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El día que Wendy Sulca dijo que quería cantar, su padre le pegó. La niña tenía seis años y en varias ocasiones se colaba en los ensayos de Los Pícaros del Escenario, el grupo de música popular peruana donde él tocaba el arpa. Aquella vez, con la sinceridad y el descaro de la infancia, Wendy le espetó a gritos que la vocalista del conjunto no sabía cantar, que ella lo haría mejor.

—¡Papito, déjame cantar!— le rogó.

Dos golpes después, la pequeña corrió a su cuarto y, sobre su cama de colcha rosa, escurrían sus lágrimas de coraje y frustración. Entonces llegó su madre para consolarla y mientras le acariciaba el cabello le prometió:

—Hijita, no te amargues. Si quieres cantar, yo te voy apoyar.

Lidia Quispe recordó que cuando era niña ella también soñaba con ser cantante. Era una aguerrida fanática de la música andina y pasaba sus días evadiendo el trabajo en el campo al escaparse a las presentaciones folklóricas en Ayacucho (sur de Perú), donde nació. El día que la violencia terrorista de Sendero Luminoso obligó a su familia (como a tantas otras) a emigrar hacia Lima, comenzó a vender caramelos en los microbuses de la capital del país. Le daba vergüenza cantar ante los desconocidos, pero lo hacía en voz baja al caminar por la calle. Algunos años después, un amigo la invitó a su rudimentario estudio para que grabara un caset. Y eso fue lo máximo que pudo lograr. Porque nadie (ni siquiera sus padres) vio con buenos ojos que “una cholita” pudiera triunfar en los escenarios de Lima.

Así que al ver llorar a su hija se prometió a sí misma convertirla en artista. Primero convenció a su marido para que le permitiera a Wendy cantar alguna canción en sus conciertos. Luego se enteró de que Sonia Morales, “la reina del huayno con arpa”, estaba organizando un concurso para descubrir a los nuevos talentos de la música folclórica peruana. No dudó en inscribir a Wendy y, ante el asombro de muchos, la niña fue superando cada etapa del certamen hasta que ganó. Pero los premios prometidos (un traje típico y la grabación de un disco, entre otros) nunca le fueron entregados.

Un señor que había visto el desempeño de Wendy durante el concurso y que se presentó como “productor musical” le dijo a Lidia:

—Señora, su hija tiene mucho talento. Qué le parece si hacemos un vídeo con ella, para tener una clara muestra de lo que hace, para que se vaya dando a conocer.

No iba a ser gratis, claro. Pero su raquítico sueldo de empleada en una fábrica de peluches apenas alcanzaba para completar los escasos ingresos que aportaba su esposo. ¿De dónde, entonces, iba a sacar dinero Lidia para “invertir” en algo así? Pues haciendo polladas: fiestas familiares donde cada asistente contribuye a una causa con la cantidad que esté dentro de sus posibilidades.

Organizó dos polladas y con lo que obtuvo compró un retazo de tela roja, cartoncillo, pegamento e hilos dorados, y ella misma hizo el vestido para su hija. También la canción que iba a interpretar. “Desde chiquita, a Wendy siempre le gustó mucho la tetita. Me perseguía por todos lados: ´mi tetita, mi tetita.´ Le di el pecho hasta que cumplió tres años. Y, como a mí siempre me ha gustado componer, pues dije: voy a sacar una canción de eso para la niña”, me contó el pasado otoño, cuando vino a Madrid acompañando a su hija, quien era parte del cartel del YouFest.

Lidia se empeñó en que el vídeo fuera grabado en su pueblo, entre su gente. Porque le hacía ilusión que ellos también participaran. En el camino hacia Huacaña (Ayacucho) vio en la orilla de la carretera a una vaca que amamantaba a su cría y le pidió al cámara que la filmara. Después le pidió captar la imagen de unos cerditos prendidos de las ubres de su madre. Convocó a los hijos de sus vecinos a la plaza del pueblo y a tres mujeres para que se dejaran ver mientras le daban leche a sus bebés. Los primos de Wendy tocaron el arpa, el bajo y las percusiones. Y entonces, a sus ocho años, durante poco más de cuatro minutos, Wendy hizo alarde de su habilidad para zapatear y de su agudísima voz para cantar “con mucho cariño a todos los niños del Perú”:

De día, de noche,
quisiera tomar mi tetita.
De día, de noche,
quisiera tomar mi tetita.
Cada vez que la veo a mi mamita,
me está provocando con su tetita .
Cada vez que la veo a mi mamita,
me está provocando con su tetita.
Ricoricoricorico, ¡qué rico es mi tetitaa!
¡mmm!… ¡rico, qué rico es mi tetita!

Al vídeo le agregaron los efectos de unos sintetizadores y la voz de un animador.

—¿Y si lo colgamos en YouTube? — le propusieron a Lidia.

—¿En dónde?… ¿Para qué?

No muy convencida, pagó 260 soles para que “La tetita” estuviera en el principal sitio de vídeos de Internet. Y pronto, muy pronto, los compañeros de colegio de Wendy comenzaron a decirle:

—¡Ya somos miles los que hemos visto tu vídeo! Y hay muchos que te imitan.

Pero la niña que se convertiría en La Reina de YouTube no tenía un ordenador en casa para comprobarlo.

***

El distrito de San Juan de Miraflores, en el extra radio de Lima, es la suma de cerros marrones y polvorientos sobre los que se distribuyen unas deprimidas barriadas. En sus laderas se amontonan cientos de casas a medio construir. Se accede a ellas a través de unos angostos y empinados caminos sin asfaltar o por medio de unas largas escalinatas de cemento. Casi todos sus habitantes han llegado del interior del país huyendo del hambre, la falta de trabajo y el terrorismo senderista para formar unos asentamientos que bien podrían ser la geología de la pobreza.

Franklin Sulca y Lidia Quispe comenzaron su vida de casados en una modesta casa de la barriada Pamplona Alta. Ahí nació su única hija el 22 de abril de 1996. Franklin amenizaba fiestas con su banda musical y Lidia hacía muñecos de peluche en una fábrica. No vivían demasiado bien, pero sí mejor que algunos de sus vecinos. Tenían para comer, para enviar a la niña al colegio y para salir a pasear de vez en cuando. Sorteaban con entereza las dificultades que se les presentaban hasta que, en 2005, la vida de esta familia se tambaleó más que nunca. El seis de abril de ese año, Franklin murió al volcarse la furgoneta en la que viajaba hacia un concierto.

Todavía en pleno duelo por la pérdida de su esposo, Lidia pasó tres veces por el quirófano. La ingresaron para operarla de la vesícula y, antes de cerrar la herida, los médicos le dejaron dentro unas gasas. Un dolor insoportable y una constante secreción de pus la devolvieron al hospital. El doctor le soltó:

—De esto se salvan muy pocas personas. De cien se salvarán cinco. Le digo esto porque quizá sea mejor quien se hará cargo de su hija. Dios no lo quiera, pero puede pasar lo peor.

“¿Te imaginas que te digan algo así?”, me preguntó Lidía con voz entrecortada y lágrimas en los ojos, en el jardín de un hotel del sur de Madrid. “Mi hijita, tan chiquita, ¡y huérfana! Cuando el doctor me dijo eso me salí llorando y pensé que Dios no existía. Si me quería llevar a mí, hubiera dejado a mi esposo. Ya luego le pedí que no me desamparara. Cuando me fui al hospital no me despedí de Wendy. Porque dije: ´si me despido es que me voy a morir.´ Y eso no. Y gracias a Dios salí adelante y aquí sigo a su lado.”

Al recuperarse, Lidia acompañó a su hija a un locutorio para ver las miles de reproducciones que La tetita había tenido en YouTube. “Eran muchísimas. ¡Muchísimas! No me lo esperaba. Para nada. Y me dio tanta alegría que comencé a llorar”, recuerda. Si había funcionado un vídeo en la red, ¿por qué no hacer más? Incluso, ¿por qué no hacer, de una vez, un disco? Lidia le había escrito una canción a su padre cuando éste murió. Pero ahora que su esposo también había fallecido, la letra bien podría acoplarse a la situación de Wendy. Así que la niña chillona entonó con voz desgarrada, mientras dejaba ver que sus dientes de leche se le estaban cayendo:

Papito, no me dejes por favor.
Papitoooooooooooo,
no te vayas por favor.
Yo te quiero mucho,
mucho, mucho, mucho.
Con todo mi corazooon.
No me dejes, por favor.
Desde el fondo de mi corazón,
expreso mis sentimientos
para todos los niños que no tienen papá,
así como yo.

Pero había que ser más creativos. Lidia no abandonó la idea de utilizar su pueblo como escenario para los vídeos de su hija. Pensó de nuevo en la Plaza central, donde había un señor borracho perdido al que filmaron sin que él se diera cuenta, y pidió permiso para grabar en una cantina. Ahora el tema sería más profundo: ahogar en cerveza una pena de desamor. No era algo muy infantil, pero Wendy tenía que conquistar “nuevos públicos.” Así que allí estaba, una vez más, La niña maravilla del folklore, rodeada de campesinos borrachos y exigiendo cerveza a gritos.

Cerveza, cerveza, quiero tomar cerveza.
Porque ya bastante sufro en la vida,
porque mi amorcito se ha marchado lejos.
Señor cantinero, dame más cerveza.
Este sufrimiento que me está matando…
Quiero olvidarme en esta cantina.
Sigan tocando mi arpita, en mis horas más tristes, en mis horas más alegres, seguiré cantando a Ustedes.
Sigan tocando mi arpita, en mis horas más tristes, en mis horas más alegres, seguiré cantando al Perú.
Manos hacia arriba, manos hacia abajo, sigamos bailando, si, si, sigamos bailando.

YouTube comenzó a echar humo con tantos clics y comentarios. Los vídeos eran insólitos y cómicos por inocentes y con sonidos que, de tan andinos, parecían extraterrestres. En varios países del mundo hacían parodias de La tetita y de Cerveza, cerveza. Empezaron a llegar invitaciones para ir a los programas de televisión o para hacer conciertos en pequeños locales de Lima. También en la provincia de Perú. Y, más tarde, a las capitales iberoamericanas.

***

Niña, autóctona, pobre. Independiente o alternativa. Folclórica, kitsch y bizarra. Simplista. Ingenua. Víctima de las circunstancias de su país. Exótica y creativa. Impostada. Poco a poco, el morbo cibernético de la gente fue encumbrando a Wendy Sulca como una “estrella freak” construida al margen de la industria tradicional. Como la prueba fehaciente de que en Internet el público es realmente libre. Porque en la red produce, distribuye y consume sus propios contenidos. ¡Tiemblen, discográficas!

Alfredo Villar es un antropólogo y DJ peruano que desde hace varios años centra sus investigaciones en la música popular de su país. Dice que “el éxito de Wendy Sulca proviene de lo excéntrico de su propuesta musical y visual. Sus códigos parecen peruanos pero están atravesados por elementos occidentales que son pervertidos constantemente con una irreverencia y un sentido del humor.” Y cuenta, además, que en Perú a los fans de la música folclórica “no les gusta Wendy, porque ella se mueve más en discotecas y festivales, que en los verdaderos conciertos folklóricos. Los fieles de este tipo de música son más exigentes.”

Quizá esto que dice Villar tenga que ver con las numerosas burlas que esta “niña maravilla” ha recibido. En España, por ejemplo, en los programas de La Sexta Sé lo que hicisteis y El Intermedio. Pero ella tiene un escudo contra la mala leche que hierve en Internet y en la televisión: “Estoy preparada para todo tipo de comentarios. A muchos les gusta lo que hago, pero les da vergüenza reconocerlo. Y yo soy más fuerte que cualquier crítica mala”, dice.

Después de ser todo un hit de la red, Wendy Sulca se ha presentado en la mayoría de los rincones de Perú. Tiene blog, Facebook, Twitter y canal propio en YouTube (como Lady Gaga o Britney Spears). Y ordenador en casa. Después de sendas sesiones de peluquería y maquillaje celebró dos fiestas de 15 Años. Una con su familia, amigos y un puñado de cadetes-chambelanes de uniforme blanco con espadas, en donde sonó (premonitoria) Quinceañera, la canción de la telenovela mexicana del mismo nombre que interpretaba Talía en los ochenta (Ahora, despierta la mujer que en mi dormía / Y poco a poco se muere de la niña / Empieza la aventura de la vida). Y otra con su público, a la que asistieron 10.000 personas. En ambas, su vestido era rosa chillón y de contorno negro. Su corona, pequeña y plateada. “Parece una princesita”, dijo su mamá.

Ha cantado con los argentinos Dane Sipinetta y Fito Paez. Ha participado en un vídeo de los puertorriqueños Calle 13. Y, cómo no, con su madre, Lidia Quispe. En 2010 cantó En tus tierras bailaré, junto a La Tigresa del Oriente y Delfín hasta el fin (otras dos estrellas de “la era YouTube”). Entonces comenzó a salir de su país. Primero a Buenos Aires, luego a Bogotá y a Santiago de Chile. Y en el otoño pasado llegó a Madrid.

***

Ocho años después de haber cantado por primera vez La tetita, Wendy Sulca se subió al escenario del YouFest Madrid, en la explanada del Centro de Creación Contemporánea Matadero. Lucía una pollera (falda) verde con corazones con su nombre y paisajes representativos de Perú, como Machu Pichu. Era una tarde fría y lluviosa, pero el escaso público (niños y jóvenes) no dejaba de corear los éxitos de La Niña Maravilla del Folklore, sobre todo cuando Roald Ronni Carbajal, el gritón animador que siempre la acompaña, se lo exigía.

Conversé con Wendy tres días antes de su participación en ese festival. Con nosotros estaba Lidia, su inseparable madre. Ambas terminaban sus respuestas a mis preguntas con risillas nerviosas. Y ambas, también, hicieron especial énfasis en que la hoy adolescente ha educado su voz. “Porque quiero ser muy profesional y llevar mi música a muchos países. Y que me tomen en serio”, dijo Wendy.

Contó que se ha cambiado de casa (“a una mejor”) porque en la otra la asaltaron tres veces y la llamaban por teléfono para burlarse e insultarla. Que se ha acostumbrado a que la gente la reconozca por la calle y le pidan fotos y autógrafos. Que quiere estudiar Administración de Empresas. Que canta para honrar la memoria de su padre. Que guarda “con mucho cariño” la veintena de vestidos que usado.

Es verdad que ahora su voz ya no es tan estridente como antes. Se nota, sobre todo, en su más reciente single, Like a Virgin, una versión folk-pop del éxito ochentero de Madonna. Cuando el pasado diciembre colgó el vídeo de esta canción, obtuvo medio millón de visitas en una semana. Tal vez, como dice Alfredo Villar, “lo único que le queda a Wendy es seguir en el camino del pop. Es lo más sincero y musicalmente digno que puede hacer.”

La niña que creció en YouTube ya se destetó y ahora es una lolita que gime ya no con ingenuidad, sino con sensualidad. Pero no abandona su “inocencia”. Comenzó 2013 haciendo una twitcam con sus fans y, sin ningún reparo, saludaba dulce y sonriente a gente como Elver Galarga, Soila Vaca, Mari Conazo, Rosa Melano, Elsa Capunta, Elga Yina, Ana Lisa Melano y María Dolores del Orto. Si su padre la viera, ¿le volvería a pegar?

Viaje al ritmo de un perreo

Publicado: 30 diciembre 2012 en Samuel Segura
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Te diré a lo que aspiro: a que el tiempo no se me escape. Si he de vivir, he de vivir ahora…
The Warriors

Han pasado ya dos trenes y el hombre no puede subir al metro. Tiene prisa: quedó de verse con su esposa para comer y va retrasado. Son las dos de la tarde. Ella aguardará en Balderas, a las dos con quince, y él apenas está en Observatorio. Como van las cosas, tendrá que esperar un poco más. No abordará un convoy atestado de malvivientes, piensa, que van moneándose y echando desmadre escuchando reguetón.

Un tercer metro se detiene.

Se abren sus puertas.

Bajan.

“Ya llegó ZPM, una bola de desmadre, y al que no le guste, que chingue a su puta madre”.

El hombre se arrincona a la pared y deja pasar a la turba que, además de cánticos, lleva una manta en la que está escrito su nombre.

ZuPutaMadre.

Dos de las chicas que pasan a su lado lo miran, le mandan besos. Visten ropa ajustada, pantalones a la cadera, blusas que dejan sus ombligos descubiertos. Su cabello lo adornan con diademas repletas de brillantes, y sus ojos se ocultan detrás de unas inmensas gafas oscuras.

El hombre agacha la mirada.

A unos pasos de él, una mujer no puede ocultar el susto que le han causado. Se lleva las manos al pecho y pide a gritos la ayuda de los oficiales. Pero entre el estruendo de las porras, su voz se ahoga y se pierde entre la multitud.

Nadie la escucha.

Se pregunta quiénes son.

“ZPM, sí señor, de lo bueno, lo mejor”, vitorean los cuarenta del grupo, en respuesta a la mujer, y como presentación, por si alguien no ha notado su presencia.

El hombre ya había leído algo de eso en El Universal: “Los reguetoneros se han convertido en una de las comunidades urbanas más visibles de la Ciudad de México. Suelen reunirse cerca de las tres de la tarde en las estaciones del Metro y se apropian de andenes y vagones. La música con constantes referencias sexuales los acompaña durante un frenético trayecto que puede ir acompañado del consumo de inhalantes de bajo costo, como el PVC, y actividades delictivas…”.

Delincuentes, piensa.

Toca su cartera, su celular. En un movimiento discreto, los cambia de lugar, los esconde en su portafolio. No quiere perderlos. Lo que quiere es irse ya.

Pero todavía no podrá abordar porque los de ZPM bajaron las palancas de emergencia de varios vagones.

***

—La idea de la gente, we, es que al reguetón siempre lo van a tomar como que todos bailan, todos cogen, we, que todos se comparten mutuamente. Pero las cosas no son así. El reguetón te implanta tanto como pensamiento, como tristeza. Te implanta de todo, we, desde sexo hasta sentimiento.

Cris no era así.

No se pintaba los labios, ni se depilaba las cejas, ni usaba una camiseta sin mangas que descubre sus delgados hombros, ni esas gorras y zapatos que le cuestan alrededor de mil pesos. Tampoco usaba ese corte de pelo, rapado a los costados, y que deja un copete relucir por su frente.

—O sea, porque hay canciones que tú vas a ver, que te van a decir “coge y coge y coge”, we, y hay canciones que te van a hacer pensar, we. Te digo, o sea, de ejemplo, we, de cantantes que yo te podría decir que te hacen pensar, están: Arcángel, Baby Rasta y Gringo, Falsetto y Sammy, Farruko, Baby Johnny y Ñengo Flow que tiene algunas, pero es más puerco, se va más al sexo.

No era así antes, cuando lo conocí, hace más de diez años. Solía ser como Chato, su madre, me recuerda: un niño que sacaba dieces en la primaria, que todos los días llegaba de la escuela a hacer la tarea con ella. Lo envidiaban sus compañeros, me dijo, porque era de los mejores, si no el mejor, de su clase, en la primaria 24 de Febrero.

Ahora, Cris tiene 16 años y sus palabras brotan de él como la sangre de una herida después de un navajazo.

—La gente te critica bien cabrón. A mí me ha tocado: porque me pinto la boca ya soy puto, maricón, bisexual, o sea… no es porque seas puto, we, los verdaderos cantantes no se maquillan ni se pintan los labios, we, la moda aquí la han cambiado bien cabrón. Es como una moda más fresa, pero tanto los raperos, como los emos, como los skates, we, nos toman como chacas, pinche insulto cabrón, we, es lo peor que nos pueden decir. Un chacal, naco, corriente, reguetonero pirata, we. Así. Dices putamadre, te hace sentir de la verga.

La noche está por caer en San Cristóbal, Ecatepec, y la banqueta que está a unos metros de su casa nos sirve como asiento. Le ofrezco un cigarro que acepta y le pregunto por su hija. Ya pasa de los dos años, me dice, y vive con su mamá, Nancy. Los padres de él todavía la visitan, pero Cris aún se abstiene desde hace tiempo.

Todo terminó.

Catorce años tenía cuando su vida dio un vuelco con el embarazo de la que fuera su novia casi un año.

—De ahí se salió de la secundaria e incluso tuvo que ir a terapia porque se puso muy mal —me platica Chato, quien recuerda que para entonces su hijo ya se había adentrado en el mundo del reguetón.
—Ya, creo que fue ahí en la secu, en la 58, que empezó con todo eso. Ya ves que los chavos se juntan ahí con sus motonetas y van con las chavitas y todo eso.

Antes de entrar a la secundaria, Cris comenzó a vestir de negro y a acercarse a la música metal y gótica. Bajo influencia de su prima Carmen, él pasó un tiempo con los labios pintados de negro y con los pies forrados de charol.

Pero todo cambió.

Aunque el reguetón y el dark no se alejan de lo que José Agustín definió como contracultura, término que el escritor acuñó en su libro La Contracultura en México (1996): “…abarca toda una serie de movimientos y expresiones culturales, usualmente juveniles, colectivos, que rebasan, rechazan, se marginan, se enfrentan o trascienden la cultura institucional (entendida esta última como lo que está establecido)”. Cris optó por el primero.

Toño lleva ocho años escuchando el género. Él sabe, y no difiere de lo que El Mundo publica, que el reguetón es hijo del reggae, del hip hop, y del rap en español surgido en Panamá, para, posteriormente, afianzarse en Puerto Rico, donde ha adquirido fama internacional. Últimamente se mezcla con ritmos latinos, como la salsa, la bachata y, más recientemente, con el pop, rock y hasta música norteña.

—En sus inicios fue una mezcla de reggae, por su ritmo, y rap americano, por la letra, que habla de mujeres, sexo, droga, narcos, dinero, entre otras cosas. Es un subgénero en sí mismo —me instruye Toño, quien también ha practicado el género como una forma de expresión artística.

Larnies Bowen, licenciada en Estudios Caribeños por la Universidad de Nueva York, explica que “el origen humilde y urbano del reguetón ha marcado sus composiciones, basadas en las preocupaciones de la gente de la calle y ha evolucionado hacia rimas fáciles, letras sexualmente explícitas y muchas veces denigrantes y agresivas”.

—No sé qué le pasó que dio un cambio bien mamón de lo dark al reguetón —me platica Carmen—. No sé, se volvió muy macho, agresivo, violento. Ya no es el niño tranquilo y retraído de antes. Lo darky le duró unos meses, apenas. Nunca lo vi, pero varias veces dormí en casa de mis papás (así les dice Carmen a los papás de Cris, aunque sean primos) y un día amanecimos mi novio y yo con la sorpresa de ver a la morra de Cris con marcas en la cara.

***

—¿Cuántos son?
—Cuarenta, poli, danos chance de pasar, ándale.
—Órale, nomás porque no están haciendo nada indebido.
—Báilele poli, “poli, poli”.

Las chicas mueven el cuerpo, desde la cadera hasta los hombros. Se inclinan. Un par de jóvenes se posa detrás de ellas. El reguetón de Ñengo Flow suena. Se mueven al ritmo de su música; las jóvenes agitan los glúteos y ellos las reciben, juntándose lo más que pueden, con una agitación igual de intensa en el abdomen.

Al ritmo del perreo.

“Nadie sabe a ciencia cierta cómo surgen los ritmos, esas posibilidades de marcar, con cierto compás y cierta actitud, una música que se ‘antoja bailar’. Hay mucho de la tradición en todo esto: grupos humanos, etnias, regiones, naciones enteras que se caracterizan por un ritmo o por otro…pero también hay un fenómeno evidente: el ritmo, los ritmos, se contagian. Hay algo interno que hace que los cuerpos exterioricen lapsos iguales y que ese ritmo manifestado vaya de un cuerpo a otro…”, escribió Alberto Dallal en su libro El “dancing” mexicano (1987).

La gente pasa junto a ellos y los mira. Prefiere esquivarlos. Algunos esperan a lo lejos y los observan en lo que dura el baile.

“Tiene nombre propio: ‘perreo’, un estilo de contoneo erótico que emula el apareamiento de los canes”, dice la misma nota de El Universal. Toño ignora por qué le llaman así, le suena lógico, pero “en los tiempos de antes era muy diferente a como hoy en día, era más un baile sensual, no como lo que ves hoy; digo, siempre ha sido algo muy atrevido, pero no así”.

—Y hasta eso en el reguetón: las viejas que perrean, que les gusta bailar, hay algunas que te ponen un límite, we, que te dicen: “bailamos, we, pero hasta ahí”. Ni un beso, ni la mano.

Dice Cris.

—Es cosa de que tú quieras, no es a fuerza.

Dice Ana.

Todos entran, los cuarenta se saltan los torniquetes, pasan por debajo, rápidamente. Ana también. Es su primera vez en una cita. Está nerviosa, pero Memo, el líder, le ha dicho que no se preocupe, que todo estará bien.

El policía los mira a lo lejos. Sonríe.

La música sigue en el celular de alguien. Pareciera que llevan una grabadora. Mientras caminan, bailan.

“Como en el acto sexual amoroso, la pareja (o los integrantes del grupo) percibe el ritmo como una necesidad del ‘acoplamiento’; los cuerpos se perciben en el ritmo y simultáneamente se adhieren, se adecuan, se integran al fenómeno general, global”, explica Dallal en su texto.

Ella le hace caso al líder y camina con todos. Trata de tranquilizarse. Echa porras. “ZPM, de lo bueno, lo mejor”. Poco a poco agarra confianza. Avanzan una estación, otra, y de vuelta.

Pero el miedo regresa cuando mira a los granaderos en la siguiente parada.

Tranquila, le dice su líder.

Pero no puede calmarse y el llanto le sobreviene. Piensa que se los van a llevar, que los van a encerrar a todos.

Son muchos.

—Sí, ya te ven como delincuente. Apenas tiene como un mes que sacaron en el periódico que no, que ZPM, que matones, violadores, asesinos, no sé qué, y lo único que nosotros hacemos es echar relajo: llegamos y bajamos las alarmas de los metros, apagamos las escaleras eléctricas, cosas así, pero por echar relajo, y hasta los policías muchas de las veces ya saben que llegamos y lo único que hacen es cuidarnos, porque dicen “no hacen nada fuera de lo común”, mientras que no falten al respeto no hay problema.

A la orden de nadie, comienzan a correr. Todos, por todas partes.

Como viles ratas, me dice Ana.

—Ya no nos ven como personas.

Ella estuvo a punto de ser líder de ZPM antes de salirse del grupo. Me enseña las fotos que tiene en su teléfono de las veces que estuvo con ellos en el metro Observatorio. Ahí es donde decidieron reunirse, porque como cada grupo, tienen su casa, su estación, cercana a donde viven los integrantes, porque es el lugar que encuentran más accesible para todos. Un grupo, una familia, le llaman ellos, donde todos son hermanos, se protegen y se cuidan los unos a los otros. Donde se entienden.

—Siempre vamos a estar bien, no vamos a buscar problemas. —Ana, sentada a dos pasos de Cris, interviene, arrebata la palabra—: Pero, por ejemplo, está el grupo Momento, llegan y empiezan a molestar y obviamente no nos vamos a dejar. Es cuando nos peleamos, cuando entran los policías, cuando echamos relajo. Pero muchas de las veces no molestamos, otros nos molestan.

Cada grupo tiene su estación y esa estación es intocable. Es territorio enemigo.

—Es que tanto hay weyes que van a echar coto, como hay los que van a pasarse de verga y moneando en el metro, we, moteando en el metro…o sea, dices “¡no mames!”; por eso mucha gente critica, porque mucha gente nos ve que en el metro andamos moneando, que andan moteando, que se andan echando cualquier madre, y cuando pasa uno igual, porque todos se parecen, dicen: “ah, es ese we, hazte para acá, te va a sacar una pinche fusca y te va a chingar” —me explica Cris.

Ana, de 17 años, lleva un mes de noviazgo con Cris. Con Yale, como era conocido en los grupos. Cuando me reúno con ellos, platican de sus planes de irse a vivir juntos. Una tía de ella los ayudaría con los gastos. Pondrían un negocio, no saben de qué, para sobrevivir. Ambos se salieron de los grupos, y ahora han encontrado madurez, me comentan. Yale, por la muerte de un amigo cercano a manos de otro grupo, tan solo dos semanas después de haberse unido a estos; ella, por la violación de una de sus amigas a manos de tres de su grupo.

—Porque se dieron sus pericazos, se pusieron bien graves. Dije: no, si son mis hermanos y todo y pasa esto, al rato voy yo, no. Yo le dije a mi dirigente que ya no. No falta que te digan “pinche rajona, no que era para siempre”. Que digan lo que quieran, yo prefiero mi vida, la neta.

Y porque había traiciones.

—Varias veces, cuando yo era dirigente del Liverpool (antes, lo fue de Slow Channel), yo era el que los movía, we, el de “ámonos pacá”, “ámonos payá”; pelearnos contra Uvas Cangri, dándonos en la madre en metro Pantitlán, la gente corría, we, aventábamos petardos, agarrábamos a los weyes hasta arrinconarlos y darles en su puta madre, we, abrirles la cabeza, quitarles los zapatos y que se vayan descalzos…

Pero había quienes al ver la situación, se iban, y abandonaban al líder, la figura que tiene que dar la cara por todos. Incluso la vida. El reconocimiento que recibió como tal se volvió cada vez más peligroso para Cris, no podía andar solo, sin su gente, en cualquier lado podían ponerle en su madre, ni siquiera podía salir a los metros que concurría con sus grupos.

Ya no era un juego.

—Todos me decían: “no, Yale, mis respetos a ti que eres dirigente”, pero cuando se volteaban era de “hijo de su puta madre, no por ser dirigente es la gran cosa”.

***

—¡Pinche negro puto!

El día que Cris se acercó a Nancy, era el cumpleaños de su hermano Pablo. Ella había acompañado a sus hermanas menores, conocidas del cumpleañero, a la fiesta que se hizo para celebrarlo. Cada quien estaba con la gente de su edad, así que Cris se acercó a ella. Ya la había visto antes caminar por la colonia.

Había un juego infantil inflable afuera de su casa. Los niños saltaban sobre él. Hubo pastel y dulces para ellos y alcohol para los adultos.

De eso tendrá tres años.

Todos habíamos bebido, incluidos los padres de Cris y Pablo. Su padre. De él, de Fede, me habían contado que era alcohólico y que, regularmente, perdía el control. Y que los golpes llegaban irremediablemente.

Nunca lo había visto en carne propia.

—Ya estuvo, lléguenle.

Fede nos corrió a todos. Chato no se la aguantó. Nunca lo aguantaba.

Empezó a golpearlo. Empezaron a golpearse. Dos de los invitados detuvieron a la pareja que se daba puñetazos a la cara, a las costillas, patadas a las piernas, bofetadas. Algunos de los familiares empezaron a llorar. Pablo fue el primero.

De pronto, Cris le gritó a su padre:

—¡Pinche negro puto!

Y se le fue encima.

Alguien lo detuvo antes de que sus golpes tocaran la piel de Fede. Fui hacia él y lo sujeté con ambos brazos. Cris no era tan alto entonces, y no había en su vestimenta algo que lo semejara a ningún estereotipo. Le pedí que se calmara, apretándolo.

—Si con tus jefes no tienes apoyo, we, vas y lo buscas con alguien más. Obvio, te van a apoyar, por eso se le llama hermanos, we, por eso es una familia. Se llaman familias, se llaman combos, porque ahí ante cualquier pedo, todos van a estar unidos. Y puto quien no, quien diga “me vale verga”. Putiza. Desgraciadamente en los grupos me traen recio, me lo han dicho: me quieren chingar, que van por mi cabeza, me quieren tumbar recio porque en su tiempo tuve mi fama, orita ya no, por lo mismo que ya hay un chingo de grupos. Me traen recio, tengo que andarme cuidando. Me he topado a mis peores enemigos, y nos es que te tiemblen los huevos, es que sí te da cosa ver que estás solo y ellos son como cincuenta y en cualquier momento alguien va a decir: “yo he visto a ese wey en alguna parte” y va a valer verga.

En lo que va de la plática, Cris no la ha mencionado. A Nancy. Ni piensa hacerlo. Ya es completamente de noche. Ana, su nueva pareja, lo escucha. Pero ambos saben, y Cris no lo niega, que, como me lo contaron su prima, su madre y él mismo, ella no es la primera mujer en atravesarse en su camino.

—Chavas que ha traído a la casa, yo creo que son más de quince —me dice Chato, sin mencionar a las que no conoce.

De lejos, Cris le gritaba a su padre “pinche negro puto”. Lo retaba a los golpes. Buscaba zafarse de mis brazos cuanto antes para combatirlo. Fede también trataba de hacerlo, Chato, lo mismo. Todos querían deshacerse de los brazos que los oprimían y acabar de una vez por todas con aquello que les aquejaba.

Como tantas veces lo habían hecho.

—Entré ahí principalmente por desamor y falta de comprensión de mis jefes, we. Sabes que a tus jefes no les puedes contar: “¿qué crees?, me cogí a esta vieja y me infectó”, no, pus cómo, valiste verga. En los grupos es de: “no carnal, ponte esto, ponte lo otro, trata de no hacer mamadas”, entras por eso, porque sabes que en los grupos te comprenden.

Era el cumpleaños de su hermano Pablo, quien lloraba. Cris también. Apretaba los puños para que no notara sus lágrimas.

—Yo digo que muchas de las veces lo de los grupos es falta de amor. Muchas viejas me dicen: “es que mi padrastro me violó, es que me pasó esto”. Vienen siendo personas, no de la calle; sí tienen familia y lo que quieras, pero carecen de amor, han sufrido violaciones, golpes, maltratos, abusos, lo que quieras, pero han sufrido —interrumpe Ana mis recuerdos, que se esfuman. Regreso a la banqueta en la que estamos sentados los tres. Cada quien se pone su chamarra. El viento arrecia.

—Mi mamá me dijo: “hasta Ixtapaluca me llegó el periódico, mira, ve lo que dice” y salimos con nuestra manta y todo. En la tele apenas sacaron lo de Sicarios contra Bacho 3, algo así.

Ana vive con su madre desde que, a los cinco años, acusó a su padre cuando la violó. Lo encarcelaron dos años. A ella le gustaba el emo hasta que unas amigas le enseñaron el reguetón. Le gustó, se sintió identificada, protegida. Las drogas las probó antes, a los doce se ponía con mota, con mona, para olvidar la violación (que no la ha dejado en paz) y la incomprensión de su madre, que ahora le retumba.

—Me dijo que estaba loca, que no sabía dónde me estaba metiendo. Una vez la fueron a amenazar. Primero le hablaron por teléfono, una vieja, confundiéndola conmigo yo creo; le dijo: “sólo te digo que eres mujer muerta y que vas a chingar a tu madre”. Se quedó así, y empezó a llorar, que en qué andaba, me preguntó. Y ya le tuve que decir. Incluso la llevé a que conociera a los grupos y todo. Dijo que no le gustaba, que eran puros problemas.

El sonido de un tren que está lejos se escucha muy cerca e interrumpe la charla. Las palabras de Ana me recuerdan una nota que se publicó en El País, donde informaba que al reguetón se le consideró una mala influencia para los jóvenes de República Dominicana. Sin embargo, Abel Benítez Torres, percusionista de la Orquesta filarmónica de la UNAM, considera al género como “una salida social, digamos que la población tiene una olla de presión del bajo salario y encuentra un desfogue, una salida. Es este tipo de música, que representa varias cosas, se da por una necesidad de contar con un desahogo a una semana difícil, hay quienes eligen ir a un concierto y otros eligen ir a bailar…no podría criticarlo, pues así como las papas fritas, como la comida rápida, también tienen una función social”.

El tren pasa. Deja un leve rastro del rugido de su motor en el aire.

—Y si supieras, we, que en Facebook a cada rato ponen imágenes con sus listones negros de “descanse en paz tal wey, descanse en paz tal vieja”. Las muertes están cabronas. Tanto los que mueren en las peleas como los que mueren en las drogas, en un pasón. O que andan en bisnes chuecos, we. Tú ves una muerte y obvio no te quedas tranquilo.

Pero Cris se ve así: tranquilo. Tiene dos palabras para el reguetón: comprensión y alegría. Y dos formas de ver el mundo:

—Nosotros tenemos dos mundos, we. El mundo en el que naces que es la familia, y es tu vida, y el mundo del desmadre, que hace que te olvides de todos tus pedos, we. Tú puedes entrar al mundo en el momento en el que quieras, hoy me voy a mi verdadero mundo, hoy me voy a mi mundo de fantasía. Yo le llamo así: el mundo de fantasía, porque ahí te olvidas de todo. En los grupos dicen: no, todo va a estar bien, aquí con mis compadres está todo, tengo a todos. Y en tu mundo real siempre vas a estar solo.

Uno mundo para Yale y otro para Cris.

Definitivamente ya no es el mismo.

—Los papás toman lo que estás viviendo ahorita como que “no hay pedo, se te va a pasar”. No es cierto. Esta etapa, cuando crezcas, te va a quedar bien pinche grabada. Somos chavos que despertamos más en corto, vivimos más en corto, más en putiza, y a los años no nos arrepentimos, porque tú podrías decir ahorita: “se va a juntar este wey, tiene 16, qué pendejo”. ¿Y si supieras que ya vivió su vida bien cabrón y ese wey está tranquilo? Van a pasar veinte años y ese wey va a seguir, porque ya la vida la vivió así. En putiza.

Cronológicamente

Tal vez ésta es una historia para ser contada cronológicamente, porque trazada contra el tiempo adquiere una forma simple. El ascenso de una chavita impetuosa a la cima de la gloria del pop-rock latino; su caída en vertical en medio del escándalo, hasta muy hondo en la oscura cárcel, y por fin su nuevo ascenso, empeñoso, otra vez rumbo a la cima más alta.

Una versión así podría empezar con Gloria a sus tiernos 17 años sentada en una sala de espera de la academia del ex cantante, arreglista y compositor Sergio Andrade. Otras 30 chavitas esperan también sentadas. A sus mamás se les dijo: “Bye, bye”, hace un rato, Sergio no audiciona nuevos talentos en la presencia de las madres, que las inhiben.

Es 1984. Son las dos de la tarde en la Ciudad de México. Por una puerta entra otra joven, muy pálida ella, con ojos muy grandes, con los labios voluptuosos pintados de rojo bandera. Mary Boquitas, la llaman. Mary lee de un cuaderno escolar el nombre de la chavita a la que toca el turno de pasar con el maestro Andrade.

El maestro Andrade, el Rey Midas le llaman en el ambiente del espectáculo. Creador de Lucerito, de Cristal, de Yuri, entre otras estrellas.

Dan las cuatro y dan las seis, y sólo han pasado la mitad de las chavitas, el foco del techo se enciende y dan las ocho y las 10 y las 12, y Gloria se ha quedado sola, la última, rezando para que el milagroso señor Andrade sí la reciba por fin.

¿Qué trae en la cabeza esa chava norteña de greñas largas? Se lo pregunto a Gloria, ahora que tiene 41 años.

“Traigo a Jim Morrison en la cabeza. A Mick Jagger y los Rolling Stones. Traigo en la cabeza rock pesado y un estadio atiborrado de raza que con cada guitarrazo y cada lírica se cimbra y aúlla”.

Mary Boquitas, ojerosa, abre la puerta y lee de su cuaderno escolar: “Gloria de los Ángeles Treviño”.

Gloria baja la vista al piso, tímida, y va tras Mary que la conduce por un pasillo y le abre una puerta, y le franquea el paso al salón donde el mítico Sergio Andrade toca en las teclas de un Steinway de cola abierto. Por su prestigio uno supondría que es un viejo maestro, pero no, tiene apenas 30 años, y sin embargo la seriedad de un hombre torturado por la conciencia de su propia importancia. Delgado, en un traje negro impecable, la camisa blanca con el primer botón desabotonado, la quijada cuadrada y ojos negros bajo cejas espesas. Sigue tocando en las teclas una melodía suave y Gloria petrificada espera que la note.

La mira por fin, y sin dejar de tocar le dice: “Acércate, a ver, ¿qué tienes para enseñarme?”.

Gloria toma aire. Le canta a capella “Amor cavernícola”, un rock monótono, primitivo: cavernícola en efecto, pero cantado con muchas agallas y saltitos rockeros.

Sergio no está impresionado. Pero pregunta si la composición es de ella. “Es mía”, asegura Gloria. Agrega: “Tengo como unas… 52 canciones compuestas por mí”.

Sergio tampoco está impresionado, se pone en pie y la rodea. “Eres demasiado alta —dice—. Estoy buscando chavas para un nuevo grupo de rock, pero tú eres, sí, demasiado alta. A ver, quítate los zapatos”.

Gloria se descalza ante el señor Andrade.

Musicalmente

Boquitas pintadas es un grupo que no trasciende. Le sirve a Gloria sin embargo para quedarse a vivir en la academia de Andrade, toma clases de la mañana a la noche, de teclado y composición y de baile, y de paso se hace novia del maestro, aunque el maestro es pareja de Mary Boquitas, incluso es civilmente su esposo.

“¿Lo sabías tú o él te engañó?”, le pregunto.

Gloria niega con la cabeza y dice: “No, no”. Pero se refiere a que no quiere hablar conmigo de eso. Ni conmigo ni con nadie. Ésa es la prehistoria de su vida. “Mejor hablemos de la música”, dice.

Me río. “¿Crees que puede contarse tu vida sin mencionar a Sergio Andrade?”, le pregunto.

“Puede contarse sin mencionarlo”, me asegura.

Y es que odia que su historia siga enredada con la de Sergio, odia responder por asuntos de su adolescencia, ahora que es una mujer distinta, que tiene dos hijos y un marido y ha pagado de sobra cualquier imprudencia de su ayer. Caray, quiere hablar de música. Mejor aún, hacerla.

Así que por lo pronto hablamos de cómo aprendió a armonizar. Cómo aprendió a reconocer su voz y fue construyéndose su estilo. Cómo fue juntando las canciones de su primer álbum.

Estamos en casa de su suegra en Tampico, donde vive con su marido Armando Gómez, en un estudio con un tapete de pelo tan alto que parece un césped salvaje de estambre, y Gloria, sobria, va en vaqueros y suéter negros, botas, el pelo recogido, cero maquillaje. Es muy apuesta, aún sin maquillaje. Se parece a Gina Lollobrigida en su mejor época, la de su cuarentena, aunque es más esbelta y más fría.

Es decir, más fría hasta que canta. Me tararea “Pelo suelto”. La canta a media voz, ella misma imitando la instrumentación de los puentes musicales. Me canta “Doctor psiquiatra”, riéndose de pronto del candor adolescente de la letra. Me canta en voz queda “Con los ojos cerrados”. Estamos entrando a sus canciones románticas, las dolorosamente dulces. Le pido “El recuento de los daños”, una de mis preferidas. A media canción me dice: “¿Escuchas las letras?, yo le canté al público mi vida personal, yo era un libro abierto”. Y vuelve a la melodía de “El recuento de los daños”…

En este concierto privado, a media voz, no le sucede ninguna nota desentonada. Ni un fuera de ritmo. Me acuerdo de una sesión en que entrevisté a las Flans en el estudio de grabación, hace 20, 25 años. Los ingenieros de sonido laboraban como relojeros inclinados sobre las consolas para ajustar las notas erradas, para jalar las sílabas demasiado cortas hasta llenar el compás. Nada de eso pasa con Gloria. Canta, así en frío, sin un solo yerro.

Así fue su primera grabación. Sin un solo yerro. Estando en Los Ángeles, recientemente, un ingeniero de sonido me relató que en los Miracle Sound Studios, donde él trabajaba hacía dos décadas, sólo dos cantantes habían grabado un disco de forma impecable; es decir, cantando cada canción en una toma, sin un solo yerro. Tina Turner y Gloria Trevi.

“Te digo qué es la fama, según Sigmund Freud”, le digo a Gloria. “Dime”, dice. “Ser amado por millones de desconocidos”.

Gloria asiente: “Es una emoción maravillosa —dice— saber que tus canciones entran al corazón de millones”. Me dirá otro día: “Muchas veces en mi carrera, cuando vivía con Sergio, quería que nunca terminara el concierto; no quería tener que dejar de cantar y volver a mi vida personal, llena de… —titubea, se le humedecen los ojos— …de malos tratos”, termina. Las lágrimas se le resbalan y comienza otra frase: “El público no tenía que rogarme, yo estaba lista para seguir cantando otra canción extra, y otra y otra”.

Sí, el hilo principal de la historia de Gloria, si ha de ser contada sensiblemente, tendría que ser la música; su música, por la que Gloria se partió el corazón, por la que vivió lo que todavía le resulta casi indecible; la música que también le dio los orgasmos del tamaño de los estadios retacados de raza cantando con ella y la dicha inmensa de la fama; su música que es ahora la fuerza que la impulsa contra las apuestas de sus detractores para llegar otra vez al estudio de grabación, otra vez al ruedo del escenario, otra vez a la felicidad de cantar para millones.

Me dijo una tarde Jesús Ochoa, el actor: “Yo soy feliz sólo en escena, con un personaje que interpretar. Sólo ahí sé quién soy. Lo demás es pura espera”.

Esa impresión me da también Gloria. Todo es espera, hasta que canta.

Ese día en Tampico, prende el aparatote de sonido que tapiza una pared y me canta a todo volumen “Cinco minutos”, canción de su último disco. Se tuerce a la manera Trevi, un hombro en alto, un zapatazo al aire. Marcha por el tapete salvaje las piernas muy altas, sube a un sofá, todo sin perder un compás, una sílaba, una nota. Gloria por fin completamente libre, cantando a todo pulmón.

Éstos son los compositores que han marcado los últimos 50 años de nuestra música popular en México: por orden de aparición: Armando Manzanero, Juan Grabriel, Gloria Trevi. Esta afirmación debiera bastar para contar la historia de Gloria, si sólo siguiendo las melodías de sus sucesivas canciones fuese suficiente para cualquiera, pero. Pero. Pero no lo es.

Es imposible contar la historia de la música de Gloria evadiendo la historia paralela de los hechos de su vida personal, porque precisamente es esa historia personal la que la destronó de la cima de la fama y cerró sus labios durante cuatro años y hace un rato le humedeció los ojos: su sinuosa vida personal alejada de las buenas maneras sociales es la que también le hace tan difícil al público tomarla, de forma simple, como una cantante y compositora espectacular.

Me susurra mi sobrina Francine, de 11 años, alumna de la escuela de niñas bien, el Regina: “Gloria Trevi me vuela los sesos”. Repito que me lo susurra al oído, y es para que no la oiga su mamá, que ya le advirtió que está mal ser fan de esa señora, la Trevi.

El lado oscuro

No hay opción, si se cuenta completa la historia de esa señora, la Trevi, hay que contar igual sus indignidades. Y esta historia debe tener más o menos al centro un dormitorio de un departamento modesto, estrecho, en Río de Janeiro, Brasil, 15 años después de que Gloria conoce a Sergio Andrade y un año después de que Gloria, en el clímax de su éxito, se retira de los escenarios.

Sergio entra de la calle sobresaltado y le pide a Mary Boquitas que prepare los pasaportes. Tiene 46 años, ha aumentado 15 kilos de peso, está sin rasurar y usa lentes. Irrumpe en el dormitorio donde Gloria duerme, sedada. Le palmea las mejillas.

—Tenemos que irnos —dice—. Vístete, Gloria.
—Quiero ver a Ana Dalai —susurra adormilada Gloria.
—Vístete y vamos a ver la tumba de nuestra hija en el cementerio —le asegura Sergio.

La bebé de ambos ha muerto hace unas semanas, y la vida diurna le es insoportable. Los tres bajan a la calle, vestidos en vaqueros baratos, ellas con camisas de hombre anudadas al frente, dejando ver sus ombligos. Así serán retratados por la Interpol, que los sigue. Así serán retratados en el momento de la captura. Las fotos recorrerán el mundo donde se habla español. Han estado prófugos, escondidos en una zona proletaria, viviendo una vida paranoica de parias.

Ante la cárcel de la Papuda, enclavada en la entraña verde de la jungla, ya los esperan las cámaras de las televisoras del mundo en español. Los reporteros hablan ante los sucesivos lentes de cómo el trío fue detenido, “debido a las órdenes que pesan sobre ellos por los delitos de corrupción de menores, rapto y violación en perjuicio de la joven Karina Yapor de 14 años”.

Pero cuando la camioneta donde viajan los presos llega a las rejas y las rejas se abren, todo lo que las cámaras pueden captar es un beso que Gloria, tras la ventanilla sucia de la camioneta, pone en su palma y les sopla. Luego la camioneta entra a las fauces de la cárcel y las rejas se cierran con un estruendo metálico.

Gloria y los supermedios

Personas de 50 años, de 40, de 30, me dicen que recuerdan esa emisión de Siempre en domingo donde esa chavita llamada Gloria fue presentada por primera vez al público masivo mexicano. Corrijo, más bien hizo explosión en la conciencia del público mexicano.

Yo lo recuerdo así. En pantalla había un acto circense de perritos amaestrados. Saltaba un perrito de un trampolín por un aro. Otro caminaba en dos patitas con un parasol rojo amarrado al hombro. Creo que me equivoco y es que mi mente me ofrece una metáfora que engloba el valor de la mayoría de los actos de ese programa interminable, ocho horas de “freséz”, de artistas producidos en serie por la fábrica de estrellas de latón de aquella Televisa que era el pri del espectáculo. Salvo unas cuantas excepciones muy notables, claro, eso era Siempre en domingo, la institucionalización del arte, ese contrasentido estéril.

Entonces el maestro de ceremonias, el señor de la sonrisa eterna, Raúl Velasco, pide un sentido aplauso para los perritos amaestrados y luego promete que presentará a una nueva artista que resultará inolvidable. Y sale a la luz de la escena esa cosa rara, una chava en faldita corta (“para enseñar pierna”, me dice riendo Gloria de 41 años), con mallones negros (“para ocultar mis muslos demasiado anchos”), con zapatos viejos (“son los que tenía”) y la matota de pelo (“la que todavía tengo”).

Micrófono en mano grita la primera frase de “Doctor psiquiatra” (“de puro nervio la grito”, cuenta Gloria): “Creo que ya es tiempo… de ir con el psiquiatraaaa…”.

—¿Tenías preparada la coreografía que bailaste?
—Cuál coreografía ni qué ocho cuartos. Ya estando ahí, hice lo que se me ocurrió, lo que pude. Saltar, patear el aire. Tirarme al piso.

Sube los escalones de la butaquería y se mete con el público, toma una maceta y la deja caer y estrellarse en el piso. Es perfecto para la letra de la canción (“No, no, no, noooo, no estoy loca, estoy desesperada…”), baja las escaleras y bota y rebota en el piso y se tira al piso otra vez y patalea el aire y la gente se ríe, aplaude, se divierte, grita, ¡se despierta!

¡Le cree!

Lo más difícil para cualquiera en aquel México de finales de los ochenta: ser creíble. Ese México de los artistas controlados por Televisa, los periodistas acotados por el poder, los políticos de rodillas ante el Presidente, aunque estuviesen parados. El México de la simulación, ese que todavía no se nos acaba mientras otro, verídico, forcejea por salir a la luz.

Cuenta la leyenda que don Emilio Azcárraga Milmo, presidente imperial de Televisa, ve la transmisión en su casa y llama alarmado a la cabina de control de cámaras, ordena que esa locura acabe pronto y que las cámaras se ciñan al close up hasta el acorde final.

En todo caso Raúl Velasco despide a Gloria con su sonrisa eterna. Le dice: “¿Así que estás loca?”. Gloria replica: “No, nada más estoy desesperada”. Él pregunta juguetón: “¿Desesperada por qué?”. Gloria dice: “Estoy desesperada por ser feliz, por cantar, por ganarme el corazón de la gente… y por quitarte los anteojos”, y se los quita, y Raúl con los ojos en ranuras dice a cámara: “No se vayan, porque aún hay más”, y manda a comerciales de pastelitos recubiertos de falso chocolate.

En dos semanas, tres canciones del primer álbum de Gloria llegan al top ten de las ventas en Latinoamérica. Arranca la trevimanía. Siguen los álbumes de éxito. Los conciertos en estadios hasta el tope. Se forman los clubs de fans. Andrade convoca a un concurso de imitadoras de la Trevi y cada niña mexicana quiere tener el pelo largo y enredado, usar mallones rasgados, usar zapatos viejos, estar desesperada por estar feliz.

Es algo más que una moda. En ese México de simulaciones, Gloria es alguien auténtico que se ha colado al espacio público dominado por las mentiras, para decir verdades que entre tanta falsedad suenan a explosiones de dinamita. Las mujeres estamos hasta el queque del machismo, queremos libertad y satisfacción. La Iglesia se equivoca al ser un poder represivo. Los gays tienen derechos porque pagan impuestos.

Gloria se vuelve un espejo: todos estamos desesperados como ella por cantar y ser felices y llegar al corazón de nuestros congéneres.

Gloria, y Andrade tras bambalinas, preparan entonces actos más insolentes. Un calendario de desnudos de Gloria. Al otro año, otro calendario más prendido, con burlas a los anquilosados símbolos patrios, y en los márgenes esas extrañas niñitas desnudas, ésas como clones de Gloria. Al otro año, otro calendario, otro álbum de canciones mejores.

Claro, Andrade es un genio para extremar la ganancia económica, pero también posee la adicción del transgresor, la de transgredir cualquier límite. La raza sólo mira a Gloria, la ama porque ella sí ha logrado desnudarse y ser rebelde a un tiempo, y eso en la dictablanda del pri donde todos viven doblados ante el poder, disfrazados de corderos. Los intelectuales empiezan a amarla por lo mismo, amén de porque ella los conecta con la raza. En Gloria coinciden el amor de los chavos proletarios y los chavos bien, y el de Elenita Poniatowska y de Carlos Monsiváis, los jefes de la tribu de los intelectuales de izquierda de entonces. El suplemento cultural del periódico unomásuno le dedica un número a Gloria lleno de fotos de ella desnuda y versos dizque de alta poesía.

Por eso es tremendo el desengaño. Primero el absurdo retiro de Gloria de los escenarios, que según me cuenta es todavía más absurdo de lo que pareció: “Un día, estando en pleno concierto ante 10 mil personas en el Auditorio (el Auditorio Nacional de la Ciudad de México), sin aviso alguno Sergio me dice anúnciale a la gente que éste es tu último concierto. Me lo pide como una prueba de amor… Para que le demuestre que para mí, él es más importante que mi carrera…”.

Después, lo peor. El libro de una ex corista de Gloria y la denuncia de los padres de otra chava del cortejo de Andrade, más las indagaciones de la prensa del espectáculo, van revelando que Andrade nunca le devolvió tanta fidelidad a Gloria, ha sido el pashá de un harén de jovencitas émulas de Gloria.

Los hechos morbosos fascinan al público, pero lo que les duele es el engaño, el fraude. Otro fraude más en Latinoamérica de los fraudes, esa de los finales del siglo xx.

“¿Qué fue lo que más te preocupó?”, le pregunto a Gloria. Me dice: “Que iban a decir que yo no era tan rebelde como me suponían. Pero te digo algo, yo nunca me fingí más rebelde de lo que yo soy, sólo que había mucha gente que no ponía atención a mis canciones, como “El recuento de los daños”, “Con los ojos cerrados”.

Ni siquiera cuando las rejas de la cárcel se cierran tras ella con un estruendo metálico cesa el acoso de la prensa. La fotografían con teleobjetivos. La siguen a las sucesivas cárceles a donde es trasladada. La prensa cubre las historias de las niñas clones del “clan sexual” de Sergio. Laura Suárez, corresponsal del programa de Paty Chapoy, el de mayor audiencia en el periodismo del espectáculo en español, destapa más y más hechos penosos que encuentra en Brasil, en España, en Argentina. Una presa liberada escribe su propio libro sobre cómo era Gloria en la intimidad de una celda. Dos chavitas más del “clan” escriben sus propios libros confesionales. Un ex fan, escribe un largo reportaje periodístico. El escándalo es una vaca con leche amarga sin fin.

Paty Chapoy me lo cifra así: “Cuando Gloria (en sus inicios), venía a mi programa, el rating subía 18 puntos”. Más tarde, a pregunta expresa, Paty Chapoy me confirma que cuando tenía noticias frescas del escándalo, el rating también subía. Me precisa Laura Suárez: “Pero nosotros no inventamos los hechos, nada más los reporteamos”.

Igual otros periodistas del espectáculo han dicho públicamente que la desgracia de Gloria fue un boom de rating impresionante para sus programas. Así de simple, las noticias sobre Gloria, fueran buenas o atroces, vendieron igual de bien. Hay que agregar a sí mismo: fueran producto del buen periodismo, ese de las verificaciones estrictas, o mentiras oportunistas o irresponsables fabulaciones.

Gloria me cuenta de un estudio realizado en la unam que calcula que ella ingresó en taquillas, hasta antes de su apresamiento, 80 millones de dólares. “¿De esos 80 millones, cuántos fueron para ti?”, le pregunto. Palidece al confesar: “Nunca tuve dinero propio. A mí lo único que me interesaba…”. Titubea y yo le completo la frase: “…era cantar”.

De cierto, nada más una vez en su vida Gloria no ha deseado cantar. Sucedió, previsiblemente, en la cárcel de Brasil. Marcelo Borelli, asaltante de leyenda, se frustró tanto de ya no escucharla cantar que le ofreció 50 mil dólares para que lo hiciera. Gloria le respondió tocándose el corazón: Borelli, es que ya no tengo con qué…

De nuevo cuesta arriba

Nuestro primer encuentro, en el Hotel Meliá de la Ciudad de México, en 2007, sucede a las horas en que Gloria debió estar cantando en el Salón 21, pero el concierto se canceló.

En Tampico, en 2008, todavía podemos ir a un restaurante a platicar, la reconocen, le piden un autógrafo, ahí para.

Ese mismo año en Monterrey, fuera del palenque ya hay reventa con empujones e histeria mientras adentro Gloria ensaya con sus músicos y bailarines, dirigiendo desde la coreografía hasta los coros, hasta los niveles de la consola. Una artista en plenitud del control de su talento.

En la noche, 10 mil almas llenan la butaquería. Cada canción de Gloria, cada sílaba, la canta el público y la cantan los tramoyas y las canta, y no exagero, el despachador de cervezas. Todos los presentes nos sabemos cada sílaba de las canciones de Gloria. De Pelo suelto de los años ochenta hasta Cinco minutos, recién salida en el último CD.

El público no puede ser más diverso. Chavos pero también cuarentones, como Gloria, y cincuentones. Raza pero también niños bien. Gays y transexuales, pero también machines de bota y sombrero. Gloria de nuevo es un eje social. Y Gloria es perfectamente feliz y natural siéndolo, cantando domina el escenario y tiene conciencia hasta de la última fila.

Cuando Gloria canta “Una rosa blu”, una mujer en las últimas hileras grita: “¡Gloria!, ¡Gloria!”, el seguidor de luz la enfoca, es una mujer de 40 años con una pañoleta en la cabeza rapada, una mujer con cáncer, probablemente. Gloria gira el torso para cantarle directamente a ella y la mujer en pie canta con Gloria, el resto del público calla y atestigua. Es magia pura, 10 mil personas presenciando el íntimo amor entre Gloria y una fan herida por la desgracia. Vale precisarlo: así se cantan una a la otra la canción entera.

Al inicio de 2009, nos encontramos en el hotel Camino Real de Santa Fe, para lo que yo llamo la “sesión de precisiones”. Ahí se hospedan Gloria y Armando porque a unas cuadras está el set de El show de los sueños, programa de Televisa en el que Gloria sale cada domingo en red nacional. Ya todo debe ocurrir con sigilo, encontrarnos en un apartado, los guardaespaldas y Armando vigilando afuera, la diva ha vuelto a ser reconocible para cualquier ciudadano de a pie, hay que tener cuidado con los paparazzi y sus informantes, que pueden ser el mesero o la recamarera o aquel señor calvo que se ve tan decente leyendo un periódico. Cinco minutos es la canción que domina el año entero en las discotecas, Gloria está bookeada para conciertos hasta el año siguiente.

Hace apenas dos meses, en marzo de 2009, nos citamos por última vez en un restaurante del aeropuerto de la Ciudad de México a las nueve de la mañana. Su representante llega tres minutos antes, sus dos guardaespaldas grandotes y en chamarrotas de piel negra llegan dos minutos antes a otear el lugar, Gloria y Armando entran con lentes negros a las nueve y un minuto. Nos felicitamos unos a otros, somos tan efectivos como James Bond.

Gloria quiere saber cómo voy, luego de 15 horas de grabaciones con ella. “Ya sé cómo contar tu historia”, le contesto. Me dice algo que me ha repetido: “Lo único que yo quiero es darle por fin la vuelta a la hoja de mi pasado”. “La mejor manera es contando tu pasado”, le vuelvo a replicar, como otras veces. “Sí, que se sepa toda la verdad y ya”, dice, pero lo dice sufriéndolo.

Me suelta a rajatabla: “Sé que haz hablado con Paty Chapoy”.

Le digo: “Así es, y la encontré muy profesional a ella y a Laura Suárez. Les pedí cifras, fechas, me narraron hechos que he verificado. Además debo hablar todavía con Mengana y con Zutano, y la investigadora Rocío Bolaños está calificando la verdad de cada dato de lo que va reunido”.

“Qué bueno”, dice Gloria. Yo le suelto a rajatabla: “¿Y tú ya me investigaste a mí?”. Dice que sí, y sonríe. No se lo digo pero me parece que es esa la segunda inocencia que la vida nos regala: creer con los ojos muy abiertos.

Me acuerdo entonces de Francine, mi sobrina de 11 años, que tiene que susurrarme al oído que Gloria Trevi le vuela los sesos, para que su mamá no la regañe. Pienso que para Francine, Gloria es una compositora y cantante espectacular, pero es algo más: es un aviso tentador de una realidad más grande que la de su mundo sobreprotegido de niña bien. Una realidad más grande que la de las estrellitas bien portadas de la tele. Una realidad con cimas sublimes y simas oscuras y sucias: como son las historias de Jim Morrison y Tina Turner y Édith Piaf, músicos peligrosos como la pólvora, la pasión, la complejidad, la perversión, la locura; o la poesía.

En todo caso, hasta acá mis apuntes para armar el guión de una película sobre Gloria Trevi. Una película que ahora pienso debe contar su primer ascenso meteórico, su caída en vertical al infierno y su nuevo ascenso a la gloria; y también, entremezclados, los episodios claves de su vida personal y de su relación de amor y odio y nuevo amor con los fans y con los supermedios de comunicación; y todas esas piedras brillantes y opacas, preciosas y brutas, unidas por el hilo de su música.

Su música: la melodía interna de Gloria que nada, nada, nada ha podido callar.

1

Eusebia acaba de enterarse que es la cantante folclórica más pequeña del mundo. La wincha la ha recorrido de pies a cabeza y ha marcado 84 centímetros. Tanto años y nadie se ha percatado que no existe soprano más chiquita que esta arequipeña que nació en las faldas del volcán más grande del Perú: el Misti. A Eusebia no le importa demasiado el título. Solo ríe, como si todo se tratara de una anécdota. Me ofrece un vaso de soda negra, me sienta en uno de los sillones de su casa que está ubicada al norte de Lima y luego dice que no es fácil desplazarse por un tabladillo de veinte metros cuadrados, rodeado de parlantes que superan el metro y medio de altura. Eusebia Mollo Pachao está cansada, sobre todo de los niños que no entienden cómo una señora con cara de grande y con arrugas de mujer trotada puede vestir una pollera que podría acomodarse en la cintura de una wawa, de una nena de cuatro años.

Eusebia, afirmada en una sillita azul, de esas que emplean en el kindergarden, cavila sobre sus 25 años de trayectoria artística y resuelve que jamás, jamás le han hecho un homenaje a su medida, a la medida de una gigante de la canción. Me cuenta, también, la teoría que estima frente al hecho de ser la más diminuta del globo. La gente la convoca no solo para que demuestre su talento vocal, sino que a los asistentes les gusta creer en lo increíble: les fascina observar como “la enanita del amor”, así le gritan sus fans, aún arrastra las fuerzas de su pasado adolescente, a pesar de sus 52 años de vida, a pesar de la osteoporosis, del hígado inflamado y de la diabetes. A pesar de todo, Eusebia reconoce que se entrega en el escenario, se quita el paño verde con el que se cubre antes de subir al estrado y canta, secundada por un hombre corpulento que toca la batería electrónica, por un pelirrojo que se estremece con el bajo electroacústico y por un arpista que parece tener diez manos que se pasean a lo largo y ancho de ese instrumento de 34 cuerdas.

—Tú que eres periodista y que se supone que estás al tanto de lo que pasa en el espectáculo, hace cuánto que no escuchas mis canciones, pregunta la pequeña.
—Eusebia, jamás te he escuchado cantar, farfullo.
—Entonces vamos la próxima semana a la sierra, ahí sabrás quién soy…

2

Han corrido siete días desde el primer encuentro con Eusebia y precisamente hoy que es viernes de primavera, la soprano de 84 centímetros parte en bus junto a su unigénito Miguel ángel, que tiene doce años y que es dos veces más grande que ella, a San Juan de Chullín, un pueblo que se encuentra en la región Ancash, en la sierra del Perú, muy cerca a la Cordillera de los Andes. Ambos se acomodan en un taxi que los lleva al terminal terrestre. Miguel toma de la cintura a Eusebia y la alza hasta que sus pies lleguen al piso del station wagon blanco. Una vez dentro, el chofer mira por el espejo retrovisor y reconoce a Eusebia: “usted es la que salía en la televisión, la de los Gulliver. ¿Por qué se fue de la tele? ¿Hizo o no hizo dinero? ¿En cuál de los papeles se sentía más a gusto: de monjita renegona, de jueza implacable, de enana?”. El hombre al timón no sabe que Eusebia ya no es actriz cómica hace mucho, ignora que su presente está repleto de conciertos.

“Abandoné la tele luego de ocho años. No he ganado mucha plata, pero tengo una casa propia y no me quejo. Ahora el canto es mi vida. Tengo siete discos y tres Dvds ¿No sabe? Si quiere me colabora con un disco, los tengo aquí, en mi mochila”, así de perentoria suena Eusebia y el taxista, que al principio parecía un anciano despabilado, se apaga de admiración: “Tan chiquita y con tanta fuerza”, son sus últimas palabras y luego enciende la radio. Suenan tres canciones en el trayecto y una de ellas -la balada de un autor chileno- trae un mensaje simbólico: Y quién iba a decir que en tantos años / cuando está reparado el daño / de nuevo rompes a llorar / quien iba a imaginar que en tus entrañas / creció el que ahora te regaña / y todo vuelve a comenzar… Ahora es miguel el que no quiere compartirte /el que te quiere en exclusiva / pregúntale a la vida dónde está la explicación… Eusebia y Miguel Ángel se miran consternados, como si la música conspirara contra ellos, pero la llegada al terminal terrestre de Lima Norte los devuelve a una realidad menos musical. Están ahí para embarcase en un ómnibus interprovincial que andará durante 12 horas. El paradero final solo lo conocen por foto, saben que los espera una fiesta folclorista, llena de estatuas policromas y de serranos disfrazados de demonios o de gorilas.

San Juan de Chullín es un pueblo de 675 habitantes que está escondido en uno de los cañones de la Cordillera Negra, en la sierra peruana. Es un lugar tan pobre que el 40% de niños que radican ahí padecen de desnutrición, solo se alimentan de trigo y yuca. No hay dinero para una dieta balanceada, pero sí sobran billetes en los bolsillos de los campesinos que están dispuestos a embriagarse durante una semana. Los cerros que se miran desde este poblado abandonado por el Gobierno son explotados por las mineras internacionales. La paradoja está en el aire: San Juan de Chullín es miserable y en su derredor está la riqueza incontable, toneladas de oro, de cobre. Aún así la gente ha sabido ahorrar para la fiesta patronal y por eso han convocado la presencia de Eusebia Mollo, la artista estelar. Y allí está la cantante más pequeña del mundo, en medio de campesinos que sonríen y muestran su dentadura verde coca, de mamachas que susurran, de niños que anidan piojos en su cabeza.

—¿Mamá, de qué planeta es ella?, pregunta un niño de siete años, mejillas cuarteadas, poncho de lana que le cubre el torso.
—¡Quieres que te pegue! Ella es una artista, es cantante y le dicen “la enanita del amor”, responde la madre.
—¿Es famosa?
—Sí, es famosísima. Por eso está en San Juan de Chullín.
—¿Y ese es su hijo?, has visto como él la carga.
—Porque ella es chiquita pues, así nació.

Eusebia y Miguel Ángel se han adelantado a la presentación central que será el domingo en la noche, en la única escuela de San Juan de Chullín que está montada sobre una loma. Esta vez dormirán en un catre angosto que luce dispuesto dentro de una habitación sin luz, sin agua. Eusebia acomoda su vestuario en el cuarto de cemento escarchado y decide salir, porque aún es de día y además es sábado y los sábados nadie se puede quedar encerrado.

Afuera, en las calles del pueblo, un carnaval de disfrazados ha tomado de rehenes a tres ovejas y dos llamas. Miguel Ángel sonríe al ver cómo un grupo de borrachos se besa con los animales del ande y luego frunce el ceño cuando escucha que hoy matarán a ese ganado “porque ha llegado “la enanita del amor” y a ella se le debe dar carne fina”. Eusebia está sentada a los pies de un árbol, desde ahí participa con las palmas y con esa risa de dientes perfectos, dientes de artista de televisión.

Tres ancianas que se jalan el cabello de broma, así bromean cuando la cerveza les llegó al alma, de pronto reconocen a la folclorista más pequeña del mundo y se rinden a su diestra. Primero la observan y una de ellas dice: “nunca he visto a una persona tan chiquita. ¿Mamay, qué te pasó, desde cuándo dejaste de crecer. Cómo fue tu infancia, mamay?”. Las preguntas más difíciles siempre las formulan los borrachos y eso es bueno, porque solo así, con la valentía alcohólica, se develan algunos hallazgos.

Eusebia responde, con naturalidad, sin apocamiento. “Nací en 1957 en Machahuay. Dejé de crecer cuando tenía cuatro años, pero mis padres se dieron cuenta de mi enanismo cuando entré en la adolescencia. He sido una persona solitaria. Siempre me gustó cantar, pero me di cuenta que podía vivir de esto cuando mi mamá murió”. Entonces Eusebia tenía 14 años y, en medio de la desolación, cantó un huaynito en quechua y luego durmió y al día siguiente partió a Lima, a buscar chamba. En Machahuay -un pueblo andino que siempre estuvo amenazado por la lava del volcán Misti- nadie detuvo su huida y ahora, cada vez que ella retorna a su terruño originario, sus paisanos la alzan en andas, la veneran tanto que planean hacerle una estatua de roca volcánica en tamaño natural.

—¿A qué tipo de gente de debes?
—Yo canto huaynos y me debo a los que me oyen.
—¿Cómo es esa gente?
—Mañana verás cómo es, tienes que tener cuidado nomás, porque te puede caer un botellazo de cerveza-, aconseja Eusebia y luego cierra la puerta del cuarto que le han dado. Es hora de soñar.

3

El talento de Eusebia también está destinado a quienes beben para olvidar su pobreza y hoy, con el sol dominical al fin oculto, la “enanita del amor” eleva su voz desde el colegio de San Juan de Chullín y caen relámpagos y truena el cielo y nada detiene el concierto. La gente bebe cerveza con sed salvaje, imposible de explicar en una noche helada. Eusebia regala frases en quechua: todos los hombres son traicioneros, dice en el vocablo de los incas y las mujeres zapatean y el pampón de la escuela se cubre de polvo y luego de dos horas y diez minutos de entrega Eusebia decide callar.

Los músicos siguen tocando, Eusebia ha parado de cantar porque se ha dado cuenta que el concierto está acabando con los hombres. Todos están borrachos y agresivos. Se pegan entre ellos, arman una batalla en la explanada del colegio de San Juan de Chullín. Aun no vuelan las botellas, pero todo apunta a una catástrofe. Eusebia sabe que es hora de partir. Se despide de su gente. Miguel Ángel mira todo sin sobresaltarse. Dos imágenes mentales quedan registradas en esa presentación: Eusebia danzando sobre su sitio, con esos zapatitos de charol tan propios de una niña, junto a tres gigantes embotados de alcohol. Eusebia, minutos antes de enrumbar a la capital, es interceptada por una anciana que le pregunta cuántas faldas tenía su pollera: “tiene siete y cada una representa los colores de la bandera del Tahuantinsuyo”.

Un taxista ancashino la espera a las afueras del pueblo. El conductor, felizmente sobrio, le pide un autógrafo y ella le pregunta su nombre. José Coropuna, dice el dueño del Cadillac rojo. Eusebia, la voz de los corazones que están al margen de la felicidad, le escribe en quechua y en corrido: la dama del huayno no abandona a su gente, seguiré cantando para ti, José. Del terminal terrestre de Ancash toma un bus a Lima que tres horas más tarde bordea gran parte de la costa norte del Perú. Eusebia mira el mar desde la ventana. El bus se detiene en una tienda de frutas, básicamente de naranjas y papayas, que además funciona como nido de amantes para los trabajadores mineros.

Eusebia compra un kilo de naranjas y luego retorna, de la mano de Miguel Ángel, al vehículo de asientos descascarados. En el bus que viajan la pequeña madre y su hijo no hay aire acondicionado ni calefacción, las ventanas no se pueden correr y la estabilidad del vehículo parece estar amenazada por el difícil camino de trocha. Es una movilidad para gente pobre. Eusebia ha decidido aventurarse en ese bus porque está ahorrando dinero para techar su casa en Lima Norte, ahí reina a su antojo, es el único lugar donde se siente liberada y a salvo. En los escenarios que ella canta, en cambio, siempre puede pasar algo que guarde estrecha relación con el dolor y el peligro. Eusebia se debe a un público que llora de rabia, una rabia que podría exponerse con herramientas sociológicas, pero sería una pérdida de tiempo porque ella explica este fenómeno cantando huaynos, un género que se difunde desde hace cientos de años en la Cordillera de los Andes.

El huayno también se baila en parejas que desarrollan giros y movimientos a partir de pequeños saltos y zapateos que marcan el ritmo que se logra a través la quena, el charango, el arpa y el violín y por supuesto, no huayno sin el atiplo de una soprano que se desgarra en el escenario.

—Yo no podría cantar otra cosa más que un huayno. Lo más difícil no es la interpretación, el vestuario es lo que cuesta. Yo soy chiquita y no es fácil conseguir polleras para mi, además son muy caras.
—Cuán caras pueden ser.
—Cada una puede valer más de 500 soles (180 dólares).
—Cuántas de esas faldas tienes.
—Solo cuatro, no hay dinero para más.

4

Dos meses han pasado desde la presentación en San Juan de Chullín y ahora, de nuevo en la húmeda Lima, Eusebia planea hacer una “cuyada” para juntar más dinero y así techar mi casa. “En una “cuyada” la gente baila, toma cerveza y come cuy”, dice la soprano. El cuy es un roedor que, una vez pelado y dispuesto en una paila de aceite, se parece mucho a la rata. El cuy se asemeja a un hámster, solo que más gordito y peludo. Es un animal silencioso, de grasa abundante y de huesos durísimos que se consume con deseo en la sierra peruana. Su carne no es barata. Es, al contrario, muy cotizada porque el cuy también tiene propiedades curativas desde el punto de vista de la homeopatía. “De niña -recuerda  Eusebia- me pasaban un cuy vivo por todo el cuerpo. Mis padres lo hacían para que llore menos, para quitarme el susto”.

Todo esos cuyes que sanan gente, ahora perecen en la sartén y son degustados por los casi 150 comensales que se han citado en el patio delantero de la casa de Lima Norte. Cuy frito y cerveza bien helada es el menú que ofrece Eusebia.

—He comprado doscientos cuyes, apuesto que no quedará ninguno, exclama Eusebia.
—¿Eso te alcanzará para techar tu casa?
—Sí, además tengo un dinerito ahorrado.
—Y los vecinos se molestan por los huaynitos que suenan fuerte.
—Los vecinos son mis amigos, ellos entienden y me respetan.
—Sabías que tu nombre es de origen griego y que significa piadosa y respetuosa.
—No, pero creo que me queda bien.
—Qué harás luego de la “cuyada”.
—Quiero celebrar mi aniversario, pero eso significa dinero. Contratar orquesta, equipos, local. Mientras tanto seré yo la que festeje aniversarios ajenos.

Una semana después de la “cuyada”, que resultó exitosa y feliz, Eusebia canta en el Mercado de Acho, que se encuentra a la espalda de la única Plaza de Toros de Lima, en el distrito del Rímac, el más antiguo de la capital. En ese lugar “La Puñecina de Oro”, una folclórica de la promoción de Eusebia, celebra su aniversario artístico. A la cantante más pequeña del mundo la han invitado para que agasaje a su amiga con sus canciones punzantes. Ahí está Eusebia, puntual, esperando su turno en el tabladillo, luchando contra la noche cada vez más fría y batallando para que la gente ebria no se ría de su figura.

La pequeña Eusebia, luego de bajar del tabladillo de fierro, observa el Mercado de Acho y sus ojos se sorprenden una vez más de aquel itinerario que le ha tocado seguir: la cantora de huaynos más pequeña de mundo gasta su voz en un lugar que aún huele a carne cruda, en un piso lleno de verduras y de limones malogrados. Ahí la gente alarga su felicidad, mientras que Eusebia dilata su tristeza. Ella pertenece a ese mundo y lo sabe, ahí están sus amigos, en ese Perú informal y subterráneo la adoran.

—¿Cuál ha sido el lugar más peligroso en el que te has presentado?
—En el cerro “San Cosme”, responde Eusebia.
—¿Qué paso ahí?
—Había mucha delincuencia, yo no entendía por qué unos hombres grandazos me cuidaban. Eso fue en el año 1999, pero igual canté.

“San Cosme” es uno de los cerros más terroríficos de Lima. En este monte de tierra viven más de 24 mil personas y el 2% de ellas están infectadas por el bacilo de cosh. Pero eso no fue impedimento para Eusebia, además los directivos de la junta vecinal intentaron protegerla de los adolescentes drogados que no escatimaban valoraciones al momento de asaltar cuchillo en mano.

“¡Cómo “la enanita del amor” puede arriesgar tanto!”, exclamó uno de sus seguidores que la observó trepar cuesta arriba. “Yo canto donde me llaman, yo voy donde me necesitan”, resolvió Eusebia con la pollera de siete faldas aún guardada en una bolsa negra, con ese gorrito de princesa inca ya encajado en su cabeza, con las pantys fucsias que la cubrían del frío de “San Cosme”, ese frío que castigaba a los ladrones tísicos que retrataban la epidemia de tuberculosis que se extendía a lo largo de esta montaña contaminada. La temperatura corporal de Eusebia se tiraba al suelo, pero aún así subió al escenario y se libró de la niebla helada que castigaba a los habitantes de “San Cosme”. La gente tosía y luego coreaba su nombre y volvía a toser y sin descanso gritaba esos huaynitos tan dolorosos que salían del corazón de esta peruana que le canta al amor sangrante. El concierto empezó a las once de la noche y terminó a las tres de la madrugada. Dos hombres se cortaron los brazos con los picos de una botella de cerveza y entonces Eusebia llamó a la calma, pero era muy tarde porque la maquinaria de la violencia ya había empezado a revolucionar.

La cantante anunció el término del concierto y abandonó ese cerro que convulsionaba. “San Cosme” y sus casas a medio terminar extrañarían el canto de Eusebia, los heridos se quedarían tendidos en el suelo, junto a las botellas quebradas, y la pista musical del huayno más bailado de la noche, “el Borracho”, siguió sonando. En el carro de regreso Eusebia prometió volver, siempre y cuando Miguel Ángel, su hijo y ayudante personal, haya crecido un poco más.

Eusebia sabía que cantar en el “San Cosme” -ubicado a menos de dos kilómetros del Palacio de Gobierno y de la Catedral de Lima- fue muy riesgoso. Pero ya había empeñado su palabra en ese lugar y la colecta que hicieron los ladrones, los microcomerciantes de pasta básica de cocaína y también los vecinos decentes, era imposible de despreciar. Eusebia era consciente que ellos requerían de sus composiciones para ser felices, eso que se traducía en dolor y sangre, era en el fondo alegría, una alegría tosca, carente de modos, pero al fin y al cabo la gente ensangrentada gozaba. Por eso cantó hasta el desgarro y huyó a las tres de la mañana, cuando el espíritu gregario se apoderó de la explanada del “San Cosme”. De regreso a casa, Eusebia se enteró que la dirección de narcóticos de la policía peruana había detectado 49 focos de tráfico de drogas en el “San Cosme”.

—Pocos cantantes se atreven a sur el “San Cosme”.
—Sí, pero el peligro se afronta. Yo canto en lugares extraños, he visto a gente morir…
—Pero tu corazón aún no ha sido ganado por la violencia.
—Noooo, mi corazón ha sido ganado por las canciones. Yo me entrego en el escenario desde el principio hasta el fin de mis conciertos. Yo monto un espectáculo, pero tampoco me quedo hasta las últimas. Siempre ando con mi hijo Miguel, y él está en el colegio y no puede perder clases ni horas de sueño.
—¿Y el padre de Miguel?
—Soy madre soltera, siempre he sido soltera…
—¿Cómo se dice soltera en quechua?
—Sapan tiyaq, soy feliz sapan tiyaq.

Eusebia ha cubierto con un gran velo su pasado amoroso. Solo confiesa que en 1995 conoció a un hombre que la embarazó y del que nunca más tuvo noticias. Al año siguiente alumbró a Miguel Ángel, un adolescente que ahora destaca en la escuela secundaria William Prescott, en Lima Norte. Cualquiera que haya visto a esta familia de a dos dirá que no necesitan a nadie más. De un lado Eusebia cría a Miguel Ángel en el mejor de los escenarios, el amor, y él siente un orgullo inconmensurable por su pequeña madre, la acompaña a donde va, le carga el neceser de cosméticos y el maletín en donde guarda el vestuario. En cada presentación no le quita los ojos de encima. Sabe que en muchos conciertos la gente se desborda y a veces la sangre corre por la pista de baile. Miguel Ángel es un guardián que de vez en cuando falta al colegio y viaja con Eusebia al interior del Perú.

Pero Miguel Ángel crece con el correr del tiempo y, poco a poco, se emancipa de su madre. Entonces Eusebia a veces regresa a su independencia, a la peligrosa libertad que supone el andar de una enana por las calles de la gran Lima, al riesgo de concertar en los locales más siniestros y marginales del Perú. Ahí está Eusebia, la soprano que ha observado el lento génesis de ese Perú profundo que mira siempre a Lima, con cierto resentimiento. Como ocurre en todas la capitales del mundo, Lima es el centro de atención del Perú, un país de desatendidos que alberga entre los olvidados a Eusebia.

“El huayno es una forma de retorno. La gente de la sierra que emigró a la capital siempre recuerda a sus pueblitos con el huayno”, dice Eusebia, desde su casa de Lima Norte. Miguel Ángel juega en una computadora mientras la luna se cuelga por la ventana. Suena el celular de la folclórica. Es un cliente que la insta a viajar a la selva, para cantar en un caserío muy apartado. Eusebia lo piensa, el dinero no es mucho pero serviría para completar la construcción de su casa. “Les devolveré la llamada, debo pensarlo”, responde la diminuta soprano. Eusebia lo piensa toda la noche y se imagina el peligro al que estará expuesta, recuerda cuando escapó en un helicóptero de una balacera. Al día siguiente Eusebia resuelve quedarse en Lima, junto a Miguel. Los dos sonríen en la soledad de su living, a salvo de ese mundo que los persigue, el mundo de la marginalidad.

—Eusebia, qué pasó en la selva, por qué tanto temor de ir para allá.
—Malas experiencias he tenido ahí.
—Qué pasó.
—En la selva he visto a gente morir. Yo estaba cantando en medio del calor y en eso sonaron disparos y la gente se asustó y corrió.

Eusebia Mollo aún no olvida lo que pasó una noche de 1994 en la selva. La habían contratado para cantar en el caserío de San Francisco, en la región Ayacucho. Eusebia recuerda que la oferta económica fue tal que abandonó un viaje a Estados Unidos que le ofreció la colonia de peruanos en New York. “No sé si el que me contrató fue un narcotraficante, ahora que lo pienso puede ser. La cosa es que el dinero me convenció y partí para San Francisco”, cuenta. Lo que encontró ahí, en una explanada inmensa, fue a más dos mil personas que coreaban su nombre. Los hombres sin polo y armados, las mujeres ebrias y aceleradas. Eusebia subió al escenario, sin saber que en aquel lugar abundaban terroristas camuflados y narcos exhibicionistas. Cantó más de una hora, ahogada por el calor selvático, y cuando decidía por su última canción, un sonido seco la distrajo. Era el sonido de la muerte. Eusebia solo recuerda que vio a un hombre con el torso agujereado que brillaba en el piso. Los asistentes al concierto no daban cuenta del suceso. “Me despedí, me asusté mucho. No volvería más a ese lugar”, dice la soprano más pequeña del mundo.

Lo que no esperaba Eusebia era toparse con unos hombres vestidos de rangers que merodeaban muy cerca al local de la tragedia. “Qué haces aquí mamita, esta es zona roja”, le dijo un sargento del Ejército Peruano que la llevó a una base militar, la condujo a esa máquina verde y sin ventanas que –según Eusebia- tenía las hélices tan grandes como las alas de un cóndor.  Un vuelo directo a Lima, sin escalas, con el miedo que apretaba la garganta. La “enanita del amor” recuerda la imagen más extraña de ese concierto: desde el tabladillo vio a un adolescente sin polo que cantaba sin arredro “el borracho”, uno de sus huaynos más sonados. El chico murió cantando.

5

Han pasado tantos años de la huída en helicóptero de la selva peruana y a pesar de que Eusebia ha intentado alejarse de los conciertos de infarto, su corazón ha sido contratado para cantarle a ese público subterráneo y marginal que goza con la música del ande, que se corta las venas cuando el sonido del arpa se fusiona con la voz atiplada de esta mujer que está dispuesta a volver, solo en recuerdos, a Machahuay, a ese pueblo arequipeño que fue escenario de su nacimiento. Ahí, en la década del 50, los niños serranos le gritaban muttu egeggo, palabras quechuas que significan enana, y ahora, aquellos escarnecedores la observan con sepulcral respeto. Y es que sus paisanos aún no entienden lo que pasó con Eusebia: de pronto, meses antes de tener 15 años, dejó su casa en Arequipa, una ciudad rodeada de nevados, y enrumbó a Lima, confiada en que su voz sería un sable que abriría el camino del estrellato. Su padre y su madre ya estaban muertos y sus siete hermanos, uno a uno, se esparcieron por toda la Cordillera de los Andes. La idea era irse de Machahuay, un lugar sombrío, sin posibilidades para un artista, lleno de pobreza y de cactus. Eusebia era muy grande y Machahuay muy pequeño.

Ya en Lima, una folclorista que ahora no está entre los vivos escuchó a Eusebia en una audición radial y no dudó en hacerla su discípula. La maestra de “la enanita del amor” se llamó, o la llamaban, Pastorita Huarasina, una artista que nació y murió en Ancash, una región que ha extendido los brazos para abrazar a Eusebia. “En el huayno la mujer pisotea al hombre”, le decía Pastorita Huarasina, quien recorrió toda la Cordillera de los Andes junto a Eusebia. Las dos cantaban en las explanadas de los nevados y en las cimas de los cerros, Eusebia en ese entonces estaba sana y sola y se movía con la velocidad de un conejo. Luego cayeron los años 80 y con ellos el terrorismo y con el terrorismo llegaron los programas cómicos que distraían a los peruanos heridos y fue ahí donde Eusebia pasó ocho años de su vida, en la tele. Se vestía de monjita, por ejemplo, y con un garrote de plástico “castigaba” a los políticos más corruptos y embusteros de esos tiempos.

“Esos son solo recuerdos”, suspira Eusebia, una artista que no trabaja para ser conocida y que ha huido de la televisión. Quizás por eso su nombre no es patrimonio de las páginas de espectáculos de los periódicos.  En el Perú, se cree que el folclórico más pequeño es Eusebio “el Chato” Grados. Mide menos de un metro cincuenta y todos, todos los que no saben de Eusebia Mollo Pachao, creen que no hay cantante más chico que él. “Esta no es una guerra de estaturas. Yo tengo mi público, que no puede ser mucho, pero que es fiel”, argumenta la enanita.

La virtud que hace única a Eusebia es la seriedad que le impone a su carrera de cantante. En Argentina hay un grupo de enanos que tocan cumbias, pequeños artistas que se hacen llamar “Los Grossos”. Ellos aparecen mucho en la tele y no les molesta cuando les dicen que lo freak genera rating. No hacen folclor, no compiten con Eusebia, pero son mucho más famosos que ella y su popularidad radica en el sarcasmo que producen sus canciones. Lo mismo sucede en España, donde hay decenas de agencias que ofertan shows de cantantes menudos, “Enanos Boys” es uno de los grupos que más suenan, pero es más de lo mismo. Pequeños bufones que dan alaridos un par de minutos y luego se quitan la ropa y se quedan en calzoncillos.

El artista más pequeño del planeta era, hasta hace unos meses, Nelson de la Rosa. Un dominicano de 39 años. Medía 54 centímetros de altura y fue certificado desde 1990 hasta el 2007 en el libro Guiness. Él era un bailarín muy ocurrente que aparecía en muchos videos musicales. Ahora ya no está entre los vivos y todo parece indicar que va a ser secundado por He Pingping, un muchacho de Mongolia que tiene 19 años y que mide solo 73 centímetros. Él ha pedido entrar a los “Record Guinness”. Dicen que He Pingping cuando nació era del tamaño de la palma de un adulto, él no canta, no piensa en conciertos, no tiene el talento de Eusebia.

Miguel Ángel le acaba de revelar a su madre que en el buscador más grande del mundo, la artista más pequeña del mundo casi no asoma. En Google solo se aprecia una foto de Eusebia, junto a Miguel Ángel, de bebé, en alguna pared rocosa del interior del país. En un portal de la web también se lee una noticia, muy pasada y además negativa: “Eusebia Mollo Pachao sostuvo que al no tener beneficios sociales, los artistas no tienen mayor capacidad de acceder a las atenciones médicas, razón por la cual muchos de sus colegas que se encuentran mal de salud se ven en la necesidad de recurrir a amigos y familiares en busca de apoyo para afrontar estas eventualidades”.

—“Eso fue hace años, cuando luchaba por tener un seguro de salud”, recuerda la soprano.
—¿Y ahora estás asegurada?
—Sí, después de tanto tiempo. Yo me canso de caminar, a veces me dan ganas de dejar de cantar, pero solo porque me duelen un poco los huesos. Tengo 52 años, joven no soy, dice Eusebia, mientras abre un neceser casi tan grande como ella y se pinta, primero los párpados de celeste, luego delinea sus pestañas y deja el rojo carmesí para sus labios. Hoy también tiene una presentación en una casa, un concierto privado al que no podré acceder. Eusebia, empresaria de su voz y de su sonrisa, me dice que Roberto, el fotógrafo que la ha venido retratando por más de un año, es “bien buena gente” porque siempre que puede la lleva en su coche y no le cobra para la gasolina. Hoy, por ejemplo, Roberto la llevará a dónde ella quiera, pero ella tiene trabajo, tiene que cantar.
—En dónde van a publicar estas fotos que me toman. Creo que ya he hablado bastante, dice Eusebia
—Aún no tenemos ni idea, le sonrío.
—Qué raro, osea que ustedes viajan conmigo, me hacen preguntas, para qué-, cuestiona la soprano, ahora sentada en el sillón de su living. (La miro y pienso en la comodidad de su postura. Todo su cuerpo entra en un cojín. Sus pies ni siquiera se salen del marco del sofá. Imagino una cama de cuatro cuerpos o un inmenso almohadón en donde podría caber una persona de metro ochenta).
—Algo saldrá de todo esto. Sobre tu vida se podría hacer una película.
—Hay qué risa. Qué estás diciendo. Yo solo converso con ustedes porque me caen bien. Porque eso de ser la cantante de huaynos más pequeña del mundo no me va a cambiar la vida. ¿O me va a hacer millonaria?, dice Eusebia y luego baja del sillón, apuradita. De tanto hablar por poco se le hace tarde. Hoy tiene un concierto. Es hora de partir.

A los 86 años Emiliano Zuleta Baquero conoció el aburrimiento.

Ocurrió en septiembre de 1998, cuando sus problemas cardíacos lo forzaron a marcharse del pueblo de Urumita para la ciudad de Valledupar.

La mudanza fue ordenada por sus cardiólogos, con el argumento de que en Valledupar era más fácil controlarle la salud. Antes de venirse para acá, dice Zuleta, había sentido el dolor y la tristeza, jamás el tedio.

—Uno se aguanta el dolor y tarde o temprano lo supera –advierte–, pero esto de ahora es lo peor. Yo creo que es mejor morirse que estar aburrido.

Desde su taburete de cuero, el compositor Alberto Murgas, que me acompaña, guiña un ojo. Cuando veníamos por el camino, me había contado que el hastío de Zuleta en Valledupar se debe a que se siente reprimido por sus hijos mayores, que viven aquí y no le permiten ni oler un trago de whisky. En cambio en Urumita, lejos de esa supervisión exasperante, bebía todos los fines de semana.

Desde cuando a Zuleta le instalaron el marcapasos, sus amigos sólo lo visitan de lunes a viernes. Los fines de semana se le pierden, porque saben que él los invitará a tomar unas copas y no quieren pasar por la pena de decirle que no a un hombre que merece respeto. Complacerlo implica el peligro de matarlo, y nadie está dispuesto a echarse encima la cruz de ese muerto.

De repente, Ana Olivella, la compañera de Zuleta, llega al patio, con una bandeja que contiene tres pocillos de café tinto y un tarro de azúcar. Le sirve primero a los visitantes y después se dirige a su marido:

—El suyo no lo endulcé, viejo Mile.

Ana Olivella es una mujer tímida que responde con frases estrictas a lo que se le pregunta. Si no se le pregunta nada, puede permanecer callada durante horas. A veces, cuando sus ojos se tropiezan con los del visitante, esboza una sonrisa que evidentemente le cuesta trabajo. Y en seguida desaparece de la escena de la misma manera en que ha aparecido: caminando con sigilo, casi en puntillas, como queriendo volverse leve para que sus pisadas no llamen la atención.

Cuando la mujer se marcha, Zuleta dice que si por lo menos tuviéramos una botella de whisky, la conversación sería agradable. Hago como si no hubiera entendido la insinuación.

En este instante, el maestro no tiene aspecto de víctima. La simple evocación del licor pareciera emborracharlo de alegría.

—A mí el ron me gusta tanto –dice, con los ojos encendidos–, que nunca lo combino con comida, para no dañarlo. Vea: uno come y en seguida se le quitan las ganas de beber. Queda uno pasmado. Mejor aguanto hambre y así estoy en pie hasta que se termina la parranda.

En una región en la que los hombres se comparan con gallos de riña o con ceibas que resisten tempestades, mantenerse despierto aunque se beban galones de whisky es una exhibición de virilidad. De allí que Zuleta se jacte de que todavía puede amanecer tomando trago.

—Todo el mundo se ha empeñado en que esté quieto –señala, esta vez con la misma expresión aburrida del principio– y por eso me he vuelto dormilón. Lo que me vence es el sueño. El trago no me hace ni cosquillas.

Luego agrega, con seriedad teatral, que el primer trago de ron que se tomó no fue por gusto sino por necesidad. Tendría tal vez 10 años cuando una vecina lo vio comiendo barro. Enterada del incidente, Sara Baquero, la madre de Emiliano, dijo que ahora entendía porqué a su hijo se le soplaba la barriga con tanta frecuencia. La vecina le indicó a la vieja Sara que para quitarle la mala costumbre al muchacho, debía darle ron con quina.

—Lo más maluco que yo he probado en mi vida –señala el maestro– fue ese primer trago. Me dieron ganas de trasbocar. Claro que a la semana de estar en el tratamiento, le agarré el gusto al remedio, y hasta me parecía más sabroso cuando me lo tomaba sin quina. Dios debe tener en su santa gloria a esa vecina que le dio el sabio consejo a mamá. ¡El ron me salvó del barro!

Convencido tal vez de que la risotada que ha generado su chanza es señal de buen clima, Zuleta me manda por fin el sablazo que venía preparando:

—Si está pensando en comprar algo, que sea whisky, oyó. El cuerpo de uno se vuelve pretencioso en la vejez. Antes yo me tomaba el primer ron barato que me ofrecieran, pero el médico me ha dicho que ya no puedo hacer eso. Sólo puedo tomar whisky, y no muy puro que digamos, sino con mucho hielo y bastante agua.

Beto Murgas, que había estado callado, me salva la vida:

—Déjese de eso, viejo Mile. Yo lo complací hace poco, exponiéndome a un problema con sus hijos. Acuérdese del incidente de Barranquilla.

El incidente al que se refiere Murgas, estuvo a punto de acabar con la vida de Zuleta. Emocionado por los aplausos que el público le prodigaba en una presentación pública, bebió whisky a pico de botella y cantó en un tono mucho más alto de lo que su voz le permite. Cuando las piernas empezaron a aflojársele, él pareció ser la única persona entre las miles que ocupaban el Paseo de Bolívar que no se dio cuenta de que se estaba cayendo. Mientras caía al piso lentamente, seguía entonando La gota fría, como si apenas estuviera durmiéndose con el arrullo de su propio canto. Despertó dos días después, en la camilla de un hospital.

—Desde hace más de 30 años –dice Zuleta– vengo oyendo que el ron me hace daño, que me va a matar, que como siga así no voy a festejar la próxima Navidad, y vamos a ver que ya estoy llegando a los 90 años. Yo he hecho quedar mal a los médicos. Un hombre que ha sido trabajador como yo, no está para que lo manden sino para mandar. A mí el cuerpo siempre me ha pedido que le dé ron, música y mujer. Y a un cuerpo que ha sido tan servicial y voluntarioso, yo no podría negarle lo que me pide.

***

Desde pequeño, Emiliano Zuleta Baquero escuchó que ir a la escuela es una pérdida de tiempo. Con saber oler el viento y leer las nubes –decía su tío Francisco Salas–, con saber cultivar la tierra y conseguir la malanga para el almuerzo, con eso es más que suficiente.

Ese conocimiento primario, que en cualquier urbe de nuestros días parecería anacrónico, fue vital en La Jagua del Pilar durante gran parte del siglo pasado. En esta pequeña aldea de La Guajira nació Zuleta, el 11 de enero de 1912.

La primera carretera que hubo en La Jagua del Pilar fue construida a finales de los años 50. En aquel tiempo, nadie había visto por aquí un periódico ni escuchado un programa de radio. No había ni escuelas ni hospitales. Las noticias de la vida y de la muerte andaban a lomo de burro.

Interpretar los caprichos del clima en medio de semejante aislamiento no era poca cosa. De eso dependían el prestigio y la estabilidad económica de los hombres de bien. Todavía hoy, el viejo Mile se ufana de su habilidad para anticipar con precisión si lo que anuncian las nubes es una lluvia o una sequía.

El campo en el que Zuleta creció como un muchacho silvestre de pie en el suelo era una despensa universal que lo abastecía de todo lo que necesitaba. En el principio, fue remedio: las raíces de las plantas servían, según el caso, contra la insolación o como analgésico. Con la corteza del paico, un árbol ordinario que abunda en la región, se creaba el jarabe conocido como Carlos Santos, que lo mismo se recetaba para matar los parásitos que para aliviar un dolor de muelas. Las matas tenían nombres de acuerdo con las enfermedades para las cuales se utilizaban: había Calentura de vieja y Languidez de muchacho, Sofoco de señorita y Comezón de abandonado. En el campo estaban, en fin, los medicamentos para todos los malestares del mundo, y el que se moría era porque le tocaba, de la misma manera en que se muere la gente en los hospitales. “Los hombres vivían felices y se morían viejos”, dice el maestro.

La choza donde nació y se crió Zuleta fue construida con paja y bahareque a mediados del Siglo XIX. El piso era de tierra y la segunda planta, donde dormían todos, era un zarzo de varas de bambú, protegido con esteras de junco.

Las cuatro familias que se levantaron con Emiliano Zuleta se las arreglaban con sus escasos pertrechos domésticos: una olla de barro para hacer la comida, una cazuela, también de barro, para echar la sopa y un juego de cucharas de totumo. Las hojas del platanal servían como platos y como manteles. Las sillas eran los troncos de las bongas añosas que se derrumbaban. Cuando había que partir algo, los 13 inquilinos del rancho usaban por turnos el único cuchillo que tenían. A ese cuchillo, por cierto, no le se gastó la hoja sino la cacha, a fuerza de andar de mano en mano.

—Fue una infancia feliz y se lo digo con toda la boca –afirma el maestro, nostálgico–. No teníamos nada pero al mismo tiempo lo teníamos todo. Teníamos el agua, la leña y la verdura. Sembrábamos caña de azúcar, para hacer panela y endulzar con ella todo lo que hubiera que endulzar. La carne era gratis, porque cazábamos palomas, perdices, saínos y conejos. Lo único que había que comprar era el sebo de la res y la sal. El resto estaba en la casa, oyó, hasta el fuego.

Zuleta me pregunta, con aire de burla, si tengo idea de cómo producían ellos el fuego. Se ve convencido de que ignoro la respuesta y me lo hace sentir con una cierta zorrería en los ojos. A lo mejor piensa también que soy una criatura disminuida, un pobre cristiano que estaría liquidado si la Civilización no actuara por él. Cuando confirma que, en efecto, no sé de qué diablos me está hablando, Zuleta responde su propia pregunta. La candela, explica, era creada mediante una invención artesanal de los antepasados, conocida como “dislabón”. El procedimiento era simple: una mecha de algodón suspendida en el centro se encendía cuando la piedra y el hierro que la circundaban entraban en contacto. Entonces aparecía, como acabado de fundar, el fuego. Cada hombre tenía que ser capaz de iluminarse en la oscuridad con la lumbre creada por sus propias manos, para demostrar que era útil.

Zuleta conoció muy pronto el derecho y el revés de ese alfabeto único del monte que le obsequiaron sus mayores. Sin embargo, su sabiduría llegaba hasta donde alcanzaba su vista. Más allá de ese límite, la vida se le trastornaba: el fácil paisaje empezaba a ser un error de Dios, el mundo se poblaba de elementos nuevos que se rebelaban contra su dominio de muchacho autosuficiente.

A los 12 años, cuando debió salir de La Jagua del Pilar, Mile conoció la ignorancia. En ese momento fue entregado como peón en la finca La Sierra Montaña, cercana a Valledupar. El arreglo se hizo directamente entre Sara Baquero, madre de Zuleta, y Conchita Ustáriz, la dueña de la hacienda. El contrato verbal obligaba a la señora Ustáriz a pagar 30 centavos mensuales, a razón de un centavo diario, a la mamá del niño. La modalidad, conocida con el nombre de concertación, fue muy común en la antigua región del Magdalena Grande, durante la primera mitad del siglo XX. A cada menor de edad que era cedido por sus propios padres en los latifundios se le llamaba “concertado”, una denominación benévola –y hasta lírica– para esta suerte de esclavismo trasnochado.

La noche de su llegada a La Sierra Montaña, Zuleta no pudo dormir, porque su cuerpo, acostumbrado a descansar sobre trojas, no halló acomodo en el colchón de lana que le asignaron.

Al día siguiente se levantó temprano y se encontró con un chico de su edad que, al parecer, había pasado también la noche en vela. Algo en el semblante de aquel niño dejaba entrever un garbo que principiaba a desteñirse, en medio de esa tierra prestada, desconocida, esa vida que no le pertenecía. Zuleta reconoció su propia desdicha en los ojos tristes del hombrecito de apariencia correcta que tenía al frente. Quiso abrazarlo, caramba, o por lo menos darle las gracias por notificarle, con su sola presencia, que el destino no podía ser tan injusto. Ahí estaban, pues, esos dos mocosos desamparados: escrutándose, oliéndose, descubriendo juntos el nacimiento de una complicidad que sería afortunada para ambos.

En vez de abrazarlo como quería, Zuleta se limitó a decirle buenos días, con una voz quebrada por la emoción. El otro ni siquiera se dignó a contestarle. Y Zuleta tuvo ganas de correr, para fugarse de una vez por todas de aquella geografía desconsiderada que lo hacía sentir insignificante.

Conchita Ustáriz le salió al paso y Zuleta le preguntó que quién era ese niño maleducado que estaba en el corredor del rancho de los corraleros. La señora, extrañada, le respondió que el único concertado que ella tenía en ese momento en su finca, era él. Como Zuleta insistió en que acababa de ver a un muchachito que no le había devuelto el saludo, la mujer empezó a impacientarse. Para quitarle la pataleta, decidió ir con él hasta el lugar mencionado. Cuando llegaron, vieron que, en efecto, ahí estaba el niño. Esta vez, sin embargo, había algo inquietante: al chico lo acompañaba la mismísima Conchita Ustáriz. ¿Cómo podía ser que Conchita Ustáriz tuviera el don de repetirse, para estar parada al lado de aquel monstruo malcriado y al mismo tiempo al lado de Zuleta? Sintiendo que terminaría desquiciándose, Mile extendió un dedo acusador sobre el muchacho, justo en el instante en que el muchacho alargaba la mano para señalarlo a él.

—Ay, mijo –dijo la patrona, muerta de la risa–, eso es un espejo.

Zuleta anda siempre con el chascarrillo en la punta de la lengua y es de los que festejan sus propios apuntes. Pero esta vez no ha sonreído, tal vez porque siente que la historia del espejo es más sobrecogedora que jocosa.

—Yo me conocí a los 12 años –agrega, con una expresión mansurrona en los ojos.

Hoy, cuando se mira en el espejo, Zuleta encuentra algunas diferencias con el niño aquel que se negó a contestar su propio saludo: la estatura es casi la misma, un metro con 66 centímetros, pero la piel, a salvo de los soles indómitos que la percudieron en la infancia, es ahora más blanca. La energía que parecía predisponerlo a llevarse el mundo por delante ha derivado en unos ademanes lentos. Viéndose de cuerpo entero, no se explica a qué horas le siguieron creciendo las orejas. Los ojos de ardilla, en cambio, se han ido achicando cada vez más, hundidos en unos gruesos lentes que no han podido embozalar la astucia de su mirada.

A ratos, frente al espejo, Zuleta es un Narciso que quiere precipitarse hasta el fondo de sus propios ojos, allí donde, según cuenta, se ahogaron más de tres hembras ariscas. Entonces, con esa vanidad tan suya que no tiene fisuras por ninguna parte, se dice en voz alta, para escucharse a sí mismo y para que lo escuche su propia imagen, que él, Emiliano Zuleta Baquero, es un viejo sinvergüenzón, carajo. Contemplando ese rostro que se le antoja jovial a pesar de los años, el maestro tiene a menudo la impresión de que las canas que le blanquearon la cabeza son, literalmente, una tomadura de pelo, un maquillaje de juguete del ocioso tiempo, empeñado en embromarle la paciencia. De ahí que sean contadas las veces en que se quita la gorra de marinero. La gorra con la que, en este momento, se abanica el pecho.

A continuación, Zuleta señala que apenas estuvo en capacidad de decidir sobre su propia vida, abandonó La sierra montaña y volvió a La Jagua del Pilar. Su madre le decía que se sentía orgullosa de él, puesto que había demostrado ser un hombre de servicio, capaz de defenderse solo y ayudarla a ella a costear la crianza de sus otros hijos.

Por esos días, Mile empezó a componer coplas. Las hacía de 10 versos, influenciado, como tantos viejos trovadores del Magdalena Grande, por el Romancero de Castilla, que algún antepasado difundió por aquellos andurriales. Zuleta y todos los de su estirpe se animaban con sus propios cantos en las ásperas labores del campo.

En los primeros tiempos, cada canto era una crónica que narraba un suceso significativo de la región: las travesías mundanas de un sacerdote al que todos creían casto, el chismorreo que le sirve a ciertos pueblos como ejercicio colectivo contra el tedio, o la fuga de una muchacha rica y bonita con un muchacho pobre y feo. Esos motivos elementales, al ser contados con gracia y precisión, adquirían una gran fuerza expresiva. Era una música hecha para el consumo vital de sus propios cultores: cada verso se festejaba ruidosamente en el lugar mismo en el que nacía y en el momento mismo de su creación, y nadie esperaba que la práctica de aquella vocación primaria le condujera a la fama o le engordara los bolsillos. Cantaban por puro gusto. Para poner un poco de color en la gris labranza de todos los días, y como pretexto para departir con los amigos.

La vieja Sara levantaba el pecho para decirle a todo el que quisiera oírla que la inteligencia de Mile para la improvisación era una herencia de ella. Cuando el muchacho aprendió a tocar el acordeón ya no fue más el hijo de mostrar sino un pedazo de animal bruto, una nueva víctima de ese instrumento diabólico que empujaba a los hombres a tomar ron y a preñar a cuanta mujer se les atravesara. La señora se preguntaba cuál sería la falta que había cometido, para que la castigaran con un hijo de perdición que con seguridad sería mal visto por la gente decente.

El pecado era haberlo criado en la misma casa donde vivía el tío Francisco Salas, quien tenía seis acordeones colgados en las paredes de su alcoba.

Todos los días, Mile veía con impotencia cómo su tío se sudaba y se despeinaba tocando los acordeones, y en vez de aprender, empeoraba. El pobre hombre era tan tosco que ni siquiera se daba cuenta de su incapacidad y, por el contrario, parecía convencido de que sabía mucho. Cada ejercicio era peor que el anterior, un desastre que sólo sería superado por el autor, en la jornada siguiente. Jamás se acercaron las manos del tío a algo que pudiera asemejarse a una melodía. Oyéndolas desde lejos, sus notas se confundían con los aullidos de un cerdo envalentonado. Eso sí: viéndolo entregado a sus prácticas con los ojos cerrados por el entusiasmo, viendo su constancia tremenda, resultaba infame decirle que su torpeza no tenía remedio.

Francisco Salas no permitía que nadie más colocara un dedo encima de sus acordeones. Pero Emiliano les tenía puesto el ojo desde el primer momento en que los vio y sintió una comezón en la sangre. Cuando Salas se descuidaba, Mile desacataba sus advertencias, como si el acordeón le echara brujería. Apenas el tío escuchaba las notas, venía hecho una furia y regañaba al insolente, pero la tarea de aprendizaje ya estaba adelantada, y además iba a continuar, a las buenas o a las malas.

Zuleta compara su situación de aquellos días con la de un enamorado que se entiende a escondidas con una muchacha. Según dice, eso no hay papá celoso que lo ataje. Y siempre se llega hasta donde el tipo y la mujer quieren que se llegue. Cuando necesitan manosearse, se manosean, así los padres los encierren en una jaula de hierro, así se ofendan los trastos de la iglesia.

Al mes, el progreso de Mile con el acordeón era notable. Un día decidió que no estaba dispuesto a aceptar que el viejo Francisco siguiera interrumpiéndole los coitos, con sus apariciones inoportunas. Entonces, como un novio que se lleva a la novia para darse gusto con ella donde nadie los estorbe, tomó el acordeón y se largó de La Jagua del Pilar.

—Mamá descubrió la trastada cuando ya era clavo pasado y no había nada que hacer –dice el maestro, mientras cruza las piernas en su butaca.

Varios días después, cuando la amante le había entregado hasta la última de sus gracias, Zuleta volvió al pueblo con el ánimo de devolvérsela al dueño. Además, compuso una canción, para cantársela al agraviado al pie de su ventana. Llegó de noche. Una noche clara y fresca, recuerda. Una noche de las que le gustaban al tío. Con una noche así, sería difícil que no lo perdonaran.

La primera estrofa de la pieza, era un portento de inocencia. Zuleta la entonó con un sentimentalismo infantil, casi en los límites del villancico. Decía así:

Le vivo pidiendo a Dios
que me perdone mi tío
por culpa del acordeón
que yo le saqué escondío”.

Era una letra más bien pobre, en la cual las buenas intenciones superaban al talento. Lo extraordinario fueron las notas del acordeón que acompañaban el almibarado canto: unas notas desenvueltas, precisas, afinadas, enriquecidas por la profundidad de los bajos. El tío las escuchó alelado, en un limbo que tenía tanto de gozo como de desdicha. Cuando el sobrino terminó la serenata, Francisco Salas le dio un abrazo estremecido, le dijo que podía quedarse con el acordeón y se fue para su cuarto sin añadir ni una sola palabra. Nunca más volvieron a verlo en sus prácticas desatinadas y enjundiosas. Mile se quedó con el acordeón que le obsequiaron. Y los otros acordeones se enmohecieron para siempre en las paredes descascaradas de su dueño.

También con un canto, afirma, se ganó a la primera novia. Ocurrió cuando tenía 18 años. No hubo matrimonio, pero los padres de la muchacha exigieron formalizar la relación, mediante un acta notarial. Zuleta duró tres días ensayando su firma, para no pasar por la vergüenza de que le dijeran que había conseguido mujer, sin saber leer ni escribir. El lápiz con el que garabateó su nombre fue el primero que vio en su vida.

Zuleta piensa, y lo dice con una sonrisa bandida, que la escuela podrá ser muy buena para hacerse doctor, pero no es necesaria para arrimarse a las muchachas. El que quiere besar, simplemente busca la boca, y ahí no hay abecedario que valga. Lo que único que vale es tener dulce en el pellejo, para que las mujeres se vayan pegando como enjambres de mariposas. El que no tiene eso, está muerto, así sea dueño de todos los códigos y de todas las biblias. Si naciste mal despachado de miel, las mujeres no se engolosinarán contigo, y deberás conformarte con verlas volar a lo lejos, bonitas y sabrosas, pero ajenas.

Llegado a este punto, los ojos de Zuleta tienen el desenfreno del glotón que está por fin frente al banquete prometido. Ningún otro tema le produce un estado de gracia similar. Casi podría decirse que en este momento la tierra es poca cosa para él. Está levitando en cuerpo y alma. Me está hablando desde arriba.

—Las mujeres –suspira, relamiendo cada palabra–. Las mujeres. Cosa linda en la vida.
—¿Tuvo muchas?
—Caramba, mijito, yo tuve de 80 mujeres para arriba, porque fui travieso. Y si hubiera sido joven en esta época, hubiera tenido muchas más, porque ahora la mujer es más fácil y más silvestre. La mujer de ahora es mango bajito.

Zuleta se agarra la barbilla con los dedos índice y pulgar de la mano derecha:

—Las mujeres antes escaseaban –dice.

Casi en seguida, y sin ninguna transición, el semblante reflexivo da paso a un engreimiento de pavo real. Entonces, lleva su desvergüenza hasta el extremo de protestar porque en una situación tan ventajosa como la actual, “cualquiera es mujeriego”.

—Antes –añade– los únicos mujeriegos éramos los acordeoneros y los choferes. Y con tanto estorbo que ponían los padres de las muchachas era mucho mérito que uno fuera capaz de conquistarlas y llevárselas. En cambio ahora es más fácil. Yo veo que las mujeres se les meten a los nietos míos en el cuarto y ellos son los que tienen que quitárselas de encima, oyó, como si estuvieran espantando moscas.
—Cuidado lo oyen las mujeres llamándolas “mangos bajitos” y “moscas de espantar”. Lo van a linchar, maestro.
—A mí me enseñaron que patada de yegua no mata a caballo. Las mujeres tienen que hacerme es un monumento, porque bastante que las he querido. Yo digo como los viejos de mi pueblo: desde la madre de Jesús para acá, que vivan todas las mujeres. Si no fuera por ellas, ¿qué hombre trabajaría? Ellas son las que nos hacen a nosotros en todo sentido. Que viva la mujer que lo parió a usted y la mujer que me parió a mí. Que vivan las hijas del ministro, las hijas del carpintero y las hijas mías. Todas, todas ellas. Que no se mueran nunca, que Dios no nos haga la maldad de llevárselas.

En la región en la que se crió Zuleta, es normal que los hombres no tengan reparos de conciencia frente a sus múltiples travesuras amorosas. Muchas mujeres, incluso, ven en el macho aventurero un símbolo de respetabilidad, un animal marrullero que por haber sido jugado en varias plazas, les inspira tanto temor como atracción, y de ñapa les plantea el reto de ver si son capaces de amansarlo. Domarlo no significa, desde luego, ser la única en su vida, sino ser la principal, el puerto de partida y de llegada, la que puede dormir con él toda la noche sin que la llamen vagabunda, y luego echar el cuento de que ahí, en su cama, es donde él amanece todos los días. Ni las de la casa ni las de afuera se consideran las víctimas de un destino miserable. Ninguna piensa que está recibiendo migajas. Cada una se cree poseedora de la mejor parte del surtido, pero en el fondo saben que alcanza para todas. Por eso lo comparten sin problemas. Por eso, hasta se dan el lujo de utilizar al marido común como mensajero, para intercambiar sus especialidades culinarias. Como además tienen un sentido primario del clan, preservan por encima de todo la unión de la familia: los hijos que le nacen a la una son hermanos de los que le nacen a la otra y a la de más allá, y esa ligazón de sangre no merece que nadie la arruine por algo tan mezquino como los celos.

Los hombres, por su parte, escuchan desde pequeños un verbo que en los diccionarios resultaría pérfido, pero que los mayores conjugan sin sonrojarse, ya que ni a las mujeres mismas les parece ominoso: el verbo mujerear.

A Sara Baquero, una matrona inconfundible de la región, no le preocupaba en lo más mínimo que Emiliano hiciera versos. Por el contrario, insistía en que la vena poética del muchacho era herencia de ella. El problema era que los cantos estuvieran apareados con el acordeón, un instrumento que, según ella, volvía irresponsables a los hombres. Sin embargo, la vieja Sara tuvo claro desde el principio que esa causa estaba perdida, porque si su hijo cantó antes de hablar; si fue capaz de componer y de aprenderse largas canciones en décimas, sin saber leer ni escribir; si se convirtió en un diablo del acordeón, desafiando el duro carácter de su tío Francisco, entonces no habría poder humano ni divino que lo apartara de la música.

Que Emiliano fuera mujeriego tampoco le quitaba el sueño a Sara Baquero. Lo máximo que podía hacer era aconsejarles a las mujeres que amarraran a sus hijas, que por las calles andaba suelto un gallo de casta. Además, si se miraban las cosas al derecho, Mile no era más que el típico hijo de tigre que salía pintado, ya que el sinvergüenza de su padre sólo estuvo con ella a la hora de engendrarlo, y después de eso no se dejó ver ni el visaje.

Con semejantes antecedentes, era natural que Emiliano no se ajuiciara. Por los días en que se puso a convivir con su primera mujer, empezó su reconocimiento. Era un reconocimiento que le pertenecía más a los cantos que a él mismo. Las personas que tarareaban sus versos en aquellos pueblos y veredas retirados de la Civilización no lo habían visto a él ni en pintura. No sabían cómo era su rostro ni les interesaba. Pero reconocían en sus coplas el mejor correo posible, porque no les informaba sobre lo urgente –nada era urgente– sino sobre lo importante. Por eso las acogían aunque llegaran retrasadas: venían de muy lejos y conservaban el aroma de los montes. Quienquiera que fuera su autor, les estaba regalando ricas historias, contadas a la manera de las buenas crónicas periodísticas: historias completas, redondas, en las que había burla, deliciosos arcaísmos, apuntes sobre la suerte de las cosechas, regaños para bajarle los humos a algún aparecido, guiños a una mujer amada que hoy se llamaba Manuela y mañana María.

Conforme a la tradición, sus versos parecían destinados no más que a los compañeros de parranda y de labranza. Pero tenían tanta gracia melódica, tanta vitalidad narrativa, que, a pesar de que no habían sido grabados aún, se extendieron de boca en boca, de manera espontánea, por toda la costa caribe colombiana. En las trochas malsanas de la región se desnucaban las bestias, se extraviaban los caminantes, y los versos seguían su marcha a lomo del viento, porque fueron hechos por uno de esos juglares auténticos que no necesitan fijar su voz en el papel para protegerla del olvido. Un juglar que no se dejó extinguir durante el tiempo en que permaneció a la zaga de su propio canto.

—Si me hubiera tocado pagar para cantar –dice Zuleta–, lo hubiera hecho sin problemas.

Zuleta refiere sus historias de manera lenta y lineal. Las satura de detalles, para alargarlas y regodearse con ellas. Y no permite que lo desprendan de la palabra. Si lo interrumpen, o si le formulan una pregunta que maliciosamente pretenda precipitar el final, escupe fuego por los ojos, en dirección al insolente, y retoma el hilo del relato en el mismo punto en que trataron de arrebatárselo. Así, hasta que termina de saborear la golosina de su propio verbo. Lo que más le gusta son las anécdotas, que en su boca fluyen copiosas y continuas, como un aluvión.

Justo en este momento, Zuleta esboza una sonrisa bribona. Acaba de recordar una de las muchas historias divertidas que protagonizó, durante sus correrías como trovador celebrado y anónimo. Sucedió a mediados de 1949, en un caserío conocido con el nombre de Hatico de los Indios, donde lo contrataron para que amenizara una fiesta de matrimonio.

Para el joven esposo fue un honor decirles a los presentes que ese que estaba ahí con su acordeón era nada más ni nada menos que Emiliano Zuleta Baquero, viejo conocido suyo, sí señor, el compositor de La gota fría, una pieza que ya gozaba de prestigio en toda la comarca. El muchacho, sin embargo, no se quedó en el amplio patio para acompañar la rumba que había inaugurado: sus afiebradas glándulas de marido novicio lo arrearon antes de tiempo hacia una habitación del segundo piso, donde lo esperaba la novia.

En su condición de animador de la fiesta, Zuleta era el menos indicado para preocuparse por la suerte de los casados en su estreno. Pero, como buen chismoso, era el que estaba más pendiente. Incluso, cuando el muchacho se retiraba hacia la alcoba, le deseó suerte, con un guiño cómplice de su ojo izquierdo.

No habían pasado ni dos horas cuando el novio bajó del segundo piso, despeinado y desencajado. Parecía venir de un velorio y no de un festín exquisito. Ubicado en un sitio estratégico en el que no era percibido por los invitados a la parranda, el joven aprovechó una pausa del conjunto musical y llamó a Emiliano Zuleta, con una seña de la mano. Éste acudió en seguida, diligente, descarado, como si llevara años esperando ese momento. Como si la demora lo perjudicara a él y no al otro.

—Hombre, señor Emiliano –dijo el muchacho–: me está sucediendo un problemita y de pronto usted me pueda ayudar.
—Usted dirá –respondió Zuleta, con un tono displicente, para disimular que lo mataba la curiosidad.
—Es que llevo un buen rato encerrado en el cuarto y no he podido hacerle nada a la mujer.
—¿Cómo así?
—Yo más bien ya tengo es pena con ella, porque no he podido pasar del jugueteo ese del principio.

Como hombre ducho y avispado, Zuleta supo en el acto qué era lo que ocurría: el muchacho no estaba preparado todavía para alcanzar el fruto principal y por eso se aburrió del paraíso aunque nadie lo hubiera expulsado. Para confirmar su sospecha, el maestro no tuvo mejor idea que emboscar a su agitado interlocutor con una pregunta maligna.

—Bueno, pero dígame una cosa: ¿usted alguna vez que no fuera hoy había probado mujer?

El joven no estaba para dárselas de héroe sino para resolver un problema que consideraba gravísimo. Intuía que la efectividad del consejo que solicitaba dependía de que fuera sincero. Por eso respondió, humilde, sin pensarlo dos veces.

—No, señor Emiliano. Ésta es la primera.
—Ah, caramba –se pavoneó Zuleta, como si fuera el oráculo divino que le salvaría la vida al otro–, ya yo sé qué es lo que pasa.
—¡Yo sabía que usted me iba a ayudar, señor Emiliano! ¡Yo sabía!
—Mire: lo que pasa es que las mujeres tienen dos tiempos. Está el tiempo en que son señoritas y está el tiempo en que son señoras. Cuando son señoras, eso es facilito, porque ya lo que había que vencer está vencido. Pero cuando son señoritas es más difícil: hay que conocer la técnica. Lo que usted me dice, deja dicho que usted no la conoce.
—¿Y qué es lo que tengo que hacer?
—Cálmese. Tómese un vaso de agua. Y no se desespere, que la desesperación no es buena para estas cosas. Ya verá que si se tranquiliza, le va a ir bien.

Zuleta le dio una palmada alentadora en el hombro y le anunció que volvería al patio, para seguir animando la fiesta con su acordeón. Tenía cara de haber cumplido con su deber. Pero entonces ocurrió lo inesperado: el muchacho no se dio por satisfecho sino que le dijo a Zuleta que necesitaba “un último favor”.

—¿Cuál sería?
—Vea, señor Emiliano, usted, que es un hombre veterano, ¿por qué no me hace el favor de estar con mi mujer?

Parte del morbo con el que Zuleta había seguido el desenlace de la velada nupcial se debía a que la recién casada era una hembrota de carnes prietas, y caminaba con un bamboleo perturbador en las caderas, esas caderas que les producían a los hombres que las miraban, cuando las sabían ajenas para siempre, físicas ganas de morirse. Zuleta no iba, pues, a rechazar la oferta que acababa de recibir, por escrúpulos que no le pertenecían. Ahora bien: tampoco podía mostrar su interés de manera tan rápida, porque eso sería una descortesía innecesaria con el marido. Para tomarse su tiempo, lo que hizo fue expresar el temor de que la mujer no aceptara y entonces él quedara en ridículo, después de haber subido hasta la habitación. El muchacho insistió en que ése no sería ningún problema.

—Ah, bueno –dijo por fin Zuleta, condescendiente–: la verdad es que yo nunca en mi vida he hecho un favorcito de esos que usted me pide. ¡Pero me sentiría muy mal si le digo que no!

***

—Sigamos hablando de mujeres –propone el viejo Mile, socarrón.
—¿Qué más va a decir sobre ellas?
—No sé. Me gustaría hablarle de las mañitas que uno emplea para conseguirlas.

La periodista Griselda Gómez, quien hoy me acompaña, me mira sonriente, como si el de la gracia fuera yo. Luego mira al viejo, que evidentemente quiere impresionarla a ella y no a mí.

A continuación, Zuleta advierte que frente a una mujer difícil no hay mejor arma que apartarse por un tiempo del camino. La indiferencia, según él, le desbarata el orgullo y la lleva a buscar al tipo con la cabeza gacha. En ese momento, como ya no está en una posición ventajosa, “es posible que dé lo que antes había negado”.

Con las dos manos en el vientre, muriéndose de la risa, Griselda Gómez trata de decir algo que no se le entiende. Pasada la histeria, le recuerda a Zuleta que no todas las mujeres caen en la trampa del hombre que se retira. Algunas, incluso, hasta respiran aliviadas cuando eso sucede.

Como si llevara siglos con la respuesta preparada, Zuleta dice entonces, con la malicia de siempre, que en ese caso el hombre tampoco pierde, porque se quita de encima la mortificación de una mujer que no nació para él.

Griselda le pregunta al viejo que si acaso una mujer que no se acuesta con él es una mortificación. Se nota que disfruta tirando al viejo de la lengua.

Zuleta le responde en el acto que la mujer que dice que no desde el principio, merece todo su respeto. La que lo saca de quicio es la otra: la que muestra para atraer y luego esconde para matar. La que pinta la cama al comienzo y la borra después con una patada. La que toca y se deja tocar, pero sale corriendo cuando siente que la mano del hombre se pone seria.

Ana Olivella, que está en el lavadero fregando la ropa, voltea sonriente para donde estamos nosotros. Parece más interesada en la risotada fácil de Griselda que en el apunte de su marido. Justo en ese momento descubre que la estoy mirando, y entonces gira el cuerpo y vuelve a concentrarse en su oficio.

El maestro aclara que, de todos modos, para que la mujer difícil busque al hombre cuando este se le pierde de vista, se necesita que el hombre le haya caído en gracia desde el primer momento. Que la haya hecho reír, por ejemplo. O que le haya enseñado que no todo lo que parece verde es verde. O que le haya hecho pensar cosas que antes no había pensado. Muchas veces, añade, el problema se debe a que el hombre halaga a la mujer más de la cuenta, y entonces ella piensa que, como es perfecta, no necesita a un tipo sino a Dios.

Animado por la euforia que ha desatado su apunte, el viejo Mile se pone de pie, y desde esta nueva posición, sintiéndose ya el dueño absoluto de la reunión y del universo, enuncia el mandamiento central de su decálogo vagabundo:

—Por muy difícil que sea la mujer –sentencia–, el hombre es el único dueño de esa cosa que a ella tanto le gusta.

Zuleta cree –y lo expresa guiñándome un ojo– que por cada mujer que un hombre no consigue, hay dos esperando más adelante.

—La que no está para mí está para otro tipo. Y eso es lo que se necesita, oyó, para que todos seamos felices. Mujeres y hombres siempre se acotejan, porque son como la caja y la tapa. Ellas ponen la cerradura y nosotros ponemos la llave. ¿Así quién no se acomoda?

Y entonces, como para comprobar que, en efecto, ha sido un sinvergüenza temible, esgrime su prontuario:

—Antes de casarme con la señora Carmen Díaz, yo tuve dos hijos. Mi hijo mayor se llama Cristóbal y debe andar por los 66 años. El segundo lo tuve con una mujer de Urumita. Se llama Teobaldo pero le dicen El beato. Yo he tenido hijos como con seis mujeres. En La Jagua dejé un hijo. En Villanueva, otro. Tuve ocho con Carmen y uno con Mirce. De pronto no tengo las cuentas bien claras: usted sabe que en el tiempo de antes, uno a veces ni se enteraba. Menos mal que uno no embaraza a todas las mujeres con las que se tropieza.

Zuleta ha vuelto a sentarse en la hamaca. Ahora habla de un caserío de la Guajira llamado El Monte de la Rosa, donde vivió un tiempo. Allí, según él, hay dos clases de mujeres: las que lo odian y las que lo aman. Unas y otras se parecen en que no pueden vivir sin mencionarlo, como lo sugiere en una de sus mejores canciones:

En El Monte de la Rosa
las mujeres bien temprano
se van a enjuagar la boca
con el nombre de Emiliano.

De repente, Ana Olivella pasa frente a nosotros con un platón lleno de ropa. Cuando Mile la ve, la señala con el dedo y dice que ella fue una de las víctimas del método de la indiferencia. La mujer sonríe. Casi podría decirse que interpreta las palabras de su marido como un piropo. Sin embargo, fiel a su costumbre de escabullirse, sigue de largo hacia la sala y no escucha el resto de la historia.

Cuenta Zuleta que cuando quedó viudo de Mirce Molina, empezó a montarle la cacería a Ana Olivella, no para sumarla a su lista de aventuras, sino para organizarse con ella seriamente. El tiempo pasaba y Zuleta no veía que se concretara ninguna de las promesas que la mujer le enviaba con sus miradas. Cansado, dejó de frecuentarla y hasta pensó en marcharse de Villanueva.

No había pasado ni una semana cuando una hermana y una prima de Ana fueron a buscarlo, para averiguar por qué no había vuelto a visitarlas. Que si acaso en la casa de ellas le habían echado agua caliente, le preguntaron. Zuleta captó el mensaje, y el relato termina en esta casa de Valledupar, donde hoy sigue junto a Ana, después de 19 años de convivencia.

—Ay, carajo –dice de pronto el maestro–. Se me estaban olvidando los tres hijos que tengo con Ana. También me faltó un muchachito que tuve con una hembra de El Piñal.

El viejo Mile nos advierte de que a cada mujer que ha tenido, así sea de paso, le ha dedicado por lo menos una canción. Él tiene que vivir para poder cantar, explica, pues no cree en esos compositores que hacen en versos lo que nadie les ve hacer en la vida real.

—Yo no podría emocionarme cantando embustes –concluye, tajante.

La canción que le costó más trabajo, nos informa, fue El milagro, inspirada en la aventura que vivió en secreto con una de sus ahijadas, una mujer que parecía incapaz de matar una mosca y al final le jugó sucio. Zuleta añade que la deslealtad no lo sorprendió en absoluto, porque él ya estaba entrado en años y la muchacha tenía un fuego que no se apagaba con cualquier lloviznita.

—Uno tiene que ser realista –agrega– . Después de cierta edad, uno ya no puede con una muchacha de esas. Ahí lo mejor es que uno calme la bestia.

Acostumbrado a hacer canciones con cuanta cosa le sucedía, Zuleta no sabía cómo contar esta historia. Por un lado, necesitaba denunciar a la traidora. Pero, por el otro, temía quedar al descubierto como un hombre sin escrúpulos, capaz de acostarse con sus ahijadas.

—Mencionar a la muchacha con el nombre verdadero –señala– hubiera sido un irrespeto con mi comadre, y yo siempre he sido un hombre respetuoso.

En esta oportunidad, el viejo no se suma a nuestras carcajadas. Quien lo vea y no lo conozca no alcanzaría a percibir la chispa de picardía que titila en el fondo de su gravedad teatral.

El problema –explica, todavía serio– se solucionó de manera simple: diciendo el nombre del milagro, pero ocultando el del santo. Sin que nadie se lo solicite, tararea una estrofa de la canción que se derivó de ese episodio:

Le comuniqué a un amigo
lo que le pasó a Emiliano
pero yo tengo un motivo
para quedarme callado
por eso digo el milagro
pero el santo yo lo olvido.

Zuleta revela que una de las mujeres más importantes de su vida fue La Pula Muegues, a quien se refiere con un adjetivo rudo: “bellacona”. La vieja Sara la detestaba y recurría a los brujos de la Provincia, para suplicarles el favor de alejarla para siempre del corazón de su hijo. Mile, siempre atento a los designios de su madre, quería complacerla pero no podía: los bebedizos de cebolla en rama con leche de vaca recién parida lo hundían cada vez más en las polleras de La Pula.

Un día, La Pula Muegues amaneció con un par de úlceras en las corvas. No hubo remedio al que no apelara. Se untó Quítame este mal y Sácame de esta desgracia. Bebió consomé de torcaza preparado por una mujer señorita. Rezó el rosario de madrugada, con el Cristo al revés. Pero las llagas siguieron progresando, hasta postrarla en una cama de lienzo. A esas alturas, Mile había decidido llevársela a Jerónimo Montaño y al Indio Manuel María, los dos brujos más afamados de la región.

Justo entonces ocurrió un suceso que alteró sus planes: llegó a Urumita, Guajira, un circo de pueblo, cuyo propietario, según los rumores, “era casi Dios”. Se llamaba Cocoliche y usaba una boa enrollada en el cuello.

La avidez de Zuleta por el diagnóstico de Cocoliche desapareció más temprano que tarde: en cuanto apareció en el recinto una mujer de pelo negro y ojos almendrados, que portaba un tarro humeante con aroma de eucalipto. Venía vestida con una túnica de cañamazo y traía unas sandalias de cordobán. Tras cruzar dos miradas con ella, Zuleta comprendió que el romance no iba a necesitar de mayores preámbulos, porque ya estaba madurito. Era, concluyó en el instante, una mujer que le habían guardado: no más tenía que reclamarla.

Aprovechando una ausencia momentánea de Cocoliche, Mile se abalanzó sobre su presa sin chistar ni un monosílabo. Guiado por el instinto, tomó su mata de cabello entre las manos, y al colocársela en el rostro, sintió que se desbarrancaba por un abismo sin fondo que olía a limones tiernos. Allí estuvo retozando durante un tiempo que aún hoy no es capaz de medir. Descarado, irresponsable. Más como un polluelo desprotegido que como el gallo de casta que dice ser. Con el cabello de la mujer improvisó un cobertizo seguro, adonde no llegaban ni las dolencias de La Pula Muegues ni los maleficios de la vieja Sara. Estando allí, no valía la pena preocuparse por la posibilidad de que Cocoliche fuera el padre o el marido de la mujer, y apareciera de repente con un machete, dispuesto a dañarle el momento.

Todavía hoy Zuleta no sabe si Cocoliche vio o no vio, ni le importa. Lo cierto es que

cuando el hombre regresó, Zuleta no le consultó nada más sino que le pidió empleo. De modo que los siguientes dos meses de su vida transcurrieron bajo la mugrosa carpa del circo, hoy en Uribia y mañana en San Juan, desenamorado en un lado y enamorado en el otro, ajeno por completo a la suerte que hubiese corrido La Pula Muegues.

De la vivencia en el circo, señala Zuleta, también salió una canción, que fue grabada por Colacho Mendoza. Por solicitud mía, entona una estrofa:

“Dos limones en el suelo
yo cogí el que estaba biche
voy a hablar con Cocoliche
pa’ irme con los maromeros.

El viejo Mile salta de golpe hacia un burro que alquiló no sé dónde, para llevar a La Pula Muegues hacia Sabanas de Manuela, donde vivía Jerónimo Montaño. Lo acompaña Andrés Salas, hermano y compadre suyo, quien viaja a lomo de un caballo barcino. Noto que a pesar de que suele ser meticuloso en los detalles de sus anécdotas, no me ha contado ni cómo abandonó a la mujer del circo ni cómo encontró a su compañera, después de su larga ausencia. Cuando lo hago caer en la cuenta, me despacha con un cierto desdén, como si el tema que le propongo fuera secundario. Dice simplemente que La Pula había empeorado y que por eso era que se la llevaba al mejor brujo de la región.

Lo importante, afirma Zuleta, es que dejó a su mujer en manos de Montaño, quien se comprometió a devolvérsela curada en el término de dos semanas. Él, entre tanto, siguió de largo con su hermano Andrés hacia Guayacanal, para asesorarse con el otro gran gurú de la Provincia, el Indio Manuel María. El hecho, me recuerda Zuleta, está recreado en una canción suya:

Ay, el indio Manuel María
que vive en Guayacanal
ese sí sabe curar
con plantas desconocidas
Ay, cómo se dejan quitar
los médicos su clientela
de un indio que está en la sierra
y cura con vegetal.

Zuleta interrumpe su relato sobre La Pula Muegues para hablar de Carmen Díaz, a quien considera la mujer más importante de su vida.

—Fue la más importante –repite–, pero fue también la que menos me sirvió, porque se gastaba un genio imponente y quería gobernarme a toda hora, delante de mis amigos. No nos quedó más remedio que abandonarnos.
—Usted le ha hecho a ella por lo menos una docena de canciones.
—Sí, claro, y eso a Carmen la acreditó mucho. Imagínese usted: ser la mujer de Emiliano Zuleta. Gracias a mí es que la conocen a ella. Sobre todo, cuando yo digo en una canción: “me siento lo más contento/ porque resolví casarme/ si me caso en otro tiempo/ me vuelvo a casar con Carmen”. Ahí fue cuando ella cogió vuelo y se volvió orgullosa, que no quería hablarle a nadie. Ni a mí.

Zuleta se conoció con Carmen Díaz en Manaure de la Montaña, un pueblito del Cesar, gracias a un enamorado que ella tenía. Ocurrió en un mes de diciembre.

Emiliano estaba parrandeando con unos amigos, la noche en que llegó un señor con acento del interior del país, a preguntarle que cuánto le cobraba por acompañarlo a llevar una serenata.

Según el hombre, cuyas ropas percudidas revelaban que venía de una andadura larga, la mujer a la cual pretendía conquistar con la serenata era la más bonita que existía en 20 pueblos a la redonda.

Desde el momento en que el tipo le describió a la mujer, Zuleta intuyó que sería él quien terminaría consiguiendo sus favores:

—Yo pensé: ay, papa Dios: este cliente se está matando solito. ¡Porque si la hembra está buena, me tiene que tocar es a mí!

Una vez más, Zuleta se levanta de su hamaca, como en busca de más espacio para reafirmarse como el héroe de la película, el chacho de las conquistas, un terreno en el que se cree superior al resto de los hombres.

La noche de la serenata, Carmen Díaz no se dio por enterada. Fuera por desatención o fuera por su sueño tan profundo, lo cierto es que no se asomó por ninguna de las dos ventanas. La que sí salió para dar las gracias fue Julia Bula, una prima de Carmen, que al parecer estaba convencida de que el detalle era para ella.

Un hombre como Emiliano Zuleta no nació para quedarse con intrigas en asuntos de mujeres. Así que esa misma noche, mientras se despedía de sus músicos y del pretendiente frustrado, empezó a urdir el plan que ejecutaría pocas horas después, cuando clareara la luz del día. Volvería a esa casa de frente, sin aspavientos, para decirle a la tal Carmen Díaz que era “la mujer más bonita de 20 pueblos a la redonda”.

En este punto, el maestro me dirige una mirada vivaracha y suelta una broma inspirada:

—Ajá, para algo que tenía que servir la frase del cachaco.

Cuando Zuleta volvió a la casa donde se encontraba Carmen Díaz, eran las 10 de la mañana. No necesitó que se la presentaran para conocerla. Estaba sola en la sala, sentada en una mecedora de mimbre, pelando plátanos con un cuchillo basto. Tenía el cabello recogido en un moño de gasa morada y llevaba un traje cerrado de negro desde los pies hasta el cuello. Más allá de su indumentaria severa, que insinuaba un luto más antiguo que ella misma, la mujer se gastaba una estampa de faraona que invitaba a besarle los pies. “Es una hembraza”, pensó Zuleta.

Como siempre que veía a una mujer que le gustaba, Mile quiso arrojarse sobre ella en el acto. Pero no lo hizo, porque percibió en su adusto semblante de doña la amenaza de que si se pasaba de la raya, era hombre muerto. De modo que se limitó a contemplarla, alelado. Ni siquiera la saludó. Y ella seguía desconchando aquellos plátanos, sin determinarlo.

De pronto, a Carmen Díaz se le cayó un plátano. Mile lo recogió del suelo, le sacudió la tierra en su propio pantalón, y se lo devolvió. Carmen, a duras penas, le dio las gracias, reconcentrada en su faena, ajena por completo al hombre con cara de bobo que tenía enfrente.

En ese momento, Julia Bula entró en la sala. Había visto la última parte de la escena y venía carraspeando con ironía.

—Anda, prima –gritó, como para que la escucharan en el resto del pueblo–. Por haber dejado caer el plátano, vas a salir en un disco de Emiliano Zuleta.

A Mile le pareció que la aparición de esta mujer era un regalo del cielo. A todas estas, Carmen Díaz no había vuelto a mirarlo.

Carmen le preguntó a su prima que si el Emiliano Zuleta al cual se refería era el que había compuesto La gota fría.

—¡Ese mismo! –chilló Julia–. ¿Cuántos Emilianos Zuletas compositores hay en La Guajira?

Con la turbación de quien todavía no ha comprendido por dónde le entra el agua al coco, Carmen preguntó que porqué motivo Emiliano Zuleta le iba a sacar una canción a ella.

—¡Porque pelaste el plátano y lo dejaste caer! – gritó Julia, con doble intención.

Entonces, a Carmen Díaz se le salió una frase inocente, con la cual apretó el nudo de su propia horca:

—¿Y dónde está el Emiliano de mierda ese? Yo siempre lo he querido conocer.

De ahí para allá, dice Zuleta, el amorío ya estaba pilado. Por la noche volvió a la casa para ofrecerle una serenata a Carmen. Esta vez –agrega, vanidoso– la mujer sí se levantó para agradecer el detalle. Y no sólo eso: salió de la casa y les pidió a los músicos que interpretaran una cuarta canción por su cuenta, para ella bailarla con Emiliano en plena calle. En la mitad de la pieza, Carmen se quitó un anillo de oro y se lo colocó a su parejo en la mano izquierda, un ritual muy frecuente en La Guajira por aquellos tiempos.

En este punto, el viejo esboza una de esas risas picaronas que preceden a sus chanzas.

—Apenas me vi ese anillo puesto, pensé: carajo, este anillo está bueno para cambiarlo por una caja de whisky.

Retorciéndose de la risa, Griselda Gómez exclama:

—¡Este viejo es la trampa!

A Zuleta le encanta el cumplido. Cuando abre la boca de nuevo es para decir que Carmen Díaz le quitó el anillo al rato de habérselo puesto, porque, avispada que es, debió de haber calibrado sus intenciones. El caso es que a él no le gustó esa actitud, porque consideró que era una injusta señal de desconfianza.

—¿Y usted no acaba de decir que pensó en beberse el anillo?
—Eso fue algo chusco que se me salió, para hacerlos reír a ustedes. Pero yo nunca haría una cosa de esas. A lo máximo que llegué con una mujer, fue a pintarle pajaritos en el cielo, para que se amañara conmigo. Pero aprovecharme del cariño para sacarle plata o regalos…¡eso, nunca!

Carmen se despidió de Emiliano porque debía regresar a Villanueva, su pueblo natal. Quedaron de verse el seis de enero, cuando él fuera a la casa de ella para pedir su mano de manera formal. Ese día –le advirtió– le devolvería el anillo. Y sería para siempre.

Zuleta no cumplió la cita sino en abril, y además lo hizo por pura casualidad. Cuando regresaba de Guayacanal hacia Sabanas de Manuela, para recoger a La Pula Muegues en la casa de Jerónimo Montaño, tuvo que pasar por Villanueva.

—Apenas vi las primeras casas del pueblo –señala–, le dije a mi hermano Andrés: mierda, compadre, acabo de recordar que yo tengo una novia aquí. Espéreme un momentico, que voy para allá a ver si esa mujer todavía se considera novia mía.

Contrario a lo que temía Emiliano, Carmen Díaz lo recibió con los brazos abiertos. Hasta buscó a los parranderos del pueblo para que lo acompañaran, mientras ella preparaba un sancocho de gallina en el patio. Sólo por la noche Zuleta se acordó de que había dejado a Andrés Salas esperándolo en el cementerio. Lo mandó a buscar, pero el hombre ya se había marchado.

—Qué pena con mi compadre –dice el viejo Mile, con un tono de lamentación que ni él mismo se cree.

La parranda duró tres días, al cabo de los cuales Emiliano Zuleta comprendió que estaba enamorado y le pidió a Carmen que se fuera a vivir con él. A partir de ese momento, La Pula Muegues fue historia, materia de olvido. Del mismo modo en que su rostro había reemplazado un rostro anterior, ahora había una piel fresca donde antes había estado la suya. Ya vendría otra que desplazara a Carmen Díaz del lecho del que ahora disfrutaba. En el fondo, todas ellas son la misma mujer que se renueva en los balcones, protagonistas de una historia escrita en el viento. Una historia que nunca termina, porque siempre habrá otra mujer disponible, al otro lado de la ventana.

—Estas experiencias –concluye Zuleta– son las que me han hecho cantar. Si no hubiera mujeres en este mundo, téngalo por seguro que yo no hubiera sido compositor.

***

No sólo el amor predispuso a Zuleta para el canto. Tan poderoso como esa motivación, ha sido el odio. El maestro lo reconoce con una franqueza pasmosa.

—Desde chiquito fui rencoroso –dice– y no sé por qué tuve que haber salido así, si nunca vi ese ejemplo en mamá.

Zuleta aclara, sin embargo, que jamás ha dado un paso que pudiera conducirlo del rencor a la venganza, y tampoco ha manejado sus odios de manera desleal, a espaldas de sus enemigos. Lo suyo no es levantarse de la cama preguntándose qué hará durante el día para destruir a un fulano incómodo, sino detestar a secas. Amargarse la vida viéndole la cara al tipo que le cae mal. Pensar lo peor de él. Negarse de manera radical a reconocerle algún mérito, en especial si es en público.

—Es que también soy muy envidioso –confiesa sin rubor.

Zuleta no concibe que pueda existir un compositor más hábil que él para improvisar, y en esto no se anda con medias tintas: dice que su cabeza es la más inteligente, que sus palabras no tienen pierde, que su lengua es la más picante, que sus melodías son las mejores.

Cuando amanece humilde –una situación tan frecuente como un eclipse de sol– acepta que hay compositores mejores que él. Menciona, por ejemplo, a Rafael Escalona, a Máximo Movil y a Calixto Ochoa. No muchos, en todo caso. La explicación del fenómeno obedecería, según Zuleta, a que quienes aprendieron a escribir derivan de esa circunstancia alguna ventaja para contar historias. Hecha esa pequeña concesión, vuelve por sus fueros con un argumento rotundo:

—Si usted se pone a buscar compositores mejores que Emiliano Zuleta, los va a encontrar. ¡Pero el que compuso La gota fría fui yo!

Donde no concede ni un milímetro es en el Olimpo de la improvisación. No hay nadie como él, repite con la boca llena, a la hora de repentizar. Es él quien le saca más partido a los temas, el más aplaudido por la gente, el que doblega al contendor de tal manera que no le deja más opción que la del retiro.

Las cuartetas no le gustan porque, según él, “eso lo canta cualquiera”. Prefiere las décimas –“versos de 10 palabras”, las llama él– porque representan un reto superior. El maestro no tiene ningún reato para vociferar que es capaz de contar una historia completa –y además en décima, siempre en décima– sobre un suceso que en apariencia es insignificante. Para demostrarlo, canta la canción que hizo el día que se mandó a lustrar los zapatos en un pueblo ajeno, y a la hora de pagar descubrió que le habían robado la plata.

También se ufana de la métrica de Con la misma fuerza, un merengue clásico del vallenato que ha sobrevivido a cuatro generaciones:

Dice Zuleta Baquero
El hijo de la vieja Sara
Me dicen que ya estoy viejo
Pero no estoy viejo nada
Yo estoy como una naranja
Viviendo a sol y sereno
Recibo los aguaceros
Prendido del mismo ramo
Y aunque se estremezca el palo
Nunca arrastro por el suelo.

Antes de que surgieran las voces andróginas de hoy; antes de la invasión de acordeoneros afectados que no parecen tocar su instrumento con dedos recios sino con una plumita de ganso; antes de que las composiciones se volvieran una mezcla insufrible de novelita rosa con balada –papel higiénico de empleadas domésticas desarraigadas–, el vallenato era una música genuina y vigorosa. Nada de melcochas, ni de paños de lágrimas, ni de palabras escogidas de afán en los basureros del diccionario. Se trataba de contar historias. De cantarle a la tierra mojada, al cruce de los novillos por el playón, a la leche espumosa que se apura al pie de la ubre, al compadre resentido por el bautizo aplazado, al sacerdote que pontifica aunque se haya robado los trastos de la parroquia, a la pezuña que deja una huella en forma de corazón, al lucero que es más alto que el hombre, al enamorado que espera hallar a la novia perdida, mediante el recurso cándido de describir sus cejas encontradas; al sol, que es viejísimo pero todavía alumbra; a la hembra que mueve el caderaje, para que Dios se sienta engreído; a la víspera de Año Nuevo, estando la noche serena; a la hamaca que es más grande que el Cerro de Maco; al jornalero que apenas tiene una camisa, pero sabe usar la brisa como sombrero.

Los trovadores de la región, dueños de un primario sentido de la virilidad y el orgullo, también cantaban para aniquilar a los otros. Tarareaban alto para notificarle al mundo que no estaban dispuestos a permitir más gallos en su gallinero. Así nació la piquería, una expresión folclórica que consiste en enfrentar a dos cantores, para que se destrocen a punta de coplas.

Cultor aventajado de esa modalidad fue Emiliano Zuleta.

Tanto le gustaba la pugna, que la primera enemistad la buscó en su propia casa. El rival fue nada menos que Antonio Salas, uno de sus hermanos, quien –crecidito por el efecto de un par de copas– cometió la insolencia de compararse con Emiliano. El tatequieto de Zuleta fue inmediato:

Una noche en Villanueva
se quiso Toño lucir conmigo
Pero a veces me imagino
Que esa es la gente que lo aconseja
Díganmele a Toño
A toño mi hermano
Qué él está muy pollo
Y yo soy muy gallo.

La puja entre los dos hermanos duró 20 años, al cabo de los cuales se habían dedicado, por lo menos, una docena de canciones coléricas. Por cierto, ambos sienten que la cálida relación de la que disfrutan a estas alturas se debe en gran parte a todas las ofensas que se gritaron.

—Ni Toño ni yo nos quedamos con nada guardado, y por eso estamos en paz –dice Zuleta.

Zuleta opina que era mejor antes, cuando los hombres se contramataban con décimas y no con plomo. En seguida, más en serio que en broma, añade que aunque ya me informó que él y Toño se reconciliaron para siempre, “de todos modos a la gente le quedó claro que el gallo soy yo y el pollo es él”.

La discordia con su hermano no fue tan enconada como la que, años después, mantuvo con Lorenzo Morales, otro juglar valioso de la región.

Azuzados por sus seguidores, los dos cultivaron la antipatía a la distancia, sin conocerse siquiera. En su casa de Guacoche, Guajira, alguien le contó a Morales que Emiliano andaba diciendo que era mejor que él. Zuleta, por su parte, escuchaba con frecuencia, en su casa de El Plan, que el rey del acordeón y de los versos era Lorenzo Morales. En ese correveidile, ambos se fueron llenando de requisitos para desplumarse cuando se encontraran.

Zuleta y Morales pasaron nueve años detestándose por correspondencia, lanzando coplas envenenadas en el buzón del viento, para que el monstruo del odio común, que ambos necesitaban, no fuera a resecarse por el abandono. Cada agresión los lastimaba y los redimía. A ellos y a sus corifeos. Y, de paso, iba levantando un reguero de polvos y colores en los senderos. Documentando el recuerdo. Haciendo la vida llevadera mientras llegaba la hora inevitable de cruzarse en alguna vereda neutral, para desenterrarse las espinas y definir de una vez por todas quién era el mandamás de la rima y del acordeón.

Aunque ambos eran tajantes en cuanto a que no se prestarían para un enfrentamiento en el terreno del contrario, la oportunidad de matarse las pulgas se presentó en Guacoche, sede de Morales, de la manera más inesperada.

Zuleta había salido de El Plan hacia Bosconia para realizar una diligencia personal. Cuando pasaba por Guacoche vio una parranda que le llamó la atención y se arrimó a curiosear. En el centro de la ronda estaba un hombrecito menudo, que parecía un colgandejo ridículo de su propio sombrero. Tenía los garbos de un monarca que cree que no hay más ley que la suya, y tocaba el son de monte con una solvencia ofensiva, moviéndose de un lado para el otro con una cierta vanidad, como si estuviera convencido de que, además de buen acordeonero, era un tipo bonito.

Zuleta pensó en el acto que ese hombre estaba muy chiquito y muy mohoso para que anduviera con tantas ínfulas. Luchando contra la primera impresión que tuvo –la de que el tipo “tocaba hasta bien”–, estuvo a punto de decirle a uno de sus vecinos ocasionales que lo único que le servía a aquel hombre que gobernaba la parranda, era su acordeón. En vez de ese comentario bilioso, lo que se le salió fue una pregunta mansa:

—¿Quién es el que toca el acordeón?

El vecino lo ignoró. Siguió mirando al hombrecito del centro, con la cara idiotizada por la veneración. A Zuleta le cayó el detalle como una patada en el hígado. Ya era demasiado: primero, tener que soportar que un enano fuera dueño del acordeón más bonito que él había visto en su vida. Después, descubrir que no lo tocaba mal. Y ahora, saber que sus paisanos no lo estaban escuchando sino adorando. Y, para como de males, sentir que él, Emiliano Zuleta Baquero, era uno más de la comparsa.

Cuando Zuleta repitió la pregunta, ya presentía lo peor:

—¿Quién es el tipo del acordeón?

La respuesta que recibió no sólo confirmó sus sospechas sino que, además, tenía una carga de atrocidad con la que él no había contado.

—Ese es Lorenzo Morales –le dijo el vecino, todavía sin mirarlo–. Lorenzo Morales, el papá de Emiliano Zuleta.

Golpeado en su orgullo, Zuleta le preguntó a su interlocutor que si acaso él conocía a Emiliano Zuleta para que estuviera tan seguro de que no era buen acordeonero. La respuesta, esta vez, fue más insolente.

—A ese Zuleta no lo conocen sino en el pueblo de él –dijo el inamistoso vecino, que seguía mirando los malabares del dueño de la parranda–. El chacho es Moralito.

Zuleta se quedó petrificado. De repente, el entorno se convirtió en un mapa de manchas, una cara borrosa por aquí, una expresión de alegría por allá, y en el centro, presidiendo el horror, Lorenzo Morales con sus notas de pesadilla. Por un momento, Zuleta se vio a sí mismo como la única criatura que estaba al margen del carrusel, que giraba y giraba ante sus ojos enfermos. Se sintió como un bicho minúsculo en medio engendros enormes que zarandeaban su honor a placer, sin percatarse siquiera de su presencia. Eran los colmillos del desprecio, que apenas ahora se le revelaban y que lo dejaban sin reacción.

En ese trance no duró mucho tiempo porque, al fin y al cabo –me dice ahora–, un hombre como él siempre encuentra la manera de aclararse entre el oscuro.

Para asegurarse de que esta vez su interlocutor no le iba a responder sin mirarlo, Zuleta le habló mientras le daba una palmada brusca sobre el hombro.

—Oiga –le dijo–. Yo también toco acordeón.

El hombre lo miró por fin. Pero su mirada fue tan hostil como su desdén. Lo reparó de pies a cabeza, con el gesto de quien muerde un limón demasiado ácido, y volvió a concentrarse en la faena de Morales.

Zuleta repitió el procedimiento: la palmada áspera sobre el hombro y la información de que él también era acordeonero. Entonces el vecino le prometió que le conseguiría un acordeón para que se metiera en la ronda y participara en la parranda, siempre y cuando le jurara que no lo haría quedar mal.

—Yo lo hago quedar bien –contestó Zuleta.

Cuando acabó la canción, el hombre se dirigió a Morales.

—Oye, Lorenzo: aquí está un tipo con la cantaleta de que quiere tocar tu acordeón. Préstaselo un momentico, para que se le quite la idea.

Zuleta considera que lo más humillante de la escena fue la amabilidad de Lorenzo Morales. No entiende cómo un hombre que tiene un acordeón tan bonito sobre el pecho, se desprende de él de buenas a primeras, para entregárselo al primer desconocido que dice querer tocarlo. A menos –añade después, con aire reflexivo– que esté muy seguro de sí mismo y piense que el otro es un pintado en la pared.

Mientras le pasaba el instrumento, Morales lo miró por primera vez en su vida. No había arrogancia en sus ojos, sino una especie de humildad que a Zuleta, de todos modos, le resultó insoportable.

—Yo me tercié el acordeón al pecho y toqué una puya –recuerda el maestro–. La toqué tan bien, que alguien destapó una botella nueva de ron y me ofreció a mí el primer trago.

Zuleta me explica que en aquel tiempo había un código de honor que determinaba que, al abrir una botella de ron, los tragos se repartían de acuerdo con la importancia de los bebedores: el primero le correspondía al acordeonero. Si había más de uno, se empezaba por el que tuviera mayor reconocimiento y de ahí en adelante se iba descendiendo. Después seguían, en estricto orden jerárquico, el tamborero, el guacharaquero, el resto de los músicos y el público.

A Morales le sentó mal que le hubieran ofrecido aquel primer trago a un advenedizo. En cambio Zuleta, emocionado por los halagos de la gente, pidió dos copas más y se las bebió de un tirón. Y a continuación, se dispuso a tocar una nueva pieza. Entonces Morales, botando fuego por los ojos que minutos antes parecían tranquilos, le arrebató el instrumento con un zarpazo feroz.

—Traiga acá mi acordeón –fue lo único que dijo.

Pero Zuleta, aun sin el acordeón, no quedó inerme: todavía le quedaba su lengua afilada.

—Oiga –le dijo a Morales, con ironía–: usted me prestó y me quitó el acordeón, y no me ha preguntado ni el nombre.

Morales intentó desentenderse del intruso. Abrió su acordeón, amagando con tocar una nueva canción, para taparle la boca. Pero Zuleta no le dio respiro.

—Yo me llamo Emiliano Zuleta Baquero. ¿Ese nombre no le dice nada?

Después, los dos bandos echaron el cuento de aquel primer encuentro según sus conveniencias. Morales dijo que le había dado una lección a Zuleta. Zuleta dijo que Morales tembló de susto cuando lo reconoció. Los seguidores del primero afirmaron que Zuleta era tan desganado que ni siquiera cargaba un acordeón propio. Los seguidores del segundo advirtieron que Morales se corrió como los gallos bastos. Unos y otros coincidían en que había que propiciar un cita definitiva, para saber de una vez por todas quién era el mejor.

Pasaron muchos años, sin embargo, antes de que Zuleta y Morales volvieran a verse las caras. Según Zuleta, porque Morales estaba muerto de miedo. Y según Morales, porque Zuleta lo esquivaba. Lo cierto es que, desde sus distanciadas trincheras, siguieron disparándose con versos. Ambos perdieron la cuenta de las canciones que se dedicaron en aquellos años de ofuscación. Muchas de esas canciones, a propósito, son de una calidad lamentable. Que a estas alturas los dos hayan conseguido olvidarlas es un argumento a favor de quienes creen que el diablo es más sabio por viejo que por diablo.

Zuleta me informa que antes del tropezón que motivó su canción más conocida, hubo una cita que no se pudo concretar, porque Morales, por pura maldad, le dañó un pito a su acordeón, para justificar su cobardía. Él creía que el segundo encuentro, si acaso se producía, sería obra de la casualidad, pero se equivocó de cabo a rabo.

Emiliano estaba parrandeando en Urumita cuando le llegó el rumor de que en la plaza del pueblo había un hombre rabioso preguntando por él. Zuleta pensó que podría tratarse de algún enamorado resentido por una hembra que perdió. Jamás habría imaginado que quien lo buscaba era Lorenzo Morales en persona.

Al rato de haberse marchado el hombre que le llevó el rumor, llegó Morales.

—Venía –cuenta Zuleta– con una gavilla detrás, porque no hubiera tenido el valor de enfrentarme estando solo.
—¿Y estaba rabioso de verdad?
—Yo ceo que era puro teatro. Se notaba a leguas que traía un repertorio preparado y por eso se sentía valiente. A mí no me van a salir con el cuento de que Lorenzo había venido a improvisar conmigo.

Zuleta señala que, en principio, sus amigos se opusieron al enfrentamiento, porque él estaba borracho y sin dormir desde hacía dos días, y en cambio Lorenzo Morales se encontraba en sus cabales. Sin embargo, añade, él no iba a desperdiciar la oportunidad que había buscado durante tanto tiempo.

Emiliano tocó primero y lo hizo con una torpeza bochornosa, que él atribuye a su borrachera.

Lorenzo se dispuso a aprovechar su turno con la cara de felicidad del que se va a comer una mogolla. No contaba con que en la cuerda contraria había gente tramposa, decidida a sabotearle la presentación.

—Esto no puede seguir –planteó uno de los seguidores de Zuleta–. Emiliano está muy borracho y hay que acostarlo para que se recupere. Vamos a continuar la piquería a las cinco de la madrugada.

Zuleta reconoce que dejar a Morales solo, como un cualquiera, no fue precisamente una muestra de buena educación. Pero no se arrepiente, porque sabe que era el único camino que le quedaba para no darle a Morales el gusto de decir que le había ganado. En su favor, alega que enfrentar al otro sin haber dormido, no iba a servir, de todos modos, para definir quién era el mejor. La verdad se sabría cuando ambos estuvieran en igualdad de condiciones. O los dos borrachos o los dos buenos y sanos.

—Además –dice el maestro, con un guiño sinvergüenza–, mis amigos desagraviaron a Lorenzo. Porque mientras yo dormía, ellos lo contrataron para que siguiera animando la parranda. Que no se le olvide que por cuenta de mis amigos, se ganó 50 centavos.

Zuleta calcula que habían pasado dos horas cuando despertó y escuchó el acordeón de Lorenzo Morales. Entonces se levantó de la cama, volvió a la reunión y planteó reanudar la contienda. Esta vez fue Morales el del desplante: dijo que le dolía la cabeza, que él también tenía derecho a dormir, que el reto que valía era el primero, no el segundo. Y que sólo aceptaría el desafío a las cinco de la madrugada, después de que hubiera descansado.

De modo que los papeles se invirtieron: Zuleta se quedó en la parranda en la que había estado Morales y Morales se fue a dormir en la cama en la que había dormido Zuleta. El cuento se alargaba –y aún se alarga– de manera perniciosa, lo que confirma que, en el fondo, fue más una guerra de compadres que de enemigos. Parecidos, casi idénticos en el carácter y en el talento, los dos se sentían a gusto en una reyerta que no era más que polvorín para la platea, alharaca para mantener vivo el odio sin necesidad de matarse, mientras se presentaba la ocasión de darse por fin el abrazo que ambos querían sin saberlo.

Así las cosas, no fue raro que a las cinco y quince de la madrugada, cuando dos de los parranderos fueron a buscar a Morales, encontraran la cama vacía.

Zuleta asegura que apenas se enteró de lo que había sucedido, se le ocurrieron dos de los versos de su canción:

“Te fuiste de mañanita
sería de la misma rabia”.

Tal y como la primera vez, cada uno cantó y contó el cuento a su manera. Morales dijo que Emiliano era tramposo y embustero. Zuleta le llamó cobarde al derecho y al revés. Y así, el círculo vicioso volvía al mismo punto: las coplas desde lejos, la ojeriza que no mata ni engorda.

Lo único novedoso, en esta ocasión, fue que Morales apeló al color de la piel, para lastimar: le dijo a Zuleta que era un blanco descolorido. Y además lo llamó hijodeputa. Fue en ese momento cuando Emiliano Zuleta se sentó a hilvanar los versos de La gota fría, que le salieron de chorro.

Morales mienta mi mama
solamente pa’ ofender
para que también se ofenda
ahora le miento la de él.

El título de la canción, explica Zuleta, se debe a una historia que le escuchó a un expresidiario. El hombre había estado recluido en Tunja, Boyacá, dentro de un calabozo que en el piso era caliente y por el techo filtraba una gota helada, interminable, que no mataba de pulmonía sino de tristeza. El cuento del exconvicto causó revuelo en La Guajira, me informa el maestro. El que recibía un castigo, o le iba mal en alguna siembra, o perdía una pelea, era rematado con esa frase lapidaria: le cayó la gota fría.

Qué criterio, qué criterio
va a tener, un negro yumeca
como Lorenzo Morales
Qué criterio va a tener
Si nació en los cardonales.

Zuleta pronuncia ahora un lugar común: la canción fue el comienzo del fin. Después de haberse gritado pálido y negro yumeca, embustero y más embustero es él, hijodeputa y yo también le miento la de él, cobarde y más cobarde serás tú, los dos se habían quedado sin agravios. Así fuera por física sustracción de materia, no les quedaba más remedio que hacer las paces.

El que tomó la iniciativa fue Zuleta, un día que se encontró a Morales en la plaza de Urumita. Ninguno de los dos se había tomado un trago, por lo que el acercamiento –presume Zuleta– no fue una simple zalamería de borrachos. Ese día se pusieron a ver que los únicos que ganaban con su discordia, eran los chismosos que no saben vivir sin sembrar cizaña. Gente que nació para ser bulto, compañía de ocasión, y que no le daba por las rodillas a ninguno de ellos dos.

Pienso –y se lo digo al maestro– que como no pudieron matarse, como Morales no se lo llevó a él, ni él se llevó a Morales, ni se acabó la vaina, optaron por el recurso fácil de declararse empatados en un estadio superior, desde el cual pudieran vivir su delirio sin estorbos, por encima de los demás mortales.

Zuleta me responde que la admiración y el cariño que le profesa a Morales son sinceros. Que lo que pasa es que ambos son muy envidiosos –“competentes pero envidiosos”– y por eso tardaron mucho tiempo en descubrir que nacieron para quererse. Además me informa que Lorenzo lo puso de padrino de uno de sus hijos, que conversan por teléfono casi todos los días –“cuando yo no lo llamo, me llama él a mí”– y que en la casa de Morales no se prepara ningún plato especial al cual no lo inviten a él.

—Él está más enfermo que yo y, sin embargo, viaja especialmente para verme, como si pensara que me voy a morir primero que él. Y siempre se presenta con una ollita de sancocho. No más le falta que me ponga un babero y me la dé, cuchara por cuchara.

Zuleta carga con su compadre adonde quiera que lo invitan a dar un concierto, porque estima apenas justo dejarlo participar de las ganancias que ayudó a forjar. Sabe que sin él, su canto habría quedado inconcluso. Sabe que el odio paciente y disciplinado de Morales fue la mejor arcilla posible, porque le permitió pegotear sus versos de mil maneras, hasta que le salió una obra maestra. Sabe que los dos están condenados a perpetuarse juntos.

Hace poco, a Zuleta se le ocurrió que apostaran un dinero, a ver quién se moría primero. Morales consideró que la apuesta era una tontería, porque de todos modos el perdedor se iría de este mundo sin pagarla. Y propuso, más bien, hacer un pacto de sangre: cuando uno de los dos se muera, el otro deja de tocar el acordeón para siempre.

A Zuleta le sigue sonando la idea. Pero ahora, con su cara de truhán, me dice que está seguro de que Morales se va a morir primero.

—Y cuando eso suceda –remata, haciendo esfuerzos por contener la risa– yo voy a seguir tocando escondido.