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El día que Wendy Sulca dijo que quería cantar, su padre le pegó. La niña tenía seis años y en varias ocasiones se colaba en los ensayos de Los Pícaros del Escenario, el grupo de música popular peruana donde él tocaba el arpa. Aquella vez, con la sinceridad y el descaro de la infancia, Wendy le espetó a gritos que la vocalista del conjunto no sabía cantar, que ella lo haría mejor.

—¡Papito, déjame cantar!— le rogó.

Dos golpes después, la pequeña corrió a su cuarto y, sobre su cama de colcha rosa, escurrían sus lágrimas de coraje y frustración. Entonces llegó su madre para consolarla y mientras le acariciaba el cabello le prometió:

—Hijita, no te amargues. Si quieres cantar, yo te voy apoyar.

Lidia Quispe recordó que cuando era niña ella también soñaba con ser cantante. Era una aguerrida fanática de la música andina y pasaba sus días evadiendo el trabajo en el campo al escaparse a las presentaciones folklóricas en Ayacucho (sur de Perú), donde nació. El día que la violencia terrorista de Sendero Luminoso obligó a su familia (como a tantas otras) a emigrar hacia Lima, comenzó a vender caramelos en los microbuses de la capital del país. Le daba vergüenza cantar ante los desconocidos, pero lo hacía en voz baja al caminar por la calle. Algunos años después, un amigo la invitó a su rudimentario estudio para que grabara un caset. Y eso fue lo máximo que pudo lograr. Porque nadie (ni siquiera sus padres) vio con buenos ojos que “una cholita” pudiera triunfar en los escenarios de Lima.

Así que al ver llorar a su hija se prometió a sí misma convertirla en artista. Primero convenció a su marido para que le permitiera a Wendy cantar alguna canción en sus conciertos. Luego se enteró de que Sonia Morales, “la reina del huayno con arpa”, estaba organizando un concurso para descubrir a los nuevos talentos de la música folclórica peruana. No dudó en inscribir a Wendy y, ante el asombro de muchos, la niña fue superando cada etapa del certamen hasta que ganó. Pero los premios prometidos (un traje típico y la grabación de un disco, entre otros) nunca le fueron entregados.

Un señor que había visto el desempeño de Wendy durante el concurso y que se presentó como “productor musical” le dijo a Lidia:

—Señora, su hija tiene mucho talento. Qué le parece si hacemos un vídeo con ella, para tener una clara muestra de lo que hace, para que se vaya dando a conocer.

No iba a ser gratis, claro. Pero su raquítico sueldo de empleada en una fábrica de peluches apenas alcanzaba para completar los escasos ingresos que aportaba su esposo. ¿De dónde, entonces, iba a sacar dinero Lidia para “invertir” en algo así? Pues haciendo polladas: fiestas familiares donde cada asistente contribuye a una causa con la cantidad que esté dentro de sus posibilidades.

Organizó dos polladas y con lo que obtuvo compró un retazo de tela roja, cartoncillo, pegamento e hilos dorados, y ella misma hizo el vestido para su hija. También la canción que iba a interpretar. “Desde chiquita, a Wendy siempre le gustó mucho la tetita. Me perseguía por todos lados: ´mi tetita, mi tetita.´ Le di el pecho hasta que cumplió tres años. Y, como a mí siempre me ha gustado componer, pues dije: voy a sacar una canción de eso para la niña”, me contó el pasado otoño, cuando vino a Madrid acompañando a su hija, quien era parte del cartel del YouFest.

Lidia se empeñó en que el vídeo fuera grabado en su pueblo, entre su gente. Porque le hacía ilusión que ellos también participaran. En el camino hacia Huacaña (Ayacucho) vio en la orilla de la carretera a una vaca que amamantaba a su cría y le pidió al cámara que la filmara. Después le pidió captar la imagen de unos cerditos prendidos de las ubres de su madre. Convocó a los hijos de sus vecinos a la plaza del pueblo y a tres mujeres para que se dejaran ver mientras le daban leche a sus bebés. Los primos de Wendy tocaron el arpa, el bajo y las percusiones. Y entonces, a sus ocho años, durante poco más de cuatro minutos, Wendy hizo alarde de su habilidad para zapatear y de su agudísima voz para cantar “con mucho cariño a todos los niños del Perú”:

De día, de noche,
quisiera tomar mi tetita.
De día, de noche,
quisiera tomar mi tetita.
Cada vez que la veo a mi mamita,
me está provocando con su tetita .
Cada vez que la veo a mi mamita,
me está provocando con su tetita.
Ricoricoricorico, ¡qué rico es mi tetitaa!
¡mmm!… ¡rico, qué rico es mi tetita!

Al vídeo le agregaron los efectos de unos sintetizadores y la voz de un animador.

—¿Y si lo colgamos en YouTube? — le propusieron a Lidia.

—¿En dónde?… ¿Para qué?

No muy convencida, pagó 260 soles para que “La tetita” estuviera en el principal sitio de vídeos de Internet. Y pronto, muy pronto, los compañeros de colegio de Wendy comenzaron a decirle:

—¡Ya somos miles los que hemos visto tu vídeo! Y hay muchos que te imitan.

Pero la niña que se convertiría en La Reina de YouTube no tenía un ordenador en casa para comprobarlo.

***

El distrito de San Juan de Miraflores, en el extra radio de Lima, es la suma de cerros marrones y polvorientos sobre los que se distribuyen unas deprimidas barriadas. En sus laderas se amontonan cientos de casas a medio construir. Se accede a ellas a través de unos angostos y empinados caminos sin asfaltar o por medio de unas largas escalinatas de cemento. Casi todos sus habitantes han llegado del interior del país huyendo del hambre, la falta de trabajo y el terrorismo senderista para formar unos asentamientos que bien podrían ser la geología de la pobreza.

Franklin Sulca y Lidia Quispe comenzaron su vida de casados en una modesta casa de la barriada Pamplona Alta. Ahí nació su única hija el 22 de abril de 1996. Franklin amenizaba fiestas con su banda musical y Lidia hacía muñecos de peluche en una fábrica. No vivían demasiado bien, pero sí mejor que algunos de sus vecinos. Tenían para comer, para enviar a la niña al colegio y para salir a pasear de vez en cuando. Sorteaban con entereza las dificultades que se les presentaban hasta que, en 2005, la vida de esta familia se tambaleó más que nunca. El seis de abril de ese año, Franklin murió al volcarse la furgoneta en la que viajaba hacia un concierto.

Todavía en pleno duelo por la pérdida de su esposo, Lidia pasó tres veces por el quirófano. La ingresaron para operarla de la vesícula y, antes de cerrar la herida, los médicos le dejaron dentro unas gasas. Un dolor insoportable y una constante secreción de pus la devolvieron al hospital. El doctor le soltó:

—De esto se salvan muy pocas personas. De cien se salvarán cinco. Le digo esto porque quizá sea mejor quien se hará cargo de su hija. Dios no lo quiera, pero puede pasar lo peor.

“¿Te imaginas que te digan algo así?”, me preguntó Lidía con voz entrecortada y lágrimas en los ojos, en el jardín de un hotel del sur de Madrid. “Mi hijita, tan chiquita, ¡y huérfana! Cuando el doctor me dijo eso me salí llorando y pensé que Dios no existía. Si me quería llevar a mí, hubiera dejado a mi esposo. Ya luego le pedí que no me desamparara. Cuando me fui al hospital no me despedí de Wendy. Porque dije: ´si me despido es que me voy a morir.´ Y eso no. Y gracias a Dios salí adelante y aquí sigo a su lado.”

Al recuperarse, Lidia acompañó a su hija a un locutorio para ver las miles de reproducciones que La tetita había tenido en YouTube. “Eran muchísimas. ¡Muchísimas! No me lo esperaba. Para nada. Y me dio tanta alegría que comencé a llorar”, recuerda. Si había funcionado un vídeo en la red, ¿por qué no hacer más? Incluso, ¿por qué no hacer, de una vez, un disco? Lidia le había escrito una canción a su padre cuando éste murió. Pero ahora que su esposo también había fallecido, la letra bien podría acoplarse a la situación de Wendy. Así que la niña chillona entonó con voz desgarrada, mientras dejaba ver que sus dientes de leche se le estaban cayendo:

Papito, no me dejes por favor.
Papitoooooooooooo,
no te vayas por favor.
Yo te quiero mucho,
mucho, mucho, mucho.
Con todo mi corazooon.
No me dejes, por favor.
Desde el fondo de mi corazón,
expreso mis sentimientos
para todos los niños que no tienen papá,
así como yo.

Pero había que ser más creativos. Lidia no abandonó la idea de utilizar su pueblo como escenario para los vídeos de su hija. Pensó de nuevo en la Plaza central, donde había un señor borracho perdido al que filmaron sin que él se diera cuenta, y pidió permiso para grabar en una cantina. Ahora el tema sería más profundo: ahogar en cerveza una pena de desamor. No era algo muy infantil, pero Wendy tenía que conquistar “nuevos públicos.” Así que allí estaba, una vez más, La niña maravilla del folklore, rodeada de campesinos borrachos y exigiendo cerveza a gritos.

Cerveza, cerveza, quiero tomar cerveza.
Porque ya bastante sufro en la vida,
porque mi amorcito se ha marchado lejos.
Señor cantinero, dame más cerveza.
Este sufrimiento que me está matando…
Quiero olvidarme en esta cantina.
Sigan tocando mi arpita, en mis horas más tristes, en mis horas más alegres, seguiré cantando a Ustedes.
Sigan tocando mi arpita, en mis horas más tristes, en mis horas más alegres, seguiré cantando al Perú.
Manos hacia arriba, manos hacia abajo, sigamos bailando, si, si, sigamos bailando.

YouTube comenzó a echar humo con tantos clics y comentarios. Los vídeos eran insólitos y cómicos por inocentes y con sonidos que, de tan andinos, parecían extraterrestres. En varios países del mundo hacían parodias de La tetita y de Cerveza, cerveza. Empezaron a llegar invitaciones para ir a los programas de televisión o para hacer conciertos en pequeños locales de Lima. También en la provincia de Perú. Y, más tarde, a las capitales iberoamericanas.

***

Niña, autóctona, pobre. Independiente o alternativa. Folclórica, kitsch y bizarra. Simplista. Ingenua. Víctima de las circunstancias de su país. Exótica y creativa. Impostada. Poco a poco, el morbo cibernético de la gente fue encumbrando a Wendy Sulca como una “estrella freak” construida al margen de la industria tradicional. Como la prueba fehaciente de que en Internet el público es realmente libre. Porque en la red produce, distribuye y consume sus propios contenidos. ¡Tiemblen, discográficas!

Alfredo Villar es un antropólogo y DJ peruano que desde hace varios años centra sus investigaciones en la música popular de su país. Dice que “el éxito de Wendy Sulca proviene de lo excéntrico de su propuesta musical y visual. Sus códigos parecen peruanos pero están atravesados por elementos occidentales que son pervertidos constantemente con una irreverencia y un sentido del humor.” Y cuenta, además, que en Perú a los fans de la música folclórica “no les gusta Wendy, porque ella se mueve más en discotecas y festivales, que en los verdaderos conciertos folklóricos. Los fieles de este tipo de música son más exigentes.”

Quizá esto que dice Villar tenga que ver con las numerosas burlas que esta “niña maravilla” ha recibido. En España, por ejemplo, en los programas de La Sexta Sé lo que hicisteis y El Intermedio. Pero ella tiene un escudo contra la mala leche que hierve en Internet y en la televisión: “Estoy preparada para todo tipo de comentarios. A muchos les gusta lo que hago, pero les da vergüenza reconocerlo. Y yo soy más fuerte que cualquier crítica mala”, dice.

Después de ser todo un hit de la red, Wendy Sulca se ha presentado en la mayoría de los rincones de Perú. Tiene blog, Facebook, Twitter y canal propio en YouTube (como Lady Gaga o Britney Spears). Y ordenador en casa. Después de sendas sesiones de peluquería y maquillaje celebró dos fiestas de 15 Años. Una con su familia, amigos y un puñado de cadetes-chambelanes de uniforme blanco con espadas, en donde sonó (premonitoria) Quinceañera, la canción de la telenovela mexicana del mismo nombre que interpretaba Talía en los ochenta (Ahora, despierta la mujer que en mi dormía / Y poco a poco se muere de la niña / Empieza la aventura de la vida). Y otra con su público, a la que asistieron 10.000 personas. En ambas, su vestido era rosa chillón y de contorno negro. Su corona, pequeña y plateada. “Parece una princesita”, dijo su mamá.

Ha cantado con los argentinos Dane Sipinetta y Fito Paez. Ha participado en un vídeo de los puertorriqueños Calle 13. Y, cómo no, con su madre, Lidia Quispe. En 2010 cantó En tus tierras bailaré, junto a La Tigresa del Oriente y Delfín hasta el fin (otras dos estrellas de “la era YouTube”). Entonces comenzó a salir de su país. Primero a Buenos Aires, luego a Bogotá y a Santiago de Chile. Y en el otoño pasado llegó a Madrid.

***

Ocho años después de haber cantado por primera vez La tetita, Wendy Sulca se subió al escenario del YouFest Madrid, en la explanada del Centro de Creación Contemporánea Matadero. Lucía una pollera (falda) verde con corazones con su nombre y paisajes representativos de Perú, como Machu Pichu. Era una tarde fría y lluviosa, pero el escaso público (niños y jóvenes) no dejaba de corear los éxitos de La Niña Maravilla del Folklore, sobre todo cuando Roald Ronni Carbajal, el gritón animador que siempre la acompaña, se lo exigía.

Conversé con Wendy tres días antes de su participación en ese festival. Con nosotros estaba Lidia, su inseparable madre. Ambas terminaban sus respuestas a mis preguntas con risillas nerviosas. Y ambas, también, hicieron especial énfasis en que la hoy adolescente ha educado su voz. “Porque quiero ser muy profesional y llevar mi música a muchos países. Y que me tomen en serio”, dijo Wendy.

Contó que se ha cambiado de casa (“a una mejor”) porque en la otra la asaltaron tres veces y la llamaban por teléfono para burlarse e insultarla. Que se ha acostumbrado a que la gente la reconozca por la calle y le pidan fotos y autógrafos. Que quiere estudiar Administración de Empresas. Que canta para honrar la memoria de su padre. Que guarda “con mucho cariño” la veintena de vestidos que usado.

Es verdad que ahora su voz ya no es tan estridente como antes. Se nota, sobre todo, en su más reciente single, Like a Virgin, una versión folk-pop del éxito ochentero de Madonna. Cuando el pasado diciembre colgó el vídeo de esta canción, obtuvo medio millón de visitas en una semana. Tal vez, como dice Alfredo Villar, “lo único que le queda a Wendy es seguir en el camino del pop. Es lo más sincero y musicalmente digno que puede hacer.”

La niña que creció en YouTube ya se destetó y ahora es una lolita que gime ya no con ingenuidad, sino con sensualidad. Pero no abandona su “inocencia”. Comenzó 2013 haciendo una twitcam con sus fans y, sin ningún reparo, saludaba dulce y sonriente a gente como Elver Galarga, Soila Vaca, Mari Conazo, Rosa Melano, Elsa Capunta, Elga Yina, Ana Lisa Melano y María Dolores del Orto. Si su padre la viera, ¿le volvería a pegar?

Lo siguen llamando general. A pesar de haber dejado para siempre el traje de comando que lo hizo célebre en los reportajes de televisión, cuando solía aparecer en la selva a la caza de narcotraficantes y terroristas, en la cárcel, todos le recuerdan su perdida condición castrense. No es para menos. Nicolás de Bari Hermoza Ríos tiene un récord que mantendrá imbatible hasta la tumba: siete años al frente del Comando General del Ejército, más tiempo que ningún otro militar en el Perú. Entre 1992 y 1998, sólo Alberto Fujimori y Vladimiro Montesinos tuvieron más poder que él. Aquéllos fueron años maravillosos: una época en la que Hermoza Ríos era un temible general en traje de comando. Ahora, a siete años de haber dejado su uniforme, es sólo un hombre enfermo que camina en ropa interior por el estrecho corredor que une las celdas del ala B del pabellón de observación para reos primarios de San Jorge, un penal de mínima seguridad ubicado en el centro de Lima, en donde están recluidos los peces gordos de la red montesinista. Visto así, movilizando pesadamente su inmensa envoltura de piel, parece un enorme paquidermo cansado: un cuello casi inexistente queda cubierto por sus cachetes flácidos, encima de esos hombros que siempre fueron demasiado caídos para pertenecer a un señor de la guerra. Esa tarde de primavera, el general caminaba hasta la mesa –al pie de su celda–   para esperar la hora del almuerzo.

—Nosotros concebimos una nueva estrategia para terminar con el terrorismo de Sendero Luminoso –me dijo el día que finalmente decidí acercarme, después de haberlo observado durante meses sentado en esa mesa de madera que lleva inscritas, en tinta indeleble, las iniciales de su nombre. La primera vez que lo vi fue por televisión, el 21 abril de 1993. Yo era apenas un adolescente, el día que Hermoza, como Comandante General de las Fuerzas Armadas, se montó sobre la torre de un tanque, escoltado por un ejército de soldados, para cruzar las principales avenidas de Lima con dirección al Congreso. Un pequeño grupo de parlamentarios acababa de recibir un sobre anónimo con un mapa y restos humanos calcinados. Un año antes, el 18 de julio de 1992, un comando clandestino de soldados del ejército entró a la universidad La Cantuta y detuvo a nueve alumnos y un catedrático. Nunca más se supo de ellos.

—¿Por qué no mejor investigan el derecho de nuestros soldados mutilados e inválidos, en vez de perder el tiempo en acusaciones sin sustento? –preguntó el general Hermoza a los congresistas que investigaban el caso La Cantuta, un día antes de ejecutar aquella aparatosa demostración de poder: tal como dijo la prensa en ese entonces[1], Hermoza acorraló las principales avenidas con sus tanques, como si se tratara de un golpe de Estado, en lo que las primeras planas denominaron el “tanquetazo” del general Hermoza. Los tanques se quedaron dos días consecutivos en las calles, emplazando su fuerza motorizada cerca del Congreso. Jorge Camet Dickmann, entonces Ministro de Economía, se encontraba en Nueva York, en un intento por negociar la reinserción financiera del Perú tras el golpe fujimorista del 5 de abril de 1992. Camet, tras las críticas de los banqueros norteamericanos por el “tanquetazo”, tuvo que regresar de Estados Unidos con las manos vacías[2]. Esa noche, Fujimori condenó el gesto del general a través de un mensaje televisivo para la nación. Sin embargo, horas más tarde, un comunicado firmado por el Alto Mando de las Fuerzas Armadas respaldando la actitud del general Hermoza, acompañado por otro desfile de tanques en las principales unidades del Ejército, lo hicieron retroceder: Fujimori, por la noche del día 22, criticó al Congreso, tildándolo de inoportuno por investigar a los militares que combaten el terrorismo y el narcotráfico. Ése era el Hermoza que yo recordaba.

Ahora, en la cárcel, no queda rastro de aquel imponente general que iba impregnado de todas las medallas con las que un soldado pudo haber soñado: la Cruz Peruana al Mérito Militar en los grados de Caballero, Oficial, Comendador, Gran Oficial y Gran Cruz; la Orden Militar Francisco Bolognesi en los grados de Caballero, Oficial, Comendador, Cruz y Gran Cruz; la Medalla Académica del Ejército y dos condecoraciones al mérito de los ejércitos de Chile y Bolivia; la insignia de la Escuela de Blindados, de alumno del Centro Académico de Altos Estudios Militares, de diplomado en la Escuela Superior de Guerra del Ejército y de Presidente del Comando Conjunto de las Fuerzas Armadas; la Medalla Combatiente Mariscal Andrés Avelino Cáceres en el Grado de Honor, “por haber formulado la estrategia militar y llevar a cabo con éxito la conducción de las Fuerzas Especiales en la Operación Chavín de Huántar”, tal como dictó el 22 de diciembre de 1997 la resolución que firmó el mismo general con su puño[3].

—Quienes tuvimos la responsabilidad de participar en la pacificación tenemos la obligación de dejar constancia de nuestros actos –me dijo con entusiasmo, al ver que le llevaba un ejemplar de su libro Filosofía de un soldado. Observó la carátula, en la que luce su traje de gala, lleno de medallas hasta la boca del estómago–. Te he visto varias veces con el libro –me dijo casi con ternura, antes de estirar su brazo para estrechar el libro con sus dedos regordetes como los de un carnicero.

Aquella primavera del año 2004, en la cárcel de San Jorge, observé al general como si se tratara de un animal enjaulado. Lo vi comer, dormir, leer y caminar, pero nunca me atreví a conversarle: no ha declarado nada desde que entró en la prisión, el 5 de abril del año 2001, irónicamente, nueve años después de haber ordenado que el Ejército tomara por asalto las principales entidades del Estado para convertir a Fujimori en un presidente de facto. Faltaban sólo dos semanas para que comenzara la etapa oral de su proceso por el delito de peculado, en el momento que decidí acercarme con su libro en la mano. No se negó, pero tampoco dejó que le preguntara nada. Ejecutó un interminable monólogo en el que justificó sus actos y apenas pude interrumpirle para decir:

—General, si todo lo que usted dice fue así, entonces… ¿qué ocurrió?

El general me hizo notar que el sonido de la campana anunciaba el final de las visitas. Me prometió que volveríamos a conversar pero eso nunca sucedió. Lo busqué una semana después y me cerró la puerta de su celda. No lo volví a ver.

Su tono era napoleónico, de aquellos generales que sólo saben de victorias, pero durante la conversación ocultó otras proezas menos honrosas: 21.155.173 dólares distribuidos en seis cuentas a nombre suyo y de su familia en el banco privado Edmond de Rothschild, en Ginebra, y en el Union Bank of Switzerland, en Lugano. El general habló en esa forma en la que ciertos militares se refieren a la paz alcanzada en pos de una sociedad mejor. Acaso era una mañana demasiado tranquila para recordarlo, pero Hermoza prefirió olvidar los detalles de su obra pacifista: según los testimonios que obran en manos de jueces, procuradores y fiscales, él alentó la existencia del grupo Colina, el temido escuadrón de la muerte conformado por militares, liderado, en la más alta de las instancias, por el ex presidente Alberto Fujimori, en su calidad de Jefe Supremo de las Fuerzas Armadas. Este grupo se creó en 1991, con el objetivo capturar líderes terroristas. Pero terminó encabezando la guerra sucia en contra de los principales opositores del gobierno de Fujimori. Se sabe, por las investigaciones realizadas tras la caída de la dictadura, que el grupo Colina torturó, ultimó y desapareció a más de 41 personas. Crímenes que quedaron impregnados con olor a kerosene, el combustible con el que los aparatos de seguridad del Estado de las dictaduras más salvajes se deshacerse de sus víctimas.

Durante el verano del año 2001 la dictadura de Fujimori se desmoronó y las principales cabezas de su régimen comenzaron a rodar por los pasillos del Poder Judicial. El general Víctor Malca Villanueva, Ministro de Defensa desde 1991 hasta 1996, con una orden de arresto sobre su pellejo, huyó al extranjero. El general Julio Salazar Monroe, Jefe del Servicio de Inteligencia Nacional desde 1991 hasta 1998, cumplía entonces con una prolongada orden de arresto domiciliario[4]. Y, mientras otros 78 militares que trabajaron para la dictadura eran investigados por diversos delitos de corrupción, Nicolás Hermoza todavía disfrutaba de las comodidades que goza un general retirado: un chequeo semanal en el Hospital Central Militar, natación en el Club Social de Miraflores y footing en el Círculo Militar. Fue el invitado estrella en la inauguración de un parque y ocupó un palco de honor durante la ceremonia de toma de mando del general Walter Chacón Málaga co

mo el primer Comandante General del Ejército que no era digitado por Montesinos[5]. Sin embargo, su situación se precipitó ese mismo verano. El 19 de enero de 2001, Vaticano, apelativo del capo peruano de la droga Demetrio Chávez Peñaherrera, repitió lo que ningún fiscal se atrevía a investigar en la época en la que Montesinos controlaba los aparatos de inteligencia del Estado: Montesinos, así como el general Hermoza, le cobraron cupos para que militares acantonados en la selva cocalera del Alto Huallaga lo dejaran traficar pasta básica de cocaína con absoluta libertad[6]. Vaticano, quien aseguraba que mientras otros narcotraficantes eran iglesias, parroquias y capillas, él era ‘El Vaticano’, fue el principal abastecedor del Cártel de Medellín entre 1990 y 1992, cuando algunos soldados peruanos acostumbraban transportar cocaína en helicópteros del Ejército, tal como se sabe hoy por el testimonio de diversos oficiales. A Nicolás Hermoza lo procesaron por narcotráfico y pisó la cárcel de San Jorge en abril de 2001. El 24 de ese mismo mes, mientras estaba preso junto con otros seis ex comandantes generales de las Fuerzas Armadas, lo acusaron por corrupción de funcionarios, enriquecimiento ilícito y peculado, por las millonarias cuentas que le encontró la Oficina Federal de Justicia de Suiza, en Europa. Un año después, el 22 de mayo de 2002, lo acusaron de homicidio, tortura y desaparición, por el asesinato de 38 personas, eliminadas por el grupo Colina.

Durante sus años de gloria, Hermoza, ordenó incrementar el presupuesto de las Fuerzas Armadas, malversó fondos destinados a las zonas de emergencia e impulsó leyes que blindaron a los militares de cualquier acusación de violación de los derechos humanos. Negoció con el poder ejecutivo la designación de numerosas autoridades públicas e incluyó a su hermano en la lista parlamentaria del presidente Fujimori. Arrasó con las tradiciones castrenses, trastornó las jerarquías militares y pasó al retiro a los generales más destacados de las Fuerzas Armadas. Frustró la carrera de muchos oficiales honestos y los reemplazó por mediocres militares adictos al régimen. Ordenó que le colocaran todas las medallas del Ejército y se nombró a sí mismo Combatiente Mariscal Andrés Avelino Cáceres, con el grado de Honor, por la operación ‘Chavín de Huántar’, un rescate perfecto que nunca comandó. Abrió cuentas en el extranjero con el dinero que robaba, colocó una decena de propiedades inmobiliarias a nombre de testaferros y sobornó a coroneles y generales para que se quedaran con la boca cerrada. Se enriqueció a costa de millonarias comisiones por compras de armamento obsoleto y llevó a cabo planes de seguimiento, interceptación telefónica y amedrentamiento contra todos los opositores del gobierno. La revista Debate, que año tras año publicaba la lista de los hombres más poderosos del Perú, ubicó durante cinco años consecutivos al general Hermoza dentro de los tres primeros lugares, al lado de Fujimori y Montesinos. Actualmente, tiene 74 años y lo más probable es que nunca salga de prisión. Tiene veinticinco kilos de sobrepeso, recita poemas de César Vallejo, confecciona tarjetas navideñas con papel reciclado y come muchas hojuelas de salvado con leche descremada. Aunque haya sido el general más poderoso en toda la historia militar del Perú[7], su biografía jamás será registrada por ninguna reseña militar. En el sitio web del Ejército, que recoge la relación de los últimos comandantes generales, su nombre no aparece, como si los años transcurridos durante su hora nunca hubieran existido.

***

—Mi declaración se va a ajustar a la estricta verdad y realidad, tal como he tratado de demostrar durante todo mi proceso. Lo he repetido muchas veces y lo volveré a decir cuanto sea necesario: todos los fondos que recibí fueron recibidos de manera ilícita, de fondos públicos que consistían en excedentes de los presupuestos asignados a diversas áreas de la institución militar. Los montos mensuales, o bimensuales, me eran entregados por los oficiales de Economía del Ejército. Los montos eran aproximados y variables: 60.000 dólares del Comando Conjunto de las Fuerzas Armadas; 30.000 dólares de la Oficina de Economía del Ejército; 50.000 dólares del Comando Administrativo del Cuartel General del Ejército; y 10.000 dólares del Servicio de Intendencia del Ejército. Además, de las cantidades que he mencionado, también quiero declarar que por cada uno de los cuatro procesos electorales[8], desde 1992 hasta 1998, recibí 800.000 dólares. Sí, reconozco que soy culpable de los delitos que se me imputan –le dijo Hermoza a los magistrados.

Habían transcurrido cuatro años desde su última aparición pública. Aquella fría mañana del 15 de noviembre de 2004 comenzó la primera de todas sus audiencias por el delito de peculado. Había reemplazado el uniforme militar por un conservador traje gris con corbata crema. Sus escasos cabellos blancos, peinados sin agua ni fijador, lo convertían en un hombre prematuramente senil. Sus enormes orejas puntiagudas, sin el peso de su característica boina negra, parecían dos gigantescas antenas parabólicas carcomidas por el óxido. Su voz transmitía ira y contundencia. La sinceridad con la que parecía pronunciar cada una de sus palabras transformó la solemnidad en una mezcla de vergüenza y decepción. En la sala no hubo ningún rastro del temible militar que una vez marchó siete años consecutivos al frente de los institutos armados. Pero nadie parecía recordarlo.

Hermoza, además de confesar con detalle sus delitos, narró cómo nombró a cada general y coronel que participó dentro de su red. Esa mañana, antes de que comenzaran los interrogatorios, me crucé con tres de sus colaboradores. En una de las bancas de cemento, en la antesala de la corte, estaban sentados y vestidos sin sus uniformes los generales Marcelino Zevallos Málaga y Jesús Rejas Olivares, junto con el coronel César Luis Abt Torres, secretario personal de Nicolás Hermoza durante los años que duró su poder. Esperaban la orden de los vocales para pasar a declarar.

—Nosotros tenemos que decir la verdad –murmuró Zevallos Málaga.
—Chino –le dijo Zevallos a Rejas–, no pueden jodernos por obedecer órdenes. ¡Carajo!, somos militares. ¿Qué chucha esperan de nosotros?

La campana sonó y los tres militares se tomaron de las manos. Se las apretaron con fuerza, como los actores antes de entrar a escena. Nicolás Hermoza los esperaba sentado, acompañado por el resto de sus cómplices: esposa, dos hijos, dos hijastros y seis testaferros. En uno de los recesos, conversé con el coronel Abt Torres, el hombre del general Hermoza.

—¿Pensó que pasaría todo esto? –le pregunté.
—A ese hombre que está ahí yo nunca lo he conocido –respondió.
—¿A qué se refiere? –insistí.
—Hermoza fue un hombre de honor, éste que está aquí es un ladrón cualquiera  –dijo con profundo malestar–. Siempre creí que fue un militar honesto, con él hice toda mi carrera –concluyó el coronel antes de volver a la sala.

Podrían haber parecido las palabras de un hombre extremadamente leal. Sin embargo, hasta hoy día, muchos de los militares con los que conversé aún se sorprenden al saber que Nicolás Hermoza está procesado por corrupción, asesinato y narcotráfico. Para los oficiales de su época, fue un ejemplo de militar disciplinado. Hermoza fue el primer Comandante General que visitó cada uno de los cuarteles del Ejército a lo largo de los 24 departamentos del Perú. Como si se tratara de Papá Noel, Hermoza aterrizaba en los aparatosos helicópteros MI-17 con enormes bolsas de chocolates, medicinas y caramelos para repartirlos entre la tropa de cada base. Para ellos, la carne de cañón, era como ver al Señor de los cielos descender desde las alturas. Se enfrentó repetidas veces a Fujimori y Montesinos para defender a los militares acusados por violaciones a los derechos humanos y no dudó en amenazarlos con la salida de sus tanques. Trotaba por la pista junto con los comandos y le gustaba aparecer en televisión ejecutando dolorosas planchas con el puño. La prensa dijo que Hermoza era “el otro presidente” y eso llenó de orgullo a siete generaciones de militares. Sin embargo, ahora, años más tarde, acepta sin ningún tipo de escrúpulo sus delitos y reseña con detalle cómo llevó a cabo cada una de sus ilícitas operaciones.

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El 28 de julio de 1990 Fujimori, tras haberse hecho de la banda presidencial, cesó al Presidente del Comando Conjunto de las Fuerzas Armadas y Comandante General de la Marina de Guerra, vicealmirante Alfonso Panizo Zariquiey, junto con otros once jefes de la Armada. Montesinos, convertido en el principal asesor en temas de seguridad y defensa del presidente, le dijo a Fujimori, entonces un novato en asuntos castrenses, con informes falsos de inteligencia, que la Armada preparaba un golpe en su contra. Meses más tarde, Montesinos hizo lo mismo con el ejército, no sin antes quitarse de encima algunas piedras del zapato. El pretexto: otro golpe de Estado, esta vez, orquestado desde los cuarteles. Y Fujimori, nuevamente, lo creyó. El 7 de noviembre de 1990, durante el 73° aniversario de la Revolución de Octubre en la embajada de la (entonces) Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas, Fujimori afirmó que hubo un intento de golpe que finalmente fracasó. A día siguiente, por recomendación de Montesinos, destituyó al entonces Comandante General del Ejército, general Jorge Zegarra Delgado, y lo reemplazó con el entonces Inspector General del Ejército, general Pedro Villanueva Valdivia, número tres en la línea de comando, un sumiso militar sin ascendencia[9]. El cargo le correspondía, por tradición y jerarquía, al número dos del ejército, Jefe del Estado Mayor del Ejército, general Juan Fernández Dávila, pero su rechazo al ex capitán del Ejército lo colocó en la mira del ex asesor de inteligencia: Montesinos filtró a la prensa documentos que vincularon al general Fernández con un sonado caso de corrupción. Fujimori optó por pasarlo al retiro. A partir del 1 de enero de 1991, Fujimori empezó su mandato renovando el Alto Mando del Ejército: el general Nicolás Hermoza Ríos, entonces Jefe del Comando General de Logística del Ejército (Cologe), fue nombrado Jefe del Estado Mayor del Ejército. El general Luis Palomino Rodríguez, entonces Comandante General de la 5ª División de Infantería de la Selva, fue nombrado Inspector General del Ejército. Esa misma fecha, en reemplazo del general Hermoza, el general José Pastor Vives se hizo de la jefatura del Cologe.

En los primeros días del año, Pastor Vives ordenó una auditoría sobre todas las compras hechas por su predecesor. La contraloría del Cologe determinó que los archivos respecto a las compras hechas en 1990 estaban incompletos[10]. El 17 de febrero de 1991, el general Pastor le solicitó al general Palomino Rodríguez, a través de un memorando, que Inspectoría echara sus narices sobre los contratos suscritos por Hermoza en 1990. Semanas más tarde, el 15 de marzo, antes de que lograran investigar al general Hermoza, el Comandante General ordenó que Pastor y Palomino fueran removidos de sus cargos. Pastor fue destacado a la selva como nuevo Comandante General de la 5ª Región Militar y Palomino viajó a Israel con la extraña misión de llegar a Kuwait, en plena Guerra del Golfo Pérsico, para recoger sus impresiones del conflicto armado entre Irak y los Estados Unidos. Paradójicamente, eran los dos únicos personajes que podrían haber detenido al hombre que meses más tarde se convertiría en el hombre de uniforme más poderoso del Perú.

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Un año antes, en 1 de enero de 1990, Fujimori soñaba con ser presidente, montado sobre timón el timón de un pequeño tractor color amarillo. Entonces, el general Nicolás Hermoza acababa de ser nombrado Jefe del Comando General de Logística del Ejército (Cologe). Su misión incluía, además de cumplir con el abastecimiento de las principales necesidades del Ejército, suscribir contratos con las empresas que se encargarían de proveer de material de guerra a lo largo del año. Durante ese periodo, el representante de una desconocida empresa israelí ganó todos los concursos, contratos y licitaciones con el Ejército. Su dueño: James Eliot Stone Cohen, un comerciante judío que parecía haber nacido con la estrella de David sobre la frente. Hermoza, durante los primeros meses de 1990, gracias a los tratos que firmó con Stone por la venta de 100 camiones Command Car, 1.730 fusiles de asalto Galil, 5.340 municiones calibre, 70.000 equipos de campaña para soldados[11] y 10.000 equipos de campaña para la División de Fuerzas de Especiales (DIFE), acumuló una incipiente pero prometedora fortuna. Amparándose en el secreto militar, Hermoza convocó licitaciones sin concurso público y autorizó compras sin la aprobación de la Contraloría General de la República. Por cada licitación en favor de Stone, el general Hermoza cobró entre el ocho y diez por ciento del valor total de los contratos[12]. Para asegurarse de que sus negocios con el israelí se prolongaran más allá de 1990, ordenó estandarizar el material de guerra para tropa: todo tenía que ser israelí, desde los pasadores de los borceguíes hasta la punta de las bayonetas. El resultado: su primer depósito en el extranjero, hecho el 1 de noviembre de 1990, a nombre suyo y de su familia. A partir de 1992, como Comandante en Jefe de las Fuerzas Armadas, contrató al resto de la gavilla de Stone: los traficantes de armas Tzvi Sudit Wassermann, Moshe Rothschild Chassin, Jean Devrout Van Beckhoven y Enrique Benavides Morales, para equipar los institutos armados de granadas, pistolas, metralletas y fusiles, hasta helicópteros y aviones de combate. Bajo los seudónimos de ‘Fernanda’, ‘Sipán’ y ‘Pachacútec’, Hermoza depositó en Ginebra, en el Edmond de Rothschild, el dinero que los traficantes le iban consignando. El 11 de julio de 1995, durante su retorno de la República Popular de China, el general Hermoza hizo una escala en Nueva York en donde Stone Cohen lo esperaba con una sorpresa: un maletín de cuero con 400.000 dólares, listos para ser depositados en el Union Bank of Switzerland Corporation of New York. De regreso, en Lima, sin hacer mayores comentarios, Hermoza les solicitó a sus dos hijos y su esposa que firmaran los documentos que los acreditarían como propietarios de las cuentas[13].

Un mes después, en agosto de 1995, el general Hermoza, en el despacho de su casa, le ordenó a su familia que se quedara con la boca cerrada.

—Si esto se sabe, todos podemos ir presos –les dijo, tal como recordó Nicolás Hermoza Quiroz, el hijo menor del general, el día que le tocó ser interrogado por la sala que juzgó los delitos de su padre.

Con el aval de su familia, Hermoza aperturó tres cuentas bancarias más en Nueva York a nombre de Nanda Ltd., Atenea Inc. y Pegaso S.A. Dos años después, en 1997, los operadores bancarios del general Hermoza, Carlos Valderrama y Ernesto Strickler, transfirieron el dinero de Nueva York a una sucursal en Lugano: 6.231.343 dólares. En 1999, los tres depósitos hechos en el Edmond de Rothschild se transformaron en The Creston Trust, The Garden Trust y The Arcadia Trust: 14 923.849 dólares.

En febrero de 2001, la Comisión Waisman, la misma que investigó todos los crímenes cometidos por la dictadura de Fujimori, interrogó al general Hermoza por presuntos delitos de corrupción: se declaró inocente. Sin embargo, el 11 de abril, encarcelado por una acusación de narcotráfico, la Oficina Federal de Justicia y la Policía de Suiza, bajo la batuta de la fiscal del IV Cantón de Zurich Cornelia Cova, hallaron los depósitos hechos por Hermoza en el Edmond de Rothschild. El 18 de abril ordenaron el bloqueo de sus cuentas, así como el levantamiento de su reserva tributaria. Esa misma semana lo procesaron por delito de peculado. Su familia huyó al extranjero: su esposa y su hija a Miami y su hijo a Santiago de Chile. El 9 de mayo del mismo año, la Embajada de Suiza en Lima informó sobre depósitos hechos en el Union Bank of Switzarland. Hermoza, sin ninguna salida, confesó. Días más tarde, su familia retornó para entregarse a la justicia. El general Hermoza, desde 1990 hasta 1998, le cobró cerca de 9.500.000 dólares a los traficantes de armas y le robó a las Fuerzas Armadas cerca de 2.160.000 cada año. Stone Cohen fue capturado en Miami en abril de 2004 y llegó extraditado al Perú. Se acogió a la colaboración eficaz, estatus que le brindó ciertos privilegios a cambio de información. Está preso junto con el general Hermoza en el penal San Jorge, a sólo unas celdas de distancia. Durante el proceso por peculado, la defensa del general solicitó a Stone como testigo. A pesar de que lo había traicionado, se trataba de un testimonio bastante útil: Stone podía corroborar que la fortuna del general era producto de la codicia y no del narcotráfico, delito que podría haberlo encerrarlo por el resto de su vida. Hermoza, tras haber declarado, se convirtió en el colaborador eficaz 002, el segundo de la red montesinista que puso su pellejo a disposición de la Justicia, después de Matilde Pinchi Pinchi, conocido en los archivos del Poder Judicial como la colaboradora eficaz 001. Durante los años noventa, a partir de 1993, Stone empezaría a traficar armas directamente para Vladimiro Montesinos, así como Sudit, Rothschild, Devrout y Benavides. Si existe una persona que le enseñó al ex asesor de Fujimori el arte de administrar el lucrativo ejercicio de traficar armas en el mercado negro de Europa del Este, ese hombre sin temor a equivocarme fue el general Hermoza.

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La fatalidad se deshizo de sus obstáculos. El general Nicolás Hermoza nunca tuvo la primera opción para llegar hasta la Comandancia General del Ejército. Tal como dictaba la Ley de Situación Militar del Ejército, antes de Fujimori llegara al poder, los generales que componían el alto mando, cesados tras haber cumplido 35 años de servicio, daban paso a la próxima generación de generales. Así, a partir de 1992, le correspondía a la 60° promoción ‘Teniente Coronel Ricardo O’Donovan, egresada en 1958 de la Escuela Militar de Chorrillos, ocupar los cargos más importantes en el escalafón. El general Hermoza era parte de esa promoción, pero, por encima de él, existían otros siete oficiales que podrían haber alcanzado el grado más alto al que aspira un general. Wilfredo Mori Orzo fue Espada de Honor de su promoción[14], pero la masacre de 69 campesinos en un poblado de los Andes[15], mientras ocupaba el cargo de Jefe de la Zona de Seguridad Nº 5, en Ayacucho, lo obligó a pedir su retiro en 1985. Juan Alvarado Trujillo, número dos de su promoción, perdió la vida en 1979, en un intento por rescatar a sus hijos de la furia del río Amazonas. Jorge García Castro, número tres, sólo llegó a coronel. Jorge Rabanal Portilla, General de Caballería, ocupó la cuarta posición, pero el brutal develamiento de un motín de presos por terrorismo en el penal El Frontón, mientras él se desempeñaba como Comandante en Jefe de la Guardia Civil del Perú, en junio de 1986, descalificó para siempre su carrera. Carlos Porteros Vega, quinto, sólo llegó a coronel. Juan Ponce de León, sexto cadete de su promoción, se limitó a ascender a comandante. Hugo Chau Busanich, Comandante de Artillería, ocupó la séptima posición. Sin embargo, un accidente automovilístico lo relegó del resto de sus compañeros: en julio de 1982, el automóvil que manejaba Víctor Malca Villanueva, compañero de Chau y más tarde Ministro de Defensa del régimen de Fujimori, se despistó mientras iban por la carretera Panamericana. Malca quedó ileso pero Chau perdió parte de la vista. La octava posición era de Nicolás Hermoza Ríos, un tímido cadete que no ganó ninguna medalla durante los años que estuvo en el equipo de atletismo de la Escuela Militar de Chorrillos. Fue corredor de fondo, pero una artritis en la rodilla no le permitió destacar en los deportes. Se operó la rodilla en 1998, con el dinero que, según él manifestó en su proceso, le robó al ejército.

Mientras que a Mario Sencebe Huarcaya, capitán del equipo, le llamaron “el tren de Chorrillos”, a Nicolás Hermoza le apodaron ‘”la vieja” por su extraña manera de caminar: era un poco jorobado y sus pies formaban una escuadra, como los patos. Era corto de palabra y pasaba más horas con sus libros que con el resto de cadetes. También lo llamaron “filósofo”, pero su hábito nunca lo llevó a destacar en los estudios. Declamaba poesías en público y cantaba en los días festivos. Era humilde y silencioso. A finales de 1991, uno de los menos indicados –ya había recibido sobornos por la venta de armas– para ejercer el cargo tenía las cartas echadas sobre la mesa. Para Montesinos era el hombre que había estado esperando: corrupto y sumiso, esa mezcla de sujetos que le gustaba tener cerca. El 8 de noviembre de 1991, la Cámara de Senadores, con mayoría fujimorsta, aprobó la Ley del Sistema de Defensa Nacional, que modificó la Ley Orgánica del Ejército. A partir de esa fecha, el Presidente tenía la facultad de elegir entre los tres comandantes generales al director del Comando Conjunto de las Fuerzas Armadas. Ese mismo día también se aprobó la nueva Ley de Situación Militar, que fijó nuevos límites de edad para los generales que desempeñaban cargos estratégicos dentro de la cúpula militar. El objetivo de Fujimori era reservarse el derecho de elegir a los generales que lo acompañarían en su aventura golpística: el general Hermoza debería haber pasado al retiro a finales de 1991, fecha en la que cumplía 35 años portando el uniforme castrense… pero Montesinos tenía planes para él.

Aquella fecha, Hermoza, entonces Jefe del Estado Mayor del Ejército, número dos en la cadena de mando, estaba preocupado. No era un general influyente y, hasta ese momento, no formaba parte del círculo de Montesinos. El 15 de diciembre de 1991, Hermoza llamó a la Junta Interamericana de Defensa, y se comunicó con un amigo suyo: el representante del Perú en Washington, el general de Infantería Jaime Salinas Sedó, entonces uno de los generales más influyentes y destacados del ejército.

—Jaime –le dijo Nicolás Hermoza–, sé que te han ofrecido el Ministerio de Defensa. Sólo te pido que respetes mi antigüedad –recordó Salinas entrevistado por la revista Caretas en 1993. Hermoza y Salinas eran amigos desde que trabajaron juntos como asesores del entonces Comandante General del Ejército, general Carlos Arnaldo Briceño Zevallos, en 1981. Aquella mañana, Hermoza escuchó que Montesinos le propuso a Salinas, tal como lo hizo en 1990, la cartera de Defensa y, por lo tanto, podía convertirse en una figura importante a la hora de elegir a los próximos comandantes generales de las tres armas.
—Nico –le contestó Salinas–, ése es un ofrecimiento muy reservado y sería mejor que, por el momento, lo mantengamos así. En todo caso, todavía no he tomado una decisión.

Tres días después, el 18 de diciembre, todo se precipitó. Montesinos le ordenó al entonces Comandante General del Ejército, general Pedro Villanueva Valdivia, que firmara 45 resoluciones de pase al retiro en blanco. Los nombres, le dijo Montesinos, los agregaría más tarde junto con el Presidente. Villanueva advirtió que Montesinos pretendía deshacerse de varios destacados generales y se negó a suscribir los documentos. Había obedecido todas las órdenes de Montesinos, pero pasar al retiro a los más influyentes oficiales podría haberle merecido el repudio de toda la institución. Ese mismo día, por la tarde, Fujimori destituyó al general Villanueva y lo destacó a la agregaduría militar del Perú en España, un cargo para generales de menor jerarquía[16]. Mientras tanto, Montesinos organizó una reunión en la casa de un viejo conocido, un comandante retirado del Ejército desde 1975: Jorge Whittembury Rebaza, el mismo con el que Montesinos compartió celda, en 1976, cuando fue acusado de vender información a la CIA. Hasta la casa, ubicada en el próspero distrito de Las Casuarinas, llegó el Jefe del Estado Mayor del Ejército, general Nicolás Hermoza Ríos, junto con el entonces Jefe de Contabilidad de la Oficina de Economía del Ejército, general Enrique Causo Calderón.

—El Ejército atraviesa una grave crisis de insubordinación. General Hermoza, necesito su respaldo –le dijo Montesinos, con ese tono solemne con el que se dirigía a los militares.
—Soy un hombre de principios, estoy subordinado a la Constitución –le respondió Hermoza, tal como recordó uno de sus colaboradores con los que conversé.

Montesinos le ofreció la Comandancia General del Ejército y Nicolás Hermoza aceptó con una sonrisa. Por la tarde, se encontraron en el Cuartel General del Ejército, el enorme edificio en forma de T al que todos llaman Pentagonito. Para no despertar sospechas, Nicolás Hermoza se ocultó dentro de la maletera del carro del general Causo, aplastando su masa corporal contra el aro de una llanta de repuesto. En el sótano del edificio, en presencia de otros altos oficiales, la propuesta se hizo oficial. Tras bambalinas, el Ejército tenía nuevo comandante.

Lo primero que hizo Nicolás Hermoza, reconocido como Comandante General del Ejército el 19 de diciembre de 1991, exactamente un día antes de cumplir 57 años, fue firmar el cese de los cinco generales que podrían haber ocupado la Comandancia General del Ejército durante los próximos cuatro años: Salinas Sedó, entonces amigo suyo, que se enteró estando en Washington; Palomino Rodríguez[17], en Francia; y los generales Víctor Obando Salas y Luis Soriano Morgan, en Lima[18]. El caso de Pastor Vives[19] fue diferente. Nicolás Hermoza viajó hasta la 5ª Región Militar, en la selva, para comunicárselo personalmente.

—¿Quién mierda te has creído para hacer esto? –le gritó Pastor a Hermoza.
—Son órdenes del Presidente –le contestó sin dar más explicaciones. Los oficiales acantonados en la base militar de Iquitos le dijeron al general Pastor que se levantarían en contra del general Hermoza como muestra de protesta, pero Pastor aceptó su destino  e hizo retroceder a sus oficiales.
—Hermoza cometió el peor acto de cobardía y sumisión –me comentó el general Pastor mientras conversábamos en su despacho, una mañana de 2004, rodeados por miniaturas militares de cobre y porcelana[20]–. Se sometió al poder de Montesinos a costa de nuestras carreras –me dijo Pastir un hombre bajo pero ancho, con fisonomía de pesista jubilado. De no ser por Hermoza, Pastor podría haber sido Comandante General del Ejército en 1994.

El 1 de enero de 1992, Hermoza fue nombrado Presidente del Comando Conjunto de las Fuerzas Armadas y más tarde Jefe del Comando Operativo del Frente Interno (COFI), encargado de la lucha contra la subversión y el narcotráfico. El 3 de abril de 1992, en la casa del mismo  general Hermoza, el ex presidente Alberto Fujimori, acompañado por Montesinos, convocó al alto mando de las Fuerzas Armadas, integrado por el Ministro de Defensa, Víctor Malca Villanueva, el Ministro del Interior, Juan Briones Dávila, el Jefe del Estado Mayor del Ejército, Pedro Valdivia Dueñas, el Jefe Nominal del Servicio de Inteligencia Nacional, Julio Salazar Monroe, el Comandante General de la Fuerza Aérea del Perú, general Arnaldo Velarde Ramírez, el Comandante General de la Marina de Guerra del Perú, almirante Alfredo Arnais Ambrosiani, así como por el Director General de la Policía Nacional, Víctor Cubas y Escobedo; para dictar las directrices del golpe de Estado del 5 de abril. Esa misma tarde, el general Hermoza manifestó que iban a ejecutarse detenciones contra los principales opositores del régimen. Por la mañana del 4 de abril de 1992, Hermoza se reunió con los comandantes generales de las cinco regiones militares. El 5 de abril de 1992, el general Hermoza ordenó que tanques y soldados tomaran por asalto el Parlamento, el Poder Judicial y los principales medios de comunicación. Sentado en la sala de su despacho, junto con los propietarios de los canales televisivos más importantes[21], Hermoza encendió su televisor para oír el mensaje del presidente Fujimori, convertido en el último dictador del siglo pasado: “disolver, disolver, disolver”, se le escuchó decir por el televisor aquella noche. Hermoza, el joven cadete que pasó inadvertido durante toda su carrera, se transformó de pronto en el tercer hombre más poderoso del país. Ese mismo año, cumplía 35 años de servicio y debería haber sido cesado por límite de edad, pero el dispositivo legal, implementado por la dupla Fujimori-Montesinos, le otorgó la oportunidad de quedarse con el poder absoluto por tiempo ilimitado. Con el paso de los años, ese poder engordó de manera desmesurada, como la dupla jamás imaginó. La revista , uno de los pocos medios independientes que quedaban, publicó en 1993 una carátula con la cara de Fujimori partida como trozos de un vidrio reventado: “Quien con militares se acuesta, golpeado amanece”, decía la revista en su primera página. Era evidente que desde 1994 existían dos bandos en las Fuerzas Armadas: los ‘hermocistas’ y los ‘montesinistas’. Pero el amor llegó a su fin el 22 de abril de 1997, el día que un grupo de comandos rescataron a 72 rehenes de la Embajada de Japón en Lima.

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Ninguna persona lo notó, pero su hijastra lo llamó “tío”. Roxana Cecilia Ríos Quiroz había compartido el mismo techo que el general Hermoza hasta los 16 años, fecha en la que se casó con un hombre mayor por haber quedado embarazada, el mismo con el que tuvo su primer hijo y su primera decepción. Aquel hombre la abandonó y tuvo que valerse sola para mantener a su pequeño. Pese a sus necesidades, juró nunca más regresar a la casa de su padrastro, quien, como sostuvo Roxana durante la audiencia, nunca la trató con el cariño que merece la hija de la mujer que se ama. Pero el vínculo que existía entre Roxana Cecilia y el general iba más allá de compartir el mismo techo. Roxana Cecilia era hija del técnico de primera Máximo Ríos Lozano, primo hermano del general Hermoza por parte de madre. Juana Luisa Quiroz Bocanegra, esposa del general Hermoza, convivió con el padre de Roxana Cecilia hasta que esta lo dejó por el joven capitán del Ejército que entonces era Nicolás Hermoza Ríos en 1962, cuando Roxana Cecilia era una bebé de dos años.

En 1993, Roxana Cecilia no tenía casa propia y apenas ganaba para poder rentar un pequeño apartamento. Estaba desesperada. Entonces no sabía nada de la vida del general Hermoza, hasta que lo vio por televisión, convertido en el hombre poderoso del régimen de Fujimori. Llamó a su madre para pedirle que el general Hermoza le prestara dinero para poder sobrevivir. Hermoza le hizo llegar 30.000 dólares. Con ese monto se compró una casa en el distrito de Surquillo, una zona de clase media. Meses más tarde, el general le alcanzó otros 19.000 dólares y con eso Roxana Cecilia se compró un vehículo del año. En 1996, el general le entregó la última partida: 114.000 dólares. Roxana Cecilia compró dos casas más. Puso una cebichería y rentó una de sus propiedades.

—Yo sabía que el dinero era de procedencia ilícita. Sabía que era Comandante General, pero no podría haber ganado tanto dinero como para dármelo de esa manera –dijo Roxana Cecilia a los magistrados durante el proceso oral por peculado. El fiscal preguntó por qué aceptó entonces si sospechaba que se trataba de dinero ilícito
—Acepté porque consideré que era una compensación por las cosas que me hizo vivir –confesó Roxana Cecilia entre lágrimas. No explicó qué cosas le hizo vivir el general, pero preguntárselo habría sido en vano: aquel capítulo lo tenía cerrado como un libro que se echa a una pira. La acusaron por delito de encubrimiento. La Fiscalía solicitó cinco años de cárcel. Tiene 48 años. Es casi evidente que la mayoría de ellos han sido un péndulo entre malos y peores. Se casó hace unos años. Tuvo otro hijo. Intenta, como dijo ella, reconstruir su vida. El día que leyeron su condena la absolvieron de todos los delitos.
—Estoy decidido a pagar por mis delitos –dijo el general tras haber oído la declaración de Roxana–. Al haber involucrado a mi esposa e hijos en los ilícitos cometidos, lo hice pensando en asegurarles su futuro, ya que estaba sujeto a muchos riesgos, pues he volado más de mil horas en helicóptero, estaba sujeto a accidentes en cualquier momento, como le ocurrió a otros oficiales, por lo que indebidamente involucré a mi familia, utilizándolos. Mi esposa y mis hijos conocían lo que iba a depositar, pero ninguno sabía el origen de la fuente de recursos indebidos. Estoy arrepentido de haber involucrado a mis hijos y, sobre todo, a mi mujer. Ella tiene setenta años –dijo Hermoza sin referirse en ningún momento a Roxana ni a Lorenzo Arturo, su hermano, un sujeto ocho años mayor que ella que fue procesado por los mismos delitos. También quedó absuelto.

Traté de comunicarme con Máximo Ríos Lozano, pero una voz femenina en el teléfono me dijo que este falleció en 2003. Entre militares existen códigos tácitos que no necesitan estar inscritos en ningún reglamento. Es parte del ser militar, parte de la sustancia. Una de esas consignas dice que quitarle la mujer a un compañero de armas es peor que una aberración. Muchos de los militares con los que conversé me aseguraron incluso que uno podría ser expulsado de la institución por ese motivo: para ellos es como quitarle la mujer a un hermano. Sin embargo, más grave aún, es arrebatarle el amor a un soldado de menor grado, tal como lo hizo Nicolás con su primo Máximo, con el que lo unía un lazo sanguíneo. Un ex Comandante General del Ejército, discípulo del general Hermoza, calificó la actitud del general Hermoza como una abominación. “En el ejército existen muchas cosas que podemos perdonar. Muchos han hecho fortunas robando, todos lo sabemos, pero no existen palabras para clasificar este tipo de conductas. Es sencillamente abominable”, afirmó.

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Si Nicolás Hermoza quiso meterse en problemas, se topó con las personas indicadas. Entre 1985 y 1986, ascendido de coronel a general de brigada, Nicolás Hermoza Ríos viajó con su familia a Trujillo, en la costa norte del Perú, para ejercer la Comandancia General de la 32° División de Infantería del Ejército. Allí comenzó a labrar su fortuna. En la 32° División de Infantería, ubicada en Trujillo, capital del departamento La Libertad, que se llamó Ciudad Bolívar tras la independencia del Perú, Hermoza trabajó con los que más tarde formarían parte de su red. El entonces capitán Miguel Ángel Gómez Rodríguez era Jefe de la Compañía de Intendencia de Trujillo y tenía a su cargo el manejo de la economía del cuartel. El entonces coronel César Saucedo Sánchez fue Inspector General en Trujillo en 1985 y Jefe del Estado Mayor en 1986. El coronel Marco Rodríguez Huertas fue Jefe de Estado Mayor de Trujillo en 1985 e Inspector General en 1986. El entonces coronel Róger Burgos León fue Jefe del Comando de Logística de Trujillo.

—Todo comenzó en Trujillo –me dijo Evaristo Castillo Aste[22], un mayor retirado del Ejército que camina por la calle con unos enormes lentes oscuros. Es un hombre alto, de músculos anchos, con aspecto de galán de novelas mexicanas. En 1985 era capitán y fue destacado a la 32° División de Infantería de Trujillo como Jefe del Servicio de Asuntos Sicosociales (SAS).
—Yo llegué a Trujillo para hacer inteligencia, pero con Hermoza como jefe del cuartel, me dediqué a perder mi tiempo.

Desde que llegó, Hermoza le encomendó fabricar una lista con el nombre de los generales de división que ocupaban, hasta ese momento, los cargos más importantes en el Ejército. La lista elaborada por el jefe del SAS incluyó, además, los nombres de las esposas de cada militar.

—Hermoza era un gran pendejo. Yo podría decir que lo ayudé a robar, sin recibir un centavo. Fui su alcahuete –me confesó Castillo mientras conversábamos en un café del centro de Lima. Hace doce años que no viste un uniforme pero, como la mayoría de militares, le gusta que lo llamen por su grado: mayor.

Castillo, durante los dos años que trabajó con el general Hermoza, organizó recorridos turísticos para las esposas de los generales más importantes, alrededor de los museos, los hoteles, las discotecas, las playas, los centros arqueológicos y los restaurantes. Además de ser el guía de cada una de esas visitas, tenía que bailar con ellas cuando se les antojaba visitar una peña.

—La plata para los paseos salía del presupuesto que manejaba Gómez. Burgos ponía los jeeps por orden de Saucedo y Rodríguez –me dijo Castillo.
—¿Qué tenían que ver esas atenciones con sus generales con el desvío de fondos del presupuesto de la base en Trujillo? –le pregunté al mayor Castillo.
—Para que no lo jodieran. En la lista que yo hice tenía anotados los días de los cumpleaños de los generales y sus esposas. A las mujeres, Hermoza les regalaba perfumes y, a los esposos, maletines de cuero o licores carísimos. Los tenía a todos comprados. Nadie se metía con él.

Años más tarde, en 1990, Miguel Ángel Gómez Rodríguez trabajó junto con Hermoza en el Cologe como Jefe de la Sección de Adquisiciones del Departamento Administrativo del Cuartel General del Ejército. En 1992, Hermoza lo nombró Jefe del Departamento de Economía del Comando Administrativo del Cuartel General del Ejército, cargo que ocupó hasta 1998. Era, por decir lo menos, su cajero particular desde 1984.

—Cuando él me solicitaba dinero para viajar a las zonas de emergencia, yo se lo entregaba y nunca me devolvía lo que sobraba. En 1993 yo le llevaba el dinero a su oficina en sobres de manila y él los guardada en su cajón. Sacaba una parte y me la daba. Él decía: “para que lo administres tú”. Y siempre quedamos así. Si había un saldo de 25.000 dólares, me decía que yo “administrara” 5.000 y que él “administraría” los otros 20.000. Administrar era como decir “agárratelo para ti, guárdatelo y no pidas más” –dijo Gómez Rodríguez ante una corte penal en junio del año 2001. Hoy está preso. Lo condenaron a ocho años de cárcel.

César Saucedo Sánchez se desempeñó más tarde como Ministro del Interior, Ministro de Defensa, Presidente del Comando Conjunto de las Fuerzas Armadas y Comandante General del Ejército. Se le descubrió una cuenta con tres millones de dólares y varias propiedades a nombre de sus hijas. Está preso y sus tres hijas, testaferras suyas en varios inmuebles, viven a salto de mata, con inapelables órdenes de captura.

Marco Rodríguez Huertas fue Presidente de la Caja de Pensión Militar Policial, la entidad financiera de los militares jubilados que durante la dictadura de Fujimori dilapidó 274 millones de dólares de sus fondos de pensiones. Está preso con una condena de cinco años por delante.

El general Róger Burgos León alcanzó la jefatura del Cologe en el año 2000.

—El Cologe era la instancia encargada de efectuar todas las compras que requería el Ejército, pero como algunos temas no pasaban porque ya eran demasiado desvergonzados, se buscó otro canal más simple y se creó el “Cologito” –dijo Burgos ante una corte penal en noviembre del año 2001. En el verano de 1995, mientras soldados peruanos se enfrentaban al Ejército de Ecuador durante la guerra de El Cenepa, el Cologito, a cargo del general Renzo Rejas Olivares –procesado junto con Hermoza por peculado– gastó, según la información que manejan los juzgados, 40 millones de dólares en armamento que nunca llegó a las manos de los soldados.

Durante esa guerra, a principios de 1995, el general Hermoza acostumbró llegar junto con las cámaras de televisión a lo que él denominó el “teatro de operaciones”. Mostraba mapas, caminaba junto con la tropa y le daba órdenes a sus coroneles y generales delante de la prensa. Cuando las luces de las cámaras se apagaban, el general partía de regreso a Lima. Meses antes, en noviembre de 1994, el general Vladimiro López Trigoso, Jefe de la 5ª. División de Infantería de la Selva, ubicada al borde de la frontera con Ecuador, le informó al general Hermoza que el conflicto armado era inminente: tanto, que existían dos bases ecuatorianas dentro del Perú. Hermoza nunca le escuchó. A mediados de 1995, tras el cese del fuego, López Trigoso publicó una carta, entonces de manera anónima, en la revista Caretas. Allí denunció los atropellos cometidos por el alto mando del Ejército: “Gastamos combustible de los helicópteros en paseos para los reporteros. Las botas de los soldados se parten y deben caminar descalzos por la selva equipados con armamentos muchas veces inservibles”, escribió López en una misiva que hasta la fecha le aflige reconocer.

—El primer helicóptero peruano que cayó durante la guerra era de transporte. Eso fue un error fatal. A la cabeza del convoy debería haber estado un helicóptero de combate MI-26, con radar antimisiles, pero no fue posible, porque a unos reporteros se les antojó viajar ahí. Nos ordenaron que les demos todas las facilidades a los periodistas, cosa que nunca debí permitir. La delantera la tomó el MI-7, sin equipo de radar, y cayó derribado. Los reporteros grabaron los precisos instantes en los que el helicóptero de transporte explotó en el aire –me dijo López Trigoso, muchos años después de la guerra, en la clínica privada en la que trabaja[23].

Hermoza destituyó a López Trigoso de su cargo y lo trasladó a Lima para ejercer un puesto administrativo. En su reemplazo, se creó la 6ª Región Militar, a cargo del general Luis Pérez Documet, un oscuro general vinculado con el asesinato de decenas de estudiantes en la Universidad de Huancayo, así como con la masacre de La Cantuta como jefe de la División de Fuerzas Especiales que controlaban las universidades en Lima. Durante la guerra, Hermoza se mantuvo refrescado por el aire acondicionado de su despacho, en el sexto piso del Pentagonito.

—En esa época él escuchaba unos discos que le mandamos a grabar con Rejas Olivares para que se relajara. Había música de guitarra, de valses y boleros, sin voz, como para que el general, que le gustaba cantar, pusiera la suya –me dijo una tarde de 2004 el general Gustavo Bobbio Rosas, secretario personal de Hermoza en 1995[24].

Evaristo Castillo le cargó las maletas al general Hermoza durante dos años consecutivos. Se hizo amigo de su hijo y llevaba de paseo a su esposa cada vez que sus amigas llegaban a Trujillo. El general Hermoza jamás imaginó que, años más tarde, Castillo, como testigo del Estado en uno de los casos más importantes de narcotráfico, pasaría de ser su ex colaborador a uno de sus principales y más eficaces verdugos.

***

Nicolás Hermoza nació el 20 de diciembre de 1934, a la hora en la que el sol se pone sobre el polvo que baña el distrito de Callería como una fina sábana de modorra y olvido, en la provincia de Coronel Portillo, Pucallpa, departamento de Ucayali. Su padre, Federico Hermoza Costa, lo inscribió con el nombre de Nicolás de Vari –años más tarde lo cambió por Bari– Hermoza Ríos, cuatro días después de su nacimiento. Su madre fue Miguelina Ríos de Hermoza. Tuvo cuatro hermanos con los que más tarde se mudó a Chimbote, un puerto del Pacífico al norte de Lima, invadido por un casi irrespirable olor a pescado, en donde un bisoño Nicolás estudió la secundaria en la Gran Unidad Escolar San Pedro. Allí, alentado por su madre, decidió que estaba hecho para la vida militar. El general postuló en 1954 ala Escuela Militar de Chorrillos, donde ingresan todos aquellos que desean hacerse oficiales del Ejército, junto con otros 84 jóvenes más. Egresó de allí 1 de enero de 1958 como subteniente de Infantería. Su promoción se llamó ‘Teniente Coronel Ricardo O’Donovan’, nombré que llevó hasta la muerte un joven oficial que perdió la vida junto con Francisco Bolognesi durante la batalla de Arica. En 1973, como mayor, formó parte del equipo de asesores del Primer Ministro del Gobierno Revolucionario del general Juan Velasco Alvarado, general Edgardo Mercado Jarrín. Allí trabajó junto con el capitán Vladimiro Montesinos Torres y con Rafael Merino Bartet, un analista que acompañó a Montesinos durante los oscuros años noventa. En 1978, como coronel, fue Director de la Escuela de Infantería del Ejército. En 1981, junto con los entonces coroneles Jaime Salinas Sedó y Luis Soriano Morgan, integró el equipo de asesores del que sería Comandante General del Ejército en 1983, general Carlos Arnaldo Briceño Zevallos. De 1982 a 1983 fue agregado militar en Ecuador. En 1984 hizo su curso de Defensa Nacional en el Centro de Altos Estudios Militares, requisito indispensable para ascender al grado de general de brigada. En 1985 tenía 27 años como militar y, según la Ley, contaba con el tiempo preciso para ascender a general de brigada, tal como lo hizo. Sin embargo, un edicto especial, emitido ese año, permitió que otros tres oficiales, dos años más jóvenes que Hermoza, ascendieran al mismo grado: los entonces coroneles Jaime Salinas Sedó, Luis Palomino Rodríguez y José Pastor Vives, por su notable desempeño como militares.

—Él nunca nos perdonará por eso. Nosotros éramos mejores en todos los aspectos, no sólo en el de la disciplina y el honor. Éramos más pintones (ahora estamos un poco viejos), sabíamos cortejar a una dama y bailábamos muy bien. Hermoza era todo lo contrario, él no tenía gracia para nada, sólo servía para pasarle franela a los generales influyentes que pudieran ayudarlo en su ascenso –me dijo Luis Soriano Morgan, uno de los generales que Nicolás Hermoza echó del ejército[25].

El 13 de noviembre de 1992, ocho meses después de que Fujimori, Hermoza y Montesinos, disolvieran el Congreso y clausuraran el Poder Judicial, Soriano Morgan, Salinas Sedó y Pastor Vives, junto con otros 25 militares más, intentaron derrocar a Fujimori con lo que la prensa denominó ‘el contragolpe’.

—Yo pensé que con Hermoza, mi amigo, como Jefe del Ejército, tendríamos el apoyo de todos los institutos armados. Jamás me imaginé que con él en el poder nos pasaría todo lo que nos pasó –recordó Soriano el día que conversamos en el jardín de su casa, una tarde de abril de 2004. El contragolpe nunca prosperó. Un infidente los delató. Fueron detenidos y encarcelados en el penal Castro Castro, una cárcel construida exclusivamente para terroristas. El general Alberto Arciniegas Huby, entonces Presidente del Consejo Supremo de Justicia Militar, ordenó que los militares del ‘13 de noviembre’ –como se les reconoce hasta la fecha– se trasladaran a una cárcel militar. Consideró, como muchos un grupo de ex comandantes generales que llegaron a firmar un acta, que retenerlos en un penal para terroristas era inaceptable. Pero Nicolás Hermoza rechazó la orden. Echó a Arciniegas del Ejército y ordenó que torturaran a los militares encabezados por Salinas. Hermoza, que nunca supo cortejar una chica, se vengó como los malos de una película de James Bond.

***

Hermoza nunca lo pudo mirar a los ojos, salvo hasta el final, cuando usó la manga de su casaca para secarse las lágrimas. El mayor Evaristo Castillo Aste, el mismo que cargó sus maletas durante 1985, en Trujillo, y soportó los engreimientos de ‘Juanita’, la esposa del general, se había convertido desde 1993 en su más infatigable cazador. En septiembre de 1991 el decreto supremo 137 subordinó la actividad policial en materia de subversión y narcotráfico a los Comandos Político-Militares de las denominadas zonas de emergencia. La legislación aplicada por Fujimori le quitó el poder a la Policía Antinarcóticos para dárselo al general Hermoza como Jefe del Comando Operativo del Frente Interno. En 1992 Castillo fue destacado a la selva como Jefe de Operaciones Antisubversivas en el Cuartel General del Destacamento Leoncio Prado, en Tarapoto, la base del entonces Frente Político Militar del Alto Huallaga, a cargo del general Eduardo Bellido Mora. Su misión era organizar operativos antinarcóticos conjuntos con la Drug Enforcement Administration (DEA), en los que se atestaban duros golpes contra las principales firmas de narcos del Huallaga. Sin embargo, sus narices llegaron demasiado lejos. En febrero de 1993, Hermoza lo separó del Ejército bajo los cargos de desobediencia e insulto al superior. Su delito: haber escrito un informe en el señaló los nombres de los militares que participaban en el lucrativo negocio de la coca, colocando al general Bellido Mora a la cabeza de todos. Castillo, una vez lejos de la institución, apareció repetidas veces por televisión acusando a los generales Hermoza y Bellido de cobrarle cupos a Vaticano por transportar cocaína en helicópteros. Castillo fue perseguido y tuvo que buscar asilo político en España. En febrero del año 2001, con Fujimori y Montesinos lejos del poder, retornó. Prestó su declaración ante la Justicia y su testimonió permitió abrir el expediente 28-2001, en el que se acusa a Montesinos y Hermoza de cometer los delitos de narcotráfico y lavado de dinero.

El 17 de octubre del año 2004, Hermoza fue sometido a una confrontación con el mayor Castillo. Hermoza estaba vestido con un buzo y una casaca deportiva. Lucía sereno, se trataba de un simple cotejo de testimonios, como muchos otros que ya había soportado a lo largo de sus tres procesos. Castillo llegó temprano. Su rostro denotaba impaciencia. Quería ver el rostro del general, el mismo que no veía desde muchos años atrás. Se sentaron uno en frente del otro, con un micrófono a la altura de sus mandíbulas. El mayor Castillo fue el primero en jalar del gatillo.

—¡¿Cómo que no sabe de narcotráfico, si usted ha sido Comandante General del Ejército?! –le imputó al general Hermoza.
—Mis actividades eran las de mantener el equilibrio estratégico que existía entre Sendero Luminoso y las fuerzas del orden, desde la ciudad de Lima. Eso no me permitía ver sino el grave problema del país –le contestó Hermoza.
—Oiga, general, aquí no hemos venido para hablar de estrategias. Estamos hablando de droga, de cocaína, del apoyo de las bases del Ejército al narcotráfico. No se haga usted al estratega. Hablamos de droga, y de droga hemos venido a hablar –le interrumpió Castillo–. ¿Acaso usted vivía en un globo? Usted era el rey del Ejército; usted hizo que burros con zapatos se hicieran generales para comandar al Ejército –Castillo estaba de pie, alzando la voz con energía. No había visto al general en 13 años, desde el día en que lo echaron de la institución. La fiscal le ordenó que se sentara y Castillo, que no escuchaba hace mucho una orden, acató con serenidad.
—¿Usted ha viajado en 1991 al Frente del Alto Huallaga? –preguntó la fiscal.
—Mis funciones como Jefe de Estado Mayor no me permitían viajar –contestó Hermoza.
—Mentira –dijo Castillo–. Yo lo he visto en tres oportunidades en la base de Punta Arenas, con el general Bellido, en Sion, Bellavista y Tabalosos. ¿Acaso, general, usted negará que no viajó a Tarapoto, en 1991, para felicitar el desempeño de los comandos, en donde le reconoció méritos al teniente Rafael Franco de la Cuba, una batea andante de 100 kilos de peso, para que ascendiera en 1992 a capitán? –Castillo le recordó que el capitán Franco de la Cuba, un obeso militar, apodado ‘Capulina’ por su parecido al cómico mejicano, según las declaraciones hechas por Vaticano, era el contacto entre Montesinos y su cártel de la droga.
—No me acuerdo, los oficiales me dieron cuenta de casos aislados de militares y narcotraficantes, pero todos fueron sancionados – contestó el general Hermoza.
—Yo le mostré al general el informe número 013-92, con 56 hojas y sus anexos, que detallaba la participación de los militares y la coca. Los soldados protegían las pistas clandestinas de Vaticano como si se tratara de comisarías. Por esos informes fui víctima de represalias. En 1993, el Servicio de Inteligencia Nacional interrumpió la tranquilidad de la casa de mi madre para llevarse todos los documentos –le dijo Castillo, que se puso otra vez de pie. Parecía un gallo de pelea, agitando sus brazos con frenesí.
—General, ¿por qué firmó mi baja? Usted sabía que yo era un mayor eficiente. ¿No le sorprendió ver mi nombre ahí? Mi padre se ha conocido con usted, él fue un héroe de la lucha contra la guerrilla del sesenta, hemos trabajado juntos en Trujillo… usted nunca me apoyó –le espetó Castillo.

Hermoza, hasta ese momento, sólo miraba la cara de la fiscal. Sin embargo, en el último embate, miró al mayor Castillo directo a sus ojos. El general apretó sus labios y contestó:

—Mis asesores me dieron un papel y yo lo firmé.
—Tú has sido una decepción para nosotros –le dijo Castillo con pena–. En el Ejército siempre decíamos “cuando llegue Nicola, cuando llegue Nicola”, pensando que contigo las cosas iban a ser diferentes.

Los ojos del general Hermoza se llenaron de lágrimas. El general Castillo se sentó. La sala concluyó la diligencia. Castillo le dijo “pobre hombre” y se colocó sus enormes lentes oscuros. Hermoza caminó hasta los dos policías que tenían que llevarlo de regreso a su celda. Se apoderó de sus brazos y, como los hombres que terminan una maratón, se colgó de ellos para llegar hasta el carro que lo trasladaría hasta el penal San Jorge.

***

Filosofía de un soldado se tituló su primer libro. Lecciones de este siglo llegó en 1996, con un prólogo hecho por Vladimiro Montesinos[26]. En 1998 publicó Filosofía de un soldado II, que, como los anteriores, recogía los sus discursos hechos por el general en decenas de festividades castrenses. La recopilación la hizo el entonces coronel Alejandro Álvarez Pedroza, entonces asesor legal de la Comandancia General del Ejército, que se encargó diligentemente de tomar nota de cada palabra que salía del general Hermoza: “es el testimonio de una posición político militar excepcionalmente filosófica y profundamente intelectual, cuyo mensaje nos hace sentir la misma pasión, entendimiento de las cosas, sentimiento y hasta las mismas experienciasTenemos una gran satisfacción por l profundidad magistral de su mensaje”, escribió Álvarez Pedroza en uno de los libros a cerca del contenido de los mismos. El ex teniente Carlos Aquilino Portella, uno de los testigos principales de la matanza de La Cantuta, ha señalado en el proceso que se le sigue al ex presidente Fujimori, que Álvarez Pedroza le entregó 30.000 dólares para que se quedara con la boca cerrada. La orden vino, evidentemente, del general Hermoza.  Pero el libro más celebre de todos se llamó Operación Chavín de Huantar (1997), que narra los detalles del asalto y rescate en la casa del Embajador de Japón en Lima. El 17 de diciembre de 1996, el fragor de la dinamita paralizó a los 659 invitados de Morihisa Aoki, entonces embajador de Japón en Lima, reunidos en su residencia por el natalicio del Emperador. El MRTA se apoderó de la casa durante cuatro largos meses, hasta que el 22 de abril de 1997, 140 comandos armados con fusiles, pistolas y granadas, ejecutaron una de las operaciones de rescate más reconocidas por los aparatos de seguridad del Estado: con el uso de túneles subterráneos, tal como las galerías encontradas en el subsuelo del “castillo” de la cultura precolombina Chapín, comandos penetraron la casa del embajador, rescatando a los últimos 71 rehenes que permanecían secuestrados. Los 14 terroristas fueron masacrados, dos comandos perdieron la vida y un rehén falleció camino al hospital. Después de eso se produjo la pugna por la autoría de la operación: Hermoza y Fujimori se enfrentaron por la gloria. Para Montesinos, había llegado la hora del general Hermoza, que ya entonces había acumulado mucho poder dentro de las Fuerzas Armadas. Una leyenda que circula entre militares señala que un día el influyente ex general Edgardo Mercado Jarrín buscó en su despacho Hermoza, por encargo de Montesinos, para sugerirle que dejara el Ejército. Como respuesta, el general Hermoza habría sacado un arma de su cajón, y, luego de colocarla sobre su escritorio, le habría contestado: “a ver, que venga y me lo diga él”.

Aprovechando la pugna Fujimori–Hermoza, Montesinos le dijo al primero que sólo él era la cabeza del operativo y que Hermoza era un subordinado, tal como lo dijo Fujimori en una entrevista en la que Montesinos y él vestían el mismo terno con la misma corbata, como un acto circense –más surrealista que grotesco– de siameses. Por otro lado, le recomendó al general Hermoza, tal como se desprende de un vídeo propalado por la televisión, que redactara un libro sobre el rescate, como el hombre que encabezó la acción armada. El general Hermoza, con un lapicero y una libreta de notas, como si se tratara de un reportero a la caza de una exclusiva, entrevistó a los comandos mientras recorría los pasajes secretos debajo de la Embajada.

—¿Puedo poner eso en mi libro? –preguntaba Hermoza a los oficiales.

Era evidente que no tenía idea del plan de rescate y que nunca había conversado con los comandos que redujeron a los miembros del MRTA[27]. El libro se publicó meses más tarde. Fujimori, en el relato de Nicolás Hermoza, era un simple personaje de reparto.

—¿Va a leer el libro? –le preguntó una periodista del diario El Comercio al entonces presidente Alberto Fujimori, semanas después de la presentación del libro del general Hermoza.
—No, ¿para qué? –contestó Fujimori con desdén.
—Para saber si hay algo que no se ajuste a la verdad –replicó la periodista.
—No creo que tenga tiempo –dijo Fujimori.
—¿Por alguna razón en especial? –insistió la periodista.
—Conozco perfectamente el desarrollo de la operación, fui yo quien la diseñó. El general no participó en las reuniones en las que se diseñó la estrategia de la operación militar.
—¿Con quién evaluó la situación? –le preguntaron a Fujimori.
—Mi hijo Kenyi –el menor de todos sus hijos, con entonces 12 años de edad– me acompañó hasta el SIN y junto con Montesinos evaluamos la situación.

La guerra entre Fujimori y el general Hermoza había sido declarada.

***

Nicolás Hermoza admiró al general Augusto Pinochet y quizá, por ese alto grado de empatía, quiso, algún día, llegar a ser como él. El 18 de septiembre de 1995, el ex dictador chileno, entonces Comandante en Jefe del Ejército, responsable de la desaparición 3.197 personas durante los 17 años que duró su gobierno, invitó al general Hermoza a Santiago para conmemorar el día de la Independencia de Chile y, un día después, el Día de las Glorias del Ejército de Chile. Hasta ese día, ningún militar peruano había concurrido a esa ceremonia militar, en la que los militares chilenos celebran, entre otras cosas, la derrota del Perú en la Guerra del Pacífico. Nicolás Hermoza, después de 114 años, era el primer militar peruano en asistir a esta ceremonia. El parque Capitán General Bernardo O’Higgins Riquelme estaba colmado de uniformados. Hermoza, desde lo alto de un palco, veía el espectáculo junto a otros militares vestidos de gala. Pinochet, a escasos metros suyos, contaba entonces 80 años y aún se mantenía firme en el cargo de Comandante en Jefe de su Ejército. Nicolás Hermoza, entonces con 61, pudo haber pensado que todavía le quedaban muchos años por delante. Sin embargo, sólo tres años después, el 20 agosto de 1998, Hermoza fue cesado fríamente por Fujimori. Aquella mañana, el general llegó hasta la antigua Casa de Pizarro, en donde queda el Palacio de Gobierno, para una reunión del Sistema Nacional de Defensa. Dos soldados peruanos acababan de perder la vida por culpa de minas ecuatorianas, dentro de la frontera peruana, y pensó que la conversación giraría en torno a la desactivación de las minas antipersonales. Pero un mal presentimiento recorrió su inmenso organismo al ver que el Comandante General de la Armada y el de la Fuerza Aérea, así como todos los jefes de las cinco regiones militares del Ejército, lo esperaban en el salón dorado con un comunicado por delante.

—General –le dijo Fujimori– queremos darle las gracias por los valiosos servicios prestados a la patria.

Hermoza, de un momento a otro, acababa de ser destituido. En el camino ya había intentado comunicarse telefónicamente con sus generales, pero ninguno de ellos le contestó. Todos estaban presentes mientras le daban la noticia. Le acababan de dar un golpe inesperado. Las unidades blindadas de la Infantería de la Armada rodeaban Palacio ante cualquier tentación del general Hermoza. Montesinos, tras bambalinas, estaba con el general César Saucedo Sánchez, amigo del general Hermoza desde que trabajaron en Trujillo, corrigiendo los últimos detalles de su discurso. Saucedo reemplazaría a Hermoza en esa misma ceremonia.

—Quisiera darles a todos ustedes mis mejores votos, porque yo veo que el problema no es que yo me quede aquí, porque no hay una maniobra política ni militar en esto. Préstenle atención a su general –fue la última orden del militar.

El Presidente lo tomó gentilmente del brazo y se lo llevó hasta la puerta de salida. Allí lo dejó sin despedirse, sin himnos ni ceremonias. Hermoza caminó solo hasta la salida de Palacio, mientras un contingente de niños y turistas, amontonados sobre las rejas de seguridad, esperaba ver el disciplinado cambio de guardia. El general caminó por el patio principal hasta una bandera y se despidió de ella besando la tela de la que estaba hecha. Tomó su coche y dio su último paseo en vehículo oficial. Los hombres del general fueron cesados o destacados fuera del país. Fujimori nombró al general Saucedo Sánchez como nuevo Comandante General del Ejército. Un año más tarde, en 1999, Montesinos sacó a Saucedo y lo reemplazó con el general José Villanueva Ruesta, miembro de su promoción en el Ejército. Montesinos, con Villanueva, hizo lo que nunca podría haber hecho con Hermoza en el poder: obligó a generales y coroneles de las Fuerzas Armadas a que firmaran un acta de sujeción al régimen de Fujimori. Por ese hecho, cinco ex comandantes generales cumplen una condena de ocho años en el penal de San Jorge[28].

El general Hermoza fue condenado el 16 de mayo del año 2005 a ocho años de prisión por el delito de peculado. Aún le esperan dos condenas más por homicidio y narcotráfico, ambos penados con 35 años de prisión. A Pinochet, ese mismo año, se le descubrieron 24 millones de dólares en el extranjero, tres más que al general Hermoza. Para los que todavía se aferraban a esa  imagen de militar duro pero honesto, se trató de un golpe a su fidelidad.

Pablo Loayza Morales, amigo íntimo del general Hermoza desde que eran cadetes, me dijo que cuando todos sus procesos terminen y se demuestre su inocencia –cree Loayza–, el general Hermoza tomará una pistola y se pegará un tiro en la sien[29].

—Tiene un alto sentido de la moral. Cuando su familia salga librada de todo, recién podrá morir en paz.

Según la última Ley de Situación Militar, aprobada hace varios meses, Hermoza debería volver a vestirse con su uniforme, una vez que reciba la última de sus sentencias, para que se le arranquen públicamente todas las medallas y condecoraciones que acumuló durante sus años de poder. Para un militar, me lo han repetido mucho durante esta investigación, es preferible perder la vida antes que el honor. Con Hermoza Ríos, la hora de los generales parece haber llegado a su fin.


[1] El Comercio, 23 de abril de 1993. El 26 de abril del mismo año, la revista Sí tituló su la portada: El otro Presidente.

[2] Revista Sí, 26 de abril de 1993.

[3] Revista Caretas, 12 de julio de 2001.

[4] El pasado 8 de abril de 2007 Salazar fue condenado a 35 años de prisión por el crimen de La Cantuta.

[5] 28 de octubre de 2000.

[6] Vaticano ya lo había dicho en 1996 ante un tribunal, pero nunca pudo ratificarlo porque lo torturaron con electricidad.

[7] Ocupó, durante seis años y ocho meses la Comandancia General del Ejército, la presidencia del Comando Conjunto de las Fuerzas Armadas, así como la jefatura del desaparecido Comando Operativo del Frente Interno (COFI).

[8] Procesos electorales de 1993 y 1995.

[9] Fernando Rospigliosi, Montesinos y las Fuerzas Armadas, IEP (2000)

[10] Entrevista al ex general José Pastor Vives.

[11] Incluye mochila, cinturón, correaje, portaarmamento, cantimplora y portabrújula.

[12] Testimonio del general Hermoza ante el juzgado anticorrupción.

[13] Expediente 45-2001. El Estado contra Nicolás Hermoza Ríos.

[14] El General de Infantería Wilfredo Mori Orzo ocupó el primer lugar de una promoción compuesta por 87 cadetes.

[15] El 14 de agosto de 1985, una patrulla de militares arrasó el poblado de Accomarca, quitándole la vida a 69 campesinos inocentes, entre los que se encontraban 23 niños menores de ocho años. El caso Accomarca aún no termina. El 29 de marzo de 2007 capturaron al ex comandante EP Telmo Hurtado, sindicado como el principal autor de la masacre de Accomarca.

[16] La agregaduría de España suele estar ocupada por generales de brigada. Villanueva era un general de división y un nombramiento como ése significaba una ofensa para su rango.

[17] El general que ocupó la Inspectoría General del Ejército que no pudo llegar a investigarlo.

[18] Ambos generales fueron los que participaron, con Salinas Sedó, de lo que se conoce como “el contragolpe”.

[19] El general que lo relevó en el Cologe y que descubrió sus tratos con los traficantes de armas.

[20] Entrevista a José Pastor Vives.

[21] En el número 1715 de la revista Caretas, el crítico Fernando Vivas reseña que se juntaron en el Pentagonito Manuel Delgado Parker (Panamericana Televisión), Nicanor Gonzáles Urrutia (América Televisión) y Mendel Winter Zuzunaga (Frecuencia Latina).

[22] Entrevista a Evaristo Castillo Aste.

[23] Entrevista a Vladimiro López Trigoso.

[24] Entrevista a Gustavo Bobbio Rosas.

[25] Entrevista a Luis Solano Morgan.

[26] Vladimiro Montesinos: “Personalmente le digo al señor General del Ejército Nicolás Hermoza Ríos, con toda subordinación, porque nunca dejé de ser soldado, ¡a sus órdenes mi General!”.

[27] Reportaje propalado por Panorama en diciembre de 2002.

[28] Elesván Bello Vásquez ex Comandante de la FAP; César Saucedo Sánchez, ex Comandante General del Ejército;  Antonio Ibárcena Amico, ex Comandante General de la Marina; Humberto Rosas Bonucelli, ex Comandante General de la Marina; y Fernando Dianderas Ottone, ex Comandante General de la Policía

[29] Entrevista a Pablo Loayza Morales.

Aquella mañana el sonido de un scanner transformaría la manera de hacer televisión en el Perú. Johnny Zacarías acababa de grabar la última toma para su reportaje del domingo, una picante nota policial acerca de los vendedores de autopartes robadas, en el instante en el que su scanner –que captaba la misma frecuencia de la policía– llamó su atención. Aquel sábado 29 de noviembre de 1986, una vez más, como cada fin de semana, Alejandro Guerrero, el intrépido reportero de porte atlético, exuberante barba marrón y tono profundo, cuyo timbre de voz alcanzaba el volumen de un tenor, estaba por escribir la noticia que todos observarían el domingo por la noche en Panorama, el legendario programa que fundara Genaro Delgado Parker en Panamericana Televisión en 1982, el resumen semanal de noticias más sintonizado de todas las décadas. Guerrero estaba dentro del patrullero 1002 de las Águilas Negras, acompañado de dos policías, en una calle del distrito de San Juan de Lurigancho, en el cono este de Lima. Zacarías estaba fuera, enrollando los cables de su cámara de televisión.

―Alejandro, hay un movimiento extraño –le dijo Zacarías a Guerrero.

La radio de la patrulla confirmó la misma noticia: la banda liderada por Dennis Martínez Sarmiento, el fugitivo más buscado por aquel entonces, célebre bajo el alias de Cojo Dennis, se encontraba parapetado con cinco sujetos de su gavilla, armados con revólveres, fusiles y granadas, dentro del laboratorio de Química Suiza, en un intento por huir de la policía con 60 rehenes y 50.000 dólares. Guerrero observó al chofer del patrullero y esperó su reacción. Los uniformados se miraron con un signo de interrogación. Guerrero los sacó del marasmo exigiéndoles que conduzcan hasta la avenida Javier Prado, en el distrito de San Borja, donde quedaba la Química Suiza. Pero el técnico le contestó con una negativa: no podía moverse de ningún lugar hasta no escuchar la orden de su comando. Sin embargo, Guerrero no tardó en convencerlo: él era ese reportero que todos los domingos entraba a sus casa por el televisor, acompañando a policías como ellos en sus temerarias aventuras contra la delincuencia, el terrorismo y el narcotráfico, transformando en sus reportajes a un policía anónimo en un héroe por el resto de su vida. Y, quizá, aquel día de sangre, le podía tocar a uno de ellos. En cosa de segundos, el patrullero se abría paso con furia entre el agitado tráfico del cono este con su poderosa sirena azul y roja, con dirección al cruce de la avenida Javier Prado y la Vía Expresa. Zacarías puso su cámara en On y Guerrero, con esa voz agitada –parecida a la del asmático que sufre un ataque– a la que nos acostumbró durante sus años en Panorama, comenzó con ese monólogo que lo lanzó al firmamento de los ídolos inalcanzables, capaces de reunir por la noche a millones de familias entorno a una TV: Guerrero le enseñó al televidente qué cosa era el rating y cómo había que mimarlo.

―Nos encontramos en una transmisión en vivo –dijo Guerrero para su micrófono.

Bastaba con aquellas palabras mágicas para convencernos de que las películas que transmitían otros canales en las noches dominicales no eran capaces de superar el drama que Guerrero nos imponía en cada uno de sus reportajes.

El reportero y su camarógrafo entraron con un patrullero de las Águilas Negras al perímetro cercado por los efectivos. A pesar de que los alrededores del laboratorio se transformaron en una zona vedada para la prensa, ningún policía pudo detener al experimentado hombre de prensa. Guerrero se acercó al jefe del operativo y solicitó entrar con el primer equipo de Águilas Negras. No hubo problemas: se dispuso de dos chalecos antibalas y dos máscaras antigases. En ese momento, tres de los criminales tomaron a dos rehenes e intentaron escapar a bordo de un vehículo. Los policías, protegidos por una fila de 30 patrulleros, dispararon con ferocidad hasta liquidar a los tres atracadores. A pesar de que el intercambio de proyectiles se hacía cada vez más intenso, Guerrero no se mostró temeroso. Todo lo contrario: estaba excitado. Por los altoparlantes, la policía le exigía al Cojo Dennis que se entregara, pero éste respondía a balazos. Un helicóptero sobrevolaba el techo de la Química con un equipo SUAT, listo para descender con sogas hasta tomar por asalto el edificio. En aquellos instantes, una empleada del laboratorio arrojó la llave de una puerta lateral y cinco efectivos –con Guerrero y Zacarías– entraron al local lanzando granadas lacrimógenas. Se oyó un disparo. La policía comenzó el tiroteo. Guerrero se lanzó al piso. Protegió su rostro con sus brazos. Gritó. Zacarías, con la cámara al ras del piso, captó el sonido de las balas que pasaban por encima de su cabeza. Todo terminó en dos minutos. El olor de la pólvora dominó la escena del crimen. Entre el humo del gas lacrimógeno, Guerrero escuchó a una persona que se quejaba de sus heridas detrás de un sillón. Al acercarse, con su micrófono encendido, Guerrero observó el cadáver de Luis Pretell Trujillo, trabajador de la empresa, tendido sobre el cuerpo agonizante de su hijo de doce años, con dos balas incrustadas en su cabeza. Al lado de ellos, Julián Brown Pretell, otro empleado, se desangraba por una bala en el pecho. Antes de que la policía trajera una camilla para llevárselo a un hospital, Guerrero lo interrogó para los televidentes.

―¿Por qué no gritó que no le dispararan? –increpó el reportero.

Brown no pudo contestarle por el dolor. Mientras otros reporteros de otros canales, periódicos y revistas pugnaban por entrar al lugar, Guerrero grababa unas imágenes más para su reportaje del domingo: los precisos instantes en los que un hombre inocente perdía la vida y los detalles de la captura del Cojo Dennis. Una vez más, Alejandro Guerrero, el cazaexclusivas, se llevó una primicia más para colgar en la pared.

Guerrero tenía entonces 32 años y, reportajes como ese, lo habían convertido en el periodista estrella de la televisión peruana. Los programas cómicos –que solían imitar a personajes importantes de la política y la farándula– le dedicaron un espacio entre sus parodias, calcando esa voz agitada que Guerrero forzaba como gancho para capturar al televidente. Sin embargo, a pesar de su fama (de la que no se ha podido librar hasta la fecha), por ese carácter controvertido, por esa habilidad innata para ubicarse cerca del poder, y por ese hermetismo con el que ha sabido conservar a salvo su vida privada, Guerrero es un protagonista desconocido. A pesar de ser el periodista que hizo del reportaje televisivo el instrumento más contundente de un noticiero, nunca ha dado una entrevista, salvo, claro, aquéllas en las que habló exclusivamente de sus documentales ecológicos. Nunca habló de su trabajo de prensa. Nunca habló de su vida privada. Antes de que produjera su primer reportaje, en 1983, las notas televisivas eran imágenes unidas por cortes intempestivos, con una voz circunspecta como telón de fondo, que narraba con frialdad los sucesos del día a día. Guerrero, al llegar a la pantalla, transformó ese formato en una dinámica distinta: la noticia informaba, entretenía y era capaz de conmover al televidente hasta las lágrimas. No en vano, una de sus primeras notas, aquel reportaje que catapultó su carrera, trató de un niño que moría debajo de una caja de cables telefónicos, fruto del frío, la lluvia y la electricidad. El reportaje de Guerrero alcanzó un grado inusitado de emotividad: caló de tal manera en la sensibilidad que, semanas más tarde, el 31 de octubre de 1983, Carolina Acuña, esposa de Eduardo Orrego (entonces alcalde de la Municipalidad de Lima), fundó la Casa del Petiso, un albergue para niños de la calle que llevó el nombre que Guerrero le puso al pequeño electrocutado. Con ese reportaje, Guerrero pasó de ser un reportero de madrugada –del noticiero Buenos Días Perú– al horario estelar del noticiero 24 Horas.

―Alejandro Guerrero demostró condiciones bárbaras. Tenía inquietud y mucha voluntad –me dijo un día Julio Estremadoyro, el primer jefe de Guerrero. En 1983, Guerrero era entonces un profesor de Historia en los colegios San Felipe, Teresa Gonzáles de Fanning y Almirante Guise. Se dice que se contactó, a través de una de sus alumnas, con el editor Víctor Roca, para que lo recomendara con Estremadoyro, entonces editor general de noticias de Panamericana. Jesús Jiménez, el reportero que cubría la madrugada, que se hizo famoso por una nota que mostró a un sujeto atravesado por un tubo, estaba por dejar aquel horario: había que salir por la noche a patrullar las calles de Lima, en busca de accidentes, redadas, incendios y atentados terroristas, para editar la nota con los primeros rayos del sol y dormir como los vampiros lo que quedaba del día: nadie quería aquel empleo. Pero Guerrero era la excepción: había que empezar de alguna manera. El día que le tocó entrevistarse con Estremadoyro, le bastaron 20 minutos para que el riguroso director del noticiero se dejara seducir por el profesor de secundaria.

―Lo contratamos para ese horario que nadie quería. Estuvo tres meses allí, como periodo de prueba y lo pasó –me dijo Estremadoyro–. En menos de un año se convertiría en el reportero más destacado.

Meses más tarde, Guerrero, pasó a las filas de Panorama, el programa al que todo joven reportero aspiraba. Allí destacó por la calidad del contenido de sus historias, por la audacia que lucía en cada una de ellas, y por la valentía que demostraba al asumir peligrosas tareas con tal de llegar al fondo de los hechos. Guerrero, en 1984, le mostró al televidente la cruda verdad de la guerra: aquel año, al frente de 50 cadáveres incinerados, Guerrero narró el escalofriante episodio de la fosa común de Pucayacu, un poblado a 40 kilómetros de Ayacucho, entonces zona tomada por Sendero Luminoso. Allí, un grupo de militares asesinó, torturó y enterró a campesinos inocentes. Tiempo después, un reportaje suyo provocó la destitución del general Adrián Huamán Centeno, entonces Jefe Político Militar de Ayacucho. Entonces, con la cámara aparentemente en Off, Huamán declaró que el Estado no iba a poder detener a Sendero Luminoso sólo con las armas.

Pero fue a partir de 1987 cuando todo lo que tocaba se transformaba en primicia: fue el único que encontró la pelota del equipo de fútbol Alianza Lima, flotando sobre el mar de Ventanilla, tras el accidente aéreo que sepultó a 44 personas en el océano. Decenas de reporteros intentaron lo mismo desde el momento del suceso, pero Guerrero, que llegó hasta Ventanilla en el tercer día de búsqueda, se llevó aquella exclusiva. Esa misma pelota, tras la tragedia, se presentó, dentro de una urna, en el estadio de Alianza Lima frente a los familiares de los fallecidos y miles de fanáticos del equipo. Asimismo, Guerrero fue el primer periodista que entrevistó al guerrillero Víctor Polay Campos, conocido como camarada Rolando, líder del grupo terrorista Movimiento Revolucionario Túpac Amaru (MRTA), el día que capturó la ciudad de Juanjui, en el oriente peruano. Ese mismo año, transmitió en vivo la quema de ocho camiones incinerados por terroristas de Sendero Luminoso en la carretera que conecta Cerro de Pasco con Huánuco, en la serranía del Perú, en un instante en el que ni la Policía estaba advertida. Ha captado imágenes inéditas de terroristas huyendo hacia el monte, tras el asalto que ejecutaron a la Sociedad Agraria de Interés Social (SAIS) Cahuide, en las alturas heladas de Huancayo, con dinero y ganado de los pobladores. Ha estado en la espesa selva del Alto Huallaga, desde donde mostró por primera vez una poza de maceración para las cámaras, con la que los narcos preparan la pasta básica de la cocaína.

Desde allí, en 1993, en una balsa que flotaba sobre el río Uchiza, narró por primera vez la historia del capo peruano de la droga, Demetrio Chávez Peñaherrera, alias Vaticano, con documentos y fotografías exclusivas. Ha entrevistado a un líder terrorista el día que dejó las armas, junto con su columna integrada por 100 guerrilleros; y tuvo acceso a informes clasificados del contragolpe del 13 de noviembre de 1992, cuando un grupo de generales intentaron derrocar al entonces presidente Fujimori. Encontró en Tacna una fotografía desconocida del coronel Francisco Bolognesi, junto a su Estado Mayor, minutos antes de perder la vida en la batalla de Arica. En 1995, narró por primera vez la biografía de Vladimiro Montesinos, el ex asesor del presidente Fujimori, con fotografías y datos inéditos hasta aquella fecha. Inclusive, en su afán informativo, saltó de un paracaídas para cubrir los detalles de un festival de paracaidismo sobre las precolombinas líneas de Nazca.

Ha conversado con los contras salvadoreños en el monte caribeño, ha presenciado la caída del Muro de Berlín, informó en vivo desde Santiago de Chile sobre el plebiscito que dictó la derrota del Augusto Pinochet en las urnas y entrevistó a los ‘espaldamojadas’ de Méjico durante sus intentos por cruzar la frontera con Estados Unidos. Transmitió desde Japón el funeral del emperador Hiroito y, desde Cabo Cañaveral, le mostró al Perú el lanzamiento del trasbordador Discovery. Ha participado en decenas de operativos contra las drogas, el terrorismo y la delincuencia y ha cubierto decenas de cambios de mando en América Latina. Su vida como reportero se ha intercalado entre la selva, con el plomo de la guerrilla y los militares; y la sierra, trayéndonos, a través del televisor, las escenas del avance lento pero brutal de la pobreza. Guerrero, en suma, era un reportero ubicuo. Como Dios.

Aquéllos que han trabajado con él saben dar fe de su ímpetu por alcanzar popularidad y poder, de su destreza para seducir, para convencer, para hacer que le crean. Sus seis años como maestro le han dado el gusto por educar. Era tan estimado por sus alumnos que, en la primavera de 1983, los muchachos de quinto año del colegio San Felipe no ingresaron a clases en una semana como señal de protesta porque Guerrero los había dejado por la televisión. Era su profesor predilecto: didáctico a la hora explicar, claro para dejarse comprender, facultades que supo trasladar con éxito a cada uno de sus reportajes. Su naturaleza es solemne y mímica, parecida a la de los actores de teatro que no comprenden en qué momento cae la cortina para volver a ser ellos mismos. Guerrero parece interpretar un papel que nunca termina: es imposible descifrar el humor con el que camina por los pasillos de Panamericana. Sus víctimas, entre los que figuran sus más cercanos colaboradores, han soportado las señales con la que su malhumor se concreta: sus gritos, sus insultos, sus desprecios. ¿Pero qué grado de malestar alcanza la ira de Guerrero? No se sabe. Porque cada vez que Guerrero alza su voz lo hace con el brío dramático de un actor de carácter. Guerrero no sonríe ni pide perdón. Guerrero olvida y espera que los otros lo hagan con él. Sabe felicitar a los que cumplen con su labor y sabe recompensar a los que lo complacen. Sin embargo, aquéllos que han osado despertar su cólera, saben que es capaz de todo antes de controlarla: ha intentado atropellar a un reportero que le preguntó sobre su presunta paternidad de una niña con una vedette; y abandonó en la selva a sus trabajadores, sin víveres, medicina, gasolina ni agua, sólo porque solicitaron un minuto de descanso. Según testigos, durante la celebración por el Día del Periodista de 1990, Guerrero se enfrentó a Martín Ramírez, entonces un joven editor de Panamericana, con insultos y golpes, y no paró de gritarle hasta que sacó su revolver y amenazó con asesinarlo. Un grupo de periodistas le quitó el arma, pero Guerrero no se tranquilizó: se fue hasta su auto a sacar un segundo revolver y disparó proyectiles al aire. Vilma López, entonces trabajadora de Panamericana, le arrebató el arma y se la entregó a José Vargas, a la sazón director de Buenos Días Perú, que la supo esconder de la ira de Guerrero por un mes. En ese mismo año, a Mauricio Fernandini, entonces un novato reportero de Panorama, le lanzó un pesado teléfono sobre la cabeza sólo porque le parecía que no tenía los años suficientes para ser un reportero de Panorama. A esta leyenda de pistolero, se suma el rumor de que Guerrero, con el revolver hinchado de balas, amenazó a Jorge León Pezantes, aquel yerno poco querido de Genero Delgado Parker, para que dejara en paz a Patricia Delgado Cafferata, hija del empresario, a la que Pezantes le reclamaba el derecho de visitar a su hijo.

Aquéllos que han competido con él, han visto de cerca los excesos a los que llega con tal de despertar la sed del televidente: asesinar de ocho balazos a un caballo, por ejemplo, para que bajaran unos cóndores durante la grabación de uno de sus documentales acerca del Valle del Colca, en Arequipa. O aquella vez en la que llegó tarde a la desactivación de un explosivo, y obligó a los policías a que recrearan otra vez el desmonte del detonante para presentarlo como un momento en vivo. Peor aun, existe gente que dice que Guerrero, durante una parada militar, en la que el ejército desfila en compañía de sus unidades blindadas, pintó de color rojo las alas de una bandada de palomas compradas en una veterinaria, para darle más realce a las tomas de su cámara. No por nada corre por los pasillos de Panamericana el rumor de que la pelota del Alianza Lima, aquélla que se presentó en una urna tras el accidente, se compró en un mercado mayorista.

―Los reportajes de Alejandro Guerrero son de dudosa procedencia –me dijo en una oportunidad Mauricio Fernandini, el ex reportero de Panorama al que le lanzaron el teléfono. Aquella misma frase la oí repetidas veces durante estos últimos meses, pero jamás la corroboré tan certeramente como lo hice una tarde con Carlos Paredes, otro ex reportero de Panorama.

―Alejandro, en 1987 –me dijo Paredes en un café, cerca de Frecuencia Latina, el canal en donde trabajaba como productor del programa Reporte Semanal–, llegó hasta la SAIS Cahuide para hacer su reportaje sobre los destrozos que hizo Sendero Luminoso en aquella hacienda. Los terroristas ya habían huido hacia el monte, pero Guerrero juntó a los pobladores en la única iglesia derruida e hizo una puesta en escena. A unos los hizo rezar, a un cura lo hizo levantar el cáliz y, como en una película, pidió paz. A otros, disfrazados de terroristas, los hizo perderse por el monte a caballo disparando con escopetas. El sábado, Panorama anunciaba un encuentro exclusivo de Guerrero con una célula de Sendero Luminoso –me dijo Paredes aquella tarde entre risas. Aquel 1987, Paredes también llegó hasta allí para cubrir la misma noticia, y observó de cerca cómo Guerrero organizaba dicha farsa con los pobladores. Inclusive, ese mismo apetito, provocó un intrincado incidente de sangre.

El 12 de abril de 1987, Güido Lombardi, quizá el más reconocido entrevistador de radio y televisión del Perú y entonces presentador de Panorama, presentó unas imágenes en las que la Policía irrumpía en una modesta casa de barro, en el distrito de Sipán, departamento de Lambayeque, ubicada a escasos metros de la Huaca Rajada, en donde prosperó la cultura precolombina Mochica.

―Esa noche no se presentó el reportaje de Guerrero, que ya entonces era el reportero estrella de Panorama. Sólo sacamos al aire unas imágenes oscuras en las que la policía corría y se escuchaban balas. Lo que ocurrió en ese reportaje era inaceptable –me comentó Güido Lombardi, al preguntarle por el incidente.

Alejandro Guerrero, tal como reseñó entonces la influyente revista política , participó en un operativo contra presuntos ladrones de tesoros prehispánicos. La publicación tildó aquel informe de “irresponsable cacería”, en la que Guerrero había organizado a los policías para tomar la casa con un aplomo desmedido en contra de gente desarmada, con el objetivo de capturar las mejores imágenes para su nota: “¡Enfoca hermano, enfoca!”, le gritó aquella madrugada del operativo a Luis Loayza, su camarógrafo, tal como repasó Don Carlos Bernal Vargas, propietario de la casa que allanó la Policía. “Estaba vestido de blue jean y camisa a rayitas rojas y gritaba como loco”, le dijo Bernal Vargas a la reportera de la revista. El saldo: un muerto, Enrique Bernal, hijo de Don Carlos. Esa noche, entre los gritos desesperados de los Bernal, Guerrero entró a la casa y tomó de la pared una fotografía de otro de los hijos de Don Carlos para vincularlo con unos ladrones de tesoros. En la casa nunca se encontró ningún resto prehispánico. “Si los policías hacen un operativo para que un periodista pueda grabar el show, ése es su problema. Ahora que respondan”, explicó Guerrero aquella vez, en la que también aceptó que robó la fotografía de los Bernal para su reportaje. Ésa era su forma de responder ante la pérdida del hijo mayor de Don Carlos, un sencillo campesino que se ganaba la vida cultivando mangos.

―Hubo una reunión en la que participó el equipo de Panorama. “Esto es inaceptable”, recuerdo haberle dicho a Guerrero, pero Genaro Delgado Parker, que participó en ese comité, lo felicitó, lo puso como ejemplo de lo que deberían hacer los otros reporteros. Eso marcó mi distanciamiento. Después renuncié –me dijo Lombardi.

Quizá aquel incidente marcó la carrera de Guerrero. En adelante ¿hasta dónde sería capaz para obtener una exclusiva? Con el aval del propietario del canal, nada podría detenerlo. La tarde que conversé con Paredes me enteré, con el paso de las horas y del café, del día en el que Alejandro Guerrero aceptó entrar al infierno sin temor a quemarse.

***

La voz de Alejandro Guerrero parece impostada. La modula con esos dos músculos –pequeños pero desarrollados– que vibran dentro de su laringe, y que tonificó durante sus años al frente de un pizarrón. Eso pensé al verlo el día que retornó a Panamericana durante el turbulento verano de 2003, junto con Genaro Delgado Parker como flamante administrador interino –que llegó protegido por una caterva de gorilas enternados– a merced de un dictamen judicial con el que le arrebató la administración a Ernesto Schutz Freud, hijo de Ernesto Schutz Landázuri, el próspero productor de papel higiénico que compró Panamericana en 1997 (y el mismo que se reunió repetidas veces con Montesinos en la salita del SIN para recibir millones de dólares a cambio de una línea editorial favorable en los noticieros del canal). El Alejandro Guerrero que entró ese día a Panamericana no era el mismo que yo había visto durante dos décadas en la pantalla. El tiempo había teñido su barba de blanco y sus 176 centímetros de estatura arrastraban ahora un abdomen desatendido. No ocurría lo mismo con su voz: a pesar de los años, seguía siendo la misma con la que supo hipnotizar a una multitud de televidentes. Lo comprendí al escucharle gritar ¡No vuelvas! a Federico Anchorena –hasta ese día gerente de la televisora– con ese tono bravucón que usan los matones de un poderoso. Sólo dos meses antes, América Televisión, el llamado canal de las estrellas, le había ofrecido producir, dirigir y conducir un programa titulado Zoomanía, cuyo contenido cultivaba aquello que más amó en su carrera: reportar la maravilla de la naturaleza, cosa que hizo con éxito en los extensos documentales que produjo para Panamericana. Eran tan vistosos, didácticos e informativos, que formaron parte del currículo de muchos escolares. Sin embargo, Guerrero rechazó Zoomanía: Delgado Parker le había ofrecido, para el día que retornara a Panamericana, la dirección general de noticias, un cargo que sólo un reconocido reportero como él podría haber aceptado. Delgado Parker, ese día, cumplió su palabra. Sólo dos años antes, en octubre de 2001, su estrella se había apagado: aparentemente, había renunciado abruptamente a Panamericana, tras la salida del video Schutz–Montesinos, que mostró al empresario solicitando dinero por su compromiso con el régimen de Fujimori. Pero la verdad, para personas que trabajaron con él durante esa época, Schutz sospechaba que Guerrero alquilaba el equipo técnico de Panamericana para quedarse con el dinero y tal vez por eso utilizó el video con Montesinos como pretexto. La periodista Mónica Delta me contó que Guerrero le lloró de rodillas, pidiéndole a ella que le creyese, el día que Schutz destapó sus artimañas.

Eso no era difícil de creer, pensé, al recordar una anécdota que Güido Lombardi me confirmó: en setiembre de 1991, Lombardi, como consultor del ILD, llegó hasta Tingo María por los conflictos que desató el asesinato del líder cocalero Walter Tocas. Guerrero había llegado hasta allí en una avioneta porque los caminos hasta Tingo María estaban bloqueados por barricadas de campesinos. Lombardi no tenía cómo volver a Lima y Guerrero le dijo que podían volver juntos en avión. Antes de partir, una señora llegó hasta la pista de aterrizaje con un féretro. Era su marido, que acababa de morir como consecuencia de los enfrentamientos entre cocaleros y militares, que intentaban devolver el orden a punta de metralleta. La mujer le imploró a Guerrero que llevara el cadáver de su marido a Lima, en donde estaban sus hijos, que tenían algo de dinero para poder enterrarlo. La mujer veía en Guerrero a ese reportero que domingo a domingo le daba voz a los más débiles, como ella. Pero Guerrero, según Lombardi, le solicitó 500 dólares para trasladar al muerto. La señora, sorprendida, no tuvo otra opción y aceptó: los caminos podrían seguir así por semanas y su marido se pudriría en la sala de su casa. Los pilotos sacaron cuatro asientos y lograron ubicar el cadáver entre las maletas. Si la mujer hubiera relatado en ese entonces este episodio, es probable que nadie le hubiese creído.

A partir de su salida del canal al que le dedicó 18 años de su vida, Guerrero aceptó producir proyectos que fracasaron estrepitosamente: condujo un programa concurso de preguntas y respuestas llamado Máximo Desafío –por el cual fue criticado por muchos televidentes debido a su escasez de conocimientos– y, en 2002, apoyándose en su alicaída popularidad, postuló sin éxito a la alcaldía de La Molina, el próspero distrito en el que habita. Volver a Panamericana con aquel cargo era recuperar el poder: retornar en calidad de jefe a esa casa que lo hizo crecer desde que era un desconocido reportero de madrugada. Sin embargo, ese día de 2003, no se trató de una novedad ver a Delgado Parker en compañía de Guerrero –a la cabeza de sus matones– echando a la calle a lo que quedaba de la administración Schutz. Desde finales de los años ochenta, para Delgado Parker, Guerrero no sólo era el reportero estrella de su programa engreído: con los años, éste se transformó en su cómplice, en el hombre más leal de su círculo de poder. A cambio, Delgado Parker le ofreció su protección, tal como hizo años antes con personajes como Laura Bozzo, Jaime Bayly o Gisela Valcárcel, a los que llevó a la pantalla con ese instinto casi animal para descubrir astros.

―Entre ellos no había una relación normal de jefe a empleado. Había una fidelidad, como la que existe entre padre e hijo –me confesó Roberto Reátegui, que trabajó como director de Panorama entre 1987 y 1991. Quise indagar con él sobre la relación entre el broadcaster y el reportero –durante los años de la dictadura–, pero Reátegui se había retirado en 1991, un año antes de que Guerrero, en esa búsqueda tenaz por complacer a Delgado Parker, aceptara conversar con Vladimiro Montesinos –tras el golpe de Estado que Fujimori estelarizó en abril de 1992– con el objetivo de prestar el contenido de sus reportajes en favor de la dictadura. El record delictivo del ex capitán del Ejército era vox populi entre los reporteros más informados, como Guerrero, desde 1983. Excluir los detalles escabrosos de su pasado en una crónica significaba, a todas luces, evitarle un momento ingrato a Montesinos. Sin embargo, eso pasó durante el invierno de 1996, el día que Guerrero le regaló al ex asesor de Fujimori 15 minutos del programa más sintonizado de aquel entonces. Más que un reportaje que narraba la biografía de Montesinos, era un requisito para una entrevista exclusiva con Montesinos en el set de Panorama, que podría haber sido conocida como la “entrevista del siglo”, porque ningún reportera había sido capaz de robarle unas palabras. Ese reportaje de 15 minutos se produjo como resultado de la denuncia que hizo Vaticano, el capo de la droga, en pleno proceso penal: el 16 de agosto de 1996, a dos años de su captura, Vaticano confesó que Montesinos le cobró cada mes 50.000 dólares para que los militares lo protegieran. Las palabras de Vaticano generaron un inesperado estallido: el gobierno de Fujimori preparó a numerosos ministros para que declararan en los principales canales de televisión: Contrapunto, uno de los programas políticos más importantes, entrevistó al general Ketín Vidal Herrera, entonces Director General de la Policía, que dijo “me parece inverosímil”. “Es una patraña, es una declaración inaudita”, dijo Blanca Nélida Colán, entonces Fiscal de la Nación, en el sintonizado programa La Revista Dominical. A ellos se sumaron el ministro de Economía, el Comandante General del Ejército, el Ministro del Interior y el Presidente de la Comisión de Fiscalización del Congreso, quien afirmó que “representaría un gasto inútil para el Congreso investigar eso”. El último de todos en declarar tuvo que ser Fujimori, que llegó hasta el set de Panorama para ser entrevistado por Güido Lombardi, que había retornado a Panamericana en 1992. Fujimori, ofuscado por las preguntas de Lombardi sobre Montesinos, finalizó la entrevista con un tajante “mejor pregúntele a él”. “Pero Montesinos no da entrevistas”, contestó Lombardi. “¿Se la ha pedido? Pídasela, él se la dará”, sostuvo Fujimori.

―Esa noche terminó el programa y busqué a Genaro en su oficina. Él me miró y me dijo “Montesinos te debe una entrevista, es un compromiso del Presidente” –recordó Lombardi el día que conversé con él–. Genaro llamó a Alejandro y le dijo “Alejandro, dale los teléfonos del doctor”. Guerrero era el que le llevaba botellas de etiqueta azul a Montesinos en sus cumpleaños, estaba claro que ya tenían un trato. Llamamos a Montesinos al SIN. Allí quedamos con él en encontrarnos a primera hora del día lunes para coordinar una entrevista –me dijo Lombardi.

Lombardi me explicó que llegó hasta la célebre salita del SIN con Guerrero. Me dijo que llegaron sin ningún equipo televisivo, como cámara o micrófonos. Sin embargo, un ex camarógrafo de Panorama con el que conversé, me relató que dos camarógrafos y dos asistentes los esperaban en el estacionamiento del SIN, por si se presentaba la oportunidad de entrevistar a Montesinos. Lombardi no lo recordó, pero tampoco lo negó.

―Guerrero saludó a Montesinos con mucha cortesía, lo trataba de usted. La reunión tardó unas tres horas –seguía recordando Lombardi–. Allí Montesinos contó mil historias, de cómo doblegó la moral de Abimael Guzmán con chocolates Ibérica, habló de música, de la canción favorita de Guzmán, que resultó ser My Way, de Frank Sinatra; y nos mostró una revista Caretas apócrifa que señalaba la derrota de Sendero Luminoso, que utilizó para persuadir a Guzmán para firmar el acuerdo de paz. Después de todo eso se habló de la entrevista. Mi condición era hacerla en vivo y, en todo caso, grabada pero sin editar.
―¿Qué pasó después? –le pregunté a Lombardi.
―Esa tarde me llamó Jaime de Althaus, entonces Jefe de Informaciones de Expreso, y me preguntó si le iba a hacer una entrevista a Montesinos. Yo le conté todo y él publicó un sueltito en su columna. Esa noche Guerrero protestó, vino a mi oficina para decirme “carajo, la cagaste” –me contó Lombardi.

Lo que no recordó el ex conductor de Panorama el día que conversamos en un salón del Hotel Sheraton de Lima, fue que en la salita del SIN, Montesinos le entregó a Guerrero, en calidad de exclusiva, dos fotografías que le servirían de soporte para su reportaje del domingo: la primera era una imagen que databa del año 1962, en la que cadetes del primer año de la Escuela Militar de Chorrillos compartían una clase. Uno de ellos era Vladimiro Montesinos. El otro, a corta distancia, era Ketín Vidal Herrera, el general al que le atribuyeron la captura del líder de Sendero Luminoso. La otra fotografía era una de tamaño carné, en la que Montesinos aparece vestido con terno, con una atractiva sonrisa pícara. Esas dos fotografías aparecerían esa misma semana en Panorama, dentro del reportaje de Guerrero, pese a que ya no se dedicaba a aquel programa desde 1993, año en el que dejó de perseguir guerrilleros en la selva para producir exclusivamente documentales ecológicos. El objetivo de Montesinos era desbaratar lo declarado por Vaticano, destacando sus méritos en el campo de la inteligencia militar, pasando por alto su pasado como capitán destituido del ejército y defensor de narcotraficantes y violadores de los derechos humanos en la década de los ochenta. El objetivo del reportaje era vincular al ex asesor con Vidal Herrera, entonces considerado por muchos como un héroe. Era otra de las exclusivas a la que Guerrero nos tenía acostumbrados.

―Era un martes por la mañana y Guerrero, que era editor de prensa de Panamericana, llamó al equipo completo de Panorama, a reporteros, camarógrafos, editores y asistentes –me dijo Pámela Vértiz, reconocida presentadora televisiva, entonces reportera de Panorama–. Por un teléfono con speaker, Genaro desde Miami le preguntaba a Guerrero “¿Todos están allí?” Y Guerrero le respondía que sí. Estábamos confundidos, no era normal que nos juntaran a todos. Genaro le dijo “¿Ya hablaste con el doctor?”, y Guerrero le dijo “Las cosas están bien, ya todos tienen sus temas, él se ha comprometido a darnos fotografías diferentes a las de Caretas. Ya sabemos cuál es el tono del reportaje, él está tranquilo, nosotros también”. El objetivo de escuchar esa coordinación era darnos un mensaje. Para los que no lo teníamos claro, ese día Delgado Parker quiso decirnos que estábamos alineados con el gobierno –concluyó Pámela.

El reportaje de Guerrero se estrenó el domingo 8 de setiembre de 1995. Se presentaron las dos fotografías y Montesinos, a lo largo del reportaje, quedó como el señor de la guerra contrasubversiva y como una de las cabezas que ejecutaron la captura de Vaticano en enero de 1994. Es decir, si Vaticano dijo lo de los 50.000 dólares, fue por venganza. Pero la entrevista con Montesinos nunca se dio. Fernando Vivas, el crítico televisivo, publicó en la revista Caretas el 12 de setiembre de 1996 un artículo titulado ‘Ecología del delito’, en el que redactó: “A pedido de sus jefes, dejó sus proyectos especiales para cumplir una comisión especialmente ruin, defender a Vladimiro Montesinos en Panorama para asegurarse la entrevista del año. El precio a pagar por la primicia incluye el reportaje franelero del pasado domingo, donde el asesor presidencial apareció como un paladín en la lucha contra Sendero Luminoso y el narcotráfico y, por lo tanto, incapaz de cometer delito alguno”.

―¿Cómo me has hecho eso?’, me dijo Guerrero por la nota que escribí, un día que nos encontramos en una cena tomando unos tragos. Estaba sumamente dolido. Allí me dijo algo que me hizo comprender mejor su caso: “yo no le puedo decir a Genaro que no”. Lo dijo con pesar, con dolor, definitivamente, era algo que le incomodaba –me señaló Vivas acerca de Guerrero.
―El mensaje de ese reportaje era como decir: éstos son los héroes que capturaron a Guzmán. Pero hubo otra oportunidad para entrevistar a Montesinos en enero de 1997, durante la toma de rehenes de la Embajada de Japón. Le dije a Guerrero que era un momento propicio para intentar entrevistar a Montesinos, pero él me dijo que “de ninguna manera”. En abril pasó lo de la liberación y no teníamos información. Guerrero me dijo: “el único que nos sacará de este hoyo es el doctor”. Esa vez fui solo al SIN. Montesinos me dio una medalla, fotos, libretas, aparatos sofisticados, pero antes de darme todas esas cojudeces, me habló de la réplica de la Embajada de Japón y me pidió que dijéramos que los héroes de la operación eran Fujimori, Hermoza y él, una divina trinidad con Montesinos a la cabeza –me dijo Lombardi.

Pero para entonces, Guerrero ya era una cara conocida en los pasillos del SIN. En 1991, Enrique Aguilar del Alcázar, entonces mayor del Ejército, trabajaba como analista en el la Unidad de Contrainteligencia del SIN. Un año más tarde en, noviembre de 1992, formaría parte del grupo de militares que intentaron en vano derrocar a Fujimori. Sin embargo, entonces sólo era uno más de los que miraba con reparo la presencia de Montesinos en el SIN. El lapso que duró cerca del asesor de Fujimori le bastó para comprender por qué Panorama era el único programa que exhibía una primicia cada domingo por la noche.

―Genaro repartía televisores, cajas de llenas con equipos de video. En el SIN eso sobraba, pero Delgado Parker lo hacía para acercarse a Montesinos. A veces, Guerrero era el encargado de entregar esos paquetes. A partir de eso lo vimos repetidas veces en el SIN. No todos los periodistas tenían ese privilegio –me comentó el mayor Aguilar una tarde del verano de 2006.

En 1991, Delgado Parker produjo La Fuerza de la Ley, un programa patrocinado por decenas de empresarios, ofrecía dinero como recompensa a todos los que aporten datos que conduzcan a la captura de líderes terroristas. El programa tuvo un inusitado éxito pero faltaba más apoyo de la Dircote, vital para receptar los datos que llegaban hasta su canal. Entonces, Delgado Parker, intranquilo por la falta de apoyo, se entrevistaría con Fujimori para solicitarle más facilidades a la policía contrasubversiva –tal como apuntó Fernando Vivas en su investigación para la Comisión de la Verdad y la Reconciliación–, pero Fujimori lo derivó con Montesinos, en lo que habría significado, según Vivas, la primera de todas sus futuras visitas al SIN. En ese momento, según el mayor Aguilar, Guerrero, en nombre de Delgado Parker, comenzó a visitar el SIN.

Tras el golpe del 5 de abril, era importante recuperar la popularidad perdida con efectos rápidos e inteligentes. La captura de un líder importante de Sendero Luminoso –o del MRTA– podría haber significado uno de esos ganchos que Montesinos buscaba con tanto ímpetu. Mientras que él se quemaba la cabeza pensando en un operativo que restituyera la mancillada imagen del SIN, un preso del penal de máxima seguridad de Castro Castro, en el límite norte de Lima, contaba con aquello que buscaba. A mitad de 1991, Sístero García Torres, un pequeño profesor de bigotes ralos y sonrisa intermitente, era el entonces líder del Batallón Nororiental San Martín del MRTA, el camarada Ricardo, que cayó capturado por la policía en el aeropuerto de Tarapoto intentando huir del país. Lo trasladaron al penal para terroristas, en donde Carlos González, propietario de la cadena hotelera más importante de la selva, lo buscó para celebrar un trato.

―Los emerretistas llegaban hasta mi hotel y me exigían cupos para dejarme trabajar en paz. Yo nunca acepté darles un centavo y ellos asustaban a mi gente. Me pedían plata para liberar a Sístero. Entonces me di cuenta que aquí, en Tarapoto, el que ponía orden era él. Me vine a Lima y le ofrecí a Sístero dos cosas: sacarlo de la cárcel –sobornando autoridades judiciales si era necesario– y plata para que se retire del MRTA y que convenza a su gente para que haga lo mismo. Sístero aceptó –me dijo Carlos González una tarde de 2003, en el Hotel Puerto Palmeras, en Tarapoto, debajo de uno de los horizontes más transparentes del planeta–. No fue tan complicado, él ya estaba cansado de que la plata de los cupos se la repartieran entre los líderes del grupo.
―¿Liberó a Sístero García para terminar con el MRTA en la selva? –le pregunté a González.
―Sí. Eso pasó en enero de 1992. Comenzó a mandar volantes con quejas y críticas a Polay y allí comenzó el cisma más importante de su gente en la selva, zona controlada desde los ochenta por ellos. Pero había que impulsar más renuncias y, como en aquellos años estaba eso de la Ley del Arrepentimiento, me contacté por un amigo con Eduardo Bellido Mora y le dije que tenía un terrorista que quería arrepentirse con toda su gente. Bellido me puso en contacto con el general Hermoza Ríos y éste me dijo “perfecto”. Al día siguiente, dos coroneles llegaron y se lo llevaron al Pentagonito. De allí no supe más hasta que me llamaron para que les preste mis carros y mi local, un galpón abandonado de Lima, en donde iban a filmar un reportaje con Sístero abdicando al MRTA –concluyó González aquella vez.

El reportero al que le encomendaron dicha nota era nada menos que Alejandro Guerrero, acompañado de Johnny Zacarías como camarógrafo. El fin del MRTA llevado a la pantalla, como fruto de la Ley del Arrepentimiento –promulgada ese año por Fujimori–. Era ése golpe que necesitaba la dictadura para legitimarse. Pero ¿cómo retrataría Guerrero aquella dimisión, si Sístero, que abandonó las filas del MRTA con una columna de 100 guerrilleros, se encontraba solo en Lima? Una vez más, Guerrero, en contra de todo pronóstico, dirigiría su reportaje como lo hacen los más galardonados directores de cine.

―El que nos condujo hasta Sístero en Lima fue Roberto Huamán Azcurra –me contó Jhonny Zacarías en su casa–. Allí no sabía quién era, pero más tarde, por todo lo que se supo después, lo reconocí. Nos dimos la mano, lo saludamos. Estábamos en la Costa Verde, donde Guerrero quedó en encontrarse con ellos. Allí dejamos la camioneta en la que íbamos y nos subimos a sus carros. Dentro, con ellos, nos encapucharon. Yo me preguntaba por qué Guerrero confiaba tanto en ellos. Pensé que nos podían matar. Dimos muchas vueltas hasta llegar a una fábrica, allí nos bajaron y vi muchos guerrilleros del MRTA con sus uniformes. Huamán Azcurra seguía con nosotros, él filmaba todo con una cámara chiquita. Allí estaba Sístero García, que nos recordaba todavía desde el día que, con Guerrero, entrevistamos a Polay en San José de Sisa.
―¿Todo eso fue armado por el SIN? –le pregunté a Zacarías.
―Claro, si Huamán estaba allí. Todo eso lo armó Montesinos.
―¿Y Guerrero lo sabía?
―Lo armaron con él. Los que se presentaron como guerrilleros eran en verdad soldados disfrazados. Habían colocado pancartas del MRTA por todos lados y tuve que cerrar mi lente para que no se viera que estábamos en un taller. Todo estaba como decorado –me confesó Zacarías. Eso mismo lo corroboré con Carlos González, propietario de los carros que trasladaron a Guerrero y Zacarías, así como del taller donde entrevistaron al camarada Ricardo.

Aquella semana, el reportaje de Guerrero se publicitaba en las tandas de Panamericana como todos sus informes: como una insuperable primicia. Sin embargo, un día antes, el sábado 12 de noviembre de 1992, el destino jugó en su contra: un equipo de policías del Grupo Especial de Inteligencia (GEIN), encabezados por los comandantes Marco Miyashiro y Benedicto Jiménez, allanaron una casa del distrito de Santiago de Surco, en la que Abimael Guzmán, el oscuro jefe del grupo terrorista Sendero Luminoso, se escondía de sus perseguidores. El operativo recordado como ‘la captura del siglo’ no dejó un minuto las pantallas televisivas durante semanas. El domingo 13, el reportaje de Guerrero tuvo que esperar hasta los últimos minutos de Panorama para ser emitido. La abdicación del camarada Ricardo no tuvo el impacto que buscaba Montesinos que dejó en claro, como me dijo Zacarías, que no tenía ni la menor idea de que esa noche el GEIN iba a capturar a Guzmán, éxito que trató en vano de atribuirse a través de su compañero de promoción, el general Ketín Vidal Herrera.

―Montesinos estaba concentrado en hacer el reportaje sobre Sístero, nadie dijo nada sobre Guzmán porque el SIN no estaba al tanto de eso. Si hubieran estado enterados, tal como les gustaba hacer las cosas, ¿tú crees que Guerrero no les habría hecho el reportaje? –me preguntó Zacarías el día que conversamos.

Era la primera vez que la voz de Guerrero no se hizo notar como otras tantas veces. Sin embargo, su contacto en el SIN le deparaba otra sorpresa para su carrera.

***

No podemos hablar de Alejandro Guerrero sin recordar a Genaro Delgado Parker, al que sus allegados, como Guerrero, apodaron Papaupa por esa forma paternal de dirigir a sus estrellas. Y, como padre que es, sabe en qué momento se debe recompensar y cuándo castigar. “Con su entorno es sumamente cercano. Confía en ti y si tú le das lo mejor, sabes que Genaro siempre te va a proteger en las buenas y en las malas. Él es absolutamente leal, aunque seas un incompetente”, dijo una vez Humberto Polar, ex productor de Panamericana, en un perfil de Genaro Delgado Parker que publicó la revista Gatopardo. Aquel artículo desató la ira de Guerrero, que interpretó el calificativo “incompetente” como suyo, por lo que llevó al redactor de la nota ante un tribunal: Guerrero, hasta la fecha, le exige la suma de 1.000.000 de dólares, dinero que “restituiría” los daños morales que le provocaron: “La intención de los demandados ha sido denigrar al recurrente y hacerlo ver como un profesional poco calificado, ya que es falso que el periodista se un periodista incompetente que haya logrado fama gracias a las gestiones del Sr. Delgado Parker, ya que el recurrente cuenta con una bien ganada reputación como periodista, la cual ha ido adquiriendo por sus propios méritos y con mucho esfuerzo y dedicación a través de los años’, redactó Guerrero en una carta dirigida al vocal que ve el proceso.

Es verdad, Guerrero no sólo hizo carrera como reportero durante la era de Genaro Delgado Parker en Panamericana. Lo hizo en 1997, con Ernesto Schutz Landázuri, con estupendos documentales ecológicos, hasta que el pretexto del video Schutz–Montesinos lo llevó a salir del canal. Sin embargo, sus afectos nunca dejaron de estar con Delgado Parker, tal como señaló el mismo broadcaster en una entrevista, en la que dejó entrever que Guerrero era su hombre en los pasillos de Panamericana durante la administración Schutz. Alejandro Guerrero, tras leer dicha entrevista, redactó una carta dirigida a Ernesto Schutz, cuyo tenor reflejaba una vez más su carácter: negó ser el confidente de Delgado Parker y le expresó su más solventada lealtad. Esa carta también fue publicada.

Pero aquel reportaje de Gatopardo le recordó a Guerrero un suceso que habría preferido olvidar. Se trataba de un hecho producido la noche del 9 noviembre de 1990, el día que Genaro Delgado Parker celebraba 61 años de vida. Delgado Parker organizó una noche de gala en su local de Telemóvil, su empresa de celulares, a la que llegaron múltiples figuras de la política y la farándula. En ese evento, según el perfil de Gatopardo, hubo un entredicho entre Delgado Parker y Guerrero que terminó con la nariz rota del reportero en un hospital. Pese a que Guerrero se esmeró en negar ese suceso durante el proceso que levantó contra el redactor de Gatopardo, ese triste episodio, para tres testigos que entrevisté, sí tuvo lugar. Aparentemente, recordaron los ex trabajadores de Panamericana con los que conversé, Guerrero, ligeramente borracho, interpeló a Delgado Parker en público por un detalle que no todos lograron precisar. Delgado Parker, quizá avergonzado, se retiró hasta su Mercedes Benz. Desde allí, antes de subir, como en una delirante parodia romana, le bajó el dedo pulgar a Guerrero. Luego, sus hombres de seguridad le reventaron la nariz a puñetazos.

―“Pepe, me han pegado” –recordó José Vargas Gil, ex productor de Buenos Días Perú, el día que le pregunté sobre la golpiza–. En el acto le mandé una camioneta del servicio de noticias para que lo llevaran a una clínica, porque me dijo que tenía la nariz rota –concluyó Vargas.

Esa noche, una camioneta de Panamericana trasladó a Guerrero hasta la sala de emergencia de la Clínica Ricardo Palma, hasta donde, horas más tarde, llegaron Mónica Delta y Roberto Reátegui, que se enteraron del incidente por una llamada telefónica. Alejandro Guerrero tenía la cara atravesada por una gasa y se trasladaba con dificultad con una silla de ruedas empujada por su mujer. Días más tarde, Guerrero retornó a sus labores en Panamericana con el rostro levemente deformado, me contó Mónica Delta, ex conductora de Panorama. Reátegui confirmó la información, agregando: “ninguno de nosotros le dijo nada, porque lo tomamos como lo que era, un castigo de padre a hijo”.

―¿Pero por qué crees que no se fue? Si el dueño del canal te manda a golpear, lo primero que uno hace es renunciar, y quizá formalizar una demanda –le dije a Reátegui.
―Si tu papá te pega porque te portas mal, no creo que sea motivo para que te vayas de tu casa –me contestó Reátegui. Y Guerrero, en calidad de hijo, no tenía por qué protestar. Lo tomó sencillamente como lo que era: una lección.

***

Noviembre de 1992. Servicio de Inteligencia Nacional.

Alejandro Guerrero se preocupó durante toda su carrera por ser un reportero honesto. Si había exagerado en aquel intento, lo hizo por el público, que lo consideraba desde los albores de su carrera un reportero tenaz y sincero. El hombre que apretó su mano efusivamente aquel día en la oficina más importante del Servicio de Inteligencia Nacional (SIN) lo sabía y, por ese mismo motivo, pensó en él a la hora de convocar un reportero para transmitir aquella primicia. Ese hombre del SIN tenía una novedad y quería difundirla a través de un periodista que gozara de mucha credibilidad: Guerrero, sin duda, era una garantía. Días antes de que los dos hombres se entrevistaran en el SIN, la madrugada del 13 de noviembre de 1992, un grupo de generales, coroneles, mayores y capitanes del Ejército –algunos en actividad, otros en retiro–, encabezados por el general retirado Jaime Salinas Sedó (que había llegado a Lima vía Washington, en donde se desempeñaba como asesor de la Junta Interamericana de Defensa), se juntaron en un taller de mecánica para carros. Allí, Salinas, tal como confesó más tarde, le expresó a sus hombres, 20 en total, que el Perú debía volver al estado de derecho y, como requisito, Fujimori tenía que salir del poder. Aquel contragolpe –como se le denominó al intento del general Salinas– nunca prosperó: su plan se canceló esa misma noche por culpa de un delator, el mismo que mantuvo informado a Montesinos de los pasos de Salinas y su grupo de insurgentes. Un día antes, en la madrugada del día 12, Montesinos le informó a Fujimori de las intenciones del general Salinas: le manifestó que un grupo de militares golpistas pretendían asesinarlo. Fujimori, asustado, buscó asilo en la casa del Embajador de Japón. Fujimori diría más tarde, en los programasFuego Cruzadoy La Revista Dominical, que “me iban a asesinar un puñado de hombres que podría ser 6, 35 ó 41, no es el primer golpe, creo ya que tengo bastante experiencia”. Durante la madrugada del día 13, Montesinos le ordenó a sus comandos que tomaran por asalto el taller en el que los presuntos insurgentes conversaban: para que los soldados allanaran con más aplomo el local, les dijeron que se trataba de un comité de la cúpula terrorista del MRTA. Allí capturaron a todos los coroneles, comandantes, mayores y capitanes del grupo: a unos a golpes, a otros con el mango de una metralleta en la cabeza. Al general Jaime Salinas Sedó lo capturaron a tiros, en la entrada del Cuartel General del Ejército. Al resto de generales implicados los arrestaron en sus casas: José Pastor Vives, Víctor Obando Salas y Luis Soriano Morgan, aquéllos mismos que pasaron al retiro un año antes por la voluntad de Hermoza Ríos y Montesinos. El general Salinas quedó confinado a una celda de la División de Fuerzas Especiales del Ejército (DIFE), en Las Palmas, a cargo del sumiso general Luis Pérez Documet, a unos metros del SIN, desde donde Montesinos controlaba todo. En esa misma celda, días más tarde, el general José Sevilla, entonces Vocal Instructor del Consejo Supremo de Justicia Militar, interrogó a Salinas por delito de rebelión. Sevilla le preguntó si su objetivo era matar al Presidente y Salinas le contestó que no. Sevilla le llevó su maletín y le mostró los documentos que la policía militar le confiscó: dinero, documentos de identidad y los planes del golpe escritos con su puño y letra. Salinas los aceptó como suyos. “Acá está el plan escrito con mis manos, que dice, en el caso de Fujimori, detenerlo para ser entregado posteriormente a la justicia, tal como manda la Constitución”, le dijo Salinas al general Sevilla.

Sin embargo, días más tarde, el 29 de noviembre de 1992, Panorama mostró en calidad de primicia documentos inéditos en los que Salinas, junto con otros militares, maquinaron matar a Fujimori con un fusil de francotirador –el mismo que Salinas, según el reportaje, trajo desde Washington–, así como documentos escritos por otros generales en los que se detallaba cómo se iba a terminar con las vidas del general Hermoza Ríos y Vladimiro Montesinos: al primero se le dispararía durante un forcejeo y, en caso de que el asesor se resistiera, habría que simular un suicidio.

Era, evidentemente, un montaje elaborado desde el SIN con información que sólo poseían los organismos militares que participaron en la captura de Salinas. El reportero al que le entregaron todos esos detalles era Alejandro Guerrero. En su reportaje aparecía con armas y documentos que, por Ley, no podían ser manipulados por personas ajenas al proceso judicial en contra de los hombres de Salinas. El objetivo de Montesinos era uno sólo: que la cámara de Panorama desacreditara al general Salinas y su grupo de insurgentes. El reportaje de Guerrero se propaló en Panorama el 23 de noviembre de 1992, con documentos que nunca figuraron formalmente dentro del proceso judicial que le abrieron al general. Inclusive, el reportaje informó que Salinas, a partir de ese domingo, sería acusado de intento de asesinato.

―En el SIN estaban Montesinos y Huamán, ellos nos pasaron todo. En el maletín estaba el pasaporte de Salinas, su dinero y muchos documentos. El reportaje era demasiado evidente, quién más, sino era Montesinos, nos había alcanzado todo eso. Quién más podía decirle a los comandos que actuaran para nuestras cámaras, recreando las detenciones de esa noche –me dijo Johnny Zacarías, el camarógrafo que acompañó a Guerrero hasta el SIN. El video original todavía está almacenado en la enorme videoteca de Zacarías que, sin lugar a dudas, reúne la carrera de Guerrero en la pantalla chica. El día que lo visité, Zacarías lo sacó de su caja y lo introdujo en un reproductor Betacam: allí escuché las voces de Vladimiro Montesinos, Roberto Huamán Azcurra y Alejandro Guerrero, que discutían los detalles de la nota.

―Necesito grabar la prueba grafotécnica, la prueba del polígrafo –le pedía Guerrero a Montesinos.
―Sí, hermano, claro: ahí está el maletín con las tarjetas –le responde Montesinos.
―Sí, había dinero, allí está todo –les dice Roberto Huamán.

Mientras Zacarías grababa con su cámara los papeles falsificados por el SIN para acusar a Salinas de intento de asesinato, el micrófono de su cámara permanecía encendido y registró cada palabra de la cita en el SIN. Sin embargo, el día que se preparó aquel reportaje, un editor, por obra macabra del destino, grabó música encima de las voces de Montesinos, Guerrero y Huamán. Sólo quedó la breve conversación que reseñé.

―No creo que el editor lo haya hecho a propósito –reflexionó Zacarías–. Necesitaba unos minutos y creyó que no era importante, pero lamentablemente todo lo que conversaban estaba allí. Ellos hablaron en contra de Salinas y de su gente. Teníamos acceso a todo. Esa semana ellos coordinaron con la DIFE para filmar, a escondidas, a los militares del general Salinas, porque la prensa hablaba de torturas y Montesinos quería que los sacáramos caminando, como para que no digan que los torturaron. Desde un punto oculto, los filmamos a toditos, pero uno de ellos se dio cuenta y miró a la cámara –me dijo Zacarías.

Ese hombre era el entonces mayor César Cáceres Haro, acusado de manipular el fusil que iba a terminar con la vida de Fujimori.

―Yo vi a Guerrero con una cámara, él mismo nos estaba grabando –me dijo en una entrevista que sostuvimos en enero de 2006, tras enseñarle una copia del reportaje de Guerrero. Era la primera vez que Cáceres lo miraba–. Cómo se les ocurre que queríamos matar a Fujimori en su cama con un fusil de francotirador, es estúpido. Pero seguramente creyeron que como lo decía Guerrero la gente se lo iba a creer –me dijo Cáceres, indignado.

Montesinos había quedado embrujado por el reportaje de Guerrero, que con su voz era capaz de embellecer hasta un muladar: era el primer contacto de Montesinos con la televisión. Es probable que Guerrero le haya enseñado a Montesinos la ventaja que significa controlar las noticias que propalan los medios de comunicación, tal como hizo a partir de 1996, cuando comenzó a sobornar con millones de dólares a los principales broadcasters de la televisión peruana. Sin embargo, a Guerrero le costó caro la primicia: la prensa independiente criticó su reportaje y lo tildó de servil, un golpe del que no se supo reponer. Semanas más tarde, Guerrero abandonó Panorama, pero no sus contactos con el Doc: en enero de 1993, se juntó con él para otra de sus acostumbradas exclusivas.

―Le entregaron a Guerrero una pila de papeles sobre Vaticano. Era la primera vez que oía ese nombre. Los papeles contenían datos precisos de todos sus movimientos, hasta la hora en la que iba al baño o con cuántas mujeres se acostaba. Aparecía todo, hasta lo inimaginable. Era un file inmenso y se lo entregaron a Guerrero en el SIN –me confesó Zacarías.

Vaticano era el apelativo de Demetrio Chávez Peñaherrera, el narcotraficante que operaba en el Alto Huallaga al amparo de los militares. Vaticano, tal como declaró en 1996, le pagó dinero a Montesinos –entre julio de 1991 y agosto de 1992– para que lo dejaran trabajar en paz, hasta que, según Vaticano, Montesinos le solicitó el doble de lo pactado: 100.000 dólares. El día que Guerrero aceptó los documentos, el trato entre Vaticano y Montesinos había expirado y su reportaje, propalado por el noticiero 24 Horas habría significado el fin del trato entre Montesinos y el narco.

―Montesinos le entregó eso para que denunciara a Vaticano –le sugerí a Zacarías.
―Evidentemente, nadie hasta ese momento sabía del sujeto. Para el reportaje llegamos hasta Campanilla, en donde Vaticano vivía. Para completar el reportaje, se detalló todos los nombres de su banda y nos alcanzaron en el SIN un audio con las voces de Vaticano y un militar arreglando detalles del pago de un cupo –aseguró Zacarías.

En el caso del reportaje sobre el general Salinas, Alejandro Guerrero podría haber justificado su labor, asegurando que propaló datos oficiales de un organismo del Estado, tales como el SIN, la Policía y el Ejército, y serían ellos los que deberían declarar por qué lo engañaron al prestarle datos falsos. Pero para aquel año, las denuncias que pesaban sobre Montesinos respecto al tráfico de drogas, el manejo político de la lucha contrasubversiva y la violación a los derechos humanos, tales como los asesinatos de La Cantuta y Barrios Altos, que vinculaban al grupo Colina con Montesinos, ya eran de público conocimiento. Aquí podríamos recordar lo mismo que le dijo Guerrero a la prensa el día que le preguntaron por el asesinato de un humilde campesino de Lambayeque en 1987: “Si los policías hacen un operativo para que un periodista pueda grabar el show, ése es su problema. Ahora que respondan”. Alejandro Guerrero podría haber explicado este y otros incidentes con los aparatos de seguridad del Estado. Pero no lo hizo. El día que le pedí entrevistarme con él, a través de su secretaria, me mandó saludos y dijo que lamentaba no poder atenderme.

Alejandro Guerrero era recordado como uno de los mejores reporteros que tuvo la televisión, como el único documentalista del país, quizá un referente, el Jacques Cousteau de la pantalla nacional. Pero ahora  pocos recuerdan eso. Con dictadura o sin ella, Guerrero ha aprendido una lección: “Todo es efímero, salvo el poder”, como le escucharon decir alguna vez. Y tal parece que no se equivocó.

***

Es verano de 2006. A pocas cuadras de la avenida Túpac Amaru, en el distrito de Comas, una populosa franja que rodea el cono norte de Lima, existe una calle por la que raras veces pasan los autos. Los niños corren por las veredas y los adultos los observan desde los pórticos de sus casas, refrescándose del calor estival. Aquí vive Soledad Farías, la madre de una conocida vedettes que trabajaba en el programa Risas y Salsa. Su nombre es Rubí Berrocal. Al llegar hasta la casa, los niños me preguntan si busco a Rubí. Les contesto que sí y ríen como cómplices de una travesura. Me señalan la casa de color mostaza y tocan el timbre por mí. La señora Soledad sale a recibirme y me dice a través de la ventana que Rubí no está. Le pido poder esperarla y ella acepta sólo con su cabeza. En ese momento, una niña de contextura ancha y rulos negros sale de la casa con una bicicleta y le pide con afecto “Sole, ¿puedo montar bici?”. La señora Soledad sonríe y me dice que ella es la pequeña Eva. Al oírnos conversar, la niña deja su bicicleta y se ubica en una silla para poder escucharnos. “Le gusta hablar en público, también redacta, pero eso sí, es de pocos amigos y tiene su carácter, como su padre”, me dice la señora Soledad. “¿Quién, Sole?”, pregunta la niña: “¿Mi papi?”. “Sí”, le dice Soledad, “tu padre”. La señora Soledad me dice que la pequeña sabe todo sobre su padre: él le mandó una cuna con un ramo de flores el día de su nacimiento. “¿La cunita de vidrio?”, pregunta Eva. “Sí, mi hija, la de vidrio, pero ya se rompió”, responde Soledad, que me confirma que su padre nunca la ha visitado. “La única vez que la ha visto fue cuando yo la lleve a Panamericana. Él la recibió exaltado, me dijo que tenía muchos abogados, mucho dinero y que yo no tenía nada. Pero al verla se tranquilizó. Se acercó a la bebé y le destapó la manita y me dijo ‘bueno, el tiempo lo dirá’. Eso me indignó”, me dice Soledad. El nombre completo de la niña es Eva Guerrero Berrocal, hija de Alejandro Guerrero, el reportero que no aceptó la paternidad de la niña hasta que un proceso legal lo obligó.

“Alejandro es una buena persona, pero es terco. Con la edad, quién sabe, logre aceptar a su hija”, dice la señora Soledad. “Pero quién sabe también si ya sea tarde y ella no quiera saber nada de él. En cambio, ahora Eva lo quiere ver como sea, siempre pregunta por él, hasta recorta su foto cuando sale en los periódicos. Ella le quiere escribir una carta al programa de Mónica Zevallos, Vale la pena soñar, para que le cumplan su deseo de ver a su padre”, dice Soledad. “Pero ese programa es de Panamericana”, le indico a Soledad. Ella me dice “sí, qué pena, sólo quiere que su papá la visite. A Eva le falta una figura paterna. ¿Qué pasaría con Eva si le pasa algo a Rubí? Por eso le pido a mi hija que busque al padre de la niña, para que le pase su pensión alimenticia. Pero Rubí es orgullosa. A mí me preocupa mi nieta”, me responde Soledad.

Alejandro Guerrero y Rubí Berrocal se conocieron en una discoteca llamada Percy’s Bar, en San Isidro. Ella estornudó (“Mi hija estornuda una, dos, hasta siete veces seguidas”, dice la señora Soledad sobre su hija) y Guerrero le dijo “¡Salud!” A partir de eso comenzaron a salir. Alejandro la llamaba y la recogía de su casa, Pero nunca se llegó a estacionar en la puerta de la casa de los Berrocal Farías: cuadraba su carro con lunas polarizadas a tres casas de distancia, porque a la señora Soledad no le gustaba Guerrero porque era un hombre mayor para su hija. Entonces ella tenía 21 años y él 44. Soledad lo sabía porque por su casa no pasaron nunca autos así. “Los padres de Guerrero viven por Radio Comas y los vecinos de la zona lo conocen porque de pequeño iba de puerta en puerta a predicar la religión”, recuerda Soledad.

Pero no todo parece tan simple como lo platica la madre de Rubí. Hubo momentos difíciles, como los que vive toda madre que busca que reconozcan el verdadero apellido de su bebé. En el verano de 1997, Rubí, ante la negativa de Guerrero por firmar a Eva, llegó hasta el set del programa de espectáculos de Magaly Medina, la popular “Urraca” de la televisión. Allí, Rubí narró su pasado con el entonces reconocido productor de documentales. “Él me dijo que era un hombre separado”, aseguró Rubí. Medina le preguntó si le tenía miedo a Guerrero, y ella contestó: Alejandro Guerrero no es nadie para mi, Alejandro Guerrero no vale nada para Rubí Berrocal”. Tras dicha entrevista, decenas de reporteros de programas de espectáculos buscaron a Guerrero para pedirle su versión, pero estos, en cada intento, fueron agredidos por él: a unos les lanzó su micrófono, a otros intentó atropellarlos. Sin embargo, pese a la publicidad, el público dudó de Rubí.

―Yo vi el reportaje de Magaly y como muchos en su momento no le presté atención. Era un problema personal y pensamos que eso tenía que quedar así. Yo trabajaba en aquella época en Panamericana y como todos no podía opinar sobre el tema. Pero en esos días (mayo de 1997) me separé del canal para integrar el equipo de reporteros deLa Revista Dominical. Esa misma semana César Hildebrandt, en su programaLa Clave, de Canal 13 (de Genaro Delgado Parker), le dedicó una hora a la defensa de Guerrero: entrevistó a María Murillo, abogada de Guerrero, y sacaron a la luz pruebas en contra de la demanda de Rubí, que la dejaron como una prostituta. Allí, al ver que el mismo Guerrero llevó su problema personal a la pantalla, decidí investigar el caso –me dijo Mauricio Fernandini en una café miraflorino.

El programa de Hildebrandt intentó demostrar tres cosas: que Rubí estaba implicada en un asesinato, que era una prostituta y que lo que buscaba en el fondo era una curul en el Congreso. En La Clave, la doctora Murillo utilizó un documento que vinculaba a Rubí Berrocal con el asesinato de su entonces enamorado, un ex comando que participó en el operativo Chavín de Huántar, al que asesinaron una noche que salía a divertirse con Rubí. Se trató de un examen toxicológico que indicaba que Rubí, el día del asesinato, había ingerido drogas. Murillo dijo, inclusive, que Berrocal podría ser la “autora intelectual” del homicidio. La otra prueba era un video que Murillo no mostró: “sólo lo presentaré si las autoridades judiciales me lo exigen”, declaró. Era, aparentemente, un video que mostraría a Rubí aceptando dinero a cambio de sexo.

―Busqué en la comisaría los documentos que Murillo señaló pero no existía ningún reporte toxicológico. Esa prueba era falsa. Entonces decidí conversar con Rubí –me dijo Fernandini–. El día que la entrevisté me contó que un tipo, que dijo trabajar para el canal 41 de Miami, la buscó para hacerle un reportaje. Allí una maquilladora peinó a su hijita y, me dijo Rubí, dicha maquilladora le arranchó algunos pelitos de “casualidad”.
―Para el ADN imagino –le sugerí a Fernandini.
―Es posible. Si viene de Guerrero, eso es posible. El sujeto de Miami resultó ser Andrés Malatesta, un ex camarógrafo de Guerrero. Planificaron filmar a Rubí con una cámara escondida. Malatesta le dijo que no conocía Lima y Rubí se ofreció a llevarlo a conocer la capital. Allí, al parecer, se gustaron. En el momento de pagar un taxi, parece que Malatesta le ofrece el dinero y ésa sería la famosa prueba de la abogada Murillo, que quería hacer quedar a Rubí como una prostituta, para quitarle su derecho a reconocer a su hija –concluyó Fernandini.

El ex secretario personal de Montesinos, el capitán del ejército Mario Ruiz Agüero, que sirve como testigo en muchos proceso en contra del Doc, me dijo, una tarde de 2005, que Alejandro Guerrero buscó repetidas veces a Montesinos en el SIN, en el verano de 1997, para que, a través de sus contactos en el Poder Judicial le resolvieran el tema de la presunta paternidad. Rubí había demandado una prueba de ADN y Guerrero se resistía a someterse al mandato de los jueces, que resolvían a favor de la vedette. Incluso, la defensa de Guerrero, a través de sus escritos, dijo que Guerrero era evangélico y su religión no le permitía hacerse exámenes de ADN.  “Guerrero llegó hasta la casa de Montesinos en playa Arica”, me dijo Ruiz en una entrevista informal, “para pedirle que por favor lo ayudara. Llegó borracho y le gritaba ¡Montesinos!, ¡Montesinos! El doctor Montesinos me llamó para que lo sacara de allí, pero yo le dije que ese señor se iba a aburrir. Eso pasó. Guerrero no lo buscó más”.

Alejandro Guerrero receptó la primera notificación por proceso de filiación el día que terminaba de editar su documental ‘Antártida, Terra Australis’, el mismo que grabó durante su larga travesía en el buque de investigación científica Humboldt, hasta su llegada a la base Machu Picchu, en la Antártida. En aquellos momentos se preparaba para la salida de su documental: cada vez que lanzaba uno, Guerrero organizaba una ampulosa conferencia de prensa, ambientada en la sierra o en la amazonía, según el paraje documentado. Sin embargo, esa vez las cosas fueron diferentes. Guerrero era víctima de un escándalo. Se parapetó dentro de Panamericana y nunca declaró sobre su vida privada. La única entrevista se la hizo a Eduardo Lavado, entonces editor de la revista TV+.

―¿Te preocupa que la gente esté ahora más atenta al “escándalo Guerrero” que a tu próximo documental? –le preguntó Lavado aquella vez.
―No, ni siquiera me preocupa esa posibilidad. Creo que en el público está perfectamente identificado el trabajo que hago. Mi contacto con la gente es a través de mis documentales –le contestó Guerrero.
―Lo que sí has dejado de lado esta vez es la conferencia de prensa para anunciar tu documental –le dijo Lavado.
―Es algo que me molesta, porque siempre en nuestras conferencias intentábamos recrear los ambientes que habíamos visitado. Esta vez íbamos a poner el aire acondicionado muy frío, nos iban a prestar bloques de hielo azul traídos desde la Antártida. Pero no queremos pasar por el mal rato de ser descorteses con algunos colegas que no se interesen por este tema y sí por otros. Para evitar eso sólo vamos a enviar material a los medios y el que buenamente quiera lo publicará –le contestó Guerrero con pesar. Rubí, en su entrevista con Magali Medina, confesó que le afectaba bastante ver los documentales de Guerrero, por que en ellos el reportero habla de cómo la paternidad se hace evidente en los animales, cuando los padres alimentan a sus crías. Sin embargo, el reportero, dijo Rubí, es un cobarde porque no hacía nada por su pequeña.

Según la mamá de Rubí, Guerrero firmó a la bebé. A cambio de eso, Rubí no lo iba a molestar con ningún proceso más. Rubí cumple su palabra y él está tranquilo. “Hay mujeres que hacen eso, pero pasan los años y hacen juicio y todo eso, esas son señoras que nunca trabajan, mi hija no es así, ella es muy orgullosa, por eso no espera nada de él”, dice Soledad. El 12 de marzo Eva cumplió 10 años. Su padre sólo la ha visto una vez. La niña recorta los periódicos cada vez que lo ve. Rubí es una mujer que supo que Guerrero era un hombre para ver, pero no para amar.

***

“Hoy es el día 19 en el Pacaya. Hoy, tal como ayer, subí a un árbol para grabar a los bufeos rosados. Al bajar, llovió fuertemente y no pude tomar fotos. Este campamento es el más alegre al que hemos llegado. Hay música de la región y gente muy amena. Desde hace dos días, cuando el avión acuatizó en la cocha, todos estamos alegres, esperamos que las cosas en esta cuenca estén supermejores”, redactó para su diario Johnny Zacarías, una tarde de octubre de 1996, mientras el sol teñía de rojo la copa de las enormes lupunas que cubrían el horizonte de color esmeralda. Estaba sentado sobre un tronco junto a su inseparable cámara Betacam en otra aventura con Alejandro Guerrero. Se encontraban dentro de la Reserva Nacional de Pacaya Samiria, en el departamento de Loreto, la reserva natural más extensa que existe en el Perú. Desde 1993 Alejandro Guerrero había reemplazado las emboscadas policiales por las áreas silvestres. Había ido hasta el Pacaya, con un puñado de técnicos y científicos, para producir un documental sobre el origen del oriente peruano.

―Mira esto, aquí salimos abrazados –me dijo Zacarías una mañana de octubre de 2005, en el despacho principal de su productora, escoltado por monitores, islas de edición y grabadoras, al alcanzarme una fotografía en la que aparece vestido con un chaleco lleno de bolsillos, un pantalón de lona y botas de jebe que lo cubren hasta las rodillas. A su lado, Guerrero, vestido con un traje camuflado tipo comando. Estaban abrazados. Guerrero sonreía con libertad, como un animal en su hábitat.
―Aquí estamos en el río Pacaya, un día antes de que nos dejara abandonados –me dijo Zacarías con picardía, antes de alcanzarme otra página más de su diario. Lo dijo con soltura, como los que padecen un accidente pero sobreviven para recordarlo con afecto:

“Río Pacaya, 2 de noviembre de 1996. Por la noche, Alejandro Guerrero estaba totalmente desconocido al ir a grabar a los caimanes en el Pacaya. Adujo que yo no quería trabajar. Hizo regresar la embarcación al Puesto de Vigilancia Alfaro, pidió su cámara y, luego de atacarme con improperios, salí del catamarán. Al llegar al campamento, seguía escuchando sus insultos, él decía que cómo era posible que yo no quisiera trabajar, si ganaba 300 dólares diarios. En el catamarán se encontraban Mónica Newton, Mario Vildosola, Juan Luis Thord y los remeros que fueron testigos de aquella actitud estúpida tomada por Alejandro. Al llegar ellos me dijeron que iban a conversar con él. Mario Urbina le dijo que no le parecía su actitud. Guerrero le contestó: “el dinero no tiene sentimientos”. Mario renunció y todos hicimos lo mismo”.

Johnny Zacarías es un hombre pequeño de tez oscura y con un ligero sobrepeso. Su carácter es agradable, franco y sereno. Es difícil imaginarlo trotar al paso de una patrulla de soldados, en busca de una banda de narcotraficantes, de asaltantes, atemorizados por el plomo de aguerridos detectives o de pandilleros espantados por una banda rival. Sin embargo, eso es lo que Zacarías ha hecho durante once años de su vida al lado de Guerrero. Es por eso que su videoteca, en donde existen cintas de todos los milímetros, almacena imágenes inéditas de los reportajes y documentales de quien fuera su compañero, como aquéllas que Zacarías buscó para mostrarme. El casete decía ‘Pacaya’.

“Aquí quedamos abandonados, sin zapatos, ni gasolina, con el honor y la dignidad en alto”[61], se le veía decir a Zacarías en un paraje inhóspito de la selva. Era una madrugada de 1996, me explicó mientras observábamos juntos aquel video, en el que su cámara captó los precisos instantes en los que Guerrero ordenaba a unos trabajadores que cargaran dos balsas con los alimentos, el agua, el combustible, los mosquiteros, las botas, las medicinas y los equipos de filmación, previstos para tres semanas de labor.

―Estas imágenes no salen en el documental –me comentó Zacarías entre risas–. Todos estábamos cansados, comenzábamos a grabar a las cinco de la mañana y terminábamos a las dos del otro amanecer. Era un ritmo agotador, pero era el ritmo de Guerrero. Íbamos en busca de los caimanes, en la noche de la selva, y yo cerré los ojos unos segundos por cansancio. Guerrero me apuntó con un reflector, me despertó, y me preguntó “¿Qué pasa, Johnny? ¿No quieres trabajar?”. Allí le dijo al remero que regresara al campamento. No dejaba de gritarme y todos eran testigos. Por la mañana, Juan Luis me pregunta “¿Qué pasa?”. Lo vimos empacar todo y no nos dijo nada, ni siquiera chau. Mónica Newton y José Álvarez, un español que acompañó a la expedición, se fueron con él. El guardabosque le preguntó: “Pero, ¿no les va a dejar nada?”. Alejandro no le contestó. Nos quedamos allí, abandonados. Un bote regresó y, cuando creímos que Guerrero lo había mandado para nosotros, el remero nos dijo que venía por un generador eléctrico que Guerrero había olvidado. Tomábamos agua de río, no teníamos ni pastillas para hacerla potable. Se había llevado hasta el antídoto contra picaduras de serpiente, si nos mordía una, estábamos muertos. Sólo teníamos unas latas de tallarines y atunes que el guardabosque nos regaló. Después de tres días, sin comida ni agua, con ayuda de unos cazadores, fuimos rescatados. Si no era por ellos, todavía estaríamos allí –dijo Zacarías sin ninguna sonrisa.

―Me imagino que lo volviste a ver. ¿Qué le dijiste? –le pregunté.
―Primero llegamos a Iquitos en un barco, sin dinero, ni ropa ni nada. Llamé a Erika Manrique, su secretaria, y le conté lo que nos pasó. Ella no lo podía creer. Nos mandó unos pasajes y así pudimos retornar. Mi cámara, ésta que ves aquí –me mostró una Betacam petrificada por una pelota de lodo–, es la que pagó los platos rotos. Me llamó unos días después –me contestó.
―¿Y qué te dijo? –insistí.
―Nada, me pidió sus imágenes y ya.

Este episodio lo corroboré con Pedro Puma, el entonces guardabosques de la reserva. Lo encontré en Echarati, un distrito del departamento de Cusco, en donde trabaja para la municipalidad. Me dijo que cuando se acabaron las latas tuvo que bucear en el río para pescar para que ninguno de los hombres de Guerrero muriera de hambre. Del mismo, Mario Vildosola, en ese entonces asistente de cámara, se sumó a la misma afirmación.

León Pinelo, un sefardí erudito y aventurero del siglo XVII, dijo en su libro El Paraíso en el Nuevo Mundo que la selva del Pacaya Samiria era lo más parecido al paraíso bíblico del Génesis. Lo dijo por su exuberante belleza, por ese jardín plácido con animales pacíficos que conviven en los aguajales selváticos. Alejandro Guerrero, tras aquel incidente con Zacarías, retornó al río Pacaya, acompañado por otro equipo de técnicos para terminar de grabar las imágenes que le faltaban para retratar ese paraíso terrenal. Su documental lo tituló ‘La selva de los espejos’: la corriente del río Pacaya era tan lenta, explicó Guerrero antes del estreno, que reflejaba la vista como una acuarela. El documental, transmitido por Panamericana en mayo de 1997, captó bellas imágenes del cóndor blanco sobrevolando los árboles que componen el Amazonas. Mostró imágenes inéditas del ayaymama, la nutria, el caimán negro, la anaconda y el manatí, todos estos animales grabados entre los pantanos inmóviles de la reserva. “Este documental tiene más pretensiones científicas que los anteriores”, explicó Guerrero en una entrevista. “Tenemos una documentación completa y nos hemos animado a proponer teorías. Pocos saben que el armadillo es un activo portador de la lepra o que el mono pichico es el utilizado para producir la vacuna de la Hepatitis B”. El documental, decía Guerrero, no descuidó la relación entre el animal y el hombre. Era verdad: Guerrero confundía los límites entre el ser humano y la bestia.

―Imagino que nunca más quisiste volver a comunicarte con él –le dije a Zacarías.
―Una vez lo llamé para pedirle ese documental, lo necesitaba para completar un reel con todos mis trabajos como camarógrafo –me dijo.
―¿Te las alcanzó?
―No. Quería cobrarme 100 dólares por ese favor. Evidentemente, no acepté –concluyó Zacarías.

***

Una mañana de 2003, entonces como reportero del equipo de Panorama, Guerrero me llamó para participar en una reunión, junto con todos los reporteros del programa, al noveno piso del edificio de Pantel. Era la primera entrevista que sostendríamos con el flamante administrador interino: Genaro Delgado Parker, al que sólo recordaba por esa voz sofocada, parecida a la de Vito Corleone. Al entrar en su despacho, sentí el mismo escalofrío que asaltó a los rebeldes que se tropezaron con Darth Vader en el planeta Bespin: el aire acondicionado había congelado la habitación y Delgado Parker estaba sentado en un sillón, al final de una mesa ovalada. Se levantó con soltura y nos enseñó con su mano el camino para sentarnos con él. Allí vi a Delgado Parker junto a Guerrero: uno tenía los modales de un dandy, el otro tenía la corbata desajustada y sudaba aprensivamente. Comprendí que por más que Guerrero se esforzara nunca iba a ser como su padre simbólico. El Panorama que se prestó para dirigir a partir de marzo de 2003, era uno que se contradecía con lo que él mismo nos dijo el día de su retorno: “Basta de amarillismos”. En su primera semana, desplegó un enorme rollo de papel sobre la mesa de Panorama, que precisaba el rating minuto a minuto de cada reportaje: parecía un maestro de secundaria que le daba las notas de un examen a sus alumnos: unos tenían 15, los más aplicados tenían 20. A partir de ese día, Panorama era un programa más de espectáculos y las pocas notas de política eran sólo las que se destinaban a entrevistas hechas por Guerrero con el presidente Alejandro Toledo o con sus ministros, congresistas, hermanos o sobrinos que la prensa cuestionaba por corrupción o nepotismo, palabra que se hizo pan de cada día durante la administración de Toledo. Durante este periodo edité un informe sobre los gastos del despacho de la Primera Dama, Eliane Karp. El día lunes, Guerrero me dijo que Raúl Diez Canseco, entonces Vicepresidente de la República, lo llamó para decirle que todos esos gastos que saqué en mi reportaje salían del bolsillo de la Primera Dama. A pesar de que le enseñé las resoluciones con las que sustentaba cada cifra de mi informe, Guerrero no me creyó o no quiso creerme: me dijo que dejara todo porque un carro me esperaba para ir donde Eliane Karp para pedirle disculpas, con el video de mi informe en la mano. En el camino, me topé con Miguel Seminario, entonces productor periodístico de Panorama, que me dijo que iría conmigo hasta Palacio para dejar el casete en recepción. Me quedé una semana más en Panorama, hasta el día que Genero Delgado Parker nos dijo que Guerrero iba a entrevistar al presidente porque “teníamos que ayudarlo por las cosas que hizo por el canal”. Todos sabíamos perfectamente a qué se refería. Del mismo modo, como le dijo a Pámela Vértiz y sus compañeros del Panorama de 1996, Delgado Parker quería que nos quedara claro de qué lado estaba el canal.

Existen muchos que todavía creen en su credibilidad. Ahora, Guerrero es el Decano de la Facultad de Comunicaciones de la Universidad Tecnológica del Perú, en la que muchos jóvenes se matricularon en el verano de 2007, sólo porque Guerrero salía en un comercial de televisión invitándolos a soñar con ser como él. Panamericana firmó con esa universidad un compromiso para que los alumnos desarrollaran sus prácticas allí. Durante el último examen de admisión, llegué hasta la cola de postulantes y le pregunté a uno de ellos qué pensaba de Guerrero. Él joven me contestó: Guerrero es un hombre que sabe hacer televisión. Y no se equivocó.

Para comprender un lugar como Lurigancho es mejor no caer en palabras como «prisión» o “detenido” o “celda”, o en las imágenes que estos términos pueden connotar. Los 7.400 hombres que viven en Lurigancho, la más grande y más notoria institución penal del Perú, no usan uniformes; no se pasa lista ni hay horario de encierro ni se apagan las luces a una hora determinada. Cualquiera sea el control que las autoridades tienen dentro de Lurigancho, ese control es apenas nominal. Cuidan que la puerta de entrada a la prisión esté cerrada, y poco más.

Los veinte complejos habitacionales pueden dividirse, más o menos, en dos secciones: los prisioneros más ricos viven en El Jardín, los pabellones impares. El verdor se marchitó hace tiempo, pero el nombre y su sello permanecieron. Muchos residentes cargan las llaves de sus propias celdas y son libres de deambular por el complejo según sus deseos, aunque la mayoría prefiere no abandonar la relativa calma de su territorio. El otro lado de Lurigancho es conocido como La Pampa, los pabellones pares, hogar de miles de acusados de asesinato y pequeños ladrones. La densidad de población aquí es el doble que en El Jardín, las condiciones sanitarias son precarias y la violencia es frecuente.

Lurigancho queda a pocos kilómetros del centro de Lima, la capital y la ciudad más grande del Perú, y permanece conectada a la vida de la ciudad. La Pampa está organizada por barrios, y cada edificio corresponde a un distrito diferente de la capital. Los pabellones pares constituyen un mapa imaginario del mundo criminal de Lima –uno para San Martín de Porres, otro para La Victoria, otro para San Juan de Miraflores, y así–, y cada sección sirve como comité de bienvenida, grupo de apoyo y escuela para los jóvenes delincuentes que tienen la desgracia de llegar aquí.

Entre El Jardín y La Pampa hay un alto muro de separación de ladrillo, y un estrecho pasillo conocido como El Jirón de la Unión, bautizado así en referencia al que fuera el paseo más aristocrático del centro colonial de Lima. La versión de la prisión es un mercado al aire libre donde uno puede cortarse el pelo o comprar jabón, pilas, máquinas de afeitar, remeras viejas, drogas y chupetines. Durante el día el pasillo está poblado de sin-zapatos, el ejército de drogadictos sin esperanza de Lurigancho, que no pertenece a ningún pabellón. Cada noche, entre 200 y 300 de estos hombres no tienen donde dormir.

Como hay, en promedio, cien presos por cada guardia (el promedio en Estados Unidos es de seis presos por guardia), las autoridades tienden a hacer la vista gorda cuando se trata de contrabandear drogas, alcohol, televisión por cable y celulares, el tipo de consuelos que pueden hacer tolerable la vida en prisión. Las drogas, en particular, ayudan a sobrellevar la superpoblación y mantienen a una población por lo general nerviosa en un estado condescendiente y nebuloso. Como me dijo un vendedor de drogas:

―Es la única manera de controlar a estas bestias.

Él mismo encontraba escalofriante enfrentarse a Lurigancho sin su dosis diaria. Las sobredosis son comunes, pero sólo hay 63 médicos para los 49.000 presos que tiene el sistema penitenciario del Perú, y apenas un puñado de esos profesionales están designados a Lurigancho. En la puerta se entrega comida suficiente para dos ligeros almuerzo y cena al día, pero todo lo demás –desde el mantenimiento hasta la disciplina y la recreación– es responsabilidad de los hombres encerrados. Cada pabellón tiene un jefe, una figura importante en el submundo de Lima, cuya autoridad no es cuestionada. La excepción es el Pabellón Siete de El Jardín, reservado para narcotraficantes internacionales.

El Pabellón Siete alberga a muchos hombres que, gracias a su ocupación, han viajado por el mundo, tienen múltiples pasaportes y hablan varios idiomas. El standard de vida aquí refleja el relativo bienestar económico de esta elite. Los traficantes son hombres de negocios y tienen fe en que buena parte de los problemas pueden resolverse, cuando no evitarse por completo, con dinero. La mayoría son peruanos, muchos de las regiones selváticas del este -productoras de coca- pero hay de otros lugares, también: hombres de China, Holanda, Italia, México, Nigeria, España, Turquía. Las paredes del patio muestran la diversidad de sus residentes: mapas pintados de la Unión Europea, escudos de equipos de fútbol colombianos, murales celebratorios de la vida en la selva, uno de los cuales muestra un biplano, emblema del tráfico de drogas, que flota muy alto sobre las verdes, arboladas, colinas. Hay cerca de treinta naciones representadas y los prisioneros van desde la mula fracasada que nunca pudo pasar la seguridad del aeropuerto hasta el experimentado traficante de cocaína que está sirviendo su sentencia número tres o cuatro, con frecuencia después de haber estado preso en otros varios países. Hay otros prisioneros comunes también, hombres que vienen al Pabellón Siete a trabajar. El resultado es una cultura cosmopolita única en Lurigancho, una comunidad cerrada dentro de la prisión. Como los casi 400 internos que viven allí tienen poco interés o conexiones con las jerarquías de las calles oscuras de Lima, el Pabellón Siete no tiene un solo jefe. Aquí hay democracia.

***

Llegué una mañana de domingo del mes de marzo y encontré al Pabellón Siete en un ánimo particularmente festivo. La campaña anual para elegir un nuevo cuerpo de gobierno estaba en marcha. Pepe, el gregario candidato que encabezaba la Lista 2, estaba haciendo visitas puerta a puerta con su compañero Richard, el próspero dueño del restorán de pollo a las brasas del Pabellón. (Estoy usando seudónimos para proteger la privacidad y seguridad de los presos que compartieron sus historias conmigo). Sus oponentes estaban apoyando a un hombre llamado Barrios como delegado, pero la Lista 1 estaba realmente controlada por un traficante israelí llamado Avi. Cada lista tenía media docena de cargos: delegados para Comida, Disciplina, Economía, Cultura, Deportes, y Salud, con subdelegados para cada área. Muchos internos usaban remeras de campaña –blancas con una estrella azul, o rojas con una leyenda en letras amarillas que decía “Pepe y Richard: vota por el cambio”. Había posters de campaña en las paredes, algunos diseñados como la portada de un periódico, otros citando encuestas ficticias. Uno tenía el dibujo de una vieja raqueta de tenis y la frase “¡No más raquetas!”, término slang para las inspecciones policiales. Existen semejante cosa en raras ocasiones y el concepto de contrabando es tan flexible en Lurigancho que cada raqueta es vista como una ofensa al orden establecido y la marca de un mal delegado. La más reciente, en enero, conmocionó tanto a la población que se convirtió en un tema de campaña.

Pepe y Richard habían dado una fiesta el día anterior a mi llegada y todavía colgaban sobre el patio banderas multicolores blasonadas con el número 2. Un puñado de hombres con el pecho desnudo desarmaba el escenario donde había tocado una banda del pabellón vecino. Pepe y Richard incluso habían conseguido un grupo de bailarinas de afuera para el show, mujeres voluptuosas que impresionaron mucho al electorado. Mientras sonaba la música y las mujeres bailaban, Pepe iba de mesa en mesa, estrechando las manos de sus compañeros de Pabellón y sus familias –de visita–, pidiéndoles su voto. Así, después de todo, es como se ganan las elecciones, en prisión o en las calles. La fiesta había sido, según afirmaban casi todos, exitosa.

Después de la fiesta, Avi lanzó una nueva tanda de posters pintados a mano:

Piense, compañero:

Va a dejar

Que compren su voto

Con una fiesta?

No al gasto

Si a la inversión

Vote 1

***

Visité por primera vez Lurigancho en 2008, con la esperanza de dar una clase de escritura creativa, y recorrí toda la prisión, en un intento fracasado de reclutar alumnos. En ese momento, Lurigancho albergaba cerca de un cuarto de los presos del Perú, y la superpoblación había alcanzado un punto de crisis. La prisión, construida originalmente para alojar dos mil hombres, era el hogar de 11.000. Las facas se vendían abiertamente así como las pipas para fumar crack, ingeniosamente talladas en restos torcidos de metal. Hombres delgados y semidesnudos se desplomaban contra las paredes, cubiertos de cicatrices, con los ojos entrecerrados y la mirada perdida de los drogadictos. La tuberculosis estaba extendida. Lurigancho producía treinta toneladas de basura por semana, la mayor parte no se recogía, mientras los internos más pobres se alimentaban revisando estos residuos en busca de algo comestible. Una bufanda gris colgaba de la vieja antena de radio, la bandera no-oficial de la prisión –el recuerdo de un preso que se había escapado de la clínica psiquiátrica, había trepado la antena, y se había ahorcado. La sobrepoblación era tan severa que unos cientos de sin techo habían tomando un edificio abandonado para crear un pabellón informal de 21 celdas. En la mayoría de las prisiones, si los internos tienen acceso a martillos, concreto, ladrillos, palas y herramientas por el estilo, uno imagina que las usarían para escapar. En cambio, cuando visité el Pabellón 21, encontré a los residentes trabajando duro, construyendo una pared todo alrededor de su nueva casa para poder tener un lugar seguro donde caminar después del atardecer.

En julio de 2009 cerraron el ingreso de nuevos presos a Lurigancho. Desde entonces, la población ha decrecido en casi un 40%, lo que es al mismo tiempo un gran alivio y un problema muy serio. Lurigancho es, hoy, en general, un lugar más calmo y más seguro. Pero porque la mayor parte de la economía de los internos depende de los visitantes y del dinero y suministros que traen, Lurigancho ahora es más pobre. La dura realidad de estar preso es que, cuanto más tiempo se pasa encerrado, mayor es la posibilidad de ser olvidado. Como me dijo un hombre:

-El primer año te visitan hasta tu perro y tu gato. Después de eso, estás solo.

Menos internos nuevos significa menos visitantes, que se traduce en presupuestos más reducidos para mantenimiento y seguridad. Con frecuencia la prisión se queda sin agua, la sobrecargada red de electricidad deja de funcionar día por medio, y reparaciones vitales sencillamente no pueden ser financiadas.

La crisis económica ha tenido repercusiones incluso en el Pabellón Siete. Con la excepción de algunos pocos presos muy ricos, todos los hombres de Lurigancho, incluso los drogadictos, deben trabajar para sobrevivir: son pintores, albañiles, electricistas, masajistas, abogados, médicos y cocineros. Una estructura de clases bastante rígida ha surgido junto con el sistema democrático del Pabellón Siete: algunos hombres viven solos en un relativo lujo, mientras otros comparten celda, uno le paga alquiler al otro, o ambos a un tercero. Si no pueden pagar el alquiler, los internos se van a vivir a El Gran Hermano -llamado así por el reality televisivo. Allí, unos 35 hombres duermen en cuchetas de tres pisos bajo un techo lleno de goteras, en condiciones que tienen mucho en común con la vida en La Pampa. Aún más pobres son los que viven en La Candelaria, un estrecho y sucio espacio detrás de la cocina, menos un área habitable que una guarida de drogas con catres. Muchos de estos hombres, llamados coloquialmente «rufos», son adictos al crack y son una pandilla delgada y enferma que roba o se prostituye para drogarse. Son la fuerza de trabajo barata del Pabellón Siete, responsable del mantenimiento y la limpieza. Un tercio de estos hombres no han sido designados para vivir aquí pero son aceptados condicionalmente como residentes. Limpian las celdas de los internos ricos, trabajan en los muchos restoranes del Pabellón y barren el patio cada tarde. Si el uso de drogas de un rufo se descontrola, si pelea o roba, se arriesga a la expulsión. Ni siquiera el buen comportamiento les da los privilegios de ciudadanía: muchos no pueden votar, por ejemplo.

Los miércoles y sábados -días de familia- un rufo que no se ha afeitado o duchado está prohibido en el pabellón, porque asustaría a las mujeres y los niños. Y cuando los ricos reciben visitas, los rufos limpios y afeitados, además de la clase trabajadora del pabellón, atienden las necesidades de los visitantes. Sirven la comida y las bebidas, transmiten mensajes, cargan paquetes pesados desde la puerta de la prisión hasta el Pabellón. Algunos de los extranjeros, cuyas familias están lejos, alquilan sus celdas a internos más pobres que no tienen un espacio privado para visitas conyugales. El dinero es la sangre y la vida de la prisión; por eso, aunque había menos gente y la prisión era más habitable, nadie celebraba. Para ambas campañas, la difícil situación económica sería el asunto más apremiante de la elección.

***

Conocí a Murat, un kurdo conocido en el pabellón como “el iraquí”, unos días antes de la elección. Un hombre alto y delgado, con un rostro estrecho y el cabello negro atado en una severa cola de caballo. Tenía una borrosa estrella tatuada en su brazo derecho. Cuando Murat llegó a Lurigancho, no sabía castellano pero ahora, cinco años después, hablaba tan bien como para presentarse en las elecciones como uno de los delegados económicos de las Lista 2. Había aprendido castellano por necesidad, por supuesto. No había otros kurdos o árabes con quienes hablar.

―Si hubiera dos kurdos -me dijo- controlaríamos toda la prisión.

Aunque en esta elección estaban en bandos opuestos, Murat y Avi eran amigos, y Murat me llevó a ver al cerebro y principal agitador detrás de la Lista 1. Avi nos dio la bienvenida a su celda con aire acondicionado pero con una advertencia: no había mucho que decir sobre la elección.

―Odio la política- dijo Avi, con los brazos abiertos y encogiéndose de hombros. Su sonrisa me dio otra cosa: sonreía con la exagerada sinceridad de un actor intentando que el público viera sus dientes desde las butacas baratas y lejanas.

Avi vestía un par de zapatillas Nike nuevas, pantalones cargo azules, una remera blanca y una kipá coronaba su corto cabello entrecano. En un estante de madera sobre su cama había una foto enmarcada de sus dos hijos adultos, un recuerdo de la vida que le esperaba de vuelta en Tel Aviv. Me capturó mirando la foto y me dijo que aunque su hija estaba comprometida, se negaba a casarse hasta que su padre pudiera estar presente en la ceremonia. Avi frunció el ceño. Llevaba once años y cinco meses de una sentencia de veinte años.

El israelí le ofreció al iraquí un cigarrillo y mientras la celda se llenaba de humo, los dos hombres se sumieron en un grato intercambio sobre el futuro del pabellón. Un peruano bajito de rostro regordete llamado Morales se unió al improvisado mitín político.

―¿Alguna vez un extranjero fue delegado?- pregunté.

Los tres hombres recordaron a un nigeriano llamado Michael que llegó a la posición después de que un delegado peruano fue transferido. “¿Cuándo?”, pregunté, y entonces se quedaron en silencio. ¿Quién podía saberlo con seguridad? En prisión, los días, meses y años suelen amalgamarse: ¿2003, 2004, 2005? Y, la verdad, ¿qué importaba ahora, si el nigeriano había sido liberado? Recordaban una cosa: había intentado la reeleción y había perdido.

―Un extranjero no puede controlarnos- dijo Morales, con un dejo de orgullo en la voz.

Avi insistía en que su rol en la elección era menor:

―No tengo motivos para ser parte de esto. El ganador de esta elección tiene que ser la gente. Necesitamos agua y electricidad, no problemas con la policía.

Para combatir el problema presupuestario los oponentes de Avi, Pepe y Richard, proponían elevar los impuestos. Ahora, cada residente del pabellón contribuía tres soles (alrededor de un dólar) cada semana en concepto de mantenimiento y seguridad. Tradicionalmente, todos los que llevan más de siete años en la prisión están exentos. La Lista 2 quisiera deshacerse de las exenciones e introducir un nuevo sistema: hasta siete años pagan tres soles, de siete a diez años dos soles, y de diez años en adelante, sólo uno. Para Avi, esto era cruel y poco comprensivo respecto a las realidades del Pabellón. Su campaña había recargado el Pabellón 7 con posters que decían “NO AL SHOCK”.

―Yo puedo pagarlo -dijo Avi- pero hay gente aquí que no puede. ¿Cómo les van a cobrar?

Avi tampoco confiaba en las motivaciones de sus oponentes.

―¿Por qué hacen una fiesta? -se preguntaba- Para que la gente gaste dinero.

La campaña era una necesidad, pero su lista tenía un rumbo diferente: estaban dando una cena de pollo a las brasas esa noche para todos los habitantes del pabellón, caballeros y rufos, ciudadanos o residentes, una celebración del final de la campaña. Incluso habría pollo para mí, si quería.

―¿El pollo de Richard?- dije, bromeando.

Avi sonrió. Por supuesto, no compraría el pollo de su oponente.

―Pollo de afuera -dijo.

***

El pollo de Richard trajo una singular innovación a la escena de restoranes de Lurigancho: el delivery. Antes de la crisis económica, Richard vendía cerca de 120 pollos por semana, trabajando solamente los días de visita y tomando órdenes de todas partes de la prisión. Esos eran los tiempos fuertes, cuando Lurigancho rebosaba de dinero hasta reventar: cuando cada día de visita era un carnaval. Apenas podían sostener el ritmo del negocio. Ahora Richard vendía la mitad.

Sin embargo, estaba tan identificado con este restaurant que mucho del material de campaña de la Lista 2 deletreaba su nombre con una “‘s” extra. Richard era, en el fondo, un emprendedor. Delegados previos habían hecho lobby para obtener su apoyo, pero hasta 2010, cuando sus co-conspiradores fueron liberados, haciendo que su propia libertad de pronto pareciera posible, siempre se había negado a participar en política.

―Ahora quiero dejar algo detrás mío -me dijo Richard- Quiero dejar mi marca aquí.

El mismo espíritu emprendedor que Richard trajo a la campaña fue el que lo hizo ingresar a Lurigancho. Se hizo adolescente en Tocache, un pueblo rural muy importante en el tráfico de drogas del Perú, en un momento en que el negocio estaba en plena marcha. La coca crece fácilmente en esa región: tres cosechas al año y, de acuerdo con los traficantes con quienes hablé, apenas hay que cuidar de las plantas. Un hombre inteligente y joven como Richard podía hacer toneladas de dinero. No creía ser un criminal -todos en Tocache estaban involucrados en el negocio. “Era normal”, me dijo. Richard cosechaba y procesaba su propio cultivo, que le vendía a colombianos; además, era dueño de una discoteque y de dos comedores en el pueblo. El día de su arresto, un conocido vendedor de paya había sido robado en Tocache. La policía buscaba al ladrón e inspeccionaba cada vehículo que pasaba. Y sucedió que el camión de Richard cargaba treinta y cinco kilos de cocaína.

Pepe había sido arrestado en Lima en noviembre de 2006, después de trabajar por años como piloto, volando cocaína procesada hacia Colombia. Alto, de hombros anchos y encantador, era ideal para la ocupación. No me costó nada imaginar a Pepe volando plácidamente sobre la infinita cuenca del Amazonas. Lo principal, me dijo, era calcular bien el combustible; suficiente para llevarte a destino, pero no mucho más. Cada pulgada libre del avión debía ser rellenada con el producto. Ahora Pepe había cumplido cuatro años de una sentencia de doce. Como Richard, compartía su historia sin orgullo, amargura o vergüenza. Tampoco se regodeaba en el lamento del prisionero, esa larga, nostálgica lista de todo lo que han perdido -mujeres, casas, autos, dinero, libertad. Los dos estaban, hoy, asentados en el Pabellón 7, su hogar, y estaban decididos a ganar la elección.

Pepe estaba al tope de la fórmula, pero en verdad se estaba presentando a dúo con Richard. En todo el pabellón, los posters incluían ambos nombres y el slogan de su plataforma oficial decía: “Si triunfamos, es porque somos un equipo”.

Pepe defendió su plan de terminar con las exenciones. Todo el mundo iba a tener que pagar.

***

Desde los techos de Lurigancho se puede sentir cierta paz o incluso soledad al mismo tiempo que se puede apreciar el tamaño y la precariedad del lugar. El contorno de los edificios de tres pisos de la prisión se recorta contra los afilados dientes de la montaña. La ropa aletea en las cuerdas, los gallos graznan impacientes en sus gallineros, e internos sin camisa duermen bajo el brillante sol. El humo se eleva de pequeñas fogatas mientras los hombres realizan intrincadas cirugías para reparar sillas de plástico rotas; hay tanques de agua de tamaños extraños, cables de alargue y docenas de antenas de televisión improvisadas -una invención local armada con palos de escoba, botellas de gaseosa y largos tubos fluorescentes. Cada pabellón tiene por lo menos un interno conocido como “techero” que cuida el techo y lo protege de ataques. Esto parece muy sencillo en una fresca tarde de verano pero uno se imagina lo solitario y escalofriante que debe ser en una fría y húmeda noche de invierno. Cuando visité la prisión, los pabellóns de El Jardín estaban agregando un metro de ladrillos a las paredes que los protegían de La Pampa y también le estaban agregando alambre de púa al muro.

En la distancia están los vecinos de Lurigancho: los más recientes y más frágiles puestos de avanzada de ese universo en expansión que es Lima, villas improvisadas que cuelgan de las montañas desafiando la lógica y la gravedad. El transporte desde y hacia la ciudad es difícil. La mayor parte de la economía local está basada en sostener la vida dentro de la prisión, un mercado cautivo de miles que deben alimentarse y vestirse y ser mantenidos. Los martes vienen comerciantes, la mayoría mujeres, que empujan sus carros hasta la entrada. Los traen llenos de provisiones: latas, bolsas gigantes de arroz y vegetales, junto con cualquier clase de contrabando que logren hacer entrar. Los miércoles y sábados la calle que lleva a la puerta de la prisión está cerrada al tránsito y llena de vendedores. Los visitantes a la prisión pueden conseguir zapatillas, artículos de tocador, paquetes de primeros auxilios o incluso un tatuaje del nombre de su amado antes de entrar.

Los techeros pueden ver a sus vecinos en las colinas y sobre el camino, y para ellos incluso esta desolada vista puede ser embriagadora.

―A lo mejor podés reservar un terreno para mi -me dijo un joven guardián de techo, señalando las villas que suben las laderas de las montañas justo fuera de los muros de la prisión. Él había sido criado lejos de Lima, en Puno, cerca de la frontera con Bolivia, y pasó poco tiempo en la capital antes de su arresto.
―Pero tienes que apurarte -me dijo- Para cuando salga, va a estar lleno.

Conocí al más experimentado techero del Pabellón 7, Efraín, en su última semana dentro de la prisión. Iba a ser liberado el sábado siguiente, después de casi una década encarcelado por asesinato. Hablamos de la elección, pero no estaba muy interesado; después de todo, su vida real iba a comenzar en unos días. Su esposa se había ido con otro hombre, y ahora ella y su amante se habían marchado del país anticipando la liberación de Efraín. Sabían exactamente de lo que era capaz. Efraín también lo sabía, y estaba ansioso.

―Le ruego a Dios no encontrarme con ella -me dijo. Su ancha cara cuadrada tenía una expresión de angustia- Si vuelvo a caer una vez más, moriré aquí.

Efraín llegó por primera vez a Lurigancho cuando tenía dieciocho años, en 1985, en la época que un interno llama “El tiempo del cuchillo”. En aquellos días Lurigancho estaba superpoblada y abandonada y en un constante estado de guerra. Las pandillas representantes de diferentes distritos de Lima peleaban por el control de la prisión y los tiroteos eran comunes -entre pandilleros de barrios enemigos o entre los internos y las autoridades de la cárcel. Hasta el día de hoy existe un arsenal impresionante escondido dentro de Lurigancho -pistolas, rifles, incluso granadas- pero entonces estas armas eran parte de la vida diaria. A la hora de comer, cada pabellón enviaba hombres con machetes y caños para escoltar la ración desde la puerta de la cocina hasta el pabellón. Los techeros estaban armados con pistolas y casi todas las mañanas se recolectaban cuerpos del Jirón de la Unión. Las pandillas de La Pampa a veces secuestraban a hombres de El Jardín y los mantenían prisioneros hasta que se arreglaba un rescate. Efraín recuerda un Pabellón Siete débil, hogar de un puñado de traficantes provincianos varados en Lima, hombres cuya única opción era invitar a un criminal local a que liderara el pabellón y lo protegiera.

Probablemente no sea una coincidencia que la consolidación del sistema democrático del Pabellón Siete -que data de fines de los 80- vaya de la mano del ascendente poder del narcotráfico peruano. Había más extranjeros encarcelados que traían con ellos dinero y conexiones. Si un peruano de provincias tenía poco interés en las rivalidades de los criminales limeños, un colombiano o un argentino o un francés estaba aún menos interesado. Estos eran hombres acostumbrados a vivir bien. No querían controlar la prisión: querían vivir con dignidad. Poco a poco, el Pabellón Siete empezó a mejorar.

Efraín estaba originalmente en La Pampa y vio crecer la fortuna del Pabellón Siete desde lejos. Al principio de su encarcelamiento más reciente se ubicó en el Pabellón 6, que entonces estaba controlado por internos del distrito San Martín de Porres, de Lima. No hacía mucho que Efraín estaba ahí cuando fue acusado de querer desbancar al jefe. Fue echado, sin lugar adonde ir. Estuvo sin techo por un tiempo. El único Pabellón en Lurigancho que podía aceptarlo era el 7. Un hombre de su reputación y experiencia podría proveer la siempre útil protección.

Efraín descubrió una nueva forma de vida.

―Al principio no me acostumbraba. La gente estaba demasiado relajada y yo venía de un mundo muy violento.

Peleó constantemente, fue expulsado más de una vez, pero con el tiempo empezó a entender la cultura de su nuevo ambiente. En La Pampa, explicaba Efraín, la calma se mantiene con violencia, o la amenaza de la violencia.

―En el Pabellón Siete no te atacan, son pacíficos. La gente aquí es más educada. Tuve que aprender a comportarme.

La prueba de que había aprendido era su posición como techero. Incluso por estos días no hay una ocupación más importante para la seguridad del pabellón. Toda la población confía en el techero: cuando duermen, el techero es sus ojos y sus oídos. Si hay problemas, debe ser el primero en dar la alarma. Que a Efraín, un refugiado de La Pampa, se le haya confiado esta posición era un testamento de su integración a la cultura del Pabellón. Estaba justificadamente orgulloso de sí mismo. Había encontrado un hogar.

Mientras tanto, la vida en La Pampa ha permanecido violenta y difícil. En noviembre de 2010, un hombre fue asesinado a puñaladasen el Pabellón 12 sólo tres días después de su llegada. El pasado febrero, una pelea entre bandas rivales en el Pabellón 20 dejó siete heridos y un muerto de herida de bala. Poco después, el antiguo jefe del Pabellón 10 fue derrocado. Y una tarde en marzo, el encargado de la disciplina del Pabellón 6 casi fue matado a golpes mientras docenas observaban. Ese hombre iba a salir en libertad al día siguiente.

***

El tradicional punto más alto de la temporada de campaña del Pabellón 7 ocurre en la noche anterior a la elección, cuando la comunidad se reúne en el centro abierto del edificio, en los balcones de los pisos segundo y tercero, para escuchar los discursos de los candidatos. Este evento, llamado el balconazo, provee la oportunidad de exponer las ideas directamente frente a los votantes.

A la hora señalada los hombres comenzaron a reunirse y una febril sensación de anticipación llenó el Pabellón. Las cuerdas de ropa fueron rápidamente limpiadas de pantalones y remeras para que todos pudieran tener una vista sin obstáculos de los procedimientos. La noche había caído y el calor había aflojado. Los parlantes atronaban con pop de los 80 y aunque yo no estaba seguro de qué preludio musical esperaba, ciertamente no era “Keep On Loving You” de REO Speedwagon. Un miembro del comité electoral probó el micrófono y su reconocible acento colombiano hizo eco en el pabellón. Yo me quedé en el segundo piso, mientras los hombres me empujaban para elegir su lugar en el balcón. Desde mi punto panorámico podía ver dentro de una celda del tercer piso, que tenía la puerta abierta, a un hombre barrigón en camiseta que pintaba cuidadosamente una montura dorada en un caballo de cerámica negra. Cuando todo estuvo listo, se apagaron las luces del Pabellón, lo que sacó a los rezagados de sus celdas. Un llamado resonó en el patio, y los hombres se amontonaron, hombro con hombro. Los más jóvenes y ruidosos se estacionaron en el tercer piso: habían venido acompañados de tambores y trompetas. La única pregunta era cuál de las Listas había pagado por sus servicios. En Lurigancho, como en las calles de Lima, el entusiasmo en una reunión política es una mercancía que puede ser comprada y vendida como cualquier otra.

La organización era simple: un discurso de cinco minutos de cada candidato, seguido por una respuesta de tres minutos. El primero fue Barrios de la Lista 1, un traficante de piel oscura, menudo, de un pueblo minero llamado Cerro de Pasco. Usaba una camisa negra, había optado por no usar la remera blanca con la estrella de David de la campaña, diseñada por Avi. La multitud saludó a Barrios con un aplauso ligero cuando tomó el micrófono. Tosió. “No soy muy bueno leyendo”, anunció, y explicó que uno de sus socios daría el discurso en su lugar. Hubo un murmullo, un momento de confusión, hasta que Carlos, cabeza del comité electoral, intervino y dijo que esto no estaba permitido. Cada candidato debía leer su propio discurso. La multitud se burló y Barrios pareció haber sido tomado por sorpresa; con cierta reluctancia, tomó el micrófono otra vez. Silbidos desde el tercer piso, después silencio, o lo que se define como silencio en un lugar como Lurigancho. Barrios reunió sus papeles frente a sí nerviosamente y empezó a leer en voz baja, vacilante, como lo haría un niño. Pude distinguir sólo una línea de su discurso. “El problema del agua”, balbuceó Barrios, “será resuelto”.

Pepe, en contraste, fue recibido con un rugido por la multitud y arrancó con una chicana para su oponente: “Hoy yo fui personalmente, puerta a puerta, a hablar con cada uno de ustedes sobre mi plataforma. No mandé a un chico a hacerlo”.

Los rufos enloquecieron, batieron sus tambores, gritaron.

“Tengo un negocio. Ya no tengo que trabajar ilegalmente”, dijo Pepe, una referencia al rumor, repetido con frecuencia, de que Avi no había dejado atrás su vieja vida. Mientras la multitud aclamaba, Pepe sonreía confiado. Advirtió sobre el achique de las remesas. Sin internos nuevos, dijo Pepe, no ingresaba dinero, pero el Pabellón no necesitaba inversiones privadas, sino buena administración. Esto fue lo más cerca que estuvo de mencionar su controversial plan de prescindir de las exenciones de impuestos, pero dada la algarabía que venía de la galería del tercer piso, sentí que podía salirse con casi cualquier cosa.

Las respuestas fueron menos dramáticas. Después de su desastrosa apertura, Barrios tuvo más suerte hablando con el corazón. “¡Ustedes me conocen!”, dijo y repitió esta idea una y otra vez, casi diez veces en solo tres minutos. Había un timbre de súplica en su voz, como si sintiera que el carisma de Pepe era un truco solapado. Esta vez los rufos lo alentaron.

Pepe, por su parte, contraatacó con algunas burlas más, pero invirtió la mayor parte de su energía en elogiar a los hombres del Pabellón y a la democracia: “¡Mañana ustedes van a decidir!”, dijo y fue aplaudido. “¡Los invito a que me elijan!”

Cuando terminó, me acerqué al frente, donde encontré a Avi y Barrios rodeados de sus partidarios. Barrios asintió tímidamente pero no dijo nada cuando le pregunté si creía que las cosas habían salido bien. Avi, imperturbable como siempre, contestó por su compañero, gesticulando hacia el grupo de jóvenes que lo rodeaban:

―Si ellos están contentos, yo estoy contento.

Un partidario de la lista 1 le había puesto una de las remeras blancas de campaña a uno de los perros del Pabellón; el animal, de aspecto nervioso, había sido ubicado sobre la mesa de pool y ahora lloriqueaba y caminaba de una punta a la otra hasta que uno de los hombres lo tomó entre sus brazos. Las piernas delgadas del animal dejaron de temblar cuando se relajaron contra el pecho del interno. Los partidarios de Barrios empezaron a corear el nombre de su candidato -”¡Ba-rrios! ¡Ba-rrios!”- y él los reconoció levantando tentativamente una mano. Se sentía menos como un grito de manifestación que como un intento de levantarle el ánimo a Barrios y en cualquier caso no duró mucho. Desde el otro lado del Pabellón llegó la respuesta -”¡Pe-pe! ¡Pe-pe!”- y momentos después los cánticos cayeron en un ritmo idéntico, cancelándose mutuamente.

***

Esa tarde me senté en el patio con algunos hombres, incluyendo un peruano que se presentó como Julio. Había emigrado años atrás a Europa, donde él y algunos compañeros encontraron trabajo robando buses de turistas japoneses que iban del aeropuerto a las ciudades. Fue impreciso cuándo le pregunté en qué lugar de Europa, pero sí me dijo que era un trabajo fácil y bastante lucrativo, y que nunca mató a nadie ni fue atrapado. Una vez se metió en problemas portando un pasaporte brasileño falso y cuando se compararon sus huellas digitales, lo relacionaron con un delito de drogas cometido quince años atrás en Perú. Y, de pronto, estaba de vuelta en casa. Julio se reía cuando relataba este giro de los acontecimientos, asombrado, de la misma manera que un atleta experimentado hablaría de un principiante que lo había derrotado de manera inesperada pero contundente.

Julio había sido sentenciado sólo a veinte meses en Lurigancho. Un artículo del código penal peruano llamado «criterio de conciencia» permite a los jueces sentenciar al acusado sin evidencia, de acuerdo a su «sensación» de culpabilidad. Fue esta dudosa pero común herramienta legal la que hundió a Julio. Después de todo lo que había hecho, después de tanto zafar, aquí estaba, encerrado, por la intuición de un juez. Tenía una sonrisa tan cándida que resultaba difícil imaginarlo con un arma en la mano, asustando de muerte a un bus lleno de turistas japoneses. Pero el juez había visto ese germen de violencia, y si no vio eso exactamente, vio algo.

―Me miró a los ojos y me dijo “eres culpable”- me contó Julio. Había admiración en su voz, se sentía orgulloso de que hubiera hecho falta un juez peruano para atraparlo- ¡Pero no había evidencia! ¿Cómo adivinó? ¿Tienen entrenamiento especial?.

La energía del balconazo se había disipado. El tiempo de gritar había pasado y en esta noche clara algunos hombres jugaban a las cartas, otros a los dados y otros caminaban por el patio, una ociosa caminata nocturna en un espacio confinado y atestado. La televisión de 42 pulgadas del pabellón, comprada para el Mundial 2010 por los delegados salientes, había sido sacada afuera y atronaba con una comedia norteamericana doblada ante una docena de rufos narcotizados.

De acuerdo a las reglas diseñadas por el comité electoral, la campaña finalizaba la medianoche del día de la votación. Unos diez minutos antes de la medianoche, un rufo se paró junto a nuestra mesa con un nuevo panfleto de Barrios y Avi. En el tope, en letras grandes, se leía la frase DEUDA CERO y al final, el número 1 con una X tachándolo. Mientras sostenía el documento entre mis manos, me di cuenta del movimiento a mi alrededor: se estaban pegando nuevos posters en las paredes del patio, todos con el enigmático nuevo slogan. La Lista 1 prometía cancelar las deudas de todos. Aún más, el desordenado panfleto argumentaba:

“Barrios puede ofrecer esto porque tiene el apoyo de gente con dinero, inversionistas con experiencia en la delegación y no chicos nuevos que quieren una primera oportunidad para hacer experimentos. La otra lista no respetará a compañeros que gozan de la exención y que llevan presos más de siete años, ni a los viejos. Todos pagarán y obligarán a pagar las deudas pendientes”.

La última sección, subrayada para enfatizar, decía: “Barrios no tiene que hablar mucho para trabajar y hacer mejoras en el pabellón. Menos palabras. ¡No hay otro! Vote Lista 1”.

Leí el panfleto de vuelta, más que un poco impresionado. Julio lo consideró brillante. Su risa resonó en el patio. Pregunté si podía conservar el panfleto para mi archivo. Le dio una última mirada apreciativa y me lo dio. Ya me había contado su plan: lo liberarían el siguiente año, se iría a Europa y no volvería jamás. El voto de mañana sería el último en su tierra natal.

Grupos de hombres se habían reunido en el patio para leer la provocativa nueva oferta de Barrios. Incluso con las luces bajas, se los podía ver asentir.

***

La votación se hizo en el gimnasio del pabellón, un area del patio aislada por una cadena a modo de valla. Era otro día cálido y luminoso y ambas campañas habían ubicado largas mesas justo fuera del área de votación para que ellos y sus partidarios pudieran observar los acontecimientos desde lejos. Barrios, Avi y su gente se sentaban en las mesas blancas, Pepe y Richard en las rojas, pero las dos filas estaban tan cerca y la atmósfera era tan de convivencia que uno sentía que los bandos opositores eran ramas levemente competitivas de una misma familia. El perro de la noche anterior apareció usando, ahora, una remera sucia de la Lista 1 y los partidarios de Pepe fingieron enojo. “«¡La campaña se acabó!”, gritó alguien , mientras otro hombre escribía el número 2 en un papel y lo pegaba al lomo del perro con cinta adhesiva. Todos se rieron, salvo el perro.

A las diez de la mañana, cuando la votación comenzó oficialmente, había una cola de más de treinta hombres. Los llamaban de a uno para que entraran al gimnasio donde, rodeados por posters de Arnold Schwarzenegger y Jean- Claude Van Damme, fondo musical de Queen y Peter, Paul and Mary y bajo la atenta, terriblemente seria supervisión de tres hombres del comité electoral y representantes de cada campaña, los internos del Pabellón Siete emitían su voto. Cada hombre recibía una lapicera y una boleta impresa en papel amarillo. En el rincón del cuarto una sábana anaranjada colgaba de las barras de un aparato de pesas, a modo de cortina. Cuando se corría, el votante desaparecía y emergía un momento después, ya terminado su deber civil. La boleta doblada iba a una caja de zapatos de cartòn y el votante registraba las huellas digitales de su pulgar antes de irse. Los miembros del comité tachaban su nombre y llamaban al siguiente.

Hay algo especial acerca de las elecciones, una innegable sensación de optimismo en la cola de ciudadanos que esperan pacientemente para tomar una decisión. Cada voto emitido en el Pabellón 7 representa un puñetazo que no será dado, una bala que no volará.

En el pabellón los rufos dormían, los solitarios preferían el silencio y los extranjeros se buscaban para poder conversar en sus lenguas nativas. El almuerzo fue anunciado por una alarma y los hombres hicieron fila para chequear sus tickets antes de recibir la comida. La pesada lona de plástico se inflaba en la brisa de verano. Los techeros mantenían la guardia atentos a los enemigos, con un ojo esperanzado puesto en los polvorientos barrios que se veían a la distancia. Estos hombres, ciudadanos de una docena de países, que hablaban diez o doce lenguas, han diseñado, sin ayuda o guía desde afuera, una forma pacífica de autogobierno que han sostenido por más de dos décadas -incidentalmente, más tiempo que las elecciones democráticas del Perú. Les pregunté a docenas de presos sobre los orígenes del sistema del Pabellón 7 pero ninguno los recordaba. Mientras el resto de la prisión resuelve sus problemas por la fuerza, en el Pabellón 7 forman fila y emiten votos. Mulas, traficantes, intermediarios y los inocentes -un hombre, un voto.

***

El último voto se emitió a las cuatro de la tarde y después empezó el recuento. El jefe del comité ubicaba los papeles amarillos en pilas. Era una situación tensa. Las elecciones en el Pabellón 7 típicamente se deciden por una diferencia de menos de una docena de votos.

Si me preguntaban a mí, yo hubiera predecido que ganaban Avi y Barrios. Sentía con seguridad que la oferta de borrar las deudas personales haría una diferencia crucial. Pero estaba equivocado. El electorado demostró mucha madurez –por cierto, más de la que se ve en las calles. La pila de votos para Richard y Pepe creció. Aún más: fue aplastante. Cuando terminó, el margen fue de más de sesenta votos, un nuevo record.

Alvaro, el representante de campaña de la lista 1, estaba hosco y serio. Cuando finalizó el primer recuento, cada representante recibió la pila del otro, para que pudieran verificar los votos uno a uno. Siempre hay un puñado de votantes primerizos que escriben fuera de las líneas, firman con su nombre o apuntan slogans de campaña en la parte de atrás. De acuerdo a las reglas, esos votos se impugnan.

Alvaro revisó la pila de la lista 2, aparentemente resignado a la derrota, hasta que de repente dejó de contar. Encontró un voto ilegible. “Esto está arreglado”, anunció. “Has contado mal. No puedo participar de esta farsa”.

Hubo silencio por un largo momento y entonces Carlos, jefe del comité, trató de razonar con él. Descarta todos los votos que quieras, le dijo. El objetivo de que los cuentes es que puedas corregir nuestros errores. Pero Alvaro no cedía. Quería que toda la elección se anulara por un sólo voto.

Nadie sabía qué hacer. Durante veinte minutos hubo un parate. Afuera, los votantes empezaron a expresar su impaciencia. Silbaban y gritaban por resultados y el sonido se elevaba y caía en oleadas. Carlos estaba frenético y la tensión era muy alta. ¿Y si Alvaro se levantaba y se iba? ¿Y si se negaba a firmar? Incluso aquí, entre los civilizados y pacíficos hombres del Pabellón 7, ¿podíamos estar seguros de que nada sucedería? ¿Habría un golpe? ¿Un gobierno interino? ¿Este experimento democrático finalmente fracasaría?

Tras un impasse de casi media hora, Carlos estaba preparado para anunciar el ganador, con o sin el consentimiento de la Lista 1. Apuntó un largo y acusador dedo en dirección a Alvaro: “Si hay problemas, te consideraré el responsable”.

Este último comentario pareció conmover la resolución de Alvaro. Vaciló, sacudió la cabeza y después, como si estuviera haciendo un favor, empezó a contar la pila de votos que todavía estaban frente a él. Tiró tantos como pudo. El comité electoral lo observaba fijamente.

Todo lo demás sucedió muy rápido. Se preparó la proclama oficial y todos firmaron. Momentos más tarde, el comité estaba en el patio. Carlos se subió a una mesa y anunció el triunfo de la Lista 2. Un grito alegre salió de la multitud. El patio estaba repleto y el clima era celebratorio. Los miembros del comité se habían puesto de acuerdo en no mencionar el mal momento del recuento pero el rumor ya estaba suelto. Alvaro estaba parado tímidamente al lado de Avi y Barrios, mientras Pepe se trepaba a la mesa para agradecer a sus partidarios. El Pabellón 7 rugió.

“¡No los voy a defraudar!”, gritó Pepe.

En ese momento, los techeros del Pabellón vecino cortaron las cuerdas que mantenían en lo alto esa parte de la lona. No nos dimos cuenta al principio, sólo sentimos una sombra. Levanté la mirada para ver a los techeros sonriéndole al patio. Quizá era su manera de burlarse de sus vecinos democráticos. La lona cayó lenta y elegantemente, como un globo desinflado. El patio empezó a despejarse. La elección había terminado.

***

Fui al Pabellón 7 al día siguiente y me encontré en la entrada con un nuevo equipo de guardias. La transición había comenzado: los jefes de disciplina salientes entregaron las llaves momentos después de anunciados los resultados. Pepe y sus hombres estaban en la oficina de la delegación, repasando los libros. Había cerca de 1300 soles de cuotas sin pagar –las deudas que el panfleto de campaña de Barrios había prometido condonar– además de pilas de facturas por comida y materiales de construcción. La reapertura del baño del segundo piso había sido una de las promesas de Pepe, pero una gotera fue descubierta en el cielorraso. No había contado con este gasto extra y ya estaba sintiendo resistencia a su plan de austeridad. “Vamos a tener que hablar con la gente”, dijo Pepe. “No sé cómo vamos a convencerlos”. El nuevo líder del Pabellón 7 parecía cansado. Dormía poco. Algunos hombres se habían emborrachado la noche anterior y Pepe había tomado su primera decisión disciplinaria a las 5 de la mañana, cuando expulsó a los infractores del pabellón durante veinticuatro horas. Lo esperaba un año de este tipo de estupideces.

Eventualmente salí al patio, donde las sillas y las mesas habían sido bajadas del techo en preparación para el día de visita. Una banda tocaba para los internos y sus invitados mientras las familias reunidas por un breve lapso disfrutaban una comida, una risa, un baile. Parecía menos una prisión que un club social en una tarde de verano. Los restoranes del pabellón estaban muy activos, con los rufos haciendo de mozos, corriendo entre las mesas. Un titiritero actuó para los chicos, su creación de miembros fláccidos balancéandose al son de la música. Unos pocos chicos se habían inclinado por el patio de juegos que, con una hamaca y un tobogán, se había armado al lado del escenario donde tocaba la banda, en un cuadrado de sol. Un chico se destacaba de los demás, jugando con un trompo, lanzándolo hacia el piso de cemento del patio, después, agachado, envolviéndolo en la palma de su mano cuando giraba. Cada vez que lograba esta hazaña, corría a mostrársela a sus padres, que estaban sentados juntos, sin hablar, mirando jugar al chico, con las manos perezosamente entrelazadas.

Vi a Avi sentado a la mesa con dos mujeres jóvenes y un amigo llamado Tito, que también había estado en la lista perdedora. Avi me llamó. No habíamos hablado desde el anuncio de los resultados y cuando vio que me acercaba, levantó un puño en el aire. Sonreía ampliamente.

―¡Gané!- gritó.

Avi insistió en que los acompañara a almorzar. En cuanto al resultado de la elección, explicó, no estaba molesto en absoluto. Después de todo, los problemas del pabellón no eran suyos. La deuda no iba a ser perdonada, al menos no por él, pero le veía el lado bueno:

―Ahora puedo ahorrar el dinero que tenía pensado gastar.

Esto era motivo suficiente de celebración.

Tito, de no más de treinta años, se había candidateado como delegado de deportes de la Lista 1. Era una posición que había ocupado antes: sus responsabilidades hubieran incluido organizar los torneos de fútbol del pabellón y abrir y cerrar el gimnasio. Como a Avi, no le importaba haber perdido. Su hermano se había candidateado para la misma posición en la lista de Pepe y Richard.

―¿Competiste contra tu hermano?- le pregunté, pero a Tito no le parecía para nada extraño. Era sólo una elección y, de todos modos, toda su familia estaba en prisión. Su padre vivía en el Pabellón 7 y su hermana estaba en el penal para mujeres de Lima, en el otro lado de la ciudad.

La banda -un timbalero, un tecladista y un cantante- repasaba un repertorio maníaco de salsa local y hits de cumbia. Un español vagaba entre las mesas, haciendo trucos de cartas para las familias visitantes, en busca de una propina. Todavía era joven y atractivo, aunque un poco lento, pero consumía drogas y a menos que pudiera controlar su hábito, le esperaban horrores. La mayoría de las mesas lo echaban, y cada vez el español agachaba la cabeza y se iba sin protestar.

Un rufo trajo mi almuerzo a la mesa, un plato de pescado y arroz. Avi le agradeció, le puso una moneda en la mano, y el hombre desapareció.

La banda saludó a Tito y sus invitados -después de todo, estaban usando sus instrumentos de percusión- y él les respondió con un aplauso desganado. Un momento más tarde, el titiritero llegó a nuestra mesa. Balanceó su títere un poco, pero lo que realmente quería, me di cuenta, era mi almuerzo a medio comer. Yo no estaba muy hambriento, así que se lo ofrecí. El hombre se puso el títere bajo un brazo y agarró el plato con la otra mano. Nos agradeció profusamente y después encontró un lugar donde sentarse a unos metros: de cuclillas, la espalda contra la pared. Se comió las sobras muy rápido, con las manos.

La banda tocó “Como si nada”, un hit local sobre corazones rotos, y las chicas de la mesa cantaron a coro, siguiendo el ritmo con los pies, con la esperanza de que Tito o Avi las invitaran a bailar. Pero ninguno de ellos lo hizo. Tito le había echado el ojo al titiritero hambriento. Me dijo que encontraba muy perturbadora la pobreza y desigualdad del Pabellón. Un día, continuó, afuera en las calles de Lima, un ex convicto del Pabellón 7 se había cruzado con un rufo, años después de la liberación de ambos. Tito frunció el ceño. Era una historia que tipos como él, los ricos del Pabellón 7, contaban con horror: el rufo recordaba toda la humillación y el maltrato que había sufrido adentro, día tras día, días como este, mendigando comida y cosas peores. El rufo asesinó al ex convicto ahí mismo.

―Es terrible -dijo Tito, poniendo de cabeza el viejo clisé de la prisión- Afuera somos todos iguales.

Del otro lado de la mesa, Avi me llamó.

―Perdón, Daniel –dijo- Necesito pedirte un pequeño favor.
―Claro- respondí.
―Tengo que enviar dos libros a Israel -su rostro estaba muy serio- Un paquete pequeño. ¿Podrías hacerlo por mi?.

El convicto traficante de drogas israelí me observó, mantenía su expresión adusta. La banda tocaba, fuerte y chillona y yo no sabía qué decir. Empecé a tartamudear una excusa, pero Avi me paró y rompió en una sonrisa.

―Está bien –dije- muy gracioso.

La mesa ciertamente pensaba que era muy gracioso. Tito y las chicas se rieron, también. Arriba, en la oficina de la delegación, Pepe y sus hombres trabajaban para salvar al Pabellón del colapso económico. Afuera, la fiesta seguía.

―Te voy a decir algo -dijo Avi- No hay lugar como el Pabellón 7. Esto es el Paraíso.

Micaela volvió a Perú

Publicado: 26 julio 2012 en Gabriela Wiener
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Micaela es mi mejor amiga. Y está a punto de abandonarme. Se cansó. Aunque no limpia suelos como la mayoría de inmigrantes peruanas en este país, nunca consiguió insertarse en el ahora más que nunca difícil mercado laboral español. Está sola. Yo también lo estoy. No tenemos familia en este lugar, más allá de nuestras parejas y nuestras respectivas hijas. Se cansó de que su marido trabaje de camarero diez horas al día y llegue a las 11 de la noche, cuando a ella ya no le quedan energías ni para freírle un huevo o tener una conversación. Está hasta la coronilla de enviar su CV de diseñadora, con una carrera, un master y una especialización en diseño textil y que la inviten a ser becaria por cero euros a sus 35 años. Tampoco le parece bien que su madre vea crecer a su nieta por Skype. Micaela se va a mudar otra vez. Es una adicta a las mudanzas. Se ha cambiado de casa hasta diez veces en ocho años. Yo, como ella hace igual cantidad de años, me mudé de Lima a Barcelona. Hemos madurado lejos de todo, nos hemos vuelto madres en el extranjero y compartido ese desasosiego del que no es de aquí y sabe que ya tampoco del todo de allá. Para quienes vivimos fuera, volver es algo que creemos que tarde o temprano ocurrirá, aunque nos pasemos la vida sólo intentándolo. Lo dicen los más veteranos: “Y pasaron 40 años sin que nos diéramos cuenta”. Suelo pensar que en algún momento algo desencadenará mi regreso, eso me librará de tener que decidirlo.

El regreso fue durante mucho tiempo una letanía en boca de mi amiga, tanto que cada vez que lo anunciaba era como escuchar al pastor mentiroso gritando que viene el lobo. Cuando por fin habló en serio, nadie le creyó.

Pero es verdad.

Dice que será su última mudanza. Esta mañana la acompaño a regañadientes al consulado de Perú en Barcelona para iniciar los trámites de su retorno.

―La verdad es que no me había imaginado tener que hacer tanto trámite para volver a mi propio país…-, me dice mientras pasea a Maiku, su pequeña hija de un año, que aún no puede entender que está a punto de cambiar su destino para siempre.

Mientras esperamos que el funcionario rellene sus datos, Mica recibe una llamada.

―No, me llamas tarde, ya he vendido todo, lo siento. Adiós.

Tras vender la mitad de sus muebles en Ebay y dejarme la otra mitad, está lista para viajar con solo tres maletas de 25 kilos cada una, el resumen de una vida. En tanto, mi casa, de pronto poblada con sus sofás y mesas, con sus plantas y lámparas, ahora tiene un inquietante parecido a la que había sido suya.

―Cuando entré a tu casa y vi los muebles me dio pena… luego sentí alegría también. porque tu casa ha quedado preciosa, esas cosas ahora ya no son mías… Me llevo ropa, mi computadora, de la que no me pienso desprender porque es mi fuente de trabajo, me llevo también algo de mi “altar” de fotos y objetos queridos.

Tras dos horas de espera, es el turno de Micaela. Nos hacen entrar a un cuartito y el funcionario del Consulado de Perú le hace firmar varios papeles. Oficialmente, ya puede irse. Se está yendo todo el mundo, nos dice el empleado con media sonrisa.

Desde hace un tiempo ya nadie me envidia por vivir en España. Desde que estalló la crisis, no han vuelto a escribirme para que les dé consejos de cómo venir. Es más, muchos me sugieren que vuelva, porque al Perú le va bien, porque el Perú está de moda, ha entrado a su séptimo año consecutivo de crecimiento, mientras España no hace más que deprimirse. Es una especie de éxodo de ciencia ficción, en el que los latinoamericanos empiezan a dejar el “primer mundo” por una oportunidad en el tercero. Cuando llegué a Barcelona, todo el mundo soñaba con estar aquí, ahora todo el mundo sueña con irse. Algunos lo están consiguiendo.

***

Micaela, su marido, Sergi, y la pequeña Maiku, se están quedando en nuestra casa. En una semana se habrán ido, mientras tanto, han montado su campamento en mi sala. Jaime está un poco inquieto, como cada vez que tenemos que alojar gente. Las tres maletas están metidas en el baño. Siempre que lo ha necesitado, mi hogar ha sido su refugio temporal. Recuerdo que al dejar el pequeño piso donde Jaime y yo habíamos empezado a construir nuestra precaria vida de jóvenes periodistas en el extranjero (esperábamos un bebé y había que buscar un nido mejor), Mica y Sergi lo tomaron. Micaela siempre cuenta orgullosa cómo decoró el piso a su estilo, hasta que no se pareció en nada a la casa donde yo había vivido. Un periódico los incluyó en un reportaje sobre parejas que viven en pisos minúsculos aprovechando al máximo el espacio. Se tituló “El pequeño palacio de Micaela y Sergi”. Durante mucho tiempo, el recorte estuvo colgado en la puerta de su nevera.

Cuando vives en un país extranjero, los amigos son tu familia. Comes con ellos los domingos, les heredas tus pisos, les pides plata prestada, les confías a tus hijos. Y yo en breve me voy a quedar sin parte de mi familia extendida. ¿Por qué se va? ¿Por qué me quedo? ¿En qué maleta guardamos el sueño de una Europa que ahora se desdibuja para arrojarnos otras vez a nuestro viejo Nuevo Mundo? Estamos sentadas en la galería de mi casa. Micaela toma un té, mientras yo riego las que hasta hace sólo un rato fueron sus plantas.

―La decisión de irme no la tomé bajo el efecto de las drogas, como tú crees. Mi amiga Sachico me invitó a su nueva casa, era un ático precioso frente al parque de la Ciudadela. Y ahí estaba yo, mirando el monumento del parque que acababan de pintar de un dorado intenso. Te juro que en ese momento dije: ¿que estoy haciendo acá? Y me pregunté: Mica, ¿es esto lo que quieres? Y la verdad es que dije: No. Éste no es mi sueño. Esa noche Sergi y yo nos tomamos unas cervezas y le dije que me quería ir ya.

Pero Mica no tenía que convencer a Sergi porque él llevaba años deseándolo. Adora Perú. Era Micaela la que pedía más tiempo. Tiempo para terminar su master, tiempo para empezar otro postgrado. Para tener una hija. Tiempo para triunfar.

Siempre me pregunto lo mismo: ¿El fracaso o el éxito tienen que ver con cálculo o con suerte? ¿Qué supone cambiar radicalmente de rumbo? ¿Volver es renunciar? ¿Quedarse es resistir? ¿Estás seguro?

Para Micaela, el viaje había tenido un objetivo primordial. Se había alejado de Lima porque creía que afuera encontraría el amor. Se lo había dicho una bruja. Micaela cree en una serie de cosas que a mí siempre me han parecido absurdas. No me parezco en nada a Micaela, en realidad somos tan diferentes que a veces me sorprende que seamos amigas.

Pero la bruja tenía razón: ella encontró el amor en España. Se casó con Sergi y tuvo a Maiku. Una vez cumplida la profecía, aquí ya no tiene nada más que hacer.

Cada vez que decido dar rienda suelta a mi egoísmo, le digo a Mica que lo piense dos veces. Le hablo mal de Lima y de su tráfico. Le doy ideas para encontrar trabajo, para mejorar su currículum y volver a intentarlo. Ella me recuerda que aquí a mí me va bien y a ella no. “Tú trabajas en lo tuyo, Gabi”. Tiene razón. Aunque no tengo una vida acomodada, no me siento frustrada. Y eso es más de lo que Mica puede decir de sí misma. Su sueño es poder vivir del diseño, algo que nunca pudo hacer en España, donde ha trabajado haciendo fotocopias, sirviendo ensaladas y como secretaria en una escuela de danza del vientre.

De Perú nos fuimos juntas, quizá porque las amigas nos copiamos unas a otras, incluso cuando ya somos mayores y no tenemos nada que temer. Aquella vez yo seguí sus pasos.

***

Nos estamos despidiendo, pero un año antes las cosas eran muy diferentes. 2010 fue un año terrible para Micaela. Cuando estaba de vacaciones en Lima, murió su abuelo; por la misma época su hermana tuvo un accidente. Fueron unos días tan traumáticos en Perú que al volver decidió quedarse en Barcelona para siempre. Se mudó a un piso más grande; y con la mayor parte de sus ahorros se compró muebles nuevos. Por fin iba a echar raíces. Yo estaba feliz porque seguiríamos como hasta ahora, viendo a nuestras hijas crecer juntas. Pero una noche, después de dormir a Maiku, se acostaron en su nueva cama de su nuevo piso y los estremeció un sonido horrible. Se había abierto un enorme agujero en el piso. Se mudaron a mi casa, mientras buscaban otro lugar para alquilar. Durante dos meses y en pleno verano, Micaela salió todas las mañanas y las tardes empujando el carrito de su hija, a visitar pisos que encontraba en Internet, mientras Sergi seguía sirviendo platos y cervezas. Al fin dio con uno. Parecía otra vez que serían felices. Pero no. No llevaba ni medio año viviendo en su nueva casa, cuando anunció que se iba a Lima.

Había razones de peso. Se le acababa el paro, no encontraba empleo y el nuevo piso suponía más gastos. Se preguntó qué estaban esperando para irse. España estaba siendo dura con ellos y le pagarían con la misma moneda.

―¿Diez años más pagando mil euros de alquiler, sin ahorros, sin ayuda en casa? Ni hablar. Ahora, en Perú seestá viviendo lo que vivió España hace 30 años. Hay un boom inmobiliario, la gente compra un montón, se endeuda, hay liquidez. Yo me voy para hacer dinero, pero también quiero crear una empresa de diseño textil pero en la onda del comercio justo, enseñar a las artesanas peruanas lo que sé, cómo hacer que lo que saben se convierta en algo rentable.

Micaela aún no ha resuelto su vida pero ya quiere resolvérsela a los demás.

***

Sergi acaba de volver de comprar cigarros.

―Se ha comprado cien paquetes de cigarros para llevar porque en Perú son súper caros y los ha metido dentro de la guitarra. Si se pierde la guitarra, pierde la guitarra y los vicios, -dice Mica.

Micaela es pequeñita, vital, indiscreta; Sergi es lo contrario, larguirucho, lacónico, parece preferir ser invisible. Fuma. Bebe cerveza. Nunca quiso ser nada en la vida y está orgulloso de ello. Es un espíritu libre. Anárquico, antisistema en el fondo, aunque el sistema se lo haya llevado por delante varias veces. Seguiría a Micaela –de la que se enamoró al verla con un chullo en la cabeza por las calles de Valencia– hasta el infierno, así éste se llame Perú. Toca la guitarra, escribe poemas, pero no le interesa “venderse”, así le llama a lo que los demás le llamamos “trabajar”. Tampoco le gusta hablar de sí mismo, pero consigo persuadirlo. Se sienta y me dice: pregúntame algo pero que sea rápido.

―¿Lo conseguirán?

―No sé si lo conseguiremos, pero lo que queremos es vivir mejor en todos los sentidos, no sé si con más o menos dinero, pero cómodos y con algo de profundidad, un sentido, que aquí no tenemos…

―Pero, ¿intentaste buscarle un sentido aquí?

―Sí, supongo que lo intento todos los días.

―No has trabajado para vivir, sino has vivido para trabajar.

―La hostelería es horrible, no existe hostelería digna, aunque esté bien pagada y tengas fiestas, te sientes un esclavo. A Mica y a mí nos une la necesidad de encontrar un lugar donde seamos felices. La idea de irnos sale de eso: de que no queramos quedarnos.Mi sueño es vivir a nuestro ritmo, vivir para nosotros, sin jefes, de otra manera. En España ha sido imposible. No hemos sido felices aquí. Tengo una idea romántica del Perú y lo admito.

―Sergi lleva siete años haciéndolo todo por nosotros­-, interviene mi mejor amiga-. No quiero que mi pareja vuelva a la hostelería a menos que él sea dueño del bar.

El plan de Micaela es llegar a Lima y ponerse a trabajar de inmediato. Sergi descansará, estará en casa, se encargará de Maiku y de las labores domésticas. En seis meses podrá incorporarse al proyecto que Micaela está emprendiendo, a modo de asistente.

―¿No serás adicta a las mudanzas, Mica? Se me ocurre que ya no puedes vivir sin la adrenalina de reorganizar una y otra vez tu vida.

―Me pasa que no me conformo. Me fui de Perú porque estaba cansada de mi vida en Perú; me fui de Valencia por que estaba cansada de mi vida en Valencia; por eso me voy de Barcelona, porque estoy cansada de mi vida en Barcelona. Soy una soñadora y aquí sólo lucho, no vivo mis sueños.

―¿No tienes miedo? ¿No tienes miedo de que las cosas no salgan como tú te imaginas?

―Claro que sí.

―Quiero decirte algo: Creo que no te arriesgaste lo suficiente a echar raíces porque en tu cabeza siempre estaba la inquietud de volver. Era una manera de no vivir en serio, de vivir de manera provisional, porque piensas que tu verdadera vida todavía te espera más allá, en esa cosa que no existe, que es el futuro.

―Es muy posible, pero no quiero darle más vueltas. Ya quiero estar ahí y empezar otra vez. O nos asentamos en Lima o nos asentamos en alguna provincia, de repente en Cuzco o Ayacucho, donde creo que podré dedicarme a lo que me gusta.

Micaela aún no llega a Lima y ya está pensando en mudarse de la ciudad.

***

La despedida es en el bar en el que Sergi trabajaba de camarero. Aquí los amigos de Sergi nunca hemos pagado una cerveza y, otra mala noticia, a partir de ahora tendremos que pagar. Maiku y mi hija Lena juegan a perseguirse. Han venido una decena de personas. Micaela explica sus planes, tal como me los ha explicado a mí, con el mismo entusiasmo. Yo he traído mi cámara de fotos y soy la retratista de la tarde. Les hago muchísimas fotos a nuestras hijas, que posan apoyadas en una pared, abrazándose.

A Lena le hemos contado que Mica se va a Perú, lo hemos hecho con delicadeza, aunque tal vez no hacía falta. Mi hija está llena de amor pero es práctica, nunca dramatiza, sabe pasar página. No sé si todos los niños son así. Ella es una niña entre dos mundos. Desprendimiento, desapego, son un par de palabras que se me ocurren para hablar de ella. “Yo soy de Perú y de Cataluña”, suele decir. En uno de ellos habla en catalán. Su padre y yo pertenecemos al otro. Aunque ha ido casi cada año de su vida a Lima, ese lugar donde hay tanta gente que la quiere gratuitamente, sabe que su casa está aquí. Nosotros, en cambio, aún lo dudamos.

El día en que Lena nació Mica estaba ahí. Le hizo su primer vídeo y le tomó sus primeras fotos. Micaela es una de las personas que más quiere a Lena en el mundo. Y mi hija lo sabe. En las fotos de la corta vida de Lena, en las que puede verse cómo va cambiando de pequeño mono extraterrestre a esa preciosa niña que es ahora, en cada capítulo de esa metamorfosis lenta y fascinante –nada como verse todos los días para no notar el paso del tiempo–, está Mica. Cuando Micaela se vaya, esa secuencia se detendrá y no sé hasta cuando. Algún día, volveremos a ver estos retratos y sabremos que fue justo en este momento que empezamos a envejecer.

―Hola Maiku, tú ¿que opinas? ¿Te vas de viaje?, le digo a la hermosa niña de Mica, sin que nadie se de cuenta.

―…

―Adiós Maiku, adiós.

El último día de Micaela en Barcelona discutimos porque no me avisó que invitaría a casa a más amigos suyos para despedirse. Empiezo a sentirme harta de ver mi casa invadida. Se lo aclaro. Es un poco odioso de mi parte, podría habérmelo ahorrado, es su ultimo día, qué más me da, pero así somos las amigas, brutalmente sinceras incluso cuando nadie nos lo ha pedido. Es un desencuentro de último minuto, como si quisiera recordarle que yo tengo mis propias reglas y que funcionan. Un gesto antipático.

***

Nos conocemos desde los seis años, estudiamos en los mismos colegios en la primaria y en la secundaria, fuimos casi toda la vida inseparables. Mica y yo nos escribíamos cartas cuando teníamos sarampión, jugábamos a las Barbies y a Pequeño Pony. Ella tenía un abuelo que hacía negocios, yo un abuelo que hacía muebles, ella usaba zapatillas Reebook, yo las horribles zapatillas Legend, yo vivía con mi mamá y mi papá, ella solo con su mamá, ella tenía un bebé Repollito made in USA y yo tenía un Pimpollito made in Perú. Ella siempre levantaba la mano en clase y decía un montón de tonterías. Yo nunca hablaba y me ruborizaba al oírla, me ruborizaba por todo. Ella no tiene miedo al ridículo, yo sí. Ella no tiene miedo a equivocarse, yo sí. Por eso ella ha vuelto a Perú y yo no.

Cinco meses después de la partida de Micaela, llego a Lima a pasar un mes de vacaciones. Cinco meses no son suficientes para hacer un balance, son escasos para ensayar un veredicto. Además, qué vida soporta un veredicto de ese tipo. El éxito o el fracaso son tan relativos. Todo este tiempo nos hemos comunicado por chat. Y ahora estoy aquí, frente a la casa de la madre de Micaela, la casa de la infancia de Mica y también de mi infancia, donde jugábamos a las escondidas. El departamento, que está en Corpac, en el límite en que San Isidro, uno de los barrios más burgueses de Lima, se convierte en otra cosa, ha sufrido reformas drásticas. La madre de Mica lo dividió hace ya unos años en dos partes independientes para alquilarlo.

Mica y su familia viven en la zona exterior que da al parque; su madre y su hermana, en el interior. Maiku juega feliz sobre la moqueta, mientras la empleada limpia la habitación y Sergi prepara un arroz chaufa, un plato típico de Perú. Hablamos por primera vez cara a cara de la madrugada en que dejó Barcelona.

―La oscuridad, el taxi, ustedes medio soñolientos, Lena durmiendo en su camita… Todo eso para mí fue tristísimo, todavía lo recuerdo y no dejo de conmoverme. Siempre he odiado las despedidas, supongo que es porque siempre tenía que despedirme de mi viejo. En el taxi no podía dejar de llorar. …Los primeros tres meses lloraba todos los días.

Puedo visualizar a Mica en el taxi camino al aeropuerto, mirando la ventana y despidiéndose de su vieja vida. Y en aquél momento en que les dijeron que tenían exceso de equipaje y tuvieron que rearmar las maletas, y Maiku muerta de sueño, sin entender nada, lloraba hasta la desesperación.

―Pensé: ¿estaremos haciendo lo correcto?

Micaela es voluble, impredecible, contradictoria. Le gusta el cambio. Lo suyo es el movimiento constante, cambia de opinión sin cesar. Yo soy de ideas fijas. La última vez que hablé con Mica, estaba llena de ilusiones. Cuando llegó, la realidad, como siempre, la sorprendió, por ejemplo supo que no iba a conseguir trabajo de la noche a la mañana y que debía echar currículums.

En medio de este desbarajuste, en Perú se celebraron las elecciones. Estuvo a punto de ganar la hija de Fujimori, -el ex presidente que hoy se encuentra preso sentenciado por crímenes de lesa humanidad-. Fueron días virulentos en que la sociedad peruana mostró por enésima vez su dramática escisión. Pero ese no fue el único tipo de violencia que les dio la bienvenida. Todo los peruanos que vivimos fuera sabemos que al regresar nos reencontraremos con muchas de las cosas que nos hicieron escapar: La vulgaridad, la mala educación, la impuntualidad, el incivismo, el tráfico, las promesas incumplidas.

Sergi sigue en la cocina, entro y lo veo cortar la cebollita china, el pollo, freír el huevo. Ha aprendido a cocinar varios platos peruanos desde que está aquí. Y ha encontrado una definición perfecta para el tipo de retornante que siente que son Mica y él: “inmigrantes económicos”.

―La gente se sorprende mucho de que hayamos venido de un país supuestamente desarrollado a uno subdesarrollado, pero es mentira, España está fatal, le han lavado la cara pero sigue fatal. Somos inmigrantes económicos, no podría vivir en España, es deprimente, estresante.

El marido de mi mejor amiga deja todo listo antes de llevar a Maiku al parque. Micaela y yo salimos de su departamento y entramos a la zona donde viven su madre y su hermana. Allí se mantienen muchas de las cosas que nos rodeaban de niñas. Todo es tan familiar y entrañable, las fotos de Mica y su hermana de pequeñas colgando por las paredes. En otro retrato, Mica y yo, a los siente años, abrazadas y vestidas en traje de baño, posamos cogiendo entre las dos una flor amarilla. La misma decoración de hace 30 años y los mismos adornos.

―Bueno, la casa está bien pero es pequeña ¿no? Tiene solo una habitación. Maiku tendrá que tener su propio cuarto pronto, esto es algo temporal…

―Sí, es temporal, no sabemos si nos vamos a quedar en Lima, seguimos la migración, ahora queda la migración interna.

―Pero Mica, ¡Quieres volverte a mudar!

―No lo sé, no lo sé. Lima es una ciudad muy, muy, muy… muy dura. Todo queda muy lejos, no hay vida de barrio. Nosotros siempre hemos tenido esa utopía de una vida tranquila en el campo, como la que yo viví. Me gustaría que Maiku creciera así.

―¿Pero cuando vas a parar de mudarte, Micaela?

―No sé, creo que se nace así.

No es sencillo empezar en otro lugar, menos aún si tu marido es extranjero, y cuando llevas 8 años de desfase. Además, de un día para el otro, los roles en el hogar se han invertido: Sergi, quien era el que salía al mundo, se queda en casa, mientras Mica va a buscar el alimento. Y aunque en Barcelona parecía la fórmula perfecta, aquí no lo es tanto.

―Me di cuenta de que es más fácil irse a trabajar que cuidar a una niña de un año y medio. Sergi en realidad no descansa. A mí me da ansiedad no conseguir trabajo y lo he acusado muchas veces de no apoyarme. Por otro lado él siente que yo no lo apoyo en casa. Admito que he estado muy dispersa, sin saber de qué manera insertarme, cómo encontrar mi camino: estresada, cansada, molesta, triste, y todo eso también genera un mal rollo en la casa. Todo mezclado con la tristeza de haber dejado Barcelona… Otro problema es que nos vemos todo el tiempo. Cuando él trabajaba todo el día me daba espacio para echarlo de menos. Ahora no podemos ni extrañarnos….Nos pasamos el día viéndonos las caras y jodiéndonos…

La mamá de Mica viaja a menudo y su hermana trabaja. Otro golpe de realismo que tiene que encajar el retornante: aquí tampoco la gente está dispuesta a dejar sus vidas para cuidarte al niño.

―Yo pensé que íbamos a venir aquí, que todo se iba a solucionar, que íbamos a tener más tiempo para nosotros, pero no es así…

***

También yo hice una fiesta de despedida antes de volver a Barcelona. Que fue por cierto la segunda vez en cinco meses que Micaela y Sergi salieron juntos. Estaban demasiado felices. Yo un poco tensa, como me pongo en todas las fiestas que organizo, y obsesionada con ser cool, con tener una fiesta cool. Esa noche, Mica se acercó a un famoso escritor peruano y director de una revista en la que tengo una columna, que bebía tranquilamente junto a un grupo de amigos, y le pidió balbuceando que nos diera trabajo a Jaime y a mí. De esta manera, pensó, podríamos volver a vivir en Lima y estar juntas otra vez.

Mica empezó a correr la voz por toda la fiesta, animando a mis amigos periodistas para que me ayudaran a encontrar trabajo. La gente venía a preguntarme si era verdad que estaba buscando trabajo. La intención era buena. Volví por un instante a los días del cole con Micaela. Treinta años después producía en mí el mismo rubor. La voz de mi orgullo le increpaba: ¿Acaso somos unos pobres tipos a los que hay que echar una mano? ¿Cuándo dije que quería dejar mi maravillosa vida europea? ¡Yo soy una periodista exitosa, tengo trabajo, y mi marido también, tenemos nuestros propios contactos, de hecho, todas estas personas que están en la fiesta son MIS amigos, no los TUYOS, no necesito que me ayudes! Micaela iba hundiéndose en la tristeza, sin entender muy bien qué era lo que me molestaba, y mientras hería a mi mejor amiga, me sentí el ser más estúpido de la tierra.

Lo bueno y lo malo de los amigos verdaderos es que siempre te recuerdan quién eres, te señalan el lugar donde se encuentra lo que de verdad importa, el lugar de donde vienes y el lugar del que nunca podrás irte, aunque recorras miles de kilómetros, tomes cien aviones y te mudes a otra ciudad. Te juntes con quienes te juntes. Te sueñes quien te sueñes. Y es el único país que nos queda a los que un día nos fuimos.

***

Maiku ha vuelto dormida del parque. Sergi nos encuentra discutiendo sobre el lapsus de Mica en aquella fiesta y me dice burlón: “realmente no somos de tu onda, Gabi”. Touché.

Micaela aprovecha para preguntarme por qué nunca la llevo a mis fiestas de “intelectuales”, como si la pregunta no se contestara sola. Esto se me está yendo de las manos. Micaela se arregla el pelo mirándose al espejo y reflexiona esperando zanjar este asunto de una vez y pasar a otra cosa.

―Gabi, tu vida profesional va por un lado, y tu vida familiar, por el otro. Yo pertenezco al ámbito de tu vida familiar. Yo hago estupideces cuando estoy fuera de mi elemento. Nosotras la pasamos lindo cuando estamos entre nosotras, pero cuando vienen tus amigos, tus “contactos laborales”, yo desaparezco del mapa.

Le digo que lo último que soy es una intelectual y que yo me he sentido toda la vida igual de descolocada con sus amigos. Tenemos un grupo muy distinto de amigos: los de ella fuman marihuana y los míos inhalan cocaína.

Hace unos días nos reencontramos con nuestra verdadera pandilla de la infancia y la adolescencia. Las tres amigas del cole: Natalia, Mica y yo, en esa época nos llamaban “las comadrejas”. Nos odiaban porque éramos las más cool de la clase. En casa de Nata nos disfrazamos con ropa y peinados de los 80 e imitamos a las Flans cantando ‘No controles mi forma de vestir porque es total y a todo el mundo gusto’, para delirio de nuestras hijas.

***

Mica me dice que la acompañe a comprar al supermercado. Necesita aceite de oliva. No consumen otro tipo de aceite en casa, ella se acostumbró en España, y Sergi sin aceite para el pan se muere. Vamos andando, solas, ligeras, sin nuestras bebés, sin maridos, deslizándonos sobre la superficie de las grandes avenidas de Córpac, esquivando coches asesinos. Mica va hablando. Yo mirándolo todo. Siento que es la primera vez que camino en Lima. En esta ciudad no se camina. Pero Micaela camina, como si estuviera en Europa.

―Me dio por ver las fotos de nosotros en Barcelona el otro día, y me dio pena, me dio pena la soledad en la que vivíamos Sergi y yo, con nuestra bebita, de aquí para allá, felizmente teníamos amigos con los que compartíamos la vida, pero estábamos solos. Aquí no es lo mismo. Hay gente buena e hijos de puta que son capaces de atropellarte en el paso de cebra porque tienen sus carrazos.

Una manifestación se interpone en nuestro camino. Los trabajadores de un camal piden su reposición a las puertas de un edificio, entre gritos y ruidos de ollas vacías. Hay cosas que no cambian nunca.

―Otra vez nos vamos a separar

―Lo primero que puse en el Facebook es que este iba a ser el mes mas feliz de mi vida… y se está acabando…

―Yo aspiro a pasar temporadas más largas en Lima. Conseguir ser completamente libre para poder moverme cuando me da la gana. Lo que sí tengo claro es que por ahora mis proyectos están allá, aunque cada vez sea más difícil para todos…

Veo un puesto ambulante de golosinas y pido un chocolate Alibabá.

―Uy, mamita, ese chocolate ya no existe hace tiempo— me dice la vendedora­—, ahora hay uno que se llama Mustafá, pero ya no me queda.

―¿Ves Mica?Lo que echo de menos ya no existe.

Mica ríe. Seguimos nuestra ruta. Ya estamos cerca. Hay que cruzar un par de enormes avenidas sin semáforos. En esta ciudad es imposible cruzar una calle sin miedo a morir. No me extraña que Micaela esté histérica con este tema.

―Hay que cruzar, aquí hay que imponerse, hagámoslo-, dice mi lado impulsivo.

―Pasan encima de ti, cómo te vas a imponer. ¿Quieres morir?­-, dice el lado sensato de Micaela.

Dos filosofías de vida. En el supermercado hablamos del precio del aceite, aunque en realidad hablemos de algo más profundo. Somos dos comadres, dos comadrejas. Quizá Micaela tenga razón: Somos como hermanas, algo que no elegimos ser, que nos tocó en suerte, nos une y nos separa todo lo bueno y lo malo de ser hermanas. A una hermana quieres que le vaya bien en la vida, harías lo que sea para que eso ocurra.

―Micaela, has demostrado que eres capaz de hacer cualquier cosa para que yo me quede en el Perú.

Nos reímos.

―¡A ver si se cumple!

―¿Te acuerdas que yo te quería convencer para que te quedaras en Barcelona?

―Ahora yo te quiero convencer a ti, también soy egoísta. Y joder, te extrañaré como mierda, pero sé que tienes que hacer tu vida. Somos muy distintas pero seguimos adelante, la vida es generosa con nosotras.

No sé si algún día vuelva para quedarme. Una vez escribí una lista de las cosas que me hacían bien y las cosas que me hacían mal, en las dos incluí a Lima, no vivir ahí me hace mal, vivir ahí también me hace mal: mi ciudad como lastre, mi ciudad como vacío. Entre las cosas que me hacen mal una de las peores es no estar cerca de mi mejor amiga. Es cierto lo que dicen que para ver algo con más nitidez hay que alejarse un poco. Sólo ahora lo veo con total claridad. Como dice en una canción Charly García, un músico que Mica y yo solíamos escuchar cuando éramos adolescentes, “por qué tenemos que ir tan lejos para estar acá”. Maiku y mi hija Lena ya saben besar la pantalla de la computadora sin enfriarse los labios.