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Villa Tunari es un pequeño poblado tropical del centro de Chapare, una provincia boliviana. Hace tres años, se expresaron aquí las profundas raíces y el poderío de la revolución étnica de esta nación andina. En aquel entonces, la región había sido afectada por numerosas inundaciones que dejaron ríos revueltos, puentes destruidos, derrumbes y muerte. Varios vehículos, entre ellos un autobús lleno de reporteros, quedaron atrapados a 16 kilómetros de la localidad, cerca del crecido Río Espíritu Santo, entre un túnel sellado por un derrumbe y el puente más cercano que había colapsado. ¿Qué clase de persona se presentaría en medio de esta catástrofe para escuchar un discurso de campaña y lanzar consignas? La respuesta fue una multitud compuesta por miles de descendientes de los pueblos indígenas, u originarios, de Bolivia. Muchos cruzaron ríos desbordados y caminaron por kilómetros para llegar a las afueras de Villa Tunari, sin preocuparse por la insistente lluvia y el lodo que les llegaba a los tobillos y les arrancaba los huaraches. Algunos miembros de la prensa logramos cruzar el río en un todoterreno a lo largo de las ruinas del puente.

Cuando llegamos, la gente llevaba horas bajo el diluvio, hombro con hombro y apretados alrededor de un endeble podio, tiritando bajo capas de plástico o empapados hasta la médula. Sin embargo, ahí permanecieron hasta el final del mitin, cuando se puso el sol. Estos hombres y mujeres se habían reunido aquí con una misión histórica: tras siglos de humillación y desafiando a la ley de las probabilidades, el siguiente presidente de Bolivia, Evo Morales, estaba a punto de surgir de entre sus filas. Este hombre, elegido en diciembre de 2005 en una de las naciones más inestables de América Latina, sigue en el poder dos años y medio después. Su gobierno se ha visto atestado de dificultades: Bolivia está partida geográficamente entre las tierras bajas tropicales y el altiplano empobrecido. Hoy estas dos regiones se encuentran más divididas que nunca políticamente. Un movimiento autonomista en la parte oriental, donde habita más población blanca, amenaza la estabilidad del gobierno. Merece la pena recordar lo improbable que parecía en ese entonces el ascenso al poder de Morales, incluso aquel día en Villa Tunari, cuando faltaban solamente unas semanas para la elección. En la capital administrativa, La Paz, varios hombres influyentes de tez clara y vestidos de traje, con los que hablé días antes de la reunión, contemplaban con una mezcla de desprecio y asombro la posibilidad de que ganara. ¿Un presidente indígena? No triunfaría jamás. O bien, será elegido, pero su gobierno estaría condenado al fracaso en el corto plazo.

En el podio, los hombres lucían guirnaldas hechas de flores y hojas de coca y hablaban en lenguas que yo no entendía, el quechua y el aimara, del antiguo Imperio inca, y que hoy siguen siendo más usadas por este público que el español. El candidato, cuyo rostro amplio y nariz aguileña sobresalían en medio de las guirnaldas de coca, fruta y verdura, avanzó y empezó a hablar en español con acento. “¡Somos aimaras, quechuas, guaraníes, los propietarios legítimos de esta noble tierra boliviana!”, gritó entre aclamaciones y aplausos. La algarabía no se hizo esperar. En algún lugar, sonaba un bombo. ¿Un presidente cuya lengua materna no fuera el español? Imposible.

Los hombres y mujeres a mi lado me ignoraban cuando intentaba entablar una conversación. Olían a lana mojada y humo. La mayoría de las mujeres usaban sombreros de paja sobre sus trenzas negras, al estilo quechua, y traían polleras de terciopelo de colores intensos sobre enaguas cortas. Las mujeres aimaras, que en general son de complexión más robusta y caras más anchas, vestían faldas largas, chales bordados y bombín en la cabeza. Los hombres usaban pantalones viejos y camisas de poliéster remendados. En la mejilla de cada uno se podía ver un bulto: las hojas de coca que mastican todo el tiempo los nativos de los Andes.

La multitud respondió a una exhortación del candidato con un canto, moviendo sus puños en el aire, zapateando y agitando sus banderas. “Sus esfuerzos no serán en vano”, dijo Morales. Y aclamaron al futuro presidente de Bolivia y a sí mismos. Habían luchado juntos desde que él era un campesino como ellos, el cocalero y líder de una batalla larga y difícil contra las fuerzas antidrogas de Estados Unidos, concentradas en esta región. Lucharon con tesón y prácticamente sin armas en interminables confrontaciones con los militares y la policía antidrogas. La estrategia consistía en no ceder ante nada, de la misma manera en que demostraban apoyo a su candidato bajo la lluvia.

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El ascenso al poder de una nueva elite de pueblos indígenas militantes era inevitable. Hace casi quinientos años, los conquistadores españoles llegaron y transformaron el territorio boliviano básicamente en un campo de trabajos forzados. Las comunidades quechuas y aimaras del altiplano fueron separadas y su gente fue obligada a trabajar en minas sofocantes o en haciendas. Se les permitía la libertad suficiente para obtener apenas lo indispensable para vivir de la tierra. Los habitantes originales del Amazonas de Bolivia corrieron con la misma suerte. Después de la independencia del país, en 1825, se les envió a las tierras bajas para trabajar en la recolección de látex de los árboles de caucho. Apenas en los años ochenta del siglo XX, las comunidades indígenas migrantes del altiplano –como las que se establecieron en Chapare– los expulsaron de sus tierras fértiles. La historia andina está marcada por estas rebeliones indígenas, pero prácticamente todas han terminado en tragedia y el cambio no ha llegado. A lo largo de Bolivia, ya muy avanzado el siglo XX, el uso de siervos seguía siendo legal. Actualmente, fuera de los núcleos urbanos, los patrones aún tienen la aterradora costumbre de violar a las mujeres a su servicio, y los hijos de estas uniones deben soportar el estigma de por vida.

En 1952, una revolución nacionalista resultó en la reforma agraria y les dio el voto a las mujeres y a los indígenas (antes excluidos por “analfabetas”). Sin embargo, el país pasó la mayor parte del siglo bajo el mando de una elite militar corrupta. Cuando el ejército finalmente se retiró del poder y convocó a elecciones en 1982, Bolivia era el país más pobre de América del Sur y su deuda externa estaba entre las más grandes. Carecía de experiencia sobre la vida cívica moderna y el abismo entre la mayoría indígena y la minoría blanca de las clases superiores era infranqueable. Los siguientes cinco periodos presidenciales no fueron fruto de elecciones sino de la designación de un candidato de la clase blanca gobernante.

Esto no significa que en el lugar imperara la apatía. El país estaba en un estado de revuelta constante, gracias a los sacerdotes radicalizados, sindicatos y organizaciones locales, así como a miles de mineros desempleados y altamente politizados del altiplano que migraron a la región de Chapare para establecerse como cocaleros. Estos agricultores, que cultivaban algo que en Bolivia es tan tradicional como el tabaco, y que con frecuencia desviaban al mercado ilegal de la cocaína, lucharon contra tropas bolivianas entrenadas por las fuerzas especiales estadounidenses. Los sacerdotes y los líderes sindicales organizaron comunidades enteras para que marcharan por sus derechos. Una guerrilla indigenista de corta duración bombardeó algunas torres de alta tensión y planteó la idea del retorno al Imperio inca. A partir de 2000, cada día parecía traer una nueva avalancha de marchas, bloqueos de caminos y huelgas.

En diciembre de 2005, como si repentinamente los indígenas bolivianos se percataran del poder de sus números, el grupo se lanzó a votar con una meta común. En el censo de 2001, 62 % de la población se identificaba como indígena. Seis semanas después del mitin en Villa Tunari, Evo Morales ganó la elección presidencial con 54 % (la primera victoria mayoritaria de esta magnitud en décadas) y con el índice de abstencionismo más bajo de la historia de este país. Las comunidades originarias del territorio nacional eligieron a docenas de miembros como representantes para ambas cámaras del congreso. Tras la toma de posesión, en una ceremonia que incluyó ritos andinos tradicionales oficiados por amautas, o sabios, quechuas y aimaras, el presidente Morales nombró cuatro ministros de su gabinete que tenían apellidos indígenas o que conservaban las usanzas de sus ancestros y convocó a elecciones para integrar una asamblea con la misión de redactar una nueva constitución. Cuando aquella sesionaba, se podía ver trabajando a docenas de delegados indígenas con sus tradicionales vestimentas coloridas. Además del español, las 36 lenguas indígenas que se hablan en Bolivia fueron declaradas oficiales en el proyecto de la carta magna. Cinco siglos tras la conquista, se vislumbraba la posibilidad de un Nuevo Mundo en Bolivia.

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En el humilde salón de sesiones del edificio municipal de Achacachi, un poblado a más de 3600 metros de altura sobre el nivel del mar, la consejera Gumersinda Quisbert, de 42 años, se sentó en un viejo sofá de plástico con la vista firme bajo el borde dorado de su bombín. Portaba un chal bordado y raído, y habló con vehemencia, aunque en español titubeante, sobre las transformaciones en su distrito de origen, que ahora tenía un alcalde y un consejo indígenas. “Antes, los campesinos no teníamos forma de ingresar a una oficina del gobierno oficial –dijo Quisbert, y puso un ejemplo–: Yo estaba involucrada en una demanda con mi esposo, y cada vez que íbamos a la corte, como yo traía una pollera (las faldas y enaguas tradicionales) siempre me pedían que esperara afuera”.
Quisbert había pasado la mañana en una reunión del consejo convocada para explicar el presupuesto de construcción a los representantes de un poblado dentro del distrito. La junta se realizó en aimara, con uno que otro término moderno en español, como “techos de cinc” y “estándares ecológicos.” El público, hasta donde podía verse, parecía estar conformado por todos los adultos del pueblo, entre ellos, madres lactantes con sus bebés. Llenaron las sillas doradas imitación Luis XIV en la descuidada habitación y escucharon con atención. Hicieron preguntas específicas y pertinentes a sus representantes electos.

Pero algunos de los cambios en Achacachi eran desconcertantes. Una de las exigencias permanentes de los pueblos originarios –que Evo Morales convirtió en promesa de campaña e incluyó en la nueva constitución– fue que las ayllus, o comunidades rurales tradicionales, pudieran resolver disputas locales según su antiguo sistema de códigos y sanciones. Tras ganar la presidencia, Morales designó una líder sindical quechua, Casimira Rodríguez, como su primera Ministra de Justicia para supervisar el cambio. Muchos bolivianos se preocupan de la existencia de sistemas de justicia paralelos en un país que, de por sí, ya está dividido, pero otros sostienen que la justicia ayllu sortea la burocracia y privilegia la resolución de conflictos sobre el castigo. Sin embargo, Quisbert dio un ejemplo diferente sobre cómo funcionaba el nuevo sistema: “Si una pareja de esposos pelea –dijo– y el caso se lleva en el pueblo, ante una corte, se aplicará una multa. Si el caso se juzga dentro del ayllu, se usará un látigo”.

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La gran parte de los líderes indígenas de hoy surgieron en los ochenta a partir de movimientos sociales locales y sus miembros, por tanto, no son bien vistos por la elite blanca conservadora en las planicies tropicales del sureste, donde se genera la mayor parte del dinero boliviano, gracias a las industrias del gas natural y el petróleo, los bancos, la agricultura y la ganadería. Hay movimientos autonomistas importantes en estas provincias orientales que exigen más control sobre los recursos locales y el conflicto con el nuevo gobierno ha aumentado cada vez más. Por su parte, los movimientos indígenas y locales siguen siendo polémicos, y ninguno de los problemas estructurales que mantienen empobrecidos y descontentos a los ciudadanos bolivianos se ha resuelto. Una de las metas de Evo Morales, incluso antes de llegar al poder, fue reformar la constitución para permitir que hubiera una reelección de los periodos de cinco años de los presidentes. Esta medida fue revocada temporalmente, pero la pregunta de cómo sobrevivirá como líder de una nación tan volátil y como representante de un movimiento que solía mostrar su descontento derrocando presidentes sigue en el aire.

Morales se ganó la atención del público originalmente como el jefe de los cocaleros de Chapare, una organización improvisada que ha sido vilipendiada por la elite política. El hombre tiene su carisma y, en un principio, se percibía incómodo al tratar con personas que sabían más que él sobre algún tema, como la economía o el protocolo. En sus conferencias de prensa dependía mucho de su vicepresidente urbano, Álvaro García Linera, ex miembro de un grupo guerrillero que propuso el regreso al Imperio inca (pero que era miembro blanco de la elite) para que lo ayudara con los datos que él desconocía.

Recientemente, el Presidente Morales se ve más adaptado a su cargo. Y a pesar de sus tendencias radicales y del ambiente turbulento que heredó, ha logrado mantener el país en un curso sorprendentemente estable. En esta primavera, sus índices de aprobación permanecían bien, a pesar de no poder lograr un consenso entre los intereses opositores sobre el futuro de esta nación fracturada. Las marchas, bloqueos de caminos y confrontaciones con militares y policías que derrocaron a sus predecesores no han alcanzado los niveles anárquicos que tenían al país en efervescencia antes de su elección. Ha seguido con diligencia la erradicación de la corrupción institucional, aunque hay pocas esperanzas de lograr esto en el futuro cercano. Conserva su aversión visceral hacia Washington, que surgió cuando fue líder de la lucha contra el programa antinarcóticos de Estados Unidos, pero ha mantenido las relaciones con la administración Bush dentro de los límites del protocolo. Y las dos medidas más controvertidas que ha tomado –la nacionalización de la industria de hidrocarburos y el ambicioso programa de reforma agraria que se está llevando a cabo– no le han restado inversionistas internacionales.

Iván Arias, experto en planeación municipal que ha trabajado mucho tiempo en las comunidades indígenas y observador del gobierno, menciona que Morales ya ha durado más en el poder que lo que la mayoría de los no indígenas esperaban, debido a que cuenta con el apoyo popular, y el flujo de efectivo para mantenerlo. “Hay mucho dinero nuevo –apunta Arias–. Tenemos el dinero del petróleo y del gas, el que proviene del turismo y las remesas que los bolivianos en el extranjero envían a casa. Y también el dinero del comercio de la cocaína”. El área de cocales creció 8 % en 2006, aunque el número de laboratorios de esta droga destruidos aumentó más de 50 por ciento.

Arias me comentó que Morales, quien fue un notorio miembro del congreso antes de ser candidato a la presidencia, practica la política de la misma manera en que juega futbol, una de sus pasiones: “Es un gran oportunista, así que sabe cómo anotar goles”. Entre sus opositores de ambos lados, hay quienes sostienen que un político que juega este deporte, usa pantalones de mezclilla y ahora apenas habla la lengua aimara nativa de sus padres, actúa con hábil oportunismo al postularse como candidato indígena.

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¿Pero cuáles son los requisitos para ser indígena? Y, si se es indígena, ¿se es también boliviano? Si esto es cierto, entonces, ¿cuál de las dos identidades tiene prioridad? En la nueva Bolivia estos profundos cuestionamientos filosóficos repentinamente son tan comunes como la disputa sobre si la más reciente ganadora del concurso Cholita Paceña podía ser auténtica si sus trenzas eran falsas, y tan serio como los argumentos entre los militares y los grupos indígenas sobre si las banderas indígenas de colores a cuadros, llamadas wiphalas, pueden portarse en el desfile militar anual en Santa Cruz.

“En realidad, para nosotros Bolivia no existe”, dijo Anselmo Martínez Tola, un hombre agradable de plática pausada que viene de Potosí quien era, según el letrero de su puerta, el “mallku a cargo” en las oficinas centrales del Consejo Nacional de Ayllus y Markas de Qullasuyu. El nombre del consejo se refiere a la “federación nacional de comunidades quechuas y aimaras del cuadrante del antiguo Imperio inca que alguna vez incluyó a los Andes bolivianos”. Pese a lo parco de la decoración del lugar, es una de las organizaciones indígenas más poderosas de Bolivia, con 10 delegados en la asamblea constitucional. “Bolivia es el nombre que se impuso hace apenas 183 años –dijo el mallku, o líder tradicional–. Yo me siento más quechua que boliviano, más originario que boliviano”. Reconoció con pesar que no traía la vestimenta tradicional indígena y le pregunté si sus hijos seguirían siendo indígenas si nacieron fuera del ayllu, hablaban español, usaban pantalones de mezclilla y emigraban a Nueva Jersey en busca de trabajo. “Claro –respondió–. La misma sangre corre por sus venas y esa no se puede cambiar”.

Abel Mamani, un hombre delgado y alerta que recientemente ocupó el puesto de Ministro de Aguas, tiene otro punto de vista. Antes de que fuera elegido Morales, Mamani era el líder de la Federación de Juntas Vecinales para la gigantesca ciudad, de 30 años de edad, llamada El Alto, en las afueras de La Paz o que, mejor dicho, se posa justo sobre ella, ya que está en el borde del valle que alberga a la capital. El Alto es una caótica ciudad de migrantes, la mayoría indígenas del campo, y es un centro de turbulencia política. Aquí se organizaron las huelgas y los bloqueos de caminos que sitiaron La Paz a partir de 2003, y Mamani fue quien, como líder de la federación de El Alto, dirigió el movimiento huelguista en el amargo 2005. El agua es uno de los temas más explosivos en las ciudades bolivianas, en particular en El Alto. Morales creó un ministerio para esto. Mamani, de 41 años, quien había tenido varios trabajos distintos, fue su primer dirigente (llegó igual de pobre que muchos miembros del gabinete al tomar posesión, y era más talentoso que la mayoría como político. Fue despedido el año pasado por presunto malgasto de fondos públicos en uno de sus viajes oficiales a Europa).

Le pregunté a Mamani si él era indígena y sonrió irónicamente: “Soy un líder indígena surgido de los movimientos políticos protagonizados por los indígenas y otras personas empobrecidas –dijo–. Pero no provengo del campo. Mis abuelos sí, al igual que sus ancestros. Se podría decir que son originarios. Pero mis padres emigraron a la ciudad y ahí nací yo. Mis hijos sí que están completamente urbanizados”. Se encogió de hombros, con las palmas de las manos hacia arriba. “Además, hay otra cosa que considerar. El Alto es una de las tres ciudades más grandes del país. Está conformada por una mezcla de personas de todos los rincones de Bolivia y de todas las clases sociales. Entonces, ¿el líder de un lugar lleno de indígenas y otros tipos de personas debe ser cabeza sólo de los indígenas?”. Los políticos nacionales que declaran serlo se enfrentan a algunas cuestiones morales difíciles, añadió. Si fueran ricos, ¿serían menos indígenas? ¿Se puede decir seriamente que el color de la piel define el carácter? Y, continuó, definitivamente él no era un qara, que significa “blanco”.

“Cuando decimos que soy indígena –apuntó finalmente–, supongo que estamos refiriéndonos a mis orígenes. Probablemente también estemos hablando un poco sobre la manera de ver el mundo”.

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Lejos del ruido de automóviles y la contaminación de la carretera fuera de la rica ciudad tropical de Santa Cruz, hay un camino de tierra lleno de basura. Cerca de este se encuentra el Barrio Bolívar, una docena de chozas de adobe, más o menos idénticas a miles más que rodean la ciudad. Estas viviendas están agrupadas alrededor de un polvoso claro central que tiene en un extremo una capilla evangélica construida de ladrillos y, en el otro lado, el orgullo de la comunidad: una escuela de dos habitaciones, hecha también de ladrillo. Junto, dentro de un círculo de malla de alambre, hay más polvo y basura. También algunas plantas, una cinia y un escuálido aguacate.

Junto a este jardín, rodeados de polvo, bolsas de plástico y contenedores de queroseno vacíos, había tres hombres sentados, eran morenos y vestían camisetas y pantalones de mezclilla, tallando tiras de madera para convertirlas en flechas. Eran miembros del grupo étnico ayoreo, quienes incluso en los sesenta defendían fervientemente sus tierras en la región de Chaco. Los misioneros que se aventuraron a estas zonas tuvieron muertes desagradables. Los ayoreo, con el cuerpo decorado con pinturas rituales, cruzaron la selva entre Bolivia y Paraguay, cazaban y pescaban, recolectaban miel y frijol, maíz y calabaza durante la época de lluvias. Hace cuatro años, un grupo de 17 ayoreos, extenuados física y emocionalmente, surgieron de sus selvas en Paraguay y cambiaron su vida seminómada por otra como la de sus parientes en Barrio Bolívar, donde la mortalidad infantil es devastadora y hay muy pocas oportunidades de trabajo. Para los ayoreo, el choque cultural y el desplazamiento de los pueblos andinos de la conquista es algo que sucede en este momento.

Hoy parece que se están adaptando más, aunque no necesariamente mejor, al sistema capitalista de la ciudad. Los que en otro tiempo fueron cazadores recorren las calles de Santa Cruz y venden sus flechas, o en el caso de algunas de las mujeres, sus cuerpos, pero parecen conservar el placer de la conversación, como pude comprobar cuando los tres hombres y yo nos unimos a otros miembros de la comunidad y, con la ayuda de una mujer que hablaba español, conversamos sobre los osos hormigueros a los que esperaban cazar en sus selvas, cada día más chicas, sobre lo deliciosos que eran y sus largas colas. Platicamos también sobre México, país del que han oído por la música ranchera, que les gusta mucho, hasta que se nos terminaron las palabras en común y nos despedimos.

Al intentar definir qué es lo que distingue a los indígenas de otros seres humanos, Abel Mamani aseguró que están unidos por cierta cosmovisión, sin embargo, para un observador externo, no sería obvia la similitud de los ayoreos –que han ingresado al mundo moderno tan recientemente– con los infatigables aimaras y quechuas. Estas personas del Altiplano siguen relacionadas de muchas maneras no sólo con el Imperio inca, por su forma de vestir y su distribución de la tierra, sino también con la corona española y la revolución nacionalista de 1952. Los conquistadores españoles únicamente vieron “indios” donde, sólo en Bolivia, existen más de cincuenta diferentes culturas y grupos de lenguas. El enorme peligro que corre el actual gobierno es ver a la poderosa mayoría aimara y quechua como representante de todos los pobladores originarios de Bolivia. Le pregunté al presidente del consejo municipal de Achacachi qué era lo que esperaba. El Qullasuyu –el Imperio inca–, respondió. Pero la mujer ayorea que había traducido amablemente para su gente en Barrio Bolívar tenía una meta más simple y urgente: “Queremos ayuda para que otorguen becas a nuestros jóvenes, para que puedan salir del barrio y tengan una buena educación en algún lugar”, comentó. Entre la esperanza y la necesidad, hay espacio para una mejor Bolivia.

En el mayor gimnasio municipal de El Alto, Bolivia, la luz del día se desvanece a través de los ventanales, y cientos de personas sentadas en las gradas comienzan a impacientarse. Llevan allí más de dos horas, abucheando y silbando, y alentando a la sucesión de artistas que se han enfrentado en el centro del gimnasio para competir en ingenio y realizar deslumbrantes proezas de fuerza y destreza. Pero se está haciendo tarde y por encima de la música disco que suena a todo volumen, puede oírse cómo aumenta el volumen del ruido que produce el golpe de los pies contra el piso así como los impacientes silbidos: “¡Que salgan!”.

Aumenta el volumen de la música y de los silbidos; hay la sensación de que está a punto de estallar una rebelión, pero finalmente las luces del local parpadean y se atenúan, y la música pasa del pulso del chunca-chunca a un tecno-huayno boliviano contemporáneo. Las cortinas que conducen hacia los vestuarios se abren: Yolanda la Amorosa y Claudina la Mala, las estrellas de esta noche, hacen su muy esperada aparición ante un clamoroso aplauso.

Como muchas mujeres de ascendencia aymara, Yolanda y Claudina van vestidas a todo lujo: lustrosas polleras sobre varias enaguas, bombines y chales bordados sujetados con filigrana. Sus trajes refulgen bajo los reflectores al tiempo que se pasean majestuosamente frente a las gradas, saludando a su público con refinadas sonrisas de princesas, girando y saludando con gracia hasta que la música se detiene. Esa es la señal para que las dos mujeres se lancen diestramente sobre el cuadrilátero que ha sido el centro de la actividad de esta tarde. Se quitan el sombrero rápidamente, se desprenden de sus chales y… ¡Zas! Claudina le zampa una a Yolanda, Yolanda abofetea a Claudina, esta intenta escapar, pero Yolanda la toma de las trenzas y la hace girar; Claudina gira en el aire, vuelan sus enaguas y sus trenzas, cae de espaldas sobre la lona, boqueando como un pez. El público enloquece.

Sean bienvenidos al delirante mundo de la lucha libre boliviana. En la fría, desarbolada y dura ciudad de El Alto, situada a 3,900 metros sobre el nivel del mar, habita un millón de personas. La mayoría se refugió ahí durante las últimas tres décadas para escapar de la miseria generalizada del campo. Los más afortunados cuentan con empleo fijo en el hundido valle de La Paz, ciudad capital que se domina desde El Alto. Pero la mayoría de los alteños se dedica a la venta de ropa, cebollas, DVD piratas, muñecas Barbie, autopartes, pequeños mamíferos disecados para rituales mágicos. Los más pobres se emplean como bestias de carga. Todos ellos batallan con el tránsito imposible, una constante escasez de combustible y de agua, la pesada fatiga del trabajo enbrutecedor, una vida llena de obstáculos. Cuando terminan de trabajar, les hace falta divertirse, y cuando quieren divertirse, nadie sabe qué se les ocurrirá. Recientemente, inventaron el extraordinario espectáculo de las cholitas luchadoras, que ha dado nueva vida a la versión boliviana de la lucha libre mexicana, un espectáculo de formato libre, mezcla de melodrama, combate de lucha y alboroto.

“¡Cuidado!”, grita el público entero.

Yolanda está celebrando una victoria, pero Claudina, como prueba de su malévola naturaleza, está a punto de lanzársele por detrás. Yolanda gira demasiado tarde; Claudina la tumba y se encarama sobre las cuerdas como una demente: “¡Soy la más bonita! –le grita al público– ¡Todos ustedes son feos! ¡Yo soy la mejor! ¡Los gringos me vienen a ver a mí!”.

En efecto, los extranjeros que copan tres hileras de asientos situados justo junto al cuadrilátero están mirando con los ojos desorbitados, pero en realidad ellos no importan. Las cholitas actúan para sus compatriotas bolivianos.

Claudina, quien oficialmente es una “ruda”, o mala, hace un buche con gaseosa y rocía al público con esta en el preciso instante en que Yolanda, una “técnica”, o buena, se abalanza sobre ella y la arrastra hacia las gradas, lo cual obliga a los espectadores a dispersarse gritando, a la vez alarmados y extasiados. ¡Gana Yolanda! ¡No, gana Claudina! ¡No, Yolanda! ¡Pero esperen! El público grita porque una nueva amenaza ha hecho su entrada silenciosa: Abismo Negro –o quizá se trate de Muerte Satánica o el Esqueleto Blanco; resulta difícil mantenerse al tanto– ha saltado al combate y le aplica a Yolanda una feroz llave en la pierna. La situaciónparece desesperada, pero no, ¡de la nada aparece el Último Dragón, y carga una silla! ¡Con ella golpea en la cabeza a Abismo Negro, o quizá al Esqueleto, o tal vez a Yolanda! Hasta Claudina parece haber perdido la noción de quién es quién: se abalanza contra su propio aliado, el repugnante Picudo. “¡Ha quedado destruido para siempre!”, vocifera frenético el maestro de ceremonias.

O casi para siempre: En la lucha libre, ninguna derrota es definitiva.

“Lo que quiero que quede bien claro –dice Juan Mamani, quien combate como rudo bajo el sobrenombre de “El Gitano” y es el encargado del espectáculo– es que la idea de las cholitas se me ocurrió a mí.” Mamani es un hombre alto y anguloso a quien, siendo generosos, llamaríamos poco amigable. Da por terminadas las conversaciones telefónicas cortándolas, no se presenta a las citas que se ve obligado a concertar e intenta cobrar por las entrevistas. Sus cholitas le tienen pánico. “¡No le diga que usted me llamó; no le diga que tiene mi teléfono!”, me suplicó una de ellas.

Lo perseguí hasta un lugar cercano al gimnasio de El Alto y, después de un comienzo poco alentador (intentó repetidas veces esquivarme), dije las palabras mágicas “México” y “Blue Demon.” De pronto, el rostro de Juan Mamani, el ogro, se volvió todo sonrisas. “Mi mayor pasión es la lucha –dijo–. Y para nosotros, México es el ejemplo a seguir. Blue Demon es, para mí, lo más grandioso.”

Las luchadoras de Mamani trabajan durante el día, y él se gana la vida con un pequeño taller de reparaciones eléctricas. Pero ha invertido buena parte de las ganancias de su vida en un enorme cuadrilátero de lucha en su casa, donde su grupo entrena. Les paga a las luchadoras entre 20 y 30 dólares por combate y tal vez él mismo no gane cantidades mucho mayores. “Acá en Bolivia es imposible ganarse la vida con esta gran pasión mía”, afirma Mamani.

Su sueño era crear una escuela boliviana de héroes de la lucha libre que igualaran las proezas de las grandes leyendas de la lucha libre mexicana; los arriesgados saltos mortales y marometas, los singulares trajes y el porte real. ¿Había visto yo luchar a Blue Demon? ¿En verdad? Cuando me fui, me dio la mano.

Hace unos siete años, cuando lo inquietaba la escasez del público que asistía al espectáculo semanal de la lucha libre en el gimnasio de El Alto, a Mamani se le ocurrió la inspirada idea de enseñar a las mujeres a luchar y subirlas al cuadrilátero con atuendos de cholitas. Marta la Alteña, una luchadora extrovertida que no tiene una musculatura notable, pero es muy fuerte, estaba entre las más o menos 60 jóvenes que respondieron a la invitación de Mamani para participar en una audición abierta. Al igual que las ocho que terminaron por quedarse, tiene antecedentes en la lucha. “Mi padre fue una de las primeras Momias”, dice orgullosa al referirse a una de las criaturas más queridas o aterradoras de la lucha boliviana.

Yolanda la Amorosa también aprendió de su padre luchador porque aún cuando sus padres se separaron en términos poco amistosos cuando ella era bebé, solía entrar a hurtadillas en El Coliseo del centro de La Paz (desaparecido desde hace mucho) para verlo pelear. “Pero muchas veces los hombres no creen en las mujeres –me dijo–. Una vez le oí decir a mi padre que desearía haber tenido un hijo en mi lugar, para que siguiera sus pasos como luchador”. Cuando se enteró de la audición de Mamani, Yolanda, que todavía se llamaba Veraluz Cortés, se apresuró a presentarse, lo cual tuvo como consecuencia una desavenencia temporal con su padre. Aún no queda claro si su estrellato en la lucha contribuyó al rompimiento de su matrimonio.

Fuera del cuadrilátero, Marta la Alteña suele ir vestida al estilo llamado de “señorita” (pantalones de mezclilla y suéter) y parte del glamour de su traje de cholita lo brindan sus lentes de contacto color azul turquesa. Yolanda, por su parte, que es tan delgada como intensa, lleva bombín, polleras y chal hasta cuando teje suéteres en su trabajo diurno, y se considera una cholita auténtica.
“A veces mis hijas me preguntan por qué insisto en hacer esto –declara–. Es peligroso; nos lesionamos mucho y mis hijas se quejan de que la lucha no aporta dinero al hogar. Pero yo debo mejorar cada día. No por mí misma, por Veraluz, sino por el triunfo de Yolanda, una artista que se debe a su público”.

Esperanza Cancina, de 48 años y quien vende ropa usada para subsistir, ha instalado a su numerosa prole y a su voluminosa persona en una esquina a salvo de las palomitas de maíz y los huesos de pollo, y botellas de plástico vacías que el público gusta de lanzar a los rudos. Los asientos situados junto al cuadrilátero cuestan alrededor de 1.50 dólares cada uno, nada barato, pero la señora Cancina asiste fielmente al espectáculo cada dos domingos. “Pasamos el rato –explica–. Las cholitas luchan acá y nosotros reímos y olvidamos nuestras penas durante tres o cuatro horas. En casa, estamos tristes”.

A nuestro alrededor, los integrantes más jóvenes del público, incluyendo a sus nietos, corren por las orillas del cuadrilátero en un delirio de adrenalina. La música retumba y es difícil sostener una conversación, pero la señora Cancina es afable y comedida. Tuvo 12 hijos, dice, pero después de una pausa señala que seis murieron. ¿Cómo? Su rostro adquiere una dolorosa expresión de vacuidad. “Escarlatina, diarrea, esas cosas…”, murmura, y debe repetir su respuesta por encima del ruido. ¿Le habría gustado ser luchadora también? “Claro que sí –dice–. Nuestros maridos se burlan de nosotras, pero si fuéramos luchadoras podríamos expresar nuestra furia”.

En la parte larga de las gradas, la mejor zona para lanzar huesos de pollo, Rubén Copa, un zapatero de La Paz de sonrisa fácil y amable, espera impaciente el último combate de la tarde: La Momia Ramsés II luchará con más cholitas cuyo nombre no se anuncia aún. Quiero saber si es cierto que los hombres asisten a la lucha libre sólo para verles los calzones (muy recatados) a las cholitas. Por un momento parece ofendido, pero luego vuelve a sonreír. “¡No es cierto! –responde– ¡Yo vengo a verlas luchar! Ya verá con sus propios ojos lo buenas que son”.

Y en efecto, pocos minutos después la invencible Momia Ramsés II aparece ataviada con un overol manchado de rojo y una peluca enmarañada, arrastrando a una cholita mientras la otra busca algo con qué prenderle fuego, los niños lanzan gritos de delicioso terror y la señora Cancina impreca de viva voz a la Momia –con palabras que no pueden imprimirse en esta revista–, con una sonrisa de oreja a oreja. La Momia estruja a su víctima contra la pared, y parece que las cholitas lo tienen difícil, como nos advierte el maestro de ceremonias, en este definitivo y final combate. Las cosas parecen muy, pero muy difíciles. Sin embargo, algo me dice que una cholita nunca se rinde.

¡Y aquí llega Marta volando por los aires!