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Con un poco de atención y una pizca de imaginación, cualquiera que se aventure por las calles del centro de Buenos Aires podrá ser testigo de un pequeño milagro: confundidos entre la multitud -esa marea de seres mal humorados que camina deslizando el pulgar por sus teléfonos inteligentes- surgen como sombras huidizas no uno sino diez Erdosain; veinte, tal vez treinta Astrólogos y un montón de Rufianes Melancólicos. Los héroes y villanos de Roberto Arlt están aquí, en esta Argentina del siglo veintiuno, más presentes si cabe que hace ocho décadas, para recordarnos que nada o muy poco ha cambiado y que la mosca, la biyuya, el vento o para entendernos mejor, la guita, sigue presidiendo las relaciones sociales en un país donde -dicen- nada es lo que parece.

“En las novelas de Arlt, el dinero define los enigmas y el suspenso de la trama”, escribe Ricardo Piglia en un ensayo sobre la literatura del autor de Los siete locos. Y las novelas de Arlt son, como se sabe, no sólo una radiografía exquisita de la Argentina de los años treinta. Son también relatos futuristas que nos envían desde el pasado continuas señales de alerta sobre nuestro presente. Pero dejemos por un momento a los lunáticos arltianos y centrémonos en esos seres atormentados que pululan por el centro de Buenos Aires. Hablan sin pausa del negocio que están a punto de concretar, de la subida desenfrenada de los precios, de un descuento mayúsculo en este o aquel supermercado, de un dos por uno imperdible en el cine, de las veinticuatro cuotas sin intereses con las que pagarán las vacaciones o de lo caro que está el dólar -siempre el dólar- y lo poco que rinde el salario.

Cuando me instalé en Buenos Aires, en enero de 2008, una de mis distracciones fue registrar extractos de conversaciones, palabras y frases entrecortadas con las que se podrían armar -como si se tratara de una novela de Perec- interminables historias de vida cotidiana. No es una tarea difícil. El argentino, que ama el exhibicionismo hasta límites insospechados, habla para que lo escuche no sólo su interlocutor más cercano sino, a ser posible, todo el mundo. Relegados a vivir en el culo del mundo por un malentendido con Dios (en el momento de crear al argentino todavía no estaban muy claros los atributos sublimes que desarrollaría el porteño, que todo lo sabe, hasta lo que desconoce), los argentinos tratan de que su voz se perciba allende los mares. No importa si no encuentran respuesta al otro lado del Atlántico. El argentino habla también -o antes que nada- para sí mismo. Vive, como vislumbró Ortega y Gasset, entregado no a una realidad sino a una imagen: “Es sobremanera Narciso. Es Narciso y la fuente de Narciso. Lo lleva todo consigo: la realidad, la imagen y el espejo”.

Con el paso de los años, la capacidad de observación se va diluyendo y el extranjero asume como normales ciertos hábitos y situaciones del país en el que vive, los mismos hábitos y situaciones ante los que el recién llegado no deja de asombrarse: después de vivir varios años en La Habana, por ejemplo, me parecía normal ver salir del agua en la bocana de la bahía a un buzo con un pargo de diez libras en las manos.

Hace ya tiempo que tengo tan asimilada la palabra “guita” como, por ejemplo, el hecho de que los autos circulen ocupando su carril y el del vecino. Tampoco pregunto ya a nadie en qué momento fueron bombardeadas las aceras de Buenos Aires, y asumo los esguinces como un daño colateral de esa guerra que debió de librar la ciudad. No arqueo ya las cejas cuando el cliente que está delante de mí en el Farmacity paga una pasta de dientes con su tarjeta de crédito en tres cómodas cuotas. Y hasta veo lógico que los colectivos de la línea que más uso -la 152, que va de Olivos a La Boca- pasen por la parada de tres en tres. Tampoco me sorprende ya, por otra parte, cruzarme con tantas librerías como bares de moscas hay en mi Madrid natal. Pero al principio sí me causaba perplejidad.

“La preocupación por el dinero es el tema de conversación preferido de los argentinos”, anoté en un cuaderno a poco de llegar a Buenos Aires. Era, obviamente, un comentario exagerado, pues nada hay más excesivo que tomar la parte por el todo y hablar de una sociedad en términos generales. Pero si asumimos como un acto de fe la inevitable generalización, a esa entidad que llamamos “argentino” (o más específicamente “porteño”), no parece importarle demasiado el contexto en que se encuentre para mentar la bicha. Hace unas semanas hablaba con una joven librera de la avenida Corrientes sobre la gran oferta cultural que brinda Buenos Aires, con su celebrada escena de teatro independiente, los recitales de todo tipo de música, exposiciones, ferias artísticas… “Sí, todo eso está muy bien si tenés plata -me interrumpió-, los recitales son caros y el teatro también”. Y a continuación me preguntó si yo me lo podía permitir. Solo le faltó interesarse por mi sueldo, una afición (la de querer saber cuánto gana el de al lado) muy argentina, sobre todo si el de al lado es extranjero. El único límite que parece haber en materia crematística es hablar del dinero propio -gran tabú- porque en el imaginario argentino el enriquecimiento personal y la corrupción caminan de la mano.

Para tratar de discernir qué hay de cierto en el mito de la obsesión de los argentinos con el dinero nada mejor que bucear un poco en la historia sociopolítica del país. La socióloga Ana Wortman, autora entre otros libros de Construcción imaginaria de la desigualdad social, me despeja algunas dudas. En los salones de tango de París -me cuenta Wortman- había un dicho recurrente: “Rico como un argentino”. Eran los tiempos de la acumulación de riqueza gracias al filón de la exportación de ganado y trigo. Aunque la riqueza -me aclara la socióloga- la ostentaba la oligarquía terrateniente: “Esa parte de la sociedad argentina se caracterizaba por estar al tanto de la novedad, ser consumista y viajar por Europa. Siempre estuvo muy atenta a la moda y tenía una vasta vida social donde sacaba a relucir sus adquisiciones en la casa y en la estancia. Y ahí quedó esa imagen del argentino como un tipo consumista, exhibicionista, que no tiene inconveniente en gastar y en mostrarse, en tirar lo que ha pasado de moda”.

Una imagen que ya percibieron algunos viajeros extranjeros hace más de cien años. Como el dramaturgo catalán Santiago Rusiñol, que visitó Argentina durante el centenario de la independencia (1910) y se quedó pasmado: “Acá el dinero es el rey”. O el escritor polaco WitoldGombrowicz, que vivió más de veinte años en el país a mediados del siglo pasado: “La Argentina -escribe en sus diarios- es un estanciero entre las naciones, un oligarca orgullosamente sentado sobre sus espléndidos territorios”.

La obsesión del argentino por el dinero se manifiesta, no obstante, tanto en épocas de abundancia como de crisis. En El País de las maravillas (1998), el escritor chaqueño MempoGiardinelli explica cómo se forjó ese vínculo especial con la plata: “Si hay muchos mitos que uno sabe que pueden tener validez en otras sociedades, como es lógico, probablemente éste sea uno de los más genuinamente argentinos. Y desde luego que tiene que ver con la perversa relación que hemos entablado con la economía a lo largo de por lo menos el último medio siglo; deriva de la pesadilla que hemos venido padeciendo los argentinos de por lo menos tres o cuatro generaciones: el proceso de constante empobrecimiento, lo que se llama la pauperización de la sociedad (y no sólo de las clases medias) llevó a esta especie de oficio paralelo que todos los argentinos tienen: ser un poco economistas aficionados por imperio de las circunstancias”.

Y las circunstancias han sido bastante convulsas en Argentina ¿Será entonces verdad que en cada argentino se esconde un economista? Los procesos traumáticos dejan huellas que condicionan la conducta futura del sujeto, me explica el psicoanalista Gabriel Rolón, autor de best-sellers como Historias de diván. “Los vaivenes económicos de la economía argentina han dejado marcas; procesos como el Rodrigazo (una gran devaluación del peso unida a un fuerte aumento de los precios) en los años setenta o la crisis de 2001 seguramente han dejado una inquietud acerca del tema del dinero que lo ha vuelto una cuestión de permanente ansiedad para nosotros”. Argentina -me recuerda Rolón- está poblada por descendientes de inmigrantes que vinieron huyendo de la guerra y el hambre en Europa, gente que guardaba cada peso que ganaba para construirse un futuro o para enviar a su familia en sus países de origen. Rolón ha viajado recientemente por España y Grecia y ha podido constatar que la virulencia de la crisis ya está dejando también su marca en la relación de esas sociedades con el dinero. “Psicológicamente hablando, el dinero no es más que un sustituto de la completitud y el poder. Hay otros valores, como la cultura, el talento, etc., que pueden ocupar ese lugar de hacernos sentir seguros y potentes, pero en la sociedad capitalista el dinero viene como anillo al dedo para buscar esa impostura en busca de una completitud que nunca será posible. El ser humano es un ser en falta, por suerte”. Me comenta Rolón que sus pacientes sólo le hablan de plata cuando tienen problemas económicos. Los ahorristas, por ejemplo, suelen ser sujetos bastante neuróticos.

Una ansiedad que se manifiesta a la hora de decidir cómo rentabilizar el dinero sobrante y que atañe por tanto a las clases medias y altas. Todo argentino al que le sobra un mango a final de mes sabe a cuánto cotiza el dólar, la moneda refugio de un país que vivió el sueño de la convertibilidad (un peso: un dólar) durante la década de los noventa, los años del “deme dos”, cuando muchos argentinos iban a Miami de compras como quien baja al quiosco de la esquina a por tabaco. Los años de pizza y champán, el gran legado político de aquel taumaturgo con patillas conocido popularmente como El Innombrable (por lo que respetaremos la sabiduría popular y no lo nombraremos), que privatizó medio país y prendió la hoguera para el gran incendio de 2001. A excepción de esos años, la preocupación por la cotización del dólar siempre ha estado presente entre los argentinos. Con una inflación que ronda el veinticinco por ciento anual (aunque el gobierno solo reconoce un diez por ciento), el ahorro en divisas era algo habitual entre las clases medias y altas hasta que la presidenta Cristina Kirchner logró la reelección en octubre de 2011 con una abrumadora mayoría y decidió acabar con lo que denominó “ahorro especulativo”. Y ella misma, para dar ejemplo, se aplicó el cuento y pesificó sus ahorros en dólares (es decir, dejó de especular). El control cambiario había llegado para quedarse. El Estado -argumentó el gobierno- necesitaba divisas para hacer frente al pago de importaciones y vencimientos de deuda. Y las divisas se estaban esfumando: 80.000 millones de dólares en los últimos cinco años, según datos oficiales: ni más ni menos que el dieciocho por ciento del PIB.

En el otro lado de la trinchera, los críticos vieron en el cepo al dólar una suerte de corralito en divisas. Sólo en algunos supuestos (viajes al exterior, pago de determinadas importaciones) se pueden comprar dólares de manera legal en el país que, después de Estados Unidos, atesora más billetes verdes en el mundo. A cada argentino le corresponderían, según datos del Tesoro norteamericano, 1.300 dólares frente a los seis dólares per cápita de Brasil. Aunque en las filas oficialistas se defiende la medida como una salvaguarda de la economía nacional, entre la tropa hay opiniones para todos los gustos, desde los defensores acérrimos del control cambiario hasta los que se preguntan por qué el gobierno al que votaron les obliga ahora a cometer una ilegalidad para adquirir dólares. “¿Por qué tengo yo que ir a una cueva (los chiringuitos financieros donde opera el mercado negro) como si fuera una delincuente?”, se pregunta una profesional relacionada con el mundo de la cultura.

Las quejas y alabanzas por el cepo al dólar se apropiaron en los últimos meses de las conversaciones sobre el dinero. En una cena con tres amigos kirchneristas (el antiguo binomio peronista/gorila quedó hoy superado por el de kirchnerista/antikirchnerista), todos caen en una curiosa contradicción: la norma es buena para el país -argumentan- y mala para ellos, que también necesitan dólares para salir fuera del país. “A mí me cagaron, viajo a Ecuador y necesito dólares”, se lamenta uno de ellos. “Yo intenté pedir dólares a la AFIP (la Hacienda argentina que autoriza unos cincuenta dólares por día para los viajes al exterior, aunque el sistema se cae cada dos por tres y en la práctica resulta totalmente arbitrario a la hora de asignar divisas) pero me pidieron una clave fiscal y no tengo”, confiesa otro. “Y ni se te ocurra pedirla”, interviene el tercero: “Cuanta menos información tengan de vos, mejor; están esperando que llames a su puerta para cazarte”.

Hablemos de guita

Pero cómo no hablar de dinero todo el tiempo si los medios de comunicación se desayunan con ese asunto y concluyen la jornada de la misma manera. No hay más que encender el televisor y sintonizar alguno de esos canales que ofrecen noticias (la misma noticia todo el tiempo) durante las veinticuatro horas del día. Ahí está el analista de turno hablando de guita. Hoy toca el salario de los porteros de Buenos Aires, un tema que no deja indiferente a nadie pues hay quien piensa que ganan demasiado (su sueldo está muy por encima del salario promedio, que ronda los cinco mil quinientos pesos mensuales, unos novecientos euros). “Si el portero de mi edificio gana más que yo, es que algo anda mal en este país”, recuerdo que me comentó un amigo periodista. Se equivocaba: lo que anda mal no es Argentina sino el oficio de periodista, aquí y en Pernambuco. Cambio de canal y escucho que alguien habla de la corrupción en España y los sobresueldos en el Partido Popular. “Mirá, estos españoles están copiando lo que hacíamos acá”. Sin embargo, no está muy claro quién copió a quién. No hay más que leer a Belgrano, uno de los próceres de la independencia, en una de las cartas que envió a su padre sobre lo que vio en la España de finales del siglo dieciocho: “Mi querido padre, la plata puede mucho bien dirigida, teniendo algún conocimiento en las cosas de la Corte y sabiendo los conductos se llega a conseguir lo que se quiere con ella; aquí más vale aparentar riquezas que pobreza, pues a todos abre los ojos el metal”.

Cambio de nuevo de canal y me topo con el objeto más deseado del momento: el dólar. En seguida pienso en Guillermo Moreno, el todopoderoso secretario de Comercio. En tiempos en que el dólar paralelo está batiendo todos los récords y ha superado los 7,50 pesos -es decir, un cincuenta por ciento por encima del oficial- Moreno acaba de pronosticar que el dólar oficial podría llegar a los seis pesos a finales de 2013; tengamos en cuenta que a principios de año ronda los cinco pesos. Y si lo ha dicho Moreno, una suerte de Rasputin del kirchnerismo capaz de recibir a ciertos empresarios con guantes de boxeo para poner las cosas claras desde el principio, como mínimo conviene prestar atención, por más complicado que resulte en este país asimilar rápidamente los avatares del dólar.

Si algún extranjero aterrizó por primera vez en Argentina el pasado 17 de enero, probablemente no haya podido entender los titulares de la prensa de ese día: “El dólar blue llegó a 7,50 pesos”. ¿El dólar blue? No tengo la menor idea de por qué al dólar que se vende en el mercado negro no lo denominan por su nombre, “negro”, en lugar de llamarlo blue. Y eso no es todo, porque en Argentina hay tantas especies de dólares que cuesta proponer un inventario. Está el dólar blue de las cuevas y el green de los “arbolitos”, esas plantas humanas que pueblan la céntrica calle Florida al grito de “cambio, cambio” y que poseen el don de la invisibilidad, pero sólo ante la policía. Está el dólar celeste de las operaciones inmobiliarias (porque en Argentina, ver para creer, los pisos se construyen en pesos y se venden en dólares) y el dólar turista de los gastos con tarjetas; hay un dólar soja, un dólar maíz, un dólar girasol: cada uno con su propia cotización. Y hasta un dólar bautizado con el extraño nombre de “contado con liqui”, que se utiliza para la fuga de capitales por la vía legal.

La asimilación social del dólar paralelo es tal que los principales diarios argentinos publican en sus páginas financieras no sólo la cotización del dólar oficial sino también la del negro (quiero decir, blue). Como no podía ser menos, en las redes sociales ya hay quien informa de la cotización del dólar paralelo a todas horas: @dolarblue, @dolarcable, @dolarlite.

Para rizar el rizo, recientemente apareció una aplicación informática que sigue los altibajos del dólar paralelo en tiempo real en iphonesyipads. Como se sabe, los argentinos son los reyes del invento. Ahí está Erdosain y su rosa de cobre para atestiguarlo. Se autoproclaman inventores del bolígrafo (que en Argentina llaman con el peculiar nombre de birome en honor a su creador, el húngaro nacionalizado argentino László Biro) y del autobús urbano o colectivo (puedo dar fe de que fueron ellos los creadores del cacharro: por Buenos Aires circulan los prototipos más viejos del planeta). Pues bien, una empresa argentina de sitios web, Bullpix, está detrás de la aplicación del dólar blue, una de las más demandadas de Apple en Argentina. “Primero regalamos la aplicación a nuestros clientes. Luego decidimos cargarla en el App Store de manera gratuita por dos días y la descargaron más de tres mil personas. La pasamos al modo pago para poder mejorarla. Ahora cuenta con notificaciones en donde se informa por hora los cambios en la cotización”, relata Alejandro Donzis, director comercial de la empresa, al diario El Cronista Comercial.

Sin tantos alardes tecnológicos, Agustín, un treintañero que lleva siete años en el negocio del dólar paralelo, cuenta y recuenta billetes tras una ventanilla en un local de Barrio Norte, una zona de clase media-alta de la capital. “Dame pesos”, ordena sin que haya nadie más a la vista. Unos segundos después, un bote de plástico desciende por una plataforma habilitada en una esquina del habitáculo donde trabaja. “Cien, doscientos, trescientos…”. Los dedos de Agustín son más rápidos que la vista. En unos segundos, le entrega 7.450 pesos a un cliente que le ha vendido mil dólares. Todo en la cueva de Agustín -el tabuco de dos por dos donde atiende, la luz mortecina, las paredes cuarteadas- tiene un aire de sordidez que no desentona con la actividad que allí se practica: la usura. El sociólogo alemán Georg Simmel ya advirtió en La filosofía del dinero (1905) que las relaciones humanas quedaron marcadas a fuego desde la aparición de un instrumento de comercio que se transformó en un fin en sí mismo. Con el dinero surge el individuo calculador en detrimento del individuo contemplativo.

“Esto no tiene mucha ciencia: se trata de comprar y vender”, me asegura Agustín. Pero tiene más ciencia de la que parece. “Faltan dólares en el mercado, por eso hay tanta demanda, y la va a seguir habiendo porque el gobierno no va a salir a vender dólares; hay que entender una cosa: el cepo cambiario no se va a acabar”.

El cuevero habla de economía con desparpajo. La espiral inflacionaria: ahí está el problema. Argentina se precipita hacia esa espiral y a la paralización del crecimiento. O sea: la temida estanflación. Agustín parece un economista, pero no lo es. “Lo que pasa es que leo mucho, me gusta estar enterado de las cosas, porque yo también muevo mi plata: en oro, en bonos, donde vea que va a ser más rentable”. Entre lección y lección, suena el teléfono. Y Agustín contesta telegráficamente: “Euro: ocho noventa”. Como si fuera un cambio legal, cada día, desde las diez y media de la mañana, los cueveros como Agustín llaman a una “central” para informarse sobre el precio de cada divisa de acuerdo a la oferta y demanda. “Son bancos y mesas de dinero de la City (el Microcentro porteño) las que marcan la pauta”.

Cada día el mercado negro mueve al menos veinte o treinta millones de dólares, el tres por ciento del total. Los técnicos lo llaman mercado ilíquido porque se trata de un volumen pequeño donde unos pocos jugadores pueden mover el tablero a su antojo. Pero Agustín no tiene dudas sobre quién respalda la existencia de ese mercado paralelo: “Al que más le interesa que exista es al propio gobierno, que así puede operar con sus dólares en los dos mercados: el oficial y el paralelo. Ellos son los formadores de dinero”.

El negocio del cuevero está estrechamente relacionado con la veneración que sienten los argentinos por el dólar. Moneda fetiche, el billete verde será siempre garantía de ahorro. “Yo lo explico con el ejemplo de la campera: Vos te olvidás una campera en mi negocio y regresás dentro de un año; en un bolsillo dejaste cien pesos y en el otro cien dólares; con el primer billete podrás comprar un treinta por ciento menos (por la inflación) mientras que el segundo lo seguirás guardando porque no perdió su valor, al contrario. ¿Se entiende?”.

Meridianamente.

Y mientras Agustín continúa hablando de márgenes y centavos, el ejemplo de la campera me lleva a pensar en todos esos lugares donde los argentinos guardan sus ahorros. La desconfianza en los bancos tras el corralito financiero de 2001 llevó a mucha gente a esconder el dinero en los rincones más insospechados de sus casas: bajo una encimera, en el balcón o entre la ropa, como esa campera ficticia de Agustín. Otros prefieren no arriesgar tanto y depositar sus dólares en los bancos, pero no en una cuenta sino en una caja de seguridad.

Según el diario Ámbito Financiero, en Argentina hay setecientas mil cajas fuertes en las entidades bancarias. Cuántos dólares acumulan esas cajas es un misterio. Hay también quien decide encastrar la caja fuerte en su propio hogar.

En el apartamento que alquilé cuando llegué a Buenos Aires había una enorme caja fuerte en el cuartito de la lavadora. De hecho, la caja tenía el tamaño de una lavadora. Estaba cerrada a cal y canto y nadie se acordaba de la clave para abrirla. Durante los primeros días soñé con que unos ladrones entraban en casa y me torturaban para que cantara la combinación. Como no la sabía, me iban cortando los dedos de las manos y cuando ya sólo quedaban muñones me despertaba gritando. Le pedí encarecidamente a la administradora del piso que se llevara esa cosa maligna de mi departamento o que al menos la dejara con la puerta abierta. Pero no fue tan sencillo. El dueño vivía en el extranjero y no recordaba la clave, así que la administradora tuvo que contratar a unos expertos en cajas de seguridad. Primero vino el operario estilista, pero aunque gesticuló como esos ladrones de guante blanco que salen en el cine, no logró dar con la fórmula adecuada. Se marchó cabizbajo. Después llegaron los reventadores profesionales, tipos rudos con taladradoras, martillos y refrescos de cola. La caja pesaba un quintal y la única forma de no fundir el ascensor era trocearla. Rompieron varias brocas antes de poder perforar el acero del armatoste. Nunca supe muy bien qué hicieron esos “expertos” tanto tiempo en el cuarto de la lavadora, pero estuvieron varios días hasta que finalmente consiguieron separar la puerta del cuerpo de la caja y mi pesadilla, por fin, se acabó.

Le he perdido el hilo a Agustín durante unos segundos pero no importa porque él sigue en lo suyo: “El dólar blue va a continuar subiendo aunque el gobierno devalúe el oficial; si no pone dólares a la venta, la brecha seguirá”, está diciendo ahora. No hay una salida fácil, según el economista cuevero, porque si se elimina el cepo cambiario la gente irá en masa a comprar dólares: “Es la cultura argentina; somos así”.

La obsesión por el dólar existe desde hace décadas. “Salarios, precios, tipo de cambio: todo el mundo habla de dinero, todos los que pueden permitírselo compran dólares en el mercado negro. Y pronto el visitante se ve afectado por la histeria”. Cualquiera podría suscribir esa frase hoy, pero fue escrita en 1972. V.S. Naipaul palpaba entonces la realidad argentina para escribir su extensa crónica sobre el peronismo: El regreso de Eva Perón. El traductor de Borges, Norman Thomas di Giovanni, que llevaba tres años viviendo en Buenos Aires, le traslada a Naipaul esa impresión: “Empiezas a tener la sensación de que te estás pasando los mejores años de tu vida en casa del cambista. Voy allí algunas tardes igual que otras personas van de compras; sólo para ver qué se ofrece”. Para seguir el consejo de Di Giovanni, me acerco a visitar a Agustín algunas tardes de este verano austral mientras paseo por Buenos Aires. Me gusta verle contando billetes a toda velocidad: cien, doscientos, trescientos, mientras ordena que bajen el frasquito con los pesos en su tabuco de dos por dos.

Es el triunfo de la sociedad del cálculo.

Coaching in theriverplate

Seguramente Agustín no necesite los consejos de Nicolás Litvinoff, un economista (con título universitario) devenido coach financiero. Cuando oí hablar de él no tenía idea de qué demonios era un “coach” financiero, una de esas maravillosas expresiones de nuestra época globalizada. “No es más que el coaching ontológico aplicado a las finanzas”, me suelta Litvinoff.

Sigo sin entender nada, así que abro su libro Es tu dinero e intento enterarme de qué hablamos cuando hablamos de coaching ontológico: “Se basa en la premisa de que existe una relación directa entre nuestra forma de observar el mundo, las acciones que emprendemos y los resultados que obtenemos; por ende, su meta principal es transformar el tipo de observador que somos (…) para alcanzar los objetivos planteados”.

Aplicado a las finanzas, el trabajo del coach es lograr que el inversor cambie y mejore su punto de observación de la realidad económica para lograr resultados tangibles. Voy entendiéndolo.

Nicolás me ha citado en una cafetería de Salguero y Libertador, una de las zonas más nobles de Buenos Aires, donde uno imagina que a la gente no le hacen falta muchos consejos para conseguir plata. “Lo que hago es darle una vuelta de tuerca al coaching y fusionarlo con las finanzas; trabajé en sociedades de bolsa manejando cuentas de terceros e impartí clases de economía financiera; junto todo eso y salgo con el coaching financiero”. Y para ello fundó Estudinero.net, un sitio de Internet al que se apuntan desde contables hasta mineros o taxistas en busca del tiempo (y del dólar) perdido. En sus clases, el coach enseña a sus alumnos a “invertir con fundamentos”. “La intuición siempre genera pérdidas”, es una de sus premisas.

Tenía mis dudas sobre las diferencias entre un coach y un asesor financiero, pero empecé a despejarlas cuando Nicolás me comentó que estaba terminando su primera novela: Maten al asesor financiero. Parece que los coach no se llevan muy bien con los asesores. “Hay siempre un conflicto de intereses entre el asesor y su cliente, porque el asesor piensa sólo en el bonus de fin de año que le corresponderá por la cantidad de productos que haya podido colocar”. Y el coach, según Nicolás, trabaja en un plano más emocional. ¡Qué buen rollo! En cualquier caso, a mí la parte de la charla con Litvinoff que más me interesa es cuando me revela que él no trabaja más de cuatro horas por día. Trabajar menos y ganar más, de eso se trata. Erdosain y el Rufián Melancólico se unen a nuestra mesa.

“La pregunta clave -nos informa el coach a los tres- es si conviene dedicar el ochenta por ciento de nuestro tiempo a generar los ingresos o, por el contrario, trabajar el veinte por ciento de nuestro tiempo para generar el ochenta por ciento de los ingresos”. Para ello, hay que vender bien nuestro talento. “Internet te da la posibilidad de llevar este tipo de vida que yo propongo: nunca fue tan fácil montar un negocio como hoy en día, se trata de buscar aquellos nichos no explorados”. Litvinoff los llama Vehículos Automatizados de Ingreso. Otra expresión maravillosamente posmoderna.

“Se vende talento. Razón aquí”, podría ser el lema del trabajo por cuenta propia que viene. El problema, según el coach, es que no todo el mundo sabe potenciar su capacidad. Y los que saben hacerlo -pienso yo- también pueden caer en las redes de la ansiedad: Litvinoff relata en su libro la aventura ficticia de un broker de bolsa argentino que decide manejar cuentas de terceros desde su casa. Después de informarse bien (siguiendo los mandamientos del coaching), invierte en paquetes de acciones de los países emergentes, los llamados Brics, muy en boga. Al principio le va de maravilla, con ganancias de mil quinientos dólares por día, el sueldo de un mes y medio en su trabajo anterior. Pero un día la Bolsa da un giro inesperado y el broker comienza a perder al mismo ritmo que antes ganaba. Todo eso le genera un estrés incontrolable, vive pegado a la computadora hogareña todo el tiempo, se queda desvelado hasta la madrugada para ver cómo se comportan los mercados asiáticos, come mal, discute con su novia: un infierno. Hasta que cambia la estrategia inversora y logra revertir la caída de su cuenta de terceros. El cuento tiene un final feliz, porque el broker acaba ganando en quince días tres mil quinientos dólares. Pero maldita la gracia. A punto ha estado de que lo llevaran a urgencias por un paro cardiaco. “Tiene algo de autobiográfico, sí”, confiesa Nicolás para saciar mi curiosidad.

Los consejos de Litvinoff sobre cómo utilizar el dinero y el tiempo se venden bien en las librerías, pero no han logrado batir a la auténtica estrella de la temporada, el best-seller de la divulgación económica: Economía a contramano, del periodista Alfredo Zaiat. “Yo no veo en la Argentina una obsesión con el dinero como objeto fetiche del sistema capitalista diferente a la que puede haber en otros países; lo que sí existe es una obsesión con el dólar”, me explica Zaiat.

En su libro -lectura de cabecera de la presidenta Kirchner-, Zaiat dedica un capítulo a esa obsesión. Y relata algunas curiosidades interesantes, como la peculiar manera en que viajan todos esos dólares que acumulan los argentinos desde la Reserva Federal hasta el Banco Central de Argentina. Todo un negocio para Washington. En concreto, el Tesoro norteamericano recibió tres mil doscientos veintitrés millones de dólares en intereses sólo en 2005. “Los argentinos que se aferran a esos billetes merecen saber que, de forma gratuita (…), han colaborado con esa suma millonaria a las finanzas de Estados Unidos”. Para Zaiat, lo que sí diferencia a Argentina de otros países es la cultura rentista que hunde sus raíces en la posesión de vastas áreas de tierra tremendamente productivas, pero en muy pocas manos. “Una cultura que no se dio en otras partes del mundo con una bendición de la naturaleza similar a la nuestra”, dice.

Defensor del control cambiario impuesto por el gobierno, el autor de Economía a contramano cree que lo que está en juego es la recuperación de la soberanía monetaria del país, rifada a su suerte durante décadas de políticas neoliberales.

Los libros de divulgación económica, como el de Zaiat, inundan las estanterías de las librerías argentinas. Pero el dinero no está muy presente en la literatura actual. No siempre fue así. La investigadora del Conicet Alejandra Laera, doctora en Letras, me cita en el bar del Museo Sarmiento para explicarme en qué momentos puso el foco la literatura argentina en el dinero. Laera, que pronto publicará su ensayo Ficciones del dinero. Argentina, 1890-2001, ha detectado una estrecha relación entre esas dos épocas. Dos momentos que combinan una gran modernización con un desastre económico. Esa tesis reveladora nos lleva a conectar a Julián Martel -el primer autor que se ocupó del dinero a conciencia en La Bolsa (1891)-, con los narradores contemporáneos que entre 1990 y 2001 escribieron obras en las que el dinero se articula como motor de la trama. En La Bolsa, Martel escribe por primera vez sobre un asunto -el dinero- que antes solo había aparecido de manera tangencial, como en los registros de gastos de Sarmiento que, por cierto, anotaba hasta las orgías.

“Es a partir de esa crisis de 1890 cuando las novelas se hacen cargo de esa nueva realidad, el dinero, la crisis, la especulación bursátil. Al mismo tiempo, los diarios comienzan a publicar noticias relacionadas con las finanzas, los suicidios que provoca la crisis, etc.”. Y ese ciclo de novelas relacionadas con el dinero concluirá a finales de la década del veinte, con Los siete locos y Los lanzallamas de Arlt. Después, y aunque otros grandes escritores, desde Borges a Saer, trataron el asunto a su manera, habrá que esperar hasta otra etapa de abrupta prosperidad y crisis para encontrarnos con el dinero como protagonista en la narrativa argentina.

En la década de 1990 se escriben, según Laera, cinco novelas que tratan el dinero no ya como el nuevo héroe moderno que proclamara Balzac sino como su reverso. “Son tramas que refuerzan la idea de la abstracción intrínseca del dinero; más que del dinero hablan de la desaparición del dinero”. Ahí están El aire (1992), de Sergio Chejfec, donde el vidrio reemplaza a monedas y billetes; Wasabi (1994), de Alan Pauls, donde la beca concedida a un escritor se transforma en una pesadilla que le provocará el crecimiento de un quiste; Plata quemada (1997), de Ricardo Piglia, donde arde el dinero de un robo; Varamo (1999), de César Aira, con el dinero falso como protagonista, y La experiencia sensible (2001), de Rodolfo Fogwill, donde una familia se ve abocada a gastar su plata en un casino de Las Vegas.

“Estas novelas -señala Laera- son una apuesta por escribir las ficciones del dinero desde la interpelación y la denuncia de situaciones vinculadas al contexto político y social del país, y creo que es importante la conexión con las obras del diecinueve. Aunque son novelas de temáticas y propuestas diferentes, las obras de finales del diecinueve y las de la década del noventa coinciden en algo esencial: destacar la tensión entre modernización y crisis; se trata de ciclos modernizadores con mucha inversión, mucho consumo lujoso, y ambos terminan con crisis no solo económicas sino institucionales”.

Pero si hay un escritor que sublimó el dinero como trama central de su obra fue Roberto Arlt, autor de algunas de las grandes novelas de la literatura en español del siglo veinte. Piglia ha visto en Arlt al gran urdidor de la ficción del dinero. “En sus novelas -escribe Piglia- el dinero aparece como causa y como efecto de la ficción. Causa, porque para tenerlo es preciso mentir, estafar, hacer el cuento. Efecto, porque ese enriquecimiento siempre postergado desencadena la historia de todo lo que se va a hacer, cuando se tenga dinero”. Laera también comparte esa lectura sobre la narrativa de Arlt: “Tanto Los siete locos como su continuación, Los Lanzallamas, representan el momento culminante de las ficciones del dinero”.

El escritor Martín Kohan (Buenos Aires, 1967), uno de los mejores narradores de su generación, también cree que Arlt da en el clavo al subrayar una de las dos fantasías que dominan el imaginario argentino: la riqueza repentina a través del batacazo. Su contracara es la ruina fulminante, que tanto ha cantado el tango. “La idea del batacazo arltiano va en contra de esa filosofía de nuestros abuelos, el trabajo diario, el separar el pesito, el ahorro”, me cuenta Kohan en el escenario del teatro Grand Splendid, rodeado de actores políglotas que no paran de tomar café. Llegó a la cita con una camiseta deportiva y una mochila a cuestas. No parece un intelectual. Pero su vida son los libros y la docencia. “Mi principal capital es el tiempo”, me confiesa, para luego explicar que le revienta perder un día en trámites burocráticos.

Kohan es un argentino atípico, poco o nada preocupado por el dinero. Aunque esa indiferencia no lo protege del virus: “Hoy fui a comer a una parrilla normal en un barrio normal y cuando me levanté para ir al baño pasé bordeando tres mesas y en todas escuché conversaciones relacionadas con el dinero. Es interesante pensar en esa persona que aunque no esté directamente ligada al tema de la plata se interesa de alguna manera, porque el dinero está en el ambiente. En mi memoria de argentino, siempre fue un tema del que había que saber algo, como el clima del día”.

A Kohan no le duelen prendas en reconocer que él mismo, un antimenemista declarado, se sintió de alguna manera mesmerizado por la convertibilidad. “El ideologema del uno a uno (un dólar: un peso) me quedó inoculado con una fuerza que iba más allá de la racionalidad”. De repente, a alguien como Kohan -que cultiva el anticonsumismo- se le encendían los ojos ante la cantidad de libros y discos importados que podía adquirir. “Más allá de que el uno a uno no tenía ningún fundamento económico y estaba destinado a desmoronarse, están las razones ideológicas por las que funcionó; la convertibilidad tocó un deseo colectivo, la voluntad de creer en que se puede ser otra cosa”.

La idea nos lleva de nuevo a principios del siglo veinte, a los estancieros que viajaban a Francia con su vaca en la bodega del barco, al sueño de una nación que quiso ser y no fue la Estados Unidos del sur. El peso mirando de tú a tú al dólar era eso: la idea de pertenecer a un primer mundo privilegiado, donde el consumo desbocado (“deme dos”) sería el nuevo becerro de oro. “La crisis de 2001, además de todo el empobrecimiento que causó, lastimó ese imaginario”, subraya el autor de Ciencias morales. Y el paciente ya estaba tocado después de sufrir la hiperinflación de finales de los años ochenta.

“El filósofo Tomás Abraham se refirió en un artículo a que el verdadero miedo social actual en Argentina viene estimulado por el fantasma de la hiperinflación, por encima de otros traumas sociales como el que dejaron en el país los represores de la última dictadura; es terrible pero auténtico”, apunta Kohan. Los traumas económicos marcaron a fuego en la sociedad un “reflejo defensivo” que no ha desaparecido y que no tiene nada que ver con la especulación pura y dura que practican algunos. “El dinero -dice el escritor- no es una cuestión relevante en mi vida, pero sí tengo ese reflejo de ahorro; no tengo avidez en ganar dinero: mi reflejo es no gastar”.

Me despido de Martín Kohan en la cafetería de la deslumbrante librería El Ateneo, ¿o era el escenario del Gran Splendid?, y me encamino hacia casa. Tengo que hacer algunos arreglos en la baulera. Cada vez que entro en esa covacha llena de trastos y veo la caja fuerte troceada me vienen a la memoria aquellos días de angustia, cuando me atormentaba la idea de que los expertos de las taladradoras y los martillos nunca pudieran terminar su trabajo. Arrumbada en una esquina de la baulera quedó la puerta de la caja. Nunca olvidaré el día en que uno de los operarios, con los ojos enrojecidos de tanto polvo tóxico, me gritó la buena nueva: “¡Ya está listo, capo!”. Quise ser testigo del momento de la apertura. ¿Qué preciado tesoro se escondía en aquel cofre misterioso? Entré apurado a la habitación y me asomé impaciente por encima de los hombros del operario. En la caja fuerte no había nada: ni un peso ni un dólar ni una joya. Ni siquiera un papelito socarrón con la frase “¡Te mataron por nada, pelotudo!”. Solo vacío y nada más.

Existe la falsa idea de que en Brasil todo es alegría. La imagen del carnaval de Río de Janeiro, las garotas en la playa de Ipanema, el fútbol festivo en blanco y negro de la verde-amarela liderada por Pelé y ahora el fútbol eléctrico de Neymar e, incluso, la sonrisa barbuda de Lula da Silva han construido y cimentado el mito. Quien dice alegría, quiere, en el fondo, decir también descontrol, laisse faire. Pero las cosas no son tan sencillas, nunca lo son.

Cuando un par de años atrás me mudé a Río, casi todas las charlas telefónicas con amigos en Buenos Aires terminaban así:

—¡Qué bueno gordo! ¡Ahora ya tenemos casa donde parar cuando vayamos de vacaciones a Río!

Y lo que sonaba a chiste era en realidad una amenaza que se fue cumpliendo poco a poco.

Los primeros en llegar fueron Juan y Mariano. En las charlas previas Juan ya me había consultado, con bastante anticipación e interés, si se podía conseguir “algo rico” para fumar. Algo rico en esta parte del mundo se dice macona. Entonces no sabía lo que hoy sé sobre esta ciudad. Con la impunidad que da la ignorancia le respondí que seguro algo íbamos a encontrar.

Ni bien llegaron mis invitados, nos pusimos en marcha. Arrancamos para el barrio de Lapa. Pegado al centro histórico de Río, Lapa es la zona más de moda de la ciudad, con numerosos bares, restaurantes, hoteles, boliches, casas de espectáculos, teatros. Lapa fue el barrio de la bohemia por excelencia en distintos momentos de la historia carioca. Ya en los años veinte era el lugar preferido tanto de Noel Rosa, uno de los mayores creadores de música popular brasileña, como de Madame Satã, un transformista que hacía shows en los cabarés de aquellos años y aterrorizaba las calles con su violencia antológica. Con el paso del tiempo el ámbito predilecto de los bohemios cayó en decadencia y durante décadas fue un peligroso territorio de malandras.

Hace poco más de diez años Lapa volvió a ser aquel lugar que solía ser: visita casi obligatoria para turistas y lugar de encuentro para lugareños.

Por la tarde mientras pasábamos el rato en la playa en Copacabana habíamos constatado olor a porro. Lo mismo horas después en el parque de Flamengo, de regreso a casa. Por la noche, en las calles de Lapa, el mismo perfume. La ansiedad de Juan iba en aumento, tanta como para atrevernos a ponernos en manos de mi por entonces pobre portugués.

―¿Será que acá podremos conseguir algo? ―preguntó Juan.
―Seguro ―respondí, sonando más confiado que lo que en realidad estaba de tener éxito en la búsqueda.
―¡Bien! ¡Porque todos están fumando menos nosotros!

Entramos en uno de los boliches, un antiguo caserón art decó de tres pisos. Pedimos algo para tomar y nos quedamos en la barra de la planta baja. Dejamos pasar un tiempo prudente. Entonces entramos en confianza con un cliente del lugar que estaba sentado cerca de nosotros y, haciéndonos los superados, después de admitir que éramos turistas ―o casi―, le preguntamos dónde podíamos comprar marihuana.

―Dieron con la persona indicada.

A la distancia no sé si es eso lo que dijo exactamente, pero fue lo que entendimos.

―¿Seguro? Buenísimo ―nos salió casi a coro―. ¿Cómo hacemos?
―Acá no.

Nos dijo que lo encontráramos en la calle.

Ya en la vereda preguntó:

―¿Cuánto quieren comprar?
―Para un par de días ―respondimos.
―Voy a ver cuánto les consigo ―dijo.

Antes de irse nos señaló la esquina donde debíamos esperarlo. Apareció pocos minutos después en un auto que manejaba otro tipo. Se bajó y se levantó la remera, mostrándonos un arma que llevaba en la cintura y, sin decir nada, solo con el gesto, nos mandó subir al auto. Ya con el vehículo en movimiento se identificaron como policías, mostrando una identificación difícil de ver, y nos informaron que estaban deteniéndonos. Nuestro miedo ―por lo que sabíamos de la policía brasileña― era mayor que nuestro esfuerzo por explicarles, en nuestro portuñol básico, que éramos turistas, que no habíamos hecho nada, que no tenían pruebas y un largo etcétera de excusas que sabíamos inútiles de antemano. Nos pasearon un buen rato por la noche carioca y en el recorrido pasamos varias veces por la puerta de una comisaría.

―Acá van a pasar la noche ―era lo que entendíamos. O tal vez fuera lo que nos decían―. Y se van a tener que fumar unos cuantos cigarros de carne, putitos.

Pero toda esa puesta en escena nos dejó claro que no querían ―o no podían― detenernos. Nosotros sabíamos que no nos iban a dejar bajar si no hacíamos una contribución voluntaria a la institución que tan dignamente representaban.

―Seguro podemos arreglar esto de alguna manera ―solté finalmente en mi media lengua, comprendida por todos los chantas del universo.
―Por supuesto.

Hicimos una vaquita entre los tres y les dejamos todo lo que teníamos. Nos bajaron en la primera esquina amenazándonos para que no miremos hacia atrás mientras ellos se alejaban. Obedecimos. Volvimos a casa a pie. Jodidos. Asustados. Y sin porro.

***

Cuando tiempo después Jorge llegó de visita, yo ya conocía a Lucio, un simpático minorista que compra su paquete de medio kilo de cannabis por internet a una florista de la ciudad de Curitiba al sur del país y que lo recibe puntualmente en su casa, cortesía de Correios da República Federativa do Brasil. Cuando Jorge y yo decidimos que queríamos fumar, llamé a Lucio, con tan mala suerte que lo encontramos fuera de la ciudad. Lucio, que trabaja para la guardia civil, se encontraba en algún tipo de misión en São Paulo y debía estar volado porque a mi pregunta de dónde podríamos conseguir algo respondió:

―Andá hasta mi casa y pedile un poco a mi madre.
―¿Te parece Lucio? Veo qué hago. Cualquier cosa te aviso.

Ganas no me faltaban, pero tuve que pensarlo un poco porque la mamá de Lucio es, digamos, algo particular.

Dona Maria Augusta es docente de Historia del Arte y restauradora. Durante los terribles años de la dictadura brasileña, junto con su marido, militar de izquierda, utilizaron sus conexiones para ayudar a escapar del país a gran cantidad de militantes contra la dictadura, casi todos docentes y alumnos de la universidad donde la señora daba clases. Todo ese valioso y riesgoso trabajo lo hacía en medio de una nube de porro.

A mí me gusta el porro, pero sin exagerar. Lucio y su mamá exageran. Mucho. Una tarde en su casa, cuando llevábamos horas de charla sobre historia del arte, política, restauración de antigüedades, militancia, resistencia contra la dictadura y porro continuo nos sorprendió un ruido apagado, suave, como de algo que cae blandamente. Dona Maria Augusta tiene por mascota un papagayo de pecho rojo, muy común en la costa del país desde Salvador da Bahia hasta Río Grande do Sul. El bicho de estimación compartió con nosotros las largas horas de bate-papo y porro, y no lo soportó. Cayó. Cuando Dona Maria Augusta constató que el animalito no estaba muerto sino desmayado y nos lo comunicó, a mí se me escapó una risita. Después de un buen rato, tuvimos que esforzarnos para dejar la risa de lado y llamar al veterinario para ver cómo reanimábamos al pobre bicho. La señora tuvo que llamar un taxi para que los lleve ―a ella y al papagayo― hasta la veterinaria donde atenderían al intoxicado.

Así que, ante la perspectiva de colocar al borde de la muerte por segunda vez a un excelso ejemplar de una especie en peligro de extinción, optamos por el plan B.

***

El periodista brasileño Tim Lopes trabajaba para la poderosa Rede Globo. En 2002 intentó desentrañar algunos aspectos del submundo del tráfico y las ramificaciones que lo unen a la policía y al poder político. Tim Lopes desapareció el dos de junio de 2002 y unos pocos restos de huesos de su cuerpo carbonizado fueron encontrados en un cementerio clandestino el cinco de julio de ese año. Se comprobó que era él por un examen de ADN. Tanto él como su productora habían denunciado amenazas de muerte recibidas en el transcurso de sus investigaciones y ni la policía ni la justicia hicieron nada al respecto. Las investigaciones las estaban realizando en la Vila Cruzeiro del Complexo do Alemã, en la zona norte de la ciudad de Río. La noche que el periodista desapareció llevaba una cámara oculta para hacer imágenes dentro de un baile funk organizado por los traficantes de la zona. Tim Lopes había recibido información de que en aquellos bailes se vendían drogas abiertamente, y ese era el tema de su actual reportaje. Una investigación anterior de Lopes, de 2001, sobre la venta de drogas en otras favelas, había dejado muy enojados a los traficantes. Cuando lo vieron en el baile, los jefes del Comando Vermelho que controlaban ese territorio decidieron en el momento su ejecución. La autopsia sobre los restos encontrados determinó que murió en las primeras veinticuatro horas posteriores a su desaparición.

Como sabe todo aquel que haya visto alguna película brasilera reciente, en las favelas acecha otro peligro. Lo explica de manera estupenda el periodista Zuenir Ventura en su libro Cidade partida. Además de los traficantes existen las milicias, por lo menos ―según afirma el autor― desde la década del cincuenta. Las milicias no solo controlan algunos de los morros y favelas, aquellos donde consiguen derrotar a los traficantes, sino que también ejecutan a todos los que obstaculizan su accionar. Por lo general periodistas escrupulosos, policías honestos (que los hay) y jueces del lado de la ley. En agosto de 2011, la jueza Patricia Acioli, que había enviado a prisión a un grupo de milicianos responsables de al menos cien asesinatos, fue acribillada en la puerta de su casa delante de sus hijos. Entre los acusados del asesinato de la jueza se encuentran una serie de policías militares de alto rango. Las milicias no se andan con tonterías. Eso sí, cuidan su negocio. Las clases medias y los turistas suelen correr mejor suerte. Somos clientes. Y al cliente, ya se sabe, se le mima y trata con respeto.

***

Pese a que solo el diez por ciento de la superficie construida de Río de Janeiro está ocupada por favelas, viva donde uno viva siempre tendrá una a mano. Yo vivo cerca de la Tavares Bastos, que fue una de las primeras en ser pacificadas por la policía y por eso es una de las más usadas en el cine de los últimos años. Ofrece el escenario natural deseado y la conveniente seguridad de una zona ocupada por la policía militar.

Una vez superado el miedo inicial, Jorge y yo nos vestimos como el común de los habitantes del barrio que íbamos a visitar ―bermudas estampadas, ojotas de dedo y remera― y comenzamos a subir. Lo del camuflaje fue inútil. Parecía que teníamos un cartel cada uno en la frente que decía con letras luminosas: “turistas”.

La calle Tavares Bastos, que le da nombre a la favela, comienza, en su continua subida, como un barrio común y corriente. Sus primeros pobladores llegaron en el siglo XVIII y todavía sobreviven algunos caserones ―la mayoría en decadencia― de la época en que ese barrio era una de las zonas elegantes de la ciudad. La vista que se tiene desde allí de la Baía de Guanabara es envidiable. Después de unos quinientos metros de calle en ascenso, en la parte más alta del morro, termina el barrio de clase media y comienza abruptamente la favela. Cuando pusimos un pie en la favela, una señora mayor que estaba parada en medio de la calle nos preguntó:

―¿Buscan algo?
―No. Nada en particular.
―Pero ustedes no son de aquí.
―No, tiene razón. Pero solo estamos conociendo el barrio. Nos hablaron de un albergue muy lindo que hay por acá.
―Ah. Sí, el albergue ―dijo la mujer con cara de no creernos nada―. Si precisan alguna otra cosa, derecho por este callejón, casa sesenta y seis. Es a la izquierda, una casa pintada de verde.

No nos quedó más remedio que agradecer y obedecer la directiva. Igual, para no mostrar desesperación, en el camino paramos en un boteco, uno de los tradicionales barcitos de paso, y pedimos unas caipirinhas. Las saboreamos con calma y recién después seguimos nuestro camino. Llegados a destino, el trámite fue de lo más sencillo. Además el precio resultaba más que aceptable: por cincuenta reales nos llevamos unos veinticinco gramos. Joya.

***

Cuando uno se asoma a Casa-Grande & Senzala, de Gilberto Freyre, el principal tratado de sociología de Brasil, descubre que la maconha fue introducida en el entonces territorio colonial brasileño por los esclavos africanos, que empezaron a llegar a mediados del siglo XVI a la costa de Bahia y que en el siglo XIX ya habían extendido su uso como erva sagrada por todo el litoral, incluido Río. En la novela O Xangô de Baker Street del escritor y estrella de la televisión Jô Soares, donde narra cómo Sherlock Holmes cambia la cocaína por la marihuana en el Río de Janeiro de finales del Imperio, allá por 1886, se afirma que el mismísimo Dom Pedro II, el magnánimo último emperador de Brasil, la cultivaba en su propio jardín. Tanto no he sido capaz de comprobar, pero que desde 1560 en adelante se fuma baseado por estas latitudes está debidamente documentado.

Juan y Mariano volvieron a visitarme una vez más con las mismas ganas de fumar. Junto con ellos vinieron, también de vacaciones, Leo y Germán, que se hospedaron en un hostel a dos cuadras de casa. La fecha elegida esta vez para la visita fue carnaval. No tardó mucho en aparecer el tema recurrente en nuestra conversación.

―Esta vez va a ser más sencillo ―les anuncié, entusiasmado con mi progreso.
―Bárbaro. Casi que estábamos decididos a no seguir intentándolo ―comentó Juan y la carcajada de todos se extendió un buen rato.
―¿Cuándo podemos ir a buscar? ―preguntaron casi al unísono Leo y Germán.
―Ahora de noche no es prudente ―informé―. Mañana podemos subir.

Los cuatro concordaron. Pero la excursión esta vez no fue fructífera. Nos informaron que estaba complicado, que ese día no tenían y que había que esperar un poco, tal vez un par de días. Volvimos de manos vacías. Pensé que esperarían, pero no. Leo y Germán, que estaban un poco más ansiosos que el resto, a su regreso al hostel encararon a uno de los empleados del lugar que hablaba español y le preguntaron, sin dar muchas vueltas, cómo podían conseguir porro esa misma noche. El pibe, sin pestañear, a su vez les preguntó:

―¿Cuánto quieren?

Leo, que ya tenía la tabla de precios que yo le había anticipado, respondió:

―Veinticinco gramos―, y le puso en la mano un billete de cincuenta reales.

En no mucho más que una hora el joven carioca volvió con la encomienda. Y se ganó una buena propina, claro.

Al día siguiente el programa era ir a un bloco. Los blocos son el carnaval popular. Fuera del Sambódromo y del carnaval oficial de las carrozas, las reinas, las baterías súper organizadas y la televisión. Allí están esas inmensas mareas humanas que, en algunos casos, llegan al millón de personas: gente que baila en las calles y bebe desde muy temprano a la mañana hasta el atardecer. Llegamos al que habíamos elegido, en el barrio de Botafogo, cerca del Cristo Redentor, antes de mediodía. En medio de la multitud, mezclado con el olor a orina, el humo de los puestos de comida y el sudor, se percibía nítido el perfume a faso. En minutos pasamos a ser parte de la banda descontrolada.

Al anochecer, ya más relajados, después de comer algo en el barcito de la esquina de casa, partimos todos en metro hacia Lapa. Juan y Mariano no estaban muy entusiasmados, Lapa no les traía buenos recuerdos. Pero los tranquilicé con el argumento de que mi año vivido en la ciudad, no había sido en vano.

―Es cuestión de conocer el lugar justo ―dije, haciéndome el conocedor.
―La vez anterior también estaba todo bien y casi terminamos en cana ―respondió Mariano.
―Bueno, pero ahora vas a ver que es diferente.

Bajamos en la estación Cinelandia y caminamos los doscientos metros que nos separaban de nuestro destino. La principal característica arquitectónica de Lapa son sus Arcos. Son su tarjeta postal. Los Arcos son un antiguo acueducto construido durante el período colonial y considerado la mayor obra que queda en pie de aquel período en la ciudad, y hoy sirve, en su parte superior, de vía para el paso del bondinho, un simpático tranvía utilizado tanto por turistas como por los vecinos del barrio. Atravesando los Arcos, al nivel de la calle, se entra en la zona más frecuentada y agitada del barrio. Y ahí está el secreto. No hay que seguir por allí.

―Acá doblamos ―anuncié parado en el Largo da Lapa, antes de cruzar los Arcos.
―¿No cruzamos? ¿La mayoría va para allá?
―No. Acá hay que doblar a la izquierda.

Y eso hicimos. Y en mi nuevo rol de guía turístico, fui informando:

―Tomamos por esta calle que se llama Joaquim Silva. Ahora tenemos que caminar unos ciento y pocos metros hasta que lleguemos a la escalera multicolor, la escalera que sube al morro de Santa Teresa. Ese es el lugar que buscamos.

Avanzamos. Mucha gente por la calle. Mucho Bob Marley a todo volumen. También hay gran cantidad de bares, restaurantes, hoteles. Igual que del otro lado de los Arcos, pero con una pequeña diferencia.

El aroma nos fue guiando. Al llegar al pie de la escalera, después de ser abordados por media docena de chicos harapientos que nos pedían unas monedas para comer un salgadinho, nos esperaba una imagen alucinada. Todo el mundo fumando porro: algunos solos y otros en grupos, los lugareños junto a los turistas, los jóvenes mezclados con los que no lo eran tanto, los ricos y los pobres; como en una moderna Babel, pero a la inversa. La policía daba vueltas por el lugar pero no molestaba. Y todos creímos entonces ―solo por ese rato― que estábamos en una Cidade maravilhosa.

En el primer tiempo de nuestro segundo partido del año, empatando cero a cero contra un equipo de ecuatorianos amables y ceremoniosos a quienes teníamos la obligación moral de ganarles, nos dieron un córner a favor y yo, aunque cabeceo bastante mal, decidí mezclarme con la tropilla de compañeros y rivales a ver si se producía el milagro de un rebote o un descuido. Participé de la breve estampida obligatoria —¡trucu-trucu-trúm!—, vi la bola volar lejos, muy por encima de nuestras cabezas, y después, cuando la jugada parecía terminada, sentí un empujón en la espalda lo suficientemente fuerte como para creerme con derecho a enojarme. Identifiqué a mi agresor (un peladito adolescente, un poco gordo y con aspecto de aprendiz de pandillero) y nos paramos pecho con pecho, los dos bastante ridículos, esperando no se sabe qué. Después de un forcejeo torpe pero breve —creo que en un momento agité un puño amenazador—, troté solemnemente hacia el otro lado de la cancha sintiéndome orgulloso de mí mismo, porque creía haber reaccionado bien ante la provocación.

Me sorprendió entonces ver al juez de línea agitar su banderita como si hubiera habido un asesinato y al árbitro correr hacia él con la urgencia ominosa de los árbitros cuando corren hacia los jueces de línea. Cuchichearon los diez segundos reglamentarios, el banderín del juez de línea apuntó en mi dirección y, segundos después, una tarjeta roja se recortó contra el cielo límpido de Brooklyn, arruinándome una mañana hermosa de primavera. Humillado y avergonzado, caminé despacio alrededor de la cancha de McCarren Park, con las canilleras en la mano y la camiseta celeste fuera del pantalón, pensando en cómo disculparme con mis compañeros de San Martín de Brooklyn, el equipo de media docena de argentinos, cuatro o cinco gringos, dos paraguayos, un colombiano, un uruguayo y un italiano con el que jugamos los sábados de verano en la Greenpoint Soccer League. Alrededor de la cancha, unos pocos vecinos de Williamsburg o Greenpoint trotaban sobre la pista naranja de tartán; más afuera, otros miraban el partido mientras tomaban sol, recogían la caca de sus perros o desarmaban mantelitos para picnics inminentes.

La escena era extraordinaria (veintipocos grados centígrados, instalaciones públicas en buen estado: postal de un barrio feliz) pero yo no podía disfrutarla: había prometido a mis compañeros que este año iba a evitar meterme en problemas con los árbitros, y había fracasado rápido. Además, nos habíamos comprometido a dar lo mejor de cada uno para clasificarnos por primera vez para los playoffs de la liga, después de dos años bastante malos (décimo terceros de dieciséis equipos en 2008; décimo cuartos de veinte equipos en 2009). Y para eso necesitábamos ganar partidos como el de aquel día contra los ecuatorianos bondadosos de El Progreso FC, un grupo de tíos, sobrinos y cuñados inmigrados a Estados Unidos desde el mismo suburbio de Ambato, en la sierra ecuatoriana, y que el año anterior habían terminado decimoctavos.

Un par de meses antes, en el comedor sin ventanas del restaurante peruano Pío Pío, en Greenpoint, veinte capitanes y un par de curiosos habíamos participado de la reunión anual de capitanes de la Greenpoint Soccer League. Mientras comíamos pollo con arroz y plátanos fritos, cortesía de la liga, algunos capitanes se quejaron de la calidad de los árbitros, otros pidieron reembolsos para cuando se suspendiera algún partido (“¿Quién les paga el taxi a mis jugadores?”, se quejó el capitán de un equipo que a veces contrata jugadores semi-profesionales) y otros pidieron más rigor con los equipos cuyas hinchadas se emborrachaban y escupían e insultaban a los rivales. (El año anterior, la hinchada de Español Hidalgo, parada sobre la línea del lateral, me había castigado todo el partido: “¡Viejo, retirate —me gritaba uno—, deja paso a las generaciones jóvenes!”.)

Yo, en cambio, pedía una revolución tecnológica. En un momento de la noche levanté la mano y le pregunté a Gildardo Revilla, dueño y mandamás de la liga, si no podíamos crear una humilde pagina web para publicar los resultados, los horarios y la tabla de posiciones del torneo. Revilla, que me tiene aprecio y está harto de mí a partes casi iguales, bajó la vista, un poco agotado por mi insistencia, y respondió con una vaga promesa de pensarlo. Los demás capitanes fueron menos receptivos: mientras hablaba, podía oír sus “pffttt…” y las risitas que salían desde las penumbras del salón, como si la Internet fuera una cosa de señoritas o de gringos que no tiene nada que ver con el fútbol.

Revilla, un peruano bajito y astuto que maneja la liga desde hace casi veinte años, nos comunicó las novedades para este año (aumento de precio para los árbitros, “tolerancia cero” para la violencia de las hinchadas) y nos recordó las reglas del torneo: veinte equipos en una rueda todos contra todos, clasifican los primeros doce para un repechaje, después ocho pasan a los cuartos de final y después semifinales y final. El ganador de la temporada regular se lleva mil quinientos dólares en efectivo; el ganador de los playoffs, otros dos mil dólares. Asentimos todos con la cabeza, como si verdaderamente creyéramos que podíamos ganar (los candidatos son siempre los mismos cuatro o cinco), y pasamos de a uno en fila para darle a la esposa-asistente de Revilla los billetes del adelanto para sellar la inscripción. Vi a mis co-capitanes acercarse al mostrador de Revilla —casi todos latinos, casi todos inmigrantes, casi todos trabajadores— y volví a sentir la distancia que en estos años ha marcado mi relación y la de nuestro equipo con Revilla y el resto de la liga.

Por un lado, me siento y nos sentimos cercanos a ellos porque compartimos la latinidad y la enfermedad por el fútbol, dos cosas que el resto de Nueva York no tiene ni entiende ni puede aprender; pero por otro me siento y nos sentimos inevitablemente lejanos, porque sabemos que en otras cuestiones nosotros también representamos la Nueva York gringa a la que ellos miran desde lejos y con desconfianza. En estos tres años que llevamos en el torneo, esta tensión —clase media versus clase trabajadora, inmigración legal contra inmigración ilegal, inglés fluido contra inglés tartamudeado, comer en restaurantes contra trabajar en restaurantes— se ha inflamado o se ha aliviado, pero siempre ha estado ahí: algunos de nosotros a veces hemos creído que Revilla o los árbitros nos perjudicaban porque no formábamos parte del “núcleo duro” de equipos peruanos, ecuatorianos y mexicanos de la liga, y ellos quizás han creído, con algo de razón, que nosotros somos parte de la avanzada clasemediera que desde hace una década está trepando por Brooklyn desde Manhattan, transformando barrios obreros en barrios cool, con restaurantes japoneses y tiendas de diseño, destrozando o desplazando lo que encuentra a su paso.

San Martín de Brooklyn empezó la temporada con su grisura habitual: derrota mínima contra un equipo mejor, triunfo sufrido contra El Progreso FC (después de mi expulsión, mis compañeros ganaron tres a uno), un cero-cero espantoso contra una pandilla de uruguayos guerreros pero pataduras y un uno-dos que parece digno pero fue un lección de fútbol.

El quinto partido nos puso en movimiento. En el minuto tres de su primer día como titular, Claudio, un paraguayo peleón, rápido y goleador que se nos había ofrecido después de jugar contra nosotros un par de semanas antes, se fue de un marcador sobre la izquierda, perdió la pelota, la recuperó, la volvió a perder, la volvió a recuperar y tiró un centro bajo que rodó hacia la medialuna por la línea del área grande. Yo, que lo venía acompañando más como un comentarista que como un destino posible de pase, detecté la bola en los suburbios de mi botín izquierdo y le pegué casi de lleno, intentando darle una comba para que se abriera primero y se cerrara después en el primer palo; la pelota salió mucho más alta de lo que había querido pero agarró mucho efecto, eludió la manopla extendida del arquero y se metió cerca del palo opuesto. (Celebré moderadamente, como si estuviera acostumbrado a meter este tipo de golazos.) Nos empataron cerca del final del primer tiempo con un penal que no existió y volvimos a marcar nosotros casi en el último minuto con un gol desde el borde del área. Justo después del gol, mientras mis compañeros festejaban, yo grité: “¡A pesar del árbitro!”, y recibí mi única tarjeta amarilla por protestar de la temporada.

La semana siguiente, después de empatar sobre el final un partido que merecimos perder, terminó nuestra pequeña racha positiva y empezó nuestro deslizamiento habitual y un poco inevitable hacia el pantano en el que nos hundimos cada verano. Entre mediados de junio y fines de agosto ganamos dos partidos (contra los equipos que terminaron en las posiciones catorce y veinte) y perdimos todos los demás, jugando mal y metiendo pocos goles. Es difícil jugar en la cancha de McCarren Park con treinta y dos o treinta y cuatro grados, como nos tocó hacerlo varias veces, pero lo que más nos complicó el verano fue la falta de jugadores, porque nuestros compañeros estadounidenses y algunos de los latinos empezamos a preferir, por voluntad propia o presionados por nuestras familias, pasar los sábados en la playa o de vacaciones.

La Greenpoint Soccer League es tan poco gringa que se juega incluso en los fines de semana largos, desde Memorial Day en mayo hasta el Día del Trabajo en septiembre. El cuatro de julio de 2009, Día de la Independencia, jugamos de noche bajo el estruendo y la filigrana de los famosos fuegos artificiales de Nueva York, mientras nuestros jugadores estadounidenses (y el resto de la ciudad) tomaban cerveza, comían salchichas y rulaban porros en terrazas propias o ajenas. Un año después, este último verano, unos amigos nos invitaron a pasar un fin de semana a una casa en Connecticut, a tres horas de Nueva York. Le propuse a mi mujer que ella fuera con nuestros amigos el sábado por la mañana, mientras yo primero jugaba contra Los Hobos y después tomaba el tren que paraba en Connecticut a las siete de la tarde. Mi mujer, que ha aprendido a elegir sus batallas, accedió. Cuando aquel sábado llegué a McCarren Park, no se estaba jugando ningún partido.

—Me vas a tener que perdonar, Hernán —dijo Revilla abriendo los brazos— pero ha habido un malentendido con los capitanes de los equipos Real Hidalgo y Misfits y todavía no empezaron a jugar. Está todo retrasado.

Insulté a Revilla como hacía tiempo que no insultaba a nadie y me fui a la estación con mi bolsito al hombro y en el peor de los mundos: sin el fútbol de la clase trabajadora ni la vacación bucólica de la burguesía.

El catorce de agosto, con la mayoría de los titulares de vuelta de sus viajes y una carambola de resultados que nos había dejado lejos pero con posibilidades matemáticas de llegar a los playoffs, jugamos contra un equipo llamado “New York United”, que en ese momento iba séptimo. Para motivarnos durante la semana, nos intercambiamos emails llenos de lugares comunes futboleros: “Este sábado es ganar o ganar”, nos decíamos; “Desde ahora son todas finales”; “¡Es el partido del año!”.

***

Un par de meses más tarde, fui a McCarren Park a ver los partidos de vuelta de los cuartos de final. Era una noche bastante fría de principios de octubre y la cancha estaba hermosa, iluminada como un escenario desde las líneas para adentro y en penumbra desde las líneas para afuera, donde cientos de personas mirábamos los partidos de pie, con los manos en los bolsillos y dando pequeños saltitos para sacudirnos el frío sorprendente del principio del otoño. Adentro de la cancha jugaban dos de los pocos equipos multinacionales del torneo. Dream Team, usando una vieja camiseta suplente del Inter de Milán, combinaba una vieja base ecuatoriana apuntalada (y casi reemplazada) con refuerzos de todos lados: dos de sus mejores jugadores eran un húngaro flaquito y elegante a quien llamaban “Eli” y un delantero centro afroamericano a quien le decían “Winsy” y llevaba metidos más de treinta goles. El otro equipo en la cancha era New York United, donde había algunos latinos pero no los suficientes como para romper la barrera idiomática: se pedían la pelota (“¡Switch!”, “¡Drop!”), se felicitaban (“Good ball”) y se daban órdenes (“¡Back, back!”, “¡Pressure!”) en inglés.

Encontré a Revilla bastante rápido, parado cerca de la mitad de la cancha, con su gorrita blanca bien hundida hasta los orejas, y conversando con el juez de línea. Cuando me vio, se me acercó sonriendo y me dijo: “Te quiero escribir una carta, para explicarte algunas cosas que dijiste sobre mí en la Internet”. Yo sabía bien de qué me estaba hablando: en junio y julio yo había escrito un diario del Mundial de Sudáfrica y le había dedicado un puñado de párrafos. No había sido agresivo con Revilla, pero sí moderadamente sarcástico, especialmente con su rocambolesco sistema para fijar los horarios de los partidos, que no admite negociaciones ni excepciones. Quienes más nos quejamos del sistema somos los equipos clasemedieros, que por su culpa no podemos “planificar” nuestros fines de semana y acomodar el fútbol en nuestro (supuestamente) variado menú de opciones. Hasta los martes a la noche, cuando los capitanes llaman al celular de Revilla, ningún equipo sabe a qué hora va a jugar el sábado siguiente (el primer partido es a las once de la mañana; el último, a las diez de la noche). Revilla está tan enamorado de su sistema (asigna los horarios según una misteriosa escala que toma en cuenta la posición de los equipos en la tabla) que ni siquiera durante el Mundial de Sudáfrica aceptó acomodar los equipos con argentinos, uruguayos, gringos o mexicanos a los horarios de los partidos de sus selecciones.

—Te quejas del calor, de los horarios, de todas esas cosas que ya hablamos mil veces —me dijo Revilla aquella noche—. Pero tú no sabes lo difícil que es organizar esto, la cantidad de reclamos que hay, la cantidad de demandas que tengo.

Le expliqué a Revilla que entendía perfectamente su situación y que en esa columna había dicho exactamente eso, pero no me quiso escuchar. Enseguida me di cuenta de que estaba jugando conmigo, más halagado que ofendido, y dispuesto a cobrarse una victoria psicológica. Juntó las manos y agitó los dedos, tipeando en un teclado invisible, y me dijo, al borde de la carcajada:

—¿Pensaste que no me iba a meter a la Internet? Jaja, te descubrí.

Me quedé en silencio, sonriendo, un poco emocionado de ver que un tipo tan de otro siglo como Revilla también había caído presa del auto-googleo y se había buscado a sí mismo, como hemos hecho todos, en la red de redes. (La Greenpoint Soccer League es un torneo tan analógico que casi no ha dejado rastros en Internet: es “ingoogleable”. La búsqueda “Greenpoint Soccer League” devuelve un puñado de resultados, pero ninguno relacionado con la liga.)

Después del partido se acercó un amigo de Revilla y nos pusimos a hablar de cómo se puede adivinar de dónde es un jugador solo por la forma de caminar por la cancha. “Al argentino, al uruguayo, al peruano lo ves parado en la cancha, antes de que toque la pelota, y ya sabes que es un futbolista”, decía Revilla. ¿Y los gringos? Revilla resopló, porque no le gusta hablar mal del país del que también es ciudadano, pero admitió: “No, no, los blancos no. Los blancos no”. Los blancos. Una hora antes le había preguntado a Revilla de dónde eran los de New York United y me había contestado algo parecido: “No sé, creo que son blancos”. Pero los del United, que jugaban con la camiseta de la Real Sociedad y tenían, en efecto, un promedio de piel más clara que la de los equipos ecuatorianos o mexicanos, eran de países que difícilmente podrían calificarse de “blancos”: había puertorriqueños, rumanos, chilenos e incluso había también un par de ecuatorianos.

—Los mexicanos son toscos —dijo Revilla después—. Pero ponen mucha garra. Uno les mete un gol, dos goles y les tiene que meter un tres-cero o un cuatro-cero para ganarles, porque con solo dos goles van al frente y te lo empatan.
—¿Y los peruanos?
—Los peruanos tenemos calidad —dijo Revilla con una mezcla de orgullo y resignación—. El problema es que somos indisciplinados.

Su descripción de los equipos peruanos se parecía bastante a lo que habíamos notado nosotros en la cancha (equipos como la selección de Perú: talentosos pero inofensivos, que tocan bien pero ante el primer problema se deshacen inexplicablemente). Mucho menos se parecía nuestra experiencia a su descripción de los mexicanos, que no nos habían parecido nada toscos, pero sí (también) bastante parecidos a su selección: defensores rápidos pero poco confiables, mediocampistas centrales lentos pero señoriales y dos parejas de alfiles por las puntas que corrían todo el tiempo y eran capaces de poner en peligro a cualquiera.

Un patrón habitual en McCarren Park, en estos equipos mexicanos o ecuatorianos con muchos jugadores bajitos y algunos gorditos, era ver que sus únicos jugadores altos eran dos negros gringos o jamaicanos o senegaleses que se paraban de zaguero central y centrodelantero. Estos tipos —algunos, becados universitarios de vacaciones; otros, veteranos de mil batallas del fútbol urbano en los parques de Randall Island o Flushing Meadows— reciben entre cuarenta y ochenta dólares por partido y juegan cuatro o cinco partidos por fin de semana en ligas de toda la ciudad. Como sus compañeros hispanohablantes no los conocen bien o no se aprenden sus nombres, les piden la pelota con sonoros “¡Negro, negro!”, que en este patio fronterizo apenas sacuden el barómetro de la corrección política. En los años que llevamos jugando en la Greenpoint Soccer League, uno de los mejores delanteros del torneo ha sido siempre un petiso punzante y endiablado a quien sus compañeros mexicanos nunca aprendieron a llamar por el nombre: “¡Árabe, árabe!”, le gritaban y el petiso, igualito a Diego Buonanotte, se daba vuelta y sonreía.

***

El partido más importante de nuestras vidas, contra New York United, duró media hora. Después no hubo partido sino exhibición (de ellos) o tortura (para nosotros). Nos metieron el primer gol en el minuto doce o trece; el segundo, en el veinticinco o veintiséis; el tercero, justo antes del final del primer tiempo. Entramos a la cancha eufóricos pero mareados, ya antes de recibir el primer puñetazo, y después nos fuimos cayendo lentamente, como si nos soplaran, hacia la lona. Volvimos malhumorados y en silencio al arbolito donde nos esperaban nuestras mujeres, que nos preguntaron, con la mejor intención y el peor tacto: “¿Ganaron?”. A algunos de nosotros se nos escaparon unas carcajadas socarronas, casi diabólicas, que reflejaban la vergüenza y la indignación de perder cinco a cero el único partido que teníamos que ganar.

El martes siguiente analizamos la hoja manuscrita y fotocopiada con la tabla de posiciones, lo llamamos a Revilla para preguntarle los resultados de los otros partidos —a veces se los acuerda, a veces duda: “Creo que ganó Guadalupe…”—e hicimos un poco de aritmética: la única posibilidad que nos quedaba de meternos entre los primeros doce era ganando los cuatro partidos que nos quedaban.

La noche del veintiuno de agosto jugamos contra Universidad Católica, un equipo de peruanos y mexicanos que iba sexto en la tabla. Nosotros estábamos decimocuartos y nunca le habíamos ganado a ningún equipo que estuviera por encima de nosotros. Metí el uno-cero en el primer tiempo, tocando en el primer palo un muy buen centro bajo de John, uno de nuestros gringos, y Claudio metió el segundo un rato más tarde, definiendo de zurda un pase mío de los que hace años daba miles pero que ahora, con la edad y la falta de confianza, cada vez doy menos.

El sábado siguiente jugamos contra Real Hidalgo, los campeones del año anterior. Fingimos estar condenados, como personajes de una tragedia griega, y el truco funcionó: se lo creyeron ellos y, sobre todo, nos lo creímos nosotros, que jugamos sin presión y con confianza, incapaces de creernos nuestro empaque y nuestra energía hasta que Pietro, nuestro delantero italiano, metió un gol de penal y después tiró un centro que Claudio cabeceó en el segundo palo. En el entretiempo nos pellizcábamos en silencio, como si no quisiéramos despertarnos. Después quisieron atropellarnos y lo consiguieron: se pusieron dos a uno y por un momento pareció inevitable que San Martín recuperara su habitual talante apedreado y dubitativo. Cuando faltaban dos minutos, Matías, que se había pasado la temporada persiguiendo rivales en la mitad de la cancha, metió un derechazo al ángulo y lo gritó tan fuerte que todo el mundo en el parque se dio vuelta para mirarlo. El partido siguiente lo ganamos por decreto (Honduras FC se había retirado del torneo) y el último lo ganamos cuatro a cero, como si siempre hubiéramos sabido cómo meter goles. Cuando terminó el partido, nos miramos y no lo podíamos creer: a pesar de habernos saboteado durante semanas y semanas, habíamos terminado el torneo undécimos, con veintinueve puntos en diecinueve partidos y autorización para bailar aunque sea un ratito con la aristocracia futbolística de la Greenpoint Soccer League.

Hasta hace no mucho, varios equipos de la liga usaban los sábados como ocasión deportiva pero también social: se quedaban en el parque, comiendo fruta y sándwiches, escuchando música y tomando cerveza hasta después de la medianoche. Cuando tenían que hacer pis, lo hacían contra las paredes de las fábricas vacías. Ahora que esas fábricas han sido reemplazadas por departamentos, Revilla les ha tenido que pedir por favor que dejaran de orinar cerca de los edificios. “¿Y entonces dónde?”, habían protestado algunos en la reunión de capitanes en Pío Pío. “Háganlo del otro lado del parque, contra las canchas de béisbol”, les había recomendado el presidente de la liga.

Un sábado fui a visitar a Revilla y lo encontré caminando alrededor de la cancha con un bastón en una mano y una bolsa en la otra, recogiendo la basura —botellas vacías de Gatorade, bolsas de plástico, restos de comida— que habían dejado los espectadores de los partidos del día. Le pregunté cuánto había cambiado el barrio en los casi veinte años que llevaba organizando el torneo. Revilla frenó, se dio vuelta y, mirando a los edificios de departamentos construidos en el boom inmobiliario pinchado en 2008, dijo: “Esto era todo factoría”. Levantó los brazos y señaló hacia el Este y hacia el Sur. “Todo factoría. No había ni un solo edificio.”

McCarren Park, el parque municipal donde se juegan los torneos de Revilla, está en el borde oriental de Williamsburg, un barrio que en la última década y media pasó de rincón semi-feo, semi-polaco y semi-vacío a refugio de artistas y rockeros y, en una segunda transición asociada a la primera, en barrio cool y caro con boutiques alternativas y mueblerías de estilo escandinavo. Lo que pasó en Williamsburg pasó en toda la ciudad: a medida que los yuppies y otros jóvenes se cansaron de los suburbios y retornaron a los centros de las ciudades, desplazaron a los bohemios o lúmpenes creativos que vivían casi gratis en barrios dilapidados como el Soho o el East Village. Estos bohemios (artistas, músicos, diseñadores) encontraron refugio en Brooklyn, del otro lado del East River, donde pusieron galerías de arte y pequeños restaurantes bonitos que lentamente fueron Desplazando a las familias negras y dominicanas que llevaban treinta años allí. La tendencia —que algunos en castellano llaman “gentrificación”, traduciendo fonéticamente desde el inglés— se ha desacelerado pero persiste, alcanzando territorios cada vez más alejados de Brooklyn y el norte de Manhattan.

Para Revilla, que vive cerca del parque pero en la otra dirección, todavía a salvo de los salones de yoga y el café orgánico, el beneficio principal de la gentrificación de Williamsburg ha sido la renovación de McCarren Park: hasta 2005, la Greenpoint Soccer League se jugó en un erial traicionero de yuyos y escombros; desde 2006, en una cancha extraordinaria con luz artificial y césped sintético de última generación. Para algunos de los latinoamericanos que participan de la liga, este parque es uno de los beneficios más valiosos que reciben del Estado gringo, que no les da permisos de trabajo pero al menos los deja jugar al fútbol en una cancha a la cual casi ninguno de ellos tendría acceso en América latina.

Revilla y otros peruanos empezaron a jugar en McCarren Park a principios de los noventa, cuando en los alrededores había solo “factorías”, depósitos agrietados y unos pocos bares y carnicerías polacos derramados desde el vecino barrio de Greenpoint. Una tarde llegó un comisionado del Departamento de Parques, les advirtió que no podían usar el campo sin permiso y les dejó una tarjeta. Revilla lo llamó, fue a varias reuniones y seminarios y en 1992 fundó la Greenpoint Soccer League, que en su primera edición tuvo ocho equipos, casi todos peruanos. Con los años, la liga fue creciendo y también se fue “desperuanizando”, imitando las tendencias migratorias de la ciudad. Hace quince años había pocos mexicanos en Nueva York y pocos mexicanos en el torneo de Revilla; hoy hay muchos mexicanos más, en las cocinas y obras en construcción de la ciudad y en las canchas de Brooklyn. “Los equipos peruanos ya no dominan”, dijo Revilla. “Se fueron quedando viejos, no ha habido recambio”.

Después conversamos sobre su historia personal. Me contó, con algo de la morriña habitual de los inmigrantes, que lleva treinta años en Estados Unidos, que primero vino solo y que solo más tarde pudo traer a su mujer. Lo más doloroso, me dijo después, fue dejar en Perú a su hijo, a quien durante casi tres años cuidaron su hermana y su cuñada. En una entrevista que le dio a un periodista del sitio Peru21.pe (a quien conoció gracias a mí), Revilla contó aquellos años con más detalle:

—Acabo de estar en Lima y mi hermana me entregó las tarjetas que yo le enviaba a mi hijo —muestra una serie de tarjetas amarillentas fechadas desde el setenta y nueve—. Fue muy emocionante. Son cosas que pasan. Se luchó tres años, regularizamos nuestra situación migratoria y pudimos pedir a mi hijo. Pero una de las cosas más difíciles de estar aquí —hace una pausa— es que ya no pude ver a mi padre. Cuando regresé, me dijeron que ya había fallecido. Este país te da cosas buenas, pero también te las cobra.

Cuando leo párrafos como éste, me arrepiento un poco de mi relación con Revilla, con quien me peleé muchas veces más de las necesarias. Sigo sin entender por qué necesita ser tan inflexible y arbitrario con su calendario de partidos y por qué se resiste (por convicción o indiferencia, a esta altura da casi lo mismo) a crear una sencilla página web donde todo el mundo pueda ver la tabla de posiciones, los resultados de los rivales y los horarios de los próximos partidos. Estos años, nuestro único contacto matemático con el resto del torneo ha sido una hoja escrita a mano y fotocopiada que nos entrega Revilla cada sábado antes de los partidos. Es una tabla que usa tecnología de 1970, más una reliquia que un instrumento, pero contra la que cada vez tengo menos ganas o argumentos para protestar.

***

Nuestro baile en la élite de la Greenpoint Soccer League fue corto y brutal. Perdimos tres a cero, sometidos y colonizados desde el primero hasta el último minuto, contra Filco, mi equipo favorito de la liga, un grupo multilatino, toqueteador y agresivo que usa la camiseta rosa fosforescente del Barcelona. Mientras ellos jugaban al fútbol, nosotros parecíamos tener vergüenza de interrumpirlos. Tardábamos cinco minutos en recuperar la pelota y diez segundos en perderla; subía la bola al cielo y saltaban tres fosforescentes contra uno solo celeste; cuando quisimos frenar el partido, hacer una pausa (¡pedir una tregua!), ni se enteraron: nos pasaron por encima. “Por lo menos cumplimos nuestro objetivo de la temporada”, dijo uno de los nuestros, sin consolar a casi nadie.

Un mes después se jugó la final. Ahí estaba Filco, con sus bailarines fosforescentes, después de ganar todas sus eliminatorias por goleada; y también estaba Dream Team, el Chelsea de la liga, el equipo con más jugadores contratados. Le pregunté una vez al técnico y manager de Dream Team, un ecuatoriano con bigotito y pelo corto, de dónde sacaba sus jugadores y me dijo que recorría las ligas de toda la ciudad: “Miramos jugadores en todos lados y los que más nos gustan, los mejores de los mejores, los traemos para acá”, me respondió. Yo hinchaba por Filco, entonces, no solo porque tenía menos jugadores contratados (y me parece una posición moral defendible preferir a los equipos con más espíritu amateur), sino también porque nos habían eliminado a nosotros, y perder contra el campeón siempre es un truco útil para subir o salvar la autoestima futbolística.

En la cancha había clima de final. A un costado, Revilla había parado una mesa de jardín con los trofeos, bañados en (o disfrazados de) mármol y oro. Unas dos mil personas mirábamos el partido parados sobre la raya, al borde de la invasión, obligando a los jueces de línea a meterse dentro de la cancha y generando pequeños tumultos y confusiones en cada lateral. En el público había latinos con sus familias (sentados en sillitas de playa, tomando cafés de Dunkin’ Donuts, compartiendo bolsas de comida) pero también personajes típicos del barrio (guitarristas barbudos de bandas indie, blogueros freelance con camisas ajustadas, chicas pálidas con vestidos de flores y tatuajes en los hombros), probablemente atraídos por la electricidad del momento. El partido era parejo y bastante bien jugado. Eli, el húngaro de Dream Team, manejaba el tempo desde su guarida en el centro de la cancha, pero Filco se las ingeniaba para generar peligro. En el segundo tiempo, con el partido uno a uno, el técnico de Dream Team hizo entrar a un negro panameño panzón y culón y la tribuna lo recibió con risas y burlas. Yo, que lo había visto jugar, me alegré cuando el panameño culón enhebró un pase finísimo para Winsy, que metió su gol treinta y ocho o treinta y nueve (Revilla perdió la cuenta). Filco, más veterano pero con más mística, se fue para adelante, metió el partido en un pantano y así consiguió el empate, después de cien pelotazos y noventa y nueve rebotes, en el último minuto.

El público celebró el gol como si fuera propio, porque extendía el drama hasta la definición por penales. El árbitro, un peruano flaco y alto con poco sentido del humor, quiso mantener al público fuera de la cancha, pero nadie le hizo caso. Cuando el lateral izquierdo de Filco tomó carrera para patear el primer penal, la multitud ya se había abroquelado en los bordes del área grande, rodeando por completo el arco y los pateadores, dándole a la definición una atmósfera de tensa calma, a mitad de camino entre la congregación religiosa y la amenaza de linchamiento. Antes de cada penal, el público se callaba por completo, como en el teatro, y con cada gol se derramaba en grititos de alegría o decepción. Cuando el arquero mexicano de Dream Team, el mejor del torneo, atajó el único penal mal pateado de la noche, se oyeron los “¡ahhhh!” y “¡ohhhh!” de la multitud gringa, que quizás no sabe mucho de fútbol pero sí sabe identificar un buen espectáculo.

Mientras unos festejaban, otros se lamentaban y otros miles se iban para sus casas o donde tuvieran que ir, Revilla me llamó a un costado y me pidió que le hiciera de traductor en la entrega de premios. Primero vino el técnico de Filco, que además es el jefe de la mayoría de sus jugadores en una empresa de reciclado de basura, y se llevó un trofeo alto y dorado grabado con la entrañable “Sub-Champion 2010”. Después se acercaron los jugadores de Dream Team. “Las medallas las va a poner acá el señor Hernán, del equipo San Martín”, dijo Revilla, y los campeones pasaron en fila a mi lado mientras yo, un poco halagado y otro poco incómodo, pasaba las medallas alrededor de sus cabezas transpiradas y las soltaba sobre sus nucas. Revilla tomó un trofeo de la mesa y dijo: “¡El premio al goleador!” Después me miró: “¡Traduce!” Tartamudeé: “The award for the top scorer…”, pero ya no era necesario, porque sus compañeros habían empujado al frente a Winsy, que levantaba su copita tímido y contento. “¡El mejor jugador!”, dijo Revilla después. “The best player…”, repetí yo, en voz bajita. Revilla, que no sabía cómo se llamaba, apuntó hacia el húngaro Eli y el húngaro, que tiene modales y aspecto de otra época, como escapado de una película en blanco y negro, sacudió su trofeo con la misma timidez. Después Revilla se dio vuelta, tomó un sobre que le pasó su mujer y se lo dio al ecuatoriano del bigotito: “Cuéntalo”, le dijo. El técnico de Dream Team abrió el sobre y contó: había, en efecto, dos mil dólares.

Cuando nos quedamos solos, felicité a Revilla por el éxito de la final, que había tenido buen fútbol, buen público y una definición dramática. “Sí, ha estado bien”, me respondió, cansado o melancólico. Después, como para terminar de componer nuestra relación, lo felicité por la liga, le dije que admiraba su dedicación y le aclaré que, aunque todavía estuviéramos en desacuerdo con algunas cosas, jugar en la Greenpoint Soccer League me parecía una experiencia fascinante, la mejor parte de mi verano. Revilla me agradeció, pero después apuntó a los edificios de departamentos de alrededor, donde algunas ventanas en ámbar sugerían el calor de hogares de clase media. “A esta liga le quedan tres o cuatro años, cinco como mucho”, me dijo. Un poco sorprendido, le pregunté por qué pensaba eso. “Claro, hermano. Nos están empujando. Esta cancha está demasiado bonita como para que la sigamos usando nosotros. En algún momento nos la van a quitar.” Me quedé callado, analizando si realmente Revilla tenía motivos para ser tan pesimista, y no supe qué responder. Después me pregunté si, llegado el improbable caso de que hubiera que tomar una decisión, de qué lado creía Revilla que estábamos nosotros. Tampoco quise contestarme. “Se vienen los blancos, Hernán”, dijo Revilla después, quizás dándome una respuesta. “Se vienen los blancos.”

Diario de Alcalá

Publicado: 22 febrero 2013 en Leila Guerriero
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Haití tiene una sola cama. Es oscuro, caliente, pequeño, con una ventana cuyo postigo solo se mantiene abierto si se lo aprisiona con la puerta del armario en el que hay tres perchas y una manta. Madrid, en cambio, es luminoso, tibio, amplio, tiene dos camas y un armario con diez perchas y tres mantas. Haití y Madrid son los nombres de dos de los cuartos de la residencia universitaria donde me hospedo en Alcalá de Henares. Hay otros, y llevan nombres como Teruel, Puerto Rico, Sevilla. Pero a mí, apenas llegar, me hospedan en Haití y, como no tiene wifi, pido que me cambien y me cambian a Madrid. Así, en minutos, acarreo computadora, libros y maleta desde el hoyo oscuro, caliente, pequeño y destecnologizado de Haití al paraíso luminoso, tibio, amplio y tecnológico de Madrid, donde pasaré un mes. Y, mientras camino de una habitación a otra, pienso que alguien —un hombre, una mujer— vino aquí, vio los cuartos, decidió: “Este es Madrid, este es Haití”. Y me digo qué vicio, qué manía: la de ver, en todo, otra cosa. La de ver, en todo, una metáfora. Después, esa misma noche, comento en un bar, con un grupo de gente, el curioso reparto de nombres: Haití un pozo oscuro, Madrid un prado luminoso. Todos me miran extrañados y uno de todos me dice, con encogimiento de hombros: “Llevo años trabajando allí y ni me había dado cuenta ¿Quieres otra caña?”.

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Estuve en Alcalá en el año 2004. No lo sabía antes de venir pero lo recordé cuando vi la plaza. Entonces, busqué en mis archivos y encontré lo que escribí después de aquel viaje:

“Junto al hospital de Antezana, donde cuenta la leyenda que el padre de Cervantes se desempeñaba como cirujano sangrador, está el Museo-Casa Cervantes, una vivienda con patio y dos pisos en galería, donde se supone que nació don Miguel. (…) En la puerta, sobre la calle Mayor, varios adolescentes se toman fotos sentados en la falda de una estatua del Quijote mientras envían mensajes de texto a sus amigos que vacacionan en el Mediterráneo. A pocos metros, Tribal Body Piercing promete tatuajes y piercings en todas las zonas: nariz, veinticuatro euros; cejas, veintiocho; pezón horizontal y vertical, veintiocho; lengua, treinta; nuca, treinta; genitales, consultar precio. En el patio de la Facultad de Humanidades, que depende de la universidad de Alcalá (…), los estudiantes expresan su protesta contra la decisión del Consejo de Coordinación Universitaria según la cual carreras como Historia del Arte, Humanidades y Geología dejarían de existir por falta de salida laboral: allí el ingenio universitario montó una instalación de dólares falsos pendiendo sobre la consigna ‘Primero extinguieron mi carrera/ Más tarde profesionalizaron mi mente/ Después quemaron mis libros/ Solo me dejaron dinero’. La consigna, tan primer mundo, estruja un poco: da pudor”.

Ahora, seis años más tarde, abril, 2010, camino por Alcalá hasta el hospital de Antezana y ahí están: las esculturas de Quijote y Sancho, el tattoo piercing, los mismos precios. Imagino que eso que llamamos progreso es, a veces, tan solo una idea de permanencia, de estabilidad.

(Tomo nota de que en la universidad ya no hay carteles. Primero pienso que debería preguntar qué sucedió con aquella decisión del Consejo pero después pienso que, en medio de la crisis de la que todo el mundo habla, aquello de “Solo me dejaron mi dinero” ya no debe ser tan buen argumento, sonar tan despechado.)

***

Me fijo más en otras cosas. En que no hay viejos más viejos que los viejos de Alcalá. No deben tener más de setenta pero caminan despacio y visten ropas rígidas, adustas. Hace años que no veo viejos así: viejos que fueron siempre viejos, viejos que no tuvieron juventud.

***

Haití es pobre, pero tiene vista a un patio.

Madrid es rica, pero tiene vista a una pared.

Pobres, pero con vista.

Qué pensamiento barato.

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Después, un día, espero en un semáforo junto a una pareja de viejos. Él usa una campera oscura, triste, pero cuando la miro de cerca veo que es de Lacoste.

Los primeros días de todos los viajes, siempre iguales: armo mi mapa, busco los sitios en los que compraré agua mineral, comeré algo, conseguiré el diario. Ahora son las cinco y media de la tarde y busco un locutorio. Pregunto a una mesera y me dice “A la vuelta”. Pero voy a la vuelta y el locutorio cerró hace un año o dos. Vuelvo a preguntar y me dicen que a dos cuadras. Pero voy a dos cuadras y no quedan rastros. Lo mismo, siempre, en todas partes: excepto en barrios de inmigrantes, Europa asume que nadie necesita un teléfono ni una computadora porque todo el mundo tiene uno, una. Pregunto, entonces, por la estación de trenes, y allí, en los alrededores, encuentro de todo: locutorios, sitios donde venden tarjetas telefónicas, kioscos, verdulerías, panaderías con sánguches apabullantes, negocios de comidas árabes y checas, negros hablando a gritos por celular en un inglés alarmante calzados con botas de cuero de alguna imitación muy muerta, tres supermercados chinos, muchas cafeterías baratas. Pienso: un mundo parecido al mío. Un mundo posible.

***

(Después, cuando les cuente a algunos habitantes de Alcalá las pequeñas historias que sucederán en esas cuadras, preguntarán sorprendidos dónde encontré cosas como esas: un bar llamado La Oficina, un locutorio atendido por una rubia endemoniada, un salón donde los viejos inmigrantes bailan merengue y chachachá. Llevan años en esta ciudad, pero no van por ahí o, si van, ven otras cosas.)

***

—Perdón, ¿sabe dónde puedo comprar agua mineral por acá cerca?
—Como yo digo: como no te vayas al bar. No ha quedado ninguna tienda de alimentación por aquí.

El tipo de la casa de fotos lo dice de una manera rara: como si yo tuviera la culpa de que no haya quedado ninguna tienda de alimentación por aquí.

***

Es humillante. La cantidad y la variedad de la comida es humillante. Orejas de cerdo, arroces con costra, pescados, cocidos, guisos, cazuelas, tapas, tortillas, pinchos. En el pequeño mercado municipal la fruta no se vende: se exhibe. Parece puesta para dar envidia.

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—Vete por ahí, cariño.
—Listo, amor, me llamas.
—Cariño, vente, vente con nosotros.

Me dicen cariño, me dicen amor. Y yo, como una imbécil, me lo creo: que mujeres y hombres que no me conocen, que nunca volverán a verme, me quieren, se preocupan por mí.

***

El tren de cercanías sale con una puntualidad que me avergüenza, porque le desconfío. Los carteles dicen que va de Alcalá a Atocha y Recoletos y aseguran que sale en tres, en dos, en un minuto, pero le desconfío. El tren, por supuesto, sale a horario, y yo siento que esa puntualidad, tan previsible, despierta en mí un eco de lejana desazón.

***

No conozco Madrid. Conozco una ciudad que para mí es Madrid y que está hecha con trozos de Chueca, Lavapiés, algo de la Gran Vía y la puerta del Sol, la Plaza Mayor, el Paseo de la Castellana, Salamanca, Ventas. No conozco Argüelles, no recuerdo la plaza de toros, aunque sé que estuve. Madrid empieza a ser, como Bogotá, como DF, una ciudad que no conozco con rincones que conozco bien: una ciudad inventada. Como todas.

***

Regreso a Alcalá desde Madrid en bus. Son las dos de la mañana. El bus está lleno de gente que recién sale del trabajo: empleados, enfermeras, artesanos. Un hombre borracho quiere subir, el chofer le pide que se baje. Todos se amotinan (indignados, gritan que quieren llegar rápido a casa) pero son dos negrazos los que se ponen de pie, lo encaran, le dicen en un español truculento: “Báhate o te empuho, hombe. Te empuho ió, sí, no mires”. El hombre se baja, el bus sigue. Detrás de mí una vieja le cuenta a otra la receta de una lasaña y le dice que debería llamar a Conchis, la pobre Conchis de la gasolinera, que no se le dilata el estómago y hace meses que no come. La otra, entonces, le pregunta: “¿Pero se puso buena o ya se murió?”.

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Un día entiendo qué es lo que pasa con los viejos: uno no espera encontrar a estos viejos en España. Estos viejos —austeros donde reina el consumo, antiguos donde manda el diseño— no son viejos de acá. Son viejos que vienen de un pasado que no existe. De un pasado que, hoy parece, nunca existió.

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La residencia de la universidad funciona en el Colegio de San Ildefonso y, junto a la residencia, hay una puerta que da al paraninfo. Allí, en ese paraninfo, se entrega —se va a entregar en unos días— el premio Cervantes. Por algún motivo eso —el hecho de que la puerta esté tan cerca, el hecho de que le estemos durmiendo casi encima— a muchos les parece excitante.

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Iré a Zimbabwe desde España, en un mes.

Ahora prefiero pensar que estos días plácidos no terminarán nunca. Que siempre tendré este cuarto caliente, conexión a internet, agua mineral junto a mi cama. Será que la patria son las rutinas, no otra cosa.

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Por primera vez, desde que estoy en España, hablo con un tipo que está, de verdad, en crisis. Es el guardia que cuida la entrada de la residencia y, aunque ahora trabaja en una empresa de seguridad, tuvo una financiera y lo pasó muy bien hasta que 2009 —la crisis— acabó con su vida tal como la había conocido. Me dice que, de todos modos, en dos años podrá dejar este trabajo, poner una consultora, y entonces todo volverá a ser como antes. Yo pienso en lo que nosotros, en la Argentina, llamamos crisis —esa cosa que te hunde de una vez y para siempre, a vos y a tus hijos y a los hijos de tus hijos— mientras el tipo sigue contando que tiene su casa y su autito y que nunca dejó de tomarse vacaciones en la costa porque vivir no se vive dos veces, y yo pienso que en la Argentina vivir, lo que se dice vivir, a veces ni siquiera una.

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Termino una nota para La Nación, la mando. Son las seis de la tarde, hay un sol de justicia, saldré a correr. La tentación de pensar que esto bastaría: una habitación modesta, una ciudad pequeña, correr unos kilómetros al fin de la jornada.

Pero sé que no.

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Cené en una parrilla argentina. La mesa de al lado estaba ocupada por dos checos, una checa, niños. La mesera argentina, amabilísima, empezó a darles consejos acerca de cómo conseguir trabajo y fue un momento intensamente triste porque todos la miraban —a ella— con esperanza.

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Ayer en Madrid, hoy en Alcalá: los fines de semana hay, en la calle, una multitud espeluznante. Las fondas de Alcalá estaban llenas a mediodía y lo están aún pasadas las diez de la noche. La gente bebe, grita, come tapas, refritos, revueltos, panes, fuma. En medio de todo ese desborde me siento inclinada a cierta modestia de costumbres.

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Domingo. No muy tarde. Voy hasta el locutorio de la estación a llamar por teléfono. Cuando regreso, un tipo que antes me había pedido un céntimo me encara otra vez: “Dame un céntimo”. No tengo, le digo. El tipo me pega un codazo brutal en el costado. Me susurra: “Te mueras”. Me doy vuelta por instinto, ni sé para qué, y susurro un insulto que quizás no entienda. Dentro de mí reverbera eso que conozco: una violencia que, si saliera, me mataría o haría que me maten.

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Los chinos regentean los sitios que venden golosinas y gaseosas. Los pakistaníes y los checos, los locutorios. Los árabes, algunas casas de comidas. Me detengo delante de una inmobiliaria. Veo los precios. Unos pisos precarios, de ochenta metros cuadrados, cuestan doscientos cuarenta mil euros.

¿Dónde vive la gente? ¿Cómo?

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Ayer en la noche, caminando hacia la estación, una vieja viejísima, encorvada, del bracete de la que debía ser su hija, dijo:

—Con todo eso que han puesto, los satélites y no sé qué leches.

Y se rió, con una picardía de quince años.

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Por la mañana, en la cafetería de un hotel que está frente a la residencia, una mujer vieja, muy arreglada, lee el periódico. Al rato llega una amiga. Hablan de albóndigas, del potaje que no se descongela. La que llegó más tarde saca de la cartera una Barbie, unos vestidos en miniatura, y anuncia que ha montado una empresa de ropa para muñecas. La otra la felicita.

—Y fíjate qué bien te queda, eh —dice, admirada.

Es como si la vida, aquí, nunca fuera del todo en serio. Como si siempre hubiera tiempo para algo más.

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Ya sé qué pasa con los viejos: se dejan ver. En Buenos Aires los viejos no quedan con amigos, ni pasean del bracete con su esposa, ni toman helados o café. En Buenos Aires los viejos no salen de su casa. No tienen con qué.

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Las inmobiliarias anuncian cosas impresionantes. Un pisito de setenta y dos metros cuadrados cuesta doscientos cuarenta y cuatro mil euros. O sea que a un tipo que en la Argentina ganara, digamos, seis mil pesos por mes —y si destinara a eso todo su salario—, pagarlo le tomaría más de veinte años. Terminaría cuando tuviera edad para mudarse a un sitio más grande, por aquello de la movilidad social. Si es que hubiera, claro.

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Una escena desde la ventana de mi cuarto: tres autos detenidos, esperando detrás de un camión que carga containers de basura. Nadie grita, nadie se queja, nadie toca bocina. El conductor de uno de los autos baja las ventanillas, pone música, enciende un cigarro. Cuando los operarios terminan, el camión se pone en marcha y los autos retoman su camino. El asunto ha tomado más de quince minutos. Quizás veinte. Será eso la civilización: una cierta paciencia.

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Caminando por la calle, luego de un almuerzo, uno de los profesores de la universidad dice que él no cree en nacionalidades. “Yo solo creo en los barrios.” Es una de esas frases que querría haber dicho (pensado) yo.

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Siempre me impresiona cómo, en Europa, se vive con naturalidad en ciudades que son monumento histórico, patrimonio de la humanidad, reliquia pura. Cómo la gente camina sobre calles centenarias y apoya el culo en bancos de iglesias de mil años y estudia en aulas antiquísimas. En Latinoamérica si todo esto nos rodeara, le estaríamos poniendo cordoncitos y un cartel que dijera no pasar. Recuerdo, de pronto, Dubrovnik o Split, y esa sensación de pisar piedras como si uno estuviera mancillando alguna cosa.

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Lo más desconcertante de estar en una ciudad extraña es que, a ciertas horas, todo el mundo parece saber a dónde va. Menos uno.

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Un taxista, en Madrid, me cuenta con todo detalle la estrategia horaria que tuvo que montar para ver, hace algunos años, una exposición de Velázquez en el Prado que lo obligó a hacer cuatro horas de cola. Después me habla de sus planes para ir a la muestra de los impresionistas que auspicia Mapfre y donde siempre hay filas de tres cuadras. Le pregunto si le gusta la pintura. Dice “Bueno, no especialmente”.

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En tren a Madrid. Sube un rubito con ropa de gimnasia negra. Otro, vestido de rapper, lo mira mal. Cuando en la siguiente parada se abren las puertas el rubito baja y corre, decidido, hacia una reja de cuatro metros. Apoya el pie en el tapial y salta. Me gusta esa certeza en la falta de límites. La misma certeza, claro, que lo transforma en un peligro vivo.

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En Madrid, con los taxistas, el tema suele ser la crisis. En un trayecto entre el diario El País y Atocha un taxista me dice cosas como “Es que cuando no hay trabajo, no hay trabajo”. “Es que cuando no se puede pagar la hipoteca, no se puede pagar la hipoteca.” Me divierte esa tozudez que no deja espacio para rebatir. “Es que cuando aquí llueve, aquí llueve”, dice, cuando ya bajo.

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Alcalá tiene una calle llamada la calle Mayor, que continúa a la calle de Libreros. Hay, allí, negocios apretados, uno junto al otro. Eso es, para mí, Europa: ese abarrotamiento en el que caben una casa de alta costura, una mercería que ofrece bragas de abuela, un kiosco de chinos, una peluquería toda Kérastase, una bombonería fundada en 1846, tres tiendas que venden vestidos para novias y la casa de Cervantes.

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En el tren a Madrid un nene llora. Se tapa la cara con las manos y grita, con total desesperación, por qué por qué por qué por qué. Me dan ganas de decirle que no se gaste, que nadie sabe por qué

Por la noche ceno en un restaurante argentino que se llama El churrasquito. Los meseros son argentinos, el tipo de la caja es argentino, pero el ruido es el volumen universal del español: ocho grados por encima del grito. En una mesa hay dos parejas. Una de las mujeres dice, indignada, que parte de la crisis se debe a que los inmigrantes tienen más derecho que los españoles. Qué coraje, me digo, venir a hablar de eso en territorio enemigo.

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No escribo desde el sábado y hoy es viernes. El martes escuché la conferencia de un científico que trabaja en el yacimiento arqueológico de la sierra de Atapuerca desde hace veinticinco años. En cada viaje a la sierra él y su equipo se hospedan en Burgos. Alguna vez alguien le preguntó qué hacían por la noche en Burgos y él, muy tranquilo, respondió que iban a la taberna y bailaban con sus chicas.

—Y luego me di cuenta de que nuestras chicas ya tienen cincuenta años. Y que llevamos veinticinco años bailando con nuestras chicas.

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Miro la televisión. Anuncian el estreno del documental más caro de la historia, quinientos millones de euros. Muestran imágenes de ballenas, de morsas y morsitas, de tiburones. Después, el eslogan: “Queremos conocer las galaxias, y aún no conocemos bien nuestro planeta”. Yo no había leído todo Dostoievsky cuando sin embargo, antes de leerlo todo, quise leer a Kafka. Y no había leído todo Kafka cuando sin embargo, antes de leerlo todo, quise leer a Irving. ¿No es ese discurso una negación de lo que mueve las obras de los hombres: la curiosidad? Los ecológicos. Un grupo de gente desinfectada, caminando orgullosa hacia un futuro sin riesgos.

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El ruido que tiene el poder no es el de las trompetas, ni el de los bombos, ni el del aplauso. El ruido que tiene el poder es el que producen cientos de culos vestidos con ropa cara, levantándose de sus asientos en el exacto momento en que entra una majestad.

Su Majestad el Rey Juan Carlos entra en el paraninfo para la ceremonia de entrega del premio Cervantes a José Emilio Pacheco y, sin necesidad de que nadie dé una orden, acompaña a su entrada ese ruido triunfal.

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Noticias desde Zimbabwe. Me dicen que no hay luz, así que compro una linterna. La pago cuatro euros.

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Una camioneta recorre Alcalá anunciando la llegada de un circo. Circo Coliseo, treinta animales en escena, dice por megáfono una voz con acento italiano. La carpa del circo, que vi ayer mientras corría, es cremosa, elegante, a rayas azules y blancas. “Elefantes, impalas, leones, y lo nunca visto: cerdos amaestrados”, dice la voz, y yo me digo que tengo que ver eso: lo nunca visto. Pero después no voy.

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Sábado en Madrid. Los bares rebosan, los restaurantes rebosan, las taperías rebosan, la Plaza Mayor rebosa, los negocios de ropa rebosan, las tiendas de discos rebosan. Recuerdo nuestro año peor (2002, aunque fueron tantos), cuando nadie salía a la calle, cuando nadie se atrevía a comprar nada por miedo a la catástrofe que pudiera venir después.

Junto al Mercado San Miguel —antiguo, coqueto, gourmet, lleno de gente— hay tres parejas de mendigos, cada una en su umbral. A eso llamarán su casa. ¿A eso llamarán su casa? Frente a la FNAC hay un grupo de cuerdas tocando Las cuatro estaciones. Las cuatro estaciones debe ser, a Europa, lo que El cóndor pasa es a Latinoamérica.

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Una combinación indescifrable: se entierra a un franquista con honores (Samarranch) un día y medio después de una marcha masiva en apoyo al juez Garzón (que ha metido el dedo en la llaga de los crímenes franquistas).

Qué difícil.

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Por la mañana, en la cafetería de la residencia, Mariano, el hombre que sirve el café, habla con una mujer y dice que las heridas, cuanto más lejos del corazón, más duelen. La mujer dice que ella hace diez días que no aparece porque le han operado la boca.

—Me quitaron piel del cielo de la boca y me la pusieron en las encías. Es maravilloso lo que hacen ahora, Mariano, que ni te cortan.
—A este lo dejaron como a un jugador de fútbol —dice Mariano, señalando a su compañero—. Le pusieron unos electrodos, unos cacharros, y lo dejaron como un jugador de fútbol.
—Es increíble lo que hacen.
—Que sí.

Esa extraña sensación de tener la sensación —todo el tiempo— de que están usando un asombro muy antiguo para asombrarse de cosas no tan nuevas.

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Es martes. Ceno en el restaurante argentino. Hay poca gente, apenas tres o cuatro personas en la barra, y todos miran la televisión. Pasan un programa conducido por una española que recorre Buenos Aires: San Telmo, la Boca. Los mozos, el dueño, la mesera, miran arrobados. La presentadora se acerca a un bebé que está con sus padres, en la mesa de un bar, y le canta: “Yo tengo un elefante que se llama trompita”. Los mozos, el dueño, la mesera, sonríen con una nostalgia horrible y obvia.

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Hay una tienda de ropa, casi al final de la calle Mayor. Paso por allí siempre que puedo porque tienen vestidos fabulosos. Cuestan, en promedio, unos trescientos euros y cambian la vidriera casi a diario. Un día entro a curiosear y pregunto por el motivo del cambio tan frecuente. Me dicen: “Es que no nos duran, los vendemos todos”.

Qué difícil.

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Me invitan a dar una conferencia, en noviembre, en el Centro de Cultura Contemporánea de Barcelona. Debo hablar sobre el bicentenario, sobre las relaciones entre España y Argentina. En el minúsculo escritorio de mi cuarto de Alcalá empiezo a tomar notas. Escribo:

“¿Qué es España? Para nosotros, para los argentinos, para los que aportamos con cuarenta millones de habitantes a los trescientos setenta y cinco millones que, en diecinueve países, forman hispanoamérica, ¿qué es España? ¿El sitio del que nos independizamos? ¿El sitio del que venimos? ¿El sitio al que queremos volver? ¿Es la tortilla de papas, las doce uvas a las doce, los toros, el Quijote, Alaska, Almodóvar, Serrat, Sabina, Los héroes del silencio, Tomatito, García Lorca, Góngora, Quevedo, el vino, el Duero, el Tajo, la sangre y la tragedia, una plaza de piedra una tarde de sol, la Rambla, la Guerra Civil, el rey, la reina, el Escorial, Letizia, el Prado, Paquirri, los funcionarios de migraciones de Barajas, Machado, Miguel Hernández, la virgen de la Macarena? ¿El único país de Europa donde hay vida más allá de las nueve de la noche? ¿El sitio del que nos independizamos? ¿El sitio del que venimos? ¿El sitio al que queremos volver?”.

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No pocas veces, más bien varias, esta escena: madres (muy jóvenes) zamarreando críos (muy críos) y diciéndoles cállate, diciéndoles imbécil, diciéndoles eres un bueno para nada, diciéndoles no, no te perdono.

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Me depilo en Malvasol, un centro de estética. Me atiende una chica de veintiún años con ortodoncia de las de antes, con fierritos. Me pregunta de dónde soy. Cuando le digo que de Argentina dice que le gusta mucho viajar pero que no ha salido nunca de su país. Me pregunta qué hago y, cuando le digo que soy periodista, pregunta lo de siempre: si he conocido a algún famoso. Pienso un poco, porque quiero ofrecerle algo decente, y le digo que sí, que hace años entrevisté a Paulo Coelho. Me dice que a ella le gusta Jorge Bucay y me cuenta el cuento de un elefantito —un cuento de Jorge Bucay— que la conmovió. Después me dice que la crisis está fatal, que ella trabaja mucho para ganar poco porque el convenio es malo. Que ha pensado en irse de España pero que le costaría vivir afuera. Le pregunto por qué. Me dice que extrañaría la comida, que acá comen mucho y a toda hora y que por las dudas está estudiando para policía, que es otra cosa que también le gusta.

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La gran noticia, hoy, es el escándalo: el escándalo de la gente escandalizada con Zapatero, que mintió, y que, en vez de decir que los desempleados eran 4.700.000, como son, dijo que eran 4.200.000, como no eran.

Qué difícil.

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En la cafetería del hotel, las mismas señoras conversan. Una dice, con frialdad, que, cuando te vienes vieja, la línea de los labios desaparece, los ojos se hacen más chicos, la piel de aquí te empieza a sobrar.

—Vamos, que no te reconoces.
—No es para tanto —dice la otra.

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La publicó esta mañana el diario La Razón, pero ahora no puedo encontrarla. Era una nota sobre el hospital de Aguascalientes, México, donde le salvaron la vida a José Tomás, a quien corneó aquel toro. El artículo empezaba diciendo que el sitio no era una clínica suiza ni un sanatorio francés, pero que tampoco era tan sucio.

Qué difícil.

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Dejo Alcalá para irme al África pero primero paso por Madrid, donde me quedo en casa de un amigo, en Lavapiés. Un día, recostada contra una columna de la Plaza Mayor, mientras miro a un grupo de baile de Galicia preguntándome si serán todos gallegos, pienso que he escuchado muchas veces en este viaje el argumento de que no se puede cantar tango si se es gitano, ni bossa nova si se es chileno, etcétera. Si siguiéramos el hilito del argumento hasta el final, descubriríamos que tampoco sería posible que un tipo de barrio, argentino y devoto del mate y el fernet, como Julio Bocca, bailara el Cascanueces. Digo, digamos, por ejemplo.

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Una noche regreso caminando a Lavapiés y veo, frente a la catedral de San Isidro, un papel pegado en el piso, enmarcado con cinta scotch, que dice “Colombiano pinta uñas de pies y manos: prolijo”. Hay un teléfono y el papel tiene tiras que pueden arrancarse para llevar. Un tipo que descubrió que la gente camina mirando el piso más que ninguna otra cosa es, además de un genio, un sobreviviente implacable. A lo mejor tienen razón en tener miedo.

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Me voy a Zimbabwe, enferma. Ayer vinieron unos médicos, me inyectaron algo, me recetaron cosas. Para mi escándalo, en la farmacia descubro que una caja de cuarenta comprimidos de alguna de todas esas cosas cuesta apenas dos euros.

Qué difícil.

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Después, Zimbabwe. Por muchos días. Por muchos días.

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De regreso en Madrid paro en un hotel de la calle de San Bernardo. En el hotel han apagado la calefacción hace dos semanas y dicen que no pueden volver a encenderla aunque haga cinco grados: “Pero podemos darle una manta”.

Cada tarde escucho historias tristes en los locutorios de la zona a los que solo acuden bolivianos, brasileños, peruanos: ya no bebas, mi hijito; llámame cuando sepas que estoy en la casa, ¿por qué siempre me llamas cuando no estoy?; cuídame al perro, porfa; es que la niña no quiere hablar contigo, ¿no lo entiendes?, ya no te recuerda. Algunos lloran. Cuando les cuento estas historias a mis amigos de acá se sorprenden: jamás han estado en un lugar así.

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De la puerta de mi cuarto cuelga un cartel. En vez del atildado “Por favor, no molestar”, el cartel dice, en mayúsculas brutales: “No molesten”. Lo leo cada mañana, cuando bajo a tomar el desayuno. A veces pienso que es una forma, no demasiado mala, de empezar el día

Belindia

Publicado: 3 enero 2013 en Diego Fonseca
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El próximo presidente norteamericano tendrá entre manos las brasas calientes de una crisis más grave que la Gran Depresión de 1929. En aquel tiempo, Estados Unidos marchaba a convertirse en el líder de Occidente y al mundo lo conectaban unos pocos teléfonos y aviones muy caros. La humanidad, el dinero y la información circulaban más lento. Ahora ocurre lo contrario: Estados Unidos es dominante pero está a punto de perder su hegemonía global por pasarse décadas barriendo sus problemas bajo la alfombra, vivimos 24/7 en tiempo y el dinero vuela de Tokyo a Frankfurt con un clic. No es un planeta para ser dirigido por personas de ideas estrechas.

Estados Unidos es cada vez más una economía enfocada en comercio, servicios y tecnología que en fábricas que producen autos, juguetes o licuadoras. A medida que las máquinas y los obreros más baratos del mundo absorbieron esas funciones, los trabajadores americanos menos educados se convirtieron en proletarios sufrientes. Esos obreros que apenas han terminado la escuela secundaria son los protagonistas de las líricas de Springteen en Born in USA y los documentales de Michael Moore por algo más que su valor simbólico: los que se están quedando fuera del mercado son seis de cada diez trabajadores estadounidenses. Que Apple piense el producto para que lo fabrique una empresa paraestatal de Guangzhou es un buen negocio para Steve Jobs y para China pero no para un operario industrial de Michigan.

Una provocación, el sueño de sus enemigos: Estados Unidos como Belindia. La riqueza y la modernidad de Bélgica para los más educados; la pobreza y la ignorancia de la India para las masas.

Las clases en Estados Unidos se están separando cada vez más. Entre 2002 y 2007, antes de la crisis, dos de cada tres dólares de aumento del ingreso fueron a manos del uno por ciento más rico del país, gente odiosa como Donald Trump y cool como George Clooney.

Ya durante la crisis, esos ricos perdieron mucho menos que los más pobres y que la clase media. Hoy, una familia americana promedio debe todos los meses el cinco por ciento de su ingreso; hace cuarenta años, ahorraba el quince.

En una sociedad sobreendeudada, la libertad de los individuos para tomar decisiones se reduce a micrones.

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JJ fue camionero y ahora tiene un restaurante. Llegó a la capital a apoyar al Tea Party, la última bestia negra del sistema de partidos en Estados Unidos. La primera de esas bestias negras fue Barack Obama, que atropelló a la aristocracia demócrata y republicana en las primarias y la elección presidencial de 2008. Obama venía de los suburbios del sistema político, pero mientras él llegó para ser un presidente previsible, el Tea Party quiere encender hogueras. Para ellos, una plutocracia de burócratas, empresarios y medios les robó América, la endeudó y la sostuvo sin dignidad con el dinero de los árabes, los chinos y Japón.

JJ -“me llamo James Joseph pero me dicen JJ”- se quita el sombrero de Chindits y lo deposita en el banco de madera justo al lado de su culo de camionero. Es julio, es verano y JJ se derrite bajo el sol y la humedad tropical, tan inapropiada, tan desubicada, de Washington DC.

—Este país está jodido -dice JJ-. Un francés acá, un africano allá.

El francés-acá es la estatua de un francés: el Marqués de Lafayette monta un caballo brioso, las manos al cielo, presidiendo el centro de Lafayette Square, frente a la Casa Blanca.

JJ no sabe muy bien quién es Lafayette. Lo asume: si está en un caballo y frente a la sede del gobierno federal, fue un militar importante y merece respeto, pero era francés, y por alguna razón eso es un problema.

Lafayette fue general y coronel de caballería de George Washington durante la Guerra de la Independencia. Empujó a los ingleses al agua en Virginia, escribió los borradores de la Declaración de los Derechos del Hombre y del Ciudadano en París y, después de escapar de los jacobinos, regresó a las bancas de la extrema izquierda de la Asamblea Nacional para pedir la prohibición de la pena de muerte y la eliminación de los privilegios de los nobles. Cuando murió, cubrieron el cuerpo con tierra de Virginia y plantaron la bandera de las barras y estrellas sobre él porque es un patriota estadounidense.

Pero JJ, que es un patriota libertario, no lo quiere.

—¿Cómo podemos tener una estatua de un francés justo aquí? ¿Por qué no George Washington?

El africano-allá es Barack Obama, un hombre que según JJ y millones de enojados como él hace como que es presidente sin saber bien de qué va eso. Aquí, en Lafayette Square, el enojo de JJ está escrito en negro sobre blanco en la camiseta que el sudor le pegó a la piel: “Una villa en Kenya extraña a su idiota”.

JJ es obtuso. No cree en casi nada más que en Dios, en su familia, alguna idea abstracta como perseguir la felicidad y otra más naturalmente americana como portar armas. El camino a la felicidad, en la cosmogonía de JJ, pasa porque el gobierno no lo acose con impuestos y le deje hacer con su vida lo que le da la real gana. El plan de portar armas es todavía más concreto. JJ tiene dieciséis y quiere más.

—Para matar conejos y venados, esas cosas, tú sabes.

No, no sé y no quiero saber.

Un miembro del grupo se acerca. Irán al mausoleo de Abraham Lincoln, sobre el río Potomac. El tipo -hueso y músculos muertos, bigote atabacado, anteojos espejados- quiere hacer fotos en las mismas escaleras donde meses atrás Glenn Beck, un locutor de radio convertido en ideólogo informal del Tea Party, reunió decenas de miles de conservadores molestos con Obama -muy molestos- y desencantados de los líderes republicanos para que entre todos recuperen, dijo, el honor perdido de América.

—Estamos locos de rabia -dice JJ, como si hiciera falta.

***

En 1773, el Parlamento británico sancionó el Acta del Té para que la Compañía Británica de las Indias Orientales pudiera ampliar su monopolio vendiendo la hierba a precio reducido en las colonias. El Acta alteró los nervios de los súbditos y de los contrabandistas de té americanos; el 16 de diciembre un grupo de ellos asaltó tres barcos de su Honrosa Majestad en Boston y arrojó la carga de té a las aguas de la bahía. El Motín del Té -en inglés, The Boston Tea Party- sirvió para protestar por los impuestos que Inglaterra cargaba a las colonias y armar el brazo para la independencia.

Figura conocida, primero la tragedia; salto de dos siglos y chirolas: el Tea Party como farsa.

Los primeros teteros se hicieron notar en 2008 -después de que se pinchó la burbuja inmobiliaria y George W. Bush rescató a los bancos con fondos públicos-, pero su fuerza se multiplicó con Obama. Los anfitriones conservadores de los shows de TV y radio enrabietaron a sus audiencias cuando Obama, el presidente demócrata, salvó también de la quiebra a las automotrices, y volvieron a hacerlo cuando presentó la reforma de salud y la de Wall Street, y cuando promovió migrar hacia energías más limpias, y cada vez que habló de crear una escuela más moderna y secular.

La derecha tomó velozmente las calles -un territorio que en el mundo pertenece a la izquierda y en Estados Unidos a los autos- y en menos de dos años llevó un buen puñado de hombres y mujeres a la Cámara de Representantes y al Senado. Quienes postulan el retorno a un pasado idílico en el que estaba de moda la peluca del tipo de Quaker, ahora toman o traban las decisiones del último gran imperio de Occidente.

La oratoria del Tea Party es un puñado de dogmas innegociables. En la Constitución de Estados Unidos y en la Declaración de Independencia, dicen los teteros, los Padres Fundadores escribieron con verdad profética las libertades que Dios legó a los individuos. Y como todo buen creyente sabe, la ley moral de Dios es inmutable y no puede ser modificada por el hombre. Por eso, en la América del Tea Party hay lugar para decir lo que se quiera y portar un arma -eso está en la Constitución-. Pero no para ilegales, abortistas, gays ni socialistas europeos -que no están en la Constitución-.

El Tea Party tuerce los extremos de cualquier filosofía antisistema. Sus miembros son mayoritariamente hombres, libertarios, nacionalistas y cristianos. Dicen representar a la América profunda, pero buena parte de sus líderes son millonarios, sus principales financistas son petroleros e industriales y en su base está la clase media, no los pobres de toda pobreza.

El Tea Party es, también, otras varias cosas más inasibles. Es un organismo vivo, sin plataforma escrita ni mando ni líder central sino células dispersas en todo el país que operan como guerrillas. Mucha gente enojada, que cree poseer una verdad revelada por Dios y que es muy blanca. Es basismo inorgánico, tribunales populares en la corte de facebook, un fundamentalismo de decisiones finalistas. El Tea Party es un lío enorme, un gran dolor de cabeza. Es La Cosa.

—Somos América -dice JJ.

América está en serios problemas.

***

El tísico crecimiento de los últimos años dependió en buena medida de los fondos de ayuda del gobierno para que las empresas tomen empleo y los consumidores, que generan seis de cada diez dólares del PIB, compren más autos, casas y chucherías y gasten en iPads, iPhones y vacaciones. Todo eso debiera permitir al Estado recaudar más, pero si no recauda debe tomar más deuda para financiarse y su deuda ya es ozónica. Tampoco puede subir los impuestos: en este Estados Unidos es un pecado capital.

El dos de agosto, la fecha límite para que el gobierno iniciara una escalera de impagos de la deuda, al Tea Party no le importó nada de eso. Sus representantes y los republicanos aceptaron fijar un nuevo límite de endeudamiento solo a cambio de que la Casa Blanca reduzca el gasto social y, a largo plazo, la deuda y el déficit. Pero, y ahí está el truco, debe hacerlo sin incrementar los impuestos ni eliminar exenciones tributarias que, básicamente, benefician a los ricos. El acuerdo coincide con esta figura: primero se venda el pie herido; luego se le echa encima un piano.

Nouriel Rubini, el economista que adelantó la crisis de las hipotecas tóxicas, definió en twitter el modo en que los teteros entienden el mundo: “Cerremos la Reserva Federal, los bancos y volvamos a esa bucólica economía autárquica del trueque donde yo te vendo mis papas por tus tomates”.

El tironeo por la deuda —el primer reality show político global— hirió la confianza en la habilidad de Estados Unidos para manejar sus asuntos internos, que equivalen en buena medida a los asuntos del mundo. La historia que siguió aún huele a pan fresco. La calificadora de riesgo Standard & Poor’s rebajó la calidad del crédito estadounidense, el precio del petróleo volvió del cielo a la Tierra Media y los productos agrícolas bajaron de Saturno a, digamos, Mercurio. Los inversores, mientras, se convirtieron en chihuahuas histéricos que saltan de una bolsa a la otra o al oro o al yen o a los títulos de deuda y que lo harían también a un acuario con tiburones si eso preservase el valor de su dinero —o los hiciera más ricos—.

El problema de los políticos estadounidenses es que no pueden sacar la cabeza del cepo. Los republicanos lanzaron en agosto su campaña para las elecciones de 2012 y a poco de andar el campo se llenó de esoterismo. Hace no mucho tiempo confiaban en que podrían controlar al Tea Party pero el desquicio de la deuda demostró que los dueños del manicomio son los locos. Como comparten base electoral y la base gusta de los disparates teteros, los republicanos han debido migrar a posiciones tan jacobinas que su candidato más moderado, el exgobernador de Massachusetts, Mitt Romney, parece un demócrata. Uno de los que tira hacia el extremo es el gobernador de Texas, Rick Perry, quien hace unos meses reunió a treinta mil cristianos en Houston para pedirles que recen por la recuperación de la economía y para que el Señor se lleve la sequía del estado y lo bendiga con una lluvia.

Pero el extravagante Perry no es la peor manzana del cajón. La figura profética que más devotos suma se llama Michele Bachmann, una cruzada contra todo lo que no responda al designio divino, llámese Washington, los gays o las lámparas fluorescentes que ahorran energía.

***

Los teteros no dudan: creen. Y Michele Bachmann es una conservadora literal: para ella, Dios no quiso decir algo en la Biblia; Dios dijo.

Su incontinencia verbal es una amenaza para la paz mundial. En un acto en Carolina del Sur a inicios de año, dijo que veía a Obama demasiado ocupado inclinándose ante reyes, agachándose ante dictadores, oliéndole el trasero a las élites de Europa y mimando a los yihadistas. Según Bachmann, Obama está consiguiendo un imposible: hacer que Jimmy Carter luzca duro como Rambo.

Bachman —bajita, ojos claros que se abren como si le hubieran pisado el pie, voz firme— es una abogada cristiana ortodoxa que dirigía su propia escuela religiosa cuando, apropiadamente, Dios le dijo que debía tener una carrera política. Su principal influencia intelectual es John Edismoe, un profesor fundamentalista que una vez afirmó, sin sombra de dudas, que hoy Jesús predicaría armado con un M16. Por sus enseñanzas, Bachman cree que la mujer debe ser sumisa y obediente del hombre y que los gays son seres aberrantes, que eligieron ser esclavos, y que quienes defienden el matrimonio del mismo sexo quieren convencer a los niños americanos de probar la homosexualidad.

Muchos líderes del Tea Party comparten su desprecio por la duda cartesiana y la verdad científica y favorecen los principios religiosos, los viejos dogmas o sus propias invenciones mesiánicas. Cuando no es una visión divina, la realidad para un tetero es un ejercicio de ficción personal. (Lo más grave de todo es que les creen.)

Sarah Palin, la candidata republicana a la vicepresidencia en 2008, inició el camino. Palin hizo un arte del palabrerío impune sin lógica, pero eso no ha hecho sino aumentar su popularidad. El ciudadano pedestre encontró en ella una heroína. “En nuestra política moderna, ser la clase correcta de ignorante entretenido es como tener una gran mano derecha en el boxeo”, escribió Matt Taibi en Rolling Stone. “Siempre tendrás una oportunidad de pegar duro.”

Palin asustó al establishment cuando amenazó con su candidatura presidencial, pero finalmente encontró más atractivo hacerse millonaria con su propio reality show y una autobiografía. Palin dejó Alaska y se compró una mansión en Arizona. Bondades del estrellato veloz, sin mérito alguno pero con fama, ahora bendice a los candidatos del Tea Party.

Por su boca habla Dios.

***

En Lafayette Square, poco antes de irse, JJ me muestra una impresión de la página de facebook de un avatar llamado Right Wing Housewife. El avatar es la ilustración de una mujer con cara de pocos amigos y que deja asomar un palo de amasar entre los brazos cruzados. Dice Right Wing Housewife: “Hace más de cinco mil años, Moisés dijo a Israel: ‘Recojan sus palas, monten sus asnos y camellos, y los guiaré a la Tierra Prometida’. Cuando Roosevelt introdujo el Estado de Bienestar, dijo: ‘Bajen sus palas, siéntense y enciendan un Camel, esta es la Tierra Prometida’. Ahora el gobierno robó tus palas, gravó tu trasero, subió el precio del Camel e hipotecó la Tierra Prometida con China”.

—¿No es magnífica? —se entusiasma—. La quiero distribuir por internet.

Le digo que no es muy original. Escuché la broma pero hablando de Bill Clinton.

—Mejor, porque entonces están hipotecando el país desde antes.

Lo corrijo. Clinton dejó el gobierno con superávit, Bush hijo aumentó la deuda y el déficit. JJ niega con la cabeza.

—Well, eso no es lo que dice Fox News.

Fox News, el zorro del cable, la mayor empresa de medios de Ruppert Murdoch en Estados Unidos, es el canal de noticias del conservadurismo y una tribuna del Tea Party. Ninguna novedad: América es un país de talk shows y el Tea Party es una organización moldeada por entretenedores electrónicos.

El primero fue Rush Limbaugh, un presentador de radio y TV a quien la revista conservadora National Review consideró el líder verdadero de la oposición a Bill Clinton. El público hizo multimillonario a Limbaugh por criticar a las feministas y desmerecer a los negros y por defender sin dudas el servicio prestado a la nación por los soldados que torturaban presos en Abu Ghraib. Su último contrato es más caro que el de Le Bron James, cuatrocientos millones de dólares por ocho años con Clear Channel, la cadena de AM y FM más grande de Estados Unidos.

Su sucesor, Glenn Beck, mantuvo al tope las audiencias de Fox News por años y es la quintaesencia del teterismo. Conecta con sus seguidores a un nivel primario, emocionalmente complejo. Ellos son antes fieles y devotos que ciudadanos políticamente organizados y Beck sabe cómo arrullarlos con discursos que resultan actos de fe y no de razón. Los líderes del Tea Party han abrazado su estilo. Beck elige un sesgo y machaca lo mismo que Bachmann extrapola y Palin distorsiona. Cuando critican a sus adversarios, todos, como Beck, muerden, se desdicen y contraatacan decenas de veces. No importa si lo que dicen es verdad: para cuando alguien se detiene a responderles, el cuento ya ha sido fragmentado, viralizado y vuelto a reproducir millones de veces.

Si la política de la mentira y la ignorancia sin filtros se perpetúan es porque su ejercicio no trae consecuencias. La impunidad siempre alimenta la próxima y más grande monstruosidad. Se puede mentir sin quitar la vista del ojo de la cámara. Dios perdona en el confesionario.

Curiosamente, la prensa liberal contribuye al fenómeno pues el menosprecio que muestran medios como el New York Times o The Onion fortalece al Tea Party. Fuera de grandes ciudades como Nueva York o San Francisco, en sus pequeñísimos pueblos del interior Estados Unidos sigue siendo un país de puritanos cuya principal actividad comunitaria es la misa del domingo. Cada vez que David Letterman se ríe de Bachmann, un granjero del Cinturón Bíblico enarca las cejas. La lectura es una sola: los citadinos siempre se burlan de la simpleza de la gente pequeña. Bachmann y Palin, por supuesto, son buenas madres de ciudades muy pequeñas.

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Los conservadores más radicales creen que los cuervos se deben comer a los incompetentes, de modo que los salvatajes de Bush y Obama a bancos y automotrices rompió el ciclo higiénico de la naturaleza. No les importaba que el extorsivo too big to fail fuera también realista. El darwinismo les hizo romper lanzas con la meritocracia que gobierna Washington. Of the people, by the people, for the people, un cuerno.

William Voegeli, un teórico tetero, dijo hace un tiempo que el movimiento emergió como la culminación de un largo proyecto de suplantación de una clase gobernante basada en la posición social por otra basada en el cerebro. “Los meritocráticos que dirigen nuestro gobierno, economía y discurso son menospreciados en las reuniones y blogs del Tea Party por la gente que ellos gobiernan”, escribió en un ensayo del conservador The Claremont Institute.

La mayoría de los miembros del Tea Party cree, honestamente, que las corporaciones y los políticos profesionales les robaron América. Para criticarlos, las cabezas pensantes del Tea Party suelen citar a Cristopher Lasch, un reconocido historiador conservador formado en el marxismo. Lasch sostenía que la meritocracia era una parodia de la democracia: la movilidad social nunca mina la influencia de las élites sino que las fortalece pues sostiene la ilusión de que el progreso individual reside en el mérito personal.

Los teteros creen que un gobierno grande, grandes corporaciones y grandes medios y los profesionales que trabajan para ellos son una oligarquía autosuficiente, un grupo de parásitos de Harvard, Yale, Columbia y Princeton que vive de cargar impuestos y regulaciones invasivas a la espalda del buen contribuyente mientras se justifica diciendo hacer el trabajo que los votantes le delegaron. (En su narrativa, Obama es parte de esa plutocracia: nieto de una vicepresidenta de banco, hijo de una antropóloga y un economista entrenado en Harvard, estudió en escuelas de élite y se casó con una graduada de esa élite.)

Esos meritocráticos hipotecaron la Tierra Prometida y convirtieron el Sueño Americano en una colección de deudas. Los colleges y las universidades no otorgan títulos sino una hipoteca que el graduado paga toda su vida a cambio de una educación mediocre. La escuela pública es costosa e igual de ordinaria. Todos los niveles del gobierno han criado burocracias que chupan recursos como sanguijuelas. El sistema financiero es intocable: paga a sus cabilderos para esquivar regulaciones y sanciones, mientras enriquece más a los más ricos, cuando la mitad de la población puede acabar en la bancarrota por una deuda con un hospital, pues no hay un seguro de salud accesible y bueno. El sistema de retiro es otra bomba de tiempo. Tic-tac del estallido previsto: antes de 2050.

En el diagnóstico coinciden todos, republicanos y demócratas, los estadounidenses y los franceses que no quiere JJ. Pero ni los republicanos ni el Tea Party dejarán a los demócratas resolver esos problemas a su manera ni hay claridad de cómo los conservadores viejos y de nueva época podrían construir una agenda coherente y mesurada que no haga saltar el plantea por los aires.

Los teteros están convencidos de que la pérdida de rumbo se corrige con un retorno a los principios y que, con su pasión y creencias, un ciudadano ordinario puede tomar decisiones sin la guía ni la ayuda de expertos o profesionales. Les basta apoyarse en la Constitución, el individualismo y los dogmas elementales de la religión. En su visión idílica, la Historia está detenida y el tiempo se resuelve con un cambio de fotografías: las bondades del pasado se pueden transportar porque Dios les confirió eternidad.

Es el ideal libertario del siglo dieciocho en la sociedad hipervinculada del veintiuno. El bucolismo del trueque en el twitter de Rubini.

La Cosa no piensa.

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JJ ha pasado por Carlisle donde las cosas no van bien. Está demorado en los pagos de su hipoteca y el banco amenaza con golpearle la puerta. El negocio familiar ha perdido clientes. Hay más desempleo en el área. El hijo mayor, que al terminar la escuela se había mudado al norte para trabajar en una ensambladora de autos, perdió el empleo. Lo mismo pasó con el menor, despedido de Walmart. Ambos están ahora haciendo turnos en el dinner. JJ acordó con Joanne vender los autos de ambos y comprar uno solo y más viejo.

Uno de cada tres trabajadores de la manufactura estadounidense perdió su trabajo a partir de 2000. Siete años más tarde Alan Blinder, un exdirector de la Reserva Federal, dijo que otro tercio de todos los empleos del país pueden irse al extranjero en las próximas dos décadas. El cálculo tiene un problema: fue al principio de la crisis y ahora hay economistas que amplían la pérdida. No le quise decir eso a JJ.

—They fucked us up.

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¿Puede el Tea Party subsistir a su propio amorfismo? ¿Es la salvación del Partido Republicano o su condena?

Es difícil creer que la revitalización de los principios fundamentales del excepcionalismo americano puedan sostenerse sobre la base del anti-intelectualismo y la paranoia. Para ser gobierno, el Tea Party precisa más que grupos de voluntarios sin estructura pues, una vez en el poder, se verá sometido a la pasteurización natural de las instituciones en un país que suele normalizar a los radicales. Pero en las conversaciones con teteros corrientes como JJ u otros durante las manifestaciones de la deuda, toda estrategia está solapada por la pasión.

Hace un tiempo me di con un debate en los callejones de los blogs y publicaciones conservadoras al que los medios no le echaron el foco. Algunos quieren que el Tea Party acelere los pasos para construir una coalición populista con el ojo en la economía y una reforma para reducir el tamaño del gobierno. Pero edificar alianzas es un severo contrasentido para una organización poco dispuesta a dar concesiones y que no posee un líder capaz de amalgamar su dispersión.

En esa discusión encontré a Walter Russell Mead, un intelectual con muchos años en el Council of Foreign Affairs, el centro de estudios de política exterior más influyente de Estados Unidos. En una tarde completa con él, las opciones para el Tea Party me quedaron finalmente ordenadas. Sin un Ronald Reagan a mano y con Obama como contraste, los teteros asumirán un riesgo elevado si se decantan por líderes jóvenes con poca o ninguna experiencia. La variante sería hallar un líder con experiencia en Washington, alguien que conozca bien cómo funciona el gobierno, odie las burocracias y sepa liderar. Russell Mead sugiere que dos candidatos posibles serían Stanley McChrystal o David Petraeus. Dos generales.

O sea, el péndulo del movimiento que dice querer salvar a Estados Unidos de la bancarrota y devolverlo a un capitalismo purista se mueve, otra vez, entre extremos. Una fanática religiosa como Bachmann y los dos últimos jefes de la Guerra contra el Mal en Afganistán.

El individualismo inorgánico o la jerarquía corporativa militar.

La fe o la espada.