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Las calles polvosas del bajomundo managua están más vacías esta tarde. El Barça juega otra final, y aquí, en las casuchas oxidadas, esta noche quizá algunos no tengan qué cenar, pero un partido así se goza como en las Ramblas. O más. A Joshua y Norlan, dos pandilleros de veintipocos, el fútbol español también les pone, pero han hecho el sacrificio para mostrarme el Walter Ferreti, el barrio en el que crecieron y viven.

Camino del zanjón que separa el Ferreti del 18 de Mayo, Norlan se detiene a mear junto a unos escombros que simulan verjas. La calle vacía como cementerio vacío. Joshua busca otro meadero en silencio, y yo hago lo mismo, no vayan a pensar que soy un desagradecido. Sobre la tierra reseca, justo a la par de donde orino, hay un tajo largo y negro, como un látigo extendido: cientos de miles de hacendosas hormigas que cargan palitos insectos hojitas restos, o se cargan unas a otras. Son tan demasiadas. Hace años vi algo parecido, pero fue en la selva de Petén (Guatemala), no en barrio de capital de república.

―¿Esto es normal? –pregunto en voz alta cuando termino, los dos se acercan.
―¿El qué, las hormigas? –dice Norlan–. Sí, claro, están chambeando porque en la noche va a llover.
―Los zompopos saben cuándo –se suma Joshua–. Ahorita están metiendo comida porque va a venir un huracán de calle.

Son las 3 y media, Managua es el horno insufrible de siempre, y el cielo está azul cielo. El pronóstico suena absurdo, pero disimulo.

―Hormigas, zompopos, ¿cuál es la diferencia? –pregunto.
―Es que su nombre es hormiga, pero su nombre científico se llama zompopo –zanja Norlan.

Seguimos caminando como si nada, y la plática retorna a lo que me trajo hasta el Ferreti: el asombroso Centro Juventud.

En tres horas Managua será un diluvio.

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El Centro de Formación y Desarrollo Juvenil “Juventud” lo administra la Dirección de Asuntos Juveniles (Dajuv) de la Policía Nacional de Nicaragua. El comisionado al mando –dos estrellas de ocho puntas y dos franjas amarillas en cada hombro, 49 años– es Pedro Rodríguez Argueta. Esta tarde en su despacho impecable habla del centro como quien habla de un hijo medallista en unas olimpiadas.

―Nos ha venido a llenar un gran vacío. La Dajuv trabaja desde hace años con los jóvenes en los barrios, pacificándolos, pero cuando firmaban el acta de no más violencia, siempre quedaban en el factor de riesgo. De ahí se pensó en este centro, en traer a los jóvenes para que estudien una carrera técnica y salgan de aquí con un proyecto de vida. Es la pieza que nos faltaba.
―¿Pero por qué está adscrito a la Policía y no a otra institución?
―Fue una idea de nuestra jefatura nacional. Como nosotros ya trabajábamos con jóvenes en riesgo, a alguien se le ocurrió que también nosotros les diéramos un proyecto de vida.

Dice: jóvenes en riesgo. Dice: proyecto de vida.

***

Decir que los centroamericanos somos violentos es perogrullada, aunque algunos no lo terminaron de creer hasta que a mediados de 2009 Naciones Unidas nos reconoció los méritos, y nos puso el sello oficial de región más violenta del mundo. Llamar la atención de los burócratas neoyorquinos, sin embargo, costó lo suyo: 127,000 asesinatos durante la primera década del siglo en un conjunto de países en los que vive menos gente que en Argentina. Aun así, hay optimistas-ingenuos-emburbujados que siguen creyendo que en México, en Colombia o en la Conchinchina están peor.

Centroamérica es, certificación United Nations, superpotencia de la barbarie, pero es de justicia reconocer que no todos los centroamericanos aportan igual. Sucede como con la que parece ser la mejor liga de fútbol del mundo, la española, que acoge al Barça pero también al Rayo Vallecano. Pues bien, en la liga centroamericana de la violencia, los roles del Real Madrid y del Barcelona los tomarían Honduras y El Salvador, mientras que el aporte de Nicaragua sería similar al de la Real Sociedad.

El paso de los años, además, no ha hecho sino ahondar las diferencias, como ocurre en la Liga. El milenio arrancó con dos bloques bien delimitados: por un lado, el norte (Guatemala, Belice, Honduras y El Salvador, los primeros en sacar el cuchillo); y por otro, el sur (Nicaragua, Costa Rica y Panamá, las suizas). La brecha inicial existente se hizo abismo como consecuencia de las políticas públicas en materia de seguridad que cada país adoptó hace una década.

Numeralia (I). Naciones Unidas cree que un país con una tasa arriba de 10 homicidios por cada 100,000 habitantes padece una epidemia de violencia. Nicaragua tenía en 2003 una tasa de 11 que para el año 2011 pasó a 12. Costa Rica subió de 7 a 10. En el mismo período, Guatemala saltó de 28 a 39, El Salvador brincó de 36 a 70, y Honduras se disparó de 54 a 86. Datos de 2011 en mano, salvadoreños y hondureños son los dos pueblos más violentos del planeta –digo: los dos pueblos más violentos sobre la faz de la Tierra–. Managua no es que sea el edén, pero se le parece cuando alguien ha conocido antes San Salvador o Tegucigalpa en todo su esplendor.

El año 2003 es clave para explicar los dispares devenires. Para abordar el creciente desarrollo de las maras, los gobiernos hondureño y salvadoreño apostaron a la represión –también Guatemala, aunque con mayor tibieza– con planes rimbombantes llamados Cero Tolerancia y Mano Dura, respetivamente. Los presidentes de turno, Ricardo Maduro y Paco Flores, quisieron involucrar a las policías de toda la región en su vorágine represiva, pero por fortuna fracasaron. La Policía Nacional de Nicaragua, el caso que nos tiene aquí, se reafirmó en sus principios, y ese mismo año 2003 creó la Dajuv, con una inequívoca vocación preventiva.

Si el tema no fuera tan serio, hoy resultarían cómicas declaraciones como las que el expresidente Paco Flores pronunciaba altanero en noviembre de 2003. “Vamos a dejar El Salvador libres de maras”, decía. “Nuestro objetivo es dejar todas las colonias y municipios libres de estos criminales”, decía también.

Sin hacer ruido, Nicaragua moldeó lo que hoy se conoce como el Modelo Policial Nicaragüense, y dentro de ese modelo es que se explica algo como el Centro Juventud.

Hoy, el Modelo Policial Nicaragüense y su cara más visible –la de Aminta Granera, la primer comisionada– se han convertido en un fetiche para la cooperación internacional y para gurús-pensadores-vividores del aparataje montado en torno a la seguridad pública hemisférica. A sus homólogos de la región solo les queda inclinar la cabeza, en sentido casi literal. A finales de agosto de 2012, durante un encuentro regional de jefes policiales en Managua, se incluyó en el programa una visita al Centro Juventud. “Llevaremos este modelo para implementarlo en nuestro país”, dijo Juan Carlos Bonilla, director de la Policía Nacional de Honduras. “Sin duda, es digno de emular en nuestros países”, dijo Howard Cotto, subdirector de Seguridad Pública de la Policía Nacional Civil de El Salvador.

La Policía nicaragüense, además, ha logrado el aplauso internacional siendo el cuerpo menos numeroso de la región, con poco más de 12,000 integrantes, y el peor remunerado: recién salido de la academia, un agente gana unos 150 dólares mensuales.

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Einer Moisés

El bus amarillo ha salido –vacío, puntual– desde Plaza El Sol, el cuartel general de la Policía Nacional, y recorrerá el bajomundo managua durante hora y cuarto, rebosándose, antes de vaciarse en la entrada del Centro Juventud. Hoy es viernes y es mayo.

Unos minutos antes de las 7 de la mañana se planta en el Camilo Ortega. Catorce jóvenes suben en las dos paradas que hace en este barrio. Einer Moisés es de los últimos en abordar, da un apático buenosdías, reconoce al periodista que vio días atrás en el centro, y se sienta a la par.

¿Y dónde dice que se publicará esto? Okey. Me llamo Einer Moisés Flores Sánchez, y soy de la primera promoción del Centro Juventud. Yo llego hasta octubre. ¿Que cómo terminé aquí? Por vago. Pero me gusta aquí. Es una oportunidad que nunca te van a dar en otro lado. Con los policías es tranquilo. Los de la Dajuv son tranquilos. Es muy distinto que te den palos a que te den un trato agradable. Yo nací en Costa Rica, de madre nica y padre tico, pero soy nica. Al Camilo vine a los 5 años, y como a los 9 me enviaron de nuevo a Costa Rica, pero un año nomás. Al regresarme me perdí: con 10 años ya bebía, fumaba monte y bañaditos… y al poco empezamos a robar, en grupo, con mis chatelitos. Al principio sí, uno trata de respetar a los vecinos y todo eso, pero cuando uno anda en sulfuro… La cosa es caerle a alguien que vaya solo. Es requisa lo que se le hace: la cartera, los anillos, el reloj, el teléfono… Mi pandilla era El Cementerio, tranquila, no teníamos traido con muchas. A mí al final me agarraron y modelé un año; pero de ahí salí más calmado. ¿Que qué es modelar? Estar preso en la Modelo (el penal más grande del país, ubicado en el extrarradio de Managua). Lo bueno es que no me tatué, gracias a Dios. Nunca me dio la curiosidad. Bueno, sí me dio, pero nunca lo hice.

―Usted es de España, ¿veá? –pregunta Einer Moisés.
―Digamos que sí –dice el periodista–, pero desde hace 11 años vivo en El Salvador, y me considero salvadoreño. Contra este acento no puedo hacer nada…
―¿Y cuál es la capital de España?
―Madrid.
―¿Y está muy lejos de Barcelona? Yo es que al Barça le voy…

El fútbol español es un filón ilimitado en Centroamérica. Alguien puede no saber ubicar España en un mapamundi, pero raro será que no recite de memoria la mitad de la alineación del Barcelona y del Real Madrid.

―España es grande, ¿veá? Me gustaría ir… –divaga.
―Pues no sé si ahora es buen momento. La gente allá se queja mucho de la crisis.
―Pero en la tele miro que siempre hay rumba. Es demasiado diferente allá, ¿veá?

Si se cumple el guion, Einer Moisés nunca irá a España. Terminado su curso de mecánica automotriz, si le va bien, comenzará ganando 50 dólares la quincena; en unos años, si demuestra que sirve, podrían convertirse en unos 150 dólares. Su máxima aspiración real es terminar en los talleres de alguna empresa grande, Casa Pellas o Grupo Q. Ahí pagan un poquito mejor, dice.

Suena poco ambicioso, miserable casi, pero hace un par de años no tenía futuro.

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Ahora no porque antes de almuerzo toca teoría, pero en las tardes, el aula del taller de belleza es un relajo. Los doce alumnos inscritos –varones casi todos– necesitan con quién, y llegan estudiantes y policías y profesores a quienes no les importa el riesgo por ahorrarse unos córdobas. El aula está equipada como peluquería profesional primermundista –el instrumental y los productos más sensibles bajo llave–, y se hacen cortes limpieza facial afeitados depilación maquillaje, todo bajo la supervisión de Anielka Caballero, la profesora que ronda los 30 y, para explícito regocijo de sus alumnos, es atractiva. El comisionado Rodríguez Argueta vendrá el viernes a arreglarse el cabello y a enseñar un par de viejas fotografías de su juventud guerrillera, en las que aparece melena roquera y con un fusil FAL en las manos. Miren la responsabilidad que tenía yo con 16 años, les dirá. Usted era un hombre guapo, le responderá una estudiante para sonrojarlo.

Pero el relajo en esta aula sucede en las tardes. Ahora toca teoría, y Anielka propone repasar lo que se hizo mal ayer. Se esfuerza por ganar la atención de los nueve que han asistido ahora. Algunos escuchan y tomas notas, pero otros se desparraman en las sillas, suben los pies sobre alguna mesa, escuchan música o hablan cuando les da la gana. La clase se parece a una de esas películas gringas en las que los estudiantes problemáticos de un high school crean un grupo único para desesperación del profesor de turno.

―Los clientes se están yendo –dice Anielka–, ¿y cómo practicarán si los clientes se van?
―Igual, si ni pa’chicles dejan –se queja Anthony, un pandillero alto y chele, con la cicatriz de un balazo en el rostro.
―Te están prestando su cabello, Anthony, y tenés necesidad de aprender.

Otro día Anielka me dirá que así son ellos, activos orgullosos respondones, y es ese exceso de actividad a lo que ella atribuye que aprendan tan rápido.

―Ayer el compañero al que cortó Anthony tenía pediculosis. ¿Es así, Anthony?
―¿Pediculitis? –pregunta uno, el resto ríe.
―Pediculitis no, ¡pediculosis! Piojos tenía. ¿Y qué hiciste, Anthony?
―La payasada que me mandó hacer usté.
―Pero decile a los demás, que sepan…
―¡Pedir al cliente que se bañe! –grita otro.
―No, hay que ponerse guantes y aplicar el tratamiento, pero ese punto no se cumplió. ¿Por qué no se cumplió, Anthony?

Todos quieren improvisar la ocurrencia más graciosa sobre los piojos, y la clase deviene un coro ininteligible de voces. Afuera diluvia.

―Anthony, seguimos perdiendo la clientela. Analícense, muchachos.
―Ahí que se vayan –dice Anthony.

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El bus amarillo llega rebosante de jóvenes, profesores y agentes de la Dajuv. Aquí es la comarca Las Enramadas, aún Managua, pero los últimos 15 minutos han sido por una calle boscosa y con cráteres tan despiadados que nos ha adelantado un lugareño en bicicleta. El Centro Juventud está en medio de la nada. La Policía Nacional fleta cada día dos buses amarillos, dos microbuses azul marino y un camioncito blanco para que haya vida.

El Centro Juventud es una genuina apuesta por la prevención, y su filosofía podría resumirse así: ofrecer a jóvenes en riesgo de comunidades empobrecidas una oportunidad para formarse, y brindarles así un proyecto de vida alejados de las pandillas. Los seleccionados pasan un año en instalaciones de primerísimo nivel aprendiendo una profesión –hay talleres de computación, belleza, electricidad domiciliar, panadería, manualidades, reparación de electrodomésticos, inglés, corte y confección, mecánica automotriz, agricultura…–, clases complementadas con una formación transversal en valores y en deporte. Además del transporte, la Policía Nacional proporciona desayuno y almuerzo.

Numeralia (II). El Centro Juventud ha costado 4.5 millones de dólares –y sumando–, provenientes en buena medida de la cooperación. Abrió sus puertas en julio de 2011, y en su primera fase trabaja con dos promociones a la vez, que suman casi 200 jóvenes de entre 16 y 24 años, aunque la inmensa mayoría ronda los 18-20. En octubre se graduó el primer grupo, más de 90 chavalos y chavalas, con un nada desdeñable porcentaje del 50% de jóvenes que completaron el año entero.

El grueso de los elegidos son pandilleros activos –muchos con récord delictivo– que han pasado por programas de pacificación en sus barrios, aunque hay cuotas para otros colectivos, como adolescentes abusadas y jóvenes pro-diversidad sexual.

El proyecto apenas arranca –hay obras y obreros y carteles que dicen “Aquí se construirán aulas de ebanistería” o “Aquí aulas de serigrafía y reparación de celulares”–, y el modelo ya se quiere replicar en Puerto Cabezas, en el Caribe nicaragüense. Hay estrictas reglas sobre cómo comportarse, y no se permite ingresar celulares ni drogas ni fumar ni llevar chores ni tantas cosas. La disciplina es un valor, sin extralimitarse, ya que el principal mérito del programa parece ser que a los jóvenes les gusta –les conviene– llegar. Tanto al ingreso como a la salida los estudiantes son registrados.

Pasé tres días en el Centro Juventud y otros tres en Managua, y mi cuaderno quedó salpicado de ideas que en algún momento creí urgente anotar. Son esos detalles que lo delatan a uno como lo que es: un intruso.

Que en el centro, antes de probar bocado, se dan las gracias al señor.

Que pandilleros y policías comen lo mismo –un miércoles: papas en salsa, plátano, frijoles, arroz con generosidad, y jugo– y comparten mesa.

Que son pocos los jóvenes del bajomundo que tienen e-mail.

Que no solo los jefes policiales hablan bien del Centro Juventud; también los jóvenes.

Que después del Barça-Madrid, los pandilleros nicas preguntan a quien suponen español el significado de coño y gilipollas.

Que en Managua escasean el asfalto y el adoquín.

Que el jefe de Relaciones Públicas de la Policía Nacional, el comisionado mayor Fernando Borge, cree que Nicaragua es el país más democrático de la región: “Usted puede entrevistar a quien quiera y reportar lo que quiera”.

Que el pandillero nica mira con admiración-respeto-ignorancia el Barrio 18 y la Mara Salvatrucha.

Que las hormigas chambean.

Que en argot pandilleril nica ser caibil es ser peluche, y ser peluche supone ser falto de personalidad.

Que tener traido con otras pandillas es tener problemas.

Que las instalaciones del Centro Juventud botan a cualquiera sus prejuicios sobre lo que un Estado de la región más violenta del mundo hace por la juventud del bajomundo.

Que un policía nica puede irse uniformado y desarmado en bus a su casa.

Que quizá aún haya esperanza.

El primer día que llegué al Centro Juventud, un martes, pude entrar en una reunión de evaluación de los planes que la Dajuv implementa en distintos barrios de Managua. Había altos mandos policiales y psicólogos. No me presentaron como periodista y se habló –creo– en confianza. Se dijo que el trabajo preventivo a veces es entorpecido por otras direcciones policiales de corte más reactivo; se dijo que raro es que alguien salga rehabilitado de una cárcel, al contrario; se dijo también que la desestructuración familiar sigue siendo el gran problema.

Una psicóloga fue especialmente dura: “En la sociedad nicaragüense hay una gran ausencia de valores y de normas de conducta. Los jóvenes comparten las chavalas, se meten con la mamá de los amigos… La ausencia de valores hoy día es bárbaro, y luego, claro, los niveles de pobreza”.

Nicaragua es una sociedad emproblemada. La violencia está. Nicaragua es Centroamérica. Pero aquí aún no dimensionan el gran logro que supone que sus jóvenes no se hayan familiarizado con la palabra desfacelar.

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Joshua

―En mi barrio hay mucho problema: hay jañas, vagos, huelepegas, pirucas… hasta mujeres hay. El barrio está corrompido –dice Joshua.
―¿Y dónde vivís? –replica el periodista
―En el Walter Ferreti. Lo llevo si quiere.

Tengo 20 años. Mi nombre es Josué Enmanuel Ruiz Padilla, pero me dicen Joshua. Estudio en el Centro Juventud, en el taller de peluquería, y soy bueno con la máquina. ¿Que cómo terminé en una pandilla? Bueno, no es solo una. He estado en Los Panzones, en El Doce, en Los Magos… Nicaragua no es como El Salvador. Allá la pandilla cobra impuestos, ¿veá? Acá no. Cuando yo comencé, bailábamos break-dance, bum-bum, y ya uno no podía ir a otro barrio si se tenían traidos, que empezaban por cualquier cosa, porque bailábamos mejor, porque uno tenía una haina de otro barrio, ¿ya? Lo de robar empezó como a los 15, después de los bañaditos, el guaro. El mundo es el que lo corrompe a uno. Y aquí no es como en El Salvador, no creás que los vagos andan plaqueados, no, somos chavalos, ¿ya me entiende? Y usté, ¿en España era pandillero? Ahora estoy tranquilo. Ha sido bueno ir al Centro Juventud. Me gustaría tener mi propia peluquería, en mi barrio, ¿ya? Yo me salí de la mala vida, ando sin pleito, pero siempre camino vivo, ¿ya m’entiende? Cuido mi vida porque es mi vida.

El día de la visita al Walter Ferreti, Joshua buscará a su amigo Norlan –seco, tatuado con prolijidad, cholco, uno que ha modelado–, y se perderán el gane del Barça en la final de la Copa del Rey por enseñar su barrio al periodista. En el recorrido, antes de encontrarse con el tajo negro de hormigas hacendosas, platicarán con un grupo de borrachos encabezados por Óscar Omar Saravia, Patón, un cuarentón que casi se caerá al pararse. “Está bueno que te compongás, mae”, le dirá a Joshua cuando, para justificar la presencia del periodista, le cuente que estudia en el Centro Juventud.

―¿Cuándo me vas a pelonear? –dirá Patón.

Joshua lo ha pensando: ganarse unos córdobas cortando el pelo en casa de sus padres, para empezar, pero no tiene cómo conseguir una máquina que nueva cuesta unos 25-30 dólares.

***

El tema en la clase de hoy es Normas de convivencia, y diecisiete muchachos –la mayoría pandilleros, uno abiertamente homosexual– distribuidos en grupos llevan veinte minutos escribiendo sus reflexiones sobre carteles. Joshua toma la palabra cuando le toca exponer a su grupo. Habla del Respeto, de la Justicia, de la Cooperación… hasta llegar a la Tolerancia.

―Tolerancia es comprender a los demás, ser comprensivos…

Dice Joshua, que tiene madera de líder. Desde el primer momento que lo conocí mostró un desparpajo propio de quien quiere comerse el mundo. Le gusta rapear, y cuando me lo presentaron se arrancó a cappella: “Bam, plan, carnaval, ellos mismos buscan su funeral / Ellos lo han visto, nadie los detiene / Ellos lo saben, nadie los detiene / Se discrimina a la gente que viene.

―…hay que ser tolerantes y comprender a las personas, pué. Profesora, yo comprendo a Jorgito, ¿me entiende? –Jorgito es el compañero abiertamente homosexual–. Él tiene un problema, profesora, tiene un problema muy grande él. ¿Por qué? Porque en su mente tiene un demonio, ¿veá, profesora?

Todos ríen la ocurrencia, menos Jorgito.

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El profesor del taller de mecánica automotriz, Carlos Enrique Traña Morales –39 años, padre un hijo de 15–, abre el cuaderno como si fuera un cofre, mira un listado de nombres y apellidos, y se toma unos segundos para sacar cuentas: veinte jóvenes se inscribieron, seis han dejado el curso, y hoy miércoles están diez de los catorce.

―Este –el dedo se pasea por el cuaderno– se me fue para Corinto, este otro está preso… y alguno de los que siguen tiene problemas con la ley. Ese de ahí va a juicio el lunes –señala con la cabeza a uno que se esmera en sus tareas, cabizbajo.

La estrategia de Traña para ganarse la atención descansa en la seriedad extrema que transmite y en su profunda religiosidad.

―Los alumnos convencionales por lo general tienen plan de vida –dice–, pero algunos de estos todavía ni saben por qué están aquí.
―Pues nadie lo diría viéndolos –los diez trabajan en silencio, cabizbajos.
―Quizá porque este módulo de dibujo les está gustando, pero cuando no les gusta algo, no atienden, se salen de clase, ¿ya?
―¿Y qué le toca a uno como docente?
―Pues solamente podemos tratar de persuadirlos: mirá, hombre, este es tu futuro, disponete, enfocate, encauzate en esto, porque hoy quizá no veas el cambio, pero lo vas a ver más adelante.

Traña está hablando de pandilleros, algunos incluso ya modelaron o tienen tatuajes o marcas de balazos en sus cuerpos. Su preocupación suena tan sincera que conmueve. Por un momento, casi ni parece Centroamérica esto.

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Adán Lanuza

Adán Lanuza tiene la mandíbula poderosa y la mirada desafiante. Habla poco. No es muy grande ni muy fornido, pero tiene ese aire de persona con la que conviene evitar irse a los puños. Se le vinculó con un homicidio y modeló un año. Ahora tiene 20, y está por graduarse en electricidad residencial en el Centro Juventud.

―Cuando empezó era muy indisciplinado –dice Mario Zabala, entrenador de la selección nicaragüense de taekwondo y profesor de deporte en el Centro Juventud–, tenía muchos problemas; incluso conmigo hubo un roce porque era bien pleitisto.

Me llamo Adán, nací en 1992 y soy de la tercera etapa del barrio 18 de Mayo. Desde los 12 años estoy en una pandilla llamada Áreas Verdes. Me mataron a varios compañeros. A mi hermano le metieron un balazo en la cabeza, está vivo de milagro. Unos amigos míos están presos, ya van a cumplir dos meses. Yo estuve en la Modelo un año, y esas experiencias uno las vive, ¿me entiendes? Yo salí con más odio, pero después me dije: n’ombre, hasta aquí nomás. ¿Que de dónde viene tanta turqueadera en los barrios? Antes, en el 18 de Mayo los vagosviejos, como les dicen, tatuados y todo, se agarraban con los de arriba, pero al principio no había pistolas, por allá se miraba una. Después llegaron las pistolas, los baleados. Ahora en esta etapa todo mundo anda escopeta, pistola, Aka. El barrio está terrible. Aquí no puede uno andar en la noche. Ni nosotros, porque queda oscuro, y uno no sabe con quién se va a encontrar.

Adán Lanuza tiene un 18 tatuado en su cuello.

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La conciencia colectiva del mundo occidental aprecia a las hormigas. Las creemos laboriosas incansables solidarias tenaces hacendosas. El refranero las adora: “Llevando cada camino un grano, abastece la hormiga su granero para todo el año” o “Camina más una hormiga que un buey echado”. La Hormiga Atómica y Ferdy dejaron huella, al menos en mi generación, y el cine, ese moldeador universal de filias y fobias, las ha tratado bien: ante la rotundidad de Tiburón, Piraña o Anaconda, las simpáticas hormigas protagonizan Antz y Bichos; pocos podrían recordar el título de una película en la que son amenaza. Salvo los delfines, pocos animales gozan de tan buena reputación.

El culmen de la estima quizá lo represente la fábula La cigarra y la hormiga. Dice así: haragana y despreocupada por naturaleza, cantando la cigarra pasó el verano entero. Previsora y laboriosa, la hormiga acumuló provisiones. Al llegar el frío invierno –en el Trópico no siempre lo es–, la cigarra viose desposeída del precioso sustento y fue con mil expresiones de atención y respeto a pedir ayuda a la hormiga, que se la negó con profunda soberbia: ¿con que cantabas cuando yo andaba al remo? Pues ahora, que yo como, baila.

Moraleja: la vida loca tiene un precio.

De alguna manera, el Centro Juventud quiere convertir cigarras en hormigas.

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Cuando supe que un alumno del Centro Juventud tenía un 18 tatuado en el cuello, creí haber dado con la prueba de lo que la Policía Nacional niega y reniega: la implantación del fenómeno de las maras en Managua, a través de una de sus dos máximas expresiones: la pandilla Barrio 18. El joven con el 18 en el cuello, Adán Lanuza, me dijo después que el número se debía a que vive en el barrio 18 de Mayo.

El 18 de Mayo también es una sucesión de casuchas oxidadas escombros hormigas calles polvosas. El único pedazo encementado en toda la tercera etapa es una reducida cancha multiusos, punto de encuentro obligado para la muchachada. Esta tarde se disputa un partido de fútbol, y de los ocho que corren tras la pelota, seis juegan descalzos y uno más con yinas. La miseria sabe mimetizarse. A un costado de la cancha, sobre el muro de un cuartucho desmantelado, están pintados los escudos del Barça y del Real Madrid, tan ultrajados que cuesta reconocerlos. Hay algunos 18 pintados toscamente aquí y allá, pero nada que ver con la pandilla que ha sembrado el terror desde Estados Unidos hasta Honduras.

Las pandillas de Nicaragua poco o nada tienen en común con el fenómeno de las maras. La que ocupa esta cancha como base es la Áreas Verdes, y sí, tienen traido con los Cuarteños y con los Urbina, pero los odios ancestrales nicas –su saldo de vidas truncadas– no son lo mismo. Las pandillas aquí rivalizan hurtan territorializan roban narcomenudean asesinan, pero menos.

Adán Lanuza se ha calmado, y eso no le supone problema alguno con Áreas Verdes. Ahora tiene un llamativo parche blanco en su cuello porque ayer fue a borrarse el 18. Me lo cuenta cuando me acompaña a la parada de la Ruta 165. Paramos en una tiendita.

―¿Qué onda, Niña Tere? –saluda Adán Lanuza.
―¿Y qué te pasó?
―No, nada, me quité un tatuaje que andaba…

Adán Lanuza era alguien temido en esta calle. Cuando uno anda en la onda, hasta a su propia familia le roba, ¿ya me entendés?, me dice. Al poco, un señor mayor llega y también se clava en el cuello.

―¿Qué te pasó? ¿Te golpearon?
―No, me quité un tatuaje que andaba ahí.
―Ahhh. ¿Y dónde fuiste?
―A una clínica privada. Me lo quité porque se miraba mucho, para no andarlo ya.

Todavía no se lo ha dicho a nadie, pero Adán Lanuza se lo ha borrado porque en el Centro Juventud ha concluido que quiere ser policía.

―Todo el mundo te pregunta, Adán, ¿te molesta?
―No, al revés –en su mirada desafiante hay una velada satisfacción–, es que antes… antes nunca nadie me preguntaba nada.

Sobre la Pista de La Resistencia, uno de los ejes viales más transitados de la capital nicaragüense, se alza imponente una estatua de seis metros de altura que se trae un aire al Cristo de Corcovado de Río de Janeiro. Ubicada en medio de una gran rotonda, levanta  sus brazos como si se dispusiera a abrazar a alguien, pero un chascarrillo regado por Managua dice que no, que los tiene levantados porque lo están atracando. Ni Cristo se libra de los asaltos en las inmediaciones de esa rotonda, la rotonda de Santo Domingo, donde empieza y termina el barrio Jorge Dimitrov.

Cuando a un nicaragüense se le pregunta por las colonias más conflictivas de su capital, por esas que nunca visitaría de buena gana, se suceden nombres como Villa Reconciliación, el Georgino Andrade, Las Torres o el reparto Schick, pero es el barrio con nombre de vodka barato, el Dimitrov, el que siempre aparece en todas las respuestas. ¿Un estigma generalizado entre quienes nunca han puesto un pie aquí? Seguramente también haya algo de eso, pero los mismos vecinos se saben residentes de un lugar especial, pecaminoso, casi maldito, el barrio nicaragüense violento por antonomasia.

Quizá en verdad lo sea.

***

Las instrucciones que ayer me dio por teléfono José Daniel Hernández sonaron tan sencillas como un mensaje cuneiforme sumerio: de la rotonda Santo Domingo una cuadra al lago, de ahí otras dos cuadras abajo y 75 varas al lago, y pregunte por la casa comunal. Vaya en un taxi de su confianza, apostilló. Pero los taxistas rehúyen el Dimitrov. Dicen que mucho asaltan, que no merece la pena arriesgarse por los 30 o 40 pesos (menos de dos dólares) de una carrera… Muchos prefieren perder al cliente. Tres he parado esta mañana antes de que uno haya aceptado a regañadientes llevarme, y la plática durante el trayecto ha sido sobre la leyenda negra que el barrio aún tiene entre el gremio. Algo parecido sucederá el resto de días.

Es julio y es martes, pasan las 2 de la tarde. Nubes grises cubren Managua pero esperarán a que anochezca.

José Daniel tiene 57 años, seis hijos y la piel tostada como un hombre de campo, aunque vive en el Dimitrov desde que se fundó. Combatió por la Revolución –estuvo en el Frente Sur a las órdenes de Edén Pastora, el Comandante Cero en la toma del Palacio Nacional–, pero ni la militancia guerrillera ni su lealtad al Frente Sandinista y a Daniel Ortega le han permitido prosperar lo suficiente como para irse del barrio. Yo aquí soy el responsable de infraestructura de la comunidad, me dice al nomás conocernos. Tener un rol en la comunidad, por pequeño que sea, parece ser motivo de orgullo en Nicaragua.

—Tengo que visitar a una señora a la que un árbol le cayó en la casa –me dice–, ¿me acompaña?

El Dimitrov es un barrio ofensivamente pobre, de esos en los que hay familias que ni pueden pagar la caja cuando alguien fallece. En casos así la comunidad provee. Dice José Daniel que con los años se ha perdido mucha de la genuina solidaridad entre vecinos, pero algo queda, y sin pretenderlo ahora se dispone a interpretarlo.

—¿Ve? –dice José Daniel al llegar a la casa de Angélica, en la que vive con su esposo y tres hijos pequeños–. El ventarral de ayer botó el palo de mamón sobre la casita y la desbarató –y en efecto, una casucha desbaratada–. Es una familia humilde, pero ya hemos pedido el material para hacer la casa a la señora.
—¿Y quién da esa ayuda?
—La alcaldía ha regalado las láminas. Llamamos al distrito, vinieron ayer mismo y nos dijeron: mañana traemos el material. Y ¡bang! Aquí está. Y ahora le ayudaremos a colocarlas. A mí me toca andar en estas vainas.

El improvisado paseo prosigue.

El Dimitrov es descomunal: 21 mil almas, según el letrero de la municipalidad ubicado en una de las entradas. Bajo una maraña de cables se amontonan las casas, una tras otra, sin que haya dos iguales. Las hay de dos plantas, bien repelladas, algunas hasta con su pedacito de acera. Las hay también  que son un montón de láminas ensambladas de mala manera, o hechas con desechos. Pero todas –todas: las plantosas, las dignas, las míseras, las infrahumanas– tienen en común que cuentan con algún mecanismo de defensa: vidrios rotos que coronan muros, rejas con soldaduras toscas en puertas y ventanas, el recurrente alambre de púas retorcido y oxidado… Las calles anchas son las únicas que conocen el pavimento, pero apenas pasan carros y se echa en falta lo demás: buses, paradas, semáforos, bancas, aceras… Las calles más estrechas de este laberinto, la mayoría, son de tierra, lo que intensifica la sensación de abandono.

—De tres meses para acá está más calmado, casi ni se escuchan balazos. Siempre hay muchachos que siguen robando porque es el billete más fácil… Si viene usted solo por aquí, lo agarran, le ponen la pistola y le quitan las cuestiones. Pero hace un año era peor, ahora se ha calmado…
—¿Y a qué lo atribuye usted? –pregunto.
—Pues a que los pandilleros más dañinos están presos, se les han recuperado todas las armas, y bueno, porque la comunidad ya no aguantaba y comenzó a bombiar. Así se le dice aquí a señalar: fulano en tal parte esconde tal cosa, fulano en tal parte esto otro, fulano esto, fulano lo otro…

La comunidad ya no aguantaba, dice. La comunidad.

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Hay quien no concibe un relato periodístico sin un buen vómito de números.

El resumen numérico del Dimitrov diría algo así: 54% evangélicos, 39% católicos. Diría también que en el 61% de las casas conviven seis o más personas, que en el 70% de los hogares los ingresos mensuales son inferiores a 316 dólares y en el 19% no alcanzan siquiera los 106 dólares. Diría que el techo del 99% de las casas es de zinc, con paredes de concreto (67%) o de madera (14%), diría que el 84% posee las escrituras, que el 24% cocina con leña, que apenas el 18% tiene chorro de agua dentro de la casa,  que el 98% de las casas están conectadas a la red eléctrica, sí, pero el 20% son conexiones fraudulentas. Diría también que el 60% de los residentes no ha cumplido los 30 años, y que el 36% –uno de cada tres– son menores de edad. Sobre la violencia, el resumen diría que el 92% de los vecinos creen que el Dimitrov es violento o muy violento, y que cuando se les piden ejemplos de violencia, citan los asaltos, luego las peleas entre pandillas, luego las balaceras; diría también que el 24% opina que la violencia más común es la intrafamiliar, que el 64% pide más y mejor presencia de la Policía Nacional, y que el 52% cree que hay un problema real de venta de drogas, marihuana y crack sobre todo. Tan solo el 0.9% de las casas tienen acceso a internet, diría también. Y todas estas cifras son nomás una fracción de las incluidas en el “Diagnóstico socioeconómico en el barrio Jorge Dimitrov”, realizado por una ONG llamada Cantera, tras visitar y hacer encuestas en 214 viviendas entre el 9 y el 14 de febrero de 2011.

Pero el Dimitrov es mucho más que un buen vómito de números, la coraza que demasiadas veces impide escuchar los latidos de un lugar.

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El escritor Sergio Ramírez, uno de los referentes de la literatura nicaragüense, describe periódicamente Managua, y lo hace sobre un mismo texto base escrito hace una década titulado “Managua, Nicaragua is a beautiful town”, al que le suma o le resta metáforas y datos. Lo que no ha cambiado es el tono de desdicha que da a la ciudad; tampoco el referente que usa para ilustrar las barriadas pobres y peligrosas. Managua es, dice Ramírez en la versión de junio de 2010, “un campamento de un millón y medio de habitantes, un cuarto de la población total del país. Las casas, construidas en serie, como cajas de cerillos, cerradas con barrotes, como cárceles o como jaulas, porque los que tienen poco, en la colonia Independencia, o en la colonia Centroamérica, se defienden de los más pobres, que viven en barrios como el Jorge Dimitrov, bautizado así en tiempos de la Revolución”.

De los que viven en lugares como el Dimitrov, dice Ramírez, hay que defenderse.

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Roger Espinales es uno de los agentes de la Policía Nacional destacados en el Dimitrov. Es sicólogo. Entre sus funciones está reunirse a diario con los principales actores de la comunidad, también con pandilleros y sus familias. El barrio tiene fuerte presencia de pandillas, si bien esta palabra en Nicaragua tiene muy poco que ver con el fenómeno de las maras. Muy poco que ver.

En esta parte de Centroamérica la Mara Salvatrucha y el Barrio 18 suenan tan exóticas como la Camorra napolitana o la Mafia rusa. Los nombres de las pandillas presentes en el barrio parecen la lista de equipos de una liga amateur de fútbol: Los Galanes, Los Parqueños, Los Pegajosos, Los Gárgolas, Los Puenteros, Los del Andén 14, Los Diablitos… El agente Espinales también cree que el Dimitrov es un lugar complicado, pero está optimista por lo que encontró a su llegada. La comunidad, dice, aún se ve relativamente bien organizada, y las pandillas tienen muy poco que ver con los monstruos que operan en los países ubicados al norte de la frontera norte.

—Lo que me sorprende de El Salvador o de Honduras –se sincerará el agente Espinales al final de una de las pláticas– es que una comunidad entera se deje dominar por 30 o 40 pendejitos de una pandilla; se llame como se llame. Es algo insólito.

En su boca, la palabra comunidad suena distinto. Suena a comunicación, a comunión, a comuna… Suena a comunidad.

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Aletta fue el nombre con el que se bautizó en 1982 la primera tormenta tropical en el ccéano Pacífico. Entre el 22 y el 24 de mayo descargó un mar sobre Nicaragua: los muertos se contaron por docenas, los evacuados por miles, y las pérdidas por millones, en un país que apenas comenzaba a empaparse de su nuevo rol en el tablero político internacional. En Managua, una de las zonas más afectadas fueron los asentamientos de la orilla del lago Xolotlán. El agua se tomó barrios como La Tejera, Las Torres o La Quintanilla, y, tras la orden de evacuación gubernamental, cientos de familias salieron en camiones de la Fuerza Armada rumbo a un predio vasto e inhóspito, pero bien ubicado, no muy lejos de la Universidad Centroamericana (UCA).

—Aquí donde estamos ahora –dice José Daniel, el líder comunal– era una arbolizada grande. Había vacas, como que antes era hacienda o algo así, dicen que propiedad de la familia Somoza. Nosotros vinimos y comenzamos a destroncar, cada uno su parte pues, ¿me entiende?

Se repartieron terrenos de 10 por 20 metros, alineados todos, y cada quien levantó lo que pudo con lo que tenía a mano. Como comunidad en ciernes, las prioridades fueron el agua y la luz. Para el agua, adquirieron entre todos materiales, cavaron zanjas y pronto abrieron chorros colectivos. Para la energía, la embajada de la República Popular de Bulgaria, país con el que se habían abierto relaciones diplomáticas tras el triunfo de la revolución, donó la electrificación.

Sin Aletta y sin revolución no existiría el Dimitrov, al menos no con ese nombre.

—Todavía no nos llamábamos de ninguna manera, y nosotros, agradecidos con el embajador, le dijimos que eligiera el nombre de algún líder de Bulgaria. Jorge Dimitrov, dijo, y Jorge Dimitrov le pusimos, sin saber ni quién era. Ya luego nos trajeron libros y comenzamos a ver la historia de él…

Georgi Dimitrov Mijáilov (1882-1949) destacó desde joven como dirigente sindical y, tras una vida sazonada de juicios, conspiraciones, clandestinidades y exilios, el máximo líder de la URSS, Iósif Stalin, lo recompensó con el cargo de secretario general de la Internacional Comunista. Tras la II Guerra Mundial, Bulgaria quedó al otro lado del telón de acero, abandonó la monarquía, y Dimitrov se convirtió en 1946 en su primer primer ministro. Falleció tres años después, por lo que hubo tiempo para la exaltación de su figura al más puro estilo soviético. Pero en 1990 el socialismo colapsó en Bulgaria, el héroe pasó a ser un proscrito, su cuerpo –embalsamado por cuatro décadas en una urna de cristal– terminó en el cementerio general, y el regio mausoleo que lo albergaba fue demolido.

En la actualidad, fuera de Europa sobrevive una avenida Dimitrov en la capital de Camboya, otra en la ciudad cubana de Holguín, una modesta plaza en México DF, una estatua en una ciudad africana llamada Cotonou, y poco más; el barrio de Managua, claro. Por esos pliegues irónicos que a veces depara la historia, Dimitrov, el apellido del otrora influyente líder comunista, amigo y estrecho colaborador del genocida Stalin, en Nicaragua es hoy sinónimo de violencia e inseguridad.

—¿La gente sabe quién fue Dimitrov? –pregunto a José Daniel.
—No, poca gente lo sabe. De los jóvenes, nadie o casi nadie, pero creo que la mayoría de los que nos vinimos adultos se acordará.

“Mi profesor de sexto grado nos enseñó que era un guerrillero ruso que estuvo apoyando al Frente Sandinista”, me respondió un joven universitario del barrio, uno de los pocos que se atrevió a contestar.

El pasar de los años hizo más que diluir el porqué del nombre. También trajo mejoras –centros educativos, clínica, alumbrado, una rudimentaria cancha de béisbol…–, aunque a un ritmo insuficiente comparado con el bum urbanístico en los alrededores. Cuando uno mira hoy un plano de Managua, el Dimitrov está casi en el medio, un área muy codiciada. Ni siquiera este bolsón de pobreza evitó que en pocas cuadras a la redonda se construyeran el centro comercial Metrocentro, la nueva catedral, el Consejo Supremo Electoral, el hotel Real Intercontinental y hasta las oficinas centrales de la Policía Nacional. Aminta Granera, la primer comisionada, la mujer paradigma del buen hacer en materia de seguridad, tiene su despacho a unos pasos del barrio bravo de la ciudad.

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Lo dice Naciones Unidas: Centroamérica es la región más violenta del mundo. Con esta tarjeta de presentación, cualquier iniciativa tendente a rebajar esos indicadores se antoja como un buen anzuelo para pescar en el río revuelto de la cooperación internacional. Donde hay violencia no tardan en aparecer programas que se ofrecen como preventivos –algunos incluso lo son–, para aflojar las chequeras de los financiadores europeos y norteamericanos. En este sentido, en el Dimitrov no faltan las oenegés y seguirán llegando.

El Centro de Comunicación y Educación Popular Cantera es una ONG nicaragüense que trabaja en el barrio desde hace nueve años. En un ambiente oenegero centroamericano en el que en materia preventiva prima lo efectista, de dudosa eficacia y de corta duración –semanas, meses lo más–, el solo hecho de haber permanecido casi una década en un mismo lugar pone a Cantera en un plano diferente. Su base es una especie de centro comunal llamado Olla de la Soya, ubicado en el mismísimo corazón del barrio. La coordinadora del Programa de Juventud de Cantera es una socióloga llamada Linda Núñez. Se ve más joven, pero tiene 40 años, y con el Dimitrov mantiene un vínculo emotivo desde sus años como estudiante de la UCA, cuando participó aquí en campañas de alfabetización.

—¿Sientes el barrio ahora más sano? –pregunto.
—Si lo comparo con hace 15 años, yo sí tengo un mal sabor con este barrio… Cuando llegaba como voluntaria, salíamos caminando a las 8 de la noche y nunca pasaba nada; ahorita no me atrevería. Sí, lo encuentro más violento.

El grueso de los voluntarios y del personal de Cantera es del barrio, la política de puertas abiertas en la Olla de la Soya redunda en un constante ir y venir de niños y jóvenes, avivado por el amplio abanico de opciones que se ofrece: danza, clases de inglés, fútbol, béisbol, teatro, taekwondo, fotografía… Todo gratis. El buque insignia es un programa que permite a una treintena de jóvenes aprender un oficio –gratis también–, formación que se complementa con una capacitación en valores, bautizada con el sugerente nombre de Habilidades para la vida.

Pero Linda, franca, admite que incluso en Nicaragua –que se va a los penales con Costa Rica por el título de país centroamericano más civilizado– el problema de violencia sobrepasa los intentos por contrarrestarla. Confiesa además una preocupante falta de coordinación entre las distintas oenegés e instituciones que compiten por los euros. Y por muy efectivo que sea un esfuerzo en concreto, la matemática es como un huacal de agua helada: a los programas de Cantera asisten unos 90 jóvenes, cuando se estima en 4 mil las personas entre los 15 y los 25 años de edad que hay en el Dimitrov.

—Linda, ¿se puede ser optimista con estos números?
—La realidad invita a las dos cosas: a la depresión y al optimismo. Es cierto que a veces sentís que no estás cambiando nada, porque atendés a 10 entre mil, y te preguntás: ¿hasta dónde? Pero luego comenzás a ver la multiplicación de estos jóvenes y te decís: sí, algo se puede hacer. Nunca vas a llegar a los mil, pero atender a 20 o 30 ya es algo. El problema es cuántos años llevamos de deterioro y cuánto estamos invirtiendo en programas de prevención.

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“Para que se den cuenta, el Dimitrov está apestado de drogadictos, delincuentes de todo calibre que viven ahí, pero que operan alrededor del sector, en lugares específicos como las paradas de buses de la rotonda de Santo Domingo, detrás de la catedral de Managua y en el lugar conocido como el puente de Lata, situado unas cincuenta varas arriba de la entrada principal de Plaza del Sol”.

(Extracto del reportaje “Ruta de escape y refugio de la delincuencia”, publicado en El Nuevo Diario el 16 de mayo de 2002)

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—… Mire, toque aquí, la bala no salió –me dice el joven.

Cerca de la rodilla, cubierta por una cicatriz poco estridente, tiene una protuberancia: una bala calibre .22 que le acertaron el año pasado, que lo mantuvo dos semanas en el Hospital Lenin Fonseca, pero que decidieron no extraérsela. El joven se llama Miguel Ángel Orozco Padilla, nació en el Dimitrov, vive con su madre, su hermana y su sobrino en una modesta casa del andén 14, y cumple 17 años en marzo de 2012. Delgado, mirada viva, nariz ancha, rostro maltratado por el acné… Es un adolescente y se expresa como tal, pero para la Policía Nacional es un “joven en alto riesgo social”.

Cuando mañana comente su caso con el agente Espinales, me convencerá de que se puede al dedillo su historia y lo ubicará en la órbita de Los Galanes. El joven Orozco Padilla niega ser pandillero, dice que el balazo fue un error, que no iba para él, que hasta disculpas le pidieron los que dispararon, pero aun así ya está quemado, dice, y no puede acercarse al sector de Los Gárgolas.

—Fue por un primo mío… Vos sabés… Él sí es pandillero, y de espaldas somos igualitos… Por eso me pegaron el cuetazo… Mire, toque aquí, la bala no salió –me dice el joven–. Yo venía de espaldas y escuché: allávaChus, allávaChus… Chus es mi primo el pandillero, y me gritaron: Padilla, detenete, porque así lo llaman a él, y yo me vuelvo y disparan. Y oigo: pero si no es Chus… Pero ya habían tirado.
—¿Y conocés a los que dispararon?
—Sí. Uno ya murió. El Yogi. Lo apuñalaron este año.

Hay disputas, disparos, machetazos, fallecidos incluso, pero en Nicaragua las pandillas tienen muy poco que ver con las maras, afortunadamente. La Policía Nacional las tiene bien cuadriculadas: son muy locales y raro es que superen el centenar de miembros, sin violentos rituales de iniciación, casi todos viven con sus familias, los grafitos y tatuajes de pertenencia son limitados, la actividad criminal es reducida, el uso de armas de fuego es eventual, los encarcelados no tiran línea a los que están en la libre, y –quizá la diferencia más importante– la pandilla se puede dejar cuando se quiere, sin represalias.

Seleccionado por la comunidad y becado por una oenegé, el joven Orozco Padilla estudia enderezado y pintura en el Instituto Nacional Tecnológico. Quizá algún día le arregle su auto.

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Miércoles, faltan 10 para las 3 de la tarde.

El taller Habilidades para la vida se realiza a diario en el aula más nueva de la Olla de la Soya. Es un lugar espacioso en el que se agradecen los ventiladores taladrados al techo, lleno de fotos motivadoras. Asisten unos 30 jóvenes, y hoy lo conducen Sean y Megan, dos cooperantes estadounidenses.

La reunión se interrumpe cuando en la puerta asoman un grupo de turistas gringos, su traductor y Martha Núñez, la coordinadora de Cantera en la Olla de la Soya. Llegaron hace unos minutos en microbús, son una veintena, y dicen ser estudiantes de medicina y de liderazgo en el Augsburg College de Mineápolis. Llevan turisteando desde el domingo por Managua, en una modalidad que bien podría etiquetarse como Conoce-el-infierno-para-luego-no-quejarte-tanto. Han visitado el centro histórico, el mercado Huembes, un hospital público, una oenegé feminista… y ahora están cámara en mano en el mismísimo corazón del Dimitrov.

Tras unas palabras explicativas de Sean en inglés, se abre un turno de preguntas, pero los gringos no se animan. Tic-tac… segundos… tic-tac… incómodos… tic-tac… hasta que una pregunta rompe el silencio.

—¿Qué están aprendiendo hoy? –presta su voz el traductor a una de las turistas.
—Sobre la autoestima –responde un joven.

El traductor traduce. Murmullos…

—Más o menos ¿qué edades tienen en el grupo?
—De 15 a 29… –consensuan los jóvenes.

Más murmullos en ambos mundos…

—Any more questions? –se dirige el traductor a los suyos.
—…
—Are you good dancers? –eleva la voz una gringa, pura sonrisa.
—Ahhhh, ella quiere saber si hay buenos bailarines en esta sala…

Murmullos y risas. Luego, la despedida. Los turistas suben al microbús y abandonan, seguramente para siempre, el barrio bravo de Managua.

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Este autobús de la 102, una ruta que bordea buena parte del Dimitrov, es un destartalado Blue Bird bautizado con nombre de mujer, un clon del que podría verse en cualquier capital centroamericana. Sábado, mediodía, y la unidad es un horno insuficiente –una docena vamos parados–, pero nadie se atreve a pedir a la señora que quite la gran bolsa que ocupa un asiento, mucho menos que se calle.

—¡A su madre, a su propia madre! –grita ella, desdentada y en pie, el pelo alborotado y canoso, gruesa como tambo de gas.

Habla de una noticia que días atrás ocupó algunos segundos en los noticiarios: un hombre de 31 años detenido por secuestrar y violar en repetidas ocasiones a su madre. Pero antes la señora ha voceado un sinfín de formas de incesto presentes en la sociedad nicaragüense: padres con hijas, tíos con sobrinas, abuelos con nietas…

El viaje se hará más pesado, más crudo, como su retrato de Nicaragua.

—… ahora cualquiera te engaña. Si vas al mercado y compras 25 libras de fruta, el del puesto por lo menos te robará 2 o 3. ¿Y los abogados? Si vas donde el abogado pa´ que te saque un reo, te saca hasta lo que no tenés de dinero, vendés tu casa y todo, pero el reo no te lo sacó… –grita la señora, grita pero no pide ni pedirá monedas–. Y así sucesivamente, queridos hermanos. Yo les sigo sacando pañales al sol… ¿Adónde queda ya que no se encuentre un ladrón? La gente dice: esos ministros son ladrones, esos gobernantes… ¡Pero ladrones somos todos, hermanos! ¡Lance la piedra el que se sienta libre de culpa! Lo dijo Cristo, no yo. Miren lo varones, los papás. Reciben un sueldo, y cuando lo reciben se van adonde las mujeres…

La voz de la conciencia en Nicaragua viaja en los autobuses públicos.

***

 Al fondo de la Olla de la Soya hay unos rudimentarios servicios sanitarios. Sobre la pared externa, como si fueran las tablas de Moisés, están pintados blanco sobre azul los nombres del primer grupo de 24 jóvenes graduados en el proyecto Jóvenes Constructores. Casi al final de la primera columna, entre Marianela y Meylin, se lee Nilson Dávila L.

Es miércoles, 4 de la tarde.

Nilson no esconde su satisfacción por ver su nombre escrito. Es el menor de nueve hermanos y tiene 22 años vividos todos y cada uno en el Dimitrov. Habita en el sector de Los Gárgolas, pero ha sabido mantenerse al margen. Nada de bróderes pero tampoco discriminación, dice. Nilson aún duerme en la casa en la que se crio –de la escuela Primero de Junio tres cuadras al lago–; la comparte con su mamá y dos hermanos, incluida Kenia Dávila L., otros de los nombres sobre la pared.

Además del aprendizaje de un oficio y de la capacitación en valores, Jóvenes Constructores incluía un componente adicional de entrega de un capital semilla para poner en marcha una microempresa.

—Nuestra idea pionera era una tortillería exprés –dice Nilson–, pero se fue modificando. El maíz subió de precio, y a mi hermana se le ocurrió lo de la pulpería. No se pudo la tortillería por los altos costos de producción, y ahora nos quedamos trabajando con frijoles y leña… Vendemos frijoles cocidos en diferentes porciones.
—Los venden preparados…
—Sí, pero sin nada del otro mundo: solo sal y ajo.

Nilson se presenta como un microempresario. Pero la venta de frijoles y leña apenas está arrancando, y para poder cubrir los gastos familiares vende enciclopedias Océano en Granada, adonde viaja un par de veces por semana. También estudia en el turno nocturno primer año de ingeniería electrónica en la Universidad de Nicaragua. Y también es voluntario de Cantera porque quiere que los niños crezcan con un mayor apego por el ambiente. Me gusta contribuir, dice.

Las historias que permiten reconciliarse siquiera momentáneamente con el género humano germinan en lugares como el Dimitrov.

—Nilson, si pudieras, ¿te irías del barrio?
—Sí, yo creo que sí me iría… Cada uno de nosotros busca mejorar en la vida, y salir es una mejoría. El ser humano es producto de su entorno. Está, además, el estigma que supone vivir aquí. Mis amigos de la universidad no se atreven a venir.

Casi todos responden lo mismo. Escapar algún día es algo interiorizado incluso entre los más comprometidos de la comunidad.

***

Reunida el 21 de agosto de 2003 en la isla de Roatán, Honduras, la Comisión de Jefes y Jefas de Policía de Centroamérica y el Caribe acordó que era urgente un plan regional contra la violencia juvenil en general, y las maras en particular. Hubo unanimidad a la hora de identificar la enfermedad, pero no el remedio. Unas semanas después de aquella cita, el gobierno de El Salvador presentó su Plan Mano Dura; Nicaragua optó por crear dentro de la Policía Nacional una Dirección de Asuntos Juveniles (Dajuv) con un enfoque eminentemente preventivo.

El agente Espinales cumplía una década de uniformado cuando en 2005 se integró en la Dajuv. Desde entonces ha sido asignado a distintos barrios de Managua, siempre entre pandillas y pandilleros. Al Dimitrov llegó hace tres meses, pero verlo cruzar el barrio de acá para allá sobre su ruidosa motocicleta es ya estampa habitual.

—Como ya te dije, soy sicólogo. A los jóvenes de pandillas nos toca darles terapias, individuales y grupales, y también nos acercamos a las familias, conversamos, entramos en los hogares para ganarnos la confianza…

Incluidos los viáticos, el agente Espinales gana 7,000 córdobas al mes, unos 315 dólares. Yo lo miro bien, dice.

Este jueves lo he citado para hablar con más tranquilidad sobre las pandillas del Dimitrov…

—Acá –dice–, lo que nos preocupa es el semillero, ¿ya? Si en la familia hay un patrón de violencia, los niños lo heredan… Ahí tenemos que estar trabajando siempre.

La plática saltará pronto, por interés del agente Espinales, al terreno de las maras. Él ha asistido a encuentros regionales entre policías de Honduras, Guatemala o El Salvador, pero el fenómeno le interesa sobremanera, quizá porque le suena tan pero tan lejano…

—Y aquí, en el Dimitrov, ¿los pandilleros no cobran renta a los negocios, o a los taxistas? –pregunto.

El agente Espinales sonríe de tal manera que me hace sentir como si hubiera preguntado una estupidez.

—No, acá no tenemos de eso. No se dejaría la comunidad. También porque nosotros inyectamos en nuestra juventud que esa cultura no es la nuestra, que es algo extranjero.

En El Salvador, el país que le apostó a la Mano Dura, los homicidios por cada 100 mil habitantes subieron de 36 a 65 entre los años 2003 y 2010. En Nicaragua, con la mitad de policías y con una inversión pública en seguridad que en 2010 fue cuatro veces inferior, la tasa en el mismo período apenas pasó de 11 a 13.

***

Viernes, 9:30 de una mañana gris tropical.

Alrededor de una botella de vidrio de Coca-Cola –destapada, vacía– hay 14 personas en pie, un círculo deforme. Todos tienen las manos en la espalda. Una persona está uniformada y armada: el subinspector Pedro Díaz, la máxima autoridad policial en el Dimitrov. El resto son un joven ex pandillero llamado Fidencio, representantes de oenegés como el Ceprev, la Fundecom y la propia Cantera, está José Daniel, está una guapa vocal de las Juventudes Sandinistas, alguna psicóloga, dosquetres vecinos y vecinas, un periodista metido… hasta 14. Todos tienen una pita de lana amarrada a la cintura, y los otros 14 extremos convergen en un lapicero Bic suspendido en el aire sobre la botella, pura tembladera. Desde lo alto se ve como un gigantesco e irregular asterisco.

El reto es meter el Bic dentro de la botella sin usar las manos siquiera para halar las pitas.

Pegate un poquito. Halala, halala. Acercate, vos. Ganas de meterlo con la mano dan. Acercate. Ahora vos, ahora vos… El lapicero entra al fin, y se generaliza la satisfacción. La facilitadora pide luego evaluar la experiencia. La importancia de trabajar en equipo, dice una. Es bueno que haya un líder pero siempre necesitará apoyo, dice otro. Unidos podemos salir adelante, abona alguien.

—Si no trabajamos en equipo, no lograremos nada –concluye el subinspector Díaz, uno de los más entusiastas para mover el lapicero a golpe de cintura.

Han sido varios los encuentros de este tipo y alguno falta todavía. El de hoy terminará en comilona de baho, un plato típico de Nicaragua. La idea es crear una comisión intersectorial –intersectorial– de desarrollo y progreso del barrio Jorge Dimitrov, así la bautizarían, pero se quiere que arranque con bases sólidas, que el grupo inicial –jóvenes, Policía, oenegés, vecinos…– se conozca y se respete. A largo plazo, la idea es bastante más compleja que introducir un Bic entre 14 en una botella vacía de Coca-Cola. Se busca que esto sea el germen para reducir la violencia en el Dimitrov, una idea suena demasiado ambiciosa, ingenua, utópica.

Quizá en verdad lo sea.

El cadáver de Pen-Pen todavía está manejable; aún respiraba hace apenas seis horas. Lo tienen sobre una camilla metálica, envuelto con una sábana blanca manchada por la sangre que sale de los orificios. Miriam, la madre, está sentada cerca. Los grandes rulos en su cabello cano dejan entrever lo intempestivo de esta muerte. La casa es humilde, de madera, como se estila en el Caribe. Además de Miriam, la habitación está llena de familiares, de amigos, de curiosos. Todos son negros. Casi todos son jóvenes. El silencio se torna más silencio cuando en la puerta aparece uniformado el comisionado mayor Manuel Zambrana Bermúdez, la máxima autoridad de la Policía Nacional nicaragüense en100 kilómetrosa la redonda. Antes de entrar le ha tocado escuchar de todo. También para él esta ha sido una noche larga.

—Dos o tres chavalos gritaban en la calle molestos cuando llegamos –me dirá el comisionado Zambrana dos días después en su despacho–, pero si averigua quiénes son, verá que son delincuentes con un rosario de antecedentes, con el mismo perfil de Pen-Pen.

El comisionado Zambrana viene del hospital, de unas horas aún más tensas, pero quiere presentar en persona sus condolencias. “Sentimos mucho lo que pasó –dice a la madre–, y aquí estamos para ayudar en lo que podamos”. Después, le cuenta la versión oficial: al verse emboscado, Pen-Pen disparó primero y un policía respondió al fuego con los cinco o seis balazos que lo acabaron. Miriam le responde que está convencida de que su hijo presentía su muerte. La conversación es corta. Apenas termina, el comisionado Zambrana se despide con un abrazo tímido y se retira.

En los días siguientes la muerte de Pen-Pen estará en boca de todos en Bluefields.

***

Los 45,000 habitantes de su casco urbano son la mayor concentración humana en los541 kilómetrosde costa caribeña nicaragüense. Bluefields tiene título de ciudad desde 1903, pero basta desembarcar en el muelle municipal para comprobar que sigue siendo un pueblón, sin edificios ostentosos, sin grandes avenidas, con la cordialidad propia de los lugares donde todos se conocen. En Bluefields el camión de la basura es un tractor de la basura, y en los próximos días se colocará el primer semáforo.

La calle que corre paralela a la bahía se convierte, entrada la mañana, en una prolongación del mercado. Las aceras se llenan de puestos que venden peces del tamaño de un brazo, radios, quesos de todas las texturas, accesorios para celulares y una generosa variedad de frutas y verduras que se exhiben en grandes canastos de mimbre. No hay carretera asfaltada alguna que comunique con Managua, pero un ferry sube y baja varias veces por semana el caudaloso río Escondido desde el municipio de El Rama, y la ciudad está bien surtida, paradójicamente atestada de pequeños taxis que se mueven como hormigas alborotadas.

Pero lo más característico de Bluefields es que se trata de una población indiscutiblemente multiétnica, donde conviven en aparente armonía –aparente– todas las tonalidades de piel imaginables entre el blanco nórdico y el negro subsahariano. Mestizos y creoles (negros) son los más numerosos, pero hay también indígenas miskitos y ramas, y negros garifunas. El idioma inglés se escucha en Bluefields casi tanto como el español.

La historia explica mucho de esta heterogeneidad. El mismísimo Cristóbal Colón navegó frente a la bahía de Bluefields en septiembre de 1502, pero pasó de largo, un anticipo de la desidia por toda esta zona que los españoles mostrarían los tres siglos siguientes. Ese vacío de autoridad fue aprovechado por los piratas primero –el nombre de la ciudad se relaciona con un corsario holandés de apellido Blauvelt–, y por los británicos después, que comenzaron a tomar posiciones a mediados del siglo XVIII. Con ellos llegaron los esclavos. La independencia de Nicaragua poco o nada afectó en el hecho de que Bluefields siguiera viviendo de espaldas al resto del país. De hecho, durante buena parte del siglo XIX pasó a ser la capital de un estado prácticamente independiente,la Mosquitia, bajo tutela de británicos y estadounidenses. No fue hasta 1894, siete décadas después, cuando Managua consiguió, por la vía militar, imponer la bandera nicaragüense. Pasaron los duros años del somocismo y la esperanza de la Revolución, pero aún hoy el Caribe sigue siendo una zona mal comunicada, distante en todos los sentidos del Pacífico, con mutuos recelos y resentimientos, intensificados quizá por la agresiva migración promovida por el Gobierno central en la segunda mitad del siglo XX, que terminó por convertir a los mestizos en la comunidad étnica más numerosa en Bluefields.

Para referirse a los mestizos de forma despectiva, en especial a los venidos desde la costa Pacífica, los negros usan la palabra pañas, en relación a España, para remarcar los distintos pasados de unos y otros. Para referirse a los negros de forma despectiva, los mestizos los llaman simplemente negros.

***

Philmore Nash Price, alias Pen-Pen, nació en Bluefields el 17 de septiembre de 1975, en un barrio de negros llamado Puntafría, hijo de Miriam Price y de Cayaton Nash. Nació pobre y pobre era cuando murió a los 35 años de edad.

“Son gente muy pobre. Dicen que la Policía les dijo que iban a ayudar, pero parece que nada, porque hoy vino una prima a decirme que no tenían ni para la caja”, me dijo en el porche de su casita Selma Clarck, de 75 años, una de las líderes del barrio. La prima le pidió otro favor en esa visita: que fuera a la Policía Nacional a pedir la fotografía de archivo de Pen-Pen, porque en casa no tenían ni una imagen suya.

Pen-Pen era un delincuente consuetudinario. Su vida fue un constante entrar y salir de las celdas de la Policía Nacional o de la pequeña cárcel que el Sistema Penitenciario Nacional tiene en Bluefields. El largo expediente de antecedentes policiales tiene como punto de partida el 23 de julio de 1991: “Detenido por presunto autor de lesiones graves”. Tenía 15 años. De ahí, el rosario al que se refiere el comisionado Zambrana. Los delitos que se repiten con más frecuencia son robo con violencia y robo con intimidación, si bien el listado incluye amotinamiento, amenazas, lesiones, extorsión, daños a la propiedad, fuga, atentado contra la autoridad y sus agentes… Si hubiera que buscar en Nicaragua un ejemplo de rotundo fracaso en el objetivo constitucional de reeducar a los privados de libertad para reintegrarlos en la sociedad, ese sería Pen-Pen. La Policía, pues, lo tenía en la mira, y también buena parte de los blufileños en un pueblón donde todos se conocen. La primera vez que lo oí mencionar fue en boca de la mesera del primer comedor en el que me senté apenas llegué a la ciudad. “Esta madrugada –me dijo– mataron a un hombre en Puntafría, por la cancha; era un ladrón, un asesino, un violador… lo tenía todo pues, completo”.

En febrero de este año había sido juzgado en ausencia. Se sabía un objetivo de la Policía y ya no vivía en Puntafría. Unos dicen que tenía una casita en Willing Cay, un cayo ubicado unos 50 kilómetrosal sur. Otros dicen que se había instalado más al sur todavía, en San Juan del Norte. Hay más unanimidad en afirmar que, meses atrás, había encontrado en el mar un fardo con cocaína, algo relativamente habitual en el Caribe nicaragüense, y se había comprado una panga con motor con la que, muy de vez en cuando, regresaba a Bluefields para visitar a su madre, a su esposa, a sus hijos.

La noche de su muerte estaba con unos amigos, muy cerca de la casa de su madre, dicen que jugando cartas. Cargaba una pistola. El comisionado Zambrana aseguró que el forense confirmó que estaba drogado, que en su short le hallaron una pipa para fumar crack. Él andaba loco, me dijo. Locura o no, Pen-Pen le había dicho a más de una persona que estaba harto de huir como un fugitivo y que estaba dispuesto a morir, pero que no se iría solo.

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El Banco Mundial presentó en abril de 2011 Crimen y Violencia en Centroamérica, uno de esos gruesos y costosos informes que se lanzan con bombo y platillo y que, a pesar de que se usan para poco más que llenar un par de páginas de los periódicos al día siguiente, traen datos interesantes. Contiene un mapa de Centroamérica coloreado en función de la tasa de homicidios por cada 100.000 habitantes. Los departamentos menos violentos aparecen en amarillo; se pasa al verde cuando la tasa comienza a elevarse; el verde se oscurece hasta convertirse en azul; y el azul es a su vez más oscuro en los lugares donde más sangre se derrama. La oscuridad azulada –una tasa arriba de 50– predomina en Honduras, en El Salvador y en menor medida en Guatemala. En Costa Rica, Panamá y Nicaragua todo es verde y amarillo.

Dentro de esa relativa tranquilidad que se vive en Nicaragua hay matices.La Región Autónoma del Atlántico Sur (RAAS), cuya capital es Bluefields, está coloreada con un verde muy oscuro. En 2009 la RAAS cerró con una tasa de 30 homicidios por cada 100.000 habitantes, una cifra escandalosamente alta si se tiene en cuenta que el promedio nacional fue de 13. Teorías hay muchas, como la falta de oportunidades, el mismo racismo, o el hecho de que sea un enclave estratégico en la ruta caribeña de la cocaína, pero ninguna es concluyente. Bluefields es un lugar inexplicablemente violento dentro de un país inexplicablemente tranquilo que está dentro de Centroamérica, la región que, también inexplicablemente, es la más violenta del mundo.

Aun así, la de Bluefields sigue siendo una sociedad en la que la máxima autoridad de la Policía Nacional llega a dar el pésame a la casa de la madre de un delincuente cuando un agente lo ha abatido.

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Me lo contó alguien que en 2006 coincidió con Pen-Pen en las celdas de la Policía Nacional: “En el patio de la Preventiva hay un tubo de hierro de dos pulgadas. Es el tubo del martirio. Ahí esposaban a Pen-Pen, las manos y también un pie. Lo tenían amarrado día y noche. Le tiraban la comida como a un cerdo. No podía movilizarse. En la noche le quitaban el grillete del pie, para que pudiera medio acostarse. Nueve meses estuvo así. Él pasó amarrado todo el tiempo que yo estuve adentro. Soy testigo del maltrato que se hacía contra los negros, ofensivo, con ánimo de desaparecer a las personas. El hacinamiento era total. ¿El trato que dieron a Pen-Pen? Totalmente discriminatorio. Él los puteaba. Los vulgareaba. Les decía perros asesinos. Les decía de todo, pero era lo justo. Solo al final se flexibilizó un poco. El día siempre lo pasaba siempre amarrado al tubo. En la noche lo tiraban a dormir en una sala de detención. El tubo todavía ahí está. Todavía lo usan como tortura. El resentimiento de Pen-Pen hacia los policías era normal. Yo también lo tendría. Para mí, la Policía lo asesinó”.

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La capacidad es para 60, me dijo ayer el comisionado Zambrana, 80 máximo, pero en las celdas de la Policía Nacional en Bluefields se amontonan esta semana más de 130 seres humanos. La matemática suena asfixiante y urgente, pero el hacinamiento es un problema menor en el listado interminable de violaciones a los derechos de los privados de libertad.

—¿Cuál es el motivo de la visita, por favor? –se alza sobre el murmullo una voz áspera.

La Preventiva. Así se conoce el sector donde encierran a los más conflictivos. Decir que aquí hace calor es decir poco, y está tan oscuro que a las 11 de la mañana los bombillos los tienen encendidos. Hoy hay unos 70 internos repartidos en seis celdas, me dice Wismar Lewis, el risueño agente que me acompaña. Los otros 60 están en el Bodegón, el otro sector al que iré después.

—Quiero escribir sobre las condiciones en las que están –respondo.
—Está bien, man, dale… Hay muchas cosas que nos gustaría que se supieran afuera.

La celda #3, la primera a mano derecha según se entra por el pasillo, es amplia, alta y caliente como sauna; encierra a diez jóvenes, un televisor, un calendario, ropa, un montón de recipientes plásticos, dos literas de madera y hamacas, varias hamacas suspendidas de la reja que tienen por techo, bajo unas láminas que la lluvia sabe burlar, y en Bluefields llueve con ganas; todos, casi todos, se amontonan en los barrotes de la entrada por la insólita visita, y hablan atropellado: dicen que se mojan cuando llueve, dicen que antes les daban jabón y papel higiénico, dicen que su comida está de tirarla y pegarla en la pared, dicen que en lugares así debería de haber psicólogos y gente comprensiva, y el calor ahoga, y las secuelas del burumbumbún, y uno llamado Carlos Coronado me dice que le gustaría que los jueces de vigilancia vigilaran, y otro grita desde su hamaca suspendida que necesitan una fumigación, por las chinches y los zancudos, y otros dicen que aquí hay reos con condena firme que deberían estar en una cárcel del Sistema Penitenciario Nacional y no en celdas de la Policía, y eso es lo mismo que me dijo el comisionado Zambrana.

—Oye, un favor: ¿tenés dos pesos para comprar hielo?

Hace calor y está oscuro… ¿Cuántos aquí? Se acercan a los barrotes, descamisados como si fuera sauna, y sí, casi todos son jóvenes, casi todos quieren contar su caso, como si nadie nunca les hubiera preguntado, y acá casi todos están por error, dicen, y luego piden que tome una foto a la comida que les dan, la chupeta que llaman, una combinación de mucho arroz y poco frijol que en verdad está de tirarla y pegarla en la pared, hervida nomás, sin sal, sin ajo, porque la Policía no tiene presupuesto para exquisiteces, todos los días de la semana lo mismo, y luego me piden otra foto, y se animan, y posan como si fueran equipo de fútbol, rifando barrio, y se ponen unos a otros las manos cachudas en la cabeza, como niños traviesos.

—Por lo menos están sonriendo, ¿no? –me dice el risueño agente Lewis.
—¡¡¡Periodista!!! –grita alguien–. Pero esto debería de contarlo en Managua, para que vean cómo la pasamos aquí.

El que peor lo tiene es el del patio de la entrada, metido bajo el sol caribeño dentro de una caja metálica granate que usan como celda de castigo, parecida a un ascensor, solo que larga y estrecha, muy estrecha, y de la que ahora apenas salen los dedos de dos manos y una mirada de rencor; pero hasta él podría estar peor, porque enfrente de la caja metálica hay un tubo de hierro de dos pulgadas al que los privados llaman el Poste y que aún se usa para amarrar –las manos esposadas en la espalda, el tubo en medio– a los peor portados. Aquí es, pienso, donde Pen-Pen pasó amarrado como un perro, torturado.

—Mirá, español –dice la voz que hay dentro de la caja metálica, quién sabe si bromeando–, ahorita no te vamos a hacer nada, pero algún día…
—Yo te voy a robar –interrumpe otro.
—No, yo no –retoma la palabra–; yo no soy ladrón. Yo lo único que soy… yo soy asesino ya.

Las celdas más pequeñas son la #6-01, la #6-02 y la #6-03, porque las tres eran una sola, solo que la pedacearon para que acoger por separado a mujeres y a menores de 18 años, y pienso en lo irónico que resulta que, entre tanta vulneración de derechos, se haya invertido en este logro mínimo, y hay otro al que llaman Perro me pide un euro, que me lo va a guardar, dice, y otro despotrica contra la Policía, que son más ladrones que ellos, que algunos son calmados, como el risueño agente Lewis, pero otros los golpean, los maltratan, y eso lo oigo también en este otro sector, en el Bodegón, donde están los más disciplinados en otras tres celdas amplias y un poco menos oscuras y menos calientes con 23, 21 y 15 personas hoy, entre las que hay un viejito de 81 años llamado Juan Cruz Pérez, que también quiere contar lo suyo, pero ahora con quien me interesa hablar es con el hermano de Pen-Pen, negro también, creole, como la mayoría en estas celdas, que lleva encerrado aquí tres meses y medio, y de quien el comisionado Zambrana me dijo que tiene el mismo historial que su hermano.

—Mataron a Pen-Pen, y ni la jueza ni la Policía me dieron permiso para llevarme al velorio o al funeral –se queja.
—¿Y aquí qué se maneja que pasó?
—No me ha venido a contar nadie nada, pero lo que yo oí por la radio fue que la Policía lo remató en el suelo.
—Un crimen, eso es un crimen –dice otra voz, colérica.
—¿Y tú veías seguido a tu hermano?
—No, él vivía en Willing Cay. Él vino hace poco. Perola Policía no debía de matarlo como animal, porque él no mató a nadie.

Todavía no, quizá, pero Pen-Pen sí matará.

***

En Bluefields hay una ONG llamada Creole Communal Government, que podría traducirse como el Gobierno Comunitario de los Negros. Tienen una modesta oficina en el barrio Fátima, en el segundo piso de un edificio situado cerca de la Lotería Nacional.Dolene Miller y Nora Newball, sus dirigentes más destacadas, me reciben una calurosa mañana para hablar sobre Pen-Pen. La conversación arranca con una interpretación de la historia en la que la incorporación definitiva de la Mosquitia a Nicaragua la ven como una anexión, el aprendizaje del español lo ven como una imposición, y la migración masiva desde el Pacífico la ven como la madre de todos los problemas. Están convencidas de que la sociedad nicaragüense es racista y, no importa de qué hablemos, en su discurso es evidente la diferencia entre el nosotros y el ellos: nosotros, los negros; y ellos, los mestizos, los pañas.

—Nosotros tenemos un resentimiento histórico con el Pacífico –admite Dolene, una sonriente psicóloga, la que más habla–, pero ellos lo agravan más con el maltrato, y lo digo con conocimiento de causa.
—Por ejemplo –dice Nora, una elegante y enjoyada señora, diputada suplente en el Parlamento Centroamericano–, en nuestros barrios negros no hay pulperías; en los barrios mestizos, sí. Eso es por los programas del Gobierno, porque a ellos les dan ayuda, créditos, cada vez les financian más y más, pero solo a ellos mestizos; para nosotros, los negros, los trámites son más engorrosos. Y ojo, que nosotros no estamos justificando ningún asesinato ni ningún robo, pero hay que ser realistas.

A Pen-Pen lo conocen de oídas, por la fama que le precedía, pero sobre todo por lo que sobre él se ha dicho y escrito desde su muerte. Cuando lo defino como un delincuente, me corrigen de inmediato: era una persona con un problema en la sociedad.

—Para nosotros –dice Dolene–, la Policía lo quería muerto. ¿Por qué? Eso no lo sabemos. Pero parece como si la Policía estuviera haciendo una limpieza social camuflada.

—En dos años –interrumpe Nora, airada– han matado como a cuatro muchachos que para ellos eran como un estorbo en la sociedad, ¿me entendés? Mire, la Policía va a terminar matando a todos nuestros jóvenes…

Casi al final, me admitirán que ni se acercaron a la casa de Pen-Pen para preguntar qué es lo que realmente ocurrió.

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Burumbumbún en la Preventiva. Es mediodía del martes y, después de más de 24 estériles horas en huelga de hambre, los privados de libertad deciden subir el tono de su protesta. Lo primero siempre es romper los candados. Cualquier objeto contundente sirve; de preferencia, la madera recia de las pocas camas que quedan en las celdas.

—¿Y qué hacen los policías? –preguntaré a Chandy mañana.
—La Policíasolo queda ahí, viendo a uno… ¿qué van hacer? Na. Subir pa’rriba a decir al jefe –me responderá en su limitado castellano.

Chandy Vargas –joven, tatuado, musculoso, negro– estará en libertad mañana, después de 3 meses y 17 días en la Preventiva, pero eso será mañana; ahora es uno a los que más parece entusiasmar este motín originado por la retardación de justicia. No tardan en destrozar los candados para salir todos al patio donde está el Poste; ahí gritan, chillan, golpean las paredes con objetos contundentes, queman lo que encuentran… Es lo que Chandy llama el burumbumbún. La idea es llamar la atención, conscientes de que la delegación policial está a apenas dos cuadras del mercado municipal. Los policías están tan acostumbrados que poco se alteran ya. Se repliegan y los dejan hacer, siempre y cuando no intenten pasar del patio. Hay un pacto tácito de no agresión. Después llegará alguna autoridad policial o algún defensor de derechos humanos o periodistas o Miss Popo o, si la cosa se pone realmente fea, alguien en nombre del Poder Judicial.

—Casi siempre protestan por lo mismo: la retardación de justicia –me dirá el comisionado Zambrana.
—¿Casi siempre? ¿Cada cuánto se amotinan?
—Es una constante. En cuatro meses hemos tenido cuatro de relevancia, pero conatos hay a cada momento. Aquí, en Bluefields, las celdas preventivas de la Policía se han convertido en un sistema penitenciario. El centro penal tiene a 90 presos, y nosotros, a 130, de los que casi la mitad tienen condena firme. Aquí solo deberíamos tener a diez o doce.

Las leyes nicaragüenses son explícitas. Cuandola Policía detiene a alguien, debe pasar ante un juez de audiencia en menos de 48 horas; si el juez decide prisión preventiva, el encierro se hará en un centro penal del Sistema Penitenciario Nacional (SPN). En Bluefields hay una pequeña cárcel que está a la par de las celdas policiales, pero el SPN ignora desde hace años las leyes y recibe internos a cuentagotas bajo el argumento de que la cárcel está llena. La consecuencia es que, en unas de las ciudades más violentas de Nicaragua, decenas de delincuentes cumplen su condena o su prisión preventiva hacinados en las celdas policiales, sin beneficios carcelarios ni controles ni talleres ni personal cualificado; fuera, en definitiva, del SPN, la institución que tiene como objetivo “la reeducación del interno para su reintegración a la sociedad”. Y todos esos privados de libertad dejan de serlo algún día.

Consciente de que el problema lo generan otras instituciones, al comisionado Zambrana le toca lidiar con los burumbumbún, y lo hace lo mejor que le dejan. La máxima autoridad de la Policía Nacional en100 kilómetrosa la redonda es una persona accesible y franca, que le gusta mirar a los ojos de su interlocutor; sin su uniforme, parecería más un profesor de secundaria que un comisionado mayor. En menos de un mes, y sin haber pasado siquiera un año en Bluefields, lo regresarán a Managua, dicen que por atreverse a encerrar a Frank Zeledón, uno de los mestizos intocables de la ciudad. Al conocerse la noticia, miles de blufileños se tomarán las calles para protestar por el traslado.

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Se llama Dalila Marquínez, aunque todos en la ciudad la conocen como Miss Popo ola Popo. El sobrepeso la hace ver mayor, pero tiene 46 años, y es una de las líderes más respetadas de la comunidad negra de Bluefields. Su mañanero programa en Radio Rhythm, una emisora local, es un referente indiscutible. Las autoridades, incluida la Policía Nacional, la consideran una mediadora capaz de aplacar conflictos sociales; los reos también piden su presencia cada vez que en las celdas hay un motín.

Miss Popo vive en un barrio de negros llamado Beholden, uno de los más problemáticos y míseros, sin aceras, lleno de láminas oxidadas y con regueros de aguas blanquecinas y fétidas que corren libres por los pasajes. La casa de Miss Popo, sin embargo, es de reciente construcción, grande, y tiene un espacioso porche caribeño. Ahí nos sentamos para hablar sobre Pen-Pen. Ella acompañaba al comisionado Zambrana la mañana en la que llegó a dar el pésame a Miriam, la madre. Todos eran negros. Casi todos eran jóvenes. A Miss Popo le tocó mediar para calmar los ánimos. Esta no es ni la hora ni el momento para actuar así, les dijo, el hombre quiere entrar para hablar con la mamá.

—En la Policía –me dice ahora Miss Popo con su particular voz, tan poderosa que parece un regaño– hay un expediente de todo lo que hizo y lo que no hizo Pen-Pen. Pero yo te voy a decir algo: ahora todo mundo va a echarle flores porque lo mató la Policía, pero yo estoy segura de que casi toda la gente de Puntafría está en paz porque han matado a Pen-Pen. No lo van a decir así, porque son unos pares de hipócritas, pero segurito de que están feliz por lo que ha pasado.

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Al filo de las 2 de la madrugada del martes 10 de mayo de 2011 un agente de la Policía Nacional nicaragüense acribilló a Pen-Pen. El cuerpo quedó no muy lejos de la humilde casa de madera donde se crió, cerca de una hilera de láminas oxidadas, sobre una angosta acera en la calle del 4 brothers, el bar que da nombre a todo ese sector del barrio Puntafría.

Su muerte es verdad inamovible. Pero cómo se llegó a esa situación depende de los prejuicios y de los intereses de quien cuente lo que pasó. Hay unanimidad en que una llamada telefónica de alguien de Puntafría alertó ala Policía Nacional de que Pen-Pen estaba en el barrio. Un pick up con cuatro agentes del turno nocturno se desplazó a la zona, formaron dos parejas, y acordaron una maniobra envolvente para evitar la huida. Parece ser que Pen-Pen jugaba naipes con un primo y otros conocidos. Al ver a dos policías en un extremo de la calle, se paró y huyó en dirección contraria, rumbo al pasaje más cercano. Al embocar, se topó de bruces con la otra pareja de agentes.

La versión policial asegura que Pen-Pen huía pistola en mano y disparó a un agente en la cabeza a muy corta distancia; la instintiva respuesta del compañero fue vaciarle el cargador. La versión de familiares, amigos y del Creole Communal Government asevera que Pen-Pen en efecto disparó primero, pero que un agente respondió con un certero balazo en la pierna de Pen-Pen, lo que provocó que cayera al suelo y perdiera su pistola; al comprobar que su compañero uniformado estaba malherido, el agente se acercó y remató al negro desarmado que se retorcía de dolor.

Sea como fuere, Pen-Pen murió de inmediato; entró directo en la morgue cuando lo llevaron al hospital de Bluefields. El suboficial de la Policía Nacional Evert Fernández ingresó en Emergencias con un balazo en la frente, sin orificio de salida. Lo lograron estabilizar y se gestionó de urgencia una avioneta para, al amanecer, trasladarlo al Hospital Lenin Fonseca de Managua.

En los días siguientes la muerte de Pen-Pen estuvo en boca de todos en Bluefields. Es lo que sucede en sociedades en las que un homicidio aún es un elemento disonante.

Diez días después, el suboficial Fernández murió en Managua.

—¡Ay, Dios mío, ahora sí se complicó esto! –lamenta el capitán de fragata Wilfredo Castañeda–. ¡Ay, Dios mío, ahora sí va a estar difícil esto!

A punto estaba el capitán de iniciar su explicación sobre la carta náutica que tiene pegada en la pared de su oficina, al principio del muelle de Puerto Cabezas, o Bilwi, como los indígenas nicaragüenses que habitan este olvidado Caribe llaman a su capital. Se fue la luz. Un apagón, de lo más común en la zona. A veces duran hasta un día entero.

Por supuesto, la Capitanía de Puerto encargada de vigilar estos 500 kilómetros de costa enclavados en la principal ruta marítima de las más de 500 toneladas anuales de cocaína que escalan Centroamérica hacia el norte, no tiene un generador eléctrico. Hoy, por cierto, ni siquiera pilas para la lámpara de mano.

—Bueno, si usted quiere, podemos seguir hablando en lo oscuro –me ofrece el capitán, un hombre alto y ancho.

Hablar en la precariedad de lo oscuro es el ambiente más acorde para esta charla. El capitán, ya que no puede mostrar nada en la carta náutica, enumera lo que no tiene, lo que le falta. Personal, repuestos de alta rotación, combustible, lubricante, motores fuera de borda de 200 caballos de fuerza, lanchas -o pangas, como llaman aquí a esas palanganas de entre 10 y 15 metros de eslora-. Todo eso le falta, dice, para poder atrapar a los rápidos colombianos que se deslizan todas las semanas en sus potentes pangas con cuatro motores fuera de borda de 200 caballos cada uno, con más de 500 kilogramos de cocaína invariablemente. Eso y también aseguramiento técnico de especialistas. Suena muy técnico, pero no lo es, nada es muy técnico aquí en Bilwi.

—¿Qué es eso del aseguramiento, capitán? –pregunto.
—Ajá, es que como nosotros mandamos lanchas de intercepción, la permanencia en el mar se hace de tres a seis días de forma continua. ¡Parecemos náufragos! Por el día, la inclemencia del sol; y por la noche, el sereno de la madrugada. Estamos a la intemperie.
—Sigo sin entender qué es eso del aseguramiento, capitán.
—Ahí te va. Raciones frías. En una lancha rápida no vas a estar cocinando, requerís de latas. Un plato de comida lo podés valorar en unos 40 córdobas (poco menos de 2 dólares), término medio de una comidita casera. Mientras que una sola sardina, una sola lata de choricitos o atún, te vale 25 córdobas, y un jugo te vale 15, y aunque sea unas galletitas saladas. Total que de 40 te pasa a 60, 70 córdobas, depende de qué le estés dando al hombre. Por eso te digo, que el aseguramiento técnico para el hombre es complicado.

Aquí el mar lo da todo. Esta es gente de mar. Escurren agua salada buena parte del día. Del mar salen las langostas que durante ocho meses pescan, cuando no hay veda. Por el mar se transportan, porque los pueblitos y aldeas costeras que rodean Bilwi y componen la Región Autónoma del Atlántico Norte (RAAN) no tienen acceso por tierra. Puro mar, pura panga. Por el mar se mueven los barcos caracoleros que llevan a los indígenas varias semanas a los cayos a traer aquellos enormes caracoles. Por el mar patrulla la gente del capitán. Por mar entran los colombianos con su cocaína y sus fajos de dinero.

—Actualmente, la gente más bien ve como una bendición que una lancha de narcos llegue y desembarque o quede varada frente a la comunidad. Es un gran beneficio para ellos. Nuestras comunidades se han convertido en base social del narco –dice el capitán, en lo oscuro.

Afuera, el sol se va y alrededor del sucio muelle todavía hay alboroto. Si alguien tiene en mente una estampa hermosa de un Caribe blanco y pulcro, puede deshacerse de ella aquí mismo. Las últimas pangas que llegaron de los pueblitos, de Walpasiksa, de Sandy Bay, de Haulover, de Wawa, son descargadas por algunos mendigos de Bilwi. Al pie de la Capitanía de Puerto, encalladas en la arena, tres pangas de 15 metros de eslora son devoradas lentamente por el salitre. Se las decomisaron a unos colombianos y hondureños que lograron descargar la cocaína en uno de esos pueblitos antes de abandonar sus naves. Los militares no las usan porque no tienen suficientes motores como para impulsarlas, ni la gasolina necesaria tampoco, ni suficientes latas de atún ni galletas.

Las lecciones de Walpasiksa

Aquí no hay guerra, ni lucha frontal, ni batalla, ni ninguna de esas otras palabras que algunos gobiernos como el de México ocupan para describir lo que hacen respecto a los traficantes de drogas. Aquí no hay suficientes pangas, ni motores, ni balas para hacer nada de eso, y más bien lo que hay es un intento modesto de contener un flujo salvaje. Más bien lo que hay es un pacto tácito: pasa sin molestar, navega con discreción.

Sin embargo, eso no quiere decir que no ha habido balas y muertos. En estas rutas siempre los hay. Eso no quiere decir que este Caribe no haya perdido su inocencia.

Si hay un parteaguas, en este litoral tiene nombre. Lo dice el capitán y lo repiten todas las fuentes con las que he hablado, desde investigadores académicos hasta detectives policiacos. El parteaguas se llama Walpasiksa.

La brisa marina es agradable en este restaurante de mariscos y cerveza bien fría. Espanta por rachas el calor resplandeciente del verano de la RAAN. Abajo, arena color café con leche y un mar inmenso, azul intenso, rayado solo por las pangas que van y vienen del muelle.

Enfrente tengo a Matías, un agente de inteligencia policial de la lucha contra el tráfico de drogas en toda la RAAN. Lo conoceremos así, por su seudónimo. Moreno, pequeño, risueño, dicharachero. Entre los policías de la zona se dice que si se sale con Matías a alguna misión lo más probable es que haya jaleo.

Matías lleva en la piel los recuerdos de aquel día en Walpasiksa.

—Por aquí –se señala el muslo derecho, Matías–, por aquí la tengo.

Se refiere a la herida por la bala que le entró y salió de la pierna durante aquella lluvia de disparos que les arreció cuando ni siquiera se habían bajado de las pangas en la playa de Walpasiksa.

El 7 de diciembre de 2009, una avioneta cargada con al menos 3 mil kilogramos (3 toneladas) de cocaína se estrelló mientras intentaba hacer un aterrizaje de emergencia en esa comunidad al sur de Bilwi, casi frontera con la Región Autónoma del Atlántico Sur (RAAS), que termina en la frontera con Costa Rica.

No es un secreto que toda la región está atestada de pistas clandestinas. Esta es la zona más pobre de Nicaragua. El departamento de la RAAN que menos pobreza extrema tiene es Bilwi, donde casi el 64% de los habitantes están bajo esa línea, según información del Instituto de Estudios Estratégicos y Políticas Públicas (IEEPP). Hacia el mar hay relativa vigilancia del Estado; hacia el interior, por tierra, hay una franja de selva salpicada por asentamientos a los que se accede por tortuosos caminitos de tierra o remontando ríos en panga. Territorio perfecto para construir pistas de aterrizaje. De hecho, en una ocasión, hace poco más de dos años, un helicóptero repleto de cocaína se estrelló casi en la frontera con Honduras. Cuando los militares llegaron encontraron no solo el vehículo, sino también tractores y camiones de volteo que construían un complejo de pistas de aterrizaje. ¿Cómo llegaron los camiones hasta ahí? Solo por aire los pudieron haber trasladado, me dijo el capitán Castañeda. Los vecinos de aquella zona no quisieron devolver ni los camiones, ni los tractores, ni mucho menos la cocaína. Así es esto, aquí se negocia con los indígenas miskitos, mayagnas, ramas o garífunas que habitan la RAAN. Si estos dicen que no, pues no.

En fin, de vuelta en Walpasiksa, aquel 7 de diciembre los pobladores de esa comunidad precaria que no supera las 100 chozas lograron rescatar a los pilotos colombianos y salvar el cargamento de droga. Al día siguiente, se apostaron en la playa porque sabían que dos pangas con ocho policías y 12 militares llegarían por la tarde. Los espías del muelle de Bilwi les informaron desde la mañana que habría movimiento.

Porque, como dijo el capitán Castañeda, mire no más dónde está ubicada la Capitanía de Puerto, justo frente al muelle, donde pescadores, comerciantes, mendigos, pangueros, se mueven a diario. De ahí salen las pangas militares a operativos y a patrullar. Desde ahí observan los espías, atentos a cualquier movimiento para llamar a los teléfonos satelitales que, gracias al patrocinio de los colombianos, tienen las comunidades estratégicas para el tránsito de la cocaína. Comunidades como Walpasiksa.

Cuando a las 3:30 de la tarde las dos pangas policiales se acercaron a la playa de Walpasiksa, unos 40 hombres de la comunidad hacían señales.

—¡Váyanse, váyanse, aquí no hay nada que ver! Eso nos gritaban –explica Matías, y echa un enorme sorbo a la fría Toña antes de azotarla contra la mesa, pedir otra y seguir con el relato.

Un minuto duró el diálogo. Los policías negociaban que los dejaran entrar aunque fuera a reconocer la escena. De repente, una bala cayó cerca de una de las pangas. Hubo silencio, como cuando las primeras gotas de lluvia crujen en la tierra y todos callan para saber si anunciar: llueve. Llovió. El silencio terminó cuando todas las armas de los guardianes de Walpasiksa empezaron a tronar. AK-47, escopetas 22 y fusiles FAL escupieron balas sin cesar mientras los policías y militares, ante la insólita reacción, se refugiaban en sus propias barcas durante los 30 minutos en los que Matías apenas logró asomar el cañón de su Taurus para responder con algún plomo.

Cuando las dos pangas intentaron huir, ya llevaban un muerto, el teniente de corbeta Joel Eliécer Baltodano, y un herido agonizando que moriría horas más tarde, el sargento tercero Roberto Somarriba.

No satisfechos con repelerlos, los pobladores de Walpasiksa subieron a cuatro pangas y persiguieron a los atemorizados policías y militares.

—Creyeron que nos iríamos costeados –explica Matías–, pero nos tiramos para aguas profundas para entrar en el radar de los gringos, porque con los motores que tienen, si tratábamos de huir por la costa nos terminaban ahí no más.

Los policías y militares se fueron mar adentro y lograron asustar a los pobladores enfurecidos con su estrategia que consistía en acercarse a aguas internacionales, como dando el mensaje de que los estadounidenses vendrían del navío Dauntless que por acuerdo internacional tienen en esa zona, a proteger a los agentes. La estrategia funcionó y, con sus motores de 175 caballos, solo fueron perseguidos durante unos segundos por los 800 caballos de las pangas que los colombianos dejaron a los nicaragüenses de Walpasiksa. Por un pelo, como dice Matías.

En Managua hablé con el investigador Roberto Orozco, del IEEPP, y coautor del estudio “Una aproximación a la problemática de la criminalidad organizada en las comunidades del Caribe y de fronteras”. Le pregunté de dónde salieron las armas con las que mataron a los dos militares, y Orozco me respondió que no salieron de ningún lado, que ya estaban ahí.

El Caribe nica, pobre, extenso y poco accesible, ofrece una característica más que hace que sea suculento para los narcotraficantes. Está armado. Si bien en el Pacífico y el centro del país hubo procesos de desarme, en toda la Región Autónoma del Caribe, sur y norte, no hubo nada de eso. Durante la guerra civil nicaragüense y aún años después, desde aquí operaron dos grandes grupos de la Contra que se oponían a la revolución, unificados en el Frente Indígena. Los FAL y AK-47, armas que escupieron la muerte en las guerras centroamericanas, con los que dispararon los habitantes de Walpasiksa no vinieron en lancha desde Colombia. Estaban aquí desde la década de los ochenta.

Durante al menos dos años antes de la balacera, Walpasiksa fue territorio de colombianos vinculados al Cártel de Cali. Según la Fiscalía nicaragüense, los indígenas actuaban bajo las órdenes de Amauri Paudd, un colombiano de 45 años radicado como empresario en Managua, conocido como AC, y buscado por la Interpol por no presentarse al juicio al igual que otros 18 miskitos acusados por la balacera de Walpasiksa. Se le acusa también de ser uno de los principales responsables de haber organizado a las comunidades del Caribe nica como base de apoyo para el traslado de la cocaína.

—No fue tan así –discrepa Matías, para quien Paudd es un viejo conocido–. El caso es que a AC lo querían mucho. Dicen que cada vez que llegaba repartía 2 mil dólares a cada casa, fue quien puso energía eléctrica con generadores en esa zona. Por eso nos vieron como los que llegábamos a quitarles el pan de cada día. Pero no fue AC quien dijo que dispararan. Él dijo que no dispararan, que cuidaran bien el cargamento, porque también había como un millón de dólares en el helicóptero, pero quienes decidieron disparar fueron algunos pobladores. ¡Porque andaban bolos! No le hicieron caso, a él no le interesaba enfrentarse, así son las reglas aquí. Fueron unos bolos los que jodieron todo ahí.

Tiene lógica. Matías, sus jefes, el investigador del IEEEP y el capitán Castañeda confirman que aquí el que dispara pierde. Los policías no llegan a requisar: negocian, piden permiso, insisten en que les entreguen algo cuando saben de un alijo de cocaína. Los narcotraficantes no abren fuego contra los militares y policías, esa es la regla de este Caribe del tráfico normalizado. Prefieren dejar caer la mercancía al mar y avisar a los pobladores del lugar más cercano que vayan a traer las pacas de coca, que ellos luego la pasarán a buscar y pagarán buen dinero al acopiador que la haya reunido. Nada de vendettas como las que Los Zetas desataron en Guatemala, por ejemplo.

Aquí en los alrededores de Bilwi incluso los narcos no sueltan bala cuando se supone que deben hacerlo.

Sin embargo, en diferentes escalas, el narcotráfico genera violencia y corrupción, ese eslogan ya está asumido.

—Y viveza –agrega Matías, para entrar en materia y explicar otro fenómeno de este Caribe y su cocaína.

Resulta que, a veces, algunos indígenas, generalmente aquellos que en algún momento pertenecieron a las redes de los colombianos, se suben en sus lanchas, encienden sus cuatro motores de 200 caballos y salen a toda marcha, pero no cargados de cocaína, sino detrás de ella.

Los tumbadores y la violencia que prospera

Son los celebérrimos –al menos en la jerga de esta RAAN en la que muy pocos se interesan– tumbadores del mar.

—Los tumbadores, narcos que asaltan narcos –define Matías.

Desde inicios de este siglo hay registro de redes sociales de las comunidades de la RAAN como Walpasiksa que han servido de apoyo logístico a los colombianos que utilizan este Caribe, a diferencia de los mexicanos que se deslizan por el Pacífico.

Según el investigador Orozco, esto se debe a características físicas y culturales.

—Un colombiano de la isla de San Andrés, moreno, es más fácil que pase inadvertido en Bluefields y Puerto Cabezas; el mexicano se detecta inmediatamente. El colombiano hasta habla igual –me explicó en Managua.

Orozco dice que uno de los problemas que derivó en los grupos indígenas de apoyo al traslado de la cocaína fue el manejo que las policías dieron a sus denuncias.

—Al inicio, los pastores moravos, cuando había operativos en aguas internacionales y las corrientes traían la droga a la playa, el miskito no sabía qué era eso. Solo sabía que era malo, solo iba y entregaba a la Policía. Pero, como a veces era capturada la persona, comenzaron a ocultar la droga. Pasaba después el colombiano acopiando, se dieron cuenta de que había un negocio, no la consumían, la volvían a meter al circuito. Comenzaron a surgir personas que comenzaron a acopiar la droga que tiraban en aguas internacionales los narcotraficantes perseguidos. Comenzaron también a vender localmente y a traficar hacia Managua. Así nacen entonces el tráfico interno de cocaína y las redes de acopiadores.

Y una cosa lleva a la otra. En una red, sobre todo en este tipo de redes, hay conflictos. Unos se pelean con otros. Unos pecan de ambiciosos y otros responden con envidia y venganza. Con una gran parte de las comunidades con miembros armados y que han sido servidores de los colombianos, los resentidos encontraron cómo encauzar su enojo. De ahí los tumbadores.

Son nicaragüenses miskitos que saben infiltrar a las redes de apoyo de los narcos, enterarse de cuándo viene una panga cargada de cocaína y salir en sus pangas a interceptarla.

Normalmente, una panga que viene de Colombia trae cuatro tripulantes. Un capitán, que es el jefe a bordo; un panguero, que es un experto conductor de estas aguas y sabe cómo sortear el oleaje sin volcar; y dos tripulantes, encargados de rellenar el tanque de gasolina y de disparar si hay que disparar. Los tumbadores, al no llevar ni cocaína ni barriles con gasolina, pueden ser igual de rápidos que los traficantes aunque lleven más tripulación. Seis y hasta ocho hombres armados se van al encuentro de las pangas colombianas. Narcos que asaltan narcos.

—Eso ha de traer consecuencias brutales. Supongo que luego los narcos colombianos regresarán a cobrar con sangre lo que les quitaron –le digo a Matías, aplicando a este Caribe sin turistas la lógica que asumo luego de investigar durante años la forma de operar de los mexicanos en México.
—Ja, ja, ja. No, hombre, no son pendejos. Prefieren tener tranquila la comunidad. Ellos llegan a la comunidad en cuestión de horas, a veces los mismos que fueron asaltados. Los tumbadores en un ratito llegan a la comunidad y venden a uno de los acopiadores, que es conocido de todos, y luego los colombianos llegan donde él: Hey, mirá, nos robaron tantos kilos, y como es nuestra, te vamos a dar solo tantos miles de dólares por ella. Llegan a un acuerdo. No pasa ni un día desde que los tumbadores roban hasta que los colombianos la llegan a comprar.

El comisionado policial Benjamín Lewis, miskito y jefe de Matías, me explicó hace dos días, en una entrevista larga realizada al amparo de una destartalada máquina de aire acondicionado, que incluso los cárteles colombianos se comunican entre ellos cuando hay un tumbe. Esos paquetes de droga marcados de tal manera y robados cerca de tal aldea son nuestros. Los demás cárteles, víctimas también de los tumbadores, cumplen el pacto y no aceptan comprar, sino que la dejan para que su dueño original llegue a negociar el precio de lo que le robaron.

Según el capitán de fragata Castañeda, en cambio, no todo es negociaciones. Durante nuestra charla allá en su oficina del muelle dijo que los tumbadores ya habían cambiado el signo pacífico de este litoral. Sus palabras fueron de una resignación extraña en un militar.

—Hace unos seis años atrás, cuando nos identificaban, tiraban las armas, y la captura se hacía pasiva, menos cuando era de noche y no había visibilidad, pero al grito de ¡Fuerza Naval de Nicaragua! todo cambiaba. Ahora, todo ha cambiado en un 100%. Es un combate. El año pasado, septiembre, un sargento perdió la pierna producto de un intercambio de disparos con narcos. El narco ya no nos respeta como autoridad. Cuando se ven perseguidos, se van orillando a la costa, y al verse cercanos a una comunidad, varan la lancha y te siguen tirando bala en lo que descargan y se esconden. Las comunidades ya saben qué hacer.

Es quizá porque los militares no terminan de adaptarse a las reglas de este Caribe. Los policías sí tienen bien asumidas las reglas del juego. Lewis utilizó un ejemplo genérico para explicarlo.

—Cuando llegamos nos abocamos al síndico, a los pastores de la Iglesia Morava o al consejo de ancianos: Miren, venimos a ver este cargamento que sabemos que está aquí. Y de ellos depende. No lo esconden: sí, vinieron,  le dieron a fulano y mengano, se fueron y ya lo vendimos. Hay muy buena comunicación, pero como le digo, puede más el dinero.

Todo se trata de dinero, de necesidades. Ser pobre en un barranco, a la par de otro pobre, es asumible. Terrible, pero asumible. Ser pobre a la par de otro pobre que dejó de serlo y ahora vive en una enorme casa a la par de tu casucha debe de ser más complicado, sobre todo si uno mismo puede, de la noche a la mañana, entrar en el negocio que hizo prosperar a tu vecino.

Eso sí, a más red, a más gente metida en esto, a más dinero, más violencia. No necesariamente como la mexicana, guatemalteca u hondureña, donde los cárteles hacen performance de la muerte desmembrando gente, masacrando enormes grupos y dejándolos ahí, a la vista, y hasta con mensajes escritos. Pero sí más violencia, alguna que otra balacera y delitos de bagatela, de esos que hacen la vida más incómoda.

La tarde se nos va del todo, y desde el balcón del restaurante ya no se ve el Caribe, pero se escucha suave, meneándose y reventando en la orilla en discretas olas. Luego de haber escuchado a Matías, el agente de inteligencia policial, de saber que su mayor éxito según él es cuando decomisó dos pangas con barriles de gasolina, pero ya sin la droga ni los traficantes, le pregunto por qué demonios le interesa seguir en esta lucha, y contra qué exactamente lucha. ¿Contra unas pangas abandonadas? ¿Contra unas siluetas que disparan desde la playa de Walpasiksa? ¿Contra unos pastores, unos ancianos, unos miskitos que salieron de la miseria gracias a unos colombianos?

—Te diré por qué –me responde serio–. Si antes te emborrachabas aquí en Bilwi y te quedabas dormido en el parque central, amanecías con zapatos. Hoy no, amanecés sin zapatos y sin pantalón, porque los muchachos que fuman el crack hacen lo que sea para tener dinero y comprar. Esta gente es pacífica. Abandonados como están, siempre han sabido vivir comiendo de lo que cultivan y curándose con sus raíces. El paso de la droga crea necesidades. Le enseña al que no tiene nada pero es feliz, que otro tiene algo mejor, que eso otro es felicidad, y eso jode, jode a un pueblo. Contra eso lucho.

El dilema de Sadú

Hoy nos hemos dado cita con Matías en el mismo restaurante con mirador. Ayer le comenté que necesitaba encontrar fuentes directas, algún “ha-sido-de-todo” como le dicen por aquí a los multiuso. Matías prometió presentarme a un panguero que conoce muy bien las ofertas de los narcos y que una vez –solo una vez, dijo– les llevó una panga.

Puntuales, se bajan de un carro tan destartalado que a nadie le extrañaría verlo en una chatarrería debajo de otro carro. Sadú es un hombre negro y alto de 45 años, con los antebrazos fibrosos y marcados, como todos los hombres que trabajan las pangas y se la pasan jalando cuerdas, apretando tuercas y manipulando motores. Se sienta con la humildad de un campesino. Callado, sin mirar nunca durante mucho tiempo a mis ojos y agarrando sus manos entre sus piernas, encorvado hacia adelante.

—¿Y qué cuenta, Sadú? –pregunto, invitando a sonreír.
—Ayer, frente a laguna de Bismuna hubo persecución, pero no lograron, porque narco llevaba 800 caballo –reza el miskito con su imperfecto español, asumiendo que lo quiero para que me cuente persecuciones, fechas, nombres, lugares. Pero no es para eso que quiero escucharlo.

Ha sido imposible sacar a Sadú de esa lógica. Ha hablado, ha contado la lógica de las pangas: no siempre menos peso es más rápido, porque sin el peso suficiente mucha velocidad vuelca la panga en una persecución. Ha explicado cómo en Sandy Bay, tras lo de Walpasiksa, sitio estratégico para los colombianos, una panga se interna por la laguna, se esconde entre matorrales y por caminitos de tierra es descargada en menos de una hora por los locales. Ahora sé que esto es de ida y vuelta, que los pangueros suben la cocaína a Honduras y al bajar pasan por Jamaica para recoger marihuana y llevarla a Costa Rica. Sé que los estadounidenses están en el meridiano 82 y que las pangas se deslizan entre dos y siete millas mar adentro, que las persecuciones no son como las de los carros, a unos centímetros uno del otro, sino que es algo de millas, que a veces ni ves la lancha que seguís, pero que sabés que ahí va, porque alguien –normalmente los estadounidenses– te van dando las coordenadas. Sé que los narcos llevan GPS, mapas y brújula y que bien cargados alcanzan las 50 millas por hora. Todo eso sé, pero aún no sé nada de Sadú.

Al final de la tarde, le pido que nos lleve en su decadente carro. Él, de momento, vive de esa chatarra, es su taxi. En Bilwi, casi todos se mueven en taxi, pero una corrida normal se paga a 75 centavos de dólar. Aquí, en tierra, todo se paga mal.

En el camino logro arrancarle un pedacito de él. Dice que era pescador de langostas, que había logrado comprar un tanque de aire y una cámara fría para guardar la langosta. Dice que ahora mismo le va mal, que el huracán Félix, ese que se ensañó contra estos indígenas en septiembre de 2007, lo dejó cinco días de náufrago en altamar, agarrado a unos bidones de gasolina, viendo morir a sus dos compañeros de pesca. Cuenta que ahí perdió el motor y que la panga apareció tiempo después en una playa. Dice que desde entonces no levanta cabeza.

Amanece. Ayer, luego de que nos dejara, acordé con Sadú que hoy nos volveríamos a ver. Le pedí que esta vez me enseñara su panga y su casa.

Su casa, como la de la mayoría de pescadores, está en el barrio El Muelle. Su casa es la de un pobre, de tablones viejos de madera, con apenas muebles, y los que hay muy viejos. En la sala, hace de asiento la palangana para las langostas que lleva cinco años en desuso.

—Esta es mi casa –dice Sadú, ceremonioso como es, estirando su brazo con lentitud, como lo haría una modelo de televisión para lucir el carro que rifan en su programa. Adentro, gris, poco–. Vamos a ver lo demás que tengo –me invita Sadú, y con eso se refiere a que vayamos a ver la otra pertenencia que tiene en su vida, una panga inútil.

Caminamos entre casuchas de madera de las que sale un olor a pescado. La gente saluda a Sadú, pero yo no entiendo ni pizca de miskito. Sadú saluda con su largo brazo.

—Ahí está –dice, cuando salimos a una pequeña playita atrás del barrio.

¿Y bien? Sí, ahí está, efectivamente. Es un momento de expectativa derrumbada. Una panga sin motor tirada en la playa es eso y nada más, una panga sin motor tirada en la playa.

—¿Y cuándo comprarás motor, Sadú?
—No puedo. Motor de 60 caballos vale 5 mil dólares. Aquí todo más caro, porque todos venden a precio de gente que puede pagar, y alguna gente puede pagar mucho.
—¿Y cómo es que antes lograste comprar tu motor?

Sadú me mira y sonríe apenado. Baja el rostro. Se me vienen a la mente las palabras con las que Matías me presentó a Sadú: solo una vez les llevó una panga. Cambio mi pregunta.

—¿Cuánto le pagan los colombianos a un panguero por llevar una panga de la frontera con Costa Rica a la frontera con Honduras, Sadú?
—Si va de marino simple, 35 mil dólares; si usté es capitán, hasta 80 mil.

¡Eso pagan los narcos por un recorrido que dura un día y una noche! Pagan en efectivo, sin trámites ni esperas. Es normal, un cargamento de una tonelada es vendido en destino final, en Estados Unidos, por alrededor de 60 millones.

Los estudiosos, los analistas, los políticos utilizan casos de otros políticos que fueron comprados por el narco por exorbitantes sumas, por millones de dólares. Políticos con buenos sueldos y excelentes carros que querían más y más y más, pero no porque no tuvieran. Pero, pienso yo aquí al pie de una panga inútil, si no es el dilema de Sadú el que explica mejor lo complicado –imposible– que es cortar este flujo que no solo tiene que ver con drogadictos y traficantes, sino también con gente pobre que necesitaba un motor, gente indígena que lo consiguió aceptando la única oferta que tenía a la mano, gente que perdió un motor, gente que de nuevo necesita un motor. Gente que de nuevo tiene solo una oferta.

La reverenda Cora Antonio coincide conmigo, pero encuentra que hay otros factores que han convertido a este Caribe en uno donde solo hay tres opciones: cocaína, pangas o langostas.

Los tres temores de la reverenda

Cora me recuerda al personaje de un cuento de Truman Capote, Mr. Jones, un señor misterioso que recibía en su casa a cuanto visitante llegaba. Y llegaban muchos a contarle cosas, a preguntarle cosas, a contarle infidencias. El cuartito de Brooklyn donde Mr. Jones recibía a sus invitados cambia en el caso de Cora por el porche de su modesta casa de cemento, con una segunda planta en construcción, en pleno barrio Moravo de Bilwi, un sitio apacible. Cora pasa las tardes sentada en su mecedora, atendiendo a personas que parecen escucharla como lo haría un hombre juzgado cuando su abogado le cuenta las opciones que le quedan.

Es de las mujeres más respetadas de todo el Atlántico nicaragüense, y una de las personas que mejor lo conoce. La reverenda fue la primera mujer en formar parte del Sínodo de los moravos, su organismo de dirección, y hasta  mediados del año pasado cuando dejó el cargo, la primera mujer en ocupar el cargo superior, superintendente. La protestante Iglesia Morava es la que tiene mayor presencia en este Caribe, y lleva una ventaja abismal sobre las demás. La explicación se mide en años. Fue en 1849 cuando los primeros misioneros traídos por los ingleses llegaron a estas costas a evangelizar a los indígenas. Casi cada comunidad tiene un pastor moravo que si bien ya no tiene el poder absoluto que tenía hasta la década de los ochenta, sigue siendo uno de los que lleva la voz cantante en las comunidades de este litoral.

Acudí a Cora para que me ilustrara sobre hacia dónde ir y me presentara a algún pastor con quien conseguir entrada en una comunidad, ya fuera Sandy Bay o Walpasiksa. Pensé, por alguna extraña razón, que un pastor moravo estaría lejos del dilema de Sadú, y me podría hablar de lo que pasa en su comunidad mientras me llevaba en una panga hacia ella. Cora me ayudó a aterrizar.

—¿Para qué te voy a mentir? Sí hay muchos pastores involucrados –dice Cora, y cuenta una anécdota de cuando un taxista le reclamó que por qué denunciaba la droga si la droga les daba de comer, si la droga ponía las ofrendas que llenaban su charola los domingos, si la droga le construía sus templos en las comunidades. Y Cora le respondió que eso era diferente a aceptar dinero de un narco, y luego me dice que ella misma retiró a un pastor cuando supo que aceptó 5 mil córdobas.

—¿Cómo vas a predicar cuando los narcos entran y violan a las muchachas y pagan a las muchachitas de 13, 14 años, 20 dólares para dormir con ellas? Ellos entran, tienen el dinero y van… Incluso, si se enamoran de la esposa de una persona van a acostarse con la esposa del señor, y las muchachitas ahí andan, porque quieren dinero –recuerda Cora que reprendió a su pastor.

Convencido de que el ingreso a una comunidad no será a través de ningún pastor elijo cerrar la conversación preguntando a Cora por el futuro, por sus miedos de lo que se viene. Los tiene muy claros, en la punta de la lengua. Tres cosas, dice, levantando tres dedos.

—La primera –dice– es la tenencia de tierra, porque mucha gente del Pacífico –así nos llaman a los que no somos de aquí– está viniendo a comprar tierra al ver que hay cómo hacer negocio, y los afectados van a ser los indígenas desplazados. La segunda –sigue–, aquí hay armas, y las personas que se meten en este trabajo ven la ambición, el dinero, no ven que tarde o temprano entre ellos se van a matar, o que otros narcos los van a venir a matar. Y la tercera, que el paso de la droga esconde otros problemas de comunidades que siguen siendo pobres, con muy poca educación, con casi ningún puesto de asistencia médica en lugares a los que solo por mar se llega.

Así cierra su enumeración de temores. Pero tiene algo más que decir.

—Los gobiernos se despreocuparon de esta costa Atlántica, y otros se hicieron cargo, eso es lo que pasó –lamenta y luego me lanza una recomendación–. No vaya solo a Sandy Bay, que alguien de aquí lo acompañe. No gusta mucho la gente del Pacífico que llega sola allá.

Mansiones entre cocoteros

Llegar a Sandy Bay ha sido una peripecia. Es domingo, y hoy no suelen salir pangas de pasajeros, por lo que la única que llegó, la del lanchero con el que ayer apalabramos la salida, fue la nuestra, a la que más gente se subió aprovechando la inusual ocasión. Pero claro, como no declararon salida, el ejército nos interceptó con otra panga apenas unos 300 metros pasado el muelle en dirección a Honduras. Nos devolvieron, nos revisaron, solo cuando el capitán de corbeta Castañeda me vio a bordo suavizó la medida y no retuvo la panga.

—Es que ando revisando si no llevan licor, porque ese es el trato, allá no se permite tomar –dijo, para mi total admiración el capitán de corbeta.

La incomodidad de dos horas bajo el inclemente sol y el dolor en las nalgas causado por el golpeteo de la lancha con el oleaje empiezan a valer la pena cuando nos desviamos por la laguna rodeada de manglar que da entrada a Sandy Bay. Esta es la capital de la droga en la RAAN, según los militares y los policías. A simple vista, un lugar hermoso. Compuesto por 11 barrios, Sandy Bay se muestra primero a través de uno de ellos, Lidaukra. Guardando las distancias, esto recuerda a la isla de los famosos de Miami, casas de dos plantas con fachada a la laguna, amplios ventanales y jardines bien recortados.

Bajamos en Nina Yari, hasta cuyo muelle se llega adentrándose en los caminitos que dejan los manglares, una especie de callejuela de agua que abre camino a otros callejones que la maleza esconde, un verdadero laberinto salado. Unos hombres descansan frente al desembarcadero. Caminamos ante sus miradas fijas. ¿Hacia dónde van?, se escucha que pregunta uno. Y el fotógrafo Edu Ponces esquiva con su respuesta. ¿Para dónde caminan?, insiste, y Ponces señala a Ruth Jackson, la periodista miskita que nos acompaña, a lo que le dijimos es un viaje para conocer su comunidad, nada más. El hombre nos deja en paz. Es un hecho. Entrar a Sandy Bay sin ser detectado es una fantasía, hay ojos por todas partes y los motores fuera de borda se escuchan desde lejos cuando navegan por los callejones del manglar.

El wihta Seledón López nos espera en su casa de cemento de dos plantas. Él es el jefe máximo de la comunidad. Asesorado por el consejo de ancianos, es quien dirime cualquier problema y ordena prisión a quien sea. Lo interrumpimos, ya que veía un partido de fútbol en su enorme televisión de plasma. Como muchas de las casas de Sandy Bay, esta también tiene antena propia, que le da comunicación y televisión por cable. Al poco tiempo, se escucha el rugido de varias motos. Afuera de la casa del wihta, que nos pidió esperar un momento antes de hablar, estacionan sus Yamaha nuevas siete hombres recios. Se trata de la comisión de seguridad de Sandy Bay. Desde que los miskitos echaron a la policía y los militares de aquí en 2009, mantienen su propio grupo encargado del orden, esos hombres que patrullan en sus motos.

El comisionado policial Lewis me dijo que entre los 23 miembros de esa comisión hay algunos reconocidos maleantes que trabajan con los colombianos. La policía incluso envió una carta de protesta al gobierno regional, el GRAAN, pidiendo que sacaran a algunas personas de la comisión, porque ellos los tenían fichados como operadores de los narcos.

De Sandy Bay, tanto Lewis como Matías, el capitán de corbeta y el investigador Orozco coinciden en lo mismo, que se puede resumir en una sentencia de Lewis.

—Ahí mandan ellos, los vinculados a los narcos. Tienen el poder económico y armado. Ahí operan colombianos, jamaiquinos, ticos, hondureños. Llegan, se están cuatro, ocho días, hacen sus contactos, salen; se habla de dos, tres pistas clandestinas en lugares bien difíciles de acceso, difíciles para nosotros. Hay personas que nos han querido llevar a fotografiar, pero no hemos hallado por dónde entrar, no hay modo sin que nos miren.

Todos coinciden también en que los narcos buscan primero o al pastor o al wihta o al consejo de ancianos para crear base social; todos coinciden en que sin ellos no hay negocio. Sin embargo, Seledón, diminuto, con lentes, moreno, como cualquier campesino centroamericano, con su graciosa forma de hablar español y sus 50 años, parece tan inofensivo…

Con toda la amabilidad del mundo escucha nuestras peticiones, recorrer todas las comunidades desde ahora mismo hasta que anochezca. Acepta y nos dice que para eso ha llegado la comisión, que ellos nos llevarán en sus motos si queremos hacer el recorrido.

Es descarado cómo estos hombres pretenden llevarnos solo a conocer el Sandy Bay más precario. Decimos que queremos ver el muelle, para acercarnos a las casas tipo Miami de Lidaukra, y nos llevan al margen casi inaccesible de una pequeña laguna. Decimos que queremos conocer el centro del pueblo y nos llevan a la casa de una anciana que no habla español y que ayer perdió su choza de palma de coco y madera por un incendio accidental, y se ha quedado sin nada, nada de nada. Pedimos ir hacia el centro una vez más y nos llevan a enseñar su cárcel, una mazmorra asfixiante donde encierran a los borrachos y problemáticos.

Sin embargo, nada les da resultado. Sandy Bay es alucinante y para verlo no hay que detenerse a mirar, basta con pasar zumbado en una motocicleta. Para llegar a la laguna, para ir hasta la casa de la viejita, se atraviesa el centro de Sandy Bay por la callejuelita de cemento que hace de único camino vehicular en este extraño sitio. Es un paseo de lujo. Casas, mansiones que no tienen nada que envidiar a las de veraneo que los millonarios centroamericanos tienen en la playa. No una, decenas de casas de tres plantas con piscina, revestidas de azulejo. Recuerdo lo que dijo Matías: cemento en esas comunidades es igual a narco. Es carísimo, mucho más que en Managua, hacer una construcción de cemento aquí, porque tienes que transportar los sacos en pangas, y eso no está al alcance económico de un pescador.

Volvemos de noche y Seledón, amable, nos invita a salir de su casa de dos plantas, cruzar la pequeña callejuela y pasar a la cocina, que los miskitos suelen tener separada de su lugar de habitación. Nos sentamos a comer mientras Seledón habla de la paz que ha traído la comisión de seguridad, de lo tranquilos que están los 16 mil habitantes de Sandy Bay, de la falta de medicinas y atención médica, de cómo solo una enfermera los atiende. Lo interrumpo a cada frase e intento meter, solapada, la pregunta. Al final, lo logro.

—¿Y por qué tienen tan mala fama los de aquí?
—¡Claro, todos saben de qué habla ahora! ¡Traficantes! Dejamos pasar, no encarar nosotros a ellos porque andan arma, dejamos pasar.

Eso fue todo sobre el tema.

Temprano, agradecemos a Seledón la comida y el techo para pasar la noche y nos vamos. Regresamos sin novedades. A medio camino, el panguero se ilusiona al ver un barril azul asomando en una playa desierta. Da un giro vertiginoso a la panga y dice algo en miskito a su ayudante, que se abalanza al agua hasta llegar al barril. Vacío. El panguero le dice algo en miskito al muchacho. Solo entiendo la palabra droga. El muchacho da vuelta al barril, que solo deja caer unas gotas de agua, y se encoje de hombros. Seguimos hacia Bilwi.

Un buen día

Mañana nos iremos de la RAAN. Al mediodía sale nuestra avioneta hacia Managua. Es la única forma de llegar hasta aquí en un tiempo razonable. Por tierra, el recorrido puede ser de entre 16 y 28 horas, dependiendo del estado de la precaria calle de terracería.

Me llama Matías.

—¿Viste algo raro por allá? –pregunta.
—No, nada.
—Es que estamos persiguiendo un cargamento que llegó. Iremos a ver hoy, mañana te cuento.

Amanece.

—Matías, ¿fueron?
—Sí.
—Ajá, ¿y qué?
—Nada, nos dijeron que ya la habían vendido. La encontraron los pescadores de un barco caracolero que andaba allá por los cayos y la vendieron en Sandy Bay al acopiador. Eran 200 kilos que los narcos tiraron en una persecución. A cada marino le pagaron 5 mil dólares.
—¿Y cuántos marinos eran?
—80.
—¡Qué! ¿Será eso posible?
—Ay, hermano, salí y mirá las calles.

El sol resplandece con fuerza y Bilwi está alegre, los negocios están repletos de gente y el muelle bulle con pangas que salen y entran con más gente que viene a hacer compras.

¡Hola hijo! ¿Cómo estás? Espero que te encuentres bien de salud al lado de mis nietos y de tu señora… Hijo yo estoy bien, no te preocupés. Estoy bien de salud. Pedile a Dios que me den de alta pronto…

Para mayo de 2007—fecha en que esta carta fue escrita—doña Juana Tórrez pensaba que iba a morir. Todo lo que le rodeaba era angustia, muerte y enfermedad. Llevaba casi cinco meses, que vestía de bata verde, que sentía ese a olor a cloro de hospital, y que recorría cada ladrillo de los pasillos del Bertha Calderón.

A esta mujer morena, canosa y robusta le habían detectado cáncer en la matriz.  Se revisó en la comunidad La Trinidad, luego la eviaron a Estelí y posteriormente a Managua.

A pocos días de haber ingresado al hospital—en febrero de 2007– Tórrez, originaria de la comunidad Las Calabazas, ubicada en Ciudad Darío, se convirtió en una de las 25 mujeres con cáncer que serían alfabetizadas por la Alcaldía de Managua. Su vida, tomó un rumbo diferente.  Ya no se dedicaría únicamente a recorrer los pasillos o platicar con sus compañeras, también convalecientes. Tenía el ánimo de aprender,  y aunque las quimioterapias y  radiaciones le robaban  fuerzas, ella, al igual que sus compañeras logró hacer sus primeros trazos con lápiz de grafito.

Su primera carta, la asignación de final de curso, la escribió para su hijo, quien esperaba que su madre regresara con vida a casa. “Me despido de ti con mucho amor y cariño…  Hasta pronto hijo.  Atentamente, tu madrecita”,  decía la carta con trazos repintados y letra temblorosa, como la de un pequeño que cursa sus primeros grados.

***

Las mujeres vestidas de batas verdes y chinelas recibían clases en la sala de oncología. Era la primera vez en Nicaragua que un grupo de mujeres con cáncer eran alfabetizadas. En ese ambiente con aire de enfermedad, sabor a tristeza y olor a hospital, 25 mujeres intentaron olvidar el cáncer que les aquejaba y se dedicaron a aprender.

“No es lo mismo llegar a una aula de clases donde están los alumnos esperándote, vos dictás la lección  y nos vemos. Ahí fue un caso muy especial, donde estábamos enfrentados entre la vida y la muerte. No es igual dar clases a una persona que está bien de salud que uno que está prácticamente muriendo. A mí me impactó mucho el sufrimiento de esas mujeres”, confiesa el profesor Carlos Dávila.

El primer día de clases, 19 de febrero de 2007, las estudiantes llegaron ansiosas a la sala de conferencias del Hospital Bertha Calderón, sitio donde recibían clases cuando todas lograban levantarse de sus camas y caminar.

Con un televisor, un cuaderno y lápiz de grafito, empezaron a estudiar con el método Yo Sí Puedo. Sus profesores eran: Carlos Dávila, un señor delgado, moreno y de hablar pausado; y Ana Mercedes Ampié, una mujer de tez blanca, robusta y de un sonreír tímido. Ambos trabajadores de la Alcaldía de Managua.

Ese primer día, como en cualquier primer día de clases, las alumnas y profesores se presentaron. Contaron quiénes eran, cómo habían llegado hasta la capital y algunas contaron su experiencia con el cáncer.

Mientras el profesor Dávila dictaba la clase, Ana Mercedes Ampié ayudaba a que las estudiantes “tomaran el lápiz en la posición correcta, escribieran de manera adecuada, hicieran trazos, curvas…” Aprendieron a leer y escribir su nombre, oraciones completas y pequeñas cartas.

Doña Juana Tórrez, de 54 años, recuerda sus días de clases. “Había momentos que no podía ni agarrar un lápiz porque esa quimioterapia me dejaba sin fuerzas. Pasaba con ganas de vomitar y quería pasar sólo acostada”. Tórrez había estudiado hasta segundo grado, pero desde muy joven comenzó a echar tortillas y los estudios quedaron en el pasado. “Cuando me hacían quimioterapias me ponía muy débil y como ya tenía bastante rato de no agarrar un lápiz para escribir entonces ahí me entraban nervios”, confiesa con un gesto de vergüenza.

“Cuando ellas estaban enfermitas, tal vez que acababan de salir de quimioterapia y se sentían débiles nosotros trasladábamos el equipo a la sala y les decíamos que nos se preocuparan que ahí acostaditas escribieran lo que pudieran. Además era un sistema audiovisual. Lo importante era que vieran la clase y que hicieran los ejercicios poco a poco”, asegura Dávila, quien considera esta experiencia como una lección de vida.

Tórrez afirma que aún puede escuchar a sus compañeras de clases diciendo al unísono:

–La ca-ma es de ma-de-ra

También con sólo cerrar los ojos puede escuchar la melodía de aquellas sílabas que hoy olvida:

–Ma-me-mo…

Y lo único que esas remembranzas le provocan es nostalgia y tristeza. Sí. Aprendió, pero antes que terminara el camino de la alfabetización, algunas de sus compañeras no volvieron empuñar el lápiz. Murieron.

***

–Disculpe. Busco a Doña Justa Eladia Olivera.

La mujer pone rostro de asustada y pregunta entre titubeos.

–¿Doña Justa? ¿A ella la anda buscando o a su familia?

–A ella. ¿Usted la conoce?

–La conocí. Ella murió hace varios meses. Pero vivía ahí—dice la señora mientras señala una casita de bloques sin pintar.

En la puerta de la casa– que señala la vecina– se asoma curiosa una pequeña de unos ochos años. Es la hija menor del matrimonio de Francisco Gutiérrez y Justa Olivera. Corre desesperada hacia el fondo de su casa y de pronto sale María Dolores Gutiérrez, de 20 años, la hija mayor. Sonríe y pregunta que se quiere saber de su madre. Sin problemas empieza a contar parte de la vida de su progenitora.

Hace diez años “a ella le dijeron que tenía cáncer en la matriz, pero ella no quiso ir a ningún hospital, no quería que la operaran porque le daba miedo, entonces iba donde un naturista”, recuerda esta joven de características casi idénticas a su mamá: morena, cabello liso, cara alargada, sonrisa disimulada…

Respira hondo. Continúa. “De pronto salió embarazada de mi hermanita (actualmente de 9 años) y ella decía que si podía tener a la niña era que estaba bien y si no pues era que seguía enferma. Tuvo a mi hermanita sin problemas, pero el año pasado le dijeron que todavía tenía cáncer”, cuenta la veinteañera  de ojos grandes y temblorosos.

Así fue como Olivera llegó al Hospital Bertha Calderón. Durante su estadía aprendió a leer y a escribir. “Ella nos contaba que estaba muy contenta de estar aprendiendo, aunque ya era mayor. Decía que aunque se fuera a morir era importante estudiar en la vida”, asegura su hija mayor.

La pesadilla de tener a su madre lejos parecía terminar. Después de cuatro largos meses en el hospital, en agosto de 2007, los médicos le dieron de alta. Doña Justa regresó a casa, al lado de su familia en Condega. Reabrió su fritanga y para ella, según dicen sus hijos, la vida seguía como si nunca hubiera estado enferma. “Yo creo que mi mamá fue muy valiente que estando enferma, con cáncer, se pusiera a estudiar. Y cuando vino del hospital siempre le ayudaba a mis hermanitos hacer la tarea con lo poco que ella sabía”, considera María Dolores.

La vida de los Gutiérrez Olivera comenzaba a transcurrir en relativa normalidad.  Doña Justa viajaba una vez al mes a la capital para sus chequeos de rutina, pero un día no volvió más. Un dolor abdominal no la dejó llegar hasta Managua y tuvo que quedarse en el Hospital de Estelí. Allí los médicos le dieron la mala noticia. No había remedio para su cáncer.  Sus familiares la llevaron de vuelta a casa para que muriera al lado de los suyos. A los 22 días falleció.

En las paredes de la casa de los Gutiérrez Olivera cuelgan dos fotografías de doña Justa Eladia. Sus hijos y esposo aún conservan el diploma por el que un día esta señora de 49 años llegó con el pecho henchido de orgullo. Éso, es lo único que les queda. Recuerdos y más recuerdos de su madre, de su esposa, por esa por la que aún lloran su ausencia.

***

Un viernes de marzo del año pasado, el profesor Carlos Dávila asignó tarea para que las estudiantes hicieran el fin de semana. El lunes siguiente, cuando Dávila se preparaba para recibir la asignación notó el rostro entristecido de las mujeres. Mientras preparaba el material didáctico en aquella sala fría y silenciosa, una de las alumnas se le acercó y le susurró:

–La Dora se nos fue.

–¿Qué pasó?–preguntó asustado.

–Murió– contestó la estudiante cuyas lágrimas no dejaban de correr por sus mejillas.

Fue un día de reflexión, tristeza y  desesperanza. Aquella mujer con la que habían compartido, no sólo durante las clases, sino sus noches y sus días en el hospital había partido. “Eso nos daba aflicción porque ¿ideay? nosotros estábamos ahí con ella, con la misma enfermedad y en cualquier momento podía ser una de nosotras. Sentíamos que la muerte andaba cerca”, asegura doña Juana Tórrez.

Al recordar aquellas escenas Dávila no puede evitar conmoverse. Su voz parece temblar. “Eso era triste irse un viernes, dejarles tarea y al volver el lunes no encontrar a una de ellas. Es muy impactante”.

Ese día no hubo clases. Tampoco al día siguiente. “Las mujeres estaban muy tristes y muy conmovidas”, dice la profesora Ana Mercedes Ampié. En esos tres meses de clases también murió  Isabel Rodríguez García, de 19 años, quien era originaria de San Juan de Río Coco.

Era en momentos como ese que muchas de las estudiantes se preguntaban ¿para qué seguir estudiando? “Había una de ellas que nos decía que ya no quería estudiar ni aprender nada porque de todas formas no le iba a servir para nada porque iba a morirse”, cuenta Ampié, quien además asegura que uno de sus trabajos era animarla y hacer que se reintegrara.

El diploma que le sería entregado a doña Dora Centeno permanece empolvado en uno de las gavetas con cientos de papeles que guardan en la Alcaldía de Managua.

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“Hola mis queridos hijos. Que Dios los guarde en su mano poderosa. El motivo de esta carta es para decirles que los amo mucho y que estoy bien así que no se preocupen…”.

“Omar, Espero que te encuentres bien cuidando de nuestros hijos, no te preocupés porque estoy bien…”. 

Al final del curso de alfabetización, la prueba final era escribir una pequeña carta. Las mujeres podían dirigirla a quienes desearan. Algunas le escribieron a sus hijos, al esposo, a profesores o al Alcalde de Managua. Cartas que nunca llegaron a sus destinos, porque eran sólo eso, una asignación para demostrar lo aprendido. Ahora, esas primeras letras de las mujeres con cáncer son parte de un archivo más dentro de la alcaldía.

Esos conocimientos, esas cartas escritas, esos trazos… permitieron que las mujeres se graduaran. En mayo de 2007 el curso finalizó. Las 23 mujeres que sobrevivieron subieron al estrado a recibir de manos del alcalde Dionisio Marenco su diploma. No parecían recién graduadas. Subieron poco sonrientes, marchitas y afligidas. Las imágenes de ese día muestran rostros de mujeres golpeadas por la vida.

A más de un año de la promoción, muchas otras mujeres han muerto. Justa Eladia, María Lucila… sólo engrosan la lista de las fallecidas. Otras como doña Juana Tórrez siguen batallando contra el cáncer y listas para lo que venga.

–¿Le tiene miedo a la muerte?

–(Sonríe) Miedo no le tengo. Si para eso nacimos, para morir. Pero sí pienso: pobrecitas mis hijas que van a quedar solas.