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El balón salió rechazado hacia el pico del área, justo donde llegaba Lidia Galván, la extremo derecha boliviana: “Pateé fuerte y de pronto vi la bola en la red. No me lo podía creer. Salí corriendo pero no sabía adónde ir, me sentí medio mareada”. Sus compañeras se le echaron encima, la abrazaron, saltaron, gritaron.

Galván es la mayor del equipo (39 años), la que más hijos tiene (siete) y la que más goles metió en el primer partido (dos). Cuando se separó del abrazo colectivo, se tapó la cara con las manos y volvió caminando a su posición, con la cabeza baja. Al reanudarse el juego, recibió un par de broncas del entrenador: corría despistada, había dejado marchar a la lateral contraria banda arriba, sin seguirla.

“Anoche estaba muy nerviosa, me costó dormir”, contó al final del partido, en un campo de San Sebastián, durante el torneo internacional Donosti Cup. Para Galván, como para casi todas sus compañeras, era la primera vez que salía del Chaco boliviano. “Quería meter un gol, por lo menos uno en todo el campeonato, por mi familia, por mis hijos, por mi país, por los auspiciadores que nos ayudaron a venir. Marqué y lo primero me acordé de mi familia. Hace unos días llamé por teléfono y casi no pude hablar con ellos, me entraron ganas de llorar. ¿Por qué? Porque estamos muy lejos. Ahora me siento feliz pero mi marido y mis hijos aún no saben que marqué dos goles”.

Galván luce con orgullo sus dos empeños más recientes: el fútbol y el trabajo en el vertedero de Camiri donde, con otras veinte mujeres, recicla botellas. “Soy la reveterana del equipo. Pero no me siento vieja, estoy muy viva”, dice. “Siempre me gustó el deporte, de niña jugué a voleibol y a básquet, pero luego ya no pude. Tuve que criar a mis hijos, cuidar a mi mamá, llevar la casa. Por muchos años no pude hacer deporte ni tener un trabajo. Pero mis hijos ya crecieron, algunos incluso salieron bachilleres, estoy muy orgullosa. El año pasado empecé a trabajar en el vertedero, y dos días por semana voy a los entrenamientos del equipo”.

Revolución a balonazos. Galván es una de las veintidós futbolistas que el pasado julio viajaron a San Sebastián con la selección del Momim (Movimiento de Mujeres Indígenas del Mundo). Esta organización se fundó en el Chaco para apoyar a las mujeres guaraníes, que padecen condiciones muy duras: muchas viven con cinco o seis hijos, a veces nueve o diez, hacinados en casetas de adobe sin agua ni electricidad, acosados por el hambre y las enfermedades parasitarias. Los maridos a menudo se marchan y no vuelven. O vuelven borrachos, gritando y golpeando. Ellas trabajan sin descanso para cuidar a los niños y llevar la casa, limpiar, coser, cocinar, cultivar un poco de maíz en una parcelita, criar algún chancho, unas gallinas y salir unas horas a la ciudad para vender empanadas en la calle o limpiar casas a cambio de unos pesos. A partir de 2003, el Momim les ofreció cursos de salud, talleres de formación profesional y asesoría para las víctimas de violencia de género. Con el tiempo, empezaron a organizar equipos de fútbol.

“Estas señoras que vienen a los entrenamientos dos o tres veces por semana tienen un mérito extraordinario”, explica Margoth Segovia, directora del Momim en el Chaco. “Llegan agotadas pero participan porque el fútbol representa para ellas mucho más que un deporte: es su espacio de libertad, el momento de la semana en el que se juntan con las amigas, charlan, se ríen, practican un juego en grupo, y durante unas horas se olvidan de sus vidas tan duras. La sociedad guaraní es muy machista. Aquí las mujeres no tienen vida propia, sólo hacen lo que les permita el marido, pero ellas han ido ganando sus espacios”.

En apenas dos años, el fútbol impulsó una revolución social en el Chaco: “Al principio, muchos hombres se negaban a que las mujeres jugaran”, cuenta Segovia. “Les parecía algo ridículo, vergonzoso. ¡Sus mujeres jugando al fútbol! Las que se atrevían a venir recibieron más de una paliza. Pero los hombres se fueron acostumbrando poco a poco y cada vez vienen más a ver los partidos. Un domingo me di cuenta de que estábamos cambiando las cosas: vi cómo una de las jugadoras dejaba el bebé a su marido y salía a la cancha. Aquello era revolucionario: ¡el hombre con el niño en brazos, mientras la mujer jugaba! No me lo podía creer”.

Muchas de estas mujeres padecen además el Mal de Chagas, una enfermedad transmitida por la vinchuca, un insecto al que llaman “el vampiro de los pobres”, porque se reproduce en condiciones de miseria y de insalubridad. Hace unos años la doctora valenciana Pilar Mateo viajó a Bolivia con una pintura de su invención, que se aplica a los muros de adobe y repele a la vinchuca. Desde entonces la pintura de la doctorita ha salvado muchas vidas. Pero los inicios fueron desalentadores: “Llegué al Chaco con mi pintura para las paredes y descubrí que a veces no tenían ni paredes, que algunas familias vivían con esteras y lonas. Al principio pensaba que la enfermedad requería una solución simplemente científica, pero me di cuenta de que el verdadero problema es la pobreza, la desesperanza, la resignación. No es una cuestión de química sino de justicia: el Mal de Chagas tenía que haberse erradicado hace cien años, pero persiste porque aún persiste la miseria. Y los científicos no estamos solo para escribir publicaciones y decir que los guaraníes se mueren, sino para denunciarlo y para poner el conocimiento en acción”.

Mateo fundó el Momim para ayudar a que las mujeres, responsables principales de las familias, pelearan por mejorar sus condiciones. En esa lucha por la autoestima llegó el fútbol. Y unos años después, llegó la oportunidad para que una veintena de jugadoras volaran a Europa. En ese proyecto, y en la búsqueda de patrocinadores, tuvieron mucho que ver otras dos personas: Íñigo Olaizola, director del torneo Donosti Cup, que todos los veranos reúne en San Sebastián a más de cinco mil jóvenes futbolistas de todo el mundo, y Xabier Azkargorta, el entrenador guipuzcoano que en 1994 llevó a Bolivia a un Mundial por única vez en su historia, y que se ofreció para entrenar a las mujeres guaraníes.

Estreno con goleada. El Profe Azkargorta, el Bigotón, es un ídolo semidivino en Bolivia. Unas semanas antes del torneo viajó al Chaco para entrenar a las mujeres del Momim, y su presencia lanzó la historia a las televisiones y a las portadas de los diarios bolivianos: “El Bigotón dirigirá a jugadoras guaraníes en torneo mundial en España”. Las futbolistas se convirtieron de pronto en estrellas. Las empresas locales se apuntaron como patrocinadoras del viaje. A Azkargorta lo llevaron de acá para allá, por ruedas de prensa y platós, y cuando lo bombardeaban con preguntas de la actualidad futbolera boliviana, él siempre insistía en que estaba allí para contar la historia de las mujeres del Momim.

El Profe enseñó a las jugadoras a repartirse el espacio, ese inmenso campo de fútbol once en el que antes naufragaban y se perdían de vista. Ya en San Sebastián, en los partidillos previos al torneo, les gritó hasta perder la voz para que vigilaran sus posiciones, para que las centrales no se quedaran atrás rompiendo el fuera de juego, para que la arquera se colocara más adelantada, para que formaran un 4-4-2 muy apretado, en el que pudieran mantenerse cerca unas de otras. Las chicas aprendieron los movimientos para sacar el balón desde atrás con apoyos, empezaron a jugar pendientes de las compañeras, se organizaban a voces, tomaron soltura. Se atrevieron a regatear. Perdieron el miedo a chutar. Y así llegaron los goles.

En el primer partido del torneo, contra el equipo vasco del Bidebieta, las centrocampistas bolivianas tenían la lección bien aprendida: buscaban siempre a Griselda, la 10, la más habilidosa. A los quince minutos, Griselda recibió el balón en la banda izquierda, dribló a dos rivales con dos ruletas dignas de Zidane, y entró al área. Cuando le salió al paso la última defensora, pasó la bola al otro extremo, por donde llegaba embalada Esther Medina, la Niña, la 9, su compañera en el ataque doble del Momim, que pegó un zambombazo en diagonal y coló el balón junto al poste.

La Niña se volvió loca de alegría, corrió por el campo, chilló, se quitó la camiseta, pegó saltos, recibió el abrazo tumultuoso de sus compañeras. “De pronto me dio miedo”, explicó al final del partido. “Pensé que el árbitro me iba a enseñar tarjeta por sacarme la polera”.

No hubo tarjeta. El árbitro estaba distraído contemplando el baile del pollo con el que las bolivianas celebraban el 1-0 –“¡el pollo, el pollo con una pata, el pollo con una alita, el pollo con la colita!”-, igual que se distrajeron las rivales del Bidebieta, igual que se distrajo el público, entre el que había un grupo de emigrantes bolivianos afincados en San Sebastián, que animaban con banderas y con las caras pintadas de rojo, verde y amarillo.

Las futbolistas del Momim se crecieron. Jugando muy juntas, replegadas en su propio campo, robaban balones y salían al contragolpe con chispa. En el descanso ya ganaban tres a cero. Algunos bolivianos bajaron de la grada para felicitar a las jugadoras, y Azkargorta se enfadó: “¡Eso al final, al final! Chicas, no se relajen, empezamos la segunda parte como si fuéramos cero a cero”.

En el segundo tiempo llegaron otros tres goles del Momim, incluidos los dos de la reveterana Lidia. Con el 6-0 definitivo –dos de Lidia, dos de Griselda y dos de la Niña-, corrieron al centro del campo las jugadoras, las suplentes y los espectadores bolivianos, que querían fotografiarse con ellas y con el míster. Azkargorta posó rápido y se llevó a su equipo al vestuario, donde recibió un maremoto de besos y abrazos. Luego pidió silencio.

—Chicas, clasificar a Bolivia para el Campeonato del Mundo fue el mayor éxito de mi carrera como entrenador. Pero la alegría más grande que jamás me ha dado el fútbol ha sido esta victoria de ustedes.

Las mujeres lo abrazaron de nuevo, lloraron y le cantaron a pleno pulmón: “¡Te queremos, Profe, te queremos!”.

Derrotas y orgullo. Al día siguiente jugaron otros dos partidos contra rivales muy superiores: perdieron 12-0 por la mañana y 11-0 por la tarde. En el primero, cuando las catalanas del AEM marcaron el undécimo gol en un clamoroso fuera de juego, a Azkargorta se lo llevaban los demonios. Era el undécimo, quedaban tres minutos para acabar, pero corrió por la banda en pleno arrebato de furia, sacudiendo los brazos y chillando al árbitro como si le hubieran robado un penalti en la final de la Copa del Mundo. El duodécimo, justo después, también lo marcaron en un fuera de juego de libro. Al final del partido, algunas futbolistas del Momim se acercaron al árbitro y le reclamaron que descontara esos dos últimos goles y que dejara el marcador en un 10-0. No lo hizo, claro, pero ese detalle de rebeldía entusiasmó a Azkargorta, quien escribió en su cuenta de Twitter: “Cada día estoy más orgulloso de estas madres y su espíritu, su gran capacidad de lucha y sus ganas de vivir. Han cantado a pesar de la derrota”.

También cantaron y bailaron tras los dos partidos siguientes, perdidos por 7-1 y 5-1, con nuevos goles de Griselda. El entrenador insistió en la idea: “Estas mujeres ya han ganado el partido más valioso. Su participación en la Donosti Cup es una manera de decir que son pobres, que tienen el Mal de Chagas… ¡y qué! Esos problemas no son ahora lo importante, lo importante es que han aprendido a luchar, a levantarse”.

A Barbarita Saavedra, coordinadora de la expedición, tampoco le importaron las derrotas: “Nuestro triunfo es que ya no somos invisibles. Allá en nuestras casas muchas mujeres no tienen voz ni capacidad de decidir. Sufren una triple discriminación: por ser mujeres, por ser pobres, por ser indígenas. Pero en este torneo somos futbolistas como todas las demás, venimos a competir de igual a igual con cualquiera. Si nos meten gol, no importa: recogemos la bola y empezamos de nuevo. Queremos mostrar a las mujeres de nuestras comunidades que tenemos que pelear, y que, si caemos, nos levantamos otra vez. Cuando vuelvan a casa, estas futbolistas van a ser líderes en sus comunidades. Van a tomar la iniciativa y no van a callar más”.

El partido entre los equipos de Urundaiti y Boyuibe se retrasa unos minutos: Susana, una de las jugadoras, está detrás del córner dando el pecho a su bebé. Por fin, entrega la criatura a una amiga, sale corriendo al campo y se instala en el borde de su área, donde no dejará pasar ni un balón en todo el partido. Susana, defensa central infranqueable, es una mujer guaraní que tiene 25 años y seis hijos.

El partido sufre otra demora: alguien avisa de que tres de las futbolistas están embarazadas y no deberían participar. Se reorganiza el equipo. Unas señoras obesas de unos 35 o 40 años se visten la camiseta y sustituyen a las embarazadas. Con ellas sale otra chica de 15 años, que también ha estado amamantando a su bebé en la banda.

El árbitro lleva por fin el balón al centro del campo, una explanada de tierra en la aldea guaraní de Urundaiti, bacheada y generosamente alfombrada por cagadas de oveja. Las futbolistas se acercan y forman un corro para escuchar las palabras de Margoth Segovia, promotora de estos encuentros: “Amigas, nos reunimos para disfrutar todas juntas del deporte. No se trata de jugar a muerte. Queremos que perdure la amistad, el respeto y la solidaridad entre todas nosotras. Hacemos deporte para distraernos de lo que ustedes ya saben”.

La revolución del fútbol

Lo que ellas ya saben: cinco o seis hijos, a veces nueve o diez, hacinados en una caseta de adobe sin agua ni electricidad, acosados por el hambre y las enfermedades parasitarias. Maridos que se marchan y no vuelven. O que vuelven borrachos, gritando y golpeando. Trabajo sin descanso para cuidar a los niños y llevar la casa, limpiar, coser, cocinar, cultivar un poco de maíz en una parcelita miserable, criar algún chancho, unas gallinas, y salir unas horas a la ciudad para vender empanadas en la calle o limpiar casas a cambio de unos pesos. Y por la noche, fútbol.

“Estas señoras que vienen a los entrenamientos dos o tres veces por semana tienen un mérito extraordinario”, explica Segovia. “Llegan agotadas pero participan porque el fútbol representa para ellas mucho más que un deporte: es su espacio de libertad, el momento de la semana en el que se juntan con las amigas, charlan, se ríen, practican deporte en grupo, y durante unas horas se olvidan de sus vidas tan duras. La sociedad guaraní es muy machista. Aquí las mujeres no tienen vida propia, sólo hacen lo que les permita el marido, pero ellas han ido ganando sus espacios”.

En apenas dos años, el fútbol ha impulsado una pequeña revolución social en el Chaco: “Al principio, muchos hombres se negaban a que las mujeres jugaran. Les parecía algo ridículo, vergonzoso. ¡Sus mujeres jugando al fútbol! Las que se atrevían a venir recibieron más de una paliza. Pero los hombres han ido poco a poco acostumbrándose y cada vez vienen más a ver los partidos. Un domingo me di cuenta de que estábamos cambiando las cosas: vi cómo una de las jugadoras dejaba el bebé a su marido y salía a la cancha. Aquello era revolucionario: ¡el hombre con el niño en brazos, mientras la mujer jugaba! No me lo podía creer”.

Sí que hay bastantes hombres viendo el partido Urundaiti-Boyuibe, aunque permanecen en grupos, un poco alejados, a la sombra de los árboles. Las que más jaleo montan son las espectadoras, volcadas en la misma línea de banda: los universales gritos al juez, aunque siempre con educación (“¡marque bien la barrera, señor árbitro!”), las bromas contra algunas jugadoras mayores que pierden el balón ante las jóvenes más ágiles (“¡está muy pesada!”) y la carcajada general cuando la extremo derecha de Urundaiti se queja a voces de los malos pases de sus compañeras (“¡me hacen correr como pelotuda para nada!”).

No es fácil dirigir el balón entre los hoyos y los bultos del terreno, así que las chicas de Urundaiti intentan pases largos y aéreos hacia sus dos delanteras. “Al principio pateaban la bola y corrían todas detrás como ovejas, hasta las arqueras”, dice Carlos, el entrenador. Después de unos meses, las jugadoras han aprendido a repartirse el campo. Carlos interrumpe las explicaciones para pedirle un cambio al árbitro: un bebé llora y llora en la banda, así que la madre debe abandonar el terreno para atenderlo.

Pero no hay manera de calmar al bebé. Llora y no quiere mamar. “Es que tengo la teta caliente de tanto correr y no toma”, dice la madre. Y luego chilla: “Señoras, ¿quién tiene una teta fría?”. Se ríen las espectadoras y también las futbolistas, que andaban peleando el balón en un barullo dentro del área. “Mírenlas, toditas juntas, parecen hormigas nomás”, grita otra espectadora. Más cachondeo.

Mostrarse al mundo

En el descanso, las chicas de Boyuibe están contentas: ganan por dos a cero. Pero su arquera Yobinka Guzmán ha tenido que trabajar bastante. “Necesitamos más fuerza en la defensa para que no me lleguen tantos balones al arco”, dice. Yobinka tiene 29 años, cuatro hijos y un sobrino adoptado en su propia casa. Todos los días se levanta a las seis de la mañana, da la leche a su chiquito de 2 años, prepara el desayuno a los mayores y sale al trabajo: es educadora en una escuelita de la aldea guaraní de Pueblo Nuevo, donde atiende a niños pequeños. Al mediodía prepara la comida y arregla a los hijos para que vayan al colegio por la tarde. Luego dedica varias horas a limpiar las ropas y la casa. Y por la noche acude a los entrenamientos. “Duermo como muerta”, dice, entre risas. “Pero tenemos que practicar fuerte para viajar a España”.

Yobinka y sus compañeras anhelan formar una selección de madres guaraníes que vuele a España y participe en torneos como la Donosti Cup de San Sebastián, que en su última edición intentó traerlas pero no consiguió superar algunos trámites. A pesar de las destrezas de ciertas jugadoras, el criterio para seleccionar a las que viajen tendrá que ser más biológico que futbolístico. “Aquella chica tan hábil irá a la Donosti Cup, ¿no?”, preguntamos, señalando a una adolescente que controla, regatea y pasa con una precisión admirable. “Sí”, suspira Segovia, “si no se queda embarazada…”.

A Inocencia, de 23 años, el calendario le cuadra. En diciembre dará a luz a su cuarto hijo, de modo que le quedarán seis meses para preparar el torneo donostiarra: “Ojalá podamos viajar, para nosotras sería una oportunidad única en la vida. El fútbol es importante, nos ayuda a desarrollarnos: yo cuido a mis niños, limpio las ropitas, hago la casa, trabajo tejiendo y haciendo pan, pero siempre guardo tiempo para los entrenamientos porque gracias al fútbol nos reunimos las mujeres, conocemos nuestros problemas, nos ayudamos. Los hombres ya van entendiendo. Les parece bien. En mi casa jugamos los dos: mi marido es futbolista y me apoya, está dispuesto a cuidar los niños si yo viajo a España. Es importante que vayamos: tenemos que enseñar a todo el mundo cómo nos estamos preparando las mujeres de Bolivia”.

Mineritos

Publicado: 31 diciembre 2010 en Ander Izagirre
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Hacia las seis de la tarde, la montaña empieza a escupir hombres azules. Salen de las bocaminas, rebozados de polvo de estaño, levantan la cara hacia la luz y enseguida la agachan, deslumbrados. Caminan cabizbajos, sin quitarse el casco, arrastrando las botas por la gravilla, en silencio. Diez mil mineros bajan como hormigas por las laderas del Cerro Rico hacia la ciudad de Potosí.

En un pedregal a 4.300 metros de altitud, en la caseta de adobe donde vive con su familia, Abigaíl Canaviri Canaviri se calza el casco, la lámpara frontal y las botas de goma. Esta niña de 14 años espera a que salgan los mineros para entrar a trabajar toda la noche bajo tierra.

El Cerro Rico es un montañón despellejado, destripado y desmochado. Esta pirámide rosácea, de la que manan hemorragias minerales por seiscientas heridas, alcanzaba los 5.200 metros de altitud cuando llegaron los colonos españoles y ha menguado hasta los 4.700. Durante cinco siglos la han perforado, socavado, dinamitado y triturado, le han roído noventa kilómetros de túneles, pozos y ramificaciones en las entrañas, quizá doscientos, quizá quinientos kilómetros. Le arrancaron quince mil toneladas de plata pura, quizá treinta, quizá cincuenta mil toneladas; hoy le siguen sacando tres millones de kilos de rocas al día para obtener estaño, cinc y plata. La montaña es un cascarón mineral cada vez más hueco, las laderas se derrumban aquí y allá, y los potosinos temen el día del colapso final, el hundimiento apocalíptico que culmine la historia del Cerro Rico: en sus entrañas yacen los huesos, o el polvo de los huesos, de docenas de miles de mineros. La montaña que devora hombres, la llaman.

Los supervivientes de hoy bajan caminando o apiñados en camiones a la ciudad, extendida en una meseta a 4.000 metros, con las iglesias alzando torres barrocas en medio de un oleaje de luz blanca, del mar de destellos que el sol arranca a los tejados de calamina del cinturón de chabolas, del esplendor de la miseria que inunda Potosí al atardecer.

Y a las ocho, cuando ya van saliendo los últimos hombres azules, Abigaíl entra por una bocamina angosta. Da pasos cortos, siempre pisando los raíles de las vagonetas para no hundirse en el fango anaranjado, en ese puré de metales y aguas fétidas, estirando el brazo derecho para palpar metro a metro la roca viva, agachándose cada poco para no golpearse con las vigas podridas que todavía apuntalan la galería pero ya resquebrajan el ánimo. Así camina por los bronquios del Cerro Rico, respirando un miasma caliente, pegajoso, saturado de sílice, asbesto y arsénico, abriendo en la oscuridad una cuña de luz con la lámpara de su casco.

Avanzar “como lagarto”

En el fondo del túnel, a 1.500 metros de la superficie, le esperan las rocas arrancadas por los mineros durante el día. A veces con la ayuda de su madre, casi siempre ella sola, amontona las piedras en una vagoneta y la empuja por los raíles hacia el exterior. La carga ronda los trescientos o los cuatrocientos kilos. “Cuando empecé con 12 años, se me hacía muy pesado”, explica. “Ahora ya me voy acostumbrando. Pero siempre es muy cansado. Hace calor. Y a veces tengo miedo”.

Abigaíl tiene miedo de que se le voltee el carro, cuando se lanza en los tramos cuesta abajo y ella intenta retenerlo. Tiene miedo de los lugares tan estrechos en los que apenas hay sitio para la vagoneta y ella tiene que agacharse, empujar y avanzar “como lagarto”. Miedo de los dolores en la espalda y los brazos. De la silicosis: un médico le dijo que debe dejar la mina para que no le ocurra como a su papá, que por la noches reventaba en un terremoto de toses, un derrumbe de alveolos, una sacudida de costillas que lo doblaba en dos. Su papá escupía pedazos de pulmón sanguinolentos. Y murió ahogado cuando ella tenía 8 años. Abigaíl también teme que algún minero borracho la viole: dos amigas suyas de 12 y 13 años ya han tenido bebés por este motivo. Pero le empuja otro miedo mayor: el miedo al hambre. “Hace pocos días murió un bebé en Pailaviri porque no tenía qué comer”, dice. Y piensa en su hermano de cuatro años.

Durante el día, entre los trabajadores de este submundo también pueden verse adolescentes: golpean la peña con mazo y cincel, horadan la galería con barrenas, insertan cartuchos de dinamita, incluso ayudan a los perforistas, que taladran la pared con martillos neumáticos en medio de un zumbido atronador y una polvareda tóxica que ciega y asfixia. Los chavales más pequeños reptan por túneles minúsculos, donde no cabe un adulto. Meten la cabeza en el hoyo, pasan los hombros y se tumban con el pecho sobre la roca. Reptan apoyándose sobre los antebrazos, arrastrando la perforadora con la mano, acercándose metro a metro hacia una cavidad ardiente. La temperatura suele superar los sesenta o setenta grados. Tienen diez minutos para excavar un poco más el hueco, enroscarse sobre sí mismos, girar y regresar arrastrándose al encuentro de sus compañeros y del aire fresco.

Durante la noche, la mina está desierta. En la oscuridad sólo resuena el chapoteo de las botas de Abigaíl. Puede que en alguna galería lejana un juku rasque rocas. Los jukus (búhos, en quechua) son ladronzuelos nocturnos, casi siempre jóvenes, que excavan túneles clandestinos para llegar a las vetas y robar mineral. Si los atrapan los mineros adultos, es probable que salgan con la cara hinchada, algún diente de menos y varios huesos rotos.

Abigaíl tarda dos horas en caminar hasta el fondo de la galería y sacar una vagoneta cargada. Repite la operación seis o siete veces. Comienza a las ocho de la noche y no suele terminar hasta las ocho o diez de la mañana. Por ese trabajo de doce o catorce horas nocturnas, la cooperativa de mineros le pagaba veinte pesos diarios (dos euros), cuatro veces menos de lo que cobra un adulto por la misma tarea. Pero desde hace varios meses Abigaíl trabaja gratis. Sus minúsculas ganancias se las restan a la deuda de 2.000 euros que le cargaron a su madre viuda.

La historia de doña Margarita, la madre de Abigaíl, es la de tantas viudas de mineros: al morir el marido y quedarse sin ingresos, tuvo que abandonar su vivienda y subir con los cuatro hijos a una caseta de adobe en la ladera pelada del Cerro Rico, a 4.300 metros, junto a la bocamina. La caseta es un refugio de seis metros por dos y medio, un cuartucho lóbrego, sin ventanas, cubierto por una chapa de cinc agujereada. Los vendavales del Cerro silban en las rendijas de las paredes, apenas tapadas por cartones y plásticos. Las goteras suelen embarrar el suelo de tierra, donde se aprietan los sacos con la ropa de la familia, una mesita con una cocina de gas y la cama donde duermen Abigaíl, su hermano y su madre, menos apretados desde que los dos hermanos mayores emigraron a Porco y Oruro para buscarse la vida. En esta casa comen maíz hervido, papas y arroz. Y acarrean el agua potable desde una cisterna cercana. En eso están mejor que otras familias, todavía acostumbradas a usar las aguas cargadas de metales que fluyen por la ladera.

Viven aquí, en la canchamina, porque sólo aquí pueden rascar algún sustento. Doña Margarita trabaja de palliri, partiendo rocas con un mazo para seleccionar los bloques más valiosos, barre el polvo de la mina para obtener algunas pizcas de estaño y ejerce de guarda, custodiando las herramientas y la maquinaria de los mineros en un anexo de su caseta. Entre una cosa y otra, gana unos 400 pesos mensuales (40 euros). Pero adquiere un compromiso: se hace absolutamente responsable del material guardado en la caseta, apenas cerrada por una plancha metálica que no encaja en el quicio.

Un domingo de diciembre del 2008, cuando doña Margarita y Abigaíl regresaban a casa cargando un bidón de agua potable, vieron que alguien había arrancado la puerta. Y que les habían robado tres máquinas de los mineros, valoradas en unos 700 euros cada una. Desde entonces, ambas trabajan gratis para la cooperativa, hasta satisfacer la deuda.

Para sobrevivir, Abigaíl escamotea algunos pedazos de mineral y los vende a los turistas de Potosí a cambio de unos pesitos.

Peor que hace cien años

Abigaíl es el eslabón más débil y machacado de un sistema perverso. En Bolivia, alrededor de 5.000 mineros trabajan para la empresa estatal Comibol, otros 9.000 lo hacen para compañías privadas, pero la gran mayoría, unos 45.000, se buscan la vida -y a menudo la muerte- por su cuenta y riesgo.

El caos empezó en 1985, cuando Comibol, ahogada por las deudas, la ineficacia y la corrupción, despidió a 23.000 mineros y dejó muchos yacimientos sin control. Modesto Pérez es minero viejo, una categoría improbable en Bolivia: “Cuando se quedaron sin empleo, muchos saquearon las instalaciones para vender el material”, recuerda. “Se llevaron los raíles, las tuberías de ventilación, los cables, las máquinas; hasta el último fierro y el último perno se llevaron”. Los mineros despedidos se organizaron en unas mal llamadas cooperativas: cuadrillas de unos pocos socios que arrendan un yacimiento, lo explotan de manera artesanal y sin medidas de seguridad, y obtienen un rendimiento exiguo. Si las cosas van bien, ofrecen trabajo a otros mineros para seguir con la explotación: sin contratos, sin seguros, sin cotizaciones, con jornales que alcanzan para sobrevivir y poco más.

Y trabajan en peores condiciones que hace cien años, como explica Pérez: “Desde los saqueos, en muchas galerías no hay vagonetas ni raíles; tenemos que cargar los sacos de mineral al hombro y llevarlos andando tres o cuatro kilómetros hasta el exterior. Acá en el socavón de Cancañiri al menos funciona un generador, pero la electricidad falla a menudo, así que nos quedamos sin jaula [el ascensor que desciende a las galerías inferiores] y bajamos y subimos por las escalas, cuarenta o sesenta metros en vertical, cargados con las perforadoras o con los sacos. Es muy riesgoso. Un resbalón y adiós”. La falta de planificación también mata: “Ya no hay ingenieros ni técnicos. Antes se prohibían las zonas peligrosas, las que se podían derrumbar. Ahora cada cuadrilla taladra por donde quiere, arriba, abajo, en diagonal, sin plan. Harta gente muere porque excava sin saber lo que hay encima y se le derrumba la galería. Ayer mismo murió un compañero, Miguel Characayo, aplastado. Como no volvió a casa, bajaron a buscarlo hasta el nivel -250 y allá encontraron un derrumbe. Entre las piedras sacaron su cadáver”. El apuntalamiento de las galerías da escalofríos: el peso de la montaña descansa sobre vigas combadas, roídas, puestas hace demasiados años. “Ya no se cambian”, dice Pérez, “porque ganamos lo justito para sobrevivir y nadie puede gastar dinero en medidas de seguridad. Tampoco podemos reconstruir el sistema de ventilación. Algunos compañeros trabajan en pozos muy estrechos, donde sólo pueden entrar arrastrándose, y como ya no hay bombeo de oxígeno, encuentran una bolsa de gas y se ahogan allá dentro”. A los 59 años, a Pérez no le queda ningún compañero de su edad. Todos murieron aplastados por derrumbes o asfixiados por la silicosis.

Es difícil que un minero viva más de 35 o 40 años. Cuando muere el padre, la viuda y los hijos quedan al borde de la miseria, se instalan en las casetas de la bocamina y los adolescentes como Abigaíl empiezan a trabajar en las galerías. O en los ingenios exteriores, donde muelen el mineral con enormes quimbaletes manuales (corren el riesgo de aplastarse las manos o los pies, se les hinchan las articulaciones, sufren artritis y tendinitis), concentran el estaño utilizando aguas saturadas de ácidos y xantato (y por las noches sienten clavos incandescentes atravesándoles la cabeza) o acarrean el mineral hasta los almacenes (y quedan doblados por los dolores de espalda). Las autoridades calculan que unos 3.800 niños y adolescentes trabajan en las minas bolivianas, pero según la ONG local Cepromin (Centro de Promoción Minera), los buenos precios actuales del estaño atraen a los adolescentes que quieren hacer dinero y la cifra real de mineritos ronda los 13.000.

Cómo salir de la mina

Cepromin intenta sacar a los niños del subsuelo. Los acoge en sus centros al pie de mina, donde los pequeños trabajadores tienen asegurado un desayuno, una comida, un baño de agua caliente y un entorno amable, a salvo del alcoholismo y la violencia que azotan muchas casas. Cuentan con profesoras de apoyo, que ayudan a los niños con las tareas para evitar que se retrasen mucho en la escuela y abandonen los estudios. Los adolescentes reciben formación profesional y algunas familias obtienen microcréditos para poner en marcha pequeños negocios (panadería, mecánica, electricidad, costura, zapatería…). En la ciudad de Llallagua, donde 175 niños trabajaban en la minería, las ayudas de Cepromin consiguieron que casi todos abandonaran esas actividades y siguieran con sus estudios o los compaginaran con empleos más suaves.

A uno de esos centros acude Abigaíl muchas mañanas. Su empeño es asombroso: cuando sale de la mina, después de trabajar toda la noche, no se mete en la cama sino que acude al centro de Cepromin para desayunar y hacer las tareas del colegio, al que asiste algunas tardes. “Tengo que estudiar para tener una profesión. Es la única manera de sacar a mi mamá y a mi hermanito de la mina”, explica, mientras sorbe un puré de verduras. Con sus manos de minera, curtidas, agrietadas y teñidas por el polvo de estaño, hojea libros ilustrados de Disney y detiene la mirada en los vestidos de Cenicienta o la Bella Durmiente. Le quedan por delante cuatro cursos para sacarse el bachillerato. Suspira: “Pero la escuela se me hace difícil. A veces me quedo dormida”.

La lucidez de Abigaíl es demoledora. Sabe que debe buscarse la vida porque no puede esperar ninguna ayuda de las autoridades: “Se habla mucho de los derechos de los niños. Pero en Potosí esos derechos no existen. Nos maltratan. Y queremos que las autoridades nos expliquen por qué nadie protege nuestros derechos, por qué no vienen a visitar nuestras casas en la bocamina. Nosotros tenemos miedo. Pero ellos están muy ocupados”.

¿Qué hacen las autoridades? El Ministerio de Trabajo boliviano tiene un Plan para la Erradicación Progresiva del Trabajo Infantil. Pero cuenta con un presupuesto exiguo y, en el caso de la minería, su actuación no va más allá de enviar a unos pocos inspectores de trabajo a las bocaminas y organizar algunos talleres de sensibilización. “Es cierto que disponemos de pocos recursos”, reconoce Eva Udaeta, directora del Plan, “pero antes no había nada. El Gobierno de Evo Morales es el primero que dedica algo de dinero a esta cuestión y, lo que es más importante, ataca la base del problema: la pobreza. Con los bonos para ayuda escolar, para las madres embarazadas, para los jubilados, ayudamos a que las familias padezcan menos necesidades y no tengan que enviar a los niños al trabajo. Lo más importante es que con este Gobierno tenemos un sistema económico que por fin invierte los grandes recursos del país en la mejora de las condiciones de vida de los bolivianos. Para acabar de verdad con el trabajo infantil, hay que acabar con la pobreza”.

Los chavales no esperan de brazos cruzados. Muchos de ellos, con 12, 14 o 16 años, se reúnen en asambleas, debaten sobre los derechos de los menores y las leyes bolivianas, redactan informes con sus peticiones y las envían a las autoridades locales para reclamar su atención. Son los grupos nats (“niños y adolescentes trabajadores”), organizaciones dirigidas y gestionadas por los propios jóvenes, que convocan congresos con grupos de toda Bolivia y luchan por mejorar las condiciones de los mineritos, los vendedores callejeros, los empleados del hogar, los lustrabotas…

Fernando Pérez tiene 18 años y por eso cumple sus últimos días como presidente de los nats en la región minera de Llallagua y Uncía. Nos muestra la casita que han construido con ayuda de Cepromin y varias instituciones extranjeras y que los propios jóvenes administran: comedor, sala de reuniones, dormitorios… También cuentan con un horno de pan y tres pequeños invernaderos, cuya producción sirve para financiar los gastos. Fernando está organizando un encuentro de nats de toda Bolivia, que se ha retrasado varios meses porque falta parte del dinero: “Es importante que nos juntemos”, dice, “para conocernos, compartir nuestros problemas y plantearlos a los políticos”.

Fernando empezó a trabajar en la minería con 13 años, en una tarea típica de los adolescentes: se dedicaba a filtrar las aguas sobrantes que vierten los ingenios, aguas cargadas de ácidos que corren por una quebrada pestilente, alfombrada de basuras y cadáveres de animales putrefactos, donde los niños rescatan las últimas arenillas de estaño. Trabajando ocho horas diarias en ese arroyo tóxico, su hermano Ricardo y él sacaban veinte sacos de treinta o cuarenta kilos que luego acarreaban hasta los almacenes compradores de mineral. Ganaban dos o tres euros cada uno, a cambio de quemarse la piel de los brazos, machacarse la espalda, sufrir dolores de cabeza y tener dificultades para respirar.

“Entonces éramos changuitos y aquello era bien duro”, cuenta Fernando. “Después descargamos camiones y trabajamos en la construcción. Mi hermano entró a la mina pero yo nunca quise. Es muy riesgoso. Hace mucho calor, se respira mal, se clavan piedritas filosas en los ojos y hartos mueren por los derrumbes. Una vez a mi hermano se le hundió el suelo bajo los pies. Salió trepando, corrió por el socavón y unos segundos después se derrumbó toda la zona”.

Fernando tiene muy claro lo que no quiere. Y lo que quiere: marcharse a Sucre para matricularse en Bioquímica y ser farmacéutico. Abigaíl también sueña con estudiar Medicina “para darles medicinas a los niños pobres y curarlos gratis”. Ambos pertenecen a esa nueva generación de mineritos que no se resignan a un futuro acorralado por derrumbes y enfermedades. Ambos pelean por salir del subsuelo.