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Bella y sin quirófano

Publicado: 11 marzo 2013 en Liza López
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Una chica de rasgos asiáticos se asoma a la sala de espera y pregunta: ¿Aquí es el casting? Sí, aquí mismo es. ¿Trajiste traje de baño? Pasa, anota tus datos, puedes cambiarte en el cuarto que está al fondo.

A los dos minutos aparece de nuevo ella, la candidata número uno, en tacones y con un bikini que deja claro que su cuerpo de veinte años no ha sido moldeado por cirugía plástica alguna. Mide más de un metro setenta, sus senos son discretos, su piel, canela clara; los ojos seguramente son herencia de un abuelo filipino, y tiene una actitud de mujer que no necesita accesorios para que le lancen piropos.

Párate en el centro, le indica Gloria Chacón, la directora de este casting.

En la habitación sólo estamos Kelly Martínez (la chica uno), Gloria, el camarógrafo, un televisor donde se proyecta la imagen de la modelo, una mesa, una silla y yo.

Ok, así es –dirige Gloria–. Vamos. Sonriendo a cámara. Muestra tus perfiles. Ajá, derecha, de frente, izquierda. Mira a la cámara. Expresión de alegría. Vamos, espontánea, fresca. Chica sexy, divina. Así es, sin exagerar. Pícara, ajá, da unas vueltas. Ahora te vas a poner de espaldas con tus manos hacia atrás. Piernas junticas. Levanta los brazos (el camarógrafo ahora hace un paneo del cuerpo de arriba abajo). Voltea, ajá. Sonríe. Muuuyyyy bien. Estamos listos.

—Tengo familia asiática, de Tailandia: mi bisabuelo –precisa Kelly Martínez–. Mi madre es colombiana; mi padre, de Barinas. Hago modelaje desde hace tres años y no me ha ido mal con mis características físicas. Este medio es my artificial, todo es fabricado, se exige un patrón de cuerpo perfecto. La publicidad hace que uno quiera cambiar. Tengo muchas amigas que se han operado. Yo me quiero dedicar a desfiles de alta costura, y muchos fotógrafos y diseñadores me dicen que me quede así.

La aspirante número dos espera afuera mientras Kelly se cambia. No hace falta verla en traje de baño para constatar que tiene los senos operados. Son demasiado rígidos, redondos, como trazados con compás: dos globos perfectos de cuatrocientos o quinientos centímetros cúbicos cada uno. En bikini, luce tan despampanante como las chicas que posan junto a la cerveza en las vallas de la autopista.

Vamos, sonriendo a cámara –le indica Gloria–. Ajá, de espaldas, levanta los brazos. Una vuelta. Otra vuelta, más espontánea. Okey, listo.

La modelo no lo sabe, pero la meta real de este casting es calibrar la posible existencia, en un mundo que se nutre de la belleza y de la imagen, de mujeres a las que nunca les hayan practicado cirugía estética. Antes de conocer el desenlace de esta historia, pensaba que iba a ser dificilísimo que aparecieran, en respuesta a la convocatoria para posar en la portada de una revista, modelos “naturales” y al mismo tiempo esculturales, con cuerpos puntaje diez sobre diez. Especulé: seguro aparecen sólo chicas operadas, pues hoy en día en Venezuela (en Caracas, sobre todo) una hermosa sin cirugías es la excepción de la regla.

Gloria Chacón, que es veterana en el negocio, con más de treinta años dirigiendo castings, accedió a apoyarnos en este experimento para determinar cuántas atenderían a un llamado así. Dos días antes, envió la convocatoria a cuanta agencia de talentos y modelos conoce: Se buscan modelos de dieciocho a veinticinco años, frescas, espontáneas, con buen cuerpo, para portada de revista y reportaje desplegado.

***

Frente al estudio donde se desarrolla el casting funciona una oficina de la que entran y salen mujeres de todas las edades cada cinco minutos. Me explican que se trata de un consultorio de medicina estética y que casi siempre desfilan por allí más mujeres que las que acuden a un llamado para un comercial de bebida gaseosa famosa. Suelen salir con labios exagerados, con los pómulos o la frente estirados, con copa treinta y seis B, glúteos nuevos, abdomen reducido. Las filas son tan largas que bajan hasta el primer piso y llegan a la avenida Francisco de Miranda, dice el asistente de Gloria, William Almeida.

Una joven con altura de modelo toca el timbre del consultorio y entreabre la puerta. No, el casting de Marcapasos es ahí al frente, le dicen. Se le escucha decir gracias mientras camina hacia acá. Se anota en la lista. Su nombre es Isis Malpica, de la agencia Bookings, la misma que representa a Kelly Martínez. Ya lleva puesto el bikini bajo la ropa, así que se desviste sin pudor en la sala de espera. Guarda sus zapatos de goma y se calza unos tacones de aguja. Bromea con David Maris, el fotógrafo que ilustra esta crónica, mientras aguarda su turno.

Okey. Disfruta con la cámara. Así, divertida, fresca. Saca el pompis y pon las piernas juntas. Una vuelta y termina en una pose. Excelente.

El lente captura bien su nariz aguileña, la cabellera de Rapunzel, su altura espigada y los movimientos de surfista.

—Crecí en Margarita –dice Isis Malpica–. Siempre he hecho surf. Yo sé que aquí en Venezuela vende más una prótesis que una chica natural, pero no me importa. Estoy en contra de eso, ni siquiera me he pintado el cabello. Es difícil la competencia, lo sé, pero si se quiere ser modelo internacional es mejor no operarse. Empecé a modelar hace cinco años (tiene veinte) y me va muy bien así. Combino la carrera con mis estudios de Derecho en la universidad. ¿Qué pasará cuando la moda de las lolas operadas pase? Llegará el momento en que se cotizarán más las mujeres naturales, ¿no crees?

Ya son las cuatro de la tarde y sólo han venido seis aspirantes. Mañana vendrán más, ya verás, jura Gloria Chacón. Dice que se acaba de enterar de que hicieron hoy otro casting donde el cliente paga diez mil bolívares fuertes a la que quede seleccionada. Mañana nos irá mejor, promete.

El consultorio de enfrente sigue concurrido. Ninguna de las clientas se asoma ni por error a este estudio. Hoy es un día atípico para Gloria, por la poca concurrencia. En otros castings convocados aquí para anuncios de cerveza o de refrescos, han acudido en masa jóvenes “explotadas” (a veces cien por día), como les dicen a las que tienen prótesis muy voluptuosas y caderas de barloventeña.

—La imagen de la belleza venezolana se ha vuelto muy artificial –comenta la veterana directora–. La mayoría de las mujeres tienen el mismo perfil, se ven todas iguales, es un mismo patrón de belleza. Recuerdo que en los años ochenta el canon era la mujer natural, la chica Belmont. Ahora vivimos la moda de las prótesis. Pareciera que la venezolana ha perdido naturalidad y la confianza en sí misma. Pero siento que el estereotipo de la miss está cansando a las agencias y a los clientes. Hemos hecho casting para diseñadores de modas y ha sido casi imposible conseguir modelos con cuerpos sin cirugías, como suelen buscarse en los desfiles internacionales. Pienso que ya se está viendo una tendencia en la moda, y más lento en la publicidad, de buscar mujeres naturales. Porque eso es lo exótico ahora.

***

La chica número siete tiene una figura de Barbie de un metro setenta y pico. Desde hace un rato está sentada, revisando sus mensajitos de texto. El asistente de Gloria Chacón la reconoce enseguida. ¿Te llamas Andreína Vilacha, cierto? Estuviste en el Miss Venezuela 2006, te recuerdo clarito.

Ella asiente y sonríe.

—Aprendí muchas cosas en ese concurso –cuenta–. Maquillaje, pasarela. Ellos buscan mujeres muy recargadas, que se maquillen mucho, que tengan un cuerpo estilizado. Es pura fantasía. Un año antes de concursar me operé los senos. No tenía nada y era muy coqueta, quería verme mejor con las camisas y trabajé como loca para pagar la operación. En el Miss Venezuela no exigen que te operes, sólo aconsejan cirugía si quieres figurar más.

Gloria le dice que pase y se muestre en bikini. Comienza todo una vez más:

Bien. Colócate en el centro. Ya sabes cómo es. Tus perfiles, mirando a cámara. Eso es. Ahora las expresiones: fresca, natural, divertida, sensual. Una vuelta, ajá. Listo.

Mientras Andreína Vilacha vuelve a vestirse, recuerdo una cifra que leí hace poco: en este país, de las sesenta mil cirugías plásticas que se practican al año en promedio desde 2006, casi cuarenta mil son implantes mamarios. La Sociedad Venezolana de Cirugía Plástica, Reconstructiva, Estética y Maxilofacial hace estos cálculos de acuerdo con la información suministrada por sus casi cuatrocientos cirujanos afiliados. Pero si se sumaran las intervenciones hechas por cosmetólogos, enfermeros o esteticistas que se atreven a colocar implantes o aun a modelar una nariz, esa cifra se dispararía hasta la estratósfera.

El presidente de esa sociedad, Antonio del Reguero, está alarmado por la proliferación de “intrusos” en el campo de la cirugía estética, debido a la cantidad de riesgos y posibles complicaciones que implica el ser operado por alguien sin la experticia adecuada.

La ex concursante de Miss Venezuela sale del estudio comentando que ella no está de acuerdo con las quinceañeras que piden unas lolas de regalo. Tampoco aprueba que algunas mujeres con senos naturales, de copa treinta y dos o treinta y cuatro, se operen para que su busto adopte forma de prótesis, sólo porque esa forma está de moda. Eso es absurdo, no es correcto forzar las cosas hasta los extremos, critica.

El cirujano Del Reguero aporta un dato interesante: la cirugía mamaria es un fenómeno que en los últimos dos años ha explotado hacia niveles nunca vistos. De hecho, hace tres o cinco, la liposucción era la operación con mayor demanda. Hay mujeres que insisten –dice– en que se les coloquen prótesis de un tamaño nada acorde con su fisonomía, y hay que explicarles que el cuerpo humano tiene límites, que una silicona de más de cuatrocientos centímetros cúbicos puede causar deformidad en la columna, por decir lo menos. Otras mujeres, comenta, exigen implantes cuando sólo podrían requerir una suspensión mamaria; y cuando el médico se niega a intervenir, entonces acuden a los locales que ofertan mejoras estéticas.

Gloria Chacón ve que el reloj marca las cinco y media de la tarde y apaga la cámara. Propone cerrar el casting por hoy, augura que el segundo día será más exitoso. El esteticista del consultorio de enfrente también se desocupó, pero prefiere no emitir comentarios sobre su trabajo. Evade la conversación con excusas varias y se despide, nervioso.

***

El segundo día de casting amanece más concurrido, como había predicho su directora. La sala de espera se llena ahora de muchachas que responden a los cánones de la belleza mestiza venezolana, esa que crece silvestre y sin intervención de cirujano.

Todas las mujeres aquí sueñan con ser como una miss Venezuela, comenta una de las chicas en voz alta. Sí, pero todas están operadas, le responde otra (y yo rápidamente pienso en otro dato leído: en el certamen de 2005, veintisiete de las veintiocho concursantes se colocaron prótesis mamarias). La conversación sigue su curso: …y en las pasarelas de Europa buscan chicas naturales, sin tanta protuberancia, añade la que hablaba. Yo no me voy a operar sólo por estar en ese concurso o para hacer comerciales, asegura una que está por pasar al casting. Fíjate, yo siento que di un paso para verme mejor físicamente cuando me operé las lolas –replica otra–, la cirugía es buena si se utiliza para un beneficio.

El culto a la hermosura siempre ha existido. No sólo en Venezuela, país famoso porque ha logrado coronar a cinco Miss Universo[i]. Cada cultura ha establecido su propia definición de la belleza, que, según varios autores, es lo que resulta agradable a los sentidos y causa placer. Y lo que se cataloga como bello aquí, no necesariamente lo es en otro continente.

Entre las primeras referencias importantes de ese culto en una mujer, resalta el nombre de Friné, la musa de Praxíteles. En la antigua Grecia, hacia los años trescientos cuarenta antes de Cristo, posó ella numerosas veces para sus esculturas de Afrodita, la diosa del amor y la belleza en la mitología griega. Pero ese patrón cambia en cada época, y las evidencias han quedado bien plasmadas en el arte desde los tiempos de las pinturas rupestres hasta ahora.

El filósofo italiano Umberto Eco ha analizado estas distintas visiones. En su libro Historia de la belleza dice que en la actualidad resulta difícil identificar un ideal específico de lo hermoso, debido a que en esta era predomina “la orgía de la tolerancia, al sincretismo total, al absoluto e imparable politeísmo de la belleza”. El autor plantea que nos instalamos en una esquizofrenia, porque lo que estaba de moda ayer, no lo está hoy. “Corriendo a toda prisa tras las efímeras bellezas impuestas por las modas, somos más esclavos que en el Renacimiento, cuando la gente sólo se fijaba en la cara”.

Lo corrobora en cierta forma Gloria Chacón, a las puertas de este estudio, cuando asoma de repente y llama con prisa a la siguiente candidata, la número diecisiete. Sí, ya anoté sus datos, todas están en la lista, asegura su asistente.

A través de la pared se escucha: Mirando a cámara, tus perfiles, de frente, izquierda, derecha, muy bien, listo.

En la variedad está el gusto, reza el dicho. Al hacer un paneo de las chicas en esta sala de espera, pienso en lo diversos que somos, en cómo nos marca nuestro entorno, en cómo una cultura –y los medios de comunicación y la publicidad– moldea nuestras preferencias estéticas. En algunos pueblos del norte de Indochina, entre Birmania y Tailandia, por ejemplo, la belleza se mide por el número de aros que la mujer tiene alrededor del cuello (las llaman mujeres-jirafa). Hay tribus africanas donde los senos flácidos y caídos hasta la cintura son símbolo de belleza femenina. En la India, el uso de tatuajes representa la hermosura en una mujer, y en China honran los pies pequeños y atrofiados.

En cuanto a Venezuela, el parámetro de las misses ya no está tan en boga, por la cantidad de críticas que ha recibido el certamen: como dice el cirujano plástico Jaime Chacón, la calle está generando su propio patrón de belleza. Quizá sea un combate aún no decidido, pues la publicidad sigue vendiendo senos grandes y rígidos (es decir, siliconas de copa treinta y seis), glúteos prominentes, rasgos perfectamente simétricos y cintura pequeña, ahora sólo con labios gruesos y cabello largo y liso. Pero muy pocas buscan ya parecerse al prototipo de la miss Venezuela, asegura el médico.

En los años sesenta y setenta, refiere, sí era ese un modelo valedero, porque eran misses naturales (la primera concursante que se sometió a cirugía plástica fue Maritza Pineda, en 1975). La “fábrica de mujeres”, como llama él al certamen de belleza, impuso años después un canon: extremadamente delgada, por lo que las mamas operadas sobresalen mucho y se ven muy artificiales.

“La mujer venezolana es hiperatractiva, ha manipulado la belleza”, explica el cirujano. “Algunas llegan a consulta y exigen: Doctor, las quiero de quinientos o seiscientos centímetros cúbicos y que salgan desde aquí (desde el esternón). Les muestro fotos de modelos hermosas con senos naturales de distintos tamaños y me dicen: ¡Ay, no, doctor!, no quiero tetas así de caídas. No entienden que esa forma del seno no existe en la naturaleza. La anatomía del cuerpo femenino no es así (un redondo impecable), sino así (un seno con forma de copa de Martini). El arte –continúa Chacón–, ha representado a la mujer con mamas perfectas, pero son venus inalcanzables, idílicas. Las mujeres reales son distintas. Aquí quieren parecerse a una moda, están buscando una belleza que es ficticia y no tienen conciencia de que una cirugía mamaria es para toda la vida. Yo me niego a operar a pacientes cuando piden algo antinatura. Creo en algo que llamo la cirugía verde, y somos varios los cirujanos convencidos de que debemos promover operaciones que mantengan el equilibrio y la armonía del cuerpo humano. Una intervención con resultados lo más naturales posibles”.

Diversos estudios coinciden en esta cifra: más del ochenta por ciento de las mujeres occidentales se sienten insatisfechas con su cuerpo. Chacón y sus colegas calculan que el uno por ciento de las mujeres venezolanas portan prótesis mamarias (ciento veinte mil mujeres, aproximadamente). Otras miles –no hay estadísticas precisas todavía– se han operado la nariz, el mentón, los párpados, los glúteos, se han hecho el lifting, la liposucción. Venezuela figura, junto a Brasil y Estados Unidos, entre los países donde hay más mujeres dispuestas a hacerse cirugía plástica.

***

Faltan dos horas para que termine este segundo y último día de casting. El consultorio de enfrente está igual que ayer, repleto de gente. Acaba de llegar una mujer altísima, blanca como la sal, cabello castaño claro, ojos rubios y un cuerpo como los que se ven en las calles lujosas de Amsterdam. Pero Kristina de Munter no es holandesa sino de ascendencia alemana. Cuenta que modela desde los catorce años (lo que quiere decir que lleva seis años en esto) y que en varios castings le han sugerido que se ponga prótesis.

—Me siento rara porque soy de las pocas modelos que quedan sin operarse –dice con acento caraqueño–. Yo no quiero hacerlo, me siento cómoda como soy.

Ella todavía no se ha enterado de que esta misma semana comenzó la convocatoria para un concurso de modelaje (Ford Supermodel Venezuela) que exige como primer requisito aspirantes sin cirugías plásticas. El desfile será en octubre y el evento pretende promover así la belleza natural y saludable. La organización no gubernamental Senosayuda, que figura entre los patrocinantes, quiere aprovechar la ocasión para difundir un mensaje: antes de ponerte prótesis, hazte un examen para despistaje de cáncer de mamas.

Algunas agencias de modelos también están promoviendo el estilo de belleza natural. Ese es el sello internacional, argumenta Maylen Henríquez, de la agencia Bookings. “Buscamos exportar chicas con tipologías variadas. Les decimos que no se operen, que no se saquen las cejas, que no se pinten el pelo, porque así van a triunfar afuera. Pienso que el patrón está cambiando poco a poco, de lo artificial a lo natural. Estamos viendo que las jóvenes de catorce años que llegan a la agencia dicen ahora que no quieren operarse. Eso no pasaba hace tres años”.

La agencia King Model aplica una estrategia similar. Su gerente, Israel Barriga, piensa que el mercado de aquí está siguiendo la pauta internacional, que favorece la imagen de la mujer saludable, natural. La moda de la mujer exuberante, explotada, ya no está pagando tanto, dice.

Quedan unas pocas muchachas en la sala de espera. ¿Quién es esa morena allí sentada? ¿Viene al casting?

Sí. Su nombre es Miladys Tarrá, tiene diecinueve años y viene de King Model. Por favor, ponte el traje de baño. Gloria Chacón la hace pasar:

Coloca el número bajo la barbilla, para que se vea el veintidós. Dame una gran sonrisa, mucha frescura, ajá. Mirada pícara, coqueta. Una vuelta con naturalidad. Otra. Así es. Ahora voltéate. Última vuelta. Perfecto.

—Sí, lo juro, estos senos son míos. ¿No parecen? Debe ser la forma del sostén, –jura Mileidys Tarra–. Mis glúteos también son míos. El año pasado, los concursos de modelos exigían que una se operara y en algún momento lo consideré. La competencia es demasiado fuerte, porque te recalcan que si no estás operada o súper maquillada no eres nadie. Este año he participado en varios concursos y están buscando chicas sin prótesis. Mis medidas están fuera del prototipo de las misses (ochenta y cinco, sesenta y dos, noventa y dos) y, aun así, las cosas se me están dando bien. De manera que seguiré siendo natural.

***

Llega el momento de la selección de la chica que saldrá en esta portada. David Maris, el fotógrafo, propone escoger no a una, sino a tres que no estén operadas, pues así podremos mostrar la diversidad de la belleza natural venezolana. La mujer mestiza.

La idea es genial, así que retrocedemos la cinta y el jurado (conformado por Gloria Chacón, David Maris, la directora de arte de esta revista, Victoria Araujo, y la asesora de imagen y mercadeo, Kiki Pertíñez) procede con su criterios implacables, lapidarios. Una conclusión interesante de este casting es que la mayoría de las que atendieron el llamado no tienen cirugías plásticas. De las veintidós modelos enviadas por las agencias Bookings, King Models, L’Altro Uomo, Niñitos y Top Talent, sólo cinco tenían prótesis mamarias o la nariz intervenida.

Delibera, pues, el jurado: No, esta está muy flaca. Le hacen falta unos kilitos, vamos a recomendarle un médico. Esta tampoco, está operada. Kelly me gusta, representa bien el mestizaje, anótala. Yo voto por Isis: tiene algo increíble, es una chama con mucha naturalidad, puede ser una de las de portada. Lo único es su nariz, pero como dice el diseñador de moda Roberto Cavalli, la belleza de la mujer está en sus imperfecciones. Esta tiene cara de niña, es la propia imagen de la criollita. Ella tiene todo operado, más plástica no puede ser. Esta, nada que ver: es linda, pero me aburre. La alemana es bellísima, mejor que un éxito bailable. Mira esta negra, es espectacular. ¿Cómo es que se llama, Mileidys? Parecen lolas operadas, están paraditas, son perfectas. Hay que confirmar bien con ella si son naturales. Si no, no puede ir en portada. Anótala también.

Y quedan así ellas, las tres. Las tres bellezas naturales y perfectas y venezolanas: Kelly Martínez, Isis Malpica y Mileidys Tarra. Las que anuncian, según todos esperamos, el desbarrancamiento pronto y justo y necesario de las siliconas.

Haití revisitado

Publicado: 27 enero 2013 en Maye Primera
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Herosia jura, por Nuestra Señora de la Asunción, que Brunny, el menor sus cinco hijos, dejó de crecer el 12 de enero de 2010, a las 4:53 de la tarde, en el instante mismo en que Puerto Príncipe, la capital de Haití, tembló con un terremoto de siete grados en la escala Richter que mató a más de trescientas mil personas.

—Tiene cuatro años y míralo, parece de tres. No ha crecido ni un centímetro desde el día del terremoto. El niño no crece porque aún tiene miedo.

Lo que Herosia fue a pedir a las imágenes de los santos aún tapiadas bajo las ruinas de la Catedral de Notre Dame de L’Assomption, durante la misa que se celebró el 12 de enero de 2011 en honor a las víctimas que se tragó el seísmo, es que salven a su hijo de las llamas del miedo. Para que crezca robusto, como ella. Para que consiga el trabajo que ni ella, a sus treinta y cuatro años, ni el padre del niño han conseguido nunca. Para que, de grande, se largue de la sucia Rue de Sufill en el centro de Puerto Príncipe: el lugar donde estaba la casa de la familia y donde desde hace un año está la carpa con el logo de una agencia de cooperación en la que viven todos.

“Oh, señor / mi señor / ruego que tu amor esté con nosotros”.

Herosia encontró un espacio para rezar donde antes estaban las puertas de la catedral. Ni un escombro se ha movido desde que, hace un año exacto, el temblor la destrozó junto a la casa de un millón y medio de haitianos. Sus vitrales siguen en el piso junto a los hierros de las columnas, del techo, de los dinteles. Hay más sombra bajo los sombreros de las mujeres que dentro de la cáscara de lo que alguna vez fue un templo. Pero la Iglesia son sus fieles, dice la biblia, y si eso es verdad la Iglesia de Puerto Príncipe es esa masa compacta, vestida de domingo, que alza las palmas blancas de las manos negras, que suda y huele a incienso, que canta y grita y se aprieta y se balancea bajo el sol de las nueve, en el lugar donde solían estar las escalinatas y la plazoleta.

Con el resto de la ciudad pasa lo mismo: lo que la tierra no se tragó aquel enero, lo escupió a las calles y allí sigue. Las ventas de arroz robado a las misiones humanitarias. Las peluqueras y los barberos. Los especialistas en curar llantas ponchadas. Las mujeres que se agachan y orinan en la acera. La botella de whisky a cincuenta gourdes, que es poco más de un dólar. Las ofertas de ropa gringa de segunda mano. Y niños, muchos niños, que llenan la calzada de lunes a viernes con el uniforme de la escuela.

Atrapadas entre el hacinamiento de las calles, van las tap-tap: las pick up que se encargan del transporte público en Puerto Príncipe. Atrapados en sus cabinas viajan treinta haitianos, donde sólo deberían viajar diez. Van o regresan de ningún trabajo. El creole, la lengua haitiana, tiene una palabra para ese oficio duro que es no tener oficio: ‘degajé’. Viven del ‘degajé’ los hombres que escrutan en los escombros buscando metales, piezas eléctricas, cacharritos que luego puedan vender en las aceras. Viven del ‘degajé’ las mujeres que cocinan pollo y arroz con frijoles en cualquier esquina y venden el plato en cajitas de anime ‘para llevar’. ‘Degajé’ es buscarse la vida y, al final del día, siempre la consiguen.

—Aquí no todos hemos muerto. Hoy es el día de dar gloria a Dios.

El dios de Marie Rose Senestile no quedó atrapado en las ruinas de la catedral pero el temblor atrapó y mató al marido de una de sus hijas dentro de la casa donde vivían todos, que ya no existe, en el barrio de Carrefour Fieulle. Dejó vivos a sus cuatro hijos sin padre, a otro yerno y a un cuñado que, ahora, viven con ella en el campamento de la Plaza Toussaint Loverture, en los Campos de Marte, frente a las ruinas del Palacio Nacional de Gobierno. Marie-Rose tiene cuarenta y ocho años y los hijos que el señor le dio: el mayor tiene treinta y el menor, ocho. Ella es evangélica y predica la palabra de Dios en letra de kompa, una mezcla de reggae, merengue y salsa elevada al cielo desde los parlantes de un camión que recorre el centro y llega al cementerio principal. Allí, entre las tumbas, Shiler Saint Eloy está por darle la última pincelada al mural que armó sobre la fosa común, donde está enterrada una mínima parte de las trescientas mil víctimas del terremoto: cincuenta camiones rebosantes de cadáveres. Los demás están en las fosas comunes de Saint Christophe de Titanyen, a una hora en auto desde Puerto Príncipe. Y hay más muertos, pero siguen tapiados entre las ruinas de sus casas y ninguna estadística ha sido capaz de contarlos. En el marco inferior deL boceto de Saint Eloy hay escombros, niños aplastados por bloques de concreto, llantas incendiadas, un ataúd. Sobre el ataúd, un hombre de traje y corbata cuenta un fajo de dólares. Sobre el hombre de traje se asoman dieciocho cabezas sin rostro.

—El del centro es René Preval (el ex Presidente de Haití) y los que están alrededor son los candidatos que buscan sustituirlo. A los que llegan o quieren llegar al Gobierno sólo les preocupa su interés personal.

Nicole Pierre se acerca para ver trabajar al artista. Se sienta en un bloque, sobre la enorme placa de cemento.

—Justo aquí debajo están mi Junette, mi Johanna, mi Edison, mi Marie Helenne.

Son su tía, sus primos, su cuñada, que murieron en el número 4 de la Rue Lamivalle del barrio Carrefour Feuille. Ella, de unos treinta años, cargó con los cuerpos para sepultarlos aquí, para que no quedaran perdidos en las fosas comunes Saint Christophe de Titanyen. Ahora al menos tiene una tumba donde dejar sus flores plásticas.

***

Haití ya era esto.

Era el epicentro de la pobreza occidental cuando el 12 de enero de 2010 la golpeó un terremoto de 38 segundos y 7° grados de intensidad en la escala Richter. Más del sesenta por ciento de los niños nacían anémicos, como sus madres anémicas. Y en los seis primeros meses de vida, miles de esos niños sufrían de una desnutrición crónica que restringió de por vida su capacidad de moverse y aprender.

Haití ya era esta tierra arrasada, seca, semi-desértica. Sus bosques ya habían sido talados y quemados para la prosperidad de los empresarios del carbón. Puerto Príncipe, desde hacía mucho, había dejado de oler a mar: ya era esta capital opaca, hedionda a aguas negras por las mañanas, a leña por las tardes y a plástico quemado por las noches. Congestionada por los buses escolares gringos de segunda mano, nublada por el polvo y la basura que arde.

Los haitianos ya creían en el vudú: la amalgama sincrética que usaron los esclavos africanos durante todo el siglo XIX para adorar a sus dioses disfrazándoles con el rostro de los santos cristianos. Ya las dictaduras de Francois Duvalier y su hijo Jean Claude se habían servido del vuduismo para dominar, para pretenderse hougans: sacerdotes capaces de conceder la gracia de la vida a los benditos o de castigar con la muerte a quienes merecieran su maldición. Las milicias duvalieristas –los leopardos, los tonton-macoutes—ya habían asesinado y torturado a miles de haitianos que se opusieron al régimen, no con el vudú sino con sus pistolas y machetes.

Haití también había fracasado en su intento por superar la ocupación norteamericana, que dominó el país entre 1915 y 1934, y por construir un sistema de gobierno democrático tras décadas de mandatarios militares. El primer presidente electo en votaciones libres y universales, el pastor Jean-Bertrand Aristide, había sido expulsado del país por un golpe de Estado que lo envió al exilio en Suráfrica en febrero de 2004. Porque Aristide, con su milicia de ‘chimerés’, también construyó para sí un gobierno violento y personalista.

Haití ya era toda esta tragedia que Dominic, a sus cuarenta y cinco años, sabe contar en cuatro idiomas: creole, francés, inglés, español. Una lengua por cada episodio fatal de 2010: el terremoto que arrasó en enero, los huracanes de agosto, la epidemia de cólera que comenzó en octubre y el caos político después de las fallidas elecciones presidenciales de noviembre. Es la única forma de sobrevivir en este trozo de isla que ya era así, dice: conocer muchas lenguas y trabajar para los extranjeros que vienen a ocupar, a mirar o a ayudar. Los días trágicos en Haití son todos, pero los que Dominic añora son los días del terremoto: cuando perdió su casa, a uno que otro familiar lejano y el pie derecho de su esposa. Los extraña porque nunca, como entonces, volteó el mundo a mirarlos con tanta atención.

***

Cuando Stefano Zannini llegó a Puerto Príncipe para hacerse cargo de la misión humanitaria de Médicos Sin Fronteras, en junio de 2009, había sólo tres ambulancias del gobierno en esta ciudad de tres millones de habitantes. En aquella época, anterior al terremoto, el presupuesto nacional de Haití ya dependía en un sesenta por ciento de las ayudas humanitarias de gobiernos y donantes extranjeros. Un tercio de la población, especialmente en zonas rurales, estaba obligada a caminar casi tres horas antes de llegar al ambulatorio médico más cercano. Una vez que llegaban, no encontraban doctores ni medicinas. Entonces, en enero de 2010, llegó el terremoto. Luego, en octubre, la epidemia de cólera que ya suma más de tres mil novecientas víctimas. Pero por las calles de Puerto Príncipe siguen circulando tres ambulancias del gobierno para más de tres millones de habitantes.

—Lo único que ha cambiado desde que llegué es que ahora hay más actores internacionales— dice Zannini.

Desde el momento en que la tierra se abrió brotaron de todas partes las organizaciones de samaritanos. De evangélicos. De electricistas. De cienciólogos. De almas bien intencionadas que prometían curar a los heridos con sólo posar energía sobre sus cabezas. De abogados que tramitan adopciones de niños huérfanos, y de los que no lo son, por doce mil dólares. Se dice que hay más de doce mil organizaciones no gubernamentales trabajando en Haití después del terremoto. Pero ni el (entonces) presidente René Préval sabe cuántas son en realidad o qué vinieron a hacer ni mucho menos cuándo se irán. Cientos de ellas habían llegado a la isla en la década de los ochenta, con el fin del duvalierismo, para hacer labor humanitaria y promover programas de desarrollo.

—¿Cuándo nos iremos? Es imposible predecirlo, depende del proceso de reconstrucción después del terremoto. Cuanto más rápido se haga, será más fácil para las ong dejar el país. ¿Pero cómo podemos pensar en irnos cuando la población es tan dependiente de las organizaciones internacionales? — dice Zannini.

Los nueve mil novecientos millones de dólares que sesenta países de todo el mundo prometieron invertir para reconstruir la isla en diez años llegan a Haití por cuentagotas. Los frena el papeleo de una burocracia lenta, de instituciones públicas desmanteladas por el mismo desastre que tratan de enfrentar. Alrededor del sesenta por ciento de las oficinas de Gobierno, incluyendo el Palacio Presidencial, se vinieron abajo con el seísmo. Aunque antes tampoco servían para mucho. Servicios fundamentales como la salud y la seguridad están en manos de las organizaciones no gubernamentales desde hace veinte años y de la Misión de Naciones Unidas para la Estabilización de Haití (Minustah), que llegó con sus agencias y sus cascos azules en 2004, tras la caída del Gobierno de Jean-Bertrand Aristide.

Lo que saben Médicos Sin Fronteras y la Cruz Roja Internacional y las grandes ong que trabajan en Haití, es que pocos billetes de los nueve mil novecientos millones de dólares se han movido de las cuentas bancarias de los donantes, que dicen que sólo soltarán los fondos cuando en Haití se configure un escenario político más saludable, cuando llegue a la Presidencia un nuevo Gobierno que rinda cuentas.

—Esto es algo demasiado cínico, muy lejano a los compromisos que los países adoptaron en Nueva York. Los haitianos necesitan escuelas, hospitales, casas, mejores condiciones higiénicas, y las necesitan ahora. No pueden esperar a que venga un nuevo gobierno — dice Zannini.

Por eso hoy, en Haití, todo está como estaba: las calles, las casas, los edificios derruídos. Porque el poco dinero que llega a través de las agencias de la ONU y de las ong se usa para la atención humanitaria y para la supervivencia: para pagar el agua, la comida y las medicinas de cerca del millón de personas que aún viven en los campamentos. No para mover escombros.

***

Choupette tenía treinta y nueve años y estaba loca. “Fou á lier” (loca de atar), decían sus familiares. Así tuvo dos hijas, Beatrice de trece y Carinne de dieciséis. El 21 de noviembre de 2010, cuando Rusford Saint Loui, de la Dirección Departamental Sanitaria de L’Ouest, fue a recoger el cadáver de Choupette, se las escuchaba llorar, al otro lado del muro. Ella estaba vestida con harapos, sobre una sábana, en una de las casas de la avenida Magloire Ambroise, en el centro de Puerto Príncipe, que había resistido al terremoto.

“Ella no murió de cólera”, decía Charles Dieusel, el padre de Choupette, mientras esperaba que los recogedores de cuerpos vinieran a buscarla para llevársela quién sabe dónde. Dieusel, vestido de guayabera verde manzana y zapatos negros impecables, explicaba a sus vecinos que su hija había muerto de una sobredosis de medicamentos: que había ido al hospital general, donde le aplicaron una inyección sospechosa, y que por la noche comenzó a tener un poco de diarrea. A eso de las tres de la madrugada, había dejado de respirar.

El cólera está asociado a la suciedad, a la falta de higiene. Es una bacteria que se aloja en aguas y en alimentos contaminados e infecta los intestinos humanos. En una de cada veinte personas la infección se vuelve enfermedad aguda: a ese uno se le entumecen las piernas y se deshidrata a fuerza de diarrea y vómitos. Y a nadie le gusta admitir que en casa hay problemas sanitarios. Ni siquiera a los damnificados que cada mañana se enjabonan, se frotan y se enjuagan en plena calle, para que todos vean cómo se mantiene limpio un cuerpo. Nadie quiere ser señalado de llevar la peste al vecindario, aunque el vecindario esté rodeado por la peste de las cloacas, de los chiringuitos de comida ambulante y de los puestos que ofertan frutas y moscas.

La mayoría de los doscientos mil pacientes de cólera que se reportaron en Haití entre el 16 de octubre de 2010 y el 25 de enero de 2011 se enfermaron en los barrios marginales de Puerto Príncipe y no en los campamentos de víctimas del terremoto. Desde hace un año, los damnificados beben del agua potable que envía gratis el Gobierno y si se contagian de cólera es por la contaminación de la comida o la pestilencia de las letrinas. En cambio, el agua llega a los barrios pobres de la ciudad a bordo de “La Sirene de L’aeu” o de la “Victoria da Vida” o de “Mon Bel Auge”. Cada dueño es libre de ponerle a su camión cisterna el nombre que le plazca. Todos llenan sus tanques con agua de un pozo, a doscientos metros de profundidad, que está entre un campamento de damnificados del terremoto, un riachuelo de aguas negras y toneladas de basura en medio del barrio de Cité Soleil: el más grande y peligroso de Puerto Príncipe, donde los cascos azules patrullan armados de fusiles, encaramados en tanques de guerra.

El primer caso de cólera del que se tuvo noticia se reportó en el hospital de Saint Marc, a un par de horas de distancia la capital. En pocos días, la bacteria se extendió por toda la Petite Riviere de L’Artibonite: donde corre un río ancho, del que beben todos los pueblos cercanos. Dicen que fueron los soldados nepaleses de Naciones Unidas los que contaminaron con mierda el río. Dicen que fue una empresa relacionada con la esposa de René Préval la que lanzó la mierda al río. Dicen que fueron unos brujos los que echaron unos polvos para provocar el cólera en el río. Como quiera que haya sido, sólo cuatro semanas después de la aparición del primer caso ya habían muerto trescientas personas y otras veinte mil estaban contagiadas, ya no sólo en Saint Marc: también en Puerto Príncipe y en Gonaives, Cabo Haitiano y Port de Paix, al norte de la isla.

Rusford Saint Loui es el jefe del grupo de tres hombres que se encarga de recoger a los muertos de cólera de todo Puerto Príncipe: tres desempleados que el gobierno reclutó y entrenó en una semana.

—René Préval me llamó personalmente para decirme que me entregará las llaves de diez camiones como éstos para hacer la faena —decía en noviembre del año pasado.

El 21 de ese mes, cuando fue a buscar el cadáver de Choupette, la promesa de Préval no se había cumplido y Rusford seguía recogiendo los cuerpos –unos treinta y seis por día- en la tap-tap número 218 escoltada por un convoy de apoyo, una ambulancia que abre paso entre el tráfico, los peatones y las cabras, y una patrulla de la Policía Nacional de Haití, con cinco agentes armados de fusiles.

En los primeros días de trabajo, la caravana fue recibida a pedradas en el barrio de Martissans: la gente, enfurecida, creyó en el camión había llegado para traer cuerpos infectados al barrio y no para llevárselos. Por eso las autoridades sanitarias enviaron un mensaje a la población explicando que el camión no representaba ningún peligro, que le permitieran entrar. Por eso el jefe del departamento les advirtió a los recogedores de cuerpos antes de la partida: “Ya lo saben: si los agreden, no respondan. Pidan más apoyo de la policía”.

El cólera le robó los funerales a muchos. Todos son un bulto que viaja apilado en la cabina de la tap-tap. Un bulto plástico, bañado en agua clorada, que salta en cada bache de la carretera. Que suena como un golpe seco al caer en el fondo de las fosas comunes de Saint Christophe de Titanyen.

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Joan tiene once años y es un pecador. Iba camino a casa al terminar la escuela, el 12 de enero de 2010, a las 4:53 de la tarde, cuando Dios, enfurecido, derrumbó un muro de concreto sobre su pierna izquierda. Al día siguiente, le cortaron el colgajo que quedaba en el Hospital Fontana, él despierto. Al día siguiente, le enviaron a casa con la tibia expuesta y sin receta para el dolor. Los médicos de una de las doce mil organizaciones no gubernamentales que operan en Haití encontraron a Joan entre las tiendas de campañas del barrio Cité Soleil, una semana después. Ya ni gritaba. Tenía el gesto hecho piedra. Cortaron de nuevo y moldearon, una cuarta por debajo de la rodilla, el muñón sobre el que Davor Krcelic construye el perdón de los pecados de Joan.

—En Haití existe la creencia de que si alguien pierde una pierna o un brazo ha sido como un castigo de Dios. Así todos puedan ver por la calle que allí va un pecador.

Dieciséis años atrás, Davor Krcelic ganaba buen dinero como fabricante de prótesis cuando la tercera guerra de los Balcanes llegó a Novisat, su pueblo, al norte de Serbia y en la frontera con Hungría. Entonces, huyó a República Dominicana. Entonces, llegó a Haití.

Sólo en esta clínica del bulevar Toussaint Loverture de Puerto Príncipe se practican seis o siete amputaciones al día. Con días peores que otros, ha sido así a lo largo del último año. Porque Dios no sólo castiga con el terremoto: castiga con la gangrena y luego, en la mutilación. Para correr la voz de su advenimiento, Davor, el protesista, ofrece 50 gourdes (poco más de un dólar) a cada chico que encuentre a algún mutilado en la calle y lo traiga a su consulta.

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El país que a René Preval le hubiese gustado legar brilla como una postal de Miami Beach. En ese país, los chicos pasean en Vespas y no en motos chinas que se deshacen en nubes negras de humo. Las familias viven en apartamentos de cincuenta metros cuadrados y no en tiendas de campaña-regalo-de-la-comunidad-internacional, donde sólo cabe un colchón en el que duermen seis. Los niños no son negros sino mulatos, sí van a la escuela, sí lucen saludables y no están condenados de por vida a las secuelas de la desnutrición. Pero en el país de miserias que administraba Préval, las únicas luces que permanecen encendidas en el miércoles 12 de enero de 2011, a las 6:00 de la tarde, son las que alumbran sus proyectos de papel para la reconstrucción de Haití, dibujados en computador y colgados como carteles sobre una de las cercas que protege las ruinas del Palacio Nacional de Gobierno. El resto es oscuridad.

El mandato del presidente Préval terminaba legalmente el 7 de febrero de 2011, pero podría continuar en el poder un par de meses más. El habría querido dejarle este país a su yerno, el candidato a la Presidencia por el partido oficialista Inité, Jude Celestin, para seguir gobernando con él y a través de él. Y estuvo cerca. El Consejo Electoral Provisional de Haití declaró a Celestin como uno de los dos ganadores de la primera vuelta electoral que se realizó el 28 de noviembre de 2010. Pero hasta la Organización de Estados Americanos denunció el fraude e impugnó los resultados. De acuerdo a los escrutinios de la OEA, la profesora y ex primera dama, Mirlande Manigat, y el cantante de kompa, Michel Martelly, deben ser quienes se enfrenten en la segunda vuelta electoral que debería realizarse en marzo de 2011. (Fue finalmente Michel Martelly quien resultó electo y asumió la presidencia desde el 14 de mayo de 2011).

Lo que ocurrió el 28 de noviembre de 2010 ni siquiera merece llamarse “elección”, dice Susy Castor, historiadora y directora del Centro de Investigación y Formación Económica y Social por el Desarrollo de Haití. Fue un proceso lleno de fallas que debería ser anulado por la paz futura de Haití.

—En vista de la situación de Haití, cualquier autoridad que suba al poder sin legitimidad se convertirá en una fuente de conflicto y no en una solución. Ahora todo el mundo trata de tomar distancias, pero es evidente que la Minustah y la OEA tienen una fuerte responsabilidad en lo que pasó. El Gobierno haitiano no da un paso sin contar antes con su consentimiento.

El mundo ha prometido que cuando la crisis política al fin se resuelva, su dinero al fin llegará a los haitianos, pero de la cifra global de las donaciones falta deducir el costo de la intervención militar de cada uno de los países que envió tropas a Haití después del terremoto. También falta restar la deuda externa que varios de estos países aceptaron condonar después de las sucesivas tragedias. Sería algo así como lo que ocurrió en Afganistán y en Irak y en otras intervenciones post-emergencia que ha coordinado Naciones Unidas alrededor del mundo.

Muchos de los billetes que queden después de esta ecuación ya tienen de antemano nombre y apellido. En el caso del dinero donado por los Estados Unidos, la agencia USAID (United States Agency for Internacional Development, por sus siglas en inglés) decide en cuáles proyectos se invertirán sus aportes y cuáles deben ser las características de las empresas que se contraten para realizar los trabajos. Las compañías favoritas de las agencias de cooperación de cada país son las que pertenecen a sus connacionales.

Mientras tanto, Fritz Polidor se pasa la tarde del 12 de enero de 2011 mirando el futuro a través de los barrotes del Palacio Nacional. Es sargento retirado del ejército, tiene casa, y a los cincuenta y tres años lleva el luto de un hijo adolescente muerto.

—No sé si todo eso que está en los carteles va a hacerse realidad. Lo que sé es que si depende de los gobernantes haitianos, nunca va a ocurrir. Todo ese trabajo sólo lo haría un gobierno extranjero.

Cuando lo dice, suena al fondo el cornetín de los guardias del palacio, que van arriando la bandera haitiana, izada a media asta durante el 12 de enero de 2011.

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Puerto Príncipe es más cara después del terremoto. El precio de los alquileres ha aumentado hasta una tercera parte. Si Milton pagaba ochenta mil gourdes (dos mil dólares americanos) por la renta de una casa de un cuarto, sala y cocina, ahora quieren cobrarle ciento veinte mil. Milton no tiene opción porque no hay demasiada oferta inmobiliaria para que los haitianos puedan elegir. En cambio, para los voluntarios de las ong hay residencias de todos los tamaños.

—Si ya era difícil para los haitianos conseguir una casa en Puerto Príncipe, ahora lo es más. Mucha gente de clase media ha preferido mudarse a un lugar más pequeño para alquilar sus casas a los voluntarios de las ong y cobrar una renta fija en dólares—dice Alain Gilles, vicerrector de asuntos académicos de la Universidad Quisqueya.

El desembarco de las ong, con sus viáticos en dólares, ha distorsionado aún más la economía de la isla, dependiente de las ayudas internacionales y de las remesas del extranjero. La inflación se ha disparado y ante la perspectiva de obtener comida y agua gratis, los desempleados de las clases más empobrecidas no hacen mayores esfuerzos por buscar un trabajo fijo.

Las pocas familias ricas de Haití lo son cada vez más. Su prosperidad depende de establecer contratos con el Gobierno y con las ong, para importar alimentos o coches, sobre todo. El sector bancario vive de los depósitos del Estado, que obtiene sus dólares de las ayudas internacionales, y de las remesas del extranjero. En cada esquina de Puerto Príncipe hay una oficina de Western Union o de Money Gram que también hace llegar a las familias ese dinero fresco.

Los restaurantes caros del barrio rico de Petion-Ville están a reventar cada noche. Sirven salmón en salsas de eneldo, filetes a la pimienta verde, bisque de frutos de mar, langostas grilladas, escargots al ajillo a precios de restaurantes neoyorquinos. Afuera, los valet parkings cuidan las patrullas con el logo de Naciones Unidas y placas diplomáticas de los comensales.

Cada vez más policías de la ONU están interesados en aprender a bailar salsa para ir a mostrar sus pasos en las pistas de baile del Quartier Latin, del bar Jet-Set, del latin-dancing-club Almendra de Petion-Ville. Con los dólares que ha ganado en el último año, Daniel Fombrun –cincuentón, dueño de los apartamentos Tropical donde se alojan policías de al menos cinco países— construyó una terraza en la que tres veces por semanas hay lecciones privadas de baile.

“Un, deux, trois…back…flip-flap”, le indica en francés el maestro haitiano a sus discípulos turcos, franceses, croatas. Terminada la clase, se lavan el sudor con un baño, visten de nuevo el uniforme y la nueve milímetros, y se despiden.

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Haití, contra todo pronóstico, sigue creciendo. Durante el año siguiente al terremoto del 12 de enero de 2010, la tasa anual de embarazos se ha triplicado en la zona metropolitana de Puerto Príncipe, de acuerdo a las cifras del Fondo de Población de las Naciones Unidas (UNFPA, por sus siglas en inglés).

Las parturientas que no gritan en el Hospital Isaïe Jeanty de Puerto Príncipe, cantan. Cantan lo primero que se les viene a la garganta. Cantan plegarias a Dios, cantan kompa. Cantan tumbadas en el suelo, por los pasillos de la maternidad. Cantan hasta merecer, a pocos minutos de traer otro hijo al mundo, una de las seis únicas camas que hay la sala de partos. Con el niño viene el silencio. Y si no hay complicaciones, al cabo de seis horas están de vuelta en la calle, buscando una tap-tap para volver a casa.

La maternidad está a reventar y ellas también. Hay mujeres en trabajo de parto, sentadas en la sala de espera, tratando de acompasar la respiración. Mujeres en los pasillos, echadas en el piso, secando con un trapo cuanto líquido les brota del cuerpo. Los corredores huelen a una mezcla de cebo, sangre, cloro y alcohol. En condiciones normales, una parturienta con cinco centímetros de dilatación estaría hospitalizada. En este hospital sin suficientes camas, se les acuesta cuando alcanzan los ocho centímetros de dilatación: cuando el niño está por nacer.

Desde noviembre de 2010 funciona en el patio de la maternidad un centro para el tratamiento del cólera que dirige Médicos Sin Fronteras. Ese fue el mes más crítico en esta área del hospital. El día 22, diez mujeres con cólera estaban recluidas, conectadas a bolsas de suero, desnudas, con espasmos, vomitando. Casi todas perdieron a sus bebés. Felipe Rojas López –chileno, de veintisiete años- es uno de los médicos que desde aquella fecha y hasta ahora las atiende.

—Las embarazadas llegaban acá en muy malas condiciones y ya con ese nivel de deshidratación, el feto era precario. La mayoría de los bebés morían en el útero y había que sacarlos—explica Rojas.

Cerca de dos tercios de estos embarazos son no deseados. Y en el uno por ciento de los casos ha habido violencia sexual en el momento de la concepción, dice Igor Bosc, representante de la UNFPA en Haití. Hasta 2005, la violación intrafamiliar no era considerada delito en este país. Para algunos de los hombres haitianos que viven en los campamentos de refugiados aún no lo es. Solo en los primeros ciento cincuenta días siguientes al terremoto, la Comisión de Mujeres Víctimas por las Víctimas (Kofaviv, en sus siglas en francés) registró más de doscientos cincuenta casos de violación, la mayor parte de niñas.

Las pacientes del hospital Isaïe Jeanty se registran con las direcciones que ya no existen, las de sus casas que se desplomaron durante el terremoto. Muchas lo hacen porque les avergüenza decir que viven hacinadas en una tienda de campaña. Otras, porque de antemano han tenido la intención de abandonar a sus hijos en la maternidad.

En enero pasado había cinco chicos abandonados en la maternidad, esperando a ser recogidos por la Dirección de Bienestar Social. Como Mivier Normil, que pesó 1,6 kilos al nacer, el 7 de enero a las 6:33 de la mañana, y era demasiado flaco, demasiado débil como para que Ilania Normil –su madre de veinticuatro años- se lo llevara a casa. Que lo buscaba después, dijo ella. Dejó un número de teléfono en el que una máquina dice “esta línea está fuera de servicio” cada vez que las enfermeras llaman.

Cree llamarse Giselle Campoalegre. Cree tener cuarenta y cuatro, y ser bogotana. Y cree, también, que sobrevivió a un accidente aéreo pero no sabe a cuál. Todo eso dice que cree, y está convencida de que algo ha de ser cierto. Sus compañeros de camino le dicen La siempreviva. De camino, digo yo, para nombrar esa horda de miserables que deambulan por la ciudad con la casa al hombro como cangrejos ermitaños. Mientras me cuenta El Cuento, sentados en un andén del centro de la ciudad, al menos cinco indigentes más se han arrimado a escucharla. La conocen, claro está, pero quieren oírla una vez más por el sólo placer de alucinar con la historia de nuevo, de salirse con la imaginación de su desdichado destino de legionarios del fin del mundo. Todos están tan concentrados y divertidos con las palabras de Giselle que es fácil adivinar que se sienten en cine, viendo una película de Jacky Chan, por ejemplo. Como niños en el teatro, aferrados a sus sillas, que de vez en cuando se atreven a conversar con el héroe o el villano. Porque aquella historia tiene acción, drama, dolor e injusticia, tamizado todo aquello por un cedazo tejido con fino humor negro, inclemente, que a veces raya en la perversidad. Lo más impresionante de semejante cuento es la urdimbre literaria que lleva implícita. Porque Giselle construye y reconstruye esa historia con retazos de recuerdos, o trozos de la imaginación, de tal suerte que jamás afirma nada.

— No puedo asegurarlo, porque tengo amnesia. Eso dicen los médicos —dice, y es lo único que dice con absoluta certeza.

Una escuela literaria debería usar la infalible técnica narrativa de Giselle para enseñar a nóveles narradores. Y si así fuere, supongo que alguno de los relatos sería más o menos así:

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Los médicos me han dictaminado amnesia el día de hoy. Creo que tienen razón. Ignoro si lo que les voy a contar es producto de la imaginación, o de algunos pequeños relámpagos de memoria que insisten en construirme un pasado. Como es obvio, la mayoría de los detalles se me escapan, cosas circunstanciales que sin embargo no logran alterar el drama central de mi relato. Lo único que puedo decir es que tengo, o creo tener, recuerdos muy vívidos de un accidente aéreo del cual salí ilesa. Ahora mismo no podría decir si haber sobrevivido fue mi bendición o mi condena. A veces me sorprendo a mí misma por la cantidad de palabras que manejo y la información que tengo. Me sorprendo porque desde que me acuerdo vivo en la calle: soy una indigente más de esta ciudad fría e inclemente, que si en el pasado tuvo una vida con más comodidades, hoy en día prefiere la calle por elección. Es el único lugar que me ha recibido con amor y me ha aceptado con mis problemas, mis saltos al vacío y mis incongruencias.

Lo que contaré a continuación, lo sé porque me lo han referido personas de la calle que me vieron aparecer repentinamente en su mundo. Esa versión, aunque no tenga certeza de ella, es la más consistente de todas cuantas he tejido y por eso quiero atenerme a ella. Confieso que hoy poco me importa la veracidad de tales hechos, pero no deja de divertirme el juego de construir un pasado novelesco que, además, podría resultar cierto. Al fin de cuentas, nadie hasta el momento ha aparecido para desmentirme o reconocerme. Poco me importa ya lo que pasó porque me habitué a la calle. Tengo un compañero que me ama y con él disfrutamos andando como gitanos en esta metrópoli de sorpresas. Así que, a los que piensen que soy una oportunista, les digo que no estoy buscando retribuciones de ningún tipo. Hace tiempo dejé de vivir con la ilusión de encontrarme de frente conmigo misma; desistí porque no podía seguir viviendo el presente en busca de un pasado incierto, porque en la búsqueda de mi identidad fui maltratada como ser humano, y porque me enamoré de las únicas personas que me brindaron su apoyo.

Pepe me dijo que me encontró llorando, sentada en un andén cerca del cementerio Central. Él pasaba por allí porque estaba recogiendo rosas del piso, para luego arreglarlas un poco, envolverlas en celofán y tratar de venderlas a los enamorados en la noche. Trataré de reconstruir los diálogos que dice Pepe que tuvimos, y para ello tendré que recurrir al obligado y necesario Dice que dijo, Dice que dije, aunque suene odioso y le quite ritmo a la narración. Pueden ustedes, amables lectores, omitirlo mentalmente al final de cada acotación, si con ello se sienten más tranquilos.

— ¿Qué le pasa señorita? ¿Por qué llora? —dice que dijo Pepe cuando me vio, tratando de encontrar mi rostro con la mirada.

Dice que cuando levanté la cara para verlo mis ojos se iluminaron, cosa que creo verdadera. Porque puedo imaginar a una mujer como yo, sumida en la más rotunda tristeza y desolación, a la que una voz le pregunta qué le pasa, y cuando ella lo mira descubre que esa voz pertenece a un hombre que lleva en sus brazos, con extremo cuidado y dedicación, un cargamento de rosas rojas al borde de la muerte que piensa resucitar.

— No sé quién soy, señor. Ni por qué estoy aquí ni de dónde vengo. No sé nada, señor. Lo único que dice algo sobre mí es este papel —dice que dije, y que luego se lo extendí para que lo viera.

Lo que siguió a continuación, si fue o no fue tal cual, sin duda fue tramado por esos dioses griegos cuando se ensañaban contra uno de sus héroes. Pepe no sabía leer, y le daba igual ver o no ver el papel. Dice que se lo leí y que recuerda que pronuncié mi nombre, el nombre que llevo hoy en día: Giselle. Del apellido y los demás detalles poco recuerda, tan sólo que leí algo de una indemnización, y lo demás es producto de sus propios delirios. Para entonces Pepe estaba colgado en el bazuco pero todavía tenía vestigios de humanidad. Hacía acopio de sus últimas energías para resistirlo, creía como todos que no estaba en el fondo, que saldría de la calle, y se llenaba de mentiras con su precario trabajo. Hoy en día Pepe apenas puede respirar, la tristeza insondable de la droga lo ha convertido en un remedo de hombre, un fantasma que no sabe dónde penar porque todavía no se ha enterado de su muerte.

Aquel día me propuso hacer la ronda con él, y dice que primero arreglamos las flores y que luego caminamos hacia el norte de la ciudad para venderlas en los bares. Que nunca antes había vendido tantas como esa noche porque yo entraba con un ramillete de rosas, les mostraba a los clientes el único documento de identidad que llevaba, y les suplicaba que leyeran. Nadie lo hacía, como es obvio, porque en esta ciudad hay batallones de desposeídos que llevan papeles similares como única comprobación de su penoso estado, como si el infortunio escrito fuera evidencia contundente de una verdad. Llevan recetas médicas, diagnósticos macabros de salud, cuentas por pagar en un hospital de maternidad, narraciones desafortunadas de la guerra, títulos de propiedad de una tierra perdida, lista de útiles escolares, boletas de una recién adquirida libertad; de todo y para todos los gustos. Pero es que son tantas las notas tristes dándole la vuelta a la ciudad, y desde hace tanto tiempo, que es comprensible la actitud de quienes deberían condolerse. Se conduelen antes de leer, cuando lo hacen, sonríen piadosamente y entregan una moneda. ¿Qué tendría mi nota para ser única entre ese extenso libro que camina inédito por la ciudad?

Me dice que cuando terminamos comimos pollo en Cali mío, y que luego me llevó a la pensión donde se quedaba, en la calle 23 debajo de la décima. Recuerdo con vaguedad lo del pollo y la llegada al edificio. Aquello bullía de gente como si no fueran las cuatro de la mañana sino la primera hora hábil de un juzgado. Cuatro pisos inundados de personas en las escaleras, en los pasillos; salían de lo que parecían apartamentos pero todo el edificio era una enorme pensión habitada por trabajadores de la calle: hablo de jíbaros, de prostitutas y homosexuales, de vendedores y pedigüeños, de rateros y otros criminales que saludaban a Pepe con naturalidad. En el piso tres estaban los más íntimos, que comenzaron a preguntar por mi presencia. Pepe les contó nuestro encuentro, les dijo que a partir de ese día yo sería su socia porque la prosperidad estaba conmigo y con “ese papelito que tiene”. Entonces saqué el papel, que me fue arrebatado por los más interesados, dando comienzo a una tormenta de conjeturas sobre mi procedencia. Pepe dice que fue un hombre apodado Pinocho quien pudo hacer una versión aceptable de cómo había sucedido mi extravío. Dice Pepe que Pinocho dijo que cuando llegué a El Dorado hice algo que no estaba en el plan. A lo mejor entré al baño antes de llegar a migración, y me perdí de las personas que estaban al tanto de la situación. Que luego salí del baño sin saber por qué estaba allí y fui caminando por donde no debía hasta llegar a la calle; y que entonces, lamentablemente, había cortado para siempre con el pasado y los hechos que me produjeron la amnesia.

La conmoción que causó mi presencia en aquel edificio duraría una hora, no más. Una hora de especulaciones, de risas, de fantasías y de planes con el dinero de la supuesta indemnización. Luego se fueron armando grupitos que comenzaron a conversar sobre otros asuntos más importantes para ellos. Y después de aquella barahúnda ya no quedó nada para mí. El bendito papel había desaparecido. A partir de entonces recuerdo mi vida con absoluta claridad. No dejo de pensar en los dioses griegos, en los mismos que enloquecieron a Ajax hasta hacerlo tomar venganza contra un pocotón de reses indefensas pensando que lo hacía contra el ejército de Aquiles. Como si con la pérdida de la última evidencia de mi pasado hubieran quedado satisfechos de su deber cumplido, con una sonrisa de soslayo y algo de compasión para mí. “Desde ahora que lo recuerde todo”, habrán dicho. De ser cierto todo aquello, esto que les he contado según la versión de Pepe antes de caer en Gamínedes para siempre, la única explicación que tendría para lo que le pasó a esa pobre mujer, a esa Giselle que recién despertaba de un estado de shock, supuestamente a mí, es que soy un experimento de los hados.

La desesperación que me embargó cuando supe irremediablemente perdida mi identidad logró conmover la tensa tranquilidad que se vivía en aquella guarida.

— No sé quién ni para qué se robó mi papel, pero tiene que aparecer —grité en la mitad del pasillo.

Pepe hizo algunas indagaciones en todos los pisos, pero en la medida que aparecían los supuestos culpables de tan infame robo, brotaban peleas malditas a cuchillo, gritos de espanto y amenazas, tropeles de puños estrellándose rabiosos contra el aire, como si fueran elocuentes palabras de un jurista de la Corte Suprema defendiendo la honradez de un inocente. Uno de aquellos sospechosos, que se había defendido como una bestia acorralada, la emprendió contra mí con palabras que no quisiera transcribir textualmente:

— Mire, señora, el único avión que usted conoce se llama Pepe y usted ni cuenta se ha dado todavía —dijo, más o menos así, y todo el escenario estalló en carcajadas.

Pepe me llevó a su cuarto, bajó de la cama una de las espumas que hacían de colchón y tendió las dos camas. En ese momento me di cuenta del cansancio que llevaba encima. Ignoro cuántas horas llevaba despierta.

Si era verdad lo del papel, que ahora no sé si existió, entonces yo venía de un país extranjero en donde me atendieron como una víctima; a lo mejor estuve en un hospital por dos o tres días y luego me empacaron para Colombia con ese bendito papel y un par de chaperonas encargadas de todos los trámites necesarios. Me dormí pensando que no debía tener familiares ni amigos, porque nadie fue por mí hasta esa otra ciudad, que ignoro si se trata de Nueva York o Madrid, como suelen hacer con víctimas de un accidente aéreo. A lo mejor era una comerciante solitaria, apenas conocida de un puñado de socios comerciales. Pensaba que la hipótesis de Pinocho podría resultar cierta, porque es fácil salir de cualquier aeropuerto por un lugar distinto a migración. Es fácil querer equivocar la salida, o equivocarla por torpeza, y de repente estar caminando por la pista, por ejemplo, cosa que durará un minuto a lo sumo porque la seguridad se encargará de sacarlo a uno a la calle mientras se clavetean por el radio que una loca burló las barreras. También he pensado que todo aquello es una invención mía, que yo misma diseñé ese laberinto infranqueable, esa trampa perfecta de la imaginación. Que ni siquiera me llamo Giselle, que me volé de un sanatorio a donde me internaron familiares pobres que no podían hacerse cargo de mí. Y que había enloquecido en una covacha con piso de tierra, en alguna ladera tugurial por donde surcaban el firmamento diariamente los aviones. Seguro soñé con viajar desde muy niña, y siempre que pude leí sobre las ciudades, revisé mapas y estuve colada más de una vez en el aeropuerto, en la zona internacional, de donde ya habrán perdido la cuenta de cuántas veces me han tenido que sacar. Seguro seré La loca de la pista. Porque de otra manera no me explico mi conocimiento del tejemaneje de un aeropuerto, ni mi recuerdo sobre ese pasillo largo que precede a los funcionarios del DAS que sellan la entrada al país; ni esos destellos primaverales sobre el lago artificial del parque El Retiro en Madrid, o la vitrina en forma de hangar de la estación de Atocha.

Pepe me despertó a las dos de la tarde. Estaba enjuagada en sudor porque mal soñaba con un descampado repleto de cuerpos mutilados, y un reguero de ropa tirada por el piso que se perdía hasta el infinito.

— Pinocho tiene una buena idea —me dijo Pepe.

—  ¿Apareció el papel?

— No, pero Pinocho trajo a un amigo que nos ayudará.

Juan de Dios es un hombre que roza los cincuenta ahora. Había sido administrador de empresas en su temprana adultez y tenía una forma de saber quién era yo. Juan de Dios también vivía de la calle pero no era drogadicto. Lo fue por poco tiempo, dice, pero lo suficiente para salir del establecimiento por el shut de basuras. Poco quiere hablar de su pasado, no le gusta que le pregunten y está lleno de amor. Todos lo quieren de verdad, y a veces no falta quien diga que es un corazón con patas. Juan de Dios quería ir conmigo hasta la registraduría para que me identificaran. Buena idea. Por lo general, las personas de la calle son las menos prácticas, se enredan en cosas diminutas porque desconocen el funcionamiento de casi todo, pero en el arte de la sobrevivencia con poco o nada son los mejores. Cuando salí del cuarto me encontré frente a frente con Juan de Dios que no quiso mirarme a los ojos. Pinocho, en cambio, llevaba su rostro iluminado, completamente feliz de lucir su imaginación para solucionar problemas. Le sonreí agradecida. Pepe me prestó su toalla y me dijo que en el segundo piso estaba la ducha. Para Pepe yo era su programa del día: incluía baño, almuerzo con pescado, visita a la registraduría, identificación positiva, recolección de rosas en el cementerio Central, arreglos florales y distribución a los clientes de los bares del norte.

Pero en la ducha me di cuenta del sello definitivo que ponían los dioses griegos sobre mi pasado. Mis huellas dactilares no existían. Las palmas de las dos manos estaban consumidas por lo que parecían quemaduras recientes. ¡Dios santo! Me acurruqué a llorar sin consuelo, dejando que cayera el agua sobre mi cuerpo, sin poder entender por qué me cerraban tan abruptamente toda comunicación con lo que fue mi vida. Me sentía entonces, y me siento ahora, como alguien que reencarnó; pero quienes tenían a su cargo cerrar la puerta de todos los recuerdos a mi nacimiento lo olvidaron, dejándome a merced de innumerables dejavús y una buena dosis de pesadillas y malos recuerdos que se repiten con cierta periodicidad.

Juan de Dios insistió en que fuéramos pese a la ausencia de líneas y huellas. Me aseguró que había otros métodos para identificar personas, habló de la ciencia, de medicina atómica, reactores nucleares, el mapa genético del hombre, las pruebas de ADN. Cuando terminé de vestirme y salí del cuarto, me conmoví mucho al ver a Pepe, Pinocho y Juan de Dios esperándome juntitos al pie de la puerta. Creo que fue en ese momento que empecé a desinteresarme por saber cosas de La otra, aceptando con resignación, con algo de dicha, la nueva vida que me abría sus puertas con tanta facilidad. Ahora pienso que soy una mujer fuerte, sicológicamente hablando, porque hubiera podido enloquecer para siempre, paseando por la ciudad en busca del tiempo perdido, preguntando a los viandantes si mi rostro les era familiar. O soy una loca muy inteligente, si es que fui yo quien inventó todo este mecanismo tan preciso para lanzarle un portazo a un desagradable pasado.

Entiendo la actitud de los celadores de la registraduría al negarnos la entrada. Nuestro argumento para ingresar era del todo absurdo: “Es que ella sobrevivió a un accidente aéreo en el extranjero, no sabe a cuál ni en dónde porque padece amnesia desde entonces; y por eso tiene que hablar con alguien que la pueda identificar, ¿entiende?”. Mucho menos iban a entender en cuanto los solicitantes parecíamos sacados de una pieza teatral del absurdo. Pinocho, a pesar de su buena apariencia no lucía bien porque insistía en llevar su amuleto de la buena suerte: un vistoso collar hecho con diminutos carritos de plástico; Pepe llevaba la única chaqueta que tenía, llena de huecos, raspones, taches y chuzos, herencia de un amigo punquero que se fue para Medellín; Juan de Dios vestía un traje de paño dos tallas más chico que él, sobre una camiseta naranja desteñida por los hippies; y yo, que vestía con cierta normalidad, no podía parecer menos inadaptada que ellos, porque era la sobreviviente amnésica del argumento y además venía con ellos.

Esa noche fuimos a trabajar juntos al norte. Fui con pleno conocimiento de lo que hacía, sin remordimientos ni angustias, ni siquiera sentía tristeza. Nos dividimos los bares y vendimos todas las rosas que llevábamos antes de la una de la mañana. Estábamos tan contentos que decidimos irnos a bailar. Compramos una botella de brandy y emprendimos para un bar cerca de la calle del cartucho, donde paraba la mayoría de quienes vivían en la pensión de la 23. Varios aplaudieron cuando me vieron entrar, y no sé a quién se le ocurrió gritar que llegó La siempreviva. Desde entonces vivo de la calle y no me da vergüenza decirlo. Me gusta el licor pero no bebo mucho, fumo ocasionalmente y no soy drogadicta: no me gusta ni la marihuana.

Lo que ha pasado conmigo después ya no merece ser contado; al menos no quisiera hacerlo porque he estado presente en cada uno de los momentos que he vivido. Se trata de mi intimidad y la quiero proteger.

Ah, y si alguno de ustedes cree saber quién soy, le ruego el favor de no tomarse el trabajo de decírmelo.

Es todo.

***

Cuando cae el telón nos damos cuenta de que seguimos en la calle. Que hemos pasado más de una hora escuchando el cuento de Giselle. Es obvio que ella lo articula de otra manera y su relato está nutrido por preguntas de los escuchas que súbitamente cambian la línea argumental. Pero Giselle sabe usar el lenguaje, atrapar la atención, generar expectativa, hacer silencios elocuentes como puntos suspensivos en la cornisa de un edificio. Lo que acabo de escribir para ustedes, aunque tenga todos los artilugios necesarios de la ficción, es la verdadera historia de esta mujer contada con la altura literaria que se merece. Es la trascripción adornada de un relato oral sobre una historia que la misma narradora no sabe si es o no verídica. Una historia de la calle, contada en la calle por una mujer dueña de una elegancia que se resiste a ocultarse tras esa facha de recicladora, que una vez termina de hablar se levanta del andén donde hemos asistido al cine para ver una cinta que le hubiera gustado ver al mismísimo Igmar Bergman, y me sonríe con dulzura.

— Ahí le dejo esa inquietud, señor periodista —me dice, ya sobre la marcha, dándome la espalda pero mirándome de soslayo, con cierto devaneo cinematográfico también.

Me dice adiós con su mano sin huellas y se marcha con paso de desgano tropical. Y me quedo allí, alelado como los indigentes que la escucharon junto a mí, pensando en escribir para ustedes todo esto y poder terminar con las palabras de ella: ahí les dejo esa inquietud.

Carmela, Roberto y yo salimos de Paseo Las Mercedes a las nueve y media de la noche. Veníamos de la presentación del libro Ciudades que ya no existen, de Fedosy Santaella. Ese título fue el primer indicio de lo que sucedería esa noche. Nos montamos en un autobús para ir a Chacaíto, donde tomaríamos el metro hacia nuestros respectivos hogares (Carmela y Roberto, La Candelaria; yo, La Urbina,).

Ninguno de nosotros llegó esa noche a su casa.

Fuimos los últimos en subir al carrito. El colector del dinero (peluche, los llama un amigo) pidió a los demás pasajeros que se distribuyeran a lo largo del pasillo. Un tipo enfluxado se molestó:

−¿Cuánta gente más vas a meter, lambucio?

Lambucio es uno de esos insultos que se revierten sobre quien lo pronuncia. Es una palabra fea e indigna.

−El chamo está haciendo su trabajo –le dije al tipo del flux− Y nosotros también queremos irnos.

El tipo del flux no se esperaba aquello. Trató de farfullar una respuesta, pero el peluche fue más rápido:

−Así mismo, mi pana.

Y le subió todo el volumen al equipo de sonido. Wisin y Yandel con, supongo yo, su más reciente éxito, terminaron por zanjar el asunto. El hombre del flux se mordió la lengua: éramos cuatro contra uno.

El peluche sacó un paquete pequeño de billetes que tenía guardado entre las páginas de un porta-cidí. Contó el dinero.

−Treinta y seis que tengo acá y catorce que me debe el gordo en la parada son cincuenta –le dijo al chofer. Lo decía como si fuera una fortuna. Volvió a contar los billetes y le subió más al equipo.

Carmela y Roberto se reían. Tratamos de hablar entre el ruido del reguetón, pero sólo pudimos intercambiar algunos gritos. Le echábamos broma a Carmela, quien sin darse cuenta había comenzado a seguir el ritmo de la música con la cintura. Carmela odia, u odiaba, el reguetón. Ese desliz fue el segundo y definitivo indicio.

Al llegar a Chacaíto, ya lo tenía decidido. Carmela y Roberto se extrañaron cuando les pedí que me esperaran. Entre el vuelo rasante que nos condujo de la autopista Francisco Fajardo a la primera entrada a Chacaíto, vi cómo el peluche le mostraba el celular al chofer, ufanándose de una posible conquista femenina, quizás un mensaje de texto (de sexo) prometedor.

−Hay rumba en casa del Lobo –dijo.

Lo tenebroso de la imagen fue lo que me terminó de convencer. Debía escribir una crónica sobre la rumba en Caracas y Caracas me estaba indicando el lugar.

Para mi sorpresa, el peluche aceptó el trato. Me permitiría acompañarlo a la rumba en casa del Lobo. Carmela y Roberto, que se habían acercado, no podían creer lo que estaban escuchando. Germain (que así se llamaba el peluche, al menos fonéticamente) se retiró un momento.

−Estás jodiendo, ¿verdad? –dijo Roberto.

−Te pueden matar –dijo Carmela.

−Ni estoy jodiendo ni me van a matar –les dije, o creo que les dije.−Pueden venir, si quieren.

−Yo te acompaño, no te voy a dejar solo en esa vaina. –dijo Roberto.

−Tú no vas a ningún lado –dijo Carmela.

–¿Es en serio esta vaina? –me preguntó Roberto.

Le dije que sí.

−Pues yo también voy –dijo Carmela.

−Tú te vas para la casa –dijo Roberto.

−Yo no te voy a dejar ir a ninguna casa de putas solo, ¿oíste?

−No es una casa de putas, ¿verdad, Ro?

−No sé –dije. Y dije la verdad, pero esa duda bastó para Carmela.

Germain volvió y cuando se enteró de que ahora íbamos los tres, puso una condición:

−Ustedes ponen la curda.

Compramos cerveza, anís y una botella de ese galicismo etílico que aquí llamamos chemineao.

El Gordo nos pasó buscando y resultó buena gente, como todos los gordos. Al rato de estar rodando en un Buick destartalado, caí en cuenta de que no sabía dónde quedaba la casa del Lobo. No quise preguntar porque no estaba al tanto de lo que Germain le había dicho al Gordo sobre nosotros. La pregunta, además, le daba a la aventura un matiz de secuestro que no me interesaba considerar.

Sentí una mezcla de tranquilidad y escalofrío cuando reconocí la zona. Eran casi las once de la noche y estábamos por La Pastora. Pasamos el puente y luego la esquina de El Guanábano y rápidamente alcanzamos la esquina donde murió o donde se suicidó José Gregorio Hernández.

Yo nací y me crié en La Pastora. Viví en la calle que va de Amadores a Cardones entre 1981 y 1997. Volver esa noche, así, a ese lugar, me pareció una feliz coincidencia. Luego recordé las razones que llevaron a mi madre, a mi hermana y a mí a mudarnos y comencé a preocuparme. Temí que en esa calle de La Pastora, a la cual comenzábamos a descender desde la esquina que hizo famosa El Venerable, se cerrara un ciclo, mi ciclo.

El Buick se detuvo a media calle y entró en el estacionamiento del edificio Lino, que queda justo enfrente del edificio Mary−ros, donde pasé toda mi infancia y adolescencia. Ese pequeño desajuste me hizo pensar que había esperanzas. Pero luego recordé todas las oscuras anécdotas que rodeaban al Lino, esas historias de malandraje y violencia que yo contemplaba desde el palco que ofrecía la terraza de mi antiguo hogar, y pensé que lo mejor era no esperar absolutamente nada.

Carmela y Roberto estaban tranquilos. Y más que tranquilos, me atrevería a decir, emocionados. Son de Mérida, llevan cinco años en Caracas y aún conservan una carga de inocencia.

El apartamento del Lobo queda en el piso seis. El Lobo no tiene dientes afilados, ni tiene orejas puntiagudas. Le dicen así porque es un fanático de la licantropía. La palabra la usó él, alguien que incurre en incorrecciones como fuéranos y estábanos. Esa mezcla de erudición y de calle me hizo sentir extrañamente orgulloso de ser caraqueño. Apenas supo que habíamos estudiado Letras, nos llevó a su cuarto, donde tiene desplegado todo su altar iconográfico dedicado a los hombres lobo.

Carmela y Roberto salieron, volvieron con unos tragos repuestos y volvieron a salir del cuarto. Pasé mucho rato conversando con el Lobo, mientras muchachos y muchachas entraban y salían. Cuando ya las comparaciones entre Michael J. Fox y Benicio del Toro se agotaron, nos incorporamos a la rumba. En la sala, un colchón recostado cubría una de las paredes. En una de las esquinas, una virgen enclavada en un altar de piedras con luces y cataratas artificiales, santificaba el desacato.

Todas las personas que había visto al entrar en el apartamento y las que vi pasar por el cuarto del Lobo, se dedicaban ahora a una actividad específica: frotar sus genitales en el cuerpo del otro. Todo, por supuesto, a ritmo de reguetón al máximo volumen. La ropa y el imperativo de seguir el ritmo de la música me parecieron los últimos farallones de una civilización que había que dar por perdida.

Germaine y el Gordo tenían arrinconada a una gorda de pelo oxigenado y bluyines que parecían de licra. Cuando terminó la canción, les pregunté por Carmela y Roberto. Me dijeron que estaban en la cocina, preparándose unos sánduches.

Al entrar a la cocina, me encontré a Carmela y a Roberto besándose.

Me devolví a la sala y me apoyé en el colchón que protegía la pared. Estuve así un buen rato hasta que la gorda oxigenada y Cuqui trataron de sacarme a bailar. Tuve que devolverme a la cocina, con la excusa de servirme un trago, para salvarme. Carmela y Roberto ya no estaban besándose. Sólo se reían a carcajadas. Me sentía un poco ebrio y tenía hambre. Les pregunté por los sánduches. Su respuesta fue soltar nuevas y más fuertes carcajadas. Regresamos todos juntos a la sala, donde el baile y la fricción continuaban.

Cuqui sacó a bailar a Carmela. Roberto sonreía. Déjenme explicarles: Cuqui era, para ponernos esquemáticos, la loca de la fiesta. Un morenito delgado, vestido con franela blanca de cuello en “v” alargado y con una sonrisa constante que me hizo sospechar que estaba algo más que borracho.

“Bar tender, dame un trago / que quiero bailar y hacer estragos”.

Le quité los vasos a Roberto y volví a la cocina a preparar nuestras bebidas.

Cuando regresé, Cuqui hacía estragos con Carmela. La había arrinconado hasta el colchón que cubría la pared. Roberto ya no sonreía (a esta altura se habrán dado cuenta que Carmela y Roberto no son los nombres reales de Carmela y Roberto).

−Al Cuqui como que se le mojó la canoa –le dije a Roberto. No le pareció gracioso y fue hasta el colchón a poner orden.

La gorda oxigenada intervino. Agarró de la mano a Roberto y lo llevó hasta una silla ubicada en el otro extremo de la sala. Roberto siguió sus indicaciones y tomó asiento. La gorda le hizo una seña a Germain y este cambió la canción. Comenzaron a sonar los primeros acordes de “Falling”, de Alicia Keys (fue el único instante en que no se escuchó reguetón en aquella casa). Carmela le dio un empujón a Cuqui y se dispuso a ver lo que le tocaba a ella, y también a nosotros, pero sobre todo a ella, ver.

Al ritmo sensual del piano de Keys, la gorda se contoneaba en lo que asumí era un baile sexy. Por un instante temí que se fuera a desnudar. Afortunadamente, sólo se dedicó a restregar sus genitales cubiertos de ropa en la cara de mi amigo. Entonces comprendí una ley elemental de un género elemental: el reguetón es tan directo y transparente que su límite es la ropa.

−Coronaste –le dije a Roberto. Carmela se encerró en el baño.

−Cállate.

−¿No te gustó?

−Olía a mierda.

−Qué rata eres.

−No es una opinión, Rodrigo. Te digo que olía a mierda.

Carmela estaba tan borracha que ni siquiera se molestó. Sólo vomitaba. Luego, cuando ella finalmente abrió la puerta del baño, se encerraron en un cuarto. Fue el mismo Lobo quien los guió.

Después de acomodar a los tórtolos, regresamos al cuarto del Lobo. Si antes habíamos conversado sobre cine y licantropía, esta vez le tocó a la literatura.

−Homo homini lupus –dijo el Lobo. Y luego, sin dejar que asimilara el latín en esa noche absurda, comenzó a disertar (perdónenme, por favor, por lo que voy a decir) sobre Arturo Uslar Pietri. Específicamente, sobre un cuento de Uslar Pietri, “La noche de tambor”.

Ese cuento era la síntesis perfecta de los elementos esenciales del ser humano: ritmo y libertad. Es la historia de un negro esclavo que escapa de una hacienda colonial. Se esconde en el bosque durante la noche, tiene la oportunidad de huir aprovechando la solidaridad de las sombras y sin embargo regresa a los espacios de la hacienda y se condena. ¿Por qué regresa? Pues porque la remota percusión de unos tambores lo va atrayendo como una bombilla encendida a una mariposa. En un momento, el perfil de su cuerpo fibroso se proyecta sobre la superficie de la luna llena y en ese segundo se concreta su destino. El negro se deja llevar por el ritmo y asume su esencial esclavitud. No la que lo subyuga al hombre blanco, sino aquella que lo convierte en apenas una extensión de un latido.

−¿Y qué tiene que ver la licantropía con todo esto?

−El hombre lobo es más lobo que hombre. Lobo quiere decir aquí aquello que eres y tratas de dejar de ser. ¿Qué es la luna?

−Un satélite.

−En el cuento. Es el momento de mayor claridad del hombre. ¿Entiendes?

−Creo.

−¿Y qué son los tambores?

−¿El reguetón? –aventuré.

El Lobo no aguantó la risa.

−Sí –dijo.−Así mismo. El reguetón.

Cuando salimos de la habitación, vi que no quedaba casi nadie. Sólo Germain y Cuqui. Recuerdo haber visto la hora en mi celular: cuatro de la mañana. Fui hasta la habitación, abrí con cuidado la puerta y una turbulencia sobre la cama me hizo ver que ya Carmela y Roberto se habían reconciliado.

Germain me pidió que buscara en la carpeta de los discos uno que dijera “Reguetón viejo”. Entonces reconocí la misma carpeta de discos que había en el carrito que nos llevó esa noche, que parecía haber empezado hace ya muchos años, a Chacaíto.

Les pedí a los muchachos que me instruyeran. Esta es parte del tracklist. Las clásicas, al menos:

“Fellina”, de Héctor y Tito.

“Ojos que no ven”, de Alexis y Fido.

“Gasolina”, de Daddy Yankee.

“Dale, Don, Dale”, de Don Omar.

Las que de tanto andar en carrito y metro yo mismo sé reconocer. Sin embargo, me sorprendió ver en Internet que buena parte de las otras canciones del disco (aquí lo tengo, en mis manos) hayan sonado apenas el año pasado. El reguetón es un género hormiga, que envejece minuciosamente y que alcanza la eternidad en sus variaciones parecidas, desechables y casi infinitas.

Esperamos a que abriera el Metro para marcharnos. En la acera del edificio Lino, aún de madrugada, levanté la vista y ubiqué la terraza de mi antigua casa, en el piso once del edificio Mary−ros.

−Hace trece años que me fui de La Pastora –me dije. Y la sensación del rápido paso del tiempo hizo que sintiera más frío. Carmela y Roberto echaron a andar hacia abajo. Los detuve y les dije que fuéramos por arriba

−Es menos peligroso –les dije.

Yo los seguía a pocos pasos. Atrás de mí quedaba el pasado, grande como un edificio, como una ciudad que ya no existe. Yo le volví a dar la espalda, con la disciplina de una hormiga.