Posts etiquetados ‘Nepal’

Los monjes llegaron cantando, vestidos de naranja: los presagios anunciaban que quizás en ese pueblito vivía la reencarnación divina del decimotercer Dalai Lama, que acababa de morirse. Iban esperanzados: mientras lo velaban, el cadáver del Lama había movido la cabeza para señalar en dirección al este. El pueblito, Takster, quedaba vagamente para ese lado.

Los monjes no decían qué estaban buscando, y tenían preparada una trampita: el jefe iba vestido de sirviente, y un sirviente de jefe. En la puerta de la casa de adobe y piedras, el dueño, un campesino los saludó según las apariencias.

Pero Tenzin Gyatso, su hijo de 2 años no se dejó engañar y saludó primero al jefe travestido. Decididamente ese chico era el Lama reencarnado. Al rato, los monjes revelaron su verdadero propósito y hubo fiesta de tambores en el pueblo: en el Tíbet nadie cree que los Reyes Magos sean los padres.

En 1940, cuando cumplió 5 años, el niño Gyatso fue instalado en el Trono del León como Reencarnación de Buda, 14º Dalai Lama, Dios y Rey del Tíbet. La ceremonia fue bonita y cansadora. A veces, el niño G. se aburría en las mil habitaciones de su palacio de Lhasa: sólo podía jugar con su hermano y sus mecanos y se pasaba las horas espiando con un telescopio a la gente que caminaba allá afuera. Sabía que cualquiera de sus deseos sería una orden, pero en general no se le ocurría nada, y encima tenía mucho que estudiar. A veces, ser dios puede hacerse un poco largo. Sus súbditos lo llamaban La Presencia –Kundun– o la Gema que Concede Todos los Deseos –Yeshe Norbu– o, más familiarmente, Dalai Lama, que significa Océano de Sabiduría. En Tíbet, nunca nadie ha visto un océano.

Tenzin Gyatso tenía 15 años cuando los chinos invadieron el Tíbet. Un par de años después, el joven Lama viajó a Pekín, para negociar con Mao Tse Tung; era lo que le habían ordenado los espíritus a través de su Oráculo Personal. Pero en marzo de 1959 los tibetanos se hartaron de tanto chino y se lanzaron a la guerrilla y la revuelta. Mientras los masacraban, el Lama volvió a consultar a su Oráculo: a través de él, Nechung, su espíritu protector, le diría qué tenía qué hacer.

El problema fue que el Oráculo se había vendido a la CIA –según contó, hace unos meses, un artículo de la revista George–. La CIA estaba fomentando la rebelión; cuando supieron que los chinos pensaban secuestrar al Lama o bombardear su palacio, decidieron que lo mejor era alejarlo del lugar. Entonces le prepararon un plan de fuga e instruyeron a Lobsang Jime, el monje que hacía de Oráculo, para que se lo dijera a su rey en nombre de Nechung:

—¡Vete, vete!

Gritó Jime, en trance oracular, y le pasó una hoja con el plan americano. El Lama se escapó a caballo acompañado por un agente de la CIA; desde Washington, el presidente Eisenhower supervisaba toda la operación por radio.

Tras dos semanas, el Dios ex-Rey cruzó la frontera de la India. Mientras tanto, los chinos bombardearon su palacio y aplastaron a los rebeldes. “El Dalai Lama –terminaba George– se había salvado, pero el Tíbet se había perdido.”

Desde entonces, el Lama vive en Darhamsala, en el Himalaya indio, con su corte de monjes, adivinadores, curanderos, astrólogos y el encargado de hacer llover. Y, durante muchos años, siguió recibiendo dineros de la CIA: en documentos desclasificados hace poco, constan los 180.000 dólares anuales asignados al Lama durante los sesentas. Eran una parte del millón y medio por año que la CIA les pasaba a los exiliados tibetanos en sus esfuerzos para debilitar al gobierno comunista chino. Además, la CIA daba apoyo a las guerrillas tibetanas con base en Nepal, las entrenaba en Colorado y pagaba cursos e infraestructura para los exiliados. Todo lo cual duró hasta que, a principios de los setentas, Nixon y Kisinger descubrieron que podían aliarse con China contra la Unión Soviética, y dejaron de pagar. Debe haber sido triste para los exiliados. De hecho, después el Lama se quejó de que sólo lo usaban para desestabilizar gobiernos comunistas. Ahora su gente sigue recibiendo plata americana, pero les llega a través del Congreso: cada año, los seguidores del Dios-Rey en la India reciben un par de millones para que sigan luchando por la democracia en el Tíbet.

Todos –los países, los grupos de amigos, los equipos de voleibol, los grupos de tareas– necesitan tener un bueno: un modelo, un ser impoluto, alguien que les muestre que no todo está perdido todavía. Hay buenos de muchas clases: puede ser un cura compasivo, un salvador de ballenas, un anciano ex-cualquier cosa, un perro, un médico abnegado: en algo hay que creer. En la Argentina, ahora, no tenemos, y por eso se inventaron a Sábato, que no es bueno pero no para de llorar por los males del universo y sus alrededores.

El bueno es indispensable, una condición de la existencia. Y el mundo se las arregla para ir buscando buenos, entronizarlos, exprimirlos todo lo posible. El año pasado se murió la Buena Universal, la señorita Agnes Gonxha Bojaxhiu, también llamada Teresa de Calcuta. Todavía me acuerdo de la cara de espanto que puso en esos días Lalo Mir, en su programa de televisión, cuando le dije que me sorprendía que todos lloráramos tanto por la muerte de Diana y Teresa, representantes de las dos organizaciones más retrógradas y autoritarias que quedan, la monarquía y la Iglesia Católica. Mir no es un niño de pecho y dijo, bueno, Diana puedes ser, pero la madre Teresa…

Algo me había molestado desde el principio. Yo llegué al moritorio de la madre Teresa de Calcuta, en Calcuta, sin mayores prejuicios, dispuesto a ver cómo era eso, pero algo me molestó. Primero, supongo, fue un cartel que decía “Hoy me voy al cielo” y, al lado, en un pizarrón, las cifras del día: “Pacientes: hombres: 49, mujeres: 41. Ingresados: 4, Muertos: 2”: En el pizarrón no existía el rubro “egresos”. En el moritorio de la madre Teresa, su primer emprendimiento, la base de todo su desarrollo posterior, no hay lugar para curaciones.

La sala de los hombres tiene 15 metros de largo por 10 de ancho. Las paredes están pintadas de blanco y hay carteles con rezos, vírgenes en estantes, crucifijos, y una foto de la madre Teresa con el papa Wojtyla. “Hagamos que la iglesia esté presente en el mundo de hoy”, dice la leyenda.

En la sala hay dos tarimas de material con mosaicos baratos, que ocupan los dos lados largos: sobre cada tarima, 15 catres, en el suelo, entre ambas, otros 20. Los catres tienen colchonetas celestes, de plástico celeste, y una almohada de tela azul oscuro; no tienen sábanas. Sobre cada catre, un cuerpo flaco espera que le llegue la muerte.

El moritorio de la madre Teresa está al lado del templo de Khali y sirve para morirse un poco más tranquilo. La madre Teresa lo fundó en 1951, cuando un comerciante musulmán le vendió la mansión por muy poco dinero porque la admiraba y dijo que tenía que devolverle a Dios un poco de lo que Dios le había dado. Desde entonces, los voluntarios recogen en la calle moribundos y los traen a los catres celestes, los limpian y los disponen para una muerte arregladita.

—Los de las tarimas están un poco mejor y puede que alguno se salve.

Me dice Mike, un inglés de 30 con colita, tipo bastante freakie, que se empeña en hablarme en un mal francés.

—Los de abajo son los que no van a durar; cuánto más cerca de la puerta, peor están.

En la sala se oyen lamentos, pero tampoco tantos. Un chico –quizás sea un chico, quizás tenga 13 o 35– casi sin carne sobre los huesos y una bruta herida en la cabeza grita Babu, Babu. Richard, grande como dos roperos, rubio, media americana, maneras de cura párroco en Milwaukee, comprensivo pero severo, le da unos golpecitos en la espalda. Después le lleva un vaso de lata con agua a un viejo que está al lado de la puerta. El viejo está inmóvil y la cabeza le cuelga por detrás del catre. Richard se la acomoda y el viejo repta con esfuerzo para que le cuelgue otra vez.

—Este está muy mal. Entró ayer, lo llevamos al hospital pero no lo aceptaron.

—¿Por qué?

—Dinero.

—¿Los hospitales no son públicos?

—En los hospitales públicos te dan cama para dentro de cuatro meses. No sirve para nada. Nosotros tenemos una cuota de camas en un hospital privado cristiano, pero ahora las tenemos todas ocupadas, así que cuando fuimos nos dijeron que no. Acá no estamos en América; acá hay gente que se muere porque no hay cómo atenderla.

Richard me cuenta sobre uno que entró hace un mes con una fractura en la pierna; no lo pudieron atender y se murió de la infección. Y está dispuesto a seguir con más casos. Parece que acá no es tan raro que alguien se muera antes de los últimos esfuerzos.

—No podemos curarlos. No somos médicos. Tenemos un médico que viene dos veces por semana, pero tampoco tenemos equipos ni ciertos remedios. Lo que hacemos es confortarlos, cuidarlos, darles afecto, ofrecerles que se mueran dignamente.

Hay algo que me suena raro en todo esto. Richard le acaricia la cabeza al que insiste en colgarla; más allá, Mike le sostiene la mano a uno con un vendaje que le atraviesa el pecho. Los acompañan: no pueden hablarse, o quizás no ganarían nada con hablarse. Richard va a buscar una sábana para tapar al viejo de cabeza colgante. Hace sólo 35 º y el viejo tiene frío. En Chicago, Richard estudia medicina, pero ahora dice que no sabe si va a poder volver a soportar aquello. Y dice que tampoco podría soportar esto todo el tiempo, pero que no soportaría ser doctor y no atender a estos tipos. A veces llega un punto en que soportar es muy difícil. Richard es un Clark Kent buenazo con mentón imponente y es muy católico, familia de irlandeses, y dice que dios le va a decir qué hacer.

—O sea que no hay ninguna posibilidad de que lo atienda un médico.

—No.

—¿Y entonces?

—Y entonces se va a morir hoy o mañana.

Richard lo dice como quien dice: llueve. O incluso: quizás llueva. Debe ser difícil pronunciarlo así.

La señorita Agnes Gonxha Bojaxhiu, también llamada Madre Teresa de Calcuta, consiguió en las últimas décadas una fama y un apoyo internacional extraordinarios. Le llovieron medallas, donaciones, premios, subvenciones, todo tipo de dinero para que ayudara a los pobres del mundo. La señorita Bojaxhiu nunca hizo públicas las cuentas de su orden, pero se sabe, porque ella se jactó de eso muchas veces, que fundó, con ese dinero, alrededor de quinientos conventos en cien países. Pero no fundó una clínica en Calcuta.

Hay un par de ideas fuertes detrás de todo eso. La idea de que la vida es un camino hacia otra, mejor, más cerca del Señor: si no fuera así, a nadie se le ocurriría dedicarse a que esa gente muriera mejor y, quizás, pensarían en mejorar sus vidas. Y la idea de que el sufrimiento de los pobres es un don de Dios: “Hay algo muy bello en ver a los pobres aceptar su suerte, sufrirla como la pasión de Jesucristo –dijo la madre Teresa–. El mundo gana con su sufrimiento.”

Por eso, quizás, la religiosa les pedía a los afectados por el famoso desastre ecológico de la fábrica Union Carbide, en el Ghopal indio, que “olvidaran y perdonaran” en vez de reclamar indemnizaciones. Por eso, quizás, la religiosa fue a Haití en 1981 para recibir la Legión de Honor de manos de Jean Claude Duvalier –que le donó bastante plata– y explicar que Baby Doc “amaba a los pobres y era adorado por ellos”. Por eso, quizás, la religiosa fue a Tirana a poner una corona de flores en el monumento de Enver Hoxha, el líder stalinista del país más represivo y pobre de Europa.

Pero quizás no fue por eso que salió a defender a Charles Keating. Keating era un buen amigo de los Reagan –que recibió a la religiosa más de una vez– y uno de los mayores estafadores de la historia financiera norteamericana: el fulano que se robó, por medio de una serie de maniobras bancarias, 252 millones de dólares de pequeños ahorristas. Keating le había donado a la religiosa 1.250.000 dólares y le solía prestar su avión privado. Cuando lo juzgaron, la religiosa mandó una carta pidiendo la clemencia del tribunal para “un hombre que ha hecho mucho por los pobres”. Fue enternecedor. Pero cuando le fiscal le pidió que devolviera la plata que Keating le había dado –robada a los pequeños ahorristas–, la religiosa no se dignó a contestar.

La religiosa nunca se privó de dar sus opiniones. En Irlanda, por ejemplo, en 1995, un referéndum sobre el divorcio encendía pasiones. Irlanda era el último país de Europa en prohibir el divorcio, y los márgenes se anunciaban estrechos. Entonces la religiosa –que no tenía nada que ver con Irlanda– participó de la campaña pidiendo el voto en contra. Los divorcistas ganaron con el 50,3 por ciento. Pocos meses después, su nueva amiga, lady Diana Spencer, se divorció, y una periodista le preguntó qué opinaba. La religiosa no tenía problemas. “Está bien que ese matrimonio se haya terminado, porque nadie era realmente feliz”, dijo.

La religiosa sabía aprovechar el halo de santidad que había podido conseguir; los santos pueden decir lo que quieran, donde y cuando quieran. Todo está justificado por el halo. Y ella usaba esa bula para llevar adelante su campaña mayor: la lucha contra el aborto y la contracepción. Ya lo dijo en Estocolmo, 1979, mientras recibía el premio Nobel de la Paz: “El aborto es la principal amenaza para la paz mundial” y después, para no dejar dudas: “La contracepción y el aborto son moralmente equivalentes”.

En setiembre de 1996, el Congreso norteamericano le dio el título de ciudadana honoraria. Era la quinta persona en la historia que lo conseguía. Dos años antes había organizado, en ese mismo recinto, una “plegaria nacional” ante Clinton, Gore y compañía. Ese día, su discurso fue belicoso: “Los pobres pueden no tener nada para comer, pueden no tener una casa donde vivir, pero igual pueden ser grandes personas cuando son espiritualmente ricos. Y el aborto, que sigue muchas veces a la contracepción, lleva a la gente a ser espiritualmente pobre, y esa es la peor pobreza, la más difícil de vencer”, decía la religiosa, y cientos de congresistas, muchos de los cuales no estaban en contra de la contracepción y el aborto, la aplaudían embelesados.

“Yo creo que el mayor destructor de la paz hoy en día es el aborto, porque es una guerra contra el niño, un asesinato del niño inocente. Y si aceptamos que una madre puede asesinar a su propio hijo, ¿cómo podemos decirle a otras gentes que no se maten entre ellos? Nosotros no podemos resolver todos los problemas del mundo, pero no le traigamos el peor problema de todos, que es destruir el amor. Y eso es lo que pasa cuando le decimos a la gente que practique la contracepción y el aborto”.

Las jerarquías católicas lo dicen siempre, pero dicho por ella es mucho más eficaz. Aquella tarde, el cardenal James Hickley, arzobispo de Washington, lo explicó clarito: “Su grito de amor y su defensa de la vida nonata no son frases vacías, porque ella sirve a los que sufren, a los hambrientos y los sedientos…”. Para eso, entre otras cosas, servía la religiosa.

La señorita Agnes Gonxha Bojaxhiu, también llamada Madre Teresa de Calcuta, era una militante muy eficaz de una causa muy antigua: la de la ortodoxia católica. En estos años, siempre estuvo al lado del papa Juan Pablo II contra la Teología de la Liberación y cualquier otra desviación de la norma romana. Instituida como el representante sobre la tierra del viejo mito de la bondad absoluta, todas sus acciones y sus palabras eran perfectas, dignas de ser seguidas. Aunque nunca dijeran nada nuevo. La madre Teresa era, si acaso, una versión mediática y actual del viejo modelo de la dama de caridad: aquella que se dedica a moderar los males causados por un orden que nunca cuestiona o que, en realidad, refuerza.

Y ahora se murió, y todos la celebramos. Siempre recuerdo otra frase de Bertolt Brecht, que ponía en escena a su Galileo Galilei discutiendo con un amigo:

—Desdichados los pueblos que no tienen héroes.

—Desdichados los pueblos que necesitan héroes.

Supongo que este mundo todavía necesita héroes. Pero, de vez en cuando, sería bueno escucharlos, a ver quiénes son, qué dicen cuando hablan.

El Dalai Lama sintetiza en una sola persona las dos organizaciones más retrógradas: él es dios y rey –depuesto– al mismo tiempo. Como también es un señor muy educado, a veces le da un poco de vergüenza y dice que no es para tanto, pero sus súbditos lo reverencian como tal, y nadie lo eligió: su único título de legitimación viene de aquellos monjes que decidieron que él era la reencarnación de un cadáver que les había hecho señas. A veces me sorprende cómo los grandes líderes del mundo –y los intelectuales y los periodistas y tantos otros–, que se bañan en democracia todas las mañanas, hablan con semejante respeto y entusiasmo de un dios-rey. En principio parece ser otro efecto de uno de los mitos más difundidos de estos años: el de la Sabiduría del Oriente Milenario.

Tantos occidentales creen en esa Sabiduría Milenaria; especialmente la hindú. Y es extraño: el hecho de que sólo los Gandhis (Mahatma, gran líder nacional; Indira, primer ministro; Rajiv, primer ministro) sean asesinados cuando están en la cima no hace de la India un país especialmente no violento. Ni el hecho de que no más de la mitad de la población sea analfabeta lo hace especialmente educado. Ni el hecho de que cuatro de cada cinco indios pasen hambre lo hace especialmente espiritual. Pero muchos occidentales siguen considerando sabiduría lo mismo que en sus países llamarían superstición, ya hora el Dalai Lama –dios y rey de un pueblo de montañeses supersticiosos– es su máximo exponente. Premio Nobel, gran conferencista, amigo de todos los poderosos bienpensantes, consejero del mundo, Bueno Universal de nuestros días. Un dios verdadero.

Hace poco, cuando pasó por Manhatan, quise ir a escucharlo, pero su agente de prensa me dijo que no, que su aparición sería sólo “photo opportunity”; la oportunidad para sacarle fotos.

—De todas formas, no se preocupe –me consoló–, Su Alteza Sagrada viene mucho a Estados Unidos, le gusta mucho venir por acá.

Y cada vez que viene es un alboroto. El Dalai Lama llena estadios de quince mil personas con sus charlas espirituales, los Clinton lo reciben en la Casa Blanca, Hollywood lo reconoce como su héroe favorito.

—Es tan espiritual, tan puro –me dijo un fotógrafo que sí estuvo–. Es como si tuviera un aura alrededor. Se le ve que es un santo.

Tenzin Gyatso es, ahora, el paradigma de la tolerancia, el pacifismo, la democracia. Ha alcanzado, como dice Christopher Hitchens, el “mayor éxito de las relaciones públicas modernas: que la gente no juzgue quién es una persona por sus actos y palabras, sino a sus actos y palabras por quién es esa persona”.

Así, el maestro de la tolerancia pudo condenar –por ejemplo– toda una serie de maneras sexuales: “Incluso con la propia mujer, usar la boca o el otro agujero es mala conducta sexual. El sexo entre hombres o entre mujeres es mala conducta sexual. Y usar la propia mano es mala conducta sexual”, escribió hace dos años en su libro “Más allá del dogma”. Aunque, tolerante, aclaró que “tener relaciones sexuales con una prostituta pagada por uno mismo, y no por una tercera persona, no es una conducta inapropiada”.

Así, el maestro del pacifismo pudo decir, hace unos meses, cuando los indios detonaron bombas atómicas, que no estaba tan mal. “India no debería aceptar la presión de las naciones desarrolladas que quieren que se deshaga de sus armas nucleares”, dijo. “La India ya no es un país subdesarrollado y debería tener el mismo acceso a las armas nucleares que los países desarrollados”.

Así, el maestro de la democracia pudo prohibir una de las sectas de su religión. Dorje Shugden es uno de los dioses menores que, durante siglos, fueron adorados por los Lamas y sus seguidores. Pero el Dalai empezó, hace unos años, una campaña contra los seguidores de Shugden so pretexto de que eran “fundamentalistas que coartaban la libertad religiosa”. Después los trató de “peligrosa secta de seguidores del demonio”, sedientos de oro y sangre, responsables por todos los males que se abaten sobre el Tíbet. Obviamente, los Shugden lo niegan; dicen que el Lama está celoso de su desarrollo en Occidente, y lo tratan de “dictador supersticioso que se basa en oráculos y adivinaciones”, que vive “en una corte medieval llena de intrigas, favoritos y hechiceros que tratan de manipularlo”. Ni tanto, seguramente, ni tan poco. Pero aparecen episodios de violencia. En Nueva Delhi, seguidores del Lama atacaron a un monje Shugden. Y, en febrero del año pasado, tres monjes de la corte de Darhamsala fueron apuñalados en sus habitaciones. El Lama acusó a los Shugden; ellos dicen que son disputas por el poder en la corte exiliada.

—Los escritos del Dalai Lama confirman que toma sus decisiones a través de los presagios de los oráculos, la interpretación de sueños y otras formas de adivinación. Considerando que sus actividades políticas, internas y externas, se basan en estos métodos, no debe sorprendernos que en todos estos años de exilio sólo haya conseguido convertirse en un ídolo de las estrellas de Hollywood. Además, su espíritu protector, Nechung, es conocido por sus errores. El 13º Dalai Lama murió porque Nechung le dio un veneno por error. Dijo un monje Shudgen en una entrevista reciente.

En las películas, es cierto, le va muy bien. Kundun, de Scorsese, y Siete años en el Tíbet, de Annaud, fueron muestras de este amor hollywoodiano por el Lama. Pero su política tibetana es otro asunto, cada vez más discutido por sus compatriotas. Muchos se quejan de que claudicó ante los chinos, que ya no pide la independencia sino la autodeterminación, que su “parlamento” en Darhamsala no tiene nada de democrático, que se pasa los días de gira por el mundo en lugar de ocuparse de su país, que su discurso no-violento es una concesión al enemigo.

Entre la confrontación militar y no hacer nada hay una cantidad de opciones para dificultarles la vida a los chinos. Agitación, boicot, huelgas de hambre. Pero el Lama está preso de su propio personaje. Escribió hace poco un tibetano crítico. Quizás por eso, últimamente, el premio Nobel de la Paz endureció el discurso:

—Si hubiera un solo lama vivo, una persona cuya muerte impidiera que el Tíbet mantuviese su estilo de vida budista, se podría, para protegerlo, justificar la eliminación de diez enemigos.

Dijo el Lama en una entrevista reciente, y después habló mucho de que en realidad lo único que le importa es la verdad: “no el dinero, no el poder, no la técnica: la verdad”. Ngari Ripoche, su hermano menor y colaborador de muchos años, está preocupado:

—Temo por el futuro de nuestra comunidad. Muchos de nuestros lamas están corrompidos, nuestros jóvenes no tienen trabajo y toman drogas, nuestro parlamento no responde ante nadie. Tengo miedo.

Son problemas internos: los tiene cualquier político, y el dios-rey verá cómo arreglarlos. Mientras tanto, para el resto del mundo, sigue siendo un maestro de la paz, la tolerancia, la religiosidad, la democracia, la reencarnación, la sabiduría. Sigue siendo el más bueno de los Grandes Buenos, y el mundo lo reverencia y prefiere no enterarse. Sería molesto; parece que no sabemos bien cómo vivir sin esa gente.

En la foto se ve el cielo nepalés veteado por nubes difusas, el desnivel de la montaña, la nieve, lo áspero de las rocas: la inmensidad del Himalaya. Se ve, en primer plano, de espaldas, a un hombre, con una enorme mochila gris, una campera roja y botas con crampones, que mira hacia un punto no tan lejano en dirección a la cima. Y más allá, donde termina la nieve y aparecen las rocas, se ve también un bulto amarillo.

En la foto no se ve que ese bulto amarillo es un alpinista que hace dieciséis horas espera que alguien lo ayude. Estática, la imagen no muestra que el hombre de espaldas, que hace un día subió al Everest, que hace menos de tres horas salvó de la muerte a una pareja, va a rescatar, también, al alpinista de campera amarilla. No se ve, tampoco, lo que vendrá después: las denuncias por abandono de persona, el sentimiento de culpa de quienes no pudieron ayudar, las peleas, las notas a los argentinos heroicos, el debate por el uso de oxígeno, de corticoides, las amputaciones, la discusión sobre si esto sigue siendo un deporte o si todo se transformó ya en un negocio inmenso.

Y sin embargo, esta foto, que no podrá ser publicada por un acuerdo entre rescatado y rescatistas, dice mucho más de lo que muestra. Dice que hay cosas que se cuentan y otras que quedan allá arriba, enterradas en la montaña.

El domingo 22 de mayo, alrededor de las dos y media de la mañana, camino a la cima del monte Lhotse, en Nepal, el andaluz Manuel “Lolo” González se dio cuenta de que no tenía su piqueta. Volvió a la carpa a buscarla. Cuando retomó el sendero sintió de golpe unas irrefrenables ganas de ir al baño. La falta de inodoro a ocho mil metros de altura y el traje preparado para soportar vientos de cien kilómetros por hora hicieron que la cotidiana acción demorara más de lo previsto. Sus compañeros de cordada siguieron subiendo. Él llegó a la cumbre a las tres y media de la tarde.

Lolo se acuerda de que en la cima de la montaña se sacó una foto con el iraní Mahdi Amidi. Se acuerda de que el hombre le dijo que prefería esperar a una pareja de españoles que habían quedado retrasados; que empezó a bajar tranquilo, disfrutando del paisaje. Se acuerda de que a las siete de la tarde armó el teléfono satelital, llamó al campamento base, pidió que le llevaran agua caliente. Después, no se acuerda de más nada. En realidad, se acuerda de los sueños que, cree, hicieron que se moviera, que caminara en medio de la noche helada. De esas cuatro alucinaciones por las que hoy está vivo.

Una. Sobre la ladera de la montaña hay casas incrustadas en la nieve. Desde las puertas se asoman nepaleses que le hablan, le dicen que siga, le indican el camino.

Dos. Tres guardaparques vienen a pedirle ayuda. Dicen que se les rompió el auto. Lolo hace un llamado por teléfono y, al rato, llegan tres hombres que arreglan el problema: le ofrecen alcanzarlo a algún lugar. Él responde “no”: prefiere quedarse por ahí.

Tres. Un sherpa le pregunta por un nuevo hotel que han abierto en la zona. Caminan juntos, suben por la pendiente hasta llegar a una moderna construcción. Más tarde, otro sherpa. También busca el hotel. Él lo acompaña. Luego, una mujer. Lolo va con ella pero protesta, se pregunta qué pasa que todo el mundo viene a preguntarle, hoy, dónde diablos queda ese lugar.

Cuatro. Camina en la nieve, un rato largo, hasta llegar al campo base. Sin embargo, ahí, no hay nada. Piensa: han quitado las tiendas, han sacado todo. Está amaneciendo y él está cansado. Piensa: me voy a tumbar un poquito, con buena luz, seguro, encuentro el campamento. Se acuesta a dormir. Allí, en un rato, lo encontrarán los argentinos: Damián Benegas y Matías “Matoco” Erroz.

Pero no todavía, porque a Damián le faltan seis horas para llegar a esa altura: ahora está en su campamento, junto con su compañero Matoco, descansando luego de hacer cumbre en el Everest. El objetivo siguiente es subir al Lhotse (8.516 metros) y al Nuptse (7.861 metros), hacer las tres cumbres sucesivas y lograr, así, un récord; pero entra una llamada de radio: es su hermano mellizo, Willie, desde el campo base, que le dice que hay un problema.

— Sé que una persona no llegó al campo cuatro: está perdida. Del resto de la expedición, cinco o seis españoles, no se sabe nada.

Y como si algo se le hubiera encendido dentro, Damián se pregunta qué hacer. Trata de averiguar dónde pudo perderse el hombre. Si salió a tal hora, si llegó a la cumbre, si la última comunicación satelital la tuvo… y después no se sabe más nada: debería estar acá.

Cuando todo haya pasado, varios de los alpinistas que estuvieron esa noche en la montaña saldrán a defenderse de las críticas por haber abandonado a un compañero, por haber dejado morir a una persona. Aclararán que ellos no fueron juntos. Dirán que eran escaladores independientes, que no estaban todos en el mismo grupo. El español Lolo, que será rescatado por los argentinos, comparte carpa con Juanjo Garra y con Juanito Oiarzabal. Garra, en declaraciones a una revista española confesará haberse sentido mal por la situación. “Me duele no haber tenido la fuerza y el coraje para ir por él. Desde el campo base nos dijeron que bajásemos, pero ésa no es excusa”. Oiarzabal, en cambio, dirá: “Yo iba solo, compartiendo el permiso de la expedición con algunos alpinistas que conocía. Pero nuestra responsabilidad colectiva se acababa en el campo base. A partir de allí comenzaba la responsabilidad personal”.

Aún falta para eso. Damián y su compañero Matoco recién salen a buscar al hombre que está perdido. Sin embargo, cuando ven a lo lejos una mancha amarilla, escuchan más cerca los gritos de ayuda: el resto de la expedición. Primero, lo urgente. Luego, deciden, irán por el cadáver. Dentro de una carpa encuentran a dos españoles: la burgalesa Isabel García y el vizcaíno Roberto Rodrigo: él, muy mal. Ciego, ¿con edema cerebral?, y con los dedos negros. El frío es como el fuego: avanza sobre la piel y quema, deja ampollas de primero, segundo, tercer grado. Si el frío llega al hueso, no queda opción, habrá que amputar.

Aunque ahora eso no se piensa, porque lo que hace Damián es sacarse la máscara de oxígeno, para dárselas. Ellos, no entienden demasiado, le preguntan quién es. Les explica: les va a pasar la máscara, vino a rescatarlos. Y ellos, entonces, dicen que no. Y Damián: “¡Estoy acá arriesgando mi vida por ustedes! ¡Ya se murió otra persona en esta montaña, no quiero que se muera nadie más!”. Pero los españoles insisten. La verdad, oxígeno ellos prefieren no tomar.

En 1978, después de que el italiano Reinhold Messner demostrara que el cuerpo humano soporta un ascenso al Everest sin ayuda, empezó la polémica. Y a pesar de que el oxígeno está clínicamente exigido para quienes suben a más de 7.000 metros; de que la Agencia Mundial Antidopaje no lo considera doping; de que éste no es un deporte reglado (no hay puntos, controles ni clasificación), en algunos lugares como el País Vasco, donde empresas y gobiernos financian a sus deportistas, el hecho de ponerse la mascarilla unos segundos puede significar la pérdida del patrocinio. Que aunque uno haya llegado a lo más alto de la montaña, otros escaladores digan que no, que esa cumbre no cuenta. La polémica existe. Y los que se oponen a esta rigidez se preguntan por qué entonces la dexametasona, un fuerte corticoide, que los españoles usan cuando sienten que no dan más, que están entrando en edema cerebral, no es doping. Y dicen también que quienes hablan de la pureza de la escalada dependen de expediciones comerciales que usan oxígeno: que suben primero y ponen cuerdas fijas que ellos, después, van a usar en silencio.

Hoy, sentado en la oficina de un negocio de ropa de un shopping de Buenos Aires, un mes después del rescate, el mate en la mano, Damián Benegas dice que en ese momento, en esa carpa, no era él. Era un ser desensibilizado tratando de salvar a otra persona. Era una máquina de reaccionar. “A veces pienso: pobre flaco el español. Pero yo tenía enfrente dos personas que no querían ser ayudadas”.

Además de deshidratación, la falta de oxígeno puede provocar cambios en los parámetros sanguíneos, daños en los pulmones, el nervio óptico, el cerebro. Puede hacer que el corazón de una persona, de un segundo a otro, deje de latir.

Escribe en su blog el español Roberto Rodrigo la crónica del rescate; él ciego, los dedos congelados: “Son argentinos. Llegan a la tienda y nos dicen que vienen a rescatarnos. A mí me colocan directamente una bombona de oxígeno (mira por dónde, yo que siempre he estado en contra de llevar oxígeno, incluso de emergencia… pero en las circunstancias en las que estoy creo que me puede ayudar a salir de aquí) y me vendan los ojos totalmente. A Isa también le quieren poner el oxígeno pero ella no quiere ya que dice que no lo necesita, se encuentra bien. Prefiere que me lo pongan a mí. La verdad es que ella estaba cansada después de tantas horas bajando, pero la conozco y sé que podía salir de allí sin él; de hecho así lo hace. Un argentino se enfada y arremete contra ella diciendo bastantes burradas (los nervios son traidores y malos consejeros, así que no le doy más importancia)”.

Un sherpa sube y ayuda a Roberto Rodrigo, ciego, con congelamientos en manos y pies a bajar hasta el campo dos, donde lo vendría a buscar un helicóptero. Isabel García baja con el iraní Mahdi Amidi.

A través de la radio Willie, que está junto con otras personas en el campamento base coordinando el rescate, le dice a Damián: “Bueno, ahora, antes de ir a buscar el cuerpo, descansá, comé algo”. Y Damián, que ahora ceba un mate caliente, dice que a su hermano le presta atención hasta un momento. “Estoy a ocho mil metros. Dejame hacer las cosas tranquilo”.

Veinte grados bajo cero de temperatura, vientos de cuarenta kilómetros por hora, Damián, campera de duvet, máscara de oxígeno, movimientos lentos como los de un astronauta, vuelve a ver a unas diez cuadras hacia arriba, lo que supone es un cuerpo muerto. La foto que no será publicada.

Cuando en la montaña un alpinista encuentra un cadáver, se acerca y lo ata a una piedra, para que el viento no lo vuele, la nieve no lo tape, para que no se convierta en un desaparecido más. “No hay nada peor para una familia que no saber qué pasó. Desconocer dónde está el cuerpo es no tener un final. Entonces uno suele ir, poner un clavo en la roca, y sacar una foto”, dice Damián.

Entonces sube y lo ve tirado, en posición fetal, y piensa en una película de terror. Por radio, se comunica con Willie, le pregunta cómo se llama esta persona. Y Willie, desde el campamento base, dice: Lolo. Y Damián piensa: voy a gritar y si no se mueve, al menos, los malos espíritus van a alejarse. Y Grita: ¡Lolo! Y el cuerpo, la mancha amarilla, a unos cien metros de él, se estremece y entonces él dice: “¡Shit!”. Porque ahora es cuando realmente las cosas se complican. A más de ocho mil metros de altura, una cuadra son diez cuadras, un paso son diez pasos y si uno se saca la mascarilla de oxígeno y no se mueve lento, como si estuviera actuando, es probable que nada salga bien.

— Willie, ¿Y ahora qué hacemos?

Y Willie, a dos meses de aquel día, sentado en una oficina de un canal de televisión, dice que el escenario es como el que se le plantea a un bombero frente a un incendio. Está apagando las llamas en el primer piso y le avisan que en el cuarto hay una vieja, sola, con su gato: nadie quiere meterse dentro de ese fuego. Cualquiera tiene un miedo atroz. El cansancio de haber hecho cumbre en el Everest el día anterior, el estrés, la poca comida (barras energizantes, mucho mate), las veinte horas que faltaban hasta llegar abajo con una persona viva, sin máscaras de oxígeno, sin una camilla. “Si el rescate no se puede hacer, no se hace. La persona quedará ahí arriba”, dice Willie aunque también dice que si uno toma la decisión de meterse en el fuego, después, es casi imposible volver atrás.

Su hermano Damián, que subió la escalera con las llamas bajo los pies, cree que no existe un código de montaña. Dice que el respeto hacia la vida es uno, que se cumple ahí, en una ruta o en el medio de un valle. “Hubo personas que me dijeron: qué bajón que al final no pudiste terminar la expedición, llegar a la cima de esas tres montañas. Y mi respuesta fue que salvamos tres vidas. Y que las tres cumbres van a seguir ahí, pienso que pueden esperarme”.

—Esperá un poco. No te acerques. Pensá bien lo que vas a hacer —dice Willie, desde lejos, ahora preocupado.

Damián, desoyendo a su hermano, se acerca a Lolo. Le habla, le pregunta cómo está. El español, todavía confundido, pide dexametasona.

— No te pongas abajo, ni al lado. Trabajá desde arriba. No te ates a él, que si se cae te lleva. ¿Ok? Anclenlo a una roca. Tenés hasta las cuatro de la tarde, Damián. Estén donde estén, el rescate termina a las cuatro y ustedes vuelven. No largués el oxígeno. No me importa: no largues el oxígeno.

Lolo abre los ojos y durante unos segundos no entiende dónde está. No siente las piernas, piensa que se cayó, que las tiene quebradas. Matoco consigue atarlo a una roca. Ahora, tienen que trasladarlo 150 metros hacia la izquierda. ¿Cómo? Como sea.

Damián, el mate en la mano, recuerda que de a ratos miraba atrás, se fijaba si su rescatado seguía vivo. “Che, Lolo, ¿estás bien? Y si no me decía nada: ya está, buenísimo, lo dejamos acá, mañana lo buscarán. Pero siempre estaba ahí; atento. Incluso preguntándonos cómo estábamos nosotros”.

Y hoy, el sobreviviente dice que si alguien que no practica este deporte, que no conoce de qué va la historia, ve cómo se arrastra a un rescatado en el medio de la montaña, puede pensar cualquier cosa. “Puede parecer que es violencia injustificada. Pero si para que reaccione hay que darle dos tortazos, habrá que dárselos”.

Pasó. En febrero de 2009, el canal 7 de Mendoza emitió una filmación del rescate fallido del guía Federico Campagnini en el Aconcagua. Los diarios hablaron de crueldad, el Gobierno provincial echó al jefe de la patrulla, el padre del guía dijo que a su hijo lo dejaron morir. “El video fue una edición de cinco minutos de un proceso que duró dieciséis horas”, dice Willie Benegas, que estuvo en el rescate. Y dice que los contextos son distintos, que no se puede analizar una situación con los parámetros de otra. Que no todo es tan simple. Que el rescatista tiene que ser directo, frío, mantener alta la adrenalina, estar en actitud de enojado. Que si se sacara un guante para limpiarle la nieve de la cabeza al rescatado y el guante se volara, habría que amputar, como mínimo, uno o dos dedos.

“Hasta que llegamos a la cuerda fija, Damián me daba unos empellones, unos empujones para arriba que eran increíbles —dice por teléfono Manuel Lolo González—. Pero no estuvo mal. Sin esos gritos, dándome besos, yo no iba a reaccionar”.

Antes de tomar el mate, Damián dice que Lolo quería vivir. Que parecía un borracho caminando en una calle desierta: se paraba y de nuevo al piso, pero que puso todo. Lo que tenía y más.

“Yo estaba seguro que si no llegaba hasta el último aliento, me quedaba ahí —dice Lolo—. En un rescate no podés poner en peligro la vida de los rescatadores por salvar a una persona que, en cierta medida, ya está muerta”. Esa persona, moribunda, era él. Y por su actitud, por la ayuda de Damián, de Matoco, de Willie, por varias cosas más, pudo sobrevivir y hoy está, según dice, eternamente agradecido. Sin embargo, no cree que Damián y Willie sean héroes. “Son buena gente. En la montaña no hay héroes. Hay personas que se juegan la vida por ayudar a alguien con un problema. Si uno los compara con gente de ciudad, son héroes. Pero nuestra escala de valores es distinta”.

Dicen varios que Lolo tuvo mucha suerte. Que se salvó porque el accidente lo tuvo en una montaña llena de expediciones comerciales como el Everest-Lhotse (comparten campo base), donde había gente como Damián y Willie Benegas, que acompañaban a unos clientes. Dicen otros que la situación ya es insostenible. Y que todo se convirtió en un gran negocio. Pese a los costos, durante algunos meses en el campamento base coinciden más de 500 alpinistas.

Para subir al Everest hay que pagar un permiso al gobierno de Nepal de 10 mil dólares, hay que pagar el oxígeno (la botella de cuatro litros comprimidos, que dura de tres a seis horas, cuesta 1200 dólares), hay que pagarles a los sherpas. Si uno sube solo, el presupuesto oscila entre 30 mil y 40 mil dólares. Si uno contrata a una expedición, entre 40 mil y 50 mil. “La montaña ha perdido su esencia. Lo peor es que la masificación y el ritmo impuesto por los intereses de las expediciones que llevan clientes hace imposible poder practicar otra clase de alpinismo”, comentó Juanito Oiarzabal a la revista española Desnivel.

Y sin embargo, más allá de la rentabilidad, del buen negocio, detrás de todos esos números, hay otra cosa que impulsa a estos hombres: algo que Manuel Lolo González llama “un veneno”; algo que llevó a que los dos mellizos criados como pescadores marisqueros en la Península Valdés leyeran y leyeran libros de alpinismo y escalasen la chimenea de su casa, y viajaran hasta llegar a la cumbre de la montaña más alta del mundo para pensar, luego, a cuál subirían después. Eso que permitiría entender la respuesta de Isabel García, luego de que Juanjo Garra y su grupo le dijeran que, a esa hora, seguir subiendo era arriesgado: llegaremos a toda costa. Eso que explicaría que después de estar 43 días en cama un hombre como el vizcaíno Roberto Rodrigo escriba en su blog: “Mi intervención se aceleró debido a una infección y después de amputarme todos los dedos de los pies, no puedo sino pensar que soy muy afortunado: los médicos consiguieron salvarme los apoyos de los diez metatarsianos”. Que otro hombre como Lolo, mientras es arrastrado en medio de la nieve, sienta envidia de quien lo arrastra, por pensar que está haciendo un admirable trabajo de rescate. Que este mismo hombre, después de haber pasado dieciséis horas delirando a más de ocho mil metros de altura, de haber perdido el dedo gordo del pie izquierdo, una falange y media del segundo, otra falange del tercero, tenga dudas sobre cómo va a reaccionar cuando vuelva a pararse frente a una montaña de más de ocho mil metros. Porque, dice, sin ninguna duda, va a volver a pararse frente a una de esas montañas.

Detrás de los números, el negocio, la solidaridad y la culpa, los golpes y los gritos, el oxígeno y las amputaciones, hay otra cosa.

Detrás, está eso que no todos llaman pasión.

Rebelde buen corazón

Publicado: 19 septiembre 2008 en Inga Llorenti
Etiquetas: , , ,

La monja sacó la cabeza por una de las ventanas de la camioneta policial, me miró y levantó la mano derecha abriendo los dedos en forma de “V” con el índice y el anular. Le tomé la foto en ese instante de paz y amor fáctico justo antes de que una nueva camada de manifestantes fuese introducida en la misma camioneta.

“¡Lobsang!”, le gritaron otras monjas arrestadas desde adentro del coche policial, pero ella no hizo caso y con cara de preocupación siguió mirando lo que acontecía a pocos metros.

Había centenares de manifestantes tibetanas agolpadas frente a la fachada del Instituto Nacional de Ciencias en Katmandú, y de cara a ellas un grupo de policías dispuestos a resolver a palos cualquier indicio de insubordinación.

Entre las monjas budistas manifestantes se podía distinguir un grupo de monjas jóvenes que protegían a las más viejas formando una barrera humana. La policía comenzó a golpearlas, pero ellas se mantuvieron firmes susurrando entre sí frases en tibetano que los agentes no podían entender.

La muchedumbre curiosa se apostaba en los alrededores y cada vez que la policía arrestaba a una monja silbaba como si se tratara de un partido de fútbol sin árbitro.

Cundía el caos y los uniformados parecían crisparse más con la desesperación de las manifestantes que, asustadas por los golpes, se sujetaban unas a otras. En el forcejeo, las más jóvenes gritaban histéricas “paren de matar en el Tíbet”, mientras las ancianas vestidas con las tradicionales chupas aclamaban entre sollozos por la libertad del Tíbet y el regreso del exilio de “su santidad” el Dalai Lama.

Quinientas sesenta exiliadas tibetanas en Nepal, la mayoría monjas, fueron arrestadas esa mañana en la calle Launchour en el centro de Katmandú.

Seguí en taxi a la caravana de policías para ver a dónde llevaban a las manifestantes, miraba por la ventana tratando de orientarme pero era difícil mantener el rumbo en la anárquica Katmandú.

Una bofetada de colores chillones precedía el polvo y el esmog en la capital nepalesa. A las edificaciones derruidas le seguían templos hinduistas, estupas budistas y casas cubiertas con enormes carteles publicitarios, la mayoría con fotos de celebrities indias ofreciendo algún producto importado.

El río Bagmati, que parte a la ciudad en dos, despedía un vaho inmundo, creí que se trataba de algún muerto que habían incinerado recién, pero el chofer del taxi me dijo que no, que el río olía siempre así. En la calle, la marejada de motos, bicicletas y tuk-tuk (minibuses de tres ruedas) esquivaban a las vacas sagradas, pero no tenían ningún reparo con la gente.

Pedí al taxista que redujera la velocidad justo antes de que un torso pintado de blanco y amarillo canario se estrellara contra el parabrisas. Era un sadhu–baba (un asceta hinduista) que abstraído en sus pensamientos vagaba por el lugar sujetándose el taparrabos. El golpe no lo perturbó, se dobló en dos sin siquiera mirarnos y se fue.

Me hizo gracia, pero era común para Katmandú ver gente multicolor extraviada en estado de amnesia. El chofer ni parpadeó, sonaba el claxon con una saña absurda y hablaba en nepanglish. Cada frase terminaba en un “la la la”, una manera informal de decir que sí. Ese chofer me explicó que la tolerancia en Nepal era cultural y que por eso el budismo y el hinduismo convergían sin mayores dificultades.

—Lalalala —le dije también.

No podía cuestionarle el asunto de la convergencia religiosa, ahí estaban Vishnu y Shiva compartiendo techo con todas las encarnaciones de Buda (bodhisattavas), ahí estaba el Sadhu–Baba prácticamente en cueros en plena vía pública.

Pero si se trataba de los refugiados del Tíbet era otro tema. La policía reprimía a golpes a las abuelas tibetanas y a toda la comunidad monástica con tal de mantener contento al embajador chino.

Salimos del centro de Katmandú por la avenida Kalakinsthan detrás de la última camioneta policial. El espectro de urbe cambió a un paisaje de miseria rotunda. Las chabolas y la gente emergían en los márgenes de las avenidas simultáneamente. Predominaba el color sepia, el olor a incienso y la imagen repetida de los niños nepaleses. Niños corriendo hacia la avenida, descalzos, apenas vestidos, con los cabellos revueltos y un punto de algún color en la frente que indicaba a qué casta pertenecían, todos pidiendo limosna. Había que respirar profundo para continuar.

Llegamos a Maharajgunj, un campo abierto detrás del aeropuerto Tribhuvan.

La policía había destinado ese lugar para detener grupos numerosos de manifestantes desde las protestas de marzo que se habían extendido desde el Tíbet hasta Nepal. El lugar es hostil, desértico pero más que nada triste.

Pensé en Maharajgunj como el final de una marcha frustrada. Con todo, el ánimo de las monjas mejoró cuando recibieron mensajes en sus celulares enviados por otras monjas que habían esquivado el control policial y continuaban la marcha por Tamel, el mercado turístico de Katmandú.

Opté por quedarme sentada junto a ellas sin decir palabra. Centenares de mujeres se acomodaron bajo el sol inclemente del mediodía. Les tocaba esperar, pero no en silencio. A la inercia de las primeras horas, le siguió un murmullo y luego la plegaria ininterrumpida. Todas instintivamente comenzaron la puya. El rezo repetido de los mantras.

La religión sin Dios se transformó entonces en activismo espiritual.

Nunca había sentido tanta empatía como ese día en el campo de Maharaj-gunj, pero pensé escéptica que se trataba de un arrullo esotérico que tarde o temprano me devolvería al mundo real, pero el mantra de Chenrezig, la emanación femenina del Buda de la compasión hizo la paz, o por lo menos nos limpió del caos y la frustración del día.

Un zumbido humano de voces y chasquidos de dedos amasaba el aire en un eco redondo. Om mani padma hung… Ommmmm mani padma hung decía el perenne mantra y no paró más hasta que trajo la noche y por fin, la lástima de los carceleros.

—No tenemos porque temer, Buda también fue un rebelde —dijo una de las monjas al salir de Maharajgunj—. ¡Liberen al Tíbet!

Aquélla fue una jornada histórica, no sólo porque la policía nepalesa detuvo en un solo día a un número récord de manifestantes, sino también porque todas ellas eran mujeres. Pero no había sido una protesta aislada. Desde marzo pasado, los exiliados tibetanos en Nepal y otras partes del mundo se habían lanzado a las calles para protestar por la represión, en Lhasa, la capital del Tíbet, de las manifestaciones que conmemoraban la revuelta de 1959. No se sabe a ciencia cierta cuántas bajas hubo, pero se habla de decenas de muertos.

Después del triunfo de la Revolución comunista china, Mao Tse–Tung anunció la liberación del Tíbet “de los demonios imperialistas” —aunque en ese entonces sólo había seis ciudadanos del occidente en esa región—. En 1949 el Ejército Popular chino irrumpió en Lhasa con 80 mil soldados.

Cuando China invadió el Tíbet, 99 por ciento de la población practicaba el budismo y una tercera parte eran monjes o monjas. Todos los aspectos de la vida, desde la educación, la administración, la posesión de tierras y la producción, se encontraban bajo la influencia de los lamas y los monasterios.

En 1959 rompió una ola de resistencia abierta en Lhasa a la presencia china que terminó a sangre y fuego. Murieron miles de tibetanos rebeldes y el Dalai Lama y su corte se tuvieron que exiliar a la India.

Con la Revolución Cultural de los sesenta, el Gobierno chino inició la aniquilación de la cultura y la estructura social tibetana, la reducción administrativa de su territorio, de su comunidad monástica y la destrucción sistemática de seis mil monasterios.

En los hechos, el Tíbet es hoy “un Estado invadido” como sanciona el documento de la Comisión Internacional de Juristas de 1960. Una de las mayores afrentas a ese Estado, históricamente compuesto por las provincias chinas de Qinghai, Gansu y Sichuan además de la denominada Región Autónoma del Tíbet (rat), ha sido la silenciosa, pero efectiva, ocupación de la etnia china de los han, que ha llegado en masa junto con una ola de inversión impulsada por el Estado chino. La población han es próspera en el Tíbet frente a 85 por ciento de los tibetanos que subsisten con menos de un dólar al día.

El Dalai Lama ha declarado en varias ocasiones que no busca la independencia tibetana sino una real autonomía que dé el derecho al Tíbet de ocuparse de sus asuntos internos, pero China no cede en ningún tipo de negociación. Desde 1994, el Partido Comunista chino ha prohibido venerar al Dalai Lama e incluso portar una fotografía suya. En junio de 2007 en otro intento por acabar con el linaje lamaista se vetó el sistema de reencarnaciones en el Tíbet.

“Posiblemente sea el último”, ha dicho el Dalai Lama en varias ocasiones, sin embargo la presencia de las túnicas en las recientes protestas en el Tíbet, la India, Nepal y el sur de China constatan que la política tibetana a pesar de la férrea postura china para su exterminio sigue desarrollándose en sus espacios tradicionales: los monasterios.

Los lamas tibetanos continúan practicando el budismo y forjando una fuerte red monástica con la India y Nepal. Resulta paradójico que esa red se mantenga con donativos de las comunidades budistas chinas de Hong Kong, Taiwán, Malasia y Singapur, pero la globalización ha dado un chance al budismo tibetano para reinventarse no sólo hacia el mundo, si no en su propia comunidad. Sus monasterios diezmados por las políticas chinas han encontrado un aire rejuvenecido fuera del Tíbet con la nueva generación de monjas y monjes, hijos del exilio, que a pesar de su aspecto frágil representan una visión progresista del budismo tibetano.

El mismo Dalai Lama ha festejado el detape de las monjas tibetanas. Ellas son ahora la cara más amable del gigantesco entramado activista y político que desde el exilio ha desencadenado una depurada forma de protesta.

“Cárcel para esos monjes revoltosos”, ha exigido el embajador chino al Gobierno nepales en Katmandú. El tono desencajado no representa más que al dragón rojo enervado que desde hace más de cuarenta años ha invertido 13 mil millones de dólares en subsidios al Tíbet pero no puede superar la empatía internacional que provoca una monja tibetana arrestada pidiendo justicia para su pueblo.

Apunté en mi libreta de anotaciones:

China no cree en dios pero Buda no es Dios.
Shave Tibet now, humor negro de dos turistas australianas
Lama tibetano, clases privadas (sic)
Tours al Tibet cancelados i-n-d-e-f-i-n-i-d-a-m-e-e-en-t-e.

Al calor de la jornada en el campo de Maharajgunj las monjas del monasterio de Swayambhunath,
aceptaron mi visita en la noche. Mi objetivo más que antes era encontrar a Lobsang y tratar de entender el espacio en el que se desarrollaba el movimiento monástico del exilio.

Las monjas tibetanas fueron una aparición grácil y tímida en Katmandú, más noble que mística. Apretaba el play de mi cámara fotográfica y ahí estaba Lobsang, la añoranza del Tíbet en forma de monja, rapada, rebelde, vestida en túnica granate y azafrán.

Para llegar al monasterio de Swayambhunath hay que cruzar el centro oeste de Katmandú. Las calles en el casco viejo son pasadizos laberínticos revestidos con telarañas de cables eléctricos. Collares de flores adornan las puertas de los santuarios hinduistas y el olor a incienso, a cilantro, menta, pescado y a arroz recién cocido se percibe al paso. La gente lleva prisa, su afán por adelantar la marcha da la sensación de que estamos a distintas revoluciones.

Dice el código budista que siempre hay que caminar en dirección a las manijas del reloj, porque si no lo haces estás contradiciendo a Buda.

Llegué tarde al templo, casi de noche. Las luces resaltaban la majestuosidad de todo el complejo religioso, pero la estupa de Swayambhunath, en particular, era un espectáculo.

Construida encima de una colina tiene la forma de un hongo gigante pintado en cal. Abajo está Katmandú, hiperkinética. La vulva de la estupa está coronada por trece escalones que representan los niveles para alcanzar el nirvana. Sobre el blanco y el oro están pendientes los ojos de Buda pintados en los cuatro flancos. No podía apartar esa mirada.

Detrás de la magnificencia de Swa-yambhunath está el convento donde pasaré la noche. Subo directo al cuarto que me han asignado en el pasillo del primer piso, todas las puertas de ese pasillo, que son de los cuartos de las ani (monjas) tienen colgada la bandera del Tíbet. Encima en el tercer piso están las habitaciones de algunas monjas indias y en la terraza hay un palco que da al barrio donde vive gran parte de las 20 mil familias tibetanas exiliadas en Nepal.

La mayoría de las monjas no pasa de los treinta. Las más viejas ayudaron a construir el convento nuevo. Eran mujeres sufridas que cruzaron los Himalayas de niñas durante la invasión china. El éxodo tibetano ha sido lento en las últimas décadas pero nunca ha cesado.

Una de las monjas que había visto en el campo de Maharajgunj me recibió en el
pasillo, su rostro lleno de arrugas se fruncía más al verme. No pude definir si estaba triste o airada. Desordenaba los recuerdos y me hablaba sin parar en tibetano. Yo asentía pero no podía entender una palabra. La grabación develó después que escapó del Tíbet cuando tenía ocho años. Su familia la encargó a un lama para que la dejara en un convento cerca del Dalai en la India, pero el hombre se enfermó de tuberculosis y murió en Nepal. Dolma tiene los ojos hundidos y su cabeza es una esfera perfecta. Mira con desesperación, quiere contar su historia para que por lo menos se quede materializada en el aire. Dolma se frota las lágrimas hacia la frente como secándose la memoria. “Escribe, por favor, que la gente se está muriendo, de frío y de hambre. Hay mucha muerte en el Tíbet”.

Al Dalai Lama le quedan mucho menos cabellos que los de la foto que exhibe la pared de cada cuarto del convento, pero su presencia es imprescindible. Las literas son dobles y cada cama tiene una frazada extra, las habitaciones están un poco deterioradas pero todas cuentan con agua y una ducha.

Abajo, en el patio principal hay un kiosco para comprar pilas, papas fritas y Coca-Cola. La higiene está al límite de lo aceptable. Hay hormigas y posiblemente cucarachas, pero un plan de exterminio o fumigación es impensable. El cartel a la entrada lo señala claramente: “No matar/No mentir/No robar/No tener conductas inapropiadas/No fumar”.

Ari Tendol, la directora de Swayambhunath me da la bienvenida más tarde.

—Namasté —me dice (soy tu humilde servidora).

Ari, nació al norte de la India y vive en el monasterio desde la adolescencia. Es pequeñísima, pero de contextura fuerte y pies grandes; su voz tiene un dejo gutural, pero es cálida. Parece un ser de otro mundo.

Arrastra la túnica con dignidad mientras me lleva de la mano a su oficina. Me cuenta que le fue muy difícil aprender el tibetano, una lengua que viene del sánscrito y que fue inventada para interpretar el budismo.

Ari me ofrece té. El té tibetano está mezclado con sal y tsampa (mantequilla de yak) y por lo tanto es un gusto adquirido. Ari sonríe sin disimular después de mi primer sorbo. El humor budista puede ser cruel. Sonrío también.

Estoy a gusto en el convento, pero a penas puedo, pregunto por la monja Lobsang. Ari me dice que es una de sus bajas y que está descansando en su habitación, que mañana podíamos conversar con ella.

—Son dos muchachas malheridas que no pueden caminar. Los policías las golpearon sin piedad —reclama.

No pude disimular mi preocupación, pero Ari me reconforta y me advierte que las monjas han adoptado una actitud contestataria por propia voluntad.

—Es muy difícil comer cuando hay hambre en el Tíbet —reflexiona—. Es la ley del dharma.
Para el budismo tibetano la ley del dharma es la ley de la verdad. Es la capacidad de distinguir las motivaciones personales de las que están comprometidas con el bien de todos y obrar de acuerdo con ello.

Ari se interrumpe así misma.

—Pero yo prefiero la puya.

La puya es una forma materializada de poesía. Las monjas pasan horas repitiendo versos de amor para aplacar la ira de los enemigos y cuando recitan los mantras mueven las manos en una coreografía sincronizada que ofrenda formas que son flores o pájaros (mutras).

Ari hace gala de su paciencia e intenta explicarme las técnicas budistas para alcanzar la iluminación, pero es aguda en sus comentarios.

—Nosotros no creemos que todos los chinos son malvados o que quieren hacer daño al Tíbet. Oramos para ablandarles el corazón.

Hasta ese momento no había escuchado ninguna alusión directa a China. Todo era indirecto, un tipo elegante de agresividad que usaba calificativos como “testarudos”, “sordos”, nada que podría extrapolarse en un sentido estrictamente político. Al principio pensé que Ari me planteaba un conflicto personal. Recitar mantras en vez de protestar. Pero lo que ella trataba de explicar era que el activismo tibetano, en los monasterios o en las calles era una reacción natural, puro instinto de supervivencia.

Eran las diez de la noche y Ari me acompaña hasta la puerta del dormitorio, me despide hasta la mañana siguiente con una última frase, quizá la más importante de nuestra conversación:

—Defender la cultura tibetana significa preservar la filosofía budista, porque lo uno es consecuencia de lo otro y viceversa.

Nadie dormía, las monjas niñas de siete u ocho años de edad, revolotean de un piso a otro cargando sus libros de estudio. El resto de las monjas buscaban un espacio en el patio para doblarse como una silla desplegable y empezar a memorizar sus mantras. Murmuran hasta el amanecer.

A la mañana siguiente el gong comienza a sonar a las cuatro. Las monjas acarrean sus túnicas al vuelo camino al santuario. Al ingresar al re-
cinto se tienden al piso una y otra vez en acto de adoración. Recitan mantras usando tonos graves y agudos según la oración. Cada quince minutos tocan unas trompetas seguidas de conchas marinas y platillos que replican a la orden de un gong. La ceremonia de la puya matutina dura cuatro horas e incluye el desayuno de té rancio, Bak lep (pan tibetano) y una salsa picante para acompañarlos.

En el altar está otra vez Chenrezig, la Tara de la compasión, está también una foto del Dalai Lama a la derecha y a la izquierda la única foto exhibida del niño Gedhun Choekyi Nyima, la undécima reencarnación del Panchen Lama.

Gedhun Choekyi Nyima es el único mártir vivo de la causa tibetana. En 1995 fue presentado por el Dalai Lama como una reencarnación del Panchen Lama y por ende segundo en la jerarquía tibetana. Gedhum era apenas un crío, pero por determinación del Partido Comunista chino fue puesto en custodia desde 1996 y nadie lo ha vuelto a ver. Para colmo, los chinos decidieron elegir a otro Panchen Lama por bolillo y ningún monasterio lo ha reconocido como tal. Algunos tibetanos bromean al respecto y lo llaman el “Panchen fake”.

Ari me adelanta que Lobsang me está esperando, pero me pregunta el porqué de mi interés por esa monja en particular.

Le digo lo primero que se me viene a la cabeza. Karma. Se ríe y me dice: “A ustedes les gusta mucho esa palabra”.

En uno de sus discursos Buda dijo que si quieres saber el tipo de vida que has tenido en el pasado tienes que mirar cómo es tu vida ahora y si quieres saber qué clase de futuro tendrás tienes que preguntarte qué estás haciendo ahora. La ley del karma es la ley de la causalidad universal. Recibes lo que das.

Entramos en el cuarto. En la cama está una monja recostada y adolorida. Tiene la cara roja y el pie vendado desde la rodilla, moretones en el brazo y otras marcas en el cuerpo.

No es Lobsang. Hay un centenar de monjas en el convento y sólo una tiene ese nombre, pero no es la monja que estoy buscando.

Me siento en la orilla de la cama mientras Ari la reconforta. Está lastimada y no tiene muchas ganas de hablar. Me cuenta que durante la protesta frente a la Embajada china tres policías nepaleses la rodearon y la empezaron a golpear con una varilla.

—No pude protegerme. Me habían dicho que si no me retiraba me golpearían en las piernas, pero tropecé y caí y entonces los policías se abalanzaron sobre mí.

Antes de despedirme le pregunté si volverá a ir a las marchas.

—Claro que sí. No tengo miedo —me contesta.

A la salida de Swayambhunath me detengo para conversar con un grupo de monjas tibetanas que se dirigen al ayuno voluntario organizado por la comunidad exiliada en el ala oeste del templo.

Son adolescentes y me responden con candidez: “Estamos en ayuno por los quinientos tibetanos que están en las cárceles en el Tíbet y no tienen alimento ni abrigo”. “Libertad para nuestros monjes”. “Tenemos derecho a ser budistas”.

Ninguna de estas muchachas sabe de la existencia de la cárcel en la ciudad china de Shigatse utilizada específicamente para encarcelar disidentes tibetanos desde Nepal o la India. Prefiero quedarme callada, aunque tengo el temor de que la represión policial ejercida en Nepal contra los tibetanos disidentes se recrudecerá con el reciente ascenso de los maoístas al poder.

Las páginas centrales del Informe del Centro Tibetano por los Derechos Humanos y la Democracia informan: setecientas tibetanas están en la cárcel, la mayoría monjas /delito/ panfletería/ castigo/ esterilización forzosa y/o tortura física. Disidentes encarcelados/ 5 200. El promedio de penas para los religiosos, en la Región Autónoma del Tíbet, por guardar una foto del Dalai Lama y/o una bandera tibetana/seis años. Construcción de monasterios desde 1950 entiéndase postocupación china/cero.

En el camino a la carpa de los huelguistas, las monjas con las que había estado conversando me entregan un panfleto. Recibí tantos que estuve apunto de desecharlo, pero me intrigó que el titular tuviese que ver con una monja. Leo a continuación: La historia de Kelsang Namtso. La oficina de Derechos Humanos de Nepal informó a finales del año pasado que Kelsang tenía 17 años cuando se recibió como monja en una remota provincia tibetana, Nygntry. Su sueño era ingresar al convento de Dolma Ling en Dharamasala, la India, y además quería conocer al Dalai Lama. Con su amiga de infancia Dola Paltkyi ahorraron 1 400 dólares para cruzar la frontera hasta Nagpa, Nepal. La gente que lo había intentado le dijo que lo conseguirían en dos días, que debían llevar tsampa y agua, no mucha porque con el frío sentaba mal. El mismo día el montañista esloveno Pavle Kozjek estaba tomando fotos cerca de un campamento al Everest cuando escuchó los primeros disparos, luego fotografió la trágica muerte de Kelsang. La monja recibió un tiro en la espalda. Una hora más tarde los guardias chinos de la frontera volvieron para recoger su cadáver.

El fotógrafo, dijo después que los guardias fronterizos la habían cazado como a un perro.

En la carpa de huelguistas había más de doscientas personas reunidas orando en la puya o girando el mani dhung ko (la rueda de la oración). Era el trigésimo día del ayuno voluntario pidiendo paz para el Tíbet.

Llegué justo antes de que un grupo de monjes y monjas emprendiera el camino de vuelta a pie hacia la comunidad monástica de Kopan. Mientras intercambian números de teléfonos, direcciones y panfletos me presenté ante ellos con la foto de Lobsang.

Una de las monjas me dijo que la conocía, que Lobsang estudiaba en el convento Khachoe Ghakyil Ling de Kopan. Le pregunté si podía acompañar al grupo hasta el lugar. Me dijo que había que caminar una hora.

Tomamos un atajo empinado que nos condujo hasta un parque de diversiones budista. Dos budas de cinco metros de altura nos recibieron en la entrada. Pedimos deseos, prendimos velas, rodamos las gigantes ruedas de la oración y salimos rumbo a Kopan. Parecíamos una pandilla de amigos de toda la vida hasta que una de las monjas, la más tímida de todas se animó a decirme que Lobsang no estaba en el convento.

La monja me contó que el día anterior Lobsang había abandonado intempestivamente una clase de filosofía para dar encuentro a su madre que estaba camino a la sala de emergencias. La salud de la mujer se había quebrado luego de recibir noticias contradictorias sobre la situación de su familia en el Tíbet.

Presión alta, diagnosticó el doctor.

Postrada en cama, la madre le había rogado a la hija por su familia: “¡Tienes que hacer algo, tienes que hacer algo!”.

Pero Lobsang ya había hecho demasiado. En el último mes participó en cuatro manifestaciones en Katmandú.

La arrestaron todas las veces y, seguramente, estaba fichada. Eso significaba que su expediente podría perjudicar a su familia en el Tíbet y que podían acusar a sus abuelos de conspirar contra China.

Pero Lobsang había dicho a sus amigas más de una vez, que haría lo que tuviese que hacer.

El enclave budista asentado en el valle de Katmandú, Kopan, fue fundado por uno de los oradores más emblemáticos de la lucha por el Tíbet, el Lama Yeshe y aunque parece un remanso campestre, con cielo azul y terrazas naturales de césped y flores es uno de los centros de estudios budista tibetano más completos del mundo.

Los campesinos que viven alrededor del monasterio están encantados con la presencia de los lamas tibetanos. Cuando llegas desde la ciudad la gente te saluda con la sonrisa estampada en la cara. El monasterio representa para un tibetano en el exilio, el hogar que perdió, por eso se aferran a sus monjes, los protegen y son leales a ellos hasta las últimas consecuencias. En Kopan todos hablan bajito, para no hacer ruido “porque los lamas están orando”.

Tardé en llegar al convento que está cerca del monasterio de Kopan. Apenas ingresé en el edificio pedí que me indicaran dónde estaba la monja que había estado buscando hace tanto tiempo. En el camino por el patio, todas las monjas empezaron a apuntar hacia ella y a llamarla por su nombre una y otra vez.

Al verme desde lejos la monja levantó la túnica y la acomodó en el hombro derecho —un código budista que significa respeto y madurez mental—. Lobsang me observó entonces tratando de descifrar mi curiosidad hacia ella.

—Por qué me buscas —me dice.

Le muestro la foto.

Se relaja un poco, sonríe. “La protesta en la calle Launchour”, comenta.

Por fin la tengo frente a mí. Es etérea en el sentido estricto de la palabra. Sutil y vaporosa. Su rostro está lleno de pequeños lunares que la hacen ver más joven, tiene los ojos profundos, los dedos largos y lleva zapatillas deportivas del color de su túnica. Me pide ver la foto de nuevo y se ríe entrañablemente mientras iniciamos un paseo por el complejo.

Su voz es cálida, habla desde el corazón en un sentido físico. Tíbet es una palabra recurrente. Camina alrededor de esa palabra. Sus abuelos están en el Tíbet, y eso la mortifica. Su madre está enferma de preocupación por el Tíbet, y eso la abstrae. Su convento apoya a la causa del Tíbet, y eso la fortalece.

En tibetano Lobsang significa buen corazón.

Lobsang Tsering es una de las 95 monjas del convento Khachoe Ghakyil Ling de Kopan. Nació en Nepal hace 25 años y escapó de la muerte cuando tenía ocho. Una epidemia de escarlatina se llevó a muchos niños de su generación en Katmandú. Sus padres, ambos refugiados tibetanos, vendían algunas semillas y especias en la plaza Durban en el centro de la ciudad. Tuvieron cinco hijos. A la más inteligente, Lobsang, le preguntaron qué quería de la vida y ella les dijo que quería ir a la escuela. Como no podían costeársela la llevaron al convento.

Ante la mirada atónita de las monjas superiores Lobsang pasó parte de su infancia vestida en túnica y jugando a las cartas y al sho (dados tibetanos). Si había problemas ahí estaba ella.

Lobsang fue novicia hasta los 15. La primera vez que le cortaron el cabello tenía 12 años, pero se lo raparon completamente el día que se hizo monja a los 16. Raparse fue un voto de humildad y un adiós silencioso a su padre que murió cuando era adolescente.

En Kopan destacó primero por su memoria privilegiada. Si le pedían que memorizara un texto por día, ella memorizaba dos y hasta tres. Los lamas decidieron entonces que la niña prodigio estaba lista para iniciar sus estudios y su entrenamiento para el debate.

Hace diez años que estudia Filosofía y ya se ha graduado como monja superior, es una de las más jóvenes del convento con ese rango. Tiene a su cargo a diez alumnas, casi de la misma edad que ella y las instruye en la ley del dharma.

El papel de los maestros en el budismo tibetano es esencial. El papel escrito, dicen, es algo inerte, en cambio un maestro es un libro húmedo. Por eso los lamas son exquisitos a la hora de escoger nuevos maestros, ellos tienen la misión de convertir la enseñanza en un ser vivo, que cuestiona y crece en la experiencia.

La paranoia china con la comunidad monástica tiene que ver con ese ser vivo, el maestro —o en este caso la maestra— es la fuerza motriz del budismo. La causa de la persecución a los monjes y la destrucción de los monasterios en el Tíbet están detrás de esa premisa. Los monasterios abren las puertas al conocimiento, pero los chinos las cierran porque dicen que la religión es un veneno. Pero la palabra religión es, en este caso, un eufemismo. El budismo es una filosofía de vida.

Lobsang me cuenta que lleva más de un año estudiando uno de los fundamentos del budismo: el sentido de lo permanente y lo efímero:
—Vivimos en el samsara que es la ilusión de la realidad. Todo esto es una ilusión —me explica.
—¿Yo soy una ilusión? —le pregunto.

—La mayoría de las religiones creen en la eternidad del alma, pero para el budismo eso no está bien. Tú no eres la misma que eras hace un segundo, tienes conciencia y pensamientos, pero no eres permanente. No tienes alma, sólo conciencia, eres efímera.

Trago saliva, mientras ella se disculpa por no encontrar las palabras para describir lo que quiere decir.

—El budismo es un constante cuestionamiento y ejercicio de la mente, para que la mente pueda encontrarse, concluye.

Lobsang ha ganado torneos de debate por dos años consecutivos en la India. Me dice que quiere ser la primera monja que obtenga el gheshe que es una maestría en Filosofía budista. Gheshe es un título con el que el Dalai Lama honra sólo a unos cuantos monjes. El título es parte de una preparación intensiva y Lobsang deberá competir con las mejores candidatas del convento Dolma Ling de la India.

Cuando está apunto de ofrecerme un té tibetano, me salva la campana del convento.

—Prepárate, es hora del debate —me advierte.

A las cuatro de la tarde, las monjas de Kopan comienzan a debatir.

—Somos muy competitivas —me dice Lobsang.

El debate a simple vista parece una coreografía atlética. Una frente a la otra. Una de pie y la otra sentada. Una defiende la tesis y la otra se encargada de rebatirla a partir de preguntas asertivas e incluso irónicas.

Las discusiones son acaloradas, hay gritos y el lenguaje del cuerpo es invasivo. Cada vez, que la defensora articula una tesis valedera estira los brazos y aplaude una vez, si su oponente no puede rebatir la posición, la defensora golpea enérgicamente el reverso de la mano con el anverso de la otra.

La sesión dura 15 minutos por cada compañera y luego continúa con la siguiente. Los maestros lamas dan vueltas por el patio del convento escuchando los debates. Cuando el defensor se atrasa, el interlocutor golpea tres veces la palma de la mano exigiendo una respuesta rápida. Si el defensor se retrasa demasiado significa que los conocimientos de uno han prevalecido sobre los del otro.

—La mente tiene que estar despierta, tienes que ser veloz y precisa —dice Lobsang, que no intuye que detrás del ejercicio cotidiano del debate hay una descarga constante de adrenalina. Sus manos empuñan entonces un argumento que parece imbatible: el rechazo absoluto a la ignorancia.

Cuando veo a esa monja apacible pelear por sus ideas con ferocidad me es más fácil imaginarla en las protestas frente a la Embajada china. Me cuesta creer que no existe un poco de rencor en el corazón de los que han sufrido tanto.

Me pregunto si es inevitable el momento en el que el rencor corroe la causa y la rebeldía se convierte en odio. Me pregunto si a pesar de la paz cultivada por siglos por los monjes tibetanos, al final son lo que son: seres humanos.

El 10 de marzo después de un acalorado debate filosófico, trescientos monjes del monasterio de Deprung en la ciudad de Lhasa, en el Tíbet, iniciaron una marcha pacífica pidiendo la libertad de unos monjes apresados por festejar una condecoración al Dalai Lama en Washington. Esa marcha desencadenaría el levantamiento popular que costó la vida a por lo menos ochenta personas entre chinos y tibetanos, el arresto y persecución de miles de ciudadanos tibetanos y el cierre de las fronteras de ese país.

El punto más violento del levantamiento se produjo cuando algunos ciudadanos presenciaron la golpiza despiadada propinada por la policía civil china a un grupo de monjes. Furiosos, fueron esos mismos testigos los que busca-ron revancha con el primer símbolo del opresor que tenían a la mano: los inmigrantes han. La cultura pacífica que el mundo había admirado por siglos se desfiguró el 14 de marzo, cuando la agonía de los ciudadanos chinos quemados vivos en el centro de Lhasa fue difundida por la red.

Otra vez escucho el clap-clap de las palmas de las monjas del convento de Khachoe Ghakyil Ling de Kopan y recuerdo la historia que me contaron los viejos pobladores de Lhasa cuando recibieron el paso de los soldados chinos con sonoros aplausos y gritos después de la invasión de 1949: “Los chinos creían que era por admiración y respeto, pero no entendían que lo que decíamos y hacíamos en realidad era el ritual de la dogpa, la negación del mal. Aplaudíamos y maldecíamos una y otra vez para alejar a los tendra, los enemigos de nuestra fe”.

Lobsang también espanta sus miedos más íntimos cuando golpea las palmas de sus manos en el debate, pero al contrario de los viejos tibetanos, no veo en ella a un pueblo derrotado. La monja etérea que me hace una “V” con los dedos en la distancia para despedirse es más que nunca la añoranza por el Tíbet que está dejando de ser y que, sin embargo, es como nunca fue.