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Se llama Édgar Alexander Nufio-Villanueva, es de Esquipulas, en el sur de bosque y montaña de Guatemala. Es joven, es decidido. Con su tía, Orfilia Mélita Hernández-Aquino, cruzó México en auto para animársele a la frontera del río Bravo y al desierto bestial.

Se llama Édgar Alexander Nufio-Villanueva y junto a Orfilia Mélita Hernández-Aquino acabó detenido en las cercanías de Falfurrias, diez días y setenta y siete millas al norte en línea recta desde la frontera de México y de la salvación.

“Hay sed, tía”, dice Édgar, un tiempo después, en abril de 2013, en una carta a su tía Ingrid, hermana de Orfilia. “Mucha, demasiada. Hay serpientes que no he visto en mi vida, alacranes. Y hay gente con la que uno se cruza y está desfalleciente, a punto de morirse”.

Édgar escribe en frases acuchilladas, sin más carga emocional que cuanto uno se permita hallar.

“Hay otros que están ya muertos, tía. Los cuerpos empiezan a oler o ya huelen!.

Los adjetivos pueden ser palabras obesas.

“Cuando llegó la policía, tía —cuenta Édgar—, corrimos”.

Eran varios —más hombres que mujeres, miedos en español—. Los otros corrieron más y llegaron a unas casas y se escondieron.

“A mí y a la Mélita nos agarraron porque íbamos juntos. Nos metieron en unas camionetas y se acabó, nos dejaron presos. Así se terminó todo, tía”.

***

Es marzo, y es el principio.

Ingrid, en ese principio, no sabía nada de esto. De Falfurrias, alacranes, cuerpos pútridos. Ingrid sólo tenía fe y alegrías. Ingrid es hermana de Orfilia —la Mélita, veintiséis— y tía de Édgar —el Edgarcito, veintitrés—, y cuando el viaje comenzó calculó doce a quince días para tenerlos en su departamento nuevo, un sótano remodelado, con cocina y sala amplias, en las afueras de Washington, DC. Ingrid tiene treinta y cinco años, determinación de huracán y, de tanto en tanto, ayuda en mi casa. Nació y se crió en el este de Guatemala, en los llanos de los que abusa el río Motagua, en un caserío, Champas Corrientes, tan pequeño que puede confundirse con los restos de un pueblo anterior. En Champas, Ingrid tiene un campito y algunas vacas, muchos amigos, más familia y demasiados miedos enterrados. En Estados Unidos no tiene mucho, empezando por los papeles —que no existen.

Todo pareció ir normal hasta que Orfilia y Édgar pasaron del espacio crudo de México a McAllen, Texas, cuando comenzó el apagón frecuente, las llamadas salteadas, breves, urgentes. Ingrid habló con Orfilia —la Mélita— una tarde a inicios de marzo: estaban en una casa de la frontera cuidados por una señora, de quien usó el celular, a la espera de que las patrullas americanas relajasen la vigilancia. Había un policía cada dos brazadas.

—Da miedo eso.

Equivoco el miedo del que Ingrid habla: creo, y creo mal, que se refiere al temor a la muerte.

—Ya están adentro —digo—. Los narcos están del otro lado. ¿A qué le temes?

Ingrid juega con mi hijo Matteo en el piso de la sala de casa. Han construido una vía para que circule Thomas The Train con cuatro vagones de ganado.

—Sí, pero igual.

Menosprecio el miedo:

—Lo único que podría pasar —digo, como si fuera nada— es que los detengan y los deporten. Tranquila, lo peor ya pasó.

Recién un tiempo después vería las púas en mi respuesta.

***

Marzo 22, 4:43 pm. Ingrid envía un mensaje a mi mujer: quiere venir a limpiar el domingo en vez del sábado. Mi mujer le pregunta si llegó su hermana.

Veinte minutos después:

Nadaqueber.mujer.tubieron.problemas.en.El.Camino.

Ingrid no usa la barra espaciadora: sus conversaciones son puntos y seguido sin final.

Esta.en.Macali.tengo.3.dias.denosaber.nada.

Es.horrible.estar.alaespera.

Pero.dios.sabra.lomejor

En el siguiente mensaje mi mujer procura tranquilizarla. Si siguen en Texas, escribe, ya han de estar por llegar a Washington. Habían pasado México: pisaron descalzos el piso del infierno, y lo cruzaron, sin quemarse.

Ingrid:

Tienen.quepasar.unagarita.todabia.idicen.que.esta.muydificil.porque.tienen.Que.Rodiar.

Tienen.que.caminar.24horas.pero.noce.cuando.bacer.esedia.

Y el consuelo, el deseo, la consagración, la aspiración:

Mas.que.esperar.estamos.entoque.dequeda.mujer

Perobien.ennombrededios.porque.es.El.unico

La esperanza final tiene ochenta y siete caracteres. Ingrid se encomienda en un tuit.

***

Uno o dos días después, las hermanas vuelven a hablar, pero, tras eso, pasan casi siete días de bloqueo. Cuando Orfilia y Édgar llevan un tiempo indeterminado en McAllen —¿una semana, diez días, mil años?—, Ingrid llama nerviosa al celular de la mujer del aguantadero. La mujer le informa que los chicos habían salido en auto hacia el noroeste de Texas tres días antes. No han regresado, no hay noticias. Como si conversara de las compras de la semana o el clima, la mujer termina de hablar y cuelga, e Ingrid entra en pánico. Lleva una semana sin dormir y bajo los ojos tiene dos bananas moradas. La chica que podía dejar un departamento con brillantinas en dos horas ahora se demora cuatro. Parece encorvada, y así llega a casa.

—Don Diego, ¿me puede ayudar?

Sepan:

Yo no sabía si ayudar. No estaba seguro, tal vez no quería.

***

Sepan:

Me estoy poniendo viejo, me canso más rápido y me acomodan cada vez más y más y más mis manías. Si a los veinte quería cambiar la historia del mundo —quién no—, mi militancia ahora es privada: se llama Matteo y hace las funciones de hijo. Me intranquiliza el trauma reiterativo de todo padre: no duermes bien cuando tu niño nace y no lo harás cada día que viva —porque debe vivir—. Lo demás, importa menos. Lo demás, gracias, que sean felices.

Sepan:

Lo que me pasa, quiero creer, es la ausencia de sorpresa. Detienen a Jayron Lopes y a Brenda Daca y los preparan para su deportación en California y Texas, y otro día y en otro lugar detendrán a Jesús María José y a Kevin James Peter y a Mayron Blanca René. Y así cambiasen esos nombres, y así cada vida sea un planeta, una sola historia parecería contenerlas a todas. O sea: alguien entró sin papeles, estudió, trabajó, procreó, crió, obedeció, la Migra lo detuvo y ya, no hay más, hasta la vista baby.

Se me ha vuelto todo tan común, tan repetido, tan igual, que, sepan disculpar, han normalizado el horror: la repetición narcotiza —y entonces siento cada vez menos lo que debiera sentir—. El agobio es feo: uno no piensa bien. Y a veces no pienso bien.

Entonces, sepan:

Cuando Ingrid me contó sobre el inicio del viaje de Orfilia y Édgar, alcé la ceja: cuánto riesgo tomaron estos chicos, qué locura. Cuando me contó que llevaban días varados en McAllen, alcé la otra ceja: qué tan poco presente hay en tu terruño conocido que alguien es capaz de jugarse la vida por algo que no existe como el futuro. Cuando llevaban tres días sin aparecer y luego cinco y luego siete, me quedé sin cejas para levantar.

Cuando Ingrid me pidió ayuda, yo, sin cejas, nada más suspiré hondo.

Cuando Ingrid me pidió ayuda lo hizo de rodillas. Y esa sería una vulgar y perfecta imagen para mostrar una de las formas preferidas de la pobreza de recursos para manifestarse —la indefensión—, pero también sería equivocada y sensiblera. Ingrid no estaba de rodillas para rogarme nada sino porque estaba en casa, en el piso, jugando con mi hijo Matteo. Y aquí está, al fin, la clave de todo: Teo adora a Ingrid, ella lo adora a él y a mí me hace bien que ellos estén bien.

El amor, lo creas o no, te jode la vida.

***

La mañana del 27 de marzo reuní teléfonos y correos: el consulado de Guatemala en Washington, DC, escritores y cronistas guatemaltecos, medios del país. Pedí en mi muro de Facebook cualquier ayuda posible para armar un mapa de ideas, pues aun apuntaba más o menos a ciegas. Envié un mensaje por Facebook a un fotógrafo y a un cronista mexicanos pidiendo contactos en organizaciones de apoyo a los migrantes a ambos lados del río Bravo, pues no tenía constancia de que Orfilia y Édgar efectivamente hubieran dejado Reynosa, su último punto de descanso en México antes de Estados Unidos. Hice lo mismo con una amiga académica en El Paso, una periodista en California y un par de colegas en Arizona.

Las respuestas llegaron pronto: había lanzado mi red a un mar cargado. Una colega que vive en Lima, Lizzy Cantú, movilizó a su familia en Reynosa; si los chicos estaban allí, ayudarían a ubicarlos. Su amiga Iriela disponía de los teléfonos de Juanita Valdez-Cox, una de las principales activistas del Rio Grande Valley, miembro de la organización de César Chávez, La Unión del Pueblo Entero, en San Juan, Texas. Buscar a dos guatemaltecos como Orfilia y Édgar era complejo —la mayoría de las organizaciones, porque son mayoría, trabaja con migrantes mexicanos— pero podía contactar a Mike Seifert, un ex sacerdote marista que fue pastor de San Felipe de Jesús, una parroquia en Cameron Park, la sección más pobre de Brownsville, ciudad espejo de Matamoros y zona de paso de legiones de chapines.

Rafael Acosta, un joven escritor mexicano, me enlazó con Orlando Lara, un activista del lado texano que me recomendó llamar a la patrulla fronteriza. Hasta entonces, sólo sabía que Orfilia y Édgar habían sido abandonados por los coyotes en el área de Falfurrias, muy probablemente antes del punto de control fronterizo. La oficial que me atendió fue práctica: como no era familiar, no me daría ninguna información por teléfono, así que mi mejor oportunidad era rastrear a los chicos por intermedio del consulado de Guatemala en McAllen.

En un par de horas los mensajes en Facebook eran pan en el agua. Una periodista mexicana que vive en la India me envía el teléfono de su padre, activista en Los Ángeles. Desde Cuba, un estudiante de periodismo en la Universidad de La Habana, recomienda que contrate a un abogado especializado en migración que vive a unas pocas cuadras de mi casa. Tenía teléfonos, correos, direcciones postales, PO boxes, nombres y apellidos de los Border Angels, los Dreamers de Arizona y California, de organizaciones civiles de Austin y de Matamoros; grupos de cabildeo en Washington; las cuentas de correo personales de colegas en CNN, La Opinión, Univision. Una colega argentina que colabora con Mil Mujeres Legal Services se ofrecía a abrirme, en minutos, la puerta de la oficina del cónsul de Guatemala en la capital de Estados Unidos. En El Paso me avisaban de Casa Anunciación y me enviaban las coordenadas de las oficinas de Texas Rural Legal Aid en Weslaco y Edinburg para cuando Orfilia y Édgar precisaran asistencia legal en el estado. Desde Los Ángeles y Nueva York también confluían sobre Benigno Peña y la South Texas Immigration Coalition (STIC), con sede en Harlingen y una oficina en McAllen. Peña es desconfiado —ha denunciado haber recibido amenazas de grupos antiinmigrantes—, así que Eileen Truax, autora de Dreamers, un libro sobre los jóvenes estadounidenses hijos de papás sin papeles, habló a su oficina y les adelantó los detalles del caso. Yo llamaría en cuanto pudiera; esperaban por mí.

Dios: esta gente está loca. Ser solidario parece más fácil que hablar.

***

Cuando la información nos somete parece que estamos en un cuarto lleno de personas hablando alto al mismo tiempo. Tomé el camino directo y llamé al consulado de Guatemala en McAllen. Tenía todo el sentido del mundo: estaba en la ciudad que había sido punto de partida de Orfilia y Édgar y en el mismo estado donde habían desaparecido. En menos de tres minutos se presenta al otro lado de la línea Alba Cáceres, cónsul.

—Esto es lo que sé —le digo—: salieron de McAllen el miércoles 20 de marzo, y no se sabe más. Tenían que rodear o cruzar una cerca o un control. Iban, tengo entendido, por la zona de Falfurrias, el último lugar donde los vieron.
—Deme los nombres.

Cáceres ingresa el nombre de Orfilia en su computadora.

—La semana pasada exhumaron dieciocho cuerpos en esa zona, en Falfurrias —dice, mientras revisa en la web del Servicio de Inmigración y Control de Aduanas, el ICE.
—¿Perdón?

La cónsul no me oye; hace una pausa.

—Contó con suerte, aquí está: a la chica la procesaron ayer. Está en custodia. Lo acaban de subir al sistema. ¿Orfilia Mélita, no?
—Sí.
—Bien, nosotros podemos pedir una entrevista. Posiblemente le den la llamada de cortesía hoy, a ella. ¿Tiene familia aquí? —digo que sí— Del chico, en cambio… ¿Nufio? Nufio, Édgar… De él todavía no hay nada, no fue procesado si estaba con ella. ¿Estaba con ella?
—Sí, sí, se perdieron juntos. Desaparecidos en el área de Falfurrias, los dos.

La cónsul me responde con la nada delicada brutalidad de las certezas:

—Tuvieron suerte, de verdad, porque cuando uno se pierde en Falfurrias, no se pierde: se muere.

***

Falfurrias. Cada vez que busco datos del pueblo —cinco mil habitantes, un grano en la piel de Texas—, encontré historias formadas con un brevísimo diccionario de palabras giratorias: “tráfico”, “inmigrante ilegal”, “drogas”, “Zetas”, “patrulla fronteriza”, “cadáveres”, “México”, “mexicanos”.

Una periodista de la Costa Este me da el nombre con que los activistas nombran a la zona: “La correa de la muerte de McAllen”. Los medios no saben bien cuánta gente pierde la vida allí; nada más parece ser mucha. Cuando un cuerpo desaparece bajo tierra o se lo comen las alimañas, sólo fue una persona para los suyos y cercanos: para el resto es olvido; para las oficinas públicas, estadística.

En Facebook encontré la página del Falfurrias Border Patrol Checkpoint. A fines de 2012, Kevin Keiser, un hombre semicalvo que pasó por allí, subió una foto con su celular. Se ve el túnel de chapa donde deben detenerse todos los autos para verificación y, a la izquierda, un cartel elevado, un anuncio orgulloso.

Arriba dice: “Falfurrias Checkpoint. Thanks for your support of America’s frontline”. Y debajo, en una letra que grita:

Procedimientos en el año:

Drogas: 15962 libras.

Extranjeros indocumentados: 2661.

La tabla de los méritos de quienes controlan las fronteras parecen las estadísticas personales de un catcher de béisbol. O peor: incautar plantas psicotrópicas y seres humanos son una misma práctica contable.

***

La pregunta más veces respondida es qué hace a alguien correr tanto riesgo.

Elijo ésta: tu vida, otras vidas.

Champas Corrientes es el pueblo llano de ranchos de adobe y palma y pisos de tierra en la costa caribe donde nacieron Ingrid y Orfilia. Hacia el sur, Champas tiene las faldas de unos cerros hinchados de verde: el límite invisible que supone que, del otro lado de la ladera, hay un país hundido en violencia llamado Honduras y, de éste, otro muy golpeado que hoy es Guatemala y supo ser Guatepeor.

A los veintitantos, Ingrid y Edgardo, su hombre, trabajaban con ganado y en las milpas y los campos frijoleros. Edgardo ordeñaba cuarenta y cuatro de las noventa y nueve vacas de su padre. Por tener, Ingrid y él primero tuvieron unas manzanas de tierra para plantar. Por tener, tuvieron una hija, Vanessa. Por tener, tres años después, sumaron a Robinson. Por tener, también, Edgardo decidió ampliar el plan y un día de hace una década cruzó todo México y todo el sur de Estados Unidos y llegó al estado de Maryland, los jardines de Washington, DC. Cuando Edgardo partió, Robinson tenía un año y no supo nada; Vanessa tenía más y se enfermó.

—De tristeza —dice Ingrid, hoy, aquí.

Ingrid siguió al marido cuatro años después. Quince días entre la salida de Champas y la llegada a Union Station, la estación de autobuses de la capital de Estados Unidos. El auto del coyote que la llevó de Champas a la frontera sur de México casi se da vuelta en una curva y la deja a medio camino con una embarazada de ocho meses y dos niños pequeños, compañía circunstancial de viaje, otros locos. En Palenque sirvió comidas para dieciocho migrantes que dormían en el piso de una casa sin mesas ni sillas y un solo baño. En Matamoros pasó toda una noche en una habitación sin luz ni agua ni colchón ni pintura ni revoque ni nada. Cruzó el río Grande a plena luz del día montada en un neumático de camión, un flotador que tiraba un tipo flaco como una rama. Ya en Texas, mientras el agua se llevaba la mugre y su ropa vieja, se desnudó y cambió a la vera del río y se vistió con sus ropas limpias pero usando el nombre de otra persona: Ingrid cruzó con papeles comprados. Cuando llegó a Migraciones, el policía —ancho, blanco y en uniforme azul— la miró con desinterés.

—¿De dónde vienes?
—De Honduras.
—¿Por qué vienes?
—Turista.

Un tiempo después sus papeles ya no servían pero ella ya estaba en Silver Spring, una ciudad dormitorio de Maryland, y trabajaba. Primero barrió oficinas, luego pasó a un restaurante de comida rápida, más tarde —y por varios años— en el edificio donde vivo yo. Allí nos conocimos, allí encontró en mi hijo un pedacito de los suyos, que ya tienen doce y diez años y a los que, desde 2005, ve crecer a través de Skype. Allí, en casa, fue donde una mañana de domingo me miró con la cara de los entusiastas: la sonrisa reventándole los cachetes.

—Orfilia, la Mélita, mi hermana: me la estoy trayendo.

***

Es simple: uno aprende de lo que vive. Los pobres más pobres de Centroamérica se montan a “La Bestia”, el tren de carga que corta México de sur a norte, y donde a muchas las violarán y a muchos los asesinarán. Los que tienen dinero, se montan a los aviones. Ingrid cruzó México como un migrante de clase media: juntó siete mil dólares para ganarse el derecho de clavar el trasero en tres autos y llegar, con documentos, hasta la capital de Estados Unidos. Para ella no hubo narco, para ella no hubo secuestros, para ella no existieron decapitaciones. Nadie abusó de su cuerpo y una familia de coyoteros se la llevó a dormir en un cómodo sofá en la sala de su casa de dos pisos y cinco habitaciones.

¿Por qué no iba a ser igual para Orfilia y Édgar?

***

¿A quién pertenece una vida, si a alguien le pertenece?

Llamo a Ingrid: encontraron a Orfilia, le digo. Está detenida en Falfurrias, tal vez la trasladen a Port Isabel, unos kilómetros al sur y sobre la costa, a tiro de Matamoros. Parece que está bien. Fue ayer mismo.

Es la primera vez en mi vida que me alivia que alguien que no es un criminal esté preso. Las dos medialunas del insomnio de Ingrid me impresionaban a mí —y yo las porto a diario—, pero esa noche, tras la charla, la mujer pegó un ojo: dejó el otro abierto para esperar noticias de Édgar.

Pero primero, esa tarde, por teléfono, cuando ya le había contado todo lo que sabía de su hermana por la cónsul, ella me abrió los ojos a mí.

—Don Diego —dijo—, usté me sacó las ganas de llorar.

Estaba solo en casa; mi mujer y Teo jugaban en el parque. Corté y me fui al cuarto. Vivo en un piso dieciséis: desde mi ventana se ven Somerset, Bethesda, los bosques de Maryland. Bebo un aire limpio todo el puto día. Mucha luz.

Mi excusa será ésa: tanta claridad daña el iris. Lloré como hacía años no lloraba.

***

Llega un e-mail de Lara, el activista del sur. Asunto: “Preguntas para pelear los casos”. Me pide los nombres, las fechas de nacimiento, el número de los casos de deportación de Orfilia y de Édgar. Cuándo entraron a Estados Unidos. ¿Vinieron con visa, los atraparon en la frontera? ¿Hay, por si acaso, algún miembro de la familia —hijos, esposa o esposo, parientes— que sean ciudadanos estadounidenses? ¿Residentes? Las últimas líneas eran para preguntar si los detuvieron por un cargo criminal, y, si era así, cuál.

El activista, Lara, es voluntarioso. Me dice que “lo más importante” es que Ingrid esté dispuesta a participar en el caso, y también la familia, de manera pública, así sean indocumentados. “Mucha de la presión viene de la participación de los medios y en la comunidad”. Estoy de acuerdo, lo veo a diario: los Dreamers de Arizona, un vasto grupo de jóvenes que busca convertirse en ciudadanos plenos, son máquinas de producir hechos para que los medios presten atención. Charlas, conferencias, talleres. Manifestaciones. Estuvieron detrás de la gran marcha hispana, en Washington y a mediados de abril, por la reforma migratoria. Sus seguidores, convencidos de estar en el camino correcto, se pasean con playeras que dicen “Soy indocumentado” por las mismas calles de Maricopa County que patrulla el sheriff Joe Arpaio, un perseguidor fiero de migrantes sin papeles. Erika Andiola, su vocera más conocida, una chica de veintitantos que llegó de México con menos de doce, se plantó frente a la cámara de su computadora y se grabó en llanto pleno minutos después de que el ICE se llevara detenidos a su madre y hermano en la puerta de su casa, en Phoenix. Su video se hizo viral en YouTube, ella organizó en la noche a veinte activistas y en menos de cuarenta y ocho horas congresistas, representantes y los medios tenían correos, gente con pancartas y tuits saltando frente a sus ojos. El hermano fue liberado de inmediato y la mamá unas horas más tarde, cuando el autobús en el que la deportaban ya rodaba rumbo a la frontera. Eso es activismo, compromiso, lo que llaman —con todo derecho y razón— la lucha.

“No sé su disposición a hacerse pública —respondo al activista—. Ingrid es tímida y tiene miedo”.

No le dije que le aterra respirar cerca de un policía. Lara, el activista, me pide que hable con ella, y yo, ese mismo día, hablo.

***

Literalmente, hablo. Solo. Un monólogo.

—Es así, Ingrid: si apareces en los medios, puede ayudar al caso. No hay certeza, claro —reculo—, de que los liberen, de que se queden. Pero he visto cómo operan las organizaciones, y logran que el caso se haga conocido. Eso puede ayudar.
—…

Ingrid está en el corte del almuerzo, trabaja a una calle de mi edificio.

—¿Por qué no vienes a casa y te doy detalles?
—…
—Eso sí, claro, debes estar convencida para hacerlo. ¿Te parece?
—…
—En fin, ven y te cuento. Pros y contras. Avísame.
—…

***

La primavera comenzó en fecha. Los árboles tenían pequeños brotes verdes, listos para reventar, pero entonces, un día, de la nada, un océano de frío bajó de Canadá, y nevó. Cinco centímetros de película blanca después, el verdeo estaba reseco y las ramas de los árboles volvían a ser pelados huesos negros.

Una semana más tarde, ya con un sol amable, vuelven a asomar. Sé que las plantas son sensibles pero evito exagerar y, sin embargo, creo que tienen miedo de mostrar mucho.

Uno aprende cuando se quema, sí, pero después del invierno algo siempre debe florecer.

***

Una fea interpelación, ésta: ¿qué hace uno cuando sabe que debe hacer lo correcto pero no puede o —tal vez, quizá— no quiere? Varias veces un día Ingrid marcó mi número y yo lo dejé sonar. Debía escribir, trabajar, editar; se me iban como viento las horas persiguiendo burócratas, señoras, señores. Ocuparme de alguien más me superaba. Varias veces y varios días, dudé de mandar un e-mail, me eché atrás en la silla, miré por la ventana para decidir si seguía o no. Pero entonces recordaba a mi hijo y veía a Ingrid con él, aún dominada por el insomnio y el miedo, y volvía a tomar aire.

De tanto en tanto, antes y después de esas horas negras, Ingrid me ha llamado para contarme detalle de cada cosa que hace, la mayoría intrascendente, ruido en la línea, los minutos de la basura.

—Y usté, don Diego, ¿qué piensa que debo hacer?
—¿Qué le parece, don Diego?
—¿Don Diego, qué?

Y yo, bueno.

La impotencia es un río crecido. Paraliza y arrastra, ahoga. Cada brazada para salir puede hundirte más.

***

Se acaba marzo, e Ingrid tiene un abogado en DC. Habló con él. No sé cómo lo encontró. (Me lo dice, pero lo olvido: estoy escribiendo un libro, ayudo en la edición de otro, preparo dos textos para dos revistas, negocio tres: mi demasiado poco importante vida; mi excusa.) Le reitero que tengo un e-mail para que se mueva, que hable con medios, que dé información.

—Yo tengo dos parientes que son residentes —responde—. El tío Carlos, que vive en Nueva York, y un medio hermano, Johnny.
—Tal vez eso pueda ayudar a tu hermana y tu sobrino.
—¿Usted cree? ¿Los podrán sacar?

En esos días, llamo al consulado de Guatemala en McAllen. La cónsul, que había sido amable y solícita a mis anteriores pedidos de periodista, no está disponible. Dos veces en una junta; fuera de la oficina, la otra. El personal me resuelve la duda: Édgar. Ocupados con Orfilia, por varios días nadie supo del chico. Ingrid me lo recordaba a diario y yo a diario entraba a la web de los agentes fronterizos del ICE. (Paréntesis: las siglas ICE se escriben en inglés igual que la palabra “hielo”. Fin de paréntesis.) En vano ingresaba variantes de su nombre en la pestaña de búsquedas. Édgar Nufio. Édgar Villanueva. Alexander Villanueva. Édgar Alexander, Alexander Édgar. Édgar (o Alexander) Nufio-Villanueva. Alexander Nufio, Nufio Alexander. Cero. El chico no existía.

Fue una secretaria del consulado, Ema, quien lo sacó del limbo: Édgar está preso en San Antonio. La noticia me relaja —no pregunto cómo lo supieron ni qué pasos siguen—, cuelgo y llamo de inmediato a Ingrid, que se contenta, la voz otra vez fresca.

—Ay, Dios mío.

En medio de la charla, en el entusiasmo, vuelve su interés hacia mí. No tiene documentos en el país, la atemoriza cualquier autoridad, no habla inglés ni sabe manejarse con internet ni las burocracias. Soy, para ella, el cabo seguro. Me pide que siga, que no me detenga.

—Usted sabe, don Diego.
—Yo…
—Yo le pago.
—Ingrid, por favor…
—Le pago, don Diego.

***

Dinero.

O cifras. Mientras los que discuten cuentan la plata y los votos, la crisis humanitaria espía por la ventana: no parece invitada a la sesión. Por mucho tiempo, las personas que cruzan las fronteras pueden ser aritmética para lanzar sobre la mesa de un campeonato de matemática política. Migrantes indocumentados que viven en Estados Unidos: 11.5 millones. Mexicanos apresados por migraciones: un millón en 2002, la mitad en 2011. Guatemaltecos: 8300 en 2002, casi cinco veces más en 2011. Niños que llegaron sin documentos al país: 1.7 millones. Personas muertas tras cruzar la frontera: 5600 entre 1984 y 2009. Deportados en 2011: 392000. Retornados a su país sin juicio de deportación, mismo año: otros 324000. Convictos deportados en 2012: 191000.

Balance neto de la migración indocumentada: positivo. Dicen los liberales de Brookings Institution: cuesta en impuestos por uso de servicios, pero la migración de desempapelados genera mayor volumen de ingresos asociados, eleva la productividad, baja los precios de la economía, sube la demanda. Dicen los conservadores del Cato Institute: si se legalizaran los inmigrantes poco calificados, la economía sumaría ciento ochenta mil millones de dólares en diez años.

Dinero.

En 2011, por una ley que persigue a los migrantes indocumentados, el estado de Alabama perdió ochenta mil trabajadores agrícolas y negocios por once mil millones de dólares, de acuerdo con un estudio de la Universidad de Alabama. Nadie quiere ir al campo excepto el que cruza jodido del otro lado. Alguien tiene que hacer el trabajo de alimentar a otros.

Dinero.

Y sí: tenemos que sentir la crisis pero también debemos pesarla, medirla, contarla. Y cortarla y venderla en trocitos digeribles para no atragantar.

Hablar de la gente es más difícil que eso: las historias se repiten tanto que parecen ya una sola. Otra vez: lo que se repite se normaliza. Nos acostumbramos a la brutalidad.

***

Lunes: llamo a la oficina del activista Benigno Peña en Texas.

Consigo el teléfono del Proyecto Libertad: trabajan —o trabajaban— con inmigrantes centroamericanos. Si alguien puede dar soporte local a Ingrid en Texas, es gente que ha manejado casos de hombres, mujeres y niños de El Salvador, Honduras, Guatemala y Nicaragua. Circulo el número: tengo ya siete asociaciones que pueden estar a disposición de la familia.

Llamo al Pro Bono Asylum Representation Project (ProBAR), otro centro de asistencia legal a centroamericanos. Un chico joven busca los datos de Orfilia y Édgar. No encuentra nada que yo no sepa. Repito lo mío: que busco asistencia legal, que el dinero de Ingrid es poco, que no tiene a nadie en el sur. Toma mis datos —lo hace de buen modo, todos lo hacen de buen modo: nunca he visto tanta delicadeza— y sugiere que también pruebe en DC, que hay muchas organizaciones, que allí el cabildeo latino está creciendo, que la Iglesia católica, que los activistas, que…

Por darle una noticia —por decirle algo—, cuento a Ingrid que tengo más teléfonos de activistas, amigos que se ofrecen a ayudar, abogados, periodistas, mi mundito. Ingrid ha venido a casa en una escapada del trabajo. Viste los jeans ceñidos y la camiseta blanca de siempre y, encima, el mismo delantal azul de las muchachas que trabajan en cualquier casa de la ciudad de México. En el bolsillo del delantal trae el handy del trabajo —Robert, Robert… I need a screwdriver— y una bolsa de nylon con fotos: Orfilia y Édgar.

Por primera vez los veo. Hasta entonces, mi proyecto de bondad social era una descripción en palabras, nada de qué asirse. Ahora mis aliens favoritos son una imagen en papel mate; empiezan a parecer reales.

Orfilia viste como Ingrid: jeans pegados al cuerpo, tank top azul, el cabello negro apenas por encima de los hombros. Parece baja. Tiene los ojos negros ¿desanimados, aburridos, cansados, distantes? Está en una plaza, abraza a una niña: Vanessa, la hija de Ingrid. Vanessa sonríe y sonríe lindo; Orfilia no hace una mueca. Detrás de las dos mujeres hay una iglesia blanca, un árbol mediano y flores rojas y amarillas. Hay sol; es algún lugar en Guatemala.

Édgar viste una toga y un birrete con borla de color negro. Es su graduación, un día de 2011. Édgar estudió en el Instituto Tecnológico Henry Ford de Esquipulas, un terciario donde enseñan mecánica automotriz y dibujo técnico y de construcción. En una de las imágenes camina por debajo de una guardia de banderas y parece sorprendido por la toma. En otra, mira a la cámara con el mentón elevado y los párpados semicaídos, como si desafiase a algo. A la vida, tal vez —es tan joven.

Envío esas fotos a una colega de Impacto Latin News de Nueva York, un periódico latino, y en pocas horas ella las sube a la web y las transfiere al National Council of La Raza, a la red de activistas Presente y a la organización de abogados para latinos MALDEF. También subo un recorte de los rostros de los chicos a mi muro de Facebook y, junto a las imágenes, escribo una nota para contar las últimas noticias y agradecer a quienes han ayudado con contactos y, sobre todo, tiempo.

Entonces, de repente, la incomodidad.

Amigos y conocidos, movilizados por la historia que narro en setecientas palabras, hablan de mí como “un gran ser humano”, admiran mi compromiso, aplauden mi ayuda.

“Gracias, Diego, por tu sensibilidad”, dice Analía.

“Grande lo tuyo”, exagera Daniel.

“Diego Fonseca es alguien muy especial”: mi querida Pilar Marrero, de La Opinión en Los Ángeles.

“Gigante”: mi hermana Paula.

“Ahora Orfilia y Édgar sabrán de ti, y así cada vez más gente”: Blanquita, fuerza natural.

“Enorme”. “De gran nobleza”. “Qué bueno que estabas cerca de Ingrid”.

Me muevo en el asiento, se me hace un nudo la lengua: yo no hice nada más que hablar por teléfono varias veces y, si algo logré, fue gracias a contactos ajenos, nunca míos. No lo hice por compromiso con la humanidad: fue interés propio activado por carácter transitivo. Me gusta ver feliz a mi hijo y Teo lo es cuando juega con Ingrid, y no quiero ver mal a Ingrid porque, si ella está mal, mi hijo no está bien. ¿Puede el egoísmo ser una forma de la solidaridad?

***

Pasa un fin de semana, caen otros días.

Llamo a Ingrid por novedades de Orfilia y Édgar. Ha de estar limpiando oficinas en el edificio North Park porque la llamada entra directo al buzón de voz.

El mensaje de bienvenida no tiene su voz. Es Prince Royce cantando “Stand by Me”, de Lennon.

“When the night has come

And the land is dark

Y la luna es la luz que brilla ante mí

Miedo no, no tendré, oh I won’t, no me asustaré

Just as long as you stand, stand by me”

El valor de los contextos: un mes antes, ni una de esas líneas me significaba nada.

***

Ya no hay más abogado: ahora es abogada. Se la recomendó el suegro de su hermana Anita, la mamá de Édgar.

—Es de confianza —me dice Ingrid—. Hace cuatro años, a él le sacó a dos sobrinos de la cárcel.

Orfilia lleva más de dos semanas en el East Hidalgo Detention Center de La Villa, Texas. La abogada habló con ella el jueves 4 de abril.

—Vive en Houston, la abogada. Yo le dije todo lo que usted me dijo. Le pasé todos los datos y los números de cada caso. Así no le costó encontrar a los patojos, pero, de sacadita, para verlos y por charlar, me cobra mil quinientos dólares.

(¿Dijo “mil quinientos dólares”?)

—Voy a luchar, don Diego. Dios me ayudará a que salga bien. La cosa es que estos cipotes se queden.
—¿Cipotes?
—Así es, con “c” de zapatos.

Ingrid ríe.

—Bueno, la abogada habló con mi hermana, la Mélita, y evitó que la deportaran, vea. Ella ya había firmado una hoja a la policía y fíjese que hasta eso le ayudó.
—Qué bien, estás contenta, ¿no?
—Contenta, sí.

Pero, ahora, Ingrid no ríe.

—¿Usted sabe, don Diego, que ni cobija le dieron a la Mélita en esa cárcel ingrata? Ayer recién le dieron la primera sábana. ¡Santo Dios! Me quedé sorprendida y asustada. ¡No tenía cómo taparse ni un dedo de los pies! ¿Hace frío allá?

Digo que no mucho, pero igual siempre es bueno tener algo para la noche.

—Hay que pedirle a Dios que nos ayude, don Diego.

Eso, que dios, que no creo, ayude.

—Del que sigo sin saber nada es del Edgardito. No sé dónde lo pasaron, no estaba con la Mélita. El lunes la abogada va a ver qué pasa. ¿Usté puede ver algo?

Digo que sí: estoy frente a la computadora. En el Sistema de Detección en Línea de Detenidos del ice tipeo “205-320-XXX”, el número en que Édgar se convirtió. La página me pide un captcha y, en nada, responde:

“Not in custody”.

—¿Y eso, don Diego?

Trato de ser cauto. “Not in custody”, explico, significa una de cuatro opciones: que Édgar —”el individuo”— fue liberado de la custodia del ice porque “dejó voluntariamente” Estados Unidos, porque su caso está pendiente, porque su caso fue resuelto y recibió permiso para quedarse en el país o porque fue transferido a otra agencia de la ley.

Ingrid ya no ríe.

—¿Y eso significa que me lo han enviado de vuelta al Edgarcito?

Elijo seguir siendo cauto: lo mejor es no apresurarse, digo, la abogada debe saber más.

—Lo importante es que el chico sobrevivió al desierto y a todo lo malo que pudo pasar. Y si quiere, puede volver a intentarlo.

Ingrid, de súbito, parece sonreír.

—¡Quiere! Cuando estaban en McAllen, me dijo clarito: “Si caigo, tía, yo me regreso”.

Yo no sé si reír o no.

***

A las 9:08 pm del viernes 5 de abril, cuando los Houston Rockets comienzan a bombardear balones a la canasta de los Blazers de Portland, entra un SMS al celular de mi mujer:

Mujer.buenasnochez.lecuento.que.Ace2.minutos.meyamo.mi.hermana.quebayegando.su.hijo.aguatemala.

ya.esta.consufamilia.El.muchacho.

La barba de James Harden atropelló a Houston, 116-98. Buena noche, buen juego.

No llamé a Ingrid.

Días sin noticias. Hablo con Ingrid, por hablar.

—¿Te acuerdas que una vez me dijiste que querías traer a tus hijos? ¿Sigues pensando igual?
—¡Ay, cállese! Mejor me estoy quieta o me van a terminar de matar los sustos. Ganas no me faltan. Si lo que daría porque mis niños estuvieran aquí. Si cuando yo voy a su casa, don Diego, es una alegría muy grande recibir un abrazo y un besito del niño. ¿Me le manda un beso a mi niño, vea?

***

“¿Recuerdas cuando dije que te iba a explicar acerca de la vida, amigo? Bueno, la cosa acerca de la vida, es que se pone rara. La gente siempre está hablándote de la verdad. Todo el mundo sabe siempre cuál es la verdad, como si fuera papel higiénico o algo así, y ellos tienen proveedor en el armario. Pero lo que aprendes, a medida que envejeces, es que no hay ninguna verdad. Todo lo que hay es una mierda, y perdona mi vulgaridad. Capas de mierda. Una capa de mierda encima de otra. Y lo que haces en la vida cuando te haces mayor es escoger la capa de mierda que prefieras y ésa es tu mierda, por así decirlo”.

En Héroe por accidente, Dustin Hoffman es el perdedor más convincente que he conocido y su nombre dignifica y sintetiza la derrota —alguien que se llama Bernie Laplante debe esforzarse mucho para triunfar en algo.

Laplante fue un héroe muy a su pesar: salvó a varias personas de morir en un accidente de aviación. Los medios le dieron el crédito a John Bubber, más joven, más televisivo, más vendedor. Laplante no se quejó: lo suyo era evitar figuraciones innecesarias. Derrotarse solo antes de ser derrotado.

“Tu padre es Bernie Laplante —dijo un día la ex esposa al hijo de ambos—. Va en contra de su religión asomar la cabeza”.

No me siento ni uno ni otro —no me dejo ganar fácilmente por mi Bernie Laplante interior ni tomo crédito que no me corresponda como John Bubber— pero no puedo borrar el recuerdo de Héroe por accidente desde el día en que, tras pedir ayuda por Facebook para Orfilia y Édgar, mis amigos y conocidos convirtieron a mi Bernie Laplante interior en mi John Bubber público.

Por ese runrún, desde que supe sobre la situación de Orfilia y la deportación de Édgar, no volví a publicar nada en Facebook ni en Twitter. No quiero —aunque no sé si no lo haré nunca—. Sé, sí, que he ayudado, que he sido el gránulo en la masa arenosa, pero también sé que pude abrir puertas porque quienes conocen sus cerraduras me dieron las combinaciones. No he hecho nada que alguien más con dos segundos de tranquilidad no hubiera hecho. Me asignaron informalmente la incomodidad del salvador cuando lo que sucedió fue una sucesión de decisiones individuales dentro de una red.

—Lo mío no fue nada heroico —al fin le digo a Ingrid una tarde, un poco cansado.

Ella no duda.

—Para mí, sí.

Yo no quiero escuchar. En ese momento, sí quiero actuar como Bernie Laplante: separarme del asunto, dejar todo en manos adecuadas. ¿No es acaso, Ingrid, la verdadera heroína? ¿No es ella quien dio cada paso por esos chicos, quien perdió el sueño, empeñó sus ahorros, lloró lo indecible, le rezó a su Dios y a sus santos?

Por primera vez en mucho tiempo, Ingrid habla en un tono decidido.

—Vea, yo en este momento tengo delante esta estampa: “Yo soy el pan vivo bajado del Cielo. El que coma este pan vivirá para siempre. El pan que Yo daré es mi carne, y la daré para la vida del mundo”. Cuando todo esto empezó yo llamé a su señora esposa y ella me dijo que le hable, que usted sabría ayudarme. Y ese día que le hablé mis ojos se llenaban de agua, don Diego. Pero desde ese día que usted averiguó de la Mélita y del Edgarcito, yo ya me sentí diferente. Mejor. Así que para mí sí fue importante. Que Dios me lo guarde, don Diego.

Dice John Bubber a Bernie Laplante, cuando éste lo convence de que asuma su rol como el héroe involuntario:

“Entonces, ¿no quieres el crédito?”.

Responde Laplante:

“Yo no tomo crédito. Soy más de efectivo”.

Psss.

***

Devolvieron a Édgar a Guatemala hace más de una semana e Ingrid no llamó una sola vez. Marqué un par de veces, di siempre con Lennon: la casilla de mensajes de voz estaba llena. Finalmente, la tarde calurosa de un miércoles de abril, Ingrid levanta mi —¿cuarta, quinta?— llamada. La abogada ya manejaba todo, pero tampoco había grandes novedades de su lado. Cuando las tuviera, le dijo, se las informaría. Ingrid —y el caso— entraban en el balanceo suave de los barcos anclados, sometidos a lo que el clima —la ley— dicte. A mí también me mecía: había tomado distancia desde que la abogada manejaba el caso. Era lo que quería, al cabo, pero, igual, no podía dejar de llamar a Ingrid, como si no hubiera otra cosa que hacer —como si fuera a hacer otra cosa.

—¿Hablaste con tu hermana?

Ingrid responde corta de palabras.

—Ayer, don Diego.
—¿Y?
—No mucho. Nada.

Demasiado corta de palabras.

—¿Nada?
—Bueno —parece revolverse incómoda, como si hablase con alguien a su lado: como si no quisiera hablar conmigo—, usté sabe lo que dicen, que lo que uno habla lo graban…

Esto supongo: Ingrid cree que alguien puede estar grabándonos también. La idea se me cruza como un golpe de viento: mi barco se sacude un poco, inquieto e inseguro.

—Ah —respondo.
—Sí.
—OK. Entonces…
—Bueno…
—¿Hablamos, no? Acá, en casa, digo, no sé…
—Sí…
—Digo, no por teléfono.
—Sí, sí, claro. Claro. Claro.
—Hasta luego, Ingrid.
—Hasta luego, don Diego.

Ingrid cuelga y yo me quedo en la línea esperando oír un segundo clic, el de los espías. Lo único que escucho es el eco de mi respiración en el vacío que deja una llamada terminada. Barcos hundidos.

Édgar está con su familia, en casa, cobijado. Pero no es un lugar en el que quiera quedarse: años atrás, su padre, el primer Édgar, fue asesinado por dos sicarios. Le dispararon por la espalda cuando entraba a la iglesia. Un medio hermano comenzó a llamar a Anita, la hermana de Ingrid y mamá de Édgar, para pedirle dinero a cambio, decía, de permitirle vivir: si no estaba tras la muerte del marido, estaba tras lo que quedase. Anita tomó a sus hijos y se marchó de la ciudad. Édgar no quiere nada de aquella suerte. Si dice lo que dijo, se volverá a jugar la vida en el desierto. Falfurrias parece dar más chances de sobrevivir que su pueblo en Guatepeor.

La estadía de Orfilia puede tomar meses, pues, con su abogada, la patoja ha desafiado el proceso de deportación y discute quedarse. Casi a mediados de abril, Orfilia pasó de East Hidalgo Detention Center, en La Villa, el complejo de quince barracones rectangulares casi en el límite de Texas con México, al T. Don Hutto Residential Center, una cárcel privada para mujeres inmigrantes que es el cuarto empleador de Taylor, un pueblo de catorce mil habitantes, unos kilómetros al norte de San Antonio. En aquel pueblo, donde aun predominan los blancos de ascendencia eslava, la cárcel es territorio latino, dentro y fuera. Sus directores se llaman Enrique Lucero y Francisco Venegas.

Intento informarle a Ingrid que su hermana ya no está en La Villa sino en la cárcel de Taylor, pero, cada vez, me topo con la barrera de la casilla de mensajes. Cuando pasa, allí está otra vez Prince Royce cantando a Lennon, diciéndome “Stand by Me”. Sin embargo, un jueves, la canción se me presenta más breve.

“When the night has come

And the land is dark

Y la luna es la luz que brilla ante mí”

Y ya. Faltan los versos finales:

“Miedo no, no tendré, oh I won’t, no me asustaré

Just as long as you stand, stand by me”

“No tendré miedo, no me asustaré, mientras estés a mi lado.”

La providencia —o mi estupidez o mi culpa o la tonta casualidad— me hacen creer que hay un feo mensaje allí. Que, por un lado, mi tibieza tal vez ya no sea necesaria para Ingrid y Orfilia, y eso resultaría muy cómodo para mí. O bien, en el peor de los casos, que el miedo y el susto ganaron la partida. Y eso sería siempre incómodo para todos.

En el primer tiempo de nuestro segundo partido del año, empatando cero a cero contra un equipo de ecuatorianos amables y ceremoniosos a quienes teníamos la obligación moral de ganarles, nos dieron un córner a favor y yo, aunque cabeceo bastante mal, decidí mezclarme con la tropilla de compañeros y rivales a ver si se producía el milagro de un rebote o un descuido. Participé de la breve estampida obligatoria —¡trucu-trucu-trúm!—, vi la bola volar lejos, muy por encima de nuestras cabezas, y después, cuando la jugada parecía terminada, sentí un empujón en la espalda lo suficientemente fuerte como para creerme con derecho a enojarme. Identifiqué a mi agresor (un peladito adolescente, un poco gordo y con aspecto de aprendiz de pandillero) y nos paramos pecho con pecho, los dos bastante ridículos, esperando no se sabe qué. Después de un forcejeo torpe pero breve —creo que en un momento agité un puño amenazador—, troté solemnemente hacia el otro lado de la cancha sintiéndome orgulloso de mí mismo, porque creía haber reaccionado bien ante la provocación.

Me sorprendió entonces ver al juez de línea agitar su banderita como si hubiera habido un asesinato y al árbitro correr hacia él con la urgencia ominosa de los árbitros cuando corren hacia los jueces de línea. Cuchichearon los diez segundos reglamentarios, el banderín del juez de línea apuntó en mi dirección y, segundos después, una tarjeta roja se recortó contra el cielo límpido de Brooklyn, arruinándome una mañana hermosa de primavera. Humillado y avergonzado, caminé despacio alrededor de la cancha de McCarren Park, con las canilleras en la mano y la camiseta celeste fuera del pantalón, pensando en cómo disculparme con mis compañeros de San Martín de Brooklyn, el equipo de media docena de argentinos, cuatro o cinco gringos, dos paraguayos, un colombiano, un uruguayo y un italiano con el que jugamos los sábados de verano en la Greenpoint Soccer League. Alrededor de la cancha, unos pocos vecinos de Williamsburg o Greenpoint trotaban sobre la pista naranja de tartán; más afuera, otros miraban el partido mientras tomaban sol, recogían la caca de sus perros o desarmaban mantelitos para picnics inminentes.

La escena era extraordinaria (veintipocos grados centígrados, instalaciones públicas en buen estado: postal de un barrio feliz) pero yo no podía disfrutarla: había prometido a mis compañeros que este año iba a evitar meterme en problemas con los árbitros, y había fracasado rápido. Además, nos habíamos comprometido a dar lo mejor de cada uno para clasificarnos por primera vez para los playoffs de la liga, después de dos años bastante malos (décimo terceros de dieciséis equipos en 2008; décimo cuartos de veinte equipos en 2009). Y para eso necesitábamos ganar partidos como el de aquel día contra los ecuatorianos bondadosos de El Progreso FC, un grupo de tíos, sobrinos y cuñados inmigrados a Estados Unidos desde el mismo suburbio de Ambato, en la sierra ecuatoriana, y que el año anterior habían terminado decimoctavos.

Un par de meses antes, en el comedor sin ventanas del restaurante peruano Pío Pío, en Greenpoint, veinte capitanes y un par de curiosos habíamos participado de la reunión anual de capitanes de la Greenpoint Soccer League. Mientras comíamos pollo con arroz y plátanos fritos, cortesía de la liga, algunos capitanes se quejaron de la calidad de los árbitros, otros pidieron reembolsos para cuando se suspendiera algún partido (“¿Quién les paga el taxi a mis jugadores?”, se quejó el capitán de un equipo que a veces contrata jugadores semi-profesionales) y otros pidieron más rigor con los equipos cuyas hinchadas se emborrachaban y escupían e insultaban a los rivales. (El año anterior, la hinchada de Español Hidalgo, parada sobre la línea del lateral, me había castigado todo el partido: “¡Viejo, retirate —me gritaba uno—, deja paso a las generaciones jóvenes!”.)

Yo, en cambio, pedía una revolución tecnológica. En un momento de la noche levanté la mano y le pregunté a Gildardo Revilla, dueño y mandamás de la liga, si no podíamos crear una humilde pagina web para publicar los resultados, los horarios y la tabla de posiciones del torneo. Revilla, que me tiene aprecio y está harto de mí a partes casi iguales, bajó la vista, un poco agotado por mi insistencia, y respondió con una vaga promesa de pensarlo. Los demás capitanes fueron menos receptivos: mientras hablaba, podía oír sus “pffttt…” y las risitas que salían desde las penumbras del salón, como si la Internet fuera una cosa de señoritas o de gringos que no tiene nada que ver con el fútbol.

Revilla, un peruano bajito y astuto que maneja la liga desde hace casi veinte años, nos comunicó las novedades para este año (aumento de precio para los árbitros, “tolerancia cero” para la violencia de las hinchadas) y nos recordó las reglas del torneo: veinte equipos en una rueda todos contra todos, clasifican los primeros doce para un repechaje, después ocho pasan a los cuartos de final y después semifinales y final. El ganador de la temporada regular se lleva mil quinientos dólares en efectivo; el ganador de los playoffs, otros dos mil dólares. Asentimos todos con la cabeza, como si verdaderamente creyéramos que podíamos ganar (los candidatos son siempre los mismos cuatro o cinco), y pasamos de a uno en fila para darle a la esposa-asistente de Revilla los billetes del adelanto para sellar la inscripción. Vi a mis co-capitanes acercarse al mostrador de Revilla —casi todos latinos, casi todos inmigrantes, casi todos trabajadores— y volví a sentir la distancia que en estos años ha marcado mi relación y la de nuestro equipo con Revilla y el resto de la liga.

Por un lado, me siento y nos sentimos cercanos a ellos porque compartimos la latinidad y la enfermedad por el fútbol, dos cosas que el resto de Nueva York no tiene ni entiende ni puede aprender; pero por otro me siento y nos sentimos inevitablemente lejanos, porque sabemos que en otras cuestiones nosotros también representamos la Nueva York gringa a la que ellos miran desde lejos y con desconfianza. En estos tres años que llevamos en el torneo, esta tensión —clase media versus clase trabajadora, inmigración legal contra inmigración ilegal, inglés fluido contra inglés tartamudeado, comer en restaurantes contra trabajar en restaurantes— se ha inflamado o se ha aliviado, pero siempre ha estado ahí: algunos de nosotros a veces hemos creído que Revilla o los árbitros nos perjudicaban porque no formábamos parte del “núcleo duro” de equipos peruanos, ecuatorianos y mexicanos de la liga, y ellos quizás han creído, con algo de razón, que nosotros somos parte de la avanzada clasemediera que desde hace una década está trepando por Brooklyn desde Manhattan, transformando barrios obreros en barrios cool, con restaurantes japoneses y tiendas de diseño, destrozando o desplazando lo que encuentra a su paso.

San Martín de Brooklyn empezó la temporada con su grisura habitual: derrota mínima contra un equipo mejor, triunfo sufrido contra El Progreso FC (después de mi expulsión, mis compañeros ganaron tres a uno), un cero-cero espantoso contra una pandilla de uruguayos guerreros pero pataduras y un uno-dos que parece digno pero fue un lección de fútbol.

El quinto partido nos puso en movimiento. En el minuto tres de su primer día como titular, Claudio, un paraguayo peleón, rápido y goleador que se nos había ofrecido después de jugar contra nosotros un par de semanas antes, se fue de un marcador sobre la izquierda, perdió la pelota, la recuperó, la volvió a perder, la volvió a recuperar y tiró un centro bajo que rodó hacia la medialuna por la línea del área grande. Yo, que lo venía acompañando más como un comentarista que como un destino posible de pase, detecté la bola en los suburbios de mi botín izquierdo y le pegué casi de lleno, intentando darle una comba para que se abriera primero y se cerrara después en el primer palo; la pelota salió mucho más alta de lo que había querido pero agarró mucho efecto, eludió la manopla extendida del arquero y se metió cerca del palo opuesto. (Celebré moderadamente, como si estuviera acostumbrado a meter este tipo de golazos.) Nos empataron cerca del final del primer tiempo con un penal que no existió y volvimos a marcar nosotros casi en el último minuto con un gol desde el borde del área. Justo después del gol, mientras mis compañeros festejaban, yo grité: “¡A pesar del árbitro!”, y recibí mi única tarjeta amarilla por protestar de la temporada.

La semana siguiente, después de empatar sobre el final un partido que merecimos perder, terminó nuestra pequeña racha positiva y empezó nuestro deslizamiento habitual y un poco inevitable hacia el pantano en el que nos hundimos cada verano. Entre mediados de junio y fines de agosto ganamos dos partidos (contra los equipos que terminaron en las posiciones catorce y veinte) y perdimos todos los demás, jugando mal y metiendo pocos goles. Es difícil jugar en la cancha de McCarren Park con treinta y dos o treinta y cuatro grados, como nos tocó hacerlo varias veces, pero lo que más nos complicó el verano fue la falta de jugadores, porque nuestros compañeros estadounidenses y algunos de los latinos empezamos a preferir, por voluntad propia o presionados por nuestras familias, pasar los sábados en la playa o de vacaciones.

La Greenpoint Soccer League es tan poco gringa que se juega incluso en los fines de semana largos, desde Memorial Day en mayo hasta el Día del Trabajo en septiembre. El cuatro de julio de 2009, Día de la Independencia, jugamos de noche bajo el estruendo y la filigrana de los famosos fuegos artificiales de Nueva York, mientras nuestros jugadores estadounidenses (y el resto de la ciudad) tomaban cerveza, comían salchichas y rulaban porros en terrazas propias o ajenas. Un año después, este último verano, unos amigos nos invitaron a pasar un fin de semana a una casa en Connecticut, a tres horas de Nueva York. Le propuse a mi mujer que ella fuera con nuestros amigos el sábado por la mañana, mientras yo primero jugaba contra Los Hobos y después tomaba el tren que paraba en Connecticut a las siete de la tarde. Mi mujer, que ha aprendido a elegir sus batallas, accedió. Cuando aquel sábado llegué a McCarren Park, no se estaba jugando ningún partido.

—Me vas a tener que perdonar, Hernán —dijo Revilla abriendo los brazos— pero ha habido un malentendido con los capitanes de los equipos Real Hidalgo y Misfits y todavía no empezaron a jugar. Está todo retrasado.

Insulté a Revilla como hacía tiempo que no insultaba a nadie y me fui a la estación con mi bolsito al hombro y en el peor de los mundos: sin el fútbol de la clase trabajadora ni la vacación bucólica de la burguesía.

El catorce de agosto, con la mayoría de los titulares de vuelta de sus viajes y una carambola de resultados que nos había dejado lejos pero con posibilidades matemáticas de llegar a los playoffs, jugamos contra un equipo llamado “New York United”, que en ese momento iba séptimo. Para motivarnos durante la semana, nos intercambiamos emails llenos de lugares comunes futboleros: “Este sábado es ganar o ganar”, nos decíamos; “Desde ahora son todas finales”; “¡Es el partido del año!”.

***

Un par de meses más tarde, fui a McCarren Park a ver los partidos de vuelta de los cuartos de final. Era una noche bastante fría de principios de octubre y la cancha estaba hermosa, iluminada como un escenario desde las líneas para adentro y en penumbra desde las líneas para afuera, donde cientos de personas mirábamos los partidos de pie, con los manos en los bolsillos y dando pequeños saltitos para sacudirnos el frío sorprendente del principio del otoño. Adentro de la cancha jugaban dos de los pocos equipos multinacionales del torneo. Dream Team, usando una vieja camiseta suplente del Inter de Milán, combinaba una vieja base ecuatoriana apuntalada (y casi reemplazada) con refuerzos de todos lados: dos de sus mejores jugadores eran un húngaro flaquito y elegante a quien llamaban “Eli” y un delantero centro afroamericano a quien le decían “Winsy” y llevaba metidos más de treinta goles. El otro equipo en la cancha era New York United, donde había algunos latinos pero no los suficientes como para romper la barrera idiomática: se pedían la pelota (“¡Switch!”, “¡Drop!”), se felicitaban (“Good ball”) y se daban órdenes (“¡Back, back!”, “¡Pressure!”) en inglés.

Encontré a Revilla bastante rápido, parado cerca de la mitad de la cancha, con su gorrita blanca bien hundida hasta los orejas, y conversando con el juez de línea. Cuando me vio, se me acercó sonriendo y me dijo: “Te quiero escribir una carta, para explicarte algunas cosas que dijiste sobre mí en la Internet”. Yo sabía bien de qué me estaba hablando: en junio y julio yo había escrito un diario del Mundial de Sudáfrica y le había dedicado un puñado de párrafos. No había sido agresivo con Revilla, pero sí moderadamente sarcástico, especialmente con su rocambolesco sistema para fijar los horarios de los partidos, que no admite negociaciones ni excepciones. Quienes más nos quejamos del sistema somos los equipos clasemedieros, que por su culpa no podemos “planificar” nuestros fines de semana y acomodar el fútbol en nuestro (supuestamente) variado menú de opciones. Hasta los martes a la noche, cuando los capitanes llaman al celular de Revilla, ningún equipo sabe a qué hora va a jugar el sábado siguiente (el primer partido es a las once de la mañana; el último, a las diez de la noche). Revilla está tan enamorado de su sistema (asigna los horarios según una misteriosa escala que toma en cuenta la posición de los equipos en la tabla) que ni siquiera durante el Mundial de Sudáfrica aceptó acomodar los equipos con argentinos, uruguayos, gringos o mexicanos a los horarios de los partidos de sus selecciones.

—Te quejas del calor, de los horarios, de todas esas cosas que ya hablamos mil veces —me dijo Revilla aquella noche—. Pero tú no sabes lo difícil que es organizar esto, la cantidad de reclamos que hay, la cantidad de demandas que tengo.

Le expliqué a Revilla que entendía perfectamente su situación y que en esa columna había dicho exactamente eso, pero no me quiso escuchar. Enseguida me di cuenta de que estaba jugando conmigo, más halagado que ofendido, y dispuesto a cobrarse una victoria psicológica. Juntó las manos y agitó los dedos, tipeando en un teclado invisible, y me dijo, al borde de la carcajada:

—¿Pensaste que no me iba a meter a la Internet? Jaja, te descubrí.

Me quedé en silencio, sonriendo, un poco emocionado de ver que un tipo tan de otro siglo como Revilla también había caído presa del auto-googleo y se había buscado a sí mismo, como hemos hecho todos, en la red de redes. (La Greenpoint Soccer League es un torneo tan analógico que casi no ha dejado rastros en Internet: es “ingoogleable”. La búsqueda “Greenpoint Soccer League” devuelve un puñado de resultados, pero ninguno relacionado con la liga.)

Después del partido se acercó un amigo de Revilla y nos pusimos a hablar de cómo se puede adivinar de dónde es un jugador solo por la forma de caminar por la cancha. “Al argentino, al uruguayo, al peruano lo ves parado en la cancha, antes de que toque la pelota, y ya sabes que es un futbolista”, decía Revilla. ¿Y los gringos? Revilla resopló, porque no le gusta hablar mal del país del que también es ciudadano, pero admitió: “No, no, los blancos no. Los blancos no”. Los blancos. Una hora antes le había preguntado a Revilla de dónde eran los de New York United y me había contestado algo parecido: “No sé, creo que son blancos”. Pero los del United, que jugaban con la camiseta de la Real Sociedad y tenían, en efecto, un promedio de piel más clara que la de los equipos ecuatorianos o mexicanos, eran de países que difícilmente podrían calificarse de “blancos”: había puertorriqueños, rumanos, chilenos e incluso había también un par de ecuatorianos.

—Los mexicanos son toscos —dijo Revilla después—. Pero ponen mucha garra. Uno les mete un gol, dos goles y les tiene que meter un tres-cero o un cuatro-cero para ganarles, porque con solo dos goles van al frente y te lo empatan.
—¿Y los peruanos?
—Los peruanos tenemos calidad —dijo Revilla con una mezcla de orgullo y resignación—. El problema es que somos indisciplinados.

Su descripción de los equipos peruanos se parecía bastante a lo que habíamos notado nosotros en la cancha (equipos como la selección de Perú: talentosos pero inofensivos, que tocan bien pero ante el primer problema se deshacen inexplicablemente). Mucho menos se parecía nuestra experiencia a su descripción de los mexicanos, que no nos habían parecido nada toscos, pero sí (también) bastante parecidos a su selección: defensores rápidos pero poco confiables, mediocampistas centrales lentos pero señoriales y dos parejas de alfiles por las puntas que corrían todo el tiempo y eran capaces de poner en peligro a cualquiera.

Un patrón habitual en McCarren Park, en estos equipos mexicanos o ecuatorianos con muchos jugadores bajitos y algunos gorditos, era ver que sus únicos jugadores altos eran dos negros gringos o jamaicanos o senegaleses que se paraban de zaguero central y centrodelantero. Estos tipos —algunos, becados universitarios de vacaciones; otros, veteranos de mil batallas del fútbol urbano en los parques de Randall Island o Flushing Meadows— reciben entre cuarenta y ochenta dólares por partido y juegan cuatro o cinco partidos por fin de semana en ligas de toda la ciudad. Como sus compañeros hispanohablantes no los conocen bien o no se aprenden sus nombres, les piden la pelota con sonoros “¡Negro, negro!”, que en este patio fronterizo apenas sacuden el barómetro de la corrección política. En los años que llevamos jugando en la Greenpoint Soccer League, uno de los mejores delanteros del torneo ha sido siempre un petiso punzante y endiablado a quien sus compañeros mexicanos nunca aprendieron a llamar por el nombre: “¡Árabe, árabe!”, le gritaban y el petiso, igualito a Diego Buonanotte, se daba vuelta y sonreía.

***

El partido más importante de nuestras vidas, contra New York United, duró media hora. Después no hubo partido sino exhibición (de ellos) o tortura (para nosotros). Nos metieron el primer gol en el minuto doce o trece; el segundo, en el veinticinco o veintiséis; el tercero, justo antes del final del primer tiempo. Entramos a la cancha eufóricos pero mareados, ya antes de recibir el primer puñetazo, y después nos fuimos cayendo lentamente, como si nos soplaran, hacia la lona. Volvimos malhumorados y en silencio al arbolito donde nos esperaban nuestras mujeres, que nos preguntaron, con la mejor intención y el peor tacto: “¿Ganaron?”. A algunos de nosotros se nos escaparon unas carcajadas socarronas, casi diabólicas, que reflejaban la vergüenza y la indignación de perder cinco a cero el único partido que teníamos que ganar.

El martes siguiente analizamos la hoja manuscrita y fotocopiada con la tabla de posiciones, lo llamamos a Revilla para preguntarle los resultados de los otros partidos —a veces se los acuerda, a veces duda: “Creo que ganó Guadalupe…”—e hicimos un poco de aritmética: la única posibilidad que nos quedaba de meternos entre los primeros doce era ganando los cuatro partidos que nos quedaban.

La noche del veintiuno de agosto jugamos contra Universidad Católica, un equipo de peruanos y mexicanos que iba sexto en la tabla. Nosotros estábamos decimocuartos y nunca le habíamos ganado a ningún equipo que estuviera por encima de nosotros. Metí el uno-cero en el primer tiempo, tocando en el primer palo un muy buen centro bajo de John, uno de nuestros gringos, y Claudio metió el segundo un rato más tarde, definiendo de zurda un pase mío de los que hace años daba miles pero que ahora, con la edad y la falta de confianza, cada vez doy menos.

El sábado siguiente jugamos contra Real Hidalgo, los campeones del año anterior. Fingimos estar condenados, como personajes de una tragedia griega, y el truco funcionó: se lo creyeron ellos y, sobre todo, nos lo creímos nosotros, que jugamos sin presión y con confianza, incapaces de creernos nuestro empaque y nuestra energía hasta que Pietro, nuestro delantero italiano, metió un gol de penal y después tiró un centro que Claudio cabeceó en el segundo palo. En el entretiempo nos pellizcábamos en silencio, como si no quisiéramos despertarnos. Después quisieron atropellarnos y lo consiguieron: se pusieron dos a uno y por un momento pareció inevitable que San Martín recuperara su habitual talante apedreado y dubitativo. Cuando faltaban dos minutos, Matías, que se había pasado la temporada persiguiendo rivales en la mitad de la cancha, metió un derechazo al ángulo y lo gritó tan fuerte que todo el mundo en el parque se dio vuelta para mirarlo. El partido siguiente lo ganamos por decreto (Honduras FC se había retirado del torneo) y el último lo ganamos cuatro a cero, como si siempre hubiéramos sabido cómo meter goles. Cuando terminó el partido, nos miramos y no lo podíamos creer: a pesar de habernos saboteado durante semanas y semanas, habíamos terminado el torneo undécimos, con veintinueve puntos en diecinueve partidos y autorización para bailar aunque sea un ratito con la aristocracia futbolística de la Greenpoint Soccer League.

Hasta hace no mucho, varios equipos de la liga usaban los sábados como ocasión deportiva pero también social: se quedaban en el parque, comiendo fruta y sándwiches, escuchando música y tomando cerveza hasta después de la medianoche. Cuando tenían que hacer pis, lo hacían contra las paredes de las fábricas vacías. Ahora que esas fábricas han sido reemplazadas por departamentos, Revilla les ha tenido que pedir por favor que dejaran de orinar cerca de los edificios. “¿Y entonces dónde?”, habían protestado algunos en la reunión de capitanes en Pío Pío. “Háganlo del otro lado del parque, contra las canchas de béisbol”, les había recomendado el presidente de la liga.

Un sábado fui a visitar a Revilla y lo encontré caminando alrededor de la cancha con un bastón en una mano y una bolsa en la otra, recogiendo la basura —botellas vacías de Gatorade, bolsas de plástico, restos de comida— que habían dejado los espectadores de los partidos del día. Le pregunté cuánto había cambiado el barrio en los casi veinte años que llevaba organizando el torneo. Revilla frenó, se dio vuelta y, mirando a los edificios de departamentos construidos en el boom inmobiliario pinchado en 2008, dijo: “Esto era todo factoría”. Levantó los brazos y señaló hacia el Este y hacia el Sur. “Todo factoría. No había ni un solo edificio.”

McCarren Park, el parque municipal donde se juegan los torneos de Revilla, está en el borde oriental de Williamsburg, un barrio que en la última década y media pasó de rincón semi-feo, semi-polaco y semi-vacío a refugio de artistas y rockeros y, en una segunda transición asociada a la primera, en barrio cool y caro con boutiques alternativas y mueblerías de estilo escandinavo. Lo que pasó en Williamsburg pasó en toda la ciudad: a medida que los yuppies y otros jóvenes se cansaron de los suburbios y retornaron a los centros de las ciudades, desplazaron a los bohemios o lúmpenes creativos que vivían casi gratis en barrios dilapidados como el Soho o el East Village. Estos bohemios (artistas, músicos, diseñadores) encontraron refugio en Brooklyn, del otro lado del East River, donde pusieron galerías de arte y pequeños restaurantes bonitos que lentamente fueron Desplazando a las familias negras y dominicanas que llevaban treinta años allí. La tendencia —que algunos en castellano llaman “gentrificación”, traduciendo fonéticamente desde el inglés— se ha desacelerado pero persiste, alcanzando territorios cada vez más alejados de Brooklyn y el norte de Manhattan.

Para Revilla, que vive cerca del parque pero en la otra dirección, todavía a salvo de los salones de yoga y el café orgánico, el beneficio principal de la gentrificación de Williamsburg ha sido la renovación de McCarren Park: hasta 2005, la Greenpoint Soccer League se jugó en un erial traicionero de yuyos y escombros; desde 2006, en una cancha extraordinaria con luz artificial y césped sintético de última generación. Para algunos de los latinoamericanos que participan de la liga, este parque es uno de los beneficios más valiosos que reciben del Estado gringo, que no les da permisos de trabajo pero al menos los deja jugar al fútbol en una cancha a la cual casi ninguno de ellos tendría acceso en América latina.

Revilla y otros peruanos empezaron a jugar en McCarren Park a principios de los noventa, cuando en los alrededores había solo “factorías”, depósitos agrietados y unos pocos bares y carnicerías polacos derramados desde el vecino barrio de Greenpoint. Una tarde llegó un comisionado del Departamento de Parques, les advirtió que no podían usar el campo sin permiso y les dejó una tarjeta. Revilla lo llamó, fue a varias reuniones y seminarios y en 1992 fundó la Greenpoint Soccer League, que en su primera edición tuvo ocho equipos, casi todos peruanos. Con los años, la liga fue creciendo y también se fue “desperuanizando”, imitando las tendencias migratorias de la ciudad. Hace quince años había pocos mexicanos en Nueva York y pocos mexicanos en el torneo de Revilla; hoy hay muchos mexicanos más, en las cocinas y obras en construcción de la ciudad y en las canchas de Brooklyn. “Los equipos peruanos ya no dominan”, dijo Revilla. “Se fueron quedando viejos, no ha habido recambio”.

Después conversamos sobre su historia personal. Me contó, con algo de la morriña habitual de los inmigrantes, que lleva treinta años en Estados Unidos, que primero vino solo y que solo más tarde pudo traer a su mujer. Lo más doloroso, me dijo después, fue dejar en Perú a su hijo, a quien durante casi tres años cuidaron su hermana y su cuñada. En una entrevista que le dio a un periodista del sitio Peru21.pe (a quien conoció gracias a mí), Revilla contó aquellos años con más detalle:

—Acabo de estar en Lima y mi hermana me entregó las tarjetas que yo le enviaba a mi hijo —muestra una serie de tarjetas amarillentas fechadas desde el setenta y nueve—. Fue muy emocionante. Son cosas que pasan. Se luchó tres años, regularizamos nuestra situación migratoria y pudimos pedir a mi hijo. Pero una de las cosas más difíciles de estar aquí —hace una pausa— es que ya no pude ver a mi padre. Cuando regresé, me dijeron que ya había fallecido. Este país te da cosas buenas, pero también te las cobra.

Cuando leo párrafos como éste, me arrepiento un poco de mi relación con Revilla, con quien me peleé muchas veces más de las necesarias. Sigo sin entender por qué necesita ser tan inflexible y arbitrario con su calendario de partidos y por qué se resiste (por convicción o indiferencia, a esta altura da casi lo mismo) a crear una sencilla página web donde todo el mundo pueda ver la tabla de posiciones, los resultados de los rivales y los horarios de los próximos partidos. Estos años, nuestro único contacto matemático con el resto del torneo ha sido una hoja escrita a mano y fotocopiada que nos entrega Revilla cada sábado antes de los partidos. Es una tabla que usa tecnología de 1970, más una reliquia que un instrumento, pero contra la que cada vez tengo menos ganas o argumentos para protestar.

***

Nuestro baile en la élite de la Greenpoint Soccer League fue corto y brutal. Perdimos tres a cero, sometidos y colonizados desde el primero hasta el último minuto, contra Filco, mi equipo favorito de la liga, un grupo multilatino, toqueteador y agresivo que usa la camiseta rosa fosforescente del Barcelona. Mientras ellos jugaban al fútbol, nosotros parecíamos tener vergüenza de interrumpirlos. Tardábamos cinco minutos en recuperar la pelota y diez segundos en perderla; subía la bola al cielo y saltaban tres fosforescentes contra uno solo celeste; cuando quisimos frenar el partido, hacer una pausa (¡pedir una tregua!), ni se enteraron: nos pasaron por encima. “Por lo menos cumplimos nuestro objetivo de la temporada”, dijo uno de los nuestros, sin consolar a casi nadie.

Un mes después se jugó la final. Ahí estaba Filco, con sus bailarines fosforescentes, después de ganar todas sus eliminatorias por goleada; y también estaba Dream Team, el Chelsea de la liga, el equipo con más jugadores contratados. Le pregunté una vez al técnico y manager de Dream Team, un ecuatoriano con bigotito y pelo corto, de dónde sacaba sus jugadores y me dijo que recorría las ligas de toda la ciudad: “Miramos jugadores en todos lados y los que más nos gustan, los mejores de los mejores, los traemos para acá”, me respondió. Yo hinchaba por Filco, entonces, no solo porque tenía menos jugadores contratados (y me parece una posición moral defendible preferir a los equipos con más espíritu amateur), sino también porque nos habían eliminado a nosotros, y perder contra el campeón siempre es un truco útil para subir o salvar la autoestima futbolística.

En la cancha había clima de final. A un costado, Revilla había parado una mesa de jardín con los trofeos, bañados en (o disfrazados de) mármol y oro. Unas dos mil personas mirábamos el partido parados sobre la raya, al borde de la invasión, obligando a los jueces de línea a meterse dentro de la cancha y generando pequeños tumultos y confusiones en cada lateral. En el público había latinos con sus familias (sentados en sillitas de playa, tomando cafés de Dunkin’ Donuts, compartiendo bolsas de comida) pero también personajes típicos del barrio (guitarristas barbudos de bandas indie, blogueros freelance con camisas ajustadas, chicas pálidas con vestidos de flores y tatuajes en los hombros), probablemente atraídos por la electricidad del momento. El partido era parejo y bastante bien jugado. Eli, el húngaro de Dream Team, manejaba el tempo desde su guarida en el centro de la cancha, pero Filco se las ingeniaba para generar peligro. En el segundo tiempo, con el partido uno a uno, el técnico de Dream Team hizo entrar a un negro panameño panzón y culón y la tribuna lo recibió con risas y burlas. Yo, que lo había visto jugar, me alegré cuando el panameño culón enhebró un pase finísimo para Winsy, que metió su gol treinta y ocho o treinta y nueve (Revilla perdió la cuenta). Filco, más veterano pero con más mística, se fue para adelante, metió el partido en un pantano y así consiguió el empate, después de cien pelotazos y noventa y nueve rebotes, en el último minuto.

El público celebró el gol como si fuera propio, porque extendía el drama hasta la definición por penales. El árbitro, un peruano flaco y alto con poco sentido del humor, quiso mantener al público fuera de la cancha, pero nadie le hizo caso. Cuando el lateral izquierdo de Filco tomó carrera para patear el primer penal, la multitud ya se había abroquelado en los bordes del área grande, rodeando por completo el arco y los pateadores, dándole a la definición una atmósfera de tensa calma, a mitad de camino entre la congregación religiosa y la amenaza de linchamiento. Antes de cada penal, el público se callaba por completo, como en el teatro, y con cada gol se derramaba en grititos de alegría o decepción. Cuando el arquero mexicano de Dream Team, el mejor del torneo, atajó el único penal mal pateado de la noche, se oyeron los “¡ahhhh!” y “¡ohhhh!” de la multitud gringa, que quizás no sabe mucho de fútbol pero sí sabe identificar un buen espectáculo.

Mientras unos festejaban, otros se lamentaban y otros miles se iban para sus casas o donde tuvieran que ir, Revilla me llamó a un costado y me pidió que le hiciera de traductor en la entrega de premios. Primero vino el técnico de Filco, que además es el jefe de la mayoría de sus jugadores en una empresa de reciclado de basura, y se llevó un trofeo alto y dorado grabado con la entrañable “Sub-Champion 2010”. Después se acercaron los jugadores de Dream Team. “Las medallas las va a poner acá el señor Hernán, del equipo San Martín”, dijo Revilla, y los campeones pasaron en fila a mi lado mientras yo, un poco halagado y otro poco incómodo, pasaba las medallas alrededor de sus cabezas transpiradas y las soltaba sobre sus nucas. Revilla tomó un trofeo de la mesa y dijo: “¡El premio al goleador!” Después me miró: “¡Traduce!” Tartamudeé: “The award for the top scorer…”, pero ya no era necesario, porque sus compañeros habían empujado al frente a Winsy, que levantaba su copita tímido y contento. “¡El mejor jugador!”, dijo Revilla después. “The best player…”, repetí yo, en voz bajita. Revilla, que no sabía cómo se llamaba, apuntó hacia el húngaro Eli y el húngaro, que tiene modales y aspecto de otra época, como escapado de una película en blanco y negro, sacudió su trofeo con la misma timidez. Después Revilla se dio vuelta, tomó un sobre que le pasó su mujer y se lo dio al ecuatoriano del bigotito: “Cuéntalo”, le dijo. El técnico de Dream Team abrió el sobre y contó: había, en efecto, dos mil dólares.

Cuando nos quedamos solos, felicité a Revilla por el éxito de la final, que había tenido buen fútbol, buen público y una definición dramática. “Sí, ha estado bien”, me respondió, cansado o melancólico. Después, como para terminar de componer nuestra relación, lo felicité por la liga, le dije que admiraba su dedicación y le aclaré que, aunque todavía estuviéramos en desacuerdo con algunas cosas, jugar en la Greenpoint Soccer League me parecía una experiencia fascinante, la mejor parte de mi verano. Revilla me agradeció, pero después apuntó a los edificios de departamentos de alrededor, donde algunas ventanas en ámbar sugerían el calor de hogares de clase media. “A esta liga le quedan tres o cuatro años, cinco como mucho”, me dijo. Un poco sorprendido, le pregunté por qué pensaba eso. “Claro, hermano. Nos están empujando. Esta cancha está demasiado bonita como para que la sigamos usando nosotros. En algún momento nos la van a quitar.” Me quedé callado, analizando si realmente Revilla tenía motivos para ser tan pesimista, y no supe qué responder. Después me pregunté si, llegado el improbable caso de que hubiera que tomar una decisión, de qué lado creía Revilla que estábamos nosotros. Tampoco quise contestarme. “Se vienen los blancos, Hernán”, dijo Revilla después, quizás dándome una respuesta. “Se vienen los blancos.”

A las siete y media de la mañana, ya hay cuarenta personas en la cola, alineadas entre el carro de combate y el patrullero asignado por España para garantizar la seguridad del consulado. De las cuarenta caras de aburrimiento y sueño, tres son negras, dos son orientales, seis son árabes y hay algunas muy rubias, pero con el rubio apagado y descolorido de Europa del Este, ese rubio antiguo y pobre. Las demás son blancas, algunas incluso españolas, o de esas razas indefinidas que salpican Sudamérica como grumos de leche en polvo sobre la superficie del café.

—Hemos debido llegar antes.
—Te has debido levantar antes.

Paula es rubia pero quiere ser negra. Tiene culo de negra. Tiene el pelo rizado de una mulata brasileña, que cuida con productos que no se consiguen en España, productos que le manda su madre y que llevan etiquetas con palabras como Beleza Sensualidade y fotos de morenas regordetas. En España, siempre le preguntan si su pelo es natural. Siempre le preguntan si es italiana. A mí me preguntan si soy argentino. Cuando respondo que soy peruano, me dicen: “¡Pero no pareces!” Creo que lo dicen como un elogio, de buena onda.

A las ocho, se acerca a nosotros el vigilante de la puerta. Lleva anotados nuestros nombres y los verifica con nuestros pasaportes. Nos pide que nos peguemos a la pared. Los fusiles de los militares españoles no nos apuntan. c revisando las identidades de la fila.

—Trajiste la invitación de la universidad. ¿Verdad? — pregunto.

Paula me la muestra. La carta dice que Paula participará en un congreso de escritoras de la Universidad de Nueva York y que yo viajaré con ella. En el segundo párrafo, da el nombre del grupo de trabajo en que estará inscrita Paula.

—“Grupo de trabajo”. Mierda.
—¿Qué pasa?
—Van a pensar que estás yendo a trabajar.
—Es sólo un congreso. Son seis días.
—Ya. Pero éstos son funcionarios…
—¿Prefieres que no mostremos la carta?
—No tienen que pensar. Si dice trabajo, es trabajo.
—¿Prefieres que no mostremos la carta?
—Muéstrala. Yo pondré en mi formulario que voy por turismo.

Lo digo de mal humor. No estoy molesto con ella. Sólo estoy de mal humor.

—¿Por qué te enojas? —pregunta ella.
—No estoy enojado.

Saco el formulario de solicitud y busco el apartado de motivos del viaje, que está justo antes de la serie de preguntas: “¿Ha participado usted en el genocidio nazi?”, “¿Ha sufrido desórdenes mentales o drogadicción?”, “¿Planea entrar en los Estados Unidos para participar en violaciones, atentados terroristas o alguna otra actividad ilegal?”. Escribo tourism.

Delante de nosotros, un grupo de mexicanos engorda. Cuando llegamos eran tres. Ahora son seis y está llegando otro, que se incorpora a la fila con sus amigos.

Son las nueve y media. Hace mucho calor. Les pido que respeten el orden de llegada. Amablemente, me piden disculpas, pero no se mueven. No sea malito, me dicen.

Soy muy malo.

Me acerco al vigilante para que ponga orden. El vigilante está en el interior de la cabina antibalas de la entrada. La tabla en que anota la asistencia está apoyada contra la ventana. Puedo ver el reverso de la tabla. Lleva pegado un cartelito que dice: NO ME CUENTES TU VIDA.

Yo sé que es muy triste.

Todos tenemos historias tristes.

¿Que no ves que no me interesa?

Regreso a mi sitio sin decir nada. Los mexicanos agradecen mi complicidad. Les dedico una sonrisa llena de sudor e hipocresía.

Son las diez y media cuando sale el vigilante y abre la puerta para las siguientes diez personas. A pesar de los mexicanos, el turno nos alcanza. El vigilante me revisa, me palpa y me quita la mochila. Hace lo mismo con Paula. Y entramos en territorio de los Estados Unidos de América.

El territorio americano se compone de: 1) cabina de vigilancia, 2) vigilante de la cabina, 3) alfombra con el águila de los Estados Unidos, 4) puerta blindada, 5) salón de espera (porque aún no termina la espera). Tomamos nuestro sitio en la siguiente cola. Me coloco yo primero. Paula me mira con fastidio. Le pregunto:

—¿Qué pasa?
—Nada.

Nada. Odio cuando las mujeres dicen nada. Te miran como si fueran a degollarte y te dicen nada. Entonces vuelves a preguntarles qué pasa y se enojan porque no lo sabes. O dices bueno y se enojan porque no has vuelto a preguntarles. O no haces nada y se enojan porque no haces nada. Tenemos una amiga andaluza que dice: cuando estés furiosa y tu novio finja no saber por qué, díselo. No está fingiendo. Realmente no se ha enterado de lo que te pasa, porque es un idiota.Todos somos igual de idiotas. No es mi exclusividad.

—¿Estás molesta porque me he puesto delante de ti?
—No es eso. No es de ahora. Estoy molesta porque nunca piensas en mí.

En la sala de espera hay dos grupos. Los norteamericanos esperan sentados. Son unos doce y los atienden en cinco ventanillas. Los extranjeros tenemos asientos también, pero no cabemos todos. Somos más de ciento cincuenta y nos atienden en tres ventanillas. No hay ventanas. Sólo tres cristales empotrados en el muro. Detrás de los cristales hay una bandera de estrellas y franjas y tres funcionarios que rotan. No podemos tocarlos. Hay un muro antibalas entre nosotros y ellos. Abro el libro que he traído.

—¿Vas a leer? —pregunta Paula.
—No.

Cierro el libro. Es un libro de Roth sobre un hombre al que le han extirpado la próstata que habla sobre otro hombre que toma Viagra para acostarse con una mujer treinta años menor que se ha divorciado de un veterano de guerra que ha asesinado a sus hijos. Estoy en América. Y no quiero pelear con Paula.

Hemos peleado cada día de las tres semanas que tarda la cita para pedir la visa. La última vez fue hace dos días. Vine al consulado a preguntar si no importa que mi permiso de residencia español esté en renovación. El trámite dura ocho meses, y cuando te la conceden, ya tienes que renovarlo de nuevo.

Pero tengo un papel que certifica que estoy en trámite. Siempre estoy en trámite. Quería saber si podía pedir la visa con ese certificado.

En el consulado me dijeron que para cualquier pregunta tenía que llamar por teléfono a una línea de cobro revertido. Que no podía dirigirme a ningún ser humano para pedirle información. Me dieron un papel con las instrucciones, un papel que yo ya tenía. Volví a casa y llamé al número del papel. Una grabación me repitió durante seis minutos pagados por mí todas las cosas que decía el papel. Cuando al fin hablé con una persona, me dijo que ella sólo podía fijar una cita. Toda la información necesaria está en el papel o en la grabación, dijo.

Después fui a pagar la tasa para pedir la visa. Cien dólares o euros por persona, según qué moneda esté más cara. Así me explicaron en el banco. Tenía que darles los números de nuestros pasaportes. Sólo después de pagar los cien dólares, me di cuenta de que Paula me había dado un pasaporte vencido.

De vuelta en casa, arrojé su pasaporte en una mesa.

—¡Acabamos de tirar a la basura cien euros porque guardas un pasaporte vencido!
—Tengo que guardarlo porque ahí está mi visa anterior. Hemos tirado los euros a la basura porque tú no te enteras.
—¡Yo no me tengo que enterar de TUS putos papeles!
—Llevaremos los dos pasaportes. Podemos explicarlo.
—Ojalá me lo puedas explicar a mí cuando no lleguemos a fin de mes. Porque en esta casa, con cien dólares se come dos semanas.

Luego me encerré de un portazo en mi estudio. Casi no hemos hablado en dos días. Por las noches, escribo hasta tarde para llegar a la cama cuando ella esté durmiendo.

Pero hoy ya no quiero pelear más. Tomo conciencia de que son las once y aún no he desayunado. Me suena el estómago. Abrazo a Paula: Necesitamos unas vacaciones. Diez días en Nueva York. Con alojamiento gratis en Manhattan.

La beso. Ella se resiste, pero cede cuando le recuerdo nuestro apartamento en Manhattan. Nos lo va a prestar Carlo. Carlo se fue a Los Ángeles tres años antes de venirme yo a España, con un contrato de trabajo para enseñar español en una universidad mientras hacía una maestría. Ahí se empezó a convertir en un genio de la burocracia académica. Consiguió una beca, y luego un traslado de beca a la Universidad de Nueva York, y luego la dirección de un programa de estudios de español para los estudiantes que le valió un viaje a Madrid con todo pagado y sin nada que hacer. Aquí nos reencontramos y nos pusimos al día en materia de cervezas.

Carlo decía que sangraría a los contribuyentes americanos mientras tuviese alma en el cuerpo y que para sacarlo de Nueva York tendrían que usar un revólver. Su único día de trabajo en dos meses en Madrid fue cuando los estudiantes se asustaron por unas manifestaciones contra la guerra. Los estudiantes creían que los españoles los odiaban. Carlo trató de explicarles que no era contra ellos sino contra el presidente. Pero ellos no entendían la diferencia. El presidente es América. América somos nosotros.

América son ellos. Carlo estaría de viaje en Perú durante nuestra estancia en Nueva York y nos dejaría las llaves de su apartamento en Manhattan.

—Necesitamos relajarnos, ¿no? —dice Paula.
—La incertidumbre nos pone de mal humor. Al regreso buscaremos trabajos más estables. Pero hasta entonces, la pasaremos bien.

Paula mete su lengua en mi boca. La beso con los ojos abiertos. Sobre los asientos para extranjeros, hay un televisor mudo que pasa todo el tiempo imágenes de CNN. Aparece Bush en Senegal, ante la puerta por la que salían los esclavos africanos hacia las colonias. Recuerdo cuando yo trabajaba en el Ministerio del Interior en Perú. Una vez nos visitó el zar antidrogas de Estados Unidos, Barry McCaffrey. Desde el día anterior, los agentes de su guardia personal revisaron cada rincón del Ministerio sin decir una palabra en español, ni siquiera “hola”.

Al Charapa Huertas lo levantaron con todo y silla para verificar que no hubiese explosivos bajo su escritorio. La mañana de la visita, se apostaron en todas las salidas y cerca de todos los lugares por los que iba a pasar McCaffrey. Uno de ellos, con un micrófono, daba indicaciones desde mi oficina, que no me pidió permiso para usar. Con el plano del edificio en la memoria, ordenaba desplazamientos, reubicaba guardaespaldas y pedía informes de situación. McCaffrey apareció a las doce de la mañana con un séquito de cincuenta y dos funcionarios. Él y su gente no entraban todos juntos en la oficina del ministro. Se quedó diez minutos, manifestó su preocupación por el narcotráfico, le dio la mano al ministro frente a las cámaras de TV y se fue. Ahora me imagino a Bush frente a la puerta de los esclavos y a doscientos guardaespaldas machacando a los funcionarios del museo de la puerta para que él pueda dar su discurso sobre la libertad.

—¿Por qué me besas con los ojos abiertos?
—¿Qué?
—¿Por qué me besas con los ojos abiertos? Odio eso.
—Paula, basta…
—Si fuera Claudia me besarías con los ojos cerrados, ¿no?
—¿Vamos a volver a hablar de eso?
—No trates de hacerme sentir loca. Hasta Andrés y Verónica lo han notado. Se te está tirando encima y a ti te encanta.

Claudia es una chilena que se fue a estudiar a Italia. Después, como no consiguió trabajo ahí, se instaló en España. Pero odia España. Sólo le gusta Italia. Todo el tiempo habla de Roma. Quiere casarse. Con quien sea. Paula piensa que me coquetea. Por lo visto, todo el mundo piensa que Claudia me coquetea. Quizá yo también le coqueteo.

—No me voy a poner a discutir esto acá, Paula. Llevemos la fiesta en paz, por favor…

En ese momento, llega nuestro turno en la ventanilla. Tras el cristal nos atiende una española. Detrás de ella puedo ver algunas computadoras y un par de oficinas embanderadas. La española ni siquiera nos mira a la cara. Recibe nuestros papeles, verifica que hayamos pagado, nos manda esperar de nuevo y se los lleva a algún lugar en el fondo.

Seguimos esperando y Paula no habla. Le toco la pierna pero retira mi mano. Me retiro yo también. Abro mi libro. Leo un par de páginas hasta que la escucho:

—Ni siquiera vas a tratar de resolverlo, ¿verdad?
—¿Resolver qué?
—Te da igual lo que yo piense. Siempre te da igual.
—Eso no es verdad. Sólo que no quiero discutir acá.
—Ni acá ni en ninguna parte.
—¿Es por Claudia? ¿Esto es por Claudia, entonces?
—Estás dispuesto a ser amable con cualquier persona en el mundo menos conmigo. ¿Por qué?
—Necesitamos airearnos un poco, Paula, conseguir trabajos fuera de casa, no vernos tanto… Creo que no nos soportamos por eso.
—¿No me soportas?
—¿Tienes que tomártelo todo tan trágicam…
—¿No me soportas?
—Paula, no me hagas perder la paciencia…
—No sé si quiero hacer este viaje contigo. Quizá sea mejor que vaya sola.

Trato de calmarme para no explotar. Estoy cansado. Una rubia que parece rusa abandona la ventanilla con su pasaporte en la mano. Dos venezolanos sonrientes y evidentemente adinerados se despiden en inglés de un funcionario. En la ventanilla 2, una mujer jura que le van a aumentar el sueldo. Luego se retira llorando. Una chica que parece su hija la abraza. En la televisión hay un reportaje mudo sobre la caída de la bolsa. Quiero irme.

Una voz pronuncia mi nombre con acento yanqui. Está en la ventanilla 3. Es un negro. No. Un afroamericano. Le pido que me deje comparecer con mi novia, digo que vamos a viajar juntos. Accede con un gesto de la cabeza. También tiene los papeles de ella. Empieza a revisarlos frente a nosotros. Dice:

—Viajáis por razones distintas.
—Yo la acompaño por turismo, pero ella va a un congreso d…

El funcionario dice algo en inglés. Dudo en qué idioma es la entrevista.

—¿Perdone?
—Usted es traductor.

Lo ha mirado en el apartado Present Occupation (If retired, write “retired”. If student, write “student”.)

—Sí, soy traductor.

Dice algo más en inglés, pero habla tan rápido y está tan detrás de un cristal que no le entiendo.

—¿Perdone?

Vuelve a decirlo en inglés. Vuelvo a no entender. Mira a ambos lados. Les dice algo a sus compañeros mientras presiona las teclas de su computadora. Todos se ríen.

Llego a escuchar:

—I am gonna kill you… —entre risas.

El funcionario se concentra en la computadora. Después de un rato, como si recordase que estamos ahí, pregunta:

—¿Certificados de trabajo?
—Tenemos cartas de nuestros diversos empleadores. Somos independientes. Trabajo para tres editoriales. Traje cartas de las tres…
—¿Tienen contratos?
—No, somos independientes. Pero los trabajos que realizamos están detallados en…

Dice algo en inglés.

—¿Cómo?
—¿Ella tiene contratos?

Ella es Paula. Dice:

—Yo enseño portugués… Traje una carta…
—¿El contrato?
—No es un contrato…

Se vuelve hacia los funcionarios a su lado. Parece que han contado algo muy gracioso. Luego trata de hacer funcionar su computadora. Quizá comparten un chiste informático, porque ahora todos miran a sus pantallas y se ríen. El nuestro repite que va a matar al otro y ahora se ríe a carcajadas. Sin dejar de reírse, nos pregunta algo en inglés:

—¿Disculpe?
—¿Properties? ¿Propiedades?
—Les he traído el saldo de mi cuenta de ahorros…
—¿Propiedades?
—No.

El funcionario sigue buscando algo en su máquina. Se aburre. Saca unos papeles de un cajón. Los firma. Me doy cuenta de que nos está negando la visa. Nos está negando la visa con una sonrisa blanca en su cara negra. Nos arroja los papeles junto a nuestros documentos por debajo de la ventanilla. Se disculpa en inglés —eso sí lo entiendo— y nos anima formalmente a volver a intentarlo. Los papeles dicen que no hemos demostrado “tener vínculos familiares, sociales o económicos suficientemente sólidos en su país de residencia para garantizarnos que su proyectada visita a los Estados Unidos vaya a ser temporal”.

Tengo ganas de decirle “en mi país me estarías lavando el coche, conchatumadre”. Pero ya se ha ido a buscar otros papeles de otras personas.

Salimos de ahí casi a la hora de almorzar. Caminamos hasta la esquina entre los cuerpos de seguridad consulares. Nos suenan las tripas. Entre las perfumerías y boutiques de alta costura que rodean el consulado, no encontramos ningún sitio donde desayunar aparte de un Starbucks Café. Entramos. Trato de encender un cigarrillo pero no me dejan fumar. Pido un vaso de agua, un café y un panecillo de cuatro euros. Paula pide lo mismo. Es caro. Nos sentamos a comer en silencio en dos sillones morados. No dejamos ni las migas. Al terminar el desayuno nos miramos a los ojos.

Micaela volvió a Perú

Publicado: 26 julio 2012 en Gabriela Wiener
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Micaela es mi mejor amiga. Y está a punto de abandonarme. Se cansó. Aunque no limpia suelos como la mayoría de inmigrantes peruanas en este país, nunca consiguió insertarse en el ahora más que nunca difícil mercado laboral español. Está sola. Yo también lo estoy. No tenemos familia en este lugar, más allá de nuestras parejas y nuestras respectivas hijas. Se cansó de que su marido trabaje de camarero diez horas al día y llegue a las 11 de la noche, cuando a ella ya no le quedan energías ni para freírle un huevo o tener una conversación. Está hasta la coronilla de enviar su CV de diseñadora, con una carrera, un master y una especialización en diseño textil y que la inviten a ser becaria por cero euros a sus 35 años. Tampoco le parece bien que su madre vea crecer a su nieta por Skype. Micaela se va a mudar otra vez. Es una adicta a las mudanzas. Se ha cambiado de casa hasta diez veces en ocho años. Yo, como ella hace igual cantidad de años, me mudé de Lima a Barcelona. Hemos madurado lejos de todo, nos hemos vuelto madres en el extranjero y compartido ese desasosiego del que no es de aquí y sabe que ya tampoco del todo de allá. Para quienes vivimos fuera, volver es algo que creemos que tarde o temprano ocurrirá, aunque nos pasemos la vida sólo intentándolo. Lo dicen los más veteranos: “Y pasaron 40 años sin que nos diéramos cuenta”. Suelo pensar que en algún momento algo desencadenará mi regreso, eso me librará de tener que decidirlo.

El regreso fue durante mucho tiempo una letanía en boca de mi amiga, tanto que cada vez que lo anunciaba era como escuchar al pastor mentiroso gritando que viene el lobo. Cuando por fin habló en serio, nadie le creyó.

Pero es verdad.

Dice que será su última mudanza. Esta mañana la acompaño a regañadientes al consulado de Perú en Barcelona para iniciar los trámites de su retorno.

―La verdad es que no me había imaginado tener que hacer tanto trámite para volver a mi propio país…-, me dice mientras pasea a Maiku, su pequeña hija de un año, que aún no puede entender que está a punto de cambiar su destino para siempre.

Mientras esperamos que el funcionario rellene sus datos, Mica recibe una llamada.

―No, me llamas tarde, ya he vendido todo, lo siento. Adiós.

Tras vender la mitad de sus muebles en Ebay y dejarme la otra mitad, está lista para viajar con solo tres maletas de 25 kilos cada una, el resumen de una vida. En tanto, mi casa, de pronto poblada con sus sofás y mesas, con sus plantas y lámparas, ahora tiene un inquietante parecido a la que había sido suya.

―Cuando entré a tu casa y vi los muebles me dio pena… luego sentí alegría también. porque tu casa ha quedado preciosa, esas cosas ahora ya no son mías… Me llevo ropa, mi computadora, de la que no me pienso desprender porque es mi fuente de trabajo, me llevo también algo de mi “altar” de fotos y objetos queridos.

Tras dos horas de espera, es el turno de Micaela. Nos hacen entrar a un cuartito y el funcionario del Consulado de Perú le hace firmar varios papeles. Oficialmente, ya puede irse. Se está yendo todo el mundo, nos dice el empleado con media sonrisa.

Desde hace un tiempo ya nadie me envidia por vivir en España. Desde que estalló la crisis, no han vuelto a escribirme para que les dé consejos de cómo venir. Es más, muchos me sugieren que vuelva, porque al Perú le va bien, porque el Perú está de moda, ha entrado a su séptimo año consecutivo de crecimiento, mientras España no hace más que deprimirse. Es una especie de éxodo de ciencia ficción, en el que los latinoamericanos empiezan a dejar el “primer mundo” por una oportunidad en el tercero. Cuando llegué a Barcelona, todo el mundo soñaba con estar aquí, ahora todo el mundo sueña con irse. Algunos lo están consiguiendo.

***

Micaela, su marido, Sergi, y la pequeña Maiku, se están quedando en nuestra casa. En una semana se habrán ido, mientras tanto, han montado su campamento en mi sala. Jaime está un poco inquieto, como cada vez que tenemos que alojar gente. Las tres maletas están metidas en el baño. Siempre que lo ha necesitado, mi hogar ha sido su refugio temporal. Recuerdo que al dejar el pequeño piso donde Jaime y yo habíamos empezado a construir nuestra precaria vida de jóvenes periodistas en el extranjero (esperábamos un bebé y había que buscar un nido mejor), Mica y Sergi lo tomaron. Micaela siempre cuenta orgullosa cómo decoró el piso a su estilo, hasta que no se pareció en nada a la casa donde yo había vivido. Un periódico los incluyó en un reportaje sobre parejas que viven en pisos minúsculos aprovechando al máximo el espacio. Se tituló “El pequeño palacio de Micaela y Sergi”. Durante mucho tiempo, el recorte estuvo colgado en la puerta de su nevera.

Cuando vives en un país extranjero, los amigos son tu familia. Comes con ellos los domingos, les heredas tus pisos, les pides plata prestada, les confías a tus hijos. Y yo en breve me voy a quedar sin parte de mi familia extendida. ¿Por qué se va? ¿Por qué me quedo? ¿En qué maleta guardamos el sueño de una Europa que ahora se desdibuja para arrojarnos otras vez a nuestro viejo Nuevo Mundo? Estamos sentadas en la galería de mi casa. Micaela toma un té, mientras yo riego las que hasta hace sólo un rato fueron sus plantas.

―La decisión de irme no la tomé bajo el efecto de las drogas, como tú crees. Mi amiga Sachico me invitó a su nueva casa, era un ático precioso frente al parque de la Ciudadela. Y ahí estaba yo, mirando el monumento del parque que acababan de pintar de un dorado intenso. Te juro que en ese momento dije: ¿que estoy haciendo acá? Y me pregunté: Mica, ¿es esto lo que quieres? Y la verdad es que dije: No. Éste no es mi sueño. Esa noche Sergi y yo nos tomamos unas cervezas y le dije que me quería ir ya.

Pero Mica no tenía que convencer a Sergi porque él llevaba años deseándolo. Adora Perú. Era Micaela la que pedía más tiempo. Tiempo para terminar su master, tiempo para empezar otro postgrado. Para tener una hija. Tiempo para triunfar.

Siempre me pregunto lo mismo: ¿El fracaso o el éxito tienen que ver con cálculo o con suerte? ¿Qué supone cambiar radicalmente de rumbo? ¿Volver es renunciar? ¿Quedarse es resistir? ¿Estás seguro?

Para Micaela, el viaje había tenido un objetivo primordial. Se había alejado de Lima porque creía que afuera encontraría el amor. Se lo había dicho una bruja. Micaela cree en una serie de cosas que a mí siempre me han parecido absurdas. No me parezco en nada a Micaela, en realidad somos tan diferentes que a veces me sorprende que seamos amigas.

Pero la bruja tenía razón: ella encontró el amor en España. Se casó con Sergi y tuvo a Maiku. Una vez cumplida la profecía, aquí ya no tiene nada más que hacer.

Cada vez que decido dar rienda suelta a mi egoísmo, le digo a Mica que lo piense dos veces. Le hablo mal de Lima y de su tráfico. Le doy ideas para encontrar trabajo, para mejorar su currículum y volver a intentarlo. Ella me recuerda que aquí a mí me va bien y a ella no. “Tú trabajas en lo tuyo, Gabi”. Tiene razón. Aunque no tengo una vida acomodada, no me siento frustrada. Y eso es más de lo que Mica puede decir de sí misma. Su sueño es poder vivir del diseño, algo que nunca pudo hacer en España, donde ha trabajado haciendo fotocopias, sirviendo ensaladas y como secretaria en una escuela de danza del vientre.

De Perú nos fuimos juntas, quizá porque las amigas nos copiamos unas a otras, incluso cuando ya somos mayores y no tenemos nada que temer. Aquella vez yo seguí sus pasos.

***

Nos estamos despidiendo, pero un año antes las cosas eran muy diferentes. 2010 fue un año terrible para Micaela. Cuando estaba de vacaciones en Lima, murió su abuelo; por la misma época su hermana tuvo un accidente. Fueron unos días tan traumáticos en Perú que al volver decidió quedarse en Barcelona para siempre. Se mudó a un piso más grande; y con la mayor parte de sus ahorros se compró muebles nuevos. Por fin iba a echar raíces. Yo estaba feliz porque seguiríamos como hasta ahora, viendo a nuestras hijas crecer juntas. Pero una noche, después de dormir a Maiku, se acostaron en su nueva cama de su nuevo piso y los estremeció un sonido horrible. Se había abierto un enorme agujero en el piso. Se mudaron a mi casa, mientras buscaban otro lugar para alquilar. Durante dos meses y en pleno verano, Micaela salió todas las mañanas y las tardes empujando el carrito de su hija, a visitar pisos que encontraba en Internet, mientras Sergi seguía sirviendo platos y cervezas. Al fin dio con uno. Parecía otra vez que serían felices. Pero no. No llevaba ni medio año viviendo en su nueva casa, cuando anunció que se iba a Lima.

Había razones de peso. Se le acababa el paro, no encontraba empleo y el nuevo piso suponía más gastos. Se preguntó qué estaban esperando para irse. España estaba siendo dura con ellos y le pagarían con la misma moneda.

―¿Diez años más pagando mil euros de alquiler, sin ahorros, sin ayuda en casa? Ni hablar. Ahora, en Perú seestá viviendo lo que vivió España hace 30 años. Hay un boom inmobiliario, la gente compra un montón, se endeuda, hay liquidez. Yo me voy para hacer dinero, pero también quiero crear una empresa de diseño textil pero en la onda del comercio justo, enseñar a las artesanas peruanas lo que sé, cómo hacer que lo que saben se convierta en algo rentable.

Micaela aún no ha resuelto su vida pero ya quiere resolvérsela a los demás.

***

Sergi acaba de volver de comprar cigarros.

―Se ha comprado cien paquetes de cigarros para llevar porque en Perú son súper caros y los ha metido dentro de la guitarra. Si se pierde la guitarra, pierde la guitarra y los vicios, -dice Mica.

Micaela es pequeñita, vital, indiscreta; Sergi es lo contrario, larguirucho, lacónico, parece preferir ser invisible. Fuma. Bebe cerveza. Nunca quiso ser nada en la vida y está orgulloso de ello. Es un espíritu libre. Anárquico, antisistema en el fondo, aunque el sistema se lo haya llevado por delante varias veces. Seguiría a Micaela –de la que se enamoró al verla con un chullo en la cabeza por las calles de Valencia– hasta el infierno, así éste se llame Perú. Toca la guitarra, escribe poemas, pero no le interesa “venderse”, así le llama a lo que los demás le llamamos “trabajar”. Tampoco le gusta hablar de sí mismo, pero consigo persuadirlo. Se sienta y me dice: pregúntame algo pero que sea rápido.

―¿Lo conseguirán?

―No sé si lo conseguiremos, pero lo que queremos es vivir mejor en todos los sentidos, no sé si con más o menos dinero, pero cómodos y con algo de profundidad, un sentido, que aquí no tenemos…

―Pero, ¿intentaste buscarle un sentido aquí?

―Sí, supongo que lo intento todos los días.

―No has trabajado para vivir, sino has vivido para trabajar.

―La hostelería es horrible, no existe hostelería digna, aunque esté bien pagada y tengas fiestas, te sientes un esclavo. A Mica y a mí nos une la necesidad de encontrar un lugar donde seamos felices. La idea de irnos sale de eso: de que no queramos quedarnos.Mi sueño es vivir a nuestro ritmo, vivir para nosotros, sin jefes, de otra manera. En España ha sido imposible. No hemos sido felices aquí. Tengo una idea romántica del Perú y lo admito.

―Sergi lleva siete años haciéndolo todo por nosotros­-, interviene mi mejor amiga-. No quiero que mi pareja vuelva a la hostelería a menos que él sea dueño del bar.

El plan de Micaela es llegar a Lima y ponerse a trabajar de inmediato. Sergi descansará, estará en casa, se encargará de Maiku y de las labores domésticas. En seis meses podrá incorporarse al proyecto que Micaela está emprendiendo, a modo de asistente.

―¿No serás adicta a las mudanzas, Mica? Se me ocurre que ya no puedes vivir sin la adrenalina de reorganizar una y otra vez tu vida.

―Me pasa que no me conformo. Me fui de Perú porque estaba cansada de mi vida en Perú; me fui de Valencia por que estaba cansada de mi vida en Valencia; por eso me voy de Barcelona, porque estoy cansada de mi vida en Barcelona. Soy una soñadora y aquí sólo lucho, no vivo mis sueños.

―¿No tienes miedo? ¿No tienes miedo de que las cosas no salgan como tú te imaginas?

―Claro que sí.

―Quiero decirte algo: Creo que no te arriesgaste lo suficiente a echar raíces porque en tu cabeza siempre estaba la inquietud de volver. Era una manera de no vivir en serio, de vivir de manera provisional, porque piensas que tu verdadera vida todavía te espera más allá, en esa cosa que no existe, que es el futuro.

―Es muy posible, pero no quiero darle más vueltas. Ya quiero estar ahí y empezar otra vez. O nos asentamos en Lima o nos asentamos en alguna provincia, de repente en Cuzco o Ayacucho, donde creo que podré dedicarme a lo que me gusta.

Micaela aún no llega a Lima y ya está pensando en mudarse de la ciudad.

***

La despedida es en el bar en el que Sergi trabajaba de camarero. Aquí los amigos de Sergi nunca hemos pagado una cerveza y, otra mala noticia, a partir de ahora tendremos que pagar. Maiku y mi hija Lena juegan a perseguirse. Han venido una decena de personas. Micaela explica sus planes, tal como me los ha explicado a mí, con el mismo entusiasmo. Yo he traído mi cámara de fotos y soy la retratista de la tarde. Les hago muchísimas fotos a nuestras hijas, que posan apoyadas en una pared, abrazándose.

A Lena le hemos contado que Mica se va a Perú, lo hemos hecho con delicadeza, aunque tal vez no hacía falta. Mi hija está llena de amor pero es práctica, nunca dramatiza, sabe pasar página. No sé si todos los niños son así. Ella es una niña entre dos mundos. Desprendimiento, desapego, son un par de palabras que se me ocurren para hablar de ella. “Yo soy de Perú y de Cataluña”, suele decir. En uno de ellos habla en catalán. Su padre y yo pertenecemos al otro. Aunque ha ido casi cada año de su vida a Lima, ese lugar donde hay tanta gente que la quiere gratuitamente, sabe que su casa está aquí. Nosotros, en cambio, aún lo dudamos.

El día en que Lena nació Mica estaba ahí. Le hizo su primer vídeo y le tomó sus primeras fotos. Micaela es una de las personas que más quiere a Lena en el mundo. Y mi hija lo sabe. En las fotos de la corta vida de Lena, en las que puede verse cómo va cambiando de pequeño mono extraterrestre a esa preciosa niña que es ahora, en cada capítulo de esa metamorfosis lenta y fascinante –nada como verse todos los días para no notar el paso del tiempo–, está Mica. Cuando Micaela se vaya, esa secuencia se detendrá y no sé hasta cuando. Algún día, volveremos a ver estos retratos y sabremos que fue justo en este momento que empezamos a envejecer.

―Hola Maiku, tú ¿que opinas? ¿Te vas de viaje?, le digo a la hermosa niña de Mica, sin que nadie se de cuenta.

―…

―Adiós Maiku, adiós.

El último día de Micaela en Barcelona discutimos porque no me avisó que invitaría a casa a más amigos suyos para despedirse. Empiezo a sentirme harta de ver mi casa invadida. Se lo aclaro. Es un poco odioso de mi parte, podría habérmelo ahorrado, es su ultimo día, qué más me da, pero así somos las amigas, brutalmente sinceras incluso cuando nadie nos lo ha pedido. Es un desencuentro de último minuto, como si quisiera recordarle que yo tengo mis propias reglas y que funcionan. Un gesto antipático.

***

Nos conocemos desde los seis años, estudiamos en los mismos colegios en la primaria y en la secundaria, fuimos casi toda la vida inseparables. Mica y yo nos escribíamos cartas cuando teníamos sarampión, jugábamos a las Barbies y a Pequeño Pony. Ella tenía un abuelo que hacía negocios, yo un abuelo que hacía muebles, ella usaba zapatillas Reebook, yo las horribles zapatillas Legend, yo vivía con mi mamá y mi papá, ella solo con su mamá, ella tenía un bebé Repollito made in USA y yo tenía un Pimpollito made in Perú. Ella siempre levantaba la mano en clase y decía un montón de tonterías. Yo nunca hablaba y me ruborizaba al oírla, me ruborizaba por todo. Ella no tiene miedo al ridículo, yo sí. Ella no tiene miedo a equivocarse, yo sí. Por eso ella ha vuelto a Perú y yo no.

Cinco meses después de la partida de Micaela, llego a Lima a pasar un mes de vacaciones. Cinco meses no son suficientes para hacer un balance, son escasos para ensayar un veredicto. Además, qué vida soporta un veredicto de ese tipo. El éxito o el fracaso son tan relativos. Todo este tiempo nos hemos comunicado por chat. Y ahora estoy aquí, frente a la casa de la madre de Micaela, la casa de la infancia de Mica y también de mi infancia, donde jugábamos a las escondidas. El departamento, que está en Corpac, en el límite en que San Isidro, uno de los barrios más burgueses de Lima, se convierte en otra cosa, ha sufrido reformas drásticas. La madre de Mica lo dividió hace ya unos años en dos partes independientes para alquilarlo.

Mica y su familia viven en la zona exterior que da al parque; su madre y su hermana, en el interior. Maiku juega feliz sobre la moqueta, mientras la empleada limpia la habitación y Sergi prepara un arroz chaufa, un plato típico de Perú. Hablamos por primera vez cara a cara de la madrugada en que dejó Barcelona.

―La oscuridad, el taxi, ustedes medio soñolientos, Lena durmiendo en su camita… Todo eso para mí fue tristísimo, todavía lo recuerdo y no dejo de conmoverme. Siempre he odiado las despedidas, supongo que es porque siempre tenía que despedirme de mi viejo. En el taxi no podía dejar de llorar. …Los primeros tres meses lloraba todos los días.

Puedo visualizar a Mica en el taxi camino al aeropuerto, mirando la ventana y despidiéndose de su vieja vida. Y en aquél momento en que les dijeron que tenían exceso de equipaje y tuvieron que rearmar las maletas, y Maiku muerta de sueño, sin entender nada, lloraba hasta la desesperación.

―Pensé: ¿estaremos haciendo lo correcto?

Micaela es voluble, impredecible, contradictoria. Le gusta el cambio. Lo suyo es el movimiento constante, cambia de opinión sin cesar. Yo soy de ideas fijas. La última vez que hablé con Mica, estaba llena de ilusiones. Cuando llegó, la realidad, como siempre, la sorprendió, por ejemplo supo que no iba a conseguir trabajo de la noche a la mañana y que debía echar currículums.

En medio de este desbarajuste, en Perú se celebraron las elecciones. Estuvo a punto de ganar la hija de Fujimori, -el ex presidente que hoy se encuentra preso sentenciado por crímenes de lesa humanidad-. Fueron días virulentos en que la sociedad peruana mostró por enésima vez su dramática escisión. Pero ese no fue el único tipo de violencia que les dio la bienvenida. Todo los peruanos que vivimos fuera sabemos que al regresar nos reencontraremos con muchas de las cosas que nos hicieron escapar: La vulgaridad, la mala educación, la impuntualidad, el incivismo, el tráfico, las promesas incumplidas.

Sergi sigue en la cocina, entro y lo veo cortar la cebollita china, el pollo, freír el huevo. Ha aprendido a cocinar varios platos peruanos desde que está aquí. Y ha encontrado una definición perfecta para el tipo de retornante que siente que son Mica y él: “inmigrantes económicos”.

―La gente se sorprende mucho de que hayamos venido de un país supuestamente desarrollado a uno subdesarrollado, pero es mentira, España está fatal, le han lavado la cara pero sigue fatal. Somos inmigrantes económicos, no podría vivir en España, es deprimente, estresante.

El marido de mi mejor amiga deja todo listo antes de llevar a Maiku al parque. Micaela y yo salimos de su departamento y entramos a la zona donde viven su madre y su hermana. Allí se mantienen muchas de las cosas que nos rodeaban de niñas. Todo es tan familiar y entrañable, las fotos de Mica y su hermana de pequeñas colgando por las paredes. En otro retrato, Mica y yo, a los siente años, abrazadas y vestidas en traje de baño, posamos cogiendo entre las dos una flor amarilla. La misma decoración de hace 30 años y los mismos adornos.

―Bueno, la casa está bien pero es pequeña ¿no? Tiene solo una habitación. Maiku tendrá que tener su propio cuarto pronto, esto es algo temporal…

―Sí, es temporal, no sabemos si nos vamos a quedar en Lima, seguimos la migración, ahora queda la migración interna.

―Pero Mica, ¡Quieres volverte a mudar!

―No lo sé, no lo sé. Lima es una ciudad muy, muy, muy… muy dura. Todo queda muy lejos, no hay vida de barrio. Nosotros siempre hemos tenido esa utopía de una vida tranquila en el campo, como la que yo viví. Me gustaría que Maiku creciera así.

―¿Pero cuando vas a parar de mudarte, Micaela?

―No sé, creo que se nace así.

No es sencillo empezar en otro lugar, menos aún si tu marido es extranjero, y cuando llevas 8 años de desfase. Además, de un día para el otro, los roles en el hogar se han invertido: Sergi, quien era el que salía al mundo, se queda en casa, mientras Mica va a buscar el alimento. Y aunque en Barcelona parecía la fórmula perfecta, aquí no lo es tanto.

―Me di cuenta de que es más fácil irse a trabajar que cuidar a una niña de un año y medio. Sergi en realidad no descansa. A mí me da ansiedad no conseguir trabajo y lo he acusado muchas veces de no apoyarme. Por otro lado él siente que yo no lo apoyo en casa. Admito que he estado muy dispersa, sin saber de qué manera insertarme, cómo encontrar mi camino: estresada, cansada, molesta, triste, y todo eso también genera un mal rollo en la casa. Todo mezclado con la tristeza de haber dejado Barcelona… Otro problema es que nos vemos todo el tiempo. Cuando él trabajaba todo el día me daba espacio para echarlo de menos. Ahora no podemos ni extrañarnos….Nos pasamos el día viéndonos las caras y jodiéndonos…

La mamá de Mica viaja a menudo y su hermana trabaja. Otro golpe de realismo que tiene que encajar el retornante: aquí tampoco la gente está dispuesta a dejar sus vidas para cuidarte al niño.

―Yo pensé que íbamos a venir aquí, que todo se iba a solucionar, que íbamos a tener más tiempo para nosotros, pero no es así…

***

También yo hice una fiesta de despedida antes de volver a Barcelona. Que fue por cierto la segunda vez en cinco meses que Micaela y Sergi salieron juntos. Estaban demasiado felices. Yo un poco tensa, como me pongo en todas las fiestas que organizo, y obsesionada con ser cool, con tener una fiesta cool. Esa noche, Mica se acercó a un famoso escritor peruano y director de una revista en la que tengo una columna, que bebía tranquilamente junto a un grupo de amigos, y le pidió balbuceando que nos diera trabajo a Jaime y a mí. De esta manera, pensó, podríamos volver a vivir en Lima y estar juntas otra vez.

Mica empezó a correr la voz por toda la fiesta, animando a mis amigos periodistas para que me ayudaran a encontrar trabajo. La gente venía a preguntarme si era verdad que estaba buscando trabajo. La intención era buena. Volví por un instante a los días del cole con Micaela. Treinta años después producía en mí el mismo rubor. La voz de mi orgullo le increpaba: ¿Acaso somos unos pobres tipos a los que hay que echar una mano? ¿Cuándo dije que quería dejar mi maravillosa vida europea? ¡Yo soy una periodista exitosa, tengo trabajo, y mi marido también, tenemos nuestros propios contactos, de hecho, todas estas personas que están en la fiesta son MIS amigos, no los TUYOS, no necesito que me ayudes! Micaela iba hundiéndose en la tristeza, sin entender muy bien qué era lo que me molestaba, y mientras hería a mi mejor amiga, me sentí el ser más estúpido de la tierra.

Lo bueno y lo malo de los amigos verdaderos es que siempre te recuerdan quién eres, te señalan el lugar donde se encuentra lo que de verdad importa, el lugar de donde vienes y el lugar del que nunca podrás irte, aunque recorras miles de kilómetros, tomes cien aviones y te mudes a otra ciudad. Te juntes con quienes te juntes. Te sueñes quien te sueñes. Y es el único país que nos queda a los que un día nos fuimos.

***

Maiku ha vuelto dormida del parque. Sergi nos encuentra discutiendo sobre el lapsus de Mica en aquella fiesta y me dice burlón: “realmente no somos de tu onda, Gabi”. Touché.

Micaela aprovecha para preguntarme por qué nunca la llevo a mis fiestas de “intelectuales”, como si la pregunta no se contestara sola. Esto se me está yendo de las manos. Micaela se arregla el pelo mirándose al espejo y reflexiona esperando zanjar este asunto de una vez y pasar a otra cosa.

―Gabi, tu vida profesional va por un lado, y tu vida familiar, por el otro. Yo pertenezco al ámbito de tu vida familiar. Yo hago estupideces cuando estoy fuera de mi elemento. Nosotras la pasamos lindo cuando estamos entre nosotras, pero cuando vienen tus amigos, tus “contactos laborales”, yo desaparezco del mapa.

Le digo que lo último que soy es una intelectual y que yo me he sentido toda la vida igual de descolocada con sus amigos. Tenemos un grupo muy distinto de amigos: los de ella fuman marihuana y los míos inhalan cocaína.

Hace unos días nos reencontramos con nuestra verdadera pandilla de la infancia y la adolescencia. Las tres amigas del cole: Natalia, Mica y yo, en esa época nos llamaban “las comadrejas”. Nos odiaban porque éramos las más cool de la clase. En casa de Nata nos disfrazamos con ropa y peinados de los 80 e imitamos a las Flans cantando ‘No controles mi forma de vestir porque es total y a todo el mundo gusto’, para delirio de nuestras hijas.

***

Mica me dice que la acompañe a comprar al supermercado. Necesita aceite de oliva. No consumen otro tipo de aceite en casa, ella se acostumbró en España, y Sergi sin aceite para el pan se muere. Vamos andando, solas, ligeras, sin nuestras bebés, sin maridos, deslizándonos sobre la superficie de las grandes avenidas de Córpac, esquivando coches asesinos. Mica va hablando. Yo mirándolo todo. Siento que es la primera vez que camino en Lima. En esta ciudad no se camina. Pero Micaela camina, como si estuviera en Europa.

―Me dio por ver las fotos de nosotros en Barcelona el otro día, y me dio pena, me dio pena la soledad en la que vivíamos Sergi y yo, con nuestra bebita, de aquí para allá, felizmente teníamos amigos con los que compartíamos la vida, pero estábamos solos. Aquí no es lo mismo. Hay gente buena e hijos de puta que son capaces de atropellarte en el paso de cebra porque tienen sus carrazos.

Una manifestación se interpone en nuestro camino. Los trabajadores de un camal piden su reposición a las puertas de un edificio, entre gritos y ruidos de ollas vacías. Hay cosas que no cambian nunca.

―Otra vez nos vamos a separar

―Lo primero que puse en el Facebook es que este iba a ser el mes mas feliz de mi vida… y se está acabando…

―Yo aspiro a pasar temporadas más largas en Lima. Conseguir ser completamente libre para poder moverme cuando me da la gana. Lo que sí tengo claro es que por ahora mis proyectos están allá, aunque cada vez sea más difícil para todos…

Veo un puesto ambulante de golosinas y pido un chocolate Alibabá.

―Uy, mamita, ese chocolate ya no existe hace tiempo— me dice la vendedora­—, ahora hay uno que se llama Mustafá, pero ya no me queda.

―¿Ves Mica?Lo que echo de menos ya no existe.

Mica ríe. Seguimos nuestra ruta. Ya estamos cerca. Hay que cruzar un par de enormes avenidas sin semáforos. En esta ciudad es imposible cruzar una calle sin miedo a morir. No me extraña que Micaela esté histérica con este tema.

―Hay que cruzar, aquí hay que imponerse, hagámoslo-, dice mi lado impulsivo.

―Pasan encima de ti, cómo te vas a imponer. ¿Quieres morir?­-, dice el lado sensato de Micaela.

Dos filosofías de vida. En el supermercado hablamos del precio del aceite, aunque en realidad hablemos de algo más profundo. Somos dos comadres, dos comadrejas. Quizá Micaela tenga razón: Somos como hermanas, algo que no elegimos ser, que nos tocó en suerte, nos une y nos separa todo lo bueno y lo malo de ser hermanas. A una hermana quieres que le vaya bien en la vida, harías lo que sea para que eso ocurra.

―Micaela, has demostrado que eres capaz de hacer cualquier cosa para que yo me quede en el Perú.

Nos reímos.

―¡A ver si se cumple!

―¿Te acuerdas que yo te quería convencer para que te quedaras en Barcelona?

―Ahora yo te quiero convencer a ti, también soy egoísta. Y joder, te extrañaré como mierda, pero sé que tienes que hacer tu vida. Somos muy distintas pero seguimos adelante, la vida es generosa con nosotras.

No sé si algún día vuelva para quedarme. Una vez escribí una lista de las cosas que me hacían bien y las cosas que me hacían mal, en las dos incluí a Lima, no vivir ahí me hace mal, vivir ahí también me hace mal: mi ciudad como lastre, mi ciudad como vacío. Entre las cosas que me hacen mal una de las peores es no estar cerca de mi mejor amiga. Es cierto lo que dicen que para ver algo con más nitidez hay que alejarse un poco. Sólo ahora lo veo con total claridad. Como dice en una canción Charly García, un músico que Mica y yo solíamos escuchar cuando éramos adolescentes, “por qué tenemos que ir tan lejos para estar acá”. Maiku y mi hija Lena ya saben besar la pantalla de la computadora sin enfriarse los labios.

La crónica del deportado

Publicado: 17 junio 2012 en Alejandro Seselovsky
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Acabo de dar vuelta mi mochila sobre el piso de la terminal cuatro del aeropuerto de Barajas y la poca ropa que traje ahora está desparramada, podríamos decir que convenientemente. Estoy agachado, aguantando las cuclillas, a las seis y media de la mañana, hora de Madrid, en franca operación de búsqueda frente a la línea de control de fronteras, regulando la desesperación pero permitiendo que exhale su nervio: haciendo como que.

Llegué con otras trescientas personas en el vuelo UX 042 de Air Europa proveniente de Buenos Aires. Y excepto por mí, todos completaron sin problemas sus trámites migratorios después de atravesar ese vértigo de angustia que crece conforme avanza la fila hacia el puesto de control, conforme vamos llegando hasta la exacta entrada de lo que vinimos a cruzar: musculitos en las puertas de las discos, agentes de migraciones en las puertas de los países: entrar, no entrar, esa inminencia.

Yo me quedé atrás, los dejé ir hasta que pasaron todos, hasta que todos estuvieron ya en Madrid, que es eso que se ve al otro lado de los puestos de control y que me sugiere la posibilidad de que este lugar sobre el que acabo de desparramar mis cosas no lo sea: que esto no sea España, que todavía no sea España: será su palier. Y entonces: ¿sobre qué lugar del mundo vengo a estar? Digamos: ¿dónde estaríamos? ¿El palier es la casa? ¿La antesala de las cosas son las cosas? Sigo sacando medias, a la espera de que alguien venga a preguntarme qué perdí.

Grafiti: “La próxima vez entren por Lisboa”

El hall de arribos, a esta hora, es una inmensidad vacía: nada, nadie. Esperaba provocar las alarmas del sistema quedándome quieto en un sector de alto tránsito pero no consigo que me adviertan y como no tengo todo el día, voy a tener que ir yo mismo a sacudir el sueño de la seguridad en Barajas. En esta España que aún no es, sobre un costado, junto a unos baños, hay una oficina de información turística. Me acerco, una chica muy rubia y delgada imposta la sonrisa para preguntarme qué lugar de la península quisiera conocer. Afuera aún es de noche y el avión del que bajé sigue ahí, puedo verlo a unos trescientos metros sobre la pista. Le digo que tengo un problema, le miento:

—Perdí mi pasaporte, no sé dónde está.

La sonrisa se le deshace en la cara:

—Eso es un problema.

Después hace un llamado, le habla a alguien de mí y de mi circunstancia, confirma los datos de mi tarjeta de embarque y me dice:

—Ya van a buscarlo en el avión, ¿seguro que no lo tienes contigo?

Guardo las cosas, cruzo el lugar y me dejo caer sobre unas sillas: la espera es el tempo de los aeropuertos y yo ahora tengo que esperar. Frente a mí van pasando otros grupos de personas que bajan de otros aviones: mujeres con saris, hombres con turbantes y esas caras en las que reconocemos la íntima complexión del extranjero, caras como la mía que en el Coto de Corrientes y Juan B. Justo no quiere decir nada pero que aquí, sobre la alfombrita de bienvenida de la Unión Europea, también, como a los demás, me vuelve lo que en un rato me van a explicar que soy: un nacional de tercer país, es decir, traduciendo, uno que no es de acá, uno que vino de afuera, uno que quiere entrar.

La chica de la folletería turística me hace señas. Voy, me paro frente a ella, me ilumino de esperanza y finalmente la escucho decir que no han encontrado nada en el avión, que alguien de policía migratoria ya está viniendo para acá. Se hicieron las ocho de la mañana, afuera se hace de día, el avión en el que vine ya no está y un pibe alto de pelo colorado cortado al ras y con un escudo sobre la manga que dice Cuerpo Nacional de Policía, me encara, bien, correcto, y sin mucha vuelta me pregunta:

—¿Qué ha pasado?

Es un pregunta abierta y, si fuéramos gente completamente honesta, su respuesta debería ser: mire, oficial, hay dos sujetos en un lugar de España que pensaron que yo podía tomarme un avión hasta acá para luego fingir que no tengo en mi poder la documentación correspondiente y así hacerme detener, dejarme llevar hasta el sector de inadmitidos y luego, ya de vuelta en mi país, escribir un relato acerca de cómo son las cosas aquí adentro, adentro del lugar donde usted va a llevarme ahora, al que usted ya me está llevando. Ellos, estos sujetos de los que le hablo, oficial, son un par de viejos conocidos que están haciendo un revista y quieren historias como esta, como la historia que usted y yo estamos protagonizando en este mismo instante en el que caminamos por los pasillos del destacamento policial y lo hacemos en silencio, usted un metro atrás, sin sospechar nada, con su chaleco flúo y el andar bien marcado, y yo sosteniendo una respuesta que no es.

Si de verdad quiere saber “qué ha pasado”, oficial, le cuento: mi pasaporte viaja tranquilo dentro de unos papeles doblados que lo esconden en el fondo de un bolsillo interno, a resguardo de que nadie lo encuentre y cometa la torpeza de hacerme entrar a España, con lo que se arruinaría el plan de estos viejos amigos, que también es mi plan.

Por las dudas, no traje carta de invitación, ni pasaje de regreso, ni dinero suficiente, ni tarjetas de crédito, ni reserva de hotel y antes de bajar del avión tomé la precaución de enrollarme al cuello una muy perturbadora chalina palestina. Pero como con ustedes nunca se sabe, y en tren de asegurar las cosas, no tengo más remedio que decirle lo que ya le he dicho: no sé dónde carajo puse mi pasaporte.

Grafiti: “Yo soy de la ETA y voy a explotar la terminal 4 y a todos los cabrones que trabajan aquí”

Durante 2010, los casos de argentinos no admitidos en el aeropuerto de Madrid se ganaron su lugar en las tapas de los diarios a pura fuerza de la noticia: la mujer de setenta y dos años que llegó para visitar a los nietos pero que no pudo pasar y se le cagaron de risa y le quitaron su medicación. La profesora de historia que venía invitada por la Universidad Complutense y que tuvo que escuchar a una funcionaria del consulado argentino, una tal Valenzuela, diciéndole que llegan miles de turistas por día, que los sacan de la fila al azar y que esta vez le había tocado a ella, que qué se le va a hacer; y además estaba embarazada, la profesora, y además, cuando volvió, perdió el embarazo.

De golpe, algo se instala: lo real, que no es eso que sale en la televisión. Hay quilombo en Barajas, seiscientos argentinos inadmitidos durante el año, indignación popular y un grito de corazón: “¡Españoles putos!”. Así se expresan los pueblos cuando la que los expresa es la tele. Total que nos vinimos, dejamos una Argentina que tenía en Néstor Kirchner, en principio, a un sujeto con vida y ahora estamos acá, en una sala pequeña con un puñado de sillas, donde me pidieron que esperara. En la pared, un cartel con membrete del Ministerio del Interior y la Guardia Civil dice: “usted va a ser sometido a una inspección minuciosa en 2da. línea según lo establece el Art. 7 del Reglamento (CE) N° 562/2006”. Una pena que diga “sometido”, le quita calidez.

El que me viene a buscar es otro oficial: alto, completamente calvo y con una prolija barba candado. Subimos un piso por ascensor y salimos a lo que claramente es una comisaría: escritorios, computadoras, papeles y otros policías como él entre viejos armarios con viejas cajas encima que dicen, por ejemplo: “inadmitidos jun 99”. Me siento frente al señor oficial, que se ve que los aviones de combate lo estimulan porque tiene su pared repleta de pósters: aquí vemos un Sea Harrier, aquí un caza bombardero. Entonces, por primera vez desde que llegué, España, la Unión Europea, me hablan y me dicen: que voy a ser interrogado, que el Estado español va a designar un abogado para que oficie mi defensa y que, luego del interrogatorio, se me comunicará si puedo ingresar o si tengo que volver en el primer avión de Air Europa que salga para Buenos Aires. Le explico que no tengo pasaje de vuelta, me dice que el regreso corre por cuenta del Gobierno de España.

Dos mujeres policías me vienen a buscar. Una, con unos grandes dientes ingleses, y enérgica. La otra, gordita, contenta porque se va a casar. A las dos las hemos visto tantas veces en todas esas películas de Almodóvar, chicas de las clases populares madrileñas con empleo ingrato y sueños por cumplir. Las dos son muy amables cuando me piden, en la sala de requisa, que saque todo lo que traigo en la mochila. Voy a tener que dejar la cámara de fotos, el celular, el reproductor mp3, y si tengo lapiceras, tampoco las puedo ingresar:

—Aquí todos quieren dejar lo suyo en las paredes —me dice— quejándose, la mujer de los dientes. Le explico que solo tengo un lápiz negro. Me dice que lápiz negro no hay problema. La otra mujer, por su parte, saca los papeles entre los que está escondido mi pasaporte, los pone sobre la mesa y los deja ahí.
—Si llegás a encontrar mi pasaporte ahora, le pido tu mano al Rey.
—Lo siento, ya te he dicho que estoy comprometida.

Los dos nos reímos, un plato. Mirá si justo ahora: ja. La señorita oficial de policía guarda nuevamente los papales tal cual como los sacó, sin desdoblar ninguno, sin buscar entre ellos. Acto seguido, las dos me escoltan hasta el lugar que vine a conocer, el sector de inadmitidos del aeropuerto de Barajas, el limbo infame, el espacio suspendido, donde voy a compartir desayuno, almuerzo, merienda y cena con el resto de los inadmitidos del mundo.

Grafiti: “Españoles manden a hacerse follar”

El lugar es un rectángulo de unos cuarenta metros de largo, diez de ancho, con un machimbre azul que sube por las paredes pintadas suavemente de amarillo. No hay ventanas y no hay más salida que un pasillo angosto que te lleva de vuelta a las oficinas policiales. Hay ocho habitaciones pequeñas con dos camas cuchetas cada una, más unos estantes donde acomodar maletas, más unas ventanas de vidrio espeso, granulado: imposible ver el otro lado. En los espacios compartidos hay mucha luz de tubo, blanca y dura. En el alto de un rincón hay una televisión que está clavada todo el día en TVE y cuyo control remoto está en manos de las señoritas oficiales: nadie puede cambiar de canal, nadie puede apagar las luces, ni siquiera las luces de las habitaciones. Hay que pedir que apaguen, que cambien y tener bien leídas las normas de convivencia que están pegadas en la pared:

1) Para cualquier consulta, necesidad o solicitud podrán dirigirse a la asistente social, al policía o al personal de seguridad. 2) El desayuno se realizará a las diez y quince horas. 3) Toda persona que precise algún utensilio para afeitarse o asearse lo solicitará al personal de seguridad después del desayuno. 4) Queda terminantemente prohibido comer en las habitaciones. 5) El mobiliario de la zona común no se moverá de su sitio salvo que sea autorizado. 6) No se introducirán sillas en los aseos ni en las habitaciones, tampoco se sacarán almohadas ni mantas de las habitaciones hacia las zonas comunes. 7) No se acostarán en las sillas de las zonas comunes ni se pondrán los pies encima de ellas. 8) Todas las personas deberán permanecer vestidas y calzadas en las zonas comunes. 9) Las luces de las salas se apagarán a la 1:30 así como la TV y las máquinas expendedoras de refrescos. A dicha hora todas las personas se deberán retirar a sus respectivas habitaciones. 10) Al abandonar estas dependencias se recogerá la ropa de cama entregándola a la asistente social o al personal de seguridad. 11) Cuando el servicio de limpieza se encuentre en estas dependencias todas las personas deberán salir de las habitaciones.

En el centro hay tres teléfonos públicos desde donde se puede llamar siempre que tengas tarjetas y a donde también pueden llamarte, siempre que marquen el número de aquí. Junto a los teléfonos, en una prolija fotocopia, los números de urgencia de todos los consulados con presencia en Madrid más una cantidad de números anotados a mano, de apuro, en los bordes, sobre el gránulo de la pared, residuos de la desesperación, dibujos nerviosos que para alguien, por un instante, fueron la única esperanza.

Al costado, una mesa larga y sillas de plástico, blancas, de jardín. Frente a la tele, una línea de bancos de espera, tan aeroportuarios, “engamados” con el amarillito ese de la pared. Y una supuesta sala para chicos, con dos colchonetas azules en el piso y los restos de unos pocos juguetes. En ninguno de los dos baúles guardajuguetes hay juguetes, pero en uno quedó un dibujo: ese papel es mi primer contacto real con la angustia del encierro. No puedo decir que yo la sienta, pero sí que por primera vez la veo en toda su negrura con ese avión en picada que es devorado desde adentro por un siniestro cangrejo rojo de pinzas gigantes, todo con el trazo de una persona de seis años, siete, y que firma como Jonathan.

En las “zonas comunes” la temperatura es ambiente, podés estar tranquilo de jogging y remerita y el clima general es de cierta aburrida distensión, el desgano de la gente que espera. Sobre las bancas, un poco recostadas, dos chicas miran televisión. Hay unas botellas de agua mineral, unas mantas enrolladas y una Biblia. Las chicas hablan en portugués y llevan dos días acá adentro.

Cleiza, veintiséis años, morena, la cara fuerte y el pelo recogido, un embarazo de cuatro meses encima, con un novio español —el padre de la criatura— que se pasó estas tardes en el hall del aeropuerto, pero sin carta de invitación, el documento que reemplazó al visado tradicional. Y Rafaela, blanca, de treinta, profesora de español, que trajo la carta pero no los sesenta y dos euros por día que te piden en migraciones —las veces que se les da por pedirte—. Las dos son bautistas evangélicas y las dos saben que mañana a la noche van a estar de vuelta en Brasil, una en San Pablo, la otra en Curitiba. Se me ocurre contarle a Rafaela de qué se trata, por qué estoy acá y de pronto algo se le enciende en la cara: me dice que apenas llegue ella también va a ir a los diarios, a las radios y a los canales de televisión a contar este atropello. Le digo que en Argentina viene siendo un tema, me dice que qué bueno que le di la idea, que las cosas no pasan porque sí, que yo debo ser un enviado de Cristo.

Estoy hablando con las chicas cuando la vigorosa oficial de los dientes de piano asoma desde el pasillo y, grácil, etérea, me pregunta:

—¿Has desayunado?

Aldonza Lorenzo con placa policial queriendo saber si tengo hambre: una madre. Enseguida me trae una especie de strudel relleno con pastelera y una taza de café. Empiezo a preguntarme por todo ese maltrato. El café tiene nata, pero eso puedo manejarlo. Un buen “sudaca de mierda” me aseguraría la realidad, la enunciaría como la estaba esperando, y así estaríamos todos más tranquilos. Pero el insulto no aparece, no va a aparecer. Lo voy a comprender después.

Pregunto si me puedo dar una ducha y entonces conozco a Olga, que no debe llegar a los treinta, relajada, muchos colores en la ropa, la reserva humanista entre las fuerzas del orden, nuestra asistente social, o sea: la persona que nos da las toallas, el champú, el desodorante, las mantas, las sábanas de abajo, las de arriba, la funda para la almohada y la que, por diez euros, me vende dos tarjetas con cien minutos para hablar a Buenos Aires. Estoy marcando una larga combinación de números y prefijos cuando me vienen a buscar. Otra vez en la comisaría, otra vez frente a mi oficial de bienvenida y los aviones de combate. Comienza el interrogatorio, por suerte lo tengo de mi lado al doctor Romojaro.

Grafiti: “Fuerte Apache entra a España como sea”

Arturo Merelo Romojaro es flaquito, pelicorto, un hombre breve. Ha sido designado como mi abogado oficial y no va a hacer ningún comentario durante los ocho minutos de la entrevista, que consistirá en unas pocas preguntas básicas:

—¿A qué vienes a España?
—A visitar a un amigo.
—¿Tienes reservas de hotel?
—No.
—¿Tienes carta de invitación?
—No.
—¿Tienes boleto de regreso?
—No.
—¿Traes dinero?
—Cien euros.
—¿Me los muestras?

El policía escribe, imprime, sella y me informa que voy a tener que esperar unos minutos hasta que se me comunique la decisión con respecto a mi caso. Mi abogado y yo nos vamos a otra sala. El doctor Romojaro, perspicaz, me dice:

—Es probable que no te dejen entrar.

Parece que esta sala vacía en la que Romojaro y yo contamos los minutos solía ser una sala llena en los días de la gloria económica española, los buenos días del primer Zapatero y el pleno empleo. Parece que esto estaba lleno de personas que venían a buscarse un destino, el destino que fuera, y que entonces las cosas eran distintas y que el maltrato era como dios manda maltratar, no esta mariconada. Que ahora hay poca gente y muchos ojos mirando. Después, como dejando caer un pensamiento al paso, Romojaro me pregunta:

—¿Piensas recurrir?
—¿Qué sería recurrir? ¿Apelar?
—Claro.
—¿Tiene sentido?

El doctor Merelo Romojaro se acomoda en la silla, cambia la voz a modo semi confidencial y, como no queriendo tener que decirlo, me dice:

—Es que si recurres, a mí me pagan el servicio, ¿comprendes?

De pronto, Romojaro tiene la habilidad de hacerme sentir como en casa, así que le digo que sí, que desde ya, que cuente conmigo.

Nos llaman. La respuesta es no. Entro a firmar toda clase de papeles, incluida la apelación, incluido el documento que me informa que los nacionales de terceros países que han sido inadmitidos deberán regresar al mismo punto de origen y por la misma compañía aérea en la que vinieron.

Haber llegado a Madrid por Air Europa me garantiza alta frecuencia de vuelos hacia la Argentina, pero si viajaste por Air Tanzania capaz que tenés que esperar unos días y así es como inadmitidos de banda negativa se pasan una semana entera en el lugar de detención donde yo voy a estar veintiocho horas. Otro papel dice que vuelvo a Buenos Aires mañana temprano.

De nuevo en las zonas comunes, me meto en mi habitación, hago mi cama, me acuesto boca arriba y veo, en los listones verticales de la cama que tengo encima, la escritura agónica de los encerrados: el grafiti, una literatura. Busco en la otra cama, y también.

De golpe me doy cuenta de que están en las paredes, por todas partes. Con la sensación de estar descubriendo algo que había estado allí precediéndome, empiezo a copiar. Estoy llenando las hojas de mi cancherísima libretita Moleskine cuando un pibe morocho, con las narinas enrojecidas y una expresión general de derrota, abre la puerta y me pregunta:

—¿Eres el argentino?

Nicolae tiene treinta y cuatro años, nació en Focsani, capital de Vrancea, setenta mil habitantes a orillas del río Milcov, centro-oeste de Rumania. Descastados, desclasados, los rumanos en España forman uno de esos colectivos migrantes que se vuelve lugar común vapulear, el perfecto mojón para el ojo idiota. Ahora, uno de esos tipos, comparte habitación conmigo.

Sentado en el borde de la cama, Nicolae me cuenta que viene de Londres, que tiene dos hijos, que a uno le puso Raúl por la estrella del Real Madrid, que estuvo casado, que fue albañil y también cosechó la vendimia, que la primera vez que llegó a Madrid no sabía una palabra de español, que la última se fue sintiendo que España era su patria.

Me cuenta, Nicolae, que vino a lo que vienen todos, a ver si la materia de sus sueños estaba acá, si acá estaban el auto, la casa, la mujer, la vida que en Rumania no. Se desengañó pronto y entonces empezó a robar.

—¿Robar qué?
—Ropa, gafas para el sol, whisky. El whisky es lo que mejor rinde.
—¿Revendías?
—Claro, todo. Por una botella de whisky me daban cinco euros, y con eso comía.
—¿Dónde robabas?
—En cualquier tienda.
—¿Nunca te atraparon?
—Pocas veces.
—O sea que sí.
—Pocas veces.

Grafiti: “Cálmense y solo repitan Jehová es mi pastor”

El almuerzo viene en unas bandejas plásticas, parecidas a las del avión. Hoy tenemos milanesa de pollo con papas fritas, más un cuadradito de ensalada verde con dos tomates cherry, más un guiso de lentejas más botellita de agua mineral más postre: flan, en pote. Pido sal pero no queda. Un lugar donde calentar un poco las lentejas, pero tampoco. Después de comer, aquí, en Barajas, arranca un nuevo día.

La luz, invariable, es, aquí dentro, un correlato del invariable reloj interno: todo está como detenido, no hay acción hacia delante, no hay devenir. Solamente algo se mueve, se sobresalta, cuando suenan los teléfonos. Siempre atiende el que está más cerca y después, por ejemplo, comunica:

—¡Álvaro, de Venezuela! ¿Está Álvaro de Venezuela por ahí?
—Sí, aquí estoy.
—Tu hermana.

Pero pueden pasar varias horas sin que nadie llame y entonces lo que queda es ver televisión, queda la nada: es un poquito para matarse. Yo salgo en unas horas, pero otros empiezan a ver pasar los días: “Aquí vivió nueve días una paraguaya”, dice en la pared de mi cuarto. Por eso, nueve días, para matarse.

Son las tres de la tarde y la gente está ahí sentada o, como Nicolae, durmiendo. Y todos en este paisaje de lo quieto, de lo que no es, sumergidos en una babosa letanía de hibernación, enfrentando como podemos al monstruo que ya no es la frustración ni el enfado, sino el hastío, la muerte en bicicleta, la hiper conciencia del tiempo que te prende fuego la cabeza y que te deja frente al enunciado inevitable de una línea atroz: me aburro. A partir de ahí, lo que queda es mirar el vacío hasta que te vengan a buscar, es decir, para siempre.

Nos saca del sopor una repentina delegación de ochos personas, que incluye a un par de mujeres de trajecito con carpetas en la mano, muy rubias, de ojos casi transparentes que hablan algo a lo que no le podemos llamar ni inglés ni español. Las acompañan otros dos sujetos y nuestras oficiales amigas de siempre más un pelado con borceguíes que les da órdenes. El traductor traduce: aquí se come, aquí se duerme, aquí se vive. Las mujeres anotan cosas y ponen cara de ajá. Nadie se sale de su papel, tampoco nosotros. Las dos brasileritas evangélicas, Nicolae que sale del cuarto refregándose sus rumanas lagañas, Álvaro de Venezuela y un enfermero de Melbourne recién llegado miramos a esas personas que nos miran y lo hacemos sin atrevimiento, algo quebrados, desde la penitencia. Ahí están ellos, un tour del control y la seguridad de algún consulado nórdico, y acá nosotros con nuestras remeritas de dormir, con toda nuestra “inadmitidez” al aire, como destituidos: mascotas en el canil sorprendidas en sus jaulitas misérrimas que en cuanto vuelvan a quedarse solas seguirá cada una entreteniéndose con su propio encierro. (Atroz, la línea: me aburro.)

Teléfono. Es para mí. Voy. Hernán Casciari del otro lado.

—¿Todo bien?
—Todo bien.

Parece que llamaron los del consulado argentino, que saltó el caso y que están viniendo para acá, es decir: a Barajas, a ver qué nuevo quilombo tienen en puerta. Gracias, Hernán. Hablamos. Una hora más tarde estoy otra vez sentado en el escritorio con los aviones en la pared, pero ahora no hay policía, sino dos caballeros de inconfundible acento porteño que me preguntan:

—¿Está bien? ¿Le han hecho algo? ¿Hay algo que quiera denunciar?

La tarjeta que me da Luis García Tezana Pinto dice que es ministro cónsul general de la República Argentina. Su compañero es un hippie mayorcito de barba canosa y colita en el pelo que viene a ser el abogado. Entre los dos me explican que, sin mi pasaporte, tienen las manos atadas. Me lo dicen como excusándose: mire, va a tener que volverse.

Vamos a decirlo así: pareciera que acá están todos cagados, que están expiando. Los polis no se te ríen en la cara y los consulados vienen a ver las habitaciones o a preguntarte si alguien te miró feo. Yo tenía derecho a la degradación del inadmitido y ya ven, las cámaras apuntaron sus luces sobre este cono de sombra y ahora todos dicen gracias y piden por favor.

Después de firmar nuevos papeles, el Ministro y su abogado fumón empiezan a levantar campamento. Entonces les pregunto:

—¿Cuál es la cuestión de fondo en el problema de los inadmitidos?

Tezana me responde sin sacarle los ojos al sobre donde está metiendo sus últimos papales:

—La cuestión de fondo es que acá no hay laburo para nadie.

Grafiti: “Estos españoles tienen euros pero no tienen educación. Aguante Chile aguante Latinoamérica”

La noche es el mismo bodrio del día pero con menos informativos y más doctor House, que dice lupush porque está doblado al castizo, como todo aquí en España: un infierno. Vemos los goles de la fecha y el pronóstico del clima para Madrid, Valencia, Sevilla, Cataluña. En el corte, un aviso de Activia, que en España es verde. Raro: en mi país los modelos de Activia que cagan bien usan el violeta. Será la multiculturalidad.

Una chica negra, pequeñita, con unas trenzas hacia atrás, vestida con un saquito marrón de media manga, entra al salón y deja su bolso en el piso. Está temblando y lleva el susto en la cara. Avanza hacia los teléfonos, llama, cuelga, sale llorando de ahí y va a sentarse. Ahí se queda, bajando un llanto apretado, para adentro, el llanto de alguien que ni siquiera espera desahogarse. Estoy tratando de comprender lo que le pasa cuando llega la cena: cuadraditos rebozados rellenos de jamón y queso acompañados por unas rebanadas de chorizo colorado. La chica, que se seca las lágrimas e intenta comer algo, tiene veinticinco años, es nigeriana y no habla una palabra de español. Tuvo problemas con su carta de invitación y no tiene a quién avisar. Está muerta de frío. Le traigo el buzo rojo que nunca le devolví a mi amigo Rodrigo Lara y se lo pone. Su bandeja es la única que lleva una etiqueta que dice: “musulmán”. Y le faltan las rodajas de chorizo.

Para la una, solo quedamos Álvaro de Venezuela y yo, mirando Tonterías las justas, y comprobando que la televisión atraviesa una crisis creativa en todas partes del mundo. Álvaro es moreno, debe pesar unos cien kilos y tiene a sus tres hermanas en Valencia casadas con tres españoles que, supuestamente, están ahí afuera viendo cómo hacer para que finalmente entre a España. Álvaro es de Sabana Grande, un barrio de Caracas, donde tiene un ciber y locutorio y su esposa no sabe nada de él desde hace cinco días. Eso no parece preocuparlo especialmente, pero de todas formas le ofrezco mi tarjeta, por si quiere llamar. Álvaro me agradece, creo que somos amigos.

A las ocho de la mañana del día siguiente, una mujer oficial, con la desaprensión de los desconocidos, grita mi nombre. Asomo desde la habitación y la veo ahí parada, mirando al piso. Cuando me ve aparecer hace sonar su música:

—Te marchas.

En tres minutos cierro la mochila y salgo. Nicolae ya no está y en la habitación de al lado duermen las dos brasileñas con sus biblias bajo la almohada junto a nuestra nigeriana inadmitida, que está envuelta en una gran kanga azul con estampados naranjas y tiene el buzo de Rodri puesto, que allá fue, a buscar su destino en los guardarropas africanos. En la sala de requisa me devuelven las cosas: el celular, el reproductor, la cámara de fotos.

Después caminamos hacia la pista donde está el patrullero que me va a llevar hasta la escalera del avión. En medio de un silencio penitente, me subo a la patrulla. El viaje es corto y oscuro. Voy sentado atrás, soy algo que va de vuelta, lo que no fue aceptado, soy eso que, acá, no: yo, el inadmitido. Dos polis me escoltan, me abren la puerta, me depositan en manos de una azafata mayor, le entregan ellos mi documentación provisoria, como diciendo: ahora es tuyo. Todos nos ponemos serios cuando completamos el acto: los polis, la azafata, yo mismo.

Algo está pasando, algo que se recorta de la cantidad de movimientos ordinarios que se producen mientras la gente embarca, un hecho diferencial. El resto de los pasajeros que en ese momento está subiendo la escalera ve caer un auto de la policía con un detenido que sube con ellos al mismo vuelo y un poco se quedan. Vuelvo a la Argentina, que me recibirá con el cadáver tibio de Néstor Kirchner y un velorio popular en Casa Rosada. Me voy de Barajas con lo que vine a buscar, una libreta repleta de notas y un grafiti propio en la pared.