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Pregunta uno de los fiscales. Contesta Grecia.

—¿En qué parte se lo hicieron?
—En la pantorrila de la pierna derecha. Nos llevaron a un lugar donde nos hicieron el tatuaje. Nos dieron de comer y de oler una sustancia que me durmió. Cuando desperté ya tenía el tatuaje. Es una mariposa en una rama, la cual forma la zeta. Esa era la distinción, significaba que era de ellos, que era mercancía.

***

Grecia se ha ido. Relató dos veces de qué forma un grupo de crimen organizado utilizó su cuerpo como recipiente de lo que les dio la gana. Luego tuvo que irse. Lo relató ante las autoridades de El Salvador y ante las de México. Grecia ya no vive más en El Salvador. Es una refugiada en algún otro país. Por protocolo de seguridad pocos saben cuál es ese país.

Sé que tiene 29 años, que tiene tres hijos de seis, tres años y diez meses, que es casada y era desempleada cuando decidió migrar. Las únicas palabras de Grecia que he escuchado provienen de la grabación de una voz que no es suya. Se trata de los 52 minutos que tardé en leer para la grabadora la declaración anticipada que ella rindió para un juez en El Salvador.

En una diligencia hecha para el Juzgado Noveno de Paz de la ciudad de San Salvador, enfrente de uno de los que ella reconocía como victimario, a las nueve de la mañana del 2 de julio del año 2010, la testigo conocida como Grecia contestó a las preguntas de fiscales y defensores que le preguntaron qué le ocurrió. Cómo sobrevivió.

***

Pregunta uno de los fiscales. Contesta Grecia.

—¿Por qué razón fue citada por este juzgado? Usted fue citada por este juzgado para que se haga justicia sobre los delitos de secuestro, violación y trata de personas cometidos en su contra. ¿Cuándo inició el viaje a Estados Unidos?
—El día 13 de abril del año 2009.
—¿Con qué intención inició el viaje?
—Debido a la situación económica del país.
—¿Con quién inició el viaje?
—Con el señor Ovidio Guardado.
—Describa físicamente al señor Ovidio.
—Es una persona del sexo masculino de 69 años de edad aproximadamente, piel blanca, cabello corto, canoso, ondulado, de 1.77 aproximadamente de altura, sin dentadura. Tiene una cicatriz en la cabeza.
—¿Qué hizo este señor?
—Me engañó. En ningún momento me dijo que era coyote. Dijo que íbamos a ir a Estados Unidos, y ya estando en México mostró su verdadero objetivo.
—¿Y cuál era su objetivo?
—El primer objetivo de él era violarme, pero debido a la situación, esto no pudo ser.
—Cuando se menciona que inició el viaje, ¿cuántas personas la acompañaron en este viaje?
—Solamente el señor Ovidio.

Ovidio es un campesino moreno y arrugado, pero aún fuerte, como un árbol seco, sin hojas, pero que seguirá en pie por años. Ovidio es pariente del esposo de Grecia. Ovidio es vecino de la mamá y de la suegra de Grecia. Grecia confiaba en Ovidio.

***

Tal como le ocurrió a Grecia, el anzuelo en la mayoría de casos de mujeres convertidas en mercancía es la esperanza de salir de la pobreza. Uno de esos casos es el de la red de Barberena, que no solo habla de la procedencia de las víctimas, sino que revela muchas otras facetas de los grupos de tratantes de la región. La de Barberena era una estructura de 12 hombres y una mujer que operó hasta 2006 en Barberena, un municipio rural del departamento guatemalteco de Santa Rosa, en la costa Pacífica de aquel país. Una red asesina que incluso tenía una finca de maíz donde hacían sangrientos rituales para vestir de pánico a sus víctimas. Una red corrupta que tuvo la suerte de que un juez salvadoreño dejara en libertad a la mayoría de sus integrantes. Pero de esas facetas de la red ya habrá tiempo de hablar. Ahora mismo, lo que interesa es que ese grupo criminal arroje pistas de la selección de las víctimas.

La red de Barberena operaba desde el bar El Pantanal. La modalidad de engaño era sencilla. Enviaban en expedición a hombres salvadoreños o mujeres salvadoreñas que tras años de ser obligadas a servir sexualmente en El Pantanal –una de las sobrevivientes estuvo siete años encerrada ahí– terminaban creando una costumbre insana a la que se llega a través del exceso de maltrato.

Enviaban a estos hombres y mujeres a cantones y caseríos de los departamentos fronterizos de Santa Ana y Ahuachapán en El Salvador. Recorrían las humildes casas con la excusa de ser empleados de un supermercado y un comedor recién abiertos en Barberena que necesitaban de personal. Ofrecían 70 dólares semanales más todos los costos del traslado hasta Barberena, e incluso 50 dólares en mano para que la engañada dejara a su familia.

Los cuatro países del norte centroamericano son de origen, tránsito y destino de víctimas de trata, en los cuatro países ocurren casos de explotación sexual. Las cifras explican que Nicaragua, El Salvador y Honduras son los países de donde provienen la mayoría de las víctimas del mercado de la trata del norte de la región. Guatemala es el lugar por excelencia donde esas víctimas son esclavizadas. Y los cuatro son, gracias a los miles de migrantes que producen, la gran cantera de los tratantes mexicanos. Los expertos –oenegés, fiscales, policías, organismos internacionales– explican que la vecindad con México y el enorme flujo de migrantes que atraviesa Guatemala hacen de ese país un lugar ideal para las bandas de trata.

Los timadores que recorren cantones, aldeas y caseríos no trabajan como mormones que van de casa en casa buscando que con suerte les abra la puerta alguien dispuesto a tragarse su monserga. Estos timadores conviven en la zona, son de sus alrededores, conocen a los pobladores, se hacen pasar por benefactores, echan raíces con nombres falsos. Algunos, dice la encargada de atención sicológica de víctimas de trata de la Fiscalía salvadoreña, Silvia Saravia, saben tanto de las mujeres a las que se acercan, que incluso saben si han sido violadas en su entorno cercano. Los tratantes huelen el desamparo y la vulnerabilidad como los tiburones la sangre.

Las mujeres desesperadas que aceptaban debían viajar casi una hora hasta llegar a las puertas de El Pantanal. Sin ninguna demora, eran recibidas por hombres armados y una mujer guatemalteca, Sonia García. Sonia les pedía que cambiaran su ropa conservadora, de mujer evangélica en muchos casos, y que vistieran la minifalda y la camisa de amplio escote y colores chillones que les ofrecía. Les decía que desde ese momento debían salir a la sala principal de la casona y convencer a los hombres borrachos de que pagaran 50 quetzales (unos siete dólares) por desfogarse con ellas durante 30 minutos. Ellas, las víctimas, normalmente decían que no, que ese trabajo no era el acuerdo. Entonces, los hombres que rodeaban a Sonia, salvadoreños en su mayoría, les explicaban con los puños y con bates de beisbol que no se trataba de una oferta, sino de una orden.

Cuando en el penal de Apanteos, en Santa Ana, conversé a mediados de agosto con Rigoberto Morán Martínez, uno de los seis condenados por ser de la red de Barberena, él dijo que casi ninguna de las mujeres trabajó la primera semana durante los cerca de dos años que él sirvió en El Pantanal. La mayoría pasaba la primera semana con la cara desfigurada, morada. Y a los clientes de El Pantanal, las mujeres de rostro morado no les gustaban. Pero la conversación con Rigoberto, un hombre que toda su vida ha utilizado un fusil como herramienta de trabajo, nos enseñará luego otras lecciones.

A finales de 2007, 16 de las sobrevivientes de El Pantanal rendían declaración en el juzgado salvadoreño. Veintiséis mujeres en total habían sido rescatadas en un operativo conjunto entre la Interpol de Guatemala y la Fiscalía y Policía salvadoreñas. 20 de ellas eran salvadoreñas. Las otras seis eran nicaragüenses y guatemaltecas. Esto debido a que la mayoría de enganchadores de la red eran de El Salvador.

El informe de este año publicado por la Oficina de Naciones Unidas contra la Droga y el Delito explica que en El Salvador, las víctimas de trata para explotación sexual detectadas por la Policía entre 2005 y 2010 eran en un 79% nacionales. En cambio, en Guatemala, en el mismo período, solo el 4% de las víctimas era de ese país. El 89% eran personas de Honduras, El Salvador y Nicaragua.

El consenso de estudios y expertos es que las víctimas, eso sí, proceden de un lugar común entre estos países de Centroamérica: la pobreza.

Una salvadoreña rescatada de El Pantanal era menor de edad. Durante el proceso, para que rindiera declaración como testigo protegida, a ella le llamaron Carmencita. Sobre por qué aceptó, a sus 15 años, dejar a su familia e ir a trabajar a Barberena, esta fue su respuesta:

—Había días que mi mami no tenía para comprar frijoles.

Sobre aquello que tuvo que soportar en su búsqueda por conseguir esos frijoles, Carmencita dijo esto:

—Había días en los que estaba hasta con siete hombres, pero como a mí no me gustaba nada de eso, hacía berrinche. Un día que el dueño se puso bolo, nos comenzó a pegar con el machete y a mí me hirió la pierna. Yo, llorando, le decía que me llevara al hospital. La herida se me infectó, y sólo me decía que me limpiara la pierna porque daba asco a los clientes.

A los clientes, una niña de 15 años con una herida profunda en la pierna lo que les daba era asco.

***

Pregunta uno de los fiscales. Contesta Grecia.

—¿Y luego qué pasó?
—Una vez llegada la noche, el señor Ovidio me llevó hacia un establo que se encuentra a unas cuatro horas de un río que se llama Las Palmas. Eran las 11 de la noche aproximadamente, solo se veían tres caballos. Él me dijo que su Dios le había hablado y que yo tenía que ser de él.
—¿Hizo algo?
—Me puse agresiva, no me dejé tocar. (Ovidio) Se puso violento, me amenazó con una uña larga que tenía, dijo que no era la primera vez que mataba a una persona con una uña. Le dije al señor Ovidio que iba a hacer mis necesidades. En ese momento intento huir, salgo corriendo, llego a un lugar que le dicen El Batallón. Corrí por 45 minutos. Les dije que venía huyendo porque el señor Ovidio quería abusar de mí. Un soldado me contestó que no me preocupara, que me quedara a dormir en ese lugar.

Según su relato, al quinto día de haber salido de El Salvador, ya en México, en el Estado de Tabasco, Grecia se separó de Ovidio. Antes de que lo hiciera, recordó Grecia, él le dijo que conocería el infierno en la tierra. Luego de dormir una noche frente a una guarnición militar mexicana, Grecia volvió a buscar el camino para llegar hasta las vías del tren de Tenosique, la ciudad mexicana que abre la ruta Atlántica del llamado Tren de la Muerte, que abordan los polizones centroamericanos que buscan una mejor vida en Estados Unidos. Grecia encontró a un grupo de migrantes de diferentes países de la región y les preguntó si podía unirse a ellos, les contó lo que Ovidio había intentado una y otra noche durante el viaje. Ellos le respondieron que podía unirse. Y con ellos llegó hasta las vías, un sitio que Grecia describe de la siguiente manera: “Hay champas, hay tiendas, en la parte de enfrente hay como un hotel desalojado, también hay un pantano, había más personas indocumentadas y personas armadas”.

Tenosique, casi frontera con Petén, Guatemala, es una de las ciudades malditas de la migración. De hecho, el hotel al que Grecia se refiere es un hotel que funcionó hasta principios de 2009, y era utilizado por grupos criminales para alojar a los migrantes secuestrados antes de trasladarlos a otras ciudades del norte. Paradójicamente, el nombre del hotel era California.

Pregunta uno de los fiscales. Contesta Grecia.

—¿A qué se refiere con personas armadas?
—Se encargan de llevar gente hacia arriba. Iban con jeans y camisas. Dominaban el lugar, ellos mandaban, controlaban las zonas de las vías del tren. Mencionaron que eran de una organización denominada Los Zetas, y que mandaban en la zona.
—¿Cuántas personas estaban en ese lugar?
—Unas 20.
—¿Qué tipo de armas tenían?
—Eran fusiles, armas grandes, pistolas, un hondureño que estaba ahí decía que era una Uzi…

***

—¿Quién vigilaba a las mujeres en El Pantanal? –le pregunto a Rigoberto en este patio conocido como la zona verde del penal de Apanteos en El Salvador. Rigoberto es un hombre de 48 años que estudió solo un año en la escuela, que cultivó milpas de maíz toda su infancia y adolescencia, que en 1982, cuando tenía 18 años y la guerra civil salvadoreña apenas empezaba, fue reclutado por el Ejército, que cuando la guerra terminó siguió trabajando de cargar un fusil, en este caso como guardia de seguridad de una empresa de esas que alquila hombres como Rigoberto a negocios, farmacias, tiendas, supermercados, ferreterías…
—Era gente confiable de él, familia de él. Hombres armados –contesta este hombre bajito, recio, fibroso, de rostro anguloso con un delgado bigote. Se refiere a los hombres de Adán Cerritos, el jefe de la banda de tratantes de Barberena.
—¿Llevaban armas largas?
—¿Y no de eso estamos hablando, pues?
—¿Custodiaban a las mujeres todo el tiempo?
—Todo el tiempo.

La banda de Barberena dibuja con trazos claros muchos de los rasgos comunes de los tratantes de Centroamérica. Uno de esos rasgos es el de la confección del grupo con gente cercana, parientes de ser posible, que administran los burdeles; y, más abajo, unos pocos empleados sin poder, enganchadores y matones que se encargan de llevar chicas y atizarlas a golpes de vez en cuando. Si bien la banda de Barberena era una banda internacional que engañaba mujeres en tres países, no dejaba de ser un grupo pequeño, que lejos de parecerse a las monstruosas estructuras de los cárteles de la droga, optó por consolidar su bastión único en la comodidad de lo apartado y lo rural. Ahora, ser una banda pequeña no implica ser una banda solitaria.

—¿Por qué nunca denunció lo que pasaba ahí? –pregunto a Rigoberto, concediéndole por un momento una pizca de credibilidad a su argumento de que él era un simple “barrendero, cholero” en el bar El Pantanal. Rigoberto, tras dos años prófugo, fue condenado a seis años de prisión por el delito de trata de personas en febrero de 2011. La condena máxima en El Salvador por el delito de vender a alguien para que sea utilizado como un objeto es de diez años, tres meses y tres días en el caso de que haya agravantes, como que la víctima sea menor de edad. La versión de Rigoberto es que él llegó hasta ahí engañado por una salvadoreña que era enganchadora de la red de Barberena, cocinera en El Pantanal, y de la cual él se había enamorado perdidamente.
—Porque allá no se podía, ya le dije, estaba vendida la policía de allá. No se podía. Arriesgaba mi vida. Podía ser muerto. Yo no sé cuánto dejaba de dinero (Cerritos a la policía) –contesta mientras el sol cae.
—¿Nunca vio mujeres escapar o pedir ayuda?
—No se podía. Tal vez yo hubiera sido uno de los que les diera ayuda, pero no se podía, porque ese hombre (Cerritos) tenía comprada a toda la policía de Cuilapa, de Barberena. Cuando iba a llegar gente de la capital a hacer un cateo de mujeres, la policía ya le había avisado que escondiera a las mujeres. Tal vez dejaba a algunas mujeres que estaban legales. A las demás las escondía en un lugar ahí mismo en el bar, o un día antes las llevaba a esa mentada finca. Había un montón de cafetales alrededor, y él sembraba 60 manzanas de milpa.

La red de Barberena, pequeña y discreta, dueña de un solo burdel, operaba a escala como toda gran red criminal: corrompiendo. Rigoberto asegura que los policías de Barberena y Cuilapa, municipio vecino, pasaban a recoger semanalmente el pago que Cerritos les daba, y que además eran clientes VIP en El Pantanal, al igual que algunos empleados de las alcaldías de esos mismos municipios.

Las alianzas no terminaban ahí, Rigoberto explica que pandilleros de la Mara Salvatrucha de la zona de Ahuachapán, frontera con Guatemala, operaban también como enganchadores. De hecho, un pandillero salvadoreño, Marco Antonio Godoy, cumple condena como parte del grupo de tratantes.

La red de Barberena, pequeña y discreta, operaba a escala como toda gran red criminal: cometía todos los delitos a su alcance si estos dejaban lucro. Durante el juicio, dos de las mujeres rescatadas de El Pantanal aseguraron que en varias ocasiones los dueños del negocio vendieron por cantidades cercanas a los 5,000 dólares a recién nacidos paridos por las mismas víctimas de trata.

***

El Salvador logró en 2011 ganar 11 casos de trata, todos de grupos pequeños. Y a pesar de que el número de casos ganados suena a poco, es el país centroamericano que más triunfos por este delito ha obtenido en las cortes hasta 2011, lo que habla de algún avance, pero de ninguna manera de un ideal en el tema.

La trata es un delito al alcance de la mano. Las víctimas pertenecen al ejército de los nadie de esta región, y los victimarios no necesariamente son delincuentes de trayectoria en el rubro, sino que muchas veces son emprendedores del mundo del crimen que ven en este delito un cóctel de ingredientes, entre estados débiles y víctimas desamparadas, muy apetecible. La UNDOC establece una constante desesperanzadora: solo una de cada 30 víctimas de trata en la región será detectada.

Los de Barberena, a comparación de otros tratantes, eran una red consolidada. Por ejemplo, en El Salvador, Ángel Mauricio Ayala, Kevin Oswaldo Chicas Lobato y Joel Josué Mendoza fueron condenados en 2011 a seis años y ocho meses de prisión por haber obligado a dos nicaragüenses que buscaban empleo en el oriental departamento de San Miguel a prostituirse en una cervecería y, a la que consideraban demasiado vieja para atender clientes, a servir sin paga como empleada doméstica. La vieja tenía 24 años.

Nelson Orlando Campos y Juan Humberto Ramírez Carranza engañaron a dos adolescentes guatemaltecas que, en lugar de modelar ropa, terminaron aplastadas por hombres sudorosos en una cervecería. Penan nueve y ocho años un mes. O Juan Alfonso Cuéllar, que vendió en México a una salvadoreña que viajaba indocumentada rumbo a Estados Unidos y que terminó siendo explotada sexualmente en ese país en un caso similar al de Grecia. Fue condenado a cuatro años el 9 de agosto del año pasado. Eso quiere decir que el 9 de agosto de 2013, al cumplir media condena, y si ha sido un reo ejemplar, podría pasar a fase de semilibertad, en incluso a libertad condicional. “¡Él vendió a un ser humano!”, se quejó indignada Violeta Olivares, la coordinadora de la unidad especializada de trata de la Fiscalía de El Salvador (FGR). En esa unidad, a las condenas de trata como poco las tildan de risibles. “Una mierda de penas”, me dijo una fiscal del equipo en un arrebato de franqueza. En El Salvador, un hombre que cometa el delito de robo, que, por ejemplo, asalte un bus y se lleve celulares, carteras y anillos, y sea detenido y condenado, estaría más años en la cárcel que Cuéllar, que vendió a una mujer. El ladrón recibiría entre seis y 10 años. El tratante recibió cuatro.

El Salvador reconoció este crimen en su Código Penal a partir de 2003, la primera condena se logra en 2006, van 39, y es hasta ahora que el tema parece retomarse con cierta fuerza con la creación del Consejo Nacional contra la Trata de Personas en septiembre de 2011. Ahora, ese consejo empieza a tapar los huecos de un muro en el que escasean los ladrillos.

En la conversación en el penal de Apanteos, Rigoberto Morán Martínez, el tratante de Barberena, que dice que llegó al bar El Pantanal bajo engaños de su amada, acaba de cometer un error que solo le deja argumentos absurdos para mantener su fachada de inocente. Su charada era decir que él no denunció por miedo, porque la policía estaba comprada y él era un simple sirviente bajo vigilancia. Sin embargo, en la plática admite que él trabajó ahí en dos períodos, y que en medio de eso regresó a descansar a El Salvador.

—Cuando ya se había ido por primera vez, sabiendo cómo trabajaban ahí, ¿por qué volvió a El Pantanal? –le pregunto a Rigoberto.
—¿Por qué volví? –intenta ganar tiempo cuando se da cuenta de su error.
—Si ya sabía que las tenían encerradas y las maltrataban, ¿por qué volvió? –pregunto de nuevo.
—Quizá no entienda… Hay cosas que estamos hablando…Quizá hay cosas que no las entienda. ¡Sabemos que las brujerías, las hechicerías, existen! La mujer de este señor (Cerritos) trabajaba así, con brujería. Adoraban a un tal San Simón. Así trabajaba la señora de él. Cuando la gente se iba y no quería llegar, la hacían llegar con esas cosas –responde el tratante de la red de Barberena.

***

Pregunta uno de los fiscales. Contesta Grecia.

—¿Cómo llegan las personas que menciona que dominaban la zona?
—Llegaban en carros, armados, entraban y salían.
—¿Cuántos días pasan en ese lugar?
—Tres días hasta que llega el señor Ovidio.
—¿Qué hacían las personas armadas?
—Ellos decían que nos uniéramos a la organización, que nos darían trabajo y comida. Eran el grupo de Los Zetas. Que me iban a pagar el viaje, que me darían comida.
—¿Qué trabajo le ofrecían?
—Que le iba a cocinar a la gente que estaba secuestrada, era más o menos el 20 o 22 de abril del año 2009.

Recapitulando: A este momento del relato, Grecia estaba en Tenosique, México, al inicio del camino de los indocumentados. Estaban en un municipio dominado por Los Zetas. Grecia se había alejado de Ovidio luego de que él intentara violarla en un potrero abandonado, y se había refugiado en un grupo de indocumentados salvadoreños y guatemaltecos.

—¿Qué sucedió cuando Ovidio llegó?
—Se me quedó viendo con una risa burlista y se fue para la casa de ellos (Los Zetas). Estaba como a cinco metros, se dirigió donde Chicho, un chavo de entre 24 y 29 años de edad con una cicatriz en la mejilla izquierda. Era de la organización. Hablaron como 45 minutos con Ovidio. Me miraban, me señalaban, yo estaba con el grupo de personas al que me había pegado.

En ese momento del relato, Grecia cuenta su viaje en tren junto a otros indocumentados secuestrados, custodiados por hombres armados que amenazaban de muerte a quien intentara escapar. Los Zetas utilizaron el tren para transportar a sus secuestrados. El tren de Tenosique viaja rumbo a Coatzacoalcos, Veracruz, y en el camino hace una serie de escalas en pequeños pueblos y rancherías aisladas. En uno de esos pueblos extraviados, en Chontalpa, Grecia recuerda que un salvadoreño de Los Zetas a quien llamaban El Pelón intentó venderla a un señor. Se supone que El Pelón quería hacer un favor a Grecia, pues le dijo que allá arriba a donde iban se sufría mucho. La venta no se consumó, y Grecia luego averiguaría que El Pelón no mentía. Entonces, el fiscal retomó la historia haciendo retroceder a Grecia en su relato.

—Cuando menciona la acción de vender, ¿ya lo habían hecho antes?
—Sí, el señor Ovidio… En mi cara le dieron el dinero por mí.
—¿El señor Ovidio iba en el tren?
—No, se fue a El Salvador con el dinero que le dieron.
—¿Cuánto le dieron?
—Dicen que 500 dólares… Chicho (uno de Los Zetas) me dijo.
—¿Luego qué pasó?
—Nos subieron a los camiones y nos llevaron a Reynosa… De Veracruz a Reynosa dura como un día y medio. Era el 26 de abril de 2009, era domingo.

A partir de ese punto, Grecia describió un clásico secuestro de indocumentados por parte de Los Zetas.

Reynosa está en Tamaulipas, el Estado bastión de Los Zetas: ahí aparecieron los 72 cadáveres de indocumentados en agosto de 2010, ahí atraparon este mes de septiembre a El Coss, considerado líder del Cártel del Golfo, la organización que dio vida a Los Zetas, ahí aparecieron 49 cuerpos más, sin cabeza, sin extremidades, el pasado mayo, bajo una enorme Z pintada en una pasarela sobre una autopista.

Al grupo de cerca de 300 migrantes los dividieron en tres casas de seguridad. Encerrados en cuartos sin ventilación, húmedos y oscuros, eran visitados por hombres con armas de fuego y bates que aseguraban que a aquel que no diera el número de teléfono de algún familiar al que pedirle rescate sería torturado. Y entonces, como siempre, algún centroamericano se resistió a dar ese número, se resistió a perder esos 300, 500, 700 dólares que suelen pedir, e intentó resistir la tortura, y todo el grupo de Grecia tuvo que ver cómo los hombres armados hacían chillar a uno que otro y prometían volver por más reacios. Así, contó Grecia, transcurrieron los primeros tres días. Al tercer día, apareció Omega.

Pregunta uno de los fiscales. Contesta Grecia.

—¿Puede describirlo?
—Alto, gordo, con bastante papada, blanco. También le decían Omega, Kike o el Apá. Le dijeron que había unas salvadoreñas como a él le gustaban. Nos señalaron, nos sacó del cuarto para poder ver bien si éramos bonitas. En el cuarto no había mucha luz. Era el jefe de la casa de seguridad.
—¿Por qué dice eso?
—Porque era una de las personas que llamaban a los familiares y les cobraba.
—¿Se quedó en esa misma casa?—No, me cambiaron de casa, me llevaron a una colonia residencial, a 10 minutos. En los camiones que nos habían trasladado hasta Reynosa. Iban varias personas. Nuevamente nos acuestan en el suelo. En ese lugar fui violada por Omega. Me pegó en la cara, porque le dije que ocupara condón. Me dijo que yo no estaba en lugar de pedir nada. Los abusos fueron constantes, y no solo él.
—¿Podría reconocer a esas personas en persona o en fotografía?
—Sí.
—¿Qué más pasó?
—Los abusos fueron constantes, y no solo él, unas ocho o nueve veces abusó de mí. Decía que él disfrutaba, que tenía que disfrutar también yo. Que no era para que sufriera. Me pegaba. Lo mismo pasaba con las demás personas, pero las que a él le gustaban era el primero en abusar de ellas.

Fueron, recuerda Grecia, varias semanas de abusos y golpes. Grecia asegura que pasaron tres meses y que, a pesar de que su familia en Estados Unidos ya había depositado el dinero de su rescate, ella fue vendida de nuevo.

—¿Cuánto tiempo pasó esto?
—Los tres meses, ya habían pagado todo el dinero, pero me dijeron que me iban a sacar más lucro. Me vendieron nuevamente a un bar que se llama La Quebradita. Ahí me llevaron a prostituirme. Era como una discoteca bar. El primer día fuimos rechazadas. Nos dijo la señora que era la encargada del bar que no teníamos la marca, porque éramos varias las que llevaban, y teníamos que tener marca. No sabía qué era, pero es un tatuaje.
—¿En qué parte se lo hicieron?
—En la pantorrilla de la pierna derecha. Nos llevaron a un lugar donde nos hicieron el tatuaje. Nos dieron de comer y de oler una sustancia que me durmió. Cuando desperté ya tenía el tatuaje. Tenía ardor en la pierna, porque sangraba, no mucho, sino por gotas. Es una mariposa en una rama, la cual forma la zeta. Esa era la distinción, significaba que era de ellos, que era mercancía. Eran cinco mujeres más, se lo pude observar como a cuatro mujeres más en distintos lugares, brazo, espalda, pecho, de distintos colores. El que yo tengo es entre negro y verde. Luego de habernos marcado ingresamos al lugar y comienzan a prostituirnos con los clientes que son de la misma mafia. Los clientes pagaban por nosotras y no recibíamos dinero a cambio. No sé cuánto pagaban.

Grecia cuenta que los clientes la forzaban a fumar crack, a consumir cocaína. Grecia cuenta que los clientes jamás aceptaban utilizar condón. Grecia cuenta que así pasó más de un mes. Grecia cuenta que durante ese tiempo nunca salió, que su vida fue la casa de seguridad, el bar La Quebradita y algunos moteles donde la llevaban los clientes. Grecia cuenta que si un cliente la llevaba a un motel siempre los acompañaba un hombre del bar que la custodiaba. Grecia cuenta que era normal que la golpearan, sobre todo por no querer tomar alcohol o por verse poco entusiasta a la hora de ofrecer su cuerpo a los clientes de La Quebradita. Grecia cuenta que una vez la golpearon tan fuerte que le quebraron la nariz.

Tanto la fractura de nariz como el tatuaje fueron constatados por médicos del Instituto de Medicina Legal en El Salvador, y forman parte del expediente fiscal del caso.

Grecia nunca intentó escapar. Pocos querrían hacerlo si hubieran visto lo que Grecia vio.

—¿Pasó algo más?
—Sí, a Sonia. La dejaron ir porque sus familiares ya habían pagado el secuestro. Los fue a denunciar a Migración. Los de Migración la entregaron a ellos mismos. La quemaron viva, la golpearon muchas veces con un bate. Le decían que eso no se hacía, que con ellos no se jugaba, que había perdido la oportunidad de ser libre. Nos decían que eso nos va a pasar si decíamos algo.
—¿Qué le provocó la golpiza a Sonia?
—La muerte.
—¿Con qué la golpearon?
—Con un bate, pero como no se moría, le prendieron fuego con gasolina. Gritaba de dolor, y ellos le pegaban más. Media hora, 45 minutos. El cuerpo quedó irreconocible, carbonizada, no se le veían pies. Carne quemada sin cabello. La colocaron en un altar de la Santa Muerte ahí mismo.

***

En los expedientes judiciales se consigna que el caso Barberena fue descubierto gracias a una denunciante. Basta conocer su periplo para saber que llamarle denunciante a esa mujer es tan simplista como llamarle activista a Gandhi. Esa sobreviviente es una de las 16 mujeres que declararon en el juicio salvadoreño bajo identidad protegida.

El dueño del bar El Pantanal, el tratante Adán Cerritos, tenía una finca de 60 manzanas de milpa rodeada por cafetales. La finca estaba en una de las zonas más rurales del municipio, en las afueras, más allá de la penitenciaría El Boquerón, una de las pocas razones por las que se habla de Barberena de vez en cuando. Esta red de tratantes diversificaba su delito, e igual cometían trata en la modalidad de explotación sexual que en la modalidad laboral. Las mismas mujeres que de lunes a jueves trabajaban la milpa, de viernes a domingo eran abusadas por decenas de hombres en El Pantanal.

Esa finca, según los testimonios que recogió la Fiscalía, y según el tratante con quien hablé, era también el lugar de castigos y escondite del grupo criminal. Ahí ocultaban a las mujeres cuando los policías corruptos de Cuilapa y Barberena les avisaban que venía un operativo de verificación desde la capital guatemalteca. Ahí esclavizaban en las milpas los fines de semana a aquellas que, debido a los golpes, no estaban aptas para el consumo de los clientes de El Pantanal. Ahí también les enseñaban que los castigos incrementarían en intensidad hasta las últimas consecuencias.

En una ocasión, relataron las sobrevivientes a las fiscales, las ubicaron en círculo, durante la noche, allá en la finca. En medio del círculo, dos hombres y una mujer. Afuera del círculo, hombres armados, resguardando que ninguna echara a correr. Los dos hombres mataron a golpes a la mujer en medio del círculo durante un ritual que duró varios interminables minutos. La mujer había intentado escapar de El Pantanal.

No fue la única. La mujer anónima que luego sería la denunciante vivió una situación similar. Sus constantes negativas a seducir a los clientes de El Pantanal le costaron una paliza de tales dimensiones que los tratantes pensaron que la habían matado. Dejaron el bulto ensangrentado en la finca y decidieron que se desharían de él al día siguiente. La mujer, la sobreviviente, despertó por la noche de su inconsciencia y poco a poco arrastró sus huesos molidos hasta la carretera. Desde ahí, de alguna manera que no se especifica, la sobreviviente llegó hasta la frontera y, ya del lado salvadoreño, se derrumbó frente a los policías, a quienes contó su calvario. En menos de una semana, la Fiscalía salvadoreña armó un operativo en coordinación con la Interpol en Guatemala. La coordinadora fiscal, Violeta Olivares, es muy clara cuando explica por qué no llamaron a la Policía guatemalteca: “No confiábamos en ella”.

En 2006, el juez especializado de Santa Ana, Tomás Salinas, creyó que ninguno de los ocho salvadoreños de la red de Barberena atrapados tenía por qué estar arrestado durante el juicio. Dio medidas sustitutivas, les permitió salir y que llegaran cuando se les convocara para diligencias. Algunos de los miembros de la red, al saber del operativo en El Pantanal, habían cambiado de domicilio en El Salvador, intentaban esconderse cuando fueron capturados. El juez pensó que los hombres que fueron atrapados escapando no escaparían. Todos escaparon. La Fiscalía apeló, y la Cámara Especializada en temas de crimen organizado revocó la decisión del juez Salinas. Ordenó que los capturaran a todos. De los ocho que el juez Salinas sacó de las rejas, seis han sido atrapados, el último de ellos es Morán Martínez. Dos siguen prófugos.

No es la única vez que Salinas dispuso enviar a casa a un procesado, para que este enfrentara el juicio en libertad. El caso más reciente es el de José Antonio Terán, mejor conocido como “Chepe Furia”, un viejo líder pandillero deportado de los Estados Unidos en 2006, fundador de una poderosa clica de la Mara Salvatrucha en el occidente del país, los Hollywood Locos Salvatrucha de Atiquizaya. Un grupo de cerca de 45 pandilleros, acusados de 11 asesinatos. En 2011, el juez Salinas excarceló a Terán para que enfrentara libre el juicio por su liderazgo de la clica. Consideró que, ya que era un hombre de familia, no iba a fugarse. Su decisión fue revocada por un tribunal superior, pero Terán ya huía. Fue recapturado este año, y ahora enfrenta juicio no solo por asociación ilícita, sino por el asesinato de un testigo protegido de la Fiscalía. La Fiscalía ha promovido un antejuicio en contra del juez Salinas por haberse negado a enviar expedientes necesarios para culminar un proceso penal.

***

Los sicarios asesinan. Los traficantes corrompen, matan o amenazan A, B o C. Las bandas de robacarros son un rayo, actúan en un santiamén. Los tratantes son como el agua que horada la piedra: inclementes, persistentes. Ellos necesitan a su víctima viva y asustada. Viva y aterrorizada. Viva y sumisa. Las golpizas de la finca de Barberena no eran un correctivo para las atizadas. Ellas eran, para los tratantes, muertas vivientes. Las golpizas eran un correctivo para las demás mujeres: vean lo que les puede ocurrir.

El palo, el puño y la violación son el principal método de sometimiento de las redes criminales centroamericanas dedicadas a la trata. Tanto el jefe de esa unidad fiscal en Guatemala, Alexander Colop, como su colega salvadoreña, Smirna de Calles, coinciden en que un patrón en el delito de trata es que los jefes de la banda violen a las víctimas. “Son los primeros en rebajarlas, en utilizarlas, en imponerse ante ellas”, dijo Colop. Tal como lo vivió Grecia.

Como dice el auxiliar fiscal de la Fiscalía Especial Contra la Impunidad de Guatemala, Julio Prado, si bien las bandas como las de El Pantanal, que engañan víctimas que vienen de mundos ruines, que tienen armas cortas principalmente y técnicas brutales, son los grupos que más abundan en el norte de la región, esto no implica que no existan bandas más sofisticadas.

Prado asegura que en los peores lugares donde ha participado en operativos de rescate de víctimas, estas eran obligadas a entregarse 15 minutos a cualquier hombre a cambio de 50 quetzales (6 dólares), que eran cobrados por el tratante, mientras que ha visto casos de colombianas o rusas por las que algunos clientes pagan 500 dólares por utilizarlas una hora. “La pregunta -dice Prado- es qué tipo de clientes pueden pagar esa cantidad por pasarla bien una hora”.

A partir de 2006, las autoridades guatemaltecas investigaron una red de trata y prostitución para clientes de alto nivel económico. Prado participó en el reconocimiento a una discoteca llamada Caprichos, propiedad del empresario Herman Smith, un comerciante de la noche que se codeaba con funcionarios y personalidades de ese país. En el lugar encontraron salvadoreñas menores de edad, hondureñas y rusas, sistemas de puertas ocultas y túneles que conectaban con casas aledañas donde había libros de autoayuda, de superación y de teorías económicas que, según explicaron algunas víctimas, Smith, a quien llamaban “papito”, utilizaba para explicarles que ellas, a pesar de haber llegado al lugar bajo engaños, ya que estaban ahí podían convertirse en empresarias si aprendían a ver su cuerpo como mercancía. Smith, un tratante persuasivo, convencía a sus víctimas de que él no era su victimario, sino su benefactor. El juicio nunca terminó porque a Smith un sicario le disparó en la sien el 6 de mayo de 2008 dentro de la discoteca Caprichos. El sicario huyó.

Guatemala ya ha condenado a varios colombianos por el delito de trata, acusados de pertenecer a una red conocida como la red del departamento de Pereira, dedicada a traer mujeres voluptuosas desde esa región colombiana bajo la mentira de que se dedicarán al modelaje. Estas redes, asegura Colop, incluso moldeaban a sus víctimas, poniéndoles implantes de senos y nalgas, asegurándoles que eran necesarias para triunfar en el mundo de las pasarelas. “Las traían a Honduras, y cuando ya no gustaban las traían para acá”, explica Colop. La trata ocurría cuando a las mujeres se les decía que estarían encerradas hasta que con sexo pagaran por los implantes, el traslado, la alimentación, el vestuario. Una cuenta que nunca terminaba de saldarse. Prado incluso explica que la lógica de traer colombianas a Guatemala responde al ojo de buen empresario de los que entienden que los narcos de aquel país instalados en Guatemala pagarán grandes sumas por acostarse con una bella pereirana.

En El Salvador, la autoridad de mayor nivel a cargo de crear estrategias para combatir el delito de trata, el viceministro de Justicia y Seguridad, Douglas Moreno, asegura que “hay una estructura de gente organizada con mucho poder económico que se ha lucrado de esta situación y que no lo sabíamos. Gente que no nos imaginaríamos que está en este negocio y que lamentablemente aún no contamos con las pruebas que nos vinculen hasta ellos”.

Redes como la de Smith o la de Pereira representan esa otra cara de las redes de trata, la de solapar el esclavismo, esconderlo tras un porqué: porque debes pagarme esa deuda, porque te estoy ayudando a superarte, porque no tienes papeles y debes darme algo a cambio de mi protección… Otras redes, como la de Barberena, como muchas otras redes con ese poder intermedio, esa corrupción local, ese armamento mínimo, que abundan en Centroamérica, prefieren el mecanismo más barato para conseguir que sus víctimas hagan lo que les ordenen: puño, garrote, fuego, miedo.

Silvia Saravia, la jefa del equipo que atiende a las sobrevivientes de trata antes de permitir que la Fiscalía salvadoreña las prepare para juicio, ha visto decenas de casos de mujeres que se enfrentaron a esa modalidad cavernícola de redes más locales. De ellas, dice lo siguiente:

—Las que han estado encerradas tienen temor extremo, miedo tremendo por ellas y por su familia, que sufran las consecuencias de su escape. Bloqueo emocional, están totalmente encerradas. Muchas requerirán atención siquiátrica. Ideas suicidas, ideas de desaparecer, persecución. Creen que no pueden confiar en nadie. Saben que las personas no están jugando, saben que el victimario va a cumplir… Trastornos de ansiedad, se les quita el sueño, el hambre… Grecia, por ejemplo, ella tendrá que recibir… –piensa unos segundos– Todo un proceso de atención integral.

***

Tras casi tres meses de ser obligada a atender clientes en La Quebradita, una semana después de ver arder en llamas a Sonia, luego de que su tía depositara $3,500 como rescate, Grecia fue liberada por Omega. Le entregaron 300 pesos (unos $25), la dejaron en la terminal de buses de Reynosa y le ordenaron que se fuera lejos. Una de las fiscales que entrevistó a Grecia durante el proceso asegura que ella les contó que algo raro ocurría en esos momentos, y que el grupo de zetas parecía desmontar las casas de secuestros y emprender huida. Con 300 pesos, Grecia solo consiguió comprar un boleto hacia Monterrey, y descender unos 200 kilómetros en el mapa mexicano. Ahí, Grecia relató que fue un taxista quien se interesó por su situación, le preguntó si era indocumentada y la llevó hasta la oficina de atención al inmigrante, un albergue estatal, donde la encargada de la casa supo leer los síntomas de Grecia. A esa casa, según la revisión médica que le realizaron, Grecia llegó con infección vaginal y enfermedad inflamatoria pélvica.

***

Pregunta uno de los fiscales. Contesta Grecia.

—¿Qué pasa en atención al inmigrante?
—Al ver mi comportamiento, la encargada de la casa, al ver que lloraba, gritaba, no me veía normal, comenzó a preguntar. Poco a poco le fui diciendo… Me buscaron una casa albergue con el arzobispado, especial para personas que han pasado por el delito de trata… Me proporcionaron sicólogo… Me trasladaron de Monterrey al Distrito Federal… Por cinco meses fue asistida por tratamiento sicológico y jurídico.
—¿Participó en una investigación?
—Sí. Todo el tiempo que estuve ahí.
—¿Hubo personas detenidas?
—Sí, por secuestro y trata de personas. Me enseñaron unas fotos, y son aproximadamente de diez a doce personas entre hondureños y mexicanos (los detenidos).

El 23 de noviembre de 2009, Grecia ya estaba en Ciudad de México, en manos de la Fiscalía Especial para los Delitos de Violencia Contra las Mujeres y Trata de Personas (Fevimtra). Según el expediente fiscal, en la primera sesión de atención sicológica se mostró “deprimida, desconfiada y con imposibilidad del llanto”. Fueron necesarias 11 sesiones para conseguir su declaración. Gracias a lo que Grecia le dijo a las autoridades mexicanas, en 2009 se realizaron allanamientos a varias casas en Reynosa y se capturó a 12 presuntos integrantes de Los Zetas que operaban bandas de secuestros. El proceso en contra de esos hombres aún no termina, al igual que las secuelas de Grecia.

Cuando en diciembre de 2009 Grecia regresó a El Salvador, su situación empeoró. Grecia explicó que Ovidio, tal como ella temía, había amenazado a su suegra y a su madre. En el peritaje sicológico que le fue realizado por el Instituto de Medicina Legal de El Salvador, se registró que Grecia “no puede dormir por las noches, cualquier ruido siente que son balazos, ha pasado sin comer hasta dos o tres días, al encender leña recuerda a Sonia, el apetito sexual se le ha quitado, empuja a su pareja cuando tienen relaciones”. El informe concluye con una ficha resumen.

Pensamiento: depresivo, ansioso.

Orientación: en su declaración asegura que hay vacíos porque no recuerda eventos. Lagunas mentales.

Nivel de funcionamiento sicológico actual: neurótico.

***

El miércoles 26 de mayo de 2010, una mujer salvadoreña de 29 años vio en un diario la fotografía de alguien que le parecía conocido bajando de un pick up esposado a otros dos hombres. La Policía había detenido la noche anterior en el parqueo de la discoteca Kairo’s, sobre el boulevard de Los Héroes, a un hombre gordo, a un mexicano, a cuatro salvadoreños y a una salvadoreña en una camioneta todoterreno negra con placas guatemaltecas. Al interior de la camioneta, en un compartimento secreto que se abría con interruptor eléctrico, la Policía encontró un fusil Galil, dos M-16, una carabina 30.30, dos escopetas, un revólver, una granada de iluminación de uso militar y 11 celulares. La mujer de 29 años creyó conocer al hombre gordo de la foto, pero intentó no pensar en ello durante el día. Por la noche de ese miércoles, el hombre gordo volvió a aparecer en todos los noticieros, incluso dijo algunas palabras y se escuchó su voz chillona. La mujer no pudo obviar más que ella conocía al hombre gordo. Lo conocía muy bien. La mujer era Grecia y el hombre gordo, Omega.

El verdadero nombre de Omega es Enrique Jaramillo Aguilar, tiene 35 años, nació en Apatzingán, Michoacán, México, y en diciembre de 2011 fue condenado a nueve años de prisión en El Salvador por el delito de tenencia y portación de armas de guerra y documentación falsa. Ahora mismo está encerrado en el penal de Apanteos. Jaramillo se identificó como guatemalteco ante las autoridades salvadoreñas y mostró un documento falso. Su arresto aquel miércoles 26 de mayo fue el resultado de un operativo policial que lo ligaba a Los Zetas. La alerta saltó cuando la Policía, gracias a un informante, se enteró de que el falso guatemalteco estaba ligado a la masacre de Agua Zarca en Huehuetenango, frontera con México, en noviembre de 2008, cuando presuntos miembros guatemaltecos del cártel de Sinaloa y Los Zetas se enfrentaron durante varias horas y dejaron 19 cadáveres regados en esa aldea. Aquel aún es recordado como uno de los eventos más importantes que evidenció la penetración de los grandes grupos mexicanos en Guatemala. Jaramillo fue arrestado acusado de ser uno de los zetas que participó, pero el Ministerio Público guatemalteco no consiguió probarlo ante un juez.

Grecia, al reconocer al hombre que asegura la violó en Reynosa, la vendió en La Quebradita, y cobró los 3,500 dólares a su tía, decidió denunciar ante la Fiscalía salvadoreña. Entonces, empezó el periplo de Grecia que la llevó a dar el testimonio adelantado ante un juez, dos fiscales, dos abogados defensores contratados por Jaramillo, y el mismo Jaramillo. Grecia pidió rendir declaración anticipada pues no quería enfrentar todo el proceso judicial en el país. Sentía terror de que Omega enviara gente a lastimarla. Luego de eso, Grecia, con el apoyo de la Organización Internacional para las Migraciones y la Agencia de Naciones Unidas para los Refugiados, salió del país hacia alguno que no será revelado, obtuvo una nueva identidad e intenta rehacer su vida.

***

Miércoles 4 de julio de 2012. Juzgado Especializado de Sentencia B de San Salvador. 8:30 de la mañana. Alegatos finales en contra de los acusados Enrique Jaramillo Aguilar y Jesús Ovidio Guardado.

Jaramillo espera junto a Ovidio afuera de la sala. A Jaramillo le cuelgan los pellejos en la papada. Ha perdido mucho peso desde aquellas fotografías cuando fue detenido en la discoteca Kairo’s. Ha perdido pelo también. Lo lleva al rape en los lados e irregular arriba, como si en lugar de cortárselo se lo hubieran arrancado. Viste una polo de rayas horizontales grises y rosadas y un jeans roto en la rodilla izquierda. Va esposado de muñecas y tobillos. Ovidio luce aún más desgarbado, más consumido, luego de un año de haber sido arrestado. La camisa blanca de botones y el pantalón caqui de tela le quedan sobrados.

Adentro de la sala, los dos abogados privados que contrató Jaramillo restan cualquier solemnidad a lo que va a ocurrir en la sala. Bromean sobre un supuesto intento de suicidio que Grecia vivió en su adolescencia.

—200 pastillas dicen que se tomó, era narcótica –dice uno al otro con desparpajo.
—No, lo que me pregunto es dónde putas le cupieron –responde su colega. Ríen a carcajadas.

Luego, el primero pone en su teléfono celular un reggaeton al volumen que el aparato da. El secretario del tribunal le pide que por favor salga de la sala.

Las dos fiscales hacen su alegato final: Ovidio la vendió en la línea del tren… bar La Quebradita… Es tratada como mercancía… Jaramillo la violó constantemente… Tatuaje en su pierna derecha… La perito dijo que el daño de la víctima fue a causa de lo que pasó en México… Para Ovidio, violación en grado de tentativa y trata agravada… Para Jaramillo, violación continuada y trata agravada… Máxima pena en ambos casos.

Los abogados de Jaramillo contestan: ¿Que es de Los Zetas? ¿Dónde dice eso?… Inventos… El peritaje habla de lagunas mentales… La víctima dice una cosa y luego otra… Es una persona inestable… Su niño de siete años se viste de mujer… Que su niño saliera con esas cosas anormales no es por lo que dice que le pasó… Una víctima que no merece credibilidad.

Luego la abogada pública de Ovidio: el delito en grado de tentativa ni existe. ¿Hay penetración o no hay? No se configura.

Luego, sorpresivamente, pide la palabra Jaramillo. Con su voz chillona le llama “mi señoría” al juez y da sus argumentos para exculparse. El primero intenta hacer ver que Ovidio es demasiado viejo para andar en eso de la migración. El segundo, es un tanto confuso. Habla de que Grecia dijo que Ovidio solo tenía cinco dientes, pero cuando le preguntaron si sabía cuántos debía tener un ser humano dijo que sí, que 36. “Y hasta donde yo sé, son 32”. En el tercero asegura que él no vive en Reynosa, ni conoce a nadie de por ahí, que es de otro estado, de Michoacán (sin embargo, el expediente de antecedentes que enviaron desde México asegura que él es prófugo desde 2006 en el Estado al que pertenece Reynosa, Tamaulipas, por daño en propiedad ajena). El cuarto reza que él no ha sido militar nunca, y que Los Zetas son militares, que ha oído canciones que dicen que Los Zetas son 30 y que él no es uno de ellos.

***

Viernes 6 de julio. Lectura del fallo judicial.

Absueltos.

El juez Roger Rufino Paz Díaz ha considerado que Grecia se contradijo. La causa principal es una versión distinta que Grecia dio a la Fiscalía salvadoreña y a la mexicana. Allá omitió incluir a Ovidio en la trama, y dijo haber sido vendida a Los Zetas por personas vinculadas a un albergue en Veracruz. Las fiscales del caso aseguran que Grecia hizo eso porque sabía que Ovidio estaba en el país, conocía a su familia y vivía muy cerca de su madre. Grecia, dicen las fiscales, temía que al denunciar a Ovidio en México, se informaría a las autoridades salvadoreñas, y al enterarse, Ovidio podía dañar a su familia. Por eso, lo borró de la historia cuando estuvo allá, y solo fue capaz de incluirlo cuando, ya en El Salvador, pudo constatar que su familia estaba bien y advertirles sobre el riesgo. Las fiscales explican que el peritaje sicológico de Grecia da argumentos que hacen creíble esa versión. Grecia, como dijeron los que la evaluaron, temía. Temía mucho.

La Fiscalía, en voz de la jefa de la unidad de trata, Smirna de Calles, montó ese mismo día una conferencia de prensa. Lamentó el fallo, explicó que las víctimas de este delito lidian con sus traumas y fantasmas a la vez que declaran. Aseguró que en ese mismo momento preparaban el recurso de revisión, para que sea la Corte Suprema de Justicia la que decida. El recurso aún no ha sido resuelto.

Grecia no volverá a declarar. Ni siquiera la Fiscalía sabe dónde está. Ella sobrevive en algún lugar.

Educando al extraño

Publicado: 18 julio 2012 en Santiago Roncagliolo
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Yo había visto las películas. Tenía previsto que al comenzar las contracciones mi esposa se pondría muy nerviosa, y yo también. Tomaríamos un taxi que se atascaría en el tráfico, y llegaríamos al hospital justo a tiempo. En la sala de partos, ella gritaría y me insultaría, y yo me desmayaría hasta que sacasen de su vientre a un bebé rollizo y rosado que contemplaríamos embelesados. Sonrisas a la cámara. Final feliz.

Fue todo lo contrario. Las contracciones se anunciaron con tiempo, desde la madrugada, y mi esposa me llamó por la mañana para reunirnos en el hospital. Ella ya estaba ahí cuando llegué, y aún pasaron unas horas más antes del parto, que se desarrolló —epidural mediante— con calma y rutina. Y por cierto, los bebés son morados y sangrientos, como los zombies.

El estrés no fue el parto. El estrés recién estaba a punto de empezar.

Llorar es lo normal

La primera noche nos trajeron al niño a nuestro cuarto en el hospital. Yo dormía en el sofá, mi esposa en la cama, y el niño en una especie de incubadora, bajo un potente haz de luz que debía estar encendido todo el tiempo por alguna razón médica que no entendí. Para proteger sus ojos, le embutieron unas gafas oscuras que pugnaba por arrancarse con sus recién estrenadas manitas. Nuestra obligación era asegurarnos de que no se quitase las gafas ni se apartase de la luz. A pesar del sueño, vigilarlo fue fácil, porque durante nueve horas no paró de gritar.

Obviamente, lo atribuimos a la lámpara. Pensamos que nuestra idílica existencia familiar tendría que posponerse un par de días, hasta llegar a nuestro dulce hogar. Pero una vez en casa, nada cambió. Con o sin lámpara, el pequeño lloraba toda la noche, pegando alaridos. Primero tenía cólicos.

Más adelante resultó que debía aprender a dormir. Yo siempre había pensado que uno nace sabiendo eso, pero uno nace sabiendo nada. Uno nace siendo un extraño que no conoce al mundo ni a las personas con quien vive, y se ve obligado a hacer ciertas cosas en ciertas horas sin entender por qué.

Debíamos haber planeado alguna solución. Pero cuando llegaba el día estábamos demasiado agotados para pensar. Aunque hubiésemos estado más frescos, no teníamos tiempo de nada. Nuestra idea original del permiso de maternidad era un periodo de tierna convivencia. La realidad hizo pedazos nuestras previsiones.

Mi día consistía en darle personería jurídica al niño: Registro Civil, Seguridad Social, ayudas del Gobierno a la maternidad, Libro de Familia. Había que inscribirlo en miles de lugares, haciendo miles de colas, para llevar a casa miles de papeles. Pero el día de mi mujer era peor. Ella se había convertido en un restaurante abierto las veinticuatro horas. Vivía en pijama, agotada, con el cuerpo derrengado por el parto y las fuerzas absorbidas por el recién llegado. Para colmo, durante la fase de adaptación a la lactancia, el niño le lastimaba los pezones.

Pero lo más desesperante era el llanto. Un bebé no tiene ningún medio para hacerse entender. No conoce palabras, y ni siquiera tiene una paleta de matices para sus ruidos, como los gatos o los perros. Un bebé ni siquiera tiene claro qué quiere exactamente, ni cómo conseguirlo. Un bebé siente alguna necesidad, hambre, frío o dolor, y lo único que puede hacer es gritar hasta que alguien la resuelva.

En este caso, podría decirse lo mismo de sus padres. Mi familia vivía a doce mil kilómetros de nosotros, en Lima. La de mi esposa se reducía a una persona: su madre, una valenciana de setenta y cinco años, con sus propios problemas médicos, que vivía a quinientos kilómetros de Barcelona y que había criado solo a una niña en una ciudad pequeña en tiempos de Franco. No teníamos ninguna referencia sobre cómo actuar con un bebé. Si seguía llorando después del pañal y el biberón, no sabíamos qué hacer. Si tenía fiebre, lo llevábamos de inmediato al hospital. Dicen que los inmigrantes recurrimos demasiado a la Seguridad Social. A lo mejor. Pero es que demasiado es una palabra para familias con abuelos y tíos, equipos de asistencia médico-afectiva. Cuando eres de fuera, no tienes nada de eso.

Una vez, llevamos al niño al hospital solo porque lloraba. Llevaba seis horas sin parar, y ya no sabíamos qué hacer. Pasamos una hora más en la sala de espera hasta que nos atendió una doctora bajita de mediana edad, con cara de conocer bien la vida. Apenas miró al bebé. Le tocó la frente, le miró la lengua y sentenció:

—Es un bebé. Los bebés lloran.
—¿Todo el día? Tiene que haber una medida, un promedio ¿Qué es lo normal?

Ya de espaldas, quitándose los guantes de látex como dos condones, alejándose para revisar a otro paciente, abandonándonos a nuestra desdicha, la doctora concluyó:

—Llorar. Llorar es lo normal.

La crisis neurótica que me producía la falta de sueño tenía otras manifestaciones, algunas de ellas, francamente siniestras. La peor fue el descubrimiento de que amar a tu hijo es obligatorio. Es tu deber ser feliz. Cuando tienes un bebé, la gente se te acerca con sonrisas beatíficas y te pregunta, más bien te afirma:

—¿Qué tal la paternidad? Es un dechado de bendiciones y felicidad ¿verdad?

Y tú, que sientes que alguien ha metido tu vida en una batidora, que llevas un mes sin dormir dos horas seguidas, que dedicas cada segundo de tu existencia a una persona incapaz de agradecer nada pero infaltable para quejarse y demandar, que recuerdas con nostalgia aquella época lejana en que salías por la noche y dormías hasta medio día los fines de semana, sabes que debes callar. Exponer tu sufrimiento no resolvería tus problemas, solo te convertiría a ojos de los demás en un psicópata. Así que recoges tus ojeras, fuerzas a tus labios a dibujar una sonrisa y dices, con toda la firmeza de que eres capaz:

—Sí. Soy muy feliz.

Pregunté a otros padres si sus hijos habían llorado tanto al nacer. Todos me dijeron que no, que sus hijos habían dormido siempre de un tirón catorce horas. Que comían como caballos, de todo y sin chistar. Que cada minuto a su lado había sido una fuente de inagotable felicidad. Algunos incluso aseguraban que sus niños se comunicaban con gestos desde antes de aprender a hablar, formulando con claridad sus demandas y sugerencias.

Supongo que los seres humanos tienden a olvidar las malas noches de su pasado. Quizá se deba a un condicionamiento biológico, orientado a garantizar la reproducción de la especie. O quizá solo fingen olvidar. El caso es que, ante ese despliegue de unánime felicidad, te empiezas a preguntar si tu niño tiene algo raro. O si tú tienes algo raro. Quizá eres una mala persona. Tal vez no estás preparado para ser padre. Hay algo malo en ti, algo congénitamente equivocado, y es demasiado tarde para que te eches atrás. Acabas de cometer el peor error de tu vida, y es un error que te acompañará, en el mejor de los casos, de por vida.

Lo único positivo, en medio de esos sombríos pensamientos, es que valoras más a tus padres. Específicamente, valoras que no te hayan arrojado por la ventana mientras podían. Y no importa qué tan tirante sea tu relación con ellos, o qué conflictos hayan tenido en el pasado, empiezas a sentirte realmente agradecido por ello.

Lástima que es tarde para corregir todos tus errores de infancia y adolescencia, pero no te preocupes, la vida es cruelmente justa: también será tarde cuando tu hijo quiera corregir los suyos.

Mira quién habla

Puedo recordar el momento exacto en que todo cambió. El instante en que la vida comenzó a florecer. Ocurrió en verano, en un apartamento que mi suegra alquilaba cerca de la playa. El niño tenía cuatro meses, así que nosotros habíamos sumado ya ciento veinte noches sin dormir, un récord. Pero sus llantos eran ya una rutina. No teníamos fuerzas ni para enfadarnos. Solo tratábamos de calmarlo maquinalmente, con el entusiasmo de dos muertos en vida.

Una tarde, mientras él dormía una siesta en nuestra habitación, mi esposa y yo lo oímos gritar. Intercambiamos miradas de súplica y, al final, me levanté a atenderlo yo. Conforme me acercaba a la habitación, sentí que su llanto sonaba diferente de lo normal. Era más agudo pero menos lacerante, y llegaba acompañado de gorjeos. Temí que se estuviese ahogando y me precipité hacia la cama. El niño miraba al techo con los ojos muy abiertos, como asustado, e intermitentemente producía esos extraños sonidos. Tuve que acercarme mucho para comprender lo que ocurría. Se estaba riendo.

Acababa de descubrir el sonido de su propia voz: gritaba un poco, y se escuchaba sorprendido, y eso le producía risa, algo que lo sorprendía más, así que volvía a gritar. Estaba contento. Era la primera vez que lo veía contento. A veces había estado relajado, satisfecho, incluso entretenido. Pero ahora se estaba riendo a carcajadas. Y súbitamente, yo también.

La paternidad es quizá el ejemplo más patente de lo inútiles que somos los hombres. Nuestra participación en la gestación toma cinco minutos, probablemente robados al intermedio de un partido de fútbol, después de los cuales nuestra presencia se vuelve irrelevante. Tras el nacimiento, el bebé tiene una relación física con su madre: responde a su tacto, a su olor, a su voz. Pero el padre, ese despojo de la naturaleza carente de tetas, tiene poco que ofrecerle. Su función se limita a comprar cosas en la farmacia y tratar de que la madre lo lleve lo mejor posible.

El padre va entrando en escena conforme el niño comienza a comunicarse, y sus relaciones interpersonales ya no dependen del contacto físico. La primera manifestación de respuesta a estímulos externos es la risa. Rápidamente le siguen los balbuceos, después las palabras y, al final, las estructuras gramaticales.

El límite entre estas últimas etapas es bastante difuso, y tiene más que ver con la voluntad de los padres que con los verdaderos progresos del niño. Por ejemplo, en la mayoría de las lenguas, las palabras para referirse a los padres se componen de vocales abiertas y consonantes labiales combinadas y reduplicadas, como “papá” y “mamá”. Esta extraña coincidencia se debe sencillamente a que esos son los primeros sonidos que los niños articulan. Pero en todos los casos, los padres, ansiosos por ser reconocidos por sus hijos, celebran estos balbuceos efusivamente:

—¡Ha dicho mamá!

Y todo el mundo se pone feliz. Es el nombramiento oficial, el momento en que el niño admite que es su niño, y por lo tanto, agradece tácitamente todo lo que se hace por él.

Por supuesto, esa no es la interpretación del propio niño. Él solo comprende que cada vez que pronuncia esos sonidos las personas a su alrededor están felices y, lo más importante, le dan cosas, así que los repite una y otra vez, y va delimitando su significado. Empieza a descubrir que otros sonidos le procuran beneficios más específicos, y a darle nombres a las cosas. Ya entonces “papá” y “mamá” han dejado de ser dos balbuceos aleatorios para convertirse en dos títulos oficiales.

Conforme el niño adquiere el lenguaje, sus padres lo van perdiendo. O, al menos, pierden cualquier tema de conversación que se aparte de su hijo. En mis reuniones con viejos amigos, fui descubriendo que había quedado desfasado. La paternidad me absorbía tanta energía que ya no estaba al corriente de las noticias, ni de los lanzamientos de libros y películas, ni de más o menos ninguno de mis objetos habituales de interés (que, por otra parte, nunca habían sido muchos). Pero, además, tampoco me interesaban gran cosa esos temas. Mi mundo se había reducido drásticamente y, en un cincuenta por ciento, estaba constituido por cacas, pañales y biberones. Pronto empecé a reconocer en las caras de mis amigos la misma expresión de aburrimiento que antes había puesto yo cuando otros me informaban sobre sus propias cacas y pañales.

Cuando el niño estaba presente, su constante demanda de atención volvía imposible cualquier conversación adulta: con frecuencia manoseaba, escupía y —alguna vez— vomitaba sobre mi interlocutor. Como estaba descartado cambiar de hijo, se impuso cambiar de interlocutores. Mi vida social se desplazó de los solteros a los casados, de los solitarios a los padres de familia, de la gente que salía de noche a la gente que salía de día.

Sin embargo, me quedaba un refugio: los viajes de trabajo. Al principio de todo esto, yo pensaba que mis compromisos fuera del país me permitirían breves paréntesis de regreso a la vida sin hijos. Los viajes solían estar sazonados de vida social y salpicados en alcohol, de modo que no tenía que renunciar por entero a mis costumbres de hombre libre.

Y sin embargo, en ese aspecto, la transformación de la paternidad fue tan radical como en los otros, pero mucho más sorprendente.

Antes de ser padre, cuando llegaba a una ciudad nueva y dejaba mis cosas en el hotel, lo primero que pensaba era:

—¡Qué bien! Ahora voy a buscar a un par de colegas para salir hasta la madrugada.

En los primeros meses de vida de mi hijo, en los pocos y breves viajes que hice, pensé siempre:

—¡Qué bien! Ahora voy a dormir doce horas.

Pero cuando el niño empezó a dormir mejor, las cosas empeoraron. Porque la falta de sueño fue sustituida por una emoción totalmente nueva y desconocida para mí: la añoranza.

Yo siempre había sido, desde el punto de vista familiar, un malnacido. Jamás llamaba a mis padres por teléfono y olvidaba sus cumpleaños. Los compromisos familiares me tenían sin cuidado, y la manía de mi madre por saber cada detalle intrascendente de mi vida —qué has desayunado, a quién has visto, cómo ha amanecido mi hijito— me ponía nervioso, incluso irascible. Pero durante mis viajes, en los momentos más insospechados, se me venía a la mente la imagen de mi hijo jugando conmigo a los muñecos o a la cocinita. Tenía que dar charlas en público, y en vez de mi trabajo o la literatura, me apetecía hablar de lo bien que mi niño ordenaba su cuarto. Por las noches, me torturaba no tener una foto más reciente de él para verlo tal cual era. Por supuesto, cuando hablábamos por teléfono ametrallaba a su madre a preguntas —qué ha desayunado, a quién ha visto, cómo ha amanecido mi hijito— y si, por casualidad, se enfermaba durante mi ausencia, me sumía en estados de culposa depresión.

Lo peor de todo era volver a casa y descubrir que en solo tres días él había aprendido una nueva gracia, era un poco más alto, decía nuevas palabras. Se transformaba en otra persona en cuestión de horas, y con cada viaje yo me perdía la persona que había sido durante un tiempo, una persona que nunca más volvería a existir.

Introducción a la narrativa

Después de adquirir el lenguaje, los seres humanos empiezan a contar historias. Es un paso lógico o, al menos, es el paso que sigues si tu padre es un narrador obsesivo compulsivo básicamente incapacitado para cualquier otra faceta de la vida real. Como yo.

Los primeros relatos que mi hijo consiguió entender eran muy simples y, en su mayoría, tenían moralejas prácticas. Eran más o menos así:

—Este era un niño que no se quería bañar. Pero le salieron piojos en la cabeza. Y los piojos se comieron su desayuno. Entonces comprendió que debía bañarse.

Es difícil explicar a un niño de un año por qué debe bañarse. O por qué debe comer. O dormir a una hora determinada. No está capacitado para entender las razones. Le resulta mucho más fácil escuchar una historia sobre alguien más como él, y descubrir qué le ocurre por ser de esa manera. Supongo que por la misma razón se venden más novelas que ensayos: las argumentaciones son abstractas, se construyen con ideas. Las historias son concretas, se construyen con hechos; además, atribuyen causas y consecuencias a las acciones, y al hacerlo les dan un sentido. De manera natural, mi hijo empezó a pedirlas para explicarse cada pequeño hecho de la vida. Si lo llevaba al colegio, me decía:

—Cuéntame el cuento del colegio.

Y yo le contaba un cuento sobre un niño que no quería ir al colegio y se encerró en su cuarto y le crecieron hongos en las axilas. Si lo llevaba al baño, me pedía:

—Cuéntame el cuento de la caca.

Y así.

Es curioso pararse a pensar que para un niño todo es posible. El sol se acuesta por las noches, el mar le da besos a la playa y los caballos hablan. Nada en su experiencia le impide procesar esos hechos como ciertos. Conforme crecemos, vamos clasificando las cosas en “posibles” e “imposibles” y establecemos relaciones lógicas entre ellas. Los grandes pensamos que si es de día no puede ser también de noche, y que si los animales no hablan, tampoco pueden cantar. Pero para un niño, la realidad es más flexible. En cierto modo, su mundo es más amplio que el nuestro. La imaginación es la total ignorancia de los límites de la realidad, que hace que los niños siempre encuentren puntos de vista originales sobre ella.

Para muchos padres, el mayor obstáculo para establecer vínculos con sus hijos es que han perdido esa facultad: la imaginación. Sus hijos son una fuente constante de ocurrencias, invenciones y asociaciones libres, y ellos no consiguen ponerse a la altura, razón por la cual pierden la paciencia. Mi problema es exactamente lo contrario: tengo mucha imaginación. Puedo pasarme muchas horas inventando cosas y jugando con el niño, pero me cuesta poner reglas claras y me aburro mortalmente al enfrentar la mayoría de sus necesidades prácticas. Al parecer, mi edad mental es de unos dos años y medio.

La parte buena de eso —si tiene alguna— es que puedo ahorrarme muchos berrinches, porque las fuentes de conflicto habituales —ve a bañarte, cómete tu comida, vístete— se resuelven mediante el recurso a la ficción. Si yo le doy una orden, es muy posible que se niegue. Pero si se la da Spiderman, o su tigre de peluche, o el malo de los dibujos animados, acatará sin dudar. Si el baño no es el baño sino el escenario de un combate naval, se bañará. Si su chaqueta negra no es su chaqueta sino la capa de Batman, se la pondrá. No es que no distinga entre la realidad y la ficción. Es que la ficción, al ser más colorida, más aventurera y más atractiva que la realidad, también le parece más real.

Quizá por eso mi niño es adicto a los cuentos. Todas las noches, me pide que le cuente uno. Con frecuencia recurro a un clásico, como La Cenicienta, Pulgarcito o Hansel y Gretel. Llevaba décadas sin leer esos cuentos, y ahora que los he redescubierto siendo ya un narrador me sorprende lo bien construidos que están. Tienen escenarios espectaculares, como bosques oscuros o casas de caramelo. Y puntos de giro sorprendentes, como la aparición de los siete enanos o la llegada del lobo. Y, lo más increíble, son políticamente incorrectísimos y muy violentos. Los padres de Pulgarcito lo abandonan en el bosque porque no pueden mantenerlo. El lobo se come a la abuela de Caperucita, y cuando llega el leñador, le abre el estómago para sacarla. Las madrastras invariablemente torturan a las hijas de sus maridos.

Los modelos de familia de los clásicos infantiles serían desaprobados por toda la pedagogía del siglo XXI. Pero esos cuentos han durado y durarán más que cualquier modelo pedagógico, e incluso pueden adaptarse a ellos (en las últimas ediciones, por ejemplo, el lobo no se come a la abuela: la guarda en el armario, porque como todos sabemos, los lobos cazan a sus presas y las guardan en sus armarios).

Algunas noches mi hijo no quiere ningún cuento clásico. Pide relatos a la carta, como el cuento “del piojo” o el “del árbol” o cualquiera que se le ocurra. En esos casos, me veo obligado a improvisar. A veces, las improvisaciones salen bien. Otras, terriblemente mal.

Puedo saberlo porque un buen cuento, como una buena droga, surte efecto: el niño se relaja, se apacigua, y no tarda mucho en dormirse. En cambio, cuando el cuento no está bien tramado, o el personaje no me queda claro, o simplemente le falta acción, el niño se revuelve inquieto en su cama, se enoja, llama a su madre. Entonces sé, como un mal actor en el escenario, que he fracasado. Porque escuchar historias es una facultad natural, como comer o dormir. Nadie le ha enseñado a hacerlo, pero él sabe cómo.

La llegada de mi hijo también cambió mi propia manera de enfrentarme a las historias. Particularmente, me volvió sensible a las escenas de crueldad contra niños. Lo descubrí viendo Anticristo de Lars von Trier. En la primera secuencia, asistimos al suicidio de un niño de tres años. Mientras sus padres hacen el amor en su dormitorio, él acerca una silla a la ventana del tercer piso, trepa sobre ella, y se lanza. Ante todo eso, yo sentía que se me revolvía el estómago, que me atenazaba el pánico, y por primera vez en mi vida —una vida marcada por el amor al género de terror— sentí ganas de cerrar los ojos frente a la pantalla. En Los próximos tres días con Russell Crowe, un niño asiste al violento arresto de su madre. Los policías allanan la casa, le gritan a todo el mundo y se llevan a la mujer frente a las lágrimas de incomprensión del pequeño. Cuando vi la escena, quise levantarme de la butaca e irme del cine.

Yo, que en una novela monté a un niño sobre el cadáver de su abuela y lo hice caminar por una cornisa. Yo, que escribí un cuento para niños en que el protagonista muere al final.

Dios, ya no soy el mismo.

El extraño se parece a mí

Un día, mi hijo decidió que no quería que le diese su biberón en la mano. Quería que se lo dejase en la mesa para recogerlo personalmente.

Otro día, se negó a que le lave el pelo. La sensación del agua cayendo sobre su cabeza le resultaba insoportable.

Mientras tanto, empezó a mostrar gusto por el espectáculo: antes de salir, exigía ponerse su disfraz de Spiderman, máscara incluida. La gente por la calle lo saludaba y le sonreía. Algunos le pedían que los salvase de algún peligro imaginario. Ante el éxito del público, él volteaba y me decía:

—Mira papá, me han reconocido.

Y si yo trataba de llevarlo por una calle vacía, protestaba:

—Pero papá, en esta calle no me van a reconocer.

El siguiente disfraz fue bastante previsible: la camiseta del Fútbol Club Barcelona. La descubrió en el invierno de sus dos años, con toda la ciudad en plena fiebre Leo Messi. Ir al colegio, pasear, dormir, todas eran actividades imposibles sin la camiseta de Leo Messi. Y aunque en el exterior hiciese cero grados, el niño se negaba a cerrarse la chaqueta:

—¡No la cierres, papá —chillaba—, que no se ve mi camiseta!

Todas esas demandas configuran un nivel superior. Ya no se trata de “quiero comer” o “tengo frío”. Ahora es, si se puede decir así, una cuestión de estilo.

A sus dos años, el niño decide que quiere tener una personalidad, una forma propia de vestir, jugar y hacer las cosas, una serie de actividades que le interesan y actividades que no. Para mí, lo más sorprendente es que, para bien o para mal, esa personalidad es parcialmente de mi responsabilidad. Su sentido del espectáculo es el mío. Y yo, como él, siempre tuve un vocabulario muy desarrollado —casi ridículamente desarrollado— y una gran ineptitud para las actividades físicas. Un día descubro que mi hijo no sabe pedalear en un triciclo, algo que los otros chicos ya dominan, pero que no le he enseñado porque no sé montar en bicicleta. Otro día, cuando no puedo armar un rompecabezas, él me dice:

—Papá, tranquilidad. Tienes que concentrarte.

Algo que los niños de su edad no suelen decir, pero yo sí.

Como casi todos los adolescentes —quizá debería decir “todos los hombres”—, yo tuve una relación conflictiva con mi padre. Lo culpaba de todos mis problemas y peleábamos con frecuencia, incluso mucho más allá de la adolescencia. Por eso, si algo me lastimaba era constatar que yo tenía rasgos de él. Me desesperaba que nos confundiesen en el teléfono, o que alguien me dijese que teníamos el mismo sentido del humor, lo que ocurría con frecuencia. Me disgustaba ver una foto de él y reconocer mi nariz, mis orejas, mi mentón, que en realidad son su nariz, sus orejas y su mentón.

Conforme mi hijo crece, puedo adivinar qué cosas le disgustarán de sí mismo, porque me echará —con razón— la culpa de ellas. También puedo hacer apuestas sobre qué rasgos de su carácter le traerán alegrías, y cuáles le harán sufrir. En cierto sentido, yo ya he vivido muchas de esas cosas. Previsiblemente, cuando discutamos, él me dirá que no las he vivido, que su vida es suya y solo la vive él, y que yo no entiendo nada.

También en eso tendrá razón, porque conforme él se va transformando en lo que yo era, yo me transformo en otra persona. Mis rasgos de personalidad actuales no son los del niño que jugaba a los disfraces, sino los del impaciente obseso del trabajo que es un hombre agobiado de responsabilidades. Conforme mi hijo se parece a mí, yo dejo de parecerme a mí y me parezco más y más a mi padre.

Supongo que ese es el proceso natural y obvio. Lo más extraño de ser padre es que nada hay de novedoso en tus sentimientos, nada que no hayas escuchado ya miles de veces. Todas tus emociones son como un cliché de una película navideña con Meg Ryan. Lo único nuevo e irrepetible, en realidad, es ese extraño que llegó a tu casa un día pegando gritos y que se transforma a la misma velocidad que tú.

Este centro bautizado con el ambicioso nombre de Sendero de Libertad recibió en los primeros días de abril de 2011 a un menor de edad llamado Alexander. Condenado por tráfico de drogas, el juez ordenó su encierro después de saltarse las condiciones de su libertad condicional. Sus dos primeras noches Alexander las pasó, el procedimiento habitual con los nuevos, en uno de los módulos tercermundistas que hay junto al portón principal.

El reclusorio lo controlan pandilleros que se autodenominan retirados, que odian a muerte a los pandilleros activos, que a su vez odian a muerte a los retirados. Se respira demasiado odio en Sendero de Libertad. Por eso, antes de asignar sector a un recién llegado, las autoridades lo aíslan hasta que se convencen de que no es miembro activo ni a la Mara Salvatrucha (MS-13) ni al Barrio 18. Es cierto que la piel de Alexander estaba limpia de tatuajes como la de un adolescente ejemplar de una colonia bien, pero también lo es que hace años en El Salvador eso dejó de ser garantía de nada.

Tras las dos noches de aislamiento, avalaron su traslado al Sector 1. Allí lo esperaban 120 jóvenes con el verdadero examen de admisión. Un ex de la MS-13 que en la libre vivía en la misma colonia lo reconoció de inmediato y lo presentó como primo de un pandillero activo. Suficiente para dar por finalizado el interrogatorio. En ese momento Alexander debió sentir como si un bus se le viniera encima. Uno, diez, treinta puños pies antebrazos cabezas codos lo golpearon una y otra y otra vez. No tardó en caer al suelo reseco. Al principio trató de cubrirse. Lo pisotearon arrastraron patearon. Al poco ya no pudo. Lo patearon en la cara brazos nalgas piernas espalda pecho boca… Lo patearon.

Del personal del centro nadie intervino.

Cuando Alexander recobró el sentido, la turba lo tenía amarrado de pies y manos, y un niño se esmeraba en tatuarle una sentencia de muerte en el pecho: una M y una S del tamaño de dos manos, y tachadas por sendas cruces. Un tatuaje así te convierte en objetivo prioritario para la MS-13, sin importar las razones, muerte segura, y para nada te aparta del punto de mira del Barrio 18.

—¿Y qué iba a hacer ? Yo me vine a despertar con el ruidito de la máquina –me dice cuando lo entrevisto ocho meses después del ataque.

La máquina es un motorcito de un transistor ensamblado a una varilla metálica y a una aguja, un artilugio con el que los tatuadores artesanales inyectan bajo la piel –a falta de tinta– el espeso hollín que sale de los vasos plásticos blancos cuando arden. Suena horrible, pero Alexander sabe que tuvo suerte.

—Tuve suerte –dice–, gracias a Dios, porque a otros los han marcado a pura Gillette.
—¿Y los orientadores? ¿Y los custodios? ¿Nadie te ayudó?
—Y ellos qué iban a hacer…

La respuesta de Alexander tiene su lógica. Después entenderán.

Al día siguiente, desfigurado por el linchamiento y con su sentencia de muerte tatuada en el pecho, llegó al despacho del director y le contó lo ocurrido. Lo aislaron de nuevo, y aislado lleva hasta esta mañana de diciembre. El Estado salvadoreño que lo encerró para procurar su reinserción lo ha incluido en un programa de remoción de tatuajes que en tres o cuatro sesiones eliminará lo negro, pero que dejará siempre un delator surco de carne abultada.

Alexander y su pecho esperan volver a las calles este año.

***

Un día de estos, cuando bien entrada la tarde me retiro de Sendero de Libertad, un custodio de los de la Portería se me acerca, enigmático.

—Ya lo he visto varios días por acá. Usted es periodista, ¿no?
—Sí, estoy llegando porque quiero conocer cómo es aquí…
—Pues si quiere conocer de verdad, debería llegar en la noche. Viera qué relajo. Los del Sector 1 se salen de las casas a beber y a endrogarse. Gritan, ríen, aquí ni hay encierro ni hay nada. Todas las noches. Los vecinos de la colonia Helen, la de atrás, se lo pueden contar también. Viera qué relajo.

***

Lo que hoy se conoce como Centro de Inserción Social Sendero de Libertad se inauguró el jueves 25 de mayo de 1995, en presencia del presidente de la República, del presidente de la Corte Suprema de Justicia y de un nutrido grupo de diputados; los tres poderes reunidos para la foto oficial de un lugar concebido como pieza fundamental del nuevo sistema de justicia juvenil. La reinserción social, ese concepto tan resbaladizo, ya tenía dónde y cómo.

Como si se tratara de un presagio, una mañanera tromba de agua deslució la inauguración, aunque no pudo con el optimismo.

El presidente de la República, Armando Calderón Sol, dijo que un Estado fuerte era indispensable para hacer frente a las maras, un fenómeno incipiente pero en franca expansión. Elizabeth de Calderón, su esposa y presidenta del Instituto Salvadoreño de Protección al Menor (ISPM), se comprometió a que la readaptación fuera “un objetivo primordial” del Gobierno. María Teresa de Mejía, la directora del ISPM, fue más allá: “El joven que ingrese tendrá probabilidades altas de no delinquir de nuevo”. Aquella euforia desmedida cristalizó en una frase escrita por uno de los periodistas que cubrió el evento: “El centro de menores de Ilobasco, construido en tiempo récord, ha sido calificado por consultores internacionales como el paradigma de Latinoamérica”.

Escribió: paradigma de Latinoamérica.

El optimismo quizá estaba justificado. Apenas tres años y medio atrás se habían firmado los Acuerdos de Paz, que pusieron fin a una dolorosa guerra civil que se prolongó doce años. El Salvador, un minúsculo país centroamericano que la Guerra Fría colocó en la agenda mundial, logró una solución negociada que satisfizo a tirios y troyanos, y que Naciones Unidas aún hoy presenta como uno de sus máximos logros.

De un día para otro el país se llenó de organismos internacionales, de agencias de cooperación y de oenegés que aterrizaron con las maletas llenas de dólares y de planes. Tras décadas de violaciones de los derechos humanos, crear un sistema de justicia juvenil apegado a directrices made-in-United-Nations se convirtió en obsesión: en 1993 se aprobó la Ley del Instituto Salvadoreño de Protección al Menor, en 1994 la que hoy se conoce como Ley Penal Juvenil, y un año después el Reglamento General de Centros de Internamiento para Menores Infractores. Había dinero para la causa, mucho, y en ese contexto surgió Sendero de Libertad.

De alguna manera, a El Salvador le ocurrió como a John Clayton –el mítico Tarzán– cuando regresó a Londres después de años de vida en la selva: se pensó que un bonito traje y unas pocas clases de etiqueta serían suficientes para calmar los instintos.

—Es un criterio muy personal, pero creo que no pensaron muy bien el tipo de población que se iba a atender. La Ley Penal Juvenil es buena, pero se dejó de lado una sociedad que salía de una guerra con carencias emocionales, con tanto huérfano. Nunca se hizo trabajo psicológico en las comunidades. Por eso hoy tenemos lo que tenemos.

Me dijo José Paulino Flores, Paulino, que algo debería de saber: trabajaba como orientador cuando Sendero de Libertad recibió a los primeros menores y hoy es el subdirector.

Construirlo y equiparlo costó una pequeña fortuna: $2.6 millones de la época. Se eligió Ilobasco, una ciudad provinciana a 55 kilómetros de San Salvador, y se apostó por unas instalaciones que satisficieran hasta los gustos del más exigente burócrata de Naciones Unidas: más de 12 manzanas para albergar a 250 personas (la principal cárcel salvadoreña, Mariona, es más pequeña y adentro se hacinan más de cinco mil personas); diez casas independientes para un tratamiento especializado; lockers y camas para cada interno; surtidísimos talleres de carpintería, sastrería, panadería, artesanías y computación; canchas de fútbol, baloncesto y voleibol; salón de usos múltiples y biblioteca y clínica médico-odontológica; ropa, calzado y útiles en abundancia… También se levantó una gigantesca torre, más alta que la de muchos aeropuertos, que serviría como reservorio de agua potable. Se tomaron tan en serio lo de que Sendero de Libertad fuera un espacio para la reinserción y no para el encierro, que apenas una malla ciclón separaba a los internos de su libertad.

La administración se dejó en manos del ISPM, institución que en 2002 fue rebautizada como Instituto Salvadoreño para el Desarrollo Integral de la Niñez y la Adolescencia: el ISNA. El nombre, Sendero de Libertad, lo eligieron los propios internos meses después de haber abierto las puertas, una decisión que no hizo gracia a sectores conservadores de la sociedad, pues decían que les recordaba a Sendero Luminoso, la organización terrorista peruana.

Lo que queda diecisiete años después de la inauguración es una caricatura del paradigma ofrecido: sin biblioteca, sin centro de computación, sin camas. Siete de las diez casas están cerradas por inhabitables, y las otras tres huelen a hacinamiento, como cualquier celda de una cárcel salvadoreña. No es solo del olor. Las incontables fugas y la violencia entre los internos –y hacia los empleados– obligaron poco a poco a sectorizar, a crear zonas de aislamiento y a levantar garitones de vigilancia y muros coronados con alambre razor. La reducción del presupuesto a partir de 1999 y los motines en los que los jóvenes destrozaban las instalaciones contribuyeron, pero fue la expansión del fenómeno de las maras –y la inoperancia de la sociedad salvadoreña para detenerla– la que marcó el ritmo de la degradación física y sobre todo conceptual del centro.

Quienes vivieron los primeros años los recuerdan menos complicados: distintas pandillas bajo el mismo techo, respeto de los menores hacia el personal, más recursos… Por decisión del ISPM, el reclusorio lo administraba una congregación llamada Misioneros de Cristo Crucificado. Entre 1996 y 2001 el padre Jaime González Bran vivió y trabajó en Sendero de Libertad, primero como coordinador de orientadores y luego como director. Cuando lo visité en octubre en Atescatempa, un pueblo guatemalteco fronterizo con El Salvador donde ahora es párroco, me dio su versión del fiasco.

—Nuestro sueño para Ilobasco –dijo– era crear algo para los muchachos de primer ingreso y sin problemas de pandillas, porque Sendero no tenía ni infraestructura ni personal capacitado para tratar a muchachos con diez internamientos o con perfil psiquiátrico crónico. Pero los jueces empezaron a enviarnos a jóvenes exageradamente violentos, y con esos liderazgos negativos al interior se volvió más difícil rescatar al muchacho que fuera rescatable.
—¿Cree que hay muchachos no rescatables?
—Había muchachos con cierto perfil psiquiátrico que nunca debieron haber llegado a Sendero. Eso lo dijimos toda la vida. Ellos necesitan intervención psiquiátrica. No es que no fueran rescatables, sino que no teníamos los recursos para sacarlos a flote.

En torno al cambio de milenio, después del primer niño asesinado en una riña, se ensayaron estrategias para intentar revertir la degeneración. A finales del año 2000 el Estado creyó que separar las pandillas sería la solución, y Sendero de Libertad quedó para ex pandilleros y civiles. No funcionó. En abril de 2001 ingresaron los militares para imponer disciplina a través del ejercicio físico. No funcionó. A finales de 2003 se introdujo población femenina, en teoría menos conflictiva. No funcionó. Y en 2006 se creó una comunidad terapéutica para tratar drogodependencias. Tampoco funcionó.

Del paradigma de Latinoamérica solo quedó la referencia en los periódicos viejos. Tras la salida de los curas, en marzo de 2001, los directores se sucedieron uno tras otro, como si se tratara del banquillo de un equipo de fútbol mediocre. El centro empezó a generar titulares sobre muertos, fugas y motines, cada vez más escandalosos, como si desde el inicio alguien lo hubiera planeado todo para que Sendero de Libertad caminara inexorable hacia su propio 11-S, el 11 de septiembre de 2010.

***

La ley es cristalina como manantial de agua pura: aquí no debería haber internos arriba de los 18 años. Sin embargo, abundan.

—Ese que acaba de recibir la pelota tiene 29 años, pero un juez nos lo mandó para acá –me dijo Paulino, el subdirector.

Paulino es sincero, mesurado y propositivo. Todo al mismo tiempo. Tiene 38 años, esposa y dos hijas, pero su personalidad conserva chispazos juveniles, quizá porque lleva en este centro desde los 21. El sobrepeso, la cara redonda y los pequeños lentes que la miopía le obliga a cargar le dan aire de bonachón, de amigo de todos, de alguien a quien le cuesta mentir. Paulino conoce los nombres de todos sus compañeros y de la mayoría de los internos.

Presentarlo como subdirector podría generar confusión. Nominalmente lo es, sí, pero él se sigue viendo como un orientador. Entre las 85 personas que trabajan en el reclusorio hay psicólogos, instructores, trabajadores sociales, maestros, custodios… y la columna vertebral formada por una veintena de orientadores. Con turnos de 24 horas, son los que más contacto tienen con los jóvenes, los que deben monitorear y registrar sus avances y retrocesos, sus teóricos hermanos mayores.

Paulino camina por todos los sectores sin temor a ser agredido. Suena básico, pero no está al alcance de todo el personal. Escuché en más de una ocasión que algunos lo llaman Gordo, pero su figura es respetada y hasta generadora de empatía. Es porque nunca los ha denigrado ni los ha insultado, me dijo.

Una tarde de diciembre, cuando nos dirigíamos a la cocina, pasamos junto a un grupo de unos diez jóvenes que estaban ociosos bajo la sombra de un árbol.

—¡Júe! ¡Júe! –les gritó Paulino, como si yo no estuviera a la par.

La respuesta fue un coro desordenado pero voluntarioso: Júe, Júe, Júe…

—Pauli, ¿qué horas tenés? –preguntó uno.
—Las dos con treinta minutos, m’ijo.

Seguimos caminando.

—¿Oíste, va? –me preguntó–. Digo una palabra como Júe, y todos se emocionan… Uno tiene que aprender cómo crear asertividad. Es la base de todo.
—¿Cómo les decís: Júe o Húe?
—Júe, de juego. Si me preguntás qué es, ni yo lo sé. Comenzó hace años como Juela, y ahora me topo con que Júe se escucha en todo Ilobasco.

Otro día, un jueves de agosto que estábamos paseando por el Sector 2, clausurado por inhabitable pero que hasta su clausura albergaba a los activos de la MS-13, me contó algo que a su juicio ilustra la obtusa visión del fenómeno de las pandillas que, una vez terminada la guerra, tuvo toda la sociedad salvadoreña.

—¿Ha oído –aún nos tratábamos de usted– del partido de El Salvador contra México en las eliminatorias del Mundial 94? ¡Bien me acuerdo yo! Ganamos con golón del “Papo” Castro Borja. Lo vi por televisión: todo mundo feliz, y no sé por qué yo me fijé en una particularidad, quizá porque el destino va fijando las cosas, pero recuerdo que en la retransmisión dijeron: ¡Damos la bienvenida a estos compañeros de la Mara Salvatrucha, que han llegado al Cusca desde los Estados Unidos! Y les hicieron una toma. Creo que los comentaristas eran Carlos Aranzamendi y Tony Saca. Yo desde entonces me quedé pensando: Mara Salvatrucha.

Aquel partido se jugó en abril de 1993.

Apenas cinco minutos antes de contar la anécdota, Paulino me había señalado la fachada de una de las casas del Sector 2.

—¿Ve ese manchón chelito? Ahí había pintada una garra de la Mara Salvatrucha, de hueso, y usted ya sabrá que cuando es garra de hueso simboliza muertos. Es como un trofeo. La hicieron después de lo del 11 de septiembre, para que la vieran los del Sector 1.

Todos los días, en casi todas las conversaciones con personal o con internos de Sendero de Libertad, apareció el 11 de septiembre de 2010. Esa fecha se ha convertido en un referente, un punto de inflexión, un antes y un después.

El 11-S estalló la ira.

***

Otro día de estos, cuando bien entrada la tarde me retiro de Sendero de Libertad, el mismo custodio de la Portería se me acerca, elocuente.

—¿Vio hoy cómo está aquí de full? Tenemos a 17…
—¿De nuevo ingreso todos?
—No, nada que ver. A muchos no los quieren abajo o los traen porque les han hecho sexo allá. ¿Ve ese que está ahí sentado? Lo violaron. Sus padres han puesto una denuncia en el juzgado que lleva su caso, el Segundo de Santa Tecla.

***

Tercermundista es un adjetivo peyorativo, políticamente incorrecto, trasnochado incluso. Hay quien cree que debió haberse abandonado su uso cuando cayó el Muro de Berlín. Pero a pesar de las burbujas de primermundismo que hay esparcidas por todo el país –léase: torresfuturas, grandesvías, haifais, residenciales altos-del-no-sé-qué, palcos viaipí, toyotaprados, estarbucs…–, El Salvador sigue siendo tercermundista.

Los módulos de la Portería –junto al portón principal de Sendero de Libertad– son tercermundistas, siendo generosos. Miden menos de un metro de anchura y menos de dos metros de largo. He conocido ascensores más espaciosos. Son de bloques de concreto, con una puerta metálica que ocupa todo lo ancho y tienen por techo una reja cuadriculada. Sin luz. Los inquilinos no se mojan solo porque están bajo la estructura que cubre todo el portón.

Los compartimentos se construyeron con el propósito de evitar que el recién llegado fuera transferido de un solo a sectores donde podía ser agredido. Pero la violencia incontrolable los ha convertido en un área permanente de aislados para los proscritos del Sector 1 y de la Exbodega, también conocida como Sector 3. El día lo pasan sueltos, aunque no pueden alejarse por su propio bien. De noche los encierran. Cuando en diciembre me recibe Alexander, el menor al que tatuaron su sentencia de muerte en el pecho, lleva seis meses viviendo aquí.

—Una vez en mi celda habíamos catorce –me dice.

Catorce menores –catorce espaldas, catorce cabezas, cincuenta y seis brazos y piernas– encerrados de seis de la noche a seis de la mañana en un espacio en el que no cabe un sofá, a oscuras, con botellas llenas de orines en las esquinas.

—¿Cómo se hace para dormir catorce?
—Unos pocos colgados del techo, en hamacas, y los demás en el suelo, sentados, con las piernas bien topadas al pecho… Si alguno durmiendo se me recuesta, pues ni modo, ¿qué le voy a hacer? Tampoco le voy a espabilar. Mejor tratar de llevar las cosas en paz.

En Sendero de Libertad impera la ley del más fuerte, y poco o nada pueden hacer las autoridades. Pero a pesar de su situación, Alexander me dice que no cambiaría su cubículo tercermundista por ningún otro lugar del reclusorio. Le aterroriza la idea de que lo muevan.

—Yo no puedo ir al Sector 1 porque está esa persona que dice que soy de la Mara. ¿Qué le dijeron al director la vez pasada? Si bajan a ese bicho, lo sacarán en bolsa negra. ¿Cómo voy a querer bajar? Y en la Exbodega me salieron con que me iban a hacer las letras en las piernas y tachármelas. ¡N’ombre, mejor aquí me estoy!

***

La víspera del 11-S, el 10 de septiembre de 2010, llegaron a Sendero de Libertad unos quince menores procedentes del Centro de Inserción Social de Tonacatepeque, el reclusorio que el Estado asignó hace una década a la MS-13. Todos eran ex de la Mara Salvatrucha –pesetas o retirados, según quién los etiquete– que llevaban semanas o meses aislados allá. Como Sendero de Libertad tenía un sector entero para ex pandilleros, los jueces creyeron que el traslado era lo más conveniente.

Pero esa decisión judicial resultó ser un detonador. Es cierto que había odio acumulado y que el control del reclusorio estaba desde hacía años en disputa entre emeeses y retirados, pero sin traslado no habría habido 11-S.

―Los jueces nos exigen el bienestar de los jóvenes, y muchas veces ellos los envían al matadero –me dijo Paulino una de las muchas veces que hablamos sobre lo ocurrido ese día.

El traslado de los quince se realizó en la tarde. Como en los reclusorios salvadoreños parece haber más teléfonos celulares que cepillos de dientes, de Tonacatepeque salió una orden precisa: nomás aterricen, tópenlos. Mátenlos. Durante el ingreso hubo amenazas, insultos, pedradas y carreras, pero la presencia de custodios armados y la inminencia de la noche pospusieron lo inevitable. El grupito fue llevado a una casita a la que llamaban la Conejera.

En la actualidad Sendero de Libertad tiene tres áreas para internos: el Sector 1, al fondo, con tres casas en las que malviven de 110 a 130 jóvenes, entre ex pandilleros y civiles; la Exbodega, una casita que un día fue la residencia de los orientadores y que ahora acoge a unos 30-50 expulsados del Sector 1; y los dos cubículos tercermundistas de la Portería. En 2010 había también un Sector 2 –más grande, más poblado– repleto de activos de la MS-13, y para aislados existía además la Conejera, que es adonde recalaron los recién trasladados. Llegar a la Conejera desde el Sector 2 exigía atravesar el Sector 1.

En la pandilla nadie puede negarse a la batalla. Le iría peor. Pero me sorprendió volver a comprobar la naturalidad con la que asumen que la violencia es la única salida. La única.

—¿Por qué uno cuando hay desvergue no puede quedarse en su cuarto y ya? –pregunté a uno de los catalogados como bien portados.
—No, porque… eso no se puede. No se puede. Si pasa algo… pues… todos ¿va? Cuando todos, todos, ¿va? No importa en lo que esté uno. Yo quizá quisiera estar solo viendo, pero tengo que estar ahí.

La misma sensación tuve otro día, durante uno de los paseos con Paulino. Nos detuvimos a hablar con un grupo, y la conversación fue tan lúcida o más como la que se puede tener en un aula universitaria.

—Estos serán de los tranquilos, ¿no? –le pregunté apenas nos alejamos tantito.

Paulino solo sonrió.

—Aquí todo eso es relativo, mi estimado. Ahorita puedes hablar con alguien y pensar que qué hace este chico aquí, pero ese mismo muchacho, si hay una efervescencia, tiene que acompañar y demostrar que es de los que va adelante.

La efervescencia del 11-S duró más de cuatro horas.

Inició poco antes del mediodía, cuando un emeese saltó el muro que separa los sectores y abrió el portón ubicado junto a la escuela. Aunque en principio no iba con ellos, el Sector 1 respondió, y arreció una lluvia de pedradas, alternada por esporádicos combates cuerpo a cuerpo. Las armas en ambos bandos eran las mismas: piedras, corvos hechizos, varillas de hierro y palos afilados, punzones y unos polines filosos de más de un metro a los que llaman matabúfalos.

En las primeras tres horas se sucedieron violentísimas y masivas arremetidas, de un lado y de otro, sin que ningún bando se impusiera, como en Verdún. Los heridos se acumulaban. El personal, más escaso que de costumbre por ser sábado, se limitó a buscar refugio. El Ejército y la Policía acordonaron el centro, pero el aval para el ingreso tardó demasiado. Casi al final, una nueva embestida de la MS-13 logró que sus rivales retrocedieran a su sector, pero un niño no alcanzó el portón antes de que lo cerraran. Los emeeses lo mataron con sadismo.

“La Policía encontró un interno brutalmente asesinado”, consignó al día siguiente El Diario de Hoy, un periódico local, pero la frase se queda corta. La turba deshizo a golpes el cuerpo, la cabeza se la vaciaron, su rostro desapareció. “Era como una bolsa de carne molida” y “Le sacaron toda la cara y quedó como huacalito” son descripciones de personas que vieron el cuerpo, cercenado con una saña que cuesta siquiera imaginar, pero que se ha convertido en una forma de vida para significativo sector de la juventud salvadoreña.

El interno asesinado se llamaba Víctor, y era un civil de 17 años que estaba preso por robo, aún sin condena, y que desde su llegada se había mostrado como un bróder, que es como en el bajo mundo se conoce a los evangélicos.

Paulino ingresó aquel día después de que lo hicieran varios pelotones de la Unidad de Mantenimiento del Orden (UMO). Aún brillaba el sol. Las instalaciones, destrozadas una vez más. Los pasillos, saturados de malheridos. El saldo del 11-S fue un fallecido y más de medio centenar de lesionados, de los que la mitad tuvieron que ser hospitalizados.

—Es doloroso ver que a jóvenes de 16, 15 o 20 años los matan como si fueran basura… –me dijo Paulino un día que hablábamos del 11-S mientras almorzábamos–. Yo tengo dos hijas, y me pregunto: ¿qué voy a dejarles? ¿Por qué crees que sigo aquí? No es por el sueldo, que es de 650 dólares antes de impuestos, poco para la responsabilidad que nos echamos. Yo lo hago por convicción, porque creo que algo se puede hacer para que esta sociedad deje de sufrir. No es por mí, que tengo casi 40 años y ya sufrí lo que tenía que sufrir, pero ¿qué voy a dejar a mis hijas? ¿Con quién se va a casar mi hija de 9 años? ¿O mi hija de 14? ¿Con quiénes?

***

Sus 45 años lo convierten en uno de los personajes más longevos de Sendero de Libertad. Natividad Díaz, don Nati, es el enfermero que desde febrero de 2008, de lunes a viernes, de 7:30 a.m. a 3:30 p.m., se preocupa por el bienestar general. Hay un doctor asignado, sí, pero llega salteado: cuatro horas lunes y miércoles, y dos más los viernes. El médico no deja de ser un visitante. Don Nati forma parte de.

Hoy es agosto y es jueves, y cuando llego a la casucha que funciona como Enfermería don Nati está solo, sentado detrás de un escritorio, encerrado por dentro porque nunca se sabe. Lleva desabotonada la bata blanca que lo singulariza, aunque su cortísima estatura basta para volverlo inconfundible.

—Don Nati, ¿hay algún secreto para trabajar aquí?
—La paciencia. A veces suceden cositas, como que los jóvenes por A o B motivo le dicen cosas a uno, pero uno se acostumbra. No necesariamente por un apodo uno se va a enojar. Uno tiene que adaptarse al tipo de lugar.

De la nada, una cabeza juvenil que se asoma por una ventana enrejada.

—Nati, regalame una pastilla pa’la cabeza, porfa.

Don Nati es un hombre curtido. Su bachillerato en Salud lo obtuvo en 1988, y comenzó como camillero de combate en el Batallón de Sanidad Militar, en plena guerra civil. Trabajó luego diez años en el Seguro Social, se fue mojado a Nueva Orleans, regresó a los dos años, y trabajó después para el ministerio y en una clínica privada, hasta que salió la plaza en Sendero de Libertad. Aquí hace casi de todo: regala pastillas para la goma, cose carnes abiertas, drena la pus de los diviesos, inyecta, atiende traumatismos y politraumatismos, trata la picazón de la escabiosis, imparte charlas sobre higiene personal, sana los cortes que deja el razor criminal…

—Me ha tocado incluso llevar pacientes al Psiquiátrico por tanta droga que consumen –dice.

También ve las infecciones por los tatuajes hechos con máquinas caseras.

De la nada, frente a la otra ventana enrejada pasa otro joven que, suponiendo a don Nati en la soledad, grita con ganas: “¿Qué ondas, pequeña xxxxx?”. No alcanzo a entender la última palabra, pero resulta evidente la voluntad de la humillación. El joven se aleja riendo una risa cavernosa. Don Nati me mira con pena. Yo hago como que no he escuchado nada.

Escenas similares ocurrirán más veces con más empleados. El respeto a la autoridad, a la edad, siquiera a la persona que algún día te puede sacar de un aprieto, no está muy extendido en Sendero de Libertad.

***

La arquitectura jurídica salvadoreña en materia juvenil está llena de artículos y numerales muy rehabilitadores, muy primermundistas todos. Pero no se hacen cumplir. Es más, parece que a casi nadie le importa su incumplimiento. Digamos: el 27 de la Constitución, el literal c) del 37 de la Convención sobre los Derechos del Niño, el 119 y el 127 de la Ley Penal Juvenil, el 17 y el 18 del Reglamento General de los Centros de Internamiento para Menores Infractores, el 31 y el 33 del Reglamento de las Naciones Unidas para la Protección de los Menores Privados de Libertad y etcétera y etcétera y etcétera.

Alguien sentado frente a una computadora, en un despacho bien acondicionado de San Salvador, Beijing o Riad, escribe que en lugares como Sendero de Libertad “la escolarización, la capacitación profesional y la recreación serán obligatorias”, pero es al docente, al orientador o al instructor de talleres al que toca explicárselo a unos niños con acceso a drogas, a alcohol y criados bajo una rígida estructura pandilleril.

“Yo no puedo obligarlos a ir a la escuela a la fuerza. Decirles: ¡vayan! Me los echaría de enemigos”, se sincera un profesor del Centro Escolar Sendero de Libertad, ubicado dentro de las instalaciones. De los quince matriculados en los grados que él atiende, solo siete asisten con regularidad, y hay días que da la clase solo para tres.

Los políticos, los opinadores, los periodistas nos escandalizamos –algunos, otros ni eso– cuando una fuga masiva, cuando un motín sangriento, pero asumimos con naturalidad las limitaciones presupuestarias, la desidia, la violación de derechos. En la actualidad, incluso después de la reforma que aumentó la pena máxima a 15 años de encierro, un niño que a los 17 cometiera mil y una barrabasadas recuperaría su libertad, lo más, con 32 años. Aunque solo fuera por puro egoísmo, a la sociedad salvadoreña debería interesarle su rehabilitación.

***

Los 11 de septiembre son y serán días de onomásticas sonadas. En el de 2011 se cumplieron diez años de los ataques a las Torres Gemelas en Nueva York, en Santiago de Chile conmemoraron 38 del magnicidio de Salvador Allende, y en la India se acordaron del 105 aniversario del inicio de la resistencia no violenta de Mahatma Gandhi. Sendero de Libertad también quiso celebrar el primer aniversario de su propio 11-S, y para recordar una fecha que ni los involucrados recordaban ya, el ISNA organizó un culto de agradecimiento a Dios, bajo el argumento de que se cumplían doce meses sin muertes. Toda una novedad.

Ese domingo amaneció fresco y luminoso en Ilobasco. Temprano, un grupo de hermanos de la Iglesia de Restauración Elohim llegó para acondicionar el salón de usos múltiples y para instalar el poderoso equipo de sonido y los instrumentos. Formaron la palabra JESÚS con vejigas de colores, desplegaron y alinearon medio centenar de sillas plásticas, y lograron un imposible: dar calidez a un local tan deteriorado que costaba creer que sirviera para algo más que para dar sombra. Mientras adecentaban el local, el subdirector de Inserción Social del ISNA, Israel Figueroa, y el director del centro, Hugo Castillo, visitaron la Exbodega.

—Miren, en primer lugar, quiero felicitarlos –les dijo Figueroa–. Este año he visto una gran diferencia: ahora estamos luchando por la vida, no por la muerte. ¡Eso ya se acabó! Y lo menos que podemos hacer es dar gracias a Dios. ¿Estamos de acuerdo, jóvenes?

Un año da para mucho. En un país en el que la atrocidad se ha naturalizado, la batalla del 11-S no había tenido impacto en la agenda mediática –media página en El Diario de Hoy y una triste columna en La Prensa Gráfica, sin seguimiento–, pero el ISNA removió al director y aprovechó la ola para trasladar a todos los pandilleros de la MS-13 a Tonacatepeque. Transcurrida una década desde que se planteara y quedara por escrito esa voluntad, Sendero de Libertad al fin se convirtió en un reclusorio exclusivo para ex pandilleros y civiles. No por ello cesó la violencia. Nada más alejado de la realidad.

La ausencia de la Mara Salvatrucha, el enemigo común, acentuó las tensiones internas. Un crisol de grupitos comenzó a disputarse el mercado de drogas, y esporádicamente siguen estallando revueltas para asumir el liderazgo. Con el Sector 2 en ruinas, los ataques entre internos obligaron a crear la Exbodega primero y a cambiar la función de la Portería después. Ante la pasividad del Estado, en Sendero de Libertad sigue habiendo extorsiones, violaciones, castigos salvajes, torturas y tatuajes-sentencia en contra de la voluntad. Unos jóvenes contra otros.

Hay además otro tipo de violencia que, visto lo visto, podría considerarse de baja intensidad, pero que ha calado en el diario vivir. Es la violencia que los cuadrados (así llaman a los que tienen condena firme y algún tipo de liderazgo) ejercen contra los provisionales.

Un viernes de septiembre ingresé en el Sector 1 junto a Pedro Gutiérrez, el coordinador de orientadores, justo cuando se repartía el almuerzo.

—A los nuevos les prohíben hasta hablar con nosotros si no hay un definitivo cerca –me dijo.

La entrega de alimentos es como en las cárceles: se dan bandejas llenas de comida –buena, muy buena comida, créanme– a un responsable por cada habitación, para que ellos la repartan. Pero a cada uno de los provisionales, para intentar garantizar que coman, se la ofrecen en mano, sin intermediarios, y cuando los cuadrados están saciados.

Cuando entré con Pedro, una hilera de niños esperaba su ración. A unos metros, dos cuadrados reían y tiraban puñadas del arroz que les había sobrado –casi siempre sobra– sobre los provisionales, que se limitaban a sacudirse resignados los granos del pelo.

—Deje de hacer eso a los cipotes ya, niño –dijo Pedro a uno de ellos.
—Cálmese, Píter. Estamos dando alegría a los vatos, les estamos felicitando –respondió uno de ellos sin dejar de tirar arroz, la risa acentuando cada palabra.
—No –trató de razonar Pedro–, pero eso se hace en la iglesia, cuando alguien se casa. No aquí.
—…
—Bueno –se rindió Pedro–, ustedes saben lo que hacen…
—Sííííííí… El Píter, ¿va?

Salvo que esté apadrinado por un cuadrado, a un nuevo le toca, en el mejor de los casos, aguantar vejámenes con resignación, lavar la ropa y hacer la limpieza. Pero es una violencia de baja intensidad a la que poco le cuesta saltar a la categoría de torturas. Dicen que se ha calmado tantito, pero las bromas habituales en Sendero de Libertad van desde revolcadas en el fango hasta ser metido en un barril y rodado por una pendiente. Un día que entré en la Exbodega había en la puerta del baño un folio escrito a mano que en otro contexto sonaría a niñería, pero que aquí no lo es. Decía: “El que arruine la puerta le va a tokar Batukada (hasta que el cuerpo aguante)”. Otro día que pude hablar largo y calmado con uno de los cuadrados del Sector 1 le conté el incidente del arroz.

—Pero eso no es nada. Aquí se bromea bien pesado. Si uno no se pone vivo, le cae una gran pedrada a uno. Yo estuve un tiempo en esas cosas, pero ya no…
—¿Y los orientadores qué hacen cuando ocurre eso?
—¿Y ellos qué van a hacer?

La violencia en el reclusorio ha devaluado tanto la figura del orientador que uno de ellos me llegó a decir que en la práctica se han convertido en los choleros de los niños. Son los que salen a comprarles las sodas de dos litros a la tienda que hay en la entrada y poco más, me dijo.

En estas condiciones, quizá sí era necesario el culto de agradecimiento a Dios por doce meses sin muertos.

Paulino se paró detrás del atril, frente a no más de 30 bróderes, y comenzó con la oración de bienvenida.

—Muy buenos días, hermanos, que la paz del Señor esté con ustedes. En esta mañana muy importante, muy especial y sobre todo muy confortante, necesitamos… ambientes diferentes, necesitamos personas diferentes, y los ambientes y las personas diferentes siempre son obra del Señor, porque él está ahí. Para Dios no hay nada imposible, nada…

El culto duró más de hora y media. Después, Figueroa se desplazó hasta el Sector 1, juntó a un buen número de jóvenes por unos minutos, y también los felicitó por su buen comportamiento desde el 11-S.

***

Hoy es el último martes de octubre, y esta tarde de cielos limpios es aún más calurosa dentro de la bodega enrejada de los víveres que el Estado compra para los muchachos. Sobre una larga mesa de madera en el cuarto de los refrigeradores –dos refrigeradores y dos congeladores llenos de carnes variadas, quesos, embutidos y cremas– hay un gran recipiente metálico, semiesférico y semilleno de semillas oscuras.

—Mire lo que tenemos aquí –dice Noé, la satisfacción impregnada en cada una de sus palabras–. ¿Sabe qué es? Es cacao, para hacerles chocolate. Les encanta, con leche y puro también.

La semilla de cacao sabe amarga.

Noé Alvarado tiene 24 años, es técnico en Gastronomía y se encarga no solo de que el menú sea idóneo en sabores, texturas y nutrientes, sino también de todo lo administrativo-financiero en la cocina. Ecónomo, le dicen a lo que él hace. No cualquiera puede serlo. Noé se graduó en diciembre de 2009 en la Escuela Especializada en Ingeniería ITCA-FEPADE, y antes trabajó como encargado de cocina en un concurrido restorán llamado La Bodeguita del Cerdito.

—Creo que comen mejor aquí que afuera. Dos veces al mes tengo que darles lonja, ¿y cuánto vale la libra de lonja? Ni en mi familia teníamos eso garantizado cuando yo estaba chiquito. Pero cuesta que comprendan… Quiero hacerles entender que coman vegetales, pero algunos no quieren, y más de uno hasta me ha ofendido alguna vez, aunque en general tengo buena comunicación. Son más los que lo aprecian a uno.
—Para esta noche, ¿qué están preparándoles?
—Vamos a ver…

Noé da un par de pasos y se asoma a la cocina, donde tres de sus subordinados preparan la cena. Unas hojas escritas a mano y pegadas en la pared explicitan el menú de toda la semana. Lee.

—Hoy cenarán plátano frito, casamiento, crema y pan francés. Y para desayuno les dejamos huevo duro con tomatada, frijolitos guisados, queso, dos franceses y la bebida: café con leche. Ah, y siempre se les da un pan dulce.
—¿Cuál es la comida que más les gusta?
—Para el almuerzo… carne a la plancha. Y en la cena, cuando hacemos hamburguesas, hot-dog o sándwich. Les encanta.

A Noé le encanta su trabajo. Me encanta mi trabajo, dice. Su padre no quería que estudiara cocina, lo veía poco apropiado, pero un hermano mayor lo apoyó. Noé es el séptimo de once, y el suyo fue un hogar en el que nunca sobró el dinero, pero en el que todos lograron el cartón de bachiller. La clave, dice convencido, es la familia. Si la familia funciona, la sociedad funciona.

—Casi todos los jóvenes vienen de familias desintegradas. Aquí hay de todo, pero muchos delinquen porque no tienen qué comer o para ayudar a la mamá. Por eso digo: si cometieron un error, tienen derecho a una segunda oportunidad. Si todos fuéramos juzgados por los errores que cometemos, todos estuviéramos presos.

Noé resultará el más optimista entre todas las personas con las que hable en Sendero de Libertad, quizá porque es de los que menos tiempo lleva.

***

Hugo Castillo, la persona que asumió después del 11-S, es el director más atípico que ha tenido Sendero de Libertad. En términos futbolísticos sería un canterano, alguien de las categorías inferiores que se cuela en el primer equipo. Comenzó como orientador en diciembre de 1997, con 23 años, y subió todos los peldaños hasta convertirse en la máxima autoridad, un hecho sin precedentes. Mi universidad es acá, dice el director Castillo, quien también sigue viéndose –y actuando– como un orientador. Igual que Paulino.

—Es que aquí todos deberíamos ser orientadores, todos deberíamos orientar a los muchachos para que tuvieran una actitud positiva –dice un jueves de agosto en su modesto despacho, recalentado porque se ha ido la energía eléctrica y no funciona el ventilador–. Orientar debería ser una actitud, pero muchas veces nos vienen profesionales en equis carrera y se enfrascan en eso, en querer los casos ya, concretos. Yo soy licenciado y traeme el caso, dicen, pero algunos ni se acercan a platicar con los muchachos.

Por su personalidad –introvertido, poco confrontativo–, pero sobre todo por su cargo, al director Castillo le toca ser optimista. Dirige un centro ruinoso, donde a veces no hay ni para comprar una pelota o un chorro, pero prefiere ver el vaso medio lleno. Habla de cambios positivos en la actual administración del ISNA. Ahora ya nos tratan como parte de la institución, dice. Pero tres lustros viendo desde primera fila el enquistamiento no pasan en vano.

—Si un joven se deja ayudar, dos años son suficientes. El problema es que no se trata solo del joven: muchas veces la familia influye negativamente y el mismo ambiente en los centros de internamiento no es el más adecuado para tomar decisiones.

El director Castillo tiene un hijo de 13 años. Le cuesta concebir que pudieran encerrárselo en un lugar como el que él dirige.

—Muchos dicen que la ley es demasiado garantista, pero cuando yo veo a mi niño… No me lo imagino en Sendero de Libertad, y todos estamos expuestos a eso. Yo eso le digo a la gente para hacer conciencia: si su hijo estuviera en un problema, ¿le gustaría que pasara detenido 15 años?

***

—Yo siento que la sociedad salvadoreña no cree en la juventud –dice Colette.

En unas horas noviembre de 2011 será pasado y en la pantalla de la computadora sonríe Colette Hellenkamp: 28 años, estadounidense, trabajadora social, voluntaria años ha en Cristianos por la Paz, una oenegé que durante 2006 y 2007 mantuvo un esmerado programa juvenil en Sendero de Libertad. Colette viajó docenas de veces de San Salvador a Ilobasco para trabajar con un grupito de niños infractores seleccionados por la dirección. En un plano personal, la experiencia fue muy enriquecedora, dice, pero no terminó de convencerla la dinámica interna. La desidia.

—Las personas que trabajan en lugares así, si realmente quieren ayudar, tienen que crear relaciones con los jóvenes, generar confianza. ¡Confianza! Hay que ir adonde están ellos, apoyarlos en sus problemas, ayudarlos… conocerlos bien, pues… como seres humanos que son.

Seres humanos que son, dice.

***

Hay tantos informes sobre Sendero de Libertad que con sus páginas se podría empapelar el Palacio Nacional.

A las instituciones y a las oenegés parece que les gusta evaluar diagnosticar radiografiar. Tan solo en los últimos tres años, la Procuraduría para la Defensa de los Derechos Humanos, la oenegé Fundación de Estudios para la Aplicación del Derecho (FESPAD), la Unidad de Justicia Juvenil de la Corte Suprema de Justicia y hasta la Comisión Interamericana de Derechos Humanos han evaluado el reclusorio y redactado el respectivo mamotreto. Pero todos esos estudios pecan de superficialidad: se centran en cifras y en opiniones, no en dinámicas.

Paulino redactó hace unos meses, sin que nadie se lo pidiera, un remedo de ensayo en el que recoge una idea muy entendida entre los empleados de Sendero de Libertad. Más allá de clasificaciones por edad, sexo, pandilla o condición jurídica –repiten los que más de cerca viven el problema–, los jóvenes infractores se dividen en dos grandes grupos: los que quieren reinsertarse y los que no quieren.

—El Estado debería separarlos e invertir el grueso de sus recursos en los que quieren –me dijo Paulino con paradójico entusiasmo–, con un sistema de atarraya y de pesca para halar a los que en principio no quieren y pasarlos a los centros en los que estén los que quieren.

Quizá funcionaría, quizá no. Pero me sorprendió encontrar, después de haber leído tanto informe oenegero-institucional, una propuesta concreta, novedosa, medible. Nunca es tarde para recomponer las cosas, me había dicho Paulino cuando nos conocimos. En otra ocasión, mientras veíamos sentados sobre la grama la final de un torneo interno de fútbol rápido, a Paulino se le desató la vena filosófica, como tan seguido le sucede.

—Yo esto de la violencia lo comparo con el cáncer. No sabemos a las cabales cómo ni por qué se origina, pero se tiene un tratamiento relativamente efectivo: la quimioterapia. ¿Por qué entonces en El Salvador se pierde tanto tiempo y dinero investigando de dónde viene la violencia, cómo surgió, en lugar de esforzarnos en aminorarla? Es triste… es triste ver cuántos jóvenes están muriendo por gusto.

Las palabras pesan, el eco silencioso ensordece.

***

El último día de estos, cuando bien entrada la tarde me retiro de Sendero de Libertad, el custodio de los de la Portería se me acerca, mesurado.

—Está más calmado hoy aquí. Nueve tenemos nomás. Ayer trasladaron a cinco para Tonacatepeque. Descubrieron a tiempo que eran de la Mara.

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Jueza impone diez años de internamiento a menor

San Salvador, 11 de noviembre 2011 (Interjust). El Juzgado 3º de Menores impuso la medida definitiva de diez años de internamiento contra un adolescente de 17 años, procesado por homicidio agravado en perjuicio de David González, de 32. La jueza, Yanira Herrera, luego de haber establecido la agravante de la premeditación, impuso la  medida. El imputado continuará en el Centro de Internamiento “Sendero de Libertad”, en Ilobasco, departamento de Cabañas. Según datos del proceso, el homicidio se registró a la 1:20 p.m. del pasado 18 de julio en la zona  donde se comercializan “tortas mejicanas”, en el parque “Hula-Hula” de San Salvador. La víctima ya había abordado su vehículo cuando el menor le disparó. El móvil del hecho no fue clarificado. En el hecho fueron capturados en flagrancia el acusado y un vigilante del lugar. Asimismo no se logró establecer si el menor perteneciera a pandilla alguna. El proceso pasará a la orden del Juzgado 2º de Ejecución de Medidas.

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La Convención sobre los Derechos del Niño, en su artículo 40, obliga a los estados firmantes a dar prioridad a las “medidas alternativas a la internación”. A Naciones Unidas no le excita la idea de encerrar menores, y ese criterio lo aplica parejo a sociedades tan dispares como la suiza, la china o la salvadoreña.

El Salvador ratificó la Convención en julio de 1990, y en el plano jurídico la intención de respetarla es incuestionable. En la Ley Penal Juvenil vigente la privación de libertad se define como excepcional y se explicita que será “por el menor tiempo posible”. La Política Nacional de Juventud 2011-2024, elaborada durante el Gobierno del presidente Mauricio Funes, tiene entre sus metas a corto plazo “ampliar en un 30% las medidas alternativas a la privación de libertad”. En otras palabras: El Salvador se ha comprometido a priorizar las amonestaciones orales, los servicios a la comunidad y la libertad asistida para jóvenes como los de Sendero de Libertad.

El representante en el país de Unicef es un puertorriqueño llamado Gordon Jonathan Lewis. Cuando solicité hablar con él, creí que se atrincheraría en la defensa de la Convención y de los otros cuerpos normativos apadrinados por Naciones Unidas, como las Reglas de Beijing o las Directrices de Riad. Sin embargo, el escenario que planteó fue mucho menos radical, e incluso sugirió que, siempre que se respeten los principios rectores, El Salvador debería buscar su propio modelo para abordar la violencia juvenil.

—Esto no es negro o blanco; existe la posibilidad de que un Estado tome medidas que incluso contraríen reglas y directrices, solo que ante el Comité de los Derechos del Niño hay que justificar que responden a una realidad en el terreno, después de una evaluación rigurosa y sostenida. Pero en El Salvador hay una serie de realidades a las cuales tenemos que responder.

Lewis se refería, obvio, a las maras.

—El problema en El Salvador –dijo– es que estamos buscando soluciones inmediatas a problemas estructurales. Pero, ¿cuál es el problema de fondo aquí? Que tenemos un modelo económico y productivo que fomenta la desintegración familiar y el debilitamiento de las estructuras comunitarias.

Dos décadas después de la ratificación de la Convención, El Salvador tiene una arquitectura jurídica que poco difiere de la suiza, pero hablar de cambios en el modelo económico y productivo sigue sonando a chino.

***

En Sendero de Libertad cualquier día, a cualquier hora, por cualquier motivo puede haber un linchamiento, una pelea entre bandos o un amotinamiento. O todo a la vez.

—Aquí mucho depende del estado de ánimo de los jóvenes –me dijo una vez Paulino.

En el fin de semana del 8 y 9 de octubre los jueces remitieron a cinco niños. Pasaron sus primeras noches en los módulos tercermundistas de la Portería –el procedimiento habitual con los recién llegados–, y el lunes en la tarde, después de que el psicólogo y los orientadores se convencieron de que no eran pandilleros, los llevaron al Sector 1. Allí los esperaban 120 jóvenes con el verdadero examen de admisión.

Hubo suerte dispar en los interrogatorios. A uno le compraron que era civil y se quedó en la Casa 6, la de los provisionales. Otros dos salieron relativamente bien librados: nomás los zarandearon, les dieron pescozones y los expulsaron del sector el mismo lunes, por la sospecha. Los últimos dos, una pareja de primos detenidos por extorsión y venidos desde Nueva Concepción, en Chalatenango, no pasaron el examen. Pero ese día ahí quedó todo.

—A un recién llegado lo entrevistan orientadores y psicólogos. ¿Qué hacen ustedes para concluir lo contrario que ellos? –pregunté otro día a un ex de la MS del Sector 1.
—¡Es que ellos solos se descosen! A las personas se les conoce por el hablado, por cómo caminan, por dónde viven… Y aquí activos sí que no queremos.
—Pero vienen sin tatuajes ni marcas, ¿cómo saben si están brincados?
—Es que no es que sea brincado o no. Media vez una persona anda en esto, ya estuvo. Mire, el deschongue del año pasado fue porque de años dejaron entrar activos que decían que no, que yo tranquilo, y muchos hasta bróderes se hicieron para mientras, ¿y qué pasó? Hicieron su grupito, levantaron ala, y terminaron quedándose con el Sector 2. Y por eso reventó esto.

Visto así, tatuar una sentencia de muerte en forma de dos letras tachadas no deja de ser un macabro mecanismo de defensa.

Quizá eso les esperaba a los primos de Nueva Concepción. Como si lo supieran, pasaron todo el martes 11 de octubre pegados al portón de acceso al sector. Poco antes de las tres y media de la tarde, la turba se les fue encima e inició el ritual del linchamiento. Esta vez el inconfundible sonido de unos balazos se apoderó de todo el reclusorio.

En Sendero de Libertad, la seguridad perimetral la brindan custodios de la Dirección General de Centro Penales y fuera de las instalaciones hay un mínimo contingente de militares. Cuando el linchamiento inició, fue el custodio del garitón de vigilancia el que disparó su arma al aire en repetidas ocasiones. Lejos de replegarse o tirarse cuerpo a tierra, los jóvenes la emprendieron a pedradas contra el garitón y obligaron al custodio a parapetarse. El linchamiento no se interrumpió. Un soldado de la entrada, al escuchar la bulla, también disparó su fusil de asalto.

—Si no dejan de disparar esos cerotes, vamos a topar el centro –gritó altanero el más influyente de los líderes del sector.

Un orientador se la jugó. Entró, cargó al menor que estaba más a mano y lo sacó. Al otro le fue peor. Inconsciente, tuvo que esperar a que Pedro y Paulino llegaran desde el edificio de la Dirección. Pedro lo cargó en brazos como pudo, y se lo llevaron de urgencia a un hospital. El bicho estaba  desconectado, me dijo un menor. Le habían abierto la cabeza con una barra de hierro.

—Sin esos disparos, lo hubieran matado –me dijo Pedro días después.

Al joven que amenazó con topar el centro lo llamaremos el Pincha. Es un ex de la MS con condena de siete años y al que me presentaron como alguien “de choque”. Su nombre apareció en incontables conversaciones durante cuatro meses. Para bien o para mal, daba la impresión de que en Sendero de Libertad nada se movía sin que el Pincha diera su aval. Un día aparecía corvo en mano encabezando una turba, otro pidiendo a las autoridades que le permitieran formar un equipo de fútbol. Un día estaba quebrando focos y pidiendo la cabeza del orientador que reportó ante el juez una fracción de sus desmanes, otro en un refugio para damnificados por las lluvias, al frente de la delegación de menores infractores que donó sus 120 almuerzos.

—Desde el momento que atraviesas la puerta y pones un pie aquí adentro, entras en un mundo diferente a todos. Estos jóvenes son únicos, y este lugar es maravilloso para conocer el género humano –me había advertido Paulino tiempo atrás.

Mes y medio después de los linchamientos del 11 de octubre, el problemático, ultraviolento y contradictorio Pincha recuperó la libertad.

—Uf, al fin se fueron los problemas del Sector 1… –me confesó uno de los orientadores.

Los problemas regresaron a las calles.

Dicen que Krishna Zepeda es un niño genio. A los seis meses, ya balbuceaba “mamá”. A los dos años, ya sabía leer. Jamás fue a un kínder o a una preparatoria. Casi saltó de la cuna a la Universidad de El Salvador. Allí –cuando tenía cuatro años– solía resolver problemas de física, química y matemáticas. Ya sabía las capitales de todo el mundo. Y ya sabía diferenciar la vida y obra de Picasso, Van Gogh y Rembrandt. Krishna era el niño que abrazaban presidentes y ministros de Educación. El que recitaba la larguísima oración a la bandera un 15 de septiembre en la plaza Libertad.

—Su capacidad es asombrosa. Nunca había visto algo así –decía uno de sus profesores de matemáticas de la Universidad de El Salvador.
—Asume las tareas de un mes en una hora –decía su antigua maestra de inglés.

De todo eso hará siete años. Ahora, Krishna ha dejado de salir en periódicos y televisión. Y no es que ya no quepa en la etiqueta de niño genio. Es que creció. Los años pasan y pesan. Y simplemente, cada día, debe vivir como cualquier otro salvadoreño a sabiendas de que aún tiene capacidades “extraordinarias”. O que quizá podría desarrollarlas más y mejor.

***

La Organización Mundial de la Salud (OMS) considera que una persona es adolescente cuando su edad oscila entre los 10 y los 19 años. Krishna tiene 11. Pero aún parece un niño. Es delgado y bajito. Y no tiene asomos de tener la vanidad tan típica de los púberes. No se peina. Anda abajo el zíper del pantalón. Y, en general, parece indiferente al desgaste de su uniforme y el de sus zapatos de colegio. A veces, parece un minisabio de película que prefiere callar. A propósito, su nombre se pronuncia “Crisna”, sin la che.

—¿Mucho friega Krishna, verdad? –ironiza, desde su pupitre, uno de sus siete inquietos compañeros de séptimo grado.

Y Krishna, como si fuera una persona de más edad, prefiere hundir su rostro en su libro de “science”.

—¿Qué es esto? –el mismo compañero le pregunta qué cosa es una de las ilustraciones de ese libro. Parece un microbio.
—It’s a “diatom” –en inglés, Krishna responde que se trata de un tipo alga.

Su compañero se ríe, como satisfecho de haber desnudado a su compañero como “nerd”. Luego su profesor le pide leer algo del mismo libro: “To obtain food, an amoeba extends the cytoplasm of a pseudopod on esther side of a food particle such a bacterium”, lee Krishna en perfecto inglés.

La vida le cambió a Krishna cuando tenía cuatro años. Cuando era una celebridad mediática. A esa edad, en 2005, entró –becado– a este colegio bilingüe. Uno llamado “Los Robles”, situado al pie de las lomas del sur de Santa Tecla. Aquí, según Krishna, tiene por compañeros a algunos hijos de diputados y hasta uno, muy adinerado, que una vez llegó en helicóptero.

En 2005, Rosemarie de Sauerbrey, la superintendente de este colegio, le brindó una beca completa, desde primer grado a bachillerato. “Se tomó la decisión de apoyar al ministerio (de Educación), dándole una beca para sacarlo adelante. El potencial de Krishna es único”, dijo para una publicación de hace ya siete años.

También, desde hace siete años, cuando las clases terminan –por lo general a las 3 de la tarde–, su papá, quien ya cumplió 62 años, lo espera en el portón para llevarlo a casa, al otro lado del mundo, en la colonia Atlacatl. Es el único alumno que viaja en bus. Un viaje que solo de ida toma más de una hora y media.

—¡Papá, allí viene una 101-B! –grita Krishna contento porque, según él, lo usual es que “cueste que pase el bus”.
—Tené cuidado, Krishna, viene volando esa babosada. ¡Subí con cuidado! –advierte su papá, Jaime Manuel Zepeda, quien aborda el bus renqueando de una pierna. Más tarde, él se tropezará en el arrancón de otro bus.

Adentro del destartalado bus, Krishna busca el asiento más largo. El de atrás, el último. Quizá calcula que allí podremos sentarnos los tres y facilitar la entrevista.

—Krishna, ¿cuántas veces te has subido a este bus? –pregunta Jaime Manuel, su papá. Y el niño se pone un dedo índice en la boca como haciendo números.
—Creo que como siete veces. Ya me puedo este bus –asegura el niño, mientras se recuesta en el regazo de su desdentado padre, sin dejar de ver los grafitos del interior del bus.

En el trayecto, Krishna parece a punto de dormirse mientras su papá habla de finanzas. Él asegura que en su casa viven más de seis personas. Y que todos viven de la pensión de su mamá.

—Mi esposa y yo vivimos en la casa de mi mamá. Ella recibe dos pensiones: la de ella, y la que dejó mi papá. Entre las dos suman unos $275 mensuales. Y ella me da ese dinero para que yo disponga. Además de eso, unas primas a veces me mandan un poquito de pisto de Estados Unidos… Mi esposa cose ropa ajena y yo me rebusco con pequeñas cosas… Yo no podría pagar un colegio como el de Krishna –dice el papá de Krishna.
—Es caro. Creo que cuesta entre $300 y $400 mensuales… –dice el niño, quien ya parece haber sopesado el valor de su beca.

Jaime Manuel, el papá, interrumpe. Dice que a lo largo de sus 62 años ha trabajado o intentado hacer de todo. Estudió Medicina en la Universidad Nacional pero abandonó la carrera. En los setenta, trabajó como ayudante de mesero en Nueva York. En los ochenta dice que trabajó para la comisión nacional de desplazados. Después dice que trabajó, junto con su esposa, en la UCA, en el Instituto Universitario de Opinión Pública. Allí, solían ser encuestadores hasta que, en 1999, ya no los llamaron.

—Ahorita estoy cuidando la casa de unos vecinos que se fueron a Estados Unidos. Pero casi no saco nada, porque tengo que pagarles los recibos de luz y agua. Antes recogía latas de la calle. Y quizá por eso, cuando Krishna estaba más pequeño, hasta aprendió a identificarlas: “Fanta, Coca Cola, Sprite…”.

***

Desde que bajamos del bus, de la ruta 101-B en el Centro de Gobierno, Krishna se divierte recogiendo piedritas de las aceras las arroja, a manera de juego, contra las paredes. Parecen cosas de cualquier cipote. ¿Cómo se supone debe ser un niño genio?

—Krishna, ¿te considerás un genio?
–Sí, lo soy. Bueno, ummm… no estoy seguro –dice buscando ser modesto.

Ni el mismo Krishna, ni su papá ni el Gobierno, sabe cuál es su actual Coeficiente Intelectual (CI). Tradicionalmente, para determinar si un niño es superdotado se realiza una prueba de inteligencia o CI. Si en esta prueba el niño obtiene más de 130 puntos se dice que es superdotado.

Y fue hace muchísimos años, cuando Krishna realizó una de esas pruebas en la Universidad de El Salvador. Fue justo en 2005, cuando entró a Jóvenes Talento, programa gubernamental que refuerza el conocimiento en ciencias y matemáticas de decenas de jóvenes salvadoreños sobresalientes. Ese año, Krishna casi rozó los 130 puntos (o percentil 98) requeridos para ser considerado superdotado. Pero tenía apenas cuatro años. Y aún así obtuvo un percentil de 96, “pero con baja atención y psicomotricidad”.

Krishna aparenta estar distraido, viendo carros y rostros de transeúntes. Y aprovecho para preguntarle por qué decidió salirse del programa Jóvenes Talento.

—Umm… Es que allí las clases eran los sábados y yo quería explorar otras alternativas: jugar fútbol o aprender a tocar el piano.

Jaime Manuel, el papá, es mucho más platicar. No deja de hacerlo incluso cuando camina. Llama la atención que, al igual que Krishna, lleva un descomunal bolsón en la espalda. ¿Para qué?

—Es que uno no sabe qué se puede encontrar por el camino. Además hay que aprovechar el viaje. Hoy fui al supermercado y compré unas cositas. Aquí ando también unos libros bien pesados del colegio de Krishna –dice mientras corre hacia otro bus. Uno de la ruta 13, que ya empieza a andar.

El bus transita frente a la Corte de Cuentas. Y va lleno de gente y música, suena una de Thalía a todo volumen. Aún así –y pese a haberse caído de rodillas en un acelerón del bus– Jaime Manuel tiene manifiesta intención de seguir platicando. Asegura que ya ha escuchado de niños genios que estudian carreras universitarias. Algo así como el mítico Doogie Howser. El niño de la teleserie estadounidense que retrataba a un niño superdotado que se convirtió en médico de manera precoz.

O el caso, real, de Andrés Almazán. Un mexicano de 16 años que se acaba de graduar como psicólogo en la Universidad del Valle de México (empezó la carrera a los 12 años). O el otro caso, real también, de Moshe Kai Cavalin. Un niño californiano (hijo de un brasileño y una china), quien a sus tiernos 14 años está terminando una Licenciatura en Matemáticas en la Universidad de California (UCLA). Moshe ha escrito un libro llamado “We Can Do”, en el que busca que la gente “normal” no se deje apabullar por un niño genio. “Toda la gente tiene potencial de ser especial. Pero no lo hacen. Por eso me consideran a mí especial”, dice en su libro. Mientras tanto, Jaime Manuel ha dejado su mirada trabada en unas de las ventanillas del bus. Luego dice algo.

—Yo sé que Krishna ha roto esquemas. Muchos lo consideran genio. Pero a mí me gustaría que no arruinara su infancia. Imagino que le falta madurar su sistema nervioso como para ir a una universidad a estudiar una carrera. Y de todas formas, el Gobierno no sabe cómo atender a niños como Krishna. Si supiera qué hacer le hubiera dado seguimiento al niño, pero no. ¡El Gobierno jamás se ha preocupado!

—Papá, mire, allí está el carro rojo de míster Sandoval –interrumpe Krishna cuando ve, desde el bus, el vehículo estacionado de uno de sus profesores del colegio.
—A Krishna desde pequeño le gustan los carros. Los pasa dibujando. Sabe diferenciarlos por su forma o marca. Pero no quiere ser corredor, sino diseñador de carros. A ver, ¿y ese cuál es? –señala el padre uno.
–Umm… Me parece que es un Nissan Maxima.

Jaime Manuel podría jurar que jamás ha recibido instrucciones de cómo criar a un hijo como el suyo. Pero ha leído cosas en internet. Por ejemplo, que muchos niños genios suelen sentirse excluidos de su entorno social y optan por esforzarse por pasar desapercibidos. Y Jaime Manuel, desde hace años, ha decido cómo lo va a criar.

—Yo creería que Krishna no necesita ir a la universidad como otros niños con talento. Quisiera que vaya a un ritmo apropiado a su capacidad, yo no quiero presiones. Muchos medios de comunicación han querido sacar raja de él. O hay gente que me lo prueba, que le hace preguntas para ver si contesta. Krishna no es un fenómeno, ni un circo.

En El Salvador, a excepción del programa Jóvenes Talento no existe una entidad gubernamental que encauce el potencial de coeficiente intelectual alto. De hecho, los gobiernos de casi toda Latinoamérica no saben cómo tratarlos. Y eso que, según la OMS, aproximadamente el 2.28% de la población mundial corresponde a niños con estas características. Y los niños genios nacen, no se hacen, dicen los especialistas. Hasta recién el año pasado, por decreto legislativo, Costa Rica empezó a capacitar a profesores escolares y universitarios para atender a sus “genios”.

***

Son casi las 5 de la tarde .

Ha transcurrido más de una hora y media desde que Krishna salió del colegio. Y finalmente, luego de recorren un estrecho pasaje, donde no cabría un carro, aparece la casa de Krishna. Es una casa de esquina de varias ventanas y un plafón fracturado.

Su arquitectura es exactamente igual a la casa de enfrente y a la de al lado, y a la de los pasajes contiguos, donde vivió el pintor Camilo Minero. Toda esta colonia, la Atlacatl, fue inaugurada por una Junta Revolucionaria de Gobierno en 1958, y desde entonces ha tenido pocas o nulas modificaciones o mejoras.

—Esta casa es la única que no tiene defensas… No se las hemos podido poner –hace contraste Jaime Manuel mientras abre la puerta metálica de la casa.

Adentro, sobresale un escritorio de aire de los setenta que sirve de librero y ropero. Hay dos perros enormes y mal humorados: Chita y Nerón. Un gato del vecino que siempre se cuela por la ventana. Y tres sofás metálicos. En uno de ellos abandona su bolsón Krishna y sale escupido a cambiarse ropa al dormitorio que comparte con su madre.

Su mamá, Elsy Rubidia, da las buenas tardes detrás de una ennegrecida máquina de coser marca Singer. Elsy luce muy joven para tener 52 años. Zurce algo, acompañada de una estampita, rodeada de encajes. Una de Sathya Sai Baba.

Sathya Sai Baba era un líder espiritual indio que falleció recién el año pasado. Su imagen es difícil de olvidar: moreno, de encrespada cabellera afro y una túnica color azafrán. Elsy Rubidia nota que observo la imagen y me aclara algo.

—Nosotros somos cristianos-católicos, pero también hemos escuchado la filosofía de este hombre. No es religión. Además, Jaime Manuel tuvo un abuelo materno que era musulmán. Y quizá de allí viene el interés por las culturas orientales –aclara Rubia. Una mamá que parece de mente abierta.

Frente a ella, en la pared, hay otro retrato, más grande, de Sathya Sai Baba. Y otros de un dios indio llamado Shiva. También cuelgan muchísimos reconocimientos a Krishna. Y una foto autografiada por el expresidente Antonio Saca. Hay otra donde Ana Ligia de Saca, la ex primera dama, le obsequia una computadora. Una que ya se volvió vieja, pero que tiene el único lujo de esta casa: internet.

—Eso es lo único que le mantengo a Krishna –interviene Jaime Manuel que ha tomado asiento en un sofá.

En pocos minutos, Jaime Manuel y Elsy Rubidia me cuenta cosas que no sabía. Por ejemplo, que Krishna es el menor de cinco hermanos. Que Jaime Manuel tiene dos hijas más, producto de otro matrimonio. Que bautizaron al niño como Krishna porque escucharon que era el nombre de uno de los dioses más importantes de la India. Que Krishna tuvo un abuelo paterno llamado Manuel Zepeda que fue juez pero que le endilgaron injustamente un acto de corrupción que le costó su carrera. Que Krishna quizá heredó inteligencia de ese abuelo. Que fue Elsy Rubidia, la mamá, la que indujo a Krishna a que aprendiera a leer cuando estaba muy pequeño.

Que lo usual es que Krishna se levante a las 5 de la mañana para tomar sus dos buses. Y que se duerma, cansadísimo, entre las 9 y las 10. Que un chinito filósofo que vive en Belice, les dijo, hace bastante tiempo ya, que “Krishna tuvo problemas en su vida pasada, y que hoy viene a resolver esos problemas y a aprender de ellos”. Que en 2005 varias universidades privadas del país ofrecieron becas para Krishna, pero luego ya no dijeron nada. Que otra institución becó a Krishna para que aprendiera a tocar órgano. Y que el órgano se lo obsequió un grupo de salvadoreños que emigraron a Virginia. Y que Krishna aún se molesta un poco con sus papás cuando intentan ayudarle a aprender a deletrear palabras en inglés y omiten alguna palabra.

—¡Krishna mostrá cómo se lee al revés, por favor! –le pide Jaime a su hijo. Mientras, me pasa un libro de cuentos en inglés. Uno de Scooby Doo, que abro al azar.
—Finally, the Gullets stopped arguing long enough to explain “We have seen your Picture in the newspaper many times… –lee el libro que yo tengo abierto frente a mí y que él ve con las letras de cabeza.

Jaime Manuel se levanta de la sala y se interna en uno de los dormitorios de la casa. Regresa con fólderes y un montón de recortes. Lo primero en mostrarme es una libreta de notas de Krishna, la del año pasado: “Matemáticas: 84. Spelling: 98. Science: 95. Sociales: 91. Observaciones: No es ordenado y limpio en la presentación de sus cuadernos”. Aunque podría esperarse lo contrario, su caligrafía es garabateada y las puntas de sus cuadernos siempre están colochas.

Hay un recorte de periódico donde Krishna aparece caricaturizado por “Ruz”. Ruz dibuja a Krishna como un niño delgadito sentado en una silla donde una periodista lo entrevista con micrófono: “A ver, niño genio, ¿cuánto es 2,550 menos 783? La respuesta ‘sheñorita repostera’, es 1767”. Hay muchísimas notas de periódico. Entrevistas. Reportajes gráficos. Libros y publicidad con el rostro de Krishna.

—Mire este recorte del Banco Uno. Le tomaron foto al niño y ni siquiera para el pasaje del bus nos dieron. Hay gente que vio a mi hijo solo como una oportunidad de figurar…

Luego, el padre saca fotografías de Krishna con la exministra de Educación Darlyn Meza. Luego muestra un libro titulado “La Constitución para los niños”, con una dedicatoria de Schafik Hándal: “Para Krishna Emmanuel, a sus 4 años con toda mi admiración”. Luego aparecen más fotografías del niño junto a la exvicepresidenta de la República Ana Vilma de Escobar…

—Hace poco vino Ana Vilma de Escobar a la casa, vino para su campaña de diputada. Saludó otra vez al niño, pero le habló de empleos, violencia y de que ella sabe cómo crear empresas. Haciendo resumidas cuentas, al niño se le ha acercado desde Schafik Hándal hasta Norman Quijano y nada. Si no fuera por algunos organismos civiles que ayudaron a mi hijo, ¿qué sería de él? –se pregunta Jaime Manuel.

***

Krishna juega fútbol afuera de su casa. Parece que nadie le quita su apariencia despreocupada. “No voy a hacer tareas porque estoy en período de exámenes”, dice contento antes de dejar trabada su pelota de plástico sobre el plafón de una casa vecina.

Mientras mira cómo se mueve un insecto en un árbol, me revela que le gusta leer sobre algo que me parece incompresible, “reptilianos” e “illuminatis”… Y algo más, que no se siente más ni menos que alguien. Y quizá lo trae a colación porque mucha gente se pregunta cómo hace en su colegio, donde hay niños que tienen lo que él no.

—Hay algo que me reconforta y es que, a veces, soy mejor que ellos en el estudio—, dice, con humildad, Krishna, cuyo máximo sueño es crecer y vivir en “un lugar bonito”.
—Krishna, ¿y ya pensaste qué vas a hacer cuándo seas grande?
—Aún no lo sé. Pero tengo 11 años y para decidirlo todavía tengo tiempo y, ojalá, suerte.

Código Rojo

Publicado: 3 marzo 2012 en Laura Castellanos
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Conocí a la periodista Lydia Cacho tres días después de que el albergue que fundó para víctimas de la violencia sexual doméstica y trata de personas en Cancún —el Centro Integral de Atención a las Mujeres (CIAM)—, fue atacado por un comando armado, al mismo tiempo que ella, que estaba fuera de sus oficinas, recibió una alerta telefónica de no ir por ayuda a la policía local, porque planeaban “levantarla” y matarla. La autora del libro Los demonios del Edén. El poder que protege a la pornografía infantil, había encontrado días antes una amenaza de muerte en su blog. Una más en siete años.

Nos encontramos para la entrevista en medio de un clima de zozobra. El CIAM, que en la actualidad alberga a 30 mujeres e infantes, estaba en Código Rojo, cerrado a visitas y periodistas, sin que los gobiernos municipal, estatal o federal asumieran la responsabilidad de salvaguardarlo. Y el encuentro con Lydia Cacho, que originalmente se haría en Cancún, se movió de forma inesperada a la ciudad de México por razones de seguridad. No era para menos. El año pasado la Comisión Interamericana de Derechos Humanos (CIDH), instancia autónoma de la Organización de los Estados Americanos (OEA), pidió medidas de protección en favor suyo y de las integrantes del CIAM al gobierno de Felipe Calderón. Está por cumplirse el año de tal petición, y el Estado no ha cumplido. La vida e integridad de uno de los periodistas mexicanos más reconocidos en el mundo, está en peligro.

Lydia y yo nos vimos un jueves por la tarde, en la víspera de su partida a Madrid con motivo del lanzamiento de su sexto libro, Esclavas del poder, sobre las redes internacionales de tráfico sexual. Durante su gira ella recibiría dos distinciones que, aunadas a otras más, reconocen su ejercicio periodístico y activismo en pro de los derechos humanos: la ONU la designó embajadora “Corazón azul” por su campaña contra la trata de personas, y el Instituto Internacional de Prensa (IPI), con sede en Viena, la nombró “Heroína de la libertad de prensa”. Pese a lo que implicaba su viaje, éste no era el momento más feliz para Lydia Cacho.

La cita fue a las dos de la tarde en una casa de la colonia Condesa de tres pisos, estilo minimalista, amplia y luminosa. Ahí vive su pareja, el periodista Jorge Zepeda Patterson. Llegué en compañía de los abogados de Artículo 19, Cynthia Cárdenas y Mario Patrón, que están llevando su caso ante la CIDH. El fotógrafo Zony Maya estaba presente, listo para iniciar la sesión de fotos. Todos esperábamos sentados en la sala blanca de la estancia, cuando una pisada firme sonó en la escalera de madera. Lydia Cacho apareció. Pensé que era más alta, por la fuerza que proyecta en sus fotografías. Es una mujer guapa, cuerpo torneado, ojos y melena azabaches, piel ligeramente tostada. Lucía jeans y camiseta negros, ajustados al cuerpo, y zapatos altos del mismo color. Su rostro tenía la expresión grave que le he visto en algunas imágenes, y su mirada guardaba la vigilia de los últimos días. Más bien de los últimos años. Una sonrisa cansada asomó en el saludo.

Lydia Cacho fue amenazada de muerte por primera vez en 2003, cuando a partir del testimonio de una víctima, con seudónimo Emma, escribió que el empresario libanés Jean Succar Kuri encabezaba una mafia de tráfico sexual infantil en Cancún. Más información fue difundida en medios locales, y el hombre se fugó a Estados Unidos. Meses después fue detenido y extraditado a México bajo acusaciones de pornografía infantil, corrupción de menores y violación equiparada. La periodista continuó con la investigación y en 2005 publicó Los demonios del Edén, en el que exhibió los nexos del libanés con políticos poderosos en redes de pornografía y explotación sexual infantil. La obra cimbró a la clase política. Los testimonios de víctimas involucraron a Miguel Ángel Yunes, entonces subsecretario de Seguridad Pública, ahora candidato a gobernador de Veracruz por el Partido Acción Nacional (PAN), al ex legislador Emilio Gamboa Patrón del Partido Revolucionario Institucional (PRI), así como al influyente empresario libanés Kamel Nacif Borge, entre otros. Ellos negaron las acusaciones.

Cuando el libro se difundió, comenzó la escalada de violencia en contra de la periodista. A los siete meses de su publicación, Kamel Nacif, amigo de Jean Succar Kuri, la demandó por difamación y calumnia sin que ella fuera notificada. El libanés radicaba en Puebla, y pidió ayuda a su amigo, el gobernador poblano Mario Marín. En secrecía, el gobernador movilizó su aparato policiaco y de procuración de justicia para que la periodista fuera trasladada por la fuerza de Cancún a Puebla, en un viaje de horror de 20 horas. Mientras el traslado estaba en curso, la llamada telefónica intervenida entre el empresario y el gobernador, evidenció la maquinación. “Mi góber precioso”, le dijo el libanés al poblano en agradecimiento. Según las evidencias penales del caso, se planeaba encarcelar y violar a Lydia Cacho. No obstante, cuando se le ingresó a la cárcel, sus familiares y amistades lograron rescatarla.

La periodista interpuso tres demandas penales contra quienes resulten responsables. La primera, por lo que Lydia Cacho llama “secuestro legal” de 2005. La segunda, por tentativa de homicidio en 2008, cuando, a pesar del resguardo de una escolta federal, los birlos de las llantas de su camioneta fueron limados. La tercera integra todas las amenazas y los hostigamientos en su contra durante 2009. Su infierno la convirtió en la figura más emblemática en la lucha por la libertad de expresión en México, y encarna la creciente vulnerabilidad del gremio en el país, pues según la Federación Internacional de Periodistas (FIP), éste ocupa el segundo lugar de asesinatos de comunicadores en el planeta.

El caso del mencionado “secuestro legal” llegó hasta la Suprema Corte de Justicia de la Nación en 2006, pero fue desechado por una mayoría de ministros que desestimó el concierto de complicidades para silenciarla. Peor aún. A la fecha, ninguna de las tres denuncias ha llegado a los tribunales. “Y no hay responsable alguno detenido”, dijo su abogada Cynthia Cárdenas, de Artículo 19. La justicia también se detuvo para Jean Succar Kuri, pues a siete años de su captura no recibe sentencia. En marzo pasado el libanés fue trasladado de un penal de máxima seguridad a la cárcel municipal de Cancún, fácilmente corruptible. Un centenar de presos se fugó de ahí hace cuatro años. La vulnerabilidad de la mujer reconocida con el premio Ginetta Sagan de Amnistía Internacional se acrecentó potencialmente. Vive sola, y tras el incidente de la camioneta, rechazó continuar con escolta. Lydia Cacho vive en Código Rojo permanente.

***

La maquillista preparaba a Lydia Cacho para la sesión de fotos en el pasillo que conecta a la estancia con la cocina, por ahí entra la luz exterior de la terraza. Zony Maya y yo esperábamos en la sala. La veíamos de espalda, sentada en una silla. Me dio sed. Caminé hacia la cocina y pedí de favor un vaso con agua. Me acerqué a las dos mujeres. “Te ves cansada”, le dije a Lydia, mientras mantenía la cabeza erguida y el maquillaje cubría sus ojeras. “Con lo que pasó no he dormido bien, y acabo de llegar del aeropuerto”.

La sesión fotográfica comenzó y fue un pequeño tormento para Lydia. Fueron dos horas y media de fotos en la escalera, la terraza de la azotea y el patio inferior. La luz natural se alteraba en segundos por las nubes caprichosas. La periodista, en actitud estoica, hacía inspiraciones profundas, propias del yoga que ejercita, antes de voltear a la cámara. Zony Maya era el único divertido. “¡Así es!, ¡me gusta!, ¡me gusta!”.

Al terminar la sesión, Lydia Cacho me pidió posponer la entrevista para después de la comida. Así lo hicimos. La encontré más relajada, calzada con mocasines. Nos sentamos en la sala. Le pregunté de su infancia. Luego, la plática fluyó hacia su adolescencia, su incursión periodística, y cómo no ve conflicto entre ser periodista y ser militante: “Ser activista es ser ciudadana, y ser periodista es mi profesión”. Subió los pies al sillón, se veía cómoda. Así transcurrió más de hora y media. Las tazas de té quedaron vacías. Quise hacer un alto, propio al entrar a temas delicados.

—Lydia, ¿podemos parar un momento y seguir con la historia del secuestro? —deslicé.

—Ahora no quiero hablar de eso, viene en mi libro —tomó las tazas y se las llevó para servirlas de nuevo. No insistí.

Lydia Cacho nació en la ciudad de México en un hogar de clase media alta formado por una pareja de contrastes: un ingeniero con formación rígida, “hijo de un militar solitario”, y una psicóloga y sexóloga francesa, liberal y feminista, hija de madre francesa y padre portugués. Los padres de Lydia Cacho procrearon a tres hombres y tres mujeres. Ella fue la cuarta. Creció en el barrio de Mixcoac y estudió en el Colegio Madrid, fundado por exiliados españoles. La niña fue permeada por el liberalismo del colegio y el feminismo de la madre. Su padre le reprochaba a ésta: “Estás criando a unas hijas que ningún hombre va a querer en este país”. La madre también acercó a su prole al dolor ajeno, pues estableció vínculos con niños de la calle, escuchaba sus historias. Esa experiencia la marcó. La niña ganó un concurso de poesía en la secundaria. Tomó un taller literario, pero su maestro rápidamente le presagió: “Tú no sirves para poeta porque estás demasiado preocupada con la realidad, tú sirves para periodista”. Con los años el presagio se cumplió.

Lydia Cacho pronto dio muestras de independencia y aplomo. Primero, a los 17 años, trabajó en la preproducción de la película Dune (1984) de Dino de Laurentiis. Después vivió un tiempo con familiares en París para estudiar Historia del Arte. Decidió ser periodista. Pero a su regreso, un conocido le sugirió no estudiar la carrera, sino aprender por su lado historia, sociología, y técnicas de periodismo. Así lo hizo. Un día agarró sus cosas y se fue a vivir a Cancún. Ella está enamorada del mar. Tiempo después se casó. Su matrimonio duró 13 años.

La joven rápidamente se adentró en los medios locales, como en la revista Cancunísimo, y contactó a la generación de periodistas feministas más importantes en los ochenta, como Sara Lovera, fundadora del suplemento Doble Jornada de La Jornada, y Esperanza Brito, de la revista Fem. Luego conoció a otras feministas renombradas: Marcela Lagarde, Marta Lamas, Mirta Rodríguez. La joven fundó la primera revista feminista del estado, Esta boca es mía: apuntes de equidad de género, de la cual también hizo una edición televisiva. Luego se integró a la red nacional y latinoamericana de periodistas impulsada por Sara Lovera por medio de la agencia de noticias Comunicación e Información de la Mujer A.C. (CIMAC).

Lucía Lagunes, actual directora de CIMAC, conoció en esa época a Lydia Cacho, la vio desenvolverse en las reuniones de comunicadoras feministas. Me dijo: “Es amorosa, muestra entusiasmo y liderazgo sin tener que aplastar a nadie más ni ser la estrella, sabe avanzar y cobijar”. A principios de los noventa Lydia Cacho y un grupo de amigas abrieron un espacio radiofónico llamado Estas mujeres. Con llamadas de las radioescuchas constató la multitud de casos de violencia intrafamiliar. De ahí nació su idea de crear el CIAM, fundado formalmente en el año 2000. Tres años después conoció a la primera víctima del pederasta Jean Succar Kuri. Y el edén en el que ella vivía, se pobló de demonios.

***

La primera vez que Lydia Cacho se adentró al caso de Jean Succar Kuri, en noviembre de 2003, fue a días de que el pederasta se fugara a Estados Unidos por la denuncia penal que una de sus víctimas, Emma, interpuso en su contra. La joven buscó a la periodista para que recogiera su historia. Así lo hizo. Su investigación la llevó a otros casos en los que más nombres de niñas y niños surgieron. “Entre todos los nombres conté 200 de criaturas de entre seis y 13 años de edad”. Salía a la luz una red internacional de trata sexual infantil. Una buena parte de las víctimas eran hijas de madres solteras y empobrecidas, aunque también había otras de familias pudientes. En Los demonios del Edén la autora señaló que el libanés sesentón, conocido como el Johnny, de estatura baja, de personalidad hosca y seductora a la vez, públicamente era un empresario inmobiliario. Pero en realidad, era el protegido y prestanombres de Kamel Nacif, también de baja estatura, trato prepotente y dueño de un emporio textilero mundial por el que es conocido como El rey de la mezclilla.

Lydia Cacho grabó el testimonio de Emma que daba cuenta de cómo el Johnny rondaba escuelas en busca de víctimas. También la chica le contó de las fiestas que el libanés organizaba, y en las que niñas y niños eran “intercambiados” por sus invitados para ser vejados sexualmente. Según Emma, a las fiestas del Johnny acudía su paisano Kamel Nacif, así como políticos renombrados, como Miguel Ángel Yunes, que meses antes renunció al PRI para irse al PAN y fue nombrado subsecretario de Seguridad Pública. La periodista escribió del tema en la prensa y asegura que el Johnny, desde su clandestinidad, la llamó para amenazarla de muerte. Ella no se amedrentó, denunció a todos en la Subprocuraduría de Investigación Especializada en Delincuencia Organizada (SIEDO). Después vino el soborno. A Lydia Cacho le ofrecieron un millón de dólares para el CIAM. “El tipo que me buscó dijo ir de parte del legislador Emilio Gamboa, lo mandé a volar y me insultó. Me dijo: ¡Eres una pendeja! ¡No entiendes dónde te estás metiendo!”.

Finalmente, Los demonios del Edén fue publicado por Random House Mondadori. La presentación de la obra se programó para el 19 de mayo de 2005, pero en la víspera, mencionó la feminista, Miguel Ángel Yunes llamó al editor Faustino Linares para exigirle que la cancelara. El político había publicado desmentidos de las acusaciones en su contra en los diarios. Lydia se comunicó con José Luis Santiago Vasconcelos, subprocurador de la SIEDO, y le comentó la situación. Para su sorpresa, éste envió agentes federales a resguardar la Casa de Cultura Jaime Sabines, sitio de la presentación. “¿El zar antidrogas me mandaba cuidar del subsecretario de Seguridad Pública? ¿Qué era eso?”, se pregunta.

Un mes después del lanzamiento del libro, Kamel Nacif denunció a la periodista por difamación y calumnia ante las autoridades de Puebla, ubicada a 1 500 kilómetros de distancia de Cancún. Lo que parecía un disparate, era la confabulación entre los gobiernos de Puebla y Quintana Roo contra la periodista. El golpe se materializó seis meses después. El 16 de diciembre al mediodía, en la víspera de las vacaciones decembrinas, Lydia Cacho llegó a las instalaciones del CIAM, fue abordada por tres policías judiciales que evadieron a su escolta federal y la obligaron a subir a un automóvil. Se la llevaron. Las evidencias del caso probaron que detrás, en una camioneta, iba Kamel Nacif. Primero condujeron a la periodista a la Procuraduría General de Justicia del estado de Quintana Roo. Integrantes del CIAM fueron infructuosamente en su búsqueda. Luego, para evitar que la vieran, la sacaron por la puerta trasera de la dependencia con destino a Puebla.

En Memorias de una infamia Lydia Cacho detalló la serie de ultrajes a los que los policías José Montaño Quiroz y Jesús Pérez Vargas la sometieron en 22 horas de camino: le negaron medicinas, a pesar de que aún no se recuperaba de una neumonía por la que estuvo hospitalizada; impidieron que llevara abrigo; en la noche simularon una tentativa de ejecución en la playa; uno de ellos introdujo su pistola en la boca de la activista de forma lasciva, luego la recorrió por su cuerpo, al que también manoseó; la intimidaron verbalmente; le dieron sólo un alimento y algo de bebida, le negaron hacer llamadas telefónicas.

El equipo del CIAM llamó con urgencia a la red de contactos de su directora. Periodistas, feministas, familiares, diplomáticos, funcionarias, se movilizaron. Una de las primeras llamadas fue al periodista Jorge Zepeda Patterson, que ya era pareja sentimental de Lydia Cacho. “Recibí la llamada con mucha preocupación”, dijo en entrevista en su oficina de El Universal en el centro de la capital mexicana. El periodista contactó a otros colegas, la información se difundió y, desconociendo la conspiración, buscó por distintos medios que el gobernador poblano fuera notificado del asunto.

En Memorias de una infamia la autora explicó cómo a su llegada a Puebla todo estaba planeado para ingresarla de inmediato a prisión, donde sería violada. Sin embargo, la senadora Lucero Saldaña, Alicia Pérez Duarte, entonces fiscal especial para la Atención de Delitos Relacionados con Actos de Violencia contra las Mujeres de la PGR, y sus seres queridos, hicieron presencia y lograron excarcelarla. “Lydia iba en estado de shock”, dijo la ex fiscal en entrevista en un restaurante de la Plaza San Jacinto en la capital mexicana.

La historia no paró ahí. Empezó un tormentoso proceso jurídico en su contra, plagado de atropellos. No obstante, dos meses después, el 14 de febrero de 2006, fueron difundidas 12 conversaciones telefónicas intervenidas que mostraron el concierto de complicidades de Kamel Nacif con el gobernador Mario Marín, entre otros personajes. Las grabaciones, hechas del 16 al 24 de diciembre de 2005, fueron filtradas a las periodistas Blanche Petrich de La Jornada y Carmen Aristegui, entonces conductora del noticiario de W Radio. Fue un escándalo mayúsculo. En una de las grabaciones, se escuchó la charla entre Kamel Nacif y el gobernador Mario Marín:

KN: “Mi góber precioso”.

MM: “Mi héroe, chingao”.

KN: “No, tú eres el héroe de esta película, papá”.

MM: “Pues ya le acabé de dar un pinche coscorrón a esa vieja cabrona […]”.

Días después, 40 mil personas marchaban en Puebla exigiendo la renuncia de Mario Marín. Apenas comenzaba marzo cuando la fiscal, recién encargada formalmente del caso de Lydia Cacho, hizo revelaciones que merecieron los titulares de La Jornada: Jean Succar Kuri era sólo una pieza en una red de redes de pederastia, turismo sexual y trata de personas en la capital mexicana, Estado de México, Baja California, Puebla, Chiapas, Veracruz y Quintana Roo, con nexos internacionales. También confirmó que Miguel Ángel Yunes era mencionado por las víctimas. La ex fiscal refirió que a partir de entonces su línea telefónica fue intervenida y “vino la obstaculización” a su investigación por instancias internas de la Procuraduría General de la República (PGR).

La resonancia del caso hizo que en abril el Congreso de la Unión solicitara a la Suprema Corte de Justicia de la Nación (SCJN) investigar si había elementos para hacer juicio político al gobernador poblano. Poco después la periodista fue contactada por José Nemesio Lugo Félix, secretario técnico de la Comisión Interinstitucional para Prevenir y Sancionar Trata de Personas del gobierno federal. En su libro Esclavas del poder, la autora narró que en un encuentro anterior el funcionario le dijo que investigaba a funcionarios y a algunos familiares de los gobiernos de Nuevo León y Baja California Norte por el tráfico sexual de personas. Quedaron de verse más adelante. Ya no fue posible. El 8 de mayo la periodista sufrió el atentado de su camioneta. Una semana después, el funcionario “fue asesinado de ocho tiros a escasos metros de su oficina”.

En septiembre, la SCJN amplió la indagatoria hacia la violación de derechos humanos contra la periodista. La comisión especial de la SCJN, a cargo del ministro Juan N. Silva Meza, resolvió finalmente, en noviembre de 2007, casi dos años después de los hechos en Puebla, que sí hubo acciones concertadas de Mario Marín que vulneraron las garantías individuales de Lydia Cacho. No obstante, en la votación, una mayoría de seis ministros contra cuatro, se negó la acreditación de los supuestos. “Si a miles de personas las torturan en este país, ¿de qué se queja la señora? ¿Qué la hace diferente o más importante para distraer a la Corte en un caso individual?”, reprochó el ministro Salvador Aguirre Anguiano. Sobre la resolución de la Corte, Jorge Zepeda Patterson concluyó: “Mario Marín se sostuvo porque el PRI juzgó que si caía, se irían sobre Emilio Gamboa Patrón, el operador del partido en la Cámara”.

Tras la resolución de la Corte, la fiscal Alicia Pérez Duarte dejó su cargo. “Renuncié por vergüenza de pertenecer a un sistema de procuración de justicia tan inútil y corrupto como el que constaté desde dentro”, precisó. Ella volvió a la academia. Pero el hostigamiento prosiguió. Hace un año fue víctima de vigilancia y, al igual que Lydia Cacho, sufrió un atentado en su automóvil que casi le cuesta un accidente. “Los cuatro birlos de las cuatro llantas fueron aflojados”. No denunció. “¿Para qué?”. Por su lado, los ministros disidentes, Genaro Góngora Pimentel, José Ramón Cossío Díaz, José de Jesús Gudiño Pelayo y Juan N. Silva Meza, publicaron en 2009 sus posiciones en el libro Las costumbres del poder: el caso Lydia Cacho. Al respecto, Góngora escribió: “¿Cuántos periodistas se abstendrán de publicar libros por temor a una represalia como la que sufrió la citada periodista, máxime al observar que a más de dos años de los sucesos los responsables siguen impunes? Es algo que nunca sabremos, y por eso es una tragedia para la libertad de expresión”.

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El CIAM en Cancún es como una pequeña fortaleza. La casa de tres pisos, color amarillo pálido, está erigida en una colonia popular, lejos de las playas de la zona hotelera. Ahí todo es cemento. La casa tiene videocámaras de vigilancia, alambrado eléctrico, portón y herrería con ventanas reducidas. Todo para hacer frente a las reacciones de agresores de las víctimas albergadas. Me costó mucho trabajo conseguir la entrevista con su directora, la psicóloga Lourdes Castro. Es que a una semana del incidente de seguridad, el CIAM proseguía en Código Rojo, sin recibir a nadie. Lydia Cacho me advirtió durante nuestro encuentro que ahora la psicóloga estaba al frente y ella no podía forzarla a recibirme. Lourdes Castro asumió como directora hace nueve meses y Lydia Cacho quedó como presidenta del consejo del CIAM. Hice varias llamadas a la psicóloga solicitando la charla. Me decía que lo consultaría con la periodista por internet, pues seguía en Madrid. Que no. Que quizá. Que me avisaba. Nada. Finalmente, llegué a un acuerdo: no cámaras, no grabadora, sólo una hora de charla, y ella decidía qué respondía.

La cita fue un lunes a las dos de la tarde. Hacía calor, pero no abrasante. Toqué el interfón y respondió una voz femenina que me abrió el portón. En la cochera conversaban dos mujeres, sentadas en sillas de plástico. La recepcionista salió y me hizo firmar un libro de registro. “En un momento la atienden”, dijo. Luego regresó y me pidió una identificación oficial. Se la llevó.

Al esperar releí el boletín que Lydia Cacho subió a su blog con motivo del ataque del 31 de mayo. Informaba cómo el marido de una de las víctimas asiladas, un motopatrullero violento, llegó al mediodía del lunes 31 de mayo acompañado de seis patrulleros, todos vestidos de negro, con armas largas. Patearon la puerta para exigir a gritos la entrega de la mujer. La víctima, una joven de 29 años, buscó auxilio en el CIAM luego de que el hombre, en la última golpiza, le fracturara la nariz con una plancha metálica, e intentara ahorcarla. Ella tenía cinco días de haber parido a una niña. De hecho, la cargaba en brazos al momento de la agresión, mientras sus otras dos niñas, de uno y tres años, atestiguaban la escena. Los hombres profirieron amenazas de muerte contra el equipo del CIAM. El centro llamó a las policías municipal y estatal, que no acudieron en su auxilio. Lo que no decía el boletín, y que Lydia Cacho mencionó en una entrevista televisiva con Carmen Aristegui en CNN, es que uno de los policías gritó que iban por ella. Tampoco que cuando se dirigía veloz a las oficinas locales de Seguridad Pública en busca de ayuda, un policía le llamó y alertó: “No se venga para acá, la quieren atraer para levantarla y matarla”.

La recepcionista regresó. Lourdes Castro me recibió en su oficina. Es una mujer de mediana estatura, rasgos y cuerpo recios, cabello lacio y castaño. Vestía blusa azul cielo y pantalón de mezclilla. Hablamos del CIAM, que es una institución modelo y gratuita en México. Lydia Cacho viajó a Nueva York y a España para desarrollar el proyecto: no sólo es un hogar temporal para víctimas de violencia extrema y trata sexual, también ofrece defensa jurídica, atención psicológica y capacitación laboral. El albergue temporal tiene cupo para 60 personas. No todas las víctimas piden refugio, y quienes dejan el lugar tienen consultas de seguimiento. El equipo del CIAM lo integran 33 personas. En el transcurso del año llevan cerca de siete mil atenciones diversas a mujeres e infantes. Sin embargo, en una década de servicio, cambió el perfil de las víctimas. “Hace 10 años, los casos eran de violencia conyugal, y ahora afloran los del crimen organizado”, dijo la psicóloga.

Lourdes Castro conoció desde hace cinco años a Lydia Cacho. Prácticamente desde el lanzamiento de Los demonios del Edén. Ella, como el resto del equipo, recibe atención terapéutica por estar en alerta constante ante posibles ataques de parejas agresoras: llamadas telefónicas, gritos, amenazas, intentos de incursión a las instalaciones. Eso sucede en cualquier refugio de este tipo. No obstante, Lourdes Castro sabe que para el CIAM el peligro se incrementa por el caso de Jean Succar Kuri. Sobre todo cuando se les informó del reciente traslado del libanés a la cárcel municipal de Cancún. “Por eso hemos hecho mucho trabajo de sanación al interior del equipo”, dijo. Sin embargo, la psicóloga considera que, aunque el CIAM no está libre de riesgos, las agresiones del pederasta están focalizadas en la periodista. La psicóloga no se atrevió a asegurar que el motociclista agresor tuviera relación con el libanés.

Lourdes Castro está consciente de que la vida de Lydia Cacho está en riesgo. Pero piensa que nadie tiene la vida asegurada. Admira de la periodista su “fuerza espiritual” para enfrentar su tensión cotidiana. “Lydia es la congruencia entre lo que piensa, dice, siente y hace”, así la definió. Le comento que algunas feministas en privado critican a Lydia Cacho por lucrar y hacerse fama del amedrentamiento en su contra. La psicóloga sonrió y recargó su cabeza en su mano. Niega que el motor de la periodista sea el económico. El compromiso de la comunicadora para con su oficio periodístico y el CIAM es visible, dijo. Puntualizó: “Hay mucha gente que se hace de fama y dinero sin trascender. Lydia ya trascendió”.

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Lydia Cacho regresó con las segundas tazas de té humeante. Oscurecía en la casa de la Condesa. El tiempo apremiaba, y el agotamiento la vencía. Le pregunté sobre el lanzamiento de su nuevo libro, Esclavas del poder. Antes de empezar, me saltó una duda. Le pregunté por qué si su integridad estaba en vilo, ella seguía escribiendo del tema.

—Una vez que, como periodista, conoces a las víctimas, no puedes decir: “Ya las entrevisté, que las maten”. Claro que no. Uno establece un vínculo, y el contenido de mis libros es real.

En Esclavas del poder, documentó el funcionamiento de redes de prostitución y trata de personas en diversos países como Turquía, Israel y Palestina, Camboya, Japón, Myanmar y México, entre otros. Para hacerlo, la periodista recurrió a las técnicas de Günter Wallraff, maestro alemán del disfraz en el periodismo de investigación. Así pudo compartir mesa con una tratante filipina en Camboya, ingresar a los centros de prostitución japoneses, platicar con bailarinas exóticas sudamericanas, o introducirse, vestida de novicia, a las zonas sórdidas del barrio de la Merced en la capital mexicana.

La obra señala que la trata de personas existe en 175 países, por las que cada año 1.39 millones de personas, la mayoría infantes y mujeres, son sometidas a esclavitud sexual. Lydia Cacho enfatiza que el comercio sexual de infantes no se limita a un asunto de hombres solitarios y perversos, sino que es un fenómeno globalizado de mafias vinculadas al narcotráfico e incrustadas en círculos de poder político y económico. Así puede entenderse, escribió, que en esa larga cadena del crimen organizado participen “mafiosos, políticos, empresarios, industriales, líderes religiosos, banqueros, policías, jueces, sicarios y hombres comunes”.

En su libro Lydia Cacho sugiere la abolición de la prostitución en su conjunto, aun de los grupos de trabajadoras sexuales organizadas, por considerar que facilita la esclavitud sexual. Ella piensa que las mafias de prostitución, pornografía y trata de personas están vinculadas, y que entre éstas coexisten con más frecuencia mujeres y niñas de edades cada vez más pequeñas. En el feminismo se le conoce a su posición como “abolicionista”, lo que difiere de otra posición que defienden el trabajo organizado de trabajadoras sexuales independientes. Marta Lamas, en entrevista vía telefónica, por ejemplo, opina que el trabajo sexual ha existido siempre y no desaparecerá sólo con impedirlo, por lo que es mejor reglamentarlo para otorgar mayores garantías a quienes lo hacen por razones económicas. “Yo me resisto a hacer una condena, así en bloque, a todo el comercio sexual, ni creo que entrar al comercio sexual abra la puerta a todos los males”. En referencia a esa tesis, Lydia Cacho escribió: “La gran pregunta ante esa postura de defensa del trabajo sexual es si los tratantes, las mafias y los clientes, con su perspectiva sexista y misógina, están dispuestos a respetar las reglas de las mujeres”.

Lydia Cacho me escribió un mail desde Madrid, cuando hacía su gira de promoción de Esclavas del poder. “Estoy en friega, muy cansada, estuve en Madrid y Sevilla, sin embargo estoy emocionada y un poco sorprendida del recibimiento de mi libro”. Me dio mucho gusto por ella. Y deseé de corazón que ese estado de ánimo permanezca a su regreso. Sin embargo, no pude evitar recordar las últimas líneas de su libro Memorias de una infamia: “Borrarme de los medios sí pueden, eliminarme físicamente también. Lo que no podrán es negar la existencia de esta historia, arrebatarme la voz y la palabra. Mientras viva seguiré escribiendo, y con lo escrito, seguiré viviendo”.