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Uno

Estaba a cinco meses de casarme, acababan de ascenderme en el periódico y parecía que por fin había llegado la hora en que iba a poder vivir completamente del periodismo. Entonces comenzó una época que las autoridades llamaron “la guerra contra el crimen organizado”. Los primeros días no fueron malos. Creí que se presentaba la oportunidad de hacer grandes cosas. Tenía un nuevo equipo de trabajo, dispuesto a jugársela conmigo, y ese equipo me hacía sentir cierto liderazgo, algo halagador si trabajas con gente profesional que te tiene en cuenta para tomar decisiones y comenzar a actuar. Era la luna de miel, aunque la experiencia de mis antecesores me advertía que aquel periodo sólo duraría unos meses antes de que comenzaran los problemas que me harían aventar el cargo y hundirme en la soledad. Estaban equivocados. La luna de miel terminó mucho antes.

Duró exactamente una semana y terminó la tarde en que ejecutaron a Iván, un agente de la Policía Municipal que me pasaba información y dominaba el centro de la ciudad. Lo había conocido en mis tiempos de reportero en la calle, cerca de las ambulancias, las patrullas, el mundo de los oficiales. Iván conocía los nexos criminales de los jefes policíacos y las bandas, sabía la ubicación de tienditas y picaderos, y podía identificar para quién trabajaba cada puchador. Platicaba mucho conmigo, pero nunca me dejaba apuntar.

—Nomás te estoy platicando —decía—. No apuntes y allá tú si lo publicas.

Una tarde, cuando estaba por terminar mis labores, me avisaron que por la zona sur oriente de la ciudad un comando armado lo había ejecutado. El chofer de un camión alcanzó a ver cómo lo tenían hincado varios hombres con el rostro cubierto, gritándole que se había pasado de lanza y que por eso iban por él. Supe que lo habían asesinado por la información que pasaba, que la corporación policíaca a la que había pertenecido estaba infiltrada por criminales. Un compañero de trabajo me dijo:

—Las cosas se están poniendo calientes. Nos están diciendo que le bajemos de huevos.
—Está bien, chaparrito —respondí—. Pues entendimos el mensaje y ya.

Su muerte se perdió entre las 100 ejecuciones que se habían registrado en la ciudad a lo largo de 2007 y que duplicaban las ocurridas el año anterior. Al comenzar 2008 se había alcanzado esa misma cifra en sólo dos meses. A fines de marzo habíamos contabilizado 214 víctimas y yo había descubierto que mi nuevo empleo poseía grandes desventajas: el teléfono sonaba a cualquier hora de la madrugada, ganaba sólo un poco más de sueldo y tenía, en cambio, el triple de trabajo. Me pasaba el día encerrado en la oficina, extrañando las calles y la urgencia de la nota diaria, obligado a atender trámites burocráticos de la Gerencia, Recursos Humanos y Publicidad.

Pasaba el tiempo sintiendo que los días deberían tener 28 horas, porque 24 eran insuficientes.

Un día cualquiera de marzo de 2008, a las siete de la noche, me dirigí al estacionamiento del periódico. Pensaba cenar algo con mi novia y luego ir a descansar. Subí a la camioneta, encendí el motor y entró una llamada de un número desconocido. Luego supe que no venía de la telefonía móvil sino de la satelital. No supe si debía responder. Llevaba trabajando 12 horas seguidas. Al fin, me ganó la curiosidad. No fuera a ser una emergencia. Hoy asocio aquella llamada con un poema de Ungaretti:

Lejos, lejos
como a un ciego
me han llevado de la mano.

Contesté:

—Licenciado, un gusto saludarle, licenciado. Me recomendaron que hablara con usted para platicar de… bueno, es que, mire, pues nosotros no queremos problemas con ustedes, ¿sí me entiende, patrón?, es que queremos que nos echen la mano, porque son chingaderas lo que están haciendo con nosotros y pues no queremos actuar a la mala. A nosotros no nos gusta meternos con los que nomás hacen su trabajo, sabemos que nomás hacen su trabajo, pero también nos están chingando, les dicen que nos estén chingando y ya no sabemos cómo hacerle… ¿sí me entiende, licenciado?

Desde luego que lo entendía. Recordé que unos días antes un comandante de la PGR, que para variar fue ejecutado tiempo después, me había dicho que unos conocidos suyos querían hablar conmigo. La confianza que tenía con ese comandante no era tanta como para que se aventara a proponerme cualquier clase de complicidad. Apenas me había deslizado que alguien quería hablarme. Hice como que no entendí y le pedí, la última vez que nos vimos —pues comúnmente hablábamos por teléfono y nos mandábamos correos electrónicos— que me mandara a sus conocidos a la oficina para atenderlos.

No fueron a verme, pero optaron por el teléfono. En la primera llamada aquel sujeto me habló de su organización, La Empresa, con un código casi secreto. Habló de “los de enfrente” (así llamaba a sus rivales cuando estaba de buenas, porque de malas no los bajaba de hijos de la chingada), y habló también de mis colegas de otros diarios, a los que compraban con unos dólares a fin de que éstos omitieran algunos datos y les echaran la mano difundiendo rumores, o “quemando” a quienes ellos querían poner en el foco de atención de las autoridades.

—Nosotros conocemos cómo es usted para trabajar, patrón, por eso le pedimos que nos vayamos por las buenas, al fin que pues no le caería nada mal una ayudadita para su casa, su familia… nomás díganos, que ya sabe que estamos a sus órdenes, si tiene algún problema con alguien, si lo andan molestando, quien sea, nomás me dice y nosotros nos encargamos, sin que usted se manche las manos. Yo voy a buscar la forma de encontrarlo, de mandarle un mensajito, de unos cinco o seis mil dólares, es con lo que nosotros podemos apoyarlo, licenciado. A los que nos apoyan allá en Juárez o Parral o allá en Durango, o así, pues los apoyamos con menos, con unos cuatro, pero sabemos que usted es profesional y nos puede echar la mano… piénsela, patrón, yo lo busco mañana a ver qué me dice, a ver cómo nos podemos ayudar.

Pude distinguir que entre cada bulto de palabras el hombre aspiraba, tosía, bebía, fumaba, en ese orden. Se estaba metiendo toneladas de cocaína mientras hablábamos. A su alrededor se oían gritos, carcajadas, pláticas.

Respondí:

—Oiga no, no, no, no se apure. Le agradezco mucho la intención, pero usted sabe, son muchas broncas, en mi trabajo son muy delicados los jefes, así que no se apure.

Pero estoy a sus órdenes, amigo, nomás hábleme cuando se le ofrezca y vemos qué podemos hacer, con mucho gusto.

El hombre aspiró, tosió, bebió. Luego dijo:

—Pero no se apure, le digo que nosotros no nos metemos con los que no se tratan de pasar de lanza con nosotros. Yo sé que usted nomás hace su trabajo, por eso el jefe, de Juárez, ¿sí sabe quién es mi jefe?, pues mi jefe me pidió que le hablara primero yo, pero él le va a hablar para ponerse a sus órdenes, para que le diga lo que quiere, lo que necesita, y luego que él me diga yo me encargo de buscarlo, licenciado… Sin compromiso, de verdad, es sólo una compensación si nos echa la mano de vez en cuando.

El corazón me estaba latiendo a todo vapor, no sabía qué decir para desligarme de cualquier cosa que pudiera poner en riesgo mi integridad. Atiné a responder:

—No, mire, después uno se mete en problemas, ¿qué tal si alguna vez no le puedo echar la mano? ¿Se imagina? Me iban a andar correteando, hombre, y mejor para qué nos metemos en broncas, ¿no le parece? Dígale al señor que muchas gracias, que ahí estamos a la orden, estamos pendientes, nomás háblenme con tiempo para lo que se ofrezca, no se apuren.
—No, licenciado, es que me dijeron que le dijera… —y se oía que aspiraba, que fumaba, que daba un sorbo antes de continuar—. Es que el patrón me pidió que le dijera que nomás nos eche la mano, en lo que usted pueda, ¿verdad? No se sienta comprometido, ¿verdad? Nosotros sabemos que usted pues cumple con su trabajo como siempre, muy bueno, muy bueno, pero estas chingaderas de repente se ponen difíciles y pues ahí se necesita que nos echen una mano… Usted sabe, pues nomás a veces que les meta un chingazo a esos hijos de la chingada, o a veces que nos diga cómo anda el agua, que nos ayude, a veces se trata de nuestra gente y pues a veces no queremos que salgan los nombres o cosas así, ¿me entiende?
—Claro que sí, lo entiendo, pero le digo, cuando pueda echarles la mano con mucho gusto, y no se apure, ahí estamos a la orden —le dije, mientras trataba de descifrar su código, sin lograr hacerme del escenario completo de los problemas que enfrentaban ambas bandas.
—Gracias, patrón, yo lo busco más tarde o mañana para ponernos de acuerdo, para entregarle lo que le mande el jefe que anda en Juárez, pero en cuanto lo vea y que él me diga yo lo busco para ponernos guapos con usted. Y lo que se le ofrezca, no se apure, nosotros lo protegemos para que usted no ande preocupado.

No pude analizar lo que me habían dicho realmente, ni lo que yo había respondido. Traté de digerir lo hablado con esa persona que me llamaba patrón y licenciado, y era extremadamente servil y educada si no se tomaba en cuenta su voz aguardentosa y las aspiradas constantes que interrumpían la fluidez de su plática. Me pregunté: “¿Hasta qué grado te has involucrado?”.

De cualquier modo guardé el contacto en mi celular bajo el nombre de Juan. Pensé que me podría servir de algo tener un contacto de nivel dentro de la mafia. No tardé en agregar a mi agenda otro contacto, al que llamé Secretario, y uno más al que nombré La Empresa.

Había comenzado mi relación con el narco.

Dos

—Buenas, patrón, qué dice… Oiga, cómo vio lo de Parral, yo les pedí que lo regresaran por seguridad nomás, no quería molestarlo, una disculpa porque no quería que lo molestaran, pero estaba muy caliente por allá. De todos modos cómo la vio. Estos puercos hijos de la chingada nos levantaron a cuatro morritos, puros lepes, hombre, eran mi gente… pero hijos de la chingada les matamos a madre al cabrón que nos estaba chingando, ¡les partimos su madre para que sepan con quién se meten esos marranos! Aquí en Chihuahua tengo toda la información, si quiere ahorita nos vemos, para decirle como estuvo todo —me decía Juan por teléfono, mientras yo manejaba, el domingo 6 de abril, a las dos de la madrugada, por la carretera Parral-Chihuahua. A mi lado iba dormido mi compañero Pablo.
—Pues bonito susto me metieron. Yo nomás iba a hacer mi trabajo, pero sus muchachitos están cabrones, muy maleducados para hablar. Ahora vengo en la carretera todo asustado. Mejor mañana platicamos.

Faltaba más de una hora de camino y no pensaba llegar a Chihuahua para reunirme con un narco en plena madrugada. No después de viajar a Parral en forma urgente para cubrir una balacera que había dejado seis muertos. No después de que unos sujetos me hicieran volver con malas palabras.

—Como quiera, licenciado, nomás le quería pedir de favor que cuidara a mis muchachos, son puro jovencito que andaba jalando bien, nomás le encargo que no salgan sus nombres en los periódicos, ni las fotos. Por la familia. Se nos hace gacho por la familia —me decía aquel tipo de voz aguardentosa que de jefe, patrón y licenciado no me bajaba.

Agregó:

—Y dígame cómo le hacemos para entregarle el encargo, que aquí lo traigo, calientito, porque me pidieron que lo tratara muy bien. El patrón anda en Juárez, ahorita hablé con él y me dijo que le hablara, para que no se arriesgara por allá, y para darle lo que le dijimos.
—No’mbre, no se preocupe, después del susto nomás quiero llegar a dormir, mañana tengo jale muy tempranito, yo pensaba quedarme por allá en Parral pero pues ya me saltaron otras broncas. De todos modos estamos al pendiente, nomás avíseme.

El hecho de tener comunicación tan seguida con ellos comenzaba a preocuparme. Tuve más de 150 kilómetros de carretera oscura para ir pensando lo que había pasado. ¿Hasta dónde me estaba involucrando, hasta dónde llegaría la relación y hasta qué punto sería sostenible?

—Buenas, qué dice, patrón, ¿ya llegó a Chihuahua? —insistió Juan por el celular, que ya estaba casi descargado, poco después de las tres de la mañana.
—Apenas vengo llegando, compa. ¿Qué hay de novedades?
—Pues seguimos igual, licenciado. El jefe anda encabronado por lo que pasó, ya sabemos quiénes fueron, fue un pinche flaco pendejo de Durango que se metió para acá, que desde hace mucho anda chingando para meterse por acá, pero ni madres que lo vamos a dejar. Es un pinche flaco que se siente muy bule. Lo vamos a reventar al pendejo como le andamos reventando a su gente al güey; queremos quemarlo. Dice el patrón que si nos ayuda para quemarlo en los periódicos, en la internet, para que los pinches guachos vayan por él, a él sí lo dejan jalar en la sierra, en Durango, los tiene bien compradotes el hijo de la chingada…
—Mañana vemos ese pedo, ¿no? Es que ando bien fregado, ya necesito irme a dormir, me venía durmiendo en la carretera.
—Sí, señor, nomás le hablaba para decirle eso que nos pidió el patrón, pero de todos modos él mañana le habla, para ver si nos vemos por ahí, si quiere con un paquetito, con todo el kit, ¿sí le pone a esa madre?

Le dije que sí, que a veces le ponía, pero hacía un buen rato que no.

—Es que ando medio enfermo, pero mañana vemos ese pedo, a ver dónde nos vemos.

Pura madre, pensé. No me voy a andar drogando y menos con unos narcos. Comenzaba a pensar, por cierto, cómo tenía que hablar ante ellos. Por alguna razón, si ellos comenzaban a utilizar malas palabras yo les respondía de la misma forma. Nunca he sido mal hablado. Pero algo me hacía ponerme al mismo nivel. De cualquier forma, insistí, pura madre que voy a verlos, mejor que todo sea por teléfono.

Tres

Una madrugada, mis “amigos” me avisaron que en unos minutos iban a matar a determinada persona que andaba de “chapulín”, es decir, que dejaba su bando para irse con los rivales, ya fuera de vendedor, transportista o sicario. Era muy perturbador despertar en la madrugada con el sonido del teléfono, que yo siempre acostumbraba dejar con el volumen más alto para poder escucharlo, y venir a enterarme que alguien más, uno de tantos, estaba a punto de ser acribillado. Era demasiado para mi conciencia. No sabía cómo actuar. Tampoco a quién recurrir. Una noche me pidieron que me acercara a la carretera a Juárez, porque acababan de dejar a un encobijado. Me vendían la información como exclusiva. Tan exclusiva que yo podía enterarme de esa muerte muchas horas antes de que algún testigo le informara a la policía. El dilema era siempre el mismo: denunciar o no. Decidí que no me correspondía hacerlo. Mi trabajo de periodista se limitaba a dar cuenta de los hechos. Además, tenía claro que lo que estaba en riesgo era mi integridad. Más tardabas en denunciar que los criminales en darse cuenta. No era un cómplice voluntario. Era, simplemente, otra víctima del temor. Me sentía en riesgo al trabajar, al andar en la calle, al llegar a mi casa, al contestar el teléfono.

Decidí dejarlo sonar. No contestarlo más para dar por terminada mi relación con La Empresa. Compré un nuevo aparato, cuyo número le di a mis conocidos poco a poco. Y entonces vino un cambio. Me llegaron mensajes al periódico llenos de reclamos. De “patrón” y “licenciado” me convertí en “compa”. Y yo, que no podía explicar por completo mi actitud, porque los evadía, terminé por desesperarme. Vivía lleno de temor ante la posibilidad de tener un conflicto con La Empresa. Alguna vez me habían invitado a Puerto Vallarta “para platicar”. Pude excusarme alegando los preparativos de mi boda. El tiro me salió la culata, pues al enterarse de la fiesta quisieron ser “padrinos con lo que se me ofreciera”. Esos tiempos habían quedado atrás. Una tarde me llamó el hombre registrado en mi lista de contactos como Secretario, que ocupaba un nivel más alto que Juan.

—Oiga, ya bájenle, ¿no? ¿Cuánto les está pagando el ejército? Nos están poniendo una chinga, siempre contra nosotros, siempre nos acusan de todo, pero a los otros cabrones no les hacen nada. Hay otros cabrones que son los que traen todo el desmadre, nosotros sólo nos defendemos, pero de ellos no dicen nada, al contrario, como aquellos están arreglados con el ejército y ustedes también, a toda madre, nomás a nosotros nos traen jodidos.
—Espéreme, espéreme mi compa, no sé de qué está hablando.
—No se haga, son chingaderas: dice ese pinche general Juárez que somos unas cucarachas, pero cómo no dice eso de los que les pagan a los guachos en la sierra.

Ellos pasan cualquier chingadera por la sierra, pasan lo que sea en camiones enteros y nomás se arreglan en los retenes, allá en la carretera a Piedras Negras, en la de Guadalupe y Calvo, ¿cómo eso no dice el pinche general ese? Además, ésas no son palabras de un general, pinche viejo mal educado.

—Pues así son los generales, pero tiene razón, no son palabras de un general.
—Va a ver ese pinche general, ya le caímos a su gente ahí en la zona militar, y se lo va a cargar la chingada. ¿Y ustedes por qué lo hacen? ¿Quién les paga? Si es por dinero ya le dije que vamos a arreglarnos, mi compa. Porque es así o es por las malas, nosotros sabemos todo de ustedes, mi compa, tienen familia, sabemos dónde viven, qué hacen, con quién se andan moviendo…
—No, señor, ¿cómo que con quién me ando moviendo? Ni madre, yo sólo ando trabajando, pero está cabrón, todo les molesta. Si no son ustedes son los otros, está cabrón trabajar así. Ni modo, mejor mando el jale a la chingada y mándeme una lista para saber a quién puedo tocar y a quién no… ¿Sí me entiende? Si usted realmente sabe todo el movimiento, entonces bien sabe que nomás estoy haciendo mi jale.
—Mire, yo no soy como aquellos culeros que no respetan, yo si veo que nomás andan haciendo su jale está bien, conmigo no hay problema, aguanto los trancazos… pero no estoy tan seguro que usted nomás esté haciendo su trabajo, porque, oiga, ya son muchas, nomás para nosotros, y todavía dice que somos amigos…
—¿Y cómo quiere que le haga? Yo no entiendo ni madre, un día me habla usted, luego me habla Juan o La Empresa y me dicen una cosa, puras claves, es que no les entiendo, o sea no sé cuándo se están chingando a uno de los suyos, cuándo a uno de los otros… Está cabrón. ¡Y luego hablan del otro lado y amenazan con que nos va a cargar la chingada o el ejército también presiona. ¡Está de la chingada estar en medio! De perdida ustedes saben en qué andan metidos, pero yo no, y si no me quieren chingar ustedes son los otros, son los militares o los pinches policías, ¡nomás ustedes saben qué se traen!

Secretario no entendió la desesperación que le expresé a gritos cuando decidí jugármela con la verdad. Al contrario, tomó lo que dije como una ofensa. Me acusaba —según deduje cuando me puse a interpretar las conversaciones con él que me daban vuelta por la cabeza— de estar trabajando para el bando opositor o para el ejército, por lo que en mi ejercicio como reportero reflejaba nada más la versión de sus rivales. En realidad —y sólo yo sabía eso—, a la hora de escribir relataba lo que sabía, lo visto en el lugar de los hechos, lo que apuntaban las investigaciones, nunca suposiciones propias ni ataques a uno de los bandos en disputa.

Pero ellos no lo interpretaban igual. Tenían su propio código de comunicación. Leían las noticias según su conveniencia y, como el león cree que todos son de su condición, siempre pensaban que había algo detrás. Nadie, ni el reportero más avezado, es capaz de saber qué tan complejas son las historias que los narcos tejen en sus cabezas cuando cualquier información aparece publicada.

—Pues nomás le digo que nosotros sabemos todo de ustedes, dónde viven, dónde están sus familias, qué hacen. Piense en eso, mi compa, no se ande pasando de lanza.

Cuatro

Era natural que la cantidad de muertos, que rondaba los 500 hacia el mes de abril —luego de un año durante el cual se habían registrado más de dos mil decesos por ejecuciones—, dejara una huella profunda en la gente de las ciudades. Al final de cuentas eran decesos trágicos que marcaban recuerdos indelebles. Casi no había calles importantes, grandes avenidas, donde la muerte no asomara la cabeza. Cualquiera que caminara por esas calles recordaba por fuerza alguna ejecución. Una en aquel local, otra en ese restaurante, otra más en aquel estacionamiento.

El extremo del absurdo era que, aun con las calles patrulladas por el ejército, en todo el corredor norte de las drogas, en los estados fronterizos de México, los cárteles y sus células, lejos de desplomarse, se habían multiplicado.

Ahora los delitos comunes también eran atribuidos al crimen organizado y, para colmo, las bandas tenían agentes de relaciones públicas que, igual que lo hacen los partidos políticos, llamaban a los medios de comunicación para pedir neutralidad. Hablaban de parte del Chapo Guzmán, quien se sentía muy golpeado por tal periódico o tal televisora, o de parte de La Empresa, que veía a los medios muy cargados a favor de los de Sinaloa. Los medios de comunicación en poblaciones como Culiacán o Juárez tenían historias impublicables que sólo circulaban entre los reporteros de la fuente policíaca. Entre ellas, las de sus contactos con el crimen organizado, generalmente un mando de buen nivel encargado de opinar, declarar y orientar al reportero, tal como lo hacen los voceros de cualquier estructura de gobierno.

Valerse de los medios como estrategia política, eso fue lo que hicieron los narcos al avanzar en su lucha contra las pocas corporaciones oficiales que los combatían en serio. Siguieron también sus planes de relacionarse con reporteros, darles información y hacerlos cómplices aunque fuera de manera forzada.

—Ya sé quién dio el pitazo de lo que pasó en la mañana, mi amigo. Pero le marco y le marco y no me contesta —me reclamó Secretario una tarde, cuando había mandado una edición de lujo para el día siguiente, con la detención de tres integrantes de su banda. Para variar, me pidió modificar la nota. Lo hizo de muy mala manera. Se encontraba molesto.
—¿Ah sí? ¿Quién fue? —le pregunté.
—El hijo de la chingada es policía estatal y ya lo tengo ubicado. Anda por la carretera a Aldama. Por si gusta acercarse, en media hora le aviso dónde queda el cuerpo.

Cada vez se habían vuelto más descarados a la hora de informarme de cosas que no me importaba saber, al menos, no de forma tan adelantada.

Veinte minutos después, sonó el celular.

—Está en tales calles, con un dedo cortado metido en la boca para que se le quite lo pendejo.

Pensé: “Como si no se le fuera a quitar lo que fuera ya estando muerto”. Pero el chiste no me hizo gracia. La noticia anticipada de esas ejecuciones me retorcía la conciencia, como si yo hubiera sido el autor material. Me la retorcía aunque trataba de desligarme. La única solución era renunciar, pero no podía hacerlo en medio de la crisis, con un bebé en puerta y con la vida llena de obligaciones y responsabilidades.

A veces, al conocer el móvil de los crímenes, me daba coraje oír que la gente, alejada por completo del problema del narco, acostumbraba decir: “Pues si lo mataron debió ser porque andaba en malos pasos”. Esas palabras no me dolían por ellos, por los muertos, sino porque me aterraba la posibilidad de pasar por lo mismo, de ser la víctima, y de que a mis familiares fuera a llegarles la frase: “Pues si lo mataron fue por algo”.

Ese “fue por algo” llegó a retumbar violentamente en mi cabeza, hasta hacerme confrontar a todo aquel que lo pronunciaba. Me ganaba algunas críticas, por supuesto, por salir con mi cantaleta sobre cómo estaría la familia de la víctima, su esposa, sus hijos, sus padres, al tener la incertidumbre de por qué habría ocurrido la ejecución. No debemos juzgar, me repetía, porque sabía cómo se las gastaban quienes sin pudor alguno llegaban por uno y terminaban matando a tres. Era la pena de muerte, no aplicada por el Estado, sino por el crimen.

No había manera, sin embargo, de limpiar la memoria de los fallecidos. Era humana y matemáticamente imposible, pues la cantidad de muertos y la cantidad de los que sí estaban metidos en el narcotráfico convertían aquello en una empresa imposible de realizar.

Habían quedado lejos los tiempos en que yo era “patrón” y “licenciado”.

—Mire, mi amigo, me vale madre cómo le haga, pero no quiero que salga nada, ni el nombre ni el asesinato, nada, que no salga ni una sola noticia o de plano mañana tendremos que arreglarnos ya no como amigos. Yo no quería llegar a esto con usted, pero no hay de otra, dígale a su jefe lo que quiero o mañana mismo se los carga la chingada.

Fue una de las últimas advertencias. A Secretario le habían matado a un familiar, en una venganza. La víctima no tenía nada que ver con las actividades de su pariente. Me exigió que eliminara la información, que ocultara los hechos. Confieso: terminé por acceder. Y además lo hice sin respingar.

—Al cabo, al rato va a tener muchas noticias —me dijo finalmente Secretario.

Se refería a que, horas después de la muerte de su familiar, ubicó e hizo ejecutar a cuatro jóvenes, aparentemente responsables del asesinato.

Ser periodista en los peores días de la guerra contra el crimen organizado puede volverse asfixiante. La incertidumbre te mata. No es una lucha cuerpo a cuerpo, no es una batalla que uno pueda enfrentar. Es hallarse a merced de desconocidos que saben de uno mismo detalles sorprendentes. Es pelear contra nada, y luego detenerte a escuchar la voz de tu conciencia. Es temblar cuando suena el teléfono, y despertar por la noche con la frente llena de sudor. Es vivir espantado hasta de tu propia sombra. Por eso escribo este informe. Porque, pase lo que pase, quiero que mis familiares sepan que no, que yo no estuve metido en nada.

Primera escena: Tarde. Primavera. El tráfico vehicular del Periférico se detiene en el Crucero de Cinco Señores. Una parvada de adolescentes toma por asalto parabrisas pringosos. Sin preguntar comienzan a limpiarlos con franelas roídas. Algunos conductores les dan una moneda, otros, una mentada de madre. El semáforo cambia a verde, los coches avanzan, la tarde sigue y la vida mansa en las calles de Oaxaca, también.

Segunda escena: Mucho ruido. Esta vez no hay automóviles en Cinco Señores. Son miles de personas que vienen caminando kilómetros atrás. Protestan contra el gobernante en turno. Quieren que se vaya. En la muchedumbre va una parvada, la parvada del Crucero. Las multitudes arrastran multitudes, escribió Elías Canetti. Uno de los de la parvada, El Dany, pinta con spray en la pared de un banco: “El pueblo unido, jamás será vencido”. El ruido sigue. Ya es verano.

Tercera escena: Guerra. Ahí están, en la primera línea de combate de la insurrección. Los maestros eligieron el otoño para regresar a reponer las clases perdidas y ellos, los limpiaparabrisas, han ascendido a coroneles en la batalla del 2 de noviembre en Ciudad Universitaria. Más de mil elementos de la Policía Federal Preventiva que quieren quitar las barricadas se repliegan ante la embestida de la parvada. En los minutos siguientes volverán, primero con tanquetas, luego con helicópteros, pero también serán derrotados. El Dany y los suyos han ganado.

Cuarta escena: El humo cubre el Centro Histórico de Oaxaca. Emana de automóviles, más de 40, recién incendiados; de edificios públicos, una decena, consumiéndose en llamas. “OAXACA ARDE”, titularán mañana al unísono los diarios locales. En sus despachos sobre lo sucedido el 25 de noviembre, los reporteros contarán cómo ahora los derrotados fueron los de la parvada. “Como quiera – me presumirá luego El Dany- la PFP y los burgueses, no se fueron limpios”. Un largo invierno estaba por llegar a la ciudad.

*****

Nadie sabe a ciencia cierta cuál fue la primera barricada que se instaló ni quien la ordenó. Tampoco si la Asamblea Popular de los Pueblos de Oaxaca -esa idea abstracta conformada por opositores al Gobernador Ulises Ruíz Ortíz- había planeado hacer esto con antelación.

Lo que casi todos recuerdan es que un grupo de pistoleros que después fueron identificados como policías de diversas corporaciones locales, una noche, recorrieron en convoy las calles de la ciudad vestidos de civil, disparando a diestra y siniestra. Era el 22 de agosto ese día en que mataron a Lorenzo San Pablo Cervantes, opositor que resguardaba las instalaciones de la estación de radio “La Ley”, tomada por la APPO.

Así fue como a la tarde siguiente, los simpatizantes del movimiento rebelde comenzaron a levantar barricadas en las calles de sus colonias, alegando que se preparaban para un inminente sitio mandado desde la Ciudad de México, o por lo menos, justificaban, para defenderse de una nueva “Caravana de la Muerte”. El caso es que comenzaba así la toma entera de la ciudad.

*****

Le dicen “bazuca”. Es un tubo de acero reforzado donde caben cohetones de feria capaces de provocar estruendo a más de un kilómetro de distancia. Con esta improvisada arma, algunas bombas molotov, muchos palos y piedras, una de las barricadas de la APPO aguarda, dicen los responsables, a los encapuchados que recorren las madrugadas en caravana.

“¡Párense, párense!”, se grita a varios metros de distancia de un vehículo no identificado que se dirige hacia acá. Hay un breve momento de tensión. “Bájense, identifíquense”, se les ordena a los tripulantes y estos atienden el llamado de manera tranquila. Se trata de un par de periodistas de Televisa que recorren la madrugada buscando información. La calma regresa a la barricada. Los conductores continúan con su periplo, barricada tras barricada, nervio tras nervio. Los periodistas son de los pocos que se atreven a violar el “toque de queda” decretado por la APPO y ejecutado en algunas zonas por chavos banda como los de este parapeto.

“Ya saben compañeros que tenemos este toque de queda a partir de las 10 de la noche. Hay que estar preparados por si los paramilitares de Ulises Ruíz quieren atacarnos de nuevo. Vamos a resguardarnos y a estar preparados”, indican los líderes a través de la frecuencia radial secuestrada. Ya se sabe, pues. Nadie transita por la madrugada oaxaqueña a menos de que tenga algo imprescindible que hacer. O que arriesgar.

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Los chavos banda casi no van a las protestas de día, pero ese maestro sí. Y camina y camina. Son muchos kilómetros de marchas, muchas horas de plantón. Él espera algo, cree que arreglará sus asuntos, piensa que al término de tanta protesta, de tanta lucha como gritan los líderes, mejorará la situación de todos, incluida la de él. Quizá haya entonces para arreglar ese techo de la casa desmoronándose, para esas vacaciones prometidas a Puebla, para ir a comer los fines de semana fuera de la casa, para comprar la lavadora que quiere la mujer. Él, como muchos, está aquí porque tiene esperanza, porque quiere estar mejor, porque de repente se puso a soñar.

*****

Los automovilistas despistados -los que osaron no acatar el toque de queda decretado – y la gente detrás de las barricadas pueden llegar a tener una relación que para ser exitosa pasa irremediablemente por tres etapas.

Primero, en cuanto ve el parapeto, el conductor tiene que apagar las luces exteriores del auto, encender las interiores y poner la señal luminosa intermitente. Entonces debe bajarse del vehículo, caminar con las manos en alto y comenzar la parte explicativa: “Fíjese que vivo aquí a dos calles”, “se me pasó el tiempo y no vi que ya pasaban de las once”…

Depende en mucho de las alertas del momento y el humor de los colonos de la barricada para poder pasar a la siguiente etapa: la de la negociación. “Ándele, déjeme pasar ahí traigo un poco de pan que les puedo dar…”, “lo que pasa es que voy a un velorio…”, “no sean así, compas, dénme paso, yo también soy de la APPO”, son oraciones comunes.

Algunos superan con éxito estas dos etapas y comienzan ya la tercera que consiste en una conversación, incluso amistosa entre el que está detrás y el que está frente a la barricada. No son pocos los que se quedan escuchando por qué se levantaron contra el gobierno, por qué no quieren al Gobernador y cosas por el estilo. Ya entonces, una vez ganada la confianza, el automovilista puede seguir con su arriesgado periplo, deseando no toparse pronto con otra trinchera, porque sino, todo volverá a comenzar de nuevo. “Fíjese compa que yo vivo aquí a…”.

Pero la realidad es que la mayoría de los conductores fracasan en su intento de driblar barricadas. Hileras de autos amanecen con sus tripulantes acurrucados en los asientos esperando que pasen las 6 de la mañana y las pequeñas murallas opositoras hayan sido levantadas en esta Ciudad Barricada.

*****

Dieciséis años de edad, sin secundaria terminada, carente de trabajo, amante del hip hop, graffitero de corazón, consumidor de “la hierba” nada más “de vez en vez”, chavo banda. “Mejor del cemento”. Hijo de esos oaxaqueños que bajan de la sierra mixteca para vivir pobremente en esta ciudad trabajando como meseros o afanadores en algún hotel de la ciudad.

Es “El Calaca”, uno de los “escudos” que iniciaron la batalla campal del 25 de noviembre, amigo de El Dany. “Ellos son los que iniciaron con su provocación”, se justificaba mientras cumplía su labor protegiendo a otro de sus compas “bazuquero” que con tubos de PVC lanzaba el estruendo de sus cohetones en contra de la PFP. “Somos pueblo y vamos a ganar”, alcanzaba a decir más tarde, entre tosidos provocados por el gas lacrimógeno enemigo.

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¿Cómo le damos un sentido político correcto a eso para que después no se vuelva una cotidianidad que degenere?, se preguntaba Omar Garibay, secretario general del Partido Comunista Marxista Leninista, organización estalinista que es una de las principales instancias políticos operando detrás de la APPO.

Cuauthémoc Ruíz Ortíz, otro comunista, aunque éste troskista del Partido Obrero Socialista, reflexionaba sobre el mismo tema. “El lumpen es inestable. Te ayuda con acciones radicales o te destruye un movimiento…”, comenzó a disertar el intelectual que en estos tiempos convulsos del país acaba de publicar, desafiantemente, el Segundo Ensayo del Proletariado sin Cabeza.

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Pues bien, ha caído la noche. Estamos sentados bajo una carpa y una maestra me ofrece un vaso de café. Es parte de un grupo de profesoras indígenas mixes que habla con orgullo de la historia de su pueblo, el pueblo que, según la leyenda, nunca fue conquistado por los invasores españoles.

Estamos en el plantón del Zócalo, pronto se hará de madrugada y Oaxaca estará más oscura y más fría. Pero antes de eso, un hombre moreno, alto y fornido aparece y pregunta con voz enérgica: “¿Tú eres el que quiere platicar de la brigada?”.

Yo solo asiento y dejo mi café en el piso. Ando tratando de conocer un poco más de ese grupo rebelde creado por la APPO para cerrar las pocas oficinas públicas que operan en la capital del estado. “Apúrate para que puedas platicar con los compañeros”, me ordena y yo lo sigo hasta que llegamos a otro campamento de protesta instalado en las afueras del Centro Histórico.

Al arribar, al primer hombre que veo es a ese joven moreno, bajito, de cuerpo fornido y con rasgos mixtecos que hace varios días observé con su hacha al aire invocando la revolución del Siglo XXI que muchos aquí creen con firmeza que se está gestando.

No es la primera vez que convivo con los miembros de la brigada móvil. En el último mes me he subido con ellos a los camiones urbanos que arrebatan para realizar sus acciones, las cuales son acordadas y trazadas sin excepción por la dirigencia colectiva provisional de la APPO y de la sección 22 del SNTE, luego de largas reuniones celebradas a puertas cerradas.

Los líderes definen en su asamblea un plan de acción y la brigada lo ejecuta. Ni más, ni menos. Saber a ciencia cierta en qué consiste este plan es complicado para los reporteros. Por eso cuando uno va con la brigada en los camiones urbanos “tomados”, nunca sabe a ciencia cierta hacia dónde está dirigiéndose.

Ora los brigadistas se detienen en TV Azteca y amagan con prenderle fuego pero no hacen nada, ora son balaceados por el jefe de la policía municipal cuando intentan clausurar las oficinas de la secretaría de Economía estatal, ora, como hace unas horas, llegan a las instalaciones de la secretaría de Protección Ciudadana y desalojan a los mandos policiacos, para después llevarse como rehén al Zócalo a un funcionario de la dependencia.

Y es que para la estrategia de ingobernabilidad que se han empeñado en implementar los opositores al Gobernador Ulises Ruíz, la brigada móvil -como se llaman también algunos órganos de combate de la actual guerrilla colombiana- es un ente clave.

El caso es que los brigadistas tienen muchos días de actuar aprovechándose de la anarquía reinante, pero apenas acaban de saltar de manera irremediable a la fama, tras la irrupción violenta y televisada ocurrida mientras en el DF, sus líderes y el secretario de Gobernación, Carlos Abascal, negociaban “la paz en Oaxaca”.

Entre los “brigadistas” de este campamento está Giovanni, niño guerrillero de 13 años de edad que atiende un puesto ambulante del Centro Histórico por las tardes, pero que en las mañanas suele colarse a las acciones de la brigada. Este chamaco fue el que encabezó el desalojo que hizo la brigada móvil de un cuartel de la policía estatal. Es el personaje clave de los últimos acontecimientos oaxaqueños. Para algunos el villano, para otros la víctima. Un chico sin oportunidades dignas, dicen unos; un delincuente en potencia, afirman otros. Las dos cosas, opinan los terceros.

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El “lumpenproletariat”, en un expresión germánica de Carlos Marx que se refiere a la clase mas baja de proletariado. Ni siquiera clase se le considera, sino residuos. Está en harapos, como indica la palabra “lumpen”. Por no tener, no tiene ni siquiera conciencia política. Como tantas situaciones arcaicas de la sociedad, no merecen ser atendidos; más bien son utilizados por “la vanguardia del partido…o del movimiento”.

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En las barricadas más pobres de la ciudad hay tiempo para todo: para que novien los chamacos que sólo así se animan a aguantar la vigilia subersiva; para que las vecinas de la colonia 7 Regiones que antes estaban peleadas, ahora arreglen sus diferencias con las tandas incumplidas y los malos gestos intercambiados aquella vez; para que un viejo panadero admirador de Fidel Castro saque del clóset la boina y el traje de montaña con el que imita a su ídolo mientras camina sigiloso por una calle de la colonia Volcanes; y para que los compadres de bautizo puedan trasladar sus interminables partidas de dominó en sus casas, a la acera y así, contribuir a la lucha.

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Lázaro García Barrera es el Presidente del Frente Popular Revolucionario, una organización comunista de masas que reivindica a Stalin y que fuera de reflectores se convirtió en uno de los principales grupos dentro de la APPO. Ellos casi no dan entrevistas. Pero Lázaro me dio una a principios de enero de 2007 en el DF. También hablamos de los chavos banda, el lumpen, como le decían algunos dirigentes del magisterio a los de la parvada de “El Dany”.

“Nosotros no vemos a todos ellos como lumpen porque el asunto de los chavos es muy especial. Hay chavos, incluso de los cruceros, que jugaron un papel muy importante e incluso se elevaron políticamente, ya que antes del conflicto no tenían esa politización que vino después. Otros incluso tenían formación anarquista y la reivindicaron, pero también déjame comentarte que fueron muchos de aquí, del DF a vivir allá y ellos en buena parte eran los que contagiaban esa actitud incorrecta en la que veces caían los chavos banda”.

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Dicen los dirigentes del movimiento opositor que hay 1 mil barricadas en la ciudad, pero ¿qué es una barricada? El diccionario de la Real Academia de la Lengua Española lo define así: “ Especie de parapeto que se hace, ya con barricas, ya con carruajes volcados, tablas, palos, piedras del pavimento, etc., usado para estorbar el paso al enemigo, más frecuentemente en las revueltas populares que en el arte militar”.

Lo que es en sí una barricada en Oaxaca se altera un poco dependiendo de la zona visitada. Si por ejemplo se quiere hablar de una barricada del Centro Histórico hay que decir que éstas están hechas con bancas de plazas públicas, o con rocas enormes que quiensabe cómo llegaron acá, o con pedazos de un destartalado auto oficial incendiado.

En cambio, si se quiere hablar de las barricadas del Cerro de la Fortín como la que pone la señora Minerva G. frente a su tienda de abarrotes, se tendría que decir que las barricadas están hechas con escombro de algunas edificaciones a medio terminar pero sobre todo con una infinidad de clavos que pequeños y todo, son letales para frenar el avance de cualquier “Caravana de la muerte” que se anime a recorrer estas sinuosas calles.

Así, cada colonia o calle de la ciudad que decide sumarse a la APPO forma su barricada según sus propios modos y por eso ya hay algunas que de plano son muros infranqueables, mientras que otras apenas están como un débil reparo frente a cualquier convoy agresor.

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Son las 3 de la tarde en punto del 2 de noviembre, día de Muertos. La Policía Federal Preventiva sorpresivamente está siendo derrotada. Mauro, estudiante de segundo semestre de Derecho en la Universidad Autónoma Benito Juárez de Oaxaca se ha convertido en un experto en lanzar cohetones contra el enemigo y ahora lo demuestra disparando uno al único helicóptero que todavía -después de 5 horas de enfrentamientos- sobrevuela los alrededores de Ciudad Universitaria arrojando bombas de gas lacrimógeno.

El tiro de Mauro hecho desde una bazuca pasa rozando la hélice trasera de la aeronave oficial. Alguien le ha dicho que de atinarle a ese lugar, el helicóptero perderá equilibrio e inevitablemente caerá. No importa que haya fallado el universitario adherido a la APPO. Vía terrestre, por la avenida Periférico las 14 tanquetas antimotines y centenas de efectivos federales se alejan a paso apresurado en medio de una lluvia de piedras, palos, petardos y bombas molotov lanzados en su contra.

Listo. El helicóptero federal también se ha retirado. Los rebeldes oaxaqueños acaban de lograr un asalto al cielo, o por lograron rozarlo. “¡Si se pudo, si se pudo!”, es entonces el grito del triunfo aquí en el cruce de Cinco Señores y Periférico. Agustina y Lorenzo, no se lo creen y se abrazan, y voltean a ver de nuevo si es que las tanquetas no detienen su retirada para regresar y seguir con la batalla, pero nada, las tanquetas, los miembros de la “Policía Federal Represiva” y los helicópteros ya son una pequeña mancha que se pierde a un kilómetro de distancia.

La pareja de habitantes del poblado de San Antonino del Castillo que vino a “luchar por la dignidad de Oaxaca” se abraza otra vez y va en busca del mitin que ha emprendido ya Flavio Sosa arriba de un poste de luz. Todos, o casi todos los 5 mil presentes gozan su triunfo cantando “Venceremos”, coreando, una vez más: “Ya cayó, ya cayó, Ulises ya cayó”.

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Bergen es una periodista de Grecia que llegó a la ciudad para filmar un documental sobre el alzamiento oaxaqueño. “Yo pensé que era una revolución de maestros y veo que esto es distinto, que se parece más a la revuelta de los suburbios de París”, me platica en una tregua de la batalla reporteada.

Seguro que tiene razón. Aquí hay ahora grupos de chavos banda que van por las calles del Centro Histórico prendiéndole fuego a los automóviles que ven a su paso. Sin discreción alguna, lo mismo a la flamante y burguesa camioneta del reportero de Televisa Iván González que al viejo y proletario bochito ese abandonado sobre la avenida Pino Suárez.

“¡Para que vean quien manda cabrones!”, gritan una vez consumada su acción.

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Aquí acaba aquél ruido de ciudad recuperada. No hay cláxones de autos atascados en el tráfico, ni bullicio de vendimias rezagadas por el plantón, tampoco el sonido de agentes de la PFP redoblando el paso, mucho menos el murmullo de peatones despistados cruzando los alrededores, vamos, hasta el ventarrón de la noche tiene que hacer alto y callarse cuando se topa con la barricada de Ciudad Universitaria, “La Barricada de la Muerte”, le dicen “El Dany” y demás chavos banda.

A pesar de todo lo anterior, este parapeto opositor tiene más la pinta de un buen recuerdo para la APPO que de una muralla infranqueable. Sino fuera porque apenas el 2 de noviembre, luego de la Batalla de Todos los Santos, centenares de federales salieron en retirada de aquí, uno vería hasta inocente la hilera de autos y camiones calcinados que se acomodan al anochecer sobre la avenida Universidad.

Como quiera que sea pronto vendrá la medianoche y con ella las fogatas, algunos vecinos de la colonia compartiendo la vigilia con los jóvenes rebeldes, el cotilleo de los guardianes sobre “la jornada de lucha” del día apenas culminado, los nuevos chistes sobre el Gobernador Ulises Ruíz, las historias de las “batallitas” ganadas por fulanito o menganito y como fondo de todo esto las canciones del socialismo setentero que toca sin descanso la tomada Radio Universidad.

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Decenas de los que terminaron enfrentándose con la PFP en el Centro Histórico y que luego incendiaron automóviles son como El Dany. Perdieron la esperanza de encontrar un trabajo digno, un estudio o una oportunidad en algún momento de sus vidas y fueron a dar esta rebelión que primero tuvo el rostro de un maestro rural y que luego usó pasamontañas y tenis Conversse.

La definición del chavo banda aplicaba bien para muchos de los integrantes de este movimiento rebelde que sacudió Oaxaca en 2006: Jóvenes desempleados, se dedican al trabajo no reconocido, a lo que los arroja a las calles, a reunirse en las esquinas y tomarlas como refugio y punto de encuentro, tienen desde siempre una fuerte rivalidad con “la tira” (la policía), manejan un lenguaje callejero, un caló que mezcla elementos provenientes de orígenes diversos: el lenguaje pachuco, el lenguaje de la onda, las lenguas indígenas y las jergas marginales, que al mezclarse con expresiones inventadas, se convierte en un lenguaje incomprensible.

Ellos provenían de padres inmigrantes, indígenas y campesinos, jóvenes de la submetrópoli. Su comportamiento intenta escandalizar a la sociedad entera, gritarle que ahí están, que existen, que los tomen en cuenta. “Los chavos banda viven una rebeldía imaginaria que en Oaxaca se convirtió en realidad”, me explicó Lorenzo Encinas “Nicho Colombia”, un amigo de Monterrey experto en la materia.

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Ataviado con la franela roja que usaba para secar vidrios, El Dany iba a marchas ocultando su rostro. “Se siente chingón”, me contaba luego, rememorando cómo había incendiado el 25 de noviembre junto con otros de sus compañeros un automóvil Stratuss estacionado en la calle de Alcalá. “Primero le aventamos bombas molotovs y luego gasolina…rapidito, rapidito se prende”, relataba.

“Ahora estamos aquí marchando porque somos pueblo, puro pueblo”, alzaba la voz, quizá tratando de apantallarme emulando a esos, los dirigentes de su movimiento cuando realizan discursos en alguna movilización o en alguna marcha.

“El Dany”, me dijo que si tenía padre, no lo conocía. Que su mamá se regresó a vivir a un pueblito de la sierra sur y que antes de la revuelta vagaba por la ciudad, viviendo con los amigos. Por ahí. Ahora, aclaraba, estaba luchando “como luchó Fox” por el cambio pero en Oaxaca.

Unos viejos activistas le vieron madera y lo tienen en su casa, estudiando, aprendiendo a leer bien a sus 11 años de edad. Seguro que la guerrilla ya lo contactó también y quizá termine pronto en la sierra.

En algún momento de la última charla que tuve con él me dijo: “¿Verdad que qué si no hubiéramos quemado los autos, tú no estarías chingando aquí con que te dé una entrevista?”.