Posts etiquetados ‘Pandillas’

Las calles polvosas del bajomundo managua están más vacías esta tarde. El Barça juega otra final, y aquí, en las casuchas oxidadas, esta noche quizá algunos no tengan qué cenar, pero un partido así se goza como en las Ramblas. O más. A Joshua y Norlan, dos pandilleros de veintipocos, el fútbol español también les pone, pero han hecho el sacrificio para mostrarme el Walter Ferreti, el barrio en el que crecieron y viven.

Camino del zanjón que separa el Ferreti del 18 de Mayo, Norlan se detiene a mear junto a unos escombros que simulan verjas. La calle vacía como cementerio vacío. Joshua busca otro meadero en silencio, y yo hago lo mismo, no vayan a pensar que soy un desagradecido. Sobre la tierra reseca, justo a la par de donde orino, hay un tajo largo y negro, como un látigo extendido: cientos de miles de hacendosas hormigas que cargan palitos insectos hojitas restos, o se cargan unas a otras. Son tan demasiadas. Hace años vi algo parecido, pero fue en la selva de Petén (Guatemala), no en barrio de capital de república.

―¿Esto es normal? –pregunto en voz alta cuando termino, los dos se acercan.
―¿El qué, las hormigas? –dice Norlan–. Sí, claro, están chambeando porque en la noche va a llover.
―Los zompopos saben cuándo –se suma Joshua–. Ahorita están metiendo comida porque va a venir un huracán de calle.

Son las 3 y media, Managua es el horno insufrible de siempre, y el cielo está azul cielo. El pronóstico suena absurdo, pero disimulo.

―Hormigas, zompopos, ¿cuál es la diferencia? –pregunto.
―Es que su nombre es hormiga, pero su nombre científico se llama zompopo –zanja Norlan.

Seguimos caminando como si nada, y la plática retorna a lo que me trajo hasta el Ferreti: el asombroso Centro Juventud.

En tres horas Managua será un diluvio.

***

El Centro de Formación y Desarrollo Juvenil “Juventud” lo administra la Dirección de Asuntos Juveniles (Dajuv) de la Policía Nacional de Nicaragua. El comisionado al mando –dos estrellas de ocho puntas y dos franjas amarillas en cada hombro, 49 años– es Pedro Rodríguez Argueta. Esta tarde en su despacho impecable habla del centro como quien habla de un hijo medallista en unas olimpiadas.

―Nos ha venido a llenar un gran vacío. La Dajuv trabaja desde hace años con los jóvenes en los barrios, pacificándolos, pero cuando firmaban el acta de no más violencia, siempre quedaban en el factor de riesgo. De ahí se pensó en este centro, en traer a los jóvenes para que estudien una carrera técnica y salgan de aquí con un proyecto de vida. Es la pieza que nos faltaba.
―¿Pero por qué está adscrito a la Policía y no a otra institución?
―Fue una idea de nuestra jefatura nacional. Como nosotros ya trabajábamos con jóvenes en riesgo, a alguien se le ocurrió que también nosotros les diéramos un proyecto de vida.

Dice: jóvenes en riesgo. Dice: proyecto de vida.

***

Decir que los centroamericanos somos violentos es perogrullada, aunque algunos no lo terminaron de creer hasta que a mediados de 2009 Naciones Unidas nos reconoció los méritos, y nos puso el sello oficial de región más violenta del mundo. Llamar la atención de los burócratas neoyorquinos, sin embargo, costó lo suyo: 127,000 asesinatos durante la primera década del siglo en un conjunto de países en los que vive menos gente que en Argentina. Aun así, hay optimistas-ingenuos-emburbujados que siguen creyendo que en México, en Colombia o en la Conchinchina están peor.

Centroamérica es, certificación United Nations, superpotencia de la barbarie, pero es de justicia reconocer que no todos los centroamericanos aportan igual. Sucede como con la que parece ser la mejor liga de fútbol del mundo, la española, que acoge al Barça pero también al Rayo Vallecano. Pues bien, en la liga centroamericana de la violencia, los roles del Real Madrid y del Barcelona los tomarían Honduras y El Salvador, mientras que el aporte de Nicaragua sería similar al de la Real Sociedad.

El paso de los años, además, no ha hecho sino ahondar las diferencias, como ocurre en la Liga. El milenio arrancó con dos bloques bien delimitados: por un lado, el norte (Guatemala, Belice, Honduras y El Salvador, los primeros en sacar el cuchillo); y por otro, el sur (Nicaragua, Costa Rica y Panamá, las suizas). La brecha inicial existente se hizo abismo como consecuencia de las políticas públicas en materia de seguridad que cada país adoptó hace una década.

Numeralia (I). Naciones Unidas cree que un país con una tasa arriba de 10 homicidios por cada 100,000 habitantes padece una epidemia de violencia. Nicaragua tenía en 2003 una tasa de 11 que para el año 2011 pasó a 12. Costa Rica subió de 7 a 10. En el mismo período, Guatemala saltó de 28 a 39, El Salvador brincó de 36 a 70, y Honduras se disparó de 54 a 86. Datos de 2011 en mano, salvadoreños y hondureños son los dos pueblos más violentos del planeta –digo: los dos pueblos más violentos sobre la faz de la Tierra–. Managua no es que sea el edén, pero se le parece cuando alguien ha conocido antes San Salvador o Tegucigalpa en todo su esplendor.

El año 2003 es clave para explicar los dispares devenires. Para abordar el creciente desarrollo de las maras, los gobiernos hondureño y salvadoreño apostaron a la represión –también Guatemala, aunque con mayor tibieza– con planes rimbombantes llamados Cero Tolerancia y Mano Dura, respetivamente. Los presidentes de turno, Ricardo Maduro y Paco Flores, quisieron involucrar a las policías de toda la región en su vorágine represiva, pero por fortuna fracasaron. La Policía Nacional de Nicaragua, el caso que nos tiene aquí, se reafirmó en sus principios, y ese mismo año 2003 creó la Dajuv, con una inequívoca vocación preventiva.

Si el tema no fuera tan serio, hoy resultarían cómicas declaraciones como las que el expresidente Paco Flores pronunciaba altanero en noviembre de 2003. “Vamos a dejar El Salvador libres de maras”, decía. “Nuestro objetivo es dejar todas las colonias y municipios libres de estos criminales”, decía también.

Sin hacer ruido, Nicaragua moldeó lo que hoy se conoce como el Modelo Policial Nicaragüense, y dentro de ese modelo es que se explica algo como el Centro Juventud.

Hoy, el Modelo Policial Nicaragüense y su cara más visible –la de Aminta Granera, la primer comisionada– se han convertido en un fetiche para la cooperación internacional y para gurús-pensadores-vividores del aparataje montado en torno a la seguridad pública hemisférica. A sus homólogos de la región solo les queda inclinar la cabeza, en sentido casi literal. A finales de agosto de 2012, durante un encuentro regional de jefes policiales en Managua, se incluyó en el programa una visita al Centro Juventud. “Llevaremos este modelo para implementarlo en nuestro país”, dijo Juan Carlos Bonilla, director de la Policía Nacional de Honduras. “Sin duda, es digno de emular en nuestros países”, dijo Howard Cotto, subdirector de Seguridad Pública de la Policía Nacional Civil de El Salvador.

La Policía nicaragüense, además, ha logrado el aplauso internacional siendo el cuerpo menos numeroso de la región, con poco más de 12,000 integrantes, y el peor remunerado: recién salido de la academia, un agente gana unos 150 dólares mensuales.

***

Einer Moisés

El bus amarillo ha salido –vacío, puntual– desde Plaza El Sol, el cuartel general de la Policía Nacional, y recorrerá el bajomundo managua durante hora y cuarto, rebosándose, antes de vaciarse en la entrada del Centro Juventud. Hoy es viernes y es mayo.

Unos minutos antes de las 7 de la mañana se planta en el Camilo Ortega. Catorce jóvenes suben en las dos paradas que hace en este barrio. Einer Moisés es de los últimos en abordar, da un apático buenosdías, reconoce al periodista que vio días atrás en el centro, y se sienta a la par.

¿Y dónde dice que se publicará esto? Okey. Me llamo Einer Moisés Flores Sánchez, y soy de la primera promoción del Centro Juventud. Yo llego hasta octubre. ¿Que cómo terminé aquí? Por vago. Pero me gusta aquí. Es una oportunidad que nunca te van a dar en otro lado. Con los policías es tranquilo. Los de la Dajuv son tranquilos. Es muy distinto que te den palos a que te den un trato agradable. Yo nací en Costa Rica, de madre nica y padre tico, pero soy nica. Al Camilo vine a los 5 años, y como a los 9 me enviaron de nuevo a Costa Rica, pero un año nomás. Al regresarme me perdí: con 10 años ya bebía, fumaba monte y bañaditos… y al poco empezamos a robar, en grupo, con mis chatelitos. Al principio sí, uno trata de respetar a los vecinos y todo eso, pero cuando uno anda en sulfuro… La cosa es caerle a alguien que vaya solo. Es requisa lo que se le hace: la cartera, los anillos, el reloj, el teléfono… Mi pandilla era El Cementerio, tranquila, no teníamos traido con muchas. A mí al final me agarraron y modelé un año; pero de ahí salí más calmado. ¿Que qué es modelar? Estar preso en la Modelo (el penal más grande del país, ubicado en el extrarradio de Managua). Lo bueno es que no me tatué, gracias a Dios. Nunca me dio la curiosidad. Bueno, sí me dio, pero nunca lo hice.

―Usted es de España, ¿veá? –pregunta Einer Moisés.
―Digamos que sí –dice el periodista–, pero desde hace 11 años vivo en El Salvador, y me considero salvadoreño. Contra este acento no puedo hacer nada…
―¿Y cuál es la capital de España?
―Madrid.
―¿Y está muy lejos de Barcelona? Yo es que al Barça le voy…

El fútbol español es un filón ilimitado en Centroamérica. Alguien puede no saber ubicar España en un mapamundi, pero raro será que no recite de memoria la mitad de la alineación del Barcelona y del Real Madrid.

―España es grande, ¿veá? Me gustaría ir… –divaga.
―Pues no sé si ahora es buen momento. La gente allá se queja mucho de la crisis.
―Pero en la tele miro que siempre hay rumba. Es demasiado diferente allá, ¿veá?

Si se cumple el guion, Einer Moisés nunca irá a España. Terminado su curso de mecánica automotriz, si le va bien, comenzará ganando 50 dólares la quincena; en unos años, si demuestra que sirve, podrían convertirse en unos 150 dólares. Su máxima aspiración real es terminar en los talleres de alguna empresa grande, Casa Pellas o Grupo Q. Ahí pagan un poquito mejor, dice.

Suena poco ambicioso, miserable casi, pero hace un par de años no tenía futuro.

***

Ahora no porque antes de almuerzo toca teoría, pero en las tardes, el aula del taller de belleza es un relajo. Los doce alumnos inscritos –varones casi todos– necesitan con quién, y llegan estudiantes y policías y profesores a quienes no les importa el riesgo por ahorrarse unos córdobas. El aula está equipada como peluquería profesional primermundista –el instrumental y los productos más sensibles bajo llave–, y se hacen cortes limpieza facial afeitados depilación maquillaje, todo bajo la supervisión de Anielka Caballero, la profesora que ronda los 30 y, para explícito regocijo de sus alumnos, es atractiva. El comisionado Rodríguez Argueta vendrá el viernes a arreglarse el cabello y a enseñar un par de viejas fotografías de su juventud guerrillera, en las que aparece melena roquera y con un fusil FAL en las manos. Miren la responsabilidad que tenía yo con 16 años, les dirá. Usted era un hombre guapo, le responderá una estudiante para sonrojarlo.

Pero el relajo en esta aula sucede en las tardes. Ahora toca teoría, y Anielka propone repasar lo que se hizo mal ayer. Se esfuerza por ganar la atención de los nueve que han asistido ahora. Algunos escuchan y tomas notas, pero otros se desparraman en las sillas, suben los pies sobre alguna mesa, escuchan música o hablan cuando les da la gana. La clase se parece a una de esas películas gringas en las que los estudiantes problemáticos de un high school crean un grupo único para desesperación del profesor de turno.

―Los clientes se están yendo –dice Anielka–, ¿y cómo practicarán si los clientes se van?
―Igual, si ni pa’chicles dejan –se queja Anthony, un pandillero alto y chele, con la cicatriz de un balazo en el rostro.
―Te están prestando su cabello, Anthony, y tenés necesidad de aprender.

Otro día Anielka me dirá que así son ellos, activos orgullosos respondones, y es ese exceso de actividad a lo que ella atribuye que aprendan tan rápido.

―Ayer el compañero al que cortó Anthony tenía pediculosis. ¿Es así, Anthony?
―¿Pediculitis? –pregunta uno, el resto ríe.
―Pediculitis no, ¡pediculosis! Piojos tenía. ¿Y qué hiciste, Anthony?
―La payasada que me mandó hacer usté.
―Pero decile a los demás, que sepan…
―¡Pedir al cliente que se bañe! –grita otro.
―No, hay que ponerse guantes y aplicar el tratamiento, pero ese punto no se cumplió. ¿Por qué no se cumplió, Anthony?

Todos quieren improvisar la ocurrencia más graciosa sobre los piojos, y la clase deviene un coro ininteligible de voces. Afuera diluvia.

―Anthony, seguimos perdiendo la clientela. Analícense, muchachos.
―Ahí que se vayan –dice Anthony.

***

El bus amarillo llega rebosante de jóvenes, profesores y agentes de la Dajuv. Aquí es la comarca Las Enramadas, aún Managua, pero los últimos 15 minutos han sido por una calle boscosa y con cráteres tan despiadados que nos ha adelantado un lugareño en bicicleta. El Centro Juventud está en medio de la nada. La Policía Nacional fleta cada día dos buses amarillos, dos microbuses azul marino y un camioncito blanco para que haya vida.

El Centro Juventud es una genuina apuesta por la prevención, y su filosofía podría resumirse así: ofrecer a jóvenes en riesgo de comunidades empobrecidas una oportunidad para formarse, y brindarles así un proyecto de vida alejados de las pandillas. Los seleccionados pasan un año en instalaciones de primerísimo nivel aprendiendo una profesión –hay talleres de computación, belleza, electricidad domiciliar, panadería, manualidades, reparación de electrodomésticos, inglés, corte y confección, mecánica automotriz, agricultura…–, clases complementadas con una formación transversal en valores y en deporte. Además del transporte, la Policía Nacional proporciona desayuno y almuerzo.

Numeralia (II). El Centro Juventud ha costado 4.5 millones de dólares –y sumando–, provenientes en buena medida de la cooperación. Abrió sus puertas en julio de 2011, y en su primera fase trabaja con dos promociones a la vez, que suman casi 200 jóvenes de entre 16 y 24 años, aunque la inmensa mayoría ronda los 18-20. En octubre se graduó el primer grupo, más de 90 chavalos y chavalas, con un nada desdeñable porcentaje del 50% de jóvenes que completaron el año entero.

El grueso de los elegidos son pandilleros activos –muchos con récord delictivo– que han pasado por programas de pacificación en sus barrios, aunque hay cuotas para otros colectivos, como adolescentes abusadas y jóvenes pro-diversidad sexual.

El proyecto apenas arranca –hay obras y obreros y carteles que dicen “Aquí se construirán aulas de ebanistería” o “Aquí aulas de serigrafía y reparación de celulares”–, y el modelo ya se quiere replicar en Puerto Cabezas, en el Caribe nicaragüense. Hay estrictas reglas sobre cómo comportarse, y no se permite ingresar celulares ni drogas ni fumar ni llevar chores ni tantas cosas. La disciplina es un valor, sin extralimitarse, ya que el principal mérito del programa parece ser que a los jóvenes les gusta –les conviene– llegar. Tanto al ingreso como a la salida los estudiantes son registrados.

Pasé tres días en el Centro Juventud y otros tres en Managua, y mi cuaderno quedó salpicado de ideas que en algún momento creí urgente anotar. Son esos detalles que lo delatan a uno como lo que es: un intruso.

Que en el centro, antes de probar bocado, se dan las gracias al señor.

Que pandilleros y policías comen lo mismo –un miércoles: papas en salsa, plátano, frijoles, arroz con generosidad, y jugo– y comparten mesa.

Que son pocos los jóvenes del bajomundo que tienen e-mail.

Que no solo los jefes policiales hablan bien del Centro Juventud; también los jóvenes.

Que después del Barça-Madrid, los pandilleros nicas preguntan a quien suponen español el significado de coño y gilipollas.

Que en Managua escasean el asfalto y el adoquín.

Que el jefe de Relaciones Públicas de la Policía Nacional, el comisionado mayor Fernando Borge, cree que Nicaragua es el país más democrático de la región: “Usted puede entrevistar a quien quiera y reportar lo que quiera”.

Que el pandillero nica mira con admiración-respeto-ignorancia el Barrio 18 y la Mara Salvatrucha.

Que las hormigas chambean.

Que en argot pandilleril nica ser caibil es ser peluche, y ser peluche supone ser falto de personalidad.

Que tener traido con otras pandillas es tener problemas.

Que las instalaciones del Centro Juventud botan a cualquiera sus prejuicios sobre lo que un Estado de la región más violenta del mundo hace por la juventud del bajomundo.

Que un policía nica puede irse uniformado y desarmado en bus a su casa.

Que quizá aún haya esperanza.

El primer día que llegué al Centro Juventud, un martes, pude entrar en una reunión de evaluación de los planes que la Dajuv implementa en distintos barrios de Managua. Había altos mandos policiales y psicólogos. No me presentaron como periodista y se habló –creo– en confianza. Se dijo que el trabajo preventivo a veces es entorpecido por otras direcciones policiales de corte más reactivo; se dijo que raro es que alguien salga rehabilitado de una cárcel, al contrario; se dijo también que la desestructuración familiar sigue siendo el gran problema.

Una psicóloga fue especialmente dura: “En la sociedad nicaragüense hay una gran ausencia de valores y de normas de conducta. Los jóvenes comparten las chavalas, se meten con la mamá de los amigos… La ausencia de valores hoy día es bárbaro, y luego, claro, los niveles de pobreza”.

Nicaragua es una sociedad emproblemada. La violencia está. Nicaragua es Centroamérica. Pero aquí aún no dimensionan el gran logro que supone que sus jóvenes no se hayan familiarizado con la palabra desfacelar.

***

Joshua

―En mi barrio hay mucho problema: hay jañas, vagos, huelepegas, pirucas… hasta mujeres hay. El barrio está corrompido –dice Joshua.
―¿Y dónde vivís? –replica el periodista
―En el Walter Ferreti. Lo llevo si quiere.

Tengo 20 años. Mi nombre es Josué Enmanuel Ruiz Padilla, pero me dicen Joshua. Estudio en el Centro Juventud, en el taller de peluquería, y soy bueno con la máquina. ¿Que cómo terminé en una pandilla? Bueno, no es solo una. He estado en Los Panzones, en El Doce, en Los Magos… Nicaragua no es como El Salvador. Allá la pandilla cobra impuestos, ¿veá? Acá no. Cuando yo comencé, bailábamos break-dance, bum-bum, y ya uno no podía ir a otro barrio si se tenían traidos, que empezaban por cualquier cosa, porque bailábamos mejor, porque uno tenía una haina de otro barrio, ¿ya? Lo de robar empezó como a los 15, después de los bañaditos, el guaro. El mundo es el que lo corrompe a uno. Y aquí no es como en El Salvador, no creás que los vagos andan plaqueados, no, somos chavalos, ¿ya me entiende? Y usté, ¿en España era pandillero? Ahora estoy tranquilo. Ha sido bueno ir al Centro Juventud. Me gustaría tener mi propia peluquería, en mi barrio, ¿ya? Yo me salí de la mala vida, ando sin pleito, pero siempre camino vivo, ¿ya m’entiende? Cuido mi vida porque es mi vida.

El día de la visita al Walter Ferreti, Joshua buscará a su amigo Norlan –seco, tatuado con prolijidad, cholco, uno que ha modelado–, y se perderán el gane del Barça en la final de la Copa del Rey por enseñar su barrio al periodista. En el recorrido, antes de encontrarse con el tajo negro de hormigas hacendosas, platicarán con un grupo de borrachos encabezados por Óscar Omar Saravia, Patón, un cuarentón que casi se caerá al pararse. “Está bueno que te compongás, mae”, le dirá a Joshua cuando, para justificar la presencia del periodista, le cuente que estudia en el Centro Juventud.

―¿Cuándo me vas a pelonear? –dirá Patón.

Joshua lo ha pensando: ganarse unos córdobas cortando el pelo en casa de sus padres, para empezar, pero no tiene cómo conseguir una máquina que nueva cuesta unos 25-30 dólares.

***

El tema en la clase de hoy es Normas de convivencia, y diecisiete muchachos –la mayoría pandilleros, uno abiertamente homosexual– distribuidos en grupos llevan veinte minutos escribiendo sus reflexiones sobre carteles. Joshua toma la palabra cuando le toca exponer a su grupo. Habla del Respeto, de la Justicia, de la Cooperación… hasta llegar a la Tolerancia.

―Tolerancia es comprender a los demás, ser comprensivos…

Dice Joshua, que tiene madera de líder. Desde el primer momento que lo conocí mostró un desparpajo propio de quien quiere comerse el mundo. Le gusta rapear, y cuando me lo presentaron se arrancó a cappella: “Bam, plan, carnaval, ellos mismos buscan su funeral / Ellos lo han visto, nadie los detiene / Ellos lo saben, nadie los detiene / Se discrimina a la gente que viene.

―…hay que ser tolerantes y comprender a las personas, pué. Profesora, yo comprendo a Jorgito, ¿me entiende? –Jorgito es el compañero abiertamente homosexual–. Él tiene un problema, profesora, tiene un problema muy grande él. ¿Por qué? Porque en su mente tiene un demonio, ¿veá, profesora?

Todos ríen la ocurrencia, menos Jorgito.

***

El profesor del taller de mecánica automotriz, Carlos Enrique Traña Morales –39 años, padre un hijo de 15–, abre el cuaderno como si fuera un cofre, mira un listado de nombres y apellidos, y se toma unos segundos para sacar cuentas: veinte jóvenes se inscribieron, seis han dejado el curso, y hoy miércoles están diez de los catorce.

―Este –el dedo se pasea por el cuaderno– se me fue para Corinto, este otro está preso… y alguno de los que siguen tiene problemas con la ley. Ese de ahí va a juicio el lunes –señala con la cabeza a uno que se esmera en sus tareas, cabizbajo.

La estrategia de Traña para ganarse la atención descansa en la seriedad extrema que transmite y en su profunda religiosidad.

―Los alumnos convencionales por lo general tienen plan de vida –dice–, pero algunos de estos todavía ni saben por qué están aquí.
―Pues nadie lo diría viéndolos –los diez trabajan en silencio, cabizbajos.
―Quizá porque este módulo de dibujo les está gustando, pero cuando no les gusta algo, no atienden, se salen de clase, ¿ya?
―¿Y qué le toca a uno como docente?
―Pues solamente podemos tratar de persuadirlos: mirá, hombre, este es tu futuro, disponete, enfocate, encauzate en esto, porque hoy quizá no veas el cambio, pero lo vas a ver más adelante.

Traña está hablando de pandilleros, algunos incluso ya modelaron o tienen tatuajes o marcas de balazos en sus cuerpos. Su preocupación suena tan sincera que conmueve. Por un momento, casi ni parece Centroamérica esto.

***

Adán Lanuza

Adán Lanuza tiene la mandíbula poderosa y la mirada desafiante. Habla poco. No es muy grande ni muy fornido, pero tiene ese aire de persona con la que conviene evitar irse a los puños. Se le vinculó con un homicidio y modeló un año. Ahora tiene 20, y está por graduarse en electricidad residencial en el Centro Juventud.

―Cuando empezó era muy indisciplinado –dice Mario Zabala, entrenador de la selección nicaragüense de taekwondo y profesor de deporte en el Centro Juventud–, tenía muchos problemas; incluso conmigo hubo un roce porque era bien pleitisto.

Me llamo Adán, nací en 1992 y soy de la tercera etapa del barrio 18 de Mayo. Desde los 12 años estoy en una pandilla llamada Áreas Verdes. Me mataron a varios compañeros. A mi hermano le metieron un balazo en la cabeza, está vivo de milagro. Unos amigos míos están presos, ya van a cumplir dos meses. Yo estuve en la Modelo un año, y esas experiencias uno las vive, ¿me entiendes? Yo salí con más odio, pero después me dije: n’ombre, hasta aquí nomás. ¿Que de dónde viene tanta turqueadera en los barrios? Antes, en el 18 de Mayo los vagosviejos, como les dicen, tatuados y todo, se agarraban con los de arriba, pero al principio no había pistolas, por allá se miraba una. Después llegaron las pistolas, los baleados. Ahora en esta etapa todo mundo anda escopeta, pistola, Aka. El barrio está terrible. Aquí no puede uno andar en la noche. Ni nosotros, porque queda oscuro, y uno no sabe con quién se va a encontrar.

Adán Lanuza tiene un 18 tatuado en su cuello.

***

La conciencia colectiva del mundo occidental aprecia a las hormigas. Las creemos laboriosas incansables solidarias tenaces hacendosas. El refranero las adora: “Llevando cada camino un grano, abastece la hormiga su granero para todo el año” o “Camina más una hormiga que un buey echado”. La Hormiga Atómica y Ferdy dejaron huella, al menos en mi generación, y el cine, ese moldeador universal de filias y fobias, las ha tratado bien: ante la rotundidad de Tiburón, Piraña o Anaconda, las simpáticas hormigas protagonizan Antz y Bichos; pocos podrían recordar el título de una película en la que son amenaza. Salvo los delfines, pocos animales gozan de tan buena reputación.

El culmen de la estima quizá lo represente la fábula La cigarra y la hormiga. Dice así: haragana y despreocupada por naturaleza, cantando la cigarra pasó el verano entero. Previsora y laboriosa, la hormiga acumuló provisiones. Al llegar el frío invierno –en el Trópico no siempre lo es–, la cigarra viose desposeída del precioso sustento y fue con mil expresiones de atención y respeto a pedir ayuda a la hormiga, que se la negó con profunda soberbia: ¿con que cantabas cuando yo andaba al remo? Pues ahora, que yo como, baila.

Moraleja: la vida loca tiene un precio.

De alguna manera, el Centro Juventud quiere convertir cigarras en hormigas.

***

Cuando supe que un alumno del Centro Juventud tenía un 18 tatuado en el cuello, creí haber dado con la prueba de lo que la Policía Nacional niega y reniega: la implantación del fenómeno de las maras en Managua, a través de una de sus dos máximas expresiones: la pandilla Barrio 18. El joven con el 18 en el cuello, Adán Lanuza, me dijo después que el número se debía a que vive en el barrio 18 de Mayo.

El 18 de Mayo también es una sucesión de casuchas oxidadas escombros hormigas calles polvosas. El único pedazo encementado en toda la tercera etapa es una reducida cancha multiusos, punto de encuentro obligado para la muchachada. Esta tarde se disputa un partido de fútbol, y de los ocho que corren tras la pelota, seis juegan descalzos y uno más con yinas. La miseria sabe mimetizarse. A un costado de la cancha, sobre el muro de un cuartucho desmantelado, están pintados los escudos del Barça y del Real Madrid, tan ultrajados que cuesta reconocerlos. Hay algunos 18 pintados toscamente aquí y allá, pero nada que ver con la pandilla que ha sembrado el terror desde Estados Unidos hasta Honduras.

Las pandillas de Nicaragua poco o nada tienen en común con el fenómeno de las maras. La que ocupa esta cancha como base es la Áreas Verdes, y sí, tienen traido con los Cuarteños y con los Urbina, pero los odios ancestrales nicas –su saldo de vidas truncadas– no son lo mismo. Las pandillas aquí rivalizan hurtan territorializan roban narcomenudean asesinan, pero menos.

Adán Lanuza se ha calmado, y eso no le supone problema alguno con Áreas Verdes. Ahora tiene un llamativo parche blanco en su cuello porque ayer fue a borrarse el 18. Me lo cuenta cuando me acompaña a la parada de la Ruta 165. Paramos en una tiendita.

―¿Qué onda, Niña Tere? –saluda Adán Lanuza.
―¿Y qué te pasó?
―No, nada, me quité un tatuaje que andaba…

Adán Lanuza era alguien temido en esta calle. Cuando uno anda en la onda, hasta a su propia familia le roba, ¿ya me entendés?, me dice. Al poco, un señor mayor llega y también se clava en el cuello.

―¿Qué te pasó? ¿Te golpearon?
―No, me quité un tatuaje que andaba ahí.
―Ahhh. ¿Y dónde fuiste?
―A una clínica privada. Me lo quité porque se miraba mucho, para no andarlo ya.

Todavía no se lo ha dicho a nadie, pero Adán Lanuza se lo ha borrado porque en el Centro Juventud ha concluido que quiere ser policía.

―Todo el mundo te pregunta, Adán, ¿te molesta?
―No, al revés –en su mirada desafiante hay una velada satisfacción–, es que antes… antes nunca nadie me preguntaba nada.

Hay casas que hablan. Gritan cosas, cuentan retazos de grandes historias. Esta, en la que recién entramos, es una de ellas. No es muy grande: cuatro cuartos, una pequeña terraza y un patio. Por los acabados que sobreviven -piso cerámico, ladrillo rojo que decora las paredes exteriores, portón de rejas metálicas- uno diría que la familia que vivió aquí le puso mucho cariño y empeño a esta casa. Por las advertencias pintadas en las paredes, uno también diría que la familia que vivió aquí sufrió el desplazamiento, la huida, el dejarlo todo.

***

Si la vida de Sabine Moreno pudiera explicarse con una línea de tiempo, una sucesión de hechos representados por coordenadas y picos unas veces altos, otras veces bajos, podríamos decir que la antigua vida de Sabine Moreno acabó cuando su familia recogió lo poco que podía y huyó de la comunidad sin rumbo fijo.

Pico alto en el diagrama: la familia huye sin rumbo fijo. Un momento trágico, aunque quizá no tanto como el asesinato del abuelo, emboscada en el camino, no muy lejos de la comunidad, muy cerca de la estación de taxis; tres balas, ningún testigo, sangre manando de la boca. Un momento no tan trágico, quizás, pero doloroso al fin de cuentas.

Pico alto en el diagrama: asesinato de su abuelo. Mauricio Moreno. Q.E.P.D. 06/10/1960 – 18/11/2010.

El asesinato de Mauricio activó por fin esos sensores nerviosos que desde el cerebro le ordenan a los pies correr. Los mismos sujetos que se presume lo mataron, en ese mismo año, ya habían acabado a otros seis miembros de la familia de Sabine, para entonces una colegiala de 16 años con muchos sueños. Uno podría preguntarse: ¿por qué esa familia no huyó cuando cayó la primera de sus víctimas? ¿Quién aguanta tanta muerte antes de decidir largarse de su comunidad? Entre las mujeres que ahora lideran a la familia hay versiones encontradas. Blanca, la madre de Sabine, dice que al principio no creyeron que esas muertes tuvieran que ver directamente con ellos. Amelia, la abuela paterna de Sabine, dice que no se iban por culpa de su marido. La familia hacía todo lo que dispusiera Mauricio, y Mauricio se oponía a abandonar ese pedazo de tierra en medio de huertas y cafetales que tanto les había costado a todos.

Mauricio era un evangélico comprometido y confiaba en que Dios resolvería todos los problemas en los que se metieron solo por el hecho de vivir donde vivían. Decía que si Dios quería que dejaran este mundo, no había por qué oponérsele. Pero el abuelo también era un pecador. Lo dice Amelia, su viuda. Se refugiaba en la iglesia para huir del trago. En su batalla interna entre el bien y el mal, los asesinatos en contra de sus familiares poco a poco fueron inclinando la balanza hacia su principal flaqueza. Por eso, en una de sus tantas borracheras perdió la compostura y desenmascaró sus rencores frente a unos ojos que se enfurecieron cuando lo escucharon proferir una amenaza. Una noche, a la orilla de un camino que atraviesa la comunidad, tambaleante y extasiado Mauricio se olvidó de Dios y dijo que haría justicia con sus propias manos. A los días de esa borrachera y de esa amenaza lo emboscaron y lo acribillaron a balazos. Su familia encontró su cadáver ensangrentado, con tres balas en el pecho y una en el rostro. A esos que ofendió no les gusta que los amenacen.

***

Habrán sido, alguna vez, felices. Lo dice, en primer lugar, ese paisaje que sobresale detrás de una ventana sin vidrios y sin barrotes. En ese hueco está pintado el volcán de San Salvador. Es un cuadro hermoso: el río bajo la cumbre, la carretera, una milpa -el maizal infaltable en el paisaje salvadoreño-, y al fondo el volcán, imponente, sombreado por unas nubes.

Quienes vivieron aquí añejaron muchos recuerdos. Lo dicen los árboles de mango y mandarina que inundan con su aroma todo el patio. A juzgar por su altura -ocho metros la mandarina, 15 metros el mango-, los árboles llevan varios años echando frutos.

***

Muerto el abuelo, ya no había poder que se opusiera al éxodo de la familia Moreno. Una mujer bajita, morena y resuelta decidió por todos. Amelia, la abuela de Sabine, viuda de la noche a la mañana, se echó a cuestas el control de toda la familia, compuesta por 20 integrantes. La séptima muerte en la familia los hizo partir. El miedo por fin fue miedo, y ordenó a los pies de esas 20 almas correr en abierta y urgente estampida. Se lo dijeron a Blanca, la mamá de Sabine, el sábado 11 de diciembre de 2010. Sabine lo escuchó todo.

—Dijeron que nos íbamos a ir pero no dijeron cuándo. Para nosotros fue una gran sorpresa cuando al siguiente día nos avisaron que alistáramos las cosas -dice.

Huir, abandonarlo todo, sacudió las fibras más íntimas de Sabine. No es fácil abandonar el terruño, piensa ella. No es fácil que le roben el terruño a punta de pistolas y muertos. Lo comprendió cuando buscó sus cosas para meterlas en una maleta. Sintió un vacío en el pecho, pensó que es difícil dejar atrás toda una vida, sobre todo cuando ahí han crecido tres generaciones de una gran familia. Ella (16 años), su madre (35 años), su abuela materna (50), su abuela paterna (52), habían nacido ahí, en el cantón El Guaje, y a partir de aquella noche ya nunca más regresarían ahí, donde lo dejaron todo. Al igual que ellos, otras 23 familias de esa comunidad huyeron en diferentes oleadas a lo largo de 2010.

Recuerdo de Sabine: empaca lo que puede en cuatro horas. Se siente triste, se pregunta: ¿se puede meter toda una vida en una maleta? La respuesta es obvia. Apenas y alcanza llevarse, además de la ropa, un televisor. Sabine cree que hacia donde la llevaban podrá conectar el televisor. Un carro patrulla de la Policía Nacional Civil entra a la comunidad. Sigue a otro vehículo con placas particulares, prestado por un amigo. Es un camión. Es lo único que la autoridad puede hacer: entrar y salir, custodiar la partida. Todos se encaraman en la cama de los vehículos. Huyen. Se largan para nunca más volver.

Coordenada: Sabine Moreno y su familia huyen de la Mara Salvatrucha 13.

Pico alto: Sabine es desplazada del cantón El Guaje, en Soyapango, El Salvador. Soyapango, parte del Área Metropolitana de San Salvador, es la segunda ciudad más populosa del país.

***

La casa abandonada habla más que la vecina nerviosa que vive en la casa de al lado, que revuelca las pocas palabras que salen de su boca y responde apresurada y nerviosa a las preguntas de Houston, el policía que nos acompaña. Esa vecina no recuerda el nombre de los inquilinos. “Se fueron hace mucho tiempo. No los trataba mucho”. La casa dice que la desmantelaron. No hay techos ni focos ni ventanas ni cableado eléctrico. Tampoco grifos en las pilas ni palanca para el retrete.

La casa también le pone nombre y apellido a “los muchachos” que ahuyentaron a los que aquí vivían. En una de las paredes, hay dos letras pintadas en negro. Una es M y la otra S. Son dos letras mayúsculas, muy grandes. Son las siglas de la Mara Salvatrucha 13, unas de las pandillas más peligrosas del mundo. En otra pared, esas letras están separadas por dos manos huesudas, con uñas largas, como cuchillos. Las manos hacen señas. Una es una garra, la otra es una letra. Abajo hay tres letras más. Son las iniciales que dan nombre a la clica que se tomó esa casa: Diábolicos Criminales Salvatrucha (DCS).

En el patio, debajo del árbol de mango hay frutos masticados, semillas chupadas, colillas de cigarrillos, una botella plástica que alguna vez almacenó guaro. En el retrete hay restos de heces. Ya están secos. Houston dice que aquí se reúnen los muchachos. Que la casa para ellos es estratégica, porque desde este punto de la colina pueden observar cuando los policías entran o salen de esta colonia. Houston dice, sin dramatismos, que los muchachos se reúnen aquí “para planear sus fechorías”.

—Por eso expulsaron a los inquilinos -dice.

Nos alejamos del sector y después de cruzar dos redondeles y tres calles estamos en otra colonia. Houston nos muestra otros pasajes con casas abandonadas. Pero aquí los muchachos que ahuyentan a la gente tienen otra nomenclatura para autonombrarse. “Fuck the police”, escribió alguien en una pared. “18″, cierra esa frase. Aquí controla la pandilla Barrio 18, otra de las pandillas más peligrosas del mundo, y enemiga de la Mara Salvatrucha.

En un radio de unos dos kilómetros, las pandillas con mayor fuerza, poder y presencia territorial de El Salvador envían mensajes por medio de los grafitos de las casas abandonadas.

Otra casa que habla. Y otra más: alguien arrancó los ladrillos de esta y ha sembrado una pequeña huerta en el patio y en el último cuarto. En otra, unos niños han entrado a jugar con pintura. Se mancharon las pequeñas manos y las estamparon sobre las paredes. En otra alguien le declaró su amor a alguien más. “Dagoberta y Seco. Amor por siempre y para siempre”, escribieron, junto a un corazón pintado con tiza en la pared, y un cártel de Minnie y Mickey tomados de la mano.

En este pasaje de 70 casas hay 25 abandonadas. ¿Qué les pasó a esas familias? ¿Por qué huyeron? ¿De qué huyeron? ¿Quién compra o alquila una casa para luego dejarla abandonada? ¿Por qué nadie llega a vivir ahí? ¿Por qué ningún vecino explica adónde se fueron esos otros vecinos?

Nadie, en este pasaje, se atreve a contestar esas preguntas. Menean la cabeza en señal negativa y entre el silencio y la mirada esquiva uno alcanza a percibir algo que se podría traducir como miedo. Miedo a decir algo que no deben decir. Miedo a ser vistos hablando con la policía. Pero Houston, 23 años como policía, es atrevido y desconfiado. Dice que la gente que se ha quedado no contesta porque son familiares de “los muchachos”. Uno no sabe si creerle a él o sospechar que esos que se han quedado simplemente tienen miedo. Quién sabe.

Houston pide que aceleremos el paso. Lo pide luego de que un par de niños se nos han atravesado, por tercera vez, montados en unas bicicletas. “Son orejas de la pandilla. Andan queriendo saber qué estamos haciendo”, dice Houston, de nuevo, sin dramatismos. Uno piensa que esos niños, a estas horas de la mañana, deberían estar en clase, pero tal vez reciben clases en la tarde. Quién sabe.

Los compañeros de Houston -otros siete policías- se repliegan y avanzan hasta el carro patrulla. Hace unos minutos, dos de ellos custodiaban con sus rifles la entrada del pasaje de las casas abandonadas. Otros dos estaban en el otro extremo del pasaje, y el resto había hecho un cerco alrededor nuestro. Nos daban las espaldas y miraban en todas direcciones, incluyendo a los techos de las casas de un solo piso. Todos vigilaban. Saben que este es territorio de la pandilla y de nadie más.

Salimos de Lourdes, Colón, uno de los municipios más violentos de El Salvador ubicado unos 15 kilómetros al oriente de San Salvador. Salimos apenas con una idea de lo que ha ocurrido y sigue ocurriendo en este país. Las casas han contado algo pero no lo suficiente. Sus inquilinos han desaparecido y es casi una norma para los desplazados continuar así: olvidados por todos. Es preferible eso a meterse en problemas con aquellos que los expulsaron. Por eso, para entender lo que esas casas no pueden terminar de contar, habrá que rastrear a esos fantasmas desplazados, subir una cumbre ubicada en las afueras de la ciudad, luego bajar, acercarse a las orillas de un río y entrar a una casa con paredes de lámina y piso de tierra. Habrá que seguir hablando en el último refugio de Sabine Moreno.

***

Hace más de 30 años, El Salvador entró por una puerta angosta a uno de los capítulos más oscuros de su historia. En las montañas tronaban las balas, estallaban las bombas y morían centenares de salvadoreños. En algunos puntos del país se cometieron barbaries contra hombres, mujeres y niños. Bombas, balas, sangre, muertos. Acusados de pertenecer a uno u otro bando (el ejército o la guerrilla) muchos campesinos decidieron dejar sus ranchos, bajar de las montañas y esconderse donde fuera. Fueron desplazados. Se movieron a las ciudades, a la orilla de los ríos, o a pequeñas comunidades marginales que con el tiempo crecieron y se convirtieron en colonias legales. Muchos otros no solo fueron desplazados sino que se convirtieron en migrantes y lograron llegar hasta los Estados Unidos.

Pico alto para El Salvador: guerra civil. 1980-1992.

Finalizada la guerra, hace 20 años, a El Salvador regresó la paz. Pero sería difícil precisar cuánto tiempo duró esa paz, porque el país comenzó a experimentar otra guerra: la de las pandillas. No hay nada concluyente sobre la razón que originó esta nueva guerra, y solo el odio se asoma por la puerta como posible explicación a las discordias entre los dos bandos.

Todo comenzó cuando unos jóvenes, deportados de los Estados Unidos, se mezclaron con otros muchachos más jóvenes en barrios, plazas y parques. Los que bajaron del norte tenían un nuevo estilo no solo de ver la vida sino de la moda. Vestían camisas flojas, pantalones flojos, pañoletas, gorras… Los de acá se fascinaron con esa nueva moda. Que se mezclaran no fue ningún problema. El problema fue que los de aquí hicieron crecer a las pandillas de los que venían de allá. Los odios continuaron. Dos de las pandillas más peligrosas del mundo encontraron en El Salvador un campo fértil para la batalla, y el Estado se convirtió apenas en un observador silencio de esos enfrentamientos.

No está nada claro, pero si la historia reciente de El Salvador fuera una línea de tiempo, en los últimos 20 años podrían ubicarse muchos estallidos, representados por picos altos, que demuestran la evolución de las pandillas a base de peleas, cuchillos, balas y muertes. Ahí donde vivían sus miembros, las pandillas comenzaron a dominar el territorio, se expandieron, y pelearon otros territorios, a lo largo y ancho del país. Para 2005 habían dominado las colonias de Lourdes, Colón, en La Libertad. Esas colonias que patrullamos junto a Houston y sus policías. Cinco años más tarde, en 2010, la Mara Salvatrucha conquistó el Cantón El Guaje, el hogar de la familia de Sabine, en Soyapango.

El ministro de Seguridad, David Munguía Payés, ha llegado a sugerir que las pandillas son un ejército que acerca a los 70 mil miembros directos, más el aporte que dan sus familiares. Si la estimación es exacta, uno de cada 100 salvadoreños es pandillero. El ministro es de los que creen que los familiares han dejado de ser actores pasivos en la estructura de las pandillas.

Lo cierto es que el de las pandillas no es un mundo de blancos y negros. Y es en ese gris tan confuso donde se entremezclan simpatías, miedos, obediencias, abusos, extorsiones y silencios. Sobresale en ese gris confuso la clara utilización de la violencia para obtener control territorial. La población que vive en los territorios dominados por las pandillas está expuesta a normas que aunque no están escritas, se cumplen al pie de la letra. “Ver, oír y callar”, es la principal, dice Sabine Moreno. Luego hay otras, muchas, demasiadas…

Si uno vive en una comunidad MS no puede transitar por la vecina comunidad 18, so pena de que cualquiera de las dos pandillas concluyan que uno es un espía.

Uno no puede estudiar en un instituto nacional si vive en una zona controlada por la Mara Salvatrucha, como no puede estudiar en un instituto técnico nacional si vive en una zona controlada por el Barrio 18. En El Salvador, hasta la definición de la educación media es algo que miles de jóvenes tienen que pensar bajo los esquemas de las pandillas, que también reclaman para ellas esas instituciones del Estado.

Uno no puede ser visto hablando con la policía porque automáticamente se convierte en un sospechoso soplón.

Uno no puede tratar mal ni con miradas, gestos o palabras subidas de tono a los pandilleros, porque eso es una ofensa que puede pagarse con la vida.

Si se es mujer, se corre el peligro de que usurpen tu cuerpo uno o varios de los miembros de la pandilla que dominan la colonia.

Cuando una clica de las pandillas Barrio 18 o Mara Salvatrucha entra a un territorio y lo conquista, lo conquista todo. No está nada claro qué buscan, pero el narcomenudeo, la ganancia que deja el control de las extorsiones y la expansión territorial para hacer crecer esas dos fuentes de ingreso se asoman como posibles explicaciones. Hay otros casos, como en El Guaje, en Soyapango, en donde solo la geografía del territorio es apetecida por las pandillas.

El municipio de Soyapango, en San Salvador, por años fue considerado como la primera gran ciudad dormitorio del país. En las décadas de los 60 y 70 allí se afincaron familias obreras que crearon un bum inmobiliario que convirtió las otroras fincas de café o cañaverales en laberintos inmensos adornados con diminutas casas de concreto de dos y, con suerte, tres cuartos y un patio. Soyapango es una de las ciudades más densamente pobladas del país. Es la ciudad creada para las familias obreras del Área Metropolitana de San Salvador. Y en esa mancha de concreto son pocas las islas verdes que le sobreviven. El cantón El Guaje es una de ellas.

Cuando una clica de la Mara Salvatrucha (la Sureños Locos Salvatrucha) conquistó la comunidad del cantón El Guaje, e instaló ahí una sucursal con el nombre de la comunidad en la que creció Sabine Moreno (la clica “Guajes Locos Salvatrucha”) fue porque le interesó la geografía del lugar. Le interesó lo aislado del terreno para organizar ahí reuniones con las clicas más fuertes de Soyapango y, según la policía, para dejar regadas a sus víctimas.

Lastimosamente para familias como las de Sabine, saberse conquistados siempre se explica con violencia, intimidación y muertes.

Si antes los desplazados huían de las bombas o de los reclutamientos forzados -sobre todo del ejército, pero también de la guerrilla- ahora huyen casi que por las mismas razones. Huyen porque no quieren que sus hijos se hagan pandilleros, no quieren que los fuercen a hacerse pandilleros, porque no quieren que sus hijas sean violadas, porque muy cerca han impactado las balas, porque los acusan de estar con la policía o con la pandilla contraria. Eso le pasó a la familia de Sabine. Los rumores los acusaron de informar a la policía y de ayudar a la pandilla contraria.

***

Recuerdo de Amelia, la abuela de Sabine: El Guaje era un lugar tranquilo en el que se podía vivir. Era una antigua finca, donde se asentaron unos colonos y sus descendientes desde hace más de 50 años. Ahora diezmada y convertida en una especie de oasis en medio de dos colonias con mala fama, en el Guaje sobreviven diminutos cafetales y huertas. Rodean a esa comunidad rural las colonias Santa Lucía y Sierra Morena. Hace siete años, esas dos colonias fueron noticia cuando por primera vez se habló en la prensa de toques de queda impuestos por las pandillas.

El 2005 fue un año de toques de queda en los barrios. Se peleaba el territorio, y las pandillas advertían a los habitantes de esos territorios que no debían salir de sus casas pasadas las 7 de la noche, para no ser confundidos con el enemigo. Al menos eso reportaba la policía. Eso pasaba muy cerca de El Guaje, que para ese momento seguía siendo una comunidad tranquila.

A El Guaje la Mara Salvatrucha llegó cuando se pavimentó el camino que conecta a Soyapango con el municipio de San Marcos. Antes quien entraba a El Guaje solo era alguien que tuviera algo que ver con El Guaje. Pero a mediados de 2008, un grupo de jóvenes, extraños, circuló por esa carretera y le gustó aquello con lo que se encontró.

Recuerdo de Sabine: eran cinco jóvenes. Llegaban a la cancha de fútbol de la comunidad. Se hicieron amigos de los jóvenes de la comunidad. Fumaban cigarrillos y “le decían cosas a las bichas”.

Desde cerca, que cinco jóvenes intenten controlar una pequeña comunidad en medio de la nada puede significar muy poco. Una pandilla de barrio, una pequeña pandilla. Pero si se amplían las coordenadas, esos cinco jóvenes ya no son una pequeña pandilla, sino más bien los emisarios de una organización muy grande, con nexos en todo el país, con normas en todo el país. Normas que no tardaron mucho en calar en El Guaje.

Cuando esos cinco jóvenes que Sabine recuerda llegaron a El Guaje, Remberto Morales tenía 12 años. Remberto era, según Sabine, “un niño bien, que se vestía bien, amable, que jugaba con nosotros”. Pero Remberto tomó la decisión de acatar y de hacer cumplir las normas de la mara. Se hizo amigo de esos muchachos y entonces dejó de ser amigo de Sabine. Remberto Morales, brincado por la clica Guajes Locos Salvatrucha, se convirtió en El Panadol.

Recuerdo de Sabine: Desde que le pasó eso, se hizo huraño, pasaba con el ceño fruncido y a quien le mirara mal lo amenazaba de muerte.

No pasaría mucho tiempo cuando Sabine y su familia fueron amenazadas de muerte después de la masacre en la que fue asesinado El Panadol.

***

El Salvador es un país con 6.2 millones de habitantes y en el que en 2011 hubo un promedio de 12 asesinatos diarios. Una tasa de homicidios de alrededor de 70 por 100 mil habitantes. Desde cuando los pandilleros comenzaron a ser noticia recurrente, en el año 2003, tras el lanzamiento del primer plan mano dura -un plan represivo que consistía en encarcelar pandilleros acusados de “asociaciones ilícitas”- muchas comunidades, asentamientos y colonias fueron estigmatizados.

Lo que nunca nadie cuestionó fue la incapacidad del Estado para recuperar el control de esos territorios. Lo policía hacía redadas en las colonias dominadas por las pandillas pero eso nunca garantizó que el Estado volviera a controlar esas zonas. Solo eso explica que para 2012, junto a ese elevado promedio de homicidios diarios, se creara una lista de 25 municipios considerados como los más peligrosos del país. Entre estos se incluye a Soyapango, en el oriente de San Salvador, y a Colón, en el occidente de la capital. En medio de todo ese caudal de cifras y muertos, el drama de las familias que huyen de la violencia, moviéndose de un lado a otro, como nómadas, nunca fue ni ha sido tomado en cuenta.

No hay una cifra de desplazados por la violencia en El Salvador porque simplemente el fenómeno no se ha estudiado con rigurosidad y profundidad. No es un dato que exista porque no es un dato que se denuncie ni se sistematice, y los casos son tan complejos, y los escapes tan silenciosos, que solo los afectados saben lo que les está ocurriendo. La policía se ve amarrada a brindar seguridad a las retiradas y luego hace conjeturas sobre las razones que llevan a una familia a abandonar su casa, sus pertenencias, su vida. Del lado de las familias, la norma no establecida dicta que nadie ponga denuncias por temor a represalias, porque lo que más quieren es desaparecer, pero con vida, no enterrados bajo tierra.

Quizá el dato que más se acerque a la magnitud del problema sea una lista de casas desocupadas que maneja el Fondo Social para la Vivienda (FSV), institución estatal que facilita préstamos para que las familias de bajos recursos adquieran una casa propia. Para siete colonias dominadas por las pandillas, ubicadas en los departamentos de San Salvador y La Libertad, la cifra llega a las 613. Si el promedio de personas por familia en El Salvador es de cinco, según el censo de población de 2007, eso significa que unas tres mil personas abandonaron su hogar sin una razón clara.

Uno bien podría pensar que los inquilinos de esas casas se fueron porque no pudieron seguir pagando la cuota, según responden de manera oficial las autoridades del FSV. “La norma que une a todos esos casos es que por alguna razón cayeron en mora, y eso obligó a un proceso de recuperación de esas viviendas”, dice el gerente de créditos de la institución, Luis Barahona.

Pero uno también podría sospechar que hay algo más fuerte detrás de tanta casa abandonada en esas colonias, dadas las coincidencias entre el elevado número de viviendas solas y la presencia de pandillas.

— ¿Uno puede hacer esa relación simple entre casas del Fondo deshabitadas y el contexto de la colonia en donde está ubicada? ¿Uno puede decir, por ejemplo, que quienes se fueron de la colonia La Campanera, dominada por el Barrio 18, se fue huyendo de la violencia de esa pandilla?

— No creemos que sea el factor principal, pero no podemos negar que en algunos casos se nos ha manifestado que se van porque se ven afectados por la delincuencia de la zona. El problema es que no estamos ante una estadística concreta, como para poder decir: es un 5% de todos los casos, un 10%. Le mentiríamos.

El FSV no es la institución competente para crear una lista de casos, pero al menos reconoce que en aquellas zonas en donde tienen presencia como autoridad, compiten con la autoridad de las pandillas. A quienes solo tienen esas colonias como opción de vida, el FSV les llama “segmento vulnerable”.

Es un círculo vicioso. Entre las ofertas de ayuda que da el FSV a aquellos que huyen de la violencia -previa comprobación con una denuncia policial- está la permuta de esa vivienda en otro sector con similares características. Eso, por defecto, y sin que la institución pueda hacer nada, incluye la presencia de alguna de las dos pandillas en el paquete de compra.

***

Coordenadas: es el 31 de julio de 2010. Es de noche. En el cantón Cuapa, fronterizo con El Guaje, unos jóvenes organizan un baile. Si algo puede explicar mejor hasta dónde llegó la violencia en el cantón El Guaje, para que de ahí huyeran 23 familias, fue lo ocurrido después de ese baile, al que acudieron cinco jóvenes, otrora amigos de Sabine Moreno. Uno de ellos era aquel niño que se vestía bien y que terminó, con 14 años, convertido en El Panadol. También iba un joven de 19 años que recién se había convertido en padre. Su nombre era Dagoberto, quien junto a una morena y pequeña joven de nombre Lucía, hermana de Sabine, había procreado a una pequeña niña que para mediados de 2010 tenía año y medio. Dagoberto, un joven inquieto, sin ideas claras sobre qué hacer con su vida, era amigo de El Panadol y de los homies de El Panadol.

***

En los territorios dominados por las pandillas, la frontera que divide la amistad, el apego y el cariño entre los pandilleros, sus familias y sus vecinos a veces es tan difusa, tan poco clara, que omite certezas. Esa falta de certidumbre puede conducir a resultados trágicos, potenciados por conclusiones apresuradas. A la familia de Sabine, esas conclusiones apresuradas fueron las que la diezmaron. La única muerte que nada tuvo que ver con esas conclusiones fue la que inició la tragedia de los Moreno.

Pico en la familia de Sabine: Ernesto Quintanilla, un expandillero deportado de los Estados Unidos, muere asesinado el 14 de febrero de 2010.

Ernesto era un hombre tatuado y deportado. En Los Ángeles fue miembro de la Mara Salvatrucha y ni Sabine ni su madre pueden precisar de cuál clica era. Lo cierto es que en el año 2000, Ernesto llegó a vivir a El Guaje, porque en El Guaje vivía el único familiar que lo ataba a El Salvador. Vivió en paz Ernesto, sin meterse con nadie, escondido en esa zona rural rodeada por colonias de concreto, hasta que una clica de la MS comenzó a visitar el lugar. La clica lo ubicó, le pidió que hiciera cosas, pero Ernesto se negó. Por eso lo mataron, porque es muy difícil que un pandillero retirado pueda vivir tranquilo sin hacer cosas por el barrio.

Recuerdo de la madre de Sabine: su hermana se puso muy triste. Nunca pensaron que esa sería la primera de muchas muertes, porque siempre creyeron que lo que le ocurrió a Ernesto no tenía nada que ver con ellas.

El problema es que otro familiar hizo que tuviera mucho que ver.

Pico alto en la vida de la familia Moreno: José Mena desaparece en abril de 2010.

José Mena era un vendedor de muebles de madera que se crio en El Guaje y terminó casado con Beatriz Cruz, una mujer risueña que vivía de lavar trastos y cocinar sopas en un mercado. Beatriz Cruz era tía de Sabine Moreno.

José Mena y Beatriz Cruz frecuentaban mucho la casa de Ernesto Quintanilla, porque José y Ernesto, con el tiempo, se hicieron buenos amigos. El dolor que le provocó la muerte de Ernesto hizo que José perdiera la compostura. En la tienda de la comunidad, José dijo que sabía que los muchachos de la pandilla tenían que ver con el asesinato de Ernesto. A José, a los días de andar haciendo esas acusaciones, se lo tragó la tierra. Desapareció sin dejar rastro. A oídos de la madre de Sabine Moreno llegó el rumor de que El Panadol y el resto de miembros de la clica Guajes Locos Salvatruchos habían asesinado a José en el cafetal, después de obligarlo a cavar su propia tumba. Pero Blanca fue astuta. Escuchó el rumor y calló.

El cafetín en el que José Mena acusó a los pandilleros por la muerte de su amigo Ernesto Quintanilla, era regentado por Fidelina y Yesenia Moreno, prima y sobrina de Mauricio, el abuelo de Sabine. Era ese un cafetín modesto, en el que se vendían almuerzos y se cocían pupusas. Era ese un cafetín frecuentado por todos: vecinos, amigos, pandilleros y policías. Pero que los policías lo visitaran, lejos de traer seguridad, solo provocó otra desgracia para la familia Moreno. Como los rumores pueden ser una suerte de verdades para aquellos que se los creen, Fidelina y Yesenia recibían en ese lugar a los policías para contarles de las andadas de los pandilleros de El Guaje.

Pico alto en la familia de Sabine: en la mañana del 16 de junio de 2010 fueron asesinadas Fidelina y su hija Yesenia.

Las acribillaron en medio de la carretera, antes de que prepararan su puesto de venta de pupusas. Por ese asesinato, Mauricio Moreno, el abuelo de Sabine, comenzó a tomar de nuevo.

***

El baile en realidad no era un baile sino que una emboscada. Así como la MS se tomó El Guaje y reclutó pandilleros en El Guaje, el Barrio 18 hizo lo mismo en un cantón aledaño a El Guaje: el cantón Cuapa. Muy tarde lo comprendieron los cinco jóvenes que iban hacia aquel baile.

A las 11 de la noche de aquel sábado 31 de julio, la puerta de la casa de la viuda de José Mena fue sacudida por una lluvia de golpes y gritos.

—¡Abra la puerta! ¡Abra la puerta! -gritaban los jóvenes.

Beatriz se sorprendió al ver, en la cabeza de aquel grupo asustado, a Dagoberto, el marido de Lucía, su sobrina. Beatriz los dejó pasar, y no pasó mucho tiempo cuando otra lluvia de golpes sacudió de nuevo la puerta.

Cuando Beatriz abrió de nuevo, fue abatida por un empujón, y solo alcanzó a ver a unas sombras desconocidas que apalearon uno por uno a los jóvenes.

Recuerdo de Blanca, la madre de Sabine: Beatriz, su hermana, nerviosa y asustada, sacude la puerta de su casa y le cuenta lo sucedido. Le dice que la empujaron y que se los llevaron con las manos amarradas con las cintas de los zapatos. Luego Beatriz regresó a su casa, a trancar muy bien las puertas, y retornó donde Blanca todavía más afligida.

Recuerdo de Sabine: ella estaba dormida y la despertaron unos disparos. Al rato llegó Beatriz, gritando: “¡Ya los mataron, Blanca! ¡Escuché unos gritos por el maizal”

Los gritos fueron seguidos por unos disparos, los disparos que despertaron a Sabine Moreno.

A la mañana siguiente, esa masacre en El Guaje fue noticia a nivel nacional. Dagoberto, el cuñado de Sabine, padre de una bebé recién nacida; Remberto, el otrora amigo de Sabine, convertido en el pandillero El Panadol, fueron asesinados. De los cinco, solo Dagoberto, que no era pandillero, sino que amigo de pandilleros, conservó intacta la cabeza.

Recuerdo de Sabine: a los demás les cortaron la cabeza y les cortaron sus partes íntimas. Luego las partes íntimas se las metieron en la boca.

Corrección de Blanca: solo a uno de ellos le arrancaron sus partes íntimas para metérselas en la boca.

Un mes después de esa masacre, las conclusiones apresuradas volvieron a enlutar a la familia de Sabine. El rumor decía que Beatriz Cruz había “vendido” a los cuatro miembros de la clica Guajes Locos Salvatruchos con la pandilla rival. Los rumores decían que quienes llegaron a sacarlos de su casa no eran policías, sino pandilleros del Barrio 18, disfrazados de policías, y alertados por Beatriz. Para la madre de Sabine, esos rumores guiaron a un desconocido hasta el mercado en el que trabajaba su hermana. Pico alto en la familia de Sabine: el mediodía del 28 de agosto de 2010, Beatriz Cruz fue asesinada a los pies de una cantarera.

Dos días después, una amenaza recorrió por todo El Guaje. Aquellos que no tuvieran familiares pandilleros debían salir de la comunidad o de lo contrario serían exterminados. El mensaje llevaba una dedicatoria expresa a la familia de Sabine. Dicen que el papel decía: “Empezando por toda la familia de Mauricio Moreno…”.

***

Mauricio Moreno era un hombre que no le temía a las serpientes. Lo dice su mujer, Amelia de Moreno. Lo dicen tres fotos que la familia conserva en un álbum. En las fotos, tomadas en diferentes momentos todas, Mauricio alza tres diferentes masacuatas, unas boas que pueden superar los dos metros de largo. En las fotos, Mauricio sonríe. Se le ve contento.

Tras la muerte de Beatriz, pasaron tres meses en los que ocurrió muy poco en El Guaje. Mauricio Moreno pensó que había zanjado el problema denunciando a la policía lo expuesta que estaba su familia después de tantos asesinatos y amenazas. La policía entonces patrulló un par de veces a la semana pero en noviembre dejó de hacerlo. Y Mauricio, que durante todo ese tiempo siguió tomando, y en más de alguna ocasión profiriendo amenazas, diciendo que haría justicia con sus propias manos, retó a los mareros.

No pasó ni una semana cuando él también cayó muerto.

***

El primer refugio fue un infierno.

Recuerdo de Sabine: lloviznaba. El camión los aventó en una calle frente a una gruta, a la orilla de un río. Ella no sabía ni siquiera cómo se llamaba ese lugar, pero sintió que en nada se comparaba al lugar en el que vivían, porque el frío en esa montaña calaba hasta los huesos. Llegaron a esa gruta por sugerencias de otra vecina que también había huido de El Guaje, tres meses antes que ellos.

Esa vecina, esa amiga, a la mañana siguiente, cuando se enteró del arribo de la familia de Sabine, fue a darles abrigo. Les cocinó salchichas con huevo y tomate. Sabine recuerda que la tristeza, la rabia, el enojo, le quitaron el hambre. Quería largarse de ahí, y entonces supo que no tenía ningún otro lugar a donde ir.

***

¿Cuántas familias son desplazadas en El Salvador? La respuesta a esa pregunta podría ser una incógnita para siempre. Lo cierto es que mientras más se pregunta, mientras se revuelve entre las historias de amigos y conocidos, siempre aparecen muchos casos. Demasiados.

Caso 1: Jaime, un policía de Soyapango, ahora asignado a otra unidad, huye a mediados de 2011 de la colonia en la que compró su casa porque se descubrió vecino de pandilleros del Barrio 18. Al principio trazaron un pacto de caballeros, pero a medida que la convivencia convirtió esa frontera imaginaria en un barril en el que pueden depositarse todas las rencillas, Jaime prefirió huir. Ya había amenazado con una pistola y no quería sacarla por segunda vez. Temía que lo mataran o terminar preso por el simple hecho de defenderse de aquello que él consideraba como una amenaza.

Recuerdo de Jaime: Una noche de mediados de 2001 tomaba con un vecino, en la tienda de la colonia, cuando sus vecinos pandilleros, también embriagados, llegaron a preguntarle si él era de los policías que mataban homies. Jaime, que estaba sentado, se paró y sacó su pistola. Se volvió a sentar y la posó en su pierna derecha. “Si quieren, probamos”, les dijo.

Al día siguiente recibió un anónimo debajo de la puerta de su casa: “O te vas o se mueren vos, tu mujer y tus dos hijos”.

Jaime lo dejó todo. Todavía intenta vender la casa y ahora alquila otra en otro municipio, en otro departamento.

Caso 2: Carolina nació, creció y se desarrolló en una comunidad dominada por la Mara Salvatrucha. Esa frontera gris que obliga a convivir con pandilleros, compartir con ellos, respetarlos a ellos, terminó definiendo el amor de Carolina hacia uno de esos pandilleros. Carolina se hizo su mujer y tuvo un varón de esa relación. Cuando el niño tenía dos años, su padre cayó preso.

Recuerdo de Carolina: su marido la obligó a visitar el penal de Ciudad Barrios, al oriente del país, todas las semanas, y en cada visita la obligó a meterse droga y chips de celulares en la vagina. A mediados de 2009, unos custodios la descubrieron con un paquete de marihuana que llevaba en la vagina. Se le cayó después de que la obligaron a hacer decenas de cuclillas. Fue encarcelada seis meses en el penal de Mujeres, en el municipio de Ilopango. Cuando salió, los pandilleros de la colonia la llegaron a buscarla hasta su casa. Le dijeron que debía continuar con las misiones. Carolina se negó, la golpearon enfrente de su hijo. La dejaron malherida.

Carolina decidió largarse de su casa, abandonar a su familia, y cargar con su hijo, hoy de cinco años. Alquiló una casa en el departamento de Santa Ana, al occidente del país, pero hasta allá la persiguió la pandilla. Alguien la denunció como desaparecida y en agosto de 2011 colgó su imagen en el noticiero 4 Visión, uno de los de mayor rating en El Salvador. Al siguiente día, una vendedora de celulares, mientras ella cargaba su saldo, la reconoció y le preguntó que por qué se había fugado de su casa.

Recuerdo de Carolina: caminó de regreso a su casa, junto a su hijo, mirando por el rabillo del ojo. Cruzó el centro de la ciudad, llegó al mercado, lo atravesó, y por todo ese trayecto sintió que alguien la perseguía. Al día siguiente se dio cuenta de que la vendedora no guardó su secreto, y que incluso distribuyó su celular. Lo supo porque alguien marcó a su teléfono, y antes de que esa voz terminara de decir: “Al fin te encontramos, bicha hija de…”, ella aventó el aparato en un basurero del parque central. Carolina se movió a otro departamento, y luego cruzó, indocumentada, hacia Guatemala. No piensa regresar.

Caso 3: A Juan lo acaban de amenazar de muerte. Lo han amenazado sus propios sobrinos, que ahora “caminan” con la Mara Salvatrucha. Juan vive en una comunidad al occidente del país, y no sabe qué hacer con su vida. Entres sus alternativas todavía no contempla huir, porque dice que adonde quiera que vaya pasará lo mismo.

—Las pandillas están en todas partes. Tengo dos lugares adonde ir, pero en esos dos lugares también hay pandillas. A lo mismo voy a ir a dar -dice Juan.

—¿Y entonces qué piensa hacer?

—Esa es la cuestión. Yo no quiero perder todo lo que tengo acá, así que a lo mejor me toca defenderme por mis propios medios. Porque a uno, de pobre, ¿quién va a venir a prestarle ayuda?

***

El segundo refugio fue toda una molestia. La familia de Sabine se movió a la orilla de un río, porque 20 personas no pueden vivir sobre un camino vecinal, interrumpiendo el tráfico de vehículos más de dos días. Por eso al segundo día los hombres levantaron unas chozas con techos de aluminio encima de unas peñas gigantescas. No tenían agua para beber ni para lavar la ropa y la del río no daba consuelo porque estaba y sigue contaminada. No tenían en qué cocinar la comida porque todos los utensilios quedaron en la casa que dejaron en El Guaje. No tenían en dónde bañarse ni en dónde defecar, más que en un hueco pestilente que quedaba entre los peñones del río.

—Pasamos dos semanas serenándonos (a la intemperie)… Mire: sufrir así, esto no se le desea a nadie -dice Sabine.

***

El tercer refugio es una champa protegida detrás de un portón de hierro largo y alto. Este pedazo de tierra que no es suyo, que nunca será suyo, era el parqueo de la casa de otra familia que les ha brindado cobijo.

En la sala hay un sillón largo, dos sillas de plástico y aquel televisor que Sabine logró rescatar en la huida de El Guaje. El sillón, las sillas plásticas, las láminas, la cocina de leña, la mesa del comedor, son cosas que ha tocado conseguirlas a base de sacrificios que Sabine y su madre no tenían contemplados. Aquí no hay trabajo para ninguna y les toca sobrevivir vendiendo pastelitos rellenos de papa y empanadas de plátano a sus vecinos, entre lo que se encuentran otras tres familias de refugiados de El Guaje.

La sobrina de Sabine, la hija de Remberto, el joven asesinado junto a otros cuatro pandilleros justo hace dos años, enciende el televisor. Están pasando la caricatura de Bob Esponja.

—¿Ustedes quieren regresar? -preguntamos.

—Por mí, yo quisiera estar en mi lugar otra vez, pero es imposible regresar. Las casas de nosotros ya están ocupadas por gente de los mismos pandilleros. Ellos se apoderaron de ese lugar -responde Sabine.

***

En marzo de 2012, ocurrió un suceso inédito en El Salvador. El gobierno hizo un pacto con la pandilla Barrio 18 y la Mara Salvatrucha 13 que consistió en la reducción de los homicidios a cambio de traslados de los líderes de las pandillas de penales de máxima seguridad a cárceles con menores restricciones.

Los traslados de 30 líderes de las pandillas coincidieron con la reducción significativa de los homicidios. A un mes de la tregua y de esos traslados, los homicidios se desplomaron en un 59%, de 13.6 a 5.6 diarios. Reducción que para agosto de 2012 se mantiene. Si la tendencia sigue a lo largo del año, El Salvador se alejaría muchísimo de la tasa de muertes con la que cerró 2011 (alrededor de 70 homicidios por cada 100 mil habitantes), y que lo ubicaron como el segundo país más violento del mundo, solo superado por Honduras, que registró 82 homicidios por cada 100 mil habitantes.

El gobierno de El Salvador, encabezado por el presidente Mauricio Funes, niega la existencia de negociaciones del gobierno con las pandillas, pero desde entonces ha caído en una suerte de contradicciones al tiempo que se ha comprometido a buscar apoyos en los partidos políticos, la empresa privada y la sociedad para acabar de una vez por todas con la violencia entre las pandillas. Además, el mismo ministro de Seguridad, David Munguía Payés, ha dejado claro que el plan de conciliación entre las pandillas fue afinado en su despacho y con pleno conocimiento de Funes.

Oficialmente, lo que ha ocurrido en El Salvador es una tregua entre el Barrio 18 y la Mara Salvatrucha respaldada con el apoyo logístico del gobierno.

Pico alto para El Salvador: después de años de violencia, hoy es tiempo de tregua entre las pandillas.

—¿La tregua no las anima para regresar a sus casas?

Comentario de Sabine: esa tregua es mentira y para nosotros no sabe a nada. Nadie revivirá a mis familiares muertos y nadie nos garantiza que podemos regresar, y estar sanas y salvas, en nuestro lugar de origen.

Los muchachos perdidos

Publicado: 21 septiembre 2012 en Humberto Padgett
Etiquetas: , , ,

―¡Eres El Banda! –gritó Janeth en medio del forcejeo para sujetarla y meterla al piso del espacio trasero de una camioneta.
―¿Qué haces? –quiso averiguar la joven de 16 años que ese 1 de mayo de 2007 –resistía, sin saberlo, las últimas horas de su vida.

Esa misma noche, la madre de Janeth recibió una llamada y escuchó la exigencia: 10 millones de pesos por la vida de su hija. Jamás juntaría esa cantidad, así que pactó el pago de 161 mil pesos y algunas alhajas. Recibió instrucciones de dirigirse al Circuito Exterior Mexiquense y depositar el dinero detrás de un altar, junto a la vía. Eso no fue suficiente.

Poco después, se encontró el cadáver de Janeth en un paraje solitario de Acolman, Estado de México. En la morgue, los padres reconocieron el cuerpo de su hija. Eso es lo que dice la averiguación policial.

El Banda recuerda con claridad ese hecho mientras descansa en una banca de cemento del tercer patio de la vieja Correccional de San Fernando, al sur del DF, en donde se encuentra recluido desde 2007. Tenía entonces 16 años de edad y una experiencia nada envidiable: cinco secuestros, nueve asesinatos, 20 asaltos de casas, 50 robos de autos…

Años después habla en voz baja. Sus párpados, caídos hacia los extremos, casi no se cierran. Está adormecido como reptil bajo el sol del mediodía. Una pelota rebota de la pared del frontón a la mano desnuda de dos muchachos. Su voz es uniforme, medida. Es un veterano en estas lides y su tono carece de una sola nota de presunción o de arrepentimiento cuando recuerda lo que ocurrió.

―¡Eres El Banda! –me dijo–. No respondí. La subí a la camioneta y nos la llevamos a la casa de seguridad. La tuvimos tres días. Nos dieron 800 mil pesos por ella. La matamos porque me reconoció y seguimos nuestra vida como si nada.

***

La oscura espiral en la vida del Banda comenzó en los meses en que las agendas tenían marcadas los números 2005, un año difícil, con una violencia inclemente montada sobre el país entero.

Y él, un jovencito de 14 años, llenaba la primera casilla de su récord delictivo: robó un teléfono celular. Desde entonces, no se detendría. A mediados de ese año lo detuvieron en Guerrero a bordo de un auto robado en el DF. Estuvo internado un tiempo impreciso en el Consejo Tutelar para Menores en Chilpancingo. Pero duró poco encerrado en esas tierras.

Regresó y durante un par de años se estuvo endureciendo en las calles de Iztapalapa, así que vivió una especie de anonimato que se rompió al despertar 2007.

Llegó la medianoche del 12 de enero de ese año y con ella un camino que difícilmente admite retorno. El Banda asesinó a otros dos jóvenes, cuyos nombres no se han borrado de su memoria: Jonathan y Carlos. ¿Por qué los mato? “Agravios, guerra de poder”, dice, sin más, como si la pregunta rayara en la estupidez, como si todo mundo, menos uno, supiera que en las calles no se requiere razón para morir.

“A quemarropa. ¡Pap, pap!”. El índice encogido y seguido del relámpago metálico. “Se les dio en la cabeza, en el cuerpo. En todos lados. Uno era Jonathan, hermano de Christopher, El Ligas, mi amigo, mi carnal. A él lo agarraron en 2006 por un doble asesinato. Robábamos juntos, todo hacíamos juntos. Hubo agravios de su familia. Su hermano dijo que era su barrio y sí era, pero yo traía el poder. Y lo maté”.

En efecto, él traía el poder. Y lo ejercería casi como rutina. Elián Berenice lo supo. Ella se marchó de casa el 11 abril de 2007 y se fue a vivir con El Banda, su compañero en la secundaria.

No aguantó mucho. Una semana después, Elián regresó y les confió a sus padres que El Banda robaba, vendía drogas y secuestraba. La joven empezó a ser amenazada y luego fue plagiada.

El 3 de mayo fue encontrada muerta en Nezahualcóyotl. Según las declaraciones ministeriales, Elián participó, como miembro del grupo de El Banda, en dos secuestros.

El Banda coincide con la versión policiaca, excepto en que la relación amorosa no fue con él. La joven los había amenazado con denunciarlos si un integrante de la banda, llamado El Oso, no aceptaba casarse con ella.

―¿Qué hicieron?
―Luego de que me quiso poner con la policía, que les señaló el hotel en que yo vivía en ese tiempo, la secuestramos. Nos pagaron 600 mil pesos. Las negociaciones las hizo El César. No era el jefe, pero tenía más labia. La familia avisó a la policía. Cuando fuimos por el dinero, nos persiguió la policía. Le ganamos. Hablamos con su familia y preguntamos que si en tan poco dinero valoraban su vida. A ella le disparamos tres veces en la cabeza.

Cuatro días después de que el cuerpo de Elián fue encontrado en Neza, la madre de otra chica, de nombre Jessica, denunció que el día anterior un ex compañero de la secundaria la había invitado a salir. Era El Banda. Horas después, la madre recibió la llamada en la que le exigían el pago de un rescate de cinco millones a cambio de la vida de su hija. Acordó entregar 58 mil pesos, joyas y 100 dólares. El padre de Jessica siguió las instrucciones y pagó.

Pero el 18 de mayo, el hombre recibió una llamada del mismo joven. Le dijo que fuera a las inmediaciones de Zumpango. Ahí encontraría a su hija.

Antes de colgar, el joven le hizo una recomendación, según consta en la investigación policial:

―¡Apúrate! Llega antes de que se la coman los perros.

Una semana después, exactamente a las seis de la tarde del 25 de mayo de 2007, El Banda fue detenido. El juicio fue rápido. Lo sentenciaron a poco menos de cinco años de cárcel. No había cumplido los 16 años de edad.

***

San Fernando es la segunda prisión juvenil del DF en que El Banda ha sido encerrado. Antes fue enviado al Centro Especializado Alfonso Quiroz Cuarón, que sólo admite a 12 internos, los que sintetizan la violencia extrema y el liderazgo.

El centro abrió en 1993. Funcionaba mediante un sistema electrónico de cierre y apertura de puertas que fue destruido durante el motín de 1998, cuando los muchachos encerraron a los guardias en las celdas y los golpearon hasta el cansancio. La prisión fue recuperada por guardias de máxima seguridad de Almoloya.

Él llegó en los viejos tiempos, cuando el gobierno federal administraba el sistema de tratamiento a menores infractores. La bienvenida consistía en una fórmula sencilla: tres días de insomnio y golpizas contundentes, un mes sin cepillado dental ni baño y el pago de la entrada al sanitario. No se pagaba con dinero, sino recibiendo con docilidad una golpiza sin recato alguno.

En la Correccional existen costumbres extrañas: en cada sección se levantan altares muy particulares, colocados sobre las bases de cemento de las camas desocupadas de cada litera, llamadas tumbas. El altar está hecho de barras de jabón Zote y se colocan en los extremos; los jabones Rosa Venus quedan en el centro. Los botes de crema Nivea y de shampoo Pantene sirven de base. Todos los efectos de higiene personal se acomodan ahí y en lo alto una foto de algún ser querido o una imagen religiosa.

Hay otras “tradiciones” en cada sección: en contraste con la dureza de vida de estos jóvenes, o quizá por ello, sobre la pared se colocan cobertores, de esos de poliéster, estampados con las figuras de El Hombre Araña, Winnie Pooh o cualquier otro superhéroe.

La cárcel da zarpazos y casi todos los que viven dentro llevan heridas de guerra. De dos en dos, de tres en tres, los muchachos se hieren a sí mismos los brazos y las pantorrillas. Apenas empieza a formarse la costra, se la quitan. Y se la quitan. Al final quedan gruesas cicatrices, oscuras huellas como lombrices a las que llaman “charrasqueadas”.

“Los sueños de poder los he vivido muy pesado. Me han dado atención muy especial. Cuando llegué aquí estuve solo, solo. Me aventé seis meses solo, solo, solo. Nomás psicología y mi visita, nada más. Estaba en un cuarto solo, solo, solo. La soledad es lo más culero que he vivido aquí. A lo mejor sí me han dado unas madrizas, pero lo más culero es la soledad”, reflexiona El Banda.

―¿Qué buscabas cuando estabas afuera?
―Estaba obsesionado con la popularidad y el respeto… y lo hacía, lo hacía a costa de lo que fuera. Gané respeto y popularidad. Si tenía que matar, si tenía que robar, si tenía que golpear, lo hacía. A mí no me importaban las circunstancias en que se tenía que hacer, pero se hacía lo que yo decía.
―¿Qué hay en tu conciencia? ¿Tienes arrepentimiento?
―Sólo me arrepiento del secuestro de la chava que me reconoció al subirla a la camioneta. A los demás que maté los he olvidado. Dicen que cuando matas a alguien no vas a dormir, que te va a seguir y donde quiera ves su rostro o su sombra. Eso es mentira. No pasa que venga y te jale los pies. Eso nada más está en tu mente.
―¿Qué piensas de El Pequeño? –se le pregunta sobre otro joven con 18 asesinatos en su historial.
―Nada. Se me hace una persona normal –responde con una mueca que subraya la normalidad.
―¿Y qué crees que él piense de ti?
―Yo creo que lo mismo.
―¿Qué harás cuando salgas?
―Me gustaría estudiar ingeniería automotriz. Ahora leo filosofía y novelas. Afuera no leía ni estudiaba. Mi novela favorita es de Carlos Cuauhtémoc Sánchez, Dirigentes del mundo futuro.

Dirigentes del mundo futuro

Hace al menos una o dos décadas, los demógrafos previeron lo que podría ser una estupenda noticia para México. Entre 2010 y 2015 el país gozaría de un bono demográfico porque tendría una población de jóvenes sin precedente, que permitiría contar con un capital humano envidiable y, por lo tanto, con un potencial de desarrollo inmejorable.

Las proyecciones se cumplieron –hay 35 millones de mexicanos de entre 12 y 29 años de edad–, pero las expectativas no contaron con que unos 8 millones de esos jóvenes no estudian ni trabajan, y muchos más han migrado a Estados Unidos o a la economía informal.

Héctor Castillo Berthier, un doctor en sociología conocedor como pocos del fenómeno de marginalidad juvenil, estima que de cada 10 empleos generados, 6.5 se abren en el sector informal, no sólo el comercio ambulante o actividades como “acomodar autos” en la vía pública, sino el narcomenudeo, trata de mujeres, piratería, etcétera.

La informalidad es el “campo de cultivo magnífico” para que millones de jóvenes que se encuentran a la deriva sean captados por la delincuencia. “Algunos los llaman los ninis (ni estudio ni trabajo), algunos los llaman los excluidos. Simplemente son los chavos pobres de los sectores populares que no tienen espacios ni forma de participación real”, dice el coordinador de la Unidad de Estudios Sobre la Juventud del Instituto de Investigaciones Sociales de la UNAM.

Las políticas sociales dirigidas a jóvenes han sido inexistentes o desarticuladas. La población de este rango de edad enfrenta nuevas realidades. La escuela no es más un mecanismo de ascenso, el empleo se ha reducido y la familia se ha desarticulado. La educación formal está agotada. “El título ya no significa nada”.

Por eso no extraña el incremento de jóvenes que participan en el narcotráfico y las actividades relacionadas con la violencia. “El crimen organizado tiene un ejército de elementos absolutamente desechables, pero siempre dispuestos. Nadie sufrirá por ellos ni estará atento a lo que les pase”. Así que a nadie extrañe que cada vez haya más jóvenes inmersos en el universo del crimen y la droga.

Lo peor, reflexiona Castillo Berthier, es que si uno pudiera introducirse en las vidas de esos jóvenes encontraría algo sorprendente: “Sólo buscan su superación personal”.

Al cuadro hay que enriquecerlo con otros elementos: el consumo es la medida del éxito y los valores sociales se han ido al abismo.

Los padres han perdido a los ojos de los hijos su status de héroes. Una pinta que el investigador universitario vio en una barda de Culiacán, Sinaloa, lo describe de modo rotundo: “Prefiero morir joven y rico que viejo y jodido… igual que mi papá”.

Desconfiado y lejos de la gente

El Kiko aprendió a desconfiar a muy temprana edad. Primero lo hizo de sus padres. Aún recuerda cuando se detuvieron en la puerta de la casa con las maletas hechas. Viajaban a Estados Unidos y, antes de cruzar el umbral, prometieron que pronto enviarían por él. El niño esperó la primera semana e imaginaba cómo sería la vida en Nueva York. Pasó la segunda semana, el primer mes y los años sin volver a saber nada de ellos.

Él piensa que en ese momento su futuro se inclinó hacia el robo de autos y actividades parecidas. Y desde entonces no volvió a creer en nadie.

―¿Trabajabas con la policía? –se le pregunta afuera del estrecho cuarto en que permanece confinado, porque es incapaz de dejar de golpear a los demás chavos y siempre encuentra el modo de introducir drogas.
―A mí, en lo personal no me gustaba trabajar con un comandante, porque luego son la gente que te traiciona, son los que te ponen. Nosotros salíamos sólo con la bendición de Dios. Luego trabajas con la policía y a la mejor sí vas a salirte un rato, vas a estar así y si hay una bronca, hasta te saltan. Pero el día de mañana no les parece algo y son los que te clavan y hasta más, porque son los que te saben todo el corrido. Mejor así, ¿no? Lejos de la gente.

Comenzó en alguna miscelánea del centro de la ciudad, aferrado durante horas a un cajón de madera al que se le empotró una televisión y una consola de videojuegos. Tenía 14 años y la escuela había quedado muy atrás. Tanto que había olvidado cómo leer y escribir. Lo único que le quedaba era la aritmética básica.

Alguna de las tardes llegó a la tienda un grupo de chavos más grandes que él con un Beetle robado. Fue toda una fiesta. Como en pocos lados, en el barrio los autos son mucho más que llantas y un motor. Representan una demostración de éxito, una alegoría de opulencia y la extensión de la virilidad.

A los 16 años, El Kiko ya acumulaba otra muestra de hombría callejera: una pistola cromada nueve milímetros.

Él y los suyos sólo robaban de noche, luego de que el tráfico de la ciudad se aquietaba. Esperaban el paso del auto pedido e iban detrás de él. Concretaban el asalto, casi siempre, cuando el automovilista se estacionaba para entrar a casa. Las mejores noches eran las de fin de semana porque cazaban parejas trasnochadas fáciles de amagar y de llevar de un cajero automático a otro.

Trabajaba para un solo cliente, a quien debía entregarle los 50 vehículos incluidos en un listado de autos a robar. Y ellos lo hacían, y con ganas, sólo que no se daban abasto. Para cumplir el encargo, se necesitaban los servicios de otras dos o tres pandillas.

Siempre había opciones una vez que tenían los autos: los podían comerciar para que fuera desarmados, venderlos para un asalto o un secuestro, o deshacerse de ellos en tianguis automovilísticos o en el extranjero.

No es extraño, pues, que El Kiko esté preso por el robo de una camioneta Honda CVR por la que habría ganado 17 mil pesos. El pago sube en la medida en que se cumplen exigencias como color, características del motor y equipamiento. Una SUV marca BMW se paga hasta en 25 mil pesos.

Normalmente habla quedo, pero baja aún más la voz cuando menciona los días en que traficó drogas dentro de este lugar, aunque ahora él ya no consume. Y para que se le crea, se despoja súbitamente de la playera y muestra su cuerpo de gimnasta, atlético y fuerte. Se sostiene entonces de un tubo con los puños, sube su cuerpo y conserva una posición horizontal, paralela al piso, como si fuese una bandera.

―¿Qué pensarían tus papás de ti?
―¿Con qué cara me podrían juzgar? Podrían pensar muchas cosas, no estoy en su mente para saber qué podrían pensar, pero de juzgarme, puedo decir que no, porque yo sería el primero que podría reclamarles.

De dónde vienen y por qué lo hacen

Raquel Olvera, directora de Tratamiento a Menores en la Ciudad de México, se concentra en el ambiente de los jóvenes criminales:

Más de la mitad crecieron en hogares con un grado alto o muy alto de marginación. Seis de cada 10 lo hicieron con la presencia exclusiva de la madre, cuya formación educativa suele ser mínima. Los jóvenes abandonan la escuela durante la secundaria. Buena parte de ellos vivieron en casas con un solo cuarto. Muchos conocieron la violencia desde muy pequeños.

Algunas estadísticas: 87 por ciento de los recluidos está por robo, casi 3 por ciento por homicidio y un poco menos por delincuencia organizada, portación de arma de fuego o delitos contra la salud.

No roban, en lo inmediato, empujados por la pobreza. Sólo la quinta parte argumentó que lo hizo por necesidad económica. Los demás lo hicieron para experimentar el tremendo subidón de adrenalina. O porque robar les permite ser parte de un grupo. Y, porque, para la mayoría, hurtar es la única manera de andar por la vida con los zapatos tenis, el pantalón de marca y el teléfono celular exigidos.

Otro asunto social incide, en opinión de Olvera. La sociedad posiciona a los narcotraficantes como figuras ejemplares. No existen personajes que contrasten los valores de los narcos y despierten empatía y solidaridad. Así, los muchachos son endebles cuando se encuentran con la corriente crecida del crimen organizado.

Las alternativas son pocas. Los muchachos que han delinquido, de manera general, no conocen ni aceptan más que la ley del barrio. Odian lo distinto. Sufren cuando se les discrimina, pero siempre discriminan.

El trabajo formal es una meta inalcanzable para la mayoría. “Nadie les ha dicho cómo obtener esa habilidad. Para el empleador, no tienen nada qué ofrecer”, concluye Olvera.

Por eso el número de adolescentes que han sido detenidos por narcotráfico ha aumentado en el último lustro. De hecho, hoy, en las cárceles mexicanas más de 60 por ciento de la población es menor de 30 años de edad.

La ley en la Ciudad de México castiga penalmente a muchachos de 12 años en adelante, pero bajo ninguna circunstancia se puede internar a ningún menor de 14 y, de ninguna manera, un joven puede ser trasladado a un centro de adultos una vez cumplida su mayoría de edad.

Guantes de oro

Para ser “cocinero” hace falta una báscula, una pelota de cocaína base del tamaño de una toronja, bicarbonato y raticida. El Moreno lo es. De niño quiso ser militar, pero al poco tiempo todo lo que quería se evaporó.

Estudió hasta el tercer año de primaria. Ya no pudo continuar porque sus arranques de violencia lo hacían inmanejable para las autoridades de la escuela. Su madre lo quiso meter a un internado, pero no había nada al alcance del bolsillo, pues era la única responsable de él y dos hermanos menores.

Sin saber leer ni escribir, sin conciencia clara de por qué la furia lo sacudía y lo desbordaba, el niño de ocho años ya era un muchacho perdido. Fue albañil, pero desertó y a los 13 años se convirtió en un gran vendedor de piedra o crack. Al año siguiente, en una pelea con vendedores rivales sacó navajas y armas de fuego. La bronca terminó cuando El Moreno remató a su rival con una piedra.

A los 15 años recobró la libertad y descubrió, en esta nueva etapa de su carrera, que conservaba la sangre fría a la hora de robar autos, así que pensó que lo lógico era adherirse a una banda y no andar en solitario. Cada semana hurtaban entre 10 y 20 autos por encargo, para su posterior entrega en el Estado de México, Guerrero y Morelos.

En una ocasión le tocó llevar tres Mercedes Benz a un fraccionamiento de Cuernavaca. Un hombre de aspecto convencional los invitó a pasar. Supo luego que los terrenos que pisaba eran de los hermanos Beltrán Leyva.

―¿Cómo era la casa?
―Tenía una alberca. Grande. Cuadros. Tenía dos pinches perros chidos. Su esposa estaba hermosa. Alta, güera, pestañas grandes. Era tranquilo, pedía las cosas por favor. Yo veía al güey éste y me decía que debía ser más chingón y tener cosas más chingonas.

Parte del pago de los Mercedes se hizo con dinero y el  resto con cocaína degradada. El Moreno se sintió cómodo con eso porque ya sabía cortarla con bicarbonato o con pastillas de sedalmerck para duplicarla. La ganancia se podía triplicar. Aunque no era la única sustancia con que la droga se podía rebajar.

“Tambien usaba raticida”, dice y sacude la cabeza. Mira hacia abajo y entrelaza sus manos de piedra y nudillos borrados.

―¿Para qué el veneno para ratas?
―El raticida apendejada a la gente que lo está consumiendo –una risa culposa lo sacude–. Y dicen: “puta, con una no me conformo, me conformo con 10, 15, 20 o hasta que se me acabe el dinero”.

El Moreno y su banda, claro, sólo fumaban la piedra cocinada para ellos mismos. Más pura, más potente, menos dañina. Aun así, el dinero se iba en piedra y whiskey Buchanans, en coca y en tequila Agavero, los tragos de los narcos.

Con 1.68 metros de estatura, El Moreno se enganchó a la piedra y su cuerpo empezó a extinguirse hasta pesar apenas 58 kilos. Le sangraban las encías, la ansiedad no lo soltaba ni un instante  y tenía el porte de un zombi.

Pero se enamoró y se recuperó. Consiguió un empleo honesto y la familia de su pareja lo adoptó. Tiempo después, un amigo lo encontró con los zapatos sucios y todo cansado.

―¿Mil pesos semanales pudiendo sacar 30, 40 mil varos en un pinche día? –dice El Moreno que su amigo le dijo.

“Y volví a caer. Me drogué y a los dos meses me apañaron con dos carros robados, papeles de piedra, una pistola 9 milímetros”.

―¿Qué sientes al asaltar, al matar?
―Sientes chido al golpear, al matar a alguien. Ni yo me lo explico. Frío. Te sientes bien al momento. Después, cuando estás tranquilo, dices: “chale, por un carro”.

Semana a semana, su madre y sus hermanos menores lo visitan en la Correccional de San Fernando. Los muchachos lo extrañan. Lo admiran. Estando adentro, El Moreno se ha convertido en un boxeador. Tiene forje de welter.

―Voy a robar para venir a estar contigo –le ha dicho uno de sus hermanos.
―¿Y qué les dices?
― Que no. Que es como echar al aire tu vida.

¡Fum! Con una moneda. Que no hay futuro.

***

Una pequeña viñeta sobre el encabronamiento juvenil:

Por la ruta actual, dice Castillo Berthier, el bono demográfico está irremediablemente perdido. La única manera de evitar caer al precipicio es, en su opinión, la intervención en educación, cultura, la transmisión de valores y, por supuesto, el empleo.

Desde finales de los años sesenta, la época de los movimientos estudiantiles, el Estado adoptó un criterio raso: ver a los chavos como eventuales delincuentes. Pero, a diferencia de los jóvenes de entonces, que tenían una visión política e ideológica consistente, los de ahora no tienen más que al odio.

“Hoy, existen muchísimos chavos encabronados, y con razón, que han pasado, en su propia visión, a ser simplemente antagonistas de cualquier cosa que pueda llamarse Estado, gobierno, autoridad o lo que sea”.

***

La tumba de oro blanco

La primera vez que El Pepino conoció la prisión tendría unos seis o siete años. Su madre, que era una interna, le regaló globos metálicos rellenos de hule espuma. Lo abrazó en algún pequeño jardín y luego se despidieron. La vio desaparecer detrás del portón metálico. Sin desearlo, entendió con el paso de los años que la prisión puede ser parte de la vida de alguien, al menos de la su madre, quien regresó al reclusorio nueve veces en total.

A la tercera ocasión en que su madre fue a la cárcel, ya no pudo visitarla. Le exigieron que mostrara una credencial escolar, pero él, desde entonces, ya no estudiaba, así que debían conformarse con hablar por un celular que ella ocultaba en su celda. Algo ocurrió, sin embargo, que se acabaron los telefonazos.

Ese es un recuerdo que duele, pero no el único que sacude a El Pepino, un joven rubio y en cuyo rostro destaca la nariz respingada. Si no fuera por las cicatrices en cara y brazos, su apariencia física desentonaría en la correccional.

El otro recuerdo es el de El Chinos, su padre, cuya primera aparición en la memoria de su hijo está conectada con el dinero que le daba para jugar en las maquinitas y el queso Oaxaca que le compraba. También se encuentra, claro, la escena en que tomaba de la mano al niño para descender del microbús y subir a la habitación del hotel con olor a insecticida donde vivía el hombre.

El Chinos se aseguraba de que la puerta quedara bien cerrada y encendía el televisor. Sintonizaba el canal que transmitiera caricaturas y se desparramaba en el colchón. Daba a su hijo papel y colores para dibujar.

“Yo volteaba y lo veía inyectarse. Ahora sé que es heroína. Me decía: ‘ve la tele’, ‘dibuja lo que se te venga a la mente’. ‘No me veas, ve la tele’. Se inyectaba. Sí, viajado. Yo veía las caricaturas. En ese tiempo estaban los Transformers”.

Pero su padre también desapareció detrás del portón metálico de una prisión.

―¿A quién mató tu papá?
―A uno de sus tíos, porque a su hermana, la mamá de mi papá, la manoseaba y todo eso desde que eran niños. Mi jefe siempre se dio cuenta y se hizo lacra y lo detonó a pura puñalada. Le metió 20 o 21.

El Pepino soñaba con los go carts. Esperó que los Reyes Magos le regalaran uno de fibra de vidrio y motor, pero eso nunca ocurrió. Así que cuando quiso un teléfono celular, se lo robó a un anciano que hacía cola en la tortillería. Tenía 13 años.

“Me latió. Había naves, carros, viejas. Todo. Quise moto y Rolex. Era más fácil vender vicio que correr con los celulares. Y, quieras o no, el chido –el vendedor de drogas de nivel intermedio– se aparece”.

Así que se enroló en la nómina de vendedores. Su patrón era un hombre de cara colorada y excedido de peso. A bordo de un automóvil sencillo y viejo, de láminas oxidadas, repartía la droga a su equipo de menudistas.

―¿Y cuánto ganabas tú?
―Del diario me daba 50 gramos. De esos 50 gramos, le sacaba 500 puntos. Yo vendía, cada punto, en 35 pesos. Diario movía 100 papeles. Me quedaba 15 pesos por cada papel… Éramos como 15, todos del centro. Yo la movía por la colonia Guerrero.

El Pepino empezó a alcanzar algunos de sus sueños. Como, por ejemplo, cuando fue a la fiesta de 15 años de una vecina cuyo traje color durazno estaba decorado con alas moradas. Su patrón le prestó su Hummer amarilla. “¡No mames! Las chavas luego, luego se te acercan. ‘¿Cómo te llamas?’, te preguntan. Y acá. Hasta te gritan. ¡Carajo!”.

El sueño fue efímero. Lo detuvieron con 66.6 gramos de cocaína. Ese día todo había empezado bien. Tenía pensado comprar una subametralladora Uzi en 10 mil pesos. Una ganga. Salió a conseguir el dinero, pero al voltear la esquina se encontró con media policía federal apuntándole.

“Me pusieron mi playera en la cara. Me golpearon y me subieron a una camioneta. Me decían que delatara a mi patrón. Me aferré. Me dieron toques en los huevos y los pies. Les decía que ya me habían torcido, que yo no tenía patrón. Vieron que era menor de edad y les dio miedo a los federales. Uno me pidió 70 mil pesos por soltarme. Pa’ pronto, no se hizo el bisne y aquí estoy”.

***

Hace poco tiempo, la madre de El Pepino salió de la cárcel de Santa Martha, pero no recuperó su libertad. Subió a una camioneta que la trasladó a la Correccional de San Fernando para ver a su hijo. “Lloramos machín. Me pidió que me cuidara, que le echara ganas”.

―¿Qué piensas de los chavos, en general, que van a la escuela?
―Que era fresón, que era puto. Como que caían mal, porque decía “chale, esos güeyes qué”. Se sienten muy, cómo se llama, muy fresones, ¿no? Acá yendo a la escuela… hijos de papi. Ya los veía y los chacaleaba y acá. Y luego hasta los robaba. Los madreaba y los robaba aparte. Si no se dejaban robar, les daba en su pinche madre.
―¿Y qué sentías después?
―Me empezaba a reír, como que decía ¡chale! Luego si me llegaba el remordimiento: “me pasé de verga” y ora sí que, en mi pachequez, decía “¡chale, me pasé de verga”! y me empezaba a reír. Pero está bien, para no se sientan muy verga.
―¿Cómo veías a tu “patrón”?
―Ese güey es chingón, ¿no? Quiero ser cómo ese güey.
―¿Y por qué no ser como un médico, como un contador, como lo que quieras, pero por la derecha?
―Ora sí que me llamaba más la atención, ¿no? Que trajera buticarros, culos arriba. El oro. Dos tres cuetes chidos. A cada rato le iban a empeñar los estéreos, las teles, buticosas le iban a empeñar.
―¿Por vicio?
―¡Ajá! Y veía que era rápido, así como cualquier rato llegaba lo chulo. Iban carros a empeñarlos, me empezó a llamar más la atención. Ora sí que casi no veía que los que se la llevaban por la derecha casi no les veía nada. Los veía a patín.
―¿Qué piensas de ti mismo?
―Yo soy un güey al que le vale verga, pa’ pronto. Me da igual… Ora sí que legalicen la pinche droga. Que ya no haya tanta pinche tira. Quiero ser un pinche narco chido. Que ya no me vuelvan a agarrar. Quiero fama, como el puto del Chapo.
―¿Te gustaría que hubiera un narcocorrido que hablara de El Pepino?
―Que dijera que me balaceaba con la tira, que tenía suerte, que traía unas viejas y pistolas con cachas de oro y con mi nombre grabado.
―¿Cómo te gustaría morir?
―A balazos con la tira. Nunca dejarme agarrar.
―¿Cómo sería tu tumba?
―De oro blanco, ¿no? Y que en vez de que la raza esté llorando, que se esté dando un toque. Chupando y cotorreando.

Enloquecidos

Óscar Galicia conoce San Fernando desde hace más de 20 años. Entraba ahí de la mano de su padre, un trabajador del taller de máquinas de costura de la vieja Correccional.

No hay definiciones simples, advierte Galicia, psicólogo e investigador de la Universidad Iberoamericana. Hace un apunte. No sólo los chavos pobres son violentos.

Los científicos encontraron jóvenes agresivos en las clases media y alta. Muchachos sin privaciones ni violencia intrafamiliar. Sin padres convictos ni madres prostitutas. “Simplemente eran ‘malos’. Punto”, resume.

Los neurólogos encontraron que algo funcionaba de manera diferente en la zona prefrontal de su corteza cerebral, el sitio donde se deposita el control de los impulsos y, en palabras del especialista, “nos hace propiamente humanos”.

“Cuando hay algún tipo de lesión ahí tenemos falla en la empatía y en las capacidades sociales, como seguir reglas, decir la verdad o sentir lástima”.

Pero sí es una constante que, cuando concurren la pobreza y este funcionamiento diferente del cerebro, se tiene un joven violento al extremo.

―¿Por qué somos violentos?
―Tienes familias violentas y una sociedad violenta porque hay una serie de sujetos muy infelices. El Estado es responsable de procurar el bienestar de sus ciudadanos y no cumple.

El olvido en que se tiene a los jóvenes y la falta de políticas sociales es criminal.

―¿Hasta qué punto son culpables estos chavos violentos, que delinquen?
―Hay que pensar si no estamos tratando con una persona enferma y, si al final, son sujetos imputables.
―¿Qué pronóstico tienen?
―Muy malo.
―¿Los perdimos?
―Sí. A estos jóvenes ya los perdimos. Platicaba con algunos de ellos y me dijeron: “Cuando salga de aquí, regresaré a mi barrio y me querrán matar. Tendré que matar a alguien. Y así nos acabaremos. Así acabó mi hermano y mi primo. Así yo he acabado con los hermanos o los primos de alguien más, ¿y qué otra nos queda?”.

Como si en verdad no existiera otra posibilidad. Lo que ocurre es que no les damos otras posibilidades.

Ángeles y demonios

Cuando lo detuvieron, en agosto de 2007, los policías judiciales no entendían la broma. Era, aún es, un niño de 1.53 metros y menos de 50 kilos, cabello lacio casi a rape y un flequillo en la frente que muestra el contorno del crecimiento de un cabello afro.

¿Cómo que ese niño era el terror de la Ciudad de México?

No había engaño. Ese era el matón que puso en jaque a la policía capitalina. Su apodo hace referencia a su tamaño: El Pequeño. En realidad el sobrenombre es otro, pero ha sido cambiado a petición de él, aunque su talla sí es pequeña. Apenas a los ocho o nueve años se curtió en los laberintos de su barrio, El Hoyo, oficialmente la Unidad Habitacional Ermita Iztapalapa.

Delgado, pequeño, con largas y lacias pestañas sobre ojos siempre somnolientos. La nariz diminuta y la boca marcada por los dientes frontales. Los hombros son angostos y las pantorrillas delgadas en extremo. No deja de bostezar. La mañana que habla de su vida no calza los Nike Michael Jordan de rigor. Los cambió durante una semana con un compañero por unos Adidas blancos con las tres franjas rojas. “Casi no robaba. Andábamos en otro rollo, andábamos matando”.

―¿Cómo mataban?
―Cuando era por dinero les poníamos unos cinco tiros. La mayoría de veces los agarrábamos saliendo de sus cocheras. ¡Pum! A quemarropa, de frente. ¡Pum, pum! Cuando era el poderío del barrio tirábamos hasta 30 balazos.
―¿Quién los contrataba?
―Un ruco de mi barrio. Está en una cárcel del Estado de México. Mató a un comandante de la policía y lo mandaron para allá.
―¿Por cuántos homicidios estás?
―Tenía 14 averiguaciones, pero creo que nada más están comprobados cuatro o cinco.
―¿Y cuántos asesinatos fueron?
―Unos 18 o 19. Había meses que hacíamos dos. Luego nada. Variaba. No todo fue bueno. A mi hermano lo levantaron, lo picaron y lo aventaron de un carro. Fue en 2006. Sentí un madrazo en el pecho. Lloré. Lloré de impotencia, porque no hallaba cómo sacármela rápido y vengarlo.
―¿Quién lo mató?
―La banda de Los Ojos Rojos. Fueron dos hermanos y el chido de la banda, pero sólo pude matar al chido y a uno de los hermanos. El otro se me desapareció. No los torturamos. Ya no pudimos. Tanta fue nuestra saña y coraje que lo hicimos rápido. ¡Pum, pum! ¡La .40! Les dimos como 60 balazos. Los matamos y les prendimos fuego.
―¿Qué sentías?
―Que había hecho lo que tenía que hacer, sacarme la de mi hermano. La vez que sentí feo, fue la primera vez que maté a alguien. ¿Qué sentía? Miedo de que me agarraran. Pero cuando maté al primero y vi que no pasó nada, me daba igual. La vez que matamos a una chava en una balacera, fue la única vez que soñé feo. Pero lo que pasara, me daba igual. Como quiera que sea, de los hombres dices pues que anda de culero y había veces que nos hacían matar a mujeres por culpa de sus güeyes. Haz de cuenta que tú tienes pedos y nos mandan a matar a tu esposa. Ahí decíamos ¡chale!
―¿A quiénes matabas?
―La mayoría de veces era entre la mafia. A mí me mandaba la mafia a matar más mafia. Gente de en medio. A ellos les daban indicaciones y a nosotros nos mandaban para hacer el trabajo.
―¿Eres un sicario?
―A mí mandaba la mafia a matar más mafia.
―¿Qué mafia?
―Era gente de en medio y era cuando queríamos. A veces teníamos planes de irnos de vacaciones. Yo tenía un Jetta cuarta generación azul marino. Traía sus rines y su equipito, su quemacocos. Estaba bonito. Me latía andar en las motos de pista. Yo traía una VCR 900. Estaba pesada, me tenía que parar con las puntitas de los pies.
―¿Qué arma traías?
―Siempre usaba una nueve milímetros de 15 tiros Smith and Wesson. Potentes y cromadas. Las comprábamos a un viejo que se dedicaba a eso. Las vendía en cajas, nuevas. Yo tenía una escopeta calibre 12, una metralleta Mendoza nueve, una .45 y una .22. Éramos muy respetadillos, desde chicos no se metían con nosotros.
―¿A qué edad comenzaste?
―Desde los 11 años vendí vicio. Después robé carros. Luego vimos que ahí (en el asesinato) había más dinero y nos cambiamos.
―¿Secuestraron?
―A un empresario por avenida Chapultepec. Se llamaba Raúl quién sabe qué. Pagaron cuatro millones de pesos. Le pegamos, pero no le cortamos dedos ni nada, porque él y su familia siempre cooperaron. El segundo fue a uno que vendía vicio, nos dieron 800 mil pesos. Otro fue el hijo de La Ma Baker. Lo tuvimos tres semanas y nos dieron un millón 200 mil pesos.
―¿Y qué hacían con el dinero?
―Yo compré mi carro, mi casa y ayudé a mi mamá a arreglar la suya. Me gastaba 50 mil varos en un cotorreo. Nos íbamos una semana a Acapulco o Puerto Vallarta.

El Pequeño adora el reguetón. El del portorriqueño Tego Calderón –hombre nacido pobre y enriquecido por cantar sobre el racismo y la miseria urbana– por encima de todos.

“Canta cosas reales, lo que cada día ocurre en el barrio”: Los maté… (estribillo con arreglo de ovejas balando) / Sí, señor… / Y si vuelvo a nacer/ yo los vuelvo a matar…

***

El Pequeño tiene tatuado el antebrazo derecho con las manos de Cristo reunidas en oración y atravesadas por clavos: “Perdóname Dios mío por lo que he hecho”.

Reza a veces. Reza a San Judas Tadeo, el de las causas difíciles, al que se busca en la desesperación.

―¿Te ha ayudado Judas?
―Sí, me libró una vez por un secuestro y extorsión. Me agarró la policía. Le dimos 80 mil pesos a mi licenciado para pagar una jueza del Consejo Tutelar. No hallaron pruebas. Otra vez me detuvieron con una pistola y también salí. O cuando vendía piedra, me agarraron dos que tres veces con vicio. Sí, San Juditas Tadeo me ha ayudado.
―¿Y tu papá?
―Nunca he andado con mi papá. Él también es carnero. Él también anda de cabrón. Mi jefe ha estado preso en el Reclusorio Oriente, en el Sur, creo en el Norte y dos veces en el Bordo de Xochiaca. Roba joyería y cajeros. El Pequeño pertenece a una familia en la que son comunes los asaltantes y extorsionadores del transporte público en Iztapalapa. Uno de sus primos, al que se le atribuye el asesinato de un policía judicial, es secuestrador y trabajó con la mítica Ma Baker.

Ma Baker era la propietaria de una arena de lucha libre en Ciudad Neza y durante años controló el narcomenudeo en el oriente del Valle de México. Su organización era protegida por jueces federales, policías municipales y judiciales del Estado de México y agentes de la PGR. Se le responsabilizó del asesinato de tres empleados de gobierno.

Y a un hijo de la Ma Baker secuestró El Pequeño.

―¿Es fácil matar? ¿Es fácil secuestrar?
―Cuando tienes la gente todo es fácil. Todo se hace fácil cuando te proporcionan las cosas. Para mí todo se me ha hecho fácil. Pero a veces he llevado la de perder, pero así es esto.
―¿Te arrepientes de algo?
―Pues no. No me arrepiento más que de no haber puesto trucha a mi hermano. Si lo hubiera puesto más al tiro, hubiéramos evitado estas cosas. Pero así es esto. No siempre voy a ganar.

El Pequeño bosteza. Camina a su sección, la primera del tercer patio. Va sin playera y muestra otro tatuaje. Le cubre casi toda la espalda: de un lado, el ala de un ángel; del otro, la de un demonio.

Los internos llaman a ese lugar Zacatillo, como la isla del Golfo de Fonseca en la que allá en 1915 se levantó un pequeño Alcatraz. En la cárcel de Mariona hay otras zonas de aislamiento, pero ninguna con el negro prestigio de esta, a la que las autoridades llaman con neutralidad “el sector 4”. En los años 90, esos tiempos en los que los cadáveres de presos ajusticiados en motines se amontonaban a las puertas de Mariona cada día, aquí se encerraba a quien había matado involuntariamente a alguien en un accidente de tránsito, para protegerlo del lado más salvaje de la cárcel. Ahora Zacatillo es un pozo al que se echa a los reos peligrosos, a los que no deben convivir con nadie más porque causan desórdenes y constantemente buscan pelea. Zacatillo es una cárcel dentro de una cárcel y alberga a hombres que en teoría deben estar alejados incluso entre ellos, aunque desde hace tiempo se amontonen cinco o siete en cada pequeña celda de dos camastros.

Es un jueves de octubre de 2011 y en Zacatillo las iniciales MD están por todas partes. Es imposible no verlas. Es como si un niño travieso hubiera jugado día tras día a estamparlas con pintura negra o con alguna cuchilla en las paredes sucias.

Alrededor de su minúsculo patio triangular, los muros del pasillo y de casi todas las celdas del sector 4 están cubiertas por grafitos. Algunos no tienen significado más que para quien los hizo: nombres, fechas, dibujos. Otros, al igual que sucede en las calles en las zonas que controla alguna pandilla, están dirigidos a todo el que los ve y son edictos, advertencias que convierten las paredes en las nuevas tablas de los mandamientos. El primero es una rigurosa trinidad que en la cárcel te mantiene vivo, como el oxígeno: “Ver, oír y callar”.

Ya digo que las siglas MD se repiten en todas las paredes, y cuesta creer que no signifiquen algo de gravedad. En la celda 6, junto a la cabecera del camarote de arriba, hay una pequeña M y una D separadas por puntos. Pregunto por esas letras a un preso alto y despeinado que sale de esa celda y me miente:

—No significan nada… Son cosas que pone la gente. Ya estaban ahí cuando yo llegué.
—¿Y esas otras?

Señalo un enorme MD que ocupa toda una pared, en el pasillo, encima de otro grafito mucho más comprensible, de un metro y medio de ancho, en el que se lee “100% TRASLADADOS”. Confío en que no va a ser capaz de responderme con otra nada. La importancia de esas siglas es demasiado evidente. Mariona es una cárcel de “civiles” -se supone que aquí no hay pandilleros- y los Trasladados son una de las bandas carcelarias de civiles más poderosas y sanguinarias del país. Nadie en su sano juicio pondría por capricho unas enormes letras vacías justo encima de una marca territorial de los Trasladados. En las calles y en la cárcel, donde exhibir autoridad es una herramienta esencial de supervivencia, eso se consideraría un desafío, un insulto. Y los insultos en la cárcel se pagan muy caro.

—Nada. No significan nada -me repite.

Inútil insistir. Me alejo y entablo conversación con otro preso, bajo y robusto, que resulta ser más hablador o tener más afán de protagonismo. Charlamos de las condiciones carcelarias, de las rutinas de Zacatillo. De repente se interrumpe y me pregunta si noto un olor extraño. “A sangre”, dice. Supongo que trata de impresionarme.

—Es porque anoche trataron de matar a un compañero aquí mismo, en ese camarote. Lo acuchillaron.
—¿Quién?
—Un loco que ahorita está en el hospital. Entre todos le dimos una buena penqueada.
—¿Y por qué atacó a tu compañero?
—Porque está loco.
—Ya, claro…

Aprovecho para preguntarle por esas siglas extrañas de las que parece prohibido hablar. El hombre duda, pero con un gesto me propone entrar a su celda. Allí, espera a que salga uno de sus compañeros y baja la voz:

—Es lo que les obligan a tatuarse a los de La Raza cuando se pasan a Los Trasladados.
—¿Y qué significa?
—Mara Desvergue.

***

A comienzos de los 90, recién firmados los acuerdos de paz, la mayoría de penales de El Salvador eran un ir y venir de pequeñas bandas y de efímeros líderes carcelarios que dormían con el corvo en la mano a la espera de que algún ambicioso tratara de destronarlos. De muros para adentro reinaban presos civiles, y los jóvenes mareros locales de la MZ, la Mao Mao o la Gallo, que no inspiraban más temor que cualquier delincuente común, trataban de pasar inadvertidos. Los primeros pandilleros deportados de la MS o la 18 eran hombres solitarios, anónimos y todavía sin poder en los patios. Los últimos presos vinculados a la guerrilla del FMLN, a los que aún se llamaba “los políticos” aunque muchos estuvieran entre rejas por cometer delitos comunes, gozaban de respeto entre el resto de internos, porque se sabía que en la libre tenían amigos que, con armas o ahora desde la política, podían responder por ellos o cobrar sus cuentas pendientes.

La cárcel de San Francisco Gotera estaba considerada un centro de máxima seguridad y tenía fama de recibir a reos problemáticos de todo el país, y los más violentos allí, en 1993, eran migueleños: los hombres de la banda de El Ruco. La memoria carcelaria, que es colectiva y se recita en los principales penales del país, ha olvidado el nombre de El Ruco, pero recuerda de él que era corpulento y había tenido entrenamiento militar. Presumía ante el resto de tener un pacto con el Diablo, y gobernaba Gotera como un demonio. Con un pequeño ejército de 30 hombres armados aplicaba impuestos, robaba impunemente a los recién llegados y sometía con violencia cualquier intento por organizarse en su contra. Los informes de trabajadores sociales de la época denuncian que El Ruco y su banda cometían constantes abusos sexuales contra aquellos que no se plegaban a su autoridad. En los días de visita, llegaron a violar a las madres o esposas de otros internos.

Entre los sometidos al yugo de El Ruco y sus migueleños estaba un grupo de presos llegados desde Mariona, la cárcel de la capital, y comandados por un ladrón de apellido Salamanca. A esos capitalinos, que se creían más duros que el resto y que tras su llegada cometieron pequeños robos entre la población interna, El Ruco y sus hombres -gentes de campo la mayoría-, los trataron como a la mala hierba y como castigo les golpearon y vejaron a diario durante meses. Hasta que en mayo la semilla de odio que El Ruco había sembrado por todo el penal germinó.

Una tarde, liderados por Salamanca, varias decenas de presos unidos por una enemistad común derribaron los muros internos que separaban los sectores de la cárcel y por primera vez atacaron a El Ruco y sus hombres, que se defendieron con piedras y armas hechizas. Esa vez no hubo muertos, pero El Ruco fue trasladado al penal de San Vicente y sus 30 soldados recluidos, para su propia protección, en celdas de aislamiento. El resto de presos había decretado sentencia de muerte contra ellos.

El 29 y 30 de octubre hubo un nuevo motín y perdieron la vida tres de los hombres de El Ruco. Al resto les tocó esperar, con la certeza de que también morirían, hasta que Salamanca consumara su venganza definitiva el 18 de noviembre.

Ese jueves, armados con corvos hechizos y con el rostro cubierto, Salamanca y su gente volvieron a recorrer el penal determinados a llevar al juicio final a quienes habían sido sus jueces. Acuchillaron, mutilaron y decapitaron. Para la macabra leyenda carcelaria del país quedará siempre el hecho de que que los verdugos acabaron jugando al fútbol con la cabeza de una de sus víctimas.

En aquel baile de cuchilleros encapuchados los hombres más cercanos a Salamanca, para reconocerse, gritaban una clave de dos letras, MD, que su jefe había ideado. Esa contraseña y su significado, Mara Desvergue, se convirtió con los años en un rasgo más de su identidad. Aunque esa banda carcelaria que nació sobre los cadáveres de 30 personas acuchilladas se la ha conocido más, durante años, como Los Trasladados.

El gobierno de Alfredo Cristiani, inmerso de lleno en la preparación de las elecciones presidenciales que se celebrarían cuatro meses después y con un delicado informe que una Comisión de la Verdad elaboró sobre los crímenes cometidos durante la guerra civil recién terminada, respondió a la masacre de Gotera dispersando por otros penales a Salamanca y sus hombres, identificados como cabecillas del motín. Estos no tardaron en ganar adeptos allí donde llegaron y entre enero y febrero organizaron tres motines en los penales de Sensuntepeque y Santa Ana que terminaron con siete muertes. Los Trasladados acrecentaban su leyenda y su estela de miedo y respeto.

Hasta que las autoridades de Centros Penales, en un intento por frenar la epidemia de amotinamientos, decidieron concentrar a todos los agitadores en un único lugar; el mismo del que menos un año antes habían salido: La Esperanza, de Mariona. Corría marzo de 1994.

El Ruco, encerrado en el penal de San Vicente, recibió las noticias de lo sucedido con sus hombres y del contagio de la violencia a otros penales. Supo también que Salamanca y su gente habían regresado a Mariona. Por eso, cuando semanas después recibió la notificación de que él también sería trasladado allí, supo lo que le esperaba. Antes de morir a manos de un asesino que no fuera él, se ahorcó en su celda de aislamiento.

***

Era cuestión de tiempo. En la zona de Penados del sector 3 de Mariona, donde compartían celda los internos con más años de condena y más autoridad en la prisión, las discusiones sobre cómo acabar con la tiranía de Salamanca empezaban a generar fricciones entre los que reclamaban prudencia y aquellos que querían resolver la crisis por las armas. Desde su llegada, Los Trasladados habían instaurado un régimen de terror, aupados en el poder que les daba el rastro de sangre de los motines de inicio de año. Extorsionaban a otros internos y les aplicaban castigos arbitrarios más brutales aun que los que ellos habían sufrido en sus tiempos de sometimiento en Gotera. A diario salían de Mariona cadáveres mutilados o quemados. La tensión era tal que en cinco meses desertaron Mariona 27 custodios, huyendo de amenazas o de la certeza de que el penal iba a estallarles en la cara. Salamanca se había desbocado, actuaba como un tirano, y los presos que en los últimos años habían dirigido esa cárcel, agrupados en torno de hombres que ahora son mitos carcelarios, como Trejo, Posada o Guandique, se sentían relegados y ultrajados.

Pero no fueron ellos quienes derribaron a Salamanca. La tarde del 18 de agosto de 1994, en el taller de carpintería, dos internos que trataban de robar unos botes de thinner creyeron que un custodio les había visto. No era así, pero los presos estaban drogados y los nervios se les convirtieron en paranoia. Sin medir consecuencias, uno de ellos se lanzó contra el vigilante y lo macheteó hasta matarlo. Aquello fue la mecha que necesitaba el polvorín creado por Salamanca. La noticia llegó en pocos minutos a los sectores y los reos comenzaron a armarse para lo que pensaban que sería una batalla campal.

En realidad fue una cacería, que duró hasta la mañana del día 19. Varios internos que estuvieron en Mariona aquella larga noche aseguran que los custodios, con el aval de las autoridades del penal, irrumpieron en los patios disparando con el objetivo medido de matar a los hombres de Salamanca. Los buscaron, los hallaron y los asesinaron. Unos reportes hablan de 13 muertos, 12 internos y un custodio. Otros de hasta 20, la mayoría baleados. Un reo con respeto en los patios por aquellos días y que años después ha vuelto a caer preso, cuenta que a El Puro, uno de los hombres de Salamanca que había estado con él en Gotera, los custodios lo ejecutaron con un G-3 en un pasillo, en el lugar que hoy ocupa el despacho del subdirector de seguridad. A Salamanca lo capturaron vivo en el sector 1 cuando se le acabaron las balas del revólver que usaba y lo llevaron esposado hasta la zona de audiencias, a un salón de visitas conocido como “el de 10 minutos”. En todo Mariona se escucharon los disparos que lo mataron. Un interno del sector 2, que estaba allí aquel día, aferrado a un corvo temiendo lo que seguiría, completa el relato:

—Después de ejecutar a Salamanca, juntaron a todos los muertos y los picaron.
—¿Quiénes?
—Las autoridades.
—Pero, ¿por qué?
—Para decir después que los habían matado a machetazos otros internos.

Al día siguiente, mientras los medios de comunicación daban la noticia de lo que oficialmente fue un motin carcelario -¿qué vale la palabra de un reo frente a la de un custodio?-, las autoridades trasladaron a las bartolinas de la antigua Policía Nacional, en San Salvador, a 104 reos a los que identificaron como parte de la estructura de Salamanca. Unos lo eran; otros no, pero desde ese momento se convirtieron a la fuerza en miembros de la banda.

En los sótanos de la Policía Nacional estuvieron hasta octubre, cuando fueron llevados al penal de Cojutepeque, en aquel entonces considerado de máxima seguridad. Durante meses, allí se les sometió a la tortura de obligarles a hacer ejercicios físicos durante la madrugada mientras se les arrojaba agua helada. Muchos contrajeron tuberculosis, pero sobrevivieron. Y sobrevivió su identidad como grupo. 18 años después, la banda ha crecido y hay miembros de Los Trasladados en todos los penales de civiles del país. Pero nunca han vuelto a cobrar fuerza de Mariona.

***

A El Racero le gusta vestir bien. De hecho, hoy lo hace muchísimo mejor que yo, que hoy he venido a la cárcel con tenis gastados y una vulgar camiseta. Él luce zapatillas de un blanco impecable, pantalones perfectamente planchados y una camisa polo con un cocodrilo verde bordado en el pecho. No es extraño, supongo, en alguien que por su trayectoria de entradas y salidas de Mariona goza de cierto estatus entre los presos y que controla negocios muy lucrativos en la cárcel.

El Racero también estaba aquí cuando en 1994 los custodios mataron a sangre fría a Salamanca, y recuerda lo que en Mariona se aprendió de aquello. Fue uno de los que tomaron decisiones en aquellos días.

—Consolidamos la idea de que los reos necesitábamos una única estructura vigilante en el penal, alguien que prohibiera las extorsiones y los robos, y que mantuviera calmadas las aguas.
—¿Y que los protegiera de gente como Salamanca?
—Exacto. Después de aquello, por muchos años, aquí el que llegaba de otro penal se moría. Así de simple: se moría. Al final, el espacio en Zacatillo ya no daba, porque los trasladados ya ni llegaban a entrar a los demás sectores y se aislaban de un solo.

Hoy esa estructura que se creó en Mariona se llama La Raza, es el gobierno real del penal de Mariona, y su enemistad de sus integrantes -“marioneros” o “raceros”, los llaman en otros penales- con Los Trasladados permanece intacta. Ambos grupos se han expandido por diferentes cárceles y han crecido en miembros a medida que el sistema penitenciario salvadoreño se ha masificado. Todo el que ha pasado por Mariona queda marcado para Los Trasladados como sospechoso y tiende por tanto a buscar el amparo de La Raza allí donde llega. Cualquier preso con largo historial de traslados es, para quienes controlan Mariona, un posible infiltrado al que los mismos marioneros envían a aislamiento si no se somete de inmediato a la disciplina de los palabreros de La Raza.

Controlar una cárcel, un sector, es controlar los impuestos a los internos y la venta de drogas en el recinto, pero es algo más: es ser ley y justicia en ese lugar. Y desde ese lugar abanderar el odio a los enemigos. Los esporádicos motines son solo la punta del iceberg de la batalla permanente que ambos grupos libran por el control de los penales de reos comunes.

Que ya no son todos. En 2001, el evidente aumento de presos de la Mara Salvatrucha (MS-13) y el Barrio 18, y la acumulación de muertos en motines causados por enfrentamientos entre ambas pandillas, hicieron que el gobierno salvadoreño las separara en cárceles distintas. No mucho después, la masacre de agosto de 2004 en Mariona, por un enfrentamiento entre pandilleros de la 18 y el ejército de La Raza, asentó la idea de que los pandilleros tampoco debían compartir espacio con reos comunes o civiles.

Con esa misma lógica, ocho años después se han vuelto necesarias, además, cárceles diferentes para las dos facciones enemigas en que se ha dividido el Barrio 18 -Revolucionarios y Sureños- y sectores aparte para el creciente número de presos que abandonan las pandillas y automáticamente pasaron a estar condenados a muerte por sus antiguos homies.

El sistema carcelario salvadoreño se ha convertido en un rompecabezas en el que las piezas, en vez de encajar, se repelen entre ellas.

Ástor Escalante, que fue director general de Centros Penales entre 2004 y 2006, admite que, en su época, la única forma posible de administrar los conflictos en el sistema penitenciario era una constante dinámica de traslados. Ante cada acto de violencia, el traslado -de un sector a otro o de un penal a otro- como castigo. Ante cada sospecha de que se estuviera gestando una fuga o un motín, el traslado como prevención. Con eso no se desarticulaban las estructuras de poder y negocios que los internos mantenían -y aún mantienen- en cada penal, pero en palabras de Escalante “se les desordenaba temporalmente, se les incomodaba”.

Seis años y un cambio de gobierno después la situación no ha variado demasiado. En marzo de 2012 había en todo el país más de 575 presos en islas como el Zacatillo de Mariona. Como las 146 celdas de aislamiento que tiene el sistema no son suficientes para albergar a todos los reos violentos o en peligro de ser violentados por otros, en Chalatenango se usan como celdas los dos cuartos que se construyeron junto a la clínica para que durmieran las enfermeras; en Mariona, las celdas destinadas a enfermos de tuberculosis reciben a presos hartos de ser violados una y otra vez por otros presos; en Cojutepeque hay reos en lo que deberían ser cubículos para visita íntima; en Sensuntepeque la antigua capilla es ahora una celda más, una isla más en este archipiélago de enemigos a los que las autoridades tratan de mantener separados, como quien trata de separar a las abejas dentro de una colmena.

***

La mañana del miércoles 25 de enero de 2012, el entonces director general de Centros Penales, Douglas Moreno, dio órdenes por teléfono a los directores de cuatro de las mayores cárceles del país: “Prepárense para un traslado masivo. Tienen 24 horas”. A las 5:30 a.m. del jueves, media hora antes del desencierro y el recuento matinal, en los penales de Usulután y San Vicente los custodios despertaron a cientos de reos que aún dormían en sus camarotes y les ordenaron vestirse y salir. Apenas les permitieron llevar consigo las pertenencias que pudieron cargar en las manos, aunque también eso les fue arrebatado en registros posteriores.

En Apanteos, el sector 11 completo fue embarcado en buses antes de que muchos de ellos apenas pudieran saber qué estaba sucediendo. Hacía semanas que todos dormían en colchones en el suelo. El director del penal les había retirado los camarotes para evitar que usaran su estructura metálica para hacer fierros, como los presos llaman a los corvos y cuchillos.

A las 8 de la mañana, 580 presos viajaban con las manos vacías y esposadas camino a Mariona y otros 580 acababan de salir de allí para ocupar los lugares que acababan de quedar vacíos en los otros tres penales. Los que salían de la penitenciaría central no sabían por qué los trasladaban. En realidad no había ninguna razón disciplinaria o de seguridad para moverlos. No era nada personal. Simplemente, el Estado necesitaba cuadrar cuentas y a ellos les había tocado ser hoy números. Cuando hay grandes traslados, la suma final en cada penal debe ser cero. A Mariona iban a llegar 580 y a 580 tipos les tocó hacer hueco.

Fue el mayor movimiento simultáneo de presos desde que en 2010 se acabó de partir el Barrio 18 y hubo que colocar a sus miembros en cárceles separadas.

Las razones del traslado, esta vez, eran más confusas. Una semana antes, el jueves 19, la Dirección de Centros Penales había trasladado de Usulután a San Vicente a 34 presos. A las autoridades habían llegado rumores de que preparaban un motín destinado a encubrir una fuga. Con el movimiento, Centros Penales creía desactivar esos planes.

Pero no. El penal estalló de todos modos al día siguiente. El viernes 20 de enero aparecieron los cuchillos y hubo disparos de los internos y de custodios. Dos grupos de presos se batieron en el patio durante más de una hora. Un interno cayó abatido a balazos cuando corría por los techos de un módulo de celdas camino a uno de los garitones militares en el muro perimetral. Se dijo que quería fugarse, pero todo parece indicar que en realidad ese preso muerto no pretendía saltar a la calle, sino arrebatar al militar su fusil y, con él, seguir matando dentro del penal. Si con un polín afilado se mata, en medio de una molleja carcelaria tener un fusil ametrallador es ser todo un arcángel robavidas.

Aparentemente el soldado fue más rápido, aunque tres meses después las autoridades siguen diciendo que no saben quién disparó al reo. A nadie en El Salvador le ha importado averiguarlo. En El Salvador solo su familia llora a un preso. Ese día, en el penal de Usulután, hubo cinco presos muertos.

Los informantes de las autoridades -siempre hay presos que hablan; siempre hay quien rompe la ley de silencio de la cárcel y traiciona al miedo- atribuyeron el motín a un grupo al que llamaron “la MD”, y aseguraron que el grupo operaba también en otros dos penales del país: San Vicente y Apanteos.

El traslado masivo que siguió a las muertes tuvo más espacio en los periódicos y los noticiarios televisivos que las propias muertes. “Detectan una tercera pandilla”, escribió La Prensa Gráfica en su portada, como si en el país antes de ese día solo operaran la MS-13 y el Barrio 18, como si no existieran grupos como Mao Mao, La Máquina o La Mirada. Por 48 horas, el país se escandalizó al saber que había “una nueva mara” con las mismas siglas, MD, de una conocida marca local de zapatos.

Aunque no es un hombre de eufemismos, Douglas Moreno dijo a los medios que el nombre de esa banda era “Mara Desorden”, porque la palabra “desvergue” le pareció inapropiada. Según él, el grupo estaba formado principalmente por pandilleros retirados de la MS-13 y el Barrio 18 y con su traslado a Mariona se había “desactivado una bomba” que amenazaba al sistema penitenciario entero. Presentó a los MD como el grupo de presos más peligroso del sistema penitenciario. Dijo que concentrar a todos sus miembros en un mismo lugar, el sector 5 de Mariona -un enorme galerón sin divisiones y con camarotes para 600 personas, vigilado por cámaras- iba a “destruir” a la nueva banda.

Pero casi nada de lo que dijo Moreno tenía mucho sentido. Y Moreno lo sabía. “Las identidades en la cárcel son complejas. Los internos a los que hemos movido a Mariona se identifican con las siglas MD; eso es lo que sabemos hasta el momento. Pero no tomes como definitivo que se trate de un grupo de expandilleros. No pongo las manos en el fuego por ello”, me diría días después en su despacho.

***

—Son los Trasladados. MD y Los Trasladados es lo mismo.

A pesar de las esposas, El Chapín no acaba de parecer uno de los reos más peligrosos del país. Está evidentemente pasado de peso y muy despeinado, como si acabara de despertar de una noche difícil. Su rostro agotado parece hinchado por el calor. Viste totalmente de blanco, como los internos del penal de máxima seguridad de Zacatecoluca. Lleva una amplia camiseta, shorts y unas chancletas que le quedan pequeñas. Es la ropa que le han dado las autoridades. Sus pertenencias quedaron en una celda del penal de Usulután. Ha pasado una semana desde el traslado masivo y aquí en Mariona no tiene nada propio. Ni un cepillo de dientes.

—En Usulután se armó porque la MD trató de extorsionar a otro grupo, a los panaderos.
—¿Los panaderos? ¿Es una banda?
—No. Son los presos locales de Usulután, los representantes de La Raza allá, que controlan la panadería del penal y hacen buen dinero de eso. La MD lo vio y quiso cobrarles renta, y los panaderos se revolvieron contra esa extorsión y amenazaron con causar problemas si no sacaban de allí a la MD.
—Los denunciaron a las autoridades del penal.
—Cabal. Señalaron quiénes eran los de la MD y pidieron que los movieran. Pero igual se armó la molleja. Los panaderos tenían comprado al comandante de seguridad y al director del penal. Ellos los armaron. ¿De dónde si no iban a tener pistolas originales?

El Chapín lleva encarcelado 11 años y ha pasado ya por cuatro penales. Dice que hace al menos cuatro años que oye a Los Trasladados llamarse así: MD.

—¿Tú no eres de la MD?
—No. A mí me han traído acá porque la autoridad hizo atarrallazo en el penal de Usulután y no distinguió. Pero no soy de ellos. En realidad yo y muchos más aquí adentro somos su escudo humano.
—¿Cómo así?
—Aquí han traído a la crema y nata de Los Trasladados en todo el territorio nacional, pero no son tantos. Y saben que su seguridad depende en parte de ser muchos. Tienen que parecer grandes. Por eso les beneficia que estemos ahí con ellos.

Ser poderoso, o parecerlo, es un arma de doble filo en la cárcel. Puede ser el punto de partida para que alguien de verdad poderoso -con autoridad, dinero o armas ahí dentro- te considere una amenaza y te trate como a un enemigo, o que te extorsione confiando en que tengas dinero o negocios. Pero también puede ser tu salvoconducto para que nadie se atreva a tocarte. En este caso, para la MD, su aparente número de integrantes en Mariona es una batería de misiles más que garantiza que la guerra con La Raza siga siendo fría.

Junto al Chapín está sentado otro interno del sector 5 que ha asentido a cada palabra de su compañero. Lo llamaremos El Firme. Dice que tampoco él es miembro de la MD. Lleva a la vista un enorme tatuaje con el número 18.

—¿Eres expandillero? -le pregunto, siguiendo el rumbo de la versión oficial.
—No, yo estoy parado. Mis tatuajes están todos vivos- responde, mientras se levanta las mangas de la camisa y revela más tatuajes.
—¿Y qué hacías en Usulután, que es un penal para civiles?
—Pregúnteselo al sistema. El sistema sabe que somos pandilleros, pero él nos mueve adonde quiere.

En teoría no hay pandilleros en las cárceles de civiles, pero según El Firme los había en Usulután. Asegura que entre los 580 presos trasladados en enero hay 20 expandilleros de la 18 y 200 expandilleros de la MS-13 que sí se han brincado a la MD, pero también ocho pandilleros activos de la 18, algunos miembros de La Mirada Loca, la Máquina y la Mao Mao, y un sinfín de civiles no alineados, que en Usulután y Apanteos caminaban junto a la MD porque no les quedaba más remedio, porque la MD era la autoridad.

A todos ellos solo un muro los separa de los casi 3 mil internos del sector 3, entre los que se encuentran los dos centenares de dieciocheros y MS activos que, según dicen los mismos líderes de La Raza, se han infiltrado durante los últimos años en Mariona. Si ese muro cae, si algo pasa, si estalla una revuelta, a ojos de los machetes todos en el sector 5 serán MD si no demuestran lo contrario. En la cárcel, el sector en el que estás significa mucho. Y el 5 está acorralado.

El Chapín, con la mirada en el suelo, comenta, fúnebre:

—Creen que con habernos trasladado se soluciona todo, pero en verdad el problema se hace más grande. Esto se va a poner peor. En los otros penales quedaron solo unos pocos de la MD. Ahora La Raza se va a tomar los penales de Usulután, San Vicente y Apanteos. ¿A qué cree que han llegado los 580 que salieron de aquí para que entráramos nosotros?
—¿A qué?
—A tomar el control allá.

***

El director del penal de Apanteos es un hombre sonriente que parece saber todo lo que sucede dentro de los muros que le toca gobernar. Mientras sus ojos bailan inquietos detrás de unos lentes que parecen siempre querer caerse de su nariz, habla con fluidez de La Raza, de Los Trasladados y de sus alianzas y enemistades con la MS-13 y la 18. No conoce a El Chapín, pero su versión de la situación respecto a la MD coincide totalmente con la del preso del sector 5 de Mariona.

—Sí, son ellos, Los Trasladados. Solo han cambiado de nombre.
—¿Y son tan problemátcos como se ha dicho?
—A diferencia de la gente de La Raza, entre Los Trasladados o MD encuentras a más gente vinculada al crimen organizado, gente educada, pausada. Por lo general vienen de bandas, y tienen mucha identificación con el narcotráfico. La relación con la 18 es más reciente. Viene de lo que pasó a finales de 2010.

El director se refiere a lo que pasó el 24 de noviembre de 2010, al motín que terminó con dos muertos y con unos 200 pandilleros de la MS-13 desplazados a Gotera. Aquel día, pandilleros de la Salvatrucha se enfrentaron con Los Trasladados, que dominaban el penal, y se acabó de sellar una alianza entre Los Trasladados y la 18. Fue como si se cerrase un círculo: la 18 se consideraba enemiga de La Raza desde la masacre de 2004, y fue ese odio el que motivó la masacre siguiente, en 2007, precisamente en Apanteos. Pandillas y bandas de civiles con enemigos comunes no podían sino convertirse en aliadas.

Por eso podían sobrevivir pandilleros de la 18, como El Firme, en sectores de civiles en Usulután, siempre que se sometieran voluntariamente a la autoridad de Los Trasladados. Por eso, según asegura el director, el segundo coordinador del sector 11 de Apanteos, dominado por Los Trasladados, era hasta los traslados de enero un dieciochero.

—¿Y no se fortalece a Los Trasladados al reunirlos a todos?
—Puede ser, pero prefiero eso. Es un mal menor. Porque con Los Trasladados en Mariona vamos a tener tranquilidad en más penales, y eso nos permite trabajar en programas y talleres con el resto de internos.

En agosto de 2004 el entonces director General de Centros Penales, Rodolfo Garay Pineda, usó esa misma lógica para explicar la masacre de Mariona. Decía que Mariona era el cuarto desordenado del sistema penitenciario, el lugar en el que se guardaban los problemas que se dejan para el final, mientras se hacían mejoras en el resto de penales. Parece que ocho años después Mariona sigue siendo la alfombra bajo la que se esconde lo que no se puede solucionar.

—¿Y si no logra esa calma en el resto de penales? Dicen que el traslado de la MD va a hacer más fuerte a La Raza en penales como el de Apanteos.
—Claro. Es como si en un ecosistema haces desaparecer a un depredador. Otras especies se hacen fuertes, se mulitiplican. De hecho, en Apanteos la MS ya está enviando órdenes a otros sectores para tratar de controlar el penal… pero controlarlo para La Raza.
—¿Y entonces? ¿Qué va a hacer usted?
—Bueno, ahora el depredador de La Raza va a tener que ser el sistema penitenciario.

***

La pregunta es cómo van a lograr las autoridades algo que durante las últimas décadas les ha resultado totalmente imposible: someter bajo su control a La Raza, Los Trasladados, la MS-13 y la 18.

La política de traslados masivos ha tenido, históricamente, consecuencias imprevisibles: En 1993, llevar a Salamanca y otros 50 hombres de Mariona a Gotera acabó en el nacimiento de Los Trasladados. En 2001, segregar a las pandillas MS-13 y 18 en cárceles diferentes consolidó sus estructuras jerárquicas y forjó sus primeros líderes nacionales, un paso necesario para que se convirtieran en las poderosas organizaciones que conocemos hoy. En 2002 sacar repentinamente a José Edgardo Bruno Ventura de Mariona y poner fin a su reinado sobre La Raza destruyó el equilibrió de intereses -corrupción, extorsión y venta de drogas- en que se basaba la tregua entre bandas en el penal y el poder que en esa cárcel mantenía sometidas a las pandillas, y el mismo día de su traslado reos del sector 3 asesinaron a dos policías. Sacar en 2003 de Mariona a los últimos pandilleros de la MS-13 recluidos allí alteró los balances de fuerzas en los patios de la cárcel, permitió a miembros de la 18 armarse y derivó en la masacre de agosto de 2004.

Si uno cree a las autoridades, haber reunido en enero a Los Trasladados -o los MD, como se quiera llamarlos- en el sector 5 de Mariona fue una acción calculada, un ejercicio de pericia politica y policial. Pero a veces es difícil no sentir que estamos frente a un malabarista que lanza al aire sus cuchillos más afilados con los ojos vendados.

***

El Tatuado es uno de esos cuchillos afilados. Es uno de los nuevos huéspedes del sector 5 de Mariona y luce en la piel, a la vista, el MD que desde la masacre de Gotera ha identificado a Los Trasladados. El tatuaje indica que fue en algún momento parte de La Raza, de los Marioneros. Se lo tuvo que hacer para disipar cualquier duda sobre su lealtad al grupo.

—No somos un problema social.

Lo dice con la serenidad del que dice la verdad. El Tatuado es en general un hombre sereno, de andares lentos, y tiene el cuerpo menudo de alguien a quien elegirías enfrentarte si tuvieras que pelear. Y te equivocarías. El hombre al que tengo delante cumple una larga pena por homicidio y su baja estatura no le ha impedido sobrevivir a golpe de corvo a una docena de motines. Forjó su serenidad en los peores años de los peores penales del país y no pienso que esté tratando de convencerme de que tiene las manos limpias ni de que la banda a la que pertenece sea un club de lectura.

Pero realmente cree lo que dice y trata de disipar el prejuicio que, parece opinar, arrastramos casi todos los que estamos fuera de una cárcel:

—Los Trasladados es un movimiento que creció queriendo aportar algo positivo a la sociedad, siendo una balanza en las cárceles.
—¿Balanza de qué?
—Balanza frente a las pandillas. En las cárceles somos como un Stop para que pasen los peatones. Creeme, hemos evitado asesinatos, robos… Esto tiene más de 20 años pasando, desde el 94 que estalló todo en este mismo penal.

El Tatuado es uno de los 104 hombres que en 1994 fueron sacados de Mariona tras la ejecución de Salamanca y ahora ha vuelto a casa, a esta penitenciaría central por la que parecen haber pasado la mayoría de historias de odio y alianzas entre grupos organizados del país.

—Hubo cosas horrendas que pasaron en este centro penal. Cosas injustas, como en toda guerra. Pero el problema de fondo es que siempre se nos ha tratado mal a los internos comunes, a los que los pandilleros llaman “civiles”, que somos el 75% de la población interna general. ¿Por qué el gobierno no entiende que el verdadero problema son las pandillas?
—¿Por qué crees que no lo entienden?
—Porque antes las autoridades tenían una visión más realista de la situación en las cárceles. Distinguían y ayudaban a quienes hacemos cosas positivas.

Ayudar, en boca de El Tatuado, quiere decir privilegios. Y cuando habla de cosas positivas, se refiere al compromiso de no matar, de gobernar la cárcel en silencio y con mano de hierro. A ayudar a que el sistema penitenciario no aparezca en las secciones de sucesos de los noticiarios, a cambio de un encierro más cómodo y de que que nada entorpezca los negocios de los reos. Mientras hablo con El Tatuado, a finales de febrero, parece que esos tiempos ya habían quedado atrás.

Unos días después de hablar con El Tatuado vuelvo a ver a El Chapín. Parece haberse adaptado rápidamente a su nuevo sector. Está peinado y recién afeitado. Diría, incluso, que ha empezado a hacer ejercicio y camina más erguido. Me cuenta que ya han recibido visita familiar y por eso tienen útiles de aseo. Asegura que en el sector ya circula la droga sin problema.

—Todo el mundo tiene corvos. Al principio empezaron a hacerlos los retirados de la MS, con polines de los catres, y la MD se los prohibió. Pero a los días les valió y siguieron fabricándolos. Ahora ya todo el mundo tiene algo para defenderse. Los de la MD se está preparando para lo que pase.
—¿Y los custodios no se dan cuenta? ¿No dicen nada?
—Eso me pregunto yo. No entiendo cómo no lo han visto con las cámaras. Ojalá estén mirando lo que pasa.

Las pandillas de Río

Publicado: 10 diciembre 2009 en Jon Lee Anderson
Etiquetas: , , ,

Iara, mujer delgada, de piel oscura, 31 años, administra la favela de Parque Royal, en Río de Janeiro, para un capo llamado Fernandinho. Se llama a sí misma “subdelegada”. Cuando la conocí, Iara estaba organizando la fiesta de diez años para la más pequeña de sus tres hijas. Llevaba una camiseta, pantalones cortos, sandalias y una gorra de beisbol negra sobre una coleta de caballo. Su camiseta tenía un mensaje en portugués: “No ruego que los quites del mundo, sino que los guardes del maligno. Juan 17:15.” Se notaba un bulto ahí donde una pistola estaba remetida en sus pantalones.

Iara maneja las “relaciones comunitarias” a nombre de su pandilla, el Terceiro Comando Puro, o Tercer Comando Puro. (Ella la denomina “la empresa”.) Se trata de un puesto nuevo, pero necesario. “Antes había algunos problemas, sobre todo faltas de respeto por parte de los traficantes hacia los lugareños”, me dijo. Iara suele lidiar con los problemas “hablando con la gente”, pero si el problema es grande “se va cuesta arriba”, es decir, al Morro do Dendê, la favela donde vive Fernandinho. El día anterior se había suscitado un problema: “Un hombre que golpeaba a su esposa. Ella quería separarse, él la golpeó.” Iara no detalló cómo se resolvió el problema, pero estaba resuelto.

Caminamos por la favela –un revoltijo de casas apiñadas de lámina y ladrillo sin pintar, marañas enrolladas de cable eléctrico robado, paredes cubiertas de grafiti, y callejones en los que pequeñas tiendas y bares rudimentarios que ofrecen cerveza y cachaza se disputan el espacio con locales de iglesias evangélicas. Parque Royal está construida sobre lo que solía ser un manglar, y la casa de Iara se encuentra en un paseo costero repleto de basura. Hay un penetrante hedor a drenaje, pero nadie parece notarlo. Jóvenes armados y de aspecto rudo, vendedores de droga de la pandilla, custodian los callejones. Iara habló con ellos para que no me hicieran ningún daño.

En su brazo izquierdo, Iara lleva tatuado un escorpión rodeado por las iniciales de su gente más cercana: sus tres hijas, su madre, su hermana, una sobrina y un sobrino. El padre de Iara abandonó a su madre cuando ella tenía un año. Su madre era alcohólica, me dijo, “pero ya no”. Ahora es evangélica. Iara jugaba futbol de pequeña, y era tan buena que llegó a entrenar con profesionales; nombró a un par de jugadores famosos. Incluso había salido en la televisión. Pero su hermano mayor solía golpearla. “Decía que era una lesbiana.”

A los catorce años Iara ingresó a la sección local del Tercer Comando Puro. “Me involucré poco a poco, para defenderme de mi hermano, para ganarme respeto”, me dijo. “Cuando estuve dentro, mi hermano dejó de ser un problema.” El hermano de Iara está ahora en Bangu, una prisión al oeste de Río, adonde son enviados la mayoría de los mafiosos, y donde las pandillas también tienen el control. “Es la sexta vez que está en la cárcel”, dijo Iara. “Vendía droga y era un ladrón.”

La hija mayor de Iara, de catorce años, se acercó a decirle algo. Llevaba una camiseta rosa y pantalones cortos. Una vez que se fue, Iara dijo orgullosa: “Es una buena niña, muy responsable. Hasta me regaña.”

En tanto miembro de la pandilla en Parque Royal, Iara percibe un salario de 500 reales a la semana –cerca de 250 dólares–, así como un porcentaje de la venta de drogas. Suele ganar cerca de 1,000 reales a la semana: “Si el producto es bueno, las ventas son mejores.” Es suficiente para mantener a su familia. “Mi único problema es que soy adicta a la maconha” –la mariguana. Se rió. “Si por mí fuera fumaría sólo cuatro veces al día, pero el problema es que siempre que salgo hay alguien fumándose un churro.”

Iara se “retiró” el año pasado, según me contó. Pero cuando su sucesor resultó baleado, el segundo de Fernandinho –Gilberto Coelho de Oliveira, a quien todo el mundo conoce como Gil– le pidió que regresara a sus tareas, y ella lo hizo. Se dice que Gil, el mejor amigo de Fernandinho desde su infancia, es el más violento de los dos.

Iara no piensa mucho en el futuro. La vida más perfecta que puede imaginarse es “nada más vivir, con mis niñas”.

Después una pausa, Iara reveló que a la edad de su hija mayor, la que recién había yo visto, fue violada. “Yo era muy pequeña, así que cortó mi vagina con un cuchillo”, me dijo. “Me dieron siete puntadas y estuve en el hospital una semana.” Después huyó de casa y se fue a vivir con otro hombre –“el hombre que se convirtió en el padre de mis hijas”. Pero ese hombre consumía demasiada droga, y después de un tiempo lo dejó. Ahora estaba sola.

Le pregunté a Iara si era religiosa. No lo era, me dijo, aunque a veces acompañaba a su tía a una iglesia. Y le gustaba el pastor Sidney, un predicador evangélico local muy popular, “porque habla con todos y, si hay alguien que vaya a ser ejecutado, va y habla con el jefe”, dijo. “Todo el mundo sabe que si existe un problema hay alguien a quién acudir para que lo arregle, y ese es Fernandinho.”

Parque Royal está situada en Ilha do Governador, la más grande de las islas que salpican la bahía interior de Guanabara. Se le llamó así por un gobernador de la época colonial que fundó ahí una plantación azucarera, aunque hoy día Ilha pertenece a las orillas de la desbordante metrópolis de Río, y se comunica con tierra firme por puentes y autopistas elevadas. El principal aeropuerto de Río, Galeno-Antonio Carlos Jobim Internacional –bautizado en honor del padre de la bossa nova–, está aquí, apretujado junto con una base de la fuerza aérea, una reserva natural, un astillero, algunas plantas petroquímicas y casi medio millón de residentes, de los cuales un veinte por ciento viven en favelas.

En Río las primeras favelas –el nombre proviene de una hierba de rápido crecimiento– datan de los años posteriores a la abolición de la esclavitud en Brasil, en 1888. Los esclavos libertos, sin otro lugar dónde vivir, construyeron casuchas en las laderas de las colinas, o en manglares casi secos. A los ex esclavos se sumaron los antiguos soldados, ahora desempleados y, en fechas más recientes, los desposeídos brasileños del campo, que invadieron la ciudad huyendo de la sequía y la pobreza crónicas. Hace veinte años se decía que había trescientas favelas en Río. Hace diez años el número había aumentado a seiscientas. Nadie sabe exactamente cuántas favelas existen hoy, pero se estima que hay más de mil, y que albergan a unos tres de los catorce millones de personas que habitan en la ciudad.

En Río las favelas flanquean la autopista al aeropuerto y se extienden en la lejanía. En ocasiones, cuando pandillas rivales se enfrentan a muerte en algún lado de la autopista, vuelan balas por los aires. Ha llegado a ocurrir que las pandillas bajen a la autopista para asaltar a los automovilistas. Casi todos los visitantes van directamente del aeropuerto en Ilha a los hoteles costeros de la Zona Sul, un próspero sector en el sur de la ciudad, en el extremo de las montañas del Parque Nacional Tijuca. Pero también en la Zona Sul hay favelas; no hay forma de escapar por completo de la miseria de Río.

Siguiendo un patrón que se repite por toda la ciudad, los residentes de Ilha viven bajo la autoridad de facto de un capo y su ejército privado. Fernandinho es un vendedor de droga de 31 años cuyo nombre completo es Fernando Gomes de Freitas. En Ilha hay dieciocho favelas, y Morro do Dendê, la colina cubierta de casuchas donde él vive, es la más grande, incluso una de las más grandes de la ciudad. Fernandinho controla todas excepto una de las favelas de Ilha en nombre del Tercer Comando Puro. Además de administrar el narcotráfico de Ilha, recibe comisiones –es decir, dinero a cambio de protección– de comercios legales como compañías de autobuses, operadores de cable y proveedores de gas. En 2007 la policía calculó que Fernandinho ganaba cerca de tres mil dólares mensuales por concepto de droga, pero especuló que sus otras fuentes de ingresos podrían opacar por mucho esta cifra. Fernandinho impone su gobierno y reparte justicia sumaria a través de una pandilla armada. Él es un fugitivo, uno de los criminales más buscados de Río. En una orden policiaca se le describe como “jefe del Morro do Dendê / Ilha do Governador, armado y peligroso, capaz de asesinar a cualquiera que no esté de acuerdo con él o que desobedezca sus órdenes”. Sus otros alias son Lopes, Cebolinha (cebollita), el León y Fernandinho Guarabu –por la favela en que nació. Su padre fue un albañil y un alcohólico que maltrataba a su mujer y a su hijo. Ahora está muerto. La madre de Fernandinho trabaja como cajera y se dice que ha rechazado el dinero del hijo.

Pese a las famosas órdenes de aprehensión, Fernandinho vive abiertamente en Morro do Dendê, donde básicamente se esconde a plena vista. Fue hace cinco años cuando Fernandinho tomó el control de Ilha, después de que su antecesor, un importante capo de nombre Bizulai, a quien agradaba y quien lo había nombrado su lugarteniente, fuera baleado a muerte por la policía militar. La policía ha realizado varios operativos de alto nivel para capturar o matar a Fernandinho. En noviembre de 2005 la policía llevó a cabo una redada en la favela, en la víspera de una fiesta que Fernandinho había preparado para celebrar su cumpleaños número veintisiete y la apertura de una alberca comunitaria que él mismo había mandado construir. La policía no atrapó a Fernandinho, pero confiscó diez mil latas de cerveza. Intentaron de nuevo en 2007, cuando Fernandinho organizó otra fiesta, esta vez para celebrar el arresto de su archienemigo, Marcelo Soares de Medeiros, conocido como Marcelo PQD (las letras son la abreviatura de pára-quedista, “paracaidista del ejército”). Fernandinho escapó; la policía encontró un pastel de metro y medio decorado con el Salmo 23, escrito con betún. También encontraron una efigie de Marcelo PQD, vestido con pantaletas rojas, colgado de un poste de luz.

Marcelo PQD fue alguna vez jefe del Morro do Dendê. Pero, tras cumplir una condena en Bangu, perdió su puesto y cambió de bando, uniéndose a una pandilla llamada Comando Vermelho, o Comando Rojo. Había intentado matar a Fernandinho y recuperar el control de la favela.

El Tercer Comando Puro nació como una facción escindida del Comando Rojo, el cártel más viejo y poderoso de Río. Surgió de un grupo de prisioneros formado en 1979, cuando los criminales comunes y los radicales políticos eran mantenidos juntos en la prisión Cândido Mendes, en Ilha Grande, en el mar al oeste de Río. Cândido Mendes era la Isla del Diablo de Brasil, el lugar donde la dictadura militar del país, que gobernó de 1964 a 1985, encerró a los guerrilleros que no había matado. Han pasado más de veinte años desde la reinstauración de la democracia en Brasil, y ya no hay ninguna guerrilla marxista, aunque varios de los viejos guerrilleros aún tienen puestos en el gobierno del presidente Luiz Inácio Lula da Silva.

Los fundadores del Comando Rojo aprendieron un poco de organización y unas cuantas ideas sociales de sus compañeros de celda. Incluso adoptaron el lema “Paz, Justicia y Libertad”, que la pandilla aún mantiene. Pero, para mediados de la década de los ochenta, el Comando Rojo y sus filiales habían abandonado cualquier pretensión política que sus líderes pudieran haber tenido. Las pandillas, hoy, son organizaciones puramente criminales: existen para vender drogas a sus compatriotas brasileños.

A diferencia de los cárteles de la droga dedicados a la exportación en Colombia y México, los bandidos de Río son importadores al por mayor –de cocaína de Bolivia, Perú y Colombia, y mariguana de Paraguay–, así como gerentes de sus propias redes de distribución al por menor. Al menos cien mil personas trabajan para las pandillas de la droga en Río, en una estructura jerárquica que imita el mundo de las grandes corporaciones: jefes de favelas que son gerentes gerais, o gerentes generales; sus segundos o subgerentes; y los jefes de pandillas, los donos, o “dueños”.

Cuando visité otra favela, en una colina al norte de Río, una mujer que llamaré Cicliade, administradora de una ONG con financiamiento privado y que maneja un pequeño centro comunitario, me dijo que el Tercer Comando Puro controla la cima de la colina, pero que las laderas son territorio del Comando Rojo. (Hubo un intercambio de disparos de armas automáticas al inicio de mi visita, algo que ocurre a diario, según me informó.) “El camino hacia arriba es del Comando Rojo”, me dijo. “Aquí arriba, nunca podemos vestirnos de rojo. Si ves a un hincha del Flamengo con una de sus camisetas [el Flamengo es uno de los equipos de futbol más populares de Río] sus colores son rojo y negro; eso está bien, pero nunca puedes vestirte sólo de rojo.” Cicliade señaló su propio vestido, de fiable color negro. Una vez, me contó, una niña subió la colina con ropa color rojo. “No la mataron porque era una cristiana evangélica, pero le cortaron la ropa.” El año pasado, en otro incidente, los traficantes le arrancaron las uñas a otra niña porque tenían barniz rojo. “Así que aquí ya no usamos barniz para las uñas”, me dijo Cicliade. El jefe de pandilla de la cima de la colina es egresado de la clase de computación del centro comunitario, agregó Cicliade, así que sus hombres normalmente la dejan hacer su trabajo.

El Estado está prácticamente ausente en las favelas. Las pandillas de la droga imponen sus propios sistemas de justicia, leyes y orden, además de impuestos –todo por la fuerza de las armas. Un mercado negro de armamento procedente de otros países ha alimentado un nivel de violencia pasmoso. Al igual que en México, muchas de las armas ilegales de Brasil llegan de Estados Unidos; pero en años recientes han comenzado a aparecer armas rusas, y armas cada vez más poderosas. Los mafiosos de Río han sido atrapados con metralletas de uso militar y armamento antiaéreo. Los rifles semiautomáticos de asalto y las granadas de mano son lugar común. El póster para la búsqueda de Fernandinho advierte que este posee “una ametralladora Madsen” (que dispara quinientas rondas por minuto).

Río de Janeiro es la ciudad que ocupa el primer lugar a nivel mundial en “muertes violentas intencionales”. Según sus funcionarios, el año pasado se registraron cerca de 5,000 asesinatos, la mitad de ellos relacionados con las pandillas de la droga. (Las cifras no incluyen incidentes como “violación resultante en defunción” o “disturbios resultantes en defunción”.) Fueron asesinados veintidós policías. Por su parte, la policía de Río mata más gente que la policía en cualquier otro lugar del mundo; en 2008 reconocieron haber matado a 1,188 personas que “se resistieron a la detención”, es decir, poco más de tres personas al día. En comparación, la policía estadounidense mató a 371 personas –clasificadas como “homicidios justificables”– en todo Estados Unidos en el mismo periodo de tiempo. Se piensa que las “balas perdidas” matan o hieren al menos a una persona cada día. Basta un simple cálculo para anotar que la seguridad pública en Río de Janeiro es un desastre.

“Río es una de las muy pocas ciudades del mundo donde tienes zonas enteras controladas por fuerzas armadas que no pertenecen al Estado”, afirma Alfredo Sirkis, un importante político de Río que es también un ex guerrillero. “Cualquier pandilla de la droga en la favela más pequeña de Río tiene hoy más armas de las que nosotros tuvimos”, agregó Sirkis. “Nosotros teníamos básicamente un rifle, dos metralletas y un par de granadas. Y con eso poníamos al Estado a nuestra merced.” Negó con la cabeza. “Pero ya nadie quiere hacer la revolución. Lo que esta gente armada quiere hoy es su tajada instantánea de la cultura del consumo. Es tan infantil, tan moralmente infantil, y además matan niños, como un juego de guerra entre niños.” Si alguna vez adquirieran una ideología, podrían amenazar al Estado, dijo. “Pero por ahora son un grupo totalmente entrópico y anárquico de jóvenes que han descubierto cómo obtener lo que quieren, que es básicamente ropa, coches y respeto.”

A decir verdad, lo sucedido en Río se puede aplicar, en distintos grados, a toda América Latina, sobre todo a México, Guatemala, El Salvador y Colombia. Dos décadas después de la caída del comunismo, las guerrillas marxistas de la región desaparecieron, sólo para ser sustituidas por los violentos cárteles de la droga.

Sirkis, que cumple su cuarto periodo en el municipio de la ciudad de Río, es un hombre larguirucho de 58 años con una mata de cabello claro. Sus padres fueron judíos polacos que emigraron a Brasil tras sobrevivir al Holocausto. Sirkis nació en Río. A finales de los años sesenta, siendo un estudiante, se unió a la Vanguardia Popular Revolucionaria, un grupo guerrillero urbano. Sirkis robó varios bancos y, en incidentes separados, ayudó a secuestrar a los embajadores de Suiza y Alemania en Brasil. (Los diplomáticos fueron liberados sanos y salvos después de que el régimen militar accediera a liberar a un total de 110 prisioneros políticos.) En 1971, mientras sus camaradas eran cazados y asesinados, Sirkis huyó del país. Pasó casi nueve años en el exilio, en Santiago, Buenos Aires, París y Lisboa, y regresó después de que los militares declararan la amnistía. Sirkis continuó repudiando la violencia política en un libro muy exitoso, Os Carbonários, publicado en 1980. Ahora es un activista ambiental y líder del Partido Verde de Brasil, bajo cuyo estandarte se postuló para la presidencia en 1998.

El 10 de julio uno de los mejores amigos del hijo de Sirkis, un universitario de veintidós años, fue asesinado en Río. Su cuerpo fue encontrado en un taxi; habían disparado contra él y el chofer; los tenis del estudiante habían desaparecido. Sirkis escribió una carta sombría a un editor en la que señalaba que este era un acontecimiento de tal banalidad que ni siquiera había merecido una crónica noticiosa. Me dijo: “El porcentaje de crímenes resueltos aquí en Río es ridículo: 99 por ciento de los homicidios nunca se resuelven.” Parte de la culpa la tiene la “cultura de lo políticamente correcto” en Brasil. “Puras palabras escandinavas en una realidad iraquí. Río es completamente esquizofrénico. Todo el mundo es muy políticamente correcto, toda esta violencia se ve como producto de alguna injusticia. Y, al mismo tiempo, les gustaría ver las favelas pulverizadas, a la Buck Rogers, con un Desintegrador.”

Sirkis compara el crecimiento de la cultura pandillera de Río con el atractivo que tiene Al Qaeda para los jóvenes sin voz ni voto en las sociedades musulmanas. “Se trata de una cultura que permite la constante reproducción de reclutas cada vez más jóvenes”, me dijo. “Es una especie de autoafirmación. Tienes una situación social que genera un cierto tipo de persona, un ejemplo que es emulado por los chicos jóvenes, y ese ejemplo es un traficante con su AR-15 y sus zapatos Nike. Es una forma de volverse hombre. Las chicas lo miran y él pelea contra sus enemigos, que son jóvenes igual que él. Esto les da un sentimiento de filiación.”

Cada año los mafiosos se vuelven más jóvenes; hoy algunos tienen diez años. Es “como un fenómeno medieval, feudalismo y guerra de señores sin ningún otro propósito que el de vivir en el día a día”, me dijo Sirkis. “Es una insurgencia de baja intensidad, y sin ideología.”

Poco después de que Fernandinho tomara control de Ilha, él y Gil –ambos se denominan a sí mismos la “pandilla LG” (por sus sobrenombres, Lopes y Gil)– comenzaron a aparecer en los titulares de los periódicos de Río. A la generación de bandidos de Fernandinho le gustan las fiestas. Los jefes de las pandillas son grandes promotores del funk carioca, o gangsta rap brasileño. Los fines de semana organizan bailes funk, fiestas callejeras a las que asisten jóvenes de fuera de la favela –de o asfalto, “el asfalto”, como se conoce a las zonas legalmente constituidas de la ciudad– y en las que contratan a dj’s. Los jefes proporcionan cerveza y venden drogas, sobre todo cocaína y mariguana, en grandes cantidades. Fernandinho ha sido filmado festejando con sus “soldados”, bebiendo, cantando y alardeando sobre cómo ha acabado con sus enemigos. En un baile funk de 2005 se le ve rapeando: Amárralo, derríbalo, sigue y muele a este marica. Trae el hacha afilada, mándalo al Infierno. Ahora verás, LG no tiene piedad. Dale con el hacha, será un tullido. ¿Por qué cantaste, marica?

Otro video, de 2005, muestra a Fernandinho en una fiesta, rapeando en el micrófono: Estoy lleno de odio. Soy bueno, pero no collón. Les digo a todos que no soy malo con los de aquí, no. Odio a Chorrão, PQD y Noquinha. Si te pones de su lado, te cortaré en pedacitos. Puedes ir con el tipo equivocado, pero cuando te descubra, el León te comerá.

La primera orden de aprehensión por homicidio en contra de Fernandinho fue expedida ese mismo año. En Praia da Rosa, una favela cercana, se encontraron dos cuerpos desmembrados. Las víctimas eran socios de Noquinha –el rival que Fernandinho mencionaba en su rap. Los miembros de la pandilla de Fernandinho eran los principales sospechosos del asesinato de un policía, frente a decenas de testigos, en una celebración religiosa en 2007, y de la decapitación de un hombre de Dendê unos meses después. (Su pecado había sido asistir a un baile funk de una favela rival.) Y había más. Un residente me dijo que en Praia da Rosa los esbirros de Fernandinho eran conocidos como os açougueiros: “los carniceros”. “Se encargan de los cuerpos de las personas que matan destazándolos y arrojándolos a la bahía”, me dijo aquel hombre. “Los cangrejos se los comen.”

En un operativo especial en marzo de 2008 unos cien policías armados, respaldados por dos helicópteros de combate y un tanque blindado, fueron tras Fernandinho. Hubo una balacera; cinco hombres de Fernandinho fueron acorralados en una casa; varios resultaron heridos o fueron arrestados. La policía dijo que Fernandinho había recibido un impacto de bala, pero que había escapado saltando de azotea en azotea.

A partir de los informes sobre Fernandinho –sus extravagancias publicitarias, su inclinación por desmembrar a sus enemigos, sus escapes al estilo de La pimpinela escarlata– comenzó a gestarse una cierta mitología. Luego hubo una noticia: Fernandinho había encontrado la religión. El 20 de agosto de 2007 un titular del tabloide de Río Meia Hora decía: “MATÓN DECAPITA A QUIENES NO SIGUEN SUS REGLAS” y, debajo, “Fernandinho Guarabu, el jefe de Dendê, usa una hacha para ejecutar a sus víctimas. El traficante evangélico prohíbe incluso la macumba en la favela.” (Macumba se refiere a una de las religiones de origen africano en el país, junto con umbanda y candomblé, que los evangélicos estrictos consideran poco más que brujería.) Ese mismo día, en el periódico O Dia, apareció este reportaje: “Pese a la violencia [de Fernandinho], la ‘palabra de Dios’ siempre debe ser propagada, a veces de forma radical. Guarabu ha prohibido supuestamente los rituales de umbanda y candomblé, así como las sesiones espiritistas. Diariamente, a las 6 p.m., la plegaria de un pastor resuena en los estrechos callejones.”

Sucedió que Fernandinho se había hecho amigo del pastor Sidney, y había vuelto a nacer. El capo se abocaba a su nueva fe con gran entusiasmo. En uno de sus antebrazos llevaba “Jesús Cristo” tatuado en grandes caracteres, y el Morro do Dendê pronto se cubrió de nuevos grafitis religiosos. La alberca comunitaria que había construido tenía ahora un letrero por encima que decía “ESTO PERTENECE A JESUCRISTO”. Además, se dice que Fernandinho ordenó a sus hombres no cometer crímenes “violentos”, como robo de auto con violencia, robo a mano armada y asesinato, aunque podían vender drogas.

Leslie Leitão, el principal reportero de crimen de O Dia, es autor de la mayor parte de las notas sobre Fernandinho publicadas en dicho periódico. Lo fui a ver a las oficinas del diario. Leitão, un hombre amigable e hiperquinético de 32 años –la misma edad que Fernandinho–, me explicó que a menudo encuentra pistas en la red social más popular de Brasil, Orkut, pistas que, según me dijo, la policía también sigue. Muchos miembros de las pandillas suben noticias, videos y fotografías de sí mismos en Orkut. La novia de un famoso traficante sube chismes y fotos reveladoras de sí misma. Leitão nunca ha ido al Morro do Dendê. Habla con Fernandinho por teléfono. “Claro, él niega las cosas que he escrito sobre él”, me dijo Leitão. “Pero es muy amigable, y parece entender que yo sólo estoy haciendo mi trabajo.”

Los periodistas brasileños sencillamente dejaron de entrar a las favelas después de que Tim Lopes, un reconocido reportero de la cadena de televisión O Globo, despareció en 2002, tras llevar una cámara escondida a un baile funk en una favela. Varios días más tarde la policía encontró lo que quedaba del cuerpo de Lopes. Había sido torturado hasta la muerte –golpeado, luego cortado en pedazos con una espada de samurái y finalmente quemado– por un jefe de pandilla del Comando Rojo y sus hombres.

Para los periodistas hay muchos peligros. El año pasado un par de reporteros de O Dia y su chofer fueron secuestrados y torturados por varias horas dentro de una favela. Sus torturadores, que fueron detenidos más tarde, resultaron ser policías, miembros de una “milicia” de patrulla ciudadana. Desde hace casi una década, los policías y los bomberos formaron estas milicias para atacar a las pandillas de la droga asesinando a sus miembros hasta borrarlos del mapa. Al menos cien favelas de Río están ahora en manos de estas milicias, que se han convertido en pandillas por derecho propio. (Me reuní con un miliciano de nombre Silva en una favela que él mismo ayudó a controlar cerca de la Cidade de Deus –la Ciudad de Dios– y le pregunté si existía el peligro de que las milicias se convirtieran en mafias. “Ya son mafias”, me dijo. Pero afirmó que no vendían drogas. La especialidad de Silva, me dijeron, era “desaparecer cuerpos”.) La única favela de Ilha que no domina Fernandinho, justo fuera de la base de la fuerza aérea, está controlada por una milicia.

“Hoy, si vives en el Morro do Dendê, dependes de Fernandinho”, me dijo Leitão. “Si lo arrestan mañana, Gil, su número dos, tomará las riendas. ¿Cuánto tiempo estará aquí?, ¿diez años? Cuando mucho.”

Leitão no sabía si la fe de Fernandinho era genuina o si sólo intentaba crearse una nueva imagen pública: “Podría ser cualquiera de las dos cosas.”

Para saber más sobre Fernandinho, me reuní con un ex vendedor de drogas llamado Washington Luiz Oliveira Rimas, también conocido como Feijão (“Frijol”). Feijão, un hombre negro, bajito, rechoncho, de 33 años, que llevaba ropa Nike de color azul eléctrico y una cadena de oro, había sido chefe, jefe de una favela, para el Tercer Comando Puro, pero se había “retirado” y había tratado de reinventarse como constructor. Sin embargo, la policía aún lo buscaba y en 2006 fue arrestado bajo el cargo de robo de armas de uso exclusivo del ejército. Feijão gastó la mayor parte de sus ahorros en su defensa y fue liberado después de pasar un mes en prisión. Consideró volver a “la vida”, pero la ejecución de un amigo cercano a manos de la policía lo disuadió. Feijão trabaja ahora para una ONG poco común, AfroReggae, una agrupación que intenta mediar entre el Estado y las pandillas, y que además promueve a una banda musical.

Feijão me dijo que conoce a Fernandinho desde hace años. “Fernandinho, ¡es un maluco!” –un loco–, afirmó. “Fernandinho es salvaje. Está chiflado. Fuma y bebe demasiado. Festeja demasiado. El problema es que Fernandinho es muy buscado por la policía. Tiene su lado bueno, pero también tiene su lado brutal. Mató a mucha gente y dejó sus cuerpos en las calles, y llegó a estar en los periódicos: hay fotos de él bailando con una pistola al hombro. Tiene un montón de armas allá arriba, y coches robados.” Feijão continuó: “Y la cosa es que aquí, si haces un montón de tonterías, sí van a venir por ti. Y si [Fernandinho] cae, no va a poder salir.”

Le pregunté a Feijão si pensaba que la tan publicitada renovación religiosa de Fernandinho era real. Reflexionó y dijo: “Creo que sí cree, porque en esta vida pronto te das cuenta de que el único que no te traiciona es Dios.”

El pastor Sidney Espino dos Santos, el responsable de la conversión de Fernandinho (según me dijeron), vive en Parque Royal, a unas cuantas calles de donde vive Iara con sus hijas. Su casa es modesta y bien cuidada, una construcción de dos pisos en una calle de terracería. El pastor Sidney, un hombre negro, bajito y fornido, con la cabeza rapada, me recibió con cautelosa cortesía, y me invitó a pasar y sentarme en la terraza del segundo piso. Llevaba pantalones negros, una camisa beige bien planchada y una corbata a rayas, y tenía un físico consistente que no esperaba encontrar en un predicador.

Había sido católico hasta los veintiún años, me contó, y luego se volvió evangélico protestante. Cuando le pregunté qué había ocasionado su conversión, miró hacia otro lado. Dijo que había tocado música en una banda, que había salido con “muchas mujeres” y que había estado “abrumado por la ansiedad y la depresión”. El pastor Sidney tiene ahora 35 años, y lleva casado quince. Él y su esposa tienen tres hijos. El pastor también había sido paracaidista del ejército y, durante la mayor parte de los últimos doce años, había trabajado en plataformas petroleras en mar abierto, como supervisor de cubierta. Había estado en Angola varias veces, dijo, y también en Trinidad y Tobago. Su último trabajo había terminado hacía dos años, después de que tuvo algunos problemas con un compañero de trabajo estadounidense.

El pastor Sidney me explicó que había conocido a Fernandinho en 2007, cuando algunos líderes de la comunidad lo fueron a buscar. Se habían registrado una serie de balaceras en las que estaban involucrados Fernandinho y sus rivales –gente asociada con Marcelo PQD. “Esto era como una zona de guerra”, dijo el pastor Sidney. “Era muy peligroso, y la comunidad estaba asustada.” Él ya había predicado en algunos de los barrios más bravos de Ilha, y esto le había granjeado cierto respeto. “Trabajaba entre los traficantes. Salía y rezaba en las calles. Yo me acerco a todos de la misma forma, como si estuvieran poseídos por demonios, y descubrí que lo aceptaban, porque hay algo sobrenatural en ello. Sin embargo, había evitado a Fernandinho. Había escuchado cosas de él que no me gustaban.”

Finalmente, “Fernandinho vino él mismo a mí. Me vio predicando. Vio a la gente que caía al suelo. Y me pidió una plegaria”.

En los últimos años las sectas protestantes evangélicas han hecho incursiones sorprendentes en Brasil –un territorio tradicionalmente católico. En algunas favelas de Río hay veintenas de pequeñas iglesias donde, noche tras noche, el Señor es alabado entre gritos y música amplificada. En la iglesia del pastor Sidney, la Igreja Assembléia de Deus Ministerio Monte Sinai, él y sus diáconos, entre quienes se encuentran varios ex mafiosos, cantan y tocan instrumentos, creando una barrera de sonido que mezcla el ska y el hip hop con el rock de gospel brasileño. Los parroquianos bailan, entran en estados de trance y caen al suelo como si exorcizaran sus demonios.

El pastor Sidney me explicó cómo es que puede ver a los demonios: “La gente poseída tiende a ver a un punto fijo y hay un cierto frío a su alrededor; sus ojos no parpadean. Las personas mismas están ausentes.” Cada vez que las ve, “le pido a Jesús que las tome, y los ángeles vienen y les arrancan el demonio”. También ayuda, me dijo, invocar el nombre del Señor. “La fe tradicional te ayuda a centrarte, lo mismo que las demostraciones del poder de Dios.”

Le dije al pastor que había escuchado decir que Fernandinho había dejado de matar gracias a su influencia. El pastor Sidney se mostró escéptico. ¿Pensaba que Fernandinho realmente creía en Dios? “Sólo Dios sabe lo que hay en el corazón de un hombre”, me contestó. “Pero en mi opinión Fernandinho está lejos de aceptar a Dios. Se conmovió un poco, cambió un poco si lo comparamos con lo que era antes. Usa menos la violencia, redujo sus matanzas considerablemente, es cierto. Antes bajaban desde Dendê y robaban casas y coches; ahora eso está prohibido. Ahora sus hombres casi sólo venden drogas.”

Pero las cosas entre él y Fernandinho se habían deteriorado en los últimos años, afirmó. “Nos gusta Fernandinho, pero queremos alejarnos de él para que vea lo que le rodea, para que vea dónde está parado.” Algunos hombres habían sido ejecutados unas semanas antes. “Las muertes me hicieron sentir ofendido”, me dijo el pastor. “Así que ahora estoy harto de ir al Morro do Dendê. Ahora, cuando subo, sólo voy entre la gente de la comunidad. Ya no estoy tratando de convertir a los traficantes. Rezo por ellos sólo si me buscan.” El pastor también estaba molesto por la aparición de algunos evangélicos rivales que se habían congraciado con Fernandinho. “Le están diciendo lo que quiere oír, no lo que necesita oír.” (Una semana antes una redada policiaca en Praia da Rosa había dado con una mochila que contenía un rifle y munición; la mochila estaba escondida en una guardería dentro de otra iglesia de Pentecostés.)

Le pregunté al pastor Sidney si, pese a las tensiones entre ellos, podría aún presentarme a Fernandinho. Frunció el cejo. No quería ver a Fernandinho aún, me dijo, pero me llevaría al Morro do Dendê y haría las presentaciones necesarias. El resto dependía de mí.

Una noche, mientras esperaba para ver a Fernandinho, manejé por los suburbios del norte de la ciudad con un hombre al que llamaré Célio, un ex comando de las Fuerzas Especiales. Célio trabaja para una unidad del departamento de bomberos que recoge los cadáveres de las calles en un vehículo llamado Ravecão. (Más tarde, Célio me dio las cifras del Ravecão para ese día: 48 cuerpos recogidos.)

Manejamos hacia un barrio donde las calles pavimentadas de Río se convierten en terracería. Ahí encontramos a un par de hombres uniformados bajo una farola, sacando un cuerpo de la cajuela de un coche con dificultad: había entrado en rígor mortis. Un coche con varios hombres y mujeres dentro avanzaba detrás de nosotros. Era la familia del hombre muerto. Una mujer bajó e identificó el cadáver. El muerto era un joven que llevaba sólo unos calzoncillos rojos. Cuando levantaron su cuerpo, un chorro de sangre describió un arco de unos dos metros y medio en el aire, el chorro salió de un orificio de bala en su espalda, quizás en su pulmón. Se habían disparado más balas contra su cráneo. Sus pies y manos estaban atados detrás de su espalda, apretados, con una tira de plástico. Había sido ejecutado unas tres horas antes.

A juzgar por su apariencia y por la forma en que fue asesinado, el hombre muerto podría haber sido un vendedor de droga. Sus verdugos podían ser lo mismo miembros de los escuadrones de la muerte organizados por policías y bomberos –los colegas de Célio– u otros traficantes.

Un integrante de la policía civil de Río, Beto, admitió tranquilamente ante mí que la policía ejecutaba a los criminales. Extendió sus manos en actitud de súplica. “¡Es que somos hombres!”, dijo. “Tenemos sentimientos, ¿sabe? Y estos tipos disparan contra nosotros. A veces he salvado vidas. Una vez vi a uno de mis amigos [Beto imitó los movimientos de un policía a punto de ejecutar a alguien] y dije: ‘No lo hagas. Déjalo. Vámonos.’ Pero otras veces no he podido hacer eso. Y, honestamente, hay veces en que no quieres, en que no te importa.”

En un paseo por la ciudad durante el día Beto mantuvo su pistola desenfundada entre las piernas. Su placa policiaca era su “certificado de muerte”, ya que si los miembros de una pandilla la encontraban, lo matarían. Los pandilleros consideran que los diez mil policías civiles de Río no son mejores que los cuarenta mil policías militares. “Los policías militares son más que nada inexpertos y malos; son corruptos, son ellos mismos criminales”, me dijo Beto. “Los mafiosos los matan sin dudar.” En su caso, dijo, “podrían dudar un minuto, pero de todos modos me matarían.”

En marzo de 2005 veintinueve civiles fueron asesinados por policías fuera de turno en un barrio pobre al norte de Río. La policía perpetró la masacre para protestar por el arresto de otros policías, quienes, a su vez, habían sido filmados tirando los cuerpos de varios hombres que habían asesinado. La policía también ha sido blanco de asaltos coordinados. En diciembre de 2006 los líderes del Comando Rojo ordenaron a sus esbirros entrar a la ciudad a sembrar el caos. Las estaciones de policía fueron atacadas con armas automáticas y granadas; una decena de autobuses urbanos fueron incendiados. Murieron al menos diecinueve personas.

Alfredo Sirkis, el secretario municipal, me dijo: “Las pandillas le pagan a la policía para que esta las proteja en las favelas, y si no les pagan, los policías van y matan a todo el mundo y le dejan las operaciones a otra pandilla. La policía tiene una alianza de exterminio con las pandillas.”

El problema, según Sirkis, es que a la policía no se le paga lo suficiente. “Cada policía, sin excepción, tiene un segundo trabajo”, me dijo. “Los policías trabajan en turnos de 24 por 72 horas, de manera que no hay continuidad, no hay una rutina profesional. No se hacen rondas a pie, no hay contacto con la población civil, sólo andan por ahí en patrullas. El 70 por ciento de los policías que son asesinados en Río mueren fuera de su turno. ¿Qué te dice esto?”

Hace treinta años, afirmó Sirkis, “los bandidos no solían matar a un policía. Y, si lo hacían, no se escapaban del castigo. Ahora la policía ha perdido toda dignidad, y los policías son vistos como rivales en el mismo negocio, así que los bandidos los matan”.

Lo primero que hay que hacer, dijo Sirkis, “es terminar con el control de las pandillas de la droga sobre el territorio de la ciudad. Hay que volver a la situación de las ciudades en todo el mundo, a que se venda droga en las esquinas, pero sin que las pandillas tengan el control de los territorios. Esto es posible, pero sólo puede llevarse a cabo mejorando la policía”.

En julio hablé con el nuevo jefe de la policía civil de Río, Allan Turnowski. Le pregunté si la situación de la seguridad en Río era calamitosa. “¿Calamitosa?”, dijo. “No. Si lo fuera, no habría forma de solucionarlo. Y sí podemos. Esto todavía no es Bagdad ni México. Tenemos la capacidad para controlar cualquier parte de la ciudad que queramos. El problema es que no podemos quedarnos a terminar el trabajo.” Turnowski me habló entusiasta sobre una campaña para combatir a las milicias vinculadas a la policía; sobre sus planes para aumentar el número de efectivos policiacos; y sobre la esperanza de mejorar el entrenamiento y los salarios. Mencionó una favela recientemente purgada y cercada, Santa Marta, donde el gobierno ha invertido en infraestructura, como un modelo para el futuro. Señalé que Santa Marta era sólo una favela, y que había otras mil o más aún desatendidas. Turnowski asintió y dijo: “Llevará tiempo.”

El pastor Sidney me guió hasta su coche, un viejo Chevrolet Meriva. Manejamos a través de las calles de Ilha. Después de dar vuelta en una calle residencial, llegamos a una esquina oscura de una favela. El pastor había encendido las luces interiores y había bajado todas las ventanas para que nos pudieran ver. En el primer cruce unos jovencitos con pistolas y rifles de asalto nos bloquearon el paso. Llevaban gorras de beisbol y camisetas con logotipos deportivos, pantalones de surf y sandalias de plástico. Se acercaron a la ventana y, al reconocer al pastor, levantaron los pulgares como signo de aprobación.

A continuación vino un ritual curioso. Uno tras otro, cada pistolero entregó su arma a un camarada y vino hacia la ventanilla abierta del pastor. Cada uno se paró ahí, con las manos a los costados y los ojos cerrados y, mientras el pastor Sidney les hablaba en voz alta, en un atropellado portugués, haciendo una especie de invocación bíblica, entraban en trance. Entonces el pastor extendía su brazo y, colocando su mano sobre la frente del pistolero, gritaba “Sai!” –¡Vete!– una y otra vez. Finalmente, les daba un golpe o un manotazo en la cabeza, y en ese momento volvían en sí, abrían sus ojos sobresaltados, sonreían tontamente y agradecían al pastor.

Durante todo el procedimiento, uno de los jóvenes permaneció en todo momento en el puesto de guardia –una silla de plástico y un bote de petróleo– a la entrada del callejón. El guardia también tenía una arma y una gran bolsa de plástico frente a él, llena de paquetes de cocaína. Era una boca de fumo –una “boca de humo”, la expresión brasileña que designa un lugar donde se venden drogas.

Avanzamos lentamente por el callejón, pasando a hombres y mujeres que tenían que apretarse contra las paredes para que pudiéramos pasar. Percibí el olor a mariguana y, una o dos veces, el tufillo a hule quemado del crack. Nos detuvieron de nuevo; el pastor Sidney repitió su ritual de exorcismo. Entramos a una gran plaza de tierra; estábamos en Praia da Rosa, y había pistoleros por doquier. La atmósfera era tensa; algo estaba pasando. (Descubrí más tarde que la Rata, uno de los subgerentes de Fernandinho en otra favela, había venido esa noche a reclamar justicia de Leo, uno de los gerentes de Fernandinho –y jefe directo de Iara–, porque un soldado de Leo había ido a su territorio y le había apuntado con una pistola. Leo hizo que su hombre se disculpara con la Rata, evitando así el derramamiento de sangre.)

Después de pasar por otros tres retenes, llegamos a un cruce donde la calle se dividía y seguía por los dos lados de un muro pintado con mensajes sobre Jesús. Habíamos llegado al Morro do Dendê.

Los vendedores de droga saludaron respetuosamente al pastor Sidney y le preguntaron si iba a ver al chefe. “No. Sólo llego hasta aquí”, dijo. “Él sabe por qué.” Se veían desconcertados, pero asintieron. El pastor Sidney dijo que quería a alguien “responsable” para llevarme a ver a Fernandinho. Deliberaron; uno de ellos se alejó y habló por su radio. Luego un hombre corpulento de treinta y pico años, con el torso desnudo, dio un paso al frente. El pastor me dijo: “Está bien, puede irse con él. Siéntase como en casa.” Y se alejó en su auto.

El hombre me guió por una calle empinada, por entre espectadores curiosos. En la cima de la colina se detuvo e hizo un gesto para que lo esperara ahí, luego desapareció. Había unos cuantos hombres armados, vestidos con ropa deportiva a lo largo de la calle; la gente subía a comprar cocaína con ellos. La letra de un baile funk retumbaba: “No vales la verga que mamas”, y el coro repetía una y otra vez: “Pau que chupa, pau que chupa [Verga que mamas, verga que mamas].”

Fernandinho apareció. Seis guardaespaldas estaban dispuestos alrededor suyo. Lo reconocí de una fotografía; tenía el tatuaje de Jesús Cristo en el antebrazo derecho, en grandes letras góticas. Llevaba una gorra de beisbol, pantalones cortos y una sudadera sin mangas del São Paulo, con las letras LG bordadas (el logotipo del patrocinador). Llevaba también una enorme cadena de oro con un dije al cuello, inmensos anillos de oro en casi todos sus dedos y un pesado reloj de oro. Todo brillaba con diamantes.

Fernandinho es blanco, tiene aspecto de niño, es de mediana altura y complexión, tiene el cabello castaño y lo lleva cortado a rape. Me saludó amablemente. Sugirió que fuéramos a su casa para charlar. Sus guardaespaldas avanzaron junto con nosotros. Todos eran adolescentes, y llevaban AK-47 y AR-15. Bajamos algunas escaleras, luego caminamos por un callejón y avanzamos por un estrecho pasillo, hasta el interior la habitación de Fernandinho.

No era particularmente grande; su cama ocupaba casi todo el espacio disponible y estaba cubierta con un edredón de un personaje de caricatura. De las paredes colgaban estampas religiosas brillantes y varios salmos enmarcados. En una esquina había un acuario; en otra, una bicicleta fija. Una gran televisión de plasma dominaba la pared frente a la cama. Fernandinho se sentó en el borde del colchón y quitó algunas prendas de un pequeño sofá situado al lado para que yo me pudiera sentar. Sus guardaespaldas permanecieron al final del pasillo.

Una bonita joven embarazada vino a ofrecernos algo de beber. Cuando se fue, le pregunté a Fernandinho si era su esposa, o si llevaba a su hijo. No, era sólo una amiga –su esposa no estaba ahí, dijo, y luego se corrigió: “No nos han casado formalmente.” Tenía seis hijos, y dos más “en camino”. Dijo que su esposa, embarazada de su primer hijo, no sabía sobre ninguno de los niños, excepto el más grande, un niño que iba a la escuela primaria en el asfalto. Me miró con intriga, y dijo que había considerado decirle sobre los otros niños después de que diera a luz. Le contesté que probablemente esa sería una decisión acertada.

Su función en el Morro do Dendê no era diferente de la de un alcalde, me dijo Fernandinho. “La gente viene a mí con sus problemas y yo los cuido.” Me acercó el dije de oro que portaba. Se veía una palma –dendê es la palabra portuguesa para la palma de aceite africana– y unas cuantas casas en la ladera de una colina. Era el símbolo de su gobierno. “Lo diseñé yo mismo”, dijo. “Pesa medio kilo.” Era un traficante, sí, pero vendía drogas sólo porque otros las consumían. Le mencioné los asesinatos que lo habían hecho famoso. Dijo que no tenía que matar a la gente él mismo: había personas que hacían esas cosas en su nombre.

“De niño quería ser jugador de futbol”, confesó. “Finalmente, me di cuenta de que eso era sólo una fantasía.” Se había unido a la pandilla como mensajero y vigía cuando tenía ocho o nueve años. Le pregunté si podía imaginar una vida distinta a la que tenía ahora, si podría ser capaz de cambiarla. “No”, me contestó. “Tengo tantas órdenes de aprehensión contra mí, que ni siquiera salgo de la favela.” No había salido del Morro do Dendê durante dos años y, antes de 2003, sólo había salido un par de veces.

¿Por qué crímenes se le buscaba? “Todo, incluso si no es cierto”, dijo.

Fernandinho había dejado la televisión encendida. Estaba sintonizando la versión brasileña de Discovery Channel, que transmitía un docudrama de crímenes verdaderos sobre el llamado Asesino Sonámbulo. Una dramatización en la que un hombre entra a un dormitorio y masacra a una pareja dormida aparecía una y otra vez en cámara lenta. Finalmente, Fernandinho cambió de canal a la estación local de noticias. Esta transmitía en vivo desde el lugar de un enfrentamiento entre criminales y policías en São Paulo.

“¿Realmente es así?”, le pregunté. “Sí, a veces”, dijo Fernandinho. Pero él trataba de evitar las confrontaciones con la policía, dijo. Siempre que fuera posible, él y sus hombres se escondían cuando la policía invadía la favela.

Fernandinho abrió la puerta de su clóset y hurgó adentro. Después de un rato sacó dos botellas de colonia para hombre, aún en sus empaques. Una era Issey Miyake, la otra Givenchy Pour Homme. “Lléveselas”, me dijo, “son suyas”.

Rezaba mucho, me comentó, incluso rezaba por sus enemigos. Como para demostrar la verdad de esta afirmación, cerró la puerta de su habitación, fue al pie de su cama y se arrodilló. Rezó como un niño, con los dedos entrelazados, los ojos cerrados y los labios moviéndose al tiempo que murmuraba una oración. Fue a buscar su Biblia y, sentado frente a mí en su cama, la abrió en una página donde tenía un marcador, cerca de la cuarta parte del libro.

Felicité a Fernandinho por su esfuerzo. Pero entonces, señalando la contradicción entre su fe religiosa y su empeño en continuar con una vida de traficante, le pregunté: “Para ti, ¿dónde está la línea que divide el bien del mal?”

Ferdandinho sonrió y dijo: “¿Quién decide?”

Un par de días más tarde regresé a Parque Royal a ver al pastor Sidney. Me invitó un plato de feijoada –un platillo tradicional brasileño de puerco y frijoles negros– en un pequeño restaurante que le pertenecía en la plaza de la favela. Me preguntó cómo había resultado el encuentro con Fernandinho. Le dije que Fernandinho había hablado mucho sobre su fe.

El pastor asintió. Sentí que podría estar dispuesto a hablar un poco más explícitamente sobre su feudo con el mafioso. “¿Qué pasó? –le pregunté–. Creí que Fernandinho había prometido detener las matanzas.” “Sí, y por eso me he mantenido alejado de él, porque ha roto su palabra.”

El pastor culpó a Gil, el segundo de Fernandinho. Gil había estado en el hospital, y mientras se había ido las cosas habían estado bien. Luego Gil regresó. El pastor Sidney dijo: “Está sediento de sangre. Yo ya lo veía venir, y le dije a Fernandinho que dentro de una semana las matanzas comenzarían de nuevo. Y, en una semana, así fue.” El pastor había escuchado por ahí que se había capturado a cuatro informantes y que se les había condenado a muerte. Se apresuró para llegar al Morro do Dendê e intentar salvar sus vidas. Fue a ver a Fernandinho, pero sus guardaespaldas le dijeron que el jefe estaba descansando, que no podía ser molestado. Preguntó por los hombres detenidos y le dijeron: “No se preocupe.” Y se fue.

Más tarde escuchó que habían sido asesinados, y se sintió traicionado. “Fui con Fernandinho y le dije que la alianza entre nosotros estaba rota”, dijo el pastor. “Durante dos años habían hecho un voto de que nadie sería asesinado. Le recordé que durante ese tiempo ninguno de ellos había sido asesinado ni arrestado.” El pastor prosiguió: “Predigo que algunos de ellos serán asesinados pronto.”

–¿Qué dijo Fernandinho?

–No respondió absolutamente nada. Yo podía ver a los demonios regresando a través de sus ojos.