró su cadáver, mutilado, 21 días después. En junio, cinco estudiantes desaparecieron en la ciudad de Santa Tecla, y la misma unidad dio con sus cadáveres, enterrados en una zona verde de esa misma ciudad, un mes más tarde. En septiembre, una maestra de un colegio privado desapareció, y la Policía logró ubicarla, viva, semanas más tarde, en Nicaragua. Luego, en octubre, desapareció Helene Arias, y la Policía resolvió el caso en tiempo récord: en menos de 48 horas. A simple vista, las cosas funcionan bien. Si uno desaparece, el Estado se encargará de buscarnos vivos o, al menos, de encontrar nuestros restos.

Pero hay piezas que no encajan en el rompecabezas de los desaparecidos en El Salvador. Y eso que no encaja bien es la prioridad que la Policía le da a unos casos a costa de la inmensa mayoría. La búsqueda exhaustiva que aplica la Unidad de Búsqueda de Personas Desaparecidas es prioritaria solo si los casos caen en una categoría especial, a discreción de la cúpula policial. De lo contrario, dependerá de los recursos de las delegaciones policiales en donde se denunció la desaparición, y de las ganas de los investigadores de esas delegaciones, para resolver lo que esas mismas autoridades califican como un eventual homicidio, sobre todo si el tiempo avanza y la persona no aparece.

¿Por qué un caso se investiga con prontitud y en otros el engranaje gira más lento? Según el subdirector de la Policía Mauricio Ramírez Landaverde, porque hay casos como el de la atleta Alison Renderos, o como el caso de Helene Arias, que son considerados como “casos importantes”, en virtud de la alarma social que dejan a su paso.

El Instructivo de Investigaciones de Personas Desaparecidas y Extraviadas de la Policía, un documento aprobado en junio de 2012 por la Dirección de la PNC, dice que son casos importantes la desaparición de autoridades públicas, funcionarios públicos, extranjeros con misión diplomática y policías o militares. Hay una quinta categoría que entra para como “caso importante”: aquel que cause alarma y conmoción nacional. Aquel que se refuerce con la presión mediática. Es la Dirección de la Policía la que decidirá, se explica en ese manual, si un caso ha causado la suficiente conmoción social como para que sea retomado por la unidad especial de investigación.

Iris Martínez y Verónica Platero desaparecieron el 29 de Octubre de 2012. Estudiaban el bachillerato en Salud en un instituto de Soyapango. Ambas tenían 20 años.

***

Una mañana después de que Noé se enterara del caso de Helene Arias, mientras manejaba su moto por la avenida Juan Pablo II, en el centro de San Salvador, se topó con un vehículo del Canal de Noticias 21. Se le atravesó al vehículo, se bajó y le contó su caso al conductor y al copiloto. Les dijo que él también andaba buscando a su hija desaparecida. El canal pasó la noticia de Iris y Verónica. Luego El Diario de Hoy publicó una nota. El 2 de noviembre, Día de los Difuntos y cinco días después de la desaparición de Iris y Verónica, el caso de las estudiantes de enfermería ya estaba en redes sociales.

A los días, y luego de varias publicaciones en medios, Noé Martínez recibió una llamada desconocida que luego le resultó sorpresiva. Desde el otro lado de la línea, un hombre se presentaba como investigador de la Unidad de Búsqueda de Personas Desaparecidas de la Policía. El caso de Iris y Verónica, por fin, había sido tomado en cuenta.

Noé no recuerda exactamente la fecha, pero cree que fue entre el 15 y el 18 de noviembre cuando visitó por primera vez a los detectives de la Unidad de Búsqueda de Desaparecidos. Dos investigadores lo citaron en el cuarto piso del segundo edificio de la División Central de Investigaciones (DCI). Lo recibieron en una sala estrecha, con luces opacas, muy parecida a un cuarto de interrogación.

—Cuéntenos: ¿qué es lo que usted sabe? –le preguntaron.

Y Noé, el detective, les dio sus pistas y sus hipótesis a sus colegas.

Les dijo de Verónica y su posible relación sentimental con un pandillero. Les contó de los problemas que había tenido su otra hija, Katherine, y de los nombres de los supuestos estudiantes acosadores que él había conseguido. Por último, les confesó algo más. Les dijo que él, a mediados de 2011, tuvo una serie de desencuentros con los pandilleros que dominaban la comunidad en donde él vivió junto a sus hijas.

—¿Qué problemas, Noé? –le pregunto yo.
—No eran cosas serias. Ellos querían que uno los saludara con respeto y yo y mi hermano siempre les dijimos que el respeto se ganaban, no se imponía a la fuerza ni con la intimidación. Discusiones tontas… de esas con las que ellos intentan bajarle la moral a la gente. Pero uno no tiene que dejarse, porque media vez se deje, entonces ya se perdió todo. Eso fue lo que pasó.

Noé le contó a los detectives que para evitar problemas decidió migrar hacia Estados Unidos, a mediados de 2011. Una corta temporada, mientras la temperatura bajaba. Les dijo que regresó en febrero de 2012, para solucionar el problema de Katherine, y que los pandilleros y él arreglaron, en teoría, las cosas.

—¿Las arreglaron? –le pregunto.
—Yo creo que sí. ¡Si a esos cipotes yo los he visto crecer! ¡Son cipotes bayuncos! Yo creo que sí se arreglaron, pero después de todo este tiempo uno no sabe qué pensar. A veces creo que fueron ellos, todavía resentidos. Pero entonces me pregunto: ¿Pero por qué no lo hicieron antes, cuando yo no estuve, pues?

En aquel primer encuentro con los detectives, que duró alrededor de tres horas, Noé les dijo que sospechaba más de la pandilla estudiantil que acosó a sus hijas que de la pandilla que dominaba en su comunidad.

La segunda vez que Noé fue citado a la Unidad de Búsqueda de Personas Desaparecidas ocurrió a finales de noviembre.

—Solo eso me preguntaban: cuéntenos, ¿qué ha averiguado? Yo les dije que no sabía más de lo que ya les había contado, pero ellos no me quisieron decir si por su parte habían averiguado algo más.

La tercera vez, Noé no fue citado, sino que él llegó a preguntar a la unidad si ya había algún avance. Los detectives lo recibieron, de nuevo, con la misma pregunta: ¿y usted qué ha averiguado? Noé se molestó, pero aun así, quería que los detectives se interesaran y jalaran del hilo que él había descubierto en esos días.

En Estados Unidos, Katherine sostuvo un intercambio de mensajes por Facebook con un joven que decía tener información sobre el paradero de Iris y Verónica. El joven decía que fue novio de Verónica y que las protegía cuando ellas, contratadas por alguien a quien no conocía, servían de modelos o bailaban en barras show de la playa San Diego, en el departamento de La Libertad. Los detectives apuntaron esa información y Noé les dio el número de Katherine para que la corroboraran. Días más tarde, Katherine le comentó a su padre que los detectives ya le habían hablado.

***

El 17 de diciembre de 2012, Noé Martínez se creyó un médico forense y se le ocurrió que si comparaba esas mandíbulas de la calavera con la fotografía de la sonrisa de su hija, a lo mejor y le atinaba.

Pero un día más tarde, un verdadero médico forense le dijo que eso no demostraría nada, sobre todo porque su hija, según había declarado Noé, cuando la buscó en esas mismas oficinas, por primera vez, hacía dos meses, tenía una corona en una muela. La calavera, en cambio, no tenía alteraciones en ninguno de sus molares.

Noé Martínez cerró el año 2012 agobiado por una pesada incertidumbre.

—Uno nunca pierde la esperanza, pero a veces quisiera que al menos me dijeran que está muerta. Que me dijeran: ¡tomá, Noé, estos son sus huesos! Así tal vez yo me quedaría tranquilo –dice Noé, cuando se acerca el final del año.

El 3 de enero de 2013 reinició su búsqueda. Regresó -de nuevo- a preguntar a la Unidad de Búsqueda de Personas Desaparecidas si existía algún avance en el caso.

—Me salieron con que este caso era como buscar una aguja en un pajar, que no tenían hipótiesis… hi-pió-te-sis…
—Hipótesis.
—¡Eso! Que no tenían hipótesis que les dieran certezas de nada. Luego me dijeron cuáles son sus hipótesis, y mire: ¡lo que me da cólera es que son exactamente las mismas que les he dado yo!
—¿Pero siguen investigando?
—Me dijeron que no había forma ni pistas para seguir investigando, pero que le iban a seguir echando ganas. Eso no sé qué significa –dice Noé.

El jefe de la Unidad de Búsqueda de Personas Desaparecidas es el inspector Jaime Ramírez Palma. En realidad, él es el jefe de la Unidad de Delitos Especiales, y bajo la sombrilla de esta oficina cayó la oficina que atiende los casos de desaparecidos. Ramírez Palma es un oficial de voz ceremoniosa, que antes de este cargo dirigió algunas delegaciones del occidente del país. Él dice que no es cierto que la Policía se haya quedado solo con la información recabada por el padre de una de las chicas, ni que el caso de Iris Martínez y Verónica Platero haya dejado de investigarse.

El inspector asegura entender la preocupación de los familiares de los desaparecidos, pero insiste en que ellos no pueden andar revelando detalles de sus investigaciones, para no entorpecer los casos.

—Las investigaciones continúan y van por buen camino. Estamos en un 50 %, del otro 50 % solo falta encontrar una pista que andamos buscando y ese caso se resuelve.
—¿Cree que están vivas? -le pregunto, y el inspector responde sin dar mucha información.
—Hay probabilidades de que pudieran estar fallecidas. Le voy a explicar una situación, y esta es una valoración personal. Si una persona lleva más de 12 días desaparecida, hay un 40 % de que esa persona esté fallecida. Y mientras más pasa el tiempo, esa probabilidad aumenta.

Pieza suelta # 2

Desde hace muchos años (desde 2004, según la PNC; 2005, según el criminalista Israel Ticas, de la Fiscalía General de la República; y desde 2008, según Medicina Legal), cientos de salvadoreños viven con la angustia de no saber qué ha pasado con sus hijos, hijas, esposos, esposas, madres, padres…

Y las cifras, al menos las que se han ventilado públicamente, hablan de muchos casos denunciados. En 2011, la PNC registró 1,267. En 2012, las denuncias aumentaron a 1,564, pero el número de personas que hasta la primera semana de enero continuaban desaparecidas cerró en 612. Al Instituto de Medicina Legal, en 2011, familiares llegaron a reportar 2,007 casos solo en el departamento de San Salvador. Pero en 2012, los reportes de Medicina Legal, a nivel nacional, fueron a la baja: 1,601.

Otra cifra: el criminalista Israel Ticas asegura que entre 2005 y 2012 ha encontrado, debajo de la tierra, en diferentes zonas del país, 655 cadáveres de 655 personas que en su momento fueron consideradas desaparecidas por sus familiares.

Más allá de estas cifras, no hay más cifras. Lo Policía reconoce que el manejo estadístico del fenómeno, hasta 2012, se hizo muy mal. “Eso es algo que yo, en lo personal, estoy interesado en corregir”, dice el ministro de Seguridad, David Munguía Payés.

Por ahora, hay tres bases de datos que hablan de los desaparecidos: los reportes que anota Medicina Legal, las denuncias que recibe la Policía, y los reportes que anota Israel Ticas, el criminalista de la Fiscalía. La suya es una lista informal, desordenada, apuntada en hojas sueltas, a lápiz, a lapicero, en pequeños papeles mal doblados en el interior de su cartera, o en cinco hojas de papel bond, llenas hasta los bordes, que guarda en el asiento trasero de su camioneta. Dice que en sus agendas, las viejas y las nuevas, tiene más, pero que prefiere no hablar de esas cifras porque lo suyo no es un dato oficial ni es un dato que pueda ser atribuido a la institución para la cual trabaja.

—Es un dato que toma Israel Ticas, el ser humano –dice-. El dato oficial, el dato que puede compartir Israel Ticas, el funcionario de la Fiscalía, es que yo he desenterrado, entre 2005 y 2012, 655 cadáveres de salvadoreños que estaban desaparecidos.

Si se tomaran como válidos el total de casos denunciados a la Policía entre 2011 y 2012, tendríamos como resultado que en dos años, los nuevos desaparecidos alcanzaron el número de casos de niños desaparecidos de manera forzada durante la guerra, según las estimaciones de la Asociación Probúsqueda de Niñas y Niños Desaparecidos. Pero el problema es que los casos denunciados entre 2011 y 2012 no son confiables. De hecho, uno puede no puede fiarse de la “reducción de casos” de la que hablan la Policía y el ministro de Seguridad, David Munguía Payés.

Intentemos resolver ese rompecabezas: La Policía ha dicho que en 2011 se registraron 1,267 “casos denunciados”. Y según sus registros, en 2012 el dato “casos denunciados” subió a 1,564. Entre un año y otro, los casos denunciados aumentaron. Sigamos. La Policía ha depurado los casos denunciados en 2012. Y concluye que del total de casos denunciados, 820 fueron archivados porque reaparecieron las personas. También dice que 132 personas fueron encontradas fallecidas, y que, al final, hasta la primera semana de enero, 612 continuaban reportadas como desaparecidas. De esa depuración, la Policía y el Ministro de Seguridad sacan la siguiente conclusión: respecto a 2011, hay 655 casos menos. Pero esa pieza del rompecabezas las autoridades la quieren introducir a la fuerza. Es una comparación imposible, a menos que queramos comparar peras con manzanas, comparar “denuncias” con “personas que continúan desaparecidas”.

La comparación errónea entre “casos denunciados 2011” contra “total de personas desparecidas 2012” fue un dato que Raúl Mijango, el negociador de la tregua entre las pandillas, filtró, el 11 de diciembre de 2012, en una reunión con los diputados de la comisión de Seguridad Pública de la Asamblea Legislativa. Mijango presentó esa “reducción de casos” como uno de los logros obtenidos en el año de la tregua. Mijango y la Policía aseguran que son datos oficiales, emanados de la propia PNC. La única diferencia entre los datos que presentó Mijango con los que la Policía dio a conocer en enero de 2013 fue la actualización de los mismos.

Luego de explicarle la inconsistencia en la comparación, el ministro de Seguridad, David Munguía Payés, reconoce que han hecho una comparación imposible.

—Lo que pasa es que antes de que llegáramos a la Policía había algunas falencias en el área de estadísticas que las estamos corrigiendo.
—Pero ustedes están comparando casos denunciados de 2011, es decir, el total de casos, contra casos depurados de 2012. Deberíamos contar con el dato de casos depurados de 2011 para que la comparación sea correcta.
—Sí. No existe en su totalidad el dato de 2011. A partir de 2012 sí está depurado, y hemos afinado los procedimientos estadísticos de investigación, de tal manera que hoy sí podremos hacer comparación de lo que sucedió en 2012 y lo que sucederá en 2013.

Durante dos meses, El Faro solicitó a la Policía el dato de denuncias de desaparecidos de 2011 –y de años anteriores- , pero al cierre de esta crónica no hubo respuesta. Al ser consultado al respecto, el jefe de la Unidad de Delitos Especiales, el inspector Jaime Ramírez Palma, explicó que sus jefes le había autorizado hablar de todo, menos de las cifras.

—Al menos aclárenos una duda. ¿Esos datos existen?
—Sí, existen. Tienen que existir.
—¿Usted los ha visto?
—No. Pero le voy a explicar una cosa: el año 2011 fue característico por la creciente de homicidios. Se me ocurre (y es una percepción, no estoy diciendo que así fue) que no era la prioridad andar buscando a personas desaparecidas con esa cantidad de homicidios que había. La prioridad en ese momento era ir a capturar a los homicidas. Esa era la prioridad.

Fotos de desaparecidos en el monumento a las víctimas de la guerra civil en el parque Cuscatlán de San Salvador. Foto Mauro Arias

2. El desaparecido al que nadie está buscando

—¿Quién desapareció?
—Amílcar Sadrat Santos.

El Sargento -así quiso que lo llamara, “El Sargento”- le preguntó a su compañero, otro policía, si le sonaba ese nombre. Se lo preguntó, también, a un soldado moreno y joven, que descansaba junto a ellos en la orilla del Puerto Joacaz, el embarcadero de lanchas de la Isla Tasajera, en la costa del departamento de La Paz.

El paisaje que nos rodeaba no podía ser más hermoso. El estero de Jaltepeque lucía inmenso, con sus canales y sus islas y sus manglares. Al fondo, sobresalía muy por encima de la línea del horizonte, el volcán de San Vicente.

Por un momento, la confusión y el asombro de los dos policías y el joven soldado contagiaban. Uno se preguntaba: ¿Quién puede desaparecer de un lugar tan hermoso? Las lanchas atravesaban el estero ora con turistas, ora con los habitantes de la isla, que cargaban provisiones desde San Luis La Herradura, el poblado en tierra firma más cercano, ubicado a uno hora de distancia, al otro lado del estero. Pero así es esta parte del mundo, calificada en 2011 como la segunda más violenta de la Tierra en la región más violenta de la Tierra. Hermosa y llena de contrastes. De ese paraíso, que las agencias de turismo no han sabido explotar, desapareció un joven de 21 años.

El Sargento terminó de sacar conclusiones con sus compañeros.

—Usted me está preguntando por El Piñata –dijo.
—¿El Piñata?
—Sí. Así le decían a ese vago. Ese era pandillero.
—¿Hay pandillas en la isla?
—No, no es que haya, pero ese quería comenzarla.
—¿Por qué dice que era pandillero?
—Era. Hubiera visto cómo caminaba.

El joven soldado interrumpió la conversación. Era moreno y se rehusó a identificarse. Mientras me contaba una historia, el otro policía, que tampoco quiso identificarse, apuntó mis datos en una libreta.

A inicios de 2012, dijo el joven soldado, ese al que le dice El Piñata bailaba en una fiesta, junto a un grupo de jóvenes “malas piezas de allá de La Herradura”. Luego El Piñata, junto a esos sus amigos, se hicieron señas, y se reían. Según el soldado, eran de esas señas que hacen los pandilleros.

—¿Y de que pandilla creen que era?

El Sargento se le adelantó al soldado.

—En La Herradura hay de las dos, pero es más fuerte la MS… Pero mire: ¿Y para qué anda perdiendo el tiempo, preguntando por el paradero de ese marero? –preguntó.
—¿Me está diciendo eso en serio?
—¡Sí, hombre! Que no ve todo el mal que hacen esos… Mejor que se desaparezcan, así dejan de andar jodiendo a tanta gente. Yo creo que la gente ha de estar feliz porque ellos desaparezcan.

Pieza suelta # 3

¿Cuántos desaparecidos hay en El Salvador? La respuesta a esa pregunta es un rotundo misterio o, si se quiere, es una respuesta parcial. La Policía solo puede dar como reporte oficial los 612 casos registrados en 2012, de 612 personas que todavía continúan desaparecidas (más los 132 casos de aquellos que estuvieron desaparecidos y que fueron encontrados fallecidos). Pero los casos de los años anteriores son un misterio. En 2011 hay 1,165 casos denunciados pero se desconoce el número real de desaparecidos. Hacia atrás, las datos (si es que existen) o están archivados en las delegaciones del país o son un secreto que la Policía no quiere revelar. Sin embargo, ante la falta de información, tampoco puede decirse que haya más o menos desaparecidos hoy que ayer.

En síntesis, aquel que es considerado como un grave problema desde hace muchos años, en el manejo estadístico (que serviría para analizarlo, formular planes de acción, etcétera) demuestra una de sus principales falencias.

Pero esa falla no es solo de la Policía. En junio de 2012, el director de Medicina Legal, Miguel Fortín Magaña, aseguró que había más desaparecidos que los que informaba la Policía. Entre enero y abril, según la institución, solo en el departamento de San Salvador, habían levantado 876 reportes, contra 397 informados por la Policía. Miguel Fortín Magaña dice que nunca han querido dar sus cifras como una verdad absoluta. De hecho, tras los desencuentros entre el Ministerio de Seguridad y el IML, él siempre sostuvo que los datos del IML debían tomarse como reportes que no podían mantenerse en el tiempo. “Nosotros no sabemos si a los dos días que un familiar vino a reportar a una persona desaparecida, esa persona desaparecida ha sido encontrada. Eso le compete a la Policía”, dice.

Para Fortín Magaña, la necesidad de divulgar esa información era para “registrar un fenómeno que me parece grave, y al que el país debe prestarle atención”. Pero lo que Medicina Legal no hizo público en esos debates, es que ellos también dijeron algo que no se correspondía o que no se sustentaba con cifras. En 2011, el Departamento Académico y Estadístico (DAE) informó a la prensa sobre 2,007 reportes de desaparecidos, solo en el departamento de San Salvador. Fue una noticia alarmante reproducida por varios medios de comunicación. Sin embargo, en el primer trimestre de 2012 el DAE descubrió que tras aquellos datos había reportes duplicados, amén de que, en ocasiones, a una misma persona desaparecida la habían llegado a reportar dos o más familiares, sin que ese segundo registro fuera depurado.

Al percatarse del error, el DAE corrigió, y digitalizó todos los reportes para detectar las duplicaciones. “Es un grave error. Pero ya corregimos del 2008, 2009, 2010. 2011 todavía nos falta, y puedo darle certezas de que 2012 ya no sufrió esa falla porque corregimos el mecanismo de toma de información”, dice Fortín Magaña.

Entre enero y diciembre de 2012, el IML registro 1,601 reportes “libres de fallas”. El IML no ha terminado de depurar los datos de 2011, y la institución sospecha que la falla no pasó de los 100 registros. Aún así, lo cierto es que en 2012 los reportes del IML no solo bajaron en la comparación interanual, sino que durante todo el año cayeron mes a mes. Así lo confirma el balance anual que la institución presentó en enero de 2013. Gracias a lo que la institución menciona en ese reporte, el IML también corrigió el dato que había dado en junio, cuando dijo que en el período de enero a abril del año pasado, habían registrado 807 reportes de desaparecidos. Según el balance de cierre de año, en ese periodo solo se levantaron 640 reportes.

***

Amílcar Sadrat Santos salió de su casa (dos cuartos grandes, con piso de arena de mar en el patio, en los cuartos, en la sala y en la cocina), al mediodía del 15 de junio de 2012. Por la mañana, dice José, su padre, Amílcar le ayudó a regar veneno en una milpa que la familia tiene en el norte de la isla.

A Amílcar, sus padres le conocían un solo pecado: cuando tomaba mucho, se ponía violento. Dicen que bebía, se embriagaba, y ya borracho armaba pleitos. Una vez incluso se agarró a trompadas con uno de sus amigos de la infancia, un pescador de la isla. Por ese pleito terminó preso tres días, acusado de lesiones, en la delegación de La Herradura. Quienes lo capturaron, y se lo llevaron preso, atravesando en una lancha el estero de Jaltepeque, fueron los policías comunitarios asignados a la isla. Al final, el amigo de la infancia de Amílcar, el pescador que lo denunció, dice que nunca se le cruzó por la mente vengarse, desaparecerlo. Tampoco la familia de Amílcar cree que Joel lo haya desaparecido, mucho menos por un pleito de borrachos.

—Si a los días que salió de la bartolina ya andaban molestándose, como cipotes que eran, de nuevo –dice el padre de Amílcar, el joven de 21 años de edad.

El día que Amílcar desapareció llevaba en su cartera 25 dólares. Se los había regalado su padre, para que se comprara unos tenis que desde hacía mucho tiempo él le había prometido. Los zapatos los iba a comprar en el mercado de San Luis La Herradura.

Antes de partir, Amílcar se despidió de su hijo, un niño de tres años, moreno, igualito a su papá. En enero de 2013, dice la abuela de Francisco, el niño todavía pregunta: ¿cuándo regresará del trabajo mi papi?

En el pueblo de La Herradura, Amílcar tenía dos casas en donde quedarse a dormir: la de uno de sus hermanos mayores, y la de la mamá de su hijo. Por eso sus padres no se preocuparon cuando él no apareció las noches del 15 y del 16 de junio. Pero cuando al tercer día Amílcar no contestó su teléfono, su padre presintió que algo malo podía haberle ocurrido.

Al cuarto día fueron a buscarlo. Cruzaron el estero, tomaron un autobús, y en cuestión de una hora llegaron a La Herradura. Amílcar no había llegado ni a la casa de su hermano ni a la de la madre de su hijo. Fueron a preguntar a la delegación policial de La Herradura, creyendo que a lo mejor había caído preso de nuevo, por andar tomando, pero Amílcar tampoco estaba ahí.

De su desaparición, rápido se enteraron todos en la comunidad. Incluyendo El Sargento y su compañero, y los soldados que les ayudan a patrullar la isla.

***

—Ese Piñata quería levantar una clica acá en la isla –dice El Sargento-. Quería comenzar a rentear acá. A él lo brincaron en La Herradura, vaya a preguntar por él a la delegación y allá se lo van a contar.
—La familia asegura que…
—Las familias de los mareros nunca quieren aceptar que sus hijos son mareros. Las hermanas de él saben, que a lo mejor la clica en La Herradura le dio chicharrón, porque no tenía autorización para hacer nada acá. Ellas saben pero no dicen nada.

Al puerto Joacaz se acercó un hombre que cargaba un plato con carne frita y tortillas. “¿Quiere culebra, Sargento?”, dijo, y le convidó una porción de su comida. El Sargento partió el trozo por la mitad y me entregó una de las dos partes. La anguila frita sabía a sal frita. El Sargento, mientras comía de su porción, se cuidó de no tragarse ninguna espina, y mientras se sacaba una que se le escabulló entre uno de los dientes, insistió:

—No ande investigando eso.
—¿Por qué?
—¡Porque era pandillero, hombre! Ta bueno que desaparezca. Ya lo vamos a encontrar en alguno de los cañales que hay por allá, por La Herradura.

En junio de 2012, la bitácora de denuncias de la subdelegación de La Herradura solo registra la desaprición de un joven de 20 años llamado Jorge Alberto Guillén. Fue reportada el 5 de ese mes.

En la delegación El Pedregal, a la cual están adscritas La Herradura y la delegación de la policía comunitaria de Tasajera, tampoco aparece el nombre de Amílcar para esas fechas. En esa delegación, el 9 de junio, solo hay dos reportes de dos mujeres desaparecidas. Luego, hasta el 12 de octubre hay otra quinceañera reportada como desaparecida; y dos meses después, el 17 de diciembre, fue reportado como desaparecido un hombre de 57 años.

***

Los padres de Amílcar Sadrat Santos acuden a una iglesia evangélica. Desde que Amílcar desapareció, todos los sábados, sin falta, los miembros de la congregación llegan hasta el patio de la casa de Amílcar para celebrar un culto en su nombre. Para que Dios lo proteja o para que, si está muerto, “lo tenga en su gloria”. Así lo dice María, su madre.

Ella agachó la cabeza cuando le dije que en ninguna de las delegaciones de la Policía aparece la denuncia de desaparición de su hijo. Francisquito revoloteaba la arena a los pies de su abuela.

—Es que cuando fuimos, la mamá de este niño fue la que entró a preguntar, y solo dijo que Amílcar no aparecía, y preguntó si no lo tenían preso.
—¿No le tomaron la denuncia?
—A lo mejor no… es que yo ya no sé.
—¿Usted no puso la denuncia?
—No, es que yo ya no entré.
—¿Quiere ir a poner la denuncia?
—Es que tenemos miedo…
—¿Los ha amenazado alguien?

María se encoge de hombros y guarda silencio durante un par de segundos.

—(…) Tenemos miedo de que nos pase algo por andar preguntando por él. Mire que en La Herradura salió la noticia de que los mismos policías andaban haciendo cosas malas, junto a unos pandilleros.
—Pero si no denuncian la desaparición, nadie va a buscar a su hijo.
—Ya mejor que quede así. Si está vivo, que Dios lo proteja, y si está muerto… Disculpe que lo hicimos venir hasta acá, pero ya no queremos que se anden revolviendo las cosas.

Entre la casa de la familia de Amílcar y la sede de la policía comunitaria de Tasajera solo hay un rancho de por medio. El viernes 4 de enero El Sargento no estaba, tampoco el soldado joven que aseguró haber visto a Amílcar haciendo señas de pandilleros. Sí había otros dos soldados y el compañero policía de El Sargento.

—¿La familia de Amílcar Santos no les reportó a ustedes la desaparición del muchacho?
—¿Y ese que no ya había aparecido?
—No, no ha aparecido.
—¡Qué raro! Nosotros entendíamos que ya había aparecido. Por ahí así andaban diciendo
—Ustedes, que ya saben que está desaparecido, ¿no pueden hacer nada para que alguien comience a buscarlo?
—Si dice que no hay denuncia, está difícil, mi hermano. A lo mejor si se metieran los derechos humanos…

Pieza suelta # 4

El 24 de mayo de 2012, Óscar Luna, el procurador de Derechos Humanos, se pronunció en el tema de los desaparecidos. Recomendó a la Fiscalía que investigue los casos, que cree una Unidad de Personas Desaparecidas, un sistema de datos confiables, en donde pueda consultarse información sobre los registros de personas desaparecidas y encontradas; y una red de intercambio de información entre hospitales, migración, cárceles, celdas policiales, iglesias…

A la Policía, el Procurador le pidió que refuerce las acciones para prevenir el fenómeno y para investigarlo.

Aún y cuando el Código Penal Salvadoreño ya tipifica la desaparición forzada como un delito, la Fiscalía dice sentirse con las manos atadas, debido a que la denuncia de desaparición de una persona en sí misma no es la denuncia de un delito. Hasta que la Policía devela insumos que apunten a la posible comisión de un delito (llámese este homicidio o privación de libertad) la Fiscalía actúa.

Fuera de estas dos grandes ramas de investigación, la Fiscalía se aproxima al tema, de manera indirecta, cuando investiga los casos de cementerios clandestinos, de donde el criminalista Israel Ticas ha desenterrado 655 cadáveres en siete años. Pero de nuevo: ese procedimiento no nace de la búsqueda de una persona desaparecida, sino de la información de un testigo criteriado o de una fuente infiltrada en las pandillas, que revela que en algún punto del país hay una decena de cuerpos escondidos bajo tierra. Oficialmente, a través de su departamento de prensa, la Fiscalía responde que en materia de desaparecidos no pueden actuar ni tomar una denuncia ni tomar una cifra sino hasta que la Policía recopila insumos que hablan de un delito que se pueda perseguir.

Aquello que la Fiscalía considera lo más aproximado al fenómeno es la privación de libertad. De esos, en 2012, la institución solo actuó en 12 casos.

La Procuraduría de Derechos Humanos hizo ese llamado en mayo, y a la fecha solo la Policía activó la unidad especial para buscar desaparecidos, y creó un instructivo para que actúe esa unidad, y el resto de unidades de investigaciones diseminadas en el país, que son en realidad las que trabajan la mayoría de los casos. La PDDH ya no dijo más. Pero al menos reconoce que también ha cometido una falla. Cuando a las oficinas de la institución llegan los familiares de los desaparecidos a reportar sus casos, o a reportar que perciben que las autoridades no les ayudan a encontrar a sus parientes, la PDDH no registra esos casos. Lo dicen las oficiales de prensa de la institución. Lo dice, también, el procurador adjunto Gerardo Alegría.

3. Una madre que busca auxilio encuentra a un amigo

Irma Guadalupe Pérez desapareció el 5 de Octubre de 2012, en Aguilares. Su desaparición la investigan su madre y un Policía amigo que le informa sobre la aparición de cadáveres en la zona.

En una de las entradas de la Catedral de San Salvador hay una fotografía de una chica que tiene 14 años. La chica es morena, lleva una camisa de tirantes color negro y en la foto sonríe a la cámara. “SE BUSCA”, dice el cartelito. Así, en letras mayúsculas.

La persona que pegó ese cartel es una mujer analfabeta. Tiene 37 años. No fue ella quien escribió lo que en ese cartel dice, sino que fue uno de sus hermanos. Su nombre es María. La que está en ese cartel es su hija, Irma Guadalupe.

Irma desapareció el 5 de octubre de 2012 a las 4 de la tarde. Vestía una camisa verde, un pantalón negro y zapatos cafés. Así dice el cartel, así la recuerda su madre. Lo último que le dijo a María, antes de que la tierra se la tragara, fue que iría al supermercado del municipio de Aguilares, un caluroso pueblo ubicado a 33 kilómetros al norte de la capital.

Dos horas pasaron para que María, que sabía que esa ida y esa vuelta no debían demorar tanto a su hija, se desesperara. María esperó dos horas más antes de decidirse a ir a reportar la desaparición de su hija a la delegación policial del pueblo, ubicada a dos kilómetros de su casa. El oficial de turno le dijo que no podía tomarle los datos, y le dijo que regresara hasta el siguiente día. Que a lo mejor su hija se había escapado con algún novio.

María, a las 8 de la mañana del siguiente día, regresó a la delegación. Le tomaron sus datos y le dijeron que le iban a avisar de algún avance, y que regresara si ella descubría algo por su cuenta.

Un día después volvió a llegar, y le dijeron que no se sabía nada. Al cuarto día ella decidió que tenía que buscarla sola. Se lo dijo a su hermana, Claudia, que vive en otra comunidad, muy lejos de Aguilares.

Su hermana, preocupada por la desaparición de su sobrina, también se preocupó por la seguridad y el bienestar de María. Sobre todo porque María es analfabeta, y, desesperada, le dijo que iría a buscar a su hija por todo el país.

La familia de María, pero sobre todo María, son muy pobres. Ella vive de lavar ajeno y, cuando puede, de vender papas fritas con salsa de tomate, mayonesa y queso rayado. A la semana, cuando había una buena semana, lograba 30 dólares entre las lavadas y la venta de papitas fritas. Desaparecida su hija, uno de los dos rubros se le cayó: Irma Guadalupe era quien le ayudaba a cargar el quintal de papas que compraban en el mercado La Tiendona, en San Salvador. Sin su hija, María no tiene con quién hacer ese viaje ni las fuerzas para cargar, ella sola, un quintal de papas.

Así que desde la desaparición de Irma Guadalupe, María solo se dedicó a lavar ajeno para sobrevivir. Y de las tres lavadas que hacía semanales, tuvo que quedarse solo con dos, porque cinco de los siete días de la semana los dedica a buscar a su hija. Su presupuesto se redujo.

Con 20 dólares, y sin saber ubicar nombres de calles ni direcciones, barrió –recuerda- todo el municipio de Aguilares, “siete montañas y cuatro barrancos” en las primeras dos semanas tras la desaparición. Se metía en los huatales y a pura memoria lograba salir por donde había entrado. No se metió en los laberínticos pasajes ni en las colonias con mayor presencia de pandillas porque sintió miedo. Eso de que hubiera pandillas ella lo intuía por los manchones en las paredes o porque algún buen samaritano le recomendaba no entrar a las zonas peligrosas.

Una vez, recuerda, un tipo que le salió en medio de una hondonada amenazó con violarla. Ella no sabe cómo se llama ese lugar. María imita la voz aguda de aquel hombre:

—¡Ay, mamacita, mirá dónde te agarré solita! –dice-. Así me dijo, fíjese.

El hombre caminaba a su alrededor, mientras seguía hablándole. María recuerda sus escalofríos.

—Estás bien rica para hacer el amor, mi amor.

María no entiende qué pasó con el hombre, y ahora se ha creado en la cabeza la escena de un milagro.

—Yo todavía no entiendo, porque cuando se me acercó solo me puse a llorar… Pero es que ni grité y el hombre de repente solo se fue.

La familia de María le pidió que ya no anduviera arriesgándose. Que ella sola no iba a encontrar a su hija. Le recomendaron, para calmar su ansiedad, que mejor pegara carteles con los datos de Irma Guadalupe y con el número de su teléfono celular.

Con el poco presupuesto con el que contaba, María solo pudo sacarle 256 fotocopias al cartel. Una de esas todavía hoy sigue pegada en una de las entradas de la catedral de San Salvador.

***

A finales de octubre de 2012 -no recuerda la fecha-, María recibió una llamada telefónica en su celular. Como María no sabe leer –solo puede reconocer los números- identificó que aquel era un número extraño porque no lo reconocía. María memoriza los números de sus contactos más asiduos.

—¿Usted es la mamá de la muchacha desaparecida? –le preguntó una voz de hombre.

Quien le habló se presentó como un policía. Le dijo que había encontrado uno de los carteles con la foto de su hija, y que a partir de ese momento él le iba a ayudar.

El policía amigo, en efecto, es un policía. Está asignado a una delegación que no es la delegación de Aguilares, sino a una muy cercana. Cuando en el radar a él le aparece la información del descubrimiento de un cadáver, se lo informa a María. En los últimos tres meses le ha informado de cinco hallazgos, pero en ninguno ha aparecido Irma Guadalupe. A los cinco él mismo acompañó a María, y se ha decepcionado junto a ella cuando confirman que en esos lugares la muchacha no está enterrada.

—Yo le voy a ayudar a ella en lo que pueda. Cualquier indicio o información que tengamos vamos a ver en qué se puede ayudar. Creo que para eso estamos, para ayudar a gente que necesita ayuda como esta señora –dice el policía amigo.

***

María, dice su hermana, se ha puesto mal de salud. Ha olvidado muchas cosas, ha adelgazado 30 libras, y por ratos se queda como ida, como perdida. Su hermana no se equivoca. Hoy día hay que repetirle a María las cosas, cuando se platica con ella, para que no pierda el hilo de la conversación. Algo más le ha pasado también a María: ha perdido la fe en Dios.

Cuando la conocí, hace dos meses, María vestía una falda larga, hasta los tobillos, y una camisa cerrada, que no dejaba escapar nada más abajo del cuello y nada arriba de las muñecas. Dos meses más tarde, y en contra de los estándares de la iglesia evangélica a la que asistía, se atrevió a ponerse licras pegadas y camisas escotadas. Me dice que por eso lleva como dos semanas sin visitar a su madre, para que no la regañe. La madre de María vive 33 kilómetros lejos Aguilares. Nunca, en el último año, su madre la ha visitado. Desde que desapareció su hija, en Aguilares, a María solo le queda su marido, un jardinero que trabaja de podar jardines ajenos en una colonia privada de San Salvador.

En la mañana del 3 de enero de 2013, frente a la casa de María, cientos de motoristas y cobradores cerraron la carretera, en una serie de protestas que paralizaron las entradas y salidas a la ciudad de San Salvador. Los transportistas le exigían al gobierno que mantuviera el subsidio al sector, o que se atuviera a las consecuencias: más bloqueos como el de ese día, paros o un incremento en el precio del pasaje.

En la carretera de Aguilares, frente a la casa de María, se armó un pequeño disturbio. Cuando María me cuenta lo que vio, es la primera vez, en los últimos dos meses, que la veo sonreír, emocionada.

—¡Hubiera venido! Viera qué alegre se puso eso. ¡Me daban ganas de hablarle para reportárselo en vivo y en directo!

Pero entones María perdió el hilo de la conversación. Se le fue a un costado, allá adonde había clavado la mirada. Su marido siempre regresa tarde a casa, o cuando no consigue paga, no regresa. Desde que Irma nació, ella había sido su única compañía. Más que madre e hija, dice, con Irma eran como dos inseparables amigas.

—¡Ay, amor! Viera qué desesperante es esto de sentirse tan sola.

***

—¿Cómo dice que se llama la desaparecida?
—Irma Gualupe Pérez.
—Permítame un segundo…

El policía de turno asoma la cabeza por la ventana de la delegación, y le pide a la gente que está afuera que guarden silencio. Son los familiares de los transportistas detenidos en la mañana. Son las 6:30 p.m., y la algarabía que hay afuera es porque no les han dicho si dejarán que sus familiares detenidos puedan recibir la cena que ellos les han llevado.

En la pared de la delegación de Aguilares hay tres fotografías de tres niños desaparecidos. Uno de los casos es el de una niña desaparecida en una provincia de Argentina. Pregunto cómo ha venido a parar ese cartel, con un caso ocurrido en Suramérica, hasta ese pueblo caluroso del país, y el oficial de turno reponde que un día llegaron los miembros de una oenegé y pidieron permiso para colgarlo.

El segundo cartel es el de un joven de unos 17 años. No se distingue nada de la información sobre ese joven porque alguien ha tachado todos los datos de contacto con manchones de lapicero. El tercer cartel es el de un niño, demasiado niño para la edad que dice en el cartel: 15 años.

En la delegación no está la foto de Irma.

Los investigadores que estuvieron de turno ese día ya se fueron a sus casas. Solo ha quedado rezagado uno, que se asoma a la recepción. El oficial de turno lo detiene.

—Hey, vo’: ¿quién llevaba el caso de la chamaca bonita que teníamos pegada en la pared?
—¿Cuál, vo’?
—El de la chamaca que frecuentaba a los vagos del parque, homb’e.
—¡Ahhhh! Ya sé cuál decís. No, ese no lo llevaba yo. Yo llevo el de la otra chamaca aquella… ¿por qué, vo’?

Entre los dos investigadores dan pistas sobre el investigador del caso de Irma Guadalupe. Antes de despedirse, el investigador rezagado advierte que Irma Guadalupe ya apareció. Le digo que eso es bien extraño, porque todo ese día estuve con la madre de la joven y ella, a la fecha, la sigue esperando.

—Pero es que mire, no le crea a esa señora. Esa maitra como que es algo zafadita, ¿o no?

***

Viernes 4 de enero.

—Sí, yo investigaba el caso de esa muchacha.

Al otro lado de la línea telefónica me responde el “Investigador Jaime”. Dice que solo lo llame así. Le pregunto que por qué dejó de investigar el caso de Irma Guadalupe, y me responde que porque una señora llegó a decir que ya había aparecido.

—La señora dijo que era la abuela.
—¿Y no lo ha corroborado con la madre de Irma? Ella la sigue buscando.

La voz detrás de la línea telefónica guarda silencio. Luego se despide.

—Mire, la verdad es que ahorita no tengo tiempo de seguir hablando porque debo ir a dejar una información a la Fiscalía. Hábleme más tarde.

Después, el Investigador Jaime nunca más atendió el teléfono.

Última pieza suelta

El subdirector de la Policía nos recibe en su amplia oficina ubicada en el segundo piso del cuartel central de la Policía Nacional Civil, en el centro de la ciudad de San Salvador. Mauricio Ramírez Landaverde, durante 2012, y sobre todo después de iniciada la tregua entre las pandillas, se convirtió en el portavoz de las estadísticas del gabinete de Seguridad. Sobre todo a partir de la segunda mitad del año, el Ministerio de Seguridad metió un gol al convocar, mensualmente, una conferencia en donde se informaba de -en la mayoría de los meses- la reducción de los homicidios. Una estrategia exitosa, un termómetro constante de la evolución de la tregua. Pero en esas conferencias, el tema de los desaparecidos siempre se mantuvo constante. Sobre todo porque hasta septiembre, el Instituto de Medicina Legal hizo lo mismo, diciendo que en sus reportes había más casos que los que daba a conocer la Policía. Al menos por el papel que le ha tocado jugar al subdirector, creemos que es quien mejor conoce no solo las estadísticas, sino también el fenómeno. Mientras el actual director, el general Francisco Salinas, apenas ingresó a la Policía a inicios de 2012, Mauricio Ramírez Landaverde tiene toda una carrera en la institución policial, y estuvo en mandos importantes para cuando, según dice, comenzaron en la Policía, a registrar el fenómeno. Eso fue, recuerda, allá por el año 2004.

—¿La Policía considera que hay un fenómeno grave detrás de las estadísticas de personas desaparecidas?
—Lo vemos con mucha preocupación, y sobre todo cuando es una situación que ha cobrado tanta relevancia y alarma social. Pero no es un fenómeno nuevo. Le hemos venido registrando desde hace muchos años.
—Si no es un fenómeno nuevo, ¿por qué se crea una unidad que investigue los casos hasta este año?
—Que la unidad haya nacido recientemente no significa que la Policía no haya enfocado sus esfuerzos para investigar el fenómeno. La Policía lleva muchos años enfocada en las estructuras que se dedican a cometer estas acciones.
—La Unidad de Búsqueda de Personas Desaparecidas solo lleva los “casos importantes”. Si yo tomara el papel de un defensor de los derechos humanos, le diría: ¿no le parece que todos los casos son igual de importantes?
—No, yo le diría que no. Todos los casos son igualmente importantes… pero hay casos que la víctima… por ejemplo: el caso de una niña o un niño usted no lo puede ver igual que otro caso, usted tiene que velar por el interés superior del niño… Todos los casos de personas desaparecidas preocupan igualmente a la Policía, pero si es una niña, debemos pensar que estamos ante un caso de trata, de violación, el caso de que un pandillero la pretendía, y al no acceder a sus pretensiones mandó matarla… son criterios…

Capítulo I. El origen del odio.

No es que el joven palabrero de la Fulton fuera muy dado a hacer las paces. De hecho, no se ganó el sobrenombre de Satán por promover treguas con sus enemigos.

Era el líder de la clica de la Mara Salvatrucha en el Valle de San Fernando, que colinda con la ciudad de Los Ángeles.

Había recibido uno de los mejores entrenamientos del ejército salvadoreño y fueron precisamente sus habilidades militares las que lo convirtieron, al cabo de apenas un año, en el líder de una de las más poderosas clicas de la Mara Salvatrucha en Estados Unidos. Decir eso no es poco. Dentro de los protocolos pandilleriles casi nadie pasa en solo un año de ser un bulto movido a patadas durante el bautizo inaugural, el brinco, a ser el que decide quién se convierte en bulto y quién no.

Era capaz de armar y desarmar armas cortas y armas largas; sabía de repliegues estratégicos, de emboscadas, de la función de las pequeñas unidades, de la importancia de mantener firmes algunas plazas. Probablemente sabía matar. Sabía mucho de guerra el Satán.

Ernesto Deras, que con ese nombre nació el Satán, jamás fue un Rambo de película salvo tal vez por su voz cansada, porque susurra más que habla, porque parece alguien infinitamente triste. Salvo porque quienes lo conocen dicen que nunca lo han escuchado gritar, ni reírse a carcajadas. Salvo porque se formó con el entrenamiento de Boina Verde que impartían los asesores gringos a los Batallones de Reacción Inmediata durante la guerra civil salvadoreña.

Fuera de eso, Ernesto bien podría ser el cliché del migrante salvadoreño que llegó a Los Ángeles en 1990: era un veinteañero flaco y duro como una rama de guayabo, lampiño y huraño. Venía huyendo de la guerra civil y había entrado a los Estados Unidos a hurtadillas, como un animalillo nocturno.

También es importante decir de nuevo que Ernesto era Satán y que no era muy dado a hacer las paces con los enemigos.

Por eso en 1993, cuando una pareja de mediadores intentaron convencerlo de que asistiera a reuniones de paz, tuvieron que mencionar a los que no se mencionan, tuvieron que explicarle que el asunto tenía el visto bueno de la Mafia. Y en esos ambientes todos saben que a los Señores es mejor no hacerles el feo.

***

La pandilla a la que se incorporó Satán en 1990 era una pandilla paria.

Cuando los salvadoreños llegaron en masa a California en los últimos años 70 y en los primeros 80 –buscando refugio del horror que presentían en su tierra-, los mexicanos y sus descendientes, los chicanos, ya tenían décadas de organizarse en pandillas para plantar cara a los desprecios blancos y no estaban dispuestos a que los recién llegados tuvieran en aquellas calles una bienvenida que ellos no tuvieron.

Por eso cuando los salvadoreños fundaron su propia pandilla para plantar cara a los desprecios morenos, los mexicanos y sus descendientes los miraron con asco. No es fácil ser el nuevo del barrio y esperar que los demás te inviten a jugar con ellos. Incluso si el juego consiste en hacerse la guerra.

Como en todo ecosistema, lo esencial para sobrevivir es aprender quién se come a quién. Cuando la Mara Salvatrucha apareció, hacía ratos que en el Sur de California eso estaba claro: cada pandilla podía ser presa de cualquier otra, y en la cúspide de la cadena alimenticia habitaba sola y voraz la Mafia, la organización de los Señores, que a fin de cuentas decidía quién jugaba y quién no.

La Mara Salvatrucha, por ejemplo, no podía jugar.

La Fulton, la clica que Satán comenzó a dirigir en 1991, era la única célula de la Mara Salvatrucha en todo el Valle de San Fernando, en el sureste de California, donde guerreaban al menos otras 75 pandillas por esa época. Para todas ellas la Mara era un enemigo común.

La conciencia de saberse presa universal hizo de la Fulton una clica arisca, huraña y muy violenta. Los años de ser el enemigo común le enseñaron a desconfiar de todos… por eso cuando en 1993 dos tipos se acercaron a Satán para invitarlo a entrar a una potencial trampa, el instinto militar del muchacho le aconsejó tener un plan de salida, o al menos un plan para que –dado el caso- no fueran los homies de la Fulton los únicos muertos de la jornada.

***

Del excampeón mundial de Kick Boxing, William “Blinky” Rodríguez, y de su socio, Big D, hablaremos luego. Por lo pronto basta decir que estos dos amigos de infancia renacidos en el cristianismo se habían embarcado en una cruzada por conseguir lo que parecía una simple tontería de fanáticos religiosos: un acuerdo de paz entre todas las pandillas del Valle de San Fernando.

El asunto se vuelve más terrenal al decir que ambos tenían permiso para ondear el estandarte de la Mafia. Los Señores habían dado el visto bueno a este par de cruzados y eso les garantizaba, como mínimo, la atención de los líderes de todas las pandillas.

El día de Halloween de 1993, los dos mediadores consiguieron reunir por primera vez a decenas de pandillas en el parque Pacoima, en uno de los distritos del Valle de San Fernando, sin que hubiera ningún incidente violento entre ellas. Les hablaron de Dios y les invitaron a acercarse a dirimir sus conflictos hablando… y ocurrió. La prensa californiana miró aquello con una ceja arqueada: ante sus cámaras estaba ocurriendo lo que parecía imposible. A partir de ese día, aquellas reuniones tuvieron lugar cada domingo. Como era de esperar, la Mara Salvatrucha fue de las últimas en ser invitada.

Satán sabía lo que estaba ocurriendo y sabía también que la invitación no tardaría en llegarle:

“Llegaron a buscarme. Me llamó la atención y les dije que sí. No a hacer paz, pero que íbamos a ir, porque si no íbamos iban a decir que nos estábamos acobardando. Les dije que llegaría el siguiente domingo, pero me dijeron que esperara para que ellos prepararan el terreno. Dijeron que iban a preparar a los demás para la llegada de la Mara. Tiramos un meeting y les dije a los homeboys: ‘parece que los Señores están arriba de esto, pero lleven el armamento necesario porque vamos a ver a nuestro enemigo cara a cara, vamos a entrar como una liebre a una jaula de leones’. Fuimos los últimos en llegar al parque de Pacoima. Entramos unos 30 y se quedaron unos 10 afuera, armados. Ellos ya sabían lo que tenían que hacer si algo pasaba. Ahí entramos diciendo: salimos o no salimos.

“Había reporteros, el parque estaba lleno de pandillas, se levantaron todos. Algunos comenzaron a buscar bronca, pero no pasó nada. Cuando los reporteros se enteraron de que era la Mara la que estaba llegando corrieron a buscarnos, pero los homeboys los mandaron al carajo, no los dejaron entrevistarlos ni tomarles fotos. A mí uno de los organizadores me llegó a decir que si me quitaba el gorro, por respeto.”

Para dejar claro con quién estaban hablando, Satán se había vestido para la ocasión: llevaba sus holgados atuendos de cholo y la cabeza tocada con un gorro en el que se leía: “Fuck everybody”, que en en una muy libre traducción al español vendría siendo como un “váyanse todos a la mierda”. El palabrero de la Fulton entró en aquel parque con talante buscapleitos. El excampeón de kickboxing, Blinky Rodríguez, temió que aquel gorro terminara en una batalla campal y le pidió a Satán, con las mejores maneras que supo, que se lo quitara por respeto a sus enemigos. Satán accedió sin darle mucha importancia. Aquel fue el primer gesto de paz de la Mara Salvatrucha.

Los últimos migrantes

Hay quien cree que la Mara Salvatrucha nació en la calle 13 del Suroeste de Los Ángeles. El presidente de la República de El Salvador, Mauricio Funes, ha llegado a decirlo en público sin ruborizarse. El problema es que esa calle no existe. Su lugar en esta ciudad de avenidas con estrellas y calles plagadas de pandillas lo ocupa el pulcro Boulevard Pico, muestrario de comercios latinos y paralelo con la calle 12, que corre al Norte hacia el ahora revalorizado Downtown, y a la 14, que aparece y desaparece en los mapas una cuadra al Sur.

Hay también quien piensa que la Mara Salvatrucha brotó de una escisión en la Eighteen Street Gang. Y sí, esas cosas ocurren en el mundo de enormes promesas de gloria callejera y frágiles lealtades en que habitan las pandillas: la misma Eighteen Street, la Pandilla 18, nació a finales de los años 40 como una fractura de la veterana Clanton 14, que desde la década de 1920 callejea por la ciudad y es probablemente la pandilla latina de mayor antigüedad de las que aún existen en California.

Pero no, la MS no nació de la 18. El 13 es en realidad un apellido que indica pleitesía a una fuerza criminal mayor, a los Señores, a la Mafia Mexicana, que reina en el Sur de California. Y la MS tardaría algunos años en necesitar, desear y merecer esa amistad y esos números.

A finales de los 70 en Los Ángeles la Mara Salvatrucha era solo una panda de adolescentes desarrapados y aficionados al heavy metal. Se hacían llamar “stoners” en traducción del término “roquero” y por influencia de los Rolling Stones, como muchos otros grupos de jóvenes -los Mid City Stoners, los The Hole Stoners…- que por esos días consumían rock y marihuana en las esquinas y parques de sus barrios.

Ninguno de los miembros de la Mara Salvatrucha Stoners pasaba de los 18 años. La mayoría había llegado a Estados Unidos hacía poco, con sus padres que huían de la pobreza en El Salvador. Eran los últimos migrantes en arribar y ninguno podía decir todavía que fuera territorio suyo ni un solo pedazo de asfalto en aquella ciudad compleja plagada de afroamericanos, mexicanos o coreanos.

Aun así, hablar hoy de stoners en la Mara Salvatrucha es invocar lo puro, lo radical, lo auténtico. En la Mara, que tiene la memoria borrosa de las tradiciones orales, se suele decir que ya no queda vivo ninguno de aquellos pioneros, pero aún hay pandilleros que aseguran con aparente desinterés haber entrado al juego en aquellos días, conscientes de la herencia de prestigio que eso deja. Los pasados borrosos abundan en la constante guerra por el respeto que se libra en las pandillas.

La policía de Los Ángeles tiene memoria de la existencia de grupos de la Mara Salvatrucha Stoners en 1975. Investigadores como Tom Ward, de la Universidad de California, han constatado la fundación de pequeñas clicas o núcleos de stoners de la MS en 1978.

No hay certeza de cuál fue su primer asentamiento, pero algunos veteranos salvatruchos angelinos cuentan que a finales de los 70 una docena de stoners comenzaron a reunirse habitualmente en el Seven Eleven que aún existe en el cruce de Westmoreland Avenue y James M. Wood Street. Esa, la Seven Eleven, fue probablemente la primera clica de la Mara Salvatrucha. Todavía hay, en Los Ángeles y en El Salvador, pandilleros que se brincaron años después y pertenecen a ella.

Los salvatruchos se sentían malvados. Vestían jeans ajustados y rotos a la altura de las rodillas, camisas negras con portadas de discos de ACDC, Led Zeppelin o Kiss, y largas melenas que gritaban rebeldía. Se involucraban en peleas con grupos similares, robaban caseteras de carro y se hacían respetar en escuelas como la Berendo Middle School, a cuatro cuadras del cruce entre Normandie Avenue y Pico Boulevard. Algunos incluso presumían de ser satánicos mientras cantaban Hell Bent for Leather, de Judas Priest. Pero apenas tenían más horizonte y ambición que sentirse fuertes e ir juntos al próximo concierto y levantar el puño simulando con los dedos un par de cuernos. De momento.

Miembros de la clica Western Locos de la Mara Salvatrucha Stoners a mediados de los 80 en Los Ángeles. Uno de ellos, el Puppet, regresó años después a El Salvador y vivió en la colonia Amatepec de San Salvador, donde murió asesinado.

Miembros de la clica Western Locos de la Mara Salvatrucha Stoners a mediados de los 80 en Los Ángeles. Uno de ellos, el Puppet, regresó años después a El Salvador y vivió en la colonia Amatepec de San Salvador, donde murió asesinado.

***

En la primavera de 1984 la cercanía de la inauguración de los Juegos Olímpicos hizo que la alcaldía de Los Ángeles decidiera barrer de sus calles todo aquello, y a todos aquellos, que pudieran ensuciar la fotografía de lo que debía ser una demostración de la superioridad deportiva y social de occidente sobre el enemigo soviético.

En plena Guerra Fría, cuatro años después del boicot estadounidense a los Juegos de Moscú, Ronald Reagan quería que los de Los Ángeles no solo pasaran a la historia como los primeros Juegos rentables y organizados por una corporación privada, sino como un escaparate de la armonía social prometida por la receta única del modelo capitalista.

En un planeta atenazado por la amenaza nuclear, Los Ángeles debía ser una ciudad segura. Y esa seguridad pasaba por limpiar de pandillas el Centro-Sur y el Oeste de la ciudad, aunque fuera por unas semanas. Las calles se militarizaron. Hubo redadas y planificadas detenciones masivas. Los sospechosos habituales fueron encarcelados. Los cabecillas de las principales pandillas latinas, negras y asiáticas de la ciudad estaban entre ellos.

La Chele ya era por esos días miembro de la Mara Salvatrucha y vestía como una stoner. Aunque nació en El Salvador, se crió en Los Ángeles. A los 8 años soportó burlas de otras niñas porque, aunque hablaba mejor inglés que castellano, no sabía jugar a las Cuatro Esquinas, un típico juego infantil estadounidense. A los 11 una amiga de la escuela trató de convencerla de que se uniera al Barrio 18 y no quiso. Cuando tenía 13 años, harta de soportar golpes y sentirse acorralada por las pandillas chicanas de su instituto, se unió a la Mara.

─Para los Juegos Olímpicos de 1984 los policías levantaron a los cholos pesados de las pandillas grandes, y el vacío ayudó a asentarse a la Mara. -dice.
─¿Por qué solo a la Mara?
─No, no solo a la Mara. En todo Los Ángeles el número de pandillas aumentó, y sus membresías crecieron.

Descabezadas, muchas clicas de pandillas angelinas pasaron durante los años 84 y 85 por violentas batallas internas para redefinir liderazgos. La Mara, ajena todavía a la luchas intestinas por un poder que no tenía, se dedicó únicamente a crecer por la vía de cautivar a los cada vez más y más adolescentes salvadoreños que llegaban a Los Ángeles con sus familias, huyendo de la guerra civil; y a ganar territorio peleándolo con los puños o con cuchillos.

─Sam, el águila, la mascota de aquellos Juegos, fue el culpable de lo que la Mara es hoy -dice la Chele. Y se ríe.

Los detalles de cómo la Mara fue arrebatando terreno a las pandillas chicanas dependen de quién relate la historia. Pandilleros de Los Ángeles cuentan hoy lo que quieren recordar o lo que oyeron de sus homeboys más veteranos: que armados de juventud y furia guanaca arrebataron ferozmente las esquinas y las calles a hombres menos locos, menos tenaces o simplemente menos hombres.

Pero hay versiones menos épicas. Un veterano de la pandilla Playboys cuenta, por ejemplo, que en los primeros años 80 el Flaco, palabrero de la clica Playboys Normandie Locos, que controlaba el cruce entre Normandie Avenue y la 8th street, recibió una grave herida de bala en la espalda y tuvo que someterse a varias operaciones. Cuando al cabo de algunos meses el Flaco salió del hospital, atado para siempre a una silla de ruedas, algunos de sus homeboys se habían dispersado por la ciudad y su clica estaba deshecha. La Mara Salvatrucha, antes sometida, huesped en territorio Playboys, heredó ese cruce de calles sin dueño e hizo suyo el nombre de la desaparecida clica de los Playboys para alumbrar una de sus clicas más poderosas: la Normandie Locos Salvatrucha.

Fueron meses de crecimiento y de cambios frenéticos para la Salvatrucha. Quienes se integraron a la Mara en la segunda mitad de los 80 cuentan que la mayoría de las pandillas chicanas no aceptaba a aquel grupo de recién llegados y los condenó a un constante acoso, a una evidente enemistad. Como si pensaran que discriminar al recién llegado, al nuevo migrante, otorgara al victimario un carné de no-migrante. Como si uno tuviera que discriminar como un estadounidense para ser estadounidense.

Los mareros eran ridiculizados en las cárceles y en las calles por utilizar palabras como cipote, cerote, vergo y mara, que los chicanos consideraban vulgares. Pero esa reivindicación de origen, de carácter, los fue consolidando. Solos, se unieron más. Golpeados, se fortalecieron. La Mara Salvatrucha no gustaba pero cada vez pasaba menos desapercibida. Pronto se ganó fama de brutal. Mientras otros grupos peleaban con cadenas y cuchillos, la MS comenzó a utilizar cumas; antiguos miembros de la Playboys dicen haber conocido a mareros que caminaban armados con hachas.

A medida que algunos de sus miembros eran detenidos por pequeños delitos y enviados a las prisiones juveniles, su identidad metalera fue quedando en un segundo plano y su carácter de pandilla callejera cobrando forma. Con las melenas afeitadas a la fuerza nada más ingresar al penal, aislados de sus compañeros en las calles e indefensos frente a grupos enemigos más numerosos en los patios , los salvatruchos fueron aprendiendo los códigos carcelarios del Sur de California y se vieron en la necesidad de asumir la estética de los cholos para tratar de diluirse en el grupo.

Si la calle fue en los primeros años de la Salvatrucha un espacio relativamente libre en el que abrirse camino, la cárcel se convirtió en el verdadero espacio de socializac ión para esos nuevos migrantes. Como una procesadora de carne que te convierte en lo que el sistema te dice que eres, la cárcel acabó de educar en la lógica pandilleril de Los Ángeles a los miembros de la Mara.

Si el sistema te dice que eres como los demás, un pandillero latino, tú lo asumes y te vistes como lo que te han convencido que eres: un pandillero latino.

Para 1985 la mayoría de clicas de la MS habían dejado atrás la estética, la identidad y el apellido stoner y en los años siguientes se fueron integrando en la rutina de la venta de drogas a pequeña escala, o extorsionaban a los dealers de su zona. Dominar la calle no tenía sentido si no se podía obtener beneficio económico por ello. Competir con otras pandillas era querer ganar en todas las categorías: presencia, control, violencia… dinero. La Chele recuerda cómo los homies que salían de la cárcel iban aleccionando a los nuevos en las artes de la intimidación y el poder, aprendidas en largas conversaciones de celda. Ella misma, a la salida de una breve estancia en un penal, se encargó de poner orden en su clica, que según ella perdía dinero porque solo cobraba el impuesto a los vendedores de droga una vez a la semana.

─El homie que había estado encargado me dijo: “¿Como venís de la pinta creés que podés mejorar la teoria?”, y yo le dije: “Simón, la renta se cobra cada dia, y además los traqueteros te miran a leguas llegar con esa troca roja tuya, se te esconden y por eso no apañas nada.”
─¿Explicaron las nuevas reglas a los dealers?
─Ellos ya sabían cómo era la onda. Pero se les dejó decidir: si querían vender droga en territorio de la pandilla debían pagar renta, o se podían ir a otro territorio. Siempre tiene que haber más de una opcion; sin eso el ser humano no dispone de, digamos, voluntad. Y la voluntad es lo que realmente nos separa de las bestias.
─¿No hubo quién se resistió a pagar a diario?
─Siempre lo hay, pero cuando alguien abre un negocio sin registrarse en el Ministerio de Hacienda tarde o temprano llega alguien a pedirle el tributo. Hubo que dar algún castigo ejemplar, claro, de la misma manera que un padrote cachetea una prostituta para dar un ejemplo o que una monja en un orfanato golpea las manos de un huerfano con la biblia… Creeme, todo en las pandillas es un reflejo de la sociedad.
─¿La mara mató a alguien para dar ejemplo?
─Eso te lo puede contestar mejor la Policía… La violencia es mala para el negocio, pero nadie dijo que estos locos tenían un MBA (Master in Business Administration).

La Mara había conservado el símbolo de los cuernos metaleros, al que ahora los salvatruchos llaman “la garra”, pero sin tiempo apenas para disfrutar su adolescencia era ya una pandilla adulta. Tenía al menos 12 clicas en el Centro-Oeste de Los Ángeles, entre las que destacaban la Normandie, la Hollywood, la Leeward y la Western.

Había cultivado en el vecino Valle de San Fernando una clica más, especialmente díscola y desafiante, la Fulton, que rápidamente creció y se ganó respeto entre sus iguales. Esa clica que algunos años después iba a liderar Ernesto Deras, Satán.

La Salvatrucha tenía ya incluso un primer mártir, asesinado ese mismo año, 1985, en el parqueo posterior del Seven Eleven de la James M. Wood Street. En ese mundo, matarte es de alguna manera aceptarte, dejar claro que se te considera parte del juego de la guerra por las esquinas. El apodo del primer MS muerto en las guerras entre pandillas, un apodo todavía stoner, era Black Sabath.

Miembros de la pandilla Playboys de Los Ángeles. Durante los años 80, las pandillas sureñas más antiguas solían usar vestimenta de “pachuco” en las noches de fiesta. Abajo a la derecha aparece El Flaco, antiguo palabrero de la clica Normandie Locos.

Miembros de la pandilla Playboys de Los Ángeles. Durante los años 80, las pandillas sureñas más antiguas solían usar vestimenta de “pachuco” en las noches de fiesta. Abajo a la derecha aparece El Flaco, antiguo palabrero de la clica Normandie Locos.

Un paseo por gangland

El edificio Curacao no va a aparecer nunca en un atlas de arquitectura. Al menos en ninguno sobre obras bonitas, o construidas para adornar nada. Es un monstruo gordo de cemento y vidrios oscurecidos, con el mismo encanto de un general golpista parado en medio del distrito de Pico Union, en la frontera sureña del West Side de Los Ángeles.

La única virtud de esa mole –al menos si uno no tiene que pasar en ella ocho horas diarias- es la fragancia única que despide la sucursal de Pollo Campero que perfuma los primeros pisos. Esta cadena guatemalteca de pollo frito se ha convertido en el centro de las nostalgias estomacales de los salvadoreños y quizá ese perfume, que recuerda a la tierra dejada, pueda darle a este edificio duro algún ligero baño de ternura.

El Downtown angelino no consigue sacudirse aún la mala fama que le dejaron las décadas de los años 80 y 90. En aquel tiempo se le presuponía un lugar lleno de chusma, de malolientes mendigos negros que arrastraban carretas de supermercado llenas de basuras acaso más malolientes que ellos mismos; de hordas de enloquecidos latinos matándose entre sí por cualquier esquina mugrosa; de lugar de despacho de drogas, de robos, de balaceras. En otras palabras, los gringos lo presuponían un lugar lleno de migrantes ilegales. Y tenían razón.

Con la llegada de nuevas oleadas migratorias, los barrios poblados de indocumentados fueron corriéndose hacia las periferias del Downtown, arrastrando con ellos el sonido molesto que hacen los marginados al llegar. Uno de esos lugares es el distrito de Pico Union, epicentro de la migración salvadoreña de aquellas décadas. Ahí está ahora la torre Curacao perfumada de Pollo Campero.

En el séptimo piso de ese lugar, en medio de un pasillo en el que las apretujadas oficinas comparten un baño, está la sede de Homies Unidos, que preside un salvadoreño pequeño y de barriga pronunciada llamado Alex Sánchez.

Una hoja de vida no oficial de Alex Sánchez diría algo así: llegó a Estados Unidos a los siete años huyendo de la guerra civil. Siendo muy joven ingresó a la Mara Salvatrucha y asegura que tiene el abolengo de haber sido stoner. Fue deportado a El Salvador en 1994. Volvió a entrar ilegal a los Estados Unidos un año después para fundar la organización de prevención y reinserción juvenil que aún dirige.

Homies Unidos goza en Los Ángeles de alta credibilidad, algo que en los últimos años ha perdido su homóloga salvadoreña.

En 2002 Alex Sánchez consiguió convencer a un jurado de estadounidenses de que en El Salvador su vida corría peligro debido a su pasado pandilleril y se convirtió en uno de los pocos casos en los que ese gobierno concede asilo humanitario. En 2009 una embestida del FBI en contra de la MS se lo llevó entre las patas: fue sacado de su casa y acusado de llevar una doble vida, como activista por la rehabilitación de pandilleros y como líder de la Mara. Junto a otras 24 personas fue acusado de una larguísima lista de crímenes, entre ellos el de asesinar y el de conspirar para asesinar. Estuvo dos años en la cárcel y tras un masivo movimiento civil en su favor fue puesto en libertad con la condición de que no abandone el estado de California, de que no beba alcohol y de que no tenga ninguna relación –eso incluye hablar- con miembros de la Mara Salvatrucha. Hasta la fecha, el caso sigue vivo en las cortes de California y su juicio está programado para 2013.

Habrá que decir que no encontramos a nadie en Los Ángeles, luego de hablar con funcionarios públicos, pandilleros activos y retirados, investigadores académicos y expertos, que creyera que Alex Sánchez es culpable de esos cargos. Él dice al que quiera oírlo que ha sido víctima de un complot tramado por policías vengativos.

En resumen, la vida de Alex Sánchez ha estado cruzada, como una cicatriz en la cara, por las pandillas; y cuando le pedimos que nos explicara algo importante sobre ese mundo nos dijo lo siguiente:

─El de las pandillas es un juego en el que, desde el momento en que te brincas, autorizas al enemigo a matarte en el momento en que te vea, por el solo hecho de ser de la pandilla que eres. En realidad, ser pandillero es, esencialmente, autodestructivo. Es solo una forma de suicidio.

Alex dejó la pandilla hace 10 años. En sus propias palabras dejó de suicidarse cada día hace 10 años.

─¿Por qué crees que las pandillas latinas se matan entre sí? Mira el rostro de un mexicano, de un salvadoreño, de un hondureño, un guatemalteco. ¿Qué ves? El mismo color de piel, y restos de los mismos rasgos aztecas, mayas. Y no ves a las pandillas latinas matando a blancos, ni peleando por el territorio de las pandillas afroamericanas, aunque sean enemigas.
─¿Qué quieres decir?
─Que la violencia de las pandillas nace de no querer ser quien eres. Es una lucha contra uno mismo, contra el espejo.

***

En los años 80, el mejor espejo de la Mara Salvatrucha era la veterana pandilla 18, que ya tenía 30 años de vida. Mientras otras pandillas de raigambre chicana rechazaban a los migrantes no mexicanos, o incluso se negaban a recibir a los nacidos en México, decididos a enarbolar únicamente la bandera chicana, la Eighteen Street se definió por ser una pandilla abierta a migrantes latinos de origen diverso, lo que le permitió convertirse rápidamente en una de las mayores pandillas de Los Ángeles. Todavía hoy, entre sus miembros, se usa el término “la grandota” para referirse a la 18.

La coincidencia geográfica de ciertas clicas de ambas pandillas, cierta visión paternalista de la 18 hacia los recién llegados, y la fuerte presencia de salvadoreños entre sus filas, facilitaron la afinidad entre la 18 y la Mara Salvatrucha. Las dos pandillas caminaban juntas. Miembros de una y otra acudían a las mismas fiestas y peleaban juntos frente a enemigos comunes.

Algunos dieciocheros con sangre salvadoreña admiraban, en secreto, la identidad de la Salvatrucha, que se negaba a ser igual que el resto. Si cuando llegué hubiera existido una pandilla salvadoreña como la MS, pensaban, yo ahorita no sería 18.

Muchos, para entrar en pandillas como la Playboys, habían ocultado y siguieron ocultando durante años que eran de San Julián, Chinameca o Santa Rosa de Lima. Otros, incluso en la plural pandilla18, habían borrado su acento para no ser menos, para ser uno más. Los salvatruchos no se obligaban a sí mismos a hablar como chicanos ni renunciaban a su origen: lo llevaban en el nombre de su pandilla.

Una antigua pandillera de la 18 recuerda que en los primeros 80 coincidía habitualmente en fiestas con los miembros de la MS y les ordenaba en son de broma que se cortaran el pelo, que vistieran mejor, que dejaran atrás su apariencia de vagos con pantalones rotos.

─Les decía que olían mal, y a alguno que me trató de conquistar le dije que ni se le ocurriera que iba a amarrar con uno de ellos. -dice- Pero éramos aliados. Y aunque se prohibía a las chicas de la 18 andar con chavos de otros barrios, varias homegirls mías acabaron de novias con homies de la MS.

Las barreras entre ambas pandillas eran tan porosas como la piel humana. Incluso ahora que la frontera entre la MS y la 18 tiene como centinela a la muerte, hay casos de dieciocheros que forman familia con chicas tatuadas con la M y la S, y viceversa. En aquellos días el cruce de miradas era normal. El lazo de afectos, tolerado.

Clicas de ambas pandillas llegaron a compartir territorio. Los MS de la Leeward y los dieciocheros de Shatto Park llegaron incluso a rifar barrio juntos, haciendo con la mano un gesto que unía en una sola seña la E de la Eighteen Street, la 18, y los cuernos de la joven MS. La Salvatrucha y el Barrio 18 juntos en una sola mano y unidos en el gesto por el que en una pandilla se grita, se mata o se puede morir.

Si alguna vez la Mara Salvatrucha tuvo un hermano en Los Ángeles se llamó Barrio 18. Tal vez por eso allí las dos pandillas colocan hoy su enemistad por encima de las que mantienen con el resto de grupos callejeros. El odio es siempre más profundo cuando se ha querido, cuando se ha estado cerca, cuando el sentimiento de traición esconde un dolor más íntimo: la vergüenza de haber confiado.

***

Alex Sánchez aprendió las reglas del odio primigenio por las malas y siendo un niño recién llegado a una jungla donde las normas ya estaban puestas: si tu acento y tus palabras suenan raras serás el bufón, a menos que tengás los huevos de marcar una raya a fuerza de puños.

A los ocho años propinó su primera paliza a un chicanito que le rompió un avión de papel. Fue suspendido de la escuela, pero su padre tenía dos trabajos y su madre estaba empleada en una fábrica a tiempo completo. De todos modos ninguno hablaba inglés, así que cuando llegó la notificación escolar, él mismo la firmó y asunto arreglado.

Los años le fueron borrando el acento salvadoreño y aprendió a desaparecer, a mimetizarse, a sentir vergüenza por el lastre heredado de sus padres: ese acento de mierda, esas palabras ridículas, ese país que era solo una sombra borrosa que no dejaba de perseguirlo. Con el tiempo descubrió que no era el único salvadoreño que iba por la vida disfrazado de chicano, que había otros muchachos que incluso habían conseguido colarse en algunas de las pocas pandillas que permitían el ingreso a personas de dudosa procedencia, como la Eighteen Street, o la Playboys.

Hasta que conoció al Cuyo.

Alex tenía 14 años cuando el Cuyo le presentó a la Mara Salvatrucha, una agrupación de adolescentes a la que la palabra pandilla aún le quedaba grande, como cuando los niños juegan a ponerse las corbatas y los zapatos de los adultos. Pero aquel grupo de jóvenes tuvo para Alex Sánchez un brillo genuino, abrazador: hablaban como lo que eran, un puñado de chavitos salvadoreños plantando cara a un mundo de chicanos y ganándose el derecho a estar ahí sin esconderse de nadie y levantando bandera. Claro que se sumó. Al poco tiempo él mismo se había embarcado en levantar las primeras clicas infantiles con estudiantes de la Berendo Middle School, cercada por las calles Berendo y Catalina. Fue parte de la clica Catalinos Locos, que luego, al descubrirse en conflictos abiertos con otras pandillas, tuvo que diluirse en una más grande, la Normandie, donde había muchachos un par de años mayores que él.

─Alex, ¿cómo comenzó entonces la guerra contra la pandilla 18?
─Esas primeras clicas de la MS se estaban defendiendo contra las otras pandillas que estaban en el área, sin embargo con la 18 siempre hubo una amistad, porque la pandilla 18 ya existía, y para muchos antes que la MS existiera, la 18 era la única pandilla que aceptaba inmigrantes centroamericanos. Entonces ya había pandilleros salvadoreños adentro de esa pandilla, y se mantuvo una relación con la 18 por muchos años. A veces los problemas suceden porque los muchachos acá se empiezan a pelear y ya van los malos acuerdos, los malos entendidos y de una pelea se llega a una enemistad y termina alguien muerto y empieza todo.
─Pero ¿cómo comenzó la guerra?
─Con la 18 se mantuvo una relación íntima.
─¿Íntima?
─O sea que la 18 y la MS tenían muchos enemigos y amigos comunes, con algunas excepciones como por ejemplo la pandilla Easy Riders, que siempre mantuvieron una relación buena con la MS pero no se llevaban con los 18. Pero en general la MS y la 18 nos defendíamos juntos en todo lugar. También a veces en las cárceles nos defendíamos entre todos contra otras pandillas. Pero el problema fue que había una clica de la MS que se llamaba King Boulevard Locos y ahí fue cuando hubo una pelea.
─¿Qué? ¿Llegó un 18 a matarlos?
─No… O sea, no, porque se llevaban… pero hubo una pelea parece que por una jovencita, y entonces el muchacho que perdió la pelea, de la 18, parece que no quedó satisfecho…
─¿Eso fue en la calle?
─Fue en un callejón, ahí donde se juntaban los MS entre King Boulevard y la Normandie.
─ (Tomando nota en la libreta) En-tr-e Ki-ng Bo-u-le-vard y la Nor-man-die.
─Mirá, si querés nos vamos a verlo.

***

Salimos del edificio Curacao en el Mazda compacto recién alquilado, con Alex Sánchez como copiloto, por el West Olimpic Boulevard, que conecta el Downtown con el West Side. Avanzamos hasta la calle Alvarado y doblamos a la izquierda. Pasamos el cruce con el Boulevard Pico, legendario en la nomenclatura pandilleril. Justo en la intersección de ambas calles hay un restaurante muy bien montado, que a simple vista parece una sucursal de cualquier cadena gringa de comida rápida y que en grandes letras rojas tiene escrito: “pupusería”.

Seguimos recto por la calle Alvarado, hasta que se convierte en Hoover, que corre paralela a la calle Bonnie Brea; atravesamos el Boulevard Venice –en la intersección hay otra ostentosa pupusería-, hasta cruzar a la derecha en el ancho Boulevard Washington. Durante todo el recorrido los rótulos son en español y mientras se van sucediendo las “lavanderías”, “taquerías” y ventas de autos –no cars, no vehicles- Alex Sánchez va pronunciando, como en una lotería, los nombres de las pandillas que reclaman cada cuadra: “Drifters”, “Playboys”, “Mid City”, “Harpies”, “Easy Riders”…

En el ecosistema angelino las pandillas tienen más de una preocupación. Generalmente sus territorios son estrechos, apenas divididos por callejuelas delgadas o, con suerte, por boulevares o avenidas que permiten mayor certeza acerca de quién controla cada acera. Algunas veces, dos pandillas vecinas se ven obligadas a rotular la misma esquina y a poner flechas en direcciones opuestas para que haya alguna seña que clarifique las fronteras. Otras veces –las más- simplemente viven en pleitos potencialmente mortales con sus vecinos más próximos. No siempre la 18 es la principal preocupación de la MS y viceversa. Se pelea con el que se tiene a la mano.

Los orígenes de este abanico de pandillas son muy variados: las hay que fueron un club de carros, o equipos de fútbol americano barriales, o no tan barriales, o agrupaciones de grafiteros… Actualmente se calcula que hay en Los Ángeles aproximadamente 400 pandillas latinas. Más de 700 en el Sur de California. Por no contar las pandillas negras, asiáticas, caucásicas…

Avanzamos sobre el Boulevard Washington, y aparece en paralelo, de forma intermitente, la calle 18. Un semáforo nos obliga a detenernos al lado del inmenso Angelous Rosadale Cementery. Ahí están sepultados cuatro hermanos amigos de nuestro guía. Los cuatro eran Easy Riders. Los cuatro murieron en las guerras pandilleriles de antaño. Un rótulo azul anuncia, justo después del cementerio, que esa calle ancha que atraviesa el Boulevard Washington es la avenida Normandie. Estamos entrando en territorio de la Mara Salvatrucha. Bajamos por la Normandie, que se introduce en una zona residencial de calles menos transitadas.

Durante los 80 y 90 aquí se libraron auténticas guerras. Las calles estaban rotuladas con la marca de sus dueños y los homeboys más jóvenes patrullaban las calles con armas de fuego, listos para defender el territorio que reclamaban. Los extraños eran de dos tipos: compradores de drogas o enemigos. En ambos casos había que estar listos para dar la respuesta adecuada.

Todo ese panorama cambió con las leyes conocidas como gang injunction, que aun hoy prohíben que tres o más pandilleros fichados por la policía como miembros de una organización delictiva estén juntos en la vía pública, so pena de ser arrestados y de pagar una multa de mil dólares. Sumado, siempre, el riesgo de ser deportados. Desde finales de los 80 y, sobre todo, durante la segunda mitad de los 90, las gang injunction hicieron a las pandillas cambiar de hábitos.

Ahora las calles del suroeste de Los Ángeles lucen como las de cualquier vecindario pacífico, donde los residentes pasean diminutos perros y las ancianas conversan en las aceras. De tanto en tanto, tatuadas en un árbol, o tímidas, sobre el propio suelo, se leen las iniciales de alguna clica. No hay pandilleros en las esquinas. Sin embargo, ojos desconfiados observan desde los balcones de los edificios.

El recorrido por este paisaje de calles con nombre de clica está por terminar. Dejamos la Normandie para entrar en el boulevard Martin Luther King Jr, donde Alex Sánchez nos da instrucciones de detenernos para entrar en un estrecho callejón, en el que el pequeño Mazda cabe justo. Es difícil en Los Ángeles encontrar una callejuela de tierra como esta. Sobre el piso se acumulan los charcos lodosos y a los lados crecen matorrales sin dueño al pie de cercas de madera. Unos mendigos negros han construido una champa de plástico al lado de la pared en la que alguna vez estuvo escrito “Rest in peace Shaggy”. Aquí fue donde todo comenzó.

Mural de la clica Leeward Locos de la Mara Salvatrucha situado en la parte trasera de Leward Avenue de Los Ángeles, entre las calles Westmoreland y Hoover. Fotografía tomada en la segunda mitad de los años ochenta.

Mural de la clica Leeward Locos de la Mara Salvatrucha situado en la parte trasera de Leward Avenue de Los Ángeles, entre las calles Westmoreland y Hoover. Fotografía tomada en la segunda mitad de los años ochenta.

La venganza del Shaggy

El cruce de Normandie Avenue con Martin Luther King Jr. Boulevard es territorio de la clica Western Locos de la Mara Salvatrucha. Y el largo callejón que se esconde a pocos metros, paralelo a la King Jr. y a Browning Boulevard, era en los 80 un lugar habitual de reunión para la MS. Todas las casas de la cuadra tienen todavía hoy dos pisos con ventanas de madera, una cochera y un pequeño jardín con puerta trasera al callejón. Dicen que la fiesta, aquella noche a finales de 1989, fue en una de esas casas.

En reuniones como aquella, pandilleros de la Salvatrucha y de diversas clicas de la 18 solían compartir cerveza y licor mientras en la atmósfera flotaba el olor alegre de la marihuana. La gente entraba y salía, y siempre había alguien nuevo a quien conocer en aquella telaraña de relaciones que era la estructura de clicas a lo largo y ancho de todo Los Ángeles. En la calle y en las casa de los vecinos resonaba con descaro la música a todo volumen: rock y hip-hop del momento, intercalado con algunos oldies de James & Bobby Purify, o de Mary Wells. Los dieciocheros insistían en pedir música de los 60, en llevar ellos trajes amplios de pachuco y sombrero, en hacerse ellas altísimos peinados. Vestir como pandilleros old school era una suerte de reivindicación de su historia, porque la tenían.

La Salvatrucha estaba apenas empezando a escribir la suya y solo respiraba el momento presente.

Nadie parece recordar el nombre de la chica por la que inició la discusión, pero la mayoría de versiones coinciden en que aquella noche la fiesta se rompió en una pelea entre el Shaggy, de la Western, y un dieciochero que acabó yendo por una subametralladora UZI y resolvió la disputa en el callejón, a balazos. Así lo cuentan, sin más. Como si las muertes nacieran de la nada, la memoria ha reducido aquel episodio trascendental a la imagen de un arma siendo disparada. Como si aquel estallido no necesitara explicación porque se diera por sobreentendido que la fiesta estaba bañada en pólvora. Dicen que el cuerpo del Shaggy quedó tendido sobre el suelo de tierra de ese callejón, en el que hoy duermen los vagabundos.

Pero ni siquiera eso es seguro. La génesis de la religión del odio es confusa.

El investigador estadounidense Tom Ward, que desde hace 20 años pregunta a pandilleros de los dos bandos cómo comenzó su guerra, ha recogido otros testimonios que hablan de un drive by, un ametrallamiento desde un carro en movimiento, en el que pandilleros de la MS quisieron matar a miembros de una pandilla rival, los Harpies, y por error alcanzaron a un dieciochero que se encontraba con ellos. Según esta versión, el Barrio 18 pidió a la MS una compensación económica por la muerte de su homeboy, un gesto habitual entre pandillas para demostrar arrepentimiento o pedir perdón. Pero la Mara no quiso pagar. Lo consideró una humillación y reclamó a la 18 por permitir que sus miembros se reunieran con los Harpies, enemigos de sus amigos.

Nadie cuenta, en ninguna de las versiones, quién apretó aquel primer gatillo. El nombre de quien desencadenó la guerra entre la Mara Salvatrucha y el Barrio 18 ha desaparecido hasta de los rumores.

***

Alex Sánchez cuenta que la noche que mataron al Shaggy él estaba con amigos en su cancha, cerca de la esquina de Normandie con la 8th, cuando llegó alguien a darle la noticia. “Ya se reventó”, le dijeron.

No le extrañó. En los últimos años los roces con la 18 se habían ido haciendo más y más habituales. Por disputa de negocios, por enemistades personales, porque la calle engendra odios. Pero por encima de todo, la lenta pero constante migración hacia las filas de la Salvatrucha de dieciocheros salvadoreños ansiosos por dejar de fingir que eran chicanos, que se toleró en un principio, se había tornado cada vez más incómoda para los líderes del Barrio 18, inquietos por ver crecer a su hermano pequeño e indignados porque lo hiciera a costa de ellos, robándoles.

─Sentían que la Mara Salvatrucha les estaba faltando al respeto. -dice Alex Sánchez.

Y en el mundo de las pandillas cuando desaparece el respeto no queda nada que preservar y se esfuma la hermandad. Roto ese himen simbólico, en las pandillas solo queda el diálogo escueto y brutal de la violencia.

La noche que mataron al Shaggy, según cuenta Alex Sánchez, hubo quien propuso de inmediato buscar una solución pactada, tratar de ahogar el eco de las balas ya disparadas, antes de que se confundiera con el sonido de las balas de respuesta.

─Dijimos que había que hablar de lo que había pasado, tratar de ver una solución. No se podía empezar una guerra así con esta gente porque… porque no.
─¿Por la amistad? ¿Para que la Mara no sumara un nuevo enemigo?
─No me crean, pero en la Normandie éramos diferentes, porque en la zona de la Normandie estaban todavía los Playboys y mi clica en esos años todavía se llevaba muy bien con los Playboys, aunque eran enemigos de la 18. A nosotros de cierta manera no nos caían muy bien los 18. Pero otras clicas estaban bien atadas a ellos, y esa era la relación que se tenía que mantener.
─¿Y qué hicieron para solucionarlo?
─Nada. Se iba a tratar pero no dio tiempo. Los muchachos de la Western y los amigos íntimos de Shaggy no dieron oportunidad, y al amanecer ya había como cuatro muertos.

Engrasar la maquinaria de la venganza después de aquello fue fácil. El Barrio 18 y la Mara Salvatrucha eran tan cercanas que cada pandilla conocía los escondites de la otra y dónde vivían sus miembros. En los años que siguieron, cuando a un enemigo se le encendía una luz verde, una condena de muerte, siempre había alguien que sabía dónde encontrarlo. Y los nombres de los muertos nuevos fueron haciendo olvidar a aquellos primeros.

─A los pandilleros no les importa la historia. Si les importara, estarían estudiando historia en la escuela. -dice Alex Sánchez.- Yo conocí al Shaggy. Cuando lo mataron tenía más o menos mi edad, 17 años. Solía verlo pasar la tarde en un Taco Bell cerca de aquel callejón, junto a su novia. Pero ahora casi nadie en la Mara se acuerda de él. Viene la gente, se va… y solo quedan leyendas.

***

─¿De verdad crees que todo esto empezó solo por una mujer?

Sentada en la terraza de un bar en San Salvador, con su segunda cerveza delante, la Chele lanza una mirada de cansancio y repite lo que nos ha dicho ya otras veces: que la gente inventa historias, que agarra los hechos y les pone orejas y rabo, que en este mundo de las pandillas los homies hablan como si lo supieran todo pero casi nadie sabe de verdad qué o quién pasó por la historia de la Mara. La Chele suele presumir de feminista y ha apuntado con una pistola a la cabeza de hombres que la quisieron mirar de menos, pero repite que la guerra entre la Mara Salvatrucha y el Barrio 18 empezó por algo más importante que el cariño de una chica.

─Pues eso dicen: que esa noche comenzó el pleito y que a la mañana siguiente ya había cuatro muertos. -le insistimos.
─Pues sí, pero la cosa no pasó de un día para otro. Venía de antes. La onda es que por esos días tres salvadoreños de la 18 se habían brincado a la Mara, pero por decirlo de algún modo no se habían salido de la 18 primero. Y dos de esos se habían brincado a la clica Western Locos.
─¿Y estaban en esa fiesta?
─Parece que sí. La cosa es que en esa fiesta se discutió por eso, y ahí viene lo de la UZI. Al Shaggy las balas le volaron una mano y lo mataron. Pero no fue planeado. Y el siguiente muerto no fue esa noche. Fue días después, esa misma semana.
─¿Quién fue?
─El Funny, de la 18. El Funny pasaba por el territorio de la Normandie sin saber nada de lo que había ocurrido, y los homies de la Mara lo llamaron. En una casa lo tuvieron horas haciéndole de todo, hasta que lo mataron.
─¿Para vengar al Shaggy?
─Sí. Iban uno a uno. Ahora se ha perdido la cuenta. Pero no fue por una mujer.

Una mujer es, en la pandilla, un ser insignificante. Hay veteranas pandilleras en Los Ángeles que dicen que a ellas, en su barrio, se les ha respetado, que han sido un igual, que su barrio es diferente a los otros, pero en la mayoría de pandillas latinas de Los Ángeles y especialmente en sus ramificaciones centroamericanas, hoy una mujer es un ser insignificante que no vale nada.

En Los Ángeles, desde hace años, clicas de la Mara Salvatrucha como la Fulton -la clica de Satán- no brincan a mujeres y las condenan a caminar a su lado con un rango menor al del pandillero. Temen que sean más propensas a delatar a sus homies o que causen conflictos internos. La pandilla 18, en El Salvador, tampoco acepta ya a mujeres en sus filas. La mujer da apoyo logístico, colabora en los negocios, es concubina de uno o de varios pandilleros, pero no tiene voto ni voz, ni merece la venganza que el honor exige cuando el enemigo mata a un homeboy. La mujer es prescindible.

Hay aguerridas excepciones. Como la misma Chele, que en Los Ángeles acumuló y conserva respeto. O como La Reina, una agresiva líder de la Mara Salvatrucha en Honduras a la que pandilleros en varios países atribuyen el control de buena parte del negocio de la droga y las armas en San Pedro Sula. Mujeres con más hombría que sus propios hombres. Eso: excepciones.

Por eso resulta extraño, retorcido casi, que pandilleros de los dos bandos enemigos aseguren, tanto en Los Ángeles como en Centroamérica, que el odio entre la Mara Salvatrucha y la pandilla 18 se originó en una pelea por una chica.

─El tema de fondo es que ellos no querían que los salvadoreños de la 18 se hicieran de la Mara. -insiste la Chele.- Querían que estuviéramos siempre a la sombra del grupo hispano más dominante.
─…
─¿De verdad crees que por un pleito por una mujer alguien iba a torturar a un hombre durante horas? ¿Que por una mujer le iban a introducir a un infeliz un palo de escoba por el ano, como le hicieron al Funny? No, hombre… fue algo más importante.

***

No cambia nada saber si alguna vez existió esa Helena de Troya de los callejones de Los Ángeles por la que dicen que se desató la guerra entre la MS y la 18. No importa si tuvo un nombre y se ha olvidado. Hay pandilleros que aseguran incluso que el Shaggy no fue el primer muerto de la guerra, que poco antes la 18 había matado a otro homie de la MS apodado el Boxer. No importa. Veintitrés años después de la fiesta en el callejón de King Jr., el rencor entre la Mara Salvatrucha y el Barrio 18 no depende ya de a quién recuerdes.

Especialmente en Centroamérica, adonde ambas pandillas bajaron a comienzos de los 90 ya odiándose, ha habido tantos muertos, tantas decenas de miles de muertos, que cada pandillero tiene su propia razón para vengar. También se han deformado las dimensiones y límites de lo que se considera respeto.

Un antiguo pandillero del Barrio 18 cuenta que en la cárcel salvadoreña de Mariona, en 1995, hubo cursos de informática para presos que tuvieron que suspenderse porque sus antiguos homeboys de la 18 se negaban a usar computadoras cuyo sistema operativo era MS DOS. No es broma. Y las hebras envenenadas del conflicto son cada vez más imprevisibles y voraces. Una mala mirada puede importar lo suficiente como para matar, y una vida lo bastante poco como para canjearla por una palabra inoportuna.

Un veterano miembro de la MS en El Salvador, con más de 15 años en la pandilla, recuerda haber estado a finales de 2011 tomando con otros homies cuando uno más se incorporó al grupo. Le ofrecieron algo de beber y lo rechazó, con esta frase: “No, no quiero beber, ayer me puse una gran peda”. La reacción de la mayoría del grupo fue violenta, radical. Uno le dijo: “¿Cómo que una gran peda? Aquí uno se pone pedo, no peda. Solo los chavalas (los miembros de la pandilla 18) se ponen peda”.

─Y lo picaron, lo mataron. -dice con cierta repugnancia. Hace una década él pensaba que formaba parte de una fraternidad unida en una tradición y unos enemigos comunes. Pero uno de sus homeboys dijo una palabra en femenino y sus hermanos de clica, sus compañeros, lo condenaron por traición y lo mataron a puñaladas. Le repugna. Pero no revela asombro. En las pandillas salvadoreñas que alguien muera en nombre de un odio difuso, sin origen, no genera asombro.

***

Alejandro Alvardo tiene 38 años y fue pandillero de la 18. Aunque es guatemalteco lleva tanta vida en Los Ángeles que le cuesta hablar español. Hace años que está calmado, alejado de las armas y las calles, y trabaja en Homies Unidos, como Alex Sánchez, tratando de que otros pandilleros se calmen también. De eso habla mientras come sin ganas un sandwich en la planta baja del edificio Curacao: de la forma de romper el círculo de violencia en el que te mete la pandilla.

Le comentamos que en El Salvador la Mara Salvatrucha y la 18 acordaron el pasado marzo una tregua, que aseguran que ya no se van a matar entre ellos y han logrado una reducción drástica, casi increíble, de las cifras de homicidios. No parece sorprendido. A Alejandro Alvardo, que habla despacio y mira como si hubiera regresado hace solo unos minutos de un viaje de vida agotador, parece que nada de lo que le digamos o mostremos lo puede sorprender ya.

─Pues sí, se puede llegar a un acuerdo, pero también se necesita que haya más gente, porque ¿de qué sirven las paces si no hay recursos, si no hay alternativas? ¿Me entendés?
─Claro.
─Aquí también hubo un tiempo, por el año 93, en el que trataron de hacer paces, y no andar, you know, no andar balaceándose y todo eso. Funcionó por un rato. Pero comenzó a venir la función más antigua, la que dice que no puede ser así, porque somos enemigos y siempre va a haber algo muy adentro que no va a permitir que eso siga. Es como si esas paces fueran un refugio, como si tú pusieras vasos de agua en el desierto, ¿me entendés? Pero si alguien viene y quita esos vasos, como tu vida depende de tomar agua vas a regresar a lo mismo, porque la pandilla viene siendo como el agua para darte vida.
─¿Esa paz ya se rompió?
─Sí, ya se rompió. Sí.
─¿Por qué?
─Pues porque siempre hay alguien que va a comenzar algo. Porque en las pandillas no quiere decir que porque una persona cambie todos tienen que cambiar. Yo paré de tomar hace 12 años. No tomo, no fumo, y fumaba toda mi vida. Dos policías mataron a mi hermano y a mi primo, y yo no pienso ahora que todos los policías son malos, fíjate. O sea, yo soy un testimonio que una persona puede cambiar hasta esos extremos. Pero cada persona tiene su punto, cada persona tiene, you know, su check point para saber que hasta acá llegó.
─¿Entonces nadie te puede ordenar que te calmes?
─¿Y cómo? ¿Cómo si vienes herido, te han violado, te han maltratado, te han dañado físicamente y mentalmente? ¿Cómo vas a aceptar todo eso? ¿Me entiendes? Es como que le digas al borracho “ya no puedes tomar”. ¡Tu madre! Va a seguir tomando. Va a encontrar la manera de tomar, ¿tú me entendés?

Capítulo II. La letra 13.

El zumbido del helicóptero es una bendición. Si hubiera silencio la espera entre cada serie de golpes sería más estremecedora y los impactos parecerían más brutales todavía. Si hubiera silencio, el espectador lo llenaría imaginando el sonido de la porra al chocar con las rodillas, el torso y los brazos de ese hombre negro que rueda por el suelo lentamente mientras tres policías le vapulean. Uno de ellos abre las piernas como un bateador de beisbol para bajar su centro de gravedad y apalear con más fuerza y control. Un porrazo, otro, otro; una pausa; y de nuevo a la carga con una sucesión de tres golpes más en las piernas de ese saco de carne que se trata de incorporar desorientado; y otra pausa para respirar, y siete golpes más.

En las imágenes de televisión se pueden contar un total de 56 golpes. Si en la grabación no estuviera ese helicóptero para llenar el silencio con su atronador zumbido, uno imaginaría incluso el rechinar de los huesos a punto de romperse.

***

El video de la paliza a Rodney King dio la vuelta al mundo en 1991. Los bastonazos a aquel hombre negro de 25 años, un ex convicto por robo que esa noche de marzo se había negado a detener su carro pese a las órdenes de la policía, porque estaba bebido y temía regresar a prisión, fueron grabados por un videoaficionado y aparecieron en noticieros en los cinco continentes.

De inmediato se convirtieron en un símbolo de la brutalidad y el racismo de la policía de Los Ángeles, que desde la exitosa limpieza de calles del 84 había gozado de protección política para golpear o disparar con casi total impunidad. En el lugar de los hechos había quince agentes de uniforme que no movieron un dedo para detener la descarga de bastonazos, que duró más de diez minutos. Solo cuatro policías, los que usaron la porra y su sargento inmediato, fueron a juicio.

La sentencia para ellos se conoció un año y dos meses después, la tarde del 29 de abril de 1992: inocentes. Un jurado en el que diez de los doce integrantes eran blancos consideró que el video no era prueba suficiente de abuso de fuerza y desestimó los cargos.

En las calles de Los Ángeles, especialmente en los suburbios de Central South y South West, la noticia fue una inyección de furia. Primero fueron pequeños grupos de vecinos negros que gritaban en alguna esquina; después, descontrolados que apedreaban vidrieras e insultaban a los conductores blancos que atravesaban sus barrios. Al cabo de pocas horas el Suroeste de la ciudad ardía, literalmente. En los tres días que siguieron, la Policía tuvo que retirarse de barrios enteros y se generalizaron los saqueos y la violencia callejera. Gasolineras, comercios, edificios enteros fueron pasto de las llamas. Los bomberos registraron durante los disturbios un total de 7,000 incendios en todo el condado de Los Ángeles.

En medio del caos, la misma tarde del veredicto un helicóptero de un canal de televisión se encargó de responder a las imágenes de la paliza a King con una metáfora gráfica del ojo por ojo: los estadounidenses pudieron ver en directo, desde sus casas, cómo en el cruce de Florence Avenue y Normandie Avenue seis hombres negros detenían a pedradas un camión cargado de arena y sacaban de él a la fuerza al conductor, un hombre blanco llamado Reginald Denny. Lo tumbaron y se turnaron para molerlo a patadas, le golpearon en la cabeza con un martillo y, cuando ya estaba inconsciente, uno de los atacantes le aplastó el cráneo con un ladrillo de hormigón. Después de hacerlo, comenzó a danzar alrededor del cuerpo de Denny, que milagrosamente sobrevivió a las heridas.

Al macabro bailarín no le importaba ese detalle. Era un profesional de la violencia. Vestía una enorme camiseta blanca, pantalones anchos y un pañuelo azul en la frente. Era miembro de la pandilla Eight Tray Gangster Crips, una de las muchas bandas afiliadas a la gran federación Crips en Los Ángeles.

Mientras las autoridades desplegaban a la Guardia Nacional y convertían su sorpresa en un plan de reacción a los disturbios, los tres días consecutivos de estallido racial se convirtieron en el parapeto perfecto para quienes, en Los Ángeles, ya vivían al margen de la ley. No solo las principales pandillas negras -Crips y Bloods- se hicieron dueñas absolutas de sus territorios y se unieron para atacar a grupos de otras etnias; pandilleros latinos y blancos de toda la ciudad encabezaron acciones de pillaje y aprovecharon para saldar cuentas pendientes con bandas enemigas sin la incómoda presencia de la Policía. Cuando el día 2 de mayo el Ejército logró recuperar el control de las calles, ya se habían cometido 53 homicidios. Un tercio de las víctimas eran latinos.

También fueron latinos la mitad de los detenidos durante los disturbios. Uno de ellos, capturado por participar en uno de los miles de saqueos de esos días, era el pandillero fibroso y de mirada fría que dirigía la Fulton, la clica de la Mara Salvatrucha en el Valle de San Fernando. Su nombre era Ernesto y su apodo Satán.

***

Frosty y Silent, miembros de la pandilla Playboys de Los Ángeles mostrando armas de fuego. La imagen fue tomada entre los anos de 1993 y 1995.

Frosty y Silent, miembros de la pandilla Playboys de Los Ángeles mostrando armas de fuego. La imagen fue tomada entre los anos de 1993 y 1995.

Era la primera vez que iba a la cárcel, pero Satán sabía lo que le esperaba allí. Y sabía quiénes le esperaban.

Desde hacía algunos años, la Mara Salvatrucha vestía en su nombre un número que entre las pandillas del Sur de California lo significa casi todo: el 13. Muchas otras pandillas de Los Ángeles y sus alrededores, incluso algunas de las más antiguas -Florencia 13, Artesia 13, Norwalk 13- cierran hoy su nombre con esas cifras, que simbolizan la decimotercera letra del abecedario castellano: la M. Se trata de una cifra de lealtad. Y de sometimiento.

A finales de los años 50, en el correccional juvenil Deuel, en Tracy, muy cerca de San Francisco, una docena de adolescentes de diferentes pandillas, chicanos la mayoría, decidieron crear lo que concebían como una pandilla de pandillas, una banda integrada por los delincuentes juveniles de peor reputación y destinada a controlar por la fuerza ese y cualquier reclusorio al que los enviaran. Aunque todos eran menores de edad y muchos habían sido condenados solo por pequeños delitos, se bautizaron a sí mismos, con ambición desmedida, la Mafia Mexicana.

Pronto sus expedientes judiciales estuvieron plagados de asesinatos cometidos en cada cárcel a la que fueron destinados. Para inicios de los años 70 la fama, la brutalidad y el control de la organización se había extendido ya a todo el sistema penitenciario de California. Aunque apenas tenía una treintena de integrantes provenientes de distintas pandillas latinas del Sur de California, la Mafia Mexicana reinaba en los patios carcelarios y atemorizaba desde allí a casi todos los pandilleros latinos del Estado, que se sabían predestinados a pasar en algún momento por sus dominios amurallados.

Era como si en la cárcel te esperara el juicio final y la Mafia Mexicana se hubiera apropiado de las llaves del infierno. Para nombrarla y conjurar su influencia, en los ambientes pandilleriles comenzó a bastar con mencionar su inicial, la M, o la eMe.

Las cárceles californianas son además, desde hace casi un siglo, un hervidero de odios raciales en los que las pandillas encontraron la extensión de su guerras callejeras. Para gozar de la protección de la Mafia Mexicana ante las poderosas pandillas negras, por ejemplo, las pandillas latinas del Sur de California comenzaron paulatinamente a identificarse como Sureñas, a incorporar a su identidad el número 13 y a pagar tributo a los Señores. La cárcel manda en la calle porque la calle teme a la cárcel. También la Eighteen Street, el Barrio 18, es una pandilla 13, aunque por tener ya otro número no lo exhiba en su nombre.

Diferentes clicas de la Mara Salvatrucha comenzaron a considerarse a sí mismas sureñas y a rendir lealtad y tributo a la eMe desde mediados de los 80, a medida que sus líderes iban cayendo en manos de la ley y pasando por los penales juveniles, del condado o estatales. Los primeros en entrar a los dominios de la eMe sufrieron las violentas consecuencias de la indefensión, pero para finales de la década toda la pandilla había entendido que necesitaba el blindaje del 13.

En palabras de la Chele, que vivió la convulsión de aquellos años en la Mara, “fue como un proceso de difusión de innovaciones. Nadie dio una orden, ni hubo un meeting general para acordarlo. Simplemente, en unos pocos años, las clicas fuimos incorporando el 13 y haciéndonos todos sureños.”

En 1992 la Fulton ya era sureña y Satán sabía que en la cárcel lo esperaban los Señores. Como palabrero de su clica, era de hecho el encargado de recoger cada mes el dinero que se iba a tributar a la eMe, salido de los negocios de extorsión o venta de droga de los miembros de la clica, y de entregarlo en un meeting general de la Mara a la persona encargada de hacer llegar a la Mafia Mexicana el pago de toda la pandilla. Mes a mes, sin falta, como un diezmo que se entrega mirada al suelo. La violencia es solo uno de los dos idiomas de la pandilla, el que los extraños escuchamos más fuerte. El otro es el dinero.

Pero Satán también sabía que, pese a ser sureño, era un mal momento para entrar en el territorio de la eMe.

La teoría dice que iba a tener garantizada su seguridad física entre los muros porque, bajo la autoridad de la eMe, en la cárcel rige una tregua entre todas las pandillas sureñas, incluso entre aquellas que en la calle son enemigas. En las cárceles californianas, bajo la mirada paternal y estricta de la Mafia Mexicana, miembros de la Mara Salvatrucha y del Barrio 18, por ejemplo, comparten celdas y patios sin problemas. Es lo que se conoce como correr El Sur.

Pero El Sur tiene excepciones. La Mafia Mexicana protege pero también castiga. Y la MS-13, a principios de las 90, era sometida a continuos castigos por contravenir alguna orden, por atrasarse en un pago, por matar a quien no se debía o en el lugar que no se debía. La luz verde que autoriza u ordena a los sureños castigar en nombre de la Mafia Mexicana se encendía a menudo, en aquellos años, contra la díscola MS-13. Unas veces contra una clica en específico; otras, para la Mara Salvatrucha al completo.

Cuando Satán entró a la cárcel por primera vez, la Mara tenía encendida una de esas luces verdes que en las calles te buscan para golpearte o matarte y que con suerte puedes esquivar, pero que en la cárcel te alumbran con toda su fuerza, sin escapatoria. Ya en la estación de policía otros pandilleros detenidos, de otras pandillas sureñas, le habían dado una primera golpiza. El primer mensaje de parte de la eMe. Cuando llegó a la cárcel del condado la cosa fue peor.

“En esas luces verdes no es que te digan ‘ok, ya te dimos, te dejamos con los brazos quebrados y ya estuvo’. Si te madreaban, los guardias te sacaban de la celda y te ponían en otra, pero en esa también te tocaba. Así hasta que te mandaban al hospital. Llegó un momento en que a todos los homeboys de la Mara los ponían en una sola celda; pero a todos ibas a verlos con los ojos morados, con las manos quebradas…”

Él solamente tuvo que aguantar dos meses esa rutina de castigo. A principios de julio, un oportunísimo sarampión le regaló pasar en el hospital el tercer mes de condena mientras sus homeboys seguían recibiendo golpizas todos los días en la cárcel del condado.

Tres meses después, el 7 de octubre, un partido de fútbol iba a complicar aún más las cosas para los miembros de la Mara. El Salvador jugó un partido amistoso contra México en el Coliseo de Los Ángeles, el orgulloso estadio donde en el 84 Reagan había inaugurado los Juegos Olímpicos. Tres meses antes, el 26 de julio, en otro amistoso en el estadio Cuscatlán de San Salvador, los mexicanos ya se habían impuesto por 2 a 1, y en este juego volvió a ganar “El Tri”: 2 a 0. Pero lo más importante no fue el resultado ni ocurrió en la cancha. Durante el partido, en las gradas, ante las omnipresentes cámaras de televisión, un hincha salvadoreño quemó una bandera de México. Ese hombre con 15 minutos de fama era un homeboy de la MS-13 y se apodaba Ardilla.

A la Mara le salió cara la fama del Ardilla. La eMe, que presume de pureza azteca -se dice que desde los años 60 solo admite entre sus miembros a pandilleros de sangre mexicana-, se sintió directamente ofendida por ese gesto y respondió encolerizada. Desde la cárcel de máxima seguridad de Pelican Bay, donde la mayoría de los Señores cumplen pena, encerrados 23 horas al día en pequeñas celdas de aislamiento, se enviaron órdenes inapelables: la Mafia Mexicana ponía luz verde a todos los salvadoreños del Sur de California. No solo a los miembros de la Mara Salvatrucha, sino a todos los salvadoreños de la región. Aunque solo durara unos meses, la quema de esa bandera provocó la mayor luz verde que se haya puesto nunca en California.

“Nos ponían luces verdes por tonteras para que todos los sureños se fueran contra nosotros, pero fueron formando un monstruo. Ahora ya no tan fácil nos ponen luces verdes, porque ahora somos fuerza, fuerza para los mismos Señores, pero saben que si esa fuerza se les rebela automáticamente pierden fuerza, y la Mara Salvatrucha ya es muy reconocida.”

A Satán y a otros miembros de la MS-13 en Los Ángeles les gusta decir hoy que aquella época, aquella constante sucesión de luces verdes, los hizo más fuertes.

Stranger, pandillero de la clica Adams Locos, frente a un mural de la MS-13 situado en los alrededores de la calle Norton de Los Ángeles. La Adams se fundó a principios de los años 90. Fue una de las últimas clicas de la Mara Salvatrucha surgidas en Los Á

Stranger, pandillero de la clica Adams Locos, frente a un mural de la MS-13 situado en los alrededores de la calle Norton de Los Ángeles. La Adams se fundó a principios de los años 90. Fue una de las últimas clicas de la Mara Salvatrucha surgidas en Los Á

***

Una mañana de 1988 al ex campeón de kickboxing William “Blinky” Rodríguez lo despertó una llamada inesperada. Era Danilo García. Big D, como lo conocía todo el mundo, era un veterano miembro de la Mafia Mexicana -hay quien lo nombra incluso como uno de los fundadores de la eMe- que había pasado la mayoría de los últimos 31 años entre rejas. Hacía solo unos meses que había salido de la cárcel del condado de Los Ángeles.

Blinky le conocía bien. Aunque Big D era 13 años mayor, ambos habían crecido en el Valle de San Fernando y alguna vez habían coincidido en fiestas y bares. Se habían seguido la pista mutuamente. Blinky cuenta que en los años 70 tuvo un sueño en el que aparecía Big D. Un sueño en el que el mafioso se convertía al cristianismo y se unía a él en una especie de cruzada evangelizadora. Unos meses después le contó su sueño a Big D, que se encontraba en las calles con libertad condicional. El mafioso se limitó a mirar con desconfianza al ex campeón. Blinky se conformó con un silencio como respuesta. Probablemente agradeció que Big D no lo mandara matar.

Pasó más de una década antes de que uno volviera a saber del otro. Por eso aquella madrugada de 1988 a Blinky Rodríguez le costó reconocer la voz al otro lado del teléfono.

─Soy Dano… This is the Big D, man!
─Hey, Big D… What happens? -alcanzó a preguntar, todavía adormecido.

Desde el otro lado del teléfono, exaltado, eufórico, el mafioso le respondió:

─Jesus Christ happens!

***

─¿El de la silla del centro es (Augusto) Pinochet?
─¡Sí! Se llamaba Pinochet Ugarte. Aquí estamos en el palacio de Pinochet en Chile. Benny, Fumio Demura y yo. ¡Era el campeonato mundial de Karate, man, y recorrimos todo el país haciendo exhibiciones!

El recorte de periódico de El Mercurio está bien conservado para ser de 1982. En la fotografía en blanco y negro aparece el sonriente dictador chileno, vestido de civil y con las gafas oscuras bajo las que solía esconder sus ojos pequeños y mortecinos. Está en un salón del palacio de La Moneda, sentado junto a tres hombres corpulentos enfundados en trajes y corbata. El titular de la nota los llama “los karatecas invencibles”, y el pie detalla: “El presidente de la república de Chile Augusto Pinochet recibió a los campeones de karate Blinky Rodríguez, Fumio Demura y Benny Urquides”.

La fotografía ha salido de una carpeta atestada de otros recortes, de carteles, de revistas enteras en las que Blinky es portada o se hace referencia a su carrera como karateka y como experto en artes marciales mixtas. Es evidente que en los años 70 y 80 William “Blinky” Rodríguez fue una celebridad.

Tenía un estilo de pelea desgarbado, bravucón, poco técnico, pero en aquellos tiempos en los que las disciplinas de lucha y las reglas oficiales de las artes marciales se confundían entre sí y variaban de una pelea a otra en plena fiebre de innovación y mestizaje, se hizo un nombre. Junto con su cuñado, Benny “The Jet” Urquídez, para algunos el mayor campeón de artes marciales mixtas de todos los tiempos, Blinky recorrió medio planeta para participar en exhibiciones y combates. Holanda, Japón, Brasil…

Las paredes de su despacho en la sucursal de Communities in Schools para el Valle de San Fernando, la ong especializada en prevención e intervención en pandillas que él mismo abrió en 1995 en los suburbios de Los Ángeles, están plagadas de recuerdos de aquellos buenos tiempos. “Tenía más pelo”, bromea a sus 58 años, con la cabeza completamente afeitada.

Las fotos y los trofeos del despacho de Blinky no son solo adornos. Tienen algo de declaración de identidad. Los pandilleros que se calman, que dejan de delinquir y matar, que se alejan de su clica y de los negocios de su clica, los que lo logran, suelen mantener cierta apariencia de luchadores en letargo, capaces de subirse a la guerra cuando haga falta. Conservar la fiereza es como un salvoconducto. Blinky nunca fue pandillero pero conecta con esa filosofía. Es un luchador retirado que trabaja con expandilleros, con hombres que se ven a sí mismos como luchadores retirados.

También es un hombre religioso. Extremadamente religioso.

El 3 de febrero de 1990, alrededor de la 1 de la madrugada, pandilleros de la zona de Pacoima dispararon desde un vehículo en marcha al joven Bobby Rodríguez, de 16 años, y lo mataron de un tiro en el pecho. Bobby era mejor atleta que estudiante y solía vestir como un pandillero. Muchos en su escuela aseguraban que lo era, aunque no tenía antecedentes policiales. Era uno de los de hijos de Blinky.

La noticia de la muerte de Bobby no salió en los périódicos, pero sí fue noticia que Chuck Norris, compañero de entrenamiento de su padre en los años 80, cubriría parte de los gastos del sepelio. Al funeral llegaron excampeones de lucha, estrellas de cine y palabreros de varias pandillas del Valle de San Fernando, compañeros de instituto y de las andanzas callejeras del chico. Allí, frente al ataúd de su hijo, se acercaron a Blinky y le ofrecieron venganza. El luchador dice que se aferró a su fe para decidir qué pasos dar. Los frenó y les invitó a visitarlo unos días después en su casa. Para rezar.

Quién sabe si por compromiso o fascinados por aquel hombre corpulento que había logrado con sus puños prestigio y dinero, seis de aquellos pandilleros llegaron a la cita. Eran miembros de diferentes barrios, es decir, de diferentes pandillas. Fue la primera de muchas reuniones que se celebrarían en los meses siguientes, en las que Blinky predicaba pero tambien había tiempo para hablar de la vida en las calles y de los problemas de cada pandilla. Sin saberlo, Blinky se estaba empezando a convertir en un mediador. Actualmente, cuando habla de la muerte de su hijo, la llama “la semilla”.

***

Cuando sus reuniones con pandilleros comenzaron, Blinky Rodríguez llamó a Big D y le pidió ayuda. Tras su conversión religiosa, el mafioso había logrado algo que aún hoy parece imposible: retirarse de la Mafia Mexicana y seguir vivo. En honor a sus años entregados a la causa de la eMe, los Señores le habían dado el pase; es decir, le habían permitido alejarse sin rencores. Pese a ser ahora un predicador, Big D todavía atesoraba un enorme respeto en el mundo pandilleril del Sur de California.

Justo lo que Blinky necesitaba. El exluchador sabía que para seguir su labor no bastaría con rezar más intensamente. No podía dar pasos más ambiciosos sin tener al lado a alguien que hablara a los pandilleros en su mismo idioma. Y lo más importante: sin alguien que explicara a la eMe que las intenciones de Blinky no eran perjudicarla. Las pandillas de Los Ángeles y sus alrededores son el agua en la que navegan los intereses económicos de la Mafia Mexicana. Cualquier viento que haga olas en ese mar atrae la mirada de los Señores.

Big D hizo consultas, logró avales y las reuniones se trasladaron de la casa de Blinky al Jet Center, el enorme gimnasio que el exluchador había montado a principios de los años 80 con su cuñado Benny “el Jet” Urquilla. El número de pandillas participantes creció. El impacto de lo que allí se hablaba tambien.

Blinky recuerda una vez que un chico, un pandillero de unos 25 años, llegó a una de las reuniones con hematomas en el rostro y golpes por todo el cuerpo. Decía que un grupo de pandilleros de otro barrio le había dado una paliza. Sus homies le acompañaban. Querían saber quiénes y por qué lo habían hecho. Hablaban fuerte. Querían justicia callejera. El sentimiento de irrespeto les causaba un hueco en el pecho y lo querían llenar con el dolor de alguien. De repente, desde el fondo del gimnasio, un pequeño pandillero se abrió paso entre el resto, avanzó y dijo: “Hey, no te brincaron, yo te hice eso”.

El culpable confeso medía menos de metro sesenta y aparentaba unos 16 años. Alegó que el otro pandillero le había faltado al respeto, que lo había insultado delante de su novia. “Yo solito te partí el queso”, dijo. Y dice Blinky que al otro se le vio en la cara que era verdad.

─Los de su barrio se lo llevaron. Pero si esa situación no se hubiera aclarado, ¡matazón! -dice Blinky- Por una mentira de alguien que no quería quedar como cobarde, man. Antes de que hiciéramos esas juntas, si algo pasaba, se montaban en un carro, iban y ¡pum!, pegaban a cualquier persona, porque no había comunicación. No me importa si hay celulares, si hay periódicos… ¡No hay comunicación! En las calles aún hoy se cae la casa sin que se comunique uno con el otro.

Durante dos años, el Jet Center fue el epicentro de la vida pandilleril del Valle de San Fernando, un enjambre de distritos residenciales y suburbios en el que habitan más de un millón 800 mil personas. Cada domingo, Blinky y Big D resolvían conflictos puntuales y sermoneaban a los pandilleros: “Mirá, no es lo que estás haciendo al resto, sino lo que te estás haciendo a ti mismo. Tienes a tu propia madre secuestrada, man. Tu madre y la de tus homeboys se tienen que esconder detrás de las cortinas y vuestras hermanas no pueden salir a jugar a la calle, man.” Acuñaron un lema: “No mothers crying no babies dying”. Ni madres llorando ni hijos muriendo.

Lograron que las pandillas del valle alcanzaran un acuerdo de no agresión entre ellas. Una tregua.

Desde 1992 parecía haberse desatado una epidemia de treguas entre pandillas callejeras en el Sur de California. Después de los disturbios por el caso Rodney King, las dos grandes agrupaciones de pandillas negras del Estado, Crips y Bloods, habían abierto un proceso de diálogo y logrado que muchas de sus pandillas afiliadas cesaran los enfrentamientos entre ellas. Además, en parques de Los Ángeles y sus alrededores se venían celebrando también meetings esporádicos de pandillas latinas en los que importantes miembros de la Mafia Mexicana llamaban a la unidad de la raza y pedían paz entre los barrios Sureños. La eMe prohibió a las pandillas latinas hacer drive-by, es decir, disparos desde vehículos en movimiento, y atentar contra la familia de pandilleros enemigos. La policía desconfiaba y estaba desconcertada. Casi tanto como los palabreros de muchas de esas pandillas, que tras décadas de guerra entre ellas veían ahora a los Señores hablar de cesar el fuego, de darse mutuo respeto.

En el Valle de San Fernando, ya con una paz firmada, también las reuniones se trasladaron a un espacio abierto. El día de la noche de Halloween de 1993, el 31 de octubre, cerca de 300 pandilleros entre los que estaban los líderes de más de 70 pandillas diferentes del valle se reunieron por primera vez en Pacoima Park, ante los ojos de sus vecinos. Y ante los de la Policía, que no disolvió la reunión de ese día ni las siguientes, ni hizo detenciones pese a que estaban en vigor diversas gang injuction, las leyes antipandillas que prohibían la reunión en lugares públicos de tres o más pandilleros con ficha policial.

Blinky advirtió a las autoridades de lo que estaba haciendo y, con el apoyo de otras organizaciones como YMCA o iglesias de la zona, logró de los jefes policiales una promesa tácita de tolerancia.

En las siguientes semanas, en el parque de Pacoima se celebraron todos los domingos partidos de baloncesto, fútbol, béisbol y tacofútbol, una especie de fútbol americano sin protecciones al que en Estados Unidos se suele jugar en familia. Las diferentes pandillas formaban equipos y se enfrentaban. Sin armas. Sin golpes. Como si se hicieran realidad los spots televisivos de una asociación de boy scouts.

En esos torneos deportivos había representantes de todas las grandes pandillas del valle menos de la Mara Salvatrucha. El resto de barrios, todavía impregnados del racismo chicano, no la querían allí. Pero Blinky y Big D insistieron. Sabían que si la MS-13 no estaba en los meetings tampoco la alcanzaría la tregua, y una bala suya o para ellos acabaría por romper la paz del resto. Tardaron semanas en reblandecer a los palabreros de pandillas de la zona como Langdon Street, Dead End Boys o de la misma Eighteen Street Northside, la clica del Barrio 18 que opera en el Valle de San Fernando. Las pandillas sureñas sabían, además, que solo un año antes la eMe había prendido luces verdes contra todos los salvadoreños del condado de Los Ángeles. Se podría decir que odiar a la MS-13 estaba bien visto.

Al final prevaleció el argumento de la necesidad de unir a la raza latina y Big D habló con Satán, el palabrero de la Fulton. Le tendió la mano en nombre del resto de pandillas. Le aseguró que los meetings en Pacoima Park tenían el visto bueno de la eMe. Le convenció de que la tregua era buena para todos. Satán, receloso, accedió a consultar a sus homeboys. Llamó a un meeting de la clica y propuso ir a la reunión, unirse a la tregua. La primera respuesta que recibió fue desafiante: “Con otros barrios puede haber paz, pero nunca con los 18”. Le costó convencer a sus homeboys: Pactarían pero no se estaban rindiendo. No estaban renunciando a sus odios.

Acudieron. Llegaron armados y desafiantes. Mientras 10 de sus homies esperaban fuera listos para disparar, Satán entró sin pistola, acompañado de un pequeño grupo de salvatruchos. Llevaba un gorro con la leyenda “Fuck everybody” -”Jódanse todos”- que había elegido especialmente para la ocasión. Los organizadores le rogaron quitarse el gorro que llevaba porque insultaba a los otros pandilleros presentes y lo hizo. Avanzó por el pasillo que le abrían sus enemigos, devolviendo miradas y llegó al frente, dispuesto a escuchar. Satán sabía que ni siquiera a la batalladora Fulton le interesaba estar completamente sola y en guerra abierta con el resto de pandillas del valle.

“Hicimos la tregua. La cosa era algo así como: ‘Ok, si mis homeboys llegan a tu barrio y tú los llegas a golpear o algo por el estilo esto se va a terminar, automáticamente vamos a ir para atrás. Pero si tú miras a mis homeboys y le das el respeto les vamos a dar el respeto a tus homeboys también cuando los encontremosʼ. Porque la onda es que tampoco vas a dar respeto a uno que llega a tu territorio con la camisa abierta, mostrando tatuajes, todo felón. Si te dan respeto tú respetas. Así es la cosa.”

En aquel meeting en Pacoima Park alguien trató de reclamar a Satán por una pelea en la que un marero había participado días antes. El palabrero de la Fulton lo paró en seco. “Hablame de lo que suceda de hoy en adelante”.

Blinky asegura que después de esa reunión, durante un año entero, no hubo en el Valle de San Fernando ni un solo asesinato relacionado con pandillas. Pero eso no es del todo cierto.

La noche del 17 de septiembre de 1994 fue asesinado un joven de 25 años llamado Daniel Pineda. Regresaba a casa tras ver por televisión cómo Julio César Chávez derrotaba una vez más a Meldrick Taylor por el campeonato mundial de los superligeros, y se estacionó junto a un parque para tomar las últimas cervezas con sus amigos. Una pareja de pandilleros se acercó, le reconoció como un enemigo y lo acuchilló. Pineda, al que apodaban Droppy, trabajaba como pintor y era miembro activo de los San Fers, una pandilla del valle. Y era esposo de una sobrina de Blinky. Fue como si un guionista hollywoodense hubiera decidido cargar de ironía familiar la historia del fin de la tregua.

Blinky defiende que la de su sobrino fue la primera muerte en 11 meses desde la tregua de Pacoima Park, pero los registros policiales dicen que para entonces ya se habían cometido ese año, en el valle, nueve asesinatos relacionados con pandillas. Menos, en todo caso, que los 15 cometidos en el mismo periodo del año anterior.

La tregua había dado algunos frutos pero comenzaba a perder fuerza. A la reunión dominical de la semana siguiente solo llegaron representantes de 18 pandillas. Aunque Blinky y Big D siguieron celebrando encuentros en Pacoima Park hasta abril de 1995, sabían tan bien como los pandilleros del valle que el sueño se estaba desmoronando. Nadie lo dijo nunca abiertamente en un meeting, pero todos tenían señales de que la Mafia Mexicana, cansada de supervisar desde la lejanía, quería tomar control absoluto de sus asuntos en el Valle de San Fernando.

Disparos con silenciador

René “Boxer” Hénriquez, originalmente miembro de la pandilla Artesia-13 fue elegido para ser “carnal” de la Mafia Mexicana en los años 80. En su pecho luce el tatuaje de una mano negra reservado solo para los que alcanzan ese estatus.

René “Boxer” Hénriquez, originalmente miembro de la pandilla Artesia-13 fue elegido para ser “carnal” de la Mafia Mexicana en los años 80. En su pecho luce el tatuaje de una mano negra reservado solo para los que alcanzan ese estatus.

─Blinky, sabemos que en 1993, al mismo tiempo que ustedes estaban haciendo esto en el Valle de San Fernando, se estaban celebrando reuniones similares en la ciudad de Los Ángeles, reuniones que no coordinaban ustedes sino la eMe.
─Mira, yo tengo cuidado de no pronunciar ese nombre. No lo uso.

En California no se nombra a la eMe. Ni a sus soldados, elegidos de entre los miembros de las pandillas sureñas para que ejecuten órdenes y se manchen las manos matando por la Mafia. Ni a sus carnales, los verdaderos miembros de esta pandilla de pandillas, elegidos en secreto por el resto de carnales de entre los pandilleros más influyentes y de trayectoria más firme en el Sur del Estado. Al igual que sucede en muchas comunidades salvadoreñas, donde a los pandilleros de la Mara Salvatrucha o del Barrio 18 se les llama tímidamente “los muchachos”, para no incomodar, para no invocarlos con la palabra, en Los Ángeles a la Mafia Mexicana y sus hombres se les llama con respeto reverencial “los Señores”, o se elude directamente hablar de ellos.

─No lo usemos, ok.
─Había una diferencia. No quiero parecer un fanático religioso pero sí, soy un fanático. Por esto sigo aquí, en esta labor, 22 años después. Aquí sigo, en el filo de la navaja, todos los días. Mirá, yo no le digo a la gente todo lo que hacemos… -Blinky baja la voz, como diciendo un secreto- porque se celan. Es triste, man. Acá en Los Ángeles el gobierno quiere poner lo que hacemos en una cajita, con un lazo, y lo quiere vender… Porque en estos días este trabajo se ha vuelto bien sexy. Pero esto es una obra, man. Y requiere el sudor de la frente.
─¿Cuál es la diferencia con lo que pasaba en la ciudad de Los Ángeles?
─Lo de aquí (el Valle de San Fernando) para mí era un milagro. Suena sencillo, pero no lo es. Ellos sabían que a mí me mataron a mi hijo y que era un hombre íntegro. Y teníamos el apoyo de dos iglesias: una popular, de calle; y otra grande, la Church on The Way. Sin firmas, sin contratos… Lo que estaba pasando aquí tenía la mano de Dios.
─¿Y lo de Los Ángeles no?
─Allí era diferente programa.
─¿Y por qué terminaron las reuniones de Pacoima Park?
─Ya habían pasado tres años y para seguir adelante necesitábamos fondos. Y estaba el cansancio, man. No había instructores, no había trabajos que ofrecer a los vatos, no había dónde meter a esa juventud y a los adultos para ir a escuelas… Y estaba de por medio la política, porque ellos estaban viendo todo desde la cárcel. Ellos saben siempre más que la gente aquí fuera.

A Blinky le gusta dramatizar con el cuerpo y la voz cuando habla. Más que decir la última frase la ha susurrado. Pero cuesta no creerle. Es decir, uno considera la posibilidad de que parte de que lo que dice no sea cierto o incluya imprecisiones, pero cuesta imaginar que esté mintiendo, que no crea sus propias palabras. Habla de forma apasionada y en su español con acento estadounidense se confunden identidades y argots. “Vatos”, “madrecita”, “commodities”. Se recuesta en la silla y se coloca las manos tras la cabeza. A los 58 años es tan corpulento que sus brazos parecen demasiado cortos para haber sido los de un luchador. De repente se lanza de nuevo hacia adelante, para seguir hablando.

─Mirá, yo no soy tan pendejo como para no saber que estaban pasando otras cosas, pero esos no eran mis asuntos. Mi asunto era parar la violencia. Es como una batería: tiene un polo positivo y otro negativo… ¡pero produce energía, man! La cosa era cómo parar la violencia, cómo hacer que las madres del barrio pudieran dormir bien por la noche, por el barrio, por la raza latina. Cuando empezamos a ver elementos externos tratando de usar lo que nosotros estábamos haciendo dejamos de hacer las reuniones, pero seguimos haciendo el trabajo. Entonces fue que nos convertimos en una ong.
─En el 95.
─Es complicado, porque es gente a la que rechazan adonde vayan: “No valen nada”, “Ustedes son una bola de piratas de cualquier mar”, “Y sus padres igual”… Y está el interés económico: en este país hay muchos que quieren llenar las cárceles, porque las cárceles son privadas, y cobran 55 mil dólares al año por tener a alguien ahí. Ahora la cárcel está en el stock market y han hecho de las vidas un commodity.
─¿No exageras?
─Mira lo de Columbine… Dos chicos entran en el campus y pam, pam, pam… Cuando eso mismo pasa en el barrio, en los noticieros todo es “Mira a estos animales”, “Mira a estos hijos de todos sus… ¿Dónde están sus padres?”. Y por balacear a alguien en el brazo te dan de 25 años a cadena perpetua. Y mira Columbine: estos vatos lo planearon, bien planeado… Entraron en una escuela. Y mataron a gente. Y en la televisión todo era “¿Qué pasó con ellos?”. Y música bien blanda… “¿Por qué pasó esto? ¿Qué podríamos haber hecho nosotros por evitarlo?” Como con el otro que en Arizona atacó a una congresista: “Oh, What did We do wrong?”

***

Ernesto Deras tiene el semblante de los que se toman todas las cosas en serio. Aunque poco después del fin de las reuniones en Pacoima Park dejó de ser palabrero de la Fulton y un año después se calmó y dejó los negocios de la Mara Salvatrucha, todavía camina erguido, casi tenso, como si de sus tiempos del batallón Belloso le hubiera quedado el gesto, o como alguien cuya vida depende de no botar plante, de demostrar que todavía es un hombre firme.

En realidad, así es. Nos recibe en una sala de reuniones en las oficinas de Comunity in Schools, la ong que Blinky Rodríguez fundó cuando fracasó la tregua. Ernesto trabaja aquí desde 2005. Blinky volvió a convencerle. Su tarea es asesorar a jóvenes en riesgo e intervenir cuando hay actos de violencia en las calles, hablar con los palabreros para evitar venganzas, alimentar el diálogo ahora que no son tan habituales las reuniones en parques. Y para eso necesitas que los barrios sepan que tu nombre es Satán y te sigan teniendo respeto. El que fue su supervisor hasta hace unos meses sabía de eso: era Danilo García, Big D, que murió el pasado junio de cáncer.

Ernesto se sienta frente a la mesa y saluda. Es cordial, pero no ablanda la mirada. Clava los ojos en la grabadora aún apagada y nos aclara que ha tenido malas experiencias con periodistas antes. Que unos le han achacado crímenes de guerra y que otros han usado fuera de contexto sus palabras para justificar cosas que no son ciertas. Nos damos por enterados.

─Oíme, ¿por qué se jodió el acuerdo del Valle de San Fernando?

─Mirá, durante un año hubo tregua. Las cosas se dialogaban. Y todo funcionó bien durante un tiempo. Pero en el 94, poco a poco, Blinky y Dano (Big D) se salieron de ahí porque ya no querían meterse en política, por decirlo así. Ya esto no se estaba viendo bien y ellos retrocedieron. Y ya las únicas reglas que quedaron eran prohibir los drive-by y no hacer jales con jefitas (matar a las madres de los pandilleros). Pero la mayoría de cosas volvieron a ser como antes. Lo único es que ahora si querías matar a alguien tenías que bajarte del carro y después pegarle.

─Lo de los drive by fue una norma que impuso la eMe. ¿La tregua del Pacoima Park pudo hacerse sin el aval de la eMe?
─Es muy difícil, muy difícil. Para que llegue a suceder lo que sucedió en ese tiempo… Es muy difícil algo por el estilo a menos que ellos den una autorización, porque casi todas las pandillas tienen un respeto, un temor hacia esta gente, ¿me entiendes? No pueden hacer nada mientras no sea bajo la mano de ellos.

“Esta gente”. “Ellos”. De nuevo el temor a nombrar a la Mafia Mexicana. De nuevo la sensación de que en Los Ángeles todo el que tiene alguna relación con las pandillas se siente observado y amenazado desde la cárcel.

─Ernesto, ¿por qué se teme a la eMe?
─No es que se le tema… Es más como un respeto. Desde el momento en que quieres ser pandillero en el área de Los Ángeles automáticamente tienes que ser Sureño, llevar el trece. Y al hacerlo estás aceptando las reglas. Aceptas quién está encima de ti.
─Y aceptas que te enciendan luces verdes, como a la Mara Salvatrucha en los 90.
─En esos días, ya al ver lo de las luces verdes nosotros nos encendíamos y decíamos “que venga lo que venga”. Pero cuando se trata de cumplir reglas no se piensa en los homeboys que están afuera, sino en los que están adentro, porque digamos que hay unos cinco homeboys de la Mara en una prisión y unos 200 en contra suya, ¿qué vas a hacer? Hay que hacerle huevos acá afuera, por los homeboys que están torcidos.

***

A comienzos de los 90 la Mafia Mexicana era ya mucho más que una pandilla carcelaria. Desde sus celdas pero apoyados en los carnales que salían libres, los principales líderes de la organización extorsionaban a pequeños comerciantes de droga o ya administraban sus propios negocios de venta de crack y heroína.

Ademas, el tributo de las pandillas sureñas estaba prácticamente generalizado. Cada clica y cada pandilla aportaban según su tamaño y la importancia de sus negocios. Como en una espiral que asfixiaba cada vez más a las pandillas latinas, a medida que estas crecían y se involucraban en delitos más graves y lucrativos, más debían pagar y mayor era el poder de coacción que la eMe ejercía sobre ellas. Cuando te arriesgás a una condena de 20 años, tener aliados en la cárcel es mucho más necesario que cuando sos un ladronzuelo que solo teme pasar unos meses entre rejas.

Aun así, miembros retirados de la eMe han admitido durante los últimos años que a comienzos de 1992 la Mafia Mexicana quería consolidar de forma definitiva su control sobre las calles, y el rumbo lo iba a marcar uno de sus carnales: Peter Ojeda.

En enero de ese año Ojeda, al que todos conocían como Sana, convocó a todas las pandillas sureñas del condado de Orange, al sur del condado de Los Ángeles, a una reunión en el parque El Salvador, de la ciudad de Santa Ana. Una vez allí, ante cerca de 200 homeboys, se subió a lo alto de las gradas metálicas de la cancha de beisbol y les arengó en contra de los traficantes de drogas que hacían dinero en las esquinas y comercios del condado sin ser Sureños. Hay grabaciones de aquel encuentro, que lo muestran aquel día diciendo: “Este es su barrio. Ustedes mueren por su barrio. Y ellos deberían pagar por vender drogas en su barrio. Deberían pagar un impuesto”.

Ojeda se acababa de convertir en el primer líder de la Mafia Mexicana que ordenaba a las pandillas de su zona de influencia extorsionar a los comerciantes mexicanos de droga que operaban en territorio sureño.

Después, habló en defensa de la identidad latina frente a las pandillas negras del Sur de California, mostró un documento escrito y les anunció que desde aquel momento quedaban prohibidos los drive-by contra miembros de la raza. Quien rompiera esa regla sería castigado igual que un soplón o un violador.

A muchos de los palabreros presentes les costó entender lo que estaba diciendo aquel hombre de 49 años que vestía una camisa de cuadros tan grises como su cabello. Ojeda era un pandillero veterano, un viejo miembro de F-Troop, la pandilla más fuerte del condado, y tras pasar por penales míticos como San Quintín, Folsom o Pelican Bay, estaba de nuevo en la calle, desde donde controlaba negocios de venta de droga y alimentaba su adicción a la heroína. Todos le conocían. A él y a su reputación como uno de los primeros y más letales integrantes de la Mafia Mexicana. Pero lo que decía no acababa de tener sentido. Nunca hasta ese momento la eMe se había distinguido por ser especialmente pudorosa en las formas a la hora de matar.

Ojeda siguió celebrando reuniones similares durante los meses siguientes y fue doblegando cualquier resistencia a su mandato amenazando desde la cárcel con el puño de la eMe. Además, los disturbios por la sentencia del caso Rodney King fueron un chorro de gasolina sobre su encendido mensaje de reivindicación racial, que entre líneas era un llamado al combate de los latinos contra las pandillas negras. El mes de agosto, Ojeda logró congregar en el Parque El Salvador a más de 500 pandilleros.

Otros miembros de la Mafia Mexicana comenzaron a convocar a reuniones similares en los condados de San Diego, San Bernardino o Los Ángeles. El 18 de septiembre de 1993, el carnal de la eMe Ernest Castro, conocido como Chuco, miembro de una vieja pandilla del este de Los Ángeles llamada Varrio Nuevo Estrada, llegó a reunir a aproximadamente mil pandilleros en Elysian Park, a apenas una cuadra de la sede de la Policía local. Los periódicos reportaron la noticia y cronicaron cómo los organizadores revisaron a los asistentes uno por uno para asegurarse de que no portaban armas y les hacían levantarse la camisa para comprobar por sus tatuajes que realmente eran miembros de una pandilla sureña. Públicamente, miembros de las pandillas involucradas dijeron que el acuerdo de suspender los drive-by era el inicio de una tregua entre ellas.

Los pandilleros se sentían respaldados por la eMe para incrementar su control sobre el territorio mediante el impuesto a los vendedores de droga, pero en realidad se estaban adentrando más y más en la telaraña de tributos de la Mafia Mexicana.

Al mismo tiempo, la Policía de Los Ángeles insistía en denunciar que era consciente de que lo que parecía un llamado a reducir la violencia en las calles era en realidad una maniobra estratégica de la eMe para, mediante la imposición de nuevas reglas, aumentar su control sobre las pandillas sureñas. Además, evitar los drive-by reducía el riesgo de que en un tiroteo hubiera víctimas no pertenecientes a pandillas, y contribuía a que una menor presencia policial. La paz es buena para el negocio de venta de drogas. El teniente Sergio Robleto, jefe del departamento de homicidios del Sur de Los Ángeles, llegó a declarar a Los Ángeles Times: “Estoy a favor de la paz, pero lo que estamos viendo es en realidad el comienzo del crimen organizado”.

La eMe estaba reservándose la potestad de regular las rutinas profesionales del sicariato. Para matar, para hacer una pegada ahora un pandillero tendría que parquear el carro. No era cuestión de evitar muertes, sino de imponer a los pandilleros una nueva regla de tránsito.

Ernesto Deras recibió la orden en 1994 y la transmitió al resto de la Fulton. Fue una de las últimas órdenes que dio como pandillero activo: “La cosa es que el carro no fuera en movimiento. Podías tirar desde el carro detenido. Si no podías bajarte, podías hacer lo que tenías que hacer e irte. Esto evitó muchas muertes que nada tenían que ver con pandillas.”

Aunque durante 1993 la actividad pandilleril pareció reducirse en zonas tradicionalmente violentas como el Este de Los Ángeles o Pico Rivera, las cifras policiales confirman que la supuesta tregua impulsada por la Mafia Mexicana nunca llegó realmente a serlo. En 1993 la cifra de homicidios relacionados con pandillas se redujo ligeramente en el condado de Los Ángeles -724 frente a los 803 registrados en 1992-, pero en los dos años siguientes repuntó de nuevo hasta los 807 cometidos en 1995. Variaciones ligeras en todo caso, casi imperceptibles estadísticamente de no ser porque en esos mismos años la cifra total de homicidios en el área sí iba en descenso. En 2001 las muertes relacionadas con pandillas llegaron a suponer un 54.9% del total en el condado de Los Ángeles.

Al mismo tiempo, la Mexican Mafia se alimentó de aquellos encuentros para entrar en una nueva etapa de relación con las pandillas sureñas para consolidar sus negocios de extorsión y comercio de drogas, pero en Los Ángeles cualquier pregunta sobre los negocios de la Mafia Mexicana se encuentra con el silencio del miedo. Nadie sabe con certeza qué tan grande es hoy la organización.

El palo y la rama

Estamos sentados en una pequeña salita de este hostal, intentando cazar la furtiva señal de Internet que viene y va. Se trata de un pequeño lugar para mochileros en medio del Downtown de Los Ángeles, que parece haber sido decorado muy meticulosamente bajo una sola directriz: si algún objeto tiene colores chillones y es muy feo, ponlo dentro. Las lámparas de la pared están sepultadas en flores de plástico y las sillas tienen la forma de manos inmensas, diseñadas para sostener el trasero del visitante.

El hostalito queda justo entre el pasado y el futuro del centro angelino: unas cuadras hacia el este se apretujan los carritos de hot dogs y tacos callejeros; los tenderetes latinos, bulliciosos y saturados de baratijas; los homeless que duermen en las aceras hasta el medio día, y los chicos con apariencia de cholos que se agrupan en las esquinas. Unas cuadras hacia el oeste los inversionistas remodelan edificios para adaptarlos a los exigentes gustos de una nueva generación de profesionales exitosos; comienzan a abrirse clubs nocturnos de moda, donde las chicas rubias hacen largas colas con sus zapatos caros para conseguir mesa. El centro de Los Ángeles se está transformando y los personajes de dos mundos distintos se mezclan cada día alrededor del hostalito kitsch en el que ahora intentamos hacer una llamada desde Skype.

Durante los últimos días hemos tenido varios encuentros con Ricardo Montano, el Hipster, un palabrero de la Mara Salvatrucha en Los Ángeles al que conocimos casi por casualidad y que se ha mostrado muy interesado en que tomemos nota de que los mareros californianos no miran con buenos ojos lo que sus pares salvadoreños están haciendo “allá abajo”. Asegura que pocos homies gozan de tanto respeto como él en Los Ángeles y no ha tenido problema en que lo grabemos despotricando contra la manera en que los que llevan palabra en El Salvador están conduciendo la pandilla.

No solo eso. El Hipster nos ha prometido presentarnos a los palabreros de otras clicas que están interesados en darnos su opinión sobre la tregua pactada recientemente, en El Salvador, entre la MS-13 y la Eighteen Street. Le estamos llamando para acordar el lugar y la hora.

Al fin conseguimos enlazarnos, pero el Hipster suena diferente. Esta mañana ha recibido una llamada desde la cárcel de Ciudad Barrios, cuartel general de la MS-13 en El Salvador, y le habían hablado muy mal de El Faro. El dicharachero y amigable tipo con el que habíamos estado conversando los días anteriores ha desaparecido. Ahora tiene un tono amenazador. Nos queda claro desde un inicio que no habrá ninguna cita con sus homeboys.

─Vaya, mirá, la onda es que ustedes no me habían dicho que ustedes tenían pedo con los locos de abajo. Yo les hice el paro de hablar con ustedes y no quiero tener pedo por eso.
─A ver, Ricardo, ¿Qué te dijeron?
─La onda es que yo ni siquiera le dije al loco de qué medio eran ustedes, solo le dije que iba a hablar con unos periodistas de El Salvador y él me dijo que seguro eran de El Faro y que ustedes tenían sacados del cuadro a los locos de allá abajo, que habían dicho unas mierdas… La onda es que yo no sé qué pedo. Solo les digo una onda: yo sé que ustedes viven allá y que yo estoy aquí, pero si a mí me meten en pedos yo también puedo hacer cosas allá abajo.

Nos acabamos de enterar de dos cosas: la cúpula de la Mara Salvatrucha en Ciudad Barrios ha dejado saber a sus huestes que los tenemos sacados del cuadro, indispuestos, enojados, encabronados; y que este señor no se anda con tonterías para amenazar. Acordamos encontrarnos con él para arreglar las cosas cara a cara.

Unas horas después nos vemos en el parqueo de un Burger King. Nos saluda con un abrazo de medio lado y nos pide que sigamos su carro hacia un restaurante salvadoreño que él conoce. Nos volvemos a subir a nuestro Mazda alquilado. A medida que conducimos nos queda claro que el dichoso restaurante está dentro del territorio controlado por la clica del Hipster.

Dobla hacia el interior de un callejón estrecho que conduce a la puerta trasera de un local. Parqueamos junto a él y entramos en el lugar. A estas alturas la imaginación ya se ha echado a volar y cada uno, en secreto, está convencido de que hemos caído en una trampa.

Era el efecto deseado. Dentro del restaurante no nos aguarda ninguna celada, y el Hipster se destornilla de risa por nuestra cara de susto. “Ustedes creen que los traigo encaminados, jajajajajaja… No hombre. Si hubiera querido hacerles algo, ya lo hubiera hecho”, y se sigue cagando de risa.

Al final, el asunto se arregla más fácil de lo esperado: si hace dos días nos pidió explícitamente que lo citáramos mencionando su nombre, su apodo y la clica a la que pertenece -porque él es un homeboy con palabra y él no tiene que pedirle permiso a nadie para decir lo que le salga de los huevos-, ahora nos pide discreción y nos hace prometer que cambiaremos su nombre y su apodo, y que no mencionaremos su clica. Por eso Ricardo Montano es un nombre ficticio.

***

La relación entre los pandilleros de California y los de El Salvador ha cambiado profundamente desde que los primeros homeboys de la Mara Salvatrucha y del Barrio 18 fueron deportados a Centroamérica a finales de los 80 y 90. Los primeros bajados vivían pensándose en Los Ángeles. Pese a la distancia geográfica, aquellos que levantaron clicas de su pandilla lo hicieron intentando respetar los lazos de jerarquía y los códigos de “allá”.

Luego vinieron otras generaciones y ambas pandillas entraron en un proceso de expansión virulenta. No es extraño que la mayoría de deportados pertenecieran a aquellas pandillas que tras romper con el racismo chicano habían abierto sus puertas a guatemaltecos, salvadoreños y hondureños. El modo de vida y el carisma que irradiaban esos bajados atrajeron rápidamente a cientos de jóvenes que se brincaron en masa a los dos barrios y los hicieron mayoritarios. A la región también llegaron deportados miembros de otras pandillas sureñas como White Fence o Playboys, pero se hicieron casi invisibles ante el rapidísimo crecimiento de la MS-13 y la 18. Si Los Ángeles era un abanico amplísimo de pandillas, Centroamérica se volvió bipolar.

En 1993 las distintas clicas de la Mara Salvatrucha en El Salvador, conscientes de su nueva dimensión, se reunieron para tomar decisiones importantes en una especie de asamblea general que tuvo lugar en el estacionamiento del parque nacional “La Puerta del Diablo”. Aquella reunión cambiaría la historia de la Mara en Centroamérica y, a largo plazo, en Estados Unidos.

Hasta ese momento, cada vez que un homeboy fundaba una clica, por ejemplo, en Sonsonate, la bautizaba con el nombre de su propia clica en Los Ángeles. Por eso un montón de muchachos sonsonatecos aún hoy se consideran de la Normandie, o de la Hollywood. En aquella reunión se autorizó que las nuevas clicas fueran bautizadas con nombres locales, y así surgieron células como los Teclas Locos Salvatruchos, surgidos en Santa Tecla; o los Iberia Locos Salvatruchos, en la colonia Iberia de Soyapango. Fue el primer gesto de autonomía guanaca. Y era también el origen de un conflicto.

En los años siguientes, cuando un muchacho que se había brincado a la Mara en El Salvador migraba a Estados Unidos y buscaba refugio en la pandilla, los mareros angelinos le explicaban que en Los Ángeles no existía ninguna filial de la Teclas Locos, por ejemplo, y que tenía que volver a ser sometido a la golpiza bautismal para ser admitido en una de sus clicas. Del mismo modo, si en aquel grupo ya había alguien con su taca –su apodo pandillero-, el recién llegado tenía que resignarse a buscar una nueva. Así, el que llegaba a Los Ángeles siendo el Shadow de la Teclas Locos, podía terminar siendo el Goofy de la Leeward.

En justa respuesta, los pandilleros en El Salvador también fueron perdiendo el respeto a los deportados que siguieron llegando. Cuando uno de estos aparecía en una clica, altivo, reclamando un lugar de autoridad por su condición de californiano, los locales le explicaban que no señor, que eso ya no era así, y lo obligaban a someterse a las normas y jerarquías salvadoreñas.

El Hipster vivió en primera fila aquel conflicto noventero. Aunque nació en El Salvador y lleva cerca de 20 años indocumentado en Los Ángeles, se considera californiano, y para los pandilleros de su país natal reserva un descuidado “los de allá”, o “los locos de abajo”, o simplemente “los salvadoreños”.

─Hay muchos locos que llegaron deportados a El Salvador y que los mataron los mismos locos de allá.
─¿Por llegar muy felones?
─Simón. Eso creó, tipo 98, 99 y 2000, una mini guerra entre nosotros, porque a los que venían de El Salvador para acá también los reventábamos acá. Y muchas veces eran buenos soldados que traían ganas de aportar.
─¿Entonces hubo gente que vino a Los Ángeles y que aquí se encontró una bronca sin saber por qué?
─O sea que a veces llegaban a una clica queriéndose brincar y con el simple hecho de decir que venían de allá ya era motivo para que el que los recibía… no directamente los iba a matar, pero sí darles verga o no recibirlos en la clica, por el simple hecho de venir de allá. Se recibía mejor en ese tiempo a un civil que viniera de allá, pasmado, chúntaro, indio, paisa… que a uno que ya fuera miembro, por lo que estuvo pasando. Ahorita eso ya no pasa.
─¿Y cómo se calmó esa mini guerra?
─Eso se habla. Por ejemplo, cuando uno ya mira que eso está perjudicando, porque al final de cuentas somos homeboys, entre nosotros mismos no es difícil llegar a un acuerdo, porque siempre hay alguien con quien podés hablar.

***

Al Hipster lo conocimos en medio de un atestado restaurante salvadoreño. Justo un día en el que por enésima vez la selección de fútbol de Honduras derrotaba a la de El Salvador en un partido trepidante… o que al menos le resultaba trepidante a la hinchada salvadoreña que había colmado aquel lugar.

En la ciudad de Los Ángeles las cervezas Regias de litro o las Pílsener, o las pupusas de queso con loroco o los cócteles de conchas dejaron de ser productos nostálgicos hace rato. Desde antes de que en 2004 entrara en vigor el Tratado de Libre Comercio entre Estados Unidos y El Salvador.

Aquella tarde las meseras no eran suficientes para atender a la clientela y pasaban apuradas, arrastrando un montón de miradas y de piropos, con bandejas llenas de cervezas guanacas y de pupusas recién hechas. En una esquina, con los ojos fijos en el televisor, estaba Ricardo Montano vociferando consejos técnicos, maldiciendo a algún defensa.

Estaba parado justo al lado de la única mesa vacía del lugar y parecía custodiarla. Cuando nos vio el gesto de rapiña, nos invitó a sentarnos. En ese momento no lo sabíamos, pero Ricardo Montano no estaba ahí para ver el fútbol. Estaba trabajando. Nos sentamos los tres y nos enzarzamos en un debate futbolero que, según nosotros, era de alta factura técnica. A dos mesas de distancia, el único hondureño en el lugar aprovechó un error en la zaga salvadoreña para pronunciar una ligera burla. Se hizo un enorme silencio. Hasta que alguien se animó:

─¡Mirá hijuelagranputa: la Casa Catracha está allá a dos cuadras, este es un restaurante sal-va-do-re-ño. ¿Por qué no te vas a decir pendejadas allá?!

Y el lugar entero explotó en carcajadas y en insultos, que el hondureño recibió partido de risa. Era un conocido del lugar, amigo de todos en aquel sitio. Solo eso explica por qué salió de ahí gozando de toda su dentadura.

La broma rompió el hielo y Ricardo terminó contándonos cómo llegó a Los Ángeles y cómo su historia se fue complicando. Nos explicó que a los 13 años se había enrolado en una pandilla, y como quien dice una bobada nos contó que esa pandilla se llama la Mara Salvatrucha. Antes de que siguiera despachándose la vida le advertimos que éramos periodistas y que estábamos en la ciudad justo buscando pandilleros. Se le iluminó la cara y decidió probar su punto: en medio de aquella multitud Ricardo Montano se levantó la camisa para mostrarnos unas enormes letras azules que tatuaban su cuerpo: MS. La clientela y el servicio miraron para otro lado y ahí mismo supimos que aquel señor no era un pandillero cualquiera, que al menos era uno con la suficiente confianza para levantar su bandera en público. Uno que se sabía temido.

En el oficio de periodista se aprende que nadie te regala su historia solo porque sí. Que quien cuenta el cuento de su vida quiere que se sepa algo, que se diga algo, que algo quede escrito. Ricardo Montano quería que supiéramos que en Los Ángeles él es alguien importante para la Mara Salvatrucha y quería que dijéramos lo que él piensa sobre cómo está siendo dirigida la pandilla en El Salvador. Quedamos de reunirnos al día siguiente para conversar.

Nos vimos en el mismo sitio, que sin partido de la selecta lucía desierto. Éramos los únicos en el restaurante y Ricardo Montano, que ya se había presentado como el Hipster, nos advirtió que tendríamos que interrumpir la entrevista unos segundos para que pudiera atender a una clienta. Es vendedor de droga.

La clienta había quedado en encontrarse con él en el parqueo del local y mientras ella llegaba Hipster nos mostró el producto: una bolsita pequeña de ziploc con un conjunto de piedritas transparentes dentro, como pequeñas astillas de vidrio. Una droga que está causando furor en Los Ángeles y que algunos carteles mexicanos comienzan a producir masivamente debido a que su elaboración y su traslado implican mucho menos riesgo en comparación de las voluminosas marihuana y cocaína. El producto se llama cristal y el Hipster sacó un pequeño fragmento y jugueteó con él mientras nos daba una cátedra sobre cómo usar esta droga.

─Mirá… ¿y no creés que se pueden molestar los dueños del restaurante porque saqués eso?
─ (Con el rostro cambiado, como si le preguntaras al Papa si Dios existe) ¿¡Y qué putas van a decir!? Si ellos bien saben que no tienen derecho a opinar nada, que si abren la boca ya saben lo que va a pasar.

Salió a despachar a su clienta y volvió abanicándose con un puñado de billetes: “Vaya, 180 dólares en un ratito, jejejeje… vaya pues, pregúntenme ondas”.

***

“En Los Ángeles la Mara, simón, está loca, mantiene la misma reputación, pero las acciones que se hacen en El Salvador no se hacen acá. El estilo en que se cometen allá no es el mismo acá.

Aquí en los Estados Unidos, debido al sistema judicial, tenés que actuar con más cautela, aquí se agarra escuela, clecha, para hacer las cosas. Aquí no se hace un jale o una pegada hasta que uno no está seguro de que la va a librar sin poner en riesgo a nadie, porque aquí te dan años como darte dulces. No es como allá, donde el 90% de acciones queda impune.

Cuando vienen homeboys de allá abajo vienen acelerados, porque vienen acostumbrados a hacer pegadas, ondas, sin ver consecuencias. Se les hace difícil adaptarse acá. Yo he estado varias veces en El Salvador. No es que estén más locos ellos que nosotros, sino que tener más libertad para operar, para hacer las cosas, te da confianza y eso es lo que aquí no podés tener. Aquí hay un sistema de respuesta mucho más rápido, diez a uno comparado con El Salvador.

Como te digo, no es que estén más locos, sino es que, simón, hay locos de allá que vienen con dos o tres calaveras, huyendo porque han reventado gente allá abajo. A veces uno tiene que controlarlos. Hay muchos locos que solo viniendo de allá ya están haciendo tiempo en la cárcel, como uno de (la clica) San Cocos, otro de Prados de Venecia que están torcidos porque vinieron acelerados. Como te repito la diferencia de los locos que vienen de allá para acá es que quieren venir a aportar y quienes van de aquí para allá se quieren ir a calmar.

Nosotros estamos en la misma sintonía con El Salvador, solo que el programa es diferente. Como por ejemplo eso que están usando allá abajo los locos de que si alguien no está activo o no está colaborando con el barrio le están poniendo básicamente una cuota. Básicamente se le está poniendo una renta al que no está activo.

Hay cosas que acá nosotros no respaldamos, pero allá en El Salvador hay homeboys que corren el programa a su manera. Cuando uno habla con ellos de aquí para allá, los locos algunas veces se te rebelan en el aspecto que dicen: “Ustedes no están aquí, nosotros corremos el pedo aquí y ustedes corren el pedo allá”. Nosotros no estamos de acuerdo en que los homies deportados que llegan a El Salvador tengan el deber de aportar allá cuando ellos van de aquí de hacer tiempo en la cárcel y que tengan que ir a someterse a las exigencias de los locos allá… ¡No!

Allá está la clecha de que si traés las dos letras sos de la Mara y por lo tanto tenés que aportar y someterte al programa y que si no aportás te quitan. Ahorita básicamente es la ley de la cárcel. Estos locos de los tabos tienen a los bichos afuera cobrando renta para que los estén manteniendo a ellos y quieren que les manden la feria a la brava y los bichos no pueden agarrar ni diez dólares, porque si el loco de la cárcel se da cuenta de que se lo quitaste, te manda a pegar.

Lo que pasa es esto: los locos te amenazan, te dicen: “simón, ya sabe, hijueputa, que cuando venga aquí lo vamos a mirar, lo vamos a esperar.”

La desventaja es que si no estás de acuerdo con lo que están haciendo en El Salvador es poco lo que se puede hacer, porque no siempre respetan tu palabra, aunque seás un homeboy con palabra. Está el caso de un homie deportado para Sonsonate, que era un loco pegador, con palabra. Salió de la prisión, lo deportaron y la clica que estaba ahí en Sonsonate le estuvo cobrando renta a él y a su mamá. La señora tenía su tiendita, ¿ves que allá la gente acostumbra a tener tiendita en su casa? Entonces el homie llamó desesperado para decir: “¿Qué ondas con estos hijos de puta? A mi jefita le están cobrando renta y me vinieron a amenazar”. Nosotros llamamos de aquí para allá y no quisieron tomar en cuenta lo que dijimos… En un 80% de los casos hay respeto, pero en el otro 20% les vale verga.

En el aspecto de conocer sobre el barrio, sus orígenes, sus políticas, nosotros tenemos más clecha, pero en el aspecto de huevos, de valor, de palabra, ellos tienen mucho conocimiento sobre eso. Esa es la diferencia de la Mara de El Salvador y miembros de la Mara aquí en L.A. nosotros tenemos gente loca, simón… pero con los huevos que aquellos locos allá, unos pocos. Decididos a morir por el barrio, como allá, unos cuantos…

Quiero que quede claro que mucha gente que vino huyendo de la guerra de El Salvador para acá en los 80, 90 tiene una ideología respecto a la MS-13 diferente a la que tienen segunda y tercera generación como la de hoy. La generación de hoy, en su ignorancia, dicen que aman las letras: “Yo estoy loco por la bestia, por La Mara, las dos letras yo represento, la M y la S”; pero ellos se están dejando llevar por sus emociones, porque no saben los orígenes, el principio. No podés querer algo que no sabés lo que es, y no podés morir representando algo que no tiene sentido para vos. Básicamente ahorita lo que ha pasado es que… “Mi primo y mi hermano eran de la Mara, o mi colonia es de la Mara y entones yo me voy a meter”… diferentes motivos. Tal vez quieren respeto, no tienen mamá, papá, están pobres, están solos, quieren alivianarse.

Con los cabecillas en El Salvador tenemos contacto. Cada clica de acá tiene uno o dos miembros deportados o presos en El Salvador; entonces nosotros nos damos cuenta a través de ellos. Ahora: estos locos de allá no están en la obligación de comentarnos a nosotros nada de lo que ellos quieran hacer en El Salvador, como nosotros no estamos en la obligación de decirles a ellos nada de lo que hacemos nosotros en L.A. Pero tienen que entender algo: nosotros somos el palo y ellos son una rama y están conscientes. En L.A. comenzó y se creó y es algo que no les gusta, pero nosotros somos el palo y ellos la rama.

Algo en la Mara está cambiando…

Este año el sistema de inteligencia de la PNC entregó a El Faro un cuadro con imágenes de la estructura jerárquica de la Mara Salvatrucha en El Salvador. Se trata de una lámina de Power Point titulada “Ranfla Nacional pandilla MS13” en la que aparecen 45 rostros, que según la policía constituyen la crema y nata de la elite marera en el país. En la cúspide de esa estructura aparecen Borromeo Enríquez Solórzano, El Diablito, de la clica Hollywood Locos y Ricardo Adalberto Díaz, La Rata, de la clica Leeward Locos, que son presentados como “Líderes Nacionales”.

Tanto El Diablito como La Rata ingresaron a la pandilla en Los Ángeles siendo unos adolescentes. De hecho, en las calles angelinas, al segundo aún se le recuerda como Little Rata, debido a que esa taca la heredó de su hermano mayor, que cayó en las guerras pandilleriles de los 90 abatido por cinco disparos.

A un lado de estos dos rostros la policía ha colocado un pequeño recuadro, el único sin fotografía en la lámina. Sobre el cuadrito sin rostro escribieron: “líder internacional” y abajo se lee: “(a) –de apodo- Comandari”.

Este organigrama parte de la vieja creencia en los organismos de seguridad centroamericanos de que la Mara Salvatrucha es una estructura con unas relaciones de jerarquía férreas, en cuyo trono máximo se sienta una especie de capo capaz de dirigir y de darle cohesión a la estructura.

Resulta que Comandari no es un apodo, sino el apellido de un salvadoreño llamado Nelson Comandari al que la Mara Salvatrucha encendió la luz verde hace años. Es decir que La MS-13 en lugar de obedecerlo más bien quiere matarlo.

Nelson Comandari apareció por las calles de California en los primeros años de este siglo y era un hombre de negocios -negocios no legales- que necesitaba esquinas y pies que movieran su mercancía. Comenzó una relación estrictamente comercial con la Mara; él tenía el producto y los homeboys las esquinas. Pero la posibilidad de mover cocaína no era lo único que hacía atractivo a Nelson Comandari para la Mara. Según varios pandilleros e investigadores -que desde luego pidieron no ser identificados al hablar de este tema- este señor ofrecía también a la MS-13 una conexión muy preciada: su suegro era El Perico, uno de los Señores de la Mafia Mexicana.

Por su herencia salvadoreña, la Mara nunca había conseguido que uno de sus miembros fuera tomado en cuenta dentro de la estructura de la eMe, que exige al menos una gota de sangre mexicana a quienes aspiran a llegar a ser carnales. Mientras que la Mara tenía vetado el paso a las camarillas de poder de la Mafia Mexicana, sus enemigos de Eighteen Street tenían desde hace años a varios de sus miembros ostentando el título de carnal. El vínculo directo de Comandari con El Perico era hasta ese momento lo más cerca que la MS había estado del Olimpo pandillero en California.

Interesados en sus lazos familiares, palabreros de la MS-13 no solo hicieron a Comandari miembro de la pandilla, sino que en poco tiempo le entregaron las llaves del barrio, es decir, lo nombraron corredor general del programa del Condado de Los Ángeles: palabrero de palabreros, un status por encima de los líderes de todas las clicas del Condado.

Pero el matrimonio de conveniencia duró poco. Ocho meses aproximadamente. El padrino de Comandari, El Perico, murió de una sobredosis de heroína dentro de la prisión y, sin su sombrilla, el corredor general perdió influencia. Además, su creciente visibilidad lo colocó en la mira de las autoridades. Al ser arrestado aceptó de inmediato convertirse en soplón del FBI y terminó delatando a varias personas vinculadas con la Mafia Mexicana. Pasó a ser recluido dentro del sistema de Protected Custody, cuyas siglas PC originaron el despectivo peceta que todas las pandillas utilizan para designar a los desertores.

Desde entonces tiene encendida la luz verde y desde entonces el gobierno de los Estados Unidos ha convertido su paradero en un secreto.

Aunque esto ocurrió en 2003, su leyenda sigue generando cuadritos sin fotografía en los organigramas que la policía salvadoreña elabora sobre la cúpula de la pandilla.

***

El viernes 13 de abril de este año, en algún lugar de Los Ángeles, la Mara Salvatrucha convocó a una reunión general de palabreros para discutir el “asunto” de El Salvador. California aún se siente con derecho a estar al tanto y a que su voz sea escuchada, y ha recibido como profunda ofensa que los homies en El Salvador ninguneen su opinión en un “asunto” tan relevante. El “asunto” es, por si queda duda, la inédita tregua entre la MS-13 y el Barrio 18 que ha desplomado la tasa de homicidios en El Salvador hasta fondos que no se creían posibles un año atrás.

Es difícil saber lo que se habló en aquella reunión. Los códigos de la pandilla convierten en rata a cualquiera que lo revele. Alguien que estuvo en ese meeting se limita a ronronear con desprecio unas pocas palabras: “Las cosas se van a poner más serias… De todos modos, en Los Ángeles tenemos cosas más importantes que discutir que lo que hacen los locos de allá abajo”.

La policía de Los Ángeles lanzó en las primeras semanas de junio una nueva embestida contra la Mara Salvatrucha y varios homeboys han cedido a la tentación de convertirse en informantes a cambio de protección judicial. Nadie confía en nadie en la calle, a los meetings se entra sin teléfonos y los pandilleros se miran entre sí con recelo. Algo está cambiando en la pandilla y las autoridades estadounidenses parecen saberlo.

El cambio no tiene nada que ver con lo que se esté tramando en El Salvador o en el resto de Centroamérica. Hace más o menos ocho meses, en un hotel de Hollywood, en la sofisticada parte norte de Los Ángeles, Little One, un pandillero, un muchacho de apenas 29 años, de madre mexicana, fue ungido como carnal de la eMe. Aunque en las calles angelinas aún hay homeboys que desconfían de la seriedad del nombramiento y temen que alguien en las cárceles esté tratando de engañar a la pandilla, otros celebran el hecho de que Little One se haya convertido en el primer miembro de la Mara Salvatrucha en ingresar a la Mafia Mexicana.

Estoy de vuelta en El Salvador por primera vez en treinta años, y no reconozco nada. Tersas autopistas van del aeropuerto a San Salvador, la capital, y a lo largo del trecho de dunas que separa la autopista del océano Pacífico hay puestos animados donde los clientes se estacionan para comprar cocos y comida típica incluso a estas altas horas. Pero lo que yo recuerdo es una carretera de doble carril llena de baches, un sol inclemente que resaltaba cada detalle en la piel tiesa de los cadáveres, un hoyo en el suelo arenoso, la infamante noticia de que cuatro mujeres estadounidenses, tres de ellas monjas, acababan de ser desenterradas de ese agujero poco profundo.

“¿Hay algún monumento o algún letrero que señale dónde fueron asesinadas las cuatro americanas durante la guerra?”, le pregunto al conductor de la camioneta del hotel.

“Sí, allá en la universidad, en la UCA, donde murieron.”

“No, esos fueron los seis sacerdotes jesuitas, años después, en San Salvador. Me refiero a las monjas, aquí, en 1980.”

“Ah”, me responde. “De eso no me acuerdo.”

Aquel acontecimiento –la violación y el asesinato de cuatro religiosas que iban camino del aeropuerto a la ciudad– fue, sin duda, inolvidable para personas como Robert White, embajador de Estados Unidos en El Salvador durante el último año de la administración Carter. En el entierro al día siguiente, White, con el rostro demudado, parecía un blanco en potencia más de la facinerosa junta golpista de derecha que estaba en el poder. Ya había sido asesinado, meses atrás, el heroico arzobispo de San Salvador, Óscar Arnulfo Romero –para gran regocijo de la clase gobernante, que solía llamarlo “Belcebú”. Semanas después de su asesinato, orquestado en las trastiendas más oscuras del régimen por el infame ideólogo Roberto D’Aubuisson, el gobierno de Reagan lanzó su intervención militar en El Salvador y dedicó miles de millones de dólares a la lucha contra los grupos guerrilleros marxistas agrupados bajo las siglas del Frente Farabundo Martí para la Liberación Nacional (FMLN).

Cuando terminó en 1992, la guerra de doce años había acumulado unos 70,000 muertos, pero esa guerra comenzó aún antes de que nacieran más de la mitad de los salvadoreños que viven hoy. ¿Por qué habría de recordarla un joven conductor? Y, sin embargo, El Salvador de hoy –infestado por una violencia peor que la de cualquier momento desde los primeros años de la guerra, inseparablemente vinculado a Estados Unidos por un fenómeno migrante que comenzó durante el conflicto, asediado siempre por la memoria del asesino Roberto D’Aubuisson, quien más tarde fundaría el partido que gobernó su país ininterrumpidamente hasta las más recientes elecciones de 2009– es inconcebible sin los años sangrientos de la guerra.

A los salvadoreños les gusta decir que si plancharan el país sería bien grande. Pero es pequeñito y arrugado; la lava de volcanes que se extinguieron hace milenios surca y ondula el paisaje de un lado y otro. San Salvador se encuentra en un valle al pie de un volcán y, puestos a adivinar, arriesgaríamos que hoy tiene tantos centros comerciales como, digamos, Fort Lauderdale, y también plazas y glorietas, y barrios tranquilos con guardias de seguridad en cada esquina. Es muy verde, e incluso los cinturones de miseria que se enredan por las colinas en las afueras de la ciudad resultan exuberantes para quienes están acostumbrados a tipos más urbanos de pobreza.

Justo al lado del volcán de San Salvador se encuentra el municipio de Mejicanos, famoso por su combatividad durante la guerra. Una calle larga y angosta sube desde su mercado y luego tuerce hacia abajo y desciende por los flancos de un estrecho cañón. Si uno sigue esa calle conforme se hunde en la zona, puede ver que entre las sombras de la vegetación hay también manchas de casas hechizas. Aquí y allá, un grupo de hombres flacos se apiña alrededor de lo que podría ser una pipa de crack, pero fuera de eso, la calle está vacía y silenciosa.

Tanto el barrio como la calle se llaman Montreal, y ambos gozan de mala fama. El año pasado le prendieron fuego a un autobús del transporte público que hacía su ruta hacia el centro de Mejicanos cuando llegaba al mercado. Diecisiete personas murieron quemadas, entre ellas una niña de un año y medio. Al menos unos cuantos de entre los muertos eran supuestamente integrantes de alguna mara, pandillas feroces con las que El Salvador contribuye al tráfico de drogas y al universo del crimen transnacional en el que este se desarrolla. Hijos de la guerra y de Estados Unidos en más de un sentido, los mareros –los miembros de las pandillas– son los responsables de la mayor parte de la desgarradora violencia actual. Hace unos veinte años comenzaron a atraer la atención pública, cuando lo que había sido un rabioso conflicto abierto fue transformándose en un amenaza cada vez más grande y omnipresente.

En aquel momento, Marisa D’Aubuisson de Martínez, hermana de Roberto D’Aubuisson, decidió crear un proyecto para las mujeres de los mercados y sus hijos pequeños en un barrio como Mejicanos. La enérgica personalidad de Marisa y su risotada fácil contrastan con la personalidad hipnótica y fatua de su hermano, lo mismo que con su política: ella es una activista católica de toda la vida, seguidora del valiente obispo al que su hermano asesinó. Roberto, que moriría de cáncer de garganta en 1992, entró a la política electoral en la década de 1980. En esos últimos años de la guerra, Marisa también cambió: se alejó de sus sueños utópicos de cambiar el mundo y se concentró entonces en proyectos más asequibles. Hablé con ella un día en la sencilla y soleada oficina en la que trabaja.

“En aquel entonces, la ayuda internacional llegaba sobre todo a los macroproyectos, pero yo comencé a impulsar algo muy pequeño”, me dijo. Con dinero internacional, Marisa fundó una organización llamada Centros Infantiles de Desarrollo (CINDE) cuya finalidad es proporcionar guarderías a bebés y niños pequeños, sobre todo a los hijos de las mujeres que trabajan como vendedoras en los mercados. Ahora existen tres centros, incluido uno en Mejicanos, a los que más tarde se añadirían instalaciones para preescolar y jardín de niños. Hace unos cuantos años, CINDE creó un programa conocido como “reforzamiento escolar”, en el que niños mayores pueden hacer su tarea en ambientes seguros y bajo la orientación de un adulto. Uno de estos centros está en Montreal, y es uno de los pocos lugares en los que personas ajenas al barrio pueden sentirse bienvenidas y a salvo de las maras.

El centro extraescolar consiste tan solo en un hangar abierto conectado a dos cuartos de bloques prefabricados de concreto que rara vez se utilizan, porque se calientan como un horno. Llegué al centro una tarde más bien fresca y venteada. Los niños estaban disfrutando de un alborotado recreo, pero cuando el maestro encargado dio un silbatazo, regresaron de inmediato a sus mesas de trabajo al aire libre y se concentraron en su tarea casi con voracidad. Todos, desde los maestros hasta los encargados voluntarios, se ocupaban de su trabajo con una concentración casi febril. Interrumpí la tarea de las niñas más grandes –que tenían ambiciosos nombres en inglés, como Jennifer y Natalie– para preguntarle a una si iba ahí a aprender o a divertirse, y me respondió al instante, muy seria: “aprendo y me divierto”. Sus calificaciones habían pasado de cincos y seises el año anterior a un promedio constante de nueve, pero seguía batallando, me dijo, con su materia menos favorita: matemáticas.

Quizás el entusiasmo general se debiera a la condición de último chance que tiene el centro mismo. Durante el recreo estuve observando a una jovencita lindísima que pateaba una pelota de futbol con sus compañeros como si fuese aún una niña, pero ya era alta para su edad, y púber, y me invadió una especie de terror por ella, pues había escuchado una y otra vez que los mareros acostumbran obligar a las adolescentes que viven en sus zonas de control al trabajo sexual, una labor que a menudo comienza con una violación colectiva. En el día de “visita íntima” –que en toda América Latina es nominalmente el día en que a las esposas se les permite privacidad con sus esposos o compañeros de vida encarcelados– una adolescente ya mayor podrá ser enviada como “esposa” a las prisiones donde los miembros de las pandillas están cumpliendo condena. Nadie sabe exactamente qué tan a menudo hay “visita íntima” en las prisiones salvadoreñas; como me dijo un amigo, cualquiera que obtenga acceso a alguna de las cárceles más infames puede acceder también a los cuartos de visita íntima. En los barrios mareros los padres de familia, desesperados por mantener a sus hijas alejadas de cualquier tipo de contacto con las maras, intentan muchas veces enviarlas al campo a que se críen con sus familiares, pero no todo el mundo tiene primos o familia en el campo, y el barrio de Montreal y sus peligros eran la circunstancia inevitable de esta niña.

Como lo es para los niños. “Tenemos un chico que siempre viene aquí y que es increíblemente listo, realmente muy especial”, me dijo uno de los maestros en voz baja. “Pero está a un paso de irse con las maras. ¡Es tan jovencito! Un muchachito apenas. Hemos hablado con él, porque aquí tratamos de no minimizar la realidad, pero él está que se va. No vamos a poder retenerlo.”

De regreso de Montreal, en el mercado de Mejicanos, descubrí algunas de las recompensas más inmediatas a disposición de un adolescente que se une a las maras. Las mujeres del mercado, que no tienen absolutamente ningún problema con las matemáticas, me explicaron su vida en números: le pagan a la municipalidad una renta de 35 centavos diarios por cada metro y medio lineal que ocupen sus puestos. Gastan 50 centavos en tarifas de autobús de ida y vuelta, multiplicados por el número de niños en edad escolar. Cuatro dólares de producto comprado al mayoreo, más tres dólares para transportar la mercancía a sus puestos. Las ganancias de un día, menos los cuatro dólares de las compras del día siguiente, menos las tarifas de autobuses y taxis, deja unos tres dólares –cuatro en días buenos– para comprar comida para la familia.

Y luego está “la renta”: la cuota de extorsión diaria que cobran los mareros; pero nadie quiso darme esas cifras. Tampoco quedó claro si la renta del mercado la cobran miembros de la Mara Salvatrucha –también conocida como MS-13– o del grupo rival cada vez más poderoso, el Barrio 18. Varios menores pertenecientes al Barrio 18 fueron juzgados y sentenciados por prender fuego al autobús en el que murieron diecisiete personas, pero de la gente con la que hablé nadie, ni siquiera los maestros del centro preescolar del CINDE, quiso hablar sobre el incidente.

Una tarde charlé con una mujer particularmente vivaz –llamémosla María–. Me estaba contando del cinde, y de cómo el programa de microcréditos que gestiona le había cambiado la vida, ya que ahora tenía un carretón para acarrear sus mercancías de un lado a otro, cuando dos chicos que rozaban, cuando mucho, los quince años llegaron a su puesto. María paró la conversación en seco mientras los niños elegían algunas de sus mercancías y se marchaban sin que dinero alguno pasara de manos. Los ojos de María relampaguearon de miedo cuando le pregunté si los mareros la estaban renteando (extorsionando). “Casi no, casi no”, susurró, mirándome, como suplicante. “No me piden dinero. Todavía no. Solo… regalitos.”

“Nosotros no renteamos”, tronó José Cruz, como si lo anunciara al mundo. “Eso es un invento de la prensa.” José tiene una voz sensacional de declamador, ojos achinados sobre altos pómulos, un rostro limpio de los tatuajes que son la marca de los mareros, un cuerpo ágil y unos gestos fantásticamente autoritarios. “¿Cómo está?”, vociferó al entrar al cuarto de visitas de la cárcel, extendiendo la mano esposada, y desde ese momento no dejó de arengarme. Después de nuestra conversación, un guardia de la prisión se me acercó y, mientras uno de sus compañeros vigilaba, me susurró que, en tanto líder de la pandilla Barrio 18, Cruz era la autoridad de facto del penal. Era Cruz, me dijo el guardia, quien decidía quién da entrevistas a la prensa (las daba él), a qué guardias se les permitía el acceso al área de celdas, donde entre 40 y 45 prisioneros son confinados cada noche en celdas de seis por seis metros, y quién recibía castigo.

Cruz tenía metas muy definidas: a sus veintinueve años ya había cumplido siete de su sentencia de homicidio, le quedaban quince y quería salir a tiempo y vivo. “Soy un preso rehabilitable”, me informó. No se alteraba. De noche, según escuché, se retiraba temprano (supuse que tendría aposentos más grandes que la mayoría) y dormía plácidamente. Después de nuestra conversación, me dijeron que en realidad, bajo el paliacate amarrado en la cabeza que usan los miembros encarcelados de las pandillas, sí llevaba tatuajes: dos ojos dibujados en la nuca, que permiten –no sería él el único en creerlo– que no pierda nunca de vista a sus enemigos. Cruz ya me había presumido sus numerosas entrevistas a cargo de periodistas franceses, holandeses, alemanes, estadounidenses, del mundo entero, y ahora intentaba engancharme en su retórica –somos víctimas de la sociedad, los ricos se vuelven más ricos y los pobres más pobres–, pero nada de lo que dijo resultó tan sugestivo como su presencia física y la información que me dio el guardia en un susurro, a pesar de que no era ningún secreto fuera de la cárcel: que las golpizas y las ejecuciones por apuñalamiento eran un hecho cotidiano en el penal de Quezaltepeque.

A diferencia de la mujer del mercado en Mejicanos, el guardia no tenía ninguna razón en particular para no hablar: todo el mundo sabe que el sistema penitenciario está en bancarrota, y que es imposible controlar un sistema de detenciones en que los presos –casi la mitad de ellos asesinos acusados o convictos– están amontonados en celdas cual ganado industrial. En El Salvador hay 65 homicidios por cada 100,000 habitantes, más del triple del índice actual en México y un número significativamente más alto que la cifra anual de muertes durante la segunda mitad de la guerra. De un total de 25,000 personas encarceladas, un tercio nunca han sido sentenciadas. El hacinamiento es tan extremo que el sistema penitenciario se negó este año a recibir más presos. Los acusados van ahora a jaulas de detención de la policía pero, dado el índice delictivo y el número de arrestos, las jaulas se han saturado con igual rapidez.

Ha habido motines y también huelgas pacíficas de presos que exigen mejoras en las condiciones, pero los huelguistas no están en la lista de prioridades de nadie. La suya es solo una de las muchas catástrofes de El Salvador, donde, veinte años después de la guerra que supuestamente salvaría al país –del capitalismo o del comunismo, dependiendo del bando en que uno estuviera–, hay medio millón de hogares uniparentales, como se dice, intentando criar a sus hijos en medio de la inseguridad. (La inmensa mayoría de estos hogares está a cargo de mujeres.) El gobierno está en bancarrota, el índice de pobreza es del 38%, y la economía, que se levantó ligeramente de un índice de crecimiento negativo de -2% en 2008 solo gracias al aumento en el precio del café, parece estancada.

Sería fácil echarle la culpa de este desastre social y económico exclusivamente al partido fundado por Roberto D’Aubuisson –la Alianza Republicana Nacionalista, o arena, por sus siglas– que, una vez firmados los acuerdos de paz en 1992, gobernó el país durante veinte años con un interés evidente, si no es que obsesivo, en el bienestar de los ricos. (En 2009, Mauricio Funes, el candidato del partido fundado por las antiguas guerrillas, el Frente Farabundo Martí para la Liberación Nacional, o FMLN, ganó la presidencia.) Pero también hay que considerar el hecho descomunal de la guerra misma: las carreteras y demás infraestructuras destruidas, el colapso de la sociedad rural, el surgimiento de cinturones de miseria poblados por campesinos que huían de aquellas áreas remotas del país que fueron el escenario principal de la guerra, la práctica sistemática de la inmisericordia, el aumento drástico de familias monoparentales, la pérdida de una élite educada, el inmenso arsenal de armas que sobraron, al que nadie dio seguimiento. Y, no obstante, nada de esto explica de manera completa o satisfactoria la proliferación de los mareros, cuyo número según los cálculos ronda los 25,000, más otros 9,000 en prisión.

El fenómeno comenzó en Los Ángeles, con los hijos de los inmigrantes que habían huido de la guerra en El Salvador. Fueron niños con padres a los que nadie respetaba. Padecieron el bombardeo de comerciales para productos que no tenían esperanza alguna de poder adquirir. Se criaron en barrios peligrosos y heredaron enemigos y guerras pandilleras ajenas. Entre los salvadoreños de segunda generación de Los Ángeles, un número significativo acabó creando sus propios grupos para confrontar a las pandillas mexicanas y afroamericanas en cuyos barrios se habían asentado sus padres. De los dos grupos que controlan actualmente casi todos los barrios pobres de El Salvador, la pandilla Barrio 18 toma su nombre de la pandilla de la Calle 18 en Los Ángeles, cuyos integrantes suman miles. En cuanto a la Mara Salvatrucha, con la que arrancó el fenómeno, la única parte de su nombre en la que todo el mundo se pone de acuerdo es que “Salva” es un apócope de “salvadoreño”.

Conforme la política de inmigración de Estados Unidos se ha ido concentrando en deportar al mayor número posible de migrantes indocumentados, sin importar su situación, un altísimo número de deportados salvadoreños, algunos de ellos educados en Estados Unidos y que apenas hablan español, se han encontrado de buenas a primeras de regreso en su país de nacimiento. Algunos de ellos, repatriados involuntarios, son mareros que, o bien acaban integrándose a la mara de su barrio, o bien tratan de escabullirse de vuelta a casa (es decir, a Estados Unidos) sumándose así a la ruta migrante que atraviesa México y que utilizan cada año cientos de miles de inmigrantes potenciales a Estados Unidos. En el camino, los mareros suelen ser reclutados por los narcotraficantes mexicanos, que han desarrollado ramas altamente rentables de trata de blancas, prostitución infantil y extorsión a migrantes. Los asaltos, los robos y las violaciones son ahora un aspecto casi rutinario de la travesía migratoria por México.

Los viajeros más desafortunados son secuestrados en México y retenidos a cambio de un rescate, normalmente de entre 500 y 2,000 dólares. Si sus familiares no logran conseguir el dinero rápidamente, la víctima del secuestro muere asesinada. De acuerdo con la Comisión Nacional de los Derechos Humanos de México, 11,000 migrantes fueron secuestrados durante los seis primeros meses de 2010. No existen estadísticas del número total de muertos, pero sabemos que en agosto de 2010 72 migrantes fueron secuestrados y asesinados en un solo incidente. Seis meses después, otros 195 cuerpos fueron desenterrados en el mismo municipio. Entre los asesinos, y también, quizás, entre los asesinados, probablemente había mareros.

Howard Cotto, subdirector de investigaciones para la Policía Nacional Civil de El Salvador, ha estudiado las maras durante años. Cotto es el producto fino y articulado de los acuerdos de paz firmados entre el gobierno de arena y las guerrillas del FMLN en tiempos de la guerra, que incluyeron, según mandato de la ONU, una reestructuración de los antiguos cuerpos policiales asesinos; se transformaron en una sola fuerza que integró y entrenó a miembros de los dos bandos de la guerra. Otro comandante de la policía, Jaime Granados, me dijo, riendo, que la resultante Policía Nacional Civil es como el hijo feo que nadie quiere, en gran medida debido a sus esfuerzos por mantener la neutralidad. “Somos una buena policía, muy buena”, me dijo. “Pero nadie está de nuestro lado.” La policía carece de recursos y de equipo (solo hay un experto forense para todo el país) y la corrupción se está volviendo endémica nuevamente, pero quedan reductos importantes de eficacia y profesionalismo, y los diplomas y certificados internacionales que se alinean en la pared de la oficina de Howard Cotto –uno de ellos del FBI– dan señal del prestigio del comandante.

Cotto calcula que en los barrios los que apoyan a las pandillas suman quizás unas 80,000 o 90,000 personas, lo cual, si se añade el número de mareros en activo o encarcelados, representa cerca del 1.5% de la población del país. Si bien en el narcotráfico salvadoreño las maras se ocupan del narcomenudeo, Cotto no atribuye su crecimiento a la bonanza del narcotráfico en Centroamérica, a pesar de que la región se ha convertido en el principal corredor para transportar drogas sudamericanas hacia América del Norte. “Las pandillas son claramente parte del crimen organizado, como lo son los traficantes de drogas y armas y autos robados y demás”, me dijo Cotto una mañana en su oficina amueblada discretamente. “Pero los traficantes construyen organizaciones jerárquicas alrededor de intereses específicos –trata de blancas, contrabando, drogas– y atraen a la gente apoyados en ese [negocio]. Las pandillas hacen lo contrario: reclutan desde abajo.”

Las pandillas distribuyen drogas en el barrio al tiempo que se presentan a sí mismas como sus defensoras, dijo Cotto:

Pero en realidad, no defienden al barrio; lo aterrorizan. El barrio es el territorio donde extorsionan, distribuyen drogas, matan y hacen dinero. Sin embargo, no viven con grandes lujos; no son narcos. Sus orígenes están en la comunidad y lo que temen más que a la muerte misma es perder su autoridad ahí, porque en el momento en que la pierdan están muertos. Pero es una excelente manera de vivir cómodamente y repartir dinero entre una cantidad de gente; su fuerza radica en no romper esa cadena de distribución del dinero. Así es como les pueden decir [a sus subordinados]: “pelea por mí”.

Cotto charlaba tranquilamente bajo la ráfaga helada del aire acondicionado. “La vida [de un marero] es muy corta”, continuó:

En seguida les cae una sentencia de treinta años. Pero ellos piensan que en este país hay de dos: puedes ser un loser y seguir estudiando, y ya veremos si puedes encontrar un trabajo cuando te gradúes, o puedes tener catorce o diecisiete años y ser el big man del barrio. Puedes mandar, encargarte de la distribución de la droga. No tienes que mostrarles respeto a tus mayores; serás el que le pueda decir al vecino: “te me vas de este barrio ahora mismo”, y te instalas a vivir en su casa. Podrás decirle a la chica que te gusta y a la que no le gustas, “¿sabes qué?, te guste o no, vas a ser mía, o de cualquier otro que yo decida”.

A estas alturas Cotto ha visto muchos cadáveres: decapitados, desmembrados, quemados. (Se dice que lo primero que debe hacer un marero, sin importar cuán joven sea, es matar arbitrariamente a alguien. Después de eso, están listos para ser reprogramados.) Pero la escena de homicidio más perturbadora a la que ha llegado nunca fue en un bastión mara, en una de las casas colectivas que los muchachos llaman casa destroyer. “Me quedé frío”, dice. “Entramos a la casa y ahí estaban todos los chicos, en círculo. Y ahí estaba la persona muerta. Llevaba muerto varias horas, pero no se habían [deshecho de él]. Sencillamente se habían sentado alrededor del cadáver, y estaban platicando y pasando el rato como si nada.”

Alexis Ramírez, que se unió a las maras cuando tenía quince años, no parece capaz de matar despiadadamente, aunque está cumpliendo 50 años por homicidio, de los que le faltan 48. Tiene la piel morena, labios gruesos que parecen esculpidos, grandes ojos negros y luce mucho menor de sus 29 años. Le pregunté si cuando estaba libre no había sido peligroso para él caminar por la calle cubierto de tatuajes, y me sonrió de lado. “Si sabes cómo caminar, no es peligroso. De esquina a esquina… así es como me he recorrido todito El Salvador.” Y se bamboleó ligeramente, en un movimiento entre cohibido y seductor que me dejó ver cómo, efectivamente, pudo haber logrado esquivar muchos obstáculos agachándose y sonriendo.

El Salvador: El violento paisaje de las maras 5

Donna DeCesare

Venía de buena familia, me dijo; su padre, creyente evangélico, “estuvo siempre participando en los asuntos de la iglesia”, mientras que su madre “hace aproximadamente quince años que persevera en las cosas de Dios”. Sus hermanos trabajan en una carpintería. Su suegro recién había logrado sacar ilegalmente a la esposa de Alexis fuera del país, probablemente para alejarla de su influencia, y la pareja ya perdió la custodia de sus dos hijos –de cinco y nueve años–, que se encuentran a cargo de sus abuelos.

Alexis todavía estaba en la escuela cuando decidió unirse a las maras. “Vi los tatuajes [de los mareros de su barrio]. Vi cómo se portaban entre ellos”, dijo. “En mi barrio no le robaban a la gente; la cuidaban. Eso me gustaba.”

Su vida, le comenté, era bastante desesperanzadora. ¿No se arrepentía de haberse unido a las maras?

“Cuando elegimos ser lo que somos”, me contestó, “sabíamos que no había vuelta atrás”. Intenté, sin éxito, descifrar si ese bamboleo entre tímido y cool era el remanente sincero de lo que alguna vez fue una persona entera y amable, o el truco engañoso que un asesino despiadado guardaba entre su colección de armas.

José Eduardo Villalta, de veinticuatro años, tiene la palabra “dieciocho”, de “Barrio 18”, tatuada en francés e inglés en sus brazos y dedos, y en números romanos y varios otros códigos en todos los demás lugares donde cabe un tatuaje. No es encantador, pero en el curso de nuestra conversación salió a relucir que era originario del campo, y que su madre lo visita con regularidad. Le pedí que describiera cómo se prepara una milpa, y conforme repasaba ese ritual –desmonte, quema de maleza, siembra, deshierbe– tuve la visión momentánea de un joven respirando aire libre. Aún le queda la mayor parte de una sentencia de 50 años por delante, y le pregunté si eso no le resultaba deprimente.

“No”, me dijo sin titubear. “Aquí yo me siento bien. Esta es mi casa.”

Hasta donde sabemos, antes de morir, la última persona con la que Saúl Cedillos habló fue Eusebio Pleitez, director del Instituto Nacional de Comercio, Administración y Democracia. Del director solo diremos que luce cansado y fofo, que dirige una pequeña casa donde funciona un instituto, que es dueño de unas palabras estiradas y cansinas, de un escritorio ancho y antiguo -de madera y con polillas-, y de unos diplomas grises colgados en la pared.

La casa-instituto es pequeña. Tiene tres cuartos que funcionan como claustrofóbicos salones de clases y un patio tan angosto en el que no caben 20 personas paradas. La casa tiene un cuarto más que funciona como oficina del director. Es por lo ocurrido dentro de esa oficina por lo que conocemos algunas de las últimas palabras de Saúl Cedillos.

Aquella no fue la primera vez que el director platicó sobre el mismo tema con ese estudiante. Para Saúl Cedillos lejos de esas pequeñas paredes había algo mucho más interesante y adictivo que el encierro, y por eso ya había escapado muchas veces.

—Vamos a veeer, Saúúúl, ¿qué has decidiiido? ¿Seguirás con tus auseeencias, con tus escaaapes? –preguntó el director, sentado al otro lado del escritorio.
—Es que ya le dije: en mi casa necesitan dinero y por eso hago más jornadas en el taller donde trabajo –respondió el muchacho, de pie.
—Ya te había dicho que arreglaras tus horarios, Saúúúl. ¿Quieres que lo hablemos con tus paaadres?
—No, señor. Ya no faltaré a clases –mintió el muchacho.
—¿Es una promeeesa?
—Sí.

Dos horas después, a las 11 de la mañana del jueves 18 de agosto, Saúl Cedillos escapó de nuevo y el director ni cuenta se dio porque desde su oficina solo ve lo que ocurre en el patio. El salón de clases de Saúl, por el contrario, tiene la puerta enfrente y a solo unos pasos de la salida.

El arrugado vigilante de la colonia en donde está la casa-instituto fue la última persona que, hasta donde sabemos, vio con vida al estudiante. “Iba solo. Apurado… como preocupado… así: pensativo y cabizbajo”, recuerda.

Saúl Cedillos, el estudiante asesinado en agosto pasado en Ciudad Credisa.

***

La colonia donde fue asesinado Saúl Cedilllos tiene el nombre de un banco extinto: Ciudad Credisa. Es un puñado de casas empinadas y alejadas de la línea de un tren en desuso que atravesó alguna vez San Salvador. De la línea del tren para abajo, Ciudad Credisa es zona controlada por la pandilla Barrio 18. De la línea del tren para arriba, es zona controlada por la Mara Salvatrucha.

Saúl Cedillos murió en la parte alta a la 1 de la tarde del jueves 18 de agosto. Murió en una zona alejada una veintena de kilómetros de su casa y de sus amigos. Saúl vivía en un municipio violento llamado Mejicanos y murió en otro más violento llamado Soyapango. No tenía cómo defenderse y los pequeños y morenos músculos que esculpió con pesas de nada le sirvieron contra una pistola nueve milímetros.

A Saúl le gustaba levantar pesas y jugar balonmano primitivo, un deporte de muchas caídas y empujones. Cuando jugaba lo invadía una fuerza colérica que le permitía sacudirse a los rivales que intentaban robarle la pelota. Lo botaban, le brincaban encima y él aun así se levantaba con todo y balón. Una de sus amigas, alguna vez, escuchó que Saúl gritó “¡a-laa -graaan-puuutaaa!” mientras se sacudía a aquellos que lo contraminaban en el suelo. Aquel día, cuando sonaron los disparos, Saúl murió. Pero no al primero ni al segundo. Tampoco al tercero ni al cuarto ni al quinto, y ni al sexto ni al séptimo ni al octavo. Murió hasta cuando la novena bala hizo estragos detrás de su ojo derecho.

“Pobrecito -dijo una anciana cerca de la escena del crimen-. Y pobrecita la mamá: imagínese, a estas horas ha de estar pensando que su hijo anda en clases”.

Saúl vestía un pantalón gris de uniforme y una camisa blanca sin identificativo. Llevaba bolsón, y adentro del bolsón, cuadernos. Tenía 17 años y era estudiante. En uno de los países más violentos del mundo los estudiantes también mueren asesinados. Él fue el número 104 de una lista que llegó a 139 casos para octubre de 2011. Al día siguiente de su homicidio, las imágenes de su cuerpo inerte acompañaron noticias que hablaban del homicidio de otro estudiante.

De Saúl sabemos también que tenía muchas novias. “Tan bonito que era el mono”, le dijo una vecina a su madre, el día de la vela. Sabemos, además, que aquella que le atribuyeron en la escena del crimen no era la novia oficial.

***

El sábado 20 de agosto un autobús repleto de jóvenes se aparcó dentro del cementerio Los Olivos. Ubicado en uno de los extremos del municipio de Mejicanos, el cementerio está al final de una hilera de colonias alineadas con pasajes estrechos y diminutas casas de un solo piso. En esa colonia domina la Mara Salvatrucha y los que se bajaron del bus eran los amigos y excompañeros de Saúl Cedillos.

Sabemos que para prevenir problemas entre los lugareños y los jóvenes dolientes, la mamá de Saúl, Flor, pidió apoyo a la Policía. Entonces, detrás del autobús, como si fuera parte del cortejo fúnebre, ingresó un carro patrulla.

Entre los que se bajaron del autobús estaba la novia oficial de Saúl: Claudia. Ella es una espigada morena con ojos almendrados a la que le gusta vestir camisas hechas para que los ombligos escapen. El día anterior al del entierro, el día de la vela, Claudia abrazó el ataúd y le gritó al vidrio que cubría el rostro de su novio: “¡Te lo advertí, Saúl! ¡Te lo advertí!”

En un vehículo aparte, al cementerio llegó también una mujer joven de pelo recogido, ojos claros y cuerpo gordito. Una que no es estudiante pero que conoce a la mayoría de los que iban en el bus. Ella recordaba a Saúl quizá como nadie más. Durante el entierro, en su cabeza marchó un ejército de inquietudes alimentadas por todas las confesiones que alguna vez le hizo Saúl en un cafetín, mientras ella preparaba platos de comida y él tomaba gaseosas. Pero aquella mañana de sábado, Pamela se guardó esos secretos y solo se decidió a llorar junto al resto de muchachos.

Al entierro no llegó el director con voz cansina ni los estudiantes que reciben clases en la casa-instituto. El grupo de amigos dolientes lo lideraron los excompañeros que tuvo en aquel instituto grande y con mala fama del cual lo habían sacado sus padres. Antes de enterrarlo, uno de estos habló por todos y dijo que su muerte no sería en vano.

Este grupo, antes de irse, formó una rueda enfrente del hoyo en el que fue enterrado el cuerpo de Saúl. Entonces los muchachos, abrazados, cantaron una canción muy peculiar. La entonaron queditos, entre murmullos.

“Que vayas con Dios
amigo del alma
me despido y jamás
me voy a olvidar
de nuestra linda amistad…”.

Esa canción del rapero Big Boy es parte del rito con el cual los pandilleros del Barrio 18 despiden a sus soldados caídos.

***

La oficina de investigación de homicidios de la Policía en el municipio de Soyapango está ubicada contiguo a un comedor que también es criadero de moscas. Es un amplio cuarto a la par de otro más amplio en donde se cocina comida barata y se escapa un olor como de aceite quemado que alcanza a los cubículos de los detectives.

Dos meses después del asesinato de Saúl Cedillos logré reunirme con el detective Antonio Ramírez. Nos vimos en el cuarto que es cafetín. Mientras hablábamos, ambos espantábamos moscas.

Del detective Ramírez sabemos que en la escena del crimen sacó la cartera que estaba en el bolsillo trasero del pantalón de Saúl Cedillos. En ella encontró un carné que lo acreditaba como alumno de un instituto diferente al de aquel en donde pronunció algunas de sus últimas palabras. Era un carné del Instituto Nacional Francisco Menéndez (Inframen).

Ramírez también encontró un celular, y dentro del celular dos fotos con las cuales sostiene la única hipótesis que tiene sobre el caso. Una de las fotografías era la imagen del escudo de El Salvador con un número 18 a un costado. “La otra era la imagen de unos batos cholos como rifando”.

El detective está joven pero tiene unas ojeras pronunciadas que lo hacen ver mayor. Tiene más de 20 casos en espera de investigación aparte del de Saúl Cedillos. “Con tanta masacre que ocurre aquí… es que aquí sí matan gente…”, se excusó Ramírez, frente a un reclamo que solo apareció en su mente.

El caso de Saúl consta en un expediente de cuatro páginas, en donde la primera incluye la instrucción de realizar las diligencias que un fiscal le pidió hace dos meses: regresar a la escena del crimen, entrevistar a posibles testigos, a los familiares, a los amigos y a todos aquellos que hubieran tenido contacto con el joven. También le pidió que vaciara el contenido del teléfono móvil para verificar con quiénes habló Saúl antes de morir. Esas diligencias debían estar listas una semana después del asesinato. Dos meses después del crimen no se había hecho nada.

El detective dijo que lo tendrá que hacer pronto y se inquietó cuando le dije que a todos los que tiene que entrevistar ya los había entrevistado yo. Cuando le conté que nadie entiende la muerte de este estudiante, y que quienes cuentan de sus inclinaciones rebeldes aseguran que estas no fueron más allá de tener un pie afuera y otro adentro de una pandilla estudiantil, se recompuso. Entonces sacó a colación, de nuevo, las fotos alusivas a los símbolos de la pandilla Barrio 18. En el mundo del detective las sospechas siempre son de color negro o de color blanco. El gris no cabe ni por asomo.

—Pero eso no concluye nada –le dije.

—Él estaba metido en algo. Yo creo que si no caminaba, ya simpatizaba con la 18. ¿Dónde estudiaba?

El día que mataron a Saúl Cedillos el detective marcó el número de un director. Llamó a uno que tiene línea directa con la Policía, amén de que dirige una institución en donde cada año muchos jóvenes velan a sus compañeros de clases.

Sergio Mejía atendió la llamada en su oficina: un amplio salón con aire acondicionado y una mesa de madera pulida y brillosa. Luego de la petición del detective se sentó frente al ordenador y buscó un expediente entre los archivos digitales. Cuando encontró lo que buscaba, dijo: “Es un estudiante inactivo. Los papás lo sacaron de aquí en junio”.

***

Flor Reyes crio a Saúl Cedillos en un entorno con fuertes raíces evangélicas. Todos sus familiares van a la iglesia: papás, primos y su hermanita… Su familia no concebía que sus jóvenes vagaran en la colonia por las noches. Conocían los riesgos en la colonia y también conocían los peligros que arrastra el Inframen en su hoja curricular. Por eso hace dos años, cuando Saúl pidió que lo matricularan ahí, Flor se opuso con fuerza.

A la familia Cedillos le tocó vivir en una de las colonias más peligrosas de uno de los municipios más peligrosos de uno de los países más peligrosos del mundo. En 2010, su colonia, en Mejicanos, fue una de las 10 más peligrosas de El Salvador: ahí, entre pasajes laberínticos y viejos adoquinados asesinaron a 20 personas. Por eso a Saúl le imponían toques de queda. No deambulaba después de las 7:30 de la noche y en el día, al salir de clases, debía reportarse en su casa o en la de una tía, ubicada a dos cuadras de la suya.

La colonia de la familia es igual a la colonia donde murió Saúl: está al límite de los territorios dominados por las pandillas. Los Cedillos viven del lado del Barrio 18. Pero hasta donde sabemos, Saúl nunca anduvo en malos pasos en su colonia. Uno de sus mejores amigos, El Moisa, dice: “No vacilábamos después de las 7 de la noche porque la zona es muy peligrosa”. Con El Moisa fumaban Diplomat 100 sin mentol a escondidas de Flor, se reunían en las esquinas de la cuadra y se prestaban las zapatillas deportivas. De hecho, Saúl se quedó con las zapatillas favoritas de El Moisa y este nunca pensó en pedírselas. “Usted sabe, cuando alguien es vergón con uno, uno tiene que devolver con la misma moneda. Y Saúl era cabal conmigo. Lo voy a extrañar un vergo”, dijo, mientras lloraba, el día de la vela. El Moisa lloró mucho a su amigo ese día, el siguiente y durante toda esa semana.

Según El Moisa, los pandilleros de la colonia no fueron los que buscaron a Saúl porque ellos siempre los evitaron. “Allá abajo están los muchachos y es mejor no toparse en su camino”. El allá abajo es apenas dos cuadras, en un laberinto de calles adoquinadas que conducen a pequeños y enredados pasajes de una comunidad marginal.

—Él no era desorden, pero en esa escuela (el Inframen) tienen desorden. No todos los estudiantes, pero hay unos que sí tienen desorden. Por eso él mejor prefirió salirse, por unas cosas que me contó.
—¿Querían que se metiera?
—Ajá. Y la cosa es que cuando te metés en algo sabés que no andarás tranquilo en la calle porque andarás a otras personas atrás, siguiéndote.

Flor Reyes vivirá convencida de que matricular a su hijo en el Inframen fue un grave error. A ella le daba más miedo un instituto con puertas cerradas que las calles violentas de su colonia. Ella dice, tocándose el pecho, que cuando Saúl le contó que quería graduarse ahí, ella presintió algo que no puede explicar con palabras.

—¿A qué le temía?
—A que cambiara… a lo que le pasa a esos muchachos, a lo que miraba en las noticias… Tanto muchacho en problemas, desaparecido y asesinado.

La casa de Saúl Cedillos es una pequeña construcción de cemento con dos salas. En la primera hay una hamaca que ocupa un pequeño corredor y en la segunda hay unos viejos sillones que contemplan un armario cargado con fotos familiares. En esta sala, a finales de 2009, Saúl le rogó a Flor hasta convencerla de que lo matriculara en el Inframen. Dice Flor que le habló al oído, prometiéndole que se portaría bien, que no andaría en malos pasos, que se esforzaría. Dice Flor que su hijo siempre que la convencía le hablaba al oído. Pero ella aceptó matricularlo no porque estuviera convencida sino porque descubrió que la verdadera intención del muchacho era seguir las faldas de Claudia, la espigada morena que gritó “¡Te lo advertí, Saúl!” en la vela. Y Claudia, para Flor, era una aliada. “Cuando no me contestaba el teléfono yo le hablaba a ella para que averiguara adónde se había metido”.

En alguna de esas escapadas, Flor le reclamó a Saúl por su comportamiento. Entonces Saúl le habló al oído de nuevo: “Mamá, si usted sabe que yo sé cuidarme”. Se levantó del sillón y luego se metió en su cuarto a ver una película. Le gustaba ver películas pirateadas. Hoy es su hermana quien devora su colección. Se sienta en una silla pequeña y levanta la cabeza para alcanzar la imagen del televisor dispuesto en la cima del armario. Cerca de ese armario todavía está amontonada la ropa sucia de Saúl. Sobresale entre las camisas la de su viejo uniforme del Inframen.

La primera vez que Flor quiso sacar a Saúl del instituto fue al tercer mes de su primer año de bachillerato. El miedo a que le pasara algo la agobiaba. Los cuentos de Saúl y las noticias que miraba en la televisión alimentaban ese temor. Una vez Saúl llegó contándole que la Policía había encontrado los cuerpos de dos alumnas, envueltos en unas sábanas, en los alrededores del instituto. Las muchachas, de 16 años, habían desaparecido días antes y luego reaparecieron estranguladas. Ese caso, real, ocurrió en enero de 2010.

Luego vino la gota que derramó el vaso, o más bien, la primera bomba que le estalló cerca a Saúl Cedillos. En su vida este joven caminaba al igual que muchos otros jóvenes de El Salvador: como un soldado que atraviesa un campo minado.

El 13 de marzo de 2010, un fotoperiodista de La Prensa Gráfica captó el asesinato de un estudiante del Inframen a manos de un estudiante del Instituto Nacional Técnico Industrial (INTI). En la secuencia, el segundo acuchilló sin compasión al primero. Cuando terminó, el atacante le quitó la camisa roja del instituto a la víctima y huyó. “¡Te me salís de ahí!”, le exigió Flor a Saúl, y este le habló de nuevo al oído. “Mamá –le dijo-: ese bicho dundo fue por andar con el uniforme en esa zona. Uno sabe dónde puede y dónde no puede moverse con la camisa. Usted sabe que yo por eso no agarro el micro de la 47 porque ahí se suben los muchachos”.

Saúl se refería a los pandilleros de la Mara Salvatrucha. Esa es una de las rutas que controlan en Mejicanos. Sabía que subirse a ese microbús con el uniforme era una sentencia de muerte.

Tres meses después el muchacho dimensionó todo el campo minado. Un domingo de junio de 2010, en venganza contra la Salvatrucha, unos pandilleros de la 18 quemaron uno de esos microbuses que tanto evitaba Saúl. En el microbús murieron calcinadas 14 personas. A los pocos que consiguieron salir del vehículo en llamas los esperaba una lluvia de balas.

Saúl y El Moisa se enteraron al día siguiente y corrieron a ver la escena. Más tarde Saúl regresó a casa. Estaba conmocionado. Lo había impresionado el olor a carne quemada.

A los días de esa masacre la Presidencia de la República colgó en una de las calles aledañas a la colonia una valla gigantesca. En la imagen aparecía una especie de seudosupermán que se desabotonaba la camisa y mostraba en el pecho las letras ES. “Nadie va a intimidar a El Salvador”, decía el lema. El creador de la campaña sin duda no tiene ni la más remota idea de lo que significa sobrevivir en colonias como la de Saúl Cedillos o de cómo sobrevivir en un mundo como el de Saúl Cedillos.

***

30 días después de que Sergio Mejía se convirtiera en director del Inframen, un grupo de estudiantes encapuchados protestó frente a la entrada del instituto. Vestidos con el rojo uniforme de educación física y con los rostros cubiertos con pañoletas exigieron su renuncia.

La queja de los estudiantes puede parecer banal, pero detrás de ella, según dijo Mejía a la prensa en enero de 2011, había una verdad oculta. Los vigilantes del Inframen habían descubierto que vestidos con ese uniforme ingresaban al centro educativo pandilleros disfrazados de estudiantes. Entraban, se sospecha, para reclutar a aquellos jóvenes que ya tenían un pie adentro de una pandilla estudiantil que se autonombra como “raza nacional”. Por eso Mejía prohibió el uso diario de ese uniforme: para impedir el ingreso de estos pandilleros y para intentar que aquellos inmersos en batallas estudiantiles –y los que no- se expusieran menos frente a sus enemigos: los estudiantes de la “raza técnica”.

Antes de llegar al Inframen, Mejía dirigió otro instituto nacional: el Instituto Nacional de Comercio (Inco). Por eso sabía muy bien que en las batallas estudiantiles los uniformes, los cinchos y las camisetas son prendas de cuidado: identifican a los jóvenes guerreros, ponen en peligro a aquellos que no se meten en nada y son preseas codiciadas por el bando contrario. Preseas por las cuales hasta se mata.

De Mejía sabemos que hace siete años no tenía todos los problemas que tiene hoy. Daba clases de matemáticas en un colegio para niñas de familias acomodadas y entre sus principales preocupaciones estaba que sus alumnas no comieran en clase. Pero entonces vino la oportunidad de un ascenso y el profesor Mejía lo aceptó sin dudar. Hoy este hombre de piernas largas, voz severa y entradas pronunciadas conoce el tablero donde se mueve y sabe que en este hay desde buenos estudiantes hasta jóvenes que en sus mochilas esconden afilados puñales. Algunos de sus estudiantes lo intimidan. Y tiene por qué temer: a sus antecesores los han amenazado y a uno, en septiembre de 2001, incluso le lanzaron una granada que estalló cerca de la oficina principal.

En el Inframen, Mejía siempre carga un radiocomunicador a través del cual habla con los guardias de seguridad que controlan las entradas y salidas del instituto. Intenta estar al tanto de todo.

Cuando Mejía llegó al Inframen heredó una institución al borde de la locura. En 2010, el Inframen sumó 10 estudiantes asesinados o desaparecidos. Dice que en las clases lloraban algunas alumnas y un halo de incertidumbre paseaba por los rostros preocupados de aquellos que no se metían en nada. Y la incertidumbre continuó. En el primer semestre de 2011 asesinaron a cuatro más y en agosto, el exestudiante Saúl Cedillos cayó muerto en una colonia empinada de Soyapango.

A Mejía le costó reconocer de cuál estudiante le estaba hablando cuando le mencioné a Saúl Cedillos. Ni siquiera recordó que el 18 de agosto por ese mismo muchacho le preguntó un policía de Soyapango en una llamada telefónica. En una primera cita el director prometió buscar el expediente e intentar convencer a los profesores de Saúl para que hablaran sobre su alumno. En la segunda, Mejía confirmó que los papás de Saúl lo habían sacado del colegio en junio sin dar explicaciones; y en la tercera cita, dijo que sus compañeros de trabajo no querían hablar y él tampoco quería ponerlos en riesgo.

Luego lanzó una idea al aire, para intentar explicar por qué han matado a tantos estudiantes del Inframen. Una explicación que según él es aplicable a la mayoría de los homicidios de estudiantes que no son atribuibles a las batallas estudiantiles. Mejía cree que a muchos jóvenes los matan por los problemas que adquieren con las pandillas en sus comunidades de origen. Para él, muchos jóvenes no tienen la libertad de estudiar donde se les antoje porque esa decisión les puede costar la vida.

El director lanzó un ejemplo para reforzar su hipótesis. A mitad de 2011 suspendió a 10 estudiantes provenientes de cierta comunidad de San Salvador para salvarles la vida. “No podemos hacer más. A ellos los han amenazado en sus comunidades, dominadas por la pandilla contraria, para que dejen de estudiar en un instituto que… usted ya sabe…” El director es una persona que aun a puertas cerradas no se atreve a pronunciar el nombre de la pandilla contraria ni el de la que influye en algunos de sus estudiantes.

De los 10 jóvenes amenazados, dos optaron por arriesgarse y siguen llegando a clases. Los otros ocho se han quedado en sus casas. “Es que son muchachas y eso las hace más vulnerables”. A las muchachas, para que no pierdan el año, se les da educación a distancia.

Para él, que sean estudiantes las víctimas mortales también es circunstancial. “Ahí quieren que debatamos –el gobierno- el problema pero es que no es a estudiantes a quienes están matando. Es a jóvenes de cierta edad, de cierto estatus que, claro, en el momento en el que los asesinan, son estudiantes”.

En nuestro último encuentro le pedí que me permitiera pasear por el instituto para hablar con aquellos estudiantes que estuvieran dispuestos a hacerlo. Se negó rotundamente. “Por la seguridad emocional y física de ellos, y por seguridad nuestra. Nunca sabemos con quiénes estamos hablando. Usted debería tener cuidado también”.

***

En un lugar cuya ubicación no diremos hay un cafetín. Tiene dos planchas para cocinar y cuatro mujeres que ora están sirviendo platos, ora lavando trastos, ora regresando vueltos. Una de esas mujeres lleva el pelo recogido, tiene ojos claros y cuerpo gordito. Su nombre es Pamela, pero todos la llaman “Pame”.

Un día de mediados de septiembre un estudiante llegó al comedor 15 minutos antes de entrar a clases. Se quitó el bolsón, llamó a Pame y le pidió permiso para guardarlo sobre el techo de lámina que cubre una de las bancas de la esquina: la banca donde se sentaba Saúl Cedillos. Luego el estudiante tomó camino hacia el Inframen. 45 minutos después regresó molestísimo con un maestro, según dijo.

—¿Qué te pasó? –preguntó Pame, mientras empaquetaba unos platos de pollo frito con arroz y ensalada.
—Ese viejo hijueputa no me dejó entrar y había examen.
—Vos tenés la culpa: mirá a la hora que veniste… te fuiste a joder y luego querés entrar de campeón así nomás.
—¡Me las va a pagar, Pame! Yo sé qué bus agarra, para la Nacional agarra. Sé dónde se baja del bus también.

Dijo eso y chocó su puño derecho contra su palma izquierda mientras bufaba como caballo salvaje.

—¡Calmate! ¿Qué vas a ganar poniéndote así? Igual vas a dejar la materia.
—¡El año ya no lo gano, pero bien que me gano otra cosa buscando a ese viejo cerote!
—Ay, bicho loco —dijo Pame y se encogió de hombros. El muchacho bajó su bolsón del techo de lámina y se despidió, y mientras caminaba repetía en voz alta: “Otra cosa voy a ganar, otra cosa voy a ganar…”

***

Un día de inicios de 2010, a la banca cubierta por un techo de lámina llegó a sentarse un estudiante que se había pintado el pelo.

—¡Veee! Te querés morir rápido.
—¿Por qué dice eso, Pame?
—Que no sabés que los pelirrojos se extinguirán antes que todas los demás especies. Salió en National Geographic, ¿no lo viste? -dijo Pame, y luego se echó una carcajada.

El pelirrojo era Saúl Cedillos. Pame lo conoció hace dos años, cuando Saúl llegó a comprar una gaseosa a ese cafetín. Dice que de entrada hicieron química. Con el tiempo él la convirtió en su confidente y ella en uno de sus mejores amigos. “Mire: hay cosas del pelirrojo que no le puedo decir porque son secretos que me dio a guardar”, me dijo, sonriendo, la primera vez que platicamos.

De Pame sabemos que trabaja en ese cafetín desde hace seis años. Entre pollos fritos, chiles rellenos, pagos y vueltos, se ha convertido a fuerza de sonrisas y bromas en una mujer de confianza para un nutrido grupo de jóvenes que orbitan alrededor de ese cafetín.

De Pame también sabemos que una mañana de mediados de septiembre le prestó dinero a cinco estudiantes sin apuntar la deuda en una libreta. También sabemos que ese mismo día, otros cinco estudiantes llegaron a pagarle la cora que le debían.

Pero a ella no la buscan solo para pedirle dinero prestado. También la buscan para contarle sus aventuras más aguerridas, sus alegrías inspiradas por hormonas y feromonas y también sus más terribles tristezas. Pame es como un oasis. De entrada sonríe, inspira confianza, pronuncia palabras que abrigan. Ella va para los 30 años pero su cara alegre, sus ojos radiantes y la risa que suelta siempre que hace alguna broma la hacen ver menor, apenas unos años arriba de los estudiantes que ya pisan la mayoría de edad. Pame es como una hermana mayor para todos ellos.

Tres semanas después de nuestra primera plática accedió a revelarme un poco más de Saúl, amén de que, según dijo, me estaba haciendo una imagen equivocada de su amigo. En ciernes estaba la posible inclinación de Saúl hacia el Barrio 18, a juzgar por las fotos que le encontró en el celular el detective Ramírez. Pame, entonces, insistió en que dejara de pensar como policía.

—No, mire, él no se había metido –me dijo-. Pero estaba en un momento, ¿cómo le digo?… como de transición en su vida. Usted sabe cómo es su mamá, cómo lo han educado, y aunque lo otro le atrajera, como que lo conflictuaba. Pues, él con sus valores, con su forma de ser… porque mire, ese niño sí que era una persona que de entrada uno se daba cuenta que no mataba ni una mosca.
—¿Y las fotos, Pame? ¿Qué significan las fotos?
—¡Ay! Mire, no se abata. Si por eso dicen que era pandillero es porque son brutos los policías. Entonces tendrían que decir que todos los estudiantes del Inframen son pandilleros. Ya ve cómo es ahí, y quiérase o no a estos bichos los mueve lo que ahí hay, pues, porque los rivales no distinguen para atacar a uno de estos bichos.
—¿Se metió a la pandilla, Pame?
—No, se lo juro que no. Pero sí estaba como conflictuado por todo lo que le pasaba. No tomaba la decisión pero sentía como empatía…

***

El 18 de septiembre de 2011, al mes del asesinato de Saúl Cedillos, sus antiguos compañeros del Inframen se repartieron unas placas con su fotografía. En la placa estaban escritas estas leyendas: “La raza nunca olvida. El Green. Nacionales. Inframen”.

Pame cree que hay una gran diferencia entre un joven metido en una pandilla estudiantil y un pandillero de la 18 o la MS. Saúl, según Pame, no se había metido a la 18 como cree el detective Ramírez de la Policía de Soyapango. Saúl estaba fascinado con la raza nacional, una frontera difusa entre el Barrio y el territorio de las pandillas estudiantiles.

Si en las pandillas Barrio 18 y MS hay brincos, soldados, palabreros, jerarquías y misiones para delinquir; en las pandillas estudiantiles hay jóvenes que pueden llegar a odiar a muerte a los otros jóvenes del instituto rival.

El conflicto entre estudiantes técnicos y nacionales no es igual al conflicto entre la MS y la 18 pero es tan delgada la línea que los separa, y tan compleja también, que se desdibuja alrededor de los símbolos, de las identidades y de las simpatías que cada bando profesa a una de las dos pandillas. Una simpatía que nació en los primeros años de la década de los 90, cuando los primeros pandilleros californianos deportados se acercaron a los institutos como quien busca una cantera: la MS se identificó con los técnicos y la 18 con los nacionales.

Muchos años después, jóvenes como Saúl Cedillos aprendieron que no pueden vestir su uniforme escolar cerca de su colonia si en esta hay presencia de la pandilla rival del instituto. Muchos años después, el director de un instituto nacional suspendió a 10 estudiantes a mitad de 2011 porque esos jóvenes cruzaron sin querer una línea imaginaria al salir de sus comunidades, dominadas por la MS, para estudiar en un instituto influenciado por la 18.

En medio de tanta violencia, lo que queda, según Pame, es “empatía”. Por eso, siempre que asesinan a un Inframen se sospecha que los responsables fueron los técnicos o la MS. Y viceversa. Luego la raza se enorgullece con sus muertos y hace medallitas como las que hicieron para recordar a Saúl. En ese mundo, dice Pame, es fácil que cualquier muchacho en un momento determinado quede fascinado y quiera defenderlo todo.

Pame alguna vez también fomentó la fascinación de Saúl hacia la raza nacional. Alguien le regaló un cincho con el escudo del INCO y ella se lo regaló a Saúl sin pensarlo. Luego se arrepintió, porque ella sabe lo que significa un símbolo como ese: identifica, provoca empatía, orgullo y pertenencia. “Estaba emocionado. Se levantó de la banca y se lo puso de inmediato. Después me quedé pensando que la había regado, que si la mamá se lo miraba, conmigo se iba a desquitar”, dice Pame y luego se tira una carcajada.

—Con solo que no me vaya a decir que en el Inframen no hay pandilleros, Pame…
—Mire: ahí sí hay de todo, como ya se habrá dado cuenta, pero pesa más lo otro, lo de la raza, que le llaman. Sí hay muchachos, así, completos, no se lo voy a negar, pero pesa más lo otro.

***

En un muro de Facebook dedicado a estudiantes nacionales, a las 21:43 horas del 23 de septiembre, Snow escribió:

“hey vichona floja de la rider te espera la raza soyas IN y parques DJG cerka del INFRAMEN pero llevanos las regalias de la rata y la iron y la guanaca y hoy si llevan spray para akapararlos y mancharles el pelo traboniarlos y zapatiarlos”.

A las 2:14 horas del día siguiente, Rider contestó:

“Pobre culeritosi no pudiero solo con 6 jaja ban a poder con la mara 503 k pedorros desime papa pedorro papi desime jajaajaj te gusto va culero asta la paca de tu burro sete kedo jajaja k culero la Salvatrucha en grande”.

Pame me había dicho que buscara en Facebook para entender mejor “eso de las razas”. En Facebook hay páginas y perfiles de estudiantes del Inframen y del Inti que hacen señas con las manos adentro de un salón de clases, en el patio, en la calle…

También hay perfiles de estudiantes del instituto hermanado con el Inframen, el INCO, el que alguna vez dirigió Sergio Mejía. En todos esos perfiles hay fotos de mascotas vestidas como si fueran pandilleros, con pantalones holgados, como los usan los vatos cholos. También hay dibujos de estudiantes cholos posando sobre un grafito del Inframen, un dibujo parecido al que llevaba Saúl Cedillos en su celular.

En una secuencia de fotos que subió un estudiante del INCO el protagonista es un machete: uno con el machete, dos con el machete, tres con el machete, el machete en el centro de un grupo de estudiantes que viajan dentro de un bus que los lleva hacia alguna excursión, una chica uniformada con el machete adentro de un salón de clases…

En Facebook también hay emblemas y preseas: cinchos alusivos a los institutos nacionales y cinchos alusivos a los institutos técnicos. Dependiendo del bando en el que se postee, los emblemas del bando contrario aparecen siempre boca abajo y con comentarios amenazantes: “en bolsa van aparecer estos perros chavalas de mierda de los IN (institutos nacionales)”, posteó en una de las páginas de supuestos alumnos del Inframen alguien que se decía del Instituto Nacional Técnico Industrial (INTI). “Mierdas del club del Mikey Mouse, los vamos a hacer picadillo”, respondió un supuesto estudiante del Inframen.

Seis días antes de que asesinaran a Saúl Cedillos, en Facebook, otro grupo de jóvenes lloró en 200 comentarios el asesinato de un estudiante del INCO. Se trataba de Águila, un joven que murió en la sala de emergencias de un hospital público minutos después de haber sido acuchillado en el centro de la ciudad capital.

El 12 de agostó en el muro de Águila, Lotto, uno de sus amigos, escribió:

“El compadrito queria ser loko y ganarse su respeto…….. ahora ya no esta con nosotros pero ants de irse logro ganarse su respeto y lo vamos a recordar como los grandes….. como lo demostro hasta el ultimo momento……. Guerriando hasta el final……… dio su vida por el instituto y eso no se va a quedar asi malditos perros de mierda…… RIP SR. ÁGUILA………….Que Diosito me lo tenga con el en el cielo…….siempre lo llevaremos presente en la mente y me voy a desquitar aunq m tilden de delincuent….. Se metieron con la family E.N.C.O. y eso no se hace……..!!!!!! Asi q nos vemos a la vuelta de la esquina para la revancha…………”.

A 15 personas les gustó esto.

Escribí un mensaje al inbox de Lotto para que me contara qué pasó con Águila y respondió dos días después.

“Bien viejo l es l águila pues fue a las 6y30 d la ma~ana l 12 d agosto frent al palacio nacional lo traboneron con una mariposa unos dl iti al águila lo auxiliaron 2 ke handaban con l y corrieron hasta l punto d la 48 fue ahí cuando l águila c dsmayo en ese momento iva pasando una patruya n la ke lo subieron pro el ya iva inconcient fue en l hospital ke trajicament murio. Esa s la historia viejo”.

El 13 de agosto de 2011, otro de los amigos de Águila posteó el video de la canción que le cantaron a Saúl Cedillos en el cementerio. Aquella canción que utilizan los dieciocheros para despedir a sus soldados caídos también la invocan jóvenes que en Facebook se dicen simpatizantes de la raza nacional.

A 30 facebookeros les gustó eso.

En Facebook, aquellos estudiantes que simpatizan con las razas dan a conocer sus simpatías. En la foto, dos jóvenes posan con un machete en un aula del Instituto Nacional de Comercio.

***

A finales de 2010, un estudiante llegó al cafetín con la camisa estrujada y sucia. Sudaba cuando llegó al comedor de Pame. Estaba como encendido, como si una descarga de energía lo hiciera sentarse y pararse, sentarse y pararse de nuevo, y dar vueltas alrededor de su banca preferida. Se tronaba las manos también y miraba para todos lados. La última vez que se sentó fue cuando le pidió agua a Pame.

—¡Casi me matan, Pame! –dijo.
—¿¡Qué te pasó, pelirrojo!?
—Ahí en la parada me agarraron a patadas. Si no hubiera llegado el Chino ya no se lo cuento. Ya dos contra dos no les gustó… ¡Casi me agarran, Pame!

Antes las avanzadas contra los del Inframen ocurrían cerca de la puerta, pero desde inicios de este año el escenario cambió. Cerca de la puerta hay una estación móvil de la Policía dentro de la cual dos agentes se detienen las quijadas todo el día o, a veces, se entretienen con las guapas estudiantes que desfilan frente a sus ojos. La estación la pidió el director Sergio Mejía y el mismo director de la Policía Nacional Civil, Carlos Ascencio, fue a inaugurarla una mañana soleada de enero de 2011.

Con el tiempo, esa caseta lo único que logró fue que las peleas ocurran más arriba, en una parada donde se detienen los buses que vienen del centro de San Salvador o del centro de Mejicanos. Ahí se bajan, provenientes de ambas direcciones, decenas de estudiantes que luego caminan un kilómetro cuesta abajo.

Se les puede ver a las 6 de la mañana, bajando en grupos, como si fueran manadas que intentan protegerse de fieras salvajes. Se les puede ver al mediodía y pasadas las 6 de la tarde. Es raro que un estudiante del Inframen busque solo la parada de su conveniencia. La vez que golpearon a Saúl Cedillos, recuerda Pame, él venía solo porque iba tarde a clases.

—Los estudiantes siempre van alertas —dice Pame.

El director Mejía, en uno de nuestros últimos encuentros, ocupó otra figura:

—Esos son mecanismos de supervivencia. Para entrar al INCO, por ejemplo, siempre cruzan en grupo un mercado que hay cerca de la entrada. Lo hacen así porque ese mercado está infestado por la pandilla que no va con el instituto. Si agarran a un estudiante solo, lo pueden matar o simplemente hacer desaparecer.

Otro método de supervivencia consiste en vestir ropa particular. Algunos alumnos llegan vestidos con jeans y camisas casuales, tenis, sandalias. Cuando entran al instituto se ponen el uniforme y cuando salen, de nuevo, regresan disfrazados a sus colonias.

—Para que no los identifiquen —dice Mejía. Saúl Cedillos, cuando emprendía su camino de regreso a casa, se quitaba la camisa y el cincho.

***

La puerta del Inframen está custodiada por un vigilante que se turna con otro vigilante cada 24 horas. Cuando los alumnos entran, los vigilantes les exigen que comprueben con un carné que estudian ahí y que definan en cuál sección están inscritos. Entonces verifican en unos horarios colgados en la pared si la sección que los alumnos señalan tiene clases o no. Si no tienen, no los dejan entrar y les piden que se retiren.

Debajo de esa misma puerta, hace muchísimos años, las cosas funcionaban de diferente manera. El Inframen fue la cuna de ilustres personajes de la vida nacional. Era el instituto público por excelencia. Los mejores profesores del país daban clases a los mejores alumnos del país. De ahí se graduaron los ex presidentes Adalberto Rivera y Arturo Armando Molina, el poeta Alfredo Espino y -a finales de los 30s- una de las intelectuales más conocidas de El Salvador: la actual ministra de Salud, María Isabel Rodríguez.

Pero la gloria de antaño se ha desdibujado por completo. Hoy el Inframen, como el resto de institutos nacionales, se distingue más por la violencia contra sus estudiantes, por sus cachiporristas y por sus bandas musicales que desfilan el 15 de septiembre, día de la independencia.

En todos estos años muchos funcionarios del sistema educativo tuvieron que dormirse en sus laureles para que la excelencia académica de la educación media se haya transformado en un bonito y añejado recuerdo.

Solo así se explica que bajo la puerta que alguna vez cruzaron estudiantes que luego se convirtieron en líderes de época ahora se cuelguen advertencias. Estas son fotografías de muchachos que tienen prohibida la entrada. Son caras serias de carné, fotografías ampliadas de rostros con miradas desafiantes. En una de las visitas que hice el vigilante de la entrada me contó las historias detrás de esos rostros según el grado de sus travesuras: “Mire –señaló con el dedo-: este se sacaba sus partes y se las andaba enseñando a las muchachas en las zonas verdes; este otro una vez quiso ingresar con un puñal; este de aquí con un corvo y este último amenazó de muerte a un compañero después de casi matarlo con una gran cachimbeada”.

***

Entre las pocas cosas que quedan por contar de Saúl Cedillos está la camarilla a la que ingresó dentro del Inframen. “¿Qué pedos?”, saludaba, cuando se topaba con su novia, Claudia, y con sus amigas: La Cookie y Morelia. En el grupo, a Saúl le decían “El Green”. Le pusieron así al inicio de año, cuando en una plática sobre la Navidad él dijo que esas fechas lo deprimían. Entonces de “el Grinch” su apodo degeneró en “El Green”.

Los cuatro muchachos se dedicaron todo el primer semestre de su primer año de bachillerato a vagar dentro del instituto. La Cookie, sonriente, gordita y juguetona, lo define así: “Mire: nos dedicamos ¡a joder! Es que si viera de los colegios de donde venimos, estar aquí, en esto tan grande, era como estar en un parque de diversiones”.

La Cookie estudió en una escuelita del oriente de San Salvador. Saúl y Claudia llegaron de otra pequeñísima de Mejicanos. Una que tiene un basurero en la fachada y tristes pupitres que se desarman con un soplido feroz. El Inframen con su parqueo interno, sus amplios patios, teatro, restaurante, cancha de fútbol y de voleibol, marca una gran diferencia. Antes tenía piscina, pero los terremotos que sacudieron al país entre enero y febrero de 2001 la inhabilitaron.

El prestigio de antaño y las instalaciones del principal centro de estudios público es lo suficientemente atractivo para que 2,600 estudiantes se la jueguen cada año. “Es que mire, esto es un parque de diversiones al que venimos buenos, no tan buenos y los muchachos”, me dijo La Cookie, riéndose, mientras señaló con la boca a un grupo de estudiantes que jugaban a perseguirse frente a la cancha de basquetbol en horas de clase.

En los muros internos del Inframen es raro encontrar pintas alusivas a la raza nacional. Sin embargo, en los baños de los estudiantes varones las pintas se hacen en los azulejos y hasta en las ventanas.

Saúl y Claudia dejaron ese primer año y de los dos solo Saúl repitió en el Inframen. Flor Reyes no pudo sacarlo de ahí sino hasta en junio de 2011, luego de que una profesora se lo aconsejó porque Saúl mucho frecuentaba a “los muchachos”. Entonces Flor lo matriculó en una pequeña casa-instituto dirigida por un director dueño de palabras estiradas y cansinas.

Antes de morir asesinado, Saúl se escapó en cinco ocasiones y en todas se juntó con sus amigos en el Inframen. En la penúltima, Saúl celebró junto a sus ex compañeros el día del alumno. En el patio grande se reencontró con La Cookie y con Morelia. Bebió vodka Troika de un termo plástico y bailó en los pasillos del corredor.

Más tarde fue al cafetín para saludar a Pame. Siempre la buscaba. En una de esas últimas escapadas llegó con la mano herida y le pidió a Pame que lo curara. Ella, bromista como es, exprimió medio limón en la herida. “¡Ay! ¡Ya ve cómo es, Pame!”

Pero aquella última vez que platicaron ella recuerda solo una extraña pregunta que le hizo su amigo:

—Pame: ¿y usted iría a mi funeral?
—Ve, este bicho loco. ¿Y por qué me preguntas eso? –respondió ella.
—En serio, Pame. ¿Usted iría a verme a mi funeral?
—Si das Pollo Campero sí voy –dijo, y rio.
—Las patas le voy a ir a jalar si no va… Pero en serio, ¿iría o no?
—Ya te dije: ¡si das Pollo Campero me echo toda la vela!

***

En las primeras semanas tras la muerte de su hijo, hubo un tiempo en el que Flor Reyes creyó que lo habían asesinado por culpa de una muchacha. El día de su entierro, Flor se nos acercó para entregarnos una foto: era la cara sonriente de “una muchachita que no conozco”. Saúl andaba esa foto en su cartera cuando lo asesinaron. Y aunque para la Policía esa foto no significó nada, el corazón de Flor Reyes le decía que algo tenía que ver. Algo. Sus sospechas surgieron luego de que todos los noticiarios que cubrieron la muerte de Saúl dijeran lo mismo: el joven asesinado venía de dejar a su novia. “Averígüenme y díganme si anda aquí”, nos pidió Flor.

Su sospecha también descansaba en una verdad ineludible: Saúl tenía muchas novias. “Y solo por una muchacha sería tan bobo para irse a meter donde no debía”. Lo novio se lo sabían La Cookie, Claudia –que por extraño que parezca lo toleraba, siempre y cuando ella siempre fuera la oficial- y Pame.

A ella se lo confesó en el cafetín mientras coqueteaba con una chica que, a lo lejos, platicaba con su novio.

—Pame: ¿verdad que es bonita?
—¡Ay, Saúl! Que no ves que ahí está el novio.
—Pue sí, pero es que yo no lo estoy viendo a él… y ella sí me está viendo a mí.
—Ya te van a venir a dar un tu sopapo, por baboso.
—¡Ay, Pame! Si yo estoy bicho y guapo, y si no aprovecho ahorita, después no me va a salir nada.

En ese mismo cafetín Pame descartó que la muchacha de la foto fuera la que Saúl anduviera buscando en la colonia empinada en la que lo mataron. La muchacha de la foto era una de sus mejores amigas en el Inframen. La conoció en el trayecto que recorre la manada después de que se bajan del bus. “Él la protegía en el camino”, dijo Pame.

***

El 22 de septiembre Saúl Cedillos habría cumplido 18 años. “¿Por qué mataron al estudiante?”, me preguntó, ese día, frente a su tumba, la vendedora de sepulcros del cementerio Los Olivos. En el camposanto solo estábamos un vigilante, ella y yo. Le respondí que no había nada seguro sobre su muerte. La vendedora se encogió de hombros y me contó una historia corta: “La semana pasada enterramos a un maestro que fue asesinado por el novio de una inquilina que él tenía. ¿Ve donde está el toldo levantado? Ahí fue. La viuda nos contó que la muchacha no había pagado tres meses de alquiler y entonces el señor la sacó de la casa. A los dos días el novio, que era pandillero, lo llegó a matar. Por cualquier cosa matan a la gente, ¿verdad?”

Un mes después Flor me dijo que ese día no llegó al cementerio porque no lo hubiera podido aguantar. Los nervios la están traicionando. La visitamos por última vez porque ya habíamos advertido que vernos la hacía recordar demasiado a su hijo, y cuando Flor recuerda a Saúl llora.

Esa última vez las lágrimas bajaron de nuevo por su mejilla. Pasados unos minutos se recompuso y contó lo último que sabemos de Saúl Cedillos: la hizo abuela. “Pero no sé cómo averiguar más. No sé…”

Entonces le hablé por teléfono a Pame, la confidente que guardó muchos de los secretos de Saúl.

—¿Quién se lo dijo? –preguntó, sorprendida, desde el otro lado de la línea.
—La mamá. A ella se lo contó Claudia, y a Claudia alguien que escuchó la plática que Saúl tuvo contigo en el cafetín.

Pame se tardó varios segundos antes de contestar.

—Sí, es cierto… No, no sé quién es la muchacha… Tampoco sé dónde vive… Dígale a la mamá que yo la voy a buscar para ver cómo hacemos… La niña tendrá cinco meses… Se llama Estrellita.