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En algún paraje del kilómetro 7 en la vía Turbo-Chigorodó, sobre un asfalto abrazado por un calor infernal de 40 grados centígrados, el joven Khimjo Cheng Lama intenta hacerse pasar por mudito.

Pero la pinta lo delata. Es amarillo como la miel, ojirrasgado, chiquito y de pómulos voluminosos. “¡No hay pierde, son Orientales!”, dice uno de los policías.

La escena transcurre bajo el sol áspero del golfo. De los pasajeros de un bus intermunicipal que es objeto de una requisa rutinaria, siete no hablan español.

Intentan comunicarse en señas, en medio del trance y la confusión. En el momento, no hay entre los hombres de la Policía de Tránsito de Urabá un bilingüe, un intérprete.

Un agente, cuya fortaleza no es precisamente el inglés, soluciona la disyuntiva de saber si los errantes forasteros tienen hambre, preguntándoles: “¿hamburguer?, ¿hamburguer?”.

En efecto nadie entiende. Khimjo Cheng Lama -algo asustado- desciende del bus en compañía de dos hombres de su misma raza. No tienen un solo papel que los identifique. Acaso, algunas fotos en las que se ven asiáticos escuálidos y modestos.

Del mismo vehículo, bajan cuatro morochos que exponen pasaportes cubanos, con visa y sellos colombianos. Uno de ellos incluso lleva el nombre castellano de Luis Alberto Pedroso.

Hubieran podido suplantar a ardientes turbeños. Bastaría con que bailaran regaettón para que el cuero tostado y los dientes refulgentes, se confundieran con aquellos que brotan todos los días en el eje bananero.

Pero aquí tampoco hay pierde. “Un cubano que no hable español y que no sepa ni pronunciar su nombre, como raro. Estos son africanos”, dice un funcionario del DAS que llega al lugar.

Los siete extranjeros coinciden en que cargan equipajes escasos, míseros. “No llevan crema dental ni nada. Apenas jabón de azufre. Cargan un palito, una rama de un árbol a la que le rasparon la punta y con eso se lavan los dientes”, refrenda un agente.

Los supuestos chinos se niegan a colaborar, aferrándose a un silencio que se prolongará por 36 horas más. Bajo ese mutismo comienza para ellos una travesía de trámites y lágrimas a miles de kilómetros de su patria.

“El hueco” colombiano

En Urabá, los extranjeros indocumentados están apareciendo por desbandadas. Este año, el DAS en Antioquia registra la deportación de 119 inmigrantes, la mayoría de ellos de Eritrea, Somalia, Etiopía y Nepal.

Pero una cosa son los que agarran y, otra, los que se le escurren a las autoridades. “Lo que pasa es que el golfo es muy grande, aparte del muelle en Turbo, hay varios sitios donde el DAS no puede llegar y la Armada no hace presencia”, dice un funcionario.

“El waffe”, un pequeño malecón rodeado de aguas putrefactas y desde donde salen lanchas todas las mañanas rumbo a Acandí, Capurganá y Sapzurro, es el paso obligado.

Allí solo brillan dos agentes del DAS. “Uno de ellos tiene que montarse a los barcos que están entrando y saliendo y, el otro, está atendiendo en la oficina a franceses, canadienses, gente que tiene papeles en regla y que va para que le alarguen la prórroga”, asegura un funcionario de la Alcaldía de Turbo.

No hace mucho, se escaparon nueve orientales. “Estaban en un hotel y solo había un oficial. Cuando llegaron los refuerzos, el muchacho tenía retenidos solo dos. Antes muy verraco. Los demás se le volaron”, se escucha de un agente.

Un viejo “coyote”

Francisco es un viejo minero de manos callosas, que en viejas épocas vio cruzar por Acandí turbas de chinos, hindúes y hasta peruanos huyendo de la guerrilla de Sendero Luminoso.

Con sólo tres dientes que le flotan como islotes en la mitad de la cara barbada, dice que por Cacarica y el Parque de los Katíos, aparecen de a 30 ó 40 extranjeros cada tanto.

“Los ‘coyotes’ cobran cualquier 300, 400 dólares por cabeza. Montaña adentro la travesía es de tres días si van sin mujeres. Los que se encargan de cruzar a la gente cocinan en el trayecto, que va a salir a Yavisa, en Panamá, ahí comienza la carretera Panamericana”.

Pero no siempre los sobrecoge la misma suerte. En parte, según el coronel Jaime Ávila Ramírez, comandante de la Policía en Urabá, por el engaño al que son sometidos los indocumentados.

“Les dicen, ¡llegamos, llegamos! Entonces los bajan de las lanchas y se van. Ellos se quedan ahí pensando que lograron el sueño americano y mentiras que no han salido ni siquiera de Chocó”, cuenta un policía de la zona.

Este año, el Ejército encontró a un asiático penetrando el tupido Tapón del Darién, a punto de morirse de hambre y con 5 mil dólares entre el bolsillo. “O sea, al tipo lo abandonaron en la selva, lo dejaron solo”, prosigue el agente.

Para Ávila, el trayecto por el Darién es inhumano. “Los mosquitos, el calor, la inclemencia del tiempo, la sed, el hambre, es una jungla completa y uno tiene que estar preparado para recorrerla”, dice.

Fuentes oficiales que piden reserva de su identidad, aseguran que ya se sabe de una fosa con cuerpos de africanos eritreos. “Les roban la plata y en Acandí los entierran por ahí. Como nadie sabe de ellos, como andan sin papeles, los matan y no pasa nada, nadie se da ni cuenta…”.

Por fin hablan

A 36 horas de la retención, los inmigrantes del bus están recostados sobre cuatro colchonetas peladas. El vapor tropical de Apartadó, Antioquia, deja entrar toda su pesadez por la ventana.

Solo tenemos 10 minutos para hablar con ellos. Al vernos entrar en el recinto en el que duermen mientras se surten los trámites administrativos de deportación, se levantan perturbados, a lo mejor pensando que pertenecemos a alguna agencia de seguridad nacional.

Ahora son sólo seis porque uno de ellos resultó ser un africano refugiado en Colombia. Es un señor que, misteriosamente, registra todos sus papeles en regla. Según los investigadores judiciales, este hombre les cobró a los indocumentados por llevarlos hasta Panamá y eso se llama tráfico de personas.

“No está solicitado por Interpol, no tiene orden de captura. Se lavó las manos diciendo que no conocía a los demás. No podíamos privarlo de la libertad. Es más, ni siquiera tenerlo aquí, hubo que dejarlo ir”, dijeron las autoridades en Apartadó.

La Policía y el DAS intentaron judicializar a este africano, casado con una colombiana, pero la Fiscal del caso adujo no tener pruebas ni tampoco un intérprete para hacerle entender los derechos.

Una vez conocido el proceso, la Agencia de la ONU para los Refugiados (Acnur) comenzó a seguirle la pista con la Cancillería colombiana, dice una fuente del organismo.

En el centro de un cuarto en el que se mezcla el sudor de varios meses de no bañarse con el olor de la comida, hay un plato vacío con el untado de lo que hace unos minutos eran lentejas con arroz.

Uno de los jóvenes africanos, me dice en un inglés tórrido y a manera de reclamo, que las seis personas, incluyendo los asiáticos, tuvieron que comer de la misma ración y que están muertos del hambre.

“¿Qué comerán en Mogadishu (Somalia), su ciudad de origen?”, me pregunto. “Aquí sólo plátano, compadre”, quisiera decirle. Kamaal Abdirahman Abdikardi tiene 17 años. Su amigo, Xaaq Addikadir, 20 y Dalmar Abulear Alí es un adolescente de 14.

Han comido poco. Dalmar es flaco, de pelo pegado al cráneo, dientón. Tiene ocho hermanos pequeños. “¿Tienes miedo de vivir allá?”, le pregunto. “Si, preferimos morirnos aquí que en Mogadishu”, dice.

Personas de inmigración refieren que los africanos en Colombia le corren a los perros. La razón es que, en su país, como mecanismo de tortura, son echados a su suerte entre esos animales.

Pagaron cinco mil dólares

Del rostro de Kamaal salen goterones de sudor y también de lágrimas. “Somos periodistas, amigos”, les digo. Entonces Kamaal comienza a soltar su historia sin atajar las palabras.

Dice que su padre murió luego de que un mortero de tropas etíopes cayera sobre su casa el 3 de marzo de 2007. “Yo estaba jugando fútbol al frente. Desde ese día, mi mamá comenzó a conseguir dinero para que yo huyera”.

Según la ONU, 14 mil somalíes desesperados salieron en las últimas dos semanas de Mogadishu, “cuando se recrudecieron aún más los enfrentamientos entre las tropas del Gobierno Federal de Transición y los grupos armados de oposición”, dijo hace poco Andrej Mahecic, representante en Ginebra de Naciones Unidas.

Un dato no muy lejano a la realidad colombiana: este año 200 mil somalíes han tenido que irse y Kammal, fue uno de ellos. El 2 de mayo, a las 9:00 de la mañana, este muchacho que ahora se seca las lágrimas con la chaqueta, se despidió de su madre. Halitma, así se llama, lo vio perderse entre el paisaje del mar Índico y ni más.

En una mochila, Kammal había guardado algunos pocos trapos y se fue, junto con sus dos amigos del mismo barrio y del mismo clan. Cada uno pagó 5 mil dólares a un hombre que les prometió la “visa para un sueño”.

La primera estación fue el aeropuerto de Dubai, luego hicieron escala en Francia y finalmente terminaron en Venezuela, donde fueron arrestados cinco días. Un colombiano les ayudó a pasar por Cúcuta y, también, a comprar por 500 dólares los famosos pasaportes cubanos en la fría Bogotá.

Ecuador es otra ruta. Este país se convirtió desde junio de 2008, en la embocadura perfecta para llegar a Colombia pues, a partir de ese momento, dejaron de exigir cualquier tipo de Visa. De eso da fe Manuel Sáenz, funcionario del DAS en Bogotá. “Si en el 2006 se deportaron 16 ciudadanos (entre africanos y asiáticos), en el 2008 la cifra llegó a 469″.

Muchos se preguntan, ¿si es gente tan humilde, de dónde sacan la plata para viajar miles de kilómetros, pagando sobornos y documentos falsos?

El director del DAS, regional Antioquia, Marcel Suárez Romero, dice que en algunos casos, los indocumentados deben pagar dichas deudas con trabajo en Estados Unidos, durante diez años o más. “Es el mismo esclavismo de los tiempos remotos”.

¿Quién contesta en Somalia?

Uno de los tres asiáticos -que hasta el momento seguía en esa especie de retraimiento monástico- de un momento a otro rompe su silencio. Es por eso que nos enteramos que su nombre es Khimjo Cheng Lama y que nació el 12 de noviembre de 1993. Tiene apenas tiene 17 años.

Sus compañeros, Babu Lama y Dhorjeme Lama, están, respectivamente, por los 22 y los 35. Parecen desesperados y lo único que atinan a decir, en un inglés aparatoso, es: “Human rights, human rights”.

Desde el momento en el que escuchan de nosotros la palabra “friend”, se echan a llorar como niños.

Han pasado 670 días desde que emprendieron el periplo. Sus caras -pálidas, deshidratadas- son la prueba irrefutable de ese viaje. No son chinos como se creía. Nacieron en Bhután, una pequeña monarquía de tibetanos que se pierde en las montañas glaciales del Asia central.

Estuvieron en Nepal y Hong Kong. Un año después aparecieron en Bahamas, luego, en Panamá y, por último, salieron a estos platanales de Chigorodó.

Los agentes que los custodian nos dicen que nos tenemos que ir. Entonces nos vamos. Ya afuera, desde el primer piso y a través de la ventana le grito a Kammal que me dé el teléfono de su madre en Mogadishu para avisarle que está bien.

También, le lanzo un lapicero y un cuaderno, pidiéndole que escriba parte de la historia que acabo de contar.

Lo más seguro es que el destino de los seis sea Venezuela, el país por donde ingresaron. La gente del DAS en Medellín luego nos dirá que enviarlos hasta Somalia sería como condenarlos a muerte.

Pero también es muy probable que regresen a intentarlo de nuevo. Aquí, en Apartadó, se conoció el caso de un eritreo que vino siete veces. “Al final, se ubicó en un hotel de Medellín con 15 personas y por esa vía lo expulsamos”, nos dicen.

Levanto la bocina y marco el número que me dio Kammal. Son las 11 de la mañana del miércoles 2 de junio. En Mogadishu deben ser las 7:00 de la noche.

El teléfono timbra varias veces. En el primer intento, una grabación en inglés, me dice que llame más tarde. Repito la operación una vez y otra y otra, hasta quedar con la pena en la garganta de no haberle dicho a Halitma, en esa lejura, que su muchacho vive todavía.

La descomposición nacional

Publicado: 16 agosto 2011 en Marcela Turati
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El hedor traspasa las paredes de la morgue. Se cuela por escuelas, negocios y casas, impregna la ropa, atasca las gargantas, encoge la nariz, provoca náusea, obliga a apurar el paso. En el edificio blanco donde se origina la peste hay 71 cuerpos en el piso, unos sobre otros, que esperan su turno para la autopsia. En el estacionamiento, un tráiler de esos que podrían transportar frutas, sirve como depósito para otros 74 cadáveres envueltos en bolsas de basura y amortajados con cinta adhesiva que lleva escrito el lugar de su hallazgo.

Las carrozas fúnebres llegan cada tanto con otros cuerpos recién desenterrados. En el último conteo eran 145.

Los cementerios clandestinos descubiertos en el municipio bisagra de San Fernando –que une a Reynosa y Matamoros con Ciudad Victoria– evidencian el nivel de descomposición de la narcoguerra. Cada fosa es prueba del encubrimiento oficial a la anormalidad cotidiana: las carreteras controladas por criminales, las matanzas cotidianas, el subregistro de muertos, las desapariciones masivas de personas, la primitiva barbarie de los grupos enfrentados, el reclutamiento forzado de jóvenes para la guerra, la cómplice indiferencia de la justicia y el obligatorio silencio ciudadano.

“Hasta ahora se dieron cuenta de lo que pasa. ¿Ya cuándo?, si mi marido y su compadre iban a León a dejar unos carros y nunca llegaron a Victoria y vivo sin una noticia, ¡nada!”, reclama una rubia con lentes oscuros y palabras atascadas por las lágrimas.

“Desde el año pasado había ya muchas denuncias pero no nos oían, era como hablar abajo del mar”, dice furiosa una tamaulipeca flaquita y ágil que de la cajuela de un auto descarga garrafones de agua potable. Los deposita bajo la lona improvisada como albergue atendido por espontáneos que alimentan y consuelan a los fuereños que llegan para cotejar si sus familiares, los que un día no llegaron, están entre los desenterrados.

Matamoros, Meca nacional de las familias con desaparecidos. “No habíamos denunciado nunca. Apenas nos animamos porque están sacando tanta gente de las tumbas y vimos en las noticias que llegaron muchas familias”, reconoce el padre de Leonte Silva Hernández –criador de pollos, padre de tres hijos y desaparecido en noviembre en San Fernando–, de quien no había denunciado la ausencia por miedo a que “lo tormenten”.

Los sepulcros removidos atrajeron a tamaulipecos de todos los puntos del estado, que aquí son mayoría, pero también a personas de Guerrero, Oaxaca, Veracruz, Hidalgo, Distrito Federal, Zacatecas, Michoacán, Jalisco o Guanajuato que sospechan que sus familiares fueron capturados en alguna de estas carreteras de la muerte.

La pesadilla ocurrió en San Fernando –municipio vecino controlado por Los Zetas, que desde el año pasado está en guerra contra el cártel del Golfo, su origen–, el mismo que escandalizó al mundo en agosto pasado por el hallazgo de 72 migrantes centro y sudamericanos asesinados.

El nuevo encuentro de ocho fosas clandestinas con 59 cadáveres ocurrió el 6 de abril y destapó la podredumbre: los criminales asesinaban a los pasajeros de los autobuses que transitaban por la carretera de San Fernando, como ocurrió en tres corridas a finales de marzo.

El Ejército detuvo a varios implicados que señalaron los sitios de las excavaciones, y a 11 policías locales cómplices. Hasta el viernes 15 ya eran 145 los cadáveres exhumados de decenas de fosas.

Un ama de casa de Ciudad Altamirano, Guerrero, se mantiene inmóvil, recargada contra una pared de la oficina de servicios periciales. Es la presentida viuda de uno de los pasajeros del ómnibus que iba a Reynosa, donde su esposo y seis compañeros intentarían cruzar a Estados Unidos.

“Como no llegó pedimos hablar con el chofer para preguntarle, pero en la terminal nos dijeron que no reportó nada. Los de los autobuses sospechaban que les faltaba gente porque “sobraban maletas”. Hasta después el chofer nos confesó que, entre las siete y las ocho de la mañana del 29 de marzo, unos hombres armados bajaron a todo el pasaje, como a 25 gentes, y nomás dejaron irse a las dos mujeres que iban, al chofer y su ayudante”, cuenta esta madre de cuatro hijos que lleva una mochila con ropa como único equipaje.

Ninguno de los guerrerenses denunció la desaparición porque esperaban que los secuestradores pidieran rescate, como es la usanza. Entonces supo por las noticias que los cuerpos de los pasajeros eran albergados en esta morgue.

“Tengo tres días aquí, dicen que no puedo verlos, que los cuerpos están muy descompuestos… si está vivo o muerto lo quiero encontrar”, dice triste y asustada: “Borre el nombre de él, dicen que a veces los tienen vivos y si se publica, los matan”.

Otra mujer de Arcelia, Guerrero, hace fila para que le tomen la muestra de ADN para sacar a su hijo de entre los cuerpos apilados en las bolsas de basura: “Es jornalero, iba a Reynosa, salió el 28 de marzo en uno de esos camiones”.

Los forasteros que llegan a la morgue tienen que hacer al menos cuatro filas que duran horas: dos para denunciar la desaparición, dos para dejar su sangre para el cotejo genético.

En la recepción de la oficina de servicios periciales, en el tiempo de espera se escuchan las inquietudes comunes:

–Señorita, ¿no nos podrán poner las fotos de los muertos? –pregunta un ranchero anciano.

–No. Quedaron irreconocibles por el paso del tiempo y las condiciones de su muerte –contesta la recepcionista–. Sólo describiendo las ropas, tatuajes o cadenas se puede saber. Por eso se pide que dejen esos datos porque aunque hay 100 cuerpos han venido más de 400 familias buscando.

–¿Hasta cuándo nos van a decir? –pregunta frustrada una mujer con cuatro días de espera.

–Señora, es que hay muchísima gente y tenemos que mandar los paquetes para cotejar.

La oficina parece un purgatorio lleno de personas con miradas perdidas, ojos llorosos, lágrimas escurridas. A ratos se hace el silencio de un velorio, otras veces se convierte en comunidad de autoayuda.

–A veces es mejor, de una vez, el trancazo a estar todo el día pensando si estará vivo, si lo estarán golpeando, si habrá comido –dice alguien.

–Ya ni pasa la comida, nos dan una muerte lenta –dice una joven con un bebé en brazos.

–Nosotros no queremos encontrar a mi hijo aquí. Lo queremos vivo. Ya lo hemos buscado en Reynosa, Laredo, Mier. Hasta fuimos a ver unos cuerpos quemados pero no pudimos: no quedó ni un teni, ni un pantalón y así andamos –dice la mamá del cocinero Leonel Ignacio Mancilla Silva, desaparecido en un auto particular con su jefe y dos compañeros de trabajo en la carretera a Reynosa.

Hasta 100 personas al día hacen fila para ser atendidas. Algunas se persignan al momento de tomar su turno. Una anciana nerviosa suspira y dice: “Que sea lo que Dios quiera, ¿qué más?”.

Cargando recuerdos

En el predio contiguo, los forenses enfundados en trajes quirúrgicos blancos manipulan los cadáveres. Bajan del tráiler las bolsas de basura con forma humana hasta depositarlas en el piso del Servicio Médico Forense. En sentido contrario sacan otros para subirlos al tráiler.

A quienes buscan a sus familiares se les encoge el corazón cuando miran, perplejos, la manipulación de los cadáveres dispuestos en el contenedor como si fueran cajas de fruta. “Dios quiera que mis familiares no estén aquí, no me da gusto ver cómo están sacando las personas del camión”, dice mientras se aleja apurada la cocinera Isidra Pérez Segundo, que en un mismo día perdió a su hijo, su nuera, su hija con ocho meses de embarazo, su yerno y un nieto de cinco años en la carretera. Ahora ella mantiene a Daira Yareli, su nieta huérfana a los cuatro años, que sonríe desde la pantalla del celular.

Los forenses apenas se dan abasto. A ratos salen a fumar para exorcizar el tufo agarrado a la garganta. Se abren el zíper de los overoles. En voz baja, porque tienen prohibido dar información, dicen que la mayoría de los asesinados que han revisado llevan las manos amarradas a la espalda y las camisetas sobre la cabeza. No van vendados. Pocos tuvieron una muerte rápida. Tres eran mujeres.

“Están muy golpeados, con golpes en el cráneo, como con un fierro, un tubo, un mazo. Así vienen los nueve que revisamos hoy. Unos ni siquiera se pueden evaluar, casi ninguno tiene disparo en la cabeza”, dice uno de ellos a Proceso.

Otro perito investigador que participó en la localización de las fosas explica que detectaron los cementerios gracias al “dedo” (informante) que los guió, porque no están al pie de la carretera ni a simple vista.

Tuvieron que excavar unos montículos hechos con maquinaria por los criminales para esconder a sus víctimas.

Este funcionario confirma que la mayoría fueron asesinados a golpe de marro. Como todos, adjudica el crimen a Los Zetas, que dominan la zona.

Algunos de los muertos tienen ropa de invierno. Casi todos eran pobres (“no tenían para pagar casetas, para vías más rápidas, y nadie quiso enterarse porque no eran hijos de ningún famoso”, dice).

–¿Por qué los habrán matado? –se pregunta al investigador.

–A todos los hombres, jóvenes, en edad de enrolarse, los ven como potenciales enemigos. Podría ser que están tan desesperados que los matan previniendo que se hagan sicarios del Golfo.

Además, así les impiden llegar a Matamoros y Reynosa, que controlan los contrarios.

Purgatorio nacional

Ninguna autoridad se puede decir sorprendida por lo que aquí ocurre.

Sobre todo si se miran los papeles que tapizan las oficinas con mensajes como “ayúdanos a encontrarlo” y los rostros de jóvenes como Eli Octavio, de 17 años, extraviado en la carretera de San Fernando; la quinceañera Yukan Yanay, levantada en el centro de Valle Hermoso igual que el joven Francisco Felipe Maya. Son cientos.

Quienes están aquí ya recorrieron las rutas de las narcofosas. Como el anciano Crescencio Ortiz, tamaulipeco de San Fernando, cultivador de sorgo, quien busca a su hijo Adolfo, también agricultor (“y no era ni borracho ni fumador ni jugador ni nada”, aclara).

“Desde que no volvió fue andar buscando muertos tirados, ir a verlos, caminar en la orilla de la carretera o en algún monte o en las funerarias. Pedir al Ejército que nos enseñe a los que han liberado para ver si lo vieron.”

O los familiares de Natanael Arturo y Josué Arcel, hermanos defeños que fueron a McAllen a comprar ropa para el bebé del primero. Antes de desaparecer, uno de ellos envió por celular un mensaje: “Nos acaban de secuestrar en San Fernando, no hahas nada si llega a pasar algo solo avisale a mis papas. me metieron en la cajuela. no me vayas a llamar ni nada”. Sus padres han peinado Tamaulipas, esquivado “halcones”, acudido a morgues, procuradurías, PGR, Marina, Sedena, Policía Federal, derechos humanos, periodistas, las señora Wallace y Moreira, para recuperarlos.

La esperanza no muere. Se refugian en la oración, en adivinos o hasta en milagros. Como la anciana oaxaqueña que dice: “Quiero ir a la televisión con Laura (Bozzo) para ver si ella los encuentra”.

Los nervios se quiebran en la larga espera, como ocurre a la señora Guadalupe Alfaro cuando quiere anotar a su sobrino Jairo Daniel entre los desaparecidos que reclama hecha llanto: “¡Quisimos hacer la denuncia pero en la PGR de Reynosa no nos la quisieron tomar, que por seguridad de nosotros! ¡Aquí hay confabulación! Yo tuve que hacer volantes y dejarlos en todos los rincones. Anduve 15 días en las brechas de la carretera, sola, buscando y pidiendo en los retenes y la guarnición militar que me llamaran si aparecía un muerto o si rescataban a alguien”.

La gente explota cuando se entera de que el tráiler con los cadáveres fue enviado al Distrito Federal. Sienten que los separaron de los suyos una vez más.

“¡Los muertos son de Tamaulipas, los queremos aquí! Ya nos quedamos viudas con nuestros huérfanos, ¿para qué quieren exponernos yendo por las carreteras a buscarlos allá? ¿Quieren que maten a otros 500? ¿Cuánto más nos harán esperar para que no los regresen?”, grita con rabia la esposa de Agustín Jaime del Ángel, desa?parecido el 1 de diciembre en el “tramo peligroso” carretero.

La familia del matamorense Gonzalo García Casanova, que fue el primero en ser identificado el lunes anterior, reclama porque se lo llevaron al DF con los demás. “Si ya saben quién es, ¿por qué se lo llevan? Nomás nos hacen sufrir más”, lamenta su hermana, quien, como la mayoría aquí, no entiende por qué los “llevaron a pasear”.

Los episodios de rabia estallan contra cualquier funcionario que aparece y la gente reclama que el gobernador Egidio Torre no ha llegado a este lugar a solidarizarse y que Felipe Calderón nunca ha tomado esas carreteras. Los fuereños también reclaman porque nadie les avisó de los peligros de las carreteras.

El chofer de uno de los autobuses que diariamente viaja hasta Victoria reconoce ante Proceso los peligros conocidos por sus colegas: “Desde hace dos años mirabas en la noche o en la madrugada en las carreteras o en las brechas puro camionetón de 300, 400 mil pesos con las puertas abiertas, y puros pelados con armas largas. Por eso dejamos de viajar en la noche. Si vas en carro ¡aguas!, que van y te cierran en las camionetas, te tumban el carro, te secuestran o te matan”.

Sangre llama a sangre

En la fila muchas madres son las primeras voluntarias para hacerse la prueba de la sangre que les permitirá reclamar al hijo. Sus esposos las esperan en los pasillos, nerviosos. También llegan mujeres con todos sus hijos por si se requieren más genes para darle al papá una tumba.

Una niña de tres años está en la fila creyendo que la van a vacunar, porque sus tíos no le han dicho que su papá, su mamá y su hermanito están desaparecidos. Otro niño zacatecano de 12 años, hijo de Enrique Vázquez Ibarra –desaparecido en Méndez cuando regresaba con un carro usado que acababa de comprar– sostiene la foto de su papá para que lo fotografíen, mientras su tío comenta que “lo agarraron frente a la escuela, llegaron, lo cargaron, lo echaron pa’rriba”.

La mayoría de los tamaulipecos nunca había denunciado la desaparición.

Por miedo.

Con las historias que se cuentan en la espera se podría hacer una cartografía de los levantones y concluir que en estas tierras los jóvenes son reclutados a la fuerza como combatientes de reemplazo de los exterminados todos los días.

“Mi hijo iba a cumplir 22 años, trabajaba en un Oxxo, el 8 de enero se lo llevaron del trabajo. Fue en Valle Hermoso. No pudimos denunciar porque ahí no hay autoridad.”

“El mío es José Juan Zavala (obrero, padre de cuatro niños). Salió en la mañana y no volvió. En Matamoros se llevan a muchos.”

“Yo vengo por Roberto Díaz, es ayudante de albañil, lo sacaron aquí del solar de su casa.”

“Le tocó a mi hijo César Mosqueda que se lo llevaran como a muchos otros huercos. Un amiguito vino a decirme que una camioneta lo había recogido y del susto ni la camioneta quiso describir.”

“Anote al mío: Daniel Contreras Lerma, de 16 años, y a su amigo César Homero Salazar, de 18, se los llevaron del Oxxo de cuadra y media de la casa. Así pasa en Valle Hermoso: la gente va caminando y se la llevan, o te sacan de casa, y es parejo para hombres y mujeres. Y la gente que se ha escapado no quiere decir si ahí vieron a alguien.”

“A mi hermana (Luz Elena Ramírez, madre, 30 años) le hicieron señas de un carro gris, se acercó, la tomaron del hombro y ya no supimos.”

“Yo busco a Édgar Silquero Vera, gerente de una gasolinera de San Fernando. Encontramos sólo su camioneta Expedition. Se pasean en ella los marinos pero dicen que no saben nada.”

“Mi hijo tendría ahorita unos 20 años. Se lo llevaron en un levantón en San Fernando porque se llevan a todos parejo a trabajar obligados. Pero mejor borre su nombre.”

Los peritos de la morgue se dan un descanso y vuelven a salir a fumar.

Es el jueves 14. Han trabajado toda la semana y les acaban de informar que llegará otra camioneta con una docena de cuerpos.

En los noticiarios del día se anuncia que el gobierno estatal impulsará el estado como destino turístico para Semana Santa. “¡Ya ni la chingan estos cabrones!”, comenta un ministerio público enojado.

Un reportero local que observa el cansancio general comenta: “Y eso que falta que excaven todos los de Camargo, Alemán, Guardado de Arriba y de Abajo, los poblados Los Guerra y Comales, Ciudad Mier, Valle Hermoso, Anáhuac, Cruillas, González Villarreal, Nuevo Padilla, Nuevo Guerrero… Todo el estado está lleno de fosas clandestinas”.

Todo alrededor apesta.

La Bestia

Publicado: 7 junio 2011 en Oscar Martínez
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El potente pitido suena profundo y prolongado en la oscuridad. La Bestia llega. Un toque. Dos toques. La llamada imperativa del viaje. Los que están dispuestos tienen que seguirla en este momento. Esta noche unas 100 personas lo hacen. Se levantan de su sueño, se sacuden el cansancio acumulado, encajan en sus hombros las mochilas, cargan las botellas de agua y caminan otra vez hacia el inicio de un recorrido de muerte.

Las siluetas del grupo de los fuertes se distinguen entre las sombras que recorren las vías del tren. Son una treintena de contornos masculinos. Perfiles de guerreros. Desde sus manos, como extensiones del cuerpo, se dibujan troncos y varas de hierro de hasta dos metros. No están dispuestos a ceder en caso de que asaltantes del camino hagan su abordaje. Saben que entre ellos mismos, migrantes centroamericanos, pueden ir ya esos piratas de las vías, listos para atacar en la oscuridad selvática del recorrido entre Ixtepec y Medias Aguas, entre los estados de Oaxaca y Veracruz.

Parlamentan en las vías mientras la locomotora ordena en un solo carril los 28 vagones que están a punto de salir. La consigna es unánime: si es necesario, pelearemos. La mayoría de los cajones de acero están alineados; sin embargo, aún hay algunos en otra de las líneas férreas. Es momento de incertidumbre. Las cien sombras giran la cabeza de lado a lado, como intentando leer los movimientos. Se apresuran a lo largo de la vía y luego vuelven. Es necesario tomar una decisión antes de que las máquinas jalen la carga y los polizones que van hacia el Norte tengan que abordarla en marcha.

Este será mi octavo viaje, pero acostumbrarse a este momento me ha resultado imposible. Es un vaivén de siluetas que corren y gritan; de fondo, el sonido metálico de la Bestia lo inunda todo, y no hay mucho tiempo para pensar. En el cerebro, una sensación entre el miedo y la emoción por algo nuevo. Solo sabes que no quieres perder el tren, que no te quieres equivocar de vagón y acabar en la línea de cajones que no se moverá. Solo piensas en ti mismo, en esa escalera que has elegido, en treparla, en que nadie se interponga.

En medio de las dos filas el grupo de 30 hombres elige su territorio: la línea de la izquierda. Uno tras otro suben por la escalerilla lateral y se posan en el techo del tren de mercancías. El vagón es suyo. Esos20 metrosserán su nido durante seis horas de viaje. De sus parrillas se aferrarán durante todo el recorrido, para no caer y ser tragados por las ruedas de acero. Ese espacio es el que defenderán. Por eso destierran a un joven moreno, salvadoreño, de unos 17 años. Durante algunas horas del día, en el albergue para migrantes de Ixtepec, a la orilla de las vías, el muchacho habló con un pandillero deportado que regresaba de Estados Unidos y que, aislado del resto, fumó marihuana gran parte de la tarde. Tienen desconfianza y prefieren no arriesgarse. “Vos no venís con nosotros”, le dice uno de ellos a manera de orden, y el joven, ante la mirada de todo el grupo, decide irse a  buscar su lugar.

En este vagón, con el grupo de salvadoreños, nicaragüenses, guatemaltecos y hondureños que se han juntado en el camino, nos acomodamos Eduardo Soteras, el fotógrafo, y yo.

Las pocas mujeres que abordan el sólido gusano se acomodan en los balcones que hay entre vagón y vagón. Algunos, los menos, tienen plataforma abajo. El resto, solo unas vigas metálicas sobre las que los migrantes tendrán que hacer equilibrios. Pero viajar ahí supone no tener que esquivar los cables y ramas que se entrometen en el camino de los que van arriba. También evitan las corrientes de viento que harán tiritar a muchos que se lanzan sin abrigo.

Arriba se acomodan los 30 albañiles, fontaneros, electricistas, agricultores, carpinteros y jardineros convertidos unas horas en guerreros por un viaje que se ha cobrado un número indeterminado de vidas. Nuestro círculo más cercano lo componen unos hermanos con pinta de raperos que tras ser deportados van de regreso hacia el que consideran su país; un ex militar que quiere volver a su vida de albañil en el Norte; y también viaja Saúl, el muchacho que se exhibe confiado de su dominio de la Bestia. Sube y baja, amarra su bolsa de plástico a las parrillas y luego se lanza a recoger cartón de las vías para que la fibra de vidrio del techo no le penetre las nalgas como constantes picadas de zancudos.  Los cuatro son guatemaltecos.

La locomotora echa a andar. Jala los 28 vagones. El golpe seco empieza desde la cabeza y resuena hasta la cola, en efecto dominó. Tac, tac, tac. Vagón por vagón es tirado por la potente máquina, mientras los migrantes se aferran donde pueden. Muchos han sido mutilados en este primer movimiento cuando, ignorantes de las reglas de la Bestia, han apoyado su pie entre la juntura de los vagones: dos barras ensambladas una dentro de otra, con un sistema de amortiguación para cuando el tren frena o jala. Las muelas les llaman. Ahí, entre el traqueteo del efecto dominó, el tren les ha triturado el pie como martillo a una nuez.

Pero este inconveniente está de sobra compensado por una ventaja invaluable: la Bestia se monta mientras está detenida. En otros puntos, como Lechería, Tenosique, Orizaba o San Luis Potosí, el tren hay que agarrarlo en marcha, porque los famosos garroteros, guardias privados de las compañías ferroviarias, impiden el paso a las estaciones, y los migrantes tienen que acechar su transporte más adelante.

En un viaje, Wilber, un veinteañero hondureño que guiaba a indocumentados por México, me dio un curso básico de cómo treparse al tren cuando este ya está en marcha:

—Primero, lo medís. Dejás que las manijas de los vagones te golpeen la mano, para ver qué tan rápido va, porque esto hay que sentirlo, no solo verlo. Engaña. Si te creés capaz, corrés unos20 metrospara tomarle el ritmo, agarrado de una manija. Cuando ya le tengás el pulso, te dejás ir con los brazos. Te levantás con los puros brazos, para alejar las piernas de las ruedas, y apoyás en las gradas la pierna que tengás del lado del tren, para que tu cuerpo se vaya contra el vagón y no te desbarajuste.

Cuando lo intenté en aquella ocasión estábamos en Las Anonas, un pequeño poblado entre Arriaga e Ixtepec. El tren pasó a unos15 kilómetrospor hora y yo cometí el error básico de los migrantes que han sido mutilados en este arranque: olvidé el detalle de la pierna y apoyé en la escalera la contraria. Estaba sostenido del agarradero con el brazo izquierdo y, más abajo, mi pie derecho se posó en la grada, mientras el resto de mi cuerpo quedó maniatado por ese nudo de extremidades. El tren me arrastró varios metros, porque el cuerpo perdió su punto de equilibrio. Por suerte, algunos se bajaron a desentramparme.

Sin embargo, Wilber cree que esos viajeros que quedan mutilados tan pronto en el viaje “tienen suerte”, porque el tren va lento y pueden tomar una decisión:

—Yo vi cómo a uno el tren le pasó encima de la pierna –dijo Wilber tranquilo, como quien cuenta el resultado de un partido de fútbol–, porque no pudo agarrarlo cuando ya iba corriendo. Pero como no iba tan rápido, le dio tiempo de verse la pierna cortada y de meter la cabeza abajo de la siguiente rueda. Pues sí, si iba a buscar un trabajo allá arriba es porque no ganaba bien abajo, y ya sin una pierna, ¿qué iba a hacer?

¿Por qué no dejarlos subir mientras la locomotora no arranca? ¿Por qué, si se sabe que de todas formas subirán, obligarlos a abordar el gusano en movimiento? Es una pregunta que ninguno de los jefes de las siete empresas de ferrocarriles contestará. No dan entrevistas, y si se logra hablar con ellos por teléfono, cuelgan cuando se enteran de que se pretende conversar sobre migrantes.

El viaje inicia. La poca luz de los dos reflectores de las vías de Ixtepec desaparece mientras nos internamos en un paraje de llanos iluminados solo por el resplandor amarillento y suave de una luna llena grande y misteriosa.

Este es el transporte de los migrantes de tercera, los que viajan sin coyote y sin dinero para autobuses. Ellos repetirán al menos ocho veces esta dinámica de abordaje en el territorio mexicano. Dormirán en las vías en varios puntos, esperando que aquel pitido no se les escape y les haga pasar una noche, dos o tres a la espera del siguiente. Recorrerán más de5,000 kilómetrosbajo estas condiciones. Esta es la Bestia, la serpiente, la máquina, el monstruo. El tren. Rodeado de leyendas y de historias de sangre. Algunos, supersticiosos, cuentan que es un invento del diablo. Otros dicen que los chirridos que desparrama al avanzar son voces de niños, mujeres y hombres que perdieron la vida bajo sus ruedas. Acero contra acero. Una vez escuché una frase en uno de estos viajes nocturnos: “Este es primo hermano del río Bravo, porque la misma sangre tienen, sangre centroamericana”.

El tren es todo un código que descifrar. ¿Qué vagones van a salir? ¿Cuál es la máquina que va para Medias Aguas y cuál es la que regresa a Arriaga? ¿En cuánto tiempo sale? ¿Cómo evitar a los maquinistas? Ante un asalto, ¿es mejor ir en los vagones de en medio o en los de atrás? ¿Qué sonido indica: ¡agárrate!? ¿Cuándo bajar? ¿Qué hacer si el sueño te vence y necesitas dormir? ¿De dónde te tienes que amarrar? ¿Qué indica que un asalto ha empezado?

El tramo de Ixtepec a Medias Aguas es un tramo de200 kilómetrosque el tren hace en seis horas como mínimo, pues curvea las carreteras, se aleja de ellas, para pasar por escenarios desolados. Ahí, en medio de esos montes, recarga cemento o agrega más vagones. De eso, del tiempo que pare en esos sitios, dependerá si el trayecto será de las seis horas habituales o si se excederá hasta dos días antes de llegar a su destino. A pesar de ello, este recorrido es entendido como intermedio. Los recorridos cortos son de unas tres horas, y los largos, de más de diez.

Allá arriba, mientras todo se contonea, es el mejor momento para conversar con un migrante. Te reconoce como igual. Estás en su territorio, y es tu colega si has hecho un pacto de solidaridad con él. Compartir cigarrillos, agua, comida o firmar un acuerdo para atacar en caso de necesidad. Ese pacto terminará cuando el tren se detenga en su siguiente punto, y ahí es donde se tiene que decidir si se renueva o no.

Conversar es la mejor forma de no dormirse y no convertirse en un personaje más de las anécdotas del camino que hablan de mutilados tirados en campos oscuros y solitarios, a la espera de auxilio mientras se desangran de los muñones que el tren les dejó.

La mordida de la Bestia

Esta tarde, mientras esperábamos la llegada del tren, conversamos con Jaime Arriaga. Es un hondureño humilde. Tiene 37 años y es el clásico campesino que se fue con un sueño muy diferente al del joven migrante que busca un carro, ropa diferente, darse algún lujo y parecerse a su primo que regresó vestido con una camiseta de Los Angeles Lakers. Jaime salió en enero de este año de su humilde aldea en la costa norte hondureña, y en su mente solo traía una imagen: su humilde casa, en su humilde aldea, rodeada de dos manzanas de sembradillo de maíz, arroz y frijol.

Jaime iba por el segundo intento. Pasó dos años en Estados Unidos. Ahorró. Logró construir su casa de cemento y teja, que le costó $17,000. Regresó para quedarse. Ya tenía lo que quería: su casa en su aldea y sus cultivos. Pero seis meses le duró la inversión de dos años: “Un huracán, una tormenta de esas que siempre caen en esa parte de Honduras me destruyó todo”. Todo: la casa y la milpa.

Y entonces, como la primera vez, Jaime volvió a empacar un poco de ropa y algunos dólares, y se despidió de su mujer.

—Ya sabés que la única manera de volver a lograr lo que he perdido es en Estados Unidos.

Pero antes de llegar a Estados Unidos está este camino, que a veces arrebata más de lo que ya se ha perdido. Esta tarde, en el patio de la casa del sacerdote Alejandro Solalinde, Jaime hablaba bajo un árbol de mango, sentado en una silla de plástico y con su pie izquierdo apoyado en la tierra. Su otra pierna termina en muñón. Carne blanda que aún cura. El tren le arrancó el pie derecho el 16 de enero.

A Jaime lo venció la desesperación. Quería seguir avanzando. Volver a ver florecer su milpa lo antes posible. Pero la Bestia se ensaña con los impacientes. Estaba cansado, había dormido poco y acababa de llegar de Arriaga, tras 11 horas de tren. Además, con el cansancio cerrándole los ojos, se subió en la máquina que salió hacia Medias Aguas y que solo arrastraba cajones. Ni un vagón bueno. Una combinación mortal.

Los cajones son literalmente eso, cajas rectangulares de acero, sin balcones entre vagón y vagón, sin parrillas arriba en las que meter los dedos para sostenerse. En medio de cada cajón solo están las muelas del tren, y una pequeña barra de hierro sobre la que los impacientes se paran y se sostienen como crucificados de la pared del cajón. El suelo discurre abajo, a pocos centímetros de los pies de los que viajan en esas junturas. El recorrido es de seis horas. Seis horas en cruz, aguantando, apretando los dedos. El tren llega a alcanzar los70 kilómetrospor hora. A veces en curva. Y no hablamos de la velocidad de un vehículo. El tren hace que esa velocidad sea una experiencia diferente. No es un automotor arrastrado por cuatro ruedas. Es un gusano sólido de hasta un kilómetro de largo que se retuerce y contonea mientras avanza y chilla. Una máquina imponente.

En ese trayecto, Jaime habló con su primo y otros dos nicaragüenses que lo acompañaban en aquel vía crucis. Hizo algo de ejercicio de brazos para intentar despertarse. Y casi lo logra. “Un minuto cerré los ojos”, cuenta. Más bien se le cerraron. El cansancio del migrante, tras varios días caminando para rodear casetas de carretera hasta llegar a Arriaga y un tren de 11 horas bajo el inclemente sol chiapaneco hasta llegar a Ixtepec es mucho cansancio. Mucho sueño. Un viaje donde se descansa poco y mal. No se duerme bien en las noches en el monte durante las paradas en las caminatas. Un ojo está cerrado y el otro medio abierto, escrutando la oscuridad.

Cuando despertó, Jaime se sintió caer, y asegura que en ese momento la vida se ralentizó. Él flotando en el aire. Él dándose cuenta de que iba directo hacia las vías. Él y sus rezos: “Dios mío, guárdame”. Y luego, todo volvió a ser ruido y velocidad. Quedó pegado como esparadrapo al suelo. La Bestia es colosal. Rompe el aire, crea corrientes cuando pasa, y esa corriente hizo que Jaime quedara pegado a los soportes de cemento de las vías, con la cabeza a centímetros de las ruedas de acero.

—Solo escuchaba: riiin, riiin, riiin, cómo pasaba el tren. Casi me quedo sordo.

Cuando la mayor parte de vagones pasaron reventando los tímpanos de Jaime, se creó una corriente diferente que lo despegó de los soportes y lo levantó como una pluma que flotó durante unos segundos hasta ser tragada por el efecto de vacío e introducida en las vías. Entonces, el último vagón le pasó por encima a su pierna derecha, y luego la cola de aire de la máquina lo escupió hacia el monte, tal como se lo había tragado.

—Yo sentía que estaba bueno. No sentía dolor –recuerda.

Es lo normal. La historia se repite en todos los migrantes mutilados con los que he hablado. Al principio no duele. Luego, antes o después, el dolor hará que se te contraigan los músculos del rostro, y un repentino e intenso calor invadirá tu cuerpo hasta hacerte sentir que la cabeza va a explotar por una presión interna.

Jaime sintió que algo le faltaba cuando intentó pararse. Su pierna se dobló y él volvió a caer. Estaba mutilado. Su pierna terminaba en huesos estrujados y pellejos colgando que aún sostenían su pie amoratado, casi por caerse. Quiso salir del monte ayudándose de unos palos, pero esas hilachas de piel se enredaban con la maleza y lo retenían. Sacó su navaja y se terminó de separar lo que el tren le había mascado. Arrancó un harapo del pantalón que se había molido con su carne y se hizo un torniquete.

Logró caminar una hora siguiendo las vías. “No sentía dolor.” Cuando ya no tenía fuerzas de caminar y se sentía mareado, había logrado llegar hasta un punto donde una callejuela de tierra cortaba las vías. Ahí quedó tirado durante diez horas. Escuchando y viendo, sin poder moverse. Solo. El tren atraviesa montes, corta llanos, bordea pueblos. Si alguien se cae del tren, sobretodo en tramos rápidos como este entre Ixtepec y Medias Aguas, nadie se lanzará a socorrerlo. Logrará salir de ahí si lo logra. Así de sencillo. Si no, morirá lentamente, desangrándose, y nadie más volverá a saber de él. Ninguna estadística lo incluirá y será considerado un migrante desaparecido si un familiar pregunta por él al consulado de su país.

A las 4 de la tarde, Jaime estaba rodeado de zopilotes, que esperaban por un pedazo de carne. Fue entonces cuando un pick up se detuvo. Tres hombres bajaron, y uno más, escuchó Jaime, se excusó: “Yo no voy, padezco del corazón y si lo veo, capaz que me muero primero que él, porque está vivo”.

Lo llevaron al hospital, lo sedaron, lo amputaron hasta la rodilla. Cuando despertó, alucinaba. “Le veía unos ganchos en la cabeza a la enfermera, como si fuera el demonio.” El dolor llegó esa noche. Jaime soñó que jugaba fútbol, que pateaba una pelota con el pie que ya no tenía. Su cuerpo dormido hizo el movimiento, y se despertó en medio de un intenso dolor, de un calor que le recorría el cuerpo desde el muñón del que aún brotaba sangre. El grito fue tan estruendoso que varias enfermeras llegaron al cuarto.

—Que descansen –dice Jaime a modo de consejo para los que viajan como él, cuando la conversación termina a la sombra del árbol de mango–. El tren nunca se arruina. Estados Unidos no se va. Es mejor llegar tarde que nunca llegar.

La tensión del viaje

El tren se detiene enLa Cementera, una sucursal de la empresa de concreto Cruz Azul incrustada en esta zona selvática. La máquina despega vagones y se cambia de carril para recoger otros que luego alinea en la columna de acero. Es momento de hacer guardia. Los hombres del vagón se levantan y fijan sus ojos en las veredas que circundan el tren.

Los asaltantes del camino se incorporan entre los polizones cuando la maquina hace paradas o los maquinistas, a veces de acuerdo con estos piratas, bajan la velocidad de las locomotoras para que puedan trepar. En este vagón, los hombres levantan sus varas y palos. Los dejan a la vista, para que se sepa que si hay asalto habrá respuesta. Un indígena guatemalteco sujeta la rama que lleva como si fuera un fusil, y apunta a la oscuridad. La silueta engaña.

El grupo divisa una algarabía lejana. En los vagones de atrás se ve movimiento y una lámpara que se enciende y se apaga, cada vez más cerca de nuestro territorio.

La señal clara de que hay asalto en la noche, me dijo una vez un migrante, es cuando la luz de una linterna se mueve sobre los techos. En una ocasión, mientras hacía este mismo recorrido, ocurrió eso: a lo lejos, se veía una bola luminosa rompiendo la oscuridad, la circunferencia resplandeciente de la linterna flotando sobre el tren. Avanzaba y desaparecía entre los vagones, seguramente cuando los asaltantes bajaban a los balcones a recoger el dinero. Luego, el circulito volvía a emerger y avanzar. Esa vez logramos librarnos gracias al ingenio de un migrante que recomendó al fotógrafo que encendiera todas sus luces, incluido un reflector portátil, de un solo golpe y en dirección hacia los asaltantes. Así fue. El círculo luminoso dejó de avanzar. Se quedó inmóvil unos minutos y luego, en una parte de lenta velocidad, lo vimos saltar del tren y perderse entre los árboles.

Los asaltantes del tren, salvo cuando han ocurrido abordajes específicos para secuestrar mujeres, y se trata del crimen organizado, son delincuentes comunes, habitantes de rancherías cercanas a las vías. Amigos del pueblo, débilmente armados, con un revólver calibre .38 y machetes. Pero también son asaltantes despiadados, sabedores de que allá arriba, si los migrantes se oponen, se trata de matar o morir. De lanzar o ser lanzado a las vías.

La guardia se monta rápido. Un guatemalteco vigila la parte trasera del vagón mientras otro compatriota suyo se encarga de la delantera. Saúl, un joven de 19 años, guatemalteco también, se cubre con la capucha de su sudadera. “Para parecer más barrio”, argumenta. Al fondo, en la cola del tren, se divisa el movimiento de lámparas, pero aún es muy pronto para saber de qué se trata.

Saúl enciende un cigarrillo y repite en voz alta la consigna: “¡A la puta, si es un ladrón que se deje venir, aquí lo atendemos!”. Es su quinto intento por regresar al país del que fue deportado hace cerca de mes y medio. Allá pertenecía al Barrio 18, la pandilla más numerosa de Latinoamérica. Hizo algunos asaltos menores por los que lo aprehendieron.

Suma cuatro intentos fallidos, atrapado por la migra mexicana. Lleva miles de kilómetros sobre la Bestia. Y una consigna: “Hay que tenerle respeto a este animal. Si has visto lo que yo he visto, hay que tenerle respeto”. Así, joven duro como es, hombre prematuro que huye de su país porque la otra pandilla,la Mara Salvatrucha, tiene dominada la colonia donde vive, Saúl sabe dónde esta parado, y sabe que el techo del tren no es mejor que lo que ha vivido.

—Siempre da miedo, siempre.

La escena que nunca se le borrará de la mente es la de una hondureña de unos 18 años con la que viajó en su primer reintento hace unas semanas. Ella cayó en medio de la algarabía que se formó cuando todos pensaron que había un operativo de migración más adelante. Cayó.

—La vi cuando se iba para abajo, con los ojos bien abiertos –recuerda.

Y después solo alcanzó a escuchar un fino alarido que se extinguió de golpe. A lo lejos, vio rodar algo.

–Como una pelota con pelos, supongo que su cabeza.

Alejandro Solalinde es el artífice de que esos operativos hayan disminuido en el sur mexicano. Protestó ante el Instituto Nacional de Migración. No era posible que los operativos se hicieran de noche, en lugares montañosos. Una escena que apabullaría a cualquiera: la noche, el sonido constante del tren que combina el ruido del golpe metálico con unos chillidos finos, tétricos, que a veces parecen el grito lejano de una mujer, y de repente, a los costados, una iluminación cegadora. Decenas de reflectores, y gritos: ¡bajen, bajen, bajen! Y el tren deteniéndose, y sombras lanzándose sobre las vías, donde las llantas de acero aún pueden rebanar. No es posible, argumentó Solalinde, tienen que encontrar otros métodos, porque muchos migrantes quedan mutilados en aquel alboroto. Ciegos corriendo, ciegos saltando, ciegos empujando.

Desde entonces los operativos en el sur han cesado. Más adelante, luego de rodear la capital mexicana y atravesar un lugar llamado Lechería, ya no son dominios de Solalinde, y aquellos sobresaltos nocturnos siguen sucediendo.

La luz de las linternas se acerca más. Cuando avancen dos vagones más será posible saber de qué se trata. Saúl enciende un segundo cigarrillo. Mientras el tren está en marcha, aspirar el humo es difícil. El viento es el que consume el tabaco.

—Hicimos un pacto de que no nos van a asaltar –continúa Saúl–. La .38 tiene seis balas y a un par se pueden llevar, pero después les va a caer toda la raza y les va a aplicar la ley del tren.

La ley de la Bestia que tan bien conoce Saúl y que solo deja tres opciones: resignarse, matar o morir.

—Fue hace un mes, cuando que me agarraron en Reynosa, ya en la frontera. Esa vez, entre Arriaga e Ixtepec, al tren se subieron tres vatos. Cabal, dos con machete y uno con la .38 de tamborcito. La onda es que esa vez no íbamos de acuerdo los del vagón, pero cuando el de la pistola le pasó por el lado a un hondureño que iba ahí… Cobrando el dinero andaba el de la pistola, y tonto, pues, él se tiene que quedar apuntando en la esquina del vagón, y mandar a uno con machete a recoger… La onda es que el hondureño le agarra la pierna y lo bota, y la gente rapidito se le aventó a los dos del machete….

Y ahí viene, la ley del tren.

—…primero los reventamos a verga. Después, el mismo hondureño le dijo a un su amigo: hey, ayudame. Y agarraron al de la pistola, uno de los brazos y otro de las piernas, y lo aventaron entre los dos vagones. Partidito en dos lo hizo el tren. Lo mismo le hicieron al otro. Cuando iban por el tercero, un salvadoreño les dijo que mejor lo dejaran, para que fuera a contar que la raza no se iba a dejar. Lo tiraron a un lado del tren, pero había como un barranco ahí. Yo creo que igual se murió también.

¿Cuántos cadáveres se habrán fundido con la tierra que rodea las vías? Bien dijo una vez Alejandro Solalinde que estos terrenos son un cementerio anónimo.

Las luces de las linternas ya están cerca, y los vigías logran divisar de qué se trata: “¡Hey, guarden los palos, son los maquinistas que andan cobrando!” Tres de los maquinistas llegan a nuestro vagón. La gente se cubre el rostro como puede y se sienta dándoles la espalda, mirando hacia los costados del gusano.

“A ver, muchachos, no vaya a ser que haya operativo más adelante, en Matías Romero, y podemos parar o seguir de largo, pero a ver cómo se van a portar con nosotros”, dice uno. Quieren dinero. Van por los tejados como cobradores de autobús, pidiendo billetes y monedas por un viaje del que no pueden garantizar nada. Nadie en nuestro vagón les contesta ni les extiende un cinco. “¡Hijos de la chingada!”, refunfuña otro, “allá adelante se los va a llevar la verga”. Nosotros no nos identificamos. Los maquinistas detestan a los periodistas. Eduardo Soteras esconde la cámara en su impermeable y deja salir el lente para captar el momento en que extorsionan a los de más adelante.

Los de este vagón son viajeros experimentados, saben que si hay retén no dependerá del maquinista parar o no. Tiene que detenerse. No puede pasar de largo y dejar a militares y policías federales con sus luces encendidas.

La locomotora vuelve a empalmar vagones. El viaje continúa. De nuevo el efecto dominó. El arrastre de cada una de las cajas de acero mientras todos se aferran a las parrillas.

El frío empieza a meterse hasta los huesos por entre la tela de los suéteres, y hiere la piel como diminutos cristales lanzados con violencia. Algunos empiezan a caer dormidos. Se amarran como pueden, metiendo sus cinturones o lazos entre los huecos de las parrillas. Entonces, aquellos techos repletos de gente silueteada por la luz de la luna parecen un campo de refugiados. Entumecidos, envueltos en su propio cuerpo, se abrazan a sí mismos.

La regla del camino vuelve a aplicarse. Si es malo, puede ser peor. Saúl se encaja unos guantes de tela mientras lanza su pregunta retórica.

—¿Vos creés que esto es frío?

La respuesta no es necesaria. En ciertos momentos, una corriente helada recorre el interior del cuerpo y provoca temblores.

—Esto no es nada. Yo he visto a gente a la que se le han congelado los dedos y se han caído del tren en la cordillera del hielo.

Pronto, Saúl y los demás tendrán que experimentar esas temperaturas. Después de Medias Aguas viene Tierra Blanca. Después, Orizaba. Tras eso, viene la cordillera de hielo. Diez horas o hasta dos días transitando en el lomo de esta máquina hasta llegar a Lechería, bordeando cerros nevados. Y, para terminar de hacer épico ese tramo, hay ahí 31 túneles en los que la Bestia se introduce, en las faldas de los cerros. Túneles donde no es posible verse ni la mano frente al rostro. “Aquello sí es frío”, ridiculiza Saúl lo que ahora sentimos. Aquel frío, el de la cordillera, llega a ser de hasta cinco grados centígrados bajo cero.

Media hora más ha pasado, y la tenue iluminación de las calles vuelve a despertar a los que se habían dormido. Estamos en Matías Romero, a medio camino entre Ixtepec y Medias Aguas. De nuevo la alerta se activa. El tren no está en marcha, y puede haber asaltantes. Los viajeros que van en los balcones también se ponen alertas. El maquinista había lanzado una advertencia de operativo y, aunque lo más seguro es que fuera una amenaza sin fundamento, hay que estar alerta. Un operativo de migración en este punto dejaría libres solo a los más ágiles. Estamos en los patios de la estación de este pueblo. Barda a un lado y barda al otro lado. Filas de vagones nos flanquean. La huída sería una carrera de obstáculos.

De repente, un grito violento llama la atención de todos los del vagón.

—¡Ajá, hijueputa, ya nos vamos a volver a ver!

Es Mauricio, un ex militar guatemalteco de 42 años, que va en su décimo intento por regresar a los dólares, a su vida como albañil en Houston que le quitaron hace tres años, cuando lo deportaron. Le grita al pandillero que fumó marihuana gran parte de la tarde en el albergue de Ixtepec, antes de que la máquina hiciera su llamado nocturno.

La razón de la rencilla es simple: el pandillero le robó a Mauricio un pantalón que dejó secando en el albergue. Las implicaciones pueden ser muy graves: Mauricio prometió venganza en el tren. La situación es preocupante: El pandillero viajaba en el último vagón del gusano. Se acercó hasta el nuestro para intentar convencer a un señor salvadoreño de que él, su esposa y su hija de 12 años se fueran atrás con él y sus amigos, que los protegerían si había operativo. ¿Por qué quiere el pandillero llevarse justo a esa familia? ¿Con cuántos amigos viaja?

Ante el grito de Mauricio, el resto del grupo responde como si hubiera escuchado tambores de guerra. Una lluvia de piedras se cierne sobre el pandillero, que corre despavorido, mientras otros de los viajeros se encargan de convencer al señor de que cometía una estupidez si aceptaba la propuesta de irse con ellos.

Luego, como minutos antes de empezar este viaje, los guerreros vuelven a parlamentar. Por un momento, la decisión que toman está a punto de generar una batalla: Mauricio, Saúl, un guatemalteco que lleva consigo una vara de hierro de dos metros y tres hondureños irán hasta el último vagón a darle al pandillero y sus amigos dos opciones: se bajan o los bajamos. La expedición se está armando. Piedras, palos y vítores: “¡Vamos a romperle el hocico!”. En eso, la Bestia marca sus tiempos y recuerda a los viajeros que en este camino la voluntad de lo que pasa o deja de pasar es solo suya. Arranca. Efecto domino: Tac, tac, tac… El viaje continúa.

La siguiente parada será Medias Aguas. El viaje ya lleva dos horas de retraso por las paradas enLa Cementeray Matías Romero. Pronto amanecerá.

Los primeros rayos del sol se asoman por atrás de los montes, y atenúan la oscuridad. El frío es cada vez más insoportable, y las ráfagas de viento congelan. La cara se siente entumecida, rígida. Los dedos ya no quieren apretar. Se tensan. Y el metal frío por donde hay que escurrirlos no ayuda en nada. Solo nos rodean campos de bruma, donde apenas destaca la copa de algún árbol. Campos inundados por neblina. Un espesor grisáceo, impenetrable, que abarca hasta donde la vista se pierde.

Estamos cansados tras ocho horas de tensión y frío. Las ropas están húmedas. Esa neblina las ha penetrado. Ocho horas de posturas incómodas y alertas intermitentes. Amanece cuando entramos en Medias Aguas. La estación de estaciones, donde la ruta del Atlántico y esta del centro en la que venimos se juntan. Donde los migrantes empiezan a tener solo una opción, un tren. Una ruta, hasta que se vuelva a separar en Lechería, tres paradas más adelante.

El potente pitido suena profundo y prolongado y alerta a los viajeros que, como hicieron hace ocho horas, se sacuden el cansancio, se encajan sus mochilas y bajan por las escalerillas de la máquina antes de que esta se detenga. La mayoría de secuestros masivos de migrantes ocurren en este momento, cuando los trenes cargados de víctimas entran a las ciudades dominadas por bandas del crimen organizado. Es mejor abandonar lo antes posible el tren.

La mañana es fría. Aquí no hay albergue, y tampoco los habrá en las tres siguientes estaciones. Todos buscan una parcela engramada donde descansar. La sombra de un árbol que los cubra del sol que saldrá en unas horas. Un poco de agua, algo de comida. La calle de tierra que en Medias Aguas corre paralela a las vías se llena de mendigos centroamericanos, que piden cualquier cosa para llevarse a la boca. Después, con algo o nada en el estómago, dormitarán con los ojos a medio cerrar hasta que la Bestia los vuelva a llamar, y el viaje hacia Estados Unidos inicie otra vez.

Aquí no es Miami

Publicado: 15 abril 2011 en Fernanda Melchor
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Corría el mes de enero y el viento del norte soplaba gélido contra el rostro desnudo de Paco mientras caminaba por la avenida Montesinos hacia la entrada del muelle. Eran cerca de las nueve de la noche y la temperatura seguía bajando. Probablemente alcanzaría los doce grados en la madrugada, predijo su padre, así que Paco se colocó encima un suéter y dos camisolas antes de abandonar la casa: su sangre jarocha se helaba siempre con más benigna de las brisas.

Compró dos tortas de cochinita pibil en el mercadillo establecido afuera de la garita de Morelos. Se empujó también dos tacos, uno de papa con chorizo y otro de papa con buebo, en el puesto de doña Almeja. Su turno empezaba a las diez de la noche y terminaba a las seis de la mañana, pero Paco esperaba trabajar solamente un par de horas debido al mal tiempo.

Solo habían nombrado a ocho trabajadores para el turno nocturno. El viento impedía la carga y descarga de mercancías y contenedores pero no afectaba a los trincadores, especializados en sujetar con bandas los autos dentro de los buques, o de supervisar las maniobras de descenso de los mismos. El trabajo de Paco, y de los otros siete hombres asignados aquella noche, consistiría en armar rampas de acero, arrastrarlas hacia las madrinas -esos camiones gigantes que llevan autos nuevos en sus vientres- y trincar los carros a las estructuras de acero.

El supervisor había anunciado que solo cargarían nueve madrinas.

- A lo mucho estamos saliendo de aquí a las doce- pronosticó uno de los obreros, un viejo de vientre fofo y brazos tatuados desde las muñecas hasta los hombros, que apodaban El Burro.

Paco nunca trabajaba los sábados por la noche pero tenía tantas deudas que había decidido pedir varios turnos extras y así compensar sus derroches. Era el más joven de los siete compañeros y le tocó en la primera línea. Entre trinca y trinca bromeaba y conversaba con los obreros. Todos tenían el rostro enrojecido por el frío pero nadie llevaba guantes. Las manos callosas de aquellos hombres lo sorprendían por su tosquedad y aparente aspereza, y Paco imaginó que algún día las suyas lucirían de aquel modo, si no se apuraba a terminar la preparatoria.

Así cargaron ocho madrinas. La última venía retrasada, explicó el supervisor, que caminaba de un lado a otro de la explanada con el radio en la mano. Al parecer se le había ponchado una llanta y el conductor reportaba hallarse apenas en Tamarindo. Eran pasadas las once y el frío apretaba.

Los obreros se habían sentado en el suelo. Se acurrucaban unos contra otros para protegerse del viento, cuando un resplandor de luces rojas y azules iluminó la noche.

- Hay pedos- murmuró El Chiles, otro de los obreros.

Una camioneta de Migración y dos camionetas repletas de policías auxiliares avanzaban por la explanada hacia un pequeños barco de carga atracado en el muelle dos. Detrás de los policías venía una patrulla de la Policía Federal, con la sirena encendida. Bajaron corriendo hombres armados con fusiles y perros y subieron al barco. Paco y sus compañeros solo alcanzaban a ver, sobre la cubierta de la nave, las lucecitas de las linternas apuntando hacia todos lados.

- Ese barco ha de traer droga- dijo Paco- Les han de haber encontrado algo…

Pero no acabó de decir esto cuando notaron que los agentes regresaban al muelle, acompañados de unas veinte personas, todas de raza negra: mujeres y hombres viejos que lloraban y se frotaban los brazos y que pronto desaparecieron en el interior de la camioneta de Migración. Algunos policías permanecieron, al pie del barco, apuntando al agua con sus linternas. Sus perros gruñían y arremetían contra las olas que reventaban con la orilla de concreto, pero después de un rato también se marcharon.

A las doce de la noche la explanada había vuelto a quedar desierta, y Paco y sus compañeros esperaban, con crecientes ansias, la llegada de la novena madrina. Sentados en el suelo les dieron la una, la una y media, y no fue hasta las dos de la mañana que los faros del enorme vehículo aparecieron en el portón de la garita. Despacharon su trabajo en pocos minutos y caminaron hacia el supervisor para preguntarle si ya podían marcharse.

- Espérenme, compañeros, que estoy pidiendo autorización- decía el tipo.- Denme una hora y les resuelvo.

Maldiciendo, Paco y sus compañeros volvieron a posar sus traseros yertos sobre el piso de cemento. Hablaron de mujeres, de música, de futbol, de métodos para ganar la lotería, de religión, de política, de mujeres de nuevo. La mente de Paco divagaba, aburrida, mientras contemplaba la negrura del mar a través de un pasillo que se formaba entre las dos hileras de madrinas estacionadas, cuyos conductores esperaban la entrega de la documentación para poder partir en caravana hacia Puebla.

Algo se movía en el pasillo. El corazón de Paco dio un brinco cuando alcanzó a ver un hombre harapiento que corría hacia donde estaban sentados. Paco se irguió, pensando que sería algún drogadicto pendenciero , y entonces pudo ver que el hombre no se acercaba solo: lo seguían ocho sombras esqueléticas. Eran nueve los hombres que se aproximaban en total, completamente mojados, con largas heridas como latigazos sobre los brazos y piernas, todos negros como el carbón y descalzos.

Paco se adelantó, con los puños en alto, y el primer polizón dijo, con un acento que le recordó al usado en Puerto Rico:

- Mi hermano, ayúdame, mi hermano, por favor, somos de República Dominicana, tenemos una semana sin comer…

- No nos delates- gemían los otros, en coro.

Sangraban de todas partes y escurrían agua helada. Eran todos jóvenes y fuertes; debían serlo para haber aguantado dos horas sujetos a los pilares que sostenían el muelle. Los viejos y las mujeres no pudieron escapar de las bodegas del barco, pero los más aptos alcanzaron a saltar al agua y aferrarse a los pilares de concreto infestados de percebes, soportando el embate de las olas embravecidas y el frío que recorría el puerto en una exhalación gélida.

- Dime, hermano, ¿dónde estamos? ¿Ya estamos en Miami?

A Paco se le escapó una risa nerviosa.

- ¿Miami? ¡No mames, están en Veracruz!

- ¿Qué tanto falta para Miami?- preguntaba el que habló primero.

- Falta un chingo, como tres días.

- ¿Y dónde estamos?

- En Veracruz

- ¿Pero dónde está eso?

Los negros volteaban hacia el barco de carga de donde habían saltado, como si buscaran la manera de introducirse de nuevo.

Paco dibujó en el aire la curva del Golfo de México; señaló un punto intermedio.

Los rostros de los dominicanos se llenaron de congoja. Paco pensó que, de haber tenido líquidos suficientes en el cuerpo, ya estarían llorando.

- ¿Y por tierra, cómo llegamos a Miami?- preguntó otro negro, desde la retaguardia.

- No tengo ni idea- respondió Paco.

Lo más lejos al norte que conocía era la ciudad de Poza Rica.

- Ayúdanos, hermano, por piedad – gimoteaba el líder.

Los nueve pares de ojos, enormes y amarillentos, miraban a los estibadores con aire suplicante.

- Hay que meterlos al baño, porque si los ven, van a valer verga- afirmó El Chiles.

Los condujeron a los sanitarios del almacén. Allá dentro, Paco sacó la última de sus tortas; sabía que no sería suficiente ni para alimentar a uno de ellos, pero sus rostros hambrientos le daban lástima.

El negro que actuaba como líder por poco se la arrebata. Devoró la mitad de la torta de dos enormes mordiscos, y al ver la manera en que sus compañeros de infortunio salivaban, pasó el resto de la torta al negro que le seguía, un tipo enrome y musculoso con cicatrices en la cara. Otro de los obrero les llevó un balde con agua y los dominicanos se abalanzaron sobre del líquido; bebían con la desesperación de quien lleva días en el mar sin ver más que la oscuridad de las bodegas, rezando para que el capitán del navío no fuera inglés o alemán; sabían que los oficiales europeos tenían por costumbre arrojar a los polizones al mar, para evitarse trámites molestos al llegar a su destino.

Entonces, en susurros, los dominicanos comenzaron a contar su historia. Eran treinta los que habían subido al barco, que llevaba madera de República Dominicana a Miami. Habían sobornado a un grupo de tripulantes para que los dejaran esconderse en las bodegas. Iban contando las paradas que hacía al barco: Rio Jaina, Cristóbal, Veracruz, y bajaron cuando creyeron que se hallaban en Miami, pero no contaban con que el barco se detendría también en Kingston, Jamaica.

Uno de los polizones, el de las cicatrices en la cara, apartó a Paco del grupo-

- Mi hermano, tienes que ayudarme, tú no sabes los que yo he sufrido. Tengo que llegar a los Estados Unidos porque allá tengo una hermana, en Nueva York, que me está esperando…

Y apretaba el brazo de Paco con su manaza.

- Mi hermana me mandó una carta, diciéndome que allá están los tipos que mataron a mi padre. Tú no sabes lo que yo he sufrido, hermano. Mi padre tenía deudas y lo mataron, cuando mi hermana y yo habíamos ido por agua al río. Tú no sabes lo que es ver que están macheteando a tu papá, que están matando a tu mamá- jadeaba, con los dientes apretados .- La violaron y la mataron y yo sin poder hacer nada, escondido detrás de los matorrales.

Su rostro, arañado de líneas irregulares, estaba contraído de angustia.

- Mi hermana me escribió, diciéndome que esos tipos que mataron a mis padres están allá, en Nueva York, y yo nada voy a eso, voy a matar a ésos hijos de puta.

Paco no podía hablar. El odio del dominicano era tan intenso que tuvo miedo de proseguir el plan que había urdido con sus compañeros y los conductores de las madrinas: sacar a los polizones del muelle a bordo de las cabinas de los transportes. Aquel hombre estaba lleno de rencor y furia, de determinación asesina, y nada lo haría abandonar sus propósitos. Paco estaba seguro de que no dudaría en asaltar con violencia, o hasta matar, para obtener dinero y llegar a su destino, si no es que ya lo había hecho.

Uno de los compañeros de Paco, un hombre moreno y fornido apodado La Thalía, rescató a Paco del abrazo del dominicano y lo llevó hacia la explanada. El viento había arreciado y llevaba consigo el aroma a grasa quemada de los barcos.

- Paquito, no le vayas a dar tus datos a ése hijo de la chingada- dijo Thalía.

- ¿Cómo crees? Está bien zafado- respondió Paco, tomando el cigarrillo que el obrero le ofrecía.- ¿Escuchaste lo que me estaba contando? Hablaba de que quería llegar a Nueva York a matar a no sé quienes…

- Mira, que se los lleven los choferes y los boten en otro estado…

- Pero, ¿cómo vamos a dejarlos entrar a México? Tú no sabes si van a matar a alguien aquí afuerita…

- Mira, uno hace lo que puede…. Pero que te quede claro: nunca nadie es nomás una víctima.

Ése día, un sábado de enero a principios de siglos, fue el último turno nocturno que Paco trabajó en la trinca.

Otra vez se les juntaron a Irma y a Janet tres días sin comer. El hambre y el encierro las hacen olvidar por momentos las otras fechas, las otras formas de llevar un calendario de pesadilla que acumula rezos y plegarias para escapar de los Zetas hasta formar un rosario interminable de esperanzas y tristezas que se suceden una tras otra.

Sus días dejaron de ser números para convertirse en semanas sin bañarse, en meses de abuso sexual, en noches de infecciones y cocaína para mantenerlas despiertas y muchas madrugadas cocinando y lavando la ropa ensangrentada de los “carniceros” -sus captores y dueños- cuando regresan de ejecutar y deshacerse de los migrantes que no pagaban las extorsiones para seguir su viaje hacia el norte.

Así miden el tiempo y así llevan sus vidas las dos centroamericanas (una salvadoreña y la otra guatemalteca) que se conocieron en un vagón del tren que iba a Tabasco. Luego se reencontraron en una de las casas de seguridad que los Zetas, o una versión al servicio de ellos, tienen en Coatzacoalcos, Veracruz, protegidas por policías locales y por redes de taxistas y gente comprada o amenazada en el negocio de la trata de personas.

La segunda vez que se vieron, el día del reencuentro en una de las casas que también atendían, las dos se prometieron que nunca se volverían a separar, que pasara lo que pasara iban a estar juntas para lo que fuera.

Ese día Irma intentaba a tranquilizar a Janet diciéndole que muy pronto la virgen las iba a sacar de ahí, muy pronto.

“Que no… que va a ser Dios, va a ser Cristo el que nos saque”, le contestaba Janet y entonces comenzaba la pequeña guerra de fe entre las centroamericanas que habían salido de su tierra para venirse a trabajar a México o a los Estados Unidos, porque acá pagan mejor, les decían a los Zetas que las tuvieron cautivas durante meses en Tabasco y Veracruz, abusando de ellas, utilizándolas hasta hartarse de su presencia y perdonándoles la vida porque, de acuerdo con sus extraños códigos de conducta, con las mujeres no hay que meterse.

Esa guerra de fe tuvo momentos de derrota en los que alguna de las dos se rendía y terminaba por reclamarle indignada a Dios o a Jesucristo o a la Virgen de Guadalupe el abandono, el triste destino que les habían puesto seguramente por haberse salido de su país para buscar dinero y algo mejor para sus hijos.

Madres solteras, madres de adolescentes, madres e hijas de familias creyentes que en algún momento sintieron que las cosas andaban mal pero sin saber exactamente qué clase de infierno vivían, Irma y Janet sacaban fuerzas de la nada para aferrarse a una esperanza que iba y venía como los golpes y abusos contra ellas y decenas, cientos de migrantes secuestrados en las vías del sureste mexicano.

La única diferencia entre ellas y el resto de los migrantes detenidos y retenidos por los Zetas del sureste, es que salieron con vida de la pesadilla, aunque no sin haber vivido las amenazas, los golpes, las vejaciones, groserías, el hambre, las noches sin dormir, la tensión de no saber qué ocurriría la mañana siguiente, el dolor de ver la desesperación de los otros, el dolor de saberlos heridos, hambrientos y disminuidos una noche y tener luego la certeza de que esa había sido la última para ellos.

En esos instantes Irma le reprochaba a Cristo su abandono, el haberla olvidado y escuchar los rezos y súplicas de otros, no las de ella. La vedad es que no era necesario lanzar plegarias o llorar para ser escuchada.

Casi desde el principio de la pesadilla, allá, en su tierra, su mamá tuvo una revelación y supo que algo andaba mal con Irma. En sueños, su madre la vio en situación de dolor, de mucha pena y sufrimiento y supo que el viaje tan ansiado y planeado por su hija se había convertido en otra cosa.

Pero también en sueños Irma le hablaba y le decía para consolarla “no mami, acuérdate que dios habla en tiempo y en fuera de tiempo; a lo mejor te está hablando pero no es lo que estoy viviendo ahorita.”

No importaba, porque su madre sentía que las cosas estaban mal y formó entonces un grupo de oración para pedir por su hija que se había comunicado con ella una sola vez, a toda prisa, con voz agitada y con miedo. Tenía menos de una semana de haber sido capturada por los Zetas del sureste y solo alcanzó a decir que estaba bien.

En las siguientes semanas, los tratantes de personas, los secuestradores, siguieron con las amenazas y los abusos.

 

Kilómetro 35

Irma recuerda cómo los agarraron a ella y a otros 15 centroamericanos. El grupo era de unos 300, entre hondureños, salvadoreños y guatemaltecos, todos desperdigados entre las vías cerca de un pueblo al que acaba de llegar el tren.

Janet se unió al grupo grande cuando cruzó la frontera de México con Guatemala. Con sus ahorros compró un boleto de camión. Así fue como salió de San Salvador hacia la frontera con México el 25 de octubre.

Fue en busca de dinero para mandarles a su familia, a sus hijos adolescentes y a su mamá, a quienes mantenía con muy poca fortuna trabajando como estilista en la capital de El Salvador.

El 26 de octubre cruzó por una de las fronteras técnicas para iniciar una caminata de al menos seis horas hasta alcanzar a los grupos de migrantes que se iban juntando en el camino. El tren apareció sobre la vía y los centroamericanos fueron emergiendo de la maleza para subirse como mejor pudieran por los costados del tren.

Antes habían soltado los primeros 100 dólares de cuota para los polleros que iban surgiendo en el camino y les aseguraban así un lugar en el tren. Luego, conforme avanzaran en su viaje, los maquinistas y hasta los garroteros les exigían más dinero. Otros 150 pesos por cabeza para seguir arriba del tren o si no…

El resto del dinero se les iba en comida, agua, refrescos, cigarros. Como eran centroamericanos ilegales, los mexicanos les cargaban la mano dejándoles todo más caro y atendiéndolos de mal modo. Total, ¿ante quién se podían quejar estos ilegales?, ¿ante quién los iban a acusar?

El dinero se les iba como el agua comprando alimentos a la orilla de la vía, en su ruta hacia Coatzacoalcos, hacia Tamaulipas, hacia la frontera con los Estados Unidos, hacia donde la suerte los dejara llegar.

Y a la mexicana, como siempre hablan los señores por acá, los maquinistas y polleros arreaban a los migrantes entre mentadas de madre, pendejeándolos, amenazándolos y pincheándolos todo el tiempo para que pagaran, para que se apuraran a subir y dejaran de hacerse güeyes, como si no supieran de qué se trataba la cosa por acá, como si no supieran que si querían llegar al norte, al otro lado, pos había que chingarle y aguantar o de lo contrario se lo cargaba la rrechin…

Así les hablaban desde el principio para ablandarlos y hacerles saber quién mandaba en este lado de la frontera. Cuidado se pasaran de listos o listas porque se quedaban en el camino, en tierra extraña y a la espera de lo que fuera, menos de su objetivo que era llegar a la tierra prometida.

Con menos dinero y medio asustados, los 300 subieron al tren que iba a Coatzacoalcos. Se repartieron en muchos vagones, como unos 30 o más, pero no adentro. Todos iban como viajan siempre los migrantes ilegales que vienen del sur, sobre los techos de los vagones o encima de las góndolas.

Cuando están allí, solo hay dos cosas importantes en sus vidas: no dormirse y tener cuidado de las ramas de los árboles, porque si se distraen seguramente una de ellas los tira y allá abajo los esperan las piedras, en el mejor de los caos, o los rieles y las ruedas filosas de las góndolas.

Piernas y brazos amputados o incluso cuerpos destrozados han sido durante años el precio que pagan los que se duermen allá arriba, los que acaban perdiendo la batalla contra el sueño mientras sueñan que llegan al otro lado.

Los que sí tienen dinero para pagar toda la ruta se ganan el privilegio de viajar adentro de algunos vagones. Allí es donde la gente se va conociendo a querer o no, y van soltando parte de lo que traen adentro y escuchan lo que otros les cuentan.

Que de dónde vengo, que de dónde eres, que si es la primera o la tercera o quien sabe cuántas veces se han ido, los han agarrado, los ha deportado y regresan a lo de los gringos, porque no hay de otra, acá la vida es dura, no hay dinero ni trabajo y de cualquier forma en todos lados la gente abusa de uno, aquí o allá, tu gente, mi gente los policías, los militares, los polleros, los patrones, los gringos, el que sea.

Donde quiera es igual. Si eres hombre, te madrean, te agarran a patadas, te buscan el dinero por todos, te amenazan, le llaman a tu familia, te extorsionan, te vuelven a madrear y si de plano no tienes para pagarles, se aburren, se cansan de golpearte y te dejan ir…o te matan. Así de fácil.

Si eres mujer, lo peor, porque no solo hay violencia física, no se conforman con madrearte o humillarte todo el tiempo y amenazarte y dejarte sin comer y obligarte con sustos y golpes a que le llames a tu familia en donde sea que esté, sino que además abusan de ti. Eso, solo al principio.

Te agarran de su pareja. Te violan. Te pegan. Todos te meten mano. No te dejan dormir. Si traes hijo, te lo quitan. Si vienes con novio o esposo, te lo quitan, lo golpean. Lo matan. Si vienes sola…

La aventura de los migrantes terminó en el kilómetro 35 de la vía hacia Coatzacoalcos, Veracruz, cuando la máquina se detuvo en otro pueblo que nadie conocía pero que los marcó para siempre.

En ese sitio, como en otros que ya habían pasado, le gente del lugar, los mexicanos, no ayuda. Al contrario. Janet se daba cuenta de que mientras más tiempo estuvieran detenidos en los pueblos, la gente se molestaba y llamaba a la Migración para que fuera a la vía por ellos y los detuviera.

Así que si alguien tenía hambre o sed o se le ofrecía cualquier cosa, pues mandaban a uno o dos de los migrantes, los menos jodidos, los que más parecieran mexicanos, a las tienditas a comprar comida y refrescos. Y aún así la gente los miraba con sospecha de que no eran mexicanos y los trataban mal o de plano no les vendían nada.

La vía del tren pasa en medio del pueblo, pero no te puedes quedar ahí parado, porque la gente le habla a Migración, le habla por teléfono a Migración.

Entonces empezaron a caminar. Llegaron ahí como a las 10 de la mañana y empezaron a caminar para Coatzacoalcos, porque el tramo era muy largo y porque el tren se va llenando de gente conforme sube hacia el norte.

Viene mucha gente que ya ha pasado más veces entonces. Entonces los maquinistas y les dijeron que había llegado la hora de seguir a pie, que caminaran sobre la vía del tren. Se hizo entonces la caravana, una larga fila de gente que iba sobre la vía del tren y a los lados de ésta, en la maleza, entre las piedras.

Eso fue a las 10 de la mañana. Para las ocho de la noche, casi doce horas después, llegaban por fin a Coatzacoalcos. Allí a muchos a vida les cambió por completo.

 

Coatzacoalcos, la pesadilla

Esta gente tiene todo como muy planeado, como muy estudiado. Te hacen viajar en el tren, te cobran por todo, no te ayudan, te vas quedando sin dinero y cuando ya estas cansado y con hambre, te dicen que ya no hay tren, que tienes que seguir tu camino pero caminado, sobre las vías, y acabas peor, todo agotado, rendido, le contaba a Janet uno de los hondureños que ya habían pasado por las mismas hace meses hasta que fue deportado.

Los otros, le decía, los que te reciben en el último lugar donde llega el tren, te cobran 3 mil 500 dólares por llevarte directo a la frontera de los Estados Unidos, La verdad es que también es como una trampa. Te la juegas todo el tiempo porque igual y es cierto y sí te llevan por matamoros o por Coahuila. Pero también te puede tocar la mala suerte de que no sean polleros y que en lugar de llevarte hasta el norte, te acaben dejando en alguna otra parte por ahí, al cabo que no conoces el país y no sabes ni en donde estás.

Janet escuchaba estas cosas pero estaba más atenta a saber si había manera de seguir hacia el norte o saber qué podía hacer porque ya no tenía dinero. ¿Cómo se iba a comunicar con su familia para decirles en donde estaba?

Los maquinistas y la gente de la vía en Coatzacoalcos se les acercaron. Les dijeron que ya estaban donde los habían mandado y que de allí habría gente para llevarlos a Matamoros o a Coahuila o a otro sitio para cruzar hacia los Estados Unidos. Claro, había que volverá pagar, y en dólares.

De cualquier forma solo los que habían viajado dos o tres veces y conocían la ruta sabían si estaban o no en Tabasco. La inmensa mayoría de los migrantes jamás habían hecho el viaje. Entre ellos estaban Irma y Janet.

La primera tenía planes para buscar trabajo en la ciudad de México y Janet pensaba llegar a los Estados Unidos para trabajar como afanadora, como mesera, en la siembra, en lo que fuera. La cosa era trabajar y mandar dólares a El Salvador para su gente. Ninguna tenía familia ni en México ni en Norteamérica.

El día en que las agarraron iban en grupos y tras el viaje, apeados a los lados del tren o apretados como reses en unos cuantos furgones. Era finales de octubre.

Los hondureños, que suelen ser mayoría en los grupos de migrantes ilegales que suben desde Centroamérica hacia México y luego, si la suerte y dios los acompañan, llegar a la frontera con los Estados Unidos, se separaron en grupos de 10 o 20 y hambrientos se acostaron a los lados de la vía para compartir algunas naranjas, algo de pan, lo que les iba quedando.

De entre los matorrales salieron varios hombres, unos cinco o seis, que caminaron lento junto a la vía. Iban como checando lo que había allí; la gente, cuántos eran, cómo estaban, cuántas mujeres y hombres eran y sobre dodo si alguno se veía como con recursos, si traía teléfono celular, si llevaba zapatos o ropa de mediana calidad y si había “güeritos” o “güeritas” entre los migrantes.

Los hombres siguieron su camino recorriendo la vía. Se tomaron su tiempo porque sabían muy bien que el siguiente tren llegaría en unas tres o cuatro horas. Unos treinta minutos más tarde regresaron a donde estaban Janet y los hondureños.

Al acercarse al grupo les preguntaron si viajaban para el norte. Querían saber para dónde iban y si ya tenían guía. Desconfiados, Janet y el grupo les contestaron que algunos ya tenían guía y que otros se moverían por su cuenta porque ya conocían la ruta.

Los hombres sonrieron y les dijeron que estaba bien, pero que si les hacía falta allá adelante estaban los guías y que ya sabían que llevarlos a todos a la frontera les iba a costar un dinero más, pero que sin guía nomás no iban a llegar.

Ahora que, si querían llegar más rápido al norte, les iba a costar otros 3 mil 500 dólares, pero con la pequeña gran diferencia de que ya no iban a viajar en tren, sino en camionetas. Más cómodos, más rápido, directitos hasta las garitas o hasta el otro lado.

No, pues no tenemos ya más dinero, les dijeron Janet y los otros a los señores que andaban revisando el lugar. “Ya se nos acabó todo y no hemos comido. Además, por eso venimos en el tren, porque nada más nos queda para pagar el tren.”

Uno de los tipos, con playera negra, se les acercó como medio amistoso y les preguntó si ya conocían la casa del migrante que esta por ahí cerca, que en ese lugar la madre podía atenderlos bien ya que venían en malas condiciones, con hambre y sin dinero.

Le dijeron que no, que no conocían la casa esa. Se ofreció a levarlos pero nadie se fue con él, en parte por temor, pero sobre todo porque los de la vía les acababan de decir que el siguiente tren que iba hacia el norte llegaría en un rato más.

Está bueno, les contestó el de la playera negra y se fue con los otros por la vía y luego hacia unos matorrales.

Cansados, vencidos por el hambre y el sueño, los migrantes se dividieron en grupos para dormir unas horas, esperar el tren o subirse a las camionetas de los señores como ya lo habían hecho unos cincuenta hondureños.

Y así, divididos, tirados al lado de la vía, le venció el cansancio y después, el miedo. Eran como las once de la noche cuando sintieron las patadas en las piernas y los culatazos en el cuerpo.

¡Órale cabrones, párense… órale, muévanse ya hijos de la chingada…arriba ya! Les gritaban los mismos tipos que minutos antes caminaban tranquilos sobre la vía revisando a la gente, contando a los migrantes, checando cuántos podrían caer.

Pero esta vez iban armados con pistolas y rifles, golpeando y despertando a los que apenas acababan de cerrar los ojos o a los que tenían rato dormidos. Los únicos que no hacían ruido y a los que no golpeaban eran unos 15 o 20 que venían en el tren desde la frontera. Con esos nos se metían los señores armados. Eran de su grupo, porque cuando comenzaron a subir a la gente en las camionetas que traían, ellos los ayudaban y decían quienes iban en qué carro.

A los que trataban de escapar los alcanzaban y en la hierba los golpeaban durísimo, con palos y con rifles y ahí les quitaba su dinero y los arrastraban y los subían de todos modos. A uno o dos les disparaban y Janet y los migrantes no sabían qué había sucedido don ellos, pero lo imaginaban porque no los volvían a ver.

Entre el escándalo de la persecución a los migrantes, el grupo de Janet se dio cuenta de que había más camionetas con gente detenida, con migrantes levantados a la mala por los de la camiseta negra.

Ellos se quedaron ahí, y los subieron a las camionetas. Era una camioneta cerrada, una negra, y la otra era abierta tipo pick up. Allí la subieron y los acostaron en la cama del carro y les decían que no fueran a levantar la cabeza porque les iba a ir mal.

Cuando ya iban en un camino de terracería, los de las playeras negras les revisaron las bolsas, las mochilas, todo lo que traían mientras los seguían pateando y encañonado con las pistolas.

A las mujeres las revisaron y también les metían mano en todas partes para encontrarles el dinero. Lo hallaron y se los quitaron de inmediato. Janet era una de las pocas migrantes que traía consigo su cédula de identificación de El Salvador, el Documento Único de Identificación (DUI)

Pensaron que era dinero pero cuando vieron que era otra cosa se lo dejaron. Así estaban las cosas cuando vieron sobre la carretera, en dirección a ellos, las luces de dos patrullas. Entonces se sintieron seguros, al menos con esperanza.

Uno de los jóvenes que había sido subido a la camioneta se armó de valor y alcanzó a levantarse para hacerle señas a los policías. “Ahí vienen, ahí vienen”, les decía a los que estaban acostados.

Los de la playera negra se dieron cuenta de lo que ocurría y simplemente se inclinó para decirle “ni te alegres…estos están con nosotros”.

Cuando les decía estas cosas, una de las patrullas se acercó a la pick up y sus ocupantes echaron un vistazo al cargamento. Saludaron a los de negro y siguieron por la carreta como iban. No pasó nada. La alegría de ver a luz de la torreta duró unos instantes. Las pick up siguieron su marcha con los migrantes encañonados y tirados en el piso de la camioneta.

 

“Ay güerita, qué vamos a hacer contigo”

Cerca de la medianoche, Janet y el grupo con el que la habían detenido los plagiarios llegaron a la primera de las casas de seguridad de Coatzacoalcos, controladas por células de criminales pagadas por los Zetas.

Los llevaron a la casa en donde había dos mujeres más que ya tenían tiempo con los de las playeras negras. Las mujeres ya sabían lo que tenían que hacer. Les ordenaron a los migrantes que dejaran en el piso las maletas, las mochilas y las bolsas, todo lo que traían consigo y que se juntaran y se sentaran todos en uno de los cuartos de la casa.

Mientras se acomodaban, las mujeres les vaciaron todo en una nueva búsqueda de dinero, de cosas de valor y referencias para comenzar a extorsionar a las familias de los ilegales.

Ordenaron que las maletas las pusieran en un solo lugar, porque no podíamos tenerlas cerca. Entonces comenzaron a interrogarlos y a golpearlos de nuevo porque ya había llegado la hora de que dieran sus números de teléfono, de que soltaran alguna referencia en su país o en México en los Estados Unidos para comenzar a sacarle dinero a sus parientes.

Janet estaba cerca de una de las paredes de lo que era la sala de la casa de seguridad. Desde ahí veía entrar y salir a los de negro con sus armas y con palos. Entraban para amenazar primero a los migrantes, y luego, conforme se negaban a dar sus números de teléfono o alguna referencia familiar para la extorsión, para golpearlos.

A algunos de plano los sacaban al frente de la casa para seguir con los golpes, pero terminaban por llevárselos a otro lado porque luego ya no se les volvía a ver. Esa fue la parte de la pesadilla que Janet conoció después por boca de uno de los “carniceros” de los Zetas.

A ella todavía no le tocaba el castigo, pero mientras veía lo que sucedía y trataba de entender a donde habían caído, vinieron a su mente los recuerdos y los planes que ella y su familia se habían trazado hace meses.

El plan era de que se me quedara trabajando en la frontera un tiempo mientras se reunía el dinero para pasara al otro lado. Ella sabía que su familia no tendría cómo responder si esta gente les llamaba y les exigía dinero, sobre todo en dólares.

Entonces le llegó su turno. Uno de ellos se le acercó. “A ver güerita, tú, ¿de dónde eres?, ¿a qué número le hablamos a tu familia?”

Entre el miedo y la confusión, porque mientras les preguntaban a unos iban golpeando a otros, Janet hizo como que no entendía de qué se trataba y no les decía nada. Antes de recibir los primeros golpes fue insultada de todas las formas posibles. “O nos dan los números por las buenas o nos los van a dar por las malas”, les decían los secuestradores.

Para meterles más miedo les gritaban en la cara y les mostraban sus armas: “¡Ustedes escojan cómo le va a hacer para darnos los chingados números, porque aquí nosotros somos los dueños, somos los que mandan en la tierra… Nosotros y fuimos y venimos del infierno y sabemos cómo hacer las cosas… No le tenemos miedo a nada ni a nadie…Ustedes no saben quiénes somos, cabrones!”

Poco a poco, los que tenían número a dónde comunicarse en sus países comenzaron a darlos y ellos a decirles cómo tenían que hablar y qué debían decirle a sus familiares.

Para los que soltaban primero la información no había tanto golpe, pero los que se tardaban y luego acababan por reconocer que sí tenían quién respondiera por ellos, la pasaban muy mal. Con ellos se ensañaban porque se habían querido pasar de listos. ¿Creen que somos sus pendejos?, les gritaban mientras marcaban a sus casas y les daban golpes para que no se fueran a equivocar a la hora de hablar.

Janet aguantó largo rato. Uno de los que venía en el grupo le dijo como hacerle, porque él y había pasado por eso antes. Hazte la dormida y cuando se acerquen a ti, no te despiertes y se van a seguir con los otros. Aguántate así lo más que puedas y la vas a librar, le decía el muchacho y eso hizo ella.

Aguantó lo más que pudo. Se hizo la dormida. Medio se despertaba cuando la sacudían pero con tanta suerte que cuando iba como abriendo los ojos, otro u otra daban señas de que finalmente sí soltarían sus números.

Así se estuvo mucho tiempo hasta que la suerte se le acabó. Y otra vez, a ver tú, güerita, a ver, danos tu número de tu gente, de tu familia, ándale, párate. Ya no pudo aguantarse más porque sabía lo que le pasaba a los que no cooperaban. Los nervios le ganaron. Trataba de acordarse de algún número, sí se lo sabía pero nomas no le llegaba a la mente.

“Órale güerita, no te hagas pendeja y ya danos el número… Alguno tienes que traer, de alguno te debes de acordar, ándale ya”, le decían. Luego de un rato regresaron con ella porque estaban con la otra gente, checando sus llamadas y amenazando a la familia y diciéndoles que si no pagaban su pariente iba a sufrir más.

“A ver, ora sí güerita, ¿ya te acordaste? A ver…” Janet les dio el numero de un teléfono celular que tuvo hace tiempo pero que le habían robado en El Salvador. Les dio ese número porque sabía que nadie iba a contestar, porque no quería darle angustias a su familia y además estaba sola, no iban a poner el peligro a sus hijos o a su mamá.

Los de negro se llevaron el número y llamaron varias veces. Como a la hora regresaron con ella para regañarla: “hay güerita, qué vamos a hacer contigo, porque nadie contesta, nadie responde”. Ella nada más se les quedaba viendo, como diciéndoles ¿qué quieren que haga?.. (no les voy a dar nada).

Les contestó que ese era el único número que tenía, que era el de su mamá y no había otra forma de comunicarse allá. El tipo la miró y tranquilo, hasta sonriente, le dijo que estuviera lista, que intentarían la llamada más tarde. Otros dos de negro entraron al cuarto para vigilar a la gente que todavía no daba sus números.

Así pasó más de un día y medio, con los migrantes sin comer, sin bañarse, sin poder tocar sus maletas para cambiarse de ropa o buscar una comida. No los dejaban hacer nada pero las amenazas, los insultos y los golpes no paraban.

Fueron horas de miedo y de llanto constante. Al otro día, el mismo tipo que le había dicho sonriendo que repetirían las llamadas fue a verla y le dijo lo mismo. “¿Qué vamos a hacer contigo?, nadie contesta ese teléfono.

–Solo tengo ese, le volvió a decir ella.

–Me dicen que tu ibas a trabajar a los Estados Unidos, pero ¿cómo, si no tienes a nadie allá?

–Pues yo no tengo familia en Estados Unidos, por eso me iba a quedar primero acá, en México.

El tipo se irguió, la miró un instante y con sus palabras le volvió a cambiar la suerte y la vida a la mujer…para bien y para mal.

“Mira, se nos acaba de ir la cocinera, entonces te propongo que trabajes de 22 días a un mes con nosotros y te dejo libre o te dejo en la frontera”, le dijo el hombre.

No había de otra. Era eso o… nada. Janet le dijo que sí, que estaba bien. Bueno, le dijo él, agarra tus cosas y te vas a otro lado donde ya te están esperando.

 

¿Tú sabes quiénes somos?

Salió de ahí a la media noche en una de las camionetas, con varios de los de negro armados y muchos migrantes amontonados en la caja de las pick up, algunos ya conocidos porque se había venido con ellos en el tren.

Cuando llegaron a la casa los bajaron luego luego de la camioneta y a ella la mandaron de inmediato a la cocina para que comenzada a atender a los secuestradores, que esa noche andaban muy atareados y trabajando mucho. Andan de “carniceros”.

Ya en la cocina la llamaron y le dijeron, te vamos a decir cuáles son las reglas aquí; que tenía que preparar dos comidas al día, una a las 10 de la mañana y otra a las 8 de la noche; que estaba prohibido hablar con los demás migrantes; que no estaba permitido prohibido llorar; que a gente secuestrada ahí no tenía que darse cuenta de su acento; que tenía que tratar de simularlo y parecer mexicana del sur.

El que mandaba allí llamó al que estaba en la cocina y se lo presentó a Janet. Ella se va a hacer cargo de todo, le dijeron a él. Luego, el que era el jefe de esa casa le dijo que se subiera a la recámara y se acostara con cuidado en a cama para que descansara un rato.

Subió y en la penumbra sintió la cama muy rica y se acomodó rápido pero entonces descubrió que había otra mujer dormida de espaldas a ella. Era la novia o la compañera del jefe de esa casa. El sueño la venció y durante tres horas el cuerpo se le fue mientras el movimiento de migrantes y secuestradores continuaba en el lugar.

Cuando más profundo dormía, el jefe subió para despertarla y decirle que se bajara a la sala porque ya se había desocupado un sillón y la cama era de su mujer, la que estaba de espaldas a Janet. La salvadoreña no pudo dormirse otra vez. Al ratito amanecía y con la luz clara vio los rostros de los migrantes y los reconoció porque venían con ella en el último tren que habían alcanzado.

Con uno de ellos platicó tantito y él le preguntó que qué hacía allí, que por qué la habían dejado dormir arriba y luego en el sillón. Janet le explicó rápido que así era como ella tenía que pagarles a los tipos esos, cocinando y lavando, porque no tenía dinero y porque ellos le exigían mil dólares para dejarla libre.

Entraron por ella para decirle que se bañara y se arreglara porque iba a salir con ellos de compras para abastecer la cocina. Un taxi, de los muchos que trabajan para ellos, los llevó al súper mercado Chedraui. En el camino le recordaron a Janet las reglas del lugar y le agregaron más cosas; prohibido platicar con la gente en la tienda, prohibido separarse de ellos y sobre todo, que actuara lo más normal posible.

El miedo comenzó a apoderarse de ella porque se dio cuenta de que no conocía las cosas que le pedían en la lista. No sabía qué cosa era un chayote (en El Salvador les laman huisquil) y otras verduras y frutas. Le entró más miedo porque no le habían dejado dinero y además, por unos instantes, los había perdido de vista.

Me van a dejar aquí sin dinero o me van a acusar con la policía de que me ando robando las cosas, pensó, pero cuando estaba cerca de las cajas, se le aparecieron al momento de avanzar y quedar sola ante la despachadora.

Poco a poco Janet se les fue haciendo indispensable a los de esa casa de seguridad. Preparaba los alimentos, les arreglaba la ropa y le daba de comer a los migrantes que le ordenaban atender. También, cuando había reuniones de los jefes de las otras casas, ella les preparaba la comida y la bebida y se las llevaba a donde estaban.

Anduvo en varias casas apoyando a los jefes cuando era necesario. Así fue como conoció a Irma en una de las casa, y así también descendió más a la pesadilla cuando uno de los jefes la quiso para él en una de las casas.

Dos lazos fuertes pero muy distintos surgieron de su paso por esa casa; la amistad a prueba de todo con Irma, y el inicio de la degradación, el horror y la paranoia a manos del “carnicero”, el Zeta que disponía de la vida y la muerte cuando le daba la gana.

Al “carnicero” se le fue la mujer al poco tiempo de que Janet había llegado a la casa de seguridad. Sin compañera en la cocina y en la cama, tomó de inmediato a la salvadoreña y en los primeros días la violó mientras la amenazaba y golpeaba para que no le ocurriera escapar.

Poco a poco fue sometida a toda clase de vejaciones sexuales mientras los hombres de las otras casas de seguridad usaban esa para reunirse y preparar los “operativos” nocturnos en busca de migrantes o deshaciéndose de ellos.

Una noche de mucho movimiento, de ir y venir de los de negro con sus armas y camionetas, Janet supo exactamente en qué consistían los operativos.

La gente de la casa se iba ya organizada en grupos, en las camionetas, hacia sitios lejanos, porque regresaban hasta la madrugada del otro día cansados, con mucha hambre pero sobre todo con la ropa toda manchada de sangre y oliendo a gasolina.

A ella le tocaba lavar esa ropa y en varias ocasiones descubrió partes de la tela que estaban quemadas y otras con lo que parecían ser pedazos de carne quemada.

Al jefe se le había ido la mujer y como veía que Janet era callada y no hablaba ni se metía con nadie, comenzó a tenerle confianza y a acercarse para decirle cosas.

Una tarde, cuando ella acababa de limpiarle el cuarto, él la llamó. “Güerita, ven, acércate, quiero hablar contigo”, le dijo mientras ponía una canción en un aparato de sonido. Era un corrido sobre los Zetas. El tipo tomaba todo el día, todos los días. Era raro verlo sobrio. Además, se metía cocaína cuando salía de operativo.

Le pidió a Janet que escuchara con atención el corrido que hablaba de los Zetas. Cuando la canción estaba terminando, él la miró y le dijo, ahora sabes quienes somos, ¿no?

“Ya es hora de que vayas sabiendo quiénes somos y qué hacemos, por qué la ropa que lavas está manchada de sangre…”

–No, yo no sé.

–Yo soy un carnicero…

–¿Si?, ¿y a qué horas trabajas?

–Ay güerita, en serio que eres bien inocente.

–En mi país un carnicero es la persona que trabaja para la carnicería, la que corta la carne de res, la que te vende carne de puerco…

–Mira güerita, te explico…

Y el hombre le dice que ella ya vio a la gente que tienen esposada en las casas de seguridad, a la gente que está más golpeada y amarrada.

Mi trabajo, le dijo, “es hacerlos pedacitos, meterlos en un barril metálico y echarles gasolina para desaparecerlos. Eso hago, eso hace acá un carnicero.

Janet lo escuchaba y le venían a la mente as caras y las voces de los migrantes que ella había conocido en el tren y que luego vio en las dos primeras casas de seguridad en Coatzacoalcos y comenzó a llorar al oír lo que los jefes hacían en los operativos esas noches.

–No vayas a creer que es fácil tener un puesto así…se tienen que pasar muchas pruebas para que el jefe te vaya viendo y te dé la oportunidad…las pruebas consisten en saber darle el tiro de gracia a tal número de personas; hay violar a tantas mujeres y tener como cierta capacidad para aguantar droga y poder trabajar drogado, sin perder la compostura.

El hombre le dice que además todo esto hay que hacerlo delante del jefe para que vea que es cierto y lo tome en cuenta, porque lo importante es que se vea que hay sangre fría para hacer las cosas.

Pero tú no te preocupes, a ti no te voy a hacer daño. A los otros sí, porque de eso se trata, de que sepan quién manda aquí, le dijo por último a Janet.

De poco sirvieron su protección y sus promesas. Cuando no estaba, dos de los soldados que se quedaban a cuidar la casa, se turnaban para violarla cuantas veces les daba la gana. Por eso duraron poco en ese sitio.

En la siguiente casa las cosas cambiaron de nuevo. Ahora los operativos eran más seguido y para que Janet aguantara el paso y estuviera siempre lista y atenta para servirlos cuando se necesitara, la obligaban a consumir cocaína y mariguana.

Ella les preparaba la comida y les subía las cervezas en las reuniones. Se fue enterando de cada paso y de la forma de trabajar del grupo. Conoció casi todas las casas de seguridad de Coatzacoalcos y de otros sitios cercanos porque se ha ganado la confianza de ellos y unos la piden para que se quede unos días a cuidar y cocinar.

En una de las casas conoce a Irma, la muchacha guatemalteca con al que se identifica y hace contacto a través de la religión y de la esperanza de que algún día dios o la virgen de Guadalupe o Jesucristo las escuche y les retire el castigo que las tiene en esa situación sin saber por qué.

También se encuentra con “Pajarito”, un carnicero de otra casa que estaba esposado y muy golpeado en uno de los cuartos de arriba. ¿Qué te pasó pajarito? ¿Qué hiciste?, le pregunta Janet cuando lo reconoce al llevarle un plato de comida.

“Hice algo mal, algo que salió mal y el jefe me castigó”, le dijo a la salvadoreña mientras trataba de acomodarse en el piso con las esposas en las muñecas y la cara golpeada.

En los siguientes días un de los migrantes es el que se muestra más inquieto y decidido a escaparse de allí. Ella lo conoce porque ha estado en otras casas y además la escuchó hablar y descubrió que no es mexicana, que ya lleva tiempo sirviéndole a los Zetas y que seguramente conoce la maneta de huir de ahí.

Janet se daba cuenta de la situación y se ponía muy nerviosa, porque el muchacho la buscaba, trataba de hablar con ella y le pedía que lo ayudara a escapar y ella se negaba y le decía que no podía hacer eso.

Una tarde en que otra muchacha había sido llevada a la misma casa para ayudarle a Janet a lavar platos y hacer comida, el migrante esposado se decidió a escapar. Esperó a que la muchacha saliera al patio a lavar la ropa y entonces la atacó golpeándola con las esposas. La derribó y como pudo se brincó la barda del patio y cayó del otro lado de la calle.

Los vecinos de la casa de seguridad vieron lo que pasaba, vieron a un hombre brincarse la barda, mal vestido, sucio, golpeado y con las manos esposadas y llamaron a la policía. En minutos los patrulleros llegaron al lugar y atraparon al migrante. Pero las cosas no quedaron ahí.

El centroamericano les dijo que en tal casa había gente secuestrada, que eran migrantes pero que sus secuestradores eran Zetas. Un amplio operativo policiaco cayó sobre esa y otras casas de seguridad, pero para cuando la policía se estaba acercando a los domicilios, los carniceros, los soldados y los migrantes ya habían huido hacia una bodega para evitar la captura.

En ese sitio vuelve a encontrarse con Irma, de quien no se separaría ya más.

 

Rosas y espinas.

En diciembre de 2008 Janet e Irma seguían en la misma bodega a la que habían llegado tras el desmantelamiento de las casas de seguridad.

El 12 de ese mes, el Día de la Virgen de Guadalupe, los jefes les avisaron que todas las mujeres debían estar arregladas porque iban a acompañarlos a una fiesta. Para Janet se trataba solamente de exhibirlas como sus trofeos, de sacarlas para lucirse con la gente del lugar.

El lugar de la fiesta tiene un gran cuadro de a Virgen y hay que pasar enfrente de ella y a dejarle una rosa. Parte de la ceremonia cosiste en dejarle encendida una veladora, pidiéndole un milagro.

Pero Janet, que es cristiana, se niega a pasar a dejar la veladora y recibe una cantidad de groserías por rehusarse a seguir el rito. “Yo no voy a pasar porque yo no creo en eso”, les repetía y ellos y ellas se enojaban más por el desaire.

Le dicen que ella escoge que es lo que va a pasar, y que ellos saben que pueden hacerle a ella. Entonces, le dicen, tú eliges ir o negarte. Ya sabes lo que se te espera, le advierten.

Una de las muchachas le dice que tiene que pasar y dejarle la rosa a la Virgen, pero Janet insiste en defender sus creencias y negarse porque ella es cristiana. La presión la hace llorar y entonces uno de los jefes la agarra de la cintura y abrazándola le dice “vente”, y pasa con ella delante de la Virgen de Guadalupe.

Toma una rosa del florero grande que estaba ahí y se la pone en la mano a ella al tiempo en que le aprieta la mano para quelas espinas se le claven. “¿Ves?, eso te pasa por rebelde”, la dice el jefe. Luego le pide que cierre los ojos y pida un deseo, y ella le dice que no va a hacerlo, pero él insiste y le dice que él va a pedir el deseo por ella: “ojalá que la güerita sea mi esposa”, suelta en voz alta.

La noche de la mañanitas a la Virgen de Guadalupe terminó mal para todos. El jefe les había ordenado a los “carniceros” que no se retiraran antes de las seis de la mañana. Cosas de él, ideas que luego le entraban. Pero solo unos obedecieron la orden y la cosa acabó en pleito porque se empezaron a ir con las mujeres.

Días después, el jefe y otros del grupo llegaron a la bodega y le ordenaron a Janet que se arreglara porque iban a salir a un sitio. No le dijeron a dónde ni por qué. Todas las imágenes de los migrantes golpeados, humillados, disminuidos a nada y subidos a las camionetas de los denegro se le vinieron a la mente de inmediato, porque lo que seguía eran las madrigadas de operativos en rancherías, en carreteras, en las montañas cercanas a las vías del tren.

Lo que seguía eran los cuerpos descuartizados, “cortados en pedacitos”, y luego apretujados en tambos de metal a los que llenaban de gasolina y les prendían fuego para que no quedara rastro de nada. ¿Para qué se le llevaban los jefes? ¿A dónde iban que no le querían decir nada?, pero lo más curioso, ¿por qué tenía que ir arreglada?

No tenía opción. Se arregló como pudo y subió a la camioneta, llena de miedo, tensa, sin prestar atención a la música de banda de la radio o a los chistes de los de negro. Unos minutos después, la camioneta se detuvo en una zona habitacional y el jefe volteó a verla para preguntarle ¿a ver güerita, ¿Qué te parece?, mientras le señalaba con la mano una casa grande con letrero de Se Vende.

“Pues, ¿qué me puede parecer?”, le contestó. El jefe comenzó a reír y le dijo que el dueño de la casa estaba por llegar en unos días y que era muy importante, porque la iban alquilar y la casa quedaría a su nombre, a nombre de ella. Y así fue. En menos de una semana se hizo el trato.

Janet dio apellidos falsos y uno de los de negro le dijo al dueño que ella era su esposa, que se acababan de casar y necesitaban la casa para empezar sus vidas con la familia de él. La verdad es que así se fueron haciendo de nuevas casas de seguridad, con nombres y datos falsos, rentándolas para familias que no existían.

La casa se quedó como oficina y punto de reunión de los jefes Zetas. A ella la llevaban ahí de vez en cuando para que atendiera a los que manejaban las otras casas.

Pero desde la captura del migrante aquel que estaba esposado, desde el desmantelamiento de las otras casas de seguridad, las cosas se descompusieron.

Los jefes se juntaban en la casa nueva pero las reuniones eran cada vez más desordenadas, no hacían acuerdos o cosas como antes. Janet e Irma se daban cuenta de que los pleitos eran constantes y algo más: al final, ninguno de los carniceros, si acaso dos o tres, hacían lo que se les ordenaba.

Cada quien jalaba por su lado y los policías ya no los protegían como antes, porque la autoridad estaba sobre ellos también, investigando quiénes eran los que tenían vínculos con los de negro, con los Zetas del sur.

Por si fuera poco, al jefe de todos ellos lo sacaron de Coatzacoalcos luego luego, cuando cayeron algunos de los carniceros después de que el muchacho se brinco la barda. Entonces no había nadie que los coordinara a todos, que se impusiera y metiera el orden.

 

¡Agarren sus cosas!

Los migrantes eran trasladados de casa en casa, sin mucho control, a cualquier hora, no como antes que todo se hacía en la noche, en la madrugada.

La vida les dio un vuelco de nuevo una noche, la última, nublada y fría, en que ese grupo de carniceros salió de operativo llevándose a 25 centroamericanos quien sabe a dónde. Entre los migrantes solo había cuatro mujeres y un hombre que estaba amarrado y golpeado.

Cerca de las 10 de la noche los de negro llegaron a la casa y subieron a una parte de los migrantes a las camionetas. El primero en perderse entre las sombras de la lona en la pick up fue el que estaba amarrado y golpeado. Entonces se fueron en las camionetas. La cosa iba para largo. Janet se dio cuenta de que era noche de carniceros.

En la casa se quedaron varios carniceros y en el cuarto grande dejaron a un soldado para cuidarlos a todos, un vigilante que acaba de entrar a la organización como guardia. Pero resulta que éste venía de otras dos noches de operativo y estaba tronadísimo, muy cansado, y se quedó dormido tan pronto se fueron los de las camionetas.

Esos eran los instantes en que Janet e Irma podían aprovechar para bañarse, para estar un poco más tranquilas. Ya habían acabado de arreglarse. Irma se recostó y se quedó dormida. Janet escuchó algo en una de las ventanas.

Una mujer, una señora que vivía cerca de allí estaba tirando piedritas al vidrio en donde se alcanzaba a ver un poquito de luz, ya que todas las ventanas estaban forradas con periódico o papel aluminio para que no se viera hacia adentro y nadie supiera si había alguien ahí.

–Irma, despierta…despierta…algo está pasando.

–¿Qué?

–Una señora está tirando piedras a la ventana…mira…ven

–¿Cómo?, ¿a poco?

Las mujeres se asoman apenas por un huequito de la ventana forrada y alcanzan a ver a la señora lanzando piedritas y haciendo señas. Janet alza un poco más la mirada y ve las luces de la policía. Irma se acerca y le dice ¿ya oíste?..las sirenas. Sí, te digo que algo pasa, le repite Janet mientras la señora sigue con la piedritas y se mira como muy apurada.

Será por el miedo, por la costumbre de estar con ellos día y noche, semanas y meses, pero la reacción de Janet fue a despertar a uno de los carniceros que estaba dormido en la casa para decirle que algo estaba pasando afuera.

Pero él esta mas dormido que despierto, y amodorrado le dijo “tranquila no pasa nada”. Ella le volvió a decir que algo estaba sucediendo afuera…”afuera está la policía”, pero ni así hizo caso.

El ruido aumentaba y las sirenas sonaban más cerca. Janet salió al patio y atravesó hasta llega a la bodega donde estaban dormidos los migrantes. Tocó el portón y uno de los migrantes le abrió asustado.

–¿Dónde están los que te cuidan?

–Ahí está, nada más es uno y está dormido.

Janet y el migrante se dieron cuenta de que las sirenas estaban ya a unas casas de ahí. La salvadoreña se armó de valor y se acercó a despertar al soldado para avisarle, pero pasó lo mismo que con los carniceros.

Se regresó a la casa y cuando subía las escaleras para buscar de nuevo a los carniceros, estos bajaban a toda prisa juntando papeles y las listas con los números telefónicos de los migrantes, los pagos hechos, los pagos pendientes, la ubicación de las otras casas y el rol de pagos y los nombres de los Zetas del sur.

Al ajar el jefe de esa casa le dijo “güerita, agarra tus cosas porque nos vamos ya…apúrate.” Le dijo también que Irma tenía que ayudarle a echar en una maleta las libretas con la información, porque no podían dejar nada ahí, nada que los delatara.

El alboroto era enorme en la casa. El ir y venir de los carniceros y de los migrantes hizo más confusión. Nadie se ponía de acuerdo sobre quiénes se iban con quién en las camionetas que estaban afuera.

En esa discusión estaban cuando el jefe y los carniceros agarraron la primera camioneta en la que ya habían echado los papeles, y se fueron a toda velocidad. Sólo quedaba uno de los cocineros y éste discutía con Janet.

–No te voy a llevar, no te puedo llevar porque tú sabes mucho, has visto muchas cosas y si hablas, tu lengua te va a matar y nos vas a meter en problemas…

–No me puede dejar aquí…no me deje, -le dice Janet, que se quiebra del llanto y le insiste-.

–Nos vas a meter en problemas si hablas…

–No voy a decir nada, me voy a quedar callada, nunca he dicho nada…nunca voy a decir lo que vi ni lo que pasó…

El hombre jaló del brazo a Janet y le ordenó a Irma quedarse en algún lugar de la casa. Salieron por el portón y caminaron hacia el pueblo, que estaba a unos cincuenta metros de ahí. Comenzó entonces una lluvia maciza, con rachas de viento frío que calaban la piel.

Caminaron a toda prisa y hasta la tienda que estaba en un callejón. Se detuvieron y escucharon más ruido, vieron las luces de las patrullas y alcanzaron a oír golpes en la puerta grande. Él se metió a la tienda y pidió dos cervezas. Se tomó una como si fuera agua y fue a donde estaba Janet. Los dos vieron desde la entrada a los migrantes salirse de la casa brincando las bardas, corriendo hacia las sombras en medio de la lluvia.

No había nada que el carnicero pueda hacer. Estaba solo. Vieron correr a los migrantes por todas partes y a la policía acercarse a la casa. Se metieron a la tienda y le ordenó de nuevo a Janet que se tomara la cerveza.

En la otra esquina de la callecita un taxista observaba todo lo que ocurría pero no se atrevía a acercarse. Era de los que trabajan haciéndole coberturas a los Zetas en Coatzacoalcos. El carnicero lo reconoció y lo llamó para que le hiciera un servicio largo. El tipo dudó un instante pero no tuvo salida. Se lo estaba ordenando un carnicero y sabía bien de lo que eran capaces.

El carnicero y el taxista hablaban en cortito para que ellas no se enteraran. Luego hizo varias llamadas desde su celular y después le dijo a Janet que se subiera al taxi.

El resto de la noche, se convirtió en otra pesadilla o en una extensión de la misma en la que Janet no imaginó que se podía caer más bajo y vivir minuto a minuto con el miedo en los huesos, en cada exhalación, mientras el cuerpo y la mente se hundían a cada minuto que pasaba.

 

“Si quieres, aquí mismo te mato.”

El taxi recorrió sin luces las calles del pueblito y llegó al otro extremo, para luego ir sobre un tramo de carretera y dejar al carnicero y a Janet en un bar que también era punto de venta de cocaína y mariguana, un prostíbulo de ficha en el que el hombre le dijo a la salvadoreña que como no traía mucho dinero y él tenía sed, ella tendría que ofrecérsele a alguno de los que iban a tomar para pagar la cuenta.

Ya todo estaba arreglado. Le dijo que fuera a hablar con una de las muchachas que estaban ahí para que le explicara en qué consistía la ficha, para saber cuánto y cómo se cobraba. La explicación duró menos de cinco minutos. Janet le dijo que entendía todo y la muchacha la llevó con un cliente para que empezara a fichar, mientras el carnicero se sentaba y pedía la primera ronda de cervezas.

Janet se quedó en la mesa con el señor, que ya estaba bastante borracho y algo le decía a ella con insistencia y hasta usando señas, pero nada, el tipo no quiere nada. Como no se veía que hubiera acción, el carnicero se acercó para ver qué pasaba. Nada, le dijo Janet, este señor no quiere nada, no llegamos a nada.

Entonces el Zeta se enojó bastante y comenzó a insultarla y a amenazarla. Le dijo que si el dinero que llevaba no le alcanzaba para pagar la bebida, ella se tendría que quedar para pagar la cuenta. Al final, el carnicero pudo pagar las cervezas, pero ya estaba muy molesto y harto de andar jalando de allá para acá con Janet. Llamó al mismo taxista para que los recogiera y los llevara a una de las casas de seguridad.

En el camino, encabronado, el carnicero comenzó a manosearla y a querer abusar de ella, pero Janet se negaba. La golpeó y la amenazó hasta que le dijo al taxista que se detuviera. “Mira, yo te dije que tu lengua te iba a matar, ¿quieres que sea hoy y aquí?”. Janet le contestó que no quería morir y ya no se resistió. La violó en el coche además de obligarla a inhalar cocaína y a beber.

En la casa, en donde estaba la mujer del carnicero, Janet encontró a otra migrante a la que le platicó como pudo lo que había ocurrido. Recuerda que la otra chica le dio consejos y hasta le anotó en la mano y en un papelito el nombre y el teléfono de su tío.

Búscalo y seguro que te va a ayudar a conseguir trabajo o si tienes problemas, le decía pero como estaba drogada, golpeada y con dos cervezas encima, no entendió nada. Para ayudarla más, la chica le dio 30 pesos que de algo le iban a servir. Como pudo se acomodó en uno de los sillones y se quedó dormida.

Al otro día, el carnicero las llevó a la otra asa de seguridad en la que se había quedado Irma. El reencuentro fue emotivo. Janet le contó todo por lo que habían pasado en los tres días. Irma la abrazó y le juró que nunca volverían a separarse.

Pero las cosas ahí fueron más difíciles, porque los dos Zetas que estaban en esa casa tenían sus mujeres, casi no salían y cuando lo hacían se las llevaban y a ellas las dejaban encerradas. No había cocina ni refrigerador. No tenían nada que comer sino hasta que los carniceros llegaran con la despensa.

Vinieron entonces las reglas en esa casa; prohibido platicar entre ellas porque los vecinos podrían escuchar sus voces o los ruidos en la casa en la que se supone no había nadie más; prohibido ver la televisión, prohibido cantar o salir al patio de a casa; prohibido reírse o hacer ruidos que llamaran la atención.

Así pasaron tres semanas, encerradas, casi sin comida, aisladas de todo y amenazadas de muerte si rompían algunas de las reglas.

Pero había dos ventajas reales en toda esa situación: siempre estaban solas, sin nadie que las vigilara, y… cerca de ahí estaba Dios.

Lo sabían por los cantos y la música de un templo cristiano que estaba más o menos cerca de la casa. Eran los tiempos en que la madre de Janet presentía o sabía en El Salvador algo que se le revelaba en sueños y luego se le convertía en visiones y en angustia.

Por eso juntó a la gente de la congregación y les pidió al apoyo para hacer oración por su hija, que la estaba pasando muy mal en donde estuviera. Esas eran las revelaciones de Dios y no podían ser falsas.

Janet recuerda esos días como de esperanza y fe, pero también como los de la duda, la derrota y los reproches a Cristo por ábrela abandonado y por haberla sometido a tan duras pruebas, cuando todo lo que ella quería era salir a conseguir un mejor trabajo y más dinero para sus hijos.

“Como ya pasábamos solas yo cantaba mucho, yo alababa mucho a Dios y le enseñaba las alabanzas a Irma y le contaba las historias de la Biblia, como si fueran en un cuento, como que le estaba contando a un cuento a un niño porque Irma es muy católica.

“Entonces sí era como una lucha muy grande, porque ella era de decir que la Virgen nos iba a sacar, y yo no…no es la Virgen…Nos va a sacar Dios, y era una lucha constante y era una situación muy dura porque yo escuchaba las alabanzas y era como estar alabando a Dios, pero realmente mi corazón no lo creía, porque sentía como que se había olvidado de mi.

“Era todos los días estarle reprochando; ¿porque te olvidaste?, soy tu hija, y era bien irónica la situación porque era estar hablando con Irma y decirle mi Cristo es así,…No te preocupes, porque en los momentos más duros es cuando Dios está ahí, yo se lo decía pero no era lo que yo sentía en mi corazón porque yo sentía que realmente iba a morir.”

 

“Si te vemos de nuevo por aquí…”

El encierro les dio cierta fortaleza y comenzaron a pensar en cómo escaparse. Trazaron planes, platicaban muy bajito y acordaban qué día iban a escapar. El problema era que cuando una estaba decidida y segura que era el mejor momento, la otra amanecía con miedo y decía que no era el día. Luego ocurría al revés, así que la fuga se posponía a cada instante.

Pero las cosas estaban escritas y el día que habían elegido por fin para escapar, porque los carniceros habían llegado borrachos y ya se iban a dormir, otro de ellos, completamente sobrio, llegó como a la medianoche. Se les apareció en la sala y les ordenó que se arreglaran, que juntaran sus cosas porque…”ya se van”.

¿A dónde a estas horas?, se preguntaron las dos.

–¿Qué sigue, a dónde nos llevan?

–Arréglate y no preguntes.

Luego les ordenó, “traigan sus cosas y súbanse al taxi”. El coche las esperaba afuera. Janet subió primero y de inmediato le entró la desconfianza, porque conocía a todos los taxistas que trabajaban para los Zetas de Coatzacoalcos pero a ese nunca lo había visto y además venía acompañado de otra muchacha sentada junto a él.

El quinto pasajero del coche fue el carnicero que acababa de darles órdenes. Enfilaron hacia Coatzacoalcos. En el camino pasaron por una tienda Oxxo y ahí se bajó el carnicero para ir por refrescos y algo más.

En esos instantes, el taxista volteó a verlas y les dijo “Dios está con ustedes, porque este no era el propósito para con ustedes, y no tengan miedo, vivan la vida, como que esto no ha pasado; ustedes no nos conocen, nosotros no las conocemos, pero si ustedes vuelven a pasar por Coatzacoalcos, no lo vuelven a contar…”

Janet e Irma no sabían aún si aquello era verdad o mentira, si era una trampa o una prueba que les estaban haciendo los Zetas para darles confianza y luego volverlas a secuestrar o acusarlas de algo. No confiaban en nada ni en nadie.

El carnicero regresó al taxi y les dio refrescos a todos. También sacó un paquete de cigarros y les ofreció. Janet tomó uno y el carnicero le dijo “no te preocupes Janet, sin rencores.”

El auto reinició la marcha. Minutos más tarde el taxista se detuvo en un lugar oscuro, lejano de la ciudad. Bájense, les dijo, “ya se pueden ir”. Obedecieron. Cuando ya estaban afuera se les acercó ya cada una le dio 25 pesos y nuevas instrucciones para caminar, tomar otro taxi y llegar a un sitio que ya les había indicado.

El taxista encendió de nuevo el motor del coche…y se fue.

Entre el frio, el hambre y el asombro, Janet e Irma sólo atinaron a caminar y caminar por el lugar porque ningún taxista de los que pararon quiso llevarlas al lugar que les habían dicho. Entonces decidieron que era más el miedo y la duda de que las estuvieran vigilando desde algún punto y ya no se movieron de ahí.

Se quedaron debajo de un puente a esperar que amaneciera. Con la luz de la mañana se animaron a caminar siguiendo la vía del tren, hasta que llegaron a una casa a pedir agua porque no traían suficiente para comprar algo.

La mujer que las recibió les dijo que por el momento sólo tenía tortillas con sal para ofrecerles. Aceptaron y aquellas tortillas fueron las más deliciosas que hubieran probado en sus vidas. Con los pocos pesos que les quedaban consiguieron en donde hablar por teléfono a larga distancia a sus familias en El Salvador y en Guatemala.

–“Mami… ¡Estoy libre!… ¡Sí mami!.. Estaba secuestrada y estoy libre! La madre de Janet llora mucho. Le dice “yo sabía que algo pasaba, mi Cristo a mi no me engaña.”

Regrésate, le decía su mamá a Janet, pero hacerlo implicaba pasar de nuevo por Coatzacoalcos, la única ruta que las dos conocían yen donde ya le habían advertido al dejarla libre que si la veían de nuevo por allá, la iban a matar.

“No mamá, ahorita no me puedo regresar porque es peligroso para mí. Voy a juntar dinero y luego le hablo para decirle cuándo me regreso, voy a estar por acá un tiempo más pero esté tranquila, yo ya estoy bien”, le dijo Janet para tranquilizarla.

La buena fortuna siguió acompañando a Irma y a Janet. La mujer que les había dado de comer tortillas tenía a su esposo trabajando en una obra en construcción en la que estaban instalando malla ciclónica para un futuro centro comercial.

El jefe de la obra estaba buscando a alguien que se hiciera cargo del conteo y control de los materiales que entraban al patio de obras. Las dos fueron a verlo, pero mientras Irma lo esperaba en su oficina, Janet se daba vueltas por la obra y al momento de la contratación, la única que estaba y la única para la que había trabajo era Irma.

Cuando Janet se apareció, el jefe de la obra se dio cuenta de que no eran mexicanas y les dijo que eso iba a ser un problema para él, que no se podía. Irma y Janet le dijeron que ellas nunca se separaban y que si le daba trabajo a las dos, aceptarían el sueldo de una, la cosa era trabajar, tener un dinero y comer y un lugar donde estar. El ingeniero aceptó pero les dijo que tuvieran mucho cuidado y no hablar con mucha gente.

Duraron menos de dos meses en ese lugar. Con el dinero que juntaron volvieron a subirse al tren pero se habían prometido no volver a pisar ninguna casa del migrante en el camino, porque ya conocían como estaba la cosa, sabían que gente como los Zetas tenían espías allí, tenían a otros dizque migrantes sin bañarse, mal vestidos, sucios como perdidos, pero en realidad eran gente que iba a ver a quien enganchaba, por las buenas o por las malas.

Las vías las llevaron a San Luis Potosí, en donde Janet escuchó que había una casa de atención a migrantes, ero que era manejada y administrada por la fundación cristiana Caritas. No dudó en ir a ese sitio con Irma, porque cuando era niña su familia recibía ayuda de ese organismo y eran gente confiable.

Se quedaron en la casa de Caritas, cuyos directivos ya tenían bien armados los expedientes de Janet e Irma y sabían de dónde venían, en dónde habían estado y lo que habían vivido.

Los casos fueron boletinados a la Comisión Nacional de los Derechos Humanos (CNDH), así como a otras organizaciones y también a la Procuraduría General de la República (PGR), que acababa de poner en marcha una nueva instancia, la Fiscalía Especializada en Delitos de Violencia contra las Mujeres y Trata de Personas (FEVIMTRA).

Sin embargo, Janet e Irma durarían menos de un mes en la casa de Caritas. Un día, una migrante se presentó en el lugar para pedir refugio. Su ropa, su manera de hablar y comportarse y la forma en que se relacionaba con las mujeres y trataba de saber cosas, las pusieron en alerta.

Algo está mal otra vez, le dijo Janet a Irma. Algo no anda bien con esa muchacha que acaba de llegar, le insistía para luego decirle: esa es Zeta, es de ellos, estoy segura, esa es Zeta y nos anda buscando.

Irma no lo podía creer. O era cierto o era ya demasiada imaginación y miedo y nervios que les habían quedado de todo lo vivido en Coatzacoalcos. No aguantaron mucho tiempo allí, sobre todo cuando ella comenzaba a hacerles la plática y a querer saber de dónde venían y para dónde iban.

Asustadas, se pusieron de acuerdo para contarle cada una por su lado cosas distintas y decirle juntas que se dirigían a sus países de origen. No le dijeron cuándo pensaban irse, pero dos días después, cuando ella no estaba, se salieron de Caritas y agarraron de nuevo la vía para ir a parar a Saltillo, Coahuila, para quedarse en otro centro de atención a migrantes que les habían platicado en Caritas de San Luis Potosí.

Iban con esa confianza de que de donde venían era un lugar seguro, pero no podían olvidar que la muchacha Zeta había logrado llegar allí y hacerse pasar por migrante. En estos pensamientos estaba cuando les dijeron que un grupo de funcionarios de la CNDH estaba de visita documentando casos de abusos sufridos por migrantes centroamericanos a manos de policías, de polleros y de bandas criminales y que querían entrevistarlas.

“Nosotros no somos conejitos de indias para que anden averiguando”, les respondieron a los de la casa del migrante que las habían recibido. Estaban nerviosas, sumamente desconfiadas y no querían decirle nada a nadie.

Janet sudaba de nervios cuando recordaba las palabras del carnicero aquel que le perdonó la vida una madrugada diciéndole que su lengua la iba a meter en problemas, que había visto demasiadas cosas y que sabía demasiado.

“Hay güerita, ¿qué vamos a hacer contigo?” eran las palabras que se le agolpaban en la cabeza cuando le insistían en que tenía que hablar con la gente de los derechos humanos. Tanta insistencia y la seguridad de que se trataba de documentar ciertos hechos y no de investigarlas a ellas, las animó a hablar.

Además, cuando llegaron a Saltillo las infecciones vaginales y otros padecimientos adquiridos durante los días de cautiverio y explotación sexual habían disminuido su salud. También les dijeron que ahí mismo, en Saltillo, las podían ayudar para que regresaran a sus países arreglándoles lo de la Forma Migratoria FM3.

Pero para estar segura una vez más de que las cosas son reales, de que puede confiaren la gente de Saltillo, Janet llamó por teléfono a los de Caritas en San Luis Potosí para decirles que estaba bien, que ella e Irma estaban en Saltillo pero que había gente que quería entrevistarla y hacerle preguntas de cosas que ella no quería recordar.

Les dijo a los de Caritas que si conocían a las tres personas que estaban en Saltillo. Les dio sus nombres y las descripciones y le dijeron que no había problema, que sí los conocían, que eran gente honesta y estaban haciendo esa investigación. Además, el casi de ustedes ya se difundió en varias partes, no sólo en México, les dijeron.

Entonces aceptaron hablar con la gente de los derechos humanos y con la gente de la FEVIMTRA, que iba a abrirles un expediente para investigar el caso. Después de la primera entrevista en Saltillo, Janet e Irma fueron trasladadas a la ciudad de México para firmar los papeles y declaraciones en las oficinas de la fiscalía.

La tarde en que dejaron la fiscalía era luminosa. El pegaba de lleno, pero cálido y suave sobre los cristales de decenas de edificios de oficinas en la colonia Cuauhtémoc. Leves rachas de viento movían los árboles sobre la avenida Reforma cuando la camioneta de la PGR en que había llegado a la FEVIMTRA abandonada el estacionamiento del edificio.

Janet e Irma iban bien resguardadas, tomadas de la mano y mirando por las ventanas hacia la calle. La salvadoreña pensaba en sus hijos, en su madre y en dios. Miraba de reojo a Irma mientras la camioneta avanzaba hacia el Circuito Interior y enfilaba hacia el norte.

Irma no supo por qué le apretaba la mano, pero dentro de sí, Janet recordaba las tardes sin esperanza, las madrugadas de pesadillas, rezos y lamentos de los migrantes y la guerra de fe que alguna vez tuvo con su amiga acerca de quién y cómo las salvaría.

Janet miraba la luz de la tarde y el trafico de la ciudad y recordaba aquellos días de batalla entre su fe y el horror del cautiverio en Coatzacoalcos, y le venían a la mente sus propios rezos: “Señor, si tú me mandaste a este lugar tan horrible solamente porque yo le hablara a una persona de ti, pues me duele mucho y ni modo, así va hacer… pero demuéstrame que estás ahí”.

Varias horas después iniciaba en otro sitio una nueva vida que comenzó con tratamientos médicos y psicológicos para sanarle en parte las heridas del abuso y el miedo hacia la gente , el miedo a la vida más allá de las bardas de una casa clandestina en la que nadie vale nada.

“De las otras heridas, de las del alma, las que me hacen sentir sucia y con miedo de todo, se va a encargar mi dios”, dijo Janet mientras miraba la libreta sobre la mesa en su nueva casa y la grabadora registraba su última frase: “esa es mi historia”.