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“Que se maten entre ellos”, concluye desde la autoridad que le da su uniforme azul y la frialdad que le dieron años y más años de patrullar las calles. Y lo dice convencido. Para él es un caso más de un malo que mata a otro malo. O de un malo que mata a otro peor. El caso de un chorito muerto. Un pibe de 15 años al que le salieron mal las cosas, tan mal que no llegó a los 16. Un negrito que buscaba un estéreo y encontró un puñadito de plomo. Pero no es un caso más. Es un caso que comenzó con un escopetazo y siguió con un muerto y un preso y que no terminó ahí. Continuó con una noche de furia que se prolongó en tres días de furia que le recordaron a los cordobeses que había un barrio olvidado llamado Villa Páez que no pueden volver a olvidar. Porque el muerto sigue muerto y el preso sigue preso y los problemas de Villa Páez siguen siendo problemas.

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Desde el día en que Juan José González se tragó un pozo en medio de la calle, su nombre pasó a ser “Pocito”. Nada de Juan. Ni siquiera “Juanjo”. Sólo “Pocito”. Así lo rebautizó su madre Irene, quien en Villa Páez hacía años había dejado de ser Irene para llamarse “Pelusa”, “Pelu” para los amigos. Así son los barrios de Córdoba. Los nombres quedan olvidados en el DNI.

“Pocito” volvió a llamarse Juan José a las 2 de la madrugada del sábado 24 de septiembre de 2005, cuando un escopetazo se le metió por la espalda. Una hora antes, su madre le había dado permiso para jugar un rato al pool con “los chicos” mientras le calentaba la sopa. Total, eran unos minutos nomás: esa noche no había bailes. Pero un permiso a medias. La “Pelu” lo tenía bajo libertad vigilada: no fuera a ser que una camioneta del CAP lo levantara por tercera, o cuarta, o quinta, o sabe quién cuál vez.

“Patrullero que pasaba, patrullero que se lo llevaba”, reconoce meses después “Pelusa”. A la 1, “Pocito” salió de su casa en calle Miguel Gorman al 2100; el pool estaba a pocas oscuras cuadras. Su madre lo siguió y respiró tranquila cuando lo vio en el quiosco. Entonces volvió a casa para calentarle la cena.

Hay quien dice que las mujeres sienten, pero que las madres presienten. Para la “Pelu”, eso es falso. Ella no presintió nada. Ni siquiera cuando se escuchó un sonido seco, como de petardo que no terminaba de ser petardo. No entendió qué pasaba cuando alguien se asomó gritando “¡es Juan José, es Juan José!”. Eran las 2 de la mañana y “Pocito” ya no era “Pocito”. Ya había recuperado su nombre de DNI. Pareciera que la muerte es una señora demasiado seria como para presentársele con un simple apodo. “Pelusa” no recuerda dónde tiró el cucharón con que revolvía la sopa. Tampoco recuerda con qué o con quiénes se cruzó en esa carrera de 300 metros desesperados. Lo que no puede dejar de recordar es lo que vio. A su hijo, que se desangraba en la calle. “Hacía sonidos raros y gemía”. La calle se llenó de gente llena de sorpresa y confusión. Exactamente tres horas después, a las 5, Juan José murió en el Hospital de Urgencias.

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Pasadas las cinco de la mañana de ayer falleció un joven de 15 años, después de ser baleado por la espalda por un vecino de barrio Villa Páez.

La agresión ocurrió a las dos de la mañana del sábado. Un hombre domiciliado en Arturo Orgaz y Francisco Tronge escuchó ruidos que provenían de su camioneta estacionada en la calle. Salió inmediatamente con una escopeta recortada y gatilló de lleno contra un chico de 15 años que salía corriendo del lugar. Fue un solo disparo el que le ingresó en el cuello y el costado derecho del cuerpo. El muchacho cayó al piso y presentaba pérdida de masa encefálica. Luego de la letal agresión, el sujeto, identificado como Jorge Luis Escovedo, de 37 años, se dio a la fuga, según consignaron fuentes allegadas a la investigación. Desde la fuerza especulan que el adolescente habría intentado sustraerle algún objeto de valor de la camioneta, desencadenando la terrible represalia del sujeto hasta ahora prófugo. (La Mañana de Córdoba, 25 de septiembre de 2005)

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Sábado 24. El barrio despierta con la sorpresa de que mataron al “Pocito” y de que el autor del disparo, el albañil Jorge Escovedo, se escapó. La sorpresa se hace indignación, la indignación bronca y la bronca violencia. A la tarde, un grupo de vecinos y amigos de Juan José ataca a pedradas la casa de Escovedo quien, en su fuga, dejó a su mujer y cuatro hijos solos. Las cosas estaban mal e iban a estar peor. Carlos Maravankin, un vecino de Escovedo, sale armado a la calle y dispara contra la multitud. Hiere a un motociclista que pasaba por el lugar. La Policía tuvo que intervenir, ya no sólo para que no quemaran la casa de Escovedo, sino para que no quemaran a Maravankin.

Domingo 25. Al mediodía, el velorio de Juan José no parece un velorio. Poco llanto, nada de silencio. Había rabia. Y mucho ruido. La casa se va llenando de vecinos, familiares y amigos más enojados que dolidos… con más furia que resignación. Además ven como una provocación que, a media cuadra de donde velan a Juanjo, una fila de policías custodie a la familia de Escovedo que apura su mudanza. “¡Miren a esos hijos de puta, cuidan al asesino en vez de cuidarnos a nosotros!”, grita alguien. No importa quién. Es el grito de uno, pero resume la bronca de todos. Los vecinos, palos y piedras en mano, marchan sobre la casa del homicida. Aparece la Guardia de Infantería armada con gases y balines de goma. Los palos y piedras chocan contra los cascos y escudos de los policías y rebotan. Vuelan gases y los balines de goma chocan contra la carne de los vecinos… y no rebotan. Llega la paz al barrio. Una paz irrespirable que huele a gas lacrimógeno.

Lunes 26. El barrio olvidado es noticia. Es la gran noticia: “Entre piedras y disparos, Villa Páez está en guerra” (Día a Día); “Villa Páez se convirtió en un infierno” (La Voz del Interior); “Furia sin fin” (La Mañana de Córdoba). Y no es para menos. Desde las 20 hasta entrada la madrugada del martes, la calle Tronge, a la altura de la casa de Escovedo, se hace campo de batalla. En una punta, un centenar de vecinos. Muchos de ellos, la mayoría jóvenes de la edad de Juan José, armados con gomeras, botellas y piedras. En la otra, móviles del CAP, la Guardia de Infantería y el Grupo Eter. En el medio, las cubiertas envueltas en llamas que hacen de barricadas. No hay luces. Tampoco hay una sola puerta o ventana abierta. Es una batalla desigual, pero a los vecinos no les importa. La bronca, a veces, puede más que el miedo. Ésta es una de esas veces. Sólo les importa desquitarse con la casa de Escovedo y todo lo que se ponga en medio. Sombras se acercan por los techos, tiran desde botellas hasta cascotes a los policías y se esfuman. Sombras suben a los árboles como gatos con gomeras en lugar de uñas; insultos y pedradas silban en la oscuridad y hacen retroceder a los policías hasta que sacan las escopetas y brrruuummm brrruuummm  brrruuummm  brrruuummm  brrruuummm , despejan techos y árboles.

Ahora reina el sonido redondo de las balas de goma y, varios metros más allá, el centenar de vecinos corre, pero no mucho. A los pocos segundos regresa en manada más grande. Todo se vuelve confuso: los periodistas, frenéticos, se refugian detrás de los policías; los policías, detrás de los móviles; y los móviles, que no tienen un “detrás” a donde ir, se hacen blanco de botellas, piedras, ladrillos y puteadas.

A la 1, tras cinco horas de lucha, una persona cruza las barricadas caminando hacia los vecinos. “Soy el padre Horacio, soy el padre Horacio”. El párroco es quien convence a ambos bandos de dejar las armas. Vuelve la paz, una paz que sigue oliendo a gas lacrimógeno.

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El cura Horacio Saravia no duda: “A Juan José no lo mató el disparo, lo mataron el descuido y el olvido de las instituciones”. Con 30 años al frente de la Parroquia de Villa Páez debe saber de lo que está hablando. Conoce una a una las calles, conoce uno a uno los vecinos. Ha bautizado a decenas de bebés que luego fueron o son sus alumnos de Historia Argentina en la escuela que comparte terreno con la Iglesia de La Rioja y Silvestre Remonda, en Alto Alberdi. No duda en criticar, no duda en denunciar: “Debería haber una mayor dedicación del Estado a la educación y el empleo de los adolescentes de Villa Páez, que cuenta con gente honesta y solidaria. El problema es que ya no hay esperanza, lo último que debiera perderse”, explica. Son las 13. A las 13.30 tiene que continuar con sus clases secundarias. Ese recreo de media hora parece durar mucho más de 30 minutos mientras gritos y corridas de alumnos invaden la Dirección, donde Saravia suelta sus certezas: “En Villa Páez la gente se subestima, y cree que ellos mismos son pesados y violentos. Pero eso es porque no se valoran. El barrio está dividido entre un grupo menor, que optó por el delito de las drogas, y el resto, que lucha por la honestidad”. Pero no sólo están los pocos malos y los muchos buenos. Según Saravia, hay un tercer actor, un actor protagónico, en el drama que le toca vivir a Villa Páez: “Lo que diferencia a éste de otros barrios es la sospecha de que la Policía se aprovecha de la pobreza de la gente y colabora con los delincuentes”. Se pasa las manos por la frente como si quisiera despejar una mezcla del griterío de los chicos y del recuerdo del bautismo de Juan José. Cierra los ojos y enumera las causas por las que el barrio atacó la casa de Jorge Escovedo:

1) El descuido de las instituciones. 2) El incumplimiento de promesas del Gobierno. 3) El cierre de la fábrica cervecera, a mediados de la década del ’90. 4) La reurbanización del tramo de la Costanera que colinda con el barrio, lo que eleva el costo de vida en algunas viviendas.

“Todo esto fue creando bolsones de intolerancia”, resume con la vista fija en el reloj. Terminan los 30 minutos que duraron mucho más de media hora. Antes de irse suelta una frase, a modo de lamento, con la que define el lugar que el barrio ocupa en la ciudad: “Pobrecita Villa Páez, tan cerca del centro y tan lejos de las instituciones”.

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La base del Distrito 1 funciona en el Pasaje Santa Catalina, al costado del Cabildo, en el mismo lugar donde, en tiempos del Proceso, el “D2” machucó carne de desaparecidos. Es una mañana gris, la llovizna y el viento nublan la cara de varios policías que “se escapan” unos minutos para fumar y bostezar antes de volver a las oficinas. El comisario mayor Osvaldo Folli, a cargo de ese distrito, tampoco puede con su cansancio. “¿En qué estábamos? -pregunta mientras se refriega los ojos- Ah, te decía que Villa Páez es un barrio conflictivo, porque si bien casi no hay homicidios o violaciones, el 90% de los detenidos es por robo o drogas. Pero lo más preocupante es que, de esos detenidos, la mayoría tiene entre 14 y 19 años. Ahí es mucho mayor el porcentaje de menores que se mandan macanas que en otros barrios”, afirma.  “De todos modos -da una tregua- ahí no es la ‘Ley de la selva’. Hay barrios mucho peores donde se mata a alguien y se lo entierra, y nosotros jamás nos enteramos. Villa Páez no es así”. Sigue y rompe la tregua: “Lo que se nota desde hace tiempo es que muchos chicos cometen delitos y luego son protegidos por los mismos vecinos. Ahí los perjudicados son los chicos, porque no son contenidos social ni familiarmente. Eso pasa porque hay un rechazo al policía, a la ley. Ante esto, ¿qué podemos hacer nosotros? Tenemos un barrio donde corre mucha droga, mucho alcohol, y donde casi todos los delincuentes juveniles están protegidos por los mismos vecinos…. Nosotros no podemos cumplir el rol de los padres. Que cada uno cumpla con el suyo. Más que parar en los quioscos a controlar a los menores que están bebiendo y mandarlos a sus casas, no podemos hacer”.

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La cervecería es la frontera. Antes es Alberdi, después es Villa Páez. Hay que cruzar una calle, sólo eso. Parece que no cambia nada, pero cambia todo. El antes se ve lejano y el después asoma incierto. Tal vez es por las casas que se muestran más viejas que antiguas. Quizá es la forma en que se enciman sobre la vereda, sin jardines… casi sin aire. O puede que sea por esas callecitas que van doblando y doblando, que se van metiendo metiendo metiendo más y más en el barrio hasta que se les hace difícil salir. Es por todo eso y es por el miedo, un miedo que quieren frenar con rejas. En Villa Páez hay más rejas que ventanas. Es que el barrio ya no es lo que era y nunca fue lo que debió ser.

“El mapa nos indica que hacia el este, sobre la costa del Suquía, trazaron ‘Villa Páez’. Es que acaso fue en ese lugar donde en sus terrenos Teodomiro Páez quiso ‘formar un nuevo pueblo con casas de recreo de las familias cordobesas’, como lo indicaba el diario El Porvenir el 24 de marzo de 1888…. Edificación modesta la levantada en el barrio y no como la soñara Páez”, cuenta Efraín U. Bischoff en su “Historia de los barrios de Córdoba”. Tiene razón, y si queda alguna duda ahí están los vecinos del barrio para despejarla. Según el último censo, en el barrio viven 3.564 mayores de 15 años. De ésos, casi una tercera parte (972) no fue nunca a la escuela o ni siquiera terminó la primaria. La mayoría son jóvenes. Nadie se los explicó, pero esos adolescentes son más hijos de los ‘90 que de sus padres. La pobreza los marcó más que el apellido. Nacieron en un barrio de trabajadores… así, a secas, y crecieron en un barrio de trabajadores sin trabajo. No tienen qué hacer y tampoco a dónde ir. Sólo recorrer las calles del barrio. Esas calles que los van metiendo metiendo metiendo hasta que se les hace imposible salir. Para ellos la cervecería no es una frontera que cruzar para llegar a otra parte. Es sólo el esqueleto de un edificio derruido. Tan derruido como el barrio en que viven, como la vida que viven.

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Delgado, morocho y bajito, un físico como dibujado para wing izquierdo, Juan José ya había adquirido los conocimientos básicos de un adolescente promedio de los barrios marginados de Córdoba. Conocía los pasillos de una escuela pública, conocía las esquinas y pools del barrio y conocía las camionetas del CAP por dentro. Con una hermana casi 10 años mayor que él, asumió estoico el hecho de ser el nene de la casa. Padre albañil y madre vendedora ambulante, en su casa siempre hubo poco de todo, pero de lo poco que hubo todo fue para él. “Cuidamos que nunca le falte nada”, recuerda su madre. Y lo lograron. Tuvo casa, comida y cuadernos. Lo básico. El problema es que a los adolescentes, a quienes todo les resulta poco, lo básico les parece nada. Nadie sabe si por conseguir lo que no encontraba en casa, por picardía o simplemente por seguir a los amigos, una siesta se metió en la abandonada cervecería y sacó unas latas que vendió a un almacenero del barrio. Complicidades de Villa Páez, al almacenero no le importó ni siquiera que las cervezas ya estuvieran vencidas. La cana lo levantó algunas veces. No muchas, sólo las suficientes como para llegar a conocerle la cara. “Siempre que andaban los del CAP, lo veían y se lo llevaban sin que hiciera nada”, se queja la “Pelu”. Tal vez para evitar que se lo volvieran a llevar, o prevenir alguna otra travesura, lo estuvo pispeando cuando dejó que fuera un rato al pool antes de la cena. Ya no importa el por qué, lo que importa es que no bastó. En la media hora que lo pedió de vista, Juan José se cruzó frente a la mira de la escopeta de Escovedo. El pibe, joggin gris, zapatillas grises, buzo marrón del colegio y rompevientos verde quedó tendido en la calle. La madre lo encontró con las manos en los bolsillos y mucha pero mucha sangre, tanta que no le dejaba ver los contornos de la herida. Tampoco le hizo falta para saber que su único hijo varón, el nene de la casa, se le estaba muriendo. Según la autopsia, la muerte se produjo por “traumatismo torácico y encefálico debido a las heridas de arma de fuego de proyectiles múltiples en tórax y cráneo que también le afectaron seriamente el riñón y los pulmones”. Le sacaron 38 perdigones.

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El fiscal Alejandro Moyano tardó menos de seis meses, todo un récord en Córdoba, en establecer qué pasó aquella noche, o al menos qué entiende él que pasó. Partió de lo obvio: Juan José estaba muerto y Escovedo reconoció que él lo había matado, por lo que se trataba de un caso de homicidio. Faltaba saber en qué circunstancias pasó y, para eso, se basó principalmente en dos testimonios. El primero fue el de Escovedo: Que estaba en su casa esa noche, que sonó la alarma de su camioneta y salió a ver qué pasaba. Que ya lo habían intentado asaltar varias veces. Que por las dudas tomó su escopeta. Que encontró a dos personas que la estaban abriendo. Que una de ellas lo amagó con un arma. Que se asustó y disparó “al boleo”. Que tuvo miedo y huyó. El segundo testimonio fue el de “Monedita”, el pibe que iba con Juan José: Que Juan José “rateaba” por el sector, que lo invitó varias veces para ir a robar, que vio de lejos cómo Juan José intentó forzar la camioneta, que escuchó un grito y un disparo y él huyó. A Escovedo, Moyano no le creyó. Al amigo de Juan José le creyó, pero no le importó. El 17 de marzo procesó a Escovedo por “Homicidio simple, agravado por la comisión mediante el empleo de un arma de fuego”. No consideró que fuera en defensa propia. Juan José no estaba armado y cayó herido lejos de la camioneta. Es decir cuando estaba huyendo, por lo que ya no había nada que defender. Escovedo espera su juicio en una celda de Bouwer.

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La “Pelu” abre la bolsa y desparrama sobre la mesa docenas de llaveros con la

Ésta es la parte difícil de estas notas. La parte a la que nunca me acostumbro.

cara sonriente de “Pocito”. Son los mismos que reparte en marchas y misas que

Eso de hablar con los familiares. Cuando no me quieren prender fuego me

promueve para pedir que se haga justicia por la muerte de su hijo. Ojos rojos y

reciben como salvador, como si uno pudiera hacer algo serio. Pero bueno, es

manos temblorosas, alterna un hablar atropellado con silencios largos. “Me lo

el oficio. Acá estamos hurgando en los recuerdos de la gente y escuchando

mataron y ahora me lo ensucian… por qué su amigo declaró que estaban

el dolor, las quejas, los pedidos de justicia que nunca llega porque aunque

robando en la camioneta si eso no es cierto. Él no estaba robando ni escapando

metan en cana al que mató al pibe van a sentir que no basta.

ni nada. Mi hijo es bueno, por ahí tiene algunos problemas como todos, pero

Además, siempre lo mismo. Todos son inocentes, nunca hicieron nada, todos

no necesita robar… si le damos todo. Pero su amigo miente para limpiarse él

son víctimas, y más si están muertos. No le erraba Borges cuando decía que

porque él sí parece que anduvo tratando de abrirle la camioneta al hombre.

nada como la muerte para mejorar a la gente. Pero tiene razón.

Mi hijo sólo había ido al quiosco que está al lado de la casa y es ahí cuando

Escuchándola tiene razón. Escuchándolos a todos, todos tienen razón. A esta

me lo matan por la espalda, él ni estaba corriendo ni escapando. Si cuando lo

mujer le mataron el hijo. Son 15 años de abrazarlo, cuidarlo, verlo crecer y de

encontré tirado tenía las manos en los bolsillos. ¿Usted cree que alguien anda

un momento para otro se queda sin nada. Y yo acá tratando de saber si estaba

robando o escapando con las manos en los bolsillos? ¿Cómo se corre con las

choreando o no. ¿Importa si sí o si no? De todas maneras, en Argentina no

manos en los bolsillos?”.

hay pena de muerte para el robo de estéreos. Excepto en Villa Páez.

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“Pelusa” habla y sus palabras van desde la negación y el dolor hasta el enojo y el desconsuelo para terminar en la desesperanza. Negación: “Juan es un buen chico, siempre sonriente, es la alegría de mi vida”. Dolor: “Me lo mataron como a un animal, con una escopeta y lo dejaron tirado en la noche, desangrándose, sufriendo…”. Enojo: “Esto no va a quedar así. Ese hijo de puta no puede volver a la calle. ¿Por qué va a seguir él vivo si mató a mi hijo? Eso no va a pasar…” Desconsuelo: “Qué voy a hacer, qué me queda, acabó con mi familia, acabó con mi vida, ya no hay nada”. Desesperanza: (habla Mercedes, una hermana de “Pelusa”) “La ‘Pelu’ tiene cáncer de mama, ya le sacaron un pecho y estaba bajo tratamiento, pero desde esa noche dejó de atenderse, ya no se hace ni la quimio, sólo llora y fuma… y cada vez se pone peor…”.

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(Perfil de Jorge Escovedo, según los datos aportados por su hermano Miguel, quien se hizo cargo del sostenimiento de su familia mientras sigue detenido en Bouwer). Jorge (37) está casado por iglesia con Blanca y tiene cuatro hijos de 16, 10, 8 y 2 años. Habitualmente se dedicó a la construcción y cuando ocurrió el homicidio estaba trabajando en una empresa de perforaciones. Es reconocido como hombre corto de genio y de armas tomar. Llegó a Villa Páez un año antes del hecho procedente de Villa Urquiza, donde baleó a un hombre por defender a un vecino. Por ese caso no fue procesado. En su año en Villa Páez ya le habían querido robar cuatro veces. La quinta fue la última.

—En el barrio veían a su hermano como un tipo pesado…
—No es cierto. Mi hermano no andaba de joda como la mayoría en ése barrio. Él laburaba y no le alcanzaba. A esa casa se la alquilé yo y la pagaba yo. Incluso un par de meses antes había decidido buscarle otra en Alberdi porque no nos gustaba el barrio.
—¿Cómo interpreta lo que pasó esa noche?
—Él no salió a matar, porque si lo hubiera hecho hubiera salido a la calle, y no disparado desde dentro de la casa. Además, hubiera bajado a los dos pendejos y no a uno.
—¿Y lo que pasó después?
—La gente del barrio atacó la casa de mi hermano porque son todos delincuentes. Se protegen entre ellos, si te metés con uno saltan todos.

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El policía recorre la calle como para imponer su presencia, pero lo que se impone a final de cuentas es la ausencia. Los pibes que están en la calle lo ven venir y se meten en las casas, y los que están en las casas cierran las ventanas. Con su paso azul y pesado vuelve a la camioneta. “¿Ves lo que digo? No quieren ni que nos metamos en el barrio. Acá ninguno es buenito. Después se andan matando y se arma el quilombo y nos echan la culpa de por qué no estamos. Por eso te digo que son broncas de ellos y al final se matan entre ellos”. En parte tiene razón. Sí se matan entre ellos. Pero no entre malos y malos. Tampoco entre malos y peores. Sino entre pobres y más pobres.

Piensa el presente guárdame para
mañana mañana mañana mañana
(César Vallejo, Trilce)

La mujer de rulos revueltos y piel chocolate hace a un costado la olla con churros azucarados y dice mirá, mirá lo que tengo que estudiar, lo mío parece la pesadilla de cualquier adolescente.

La noche de domingo es helada y amenaza con tragarse al mundo. Villa Dolores impresiona por su silencio.

Sólo su voz continúa y sí, efectivamente, lo suyo parece repelente para todo joven que se precie de ser un clásico alumno de secundario:

―La diferencia entre química y biología molecular es que la primera estudia la composición de los elementos. Los siete períodos de la tabla periódica, las propiedades físicas de los lantánidos y actínidos y los grupos atómicos. Te juro que es tan complicado que me hace llorar. En el primer examen me saqué un 3 y en el segundo, cuando me propuse disfrutar la materia, un 8. Igual, sería aburrido que todo saliera siempre bien, ¿no? Como en la vida, el estudio debe llevar algún riesgo y reprobar algo nos enseña mucho para el siguiente paso.

Explica, y coloca sobre la mesa la tabla periódica diseñada por Alfred Werner. Allá, por alguna parte vecina, un hombre se encabrona porque River Plate no puede con Olimpo.

―La segunda me gusta más. Mucho más. La biología molecular sos vos, soy yo. Es la estructura del ADN, la que analiza la composición de la vida. Todo el sistema molecular es complejo, los nucleótidos, las proteínas estructurales, el tejido vegetal y el reino animal… Qué se yo, ¡me encanta! Es el estudio del origen de cada partícula de vida.

Eli sonríe al mirar un dibujo mocho de un combinado de ADN que, con menos carácter que descaro, el oyente acaba de improvisar en su libreta.

―Te faltaron algunas líneas, quedó medio torcido ese ADN. Deberías meterte conmigo en el profesorado de Biología, vas a ver cómo te acostumbrás rápido a estos contenidos… ¡ja!

Este monólogo es el hoy de María Elizabeth Díaz. Sus 24 años. En instantes ella mirará el celular y dirá uy, se me hace tarde y tengo que cocinarles las milanesas a mis hermanos. Pero antes se acomoda en la silla y vuelve sobre los caminos más largos y complejos de su vida. Como los compuestos de la biología molecular.

―Es que es así. Quizá para otros sea mejor un camino alternativo, pero no para mí. No, a mí dejame con mi tendencia a elegir el camino más largo, ése en el que trato de entender la diferencia entre célula estructural, funcional y de origen. Por eso me metí en el profesorado de Biología, porque es una manera de demostrarme a mí misma que sí puedo. Imaginate lo que me costó llegar hasta acá. Cuando estaba en el primario, ni se me pasaba por la cabeza la posibilidad de hacer el secundario. Y cuando llegué al secundario, no pude disfrutar nada porque el tipo ése me abusaba todo el tiempo. Y acá me ves, hoy, yendo cuesta arriba con la biología pero feliz con el esfuerzo. De a poquito me voy haciendo.

Cuenta, y después mira el celular: Uy, se me hace tarde y tengo que cocinarles las milanesas a mis hermanos.

***

Causa “D/5/06”, caratulada “Díaz, María Elizabeth p.s.a de homicidio agravado por el vínculo”, a quien se le atribuye la comisión del siguiente hecho: el día ocho de febrero de dos mil seis, en hora que no se ha podido determinar con exactitud, pero que sería con anterioridad a las dieciocho horas, en el domicilio propiedad de la Sra. Cristina Romero, ubicado en calle Pública S/N, frente a la Plaza Principal de la localidad de San Javier, Departamento homónimo, Provincia de Córdoba, en circunstancias que la imputada Elizabeth Díaz, de dieciocho años de edad y embarazada, se encontraba en el interior del baño de la vivienda ut-supra mencionada, habría comenzado con trabajo de parto normal, dando a luz a un bebé con vida, nacido en término, de sexo femenino, cabellos negros, piel trigueña, de 3,250 kgrs., de 54 cms., para seguidamente darle muerte presumiblemente aplicándole varios golpes en la cabeza, no habiéndose podido determinar qué elemento habría utilizado o contra qué habría impactado la criatura recién nacida. Una vez fallecida su hija, la justiciable Díaz la habría colocado en una bolsa de material de nylon juntamente con una toalla verde y un buzo gris. Información que no figura en expediente y relevante para la causa: según relata Elizabeth, desde muy pequeña un allegado a la familia solicitaba su trabajo como empleada doméstica y abusaba sexualmente de ella sin llegar a tener acceso carnal, hasta la adolescencia. Ella manifiesta haber sentido mucho temor y generaba pensamientos o ideas fantasiosas de carácter mágico, como por ejemplo “ésta es la última vez, no ocurrirá más”.

Eso ya pasó. No se volverá sobre esta parte de la historia.

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―Hablar sobre mi presente es contar cómo sigue mi vida, cómo he aprendido a crecer y a llevarme mejor conmigo misma. A entender por qué me pasó lo que me pasó. Que todo lo que hago es con el corazón y con mucho esfuerzo. Que la dignidad es sentir que soy servicial y que los demás también me lo hagan sentir. Tengo muchas responsabilidades y a veces pienso que me gustaría ser libre y no estar a cargo de nada, no hacer nada. Pero luego me doy cuenta de que es importante ocuparse y estar para alguien. Yo hago muchas cosas de gente grande, como cuidar a mis dos hermanos menores para que no dejen la escuela y no se repita mi historia con ellos. Hace un tiempo, mi hermanita me dijo “si no me hubieras llevado a vivir con vos, hubiera reprobado todas las materias”. Y ahora es re buena alumna. Veo lo que hago y no me arrepiento de ayudar a la estimulación y desarrollo de sus capacidades, como hago también con mi sobrinita. Lo que ocurre, ocurre por una razón. Yo no puedo mirar todo el tiempo hacia atrás y vivir con rencor contra el tipo que me hizo eso. El rencor te consume y te mata, y yo quiero vivir. Trabajo duro para hacer las cosas bien, y si de a poco lo logro es por el enorme esfuerzo de tanta gente que me rodea y me da tanto amor. Cuando yo estaba en el juicio, pensaba que merecía ser condenada y me culpaba a mí misma porque me habían absuelto. Pero ahora entendí que la crueldad que hubo conmigo no fue algo natural ni inocente. A veces, ser ignorante es sano, aunque eso también trae mucho sufrimiento. Te digo estas cosas para que veas que no es fácil hablar con alguien que fue víctima de abusos porque tocás su parte más sensible. Por eso la corté con dar notas, porque quiero preservar mi intimidad. Los periodistas me revuelven el estómago y la cabeza con sus preguntas y después se van, dejándome con una sensación de vacío. Como un hueco. No. No, no. Prefiero centrar mis energías en mi vida actual, me regocija mucho ver las cosas que con tanto empuje voy logrando.

Así es.

Eli se independizó.

Eli consiguió trabajo en una casa de familia.

Eli comenzó el profesorado de Biología.

Eli llevó a sus dos hermanos menores a vivir bajo su cuidado.

Eli está gestionando la posibilidad de tener una vivienda propia.

Eli no quería que se escribiera este texto.

Después, ya anulada la posibilidad de la crónica, cedió detalles de la infancia con sus padres en San Javier. Nada de ello se publicará. Es más: hasta acá, todo este relato jamás hubiese existido.

***

En comparación con otros departamentos, San Javier no es sencillo ni pudiente, pero es más sencillo que pudiente. Según el Censo Provincial de 2008, sus 51.692 habitantes (31.481 en Villa Dolores) se reparten en un promedio de 15.008 hogares; es decir, en razón de casi cuatro personas por vivienda, una de ellas menor de 14 años. De ese total, 1.660 hogares (5.644 personas) tienen problemas de hacinamiento y condiciones sanitarias paupérrimas; 592 casas no tienen siquiera baño; 871 tienen pisos de tierra; 883 techos de metal, plástico o cartón y 450 de caña, paja sola o paja con barro. El 47, 9 por ciento de la población del departamento no tiene cobertura de salud (11.380 hombres y 13.385 mujeres), y el 17 por ciento de ese total comprende a 4.393 niños y adolescentes de hasta 14 años.

“La ciudad de Villa Dolores fue fundada el 21 de abril de 1853 por un decreto del gobernador Alejo Carmen Guzmán. En aquella época, el Valle de San Javier era un sector alejado del mundo civilizado por las grandes sierras que lo dividían de la Capital y para llegar a Córdoba se necesitaban tres días de viaje en mula. La Capilla Nuestra Señora de los Dolores dio el nombre a la localidad que, a partir del año 1905, acentuó su desarrollo gracias a la llegada del ferrocarril ‘Buenos Aires al Pacífico’ que, en 1946, pasó a denominarse ‘Ferrocarril San Martín’” (Historia de la Fundación de Villa Dolores difundida por su propia Municipalidad).

El municipio de San Javier y Yacanto fue el elegido por las comunidades británicas que a fines del siglo XIX llegaron a Traslasierra para aceitar el negocio del ferrocarril. Cuando los rieles se oxidaron, San Javier quedó a merced de la historia que lo convertiría en un lugar pintoresco para los turistas que deambulan por la plaza principal, pero también en zona de subsistencia para los 1.635 lugareños que viven en los alrededores del municipio y no tienen tiempo para pensar en cosas pintorescas.

María Elizabeth pertenece al segundo grupo.

***

Pese a ser mitad de semana, la Terminal de Ómnibus es un hervidero que parece desesperado por llegar a cualquier parte. Por las ventanas de un bar de paso invade un sol potente, soberbio.

María Esperanza grita ¡míaaaa!, arrebata una galleta de coco y corretea alrededor de la mesa. Tiene 2 años, la altura de una niña de 2 años, las manitos y mofletes de una niña de 2 años y una mirada acuosa de ésas que obligan a detenerse en cada quiosco para comprarle todos los caramelos posibles. Aunque ella insista con los de menta y los escupa a las dos masticadas. Sí, déme de ésos también. Es inquieta, campechana.

Para desgracia de su inquietud, tiene los piecitos planos y está bajo tratamiento en el Hospital de Niños. A su tía Eli eso se le traduce en un esfuerzo telefónico que suele extenderse horas hasta que consigue un turno médico y también le significa sacrificar los miércoles por la tarde, único día de la semana en que no cursa el profesorado, y los jueves por la mañana, único día en que no trabaja, para traer a su sobrina carirredonda a Córdoba.

―Darles amor a los niños es algo que sirve para curar heridas.

Sonríe, y luego cuenta que cambió de opinión.

―Cambié de opinión. Está todo bien si querés armar algo sobre mi presente. De todas maneras, tenés que saber que lo poquito o mucho que voy reconstruyendo mi vida se debe al acompañamiento de tantas personas que me cuidan y son mi sostén. ¡Muchas, muchas! Estaría bueno si hablás también con alguna de ellas y ves a lo que me refiero.

El sol está tan insoportable como tentador.

―Qué hermosa mañana. ¿Me acompañás al Parque Sarmiento? Todavía faltan dos horas para que volvamos a Dolores y quiero llevar a mi sobrinita a que corra tranquila y vea los patos.

***

―Mary, acá te busca Mauro Viale.
―¿Quién?
―….. Mauro Viale, ese chimentero de Buenos Aires. ¿Cómo no lo conocés? Es un tipo que… bah, dejá, no importa. Acá hay un periodista de Córdoba que quiere hablar con vos.

Hace 16 años, María Luque y Patricio Pereyra abandonaron la sobriedad racional de Alemania para criar a sus hijos en Barranca de los Loros, un monte con camino de tierra y árboles agrestes que une Villa Las Rosas y San Javier. Quien se detenga allí no hará más que sentirse una ficción al pie de las Altas Cumbres.

Él descubrió su profesión como artesano y ella comenzó a dar clases de Historia y Lengua en la escuela secundaria de San Javier. Fue allí que tuvo como alumna a una joven “muy tímida, que hablaba con la cabeza baja y se sentaba sola en el aula”.

Durante el juicio, cuando Eli se animó a confesar que el bebé había sido el resultado de nueve años de abusos, Mary y otras docentes generaron una movida de trascendencia nacional para exigir la absolución de la imputada y posteriormente crearon la ONG “Argana” (Asociación Civil por el Fortalecimiento de los Derechos de Niños, Niñas y Adolescentes), que promueve discusiones desde una perspectiva de género vinculadas con violencia familiar, noviazgos violentos, construcción de estereotipos y sexualidad.

Pero antes de seguir con “Argana”, Mary pide contar una anécdota que sintetiza a la Eli que fue y la conecta con la que es:

―Escuchá lo que te voy a contar. Antes del juicio, Eli pasó nueve meses presa en Bouwer. En San Javier se sabía que ella había matado a su bebé, pero nadie tenía idea de que había sido víctima toda su infancia y toda su adolescencia de ese patrón de estancia. ¡Mirá, mejor ni lo nombremos! Bueno, la cuestión es que con Inés, otra docente, fuimos a visitarla un domingo y Eli, al vernos llegar, nos dio un abrazo interminable. Nunca nadie me había abrazado así, de una manera tan sentida. Fue la primera vez que sentí su cercanía. Le preguntamos cómo estaba y nos dijo bien, estoy bien y muy tranquila porque es la primera vez que tengo una cama para mí sola, un baño para mí sola y porque me siento protegida. ¿Te das cuenta de lo que te digo? Ella se sintió libre recién en la cárcel. Vaya paradoja. La víctima presa y el abusador, suelto.

En poco tiempo, “Argana” elaboró estrategias de contención de jóvenes del municipio, conectó a mujeres en situación de violencia de género con el equipo del Consejo Provincial de la Mujer que funciona en el Hospital de Villa Dolores y llevó a cabo actividades culturales para niños y adolescentes como talleres de arte en la escuela secundaria y un encuentro de músicos. Fruto de la capacitación se publicó el cuadernillo El abuso duele. Programa Elizabeth, un antes y un después, en el que se leen cosas como la siguiente:

En todas las comunidades hay problemas, lo más importante es saber que se puede hacer algo con los problemas: encararlos, buscarles diferentes salidas. Y además, algo muy importante es no dejar de soñar. Los jóvenes y las jóvenes de esta zona tienen sueños e imaginan un mundo mejor. Estos son sus deseos:

Que en el pueblo haya un lugar donde divertirse y no tener que ir a otros lugares.

Que se pueda hacer un hospital así concurrimos todos.

Que haya más habitantes.

Que no haya violaciones y haya paz.

Que haya una plaza más grande.

Que venga un psicólogo a la escuela para que expresemos nuestros problemas.

Que se acabe la violencia familiar y haya más compañerismo.

Que seamos escuchados, no sentirnos solos y desprotegidos.

Que haya una radio hecha por nosotros, para jóvenes y adolescentes.

Y tantos otros “que” representativos del fortalecimiento de sus derechos.

Mary se entusiasma al contar detalles del trabajo colectivo post-Eli, pero no puede descuidarse de la cocción de las verduras porque de un momento a otro llegarán sus hijos a almorzar.

―¿Te quedás a comer con nosotros? Tomá nota: la Eli de hoy es la que realmente está libre. La Eli que se permite el contacto. La que cumple un rol de hermana-mamá con sus hermanos menores. La que habla de que alguna vez le gustaría casarse y tener hijos. Poné que fue la humanidad de los jurados populares lo que le permitió vivir. Y subrayá humanidad.

***

Mario Morán es el presidente de la Cámara del Crimen de Villa Dolores. Es, por ende, quien juzgó a María Elizabeth Díaz y quien tuteló la discusión en la que seis jurados populares ganaron la absolución de la acusada contra el voto de cuatro. No es la intención de esta crónica meterse en tanto concepto judicial, por lo que solamente se citará el fragmento en que Morán habló sobre la disputa sensitiva del caso. Fue la parte en que dijo:

―Más vale que hubo una diferencia entre los jurados técnicos (nosotros) y los populares. Nosotros tenemos una mirada jurídica; el jurado popular, emocional. Seguramente en este caso hubo quienes estuvieron influenciados por una cuestión de maternidad y sexualidad. Y qué querés que te diga, yo también quería que ella fuese absuelta. Esa chica merecía una oportunidad para salir adelante.

***

La imagen que sigue es un mejunje de patos coloridos disputándose las tutucas que les arroja María Esperanza. El sol brilla con un empuje agotador. Dos gimnastas se detienen a mirar los patos y siguen corriendo. O mejor dicho: se detienen a mirar a la nena rodeada de patos hambrientos y siguen corriendo.

―¡Ay, este pato me picoteó! María, tratá de tirar las tutucas más lejos. A ver, yo te ayudo…. Con la manito así, ¿ves?

Segundos después, la bolsa está vacía y los patos se alejan decepcionados. Eli mira los árboles, me pregunta a qué se dedican mis papás, si me gusta lo que hago, en qué facultad estudié.

―A mí me gusta el profesorado, pero con tantas cosas encima se me hace muy cansador. Son siete instancias evaluativas y sólo se pueden recuperar dos, así que en cuanto tengo un tiempito me meto de cabeza en el estudio. Pasa que trabajo a la mañana, curso a la tarde y estoy siempre pendiente de que mis hermanos coman, de que estudien, de que me alcance el sueldo a fin de mes. No es fácil llevar adelante un hogar sola. Por eso a veces trato de estudiar de noche, pero se me hacen las dos de la mañana y ya me tengo que levantar a las siete. Me acuesto un rato y… ¿Aquel edificio es Tribunales Federales? ¿Donde lo juzgaron a Menéndez?
―Sí.
―No se pueden creer las barbaridades que hicieron esos tipos. Esteee… te decía que me gustaría encontrar un trabajo relacionado a lo mío. Lo doméstico es muy demandante, hace ya muchos años que estoy en eso y quisiera hacer otra cosa. ¿Sabés qué me encantaría?
―¿Qué?
―Terminar el profesorado y dedicarme a la biología. Pero no ser docente, ser bióloga. Y me encantaría tener la posibilidad de vivir un tiempo en Córdoba y estudiar en la Universidad. Psicología, o kinesiología. Pero bueno, por ahora estoy concentrada en meterme en un plan de viviendas para tener mi propia casa en Dolores. Voy juntando plata para ver si llego. Este verano hice manualidades para vender en jardines infantiles, vos sabés, dinosaurios, muñecos, almohadones, mantitas, acolchaditos. Pude juntar algo que ojalá me sirva para entrar en ese plan. ¡Si dicen que son re lindas las casitas, todas de ladrillo! Así que veremos… Si no es este año, tengo esperanzas de que sea el próximo.
―Eli, ¿puedo leer el discurso que diste el día de tu recibida del secundario?
―Bueno. Lo busco en Dolores y te lo alcanzo. Ahhh, qué linda época. Todavía paso por el frente y me dan ganas de ir corriendo a sentarme en un aula. El secundario para adultos me dio mucho. Es más, creo que ahí fue donde verdaderamente empecé mi vida. ¡No sabés cómo llovió ese día! Estuve un rato largo en una peluquería y después el agua me desparramó todos los rulos. Me hubieras visto cuando pasé al frente a leer, ¡qué vergüenza! Estaba toda colorada.

***

“… y recordando el primer día de clases, hace ya tres años, en un aula en la que los cajones de manzana se transformaban en provisorios bancos, y donde el espacio reducido nos obligaba a estar apretados, pero un aula donde hubo un lugar que nos sirvió para estar juntos, y en la que siempre estuvieron con nosotros grandes esperanzas que nos dieron la llave para ir abriendo las puertas que muchos de nosotros quizá ya habíamos cerrado. ¡Ha llegado el fin! El fin de una etapa. Y la suma de los miedos, dudas e inseguridades en que nos iniciamos se ha transformado en un manojo de alegría y felicidad que seguramente sabremos sobrellevar con valentía en una nueva etapa que comienza, con nuevos desafíos. Hoy nos vamos y no sólo nos llevamos un título de Bachiller, sino el de amigos, el de compañeros. A todos los abrazamos inundados de emoción y agradecimiento”.

Qué bueno que la esperanza es más viable que la química.

Crónica de una fuga incompleta

Publicado: 11 septiembre 2011 en Adolfo Ruiz
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―En esta guardia nos vamos, Negro. Son tan borrachos como los otros, pero éstos se quedan todo el fin de semana sin el auto.

El Loco Mariano miró una vez más por entre la celosía de la puerta de chapa. Entraba la luz del sol que pegaba desde el oeste, en pleno atardecer. Ya habían perdido la cuenta de la cantidad de planes de fuga nunca ejecutados que llevaban descartados en esos largos 68 días de cautiverio.

Pero esta vez parecía distinto. El Negro Montero escuchaba atento la descripción de los planes, mientras asentía con la cabeza. Cuando se dio cuenta de que las cosas estaban dadas como para irse esa misma noche, no pudo evitar un brinco, que sacudió la pierna y el brazo izquierdos de su compañero de celda.

Ambos estaban esposados entre sí por sus miembros superiores e inferiores desde hacía más de dos meses. Tal vez por eso ya sentían y pensaban como si se tratara de un solo cuerpo.

Poco más de un mes atrás habían sido llevados hacia esa enigmática casona a la vera del lago. Venían de padecer celdas iguales de crueles en la alcaidía policial de calle Mariano Moreno y 9 de Julio, adonde había sido llevado el Departamento de Inteligencia de la Policía, conocido como el D2, después de hacer crujir centenares de cuerpos en el Pasaje Santa Catalina, detrás del Cabildo.

En realidad el nombre del Loco Mariano era Carlos Palacios. Por esas cosas de la subcultura del hampa, este ladrón de 24 años se había quedado con su apodo delictivo, dejando de lado su propio nombre, como si fuera una serpiente que cambia de piel. Era un tipo corpulento, fibroso y bien mantenido. Piel clara, ojos grandes y muy redondos, y dos entradas en su frente que presagiaban una inminente calvicie, pese a su edad.

Y en realidad el Negro Montero se llamaba Miguel Ángel, un morocho escurridizo de largo cabello negro azabache y no más de un metro setenta, habitante de barrio Colonia Lola, al este de la ciudad.

Se conocían de la calle, de haberse cruzado en alguna comisaría y de tener amigos en común que participaron de distintas bandas. El destino quiso que cayeran presos juntos, a mediados de marzo de 1978.

­―¿Ya está listo muchachos?
―Sí, oficial, ya terminamos. Pase nomás.

El Flaco González no vio nada raro. Era la rutina de todos los días. Los dos presos que tenía a cargo su guardia habían pedido una escoba para limpiar la celda y el baño, y un par de trapos para borrar las manchas de sangre que dejaban en las paredes cada vez que entraban molidos.

Estaba cayendo la tarde sobre el Chalet de Hidráulica y no habría mucho más por hacer, salvo comerse el asadito de los sábados, y tomarse esos buenos tintos que compraban en los boliches junto al paredón del Dique San Roque.

El guardia desenganchó el barrote que cerraba la puerta de chapa, entró al calabozo y repitió lo de siempre: esposó a los prisioneros pierna con pierna, brazo con brazo, y verificó que la limpieza estuviera realizada. Como no vio nada que le llamara la atención, salió airoso y regresó al minuto con un pedazo de costilla asada que había quedado del mediodía. Con eso los dejaría tranquilos toda la noche, se convenció.

Aunque los años más duros de la dictadura militar argentina ya habían pasado, básicamente por el exterminio de la casi totalidad de los militantes de grupos revolucionarios y combativos, todavía las estructuras de la represión seguían armadas y vigentes. El centro clandestino de detención de La Perla ya casi no tenía prisioneros, y los que aún permanecían, gozaban de algunos “privilegios”, como salidas transitorias y libertades vigiladas. El resto habían sido todos asesinados.

En la Penitenciaría de San Martín de la ciudad de Córdoba, centenares de presos políticos sobrevivían como podían, bajo un cruel régimen de detención dictado por el general Juan Bautista Sasiaiñ, aislados de todo el mundo, y atravesando rigores absolutos y tratos barbáricos. Pero al menos ya no seguían padeciendo los pavorosos fusilamientos que -invocando falaces fugas-, terminó con la vida de 31 luchadores sociales, entre abril y octubre de 1976.

Por su parte, la patota del D2, un grupo de inteligencia policial especialmente entrenado en el terror para colaborar con el Ejército (incluso en los fusilamientos de la cárcel), comenzaba a desviar el destino de su barbarie. Ya no había subversivos que liquidar. Entonces sería el turno de los delincuentes comunes: ladrones, prostitutas, traficantes, quinieleros, estafadores. Todo aquél que hubiera osado sacar los pies del plato, habría que “cepillarlo”.

―Ya no se escucha nada, Negro, están viendo la tele. Tenemos que apurarnos.

Los dos tipos se levantaron en un mismo movimiento. Estaban acostumbrados a caminar acompasados. Entraron al bañito de la celda y de atrás de la puerta sacaron la escoba de paja que expresamente habían omitido devolver.

Sin dudas, ellos no eran como los cientos de malaventurados que ya habían pasado por esa celda. Miembros de grupos revolucionarios, sindicalistas, grupos de resistencia, militantes estudiantiles y hasta de grupos religiosos. Ellos eran “choros”, como se dice en Córdoba. Gente astuta que le busca la vuelta al encierro y se pasa las 24 horas del día pensando en cómo escaparse.

Por eso el Loco Mariano aprovechó la ventaja que le dio esa guardia, y en cuestión de segundos desarmó la escoba robada. Con el alambre que sujetaba la paja, improvisó una ganzúa que rápidamente le permitió destrabar las dos esposas que los sujetaban.

No había tiempo que perder. Separaron el cabo de la escoba y lograron introducirlo por el tajo de la celosía metálica, para hacer palanca y abrirla un par de centímetros, lo suficiente como para que alguien sacara la mano.

Del otro lado de la puerta de chapa, un grueso barrote de hierro impedía su apertura. De una punta, estaba fijado a la estructura metálica con un bulón. De la otra, se sujetaba contra una oreja de hierro asegurada con una esposa. Por ahí ingresaban los guardias cada vez que debían esposarlos o acercarles alimentos. Pero para ahorrar esfuerzo, dejaban la esposa en su lugar, y lo que hacían era destrabar el barrote de hierro, desajustando el bulón con la mano. Mucho más sencillo.

De esto también estaban al tanto los prisioneros. Y era parte clave del plan.

El Negro Montero asomó la mano cuidadosamente, y girándola hacia la izquierda alcanzó el bulón, logrando desajustarlo casi sin esfuerzo. Como al perder el sustento el barrote se hubiera caído, el muchacho ingresó la otra mano y lo sostuvo, mientras extraía el bulón y se lo alcanzaba al autor del plan. Ahora habría que dejar caer el barrote silenciosamente, para abrir las puertas con el mismo sigilo y entonces enfrentarse a la antesala de la libertad.

Pero las cosas no salieron como lo habían pensado. Uno de los perros que cuidaba la casa percibió el movimiento extraño y, a puro ladrido, corrió hasta la puerta y alcanzó a lanzarle un tarascón al concentrado Montero, que en el acto tuvo que soltar el barrote, provocando una imprudente estampida.

―¡Qué hacemos, Loco! ¡Se me cayó el fierro!
―¡Rajemos ya mismo! –contestó el compañero.

Los dos fugitivos salieron disparados, saltando desde el balcón de la casa hacia un terraplén que morigeraba la pendiente. Con los perros corriéndolos, no volvieron la vista atrás. Era escapar o morir.

Montero tomó envión y, así como venía, alcanzó a treparse por la alambrada y saltar del otro lado. Por detrás, el Loco corría con el pastor alemán prendido a la lona de su pantalón e intentó hacer lo mismo, pero la tela de alambre lo devolvió hacia dentro. Desesperado pateó la cabeza del único ser que intentó impedirles la escapatoria, y logró sacárselo por un segundo de encima, para volver a correr hacia la alambrada, y esta vez sí lograr sortearla.

Al caer del otro lado, se dio con los quejidos de su amigo que en el aterrizaje se había sacado el hombro. De un tirón se lo logró ubicar nuevamente, y los dos salieron corriendo en dirección al paredón.

Era noche cerrada, con una luna en cuarto menguante. Los cuatro tipos que debían cuidarlos (los hermanos Carabante, el Flaco Giménez y Ramón Calderón) recién se percataron de la fuga cuando ya todo estaba consumado. Hasta hacía minutos reían a las carcajadas, pegados a la televisión, con un programa mejicano que estaba haciendo furor: “El Chavo”. Sin querer queriendo, los dos tipos que habían sido llevados a la “Casa del Embudo”, se les escurrieron de entre las manos.

Huir a campo traviesa

“Fue terrible lo que vivimos esos meses”. Carlos Palacios, o el Loco Mariano como todos lo conocen, corre la cortina de la puerta de su celda y deja pasar la luz para que su historia emerja. Han pasado 32 años de aquella fuga. Una fuga incompleta.

Desde 1999 que está nuevamente preso. O también podría decirse que entre el 97 y el 99 interrumpió su casi eterna vida en cautiverio. La misma que había interrumpido entre el 78 y el 82. Hoy en pleno año 2010 está alojado en el pabellón 4 de San Martín, esa misma cárcel de los fusilados.

“Sabíamos que nos llevaban para liquidarnos. ¿Qué te creés, que nos iban a dar una caña para pescar en el lago?”, pregunta en voz alta este hombre de 56 años y varias historias en su haber.

Tres décadas atrás, seguramente pesara en su contra un dato que llegó a la patota del D2: tenía vinculaciones con el ERP. Y tres décadas después, el tipo lo reconoce: “Yo trabajaba para la guerrilla. No era militante, sino que les conseguía autos robados para el ERP”. Pero nadie logró que “cantara” este dato mientras era torturado.

Su contacto dentro de la orga era René Mourkazel, el “Turco”, un joven médico santiagueño, militante del Partido Revolucionario de los Trabajadores, que moriría estaqueado en un patio de la Penitenciaría, la fría noche del 5 de julio de 1976.

Ni bien lograron escapar, según recuerda el Loco Mariano, su camino y el de su compañero se bifurcaron. “El Negro Montero corre por el puente para hablar con unos muchachos que estaban pescando ahí. Les dijo que nos acababan de asaltar, pero los tipos no le dieron bola”, cuenta, afirmando que él se quedó en la punta del paredón.

Entonces ambos salieron en dirección al Camino de las Curvas, que conduce a La Calera. “Hicimos como doscientos metros, pero yo tenía terror de que nos agarraran. Por eso empecé a subir por la montaña, mientras el Negro seguía por la ruta”, recuerda el Loco, agregando que a los pocos metros alcanzó a vislumbrar que lo levantaba un camión. Nunca más volvería a verlo.

El escape a la libertad fue mucho más esforzado para Mariano, que caminó dos días y dos noches por la sierra, atravesando nada menos que los terrenos del Tercer Cuerpo de Ejército, institución y autoridad que hasta ese momento invocaban los tipos que lo atormentaban con la picana desde hacía dos meses.

Así atravesó valles y colinas, campos sembrados y caminos de tierra. Se alimentó como pudo de algunos frutos silvestres de la serranía y bebió de pequeños arroyos. En total fueron más de 15 kilómetros de andar errático, hasta que llegó a la localidad de Yocsina, ubicada sobre la ruta 20 que une Córdoba y Carlos Paz, y que en aquel entonces no era más que una simple carretera de dos manos.

El frío del mes de mayo y una tenue llovizna complicaban aún más la situación del andrajoso prófugo, que se acercó tímidamente hasta la fábrica de cemento para buscar ayuda en un grupo de camioneros que estaban partiendo con sus vehículos cargados hacia la ciudad. Con ellos aplicó su ingenio de delincuente avezado:

“Oiga tío, ¿Me puede llevar a Córdoba? Mire, estaba trabajando haciendo un alambrado, y mi patrón me cagó. No me vinieron a buscar ni me pagaron”, recuerda textualmente el protagonista de la historia.

Seguramente el camionero se compadeció y le hizo señas para que subiera. En menos de media hora estaban entrando como por un tubo a la ciudad de Córdoba. Ni siquiera los férreos controles militares sobre la ruta los detuvieron, porque el camión tenía vía libre para llegar a destino. “No te preocupés porque a nosotros no nos paran”, lo calmó el chofer, que llevaba cemento para la obra del Estadio Chateau Carreras. Allí se estaba trabajando en los últimos detalles de la construcción de aquel escenario mundialista, inaugurado sólo cinco días después, el 16 de mayo de 1978, con el triunfo 3 a 1 de la selección de Menotti venciendo a un combinado de la Liga Cordobesa.

El Loco pidió que lo dejaran bajar a la altura de Barrio Rosedal, y desde allí corrió hacia la casa de su cuñado. En pocos días, ya estaba “exiliado” en Buenos Aires, y haciendo nuevamente de las suyas.

La recaptura

Pegado al pabellón cuatro, donde el protagonista de esta fuga cumple los últimos meses de su condena, el que cuenta la misma historia es Ramón Roque Calderón. Se trata de uno de los guardias que se “tragaron” la escapatoria, aquella noche de mayo de 1978.

Condenado a perpetua por un crimen de 1994 que asegura no haber cometido, Calderón ocupa la habitación que fuera “patrimonio” del múltiple asesino Roberto Carmona. Su claustro y el del prófugo están paradójicamente espalda con espalda. Y si bien la historia los sigue enemistando, Calderón y el Loco son capaces de contar -cada uno por su lado- una misma historia, asombrosamente coincidente.

“Ahí se los llevaba para cepillarlos. Eran tipos jodidos que habían tenido problemas con la policía”, cuenta Calderón, recordando sus tiempos como guardia en el Chalet de Hidráulica. “Entonces las brigadas lo resolvían así. Los chupaban, los llevaban, se fijaban si podían cantar algo y después los hacían mierda”, agrega.

Por eso no llama la atención que la doble fuga de aquella noche cayera como bomba dentro del D2. Es que dos presos comunes, sin apoyo de organización alguna, habían logrado vulnerar por primera y única vez en la historia la seguridad de un campo de concentración del Tercer Cuerpo en la provincia de Córdoba. Un verdadero ataque al orgullo de la dirección de inteligencia.

La bronca se la comieron los cuatro guardias, pero no hubo tiempo para dejarlos en arresto, ya que había que salir urgente a encontrarlos “donde fuera”, según recuerda Calderón.

Los comisarios Romano y Britos, que en aquel entonces conducían el D2, los obligaron a recorrer cielo y tierra, barrer con los lugares que los prófugos frecuentaban, apretar gente, pagarle a buchones, y no dejar rincón sin revisar. Y tal como se lo habían propuesto, la estrategia funcionó.

“Nos mandaron a la Terminal de ómnibus, disfrazados de colectiveros”, recuerda Calderón, contando que se sabía que Montero tenía parientes en Santiago del Estero y podría buscar salir de la provincia. Allí se pasaron varios días, hasta que alguno vino con el dato.

Esa historia vuelve a entrecruzarse con la versión del Loco Mariano. “Años después me encuentro en la Cárcel de Encausados con Lalo, el hermano del Negro Montero”, recuerda el delincuente. Apenas lo vio, le preguntó por su compañero de fuga. Era el año 1987.

“Esa misma noche se vino para casa”, le contó el hermano que aún vive en Colonia Lola, hoy una de las “zonas rojas” del narcotráfico en la ciudad. “El fin de semana estuvimos comiendo un asado con los amigos del barrio; era la despedida porque a la noche se iba a Santiago del Estero”, continuaba el relato.

Lalo quería asegurarse que su hermano estuviera a salvo. Por eso le pidió a una vecina que le hiciera la permanente. Sus lacios cabellos, negro azabache, pasaron a ser motosos. Estaba irreconocible.

Al día siguiente del asado, acompañó a su hermano hasta la Terminal de Ómnibus, lo subió al colectivo, y se lo encomendó especialmente al chofer, diciéndole que era su hermano discapacitado, que iba a Santiago del Estero. Incluso tuvo la precaución de preguntarle el nombre al conductor, y averiguar cuándo volvía por Córdoba para preguntarle si había llegado bien.

A los dos días, Lalo regresó a la Terminal. Quería escuchar que todo había salido como estaba planeado. Pero el relato del chofer lo sorprendió: “Mirá, se nos cruzó un auto en el camino, antes de llegar a Santiago del Estero. Subieron dos tipos y lo llevaron de los pelos”. Para Lalo ya no había nada más que preguntar. Para el Loco Mariano, tampoco.

Volver para ser muerto

La versión del único sobreviviente de esta fuga termina ahí. Ése fue el último capítulo que escuchó de esta historia, presumiendo su final. Pero Calderón tenía bastante más para contar.

“A Montero lo agarran en un control de ruta en Santiago del Estero y lo vuelven a llevar a Hidráulica”, asegura. Y una vez allí, tuvo que contar cómo se había escapado: la historia de la escoba, la ganzúa, las esposas, la celosía y el barrote.

Claro que no lo contaría de forma espontánea. “Lo torturaron como loco para que cantara”, cuenta Calderón, señalando que “Romano, Britos y otro de apellido Molina” estaban ensañados.

Era un sábado de principios de junio, y al Negro Montero lo tenían con el torso desnudo en la sala principal de la casona, parado frente a la estufa con su leña crepitando. “Metían el crisol del hogar en medio de las llamas, y cuando el fierro estaba al rojo vivo, lo pinchaban en el pecho”, cuenta el testigo. Obviamente, el Negro habló.

Cuando se sacaron la duda sobre el método usado para escapar, ya no había demasiado más por qué ensañarse. “Lo llevaron caminando con una soga al cuello por la montaña, para matarlo cerca del lago”, asegura el ex guardia. Era de noche, y lo hicieron cavar su propia fosa aún con los brazos atados por delante, mientras le alumbraban con una linterna.

“A ver, probá si entrás en el pozo”, le ordenó Britos, según asegura Calderón, quien dice haber visto todo desde una posición más alta. El preso probó su nicho, pero no entraba. Tuvo que cavar unos minutos más.

Era una zona de gran declive, que caía en picada hacia el espejo de agua que en ese año estaba bastante alejado. “¡Ahí quién lo va a encontrar!”, dijo Romano. Y sin mayores explicaciones, descargó varios disparos sobre su cabeza y luego su cuerpo.

Rápidamente taparon con tierra la fosa y regresaron a la casa satisfechos. Habían vengado aquella humillación de tres semanas atrás. Era hora de festejar con un asadito.