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Un monstruo para chuparse los dedos

Publicado: 10 julio 2012 en Marco Avilés
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Una noche de fines de septiembre, el pescador Lidber Arrué entró corriendo a una habitación en penumbras donde una docena de hombres pasaban el rato jugando a las cartas y bebiendo sorbitos de ron. Tenía el rostro desencajado, y se dirigió a sus colegas como un navegante medieval que trae noticias de guerra:

—Los machetes, carajo. Hay ilegales. A los botes.

Los hombres tomaron sus armas bulliciosamente, marcharon hacia el embarcadero y se acomodaron como pudieron en un pequeño bote a motor. Iban a defender sus dominios y su exclusivo derecho a pescar en una laguna de nombre mitológico, en la selva norte del Perú. Se llama El Dorado, como la ciudad perdida que aún buscan arqueólogos y exploradores en otros confines de la Amazonía, y guarda un tesoro valioso: el pez de agua dulce más grande del mundo, el paiche, un monstruo carnívoro del tamaño de un torpedo, que puede medir hasta tres metros y pesar doscientos kilos. Ese animal, llevado a las brasas, es un manjar que empieza a ponerse de moda en los restaurantes más osados de Lima. Cortado en primorosos filetes de color marfil, sazonado con sal, pimienta y aceite de oliva, y luego sometido al fuego durante seis minutos, un platillo de esa carne puede costar hasta veinticinco dólares. Pero si ese exótico ingrediente pudiera hablar, el comensal estaría en posibilidad de conocer una saga sangrienta: no solo la de su propia captura, sino la historia de los pescadores que se pelean a machetazos en un mundo sin ley por el privilegio de capturarlos y aportar un insumo a la revolución de la cocina peruana.

Aquella noche, en El Dorado, el bote de madera llegó a una playa desierta y ocho pescadores comandados por Arrué inspeccionaron el lugar. Las huellas de los ilegales —como son llamados los forasteros que no tienen permiso de pesca en la laguna— estaban frescas y se adentraban en la espesura de la jungla, un mundo de serpientes nocturnas y pumas nerviosos. En la playa solo quedaba un poco de sangre fresca.

—Eran tres esos malditos. Estaban desnudos —me dijo Arrué, de vuelta a la cabaña donde íbamos a pasar la noche.

Vestía un pantalón corto, camiseta sin mangas y unas gafas de aumento que no contradecían su rudeza de pescador contrariado. Arrué es el líder de los pescadores, y había salido con uno de sus hombres a inspeccionar la laguna poco antes de la cena. Advirtieron actividad cerca de una ribera y decidieron volver por ayuda. Nunca se sabe si los ‘ilegales’ van armados hasta que, llegado el momento, estos muestran sus escopetas o machetes. Cuando Ferran Adrià, el mejor cocinero del mundo, dijo que el futuro de la gastronomía mundial se encuentra en la Amazonía era obvio que no estaba pensando en venir a pescar él mismo sus exóticos ingredientes.

El paiche es el habitante más perseguido de este Parque Jurásico. Su rareza biológica conspira contra él y lo convierte en un monstruo temible relativamente fácil de capturar. Es un pez, y entonces respira el oxígeno del agua a través de branquias. Pero también tiene pulmones, y por eso siente la necesidad de sacar la cabeza para llenarlos de aire. Esa bocanada le permite adentrarse en las zonas más profundas de los pantanos, donde el agua es tan densa que se vuelve irrespirable para los peces. Cualquier otro predador moriría asfixiado en ese submundo. El paiche no. Los pescadores lo llaman el rey del Amazonas. Es un pez, es cierto, pero está en camino de ser otra cosa. Acaso un anfibio. En ese punto de su espléndida evolución, y debido a su costumbre de sacar la cabeza para respirar, un día de hace cientos o acaso miles de años los hombres-cazadores vieron por primera vez a ese monstruo e idearon —ensayo y error— una manera de atraparlo.

—Hay que soñar con paiches si quieres ver uno mañana —me dijo Lidber Arrué fumando un cigarrillo, en la cabaña.

Era una casa de madera y techos de hojas con algunas habitaciones, una cocina a leña, una mesa y un televisor a batería que exhibía videoclips de cumbia. Los hombres lucían fatigados y a veces alguno improvisaba una broma, animado por el contoneo de una bailarina en la pantalla. Llevaban cuatro días sin pescar un solo paiche.

—Ilegales hijos de puta —exclamó uno de ellos, desde una hamaca.

Se llamaba Enrique Silvano, tenía unos ojitos negros hundidos en un rostro redondo, y lo precedía la fama de haberse librado del ataque de una boa de seis metros. Ahora lucía impotente.

La gran pesca anual del paiche había llegado a un punto delicado. La veda iba a comenzar dentro de dos días. Los pescadores tenían licencia para capturar cuarenta y dos animales, pero en doce días de trabajo apenas habían podido con la mitad. En sus hamacas, jugando a las cartas, cavilaban sobre las circunstancias milagrosas que tendrían que ocurrir para pescar once monstruos cada día, sin contar las posibles escaramuzas a las que podrían arrastrarlos los ilegales. En la cabaña los acompañaba —además de dos biólogas y un guardaparques— un veedor del Estado que llevaba la cuenta de la pesca en un cuadernito.

—No van a llegar —me susurró ese hombre como para que nadie más escuchara.

Había un humor denso en el ambiente. El ánimo abatido de unos pescadores en lucha abierta contra el rey.

***

A la mañana siguiente, ocho hombres distribuidos en parejas partieron desde el embarcadero remando sus canoas en silencio. La laguna aún estaba sumergida en la penumbra y solo se oía el canto infernal de miles de pájaros. A pesar de ese bullicio, había que moverse con cuidado sobre el agua.

—Yo he visto paiches que vuelan —me había contado el día anterior Agustín Tamani, un yacutayta menudito de 52 años y nueve hijos, mientras afilaba un cuchillo.

Tamani era el encargado de recibir los paiches muertos, quitarles la piel, trozarlos y dejarlos listos para el comprador, que esperaba la mercancía en un puerto a dos horas de la laguna. Allí guardaría la carne en cajones con hielo y la trasladaría por río hasta Pucallpa, una ciudad a quinientos kilómetros de distancia. De joven, Tamani había trabajado como fileteador en las lanchas que pescaban hasta la saciedad en los ríos y lagunas del Amazonas. En un solo día era capaz de trozar hasta veinticinco paiches. “Eran otros tiempos”, me dijo con resignación.

Aunque el paiche empieza a ser una novedad de la alta cocina, es un viejo conocido de las mesas amazónicas. Durante décadas, los pescadores locales lo han perseguido en casi todos los rincones hasta que los científicos dijeron que podía extinguirse. En septiembre de 1993, los biólogos de la ONG ProNaturaleza y algunos pescadores viajaron hasta El Dorado para inspeccionar. Había cuatro paiches. El resultado de una lenta y silenciosa catástrofe. Lo que ocurre en la naturaleza cuando el hombre ejerce su voracidad de predador sin medir las consecuencias.

Los biólogos y los pescadores de Manco Capac, la aldea más cercana a la laguna, discutieron sobre el futuro. ¿Estaban los hombres dispuestos a extinguir el paiche? Entonces nació la Asociación Yacutayta (padres del agua, en quechua). Los pescadores iban a encarnar la ley en la laguna. Construirían una cabaña de control y vigilarían en rondas de día y de noche, con la esperanza de que los paiches se reprodujeran. Una década después, los biólogos contaron 1024 ejemplares. La proeza tuvo un reconocimiento: el Estado autorizó a los yacutayta a pescar una vez al año una cuota de esos animales. La abundancia también ha atraído a los ilegales que, desde las sombras, representan el descontrol.

—El paiche es más inteligente que el pescador —me había dicho Agustín Tamani el día anterior—. Si las redes son delgaditas, él las rompe. Si son gruesas, es capaz de saltar por encima. Yo lo he visto. No te miento. Ese paiche es bien mañoso.

Aquella mañana, los ocho yacutaytas seguían recorriendo con sigilo la superficie de la laguna, cuyas aguas tienen el tinte negro verdoso del petróleo. Era difícil saber si había paiches nadando debajo de las canoas, leyendo desde las profundidades el movimiento de sus rivales. Los pescadores solo confiaban en su propia paciencia: llegado el momento, el paiche necesitaría llenar sus pulmones y saldría a la superficie a respirar. Al notarlo los pescadores, la cacería comenzaría.

Enrique Silvano, el hombre que había derrotado a una boa de seis metros, comandaba una de las canoas. Iba parado, como el marinero que busca tierra firme. Indicó sin alarmarse un punto en medio de la nada. Eran casi las nueve de la mañana y habían pasado cuatro horas de lenta vigilia hasta ese momento. Las canoas enrumbaron hacia el lugar señalado y se distribuyeron alrededor de unos anillos que se expandían en el agua. Un paiche había salido a respirar. Los hombres echaron dos juegos de redes alrededor de la posible ubicación del animal. Si el paiche aún seguía allí, lo sabríamos una hora después, cuando volviera a asomar en busca de más oxígeno. Había que esperar. Los ocho yacutayta se sentaron sobre sus canoas y destaparon las ollas con el desayuno: jugo de naranja, arroz cocido, pirañas fritas.

***

La expansión del rey del Amazonas en el mundo depende más de la agilidad de los economistas que de los pescadores. Unas semanas después de la pesca, en un café de Lima, un hombre de traje oscuro me dijo que tenía 50.000 paiches, como quien habla de una cuenta de ahorros. Gustavo Sakata tenía lentes delgaditos, los ojos rasgados, y era el gerente de Amazone, la empresa que abastece a los restaurantes de Lima y de Estados Unidos. Un día de mediados del 2011, anunció que este animal podía conquistar los paladares de todo el mundo y que su compañía estaba preparada para llevarlo a cualquier mesa del planeta. En solo seis años, había logrado que los mejores restaurantes de la ciudad vencieran su resistencia a trabajar con pescados de la selva, y ahora cuatro de los cinco mejores ya ofrecen paiche en sus cartas. El paso siguiente debía ser la exportación. Pero la mala noticia era que el mundo, el Primer Mundo, está en crisis. “Cuando la gente tiene menos dinero, lo primero que deja de hacer es salir a comer a los restaurantes”, me dijo Sakata. Sonreía todo el tiempo a pesar del escenario poco favorable. Su estrategia comercial —me dijo— sería esperar que la economía mejorase. Luego bebió de su vaso de café con paciencia de pescador.

En la laguna, una semanas antes, había pasado una hora de tenso aburrimiento cuando el paiche asomó la cabeza. Fueron dos segundos apenas. La coraza gris y el sonido de un coletazo. Seis pescadores saltaron al agua de inmediato y se distribuyeron en extremos opuestos de la trampa. Los dos que quedaban en las canoas comenzaron a cerrar las redes. Si todo ocurría como se esperaba, el paiche se sentiría acorralado y nadaría de un lado a otro, dentro de ese límite impuesto por su perseguidor. En uno de esos intentos nerviosos por huir, tal vez sus aletas se enredarían y el animal comenzaría a dar coletazos descomunales que levantarían chorros de agua. Toda cacería es un ejercicio de anticipación de lo que la presa hará.

El paiche, en efecto, se enredó. Los pescadores redujeron la trampa. La desesperación del paiche podía sentirse fuera del agua. Se agitaba. Daba coletazos. Un pescador se quitó la camiseta y lanzó un alarido de emoción desde una canoa.

—Ya, carajo, yaaa.

Reder Amasifuén, como se llamaba, tenía en la mano un garrote del tamaño de un bate de béisbol. Dos compañeros levantaron las redes sobre la canoa y la cabeza del paiche por fin fue visible: su coraza brillante como una armadura, los ojos encendidos y rojos. Amasifuén se acercó con cautela, arqueó el cuerpo como quien eleva un martillo descomunal, y asestó un golpe seco en la cabeza del paiche. Fue el sonido de un martillazo contra el cemento más duro. Otro golpe más. Luego uno tercero. La furia del paiche hacía tambalear la canoa y por un momento el verdugo perdió el equilibrio. Los que controlaban las redes jalaron con más fuerza. Vino el quinto golpe. El sexto. La sangre salpicó del cráneo. Al séptimo golpe, la boca del paiche se abrió, enorme, y dejó salir un sonido terrorífico, antiguo, casi humano.

—Brrrrrr-aaaahhhh.

Fue una exhalación cavernosa. La claudicación del rey.

Cuatro hombres terminaron de sacar al animal muerto fuera del agua. Amasifuén golpeó unas cuantas veces más cuando ya la presa estaba tendida a lo largo de la canoa. El trabajo había terminado. Los pescadores desenredaron las redes de las aletas, y el paiche ya solo parecía un monstruo mitológico dormido. Largo como un tiburón de película de horror. Era hembra. Una sirena prehistórica. Sus escamas brillaban al sol y tenían un tinte fucsia. Uno de los pescadores trasladó la canoa con la presa hacia la cabaña. Tres hombres fueron necesarios para jalar al paiche hasta una balanza. Pesaba 134 kilos, medía 2,44 metros. Quizá tuviera siete años, indicó Agustín Tamani, que de inmediato extrajo su cuchillo afilado para desvestirla de escamas. Separó la cabeza con un hacha. Por la noche, la cocinera la asaría al carbón con un poco de sal, y sería la única parte que los pescadores disfrutarían de su víctima: el resto ya tenía un comprador, quien pagaría menos de tres dólares por cada kilo. Ya sin huesos ni vísceras, la carne pura y rosada pesó 75 kilos. Haciendo cálculos rápidos, a un cuarto de kilo por plato, esa cantidad podría alimentar a un barrio completo de trescientas personas. O a igual número de comensales gourmet, en alguno de los restaurantes de manteles blancos de Lima, con una salsa de fríjoles en aderezo de ajos, palillo y romero, un sofrito de chorizo horneado, música suave de fondo, y quizá una copa de vino.

Esa noche, a mil kilómetros de distancia de aquel futuro perfecto, los yacutayta cenaron los pellejos de la cabeza con los dedos, y saborearon la pulpa aromática mientras espantaban a los mosquitos, entre traguitos de ron y humo de cigarrillo negro. En todo momento evitaron hablar de las estadísticas de la pesca del día: no habían logrado pescar más que un solo ejemplar. Parecían abatidos. Pero había una sutil exhibición de orgullo en el acto de devorar la cabeza de aquel rey caído.

Niponas

Publicado: 18 febrero 2009 en Martín Caparrós
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1.

Hay un lenguaje: todo país es un lenguaje. Quizás, a veces, el viajero puede incluso suponer que entiende lo que le está diciendo. Y casi siempre se confunde, pero ése es el salero de los viajes.

 

Japón, en japonés, no se llama Japón sino Nihón –o Nipón si se le quiere dar más énfasis, como en dale nipón dale nipón o nipón la victoria final te espera virgen. No conozco más casos de países donde el nombre propio sea tan distinto del nombre propio que le dan los ajenos. Debe ser otra muestra de ese imposible: la comprensión entre nipones y gaijines –o goyim, o extranjeros.

 

Si hay algo que por el momento me impresiona de estos señores y señoras es su meticulosidad, sus miramientos. El horror por la mancha bajo cualquiera de sus formas: grande, enorme, clara, oscura, muy paralelepípeda, real, imaginaria. Les sospecho una taxonomía anchurosa de la mancha: como los esquimales tienen cincuenta palabras para hablar de los tonos del blanco, los ornitólogos decenas para las variaciones del jilguero, los argentinos tantas más para decir cagaste.

 

Porque la vida es más o menos así: uno se cree que ha visto pescados –por ejemplo– hasta que llega un día a ese mercado y descubre que no ha visto nada. Entonces va y dice la vida es así, hasta que llega un día y descubre que no ha visto nada. Entonces va y dice que la vida, hasta que llega un día. Y mientras tanto aquí, en el mercado de pescado de Tsukiji, se esconde el tremebundo fugu. Cada dos meses, poco más o menos, un japonés muere de fugu. El fugu es un pescado que tiene en sus vísceras veneno suficiente como para matar 600 vacas –supongo que es un cálculo, que nunca lo probaron–, y los locales se lo comen. Si no está bien preparado –por alguno de los cocineros que han seguido un curso de dos años y conseguido la licencia oficial–, el fugu mata: ruleta rusa con escamas. Ellos dicen que es rico, pero nadie les cree: no parece necesario que lo sea.

 

Como si lo que de verdad les importara fuera verse honorables: limpios, pulcros, la cabeza erguida, el traje presuntuoso por lo austero, la reverencia pronta. Por momentos pienso que tanto trabajo para edificar una fachada debe ocultar monstruos extraordinarios; después el optimismo se me pasa.

 

Tsukiji, todavía. En una palangana llena de agua boquean almejas. Escupen de vez en cuando, abren y cierran conchas. Me pregunto qué percepción de la vida y la muerte, las almejas. Les imagino modos: las han traído aquí, no saben dónde están y suponen quizás que su caparazón las protege todavía. Escupen, boquean; se las comen lo más tarde mañana. Me imagino que no imaginan nada, las almejas. Después, para mi gran sorpresa, veo que cuando las abren les mana sangre roja. Yo sé que no es así, pero las sorpresas siempre me hacen pensar que entendí algo.

 

Aunque nunca sea cierto. A lo lejos, Tokio parece un horror de edificios modernos y brillosos. De cerca, a veces, también, pero no es. Es muy difícil saber a qué distancia hay que mirar a las ciudades para verlas.

 

O para aprender a no mirarlas. Todos los japoneses esperan como un solo japonés su turno en los semáforos, en los largos semáforos de Tokio: en Tokio los semáforos son largos como una noche de esperarte. Le sugiero a un amigo sociólogo que calcule el tiempo que un japonés promedio usa, en su vida, para mirar al hombrecito rojo. Mi amigo me dice que entonces son felices:

 

–Están cumpliendo con su deber, cargando sobre sus pies el peso de las reglas, obedeciendo. No tienen nada que preguntarse, la consigna es clara: la siguen con un esfuerzo mínimo, sólo con sumisión. Es el momento japonés perfecto.

 

Me dice y yo le digo que sí, pero que en la tradición más clásica el cumplimiento del deber era más meritorio cuanto más difícil, y hablamos de los 47 ronin que llevaron el deber hasta la muerte y más allá, cerca de la deshonra.

 

–Es cierto. A los viejos, quizás, a los tradicionales les gustaría más que, frente al semáforo, en la vereda donde tienen que esperar, una parrilla les calentara los pies hasta justo antes de lo intolerable.

 

Dice mi amigo, o si acaso lo piensa, Pero ese arte de vivir se está perdiendo: a los jóvenes ya no les gustaría.

 

Contra tanta armazón de los mayores, jóvenes se desperdigan desparraman. Maneras de disidencia jovencita: los cuerpos desgarbados, las espaldas bombé, las mechas disparadas, los brazos dos colgajos monos remolones. Los jóvenes se empeñan con la figura de sus cuerpos en demostrar que no forman parte de la máquina, que no son un engranaje de Japón & Co –hasta que se gradúan y consiguen el puestito en la empresa y lo defienden con su vida. Lo conservan, lo pagan con su vida.

 

Y los patios de los templos están cubiertos de piedritas muy ruidosas. ¿Cómo si no podría saber el dios que el fiel está llegando?

 

En uno de los cientos de templos de Kioto tres monjes cantaban –calmo salmo– las palabras de Buda. No podía entenderlas y me aliviaba no poder: el olor del sándalo de sus ofrendas era mucho más que suficiente.

 

Los templos en Japón se esconden en la naturaleza, forman parte del paisaje que los rodea: me hacen pensar en una religión de hombres que aceptan su lugar y se acomodan. Los templos en Occidente acaban con cualquier naturaleza circundante: me hacen pensar en una religión de hombres que pretenden dominio. Prefiero la religión occidental –el orgullo de seguir buscando. O quizá nunca tuve la chance de preferir nada.

 

Los lugares turísticos de Japón se parecen a los lugares turísticos del resto del mundo en que unos y otros siempre rebosan de turistas japoneses. Pero lo que no sorprende en Notre Dame desentona en Tokio: el turista debería ser un animal exótico, cuya rareza justifique el esfuerzo de ir a verlo.

 

Tsukiji, una vez más. Un hombre que acariciaba, tajeaba, limpiaba y volvía a acariciar los restos de un atún hasta transformar cada trozo en partes de su arte. Pocas veces ví a alguien tratar la materia tan amorosamente como ese hombre su pedazo de atún, y después ví otro y otro y otro hombre, y más. Imaginé delicadezas, la famosa cultura milenaria, el templo. Aunque era claro que lo hacían por la razón de siempre: para que su aspecto sedujera al comprador que se lo va a comer dentro de un rato, a desaparecerlo.

 

Pero, sobre todo, las niponesas son maestras en el arte difícil de pararse con los pies para adentro: rodillas ligeramente juntas, los muslos separados, kawa bata.

 

“Vuela un cuervo. En la rama
posa el cuervo sus patas.
Vuela el resto”.

Dice el otro, ya tan atragantado de nipón que se le cruzan palabras sin quererlo.

 

2.

En niponés no hay letras, hay dibujos –que nos recuerdan que las nuestras son dibujos también, aunque hayamos aprendido a ya no darnos cuenta. Son dibujos, firuletes tan bellos. Una ciudad que no se puede leer es un alivio y es un desafío: vivimos en la facilidad de las palabras. Aquí, donde las letras no lo son, hay que buscar otros indicios, otros signos. Aprender a mirar o a simular miradas. Saber equivocarse. Aquí los perros no pueden salir a la calle sin correa –como en casi todo el mundo. Aquí lo observan. Se diría que aquí son, sobre todo, observadores fieles.

 

Aquí, en niponés, quiere decir otoño. Aquí, ahora, es primavera.

 

El reemplazo de signos funciona bien en la comida: cuando se les ocurrió que los extranjeros quizás merecían alguna información decidieron poner imágenes de sus platos a la entrada de sus comederos. Por alguna razón no creyeron en la fotografía: en la mayoría de los restoranes de Tokio hay modelos de plástico –la escala es uno a uno– de lo que dan como comida. Algunos harían furor en una muestra muy moderna; todos –casi todos– son mucho más apetecibles que el plato que, después, te ponen en la mesa. Una lección –menor– sobre la utilidad de la mirada.

 

El japonés es un idioma plástico, en aquel sentido de plástico como proteico, pasible de las formas más variadas. Escucho japonés y creo estar oyendo brasileño, italiano, ruso incluso, a veces japonés. La ignorancia permite casi todo –incluso la osadía de suponer que en esa supuesta falta de carácter se esconde alguna clave.

 

Vago con basuritas en la mano, pañuelos de papel sin nada más que dar o que tomar. En una ciudad tan impecable nunca encuentro tachos de basura. Un amigo español me demuestra que ellos también pueden ponerse psicologistas:

–Sí, los japoneses tragan, tragan, tragan. Así como se tragan la basura.

 

Otro me explica que, en el Imperio de la Regla, el cáncer de estómago –el arte de tragar– tiene más incidencia que cualquier otro cáncer.

 

Detesto esas definciones, pero aún así diré que este país es un país de tímidos tan tímidos. Supongamos que un gaijin –un extranjero– le muestre al guarda del tren su pase ferroviario tapando con los dedos la fecha de validez –que ya se habrá vencido. Supongamos que el guarda haga un pálido intento por pedirle que le muestre la fecha, que el gaijín ponga cara de no ve que estoy muy ocupado cómo se atreve a molestarme so empleado; el guarda, entonces, carraspeará muy leve pero no le exigirá al gaijin colado –¿existe, en niponés, la palabra colado?– que le muestre su pase ferroviario. Yo lo ví. La timidez es el horror ante la sombra de un conflicto: para evitarlo están las reglas, los límites, la honestidad antes que nada, un aparato que también llaman cultura.

 

También es esa escena repetida: no hay que contar el vuelto, me explican a menudo; contarlo sería ofensa, suponer que podría haber de menos –¿que podría haber de más? El mecanismo es simple: buscas el hotel, llegas al hotel, entras en el hotel. Antes que nada te hacen sacarte los zapatos: te sacas los zapatos y pides un lugar –porque no sabes cómo llamarlo, no es una habitación, pero tampoco estaría bien llamarlo nicho.

 

Entonces te dan una llave, te dicen que dejes toda tu ropa en el armario de esa llave, que te pongas la bata. Embatado, descalzo, bajas por escalera con alfombra hasta el piso del baño comunal: quince o veinte japoneses en pelotas lavándose hasta el último pecado con duchitas antes de meterse en la inmensa bañera de agua muy caliente. Retozas, entonces, en la bañera, entre cuerpos japoneses relajados, distantes –tímido te mueves, casi nada, sin saber cómo tendrías que hacerlo. Igual te miran.

 

Sales del agua, vas hacia tu ¿espacio?: es hora de acostarse. Entonces atraviesas pasillos y pasillos llenos de agujeros como un ojo de buey, dos filas superpuestas, lo más parecido a una morgue americana de película, y un leve nudo en la garganta. Estás a punto de salir corriendo –y no sabes por qué no sales corriendo. Hasta que encuentras tu número, un nicho de la fila de abajo, te metes, buscas la luz, enciendes la luz, ves el espacio pura cama, sólo el espacio indispensable de la cama. El hotel-cápsula sólo te da lo imprescindible para el sueño: el espacio cama, la almohada, media sábana, la tele chiquitita. Sólo lo imprescindible: por supuesto, la tele.

 

Todos lo dicen: Japón es un país en crisis. Para oponerse a la falta de recursos del Estado, un secretario de Estado anuncia que piensan subir el impuesto al consumo –el IVA local– del 5 al 10 por ciento. Dice que está en estudio y que la medida, si se aprueba, entrará en vigor dentro de cuatro o cinco años. Dice: dentro de cuatro o cinco años.

 

Estoy harto de que me hablen de crisis –japonesa. En la Argentina la recesión se ve: son vacíos, agujeros en lo que alguna vez supimos ser. La economía se ve y, por esa exhibición, se vuelve porno. Aquí, si acaso, se comprende tras larga explicación. La economía, aquí, se vuelve a su lugar: la abstracción, la mano con los hilos detrás de la cortina, erotismo.

 

En el canal porno del nicho pasan una larga larga larga violación nipona. Está filmada tan torpe que parece real –o quizás en eso esté su astucia. Es porno brutal: muy efectivamente repugnante. La mujer se resiste como podría resistirme yo a una lectura de poemas de Mario Benedetti: sin mayor entusiasmo. En algún momento empieza a aceptar su suerte; después simula que disfruta. Parece que los hombres niponeses también necesitan creer que las mujeres niponesas no pueden seguir decidiendo más allá del momento en que ellos les muestran –como sea, la garompa en la mano, el ceño amenzante, la palabra suave– lo que ya decidieron.

 

Pero hay maneras. En medio de lo bestia unos cuadriculitos esconden los genitales de ambos sexos –los sexos de ambos genitales. Me parece muy japo: la brutalidad más absoluta también está sometida a reglas, límites precisos, que la convierten –suponen, supongo– en algo que podríamos llamar civilizado.

 

Luna sobre el estanque, los movimientos lentos, la flor de los cerezos palideciendo el aire: el tono del viejo Japón es la melancolía. Y ahora que eso también es viejo, la melancolía de extrañar aquel humor melancólico, cuando cada cosa ocupaba su sitio, cuando era claro el sitio de las cosas. La civilización, aquí parece, es una forma de la melancolía.

 

“Tantas hojas cayeron;
otras no.
Creyeron ser de piedra”.

Musita el otro, los ojos achinados de distancia, ya partido.

 

3.

Hay momentos. Me fascinó la forma en que el aprendiz le preguntaba a su maestro cocinero si había cortado bien aquel pescado. Podría pensarlo, analizarlo y estaría tan en contra: la sumisión, el poder del saber, la jerarquía triunfante. Pero ese gesto de los ojos bajos y las manos crispadas preocupadas y el temor del rechazo o de la aceptación eran amor: belleza pura. Uno se deja trampear por esas cosas. Y entonces el maestro mira aquel pescado, los ojos bajos del joven aprendiz y le dice que, en realidad…

–¿Qué querrías que dijera? Yo, ahora, por ahora, podría decidirlo. Es mi prerrogativa.

 

Son tan amables, pero tan tan amables. La amabilidad es el arte de mantener perfectas las distancias.

 

No hay lugar. Por eso es tan difícil mantener distancias. No hay lugar, y quizá su efecto más visible –más allá de las masas desatadas, las aglomeraciones siempre tan prolijas– sea el concepto de ciudad realmente vertical, que no he visto en ninguna otra parte. Nuestras ciudades son verticales para ciertas cosas: está entendido que el nivel de la calle es el espacio público, el lugar del mercado, y los altos el espacio privado: la habitación o la administración. Aquí no. Hay, por supuesto, un negocio en la planta baja, pero también puede haber un restorán en el quinto, una peluquería en el séptimo, una juguetería en el cuarto piso. Será tonto, quizás, pero es distinto.

 

Acabo de pasar tres semanas en Japón –por razones de fuerza mayor que se volvió menor. Y hubo tantas tonterías que me llamaron la atención:

Que nadie entiende un mapa.

Que las puertas de los taxis se abren y se cierran solas.

Que en tres semanas no vi ni una sola mujer embarazada: o se cuidan muchísimo o casi no se cuidan.

Que los oficinistas dejan sus portafolios en el portaequipajes del subte y se duermen –tan tranquilos, por fin tan relajados.

Que nunca –salvo dormidos en el subte– conseguí verlos relajados.

Que hay tantos oficinistas –su traje oscuro, su camisa blanca, una corbata al tono de esa falta de tonos.

Que todos creen que los demás son fiables –y actúan en consecuencia.

Que al cabo de unos días yo mismo empecé a actuar en consecuencia, y era tan agradable.

Que en tres semanas las carcajadas fueron siempre extranjeras.

Que hay falsas pistas de esquí que parecen hangares inclinados, falsas canchas de golf que parecen grandes pajareras, falsos lagos de pesca que parecen piletones de la empresa de aguas: que cosas que simulan que son otras parecen a su vez otras cosas, y así y así y así.

Que hay muchos policías con sus gafas de aumento.

Que hay muchos policías que se te tiran encima con bastones.

Que hay tanta tanta tanta gente.

Que las sonrisas pueden significar cualquier cosa y su contrario.

Que muy pocos hablan inglés –sin entusiasmo.

Que la televisión parece boliviana –con el debido respeto a los hermanos latinoamericanos.

Que tantos se desviaron de su recorrido para llevarme al mío.

Que los trenes tampoco saben llegar tarde.

Que no se oyen bocinas.

Que los niponeses parecen creer menos que otros en la utilidad de las palabras.

Que Tokio es una potencia desatada –y a su lado Nueva York es un museo de provincia francesa.

Que de tanto en tanto aparece, en medio del vértigo, un templo –y todo se detiene.

Que las mujeres tienen las piernas macetonas y muy muy pocas son bonitas –con perdón del concepto.

Que todos creen que los extranjeros son un poco tontos.

Que los extranjeros, ante tanto despliegue, en general se atontan.

Que me gustó haber estado mucho más que estar pero eso, por desgracia, me pasa tantas veces.

 

Lo entendí tarde: una buena chica japonesa –dicho, digamos, en el sentido en que se diría buena chica judía: pronunciado por la posible suegra– debe tener las rodillas lo bastante chuecas como para que se vea que responde a su raza.

 

Responden, revolotean, abundan. Colegialas vestidas de marineritos que son el non plus ultra del erotismo japonés. Colegialas vestidas de marineritos: lo que está cerca de ser una mujer sin ser una mujer. Una mujer, supongo, debe serles algo de temer. Por eso, me apresuro, la idea de la geisha: todo ese poder a su servicio –por definición, por tradición a su servicio.

 

Otra vez el pescado –pero los japoneses son los reyes del pescado: se comen, ellos solos, un décimo de todo lo que en el mundo nada.

–¿Pero usted puede comer pescado crudo?

 

Me pregunta, con gran delicadeza, una geisha que hacía de camarera o viceversa en un famoso restorán de Tokio que, por supuesto, sirve pescado crudo.

–Sí, claro.

–¿Está seguro?

 

Un modo extremo del nacionalismo: la ceguera. No creer –no querer saber– que millones de personas en el mundo se comen su pescado crudo, que extranjeros pueden hacer cosas que sólo japos deberían. La astucia no está en rechazar al gaijín porque se diferencia; sí, en rechazarlo cuando podría parecerse. El extranjero, para ser, debe ser extranjero, o sea: distinto, por favor, faltaba más.

 

Japón no parece preparado para la diferencia. Me paso los días golpeándome las cabezas con carteles bajos, puertas bajas, lámparas más bajas –y no se me cae nada. Nunca antes me había sentido tan alto. Ahora sé cuál es el precio del orgullo.

 

Alguien dijo que la vergüenza ocupa en el Japón el lugar de regulación de las conductas que la culpa cumple en Occidente, y puede ser. Hay vergüenza cuando su grupo –el fragmento de sociedad que lo rodea– le hace ver al fulano que ha hecho lo que no debía; culpa, cuando su Dios –el que el fulano se inventó, sí mismo– sabe que ha pecado. La vergüenza es grupal, la culpa función del individuo: es una diferencia significativa.

 

Suelen ser jóvenes, suelen ser hombres: los encerraditos son un invento niponés y se pasan entre seis meses y varios años en un cuarto –de la casa familiar, habitualmente– sin hablar con nadie, saliendo si acaso por las noches a buscarse una comida, una revista, algún otro alimento. En Japón hay un millón de encerraditos: el grado último de la timidez, del miedo a la vergüenza.

 

Chocar de una campana con sí misma: música de la ausencia reclamando.

 

¿Importa en el largo plazo quién inventa algo? Se supone que fueron los chinos los que inventaron la pólvora; está claro que fueron los europeos los que la usaron para conquistar el mundo. Está claro que fueron los europeos los que inventaron el avión, la televisión, el microchip; se puede suponer que quizás sean los japoneses o los chinos los que los usen para reconquistar el mundo.

 

Me incomoda: aquí las siluetas son occidentales. Los coches tienen las formas que les pensaron el señor Daimler o el señor Peugeot, las casas las que Le Corbusier o Frank Lloyd Wright, los trajes las que Saville Row, las laptops las que William Gates –y muchas costumbres también se reformulan en el mismo sentido. Entonces, si Japón o China dominan –Dios no lo quiera– alguna vez el mundo, quién lo habrá dominado, me pregunto.

 

Veía un cartel en inglés que ofrecía “your virgin rolex in this shop” y me imaginaba cómo sería un rolex desvirgado y la escena sangrienta de su desvirgue y algún grito: cuántas cosas te hacen decir las palabras, pensaba, sin querer, y me preguntaba qué estuvieron diciendo las mías en estos días nipones.

 

“Un semáforo, dos,
tres: una sola
manera de mirarlos”.

Murmuró, modernizado, harto de las metáforas jardineras y de un mundo que te explica todo el tiempo como tienes que usarlo, y se volvió a su casa.