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Un monstruo para chuparse los dedos

Publicado: 10 julio 2012 en Marco Avilés
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Una noche de fines de septiembre, el pescador Lidber Arrué entró corriendo a una habitación en penumbras donde una docena de hombres pasaban el rato jugando a las cartas y bebiendo sorbitos de ron. Tenía el rostro desencajado, y se dirigió a sus colegas como un navegante medieval que trae noticias de guerra:

—Los machetes, carajo. Hay ilegales. A los botes.

Los hombres tomaron sus armas bulliciosamente, marcharon hacia el embarcadero y se acomodaron como pudieron en un pequeño bote a motor. Iban a defender sus dominios y su exclusivo derecho a pescar en una laguna de nombre mitológico, en la selva norte del Perú. Se llama El Dorado, como la ciudad perdida que aún buscan arqueólogos y exploradores en otros confines de la Amazonía, y guarda un tesoro valioso: el pez de agua dulce más grande del mundo, el paiche, un monstruo carnívoro del tamaño de un torpedo, que puede medir hasta tres metros y pesar doscientos kilos. Ese animal, llevado a las brasas, es un manjar que empieza a ponerse de moda en los restaurantes más osados de Lima. Cortado en primorosos filetes de color marfil, sazonado con sal, pimienta y aceite de oliva, y luego sometido al fuego durante seis minutos, un platillo de esa carne puede costar hasta veinticinco dólares. Pero si ese exótico ingrediente pudiera hablar, el comensal estaría en posibilidad de conocer una saga sangrienta: no solo la de su propia captura, sino la historia de los pescadores que se pelean a machetazos en un mundo sin ley por el privilegio de capturarlos y aportar un insumo a la revolución de la cocina peruana.

Aquella noche, en El Dorado, el bote de madera llegó a una playa desierta y ocho pescadores comandados por Arrué inspeccionaron el lugar. Las huellas de los ilegales —como son llamados los forasteros que no tienen permiso de pesca en la laguna— estaban frescas y se adentraban en la espesura de la jungla, un mundo de serpientes nocturnas y pumas nerviosos. En la playa solo quedaba un poco de sangre fresca.

—Eran tres esos malditos. Estaban desnudos —me dijo Arrué, de vuelta a la cabaña donde íbamos a pasar la noche.

Vestía un pantalón corto, camiseta sin mangas y unas gafas de aumento que no contradecían su rudeza de pescador contrariado. Arrué es el líder de los pescadores, y había salido con uno de sus hombres a inspeccionar la laguna poco antes de la cena. Advirtieron actividad cerca de una ribera y decidieron volver por ayuda. Nunca se sabe si los ‘ilegales’ van armados hasta que, llegado el momento, estos muestran sus escopetas o machetes. Cuando Ferran Adrià, el mejor cocinero del mundo, dijo que el futuro de la gastronomía mundial se encuentra en la Amazonía era obvio que no estaba pensando en venir a pescar él mismo sus exóticos ingredientes.

El paiche es el habitante más perseguido de este Parque Jurásico. Su rareza biológica conspira contra él y lo convierte en un monstruo temible relativamente fácil de capturar. Es un pez, y entonces respira el oxígeno del agua a través de branquias. Pero también tiene pulmones, y por eso siente la necesidad de sacar la cabeza para llenarlos de aire. Esa bocanada le permite adentrarse en las zonas más profundas de los pantanos, donde el agua es tan densa que se vuelve irrespirable para los peces. Cualquier otro predador moriría asfixiado en ese submundo. El paiche no. Los pescadores lo llaman el rey del Amazonas. Es un pez, es cierto, pero está en camino de ser otra cosa. Acaso un anfibio. En ese punto de su espléndida evolución, y debido a su costumbre de sacar la cabeza para respirar, un día de hace cientos o acaso miles de años los hombres-cazadores vieron por primera vez a ese monstruo e idearon —ensayo y error— una manera de atraparlo.

—Hay que soñar con paiches si quieres ver uno mañana —me dijo Lidber Arrué fumando un cigarrillo, en la cabaña.

Era una casa de madera y techos de hojas con algunas habitaciones, una cocina a leña, una mesa y un televisor a batería que exhibía videoclips de cumbia. Los hombres lucían fatigados y a veces alguno improvisaba una broma, animado por el contoneo de una bailarina en la pantalla. Llevaban cuatro días sin pescar un solo paiche.

—Ilegales hijos de puta —exclamó uno de ellos, desde una hamaca.

Se llamaba Enrique Silvano, tenía unos ojitos negros hundidos en un rostro redondo, y lo precedía la fama de haberse librado del ataque de una boa de seis metros. Ahora lucía impotente.

La gran pesca anual del paiche había llegado a un punto delicado. La veda iba a comenzar dentro de dos días. Los pescadores tenían licencia para capturar cuarenta y dos animales, pero en doce días de trabajo apenas habían podido con la mitad. En sus hamacas, jugando a las cartas, cavilaban sobre las circunstancias milagrosas que tendrían que ocurrir para pescar once monstruos cada día, sin contar las posibles escaramuzas a las que podrían arrastrarlos los ilegales. En la cabaña los acompañaba —además de dos biólogas y un guardaparques— un veedor del Estado que llevaba la cuenta de la pesca en un cuadernito.

—No van a llegar —me susurró ese hombre como para que nadie más escuchara.

Había un humor denso en el ambiente. El ánimo abatido de unos pescadores en lucha abierta contra el rey.

***

A la mañana siguiente, ocho hombres distribuidos en parejas partieron desde el embarcadero remando sus canoas en silencio. La laguna aún estaba sumergida en la penumbra y solo se oía el canto infernal de miles de pájaros. A pesar de ese bullicio, había que moverse con cuidado sobre el agua.

—Yo he visto paiches que vuelan —me había contado el día anterior Agustín Tamani, un yacutayta menudito de 52 años y nueve hijos, mientras afilaba un cuchillo.

Tamani era el encargado de recibir los paiches muertos, quitarles la piel, trozarlos y dejarlos listos para el comprador, que esperaba la mercancía en un puerto a dos horas de la laguna. Allí guardaría la carne en cajones con hielo y la trasladaría por río hasta Pucallpa, una ciudad a quinientos kilómetros de distancia. De joven, Tamani había trabajado como fileteador en las lanchas que pescaban hasta la saciedad en los ríos y lagunas del Amazonas. En un solo día era capaz de trozar hasta veinticinco paiches. “Eran otros tiempos”, me dijo con resignación.

Aunque el paiche empieza a ser una novedad de la alta cocina, es un viejo conocido de las mesas amazónicas. Durante décadas, los pescadores locales lo han perseguido en casi todos los rincones hasta que los científicos dijeron que podía extinguirse. En septiembre de 1993, los biólogos de la ONG ProNaturaleza y algunos pescadores viajaron hasta El Dorado para inspeccionar. Había cuatro paiches. El resultado de una lenta y silenciosa catástrofe. Lo que ocurre en la naturaleza cuando el hombre ejerce su voracidad de predador sin medir las consecuencias.

Los biólogos y los pescadores de Manco Capac, la aldea más cercana a la laguna, discutieron sobre el futuro. ¿Estaban los hombres dispuestos a extinguir el paiche? Entonces nació la Asociación Yacutayta (padres del agua, en quechua). Los pescadores iban a encarnar la ley en la laguna. Construirían una cabaña de control y vigilarían en rondas de día y de noche, con la esperanza de que los paiches se reprodujeran. Una década después, los biólogos contaron 1024 ejemplares. La proeza tuvo un reconocimiento: el Estado autorizó a los yacutayta a pescar una vez al año una cuota de esos animales. La abundancia también ha atraído a los ilegales que, desde las sombras, representan el descontrol.

—El paiche es más inteligente que el pescador —me había dicho Agustín Tamani el día anterior—. Si las redes son delgaditas, él las rompe. Si son gruesas, es capaz de saltar por encima. Yo lo he visto. No te miento. Ese paiche es bien mañoso.

Aquella mañana, los ocho yacutaytas seguían recorriendo con sigilo la superficie de la laguna, cuyas aguas tienen el tinte negro verdoso del petróleo. Era difícil saber si había paiches nadando debajo de las canoas, leyendo desde las profundidades el movimiento de sus rivales. Los pescadores solo confiaban en su propia paciencia: llegado el momento, el paiche necesitaría llenar sus pulmones y saldría a la superficie a respirar. Al notarlo los pescadores, la cacería comenzaría.

Enrique Silvano, el hombre que había derrotado a una boa de seis metros, comandaba una de las canoas. Iba parado, como el marinero que busca tierra firme. Indicó sin alarmarse un punto en medio de la nada. Eran casi las nueve de la mañana y habían pasado cuatro horas de lenta vigilia hasta ese momento. Las canoas enrumbaron hacia el lugar señalado y se distribuyeron alrededor de unos anillos que se expandían en el agua. Un paiche había salido a respirar. Los hombres echaron dos juegos de redes alrededor de la posible ubicación del animal. Si el paiche aún seguía allí, lo sabríamos una hora después, cuando volviera a asomar en busca de más oxígeno. Había que esperar. Los ocho yacutayta se sentaron sobre sus canoas y destaparon las ollas con el desayuno: jugo de naranja, arroz cocido, pirañas fritas.

***

La expansión del rey del Amazonas en el mundo depende más de la agilidad de los economistas que de los pescadores. Unas semanas después de la pesca, en un café de Lima, un hombre de traje oscuro me dijo que tenía 50.000 paiches, como quien habla de una cuenta de ahorros. Gustavo Sakata tenía lentes delgaditos, los ojos rasgados, y era el gerente de Amazone, la empresa que abastece a los restaurantes de Lima y de Estados Unidos. Un día de mediados del 2011, anunció que este animal podía conquistar los paladares de todo el mundo y que su compañía estaba preparada para llevarlo a cualquier mesa del planeta. En solo seis años, había logrado que los mejores restaurantes de la ciudad vencieran su resistencia a trabajar con pescados de la selva, y ahora cuatro de los cinco mejores ya ofrecen paiche en sus cartas. El paso siguiente debía ser la exportación. Pero la mala noticia era que el mundo, el Primer Mundo, está en crisis. “Cuando la gente tiene menos dinero, lo primero que deja de hacer es salir a comer a los restaurantes”, me dijo Sakata. Sonreía todo el tiempo a pesar del escenario poco favorable. Su estrategia comercial —me dijo— sería esperar que la economía mejorase. Luego bebió de su vaso de café con paciencia de pescador.

En la laguna, una semanas antes, había pasado una hora de tenso aburrimiento cuando el paiche asomó la cabeza. Fueron dos segundos apenas. La coraza gris y el sonido de un coletazo. Seis pescadores saltaron al agua de inmediato y se distribuyeron en extremos opuestos de la trampa. Los dos que quedaban en las canoas comenzaron a cerrar las redes. Si todo ocurría como se esperaba, el paiche se sentiría acorralado y nadaría de un lado a otro, dentro de ese límite impuesto por su perseguidor. En uno de esos intentos nerviosos por huir, tal vez sus aletas se enredarían y el animal comenzaría a dar coletazos descomunales que levantarían chorros de agua. Toda cacería es un ejercicio de anticipación de lo que la presa hará.

El paiche, en efecto, se enredó. Los pescadores redujeron la trampa. La desesperación del paiche podía sentirse fuera del agua. Se agitaba. Daba coletazos. Un pescador se quitó la camiseta y lanzó un alarido de emoción desde una canoa.

—Ya, carajo, yaaa.

Reder Amasifuén, como se llamaba, tenía en la mano un garrote del tamaño de un bate de béisbol. Dos compañeros levantaron las redes sobre la canoa y la cabeza del paiche por fin fue visible: su coraza brillante como una armadura, los ojos encendidos y rojos. Amasifuén se acercó con cautela, arqueó el cuerpo como quien eleva un martillo descomunal, y asestó un golpe seco en la cabeza del paiche. Fue el sonido de un martillazo contra el cemento más duro. Otro golpe más. Luego uno tercero. La furia del paiche hacía tambalear la canoa y por un momento el verdugo perdió el equilibrio. Los que controlaban las redes jalaron con más fuerza. Vino el quinto golpe. El sexto. La sangre salpicó del cráneo. Al séptimo golpe, la boca del paiche se abrió, enorme, y dejó salir un sonido terrorífico, antiguo, casi humano.

—Brrrrrr-aaaahhhh.

Fue una exhalación cavernosa. La claudicación del rey.

Cuatro hombres terminaron de sacar al animal muerto fuera del agua. Amasifuén golpeó unas cuantas veces más cuando ya la presa estaba tendida a lo largo de la canoa. El trabajo había terminado. Los pescadores desenredaron las redes de las aletas, y el paiche ya solo parecía un monstruo mitológico dormido. Largo como un tiburón de película de horror. Era hembra. Una sirena prehistórica. Sus escamas brillaban al sol y tenían un tinte fucsia. Uno de los pescadores trasladó la canoa con la presa hacia la cabaña. Tres hombres fueron necesarios para jalar al paiche hasta una balanza. Pesaba 134 kilos, medía 2,44 metros. Quizá tuviera siete años, indicó Agustín Tamani, que de inmediato extrajo su cuchillo afilado para desvestirla de escamas. Separó la cabeza con un hacha. Por la noche, la cocinera la asaría al carbón con un poco de sal, y sería la única parte que los pescadores disfrutarían de su víctima: el resto ya tenía un comprador, quien pagaría menos de tres dólares por cada kilo. Ya sin huesos ni vísceras, la carne pura y rosada pesó 75 kilos. Haciendo cálculos rápidos, a un cuarto de kilo por plato, esa cantidad podría alimentar a un barrio completo de trescientas personas. O a igual número de comensales gourmet, en alguno de los restaurantes de manteles blancos de Lima, con una salsa de fríjoles en aderezo de ajos, palillo y romero, un sofrito de chorizo horneado, música suave de fondo, y quizá una copa de vino.

Esa noche, a mil kilómetros de distancia de aquel futuro perfecto, los yacutayta cenaron los pellejos de la cabeza con los dedos, y saborearon la pulpa aromática mientras espantaban a los mosquitos, entre traguitos de ron y humo de cigarrillo negro. En todo momento evitaron hablar de las estadísticas de la pesca del día: no habían logrado pescar más que un solo ejemplar. Parecían abatidos. Pero había una sutil exhibición de orgullo en el acto de devorar la cabeza de aquel rey caído.

1

Eusebia acaba de enterarse que es la cantante folclórica más pequeña del mundo. La wincha la ha recorrido de pies a cabeza y ha marcado 84 centímetros. Tanto años y nadie se ha percatado que no existe soprano más chiquita que esta arequipeña que nació en las faldas del volcán más grande del Perú: el Misti. A Eusebia no le importa demasiado el título. Solo ríe, como si todo se tratara de una anécdota. Me ofrece un vaso de soda negra, me sienta en uno de los sillones de su casa que está ubicada al norte de Lima y luego dice que no es fácil desplazarse por un tabladillo de veinte metros cuadrados, rodeado de parlantes que superan el metro y medio de altura. Eusebia Mollo Pachao está cansada, sobre todo de los niños que no entienden cómo una señora con cara de grande y con arrugas de mujer trotada puede vestir una pollera que podría acomodarse en la cintura de una wawa, de una nena de cuatro años.

Eusebia, afirmada en una sillita azul, de esas que emplean en el kindergarden, cavila sobre sus 25 años de trayectoria artística y resuelve que jamás, jamás le han hecho un homenaje a su medida, a la medida de una gigante de la canción. Me cuenta, también, la teoría que estima frente al hecho de ser la más diminuta del globo. La gente la convoca no solo para que demuestre su talento vocal, sino que a los asistentes les gusta creer en lo increíble: les fascina observar como “la enanita del amor”, así le gritan sus fans, aún arrastra las fuerzas de su pasado adolescente, a pesar de sus 52 años de vida, a pesar de la osteoporosis, del hígado inflamado y de la diabetes. A pesar de todo, Eusebia reconoce que se entrega en el escenario, se quita el paño verde con el que se cubre antes de subir al estrado y canta, secundada por un hombre corpulento que toca la batería electrónica, por un pelirrojo que se estremece con el bajo electroacústico y por un arpista que parece tener diez manos que se pasean a lo largo y ancho de ese instrumento de 34 cuerdas.

—Tú que eres periodista y que se supone que estás al tanto de lo que pasa en el espectáculo, hace cuánto que no escuchas mis canciones, pregunta la pequeña.
—Eusebia, jamás te he escuchado cantar, farfullo.
—Entonces vamos la próxima semana a la sierra, ahí sabrás quién soy…

2

Han corrido siete días desde el primer encuentro con Eusebia y precisamente hoy que es viernes de primavera, la soprano de 84 centímetros parte en bus junto a su unigénito Miguel ángel, que tiene doce años y que es dos veces más grande que ella, a San Juan de Chullín, un pueblo que se encuentra en la región Ancash, en la sierra del Perú, muy cerca a la Cordillera de los Andes. Ambos se acomodan en un taxi que los lleva al terminal terrestre. Miguel toma de la cintura a Eusebia y la alza hasta que sus pies lleguen al piso del station wagon blanco. Una vez dentro, el chofer mira por el espejo retrovisor y reconoce a Eusebia: “usted es la que salía en la televisión, la de los Gulliver. ¿Por qué se fue de la tele? ¿Hizo o no hizo dinero? ¿En cuál de los papeles se sentía más a gusto: de monjita renegona, de jueza implacable, de enana?”. El hombre al timón no sabe que Eusebia ya no es actriz cómica hace mucho, ignora que su presente está repleto de conciertos.

“Abandoné la tele luego de ocho años. No he ganado mucha plata, pero tengo una casa propia y no me quejo. Ahora el canto es mi vida. Tengo siete discos y tres Dvds ¿No sabe? Si quiere me colabora con un disco, los tengo aquí, en mi mochila”, así de perentoria suena Eusebia y el taxista, que al principio parecía un anciano despabilado, se apaga de admiración: “Tan chiquita y con tanta fuerza”, son sus últimas palabras y luego enciende la radio. Suenan tres canciones en el trayecto y una de ellas -la balada de un autor chileno- trae un mensaje simbólico: Y quién iba a decir que en tantos años / cuando está reparado el daño / de nuevo rompes a llorar / quien iba a imaginar que en tus entrañas / creció el que ahora te regaña / y todo vuelve a comenzar… Ahora es miguel el que no quiere compartirte /el que te quiere en exclusiva / pregúntale a la vida dónde está la explicación… Eusebia y Miguel Ángel se miran consternados, como si la música conspirara contra ellos, pero la llegada al terminal terrestre de Lima Norte los devuelve a una realidad menos musical. Están ahí para embarcase en un ómnibus interprovincial que andará durante 12 horas. El paradero final solo lo conocen por foto, saben que los espera una fiesta folclorista, llena de estatuas policromas y de serranos disfrazados de demonios o de gorilas.

San Juan de Chullín es un pueblo de 675 habitantes que está escondido en uno de los cañones de la Cordillera Negra, en la sierra peruana. Es un lugar tan pobre que el 40% de niños que radican ahí padecen de desnutrición, solo se alimentan de trigo y yuca. No hay dinero para una dieta balanceada, pero sí sobran billetes en los bolsillos de los campesinos que están dispuestos a embriagarse durante una semana. Los cerros que se miran desde este poblado abandonado por el Gobierno son explotados por las mineras internacionales. La paradoja está en el aire: San Juan de Chullín es miserable y en su derredor está la riqueza incontable, toneladas de oro, de cobre. Aún así la gente ha sabido ahorrar para la fiesta patronal y por eso han convocado la presencia de Eusebia Mollo, la artista estelar. Y allí está la cantante más pequeña del mundo, en medio de campesinos que sonríen y muestran su dentadura verde coca, de mamachas que susurran, de niños que anidan piojos en su cabeza.

—¿Mamá, de qué planeta es ella?, pregunta un niño de siete años, mejillas cuarteadas, poncho de lana que le cubre el torso.
—¡Quieres que te pegue! Ella es una artista, es cantante y le dicen “la enanita del amor”, responde la madre.
—¿Es famosa?
—Sí, es famosísima. Por eso está en San Juan de Chullín.
—¿Y ese es su hijo?, has visto como él la carga.
—Porque ella es chiquita pues, así nació.

Eusebia y Miguel Ángel se han adelantado a la presentación central que será el domingo en la noche, en la única escuela de San Juan de Chullín que está montada sobre una loma. Esta vez dormirán en un catre angosto que luce dispuesto dentro de una habitación sin luz, sin agua. Eusebia acomoda su vestuario en el cuarto de cemento escarchado y decide salir, porque aún es de día y además es sábado y los sábados nadie se puede quedar encerrado.

Afuera, en las calles del pueblo, un carnaval de disfrazados ha tomado de rehenes a tres ovejas y dos llamas. Miguel Ángel sonríe al ver cómo un grupo de borrachos se besa con los animales del ande y luego frunce el ceño cuando escucha que hoy matarán a ese ganado “porque ha llegado “la enanita del amor” y a ella se le debe dar carne fina”. Eusebia está sentada a los pies de un árbol, desde ahí participa con las palmas y con esa risa de dientes perfectos, dientes de artista de televisión.

Tres ancianas que se jalan el cabello de broma, así bromean cuando la cerveza les llegó al alma, de pronto reconocen a la folclorista más pequeña del mundo y se rinden a su diestra. Primero la observan y una de ellas dice: “nunca he visto a una persona tan chiquita. ¿Mamay, qué te pasó, desde cuándo dejaste de crecer. Cómo fue tu infancia, mamay?”. Las preguntas más difíciles siempre las formulan los borrachos y eso es bueno, porque solo así, con la valentía alcohólica, se develan algunos hallazgos.

Eusebia responde, con naturalidad, sin apocamiento. “Nací en 1957 en Machahuay. Dejé de crecer cuando tenía cuatro años, pero mis padres se dieron cuenta de mi enanismo cuando entré en la adolescencia. He sido una persona solitaria. Siempre me gustó cantar, pero me di cuenta que podía vivir de esto cuando mi mamá murió”. Entonces Eusebia tenía 14 años y, en medio de la desolación, cantó un huaynito en quechua y luego durmió y al día siguiente partió a Lima, a buscar chamba. En Machahuay -un pueblo andino que siempre estuvo amenazado por la lava del volcán Misti- nadie detuvo su huida y ahora, cada vez que ella retorna a su terruño originario, sus paisanos la alzan en andas, la veneran tanto que planean hacerle una estatua de roca volcánica en tamaño natural.

—¿A qué tipo de gente de debes?
—Yo canto huaynos y me debo a los que me oyen.
—¿Cómo es esa gente?
—Mañana verás cómo es, tienes que tener cuidado nomás, porque te puede caer un botellazo de cerveza-, aconseja Eusebia y luego cierra la puerta del cuarto que le han dado. Es hora de soñar.

3

El talento de Eusebia también está destinado a quienes beben para olvidar su pobreza y hoy, con el sol dominical al fin oculto, la “enanita del amor” eleva su voz desde el colegio de San Juan de Chullín y caen relámpagos y truena el cielo y nada detiene el concierto. La gente bebe cerveza con sed salvaje, imposible de explicar en una noche helada. Eusebia regala frases en quechua: todos los hombres son traicioneros, dice en el vocablo de los incas y las mujeres zapatean y el pampón de la escuela se cubre de polvo y luego de dos horas y diez minutos de entrega Eusebia decide callar.

Los músicos siguen tocando, Eusebia ha parado de cantar porque se ha dado cuenta que el concierto está acabando con los hombres. Todos están borrachos y agresivos. Se pegan entre ellos, arman una batalla en la explanada del colegio de San Juan de Chullín. Aun no vuelan las botellas, pero todo apunta a una catástrofe. Eusebia sabe que es hora de partir. Se despide de su gente. Miguel Ángel mira todo sin sobresaltarse. Dos imágenes mentales quedan registradas en esa presentación: Eusebia danzando sobre su sitio, con esos zapatitos de charol tan propios de una niña, junto a tres gigantes embotados de alcohol. Eusebia, minutos antes de enrumbar a la capital, es interceptada por una anciana que le pregunta cuántas faldas tenía su pollera: “tiene siete y cada una representa los colores de la bandera del Tahuantinsuyo”.

Un taxista ancashino la espera a las afueras del pueblo. El conductor, felizmente sobrio, le pide un autógrafo y ella le pregunta su nombre. José Coropuna, dice el dueño del Cadillac rojo. Eusebia, la voz de los corazones que están al margen de la felicidad, le escribe en quechua y en corrido: la dama del huayno no abandona a su gente, seguiré cantando para ti, José. Del terminal terrestre de Ancash toma un bus a Lima que tres horas más tarde bordea gran parte de la costa norte del Perú. Eusebia mira el mar desde la ventana. El bus se detiene en una tienda de frutas, básicamente de naranjas y papayas, que además funciona como nido de amantes para los trabajadores mineros.

Eusebia compra un kilo de naranjas y luego retorna, de la mano de Miguel Ángel, al vehículo de asientos descascarados. En el bus que viajan la pequeña madre y su hijo no hay aire acondicionado ni calefacción, las ventanas no se pueden correr y la estabilidad del vehículo parece estar amenazada por el difícil camino de trocha. Es una movilidad para gente pobre. Eusebia ha decidido aventurarse en ese bus porque está ahorrando dinero para techar su casa en Lima Norte, ahí reina a su antojo, es el único lugar donde se siente liberada y a salvo. En los escenarios que ella canta, en cambio, siempre puede pasar algo que guarde estrecha relación con el dolor y el peligro. Eusebia se debe a un público que llora de rabia, una rabia que podría exponerse con herramientas sociológicas, pero sería una pérdida de tiempo porque ella explica este fenómeno cantando huaynos, un género que se difunde desde hace cientos de años en la Cordillera de los Andes.

El huayno también se baila en parejas que desarrollan giros y movimientos a partir de pequeños saltos y zapateos que marcan el ritmo que se logra a través la quena, el charango, el arpa y el violín y por supuesto, no huayno sin el atiplo de una soprano que se desgarra en el escenario.

—Yo no podría cantar otra cosa más que un huayno. Lo más difícil no es la interpretación, el vestuario es lo que cuesta. Yo soy chiquita y no es fácil conseguir polleras para mi, además son muy caras.
—Cuán caras pueden ser.
—Cada una puede valer más de 500 soles (180 dólares).
—Cuántas de esas faldas tienes.
—Solo cuatro, no hay dinero para más.

4

Dos meses han pasado desde la presentación en San Juan de Chullín y ahora, de nuevo en la húmeda Lima, Eusebia planea hacer una “cuyada” para juntar más dinero y así techar mi casa. “En una “cuyada” la gente baila, toma cerveza y come cuy”, dice la soprano. El cuy es un roedor que, una vez pelado y dispuesto en una paila de aceite, se parece mucho a la rata. El cuy se asemeja a un hámster, solo que más gordito y peludo. Es un animal silencioso, de grasa abundante y de huesos durísimos que se consume con deseo en la sierra peruana. Su carne no es barata. Es, al contrario, muy cotizada porque el cuy también tiene propiedades curativas desde el punto de vista de la homeopatía. “De niña -recuerda  Eusebia- me pasaban un cuy vivo por todo el cuerpo. Mis padres lo hacían para que llore menos, para quitarme el susto”.

Todo esos cuyes que sanan gente, ahora perecen en la sartén y son degustados por los casi 150 comensales que se han citado en el patio delantero de la casa de Lima Norte. Cuy frito y cerveza bien helada es el menú que ofrece Eusebia.

—He comprado doscientos cuyes, apuesto que no quedará ninguno, exclama Eusebia.
—¿Eso te alcanzará para techar tu casa?
—Sí, además tengo un dinerito ahorrado.
—Y los vecinos se molestan por los huaynitos que suenan fuerte.
—Los vecinos son mis amigos, ellos entienden y me respetan.
—Sabías que tu nombre es de origen griego y que significa piadosa y respetuosa.
—No, pero creo que me queda bien.
—Qué harás luego de la “cuyada”.
—Quiero celebrar mi aniversario, pero eso significa dinero. Contratar orquesta, equipos, local. Mientras tanto seré yo la que festeje aniversarios ajenos.

Una semana después de la “cuyada”, que resultó exitosa y feliz, Eusebia canta en el Mercado de Acho, que se encuentra a la espalda de la única Plaza de Toros de Lima, en el distrito del Rímac, el más antiguo de la capital. En ese lugar “La Puñecina de Oro”, una folclórica de la promoción de Eusebia, celebra su aniversario artístico. A la cantante más pequeña del mundo la han invitado para que agasaje a su amiga con sus canciones punzantes. Ahí está Eusebia, puntual, esperando su turno en el tabladillo, luchando contra la noche cada vez más fría y batallando para que la gente ebria no se ría de su figura.

La pequeña Eusebia, luego de bajar del tabladillo de fierro, observa el Mercado de Acho y sus ojos se sorprenden una vez más de aquel itinerario que le ha tocado seguir: la cantora de huaynos más pequeña de mundo gasta su voz en un lugar que aún huele a carne cruda, en un piso lleno de verduras y de limones malogrados. Ahí la gente alarga su felicidad, mientras que Eusebia dilata su tristeza. Ella pertenece a ese mundo y lo sabe, ahí están sus amigos, en ese Perú informal y subterráneo la adoran.

—¿Cuál ha sido el lugar más peligroso en el que te has presentado?
—En el cerro “San Cosme”, responde Eusebia.
—¿Qué paso ahí?
—Había mucha delincuencia, yo no entendía por qué unos hombres grandazos me cuidaban. Eso fue en el año 1999, pero igual canté.

“San Cosme” es uno de los cerros más terroríficos de Lima. En este monte de tierra viven más de 24 mil personas y el 2% de ellas están infectadas por el bacilo de cosh. Pero eso no fue impedimento para Eusebia, además los directivos de la junta vecinal intentaron protegerla de los adolescentes drogados que no escatimaban valoraciones al momento de asaltar cuchillo en mano.

“¡Cómo “la enanita del amor” puede arriesgar tanto!”, exclamó uno de sus seguidores que la observó trepar cuesta arriba. “Yo canto donde me llaman, yo voy donde me necesitan”, resolvió Eusebia con la pollera de siete faldas aún guardada en una bolsa negra, con ese gorrito de princesa inca ya encajado en su cabeza, con las pantys fucsias que la cubrían del frío de “San Cosme”, ese frío que castigaba a los ladrones tísicos que retrataban la epidemia de tuberculosis que se extendía a lo largo de esta montaña contaminada. La temperatura corporal de Eusebia se tiraba al suelo, pero aún así subió al escenario y se libró de la niebla helada que castigaba a los habitantes de “San Cosme”. La gente tosía y luego coreaba su nombre y volvía a toser y sin descanso gritaba esos huaynitos tan dolorosos que salían del corazón de esta peruana que le canta al amor sangrante. El concierto empezó a las once de la noche y terminó a las tres de la madrugada. Dos hombres se cortaron los brazos con los picos de una botella de cerveza y entonces Eusebia llamó a la calma, pero era muy tarde porque la maquinaria de la violencia ya había empezado a revolucionar.

La cantante anunció el término del concierto y abandonó ese cerro que convulsionaba. “San Cosme” y sus casas a medio terminar extrañarían el canto de Eusebia, los heridos se quedarían tendidos en el suelo, junto a las botellas quebradas, y la pista musical del huayno más bailado de la noche, “el Borracho”, siguió sonando. En el carro de regreso Eusebia prometió volver, siempre y cuando Miguel Ángel, su hijo y ayudante personal, haya crecido un poco más.

Eusebia sabía que cantar en el “San Cosme” -ubicado a menos de dos kilómetros del Palacio de Gobierno y de la Catedral de Lima- fue muy riesgoso. Pero ya había empeñado su palabra en ese lugar y la colecta que hicieron los ladrones, los microcomerciantes de pasta básica de cocaína y también los vecinos decentes, era imposible de despreciar. Eusebia era consciente que ellos requerían de sus composiciones para ser felices, eso que se traducía en dolor y sangre, era en el fondo alegría, una alegría tosca, carente de modos, pero al fin y al cabo la gente ensangrentada gozaba. Por eso cantó hasta el desgarro y huyó a las tres de la mañana, cuando el espíritu gregario se apoderó de la explanada del “San Cosme”. De regreso a casa, Eusebia se enteró que la dirección de narcóticos de la policía peruana había detectado 49 focos de tráfico de drogas en el “San Cosme”.

—Pocos cantantes se atreven a sur el “San Cosme”.
—Sí, pero el peligro se afronta. Yo canto en lugares extraños, he visto a gente morir…
—Pero tu corazón aún no ha sido ganado por la violencia.
—Noooo, mi corazón ha sido ganado por las canciones. Yo me entrego en el escenario desde el principio hasta el fin de mis conciertos. Yo monto un espectáculo, pero tampoco me quedo hasta las últimas. Siempre ando con mi hijo Miguel, y él está en el colegio y no puede perder clases ni horas de sueño.
—¿Y el padre de Miguel?
—Soy madre soltera, siempre he sido soltera…
—¿Cómo se dice soltera en quechua?
—Sapan tiyaq, soy feliz sapan tiyaq.

Eusebia ha cubierto con un gran velo su pasado amoroso. Solo confiesa que en 1995 conoció a un hombre que la embarazó y del que nunca más tuvo noticias. Al año siguiente alumbró a Miguel Ángel, un adolescente que ahora destaca en la escuela secundaria William Prescott, en Lima Norte. Cualquiera que haya visto a esta familia de a dos dirá que no necesitan a nadie más. De un lado Eusebia cría a Miguel Ángel en el mejor de los escenarios, el amor, y él siente un orgullo inconmensurable por su pequeña madre, la acompaña a donde va, le carga el neceser de cosméticos y el maletín en donde guarda el vestuario. En cada presentación no le quita los ojos de encima. Sabe que en muchos conciertos la gente se desborda y a veces la sangre corre por la pista de baile. Miguel Ángel es un guardián que de vez en cuando falta al colegio y viaja con Eusebia al interior del Perú.

Pero Miguel Ángel crece con el correr del tiempo y, poco a poco, se emancipa de su madre. Entonces Eusebia a veces regresa a su independencia, a la peligrosa libertad que supone el andar de una enana por las calles de la gran Lima, al riesgo de concertar en los locales más siniestros y marginales del Perú. Ahí está Eusebia, la soprano que ha observado el lento génesis de ese Perú profundo que mira siempre a Lima, con cierto resentimiento. Como ocurre en todas la capitales del mundo, Lima es el centro de atención del Perú, un país de desatendidos que alberga entre los olvidados a Eusebia.

“El huayno es una forma de retorno. La gente de la sierra que emigró a la capital siempre recuerda a sus pueblitos con el huayno”, dice Eusebia, desde su casa de Lima Norte. Miguel Ángel juega en una computadora mientras la luna se cuelga por la ventana. Suena el celular de la folclórica. Es un cliente que la insta a viajar a la selva, para cantar en un caserío muy apartado. Eusebia lo piensa, el dinero no es mucho pero serviría para completar la construcción de su casa. “Les devolveré la llamada, debo pensarlo”, responde la diminuta soprano. Eusebia lo piensa toda la noche y se imagina el peligro al que estará expuesta, recuerda cuando escapó en un helicóptero de una balacera. Al día siguiente Eusebia resuelve quedarse en Lima, junto a Miguel. Los dos sonríen en la soledad de su living, a salvo de ese mundo que los persigue, el mundo de la marginalidad.

—Eusebia, qué pasó en la selva, por qué tanto temor de ir para allá.
—Malas experiencias he tenido ahí.
—Qué pasó.
—En la selva he visto a gente morir. Yo estaba cantando en medio del calor y en eso sonaron disparos y la gente se asustó y corrió.

Eusebia Mollo aún no olvida lo que pasó una noche de 1994 en la selva. La habían contratado para cantar en el caserío de San Francisco, en la región Ayacucho. Eusebia recuerda que la oferta económica fue tal que abandonó un viaje a Estados Unidos que le ofreció la colonia de peruanos en New York. “No sé si el que me contrató fue un narcotraficante, ahora que lo pienso puede ser. La cosa es que el dinero me convenció y partí para San Francisco”, cuenta. Lo que encontró ahí, en una explanada inmensa, fue a más dos mil personas que coreaban su nombre. Los hombres sin polo y armados, las mujeres ebrias y aceleradas. Eusebia subió al escenario, sin saber que en aquel lugar abundaban terroristas camuflados y narcos exhibicionistas. Cantó más de una hora, ahogada por el calor selvático, y cuando decidía por su última canción, un sonido seco la distrajo. Era el sonido de la muerte. Eusebia solo recuerda que vio a un hombre con el torso agujereado que brillaba en el piso. Los asistentes al concierto no daban cuenta del suceso. “Me despedí, me asusté mucho. No volvería más a ese lugar”, dice la soprano más pequeña del mundo.

Lo que no esperaba Eusebia era toparse con unos hombres vestidos de rangers que merodeaban muy cerca al local de la tragedia. “Qué haces aquí mamita, esta es zona roja”, le dijo un sargento del Ejército Peruano que la llevó a una base militar, la condujo a esa máquina verde y sin ventanas que –según Eusebia- tenía las hélices tan grandes como las alas de un cóndor.  Un vuelo directo a Lima, sin escalas, con el miedo que apretaba la garganta. La “enanita del amor” recuerda la imagen más extraña de ese concierto: desde el tabladillo vio a un adolescente sin polo que cantaba sin arredro “el borracho”, uno de sus huaynos más sonados. El chico murió cantando.

5

Han pasado tantos años de la huída en helicóptero de la selva peruana y a pesar de que Eusebia ha intentado alejarse de los conciertos de infarto, su corazón ha sido contratado para cantarle a ese público subterráneo y marginal que goza con la música del ande, que se corta las venas cuando el sonido del arpa se fusiona con la voz atiplada de esta mujer que está dispuesta a volver, solo en recuerdos, a Machahuay, a ese pueblo arequipeño que fue escenario de su nacimiento. Ahí, en la década del 50, los niños serranos le gritaban muttu egeggo, palabras quechuas que significan enana, y ahora, aquellos escarnecedores la observan con sepulcral respeto. Y es que sus paisanos aún no entienden lo que pasó con Eusebia: de pronto, meses antes de tener 15 años, dejó su casa en Arequipa, una ciudad rodeada de nevados, y enrumbó a Lima, confiada en que su voz sería un sable que abriría el camino del estrellato. Su padre y su madre ya estaban muertos y sus siete hermanos, uno a uno, se esparcieron por toda la Cordillera de los Andes. La idea era irse de Machahuay, un lugar sombrío, sin posibilidades para un artista, lleno de pobreza y de cactus. Eusebia era muy grande y Machahuay muy pequeño.

Ya en Lima, una folclorista que ahora no está entre los vivos escuchó a Eusebia en una audición radial y no dudó en hacerla su discípula. La maestra de “la enanita del amor” se llamó, o la llamaban, Pastorita Huarasina, una artista que nació y murió en Ancash, una región que ha extendido los brazos para abrazar a Eusebia. “En el huayno la mujer pisotea al hombre”, le decía Pastorita Huarasina, quien recorrió toda la Cordillera de los Andes junto a Eusebia. Las dos cantaban en las explanadas de los nevados y en las cimas de los cerros, Eusebia en ese entonces estaba sana y sola y se movía con la velocidad de un conejo. Luego cayeron los años 80 y con ellos el terrorismo y con el terrorismo llegaron los programas cómicos que distraían a los peruanos heridos y fue ahí donde Eusebia pasó ocho años de su vida, en la tele. Se vestía de monjita, por ejemplo, y con un garrote de plástico “castigaba” a los políticos más corruptos y embusteros de esos tiempos.

“Esos son solo recuerdos”, suspira Eusebia, una artista que no trabaja para ser conocida y que ha huido de la televisión. Quizás por eso su nombre no es patrimonio de las páginas de espectáculos de los periódicos.  En el Perú, se cree que el folclórico más pequeño es Eusebio “el Chato” Grados. Mide menos de un metro cincuenta y todos, todos los que no saben de Eusebia Mollo Pachao, creen que no hay cantante más chico que él. “Esta no es una guerra de estaturas. Yo tengo mi público, que no puede ser mucho, pero que es fiel”, argumenta la enanita.

La virtud que hace única a Eusebia es la seriedad que le impone a su carrera de cantante. En Argentina hay un grupo de enanos que tocan cumbias, pequeños artistas que se hacen llamar “Los Grossos”. Ellos aparecen mucho en la tele y no les molesta cuando les dicen que lo freak genera rating. No hacen folclor, no compiten con Eusebia, pero son mucho más famosos que ella y su popularidad radica en el sarcasmo que producen sus canciones. Lo mismo sucede en España, donde hay decenas de agencias que ofertan shows de cantantes menudos, “Enanos Boys” es uno de los grupos que más suenan, pero es más de lo mismo. Pequeños bufones que dan alaridos un par de minutos y luego se quitan la ropa y se quedan en calzoncillos.

El artista más pequeño del planeta era, hasta hace unos meses, Nelson de la Rosa. Un dominicano de 39 años. Medía 54 centímetros de altura y fue certificado desde 1990 hasta el 2007 en el libro Guiness. Él era un bailarín muy ocurrente que aparecía en muchos videos musicales. Ahora ya no está entre los vivos y todo parece indicar que va a ser secundado por He Pingping, un muchacho de Mongolia que tiene 19 años y que mide solo 73 centímetros. Él ha pedido entrar a los “Record Guinness”. Dicen que He Pingping cuando nació era del tamaño de la palma de un adulto, él no canta, no piensa en conciertos, no tiene el talento de Eusebia.

Miguel Ángel le acaba de revelar a su madre que en el buscador más grande del mundo, la artista más pequeña del mundo casi no asoma. En Google solo se aprecia una foto de Eusebia, junto a Miguel Ángel, de bebé, en alguna pared rocosa del interior del país. En un portal de la web también se lee una noticia, muy pasada y además negativa: “Eusebia Mollo Pachao sostuvo que al no tener beneficios sociales, los artistas no tienen mayor capacidad de acceder a las atenciones médicas, razón por la cual muchos de sus colegas que se encuentran mal de salud se ven en la necesidad de recurrir a amigos y familiares en busca de apoyo para afrontar estas eventualidades”.

—“Eso fue hace años, cuando luchaba por tener un seguro de salud”, recuerda la soprano.
—¿Y ahora estás asegurada?
—Sí, después de tanto tiempo. Yo me canso de caminar, a veces me dan ganas de dejar de cantar, pero solo porque me duelen un poco los huesos. Tengo 52 años, joven no soy, dice Eusebia, mientras abre un neceser casi tan grande como ella y se pinta, primero los párpados de celeste, luego delinea sus pestañas y deja el rojo carmesí para sus labios. Hoy también tiene una presentación en una casa, un concierto privado al que no podré acceder. Eusebia, empresaria de su voz y de su sonrisa, me dice que Roberto, el fotógrafo que la ha venido retratando por más de un año, es “bien buena gente” porque siempre que puede la lleva en su coche y no le cobra para la gasolina. Hoy, por ejemplo, Roberto la llevará a dónde ella quiera, pero ella tiene trabajo, tiene que cantar.
—En dónde van a publicar estas fotos que me toman. Creo que ya he hablado bastante, dice Eusebia
—Aún no tenemos ni idea, le sonrío.
—Qué raro, osea que ustedes viajan conmigo, me hacen preguntas, para qué-, cuestiona la soprano, ahora sentada en el sillón de su living. (La miro y pienso en la comodidad de su postura. Todo su cuerpo entra en un cojín. Sus pies ni siquiera se salen del marco del sofá. Imagino una cama de cuatro cuerpos o un inmenso almohadón en donde podría caber una persona de metro ochenta).
—Algo saldrá de todo esto. Sobre tu vida se podría hacer una película.
—Hay qué risa. Qué estás diciendo. Yo solo converso con ustedes porque me caen bien. Porque eso de ser la cantante de huaynos más pequeña del mundo no me va a cambiar la vida. ¿O me va a hacer millonaria?, dice Eusebia y luego baja del sillón, apuradita. De tanto hablar por poco se le hace tarde. Hoy tiene un concierto. Es hora de partir.

Las campeonas de los Andes

Publicado: 7 febrero 2012 en Marco Avilés
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Benedicta Mamani recoge una pelota de su cocina y sale cojeando bajo la mañana helada de diciembre. Está lesionada. Ayer caminó mucho persiguiendo a las ovejas que pastaban en la montaña y ha amanecido con las pantorrillas moradas. Frota sus piernas con llantén, una planta analgésica que crece en el huerto de su cabaña. No quiere perderse el partido de entrenamiento de esta mañana: Mamani es delantera y capitana del equipo de fútbol de su aldea. Tiene 40 años. Hoy viste un traje que ella misma ha fabricado, como suelen hacer todas las mujeres de Churubamba, un pueblo de campesinos cuya selección de fútbol femenino ha ganado cinco veces las Olimpiadas de la provincia de Andahuaylillas, una ciudad de edificios de adobe a 100 kilómetros del Cuzco. Mamani lleva cuatro juegos de faldas de colores, una blusa blanca, una chaqueta de lana de alpaca y un sombrero chato, cuadrado, de alas anchas, bordado con hilos de colores y salpicado de lentejuelas. Es la vestimenta oficial para jugar al fútbol, la ropa que usan todos los días.

Son las seis de la mañana, y un megáfono retumba en la aldea como un despertador: “Señoras, ha llegado la avena desde la ciudad. Reunión en la cancha de fútbol. Después se jugará un partido”. Churubamba es una altura lejana y caprichosa: a 4.000 metros sobre el nivel del mar, las cumbres de la cordillera de los Andes rodean una planicie muy verde. El paisaje de la aldea parece la imitación natural de un gran estadio de fútbol. Aquí no hay una comisaría, ni un prostíbulo, ni una iglesia, pero sí dos arcos de madera en el centro de la gran explanada-plaza de armas-cancha de fútbol. Alrededor, sólo hay 60 casas de barro con techos de paja y una escuela donde se aprende a contar y a leer en quechua, el idioma que hablan más de siete millones de personas en los Andes del Perú. El segundo idioma más extendido podría ser el fútbol en este universo de montañas altas donde tampoco existen el transporte público ni los zapatos.

Cada 15 días, la municipalidad del distrito de Andahuaylillas, la ciudad más próxima, envía a Churubamba una camioneta repleta de bolsas de avena. La llegada del cereal es una fecha tan importante que paraliza la aldea como si se tratara de un día feriado. Los hombres dejan la siembra para cargar los cereales y las mujeres se reúnen en la plaza-cancha de fútbol para repartir el alimento, según el número de hijos de cada familia. Después del reparto, las mujeres suelen hacer dos cosas: discutir asuntos de la comunidad y disputar un partido de fútbol. El fútbol es una tradición joven, con poco más de veinte años, y es una novedad que se acaba de descubrir apenas una generación atrás. Las mujeres lo juegan mejor, si jugar mejor significa ganar trofeos.

Esta mañana hay un juicio en la aldea. Una mujer obesa es acusada de comer demasiada avena. Se llama Toribia Ccopa, y el juicio, como todas las decisiones, será comunal. Si te casas, la comunidad te entrega un terreno. Cuando mueres, la tierra retorna a la comunidad. Si robas, la comunidad te lleva al río Vilcanota y te hace reflexionar a latigazos. Si descubren que tienes una amante, te expulsan del pueblo. En la asamblea hay 20 mujeres y algunos hombres.

Según la FIFA, 40 millones de mujeres practican el fútbol de manera oficial en todo el planeta. Es decir, en clubes o en asociaciones. Si la cantidad fuera una mancha sobre un globo terráqueo –que también es una pelota–, apenas salpicaría dos o tres países de Europa, el continente donde más mujeres practican este deporte. Pero ni la FIFA conoce Churubamba, ni Benedicta Mamani sabe de estadísticas. Tampoco sabe leer. Mientras los hombres terminan de retirar las bolsas de avena de la cancha de fútbol, ella y otras ocho mujeres han formado un equipo y discuten alrededor de la pelota sobre la lesión de su capitana.

La historia comienza en 1982, año del Mundial de fútbol en España. La selección de Perú debutó en aquel campeonato empatando con Italia, una de las selecciones favoritas. Los habitantes de Churubamba escuchaban las noticias a través de sus radios, y algunos bajaban de la montaña para espiar los partidos en televisores de las ciudades vecinas. Al regresar a su comunidad, miraron con malicia la plaza de armas y colocaron allí arcos de madera con ayuda de sacerdotes de la iglesia de Andahuaylillas, que vieron en el fútbol un remedio que podía reducir algunos problemas de las aldeas. El alcoholismo, por ejemplo, un vicio barato que sobrevivió a la época de las haciendas. Benedicta Mamami era niña en esa época, y recuerda que su abuela, que ya era una anciana, también aprendió a patear la pelota y bebía menos antes de morir. Durante los años noventa, Alberto Fujimori fue un presidente del Perú que, con la excusa de reducir las estadísticas de pobreza en las zonas rurales del país, auspició una campaña para esterilizar a las mujeres. La campaña llegó a Churubamba. El profesor Pilco dice que cuando una mujer llegaba al hospital de Andahuaylillas para curarse de un dolor de estómago, allí la atendían, pero además le ligaban las trompas. Resultado: en aquella década nacieron menos pobres.

“Tuvimos que cerrar la escuela porque no había alumnos”, dice el profesor. “Imagine el castigo de la esterilización en un pueblo donde las mujeres son criadas para tener hijos y los hijos son criados para trabajar la tierra. A ellas les sobraba el tiempo libre”.

En el relato del profesor, las mujeres empezaron a jugar porque tenían tiempo de sobra para hacerlo. Pero es difícil comprobarlo y tratar de cruzar el terreno de la fábula. Un total de 150.000 mujeres fueron esterilizadas en Perú durante el Gobierno de Fujimori. Pero no todas son futbolistas, ni viven en una aldea donde el centro del mundo es una cancha de fútbol, como en Churubamba. Lo cierto es que en 1999, la Iglesia católica de la zona organizó un campeonato deportivo donde debían participar todas las aldeas campesinas de las montañas y los barrios de Andahuaylillas. “Creíamos que el deporte era una manera de tender los puentes con esas poblaciones alejadas”, diría después el sacerdote de la ciudad. Aquella vez, la Iglesia propuso que los hombres compitieran en fútbol, y sus esposas, en voleibol. Ellas explicaron que también sabían patear y consiguieron que se reconociera la categoría femenina. Poco después ganaron el campeonato de mujeres, y entonces empezó su leyenda sin derrotas.

Suena el pitido del árbitro para ordenar que los niños y los perros abandonen el campo. Entran los dos equipos: nueve jugadoras en cada uno, con faldas floreadas. Un muro de barro delimita la cancha del resto de la aldea. Allí está sentado el esposo de Benedicta Mamani, conversando con los esposos de las otras jugadoras. Se llama Encarnación. ¿Le molesta que su esposa juegue al fútbol? ¿Cuánta libertad tienen las mujeres en la aldea? “Ellas tienen que cumplir su tarea de madres, y nosotros como padres”, dice; “después, todos podemos jugar”.

El partido está por comenzar. Un equipo se llama Mirador de Churubamba y está capitaneado por Benedicta Mamani. El otro se llama Club Churubamba, y su líder es Andrea Puma, una mujer de unos veinte años. Desde el año 2000, es la capitana de la selección oficial del pueblo.

“Las que pierdan, que regresen a atender a sus maridos”, amenaza colocando las manos sobre sus amplias caderas.

Otro pitido del árbitro. La pelota rueda fuera del campo. Un niño llora a gritos en la tribuna. Su madre abandona el puesto de centrocampista para consolarlo. Andrea Puma levanta el brazo. Está en el área rival. Saque lateral. Benedicta Mamani detiene la pelota con el pecho. Sus pantorrillas moradas y doloridas están gobernadas por la concentración. Saque de meta. Minutos después, Mamani grita de dolor: la uña de su dedo gordo se ha partido en dos, y sangra. Mamani sale del campo apoyada en dos compañeras. Sin su capitana, Mirador de Churubamba soporta el resto del partido sin gloria. Empate sin goles. Premio para las ganadoras: panes con queso y algunas naranjas, regalos del alcalde de Andahuaylillas. Para las perdedoras, lo mismo.

Para celebrar su aniversario, la municipalidad de la ciudad de Andahuaylillas ha organizado un partido de exhibición entre la selección de Churubamba y la selección local, un equipo de mujeres dedicadas al comercio de artesanías. Ellas sí hablan castellano, han ido a la escuela y usan zapatillas.

“Acá”, dice Andrea Puma. “las mujeres sabemos cocinar bien, atendemos a nuestros niños bien, cosechamos con nuestros esposos bien. Somos fuertes, y, entonces, sabemos jugar bien”.

El día del partido de fútbol, el cielo de Andahuaylillas ha amanecido despejado y azul, como una gran cúpula pintada a mano. Las calles de la ciudad son pequeños pasajes empedrados donde merodean algunos turistas que disparan sus cámaras fotográficas. Las casas son de paredes blancas que envuelven una plaza amplia donde dormitan cuatro árboles frondosos y tan viejos como la iglesia, construida en 1650. Los libros de viaje la promocionan como “la Capilla Sixtina del Perú”. En su interior, los turistas se fascinan al descubrir paredes llenas de aterradoras pinturas murales.

Andrea Puma mira la portería rival y lamenta su mala puntería. El disparo le salió muy alto. El césped crecido y húmedo como una esponja ata los pies de las jugadoras visitantes. Churubamba está ganando por un gol a cero.

El cielo oscurecido por las nubes negras arroja sombras sobre un estadio donde podrían entrar 5.000 personas. Sólo han llegado 200 curiosos. Las tribunas son de cemento y están pintadas con los colores del arco iris. En la década de los setenta, un abogado de Cuzco dijo que así había sido la bandera del imperio de los incas. No era cierto. Pero su invento era tan convincente que pronto se hizo verdad en el lucrativo negocio del turismo. En el centro de la tribuna principal, el alcalde de Andahuaylillas se preocupa por el mal tiempo. Se llama Guillermo Chillihuane, y nació en una aldea cercana de campesinos. Cuando era niño, recuerda, sus padres le enviaron a estudiar a la ciudad. Allí aprendió español, trabajó en lo que pudo, y con sus ahorros estudió ingeniería en una Universidad de Cuzco. Muchos habitantes de Churubamba y otras aldeas quechuas sueñan con algo parecido para sus hijos. Les envían a estudiar en las escuelas de la ciudad, pero como la distancia que separa sus aldeas es tan grande que los niños no pueden ir y volver en el mismo día, los padres han edificado un asentamiento de casitas de barro en las faldas de las montañas, muy cerca de un río. Se llama Nuevo Churubamba, y parece un pueblo fantasma. Los niños viven allí de lunes a viernes y duermen sobre pellejos de oveja, cubiertos de frío.

“Como no tienen familiares cerca, deambulan por la ciudad pidiendo dinero a los turistas”, dice Chillihuane. El deporte es una manera de combatir esos problemas, y estamos construyendo más canchas de fútbol.

El alcalde de Chillihuane mira su reloj y se levanta de la tribuna para conversar con el árbitro. En el campo, las jugadoras de la ciudad también están preocupadas por el tiempo. Quieren empatar. Las jugadoras de Churubamba están cansadas. Final. El equipo ganador corre hacia el filo de la cancha, como si escapara de los premios.

La lluvia ha estallado. Las gotas de agua parecen pelotas diminutas haciendo blanco sobre las cabezas. La ceremonia de los premios es muy rápida. En unos minutos, el espectáculo se desarma. El alcalde trepa a una camioneta, junto con el equipo de la ciudad. Las jugadoras de Churubamba, sus hijos de pecho y sus esposos suben a un camión de carga protegido por un toldo grueso. La subida a la aldea será peligrosa y muy lenta. Tardará más de tres horas. La próxima vez que haya un partido de fútbol, es posible que las jugadoras de Churubamba vistan esas mismas camisetas que acaban de ganar y algo habrá cambiado en su vestimenta. ¿Serán ésos los puentes que se debe tender para unir el mundo de las alturas con el de la ciudad? Entonces, ¿por qué no les ofrecen zapatillas? La respuesta abre un túnel en el tiempo. “Porque sus pies son tan gruesos que no caben en otra cosa que en las ojotas (zapatillas)”, dice el alcalde. Paso a paso, la civilización occidental es una educación lenta que empieza por los pies.

Último paradero

Publicado: 15 enero 2012 en Oscar Paz Campuzano
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1.

Lo encontré.

Esa fría y pálida tarde de invierno lo sorprendí en su escondite. Estaba borracho y con el rostro engrasado por salsa de tomate. Apestaba a rancio, a hombre que la vida le importa poco. Pero eso nada valía: por fin lo tenía al frente, vulnerable, despreocupado, devorando como bestia salvaje un plato de jugosos tallarines. Esa fría y pálida tarde de invierno era la primera vez que reparaba en su aspecto después de escuchar tantas veces su nombre, de escuchar tantas veces maldecirlo, y de preguntarme cómo es que está vivo. Sí, sobrevivió.

En el barrio Miraflores, a diez minutos del centro de Chimbote, ciudad pesquera en el norte peruano, Denys Ponce Aznarán se escondía. La policía tenía orden de capturarlo por la muerte de 38 personas, pero no daba con su paradero –o quizás no tuvo tiempo para buscarlo-. Sin embargo, yo lo encontré cerca de su casa, haciendo lo que acostumbra  todos los domingos: embriagarse hasta que los sentidos simplemente ya no respondan.

Al verme, saltó voraz a la calle. Algo lo alteró, lo pude notar en su mirada examinante. Como perro me olió a la distancia, listo para el escape. Tenía la casaca entreabierta y el torso desprotegido, un flojo y desteñido pantalón blue jeans y zapatillas blancas que -como él- lucían descuidadas. Su instinto de supervivencia lo lanzó sobre el cuello de Yorman, aquel amigo que me llevó hasta su paradero. Lo arrastró algunos metros como si se tratara de un ave a punto de sacrificar y lo interrogó en voz baja. Luego de unos instantes, parecía estar todo bien: ellos habían trabajado juntos; después de tiempo se encontraban.

Denys tiene el rostro maltratado, los ojos desafiantes y la sonrisa macabra. El cabello negro y alborotado y una insípida barba que le cuelga del mentón. Su piel es morena, pero sus facciones no son las de un descendiente de Mandela o E’to. Es alto y macizo. Da miedo. Más ahora descontrolado por varios litros de energía alcoholizada.

Era la una y treinta de la tarde, el sol brillaba con palidez entre las nubes. A lo lejos, se    escuchan los gritos desaforados de unos muchachos que juegan al fútbol junto al cuchicheo de una que otra familia que va en busca del almuerzo tradicional  en el que coinciden todos los domingos. Ya más tranquilo, Denys bajó la guardia, aunque no del todo. Se recostó con pesadez sobre un muro mal pintado, apoyado sobre esa pierna derecha, la que estuvo a punto de perder hace cinco meses. Miró de un lado a otro, desconfiado, y por ratos clavó la cabeza al suelo, angustiado. Sólo entonces, tras varios intentos fallidos, con la voz partida y con los ojos apretados, pronunció la frase que lo persigue desde el fatídico 22 de febrero de 2010, poco antes de las 6 de la mañana:

—Si no se hubiera metido, ni mierda hubiera pasado ese día.

Pero pasó.

***

El fuerte impacto se produjo a pocos minutos del alba. La espesa neblina y la densa oscuridad vieron con horror como dos pesados ómnibus repletos de historias, sueños e ilusiones chocaban a varios kilómetros por hora, despertando así al armónico silencio del desierto con el ruido de la muerte. Del terror.

Kilómetro 534, carretera Panamericana Norte, provincia de Virú, región La Libertad, Perú. Eran las 5 y 45 de la mañana y Denys Ponce Aznarán, con 31 años encima, iba al volante de un vehículo de la empresa América Express. Su destino era la ciudad de Chimbote, a tan sólo 2 horas al sur de su punto de partida.

Para él era un viaje cualquiera hasta que apareció, como un monstruo sacado de la tierra, el ómnibus de la empresa Crisolito que iba a la ciudad de Chiclayo, más al norte, proveniente de Lima. Las luminosas farolas brillaron intensamente, su corazón se aceleró al mismo tiempo que sus desesperadas manos giraron el timón a la izquierda. Dicha maniobra le salvó la vida, pero no pudo evitar la tragedia: 38 personas murieron, literalmente, en un abrir y cerrar de ojos.

Si algo recuerda con claridad Ponce Aznarán de aquel momento es la muerte de su compañero Alex Ramos Barbarán, de 28 años de edad. Cuenta que el muchacho saltó sobre el timón al ver que el otro ómnibus se incrustaba por el lado del copiloto. Tras el impacto, ambos fueron disparados por el parabrisas. El desplome de Denys fue amortiguado por Alex que, sin tiempo a reaccionar, soportó parte del pesado vehículo convertido en filudas navajas.

Denys vio espantado la escena a un metro y medio. El intenso dolor en la pierna derecha y en todo el cuerpo no le permitieron llorar ni siquiera pensar. Todo estaba oscuro y sólo escuchaba el lamento de los pasajeros aterrados, quienes invocaban a los suyos sin respuesta alguna. Entre lágrimas, pedían ayuda y él, inmovilizado sobre la arena, no podía hacer nada. Poco a poco las voces se apagaron, recuerda. Luego llegaría la primera ambulancia y en ella, aunque no está seguro, se alejaría de la escena.

Atrás dejaría a los rescatistas que llegaban sin saber por dónde empezar. El panorama era desolador por no decir un infierno. Cada fierro, cada vidrio, cada cuerpo, cada grito, cada llanto, cada segundo eran parte de la tragedia. “Aquí hay siete”, gritó alguno y en adelante la cifra fue casi incontenible.

***

Proveniente del desierto, apareció una patrulla salvadora. Eran obreros de la siembra, cosechadores de madrugada, que por cosas del destino trabajan cerca. Escucharon los llamados desesperados de auxilio y dejaron a un lado sus espárragos para ayudar a los heridos, para acopiar muertos. Junto a ellos, los bomberos quienes trepaban y anunciaban a gritos que aún había gente con vida entre los fierros retorcidos o que tenían otro cadáver –o lo que quedaba de él-.

Entre la muchedumbre un hombre era inconfundible. Se movía con destreza en medio del sangriento escenario. Como otros, usaba mascarilla y guantes. Era el antropólogo forense. Caminaba de un lado a otro cargando cabezas, brazos y piernas para encontrar el cadáver correcto. Se acercaba a cada cuerpo y analizaba el color y tipo de piel, la textura y sus cicatrices. Metros más allá, las ambulancias esperaban con las puertas abiertas de par en par para recoger a los heridos que estaban sumergidos en la inconsciencia. Uno de ellos fue Denys, internado de emergencia en una sala del hospital Belén de Trujillo. Desorientado, horas después, despertaba bajo la desesperada mirada de gente que buscaba un milagro entre los sobrevivientes. Asustado y con la pierna derecha magullada, escuchó el rumor intrahospitalario que viajaba en el aire: “Uno de los choferes está vivo”.  Cerró los ojos y guardó silencio.

***

La noche anterior al accidente, Marco Zárate, joven médico de 27 años, volvía a cenar, después de mucho, junto a toda su familia. El trabajo en el hospital de la Solidaridad, en Lima, lo alejó varios años del sosiego que sentía al estar en casa. Esa noche, preparó su ligero equipaje para volver al amanecer a su faena médica: se trataba de una campaña gratuita en Chimbote.

Durmió sin mayor sobresalto y salió de casa prometiendo volver pronto. Tomó un taxi hasta el terminal terrestre de la empresa América Express, en la salida al sur de Trujillo. Al trepar los escalones del ómnibus se cruzó con Denys fijo al volante, pero ninguno reparó en el otro. Se acomodó en los primeros asientos y cuarenta minutos después el destino rompía a la fuerza su promesa de regresar: Marco no sobrevivió.

***

Aquella mañana a Carlos Alvarado Rojas se le partió el corazón. Una llamada telefónica le anunciaba que el ómnibus en el que horas antes partió su hijo a Chimbote nunca llegó. Desesperado dejó las oficinas del Colegio Militar de Trujillo donde trabajaba para buscar a su engreído, un funcionario del Scotiabank.

A esa hora ya muchos heridos estaban en los hospitales y clínicas de Trujillo. Por allí, con los ojos hinchados de angustia, empezó la búsqueda: pasillo a pasillo, cama por cama. Descubrió que esa era la primera vez que deseaba con desesperación verlo herido, pero nada: no figuraba en la lista de ningún nosocomio. Se sentía morir.

Sin pensarlo viajó a la zona del accidente y al no hallarlo entre los escombros metálicos desperdigados en la carretera, siguió camino hasta el centro de salud de Virú, a pocos minutos de allí. En su auditorio, convertido aquel día en un improvisado mortuorio, reposaban decenas de cuerpos inertes y tapados, entre ellos el de Carlos Alvarado Bazán, su hijo.

***

Habían pasado cinco horas del accidente cuando Gladys Neyra se enteró de lo sucedido. Un leve escalofrío le recorrió el cuerpo: un ómnibus de la empresa en la que su hermano Víctor solía viajar había chocado. Justo ese día, muy temprano, él se despidió para nunca más volver. Lo hizo sin fuerza porque estaba seguro que la semana entrante se reunirían en una fiesta familiar en Chimbote, ciudad en la que trabajaba, entornillado en la oficina de registro de la Universidad Los Ángeles.

Como casi todos, Gladys buscó primero en los hospitales. Adentro se topó con un hombre que llegaba del siniestro provisto de una lista de pasajeros. Allí se enteró que los primeros veintitrés tripulantes del bus América Express no sobrevivieron. Víctor iba en el asiento dieciocho.

***

Con un cálido beso en la boca, Nadia Isminio Chuquival y Luis Atto Pulido, se despidieron para siempre. Sólo tenían 11 días de feliz matrimonio. La noche del 21 de febrero él viajaba a Tarapoto, a la selva peruana, y ella debió retornar de Trujillo, a la misma hora, a Chimbote, ciudad en la que ambos comerciantes vivían. Por cosas que Luis aún no llega entender, Nadia viajó al día siguiente.

Cuenta Luis que a mitad de su viaje, una llamada le entró al celular. Era la voz pausada del doctor César Quito, médico legista de Virú, quien en medio del proceso de identificación y levantamiento de cadáveres encontró, bajo los escombros, un teléfono con varias llamadas no contestadas. “Buenos días, le habla el doctor César Quito ¿Conoce a la propietaria del celular? … ¿Es su esposa?…Lo siento, ella murió”.

***

El doctor César Quito es un hombre al que le sobran algunas cosas como la amabilidad y los kilos. Es padre, médico y profesor de medicina forense. Siempre va bien peinado, impecable. De eso se olvidó aquella mañana del 22 cuando le ordenaron ir al lugar del accidente.

—Recién al mediodía se realizaba el rescate del último cadáver atrapado en el ómnibus de la empresa Crisolito. Lo llevamos decapitado. Al llegar con el cuerpo cercenado, vi que el centro de salud de Virú estaba rodeado de gente reclamando a sus familiares después de haberlo reconocido en el auditorio. Las escenas eran muy dramáticas. Un médico legista está acostumbrado a ver el dolor de un grupo de personas ante la muerte de alguien, pero esta vez era el llanto de toda una multitud- recuerda Quito.

—Certificamos la muerte acta por acta – continuó-. Algunos casos fueron más complicados que otros por el estado de deformación de los cadáveres. Pasadas dieciséis horas del accidente, el antropólogo forense junto al grupo fiscal continuaba en la identificación y entrega de cuerpos.

Cuenta Quito que nadie almorzó. Virú ardía en calor y los cuerpos aceleraban su descomposición. De rato en rato dejaban de escribir formularios, caminar entre muertos, meterlos al cajón, escuchar llantos, restar uno y de nuevo llenar más documentos. Escapaban a la calle para alejarse del olor a muerto y tomar nuevas dosis de oxígeno o simplemente para descansar. Pero no lo lograban. Su sola presencia en los exteriores de ese hangar de la muerte movilizaba a la multitud que, entre gritos y empujones, exigía prisa.

***

Así cayó el manto oscuro de la noche. En el auditorio ya sólo quedaban algunos cuerpos; afuera, la multitud ya no existía. El fiscal Robert Angulo, un hombre joven de voz paciente y cabello rebelde, se tomaba una pausa. Todo retornaba a la calma de siempre, la calma que hace horas extrañaba.

Eran las siete de la noche y un hombre ingresaba presuroso al lugar preguntado por el fiscal. Una hora antes, hablaron por teléfono. Sin demora, ambos ingresaron. El hombre se aproximó a los cuerpos más pequeños, buscando uno. Entonces encontró lo que temía, a su pequeña hija: tendida, sucia, rígida e inerte. Las lágrimas se le escurrieron y las rodillas le temblaron al ponerlas al suelo. Lloró con lo último de sus fuerzas, mientras acomodó el cadáver de la pequeña sobre su pecho. La abrazó y besó. “Mi reinita, te fuiste, mi reinita”. El fiscal Robert Angulo recuerda que esa era la primera vez, en todo el día, que se conmovió. Se quebró.

El hombre, encogido de angustia, siguió entre los pequeños cuerpos y encontró el cadáver de su otra hija. Con ella repitió la triste escena. A ambas las reconoció por la ropa. Finalmente, fue hasta el cuerpo de su esposa, irreconocible entre grumos de tierra seca. Supo que era ella porque hace algún tiempo se tatuó en el cuello una carita feliz que, esa noche, no había perdido la sonrisa.

***

Según su historia clínica, Denys no era el chofer del ómnibus América Express, sino un pasajero. En una de las camillas del antiguo hospital, fundado hace más de quinientos años en el centro histórico de Trujillo, Denys mintió. Por ello, en menos de 48 horas, pidió ser dado de alta para retornar a Chimbote. En el trayecto, pasó por el lugar del accidente. Nadie sabe en qué o quién pensó en ese momento. Quizás en su compañero Alex. Quizá en él. Quizá en todos.

Quince días después, en su declaración ante la policía y el fiscal, Denys reconocía ser el chofer. En la comisaría, respondió más de veintidós preguntas contando con detalles lo sucedido. Había bajado de peso, tenía sobresaltos y un cuadro depresivo lo torturaba. Su padre, su esposa y sus pequeñas hijas veían como se desmoronaba después de sortear a la muerte. Así, sumergido en su profundo trance, fue llevado por unos días a una ciudad al norte peruano, bien al norte: Piura. Con rituales extraños, intentaron devolverle la vida que parecía perder poco a poco. Al otro lado, en la vía legal, su situación se agravaba. La Fiscalía Provincial Mixta Corporativa de Virú formalizaba la denuncia en su contra por homicidio culposo en agravio de 38 personas y por lesiones a más de cuarenta.  Entonces, Denys iniciaba sus primeras sesiones psicológicas, pero el peso de la ley seguía recayendo sobre él. El Juzgado de Investigación Preparatoria del Módulo Básico de Justicia de Virú ordenaba su captura y reclusión preventiva en una prisión. Denys prefirió la clandestinidad.

2.

Lo busqué.

Salí a su encuentro 159 días después del accidente. Chimbote, aquella ciudad porteña que en la década del sesenta era la mayor productora de harina de pescado en el mundo, amanecía nublada. Domingo uno de agosto, cinco meses después del siniestro. Unas doscientas veinte mil personas viven allí entre buques, lanchas, redes, fábricas de acero, arenales, chicha de jora, gaviotas que revolotean en el cielo jugando a volar, barrios marginales, autos destartalados, comercio ambulatorio y pestíferos olores. Después de su vertiginoso auge, la sobre pesca, la contaminación y el terremoto del setenta la sepultó bajo los escombros de una ciudad decadente.

En ese lugar nació Denys. Gran parte de su vida trabajó en San Pedro, aquel reputado y malhechor barrio llamado así en honor al santo patrón de los pescadores y cuyas pistas carecen de asfalto. De la zona son populares “Las picanterías”, locales turbios de dudoso prestigio en el que se da la bienvenida a los parroquianos al ritmo de cumbia, chicha y demás géneros musicales de moda. Toda una fiesta a la que más vale estar invitado ya que, sin tarjeta de presentación, la probabilidad de salir envuelto en algún lío es mayor.

De San Pedro parte una de las líneas de transporte público de la urbe: La número cinco. Su paradero es sólo una esquina abandonada sin carteles que alerten de su existencia. Cada cierto tiempo, aparece uno de los vehículos de la empresa tropezando sobre los desniveles de la trocha  accidentada. Son ´combis` de color blanco matizado con franjas de color marrón, naranja y beige. Todas andan empolvadas por los arenales que les toca cruzar. Sus choferes son seres mecanizados que van al volante por una ciudad que no los entiende –y que no los quiere-. Hace años, uno de ellos era Denys.

 —Yo era su cobrador. Él me despertaba todos los días temprano para trabajar, pero me daba pereza. Él me decía: “Sólo para dar unas vueltas” y era mentira. Salíamos a las cinco de la mañana y volvíamos en la noche – cuenta Yorman, quien vio a Denys un mes antes del choque y, desde entonces, poco supo de él. Aquel domingo de invierno, Yorman me ayudaba a buscarlo.

 —El trabajaba por temporadas. Era un buen chofer, tenía caña. En la empresa, lo premiaron por eso. Hasta que un día desapareció. El feo – como lo llaman- resultó de chofer en América Express.

En San Pedro, desde donde se puede ver todo Chimbote, incluyendo el mar, las lanchas y sus islotes perla, todos conocían a Denys, pero pocos querían decir su paradero. Eran casi correligionarios que guardaban el secreto popular en medio de un barrio convulsionado por la violencia y marginalidad: muy cerca, en los arenales, yace el cementerio de los pobres, donde muchos fueron a parar para guardar sus propios secretos. El silencio, en este barrio, vale mucho más que la palabra de cualquiera.

—No está por acá y punto – vociferaban.

Sí pues, no estaba allí. Lo encontré en Miraflores, un barrio colindante al mar que para llegar a él se debe atravesar el centro de Chimbote. Miraflores es tan o más peligroso que San Pedro. Sus calles sigilosas, casi vacías, dan la impresión de estar siempre ante una trampa: la sospecha que tras la esquina seis o más tipos desquiciados aguardan ansiosos, nunca dejará de estar latente.

Denys estaba en casa de su padre almorzando con la placidez de un fugitivo sin escrúpulos. Sus pequeñas hijas jugaban cerca, despreocupadas. Es difícil saber si poco o nada le importaba a Denys que unos desconocidos llegaran, quizás yo, y le recordaba aquello que tanto trataba de olvidar. O peor aún: que irrumpan policías y lo lleven enmarrocado. Sus hijas, que seguían jugando, jamás entenderían la historia aquella en la que su padre resultaba ser el malo: ´Treinta y ocho personas murieron dicen por culpa de tu papá´ o ´Estará encerrado en un lugar del que no puede salir´.

No. Jamás lo entenderían.

***

—Si no se hubiera metido, ni mierda hubiera pasado ese día.

Esa era su defensa.

En la respuesta 22 de su declaración decía no ser culpable. Recordaba que delante de él, en su carril, marchaban dos vehículos: un ómnibus y, más adelante, un tráiler. De pronto, este último, frenó intempestivamente para evitar chocar con un auto que invadió su carril. Esto obligó al primer ómnibus a despistarse a su derecha, mientras que Denys optó por ir a su izquierda. Entonces, chocó.

—Sí, invadí el carril contrario. Sí, lo hice- reconoce Denys -, pero fue por instinto, por mi vida. Tenía tres opciones: Salir a la derecha y chocarme con el ómnibus, frenar y chocar con el tráiler o salir a mi izquierda. Claro, en esta última, estrellarme nunca estuvo entre mis posibilidades. Al ver el ómnibus, ni siquiera pude frenar. Giré a mi izquierda y lo  esquivé, pero el otro chofer maniobró a su derecha y chocamos.

Sin embargo, el fiscal Robert Angulo no le cree. Su tesis, sustentada en el informe técnico del Departamento de Investigación de Accidentes de Tránsito de la Policía Nacional (DIVAT), es que Denys invadió el carril contrario en una zona prohibida para intentar sobrepasar al tráiler. Marilú Alvarado Rivera era pasajera del ómnibus América Express que viajaba en los asientos uno y dos junto a su esposo, Santos Roldán Fernández, y su pequeña hija de siete meses, Jazmín Roldán Alvarado. Marilú, la única sobreviviente de los tres, confirmaba para la fiscalía esta versión. En su declaración dijo que, momentos antes del impacto, vio por una de las ventanas del lado derecho como un tráiler iba quedando en el camino. Luego de esa imagen sólo recuerda abrir los ojos en el hospital.

Además, un informe elaborado por especialistas físico – matemáticos determinaron que, al momento del impacto, el vehículo América Express aceleraba. Para la fiscalía es un indicio más de que Denys intentaba pasar a otro vehículo.

El día que lo encontré en la casa de su padre, no hablamos mucho. Él cuidaba a sus hijas. Las quiere; aunque su talante no parezca el de un hombre amoroso. Después de verlas jugar y pedirles que vuelvan a casa, Denys anunciaba, esta vez con una leve sonrisa, que pronto respiraría los agrios rumores de una prisión. Se entregaría en 48 horas y, según él, aceptando los cargos que la fiscalía le imputaba. Puede que las noches intranquilas que no lo dejaban dormir lo llevaran a tomar tal decisión. Quién sabe.

El plazo venció y, como era de esperarse, no lo hizo. Recién, cuando el reloj marcaba las tres de la tarde del 10 de agosto, Denys Ponce Aznarán, acompañado de un policía, ingresaba al centro penitenciario El Milagro, en Trujillo, perdiéndose, a paso lento, entre pabellones y los más de mil quinientos presos que allí purgan condena.

3.

Lo encontré, otra vez.

Han transcurrido apenas cinco días de su encierro. Es mediodía del domingo 15 de agosto: día de visita en la prisión. Largas filas humanas se extienden desde la puerta de ingreso al penal. Minutos antes, todos corrimos para que un policía, con el ceño fruncido, nos coloque un sello y un número con un bolígrafo indeleble azul en el brazo derecho. En la piel me estampó el 634. Pasaron largos e intensos 40 minutos para chocar cara a cara con un agente penitenciario, joven y de voz agresiva, que uno a uno hace pasar a los últimos visitantes hombres. Por la tarde, ingresarían las mujeres. Después de más controles y órdenes, de más sellos e inspecciones, logro ingresar. Adentro, me siento un recluso más, pero extraviado entre pabellones, celdas y prisioneros.

Siempre tuve la idea de que al ingreso me preguntarían a quién buscaba y yo respondería: “A Denys Ponce Aznarán”, pero nunca pasó. Entro desorientado. Al pasar delante del primer pabellón tengo sobre mí a un grupo de hombres, con algo para vender en las manos, interrogándome, casi a gritos, por quien iba (notaron que estaba perdido y asustado) y les respondo: “Por Denys Ponce Aznarán”. El primer hombre, moreno, flacucho, decrépito y de aspecto delincuencial, se ofrece a llevarme. Metros más allá, descubro que es un preso.

—Tan rápido lo conoces. Apenas ingresó hace cinco días- Le digo.
Conozco a todos acá adentro- Responde.

 

No damos más de diez pasos y reclama su salario. Se lo doy. Dos paso más allá, me dice: “Él te llevará”. Es otro vendedor, también preso, con una bolsa de caramelos. No pasa mucho y también me pide dinero. Se lo doy. Sin embargo, ninguno me ha llevado a Denys. En menos de cinco minutos en la cárcel, dos tipos ya me han estafado.

En el ingreso a una especie de encuentro entre conductos enrejados que llevan a los diferentes pabellones del penal y que es custodiado por un carcelario, me topo con un hombre de mediana estatura y que viste chaleco naranja. A la entrada, me lo advirtieron. “Ellos te pueden guiar”. Y así lo hace con una amabilidad sorprendente. Mientras me lleva, pienso en si es preso o no. Es más probable que sí. Nadie, que no sea un agente del orden o administrativo, ingresa a trabajar a un penal.

Él sí conoce a Denys. Por lo menos sabe quién es y cómo es. Dice que desde temprano llegaron a verlo, se trata de su padre y alguien más. Ellos le advirtieron que otras dos visitas llegarían; por supuesto, no se trataba de mí. Mientras camino, divago entre la reacción de Denys y su padre al verme, en la mirada desafiante de algunos internos y en el laberíntico inframundo urbano en el que me sumerjo. Reacciono cuando me veo entre celdas: tugurizadas, desordenas, sucias, oscuras; casi impenetrables. Quedé suspendido en el aire unos segundos y comprendo: Estoy en la cárcel.

En día de visita, las celdas lucen abiertas y los presos deambulan no lejos de allí. En una de ellas, hay una mesa tembleque, con un grupo de personas que conversan y juegan casinos. Denys está en el patio, a espaldas de su calabozo, junto a dos hombres de avanzada edad. A lo lejos, parece reconocerme. Es la segunda vez que nos vemos, pero ni una mueca ni un gesto amable despide su rostro. Debe pensar que soy una especie de cargo de conciencia con dos patas. Me acercó y apretamos las manos. A nuestro alrededor, pasan desapercibidos otros internos. Cruzamos algunas palabras y ahora sí, una leve, muy leve sonrisa se deja ver.

Transcurren apenas cinco minutos y el horario de visita acaba. Sólo alcanza a contarme que si todo le va bien, pasará encerrado los próximos seis años y ocho meses. Si le va mal, serán más. Eso es todo. Mucho tiempo, para él. Poco tiempo, para otros. Tal vez 38 cadenas perpetuas los logre consolar; tal vez no. Aquí pudo haber acabado una historia, pero nunca dejarán de comenzar otras. Catorce murieron en la carretera a Cajamarca y otras 23 perdieron la vida al caer a un abismo en la sierra de La Libertad. Como Denys, como otros, como todos, me pregunto: hasta cuándo y no tengo respuesta. Puede que sea inútil.

Mientras camino a la puerta de salida, la mirada viaja hasta el dedo pulgar izquierdo buscando la vieja cicatriz que me hice correteando junto a un amigo cuando aún éramos niños. Ambos creíamos ser los campeones del mundo, despreocupados aquel entonces de nuestro destino. Él fue uno de los 38. Recobro la libertad y Denys vuelve a su celda. Tras las rejas, entre cuatro paredes y tendido sobre su catre tratará, como otros, como todos, de cerrar el 22 de febrero de 2010, que minutos antes de las 6 era un día normal; a pocos minutos del alba.

Dentro de unos minutos, el cocinero Pedro Miguel Schiaffino dirá que nunca ha visto un pescado tan raro como el que va a sostener, cara a cara, entre sus manos. El turushiqui es un animal casi tan extraño y temible como su nombre. Su cuerpo negro parece atrapado dentro de una coraza de metal. La boca es larga y aplanada, a medio camino entre el pico de un ornitorrinco y el hocico de un lagarto, y resulta adecuada para hacer trizas a cualquier enemigo. Sus ojos oscuros y dilatados como proyectiles envían un permanente aviso de peligro. El turushuqui tiene las dimensiones de un jabalí y, en efecto, luce como un jabalí. Un jabalí acuático. Que Schiaffino nunca haya visto un ejemplar de esa especie le confiere al pescado una extrañeza mayor, pues él ha pasado casi una década explorando la selva amazónica en busca de todo tipo de rarezas comestibles. Esta mañana, el cocinero-explorador recorre un extenso mercado callejero en Iquitos, un oasis de ciudad en medio de la jungla peruana. Aún no ha tomado desayuno, y le provoca comer un buen pescado. Dicen que debajo de su terrible fealdad, el turushiqui ofrece una carne muy blanca y fina, como un manjar embrujado por la naturaleza. En lo profundo de este mercado hay un ejemplar así esperando por Schiaffino. No será un amor a primera vista.

Schiaffino es un hombre menudo, de treinta y tres años, que lleva una bolsa de compras blanca en la mano izquierda. Viste unas bermudas de baño a rayas grises, una camiseta beige y lleva unos lentes de sol encima de la frente. La barba sin recortar añade un marco perfecto que resalta las reacciones de sus inquietos ojos claros y pequeños. Parece un surfista que ha extraviado su camino a la playa, y no el cocinero del que muchos de sus colegas limeños hablan con cerrada admiración. Schiaffino, uno de los tres mejores cocineros del Perú. El más joven de los grandes, el más osado, el más impredecible, el innovador. Eso se dice. Pero ahora él está a una hora y media en avión de esos comentarios, y anda en busca de algo más terrenal que la fama, mientras se abre paso entre el río de compradores y vendedores que discurre en el mercado de Belén. Iquitos es una ciudad calurosa a mil kilómetros de Lima, a la que sólo se puede llegar efectuando un salto prodigioso por encima de los Andes. En avión. Un lugar donde el boom de la gastronomía peruana aún suena a un banquete lejano. Allí, Schiaffino, que lleva casi diez horas sin comer, ha entrado a una cámara frigorífica donde los estibadores cargan pescados tan grandes que el binomio parece el de un hombre que carga a otro hombre. Son animales de río y su aspecto desconcertaría a cualquier ser humano que vive al nivel del mar. El cocinero distingue a los fríos huéspedes como quien reconoce a un perro de un gato. «Ése es un saltón», dice apuntando el cuerpo de lo que parece un delfín. Pesa unos ochenta kilos y cuelga de una ganzúa que duele a la vista. Es de la familia de los peces gato, animales sin escamas, de bigotes largos como alambres. Schiaffino, que parece bastante pequeño ante esos ejemplares, los carga, sopesa, y repite sus nombres de memoria: torre, cuchimama, zúngaro. Resultará más fácil para el lector familiarizarse con el pez tigre, un pescado de piel brillante, tersa y cuyas rayas negras parecen diseñadas a mano. «No tiene escamas, tócalo», sugiere el cocinero mientras lo sostiene como a un bebé. La piel es suave como un corte fino de satén.

Afuera del frigorífico, la rareza no es un atributo de los especímenes más grandes. Schiaffino examina lo que se ofrece como un montón de bolas billar hasta que éstas empiezan a moverse con lentitud. Son caracoles gigantes en perfecto estado de salud. Se llaman congonpes y en Malabar, el restaurante que el cocinero tiene en Lima, el comensal puede degustarlos en cortes finos, guisados y acompañados con chorizo y puré. Schiaffino parece un profesor de zoología que dicta una clase para adolescentes hiperactivos, y cuesta recordar que ha venido al mercado para tomar un desayuno. Ahora señala a una mujer que ejecuta cortes veloces sobre un pescado pequeño, como si picara una cebolla. Es una palometa, tiene forma de paleta de ping pong y provoca trasladarla viva a un acuario. Pero las apariencias engañan. En la selva más exuberante del mundo, es preciso reprimir cualquier sentimentalismo para recordar que tú, hombre de ciudad, eres un predador y que ellos, los peces extraños de la selva, son tu alimento. La palometa es un pariente de la piraña, ese pez carnívoro del que circulan leyendas sangrientas y una mala película de terror. El predador Schiaffino contempla esos pescados con apetito de cocinero.

Aunque no hay que confiarse de ello. El hombre es un predador sentimental que puede desarrollar cariño o aversión hacia lo que come o deja de comer. Para entenderlo, conversa con ese amigo o amiga vegetarianos al que jamás invitarías a Malabar para disfrutar de unas jugosas costillas de gamitana o de un generoso filete de maparate, peces amazónicos que Schiaffino cocina, y que le han ganado la fama de sofisticado explorador de lo desconocido. «Schiaffino va en expediciones en la jungla para descubrir oscuros ingredientes amazónicos», ha dicho de él la prestigiosa revista Food & Wine, que lo considera una de las veinte estrellas en crecimiento de la culinaria mundial. Es curioso verlo charlar con las comerciantes de ese mercado de Iquitos, donde cualquier cocinero cosmopolita pediría a gritos un intérprete. El conocimiento de la comida, como todo lenguaje, es un conjunto de códigos que se adquiere con el tiempo. Schiaffino intercambia datos, pregunta, informa. Ahora se ha detenido en un puesto de frutas. Toma en sus manos una muy grande, como una toronja amarillo verdosa, la huele, la acaricia. La vendedora le explica que se trata del caimito, «la fruta del amor». Él, por supuesto, ya la conoce. «También le llaman la fruta del beso –replica mientras su nariz afilada absorbe el perfume del vegetal–. Es buena para los riñones, ¿no, seño?». Cuando muerdes un caimito, explica la seño, se siente igual que cuando una mujer te besa con empeño. Ella es una mujer robusta, de piel marrón y ojos achinados, que sonríe como quien observa una exótica curiosidad. Algo en su comprador le causa gracia. Schiaffino es seguido muy de cerca por el fotógrafo de esta historia, y parece el curtido conductor de un programa de viajes. Pero entonces su rostro se desencaja como una dibujo animado.

–Pucha, qué loco –exclama con los muy abiertos.

Ha encontrado al turushuqui. Su sorpresa parece la de un niño que ha hallado una mascota, y no la del cocinero-explorador cuya reputación muchos diarios, revistas y programas de televisión han difundido por el mundo en media docena de lenguas. El asombro de Schiaffino es peculiar, pues lo que se origina con un gesto excesivamente plástico de su rostro, suele tener consecuencias profundas en el fenómeno cultural más sorprendente del continente. El ingrediente-Schiaffino del boom de la gastronomía peruana se inicia de manera inesperada en cualquiera de los diez o doce viajes anuales que él emprende a la selva amazónica. Encuentra algo que no conocía. Se asombra. Lleva sus hallazgos a Lima. Domestica esos ingredientes a su estilo y los incorpora a la alta cocina. Schiaffino empieza a tener seguidores entre sus colegas. Schiaffino expande los horizontes del boom y abre una trocha mental hacia ese mundo lejano y espeso, la despensa de comida más variada y desconocida del planeta.

–¿Cómo se llama eso, ah?

–Turushuqui.

–¿Curushiqui?

–No, turushuqui.

En realidad, sólo ha hallado la cabeza del turushuqui.

–Mira los bichos que uno se encuentra acá. Nunca lo había visto. Es un bagre, pero es bien parecido a la carachama mama.

Se refiere a otro pez acorazado y de aspecto robótico, aunque de tamaño menos atemorizante, que tiene una carne blanca y suave como el algodón. La dueña del puesto retira una torre de pescados pequeños, y descubre el resto del cuerpo del animal. Schiaffino, el explorador de ingredientes, está en éxtasis.

–Qué beeestia.

El cuerpo del turushuqui hace pensar en esas imágenes de los libros de escuela que explican que la vida comenzó en el agua. Los peces evolucionan y se transforman en anfibios que luego pueblan y conquistan el planeta. El turushiqui parece un pez que está en camino de ser otra cosa, un reptil, acaso un dinosaurio. Su lomo terso y oscuro está marcado por una cordillera de espinas filosas que podrían cortarte la piel como una sierra de metal. Schiaffino lo observa con hambre de conocimientos.

–Y está fresquito, además, ¿no, seño? ¿Y cómo lo cocinas?

–Como quieras –responde la mujer–. En caldo, en mazamorra o ahumado.

–¿Frito?

–También. Pura pulpa tiene.

Pasado el asombro, el hambre retorna. Schiaffino no tiene intenciones de comprar algo así. Al menos no en este viaje. Su bolsa es pequeña, del tamaño adecuado para llevar algunas frutas y verduras y cargar con ellas el resto del día. A las cuatro de la tarde él recordará que debe apresurarse para reunirse con el resto de la tripulación del Aqua, una empresa de cruceros de lujo que, a cambio de varios miles de dólares, te pasea por los fotogénicos paisajes del río Amazonas, mientras tienes la posibilidad de disfrutar de un menú diseñado, cuidado (y a veces preparado) por el más peculiar de los cocineros peruanos. Pero esta mañana aún luce tranquila, libre de esas presiones del trabajo, aunque el empresario Schiaffino anda pendiente de los mensajes que llegan a su Blackberry. Espera una importante llamada de negocios que podría alterar para siempre el ritmo de este viaje. Por lo pronto, ha llegado por fin la hora del desayuno.

–Seño, ¿tiene maparate?

A Schiaffino le encanta el maparate, otro pez gato, alargado como una anguila de río, y cuya carne tiene una textura similar a la del salmón. En Malabar se sirve gratinado, con un poco de foie gras, vinagre de arroz y nabos bañados en un caldo ligero. Ningún otro local de Lima ofrece una experiencia similar. La aparente excentricidad de sus ingredientes esconde la filosofía-Schiaffino sobre el boom. «La ventaja de la cocina peruana no sólo está en la técnica», me dijo en Lima unos días antes de emprender este viaje. Acababa de llegar de unas vacaciones en Chile, donde había practicado esquí. «La técnica la puede tener cualquiera. La diferencia nuestra debe estar en aprender a incorporar todos esos ingredientes que existen en el país y que no hay en ninguna otra parte del mundo». Explorar. Encontrar más productos. Sorprender con la variedad. La vendedora de pescados explora en una batea, pero no encuentra maparates. Es una mujer robusta en camiseta y falda azules que responde no, joven, ya se terminaron sin levantar la vista de una parrilla que arroja un humo juguetón hacia la clientela. Schiaffino elige entre los pescados fritos una palometa, esa pariente de la piraña que, asada al carbón, parece una escultura de pescado. «Mira la grasita que tiene acá debajo del pellejo», dice, y levanta la piel para punzar la carne blanquísima con el tenedor. «Su sabor es increíble». Delicado. Dulce. El cocinero extrae de su bolsa de compras un atado de hojas verdes de cuyo interior brota un amasijo fresco de chonta, un vegetal regional que se parece al espagueti. Añade encima una salsa de ají de cocona, una fruta ácida que parece una guayaba tersa, y que la vendedora le ofrece en un plato hondo. Él lo revuelve todo ayudándose de un plátano frito. Un plátano regional. Casi todo lo que puedes comer en el mercado es de origen local. La cuenta suma diez soles, poco más de tres dólares. «Esto es un lujo, carajo», dice Schiaffino mientras se dispone a seguir su recorrido. Está satisfecho. «¿Dónde más se puede comer así?».

La gente come tres veces al día. Seis mil millones de bocas tratando de hacerlo cada jornada convierten al hombre en la especie más voraz del planeta. Pero desde que el habitante de la ciudad delegó en los supermercados y restaurantes el trabajo de proveerle de alimentos, también dejó de enterarse de la cadena de hechos que ocurren en la naturaleza antes de que él pueda comer. La extinción de ciertos peces de mar es un suceso difícil de advertir desde la mesa de un restaurante. Un día de principios del 2009, Schiaffino presentó un documental en Madrid Fusión, el foro anual que reúne a los cocineros más importantes del planeta. El cocinero-explorador recorría el mismo mercado de Iquitos, y detallaba esas frutas, verduras y pescados amazónicos de los que el auditorio –salvo sus colegas peruanos y brasileños– jamás había oído hablar. Carachama. Maparate. Palometa. Es decir, variedad. «En la cuenca amazónica», explicaba su voz en off, «hay igual o mayor cantidad de peces que en el océano». Cantidad. En otra escena, Schiaffino se zambullía en una laguna junto a un grupo de pescadores y extraían un pez del tamaño de un torpedo. El paiche es un animal de aspecto prehistórico, escamas gruesas y boca enorme, que llega a pesar unos doscientos kilos y puede alimentar a docenas de personas con un filete sabroso y grueso. En un negocio concentrado en explotar los productos del mar, aquel documental parecía una invitación para que los cocineros reunidos en Madrid corrieran a zambullirse a los ríos. Era un mensaje que proponía la búsqueda de un nuevo equilibrio en el consumo de pescados. Explorar. Porque ciertos cocineros dicen o hacen cosas que son mensajes. Y una carta de menú también puede leerse como una declaración de principios del chef. Su opinión sobre el estado de cosas en el mundo.

Si el comensal revisa con calma la carta de Malabar, en Lima, se sorprenderá al no encontrar allí a ninguno de los tres pescados que por años los caprichosos paladares de la costa han consumido hasta la fatiga. Un cebiche preparado con mero, lenguado o corvina todavía se considera el ingreso por la puerta vip al mundo de la gastronomía peruana. Éstas son ideas. Costumbres de un predador exquisito y aún ensimismado en la tradición. Pero las costumbres alimenticias de nuestra especie tienen consecuencias tristes. «A uno que intenta ser siempre optimista le cuesta creer que quizás en diez años nuestros lenguados, chitas y corvinas sean sólo un recuerdo», opinó Gastón Acurio, el cocinero peruano más conocido en el mundo, desde su cuenta de Facebook. Era agosto del 2010 y su lamento sonaba bastante lógico para la época. Pero tres años antes, los mozos de Malabar se exaltaron cuando Schiaffino les comunicó su decisión de expulsar de la carta a aquellos hijos ilustres del mar peruano. «Casi nos arman una revolución», recuerda una tarde Toti Salazar, una tía muy cercana a Schiaffino que fuma cigarrillos rojos y se encarga de la logística de su restaurante. Los mozos, sin embargo, comprendieron las razones después de algunas charlas explicativas. Los mozos son parte importante de la cadena alimenticia de la alta cocina. «Si a un mozo no le gusta un plato, no lo ofrece», reflexiona Salazar, sentada a una mesa de Malabar. Los mozos lucen bastante concentrados en el salón mientras llevan los platos típicos del local: sudado de paiche, costillas de gamitana, ensalada de chonta. El gusto es una costumbre que se aprende y se expande con el tiempo. Schiaffino es uno de esos cocineros que no sólo se obsesiona con los microscópicos detalles de un plato. Sus creaciones tienen esa firma del explorador que quiere explicarte que el mundo de la comida es más grande y complejo que una mesa de manteles blancos donde todo es sabroso.

Enviar mensajes a través de los ingredientes de un plato no es una tarea fácil. Rafael Piqueras es un cocinero alto y reflexivo que podría ganarse la vida como galán de la televisión. Él incorporó ciertas técnicas de la cocina molecular a la gastronomía peruana. Trabajó en el Bulli, por años el mejor restaurante del mundo, y al volver a Lima observó la comida local con ojos de científico inquieto. El ají amarillo, por ejemplo, se convirtió en sus manos en una espuma de ají. En el año 2003, cuando el boom apenas era una ola en formación, Schiaffino le ofreció a Piqueras tres cortes de pescado. Schiaffino versión 2003 era un cocinero que había dejado sus trabajos para mudarse a la selva. Estaba fascinado por sus pescados, frutas y verduras. Al vivir en Iquitos comprobó que aquellos productos eran desconocidos en Lima porque no existían proveedores serios y capaces de trasladarlos frescos y con la periodicidad que requiere todo restaurante. Schiaffino versión 2003 se convirtió en proveedor. Piqueras recuerda vagamente las muestras que su colega le entregó para que las estudiara. Las trabajó. Las probó. Pero decidió que no funcionarían en su restaurante. Uno de esos cortes era de paiche. En esa época en que la novedad consistía en procurarle sofisticación a la cocina tradicional peruana, resultaba lógico que los cocineros desconfiaran del entusiasmo de Schiaffino por esos productos raros. «Yo fui uno de ellos», confiesa Piqueras mientras bebe café en un Starbucks de Lima. «Los cocineros vamos hasta donde nos permite el cliente». Parece referirse a un dictador inflexible. «En esa época –añade–, los clientes no estaban preparados para algo así». Pero las cosas cambian con el tiempo. Los clientes también. A principios de este siglo no había cadenas de cafeterías en la ciudad. Ahora que sí existen, los limeños beben más café. El café despierta los sentidos. Piqueras versión 2010 acaba de volver de un viaje a Tarapoto, una ciudad de la selva peruana, donde ha recorrido mercados, restaurantes y pescaderías que Schiaffino, que es su amigo de años, le recomendó. Al hablar de ellos su emoción es notoria, sobre todo cuando agranda los ojos para decir: «Era un viaje que me debía». Luego añade una conclusión bastante realista para la época: «Si comiéramos más pescados de la selva, habría más peces en el mar: nos estamos devorando todo». Piqueras versión 2011 abrirá un restaurante en un hotel lujoso en el edificio más alto de la ciudad. Allí sus clientes podrán ordenar paiche.

Pero en el mercado de Iquitos no. Schiaffino no ha encontrado una sola muestra de ese animal. El paiche se ha vuelto muy cotizado y los compradores se lo disputan desde temprano. Es una historia larga de contar y ahora, bajo el sol asfixiante de esta ciudad, a Schiaffino le ha dado sed. Quiere tomar un jugo de naranja. A las once de la mañana, las calles del mercado lucen un tanto vacías y es posible observar a las vendedoras de pescado que ejecutan cortes finos y veloces sobre los flancos de las palometas. Esta especie, como muchos peces de la selva, tiene una cadena adicional de espinas que atraviesa su cuerpo. Los cortes paralelos que las comerciantes ejecutan permitirán que el comensal arañe la carne con el tenedor y lo extraiga lleno de pulpa y sin peligro de llevarse una espina a la garganta. Schiaffino le pregunta al fotógrafo si puede hacer una toma de ese procedimiento. En dos semanas presentará una ponencia sobre los peces amazónicos en el Congreso Gastronómico Internacional de México. Schiaffino versión 2010 es un divulgador internacional de los insumos de la Amazonía. Días antes, un amigo había prometido enviarle un paiche entero hasta Lima. Ese ejemplar no estaba destinado a la tabla de picar de la cocina de Malabar, sino al consultorio de una veterinaria. Durante días, el cocinero peruano había evaluado cuál sería la mejor manera de explicarle a ese auditorio de cocineros de todo el mundo, en México, la peculiaridad del espinazo de los peces amazónicos. Su primera intención fue hacer un dibujo. Pero presentar un dibujo no resultaría tan convincente como exhibir en pantalla gigante la radiografía que podría obtener en una veterinaria. Verlo ingresar allí cargando un animal de aspecto prehistórico habría sido una sorpresa excesiva para los clientes del consultorio. Un exceso del boom. Pero, al final, el proveedor de paiches no pudo cumplir con lo ofrecido, y esta mañana Schiaffino está muy pendiente de la fotografía que incluirá en un Power Point. Mientras observa a la mujer que «retalea» la palometa, su mano derecha se distrae acariciando la cabeza de una doncella, un pez gato de rayas negras, hocico plano y bigotes largos. Es un ejemplar formidable, de unos doce kilos, que ha sido capturado durante la madrugada. Pero, contra todo pronóstico, aún tiene algo que decir.

Seis horas después de haber sido capturada, la doncella comienza a mover el hocico para comunicar que aún no entra a la categoría de cadáver. Schiaffino acerca su rostro pasmado a la boca del animal. La lengua late levemente. En efecto, está vivo, y hasta provoca devolverlo al río en mérito a su heroica resistencia, pero los pescadores ya le han cortado las aletas. Los muñones manan pequeñas gotas de sangre. Las branquias se agitan. Schiaffino dice que nunca ha visto algo así. Pero lo que parece un fenómeno sobrenatural, también puede asumirse como la cruda demostración de lo poco que se sabe de la vida en los ríos de la selva. Ciertos peces de la amazonía logran sobrevivir varias horas fuera del agua. Para comprobarlo, basta girar un poco la cabeza hacia el puesto contiguo. Una niña lucha por alinear unas carachamas, esos pequeños acorazados negros, en una fila presentable. Una carachama, dos carachamas, tres carachamas. La niña retira la mano con cuidado, como quien acaba de construir una torre de naipes, pero los animales se inquietan y se lanzan en caída libre hacia el suelo. Al lado, Schiaffino aún examina a la doncella, aunque ya ha superada la etapa del asombro profesional. El rudo conocedor de los pescados de la selva parece por un momento el niño que criaba todo tipo de mascotas. A él siempre le han encantado los animales vivos. Entonces, sin dejar de mirar a la doncella, le acaricia la cabeza con una mano y exclama con cierta melancolía:

–Da pena, ¿no?

***

Ciertas personas evidencian que han entrado a la madurez cuando de manera inconciente comienzan a buscar las mismas cosas que le emocionaron en el pasado. Los sabores de la infancia, por ejemplo. Una mañana de sol, Pedro Miguel Schiaffino conduce su camioneta 4×4 hacia Pachacamac, un distrito de casas de campo y chacras de cultivo a media hora de Lima. Va a inspeccionar los acabados de su futuro de restaurante de comida a leña, un negocio que abrirá con apoyo de un socio. Schiaffino-empresario, además de Malabar, maneja otros negocios: La Pescadería, un restaurante a punto de convertirse en una cadena, y donde el cliente puede comprar sus propios cortes para prepararlos en casa; una empresa de catering (que por estos días se encargará de la dieta de los artistas del Cirque du Soleil); también asesora un crucero amazónico y un hotel en el Cusco. Él ha postergado la apertura de su restaurante campestre debido a una serie de viajes que lo mantuvieron ocupado durante la primera mitad del año, y ahora quiere concentrarse en revisar los acabados del local. El terreno es inmenso, del tamaño de ocho campos de fútbol, y el proyecto comprende huertos, granjas para animales, jardines, una cocina inmensa, hornos de barro, parrillas. Habrá un gran salón con mesas, cubierto con techos de esteras, y una zona donde las familias podrán retirarse a espacios privados cuyas paredes serán de arbustos y donde tendrán la posibilidad de sentarse mientras un cocinero termina de preparar su pedido delante de ellos. Los niños tendrían columpios, castillos de madera, camas elásticas y otros juegos propicios para quedar extenuados antes del almuerzo. Suena muy divertido, pero Schiaffino tiene una pregunta para el arquitecto que lo acompaña esta mañana.

–¿Y cómo vamos a hacer para que la gente no venga gratis, juegue, y luego se vaya a su casa a comer?

Es una pregunta inocente que deja pensando por unos segundos a su interlocutor. Cuando era niño, su familia tenía una chacra en el mismo distrito. Schiaffino solía jugar algunas tardes después de la escuela. Allí se criaban patos, gallinas, gansos, cerdos y otros animales de granja que se distribuían en algunas tiendas y supermercados de la ciudad. El futuro cocinero veía cómo se degollaban a esos animales. Animales vivos convirtiéndose en comida casi en tiempo real. Años después, mientras recorre su futuro restaurante, él no puede recordar con exactitud dónde quedaba esa chacra familiar, pero su memoria de cocinero retiene ciertos detalles gustativos de la infancia. Por ejemplo, los rellenos para el pan que preparaba con la sangre de los patos. «Era buenazo –dice–. Pan con “sangrecita” y tamal». El pasado produce ciertos sabores que no se olvidan. Su nuevo restaurante empezará con cierta cautela, pero el proyecto contado por Schiaffino suena a un episodio de ciencia ficción culinaria: lograr que todos los alimentos que se preparen allí sean producidos en sus propias huertas y granjas, y que, incluso, éstas abastezcan con algunos productos a Malabar. Algo parecido a esos locales farm-to-table que hay en algunas partes del mundo, donde el mozo te explica que esa lechuga que estás a punto de comer se ha cosechado hace apenas veinte minutos. Mensajes. Schiaffino parece una especie de explorador del futuro, y en el futuro de su restaurante los comensales saldrán de Lima, la capital del boom, no sólo para comer en ese local, sino para enterarse de cómo se producen los alimentos que siempre se han llevado a la boca. De la granja a la mesa. La naturaleza convirtiéndose en comida en tiempo real, y el cliente transformado en un predador reflexivo.

El cocinero trata de controlar su emoción futurista con pasos calculados de empresario. «La idea es llegar a eso poco a poco». Por ahora, su socio ha invertido casi medio millón de dólares en esa aventura. Quiero preguntarle por ese personaje, pero Schiaffino se topa con el ala de una avioneta que descansa en medio de algunos trastos. El artilugio es del tamaño de un pequeño velero y está envuelto en una bolsa protectora, como una de esas compras que se realizan a pedido y se entregan por correo. Schiaffino revisa un poco y se rasca la cabeza.

–Puta madre. ¿Y esto qué hace aquí?

No parece molesto. Al contrario: sonríe como quien se enfrenta a un acertijo.

–Debe de haberla traído mi socio –añade–. Es un loco. Pero un loco bueno.

Rato después, decide que el ala de avioneta podrá formar parte del decorado del restaurante.

***

Hay una sensibilidad Schiaffino para las cosas. Es una mezcla de sencillez y despreocupación que lo vuelve finamente excéntrico ante la seriedad de la vida. Es algo que en su manera de hablar podría describirse como estar en otra onda. A veces él parece no darse cuenta de ello y entonces dice y hace cosas mientras la gente saca sus conclusiones. La gente siempre saca conclusiones. Renato Peralta, un cocinero experto en producir panes y compañero de Schiaffino en viajes, premiaciones o cenas oficiales, cuenta que a veces Pedro Miguel lo llama por teléfono antes de asistir a una de esas reuniones. Peralta es un hombre de apariencia bien cuidada y lleva una barba en candado recortada con esmero. Es un cocinero que ha dejado de cocinar para convertirse en uno de los promotores del boom. Cuando Peralta contesta las llamadas de Schiaffino a pocas horas de esas actividades, intuye cuál será la pregunta y entonces se produce más o menos el siguiente diálogo:

–Cholo, ¿y cómo hay vestirse para ir a esa vaina, ah?

–Hay que ponerse un saco, Pedro Miguel.

–Pucha, cholo, no tengo, ¿qué hago?

A veces el tiempo le alcanza para hallar un traje, y entonces Schiaffino aparece a tono con la ocasión. Pero cuando no lo consigue –dice Peralta–, es capaz de asistir con lo que lleva puesto ese día: un jean, una chaqueta de excursionista y las crocs que suele llevar cuando cocina. Entonces su aspecto resulta «tan, pero tan notorio» en medio de ministros, embajadores o empresarios de trajes pulcros, que, al recordarlo, el impecable Peralta, que a veces puede ser muy diplomático, intenta reconstruir el gesto que suele hacer en esas situaciones.

–Ay, Pedro Miguel –dice, llevándose una mano a la frente.

Tal vez la psicología plantee algunas explicaciones para este tipo de conducta. Pero la teoría que tiene Toti Salazar, la tía de Schiaffino que trabaja en Malabar, es bastante razonable. Un miércoles, pasada la hora del almuerzo, un mozo coloca en su mesa un plato de arroz con pollo sin pollo. No se trata de una elección de la sofisticada carta, sino una variación de la misma comida que todo el personal se sirve antes o después de iniciar su trabajo. Si uno abre la puerta de la cocina a las doce y media de la tarde, tal vez sorprenda a Schiaffino con una pierna de pollo entre los dedos mientras devora hasta el último rastro de cartílago. «Nosotros somos gente de playa –dice Salazar mientras manipulaba sin prisa el tenedor–. Hemos crecido sin zapatos corriendo por la arena, bastante libres y relajados, ¿me entiendes?». Salazar se refiere a la casa de playa que la familia tenía en Punta Hermosa, un balneario a media hora de Lima donde puede verse casas de veraneo cerca de barrios de pescadores artesanales. Es difícil calcular qué tan adinerada era la familia de Schiaffino, pero la de la playa era sólo una de sus propiedades, además de la granja de Pachacamac y la casa en San Isidro, el distrito más pudiente de Lima. Un amigo del colegio asegura que el padre de Schiaffino era dueño de una fábrica de dulces, y que a veces Pedro Miguel le invitaba de esas golosinas en el salón de clases. Otro amigo que asistió a la graduación de Schiaffino en el Culinary Institute of America, en Nueva York, la escuela de cocineros más prestigiosa de los Estados Unidos, recuerda que papá Schiaffino los llevó de gira por los mejores restaurantes de esa ciudad antes de que los muchachos emprendieran una juerga de antología. Pero cuando Schiaffino era un niño, de todos los lugares donde podía estar, él disfrutaba mucho la playa. «Uy, no sabes», comenta Salazar en su mesa de Malabar. «Pasábamos meses allí, pescando pintadillas con un cordel». Un día frente a un auditorio de periodistas, cocineros y público en general, el cocinero Schiaffino recordó esas tardes en que llegaba a casa con una canasta llena de pintadillas y se la entregaba a su nana para que las friera. Hay cosas que te marcan de niño. Coger un animal vivo del mar y convertirlo en tu comida puede ser una de ellas.

El niño que pescaba pintadillas con su tía Toti se volvió el adolescente que salía de madrugada a echar redes con los pescadores de Punta Hermosa, y luego el joven que hacía caza submarina y más tarde el cocinero al que le encanta surfear. Pero el «surfer-chef», como lo llamó una revista de los Estados Unidos que recomienda Malabar como uno de «los lugares que ofrecen las mejores experiencia culinarias del planeta», no coge una ola hace más de cinco meses, por falta de tiempo. Schiaffino es un cocinero que pasa tantas horas trabajando dentro de su cocina como fuera de ella. Su biografía inmediata se puede leer en dos agendas cuyo contenido una asistente le va comunicando a lo largo del día. En el curso de seis semanas, el cocinero debe acoger durante tres días a una colega de Brasil traída por la embajada de ese país. Luego dará una conferencia para estudiantes de cocina en una universidad de Lima. También será el anfitrión de los gerentes japoneses de la empresa Ajinomoto, la más grande fabricante de umami en el mundo, y viajará con ellos al Cusco. Horas después de despedirlos, tomará un vuelo para dirigir el menú de un crucero de lujo por el Amazonas durante cuatro días. Enseguida volará a un congreso de cocineros en México. De vuelta en Lima, pasará seis días de actividades en Mistura, el festival de comida peruana. Y sólo al final trabajará en la inauguración de su restaurante de Pachacamac. Sus agendas parecen el prólogo de una historia clínica de estrés.

Pero esta mañana, en Pachacamac, Schiaffino exhibe la habitual tranquilidad que suele sorprender a quienes conocen de cerca su carga de trabajo. Ha terminado de inspeccionar su futuro negocio de comida a leña, y trepa a su camioneta para regresar a la ciudad. Mientras conduce (y a él le encanta viajar por tierra), se convierte de pronto en un analista crudo de la realidad. Los restaurantes de carreteras son malos, dice. Salvo dos o tres locales en la costa norte, no hay sitios buenos para llevar a un invitado del extranjero sin correr el riesgo de que algo le caiga mal. En la selva, con contadas excepciones, no hay buenos restaurantes para que los turistas más exigentes –esos que jamás se sentarían a devorar un delicioso pescado en el mercado– puedan disfrutar de la cocina regional en un ambiente seguro, pulcro, en el que la arquitectura sea una experiencia adicional, y donde treinta personas se ganen la vida trabajando obsesivamente. Alta cocina. El paisaje desértico de la costa puede encender la mente de todo empresario, como esos lienzos en blanco a los que provoca llenar de pintura. Entonces Schiaffino describe un proyecto: un restaurante de comida exclusivamente amazónica en Lima (doncellas, caimitos, carachamas). Un local donde se trabaje con los productos y la sazón de la selva, y que pueda ser replicado en cualquier ciudad de Latinoamérica. (Aquí el comensal puede imaginar la primorosa carne del turushuqui doblegada entre hierbas perfumadas). Por ahora el proyecto depende del sí o el aún no de los inversionistas. Así que hay que esperar con calma esa llamada telefónica que Schiaffino recibirá dentro de dos semanas en el mercado de Iquitos, camino a una juguería y después de haber atestiguado la «resurrección» de una doncella.

La camioneta se desliza bajo los acantilados que perfilan la ciudad. Edificios espigados y modernos. Parapentes sobrevolando el otro boom, el de la construcción. Un centro comercial con vista al mar. El mar salpicado de botes. Al pasar frente a él, Schiaffino, que no corre tabla hace mucho, recuerda que tiene un bote que tampoco usa. No es una queja ante su exceso de trabajo, sino un comentario propiciado por el paisaje. A veces, dice, le gustaría tener una casita apartada frente al mar, un restaurantito de cinco mesas, un espacio para criar animales y sembrar plantas. «El sueño de todo cocinero», añade; es decir, un lugar que le permita ganar lo suficiente para mantener a su familia, viajar, volver a bucear, tener un velero. La tranquilidad del mar abierto de la ciudad relaja los gestos de Schiaffino con un efecto inspirador, hasta que la camioneta trepa una cuesta y se zambulle en una avenida llena de automóviles. Entonces Schiaffino vuelve a la realidad.

–La vida es complicadaza –agrega con cierto lirismo juvenil–. Es que te das cuenta de que en este país hay mucho por hacer, y te vas llenando de cosas y proyectos, y éstos te envuelven. Así que tampoco me imagino encerrado en mi chacrita y cocinando sin que el resto del mundo me importe. Yo creo que esta es la edad perfecta para llenarse de trabajo.

–¿Y de viejo tampoco? –pregunto.

Él medita por un momento. El tránsito torpe de Lima puede despertar una angustiante conciencia del tiempo. Un llavero en forma de dona de chocolate cuelga de la chapa de encendido del vehículo y se balancea como el péndulo de un reloj. Es la una de la tarde, la hora del almuerzo, y los carros van lento, muy lento. Provoca tirarse por la ventana para echarse a correr o escapar a cualquier lugar tranquilo mientras detrás de ti todo se hunde.

–¿De viejo? ¿Mi chacrita? Podría ser, ¿ah?

Es un futuro bonito. Pero, ahora, Schiaffino va llegar tarde a su cocina.

***

En Malabar dicen que cuando el chef Schiaffino está viaje, los cocineros lo celebran. Se relajan. Eso no significa que el menú pierda su calidad. Los clientes asiduos a ese restaurante saben que Schiaffino no es de esos cocineros extrovertidos que salen a recibir aplausos o a contestar saludos en persona. De hecho, los comensales casi nunca notan si él está o no está en la cocina, y disfrutan sus alimentos en un salón cálido y tranquilo, de paredes ocres y blancas decoradas con pinturas coloridas. Una música suave cobija las largas sobremesas mientras los tragos discurren desde un bar con apariencia de altar, y cuyos espejos duplican la armonía. Pero justo del otro lado de la puerta batiente por la que desfilan los platos, la vida se torna difícil. Es un martes por la noche y Schiaffino no está de viaje. Lleva la chaquetilla blanca de chef abotonada hasta el cuello y el aire relajado de costumbre se le ha borrado. Parecería otra persona si no fuera por las zapatillas de excursión que lo llevan de un lado a otro de la cocina mientras él imparte órdenes, decora platos, saborea salsas, comenta aciertos, descubre errores. Schiaffino siempre descubre errores y suele proyectar en su cocina un aura de controlada tensión. Un ambiente similar al de un salón de clases gobernado por un instructor de coreografía militar. «Oye, Chinaaa». ¿Sí, Pedro? «Baja la voz, carajo». «Concentración, señores. Atiendan el pedido de la mesa doce. Más rápido». «No quiero ver impurezas ni cojudeces en este caldo». «Oye, Cholo, esa decoración, métetela al poto». «Así, así quiero que quede este plato. ¿Vieron? Tú, por favor, tómale una foto». «Este aceite no, Eduardo, quiero el de manzanilla. ¿Cómo? ¿No tienes? ¿Quién no te ha dado? Me cago si no te ha dado. Tú tienes que pedirle, tienes que perseguirlo para que te dé».

El humor o mal humor de Schiaffino se manifiesta en oleadas. Pasada la racha de tensión propiciada por un error, él vuelve adquirir el tono profesoral de costumbre. Entonces adquieren notoriedad otros detalles de la cocina: los cocineros en acción, las paredes de cerámicos celestes, una pequeña pizarra de tiza que cuelga en el centro de la cocina. Frente a ese tablero, Schiaffino suele reunir a los mozos y cocineros para explicarles las novedades de la carta, que en Malabar cambia con cada una de las cuatro estaciones del año. El personal apunta, pregunta, degusta y reflexiona. «El maparate es un pez de río –ha dictado el profesor Schiaffino unos minutos antes del inicio del servicio–. Lo traemos de Iquitos. Es un pez gato, sin escamas. Bien grasoso. Lo servimos con mirín». ¿Qué era el mirín?, preguntó un mozo. «Es un vino de arroz japonés. Es más como un vinagre. ¿De acuerdo? Vamos a preparar el plato completo para que lo prueben». Los mozos, ya se sabe, son los primeros publicistas de todo nuevo platillo. Mientras, Schiaffino seguía conduciendo esa clase, uno de los meseros me dijo que Pedro Miguel había madurado, que ya no era el ogro que solía ser, y señaló con el dedo índice un punto en medio de la cocina. No se refería al vetusto refrigerador que descansa en un extremo, y que Schiaffino y sus hermanos plagaron con calcomanías de ropa de surfista a lo largo de su adolescencia, sino a un dispensador de papel. Schiaffino solía destruirlo a puñetazos cuando la tensión lo desbordaba. El dispensador ahora luce victorioso, pues tiene otro lugar por encima de un grifo de agua. Para asestarle un golpe directo, Schiaffino tendría que hacer un esfuerzo adicional. Empinarse.

Schiaffino versión 2010 ya no hace ese tipo de cosas. Los cocineros cambian, evolucionan. Cuando él llegó de Italia, donde trabajó después de graduarse como cocinero en los Estados Unidos, admiraba la imagen de sus antiguos jefes de cocina. Uno de ellos era Piero Bertinotti, al que él llama su mentor, y que es el dueño de un restaurante con una estrella Michelin. El Bertinotti que Schiaffino conoció era uno de esos chefs que difícilmente abandonan su restaurante y que, al llegar las dos de la madrugada, podía retener a sus trabajadores abriendo botellas de vino para seguir charlando sobre la cocina. Schiaffino pasó cuatro años en Italia sin descansar un solo día, y durante su estancia en el restaurante de Bertinoti gozó del raro privilegio de dormir en el granero. Por las mañanas debía levantarse muy temprano para preparar el pan. Cuando abrió Malabar, en el 2004, todavía estaba imbuido en esa mística. Carlos Testino, un cocinero que trabajó allí durante el primer semestre y que ahora dirige su propio restaurante a dos cuadras de Malabar, recuerda noches en que, acabado el servicio, Schiaffino permanecía obsesionado limpiando con un cepillo las suciedades que sólo él parecía encontrar en la cocina. Testino se divertía por entonces arrojándole maníes a la distancia para recordarle que ya era hora de irse. Schiaffino versión 2007 aún era capaz de aceptar hacer un viaje hasta Bogotá para cocinar un bufet de cumpleaños para más de cien personas, solo y sin pago de por medio. Al día siguiente de la fiesta, recuerda él, el dueño del cumpleaños se levantó con antojos de comer lomo saltado y le pidió ese último deseo. Schiaffino aceptó a regañadientes, pero rechazó la invitación a almorzar con el dueño del cumpleaños porque aún tenía que asear sus utensilos. El anfitrión era el célebre cantante Juanes y entonces quizá también tuvo la tentación de arrojarle algo. O tal vez sólo miró con divertido respeto a ese obsesivo soldado de la revolución de la cocina peruana.

Pero algunos cocineros cambian con el tiempo, absorben los mensajes de la realidad y a veces aceptan salir de sus restaurantes para emprender otras tareas. Schiaffino respeta mucho la calidad de sus cocineros. «Si no fuera por ellos –me dijo–, no podría dedicarme a trabajar otros proyectos». El único defecto que él encuentra en sus trabajadores, sobre todo en los más jóvenes, es que a veces se ensimisman tanto en sus propias tareas que olvidan que cocinar en un restaurante es un trabajo de conjunto. No se comunican. Por eso, cuando él está en su cocina, trata de corregir ese pequeño defecto y entonces hasta podría parecer que, en realidad, no ha cambiado tanto.

–Pásame buenos cortes de pescado para el tiradito, por fa, Jonathan.

–Ya, Pedro.

Schiaffino quiere controlar la salida de un tiradito de cabrilla.

–Hey, mira estos cortes. Afila tu cuchillo. Sabes perfectamente que yo soy una ladilla con esta huevada.

Jonathan, un joven cocinero de la estación de alimentos fríos, corrige los cortes y se los pasa al chef por segunda vez.

–¿Por qué han dejado de afilar los cuchillos? ¿Qué ha pasado? Esto es una mierda. Me lo vuelves a hacer.

–Ya, Pedro.

Cuando Schiaffino recibe por tercera vez los cortes de cabrilla, algo en su rostro se descompone. Se agria.

–No puedo creer que esta huevada esté pasando. Te corrijo y sigues cortando así. Es una mierda, pues. No quiero el pescado así.

Jonathan murmura algo sobre el encargado de la despensa.

–Pero habla, pues, di: «no puedo trabajar con este pescado», y listo. Si el encargado de arriba te lo trae mal, se lo revientas en la cara, pero no me lo entregas así porque la puteada te cae a ti. ¡Dónde estamos, carajo!

Estamos en la cocina de Malabar, uno de los cinco restaurantes más exquisitos de Latinoamérica, según la revista inglesa Restaurant, que clasifica a los mejores locales del mundo. La alta cocina es el esfuerzo por mantener los errores del mundo fuera del plato; y la tensión es un clima que suele envolver a quienes trabajan en busca de esa perfección. Pasada la breve ola de enfado, Schiaffino pretende comunicarse con los clientes de una mesa del salón. Eso, dado su carácter, no supone necesariamente que él saldrá de su cocina.

–¿Los que han pedido ese carpaccio de olluco son gringos?

El mozo le informa que se trata de una pareja de turistas canadienses.

–Les llevas el carpaccio y luego les muestras este plato, ¿ya?

En el plato hay dos ollucos enteros, largos, anaranjados.

–Explícales de dónde vienen, que cosa son. Tubérculos, familia de la papa… Tú ya sabes.

Unos segundos después, empuja ligeramente una de las hojas de la puerta de la cocina, y asoma la cabeza para espiar el cálido salón. Música. Conversaciones. Sonrisas. Sosiego. El mozo, frente a los turistas canadienses, imparte una tranquila charla de geografía y botánica sobre el olluco. Schiaffino observa la escena por un momento y parece complacido. Hace un breve gesto de labios parecido a una sonrisa y luego vuelve al fragor de la cocina. «Concentración, señores –repite una y otra vez. Los quiero concentrados». En algún lugar del restaurante una de sus dos agendas indica que aún faltan catorce días para que el chef parta de viaje. Es difícil determinar si sus cocineros llevan la cuenta regresiva.

***

Catorce días después, en el mercado de Iquitos, Schiaffino disfruta un jugo de naranja. Lo hace mientras responde una llamada telefónica que cambiará el ritmo de su paso por esta ciudad y seguramente recargará su agenda del próximo año. Se ha recostado en la columna de madera de la juguería. La vendedora refriega sus vasos en una batea de agua trajinada. Por allí circulan algunos turistas. Curiosean. Toman fotos. Schiaffino a veces se imagina a un político inteligente que invierte dinero en el mercado, que construye grifos de agua potable y que alienta a los comerciantes a trabajar con higiene. Pero tal cosa no existe en esta región de fauna variada. Al colgar, termina de beber el jugo a toda prisa.

–Me aprobaron el proyecto de restaurante amazónico –dice tomándose la cabeza con ambas manos–. Más chamba.

Sonríe. Es una preocupación que lo pone contento. El negocio podría estar listo en unos nueve meses. Schiaffino se imagina el restaurante como una experiencia propicia para comunicar a los clientes de qué se trata la selva. Por ejemplo, el arte. Son las once de la mañana y él calcula que hay tiempo para establecer una pequeña agenda de trabajo para lo que queda del día: visitar a un pintor que le han recomendado, y cuyas pinturas tal vez puedan colocarse en el futuro restaurante, y después ir a un criadero de un viejo conocido suyo. Es importante mantener las relaciones de amistad y de trabajo con los proveedores. En su bolsa de compras, Schiaffino ha reunido una fina muestra de la diversidad del mercado: unos cuantos caimitos, algunas lúcumas gigantes, un atado de chonta y hueveras de carachama de color anaranjado brillante, buenas para preparar caviar. Caviar en un barco de lujo que navega tranquilo sobre el Amazonas. Schiaffino aferra con fuerza su compra.

Pasada la una de la tarde, él está sentado a una mesa en el criadero Arapaima Gigas, que es el nombre científico del paiche. Tiene hambre y almuerza finos trozos de un dorado entero (cabeza, tronco y aletas), mientras el propietario del lugar le sugiere algunas ideas que podría adaptar en Malabar.

–Allá deberías servirlo así, enterito, con sus ojitos y todo.

–¿Estás loco? –reacciona el cocinero–. Los clientes de allá se asustan. Hay que hacer las cosas poco a poco.

Santiago Álvez no está loco aunque sus conocidos lo apodan Indio blanco. Es un hombre alto, de cabello cano que exhibe una luminosa barriga, pues se ha quitado la camiseta debido al calor. Su propiedad es un mar de vegetación en cuyo interior cuatro lagunas brillan bajo el sol de la tarde. Decenas de hombres de piel cetrina y ojos achinados construyen diques, trasladan redes de pesca y alimentan a la realeza. Al paiche también le llaman el Rey del Amazonas, y en este criadero hay doscientos que conviven con una corte de vasallos menores: carachamas, doncellas, maparates. En la superficie caminan motelos (una tortuga anfibia de carne suave y buena para las sopas), manadas de sajinos (cerdos salvajes cubiertos de pelo grueso), familias de ronsocos (roedores gigantes como ovejas), y varios majaces (roedores del tamaño de media oveja). Para entender la riqueza de esa propiedad, dice Álvez, hay que regresar un domingo al restaurante que hay en el criadero y ver cómo veinte mozos atienden a setecientos comensales mientras una parrilla de cinco metros asa a la leña toda la fauna que cabe en ella. Veinte meseros versus setecientos clientes es un espectáculo digno de verse. Álvez es un hombre carismático. Schiaffino quiere averiguar si será capaz de enviarle periódicamente algo de carne y pescado. Dice que le gustaría empezar con el majaz. Majaz en su nuevo restaurante amazónico.

–Te lo mando, hermano, ¿por qué no? –ofrece Álvez–. Ya sazonadito y todo te lo envío.

–Papá, no es así como piensas –replica la hija del anfitrión, una mujer en pantalón corto y blusa escotada, que come un pescado a la parrilla–. Él tiene un restaurante gourmet, allí ellos lo cocinan a su manera.

–¿En serio? –Álvez parece sorprendido–. ¿Qué van a saber ellos de sazón?

Indio blanco no conoce Malabar y tampoco parece interesarle mucho ahora. Sí le interesa entretener a sus visitantes contándoles algunos capítulos de su biografía. Siendo niño, por ejemplo, Indio blanco estuvo a punto de ser aniquilado por un otorongo. Estaban frente a frente en la espesura de la selva y el chico se moría de miedo, pero tuvo tuvo la ocurrencia de gritar tan fuerte que ese animal feroz como un tigre salió huyendo desconcertado como un gatito. La tarde y las historias avanzan con aire alegre pero poco propicio para los negocios. Hay algunas cervezas destapadas sobre la mesa. Animado por la conversación, Álvez ordena a sus hombres que extiendan las redes en una de las lagunas. Quiere mostrar la calidad de sus paiches. Schiaffino se quita la camiseta y las sandalias para ayudar a cerrar la red. En el agua doce hombres forman un círculo que se hace cada vez más pequeño. Caminan despacio mientras arrastran la trampa, no hablan: el paiche es un pez sensible y está pendiente de cualquier ruido. Cuando la gente ha cerrado la ronda, las redes retienen varias docenas de peces pequeños y algunas tortugas. También hay un paiche de escamas plateadas y cola dorada que aletea con ferocidad. Tiene el tamaño de un delfín, pesa unos treinta kilos. Es un paiche casi púber, si tal cosa existe.

El púber Schiaffino coleccionaba todo tipo de animales. Tenía monos, iguanas, serpientes, hurones, halcones, arañas, hamsters, tarántulas y, una vez, hasta llegó a poseer diecinueve loros. Conseguía esas mascotas a escondidas, las criaba un tiempo, pero luego en casa le decían que debía devolverlas o donarlas al zoológico. Para tener un animal –me dijo una vez– es preciso tener tiempo. Cuando ya fue un cocinero famoso, él concentró su afición por todo tipo de criaturas en un perro braco llamado Apu al que mimaba mucho. Un día el cocinero se mudó junto a su novia. Apu se puso celoso. Andaba de mal humor, orinaba en cualquier parte y enseñaba los dientes con frecuencia. En el 2009, Schiaffino tuvo que regalarlo, y desde entonces ha vivido un año extrañándolo. Un año huérfano de mascota. Esta tarde, en la laguna, cuando él se acerca al paiche con la intención de tocarlo, uno de los hombres le dice que tenga cuidado. Hace unas semanas, un pez similar dio un coletazo repentino y le rompió la nariz a un pescador. El cocinero no hace caso a esas noticias. Desliza una mano por encima del lomo del animal, luego le pasa la otra por el vientre y con silencioso cuidado logra tomarlo entre sus brazos, como quien carga un bebé. El paiche está algo tenso fuera del agua, pero se va calmando hasta lucir inofensivo. Parece digno de una caricia. O quizá sea su instinto de conservación ante el predador humano lo que controla su ferocidad. Schiaffino le acaricia la cabeza con la palma de una mano. El pez permanece quieto, dejándose tocar, durante un segundo. Dos segundos. Tres. Cuatro. Treinta. Sesenta y dos. Ciento quince. Ciento cuarenta y cuatro. Ciento sesenta y nueve. Ciento noventa y dos segundos. Y no se pone nervioso ni siquiera ante las fotografías. Los hombres miran la escena con cierta tensión, pero les causa gracia y sonríen. El niño que coleccionaba todo tipo de animales extraños se comporta como si hubiera hallado un cachorro de paiche. Si tal cosa existe.

Camino al lugar donde lo recogerán para partir hacia el crucero, mucho rato después, Schiaffino todavía sigue pensando en aquel paiche manso. «Nunca me ha ocurrido nada parecido –dice–. Normalmente son bravos. Qué raro, ¿no?». Vamos caminando por una carretera flanqueada de árboles muy altos. Entonces se da cuenta de que no trae consigo su billetera; es decir, no lleva documentos y sólo carga algunas monedas para abordar el primer mototaxi que asome por allí. El olvido le divierte. Luego repara en su aspecto: su traje de baño está mojado y sucio y sus pies en sandalias están salpicados de lodo. Parece un muchacho que acaba de revolcarse con una mascota, y quizá tenga que contar algo así cuando se reúna con la tripulación del crucero y éstos lo presenten a los turistas.

–¿El cocinero de un crucero de lujo va llegar así? –piensa en voz alta–. Qué jodido, ¿no?

Pero el sol caliente propicia el buen humor y Schiaffino está bastante tranquilo. Un viento fresco agita su cabello mientras seguimos caminando. Todavía no se ha dado cuenta de que, en algún lugar, ha olvidado la bolsa con las compras que hizo en el mercado.