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“Hemos metido al narco en nuestras camas. Copulamos con él. Extendemos la mano para que nos dé dinero”, señala Javier Valdez en El Guayabo, centenaria cantina ubicada en una amplia construcción rústica con dos frondosos árboles de guayaba presidiendo las mesitas cubiertas de cáscaras porque aquí, como si estuviéramos aún en 1900, una mujer vende cacahuates en cucuruchos de papel periódico. Olvidado de su tequila y de su plato de camarón crudo con limón y chile, el cofundador del semanario Ríodoce, cuyas oficinas fueron atacadas con una granada meses antes, informa a un diario nacional sobre los once homicidios ocurridos el 10 de noviembre de 2009.

Es mi última noche en la capital de Sinaloa, considerada la cuna del narcotráfico mexicano porque aquí han nacido al menos tres generaciones de capos. En la mañana fue hallado el cadáver del primer “colgado” en la historia reciente de la ciudad. Lo pusieron a la vista de todo Culiacán, en el puente de la salida sur de la exuberante y moderna ciudad del eterno verano suavizado por la presencia de los ríos Tamazula, Humaya y Culiacán.

Pero dejemos aquí la primera imagen de esta Sinaloa con casi tres millones de habitantes, envuelta en una ola de violencia. A una realidad casi esquizofrénica corresponde, quizá, el retrato fragmentario de una sociedad en disolución.

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Durante catorce días percibo la violencia como una fuerza invisible. Sólo me toca una intimidación directa: la de una treintañera extra-arreglada, con uñas de cinco centímetros adornadas con piedras brillantes, que me da un empujón en un Oxxo mientras pago. Busco su mirada, alzo la voz y le suelto un “¡pásale!” defeño sin recordar el tan culichi “te aguantas o te matan”. Y nada pasa. Ningún “ora te vas rapada y caminando a tu casa; y si te dejas crecer el pelo matamos a tu familia”, como aseguran que ordenó una mujer a su estilista para callar a la clienta que aplaudía la detención de Alfredo Beltrán Leyva, alias el Mochomo, el 20 de enero de 2008 (el verdadero inicio de la guerra aquí). No, ella me pide permiso para poner su bolsa Louis Vuitton. Interrumpiendo el súbito silencio, la cajera opina con desparpajo: “La oyó fuereña. El coraje de los buchones [la infantería del narco rural y urbanizado] no es con los de México.”

Lo más terrible ocurrió en 2008, aquel 8 de mayo en que un comando armado asesinó a Édgar Guzmán López, hijo del Chapo, evidenciando la ruptura con los hermanos Beltrán Leyva. Nadie olvida el desierto que era Culiacán el 10 de mayo porque el miedo impidió celebrar el Día de la Madre con la tambora a toda marcha. Los culichis, como se llaman a sí mismos los nacidos en Culiacán, me dicen que este 2009 se han sentido mejor porque el Ejército ya no circula por las calles. “Nada pasa si uno no se mete.” Las calles parecen serenas pese a que el Mal con mayúscula anda suelto, según cuenta un taxista exaltado. Me siento reconciliada con la tierra donde mi abuelo culichi fue asesinado con saña en 1941. En esta tierra casi todos tienen un pariente víctima de la violencia histórica del estado. La sangre derramada emponzoña a las generaciones.

Los sagrados alimentos están contaminados por conversaciones sobre homicidios y decapitaciones, sobre cateos del Ejército documentados por la Comisión Nacional de Derechos Humanos, sobres víctimas inocentes de balas perdidas o de tiroteos entre narcotraficantes y soldados y entre grupos rivales de la delincuencia. El horror se sienta a la mesa.

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“La violencia ya tocó el lenguaje, y cuando algo toca el lenguaje ya tocó todo”, me dijo el escritor sinaloense Geney Beltrán Félix.

Una noche un hombre de unos 37 años, de una familia dedicada al sector de los servicios, el que más producto interno bruto produce en el estado, me lleva a un barrio donde no entra ni un soldado. “Mira a esos motociclistas. Sus armas están debajo de la sudadera. Todo el tiempo pasan los vigilantes de los narcos.” Nos instalamos en la mesa larga de una taquería de carne asada al aire libre. “Aquí nos protegen los asesinos: son buena gente, son mis amigos”, recalca Víctor antes de contar que mataron a un joven que él conocía. Su protector, un narcotraficante importante, llegó al velorio y dijo a la madre “préstemelo”. Y se fue con el cadáver a despedirlo. Luego lo regresó y el sepelio continuó.

“¿Ves esas casas de enfrente tan bien construidas? Hace diez años tenían techo de cartón y láminas sobre la tierra. A ver, ¿de dónde sale todo eso?” Señala a un muchacho. “Le faltan varios dedos. Lo tuvieron diez días secuestrado. Los calentamientos de los narcotraficantes son terribles. Muchas veces andan en coca. Los tienen tres días o cuatro encerrados, cortándolos en pedacitos.” Me tenso. “¿Son buenas personas pero hacen calentamientos?” “¡Ah no! El narcotráfico es un cáncer social”, revira Víctor. “Los conozco a todos desde niño. Son muy amables. Pero para el negocio son durísimos. Viven para sí mismos pues han sufrido mucho. Su corazón se endureció. Son friísimos.”

“¿Cuántos muertos hubo en la balacera de enfrente?”, pregunta al propietario. Mirando la calle oscura, este contesta: “Eran seis, pero dijeron que cuatro.” En esta esquina perdida del Culiacán más negro me entero de que no fue una bazuca lo que mató al hijo del Chapo sino un lanzagranadas. “Así son los periodistas.” La noche termina con el relato sobre el ahorcamiento de un personaje a quien terratenientes del sur, enemigos de la Reforma Agraria de Lázaro Cárdenas, forjaron una leyenda negra. El crispante gesticular de Víctor me enerva. Pero él continúa su relato, vertiginoso, in crescendo.

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Pienso a Culiacán como un lugar infernal, pero Sinaloa es tierra de contrastes extremos y cuenta con sitios paradisíacos como su Jardín Botánico, uno de los más importantes del mundo y eje del proyecto de arte público más ambicioso de América Latina, impulsado por el coleccionista Agustín Coppel. Creado hace 24 años, cuenta con tres ecosistemas –selvático, boscoso y acuático– y con 30 mil visitantes por mes. La violencia también llegó aquí con la persecución policíaca de un sicario contratado para asesinar a un profesor. Por suerte no logró su objetivo.

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La esquina de la avenida Sinaloa es, a las diez de la noche, un lugar de ruido y confusión donde circulan, en inacabable chirriar de llantas, las Hummer, las Lobo, las Pathfinder y otras camionetas lujosas, muchas nuevas y sin placas. Sus dueños exhiben, además de motores potentes, una grandísima y banal destreza para ejecutar sobre el asfalto todo tipo de suertes. En esta Babel motorizada los corridos del narcotráfico suenan desde las bocinas de costosos estéreos habilitados para el reventón.

Es sábado y quedé de ver al periodista Francisco Cuamea –secretario particular de Manuel J. Clouthier C. y ex subdirector de Noroeste– en un café cerca de donde, se dice, está la casa de un poderoso narcotraficante. Estoy esperando en compañía de dos comunicólogas con quienes vi la función del grupo Delfos Danza, fundado por Claudia Lavista y Víctor Manuel Ruiz, cuando me señalan a dos muchachas de pelo oscuro, largo, muy lacio, y ropa entallada. Bajan ágilmente de una camioneta blanca atravesada a medio camellón, descuelgan una manta con la fotografía de un joven que cumple años, y la doblan al tiempo que el conductor de otra camioneta –negra, lujosa y de rines alzados– se estaciona para saludar obstruyendo la circulación del carril izquierdo. Un convoy de soldados pasa cerca de los vehículos en flagrante violación de tránsito. “¿Tú tienes miedo?”, me pregunta Gloria Cuamea. Niego con la cabeza al notar que no he sentido temor en todo el viaje. “El miedo no existe en Culiacán como se lo imagina la gente. La vida no se detiene”, comenta. “Hay que verlo, las muchachas andan tranquilas de noche.” Sin embargo, a ella le tocó una rafagueada frente a su casa: “Vi como morían dos policías, vi sus estertores.”

“¡Pero si son unos escuincles!”, exclamo ante lo que parece un inofensivo pandemónium adolescente protagonizado por un centenar de vaqueritos antisociales, aunque lleven camisas Ed Hardy o gorras en vez de sombreros, con carros de nuevos ricos adaptados para jugar a los arrancones en los altos. Uno de esos jóvenes rechina llantas durante quince segundos mientras ejecuta una “aguilita”. Varios montan su vehículo en el camellón y beben Buchanan’s. ¿De la marca de este whisky podría proceder el vocablo buchones que designa a la “infantería” del narco? En todo caso, es una palabra de la sierra sinaloense. Me río sin alegría, casi sarcástica. ¿No era esto lo que, al morir Franco, llamaron los españoles “tomar la calle”? Un psicoterapeuta sinaloense lo definió con un anglicismo: “Es conducta aspiracional.”

A bordo de un pequeño auto rojo, nos introducimos en una noche fantasmagórica. Hay tres o cuatro clínicas instaladas a la salida a Sanalona para atender a los traficantes heridos y rematados en sus camas; recorremos el bulevar Francisco Madero. En lugar de las tradicionales bandas sinaloenses, nos topamos con tres mariachis, solitarios debido al auge del corrido sobre los nuevos héroes narcotraficantes; pasamos frente a un prostíbulo con el tradicional foco rojo; y vamos a dar a un inmenso lote baldío atiborrado por una multitud pendiente del concierto de El Coyote, una forma de fiestear en provincia. Hay decenas de chavos bebiendo en la calle, con las puertas abiertas de sus camionetas y con el volumen de sus estéreos sobrepasando todas las normas.

En dos minutos alguien nos cierra el paso por la izquierda para detenerse a platicar con sus amigos. Cuamea intenta dar reversa pero un tipo se pone atrás y nos deja encerrados. Aprieta los labios, maniobra hábilmente y elude la trampa. No miro al agresor. Ya aprendí que en Culiacán se pasa del pensar al actuar en un parpadeo. Gloria define: “Aquí la vida no tiene valor. Los automovilistas traen a los niños en el brazo izquierdo, y manejan y hasta contestan el celular.”

“Están coartando la libertad individual. Es una narcodictadura. Está en todas partes. Es en el df donde detienen a los hijos de los capos. Ahora sólo es cuestión de que tomen sus calles. Los muertos aparecen, la policía los encuentra. Es una cultura de la prepotencia derivada de la impunidad y la corrupción”, afirma nuestro Virgilio.

Inmersos en un denso silencio, dejamos atrás caserones incautados por la pgr y antros de nombres sonoros a los que dejará de ir la gente común cuando los tome el narco. Pasamos junto a la Isla Musala, proyecto cuestionado por presunta venta impune de tierras. Rodeamos las bardas de La Primavera, a un lado del canal donde el narcotráfico arroja, por conveniencia geográfica, a sus asesinados. Escucho a Cuamea como si estuviera muy lejos de mí. “2008 hizo que nos cayera el veinte. Sabíamos que existía el narco, pero las balaceras ahora son a la luz del día, con decenas de víctimas inocentes.” Le enfurece que se vea a su estado como un “Sinaloa Curious”, con todo y el santito de los narcos, Jesús Malverde.

“¿Ya te empezaste a indignar?” Mi interlocutor está muy serio. Me invade un súbito desaliento. Por fin, a una seña del guardia, el pequeño auto rojo ingresa al fraccionamiento residencial donde me hospedo, una más entre tantas ciudades amuralladas.

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Un día escucho a una mujer plantosa, inteligente, confiarle a su marido que viene de conocer, en el consultorio del dentista, a la esposa de Ismael el Mayo Zambada. Una dama de caridad que estaba con ella le vio el fajo de billetes y le pidió dinero para las monjitas. La mujer del narcotraficante accedió: “A ver cuánto juntamos.” El esposo se altera. “¡Eso es legitimar!” Ella insiste: “El dinero sucio está en todos lados. No se vive de otra manera. Esto es una buena obra.”

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En 2008 ni las autoridades de la Universidad Autónoma de Sinaloa ni la comunidad universitaria exigieron un alto a la violencia. Sólo hicieron un modesto “homenaje” a los maestros asesinados con el joven Cristóbal Herrera. La Universidad de Occidente, que depende del gobierno del estado, permaneció en silencio. “Tampoco hay muchos académicos estudiando el tema. En Historia de la uas llegan sólo hasta el narcotráfico de los años ochenta. En el doctorado de Ciencias Sociales se introdujo apenas en 2007 la línea del narcotráfico ‘por seguridad’”, se indigna Anajilda Mondaca, autora de Las mujeres también pueden / Género y narcocorrido. Surge el tema del boom de narrativa policíaca sobre el narcotráfico. “Está muriendo gente pero algunos hacen negocio”, indica Cuamea.

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Hace dos años el director de teatro Alberto Solián puso en escena Contrabando, una novela de Víctor Hugo Rascón Banda sobre el alcohol que llevaban a Estados Unidos los mexicanos en la época de la prohibición. Iba a hacer una gira de cuarenta funciones por San Ignacio, municipio serrano al sur de Culiacán. El proyecto abortó cuando, en la segunda presentación, entró un sujeto con metralla. Hubo gritos, desbandada. No disparó. Gracias a Dios.

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Culiacán de las Cruces. Paraíso Negro. Sucursal del Apocalipsis. Estos son algunos de los nombres con que los humoristas políticos sinaloenses han bautizado a Culiacán, encontrando eco en una sociedad que, por lo visto, quiere ejercer el humor. Hoy la única revista de ese tipo en la entidad, La Locha, puede presumir de haber tenido su boom a partir de abril y mayo de 2008.

La entrevista con los humoristas de La Locha, en un café cantante, a espaldas de la Catedral, se convierte en un inesperado festín de humor negro y de imágenes insólitas, ¿o fascinantes?, como califican algunos intelectuales, donde aparecen narcos sepultados con todo y camionetones lujosos, hieleras con manos, botas con pies cercenados.

“Los Lochos”, con Arturo Vargas a la cabeza, mencionan a los imitadores del narcotráfico, los wannabe. “La modita disminuyó en 2008, pero hubo profesores vestidos con el estereotipo buchón: botas puntiagudas de piel de víbora o avestruz, cadenas de oro al cuello, camisas Versace y jeans. ‘Hey, ¿ese amigo es narco?’, preguntaban. ‘No, es maestro de la uas.’” Su oficio es muy peligroso: nombrar a alguien es firmar una sentencia de muerte.

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El capital agrícola de Sinaloa está en manos del narcotráfico en un 20 por ciento, calcula Alonso Campos, ingeniero agrónomo y licenciado en Letras conocido porque “no se calla”. Como presidente del Consejo Estatal del Maíz en férrea oposición al cultivo del maíz transgénico, lo considera una propuesta de muerte riesgosa para el maíz, en cuyo cultivo Sinaloa es potencia a nivel nacional e internacional. Y es que hablar en Culiacán, lo que se dice hablar, es ignorar la muerte que está al doblar la esquina, ser lo que era un hombre completo, esos que eran marca de fábrica en la Sinaloa rural, antes y después de Pedro Infante, y que “ya no existen”, según escuché una y otra vez. Señala el problema de un estado que no hace mucho fue “el granero de México”: la competencia del narcotráfico que abruma y daña a los agricultores. “El clandestinaje ha llegado a la actual hegemonía social y cultural porque todo el mundo quiere estar cerca del dinero”, afirma.

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Mala cosecha. Cada 1º de noviembre los panteones de San Ignacio hierven de deudos como Alberto Solián y su padre, quienes visitan a sus parientes en Coyotitlán, El Carmen, Cabazán, Piaxtla y San Javier, con sus casas de techos de dos aguas. Suelen viajar por la libre, junto a cerros y plantíos, con las coronas mortuorias en la cajuela. En cada tumba, el anciano ora en voz baja. Los epitafios de varias consisten en versos sobre la fragilidad de la vida. Y como no todo puede ser sombras esquivas y mundos desvaídos, los vivos dedican el día a disfrutar. Solián tiene razón: no hay gente mal alimentada. Aunque este verano no hay tanto maíz para vender porque no llovió.

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El panteón de los narcos. Parece una juguetería elegante. El carrusel está funcionando bajo la intensa iluminación. Cerca hay muñecas rubias de ojos azules, una cocinita a escala infantil, vestidos hampones, zapatillas de colores, aros, un triciclo y, desde luego, moños luctuosos con flores costosas. La difuntita debe ser hija de algún traficante, pues el mausoleo, en mármol y cantera, tiene dos pisos y, parece, aire acondicionado. Hasta en la muerte siguen las competencias. Aquí podría vivir una familia.

Cayetano tiene 70 años. La guerra acabó con sus clientes y tuvo que cerrar su negocio de carnitas. Por eso anda en el taxi. En las mesas alquiladas se toma Buchanan’s y cerveza Modelo. Una tambora, una hora cuesta unos cinco mil pesos, despide a la niña. A los lejos resuenan los potentes acordes de “Que me entierre la tambora”. Debe haber otras veinte bandas en el panteón Humaya.

Cayetano va de la tristeza a la rabia. La guerra arruinó su Culiacán querido, pero ni las estrecheces ni la violencia le harán irse. Aquí encontró familia y trabajo. Sobre todo gente alegre y buena. Pasó hambres en la ranchería del Lago de Chapala donde nació. Lo golpeaban y huyó al norte. Cambia de tema. Su mujer y sus hijas son blancas, de ojos verdes. Muy bonitas, como todas las culichis. Cuando le pedí ese 2 de noviembre que me llevara al Humaya, cerca de la salida a Mazatlán, dijo: “Con suerte y nos toca balacera.” Los narcos aprovechan el día de muertos para saldar cuentas.

En el Humaya muchas capillas ostentan grandes fotografías de muchachos menores de 25 años. La gente vive rápido. Preferible vivir un día como rey que toda la vida como buey, se repite. “¿Se imagina toda una vida de miserable? Claro que prefirieron sembrar mariguana.” Vemos dos tumbitas discretas, apenas dos montones de tierra, iluminadas por los destellos que provienen de una capilla como mansión.

“Vio la Ciudad de los Muertos, ahora vamos a la Ciudad de los Vivos. Ahí está La Primavera con su escuela, centro deportivo, calles con nombres de pueblos, una ciudad dentro de la ciudad.” Cayetano me rafaguea: “Cada vez están más lejos pobres y ricos. La pobreza extrema es vivir con techo de cartón y piso de tierra. ¿Quiere conocer las casas de los narcos en Colinas de San Miguel? Algunas parecen castillos. Abajo tienen los laboratorios.”

Salimos entre ríos de gente, hombres con jeans y botas, mujeres de negro, niños corriendo. La intensidad de las tamboras queda atrás. Bordeamos las callecitas del panteón, muy oscuras cuando no hay mausoleos. No veo bien, me siento frágil. Mi guía me jala del brazo para evitar que caiga en una tumba a medio excavar.

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El economista Gerardo López Cervantes tiene razón: los cenotafios no son tumbas, son recordatorios, con sus cruces, de que el narcotráfico ha ido secuestrando la ciudad, haciéndose de un poder tal que sus familias se dedican a recordar públicamente a sus muertos. Ya hubo propuestas de regidores priistas para quitar los más de doscientos cenotafios del primer año de la guerra, iniciada el 30 de abril de 2008. Enfrente del centro comercial City Club está el cenotafio del hijo del Chapo. “Los amaremos siempre”, reza una inscripción al lado de tres iniciales, las suyas y las de otros dos muchachos caídos aquel 8 de mayo de 2008.

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Breve diccionario periodístico, académico y literario del narcotráfico:

Ambivalencia. Ernesto Diezmartínez, sociólogo y crítico de cine. La posición frente al narcotráfico es ambivalente. La subcultura del narcotráfico ya se convirtió en una expresión cultural con todas las de la ley, sostiene un ex alumno mío, hoy director de Noroeste en Mazatlán. Entre los muchachos de la Universidad hay una condena, pero rascas un poco y reluce la ambivalencia: “Bueno, pero finalmente traen dinero a la sociedad, hacen lo que el gobierno no hace, ofrecen progreso.”

Batipalabras. Luis Astorga, sociólogo, especialista en narcotráfico. La mitología alrededor del narcotráfico es creada no sólo por los organismos del Estado sino por los traficantes y la prensa. Todos están compitiendo por ver qué mitología predomina en la cabeza de la gente. Se inventan etiquetas mediáticas que no ayudan en absoluto a comprender, como el fetiche lingüístico “narco”. Los medios son adictos a él, y a categorías de percepción generadas por los medios políticos y policíacos, como la de “cártel”. Me recuerdan aquella canción de la Sonora Santanera sobre las “batipalabras”.

Cambia “bati” por “narco” y verás. Como sociedad cada día entendemos menos. La propia academia ha caído en el embrujo. No hay un análisis serio de este discurso, ninguna distancia crítica.

Ejecutómetro. Javier Valdez, periodista, autor de Miss Narco. El “ejecutómetro” es deshumanizado, cínico, dañino. Prefiero hablar en mis crónicas de esos latidos y esa carne con nombres y apellidos, porque los periodistas publicamos números y nos olvidamos de las historias de las personas que mueren.

Jóvenes. Anajilda Mondaca Cota, investigadora. Es inevitable que se relacionen los jóvenes narcos y los no narcos. Por entrevistas sé que hay mucho respeto entre ellos. Reconocen que la actividad es ilegal pero dicen: “Pues estamos en Sinaloa y estamos en Culiacán. Así nacimos y desde niños sabemos que el narcotráfico nunca se va a acabar.” Cualquiera te va a decir que el narcotráfico está tan naturalizado que ¡no pasa nada! Que el gobierno debería arreglarse con los narcos. Hay molestia, sobre todo desde 2008, de gente que se quedó sin trabajo porque los narcotraficantes se replegaron un poco. Hasta los mariachis hicieron una marcha.

Legitimación. Arturo Santamaría G., académico uas Mazatlán. Los narcotraficantes están muy legitimados culturalmente. Están en los municipios, en la sierra, en el valle, en la costa. Participan en él desde niños hasta abuelos, para quienes es un estilo de vida, no una actividad criminal. Durante unas conferencias sobre el narcotráfico, una alumna me pidió la palabra: “A ver profesor, yo quiero hablar. Soy sobrina del narco Fulano. Él hizo la escuela, la iglesia, el camino, los pozos de agua. Da dinero a la gente. Él no hace daño.”

Lenguaje. Juan José Rodríguez, novelista. La Fundación de Nuevo Periodismo Iberoamericano recomienda llamar a las cosas por su nombre. Las “ejecuciones” y “levantones” son homicidios dolosos y el lenguaje oficial debe modificarse.

Muro. Enrique Vega, cronista del puerto de Mazatlán. Quisiera que cayera el muro de El Cid, un fraccionamiento muy grande que requiere credencial de residente para entrar. Con él comenzó una oleada de construcción de cotos privados. Ya no paseamos por las calles sino alrededor de bardas. Nos hemos encerrado en nosotros mismos, desconfiamos. Antes de denunciar pensamos en nuestra seguridad y ponemos cotos sociales alrededor de nosotros mismos.

Quimeras. Alejandro Sicairos, subdirector de Ríodoce. Todo en Sinaloa está salpicado de sangre; nada escapa al ambiente de zozobra. Pagamos las consecuencias de décadas de indiferencia ciudadana y políticos pusilánimes en el mejor de los casos, y cómplices en la peor de las circunstancias. La paz, la tranquilidad, la seguridad pública se volvieron quimeras y sus antónimos una pesadilla de la cual no hemos podido despertar. Todos sabíamos que esto iba a ocurrir y nunca hicimos lo debido para evitarlo.

Rezago. Gerardo López Cervantes, director de la Facultad de Economía de la uas. El narcotráfico es el causante de un grave atraso en Sinaloa. Su presencia y el lavado de dinero han afectado a muchas regiones. Los Altos tienen gran potencial agrícola, ganadero, turístico e industrial, pero no crece por falta de seguridad y de infraestructura.

Violencia. Isaac Tomás Guevara, psicólogo social. ¿Quién promueve la violencia?, pregunté a 600 encuestados culiacanenses. El narcotráfico, primero, y el gobierno corrupto, después. Luego aparecen la negligencia y la incapacidad de las autoridades. La violencia, que ya nos arrolló, es un proceso irreversible asociado al desarraigo y a la falta de identidad, sobre todo en el sur, porque el 70 por ciento no vive donde nació. El académico Nery Córdoba ha registrado 2,000 poblados abandonados en la serranía.

Tristeza. Élmer Mendoza. Novelista. Sinaloa es más grande que sus penas.

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El hijo menor de la contadora Alma Trinidad Herrera, Cristóbal, de 16 años, es una de las víctimas inocentes de la guerra del narcotráfico. Murió acribillado el 10 de julio de 2008, a dos meses del ingreso del ejército a Culiacán, en un taller mecánico de la colonia Los Pinos.

Alma Trinidad deja deslizar dos lágrimas durante la conversación en un bullicioso café. Quiero saber si es peligroso sacar la grabadora, pues abundan los “no apuntes”, “no grabes”, “no tomes fotos”. Asegura que no.

Aún está de duelo. Su hijo mayor, de 29 años, quiso proteger a su hermano pero no pudo. Se escucharon unos como truenos. Eran unos diez sujetos armados hasta los dientes. Puro cuerno de chivo. Pensaron que iban por alguien y corrieron. El mayor se metió debajo de una de las patrullas de la Policía Federal que reparan en el taller mecánico. Cristóbal no pudo esconderse porque estaba cerca de un carro con la suspensión muy baja. Se agazapó nada más. Y lo masacraron. Alma piensa a veces que es una pesadilla. “Yo no quise ver el cadáver de mi hijo. Sabía que estaba destrozado.”

“¿Por qué me asesinaste?”, fue la pregunta que esta madre soltera imprimió en una manta. Ahí puso la fotografía de su hijo, un muchacho bueno que la ayudaba en las tardes en su despacho. Estuvo colgada casi un mes en un puente de Culiacán. Una segunda manta con la misma pregunta no duró ni una hora.

Su convicción contrasta con su dulzura, con su estilo de mujer culichi muy compuesta. Sin exaltarse, señala: “Ha tocado a muchos inocentes estar en el lugar equivocado. Culiacán es un lugar equivocado, porque aquí donde estamos sentadas pueden venir y balacearnos. Ya no respetan escuelas, niños, mujeres embarazadas. ¿Y la autoridad? Bien, gracias. Los ciudadanos tenemos una responsabilidad que no queremos asumir. Si de perdida exigiéramos que el gobernador explicara al Congreso qué está haciendo. Pero ni eso. Tantos muertos que ha habido.”

En el taller cayeron nueve. Entre ellos dos profesores de la uas, cuyos académicos fueron tachados de “escasez de genitales” por su tibia reacción ante el asesinato. Alma no reaccionó la primera semana, aunque la activista y académica Magaly Reyes, madre de un amigo de Cristóbal, la animaba. Nunca imaginó conducir protestas públicas. Menos crear Voces Unidas por la Vida, la primera fundación de padres víctimas de la violencia por narcotráfico en el estado. Las primeras marchas anduvo gritando los nombres de los responsables, “un secreto a voces”. Clamaba que le iba a escupir en la cara al gobernador. Hasta que un día le aconsejaron cuidarse. El grupo cuenta sólo con diez padres de víctimas inocentes, lo cual da una idea del miedo existente. Ya fueron al Senado de la República. “Mi mayor sueño es que me digan: ‘Ya se inició una averiguación sobre la muerte de Cristóbal.’”

Al salir de la cita pasan tres jóvenes, cada uno con su cuatrimoto, el vehículo todo terreno inventado en los ochenta para las zonas agrícolas. Vamos cruzando la calle, Alma y yo, rumbo al Casino de la Cultura, donde se presenta una novela sobre el narco: Entre perros de Alejandro Almazán. “¿Son?”, le pregunto. “Sí, son”, afirma. “¿De otro modo cómo podrían comprar las cuatrimotos si valen más de 50 mil pesos cada una?”

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Llegó el narco aquel con un anillo de diamantes. “Quien me trate bien se lo queda.” Era gordo, feo, un narquísimo. A las jóvenes beldades invitadas al cumpleaños les brillaron los ojos. Primero le ofreció el anillo a Bárbara, una sonorense temperamental que había llegado a Mazatlán en 1984. “Traje esto para la que se porte bien”, le dijo el hombre. “Uy, me queda muy grande”, respondió ella dándose media vuelta. Inmediatamente Lola –guapísima, con cuerpo espectacular, una niña de buena familia que no necesitaba dinero– le pescó el anillo. No le quedó en el dedo anular sino en el índice. “Y él, fascinado”, recuerda mi entrevistada. Nunca antes se habían visto. “Las mujeres se exhibían como si estuvieran en aparador para ser elegidas por el narco. La ambición las devoraba”, confiesa la mujer, que en ese periodo conoció a los narcotraficantes Miguel Ángel Félix Gallardo y Rafael Caro Quintero. Enumera los detalles de sus fiestas: las pistolas, los diamantes, la cocaína sobre las mesas, el desfile de veinteañeras como maniquís, las esclavas de oro con diamantes extravagantes, los trajes impecables de los hijos de los narcos, educados en las mejores escuelas de Culiacán.

Lo extraordinario se recuerda siempre. Bárbara no tocaba el tema desde 1986. Cuando se instaló en el puerto gracias a Susana, ex condiscípula del hijo de un capo, Bárbara tenía abundantes cabellos castaños, boca bien dibujada y ojos de larguísimas pestañas capaces de sostener un cigarro Baronet. Cumplía 21 años. “Desgraciadamente éramos empleadas de la ex amante de uno, dueña de una tienda lujosa puesta, obvio, con dinero del narco. Nos caían todos. El capo aquel era propietario de un antro, una palapa con piso de madera donde un día me sacó a bailar.”

Le impresionaban sus fiestas. Muchas duraban 24 horas. Hasta que el trompetista tenía la boca floreada. Una vez Caro Quintero sacó la pistola. “De aquí nadie sale hasta que yo lo diga.” Se quedó petrificada. “Eran fiestas tremebundas y debía ir.” Su refugio fue observar. Los hombres platicaban sobre sandeces. Bromeaban. Sólo mencionaron el “negocio” delante de las mujeres cuando detuvieron a Caro Quintero en Costa Rica, el 4 de abril de 1985. En la fiesta del sábado siguiente se criticó mucho la aprensión. Pero más se bromeó sobre una muchacha, presunta hija de un gobernador de Jalisco, que estaba en la cama con él cuando llegó la policía. “¡Ay, se robó a la plebe!”, exclamaban entre risas.

Después de la detención todo se hizo más discreto. Los narcos llegaban a buscarlas porque no los iban a delatar. Se quedaban una semana y “ni nos tocaban”. A Lola se la llevaron a Estados Unidos. Allá sí los encarcelaban. No podían ser extravagantes. No salían. Iba sola a los centros comerciales. Se aburría. Las fiestas disminuyeron, “pero los Arellano Félix seguían yendo tranquilos a la playa. Lo único: no les gustaba que les pidieras dinero. Eso sí no”. Félix Gallardo era el más serio y discreto.

Intimidaba con su mirada. Llegaba “con fajos de billetes de este ancho y te los botaba”. Los otros eran más rancherones, más de la sierra, exhibicionistas.

Bárbara no sabía que Caro Quintero era uno de los narcotraficantes más buscados por la dea. Era dueño del rancho El Búfalo, donde trabajaban cuatro mil hombres en la siembra de mariguana. Tampoco sabía que Francisco Arellano Félix era un personaje en la buena sociedad de Mazatlán. “Violencia nunca vi, tampoco que inhalaran coca. En un bar de moda los narcos y los federales se levantaban la copa de mesa a mesa. Me daba mucha risa porque mis amigos me encontraban un día en la mesa de los narcos y al otro en la de los federales. Estos eran muy monos. Nada más decían ‘no juegues con fuego.’”

Una vez una compañera la invitó a tomar un café. “Nomás vente bien vestida.” De pronto se vio sentada entre señoras muy enjoyadas. Eran esposas de narcos. Hablaron de cosas de mujeres, como la crianza de los niños. “¿Cómo le pones límites a un adolescente si está viendo que su papá hace fiestas de 24 horas o se droga?” Nada de eso podía ocultarse. La posición de la amante era una; la de la esposa, otra. La violencia era para la segunda, pues había una intensa violencia familiar. Muchos vivían bajo los efectos de la droga. A una se le murió un hijo en un choque provocado por una discusión conyugal. Bárbara supo de un narcotraficante que silueteaba a su mujer a balazos. Estaba rodeada de puros narcos. Lo supo ese día del café, cuando las oyó. “¿Supiste del arresto?” Me preocupa mi marido. Anda en la sierra.

“Me acuerdo que un Arellano Félix hizo una fiesta. Yo cargué a su hijito de tres años. De repente el niño cogió una pistola de la mesa. ‘No, mijito. Eso no es un juguete’, dijo su padre.” Acude a mi mente la imagen, recientemente vista en El Debate, de unos niños desarrapados jugando con casquillos de bala, después de un tiroteo en una colonia de Culiacán.

Bárbara tuvo un pretendiente cuando vendía tiempos compartidos. Llegó y pagó de contado. En dólares. “Vamos a celebrar.” La venta tenía buena comisión, y ella aceptó. Ya en la cena él quería amor eterno. Se dijo agricultor. “¿Qué siembras?”, preguntó. Él volteó, burlón: “Pepinos, zanahorias.” Ella se rió. Él empezó a visitarla, a fijarse en el refrigerador vacío. “Una vez me dio mil pesos, unos diez mil de ahora. Compré lo que necesitaba y mucho más.” Después él le dijo que era hijo del narcotraficante Perengano. Una noche llegó pasado de copas y se quedó dormido. En la mañana ella le hizo un caldo de verduras, unos chilaquiles picosos. Compró cervezas. “Para él fue un súper detalle porque todo mundo les sacaba dinero. Después comimos en un restaurante. Había ley seca y convencí al mesero de que nos sirviera cerveza en tazones de sopa. Eso se le hizo otro detallazo. No era algo especial, así soy, pero él se derretía. Tendría unos 35 años. Me propuso matrimonio al día siguiente. Quería un hijo. Le dije que ni lo conocía. Pero para él ya nos habíamos tratado lo suficiente. ‘¿Qué quieres de la vida? Yo te lo doy. Donde pongo el ojo pongo la bala.’ Vi que hablaba en serio. A los pocos días me regresé a Sonora. Fue el momento. Todos mis valores se estaban haciendo pinole.”

Bárbara baja la vista. Conserva las celebradas pestañas, su seña de identidad entre los narcotraficantes. Algunos problemas de salud la traen de capa caída. Con sobrepeso. En la pared hay una foto en la que luce jovencísima, radiante. Suspira hondo, oprime con suavidad su vientre –“aquí siento las emociones”– y, con una risilla bailándole en los labios, me confronta con su acento norteño: “Te la creíste, ¿verdad? ¡Yo no me llamo Bárbara!” Luego se pone muy seria: “Pero todo lo que te conté es cierto.”

***

“¡Lo van a matar! ¿Anda con escolta?”, repetía la gente a mi alrededor el 6 de noviembre. Ese viernes los culichis desayunaron con la noticia de que Manuel Clouthier Carrillo, el Maquío II, ex director de Noroeste e hijo de Manuel Clouthier del Rincón, había declarado que Sinaloa tiene dueño. Figura controvertida, muchos esperaban que se ajustara a la leyenda garabateada por su padre en la hoja final de su agenda, poco antes de morir en 1989: “El peor de los castigos en el Infierno está destinado a aquellos que se mantienen neutrales en tiempos de crisis: Dante, La Divina Comedia.”

Algunos, como Alejandro Sicairos, de Ríodoce, ven en él una “disposición a evitar que la narcopolítica cause a Sinaloa mayores daños”. Pero Clouthier acaba de anunciar, a mediados de febrero de 2010, que no buscará la gubernatura: “¿Qué vas a hacer en Sinaloa? Tienes dos opciones. O pactas con el crimen organizado o pactas con el gobierno federal. Son las únicas dos formas de gobernar. Yo no voy a pactar con el crimen organizado, y si no soy capaz de establecer un compromiso con el gobierno federal, no tengo nada qué andar buscando en Sinaloa, que es un mugrero.”

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Oigo la tambora por primera vez en vivo durante la comida posterior a la presentación de un libro de David Rubio Gutiérrez, Mocorito, la Atenas de Sinaloa, durante las fiestas por el 404 aniversario de la fundación de Badiraguato, el municipio considerado como la capital del narcotráfico en México, ubicado en las estribaciones de la Sierra Madre Occidental. Esta música, vigorosa y melódica, me llena de una alegría casi explosiva que procuro ocultar. De todos modos alguien dice: “Se te nota la cuna.”

Unas horas antes, durante el viaje de ida a la cabecera municipal, el compositor Rubén Rubio Valdés ha dictado cátedra, llevado por el entusiasmo, sobre la tambora clásica. Su sueño de llevarla a la sinfónica se hizo realidad gracias al estadounidense Gordon Campbell, radicado en Culiacán, con un concierto considerado imposible, donde incorporó al repertorio de la Orquesta Sinaloa de las Artes no sólo polcas y danzonetes sinaloenses centenarios sino los instrumentos de viento llevados por los bávaros Jorge y Enrique Melchers y Celso Fuhrken al Mazatlán del siglo XIX. La tambora es descendiente de las marchas militares alemanas y se hizo popular en Sinaloa entre los años treinta y cincuenta del siglo XX. Hoy las bandas incluyen de 14 a 20 músicos dedicados a tocar sus trompetas, trombones, clarinetes, tubas, tamboras, cornetes, bajos, tarolas y platillos. La vida sinaloense no se entiende sin la tambora campesina, y se dice que aún existen poblados donde se escolta con su música a los moribundos desde su lecho de muerte hasta la tumba.

En Sinaloa el crimen organizado se expresa con la tambora. Incluso hay imágenes surrealistas como la descrita por el director de teatro Alberto Solián: la de un grupo de presuntos narcos remolcando, con su camioneta, una lancha donde los músicos de una tambora tocaban a todo. Era un cumpleaños.

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En Sinaloa, se dice, sólo hay dos estaciones: la del tren y la del calor. Badiraguato, “la cepa de la cepa” del narcotráfico, disfruta este noviembre de un cálido invierno de 27 grados. Pero el verano pasado los termómetros marcaron 50.

Gilberto López Alanís, director del Archivo Histórico General del Estado de Sinaloa, historiador y economista, decide invitarme. “La violencia en Sinaloa es histórica. Mentira que los pueblos sean bucólicos. Debajo están hirviendo, y más con dinero.”

Esta región es la de peor fama en Sinaloa. Aquí nació el narcotraficante Joaquín Guzmán Loera, alias el Chapo. Aquí se cultiva, desde hace más de cien años, la amapola blanca de tintes violáceos. Aquí los chinos enseñaron al campesino a extraer la goma de opio. Los Tigres del Norte, compositores de corridos del narcotráfico, nacieron en Rosamorada, un poblado cercano.

Durante el recorrido por carretera –son 85 kilómetros desde Culiacán– la conversación se centra en tópicos sinaloenses como el formidable desarrollo tecnológico en la agricultura que convirtió al estado en el granero de México. Se mencionan también la pujante industria pesquera, el ganado de primera clase, los extensos litorales del Pacífico. La belleza femenina, que es motivo de plática a toda hora, merece capítulo aparte de tan alabada y común en estas tierras.

Todo transcurre bucólicamente, por así decir, hasta que aparecen, del lado contrario de la ruta, doce convoyes militares con 240 soldados acomodados de veinte en veinte en los vehículos. Rubio Gutiérrez, que nos acompaña, señala que regresan de quemar campos. Una violencia soterrada irrumpe en medio del paisaje.

“No se trata de condenar el fenómeno del narcotráfico sino de entenderlo. Históricamente Badiraguato tiene un destino. No creas que nadie está contento. Se repudia esto. Desde principios del siglo XX la región tuvo la desgracia de ser el laboratorio de la siembra de la adormidera porque la sierra tenía las condiciones climáticas y estaba cerca de la capital. Había un corredor de estupefacientes y la Revolución no fue ajena. Es un centro serrano cercano al mar, a la frontera estadounidense. Pero esta gente –descendiente de vascos, judíos conversos e indios guerreros, y educada por jesuitas avanzados– domina su naturaleza, es muy autónoma, muy capaz de sobrevivir”, explica López Alanís.

De pronto suena mi celular. “Ah, estás en Badiraguato. Algunos datos: su prisión tiene las mejores instalaciones y sólo cinco reos; Antonio Malecón fundó la Universidad de la Sierra en Surutato; el anterior presidente municipal no tenía primaria.”

***

Un hombre de 1.90 metros habla sobre sus jornadas de cacería de venado en la sierra, en lugares casi inaccesibles. “Ves matas de mariguana mucho más altas que yo.” Al Chuy le chifla la belleza del paisaje, las guacamayas de vivos colores. Los guías, cuenta, van con su coca envuelta en papel periódico. “Snif, snif. ¿Quiere?” Podría pasar horas oyéndolo. “Los narcos colombianos de los ochenta volvieron adictos a los de Sinaloa porque les pagaban con cocaína. Hasta hubo un músico viejo que se hizo catador de heroína para salir de la miseria.” Al despedirnos ya no encuentro su mirada brillante. “Es lo peor. Acostumbrarte. Y aquí te pasa.”

Marisol Valles temblaba cuando llegó a la garita fronteriza. “Soy Marisol Valles y me van a matar —le dijo al agente de migración—. Venimos a pedir asilo”. Llevaba a su hijo en brazos. Atrás de ella: su marido, sus padres y sus dos hermanas. Los seis habían salido de casa con sus actas de nacimiento y lo que traían puesto. Ni un papel más, ni un cambio de ropa para el bebé.

Esa tarde, cuando su padre y su marido regresaron de trabajar, la madre de Marisol les dijo la decisión: iban a irse. Todos se subieron a la camioneta roja y manejaron sin parar hasta la garita fronteriza.

Los agentes la reconocieron: sólo cinco meses antes, su foto con la leyenda “La mujer más valiente de México” había dado la vuelta al mundo. Llevaba los mismos lentes de pasta sobre la nariz recta, el pelo lacio al hombro (y, ahora, mirada de angustia). A los veinte años, Marisol Valles había sido nombrada directora de Seguridad Pública de Práxedis G. Guerrero, un pueblo en el Valle de Juárez, Chihuahua, donde habían sido asesinados, según la versión, cuatro o cinco comandantes. Otros simplemente habían huido ante las amenazas de los cárteles del narcotráfico. Marisol tomó el puesto que nadie quería, con la promesa de que la nueva policía, formada casi por puras mujeres, no haría trabajo de combate a la delincuencia, mucho menos al narcotráfico, sino de prevención del delito.

Pero las amenazas, a veces disfrazadas de invitaciones a colaborar, tardaron cuatro meses en llegar. Y la única solución para la jefa de policía fue el exilio.

El día que decidió pedir asilo, Marisol dejó de asistir a una cita que tenía en Ciudad Juárez. La llamada del hombre plantado llegaría en cualquier momento. O no. Quizá no habría más llamadas, sólo amenazas cumplidas.

***

Marisol Valles nunca ha tocado un arma. Nunca quiso ser policía. Tampoco tuvo intenciones de cambiar la negra historia reciente de su pueblo —la de ejecutados y cabezas exhibidas en la plaza—. “Yo metí mi solicitud para trabajar como secretaria, no como directora [de Seguridad Pública]“, me dijo.

Me reuní con ella en una vieja casona de El Paso, Texas, donde están las oficinas de su abogado, Carlos Spector. Esa mañana, la esposa de Spector, Sandra, había ido a recogerla a algún lugar donde la dejó un pariente. Sandra me asegura que ni ella sabe dónde vive Marisol. Desde que llegó a Estados Unidos sólo ha dado un par de entrevistas en vivo, y ésta es la primera vez que lo hace sin acompañantes.

—No confío —me dijo, y repitió la frase varias veces.

Más que la joven valiente cuya foto habían publicado los periódicos un año antes, parecía una adolescente perdida que no sabe cómo volver a casa ni cómo llego a donde está.

Marisol Valles nació en Ciudad Juárez y vivió siempre en Práxedis. Nunca viajó más allá de Juárez, ni hacia el sur, ni hacia el norte. Su padre, un mecánico diesel que trabajaba en un rancho, se encargó de que todas sus hijas fueran a la escuela. Marisol, la segunda, era una niña dulce, ordenada, siempre cuidada por su madre. En 2007, cuando terminó la preparatoria, pensó en estudiar psicología, hasta que alguien le habló de la carrera de criminología. “Me interesaba mucho entender por qué la gente se comporta de diferentes maneras, qué quiere decir cuando una persona hace una cosa”, dijo.

El único lugar donde encontraron esa carrera fue en una escuela privada en Ciudad Juárez. Para ayudar a sus padres con los gastos, Marisol se consiguió un trabajo como secretaria en la comandancia de policía del pueblo. Por la mañana trabajaba llenando reportes policiacos, y por la tarde viajaba a Ciudad Juárez para ir a clases. Ahí empezó a ver a su pueblo desde una ventana distinta de la de su casa.

—Entré porque la secretaria renunció, porque habían matado al comandante.
—Habían matado al comandante de la policía de Práxedis —le digo casi incrédula.
—Pues ya habían matado a varios, para serte sincera. A éste se lo llevaron, luego reportaron una riña muy grande, y salieron los policías. Cuando regresaron estaba en una hielerita la cabeza del comandante y había una cartulina que les explicaba todo.

***

El Valle de Juárez es una región en la frontera de Estados Unidos, al este de Ciudad Juárez, donde en otra época se sembraba algodón. Hoy, a lo largo de la carretera, sólo se ven unos cuantos campos algodoneros. El resto del territorio está compuesto por solares polvosos; sus plantas son pedazos de coches viejos. Los puestos improvisados de venta de ropa usada son el tipo de comercio más popular.

En el camino de Juárez a Práxedis, nuestro guía nos va haciendo recuento de los muertos. “Aquí una vez mataron a dos. Aquí encontraron los cuerpos desenterrados de los hermanos Reyes Salazar. Aquí, dos. Aquí, tres. Aquí, un ejecutado”. “Aquí —en un campo conocido como Los Arenales—, se llenaba de carros de Juárez, era un estacionamiento. La gente hacía sus carnes asadas y pisteaba. La poli no te decía nada. Todo eso se perdió”.

Práxedis siempre fue un sitio para el paso de la droga a Estados Unidos. Los paquetes se cruzaban por el río. “Pasaban y corrían. Desde aquí se veía [el otro lado]. Hasta que pusieron esa malla ridícula. O barda, lo que sea”, me dice el sacerdote de Práxedis, Martín Magallanes, en la oficina de la parroquia de San Ignacio de Loyola, casi a la entrada del pueblo.

Magallanes, un sacerdote joven con barba de candado que habla ronco con un fuerte acento juarense —dice morros y batos y llama La Morena a la Virgen de Guadalupe— llegó hace unos meses al pueblo. Antes había estado a cargo de la Pastoral Penitenciaria, como guía espiritual de todos los presos de Ciudad Juárez. “Puede ser que algo tenga que ver con que el señor obispo me haya enviado aquí”, dice.

Cuando Magallanes llegó a Práxedis encontró un pueblo triste. La violencia había bajado, pero el pueblo se había quedado medio vacío, por los muertos y los desplazados. En su primer sermón, la gente lloraba. “Va más allá de la violencia, hay dolor, tristeza, ganas de venganza —dice—. La gente tiene miedo, está triste. Me encuentro un pueblo con padres a los que les mataron a varios hijos, jovencitas viudas, muchachitos en shock, porque vieron como mataban a sus padres, abuelos criando nietos”.

En este lugar, dice Magallanes, la vida se estaba volviendo desechable.

En 2007, cuando la violencia por la lucha entre cárteles había crecido, el Ejército llegó a ocupar el gimnasio municipal, a la entrada del pueblo, justo frente a la escuela primaria. Todos coinciden en el pueblo que la presencia militar sólo trajo más sangre. Las cifras dicen que, en 2010, Práxedis fue el cuarto municipio con más muertes relacionadas con el crimen organizado: setenta y uno en un pueblo de menos de cinco mil habitantes, muy por encima de Ciudad Juárez. De los levantamientos y desapariciones no hay cifras. Práxedis se volvió tierra de nadie y, por su ubicación, objeto del deseo de la avidez territorial del narco.

Varias personas me cuentan una historia escabrosa.

Una mañana, una caravana de camionetas recorrió los pueblos del Valle. Desde adentro aventaban volantes en la plaza, en las paradas de camiones donde los estudiantes tomaban el trasporte a la preparatoria —ahí estaba la hermana de Marisol—, en la fila de las panaderías, en la entrada de las escuelas, afuera de la Presidencia Municipal.

Eran copias de un documento escrito a mano con una lista de cientos de nombres divididos por pueblos. Era la lista negra. Esas personas tenían veinticuatro horas para abandonar el pueblo, si querían seguir con vida. Los que pudieron, huyeron esa misma noche. La mayoría cruzó la frontera a los pueblos texanos de Fabens y Hancock. Saúl Reyes Salazar, un activista de Guadalupe, el pueblo con más homicidios relacionados con el narcotráfico, me cuenta que de la lista de su pueblo ya sólo quedan unos cuantos vivos. Él ha perdido cuatro hermanos.

Magallanes dice que, en esa zona, más gente de la que uno se imaginaría trabajaba para el narco. “Aunque sea nada más ver, informar, guardar algo o hacer un pequeño servicio —dice—. Un día el cártel contrario dijo: o trabajan con nosotros, o mejor se van, o nos encargamos de que no trabajen para nadie”.

Cada dos o tres cuadras, en las calles terregosas de Práxedis, aparece una casa deshabitada, vandalizada. Algunas incluso están quemadas. A las orillas del pueblo, los ranchos están abandonados. Eran las propiedades de muchos que salieron huyendo del derecho de piso que les cobraban los cárteles.

“La gente decía: yo viví aquí, me la pasé toda mi vida aquí, treinta, cuarenta años, y tuve que dejar mi familia, mi casa, mi rancho, a lo que yo me dedicaba, porque estos señores quieren que yo me vaya. No les puedo dar lo que ellos piden, tendría que trabajar nada más para ellos”, dijo Magallanes.

Había levantados todos los días. Algunos cuerpos aparecían semanas después. De otros nunca se volvía a tener noticias después de su desaparición. Una noche, Marisol bajó a la cocina de su casa y escuchó ruidos. Los vecinos tenían una gran fiesta que un comando armado estaba interrumpiendo. La fiesta completa se tiró al piso. Los hombres armados se llevaron a los que quisieron, no se sabe por qué o para qué. Semanas después, los cuerpos acribillados aparecieron en un lote baldío.

La policía municipal —con veinte agentes en su mejor momento—, no se daba abasto con las llamadas para atender riñas, balaceras, ejecuciones, cuerpos encontrados. No sólo no podían hacer mucho, estaban también amenazados.

Cuando Marisol era secretaria de la comandancia, el titular en turno recibió una llamada. Dejó la bocina de lado y puso el altavoz. Del otro lado salía una voz masculina: “No somos los marranos que están matando gente inocente, podemos ser amigos, pero tienes que cooperar”. El hombre leyó la lista de los agentes que tenían que dejar la corporación en veinticuatro horas. El comandante se limitaba a responder: “Sí, señor, sí, señor”. Al día siguiente, varios de esos policías no se presentaron a trabajar. Nadie los volvió a ver por el pueblo.

Camionetas con hombres armados patrullaban el pueblo, asegurándose de que los hombres de su lista no siguieran deambulando por las calles de Práxedis.

Un domingo, cuenta Marisol, la llamaron de la Presidencia Municipal. Tenía que ir a hacer un reporte por pérdida de armas. Marisol había escuchado que algo había pasado en la comandancia, pero no se enteró hasta que llegó a trabajar. Los policías llegaban uno por uno a entregar su arma y presentar su renuncia. La noche anterior, cuando un par de agentes estaban de guardia, un grupo armado entró a la comandancia. Se llevaron todas las armas que estaban bajo llave en una especie de librero de metal. Uno de los agentes alcanzó a huir corriendo, pero se cree que lo agarraron. Su mujer llegó al día siguiente desesperada preguntando por su marido. Nunca se volvió a saber de él.

Los comandantes cambiaban cada mes. “Un día tenía un jefe, y al rato ya no estaba. Otro jefe, y ya no está”, dice. Marisol vio salir de la comandancia a uno de ellos, Manuel Carbajal —del que tiene mejores recuerdos—, en el auto de un policía. Unas horas después, escuchó la llamada de la policía del pueblo vecino, avisando que habían encontrado su auto y su cuerpo rafagueado en la carretera a Ciudad Juárez.

Marisol, que ganaba tres mil pesos quincenales, tenía un seguro de vida de cuatrocientos mil pesos en caso de muerte por accidente y doscientos mil en caso de ser acribillada en servicio.

***

En julio de 2010, Chihuahua eligió gobernador y alcaldes. En Práxedis, donde gobernaba el Partido Revolucionario Institucional (PRI), ganó el Partido Acción Nacional (PAN). Con el cambio de gobierno, se acabaría el contrato de trabajo de Marisol, que para entonces se había casado y tenía un hijo. Necesitaba conservar su trabajo, y llevó una nueva solicitud a las oficinas del presidente electo.

“Cuando [el alcalde electo José Luis Guerrero de la Peña] lee mi solicitud y ve que estoy estudiando criminología, me ofrece lo de director de Seguridad Pública —dice Marisol—. Me dijo que el proyecto iban a ser de puras mujeres, que sólo iba a haber dos hombres armados, y era un trabajo más social, íbamos a rescatar la confianza”.

Su primera respuesta fue un no rotundo. “Le dije que tenía miedo”.

La idea del presidente municipal era que la policía delegara al Ejército la lucha contra la delincuencia e hicieran un trabajo social de apoyo al DIF —entrega de despensas, censos de personas necesitadas, niños abandonados, ancianos solos—. La nueva policía femenina recuperaría la confianza de la gente.

“Se me hizo muy bonito el proyecto. Yo tengo un hijo pequeño y pensé de aquí a que crezca, si sigue así, ¿qué le va a tocar? Va a tener que ser sicario, no va a tener caso”.

Marisol corrió a contarle a su madre y ella la apoyó y la ayudó a convencer a su padre y a su marido. Con sus veinte años, Marisol, al frente de la policía de un pueblo peligrosísimo, se volvió una nota nacional e internacional. Práxedis G. Guerrero adquirió notoriedad ante el mundo, que poco o nada sabía del infierno en el que cotidianamente vivía.

La llegada de la prensa internacional era también una oportunidad de darle su mensaje al narco. “El alcalde me dijo: si viene la prensa hay que decir que no estamos en contra de nadie. Porque no íbamos contra ellos, les teníamos miedo y eso es lo que es. Lo que quería el alcalde era un acuerdo para que dejaran en paz el municipio. Estábamos en lo social, no nos estábamos metiendo en nada que les perjudicara”.

En octubre, en una rueda de prensa escoltada por el alcalde y algunos regidores, Marisol dijo que su trabajo sería de prevención, y que su principal obstáculo era la falta de recursos en un cuerpo policiaco que no tenía ni patrullas ni bicicletas, en donde los recorridos se hacían a pie.

El diario español El País la bautizó como “La mujer más valiente de México”, y otros medios retomaron el apelativo. Así se le conoció desde entonces.

Con ocho mujeres y dos hombres policías —el cargo de comandante desapareció—, dos rifles y un revólver, la nueva corporación hacía recorridos por todo el pueblo. Las policías regresaban al cuartel con la lista de las necesidades de la gente. “Muchas se ponían a llorar. Les tocaban casos de gente que estaba pobre, abuelitas que se quedaron con los nietos porque mataron a los papás, madres solteras con muchos niños y el esposo levantado”.

La atención internacional se transformó en ayuda. El Club Rotario mandó personal médico a hacer mamografías a las mujeres de Práxedis; llegó un dentista, despensas, hasta algo de dinero. Gente de todas partes llamaba preguntando cómo podían ayudar al municipio. “Un señor me dijo: por usted estamos aquí; dijimos: cómo una niña tiene más pantalones que nosotros y no podemos ir a darle esa ayuda a esa gente —dice Marisol, y una lágrima rueda por su mejilla izquierda—. Me da pena pensar que no terminé”.

A finales de 2010, la revista Newsweek incluyó a Marisol en la lista de las ciento cincuenta mujeres que mueven al mundo, al lado de Oprah Winfrey y Michelle Bachelet. Y El País la nombró uno de los cien personajes del año.

—¿Qué sentías cuando te decían la mujer más valiente de México? —le pregunto.
—Yo nunca me sentí así.

***

Dos meses después de empezar su función como directora policiaca, el alcalde la mandó llamar. Una de las policías había encontrado una hoja con un mensaje durante uno de sus recorridos. En tinta roja y escrito a mano llamaban “marrana” a Marisol y la amenazaban con dejar huérfano a su hijo por trabajar para un cártel.

“Yo no iba a ser tan tonta para meterme con un cártel. Yo tengo un hijo”, dice.

Pasó casi inadvertida esa primera amenaza. Después —según Marisol— llamaron al alcalde para pedir que la despidiera. Cuando Marisol se enteró, perdió la tranquilidad. Vivía esperando que la llamaran directamente.

Así que, poco antes de cumplir cuatro meses en el cargo, Marisol recibió una llamada de un número desconocido, mientras estaba en casa de su madre.

—¿Qué no te dieron el mensaje que no te queremos ver aquí? —le dijo la voz de un hombre joven.
—¿En qué le estoy perjudicando? —contestó Marisol tratando de no perder la calma.
—No te hagas la tonta, que tú sabes que andas con aquellos marranos. Te voy a investigar y a llamar el viernes.
—Espero su llamada, yo no tengo que ver con nadie.

Empezaron a aparecer indicios de espionaje. Un auto rondaba constantemente la casa de sus padres, un niño en una bicicleta se estacionaba mañanas y tardes afuera de la casa de Marisol y las policías le avisaban de coches desconocidos afuera del cuartel, con hombres que nunca se bajaban.

Marisol se cambiaba del auto de su marido al de su hermana para tratar de distraer al enemigo. Pasaba más tiempo en casa de sus padres. Había dejado de dormir y hacía planes con su marido sobre las posibilidades de escape en caso de que llegara un comando a su casa.

El viernes no llegó la llamada esperada, pero eso no le quitó el miedo. “Yo dije: un día de estos van a venir por mí”. Una semana después recibió una llamada en la comandancia, pero no estaba. Más tarde, le llamaron de un número privado a su celular. Era la misma voz de días antes.

—Tú fuiste a la tienda del pollito a recoger dinero.
—Yo no he salido en ningún momento, se está equivocando.
—Tengo a alguien vigilando, tú trabajas para ésos, conoces a…

Ahí se sintió vencida.

—Si quiere el puesto en el que estoy ponga a quien quiera. Yo puedo trabajar de recepcionista, pero no me voy a ir del pueblo.

En ese momento el hombre cambió la estrategia. Le dijo que si era cierto que no trabajaba para nadie, entonces quería verla en Ciudad Juárez para hablar. Marisol se atrevió a decir que iría para probarle que no trabajaba para ningún cártel. Colgó el teléfono.

La madre de Marisol llegó a recogerla a la comandancia y se encontró con un auto estacionado atrás de ella, con dos hombres y la puerta abierta.

El celular volvió a sonar, el hombre le dio a entender que sabía que era su mamá quien había llegado a la comandancia. Esta vez, la conversación fue más lejos. El hombre le dijo que tenía a alguien dentro de su corporación vigilándola, y que la vería en Ciudad Juárez, que tendría que cooperar. Marisol preguntó si podía ir acompañada de su madre. El hombre sólo le dijo que la volvería a llamar para darle instrucciones.

El lunes, Marisol regresó a trabajar. Le dijo al alcalde que ya no podía trabajar bajo amenaza, que estaba aterrorizada, que quería renunciar, le pidió que la ayudara dándole un puesto de recepcionista. “El alcalde me dijo que estaba bien. Estaba triste porque apenas habíamos empezado”, dice Marisol.

Esa tarde, Marisol se fue a su casa temerosa. Las horas en la comandancia habían sido una pesadilla esperando que el teléfono sonara de nuevo. Llegó a casa de su madre y juntas decidieron que lo único seguro era dejar Práxedis. Era el mes de marzo de 2011.

***

La Presidencia Municipal de Práxedis está al lado de la comandancia de policía, frente a la plaza, que no es distinta de la mayoría de las plazas de pueblo de todo el país. La de Práxedis tiene bancas verdes y un quiosco rosa. El pueblo entero es de un silencio aterrador. Desde la Presidencia se escucha la música de banda que tocan en algún negocio del otro lado de la plaza.

El alcalde me recibe en una oficina austera. Tiene prisa, insiste. Sólo unos minutos. Es un hombre católico que habla de un proyecto político basado en principios tomistas: persona humana, bien común, solidaridad, subsidiariedad.

Me dice que su plan para el municipio está basado en la experiencia personal. Su policía le dijo adiós a las armas no sólo porque le toca a las fuerzas federales combatir al narcotráfico, sino porque con amor se consigue más. Si la policía se gana la confianza y cuida al pueblo, el pueblo los va a cuidar a ellos.

Dice que hace año y medio que Práxedis no tiene muertes violentas. “Hay gente de aquí a la que han matado, pero fuera del municipio”, dice. No se acuerda cuando fue la última vez que escuchó una balacera en Práxedis. Fue ahí frente a la plaza antes de que él tomara posesión como alcalde. La violencia en toda la zona disminuyó en 2011. El gobierno federal lo atribuye a sus acciones. La gente en Juárez tiene dos teorías: o ya ganó un cártel sobre el otro o hubo arreglos que nunca conoceremos.

Le pregunto al alcalde por su antigua directora de Seguridad, Marisol Valles.

“No era directora —dice tajante—. Era encargada de despacho”. De pronto Marisol ya no era la mujer valiente que iba a salvar al pueblo, como en aquella rueda de prensa un año antes a la que la Alcaldía había convocado. “Ustedes [los medios] buscaron un icono y lo encontraron en Marisol. Pero nada que ver, ella no salía a las casas, ella no coordinaba el programa. Ella llevaba una bitácora del trabajo de los policías y desparramaba informes a obras públicas, al DIF, a desarrollo social”.

El presidente municipal duda que Marisol haya sido amenazada, aunque tampoco puede negarlo. Dice que habían despedido personal y que es común que lleguen llamadas extrañas a la Presidencia Municipal. “¿Quién necesitaría amenazarnos? Ahí es donde me queda la duda. No puedo asegurar que alguien lo haya hecho de broma, pero tampoco puedo negar que sí haya pasado”.

Habla de toda la presión que tuvo Marisol desde que los medios la descubrieron. Todos opinan sobre ella, el gobernador no la quiere, le llegan ofertas mediáticas de muchos lados. “Yo sentí que le estaban haciendo mucho daño a ella. La presionaron al extremo. Llegaron tentaciones. La muchachita resistió mucho”, dice.

—Si le estaban haciendo daño, ¿por qué la alcaldía no paró esa locura de los medios? —le pregunto.
—En la libertad no puedes presionar por encima del derecho de alguien. No es ni bueno ni sano.

Guerrero de la Peña dice que Marisol le avisó que se iba, pero que él le dio un permiso por quince días porque su hijo estaba enfermo. “Me dijo: si todo sale bien, ya no regreso”.

Cuando Marisol dejó el cargo, el presidente municipal dijo que había pedido un permiso y que sería despedida de su puesto si no regresaba a trabajar cierto día. El gobernador César Duarte fue más lejos y la acusó de aprovechar su puesto y su fama para irse a vivir a Estados Unidos.

Marisol no podía defenderse. Estaba en calidad de detenida en un centro de detención en Estados Unidos cuando vio en la televisión las declaraciones del gobernador y el alcalde. Sus compañeras le decían: “¿Ésa no eres tú?”.

Cuando apareció de nuevo dando un mensaje desde Texas, Duarte la acusó de dañar la imagen de Chihuahua y de haber abandonado el cargo por un lío de faldas. “Lo que no puede ser es que su circunstancia personal sirva para dañar mayormente la imagen de Juárez y de México. Aprovechar el estigma impuesto a esta ciudad para arroparse. Ella no quiso recibir protección de la autoridad porque no tenía amenazas. Estamos haciendo un gran esfuerzo por cambiar esa imagen de Juárez y por un lío de faldas alguien va y dice que debe ser asilado político”, dijo a los medios de comunicación.

***

Una tarde llegó a la oficina del abogado Carlos Spector la llamada de un hombre que pedía ayuda para su familia. Era un tío de Marisol Valles. Marisol y parte de su familia estaban en un centro de detención en el noreste de Estados Unidos. El padre y la hermana, en otro.

En los años ochenta, Spector, un prestigiado abogado de madre mexicana y padre ruso judío, fue el primero en ganar un caso de asilo político para un mexicano. Desde joven ha sido activista por los derechos de los migrantes. Es un hombre de apariencia dura y claras posturas políticas.

Spector tomó el caso de Marisol pro bono. Había escuchado ya las declaraciones del gobernador y el alcalde y le había quedado clara una cosa: Marisol no era una amenaza para el narco de Práxedis, pero la necesitaba. “¿Qué necesita el narco? Inteligencia. Marisol tenía información y no quiso colaborar”, me dice.

En el pizarrón de la sala de juntas de su oficina están listados todos los casos de asilo que lleva, alrededor de cuarenta —la mitad son pro bono—. Será difícil que todos tengan un final feliz. Las cortes migratorias de Estados Unidos rechazan noventa por ciento de los casos de asilo para mexicanos.

“Otorgar asilo político a un mexicano es reconocer el fracaso de las políticas de México y Estados Unidos”, me dice Spector. Por eso, un colombiano o un keniano tienen más posibilidades de que se les conceda el asilo.

Pero Spector tiene un plan más grande que esperar hasta julio de 2013, cuando Marisol y su familia tienen la primera audiencia ante el juez. Ha formado la Asociación Mexicanos en el Exilio, a la que pertenecen la mayoría de sus clientes. Ahí están los hijos de Marisela Escobedo, la activista asesinada frente al Palacio de Gobierno de Chihuahua; Saúl Reyes Salazar, que perdió cuatro hermanos, y su sobrino, que quedó huérfano cuando un comando armado levantó y asesinó a su madre; una familia de hermanos transportistas; pequeños y medianos empresarios que ya no pudieron pagar el derecho de piso, y muchos más.

Para el gobierno mexicano es muy fácil que la gente huya, me dice Spector. No se vuelve a responsabilizar de su gente. “Pues con nosotros no se va a acabar la disidencia ni se dejará de escuchar la voz de esta gente. Le vamos a ir a decir al Tío Sam [lo que está pasando], porque es lo único que a México le importa”, dice el abogado.

Me dice que en las siguientes semanas tienen una presentación con tres congresistas federales, lo que les van a ayudar a llevar el testimonio de los Mexicanos en el Exilio al Capitolio en Washington. Spector, como casi todos los habitantes de El Paso, tiene una estrecha relación con Ciudad Juárez y los pueblos de alrededor. Su madre nació en Guadalupe —el luegar más violento del país—, y entiende la relación de las dos ciudades Juárez-El Paso como única e indisoluble. Pero de lejos, en Washington, no lo ven tan claro como ellos.

Me cuenta la historia del más reciente de sus clientes: un joven miembro de una familia con negocios en Juárez al que le cortaron los pies porque dejó de pagar las extorsiones por derecho de piso.

“No nos podemos quedar callados. Lo que está ocurriendo (del otro lado del muro fronterizo) es un genocidio. ¿Qué haríamos si hubiera campos de concentración en Juárez? Tenemos que hablar, tenemos que hacer ruido”.

***

La primera vez que Marisol se reunió con su abogado estaba triste, deprimida, dice Spector. “No sabía en qué se había metido. Nunca había venido a Estados Unidos”.

La familia entera llegó a vivir con unos tíos. Diez personas en una casa. No han logrado salir de ahí porque después de ocho meses no les han otorgado el permiso para trabajar en Estados Unidos mientras se resuelve el caso de asilo. Marisol está desesperada. No puede trabajar, no puede manejar, no tiene dinero.

Una abogada del despacho de Spector organizó una fiesta para recaudar fondos. Así han pagado los gastos judiciales. La comida y los pañales salen de trabajitos que hacen su padre y su marido: limpiar jardines, hacer arreglos en las casas vecinas.

El último día que nos reunimos, Sandra, la esposa de Spector, no podía regresar a Marisol al lugar donde la recogería su padre. Me ofrecí a llevarla.

“No confío”, volvió a decir Marisol.

Sandra, una mexicoestadounidense de unos sesenta años que fue activista por los derechos sindicales y que ahora apoya las labores de su marido, le insistió en que estaría segura.

En el camino paramos a comer a una famosa taquería de El Paso sobre la carretera 10. Marisol me dijo que nunca había ido ahí y empezó a recordar las comidas que hacían en su casa, con toda la familia. De pronto se acordó de la casa de su madre. Le han dicho que está vandalizada, que se han llevado todo: las ventanas, las puertas, los muebles, la reja, hasta el plafón del techo. Me pide que cuando vaya a Práxedis visite su casa y le diga cómo está. Y que si todavía queda algo, le traiga un recuerdo, lo que sea. [Lo que Marisol se imagina es poco: la casa parece una obra negra. Los vándalos no dejaron más que papeles y ropa regados por el piso, que con las lluvias y la tierra se han vuelto una masa tiesa].

Manejamos un par de horas por una carretera hasta llegar al estacionamiento oscuro de una tienda de pueblo. Ahí esperamos a que llegaran por ella. Marisol volteaba insegura cada vez que un coche entraba al estacionamiento.

“Desconfío hasta de un niño”, dijo. Ella misma parecía una niña en ese momento, esperando que la recogieran sus padres de regreso de pasar el día en casa de alguna compañera de escuela.

—¿Por qué querrían buscarte acá? —le pregunto.
—Porque me burlé de ellos.

Me acordé de lo que me había dicho Spector un día antes: “Esa niña avergonzó a México”.

Blanca y Alicia

Las dos reporteras están en la escena del crimen en un cruce astral, la calle Piscis entre Acuario y Leo, en una colonia polvorienta y dislocada, como son todas las colonias de Ciudad Juárez. Es su primer muerto del pesado turno de la noche. La fotógrafa no puede acercarse demasiado a ver el cadáver. No puede traspasar la cinta amarilla de los forenses. Les han dicho que la víctima es un policía de la Procuraduría General de la República (PGR). Con el teleobjetivo se acerca. Clic, clic. Un niño se metió en el cuadro. Ahora ya se escapó. Sale la camioneta del forense.

Yo llegué tarde. Una reportera ya estaba terminando de sacar sus fotos, la otra ya se había subido a una grúa, que estaba casualmente ahí, y con el celular tomó un video y lo transmitió en directo a la página web de su diario.

Nos presentamos. Blanca tiene el nombre apropiado, es casi pálida. Alicia, morena y energética. Escasos treinta años. Ahí paradas en medio de la calle conversamos y nos reímos no sé bien de qué. Unos vecinos nos miran con curiosidad. Debe ser mi acento colombiano lo que les llama la atención.

Mientras llegamos al carro de Blanca, un hombre desproporcionadamente grande me sonríe desde el techo de una casa. Es el alcalde, me explican, cortado en cartón pegado en un muro alto que sobresale de los tejados. “Seguro que no vio nada”, dice alguna entre risas. Partimos rumbo al periódico en el carro destartalado, por el que Blanca me pide excusas.

—Este sector no me asusta, me dice. Nací en Juárez y estoy acostumbrada a esto. Cuando estaba en la prepa, empezaron a matar mujeres. Recuerdo que un profe nos decía: “Si las violan, no peleen para que no las maten”.

Sigue conversando mientras conduce por esta ciudad extensa y árida, de autopistas que conectan barrios y centros comerciales entre escampados de arena. Me muestra un parque bonito, recién hecho, y me explica que es parte de la campaña “Todos somos Juárez”, destinada a mejorar la autoestima de la ciudad. Y después recuerda que allí mataron a siete muchachos que calentaban para un partido. Amontonaron los cadáveres debajo del eslogan “Todos somos Juárez”.

Es la primera parada del violentour, como lo llamó en broma otra colega juarense, como lo hacían los niños de Medellín, cuando lo guiaban a uno a la esquina donde le habían dado “chumbimba” a alguno del barrio, y con sus manitas repasaban los agujeros de las balas en la pared. Eso fue cuando era esa ciudad, y no Juárez, la que rompía los récords mundiales de homicidios. Allá llegó al tope de trescientos ochenta y uno por cada cien mil habitantes en 1991. Aquí la más alta hasta ahora ha sido en 2010, que llegó a trescientos, sin contar los desaparecidos. Este año puede ser peor. Al terminar febrero de 2011 ya iban sesenta y dos muertos más que el año pasado.

“Al paso que voy me quedo sin fuentes”, dice Blanca con una sonrisa tímida. Ya le han matado como treinta, la mayoría policías y abogados. No hace aspaviento sobre los peligros de su oficio. Ése es su trabajo y punto. Del auto de enfrente se baja un hombre fornido y mira en nuestra dirección. Ella detiene en seco su relato.

“¿Éste qué se trae?”, se dice. Y cuando ve que sigue su camino, ella retoma su cuento en el punto en que lo dejó. A veces siente la presión. “Se me acumula aquí y me hace doler”, dice y se señala el pecho. Para quitársela hace spinning y queda livianita otra vez.

Lo que aún no logra domar es la angustia que siente por los deudos. “Me dan ganas de llorar”, dice. Como aquel día en que vio la escena de un papá que murió abrazando a su hijo de ocho años, los dos tiroteados y quemados. Ella vio llegar a la madre desquiciada gritándoles a todos: “Si era un niño inocente, ¿por qué no hicieron nada?”.

Apenas llegamos al estacionamiento del diario, timbra su celular. Es su colega, Julio, fotógrafo. Le dice que hay muerto en Isla Terranova. Ella no alcanza a terminarse el tomate que tiene a medio comer en una caja plástica. Se lo recomendaron para quitarse los calambres que le dan seguido. Terranova…, busca en Google Maps en su teléfono, no lo encuentra. Nerviosa llama a una fuente, que no sabe.

Julio, el flacuchento fotógrafo, aparece cargando dos maletines que se le ven desproporcionadamente grandes, como sus anteojos.

—Que ya están todos allá, vamos —nos dice apurado—. Por el camino ya averiguaremos bien dónde es.

Nos subimos al carro, sin rumbo fijo, al tanteo, y ya empieza a anochecer. Soy demasiado ajena al lugar para sentir miedo. Los veo a ellos, que parecen tan tranquilos en su rutina nocturna de reportear muertos, que me siento en una película, una de esas de persecuciones de carros a toda velocidad por la autopista, en medio de la nada. Nos zumba al lado un automóvil con dos tipos enormes, con música a todo volumen. Vemos el brazo tatuado de uno. Blanca desacelera. No le gusta cómo van, cerrándoseles a todos en zigzag, casi chocando, y lo dice en voz alta.

Una ciudad en guerra

Después de varios días en Juárez, los periodistas me van dejando ver la verdad. No es que estén acostumbrados a la violencia, como insistió Blanca tantas veces. La muerte se les vino encima de repente, como una nube oscura que todo lo ensombreció. En 2007 hubo menos de un asesinato al día. Pero en sólo tres años son más de diez los muertos diarios en promedio. En Medellín, entre 1985 y 1991, los homicidios se triplicaron. La barbarie no les era tan ajena y tuvieron tiempo de prepararse mejor. Aquí no; aquí se multiplicó por diez en un santiamén y sigue creciendo.

No son tampoco los muertos invisibles de hace quince años. La de ahora es una muerte-espectáculo, de escenas macabras de fusilados con máscaras de cerdo. Es una muerte desalmada, de niños acribillados en discotecas y parques; van veintinueve en los dos primeros meses de este año. Es una muerte paralizante, le puede tocar a cualquiera, en cualquier lugar.

Antes, cuando el Cártel de Juárez, que dominaba sin disputa el gran negocio ilícito de pasar drogas a Estados Unidos, desaparecía en fosas a sus enemigos o al que se le atravesara, el odio era silencioso. El primer estallido fueron las misteriosas muertes de las mujeres de Juárez, que hicieron que el mundo empezara asociar a esa ciudad con la violencia. Pero la guerra ruidosa se desató después, desde fines de 2007, cuando el Cártel de Sinaloa entró de lleno a contender por la plaza de Vicente Carrillo. El desgreño social que transformó a los desesperanzados hijos de las maquilas en temibles pandillas, como las de Los Aztecas y los Artistas Asesinos, alimenta la máquina de terror.

Ni los editores ni los reporteros están entrenados ni protegidos para el horror que les copó el oficio sin avisar. Son policías desarmados en permanente emboscada. Son bomberos arrojados a las llamas sin protección. Son médicos impotentes que no pueden auxiliar a nadie. Su único instrumento es la palabra, y aun ésta se les contaminó de términos extraños, como sicariar y levantones y ejecuciones. El riesgo de cubrir a ritmo frenético tantos crímenes es obvio, pero no pueden parar.

Julio

No alcanzó Blanca a desacelerar cuando sentimos las sirenas. Una aparatosa camioneta azul con dos policías federales vestidos de blindaje, de pie en el platón, una mano en sus potentes fusiles, la otra agarrándose fuerte de las varillas, empezó a perseguir a los del Buick. Nos pasó en un segundo.

Para escabullirse, o para detenerse sin parar el tráfico, no sé bien, el Buick dio un volantín en “U” y detrás de ellos los federales.

—¡La foto! ¡La foto! —gritó Julio.

Y detrás de ellos fuimos nosotros, las llantas chirriando con la forzada curva. Cuando nos detuvimos a la salida del callejón donde los hombres se habían metido, la policía ya los estaba requisando. Julio saltó del carro con su cámara lista, y comenzó a disparar sin preguntar. Un policía que lo vio se molestó.

—¡Identifícate! —vociferó.
—Primero saco las fotos —reviró Julio.

El policía, un muchacho joven que temblaba sofocado bajo su traje antibalas, se le vino encima amenazante. El roce subió de tono.

—Que te esperes —dijo el policía—. De la manera más atenta te lo pido. ¿No ves que estoy en plena acción? ¿No ves que venían chocando carros? Traigo la adrenalina más alta que nada, compréndeme.

Julio mostró su carnet de periodista, alegó un poco más y se subió al auto. Blanca, que había aprovechado para grabar la requisa con su celular, también subió. Conteniendo la rabia le dijo a Julio: “Cuando te maten no quiero estar ahí contigo”.

Ya Julio me había contado que se hizo fotógrafo por pasión. Se rebuscó un puesto en el diario, como temporal y, después de año y medio y un premio estatal, quedó contratado de planta. Cuando debutó como reportero judicial nocturno, la guerra arreció. El 21 de enero de 2008 mataron al director operativo de la policía municipal, y esa misma noche atentaron contra el jefe de la policía ministerial estatal de Juárez. Se dispararon los homicidios.

Alarmado, el presidente Felipe Calderón envió en marzo un contingente de dos mil soldados para frenar el desmadre. Pero las matanzas siguieron. En su lugar llegaron más policías federales, pero no les ha ido mejor.

La noche del roce con el policía debió ser para Julio una escaramuza sin importancia. Había tenido días peores, como el de su último cumpleaños, en que al llegar al periódico a las cuatro, como todos los días, se enteró de que habían matado a Luis Carlos Santiago, un joven practicante de fotografía con el que había salido un par de veces a trabajar. Se llenó de coraje. Ese día escribió en su Facebook: “Hoy no habrá serpentinas ni pastel de chocolate para mí, hoy mataron a Luis Carlos”.

Una tarde caminaba por el centro y notó que la calle se veía misteriosa con la lluvia. Sacó la foto. Retratar una tarde bonita, los picos grises de las colinas cortados sobre un atardecer rojo de Juárez. “Eso me salva, saber que todavía puedo sentir lo bello”, dice. De inmediato sintió que tres tipos lo seguían. Uno le pidió ver las fotos. Julio le respondió que no los había captado a ellos. El otro le sacó la pistola y le dijo: “¿Te crees chingón?, si quiero te mato”. Julio no arrugó: “Si lo vas hacer, pues lo vas a hacer. No tengo más que mi palabra y ya te dije que no los tengo en la foto”. Intentó llamar a su compañero y los tipos le apagaron el celular. Pero su amigo llegó a la escena como por telepatía. Se fueron a comer y uno de los tipos lo siguió y lo esperó mientras comía. “En cualquier momento me rafaguean”, pensó.

Hoy el centro es un lugar vetado para todos los periodistas de la ciudad. Allí están los picaderos, los expendios de droga, el narcomenudeo, el último rescoldo del otrora poderoso cártel. Cualquiera puede ser un enemigo.

El talento ha llevado a Julio a exponer sus retratos de la tragedia juarense en Milán, junto a Leticia Battaglia, la gran fotógrafa de la violencia siciliana. Pero el precio ha sido alto. En las mañanas sale con forma humana, mira al cielo y disfruta la vida. “A medida que voy sacando fotos de los muertos, siento que me voy deformando, que me voy volviendo un monstruo”, dice y levanta los brazos como Frankenstein.

La protección

¿Quién protege a los periodistas en México? La Comisión Nacional de Derechos Humanos (CNDH) puede dictar medidas cautelares de protección a un periodista en riesgo, explica Darío Ramírez, director de Artículo 19, el capítulo mexicano de la organización británica de defensa de la libertad de expresión. El problema es que la protección la tiene que dar la autoridad local, y sólo la da si quiere.

Además, desde hace casi un año, el gobierno federal viene desarrollando un mecanismo nacional que pueda tramitar protección inmediata a un periodista amenazado o en grave riesgo. En noviembre pasado, el gobierno firmó un convenio con la CNDH, la PGR y otros organismos para ponerlo en marcha.

Con el mecanismo enredado en los hilos burocráticos, cuando hay amenazas la reacción es lenta en el mejor de los casos. Sucedió en el de la reportera Jazmín Rodríguez. Ella y otros dos periodistas estaban cubriendo un atentado contra el periodista José Alberto Velázquez en Tulum, Quintana Roo, y cuando partía hacia el hospital, Velázquez se levantó la máscara de oxígeno, y denunció que había alcanzado a reconocer a los sicarios, y que eran gente del alcalde de Tulum. Después murió. Con gran coraje, Jazmín dijo que atestiguaría ante la justicia, pero la amenazaron. Michael O’Connor, el periodista investigador del Comité de Protección de Periodistas de Nueva York (CPJ, por sus siglas en inglés) basado en México, pidió a la Secretaría de Gobernación que la protegiera, pero la policía local se demoró dos semanas en aparecer.

El mecanismo que aún no se echa a andar se inspiró en parte en uno similar empleado en Colombia para proteger a grupos vulnerables, como defensores de derechos humanos, sindicalistas y periodistas. El comité, en el que tienen participación activa los representantes de varias organizaciones de prensa, ha tramitado en promedio 161 casos de periodistas en riesgo cada año, desde 2007. Una fundación colombiana privada, la Fundación para la Libertad de Prensa (Flip), constata en cada caso que la amenaza sea auténtica y por razones del oficio, y vigila que el Estado, en efecto, proteja al periodista con celeridad. La acción mancomunada de Estado y sociedad civil le ha subido el costo político a los perpetradores de atentados graves contra la prensa. Y los homicidios han bajado.

Una diferencia entre el proyecto mexicano y el comité colombiano pareciera ser que este último arrancó con el respaldo financiero sólido de dineros estadounidenses del Plan Colombia. En 2010 tuvo un presupuesto de 62 millones de dólares. Al de México, en cambio, no le han encontrado aún los recursos suficientes. Y la entidad que lo podría hacer, la Comisión de Agravios contra Periodistas de la Cámara de Diputados, carece de facultades para presentar una ley que asigne el presupuesto necesario. Tampoco se ha concretado la voluntad política de los partidos para sacarla adelante. La segunda diferencia, dice Ramírez, es que la sociedad civil mexicana no tiene un poder decisorio en el comité, y eso le resta eficacia y legitimidad. La tercera, que quien da la protección a los periodistas colombianos es la fuerza pública nacional, y en cambio en México, la orden de protección la daría el gobierno federal, y siguen dependiendo de los agentes locales cumplirla o no.

Los reporteros de Juárez dicen que sería un suicidio contarles a policías locales o estatales a dónde van a cada hora o meterlos a sus casas. Son entidades muy infiltradas. Al subdirector de El Diario de Juárez, Pedro Torres, su jefe le ofreció ponerle un carro blindado y custodios, pero no los quiso. “Llamaría más la atención y no resolvería nada. Mi mayor miedo es por los periodistas”, me dijo en su oficina.

Alejandro

A la entrada de El Diario de Juárez, un edificio grande y luminoso, no se ve a los guardias que dicen que hay. Es algo muy extraño para mí siendo colombiana. Aún hoy con la violencia a la baja, no hay medio en mi país que no tenga celadores, detectores de metales y hasta perros antiexplosivos.

Alejandro, el amable editor de un tabloide popular de Juárez, me cuenta que ha habido muchos asesinatos a pocas cuadras de su oficina. “Mire el último”, me dice. Y saca su celular para mostrarme la foto de un hombre baleado entre un carro. Me cuenta que escuchó el tiroteo y salió a tomar la foto por si los fotógrafos no llegaban a tiempo.

Todas las madrugadas, a las cuatro, llega para revisar qué pasó en la noche. Intenta darle una página a cada muerto, la foto, los datos del asesinato. A veces no le alcanzan las páginas para recoger tanta sangre y tiene que meter a tres o cuatro en una sola.

Las notas de su diario retratan el Juárez de hoy. “Nos ven como el resumidero de la cloaca —dice con pesar—. Y sí, ayudamos a que no se olviden que somos muchas las víctimas vivas, que la autoridad no actúa, que los asesinos son adolescentes, que no hay escuelas, no hay trabajo, que matan por mil pesos”. Sesenta y cinco mil juarenses compran el diario todos los días para constatar que su pariente está muerto, para enterarse de lo que pasa en la calle o por puro morbo.

Alejandro dice que lidia con una sociedad en estado patológico. El domingo se va a El Paso, al otro lado de la frontera, para poder bajar los vidrios sin temor a que una ráfaga de plomo lo alcance.

Las amenazas son cotidianas. Le mandaron decir que le iba a pasar lo que a sus colegas asesinados, por publicar una foto del lugar equivocado. A su director le tocó negociar con los afectados para que no llevaran a cabo la amenaza. También lo llamaron de un cártel, por haber sacado una manta con un mensaje del otro. Para demostrar su neutralidad, tuvo que mandar un fotógrafo a fotografiar otra manta con la respuesta a la anterior. “Debajo había cuatro cuerpos y una cabeza”, dice.

No se va porque es su ciudad y es lo que sabe hacer. Se compró un chaleco antibalas, pero casi no lo usa porque es incómodo, y sabe que las balas “matapolicías” lo atraviesan todo. Cambia de peinado, se deja la barba, se turna los lentes para que no les quede fácil reconocerlo. Vive cada día y se despide de su mujer como si fuera el último. Está resignado. Adivina que un día va a salir fotografiado en su propio diario, sin compasión, su cuerpo tirado por ahí.

El daño emocional

Cuando cubrir la muerte ya no espanta; cuando ya no hay tiempo para recuperarse del miedo de una amenaza porque ya viene la siguiente, el daño psicológico puede ser permanente, dice el Manual para el apoyo emocional del periodista, que publicó la Flip de Colombia. La rabia sale súbita a borbotones. Es difícil concentrarse. Cada vez se siente menos, se vive anestesiado. Hay que perseguir el peligro para mantener la adrenalina fluyendo. La mente se vuelve un disco rayado con los mismos pensamientos negativos, pesadillas recurrentes. Crece la desconfianza, se pican pleitos con todo mundo. Se bebe más de la cuenta. Aparecen los dolores.

Mientras leía partes de este manual en una reunión improvisada con varios periodistas del diario, vi sonrisas. Muchos se reconocían. Bromearon por lo del alcohol. Las burlas, la risa nerviosa, tienen algo de fatalismo. Varios creen que el final violento es inevitable. Eso le pasó a Bladimir Antuna, el avezado reportero judicial de Durango, asesinado por sicarios en noviembre de 2009. Un mes antes, dice el reporte del CPJ sobre la libertad de prensa en México en 2010, algunos de sus amigos “cuentan que lo vieron abatido y aterrado, un hombre aparentemente resignado a ser asesinado”. Tanto así que estaba desesperado por ahorrar para no dejar a su mujer y a sus hijos en la calle.

Sandra

—¿Quieres ver el Juárez más bello? —me pregunta. Acelerada, Sandra tiene una energía brillante, de esas que iluminan hasta los corazones más tristes. Salimos en su carrito atestado de papeles por una autopista que le sirve de cinturón a la ciudad gris ceniza. Se ve El Paso ahí nomás, el lado verde de la misma Juárez.
—Allá sólo tuvieron nueve homicidios el año pasado. Es más de lo que habían tenido nunca, pero aquí hubo 3 100 —dice Sandra—. Aquí se mata porque se puede; allá no.

Sandra ha tomado una licencia del diario porque está escribiendo el libro en el que quiere contar lo que ha investigado desde que llegó del DF, hace poco menos de una década. Ya ha publicado reportajes sobre las fortunas que hicieron los políticos con la especulación de la tierra urbana, y cómo eso estiró la ciudad artificialmente y condenó a la gente a vivir mal. Ahora quiere contar cómo se formaron las pandillas, que ella mapeó, barrio a barrio. La de la guerra del último tiempo de fuerzas legales de seguridad tan arbitrarias como las ilegales: montajes contra inocentes, allanamientos patanes, ruedas de presos descaradamente torturados.

El retiro también es su forma de tomar distancia, adivino. Desde septiembre pasado las cosas empezaron a ponerse muy mal. Vino el asesinato de Luis Carlos un jueves. El sábado apareció una manta, con un mensaje críptico: “Si no nos regresaban la copa les pasa lo que a los periodistas”. Y esa misma tarde apareció un cuerpo con la cabeza aparte y, al lado, páginas de su diario gemelo en Chihuahua, la capital.

El domingo siguiente salió el conmovedor editorial de El Diario de Juárez dirigido a los narcotraficantes de la ciudad: “Hacemos de su conocimiento que somos comunicadores, no adivinos. Por tanto, como trabajadores de la información queremos que nos expliquen qué es lo que quieren de nosotros, qué es lo que pretenden que publiquemos o dejemos de publicar, para saber a qué atenernos. Ustedes son, en estos momentos, las autoridades de facto de esta ciudad porque los mandos instituidos legalmente no han podido hacer nada para impedir que nuestros compañeros sigan cayendo, a pesar de que reiteradamente se los hemos exigido”.

Algunos leyeron en ese grito desesperado de auxilio una entrega a las organizaciones criminales, una claudicación. No lo era. Pocos en las regiones asoladas por el narcotráfico en el norte han demostrado tanto coraje para investigar, atar cabos y sobre todo publicar lo que pasa de verdad, como este diario.

Entonces les tendieron la trampa. Alguien se hizo pasar por director del partido de gobierno y les dijo que se iba a iniciar una tregua con los narcos. Ellos publicaron a ocho columnas. Los desmintieron, y ya no quedó nada de moral entre los colegas que venían de enterrar a Luis Carlos.

Inmersa en el relato de Sandra, recién me di cuenta de que ya se había hecho casi de noche y ya no había un alma en la ruta que serpenteaba atravesando los montes que le sirven de fondo a la ciudad. Juárez se muere temprano cada día.

Las alertas

Organizaciones de defensores y derechos humanos se han ido perfeccionando en la tarea de conseguir la información sobre ataques a la libertad de prensa, verificar, sistematizar los datos y publicarlos en alerta e informes. Fue un avance obligado desde los tiempos en que los colegas protestaban por las violaciones, pero su gesta no pasaba de la denuncia.

“Ahora el clamor es más constructivo, busca resolver problemas”, dice Darío Ramírez de Artículo 19. Con los ataques al alza, esta organización y Cencos (Centro Nacional de Comunicación Social) ya han unido sus esfuerzos y publican alertas sobre amenazas, asesinatos y hostigamientos a los periodistas del país; también sobre avances o frustraciones de los procesos judiciales para investigar a los “reportericidas”. El Cepet (Centro de Periodismo y Ética Pública) también saca sus alertas e informes del estado de la libertad de prensa en México. Prende (Prensa y Democracia), basada en la Universidad Iberoamericana, ha sido una fuerza de amalgama entre periodistas del país y los del DF porque los ha puesto a compartir aula.

Y en los últimos tiempos, Periodistas de a Pie, que nació para mejorar la cobertura de problemas sociales, terminó siendo el movilizador de la raza, como dicen los reporteros mexicanos para subrayar su complicidad de oficio. El 7 de agosto de 2010, miles de reporteros y otros mexicanos solidarios marcharon simultáneamente en diez ciudades para protestar por los ataques a la prensa, exigir justicia y denunciar las crecientes zonas de silencio forzado por el terror impuesto. “Ni uno más”, gritaron ese día. También en Juárez marcharon para recordar a Luis Carlos y Armando Rodríguez, su querido Choco de El Diario de Juárez.

El Choco

Desde 2007 se supo en Juárez que la Línea, ese grupo parapolicial armado que protege al Cártel de Juárez, se estaba dividiendo. Con un jefe muy represivo, muchos se cambiaron al bando del Chapo Guzmán que, como dicen en la jerga del bajo mundo, venía a disputarles la plaza. La “Gente Nueva”, los llamaron. Armando Rodríguez, al que todos le decían el Choco, el experimentado reportero judicial del diario, lo supo apenas empezó la desbandada. Sintió turbio el ambiente de los policías de la procuraduría estatal infiltrados por los criminales.

Al comenzar 2008, cuando la guerra estaba en pleno auge, llegó una amenaza colectiva a los reporteros de todos los medios que cubrían la procuraduría. A unos los cambiaron. El Choco se asustó mucho, y como los dolores de espalda se le habían vuelto insoportables, aprovechó para tomarse una licencia de unos meses y para operarse la columna. Volvió renovado, más dispuesto a denunciar lo que estaba mal y mantuvo su fuente.

El 28 de octubre ejecutaron a dos hombres en una camioneta. Al día siguiente, el Choco publicó la nota, en la que reveló que uno era sobrino político de la procuradora de Chihuahua, Patricia González, y además que tenía antecedentes de tráfico de drogas, según expedientes que consultó en El Paso. La nota llevaba su firma. El 13 de noviembre en la mañana, mientras esperaba en su carro con su hija de ocho años a que su hija más chica saliera de la casa, un hombre le disparó. Lo mató delante de su pequeña.

Desde ese día nadie usó su escritorio. Sus colegas pegaron un papel con su foto impresa en la pantalla de la computadora, y alrededor le ponen flores, como un altar improvisado. Y en cada aniversario de su muerte vuelven a publicar la nota que sospechan fue la que lo mató. Aunque no están seguros, porque su crimen sigue sin esclarecerse.

La impunidad

En febrero de 2006, como respuesta al incremento de asesinatos a periodistas, el recién posesionado gobierno de Felipe Calderón creó una fiscalía especial para investigar los delitos en contra de la libertad de expresión. Ésta debe atraer e investigar los homicidios de los reporteros, pero sólo los del fuero federal, asociados al terrorismo, al narcotráfico o cometidos con armas de uso exclusivo de las fuerzas armadas.

El asesinato del Choco, como el de la mayoría de los periodistas, sin embargo, no clasificó como delito federal. La PGR hizo las averiguaciones y no lo atrajo. La procuraduría estatal recogió los datos periciales, pero no investigó mucho más.

Ni siquiera revivieron el caso cuando secuestraron al hermano de la procuradora, días después de que terminó su mandato en octubre de 2010. Ni tampoco cuando en el blog JL en Chihuahua salió el secuestrado, rodeado de hombres encapuchados y armados, y en una confesión arrancada con torturas dijo que su hermana había mandado matar al Choco. Después el hombre fue asesinado en cámara y el video puesto en YouTube. Esta versión coincidió con otras. Pero no se sabe si es la verdad porque la justicia no actuó.

Si bien últimamente ha empezado a investigar con mayor ahínco, la fiscalía especial no ha esclarecido plenamente ni uno solo de los veintinueve asesinatos y las siete desapariciones de periodistas, ni de los tres trabajadores de la prensa que, según cifras del CPJ, han sucedido en México desde que Calderón es presidente. “Van gastados cinco años de recursos públicos para investigar casos de agresiones a periodistas con cero resultados”, dijo Ramírez, quien explicó que esto se da porque para el gobierno federal tiene un alto costo político meterse en los feudos de los estados a investigar. Pero si el gobierno federal no investiga, tampoco lo hacen en muchos estados con entidades permeadas por el crimen organizado.

Más han hecho las organizaciones de prensa. Desde hace dos años, por ejemplo, Artículo 19 está litigando como abogado de las víctimas a las que les toca investigar los casos por su cuenta. Así, por ejemplo, para determinar si el cuerpo de José Antonio García Apac, periodista desaparecido en Michoacán en noviembre de 2006, fue arrojado a una laguna, el propio Artículo 19 tuvo que contratar unos buzos por su cuenta, ante el desgano de la autoridad judicial estatal para buscarlo.

“La impunidad sistemática permite que se arraigue la inseguridad”, dice el informe del CPJ sobre México. Si los criminales saben que no tendrán castigo por matar a un periodista, eliminarán, sin pensarlo dos veces, al siguiente que los incomode. Son además muertes estratégicas: silencian al vocero y todos los ciudadanos callarán.

En Colombia, la justicia no tiene un récord mucho mejor. De los ciento treinta y ocho casos de periodistas asesinados entre 1977 y 2010, sólo se han condenado los autores intelectuales de los homicidios de cinco periodistas, según lo documentó la Flip. Y esto gracias a una negociación que hicieron los paramilitares con el gobierno, por la que confesaron sus delitos a cambio de condenas leves. Algunos contaron al detalle cómo mataron a periodistas, casi siempre en complicidad con políticos locales. Pero eso ha sido excepcional. La norma ha sido la inmunidad para los asesinos de la libertad de prensa.

Durante un tiempo las organizaciones de prensa colombiana y los propios medios se unieron contra la inoperancia judicial. Así por ejemplo, la temprana investigación periodística realizada en conjunto por los principales medios impresos nacionales sobre el homicidio del subdirector de La Patria de Manizales, Orlando Sierra, marcó la pauta para que nueve años después, al fin, en marzo pasado, la justicia acusara formalmente a dos políticos como los autores intelectuales. Pero esta solidaridad se ha ido desvaneciendo. Y desde 2006 han asesinado a nueve periodistas en Colombia, y los medios ya no se unieron para investigar por qué.

Lucy

Lucy, la reservada mujer que reemplazó al Choco como reportera judicial del diario, vive obsesionada con registrarlo todo. Tiene un calendario de esos de escritorio, pero no para escribir allí sus citas y deberes. Desde hace mucho tiempo anota en cada fecha el número de mujeres asesinadas. El 8 de marzo, día de la mujer, mataron a cinco.

A diario apela a la ley de transparencia: que le digan dónde exactamente fueron los secuestros, cuál es la edad más frecuente de las víctimas, cuántos autos incautaron. “Me ponen candados legales —me explicó Lucy después, en la noche, cuando logré hablar con ella en una cafetería—, estoy por presentar una denuncia a la CNDH contra la unidad de transparencia de la Fiscalía de Chihuahua porque me dicen que debo viajar hasta la capital para que me den la información”.

En su escritorio tiene los casquillos de balas de todos los calibres que ha recogido en cientos de escenas del crimen. Hay unos achicharrados, como si antes hubieran atravesado árboles y casas, ropas y cuerpos. Y al fondo, un altar como de Día de Muertos, donde se alcanza a ver un afiche del censo de 2010 que dice “En México todos contamos”, con un toque de humor negro escrito a lápiz: “Los que quedamos”.

Se hizo periodista en la calle, cubriendo notas policiacas, en los años noventa, cuando empezaron a aparecer las mujeres de Juárez muertas por todas partes; las obreras de la maquila para las que no hubo justicia, pero a cuyos parientes Lucy aprendió a reconfortar. Siguen matando mujeres, pero ahora hay cada vez más sicarias, niñas rudas metidas al narco. Y Lucy siente que tiene que involucrarse personalmente; da primeros auxilios a los heridos, consuela a las viudas en shock, las orienta a dónde pedir ayuda. “Le meto mucho tiempo a esto”, dice. Quiere exhibir la impunidad, la indolencia. Conseguir que eduquen a la autoridad, a militares y a policías para que no violen la ley, igual que los criminales.

A veces se siente desesperanzada y contempla la idea de cambiar de tema. Pero entonces le avisan que hubo otro homicidio y ella tiene que irse corriendo. Con el trabajo de Lucy que cruza fuentes y lleva cuentas, y con los informes diarios de la procuraduría, su jefe, Martín, escribe su propio tablero de muertos, año a año desde 2008; mes a mes (febrero de 2011: 230 homicidios, 36 mujeres, 19 niños).

El silenciamiento

¿Qué pasaría si Martín no tuviera su doliente tablero al día?, ¿qué, si Lucy no insistiera en las peticiones de acceso para conocer la verdadera dimensión del secuestro, ni Sandra fuera a El Paso a consultar los expedientes gringos para reconstruir los mapas de las pandillas?, ¿y si Julio y Alicia no tomaran fotos de cada escena, ni Alejandro las publicara, ni Blanca entrevistara a los vecinos tras cada crimen? ¿Qué pasaría en Juárez si ni los periodistas del 44, ni del 5, ni de los otros ocho canales de TV cubrieran los tiroteos y las ejecuciones?

¿Y si Ismael Bojórquez y Javier Valdez y sus colegas de Río Doce, de Culiacán, no contaran cómo son las estructuras cambiantes del Cártel de Sinaloa ni cómo les duele a los habitantes su violencia y la corrupción estatal? ¿Y si los herederos del valiente Jesús Blancornelas, del semanario Zeta de Tijuana, hubieran resuelto callarse, hablar de otra cosa, en lugar de seguir dándole con la denuncia?

El país sería un cuerpo sin fiebre. Matarían sin parar, y no habría alarma que los detuviera. Secuestrarían sin límite y la autoridad abusaría a sus anchas, y un buen día caerían de podredumbre como el muro de Berlín. El mundo comunista probó que el silencio no compra legitimidad, más bien esconde sus carencias. Y los mexicanos que hoy sufren bajo el terror del narcotráfico, sufrirían doblemente porque ya no tendrían esperanza de ser escuchados.

No es mera especulación. Ya está pasando. En Tamaulipas, la ferocidad de la guerra del cártel narco-militar de los Zetas contra el Cártel del Golfo sumió a la mayoría de los periodistas en el mutismo. Unos medios que no alcanzaron a salirse del todo de la censura patriarcal del Partido Revolucionario Institucional (PRI), cuando ya les cayó la otra más violenta del narcotráfico, han optado por no contar lo que pasa para sobrevivir. Los bajos salarios de los reporteros en éste y otros estados no ayudan. Nadie se arriesga a sabiendas de que va a dejar a su familia en la calle.

En ese mismo estado, en julio de 2010, corrió el rumor de que siete periodistas habían desaparecido. Las organizaciones de prensa no pudieron confirmarlo ni desmentirlo.

“Por el creciente nivel de peligrosidad en México, no veo que la cobertura periodística refleje la realidad —dice con el ceño fruncido Mike O’Connor del CPJ—. Estás en otoño y la prensa te dice que es primavera. Hay notas aquí y allá, pero no hay investigación en muchas partes; no te dicen por qué florece el narco en Tamaulipas, por qué la gente se encierra apenas cae la noche en Durango, cómo se deprimió el centro de Monterrey”.

Pero ésa es una cara de la moneda. En la otra, está el temor de que la prensa sirva de megáfono del terror. Que la cotidianidad de la violencia vacune a la sociedad contra el espanto y en el espejo de su realidad, que son los medios, sólo se vea reflejado su rostro más feo.

El miedo a convertirse en idiotas útiles del crimen no es infundado. Menos en el último año, cuando éste intenta imponer a la fuerza su versión de los hechos. En Ciudad Victoria es frecuente que los Zetas envíen notas de prensa ya listas para publicar, incluidas fotografías de sus fiestas, según lo contó otro periodista que conoce la situación.

El secuestro de los periodistas de Milenio, Televisa y El Vespertino en Coahuila también fue un intento del narcotráfico de forzar a los medios a publicar denuncias contra la posible corrupción de la justicia. Y unos cedieron, pero otros no, gracias a la solidaridad de algunos medios que no divulgaron la noticia, permitiéndoles a los afectados que se garantizara antes su liberación.

Para enfrentar con mayor potencia esta amenaza, y hacer conciencia del riesgo de convertirse en los propagandistas del narcoterrorismo, setecientos quince medios mexicanos nacionales y locales sellaron un acuerdo, en marzo pasado. El pacto consiste en no magnificar los crímenes, ser claros en que están del lado de la ley, pero denunciar también a los agentes estatales que la violen. Además proponen desarrollar protocolos internos de seguridad, ser solidarios con los medios más golpeados por el narco y proteger la dignidad de las víctimas.

El acuerdo, sin embargo, según lo han señalado ya varios críticos, tiene dos carencias graves. La primera, que no convoca a unirse para poder informar más y con mayor libertad sobre el crimen organizado. La segunda, que no exige al gobierno que proteja a los periodistas ni plantea estrategia alguna para hacerle pagar a la justicia un alto costo político por su desidia para investigar los crímenes contra la prensa libre.

El pacto les viene bien al gobierno y a muchos empresarios preocupados por que la mala prensa acabe con la inversión privada, el crecimiento sano, las únicas armas de fondo para combatir la expansión del crimen. ¿Pero qué pasaría si mientras la prensa da sólo “buenas noticias”, los narcos, vía redes sociales, se ocupan de las malas?

Pedro y Emilio

Como el mejor equilibrista, el subdirector de El Diario de Juárez, Pedro, consigue el balance de cada día: informar sin poner vidas en vilo; contar lo que pasa, pero borrar el nombre que hará estallar la metralla.

El año pasado sus corresponsales en una ciudad pequeña de Chihuahua le enviaron una información sencilla: la captura de cinco personas asociadas al Cártel de Sinaloa. Para completarla, consiguieron fuentes en Juárez y en Los Ángeles (California). Apenas salió publicada la nota, llegó la llamada: “Si publican una línea más del tema, sus corresponsales en esa ciudad se mueren”, le dijo una voz áspera por teléfono. Pedro sacó a los periodistas en riesgo y canceló el tema. Ninguna nota vale una vida.

Con la cadencia típica del mexicano norteño y una sonrisa dulce que esconde su calvario, Pedro relata uno y otro episodio inquietante de la semana. Se están tomando medidas, no firmar, evaluar si se entrevista a los familiares del narco muerto, editar con lupa. Con todo y eso, en tres años han asesinado a dos reporteros, seis voceadores y una distribuidora del diario. La justicia no investiga. Ninguno de los 1 300 agentes de policía municipal, federal, ministerial, estatal y de la PGR, ni los soldados que hay en Juárez los cuidan a ellos ni a ningún otro periodista. Están solos.

La prensa nacional, con contadas excepciones de algunos que han narrado lo que ellos no pueden, informa menos que los diarios locales sobre lo que le está pasando a Juárez, dice Pedro.

Suena el teléfono y es Emilio, un periodista que trabajaba en el diario pero escapó a Estados Unidos para que no lo mataran. Un general lo amenazó por publicar que sus soldados estaban robando a las personas a las que les allanaban sus casas. Él lo denunció, pero al final, general y periodista acordaron olvidar el asunto.

Dos años después, sin motivo, una horda de enmascarados allanó su casa, destruyó sus muebles e intimidó a su familia. No encontraron nada. Días después, Emilio empezó a ver una vigilancia extraña, que no lo dejaba en paz. Una fuente le avisó que lo iban a matar. Organizó lo que pudo y pasó de ilegal a Estados Unidos con su hijo de quince años a donde se entregó a las autoridades y pidió asilo. Fue detenido siete meses; su hijo, dos. Ahora tiene una visa temporal y espera que le den el estatus de refugiado permanente.

La justicia no ha investigado las amenazas contra él; ninguna otra fuerza estatal lo protegió. Lo ha salvado la solidaridad de algunos colegas. Periodistas de a Pie hizo una colecta para ayudarlo a mantenerse; una organización canadiense le dio un premio; colegas estadounidenses vinieron a su juicio para respaldar su testimonio. Pero se siente abandonado a su suerte. Está cortando césped y lavando platos para sobrevivir. “Casi treinta años de profesión a la basura”, me dijo por teléfono con voz cansada.

La partida

En la madrugada, una colega me llevó a tomar el avión. Mientras atravesábamos las largas avenidas que unen las colonias como puntos inconexos de una ciudad que no es, la colega me relata con desesperanza que no ve muchas salidas a la situación. Un cambio de política quizá; que legalicen la droga, pues la prohibición es la que la vuelve el negocio astronómico que arrasa con todo; que inviertan menos en tropa y más en pupitres y cuadernos; hay en Juárez barrios populosísimos con apenas una escuela; que la corrupción desapareciera…

De pronto bajó la velocidad. En medio de la calle hay dos bultos enormes envueltos en bolsas negras. Cuando pasamos de lado, vimos el plástico rasgado pero no asomaba ningún desperdicio. Sábanas blancas arropaban el bulto debajo del plástico negro.

—¿Muertos? —le pregunté escalofriada a mi colega.
—Es probable que sí —dijo sin mayor impresión—. Ésta es la hora en que suelen botarlos.

Cuando el avión despegó, Ciudad Juárez me pareció entrañable. Nunca había conocido periodistas más valientes.

Tierra Caliente.- Ni siquiera dentro de la presidencia municipal afloja el calor que ahoga a cualquier “extranjero”, como aquí llaman a quien no haya nacido en esta franja de Michoacán, Guerrero y una muesca del Estado de México.

–¿Está el presidente? –pregunta Martín, uno de los 50 intermediarios autorizados por Los Caballeros Templarios para comprar marihuana en la región.
–No, pero si quieres vamos a la sala del cabildo –responde el funcionario público municipal que presenta al narcotraficante con los periodistas.
–Vamos a su oficina –resuelve Martín con el ceño fruncido.

Avanza a una pequeña antesala y, tras un rápido saludo con la cabeza a la secretaria del alcalde, ingresa confiadamente a la oficina ocupada por un sillón, un escritorio y cuatro sillas.

Se siente a sus anchas. Y cómo no. Uno lo entiende casi de inmediato cuando este michoacano explica cómo funcionan las cosas en esta tierra:

–Trabajamos con todos los partidos. Apoyamos las campañas políticas. ¡Qué caras son! Tengo un hermano que quiso ser presidente municipal. Me pidió ayuda y se la di, pero antes le advertí: “Te voy a dar dinero sólo para que te des cuenta de que la gente no te quiere y ya te quites esa tentación”.

Es un hombre delgado y afable, dedicado desde hace 30 años a entregar la “mercancía”, como se refiere a la marihuana, en Texas. Su nombre, como todos los aquí presentados, fueron cambiados a petición de los entrevistados y por razones de seguridad.

No es difícil comprender que aquí las reglas poseen una lógica distinta, que existe una nación dentro de México, que Michoacán esconde una República en su interior. Miles de kilómetros cuadrados de suelo ardiente.

Por eso le llaman Tierra Caliente, un grupo de municipios en el que existe un gobierno paralelo al formal, hasta hace pocas semanas conocido como La Familia Michoacana y hoy refundado con el nombre de Los Caballeros Templarios.

Sus habitantes se rigen por sus propias leyes y pagan sus particulares impuestos. Aquí, la vida, cada vez más dura, y la muerte, cada vez más fácil, orbitan alrededor de la marihuana.

Como cualquier país cuya diplomacia defiende intereses geopolíticos, la República Marihuanera hace lo propio: establece y rompe alianzas. Ahora forma parte del eje integrado por los cárteles de Sinaloa y El Golfo. Los enemigos, con quienes disputa violentamente y palmo a palmo los cerros y las cañadas, son Los Zetas y los Beltrán Leyva.

–¿Usted puede llevarnos a un sembradío de marihuana?
–Sí, claro que sí.
–¿Y qué hace falta para hacerlo?
–Pues nomás que nos vayamos.

***

Martín admite toda pregunta. Contesta con la precisión de un experto y el lenguaje fluido de un profesionista educado y un profesional. Y de hecho lo es. Concluyó con éxito su licenciatura y de sus 50 años de edad, ha vivido los últimos 30 en el negocio.

Así que se ha convertido en un hombre con dominio de todas las fases de producción –cultivo, cosecha, control de calidad, empaque, logística, rentabilidad, transporte, comercialización y exportación, entre otras– de la marihuana.

De hecho, durante la última semana, Martín y tres de sus trabajadores prensaron y empacaron tres toneladas que a estas alturas del mes ya debieron entrar a Estados Unidos.

Existen tres tipos de marihuana: la comercial, la buena y la inservible, explica con la autoridad de un empresario en toda forma. Aquí, en la Tierra Caliente, un kilo de marihuana comercial se paga al productor en 300 pesos. Por la buena, no más de 200 pesos.

“Cuando escasea, hasta el zacate seco se vende. Hay quien en una situación de desesperación compra la de mala calidad en 150 pesos. Yo no. Prefiero pagar 100 pesos más en México por kilo que perder 100 dólares en Estados Unidos. En Houston, cobro 800 dólares el kilo, pero de ninguna manera la diferencia es mi negocio. Pago 120 pesos por kilo a la organización, lo que cubre el impuesto cobrado por las policías municipales, estatales, y federales”.

–¿Y cómo sabe la organización que usted saca lo que reporta?
–Hay checadores en el camino. Pregunta quién dio el permiso de salida. Entonces, ahí mismo, habla al teléfono celular del responsable y averigua si el transportista es quien dice ser y si trae lo que dice traer.
–¿Cómo?
–Pesa la mercancía. Si es más de lo permitido, el dueño paga el impuesto faltante, los 120 pesos por kilo, y admite, sin más, la incautación de la marihuana o, en su caso, de la goma de amapola.
–¿Así nomás?
–Una falta de ese tipo se permite una sola vez. A la segunda, te vas.

Martín ha sufrido dos plagios, es padre de una niña secuestrada a los dos años y hermano de un hombre muerto como parte de la fiesta de balas en que se ha convertido la Tierra Caliente: 260 ejecuciones durante el año pasado y 165 en el primer semestre de este año.

–¿Piensa usted en su muerte? ¿En las decapitaciones?

Martín responde. Pero antes muestra cómo se vive en la República Marihuanera.

***

En la oficina del presidente municipal, el teléfono celular de Martín timbra nuevamente e inunda el aire con un corrido ranchero. No abundan los lugares en los que existe señal, pero cuando eso ocurre, todo el tiempo lo andan buscando. Martín no deja de lado los negocios un solo instante.

–Permítanme un segundo –solicita sentado junto al escritorio del alcalde y responde la llamada.
–¿Qué paso?… ¿dónde? Déjame ver y te marco.
–Perdón –comenta antes de marcar a su vez y preguntar: “oye, me dicen que desde hace rato se están balaceando acá arriba. Chécamelo, por favor, y me hablas”.

El papel que Martín juega en esta zona tiene múltiples facetas. Su posición lo obliga a estar atento a lo que ocurra, incluso detalles como que alguien pide ayuda económica, si es preciso reforzar la vigilancia, si hay que buscar que entreguen los apoyos. No lo dice abiertamente, pero él juega un incuestionable papel de autoridad.

Así que Martín retoma la plática. “Los campesinos cuentan con el apoyo de mil 100 pesos por hectárea a través del Promaf, un programa del gobierno federal de apoyo al cultivo de maíz y frijol”.

Pero eso no sirve de mucho. Ni lo que la bolsa de semilla mejorada cuesta: un bulto de grano Pioner, por ejemplo, de 20 kilos, con alrededor de 60 mil semillas, cuesta mil 200 pesos y sirve para cultivar una hectárea con un producto resistente al calor y la sequía.

El precio de garantía del maíz es de 2 mil 600 pesos y el costo de producción por hectárea de unos 8 mil 200 pesos, considerando sólo insumos, sin incluir el trabajo de los campesinos. La tierra con mediano potencial en la región ofrece hasta seis toneladas por hectárea y la de bajo rendimiento, poco más de la mitad.

Las cuentas salen sólo si se obtienen más de cuatro toneladas, una suerte que sólo marca a una minoría porque grandes porciones del ejido se encuentran en laderas a donde ni la yunta de bueyes puede entrar, así que aún usan la lanza para agujerar la tierra y dejar caer las semillas. Y al menos una parte de la siembra no se vende, sino que se embodega, a veces en trojes redondas de adobe, para el consumo familiar del año.

La mayor parte de los sembradíos en la Tierra Caliente son de temporal, así que se levanta una cosecha al año. Los pocos ejidatarios beneficiarios de un sistema de riego lo pueden hacer hasta dos veces.

Explica Martín: “Puedes ir a las comunidades y ver niños tan desnutridos que tienen los ojos saltones y la panza inflada por las lombrices. Muchas personas beben agua de los arroyos, y los servicios médicos, donde existen, son pésimos. Las clínicas de un consultorio carecen de medicamentos y el trabajo social es mínimo. Hay niños vacunados sólo por el favor de rancheros que acomodan tres o cuatro en sus cuatrimotos y los bajan a la clínica más cercana. Y la mayoría de los dueños de esos vehículos son, de una u otra forma, parte del negocio de la yerba”.

Algunas comunidades se encuentran en tal aislamiento que se requieren cuatro horas para llegar en camioneta cuando el camino no es un río por los temporales. En la época de lluvias, como ésta, el transporte público únicamente aparece por los caseríos retirados una vez a la semana y sólo pasan vehículos de doble tracción.

En contra la miseria, han dicho los señores de la República de la Yerba, es contra lo que están, aún sin reparar en la producción masiva de metanfetaminas.

Del teléfono sale nuevamente la música de trompetas, trombones y guitarras.

–¿Qué pasó?… ¿Entonces no es de este lado? Muy bien. Gracias –cuelga y devuelve la primera llamada.
–Oye, sí, que tienen ya horas partiéndose su madre. Pero no aquí. Es del otro lado, en Guerrero. Ahí seguimos al pendiente –termina el asunto y regresa a la conversación.

“Así que el cultivo de enervantes se ha convertido en una opción de autoempleo para casi todas las familias campesinas en la región. Esto siempre ha existido, al menos desde que regresaron los primeros braceros de Estados Unidos, y más desde hace 10 años”, declara Martín antes de salir al campo.

Nadie, ningún hombre que pase a su lado a pie o en vehículo deja de saludarlo y él de detenerse para hablar dos minutos.

–Ya tengo el dinero, ¿cuándo pasas? –pregunta a un hombre de bigote grueso y mirada recia. Sus acompañantes escrutan a los “extranjeros”.
–Ahí te busco luego, mañana.

Vuelve a parar la marcha cuando un hombre a caballo sale detrás de un árbol.

–¿Cómo van tus matitas?
–Apenas así –y separa 15 centímetros las palmas de las manos.
–¿Y dónde las tienes ahora?
–Como a tres horas.
–Pues deja veo a quien me encuentro.

***

Los habitantes de la República Marihuanera son hombres y mujeres de piel oscura, cejas juntas, lengua rápida y temperamento caliente.

Por acá, la Virgen de San Lucas es la más socorrida y milagrosa, tanto que vienen del resto de Michoacán, Puebla y Veracruz a venerarla. Los hombres viejos y de mediana edad mantienen en uso el pantalón flojo y la camisa blanca desfajada y desabotonada, con frecuencia hasta el ombligo, y los huaraches de dos correas de cuero.

Aún cubren las cabezas con sombreros de paja de ala ancha y la corona encintada de negro, cordel que sirve para afirmar la pieza durante el galope de caballo.

No mucho más formal viste Martín. Acaso lo distingue una camisa cuadriculada con toda la botonadura cerrada, excepto el broche del cuello, y la ausencia de sombrero.

Los jóvenes usan cada vez más pantalones de varias tallas más grandes que la requerida por su cintura, playeras holgadas y gorras de lado. Algunos ya traen tatuado en el cuerpo el paso por una pandilla de Los Ángeles o Chicago.

Por la calle se ve una camioneta “chocolata”, como todavía se llama a los vehículos importados de contrabando de Estados Unidos. Al fondo de la casa se ve un buen estéreo, televisión y niños robustos, ya aceitunados por el sol.

–Es difícil sacarle la vida al maíz –interviene Anselmo, un campesino cuarentón que se cuelga un rifle de cacería en el hombro y señala con el dedo hacia un pedazo de monte.
–Allá vamos.

Monta su caballo y ofrece un burro, pero comos somos cuatro, seguimos al animal a pie por un camino angosto y cada vez más escarpado e inclinado.

Anselmo toma veredas durante hora y media como si tuviera memoria de cada piedra y árbol. O cada vez toma un camino diferente o la selva baja que abre con la hoz crece cada día nuevamente.

–Esas –señala Anselmo unas frutas redondas y amarillas como toronjas y de piel gruesa y dura, como de sandía– son buenas para la desinflamación.

La ladera adquiere tal inclinación que deja el caballo enganchado a una rama y continúa a pie. Corta un matorral y se acuclilla al inicio de su sembradío. La respiración de Martín es la de un maratonista después del primer kilómetro. Nada.

–Aquí tengo 400 matas en acuerdo a partes iguales con mi vecino –toma una hoja de la muestra, como si la presentara–, sembramos a mediados de junio, y a mediados de septiembre, si no le cae la plaga, si no la pudre la lluvia o no la queman los soldados, estaremos pizcando. Y sembré otras 500 por aquel lado.

–¿Y sí deja?

Anselmo sonríe. Viste botas con suela de goma, pantalón de mezclilla descolorido, camisa de algodón, cazadora con estampadote camuflaje y una cachucha beisbolera.

–De cada mata, si me va bien, sacaré menos de medio kilo. Cada kilo, si me pagan bien, me deja 300 pesos. Tal vez unos 100 mil pesos. Del maíz, el frijol y el chile comemos, de la marihuana vivimos. Una vez di la cosecha entera a cambio de una camioneta gringa, de 10 años de vieja.
–Usted dijo “estaremos pizcando”.
–Pizcamos mi mujer, mis hijos y mis nietos.
–¿Y sus vecinos?
–Todos. Con sus mujeres y sus nietos.
–¿Sólo en su pueblo?
–En toda la Tierra Caliente.

Desde el promontorio es posible ver hacia La Huacana, donde hace un par de años 12 policías federales fueron ejecutados, desnudados y sus cuerpos apilados para luego prenderles fuego al lado de una carretera. También se puede mirar hacia Uruapan, en uno de cuyos bares los grupos del crimen organizado arrojaron cinco cabezas a una pista de baile. Cerca de aquí, los sicarios asesinaron a una funcionaria pública e introdujeron el cuerpo sin vida a un molino de rastrojo para alimentar a los animales con sus restos. Hacia otro punto se aprecia Ciudad Hidalgo, de donde era el vocalista del grupo K-Paz de la Sierra, ejecutado por órdenes de la organización, antes de lo cual fue torturado con un soplete de soldadura autógena.

–¿Entiende usted el negocio? ¿Y las matanzas?
–Yo sé que aquí estoy sembrando el mal. Pero no tengo de otra. Y no estaría sembrando aquí, si después, en Estados Unidos, no se la fumaran.

***

Eulogio coloca el puño derecho sobre la palanca de velocidades de la camioneta todoterreno en que sorteamos la brecha. El camino, en algunas partes es eso, un camino. Sólo hoy. Mañana, después del aguacero que se avecina, se convertirá en un lodazal atravesado por arroyos.

Lleva la AR-15 entre el asiento y la puerta del vehículo. Viste de azul marino porque es un jefe policiaco municipal. Avanza rápido. Los agentes que viajan en la batea mantienen las piernas abiertas como si montaran a caballo para amortiguar los brincos de la pick up oficial. Uno lleva el rostro cubierto con un pasamontañas negro; ambos, los fusiles apretados contra el cuerpo.

Eulogio frena intempestivamente. Señala hacia un paraje al lado del camino y los otros brincan hacia tierra, en carrera.

–¡Ahí va, cabrones, córranle! –grita el comandante, más grueso que sus subalternos.
–¡Se está subiendo por el palo! –secunda uno de los hombres y señala hacia una rama, que no deja de sacudirse por el peso de una iguana negra.

Quién sabe cómo la identificó Eulogio. Camina hacia el árbol, coloca la culata del arma al hombro y apunta. Dispara. El animal cae, herido entre la mandíbula y el cuello.

–No hay que maltratarla. Es para comer –anota el policía.

Otro policía hunde la cabeza de la iguana en la tierra, bajo su bota negra. La asfixia. El jefe la levanta por la cola y la ofrece.

–Es para ustedes, para que se la coman. Pueden guisarla en salsa verde.
–No tenemos dónde cocinarla.
–Se la pueden llevar. Sabe a pollo –convida y estira la mano.

Eulogio lanza la iguana a la caja de la camioneta y retoma el camino.

–¿Desde cuándo siembra usted marihuana?
–Desde los nueve o 10 años. Mi papá me llevaba a la milpa desde más chico, luego me llevó a la siembra de marihuana –informa con naturalidad Eulogio.

–¿Cómo es la siembra?
–Muy parecida a la del maíz.

Existen dos tipos de semilla utilizadas aquí: la violenta y la huevona. La primera crece más rápido y suele emplearse en tierra de temporal; se cosecha a los tres meses. La segunda es de lento desarrollo, pero de más provecho, y los pocos que tienen manera de regarla, levantan dos cosechas al año.

La marihuana nace en el monte, en tierra de nadie. Se tala la selva baja, se queman tocones y enredaderas y se empareja el terreno. Aquí nadie siembra más de mil matas por bloque de tierra arrebatada al bosque. Cuando un plantío es mayor se corre el riesgo de que sea detectable desde aviones y helicópteros del ejército. Y, entonces, es probable que llegue una partida de soldados con fusiles en el hombro para incendiar el sembradío.

Y si eso ocurre, la pérdida, igual que cuando hay mal tiempo o ataca una plaga, es del campesino. Un solo hombre de esta Tierra Caliente llega a sembrar, en diferentes áreas de la sierra, hasta 5 mil plantas. Ninguno trabaja solo. En la labor participan su mujer y sus hijos, incluidos los niños, tal como él mismo fue enseñado por sus padres.

Martín tasa el costo de producción de mil plantas de marihuana en unos 20 mil pesos, repartidos en semillas, herbicidas, pesticidas y fertilizantes. Con frecuencia, los ejidatarios de la región –son contados los pequeños propietarios– obtienen de Los Caballeros Templarios el préstamo para adquirir los insumos. Es el crédito a la palabra.

De las mil matas, el sembrador espera obtener entre 300 y 500 kilos, lo que, de acuerdo con la calidad obtenida y al precio negociado con el acaparador, reditúa entre 90 mil y 150 mil pesos por temporada.

Al comienzo del cultivo extensivo de la droga, la siembra se hacía directamente en el suelo. Ya no. Como los niños cuando plantan frijolitos en la escuela, ahora se utilizan vasos de plástico a los que se les recorta el fondo, dejando únicamente una pequeña junta entre la base y el cuerpo. Lo demás se pega con cinta aislante.

El vaso se llena con tierra gruesa, rica en hojarasca, y ahí se hunden tres semillitas de color marrón y verde militar, cocos en miniatura. Cuando la planta alcanza 15 centímetros de alto, se trasplanta a la tierra gruesa del monte talado. Aquí la técnica del vasito da resultado, pues sólo se retira la cinta adhesiva y la base, y las raíces se integran sin ningún daño, lo que favorece el rápido crecimiento de la mata.

El campesino esparce fertilizante alrededor del tallo. Uno de uso común es el sulfato de amonio, aquí llamado “azúcar”, aunque el guano de murciélago resulta mejor, pues, entre otras cosas, colorea de un verde más comercial el producto final.

La marihuana sufre el acoso de un parásito que come la planta desde el centro del tallo; la amarillenta y la mata. Si el parásito –los rancheros lo describen como un gusano microscópico– toma la hierba, ya nada queda por hacer. “Esa peste no se ataca, se previene. Eso nos dice el ingeniero agrónomo”. Los marihuaneros combaten la plaga con paratión, un químico “extremadamente tóxico” prohibido en México y Estados Unidos por los graves daños que ocasiona a la salud humana y al medio ambiente.

A los 80 centímetros de altura, el trabajador arrima la segunda tierra y nuevamente retira las hierbas de alrededor. También se busca que no haya lluvia en exceso, pues la abundancia de agua podría malograr la planta u oscurecerla. Y a los estadunidenses no les gusta la yerba prieta.

“A los gringos les gusta la marihuana verde, nomás la verde, no la negra ni la pelirroja, las que aquí, en México, tienen fama de poner más y mejor”, explica Martín con voz baja, atento a que se comprendan sus palabras.

Sigue el deshije. “La mercancía con semillas no debe ser. Si ese enervante contiene mucha semilla o está muy café, ese kilo no vale ni 100 pesos para el productor”, apunta Martín. Algo más: las hembras concentran más alcaloide.

Al momento del corte, luego de cuatro meses sembrados los coquitos, la planta tiene más de dos metros y medio de altura. Se arranca y se tiende, hacia arriba, de cuerdas colgadas en el mismo bosque.

Cuando se seca, se cortan los capullos con tijeras, necesariamente ligeras por la demanda de trabajo en que toda la familia participa. Hay “colas” que alcanzan el largo y grueso del brazo de un hombre adulto, pero la presentación requerida para exportarlas es de tramos de 20 centímetros de largo.

La mercancía se entrega al acaparador en costal.

–¿Y luego? –se pregunta al policía Eulogio.
–Se pesa y se ofrece. Ahora está mal el negocio para el campesino. Hace 10 años el kilo se pagaba en mil 200 pesos.

Hoy no dan más de 300.

–¿Siembran todos los policías municipales que conoce?
–Todos.
–¿Y los estatales?
–Todos.
–¿Y los federales y soldados que son de aquí?
–Todos. Todos…

***

El sector productivo de la República de la Yerba conoce a la competencia con detalle. Sabe quiénes son sus generales, sus capitanes y las ventajas productivas que tiene.

–¿Qué piensa del modo de trabajo de los sinaloenses? –se le pregunta a Martín.
–Son más ordenados y la siembra en la sierra de Durango, donde la tierra es más gruesa que en nuestros montes, da hasta tres cuartos de kilo por mata. Es una vegetación más cerrada y siembran hasta 2 mil matas por espacio y encuentran lugares en que hasta tractor meten. El aspecto de su mercancía es óptimo, muy verde; del uno al 10, le pongo 10 y, a la nuestra, siete.
–¿De olor?
–La suya ocho y la nuestra 10.
–¿De efecto?
–Una vez enviaron de Tamaulipas a un probador. Que con la de menor calidad se puso bien arriba. Ya ni cuenta se dio de cómo pone la mejor. Y se llevó la otra.
–Personalmente, ¿cuál prefiere usted?
–Nosotros no fumamos ni tabaco, no tomamos alcohol.

Hacemos las cosas en nuestros cinco sentidos –advierte severo, porque en el decálogo de los Caballeros Templarios la adicción está proscrita y castigada.

El programa de reclutamiento incluye aprobar los pasos cuatro y cinco del programa de Alcohólicos Anónimos, referentes al inventario exhaustivo de las faltas personales cometidas por quien atraviesa el catecismo, pues aquí se combina con postulados religiosos.

***

Luis González y González, el gran historiador y fundador de El Colegio de Michoacán, describió así a la Tierra Caliente: “De las épocas que fue lumbre (por el origen volcánico del suelo), todavía retiene la temperatura calurosa. Se le dice Tierra Caliente con sobrados merecimientos, por razones muy justificadas. Según algunos es susceptible de hacer huir a los mismos diablos; según otros, basta con rasguñar un poco el suelo para sacar diablitos de la cola. Unos y otros afirman haber visto difuntos terracalenteños condenados al purgatorio que volvieron por su cobija.

“La Tierra Caliente es un país tropical, en medio de mala reputación, distante de las rutas máximas del tráfico mercantil (…) Por su débil situación respecto a las veredas del hombre, se le estampó el epíteto culto de la Última Tule y el apodo popular de fondillo del mundo”.

La delimitación geográfica de la Tierra Caliente es tan complicada que las mismas autoridades estatales han incluido y excluido de esa región a diferentes municipios durante las últimas tres décadas.

Si se atiende a todos los criterios vigentes, la República Marihuanera está integrada por 24 municipios. De Guerrero se incluye a nueve más y un municipio adicional del Estado de México, con la misma inclinación a la siembra de marihuana que sus vecinos.

La mayoría son lugares generalmente pobres, algunos miserables. En Michoacán 88 por ciento de las viviendas tienen agua entubada. En la Tierra Caliente, este servicio se encuentra disponible para 53.7 por ciento de las viviendas.

Hay quien divide la Tierra Caliente en dos zonas: una, con capital en Apatzingán, y la otra, con Huétamo y Ciudad Altamirano, Guerrero, como polos principales. Los recovecos, los miles de pliegues de la sierra y la inexistencia de caminos formales han favorecido los cultivos ilegales.

Cuando los jefes de aquí hablan sobre las razones por las cuales la gente tiene vocación para cosechar marihuana y amapola siempre aparece la palabra migración. Los jornaleros de la región fueron a Estados Unidos hace más de medio siglo contratados a través del Programa Bracero.

Algunos de ellos arribaron a California, al área hoy conocida como Sillicon Valley, uno de los símbolos mundiales del crecimiento a partir del desarrollo tecnológico. Pero aquí, en Michoacán, la necesidad de ir al otro lado no ha cambiado.

“Cuando muchos regresaron, contaron del gusto que tenían los gringos de allá por fumar la yerba y supieron luego de la facilidad de sembrarla por acá y empezaron a llevarla directamente ellos”, comenta Agustín, un coyote con más de 40 años de experiencia.

El aumento de la rudeza de las autoridades migratorias en Estados Unidos incidió también en el engrosamiento de las filas de la narcoeconomía de la Tierra Caliente: cada deportado sin trabajo en la región se convierte en campesino, halcón o sicario.

***

La cruenta disputa cuyo escenario es la Tierra Caliente descansa sobre una lógica económica poderosa: las enormes riquezas derivadas del control del tráfico de marihuana, amapola y metanfetaminas, producidas localmente, y de la cocaína, contrabandeada por los michoacanos desde Colombia, Venezuela y Centroamérica hacia Estados Unidos.

El origen de todo esto no es muy lejano. Se remonta a comienzos de la década de los ochenta, cuando algunos hombres organizaron la siembra dispersa de marihuana bajo el liderazgo de Carlos Rosales Mendoza, un fumador empedernido con tos permanente. El Tísico, le llamaban.

La ruta hacia Estados Unidos incluía a Tamaulipas, así que eventualmente los michoacanos negociaron con el Cártel del Golfo. Cuarenta michoacanos exploraron Tamaulipas bajo pago por el respaldo para cruzar hasta la frontera con Texas.

Desde ese entonces, durante la década pasada y parte de ésta, Martín negoció directamente en varias ocasiones con Osiel Cárdenas Guillén cuando éste era, además de un narcotraficante en ascenso, un mecánico. “Hasta se le podía tener por un hombre agradable”, apunta Martín sobre el ex líder del Cártel del Golfo.

Rosales fue detenido en 2004 y, al poco tiempo, el líder de Los Zetas envió a un tamaulipeco a encargarse de las operaciones en el puerto de Lázaro Cárdenas, vital por su acceso al mar. Pero los michoacanos no estaban conformes con que unos “extranjeros” dictaran qué se hacía y qué no. Así que cuando Osiel Cárdenas Guillén fue detenido en 2003, decidieron no pagar respeto más que a La Familia, un grupo que pronto tomó el control.

A la cabeza quedó Nazario Moreno González, una figura relevante por su carisma religioso. Tres años más tarde, La Familia proclamó su independencia del Cártel del Golfo y de Los Zetas. Se levantó en armas. “La Familia no mata por paga, no mata inocentes. Sólo muere quien debe morir. Sépanlo toda la gente, esto es justicia divina”, arengó el grupo en una de sus primeras mantas.

“A Nazario no le gustaba cómo nos trataban a los michoacanos allá. Los cabrones de los tamaulipecos, si los dejas, hasta los zapatos te quitan. De transas les siguen los veracruzanos. Pero fue por eso que hicimos familia y, de dos años para acá, nuevamente hacemos negocio con el Golfo”, recuerda Martín.

Tras la supuesta muerte de Nazario en diciembre de 2010 –el gobierno federal la da por cierta, pero en Tierra Caliente persiste la idea de que se encuentra vivo–, Jesús El Chango Méndez asumió el liderazgo y La Familia Michoacana se partió en dos grupos que rápidamente hicieron la guerra.

El grupo opositor, liderado por Servando Gómez La Tuta, acusó a El Chango de alta traición por haber negociado presuntamente con Los Zetas. Jesús Méndez fue capturado el 21 de junio de 2011, lo que permitió a La Tuta y a Enrique Plancarte Solís asumir la dirección y acordar la reunificación de la banda.

En el más reciente reporte del Senado de Estados Unidos sobre las organizaciones del narco en México, publicado en mayo de 2011, se anota que al igual que Pablo Escobar en Colombia, La Familia reparte dinero a pobres, escuelas y oficiales locales.

Además de Michoacán, se reporta su presencia en Guerrero, Guanajuato, Estado de México, Jalisco, Querétaro, Nuevo León, Aguascalientes, Tamaulipas, Distrito Federal y Colima. La Familia operaba en 77 de las 133 ciudades michoacanas. En Estados Unidos, sostiene la DEA, ha tenido un “significativo crecimiento” en el mercado de las metanfetaminas en Carolina y Carolina del Norte, así como en Houston, Dallas y Atlanta.

Estos datos corresponden a los que Martín calcula: en la zona bajo su supervisión, no menos de 100 hectáreas están dedicadas a la siembra de marihuana y alrededor de 80 hectáreas a la amapola.Y hay que tener en cuenta que Martín es uno de los 50 jefes que coordinan la siembra y la  exportación.

En otro documento elaborado por el Congreso de EU, y publicado en enero de 2011, se afirma sobre La Familia: “Es un híbrido de empresa de drogas con creencias cristianas evangélicas, combinando elementos sociales, criminales y religiosos en un movimiento. La Familia Michoacana es conocida por dejar señales sobre cadáveres y describir sus acciones como ‘justicia divina’”.

–¿Por qué se llaman Los Caballeros Templarios? –se le pregunta a Martín.
–Porque Nazario es pastor y tiene esa ideología. Los Caballeros Templarios fueron, a la vez que guerreros, hombres de Dios. Y pelearon por recuperar la Tierra Santa.

***

Martín camina ligero por un cerro. Lleva una bolsa llena de hamburguesas compradas en un carrito, en la plaza de un pueblo cercano.

En una de las zanjas yace un caballo muerto; metros adelante un buey negro, también cubierto de moscas. “Murieron de sed, durante la pasada sequía”, dice el narcotraficante. El sol comienza a caer detrás de una sierra. “Vamos a darnos prisa”, sugiere.

El hombre se separa de la vereda y mantiene el paso por las suaves laderas de un pequeño cerro. Señala un costal lleno de marihuana, una bolsa negra con yerba desparramada. “Esa ya no sirve. Está podrida”. Sube por una pendiente casi vertical de dos metros y apunta a la base de un árbol, en donde se encuentra la prensa desarmada.

Arrastra un marco de acero montado sobre un pedazo de riel ferroviario. Carga, con dificultad, cinco láminas de acero y forma un cubo que cierra con una gruesa bisagra y lo monta sobre el marco. Una vez llena la cubeta de marihuana, coloca la tapa, una pieza de menor superficie que la base, a la que sobrepone un trozo grueso de madera.

Ahí ajusta un gato hidráulico tipo botella de 32 toneladas que aprisiona entre el polín y el marco superior de acero. El tabique de marihuana queda comprimido en un grosor que depende de la forma del “clavo”, como aquí llaman al relleno de marihuana, heroína o cocaína que ocupa el sitio escondido de un vehículo para transportarla.

Una mercancía no puede estar detenida por más de cuatro meses. Después de ese tiempo queda reseca y pulverizada. Existen métodos para conservarla. Rociarla con suero de glucosa al cinco por ciento; con refresco Fresca o Sprite, o con té de marihuana hecho a partir de los restos inútiles de la planta, aunque ésta es la opción menos eficiente pues sólo garantiza su conservación durante un mes.

–Yo tengo una técnica propia –comenta Martín–: hiervo 20 litros de agua mineral con un cuarto de miel por cada 200 kilos de mercancía. Queda pegajosa, conservada y de sabor dulce. Pero debe ser miel de caja, porque la de bote está rebajada.
–¿Por qué Sprite o Fresca? ¿Por qué no Coca Cola?
–Porque la mercancía debe ser verde y la Coca Cola la oscurece. La Coca se utiliza para los caramelos y dulces, como los dela feria, que se mojan con refresco y quedan de aspecto fresco y brillante. Me la sé porque un compadre mío es dulcero.
–¿Hay manera de hacerle trampa al campesino?
–Sí, pero yo no lo hago. Se truquea la báscula, ajustando el resorte para que se apriete a cada pesada. La primera carga es correcta, pero en las siguientes dará menos de lo que en realidad es. En mi opinión, no hace falta hacer eso, hay mucho dinero y pa’ todos alcanza. El temporal llega para todos. Yo le aprendí a un viejo esto: hay que trabajar y no hay que robar.
–¿Desde hace cuándo comenzó el control de La Familia sobre el negocio?
–Unos 10 años. Se puede hablar de ventajas y desventajas. Una ventaja es que la policía no extorsiona como antes hacía: ahora pagas tu impuesto de 120 pesos por kilo que sacas y ya está. La organización también frenó a los bandidos, que robaban al productor y al intermediario.
–¿Qué derechos se adquieren con el pago de ese impuesto?
–El derecho a salir y no tener problemas con municipales, estatales ni federales. Cuando te topas al checador, te preguntan de quién traes permiso. Das el nombre y ellos se comunican directamente con el responsable. Él confirma y dice cuánto peso pagaste de salida. Con el ejército es otra cosa, aunque dependiendo quién te detenga es que puedes arreglarte o no.
–¿Y los marinos?
–Son más cabrones. Tanto en el enfrentamiento como en el soborno. Pegan más. El problema también es que los militares llegan, golpean, violan, roban.
–Decía que también existen desventajas por el control de Los Templarios.
–Antes, el productor tenía opciones de venta. Venían cientos de compradores de Guerrero, Estado de México o Tamaulipas. Ya no y eso redujo el precio para el campesino, de mil 200 pesos en algunos momentos, a 300 máximo por kilo.
–¿Y ahora quiénes son los compradores?
–La organización sectorizó, de manera reglamentaria, la Tierra Caliente. En total, somos unos 50 compradores. Yo no puedo entrar y comprar en un sector que no me corresponde sin antes pedir permiso.

–¿Sólo a los policías mexicanos les gusta el dinero?
–Por supuesto que no. Si el cruce es por la garita, se forman los carros cerca del cruce. Cuando le toca turno al aduanal con que tenemos acuerdo, nos manda un mensaje al teléfono celular para decirnos exactamente en qué línea de revisión lo colocaron y ahí nos formamos los que seamos, sólo autos grandes como Grand Marquis o Caprice, pero nunca camionetas. Al aduanal le tocan 100 dólares por indocumentado o 5 mil dólares por cargamento de marihuana.
–¿Entonces como se reparte el dinero?
–Trescientos pesos por kilo para el productor, 120 pesos por kilo para la organización michoacana, 30 dólares por kilo para el transportista, 50 dólares por kilo por derecho de paso al Cártel del Golfo, 50 dólares por kilo a quien cruce el Río Bravo. Luego 160 dólares por kilo para dejarla en San Antonio o adelante. Yo dejo en Houston. Así que por cada kilo invierto 320 dólares. A quien me la compra aquí, en Tierra Caliente, se la vendo en 550 pesos el kilo.
–¿Y en cuánto la vende en Houston?
–La comercial, la mejor, en 800 dólares el kilo. La buena en 600 dólares, máximo. Por eso yo prefiero no ahorrarme 10 dólares aquí si voy a perder 100 dólares allá.

***

Martín ingresó al negocio antes de cumplir 20 años de edad. Era un pequeño vendedor en Estados Unidos, alentado por la facilidad que encontró para trasladar la droga entre los dos paí- ses y su convicción de nunca consumirla, premisa compartida por buena parte de sus colegas michoacanos.

Los tiempos cambian y los modos de transporte también. Hace más de 20 años, los marihuaneros fabricaban dobles fondos en los tanques de combustible de las camionetas. En algún tiempo la flotilla constaba de 15 o 17 vehículos. Hasta que uno volcó y la policía se percató del truco.

Hace más de 10 años, Martín salía por las noches en lancha de Veracruz. Se alejaba más de 100 kilómetros de la playa y seguía las señales de los primeros geoposicionadores disponibles en el mercado, con un costo de más de 30 mil pesos. Arribaba cerca de las playas tamaulipecas y seguía por tierra el resto del camino. Ahora confecciona compartimentos con forros de plomo que ocultan los narcóticos a los rayos X.

Pero conozco gente, aclara el contrabandista, que toda su vida la transportó casi a la vista, gente que no tiene aprendida una sola letra, pero sabe darle dinero a quien se le debe dar. Y uno de ellos es un hombre al que se le acabó la vista de viejo sin ver nunca la cárcel. Llevaba bolsas de dinero preparadas y le decía al policía: “Vete a comer con tu familia, disfruta a tus hijos y déjame seguir”.

–¿A usted le han incautado algún cargamento?
–Sólo un flete se me ha caído, un cargamento de 3.8 toneladas. Los dos transportistas están presos.
–¿No lo delataron?
–Aquí no señalamos –apunta severo–. No tengo miedo a la cárcel. Si pasa, sería algo muy natural, Dios lo sabe, aunque no tengo por qué meter a Dios en esto. Sólo es que por sembrar maíz no me meterían al bote.
–¿Cuánta marihuana saca usted de la Tierra Caliente?
–Unas 20 toneladas al año. Yo contrato transportistas y, dependiendo del viaje y el peso de la mercancía, pago por flete o por peso. Todavía la llevo yo mismo. De aquí a Nuevo Laredo, por ejemplo, sólo tomo 150 kilómetros de carretera. Lo demás son brechas. Ese viaje sí se hace con escolta armada.
–Usted no tiene escolta aquí.
–No me hace falta, no estoy quemado. Trato bien a la gente y la gente me avisa de cualquiera de fuera que por aquí venga. A veces, cuando su mercancía no vale, les doy algo de dinero sin recibir nada a cambio. Eso me ha dado chance, por ejemplo, de que cuando me he quedado sin dinero me fíen la cosecha entera. Tampoco me gusta presumir mi dinero. He visto costales de dólares y hasta 20 carros he tenido. Ya no. Me levantaron dos veces y me secuestraron a mi hijo.
–¿Y qué pasó?
–Me ayudaron mis amigos de las policías.
–¿De cuáles?
–De todas.
–¿Y qué pasó con los secuestradores?
–Gente conocida. Avaricia.
–¿Y qué pasó con ellos?
–Nada. No pasó nada. De mi cuenta prefiero no presumir. Es también un asunto de estilos. Hay otro comprador, como yo. Él sí anda armado y con dos escoltas. Una vez fue a comprar marihuana y, cuando la vio, no le gustó. “¡Esta es una chingadera!”, le gritó al campesino y a los campesinos no se les habla así, porque es su trabajo y el de su familia lo que se insulta. El comprador pateó el costal que, como estaba lleno y redondo, rodó. Y rodó a la mierda de un marrano. El campesino sacó una retrocarga y se la puso en la cabeza antes de que los escoltas reaccionaran. “¡No sea usted hijo de su chingada madre y aprenda a tratar a la gente! Si no le gusta mi mercancía, nomás no la compre”, dijo. Los sicarios apuntaron al hombre, pero con el grito salió su familia y vecinos y encañonaron a los guardias. “Se la compro, se la compro toda”, pidió el intermediario. “No sea usted pendejo, si no le gusta, no me compre nada, pero enséñese a hablarle a la gente”.
–¿Y luego? –se pregunta a Martín.
–Ahí quedó. A mí no me gusta ese estilo.
–Y lo que no gusta a quienes no estamos en el negocio, son los secuestros, las extorsiones y las matanzas.

Martín guarda silencio. Afila la mirada de coyote. Muerde su hamburguesa y vuelve a templar el carácter.

–A él –en referencia de Nazario– no le gustan los secuestros y los tiene prohibidos. Las matanzas también son porque hay gente que vende lo que no es o lo que no le corresponde. Y cuando la organización dice que te vas, te vas.
–¿Te vas de la organización?
–No. Te vas.
–¿Te vas del estado?
–Te vas a chingar a tu madre. Desapareces. Y cuando la decisión está tomada, no hay vuelta atrás.

Martín responde a la pregunta que tiene sobre su final, el que se ha vuelto común en la República Marihuanera, cuyo peculiar panteón alberga a miles de propios y extraños decapitados, torturados, desaparecidos, apilados desnudos por docenas, fusilados con sus familias incluidas o reducidos a cenizas en un tambo ardiente con diesel.

–¿Piensa usted en su muerte?
–A uno de mis hermanos ya lo mataron. Todos los demás se fueron derechos, sólo yo estoy de este lado… Yo no soy monedita de oro pa’ caerle bien a todos. Sólo pido que cuando vengan por mí, sólo a mí me lleven. Que cuando vengan y me maten, no sea frente a mis hijos.

“Ya ni los gringos vienen por putas”, protesta el cantinero apoyado sobre la barra vacía de un local desierto que huele asquerosamente a limpiasuelos. Está cabreado y lleva así muchos meses. “Qué se arreglen de una vez, pero que vuelva a correr la lana”, se lamenta mientras abre una Tecate tras otra, bajo un ventilador de techo que solo mueve la mugre que acumulan sus aspas. Echa de menos los tiempos en que tenía cierto sentido el letrero que hay colgado en la puerta: “Prohibida la entrada a cholos, menores, militares y perros”. Hoy no puede permitírselo y daría la bienvenida a cualquiera que traspase la puerta con intención de hacer gasto. Si encima es algunos de los gringos que vienen a coger y a comprar viagra barata, mejor que mejor.

El zumbido de los helicópteros forma parte del bullicio junto al puente fronterizo que conduce a El Paso (Texas). Una banda sonora con la que conviven diariamente los casi 2 millones de habitantes que viven en Ciudad Juárez, y que incluye los gritos de vendedores y cambistas de dólares con muchos gramos de oro en dedos y dientes. Una banda sonora que incluye el sonido de las ráfagas de AK-47 (el famoso cuerno de chivo) y el de las sirenas. Muchas sirenas.

Nuestro cantinero habla a pocos metros del local al que se le atribuye la creación del primer margarita de la historia. El mismo bar en el que un día se sentó Marilyn Monroe para probar el cóctel de tequila, licor de naranja y limón, y a pocos pasos de un decrépito cabaré donde muchas décadas atrás se presentaron Frank Sinatra o Pedro Infante. Pero esos eran otros tiempos. Fue la época dorada de una ciudad acostumbrada a convivir desde su fundación con el vicio, las drogas y los excesos, pero que a día de hoy atraviesa una cacería sin precedentes. Si pocos recuerdan los días de vino y rosas de esta ciudad, menos aún la ola de pánico que se vive.

Una situación que, según los expertos y con muchos matices, se puede resumir así: los cárteles de la droga tienen cada vez más problemas para mover la droga e introducirla en Estados Unidos. El Gobierno de Felipe Calderón ha hecho de la “guerra” contra el crimen organizado el eje central de su mandato y para ello ha desplegado más de 40.000 soldados en algunos de los estados calientes del país lo que ha convertido la plaza en un avispero. Paralelamente Estados Unidos ha reforzado su control fronterizo y en el vecino del norte la demanda de cocaína ha caído.

La versión oficial dice que Juárez es el suculento objetivo de la guerra que sostienen los sicarios de Vicente Carrillo, jefe del cartel de Juárez, y del Chapo Guzmán, jefe del cartel de Sinaloa. Desde aquí, casi en el centro geográfico de los más de 3.000 kilómetros de frontera entre México y Estados Unidos, es fácil distribuir la droga hacia cualquier punto del país vecino. Pero la realidad es que desde hace tiempo, a los cárteles del narcotráfico que se pelean la plaza ya no le vale con matar, si no que hay que hacerlo con saña, descuartizando al contrario, metiéndole los testículos en la boca y colgándolo de un puente. Hay que salir en televisión. Igual que aquí no existe el clima templado, y se pasa de la nieve al sofocante calor en pocos meses, tampoco existen los heridos. Al que no muere en la primera ráfaga, se le remata en el hospital.

La paradoja es que para hablar de la vida, y la fuerza que esconde Ciudad Juárez, es necesario irse a la morgue temprano, visitar la cárcel, tomar un tequila en el famoso Kentucky o hablar con quienes se ríen de los que dicen que jamás pondrían un pie en un lugar como este. Y nos ponemos manos a la obra.

La vida se explica en la morgue

Será porque la muerte es algo tan habitual como ver amanecer, la morgue de Ciudad Juárez es tan fría como un centro comercial. Su aspecto nada tiene que ver con el de un sórdido lugar donde venir a morir, sino con un lugar de tecnología de punta donde médicos y científicos coinciden cada noche con madres desesperadas que llegan para reconocer cadáveres. Quizá porque ser forense en Juárez es como tener un master en literatura francesa en la Sorbona, aquí las matanzas se llaman “eventos” y jamás diferencia entre buenos y malos.

Quien esperaba encontrar un lugar sórdido, oscuro y macabro se encontrará un moderno complejo en el que trabajan medio centenar de personas en las áreas de criminología, balística, química y genética, antropología y administración. Todo para intentar saber el quién y el cómo de los 14 muertos que entran diariamente.

“Hasta 2004 esta era una ciudad normal y aquí sólo llegaban muertos por accidentes de coche, armas blancas…pero desde hace algunos años esto se ha disparado y las matanzas son en lugares públicos, transporte colectivo, centros comerciales…”

―¿Le afecta tanta violencia?
―Desgraciadamente se acostumbra uno pero los descuartizados siempre son impactantes –señala un médico embutido en un traje de plástico blanco, como si fuera un astronauta.

En la camilla metálica el último cuerpo que entró a la morgue espera para la necropsia envuelto en una bolsa negra de la que se escapan dos dedos. Y sobre el plástico negro unos enigmáticos datos escritos a tiza: SAC 35. En la radio suena la música de El Buki mientras comienza la disección, de quien hace unas horas era Omar. No hay más datos.

Precisamente desconocer todo lo que rodea los cadáveres está la clave para la supervivencia de este centro y su personal. “Nosotros no hacemos labor de investigación, eso pertenece a la Procuraduría y la Policía. No nos importa saber qué hizo ni por qué lo hizo. Mi obsesión es que los médicos traten los cadáveres como les gustaría que los trataran ellos”, explica sentada en su despacho Alma Rosa Padilla, coordinadora del servicio médico forense (Semefo): “El servicio médico forense hace el levantamiento del cadáver y aquí entran con un folio que dice fecha, donde se encontró, quien lo encontró y los rasgos físicos más importantes: tatuajes, cicatrices, trabajos dentales, amputaciones… Si no hay posibilidad de saber su nombre se mete en una bolsa negra, se le clasifica como No identificado y se conserva su cuerpo en el refrigerador hasta que algún familiar pase a reconocerlo”.

De los 14 cuerpos que entran diariamente, 12 ingresan por muertes violentas y solo 2 lo hacen por accidentes de tránsito, suicidios o intoxicaciones. Después de unas semanas, si nadie viene a retirar el cuerpo, todos ellos acabarán en una fosa común a la afueras de Juárez. El gigantesco congelador tampoco distingue el origen de los muertos, y en las estanterías metálicas, envueltos en sabanas blancas, se acumulan decenas de cadáveres de jóvenes, policías y sicarios a la espera de la necropsia. A falta de más datos, los sociólogos ya definieron a la mayoría de sicarios que llegan hasta aquí como Ni-ni-ni-ni, ni estudios ni trabajo ni esperanza ni remordimientos.

El olor a carne y sangre se mete en la nariz y la ropa mientras recorremos las instalaciones. Una sala, otra sala, un laboratorio, un refrigerador, dos despachos… Interrogo, apoyado en una caja de cartón que parece contener documentos, a la jefa de la morgue más activa del mundo.

―El trabajo se dispara los fines de semana y por las noches. Además hay un cambio importante de patrón y las muertes son más violentas: decapitados, torturados, quemados…impresiona mucho analizar el cuerpo por un lado y por otro la cabeza. Eso no se te olvida nunca –explica.
―¿Cuánta gente trabaja aquí ?
―Diez médicos, diez prodisectores, un radiólogo, un odontólogo, 12 camilleros, cinco secretarios, arqueólogos, antropólogos…
―¿Y para qué un arqueólogo o un antropólogo?
―Pues para investigar huesos como estos, aparecidos en estado de descomposición.

La doctora abre la caja en la que me apoyo, una sencilla caja de cartón con algunos datos escritos en el lateral donde se acumulan varias osamentas.

Marisol, lo más vivo de Juárez

En la avenida principal de Ciudad Juárez, varias patrullas de la Policía Federal esperan a que el semáforo cambie de color encapuchados, con el arma apuntando a los vehículos y el dedo en el gatillo. En el informativo que sale por la radio del carro el presidente Felipe Calderón habla de contundencia y de que jamás negociará o mirará hacia otro en su lucha contra el narco como hicieron los gobiernos anteriores. En sus últimos discursos ha bajado el tono y ha sustituido la palabra “guerra” por “lucha”, y “narco” por “crimen organizado. Miles de policías patrullan la ciudad desde hace meses pero el número de muertos, lejos de descender, alcanza cifras récord. A la detención de Tony Tormenta, por ejemplo, le sucedió una matanza de siete jóvenes en Ciudad Juárez durante una reunión familiar. En Ciudad Juárez a cada buena noticia le sigue siempre una masacre mayor que la anterior.

Pero son ya muchos años oyendo hablar de las “muertas de Juárez” (que hicieron tristemente célebre esta ciudad) y muy poco de las “vivos de Juárez”, así que la satisfacción es doble al ir a ver a Marisol, conocida como “la mujer más valiente de México”.

Es joven, es mujer y es jefa de policía del polvoriento Práxedis, un pequeño pueblo del Valle de Juárez, epicentro de la guerra que sostienen los sicarios del cartel de Juárez y del cartel de Sinaloa. Un lugar donde la estadística dice que si compras lotería, como Marisol, casi siempre te toca. Pero lo dicen las estadísticas, lo publican los periódicos (que hablan del 2010 como el año más sangriento de la historia de Juárez) y lo confirma su antecesor en el cargo, acribillado de nueve disparos, o los 18 policías que estaban a sus órdenes, la mitad asesinados y la otra mitad declarados en deserción cuando la cabeza de uno de ellos apareció en una hielera.

Y aquí es donde habría que explicar de qué pasta está hecha Marisol. Explicar que, a mediados de octubre, como si fuera una película de vaqueros, una joven de 20 años, coqueta y con cara de no haber roto un plato, empujó la puerta del despacho del alcalde para decir “aquí estoy yo” y hacer lo que ningún hombre se atrevía: asumir la jefatura de la policía de un municipio de 3.400 habitantes situado a 75 kilómetros de Juárez, y junto a la alambrada que los separa de Estados Unidos.

Y ahí está ella, tranquila, en una oficina que tiene tres balazos en la puerta, y moviendo con soltura sus barrocas uñas rosa sobre el teclado para redactar los primeros informes de su vida. “Tengo que contar al alcalde lo que la gente necesita. Es lo que él me ha pedido”, explica mientras escribe.

Contar que se levanta sobre las 6:30, que le gusta arreglarse y que tras las gafas de pasta esconde una sonrisa tan dulce que parece salida de otros paisajes. Que le vuelven loca las alitas de pollo, que está casada y tiene un bebe, que terminó la carrera de Criminología con un expediente plagado de notables y sobresalientes y que el último libro que leyó fue Drácula. También que, como solo había dos policías cuando llegó al cargo, decidió crear un equipo sólo con mujeres “porque me siento mejor con ellas. Son más humildes, más sencillas y conocen mejor cómo se lleva una casa y lo que es una familia”.

―Claro que tengo miedo, todos tenemos miedo ahorita, pero necesitamos que el miedo no nos venza. Me arriesgué porque quiero que mi hijo viva en un pueblo diferente a la que hoy tenemos. Mi proyecto se basa en corto, mediano y largo plazo. En el corto, visitar cada una de las familias del pueblo para conocer sus problemas; en el medio, involucrar a los habitantes en el proyecto y que todos trabajemos por la seguridad; y en el largo, acabar reduciendo los delitos con la ayuda de todos –explica con un entusiasmo que le brilla en los ojos–. Queremos recuperar los valores de la familia, de la cultura, del deporte… dar a los jóvenes otras alternativas.
―¿Quién provoca la ola de terror que se vive en el pueblo?
―Prefiero no decir nada.
―¿Cómo se llama tu pequeño?
―Prefiero no decirlo.

Frente a ella tiene una bolsa de papas fritas, un bombón que alguien le regaló y varios folios escritos a mano con una caligrafía de un recién salido del colegio.

Pero en los cuatro meses que lleva al frente de la policía algunas cosas han cambiado: los vecinos han visto a una jovencita recorriendo casas e interesándose por sus problemas, el pueblo apareció por primera vez en las televisiones de medio mundo y Hermila García ya no está en su puesto. Ella, también mujer, joven y jefa de policía de un pueblo cercano, fue asesinada cuando sólo llevaba un mes en el cargo al frente de la Policía de Meoqui. Murió acribillada el 30 de noviembre, cinco minutos después de haber salido de su casa. Un grupo de sicarios la seguía en dos camionetas y le dieron alcance a la altura del poblado de Los García, a unos 10 kilómetros de su oficina. Allí, la obligaron a bajar de su coche, un Nissan Sentra color plata, y le descerrajaron al menos tres disparos sobre la banqueta. Sucedió en menos de dos minutos frente a una tienda de importaciones y no hay testigos. Marisol ha rechazo escolta y tampoco quiere llevar armas, “porque sin pistola en el bolso me siento más segura”, dice.

Después de una fría noche, dejo Práxedis y emprendo camino a Ciudad Juárez. Antes de partir el único hombre, sentado en un banco de la plaza del pueblo, parece querer impresionarme.

―El pueblo se quedó desierto, aquí los que mandan son ellos (el narco) y hasta los perros tienen miedo. ¿Ve ese perro cojeando? Se llevó un plomazo rebotado en la pata en la última balacera.

El famélico animal es un montón de huesos y piel arrastrándose por los primeros rayos de sol de una región sin medias tintas, ni el clima ni en la violencia.

El Samurái, líder de Los Aztecas

La celda en la que hablamos es de las sencillas. Seis literas, manchas de humedad, un aparato de música, una televisión, fotos de vírgenes y familiares, algunas velas prendidas, un váter sin tapa, una ducha y la reja, siempre la reja. En los patios de la prisión murales prehispánicos con dibujos de Cuauhtémoc, de la mítica ciudad de Tenochtitlán o de Quetzalcoatl, la serpiente emplumada de los aztecas. Son las señas de identidad de Los Aztecas, una banda nacida en los noventa en las cárceles de Estados Unidos, pero que hoy trabaja a destajo para los cárteles de la droga.

El golpe del cerrojo al cerrarse deja en los pasillos de la prisión un eco que se prolonga con cada vuelta de llave del funcionario. Ni ropa azul ni cinturones ni paquetes de tabaco abiertos. Esas son las condiciones para poder entrar. Una puerta, otra puerta, un pasillo, otro puerta más y por fin, en el patio central, El Samurái.

―¿Eres el líder de Los Aztecas?
―Digamos que soy el portavoz.
―¿Por qué estás aquí?
―Por homicidios.
―¿Cuántos?
―Unos cuantos…
―¿Por qué?
―Era parte de mi trabajo
―¿En qué consistía tu trabajo?
―En entregas… y en ejecuciones.

El Samurái prefiere no entrar en detalles sobre el delito que lo condenó a la cárcel, y menos si entre los homicidios está parte de su familia. Le cayeron 20 años, se llama Jesús, y está considerado el líder de Los Aztecas en la cárcel de Ciudad Juárez, pero le llaman El Samurái porque cuando se pone hasta arriba de marihuana se le achinan los ojos. Pero hoy no hay ni rastro de marihuana, ni en su mirada ni en sus respuestas, sino un tipo calmado, con tatuajes en el cuello y la piel desfigurada, que lanza respuestas como disparos de AK-47, tan breves como secas, sentado sobre la cama de la celda.

Moreno de piel, voz grave, espigado y fibroso. Sin voces ni estridencias, reparte órdenes a sus soldados con un movimiento de cejas. Tiene el cargo de sargento dentro de la estructura de Los Aztecas y con él me han remitido los propios presos para saber qué pasa aquí dentro. Aunque lleva varios años a la sombra, la banda que lidera es uno de los brazos ejecutores del cártel de Juárez.

―¿Cómo es el sicario de ahora?
―Son personas jóvenes e inmaduras que no han estado nunca en el negocio. De ahí vienen las órdenes ahora. Chicos de familias humildes y descompuestas que tienen ganas de cosas, de comer bien, de vivir bien. Son jóvenes y tienen sueños. La lástima es que duran muy poco porque en este mundo nuestro a vida es corta y todo se queda en sueños.
―¿De dónde salen?
―Muchos son jóvenes, pero otros son padres de familia que hasta ahora trabajaban en la industria ensambladora y de repente les ofrecen diez veces más de lo que ganaban. Sólo por vender o informar.
―¿Cómo se ha llegado a la situación actual?
―Ahora se mata a los hijos, a la familia y se les cortan las cabezas. Se mata por gusto
―¿Por gusto?
―Sí, la mitad de las muertes en las calles son por gusto. Hay que gente cansada y enrabietada y cualquiera tiene un arma.

Con Margarito recorro el resto de la cárcel. Es bajito, gordito, usa gafas y huele a colonia fresca. A pesar de un nombre y un aspecto que nada tiene que ver con las películas de Hollywood, es otro de los pesos pesados de la cárcel de Ciudad Juárez, fiel escudero de El Samurái, y el hombre que le cuida las espaldas, dice.

Margarito me enseña la huerta, la granja y los gallos de pelea que están criando. Nos explica que Los Aztecas están obligados a ducharse y afeitarse cada día, a mantener limpia la habitación y a cuidar su aspecto. Los que venden chucherías o artesanías en el patio pagan impuestos a esta pequeño Estado creado al interior de la cárcel y que utiliza los recursos para adecentar el lugar, arreglar el campo de fútbol o pagar los atuendos para las celebraciones religiosas.

Pero Margarito sólo puede acompañarnos unos metros, hasta donde comienza un gigantesco muro, porque más allá están Los Mexicles, al servicio del cártel del Golfo y los Artistas asesinos (AA), brazo ejecutor del cártel de Sinaloa. La prisión está dividida en tres zonas de enemigos irreconciliables que ni se ven ni se tocan, en una cárcel para 1.600 presos que está al doble de su capacidad.

Nada más traspasar el muro y entrar en el área de Los Mexicles, las palabras jerarquía, respeto y orden de Los Aztecas toman sentido. Se nota en su aspecto físico y en que solo quieren sacarme unas monedas y unos cigarros. “Todo esto se terminaría acabando con aquellos”, “Una foto por favor, una foto” “¿Y usted de qué parte viene?”, preguntan Los Mexicles. Aquí no hay granja, huerta ni talleres. Parecen más un grupo de drogadictos abandonados a su suerte.

El recorrido termina en el bar más viejo de la ciudad de la ciudad, el Kentucky, un local con la barra de madera más espectacular de la zona. Una barra que llegó en barco desde París en la década de los veinte. El lugar respira elegancia, maderas finas, espejos y lámparas y risas a media luz. Aunque hoy está de capa caída grandes personalidades en su día artistas como John Wayne, Steve McQueen, Elizabeth Taylor o Richard Burton se echaron muchos tequilas y margaritas apoyados en este espectacular trozo de madera llegada de París. Fueron los últimos en dar esplendor a un lugar al que ya ni los gringos vienen por putas.