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1. Los patrulleros
Los cinco agentes saben que, antes del amanecer de este sábado, habrá un nuevo asesinato en Bogotá. Cuando reciban el aviso por teléfono, saldrán en su patrulla a practicar el levantamiento del cadáver y recoger las evidencias. Pero ahora, mientras les llega el momento de actuar, duermen a pierna suelta sobre las colchonetas del área de alojamiento.

Los funcionarios pertenecen al Centro de Servicios Judiciales de la Fiscalía, encargado de conocer los diferentes casos de homicidio que se presentan en la ciudad. Aparte de buscar pistas que ayuden a esclarecer los asesinatos -pisadas, restos biológicos, armas, testigos- trasladan hacia el Instituto de Medicina Legal los cuerpos de las víctimas, para que sean sometidos a las necropsias de rigor y entregados formalmente a los dolientes. Cada grupo de trabajo tiene cinco miembros: un planimetrista, que dibuja en un papel la escena del crimen y establece las distancias entre todos sus elementos; un fotógrafo, que capta imágenes del cadáver y del entorno; un dactiloscopista, que rastrea las huellas digitales; un investigador, que recopila testimonios en el lugar de los hechos, y un coordinador, que dirige el proceso.

Son las dos de la madrugada. Hace media hora, cuando todavía estaban despiertos, los integrantes del Grupo Dos de Homicidios lucían serenos. Tal actitud se debe -explicaban- a que después de haber visto tantos casos espeluznantes de violencia urbana, han ido perdiendo la capacidad de asombro. Uno de ellos se acordó de una mujer que, por petición de su amante, envenenó a sus dos pequeños hijos. Otro mencionó al parricida que durante el día paseaba públicamente con su novia y por la noche, cuando volvía a casa, dormía junto a los cadáveres de sus propios padres. El de más allá evocó al niño de nueve años que se ahorcó, decepcionado por una mala calificación en matemáticas. Todos contaron las historias más tétricas con las cuales se habían relacionado en su ejercicio como policías judiciales. El inventario de atrocidades incluía a un bebé acribillado por una bala perdida, a una anciana estrangulada por su hija única y a un recluso descuartizado dentro de la Cárcel Modelo. Los agentes, que hablaban del tema con una naturalidad pasmosa, decían conocer a fondo el contexto global de su oficio: Bogotá es una ciudad de nueve millones de habitantes y mil ochocientos kilómetros cuadrados de extensión, donde anualmente son cometidos más de dos mil homicidios. Al horror de hoy le sucede el de mañana, y así se va generando un acostumbramiento que hace ver a la muerte como un simple trámite profesional. Lo suyo es diligenciar planillas, medir ángulos, buscar residuos corporales y, al final, embalar el cuerpo en una bolsa negra, como si fuera un bulto de papas. La repetición del ritual los convierte poco a poco en oscuros notarios fúnebres, con un nuevo modo de sentir y de expresarse: a los muertos les llaman “occisos” y a los charcos de sangre, “lagos hemáticos”.

Un poco antes de irse a dormir, los agentes reconocieron que no suelen plantearse demasiadas preguntas sobre sus quehaceres. A las seis de la tarde, por ejemplo, comenzaron el turno sin detenerse a pensar que a esa hora la futura víctima posiblemente permanecía viva: andaría, quizá, regalándose un banquete espléndido dentro de un motel, o bebiendo licor a galones, o acarreando plátanos verdes en una carreta, o manejando una tractomula, o recogiendo a su hijo en el jardín escolar, o retirando dinero en un cajero electrónico. Aunque sonara macabro, daba igual que fuera banquero, albañil o dueño de un abasto: mientras ellos tomaban café sentados en sus oficinas, el personaje había empezado a morirse. Bailaba merengue o comía helado, ignorando que tenía los minutos contados. Ignorando, además, que en una edificación del occidente de Bogotá cinco policías judiciales estaban en guardia, a la espera de su cadáver.

Los agentes de homicidios conocen mejor que nadie la delgadísima línea que separa a la vida de la muerte. Suponen, como los antiguos griegos, que cada criatura de este mundo está sometida a una providencia irresistible superior a su voluntad. Más allá de esa visión elemental del destino, se niegan a arriesgar cualquier conjetura sobre el tema. A fin de cuentas -repiten a menudo- lo suyo es un trabajo. Por eso, mientras llega la hora de entrar en acción, pueden dormir sin problemas. Como lo hacen durante esta madrugada de sábado.

2. La muerte
La Señora Muerte se soltó el moño y se encuentra de ronda. Oteando el panorama desde lo alto de un puente peatonal o agazapada en un lote baldío, cumple sin afanes su rutina. Ya ha elegido a su próximo mártir y ahora, simplemente, espera el momento de asestarle el golpe. Es capaz de sorprenderlo en el callejón más oscuro o en la avenida más iluminada. Frente a los designios de esta caprichosa dama no hay poder que valga. Los viernes por la noche su aliento se siente en toda la ciudad: en las autopistas colmadas de conductores suicidas, en las discotecas plagadas de borrachos iracundos, en las esquinas donde se entreveran el magnate y el desharrapado, en las inmediaciones de los negocios prósperos, en los barrios marginales donde impera el “sálvese quien pueda”. Acaso es ella, la Señora Muerte, lo único verdaderamente democrático que existe en Colombia.

Gran parte de la memoria nacional ha sido escrita por su mano huesuda. Una mano que, por cierto, no se ha limitado a eliminar a los ciudadanos de manera natural, sino que además los ha exterminado con los instrumentos más inhumanos: tanques de gas, motosierras, machetes, destornilladores. A sus pies han caído ministros, recicladores, sacerdotes, ateos, periodistas, saltimbanquis, políticos, jueces, soldados, guerrilleros, paramilitares, raspachines de coca, cultivadores de papa, panaderos, hacendados, truhanes y filántropos. No solo los policías judiciales de la Fiscalía se han acostumbrado a la Señora Muerte: los demás habitantes también han perdido frente a ella la capacidad de sorprenderse, después de tropezársela por veredas y metrópolis, y después de haberla visto miles de veces en los noticieros de televisión, revuelta con goles y desfiles de ropa interior. A menudo, el único método defensivo que le queda a la gente, frente a la altiva dama de la guadaña, es el humor negro. Hace poco, por ejemplo, la selección Colombia que nos representó en la Copa América fue goleada en sus dos primeras presentaciones: Paraguay le metió cinco goles y Argentina, cuatro. Por esos mismos días, el país se estremeció con la noticia de que la guerrilla había asesinado a los once diputados que tenía secuestrados. El público estaba indignado con los apáticos jugadores de su selección y adolorido por la masacre de los políticos. La manera de exorcizar los dos demonios, como suele suceder en nuestro medio, fue a través de un chiste callejero bastante perverso: “Mataron a los once que no eran”.

Atizado por la indiferencia, por el miedo y por la crueldad, el horror genera más horror. La Señora Muerte se nutre como parásito de ese círculo vicioso. Y por eso continúa en guardia, esperando el momento de saltar sobre la nueva presa que le depara esta noche de viernes.

3. La víctima
Está tendido bocabajo, en posición fetal, a un costado de la ciclorruta del barrio Patio Bonito, exactamente en la calle 34 sur con carrera 95. Dos agentes de la Policía Nacional, alertados por una llamada telefónica, lo encontraron a las dos y cuarenta de la madrugada. De inmediato acordonaron el lugar para impedir que fuera alterada la escena del crimen. A las cuatro y diez de la mañana pusieron el caso en manos del Grupo Dos de Homicidios de la Fiscalía, cuyos integrantes se aplican ahora a la tarea de levantar el cadáver y recopilar las evidencias.

Los cinco agentes ya lograron establecer la identidad de la víctima: Pablo Emilio Arenas Lancheros. Su cédula de ciudadanía -la número 79.455.248- informa que nació en el pueblo de Facatativá, el 13 de marzo de 1968. Yace sobre un pozo de sangre, a doscientos noventa y dos centímetros de distancia de un poste de energía. Un poco más allá está la billetera -esculcada- al lado de un reguero de papeles teñidos de escarlata. Hay, entre otras cosas, un comprobante de vacunación contra la fiebre amarilla, una agenda telefónica de bolsillo, tres estampitas del Divino Niño, un carné de la empresa promotora de salud y una hoja volante que ofrece los servicios de un mariachi. También está la factura del teléfono celular número 313-8480438, adquirido recientemente. Pero el aparato no se ve por ninguna parte. El muerto luce mocasines negros embetunados cuidadosamente, pantalón gris planchado de manera impecable y chaqueta azul cerrada hasta el cuello. Todo en él, desde su ropa barata pero pulcra hasta sus documentos personales en regla, sugiere que era un ciudadano esmerado que sobrellevaba la pobreza con dignidad.

Viendo la mancha escarlata sobre el piso, resulta inevitable preguntarse, como el poeta Jacques Prévert, adónde va toda esta sangre derramada, la sangre de los apaleados, la de los humillados, la de los suicidas, la de los fusilados, la de los condenados. Tres horas atrás, uno de los agentes había dado una respuesta formal a ese interrogante: en Colombia las autoridades que hacen levantamiento de cadáveres en las vías públicas, jamás limpian la escena del crimen. Esta tarea la cumplen casi siempre los vecinos del sector o la empresa de aseo de la ciudad.

El helaje entumece las articulaciones. Cuando los agentes hablan, exhalan espirales de vapor. Uno de ellos dice que el asalto a mano armada parecería el más lógico móvil del asesinato. Otro advierte que, siendo realistas, las posibilidades de hallar a los responsables son prácticamente nulas. En primer lugar -explica- el homicidio fue cometido de madrugada, en una ciclorruta rodeada de maleza donde no hubo testigos. El inmueble más cercano se encuentra a unos doscientos metros de distancia, y es un edificio que apenas está en construcción. Como si fuera poco, a las billeteras de cuero y a los documentos personales casi nunca se adhieren las huellas dactilares. La única esperanza que queda suena irracional: que la víctima haya forcejeado con sus agresores y tenga entre las uñas restos de piel o de cabello que permitan identificarlos. Por eso, los policías acaban de forrarle las manos con bolsas de plástico. Más tarde, en el Instituto de Medicina Legal, serán sometidas a pruebas de laboratorio.

Los funcionarios voltean el cadáver para analizar, por fin, las lesiones. Abren la cremallera de la chaqueta, desabotonan la camisa. Ninguno se sobresalta ni deja escapar una exclamación cuando ve el tajo único, monstruoso, que tiene el muerto en el costado izquierdo del pecho, entre el corazón y la clavícula. Su mano derecha todavía aprieta con fuerza una llave. Ese detalle -comenta uno de ellos- indica que su casa está muy cerca de este lugar. A continuación le revisan los bolsillos delanteros del pantalón, donde encuentran mil seiscientos pesos. Uno de los agentes expone su hipótesis: el hecho de que el hombre presente una sola herida y no varias, sugiere que no opuso resistencia. Lo mataron, más bien, a mansalva, tal vez en represalia por cargar apenas unas míseras monedas.

Lo que más impresiona, en todo caso, no es la magnitud de la puñalada sino la precisión brutal con la cual se acoplaron las piezas de este nuevo desastre. Coinciden, por fin, en la misma escena, varios seres que, horas atrás, andaban dispersos por la gran urbe: los patrulleros de la Fiscalía, la víctima de turno y la implacable dama de la guadaña. El único de ellos que desconocía la cita era, precisamente, el que terminaría convertido en fardo. Esa indefensión del hombre frente a los guiños del azar es, quizá, lo más aterrador. Estás vivo, haces planes y hasta tienes vanidades, le subes el volumen a la música, pero de repente, cuando vas en lo mejor del baile, una mano invisible te señala, y entonces, de un solo golpe, la fiesta se te acaba. La mayoría de las veces las víctimas son tomadas por sorpresa, acaso porque andan por ahí con la idea de que el problema es de los otros: mientras yo parrandeo, ustedes se mueren. Casi nadie se despierta por la mañana preguntándose si ese sol brillante que se filtra por la ventana será el último de su vida. Casi nadie da las gracias por el pan y la sal. Y así, cada quien va por el mundo aplazando el pago de sus deudas, convencido de que siempre habrá una nueva oportunidad. La Señora Muerte se aprovecha de esa confianza. Lo peor no es que te quite el aire sino que no te conceda la posibilidad de despedirte. Y a menudo, hermano, te niega hasta la luz final, al dejarte tendido bocabajo sobre el cemento frío, de espaldas a la luna.

Ahora, uno de los agentes toma la ensangrentada agenda y se apresta a cumplir uno de los encargos más difíciles de la jornada: avisarles a los familiares de la víctima.

4. Epílogo
Pablo Emilio Arenas Lancheros fue sepultado dos días después en el Cementerio El Apogeo, sobre la Autopista Sur de Bogotá. En el entierro estuvieron presentes varios empleados de la litografía donde él se desempeñaba como mensajero y donde siempre fue considerado como un trabajador ejemplar. Contaron que al salir de la empresa, ubicada en el centro de la ciudad, se fueron a tomar cerveza en un bar cercano. Lo vieron por última vez a las doce de la noche. Su tía Inés Arenas, que fue la que lo crió, no ha dejado de llorarlo. Lo que más le duele -dice- es que Pablo Emilio murió el día antes de comprar un balón de fútbol que le había prometido a su hijo Johan David.

Su sangre permaneció varios días en la ciclorruta de Patio Bonito, a la vista de peatones y bicitaxistas que la esquivaban con pavor. Al parecer fue limpiada por los aguaceros que se desgajaron en Bogotá a finales de agosto.

Los agentes del Grupo Dos de Homicidios de la Fiscalía regresaron a sus labores después de un descanso de cuarenta y ocho horas. Esa noche tuvieron que atender dos casos.

En algún lugar de la ciudad hay una persona que come helado o baila merengue, sin saber que es la próxima víctima. La Señora Muerte lo reconoce, se suelta el cabello y, mientras llega su momento, deja que siga la música.

Los perros del barrio me delatan mientras me aproximo a la puerta de la casa. Sólo ayer llegué hasta esta misma puerta buscando a la madre de Jaime Cifuentes Salazar. Pero ella no me quiso hablar. Dijo que no creía lo que yo le anunciaba, que volviera al día siguiente con documentos y le contara cómo sucedió. Eso hago. Golpeo. Los perros me siguen ladrando. Ella se asoma.

Apenas entro a su casa me ofrece asiento y un vaso de jugo. Me lo entrega, se sienta en una mecedora y empieza a mirarme. Le hablo del calor, de lo linda que es su nieta que juega en un rincón. Su mirada transmite ansiedad y nerviosismo. Supongo que la mía también. En sus ojos hay también algo de miedo. Sentada, espera que le diga lo que probablemente no quiere escuchar.

¿Cómo decirle que Jaime Cifuentes Salazar murió hace más de un año, que estuvo 10 meses en el Servicio Médico Legal (SML), que lo autopsiaron, que lo diseccionaron unos estudiantes, que nadie se preocupó de avisarle, que nadie lo reclamó, que se deshicieron de él por “un tema sanitario y de espacio” y que cuando lo enterraron junto a otros 12 cuerpos nadie lo acompañó?

“Señora, su hijo está muerto”

La madre sigue allí sentada esperando. Y mientras la miro y ordeno una vez más la cronología de lo que ocurrió con su hijo, me doy cuenta de que otras mujeres pueden estar como ella: preguntándose dónde estará su hijo, su padre o su hermano, sin tener idea de que llevan días, meses y hasta años, muertos.

De las cerca de 85.500 muertes que ocurren al año en Chile según las cifras del Registro Civil, alrededor de 10.500 van a parar a las salas de autopsia del SML. Pero no hay estadísticas que hablen de la cantidad de cuerpos que esperan que alguien los reclame. Solamente en Santiago, al 14 de octubre había 77: de ellos, 28 identificados y 35 no reconocidos aún. Las cifras del resto del país comenzaron a recopilarse sólo después de que CIPER las solicitó y hasta hoy sólo han respondido 8 de los 37 SML provinciales.

Pero a la mamá de Jaime Cifuentes no le interesa todo eso. Ella quiere saber qué pasó con el menor de sus hijos, al que llamaban Junior. Y ahí está, sentada y esperando que yo se lo diga.

Saco de mi bolso los documentos: un artículo de un diario, una copia del informe de su autopsia, su registro en Dicom, su certificado de defunción… Y bebo un sorbo de jugo.

Le cuento que el nombre de Jaime apareció en un pequeño artículo publicado en El Mercurio el 10 de abril de este año, que hablaba de un entierro múltiple en el Cementerio General. El día anterior, 13 cuerpos llegaron hasta allí desde el SML de Santiago luego de pasar casi todo el 2007 sin ser reclamados. El más antiguo está ahí desde el 2001. Doce de ellos fueron identificados. Jaime estaba en esa nómina. Le explico que todos los cuerpos que ingresan tienen tres factores en común: tuvieron muertes imprevistas o violentas, sus decesos no han podido ser certificados y llegaron al SML por orden de un fiscal que investiga si hubo o no delito en sus muertes.

Ella escucha con atención sin dejar de mirarme.

También le digo que los cadáveres llegan en una camioneta del SML desde la calle, un hospital o una casa. Que pueden estar vestidos o desnudos. Que puede ser una anciana que sufrió un paro cardíaco, un joven que protagonizó una riña o un hombre que bebió hasta morir. Y que pueden entrar identificados o caratulados como N.N. Que luego pueden ser reclamados o quedar abandonados.

Que eso último fue lo que le ocurrió a su hijo.

Nadie los reclama

En promedio, el SML de Santiago recibe 10 cuerpos diariamente. Muchos permanecen allí hasta tres días, aunque en general sólo pasan 24 horas antes de salir por la puerta de avenida La Paz, donde sus familiares los esperan. Al llegar se ve a grupos de mujeres que lloran y se abrazan mientras algunos hombres caminan de un lado a otro y otros más jóvenes, con muecas de impaciencia, fuman uno, dos, tres cigarrillos. También hay unos pocos niños que corretean sin entender mucho lo que ocurre. Todos esperan a la víctima de un accidente, una enfermedad o un asesinato, para poder cumplir con el rito atávico de enterrar a los suyos.

Pero Jaime Cifuentes no tuvo un funeral ritual. Murió en un accidente el 2 de junio de 2007 y su cuerpo permaneció 10 meses en una cámara del SML, refrigerado a -4ºC, el sitio destinado a los muertos que nadie quiere y donde sólo hay lugar para 112 cuerpos. De los 77 que permanecían hasta el 14 de octubre en las cámaras del SML sin ser reclamados, el que llevaba más tiempo llegó hace siete años. El último llevaba sólo unas horas esperando.

Según el artículo 139 del Código Sanitario, “ningún cadáver podrá permanecer insepulto por más de 48 horas, a menos que el Servicio Nacional de Salud lo autorice, o cuando haya sido embalsamado o se requiera practicar alguna investigación de carácter científico o judicial”. Pero sólo el fiscal puede autorizar su salida.

-En muchos casos nadie los reclama a pesar de estar reconocidos. Entonces, el SML no les da “cristiana sepultura”. Permanecen en una lenta espera hasta que la mitad de las cámaras se llena. En ese momento un funcionario (del SML) le pide al fiscal que certifique que ha entregado el cuerpo para efectos de disponer -cuenta Leonardo De la Prida, fiscal jefe de la Fiscalía Centro Norte.

Existen tres formas de “disponer”: enterrarlo en el Cementerio General, incinerarlo o, en caso de que alguna universidad lo solicite -y que cumpla los requisitos-, se le entregue para su estudio.

Le informo a la madre que lo primero, enterrarlo en el Patio 129 del Cementerio General, fue lo que se hizo con su hijo y los otros 12 cuerpos que nadie reclamó. Sin dejar de mirarme, ella dice: “¿Y cómo murió?”. La mayor de sus hijas, que acaba de llegar, la apoya con sus ojos. Les muestro el certificado de defunción. La madre lo revisa, lee “electrocución” y se contiene. Vuelve a mirarme y dice que ahora entiende cómo murió, que más tarde me lo dirá, que primero le cuente lo que sé.

Y empiezo mi relato con lo que hace sólo unos días me dijo el único testigo de su muerte.

La muerte del joven sin papeles

Luis Cárdenas es dueño de una confeccionadora de ropa de trabajo en Independencia. Recuerda muy bien cómo conoció a Jaime Cifuentes y también cada detalle de lo que ocurrió aquel 2 de junio de 2007, el día de su cumpleaños y que terminó presenciando la muerte de Jaime:

Lo conocí un domingo que fui a La Vega, más o menos un mes antes de mi cumpleaños. Jaime tenía una imagen precaria, pero se notaba que no era una persona de la calle. Hablaba bien, no usaba palabras en coa así que me dio buena impresión. Medía alrededor de 1,65 ó 1,70 metros, era más bien delgadito, de pelo castaño claro, ojos verdes, piel blanca. Vestía una parka azul oscura y un blue jeans que ya estaba bastante ajado.

Ahí en La Vega me lo presentó un muchacho que había trabajado conmigo. Le pregunté a qué se dedicaba. Me dijo que andaba cesante y tenía problemas; que era de Los Ángeles, que había dejado su trabajo como vigilante, que no lo habían finiquitado, que le debían plata y que estaba prácticamente en la calle. Dormía en una hospedería de General Velásquez donde pagaba $2.000 por noche. Le pregunté si tenía una especialidad.

-No -me contestó-, la verdad es que las veces que he trabajado en Santiago ha sido de guardia en alguna empresa, pero especialidad no tengo. Le agradecería si usted pudiera darme una manito.

Le dije que vería qué podía hacer. Le pregunté si tenía su carnet de identidad y certificado de antecedentes. Pero no. Me dijo que un día se quedó dormido en la hospedería y le robaron la mochila. La cosa es que pasó el tiempo y me olvidé del tema. Un día pasaba por el costado de la Catedral, cuando lo vi sentado allí donde se instalan los peruanos. A esa altura se veía que estaba bastante deteriorado porque ya tenía mucho más sucia la ropa. Y era la misma que la otra vez.

-Hola, compadre, ¿cómo está? -le dije.

-Nada, aquí estamos, mal. No me ha ido bien. He estado complicado con el tema del trabajo.

-¿Y tus papeles? ¿No has podido hacer algo? Cargar en La Vega, lo que sea para salir de esa situación.

-No, está complicado, porque en La Vega son grupos que se juntan y no dejan entrar a cualquiera… Ya no tengo plata para pagar la hospedería…

Así que le pedí que me ayudara a construir una pared en mi casa. Podía hacerlo solo, pero lo invité por una cuestión humanitaria. Le iba a pagar $20.000. A los pocos días me llamó y el 2 de junio llegó, con la misma parka y el mismo blue jeans.

Empezamos a trabajar como a las 11:00. Ya tenía todo bastante avanzado: terminé el molde de madera y le dije que se preocupara de la mezcla. Mientras trabajábamos, él decía que iba a sacar sus papeles y que con eso iba a encontrar algo. Estaba súper entusiasmado: no le alcanzaba a pedir una cosa y él ya estaba corriendo. Le pregunté si tenía polola o si era casado. Me dijo que no, que nada, aunque me pareció que se tiró por el desvío. Era muy hermético con sus cosas. Incluso pensé que tenía antecedentes y le daba vergüenza reconocerlo. Cuando me lo encontré en Catedral le pregunté por su familia.

-¿Sabe, don Luis? A mí no me gusta que me pregunten sobre mi vida privada-, me contestó en seco. Nunca más le pregunté…

Ya listos el molde y la mezcla, le dije que tenía que llenar el balde, pasármelo y yo iría rellenando. En un momento me di cuenta que la carga no avanzaba, que había una fuga, así que entré a arreglarlo. De repente, escuché un grito fuerte. Me asusté. Salí y lo vi de pie y temblando en medio de la mezcla con agua y con una galletera eléctrica en las manos. Me desesperé. Me tiré encima de él pero la corriente me tiró para atrás. Me paré de nuevo y tiré del cable para desenchufar la máquina. Y ahí cayó. Se quejaba, le costaba respirar. Traté de hacerle primeros auxilios: se estabilizó un poco, pero se quejaba mucho. Me decían que llamara a la ambulancia, pero convencí a una vecina de que lo lleváramos de inmediato al hospital J. J. Aguirre, que estaba a sólo tres cuadras.

Apenas entramos a la unidad de urgencia los médicos se llevaron a Jaime a un box donde empezaron la resucitación. Yo estaba como despegado del suelo…La cosa es que como a la hora me llaman. Me alivié: pensé que ya lo habían estabilizado.

-Mire señor, el joven no pudo resistir -me dijo el doctor.

Hasta allí le transmito a la madre paso por paso el relato que me hizo Luis Cárdenas de la muerte de Jaime Cifuentes. Pero ella sigue mirándome sin hacer comentario alguno.

Le digo que a las 17:15 de ese sábado 2 de junio, su hijo murió. Que unos carabineros llegaron hasta el hospital para tomarle declaración a Luis Cárdenas; que el testigo de la muerte de su hijo trató de recuperar el cuerpo para enterrarlo; que no pudo porque había una investigación en curso en la fiscalía. En mayo de este año lo intentó de nuevo: le dijeron que ya lo habían retirado. Creyendo que había sido su familia, se quedó tranquilo y se olvidó del asunto. Hasta que CIPER lo contactó y supo que a Jaime nunca lo reclamaron.

La madre y su hija me siguen mirando. Les digo que Luis Cárdenas no logra entender por qué Jaime tomó la galletera porque no la estaban usando. Sólo entonces la madre habla. Dice que lo conocía lo suficiente como para estar segura de que lo hizo a propósito. Que ya lo había hecho antes…

Entonces la madre se decide y abre la compuerta de la otra vida de Jaime Cifuentes.

Junior se fue

El 30 de mayo de 1998 Jaime Cifuentes Salazar se iba a graduar de su servicio militar en Los Ángeles. La madre y su esposo estaban invitados a la ceremonia. Jaime había pasado el último año trabajando en la lechería y el rancho del regimiento. Tenía 22 cicatrices en la cabeza -que quedaron al descubierto cuando lo raparon- y las manos agrietadas. Algunos le decían Jimmy, otros Jaimito, pero como su papá -jubilado de Carabineros- tiene el mismo nombre, en su casa le decían Junior. Y el día de su graduación como conscripto, Junior no recibió la visita de sus padres. No pudieron viajar. En los días siguientes los padres esperaron su regreso. No llegó. Pasaron más días, semanas, meses. Nada. Siguieron esperando.

La verdad, no se extrañaron mucho. Él solía desaparecer sin avisar. Partía con lo que tenía puesto -muchas veces sin documentos- para luego aparecer sin anunciarse: nunca pudieron controlarlo.

La madre dice que ya cuando su hijo tenía dos años, no podía ni darse vuelta porque el niño desaparecía. Luego sigue recordando y cuenta que años más tarde Jaime se subía al techo de la casa y también a los eucaliptos en una parcela que tenían en Isla de Maipo: “Amarraba una cuerda y se lanzaba desde los árboles balanceándose a lo Tarzán”. Una vez tomó el arma de su padre y disparó dentro de su habitación: la bala le pasó junto a la cabeza después de rebotar en la pared. Ese fue el segundo tiro porque más tarde le contó a una tía que el primero lo disparó apuntando a su frente. “Mirando el hoyito”, le dijo. Se salvó porque el padre siempre dejaba el arma con el primer tiro vacío.

A los 10 años se amarró una toalla al cuello y se colgó de la barra de la ducha “para saber lo que sentían las personas que se ahorcaban”. Cuando salía, se colgaba de las micros y cuando jugaba con autos deportivos de juguete, decía que de grande le encantaría tener uno igual para manejarlo rápido y “chocar fuerte, pero que no me duela”.

-Le encantaba llevar las cosas al límite. Era temerario -recuerda su hermana.

La mamá de Jaime reconoce que todos en la casa estaban pendientes del hijo menor, que todo giraba a su alrededor y que ella estuvo “en un 95% para él y sólo un 5% para los demás”. Por eso, cuando no volvió después de terminar el servicio militar, ella lo empezó a buscar. Por paraderos, por estaciones de buses, por calles de Santiago y de Los Ángeles. No lo encontró. Meses después supo por una tía que Junior había vuelto al regimiento.

A los militares les dijo que en su casa no lo querían, que su madre era su madrastra y que le había intentado disparar, que lo habían maltratado toda su vida, que no tenía hogar. “Todos le creyeron”, dice la madre.

Jaime y sus mentiras

En la casa de Jaime todos recuerdan sus dotes de actor. Su mamá cuenta que un día en que Jaime debía estar en el colegio, lo encontró sentado en la puerta de un almacén con un pedazo de pan en la mano. Había estado todo el día ahí sentado. Se lo llevó a la casa y al llegar, cuando le abrió la mochila, descubrió que estaba llena de panes.

-Decía que no tenía comida, que no lo alimentaban en su casa y pedía pan. A todos los convenció. Le encantaba dar la apariencia de no ser querido por la familia. Y era el que más recibía…

-Y se manejaba muy bien. Era muy bueno para vender la pomada y quedar como el pobrecito -acota su hermana.

De adolescente, Jaime siguió siendo hiperactivo y muy despreocupado, dice la madre. Tampoco se bañaba. Pero la mayor de sus dos hermanas logró hacerlo cambiar: le enseñó a cuidarse, a echarse gel en el pelo y a vestir bien. Otro problema era que se gastaba toda la plata que tenía a su alcance en golosinas y juegos electrónicos. Cuando lo mandaban a comprar a la esquina, demoraba más de una hora y volvía contando que le habían robado o que había perdido la plata.

Después de llevarlo al psiquiatra, descubrieron que Junior era mitómano. Años más tarde, otro profesional le diría a la madre que, por sus características, podría ser esquizofrenia.

Dos años estuvo Junior fuera del hogar. Cuando regresó ya tenía una hija, aunque dijo que no la veía desde hacía un tiempo. El reencuentro con su familia fue breve. Al cabo de unos meses, volvió a partir.

-Lo que quería era vivir, llevar otra vida -dice su madre.

Y para avalar sus dichos la madre dice que Jaime nunca tuvo proyectos. De niño se interesó por las faenas agrícolas -de ahí que haya entrado a la lechería en el regimiento- y estuvo en un colegio especializado en Los Ángeles. Pero en segundo medio lo abandonó y ya no quiso estudiar más. Su idea era vagar. En una de sus idas y venidas al hogar, contó que pasó un año recorriendo el país con el circo Las Águilas Humanas. Nunca supieron si fue verdad.

Cuando su hija tenía poco más de un año, recién su familia la conoció. Ella y su madre se fueron a vivir junto a la familia de Jaime. Él las acompañó un tiempo, pero volvió a desaparecer. Después, ellas también se fueron. Supieron que trabajó de copero en distintos restaurantes, de guardia en otras tantas empresas, pero nunca tenía dinero. Dormía en pensiones. Siempre la madre lo buscaba. Una vez lo ubicó en una pensión y cuando llegó a verlo, Junior ya se había ido. No sólo nadie sabía nada de su paradero, sino que había dejado deudas. La madre pagó y siguió buscándolo.

La última vez que la madre lo vio fue hace cuatro años. Junior pasó un tiempo en la casa familiar, pero la madre confiesa que la situación ya la había hartado. Le dijo que no le iba a pasar más plata. Y ocurrió lo mismo que cuando era un niño. No estaba enojado, sólo dijo “chao” y salió con lo puesto. Junior nunca volvió.

Era diciembre. Al finalizar ese mes llegó a la casa una carta anunciando que lo habían despedido por no volver al trabajo. Sus hermanas dicen que después -no recuerdan bien cuándo- lo volvieron a ver en la calle. Él se escondió. Nunca más supieron de él.

-Toda mi vida pensé que iba a terminar mal. De cada diez cosas que hacía, sólo una era buena -dice la madre.

“No me extraña, él era así”

Le pido a la madre que me diga por qué dijo saber cómo murió cuando leyó su certificado de defunción.

-Porque él era así. Lo más probable es que haya tomado la herramienta y se haya metido a la mezcla de adrede para saber qué se siente. Sólo que no esperaba que el golpe de corriente fuera tan fuerte. Jaime era muy inteligente, pero también muy tonto -dice.

La madre también tiene nuevas dudas. Quiere saber si vi su foto, si estoy seguro de que el cuerpo del muerto era Jaime. Le digo que sí, que vi la imagen en la carpeta del SML, la de la autopsia… “No siga…, no siga, no diga nada más”, dice.

Ya oscureció. Antes de partir le digo que su tumba es la 713 en el patio 129 del Cementerio General. Su madre dice que lo dejará ahí mismo. Desde atrás, la hermana dice que tienen que discutirlo.

Me voy con la promesa de no incluir sus nombres en mi reportaje y sabiendo que no les dije lo que no querían escuchar: que en el SML lo abrieron una vez para su autopsia; que lo volvieron a abrir unos estudiantes universitarios; que después de certificar que en su muerte no había delito, lo dejaron botado; que nadie se hace responsable de no haberles avisado; que su sepultura es una de las más abandonadas del patio 129.

El poder de la muerte es único y no tiene medida. Nos iguala a todos en un parpadeo, pero llega cuando quiere. Su reino es democrático y despótico a la vez. Pregúntenle al Flaco. Ahí está, envuelto en su bolsa negra de polietileno sobre una bandeja de metal, al lado de dos viejitas atropelladas por una buseta con el costillar abierto como un acordeón, y un taxista con un tiro limpio debajo de la axila, dos pantalones, uno debajo del otro, quién sabe por qué, y el último aliento grabado en la cara.

Lleva un día entero en Medicina Legal. Llegó el sábado antes del almuerzo. Evangelista y Marta, del CTI, lo trajeron en una camioneta tras una larga madrugada de papeleo en la Unidad de Respuesta Inmediata de Paloquemao. Allá quedaron las dos muchachas que reclaman su corazón, ahora que es una víscera más, y el mensajero de la muerte, el sospechoso, el que al parecer le disparó el viernes pasada la medianoche, mientras venían bajando por una empinada loma de Los Laches.

Veinte horas lleva junto a las viejitas medrosas que habrían cambiado de acera con solo ver su sombra. No digo la cara, pues no sé cómo es. Desconozco si es narizón o si tiene los ojos muy separados, y eso que lo acompaño desde que lo hallaron en un descampado y la policía del Guavio dio la noticia criminis al CTI por radioteléfono. No digo que le he visto la cara, pues la costra de sangre que la cubre es gruesa y la luz de esa noche, escasa. No hay caso, le toca esperar un rato a que el médico forense y el auxiliar técnico se ocupen de sus restos. En la lista de trabajo, escrita en un tablero blanco ubicado en una esquina de la sala de necropsias de Medicina Legal lo antecede una muchacha ahorcada vestida con la sudadera del colegio.

Jesús, jefe de laboratorio del CTI, fue el encargado de levantar al Flaco, bueno, de deslizar su cuerpo hasta ponerlo sobre la bandeja de metal en la que yace. Llegó con su equipo a la escena del crimen antes de la una de la mañana. Los policías que atendieron el caso tenían acordonado con cinta amarilla el lugar, una antigua cancha de tejo rodeada de pinos, al pie de una colina con el pasto crecido, no muy lejos de La Peña, un sector en los cerros surorientales con una fama de trampa mortal al que solo le gana el palo del ahorcado, en Ciudad Bolívar. Desde la iglesia del barrio Egipto hasta la cancha de tejo, la camioneta en la que se moviliza gastó diez minutos subiendo por entre calles, curvas y casas con pisos construidos en épocas y materiales distintos,.

Los hombres de Jesús visten de negro. El único que no es el investigador, quizás para no amedrentar a los testigos a la hora de tomar las declaraciones in situ. Una chaqueta larga, cigarrillos y una libreta lo acompañan. Mientras interroga a los testigos —entre ellos, la novia del muerto—,

el topógrafo mide con un metro el lugar, la posición del cadáver con respecto a los cuatro puntos cardinales, las evidencias encontradas: una cachucha blanca, un reloj Casio, un revólver que al parecer era del finado. Por su parte, Jesús recorre con una linterna cada centímetro cuadrado de la colina buscando otras evidencias, algún casquillo que ate el homicidio al sospechoso que detuvieron. A unos diez metros del cuerpo hay una mancha de sangre, que en la noche parece aceite quemado. El rastro describe un camino en zigzag hasta el muerto. El tipo está recostado sobre un tejado de lata, con las piernas estiradas y la cara al cielo, como un muñeco de año viejo a la espera de que le prendan fuego. Uno podría decir que lo acomodaron. O que a lo mejor se le acabó el aire y no pudo seguir más y que ahí, sentado, lo ultimaron. O que se alcanzó a subir al techo y desde ahí respondió a los tiros del que lo perseguía desde hacía varias cuadras, cuando tuvo que salir volado de una tienda. Que se le acabaron las balas y recibió con las manos abajo un balazo que lo derrumbó y en su caída se vino abajo el tejado de lata. Conjeturas nacidas de una noche lenta y fría que solo los peritos podrán esclarecer. Ellos no saben, no sabrán jamás que le decían Flaco.

Después de peinar el lugar, el jefe le da entrada a Sandra, la fotógrafa. Al lado de cada evidencia ponen un número negro sobre acrílico amarillo y toman una foto. El flash ilumina el sitio por segundos. Abajo se ven las canchas de tejo derruidas, otras manchas de sangre, una cagada de perro, los restos de una mandarina. Jesús guarda las evidencias en bolsas de plástico individuales. Por cada una cambia de guantes para no contaminarlas. La provisión mínima para cada turno de doce horas es de cuarenta pares de guantes. Hoy lleva seis, talla 8 1/2.

Por último, se ocupan del número uno, el cadáver. Son las tres y el viento que baja de la montaña quema. De no ser un sitio donde vienen a parar los cadáveres del barrio, el lugar sería un agradable mirador. Bogotá se ve a lo lejos, titilando inocente, como si el año pasado no hubiera arrojado 1.689 homicidios. Por fin la linterna de Jesús lo alumbra. Un coro de gallos rompe a cantar. Cada vez se suman más. Cuando llega a la cara del muerto son como una docena. Es joven y está rapado. Jesús lo describe, Sandra anota. Hablan de pendientes de 90 grados y posiciones cubito dorsales. Le toman fotos, un estudio completo. Después le recubren las manos con papel y las envuelven en bolsas. Este procedimiento se conoce como embalaje y todos los cadáveres relacionados con muertes por arma blanca o de fuego pasan por él para que las muestras biológicas y de pólvora no se pierdan.

Lo ideal sería meterlo en la bolsa plástica de una vez, pero la oscuridad no se lo permite. Deciden sacarlo en la bandeja de metal hasta la calle. Lo acuestan con relativa facilidad. El rígor mortis apenas está apareciendo (se empieza a dar a las seis horas, a las doce se extiende a las extremidades y a las veinticuatro el cadáver completo está como una paleta. Solo a las treinta y dos horas del deceso, el muerto recupera su antigua flacidez. Noticia criminis, in situ, rígor mortis. El latín vive en las formalidades del derecho y de la muerte. Lo sacan entre tres. Antes le cruzan las piernas para que los gases que despide al ser manipulado no los ahoguen. Los espero arriba, al lado de un poste. Lo depositan en el pavimento. Mientras descansan veo cómo el aire que quedaba en el cuerpo hace que se formen bombas de sangre en su nariz. El fenómeno es aterrador, parece como si respirara. Además tiene los ojos abiertos.

Jesús acaba la descripción a la luz del poste. Menciona los impactos. Dos en la cabeza, uno visible en el occipital izquierdo, con orificio de salida. Busca el otro con sus guantes alrededor del cráneo. No haya el hueco por donde salió. Podría tener uno más en el pecho. Lo deduce por la abundante sangre en la camisa. Si existe, es tarea de Medicina Legal descubrirlo. Ahora los bolsillos. En el derecho tiene un billete de diez mil pesos arrugado. En el izquierdo, uno de cinco mil y ciento cincuenta en monedas. Anotan en el acta. Si no es falsificada, la plata perteneciente a los cadáveres se convierte en depósito judicial y va a las cuentas bancarias existentes para tales efectos. Si es moneda extranjera, a un depósito en el Banco de la República. Con tantos muertos esas cuentas deben ser gordísimas. En el bolsillo de atrás tiene la billetera. Sacan la cédula y la guardan en un bolsa. Lo demás se lo devolverán a la familia. Listo, ahora sí, a meterlo en el plástico negro. Lo sientan y deslizan la bolsa de bioprotección desde la cabeza hasta los pies. Desde la esquina los putean. La novia pide respeto. “No es una cosa, malparidos”. Bueno, en parte sí, es un cuerpo sin vida, una especie de cómoda con muchos cajones donde los investigadores buscarán las pistas para aclarar su muerte. En parte no, es el Flaco. Así le grita la mamá que llegó en un taxi y pasó por debajo de la cinta dando alaridos de dolor. Antes de llegar hasta su hijo, los policías la atajaron. Se desmayó en sus brazos, en mitad de la calle.

La diligencia está llegando a su fin. Son las cuatro y media de la mañana. Hay que esperar la paletera, el carro del CTI donde transportan la mitad de los muertos de la noche. La otra mitad le corresponde a la Sijín. A las cinco, con el cielo despejado, promesa de un buen clima, meten en una camioneta la bandeja de metal donde va uno de los dieciséis muertos de esta noche de viernes en Bogotá. Los testigos se dispersan. Al despedirse sale niebla de sus bocas. La noche se acaba con un último coro de perros.

El Flaco cumple con todas las estadísticas. Por cada doce hombres asesinados muere una mujer por esta causa. El 88,5% de los homicidios fueron cometidos con arma de fuego; el 50% se presentó en la vía pública; el 69%, en zonas urbanas, la mayoría entre las 18 y las 24 horas. Los hombres entre los 18 y los 24 años ocuparon el segundo rango de edad más vulnerable. ¿Quién era el Flaco? Esta es su ficha: hombre joven, asesinado a bala en una calle, cerca de la medianoche. Se sospecha que fue un ajuste de cuentas. Cargaba un revolver. Era hombre muerto.

Por la claraboya de la sala de necropsias entra una agradable luz. Es domingo y hace sol. La gente se prepara para un largo almuerzo en la casa, un ajiaco o un lomo de cerdo al horno. Algunos saldrán de la ciudad a buscar un asadero y unas fresas con crema a la orilla de la carretera. No es el caso de los cuatro médicos forenses que hoy están de turno. Tendrán que atender por lo menos cuatro cuerpos para no represar las entregas. Para el lunes quedan los que acaban de traer: un niño, una señora entubada, con esparadrapo en los brazos, y un cincuentón de bigote cano con una puñalada en el pecho y un mordisco en la entrepierna. Lo encontraron sin pantalones, dentro de su carro, en el garaje de su casa. La doctora encargada de las pruebas dentales no puede creerlo. Hace rato no veía un indicio tan claro de un crimen sexual (el mordisco es redondo, entre apasionado y violento). Sale corriendo a buscar una sustancia para rescatar restos de saliva.

El doctor Gómez, el más veterano de los forenses, toma un expediente de 42 páginas que Coral 15 y Saturno 11 llenaron con los datos referentes a un asesinato. Lo ojea con cuidado antes de asomarse al cuerpo. Pide que lo trasladen a una sala alterna para explicarme en detalle lo que se dispone a hacer. Dos tapabocas y una caja de chicles de menta que me obliga a respirar por la boca mantienen a raya el olor de la cadaverina, la amina alifática que se produce en la degradación de las proteínas y que causa el hedor de los cadáveres. Pablo, el auxiliar técnico asignado, que además de llevar traje quirúrgico tiene un casco con protector de plástico transparente y un peto amarillo, pasa la bolsa de plástico negra de la bandeja metálica a una cama de cemento por la que circula un poco de agua. Cuando el doctor da la orden, la abre. Hace un día entero que no lo veía. Anoche soñé con él. Estaba parado de espaldas en la colina donde lo mataron, rodeado por una docena de perros y gallos. Pablo empieza a quitarle la ropa. La describe pieza por pieza, con la marca. El doctor anota. La van guardando en una bolsa. Una vez desnudo buscan cicatrices, señales particulares (vello axilar escaso, barba incipiente). Tatuajes y joyas (dos aretes en la oreja derecha y un escapulario en cada tobillo). No tiene ningún tiro en el pecho, como pensó Jesús. Ahora, el cráneo. Ubican los disparos. Uno entró arriba del puente nasal. El orificio es diminuto si se compara con el de salida. Está abombado y tiznado, lo que quiere decir que el tiro fue a quemarropa. Llaman a balística y hacen una prueba con acetona y un papel filtro en el otro disparo. Después de sacar una impresión del lugar aplican un reactivo sobre el papel. Pequeñas partículas de pólvora se ven diseminadas. Presencia de tatuaje, dicen los doctores al tiempo (disparo a distancia muy corta). Revisan si existen señales de pelea, heridas. Nada. Después, Pablo le corta las uñas con unas tijeras, una por una y por un momento pienso en lo extraño que se ve este manicurista post mórtem. Las guarda en tubos de ensayo. Un fotógrafo de medicina legal ha estado documentando todo el proceso. Llega la auxiliar de necrodactiloscopia. Le toma cuatro pares de huellas, dos irán a los archivos de la Registraduría, las otras al de Medicina Legal. Ahora son cuatro personas con el propósito de encontrar al asesino de un hombre que a lo mejor le daba lo mismo estar vivo que muerto.

Están listos para lavarle la cara, para quitarle la costra que lo ha ocultado todo este tiempo. El agua de una manguera y un trapo le devuelven el rostro. Es mucho más joven de lo que creí. Tiene un único mechón de pelo. Es largo y le sale de la frente. El doctor se queda mirando algo muy extrañado. Justo debajo del tiro frontal tiene tatuada una cruz en tinta azul de un centímetro. El asesino lo conocía, lo vio mil veces. Sabía que tenía que pegarle el tiro ahí, en la seña que se hizo. Al tatuársela escogió el sitio por donde entraría la bala. Esa fue su única decisión, su pequeño acto de emancipación ante la muerte. Ella va a llegar cuando le dé la gana, sin avisar, pronto, eso sí. Yo por lo menos le voy a marcar el camino.

Lo demás es trabajo pesado. Tienen que recuperar la bala que no salió. Mandan a tomarle una radiografía para localizar el proyectil. Cuando regresa de rayos X, Pablo hace una incisión en la frente con un escalpelo y le retira el cuero cabelludo. Con la placa descubren dónde está alojado. Abre el cráneo con una segueta y retira la tapa o calota. Realizan un corte rápido y sacan el cerebro, una víscera más, como su corazón, antes la central nerviosa que tuvo potestad sobre un cuerpo, ahora amarillento, rodeado de gente que no conoció en vida. El doctor dictamina laceración del encéfalo por arma de fuego. Sobre una tabla traza la trayectoria, ayudado por una varilla delgada. Por fin extraen la bala. Me la muestran. Es de plomo, como la mayoría con las que se matan los colombianos. La razón: son baratas. Una pinza la sostiene. Está destrozada pero las pequeñas estrías que dejó el cañón del revolver serán claves para un cotejo balístico.

Pablo se pone a trabajar con las entrañas. Tuvo que hacer una incisión en Y sobre el esternón para sacarlas en una sola pieza, que va desde la lengua hasta el recto. Las revisa y las guarda en una bolsa roja con avisos de peligro, que volverá a meter en el cuerpo antes de coserlo en escasas puntadas con una aguja de quince centímetros e hilo de cáñamo grueso. En la funeraria, cuando lo arreglen, se encargarán de ellas.

Lo último que debe hacer es tomar una muestra del humor vítreo. Esta masa gelatinosa en el globo ocular, detrás del cristalino, es la más confiable a la hora de rastrear drogas o alcohol. La jeringa hundiéndose en el ojo termina por derrotarme y la cadaverina hace rato que inunda mis fosas. Me ataca un rapto claustrofóbico y estoy pensando de más en un muerto que no es mío. Salgo de la sala. En el corredor hay más cadáveres. Un bebé, otra mujer con la cara amoratada. Su marido la mató a golpes.

Mi primer muerto era muy parecido al Flaco. Un joven ladronzuelo, con los sesos regados sobre una acera, detrás de una fila de busetas, cerca a Corabastos. Lo vi el día en que acompañé a un reportero judicial en su ronda habitual. Con los dos me soñé la siguiente noche a la que murieron. El ladronzuelo corría sin parar, el Flaco estaba en una colina, de espaldas, rodeado de un montón de perros y gallos. No se oían disparos, lo que me hizo pensar que descansa en paz.