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Enero de 2010. Cerca del mediodía. Villa Urquiza, Ciudad de Buenos Aires, Argentina.

Una morocha delgada, de ojos grises y poco más de un metro cincuenta, camina por la calle Álvarez Thomas con sus dos hijas de 12 y 15 años. Trae unas calzas con vivos fucsias y verdes, zapatillas deportivas de moda y remera negra al cuerpo. Al verla nadie podría pensar que es una actriz porno. Pero lo es. Y no una cualquiera. Ana Touche es una de las preferidas del director XXX Víctor Maytland para las escenas más escandalosas, esas bien fuertes que llaman hardcore.

Se ganó su lugar de chica mimada del porno argentino pisando los 30, cuando la mayoría, a esa altura, ya tiene varías películas rodadas y busca otra salida económica. Antes estudió teatro y diseño, fue empleada de servicio doméstico, vendedora y llegó a trabajar en un taller mecánico, donde armaba a mano bobinas para motos. Pero llegó al porno para marcar la diferencia. “Es una de las más osadas a la hora de grabar, disfruta del sexo y de los desafíos que se plantean en el set y eso se nota muchísimo en sus películas”, asegura Maytland, su descubridor y gurú del ambiente.

Ana Touche, en realidad, se llama Anabela. Tiene 32 años y vive con sus hijas y su marido, Alberto -más parecido a un doble de Mick Jagger que a un visitador médico- en un modesto departamento alquilado.

Además de actriz porno, Ana es ama de casa, y aunque un par de veces al mes una señora la ayuda en la limpieza general, aquí mismo se la puede ver fregando un piso o planchando camisas. Le gusta hacer todas las tareas hogareñas, excepto una: cocinar. Para eso está su marido.

Ahora Alberto prepara el mate en la cocina. Pone el agua en el termo y sirve unas galletitas de chocolate en un plato. Mientras tanto Ana recuerda que para los 14, cuando la mayoría de las chicas se entretenían pensando en algún novio, ella hojeaba a escondidas las revistas de desnudos que compraban sus dos hermanos mayores, y fantaseaba con ser una pornostar.

-No entendía mucho pero lo miraba igual porque me gustaba.

Sin embargo, durante casi 30 años, lo más cerca que estuvo del cine condicionado fue el video club que manejaba con su pareja.

- Cuando vine de Uruguay para Buenos Aires y me fui a vivir con Alberto, empecé a trabajar con él en el local y ahí miraba películas XXX constantemente porque tenía que revisar las cintas -dice mientras toma un mate amargo-. Me gustaban y me imaginaba todo, dónde estaba el director, cómo estaba armado. Para mí el porno es arte, con sexo, pero arte. Y ahí fue donde tomó fuerza la fantasía de ser actriz porno.

Febrero de 2006. Pasada la medianoche. Flores, Ciudad de Buenos Aires, Argentina.

Ana baila sola en el caño al estilo pole dance. Sólo trae una diminuta tanga y tiene una sola cosa en la cabeza: divertirse.

Se volvió swinger hace dos años y desde entonces sale a bailar con su marido entre dos y tres veces por semana. Esta noche eligieron el Star New, uno de los boliches de intercambio de parejas más conocidos de Buenos Aires.

Ya tomó varias copas de champagne -una de sus bebidas preferidas- y entre movimientos atrevidos acapara la atención de los hombres que la rodean. Sin embargo, todavía no sabe que esa noche es la de su porno dream. Eso llegará más tarde, cuando el dueño del boliche le presente a Víctor Maytland, el director local símbolo del cine condicionado.

-La había visto bailar y enseguida me llamó la atención porque me pareció súper desinhibida-, recuerda Maytland cuatro años después.

-En ese momento estaba preparando Gozando por un Sueño, una versión XXX que parodiaba a Bailando por un Sueño – el concurso más famoso de la televisión argentina- así que la invité para que fuera una de las soñadoras de esa especie de reality porno.

Cuatro años más tarde, en su departamento, Ana también recuerda aquella noche:

-Yo estaba contentísima. No lo podía creer. Era mi sueño hecho realidad pero estaba mi familia, mis hijas. Así que le pedí que me diera un mes para pensarlo y hablarlo con ellos. Me dijo que no había problema y al final, al mes siguiente, probé. Podría haber quedado en eso, probar una vez y ya está. Pero me encantó.

Maytland también quedó satisfecho con su trabajo. Y cómo no estarlo si en el debut Ana ya prometía para el XXX extremo.

-En mi primera filmación estuve con Canú, un senegalés de dos metros de altura; y nadie lo podía creer porque yo era la más chiquita y flaquita de todas. Había más de 50 personas detrás de cámara mirándonos porque llamábamos mucho la atención. Yo, encima, estaba nerviosa, con toda la adrenalina que se siente la primera vez y con miedo de hacer todo mal. Pero al final salió bárbaro-, cuenta mientras toma mate y come una cañoncito relleno de dulce de leche.

Después vendrían, entre otras 30 y tantas, Club Atlético XXX – donde filmó con siete chicos-, La puta de mi madre 2, donde una Ana aburrida en medio de una escena juega con unas bolas de pool dentro de su vagina, o la escena del trío más excéntrica imaginada hasta el momento: un chico gay, una travestí y ella.

Ana se anima a hacer casi cualquier cosa dentro del porno. Eso parece marcar la diferencia con las demás chicas de la escena local. Pero no. No es eso. La relación entre su trabajo y su familia la hacen diferente.

Junio de 2010. 16 horas. Villa Urquiza, Ciudad de Buenos Aires, Argentina.

Ana y Mick toman mate en la cama, sobre una frazada atigrada mientras hacen zapping en la televisión de su cuarto. La habitación es sobria, sin adornos extravagantes a la vista. Un colchón quedó apoyado en la pared junto a una repisa casi vacía, donde se destaca un retrato de Ana. En el otro extremo, al lado del placard y junto a la ventana, descansan sobre un perchero las distintas prendas que ella usa en las fiestas temáticas de los boliches.

Aquí mismo, y mientras las chicas están en la escuela y Ana en el gimnasio -donde pasa gran parte del día-, Alberto mira las películas condicionadas que tienen a su esposa como centro de placer.

-Me gusta mucho mirarlas, siempre lo hago solo porque a ella no le gusta. Igual nunca le hago críticas ni nada de eso, porque ella es la que sabe-, cuenta antes de salir de la habitación.

-En casa todos somos grandes y tenemos la mente muy abierta -dice mientras apaga el televisor-. Hablar de sexo en la mesa es normal. A las chicas no les digo ‘Mamá se va a ir a hacer una filmación XXX’ pero saben que filmo, me saco fotos y demás.

Sin embargo, siempre se sintió más cómoda separando su vida íntima de la laboral, y hoy esa división se convirtió en su marca personal. Su marido recién este año pudo acompañarla al set, y como fotógrafo improvisado. Antes sólo se limitaba a acompañarla en las horas previas, ayudándola con la alimentación y los preparativos. Durante la grabación ya todo quedaba a cargo de un asistente.

Tienen una relación particular. Ana asegura que antes era una celosa empedernida pero todo cambio cuando se volvieron swingers.

-Él nunca me hizo una escena de celos. Al contrario, me dio todas las posibilidades de ser quien soy hoy. Yo fui la insoportable -dice sonriendo- pero ahora no. De hecho, si quiere hacer una travesura con alguna amiga, o lo que sea, viene y me lo dice. Pero ya no siento inseguridad porque vivimos muchas cosas juntos y nos une otra cosa que va más allá del sexo. Aparte, yo estoy constantemente con hombres y es obvio que él tiene que estar con otras mujeres. Para nosotros quedan las cenas románticas, los besos, y hacer cucharita toda la noche, que es lo más lindo que hay-, cuenta Ana.

Las cosas tampoco son tan fáciles. Siempre hay que conceder algo, por ejemplo en la relación con sus hijas.

-En el colegio y demás no me muestro mucho con ellas, trato de ser perfil bajo. Ellas saben a qué me dedico pero no me puedo mostrar con ellas, porque a esa edad los chicos pueden ser malos y no me gustaría que les digan: ‘Tu mamá es una prostituta’.

Ese es uno de sus motivos que la ponen a pensar en la idea de plantearse un cambio. Además quiere convertirse en productora de cine porno. Su primera película, que lleva el nombre de Y viciosa, ya viene en camino. Todo ello hace parte de sus planes a futuro.

- Si sale todo bien me voy a dedicar a eso, pero de todas formas al ambiente no lo voy a dejar nunca, participando o estando detrás de cámara. Y si mis hijas más adelante lo quieren seguir, está todo bien. Me gustaría que ellas puedan decir que soy una artista.

El debut de una actriz porno

Publicado: 24 febrero 2010 en Sinar Alvarado
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Primer acto: el preludio

Hace dos semanas Karen (22) tiraba con su novio en un motel de Medellín. Sobre la cama, dice, repetían esforzados algunas de las escenas que veían en el televisor. Y en algún punto de aquella larga faena la pareja vio con interés un anuncio del Canal Kamasutra. Mejor dicho: una convocatoria. Una donde invitaban a hombres y mujeres entusiastas, preferiblemente atractivos, a que se presentaran en sus oficinas para un casting.

Pasaron unos pocos días, y Karen, apoyada por su novio, un tipo decididamente moderno y desprendido, se presentó una tarde en la casa donde funciona el canal. Allí, frente a una cámara, le pidieron a la candidata que se desnudara. Obedeció y mostró su piel inmaculada, su culo firme, el rosa tenue de sus tetas tempranas. Y luego, siguiendo las instrucciones de Andrea García (27) —fundadora y directora del canal—, alumbrada por una lámpara potente, Karen ensayó algunos movimientos atrevidos: acarició su cuca seca, recreó para el video su nuevo menú de gritos y gemidos de utilería.

Karen fingió. Y de inmediato la aprobaron.

Después de superar esta audición breve, la actriz inminente consiguió llegar a esta tarde de miércoles. Justo al momento y al lugar donde Andrea, feliz de convertirnos en extras gratuitos, me invita a sentarme en “los pupitres” de este set que han convertido, con poca ambición realista (apenas tres sillas y un escritorio frente a una pizarra blanca, en un corredor de paredes sucias ubicado entre dos oficinas y un vestier), en un salón de clases.

Parada entre la pizarra y el escritorio, Karen aguarda con ansiedad las primeras indicaciones. Apenas supera el metro y medio, es blanca, el cabello negrísimo, el cuerpo compacto y una disfonía natural, grave, que le da a su voz un timbre fañoso, como de resfriado perenne. Karen es un lindo modelo a escala de la típica femme fatale.

Ahora viste una minifalda negra, blusa y ligueros blancos de tejido primoroso. Lleva gafas de pasta y sostiene un borrador entre las manos: hace lo que puede para simular una joven maestra cachonda.

Alejandro y Albeiro, los camarógrafos, encienden las luces, preparan sus cámaras. Y todos aguardan —aguardamos— hasta que Andrea, sentada y fumando en una esquina de la sala, dé la orden de empezar.

Andrea —rubia y atractiva, con un ligero sobrepeso—fuma y gesticula desde su rincón, sentada bajo una de las luces que iluminan el set. Desde ese punto, sin descuidar los variados elementos de la escena (luces, gestos, planos, ruidos), inicia su trabajo, hablándole siempre a la debutante:

—Los vas a regañar, porque se portaron muy mal, ¿oíste? Le vas a dar vueltas al escritorio, y a mirarlos a ellos como si te los quisieras comer ya mismo.

Karen ríe y asiente.

—Relajate, sentite cómoda, sexy. ¿Ok?

—Ok.

Andrea lanza una mirada a los camarógrafos y ordena:

—Empecemos, muchachos.

En la sala llena de luz, Karen adopta su papel y emprende viajes lentos, de caminao malevo, entre el escritorio y “los pupitres”. Nos mira con un deseo ensayado, ronronea y hace pucheros, pica un ojo.

—Vamos, Karen, más caliente.

La novata se distrae, pierde foco cuando escucha las instrucciones de Andrea, pero enseguida se compone y continúa su performance.

—Sacate la ropa despacito, seguite moviendo.

La actriz demuestra dudas, algunos de sus movimientos lucen torpes, como en una especie de fluidez constreñida. Empieza a desnudarse sin dejar de moverse, justo frente a nosotros.

—Mostrales el culo y quitate la blusa poco a poco, ¿vale?

Y asoman, pequeños, erguidos y rosados, esos dos bultos que ella se dedica a sobar y a espichar con sus dedos, mientras chupa aire entre los dientes, recreando una excitación furiosa que ya ha logrado contagiar.

Durante todo este tiempo, como en un ballet ensayado, los dos camarógrafos van danzando en torno a la chica, acercándose, alejándose, turnándose cada uno en la misión de grabar los elementos más importantes de la escena: detalles de las muecas gozosas de la actriz, plano medio de los mirones, primer plano del culo de Karen.

La novata describe círculos con las caderas, se pasa la lengua repetidas veces por los labios húmedos. Y bota la tanga. Mil puntos rojos, de irritación after shave, hieren con fina metralla toda la piel de su pubis.

—Ahora te sentás encima del escritorio y te pajeás con un lápiz.

Karen mete la mano en un pote lleno de lapiceros, de plumas, y escoge un largo lápiz de madera.

—Tocate el coño, acariciate un rato y gemí.

Del borrador hasta la punta, deslizando el utensilio entre los labios carnosos, la actriz estimula su vagina expuesta.

—Listo. Ahora seguís con esto.

Andrea levanta en el aire un gran pene de goma, mientras le pone un condón y lo unta con gel lubricante. Karen se detiene. Recibe el estimulador y escucha las nuevas instrucciones.

—Te vas a masturbar duro, vas a ir aumentando los gritos, porque te está gustando mucho, mucho; y luego gemís fuerte y hacemos como que te venís.

La actriz encarama una pierna en el escritorio, abre su vulva todo lo que puede y mete, primero la punta, poco a poco, luego toda, hasta el mismísimo fondo, la verga inanimada y rugosa. Una y otra vez. Levanta su cuerpo y lo deja caer con violencia sobre el juguete. Grita, cierra los ojos, se queja mientras recrea su primer orgasmo de película. Luego estalla y se estremece con espasmos exagerados.

—Ah, ¡muy bien! —aplaude Andrea desde su esquina.

Y como despertados de un sueño por el inoportuno chasquido, todos abandonamos esa ficción. Karen sonríe con vergüenza, extrae el aparato de hule y se lo entrega a Alejandro, el camarógrafo. Después recoge su ropa con pudor, cubriéndose con una mano, y se aleja buscando el baño para ir a vestirse.

Y sobre la alfombra, quieto pero culpable, todavía brillante, queda el lápiz, el falo de madera que nadie se decide a recoger.

Intermedio

Está clarísimo que el porno es un negocio lucrativo. Incluso en Colombia, donde solo existe un par de productoras bien montadas (Kamasutra Televisión y 17/26 Producciones). El Canal Kamasutra, en apenas dos años de actividades, ha grabado doce largometrajes y más de trescientos “gonzos” (cortos con secuencias de sexo explícito).

Pero es también un mundo que se cuida de lo que revela. Por ejemplo, existen contratos con cláusulas confidenciales que todos los actores firman, donde se comprometen a no mencionar sus honorarios. Se rumora que una actriz, por un polvo regular, puede recibir alrededor de 500 dólares. Y se sabe, sí, que hay tabuladores discriminatorios donde se asignan recompensas variadas, dependiendo de la actuación: no es lo mismo una sesión de sexo anal que una simple masturbación.

A pesar de su crecimiento y de su poder atractivo, el porno colombiano se ha ido desarrollando de forma más bien tímida. Según dice Andrea García, aún existen prejuicios, además de cierta competencia frecuente que hacen algunas empresas extranjeras, la mayoría españolas, que vienen al país a grabar ofreciendo mucho dinero a los actores a cambio de rodajes maratónicos donde se hace de todo en pocas horas.

Y existe, por otro lado, el problema del talento. Cada semana llegan aspirantes al canal, pero solo una o dos, de cada diez, funcionan.

En esta mañana de jueves, a bordo de un taxi rumbo al canal, Karen revela sus expectativas. Admite que está un poco nerviosa, pero le resta gravedad al asunto con reflexiones que ha elaborado en torno a su nuevo oficio.

—Este es un trabajo como cualquier otro. La gente le pone mucho misterio, pero yo lo veo así, como una cosa normal.

Karen ha venido sola. Su novio, un tipo de 35 años que, según se ve, ejerce mucha influencia sobre ella, parece estar muy ocupado en estos días; de modo que no participa, y vive desde la distancia, protegiendo su identidad, el debut de la chica.

Ella, a ratos, trabaja como secretaria en la agencia de viajes que tiene su novio. Vive en Bello, en el extremo norte de Medellín, y se levanta a las 4:30 de la mañana todos los días para ducharse, vestirse, maquillarse y viajar luego en el metro hasta su trabajo.

Empezó en el cine porno porque es un mundo que la atrae, y porque aspira a coronarse en el futuro como actriz de cine y de televisión. Karen sueña, no cree que esta pasantía hot vaya a enturbiar esa carrera a la que aspira en el futuro. Y de noche, por ahora, se dedica a fantasear con la lejana posibilidad de ese otro debut: ese que la convertirá, ojalá, en la pequeña diva que ya suspira entre las cuatro esquinas de su forma diminuta. No planea dedicarse mucho tiempo al negocio de tirar frente a las cámaras, pero entiende, según dice, que “por algo se debe empezar”.

Karen esconde el fondo de sus aprehensiones. Habla casi entre monosílabos, evita mirar a los ojos, resta gravedad al asunto que nos ha reunido. Ella dice que el trabajo, este mundo desnudo y para muchos vulgar, le resulta divertido y, además, la aleja de aquel otro, el de secretaria, que realiza casi entre bostezos.

El porno no es un negocio para ingenuos. Sin embargo, la audacia de Karen contrasta con una candidez casi infantil. Ve la situación con los ojos de la inocencia y, también, con un poco de ignorancia. Karen apenas ha salido de Medellín, no conoce Bogotá, y es claro que el cine para adultos, su repentina tabla de salvación, le ha brindado el tiquete para saltar hacia escenarios que, hasta hoy, han permanecido negados.

Todavía en el taxi, mientras la ciudad pasa a través de las ventanas, hago preguntas:

—¿Habías hecho algo parecido antes?

—Sí, de vez en cuando bailo y le hago shows privados a mi novio.

—Como una estríper…

—Sí, a nosotros nos gusta jugar.

—Pero eso lo haces con tu novio. Hoy te toca con un desconocido.

—Ah, me da un poquito de nervios…

—¿Qué cosa?

—No sé, que el otro actor lo haga bien, que no se vaya a asustar mucho.

—Y tú, ¿no estás asustada?

—Un poquito, pero cuando empecemos se me pasa.

Segundo acto: el debut

A las 3:00 de la tarde el interior de la discoteca es puro desamparo: ni un alma, centenares de sillas montadas sobre las mesas, el espacio callado, la decoración inútil, que no consigue cautivar a nadie. Con tanta luz y silencio, los defectos gritan: las grietas, el polvo, las telas rotas de los muebles arrumados.

Rápidamente cada cual se dedica a su tarea.

Los camarógrafos desenrollan extensiones, buscan tomacorrientes. Se instalan las luces, se conectan los cables y se calibran los equipos. Joseph, el actor estrella, y Edwin, juntos a un lado de la pista de baile central, cruzan comentarios y coordinan sus futuros movimientos. El experto da consejos al novato:

—Trátela con cuidado, hermano; con cariño, que es una dama, ¿oyó?

—Listo, tranquilo.

—¿Ya se tomó la pastilla?

—¿Cuál pastilla?

—El sildenafil, pa’ ayudarse con la erección.

Edwin mira a su nuevo mentor como si escuchara una estupidez. Y le contesta:

—¡Si apenas le vi las tetas se me paró!

Mientras, al fondo del local, Andrea, con una esponjilla en la mano, se dedica unos minutos a maquillar las tetas de Karen, a retocar su rostro antes de grabar. La actriz se saca el bluyín y se queda solo con el leotardo, con unas medias negras que cubren sus piernas hasta arriba, y el divertido corbatín que le sujetan alrededor del cuello.

La directora lanza las primeras órdenes.

—Vamos a hacer unas tomas con ella sola.

Y se ubica en contraluz, frente a una gran ventana circular a través de la cual puede verse, allá abajo, el vaivén de los automóviles entre los edificios apretados del barrio El Poblado.

—Acá te vas a parar —continúa—. Primero de espaldas al vidrio. Y vas a bailar y te vas a empezar a tocar.

Karen, una vez más, obedece. Separa sus pies casi un metro, se lleva una mano a la vagina y la acaricia con delicadeza. Describe pequeños círculos con la cintura, levanta el culo, apunta directo a la cámara con el doble cañón de sus nalgas.

—¡Eeeeeeeso eeeeees! —dice Andrea, complacida.

Luego, invitada por la directora, da unos pasos cortos, sin detener la acción, y se desliza a cuatro patas encima de un sofá rojo. Karen, ya embarcada en su rol, abre las piernas a todo lo que le dan, y muestra los bordes color pomelo de sus labios apenas ocultos. Se toquetea. Mueve a un lado el borde escaso de tela y se descubre el coño. Desabrocha el leotardo y queda casi desnuda, dando volteretas, tirabuzones que las cámaras van grabando a un par de metros de distancia.

—Muchachos, acá vamos a hacer la escena del trío.

Andrea, tamborileando con sus dedos sobre los azulejos de cerámica, señala la alta barra del bar. Mira a sus actores directo a los ojos, con autoridad. A cada uno le indica cuál será su personaje: Joseph sentado, como un cliente; Edwin al otro lado, como el barman; Karen danzando encima de la barra, sonriendo, siempre sonriendo al par de tipos que enseguida la follarán.

La directora, en el último minuto antes de grabar, pronuncia una de las máximas del porno:

—Una verga no se saca hasta que no esté bien parada. Si no la tienen dura, no la saquen porque me dañan la escena.

Cuando el axioma ha quedado claro para los actores, grita finalmente:

—¡Acción!

Suena la música, que viene viajando desde los múltiples parlantes de la discoteca. La primeriza agita las caderas con suavidad; acerca su cintura al rostro pícaro de Joseph, que pronto se ha sumergido en su personaje. Ella se agacha y besa al actor, se buscan con ganas suaves. A unos cuatro metros, Andrea los va dirigiendo con palabras y frases apremiantes (“¡bulla!”, y hacen ruidos; “¡lengua!”, y exageran los besos), o solo a punta de gestos.

—¡Con ganas, Joseph! —lo apresura Andrea.

Y esa lengua afanosa, la del actor estrella, cambia el ritmo de la mamada como movida por un repentino latigazo. Karen suelta gritos de satisfacción, balancea la cadera, acercando su culo al rostro que la estimula. Junto a ellos, aún de pie tras la barra, Edwin se hace una paja mientras llega su momento. La directora le hace una seña y, de nuevo, como resorte, da un salto y se sube a la tarima.

Ahora los tres, de pie, se trenzan en un acto de besos, de caricias y atenciones mutuas. Karen se afana durante unos seis o siete minutos, chupándosela a Edwin, que dobla sus rodillas y le mira la cara con deleite. Joseph se les suma. La debutante, con los tipos a lado y lado, los atiende por turnos. Andrea manipula entre sus manos dos penes imaginarios, y va guiando a la actriz con mímicas que hace detrás de las cámaras.

Lo que sigue es un agitado y ruidoso trote de posiciones: Edwin que le da a Karen por detrás, mientras ella se la chupa a Joseph; este que se la mama a Karen, mientras ella repite el gesto con Edwin; Joseph que se acuesta, con Karen encima, y Edwin presionando, sudando, acostándose con dificultad sobre ella para completar una maniobra de altísimo riesgo porque la jefa, Andrea, la directora temeraria, acaba de pedir una doble penetración simultánea por la vulva.

¡Boom!

Durante diez o quince minutos los actores, entrelazados, conviven allá adentro, en la hacinada caverna que es ahora el coño de Karen. Y justo cuando la directora me pasa por un lado, admirado ante el talento nato de la debutante, aprovecho y le pregunto:

—¿Estás segura de que es novata?

—¡Lo mismo pienso yo!

A medida que se va desarrollando la escena, una transformación se va produciendo en la cara, en la actitud de Karen. Hasta el instante de su debut, era una niñita misteriosa, con un discurso hecho de escasos comentarios, de vocablos parcos que interrumpían sus largos silencios.

Cuando se detiene la grabación —para cambiar un condón, para sumar lubricante o variar una posición—, Karen demuestra un cansancio tremendo: jadea, se seca el sudor de la frente y de las mejillas enrojecidas. Pero, al mismo tiempo, se le ve contenta, plena, con esa jactancia sólida que proporciona el deber y la ambición realizados.

Después de casi una hora de folladera febril, llega el desenlace. Los actores han sufrido magulladuras y golpes, pero han dado la talla. Andrea los instruye:

—Edwin y Joseph, me avisan cuando se vayan a venir, y tratemos de grabarlos juntos.

Parados junto a Karen, se turnan las estimulaciones que ella va prodigando. Cuando le toca a uno, el otro se masturba. Así varias veces, alternando, hasta que los dos actores, el novato y la estrella, acaban en el trajinado rostro de la actriz. Andrea, justo al frente, hace la charada y restriega en su cara dos vergas de fantasía. Luego Karen, bajo una lluvia verdadera, repite el gesto para las cámaras.

Fin

Los actores repiten reverencias mientras los aplauden, luego se envuelven en toallas blancas y se sientan encima de la barra para descansar. Karen y Edwin se bajan y caminan juntos hacia el baño, donde él, en una serie de gestos carentes de lujuria, deja caer grandes tazas de agua sobre el cuerpo lustroso de la actriz. La va duchando como quien baña a un caballo, restregando su cuerpo con jabón azul. Pasa sus manos por los senos, por la vagina y entre las nalgas, con gestos inocentes, neutros.

Ambos charlan de pie frente a un gran espejo. Allí me acerco para preguntarle a Karen si sintió placer en algún momento.

—¡Claro! Cuando Joseph me la chupaba; cuando Edwin me cogió por detrás; cuando…

Miro sus cuerpos desnudos, ahora tan limpios, que dejan rodar el agua y brillan reflejados en el espejo. La escena es tan natural que mi posición de hombre vestido, frente a esta desnudez relajada, me hace sentir incómodo: un intruso en ese ritual íntimo. Entonces me retiro y le doy tiempo a Karen hasta que salga del baño.

Cuando lo hace, unos cinco minutos más tarde, la sigo durante su recorrido. Lleva el cabello húmedo, la cara radiante y una sonrisa de satisfacción genuina. Lleva las sandalias desamarradas, con el clap clap de los tacones que van azotando el piso. Y cuando le pregunto cómo le fue, cómo piensa que resultó la escena, ahora convencida de su triunfo indiscutible, feliz y sonriente, ella responde con esa voz fañosa:

—Creo que estuve mucho mejor de lo que esperábamos.