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De acuerdo con el axioma de Andy Warhol, en el futuro todo mundo será célebre durante 15 minutos. Esta utopía de la dicha tiene sentido en una sociedad del espectáculo. La cultura política mexicana prestigia la felicidad del modo opuesto: lo importante no es lo que se ve, sino lo que se oculta. Un destino logrado no desemboca en la celebridad; se cumple en secreto. La utopía mexicana ha consistido en disponer de 15 minutos de impunidad. Durante 71 años (1929-2000), el PRI gobernó sin perder ni ganar elecciones democráticas. Se perpetuó a través de una rotación de camarillas que confundían lo público y lo privado, y renovaban esperanzas similares a las de los concursos de feria: “Si ahora no te fue bien, el próximo gobierno de la Revolución te hará justicia”.

Ajeno a la transparencia y la rendición de cuentas, el modo mexicano de gobernar transformó el lenguaje con una gramática de sombra. La política se rebautizó como la “tenebra” y los arreglos importantes se hicieron en lo “oscurito”. La llegada de la luz resultaba peligrosa; el conspirador debía actuar al cobijo de la nocturnidad y “madrugar” a su adversario. En su novela La sombra del caudillo (impecable retrato de los generales revolucionarios convertidos en políticos en los años veinte), escribió Martín Luis Guzmán: “El que primero dispara, primero mata. Pues bien, la política de México, política de pistola, sólo conjuga un verbo: madrugar”. Oficio de tinieblas, el ejercicio del poder dependió durante casi un siglo del valor político de lo inescrutable.

Terminado el monopolio del PRI, los códigos de la impunidad se disolvieron sin ser sustituidos por otros. ¡Bienvenidos a la década del caos! A ocho años de la alternancia democrática, México es un país de sangre y plomo. El predominio de la violencia ha disuelto formas de relación y protocolos asentados desde hacía mucho tiempo. Los medios de comunicación ampliaron su margen de libertad, pero trabajan en un entorno donde decir la verdad es progresivamente peligroso. De acuerdo con Reporteros sin Fronteras, México ha superado a Irak en número de secuestros y asesinatos de periodistas. En este nuevo escenario, los sucesos se confunden con simulacros. Un ambiente de naufragio donde la ausencia de principios se disfraza de pragmatismo o medida de emergencia. Los trueques son los de una mascarada: el clero apoya al PAN en Jalisco y recibe a cambio una limosna inmoderada; el sindicato de trabajadores de la educación (el más grande de América Latina) ofrece más de un millón de votos a Felipe Calderón y obtiene puestos en áreas de gobierno tan decisivas como la seguridad nacional; los monopolios hacen una guerra sucia en los medios durante la campaña presidencial de 2006, presentando al candidato de la izquierda como “un peligro para México”, y reciben un trato que elimina la competencia. Al modo de los Cuatro Fantásticos, los Poderes Fácticos gobiernan en la sombra. La impunidad no desapareció cuando el PRI perdió la presidencia; se dispersó en medio del desconcierto. Esto ha traído una extraña nostalgia del autoritarismo del Partido Oficial, que “al menos sabía robar”.

En la hermética tradición de la política mexicana, los protagonistas salían de escena y morían sin hacer revelaciones ni dejar diarios comprometedores. Nada tenía mayor peso que el secreto ni mayor jerarquía que los gestos. La misión del periodista consistía en descifrar signos esotéricos. Cada ademán era estudiado como un lance taurino o una pose de teatro kabuki: si el presidente estaba de buen humor, pedía huevos rancheros en su desayuno del lunes; si llegaba a los frijoles refritos sin dirigirle la palabra a su secretario de Gobernación, el cambio de gabinete era inminente. La gastronomía política sigue hoy un curso muy distinto. Estamos ante un bufet donde todos se arrebatan los platos, gritan a la vez y se llevan las sobras en un tupper-ware.

La crisis de gobernabilidad tiene como correlato una crisis de los mensajes. El Ejecutivo es ya incapaz de determinar la agenda de la información. Si durante siete décadas declarar fue más importante que gobernar (el bienestar como promesa que no admitía refutación), ahora el presidente aparece en las noticias durante unos segundos entre dos asesinatos, un parpadeo oficial en medio de la metralla. En este contexto, el crimen organizado ofrece la nueva simbología dominante. El narcotráfico suele golpear dos veces: en el mundo de los hechos y en las noticias donde rara vez encuentra un discurso oponente. La televisión acrecienta el horror al difundir en close-up y cámara lenta crímenes con diseño “de autor”. Es posible distinguir las “firmas” de los cárteles: unos decapitan, otros cortan la lengua, otros dejan a los muertos en el maletero del automóvil, otros los envuelven en mantas. A veces, los criminales graban sus ejecuciones y envían videos a los medios o los suben a YouTube después de someterlos a una cuidadosa posproducción. La mediósfera es el duty-free del narco, la zona donde el ultraje cometido en la realidad se convierte en un “infomertial” del terror.

Los cárteles aplican la legislación de la sangre descrita por Kafka en “La colonia penitenciaria”. La víctima ignora su sentencia: “Sería absurdo hacérsela saber puesto que va a aprenderla sobre su cuerpo”. El narco se apoya en el discurso de la crueldad (cruor: “sangre que corre”) donde las heridas trazan una condena para la víctima y una amenaza para los testigos. El jus sangui del narco depende de una inversión kafkiana de los episodios legales; la sentencia no es el fin sino el comienzo de un proceso; el anuncio de que otros podrán ser llamados a “juicio”. “Si no haces correr la sangre, la ley no es descifrable”, escribe Lyotard a propósito de “La colonia penitenciaria”. Tal es el lema implícito del crimen organizado. Su discurso es perfectamente descifrable. En cambio, la otra ley, la “nuestra”, se ha difuminado.

La narcocultura amplió su radio de influencia a través de los narcocorridos, muchas veces pagados por los propios protagonistas. En la confusión ambiente, los trovadores vinculados al crimen gozan del dudoso prestigio de lo ilegal que reclama un carisma a contrapelo y se somete a la “moral del pueblo”. Aunque suene curioso o divertido o folclórico cantar las peripecias de quienes llevan “hierba mala” al otro lado, los narcocorridos pertenecen a un sector que mueve el 10% de la economía (lo mismo que el petróleo) y causa decenas de asesinatos al día. Tomados como documentos del hampa, son reveladores. Lo extraño es que han ganado espacio en las estaciones que transmiten música popular y aun en las antologías de literatura. En nombre de un incierto multiculturalismo, hace un par de años un grupo de escritores protestó porque dos narcocorridos fueron suprimidos de un libro de texto. En su queja pasaron por alto que esas letras no se estudiaban en una clase sobre problemas de México, sino sobre literatura, sustituyendo a Amado Nervo o Ramón López Velarde. El narco ha contado con la anuencia de las estaciones de radio a las que amenaza o subvenciona (términos rigurosamente intercambiables) y con la empatía antropológica de quienes sobreinterpretan el delito como una forma de la tradición.

De acuerdo con J. G. Ballard, “El ”hecho” capital del siglo XX es la aparición del concepto de posibilidad ilimitada. Este predicado de la ciencia y la tecnología implica la noción de una moratoria del pasado (el pasado ya no es pertinente, y tal vez esté muerto) y las ilimitadas posibilidades accesibles en el presente”. La técnica permite una gratificación instantánea de los deseos y altera las costumbres. Las redes de distribución del consumo y los inventos progresivamente baratos hicieron que el siglo XX desembocara en la impulsividad recreativa, donde la satisfacción es tan inmediata que resulta irónico que los Rolling Stones canten “I can get no satisfaction”. En la época de los placeres programados, la insatisfacción es una queja malévola o el peculiar anhelo del dandy.

La descarada tendencia de la época a la satisfacción exprés se ha aliado en México con la impunidad. El mundo narco, la supremacía del presente se cumple a través de un ménage à trois del dinero rápido, la alta tecnología delictiva y el dominio del secreto. El pasado y el futuro, los valores de la tradición y las esperanzas planeadas, carecen de sentido en ese territorio. Sólo existe el aquí y el ahora: la ocasión propicia, el emporio del capricho donde puedes tener cinco esposas, comprar a un sicario por mil dólares y a un juez por el doble, vivir al margen del gusto y de la norma, entre el colorido horror de las camisas de Versace, jirafas de oro macizo, un reloj que da la hora por 300 mil dólares, botas de avestruz azul turquesa. La gratificación de lo ilimitado a la que aspiran los nuevos modos de comportamiento adquiere en el relato del crimen el amparo de lo oscuro: 15 minutos de impunidad para cualquiera.

Como han documentado Luis Astorga y Renato González Valdés, el narcotráfico era hace cincuenta años un tema regional ubicable en el noroeste de México. Hoy en día involucra los flujos del dinero planetario. La reacción psicológica ante una amenaza que crece y riega dinero ha sido darle la espalda, relegarla al espacio sin luz donde sólo existe el presente. El narcotráfico ha ganado batallas culturales e informativas en una sociedad que se ha protegido del problema con el recurso de la negación: “los sicarios se matan entre sí”. Más que una rutina aceptada o una indiferente banalización del mal, las noticias del hampa han producido un efecto de distanciamiento. Siempre se trata de desconocidos, gente lejana o rara, que sabrá por qué la degüellan. Cada mañana los periódicos publican un rojo marcador: los 12 decapitados de ayer en Yucatán son relevados por los 24 ejecutados de hoy en el parque nacional de La Marquesa. Sin embargo, el instinto de supervivencia ha llevado a aislar mentalmente las zonas de violencia. Mientras los que se aniquilen sean “ellos”, estaremos a salvo.

El narco ha sido durante demasiado tiempo el “expediente equis”, la realidad paralela, la dimensión desconocida, el hoyo negro. Julio Scherer García, decano del periodismo independiente en México, acaba de publicar un libro revelador: La reina del Pacífico. Durante meses, Scherer visitó a Sandra Avila en el penal donde se encuentra desde el 28 de setiembre de 2007. Presentada ante los medios como si fuese “La Reina del Sur”, el personaje de Arturo Pérez Reverte, Avila tiene todo lo necesario para cautivar al ojo público. Es una mujer hermosa, fuerte, desafiante, capturada por un mandatario débil, que se fracturó al caer de una bicicleta (un accidente de kindergarten), disminuido por los uniformes que le gusta lucir (en su cuerpo, todos parecen talla XL). La Reina llegó como una presa irresistible para un presidente de pie pequeño. Su exhibición forma parte de una estrategia de propaganda que no logra mitigar los duros impactos del narcotráfico.

De acuerdo con lo que le dice a Scherer, la participación de Avila en el delito ha sido menos directa y en cierta forma más alarmante de lo que sugieren sus captores. A sus 44 años, no ha conocido otra vida que el narcotráfico. Habla de ese medio como Sofía Coppola podría hablar del cine. Ha frecuentado a todos los capos de interés, fue secuestrada por un novio delincuente, contrajo dos matrimonios con narcos (uno de ellos era un comandante corrompido), padeció el secuestro de su hijo adolescente, ha visto morir gente a sus pies, ha tenido todas las fiestas, todas las alhajas, todos los coches, todas las mansiones que sólo se habitan por un par de semanas, todo exceso adquirible en riguroso efectivo. Durante 44 años vivió en una región aparte, como los participantes del proyecto Biósfera 2000.

Javier Marías, ha comentado que la serie Los Soprano depende de mostrar la vida privada de los gángsters y permitir un acceso insólito –un pase hacia dentro sin riesgo de muerte– a la zona donde los mafiosos son como nosotros y tienen problemas con la escuela de sus hijos. Desde su propia perspectiva, el narco depende de eliminar el afuera y asimilar todo a su vida privada: comprar el fraccionamiento entero, el country, el estadio de fútbol, la delegación de policía, la burbuja que puede habitar Sandra Avila. En este Second Life de la vida real no hay que fingir ni que ocultarse porque los espectadores ya han sido comprados.

La Reina del Pacífico no parece la estratega del mal que le urge al presidente, sino algo más común y terrible: la consorte del ultraje. Ha vivido una vida plena y completa sin pasar un momento por la legalidad. Lo más asombroso no es su jerarquía en el delito, sino que haya cumplido con “normalidad” todos los protocolos de la subcultura en que nació (su única queja es no haber sido hombre para tener mayor protagonismo). De niña a viuda, ha tenido una trayectoria que se lee como un camino de superación personal que hace años era exclusivo de Sinaloa, sede del cártel del Pacífico, y ahora pertenece al país entero, una lógica donde ningún derroche es desperdiciable. Si alguien considera que un artificio llamado Rolex Oyster Perpetual Date tiene suficientes nombres para satisfacer a la Reina, se equivoca. Sandra Avila tenía 179 joyas de ese tipo. Estos excesos de caja fuerte se complementan con el dispendio de armamento. Después de un crimen, los sicarios abandonan 15 ó 17 ametralladoras AK-47, muestra de que su arsenal no tiene fondo.

La teatralidad del narco depende de las balas y la tortura, pero también del desperdicio de armamento y del disfraz, que permite ser miembro transitorio de cualquier cuerpo policíaco. Los cárteles se han infiltrado de tal modo en el poder judicial que no sorprende que cuenten con todo tipo de uniformes reglamentarios. Lo raro es que la policía, cómplice del delito, lleve uniforme.

Ajeno a la noción de frontera, el narcotráfico pasa con fluidez de la vida privada a las regiones, cada vez más remotas, de la vida civil que aún no ha comprado. En su inserción en el dominio público, el capo no requiere de más pasaporte que un apodo; puede asumir un sobrenombre de teodicea (el Señor de los Cielos), ranchería (Don Neto) o dibujos animados (el Azul). Los más temibles son los que insinúan una coquetería femenina que los hechos refutan con fiereza: la Barbie, el Ceja Güera. Como los superhéroes, los narcos carecen de currículum; sólo tienen leyenda. Desconocemos a sus pares en los Estados Unidos. En México son ubicuos e intangibles. Lo mismo da que se encuentren en un presidio de máxima seguridad o en una mansión con jacuzzi, pues no dejan de operar. La negación de la violencia ha dado paso a un temor muy informado. Para certificar que los capos son los “otros”, seres casi extraterrestres, memorizamos sus exóticos alias e inventariamos sus dietas de corazón de jaguar con pólvora y cocaína. Sin embargo, el rango de operación del narco creció en tal forma que cada vez cuesta más concebirlo como una remota extravagancia nacional. Los Soprano es ya el reality show que ofrecen los vecinos.

El paisaje ha cambiado con las inversiones del dinero ilícito. Cualquier ciudad mexicana dispone de suficientes locaciones para filmar la muerte de un capo o de un comandante. Ahí está el restaurante ideal, un château de plástico y neón donde meseras en minifalda sirven costillas de brontosaurio, junto a una concesionaria de Mercedes Benz y un hotel que semeja una mezquita con cúpulas de plexiglas. En ciudades como Torreón o Mérida, que tenían fama de tranquilas porque se presumía que los narcos tenían ahí su residencia y no las usaban para “trabajar”, también hubo ajusticiamientos. En la nueva atmósfera del miedo, diez mil empresas ofrecen servicios de seguridad y tres mil personas se han injertado un chip bajo la piel para ser detectados por radar en caso de secuestro.

La estrategia defensiva de no mirar o de asumir que los atracos ocurren lejos, en un parque temático del ajuste de cuentas para el que por suerte no tenemos entradas, se ha venido abajo. El 15 de setiembre, día de la fiesta de Independencia, dos granadas fueron lanzadas contra una indefensa multitud en la plaza de Morelia. El atentado coincidió con otro, virtual: los habitantes de Villahermosa recibieron correos electrónicos que los señalaban como candidatos al secuestro.

El presidente Calderón pasó por elecciones muy impugnadas que dividieron al país. Para realzar su fuerza, ordenó que el ejército patrullara el país. Este anuncio de que la confrontación era posible, provocó que los cárteles combatieran entre sí y ejecutaran policías. Mientras los cadáveres aparecían en carreteras y cañadas, no se investigaron redes de financiamiento ni se detuvo a cómplices del crimen en el gobierno. El último alto funcionario arrestado por tratos con las mafias fue Mario Villanueva, gobernador de Quintana Roo, investigado en tiempos de Ernesto Zedillo, último presidente del PRI. Los dos gobiernos de la alternancia democrática han sido incapaces de investigarse a sí mismos y detectar los pactos que permiten que prospere el narcotráfico.

Hemos llegado a una nueva gramática del espanto: enfrentamos una guerra difusa, deslocalizada, sin nociones de “frente” y “retaguardia”, donde ni siquiera podemos definir los bandos. Resulta imposible determinar quién pertenece a la policía y quién es un infiltrado.El trato con el crimen ha derivado en un decisivo desplazamiento simbólico. Si durante décadas nos protegimos de la violencia pensándola como algo ajeno, ahora su influjo es cada vez más próximo.

Desde el arte, la instaladora Rosa María Robles anticipó esta resignificación del miedo. Su exposición Navajas, exhibida en Culiacán en 2007, incluyó la pieza “Alfombra roja”, que no se refería a la pasarela donde los ricos y famosos desfilan rumbo a la utopía de Andy Warhol, sino a las mantas de los “encobijados”, teñidas con sangre de las víctimas, la “colonia penitenciaria” que entre enero y octubre de 2008 cobró cerca de tres mil víctimas. El momento irrepetible del crimen y las posibilidades ilimitadas del narcotráfico adquieren en esta pieza otro sentido. La sangre pasa al tiempo lineal, al suelo común donde la vida es tocada por el crimen. Robles logró hacerse de ocho mantas en una bodega de la policía. Con ellas creó su “Alfombra roja”. Llevadas a una galería, se convirtieron en un dramático ready-made. Duchamp pactaba con James Ellroy: el “objeto hallado” como prueba del delito. Robles puso en escena la impunidad por partida doble: mostró un crimen no resuelto y comprobó lo fácil que es penetrar en el sistema judicial y apropiarse de objetos que deberían estar vigilados.

Navajas dio lugar a una polémica sobre la pertinencia de reciclar objetos periciales. Sin embargo, el verdadero impacto de la obra fue otro: en la galería, las mantas brindaban una prueba muy superior a la que brindaron en la morgue. Después de algunas discusiones, “Alfombra roja” fue retirada. Entonces Rosa María Robles tiñó una cobija con su propia sangre. El gesto define con acucioso dramatismo la hora mexicana. Todos tenemos méritos para pisar esa alfombra. De manera simultánea, el terror se ha vuelto más difuso y más próximo. Antes podíamos pensar que la sangre derramada era de “ellos”. Ahora es nuestra.

El fotógrafo y documentalista franco-español Christian Poveda murió el 2 de septiembre de 2009. Le dispararon dos veces en el rostro a muy corta distancia. No le robaron nada, algo casi inconcebible en un país como El Salvador. Cuando lo hallaron estaba solo, tirado a tres metros de su Nissan Pathfinder plateada, junto a la sinuosa y solitaria carretera sin asfaltar que une los municipios de Soyapango y Tonacatepeque, en el área metropolitana de San Salvador. Acababa de salir de una colonia llamada La Campanera.

Tras un impasse de dos horas por un malentendido con su nombre, a las 5:30 de la tarde la Policía Nacional Civil (PNC) tenía ya la certeza de que la persona asesinada era el director de La vida loca. La noticia tardó poco en propagarse, como si fuera una epidemia, y en cuestión de horas supo encontrar al escritor salvadoreño Horacio Castellanos Moya en su minúsculo apartamento del barrio Sangen-Jaya, en Tokio. Se enteró mientras navegaba en internet, con un titular de la Agencia Efe que dejaba poco margen para las ambigüedades: “Asesinan al fotógrafo Christian Poveda, director de un documental sobre pandillas”. Los 14 husos horarios que separan Japón y El Salvador habían convertido el miércoles en jueves, el hoy en ayer, el presente en pasado. Pero no amortiguaron la conmoción.

Los caminos de Christian y de Horacio se habían cruzado años atrás. Fue Christian quien lo buscó para proponerle que escribiera el prólogo de un libro de retratos sobre pandilleros que tenía pensando editar en México. La idea nunca cuajó, pero la comunicación se mantuvo porque en mente había un proyecto más ambicioso. En febrero de 2008 coordinaron un almuerzo en Madrid, en un restaurante de comida gallega del barrio de Malasaña. Horacio quedó sorprendido por el entusiasmo y por el conocimiento exhaustivo del fenómeno de las maras demostrado por su interlocutor. Resultó una reunión amena, de la que Horacio se despidió con una copia de La vida loca en su bolsa, con un sugestivo ofrecimiento para trabajar juntos y con la impresión de que Christian sabía demasiados nombres y apellidos; demasiados. La relación siguió estrechándose gracias a internet, pero nunca más volvieron a verse.

El asesinato ocurrió un año y siete meses después de aquel encuentro. Aturdido como un boxeador castigado, Horacio apartó los ojos de la laptop y los dirigió hacia su cuaderno de apuntes. Agarró un lápiz y anotó lo primero que se le ocurrió: “El asesinato de Christian Poveda me ha conmocionado. Era evidente que lo terminarían matando, pero exhalaba tanta confianza y entusiasmo que todos creíamos en su invulnerabilidad”.

Era evidente que lo terminarían matando.

***

A Christian lo conocí a mediados de 2008 en un restaurante chino de San Salvador llamado Hunan. Lo cité para una entrevista, y llegó puntual, cargado con su inseparable laptop. Para entonces Christian tenía 53 años, pero parecía más joven. Medía un metro ochenta de estatura, se conservaba bien, proporcionado, y llevaba el pelo en su sitio. Lo singularizaban sus lentes, un grueso anillo en el dedo gordo de la mano derecha y el eterno gesto de seriedad en su rostro, como si le costara sonreír.

—Es que a mí las guerras me siguen por todos lados –dijo con su castellano afrancesado.

La palabra guerra aparece con demasiada frecuencia en su biografía. Nació en Argel en 1955, nieto de unos abuelos que huyeron a Argelia de la Guerra Civil Española e hijo de unos padres que huyeron a Francia de la Guerra de Argelia cuando él tenía 6 años. Su afición por la fotografía está relacionada con la Guerra de Vietnam y con los disturbios del Mayo del 68 francés. Apenas pudo escaparse de la casa, agarró una cámara y marchó a fotografiar guerras en Mauritania, Sierra Leona, Guatemala, El Salvador, Nicaragua, la isla de Granada, Camboya, Irak y Líbano. Con estos antecedentes, no resulta tan extraño que terminara enamorado de la guerra abierta que en Centroamérica libran las pandillas Mara Salvatrucha (o MS-13) y Barrio 18.

La carrera de documentalista la desarrolló de forma paralela a la de fotógrafo. Antes de La vida loca había trabajado en otros 15 documentales con temas tan variados como el toreo, la lucha contra el sida o el ciclismo.

En aquella plática con rollitos de primavera de por medio me mostró fotografías impactantes, un repaso por algunos de los conflictos más sangrientos en el último cuarto de siglo XX. Me impresionaron su memoria y la precisión de los datos con los que enriquecía cada imagen. Así, una foto de unos soldados agazapados a la espera de los suministros de un helicóptero militar guardaba la historia de un operativo antiguerrilla, encabezado por el general Benedicto Lucas, entonces jefe del Estado Mayor guatemalteco, y realizado en febrero de 1982 en un pueblo del departamento de Santa Cruz del Quiché llamado San Juan Costal. Christian estaba consciente de que mil buenas palabras son el complemento perfecto para cualquier imagen.

Aquel día también me dijo que regresó a El Salvador en 2004, dos décadas después de haber cubierto en este país la guerra civil. La elección no fue casual.

—Este país tiene una particularidad: es uno de los más pequeñitos del mundo, pero en lo malo está siempre en el pódium de los tres primeros. En homicidios son los primeros, medalla de oro; en pandillas, ahí van; en consumo de droga, medalla de bronce…

La crítica explícita era una herramienta que usaba con frecuencia, y esto le supuso no pocas discusiones y enemistades. Nueve meses antes de que lo asesinaran dejó plasmada en un foro de internet su teoría acerca de la crítica como instrumento para el crecimiento profesional: “La crítica es imprescindible, y tiene que ser franca y directa, aunque no guste. Pero eso sí, tiene que ser argumentada, honesta y sincera”. Esa manera de ver la profesión hizo que Christian no fuera alguien muy querido entre el gremio de fotógrafos de El Salvador, donde cuesta digerirlas.

—Había muchos que decían que eso de hacer retratos de pandilleros es la cosa más fácil, que ese tal Poveda un par de retratos es todo lo que había hecho –me dijo Edgar Romero, un fotógrafo salvadoreño de 41 años y mirada profunda.

—¿Muchos? –pregunté.

—La prueba está en que su círculo de amistades entre los fotoperiodistas en El Salvador era pequeño a pesar de ser un tipo que vino sin ninguna jactancia y a tratar de enseñar, pero pocos fueron los que lo escucharon.

Edgar Romero era uno de los pocos amigos que Christian tenía en el gremio. Su amistad se empezó a forjar una mañana de noviembre de 2005, en la que coincidieron a los pies de la catedral de San Salvador. Pandilleros del Barrio 18 habían tomado el edificio para protestar por las condiciones en las cárceles. Ese mismo día, en la tarde, Christian se presentó en el Photocafé, el negocio de Edgar Romero, un bar de luces cálidas y música baja que terminó convirtiéndose en su segundo hogar.

—Yo creo que los salvadoreños –escuché a Christian decir otro día– tienen una forma bastante oportunista de funcionar: se preocupan solamente de ellos mismos y nada más, pero no están funcionando de una manera cívica. Cada uno está en su casa y se preocupa de sus cosas. Y claro, cada uno contrata su propia seguridad, y no se piensa como sociedad.

Crítica franca y directa, aunque no guste.

***

Christian concibió La vida loca a finales de 2004, cuando llegó a El Salvador con la idea entre ceja y ceja de documentar el fenómeno de las maras. Confiado en sí mismo y con los conectes adecuados, apuntó alto: se reunió con líderes tanto de la Mara Salvatrucha como del Barrio 18 y logró los permisos para realizar sesiones fotográficas y entrevistas personales a pandilleros en las cárceles y fuera de ellas.

La semilla para la película estaba sembrada, y comenzó a germinar en enero de 2006, cuando abandonó París para instalarse de forma definitiva en Centroamérica. Como gran cocinero que era, se trajo incluso el antiquísimo libro de recetas heredado de su abuela.

Tras la buena experiencia con las fotografías, el objetivo ahora era la película. Se lo planteó de nuevo a los cabecillas de las dos pandillas, pero en esta ocasión solo el Barrio 18 aceptó la propuesta. Se acordó que la filmación sería en el reparto La Campanera, Soyapango, una populosa colonia de clase media-baja ubicada a 20 minutos en vehículo desde el centro de San Salvador. Territorio del Barrio.

Uno de los motores narrativos es la panadería con la que los mareros tratan de demostrar que son capaces de sostener un proyecto productivo. Esa panadería es parte de esos ofrecimientos para lograr el sí del Barrio. Los hornos y todo el instrumental los tuvo que pagar Christian. Y el alquiler del local. Y la harina. Y la levadura. Y las piñatas. Y los abogados. Y los tratamientos médicos.

Durante el tiempo que funcionó, uno de los gerentes de la panadería fue un pandillero conocido como Moreno. Es quizás con el que más relación creó de entre todos los personajes del documental.

El 29 de agosto de 2006, Christian llegó poco antes de las 9 de la mañana a la colonia Bella Vista, en Soyapango, a unos 10 minutos en carro de La Campanera. Entró en el mesón y cámara en mano se dirigió al cuarto en el que dormía Moreno. Ese martes cumplía 26 años y Christian tenía algo en mente.

—Puta, hijoeputa, mirá cómo te veo –dijo, fiel a su convicción de que los insultos disimulaban su acento francés.

—¡Puta! ¡Come mierda! Dejá dormir, andate a la mierda –respondió la voz desde la cama.

—Ah, qué culero. Vámonos, vámonos.

No insistió. Cerró la puerta. Moreno dio medio vuelta y al poco se durmió. Moreno es José Luis Rosales, pandillero de la 18 desde los 12 años, amigo de Christian y uno de los personajes que más peso tienen en La vida loca. Tiene la piel clara, un bigote tímido en su rostro y por el cuello y el brazo derecho se le asoman tatuajes.

Pasada una hora, Christian regresó y comenzó a golpear de nuevo la puerta. Lo hizo con tanta fuerza que la destrabó. Entró, y le tiró un vaso con agua.

—Levantate, que te vamos a celebrar el cumpleaños.

—Hijoeputa, vos solo casaca sos.

El ofrecimiento iba en serio. Christian había ido a comprar una bolsada de carne, seis libras de arroz, tomates, cebolla y cilantro. También trajo dos garrafones de vodka Troika y cervezas para una tribu entera.

—Y ahorita llamá a los homeboys.

—¿Y qué vas a hacer?

—Celebrar, y lo vamos a poner en la película.

Durante la filmación Christian pagó el alquiler del cuarto en la Bella Vista para evitar el acoso policial en La Campanera, le compró un teléfono celular, lo llevaba a restaurantes de la exclusiva colonia Escalón de la capital.

En octubre de 2007, encarcelaron a Moreno por homicidio agravado y extorsión, pero no dejaron de verse. Un día antes de su asesinato, Christian gestionó ante las autoridades de Centros Penales una visita en la cárcel de Quezaltepeque. Moreno la aceptó por escrito pocas horas antes de que asesinaran a su amigo:

“Quezaltepeque 2 de septiembre de 2009. por este medio ago constar que yo Jose Luis Rosales estoy de acuerdo para seguir con la segunda etapa de el documental de Crístian el periodista. yo estoy dispuesto a trabajar con el F. Jose luis Rosales.”

Un año antes, en aquel restaurante chino, había preguntado a Christian por qué tanto esfuerzo y tiempo en retratar este mundo.

—Porque a mí me interesa el trabajo sobre la marginación social –dijo–. Y las maras son un ejemplo universal para demostrar los efectos que generan la marginación y las malas políticas sociales.

—¿Y qué tipo de relación mantienes con los personajes de tu documental?

—Estoy en contacto permanente con ellos. Ahora que salgamos de esta entrevista me voy a ir a ver a algunos. Tú no puedes estar dos años con gente a diario y no establecer una relación. Ellos son lo que son, yo no me involucro en sus cosas, pero de ciertos personajes de mi película, claro, estoy siempre al tanto de si les pasó algo o si los encarcelan, si siguen vivos… Ese tipo de cosas.

Otros acuerdos cruciales con el Barrio 18 para la filmación de la película eran, en primer lugar, que el documental solo se iba a exhibir en el extranjero; en segundo, que iba a mostrar la vida de los pandilleros que ya no querían andar en la violencia, y en tercero, que una vez la película se hubiera exhibido en cines fuera del país, Christian entregaría una copia de buena calidad para que el Barrio la pudiera vender en la calle como dvd pirata.

Evitar que llegara al mercado negro se convirtió en una obsesión para Christian, al punto que, salvo excepciones como Horacio y otras personas de confianza, no prestaba copias de la película a nadie. “Le tengo tanto miedo a la piratería que me asusta saber que hay algunas copias paseándose”, escribió alarmado a finales de 2008. Pero su celo lo más que logró fue retardar algunos meses lo inevitable. En agosto, unas semanas antes de su asesinato, el dvd de La vida loca se vendía como pan caliente en los puestos del centro de San Salvador.

En los 16 meses de filmación había hecho amistad con varios de sus personajes pero, transcurridos dos años casi, todos estaban muertos o encarcelados o vivían en otras colonias. La Campanera a la que llegó en la tarde del 2 de septiembre no era la misma en la que él podía dejar el carro con las puertas abiertas dos años atrás. Él lo sabía mejor que nadie. ¿Por qué entonces alguien sabedor de que algo había fallado en su acuerdo con el Barrio 18 y que conocía como pocos del funcionamiento interno de las maras se metió en la boca del lobo?

***

La última vez que vi a Christian fue dos meses antes de que lo asesinaran. La Alianza Francesa de San Salvador organizó el 30 de junio un debate titulado “Violencia juvenil, ¿qué soluciones?”, y él era uno de los ponentes. Llegó con su mejor sonrisa y sin recibir ni un dólar a cambio. La charla resultó un evento íntimo, con no más de 30 personas en el público. Recuerdo que al terminar se acercó a pedirme el teléfono para hacer una llamada a su pareja.

En sus intervenciones, Christian explicitó su postura personal sobre las maras: las políticas represivas implementadas por la derecha en El Salvador fueron un fracaso, hay sectores de la sociedad que se lucran de la extrema violencia que carcome al país, los medios de comunicación locales tienen una cuota de responsabilidad importante, y la única solución a corto plazo es que el Gobierno se siente a negociar con los pandilleros y fomente las condiciones para que se dé una tregua entre la Mara Salvatrucha y el Barrio 18.

La vida loca está en sintonía con ese planteamiento que dibuja a los miembros de pandillas más como víctimas que como victimarios. En el documental los represores son la policía y el ejército. Los pandilleros son una joven que intenta encontrar a su madre que la abandonó a los seis días de nacida, son una madre que amamanta a su hijo, son un niño de la calle agradecido con la familia que encontró en el Barrio. Son jóvenes que quieren ganarse la vida amasando pan, pero que son perseguidos. En 90 minutos aparecen pandilleros que se divierten, bromean, bailan, trabajan, se drogan, se convierten al cristianismo o se tatúan, pero no hay ni un solo plano de alguno armado, como si las armas fueran algo ajeno a las maras. Ante esta selección de la realidad que realizó Christian, no es de extrañar que la crítica de cine publicada por el diario francés Libération concluyera con esta frase: “Ha podido dibujar los contornos de los personajes, por lo que ahora es imposible negarles la condición de las víctimas”.

Un aporte fundamental sobre el fenómeno de las maras que hace el documental no está en un primer plano de lectura. La pandilla que retrata va más allá del estereotipo del grupo de jóvenes tatuados con predisposición al delito y a la violencia. Christian logra mostrar la complejidad del fenómeno, y es algo que se ve en los velorios. En el último que se muestra, el de la pandillera tuerta, los tatuados son minoría. Lo que abundan son rostros imberbes, adultos mayores, niños. Todo un entramado social. Con su cámara Christian dejó sin argumentos a los que opinan que las pandillas son un problema estrictamente delincuencial y no social.

Unas semanas antes de que se estrenara en septiembre de 2008 en el Festival Internacional de Cine de Donostia, en el País Vasco, pude preguntarle qué opinaba él sobre su obra, y esta fue su respuesta:

—La película es, como decimos en Francia, à double tranchant, a doble corte. Realmente yo he compartido la vida de estos locos, y hay algunos que los ves vivir… y los ves vivir y los ves vivir. Y es puro documental, no es como un actor que muere y ya sabes que lo vas a ver vivo en otra película. Aquí mueren de verdad. Y eso es algo impresionante y que le da fuerza a la película, pero al mismo tiempo asusta mucho.

Hoy todo son elogios, pero hasta el día del asesinato lo cierto es que La vida loca no estaba funcionando. Pasó sin pena ni gloria por los festivales en los que se proyectó, y su primer contacto con la gran pantalla fue una decepción. El estreno comercial en España fue en diciembre de 2008, pero solo se proyectó en cuatro salas: dos de Madrid y dos de Barcelona.

—La película tuvo poca repercusión –me dijo Luis Ángel Bellaba, productor y distribuidor en España–. Fue tan leal con el tema de su película, las maras y con el dolor que representa esa vida, que filmó exactamente eso. Y lo describió tan bien que lo hizo a lo mejor muy duro. La gente hoy no está acostumbrada a ese tipo de películas.

Para el 30 de septiembre de 2009 estaba previsto el estreno en Francia, la tabla de salvación. Además de director, Christian era coproductor y había incluso vendido su casa en Francia para financiar el documental. Estaba también convencido de que la viabilidad de su próximo proyecto dependía de que La vida loca obtuviera unos números aceptables. Christian quería dirigir una película sobre las maras, pero esta vez de ficción. El guión lo iba escribir Horacio.

Quizá por eso recibió con los brazos abiertos la propuesta que le hizo la revista francesa Elle de publicar un extenso reportaje sobre las pandilleras protagonistas justo la semana del estreno del documental en Francia. Una publicidad invaluable.

—Él quería hablar con nosotros –me dijo Moreno.

A Christian el Barrio 18 lo citó en La Campanera. Y se la jugó porque ese encuentro iba a tener una doble función: por un lado, allanar el camino antes de la visita del equipo de Elle; y por otro, explicar al nuevo liderazgo local de la pandilla que él no era el responsable de que el dvd se estuviera vendiendo en las calles.

El miércoles 2 de septiembre Christian madrugó como de costumbre, y se sentó frente a su computadora. Navegó durante al menos dos horas, con constantes ingresos a Facebook, el portal al que dedicaba tanto tiempo en los últimos meses. De la casa salió con una camisa azul oscura para ser entrevistado por la inminente inauguración de una exposición fotográfica en el Photocafé que él había curado. Regresó pasadas las 10. A mediodía volvió a subirse en su Nissan Pathfinder plateada y se dirigió hacia el reparto La Campanera.

La revista Elle abortó su reportaje, pero Christian logró sin pretenderlo lo que se había propuesto: publicidad invaluable para La vida loca. El documental se estrenó el 30 de septiembre en Francia con éxito de crítica y de público, se reestrenó en España un mes después y con los años quizá se convierta en un documental de culto.

***

El Buró Federal de Investigaciones (FBI) de Estados Unidos estima que el Barrio 18 y la Mara Salvatrucha suman unos 24.000 pandilleros activos repartidos en 46 de los 50 estados de la Unión americana. Están tan preocupados por esa cifra que a finales de 2004 el FBI creó una unidad especial para monitorear y desarticular ambos grupos. La PNC de El Salvador, un país que tiene 0.2% del tamaño de Estados Unidos y su población representa 2%, tiene fichados en sus archivos a 17.000 pandilleros.

—¿Y las pandillas siguen creciendo?

—Sí, en mi opinión, sí.

—¿Estamos peor que nunca?

—Así es. Y el año pasado estábamos peor que nunca, y el anterior. Y en el año 2000 estábamos peor que nunca.

Responde Augusto Cotto, el subdirector de Investigaciones de la PNC. Por su cargo, él es el responsable de la investigación policial del asesinato. Está convencido de que el Barrio 18 le cobró a Christian desavenencias surgidas tras el rodaje, aunque no sabe –o no quiere– especificar cuáles. Cotto incluso señala quién es el pandillero que desde un penal dio la orden de ejecutarlo: Nelson Lazo Rivera, El Molleja. El papel que la policía le atribuye es el de encargado de tribu para las colonias de la zona norte y poniente de Soyapango, donde se ubica La Campanera.

El Molleja y Christian son viejos conocidos. Se vieron por primera vez a finales de 2004, durante el trabajo fotográfico que realizó antes del documental. El Molleja posó para Christian. Tiene una mirada triste y enigmática, y su cuerpo parece lienzo. En su cara hay más carne tatuada que sin tatuar. Destacan un gran “666” en la frente, la palabra “SUR” en su nariz, varios “18” y “13” –las dos pandillas en guerra respetan el 13 porque los identifica como sureños de Los Ángeles– de distintos tamaños y una intimidante inscripción sobre los ojos: “GAME” en el derecho, “OVER” en el izquierdo.

El joven al que la policía presentó como el autor intelectual del asesinato era como un imán para Christian. En su cuenta de Facebook, en el recuadrito donde debía ir la fotografía del fotoperiodista franco-español, lo que aparecía era el rostro tatuado de El Molleja. Además, y a pesar de no residir en el reparto La Campanera, no desaprovechó la oportunidad de incluirlo en La vida loca. Se le ve en uno de los velorios, junto al ataúd de uno de los pandilleros asesinados. Y más adelante, como uno de los detenidos tras una redada masiva, aparece sentado entre docenas de dieciocheros en la presentación ante los medios de comunicación. Christian regaló a El Molleja dos planos, cinco segundos de gloria.

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Sonaba el Canon en re mayor de Johann Pachelbel cuando a las 3 de la tarde del 9 de septiembre entré a la iglesia. A esa hora se cumplía una semana exacta desde el asesinato. Christian era un ateo confeso, pero la familia tuvo a bien organizar una misa católica para que amigos y colegas pudieran honrar su memoria y despedirse. Esa era la idea. Madre y hermana, llegadas desde España, estaban sentadas en primera fila, cerca de la urna con las cenizas, una sencilla caja de madera dentro de una pequeña corona de flores.

La iglesia de Santa Elena forma parte del complejo funerario privado en el que incineraron a Christian. Es de reciente construcción, de paredes blancas e impecables, con capacidad para 450 personas sentadas y bien iluminada gracias a la luz que entra por las ventanas y por la ciclópea cristalera que hay detrás del altar. La decoración es parca: una gran cruz de madera, estatuas, un cuadro enorme de San Escrivá de Balaguer, la bandera de El Salvador. Lo que más llamó mi atención fue el aire acondicionado.

Callados los violines, la misa inició con apenas un tercio de las bancas ocupadas y una veintena de fotógrafos y camarógrafos enfocando y revoloteando como avispas alteradas alrededor de la urna. En sus discursos, la hermana de Christian, María José, rogó porque su muerte sirva para cambiar El Salvador; y Aída Santos, una ex jueza que aparece en La vida loca, dijo que la paz en el país no se logrará entre resentimientos y egoísmos. Mientras se pronunciaban estas palabras, el avispero se peleaba por la mejor toma: ocuparon los pasillos, se sentaron junto a la urna con las cenizas, se aproximaron a la madre para fotografiarla… Esa fue la despedida del gremio a pesar de que un día antes se hizo circular una solicitud expresa: “Todos y todas sabemos el respeto con que Christian asumía el trabajo periodístico y, por lo tanto, en un momento tan duro como este, queremos ofrecer ese mismo respeto a su memoria y a su familia”.

En los días siguientes, una fracción de las cenizas voló hacia Alicante, la tierra de la que huyeron sus abuelos en 1939 y a la que regresó su madre. El resto, la porción mayor, por deseo del propio Christian se esparció en tres lugares distintos de El Salvador, el país que quiso tanto y por el que tanto dio.

Algo acaba de explotar. El estallido ha dejado un hueco en el piso y ha repercutido en el estómago de todos. Unos encapuchados entran y aprietan con sus manos las culatas y los gatillos de las ametralladoras. Son manos que actúan de manera automática. Disparan a todos lados. Las balas perforan paredes, rompen vidrios y lámparas, un cuerpo humano.

Y esos que disparan, ¿son dos, tres? ¿Quizá hay más? ¿Otros allá afuera?…

¿Es posible? Sentir de repente una bofetada de pavor ante el estruendoso eco de los disparos. ¿Eco? No, es la siguiente ráfaga.

Miedo. Silencio. Un silencio espeso y extraño. La resonancia sorpresiva de lo que acaba se pasar y la incertidumbre de lo que vendrá.

—¡Ora sí se los va a llevar la chingada a todos!

Es ese grito y más ráfagas. Y otra granada.

No, esto no es un campo de batalla. Es la redacción de un periódico.

Aquí ya todo es posible.

***

Apenas esta mañana la jornada de trabajo se desarrollaba sin sobresaltos. Quizá porque este lunes parece domingo. Hoy es 6 de febrero de 2006 y ayer se conmemoró un aniversario más de la Constitución mexicana. Por disposición oficial, el día de asueto es hoy. Por eso, los que acuden a trabajar reciben doble paga. Esto lo han tomado con gusto por lo menos aquellos que forman parte de los departamentos de Redacción, Fotografía y Diseño del rotativo El Mañana, el más influyente de Nuevo Laredo. Solo a los que pertenecen al área administrativa y a los empleados del comedor les han concedido descanso.

Entre los reporteros y editores se respira satisfacción profesional. El periódico publicó en primera plana el fin de semana una lista con nombres de reporteros (entre ellos uno de El Mañana), columnistas y medios informativos que, incluidos en una nómina, reciben dinero de la alcaldía local. La nota despertó varias reacciones en distintos sectores de la sociedad. Este lunes algunos reporteros han salido a recabar más opiniones, sobre todo de los regidores de oposición. En la agenda informativa también está el seguimiento del caso de la colonia Blanca Navidad, un predio, al poniente de la ciudad, habitado por unas 800 familias que llegaron ahí porque no tenían dónde y que fue desalojado de forma violenta la semana pasada.

Al mediodía, la primera plana para la edición de mañana martes va tomando forma. Después de acudir, como todos los lunes, a los honores a la bandera en la explanada de la alcaldía, un reportero ha llegado al periódico para buscar en el archivo fotográfico imágenes que evidencien a unos maleantes detenidos, pues hasta hace unas semanas eran policías federales, y nadie ha hecho público ese detalle.

Lo más probable es que esa sea la nota principal. Y también el seguimiento de los periodistas corruptos debe ocupar un lugar destacado. Además, hay dos noticias sobre los candidatos presidenciales: la Secretaría de la Defensa Nacional ha confirmado a cargo de la seguridad de Andrés Manuel López Obrador al general Audomaro Martínez y Felipe Calderón ha negado un gasto millonario en su campaña publicitaria. Del otro lado del mundo, la francesa Isabelle Dinoire ha mostrado su nueva cara después del trasplante facial que le han realizado. Algunas notas locales, deportivas y de espectáculos van terminándose.

Como hoy el comedor no funciona, varios empleados encargan comida. Luego, los dedos comienzan a caer sobre las teclas de la computadora. El trabajo se combina con algunos momentos de charla de cuya utilidad a veces se duda, risas, pasos. Hasta este momento, todo indica que en unas horas se cerrará la edición y todos volverán a casa un poco más temprano que de costumbre.

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Nuevo Laredo está en la frontera entre México y Estados Unidos. Era parte de Laredo, Texas, hasta que en la guerra entre estos dos países México perdió la mitad de su territorio. Entonces, en 1848, la ciudad se tuvo que partir en dos. Al norte del río Bravo quedó Laredo y al sur, Nuevo Laredo. Con el paso de los años comenzaron a trazarse las actuales calles y avenidas, a construirse casas para ser habitadas, en su mayoría, por gente foránea que quería iniciar una nueva vida aquí y algunos edificios y hoteles para los “turistas de negocios”. Por Nuevo Laredo pasa una tercera parte del comercio exterior de México. Tiene cuatro puentes internacionales por donde circulan todos los días peatones, carros particulares, autobuses de pasajeros, camiones cargados de mercancías. Durante la Navidad, hay largas filas de automóviles de “paisanos”, que es como llaman a los mexicanos que se han ido a vivir a Estados Unidos pero que regresan en esas fechas a ver a sus familias.

Hoy es una ciudad de cerca de medio millón de habitantes. Aquellos que cuentan con la visa estadounidense cruzan la frontera seguido solo para ir de compras a Texas. Sobre todo en las temporadas en que los centros comerciales comienzan las rebajas.

El clima en Nuevo Laredo es extremo. En invierno la temperatura puede descender hasta los 10 grados centígrados bajo cero. Pero en verano hay que aguantar 40 grados centígrados de un calor seco, asfixiante. Estas condiciones no impiden que a lo largo de todo el año, pero en especial durante la primavera, la ciudad se convierta en una de las principales antesalas para los migrantes indocumentados. Llegan de muchas partes del país y de Centroamérica dispuestos a cruzar el río para alcanzar el territorio estadounidense.

Pero por este paso fronterizo, además de seres humanos, se trafican drogas. Los narcotraficantes han hecho de esta ciudad una plaza clave para su negocio. Desde hace varios años, la violencia es cosa de todos los días. Las bandas de narcos se matan entre sí, matan a sus vecinos, a los policías o a los soldados que intentan combatirlos. Y cuando algo que los incomoda aparece en un medio de comunicación, amenazan a los periodistas o quizá algo peor.

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Durante años, los periodistas de El Mañana han trabajado bajo cierto grado de censura, de pavor, de riesgo. Un riesgo cercano y tangible en varias ocasiones. En 1996, por ejemplo, Ninfa Deándar, presidenta y dueña del periódico, y sus hijos fueron amenazados de muerte. Se distribuyó entonces un folleto lleno de infamias contra ella sin que nadie impidiera su circulación. En cambio, en noviembre de ese mismo año, Ninfa Deándar fue sometida a un proceso judicial por difamación, acusada por la entonces alcaldesa Mónica García Velázquez.

El periodista Raymundo Ramos, a su vez, fue secuestrado durante unas horas y conminado a que “ya no atacara al gobernador” de Tamaulipas, Manuel Cavazos.

Pero el más rotundo atentado contra El Mañana sobrevino el 19 de marzo de 2004. Poco después de salir de la redacción, en la madrugada, y cuando se hallaba a las puertas de su casa, fue asesinado a puñaladas el director editorial del diario, Roberto Mora García.

Del año 2000 a la fecha en México han asesinado a 47 periodistas, ocho han sido desaparecidos y decenas, amenazados. El último deceso ocurrió el domingo 22 de febrero. Luis Daniel Méndez Hernández, un reportero de La Poderosa, una estación radial de Tuxpan, en el estado de Veracruz, fue baleado por la espalda. Según la organización no gubernamental Reporteros Sin Fronteras, después de Iraq, México es el país más peligroso del mundo para ejercer el periodismo.

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Con el caer de la noche, la tranquilidad instalada durante el día parece esfumarse en El Mañana. En la recepción del edificio hoy se encuentra un guardia de seguridad. La recepcionista tuvo el día libre. Es un hombre fuerte, maduro, casi 50 años, con nietos. A unos cuantos metros de la recepción, siguiendo un pequeño pasillo, están las oficinas de las subdirecciones Local y Nacional, ocupadas por sus respectivos encargados. En el primer pasillo de la redacción, el que da hacia la calle, un editor, dos correctores de estilo y el director de La Tarde –el diario vespertino de Editora Argos, la misma empresa que edita El Mañana– revisan algunas notas. En el segundo pasillo hay tres editores y un reportero, quienes se encargan de los últimos detalles de las secciones Nacional, Local y de la revista, para integrar el primer tiro del diario. En el tercer pasillo, la sección deportiva está terminando de editarse. De pie, frente a un mapa de la ciudad colgado en la pared, dos reporteros revisan unas fotos. Uno de ellos es Jaime Orozco Tey.

El baño de mujeres está ocupado por una editora. Las acristaladas sala de juntas, oficina central y oficina de edición de Local se encuentran vacías y con las puertas cerradas. En el departamento de Diseño hay ocho personas frente a las computadoras cumpliendo sus funciones. En Fotografía Digital hay una única persona, al igual que en la oficina de Clasificados. Arriba, en el segundo piso, una muchacha termina de hacer el aseo cerca del área de sistemas, en donde se encuentran dos más. La rotativa permanece vacía porque los trabajadores no llegan hasta las 9 de la noche. A lo mucho, dentro del edificio hay unas 40 personas.

Faltan 17 minutos para las 8 de la noche y es entonces cuando se escucha la explosión.

Han lanzado una granada frente a las oficinas de las subdirecciones editoriales, pero se cimbra todo el edificio, como si se tratara de un temblor. Del techo cae tierra y polvo.

La mayoría de la gente corre para resguardarse. Se dirigen hacía Diseño y Prensa. Hay quien solo alcanza a tirarse al suelo para esconderse bajo los muebles de las computadoras. Y ahí permanecen, quietos.

Los encapuchados entran por la puerta principal del edificio y comienza la balacera.

Todos permanecen quietos. Intentan imaginar qué es lo que puede pasar. Hay nerviosismo. Se siente miedo, un miedo físico y atroz. Un miedo real, sin paliativos ni defensa. Quizá de esta ya no los libra nadie.

A las 7:45 por la calle pasa una señora con su hijo a bordo de un auto. La luz roja del semáforo en el cruce de las calles Juárez y Perú, la esquina donde está el periódico, le indica que se detenga y los sonidos de los balazos que se voltee. Pero la mujer se pasa el alto con aparente tranquilidad. Porque así son las cosas aquí en Nuevo Laredo: haces como que no ves ni oyes para no meterte en problemas.

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Antes de aventar otra granada los sicarios siguen descargando sus armas y lanzan su sentencia.
—¡Ora sí se los va a llevar la chingada a todos!

Otra explosión. De nuevo parece que el edificio se derrumba. El sonido es similar a cuando se echa abajo una construcción. El polvo dificulta la respiración. Arden las narices.

Tensión. Miedo de no saber actuar a la altura de las circunstancias. Ojos desencajados. Rostros fruncidos, estupefactos. Es todo tan confuso. Sucede tan rápido. ¿Ya habrán matado a alguien? ¿Llegarán hasta nosotros?

En el instante en el que solo existen los estampidos de los disparos todo parece detenerse. Apenas se alcanzan a escuchar los gemidos truncados y el ruido de un cuerpo al caer. Dos minutos suelen ser muy poco tiempo, pero ahora parecen una eternidad.

Unas cuantas ráfagas más y los tipos se despiden.

Afuera, tres carros y dos camionetas, vehículos que cercaron las esquinas Morelos-Perú y Perú-Juárez, encienden motores. Se escapan a toda velocidad. Adentro, quedan los boquetes producidos por las granadas y las balas, vidrios rotos, el miedo.

Silencio. ¿Se han ido? Sí, parece que ya se fueron. Hay quien tiene por un momento la sensación de ser el único sobreviviente. Viene el desdoblamiento, el horror, el estremecimiento de presenciar una pesadilla. ¿Qué hacer? Las miradas se encuentran. No se pronuncian palabras. Es suficiente verse reflejado en los ojos de los otros. Es sentirse unidos en esta vida que ahora parece escaparse. ¿Llorar?

Alguien se queja.
—¡Ayuda!… ayuda —grita lo más fuerte que puede.

Al principio nadie le responde y mucho menos salen de sus escondites por temor a que los encapuchados regresen. No saben todavía que el que pide ayuda es Jaime Orozco Tey ni que su cuerpo está perforado por cinco disparos. Cuatro los recibió por la espalda y le dañaron la columna vertebral y un pulmón. Un proyectil más le perforó el hombro por delante.

Tey, como le dicen todos sus compañeros, está cumpliendo hoy 43 años de edad. Hasta este momento, 15 de ellos en el periodismo. Estudió Ciencias de la Comunicación en Monterrey, tiene dos hijas y es bromista. Es el reportero de guardia de El Mañana. Entra a las 5 de la tarde y sale a la 1 de la madrugada. Cubre los sucesos que surjan durante ese horario o ayuda a algún editor si la jornada está tranquila.

Mientras comenzaban los disparos, Tey y otro reportero se encontraban frente al mapa que está a la entrada de la redacción. Ambos revisaban unas cuantas fotografías y seleccionaban la que habían de publicar para evidenciar que los maleantes detenidos hace unos días fueron policías federales. Tey dio media vuelta para dirigirse a la subdirección editorial Nacional. El otro reportero, en sentido contrario, se adentró en la redacción. Los encapuchados lanzaron la granada y las esquirlas cayeron en el rostro de Tey. Luego vinieron las ráfagas que lo lesionaron mientras él permanecía detrás de una pared de tabla roca.

La editora que estaba en el baño se quedó ahí durante la balacera. Apagó la luz, se refugió en un rincón y no hizo ruido. Al salir pensó que encontraría a todos sus compañeros muertos. Diseñadores y reporteros habían corrido para esconderse en Prensa, entre la tinta, la maquinaria y los rollos de papel. Un chico, corrector de estilo, salió de la oficina de la subdirección editorial Nacional, subió unas escaleras. En el segundo piso se encontró con la muchacha de la limpieza y ambos corrieron hacia el pequeño patio que está afuera del comedor. Los subdirectores editoriales solo alcanzaron a esconderse debajo de sus escritorios.

Después del tiroteo la que reaccionó primero fue la persona de la oficina de Clasificados. Se dirigió a la puerta. Con calma, despacito. Pero alguien la vio y de inmediato la jaló para esconderla una vez más. Los matones pueden volver, pensaban.

Poco a poco, todos salían e iban acercándose a Tey.

***

El dolor del reportero herido se transmite al instante a todos los que le observan. Y esa es la señal de que ya todo es posible. Así ha quedado trágicamente claro. Ya no solo matan a los periodistas, también atacan sus centros de trabajo.

Cada respiración de Tey parece un paso más hacia el final. Hay tanta sangre. Está derrumbado de espaldas y a primera vista solo se percibe el disparo que tiene en el hombro, pero ese enorme charco de sangre que tiene abajo indica algo más.

Luego se sabrá que las heridas producidas le dañaron parte de la médula ósea y que además tuvieron que extirparle unos 30 centímetros de intestino afectado por las balas. Quedó en silla de ruedas después de permanecer cuatro meses hospitalizado.

El vigilante se levanta del suelo. Toma el teléfono de la recepción y llama a la policía. Alguien más avisa de lo sucedido a la presidenta y dueña del periódico, quien llega junto con sus hijos en unos 15 minutos, antes que la policía. Enseguida arriba la ambulancia. Y, al final, los policías, algunos reporteros en busca de la nota y los infaltables curiosos.

Los agentes entran al edificio y examinan el lugar en busca de casquillos. Toman declaraciones y fotografías. “Quizá, solo quizá, fue para intimidar”, es lo primero que dicen.

Ninfa Deándar trata de infundir ánimos a su gente.
—¡El periódico tiene que salir, hagamos un esfuerzo! –les dice.

Algunos no le hacen caso. El shock ha sido descomunal y lo único que quieren es regresar a casa para sufrir en privado. Pero otros aceptan quedarse para sacar adelante el trabajo.

Reciben 89 llamadas telefónicas de medios nacionales e internacionales pidiendo informes acerca de lo sucedido. No obstante, hasta las 10:30 de la noche El Mañana no envía un boletín a diferentes medios y asociaciones de periodistas. Hay quien se encarga de terminar con la revisión de notas y fotos. Otros limpian los vidrios esparcidos por el piso y la sangre derramada que a su paso había manchado las imágenes seleccionadas para la nota de los policías delincuentes. Editores y diseñadores continúan formando planas. Y así lo hacen hasta las 3:32 de la madrugada, hora en que se cierra la edición.

A las pocas horas, El Mañana ya circula en las calles de Nuevo Laredo con un editorial titulado Guerra ajena a la sociedad:

“Desde el asesinato de Roberto Mora vimos que la autoridad estaba rebasada por la delincuencia organizada y que no había garantías para los periodistas. Esto nos llevó a tomar medidas como autocensurarnos con temas delicados donde veíamos riesgos, cubrir exclusivamente los hechos, no mencionar nombres de algunos cárteles; haciendo malabares con la información para tratar de sobrevivir esta guerra ajena al periódico y a la sociedad de Nuevo Laredo.

Tomaron de campo de batalla a Nuevo Laredo, porque esta es una plaza muy peleada. Cruzan seis mil tráileres diarios y las autoridades norteamericanas sólo revisan físicamente 50 o 60. Esto hace a esta plaza más importante que Tijuana o Ciudad Juárez.

¿Quién fue el responsable? (del atentado de anoche). No lo sabemos, pudo haber sido cualquiera. Son fantasmas. Muchas veces nos utilizan a los medios agrediéndonos para perjudicar a la banda contraria y así justificar que la supuesta autoridad ejerza más presión sobre un grupo rival. Es una nueva forma de hacer terrorismo.”

***

El martes 7 de febrero algunos deciden no ir a trabajar y otros quieren permanecer todo el tiempo encerrados en el edificio ahora custodiado por la policía. Se mandó construir un muro de contención y cámaras de video en la entrada principal del edificio. A los fotógrafos les dieron chalecos antibalas. A raíz del atentado, 28 empleados se fueron del rotativo por miedo. Hubo quien solo se armó de coraje y valor, y algunos de los que se quedaron exigieron un aumento de sueldo a cambio de estar dispuestos a seguir en la ciudad viviendo con ese miedo que aquí es el precio por informar. Se presentó la denuncia ante la Procuraduría General de la República, pero todavía los hechos no han sido esclarecidos. Solo se reforzó la hipótesis de que el crimen organizado del narcotráfico podría ser el culpable, pero ni una sola persona ha sido detenida.

Tres años después, Jaime Orozco Tey sigue en rehabilitación y no pierde la esperanza de volver a caminar algún día. Entre los reporteros de El Mañana se impuso algo peor que la censura: la autocensura. El tema del narcotráfico ya casi no se aborda y cuando se hace, las notas salen sin firma. Porque en Nuevo Laredo, en Tamaulipas, en México, dar una noticia puede costar la vida.