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¿Pero puede haber mayor tedio que una crónica mesurada? La sensatez, tan útil para decidir que el mejor colegio para los niños es el que está más cerca de la casa, es un narcótico literario.
Palmeras de la brisa rápida (Alianza, 1989)

El animal del reportaje

Juan Villoro Ruiz pasó la primavera de 2012 en Barcelona. Viajé para seguirlo la última semana de su estancia en aquella ciudad en la que impartió un curso del máster en Creación Literaria de la Universidad Pompeu Fabra. Me intrigaba conocer, entre otras cosas, por qué un controvertido genio, poco elogioso, de nombre Roberto Bolaño, lo definió como un escritor que con el paso de los años no se había convertido en cobarde ni caníbal.

El último día de la persecución lo acompañé al aeropuerto El Prat para que se subiera a su avión de regreso a la ciudad de México. Antes de que entrara a la sala de abordar, nos sentamos en una cafetería de paninos con pequeñas sillas plateadas, en las que la altura y corpulencia de Villoro resaltaban aún más. Puse la grabadora sobre la mesa y la encendí para registrar el relieve acústico de su voz calculada y estereofónica. “Qué bueno. Ya era hora de que grabaras algo”, me dijo con una sonrisa irónica, al inicio de aquella conversación, la única que guardé en mi vieja Olympus tras varios días a su lado en Barcelona. Esa entrevista en forma, con una duración de apenas cincuenta y cuatro minutos y treinta y siete segundos, debí comenzarla improvisando la pregunta de si él grababa siempre a sus entrevistados. “Casi nunca oigo lo que grabo, porque lo que recuerdo es lo importante. Pero grabo por una cuestión casi jurídica”, respondió.

Villoro suele hablar con un amable tono pedagógico sobre todas las cosas. Sabes que te está dando una cátedra de algo pero no te apabulla con su conocimiento. El escritor Javier Marías ha resaltado los tremendos poderes de persuasión —seducción incluso— de Villoro, así como su mordiente ironía. Es claro que encarna un caso inusual: “El de poseer una inteligencia sin vanidad”, de acuerdo con Julio Villanueva Chang, editor de la revista Etiqueta Negra. Villanueva Chang también dice que Villoro ha hecho suyo el credo de Gay Talese: “Decir la verdad sin ofender”. Otro atributo de la conversación casual de Villoro es que puede producir frases sumamente poderosas: aforismos que siguen la tradición de Georg Christoph Lichtenberg, escritor del siglo XVIII al que Villoro ha traducido del alemán al español. Lichtenberg es una de varias influencias de la cultura alemana que le fue inculcada desde niño por su papá.

Luis Villoro Toranzo, nació en Barcelona en 1922, y en su juventud viajó a París para estudiar primero en La Sorbona y luego en Múnich, donde se matriculó en la Ludwig-Maximilians-Universität, de la desaparecida República Federal de Alemania. A sus noventa años, Villoro Toranzo es uno de los filósofos mexicanos más respetados. Aunque lleva meses en convalecencia, todavía cuenta con energía para sostener correspondencia pública con el subcomandante Marcos, líder del Ejército Zapatista de Liberación Nacional (EZLN), la organización política-militar que considera al papá de Juan Villoro como uno de sus principales referentes. Villoro Toranzo también cuenta aún con un estómago adecuado para comer un tamal mientras mira por la televisión la entrega de los premios Oscar en compañía de su hijo. En ocasiones pregunta acerca de los conceptos que él mismo desarrolló en sus libros, algunos de los cuales olvida a ratos a causa de su padecimiento. Ambos comentan, sobre todo, temas recurrentes del pensamiento de Villoro Toranzo, como su análisis crítico de la ideología.

Si la prosa del Villoro escritor va de forma vertiginosa directo al descubrimiento (y el trayecto al descubrimiento suele ser aún más revelador), la del Villoro filósofo hace el rodeo revelador: “Quien está preso en un estilo de pensar ideológico no tiene por qué aceptar que su creencia se deba a intereses particulares, porque él sólo ve razones. En realidad, si aceptara que su creencia es injustificada y que sólo se sustenta en intereses, no podría menos que ponerla en duda. Por eso la crítica a la ideología no consiste en refutar las razones del ideólogo, sino en mostrar los intereses concretos que encubren”.

En la entrevista del aeropuerto El Prat pedí a Villoro hablar de otras diferencias entre la escritura de él y de su padre. “Como no soy filósofo, sino escritor, soy fácilmente chismoso, porque es obvio que a un escritor lo que le interesa es la vida privada de las personas. Contar historias singulares, meterte donde no debes. Y también como periodista, pues muchas veces conoces a las personas no sólo por sus ideas o sus posturas, sino por sus tentaciones más bajas, y es más difícil respetarlas”.

Antes de que acabara la conversación en el aeropuerto —durante la cual, sin que lo supiéramos, Josep Guardiola provocaba un cisma en Cataluña al anunciar su renuncia como entrenador del Futbol Club Barcelona—, comenté a Villoro que en México buscaría a su mamá, Estela Ruiz Milán, para entrevistarla.

“¿Seguro? Si lo haces, ella va a querer escribir esta crónica”.

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La primera crónica en forma que publicó Villoro apareció a finales de los años setenta en la revista semanal del Palacio de Bellas Artes. El personaje central de su historia fue el autor de “El dinosaurio” (“Cuando despertó, el dinosaurio todavía estaba allí”), el célebre cuento breve, tan relacionado con el México actual y sus inesperados vaivenes y la reaparición de la nomenclatura y burocracia del PRI que inspiraba en aquellos años más microrrelatos, como el del interminable título “Tú dile a Sarabia que digo yo que la nombre y que la comisione aquí o en donde quiera, que después le explico”, el cual inicia así: “Era un poco tarde ya cuando el funcionario decidió seguir de nuevo el vuelo de la mosca”. Augusto Monterroso había sido maestro de Villoro en un taller literario de la UNAM, en el que también participaban el poeta infrarrealista Mario Santiago Papasquiaro y el periodista independiente Jaime Avilés, entre otros. A petición de Sergio Pitol, quien trabajaba en la revista de Bellas Artes, Villoro hizo su primer texto de no ficción. El entonces joven escritor no tenía duda alguna de su vocación como narrador de ficción, pero la experiencia periodística le gustó. Visualizó la oportunidad de no restringir sus curiosidades, la posibilidad de viajar más y la de contar con un pretexto legítimo para entrevistar a personas. También descubrió que del periodismo emergían experiencias secundarias que luego podían ser usadas en los cuentos que escribía en esos años.

Aquello sucedió hace más de tres décadas. Hoy no es raro que Villoro sea definido como uno de los principales periodistas mexicanos. Sus crónicas y conceptos al respecto son populares y respetados. Una de sus crónicas de largo aliento más recientes es 8.8: El miedo en el espejo (Almadía, 2010), en la que narra el terremoto que sacudió a Chile durante febrero de 2010, mes en el que Villoro participaba en un Congreso Iberoamericano de Lengua y Literatura Infantil y Juvenil celebrado en Santiago. El texto inicia así: “Mi padre siempre ha dormido en piyama. Lo recuerdo en las noches de mi infancia con una prenda azul clara, de ribetes azul oscuro, y así lo veo cuando lo visito en sus ochenta y siete años en sus ocasionales cuartos de enfermo”.

Y uno de sus conceptos periodísticos más populares gira sobre el ornitorrinco, ese raro animal mamífero, reptil y ave con el que Villoro equipara a la crónica, por el amplio catálogo de influencias que pueden nutrirla. El ornitorrinco que ha inventado Villoro para explicar un género de moda en el mundo literario es capaz de provocar discusiones públicas entre académicos y periodistas, lo mismo en Italia que en una provincia lejana de Argentina. O bien, ser retomado durante debates internos en periódicos del Distrito Federal como El Universal, en el que la recién creada revista Domingo estuvo cerca de ser bautizada como Ornitorrinco.

Esta misma crónica está estructurada a partir de los siete “animales” que Villoro propone en el ensayo aparecido en Safari accidental (Joaquín Mortiz, 2005). Por ello es que, a partir de este momento, el lector se encuentra frente a un ornitorrinco —es probable que no bien nacido— de mi experiencia con el escritor mexicano en Barcelona.

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—¿Te sientes más afianzado en el periodismo que en la literatura?
—La verdad es que en ningún lado. Eso es lo interesante. Es como cuando te gusta una chava. Si te interesa, te pone muy nervioso, no se te ocurre algo absolutamente genial que decirle. Lo mismo pasa con los géneros literarios: el teatro pone unas tensiones distintas a las que te ponen los cuentos para niños o las crónicas. Además, las crónicas funcionan en el presente, entonces tienen que ser entendidas y leídas hoy, lo mismo la literatura para niños, que también apela a los niños contemporáneos. En ese sentido, me da gusto conectar. Pero en otros géneros sí puedes ser más caprichoso y posponer tus efectos. Decir: “Pues a lo mejor dentro de cuarenta o cincuenta años alguien va a entender esta novela”.
—En el mundo periodístico eres visto como un gurú.
—Yo tanto como gurú no me siento. El secreto de la vida es no tomarse muy en serio y jamás pensar que tú tienes una responsabilidad exagerada en tus espaldas.
—¿Es equivalente el compromiso ético de un periodista y el de un escritor?
—El compromiso ético del periodista es mayor que el del escritor. El escritor puede ser un hijo de puta y ser un genio, no tiene que rendirle cuentas a nadie y puede ser tan caprichoso como quiera, someter a sus personajes a todo tipo de torturas y deslealtades, lo importante es que el efecto sea bueno. Y puede tener una vida privada siniestra. No es que el periodista tenga que ser un ángel, pero lo que sí necesita de manera imprescindible es establecer un pacto de confianza con la gente: si a ti te van a decir cosas, deben poder confiar en ti, y tú necesitas tener una empatía con los entrevistados para entenderlos. Es decir, en el periodismo, las razones de lo que tú vas a escribir están en los otros, y eso es una muy saludable lección ética, porque te saca de ti mismo, te quita tus certezas y te demuestra que los demás tienen razón. Eso es central para mí.

El animal de la novela

Una novela que se limita al proselitismo es tan inútil como una arenga política que se percibe como un caudal de metáforas.
Los once de la tribu (Aguilar, 1995)

A la medianoche, en la calle Roger de Llúria, sobre la que se encuentra el departamento de Juan Villoro en Barcelona, todavía se percibe algo del ambiente del Día de Sant Jordi que se celebró el lunes 23 de abril de 2012. Jóvenes caminan discutiendo en catalán, mientras que en el suelo frente al viejo portón del edificio está tirado un racimo de tallos con las flores decapitadas. En el centro de la fiesta patronal están las rosas y los libros que los catalanes regalan a lo largo del día. La fecha coincide, además, con el aniversario de la muerte de Shakespeare y Cervantes. Villoro acaba de llegar a su departamento tras una larga jornada en el Día del Libro y de la Rosa, la cual terminó en un restaurante diseñado por Jean Nouvel, el mismo arquitecto francés que creó la sofisticada torre Agbar, a la que la arquitectura mental de los catalanes de a pie renombró como “El Supositorio”, por su anatomía cónica y redondeada de proporciones monumentales. Ahí cenó tapas con amigos y compañeros de El Periódico, uno de los dos diarios más importantes de esta comunidad autónoma española.

Durante el día, Villoro acudió a diferentes puntos de Barcelona a firmar libros para sus lectores. Entre las resonancias carnavalescas de una de las sesiones se topó al escritor Enrique Vila-Matas, amigo de antaño con quien en esta primavera parece que se dio un distanciamiento. Mientras ambos firmaban sus nuevos libros (Villoro, Arrecife, y Vila-Matas, Aire de Dylan), en algún momento, el autor catalán se acercó y le dijo que lamentaba que estuvieran molestos. Villoro le respondió que no sabía que lo estaban. El escritor colombiano Juan Gabriel Vásquez, que estaba presente, intervino de prisa diciendo que seguro estaban molestos porque el Barcelona había perdido el partido de ida con el Chelsea en la Champions League. Todos rieron. Al final de la sesión de firmas, Vila-Matas se acercó de nuevo a Villoro. Le dijo que no tomara a mal que no hubiera respondido un mensaje suyo para que leyera y le hiciera comentarios a Arrecife antes de imprimirlo. Villoro le contestó que no había ningún problema. Vila-Matas y Villoro, junto con el chileno Roberto Bolaño y el editor de todos ellos, Jorge Herralde, formaron un grupo compacto que se reunía de forma regular en ciertos bares de Barcelona. El grupo menguó porque Bolaño murió y Vila-Matas enfermó, y luego dejó la editorial Anagrama y firmó un contrato con Seix Barral, recién adquirida por Planeta. Villoro y Vila-Matas quedaron como dos personas que fueron amigos íntimos y ahora se llevan cordialmente y se respetan, aunque no se frecuentan.

Mientras Villoro recuerda aquella época que tuvo su auge en los alrededores de 2000, entra Martín Caparrós, quien pasa estos días en el departamento de Villoro. El escritor y cronista argentino viene de una fiesta en el Belvedere, precisamente uno de los bares de escritores en los que antes se reunían Bolaño, Herralde, Vila-Matas y Villoro. Caparrós platica que se encontró ahí al cantante Andrés Calamaro, quien ese día también estuvo dedicando ejemplares de un libro que publicó sobre su vida o algo así. Villoro le comenta que a él le tocó firmar al lado de un hombre llamado —no es broma— Mario Vaquerizo, esposo de la cantante Alaska.

Como los canapés del festejo del Belvedere eran inalcanzables, Caparrós va a la cocina a destapar una cerveza Coronita (el nombre que toma la Corona en España) y a prepararse un sándwich. El cronista argentino recién terminó un libro sobre degustaciones exóticas para la editorial oaxaqueña Almadía, el cual lleva como título Entre dientes, pero su trabajo más ambicioso va en sentido contrario al de la gastronomía extravagante: se trata de un gran reportaje sobre el hambre en el mundo. Es por ello que ahora está en Barcelona, donde planeaba pasar la mayor parte de 2012. Caparrós ha elegido esta ciudad como centro de operaciones para moverse desde aquí hasta la India y a algunos países africanos a hacer su investigación. Aprovecha los días en Barcelona para hacer crónicas de futbol que manda a El Periódico, en que Villoro lo ha recomendado.

Villoro y Caparrós comparten muchas más cosas que las páginas de El Periódico y este departamento de la calle Roger de Llúria en esta primavera: ambos hacen novelas y crónicas, ambos escriben de futbol, ambos han traducido a autores del siglo XVIII y hasta el nombre de sus esposas es el mismo: Margarita. Se han convertido en auténticos amigos.

En algún momento, desde la cocina, Caparrós pregunta sobre Bledos a Villoro. Éste le contesta que es un pueblo remoto que está en la frontera de San Luis Potosí con Zacatecas, México, en el que nacieron algunos de sus ancestros. Caparrós confiesa que durante la mañana espió su biblioteca y lo más raro que halló fue una tesis académica sobre dicho lugar. Cuando Villoro está a punto de explicar sobre Bledos, Caparrós se da cuenta de que se le quemó una de las rebanadas de pan con las que estaba por hacerse su sándwich. Maldice su suerte en argentino.

Una vez que vuelve a la sala, Villoro le cuenta que incorporó Bledos a El testigo, pero que en la novela lo renombró como Cominos. En el pueblito hay una hacienda que producía el mezcal Toranzo hasta que la Revolución mexicana acabó con el latifundio y la hacienda quebró. Hoy vive en ese lugar un primo de Villoro que es arquitecto. Lo cuida con una escopeta y una jauría. Un bull terrier llamado Droopy fue por años el vigilante más férreo que podía haber en la zona, asediada por bandas innombrables como Los Zetas. El día que murió Droopy, el primo de Villoro lo metió a una congeladora mientras iba a buscar a un yesero a la ciudad de Zacatecas para que le hiciera un monumento al guardián caído. El monumento a Droopy actualmente está ahí. Su historia podría parecer un invento literario, sin embargo, no lo es.

La plática con Villoro y Caparrós se dirige después hacia La Portellada, otro pueblo, éste de Teruel, en la franja catalana de Aragón, donde doscientos de los trescientos habitantes se apellidan Villoro. Ahí nació, un siglo atrás, su abuelo, el médico Miguel Villoro Villoro. Algunos de los Villoro de La Portellada se reúnen cada año aquí en Barcelona, en el bar Martín Villoro, al que el escritor va de vez en cuando. Villoro lleva una década interesado por su pasado familiar en esta región. En 2002 visitó La Portellada y publicó un artículo para El País titulado “El pueblo de tu nombre”.

Casi a las dos de la mañana, Caparrós se marcha a dormir al cuarto de huéspedes, mientras que Villoro se alista para hacer lo mismo. El escritor no usa pijama, a diferencia de su padre el filósofo. En cambio, se pone un pants gris deportivo de Newport y unas pantuflas blancas. Antes de meterse a su habitación, coge el teléfono de la cocina para llamarle a su esposa a México. Margarita, a quien Villoro llama “mi angelito”, le cuenta de su pequeña hija Inés y de otros asuntos del día, hasta que llega el momento en que comentan las noticias en México, que giran alrededor de la forma en que hacen campaña los tres principales candidatos de las elecciones presidenciales en puerta. Según una nota de Reforma que le platica Margarita, Enrique Peña Nieto, del PRI, lo hace con seis aviones a su disposición; Josefina Vázquez Mota, del PAN, con uno, mientras que Andrés Manuel López Obrador (el candidato por el que votarán Villoro y Margarita), del PRD, se traslada en vuelos comerciales.

El animal del teatro grecolatino

Defequé un líquido de una fetidez extrema. En cientos de cantinas he visto las blanduzcas y amarillentas cagadas de la dieta mexicana, como si padeciéramos una monomanía vegetariana. Lo mío era un chorro negro, intoxicado.
El disparo de argón (Alfaguara, 1991)

La mañana del martes 24 de abril, Juan Villoro permanece arrinconado en el comedor, frente a una pequeña mesa con una Mac negra que, a causa de tanto uso, ya tiene borrada la mayor parte de las letras del teclado. La amplia mesa principal del comedor está a su lado, sin que Villoro la use para escribir. Suele ocuparla su esposa Margarita para trabajar, mientras que, cerca de ahí, un cómodo escritorio ubicado frente a la ventana con la mejor vista del departamento, tiene crayones para colorear que delimitan la propiedad: fue asaltado y tomado por su hija Inés. Tres semanas atrás estuvieron aquí Margarita e Inés, durante las vacaciones de Semana Santa y la semana de Pascua. Luego se fueron, pero Villoro respeta sus dominios en el departamento de la calle Roger de Llúria y escribe en un rincón.

El escritor contesta sin parar un mensaje electrónico tras otro. Suele sortear peticiones para que haga prólogos a libros narcos o de literatura clásica, comente exposiciones de pintura o participe en programas de televisión. También para que dé entrevistas sobre teatro grecolatino o el PRI, imparta clases especiales en alguna universidad estadounidense, lea manuscritos de amigos, sea jurado, reciba premios, apoye causas perdidas y se implique en una larga lista de cosas que exigen una exagerada servidumbre. Sin embargo, Villoro es un escritor prolífico. Sólo su fallecido amigo Carlos Monsiváis podría competir con él en cuanto a omnipresencia.

En algún momento, Villoro detiene la marcha y se acerca a la cocina para prepararse el desayuno. No le molesta, pero tampoco parece que le entusiasme mucho la idea de que lo consideren sucesor de Monsiváis. Durante varios años, Villoro viajó con él a eventos de diversa índole, en los que Monsiváis era “el cronista” y Villoro “el joven cronista”. Lo mismo acudían a Londres para un encuentro de escritores que a una convención revolucionaria en el sureste de México. En agosto de 1994 fueron a la selva tojolabal para participar en el primer gran encuentro que organizó el EZLN con representantes de la sociedad civil. Monsiváis y Villoro fueron dos de los seiscientos invitados seleccionados por el subcomandante Marcos. Ese año de la insurrección chiapaneca, Villoro había sido invitado a participar como profesor en la Universidad de Yale, donde además de enseñar literatura latinoamericana, tomó un seminario con Harold Bloom y se lesionó el tobillo practicando esquí. En 1994 acudió a Chiapas con la intención de escribir una crónica que luego publicó con el título de Los convidados de agosto (un guiño a Rosario Castellanos). Villoro llegó a la selva con una férula, pero como Monsiváis sufriría la misma lesión el primer día del viaje al territorio zapatista, Villoro le prestó su férula, además de que le compartió las recomendaciones médicas puntuales que él mismo había recibido. La primera noche, cuando Monsiváis logró al fin meterse al sleeping bag, se sintió un genio y juró no volver a apoyar ninguna causa que no fuera urbana.

Una diferencia importante entre Monsiváis y Villoro estriba en que Monsiváis no escribió nunca cuentos ni novela. Aunque de esto último, al parecer, sí tuvo la intención. De acuerdo con Villoro, el escritor japonés Kenzaburo Oe, con quien coincidió en un evento celebrado aquí en Barcelona, le dijo que había conocido tiempo atrás a un escritor mexicano de nombre Carlos Monsiváis, quien le había platicado que estaba haciendo una ambiciosa novela sobre la fiebre del oro en Tijuana. Villoro le preguntó después a Monsiváis si lo que le había dicho el premio Nobel japonés era cierto o se trataba de uno de sus comunes divertimentos. Monsiváis reconoció que sí había intentado hacer esa novela en los setenta, pero no lo había conseguido.

La conversación sobre férulas lleva a que Villoro recuerde que debe conseguir zapatos nuevos antes de regresar a México. Sale a la calle a cumplir ése y otros pendientes. Tras unos cuantos pasos entra a una tienda de discos, donde suena un saxofón a todo volumen. Es la música de un cubano exiliado en Barcelona que se oye mientras Villoro busca la Sinfonía fantástica, de Berlioz, para llevársela a su hija Inés. “Es una buena forma de acercar a los niños a la música clásica”.

Después va a una tabaquería en la que compra un sello postal por cincuenta y un centavos de euro. El despachador refunfuña porque no encuentra en la caja todo el cambio compuesto por monedas diminutas que parecen de mentira.

—Ya casi no hay centavos —le comenta Villoro.
—No había, pero ahora con la crisis que tenemos, van a tener que salir como sea.

Villoro pega el sello en un sobre. Lleva adentro una factura con la que cobrará el prólogo que hizo a la nueva edición de un libro de Juan Carlos Onetti. Deposita el documento en el buzón de la esquina de la tabaquería y continúa su marcha hacia la zapatería Camper. Villoro y el despachador, que le da un par de zapatos número 11 americano, ríen mientras comentan que hay gente que llega y quiere darle cierto caché a su compra y pronuncia “Campér”, con acento en la “e”, como si fuera francés. En realidad, explica el empleado, el nombre de la marca Camper es un homenaje a los “campe-sinos” de Mallorca, la isla oriental de España donde se fabrican.

Tras renovar calzado, Villoro debe ir al barrio de las e-companies, en el que están las nuevas cabinas de la Radio Nacional Española, donde lo entrevistarán sobre Arrecife. El productor, un hombre tan expresivo como una piedra, lo espera en la cabina cuarenta y cuatro del piso cuatro del edificio, para enlazarlo a Madrid con el entrevistador. Villoro se ha puesto ya sus zapatos Camper nuevos y responde preguntas a lo largo de una hora: “Esta novela tiene que ver con la memoria y con la forma en la que nos relacionamos con el pasado”, “Me interesaba una novela en la que el narrador tuviera una memoria imprecisa”, “El miedo es en México nuestro mejor recurso natural”, “Los mayas mataban, no porque les pareciera gratuita la vida y fueran sanguinarios, sino, al contrario, porque tenían miedo de que todo el cosmos desapareciera, de que todo se muriera si ellos no ofrendaban lo más preciado, que era la sangre”. Villoro está sentado de espaldas a los operadores, con aparatosos audífonos bien puestos para escuchar a su entrevistador. Habla de forma animada. Va de un tema rebuscado a otro más simple con naturalidad. En algún momento menciona El Lado Oscuro de la Luna, no en alusión al disco de Pink Floyd, sino al programa radiofónico de rock que condujo en los setenta en México, una década en la que Villoro era estudiante de Sociología en la Universidad Autónoma Metropolitana, cuentista en ciernes y letrista del grupo Los Renol. Al fondo, por la ventana de la cabina ubicada en el moderno edificio, todo el tiempo suben y bajan elevadores cargados de personas elegantes. Villoro sigue hablando: “El 10% del lavado de dinero del mundo acaba en Londres, algo que casi no se sabe”, “Estos hoteles son como sedes interespaciales. Los habita gente que no quiere tener pertenencia alguna”, “Los arrecifes son tentaciones peligrosas. Aguas de peces hermosos, pero también de tiburones”. En comparación con El testigo, Arrecife es la apuesta de Villoro por la claridad: una claridad rodeada de cientos de desafíos morales que giran en torno a un asesinato cometido en un Caribe mexicano transformado en “Disneylandia con herpes o un Vietnam con room service”.

Luego de la entrevista, Villoro regresa a su departamento. En la entrada se topa con su amigo, el dueño de una tienda de comestibles junto al edificio de la calle Roger de Llúria. Sale al tema la bolsa de basura que al parecer ha dejado en la calle un periodista americano que vive en el mismo edificio. “Un periodista americano, pero no es Hemingway”, aclara Villoro. El periodista americano que no es Hemingway representa una pesadilla de veinticuatro horas para la mayoría de los inquilinos del viejo edificio. Se trata de un hombre que se pone violento con el ruido del aire acondicionado de los departamentos vecinos. Por ello, Villoro ha tenido que pagar tres revisiones, de cuarenta euros cada una, para disminuir más y más el ruido del suyo. Sin embargo, el periodista americano que no es Hemingway aún está insatisfecho. Una auténtica lata para todos.

Por la tarde, luego de la comida, la nueva parada quedará muy cerca de la Praça de Sant Jaume, donde están el Ayuntamiento y el Palau de la Generalitat de Cataluña. Villoro irá al Colegio de Arquitectos de Cataluña, en el que un pequeño comando conspira la creación de un círculo de lectores arquitectos catalanes. Uno de los miembros es su primo Joan Villoro, quien le ha pedido que participe en una mesa de discusión que servirá para ir calentando el asunto entre la comunidad local de arquitectos. Durante el trayecto, por la ventana del taxi se ve un grupo de fanáticos del Chelsea recién llegados a la ciudad. Como su equipo juega hoy en la noche contra el Barcelona, los hooligans están haciendo desmadre en las calles del Barrio Gótico. Villoro parece no darles importancia.

A la sesión inaugural del club de arquitectos lectores ha acudido poca gente. De hecho, casi hay el mismo número de exponentes que de público. “Es una sesión que empieza en familia”, justifica con buen ánimo Joan Villoro, cuando arranca el evento. El moderador es Gerardo García-Ventosa, director de la Caja de Arquitectos, quien presenta de forma campechana al Villoro escritor: “Aquí lo conocemos por sus escritos en El Periódico y sobre todo por el Premio Herralde. Yo, en lo personal, no lo conocí por su novela El testigo, sino por sus cuentos de Los culpables”. Comparten la sesión con Villoro el arquitecto y escritor Josep Maria Montaner, la historiadora de arte Raquel Lacuesta y el editor de una revista arquitectónica, Moisés Puentes.

Villoro habla de la importancia del espacio arquitectónico en el mundo de un escritor. Cuenta que viene del Distrito Federal, una ciudad en la que ni siquiera se sabe cuántos habitantes hay. “Preguntas y te dicen que entre dieciséis y veinte millones, un margen de error de cuatro millones, el número de habitantes que tiene una ciudad europea”. Después explica que Vladimir Nabokov ponía a sus alumnos a leer La metamorfosis, de Kafka, y les pedía que hicieran un plano de la casa de Gregorio Samsa. “No puede haber literatura sin espacio”. Más adelante habla de las bibliotecas de arquitectos que ha visitado. Por ejemplo, la de Luis Barragán, donde encontró invaluables libros de jardinería y de fortificaciones militares. Por ello, aboga para que los familiares de los arquitectos muertos de Barcelona donen sus bibliotecas y sus valiosos libros no queden desbalagados.

Finalmente emplaza a los asistentes a defender la vigencia del libro como objeto y refiere un artículo que publicó al respecto en la revista colombiana El Malpensante. Recuerda la tradición catalana con los libros: “Cuando El Quijote llega a Barcelona dice: ‘Aquí sí hacen libros’. Además, creo que de aquí son los mejores editores”. Parece que va a terminar su intervención, pero insiste de nuevo en que se luche por la vigencia del libro como objeto. Hasta parece que se exalta: “La fiesta de Sant Jordi es un buen momento para defender el libro: no me imagino un Sant Jordi en el que se estén regalando descargas electrónicas de libro. ‘Hola. Feliz día. Te regalo una descarga electrónica de libro’”. Aunque hay poco público, Villoro se lleva una estruendosa ovación cuando termina de hablar.

El último destino del día son las oficinas de El Periódico, donde verá el partido de vuelta de la semifinal de la Champions League, entre el Chelsea y el Barcelona. En la redacción del diario se siente la misma atmósfera de expectativa de un pequeño estadio de futbol. Villoro es detenido a cada rato para saludar y recibir abrazos mientras camina entre los escritorios de reporteros y editores, rumbo a la sala de juntas del periódico, como si fuera el alto y barbudo defensa central del equipo que va entrando a la cancha del Camp Nou. Al sentarse en el lugar donde verá el partido con un grupo de editores del diario, coloca sobre la mesa un pequeño elefante que ha comprado por cinco euros a un vendedor africano, durante una cita con un amable periodista boliviano en un bar. “Es el elefante de Botswana que nos dará la suerte”, dice. Tras la divulgación de unas fotos de cacería del rey Juan Carlos I en Botswana, al lado de un paquidermo muerto, los elefantes africanos se han puesto malamente de moda.

Pese al elefante de la suerte, el primero de muchos alaridos de la sala de juntas ocurre al minuto dos con cuarenta y siete segundos, cuando el Chelsea se acerca con peligro a la portería del Barcelona. Unos minutos después, la puerta de la sala de juntas se abre de forma violenta. Aparece un editor desorbitado gritando en contra del propietario ruso del Chelsea: “¡Cómo puedes tener un yate, una casa así y tener un equipo así! ¡Cómo puede pasar eso con Abramóvich!”.

En la pantalla, un imponente negro llamado Didier Drogba tumba al auténtico defensa central del Barcelona, Gerard Piqué, novio de la cantante colombiana Shakira, y Villoro comenta: “Pensamos que lo iba a lesionar la cadera de Shakira, pero fue un caderazo de Drogba el que lo tumbó”. Al minuto treinta y cinco, Barcelona anota uno de los goles que necesita para remontar la situación con el Chelsea, quien le ganó en el partido de ida, como bien lo recordó Juan Gabriel Vásquez a Villoro y Vila-Matas, durante Sant Jordi. Ocho minutos después, el Barcelona anota otro gol y se alcanza a oír que el narrador del partido dice una y otra vez “groovie” o una palabra en catalán que suena muy parecida. Los editores y Villoro se relajan, pero no del todo. Lo impide un brasileño del Chelsea que mete un gol magistral en los minutos extra del primer tiempo. Villoro pone cara de fastidio y se quita el suéter después del tanto.

En el medio tiempo, los espectadores de la sala de juntas comentan sobre Josep Guardiola, el joven entrenador del Barcelona que se ha convertido en el gurú de la ciudad tras conseguir más campeonatos que nadie en la historia del club. También hablan sobre lo catastrófico que sería que Barcelona quedara eliminado de este torneo, aun más en medio de la depresión económica que viven Cataluña y el resto del Estado español. El tema de la crisis se extiende hasta que comentan el rumor de que se avecina un recorte de personal en el diario El País.

El segundo tiempo se convierte en un calvario para los de la sala de juntas a partir de que Lionel Messi falla un penal. Silencio sepulcral. Un par de minutos después, un editor lo rompe diciendo: “Es el octavo que falla”. Otro se para y grita: “¡Mierda! Hay que vender a Messi ya, no sé qué hace en el Barcelona”. Después el silencio regresa a la sala de juntas, pero nunca más la cordura. Ahora sí se oye clarito que el locutor de la televisión asegura: “Esto parece una película de Hitchcock”.

Villoro adopta una nueva postura, de mayor concentración. Incluso se pone los anteojos con los que escribe, y saca y acaricia un misterioso llavero de la suerte, el que sí es, en serio, su amuleto para la buena fortuna. El elefante de Botswana sigue sobre la mesa, pero ya no es gracioso. La sala de juntas parece una capilla velatoria hasta el minuto ochenta, cuando el Barcelona anota un gol, y Villoro se levanta y salta como niño mientras abraza al subdirector de El Periódico y ambos gritan “gol” una y otra vez.

Sin embargo, el árbitro anula el tanto porque el jugador que lo hizo estaba en fuera de lugar. Todo es tan rápido en este momento que no hay tiempo de lamentar demasiado el engaño de la fortuna. En la pantalla, el Barcelona sigue atacando. Sus jugadores disparan contra la portería una y otra vez. En cierto momento, el balón golpea el travesaño de la portería rival… La agonía termina cuando un jugador español del Chelsea, Fernando Torres, anota el gol que manda todo al carajo. El Barcelona quedó eliminado.

Los editores gritan y patean. Las sillas de la sala de juntas salen volando y los descansabrazos golpean el piso, mientras que las patas quedan de lado. “Vamos a cambiar páginas”, dice uno de ellos, con el rostro rojo y enfurecido. Villoro se queda en la revoloteada sala de juntas. Solo. Sumido en un silencio reflexivo.

Cinco minutos después sale de ahí y va a la isla de edición en la que el subdirector y otros periodistas trabajan con la portada del día siguiente. No hay nada más importante en el mundo que la derrota del Barcelona en una semifinal, y por eso toman con tanta seriedad las palabras que deben elegir para el titular de mañana. Hace unos días, su equipo perdió contra el Real Madrid y la cabeza fue: “La noche más amarga”. El subdirector plantea que el editorial del día siguiente sea una crítica a Lionel Messi. Otro editor le pide que tenga calma con el argentino, pero sugiere que se escriba con dureza contra el entrenador Guardiola. Otro editor más aparece y los tranquiliza a los dos. Les dice que esperen un día para reflexionar con frialdad sobre el partido antes de emitir juicios contundentes. El titular sigue sin definirse y se acerca peligrosamente la hora de cierre de la edición.

Mientras tanto, algunos reporteros de otras secciones llegan con Villoro para que les firme ejemplares de Arrecife. Villoro les hace largas y afanosas dedicatorias. Se acerca la medianoche y acaba de perder el Barcelona. Aún tiene energía para concentrarse y poner una palabra tras otra con un ritmo frenético, como si acabara de despertarse y estuviera en la misma mesa de trabajo en la que se arrincona a trabajar por las mañanas cuando está en su departamento de la calle Roger de Llúria.

El animal de la entrevista

Me gustan tus historias, las alucinaciones con lagartijas de colores, los delirios de otra época. Mis amigos tuvieron que ir a la guerra para pasar por eso. Tú te jodiste en paz. Este país no deja de maravillarme. Los mexicanos necesitan chingarse para estar bien, por eso son tan buenos en las Olimpiadas de paralíticos.
Arrecife (Anagrama, 2012)

Esa noche triste de Barcelona, Juan Villoro llegó a su departamento de la calle Roger de Llúria preocupado porque la chapa de la puerta principal estaba movida, como si alguien la hubiera forzado. ¿El periodista americano que no es Hemigway? Villoro siguió avanzando por el pasillo y en la barra del comedor encontró un platón con fresas frescas y una botella vacía de cerveza Coronita. También una imponente rosa roja sumergida en un vaso grande de vidrio con agua. “¿Quién habrá dejado esto?”, se preguntó Villoro. Luego dijo: “¿Caparrós?”. Era parte del ritual de despedida de su huésped, quien al día siguiente debía volar hacia Argentina para participar en la Feria Internacional del Libro de Buenos Aires, en la que tenía que presentar Ida y vuelta, un libro con la correspondencia sobre futbol que mantuvieron Villoro y Caparrós durante el Mundial de Sudáfrica 2010.

En el comedor, Villoro se lamentó de que la derrota del Barcelona implicara otorgarle más aliento a personajes como el entrenador del Real Madrid, José Mourinho, un tipo conocido por el sistema represivo y dictatorial que emplea para dirigir a sus jugadores, a quienes ordena cometer faltas al equipo rival para sacarlo de quicio. Y si el árbitro expulsa a uno de los suyos, el tramposo entrenador dirá después que se favoreció al Barcelona: que uno de los suyos fue expulsado solamente porque el Barcelona tiene comprados a todos. Képler Laveran Lima Ferreira, mejor conocido como Pepe, es un defensa del Real Madrid que ha llevado al extremo el “estilo Mourinho”. Más que por su nivel de juego, el futbolista portugués es famoso porque le pisó la mano a Messi cuando éste ya estaba tirado en el piso; además, ha dado patadas célebres a otros rivales mientras se encuentran indefensos. Villoro lo define como un sociópata.

Mourinho es tan maquiavélico —dice el escritor— que llegó a generar un nivel de tensión entre los jugadores del Barcelona y el Real Madrid, el cual puso en riesgo la estabilidad de la selección de futbol campeona del mundo, en la que los integrantes de ambos equipos debían convivir. Para tratar de remediar esto, el capitán del Real Madrid, el portero Iker Casillas, le habló por teléfono al capitán del Barcelona, el mediocampista Xavi Hernández, a fin de proponerle una especie de tregua. Mourinho se enteró y estalló en furia. En represalia, dejó en la banca a Casillas durante varios partidos. Otro que padeció el “estilo Mourinho” fue el antiguo director general del Real Madrid, el argentino Jorge Valdano. A su llegada a Madrid, cuando el entrenador portugués era cuestionado por los periodistas acerca de temas polémicos, respondía: “Si quieren la versión amable, busquen al argentino”. Ni siquiera llamaba a Valdano por su nombre. Una vez dijo: “Ese argentino se va cuando yo consiga mi primer título”. Y así fue. Valdano salió del Real Madrid cuando Mourinho ganó el primer campeonato. “Mourinho es como Hitler pero sin genocidio. Tiene el mismo aparato de propaganda y control”, lamenta Villoro.

No resulta extraño que Villoro sea tan apasionado del Barcelona, debido a su pasado familiar y a otras cosas como el heroico actuar del equipo catalán durante los años de la dictadura de Francisco Franco. Lo que sorprende es que su equipo favorito en México sea el Necaxa, un conjunto tan inocuo que Don Ramón, el personaje de El Chavo del Ocho, cuando se veía en apuros, para expresar su neutralidad ante ciertas disputas, decía: “Yo le voy al Necaxa”.

—En cuestión de los equipos y grupos literarios que existen, ¿también le vas al Necaxa?, ¿te consideras alguien neutral?
—Yo creo que los grupos literarios son necesarios, son útiles, porque sin grupos de pronto no hay revistas, no hay espacios de acción cultural, entonces, me parece muy respetable que alguien pertenezca a un grupo. Yo nunca he querido hacerlo, porque también me parece que un grupo tiene el handicap de que estás trabajando para una comunidad demasiado restringida de intereses, y que los críticos de esa comunidad te van a favorecer siempre, y los que no pertenecen a esa comunidad, o son incluso enemigos, van a tener un prejuicio. Yo prefiero que la gente me juzgue, hasta donde eso es posible, a partir de lo que yo hago y nada más. Algo que, claro, tampoco es fácil, porque todos tenemos prejuicios: si un autor es chilango o es de Tijuana, es católico, o es de izquierda o es de derecha, ya tienes un prejuicio respecto a él. Así es en cualquier cosa.
—Eres libra, el signo más diplomático del zodiaco…
—Sí, rehúye el enfrentamiento directo, pero eso no quiere decir que Libra sea un signo blando. Lo que pasa es que busca, digamos, la fuerza tranquila o la fuerza amable: convencer a los demás y tratar de que ellos crean que tus ideas son de ellos. La mayoría de la gente que yo he conocido de ese signo es más suave para el enfrentamiento, pero no menos resistente.
—Claramente eres de izquierda, pero a veces desde ahí te acusan de ser de derecha.
—Sí. Uno de los grandes problemas de la izquierda es que si no asumes la postura mayoritaria, parecería que eres un traidor al interior del grupo. La frase de Siqueiros de “No hay más rutas que la nuestra” muchas veces es lo que impera en cualquier discusión de izquierda.
—¿Qué haces con esas críticas y discusiones?
—Yo considero que la tolerancia es un atrevimiento. Muchas veces pensamos que la tolerancia es algo blando, que significa ser débil y consecuente con ideas en las que no crees, pero yo estimo que es al revés. La tolerancia es un atrevimiento, porque significa escuchar al otro pensando que puede tener razón y respetar una idea discrepante, aunque eso no es fácil. Ahora, el atrevimiento es también decir lo que tú piensas en ese contexto, sin pretender destruir al otro, aniquilar o criticar. Es un movimiento complicado, pero yo creo que hay que hacerlo. Yo he tratado siempre, si estoy en un grupo, de decir: ‘Bueno, estamos juntos en esto y mi compromiso es decir lo que pienso’. Casi siempre lo he hecho.
—¿Así fue tu periodo de militancia en el Partido Mexicano de los Trabajadores?
—En aquel tiempo, los sábados en la mañana teníamos larguísimas asambleas y al final votábamos. Una vez que la asamblea aprobaba algo, tenías que apoyarlo aunque estuvieras en contra. Digamos, hay una razón de partido que siempre es compleja: ya que perdiste la discusión, tienes que apoyar la resolución. Esos momentos no son tan fáciles, pero bueno, tampoco es dramático. Es como si un amigo muy cercano te invita a presentar un libro. Tú anhelas que sea una obra maestra, pero te das cuenta de que es muy inferior a lo que tú esperabas, y en ese caso la generosidad se tiene que imponer un poco a la justicia y, claro, hacer comentarios que no necesariamente sean de un rigor calvinista. Eso también sucede.
—¿Lo de irle al Necaxa no se trata de una decisión táctica que tiene que ver con tu afán de neutralidad?
—No. Yo vivía en una calle donde todos le iban al Necaxa y me quería identificar con esa calle. Mis papás se habían divorciado y yo estaba en el Colegio Alemán, con el que no me identificaba para nada. Estaba como perdido, sin brújula, y como que quería pertenecer a algo. Quería pertenecer a esa calle, y ahí le iban al Necaxa…
—Pero pudiste cambiar de equipo después…
—¡No! Porque eso es como cambiar de infancia, es como decir: “Yo ya no soy ese niño, soy otro, tengo otra infancia”.
—Necaxa ya ni siquiera juega en Primera División…
—No, bueno, pero de todas maneras tú le sigues yendo ciegamente al equipo. Es el último rango de la intransigencia emocional. Puedes cambiar de todo en la vida, hasta de sexo con una operación, con una terapia psicológica para ajustarte, pero de equipo de futbol no, porque es como traicionar tu infancia. Yo sigo fiel al Necaxa. Por otra parte, era un equipo muy simpático, porque era un equipo muy gitano, que le ganó al Santos con todo y Pelé, y luego perdía con el colero de la liga. Le llamaban “el equipo de los últimos diez minutos”, porque daba volteretas insospechadas. Hubo un jugador que se llamaba Fumanchú Reynoso, que desapareció un balón en plena cancha. Por eso le pusieron Fumanchú, como el gran mago. El Necaxa tenía muchos récords inútiles y era muy pintoresco. Fue el último equipo que defendió el amateurismo, porque era del Sindicato [Mexicano] de Electricistas, y consideraban que cobrar era una vulgaridad. Ellos crearon muchos años después el primer sindicato de futbolistas, e incluso interpusieron el primer caso ante el sindicato. El Necaxa siempre ha sido un equipo con un aura muy especial.
—Creo que mi generación creció relacionándolo con Televisa. Como el equipo comparsa del América…
—Exactamente, ya cuando resurge en las últimas épocas, es propiedad de Televisa, y eso es un desastre. Son de las cosas con las que tenemos que vivir. Porque si algo en tu vida no es propiedad de Televisa es porque es propiedad de Carlos Slim.

El animal de la autobiografía

¿Es usted mexicano? Sí, pero no lo vuelvo a ser.
Los culpables (Anagrama, 2008)

La mañana siguiente de la noche triste, El Periódico llega al departamento de la calle Roger de Llúria con una noticia que toda Barcelona ya sabe. Finalmente, el titular elegido por los crispados editores fue: “Fundidos”. Junto a él aparece, muy pequeña, una nota sobre otra de las tristezas diarias que produce la crisis: “Los pacientes pagarán parte de las muletas”. Villoro comenta que esto es lamentable, aunque anota que en la abundancia de la seguridad social española de antes existían abusos. Menciona a un escritor que se practicaba dos colonoplastias al año, lo que significa que le metieran una vaina por el ano cada seis meses, lo cual era una exageración. “Hasta parece que le gustaba”.

Villoro lee diarios todas las mañanas. Cuando se topa con notas o entrevistas acerca de él, pasa de largo. Tampoco es uno de esos escritores con una alerta de Google sobre sí mismo ni sobre sus contemporáneos, aunque es un escritor mediático sobre quien la prensa suele estar atenta. Abundan los elogios hacia su trabajo, y de vez en cuando tiene que enfrentar críticas exigentes, como las que ha hecho Christopher Domínguez a su novela Materia dispuesta, a la que calificó como “deplorable”, u otra que hizo Heriberto Yépez a una crónica de Tijuana aparecida en Safari accidental. “La autocrítica es necesaria… Es como cuando te vas a cortar un pellejito: si te lo corta la enfermera, te duele más que si te lo cortas tú”.

Entre las novedades de las librerías de Barcelona de esta primavera, hay un voluminoso libro con la foto de Villoro de perfil en la portada. Se trata de Materias dispuestas, una antología de críticas sobre su obra, con decenas de comentarios y ensayos hechos por escritores, académicos y periodistas. El volumen, recopilado por Catalina Arango, José Ramón Ruisánchez y Oswaldo Zavala, abarca reseñas desde La noche navegable, el primer libro de Villoro, aparecido en 1980. De la treintena que ha publicado desde entonces, el más vendido es El libro salvaje: un relato para adolescentes cuyas ventas superan las acumuladas por todos sus demás libros juntos. El segundo más vendido es también una historia para adolescentes: El profesor Zíper y la fabulosa guitarra eléctrica. A sus demás libros no les va mal: hace un momento le llegó un mensaje electrónico del Fondo de Cultura Económica en el que le avisaban que saldrá la décima edición de su traducción de los aforismos de Lichtenberg. El correo lo lee en su mesita del rincón, en la que se ha puesto a contener el nuevo caudal de mensajes que han llegado en las últimas horas. Antes de hacer la inmersión total de la mañana, dice: “Se puede escribir muy bien sin hacer best sellers y sin tener premios, pero necesitas un diálogo con un pequeño grupo de lectores”.

***

Al niño Juan Villoro le gustaba oír las historias que le contaba su abuela yucateca, la primera fabuladora que lo sedujo. Su gran crónica Palmeras de la brisa rápida es un homenaje a ella y al mundo de Yucatán que le compartía. El cronista futbolero más famoso de la radio, Ángel Fernández, es otra de las primeras influencias literarias de Villoro, así como las radionovelas de Kalimán y las historietas de La familia Burrón, de Gabriel Vargas, que abordaban la vida íntima de una familia disfuncional y eran al mismo tiempo la crónica informal del idioma y la vida en la ciudad de México.

Pero el descubrimiento esencial fue De perfil, de José Agustín. La novela trata sobre un muchacho de la capitalina colonia Narvarte que está en las vacaciones intermedias entre la secundaria y la preparatoria, durante las cuales sus padres se están divorciando y él se liga a una cantante de rock. Ésa era exactamente la misma situación en la que se hallaba Villoro cuando leyó la novela, salvo la de haber tenido la fortuna de enamorar a una cantante de rock. Leer De perfil fue un acto de identificación con la literatura que vivieron Villoro y cientos de adolescentes mexicanos de aquella época. Hasta ese momento, Villoro no pensaba que un libro pudiera tener algo que ver con él de una manera tan íntima. Descubrió que la vida cotidiana, que le parecía rutinaria, parda y monótona, podía incluir secretos reveladores. Comenzó a ver su vida con una mirada literaria.

Durante ese mismo periodo vacacional, Villoro le dijo a Pablo, su mejor amigo de aquellos años, que quería ser escritor. A Pablo le pareció rarísimo porque nunca lo había visto leer, y eso que lo conocía de toda la vida. De perfil había llegado a manos de Villoro porque otro amigo del barrio, llamado Jorge, lo había leído y se lo había dado, diciéndole que eran las confesiones del chavo que aparecía en la foto de la solapa, en la que podía verse a un rocambolesco joven llamado José Agustín. Villoro quería comenzar a escribir de inmediato. Ahora suele decir que en ese momento se convirtió en uno de los escritores más incultos de la tradición, porque había leído un primer libro por gusto y ya quería escribir otro.

Cuando se sentó a trabajar frente a la hoja en blanco, Villoro descubrió que tenía cierta facilidad para el lenguaje, tal vez heredada de la cultura oral de su familia. Su padre, Luis Villoro Toranzo, hablaba de manera muy profesoral, organizando mucho sus ideas, pero su abuela yucateca era sumamente chismosa y fantasiosa. El primer cuento que escribió Villoro se llamaba “Los hijos de Aída”, y era la historia de un grupo de amigos que se reúnen en el billar Los Hijos de Aída, llamado así porque el dueño es un aficionado a la ópera Aída. En realidad, los asiduos del billar lo visitan porque están formando un grupo revolucionario clandestino. El cuento ganó el concurso literario organizado por la revista Punto de Partida de la UNAM. En ese entonces, Villoro tenía quince años y era “un altísimo adolescente hiperkinético”, según lo recuerda Sergio Pitol.

Después entró a un taller de cuento impartido por Miguel Donoso Pareja, escritor con fama de consentidor con sus alumnos y que había sido guerrillero maoísta, reo, marino mercante y al que además le gustaba el futbol. Donoso se convirtió en un ídolo para Villoro, a quien tomó bajo su tutela. Donoso lo llevaba con él a otros talleres que daba en ciudades como León, Aguascalientes y San Luis Potosí. El “adolescente hiperkinético” se implicó así en una red de escritores de provincia que vivía una bohemia muy interesante y diferente a la de la capital del país. A Villoro le parecía que en el Distrito Federal se llegaba a un evento literario, se leía un cuento y luego cada quien se iba a su casa, pero en provincia, al acabar los actos literarios, surgía una vida mucho más animada. De aquella parvada de escritores, algunos acabaron en la burocracia y otros en el PRI.

Por entonces, el joven Villoro leía a los autores del boom latinoamericano: Julio Cortázar, Jorge Luis Borges, Adolfo Bioy Casares, Juan Carlos Onetti, Mario Vargas Llosa, y a los estadounidenses Ernest Hemingway y William Faulkner. Tenía muy claro que lo único que quería hacer el resto de su vida era escribir, aunque un amigo de la preparatoria, Javier Cara, que también iba con Villoro al taller de Donoso, lo tentó a que estudiaran Medicina, una carrera que a Villoro también le atraía. Tras pensarlo varias semanas, se acobardó porque la carrera médica le parecía muy pesada. Además, a los dieciocho años, ya se sentía escritor, puesto que había publicado en Punto de Partida y en una antología que hizo Donoso llamada Zepelin compartido. Cara, quien sí estudió Medicina, murió mientras hacía guardia en el Hospital General, durante el terremoto de 1985. Villoro le dedicó su novela Materia dispuesta.

Uno de los libros que Villoro ha leído más veces en su vida y que cada vez le dice cosas distintas es Don Quijote de la Mancha; otro era Rayuela, de Cortázar, una obra que durante su juventud le fascinó, pero a la que hoy en día ve con menos pasión, ya que le parece un tanto esnob. Donoso le dijo que tenía que leer Desnudo en el tejado, del chileno Antonio Skármeta, porque ahí se manejaba muy bien un cruce de caminos entre lo fantástico y la cultura pop. El primer cuento del libro era “El ciclista del San Cristóbal”, que iniciaba con un epígrafe de San Juan de la Cruz y trataba sobre lo que pasaba por la mente de un chavo durante una competencia de ciclismo. La rara mezcla atrajo a Villoro, y los primeros libros de cuentos de Skármeta le fascinaron. Cuando conoció a Roberto Bolaño, en los setenta, el escritor chileno también había sido seducido por su compatriota. El cuento “A las arenas”, de Skármeta, dice Villoro, es el germen de Los detectives salvajes. “En el cuento, un chileno y un mexicano viajan on the road a Nueva York. Son pobrísimos y tienen que vender su sangre para poder pagar las entradas a un concierto de jazz. ¡La vida a cambio del arte! Cuando conocí a Roberto, en 1976, me dijo que esa trama le recordaba a los grandes novelistas rusos, y que algún día haría circular a otro mexicano y otro chileno para repetir la transubstanciación: sangre que sería literatura”. Luego Skármeta se fue por otro camino. A partir de El cartero de Neruda, que primero se llamó Ardiente paciencia, empezó a buscar otro registro en su escritura que no necesariamente fascinó a Bolaño.

Pero Lichtenberg fue el descubrimiento fundamental de Villoro. No solamente como escritor, casi también como modelo de vida: el escritor alemán era un hombre muy disperso, muy irónico, muy chismoso, y que en su escritura podía pasar de la filosofía a la moda femenina. Villoro lo encontró gracias al escritor Alejandro Rossi, a quien vio hasta su muerte como una especie de padre sustituto. En una ocasión en que se quedó sin tema, Rossi decidió traducir unos aforismos de Lichtenberg y publicarlos en su columna de la revista Vuelta. Villoro los leyó maravillado y descubrió después que no había ningún libro de Lichtenberg en español. En ese momento se planteó que alguna vez él mismo lo traduciría.

Rossi había sido el mejor amigo de su padre durante muchos años, pero luego se separaron por razones políticas, ya que Rossi era bastante conservador. Lo hicieron sin pleito de por medio, y mantuvieron el afecto. Y tiempo después Villoro descubrió en Rossi el valor de las emociones, las cuales resaltaban en un mundo en el que todos los amigos de su padre eran filósofos que rara vez mostraban rasgos afectivos. Rossi no ocultaba en lo absoluto su capacidad de ternura. El joven Villoro lo visitaba en su casa con regularidad para que le diera consejos. Conversaban a veces hasta por cinco horas sobre la literatura y la vida.

Cuando Villoro le dijo a su madre que sería escritor, ésta se emocionó mucho. Estela Ruiz Milán había estudiado Letras y era buena lectora de escritores españoles, sobre todo de Azorín, aunque luego se dedicó a la psicología. En el trance publicó el libro Strindberg. Una mirada psicoanalítica. Una vez que supo que su hijo quería ser escritor, nunca pensó pragmáticamente de qué iba a vivir, sino en el aspecto romántico de lo que significaba tener un hijo escritor. En la actualidad, suele ser lectora de los manuscritos de la obra de su hijo.

Aunque su padre tenía confianza en que conseguiría ser un buen escritor, él sí se preocupó por las cuestiones prácticas. Villoro dejó el hogar familiar a los veintidós años, para irse a vivir con su gran amigo, el escritor Francisco Hinojosa, a una casa de Avenida del Convento 136 bis, en Coyoacán. Al filósofo Villoro Toranzo le parecía arriesgado que su hijo no tuviera una carrera universitaria sólida, ya que no estaba pensando en hacer un doctorado. Le preguntaba con regularidad sobre sus empleos, más aún cuando se casó. En la época de su primer matrimonio, Villoro vivía de hacer los guiones del programa El Lado Oscuro de la Luna, que se transmitía por Radio Educación. Fue cuando se dio cuenta de que podía hacer distintos trabajos para mantenerse, lo que hasta la fecha no ha dejado de suceder: Villoro es un escritor que trabaja. Es profesor de Literatura de la UNAM e invitado de la Fundación Nuevo Periodismo Iberoamericano, de la Universidad de Princeton y de la Pompeu Fabra; graba programas de televisión con regularidad y escribe una columna semanal en el diario Reforma y otra quincenal en El Periódico. No pertenece al Sistema Nacional de Creadores de Arte del Consejo Nacional para la Cultura y las Artes ni ha pedido becas especiales, porque considera que éstas deben darse a escritores que no pueden vivir de su trabajo. “Yo, por ejemplo, si juego al póquer con amigos me siento pésimo si gano. Es una cosa personal. Del mismo modo me siento mal si, pudiendo trabajar por mi cuenta, solicito una beca que le haría más bien a un escritor joven, a un escritor de provincia, o alguien que tiene menos salida comercial”. También ha dicho no en varias ocasiones a ofertas de cargos públicos. Dice que la independencia de un escritor se funda en decir “no”: no a vidas fantasmas, trabajos burocráticos, cargas ideológicas que acaban con tu obra. “Creo que es más fácil decirle ‘no’ al presidente que tener una idea creativa”.

No le preocupa el asunto de la posteridad, aunque hay algunas cosas al respecto con las que se divierte. Hace no mucho, las viudas de Salvador Elizondo y de Alejandro Rossi, durante una comida en Coyoacán, le recomendaron a su esposa Margarita que fuera dura con el manejo póstumo de la obra de Villoro. Villoro protestó, les dijo que todavía estaba vivo y delante de ellas. Todos rieron. Además, Villoro le recomendó a su esposa que fuera como la viuda de Onetti, que es una maravilla. Sobre todo en comparación con otras que parecen vengarse de sus maridos escritores con la administración póstuma de su obra.

***

Al fin Villoro deja de contestar mensajes y se alista para ir a un estudio que tiene junto a su recámara y que casi no usa. Sin embargo, hoy escribirá en él su columna de mañana para Reforma. Sobre la mesa principal del comedor queda un ejemplar de Materias dispuestas, el libro que compila la crítica sobre su obra, en el que hay un breve y críptico texto titulado “Recuerdos de Juan Villoro”, que dice:

“La primera vez que vi a Juan Villoro fue en la Universidad Autónoma de México, en la entrega de unos premios. Él había obtenido el segundo premio de cuento y yo el tercero de poesía. Villoro tenía diecinueve o dieciocho años y yo tres más. Mis recuerdos de aquel día son más bien brumosos. Recuerdo a un adolescente muy alto y entusiasta. No sé si ya entonces llevaba barba, puede que no, aunque en mi memoria lo veo con barba, conversando conmigo durante unos minutos, sin estudiarnos, sin pensar en nuestro futuro, un futuro que comenzaba a abrirse para ambos pero no como telón ni como visión instantánea sino como puerta metálica de garaje que se abre con estrépito, sin limpieza ni armonía. Eso era lo que había. Eso era lo que nos había tocado. Pero no lo sabíamos y hablamos de lo que hablaban los escritores menores de veintiún años. Después pasaron más de veinte y no hace mucho lo volví a ver. Creo que está un poco más alto que entonces y tal vez un poco más flaco. Sus cuentos son mucho mejores que los de entonces, de hecho sus cuentos están entre los mejores que se escriben hoy en la lengua española, sólo comparables a los del guatemalteco Rodrigo Rey Rosa.

“Pero eso que sé, mientras observo a Villoro que mira el Mediterráneo, no es lo importante. ¿Lo importante es que seguimos vivos? Tampoco, aunque no es poco. Lo importante es que tenemos memoria. Lo importante es que aún podemos reírnos y no manchar a nadie con nuestra sangre. Lo importante es que seguimos en pie y no nos hemos vuelto ni cobardes ni caníbales”.

Roberto Bolaño, Barcelona, 2004.

El animal del ensayo

Nabokov sabía que no hay juicio estético más preciso que sentir un escalofrío en el espinazo. El ensayo asume en forma intrépida el reto de razonar escalofríos.
De eso se trata (Anagrama, 2008)

En la biblioteca catalana de Juan Villoro hay unos mil libros. No se trata de su selección principal —que permanece en el estudio de su casa de Coyoacán, Distrito Federal—, sino de libros que lo han acompañando durante ciertos viajes europeos o que ha conseguido aquí y que aquí se han quedado.

Si se escogen al azar cinco pequeños estantes de su biblioteca catalana, se asoman estos títulos:

Estante 1: Trayecto, Ignacio Echevarría; El País de la canela, William Ospina; Cartas de Nueva York, Elliot Hesh; Observaciones a la mina de plomo, Carlos Barral; Monstruos cardinales, Rafael Gumucio; La reina del sur, Arturo Pérez-Reverte…

Estante 2: Partes de guerra, Ignacio Martínez de Pisón; Escribir con el cuerpo, Beatriz Ferreyra; Literatura joven 2003; Nuevas voces en la narrativa mexicana; Cumbres borrascosas, Emily Brontë; La novela de mi vida, Leonardo Padura…

Estante 3: Mamá, Jorge Fernández Díaz; Algunas tardes con Alejandro Rossi, Adolfo Castañón; Escolta, Volòdia!, Ramon Erra; Novelas de Santa María, Juan Carlos Onetti; Visión desde el fondo del mar, Rafael Argullol; Naufragios del mar del sur, Fernando Aínsa; revista Granta: La última frontera…

Estante 4: Vena cava, Jorge Esquinca; Alguien de lava, Fabio Morábito; Los cinco sentidos del periodista, Ryszard Kapuściński; ¿Quién mató a Daniel Pearl?, Bernard-Henri Lévy; Pedro Páramo y El llano en llamas, Juan Rulfo; La vida desaforada de Salvador Dalí, Ian Gibson…

Estante 5: Cuentos completos, José Agustín; El cielo de Sotero, Alejandro Rossi; Un día en la vida de Dios, Martín Caparrós; Pixie en los suburbios, Ruy Xoconostle; El cementerio de sillas, Álvaro Enrigue; Poesía, Juan Manuel Roca…

A simple vista no hay ninguno de los escritores Fabrizio Mejía, Ricardo Cayuela, Héctor Abad, Alberto Barrera Tyszka o de Mihály Dés, los mejores amigos de Villoro.

Sobre la mesa del estudio permanece un par de botellas de tequila vacías, una de Cuerno de Chivo reposado, cuya etiqueta presume que es 100% agave y no tiene nada de alcohol, y otra de El Caballito Cerrero.

Éste es el último día de trabajo de Villoro en la primavera de Barcelona de 2012. Mañana temprano volará de regreso a la ciudad de México. En el artículo para Reforma titulado “El gol que cruzó el mar”, conectará el tsunami de Japón con Borges y un balón de futbol. Después irá a la Universidad Pompeu Fabra a tramitar el pago por sus clases en el máster de Creación Literaria. Comerá con el catalán Miguel Aguilar, editor del sello Debate, de Random House Mondadori, y con el promotor cultural mexicano Diego Celorio, en un restaurante a la vuelta de su departamento de la calle Roger de Llúria. Saliendo de ahí, caminará a la peluquería a cortarse el cabello y luego regresará a su departamento para darle el pato y la merluza que tiene en su refrigerador a una mujer que lo ayuda con la limpieza de su hogar. También se pondrá un saco y una corbata y se irá al Ayuntamiento de Barcelona, donde será el orador principal del acto por el 101 aniversario de la Casa Amèrica Catalunya. La ceremonia será en un viejo salón que fue sede de uno de los primeros parlamentos democráticos del mundo. Uno de los objetivos de su discurso será conseguir que, en medio de la crisis actual, las autoridades locales den un edificio que sea la sede adecuada del organismo encargado de promover las relaciones culturales de Cataluña con América Latina, el cual se encuentra operando, irónicamente, en un departamento y no en una casa. El evento es a las siete de la noche, pero Villoro llega a las 6:20 de la tarde a la Praça de Sant Jaume, donde ha quedado de verse con el director de la Casa Amèrica Catalunya. A esa misma hora esperan a Villoro su primo el arquitecto Joan Villoro y el hijo de éste, así como Antonio López, experto en el árbol genealógico de los Villoro del pueblo de La Portellada.

Se trata de un evento al que acuden las máximas autoridades de Cataluña. Villoro comienza su discurso en catalán. Luego repasa en español las conexiones entre México y Barcelona. El escritor ha preparado un discurso titulado “Una casa para todos”, que lee, algo inusual en sus intervenciones públicas. La soprano Vanesa Regalado canta al final de la ceremonia, acompañada por una pianista de apellido Pujol. Su hermoso canto se confunde con el grito “No más multas, queremos trabajar”, que se cuela hasta el elegante salón. Afuera hay una manifestación de prostitutas contra los nuevos impuestos que el Ayuntamiento ha decidido cobrarles a ellas en especial para sortear la crisis. Debido a esto, los invitados a la sesión especial deben abandonar el viejo salón por una puerta lateral, ya que las prostitutas de Cataluña bloquean el acceso principal. Villoro camina entre callejuelas del Barrio Gótico, y del Ensanche rumbo al bar Belvedere, donde ha quedado de verse con Paula Canal, brazo derecho del editor de Anagrama, Jorge Herralde, para comentar la acogida del Arrecife. Canal está satisfecha por la forma en que la prensa ha recibido la novela. Resalta que Babelia, el suplemento cultural de El País, le dedicó una portada a Villoro, en el marco del lanzamiento. Le comenta también que acaban de recibir una oferta para traducirla al francés. Ríen los dos porque un catálogo literario reseña la novela diciendo que, debido a la trama de Arrecife, Villoro podría ser “el nuevo Stieg Larsson”, el autor sueco de la saga best seller llamada Millenium.

Tras beberse un coctel, Villoro anuncia que va a cenar “con el jefe”. Villoro conoció a Jorge Herralde en los ochenta, cuando lo visitó en su oficina con una carta de recomendación escrita por Sergio Pitol. El primer trabajo que Herralde le encomendó fue la traducción de Memorias de un antisemita, de Gregor von Rezzori, publicado por Anagrama en 1988. En eventos literarios, Herralde ha relatado que cuando conoció a Villoro le intrigaba que un joven mexicano fuera tan estudioso y conocedor del idioma alemán, por lo que se lo preguntó. “Me comentó que su padre, Luis Villoro, gran pensador y una de las figuras imprescindibles en el ámbito de la ciencia política, había decidido que Juan estudiara alemán, opción algo exótica”. Villoro lo explica así: “Lo extravagante de la decisión fue que en un entorno donde nadie tenía relaciones con el alemán (y en una época en que ese idioma sólo nos llegaba por los nazis de las películas), mi padre pensó que yo podría abrirme camino en la selva lingüística que fue el hábitat de Heidegger”.

Herralde también ha contado la forma en que reclutó a Villoro para las filas de Anagrama en los alrededores de 2002. “Durante su estancia en Barcelona nos veíamos con frecuencia, aunque sólo en muy contadas ocasiones yo aludía a su work in progress (El testigo): lo bastante para que supiera de mi interés, pero sin querer presionarlo. Sabía que era un autor muy codiciado por otras editoriales y quizá con algunos compromisos. Un día me contó que había firmado con la agente literaria Mercedes Casanovas, una profesional eficaz, transparente, nada pushing y buena amiga. Me pareció una decisión muy acertada. Cuando la novela estuvo terminada, empezamos a negociar y llegamos a un acuerdo no demasiado insensato, creo, para ninguna de las dos partes”.

El animal del teatro moderno

He visto ciegos, cojos, jorobados que venden lotería, como si se hubieran jodido para que tú ganaras. Ninguno de ellos compra billetes.
Los culpables (Anagrama, 2008)

La última noche en Barcelona, Juan Villoro habla en su departamento de la calle Roger de Llúria sobre la nueva etapa de su vida. “Estoy entrando al tercer acto de la obra. La edad que tengo es un umbral en el que las personas ven cómo van a concluir la historia y, desde un punto de vista ufano y vanidoso, piensan en cómo serás recordado”. Explica que está consciente de que la reputación siempre es una simplificación y un malentendido. “La gente interpreta de forma distinta a los escritores. No hay nada más ocioso que buscar moldear esa percepción”. Insiste en que no le distrae el hecho de que algunos lo vean como “el nuevo señor de las letras mexicanas”, sucesor de Carlos Monsiváis y Carlos Fuentes. “La presión de ser un supuesto representante nacional se ve amenazada por cosas más cabronas como el agotamiento de la fuente. A partir de este momento, uno tiene el riesgo de que se puede retirar. También hay autores de primer nivel que en este lapso se convirtieron en sus peores discípulos, incluso en su parodia. A mí me preocupa eso: es la razón por la que cambio tanto de género”.

La diversidad de disciplinas y formatos que ha practicado Villoro abarca la televisión, el cine y de forma especial el teatro. En 2001 hizo una serie de veinte programas televisivos llamada ¡Silencio! Maestros leyendo, dirigida a profesores de secundaria y preparatoria. Fue producida por la Televisión del Estado de México y consistía en la reseña de libros emblemáticos desde locaciones estrambóticas: para hablar de Los albañiles, de Vicente Leñero, usó un edificio abandonado. Al terminar de grabar, Villoro y su equipo vieron enfrente un restaurante chino, que les pareció perfecto para grabar el programa de El complot mongol, de Rafael Bernal. También realizó Café con Shandy, una entrevista con Enrique Vila Matas, para Teveunam. Su faceta televisiva más conocida es su participación en el Mundial de Futbol de Alemania 2006. Para Sudáfrica 2010 volvió a tener la invitación de Televisa, pero optó por hacer comentarios en Canal 22. “La tele hay que saber controlarla”, dice. Para el mismo canal de televisión pública, ahora que regrese a México, conducirá Piedras que hablan, una serie de trece programas que implicará que visite casi sin descansar, veinticuatro sitios prehispánicos a lo largo del verano.

En el mundo del cine, su incursión más importante fue como guionista de Vivir mata, una película que dirigió el gran documentalista mexicano Nicolás Echevarría y que fue filmada en medio del llamado renacimiento del cine nacional, a finales de los noventa. Sin embargo, Villoro no disfrutó demasiado el proceso. El guión original que escribió fue cambiado veintiocho veces, lo que lo llevó a concluir que “un guionista de cine es como el cocinero de un antropófago”.

Su primera obra de teatro fue Muerte parcial, cuya dramaturgia fue publicada en un libro de Ediciones El Milagro, para la que Vicente Leñero escribe una introducción en la que advierte a Villoro sobre tener cuidado porque el teatro es un mundo muy hostil: “Con un dejo de pudor personal, termino este prólogo endosando una frase que escribió Rodolfo Usigli luego de presenciar mi primera obra dramática: Bienvenido al maravilloso infierno del teatro, Juan Villoro”. Sin embargo, Villoro ha vivido más el cielo que el infierno de ese mundo. El fallecido escritor chihuahuense Víctor Hugo Rascón Banda era tan partidario de Villoro que incluso fue al estreno de Muerte parcial en una ambulancia y acompañado por un médico en todo momento. Rascón Banda le dijo que quería defenderlo de algunas críticas nacidas de la envidia, por el atrevimiento de Villoro de escribir teatro.

—¿Qué va a cambiar en este tercer acto?
—A mí me gustaría pensar en algo más esencializado. Después del terremoto en Chile, que fue una sacudida monumental, te das cuenta de que hay cosas muy significativas, que son las únicas que importan: tu núcleo básico de amigos, tu familia, los afectos más cercanos y tu trabajo más verdadero. Porque todos nosotros hacemos un trabajo que de pronto es como boxeo de sombra. De que dices: ‘Bueno, a ver si me sale esto’.

“A mí me gustaría ahora aprovechar el tiempo mejor. Eso sería un cambio pequeño. Y luego está también el acentuar una vocación que sí me parece que es clara, pues es lo que me gusta hacer, no ha dejado de gustarme en todos estos años, pero, digamos, quisiera aceptarla ahora más caprichosamente. Decir: ‘Bueno, ya no voy a escribir tres textos para tres catálogos de exposiciones. Ahora me voy a concentrar en escribir un cuento que muy posiblemente no me va a salir’. Eso es parte del capricho. El capricho muchas veces te lleva a la esterilidad. Una de las grandes sorpresas al escribir es que de pronto tú estás trabajando con enorme felicidad en un texto y a fin de cuentas queda muy mal. Uno de los misterios de la creación literaria es cuando el grado de felicidad con el que escribes algo no se corresponde con el resultado. Hay veces que te cuesta mucho trabajo un texto y luego queda mejor.

“Para mí la única prueba de calidad, si se le puede calificar así a lo que yo escribo, es cuando casualmente lo releo bastante tiempo después y me parece escrito por otro. O sea, cuando veo que eso tiene una autonomía. Por eso me interesa tanto el tema del autor ausente en Borges. El original siempre es el otro, dice Borges. Y eso también te despoja de vanidad respecto a lo que tú creaste, porque lo que te gusta te parece ajeno y te parece que vive por su cuenta, como si tú fueras un curioso, y ese trabajo que finalmente pasa por el capricho, por el tiempo que le puedes dedicar a un texto, las cancelaciones de las otras variantes de ese texto, todo eso es lo que me gustaría aprovechar más en estos últimos tiempos en que está empezando el tercer acto de la obra y que no sé cuánto va a durar. Eso sí, espero que sea un acto largo, no tan aburrido.

—¿Te enfocarás en el teatro?
—Eso lo voy a tener que ir decidiendo. Yo he estado picoteando géneros, también como un aprendizaje, como una manera de probarme a mí mismo. Afortunadamente ha habido posibilidad de ejercerlos, de publicarlos todos, pero ahora tengo que decidir con más cuidado. Ya sé que puedo ejércelos, sé que puedo publicarlos, ¿pero qué es lo que verdaderamente me interesa? En los últimos años, el teatro me está jalando mucho, y creo que mi tercera edad será dramática o no será.

“Y creo que tampoco podría dejar de escribir literatura infantil. Para mí es el teatro, la literatura infantil y en medio estará algo más que no sé qué es… Tengo planes de varias novelas. El problema que yo tengo con la novela es que siempre me juro a mí mismo que cuando publico una, no van a pasar dos años sin que publique otra, y hasta ahora, entre novela y novela ha habido seis, siete, ocho años. Ahora acabo de publicar una y, claro, empiezas a hacer cálculos en la vida: si quiero escribir cinco novelas más… pues tendría que vivir como Matusalén.

El animal del cuento

Hablé con mi hija y le dije que todo estaba bien. Me preguntó por Pancho Hinojosa, a quien admira mucho. “¿Están escribiendo cuentos?”, quiso saber. A sus diez años la normalidad significa eso: escribir cuentos.
8.8: El miedo en el espejo (Almadía, 2010)

Hace horas Juan Villoro se subió al avión que lo llevaría de regreso a México. Ha quedado atrás su primavera catalana.

En Passeig de Joan de Borbó, conde de Barcelona, en el barrio de La Barceloneta, está el restaurante Martín Villoro, atendido hoy por Enrique Villoro, quien habla con cariño sobre las visitas frecuentes de su primo el escritor mexicano. La Barceloneta es una antigua zona de pescadores intervenida por la especulación inmobiliaria. Los cuartos pequeños en los que vivían los trabajadores del mar se volvieron hipsters. Sin embargo, el restaurante Martín Villoro mantiene su agradable toque antiguo, aunque cercado por ese aire esnob. Una espantosa torre moderna ubicada a medio kilómetro representa el mayor desatino arquitectónico del barrio en plena metamorfosis: el llamado “Hotel Vela”. Debajo de él está un hombre armado con una metralleta. Subir y comer en el restaurante del último piso cuesta, mínimo, doscientos cincuenta euros.

Esta tarde del 28 de abril de 2012 en la que Roberto Bolaño, si aún viviera, cumpliría cincuenta y nueve años, en el Martín Villoro hay una mesa de la terraza en la que, entre un agradable olor a tabaco, un grupo de catalanes relatan sus experiencias recientes en México. Un par de ellas se turna para contar que las pararon en una carretera de Campeche por exceso de velocidad. Los policías les perdonaron la multa después de que ellas se los rogaron. Luego les informaron que el cruce que estaban buscando lo habían pasado hace mucho. Ríen mientras platican su experiencia y les dicen “mayitas” a los policías que les perdonaron la vida. “Policías mayitas mexicanos”.

Uno de los catalanes acota con voz de loro:

—A veces sirve eso de hacerse la rubia tonta.

Todos ríen más.

Una de las dos catalanas con pelo color Fanta continúa:

—Y más si los policías son así [pone su mano a la altura de una silla del restaurante Martín Villoro].

Muchas carcajadas más.

Otro de los catalanes de la mesa, de ojos color verde estiércol, cuenta su aventura con indígenas de Ecuador. Otro más, de voz gargajosa, su viaje a Paraguay. Durante una hora se turnan para narrar historias de sus encuentros con el animalejo latinoamericano, e imitan acentos mexicanos, peruanos, venezolanos, ecuatorianos, colombianos, guaraníes… Simplemente pasan una buena tarde con sus recuerdos en el Martín Villoro.

Cuando comienza a caer la noche, uno de los comensales mira su BlackBerry y les dice a sus amigas que esa noche habrá una fiesta en un “pisazo” de unos ingenieros químicos ingleses. “Me ha enviado un e-mail uno de ellos para pedirme que llevara a dos hot girls españolas”. Ellas se emocionan con la idea y discuten quiénes irán, porque son cuatro, y los ingleses sólo necesitan dos hot girls. Comienza otra conversación en la mesa de la terraza del Martín Villoro. Ahora no hay carcajadas. Hay que resolver un asunto serio.

Mientras tanto, tras su regreso a México, en las redes sociales en las que lo siguen más de cien mil personas, el escritor que con el paso del tiempo no se convirtió en cobarde ni caníbal publica un enigmático tuit sobre la derrota de su equipo de futbol preferido.

Y eso marca el momento de que concluya el ornitorrinco sobre Juan Villoro en Barcelona.

El ornitorrinco acaba aquí.

Partes de guerra

Publicado: 24 abril 2013 en Daniel de la Fuente
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Es el Anfiteatro del Hospital Universitario. Afuera, decenas esperan saber si entre los caídos en la guerra entre cárteles está su familiar.

Adentro, un grupo de sujetos con uniformes blancos y tapabocas, algunos con iPod, labora de manera automática en aquel espacio con olor intenso a formol y carnicería que se cuela hasta el paladar, dejando un sabor amargo en la garganta.

“Nunca se te olvida tu primer muerto”, dice uno de tantos forenses en aquel sábado de sol. “Como que te persigue, lo piensas seguido”.

Como reportero, había visto gente sin vida, pero como voluntario de este servicio de la Procuraduría estatal, durante dos semanas, no me tocó sólo uno, sino 16 acribillados en el interior del Bar Sabino Gordo la noche del pasado viernes 8 de julio.

Para conocer desde adentro lo que viven, sienten y hasta sufren los trabajadores del Servicio Médico Forense solicité colaborar como voluntario en una de sus unidades, tras una capacitación, que incluyó el uso de guantes y tapabocas, el traslado de cuerpos y el comportamiento prudente en una escena del crimen. Todo movimiento debe ser autorizado por la Ministerial y Periciales.

El cuadro en el Semefo, tras la masacre en el Sabino Gordo, es avasallador: cuerpos sobre cuerpos en planchas metálicas, listos para la autopsia.

Pese a que están lavados, o quizá por eso, es imposible dejar de mirar en aquellos desnudos bañados por la luz eléctrica sus mejillas, brazos y pechos agujereados por las balas, así como sus pliegues de carne destruida.

Allá, lo inverosímil: la cabeza de un hombre abierta de par en par a causa de los disparos.

“Hay trabajo”, dice por decir algo un forense, Felipe, y un empleado del anfiteatro expresa un “mjm” aburrido.

Ya están acostumbrados. Las armas en la calle provocan esto y más. Ya escasean los servicios por heridos de bala en las estaciones de emergencias: muy pocos sobreviven.

Contemplo esta escena 15 ó 20 minutos y salgo dejando atrás a aquellos despedazados, algunos con los brazos casi levantados como implorando ayuda, junto a otros, víctimas posiblemente de muerte natural, como ancianos famélicos.

Me descubro triste. Para quien mira por vez primera un exterminio así, es difícil no sentir un ligero temblor en el cuerpo.

“Y no entramos al cuarto frío”, dice con ironía José Luis, otro forense. “Puro acartonado. Tres meses y a la fosa común. Es otro olor”.

Las tres unidades del Servicio Médico Forense que posee el Estado, a cargo de Cruz Verde, llegaron esa noche al Sabino Gordo. Luego de que las ambulancias trasladaron a los heridos, algunos de los cuales murieron en el camino al hospital, y de que periciales trabajaran en sus indagatorias, los forenses fueron autorizados a llevarse los cuerpos.

Se actuó con rapidez y de manera automática, como siempre, embolsando cadáveres bañados en sangre, casquillos, botellas quebradas, humo, penumbra. Pese a la fiesta interrumpida, siguió la música.

En Cruz Verde son cuatro forenses por turnos de 24 horas. Cuando pasa algo como lo del Sabino Gordo, los paramédicos deben abandonar sus ambulancias para acudir a la penosa tarea.

“Esto no es nada”, dice un forense. “Que te toque un putrefacto para que veas lo que es esto.

“A ésos te los avientas con mucho Vicks en la nariz, dos o tres tapabocas y guantes”.

El primer muerto de Felipe fue uno de ésos, con varios días sin vida y de 150 kilos de peso. Vomitó en el trayecto.

A José Luis le tocó un prensado, de los que no se ven mucho porque la gente ya no circula de noche por las balaceras.

Mientras recuerda sucesos, subí a la camioneta del Servicio Médico Forense dejando atrás a las víctimas de la peor masacre en la historia de Nuevo León y una de las más sangrientas en el País. Uno de los forenses se preguntó cuándo terminará esto. Nadie respondió.

Y sí: uno como rescatista no olvida a su primer muerto. Y más si son 16 al mismo tiempo.

***

La jornada inicia el sábado cuando el Ejército halló una fosa con restos humanos en Pesquería, en un paraje junto a tejabanes de la Colonia CROC de ese municipio.

Tras autorizarme la entrada como voluntario y ser capacitado, me incorporo a una unidad con Felipe y José Luis. Ataviados con el mono blanco de plástico, los pasajeros que miran desde otros vehículos no adivinarían que vamos escuchando música de los 70.

Aunque llevan poco juntos, la pasan bien. A sus 40 años, Felipe tiene hijos casados y nietos, y José Luis apenas va para los 25 años, tiene una niña que sabe que su papá llegará “cuando salga el sol al otro día” y dice que le gusta lo que hace aunque no están exentos de riesgos.

“A otros compañeros sí les han bajado cuerpos”, relatan. “A nosotros nomás nos han seguido camionetas”.

Llegamos. En sus vehículos los soldados esperan aburridos y acalorados en aquella brecha inhóspita y llena de zancudos. Una grúa soporta una camioneta blindada hallada en la zona.

“Echemos un vistazo”, dice Felipe al bajar de la camioneta.

Nos internamos en la fronda en la que nada había, salvo botes de líquidos y envoltorios de comestibles.

Los soldados hallaron trozos de huesos quemados. A lo lejos había tambos con restos de diesel; más allá, esposas.

El olor a combustible de los restos en la superficie aún se percibe. El delito parece muy reciente.

Ahí, de acuerdo a periciales, tres adultos fueron martirizados y acribillados. Luego, quemados.

El ambiente lucía con riesgo, pero unos a otros se dan ánimos.

“Lo que sí es que si nos caen los malitos… Pero aquí con los soldados estamos bien. Ellos nos han dicho que en caso de un ataque no nos pongamos a correr como locos, que nos quedemos con ellos”, comenta un forense.

Cuatro horas después trasladamos los restos. Al salir por la brecha, atrás del convoy militar, se escucha en la radio “Fortunate son”, de Creedence, como si a alguien le quedara duda de lo que reflejan estos días de combate.

Sí, a los forenses les dan asco y horror los saldos de esta guerra, pero se asumen fríos y sin duelo alguno al hacerlo. Es un trabajo.

“Imagínate si nos pusiéramos a lamentar cada cosa que vemos”, dice uno. “No acabaríamos, porque si bien un día tenemos uno o dos muertos, hay otros en los que no paramos: uno tras otro”.

Pese al luto permanente que uno esperaría hallar en estos forenses, las bromas y travesuras entre ellos son frecuentes.

Tienen miedo, pero no han llegado a sufrir pesadillas, aunque sí a soñar que llevan y traen cadáveres todo el tiempo. Despiertan agotados, añaden, valorando más la vida.

“Y a darle”, afirma el más joven al continuar su jornada de 24 horas consecutivas por 24 de descanso, con un sueldo poco mayor a los 6 mil pesos al mes, en tanto el otro dice que con su trabajo se le quitó lo miedoso.

“Nada te espanta si vienes de ver todos los días el infierno”, añade y comenta que los amigos suelen preguntarles si les tocó recoger a tal o cual sicario famoso.

Dejamos los huesos en el anfiteatro. El personal los recibe desencantado casi como necedades. En medio de lo que dejó la masacre del Sabino Gordo, más restos hallados en el campo parecen sólo más labor y tedio.

Tras contemplar los cuerpos destruidos de aquel bar, los forenses se reportan disponibles. “Que no hay jale”, expresa uno.

Veinte minutos después de estar en el anfiteatro, de dejar en un contenedor los trajes y guantes y de asearnos con algodones con alcohol que traen en el vehículo, los forenses y yo comemos pollo asado y papas fritas.

“Así es esto”, sonríe José Luis. “Ha pasado que nos cae un reporte de descuartizados cuando estamos comiendo y le apuramos mientras vamos en camino”.

Si una labor así no mata el hambre, nada lo hace en estos días de exterminio.

***

A diario les toca lidiar con la muerte.

Para ellos es común llegar a sitios en los que no hay autoridad y cuando, incluso, los delincuentes aún sostienen enfrentamientos a sangre y fuego.

Son los forenses y los paramédicos, hombres y mujeres, muchos voluntarios, cuya labor humanitaria ha cobrado un papel determinante en la guerra que el crimen organizado ha desatado en Nuevo León y que, hasta anoche, había dejado la cifra récord de 961 muertos en lo que va del año, muy por encima de los 610 crímenes de todo el 2010.

Durante dos semanas y tras una capacitación básica, en la que se acordó no intervenir en acciones vitales, un reportero de EL NORTE acompañó como voluntario durante jornadas completas a paramédicos de la Cruz Verde de Monterrey y a elementos del Servicio Médico Forense.

Con ellos atendió reportes a cualquier hora del día y la noche. Lo mismo acudió a choques y atropellos leves que a reportes de baleados, fosas clandestinas y tiroteos, un poco de lo que a diario viven estos rescatistas, héroes anónimos.

Se estima que, en lo que va del año, el Servicio Médico Forense, subrogado por la Procuraduría estatal a la Cruz Verde, ha realizado más de 2 mil 700 traslados en Nuevo León, cifra que incluye no sólo víctimas de la violencia, sino también ha muertos naturales, por enfermedad o accidentes.

A su vez, los paramédicos de la Cruz Verde han acudido, en el mismo lapso, a poco más de 10 mil 100 llamados de diversa índole.

Aunque ambas corporaciones atienden también casos que no están vinculados con el crimen, son las víctimas y los hechos de la delincuencia organizada los que más los marcan.

Les han bajado de manera forzada pacientes o cadáveres de sus vehículos, los han perseguido y hasta impedido brindar su servicio.

También se han visto perturbados ante el hallazgo de fosas comunes, descuartizados y decapitados, convirtiéndose en testigos de cómo ha escalado la manera en que se perpetran los crímenes.

Muestra de esto es la reciente masacre del 8 de julio, cuando un comando acribilló a 20 personas en el bar Sabino Gordo.

“Nunca había visto algo así aquí, (era) un pin… infierno”, citó un forense a su compañero, que trabajó bajo presión debido a que siempre que llegan a un lugar así hay la zozobra de que los asesinos regresen.

A ellos les tocó reunir a los muertos en los únicos tres vehículos del Servicio Médico Forense con los que cuenta el Estado, los cuales salieron custodiados por federales y soldados, como se ha vuelto una costumbre para evitar que algún comando intente rescatar los cuerpos.

Antes de esa noche, lo más cercano a esa masacre había sido el “miércoles negro”, como le llaman al pasado 15 de junio.

Ese día se alcanzaron 33 víctimas mortales en el área metropolitana, cifra superior a la de cualquier jornada hasta el momento en Ciudad Juárez, la ciudad más violenta del País.

Sólo a la unidad de un forense le tocó recoger a 10 cuerpos esa noche.

“Acabamos cansadísimos, todos perturbados”, cuenta.

“Imagínate que entras a la (Colonia) Moderna por dos y en una esquina te dicen que hay otro y, más allá, otros. No lo creíamos. Estuvo horrible”.

Ese día, la última de las víctimas, la 33, cuya muerte se dio a conocer después de la jornada sangrienta, fue ejecutada dentro de la ambulancia de una corporación de auxilio.

Ángel Flores, comandante de la Cruz Verde de Monterrey, señaló que la escalada de violencia en Nuevo León empezó a percibirse en la corporación hacia el 2007.

“Afortunadamente no hemos sido víctimas, porque nuestro trabajo es aparte, pero sí han cambiado nuestros hábitos porque los paramédicos llegan a los lugares cuando todavía se están dando balazos, por lo que la orden que se tiene es tomar distancia y aguardar para realizar el trabajo”, dijo.

Tanto paramédicos como forenses tienen jornadas de 24 horas de trabajo por 24 de descanso.

Son 65 paramédicos, de los cuales 19 son voluntarios, mientras que en el Servicio Médico Forense hay cuatro elementos por turno. Cada uno gana, en promedio, de 6 a 7 mil pesos mensuales.

La Cruz Verde cuenta con 10 ambulancias, en tanto que de forenses hay tres unidades.

Otra manera en que se percibe la mayor violencia y el impacto de las armas cada vez más poderosas que usan los delincuentes es que ahora los ataques dejan menos heridos y más muertos.

Sin embargo, afirman que no todos los días son iguales en cuanto a la cantidad de heridos y traslados.

“Antes había uno o dos baleados por mes, de pandilleros o asaltos con armas de postas o calibre .22″, dijo el comandante.

“Ahora, como puedes tener uno o dos baleados un día, en otro te tocan los 20 del Sabino Gordo… Nada se puede prever”.

Flores dijo que, aunque no se han dado deserciones en el personal de Cruz Verde, la situación sí ha afectado en el ánimo.

“Van con más tensión, definitivamente, porque les toca llegar en medio del peligro y ver cuerpos destrozados”, aseguró.

***

El último servicio de la jornada con los forenses llega a la medianoche. El reporte de un baleado en Avenida Nazas, al lado del Cerro de la Campana, nos hace despertar de la dormitada, ponernos los monos de plástico, guantes y boquillas, e ir a una de las zonas más violentas de la Ciudad.

Ministerial y Seguridad Pública ya tienen acordonado. A bordo del vehículo esperamos a que se recogieran evidencias, en tanto los oficiales se mantienen alertas con armas de alto poder.

En eso, un ministerial que tenemos enfrente le grita detenerse a alguien que viene detrás de la camioneta del Semefo.

“¡Párate, pen….! ¡Párate!”, aulló y junto a otros apuntan hacia esa dirección. Y hacia nosotros.

José Luis y yo nos inclinamos a toda velocidad hacia Felipe, el operador, sin saber quién o quiénes son los que vienen.

En realidad es uno que, con la nariz destrozada, viene huyendo de asaltantes. Los ministeriales lo interrogan y lo dejan ir.

“Vamos a bajarnos”, dice Felipe. “Péguense a la camioneta, no nos vayan a tirar desde el cerro”.

Sin dejar de mirar hacia las luces en lo alto de una loma y parapetados en la unidad contemplamos a los ministeriales que permanecen apuntando hacia lo alto de Río Nazas rumbo a Las Torres. Esperan el arribo de pistoleros. Llegaría la nada.

“De uno de estos cerros bajé a cuatro putrefactos”, cuenta José Luis. “Estaban en un tejabán. Los tabletearon hasta matarlos”.

Los oficiales empiezan a charlar y llega el Ejército a patrullar la zona. Alivio. Pero la expectativa se mantiene. Cuántas veces ha pasado que los comandos llegan y se llevan los cuerpos.

Cuando nos dejan pasar vemos un montón de casquillos en un depósito. Intuimos que ahí está el cuerpo.

En realidad está al fondo de uno de los penumbrosos callejones, en una de las casas a las que se puede llegar tras bajar una treintena de escalones desiguales de concreto. Hasta ahí llegó Alejandro Michel, de 17 años, aparentemente un inocente más.

Bajamos con la canastilla de plástico, quizá de 10 kilos. Al paso, curiosos, llantos sordos. Entre más descendemos más lejos queda el vehículo y la posible escapatoria en caso de una balacera.

Sin dejar de voltear, llegamos al sitio donde el joven murió: pesaba no menos de 100 kilos.

Tras embolsarlo y sujetarlo a la canastilla, subirlo nos lleva 10 largos y cansados minutos. Enseguida, salida rápida.

Al llegar al anfiteatro, los del Sabino Gordo ya han desaparecido. Sólo se encuentra, en un rincón, una anciana escuálida.

Comprometidos con su misión, los forenses levantarían en días posteriores a descuartizados, decapitados, putrefactos, acribillados. El martes fueron 19. Escándalo de cuerpos que quizá ni de tumbas gocen.

El miércoles, cuatro sujetos son abatidos por el Ejército en un parque de Colonial Cumbres. Allá vamos y aguardamos a que soldados, ministeriales y periciales revisen las pertenencias de esos jóvenes de ojos abiertos y vida cancelada: armas, chips de celulares. Nada. Ni carteras traen, fotos de mujeres, hijos, madres.

Ni un solo recuerdo digno.

La autoridad le toma fotos a los tatuajes: puras fantasías.

“¿Qué piensas al verlos?”, le pregunto a José Luis, quien aguarda pasmado a que terminen de examinar a los hombres ensangrentados y con agujeros.

“En quiénes serían, qué dejaron atrás”, dice el joven.

Salida rápida y con custodia hacia el anfiteatro, dado que hay la amenaza de que vengan por los cuerpos. En eso, a Felipe le cae una llamada: otro nuevo servicio, un baleado en Cadereyta.

“Vámonos”, dice el rescatista, convencido de la relevancia de su tarea, poco atractiva pero imprescindible.

Sería una noche larga, sin embargo: no era uno. Eran cinco.

El poeta y la boxeadora

Publicado: 17 febrero 2013 en Alejandro Toledo
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Cuenta la boxeadora:

—Yo, don Jaime, descubrí sus poemas hace apenas tres años. Mi papá era encargado en una pulquería y llegaba gente que le decía, por ejemplo: “Deme tantos litros y le dejo este cinturón”. Y así le iban dejando cosas. En uno de esos intercambios se quedó con un tomo en pasta dura roja que contenía poemas, aún lo conservo, y en él venía el poema Los amorosos. Era una antología de poesía mexicana preparada por Carlos Monsiváis. Tanto me conmovieron esos versos que cuando encontraba el poema en algún libro doblaba la esquina de las hojas. Luego busqué la obra reunida, el Nuevo recuento de poemas (1977), que me gusta muchísimo.

Escucha el poeta y confiesa a su vez:

—Pues más o menos fue cuando te conocí, Laura. Entonces ya te hacían entrevistas en la televisión y en los periódicos. Fue cuando ibas a pelear por el campeonato. Lo recuerdo muy bien.

Así, poeta y boxeadora, Jaime Sabines y Laura Serrano, celebraron un único encuentro. Fuera del cuadrilátero y los libros, round por round, verso a verso (como diría Antonio Machado), la charla ocurre.

***

Recuerda la boxeadora que el jueves 24 de septiembre de 1997 llegó a la sala Nezahualcóyotl, de la Universidad Nacional, pues quería escuchar al poeta Jaime Sabines. Encontró las puertas de cristal cerradas, y cientos de muchachos afuera sin esperanzas de poder entrar. Se quedó entonces pegada al cristal, resignada a seguir los versos del autor de Horal, Tarumba y Diario semanario desde las bocinas que habían instalado en las afueras de la sala. Mas la puerta se abrió de pronto y alguien dijo:

—Siete personas más.

Y logró pasar.

El poeta también tiene imágenes de esa jornada.

—Me conmovió ver un video de lo que ocurrió afuera de la sala Nezahualcóyotl porque era una multitud de estudiantes, como si asistieran a un partido de futbol —recuerda Sabines.

Antes de la lectura, se acercó al poeta el coordinador de Difusión Cultural de la Universidad Nacional y le pidió:

—Don Jaime, por favor, diga usted algunas palabras a los muchachos que están afuera, tenemos miedo de que vayan a romper las puertas.

Sabines dijo:

—Les agradezco mucho a todos su presencia, y especialmente a los que están afuera, a los que no alcanzaron a entrar.

Completa Laura Serrano:

—Sí, dijo que no importaba que no lo vieran, que sólo lo escucharan, pues en realidad no valía la pena verlo —recuerda la boxeadora.
—Y eso tranquilizó a todos.
—Y después pidió usted que prendieran las luces —dice Laura.
—Una vez en Guadalajara me ocurrió que las luces estaban apagadas —relata Sabines —. Leía un poema y la sala se quedaba en silencio; leía otro y lo mismo… Así leí como cinco poemas, hasta que no aguanté. “Voy a hacer un breve paréntesis”, les dije. “En primer lugar pido que me enciendan la luz, pues quiero hablar con gente no con sombras. En segundo lugar creo que no están escuchando una ópera sino poemas, y quiero que la comunicación se establezca entre ustedes y yo. Si no les gusta el poema tírenme un tomatazo, pero si les gusta, aplaúdanme”. Se rompió el hielo, pero antes estuve como media hora molesto porque no me gustaba ese silencio. El poema debe provocar una reacción, lo debemos sentir inmediatamente.

***

De la lectura de poemas se pasa a la historia en los cuadriláteros. Sabines, el poeta, se interesa, comenta, exclama, interroga…

Laura Serrano relata:

—Mi presentación a los medios de comunicación fue cuando iba a pelear contra Christy Martin en Las Vegas. En esa función participaron Julio César Chávez y Ricardo Finito López. La gente decía que iba a ser una pelea muy dura para mí, prácticamente iba como carne de cañón: no tenía peleas profesionales y ella llevaba treinta con tres nocauts y tres campeonatos mundiales.
—¡Hijo!
—Era el diablo arriba del ring. Yo tenía confianza en mi preparación, en mi trabajo…
—¿En tu pegue?
—Fíjese que no tengo mucho pegue, tengo más técnica… Y esa niña pega como hombre, durísimo —dice.
—¿Y sí te alcanzó a dar?
—Me conectó un golpe en la mandíbula… —responde.
—Te pescó.
—…que hasta las piernas se me doblaron. Fue rápido: la abracé, llegó el réferi y nos separó, y para ese instante ya me había recuperado. Pega durísimo.
—¿Y le ganaste la pelea?
—Se la gané, maestro, pero dieron empate. ¡Cómo la estrella iba a perder con la debutante y, para colmo, mexicana! En los periódicos me presentaban como “La mexicanita”…
—Un racismo cabrón…
—Aun así le gané, aunque dieron empate. Fue bueno porque a partir de eso me clasificaron para pelear por un título mundial. No tuve que pelear con todas las demás porque me enfrenté a la mejor.
—Después de eso fuiste por el campeonato, ¿verdad?
—Sí, en 1995, también en Las Vegas —contesta.
—Y allí sí ganaste.
—Ajá. Fue contra una irlandesa muy alta, delgada, fuerte y de mucha experiencia: ella tenía catorce combates, y el mío era el segundo. Estuvo muy difícil esa pelea.

***

El poeta entrevista a la peleadora.

—Cuéntame, ¿qué te dio por el boxeo? —pregunta.
—Fíjese que no me gustaba…
—Tú ibas a la escuela primaria…
—Sí.
—Y allí no tenías ni idea de lo que era el boxeo…
—Desde los siete años iba a nadar, me encantaba. Lo seguí haciendo durante la secundaria, la preparatoria y los primeros semestres de la carrera de Derecho. Pero me ocurrió en la natación que competía y no ganaba, y mi deseo era ganar. Dejé la natación por el futbol soccer, y lo practiqué tres años. Era muy duro, más que el boxeo: me fracturaron la nariz dos veces, siempre llegaba cojeando…
—Caídas, golpes, patadas…
—De todo.

Continúa la boxeadora el cuento de su descubrimiento de los guantes.

—Pasó esa época del futbol y un día me dijeron unos amigos: “Vamos a conocer el gimnasio del estadio Olímpico”. Acepté. Íbamos al gimnasio de pesas, que está entrando a la derecha, pero me distraje con el de boxeo que está a la izquierda. Me sorprendí al descubrir a una muchacha güerita, delgada, bonita, que estaba entrenando. Seguí su entrenamiento. Hablé con ella y me explicó por qué le interesaba. “¿Y yo puedo hacerlo?” “Claro, habla con Toño”. “Pero sólo quiero entrenar, nada de peleas”. Y así comencé: no subía al ring, pero me entrenaba como si lo fuera a hacer. Y ya ve lo que dicen: que no se ama lo que no se conoce. Y empecé a conocer el boxeo, los nombres de los golpes, cómo pararse, y me gustó.
—Te vas a subir al ring —ordenó un día el entrenador a Laura.
—No, no me subo. Tengo la nariz fracturada —le dijo ella.
—Te vas a subir y no te van a pegar —le indicó otra vez el entrenador.

Y la subieron con un muchacho para que intercambiara golpes. “Nos protegimos en el primer round. No recuerdo en el segundo qué golpe le di y él me lo respondió. Me enojé entonces, pero no hice nada”.

—Laura, aunque sea tira un golpe —gritó el entrenador.

Pensó la boxeadora: “¡Cómo que aunque sea un golpe! ¿Cree que no puedo?”. Tiró el golpe y el muchacho se lo regresó. En el tercer round le dio fuerte y ya no paró. El entrenador se reía. Los que estaban en el gimnasio se acercaron al cuadrilátero y vieron cómo casi tiraba al compañero.

Laura se dijo: “Esto me gusta”.

El cuento de la boxeadora es escuchado con atención por Jaime Sabines, el poeta.

***

—¿Y a usted le gusta el boxeo, maestro? —pregunta Serrano.
—Sí, mucho. Desde chamaco me gustaba ir a ver las peleas.
—¿Lo practicó?
—Nunca. Jugué basquetbol, y me gustaba la natación. Nadador sí fui de chamaco, y muy bueno, pues vivía yo cerca de un río. Me iban a reprobar en la escuela primaria porque en lugar de irme a las clases me iba derechito al río Sabinal, que así se llama el río de Tuxtla. La natación era un vicio para mí —dice Sabines.
—Tengo una amiga que es admirable como deportista —comenta Laura Serrano—. Ella ha cruzado cinco veces el Canal de la Mancha, y una lo hizo de ida y vuelta.
—¡Híjole!
—Y el año pasado rompió el récord de las veinticuatro horas. Mi amiga se llama Nora Toledano.
—Sí, recuerdo haberla visto en televisión, ¡chingona vieja!
—Admirable, maestro. Por cierto me dijo que lo saludara de su parte. Ella también lo ha leído, lo admira.
—Sí, la conozco, la estimo, la vi por televisión esa vez que nadó veinticuatro horas… A mí me encantaba la natación. Y crucé no el Canal de la Mancha pero sí el río Grijalba, que ya son palabras mayores. En la alberca del parque Madero nadaba tres, cuatro, cinco mil metros, sin cansancio. Lo que es la vida, ahora nado cuarenta metros y ya estoy sacando el bofe.
—¿Qué boxeadores le gustan, maestro? —pregunta Laura.
—Todos los grandes que ha tenido México. En esa época eran Casanova, Kid Azteca… Y, claro, oíamos por la radio las peleas de Henry Armstrong, las defensas de Joe Louis… Esto fue cuando yo era chiquito. Siempre me gustó mucho el boxeo… verlo, claro —dice Sabines.
—¿Y le gusta verlo en vivo?
—Sí, de chamaco iba a la arena.

***

Sigue la boxeadora, a la que han llamado La poeta del ring.

—No me gusta decir que escribo poesía, más bien pongo en el papel lo que siento… Y le escribí algo, maestro —sorprende la pugilista.

Mientras Laura Serrano descubre sus cuartillas, Jaime Sabines pasea un cigarro de plástico y explica:

—Cumplí mis bodas de oro con el cigarro: empecé a fumar en 1945 y lo dejé en 1995.
—Yo no aguanto el cigarro —dice Laura Serrano—. Me da náuseas oler el cigarro.
—Y yo no podía vivir sin él. Fue muy difícil dejarlo, fue un tormento. Ahora conservo éste de plástico, por el vicio de la mano.

Y la boxeadora lee:

Sabines, sangre, ausencia,
palabra muda, rosa muerta,
destino lento, amargo.
Tu poema está a mi lado
y yo te lo agradezco…

La lectura ocupa ocho, diez minutos. El poeta Sabines toma luego las cuartillas y sigue el texto línea por línea.

—¿Y le gustó? —pregunta, nerviosa la boxeadora.

Jaime Sabines responde con un interrogatorio.

—¿Normalmente cómo escribes? ¿Con asonancias, consonancias y todo eso?
—En realidad no sé.
—Entonces escribes de manera natural. Para ser poeta necesitas estudiar. En la poesía hay dos cosas: el don natural, con el que se nace; y el oficio, que se aprende. Es como aprender a hacer zapatos.

El poeta aconseja a la boxeadora cómo dar golpes contundentes con los versos.

—Se ve que tienes oído, pero no has leído nada, no tienes cultura poética. ¿A qué poetas has leído?
—A Pablo Neruda, Mario Benedetti, Amado Nervo, Rubén Darío, Elías Nandino… —dice Laura.
—Pero es muy escaso. Está bien Darío, pero hay cuarenta poetas posmodernistas más que no conoces: Luis G. Urbina, Manuel José Othón, Manuel Acuña… ¿Has leído a Huidobro? Tu cultura es escasa. Te dedicaste a estudiar leyes pero… Para llegar a ser buen poeta se necesita trabajo, oficio, disciplina. Así como aprendiste a boxear, así hay que aprender a escribir.

Y el resto en la conversación es sólo literatura.

Viaje al ritmo de un perreo

Publicado: 30 diciembre 2012 en Samuel Segura
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Te diré a lo que aspiro: a que el tiempo no se me escape. Si he de vivir, he de vivir ahora…
The Warriors

Han pasado ya dos trenes y el hombre no puede subir al metro. Tiene prisa: quedó de verse con su esposa para comer y va retrasado. Son las dos de la tarde. Ella aguardará en Balderas, a las dos con quince, y él apenas está en Observatorio. Como van las cosas, tendrá que esperar un poco más. No abordará un convoy atestado de malvivientes, piensa, que van moneándose y echando desmadre escuchando reguetón.

Un tercer metro se detiene.

Se abren sus puertas.

Bajan.

“Ya llegó ZPM, una bola de desmadre, y al que no le guste, que chingue a su puta madre”.

El hombre se arrincona a la pared y deja pasar a la turba que, además de cánticos, lleva una manta en la que está escrito su nombre.

ZuPutaMadre.

Dos de las chicas que pasan a su lado lo miran, le mandan besos. Visten ropa ajustada, pantalones a la cadera, blusas que dejan sus ombligos descubiertos. Su cabello lo adornan con diademas repletas de brillantes, y sus ojos se ocultan detrás de unas inmensas gafas oscuras.

El hombre agacha la mirada.

A unos pasos de él, una mujer no puede ocultar el susto que le han causado. Se lleva las manos al pecho y pide a gritos la ayuda de los oficiales. Pero entre el estruendo de las porras, su voz se ahoga y se pierde entre la multitud.

Nadie la escucha.

Se pregunta quiénes son.

“ZPM, sí señor, de lo bueno, lo mejor”, vitorean los cuarenta del grupo, en respuesta a la mujer, y como presentación, por si alguien no ha notado su presencia.

El hombre ya había leído algo de eso en El Universal: “Los reguetoneros se han convertido en una de las comunidades urbanas más visibles de la Ciudad de México. Suelen reunirse cerca de las tres de la tarde en las estaciones del Metro y se apropian de andenes y vagones. La música con constantes referencias sexuales los acompaña durante un frenético trayecto que puede ir acompañado del consumo de inhalantes de bajo costo, como el PVC, y actividades delictivas…”.

Delincuentes, piensa.

Toca su cartera, su celular. En un movimiento discreto, los cambia de lugar, los esconde en su portafolio. No quiere perderlos. Lo que quiere es irse ya.

Pero todavía no podrá abordar porque los de ZPM bajaron las palancas de emergencia de varios vagones.

***

—La idea de la gente, we, es que al reguetón siempre lo van a tomar como que todos bailan, todos cogen, we, que todos se comparten mutuamente. Pero las cosas no son así. El reguetón te implanta tanto como pensamiento, como tristeza. Te implanta de todo, we, desde sexo hasta sentimiento.

Cris no era así.

No se pintaba los labios, ni se depilaba las cejas, ni usaba una camiseta sin mangas que descubre sus delgados hombros, ni esas gorras y zapatos que le cuestan alrededor de mil pesos. Tampoco usaba ese corte de pelo, rapado a los costados, y que deja un copete relucir por su frente.

—O sea, porque hay canciones que tú vas a ver, que te van a decir “coge y coge y coge”, we, y hay canciones que te van a hacer pensar, we. Te digo, o sea, de ejemplo, we, de cantantes que yo te podría decir que te hacen pensar, están: Arcángel, Baby Rasta y Gringo, Falsetto y Sammy, Farruko, Baby Johnny y Ñengo Flow que tiene algunas, pero es más puerco, se va más al sexo.

No era así antes, cuando lo conocí, hace más de diez años. Solía ser como Chato, su madre, me recuerda: un niño que sacaba dieces en la primaria, que todos los días llegaba de la escuela a hacer la tarea con ella. Lo envidiaban sus compañeros, me dijo, porque era de los mejores, si no el mejor, de su clase, en la primaria 24 de Febrero.

Ahora, Cris tiene 16 años y sus palabras brotan de él como la sangre de una herida después de un navajazo.

—La gente te critica bien cabrón. A mí me ha tocado: porque me pinto la boca ya soy puto, maricón, bisexual, o sea… no es porque seas puto, we, los verdaderos cantantes no se maquillan ni se pintan los labios, we, la moda aquí la han cambiado bien cabrón. Es como una moda más fresa, pero tanto los raperos, como los emos, como los skates, we, nos toman como chacas, pinche insulto cabrón, we, es lo peor que nos pueden decir. Un chacal, naco, corriente, reguetonero pirata, we. Así. Dices putamadre, te hace sentir de la verga.

La noche está por caer en San Cristóbal, Ecatepec, y la banqueta que está a unos metros de su casa nos sirve como asiento. Le ofrezco un cigarro que acepta y le pregunto por su hija. Ya pasa de los dos años, me dice, y vive con su mamá, Nancy. Los padres de él todavía la visitan, pero Cris aún se abstiene desde hace tiempo.

Todo terminó.

Catorce años tenía cuando su vida dio un vuelco con el embarazo de la que fuera su novia casi un año.

—De ahí se salió de la secundaria e incluso tuvo que ir a terapia porque se puso muy mal —me platica Chato, quien recuerda que para entonces su hijo ya se había adentrado en el mundo del reguetón.
—Ya, creo que fue ahí en la secu, en la 58, que empezó con todo eso. Ya ves que los chavos se juntan ahí con sus motonetas y van con las chavitas y todo eso.

Antes de entrar a la secundaria, Cris comenzó a vestir de negro y a acercarse a la música metal y gótica. Bajo influencia de su prima Carmen, él pasó un tiempo con los labios pintados de negro y con los pies forrados de charol.

Pero todo cambió.

Aunque el reguetón y el dark no se alejan de lo que José Agustín definió como contracultura, término que el escritor acuñó en su libro La Contracultura en México (1996): “…abarca toda una serie de movimientos y expresiones culturales, usualmente juveniles, colectivos, que rebasan, rechazan, se marginan, se enfrentan o trascienden la cultura institucional (entendida esta última como lo que está establecido)”. Cris optó por el primero.

Toño lleva ocho años escuchando el género. Él sabe, y no difiere de lo que El Mundo publica, que el reguetón es hijo del reggae, del hip hop, y del rap en español surgido en Panamá, para, posteriormente, afianzarse en Puerto Rico, donde ha adquirido fama internacional. Últimamente se mezcla con ritmos latinos, como la salsa, la bachata y, más recientemente, con el pop, rock y hasta música norteña.

—En sus inicios fue una mezcla de reggae, por su ritmo, y rap americano, por la letra, que habla de mujeres, sexo, droga, narcos, dinero, entre otras cosas. Es un subgénero en sí mismo —me instruye Toño, quien también ha practicado el género como una forma de expresión artística.

Larnies Bowen, licenciada en Estudios Caribeños por la Universidad de Nueva York, explica que “el origen humilde y urbano del reguetón ha marcado sus composiciones, basadas en las preocupaciones de la gente de la calle y ha evolucionado hacia rimas fáciles, letras sexualmente explícitas y muchas veces denigrantes y agresivas”.

—No sé qué le pasó que dio un cambio bien mamón de lo dark al reguetón —me platica Carmen—. No sé, se volvió muy macho, agresivo, violento. Ya no es el niño tranquilo y retraído de antes. Lo darky le duró unos meses, apenas. Nunca lo vi, pero varias veces dormí en casa de mis papás (así les dice Carmen a los papás de Cris, aunque sean primos) y un día amanecimos mi novio y yo con la sorpresa de ver a la morra de Cris con marcas en la cara.

***

—¿Cuántos son?
—Cuarenta, poli, danos chance de pasar, ándale.
—Órale, nomás porque no están haciendo nada indebido.
—Báilele poli, “poli, poli”.

Las chicas mueven el cuerpo, desde la cadera hasta los hombros. Se inclinan. Un par de jóvenes se posa detrás de ellas. El reguetón de Ñengo Flow suena. Se mueven al ritmo de su música; las jóvenes agitan los glúteos y ellos las reciben, juntándose lo más que pueden, con una agitación igual de intensa en el abdomen.

Al ritmo del perreo.

“Nadie sabe a ciencia cierta cómo surgen los ritmos, esas posibilidades de marcar, con cierto compás y cierta actitud, una música que se ‘antoja bailar’. Hay mucho de la tradición en todo esto: grupos humanos, etnias, regiones, naciones enteras que se caracterizan por un ritmo o por otro…pero también hay un fenómeno evidente: el ritmo, los ritmos, se contagian. Hay algo interno que hace que los cuerpos exterioricen lapsos iguales y que ese ritmo manifestado vaya de un cuerpo a otro…”, escribió Alberto Dallal en su libro El “dancing” mexicano (1987).

La gente pasa junto a ellos y los mira. Prefiere esquivarlos. Algunos esperan a lo lejos y los observan en lo que dura el baile.

“Tiene nombre propio: ‘perreo’, un estilo de contoneo erótico que emula el apareamiento de los canes”, dice la misma nota de El Universal. Toño ignora por qué le llaman así, le suena lógico, pero “en los tiempos de antes era muy diferente a como hoy en día, era más un baile sensual, no como lo que ves hoy; digo, siempre ha sido algo muy atrevido, pero no así”.

—Y hasta eso en el reguetón: las viejas que perrean, que les gusta bailar, hay algunas que te ponen un límite, we, que te dicen: “bailamos, we, pero hasta ahí”. Ni un beso, ni la mano.

Dice Cris.

—Es cosa de que tú quieras, no es a fuerza.

Dice Ana.

Todos entran, los cuarenta se saltan los torniquetes, pasan por debajo, rápidamente. Ana también. Es su primera vez en una cita. Está nerviosa, pero Memo, el líder, le ha dicho que no se preocupe, que todo estará bien.

El policía los mira a lo lejos. Sonríe.

La música sigue en el celular de alguien. Pareciera que llevan una grabadora. Mientras caminan, bailan.

“Como en el acto sexual amoroso, la pareja (o los integrantes del grupo) percibe el ritmo como una necesidad del ‘acoplamiento’; los cuerpos se perciben en el ritmo y simultáneamente se adhieren, se adecuan, se integran al fenómeno general, global”, explica Dallal en su texto.

Ella le hace caso al líder y camina con todos. Trata de tranquilizarse. Echa porras. “ZPM, de lo bueno, lo mejor”. Poco a poco agarra confianza. Avanzan una estación, otra, y de vuelta.

Pero el miedo regresa cuando mira a los granaderos en la siguiente parada.

Tranquila, le dice su líder.

Pero no puede calmarse y el llanto le sobreviene. Piensa que se los van a llevar, que los van a encerrar a todos.

Son muchos.

—Sí, ya te ven como delincuente. Apenas tiene como un mes que sacaron en el periódico que no, que ZPM, que matones, violadores, asesinos, no sé qué, y lo único que nosotros hacemos es echar relajo: llegamos y bajamos las alarmas de los metros, apagamos las escaleras eléctricas, cosas así, pero por echar relajo, y hasta los policías muchas de las veces ya saben que llegamos y lo único que hacen es cuidarnos, porque dicen “no hacen nada fuera de lo común”, mientras que no falten al respeto no hay problema.

A la orden de nadie, comienzan a correr. Todos, por todas partes.

Como viles ratas, me dice Ana.

—Ya no nos ven como personas.

Ella estuvo a punto de ser líder de ZPM antes de salirse del grupo. Me enseña las fotos que tiene en su teléfono de las veces que estuvo con ellos en el metro Observatorio. Ahí es donde decidieron reunirse, porque como cada grupo, tienen su casa, su estación, cercana a donde viven los integrantes, porque es el lugar que encuentran más accesible para todos. Un grupo, una familia, le llaman ellos, donde todos son hermanos, se protegen y se cuidan los unos a los otros. Donde se entienden.

—Siempre vamos a estar bien, no vamos a buscar problemas. —Ana, sentada a dos pasos de Cris, interviene, arrebata la palabra—: Pero, por ejemplo, está el grupo Momento, llegan y empiezan a molestar y obviamente no nos vamos a dejar. Es cuando nos peleamos, cuando entran los policías, cuando echamos relajo. Pero muchas de las veces no molestamos, otros nos molestan.

Cada grupo tiene su estación y esa estación es intocable. Es territorio enemigo.

—Es que tanto hay weyes que van a echar coto, como hay los que van a pasarse de verga y moneando en el metro, we, moteando en el metro…o sea, dices “¡no mames!”; por eso mucha gente critica, porque mucha gente nos ve que en el metro andamos moneando, que andan moteando, que se andan echando cualquier madre, y cuando pasa uno igual, porque todos se parecen, dicen: “ah, es ese we, hazte para acá, te va a sacar una pinche fusca y te va a chingar” —me explica Cris.

Ana, de 17 años, lleva un mes de noviazgo con Cris. Con Yale, como era conocido en los grupos. Cuando me reúno con ellos, platican de sus planes de irse a vivir juntos. Una tía de ella los ayudaría con los gastos. Pondrían un negocio, no saben de qué, para sobrevivir. Ambos se salieron de los grupos, y ahora han encontrado madurez, me comentan. Yale, por la muerte de un amigo cercano a manos de otro grupo, tan solo dos semanas después de haberse unido a estos; ella, por la violación de una de sus amigas a manos de tres de su grupo.

—Porque se dieron sus pericazos, se pusieron bien graves. Dije: no, si son mis hermanos y todo y pasa esto, al rato voy yo, no. Yo le dije a mi dirigente que ya no. No falta que te digan “pinche rajona, no que era para siempre”. Que digan lo que quieran, yo prefiero mi vida, la neta.

Y porque había traiciones.

—Varias veces, cuando yo era dirigente del Liverpool (antes, lo fue de Slow Channel), yo era el que los movía, we, el de “ámonos pacá”, “ámonos payá”; pelearnos contra Uvas Cangri, dándonos en la madre en metro Pantitlán, la gente corría, we, aventábamos petardos, agarrábamos a los weyes hasta arrinconarlos y darles en su puta madre, we, abrirles la cabeza, quitarles los zapatos y que se vayan descalzos…

Pero había quienes al ver la situación, se iban, y abandonaban al líder, la figura que tiene que dar la cara por todos. Incluso la vida. El reconocimiento que recibió como tal se volvió cada vez más peligroso para Cris, no podía andar solo, sin su gente, en cualquier lado podían ponerle en su madre, ni siquiera podía salir a los metros que concurría con sus grupos.

Ya no era un juego.

—Todos me decían: “no, Yale, mis respetos a ti que eres dirigente”, pero cuando se volteaban era de “hijo de su puta madre, no por ser dirigente es la gran cosa”.

***

—¡Pinche negro puto!

El día que Cris se acercó a Nancy, era el cumpleaños de su hermano Pablo. Ella había acompañado a sus hermanas menores, conocidas del cumpleañero, a la fiesta que se hizo para celebrarlo. Cada quien estaba con la gente de su edad, así que Cris se acercó a ella. Ya la había visto antes caminar por la colonia.

Había un juego infantil inflable afuera de su casa. Los niños saltaban sobre él. Hubo pastel y dulces para ellos y alcohol para los adultos.

De eso tendrá tres años.

Todos habíamos bebido, incluidos los padres de Cris y Pablo. Su padre. De él, de Fede, me habían contado que era alcohólico y que, regularmente, perdía el control. Y que los golpes llegaban irremediablemente.

Nunca lo había visto en carne propia.

—Ya estuvo, lléguenle.

Fede nos corrió a todos. Chato no se la aguantó. Nunca lo aguantaba.

Empezó a golpearlo. Empezaron a golpearse. Dos de los invitados detuvieron a la pareja que se daba puñetazos a la cara, a las costillas, patadas a las piernas, bofetadas. Algunos de los familiares empezaron a llorar. Pablo fue el primero.

De pronto, Cris le gritó a su padre:

—¡Pinche negro puto!

Y se le fue encima.

Alguien lo detuvo antes de que sus golpes tocaran la piel de Fede. Fui hacia él y lo sujeté con ambos brazos. Cris no era tan alto entonces, y no había en su vestimenta algo que lo semejara a ningún estereotipo. Le pedí que se calmara, apretándolo.

—Si con tus jefes no tienes apoyo, we, vas y lo buscas con alguien más. Obvio, te van a apoyar, por eso se le llama hermanos, we, por eso es una familia. Se llaman familias, se llaman combos, porque ahí ante cualquier pedo, todos van a estar unidos. Y puto quien no, quien diga “me vale verga”. Putiza. Desgraciadamente en los grupos me traen recio, me lo han dicho: me quieren chingar, que van por mi cabeza, me quieren tumbar recio porque en su tiempo tuve mi fama, orita ya no, por lo mismo que ya hay un chingo de grupos. Me traen recio, tengo que andarme cuidando. Me he topado a mis peores enemigos, y nos es que te tiemblen los huevos, es que sí te da cosa ver que estás solo y ellos son como cincuenta y en cualquier momento alguien va a decir: “yo he visto a ese wey en alguna parte” y va a valer verga.

En lo que va de la plática, Cris no la ha mencionado. A Nancy. Ni piensa hacerlo. Ya es completamente de noche. Ana, su nueva pareja, lo escucha. Pero ambos saben, y Cris no lo niega, que, como me lo contaron su prima, su madre y él mismo, ella no es la primera mujer en atravesarse en su camino.

—Chavas que ha traído a la casa, yo creo que son más de quince —me dice Chato, sin mencionar a las que no conoce.

De lejos, Cris le gritaba a su padre “pinche negro puto”. Lo retaba a los golpes. Buscaba zafarse de mis brazos cuanto antes para combatirlo. Fede también trataba de hacerlo, Chato, lo mismo. Todos querían deshacerse de los brazos que los oprimían y acabar de una vez por todas con aquello que les aquejaba.

Como tantas veces lo habían hecho.

—Entré ahí principalmente por desamor y falta de comprensión de mis jefes, we. Sabes que a tus jefes no les puedes contar: “¿qué crees?, me cogí a esta vieja y me infectó”, no, pus cómo, valiste verga. En los grupos es de: “no carnal, ponte esto, ponte lo otro, trata de no hacer mamadas”, entras por eso, porque sabes que en los grupos te comprenden.

Era el cumpleaños de su hermano Pablo, quien lloraba. Cris también. Apretaba los puños para que no notara sus lágrimas.

—Yo digo que muchas de las veces lo de los grupos es falta de amor. Muchas viejas me dicen: “es que mi padrastro me violó, es que me pasó esto”. Vienen siendo personas, no de la calle; sí tienen familia y lo que quieras, pero carecen de amor, han sufrido violaciones, golpes, maltratos, abusos, lo que quieras, pero han sufrido —interrumpe Ana mis recuerdos, que se esfuman. Regreso a la banqueta en la que estamos sentados los tres. Cada quien se pone su chamarra. El viento arrecia.

—Mi mamá me dijo: “hasta Ixtapaluca me llegó el periódico, mira, ve lo que dice” y salimos con nuestra manta y todo. En la tele apenas sacaron lo de Sicarios contra Bacho 3, algo así.

Ana vive con su madre desde que, a los cinco años, acusó a su padre cuando la violó. Lo encarcelaron dos años. A ella le gustaba el emo hasta que unas amigas le enseñaron el reguetón. Le gustó, se sintió identificada, protegida. Las drogas las probó antes, a los doce se ponía con mota, con mona, para olvidar la violación (que no la ha dejado en paz) y la incomprensión de su madre, que ahora le retumba.

—Me dijo que estaba loca, que no sabía dónde me estaba metiendo. Una vez la fueron a amenazar. Primero le hablaron por teléfono, una vieja, confundiéndola conmigo yo creo; le dijo: “sólo te digo que eres mujer muerta y que vas a chingar a tu madre”. Se quedó así, y empezó a llorar, que en qué andaba, me preguntó. Y ya le tuve que decir. Incluso la llevé a que conociera a los grupos y todo. Dijo que no le gustaba, que eran puros problemas.

El sonido de un tren que está lejos se escucha muy cerca e interrumpe la charla. Las palabras de Ana me recuerdan una nota que se publicó en El País, donde informaba que al reguetón se le consideró una mala influencia para los jóvenes de República Dominicana. Sin embargo, Abel Benítez Torres, percusionista de la Orquesta filarmónica de la UNAM, considera al género como “una salida social, digamos que la población tiene una olla de presión del bajo salario y encuentra un desfogue, una salida. Es este tipo de música, que representa varias cosas, se da por una necesidad de contar con un desahogo a una semana difícil, hay quienes eligen ir a un concierto y otros eligen ir a bailar…no podría criticarlo, pues así como las papas fritas, como la comida rápida, también tienen una función social”.

El tren pasa. Deja un leve rastro del rugido de su motor en el aire.

—Y si supieras, we, que en Facebook a cada rato ponen imágenes con sus listones negros de “descanse en paz tal wey, descanse en paz tal vieja”. Las muertes están cabronas. Tanto los que mueren en las peleas como los que mueren en las drogas, en un pasón. O que andan en bisnes chuecos, we. Tú ves una muerte y obvio no te quedas tranquilo.

Pero Cris se ve así: tranquilo. Tiene dos palabras para el reguetón: comprensión y alegría. Y dos formas de ver el mundo:

—Nosotros tenemos dos mundos, we. El mundo en el que naces que es la familia, y es tu vida, y el mundo del desmadre, que hace que te olvides de todos tus pedos, we. Tú puedes entrar al mundo en el momento en el que quieras, hoy me voy a mi verdadero mundo, hoy me voy a mi mundo de fantasía. Yo le llamo así: el mundo de fantasía, porque ahí te olvidas de todo. En los grupos dicen: no, todo va a estar bien, aquí con mis compadres está todo, tengo a todos. Y en tu mundo real siempre vas a estar solo.

Uno mundo para Yale y otro para Cris.

Definitivamente ya no es el mismo.

—Los papás toman lo que estás viviendo ahorita como que “no hay pedo, se te va a pasar”. No es cierto. Esta etapa, cuando crezcas, te va a quedar bien pinche grabada. Somos chavos que despertamos más en corto, vivimos más en corto, más en putiza, y a los años no nos arrepentimos, porque tú podrías decir ahorita: “se va a juntar este wey, tiene 16, qué pendejo”. ¿Y si supieras que ya vivió su vida bien cabrón y ese wey está tranquilo? Van a pasar veinte años y ese wey va a seguir, porque ya la vida la vivió así. En putiza.

“Hemos metido al narco en nuestras camas. Copulamos con él. Extendemos la mano para que nos dé dinero”, señala Javier Valdez en El Guayabo, centenaria cantina ubicada en una amplia construcción rústica con dos frondosos árboles de guayaba presidiendo las mesitas cubiertas de cáscaras porque aquí, como si estuviéramos aún en 1900, una mujer vende cacahuates en cucuruchos de papel periódico. Olvidado de su tequila y de su plato de camarón crudo con limón y chile, el cofundador del semanario Ríodoce, cuyas oficinas fueron atacadas con una granada meses antes, informa a un diario nacional sobre los once homicidios ocurridos el 10 de noviembre de 2009.

Es mi última noche en la capital de Sinaloa, considerada la cuna del narcotráfico mexicano porque aquí han nacido al menos tres generaciones de capos. En la mañana fue hallado el cadáver del primer “colgado” en la historia reciente de la ciudad. Lo pusieron a la vista de todo Culiacán, en el puente de la salida sur de la exuberante y moderna ciudad del eterno verano suavizado por la presencia de los ríos Tamazula, Humaya y Culiacán.

Pero dejemos aquí la primera imagen de esta Sinaloa con casi tres millones de habitantes, envuelta en una ola de violencia. A una realidad casi esquizofrénica corresponde, quizá, el retrato fragmentario de una sociedad en disolución.

***

Durante catorce días percibo la violencia como una fuerza invisible. Sólo me toca una intimidación directa: la de una treintañera extra-arreglada, con uñas de cinco centímetros adornadas con piedras brillantes, que me da un empujón en un Oxxo mientras pago. Busco su mirada, alzo la voz y le suelto un “¡pásale!” defeño sin recordar el tan culichi “te aguantas o te matan”. Y nada pasa. Ningún “ora te vas rapada y caminando a tu casa; y si te dejas crecer el pelo matamos a tu familia”, como aseguran que ordenó una mujer a su estilista para callar a la clienta que aplaudía la detención de Alfredo Beltrán Leyva, alias el Mochomo, el 20 de enero de 2008 (el verdadero inicio de la guerra aquí). No, ella me pide permiso para poner su bolsa Louis Vuitton. Interrumpiendo el súbito silencio, la cajera opina con desparpajo: “La oyó fuereña. El coraje de los buchones [la infantería del narco rural y urbanizado] no es con los de México.”

Lo más terrible ocurrió en 2008, aquel 8 de mayo en que un comando armado asesinó a Édgar Guzmán López, hijo del Chapo, evidenciando la ruptura con los hermanos Beltrán Leyva. Nadie olvida el desierto que era Culiacán el 10 de mayo porque el miedo impidió celebrar el Día de la Madre con la tambora a toda marcha. Los culichis, como se llaman a sí mismos los nacidos en Culiacán, me dicen que este 2009 se han sentido mejor porque el Ejército ya no circula por las calles. “Nada pasa si uno no se mete.” Las calles parecen serenas pese a que el Mal con mayúscula anda suelto, según cuenta un taxista exaltado. Me siento reconciliada con la tierra donde mi abuelo culichi fue asesinado con saña en 1941. En esta tierra casi todos tienen un pariente víctima de la violencia histórica del estado. La sangre derramada emponzoña a las generaciones.

Los sagrados alimentos están contaminados por conversaciones sobre homicidios y decapitaciones, sobre cateos del Ejército documentados por la Comisión Nacional de Derechos Humanos, sobres víctimas inocentes de balas perdidas o de tiroteos entre narcotraficantes y soldados y entre grupos rivales de la delincuencia. El horror se sienta a la mesa.

***

“La violencia ya tocó el lenguaje, y cuando algo toca el lenguaje ya tocó todo”, me dijo el escritor sinaloense Geney Beltrán Félix.

Una noche un hombre de unos 37 años, de una familia dedicada al sector de los servicios, el que más producto interno bruto produce en el estado, me lleva a un barrio donde no entra ni un soldado. “Mira a esos motociclistas. Sus armas están debajo de la sudadera. Todo el tiempo pasan los vigilantes de los narcos.” Nos instalamos en la mesa larga de una taquería de carne asada al aire libre. “Aquí nos protegen los asesinos: son buena gente, son mis amigos”, recalca Víctor antes de contar que mataron a un joven que él conocía. Su protector, un narcotraficante importante, llegó al velorio y dijo a la madre “préstemelo”. Y se fue con el cadáver a despedirlo. Luego lo regresó y el sepelio continuó.

“¿Ves esas casas de enfrente tan bien construidas? Hace diez años tenían techo de cartón y láminas sobre la tierra. A ver, ¿de dónde sale todo eso?” Señala a un muchacho. “Le faltan varios dedos. Lo tuvieron diez días secuestrado. Los calentamientos de los narcotraficantes son terribles. Muchas veces andan en coca. Los tienen tres días o cuatro encerrados, cortándolos en pedacitos.” Me tenso. “¿Son buenas personas pero hacen calentamientos?” “¡Ah no! El narcotráfico es un cáncer social”, revira Víctor. “Los conozco a todos desde niño. Son muy amables. Pero para el negocio son durísimos. Viven para sí mismos pues han sufrido mucho. Su corazón se endureció. Son friísimos.”

“¿Cuántos muertos hubo en la balacera de enfrente?”, pregunta al propietario. Mirando la calle oscura, este contesta: “Eran seis, pero dijeron que cuatro.” En esta esquina perdida del Culiacán más negro me entero de que no fue una bazuca lo que mató al hijo del Chapo sino un lanzagranadas. “Así son los periodistas.” La noche termina con el relato sobre el ahorcamiento de un personaje a quien terratenientes del sur, enemigos de la Reforma Agraria de Lázaro Cárdenas, forjaron una leyenda negra. El crispante gesticular de Víctor me enerva. Pero él continúa su relato, vertiginoso, in crescendo.

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Pienso a Culiacán como un lugar infernal, pero Sinaloa es tierra de contrastes extremos y cuenta con sitios paradisíacos como su Jardín Botánico, uno de los más importantes del mundo y eje del proyecto de arte público más ambicioso de América Latina, impulsado por el coleccionista Agustín Coppel. Creado hace 24 años, cuenta con tres ecosistemas –selvático, boscoso y acuático– y con 30 mil visitantes por mes. La violencia también llegó aquí con la persecución policíaca de un sicario contratado para asesinar a un profesor. Por suerte no logró su objetivo.

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La esquina de la avenida Sinaloa es, a las diez de la noche, un lugar de ruido y confusión donde circulan, en inacabable chirriar de llantas, las Hummer, las Lobo, las Pathfinder y otras camionetas lujosas, muchas nuevas y sin placas. Sus dueños exhiben, además de motores potentes, una grandísima y banal destreza para ejecutar sobre el asfalto todo tipo de suertes. En esta Babel motorizada los corridos del narcotráfico suenan desde las bocinas de costosos estéreos habilitados para el reventón.

Es sábado y quedé de ver al periodista Francisco Cuamea –secretario particular de Manuel J. Clouthier C. y ex subdirector de Noroeste– en un café cerca de donde, se dice, está la casa de un poderoso narcotraficante. Estoy esperando en compañía de dos comunicólogas con quienes vi la función del grupo Delfos Danza, fundado por Claudia Lavista y Víctor Manuel Ruiz, cuando me señalan a dos muchachas de pelo oscuro, largo, muy lacio, y ropa entallada. Bajan ágilmente de una camioneta blanca atravesada a medio camellón, descuelgan una manta con la fotografía de un joven que cumple años, y la doblan al tiempo que el conductor de otra camioneta –negra, lujosa y de rines alzados– se estaciona para saludar obstruyendo la circulación del carril izquierdo. Un convoy de soldados pasa cerca de los vehículos en flagrante violación de tránsito. “¿Tú tienes miedo?”, me pregunta Gloria Cuamea. Niego con la cabeza al notar que no he sentido temor en todo el viaje. “El miedo no existe en Culiacán como se lo imagina la gente. La vida no se detiene”, comenta. “Hay que verlo, las muchachas andan tranquilas de noche.” Sin embargo, a ella le tocó una rafagueada frente a su casa: “Vi como morían dos policías, vi sus estertores.”

“¡Pero si son unos escuincles!”, exclamo ante lo que parece un inofensivo pandemónium adolescente protagonizado por un centenar de vaqueritos antisociales, aunque lleven camisas Ed Hardy o gorras en vez de sombreros, con carros de nuevos ricos adaptados para jugar a los arrancones en los altos. Uno de esos jóvenes rechina llantas durante quince segundos mientras ejecuta una “aguilita”. Varios montan su vehículo en el camellón y beben Buchanan’s. ¿De la marca de este whisky podría proceder el vocablo buchones que designa a la “infantería” del narco? En todo caso, es una palabra de la sierra sinaloense. Me río sin alegría, casi sarcástica. ¿No era esto lo que, al morir Franco, llamaron los españoles “tomar la calle”? Un psicoterapeuta sinaloense lo definió con un anglicismo: “Es conducta aspiracional.”

A bordo de un pequeño auto rojo, nos introducimos en una noche fantasmagórica. Hay tres o cuatro clínicas instaladas a la salida a Sanalona para atender a los traficantes heridos y rematados en sus camas; recorremos el bulevar Francisco Madero. En lugar de las tradicionales bandas sinaloenses, nos topamos con tres mariachis, solitarios debido al auge del corrido sobre los nuevos héroes narcotraficantes; pasamos frente a un prostíbulo con el tradicional foco rojo; y vamos a dar a un inmenso lote baldío atiborrado por una multitud pendiente del concierto de El Coyote, una forma de fiestear en provincia. Hay decenas de chavos bebiendo en la calle, con las puertas abiertas de sus camionetas y con el volumen de sus estéreos sobrepasando todas las normas.

En dos minutos alguien nos cierra el paso por la izquierda para detenerse a platicar con sus amigos. Cuamea intenta dar reversa pero un tipo se pone atrás y nos deja encerrados. Aprieta los labios, maniobra hábilmente y elude la trampa. No miro al agresor. Ya aprendí que en Culiacán se pasa del pensar al actuar en un parpadeo. Gloria define: “Aquí la vida no tiene valor. Los automovilistas traen a los niños en el brazo izquierdo, y manejan y hasta contestan el celular.”

“Están coartando la libertad individual. Es una narcodictadura. Está en todas partes. Es en el df donde detienen a los hijos de los capos. Ahora sólo es cuestión de que tomen sus calles. Los muertos aparecen, la policía los encuentra. Es una cultura de la prepotencia derivada de la impunidad y la corrupción”, afirma nuestro Virgilio.

Inmersos en un denso silencio, dejamos atrás caserones incautados por la pgr y antros de nombres sonoros a los que dejará de ir la gente común cuando los tome el narco. Pasamos junto a la Isla Musala, proyecto cuestionado por presunta venta impune de tierras. Rodeamos las bardas de La Primavera, a un lado del canal donde el narcotráfico arroja, por conveniencia geográfica, a sus asesinados. Escucho a Cuamea como si estuviera muy lejos de mí. “2008 hizo que nos cayera el veinte. Sabíamos que existía el narco, pero las balaceras ahora son a la luz del día, con decenas de víctimas inocentes.” Le enfurece que se vea a su estado como un “Sinaloa Curious”, con todo y el santito de los narcos, Jesús Malverde.

“¿Ya te empezaste a indignar?” Mi interlocutor está muy serio. Me invade un súbito desaliento. Por fin, a una seña del guardia, el pequeño auto rojo ingresa al fraccionamiento residencial donde me hospedo, una más entre tantas ciudades amuralladas.

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Un día escucho a una mujer plantosa, inteligente, confiarle a su marido que viene de conocer, en el consultorio del dentista, a la esposa de Ismael el Mayo Zambada. Una dama de caridad que estaba con ella le vio el fajo de billetes y le pidió dinero para las monjitas. La mujer del narcotraficante accedió: “A ver cuánto juntamos.” El esposo se altera. “¡Eso es legitimar!” Ella insiste: “El dinero sucio está en todos lados. No se vive de otra manera. Esto es una buena obra.”

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En 2008 ni las autoridades de la Universidad Autónoma de Sinaloa ni la comunidad universitaria exigieron un alto a la violencia. Sólo hicieron un modesto “homenaje” a los maestros asesinados con el joven Cristóbal Herrera. La Universidad de Occidente, que depende del gobierno del estado, permaneció en silencio. “Tampoco hay muchos académicos estudiando el tema. En Historia de la uas llegan sólo hasta el narcotráfico de los años ochenta. En el doctorado de Ciencias Sociales se introdujo apenas en 2007 la línea del narcotráfico ‘por seguridad’”, se indigna Anajilda Mondaca, autora de Las mujeres también pueden / Género y narcocorrido. Surge el tema del boom de narrativa policíaca sobre el narcotráfico. “Está muriendo gente pero algunos hacen negocio”, indica Cuamea.

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Hace dos años el director de teatro Alberto Solián puso en escena Contrabando, una novela de Víctor Hugo Rascón Banda sobre el alcohol que llevaban a Estados Unidos los mexicanos en la época de la prohibición. Iba a hacer una gira de cuarenta funciones por San Ignacio, municipio serrano al sur de Culiacán. El proyecto abortó cuando, en la segunda presentación, entró un sujeto con metralla. Hubo gritos, desbandada. No disparó. Gracias a Dios.

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Culiacán de las Cruces. Paraíso Negro. Sucursal del Apocalipsis. Estos son algunos de los nombres con que los humoristas políticos sinaloenses han bautizado a Culiacán, encontrando eco en una sociedad que, por lo visto, quiere ejercer el humor. Hoy la única revista de ese tipo en la entidad, La Locha, puede presumir de haber tenido su boom a partir de abril y mayo de 2008.

La entrevista con los humoristas de La Locha, en un café cantante, a espaldas de la Catedral, se convierte en un inesperado festín de humor negro y de imágenes insólitas, ¿o fascinantes?, como califican algunos intelectuales, donde aparecen narcos sepultados con todo y camionetones lujosos, hieleras con manos, botas con pies cercenados.

“Los Lochos”, con Arturo Vargas a la cabeza, mencionan a los imitadores del narcotráfico, los wannabe. “La modita disminuyó en 2008, pero hubo profesores vestidos con el estereotipo buchón: botas puntiagudas de piel de víbora o avestruz, cadenas de oro al cuello, camisas Versace y jeans. ‘Hey, ¿ese amigo es narco?’, preguntaban. ‘No, es maestro de la uas.’” Su oficio es muy peligroso: nombrar a alguien es firmar una sentencia de muerte.

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El capital agrícola de Sinaloa está en manos del narcotráfico en un 20 por ciento, calcula Alonso Campos, ingeniero agrónomo y licenciado en Letras conocido porque “no se calla”. Como presidente del Consejo Estatal del Maíz en férrea oposición al cultivo del maíz transgénico, lo considera una propuesta de muerte riesgosa para el maíz, en cuyo cultivo Sinaloa es potencia a nivel nacional e internacional. Y es que hablar en Culiacán, lo que se dice hablar, es ignorar la muerte que está al doblar la esquina, ser lo que era un hombre completo, esos que eran marca de fábrica en la Sinaloa rural, antes y después de Pedro Infante, y que “ya no existen”, según escuché una y otra vez. Señala el problema de un estado que no hace mucho fue “el granero de México”: la competencia del narcotráfico que abruma y daña a los agricultores. “El clandestinaje ha llegado a la actual hegemonía social y cultural porque todo el mundo quiere estar cerca del dinero”, afirma.

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Mala cosecha. Cada 1º de noviembre los panteones de San Ignacio hierven de deudos como Alberto Solián y su padre, quienes visitan a sus parientes en Coyotitlán, El Carmen, Cabazán, Piaxtla y San Javier, con sus casas de techos de dos aguas. Suelen viajar por la libre, junto a cerros y plantíos, con las coronas mortuorias en la cajuela. En cada tumba, el anciano ora en voz baja. Los epitafios de varias consisten en versos sobre la fragilidad de la vida. Y como no todo puede ser sombras esquivas y mundos desvaídos, los vivos dedican el día a disfrutar. Solián tiene razón: no hay gente mal alimentada. Aunque este verano no hay tanto maíz para vender porque no llovió.

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El panteón de los narcos. Parece una juguetería elegante. El carrusel está funcionando bajo la intensa iluminación. Cerca hay muñecas rubias de ojos azules, una cocinita a escala infantil, vestidos hampones, zapatillas de colores, aros, un triciclo y, desde luego, moños luctuosos con flores costosas. La difuntita debe ser hija de algún traficante, pues el mausoleo, en mármol y cantera, tiene dos pisos y, parece, aire acondicionado. Hasta en la muerte siguen las competencias. Aquí podría vivir una familia.

Cayetano tiene 70 años. La guerra acabó con sus clientes y tuvo que cerrar su negocio de carnitas. Por eso anda en el taxi. En las mesas alquiladas se toma Buchanan’s y cerveza Modelo. Una tambora, una hora cuesta unos cinco mil pesos, despide a la niña. A los lejos resuenan los potentes acordes de “Que me entierre la tambora”. Debe haber otras veinte bandas en el panteón Humaya.

Cayetano va de la tristeza a la rabia. La guerra arruinó su Culiacán querido, pero ni las estrecheces ni la violencia le harán irse. Aquí encontró familia y trabajo. Sobre todo gente alegre y buena. Pasó hambres en la ranchería del Lago de Chapala donde nació. Lo golpeaban y huyó al norte. Cambia de tema. Su mujer y sus hijas son blancas, de ojos verdes. Muy bonitas, como todas las culichis. Cuando le pedí ese 2 de noviembre que me llevara al Humaya, cerca de la salida a Mazatlán, dijo: “Con suerte y nos toca balacera.” Los narcos aprovechan el día de muertos para saldar cuentas.

En el Humaya muchas capillas ostentan grandes fotografías de muchachos menores de 25 años. La gente vive rápido. Preferible vivir un día como rey que toda la vida como buey, se repite. “¿Se imagina toda una vida de miserable? Claro que prefirieron sembrar mariguana.” Vemos dos tumbitas discretas, apenas dos montones de tierra, iluminadas por los destellos que provienen de una capilla como mansión.

“Vio la Ciudad de los Muertos, ahora vamos a la Ciudad de los Vivos. Ahí está La Primavera con su escuela, centro deportivo, calles con nombres de pueblos, una ciudad dentro de la ciudad.” Cayetano me rafaguea: “Cada vez están más lejos pobres y ricos. La pobreza extrema es vivir con techo de cartón y piso de tierra. ¿Quiere conocer las casas de los narcos en Colinas de San Miguel? Algunas parecen castillos. Abajo tienen los laboratorios.”

Salimos entre ríos de gente, hombres con jeans y botas, mujeres de negro, niños corriendo. La intensidad de las tamboras queda atrás. Bordeamos las callecitas del panteón, muy oscuras cuando no hay mausoleos. No veo bien, me siento frágil. Mi guía me jala del brazo para evitar que caiga en una tumba a medio excavar.

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El economista Gerardo López Cervantes tiene razón: los cenotafios no son tumbas, son recordatorios, con sus cruces, de que el narcotráfico ha ido secuestrando la ciudad, haciéndose de un poder tal que sus familias se dedican a recordar públicamente a sus muertos. Ya hubo propuestas de regidores priistas para quitar los más de doscientos cenotafios del primer año de la guerra, iniciada el 30 de abril de 2008. Enfrente del centro comercial City Club está el cenotafio del hijo del Chapo. “Los amaremos siempre”, reza una inscripción al lado de tres iniciales, las suyas y las de otros dos muchachos caídos aquel 8 de mayo de 2008.

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Breve diccionario periodístico, académico y literario del narcotráfico:

Ambivalencia. Ernesto Diezmartínez, sociólogo y crítico de cine. La posición frente al narcotráfico es ambivalente. La subcultura del narcotráfico ya se convirtió en una expresión cultural con todas las de la ley, sostiene un ex alumno mío, hoy director de Noroeste en Mazatlán. Entre los muchachos de la Universidad hay una condena, pero rascas un poco y reluce la ambivalencia: “Bueno, pero finalmente traen dinero a la sociedad, hacen lo que el gobierno no hace, ofrecen progreso.”

Batipalabras. Luis Astorga, sociólogo, especialista en narcotráfico. La mitología alrededor del narcotráfico es creada no sólo por los organismos del Estado sino por los traficantes y la prensa. Todos están compitiendo por ver qué mitología predomina en la cabeza de la gente. Se inventan etiquetas mediáticas que no ayudan en absoluto a comprender, como el fetiche lingüístico “narco”. Los medios son adictos a él, y a categorías de percepción generadas por los medios políticos y policíacos, como la de “cártel”. Me recuerdan aquella canción de la Sonora Santanera sobre las “batipalabras”.

Cambia “bati” por “narco” y verás. Como sociedad cada día entendemos menos. La propia academia ha caído en el embrujo. No hay un análisis serio de este discurso, ninguna distancia crítica.

Ejecutómetro. Javier Valdez, periodista, autor de Miss Narco. El “ejecutómetro” es deshumanizado, cínico, dañino. Prefiero hablar en mis crónicas de esos latidos y esa carne con nombres y apellidos, porque los periodistas publicamos números y nos olvidamos de las historias de las personas que mueren.

Jóvenes. Anajilda Mondaca Cota, investigadora. Es inevitable que se relacionen los jóvenes narcos y los no narcos. Por entrevistas sé que hay mucho respeto entre ellos. Reconocen que la actividad es ilegal pero dicen: “Pues estamos en Sinaloa y estamos en Culiacán. Así nacimos y desde niños sabemos que el narcotráfico nunca se va a acabar.” Cualquiera te va a decir que el narcotráfico está tan naturalizado que ¡no pasa nada! Que el gobierno debería arreglarse con los narcos. Hay molestia, sobre todo desde 2008, de gente que se quedó sin trabajo porque los narcotraficantes se replegaron un poco. Hasta los mariachis hicieron una marcha.

Legitimación. Arturo Santamaría G., académico uas Mazatlán. Los narcotraficantes están muy legitimados culturalmente. Están en los municipios, en la sierra, en el valle, en la costa. Participan en él desde niños hasta abuelos, para quienes es un estilo de vida, no una actividad criminal. Durante unas conferencias sobre el narcotráfico, una alumna me pidió la palabra: “A ver profesor, yo quiero hablar. Soy sobrina del narco Fulano. Él hizo la escuela, la iglesia, el camino, los pozos de agua. Da dinero a la gente. Él no hace daño.”

Lenguaje. Juan José Rodríguez, novelista. La Fundación de Nuevo Periodismo Iberoamericano recomienda llamar a las cosas por su nombre. Las “ejecuciones” y “levantones” son homicidios dolosos y el lenguaje oficial debe modificarse.

Muro. Enrique Vega, cronista del puerto de Mazatlán. Quisiera que cayera el muro de El Cid, un fraccionamiento muy grande que requiere credencial de residente para entrar. Con él comenzó una oleada de construcción de cotos privados. Ya no paseamos por las calles sino alrededor de bardas. Nos hemos encerrado en nosotros mismos, desconfiamos. Antes de denunciar pensamos en nuestra seguridad y ponemos cotos sociales alrededor de nosotros mismos.

Quimeras. Alejandro Sicairos, subdirector de Ríodoce. Todo en Sinaloa está salpicado de sangre; nada escapa al ambiente de zozobra. Pagamos las consecuencias de décadas de indiferencia ciudadana y políticos pusilánimes en el mejor de los casos, y cómplices en la peor de las circunstancias. La paz, la tranquilidad, la seguridad pública se volvieron quimeras y sus antónimos una pesadilla de la cual no hemos podido despertar. Todos sabíamos que esto iba a ocurrir y nunca hicimos lo debido para evitarlo.

Rezago. Gerardo López Cervantes, director de la Facultad de Economía de la uas. El narcotráfico es el causante de un grave atraso en Sinaloa. Su presencia y el lavado de dinero han afectado a muchas regiones. Los Altos tienen gran potencial agrícola, ganadero, turístico e industrial, pero no crece por falta de seguridad y de infraestructura.

Violencia. Isaac Tomás Guevara, psicólogo social. ¿Quién promueve la violencia?, pregunté a 600 encuestados culiacanenses. El narcotráfico, primero, y el gobierno corrupto, después. Luego aparecen la negligencia y la incapacidad de las autoridades. La violencia, que ya nos arrolló, es un proceso irreversible asociado al desarraigo y a la falta de identidad, sobre todo en el sur, porque el 70 por ciento no vive donde nació. El académico Nery Córdoba ha registrado 2,000 poblados abandonados en la serranía.

Tristeza. Élmer Mendoza. Novelista. Sinaloa es más grande que sus penas.

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El hijo menor de la contadora Alma Trinidad Herrera, Cristóbal, de 16 años, es una de las víctimas inocentes de la guerra del narcotráfico. Murió acribillado el 10 de julio de 2008, a dos meses del ingreso del ejército a Culiacán, en un taller mecánico de la colonia Los Pinos.

Alma Trinidad deja deslizar dos lágrimas durante la conversación en un bullicioso café. Quiero saber si es peligroso sacar la grabadora, pues abundan los “no apuntes”, “no grabes”, “no tomes fotos”. Asegura que no.

Aún está de duelo. Su hijo mayor, de 29 años, quiso proteger a su hermano pero no pudo. Se escucharon unos como truenos. Eran unos diez sujetos armados hasta los dientes. Puro cuerno de chivo. Pensaron que iban por alguien y corrieron. El mayor se metió debajo de una de las patrullas de la Policía Federal que reparan en el taller mecánico. Cristóbal no pudo esconderse porque estaba cerca de un carro con la suspensión muy baja. Se agazapó nada más. Y lo masacraron. Alma piensa a veces que es una pesadilla. “Yo no quise ver el cadáver de mi hijo. Sabía que estaba destrozado.”

“¿Por qué me asesinaste?”, fue la pregunta que esta madre soltera imprimió en una manta. Ahí puso la fotografía de su hijo, un muchacho bueno que la ayudaba en las tardes en su despacho. Estuvo colgada casi un mes en un puente de Culiacán. Una segunda manta con la misma pregunta no duró ni una hora.

Su convicción contrasta con su dulzura, con su estilo de mujer culichi muy compuesta. Sin exaltarse, señala: “Ha tocado a muchos inocentes estar en el lugar equivocado. Culiacán es un lugar equivocado, porque aquí donde estamos sentadas pueden venir y balacearnos. Ya no respetan escuelas, niños, mujeres embarazadas. ¿Y la autoridad? Bien, gracias. Los ciudadanos tenemos una responsabilidad que no queremos asumir. Si de perdida exigiéramos que el gobernador explicara al Congreso qué está haciendo. Pero ni eso. Tantos muertos que ha habido.”

En el taller cayeron nueve. Entre ellos dos profesores de la uas, cuyos académicos fueron tachados de “escasez de genitales” por su tibia reacción ante el asesinato. Alma no reaccionó la primera semana, aunque la activista y académica Magaly Reyes, madre de un amigo de Cristóbal, la animaba. Nunca imaginó conducir protestas públicas. Menos crear Voces Unidas por la Vida, la primera fundación de padres víctimas de la violencia por narcotráfico en el estado. Las primeras marchas anduvo gritando los nombres de los responsables, “un secreto a voces”. Clamaba que le iba a escupir en la cara al gobernador. Hasta que un día le aconsejaron cuidarse. El grupo cuenta sólo con diez padres de víctimas inocentes, lo cual da una idea del miedo existente. Ya fueron al Senado de la República. “Mi mayor sueño es que me digan: ‘Ya se inició una averiguación sobre la muerte de Cristóbal.’”

Al salir de la cita pasan tres jóvenes, cada uno con su cuatrimoto, el vehículo todo terreno inventado en los ochenta para las zonas agrícolas. Vamos cruzando la calle, Alma y yo, rumbo al Casino de la Cultura, donde se presenta una novela sobre el narco: Entre perros de Alejandro Almazán. “¿Son?”, le pregunto. “Sí, son”, afirma. “¿De otro modo cómo podrían comprar las cuatrimotos si valen más de 50 mil pesos cada una?”

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Llegó el narco aquel con un anillo de diamantes. “Quien me trate bien se lo queda.” Era gordo, feo, un narquísimo. A las jóvenes beldades invitadas al cumpleaños les brillaron los ojos. Primero le ofreció el anillo a Bárbara, una sonorense temperamental que había llegado a Mazatlán en 1984. “Traje esto para la que se porte bien”, le dijo el hombre. “Uy, me queda muy grande”, respondió ella dándose media vuelta. Inmediatamente Lola –guapísima, con cuerpo espectacular, una niña de buena familia que no necesitaba dinero– le pescó el anillo. No le quedó en el dedo anular sino en el índice. “Y él, fascinado”, recuerda mi entrevistada. Nunca antes se habían visto. “Las mujeres se exhibían como si estuvieran en aparador para ser elegidas por el narco. La ambición las devoraba”, confiesa la mujer, que en ese periodo conoció a los narcotraficantes Miguel Ángel Félix Gallardo y Rafael Caro Quintero. Enumera los detalles de sus fiestas: las pistolas, los diamantes, la cocaína sobre las mesas, el desfile de veinteañeras como maniquís, las esclavas de oro con diamantes extravagantes, los trajes impecables de los hijos de los narcos, educados en las mejores escuelas de Culiacán.

Lo extraordinario se recuerda siempre. Bárbara no tocaba el tema desde 1986. Cuando se instaló en el puerto gracias a Susana, ex condiscípula del hijo de un capo, Bárbara tenía abundantes cabellos castaños, boca bien dibujada y ojos de larguísimas pestañas capaces de sostener un cigarro Baronet. Cumplía 21 años. “Desgraciadamente éramos empleadas de la ex amante de uno, dueña de una tienda lujosa puesta, obvio, con dinero del narco. Nos caían todos. El capo aquel era propietario de un antro, una palapa con piso de madera donde un día me sacó a bailar.”

Le impresionaban sus fiestas. Muchas duraban 24 horas. Hasta que el trompetista tenía la boca floreada. Una vez Caro Quintero sacó la pistola. “De aquí nadie sale hasta que yo lo diga.” Se quedó petrificada. “Eran fiestas tremebundas y debía ir.” Su refugio fue observar. Los hombres platicaban sobre sandeces. Bromeaban. Sólo mencionaron el “negocio” delante de las mujeres cuando detuvieron a Caro Quintero en Costa Rica, el 4 de abril de 1985. En la fiesta del sábado siguiente se criticó mucho la aprensión. Pero más se bromeó sobre una muchacha, presunta hija de un gobernador de Jalisco, que estaba en la cama con él cuando llegó la policía. “¡Ay, se robó a la plebe!”, exclamaban entre risas.

Después de la detención todo se hizo más discreto. Los narcos llegaban a buscarlas porque no los iban a delatar. Se quedaban una semana y “ni nos tocaban”. A Lola se la llevaron a Estados Unidos. Allá sí los encarcelaban. No podían ser extravagantes. No salían. Iba sola a los centros comerciales. Se aburría. Las fiestas disminuyeron, “pero los Arellano Félix seguían yendo tranquilos a la playa. Lo único: no les gustaba que les pidieras dinero. Eso sí no”. Félix Gallardo era el más serio y discreto.

Intimidaba con su mirada. Llegaba “con fajos de billetes de este ancho y te los botaba”. Los otros eran más rancherones, más de la sierra, exhibicionistas.

Bárbara no sabía que Caro Quintero era uno de los narcotraficantes más buscados por la dea. Era dueño del rancho El Búfalo, donde trabajaban cuatro mil hombres en la siembra de mariguana. Tampoco sabía que Francisco Arellano Félix era un personaje en la buena sociedad de Mazatlán. “Violencia nunca vi, tampoco que inhalaran coca. En un bar de moda los narcos y los federales se levantaban la copa de mesa a mesa. Me daba mucha risa porque mis amigos me encontraban un día en la mesa de los narcos y al otro en la de los federales. Estos eran muy monos. Nada más decían ‘no juegues con fuego.’”

Una vez una compañera la invitó a tomar un café. “Nomás vente bien vestida.” De pronto se vio sentada entre señoras muy enjoyadas. Eran esposas de narcos. Hablaron de cosas de mujeres, como la crianza de los niños. “¿Cómo le pones límites a un adolescente si está viendo que su papá hace fiestas de 24 horas o se droga?” Nada de eso podía ocultarse. La posición de la amante era una; la de la esposa, otra. La violencia era para la segunda, pues había una intensa violencia familiar. Muchos vivían bajo los efectos de la droga. A una se le murió un hijo en un choque provocado por una discusión conyugal. Bárbara supo de un narcotraficante que silueteaba a su mujer a balazos. Estaba rodeada de puros narcos. Lo supo ese día del café, cuando las oyó. “¿Supiste del arresto?” Me preocupa mi marido. Anda en la sierra.

“Me acuerdo que un Arellano Félix hizo una fiesta. Yo cargué a su hijito de tres años. De repente el niño cogió una pistola de la mesa. ‘No, mijito. Eso no es un juguete’, dijo su padre.” Acude a mi mente la imagen, recientemente vista en El Debate, de unos niños desarrapados jugando con casquillos de bala, después de un tiroteo en una colonia de Culiacán.

Bárbara tuvo un pretendiente cuando vendía tiempos compartidos. Llegó y pagó de contado. En dólares. “Vamos a celebrar.” La venta tenía buena comisión, y ella aceptó. Ya en la cena él quería amor eterno. Se dijo agricultor. “¿Qué siembras?”, preguntó. Él volteó, burlón: “Pepinos, zanahorias.” Ella se rió. Él empezó a visitarla, a fijarse en el refrigerador vacío. “Una vez me dio mil pesos, unos diez mil de ahora. Compré lo que necesitaba y mucho más.” Después él le dijo que era hijo del narcotraficante Perengano. Una noche llegó pasado de copas y se quedó dormido. En la mañana ella le hizo un caldo de verduras, unos chilaquiles picosos. Compró cervezas. “Para él fue un súper detalle porque todo mundo les sacaba dinero. Después comimos en un restaurante. Había ley seca y convencí al mesero de que nos sirviera cerveza en tazones de sopa. Eso se le hizo otro detallazo. No era algo especial, así soy, pero él se derretía. Tendría unos 35 años. Me propuso matrimonio al día siguiente. Quería un hijo. Le dije que ni lo conocía. Pero para él ya nos habíamos tratado lo suficiente. ‘¿Qué quieres de la vida? Yo te lo doy. Donde pongo el ojo pongo la bala.’ Vi que hablaba en serio. A los pocos días me regresé a Sonora. Fue el momento. Todos mis valores se estaban haciendo pinole.”

Bárbara baja la vista. Conserva las celebradas pestañas, su seña de identidad entre los narcotraficantes. Algunos problemas de salud la traen de capa caída. Con sobrepeso. En la pared hay una foto en la que luce jovencísima, radiante. Suspira hondo, oprime con suavidad su vientre –“aquí siento las emociones”– y, con una risilla bailándole en los labios, me confronta con su acento norteño: “Te la creíste, ¿verdad? ¡Yo no me llamo Bárbara!” Luego se pone muy seria: “Pero todo lo que te conté es cierto.”

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“¡Lo van a matar! ¿Anda con escolta?”, repetía la gente a mi alrededor el 6 de noviembre. Ese viernes los culichis desayunaron con la noticia de que Manuel Clouthier Carrillo, el Maquío II, ex director de Noroeste e hijo de Manuel Clouthier del Rincón, había declarado que Sinaloa tiene dueño. Figura controvertida, muchos esperaban que se ajustara a la leyenda garabateada por su padre en la hoja final de su agenda, poco antes de morir en 1989: “El peor de los castigos en el Infierno está destinado a aquellos que se mantienen neutrales en tiempos de crisis: Dante, La Divina Comedia.”

Algunos, como Alejandro Sicairos, de Ríodoce, ven en él una “disposición a evitar que la narcopolítica cause a Sinaloa mayores daños”. Pero Clouthier acaba de anunciar, a mediados de febrero de 2010, que no buscará la gubernatura: “¿Qué vas a hacer en Sinaloa? Tienes dos opciones. O pactas con el crimen organizado o pactas con el gobierno federal. Son las únicas dos formas de gobernar. Yo no voy a pactar con el crimen organizado, y si no soy capaz de establecer un compromiso con el gobierno federal, no tengo nada qué andar buscando en Sinaloa, que es un mugrero.”

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Oigo la tambora por primera vez en vivo durante la comida posterior a la presentación de un libro de David Rubio Gutiérrez, Mocorito, la Atenas de Sinaloa, durante las fiestas por el 404 aniversario de la fundación de Badiraguato, el municipio considerado como la capital del narcotráfico en México, ubicado en las estribaciones de la Sierra Madre Occidental. Esta música, vigorosa y melódica, me llena de una alegría casi explosiva que procuro ocultar. De todos modos alguien dice: “Se te nota la cuna.”

Unas horas antes, durante el viaje de ida a la cabecera municipal, el compositor Rubén Rubio Valdés ha dictado cátedra, llevado por el entusiasmo, sobre la tambora clásica. Su sueño de llevarla a la sinfónica se hizo realidad gracias al estadounidense Gordon Campbell, radicado en Culiacán, con un concierto considerado imposible, donde incorporó al repertorio de la Orquesta Sinaloa de las Artes no sólo polcas y danzonetes sinaloenses centenarios sino los instrumentos de viento llevados por los bávaros Jorge y Enrique Melchers y Celso Fuhrken al Mazatlán del siglo XIX. La tambora es descendiente de las marchas militares alemanas y se hizo popular en Sinaloa entre los años treinta y cincuenta del siglo XX. Hoy las bandas incluyen de 14 a 20 músicos dedicados a tocar sus trompetas, trombones, clarinetes, tubas, tamboras, cornetes, bajos, tarolas y platillos. La vida sinaloense no se entiende sin la tambora campesina, y se dice que aún existen poblados donde se escolta con su música a los moribundos desde su lecho de muerte hasta la tumba.

En Sinaloa el crimen organizado se expresa con la tambora. Incluso hay imágenes surrealistas como la descrita por el director de teatro Alberto Solián: la de un grupo de presuntos narcos remolcando, con su camioneta, una lancha donde los músicos de una tambora tocaban a todo. Era un cumpleaños.

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En Sinaloa, se dice, sólo hay dos estaciones: la del tren y la del calor. Badiraguato, “la cepa de la cepa” del narcotráfico, disfruta este noviembre de un cálido invierno de 27 grados. Pero el verano pasado los termómetros marcaron 50.

Gilberto López Alanís, director del Archivo Histórico General del Estado de Sinaloa, historiador y economista, decide invitarme. “La violencia en Sinaloa es histórica. Mentira que los pueblos sean bucólicos. Debajo están hirviendo, y más con dinero.”

Esta región es la de peor fama en Sinaloa. Aquí nació el narcotraficante Joaquín Guzmán Loera, alias el Chapo. Aquí se cultiva, desde hace más de cien años, la amapola blanca de tintes violáceos. Aquí los chinos enseñaron al campesino a extraer la goma de opio. Los Tigres del Norte, compositores de corridos del narcotráfico, nacieron en Rosamorada, un poblado cercano.

Durante el recorrido por carretera –son 85 kilómetros desde Culiacán– la conversación se centra en tópicos sinaloenses como el formidable desarrollo tecnológico en la agricultura que convirtió al estado en el granero de México. Se mencionan también la pujante industria pesquera, el ganado de primera clase, los extensos litorales del Pacífico. La belleza femenina, que es motivo de plática a toda hora, merece capítulo aparte de tan alabada y común en estas tierras.

Todo transcurre bucólicamente, por así decir, hasta que aparecen, del lado contrario de la ruta, doce convoyes militares con 240 soldados acomodados de veinte en veinte en los vehículos. Rubio Gutiérrez, que nos acompaña, señala que regresan de quemar campos. Una violencia soterrada irrumpe en medio del paisaje.

“No se trata de condenar el fenómeno del narcotráfico sino de entenderlo. Históricamente Badiraguato tiene un destino. No creas que nadie está contento. Se repudia esto. Desde principios del siglo XX la región tuvo la desgracia de ser el laboratorio de la siembra de la adormidera porque la sierra tenía las condiciones climáticas y estaba cerca de la capital. Había un corredor de estupefacientes y la Revolución no fue ajena. Es un centro serrano cercano al mar, a la frontera estadounidense. Pero esta gente –descendiente de vascos, judíos conversos e indios guerreros, y educada por jesuitas avanzados– domina su naturaleza, es muy autónoma, muy capaz de sobrevivir”, explica López Alanís.

De pronto suena mi celular. “Ah, estás en Badiraguato. Algunos datos: su prisión tiene las mejores instalaciones y sólo cinco reos; Antonio Malecón fundó la Universidad de la Sierra en Surutato; el anterior presidente municipal no tenía primaria.”

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Un hombre de 1.90 metros habla sobre sus jornadas de cacería de venado en la sierra, en lugares casi inaccesibles. “Ves matas de mariguana mucho más altas que yo.” Al Chuy le chifla la belleza del paisaje, las guacamayas de vivos colores. Los guías, cuenta, van con su coca envuelta en papel periódico. “Snif, snif. ¿Quiere?” Podría pasar horas oyéndolo. “Los narcos colombianos de los ochenta volvieron adictos a los de Sinaloa porque les pagaban con cocaína. Hasta hubo un músico viejo que se hizo catador de heroína para salir de la miseria.” Al despedirnos ya no encuentro su mirada brillante. “Es lo peor. Acostumbrarte. Y aquí te pasa.”