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Los muchachos perdidos

Publicado: 21 septiembre 2012 en Humberto Padgett
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―¡Eres El Banda! –gritó Janeth en medio del forcejeo para sujetarla y meterla al piso del espacio trasero de una camioneta.
―¿Qué haces? –quiso averiguar la joven de 16 años que ese 1 de mayo de 2007 –resistía, sin saberlo, las últimas horas de su vida.

Esa misma noche, la madre de Janeth recibió una llamada y escuchó la exigencia: 10 millones de pesos por la vida de su hija. Jamás juntaría esa cantidad, así que pactó el pago de 161 mil pesos y algunas alhajas. Recibió instrucciones de dirigirse al Circuito Exterior Mexiquense y depositar el dinero detrás de un altar, junto a la vía. Eso no fue suficiente.

Poco después, se encontró el cadáver de Janeth en un paraje solitario de Acolman, Estado de México. En la morgue, los padres reconocieron el cuerpo de su hija. Eso es lo que dice la averiguación policial.

El Banda recuerda con claridad ese hecho mientras descansa en una banca de cemento del tercer patio de la vieja Correccional de San Fernando, al sur del DF, en donde se encuentra recluido desde 2007. Tenía entonces 16 años de edad y una experiencia nada envidiable: cinco secuestros, nueve asesinatos, 20 asaltos de casas, 50 robos de autos…

Años después habla en voz baja. Sus párpados, caídos hacia los extremos, casi no se cierran. Está adormecido como reptil bajo el sol del mediodía. Una pelota rebota de la pared del frontón a la mano desnuda de dos muchachos. Su voz es uniforme, medida. Es un veterano en estas lides y su tono carece de una sola nota de presunción o de arrepentimiento cuando recuerda lo que ocurrió.

―¡Eres El Banda! –me dijo–. No respondí. La subí a la camioneta y nos la llevamos a la casa de seguridad. La tuvimos tres días. Nos dieron 800 mil pesos por ella. La matamos porque me reconoció y seguimos nuestra vida como si nada.

***

La oscura espiral en la vida del Banda comenzó en los meses en que las agendas tenían marcadas los números 2005, un año difícil, con una violencia inclemente montada sobre el país entero.

Y él, un jovencito de 14 años, llenaba la primera casilla de su récord delictivo: robó un teléfono celular. Desde entonces, no se detendría. A mediados de ese año lo detuvieron en Guerrero a bordo de un auto robado en el DF. Estuvo internado un tiempo impreciso en el Consejo Tutelar para Menores en Chilpancingo. Pero duró poco encerrado en esas tierras.

Regresó y durante un par de años se estuvo endureciendo en las calles de Iztapalapa, así que vivió una especie de anonimato que se rompió al despertar 2007.

Llegó la medianoche del 12 de enero de ese año y con ella un camino que difícilmente admite retorno. El Banda asesinó a otros dos jóvenes, cuyos nombres no se han borrado de su memoria: Jonathan y Carlos. ¿Por qué los mato? “Agravios, guerra de poder”, dice, sin más, como si la pregunta rayara en la estupidez, como si todo mundo, menos uno, supiera que en las calles no se requiere razón para morir.

“A quemarropa. ¡Pap, pap!”. El índice encogido y seguido del relámpago metálico. “Se les dio en la cabeza, en el cuerpo. En todos lados. Uno era Jonathan, hermano de Christopher, El Ligas, mi amigo, mi carnal. A él lo agarraron en 2006 por un doble asesinato. Robábamos juntos, todo hacíamos juntos. Hubo agravios de su familia. Su hermano dijo que era su barrio y sí era, pero yo traía el poder. Y lo maté”.

En efecto, él traía el poder. Y lo ejercería casi como rutina. Elián Berenice lo supo. Ella se marchó de casa el 11 abril de 2007 y se fue a vivir con El Banda, su compañero en la secundaria.

No aguantó mucho. Una semana después, Elián regresó y les confió a sus padres que El Banda robaba, vendía drogas y secuestraba. La joven empezó a ser amenazada y luego fue plagiada.

El 3 de mayo fue encontrada muerta en Nezahualcóyotl. Según las declaraciones ministeriales, Elián participó, como miembro del grupo de El Banda, en dos secuestros.

El Banda coincide con la versión policiaca, excepto en que la relación amorosa no fue con él. La joven los había amenazado con denunciarlos si un integrante de la banda, llamado El Oso, no aceptaba casarse con ella.

―¿Qué hicieron?
―Luego de que me quiso poner con la policía, que les señaló el hotel en que yo vivía en ese tiempo, la secuestramos. Nos pagaron 600 mil pesos. Las negociaciones las hizo El César. No era el jefe, pero tenía más labia. La familia avisó a la policía. Cuando fuimos por el dinero, nos persiguió la policía. Le ganamos. Hablamos con su familia y preguntamos que si en tan poco dinero valoraban su vida. A ella le disparamos tres veces en la cabeza.

Cuatro días después de que el cuerpo de Elián fue encontrado en Neza, la madre de otra chica, de nombre Jessica, denunció que el día anterior un ex compañero de la secundaria la había invitado a salir. Era El Banda. Horas después, la madre recibió la llamada en la que le exigían el pago de un rescate de cinco millones a cambio de la vida de su hija. Acordó entregar 58 mil pesos, joyas y 100 dólares. El padre de Jessica siguió las instrucciones y pagó.

Pero el 18 de mayo, el hombre recibió una llamada del mismo joven. Le dijo que fuera a las inmediaciones de Zumpango. Ahí encontraría a su hija.

Antes de colgar, el joven le hizo una recomendación, según consta en la investigación policial:

―¡Apúrate! Llega antes de que se la coman los perros.

Una semana después, exactamente a las seis de la tarde del 25 de mayo de 2007, El Banda fue detenido. El juicio fue rápido. Lo sentenciaron a poco menos de cinco años de cárcel. No había cumplido los 16 años de edad.

***

San Fernando es la segunda prisión juvenil del DF en que El Banda ha sido encerrado. Antes fue enviado al Centro Especializado Alfonso Quiroz Cuarón, que sólo admite a 12 internos, los que sintetizan la violencia extrema y el liderazgo.

El centro abrió en 1993. Funcionaba mediante un sistema electrónico de cierre y apertura de puertas que fue destruido durante el motín de 1998, cuando los muchachos encerraron a los guardias en las celdas y los golpearon hasta el cansancio. La prisión fue recuperada por guardias de máxima seguridad de Almoloya.

Él llegó en los viejos tiempos, cuando el gobierno federal administraba el sistema de tratamiento a menores infractores. La bienvenida consistía en una fórmula sencilla: tres días de insomnio y golpizas contundentes, un mes sin cepillado dental ni baño y el pago de la entrada al sanitario. No se pagaba con dinero, sino recibiendo con docilidad una golpiza sin recato alguno.

En la Correccional existen costumbres extrañas: en cada sección se levantan altares muy particulares, colocados sobre las bases de cemento de las camas desocupadas de cada litera, llamadas tumbas. El altar está hecho de barras de jabón Zote y se colocan en los extremos; los jabones Rosa Venus quedan en el centro. Los botes de crema Nivea y de shampoo Pantene sirven de base. Todos los efectos de higiene personal se acomodan ahí y en lo alto una foto de algún ser querido o una imagen religiosa.

Hay otras “tradiciones” en cada sección: en contraste con la dureza de vida de estos jóvenes, o quizá por ello, sobre la pared se colocan cobertores, de esos de poliéster, estampados con las figuras de El Hombre Araña, Winnie Pooh o cualquier otro superhéroe.

La cárcel da zarpazos y casi todos los que viven dentro llevan heridas de guerra. De dos en dos, de tres en tres, los muchachos se hieren a sí mismos los brazos y las pantorrillas. Apenas empieza a formarse la costra, se la quitan. Y se la quitan. Al final quedan gruesas cicatrices, oscuras huellas como lombrices a las que llaman “charrasqueadas”.

“Los sueños de poder los he vivido muy pesado. Me han dado atención muy especial. Cuando llegué aquí estuve solo, solo. Me aventé seis meses solo, solo, solo. Nomás psicología y mi visita, nada más. Estaba en un cuarto solo, solo, solo. La soledad es lo más culero que he vivido aquí. A lo mejor sí me han dado unas madrizas, pero lo más culero es la soledad”, reflexiona El Banda.

―¿Qué buscabas cuando estabas afuera?
―Estaba obsesionado con la popularidad y el respeto… y lo hacía, lo hacía a costa de lo que fuera. Gané respeto y popularidad. Si tenía que matar, si tenía que robar, si tenía que golpear, lo hacía. A mí no me importaban las circunstancias en que se tenía que hacer, pero se hacía lo que yo decía.
―¿Qué hay en tu conciencia? ¿Tienes arrepentimiento?
―Sólo me arrepiento del secuestro de la chava que me reconoció al subirla a la camioneta. A los demás que maté los he olvidado. Dicen que cuando matas a alguien no vas a dormir, que te va a seguir y donde quiera ves su rostro o su sombra. Eso es mentira. No pasa que venga y te jale los pies. Eso nada más está en tu mente.
―¿Qué piensas de El Pequeño? –se le pregunta sobre otro joven con 18 asesinatos en su historial.
―Nada. Se me hace una persona normal –responde con una mueca que subraya la normalidad.
―¿Y qué crees que él piense de ti?
―Yo creo que lo mismo.
―¿Qué harás cuando salgas?
―Me gustaría estudiar ingeniería automotriz. Ahora leo filosofía y novelas. Afuera no leía ni estudiaba. Mi novela favorita es de Carlos Cuauhtémoc Sánchez, Dirigentes del mundo futuro.

Dirigentes del mundo futuro

Hace al menos una o dos décadas, los demógrafos previeron lo que podría ser una estupenda noticia para México. Entre 2010 y 2015 el país gozaría de un bono demográfico porque tendría una población de jóvenes sin precedente, que permitiría contar con un capital humano envidiable y, por lo tanto, con un potencial de desarrollo inmejorable.

Las proyecciones se cumplieron –hay 35 millones de mexicanos de entre 12 y 29 años de edad–, pero las expectativas no contaron con que unos 8 millones de esos jóvenes no estudian ni trabajan, y muchos más han migrado a Estados Unidos o a la economía informal.

Héctor Castillo Berthier, un doctor en sociología conocedor como pocos del fenómeno de marginalidad juvenil, estima que de cada 10 empleos generados, 6.5 se abren en el sector informal, no sólo el comercio ambulante o actividades como “acomodar autos” en la vía pública, sino el narcomenudeo, trata de mujeres, piratería, etcétera.

La informalidad es el “campo de cultivo magnífico” para que millones de jóvenes que se encuentran a la deriva sean captados por la delincuencia. “Algunos los llaman los ninis (ni estudio ni trabajo), algunos los llaman los excluidos. Simplemente son los chavos pobres de los sectores populares que no tienen espacios ni forma de participación real”, dice el coordinador de la Unidad de Estudios Sobre la Juventud del Instituto de Investigaciones Sociales de la UNAM.

Las políticas sociales dirigidas a jóvenes han sido inexistentes o desarticuladas. La población de este rango de edad enfrenta nuevas realidades. La escuela no es más un mecanismo de ascenso, el empleo se ha reducido y la familia se ha desarticulado. La educación formal está agotada. “El título ya no significa nada”.

Por eso no extraña el incremento de jóvenes que participan en el narcotráfico y las actividades relacionadas con la violencia. “El crimen organizado tiene un ejército de elementos absolutamente desechables, pero siempre dispuestos. Nadie sufrirá por ellos ni estará atento a lo que les pase”. Así que a nadie extrañe que cada vez haya más jóvenes inmersos en el universo del crimen y la droga.

Lo peor, reflexiona Castillo Berthier, es que si uno pudiera introducirse en las vidas de esos jóvenes encontraría algo sorprendente: “Sólo buscan su superación personal”.

Al cuadro hay que enriquecerlo con otros elementos: el consumo es la medida del éxito y los valores sociales se han ido al abismo.

Los padres han perdido a los ojos de los hijos su status de héroes. Una pinta que el investigador universitario vio en una barda de Culiacán, Sinaloa, lo describe de modo rotundo: “Prefiero morir joven y rico que viejo y jodido… igual que mi papá”.

Desconfiado y lejos de la gente

El Kiko aprendió a desconfiar a muy temprana edad. Primero lo hizo de sus padres. Aún recuerda cuando se detuvieron en la puerta de la casa con las maletas hechas. Viajaban a Estados Unidos y, antes de cruzar el umbral, prometieron que pronto enviarían por él. El niño esperó la primera semana e imaginaba cómo sería la vida en Nueva York. Pasó la segunda semana, el primer mes y los años sin volver a saber nada de ellos.

Él piensa que en ese momento su futuro se inclinó hacia el robo de autos y actividades parecidas. Y desde entonces no volvió a creer en nadie.

―¿Trabajabas con la policía? –se le pregunta afuera del estrecho cuarto en que permanece confinado, porque es incapaz de dejar de golpear a los demás chavos y siempre encuentra el modo de introducir drogas.
―A mí, en lo personal no me gustaba trabajar con un comandante, porque luego son la gente que te traiciona, son los que te ponen. Nosotros salíamos sólo con la bendición de Dios. Luego trabajas con la policía y a la mejor sí vas a salirte un rato, vas a estar así y si hay una bronca, hasta te saltan. Pero el día de mañana no les parece algo y son los que te clavan y hasta más, porque son los que te saben todo el corrido. Mejor así, ¿no? Lejos de la gente.

Comenzó en alguna miscelánea del centro de la ciudad, aferrado durante horas a un cajón de madera al que se le empotró una televisión y una consola de videojuegos. Tenía 14 años y la escuela había quedado muy atrás. Tanto que había olvidado cómo leer y escribir. Lo único que le quedaba era la aritmética básica.

Alguna de las tardes llegó a la tienda un grupo de chavos más grandes que él con un Beetle robado. Fue toda una fiesta. Como en pocos lados, en el barrio los autos son mucho más que llantas y un motor. Representan una demostración de éxito, una alegoría de opulencia y la extensión de la virilidad.

A los 16 años, El Kiko ya acumulaba otra muestra de hombría callejera: una pistola cromada nueve milímetros.

Él y los suyos sólo robaban de noche, luego de que el tráfico de la ciudad se aquietaba. Esperaban el paso del auto pedido e iban detrás de él. Concretaban el asalto, casi siempre, cuando el automovilista se estacionaba para entrar a casa. Las mejores noches eran las de fin de semana porque cazaban parejas trasnochadas fáciles de amagar y de llevar de un cajero automático a otro.

Trabajaba para un solo cliente, a quien debía entregarle los 50 vehículos incluidos en un listado de autos a robar. Y ellos lo hacían, y con ganas, sólo que no se daban abasto. Para cumplir el encargo, se necesitaban los servicios de otras dos o tres pandillas.

Siempre había opciones una vez que tenían los autos: los podían comerciar para que fuera desarmados, venderlos para un asalto o un secuestro, o deshacerse de ellos en tianguis automovilísticos o en el extranjero.

No es extraño, pues, que El Kiko esté preso por el robo de una camioneta Honda CVR por la que habría ganado 17 mil pesos. El pago sube en la medida en que se cumplen exigencias como color, características del motor y equipamiento. Una SUV marca BMW se paga hasta en 25 mil pesos.

Normalmente habla quedo, pero baja aún más la voz cuando menciona los días en que traficó drogas dentro de este lugar, aunque ahora él ya no consume. Y para que se le crea, se despoja súbitamente de la playera y muestra su cuerpo de gimnasta, atlético y fuerte. Se sostiene entonces de un tubo con los puños, sube su cuerpo y conserva una posición horizontal, paralela al piso, como si fuese una bandera.

―¿Qué pensarían tus papás de ti?
―¿Con qué cara me podrían juzgar? Podrían pensar muchas cosas, no estoy en su mente para saber qué podrían pensar, pero de juzgarme, puedo decir que no, porque yo sería el primero que podría reclamarles.

De dónde vienen y por qué lo hacen

Raquel Olvera, directora de Tratamiento a Menores en la Ciudad de México, se concentra en el ambiente de los jóvenes criminales:

Más de la mitad crecieron en hogares con un grado alto o muy alto de marginación. Seis de cada 10 lo hicieron con la presencia exclusiva de la madre, cuya formación educativa suele ser mínima. Los jóvenes abandonan la escuela durante la secundaria. Buena parte de ellos vivieron en casas con un solo cuarto. Muchos conocieron la violencia desde muy pequeños.

Algunas estadísticas: 87 por ciento de los recluidos está por robo, casi 3 por ciento por homicidio y un poco menos por delincuencia organizada, portación de arma de fuego o delitos contra la salud.

No roban, en lo inmediato, empujados por la pobreza. Sólo la quinta parte argumentó que lo hizo por necesidad económica. Los demás lo hicieron para experimentar el tremendo subidón de adrenalina. O porque robar les permite ser parte de un grupo. Y, porque, para la mayoría, hurtar es la única manera de andar por la vida con los zapatos tenis, el pantalón de marca y el teléfono celular exigidos.

Otro asunto social incide, en opinión de Olvera. La sociedad posiciona a los narcotraficantes como figuras ejemplares. No existen personajes que contrasten los valores de los narcos y despierten empatía y solidaridad. Así, los muchachos son endebles cuando se encuentran con la corriente crecida del crimen organizado.

Las alternativas son pocas. Los muchachos que han delinquido, de manera general, no conocen ni aceptan más que la ley del barrio. Odian lo distinto. Sufren cuando se les discrimina, pero siempre discriminan.

El trabajo formal es una meta inalcanzable para la mayoría. “Nadie les ha dicho cómo obtener esa habilidad. Para el empleador, no tienen nada qué ofrecer”, concluye Olvera.

Por eso el número de adolescentes que han sido detenidos por narcotráfico ha aumentado en el último lustro. De hecho, hoy, en las cárceles mexicanas más de 60 por ciento de la población es menor de 30 años de edad.

La ley en la Ciudad de México castiga penalmente a muchachos de 12 años en adelante, pero bajo ninguna circunstancia se puede internar a ningún menor de 14 y, de ninguna manera, un joven puede ser trasladado a un centro de adultos una vez cumplida su mayoría de edad.

Guantes de oro

Para ser “cocinero” hace falta una báscula, una pelota de cocaína base del tamaño de una toronja, bicarbonato y raticida. El Moreno lo es. De niño quiso ser militar, pero al poco tiempo todo lo que quería se evaporó.

Estudió hasta el tercer año de primaria. Ya no pudo continuar porque sus arranques de violencia lo hacían inmanejable para las autoridades de la escuela. Su madre lo quiso meter a un internado, pero no había nada al alcance del bolsillo, pues era la única responsable de él y dos hermanos menores.

Sin saber leer ni escribir, sin conciencia clara de por qué la furia lo sacudía y lo desbordaba, el niño de ocho años ya era un muchacho perdido. Fue albañil, pero desertó y a los 13 años se convirtió en un gran vendedor de piedra o crack. Al año siguiente, en una pelea con vendedores rivales sacó navajas y armas de fuego. La bronca terminó cuando El Moreno remató a su rival con una piedra.

A los 15 años recobró la libertad y descubrió, en esta nueva etapa de su carrera, que conservaba la sangre fría a la hora de robar autos, así que pensó que lo lógico era adherirse a una banda y no andar en solitario. Cada semana hurtaban entre 10 y 20 autos por encargo, para su posterior entrega en el Estado de México, Guerrero y Morelos.

En una ocasión le tocó llevar tres Mercedes Benz a un fraccionamiento de Cuernavaca. Un hombre de aspecto convencional los invitó a pasar. Supo luego que los terrenos que pisaba eran de los hermanos Beltrán Leyva.

―¿Cómo era la casa?
―Tenía una alberca. Grande. Cuadros. Tenía dos pinches perros chidos. Su esposa estaba hermosa. Alta, güera, pestañas grandes. Era tranquilo, pedía las cosas por favor. Yo veía al güey éste y me decía que debía ser más chingón y tener cosas más chingonas.

Parte del pago de los Mercedes se hizo con dinero y el  resto con cocaína degradada. El Moreno se sintió cómodo con eso porque ya sabía cortarla con bicarbonato o con pastillas de sedalmerck para duplicarla. La ganancia se podía triplicar. Aunque no era la única sustancia con que la droga se podía rebajar.

“Tambien usaba raticida”, dice y sacude la cabeza. Mira hacia abajo y entrelaza sus manos de piedra y nudillos borrados.

―¿Para qué el veneno para ratas?
―El raticida apendejada a la gente que lo está consumiendo –una risa culposa lo sacude–. Y dicen: “puta, con una no me conformo, me conformo con 10, 15, 20 o hasta que se me acabe el dinero”.

El Moreno y su banda, claro, sólo fumaban la piedra cocinada para ellos mismos. Más pura, más potente, menos dañina. Aun así, el dinero se iba en piedra y whiskey Buchanans, en coca y en tequila Agavero, los tragos de los narcos.

Con 1.68 metros de estatura, El Moreno se enganchó a la piedra y su cuerpo empezó a extinguirse hasta pesar apenas 58 kilos. Le sangraban las encías, la ansiedad no lo soltaba ni un instante  y tenía el porte de un zombi.

Pero se enamoró y se recuperó. Consiguió un empleo honesto y la familia de su pareja lo adoptó. Tiempo después, un amigo lo encontró con los zapatos sucios y todo cansado.

―¿Mil pesos semanales pudiendo sacar 30, 40 mil varos en un pinche día? –dice El Moreno que su amigo le dijo.

“Y volví a caer. Me drogué y a los dos meses me apañaron con dos carros robados, papeles de piedra, una pistola 9 milímetros”.

―¿Qué sientes al asaltar, al matar?
―Sientes chido al golpear, al matar a alguien. Ni yo me lo explico. Frío. Te sientes bien al momento. Después, cuando estás tranquilo, dices: “chale, por un carro”.

Semana a semana, su madre y sus hermanos menores lo visitan en la Correccional de San Fernando. Los muchachos lo extrañan. Lo admiran. Estando adentro, El Moreno se ha convertido en un boxeador. Tiene forje de welter.

―Voy a robar para venir a estar contigo –le ha dicho uno de sus hermanos.
―¿Y qué les dices?
― Que no. Que es como echar al aire tu vida.

¡Fum! Con una moneda. Que no hay futuro.

***

Una pequeña viñeta sobre el encabronamiento juvenil:

Por la ruta actual, dice Castillo Berthier, el bono demográfico está irremediablemente perdido. La única manera de evitar caer al precipicio es, en su opinión, la intervención en educación, cultura, la transmisión de valores y, por supuesto, el empleo.

Desde finales de los años sesenta, la época de los movimientos estudiantiles, el Estado adoptó un criterio raso: ver a los chavos como eventuales delincuentes. Pero, a diferencia de los jóvenes de entonces, que tenían una visión política e ideológica consistente, los de ahora no tienen más que al odio.

“Hoy, existen muchísimos chavos encabronados, y con razón, que han pasado, en su propia visión, a ser simplemente antagonistas de cualquier cosa que pueda llamarse Estado, gobierno, autoridad o lo que sea”.

***

La tumba de oro blanco

La primera vez que El Pepino conoció la prisión tendría unos seis o siete años. Su madre, que era una interna, le regaló globos metálicos rellenos de hule espuma. Lo abrazó en algún pequeño jardín y luego se despidieron. La vio desaparecer detrás del portón metálico. Sin desearlo, entendió con el paso de los años que la prisión puede ser parte de la vida de alguien, al menos de la su madre, quien regresó al reclusorio nueve veces en total.

A la tercera ocasión en que su madre fue a la cárcel, ya no pudo visitarla. Le exigieron que mostrara una credencial escolar, pero él, desde entonces, ya no estudiaba, así que debían conformarse con hablar por un celular que ella ocultaba en su celda. Algo ocurrió, sin embargo, que se acabaron los telefonazos.

Ese es un recuerdo que duele, pero no el único que sacude a El Pepino, un joven rubio y en cuyo rostro destaca la nariz respingada. Si no fuera por las cicatrices en cara y brazos, su apariencia física desentonaría en la correccional.

El otro recuerdo es el de El Chinos, su padre, cuya primera aparición en la memoria de su hijo está conectada con el dinero que le daba para jugar en las maquinitas y el queso Oaxaca que le compraba. También se encuentra, claro, la escena en que tomaba de la mano al niño para descender del microbús y subir a la habitación del hotel con olor a insecticida donde vivía el hombre.

El Chinos se aseguraba de que la puerta quedara bien cerrada y encendía el televisor. Sintonizaba el canal que transmitiera caricaturas y se desparramaba en el colchón. Daba a su hijo papel y colores para dibujar.

“Yo volteaba y lo veía inyectarse. Ahora sé que es heroína. Me decía: ‘ve la tele’, ‘dibuja lo que se te venga a la mente’. ‘No me veas, ve la tele’. Se inyectaba. Sí, viajado. Yo veía las caricaturas. En ese tiempo estaban los Transformers”.

Pero su padre también desapareció detrás del portón metálico de una prisión.

―¿A quién mató tu papá?
―A uno de sus tíos, porque a su hermana, la mamá de mi papá, la manoseaba y todo eso desde que eran niños. Mi jefe siempre se dio cuenta y se hizo lacra y lo detonó a pura puñalada. Le metió 20 o 21.

El Pepino soñaba con los go carts. Esperó que los Reyes Magos le regalaran uno de fibra de vidrio y motor, pero eso nunca ocurrió. Así que cuando quiso un teléfono celular, se lo robó a un anciano que hacía cola en la tortillería. Tenía 13 años.

“Me latió. Había naves, carros, viejas. Todo. Quise moto y Rolex. Era más fácil vender vicio que correr con los celulares. Y, quieras o no, el chido –el vendedor de drogas de nivel intermedio– se aparece”.

Así que se enroló en la nómina de vendedores. Su patrón era un hombre de cara colorada y excedido de peso. A bordo de un automóvil sencillo y viejo, de láminas oxidadas, repartía la droga a su equipo de menudistas.

―¿Y cuánto ganabas tú?
―Del diario me daba 50 gramos. De esos 50 gramos, le sacaba 500 puntos. Yo vendía, cada punto, en 35 pesos. Diario movía 100 papeles. Me quedaba 15 pesos por cada papel… Éramos como 15, todos del centro. Yo la movía por la colonia Guerrero.

El Pepino empezó a alcanzar algunos de sus sueños. Como, por ejemplo, cuando fue a la fiesta de 15 años de una vecina cuyo traje color durazno estaba decorado con alas moradas. Su patrón le prestó su Hummer amarilla. “¡No mames! Las chavas luego, luego se te acercan. ‘¿Cómo te llamas?’, te preguntan. Y acá. Hasta te gritan. ¡Carajo!”.

El sueño fue efímero. Lo detuvieron con 66.6 gramos de cocaína. Ese día todo había empezado bien. Tenía pensado comprar una subametralladora Uzi en 10 mil pesos. Una ganga. Salió a conseguir el dinero, pero al voltear la esquina se encontró con media policía federal apuntándole.

“Me pusieron mi playera en la cara. Me golpearon y me subieron a una camioneta. Me decían que delatara a mi patrón. Me aferré. Me dieron toques en los huevos y los pies. Les decía que ya me habían torcido, que yo no tenía patrón. Vieron que era menor de edad y les dio miedo a los federales. Uno me pidió 70 mil pesos por soltarme. Pa’ pronto, no se hizo el bisne y aquí estoy”.

***

Hace poco tiempo, la madre de El Pepino salió de la cárcel de Santa Martha, pero no recuperó su libertad. Subió a una camioneta que la trasladó a la Correccional de San Fernando para ver a su hijo. “Lloramos machín. Me pidió que me cuidara, que le echara ganas”.

―¿Qué piensas de los chavos, en general, que van a la escuela?
―Que era fresón, que era puto. Como que caían mal, porque decía “chale, esos güeyes qué”. Se sienten muy, cómo se llama, muy fresones, ¿no? Acá yendo a la escuela… hijos de papi. Ya los veía y los chacaleaba y acá. Y luego hasta los robaba. Los madreaba y los robaba aparte. Si no se dejaban robar, les daba en su pinche madre.
―¿Y qué sentías después?
―Me empezaba a reír, como que decía ¡chale! Luego si me llegaba el remordimiento: “me pasé de verga” y ora sí que, en mi pachequez, decía “¡chale, me pasé de verga”! y me empezaba a reír. Pero está bien, para no se sientan muy verga.
―¿Cómo veías a tu “patrón”?
―Ese güey es chingón, ¿no? Quiero ser cómo ese güey.
―¿Y por qué no ser como un médico, como un contador, como lo que quieras, pero por la derecha?
―Ora sí que me llamaba más la atención, ¿no? Que trajera buticarros, culos arriba. El oro. Dos tres cuetes chidos. A cada rato le iban a empeñar los estéreos, las teles, buticosas le iban a empeñar.
―¿Por vicio?
―¡Ajá! Y veía que era rápido, así como cualquier rato llegaba lo chulo. Iban carros a empeñarlos, me empezó a llamar más la atención. Ora sí que casi no veía que los que se la llevaban por la derecha casi no les veía nada. Los veía a patín.
―¿Qué piensas de ti mismo?
―Yo soy un güey al que le vale verga, pa’ pronto. Me da igual… Ora sí que legalicen la pinche droga. Que ya no haya tanta pinche tira. Quiero ser un pinche narco chido. Que ya no me vuelvan a agarrar. Quiero fama, como el puto del Chapo.
―¿Te gustaría que hubiera un narcocorrido que hablara de El Pepino?
―Que dijera que me balaceaba con la tira, que tenía suerte, que traía unas viejas y pistolas con cachas de oro y con mi nombre grabado.
―¿Cómo te gustaría morir?
―A balazos con la tira. Nunca dejarme agarrar.
―¿Cómo sería tu tumba?
―De oro blanco, ¿no? Y que en vez de que la raza esté llorando, que se esté dando un toque. Chupando y cotorreando.

Enloquecidos

Óscar Galicia conoce San Fernando desde hace más de 20 años. Entraba ahí de la mano de su padre, un trabajador del taller de máquinas de costura de la vieja Correccional.

No hay definiciones simples, advierte Galicia, psicólogo e investigador de la Universidad Iberoamericana. Hace un apunte. No sólo los chavos pobres son violentos.

Los científicos encontraron jóvenes agresivos en las clases media y alta. Muchachos sin privaciones ni violencia intrafamiliar. Sin padres convictos ni madres prostitutas. “Simplemente eran ‘malos’. Punto”, resume.

Los neurólogos encontraron que algo funcionaba de manera diferente en la zona prefrontal de su corteza cerebral, el sitio donde se deposita el control de los impulsos y, en palabras del especialista, “nos hace propiamente humanos”.

“Cuando hay algún tipo de lesión ahí tenemos falla en la empatía y en las capacidades sociales, como seguir reglas, decir la verdad o sentir lástima”.

Pero sí es una constante que, cuando concurren la pobreza y este funcionamiento diferente del cerebro, se tiene un joven violento al extremo.

―¿Por qué somos violentos?
―Tienes familias violentas y una sociedad violenta porque hay una serie de sujetos muy infelices. El Estado es responsable de procurar el bienestar de sus ciudadanos y no cumple.

El olvido en que se tiene a los jóvenes y la falta de políticas sociales es criminal.

―¿Hasta qué punto son culpables estos chavos violentos, que delinquen?
―Hay que pensar si no estamos tratando con una persona enferma y, si al final, son sujetos imputables.
―¿Qué pronóstico tienen?
―Muy malo.
―¿Los perdimos?
―Sí. A estos jóvenes ya los perdimos. Platicaba con algunos de ellos y me dijeron: “Cuando salga de aquí, regresaré a mi barrio y me querrán matar. Tendré que matar a alguien. Y así nos acabaremos. Así acabó mi hermano y mi primo. Así yo he acabado con los hermanos o los primos de alguien más, ¿y qué otra nos queda?”.

Como si en verdad no existiera otra posibilidad. Lo que ocurre es que no les damos otras posibilidades.

Ángeles y demonios

Cuando lo detuvieron, en agosto de 2007, los policías judiciales no entendían la broma. Era, aún es, un niño de 1.53 metros y menos de 50 kilos, cabello lacio casi a rape y un flequillo en la frente que muestra el contorno del crecimiento de un cabello afro.

¿Cómo que ese niño era el terror de la Ciudad de México?

No había engaño. Ese era el matón que puso en jaque a la policía capitalina. Su apodo hace referencia a su tamaño: El Pequeño. En realidad el sobrenombre es otro, pero ha sido cambiado a petición de él, aunque su talla sí es pequeña. Apenas a los ocho o nueve años se curtió en los laberintos de su barrio, El Hoyo, oficialmente la Unidad Habitacional Ermita Iztapalapa.

Delgado, pequeño, con largas y lacias pestañas sobre ojos siempre somnolientos. La nariz diminuta y la boca marcada por los dientes frontales. Los hombros son angostos y las pantorrillas delgadas en extremo. No deja de bostezar. La mañana que habla de su vida no calza los Nike Michael Jordan de rigor. Los cambió durante una semana con un compañero por unos Adidas blancos con las tres franjas rojas. “Casi no robaba. Andábamos en otro rollo, andábamos matando”.

―¿Cómo mataban?
―Cuando era por dinero les poníamos unos cinco tiros. La mayoría de veces los agarrábamos saliendo de sus cocheras. ¡Pum! A quemarropa, de frente. ¡Pum, pum! Cuando era el poderío del barrio tirábamos hasta 30 balazos.
―¿Quién los contrataba?
―Un ruco de mi barrio. Está en una cárcel del Estado de México. Mató a un comandante de la policía y lo mandaron para allá.
―¿Por cuántos homicidios estás?
―Tenía 14 averiguaciones, pero creo que nada más están comprobados cuatro o cinco.
―¿Y cuántos asesinatos fueron?
―Unos 18 o 19. Había meses que hacíamos dos. Luego nada. Variaba. No todo fue bueno. A mi hermano lo levantaron, lo picaron y lo aventaron de un carro. Fue en 2006. Sentí un madrazo en el pecho. Lloré. Lloré de impotencia, porque no hallaba cómo sacármela rápido y vengarlo.
―¿Quién lo mató?
―La banda de Los Ojos Rojos. Fueron dos hermanos y el chido de la banda, pero sólo pude matar al chido y a uno de los hermanos. El otro se me desapareció. No los torturamos. Ya no pudimos. Tanta fue nuestra saña y coraje que lo hicimos rápido. ¡Pum, pum! ¡La .40! Les dimos como 60 balazos. Los matamos y les prendimos fuego.
―¿Qué sentías?
―Que había hecho lo que tenía que hacer, sacarme la de mi hermano. La vez que sentí feo, fue la primera vez que maté a alguien. ¿Qué sentía? Miedo de que me agarraran. Pero cuando maté al primero y vi que no pasó nada, me daba igual. La vez que matamos a una chava en una balacera, fue la única vez que soñé feo. Pero lo que pasara, me daba igual. Como quiera que sea, de los hombres dices pues que anda de culero y había veces que nos hacían matar a mujeres por culpa de sus güeyes. Haz de cuenta que tú tienes pedos y nos mandan a matar a tu esposa. Ahí decíamos ¡chale!
―¿A quiénes matabas?
―La mayoría de veces era entre la mafia. A mí me mandaba la mafia a matar más mafia. Gente de en medio. A ellos les daban indicaciones y a nosotros nos mandaban para hacer el trabajo.
―¿Eres un sicario?
―A mí mandaba la mafia a matar más mafia.
―¿Qué mafia?
―Era gente de en medio y era cuando queríamos. A veces teníamos planes de irnos de vacaciones. Yo tenía un Jetta cuarta generación azul marino. Traía sus rines y su equipito, su quemacocos. Estaba bonito. Me latía andar en las motos de pista. Yo traía una VCR 900. Estaba pesada, me tenía que parar con las puntitas de los pies.
―¿Qué arma traías?
―Siempre usaba una nueve milímetros de 15 tiros Smith and Wesson. Potentes y cromadas. Las comprábamos a un viejo que se dedicaba a eso. Las vendía en cajas, nuevas. Yo tenía una escopeta calibre 12, una metralleta Mendoza nueve, una .45 y una .22. Éramos muy respetadillos, desde chicos no se metían con nosotros.
―¿A qué edad comenzaste?
―Desde los 11 años vendí vicio. Después robé carros. Luego vimos que ahí (en el asesinato) había más dinero y nos cambiamos.
―¿Secuestraron?
―A un empresario por avenida Chapultepec. Se llamaba Raúl quién sabe qué. Pagaron cuatro millones de pesos. Le pegamos, pero no le cortamos dedos ni nada, porque él y su familia siempre cooperaron. El segundo fue a uno que vendía vicio, nos dieron 800 mil pesos. Otro fue el hijo de La Ma Baker. Lo tuvimos tres semanas y nos dieron un millón 200 mil pesos.
―¿Y qué hacían con el dinero?
―Yo compré mi carro, mi casa y ayudé a mi mamá a arreglar la suya. Me gastaba 50 mil varos en un cotorreo. Nos íbamos una semana a Acapulco o Puerto Vallarta.

El Pequeño adora el reguetón. El del portorriqueño Tego Calderón –hombre nacido pobre y enriquecido por cantar sobre el racismo y la miseria urbana– por encima de todos.

“Canta cosas reales, lo que cada día ocurre en el barrio”: Los maté… (estribillo con arreglo de ovejas balando) / Sí, señor… / Y si vuelvo a nacer/ yo los vuelvo a matar…

***

El Pequeño tiene tatuado el antebrazo derecho con las manos de Cristo reunidas en oración y atravesadas por clavos: “Perdóname Dios mío por lo que he hecho”.

Reza a veces. Reza a San Judas Tadeo, el de las causas difíciles, al que se busca en la desesperación.

―¿Te ha ayudado Judas?
―Sí, me libró una vez por un secuestro y extorsión. Me agarró la policía. Le dimos 80 mil pesos a mi licenciado para pagar una jueza del Consejo Tutelar. No hallaron pruebas. Otra vez me detuvieron con una pistola y también salí. O cuando vendía piedra, me agarraron dos que tres veces con vicio. Sí, San Juditas Tadeo me ha ayudado.
―¿Y tu papá?
―Nunca he andado con mi papá. Él también es carnero. Él también anda de cabrón. Mi jefe ha estado preso en el Reclusorio Oriente, en el Sur, creo en el Norte y dos veces en el Bordo de Xochiaca. Roba joyería y cajeros. El Pequeño pertenece a una familia en la que son comunes los asaltantes y extorsionadores del transporte público en Iztapalapa. Uno de sus primos, al que se le atribuye el asesinato de un policía judicial, es secuestrador y trabajó con la mítica Ma Baker.

Ma Baker era la propietaria de una arena de lucha libre en Ciudad Neza y durante años controló el narcomenudeo en el oriente del Valle de México. Su organización era protegida por jueces federales, policías municipales y judiciales del Estado de México y agentes de la PGR. Se le responsabilizó del asesinato de tres empleados de gobierno.

Y a un hijo de la Ma Baker secuestró El Pequeño.

―¿Es fácil matar? ¿Es fácil secuestrar?
―Cuando tienes la gente todo es fácil. Todo se hace fácil cuando te proporcionan las cosas. Para mí todo se me ha hecho fácil. Pero a veces he llevado la de perder, pero así es esto.
―¿Te arrepientes de algo?
―Pues no. No me arrepiento más que de no haber puesto trucha a mi hermano. Si lo hubiera puesto más al tiro, hubiéramos evitado estas cosas. Pero así es esto. No siempre voy a ganar.

El Pequeño bosteza. Camina a su sección, la primera del tercer patio. Va sin playera y muestra otro tatuaje. Le cubre casi toda la espalda: de un lado, el ala de un ángel; del otro, la de un demonio.

En Nacozari de García, un municipio de quince mil habitantes donde casi todos se dedican a la minería, es evidente la religiosidad. Entre las montañas de Sonora, en el noroeste de México, los pobladores dedican ofrendas a sus santos con la esperanza de recibir favores a cambio.

Esas muestras de fe están esparcidas por todas partes, incluso en los inmundos separos de la comandancia municipal, donde un joven delincuente de 23 años pasó dos semanas encerrado, con la única compañía de un lápiz, y para no pensar en la lentitud de las horas comenzó a hacer trazos en las paredes. Más tarde, como un buen artista, realzó esas formas con sombreados casi perfectos.

Los dibujos eran símbolos religiosos. Con sus dones de artista plástico, el delincuente había revelado en tonos grises una espectacular imagen de San Judas Tadeo y a su lado un ángel triste con las alas caídas; también dibujó una Virgen de Guadalupe con la misma silueta de siempre y su gesto apacible.

Para sorpresa de los policías que cuidaban las celdas, una mañana vieron que en una parte de la pared, convertida en mural, se erigía la imponente imagen de la Santa Muerte, un esqueleto de aspecto tenebroso vestido con una túnica oscura y portador de una afilada hoz. Sobre su calavera, el artista escribió “La Niña” con una preciosa caligrafía y pidió que los próximos delincuentes que ingresaran a la misma celda la llamaran así con mucho respeto.

La adoración a la Santa Muerte es cada vez más arraigada en los estados del sur y el centro de México y los creyentes afirman que les concede favores a cambio de simples ofrendas, principalmente de dinero y altares con velas; sin embargo, la fe en ella, aunque es rechazada por la Iglesia católica, se ha extendido hacia otras partes del país, como en este municipio serrano llamado Nacozari de García.

En la carretera, a veces tétrica por sus barrancos profundos, hay cruces que recuerdan la muerte de automovilistas que cayeron al fondo, pero también hay pequeños altares con veladoras e imágenes dedicadas a la Santa Muerte, en un pacto para la protección de los parientes que siguen vivos.

El pueblo está entregado a sus asuntos espirituales. En la iglesia Sagrado Corazón de Jesús, el cura, que es español, oficia misa todos los días y atiende servicios privados cuando lo solicitan. En las casas católicas las señoras rezan, pero en otras partes, entre el monte, hay personas que le dedican ofrendas de sangre a la Santa Muerte.

***

El 6 de marzo de 2012, el herrero Martín Barrón López presintió que algo malo estaba pasando en el pueblo, tras la desaparición de dos niños con los que él había tenido contacto.

El primero, de diez años, vivía a tres casas de la suya en el barrio El Asilo y se llamaba Martín Ríos Chaparro. Él desapareció en julio de 2010 y nadie lo volvió a ver. El segundo niño, llamado Octavio Martínez Yáñez, también de diez años, había ido a su casa en algunas ocasiones hasta que desapareció en los primeros días de marzo de 2012. Tampoco lo volvieron a ver.

Su lazo con estas dos desapariciones comenzó a formarse tres años atrás, cuando llevó a vivir a su casa a una joven y sucia mujer que vivía en condiciones infrahumanas en Milpas Justiniano, afuera del pueblo, en medio de la nada. Cuando la conoció, estaba embarazada, pero parece que eso no le importó al herrero, pues después le enseñaría a bañarse, a usar la lavadora, a mantenerse limpia y a cuidar juntos al bebé que venía en camino.

Ella es Georgina Barrón Meraz, que ahora tiene 20 años y era tía de Octavio, el segundo niño desaparecido. Es hija de Silvia Meraz Moreno, una mujer de aspecto descuidado que le rendía un ferviente culto a la Santa Muerte en su casa e involucraba a toda su familia en los rituales.

En su relación diaria, el herrero Martín Barrón López notaba algo extraño en la familia de su concubina. Fue un par de veces a Milpas Justiniano a recogerla y de reojo veía en el interior de la casa dos cuadros con la imagen de la Santa Muerte, alumbrados con veladoras. “Las dos veces que fui no me gustó a mí nada”, diría después.

A su casa, en la colonia El Asilo, llegaban sin avisar los familiares de Georgina a visitarla. Martín evitaba tener relación con ellos, mucho menos con Silvia Meraz Moreno y su concubino, Eduardo Sánchez Urieta, un veracruzano conocido en el pueblo como “El Chilindrino”, muy raro, siempre ensimismado. Cuando iban, a veces llevaban al niño Octavio.

***

Aunque no le consta, el comandante de la Policía Municipal de Nacozari de García, José Miguel Espinoza Osuna, cree que Silvia Meraz Moreno tomó un cuadro de la Santa Muerte que adornaba una pequeña capilla a un costado de la carretera, en memoria de algún accidentado. La precariedad en la que vivían ella y su familia seguramente no le permitía comprar una imagen, así que fue a robarla a esa parte de la sierra.

En su casa le encendía veladoras a la imagen y pensaba en que la Santa Muerte la ayudaría a encontrar dinero. Silvia, de 44 años, le pedía favores y aseguraba que hablaba con ella y que le exigía sangre nueva, producto de un sacrificio humano, a cambio de protección para su familia.

En diciembre de 2009, Silvia ideó una estrategia para quedar bien con la Santa Muerte y cumplir sus exigencias. Su compañera de parrandas en las cantinas locales, Cleotilde Pacheco, de 55 años, sería la primera víctima. La llevó a su casa en Milpas Justiniano, le dijo que se sentara y que recogiera veinte pesos que estaban tirados en el suelo. Cuando la diminuta Cleotilde se agachó, Silvia le dio tres hachazos en la nuca y acabó con su existencia, sin miramientos ni sentimientos de culpa. Ni siquiera pensaba que extrañaría a su amiga porque recibiría a cambio todo el apoyo de la Santa Muerte y eso le llenaría el alma y la colmaría de felicidad.

Ese fue el primer sacrificio para la Santa Muerte, pero ahora Silvia debía deshacerse del cuerpo de Cleotilde.

“Era una señora muy delgadita, muy chiquita”, recuerda Jorge Castillo, un señor que trabaja para el Ayuntamiento y que años atrás le llevaba bolsas llenas de comida a la pobre Cleotilde.

El papá de Silvia, Cipriano Meraz Aguayo, entonces de 80 años, cavó una fosa en la parte baja de una loma para echar el cuerpo de Cleotilde. Georgina, la hija de Silvia y concubina del herrero, ayudó a acomodarla y enterrarla. La familia de Silvia presenció el acto sangriento y calló por conveniencia. Ahora solo debían esperar a que la Santa Muerte cumpliera su promesa de prosperidad y bienestar.

Mientras tanto, en el pueblo inició la búsqueda de Cleotilde. Fueron colocados cartelones con su fotografía en los lugares que frecuentaba, pero al cabo de un tiempo muy breve el pueblo desistió. Algunos creyeron que se había ido lejos con otro hombre y había abandonado a su esposo, un viejo que todavía recorre las calles con una bolsa sobre su espalda, recogiendo latas de aluminio para vender.

***

Pasó el tiempo y todos se olvidaron de la frágil Cleotilde, pero en julio de 2010 el pueblo entero comenzó a preocuparse de nuevo cuando fue notoria la ausencia del niño Martín Ríos Chaparro, un feliz estudiante de cuarto grado.

Estaba desaparecido. El herrero Martín Barrón López veía en las calles los cartelones con la imagen del niño, su vecino, y también se preocupaba.

Apenas el 29 de marzo de 2012, dieron con su paradero. Hallaron sus huesos entre el monte, cerca de un río que ahora está seco. El niño fue llevado ahí por Silvia y su concubino, el veracruzano, a una casucha fabricada con cartón y cobijas viejas, donde hay perros feroces como guardianes. Lo obligaron a beber alcohol hasta que su cuerpecito de diez años no soportó más el efecto y cayó al suelo. La hija menor de Silvia, llamada Yahaira, entonces de 13 años, lo degolló y le dio treinta puñaladas, obligada por su madre, convertida en una temible lideresa. La familia de Silvia participó en el sacrificio y ofreció su sangre a la Santa Muerte, luego arrojó el cuerpo al monte y los animales carroñeros se encargaron del resto.

“Con la crecida del río el cuerpo fue arrastrado y es hora de que no encuentran su cabecita”, relata el empleado municipal Jorge Castillo. Era un segundo sacrificio humano para la Santa Muerte y Silvia no veía ningún beneficio todavía.

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En marzo de 2012 el pueblo prácticamente volvió a sumirse bajo una ola de terror, al enterarse de la desaparición y posterior muerte del niño Octavio Martínez Yáñez.

Su abuelastro, el concubino de Silvia, lo llevó a una casucha en un paraje de la localidad conocida como Las Torres, donde se alzan imponentes las torres de conducción de electricidad, pero que paradójicamente no suministran luz a ese sector pobre de Nacozari de García. Llegar allí es complicado por cualquier medio y la vista solo alcanza los cerros resecos.

Silvia y sus hijos estaban en un cuarto, también fabricado con madera y cobijas, cuando el veracruzano emborrachó al niño. La misma táctica que la vez anterior. El pequeño Octavio cayó sobre un mugroso colchón, completamente sedado por el alcohol, y nunca sintió nada. Le dieron varios machetazos. Su sangre fue una ofrenda para la Santa Muerte, cuya imagen pendía de un madero, con las órbitas oculares dirigidas hacia el lugar del sacrificio. Octavio permaneció inerte varios minutos hasta que salió la última gota de sangre tibia de su cuerpo.

El veracruzano cavó una fosa a un costado de la casa y echó el cuerpecito sin vida. Luego lo enterró y puso una capa de cemento encima para evitar los malos olores de la descomposición. Así pasaban los días. La familia de Silvia convivía con la improvisada tumba y los niños la pisaban cuando salían del cuarto a jugar.

Al contrario del niño Martín Ríos Chaparro y de Cleotilde, nadie en el pueblo buscaba a Octavio; sin embargo, los malos presentimientos del herrero Martín Barrón López sirvieron de base para que se iniciara una investigación policiaca.

Una vez, mientras veía Discovery Channel, le llamó la atención un reportaje sobre sacrificios humanos que hacían en otras partes del mundo.

“Miré que por allá, en otro país, pasó un caso parecido y que allí mismo los echaban a un pozo. Fue un presentimiento ver cómo es que también ellos viven en la pobreza y consumen drogas y yo quería ir para que investigaran por qué se estaban perdiendo los niños. Yo tenía miedo de que me involucraran a mí porque vivía con Georgina”, asegura Martín.

Él afirma que no interpuso ninguna denuncia, pero que sí le contó a alguien sobre los presentimientos de que quizá la familia de su concubina estuviera involucrada en algo terrible. Así fue que llegaron policías investigadores a Nacozari de García, a entrevistar a los familiares de Silvia Meraz Moreno, a Georgina, al veracruzano, a los otros hijos de la matriarca.

Todos cayeron en contradicciones y comenzaron a culparse unos a otros de la autoría material de los asesinatos. Señalaron a Silvia como la líder. Los investigadores descubrieron las mentiras y complicidades en esa familia, unas para protegerse a sí mismos y otras para señalar culpables. Había ocho involucrados. Silvia era la cabeza.

Sin más que perder, finalmente revelaron los sitios donde estaban los tres cadáveres: el de Cleotilde debajo de la loma, el de Martín en el río y el de Octavio en el patio de Las Torres.

***

La gente del pueblo, al enterarse de los tres sacrificios humanos, pasó del terror a la psicosis. En la escuela secundaria los estudiantes inventaban la presencia de una mujer de negro que se aparecía ante ellos y les arrebataba los teléfonos celulares o los asustaba en los pasillos. La describían como a la Santa Muerte.

Los maestros tuvieron que intervenir y explicarles que todo era producto de su imaginación, que no había nada malo en el pueblo y que esa serie de asesinatos era un hecho aislado.

El empresario local y padre de cuatro hijos, Víctor González, califica al pueblo como tranquilo. “Eso no prevalece en Nacozari. Fue un hecho insólito porque no se practica aquí la adoración a la Santa Muerte ni los sacrificios humanos como ofrenda. Nacozari es un pueblo tranquilo, de gente trabajadora y honesta”, asegura.

Y eso parece. Nacozari, a las cuatro de la tarde, cuando los mineros han salido de trabajar, recobra su vida en las calles empedradas, con negocios abiertos y una plaza central a la que llegan los más viejos a despedir al sol.

En el pueblo están asustados, pero quizá ese sentimiento pase pronto porque la mayoría de la gente estará refugiada en su religiosidad y habrá oraciones para el descanso de las tres víctimas durante la misa que seguramente habrá hoy o mañana o después.

Además, ni Silvia Meraz ni sus familiares están ya en el pueblo porque fueron trasladados a la cárcel en la capital de Sonora, quizá decepcionados porque hasta ese momento la Santa Muerte no les cumplió lo que le pidieron con tanta vehemencia.

Marisol Valles temblaba cuando llegó a la garita fronteriza. “Soy Marisol Valles y me van a matar —le dijo al agente de migración—. Venimos a pedir asilo”. Llevaba a su hijo en brazos. Atrás de ella: su marido, sus padres y sus dos hermanas. Los seis habían salido de casa con sus actas de nacimiento y lo que traían puesto. Ni un papel más, ni un cambio de ropa para el bebé.

Esa tarde, cuando su padre y su marido regresaron de trabajar, la madre de Marisol les dijo la decisión: iban a irse. Todos se subieron a la camioneta roja y manejaron sin parar hasta la garita fronteriza.

Los agentes la reconocieron: sólo cinco meses antes, su foto con la leyenda “La mujer más valiente de México” había dado la vuelta al mundo. Llevaba los mismos lentes de pasta sobre la nariz recta, el pelo lacio al hombro (y, ahora, mirada de angustia). A los veinte años, Marisol Valles había sido nombrada directora de Seguridad Pública de Práxedis G. Guerrero, un pueblo en el Valle de Juárez, Chihuahua, donde habían sido asesinados, según la versión, cuatro o cinco comandantes. Otros simplemente habían huido ante las amenazas de los cárteles del narcotráfico. Marisol tomó el puesto que nadie quería, con la promesa de que la nueva policía, formada casi por puras mujeres, no haría trabajo de combate a la delincuencia, mucho menos al narcotráfico, sino de prevención del delito.

Pero las amenazas, a veces disfrazadas de invitaciones a colaborar, tardaron cuatro meses en llegar. Y la única solución para la jefa de policía fue el exilio.

El día que decidió pedir asilo, Marisol dejó de asistir a una cita que tenía en Ciudad Juárez. La llamada del hombre plantado llegaría en cualquier momento. O no. Quizá no habría más llamadas, sólo amenazas cumplidas.

***

Marisol Valles nunca ha tocado un arma. Nunca quiso ser policía. Tampoco tuvo intenciones de cambiar la negra historia reciente de su pueblo —la de ejecutados y cabezas exhibidas en la plaza—. “Yo metí mi solicitud para trabajar como secretaria, no como directora [de Seguridad Pública]“, me dijo.

Me reuní con ella en una vieja casona de El Paso, Texas, donde están las oficinas de su abogado, Carlos Spector. Esa mañana, la esposa de Spector, Sandra, había ido a recogerla a algún lugar donde la dejó un pariente. Sandra me asegura que ni ella sabe dónde vive Marisol. Desde que llegó a Estados Unidos sólo ha dado un par de entrevistas en vivo, y ésta es la primera vez que lo hace sin acompañantes.

—No confío —me dijo, y repitió la frase varias veces.

Más que la joven valiente cuya foto habían publicado los periódicos un año antes, parecía una adolescente perdida que no sabe cómo volver a casa ni cómo llego a donde está.

Marisol Valles nació en Ciudad Juárez y vivió siempre en Práxedis. Nunca viajó más allá de Juárez, ni hacia el sur, ni hacia el norte. Su padre, un mecánico diesel que trabajaba en un rancho, se encargó de que todas sus hijas fueran a la escuela. Marisol, la segunda, era una niña dulce, ordenada, siempre cuidada por su madre. En 2007, cuando terminó la preparatoria, pensó en estudiar psicología, hasta que alguien le habló de la carrera de criminología. “Me interesaba mucho entender por qué la gente se comporta de diferentes maneras, qué quiere decir cuando una persona hace una cosa”, dijo.

El único lugar donde encontraron esa carrera fue en una escuela privada en Ciudad Juárez. Para ayudar a sus padres con los gastos, Marisol se consiguió un trabajo como secretaria en la comandancia de policía del pueblo. Por la mañana trabajaba llenando reportes policiacos, y por la tarde viajaba a Ciudad Juárez para ir a clases. Ahí empezó a ver a su pueblo desde una ventana distinta de la de su casa.

—Entré porque la secretaria renunció, porque habían matado al comandante.
—Habían matado al comandante de la policía de Práxedis —le digo casi incrédula.
—Pues ya habían matado a varios, para serte sincera. A éste se lo llevaron, luego reportaron una riña muy grande, y salieron los policías. Cuando regresaron estaba en una hielerita la cabeza del comandante y había una cartulina que les explicaba todo.

***

El Valle de Juárez es una región en la frontera de Estados Unidos, al este de Ciudad Juárez, donde en otra época se sembraba algodón. Hoy, a lo largo de la carretera, sólo se ven unos cuantos campos algodoneros. El resto del territorio está compuesto por solares polvosos; sus plantas son pedazos de coches viejos. Los puestos improvisados de venta de ropa usada son el tipo de comercio más popular.

En el camino de Juárez a Práxedis, nuestro guía nos va haciendo recuento de los muertos. “Aquí una vez mataron a dos. Aquí encontraron los cuerpos desenterrados de los hermanos Reyes Salazar. Aquí, dos. Aquí, tres. Aquí, un ejecutado”. “Aquí —en un campo conocido como Los Arenales—, se llenaba de carros de Juárez, era un estacionamiento. La gente hacía sus carnes asadas y pisteaba. La poli no te decía nada. Todo eso se perdió”.

Práxedis siempre fue un sitio para el paso de la droga a Estados Unidos. Los paquetes se cruzaban por el río. “Pasaban y corrían. Desde aquí se veía [el otro lado]. Hasta que pusieron esa malla ridícula. O barda, lo que sea”, me dice el sacerdote de Práxedis, Martín Magallanes, en la oficina de la parroquia de San Ignacio de Loyola, casi a la entrada del pueblo.

Magallanes, un sacerdote joven con barba de candado que habla ronco con un fuerte acento juarense —dice morros y batos y llama La Morena a la Virgen de Guadalupe— llegó hace unos meses al pueblo. Antes había estado a cargo de la Pastoral Penitenciaria, como guía espiritual de todos los presos de Ciudad Juárez. “Puede ser que algo tenga que ver con que el señor obispo me haya enviado aquí”, dice.

Cuando Magallanes llegó a Práxedis encontró un pueblo triste. La violencia había bajado, pero el pueblo se había quedado medio vacío, por los muertos y los desplazados. En su primer sermón, la gente lloraba. “Va más allá de la violencia, hay dolor, tristeza, ganas de venganza —dice—. La gente tiene miedo, está triste. Me encuentro un pueblo con padres a los que les mataron a varios hijos, jovencitas viudas, muchachitos en shock, porque vieron como mataban a sus padres, abuelos criando nietos”.

En este lugar, dice Magallanes, la vida se estaba volviendo desechable.

En 2007, cuando la violencia por la lucha entre cárteles había crecido, el Ejército llegó a ocupar el gimnasio municipal, a la entrada del pueblo, justo frente a la escuela primaria. Todos coinciden en el pueblo que la presencia militar sólo trajo más sangre. Las cifras dicen que, en 2010, Práxedis fue el cuarto municipio con más muertes relacionadas con el crimen organizado: setenta y uno en un pueblo de menos de cinco mil habitantes, muy por encima de Ciudad Juárez. De los levantamientos y desapariciones no hay cifras. Práxedis se volvió tierra de nadie y, por su ubicación, objeto del deseo de la avidez territorial del narco.

Varias personas me cuentan una historia escabrosa.

Una mañana, una caravana de camionetas recorrió los pueblos del Valle. Desde adentro aventaban volantes en la plaza, en las paradas de camiones donde los estudiantes tomaban el trasporte a la preparatoria —ahí estaba la hermana de Marisol—, en la fila de las panaderías, en la entrada de las escuelas, afuera de la Presidencia Municipal.

Eran copias de un documento escrito a mano con una lista de cientos de nombres divididos por pueblos. Era la lista negra. Esas personas tenían veinticuatro horas para abandonar el pueblo, si querían seguir con vida. Los que pudieron, huyeron esa misma noche. La mayoría cruzó la frontera a los pueblos texanos de Fabens y Hancock. Saúl Reyes Salazar, un activista de Guadalupe, el pueblo con más homicidios relacionados con el narcotráfico, me cuenta que de la lista de su pueblo ya sólo quedan unos cuantos vivos. Él ha perdido cuatro hermanos.

Magallanes dice que, en esa zona, más gente de la que uno se imaginaría trabajaba para el narco. “Aunque sea nada más ver, informar, guardar algo o hacer un pequeño servicio —dice—. Un día el cártel contrario dijo: o trabajan con nosotros, o mejor se van, o nos encargamos de que no trabajen para nadie”.

Cada dos o tres cuadras, en las calles terregosas de Práxedis, aparece una casa deshabitada, vandalizada. Algunas incluso están quemadas. A las orillas del pueblo, los ranchos están abandonados. Eran las propiedades de muchos que salieron huyendo del derecho de piso que les cobraban los cárteles.

“La gente decía: yo viví aquí, me la pasé toda mi vida aquí, treinta, cuarenta años, y tuve que dejar mi familia, mi casa, mi rancho, a lo que yo me dedicaba, porque estos señores quieren que yo me vaya. No les puedo dar lo que ellos piden, tendría que trabajar nada más para ellos”, dijo Magallanes.

Había levantados todos los días. Algunos cuerpos aparecían semanas después. De otros nunca se volvía a tener noticias después de su desaparición. Una noche, Marisol bajó a la cocina de su casa y escuchó ruidos. Los vecinos tenían una gran fiesta que un comando armado estaba interrumpiendo. La fiesta completa se tiró al piso. Los hombres armados se llevaron a los que quisieron, no se sabe por qué o para qué. Semanas después, los cuerpos acribillados aparecieron en un lote baldío.

La policía municipal —con veinte agentes en su mejor momento—, no se daba abasto con las llamadas para atender riñas, balaceras, ejecuciones, cuerpos encontrados. No sólo no podían hacer mucho, estaban también amenazados.

Cuando Marisol era secretaria de la comandancia, el titular en turno recibió una llamada. Dejó la bocina de lado y puso el altavoz. Del otro lado salía una voz masculina: “No somos los marranos que están matando gente inocente, podemos ser amigos, pero tienes que cooperar”. El hombre leyó la lista de los agentes que tenían que dejar la corporación en veinticuatro horas. El comandante se limitaba a responder: “Sí, señor, sí, señor”. Al día siguiente, varios de esos policías no se presentaron a trabajar. Nadie los volvió a ver por el pueblo.

Camionetas con hombres armados patrullaban el pueblo, asegurándose de que los hombres de su lista no siguieran deambulando por las calles de Práxedis.

Un domingo, cuenta Marisol, la llamaron de la Presidencia Municipal. Tenía que ir a hacer un reporte por pérdida de armas. Marisol había escuchado que algo había pasado en la comandancia, pero no se enteró hasta que llegó a trabajar. Los policías llegaban uno por uno a entregar su arma y presentar su renuncia. La noche anterior, cuando un par de agentes estaban de guardia, un grupo armado entró a la comandancia. Se llevaron todas las armas que estaban bajo llave en una especie de librero de metal. Uno de los agentes alcanzó a huir corriendo, pero se cree que lo agarraron. Su mujer llegó al día siguiente desesperada preguntando por su marido. Nunca se volvió a saber de él.

Los comandantes cambiaban cada mes. “Un día tenía un jefe, y al rato ya no estaba. Otro jefe, y ya no está”, dice. Marisol vio salir de la comandancia a uno de ellos, Manuel Carbajal —del que tiene mejores recuerdos—, en el auto de un policía. Unas horas después, escuchó la llamada de la policía del pueblo vecino, avisando que habían encontrado su auto y su cuerpo rafagueado en la carretera a Ciudad Juárez.

Marisol, que ganaba tres mil pesos quincenales, tenía un seguro de vida de cuatrocientos mil pesos en caso de muerte por accidente y doscientos mil en caso de ser acribillada en servicio.

***

En julio de 2010, Chihuahua eligió gobernador y alcaldes. En Práxedis, donde gobernaba el Partido Revolucionario Institucional (PRI), ganó el Partido Acción Nacional (PAN). Con el cambio de gobierno, se acabaría el contrato de trabajo de Marisol, que para entonces se había casado y tenía un hijo. Necesitaba conservar su trabajo, y llevó una nueva solicitud a las oficinas del presidente electo.

“Cuando [el alcalde electo José Luis Guerrero de la Peña] lee mi solicitud y ve que estoy estudiando criminología, me ofrece lo de director de Seguridad Pública —dice Marisol—. Me dijo que el proyecto iban a ser de puras mujeres, que sólo iba a haber dos hombres armados, y era un trabajo más social, íbamos a rescatar la confianza”.

Su primera respuesta fue un no rotundo. “Le dije que tenía miedo”.

La idea del presidente municipal era que la policía delegara al Ejército la lucha contra la delincuencia e hicieran un trabajo social de apoyo al DIF —entrega de despensas, censos de personas necesitadas, niños abandonados, ancianos solos—. La nueva policía femenina recuperaría la confianza de la gente.

“Se me hizo muy bonito el proyecto. Yo tengo un hijo pequeño y pensé de aquí a que crezca, si sigue así, ¿qué le va a tocar? Va a tener que ser sicario, no va a tener caso”.

Marisol corrió a contarle a su madre y ella la apoyó y la ayudó a convencer a su padre y a su marido. Con sus veinte años, Marisol, al frente de la policía de un pueblo peligrosísimo, se volvió una nota nacional e internacional. Práxedis G. Guerrero adquirió notoriedad ante el mundo, que poco o nada sabía del infierno en el que cotidianamente vivía.

La llegada de la prensa internacional era también una oportunidad de darle su mensaje al narco. “El alcalde me dijo: si viene la prensa hay que decir que no estamos en contra de nadie. Porque no íbamos contra ellos, les teníamos miedo y eso es lo que es. Lo que quería el alcalde era un acuerdo para que dejaran en paz el municipio. Estábamos en lo social, no nos estábamos metiendo en nada que les perjudicara”.

En octubre, en una rueda de prensa escoltada por el alcalde y algunos regidores, Marisol dijo que su trabajo sería de prevención, y que su principal obstáculo era la falta de recursos en un cuerpo policiaco que no tenía ni patrullas ni bicicletas, en donde los recorridos se hacían a pie.

El diario español El País la bautizó como “La mujer más valiente de México”, y otros medios retomaron el apelativo. Así se le conoció desde entonces.

Con ocho mujeres y dos hombres policías —el cargo de comandante desapareció—, dos rifles y un revólver, la nueva corporación hacía recorridos por todo el pueblo. Las policías regresaban al cuartel con la lista de las necesidades de la gente. “Muchas se ponían a llorar. Les tocaban casos de gente que estaba pobre, abuelitas que se quedaron con los nietos porque mataron a los papás, madres solteras con muchos niños y el esposo levantado”.

La atención internacional se transformó en ayuda. El Club Rotario mandó personal médico a hacer mamografías a las mujeres de Práxedis; llegó un dentista, despensas, hasta algo de dinero. Gente de todas partes llamaba preguntando cómo podían ayudar al municipio. “Un señor me dijo: por usted estamos aquí; dijimos: cómo una niña tiene más pantalones que nosotros y no podemos ir a darle esa ayuda a esa gente —dice Marisol, y una lágrima rueda por su mejilla izquierda—. Me da pena pensar que no terminé”.

A finales de 2010, la revista Newsweek incluyó a Marisol en la lista de las ciento cincuenta mujeres que mueven al mundo, al lado de Oprah Winfrey y Michelle Bachelet. Y El País la nombró uno de los cien personajes del año.

—¿Qué sentías cuando te decían la mujer más valiente de México? —le pregunto.
—Yo nunca me sentí así.

***

Dos meses después de empezar su función como directora policiaca, el alcalde la mandó llamar. Una de las policías había encontrado una hoja con un mensaje durante uno de sus recorridos. En tinta roja y escrito a mano llamaban “marrana” a Marisol y la amenazaban con dejar huérfano a su hijo por trabajar para un cártel.

“Yo no iba a ser tan tonta para meterme con un cártel. Yo tengo un hijo”, dice.

Pasó casi inadvertida esa primera amenaza. Después —según Marisol— llamaron al alcalde para pedir que la despidiera. Cuando Marisol se enteró, perdió la tranquilidad. Vivía esperando que la llamaran directamente.

Así que, poco antes de cumplir cuatro meses en el cargo, Marisol recibió una llamada de un número desconocido, mientras estaba en casa de su madre.

—¿Qué no te dieron el mensaje que no te queremos ver aquí? —le dijo la voz de un hombre joven.
—¿En qué le estoy perjudicando? —contestó Marisol tratando de no perder la calma.
—No te hagas la tonta, que tú sabes que andas con aquellos marranos. Te voy a investigar y a llamar el viernes.
—Espero su llamada, yo no tengo que ver con nadie.

Empezaron a aparecer indicios de espionaje. Un auto rondaba constantemente la casa de sus padres, un niño en una bicicleta se estacionaba mañanas y tardes afuera de la casa de Marisol y las policías le avisaban de coches desconocidos afuera del cuartel, con hombres que nunca se bajaban.

Marisol se cambiaba del auto de su marido al de su hermana para tratar de distraer al enemigo. Pasaba más tiempo en casa de sus padres. Había dejado de dormir y hacía planes con su marido sobre las posibilidades de escape en caso de que llegara un comando a su casa.

El viernes no llegó la llamada esperada, pero eso no le quitó el miedo. “Yo dije: un día de estos van a venir por mí”. Una semana después recibió una llamada en la comandancia, pero no estaba. Más tarde, le llamaron de un número privado a su celular. Era la misma voz de días antes.

—Tú fuiste a la tienda del pollito a recoger dinero.
—Yo no he salido en ningún momento, se está equivocando.
—Tengo a alguien vigilando, tú trabajas para ésos, conoces a…

Ahí se sintió vencida.

—Si quiere el puesto en el que estoy ponga a quien quiera. Yo puedo trabajar de recepcionista, pero no me voy a ir del pueblo.

En ese momento el hombre cambió la estrategia. Le dijo que si era cierto que no trabajaba para nadie, entonces quería verla en Ciudad Juárez para hablar. Marisol se atrevió a decir que iría para probarle que no trabajaba para ningún cártel. Colgó el teléfono.

La madre de Marisol llegó a recogerla a la comandancia y se encontró con un auto estacionado atrás de ella, con dos hombres y la puerta abierta.

El celular volvió a sonar, el hombre le dio a entender que sabía que era su mamá quien había llegado a la comandancia. Esta vez, la conversación fue más lejos. El hombre le dijo que tenía a alguien dentro de su corporación vigilándola, y que la vería en Ciudad Juárez, que tendría que cooperar. Marisol preguntó si podía ir acompañada de su madre. El hombre sólo le dijo que la volvería a llamar para darle instrucciones.

El lunes, Marisol regresó a trabajar. Le dijo al alcalde que ya no podía trabajar bajo amenaza, que estaba aterrorizada, que quería renunciar, le pidió que la ayudara dándole un puesto de recepcionista. “El alcalde me dijo que estaba bien. Estaba triste porque apenas habíamos empezado”, dice Marisol.

Esa tarde, Marisol se fue a su casa temerosa. Las horas en la comandancia habían sido una pesadilla esperando que el teléfono sonara de nuevo. Llegó a casa de su madre y juntas decidieron que lo único seguro era dejar Práxedis. Era el mes de marzo de 2011.

***

La Presidencia Municipal de Práxedis está al lado de la comandancia de policía, frente a la plaza, que no es distinta de la mayoría de las plazas de pueblo de todo el país. La de Práxedis tiene bancas verdes y un quiosco rosa. El pueblo entero es de un silencio aterrador. Desde la Presidencia se escucha la música de banda que tocan en algún negocio del otro lado de la plaza.

El alcalde me recibe en una oficina austera. Tiene prisa, insiste. Sólo unos minutos. Es un hombre católico que habla de un proyecto político basado en principios tomistas: persona humana, bien común, solidaridad, subsidiariedad.

Me dice que su plan para el municipio está basado en la experiencia personal. Su policía le dijo adiós a las armas no sólo porque le toca a las fuerzas federales combatir al narcotráfico, sino porque con amor se consigue más. Si la policía se gana la confianza y cuida al pueblo, el pueblo los va a cuidar a ellos.

Dice que hace año y medio que Práxedis no tiene muertes violentas. “Hay gente de aquí a la que han matado, pero fuera del municipio”, dice. No se acuerda cuando fue la última vez que escuchó una balacera en Práxedis. Fue ahí frente a la plaza antes de que él tomara posesión como alcalde. La violencia en toda la zona disminuyó en 2011. El gobierno federal lo atribuye a sus acciones. La gente en Juárez tiene dos teorías: o ya ganó un cártel sobre el otro o hubo arreglos que nunca conoceremos.

Le pregunto al alcalde por su antigua directora de Seguridad, Marisol Valles.

“No era directora —dice tajante—. Era encargada de despacho”. De pronto Marisol ya no era la mujer valiente que iba a salvar al pueblo, como en aquella rueda de prensa un año antes a la que la Alcaldía había convocado. “Ustedes [los medios] buscaron un icono y lo encontraron en Marisol. Pero nada que ver, ella no salía a las casas, ella no coordinaba el programa. Ella llevaba una bitácora del trabajo de los policías y desparramaba informes a obras públicas, al DIF, a desarrollo social”.

El presidente municipal duda que Marisol haya sido amenazada, aunque tampoco puede negarlo. Dice que habían despedido personal y que es común que lleguen llamadas extrañas a la Presidencia Municipal. “¿Quién necesitaría amenazarnos? Ahí es donde me queda la duda. No puedo asegurar que alguien lo haya hecho de broma, pero tampoco puedo negar que sí haya pasado”.

Habla de toda la presión que tuvo Marisol desde que los medios la descubrieron. Todos opinan sobre ella, el gobernador no la quiere, le llegan ofertas mediáticas de muchos lados. “Yo sentí que le estaban haciendo mucho daño a ella. La presionaron al extremo. Llegaron tentaciones. La muchachita resistió mucho”, dice.

—Si le estaban haciendo daño, ¿por qué la alcaldía no paró esa locura de los medios? —le pregunto.
—En la libertad no puedes presionar por encima del derecho de alguien. No es ni bueno ni sano.

Guerrero de la Peña dice que Marisol le avisó que se iba, pero que él le dio un permiso por quince días porque su hijo estaba enfermo. “Me dijo: si todo sale bien, ya no regreso”.

Cuando Marisol dejó el cargo, el presidente municipal dijo que había pedido un permiso y que sería despedida de su puesto si no regresaba a trabajar cierto día. El gobernador César Duarte fue más lejos y la acusó de aprovechar su puesto y su fama para irse a vivir a Estados Unidos.

Marisol no podía defenderse. Estaba en calidad de detenida en un centro de detención en Estados Unidos cuando vio en la televisión las declaraciones del gobernador y el alcalde. Sus compañeras le decían: “¿Ésa no eres tú?”.

Cuando apareció de nuevo dando un mensaje desde Texas, Duarte la acusó de dañar la imagen de Chihuahua y de haber abandonado el cargo por un lío de faldas. “Lo que no puede ser es que su circunstancia personal sirva para dañar mayormente la imagen de Juárez y de México. Aprovechar el estigma impuesto a esta ciudad para arroparse. Ella no quiso recibir protección de la autoridad porque no tenía amenazas. Estamos haciendo un gran esfuerzo por cambiar esa imagen de Juárez y por un lío de faldas alguien va y dice que debe ser asilado político”, dijo a los medios de comunicación.

***

Una tarde llegó a la oficina del abogado Carlos Spector la llamada de un hombre que pedía ayuda para su familia. Era un tío de Marisol Valles. Marisol y parte de su familia estaban en un centro de detención en el noreste de Estados Unidos. El padre y la hermana, en otro.

En los años ochenta, Spector, un prestigiado abogado de madre mexicana y padre ruso judío, fue el primero en ganar un caso de asilo político para un mexicano. Desde joven ha sido activista por los derechos de los migrantes. Es un hombre de apariencia dura y claras posturas políticas.

Spector tomó el caso de Marisol pro bono. Había escuchado ya las declaraciones del gobernador y el alcalde y le había quedado clara una cosa: Marisol no era una amenaza para el narco de Práxedis, pero la necesitaba. “¿Qué necesita el narco? Inteligencia. Marisol tenía información y no quiso colaborar”, me dice.

En el pizarrón de la sala de juntas de su oficina están listados todos los casos de asilo que lleva, alrededor de cuarenta —la mitad son pro bono—. Será difícil que todos tengan un final feliz. Las cortes migratorias de Estados Unidos rechazan noventa por ciento de los casos de asilo para mexicanos.

“Otorgar asilo político a un mexicano es reconocer el fracaso de las políticas de México y Estados Unidos”, me dice Spector. Por eso, un colombiano o un keniano tienen más posibilidades de que se les conceda el asilo.

Pero Spector tiene un plan más grande que esperar hasta julio de 2013, cuando Marisol y su familia tienen la primera audiencia ante el juez. Ha formado la Asociación Mexicanos en el Exilio, a la que pertenecen la mayoría de sus clientes. Ahí están los hijos de Marisela Escobedo, la activista asesinada frente al Palacio de Gobierno de Chihuahua; Saúl Reyes Salazar, que perdió cuatro hermanos, y su sobrino, que quedó huérfano cuando un comando armado levantó y asesinó a su madre; una familia de hermanos transportistas; pequeños y medianos empresarios que ya no pudieron pagar el derecho de piso, y muchos más.

Para el gobierno mexicano es muy fácil que la gente huya, me dice Spector. No se vuelve a responsabilizar de su gente. “Pues con nosotros no se va a acabar la disidencia ni se dejará de escuchar la voz de esta gente. Le vamos a ir a decir al Tío Sam [lo que está pasando], porque es lo único que a México le importa”, dice el abogado.

Me dice que en las siguientes semanas tienen una presentación con tres congresistas federales, lo que les van a ayudar a llevar el testimonio de los Mexicanos en el Exilio al Capitolio en Washington. Spector, como casi todos los habitantes de El Paso, tiene una estrecha relación con Ciudad Juárez y los pueblos de alrededor. Su madre nació en Guadalupe —el luegar más violento del país—, y entiende la relación de las dos ciudades Juárez-El Paso como única e indisoluble. Pero de lejos, en Washington, no lo ven tan claro como ellos.

Me cuenta la historia del más reciente de sus clientes: un joven miembro de una familia con negocios en Juárez al que le cortaron los pies porque dejó de pagar las extorsiones por derecho de piso.

“No nos podemos quedar callados. Lo que está ocurriendo (del otro lado del muro fronterizo) es un genocidio. ¿Qué haríamos si hubiera campos de concentración en Juárez? Tenemos que hablar, tenemos que hacer ruido”.

***

La primera vez que Marisol se reunió con su abogado estaba triste, deprimida, dice Spector. “No sabía en qué se había metido. Nunca había venido a Estados Unidos”.

La familia entera llegó a vivir con unos tíos. Diez personas en una casa. No han logrado salir de ahí porque después de ocho meses no les han otorgado el permiso para trabajar en Estados Unidos mientras se resuelve el caso de asilo. Marisol está desesperada. No puede trabajar, no puede manejar, no tiene dinero.

Una abogada del despacho de Spector organizó una fiesta para recaudar fondos. Así han pagado los gastos judiciales. La comida y los pañales salen de trabajitos que hacen su padre y su marido: limpiar jardines, hacer arreglos en las casas vecinas.

El último día que nos reunimos, Sandra, la esposa de Spector, no podía regresar a Marisol al lugar donde la recogería su padre. Me ofrecí a llevarla.

“No confío”, volvió a decir Marisol.

Sandra, una mexicoestadounidense de unos sesenta años que fue activista por los derechos sindicales y que ahora apoya las labores de su marido, le insistió en que estaría segura.

En el camino paramos a comer a una famosa taquería de El Paso sobre la carretera 10. Marisol me dijo que nunca había ido ahí y empezó a recordar las comidas que hacían en su casa, con toda la familia. De pronto se acordó de la casa de su madre. Le han dicho que está vandalizada, que se han llevado todo: las ventanas, las puertas, los muebles, la reja, hasta el plafón del techo. Me pide que cuando vaya a Práxedis visite su casa y le diga cómo está. Y que si todavía queda algo, le traiga un recuerdo, lo que sea. [Lo que Marisol se imagina es poco: la casa parece una obra negra. Los vándalos no dejaron más que papeles y ropa regados por el piso, que con las lluvias y la tierra se han vuelto una masa tiesa].

Manejamos un par de horas por una carretera hasta llegar al estacionamiento oscuro de una tienda de pueblo. Ahí esperamos a que llegaran por ella. Marisol volteaba insegura cada vez que un coche entraba al estacionamiento.

“Desconfío hasta de un niño”, dijo. Ella misma parecía una niña en ese momento, esperando que la recogieran sus padres de regreso de pasar el día en casa de alguna compañera de escuela.

—¿Por qué querrían buscarte acá? —le pregunto.
—Porque me burlé de ellos.

Me acordé de lo que me había dicho Spector un día antes: “Esa niña avergonzó a México”.

Cronológicamente

Tal vez ésta es una historia para ser contada cronológicamente, porque trazada contra el tiempo adquiere una forma simple. El ascenso de una chavita impetuosa a la cima de la gloria del pop-rock latino; su caída en vertical en medio del escándalo, hasta muy hondo en la oscura cárcel, y por fin su nuevo ascenso, empeñoso, otra vez rumbo a la cima más alta.

Una versión así podría empezar con Gloria a sus tiernos 17 años sentada en una sala de espera de la academia del ex cantante, arreglista y compositor Sergio Andrade. Otras 30 chavitas esperan también sentadas. A sus mamás se les dijo: “Bye, bye”, hace un rato, Sergio no audiciona nuevos talentos en la presencia de las madres, que las inhiben.

Es 1984. Son las dos de la tarde en la Ciudad de México. Por una puerta entra otra joven, muy pálida ella, con ojos muy grandes, con los labios voluptuosos pintados de rojo bandera. Mary Boquitas, la llaman. Mary lee de un cuaderno escolar el nombre de la chavita a la que toca el turno de pasar con el maestro Andrade.

El maestro Andrade, el Rey Midas le llaman en el ambiente del espectáculo. Creador de Lucerito, de Cristal, de Yuri, entre otras estrellas.

Dan las cuatro y dan las seis, y sólo han pasado la mitad de las chavitas, el foco del techo se enciende y dan las ocho y las 10 y las 12, y Gloria se ha quedado sola, la última, rezando para que el milagroso señor Andrade sí la reciba por fin.

¿Qué trae en la cabeza esa chava norteña de greñas largas? Se lo pregunto a Gloria, ahora que tiene 41 años.

“Traigo a Jim Morrison en la cabeza. A Mick Jagger y los Rolling Stones. Traigo en la cabeza rock pesado y un estadio atiborrado de raza que con cada guitarrazo y cada lírica se cimbra y aúlla”.

Mary Boquitas, ojerosa, abre la puerta y lee de su cuaderno escolar: “Gloria de los Ángeles Treviño”.

Gloria baja la vista al piso, tímida, y va tras Mary que la conduce por un pasillo y le abre una puerta, y le franquea el paso al salón donde el mítico Sergio Andrade toca en las teclas de un Steinway de cola abierto. Por su prestigio uno supondría que es un viejo maestro, pero no, tiene apenas 30 años, y sin embargo la seriedad de un hombre torturado por la conciencia de su propia importancia. Delgado, en un traje negro impecable, la camisa blanca con el primer botón desabotonado, la quijada cuadrada y ojos negros bajo cejas espesas. Sigue tocando en las teclas una melodía suave y Gloria petrificada espera que la note.

La mira por fin, y sin dejar de tocar le dice: “Acércate, a ver, ¿qué tienes para enseñarme?”.

Gloria toma aire. Le canta a capella “Amor cavernícola”, un rock monótono, primitivo: cavernícola en efecto, pero cantado con muchas agallas y saltitos rockeros.

Sergio no está impresionado. Pero pregunta si la composición es de ella. “Es mía”, asegura Gloria. Agrega: “Tengo como unas… 52 canciones compuestas por mí”.

Sergio tampoco está impresionado, se pone en pie y la rodea. “Eres demasiado alta —dice—. Estoy buscando chavas para un nuevo grupo de rock, pero tú eres, sí, demasiado alta. A ver, quítate los zapatos”.

Gloria se descalza ante el señor Andrade.

Musicalmente

Boquitas pintadas es un grupo que no trasciende. Le sirve a Gloria sin embargo para quedarse a vivir en la academia de Andrade, toma clases de la mañana a la noche, de teclado y composición y de baile, y de paso se hace novia del maestro, aunque el maestro es pareja de Mary Boquitas, incluso es civilmente su esposo.

“¿Lo sabías tú o él te engañó?”, le pregunto.

Gloria niega con la cabeza y dice: “No, no”. Pero se refiere a que no quiere hablar conmigo de eso. Ni conmigo ni con nadie. Ésa es la prehistoria de su vida. “Mejor hablemos de la música”, dice.

Me río. “¿Crees que puede contarse tu vida sin mencionar a Sergio Andrade?”, le pregunto.

“Puede contarse sin mencionarlo”, me asegura.

Y es que odia que su historia siga enredada con la de Sergio, odia responder por asuntos de su adolescencia, ahora que es una mujer distinta, que tiene dos hijos y un marido y ha pagado de sobra cualquier imprudencia de su ayer. Caray, quiere hablar de música. Mejor aún, hacerla.

Así que por lo pronto hablamos de cómo aprendió a armonizar. Cómo aprendió a reconocer su voz y fue construyéndose su estilo. Cómo fue juntando las canciones de su primer álbum.

Estamos en casa de su suegra en Tampico, donde vive con su marido Armando Gómez, en un estudio con un tapete de pelo tan alto que parece un césped salvaje de estambre, y Gloria, sobria, va en vaqueros y suéter negros, botas, el pelo recogido, cero maquillaje. Es muy apuesta, aún sin maquillaje. Se parece a Gina Lollobrigida en su mejor época, la de su cuarentena, aunque es más esbelta y más fría.

Es decir, más fría hasta que canta. Me tararea “Pelo suelto”. La canta a media voz, ella misma imitando la instrumentación de los puentes musicales. Me canta “Doctor psiquiatra”, riéndose de pronto del candor adolescente de la letra. Me canta en voz queda “Con los ojos cerrados”. Estamos entrando a sus canciones románticas, las dolorosamente dulces. Le pido “El recuento de los daños”, una de mis preferidas. A media canción me dice: “¿Escuchas las letras?, yo le canté al público mi vida personal, yo era un libro abierto”. Y vuelve a la melodía de “El recuento de los daños”…

En este concierto privado, a media voz, no le sucede ninguna nota desentonada. Ni un fuera de ritmo. Me acuerdo de una sesión en que entrevisté a las Flans en el estudio de grabación, hace 20, 25 años. Los ingenieros de sonido laboraban como relojeros inclinados sobre las consolas para ajustar las notas erradas, para jalar las sílabas demasiado cortas hasta llenar el compás. Nada de eso pasa con Gloria. Canta, así en frío, sin un solo yerro.

Así fue su primera grabación. Sin un solo yerro. Estando en Los Ángeles, recientemente, un ingeniero de sonido me relató que en los Miracle Sound Studios, donde él trabajaba hacía dos décadas, sólo dos cantantes habían grabado un disco de forma impecable; es decir, cantando cada canción en una toma, sin un solo yerro. Tina Turner y Gloria Trevi.

“Te digo qué es la fama, según Sigmund Freud”, le digo a Gloria. “Dime”, dice. “Ser amado por millones de desconocidos”.

Gloria asiente: “Es una emoción maravillosa —dice— saber que tus canciones entran al corazón de millones”. Me dirá otro día: “Muchas veces en mi carrera, cuando vivía con Sergio, quería que nunca terminara el concierto; no quería tener que dejar de cantar y volver a mi vida personal, llena de… —titubea, se le humedecen los ojos— …de malos tratos”, termina. Las lágrimas se le resbalan y comienza otra frase: “El público no tenía que rogarme, yo estaba lista para seguir cantando otra canción extra, y otra y otra”.

Sí, el hilo principal de la historia de Gloria, si ha de ser contada sensiblemente, tendría que ser la música; su música, por la que Gloria se partió el corazón, por la que vivió lo que todavía le resulta casi indecible; la música que también le dio los orgasmos del tamaño de los estadios retacados de raza cantando con ella y la dicha inmensa de la fama; su música que es ahora la fuerza que la impulsa contra las apuestas de sus detractores para llegar otra vez al estudio de grabación, otra vez al ruedo del escenario, otra vez a la felicidad de cantar para millones.

Me dijo una tarde Jesús Ochoa, el actor: “Yo soy feliz sólo en escena, con un personaje que interpretar. Sólo ahí sé quién soy. Lo demás es pura espera”.

Esa impresión me da también Gloria. Todo es espera, hasta que canta.

Ese día en Tampico, prende el aparatote de sonido que tapiza una pared y me canta a todo volumen “Cinco minutos”, canción de su último disco. Se tuerce a la manera Trevi, un hombro en alto, un zapatazo al aire. Marcha por el tapete salvaje las piernas muy altas, sube a un sofá, todo sin perder un compás, una sílaba, una nota. Gloria por fin completamente libre, cantando a todo pulmón.

Éstos son los compositores que han marcado los últimos 50 años de nuestra música popular en México: por orden de aparición: Armando Manzanero, Juan Grabriel, Gloria Trevi. Esta afirmación debiera bastar para contar la historia de Gloria, si sólo siguiendo las melodías de sus sucesivas canciones fuese suficiente para cualquiera, pero. Pero. Pero no lo es.

Es imposible contar la historia de la música de Gloria evadiendo la historia paralela de los hechos de su vida personal, porque precisamente es esa historia personal la que la destronó de la cima de la fama y cerró sus labios durante cuatro años y hace un rato le humedeció los ojos: su sinuosa vida personal alejada de las buenas maneras sociales es la que también le hace tan difícil al público tomarla, de forma simple, como una cantante y compositora espectacular.

Me susurra mi sobrina Francine, de 11 años, alumna de la escuela de niñas bien, el Regina: “Gloria Trevi me vuela los sesos”. Repito que me lo susurra al oído, y es para que no la oiga su mamá, que ya le advirtió que está mal ser fan de esa señora, la Trevi.

El lado oscuro

No hay opción, si se cuenta completa la historia de esa señora, la Trevi, hay que contar igual sus indignidades. Y esta historia debe tener más o menos al centro un dormitorio de un departamento modesto, estrecho, en Río de Janeiro, Brasil, 15 años después de que Gloria conoce a Sergio Andrade y un año después de que Gloria, en el clímax de su éxito, se retira de los escenarios.

Sergio entra de la calle sobresaltado y le pide a Mary Boquitas que prepare los pasaportes. Tiene 46 años, ha aumentado 15 kilos de peso, está sin rasurar y usa lentes. Irrumpe en el dormitorio donde Gloria duerme, sedada. Le palmea las mejillas.

—Tenemos que irnos —dice—. Vístete, Gloria.
—Quiero ver a Ana Dalai —susurra adormilada Gloria.
—Vístete y vamos a ver la tumba de nuestra hija en el cementerio —le asegura Sergio.

La bebé de ambos ha muerto hace unas semanas, y la vida diurna le es insoportable. Los tres bajan a la calle, vestidos en vaqueros baratos, ellas con camisas de hombre anudadas al frente, dejando ver sus ombligos. Así serán retratados por la Interpol, que los sigue. Así serán retratados en el momento de la captura. Las fotos recorrerán el mundo donde se habla español. Han estado prófugos, escondidos en una zona proletaria, viviendo una vida paranoica de parias.

Ante la cárcel de la Papuda, enclavada en la entraña verde de la jungla, ya los esperan las cámaras de las televisoras del mundo en español. Los reporteros hablan ante los sucesivos lentes de cómo el trío fue detenido, “debido a las órdenes que pesan sobre ellos por los delitos de corrupción de menores, rapto y violación en perjuicio de la joven Karina Yapor de 14 años”.

Pero cuando la camioneta donde viajan los presos llega a las rejas y las rejas se abren, todo lo que las cámaras pueden captar es un beso que Gloria, tras la ventanilla sucia de la camioneta, pone en su palma y les sopla. Luego la camioneta entra a las fauces de la cárcel y las rejas se cierran con un estruendo metálico.

Gloria y los supermedios

Personas de 50 años, de 40, de 30, me dicen que recuerdan esa emisión de Siempre en domingo donde esa chavita llamada Gloria fue presentada por primera vez al público masivo mexicano. Corrijo, más bien hizo explosión en la conciencia del público mexicano.

Yo lo recuerdo así. En pantalla había un acto circense de perritos amaestrados. Saltaba un perrito de un trampolín por un aro. Otro caminaba en dos patitas con un parasol rojo amarrado al hombro. Creo que me equivoco y es que mi mente me ofrece una metáfora que engloba el valor de la mayoría de los actos de ese programa interminable, ocho horas de “freséz”, de artistas producidos en serie por la fábrica de estrellas de latón de aquella Televisa que era el pri del espectáculo. Salvo unas cuantas excepciones muy notables, claro, eso era Siempre en domingo, la institucionalización del arte, ese contrasentido estéril.

Entonces el maestro de ceremonias, el señor de la sonrisa eterna, Raúl Velasco, pide un sentido aplauso para los perritos amaestrados y luego promete que presentará a una nueva artista que resultará inolvidable. Y sale a la luz de la escena esa cosa rara, una chava en faldita corta (“para enseñar pierna”, me dice riendo Gloria de 41 años), con mallones negros (“para ocultar mis muslos demasiado anchos”), con zapatos viejos (“son los que tenía”) y la matota de pelo (“la que todavía tengo”).

Micrófono en mano grita la primera frase de “Doctor psiquiatra” (“de puro nervio la grito”, cuenta Gloria): “Creo que ya es tiempo… de ir con el psiquiatraaaa…”.

—¿Tenías preparada la coreografía que bailaste?
—Cuál coreografía ni qué ocho cuartos. Ya estando ahí, hice lo que se me ocurrió, lo que pude. Saltar, patear el aire. Tirarme al piso.

Sube los escalones de la butaquería y se mete con el público, toma una maceta y la deja caer y estrellarse en el piso. Es perfecto para la letra de la canción (“No, no, no, noooo, no estoy loca, estoy desesperada…”), baja las escaleras y bota y rebota en el piso y se tira al piso otra vez y patalea el aire y la gente se ríe, aplaude, se divierte, grita, ¡se despierta!

¡Le cree!

Lo más difícil para cualquiera en aquel México de finales de los ochenta: ser creíble. Ese México de los artistas controlados por Televisa, los periodistas acotados por el poder, los políticos de rodillas ante el Presidente, aunque estuviesen parados. El México de la simulación, ese que todavía no se nos acaba mientras otro, verídico, forcejea por salir a la luz.

Cuenta la leyenda que don Emilio Azcárraga Milmo, presidente imperial de Televisa, ve la transmisión en su casa y llama alarmado a la cabina de control de cámaras, ordena que esa locura acabe pronto y que las cámaras se ciñan al close up hasta el acorde final.

En todo caso Raúl Velasco despide a Gloria con su sonrisa eterna. Le dice: “¿Así que estás loca?”. Gloria replica: “No, nada más estoy desesperada”. Él pregunta juguetón: “¿Desesperada por qué?”. Gloria dice: “Estoy desesperada por ser feliz, por cantar, por ganarme el corazón de la gente… y por quitarte los anteojos”, y se los quita, y Raúl con los ojos en ranuras dice a cámara: “No se vayan, porque aún hay más”, y manda a comerciales de pastelitos recubiertos de falso chocolate.

En dos semanas, tres canciones del primer álbum de Gloria llegan al top ten de las ventas en Latinoamérica. Arranca la trevimanía. Siguen los álbumes de éxito. Los conciertos en estadios hasta el tope. Se forman los clubs de fans. Andrade convoca a un concurso de imitadoras de la Trevi y cada niña mexicana quiere tener el pelo largo y enredado, usar mallones rasgados, usar zapatos viejos, estar desesperada por estar feliz.

Es algo más que una moda. En ese México de simulaciones, Gloria es alguien auténtico que se ha colado al espacio público dominado por las mentiras, para decir verdades que entre tanta falsedad suenan a explosiones de dinamita. Las mujeres estamos hasta el queque del machismo, queremos libertad y satisfacción. La Iglesia se equivoca al ser un poder represivo. Los gays tienen derechos porque pagan impuestos.

Gloria se vuelve un espejo: todos estamos desesperados como ella por cantar y ser felices y llegar al corazón de nuestros congéneres.

Gloria, y Andrade tras bambalinas, preparan entonces actos más insolentes. Un calendario de desnudos de Gloria. Al otro año, otro calendario más prendido, con burlas a los anquilosados símbolos patrios, y en los márgenes esas extrañas niñitas desnudas, ésas como clones de Gloria. Al otro año, otro calendario, otro álbum de canciones mejores.

Claro, Andrade es un genio para extremar la ganancia económica, pero también posee la adicción del transgresor, la de transgredir cualquier límite. La raza sólo mira a Gloria, la ama porque ella sí ha logrado desnudarse y ser rebelde a un tiempo, y eso en la dictablanda del pri donde todos viven doblados ante el poder, disfrazados de corderos. Los intelectuales empiezan a amarla por lo mismo, amén de porque ella los conecta con la raza. En Gloria coinciden el amor de los chavos proletarios y los chavos bien, y el de Elenita Poniatowska y de Carlos Monsiváis, los jefes de la tribu de los intelectuales de izquierda de entonces. El suplemento cultural del periódico unomásuno le dedica un número a Gloria lleno de fotos de ella desnuda y versos dizque de alta poesía.

Por eso es tremendo el desengaño. Primero el absurdo retiro de Gloria de los escenarios, que según me cuenta es todavía más absurdo de lo que pareció: “Un día, estando en pleno concierto ante 10 mil personas en el Auditorio (el Auditorio Nacional de la Ciudad de México), sin aviso alguno Sergio me dice anúnciale a la gente que éste es tu último concierto. Me lo pide como una prueba de amor… Para que le demuestre que para mí, él es más importante que mi carrera…”.

Después, lo peor. El libro de una ex corista de Gloria y la denuncia de los padres de otra chava del cortejo de Andrade, más las indagaciones de la prensa del espectáculo, van revelando que Andrade nunca le devolvió tanta fidelidad a Gloria, ha sido el pashá de un harén de jovencitas émulas de Gloria.

Los hechos morbosos fascinan al público, pero lo que les duele es el engaño, el fraude. Otro fraude más en Latinoamérica de los fraudes, esa de los finales del siglo xx.

“¿Qué fue lo que más te preocupó?”, le pregunto a Gloria. Me dice: “Que iban a decir que yo no era tan rebelde como me suponían. Pero te digo algo, yo nunca me fingí más rebelde de lo que yo soy, sólo que había mucha gente que no ponía atención a mis canciones, como “El recuento de los daños”, “Con los ojos cerrados”.

Ni siquiera cuando las rejas de la cárcel se cierran tras ella con un estruendo metálico cesa el acoso de la prensa. La fotografían con teleobjetivos. La siguen a las sucesivas cárceles a donde es trasladada. La prensa cubre las historias de las niñas clones del “clan sexual” de Sergio. Laura Suárez, corresponsal del programa de Paty Chapoy, el de mayor audiencia en el periodismo del espectáculo en español, destapa más y más hechos penosos que encuentra en Brasil, en España, en Argentina. Una presa liberada escribe su propio libro sobre cómo era Gloria en la intimidad de una celda. Dos chavitas más del “clan” escriben sus propios libros confesionales. Un ex fan, escribe un largo reportaje periodístico. El escándalo es una vaca con leche amarga sin fin.

Paty Chapoy me lo cifra así: “Cuando Gloria (en sus inicios), venía a mi programa, el rating subía 18 puntos”. Más tarde, a pregunta expresa, Paty Chapoy me confirma que cuando tenía noticias frescas del escándalo, el rating también subía. Me precisa Laura Suárez: “Pero nosotros no inventamos los hechos, nada más los reporteamos”.

Igual otros periodistas del espectáculo han dicho públicamente que la desgracia de Gloria fue un boom de rating impresionante para sus programas. Así de simple, las noticias sobre Gloria, fueran buenas o atroces, vendieron igual de bien. Hay que agregar a sí mismo: fueran producto del buen periodismo, ese de las verificaciones estrictas, o mentiras oportunistas o irresponsables fabulaciones.

Gloria me cuenta de un estudio realizado en la unam que calcula que ella ingresó en taquillas, hasta antes de su apresamiento, 80 millones de dólares. “¿De esos 80 millones, cuántos fueron para ti?”, le pregunto. Palidece al confesar: “Nunca tuve dinero propio. A mí lo único que me interesaba…”. Titubea y yo le completo la frase: “…era cantar”.

De cierto, nada más una vez en su vida Gloria no ha deseado cantar. Sucedió, previsiblemente, en la cárcel de Brasil. Marcelo Borelli, asaltante de leyenda, se frustró tanto de ya no escucharla cantar que le ofreció 50 mil dólares para que lo hiciera. Gloria le respondió tocándose el corazón: Borelli, es que ya no tengo con qué…

De nuevo cuesta arriba

Nuestro primer encuentro, en el Hotel Meliá de la Ciudad de México, en 2007, sucede a las horas en que Gloria debió estar cantando en el Salón 21, pero el concierto se canceló.

En Tampico, en 2008, todavía podemos ir a un restaurante a platicar, la reconocen, le piden un autógrafo, ahí para.

Ese mismo año en Monterrey, fuera del palenque ya hay reventa con empujones e histeria mientras adentro Gloria ensaya con sus músicos y bailarines, dirigiendo desde la coreografía hasta los coros, hasta los niveles de la consola. Una artista en plenitud del control de su talento.

En la noche, 10 mil almas llenan la butaquería. Cada canción de Gloria, cada sílaba, la canta el público y la cantan los tramoyas y las canta, y no exagero, el despachador de cervezas. Todos los presentes nos sabemos cada sílaba de las canciones de Gloria. De Pelo suelto de los años ochenta hasta Cinco minutos, recién salida en el último CD.

El público no puede ser más diverso. Chavos pero también cuarentones, como Gloria, y cincuentones. Raza pero también niños bien. Gays y transexuales, pero también machines de bota y sombrero. Gloria de nuevo es un eje social. Y Gloria es perfectamente feliz y natural siéndolo, cantando domina el escenario y tiene conciencia hasta de la última fila.

Cuando Gloria canta “Una rosa blu”, una mujer en las últimas hileras grita: “¡Gloria!, ¡Gloria!”, el seguidor de luz la enfoca, es una mujer de 40 años con una pañoleta en la cabeza rapada, una mujer con cáncer, probablemente. Gloria gira el torso para cantarle directamente a ella y la mujer en pie canta con Gloria, el resto del público calla y atestigua. Es magia pura, 10 mil personas presenciando el íntimo amor entre Gloria y una fan herida por la desgracia. Vale precisarlo: así se cantan una a la otra la canción entera.

Al inicio de 2009, nos encontramos en el hotel Camino Real de Santa Fe, para lo que yo llamo la “sesión de precisiones”. Ahí se hospedan Gloria y Armando porque a unas cuadras está el set de El show de los sueños, programa de Televisa en el que Gloria sale cada domingo en red nacional. Ya todo debe ocurrir con sigilo, encontrarnos en un apartado, los guardaespaldas y Armando vigilando afuera, la diva ha vuelto a ser reconocible para cualquier ciudadano de a pie, hay que tener cuidado con los paparazzi y sus informantes, que pueden ser el mesero o la recamarera o aquel señor calvo que se ve tan decente leyendo un periódico. Cinco minutos es la canción que domina el año entero en las discotecas, Gloria está bookeada para conciertos hasta el año siguiente.

Hace apenas dos meses, en marzo de 2009, nos citamos por última vez en un restaurante del aeropuerto de la Ciudad de México a las nueve de la mañana. Su representante llega tres minutos antes, sus dos guardaespaldas grandotes y en chamarrotas de piel negra llegan dos minutos antes a otear el lugar, Gloria y Armando entran con lentes negros a las nueve y un minuto. Nos felicitamos unos a otros, somos tan efectivos como James Bond.

Gloria quiere saber cómo voy, luego de 15 horas de grabaciones con ella. “Ya sé cómo contar tu historia”, le contesto. Me dice algo que me ha repetido: “Lo único que yo quiero es darle por fin la vuelta a la hoja de mi pasado”. “La mejor manera es contando tu pasado”, le vuelvo a replicar, como otras veces. “Sí, que se sepa toda la verdad y ya”, dice, pero lo dice sufriéndolo.

Me suelta a rajatabla: “Sé que haz hablado con Paty Chapoy”.

Le digo: “Así es, y la encontré muy profesional a ella y a Laura Suárez. Les pedí cifras, fechas, me narraron hechos que he verificado. Además debo hablar todavía con Mengana y con Zutano, y la investigadora Rocío Bolaños está calificando la verdad de cada dato de lo que va reunido”.

“Qué bueno”, dice Gloria. Yo le suelto a rajatabla: “¿Y tú ya me investigaste a mí?”. Dice que sí, y sonríe. No se lo digo pero me parece que es esa la segunda inocencia que la vida nos regala: creer con los ojos muy abiertos.

Me acuerdo entonces de Francine, mi sobrina de 11 años, que tiene que susurrarme al oído que Gloria Trevi le vuela los sesos, para que su mamá no la regañe. Pienso que para Francine, Gloria es una compositora y cantante espectacular, pero es algo más: es un aviso tentador de una realidad más grande que la de su mundo sobreprotegido de niña bien. Una realidad más grande que la de las estrellitas bien portadas de la tele. Una realidad con cimas sublimes y simas oscuras y sucias: como son las historias de Jim Morrison y Tina Turner y Édith Piaf, músicos peligrosos como la pólvora, la pasión, la complejidad, la perversión, la locura; o la poesía.

En todo caso, hasta acá mis apuntes para armar el guión de una película sobre Gloria Trevi. Una película que ahora pienso debe contar su primer ascenso meteórico, su caída en vertical al infierno y su nuevo ascenso a la gloria; y también, entremezclados, los episodios claves de su vida personal y de su relación de amor y odio y nuevo amor con los fans y con los supermedios de comunicación; y todas esas piedras brillantes y opacas, preciosas y brutas, unidas por el hilo de su música.

Su música: la melodía interna de Gloria que nada, nada, nada ha podido callar.

Blanca y Alicia

Las dos reporteras están en la escena del crimen en un cruce astral, la calle Piscis entre Acuario y Leo, en una colonia polvorienta y dislocada, como son todas las colonias de Ciudad Juárez. Es su primer muerto del pesado turno de la noche. La fotógrafa no puede acercarse demasiado a ver el cadáver. No puede traspasar la cinta amarilla de los forenses. Les han dicho que la víctima es un policía de la Procuraduría General de la República (PGR). Con el teleobjetivo se acerca. Clic, clic. Un niño se metió en el cuadro. Ahora ya se escapó. Sale la camioneta del forense.

Yo llegué tarde. Una reportera ya estaba terminando de sacar sus fotos, la otra ya se había subido a una grúa, que estaba casualmente ahí, y con el celular tomó un video y lo transmitió en directo a la página web de su diario.

Nos presentamos. Blanca tiene el nombre apropiado, es casi pálida. Alicia, morena y energética. Escasos treinta años. Ahí paradas en medio de la calle conversamos y nos reímos no sé bien de qué. Unos vecinos nos miran con curiosidad. Debe ser mi acento colombiano lo que les llama la atención.

Mientras llegamos al carro de Blanca, un hombre desproporcionadamente grande me sonríe desde el techo de una casa. Es el alcalde, me explican, cortado en cartón pegado en un muro alto que sobresale de los tejados. “Seguro que no vio nada”, dice alguna entre risas. Partimos rumbo al periódico en el carro destartalado, por el que Blanca me pide excusas.

—Este sector no me asusta, me dice. Nací en Juárez y estoy acostumbrada a esto. Cuando estaba en la prepa, empezaron a matar mujeres. Recuerdo que un profe nos decía: “Si las violan, no peleen para que no las maten”.

Sigue conversando mientras conduce por esta ciudad extensa y árida, de autopistas que conectan barrios y centros comerciales entre escampados de arena. Me muestra un parque bonito, recién hecho, y me explica que es parte de la campaña “Todos somos Juárez”, destinada a mejorar la autoestima de la ciudad. Y después recuerda que allí mataron a siete muchachos que calentaban para un partido. Amontonaron los cadáveres debajo del eslogan “Todos somos Juárez”.

Es la primera parada del violentour, como lo llamó en broma otra colega juarense, como lo hacían los niños de Medellín, cuando lo guiaban a uno a la esquina donde le habían dado “chumbimba” a alguno del barrio, y con sus manitas repasaban los agujeros de las balas en la pared. Eso fue cuando era esa ciudad, y no Juárez, la que rompía los récords mundiales de homicidios. Allá llegó al tope de trescientos ochenta y uno por cada cien mil habitantes en 1991. Aquí la más alta hasta ahora ha sido en 2010, que llegó a trescientos, sin contar los desaparecidos. Este año puede ser peor. Al terminar febrero de 2011 ya iban sesenta y dos muertos más que el año pasado.

“Al paso que voy me quedo sin fuentes”, dice Blanca con una sonrisa tímida. Ya le han matado como treinta, la mayoría policías y abogados. No hace aspaviento sobre los peligros de su oficio. Ése es su trabajo y punto. Del auto de enfrente se baja un hombre fornido y mira en nuestra dirección. Ella detiene en seco su relato.

“¿Éste qué se trae?”, se dice. Y cuando ve que sigue su camino, ella retoma su cuento en el punto en que lo dejó. A veces siente la presión. “Se me acumula aquí y me hace doler”, dice y se señala el pecho. Para quitársela hace spinning y queda livianita otra vez.

Lo que aún no logra domar es la angustia que siente por los deudos. “Me dan ganas de llorar”, dice. Como aquel día en que vio la escena de un papá que murió abrazando a su hijo de ocho años, los dos tiroteados y quemados. Ella vio llegar a la madre desquiciada gritándoles a todos: “Si era un niño inocente, ¿por qué no hicieron nada?”.

Apenas llegamos al estacionamiento del diario, timbra su celular. Es su colega, Julio, fotógrafo. Le dice que hay muerto en Isla Terranova. Ella no alcanza a terminarse el tomate que tiene a medio comer en una caja plástica. Se lo recomendaron para quitarse los calambres que le dan seguido. Terranova…, busca en Google Maps en su teléfono, no lo encuentra. Nerviosa llama a una fuente, que no sabe.

Julio, el flacuchento fotógrafo, aparece cargando dos maletines que se le ven desproporcionadamente grandes, como sus anteojos.

—Que ya están todos allá, vamos —nos dice apurado—. Por el camino ya averiguaremos bien dónde es.

Nos subimos al carro, sin rumbo fijo, al tanteo, y ya empieza a anochecer. Soy demasiado ajena al lugar para sentir miedo. Los veo a ellos, que parecen tan tranquilos en su rutina nocturna de reportear muertos, que me siento en una película, una de esas de persecuciones de carros a toda velocidad por la autopista, en medio de la nada. Nos zumba al lado un automóvil con dos tipos enormes, con música a todo volumen. Vemos el brazo tatuado de uno. Blanca desacelera. No le gusta cómo van, cerrándoseles a todos en zigzag, casi chocando, y lo dice en voz alta.

Una ciudad en guerra

Después de varios días en Juárez, los periodistas me van dejando ver la verdad. No es que estén acostumbrados a la violencia, como insistió Blanca tantas veces. La muerte se les vino encima de repente, como una nube oscura que todo lo ensombreció. En 2007 hubo menos de un asesinato al día. Pero en sólo tres años son más de diez los muertos diarios en promedio. En Medellín, entre 1985 y 1991, los homicidios se triplicaron. La barbarie no les era tan ajena y tuvieron tiempo de prepararse mejor. Aquí no; aquí se multiplicó por diez en un santiamén y sigue creciendo.

No son tampoco los muertos invisibles de hace quince años. La de ahora es una muerte-espectáculo, de escenas macabras de fusilados con máscaras de cerdo. Es una muerte desalmada, de niños acribillados en discotecas y parques; van veintinueve en los dos primeros meses de este año. Es una muerte paralizante, le puede tocar a cualquiera, en cualquier lugar.

Antes, cuando el Cártel de Juárez, que dominaba sin disputa el gran negocio ilícito de pasar drogas a Estados Unidos, desaparecía en fosas a sus enemigos o al que se le atravesara, el odio era silencioso. El primer estallido fueron las misteriosas muertes de las mujeres de Juárez, que hicieron que el mundo empezara asociar a esa ciudad con la violencia. Pero la guerra ruidosa se desató después, desde fines de 2007, cuando el Cártel de Sinaloa entró de lleno a contender por la plaza de Vicente Carrillo. El desgreño social que transformó a los desesperanzados hijos de las maquilas en temibles pandillas, como las de Los Aztecas y los Artistas Asesinos, alimenta la máquina de terror.

Ni los editores ni los reporteros están entrenados ni protegidos para el horror que les copó el oficio sin avisar. Son policías desarmados en permanente emboscada. Son bomberos arrojados a las llamas sin protección. Son médicos impotentes que no pueden auxiliar a nadie. Su único instrumento es la palabra, y aun ésta se les contaminó de términos extraños, como sicariar y levantones y ejecuciones. El riesgo de cubrir a ritmo frenético tantos crímenes es obvio, pero no pueden parar.

Julio

No alcanzó Blanca a desacelerar cuando sentimos las sirenas. Una aparatosa camioneta azul con dos policías federales vestidos de blindaje, de pie en el platón, una mano en sus potentes fusiles, la otra agarrándose fuerte de las varillas, empezó a perseguir a los del Buick. Nos pasó en un segundo.

Para escabullirse, o para detenerse sin parar el tráfico, no sé bien, el Buick dio un volantín en “U” y detrás de ellos los federales.

—¡La foto! ¡La foto! —gritó Julio.

Y detrás de ellos fuimos nosotros, las llantas chirriando con la forzada curva. Cuando nos detuvimos a la salida del callejón donde los hombres se habían metido, la policía ya los estaba requisando. Julio saltó del carro con su cámara lista, y comenzó a disparar sin preguntar. Un policía que lo vio se molestó.

—¡Identifícate! —vociferó.
—Primero saco las fotos —reviró Julio.

El policía, un muchacho joven que temblaba sofocado bajo su traje antibalas, se le vino encima amenazante. El roce subió de tono.

—Que te esperes —dijo el policía—. De la manera más atenta te lo pido. ¿No ves que estoy en plena acción? ¿No ves que venían chocando carros? Traigo la adrenalina más alta que nada, compréndeme.

Julio mostró su carnet de periodista, alegó un poco más y se subió al auto. Blanca, que había aprovechado para grabar la requisa con su celular, también subió. Conteniendo la rabia le dijo a Julio: “Cuando te maten no quiero estar ahí contigo”.

Ya Julio me había contado que se hizo fotógrafo por pasión. Se rebuscó un puesto en el diario, como temporal y, después de año y medio y un premio estatal, quedó contratado de planta. Cuando debutó como reportero judicial nocturno, la guerra arreció. El 21 de enero de 2008 mataron al director operativo de la policía municipal, y esa misma noche atentaron contra el jefe de la policía ministerial estatal de Juárez. Se dispararon los homicidios.

Alarmado, el presidente Felipe Calderón envió en marzo un contingente de dos mil soldados para frenar el desmadre. Pero las matanzas siguieron. En su lugar llegaron más policías federales, pero no les ha ido mejor.

La noche del roce con el policía debió ser para Julio una escaramuza sin importancia. Había tenido días peores, como el de su último cumpleaños, en que al llegar al periódico a las cuatro, como todos los días, se enteró de que habían matado a Luis Carlos Santiago, un joven practicante de fotografía con el que había salido un par de veces a trabajar. Se llenó de coraje. Ese día escribió en su Facebook: “Hoy no habrá serpentinas ni pastel de chocolate para mí, hoy mataron a Luis Carlos”.

Una tarde caminaba por el centro y notó que la calle se veía misteriosa con la lluvia. Sacó la foto. Retratar una tarde bonita, los picos grises de las colinas cortados sobre un atardecer rojo de Juárez. “Eso me salva, saber que todavía puedo sentir lo bello”, dice. De inmediato sintió que tres tipos lo seguían. Uno le pidió ver las fotos. Julio le respondió que no los había captado a ellos. El otro le sacó la pistola y le dijo: “¿Te crees chingón?, si quiero te mato”. Julio no arrugó: “Si lo vas hacer, pues lo vas a hacer. No tengo más que mi palabra y ya te dije que no los tengo en la foto”. Intentó llamar a su compañero y los tipos le apagaron el celular. Pero su amigo llegó a la escena como por telepatía. Se fueron a comer y uno de los tipos lo siguió y lo esperó mientras comía. “En cualquier momento me rafaguean”, pensó.

Hoy el centro es un lugar vetado para todos los periodistas de la ciudad. Allí están los picaderos, los expendios de droga, el narcomenudeo, el último rescoldo del otrora poderoso cártel. Cualquiera puede ser un enemigo.

El talento ha llevado a Julio a exponer sus retratos de la tragedia juarense en Milán, junto a Leticia Battaglia, la gran fotógrafa de la violencia siciliana. Pero el precio ha sido alto. En las mañanas sale con forma humana, mira al cielo y disfruta la vida. “A medida que voy sacando fotos de los muertos, siento que me voy deformando, que me voy volviendo un monstruo”, dice y levanta los brazos como Frankenstein.

La protección

¿Quién protege a los periodistas en México? La Comisión Nacional de Derechos Humanos (CNDH) puede dictar medidas cautelares de protección a un periodista en riesgo, explica Darío Ramírez, director de Artículo 19, el capítulo mexicano de la organización británica de defensa de la libertad de expresión. El problema es que la protección la tiene que dar la autoridad local, y sólo la da si quiere.

Además, desde hace casi un año, el gobierno federal viene desarrollando un mecanismo nacional que pueda tramitar protección inmediata a un periodista amenazado o en grave riesgo. En noviembre pasado, el gobierno firmó un convenio con la CNDH, la PGR y otros organismos para ponerlo en marcha.

Con el mecanismo enredado en los hilos burocráticos, cuando hay amenazas la reacción es lenta en el mejor de los casos. Sucedió en el de la reportera Jazmín Rodríguez. Ella y otros dos periodistas estaban cubriendo un atentado contra el periodista José Alberto Velázquez en Tulum, Quintana Roo, y cuando partía hacia el hospital, Velázquez se levantó la máscara de oxígeno, y denunció que había alcanzado a reconocer a los sicarios, y que eran gente del alcalde de Tulum. Después murió. Con gran coraje, Jazmín dijo que atestiguaría ante la justicia, pero la amenazaron. Michael O’Connor, el periodista investigador del Comité de Protección de Periodistas de Nueva York (CPJ, por sus siglas en inglés) basado en México, pidió a la Secretaría de Gobernación que la protegiera, pero la policía local se demoró dos semanas en aparecer.

El mecanismo que aún no se echa a andar se inspiró en parte en uno similar empleado en Colombia para proteger a grupos vulnerables, como defensores de derechos humanos, sindicalistas y periodistas. El comité, en el que tienen participación activa los representantes de varias organizaciones de prensa, ha tramitado en promedio 161 casos de periodistas en riesgo cada año, desde 2007. Una fundación colombiana privada, la Fundación para la Libertad de Prensa (Flip), constata en cada caso que la amenaza sea auténtica y por razones del oficio, y vigila que el Estado, en efecto, proteja al periodista con celeridad. La acción mancomunada de Estado y sociedad civil le ha subido el costo político a los perpetradores de atentados graves contra la prensa. Y los homicidios han bajado.

Una diferencia entre el proyecto mexicano y el comité colombiano pareciera ser que este último arrancó con el respaldo financiero sólido de dineros estadounidenses del Plan Colombia. En 2010 tuvo un presupuesto de 62 millones de dólares. Al de México, en cambio, no le han encontrado aún los recursos suficientes. Y la entidad que lo podría hacer, la Comisión de Agravios contra Periodistas de la Cámara de Diputados, carece de facultades para presentar una ley que asigne el presupuesto necesario. Tampoco se ha concretado la voluntad política de los partidos para sacarla adelante. La segunda diferencia, dice Ramírez, es que la sociedad civil mexicana no tiene un poder decisorio en el comité, y eso le resta eficacia y legitimidad. La tercera, que quien da la protección a los periodistas colombianos es la fuerza pública nacional, y en cambio en México, la orden de protección la daría el gobierno federal, y siguen dependiendo de los agentes locales cumplirla o no.

Los reporteros de Juárez dicen que sería un suicidio contarles a policías locales o estatales a dónde van a cada hora o meterlos a sus casas. Son entidades muy infiltradas. Al subdirector de El Diario de Juárez, Pedro Torres, su jefe le ofreció ponerle un carro blindado y custodios, pero no los quiso. “Llamaría más la atención y no resolvería nada. Mi mayor miedo es por los periodistas”, me dijo en su oficina.

Alejandro

A la entrada de El Diario de Juárez, un edificio grande y luminoso, no se ve a los guardias que dicen que hay. Es algo muy extraño para mí siendo colombiana. Aún hoy con la violencia a la baja, no hay medio en mi país que no tenga celadores, detectores de metales y hasta perros antiexplosivos.

Alejandro, el amable editor de un tabloide popular de Juárez, me cuenta que ha habido muchos asesinatos a pocas cuadras de su oficina. “Mire el último”, me dice. Y saca su celular para mostrarme la foto de un hombre baleado entre un carro. Me cuenta que escuchó el tiroteo y salió a tomar la foto por si los fotógrafos no llegaban a tiempo.

Todas las madrugadas, a las cuatro, llega para revisar qué pasó en la noche. Intenta darle una página a cada muerto, la foto, los datos del asesinato. A veces no le alcanzan las páginas para recoger tanta sangre y tiene que meter a tres o cuatro en una sola.

Las notas de su diario retratan el Juárez de hoy. “Nos ven como el resumidero de la cloaca —dice con pesar—. Y sí, ayudamos a que no se olviden que somos muchas las víctimas vivas, que la autoridad no actúa, que los asesinos son adolescentes, que no hay escuelas, no hay trabajo, que matan por mil pesos”. Sesenta y cinco mil juarenses compran el diario todos los días para constatar que su pariente está muerto, para enterarse de lo que pasa en la calle o por puro morbo.

Alejandro dice que lidia con una sociedad en estado patológico. El domingo se va a El Paso, al otro lado de la frontera, para poder bajar los vidrios sin temor a que una ráfaga de plomo lo alcance.

Las amenazas son cotidianas. Le mandaron decir que le iba a pasar lo que a sus colegas asesinados, por publicar una foto del lugar equivocado. A su director le tocó negociar con los afectados para que no llevaran a cabo la amenaza. También lo llamaron de un cártel, por haber sacado una manta con un mensaje del otro. Para demostrar su neutralidad, tuvo que mandar un fotógrafo a fotografiar otra manta con la respuesta a la anterior. “Debajo había cuatro cuerpos y una cabeza”, dice.

No se va porque es su ciudad y es lo que sabe hacer. Se compró un chaleco antibalas, pero casi no lo usa porque es incómodo, y sabe que las balas “matapolicías” lo atraviesan todo. Cambia de peinado, se deja la barba, se turna los lentes para que no les quede fácil reconocerlo. Vive cada día y se despide de su mujer como si fuera el último. Está resignado. Adivina que un día va a salir fotografiado en su propio diario, sin compasión, su cuerpo tirado por ahí.

El daño emocional

Cuando cubrir la muerte ya no espanta; cuando ya no hay tiempo para recuperarse del miedo de una amenaza porque ya viene la siguiente, el daño psicológico puede ser permanente, dice el Manual para el apoyo emocional del periodista, que publicó la Flip de Colombia. La rabia sale súbita a borbotones. Es difícil concentrarse. Cada vez se siente menos, se vive anestesiado. Hay que perseguir el peligro para mantener la adrenalina fluyendo. La mente se vuelve un disco rayado con los mismos pensamientos negativos, pesadillas recurrentes. Crece la desconfianza, se pican pleitos con todo mundo. Se bebe más de la cuenta. Aparecen los dolores.

Mientras leía partes de este manual en una reunión improvisada con varios periodistas del diario, vi sonrisas. Muchos se reconocían. Bromearon por lo del alcohol. Las burlas, la risa nerviosa, tienen algo de fatalismo. Varios creen que el final violento es inevitable. Eso le pasó a Bladimir Antuna, el avezado reportero judicial de Durango, asesinado por sicarios en noviembre de 2009. Un mes antes, dice el reporte del CPJ sobre la libertad de prensa en México en 2010, algunos de sus amigos “cuentan que lo vieron abatido y aterrado, un hombre aparentemente resignado a ser asesinado”. Tanto así que estaba desesperado por ahorrar para no dejar a su mujer y a sus hijos en la calle.

Sandra

—¿Quieres ver el Juárez más bello? —me pregunta. Acelerada, Sandra tiene una energía brillante, de esas que iluminan hasta los corazones más tristes. Salimos en su carrito atestado de papeles por una autopista que le sirve de cinturón a la ciudad gris ceniza. Se ve El Paso ahí nomás, el lado verde de la misma Juárez.
—Allá sólo tuvieron nueve homicidios el año pasado. Es más de lo que habían tenido nunca, pero aquí hubo 3 100 —dice Sandra—. Aquí se mata porque se puede; allá no.

Sandra ha tomado una licencia del diario porque está escribiendo el libro en el que quiere contar lo que ha investigado desde que llegó del DF, hace poco menos de una década. Ya ha publicado reportajes sobre las fortunas que hicieron los políticos con la especulación de la tierra urbana, y cómo eso estiró la ciudad artificialmente y condenó a la gente a vivir mal. Ahora quiere contar cómo se formaron las pandillas, que ella mapeó, barrio a barrio. La de la guerra del último tiempo de fuerzas legales de seguridad tan arbitrarias como las ilegales: montajes contra inocentes, allanamientos patanes, ruedas de presos descaradamente torturados.

El retiro también es su forma de tomar distancia, adivino. Desde septiembre pasado las cosas empezaron a ponerse muy mal. Vino el asesinato de Luis Carlos un jueves. El sábado apareció una manta, con un mensaje críptico: “Si no nos regresaban la copa les pasa lo que a los periodistas”. Y esa misma tarde apareció un cuerpo con la cabeza aparte y, al lado, páginas de su diario gemelo en Chihuahua, la capital.

El domingo siguiente salió el conmovedor editorial de El Diario de Juárez dirigido a los narcotraficantes de la ciudad: “Hacemos de su conocimiento que somos comunicadores, no adivinos. Por tanto, como trabajadores de la información queremos que nos expliquen qué es lo que quieren de nosotros, qué es lo que pretenden que publiquemos o dejemos de publicar, para saber a qué atenernos. Ustedes son, en estos momentos, las autoridades de facto de esta ciudad porque los mandos instituidos legalmente no han podido hacer nada para impedir que nuestros compañeros sigan cayendo, a pesar de que reiteradamente se los hemos exigido”.

Algunos leyeron en ese grito desesperado de auxilio una entrega a las organizaciones criminales, una claudicación. No lo era. Pocos en las regiones asoladas por el narcotráfico en el norte han demostrado tanto coraje para investigar, atar cabos y sobre todo publicar lo que pasa de verdad, como este diario.

Entonces les tendieron la trampa. Alguien se hizo pasar por director del partido de gobierno y les dijo que se iba a iniciar una tregua con los narcos. Ellos publicaron a ocho columnas. Los desmintieron, y ya no quedó nada de moral entre los colegas que venían de enterrar a Luis Carlos.

Inmersa en el relato de Sandra, recién me di cuenta de que ya se había hecho casi de noche y ya no había un alma en la ruta que serpenteaba atravesando los montes que le sirven de fondo a la ciudad. Juárez se muere temprano cada día.

Las alertas

Organizaciones de defensores y derechos humanos se han ido perfeccionando en la tarea de conseguir la información sobre ataques a la libertad de prensa, verificar, sistematizar los datos y publicarlos en alerta e informes. Fue un avance obligado desde los tiempos en que los colegas protestaban por las violaciones, pero su gesta no pasaba de la denuncia.

“Ahora el clamor es más constructivo, busca resolver problemas”, dice Darío Ramírez de Artículo 19. Con los ataques al alza, esta organización y Cencos (Centro Nacional de Comunicación Social) ya han unido sus esfuerzos y publican alertas sobre amenazas, asesinatos y hostigamientos a los periodistas del país; también sobre avances o frustraciones de los procesos judiciales para investigar a los “reportericidas”. El Cepet (Centro de Periodismo y Ética Pública) también saca sus alertas e informes del estado de la libertad de prensa en México. Prende (Prensa y Democracia), basada en la Universidad Iberoamericana, ha sido una fuerza de amalgama entre periodistas del país y los del DF porque los ha puesto a compartir aula.

Y en los últimos tiempos, Periodistas de a Pie, que nació para mejorar la cobertura de problemas sociales, terminó siendo el movilizador de la raza, como dicen los reporteros mexicanos para subrayar su complicidad de oficio. El 7 de agosto de 2010, miles de reporteros y otros mexicanos solidarios marcharon simultáneamente en diez ciudades para protestar por los ataques a la prensa, exigir justicia y denunciar las crecientes zonas de silencio forzado por el terror impuesto. “Ni uno más”, gritaron ese día. También en Juárez marcharon para recordar a Luis Carlos y Armando Rodríguez, su querido Choco de El Diario de Juárez.

El Choco

Desde 2007 se supo en Juárez que la Línea, ese grupo parapolicial armado que protege al Cártel de Juárez, se estaba dividiendo. Con un jefe muy represivo, muchos se cambiaron al bando del Chapo Guzmán que, como dicen en la jerga del bajo mundo, venía a disputarles la plaza. La “Gente Nueva”, los llamaron. Armando Rodríguez, al que todos le decían el Choco, el experimentado reportero judicial del diario, lo supo apenas empezó la desbandada. Sintió turbio el ambiente de los policías de la procuraduría estatal infiltrados por los criminales.

Al comenzar 2008, cuando la guerra estaba en pleno auge, llegó una amenaza colectiva a los reporteros de todos los medios que cubrían la procuraduría. A unos los cambiaron. El Choco se asustó mucho, y como los dolores de espalda se le habían vuelto insoportables, aprovechó para tomarse una licencia de unos meses y para operarse la columna. Volvió renovado, más dispuesto a denunciar lo que estaba mal y mantuvo su fuente.

El 28 de octubre ejecutaron a dos hombres en una camioneta. Al día siguiente, el Choco publicó la nota, en la que reveló que uno era sobrino político de la procuradora de Chihuahua, Patricia González, y además que tenía antecedentes de tráfico de drogas, según expedientes que consultó en El Paso. La nota llevaba su firma. El 13 de noviembre en la mañana, mientras esperaba en su carro con su hija de ocho años a que su hija más chica saliera de la casa, un hombre le disparó. Lo mató delante de su pequeña.

Desde ese día nadie usó su escritorio. Sus colegas pegaron un papel con su foto impresa en la pantalla de la computadora, y alrededor le ponen flores, como un altar improvisado. Y en cada aniversario de su muerte vuelven a publicar la nota que sospechan fue la que lo mató. Aunque no están seguros, porque su crimen sigue sin esclarecerse.

La impunidad

En febrero de 2006, como respuesta al incremento de asesinatos a periodistas, el recién posesionado gobierno de Felipe Calderón creó una fiscalía especial para investigar los delitos en contra de la libertad de expresión. Ésta debe atraer e investigar los homicidios de los reporteros, pero sólo los del fuero federal, asociados al terrorismo, al narcotráfico o cometidos con armas de uso exclusivo de las fuerzas armadas.

El asesinato del Choco, como el de la mayoría de los periodistas, sin embargo, no clasificó como delito federal. La PGR hizo las averiguaciones y no lo atrajo. La procuraduría estatal recogió los datos periciales, pero no investigó mucho más.

Ni siquiera revivieron el caso cuando secuestraron al hermano de la procuradora, días después de que terminó su mandato en octubre de 2010. Ni tampoco cuando en el blog JL en Chihuahua salió el secuestrado, rodeado de hombres encapuchados y armados, y en una confesión arrancada con torturas dijo que su hermana había mandado matar al Choco. Después el hombre fue asesinado en cámara y el video puesto en YouTube. Esta versión coincidió con otras. Pero no se sabe si es la verdad porque la justicia no actuó.

Si bien últimamente ha empezado a investigar con mayor ahínco, la fiscalía especial no ha esclarecido plenamente ni uno solo de los veintinueve asesinatos y las siete desapariciones de periodistas, ni de los tres trabajadores de la prensa que, según cifras del CPJ, han sucedido en México desde que Calderón es presidente. “Van gastados cinco años de recursos públicos para investigar casos de agresiones a periodistas con cero resultados”, dijo Ramírez, quien explicó que esto se da porque para el gobierno federal tiene un alto costo político meterse en los feudos de los estados a investigar. Pero si el gobierno federal no investiga, tampoco lo hacen en muchos estados con entidades permeadas por el crimen organizado.

Más han hecho las organizaciones de prensa. Desde hace dos años, por ejemplo, Artículo 19 está litigando como abogado de las víctimas a las que les toca investigar los casos por su cuenta. Así, por ejemplo, para determinar si el cuerpo de José Antonio García Apac, periodista desaparecido en Michoacán en noviembre de 2006, fue arrojado a una laguna, el propio Artículo 19 tuvo que contratar unos buzos por su cuenta, ante el desgano de la autoridad judicial estatal para buscarlo.

“La impunidad sistemática permite que se arraigue la inseguridad”, dice el informe del CPJ sobre México. Si los criminales saben que no tendrán castigo por matar a un periodista, eliminarán, sin pensarlo dos veces, al siguiente que los incomode. Son además muertes estratégicas: silencian al vocero y todos los ciudadanos callarán.

En Colombia, la justicia no tiene un récord mucho mejor. De los ciento treinta y ocho casos de periodistas asesinados entre 1977 y 2010, sólo se han condenado los autores intelectuales de los homicidios de cinco periodistas, según lo documentó la Flip. Y esto gracias a una negociación que hicieron los paramilitares con el gobierno, por la que confesaron sus delitos a cambio de condenas leves. Algunos contaron al detalle cómo mataron a periodistas, casi siempre en complicidad con políticos locales. Pero eso ha sido excepcional. La norma ha sido la inmunidad para los asesinos de la libertad de prensa.

Durante un tiempo las organizaciones de prensa colombiana y los propios medios se unieron contra la inoperancia judicial. Así por ejemplo, la temprana investigación periodística realizada en conjunto por los principales medios impresos nacionales sobre el homicidio del subdirector de La Patria de Manizales, Orlando Sierra, marcó la pauta para que nueve años después, al fin, en marzo pasado, la justicia acusara formalmente a dos políticos como los autores intelectuales. Pero esta solidaridad se ha ido desvaneciendo. Y desde 2006 han asesinado a nueve periodistas en Colombia, y los medios ya no se unieron para investigar por qué.

Lucy

Lucy, la reservada mujer que reemplazó al Choco como reportera judicial del diario, vive obsesionada con registrarlo todo. Tiene un calendario de esos de escritorio, pero no para escribir allí sus citas y deberes. Desde hace mucho tiempo anota en cada fecha el número de mujeres asesinadas. El 8 de marzo, día de la mujer, mataron a cinco.

A diario apela a la ley de transparencia: que le digan dónde exactamente fueron los secuestros, cuál es la edad más frecuente de las víctimas, cuántos autos incautaron. “Me ponen candados legales —me explicó Lucy después, en la noche, cuando logré hablar con ella en una cafetería—, estoy por presentar una denuncia a la CNDH contra la unidad de transparencia de la Fiscalía de Chihuahua porque me dicen que debo viajar hasta la capital para que me den la información”.

En su escritorio tiene los casquillos de balas de todos los calibres que ha recogido en cientos de escenas del crimen. Hay unos achicharrados, como si antes hubieran atravesado árboles y casas, ropas y cuerpos. Y al fondo, un altar como de Día de Muertos, donde se alcanza a ver un afiche del censo de 2010 que dice “En México todos contamos”, con un toque de humor negro escrito a lápiz: “Los que quedamos”.

Se hizo periodista en la calle, cubriendo notas policiacas, en los años noventa, cuando empezaron a aparecer las mujeres de Juárez muertas por todas partes; las obreras de la maquila para las que no hubo justicia, pero a cuyos parientes Lucy aprendió a reconfortar. Siguen matando mujeres, pero ahora hay cada vez más sicarias, niñas rudas metidas al narco. Y Lucy siente que tiene que involucrarse personalmente; da primeros auxilios a los heridos, consuela a las viudas en shock, las orienta a dónde pedir ayuda. “Le meto mucho tiempo a esto”, dice. Quiere exhibir la impunidad, la indolencia. Conseguir que eduquen a la autoridad, a militares y a policías para que no violen la ley, igual que los criminales.

A veces se siente desesperanzada y contempla la idea de cambiar de tema. Pero entonces le avisan que hubo otro homicidio y ella tiene que irse corriendo. Con el trabajo de Lucy que cruza fuentes y lleva cuentas, y con los informes diarios de la procuraduría, su jefe, Martín, escribe su propio tablero de muertos, año a año desde 2008; mes a mes (febrero de 2011: 230 homicidios, 36 mujeres, 19 niños).

El silenciamiento

¿Qué pasaría si Martín no tuviera su doliente tablero al día?, ¿qué, si Lucy no insistiera en las peticiones de acceso para conocer la verdadera dimensión del secuestro, ni Sandra fuera a El Paso a consultar los expedientes gringos para reconstruir los mapas de las pandillas?, ¿y si Julio y Alicia no tomaran fotos de cada escena, ni Alejandro las publicara, ni Blanca entrevistara a los vecinos tras cada crimen? ¿Qué pasaría en Juárez si ni los periodistas del 44, ni del 5, ni de los otros ocho canales de TV cubrieran los tiroteos y las ejecuciones?

¿Y si Ismael Bojórquez y Javier Valdez y sus colegas de Río Doce, de Culiacán, no contaran cómo son las estructuras cambiantes del Cártel de Sinaloa ni cómo les duele a los habitantes su violencia y la corrupción estatal? ¿Y si los herederos del valiente Jesús Blancornelas, del semanario Zeta de Tijuana, hubieran resuelto callarse, hablar de otra cosa, en lugar de seguir dándole con la denuncia?

El país sería un cuerpo sin fiebre. Matarían sin parar, y no habría alarma que los detuviera. Secuestrarían sin límite y la autoridad abusaría a sus anchas, y un buen día caerían de podredumbre como el muro de Berlín. El mundo comunista probó que el silencio no compra legitimidad, más bien esconde sus carencias. Y los mexicanos que hoy sufren bajo el terror del narcotráfico, sufrirían doblemente porque ya no tendrían esperanza de ser escuchados.

No es mera especulación. Ya está pasando. En Tamaulipas, la ferocidad de la guerra del cártel narco-militar de los Zetas contra el Cártel del Golfo sumió a la mayoría de los periodistas en el mutismo. Unos medios que no alcanzaron a salirse del todo de la censura patriarcal del Partido Revolucionario Institucional (PRI), cuando ya les cayó la otra más violenta del narcotráfico, han optado por no contar lo que pasa para sobrevivir. Los bajos salarios de los reporteros en éste y otros estados no ayudan. Nadie se arriesga a sabiendas de que va a dejar a su familia en la calle.

En ese mismo estado, en julio de 2010, corrió el rumor de que siete periodistas habían desaparecido. Las organizaciones de prensa no pudieron confirmarlo ni desmentirlo.

“Por el creciente nivel de peligrosidad en México, no veo que la cobertura periodística refleje la realidad —dice con el ceño fruncido Mike O’Connor del CPJ—. Estás en otoño y la prensa te dice que es primavera. Hay notas aquí y allá, pero no hay investigación en muchas partes; no te dicen por qué florece el narco en Tamaulipas, por qué la gente se encierra apenas cae la noche en Durango, cómo se deprimió el centro de Monterrey”.

Pero ésa es una cara de la moneda. En la otra, está el temor de que la prensa sirva de megáfono del terror. Que la cotidianidad de la violencia vacune a la sociedad contra el espanto y en el espejo de su realidad, que son los medios, sólo se vea reflejado su rostro más feo.

El miedo a convertirse en idiotas útiles del crimen no es infundado. Menos en el último año, cuando éste intenta imponer a la fuerza su versión de los hechos. En Ciudad Victoria es frecuente que los Zetas envíen notas de prensa ya listas para publicar, incluidas fotografías de sus fiestas, según lo contó otro periodista que conoce la situación.

El secuestro de los periodistas de Milenio, Televisa y El Vespertino en Coahuila también fue un intento del narcotráfico de forzar a los medios a publicar denuncias contra la posible corrupción de la justicia. Y unos cedieron, pero otros no, gracias a la solidaridad de algunos medios que no divulgaron la noticia, permitiéndoles a los afectados que se garantizara antes su liberación.

Para enfrentar con mayor potencia esta amenaza, y hacer conciencia del riesgo de convertirse en los propagandistas del narcoterrorismo, setecientos quince medios mexicanos nacionales y locales sellaron un acuerdo, en marzo pasado. El pacto consiste en no magnificar los crímenes, ser claros en que están del lado de la ley, pero denunciar también a los agentes estatales que la violen. Además proponen desarrollar protocolos internos de seguridad, ser solidarios con los medios más golpeados por el narco y proteger la dignidad de las víctimas.

El acuerdo, sin embargo, según lo han señalado ya varios críticos, tiene dos carencias graves. La primera, que no convoca a unirse para poder informar más y con mayor libertad sobre el crimen organizado. La segunda, que no exige al gobierno que proteja a los periodistas ni plantea estrategia alguna para hacerle pagar a la justicia un alto costo político por su desidia para investigar los crímenes contra la prensa libre.

El pacto les viene bien al gobierno y a muchos empresarios preocupados por que la mala prensa acabe con la inversión privada, el crecimiento sano, las únicas armas de fondo para combatir la expansión del crimen. ¿Pero qué pasaría si mientras la prensa da sólo “buenas noticias”, los narcos, vía redes sociales, se ocupan de las malas?

Pedro y Emilio

Como el mejor equilibrista, el subdirector de El Diario de Juárez, Pedro, consigue el balance de cada día: informar sin poner vidas en vilo; contar lo que pasa, pero borrar el nombre que hará estallar la metralla.

El año pasado sus corresponsales en una ciudad pequeña de Chihuahua le enviaron una información sencilla: la captura de cinco personas asociadas al Cártel de Sinaloa. Para completarla, consiguieron fuentes en Juárez y en Los Ángeles (California). Apenas salió publicada la nota, llegó la llamada: “Si publican una línea más del tema, sus corresponsales en esa ciudad se mueren”, le dijo una voz áspera por teléfono. Pedro sacó a los periodistas en riesgo y canceló el tema. Ninguna nota vale una vida.

Con la cadencia típica del mexicano norteño y una sonrisa dulce que esconde su calvario, Pedro relata uno y otro episodio inquietante de la semana. Se están tomando medidas, no firmar, evaluar si se entrevista a los familiares del narco muerto, editar con lupa. Con todo y eso, en tres años han asesinado a dos reporteros, seis voceadores y una distribuidora del diario. La justicia no investiga. Ninguno de los 1 300 agentes de policía municipal, federal, ministerial, estatal y de la PGR, ni los soldados que hay en Juárez los cuidan a ellos ni a ningún otro periodista. Están solos.

La prensa nacional, con contadas excepciones de algunos que han narrado lo que ellos no pueden, informa menos que los diarios locales sobre lo que le está pasando a Juárez, dice Pedro.

Suena el teléfono y es Emilio, un periodista que trabajaba en el diario pero escapó a Estados Unidos para que no lo mataran. Un general lo amenazó por publicar que sus soldados estaban robando a las personas a las que les allanaban sus casas. Él lo denunció, pero al final, general y periodista acordaron olvidar el asunto.

Dos años después, sin motivo, una horda de enmascarados allanó su casa, destruyó sus muebles e intimidó a su familia. No encontraron nada. Días después, Emilio empezó a ver una vigilancia extraña, que no lo dejaba en paz. Una fuente le avisó que lo iban a matar. Organizó lo que pudo y pasó de ilegal a Estados Unidos con su hijo de quince años a donde se entregó a las autoridades y pidió asilo. Fue detenido siete meses; su hijo, dos. Ahora tiene una visa temporal y espera que le den el estatus de refugiado permanente.

La justicia no ha investigado las amenazas contra él; ninguna otra fuerza estatal lo protegió. Lo ha salvado la solidaridad de algunos colegas. Periodistas de a Pie hizo una colecta para ayudarlo a mantenerse; una organización canadiense le dio un premio; colegas estadounidenses vinieron a su juicio para respaldar su testimonio. Pero se siente abandonado a su suerte. Está cortando césped y lavando platos para sobrevivir. “Casi treinta años de profesión a la basura”, me dijo por teléfono con voz cansada.

La partida

En la madrugada, una colega me llevó a tomar el avión. Mientras atravesábamos las largas avenidas que unen las colonias como puntos inconexos de una ciudad que no es, la colega me relata con desesperanza que no ve muchas salidas a la situación. Un cambio de política quizá; que legalicen la droga, pues la prohibición es la que la vuelve el negocio astronómico que arrasa con todo; que inviertan menos en tropa y más en pupitres y cuadernos; hay en Juárez barrios populosísimos con apenas una escuela; que la corrupción desapareciera…

De pronto bajó la velocidad. En medio de la calle hay dos bultos enormes envueltos en bolsas negras. Cuando pasamos de lado, vimos el plástico rasgado pero no asomaba ningún desperdicio. Sábanas blancas arropaban el bulto debajo del plástico negro.

—¿Muertos? —le pregunté escalofriada a mi colega.
—Es probable que sí —dijo sin mayor impresión—. Ésta es la hora en que suelen botarlos.

Cuando el avión despegó, Ciudad Juárez me pareció entrañable. Nunca había conocido periodistas más valientes.