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La llamada sandinista

Publicado: 9 noviembre 2009 en Alma Guillermoprieto
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A mediados de 1973 me ofrecieron una beca para estudiar la licenciatura en Chile. No me acuerdo de qué carrera se trataba, pues para mí era un asunto absolutamente secundario. Lo importante era vivir lo que se llamaba “la experiencia chilena”, solidarizarse con la izquierda de ese país que, contra viento y marea y cada vez con mayores tropiezos, intentaba gobernar. El día que tomé el vuelo a Santiago los rumores a todo hervor pronosticaban desastres —un golpe de Estado contra el presidente Salvador Allende, una cacería de brujas a los integrantes de su gobierno, tal vez hasta una masacre indiscriminada de izquierdistas— y al despegar el avión luché por liberarme de una especie de terror premonitorio. A la mitad del vuelo el sistema de sonido irrumpió en zumbidos y truenos. De la borrasca eléctrica se desprendieron, como piedras, algunas palabras: Capitán… Santiago… Fuerzas Armadas… Allende…

—¿Qué dijo? —le pregunté angustiada a la aeromoza de Braniff.
—Que ha habido un golpe y que Allende se suicidó —respondió tranquila—. Vamos a aterrizar en Buenos Aires.
Acto seguido se repartió champán, y el avión estalló en aplausos y risas. Haciendo la fila de la aduana en Buenos Aires aquel 11 de septiembre, por única vez en la vida me desmayé.

***

Cinco años después, en México, un enamorado me regaló un televisor. Yo prefería la lectura, pero para complacer a mi generoso amigo prendí el aparato un par de veces a la hora del noticiero. A la tercera, quedé hechizada por imágenes que de tan regocijantes parecían aumentar el brillo de la pantalla: una veintena de jóvenes macilentos, vestidos de verde olivo y estallando de euforia, asomaban por las ventanillas de un bus amarillo, puño en alto. El bus escolar recorría lo que evidentemente era la carretera muy mala de una ciudad muy pobre, y la cámara mostraba los besos y los vivas que lanzaban al paso de los guerrilleros hombres y mujeres casi en harapos, y casi tan felices como ellos. Desde el golpe en Chile me encontraba sumida en la desidia, decepcionada, incapaz de desear nada serio, pero esa noche cuando apagué la televisión no logré dormir. Demoré apenas tres días en conseguir dinero prestado, un boleto de avión, y una visa para viajar a Managua, Nicaragua, donde un grupo guerrillero casi desconocido acababa de inaugurar la revolución.

Retrocedo un poco para explicar que el evento que acaparó los noticieros esa noche, había comenzado dos días antes, por la mañana del 22 de agosto de 1978: en Managua, un comando de guerrilleros del Frente Sandinista de Liberación Nacional, disfrazado de integrantes de la Guardia Nacional del dictador Anastasio Somoza, irrumpió en el Palacio Legislativo, tomó como rehenes a cientos de empleados y visitantes y a todos los congresistas, y exigió la liberación de medio centenar de sus compañeros presos. El operativo era audaz y su ejecución absurdamente deficiente –meses después, uno de sus comandantes me contaría, entre carcajadas, como habían pintado de color verde perico el camión supuestamente militar en que viajaron, porque no habían conseguido pintura verde olivo– y a pesar de las prisas y la improvisación, triunfó. Cuando quedó claro que los guerrilleros tenían bajo su total control a los rehenes (de los cuales los más interesantes para Somoza eran un sobrino y un primo suyos) el dictador cedió a las demandas rebeldes en menos de 48 horas. La guerrilla sandinista llevaba años enmontañada predicando revolución o muerte, pero el operativo urbano contra un Congreso que, gracias a su larga complacencia con el dictador, era conocida popularmente como “la chanchera” (criadero de puercos) cambió la relación de los rebeldes con la población. En el recorrido del Palacio Legislativo al aeropuerto se dio la aclamación espontánea que vi por televisión en México. Se trataba apenas del inicio de una gran gesta –o por lo menos, eso deseábamos ardientemente los que soñábamos con revoluciones y despertamos de nuevo a la ilusión ese día.

***

En la sala de aduana el calor era como una bestia encerrada que respiraba incendios. Aparte de los guardias nacionales y sus terroríficos lentes de sol (que no se quitaban tampoco en la sombra), había apenas una docena de pasajeros, una cinta de equipaje, dos o tres burócratas encargados de revisar los pasaportes, y un mapa de relieve del istmo centroamericano. Me apresuré a consultarlo: ¿Nicaragua quedaba antes o después de Costa Rica? Quedaba antes. ¿Y Managua? Un punto negro en un país verde, al borde de un lago azul. Con el corazón en la boca, presenté el pasaporte y la visa: ¿me creerían que era reportera? Pues no era verdad. Si bien era cierto que había escrito uno que otro artículo para una publicación feminista, y algunas reseñas de danza para una revista semanal, me ganaba la vida como intérprete simultánea. Lo más cerca que llegaba al periodismo era un trabajo artesanal que me había ofrecido el año anterior un amigo en Londres, editor de un boletín quincenal, escrito en inglés pero de gran prestigio en América Latina: el Latin American Newsletters. Mi tarea consistía en recortar de los principales periódicos las notas que me parecieran más importantes, y enviarlas por correo a Londres una vez por semana. Resultó, como resultan las cosas que tienen que ser, que el corresponsal del boletín para Centroamérica y el Caribe se había ido de pesca el día que los sandinistas realizaron su operativo genial, y mi amigo editor estaba desesperado por encontrar quién pudiera ir a cubrir en directo la gran noticia. Ya en otras ocasiones me había alentado a lanzarme al periodismo, pero nunca me interesó la idea. Ahora, con tal de ir a Managua, le prometí que le enviaría reportajes desde allá. Contaba con una sola ventaja a la hora de contrarrestar mi perfecta falta de capacitación profesional: gracias a una educación que llamarían ahora multicultural, pensaba en español, pero escribía en inglés. En cuanto a lo demás… ya iría averiguando por el camino cómo se hacía eso.

Sabía por las películas que lo que hacen los periodistas al salir de un aeropuerto es tomar un taxi al hotel donde se encuentran sus colegas (y también por las películas sabía que los taxistas siempre están al tanto de éste y otros puntos de interés).

—Lléveme al hotel donde están los periodistas –dije al subirme al carro.

No hacía falta tanto detalle. En un país de apenas dos y medio millones de habitantes, había un solo hotel al que acudían los extranjeros.

El taxi era un vetusto modelo de aquellos que tenían como colmillos en el frente y aletas de tiburón atrás. Hubiéramos podido caber sin problema ocho personas, pero yo era la única pasajera, y en cuanto arrancamos me sentí muy sola. El áspero terciopelo sintético del asiento me cepillaba los muslos, el carro rebotaba, según los baches, ahora suavemente, ahora con rechinidos histéricos, y el chofer guardaba un silencio negro, feroz, deprimido, que después aprendería a reconocer entre aquellos que han sufrido alguna catástrofe.

Era el final de la tarde, y el sol caía a fuego. Reconocí el paisaje visto en el noticiero, pero por lo pronto de la revolución que había venido a ver no había ni asomo. Vi carretera, polvo, casuchas de tablón, algún carrito con hielo raspado y jarabe de colores, terrenos baldíos, más polvo, una farmacia, un semáforo, casuchas de bahareque, perros flacos. Aquí y allá, los nicaragüenses: gente de piel morena, huesos finos y ojos grandes. Después los descubriría pícaros y coquetos como nadie, y de un arrojo digno de las mejores epopeyas. Por ahora, los veía como los volvería a ver una vez pasados los días de gloria de la insurrección: quietos, con el ceño fruncido por la preocupación del qué comer, y vencidos –hoy por el calor, mañana por algún nuevo fracaso.

Hundida ya de plano en el sudor y la duda, sentí miedo. ¿Dónde estaban las consignas, los gritos, las marchas, la euforia que había venido a compartir? ¿Y dónde estaba el hotel? De un momento a otro se había acabado la carretera: parecía que nos adentrábamos en la ciudad, y sin embargo ahora me encontraba, como en un sueño, en la penumbra, y en unos como pastizales que surgían entre las ruinas de una ciudad fuera del tiempo. Ya no había carros, ya no había gente, sólo el chofer y yo, y por allá, inalcanzables, unas vacas que pastaban entre los muros derruidos. Anochecía muy rápidamente (en el trópico siempre es así) y era evidente que estaba por sufrir un asalto.

—¡Le dije que me llevara a Managua, y al hotel! –grité.
El chofer se volteó hacía mí, y dijo:
—Doña, estamos en Managua.

***

Después del terremoto de 1972, que destruyó íntegramente el centro de Managua, Somoza mandó arrasar las ruinas. Llevaba seis años así, sin ningún cambio o mejora que no fuera el manto de enredaderas y pastizales que iban cubriendo suavemente lo que quedó del horror. No creo que nadie haya afirmado nunca que la ciudad anterior al cataclismo fuera bonita, pero tendría lógica y pasado, tradiciones y personajes. Lo que ahora se llamaba Managua –los enormes barrios de invasión, las largas avenidas que atravesaban kilómetros de nada, las direcciones que tenían como punto de referencia algo que ya no existía (“de donde fue ‘El Arbolito’, dos cuadras al lago”) – era más bien una anticiudad con mucho de fantasmal, hecha de desplazados y migrantes. Yo me encontraba en su centro muerto, en los escombros que Somoza le había entregado a las vacas y al tiempo.

Con la barbilla, el taxista señaló lo alto de una suave colina cercana.
—Allá está el hotel.
En dos minutos me depositó frente a la gran pirámide blanca del Hotel Intercontinental, ocupado por Howard Hughes hasta el día del temblor, y ahora, a raíz de la gran travesura sandinista, por los reporteros. Había terminado el viaje.

Mi nueva vida, la que me habría de mantener entretenida y ocupada durante las siguientes tres décadas, empezó a la mañana siguiente. No había despuntado el sol cuando me despertó el teléfono. Rápidamente, mi interlocutor dijo que 1) era un buen amigo de mi amigo en Londres, 2) era el director suplente de la sección de internacionales del periódico londinense The Guardian, 3) compartía con Latin American Newsletters el mismo corresponsal aficionado a la pesca, y por lo tanto el mismo problema de escasez de artículos, 4) nuestro amigo en común le había dicho que yo era una excelente reportera (¡¿?!) y 5) quería pedir el favor de algunas notas para el diario. Lo inverosímil de mi situación entera me autorizó a decirle sin rubor que sí. En compañía de varios colegas –eso eran ahora, pues sin titubear me habían adoptado desde la noche anterior como una más entre ellos– salí a recorrer la ciudad en busca de aventuras y entrevistas. Me pareció entonces (y a decir verdad, hasta la fecha) que el oficio de reportear no encerraba grandes misterios: andar sin destino fijo; detenerse a ver cosas interesantes; hacer preguntas impertinentes sin que nadie reclame; escuchar algún tiroteo por ahí y sentir el relampagazo doble de la adrenalina y la curiosidad; agotarse buscando respuestas sobre temas esenciales; sentirse conectada a las mejores causas… Todo era sencillo y emocionante. Faltaban todavía algunos días para que se declarara la huelga nacional contra Somoza que, con la entusiasta participación de los pobres del país, y con su enorme sacrificio, lograría quebrar la escuálida economía nacional. Faltaban meses para que estallara el levantamiento general en los barrios y barriadas de Managua y surgieran barricadas y héroes en cada esquina. Sería hasta mayo que se daría el bombardeo del dictador a su capital insurrecta. Dar cuenta entonces de los acontecimientos se volvería arriesgado hasta para nosotros, los de la casi siempre protegida prensa extranjera, pero por el momento teníamos sólo la deliciosa ilusión del peligro. Alrededor nuestro, la gran mancha de Managua se convertía en laberinto: ¿qué camino oculto nos llevaría hacia los guerrilleros?

Managua era, tal vez, la ciudad capital más feraz del mundo, y en términos de su perfil urbano, sin duda la más plana (alguna vez conté el número de elevadores en Managua, que es lo mismo que decir que en todo el país: eran diez). Llena de basura, arbolada no por diseño urbano sino por voluntad irreductible de la naturaleza en el trópico, la ciudad vivía a espaldas de un lago que resultó ser no azul sino marrón, el color de la cloaca abierta en que la había convertido el desprecio de los Somoza. A orillas del lago, en barrios silenciosos y aplastados por el sol, pudriéndose en el olor fermentado, vivían los más pobres. Allá fuimos, en búsqueda inútil de los guerrilleros, a quienes no lograríamos entrevistar en Managua sino hasta muchas semanas después.

Lo único que siempre me ha resultado verdaderamente difícil a la hora de reportear es el abordaje inicial, el saludo impertinente del periodista. Va uno con su ropa decente y su reloj de pulso, su cámara y sus dientes completos alineados en sonrisa, y cuaderno en mano, saluda a una víctima del destino. Por cortesía, el incauto infeliz devuelve el saludo, y en premio se ve interrogado, escudriñado, examinado, confesado, y nuevamente abandonado –todo en cuestión de minutos, y para que al final resulte que ni siquiera queríamos hablar con él, sino con cualquier otro damnificado que tuviera más muertos en su familia, o con alguien que pudiera contactarnos con un guerrillero del cual nuestra presa jamás habría escuchado hablar–. Los reporteros, que por regla general no somos malas personas, estamos conscientes del abuso que representa nuestro modo de operar, y sufrimos. Esa mañana nuestro pequeño grupo deambuló por calles y barrios sin atreverse a hacer la primera desfachatada pregunta hasta que, con la amenaza de la hora de cierre encima, y todavía sin nota, nos detuvimos a la entrada de un barrio cualquiera –recuerdo la tiendita de la esquina, pero la placa fotográfica de la memoria no revela más detalles– y, dispersándonos por sus calles, salimos cada quien a buscar suerte.

A pesar de considerarme de izquierda, yo era una más entre los millones de radicales que en el mundo han enarbolado banderas sin gran conocimiento de las clases sociales que pretendían redimir. Hablaba, por supuesto, con la señora del puesto del mercado donde muchas veces comía, o con el que venía a recoger la basura, pero se trataba de diálogos mediados por el intercambio de dinero por servicio. En cambio, en mis primeros días de reportera en Managua, las innumerables excursiones en las que no dimos con un solo guerrillero fueron para mí un devastador acercamiento a un universo cercano e invisible, y el inicio de una larga serie de conversaciones con la pobreza. No recuerdo con precisión qué fue lo que me contaron mis entrevistados en esas primeras jornadas, pero retengo en cambio la presencia espantosa de las moscas; el calor insoportable que se genera bajo un techo de lámina; la asombrosa silueta de las iguanas (dragones en miniatura que, al correr por la lámina, hacían ruido de tormenta); el borde cortante de la cuchara de peltre con que comí un arroz que me ofrecieron; la desesperación de los subempleados (en Nicaragua eran con mucho la mayoría), que habían salido a vender chicles y no habían logrado vender los suficientes para costear el día. Los niños barrigones correteando en el polvo, las mamás ojerosas, con sus vestiditos de tergal y sus manos huesudas… ¿Por qué aceptaban su condición con tanta mansedumbre? ¿Y por qué en unos pocos meses se dispondrían a la rebelión? ¿Por qué en países hasta más pobres que Nicaragua no se darían nunca insurrecciones parecidas? La búsqueda de respuestas a las preguntas que se me presentaron entonces me ha dado material para pensar durante muchos años.

Fue un alivio salir de aquellos barrios. No recuerdo en dónde comimos, pero comimos bien, y con aire acondicionado, como para exorcizar el recuerdo de la basura, el calor, la tierra entre los dientes, y el miedo terrible a llegar a ser algún día así de pobres nosotros también. Debo aclarar una cosa, sin embargo, porque me doy cuenta al leer esto que hasta yo misma podría pensar que detesté Managua: en realidad me iba enamorando perdidamente. Mi vida entera había transcurrido en ciudades enormes –México, Los Ángeles, Nueva York– y se entenderá lo candorosamente urbana que fui si confieso que, en una excursión infantil, me enteré que la leche era algo que salía no de una lata sino de la asquerosa ubre de un animal enorme y babeante. Ahora, en un país que producía vacas y poetas, azúcar y algodón, y poca cosa más, me arrobaba –sólo cabe la palabra de novela rosa– ante sus apacibles volcanes y sus grandes cielos claros, y el escándalo alegre de los loros que lo atravesaban en bandadas, charloteando. Me enteraba, agradecida, de que el acento risueño de los nicas y su vocabulario extravagante, y a mis oídos, infantil, era en realidad el más puro lenguaje cervantino, preservado casi intacto a través de los siglos. Me mareaba con el olor siempre presente de la vegetación, desnudo y brusco como el del sexo, y el de las hornillas de carbón en las que, al amanecer y por las tardes, se cocinaban las tortillas de maíz recién molido. Managua no era, ni remotamente, una ciudad bonita, pero me mantuvo desde el primer momento con toda la piel atenta, la sangre despierta.

Después de la comida de ese primer día, algún reportero me invitó a acompañarlo a la casa en donde todos sabían que se escondía el cura Miguel d’Escoto, integrante de la oposición civil a Somoza y futuro canciller sandinista. Me sumergí con alivio en el ambiente fresco de una típica casa de la burguesía: un árbol de mango en la esquina de un patio de frescas baldosinas, rodeado por un corredor tejado amoblado con lo indispensable; materas, un ventilador, varias mecedoras, y una hermosa hamaca bordada. ¿Por qué, si todo el mundo sabía dónde estaba escondido el cura, no lo sabía Somoza también? Supongo que la respuesta tendrá algo que ver con la embajada de Estados Unidos, que en ese momento representaba al anómalo gobierno de Jimmy Carter y transmitía al dictador la recomendación de que se abstuviera de resolver la crisis a punta de asesinatos. El tema principal de la entrevista de mi colega, de hecho, fue seguramente la relación sandinista con Estados Unidos, pero a esas alturas, y a pesar de que el cura d’Escoto era vivaz y ocurrente, y recibía y rebotaba las preguntas como si fueran pelotas de ping pong, lo que él dijera era lo de menos para mí. Lo importante era que yo (¡yo!) me encontraba a años luz de mi casa y de mi vida tranquila, metida en una entrevista con un personaje clandestino, en un país tropical en el que se cocinaba una revolución. Y lo verdaderamente importante era que, en esas circunstancias, no me perseguían ni el miedo a la vida, ni a los demás: fatalmente tímida desde siempre, acababa de descubrir el alivio. Un cuaderno de apuntes y un bolígrafo eran mejor escondite hasta que los lentes oscuros detrás de los cuales se parapetaban los matones de la Guardia Nacional.

Unos meses después, ya en plena insurrección, se racionaría el agua en el hotel, y me tocaría salir con los colegas a buscar no sólo noticias sino también frijoles, y con suerte arroz y algún plátano maduro, o yuca, para que el personal siempre leal y amable del Intercontinental nos pudiera preparar la magra cena colectiva. Por ahora, felizmente, el Intercontinental todavía ofrecía agua en abundancia, y un remedo de glamour en su bar de espejos y cuero negro. Allí me senté por la noche de ese largo primer día, a fingir que tomaba algún cóctel (entre las muchas habilidades periodísticas que todavía me faltaban estaba la de saber beber), y a someterme al interrogatorio entre burlón y afectuoso de varios reporteros que no habían visto otro caso como el mío (por lo menos desde que ellos mismos se iniciaron en el oficio).

***

Uno recuerda las cosas como cree que fueron (y, las más de las veces, como quisiera que hubieran sido) y luego las cuenta como mejor puede. La realidad, sin duda, fue mucho más enredada de lo que se puede contar en el ámbito de esta crónica. Los días se sucedieron uno a uno, al azar, y sólo es a la distancia de treinta años que parecen ser los primeros giros lentos de una rueda que está por precipitarse cuesta abajo en una dirección inevitable. A los once meses de la toma sandinista del Palacio Legislativo, los nicaragüenses –y yo entre ellos, yo también– vivimos la euforia total del triunfo de la insurrección contra Somoza. Fue quizás el último momento inocente en mi vida y en la de muchos de los que estuvimos allí. Entre los días de aventura, adrenalina y dicha vinieron días aciagos. Ya había visto a mi primer muerto, y luego, conforme fueron creciendo los conflictos y las guerras centroamericanas, vería a muchos, cientos, demasiados más. Después de Nicaragua viajaría a nuevas ciudades desconocidas, y después de ésas, a otras más. El hecho de subirme a un avión con rumbo a un nuevo destino perdería hasta la más pequeña connotación de aventura, exotismo o glamour (y a cambio, me llegaría a sentir en todo un continente como en mi casa, llena en cualquier parte de amigos y recuerdos). He visto y contado tantas historias que tengo la impresión de haber olvidado las más importantes, mientras que hay otras que no me gusta repasar. Managua es hoy una ciudad de casi dos millones de habitantes, con más pobreza y seguramente también más elevadores que antes, a la que no he vuelto en veinte años. La decepción que eventualmente nos produjeron los sandinistas a casi todos los que los vimos triunfar fue quizá la más amarga de las tantas decepciones parecidas que nos aguardaban a los izquierdistas por el camino. Pero aquella no-ciudad brutal, caótica y conmocionada, tomada por la violencia y la ilusión, permanece prístina en mi recuerdo y en la piel.

Nunca me habían recibido con un lanzagranadas. Roberto, un corpulento moreno con la cabeza rapada como militar, se asomó al portal de su casa con el tubo verde olivo, no muy largo, que sostenía en su hombro derecho, apuntándolo hacia mí, mientras yo temblaba en medio de la calle, garabateando con dificultad en la libreta la palabra “mortero” para disimular el miedo.

Con semejante recibimiento inició mi visita al reparto Shick, el barrio de clase baja del distrito cinco de Managua, una gris capital cada día consumida por la pobreza y la delincuencia. El barrio ocupa un lugar privilegiado en las crónicas rojas de los periódicos, donde con mucha frecuencia se coloca la foto de algún muerto.

—No tengás miedo, chele –dijo El Flaco, que se acerca a mi lado e intenta convencerme que su amigo no disparará el lanzagranadas.

Roberto y El Flaco forman parte de Los Cancheros, una pandilla del reparto Schick que se llama así en honor a la cancha de baloncesto cercana al sector donde viven.

Roberto escondió el lanzagranadas de nuevo en su casa –pequeña, de tablas que hace tiempo pidieron ser jubiladas– y se dirigió hacia el otro lado de la calle, donde El Flaco me decía que no tuviera miedo.

—Es para defendernos si nos atacan –dijo Roberto.

Pero el mortero no sirve, y me di cuenta por el comentario de mi fotógrafo que aquella escena ha sido igual a la de niños jugando a la guerra con pistolas de agua: el arma ya está usada, dice el fotógrafo, es una vieja arma de guerra.

—¿Si los ataca quién? –pregunté.

—Los Cholos –respondió El Flaco.

Los Cholos son la pandilla rival de Los Cancheros, que viven separados apenas por unas calles. El Flaco cuenta que pelean una guerra a partir de la muerte de uno de Los Cholos.

El Flaco tiene 26 años, es delgado como vara de cohete pero de contextura firme, lleva un pañuelo en la cabeza y habla con las manos. Parece un cantante de rap.

Viene entonces el cuento. Dice que José, el hijo de Irene Fuentes, murió asesinado casi frente a su casa. El muerto era de Los Cancheros y había participado supuestamente en el asesinato de un miembro de la pandilla rival, un joven al que llamaban Miguelito.

Miguelito murió en febrero de 2008 cuando regresaba, borracho, de una fiesta.

*

Irene Fuentes no le creyó a su hijo cuando se le apareció en la puerta de la casa con las manos apretando el estómago.

—Mama, me pegaron –dijo el muchacho.

—Dejá de jugar, chavalo –le respondió Irene, creyendo que su hijo menor le hacía una broma. Hasta que José se desmayó frente a ella.

Irene dejó escapar un alarido de dolor.

—¡Ay, mijo!

Eran las 7:30 de la noche del 25 de agosto. Unos minutos antes, José jugaba a la pelota con un vecino del reparto Schick, el barrio donde vivía con su madre y hermana. Los dos muchachos, aburridos de darle al balón, decidieron parar. Querían tomar agua. Saciaron la sed. Cuando el compañero de juegos de José entró a guardar los vasos, escuchó un disparo.

El mismo disparo que oyó Irene, a una cuadra de distancia, encerrada en la pequeña sala. Sintió un estremecimiento, pero no salió a ver qué pasaba. El hijo de Irene, de 16 años, murió de un disparo hecho casi a quemarropa. En el barrio dicen que fue una pasada de cuentas.

La casa de Irene es una construcción de tablas viejas pintadas de celeste, láminas de zinc por techo y piso de cemento. Es una sola habitación dividida en el interior por mamparas de madera que forman los dos únicos cuartos, en los que duermen Irene, su madre, su hija y sus nietos. Está ubicada en el Sector Dos del reparto Schick, el barrio construido como proyecto habitacional durante el Gobierno del presidente René Schick, un político leonés que gobernó el país entre 1963 y 1966, quien donó las tierras donde se afincan los personajes de esta historia.

Una hilera de casas se reparte un enorme territorio hasta formar el barrio, uno de los 45 del Distrito Cinco, el segundo más grande de Managua.

Según las estadísticas de la Policía Nacional, quien entre ahí debería tener miedo. Las cifras dicen que es uno de los barrios más peligrosos de una ciudad que sin embargo en el exterior sigue manteniendo la imagen de ser una de las más seguras de Centroamérica. Esos datos muestran que en 2008 en el Distrito Cinco se registraron 10,995 delitos. Los más graves: 31 muertes violentas y 55 violaciones. La violencia germina en los barrios más pobres, abonada por la pobreza y el desempleo.

La casa de Irene está sobre una calle muy transitada. Desde la puerta entran los sonidos de cláxones, el chirrido de las llantas, las maldiciones de los buseros. Montados en sus viejos buses amarillos desechados de las escuelas de Estados Unidos, los choferes lanzan un “apártense, cabrones” a los muchachos que se cruzan en el camino siguiendo sus balones.

Desde su casa, la melancólica Irene escucha la alegría de los gritos y calla. Es una mujer morena, recia. A la cabellera negra la invaden las canas. Habla con cierto deje cantado, un poco rápido y a veces se le va la voz. De todos modos poco habla ahora. No se escucha el silbido con que termina sus frases. Piensa.

“Tenemos miedo. Los vecinos en las noches han visto a hombres encapuchados que pasan armados. Nadie sabe quiénes son. La gente ya no aguanta. Hay vecinos que están vendiendo sus casas”.

—¿Y usted vendería la suya?

—No tenemos donde ir. Pero vivimos con miedo. No podemos dormir tranquilas durante las noches.

Silencio. Irene vuelve su mirada hacia la calle. El fantasma del hijo se aparece en la mirada. Aquel día, recuerda, cuatro hombres salieron de la nada y le dispararon al muchacho. Apenas tuvo tiempo de correr hasta su casa. Se desmayó. Murió desangrado minutos después en una sala del Hospital Manolo Morales, ubicado a ocho minutos del reparto.

—¿Su hijo era pandillero?

Ella está quieta, las manos juntas sobre el regazo.

—No –se interrumpe– Mi hijo no era pandillero.

*

El Flaco supo del asesinato del hijo de Irene como todos en el barrio. El Flaco vive a dos cuadras de la cancha que le da el nombre a su pandilla. Aquí operan, como dice la Policía.

La cancha es un cuadro de baloncesto hecho de cemento y rodeado de mallas, con bancas alrededor donde se sientan los muchachos por las tardes a ver jugar, a piropear muchachas o conversar. Nada para alarmarse. Un peligro que nadie advierte.

La cancha es una isla rodeada de casas viejas y otras cerradas con barrotes de hierro. La gente vive encarcelada.

Era un día caluroso. El primer día que llegué al reparto fui directo a la cancha. Iba acompañado por una amiga que me presentó a Mauricio, uno de los Cancheros que dice dejar el grupo. Mauricio sería el contacto para moverse entre esa montaña de violencia descrita en los medios de comunicación.

Historias de crímenes, asesinatos, violaciones y la moneda corriente: ser pobre y tener miedo. Ni los taxistas quieren entrar. El horario impuesto para salir del turno es usado muchas veces de excusa para no entrar al barrio. Uno que me conducía una noche calurosa hasta mi casa, me dijo que él ni loco se metía allí y soltó su argumento irrefutable: “Me dejan sin el carro”.

A simple vista el reparto no parece tan violento. En las calles polvosas, los niños que juegan al fútbol sueñan con ser como Messi. Los novios agarrados de las manos se dan besos apasionados. Las amas de casas compran verduras en las pulperías y los hombres toman el fresco bajo la sombra de los árboles, porque este calor de Managua la hace parecer un pequeño infierno, un horno de más de 32 grados centígrados.

Mauricio hizo lo suyo. Me presentó a El Flaco, el rapero que además lucía tatuajes en hombros y abdomen (luna y sol, ying y yang) y la voz ronca como si fuese 50 Cent.

Estamos encerrados en la casa de El Chato, un miembro de la pandilla que ha estado dos veces preso en la cárcel La Modelo, la prisión más grande del país donde muchos de estos muchachos se encuentran por múltiples causas, una de ellas: el asesinato.

La casa parece un gran cajón de madera, un sauna. No hay ventanas, sólo una puerta de hierro resguardada por dos miembros de la pandilla que asoman la cabeza cada vez que pasa una moto por la calle encharcada.

Con el lanza morteros guardado, los muchachos explican que compran armas como compran tomates. Lo hacen para defenderse de sus rivales que llegan a su zona de repente, montados en moto y disparan sin importar a quién le dan.

Afuera, los centinelas vigilan.

—¿Y cómo hacen para conseguir las armas?

Y viene ahí la explicación: O roban para comprarlas o se las roban a los vigilantes que ya de viejos no pueden con el ímpetu de la juventud.

¿Cómo quiere su arma? La rueda de muchachos dice que hay de varios tipos, incluso caseras. Algunas se alquilan. Así que hay que imaginar a un grupo, armando, ajustando el arma hechiza, antes que estos muchachos la saquen en la penumbra de este cuarto asfixiante.

El Flaco la toma con cuidado, como un niño tomaría su juguete más valioso. En el barrio las armas se usan para martar gente como José, el hijo de Irene Fuentes, o “el cholo” Miguelito.

*

La madrugada que mataron a Miguelito, en febrero de 2008, la Policía golpeó a la puerta de Irene Fuentes. Gritaban, exigían que abriera. Los oficiales preguntaron por su hijo, José, que dormía a pierna suelta a su lado.

A la captura repentina siguieron las patadas, golpes en el estómago y empujones. José era sospechoso de la muerte de Miguelito, y esa madrugada fue a parar la estación de policía acompañando a un grupo de sospechosos.

—¿Por qué lo involucraron en la muerte de Miguelito?

Irene levanta la vista. Mira a los ojos.

—Es que no sé, porque mi hijo no estaba en pandillas –repite.

*

Las pandillas siembran el temor en los barrios más pobres de la ciudad, pero este fenómeno es distinto al resto de Centroamérica. Las pandillas aquí son pequeños grupos de vecinos, amigos, que se forman al rededor de su cuadra, de la cancha más cercana, que se protegen, que roban para sobrevivir, que consumen drogas y se enfrentan a grupos rivales.

De ahí, el tipo de nombres con los que se identifican: Los Cancheros, los de la Rampla, Los Cuarteros, Los Comemuertos, Los Mataperros…

José Soza es un sociólogo de la Universidad Centroamericana en Managua que ha estudiado durante años el fenómeno de las pandillas, compartiendo con grupos juveniles de los barrios más pobres de la ciudad.

Soza explica que el desarrollo de las pandillas en el país se ha visto frenado por tres factores. “Nicaragua guarda vestigios de una estructura de los ochenta que respondía a controles barriales, que servían de cohesión, que permitió que los pandilleros encontraran un bloque en esos controles.” La Policía, agrega, ha desarrollado un papel de cercanía al barrio, sin políticas de mano dura, sino con proyectos de trabajos comunitarios, deportivos. Y la presencia de las iglesias, principalmente evangélicas, es un espacio que vincula a los chavalos de los barrios a un cambio de vida.

—Pero recientemente hay más muertos, más violencia.

(Datos oficiales: en Nicaragua ocurre un robo cada 21 minutos, se registran once delitos sexuales a diario y en 2007 se produjeron 1,675 muertes violentas. Entre enero y agosto pasados, se registraron 816 muertes de este tipo.)

Soza dice que se debe a la intensificación del narcotráfico en Centroamérica. “Las pandillas y sus manifestaciones culturales han desaparecido para dar paso a grupos delincuenciales, más relacionados con el narcotráfico. Yo ya no hablaría de pandillas”, dice Soza.

Este sociólogo dice que tiene miedo. El temor de que grupos organizados hagan uso de los barrios de la ciudad en busca de refugio y que se conviertan en zonas controladas. “Así pasó en Honduras”, dice. Por el momento, afirma, Managua sigue siendo una ciudad segura. Pero sólo por el momento.

Mirlen Méndez es la comisionada encargada de la Estación Cinco de la Policía Nacional en Managua. Ella defiende ese trabajo con los jóvenes de los barrios que menciona Soza. Méndez dice que la Policía hace lo que pueda para sacar a los chavalos de las pandillas y mantenerlos ocupados, utilizar las energías que tienen de sobra en algo más que asaltar a los desprevenidos.

El trabajo de Mirlen Méndez no es fácil. A su cargo está la seguridad de 45 barrios, donde viven unas 200 mil personas. A su estación llegan todos los días denuncias de robos, pleitos de vecinos, violencia familiar. Y Méndez trata de arreglar todo. Trata. Porque, admite, no es fácil quedar bien con todo mundo.

Pero esta tarde parece que no hay mucho trabajo. En las bancas de cemento de la Estación, un edificio pequeño y relativamente nuevo, un grupo de policías platica con cara de pereza, esperando que termine su turno. La comisionada Mirlen, como la llaman en la estación, dice que la Policía se esfuerza por reducir la violencia, pero se lo impiden los números rojos de un país en el que el 79 por ciento de la población vive con dos dólares al día.

Los jóvenes, explica Méndez, tienen la protección de sus familiares, y cuando algún chavalo es apresado con relación a algún asalto o por peleas, familiares y vecinos llegan a la Policía a exigir que lo liberen.

“Las familias viven del robo, porque no tienen trabajo. Y si detenés al hijo, vienen diez, quince familiares y vecinos a pedir que lo saquemos, porque todos hacen la misma actividad y se protegen entre ellos”, dice la comisionada.

*

No debe ser fácil vivir con miedo. Tener que aguantar el horror a que una bala salga de la nada y acabe con todo. La mayoría de vecinos quieren hablar, pero el coro es el mismo: Pese a las riñas, pese a las muertes, no vaya a poner nuestros nombres. No quieren ser uno más.

Detrás de la cancha del reparto Schick hay una iglesia protestante. Allí están Wilfredo y Silvia, que disponen las sillas de plástico del templo para el culto que iniciará en una hora. Lo hacen con parsimonia, cuidando que las sillas queden en perfecto orden, una detrás de otra, de cara al altar.

Wilfrido y Silvia acceden a platicar. Acomodan tres sillas en una esquina del templo y responden las preguntas en voz baja, como si tuvieran miedo a que alguien más los escuche.

—El problema se está volviendo desesperante, más caótico –dice Wilfredo.

—Uno no pude salir confiado a la calle porque están en las esquinas. Ellos caminan con armas hechizas, con cuchillos y a nuestra vista saltan y hacen sus cosas –agrega Silvia.

Wilfrido afirma moviendo la cabeza. Baja más la voz, tanto que cuesta escucharlo.

—En el sector donde vivo salen a toda hora los pandilleros. Los Cholos, que parece que son los más peligrosos, andan en vehículos. Tienen sentenciadas varias casas. La vecindad está desesperada.

—¿Han puesto denuncias en la Policía?

—La Policía a veces ni quiere entrar y a las nueve de la noche no hay gente en las calles.

Silvia toma la palabra, en sus manos parece apretar más fuerte la Biblia.

—Se han hecho comités con la Policía para ver qué se puede hacer con los jóvenes, pero hasta la fecha no hay cambios. Los enfrentamientos son diarios, con balaceras. Y sin asco matan a muchachos que no son de su grupo.

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En el caluroso reparto Shick, no siempre las armas han estado en manos de los pandilleros.

En 1994, cuando las pandillas estaban en plena ebullición, se enfrentaban a pedradas. Querían defender su cuadra.

Eran los tiempos en que una pandilla infundía respeto desde el nombre: Los Comemuertos, un grupo de muchachos que hacían de las suyas sobre las lápidas del cementerio cercano al reparto y que ahora, 15 años después, se volvieron un mito pese a desaparecer.

Allá en los noventa el cementerio cobraba vida por las noches, cuando de él salían raros suspiros, palabras dichas despacito, el sonido de labios juntándose en besos, movimientos de cuerpos desesperados como el aleteo de los peces fuera del agua. Gritos de desahogo.

—Allí se hacían orgías –dice Andrés en el porche de su casa, una sólida construcción de cemento que además de ser casa, parece cárcel.

El cementerio ahora da lástima: Tumbas abandonadas, cruces de colores sobresalen de la maleza que se ha tragado todo, no hay más allí jóvenes retozando después de un rato de placer. Muchas de las inscripciones han desaparecido. Nada separa el cementerio del barrio. Está ahí, un grupo de tumbas destruidas en medio de un caserío triste, igual de triste que las criptas.

Andrés tiene 31 años y entró a Los Comemuertos a los 13. Es un moreno bajito, tan flaco que se le remarcan los huesos del pecho debajo de la camiseta. Tiene un pequeño tatuaje en el brazo derecho, un águila como la que adorna el escudo de Estados Unidos.

Esta tarde prefiere hablar desde lejos, tiene una infección en el ojo izquierdo que, dice, se contagia. Después de seis años de sembrar el terror se convirtió al protestantismo y como prueba de su indoblegable decisión saca un libro pequeño de la casa con el que exorciza sus recuerdos del pasado: El Nuevo Testamento.

Consagrado a Dios, recuerda que había miembros de la pandilla que se daban a la tarea de profanar las tumbas más viejas. Querían ver los cadáveres y robar alguna prenda.

Muchas veces la tarea podía ser monumental y después del trabajo de romper la lápida, revisaban los dientes buscando los que fuesen de oro. Con ese dinero podían seguir consumiendo drogas.

Un día se asomó a una de las tumbas, pero no tuvo suerte: los huesos sólo abrazaban una Biblia.

Del cementerio también salían listos para la guerra. Allí se planificaba la estrategia contra pandillas rivales.

—Antes usábamos morteros. Les metíamos tachuelas, vidrios y hierros para que reventaran más fuerte. Había pistolas, pero no como ahora que tienen armas hechizas y las consiguen con conectes –explica.

La nueva generación de pandilleros tiene entre 17 y 18 años. Los más viejos ya se jubilaron.

—Unos trabajan, tienen esposa e hijos y ya no piensan en esas cosas. Pero la pandilla se mantiene en las cabezas de muchos.

—¿Por qué hacerse pandillero?

—La pandilla hace que te miren las jañas, te sentís respetado, nadie se mete con vos. Es más por vanidad. Al principio te da alegría y cuando te adaptás a esa vida el miedo se te quita.

Andrés sí sintió miedo. Fue en 1996, durante un enfrentamiento con tres pandillas que eran conocidas como La Rampla, Los Churros y Los Brujos. La batalla se dio porque Los Comemuertos entraron a la zona de esas pandillas para usar su nuevo juguete: tenían un arma de guerra, de las que quedaron en el país tras la transición democrática y el desarme de 1990.

—Entre Los Comemuertos nunca hubo jefes. Podía haber líderes, pero nunca jefes. El AK se convirtió en nuestro jefe –recuerda Andrés.

El culto al arma pronto se convertiría en miedo, un sentimiento que se metió en el cuerpo de Andrés esa ocasión sin que él siquiera lo imaginara. “Ah, yo sentí como que me entraba un gusano”.

La bala entró por la cadera. “Al rato sentí que no me respondía la pierna. Me desmayé. Cuando me llevaron al hospital estaba quieto, ya no aguantaba. Si no me hubieran llevado, me muero. Tenía 18”, se acuerda.

Andrés ahora es uno de los jubilados. Tiene tres hijos y una esposa y se mantiene alejado de las pandillas, aunque dice que aún lo invitan a regresar. Trabaja medio tiempo en la Alcaldía y el resto del tiempo en una barbería que ha improvisado en su casa. Barbería significa tener una máquina para rapar y cortarle el pelo a los chavalos del barrio.

*

Desempleo es una palabra común para El Flaco. Sin dinero en la bolsa y padre de una nena, cree que trasegar drogas es el negocio más atractivo que se puede encontrar: hay que comprarle a la niña leche, frijoles, arroz, ropa y para eso se necesita plata.

A él le ofrecían 3 mil córdobas (150 dólares) por cargar una libra de marihuana. Aceptó el trato.

Le dieron el paquete, una escopeta y una pistola calibre 38 y se fue acompañado de un chavalo de 17 años, pandillero como él.

En el traslado de la droga, El Flaco sintió que lo perseguían. Eran jóvenes. Pensó que eran pandilleros rivales. Sacó el revólver que llevaba escondido en una mochila y disparó dos veces.

Los disparos alertaron a una patrulla escondida, que de la nada apareció frente a El Flaco y su acompañante. Los oficiales de la patrulla y los vestidos de civil los atraparon, les quitaron armas y marihuana y los montaron al vehículo. Los golpearon mientras los interrogaban.

—Hijueputa, mierda, vas preso para largo –dijo un oficial.

Unos segundos después otro se acercó y le dijo:

—¿Qué onda, chavalo, todo o nada?

—Nada –respondió El Flaco. En las pandillas existe también la Omertá (código de la mafia italiana): Un bocón no sobrevive, pero además hay razones sentimentales.

“Es deacachimba andar en turqueaderas –dice circunspecto–: sentir la adrenalina, dar, apuñalar; me encantaba apuñalar. Lo hice varias veces… por un par de zapatos, por una gorra, por un reloj”.

La primera vez que El Flaco apuñaló a alguien fue durante las fiestas de diciembre. Se fue con un grupo de amigos a residencial Santo Domingo, esa zona de gente adinerada de Managua donde una compañía de bebidas enciende un árbol de Navidad gigante y hay música y alegría en esta capital gris. El Flaco estaba bebiendo cuando sintió que alguien lo machucó. Lastimó su orgullo. El Flaco entonces sacó su puñal e inició su carrera de delincuente.

El sonido de la lluvia, amortiguado por el techo de paja, que cae sobre el pequeño rancho sostenido por cuatro troncos y sin paredes, trae recuerdos horribles a Ana Ampié. Ella es sobreviviente del derrumbe del volcán Casita, que el 30 de octubre de 1998 borró para siempre 10 comunidades cercanas a Posoltega, en Chinandega. La lluvia revive la desesperación de esos días. El recuerdo de las dos hijas desaparecidas y cuyos cuerpos nunca fueron encontrados. La impotencia. El dolor. El miedo. La pérdida de lo poco que tenía. Y la sensación de un día haber sido la gran noticia del país para luego ser olvidados por completo.

Ya van semanas que llueve sin parar en Chinandega. Las autoridades hablan de más de 13 mil afectados, decretan alertas, y las fotos de inundaciones ilustran las portadas de los diarios. Para Ampié es tiempo de recordar y de estar atentos. A nueve años de la catástrofe que marcó su vida para siempre, esta mujer de 36 años dice que es lo único que le queda: estar alerta. Ella y su familia no tienen nada. Lo perdieron todo en el deslave, aunque ésta es sólo una expresión, porque el derrumbe del Casita sólo empeoró la pobreza en la que vivían sus vecinos. Tienen nueve años de comenzar de cero.

Ampié, su esposo y sus dos hijos, están entre los pocos que se aventuraron a regresar a la zona del deslave. El rancho que montaron es apenas cuatro troncos sosteniendo el techo de paja, un cuarto separado por láminas oxidadas que sirve como dormitorio, piso de tierra, cocina con leña -donde esta mañana Ana Ampié prepara el arroz para el almuerzo- y se localiza en una pequeña colina a unos metros del camino de tierra, cerca de donde estuvo su antigua casa antes que el barro del Casita la destrozara. Dice que regresaron porque no tenían de otra. Porque no recibieron ayuda. Porque tenían que volver a cultivar estas tierras fértiles pero traicioneras. Porque tenían que sobrevivir.

Ana Ampié perdió a dos hijas, que en aquel entonces tenían 11 y 10 años. Su esposo, Pablo Gutiérrez, de 39 años, perdió además de las hijas a 69 familiares, incluyendo padres y hermanos. Ambos decidieron regresar a este lugar, que nueve años después se muestra sereno, verde, lleno de vegetación, fresco; donde la naturaleza ha borrado, como un asesino después de un crimen, las huellas de aquella masacre.

“No sentimos miedo. Las lluvias han estado fuertes. Cuando viene la lluvia pedimos que Dios nos guarde. Aquí han decretado zona de peligro. Si Dios permite que haya otro deslave, pues que sea su voluntad. Pero aquí tenemos tierras para cultivar”, afirma Ana.

 

Un caserío desolado

Los que no se arriesgan a volver al Casita viven en Santa María, caserío surcado por calles de tierra que en este invierno se convierten en las esquinas en charcos de agua sucia y barro. Está ubicado a unos dos kilómetros de la carretera que va hacia Chinandega. Pero las casitas del barrio, símbolo de la esperanza después del deslave del volcán Casita el 30 de octubre de 1998, se están quedando sin inquilinos. Muchos de los vecinos han emigrado a Costa Rica. Otros se han ido buscando mejores horizontes en la capital o Chinandega. Y los más se han refugiado con familiares en otras regiones del país.

En Santa María no hay oportunidades, dicen sus vecinos. Sus lodosas calles contrastan con la riqueza verde que simbolizan los cañaverales que rodean al caserío. Los jóvenes que no han emigrado se entregan al alcohol y en los patios de las casas, bajos los árboles, se ve a hombres y mujeres desocupados, ahogando las horas más calientes de la tarde, mientras los niños, muchos con el vientre hinchado, corretean o juegan al béisbol con pelotas hechas de calcetines viejos.

Las 350 casitas de ladrillo, con ventanas y techos de madera y zinc, con sus porches que dan a las calles lodosas, bien pueden causar la envidia de los habitantes de los asentamientos más pobres de Managua. Pero en Santa María parecen no importar mucho. Sus inquilinos se fueron, al parecer, sin ánimos de volver. Total, nueve años después de aquella tragedia que conmocionó a todo el país, ni los títulos de propiedad de los terrenos les fueron entregados.

“Aquí va a ver usted todas estas casas solas porque no hay trabajo. Toda la gente se va para Costa Rica”, afirma María Narváez (55 años, alta, morena, con la piel de la cara seca y con profundas arrugas que la hacen ver como una anciana), quien lo perdió todo en el derrumbe del Casita. Sus padres, hermanos, primos, tíos, sobrinos y un hijo quedaron enterrados para siempre en las faldas del volcán. En total fueron 50 familiares. Ella, su esposo y seis hijos quedaron con vida.

“Aquí nos prometieron que nos iban a dar trabajo, que nos iban a ayudar. Buscamos trabajo pero nunca encontramos. Cuando llegamos aquí ya no nos dieron más ayuda. Ni la escritura nos han dado. Nos piden reales para pagar y nada. Dicen que les ha costado porque son 350 casas y que en diciembre nos dan las escrituras pero así nos dicen todos los años”, se queja la mujer.

“Allá vivíamos tranquilos. Criábamos animales, sembrábamos lo que queríamos. Aquí no. Vivimos en este pedacito y nos desconsuela no tener nada”, dice por su parte Isidora del Carmen Acosta, una mujer de 58 años, morena, regordeta, quien habita junto a su esposo en una de las casas ubicadas en las calles más adentradas del caserío.

“Viera usted las promesas que nos hicieron. Traían el listón para saber qué necesitábamos y salían a pedir y los mandamás se lo agarraban todo”, agrega la mujer, quien dice que la promesa de entrega de escrituras hasta ahora no se ha cumplido. “Nos estuvieron quitando 200 pesos cuatro veces para las escrituras, y todavía nada. Mire cómo están las calles, tenían que estar adoquinadas”, dice la mujer señalando los charcos frente al porche de su casa.

Las casas de Santa María fueron construidas como una segunda oportunidad para 350 familias sobrevivientes del deslave del Casita, que el 30 de octubre de 1998 sepultó para siempre 10 comunidades ubicadas en sus faldas y mató a 2,800 personas. Muchas de las 120 ONG que llegaron a auxiliar a los damnificados centraron sus esfuerzos en garantizarles un hogar mejor que aquellos ranchos de paja y tablas en los que la mayoría vivía antes de la tragedia.

Cuando las casas fueron entregadas en septiembre de 1999 como homenaje a los desaparecidos a un año del deslave del volcán, las ONG encargadas de su distribución pusieron entre las condiciones que las escrituras de las viviendas serían entregadas 10 años después a sus inquilinos, como una forma para garantizar que las casas no serían vendidas.

Pero a pesar que las casas fueron construidas en una de las zonas más productivas de occidente, sus inquilinos pronto se dieron cuenta que los cultivos de caña de azúcar, de maní y la procesadora de maíz cercana al caserío, no eran suficientes para emplear a una población acostumbrada a la agricultura. Y el éxodo comenzó.

Carlos Alonso Tercero Huete (53 años, alto, recio, moreno, de marcados rasgos indígenas) es el alcalde sandinista de Posoltega y tiene una visión bastante negativa del futuro del municipio que administra: la emigración está destruyendo las familias, ya de por sí rotas por la desgracia del Casita, existen altos niveles de pobreza y la falta de empleos no brinda oportunidades a los jóvenes. El alcalde dice que Posoltega es un municipio olvidado por todos. De los más de 120 ONG que llegaron a ayudar a la zona en los días del deslave, el alcalde dice que ahora quedan unas seis.

“Mirá, quiero ser honesto: las alternativas son de supervivencia. Aquí se perdieron tres mil víctimas, hubo una desarticulación total. Muchos salieron del país. Unos se fueron a El Salvador, Honduras, Costa Rica, España y Estados Unidos”, dice el alcalde.

Tercero Huete afirma que su alcaldía cuenta con un presupuesto de cinco millones de córdobas que es lo que entrega el Ministerio de Hacienda, y un millón más en ingresos por recaudaciones. Es decir, unos 321 mil dólares anuales para solventar las necesidades de 17 mil 500 habitantes.

Para el funcionario, la entrega de escrituras es una de las partes más complicadas de la administración. La mayoría de los habitantes de la zona cuenta con escrituras comunales de reforma agraria y, según los cálculos del edil, serían necesarios 800 mil córdobas para iniciar el proceso de registro y partición de los terrenos. Afirma, sin embargo, que trabajan en la construcción de 600 viviendas nuevas que serán entregadas entre 2008 y 2009; y preparan la entrega de al menos 1,500 escrituras.

Garantizar fuentes de trabajo, sin embargo, es más complicado. La única esperanza de los pobladores de Posoltega es el plan de desarrollo impulsado por la Alcaldía desde 2006 y que se extenderá hasta 2016 con una inversión de 240 millones de córdobas aportados por organizaciones, donantes y gobierno central. Hasta ahora se han ejecutado 90 millones de córdobas, pero el alcalde afirma que para que Posoltega “despegue” se necesita una inversión de 500 millones en viviendas, caminos, reforestación y apoyo a las actividades agropecuarias.

“Posoltega se está quedando aislado, no hay inversión y sobrevive con el aporte de los pocos productores de la zona. La gente aquí no viene por gusto, vienen a buscar alternativas de vida. No está establecida una política que permita apoyar a la población”, afirma el edil, quien también perdió a 60 familiares el día del alud, entre hermanos, sobrinos, tíos y abuelos.

 

Preámbulo del apocalipsis

Aquel primero de noviembre de 1998 los diarios nacionales recogían en sus páginas historias escalofriantes. Los nicaragüenses se desayunaban con titulares fuertes, que trataban de recoger la magnitud de la tragedia sufrida a causa del huracán Mitch, que ese año azotó sin consideraciones al país, dejando más de 700 mil damnificados. El 30 de octubre, el derrumbe del Casita fue la parte más trágica de esa pesadilla nunca antes sufrida en Nicaragua, en la que se convirtió el paso del Mitch.

“¡Apocalíptico!”, titulaba El Nuevo Diario a seis columnas. “¡Espeluznante!”, era el título de La Prensa del 2 de noviembre. Los días siguientes el tono no bajó: “¡Cuadros dantescos!”, “Dramáticos lamentos en lodos y árboles”, “Agonizan atrapados”, “Vecinos escuchan lamentos subterráneos”, “¡Hedor, chamusca, horror!”, “Posoltega, un enorme cementerio al aire libre”, “1,500 enterrados vivos”, y un titular hasta se aventuraba a preguntar: “¿Por qué, Dios mío?”

El viernes 30 de octubre hacía varias semanas que no paraba de llover. Parecía el cumplimiento de aquel diluvio del “Génesis”, que más tarde se convertiría en una escena apocalíptica. Un grupo de hombres de la comarca Rolando Rodríguez, en las faldas del volcán Casita, decidió salir a las 10:30 de la mañana hacia Posoltega para comprar alimentos, porque los cultivos se habían perdido por la lluvia e inundaciones y no había más comida.

A los 15 minutos de haber salido los hombres, los habitantes de la comarca escucharon un estruendo que venía de la cima del volcán, era como el ruido de varios helicópteros, por lo que pensaron que era la ayuda esperada por días. Así es que todos los vecinos salieron al camino, inundado por la lluvia, gritando “¡Vienen los helicópteros! ¡Vienen los helicópteros!” A los minutos, el cielo se oscureció por completo, y una enorme nube negra se abalanzaba sobre ellos. Asustado, Pablo Gutiérrez corrió hasta su rancho, a unos metros del camino, y le gritó a su esposa: “¡Corrámonos, que es el cerro que viene!” Ana Ampié trataba de hacer quehaceres en su casa, anegada por el agua de tantos días, cuando vio el semblante de su marido. Corrió hasta sus cuatro hijos y toda la familia salió de la casa.

“Mis chavalas no podían caminar de los nervios, las empujé y las agarré de la mano y salimos. Los otros pequeños iban detrás de nosotros. Mi esposo agarró al menor varón y yo a la niña menor”, recuerda Ana. “Llegamos al camino. Las otras dos mayores iban adelante, agarradas de la mano. Al llegar al frente de una casa ellas me gritaban “¡Mamita, nos morimos!”. Yo les grité: “¡Córranse donde su mita!”, pensando que ellas iban alcanzar a llegar donde su abuela. Fue imposible que pudieran llegar”, agrega Ana, con lágrimas en los ojos.

El alud botó a Ana. Sintió un fuerte golpe por la espalda y una corriente que la arrastraba y la apretaba. No podía ver nada. Era un remolino que la sacudía, la golpeaba; sentía los troncos, las piedras, trataba de sujetarse pero la fuerza que la llevaba era mucho mayor. Ana perdió la conciencia.

“Quedé en una balsera. Sólo sacaba la cabeza. El resto del cuerpo lo tenía aterrado en el lodo. Sentía que me estaban oprimiendo. Me decía “ahora quedé sola”, porque no miraba ni a mi marido ni a mis hijos, no miraba a nadie. Comencé a gritar. Miraba a los lados y era como si estuviera en el mar, se miraba como una playa. Después de mucho gritar sentí que me hablaron, decían: “Calmate, ya voy”. Miré un bulto que se acercaba, salía y se hundía, hasta que llegó. Era mi marido. Cuando se me acerca se puso a llorar y dijo: “Qué barbaridad, cómo quedaste”. Lo primero que hice fue preguntarle por mis hijos y me dijo que no sabía nada de ellos. De ninguno de los cuatro. Me dijo que no sabía ni de su papá ni de su mamá y luego dijo: “Calmate, que te voy a sacar”. Y yo le dije: “Para qué quiero vida sin mis hijos”. Pero él luchó y me sacó de donde estaba. Al salir me desmayé. Me acostó en unas tablas, cerca de donde oímos llorar a una chavala. Era nuestra hija pequeña. Estaba encajada en unas ramas de mango. Mi marido fue por ella. Cuando regresó con la niña, ella decía que yo no era su mama, al ver cómo había quedado.”

Ana Ampié quedó hecha un bulto de carne y huesos rotos. Las orejas estaban casi desprendidas de su cabeza, tenía la nariz rota y graves heridas en piernas y brazos. Tenía la piel en carne viva y el calor y la humedad del barro donde estaba atrapada se la cocían. A su alrededor todo era destrucción: la enorme lengua de barro que había arrasado con todo, cadáveres, lamentos de niños, miembros desprendidos, animales muertos, enormes piedras, árboles arrancados de raíz.

La mujer le pidió a su esposo que buscara a sus hijos. El niño menor, Marlon, fue encontrado por un vecino a unos metros de donde estaba ella. Tenía quebrada la pierna derecha y la cabeza fracturada. Las mayores nunca fueron halladas.

Ana Ampié permaneció en ese lugar con su familia hasta el domingo, cuando llegaron los socorristas en helicópteros. Al ver el estado en que había quedado la mujer, dijeron que no podían trasladarla, porque no iba a aguantar el viaje.

“Yo sentía que me moría. No sentía nada de ánimos. Al ver sólo dos hijos me ponía a pensar en la fatiga que acababa de pasar y pensaba que eso mismo estaban pasando mis hijas, que me estarían clamando y me preguntaba dónde estarán. Mi esposo me decía: “Hacé el esfuerzo, mirá que tenés a tus dos pequeños”, recuerda. “Se oían gritos. Un hombre gritaba: “¡Norma, vení sacame que estoy con mi niño tierno, vení sacame!”. El grito era profundo, el hombre no se veía. El hombre se cansó de gritar. Nadie pudo ayudarlo. Después ya no se oyó. Cuando lo pudieron sacar ya estaba muerto, con la criatura en sus brazos.”

El equipo de socorro pudo sacar a la familia, que fue traslada al hospital de Chinandega. Debido al agua caliente, la piel de Ana estaba morada y cocida y las enfermeras le dijeron que la iba a botar. “Para mí fue terrible, sobre todo cuando comenzaron a curarme las heridas. Yo sentía que me estaban despedazando. Las enfermeras decían “aguante, aguante, porque esto es bueno para usted, si ese lodo se queda, se le va a pudrir la piel”. Pasé días terribles. Fui la última en salir del hospital. Pasé dos meses ahí. Me sanaban de una cosa y tenía problemas de otra”, dice Ampié.

Su cuerpo tiene las cicatrices de la tragedia. Cicatrices en el rostro, la nariz un poco torcida en el tabique, marcas en sus brazos y piernas. Debido a las lesiones en la nariz, Ana tiene problemas para respirar, por lo que los médicos le dijeron que necesitaba una operación. Ella se opone por dos razones: miedo a regresar a un hospital y falta de dinero.

Sus hijos crecen saludables, pero tampoco olvidan la tragedia. Marlon, que ahora estudia el quinto grado, padece de nervios y se altera con facilidad. Sufre pesadillas constantemente, por lo que tuvo que ser tratado por una sicóloga en Chinandega. Pero eso terminó cuando decidieron regresar al lugar donde vivían.

 

Zona de fantasmas y tierras secas

La mañana es fresca. Ha llovido durante la noche y la carretera que une Chinandega con León está aún húmeda. A los lados sobresalen los cultivos de maní, el oro café de estas zonas. Un camino de tierra, a la derecha de la carretera, en las cercanías de Posoltega, comunica con las zonas afectadas por el derrumbe del Casita. Adentrarse en el camino es como llegar a un cementerio: cruces por todos lados, unas pequeñas, otras más grandes; unas de colores, otras sin pintar. Estas con flores; aquellas ahogadas por el crecimiento caprichoso de las hierbas. Árboles de eucalipto, sembrados como parte de un proyecto de reforestación, dan un olor dulzón al aire, mezclado con el rocío de los arbustos y el lodo del camino.

En la comunidad de Versalles, también afectada por el alud del Casita, los habitantes perdieron parte de sus cultivos de frijoles y maíz por las lluvias que han golpeado el occidente del país en las últimas semanas. Versalles está a un par de kilómetros de la comarca Rolando Rodríguez. Para llegar hasta ahí es necesario cruzar el mar de piedras y barro dejado por el derrumbe del volcán. Es como un desierto. Este es el corazón de la desgracia y a donde la vegetación aún no esconde las cicatrices de aquel 30 de octubre.

“Toda esta zona estaba bien poblada”, dice Carlos Alonso Tercero, concejal sandinista de la Alcaldía de Posoltega, quien esta mañana se dirige a una reunión en Versalles para los arreglos del noveno aniversario del desastre. “Era una zona productiva. Después del Mitch esto quedó horrible. El alud se llevó el cuadro de béisbol, el centro de salud y varias comunidades”, explica el funcionario.

En la zona desierta aparecen de vez en cuando figuras fantasmales. Gente delgada como fideos que parecen más bien espectros de aquellos que alguna vez cultivaron estas tierras. Su aparición entre tramos del camino inquieta al chofer, que cree ver en ellos verdaderos fantasmas. Han regresado porque no tienen a donde ir. Han regresado para retar al Casita. Han regresado para arrancarle vida a estas tierras secas.

Juan Gómez Soriano es un anciano de 73 años, piel seca y huesos largos. Se dedica a cultivar maíz y frijoles y se lamenta de que le haya ido tan mal en la cosecha de primera, porque de esos cultivos depende la subsistencia de su familia. En su memoria está aquel “pum, pum, pum” de hace nueve años que destruyó su casa y del cual aún no ha logrado reponerse.

“Yo perdí cerdos y gallinas. Mi casita se está cayendo y no tengo para arreglarla. Nos sentimos olvidados. Después del gran fracaso que tuvimos no nos han ni volteado a ver. Esas son las cosas por las que uno se reciente”, afirma el anciano, quien perdió cinco sobrinos en el alud. “No tenemos donde ubicarnos, si tuviéramos adonde ir ya no estaríamos aquí. Vivimos nerviosos, esos cerros de un momento a otro pueden hacer otro desastre”, agrega.

Igual de nervioso se siente José Armando Chavarría Arauz, de 54 años y quien perdió 47 familiares en el deslave. Dice que tiene recelo de quedarse a vivir en Versalles, porque ha sido declarada zona de alto riesgo. “Pero, ideay, uno está acostumbrado al campo y no tenemos un salario fijo, ¿para dónde vamos a agarrar?”, dice, encogiéndose de hombros.

Chavarría, quien vive con dos de sus hijos (otros dos han emigrado a Costa Rica) y su esposa, también ha perdido parte de sus cultivos pero dice que “aquí la estamos aguantando, aunque sea con este puño de frijoles jodidos”.

La mayoría de los habitantes de estas comunidades se lamenta porque, al igual que los vecinos de Santa María, no tienen escrituras de la tierra que cultivan o el terreno donde han montado sus ranchos. Todos, sin embargo, dicen estar mejor en estas tierras donde al menos pueden dedicarse a la agricultura y afirman que no se irán de aquí. Todas las tardes, después de la faena en los huertos, las familias se reúnen en los ranchos, invocando a la naturaleza para que no los vuelva a castigar con su furia.

 

La esperanza de Santa María

La esperanza en el caserío Santa María tiene nombre. Pedro Pablo Chávez es un niño de 9 años que corretea sonriente por las callejuelas del caserío. En su rostro, cerca del ojo derecho, tiene una cicatriz que es la marca de la desgracia que vivió cuando era apenas un recién nacido: el día del alud, Pedro Pablo tenía 15 días. Su padre corrió con el bebé para poder salvarlo, pero la ola de lodo se lo arrebató y el niño quedó enterrado por varios días en el fango. Lo encontraron al siguiente viernes del desastre, aún con vida.

“Él está vivo por la gracia de Dios”, dice su abuela Isidora del Carmen Acosta, de 58 años. El niño, junto con el grupo de amigos que recorren descalzos el caserío, representa la esperanza para una gente que quiere dejar atrás los recuerdos de la desgracia. Representa las esperanzas de Ana Ampié, Juan Gómez Soriano, José Armando Chavarría, María Narváez e Isidoro Acosta. Los sobrevivientes olvidados del Casita.

Asalto al palacio

Publicado: 15 septiembre 2008 en Gabriel García Márquez
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El plan parecía una locura demasiado simple. Se trataba de tomar el Palacio Nacional de Managua a pleno día, con solo veinticinco hombres, mantener en rehenes a los miembros de la Cámara de Diputados y obtener como rescate la liberación de todos los presos políticos. El Palacio Nacional, un viejo y desabrido edificio de dos pisos con ínfulas monumentales, ocupa una manzana entera con numerosas ventanas en sus costados y una fachada con columnas de partenón bananero hacia la desolada Plaza de la República. Además del Senado en el primer piso y la Cámara de Diputados en el segundo, allí funcionan el Ministerio de Hacienda, el Ministerio de Gobernación y la Dirección General de Ingresos, de modo que es el más público y populoso de todos los edificios públicos de Managua. Por eso hay siempre un policía con armas largas en cada puerta, dos más en las escaleras del segundo piso, y numerosos pistoleros de ministros y parlamentarios por todas partes. En horas hábiles, entre empleados y público, hay en los sótanos, las oficinas y los corredores no menos de tres mil personas. Sin embargo, la dirección del Frente Sandinista de Liberación Nacional (FSLN) no consideró que el asalto de aquel mercado burocrático fuera una locura demasiado simple, sino todo lo contrario: un disparate magistral.

En realidad, el plan lo había concebido y propuesto desde 1970 el veterano militante Edén Pastora, pero sólo se puso en práctica cuando se hizo demasiado evidente que Estados Unidos había resuelto ayudar a Somoza a quedarse en el trono de sangre hasta 1981. “Los que especulan con mi salud, que no se equivoquen”, había dicho el dictador después de reciente viaje a Washington. “Otros la tienen peor”, habría agregado, con una arrogancia muy propia de su carácter.

Tres empréstitos de cuarenta, cincuenta y sesenta millones de dólares se anunciaron poco después. Por último, el propio presidente Carter, de su puño y letra, rebasó la copa con una carta a Somoza en la cual lo felicitaba por una pretendía mejoría de los derechos humanos en Nicaragua. La Dirección Nacional del FSLN, estimulada por el ascenso notable de la agitación popular, consideró entonces que era urgente la réplica terminante, y ordenó que se pusiera en práctica el plan congelado y tantas veces aplazado durante ocho años. Como se trataba de secuestrar a los parlamentarios del régimen, se le puso a la acción el nombre clave de “Operación Chanchera”. Es decir: el asalto a la casa de los chanchos (cerdos).

Militantes probados

La responsabilidad de la operación recayó sobre tres militantes bien probados. El primero fue el hombre que la había concebido y que había de comandarla, y cuyo nombre real parece un seudónimo de poeta en la propia patria de Rubén Darío: Edén Pastora. Es un hombre de cuarenta y dos años, con veinte de militancia muy intensa y con una decisión de mando que no logra disimular con su estupendo buen humor. Hijo de un hogar conservador, estudió el bachillerato con los jesuitas, y luego hizo tres años de medicina en la Universidad de Guadalajara, México. Tres años en cinco, porque varias veces interrumpió las clases para volver a las guerrillas de su país, y sólo cuando lo derrotaban volvía a la Escuela de Medicina. Su recuerdo más antiguo, a los siete años, fue la muerte de su padre, asesinado por la Guardia Nacional de Anastasio Somoza García. Por ser el comandante de la operación, de acuerdo con una norma tradicional del FSLN, sería distinguido con el nombre de “Cero”.

En el segundo lugar fue designado Hugo Torres Jiménez, un veterano guerrillero de treinta años, con una formación política tan eficiente como su formación militar. Había participado en el célebre secuestro de una fiesta de parientes de Somoza en 1974, lo habían condenado en ausencia a treinta años de cárcel y desde entonces vivía en Managua en la clandestinidad absoluta. Su nombre, igual que la operación anterior, fue el número “Uno”.

La número “Dos”, única mujer del comando, es Dora María Téllez, de veintidós años, una muchacha muy bella, tímida y absorta, con una inteligencia y un buen juicio que le habrían servido para cualquier cosa grande en la vida. También ella estudió tres años, de medicina en León. “Pero desistí por frustración”, dice. “Era muy triste curar niños desnutridos con tanto trabajo, para que tres meses después volvieran al hospital en peor estado de desnutrición. “Procede del Frente Guerrillero del Norte. “Carlos Fonseca Amador”. Desde enero de 1976 vivía en la clandestinidad.

Otros veintitrés muchachos completaban el comando. La dirección del FSLN los escogió con mucho rigor entre los más resueltos y probados en acciones de guerra de todos los comités regionales de Nicaragua, pero lo que más sorprende en ellos es su juventud. Omitiendo a Pastora, la edad promedio del comando era de veinte años. Tres de sus miembros tienen dieciocho.

Los veinticinco miembros del comando se reunieron por primera vez en una casa de seguridad de Managua, solo tres días antes de la fecha prevista para la acción. Salvo los tres primeros números, ninguno de ellos se conocía entre sí, ni tenían la menor idea de la naturaleza de la operación. Solo les habían advertido que era un acto audaz y con un riesgo enorme para sus vidas, y todos habían aceptado.

El único que había estado alguna vez dentro del Palacio Nacional era el comandante “Cero”, cuando era muy niño y acompañaba a su madre a pagar los impuestos. Dora María, la número “Dos” , tenía una cierta idea del Salón Azul, donde se reúne la Cámara de Diputados, porque alguna vez lo había visto en la televisión. El resto del grupo no sólo no conocía el Palacio Nacional, ni siquiera por fuera, sino que la mayoría nunca había estado en Managua. Sin embargo, los tres dirigentes tenían un plano perfecto dibujado con un cierto primor científico por un médico del FSLN, y desde varias semanas antes de la acción conocían de memoria los pormenores del edificio como si hubieran vivido allí media vida.

El día escogido para la acción fue el martes 22 de agosto, porque la discusión del Presupuesto Nacional aseguraba una asistencia más numerosa. A las 9.30 de la mañana de ese día, cuando los servicios de vigilancia confirmaron que habría reunión de la Cámara de Diputados, los veintitrés muchachos fueron informados de todos los secretos del plan y se les asignó a cada uno una misión precisa. Divididos en seis escuadrones de a cuatro, mediante un sistema complejo pero muy eficaz, a cada uno le correspondió un número que permitía saber cuál era su escuadra y su posición dentro de ella.

Fabuloso ingenio

El ingenio de la acción consistía en hacerse pasar por una patrulla de la Escuela de Entrenamiento Básico de Infantería de la Guardia Nacional. De modo que se uniformaron de verde olivo, con uniformes hechos por costureras clandestinas en tallas medianas, y se pusieron botas militares compradas el sábado anterior en tiendas distintas. A cada uno le dieron un bolso de campaña con el pañuelo rojo y negro del FSLN, dos pañuelos de bolsillo por si sufrían heridas, un foco de mano, máscaras y anteojos contra gases, bolsas plásticas para almacenar el agua en caso de urgencias y bicarbonato para afrontar los gases lacrimógenos.

En la dotación general del comando había, además diez cuerdas de nylon de metro y medio para amarrar rehenes y tres cadenas con candados para cerrar por dentro todas las puertas del Palacio Nacional. No llevaban equipo médico porque sabían que en el Salón Azul había servicios y medicinas de urgencia. Por último se les repartieron las armas que de ningún modo podían ser distintas a las que usa la Guardia Nacional, porque casi todas habían sido capturadas en combate. El parque completo eran dos subametralladoras UZI, un G3, un M3, un M2, veinte fusiles Garand, una pistola Browning y cincuenta granadas. Cada uno disponía de trescientos tiros.

La única resistencia que opusieron todos fue a la hora de cortarse el cabello y afeitarse las barbas cultivada con tanto esmero en los frentes de guerra. Sin embargo, ningún miembro de la Guardia Nacional puede llevar cabellos largos ni barbas, y solo los oficiales pueden llevar bigotes. No había más remedio que cortar, y de cualquier manera, porque el FSLN no tuvo a última hora un peluquero de confianza. Se peluquearon los unos a los otros. A Dora María, una compañera resuelta, le trasquiló de dos tijeretazos su hermosa caballera de combate, para que no se ve viera que era mujer con la boina negra.

A las 11.50 de la mañana, con el retraso habitual, la Cámara de Diputados inició la sesión en el Salón Azul. Solo dos partidos forman parte de ella: el Liberal, que es el partido oficial de Somoza y el Partido Conservador, que hace el juego de la oposición legal.

Desde la gran puerta de cristales de la entrada principal se ve la bancada liberal a la derecha y la bancada conservadora a la izquierda. Al fondo, sobre un estrado, está la larga mesa de la Presidencia. Detrás de cada bancada hay un balcón para las barras de cada partido y una tribuna para los periodistas, pero el balcón de las barras conservadoras está cerrado desde hace mucho tiempo, mientras que el de los liberales está abierto y siempre muy concurrido por partidarios a sueldo. Aquel martes estaba más concurrida que de costumbre y había además unos veinte periodistas en la tribuna de prensa. Asistían casi todos los diputados y dos de ellos valían su peso en oro para el FSLN: Luis Pallais Debayle, primo hermano de Anastasio Somoza, y José Somoza Abrego, hijo del general José Somoza, que es medio hermano del dictador.

El debate sobre el presupuesto había comenzado a las 12.30 cuando dos camionetas Ford, pintadas de verde militar con toldos de lona verde y bancas de madera en la parte posterior, se detuvieron al mismo tiempo frente a las dos puertas laterales del Palacio Nacional. En cada una de las puertas, como estaba previsto, había un policía armado con una escopeta, y ambos estaban bastante acostumbrados a su rutina, para darse cuenta de que el verde de las camionetas era mucho más brillante que el de la Guardia Nacional. Rápidamente, con ruidosas órdenes militares, de cada una de las camionetas descendieron tres escuadras de soldados.

El primero que bajó fue el comandante “Cero”, frente a la puerta oriental, seguido por tres escuadras. La última estaba comandada por la número “Dos”: Dora María. Tan pronto como saltó a tierra, “Cero” gritó con su voz recia y bien cargada de autoridad: “¡Apártense! ¡Viene el jefe!”

El policía de la puerta se hizo a un lado de inmediato y el “Cero” dejó a uno de sus hombres montando guardia a su lado. Seguido por sus hombres subió la amplia escalera hasta el segundo piso, con los mismos gritos bárbaros de la Guardia Nacional cuando se aproxima Somoza, y llegó hasta donde estaban otros dos policías con revólveres y bolillos. “Cero” desarmó a uno y la “Dos” desarmó al otro con el mismo grito paralizante: “¡Viene el jefe!”

Allí quedaron apostados otros dos guerrilleros. Para entonces, la muchedumbre de los corredores había oído los gritos, había visto a los guardias armados, y había tratado de escapar. En Managua es casi un reflejo social: cuando llega Somoza todo el mundo huye.

“Cero” llevaba la misión específica de entrar en el Salón Azul y mantener a raya a los diputados, sabiendo que todos los liberales y muchos de los conservadores estaban armados. La “Dos” llevaba la misión de cubrir esa operación frente a la gran puerta de cristales, desde donde dominaba, abajo, la entrada principal del edificio. A ambos lados de la puerta de cristales había previsto encontrar dos policías con revólveres. Abajo, en la entrada principal, que era una verja de hierro forjado, había dos hombres armados con una escopeta y una subametralladora. Uno de ellos era un capitán de la Guardia Nacional.

“Cero” y la “Dos”, seguidos por sus escuadras, se abrieron paso por entre la muchedumbre despavorida hasta la puerta del Salón Azul, donde se llevaron la sorpresa de que uno de los policías tenía una escopeta. “¡Viene el jefe!”, volvió a gritar “Cero” y le arrebató el arma. El “Cuatro” desarmó al otro, pero los agentes fueron los primeros en comprender que aquello era un engaño, y escaparon por las escaleras hacia la calle. Entonces los dos guardias de la entrada dispararon contra los hombre de la “Dos”, y estos respondieron con una descarga de fuego cerrado. El capitán de la Guardia Nacional quedó muerto en el acto, y el otro guardia quedó herido. La entrada principal, por el momento, quedó desguarnecida, pero la “Dos” dejó a varios hombres tendidos para protegerla.

Al oír los primeros tiros, como estaba previsto, los sandinistas apostados en las puertas laterales desarmaron y pusieron en fuga a los policías, cerrando las puertas por dentro con cadenas y candados y corrieron a reforzar a sus compañeros por entre una muchedumbre que corría sin dirección acosada por el pánico.

La “Dos”, mientras tanto, pasó de largo frente al Salón Azul y llegó hasta el extremo del corredor donde estaba el bar de los diputados. Cuando empujó la puerta con la carabina M1 dispuesta a disparar, solo vio un montón de hombres tendidos y apelotonados en la alfombra azul. Eran diputados dispersos que se habían tirado a tierra al oír los primeros disparos. Sus guardaespaldas, creyendo que en efecto se trataba de la Guardia Nacional, se rindieron sin resistencia.

“Cero” empujó entonces con el cañón del G3 la amplia puerta de vidrios esmerilados del Salón Azul, y se encontró con la Cámara de Diputados paralizada en pleno: cuarenta y nueve hombres lívidos mirando hacia la puerta con una expresión de estupor. Temiendo ser reconocido, porque algunos de ellos habían sido sus condiscípulos en la escuela de los jesuitas, “Cero” soltó ráfaga de plomo contra el techo y gritó : “¡La Guardia! ¡Todo el mundo a tierra!” Todos los diputados se tiraron al sueldo detrás de los pupitres salvo Pallais Debayle, que estaba hablando por teléfono en la mesa de la Presidencia y se quedó petrificado. Más tarde ellos mismos habían de explicar el motivo de su terror: pensaron que la Guardia Nacional había dado un golpe contra Somoza y que venían a fusilarlos.

Formación marcial

En el ala oriental del edificio el número “Uno” oyó los disparos cuando ya sus hombres habían neutralizado a los dos policías del segundo piso y él se dirigía hacia el fondo del corredor donde estaba el Ministerio de Gobernación. Al contrario de las escuadras de “Cero”, las del número “Uno” entraron en formación marcial y se iban quedando en el camino para cumplir las misiones asignadas.

La escuadra tercera, comandada por el número “Tres”, empujó la puerta del Ministerio de Gobernación, en el momento en que resonó en el edificio la ráfaga de plomo de “Cero”. En la antesala del Ministerio se encontraron con un teniente y un capitán de la Guardia Nacional, guardaespaldas del ministro, que al oír los disparos se aprestaban a salir. La escuadra de “Tres” no les dio tiempo a disparar. Luego empujaron las puertas del fondo y se encontraron en un despacho mullido y refrigerado, y vieron detrás del escritorio a un hombre de unos cincuenta y dos años, muy alto y un poco cadavérico que levantó las manos sin que nadie se lo ordenara. Era el agrónomo José Antonio Mora, ministro de Gobernación y sucesor de Somoza por designación del Congreso. Se rindió sin saber ante quién, aunque llevaba en el cinto una pistola Browning y cuatro cargadores repletos en los bolsillos.

El “Uno”, mientras tanto, había llegado hasta la puerta posterior del Salón Azul, saltando por encima de los montones de hombres y mujeres que estaban tirados en el suelo. Luego empujó a la puerta y se quedó estupefacto: vio a “Cero” caminando hacia la mesa de la presidencial, mientras gritaba improperios con su voz de trueno, pero no vio a nadie más en el recinto. El “Uno” tuvo la impresión instantánea de que todo había fracasado. Lo mismo le ocurrió a la “Dos”, que entró en ese momento por la puerta de cristales llevando con las manos en alto a los diputados que encontró en el bar. Solo al cabo de un instante se dieron cuenta de que el salón les pareció desierto porque los diputados estaban tirados en el suelo detrás de los pupitres.

Afuera, en ese instante, se oyó un breve tiroteo. “Cero” volvió a salir del salón y vio una patrulla de la Guardia Nacional al mando de un capitán, que disparaba desde la puerta principal del edificio contra los guerrilleros apostado frente al Salón Azul.”Cero” les lanzó una granada de fragmentación, y puso término al asalto. Un silencio sin fondo se impuso en el interior del enorme edificio cerrado con gruesas cadenas de acero, donde no menos de dos mil quinientas personas, pecho a tierra, se hacían preguntas sobre su destino. Toda la operación, como estaba previsto, había durado tres minutos exactos.

Un mal almuerzo

Anastasio Somoza Debayle, el cuarto de la dinastía que ha oprimido a Nicaragua por más de cuarenta años, conoció la noticia en el momento en que se sentaba a almorzar en el sótano refrigerado de su fortaleza privada. Su reacción inmediata fue ordenar que se disparara sin discriminación contra el Palacio Nacional.

Así se hizo, pero las patrullas militares no pudieron acercarse porque las escuadras sandinistas los rechazaban con un fuego intenso desde las ventanas de los cuatro costados. Durante quince minutos, un helicóptero pasó disparando ráfagas de metralla contra las ventanas y alcanzó a herir a un guerrillero en una pierna: el número “Sesenta y dos”.

Poco después, otra llamada de Pallais Debayle le informó a Somoza que el FSLN proponía como intermediarios a tres obispos nicaragüenses: monseñor Miguel Obando y Bravo, arzobispo de Managua, que ya había sido intermediario cuando el asalto a la fiesta de somocistas en 1974; monseñor Manuel Salazar y Espinosa, obispo de León, y monseñor Leovigildo López Fitoria, obispo de Granada. Los tres, por casualidad, se encontraban en Managua en una reunión especial. Somoza aceptó. Mas tarde, también a instancias de los sandinistas, se unieron a los obispos los embajadores de Costa Rica y Panamá. Los sandinistas, por su parte, encomendaron la dura carga de las negociaciones a la tenacidad y el buen juicio de la número “Dos”.

Su primera misión, cumplida a las 2:45 de la tarde, fue entregarles a los obispos el pliego de condiciones. Pedían la libertad inmediata de todos los presos políticos, la publicación por todos los medios de los partes de guerra y de un comunicado político adjunto, el retiro de agentes armados a más de trescientos metros del Palacio Nacional, aceptación de todo cuanto pedían los empleados en huelga del gremio hospitalario, diez millones de dólares y garantías para que el comando y los presos liberados viajaran a Panamá una vez logrado el acuerdo. De modo que las conversaciones empezaron el mismo martes, continuaron toda la noche y culminaron el miércoles hacia las seis de la tarde. En ese lapso, los negociadores estuvieron cinco veces en el Palacio Nacional, una de ellas a las 3 de la madrugada del miércoles, y en realidad no parecía vislumbrarse un acuerdo en las primeras veinticuatro horas.

Lectura del comunicado

La petición de que se leyeran por radio los partes de guerra y un largo comunicado político que el FSLN había preparado, de antemano resultaba inaceptable para Somoza. Pero otra le resultaba imposible: la liberación de todos los presos que estaban en la lista. En realidad, en esa lista se habían incluido, con toda intención, veinte presos sandinistas que sin duda habían muerto en las cáceles, víctimas de torturas y ejecuciones sumarias, pero que el gobierno se negaba a reconocer.

Somoza envió al Palacio Nacional tres respuestas escritas impecablemente en máquina eléctrica, pero todas sin firmas y redactadas en un estilo informal plagado de ambigüedades astutas. Nunca hizo una contrapropuesta sino que trataba de eludir las condiciones de los guerrilleros. Desde el primer mensaje fue evidente que quería ganar tiempo, convencido de que veinticinco adolescentes no serían capaces de mantener a raya por mucho tiempo a más de dos mil personas acosadas por la ansiedad, el hambre el sueño. Por eso su primera respuesta a las 9 de la noche del martes fue un desplante olímpico que pedía veinticuatro horas para pensar.

Sin embargo, en su segundo mensaje, a las 8.30 de la mañana del miércoles, había cambiado la arrogancia por las amenazas, pero empezaba a aceptar condiciones. La razón parecía clara: los negociadores habían recorrido el Palacio Nacional a las 3 de la madrugada y habían comprobado que Somoza se equivocaba en sus cálculos. Los guerrilleros habían desalojado por iniciativa propia a las pocas mujeres embarazadas y a los niños, habían entregado por medio de la Cruz Roja a los militares muertos y heridos, y el ambiente en el interior era ordenado y tranquilo. En el primer piso, en cuyas oficinas se habían concentrado los empleados subalternos, muchos dormían en paz en sillones y escritorios y otros se dedicaban pasatiempos inventados. No había le menor señal de hostilidad, sino todo lo contrario, contra los muchachos uniformados que cada cuatro horas hacían una inspección del recinto. Más aún; en algunas de las oficinas públicas habían preparado café para ellos, y muchos de los rehenes les habían expresado su simpatía y solidaridad, incluso por escrito, y habían pedido permanecer allí de todos modos como rehenes voluntarios.

En el Salón Azul, donde habían concentrado a los rehenes de oro, los negociadores habían podido observar que el ambiente era tan sereno como en el primer piso. Ninguno de los diputados había ofrecido la menor resistencia, los habían desarmado sin dificultad y a medida que pasaban las horas se notaba en ellos un rencor creciente contra Somoza por la demora de los acuerdos. Los guerrilleros, por su parte, se mostraban seguros y bien educados, pero también muy resueltos. Su réplica a las ambigüedades del segundo documento fue terminante: si dentro de cuatro horas no habían respuestas definitivas empezarían a ejecutar rehenes.

Somoza debió comprender entonces la vanidad de sus cálculos y concibió el temor de una insurrección popular, cuyos síntomas comenzaban a vislumbrarse en distintos lugares del país. De modo que a la 1:30 de la tarde del miércoles, en su tercer mensaje, aceptó la más amarga de las condiciones: la lectura del documento político del FSLN a través de todas las emisoras del país. A las seis de la tarde, después de dos horas y media, la transmisión había terminado.

Signos de capitulación

Aunque todavía no se llegaba a ningún acuerdo, la verdad parece ser que Somoza estaba dispuesto a capitular desde el mediodía del miércoles. En efecto, a esa hora los presos de Managua habían recibido órdenes de preparar sus maletas para viajar. La mayoría estaba enterada de la acción por los propios guardianes, y muchos de éstos, en distintas cárceles, les expresaron sus simpatías secretas. En el interior del país, los presos políticos estaban siendo conducidos a Managua desde mucho antes de que se vislumbrara un acuerdo.

A esa misma hora, los servicios de seguridad de Panamá le informaron al General Omar Torrijos que un funcionario nicaragüense de mediano nivel quería saber si él estaría dispuesto a enviar un avión para los guerrilleros y los presos liberados. Torrijos estuvo de acuerdo. Minutos después recibió una llamada del presidente de Venezuela Carlos Andrés Pérez, quien estaba muy al corriente de las negociaciones y notablemente preocupado por la suerte de los sandinistas, y quería coordinar con su colega de Panamá la operación del transporte. Esa tarde, el gobierno panameño alquiló un Electra comercial de la compañía COPA y Venezuela mandó un Hércules inmenso. Ambos aviones esperaron en el aeropuerto de Panamá, listos para despegar, el final de las negociaciones.

Culminaron, en realidad, a las 4 de la tarde del miércoles y a última hora trató Somoza de imponer a los guerrilleros un plazo de tres horas para abandonar el país, pero estos se negaron, por razones obvias, a salir de noche. Los diez millones de dólares fueron reducidos a quinientos mil, pero el FSLN decidió no discutir más, primero porque el dinero era de todos modos una condición secundaria, pero en especial porque los miembros del comando empezaban a dar peligrosas señales de cansancio después de dos días sin dormir y sometidos a una presión intensa. Los primeros síntomas, graves, los notó en sí mismo el comandante “Cero”, cuando descubrió que no lograba concebir la ubicación del Palacio Nacional dentro de la ciudad de Managua. Poco después, el número “Uno” le confesó que había sido víctima de una alucinación: creyó oír que pasaban trenes irreales por la Plaza de la República. Por último, “Cero” observó que la número “Dos” había empezado a cabecear y en un pestañeo instantáneo estuvo a punto de soltar la carabina. Entonces comprendió que era urgente terminar aquel drama que había de durar, minuto a minuto, cuarenta y cinco horas.

El jueves, a las 9.30 de la mañana, veinticinco sandinistas, cinco negociadores y cuatro rehenes abandonaron el Palacio Nacional con rumbo al aeropuerto. Los rehenes eran los más importantes: Luis Pallais Debayle, José Somoza, José Antonio Mora y el diputado Eduardo Chamorro. A esa hora, sesenta presos políticos de todo el país estaban a bordo de los dos aviones llegados de Panamá, donde todos habían de pedir asilo pocas horas después. Sólo faltaban por supuesto, los veinte que nunca más se podrían rescatar.

Los sandinistas habían puesto como condiciones finales que no hubiera militares a la vista ni ninguna clase de tráfico en la ruta del aeropuerto. Ninguna de las condiciones se cumplió, porque el gobierno ordenó a la Guardia Nacional salir a las calles para impedir cualquier manifestación de simpatía popular. Fue un intento vano. Una ovación cerrada acompañó el paso del autobús escolar, y las gentes se echaban a la calle para celebrar la victoria, y una larga fila de automóviles y motocicletas, cada más numerosa y entusiasta, los siguió hasta el aeropuerto. El diputado Eduardo Chamorro se mostró asombrado de aquella explosión júbilo popular. El comandante “Uno”, que viajaba a su lado, le dijo con el buen humor de alivio: “Ya ve, esto es lo único que no se puede comprar con plata”.