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Este es un país al que le encantan las madres. No porque les garantice completo acceso a oportunidades laborales o porque tenga disponibles todos los servicios de salud en todos los rincones urbanos y rurales. Este país dice adorar a las madres cada mayo, cuando las tiendas se llenan de ofertas de planchas, flores, ropa o lavadoras. Y porque lo común es que, cada vez que se puede, se le atornille a la palabra “madre” una serie de adjetivos que hablan de abnegación, sacrificio, entrega, dolor y casi todo aquello que implique algún grado de sufrimiento. Por esto, no resulta raro que cada vez que aparece alguna madre que no encaje con ese imaginario de lo que debería ser la entrega indiscriminada, se le tache, de una y sin pruebas, de “desnaturalizada”. Por esto le tocó pasar a Silvia Beatriz Jiménez hace un par de días, cuando en la edición del mediodía un noticiero presentó lo que había hecho como “horroroso”.

Y hoy, viernes 13 de julio, sentada frente al juez Francisco Castillo Borja, le toca volver a escuchar palabras similares que salen de la boca de una fiscal que pide –exige– al juez “que se siente un precedente en este crimen horrible”. Silvia calla. Y se mantendrá así durante toda la audiencia inicial que se sigue en su contra esta mañana en el Juzgado de Paz de Apaneca, Ahuachapán. Apenas ha intercambiado unas cuantas palabras con su abogado defensor, que recién acaba de conocerla, y quien intenta que el delito que se le imputa no sea el de homicidio agravado en grado de tentativa, sino el de abandono, que tiene una pena menor. A Silvia, con la cara inexpresiva y la mirada perdida, tanto término le debe sonar desconocido. Pero no dice nada ni cuando el juez le da la palabra, quizá porque en realidad no sabe qué decir.

Después de escuchar a la fiscal hacer alusión al testimonio de un hombre que asegura haber encontrado al recién nacido hijo de Silvia vivo en un cafetal y después de escuchar al abogado defensor decir que no hay un informe forense que certifique que el bebé fue enterrado, el juez Castillo Borja decide no cambiar el delito y no dar a Silvia el beneficio del arresto domiciliar. Silvia, hasta este momento, reacciona y lo hace con llanto. Llora sin reparar en que sus gemidos rompen con el ambiente tan formal e impersonal que ha reinado en la sala. Silvia tiene otro hijo de dos años al que no ve ni toca desde hace cuatro días, cuando le tuvo que soltar la mano para irse con los policías que la arrestaron a unos cuantos pasos de su casa, cuando, dicen, aún tenía las piernas ensangrentadas.

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En casa de Silvia no se explican qué le pasó por la cabeza ese lunes 9 de julio por la mañana. “A mí ni me dijo que le dolía, ni me dijo que se sentía mal. A mí no me dijo nada. Que si yo hubiera sabido algo, en algo le hubiera ayudado, pero aquí no nos dimos cuenta. Es que a ella, yo siento, le faltó madurez”, cuenta Adela de Jiménez, madre de Silvia, quien esta mañana de viernes, a unas horas de que se celebre la audiencia inicial de Silvia, apenas sale del estupor para decir que jamás le notó este segundo embarazo.

Apaneca, para muchos, existe solo el fin de semana, cuando como turistas recorren sus calles en busca de una estampa de pueblo en la que se aprecie la belleza de los cerros cuadriculados de arbustos de café. Existe porque es la ciudad del país ubicada a mayor altura. O porque entre la neblina y las bajas temperaturas, el café y los antojos típicos del festival gastronómico saben mejor. Pero Apaneca es una cruel contradicción. Por sus calles céntricas es común ver a extranjeras o a mujeres de la capital que visten shorts y buscan comprar bufandas o bisutería. Pero al avanzar unas cuantas cuadras, la vista se llena de casas de madera o bajareque que huelen a fuego de leña, un fuego que, por lo general, es avivado por mujeres jóvenes, con baja escolaridad, sin oportunidades de empleo y que, por una razón u otra, han enfrentado la maternidad a corta edad, así como Silvia.

“Aquí en la casa ella es la que me ayuda. Ella saca los oficios, porque yo estoy enferma y ya no puedo”, cuenta Adela vencida, mientras toma asiento frente a un fogón en el que se coce el maíz para las tortillas de la cena. Todo el ambiente está inundado de humo. De esta casa de piso de tierra, techo de lámina y paredes de bajareque salió Silvia el lunes 9 de julio temprano en la mañana. Le dijo a Adela que regresaba en un ratito. A nadie se le hizo raro que se internara en un cafetal que comienza a unos cuantos metros de la vivienda. “Es que tenemos letrina, pero ahorita estamos cerrando una fosa y abriendo otra”, justifica Concepción de Jiménez, cuñada de Silvia y quien se ha unido a la plática con obvias ganas de defenderla, pese a que nadie la esté atacando, al menos no aquí.

Lo que del expediente judicial se contará en la audiencia inicial es que Silvia parió en el cafetal –uno de esos que se van en las fotografías de los turistas– a un niño que pesó cinco libras y midió 46 centímetros. Después de cortar el cordón umbilical, de acuerdo con un hombre que ha decidido servir de testigo, Silvia dejó ahí al niño y él, habiendo permitido que ella se alejara, tomó al bebé, lo envolvió en una camisa y bajó hasta la calle principal del cantón San Pedro Tizapa.

De tres personas a las que se les ha tomado testimonio, una dice que el niño estaba semienterrado. Otra dice que tenía “tierra encima” y una más dice que estaba colocado sobre la hojarasca. Al margen de que es un proceso todavía abierto, en Apaneca a Silvia se le conoce como “la que enterró al hijo”. Desde el alcalde Osmín Antonio Guzmán hasta la vecina de la familia de Silvia, cada quién maneja una versión distinta del caso, pero a ninguno de los consultados al azar le suena extraño. “Yo no entiendo qué ha pasado, porque es de una familia conocida a la que desde la municipalidad le entregamos ayuda”, refiere el munícipe, por teléfono, aprovechando la pregunta para llevar agua hacia su molino. “Es que no sé cómo hay muchachas se manean con uno, si mire la de este otro lado ha tenido ocho y ahí está entera”, dice la vecina con pañuelo blanco en la cabeza.

Cuando el hombre con el bebé en brazos terminó de llegar a la calle, según el expediente, pasaba una patrulla policial. Uno de los agentes es el que dice en su informe que varias personas se reunieron para ver al bebé y, entre ellas, estaba Silvia, quien confesó que era la que lo acababa de parir. Dan cuenta algunos hasta de la sangre que llevaba entre las piernas.

“Mire, la gente inventa, y lo que no les conviene, no lo dicen. En este rato en el que se armó la bulla, otro nieto mío fue corriendo a ver qué era lo que pasaba, y se vino para la casa diciendo que a un tierno habían hallado. En eso, yo solo vi que la Silvia ya se había lavado las canillas, agarró a este muchachito, y se fue a ver qué pasaba. Ella fue la que les dijo que el tierno era de ella. ¿Dígame si a ella lo que le falló ahí no fue la madurez? Es que no sé qué le dio para no decirme nada”. En el regazo de Adela ha venido a sentarse Eduardo, el hijo de dos años con dos meses de Silvia, al que ella le sostenía la mano cuando los policías la arrestaron.

A Eduardo le lloran los ojos y le moquea la nariz por el humo. Mira a la cámara con la boca abierta y las manitas juntas, como si fuera a rezar. Hasta ahora lleva cuatro días sin ver a su madre, y esta cuenta aumentará a semanas. Adela dice que de vez en cuando pronuncia mamá, pero nada más. Del dormitorio –una mera formalidad, porque esta casa en donde viven dos adultos y cuatro niños es solo un corredor y un cuarto– uno de los nietos de Adela saca la tarjeta de la unidad de salud en la que se da cuenta de la vacunación y el control de peso de Eduardo. Hasta el momento, Silvia logró cumplir con el esquema y a su hijo ya solo le falta una inmunización que se suministra a los cuatro años de edad.

En el suelo están aventadas unas ruedas de madera. Son los asientos de los banquitos enanos –no miden más de 25 centímetros de alto– que Silvia suele elaborar para vender en Juayúa, un municipio cercano, y en San Salvador. El mercado de Apaneca se le hizo pequeño a la familia debido a la competencia. Así que, cada fin de semana, ella se unía a su hermano y a su padre para cargar 40 o 50 banquitos de a $1 sin barniz y de a $2 con barniz.

Silvia es analfabeta. No sabe ni firmar. Concepción, la cuñada, dice que no todos tienen la misma “capacidad mental” y que a Silvia nunca le gustó ir a la escuela. En esto, el “Informe del estado mundial de las madres 2011”, realizado por Save the Children, es contundente y resulta casi una sentencia para jóvenes como Silvia: “Las mujeres con formación tienen mayores posibilidades de ganarse la vida y apoyar a sus familias. Los hijos e hijas de las mujeres con formación también tienen más probabilidades de recibir una alimentación saludable, terminar su educación y recibir atención sanitaria adecuada”.

Eduardo, que ahora parece usar la conversación como canción de cuna para conciliar el sueño, nació el 4 de mayo de 2010 en el Hospital de Ahuachapán. Midió 47 centímetros y pesó 6.4 libras. Del progenitor de este niño en esta casa se maneja una versión con pocos detalles. “Mire, a ella la agarró un hombre en Juayúa cuando andaba vendiendo orquídeas. El hombre le dijo que no dijera nada, porque si le contaba algo a la policía, él iba a venir a matarnos, porque él sabía dónde vivía ella. Así que ella no quiso andar en vueltas”. En esa etapa de embarazo, Silvia, fiel a su costumbre, casi no habló. “Yo solo la veía llorar y llorar, hasta que tuvo a este su niño”, agrega Adela mientras con los dedos le limpia la nariz a Eduardo.

En Apaneca, con el revuelo y la alarma social que se levantó en torno al caso del bebé enterrado, han salido a luz otras versiones, tan poco confirmadas como esta de la violación en Juayúa. Se dice que el padre es un familiar de Silvia, y nada más. Ninguna institución, hasta el momento ha querido romper el hermetismo de Silvia para averiguar si ha habido delito en la concepción tanto de Eduardo como del otro bebé. La figura del padre no parece formar parte ni del proceso de juzgamiento que se lleva a cabo en las calles del pueblo o en los medios de comunicación, como tampoco en el juzgado, en donde pese a que se descargó cualquier tipo de adjetivos en contra de Silvia, no se mencionó nada del progenitor o de que la forma en la que fueron concebidos ambos niños pudo haber afectado moral, emocional y psicológicamente a Silvia. Nada.

—¿Qué sabe Silvia de sexo, de la forma en la que se conciben los bebés?

La pregunta deja a Adela viendo para todos lados en un intento por encontrar una respuesta. Se acomoda a Eduardo en las piernas y mira a Concepción en busca de ayuda, quien atiende el llamado.

—Pues mire, aquí se le dijo, pero ya sabe que ahora en la televisión es que se mira todo y eso no es poco ni es mentira.

La idea de la maternidad como don, milagro o bendición está sin duda arraigada en la sociedad salvadoreña. Una encuesta realizada a finales de 2011 y publicada en enero de este año por LPG Datos apuntó que de 1,000 mujeres que habitan en el área urbana de municipios metropolitanos, el 47% consideró que ser madre es la mejor parte de ser mujer. Esto pese a que poco se ha hecho por poner al sistema a que funcione a favor de las mujeres que son madres. Por ejemplo, no avanzan iniciativas para aumentar el salario mínimo o para lograr equidad en los salarios, ya que las mujeres, según la DIGESTYC, ganan un 15.5% menos que los hombres. También hay deudas en acciones como garantizar protección efectiva en casos de violencia doméstica o evitar que las niñas sean las que engrosan las estadísticas de deserción escolar, por ejemplo, el año pasado descendió en 2.3% la tasa neta de cobertura educativa para las niñas en parvularia.

El Salvador ocupa el puesto 40 del nivel de países poco desarrollados del “Informe del estado mundial de las madres”, por debajo de Malasia o Vietnam. Está lejos, muy lejos de Noruega que, con sus 47 semanas de licencia por maternidad y sus 18 años en promedio de educación formal para las mujeres, ocupa el número 1 en el listado de los países desarrollados. En El Salvador la regla para la mayoría de mujeres sigue siendo la de tener que enfrentar cualquier cantidad de dificultades para criar a los hijos.

En casa de Silvia no conservan ni una foto de ella. Había una, una de un documento, pero se la han llevado para que sea parte de los trámites judiciales. Parece que lo único que hace constar que ella vivía en esta casa son, tiradas en el suelo de tierra, las piezas de ciprés y mondano con las que hacía los banquitos. Y Eduardo que, en todo este rato, no ha emitido ni un solo sonido, se ha limitado a apoyarse en el pecho de su abuela. Desde ahí dice adiós con la mano extendida.

La salida de la casa de Silvia es un pasillo de cemento flanqueado por champas en el que varios perros se han acostado. La regla es que huela a leña, que haya gallinas y pollos correteando y que en cada cerco de palos retorcidos y láminas agujereadas haya docenas de pañales, cuturinas, gorritos, mantas y calcetines de bebé secándose al sol.

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Al final de la audiencia inicial celebrada aquí en el Juzgado de Paz de Apaneca, a unas cuantas cuadras de la casa del cantón Tizapa en la que se han quedado Adela y Eduardo, Silvia deja de llorar. Escucha algo que le dice su abogado defensor mientras espera a que la trasladen hasta las bartolinas de la PNC de este municipio. Una de las agentes que la trasladará pregunta afuera si hoy no vendrán las cámaras de aquel noticiero que, al mediodía, mostró a Silvia esposada y la sentenció como culpable. Y no, no vinieron. La agente parece decepcionada.

Silvia, blusa celeste y falda oscura, sale del juzgado a paso rápido y en su camino, mientras el fotoperiodista le saca imágenes, alcanza a decir: “Basta, ya basta”. Esta será la única vez en la que le escucharemos la voz.

Una semana después de la audiencia inicial, el abogado Víctor Hugo Mata, quien ha trabajado en varios casos similares a los de Silvia, cuenta que intentó hablar con ella en las bartolinas de Apaneca para ofrecerle su asesoría gratuita. “A ella la sentí muy cohibida, muy retraída. Me dijo que su papi ya había contactado a un abogado privado para que la defendiera y ya”, dice en su oficina ubicada en San Salvador. Una contratación que no deja de llamar la atención si se considera, primero, la pobreza de esta familia y, segundo, el hecho de que una de las vías de investigación en casos de jóvenes sin un entorno social que permita una relación debería ser la de descartar si dentro de su círculo más cercano, la misma familia, hay algún agresor.

Mata sabe que el camino que está frente Silvia es complicado. Para apoyarse cita nombres como los de Karina Herrera Clímaco y Sonia Ester Tábora, ambas condenadas a 30 años de prisión por homicidio agravado en contra de sus recién nacidos. Después de pasar siete años en la cárcel, el caso de Herrera Clímaco fue revisado por el mismo tribunal que la condenó. Y en 2009 le fue levantada la condena. Ahora trabaja en una asociación de mujeres. “El lunes vamos a tener la revisión del caso del Sonia Ester Tábora”, anuncia Mata poco después de señalar que estos casos se complican por tres razones: la falta de investigación objetiva de la Fiscalía General de la República, la falta de capacidad jurídica de la defensoría pública y la falta de prudencia en los tribunales.

Mata, quien llevó el caso de Herrera Clímaco, es todavía más agudo y hace énfasis en que este es un delito por el que se procesa casi de forma exclusiva a mujeres extremadamente pobres, jóvenes, con baja escolaridad, con familias disfuncionales o con las que no tienen una relación sana y, en la mayoría de casos, desnutridas. “En estos casos no va a ver involucrada a una mujer de clase media, por esto, en parte, es que en estos casos se escucha tan poco a la mujer”.

Silvia cumplió 18 años el 28 de marzo de este año. Solo porque fue necesario para el proceso judicial es que se le está tramitando el DUI, porque no estaba en los planes de ella sacar el documento. Una lista de casos parece darle la razón a Mata en el perfil que describe. Lorena Beatriz Villalta López tenía 25 años cuando fue arrestada por intento de homicidio en contra de su hija recién nacida. Irma Liseth Morales tenía 21 años cuando en 2008 fue condenada a ocho años por lanzar a su hija a una fosa séptica. Y, entre otras historias y mujeres similares, Sonia Ester Tábora tenía 20 años cuando en 2005 fue arrestada bajo el cargo de homicidio agravado en contra de su hija recién nacida. Fue sentenciada a 30 años de cárcel de los que ya lleva siete años cumplidos. Del progenitor, en el caso de Tábora, tampoco se sabe nada más que era vigilante en la misma colonia capitalina en donde ella trabajaba como doméstica. Nunca fue parte del proceso averiguar más de él o procesarlo por abandono.

Después de dos suspensiones, por fin es lunes 30 de julio y por fin Sonia ha sido trasladada desde Ilopango hasta el Centro Judicial de Sonsonate en donde se realiza la revisión de su sentencia. Sonia ocupa una de las sillas ubicadas en el corredor frente a la sala en donde se desarrollará su proceso. Pese a sus 27 años de edad, parece una adolescente por su cuerpo escuálido y sus no más de 1.50 de estatura. Lleva las cejas perfiladas, la falda ajustada y con un hilo de voz apenas audible agradece a un oficial que le quita las esposas para que pueda comer lo que su hermana le ha llevado antes de que empiece el proceso en el tribunal.

Lo de Sonia se conoce en medios de varios países y en internet porque varias organizaciones de mujeres han hecho eco del caso. Ella parió el 19 de febrero de 2005 en un cantón de Sacacoyo, La Libertad. Jamás le dijo a su hermana o a su cuñado, con quienes residía, que estaba embarazada. Solo se alejó de la casa en la noche con una sábana en la mano, con la que se suponía iba a envolver a su hija. En medio de un cafetal tuvo a la bebé y sufrió un colapso nervioso. Su hermana mayor, Maritza, su cuñado y su padre la buscaron en el monte hasta que dieron con ella pasada la medianoche. Al verla ensangrentada, pensaron que había intentado matarse, ya que sufría de una profunda tristeza desde que unos meses antes muriera de cáncer uterino su madre, la única con la que platicaba. Sonia ha manifestado que no recuerda cómo llegó a un centro de atención en el cantón El Botoncillal, en Colón, La Libertad o el momento en que fue arrestada.

“Se propone una revisión del caso porque, prácticamente, Sonia fue condenada sin pruebas directas de que la bebé que tuvo haya nacido viva. Informes de peritos que han analizado los documentos indican que en realidad se trató de una mortinata, una niña que no respiró, nació muerta. Además, Sonia sufrió un colapso al momento del parto que la dejó inhabilitada para cuidarse ella, dar asistencia a un menor o pedir ayuda. En este caso, ella es una persona a la que no se le puede imputar un delito”, es parte de lo que Mata explica en el tribunal a las tres juezas que lo escuchan, una de ellas con un sueño tan evidente que tiene que pedir café durante la sesión de la tarde.

En esta sala, se pueden identificar acciones que hacen pensar en que quizá pocos son los que en realidad prestan atención a que en este momento se están definiendo los siguientes 23 años de la vida de una mujer joven a la que siendo una niña no se le dio la oportunidad de estudiar para ampliar su abanico de oportunidades; a la que tampoco se brindó seguridad, porque fue violada a los 16 años por un motorista de microbús que evitó el proceso judicial porque ella –aunque denunció– no encontró el apoyo para continuar; y a la que tampoco se le pusieron al alcance los servicios médicos oportunos, porque un día antes de dar a luz intentó ir al hospital más cercano, pero perdió el bus. Y aquí en la sala en donde se ventila la revisión de condena, una representante de la Procuraduría General de República, que en teoría está aquí para velar por los intereses de la hija que tuvo Sonia, no ha dejado de mandar mensajes en el chat de su BlackBerry, por ejemplo.

Pese a que ya son las 4 de la tarde y la diligencia se ha tomado ya por lo menos cinco horas, Sonia tendrá que regresar hoy a Cárcel de Mujeres, en Ilopango, porque el fallo de las tres juezas con respecto a la revisión de su sentencia se dará a conocer hasta el 14 de agosto. Antes de levantar la sesión, las juezas le dan a Sonia la palabra y lo único que sale de ese cuerpo flaco y corcovado es el mismo hilo de voz que a un metro de distancia solo hace entendible la palabra “oportunidad”.

Lo que Mata, de hecho, con su experiencia en estos casos sostiene es que a la sociedad de nada le sirve mantener a mujeres como Sonia, o como Silvia encerradas en la cárcel, al menos no sin antes hacer una investigación acerca de qué es lo que las llevó a comportarse como se comportaron ante sus hijos. “Es sumamente difícil que una mujer atente contra el niño que da a luz, solamente pasa en condiciones extremas y raras. Por naturaleza, las mujeres no atentan contra sus hijos. En la abrumadora mayoría de casos hay factores que llevan a las mujeres a este extremo. Entonces antes de acusar, hay que investigar qué es lo que ha pasado con esta señora, antes de decir que horroso, terrible o tremendo”.

Esto es algo a lo que también apela el abogado defensor de Silvia, Edson Morán Conrado: “A estos casos se les debería dar un tratamiento diferente. Ya se debió hacer una evaluación psicológica, porque no sabemos cómo fue la concepción del niño, no sabemos que circunstancias atravesó Silvia Jiménez en su embarazo. No sabemos las condiciones del parto. Nadie sabe nada. La película comienza desde que al menor lo encontraron en el cafetal”. En casos como los de Karina Herrera Clímaco y Sonia Ester Tábora esta evaluación psicológica se hizo, pero no en el momento en que fueron arrestadas, cuando recién habían dado a luz. Así el sistema judicial perdió la oportunidad de tener una fotografía del estado en el que se encontraban al momento de supuestamente haber cometido el ilícito del que se les acusa. A Silvia, tampoco le hicieron esa evaluación. Solo la detuvieron.

El bebé que tuvo Silvia el 9 de julio está ahora bajo la protección del Instituto Salvadoreño de la Niñez y la Adolescencia (ISNA). Desde ese momento en que fue encontrado en el cafetal, se ha cuestionado de muchas formas el instinto y las intenciones de Silvia. Pero entre las cosas de las que no muchos conocen es que poco después de que las cámaras la grabaran esposada, Silvia fue llevada al Hospital Francisco Menéndez, de Ahuachapán, para que le fuera extraída la placenta. Ahí también fue ingresado el bebé. Y durante por lo menos tres noches, los dos estuvieron juntos. Ella lo amamantó. Un acto que parece no cuadrar en una historia en la que los personajes se dividan en buenos y malos, víctimas o victimarios, a menos que se tome en cuenta que el de la maternidad es un concepto complicado que no acepta uniformes. Silvia es madre.

Faltaba un día para que todos supieran que era un engaño. Cinco hombres la cargaban en una silla gigante. Se abanicaba desde las alturas para aminorar el calor, y usaba el mismo abanico para esquivar a los periodistas que intentaban embestirla antes de su llegada al hospital. Nueva Colombia estaba alborotada gracias a Liliana Cáceres, por esos días la mujer más famosa del país.

Sus vecinos se turnaban para llevar en manos propias los cien kilogramos que pesaba. Niños de torsos desnudos, contagiados por la algarabía, se sumergían en la procesión aumentando la bulla mañanera. Las matronas del barrio eran más reservadas, pero no por eso menos atentas: asomaban sus caras pardas entre las rejas de las puertas y estiraban sus cuellos con tal de atisbar el espectáculo.

Un embarazo jamás se celebró en este suburbio barranquillero de negros descalzos. Eso de que alguien tan cercano esperara seis críos nunca había ocurrido en el barrio, ni en ningún rincón de Colombia.

Antes del mediodía Liliana Cáceres llegó al Hospital Universitario. Georgina Altahona, su acomedida suegra, la acompañaba. Detrás de las dos mujeres se agolpaban numerosos reporteros desmedidos en su persecución, pero, valiéndose de su viveza, la joven se les escabullía con la habilidad de una mojarra resbaladiza.

Cuando el gerente del hospital, Miguel Patiño Díazgranados, quiso calmar la sed de la jauría informativa anunció la preñez más célebre de la historia de Colombia: “Liliana Cáceres tiene una impresión diagnóstica de embarazo múltiple de más o menos treinta semanas de gestación. Un equipo interdisciplinario de nuestra institución se está haciendo cargo del caso. La paciente está estable. El grupo de científicos que la atiende tiene la situación controlada”.

Pero el médico pecó de ingenuo. Patiño Díazgranados no alcanzó a comprender que a la joven de 16 años internada en su hospital nadie le tocó la barriga. Nadie. Ni su novio, ni su suegra y mucho menos el grupo de especialistas que diagnosticó el supuesto embarazo múltiple.

Sin embargo, la noticia rodó desde Punta Gallinas hasta Leticia. Los periódicos anunciaron el hecho como un respiro alegre que distrajo a Colombia, durante un par de días, de la hecatombe política que puso a tambalear el gobierno de Ernesto Samper, cuando se supo que su campaña había recibido seis millones de dólares en contribuciones del Cartel de Cali.

No hubo emisora radial, de onda corta ni de frecuencia modulada, que no registrara el embarazo. En la radio comparaban el suceso con el de Kenny y Bobby McCaughey: el matrimonio de Alabama que estrenaba septillizos. Los locutores machacaban el tema con habladurías sobre la virilidad y la potencia sexual de Alejandro Férrans, el papá de las criaturas, a quien sus vecinos apodaban en un sincero homenaje Macho Man.

CM&, el noticiero con más rating de la franja estelar, montó una miniteletón para apoyar la causa. Bajo la dirección de Yamid Amat, Viena Ruiz pedía ayuda a los televidentes con apoyo en escenas lastimeras de la embarazada. Verla era un espectáculo: acostada, acaparaba la cama doble en la que dormía, de tal manera que ni su novio podía acompañarla en las noches insomnes. Sentada, casi no cabía en una mecedora de mimbre que su suegro, Andrés Férrans, le acondicionó. Parada, no resistía el peso de su cuerpo y, como si fuera poco, al caminar tenía que hacer malabares para no rozar su bandullo con las paredes de la casa.

Ante el dantesco despliegue mediático los colombianos se condolieron. Familias enteras aprontaron donaciones de dinero y alimentos. Empresas de productos infantiles prometieron pañales para los muchachitos. La leche estaba garantizada de manos de una prestigiosa compañía de lácteos. Hasta Férrans recibió una oferta de empleo por parte del gobernador del Atlántico.

Pero mientras los ricos le quitaban el pelo a su gato y los pobres sacaban de donde no tenían para ayudar a las criaturas, en el séptimo piso del hospital de Barranquilla se libraba una lucha.

Los médicos insistían en practicarle una ecografía a la mujer; ella, como una heroína envalentonada, se rehusaba. Oponía resistencia desde la silla que había ocupado todo el día. Amenazaba con tirarse por la ventana si la tocaban. Berreaba. Movía las piernas con vehemencia y le pegaba puntapiés al baldosín mientras gritaba con un salvajismo tal, que lograba intimidar al cuerpo hospitalario.

Después de varias pataletas se calmaba; ocultaba su cara en las palmas de sus manos sin tener otro contacto con el mundo más que un huequito por el que respiraba entre lágrimas y jadeos. Pensaba que si llegaba siquiera a musitar palabra, sus familiares irían a pasar vergüenzas, perdería para siempre a Alejandro y sería motivo de burla entre sus conocidos.

La situación, además de sospechosa, resultaba incontrolable, hasta que a Georgina Altahona se le ocurrió una solución. Después de apaciguar a la muchacha, la vieja le pidió que se acostara en la camilla, pues no era aconsejable para la salud de los bebés mantenerse en una misma posición durante tanto tiempo. Resignada, y ante el cansancio que la vencía, Liliana aceptó.

Cuando estaba profunda dos enfermeras se situaron a lado y lado de la cama. Georgina a sus pies, y el médico Jaime Rodríguez, junto a su vientre. Todos intentaban sujetarla mientras el doctor develaba la razón de su reticencia.

Apenas sintió el tacto, la muchacha despertó. Estaba inmóvil, maniatada por cuatro personas mientras decenas y decenas de trapos salían de su barriga. Los ojos de los presentes vieron volar camisas, pantalones, toallas y hasta un bolo de juguete que hacía las veces de ombligo. Cada una de las prendas estaba perfectamente acomodada dentro de una tela de lycra en la que Liliana había camuflado la ropa seis meses atrás.

El pasmo invadió la sala del hospital. Apenas vio salir tiras del cuerpo de su nuera, Georgina Altahona creyó que el pellejo se le había podrido. Cuando se percató de la realidad quiso que la tierra se la tragara. Ni hablar de la muchacha, quien se escondió debajo de la camilla cuando ya no quedaba ni un solo trapo en su barriga. “Ya no resisto más. Me quiero morir”, gritaba estruendosamente mientras el médico Rodríguez y las enfermeras se miraban anonadados bajo un perturbador dilema: no sabían si reír o llorar.

El nombre de la barranquillera volvía a retumbar en los oídos de los colombianos, esta vez acompañado de la palabra “escándalo”. Liliana Cáceres había sumido en la desconfianza a un país que horas antes se disponía a ayudar a una humilde mujer bendecida con un embarazo de sextillizos.

Los medios resaltaban su actuación con elogios irónicos, propios de un drama burlesco de la vida real. “De cómo Liliana Cáceres subió a los cielos y bajó a los infiernos por cuenta de un embarazo ficticio”, decía la entradilla de un artículo de la revista Semana, titulado “Trapitos al sol”.De manera satírica, en una entretenida columna, Ernesto McCausland, periodista de la desaparecida revista Cambio, llegó a proponerla como personaje del año.

Los psicólogos se rompían la cabeza tratando de diagnosticar el caso. Pedro Gómez Méndez, psiquiatra y director del hospital mental de Barranquilla, adonde Liliana fue a parar horas después de conocerse el episodio, concluyó que la paciente tenía “un comportamiento ingenuo con una estructura mental infantil”.

La realidad de la imaginativa mujer quedó al descubierto por un pueblo que interpretó como temeraria su hazaña. Sin embargo, ningún medio de comunicación se interesó en conocer el origen de su mentira. Nadie más que ella sabía la razón por la que engañó a su novio, a los médicos y al país entero.

El preludio de la farsa

La tramoya comenzó a principios de agosto de 1997, cuando un rumor contaminado de saña llegó a oídos de Liliana: Lorena Peña, su mejor amiga, esperaba un hijo de Alejandro.

Movida por los celos, y encolerizada ante su esterilidad, la muchacha le robó un certificado de embarazo del hospital de La Manga a una de sus vecinas. A su novio lo atolondró con la novedad de que iba a ser padre. Alejandro Férrans, sin profesar el mismo amor que sintió por ella alguna vez, se desentendió del compromiso.

Pero una tarde, cuando el sol barranquillero comenzaba a ocultarse entre los caracolíes de Nueva Colombia, la mamá de Liliana lo visitó en su casa. La vieja vendedora de cocadas —que había sufrido las vicisitudes de una vida sin marido— le entregó a su hija con todo y ropa. Desde ese día la astuta muchacha se consagró como novia oficial de Alejandro, y alcanzó el propósito de vivir en la residencia de los Férrans Altahona.

Apenas consiguió ser parte de la familia trató de comer y de beber hasta henchirse con el propósito de abultar su abdomen. Esa situación ya provocaba angustia entre los parientes de Alejandro porque Liliana acababa con la comida de los ocho habitantes de la casa. Pero por más que tragaba su barriga no parecía la de una embarazada. Cuando notó la desconfianza de Sandra Férrans, la hermana de su novio, a quien le faltaba un mes para parir, se vio obligada a actuar de otra manera.

Un día, a solas en su pieza, amarró meticulosamente una faja de lycra a su estómago. Luego empezó a rellenarla. Lo primero que le echó fue un par de overoles viejos, después, un vestido de flores de su suegra. Cada seis o siete días alguna prenda de los Férrans era sacrificada para engrosar la que se convirtió en una colosal bola de trapos.

Poco a poco, su estómago adquirió dimensiones sobrenaturales, por lo que inventó que no iba a tener un niño, sino seis. La idea que maquinó gracias al descomunal relleno resultaba perfecta. Con seis niños no solamente conseguía alejar a Lorena de Alejandro; las criaturas representaban también una fórmula infalible para retener a su novio. Ya no se quedaría sola en el mundo; la penosa hambre aguantada durante su infancia no volvería a asaltarla; tampoco le faltaría amor, pues a su lado tendría a un guardián que la haría feliz hasta el final de sus días. “Sería un diablo el hombre que abandone a su mujer después de hacerle seis hijos de una sola camada”, pensaba mientras planeaba la picardía más importante de su escasa edad.

Liliana Cáceres poseía una habilidad extraordinaria para el engaño. No sólo había fabricado su propia barriga; también actuaba como si estuviera embarazada. Cuando Georgina le servía huevos al desayuno fingía marearse con el olor; le imprimía verosimilitud a la escena cuando se paraba de la mesa y salía a vomitar. Justificada en el mal de antojos que sufren las hembras preñadas, comía varias veces al día. Pero no comía cualquier cosa: exigía carne o pollo, por lo que el bolsillo de su suegro se veía seriamente afectado. Sin embargo, en la vieja casa de paredes de tapia jamás rondó tanta felicidad. Todos esperaban ansiosos los bebés que partirían la historia de la familia en dos. Georgina no dudó ni un sólo minuto en gastar los 80.000 pesos que había ahorrado durante todo el año para ser la primera en hacerle un obsequio a sus nietos. Don Andrés animaba a su mujer en el cuidado esmerado hacia la muchacha para que la gente no tuviera de qué garlar. Con la futura madre se mostraba cariñoso y guardaba la ilusión de que los niños nacieran completitos y rebosantes de salud. Cada vez que la barriga aumentaba de tamaño, el longevo celador le compraba a Liliana una batola más grande que la que desechaba, pero le terminó comprando tantas que un día se vio en la obligación de hacerle una advertencia: “Mijita, los niños no pueden seguir creciendo porque ya no va a haber bata que te quede buena”.

La huida de la “barriga’e trapo”

A Liliana no le importaba avivar ensoñaciones ajenas con tal de apoderarse de su novio picaflor. Lo que nunca se le pasó por la cabeza fue ser dueña de la popularidad que consiguió. Había planeado el embarazo con la idea de irse a Cartagena cuando su invento apenas acariciara el séptimo mes. En la mitad del camino se bajaría del bus y se quitaría el relleno de su barriga abandonando los trapos en el monte. Luego visitaría a sus familiares en La Heroica, y cuando estuviera de vuelta en Barranquilla diría que había perdido a sus niños. Entonces pondría fin a su mascarada, pues ya habría recuperado el ansiado amor de Alejandro.

Pero la Providencia no le ayudó. Un lunes de noviembre, Manuel Pérez —periodista judicial del diario La Libertad—vio contornearse a la morena con una gigantesca barriga por el hospital universitario. Asombrado, el reportero pensó que detrás del bulto había un hecho informativo. Sin embargo, por razones que hoy él mismo desconoce, no abordó a la dueña del exótico vientre.

Al llegar a las oficinas del diario, el periodista les contó a sus colegas que había visto “la barriga más grande del mundo”. Admirado por la historia, Carlos Peláez —también reportero judicial— decidió buscar a Liliana por toda la ciudad. Luego de contactarla, y de hacer pública su historia, el invento de la joven adquirió un cariz noticioso cuyo desenlace cambió su vida para siempre.

Tras cometer su más grave pecado de amor y quedar al descubierto, la muchacha padeció en carne propia el costo de una fama mal ganada. El mundo ya no la distinguía como Liliana Cáceres; en cambio la envilecía bajo el remoquete de “la barriga’e trapo”. Alejandro Férrans también pagó las consecuencias del terrible yerro. Sus supuestos poderes seminales fueron el hazmerreír de medio mundo, pues pasó de ser el Macho Man de Nueva Colombia a un triste Macho’e Trapo de por vida.

Sin darle la cara al desvalorizado hombre, Liliana decidió huir de su natal Barranquilla. No había permanecido siquiera una semana en casa de su tío Raúl Cáceres, cuando un grupo de jóvenes del barrio cartagenero La Candelaria trataba de romper a pedradas el techo eternit de la vivienda. “Loca, salga pa’ lincharla”, le decían a gritos, con el ánimo de desafiarla. Tras la agresión, que sólo se calmó cuando se hizo presente la Policía, la joven tuvo que partir hacia otro lugar.

Fue a parar a una pensión del centro, en donde trabajó como mucama. Cambió su nombre por el de Carmen y se quitó el pelo sintético que tuvo durante el embarazo ficticio. Pensó que de esa manera pasaría inadvertida. Pero un día, cuando salió a la plaza de mercado de Bazurto a comprar sayas y calzado, la gente la reconoció. Entonces se vio ultrajada como nunca antes. “¡Barriga’e trapo! ¡Mentirosa!”, vociferaba la muchedumbre enardecida, mientras le tiraban pedazos de frutas y verduras. Pero eso le pareció poco comparado con la llamarada de candela que descendía por su cuerpo: una mulata alta y rolliza que atendía un puesto de comidas le había tirado un caldo de pescado hirviendo por la cabeza.

La cólera y la humillación la condujeron hasta una minúscula vereda ya desaparecida del departamento de Bolívar. Para su pesar, su fama había aumentado a raíz del alto número de barrigones disfrazados en su honor en el carnaval de Barranquilla. Ahí viene la marimonda, la danza del congo grande, viene la barriga’e trapo, ya la rumba está que arde, nos vamos a emparranda’, nos vamos a emborracha’.

Las canciones compuestas a su farsa la convertían en una especie de leyenda popular, así que eran muchos los que llegaban hasta su casa todos los días con el ánimo de conocerla en persona. La acosaban tanto que ella misma terminaba espantándolos desde una ventana a punta de baldados de agua fría. Pero llegó el día en el que se cansó de luchar contra la fama y su gallardía devino en agotamiento.

Volvió a partir. Esta vez se fue a vivir a una loma, cerca de los Montes de María. Consiguió trabajo en casa de unos amigos de su tío como empleada doméstica, y trabajó allí varios meses confiando en que el tiempo borraría su historia del mapa.

En un encuentro con su prima Josefina Cáceres, quien años atrás le presentó a Alejandro, Liliana se enteró de que su antiguo amor vivía al lado de Lorena Peña. La pareja tenía dos hijos; Alejandro había abandonado su trabajo de repartidor de gaseosas Postobón para convertirse en uno de los tantos mototaxistas que vagaban por las calles barranquilleras y, al parecer, eran felices.

Las novedades acrecentaban el odio de Liliana hacia su suerte. Pensaba que si no hubiera engañado a su novio, podría ser ella quien ocupara el lugar de su mayor enemiga. Pero ya nada concerniente a su pasado tenía solución. Fue en ese momento cuando entendió que ni los trapos ni los hijos eran excusas suficientes para retener a un hombre, porque para padecer el abandono de un amante sólo era necesario tenerlo al lado.

Cierto día una sorpresa irrumpió en su presente. Acababa de cumplir 21 años cuando conoció a Diógenes Parra, un joven pescador de buen talante que la enamoró en poco tiempo. Juntos se devolvieron a Cartagena. Allí vivieron en una pequeña casa de madera que el muchacho construyó. El lotecito de seis por seis lo obtuvieron gracias a la misericordia del programa social “El Minuto de Dios”, dirigido por el cura más televisado en Colombia: el padre Rafael García Herreros. Pronto tuvieron un hijo; entonces Liliana sintió por fin, desde el dolor de sus entrañas, lo que significaba parir de verdad. “Ese también debe ser de trapo”, le decían sus vecinos cada vez que salía a la calle. Pero cuando el niño nació todos comprobaron la verdad que encerraba esa barriga.

Después de Yoger, Liliana y Diógenes tuvieron otros dos niños. Aunque sobrevivían entre alcores de pobreza, a la familia nunca le faltaron dos raciones diarias de comida ni la fe en una vida mejor. Pero en medio de la escasez, la maldición coqueteó con el daño. Diógenes le anunció a su mujer un viaje que venía rondando en su cabeza tiempo atrás: se iría a la isla Margarita, por un periodo corto, con la ilusión de no seguir repartiendo un solo pescado entre una familia de cinco. Pese al dolor que implicaba tenerlo lejos, y confiada en el gran amor que los unía, Liliana aceptó. Pero hoy, dos años y siete meses después, no ha recibido ni una sola llamada del papá de sus hijos.

El presente de Liliana Cáceres

Escoge un gajo de pelo y lo divide en tres. Los dedos índice y pulgar se mueven entre tirón y tirón, adueñándose de cada mecha. Demora treinta segundos en acabar la trenza. Agarra un hilo rojo de una bolsa de plástico y ata las horquillas del cabello. La gringa del nuevo peinado afro, hospedada en el Hotel Dorado, le paga con un billete de 20.000 pesos.

Camina desde la playa hacia la carretera. El oleaje lento de su barriga apretujada denota cansancio. Liliana Cáceres está embaraza por cuarta vez. Mañana cumple seis meses. Todavía es esquiva a las ecografías, por lo que no sabe el sexo del bebé. Está segura de que si es niña se llamará Lindis, y si es niño, Junior, como su equipo de fútbol favorito.

Ya no les teme a las enfermeras, ni a los médicos, ni a su ex suegra. Les teme a los periodistas. Gracias a ellos su mentira fue un escándalo nacional y con el paso de los años se encargaron de supurar una llaga aún fétida. Acomodaron su vida, la discriminaron e hicieron caso omiso a sus denuncias: las burlas de otros medios, la exclusión que padeció y los motivos que la llevaron —con tan sólo 16 años— a engañar a medio mundo.

Ahora se dirige a su barrio, ese Minuto de Dios clavado en La Heroica, el caserío africano heredado por los oriundos de San Basilio de Palenque, quienes subsisten gracias al dinero que los extranjeros les dejan por sus trabajos informales en las playas cartageneras. Desde allí Liliana espera, como la paciente Penélope, el retorno de Diógenes o, tal vez, el de Ramón Cubillos, el vecino de quien fue novia durante tres meses y el papá de la criatura que ahora tiene en su barriga.

En sus ojos se adivina cierto desasosiego, el desasosiego usual que experimenta una mujer tras el abandono de su amante. Las pocas veces que ríe deja ver una sonrisa opaca, modesta, como los pardos abalorios que cuelgan de una cadena de hilo atada a menudo alrededor de su cuello.

Entra a su casa y un hedor a humedad no deja dudas sobre la contundente pobreza. Sus hijos la saludan batiéndole el vestido rosado que lleva puesto. Se dispone a prepararles el almuerzo y camina con parsimonia hacia el rincón izquierdo de su casa rectangular. Abre la nevera que compró gracias al dinero regalado por Juan Manuel Correal, “Papuchis”, cuando la entrevistó en noviembre de 2007 para el programa radial El Cocuyo. El frigorífico todavía está envuelto en el plástico con el que salió del almacén. Sin embargo, está prendido. En su interior no hay más que un par de naranjas y tres tomates a punto de fenecer. No saca nada, cierra la nevera de un golpazo, y en esas manda a pasar a la periodista que espera en la puerta.

En seguida le expone las razones por las que no quiere darle la entrevista.

Sueños de libertad

Publicado: 24 marzo 2009 en Leila Guerriero
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Una mujer antigua, el rostro roto de furia, lleno de pecas, grita perra, perra, perra, hija de perra, perra, perra. La empujan, la sacan a empujones de la sala.

Eso ya pasó. Ahora sólo se escucha el tironeo doloroso de la respiración de una mujer de veinte años vestida de beige, y la voz:

—En la ciudad de San Salvador de Jujuy, República Argentina, a los 10 días del mes de junio de 2005 y siendo horas 13 y 30 minutos, la Sala Segunda de la Cámara Penal de Jujuy…

La voz describe a los allí presentes: los vocales, el juez, la fiscal, la procesada.

—En el expediente numero 29/05, “Romina Anahí Tejerina, homicidio calificado, San Pedro”, luego de producidas las deliberaciones y por unanimidad fallan:

La voz respira en los dos puntos, y cae sin ímpetu sobre la siguiente frase:

—Punto uno: condenando a la procesada, Romina Anahí Tejerina, a cumplir la pena de 14 años de prisión por resultar ser autora material y responsable del delito de homicidio calificado por el vínculo, mediando circunstancias extraordinarias de atenuación…

Romina Anahí Tejerina, veinte años, vestida de beige, busca, entonces, la cara de la mujer antigua, Elvira Baños de Tejerina, su madre. Pero su madre no está: la han sacado de la sala por gritarle “perra” a la fiscal que pidió, para su hija, una pena de 25 años de prisión. Romina Anahí Tejerina busca, entonces, la cara de su hermana, Mirta Tejerina, de 46 años, docente, militante gremial. Pero su hermana tampoco está: la han sacado de la sala por gritar en contra de los jueces, de la fiscal. Romina Anahí Tejerina busca, entonces, lo único que le queda allí de familiar y encuentra a un hombre con sequedad de máscara que baja la cabeza y aprieta los ojos. Y cuando Romina Anahí Tejerina ve a su padre, empieza a llorar.

Diez minutos después, frente a micrófonos y cámaras de televisión, Elvira Baños de Tejerina dice, la voz agudizada por el llanto:

—La justicia divina me tiene que hacer justicia a mí. Mi hija… Nos han castigado como ellos han querido… Por Dios y la Virgen.

Mirta despotrica contra los jueces, contra la fiscal, y llora. Erica, la hermana del medio, llora. Florentino no dice nada.

Eso es todo. Es 10 de junio de 2005.

* * *

Es 2008 y hace dos meses que llueve en la provincia de Jujuy. El camino que lleva hasta la Unidad Penal Número 3, una cárcel de mujeres que comparte predio con la Unidad Penal Número 2, de varones, es barro puro. A un lado y otro hay alambre, y un paisaje que insiste en la inocencia: eucaliptus, árboles frutales. La Unidad 3 es una cárcel chica: hay 21 mujeres, algunas con sus hijos. El edificio tiene forma de U, celdas en torno a un patio con altar donde podría estar la Virgen, donde quizás esté. La entrada es un portón de rejas verdes, candado y pasador. Adentro, a la izquierda, hay una sala chica con tres ventanas. Dos dan al exterior y una hacia la prisión. Todas tienen rejas. La sala se llama “la sala de la televisión” y tiene un televisor.

—¡¡¡Tejerinaaaaaaaaaa!!! –grita una celadora vestida de gris plomo.
—Hola.

Romina Tejerina tiene los modos de las misses: da un beso y se acomoda el pelo detrás de la oreja.

—Uy, mirá qué lindo pajarito.

Al otro lado de la ventana, sobre la enredadera apretada a la reja, hay un zorzal.

* * *


Roberto Fernando. Así se llama el perro de Romina que Mirta Tejerina cuida en la casa de Alto Comedero, el barrio de las afueras de San Salvador donde vive con su hermana Erica desde 2004.

—Ahí lo tenemos al Roberto, para cuando la Romina salga.

La casa es la más coqueta de la cuadra, con plantas, toldo a rayas verdes y auto blanco en la puerta. Mirta es profesora de filosofía y psicopedagogía, tiene 46 años, el pelo corto rubión. Sus padres, Elvira y Florentino, se conocieron en el ingenio Río Grande. Allí vivieron durante años y tuvieron a los dos primeros hijos: Mirta y César.

—La vida en el lote del ingenio fue hermosa, pero difícil. Yo no me olvido de los cañazos de mi papá. Me daba cañazos por cualquier cosa. Igual, la de los golpes era más la mami. Mi papi lo que hacía era la agresión verbal. Si usaba tacos, si me ponía maquillaje. Por todo me decía que era una prostituta.

Mirta ya era adulta cuando la familia se mudó a San Pedro, la segunda ciudad más importante de la provincia. Allí su padre consiguió trabajo como recepcionista en el hotel Vélez Sarsfield, y nacieron dos hermanas más: Erica y, un año y siete meses después, el 24 de junio de 1983, Romina. Todos vivieron bajo el mismo techo hasta que Mirta cumplió casi 40.

—Sentí que tenía que crecer, que independizarme. Así que salí a buscar casa.

Y la encontró: en el barrio Santa Rosa, en la esquina de Polonia con República del Líbano. Era un chalet blanco con jardín al frente, adosado a otro exactamente igual donde vivía una familia de apellido Vargas. Se instaló allí y, para dar a sus dos hermanas lo que ella no había tenido (la posibilidad de una adolescencia leve) las invitó a vivir con ella. Las dos dijeron que sí.

—La Romi era negociadora. Decía “te hacemos esto si nos dejás ir a tal lugar, o al baile”. Yo me pregunto si no pude haber incidido en lo que hizo. Yo decía: “Si alguna de las tres sale embarazada, ese niño va a nacer”.

* * *


Romina Tejerina tiene pelo lacio brillante ala de cuervo natural que insiste en teñir de chocolate oscuro. Los dedos morenos de gestos elongados, los zapatos de charol negro, la camiseta azul eléctrico.

—De chiquita era muy tímida. En el jardín me hacía la pis y mi mamá me llevaba a mi casa a coscorrones. Después me solté, pero ya no soy la misma de antes. Ahora cocino, lavo. Por eso digo, capaz que Dios me puso acá por algo. Yo me escapaba del colegio y me iba a los videojuegos. Pero mi papá era tremendo. Decía que si salen a bailar son putas. Y estaba todo el día con qué dirán los vecinos si ustedes vienen embarazadas.

* * *

San Pedro es una ciudad de ochenta mil habitantes y fama de cierto peligro. La casa donde viven Florentino y Elvira, los padres de Romina, está lejos del centro. En el living hay un aparador, una heladera, un sofá con dos muñecas de ojos tiesos. Florentino ya no lleva el pelo cano, sino pintado en una espuma negra y sólida. A sus 73, trabaja como recepcionista de hotel, de 22 a 8.

—Con la Romina mucho gasto tenemos, y con la jubilación no alcanza.
—Uno por darle el gusto, ¿ve? –dice Elvira–. Esa chinita es terrible. Siempre con la ropa. No le importa otra cosa. Medio vaguita era. A veces yo le decía: “¿Cuántas materias te llevás?” Y dice no, dos, tres. Y a veces le mirábamos el boletín y todas las materias se llevaba.
—Sí, pero no es como dicen que somos violentos. Yo nunca lo golpié. Mi mujer, a veces. No le dejábamos salir, eso sí. Ahora, ya cuando vivían con la Mirta, a mí me parece que por a lo mejor, puede ser que se escapaban para ir a bailar. A pesar de eso yo jamás le dije a la Mirta “vos sos la culpable, por descuido tuyo”. Porque si ella hubiera estado acá, eso no ocurría. Pero ya pasó.

* * *

Jujuy no es cualquier lugar. Un informe de la Secretaría de Planificación del Gobierno de la provincia dice que está un 74% por encima de la media nacional en el rubro de delitos contra la integridad sexual y que tiene la mayor tasa de mortalidad materna del país: 16 por mil, seguida por Chaco (13 por mil), Misiones (12) Formosa (11) y La Rioja (10), según datos del Indec. El resto de las provincias tiene tasas por debajo del 7 por mil: eso significa que Jujuy produce más del doble de muertes que la mayor parte, y no precisamente como consecuencia de un parto. Ricardo Cuevas, jefe de la Unidad de Ginecología del hospital Pablo Soria de la ciudad de Jujuy, dijo al diario electrónico Jujuy al día que “muchas de las causas de la mortalidad materna en la provincia son debidas a muertes por abortos”. En ese hospital, hasta 2007 se atendían 3.000 casos por año relacionados con esa práctica, pero ese año entraron 1.500. Apenas cuatro mujeres a punto de morir por día. 

* * *

La luz se cuela como una baba fina en la sala de la televisión. Afuera, el cielo parece una bolsa ominosa, a punto de rasgarse.

—Qué flaca sos vos. ¿Qué talle tenés? A mí me encanta la ropa. ¿Vos ya desayunaste? –dice Romina.
—Sí.
—¿No querés comer algo?

Romina sale y regresa con una pila de pasta frola. Corta trocitos con los dedos y se los pone en la boca con elegancia de pájaro suntuoso.

—Mi peso normal era 48 kilos. Ahora peso 51. En el embarazo casi igual estaba. Cuando le conté a la Erica, mi hermana, le dije que no le cuente a nadie. Yo medio como que la tenía sometida. Ahora cambió, porque antes era como una esclava mía. Pero no aumenté mucho. Lo que sí tenía era mucho deseo de sandía. Por eso es que la bebé sale limpita. ¿No ves que dice mi mamá que estaba relimpita? Porque la fruta te limpia.

* * *

Es de noche; la lluvia cae con furia. Al barrio de Alto Comedero, donde viven Mirta y Erica, no llegan los remises cuando llueve, así que Erica ha bajado hasta el centro en colectivo y no tiene una brizna de barro en la ropa, melena lisa y negra, ajustada como un casco.

—Ahora estoy más responsable. Antes dejaba todo por salir a divertirme, a joder con Romina. Yo era tímida. Era como su sirvienta, su esclava. Pero cambié. Ya no es como aquellos años de San Pedro, que era bailar, bailar, bailar. Cuando la Romina me dijo lo que le pasaba no sabíamos qué hacer. Nos habían dicho de un médico que le podía hacer un raspado, pero cuando lo fuimos a ver nos dijo que era menor y que necesitaba la autorización de un adulto. Y después no se le notaba nada. Si ella iba al gimnasio con la Mirta hasta el último momento.

Erica estudia enfermería en la Cruz Roja. Allí, dice, ha visto cosas inimaginables. Pero, así y todo, cuando le vienen imágenes de esa noche –ella abrió la puerta: fue la primera que las vio– las aparta.

—Y mirá que yo he visto cosas.

* * *

Cada 1° de agosto el noroeste argentino celebra la fiesta de la Pachamama y, en toda la región, se ofrenda a la madre tierra para que prospere ganados y cosechas durante el resto del año. El día que Romina siempre ha mencionado como el día en que empezaron todas sus desgracias es uno de esos días de fervor: 1° de agosto de 2002. 

* * *

El comedor del penal es grande, con la acústica helada de los gimnasios de colegio. Romina está acodada sobre una mesa, mirando los árboles, la lluvia. Después de una infancia tímida y una primera adolescencia difícil, empezó a tener una vida distinta: igual a la que tenían sus compañeras de colegio.

—Me llevé todas las materias. Con la Erica salíamos a bailar, tomaba cerveza, pero ya cuando me sentía un poco mareadita trataba de dejar.

El 1° de agosto de 2002, cuando todo Jujuy celebraba Pachamama, dice que pasó lo que pasó: que fue a buscar a Erica a un boliche llamado Pacha, que no la encontró, que en cambio un hombre la sacó a la fuerza y que, después de llevarla a un descampado, la habría violado. El hombre habría sido Eduardo “Pocho” Vargas, por entonces su vecino y habitante del chalet contiguo a la casa en la que ella vivía con sus hermanas.

—Volví a mi casa llorando, pero no dije nada. Después no quería salir, de miedo a que me agarre de nuevo el tipo. Todos piensan no, que Romina salía a bailar, usaba polleras cortas, pantalón ajustado. Pero eso no quiere decir que uno quiera… Pero la mayoría de la gente no lo ve así.

El atraso llegó cual alarma lejana. Como era irregular, pensó que podían ser los nervios o la primavera. Después, a medida que pasaron las semanas, un pánico sordo empezó a reclamarla desde el fondo del tiempo para decirle que, ahora sí, lo que más temía estaba sucediendo.

—Entonces le dije a la Erica. Yo veía que me crecía la panza, pero no tomaba conciencia.

Su vida no cambió mucho: salía a bailar, trataba de vestirse con ropa amplia. Los dolores empezaron el sábado 22 de febrero, a la noche, en casa de su hermana Mirta.

—Pensé que no podía ir al baño. Siempre fui seca de vientre. Así que a la madrugada del domingo, como a las seis, le pedí a la Erica que me acompañe a comprar chicles laxantes.

Tomaron un remise, fueron al centro. De regreso, Romina se comió, entera, la tableta de chicles.

—Y eso fue peor. Eso apuró más. Tenía los dolores igual. Horribles. Por Dios, no sabés lo que era. Caminaba así en la habitación y Erica me miraba y yo le decía: “Me voy a matar”. Me estaba enloqueciendo, era horrible.
—No pensaron que podía ser el parto.
—No. Ninguna de las dos. No sabía nada yo de esas cosas. Y ahí fui al baño, porque yo pensaba que iba a defecar. Pero ni ahí. No era eso.

Entró, cerró la puerta, se sentó en el inodoro, parió una niña, la puso en una caja y, cuando se le cruzó la cara de su violador, con un cuchillo le dio no se sabe cuántas puñaladas.

—Lo único que me acuerdo es el llanto de la bebé, y después la imagen de la cara del violador que se me cruza. Ahí es cuando yo agarro ese cuchillo y empiezo… No me acuerdo ni dónde fue ni cómo fue. Totalmente ida. Por eso tengo imágenes así que se me vienen a la cabeza, de sangre, pero trato de no pensar. Erica llegó y dice que yo estaba pálida, ensangrentada.

Mirta pensó que habían abandonado un bebé en la puerta de su casa: entredormida, escuchó el llanto.

* * *

El cielo deja pasar los rayos de un sol licuado, enfermo. En el living de su casa, en San Pedro, Elvira y Florentino dicen que la criatura era blanca blanca.

—Ahora vemos a las criaturas de dos, tres años, y decimos mirá como nos hubiese venido de bien la criaturita –dice Florentino.
—Nosotros la hemos puesto en un cajoncito –dice Elvira–. Que han dicho que nosotros la hemos tirado como un perro. Nosotros la hemos puesto en un cajoncito, con vestido y todo. Y la pusimos en un terrenito.
—Yo fui a retirar el cuerpito. Los ojos bien verdosos. Y el color de piel blanca. Bonita.
—Uno ha hecho lo correcto. Y lo correcto, peor es.
—Mucha gente nos dice: “¿Ve?, usted no tendría que haber hecho eso”.
—Claro. Hasta ahora a veces me siento culpable. Porque fui yo que llevé, que agarré con un toallón y llevé y en el hospital me recibieron.
—No, pero yo digo que se ha hecho lo correcto. Hay miles de casos que lo llevan a un cementerio de esos viejos o lo entierran en el patio. Nosotros no.
—Y dicen que tenía 24 puñaladas. Pero en el cuerpito no tenía mucho. La cabecita, nomás, tenía así, pelito y como lastimadito. Y después han dicho que dependía de ella, de la bebé. Que si ella se salvaba la Romina se salvaba.

* * *

Cuando Erica abrió la puerta del cuarto de Mirta y le dijo que Romina había tenido su bebé, Mirta corrió sin entender por qué corría. Después vio un charco rojo y a Romina atrás de la cortina del baño.

—Corrí a llamar por teléfono a la vecina de mi mami para que mi mami venga urgente.
—Chillaba fuerte la bebé –dice Elvira–. Y la envolví en toallones; dice que iba con la placenta, y nos hemos ido con la Mirta al hospital.
—Nos fuimos al hospital. Y ahí surge el nombre de la bebé, Milagros Socorro.
—Yo me quedé higienizándola a la Romi, y ella decía que se quería ir, como que sospechaba algo –dice Erica–. Decía: “Vamos, vamos”. Y yo le decía: “No sé, mamita, dónde te vas a escapar”. Y no dijo nada más. Y después volvió mi hermana y la llevaron al hospital.

Mirta y Elvira llamaron a Florentino, que, si le quiso pegar, no tuvo cómo: cuando llegó al hospital, Romina ya estaba detenida, con custodia.

—Cuando le pregunté a la doctora –dice Mirta– me dijo que había tenido que actuar bajo deber y que por eso llamó a la policía. Mi hermanita me ha echado en cara, sí, como diciendo que porque nosotros hicimos lo que hicimos ella está ahí. Pero hay que entenderla. Eso lo decía en momentos de mucho dolor. Ahora ya no.

Milagros Socorro Tejerina murió el 25 de febrero. Romina Tejerina permaneció dos semanas en el hospital y fue trasladada a una comisaría de San Pedro. A mediados de abril la llevaron a la Unidad Número 3, donde estuvo los últimos cinco años.

* * *

—En la causa de violación nosotros pedíamos producir determinadas pruebas –dice Mariana Vargas, la abogada defensora de Romina Tejerina–, pero ellos nos planteaban que eran inconducentes y presentaban otras, en general menos científicas, con el fin de probar que Romina mentía.

En el mes de agosto de 2003 el hombre a quien Romina señaló como su presunto violador fue detenido durante 23 días y, en el juicio que se inició en su contra, fue sobreseído.

El juicio oral por la causa de homicidio comenzó el 5 de junio de 2005 y se extendió hasta el día 11. La perito de parte María Teresa Fernández determinó que Romina no era consciente de sus actos porque padecía estrés postraumático, producto del ataque sexual, y que, al momento del nacimiento, estaba en estado de psicosis aguda; la fiscal Liliana Fernández de Montiel consideró que no había “prueba alguna que sostenga que la beba haya nacido producto de una violación”, sostuvo que Romina había actuado en pleno dominio de sus facultades y pidió 25 años de prisión. La defensa pidió la absolución.

—El eje de la fiscal –dice Mariana Vargas– fue que una piba que iba a bailar, que se ponía una pollera corta, en realidad provocaba una violación. Y toda piba que haga eso, que es la mayoría de la juventud, si la violan, que se joda.

Finalmente, los jueces Antonio Llermanos, Héctor Carillo y Alfredo José Frías consideraron que la joven había vivido una “infancia plagada de violencia tanto física como moral”, que “se encontraba sola esperando un niño sin padre [conocido]” y que “no tenía apoyo familiar”. Gracias a esos atenuantes la condenaron a 14 años de prisión. Desde entonces, diversas organizaciones feministas de la Argentina y del mundo organizaron marchas por la liberación de Romina Tejerina. En 2005, León Gieco incluyó en su álbum Por favor, perdón y gracias la canción Santa Tejerina , y Miguel Míguez Agraz, abogado defensor de Eduardo “Pocho” Vargas, acusó a Gieco de “apología del delito”. Actualmente, la causa está siendo revisada por la Corte Suprema. Al cierre de esta edición, aunque era inminente, aún no se conocía con certeza el resultado. Las posibilidades eran tres: la absolución y la libertad inmediata; la reducción de la condena y, por tanto, la libertad inmediata; la confirmación de la condena.

* * *

—Así es.

Romina mira el suelo. Son las cinco de la tarde y ella, como todos los días, ha dormido la siesta, larga.

—Ahora ya estoy acostumbrada, pero acá lo pasé mal cuando llegué. Yo venía con una valija que pensaba que esto era, no sé, a la casa de Gran Hermano. Me dieron una manta llena de chinches, y al otro día me desperté hecha un monstruo. Yo, que nunca había hecho nada, me mandaban a lavar las ollas, cortar el pasto con machete. Y de “guasa” no me bajaban. Acá, a las que están presas por matar a sus hijos les dicen “guasa”. “Asesina”, “comeniños”, me decían. Me habían puesto en el pabellón de las madres para ver cómo yo me relacionaba con los chicos. Y las madres me miraban raro. No me querían dejar con los chiquitos. Yo les decía “no soy un monstruo, no soy mataniños”. Yo hice lo que hice porque me pasaron muchas cosas. Pero no porque hice eso ahora voy a matar a todos los niños que encuentre.

El nene es cilíndrico, simpático. Se llama Tomás, tiene un año y corre hacia Romina, sentada sobre un tapial en el patio de la Unidad 3. Grita “ma, ma, ma, ma” y se estrella contra las piernas de Romina, que lo alza y le da besos en los mofletes enrojecidos.

—Es el hijo de la chica que está conmigo en la celda. A veces me lo deja y viene mi familia y mi papá se va a jugar a la pelota con él, y yo lo miro y digo “chu, cómo cambió todo”. La verdad que me hubiera gustado tener a la bebé y que todo hubiera sido diferente. Y yo le digo a mi mamá que cuando salga seguro me hago un bebé para que tenga un nietito.
—¿Tu mamá qué te dice?
—“Vos tenés que estudiar.” Me da bronca cuando hablan mal de mi familia, porque yo antes le planteaba a la Mirta por qué había hecho eso, que si no fuera por eso yo no estaría acá. Y ella dice: “¿Pero vos qué querías?, ¿que quede como que no pasó nada?, ¿sabés el cargo de conciencia mío y tuyo y de toda la familia?” Tiene razón. Mi familia intentó salvarle la vida, y eso muchos no lo ven. Uy mirá.

Al otro lado del alambre, sobre los árboles de frutos que no tienen fruta, un rayo blanco: una paloma.

—Acá tenemos una superstición. Que cuando viene una palomita blanca es que alguien va a salir en libertad. Ojalá esa paloma sea para mí. Yo reconozco que hice las cosas mal, pero lo tendrían que haber detenido también al violador. Y yo no merecía la cárcel, porque lo que hice fue por todo lo que me había pasado. ¿Vos tenés hijos, sobrinos? Mi hermana Erica tiene su novio, ¿te contó? Yo le pregunto cuándo te viene, le digo cuidate, que si lo hacés con preservativo, ¿ves? Si mi hermana la Erica se queda embarazada, y ella no se anima a decirle a mi mamá, yo de una le digo.
—¿Y si ella te pide que no cuentes, ¿no te parece que la vas a traicionar?
—Sí, pero es mejor que sepan ellos antes de que mi hermana haga cualquier locura. Aparte, me encantaría.
—¿Qué cosa?
—Tener un sobrino. Yo le digo a la Erica: “Andá acelerando eso, mamita, porque se te van los años, eh”. Hace falta un baby en la casa. Me da miedo tener otro hijo a mí. El dolor ese es horrible. Me da miedo por el dolor y por la reacción mía. Porque no sé si estoy preparada para ser madre. Pero a mí me parece que va a ser completamente diferente tener un bebé con la persona que yo quiero que tener un bebé con un persona que te agarra a la fuerza. ¿Mañana volvés?
—Sí.
—Mañana te muestro el libro que estoy escribiendo.

* * *

El libro es un cuaderno de colegio. En la tapa, una jirafa amable, y sobre su rostro amarillo, el nombre en lapicera: Romina Anahí Anahí Anahí. En los márgenes, la misma frase escrita con diversa caligrafía: “La libertad es un lujo que no muchos se pueden dar”

—¿Lo querés leer? –pregunta.
—¿En voz alta?
—Sí.
—Bueno. “Soy Romina Anahí Tejerina. Nací el 24 de junio de 1983. Tengo 23 años. Era una niña muy timida…”
—Era un desastre. Me hacía la pis. Mirá, pasá más adelante.
—“Tenía unas ganas de decirle a mi padre que iba a ser abuelo, pero a su vez también tenía miedo, no me animaba porque siempre decía que si nosotros llegábamos a estar embarazadas nos iba a echar de casa. Ese 23 de febrero, estaba con mi hermana y ya estaba con un poco de dolor de panza. Hasta que en un momento le digo a la Erica que me acompañe a comprar chicles laxantes. Para mí era porque estaba seca de vientre. Llegué a mi casa, tomé una tableta para ir al baño, me moría de dolor, luego me senté en el inodoro y expulsé. Sentí el llanto pero lo sentía lejos de mí. Miré hacia abajo y…”
—¿No tenés caramelito?
—Chicles de menta tengo.
—Bueno.
—“Miré hacia abajo y se me cayó la bebé y inmediatamente se me puso la cara del violador. Agarré un cuchillo y pensé…” ¿Qué dice acá?
—A ver… No sé.
—“En ese momento me puse detrás de la cortina del baño. Luego la llevan a la beba al hospital y después me volvieron a llevar a mí. Cuando entré a la maternidad yo sentí el llanto del bebé. Va a verme mi mamá al hospital y me dice que mi bebé ya había fallecido. Me puse mal. Eso ya implicaba muchas cosas.”

Hay páginas arrancadas, una lista de compras (espiral, guantes, pasta dentífrica, una máquina de afeitar, dulce de leche, una pinza de depilar, azúcar, jugo, yogur, bizcocho, jabón de tocador), y una anotación: “Anoche tuve una pesadilla muy fea de un gato que me quería sacar de la cama”.

—Horrible. Yo gritaba: “Sálvame, mamá”. Pero no me salía el grito.

* * *

Hasta 1994, el infanticidio estaba previsto en el artículo 81, inciso 2 del Código Penal, que atenuaba la pena a la mujer que asesinaba a su hijo dentro de los 40 días posteriores al parto, considerando los delitos sexuales contra las mujeres como una mácula en el honor de sus esposos. Por reclamo de varias legisladoras el artículo fue abolido. Eugenio Zaffaroni, hoy ministro de la Corte, fue el primero en advertir sobre el riesgo que implicaba la abolición, quizá porque sabía que lo que en Palermo o Barracas ya no es deshonra, sigue siéndolo en buena parte del territorio nacional. Sea como fuere, la figura de infanticidio quedó derogada, el delito se tipificó como homicidio calificado por el vínculo, la condena trepó de tres años a cadena perpetua y Romina Anahí Tejerina está donde está –o estuvo donde estuvo–, entre otras cosas, por eso: porque lo que hizo lo hizo después de 1994.

* * *

—Ayer con mi mamá hablábamos del tema del cementerio. Yo estaba pensando si lo pueden trasladar, me entendés, a la nena, al cementerio de la Mendieta. Porque si yo salgo, que ojalá que sí, en el cementerio de San Pedro, donde está, me voy a encontrar con cada una cuando vaya.

Mi hermana me dice que me van a tener que poner una guardia, que me voy a tener que disfrazar. Pero yo no quiero entrar disfrazada. Yo quiero ir tranquila. Yo quiero estar un rato ahí tranquila. Yo sé que eso me va a tranquilizar un montón. Porque, sea como sea, salió de mí, salió de mi vientre, y yo necesito ir al cementerio para pedirle perdón y muchas cosas.

Mira los árboles, dice “mirá la paloma, ojalá sea para mí”, pregunta si esas botas son caras, si “me prestás cinco pesos para una gaseosa”.

—Hay un viejito que cuida el cementerio, y dice que le pide a la bebé, y es remilagrosa. Y por ahí me pongo a pensar y digo me hubiera gustado que ella estuviera conmigo, o pienso que podría haber tenido cinco años, estaría caminando y estaría yendo al jardín.
—¿Te cuesta llamarla por el nombre?
—No. Milagros Socorro. ¿Ves?
—Sí.

Era el 16 de abril de 2003 en el hospital Guillermo Patterson de San Pedro, Jujuy, y la vida transcurría sin que nadie fuera capaz de imaginarse nada. Los enfermos dormían, el suelo apestaba a lavandina, y diez embarazadas hacían fila para que la doctora Mónica Torres de Pilili las atendiera de una vez. Ventanas afuera, San Pedro amanecía como de costumbre: con una luz diáfana y ciega, que les da a las montanas una nitidez que luego se pierde en el transcurso del día. A las ocho de la manana, entonces, a la hora en la que todo parece más claro que lo habitual, una enfermera se acercó a Torres de Pilili casi sin aire.

- Llegó una bebé toda con sangre, doctora. Toda, toda, recién le salió a la chica y está muy pequeñita, como que le salió antes de tiempo.

Estaba envuelta en una toalla y la traían dos mujeres con la cara rota por el susto. Decían que acababa de nacer. Que la madre había parido en el inodoro de la casa y que aún seguía en el baño, enajenada, como si alguien la hubiese abierto y embalsamado allí mismo.

- No sabíamos que tenía a la bebé adentro. ¡Si no se le notaba! Nunca dijo nada, mi Dios, no sabíamos nada y ahora la Romina sigue allá, está como idiota, como ida, llena de sangre.

Dijo la madre de Romina, que se llama las cosas de la vida Elvira Baño.

Elvira jamás supo que su hija estaba encinta. Tampoco lo supo Florentino Tejerina, el padre, ni Mirta, la hermana veinte años mayor. Casi nadie en San Pedro sabía de este tema. La única que estaba al tanto era Erica, la hermana más cercana en edad (Erica tenía 22, Romina 18), pero había callado todo con una fidelidad de acero.

- Si decís algo a los papás, me mato.

Le había dicho Romina. Y Erica no habló.

Durante siete meses, Romina se envolvió con una faja y logró disimular su panza. No había mucho que esconder, de todos modos. Pesaba 46 kilos y las tabletas de laxantes que tomaba a diario la ayudaban a perder en líquido lo que ganaba en carnes. El 15 de abril a la noche, acompañada por su hermana confidente, tomó una tableta entera y se dejó llevar. A las siete de la mañana se sentó en la taza sin saber que iba a parir.

Más adelante, Romina contará que no recuerda ese momento. Que no sabe cómo se cortó el cordón umbilical, ni cómo es que la beba pasó del inodoro a un toallón blanco. Romina mira hacia atrás y esa mañana es nada. O casi nada.

- Sólo me acuerdo del llanto del bebé. Eso, nomás.

La primera imagen que aparece, casi en sueños, es la del hospital: Romina veía todo rojo.

- Qué te hacés la nerviosa, la mosquita muerta – le dijo la doctora Torres de Pilili-. Mirá lo que hiciste, loca.

La sangre no era sólo del parto: después de una breve inspección, Torres de Pilili supo que la beba había sido acuchillada.

René Reyes, un policía del hospital y amigo de la familia Tejerina, se agarró la cabeza. Empezó a llorar y a invocar a Dios.

- Virgen santa, qué hiciste, Romi, Dios mío, Dios mío, pónganle un nombre al menos, pónganle Milagros del Socorro.

Dijo.

Todos le hicieron caso. Milagros del Socorro murió dos días más tarde.

***

La noticia recorrio San Pedro no tanto porque fuera grave –suelen pasar cosas así en la zona– sino porque San Pedro es chica. La ciudad, en rigor, tiene 70 mil habitantes, pero no queda claro dónde está toda esa gente. Aun en la zona céntrica –cinco cuadras llenas de autos y comercios– los sonidos llegan desde lejos, como si no tuvieran suficiente masa donde rebotar. Y no es sólo una cuestión sonora: en San Pedro la vida entera parece aminorar el paso. En el pueblo hay tiempos lerdos, animales dormidos, una iglesia, un hospital, una intendencia, algunas radios, una plaza principal. Hay también dos boliches, Pacha y Metrópoli, que le dieron al lugar una fama en todo Jujuy: se dice que en San Pedro, a 63 kilómetros de la capital, la noche se mueve más que cualquier otra en la provincia.

Los boliches no son gran cosa. Vistos de afuera, Metrópoli parece un cine porno y Pacha –con acento en la primera “a”– podría pasar por un galpón clausurado. Justamente en Pacha, detrás de un portón sucio de óxido y afiches rotos, solía bailar Romina. Y dicen que bailaba bien.

Cuando iban las bandas tropicales, hasta la subían al escenario para que ella bailara dirá después Mirta Tejerina, docente, militante gremial y hermana mayor de Romina. Y yo admito que le daba permiso para bailar. Mamá me dijo después: “¿Por qué le dabas, Mirta, por qué?”, como si eso hubiera sido la culpa de todo.

“Todo” es que el 1º de agosto de 2002, Mirta autorizó a Romina y a Erica para ir a Pacha. Erica salió primera y, horas más tarde, Romina fue a buscarla al portón, pero no la encontró. En ese instante, y en circunstancias que aún no quedan claras, Romina habría sido arrastrada por un hombre hasta un Renault 9 color rojo, habría sido amenazada, y habría sido violada poco después.

El hombre habría sido Eduardo Pocho Vargas, un tipo veinte años mayor que ella que vivía medianera de por medio con Romina. Ante la Justicia, Vargas diría, catorce meses después, que Romina entró en el auto y se dejó avanzar con gusto. Pero Ro- mina no recuerda el gusto: dice que Vargas le tapó la boca, que la violó, y que amenazó con matar a toda su familia si ella se animaba a gritar.

Romina no gritó.

Volvió a su casa en silencio.

La familia supo todo siete meses más tarde, cuando Romina parió en forma prematura y protagonizó una escena digna de Hitchcock. En un brote psicótico, vio en el bebé la cara del violador, tomó un cuchillo Tramontina estaba allí para raspar el verdín de los azulejos y le dio diecisiete puñaladas.

Desde entonces, romina esta presa en la Unidad 3 de San Salvador de Jujuy, a la espera de un juicio oral en el que probablemente le den 25 años de prisión bajo el cargo de homicidio agravado por el vínculo. Su supuesto violador, en cambio, estuvo veintitrés días demorado y le acaban de confirmar el sobreseimiento. Por esta paradoja, el caso Tejerina cuenta con un respaldo inédito en la Argentina. Más de cincuenta organizaciones no guberna- mentales, nacionales e internacionales, pidieron su liberación, y hasta la Corriente Clasista y Combativa de Carlos “El Perro” Santillán hizo causa común con Tejerina, a tal punto que le puso la abogada.

Se entiende ese interés: detrás de Romina asoma una polémica en torno del infanticidio, una figura jurídica que estaba contemplada hasta 1994, y que disminuía la condena para las mujeres que mataran a su hijo durante el parto o inmediatamente después si lo hacían “para ocultar su deshonra”. En caso de infanticidio, la pena era de 1 a 6 años de prisión. Pero, en 1994, el Congreso derogó esta figura con el argumento de que “ni la honra ni el honor se comprometen hoy en el parto”, y el mismo hecho pasó a ser un homicidio agravado por el vínculo, al que le cabe la máxima sanción que prevé el Código Penal.

La defensa –encabezada por la abogada Mariana Vargas– pide la liberación de Romina; argumenta que la violación le ocasionó una negación del embarazo, y que esa crisis generó en la chica un episodio psicótico que desembocó en homicidio. El juez Argentino Juárez, en cambio, procesó a Romina sosteniendo que no es inimputable porque “tuvo intención homicida para con su hija antes del hecho, cuando quiso abortar en reiteradas oportunidades y también al momento del parto”.

Jujuy lidera el ranking nacional de mujeres con –diría Juárez– “intención homicida”. La forma que tiene el Estado para medir esta práctica es el índice de mortalidad materna, que en la provincia trepa al 2 por mil, una cifra que duplica y triplica los números del Centro y el Sur del país. Y esto no es porque las mujeres mueran al parir: mueren complicadas en intentos de aborto. El derecho de pernada de padres, padrastros y patrones hizo que en el Norte los hijos no sean, necesariamente, fruto del amor y las buenas costumbres que defienden los jueces. En muchas zonas de Jujuy, las madres y los hijos nacen y mueren del mismo modo que nacen y mueren las llamas y los perros: sin mucho espamento.

Los diarios de San Pedro siempre cuentan esas historias: está la del padre que vivía en el ingenio La Esperanza, que dejó embarazada a su hija, y que zafó de la cárcel porque su mujer –mamá de la criatura– fue llorando a la comisaría pidiendo que lo suelten, porque el hombre era sostén del hogar. Uno de los últimos chismes es el del barrio Albornoz: hace poco una chica se abrazó a un poste, parió a su hijo como quien escupe, y después se fue andando, como si nada, mientras que al cuerpito se lo comieron los perros. Por este tipo de casos, en San Pedro ya es famosa la pregunta que Elsa Colque, maestra y militante de la Corriente Clasista y Combativa, hizo durante un discurso en defensa de Romina: “¿Ustedes saben?”, quiso saber. “¿Ustedes saben cuántos fetos hay enterrados en los fondos de las casas?”

La casa donde vivia romina queda en el barrio Santa Rosa de Lima, y es una construcción blanca, de tres ambientes y paredes despintadas, ubicada en el cruce de dos calles en las que abundan el polvo y los perros. Hoy vive allí una mujer ajena a la familia: su mayor preocupación consiste en juntar dinero para cambiar el inodoro.

- Nos mudamos con lo justo y no puedo ni mirar ahí. Me da asco. Yo acabo de tener una bebé y ya le dije a mi marido: “El inodoro se va de esta casa”.

Explica. Y no explica más nada.

Desde marzo de 2001 y hasta el 16 de abril de 2003, vivieron allí las tres hermanas Tejerina. Esa casa era la síntesis de una emancipación familiar: a los 39 años, Mirta Tejerina había decidido abandonar el nido paterno. Llegó a la casa nueva en calidad de cuidadora, y pocos días después sus dos hermanas, Erica y Romina, se fueron con ella.

Yo las llevé conmigo porque quería otra vida para las chicas. No hablo de libertinaje, pero yo tuve una juventud tan… Mi papi está por cumplir los 70 el mes que viene, mi mami tiene 64. La diferencia generacional es grande Yo no quería lo mismo para ellas.

¿Qué es “lo mismo”?

- Hoy, a mis 42 años, estoy sola. En la casa de mis papis el sexo era eso sucio, eso peligroso, eso horrible, eso pecaminoso. Ellos decían que si un día nosotras nos aparecíamos embarazadas a mi papi le iba a dar un derrame cerebral. Eso decían. Por eso la Romi nunca contó nada, porque… ¿y si el papi se nos moría? Y además estaba el miedo a los golpes de la mami. Mi mami me pegaba a mí de chica, lo pegaba a mi hermano Julio César, que ahora tiene 35, lo pegaba con la sartén. Y también las pegaba a mis hermanas. Y yo pensé que si ellas venían conmigo iban a tener una juventud mejor.

Nadie puede imaginar que Mirta tiene 42 años. Aun vista de cerca parece una muñeca joven y herida: tiene flequillo castaño, uñas pintadas de rosado, y unos ojos que se abren y cierran como si tuvieran párpados de pez: nunca parecen cerrarse de verdad. Mirta pestañea y hace esfuerzos para no llorar, mientras ceba mate en la cocina de su nueva casa. El 14 de noviembre de 2003 se mudó con Erica a San Salvador de Jujuy, a un lugar pequeño y de aires tranquilos al que Mirta llama “nuestro refugio”. Mirta quiso irse cuando la vida en San Pedro se le volvió insoportable.

- A mi hermana la juzgan en San Pedro porque no era una ignorante absoluta, ¿no? Y a mí me da tanta bronca. Yo siento que mucha gente disculparía a Romina si tuviera puesta la pollera de siete colores. Y cuando ven que no, que es una adolescente común que sufrió una tragedia, entonces se ponen con la moral y el dedito. Me acuerdo de una charla con un diputado de San Pedro: “Es que estas chicas salen de noche”, me decía. “Y esas polleras cortas, y esa música que bailan, y estos jóvenes que consumen alcohol.” Sí, mami. ¡Decía eso! Decía lo mismo que el intendente de San Pedro. ¿Sabés lo que nos dijo el Julio Moisés en una charla, a la abogada y a mí? Que las mujeres violadas no existen. Que todas quieren. Si yo me pongo a hablar de los funcionarios de acá… El día del hospital, cuando a mi hermana la detienen, estuvimos todo el día buscando al juez de turno, el Argentino Juárez, para que nos permitiera ver a Romina. Horas estuvimos dando vueltas por San Pedro. ¿Sabés dónde lo encontramos? En el casino. Porque la única forma de encontrarlo es ahí.

El caso de Romina está dividido en dos causas, que son tratadas por dos jueces distintos de San Pedro. El homicidio cayó en el juzgado de Argentino Juárez, y la violación en el de Jorge Samman, un juez que, antes de absolver a Eduardo Vargas, preguntó a los testigos cuáles eran los hábitos de Romina: si tomaba alcohol, si vestía polleras cortas y si actuaba con los hombres de un modo provocativo.

A los Tejerina, este procedimiento no los sorprendió. Samman ya es famoso en San Pedro por el “caso la Verón”: la historia de una chica, Olga Verón, que era violada y golpeada por su padre policía desde la más tierna infancia. Verón lo denunció varias veces, pero nadie le llevó el apunte. Una tarde, luego de una golpiza que las dejó violetas a ella y a su madre, Verón hizo una denuncia por intento de homicidio. El juez Samman la citó.

- Ya no quiero vivir con él – dijo entonces la Verón.

- Vuelva a su casa -contestó el juez.-Y respete a su papá, que la cuida y la quiere.

Un par de meses más tarde, luego de un manoseo seguido de golpes y amenazas, la Verón decidió solucionarlo todo. Esperó a que su padre durmiera, agarró la pistola, le habló para ver si el sueño era profundo, y le dio un balazo en la cabeza. Ahora tiene 16 años y carga con prisión perpetua. Es la mejor amiga de Romina.

Romina y “la Verón” todo San Pedro la llama así están presas en la Unidad 3 del Servicio Penitenciario de Jujuy, alias “La Granja”: un predio de dos hectáreas cubierto por un pasto desganado, y cruzado al medio por una calle de tierra. Al final de la calle están las construcciones del penal: una serie de edificios distribuidos todos en una sola planta, y separados entre sí por callejuelas de polvo reseco por el sol. Cuando llueve, el espectáculo es francamente triste: las paredes chorrean mugre, el suelo se hunde, y las celadoras corren por callejones vacíos como si fueran una curiosa versión de los chasquis: en “La Granja” hay un solo teléfono y la comunicación entre sectores se hace a los trotes.

Los días de sol, en cambio, es el lugar menos peor para estar preso. Los perros se rascan bajo las copas de los árboles, las trenzas de las celadoras brillan casi con alegría, y la luz cruza las ventanas como si fuera la mismísima libertad que entra en el penal. En el cuarto de visitas al que Romina llegará en unos minutos hay una cortina sucia y estampada con gatitos cariñosos, una cruz torcida, un espejo, un sillón semicircular y un televisor que ya no debe servir para nada.

A través de la ventana se ve estacionar un móvil penitenciario. Bajan de allí cinco mujeres morrudas y cuadradas, que parecen formar parte de algún club de fans de La Raulito. Detrás de las chicas desciende Romina, distinta. Tiene tacos, un jean ceñido al cuerpo, y un modo de andar que recuerda ese hartazgo existencial que muestran las modelos cada vez que caminan. Acaba de llegar de una visita a su psicóloga, y ahora se está acercando al cuartito. Bordada sobre la remera, a la altura del pecho, tiene una mariposa de lentejuelas plateadas: Romina titila cuando avanza. Se sienta. Mira con ojos vacíos, como si hubiese despertado de una siesta.

Antes de pisar este lugar, ella pensaba que “La Granja” era un camping.

- Sí eso pensaba yo. De chica mi papá me amenazaba, a mí y a mis hermanas. Cualquier cosa que nosotras hacíamos, nos decía: “Van a terminar en «La Granja»”. Así decía. Ni idea tenía yo de este lugar inmundo.

Romina llegó a “La Granja” el 9 de mayo, después de pasar veintitrés días en un calabozo de San Pedro. La trajeron a la cárcel sus propios padres en el auto familiar, porque el servicio penitenciario no tenía coches disponibles.

- Por fin nos traen carne fresca.

Dijo la Verón apenas la vio entrar. A Romina le bajó la presión del susto. Tuvieron que llevarla a enfermería. Mientras la curaban, otra interna le susurró al oído: “No vayas al comedor porque te van a pegar como a un sapo”.

- Eso me dijo la Claudia. A la Claudia la pegaron así, en el comedor, y ninguna celadora movió un dedo. La Claudia está adentro porque mató a su nena después de que el marido se la violara. Cinco años tenía la nenita. Y acá le gritaban todo lo que me gritaron a mí: “asesina”, “ahí va la guasa”. Porque acá les dicen guasa a las que matan a sus hijos.

- ¿Y a vos te pegaron?

- Casi, pero no. Tenían pensado pegarme en el comedor, que ahí las celadoras ni se meten. Me iban a pegar a la mañana, cuando fuera a hacerme el té. Pero esa mañana no fui. No les voy a dar el gusto, pensé. Y después, más tarde, cuando se calmaron un poquito, les conté por qué yo estaba ahí. Que me habían violado. Y entendieron. Y nunca me pegaron y me respetan. Porque acá me hostigan todo el tiempo. Todo. Pero yo no les doy bolilla y se quedan tranquilas. Una chica que ya se fue me dijo: “Vos a todas las has matado con la indiferencia, Romi. Las has dejado como hablándoles a las paredes”.

Romina tiene esa forma tan jujeña de decir las cosas: habla como en lamentos, como si cada palabra subiera trabajosamente una montaña antes de sonar. Cada tanto se olvida de qué está hablando, o quizá se aburre, o quizá no entiende, y entonces mira por la ventana. La luz del sol le hace brillar las lentejuelas.

- Es linda tu remera.

- Esta me la trajo la Erica. Cuando me llevan a la psicóloga o al médico voy mirando ropa desde el móvil, por esa ventanita con barrotes, ¿viste? Me miro todo. Recién vi una camisita de media manga, blanca, de Yenny, ¿viste Yenny? Es talle 2, porque el de antes ya no me va, estoy más gorda de comer tanta porquería acá. Si podés contale a la Erica: esa me va bien porque me hace juego con un pantalón negro que tengo, negro con rayitas blancas.

- Sos una loca por la ropa.

- ¡Sí! Cuando me van a sacar, desde la noche anterior pienso: “¿Y qué me pongo? ¿Hará frío?”. Igual estoy tratando de no ser tan pavota.

- Tan frívola, querés decir.

- No, pavota porque yo prestaba toda la ropa a las chicas. Lo mismo que hacía con mis amigas cuando yo estaba afuera. Y resulta que acá yo prestaba a las chicas y me quemaban todo.

- ¿Te lo prendían fuego?

–¡No! ¡Me lo quemaban! Después, cuando me la ponía yo, ya estaba como muy vista, ¿no? Después me dicen que soy la nariz parada de acá. Por la ropa y lo de la planchita, también.

–¿Qué planchita?

–La del pelo. De todo me hice en el pelo. Porque este no es mi pelo natural. Yo tengo ondulado, pasa que me hago la planchita. Al principio venía la Erica con la plancha, yo me alisaba el pelo y ella después se llevaba la plancha. Hasta que le insistí tanto al director: “Déjeme traer una plancha, déjeme, déjeme”. Y al final se cansó de mí y me la dejó traer. Al principio tuvieron la plancha secuestrada no sé cuántos días en un cuartito, porque en este lugar son así de tontos, ¿no? Pero ya me la dieron.

–¿Y no te da miedo de que te peguen por caprichosa?

–Pegarme no me pegan. Malcriada, me dicen. Pero no me tocan. Es que yo siempre fui así. Por ejemplo, yo nunca lavé ni una olla y mañana tengo que hacer la fajina y me toca la cocina. Y yo ya le dije a la sargento que la cocina no la hago porque yo no como la comida del penal. Me da asco. Es fea. Las cocineras no se lavan las manos, encontrás pelos en la comida. Yo eso no como, y me dicen malcriada. Pero y qué. Prefiero comer papafritas del kiosco y la comida que me trae mi familia, que me la guardo abajo del colchón. Acá dan porotos, arroz con salsa, comida tumbera. Si hasta para agredirte te dicen “vos sos mondonguera”, porque la comida es como una mala palabra acá, ¿no? Al juez le llegan todos los informes míos que dicen “no come, no come, no come”. Y no como ni toco la comida de acá. Hoy le dije a la sargento que la cocina no la lavo sola, que me pongan una ayudante. Y ya me dijeron que me la van a poner.

–¿Y qué te dicen tus amigas de acá adentro sobre estos planteos?

–No tengo amigas.

–¿Y la Verón?

–No, ya no… Es que ella… es como que se confundió. Ella es lesbiana, ¿viste? Acá son todas así. Y yo ya le dije mil veces que a mí me gustan los hombres. Porque acá adentro, si hay algo que me quedó claro es eso: que me gustan los hombres. Y yo le dije a la Verón, pero es como que ella no entendió, o no sé… Yo ya no quiero saber más nada.

–¿Y te quedan amigas de las de antes?

–No. Esas ni volvieron a aparecer. Viste cómo es eso de que en las buenas están todas, ¿no? Pero yo sé que cuando salga van a estar toditas pasando por casa.

Lo dice con el resentimiento leve, casi aburrido, que tienen las chicas a los 20 años en San Pedro. Romina entorna los párpados, se mira las uñas con desdén, y de no ser por este cuarto inmundo podría pensarse que está en su cama, un sábado a la tarde, contándole a su hermana las últimas peleas del pueblo. Antes de entrar en “La Granja”, Romina se juntaba con amigas, se peleaba, se amigaba, tomaba sol, preparaba la ropa una y diez veces, y hablaba de su novio, el policía, uno que animaba los bailes en Pacha y que ahora dice que Romina era una puta.

Además de Erica, sólo una amiga sabía del embarazo.

–Una noche en el baile, esta chica me dice: “Pero Romina, vos estás más gorda”. Porque a mí no se me notaba la panza, pero la espalda sí la tenía como más ancha. Y ahí le conté. Ella me dijo metéte una sonda, metéte perejil, tomá agua con laurel, pegáte la panza, y yo le decía ni loca, me da miedo. Y fui a varios médicos para que me sacaran la bebé. Yo les contaba que me habían violado, pero todos me querían cobrar 300 pesos. Así que yo me ponía la faja y hacía la vida así, como normal, ¿no? Y no se me notaba, porque yo pesaba como 46 kilos.

–¿Qué es lo que más te aterraba? ¿Ser mamá tan joven, o que fuera un hijo no querido?

–Todo me aterraba. Tenía momentos de llorar sola y me ponía como loca. La pegaba a mi hermana, lo pegaba al novio de mi hermana, la pegaba a mi amiga, pero también me iba al baile y me iba al gimnasio. ¡Todo junto! ¡Si levantaba más peso que la Mirta en el gimnasio!

–¿Y recordás algo del parto?

–No. Me acuerdo del llanto de la bebé y después lo seguido que me acuerdo es el hospital y una mancha roja. Y ahora también otra cosa. Cuando escucho los gatos en celo se me viene a la cabeza la bebé, ese llanto. Me hace daño eso.

–Y antes, ¿qué pensabas de las chicas que se quedaban embarazadas?

–”Eso para mí, nunca.” Eso pensaba. Yo tenía compañeras en el colegio o conocía chicas del baile que se habían quedado y… y lo primero que yo les preguntaba era: “¿Y no te dijo nada tu mamá?”.

elvira baño y florentino tejerina se conocieron hace medio siglo en el lote Barro Negro del ingenio Río Grande. Ambas familias trabajaban en los cañaverales, y Elvira y Florentino terminaron juntos porque en esos casos siempre se termina así. Años después, el ingenio pasó a manos privadas y el hombre se quedó sin trabajo. La pareja se mudó al centro de San Pedro y en el hotel Vélez Sarsfield Florentino consiguió un puesto de conserje. Décadas después se jubiló, y ahora –a los 70 años, sin estudios primarios– otra vez está haciendo reemplazos en el hotel. Con ese dinero le paga a Romina la ropa y las tarjetas telefónicas.

–En el hotel lo quieren mucho a mi marido, y la gente misma aquí nos conoce qué clase de gente somos nosotros. Somos buenos vecinos y… y yo soy una persona servicial para todos, para mis tres hijas, soy una persona que cuando los vecinos me necesitan, hágame esto, hágame lo otro, cuídeme la casa, cuídeme al enfermo, yo estoy ahí. Entonces, ¿cómo me puede tocar esto?

Elvira llora y Florentino escucha con el gesto inmóvil. Están sentados en el living de su casa: un inmueble austero y fresco ubicado en el Roberto Sancho, un barrio obrero delimitado por un largo bulevar lleno de pasto reseco. La casa tiene dos dormitorios y un living con un sillón bordó, en el que descansan dos muñecas de ojos siempre abiertos. Son las muñecas de Mirta, que ya no juega con ellas. Entre ambas, sentado, está Florentino: no queda claro quién está más vivo en el sillón.

–Y encima justo a la Romi le viene a pasar. Ella era la rezadora del barrio, ¿usté sabe? ¡Justo a la rezadora le viene a pasar! Por eso yo le pido a Dios… Yo a veces tengo ganas de empeñar algo y conseguir un revólver y buscarlo al tipo. Se lo juro que es así. Pero a veces uno se contiene.

–Uno a veces tiene malos pensamientos –Florentino se mira las palmas de las manos–. Y yo, como le digo a Romina: “Yo quisiera estar vivo todavía para cuando vos estés afuera”. Yo le digo siempre: “Vos portate bien, hacé buena conducta”, porque ella tiene buena conducta. Pero ahí dentro están… una cosa bravísima.

–¿Bravísima en qué sentido?

–Ahí, ahí… parece que existieran… Cómo se dice estas mujeres… las lesbianas.

–¡Ah, sí! –Elvira se ríe, muestra una perfecta hilera de dientes postizos– ¡Sí! Si hasta a mí me tocaban en las requisas, jijiji. Si son así, muy brutas, muy torpes son. Y nosotros le decimos: “Romi, que no te pase a vos también”. Porque ella tiene tan buena conducta, ¿no? Y yo siempre espero que no se junte mucho con las chicas. Además, porque son bravas las chicas. ¡Se cortan todas! Después les dan pastillas para que se calmen y andan como borrachas por los pasillos. Menos mal, le digo a Romina, que vos vas a la psicóloga y no te dan pastillas. Porque las otras… usté sabe que cuando se cortan, las celadoras las atan y las llevan a un lugar que le dicen “el chancho”, y las tiran ahí, las tienen atadas en el piso. “El chancho” le dicen, será porque tienen que estar como chanchos tiradas, digo yo. Pero no las curan cuando se cortan. Las tiran, las pegan. Les tiran un tarro de esos descartables para que tomen agua así, del piso, atada. ¿Y atada cómo van a tomar? Eso le hicieron a la más amiga de Romina, la Verón. Ella vive cortándose y cortándose, tiene todas las manos hechas pomada, no sé para qué. Y yo le digo a la Romina vos nunca te cortes, hija. No vayas a quedar libre y salir de ahí toda cortada.

Romina es la hija menor de cuatro hermanos. A los cuatro años de matrimonio, los Tejerina tuvieron a su primera hija, Mirta, y seis años después nació Julio César, que no vive en Jujuy. Pasaron doce años hasta el nuevo embarazo.

–Serán los nervios –dijo Elvira una tarde, viendo que la menstruación se retrasaba.

Meses después nació Erica, que recibió el apodo “Nervios” a modo de extraña ironía familiar. Cuando llegó el cuarto embarazo, el de Romina, Elvira descartó los nervios.

–Será la menopausia –dijo. Y a Romina la apodaron Menopausia.

Elvira cuenta la anécdota entre risotadas tristes. Habla de Romina como “mi chinita” o “mi negra”, mientras Florentino mira hacia algún punto fuera de este mundo.

–¿Cómo era Romina de chica?

–Cuando iba a la escuela le costaba integrarse a los compañeritos porque muy tímida era. Por ejemplo nosotros la llevábamos al gabinete… ¿cómo se llama? lo de la psicóloga, porque con decir que a veces no quería ni pedir permiso para ir al baño y se hacía la pis ahí mismo, sobre el banquito. Ella era tímida y a veces, claro, por vergüenza se orinaba ella, y a veces yo la pegaba a ella, vos tenés que avisar, le decía. Siempre me acuerdo yo de estar volviendo de la escuela, ella con sus zapatitos con pis y yo pegándola… ¡Y se quedaba de grado siempre! Creo que en primer grado se ha quedado, después creo que ya ha ido a la secundaria y también. Y después yo no niego: a ella le gustaba salir, bailar, y bueno. Y la gente decía Romina baila lindo, qué bien que baila Romina. Y yo a veces las pegaba para que no se vayan al baile, porque siempre he sido una madre que… yo las pegaba, las pegaba, las pegaba porque yo vivo aquí y pasan por la ventana de la casa las chicas pero borrachas, usté viera. ¡Y yo era enemiga de todo eso! Y quizás el temor le hizo a Romina no contarme lo que le pasaba. Porque bueno. El mal de ella es que ha callado. Aunque la familia del violador diga que ella estaba de acuerdo, es todo mentira. El gran problema de Romina son esos silencios que ella tiene.

Vistas de lejos, la madre de Romina y la de Eduardo Vargas se parecen. Son mujeres retaconas, de andar lento y cuerpo cuadrado, que en vez de usar las palabras se hicieron entender a los golpes. Por lo demás, parecen buenas señoras: ambas hicieron de su vida vecinal un mundo, y ese mundo las trata con respeto.

Irma de Vargas cuenta que los días en los que su hijo estuvo preso verdaderamente se sintió morir.

–No me pasó nada porque no era mi hora.

Recuerda. Y asoma en su boca una mueca de horror.

Está parada en el frente de su casa: una construcción idéntica a la de las hermanas Tejerina, donde viven también su marido y sus dos hijos, uno de ellos Eduardo, alias Pocho: un tipo de cuerpo macizo y lentes oscuros que ahora llega en bicicleta de un paseo por San Pedro. Antes tenía un auto –un Renault 9 rojo–, pero tuvo que venderlo para pagarle el honorario a su abogado.

Hace veintidós años que Vargas vive acá. Dice que tenía novia y todo, y que el caso Tejerina lo dejó solo.

- El año pasado tuve una hija, pero estoy distanciado por todo esto. Esa Romina Tejerina me arruinó la vida a mí. Perdí mi prometida, perdí mi trabajo en Salta. Ella es una mentirosa, farsante. Ella y su hermana mayor, esa Mirta. Y su mamá también. Si ahora mi abogado las está denunciando porque pensamos que entre todas la mataron a ese pobre angelito.

- ¿Pero vos nunca tuviste relaciones con Romina?

- Yo no niego que tuve relación casual con ella. Pero era muy de ocasión, porque aparte ellas vivían al lado. Igual, no son de primera vez esas chicas. Han querido tapar lo que han hecho, una estrategia mal planteada. Pero ella no era virgen, que no se haga la mosquita muerta.

Vargas habla con la voz tranquila y sinuosa. Su madre cuenta, con la voz quebrada, que la libertad de Pocho se festejó con familia, vecinos, música y comida. No era para menos: el primer abogado de Pocho Vargas había dicho que su cliente admitía haber tenido relaciones con Romina cerca del 1º de agosto, pero que había sido con consentimiento. Cuando a Vargas lo detuvieron por veintitrés días –producto de esta afirmación– la familia cambió de abogado. El nuevo defensor, Miguel Angel Míguez Agras, cambió la estrategia y dijo que el tiempo de gestación que llevaba el feto no coincidía con el 1º de agosto. Como prueba, presentó una tabla gestacional. La abogada de Romina pidió entonces un examen de ADN. Al principio, Vargas se negó. Pero días después, cuando finalmente aceptó hacérselo, el juez Samman consideró que la tabla gestacional era prueba suficiente, y sobreseyó a Vargas sin hacerle el análisis. Romina recuerda ese día y dice que lloró durante horas, y se llenó de odio. El modo en que lo dice es raro y lejano, como si el odio y el llanto le hubieran ocurrido a otra persona.

–Yo me desesperé cuando me dijeron que lo habían dejado en libertad, porque encima él se burlaba de mí y de mis hermanas. Si después de violarme yo me lo cruzaba y él me miraba y se reía. Así son en ese barrio y en ese pueblo. Y hasta inventaron que mi mamá me ayudaba a saltar la tapia para verlo a él, cualquier cosa… Ese gordo horrible. A mí el violador me arruinó mi cena blanca. Yo soñaba con la cena blanca.

–¿Qué es eso?

–Es la cena que hacés cuando terminás la secundaria. Te hacés todo un vestido de fiesta… Yo ya tenía pensado todo. Había pensado un vestido distinto a todos los demás. De dos piezas, con plumas. ¡Si las vecinas de mi mamá se reían! “Vamos a empezar a juntar desde ahora las plumas de pavo y de gallina para la Romina”, decían. Pero el violador me dejó todo en nada.

–¿Por qué no lo denunciaste?

–Porque el gordo ese me decía que iba a matar a mi papá si yo decía algo. Y tenía miedo de que me echen de mi casa, que me peguen, que me digan cosas. Acá adentro también es así. Yo tengo que aguantar lo que me dicen las guardias. El otro día me estaban trasladando a la psicóloga y en la camioneta estaban escuchando cumbia, y una de las guardias dice: “Ah, escuchan esto, se visten así, y después dicen que las violan”. Es todo el tiempo así.

–Las debés odiar.

–A todas no… Si igual yo quería ser policía, de chica. No sé… creo que me gusta mandar. Soy mandona, yo. A la Erica siempre la tuve de acá para allá, y eso que yo era la menor. Pero ella siempre me seguía y yo la llamaba “mi sirvienta”, jijiji. Era mala, yo. Ella siempre fue pegada a mí. Cuando quedé embarazada, le hice jurar que no iba a decir nada, y no dijo. Y ahora está remal. Yo le digo: “Tenés que despegarte de mí, tenés que tener tu personalidad”. Y de a poco está haciendo sus cosas. De a poco la Erica está siendo como era yo cuando estaba afuera, una chica independiente.

Erica tiene una belleza de ojos grandes y rasgados, y sabe moverse con demoledora dulzura. Está sentada en la cocina de su casa en San Salvador –“nuestro refugio”– y recuerda la noche en que su hermana dio a luz.

–Teníamos una cama cucheta. Ella estaba arriba, sentada por los dolores. Y yo abajo. Yo le decía: “Vayamos a bailar, así te relajás un poco”. Pero ella no tenía ganas. Así que nos pedimos una pizza. Ella casi no comió. Durante horas, Romina repitió el mismo itinerario: bajaba de la cama, iba a la cocina, se sentaba un rato, miraba televisión, abría la heladera, volvía a su colchón.

–Como que ella no sabía qué hacer. Tenía la panza dura. Después me explicaron que eran las contracciones, y que además tenía más duro de lo normal por tanta faja que se había puesto. Pero nosotras creíamos que era otra cosa, ¿no? La Mirta dormía. Llamamos un taxi y nos fuimos a la farmacia a comprar laxantes.

Eran las seis de la mañana. Una hora después, mientras Erica intentaba relajarse en su cuarto, Romina fue al baño y parió con dolor. Mirta se despertó al escuchar el llanto, vio a la bebé, llamó a su madre. Mirta y Elvira llevaron el cuerpo envuelto al hospital; minutos después volvió Mirta para llevar a Romina. Mientras Erica limpiaba el baño, Romina empezó a ver todo rojo.

–Mirá lo que hiciste, loca –escuchó que le decían.

La recibió Torres de Pilili. Y después sigue todo lo demás.