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Se dice que Marilyn Monroe, después de tomarse una sobredosis de barbitúricos para matarse, cogió el teléfono para llamar a alguien. Hay un poema de Ernesto Cardenal que registra ese doloroso instante en que quizá la sex-symbol de los años cincuenta pudo haberse salvado. A esta muchacha que “como toda empleadita de tienda / soñó con ser estrella de cine / la hallaron muerta en su cama con la mano en el teléfono. / Y los detectives no supieron a quién iba a llamar. / Fue como alguien que ha marcado el número de una única voz amiga / y oye tan solo la voz de un disco que le dice: Wrong Number. / Señor: / quienquiera que haya sido el que ella iba a llamar / y no llamó (y tal vez no era nadie / o era Alguien cuyo número no está en el Directorio de Los Ángeles) / ¡contesta tú al teléfono!”.

Ahora en Bogotá y en Medellín hay varios números a los que se puede llamar si sentimos el impulso de matarnos, pero queremos hablar con alguien antes de dar el salto. A veces la sola ilusión de sentir que nos oyen y que a alguien le importamos, puede ser suficiente para cambiar o al menos postergar la decisión de quitarnos la vida. Estas llamadas también le pueden dar paso a una ayuda psiquiátrica especializada.

En la capital el número es el 125, el mismo que se usa para todas las emergencias de salud; en Medellín, el 123, que también se usa para todo tipo de urgencias, pero de ahí, si se trata de un caso de salud mental, nos pasan a alguno de los psicólogos disponibles en el “123 Social”. Además de estos números oficiales que dependen de las alcaldías, existe también en ambas ciudades el “Teléfono de la Esperanza”, 2846600 (en Medellín) y 3232425 (en Bogotá), patrocinado por una ONG, y la Línea Amiga de Carisma, 4444448, donde responden orientadores, médicos, psicólogos y trabajadores sociales.

Es bueno que existan estos números de emergencia y, al menos bajo ciertas circunstancias, me consta que pueden resultar muy útiles. Pero, como casi siempre, las cosas funcionan mejor en el papel que en la realidad. El domingo 9 de enero, de cuatro a seis de la tarde, quise suponer que yo era Marilyn Monroe, en una crisis depresiva, y llamé durante dos horas al Teléfono de la Esperanza en Medellín, pero este sonó siempre ocupado. Llamé también a la Línea Amiga de Carisma y una grabación me dijo, en un español más bien macarrónico, lo siguiente: “Lamentamos informarle, pero no atendemos en este horario”. Llamé después al 123 (Número Único de Seguridad y Emergencias) y después de explicarle al telefonista que quería hablar con un psicólogo, me pasaron al Número Social, y allí me dijeron que el psicólogo estaba en la cafetería. Dejé mis datos para que me llamara cuando volviera y todavía estoy esperando la respuesta. Tal vez sea por el horario dominical, pero en definitiva, si Marilyn hubiera vivido en Medellín y hubiera querido matarse en esa lánguida tarde de domingo, de nada le habrían valido estas ayudas y estaría tan muerta como la encontraron aquel 5 de agosto de 1962.

Las dificultades para acceder a este servicio me recordaron algo que vi hace muchos años en un puente de Mérida, en los Andes venezolanos. Resulta que el viaducto que conecta dos partes de la ciudad por encima de un abismo profundo y pedregoso, es el sitio predilecto de los suicidas para matarse. En vista de esto, algunas personas caritativas, resolvieron poner allí un número de atención a los desesperados. Recuerdo que decía: “Si tienes problemas llama al…” Pero lo tragicómico era que varios números de ese teléfono se habían borrado por efecto del tiempo y la intemperie. Una vez más el monje Cardenal habría tenido que decir: “Señor: ¡Contesta tú al teléfono!”.

Poco antes del día de Navidad del año pasado pasé dos jornadas, de noche y de día, con la gente del CRU (Centro Regulador de Urgencias) en Bogotá. Estuve en la Sala donde se reciben las llamadas, al lado de varias telefonistas, dos médicos y una psicóloga, y también pasé parte de la noche en una ambulancia de emergencias psiquiátricas, con el médico y los enfermeros especializados. Fue una experiencia dura, aunque, al menos en esos dos días, nunca fue trágica. En lo que tiene que ver con las llamadas por amenaza o intento efectivo de suicidio, hubo dos casos leves y dos serios.

Los leves fueron casi graciosos: un hombre enfurecido con la familia, después de una discusión en la mesa, se metió en el baño y se roció sobre la cara y el cuello, aunque sin ingerirlo, todo un tarro de insecticida Raid en aerosol. La ambulancia se presentó en el domicilio y verificó que, por fortuna, los seres humanos no nos morimos con insecticidas tan fácilmente como las cucarachas, por el mero contacto con la piel. Los parientes no quisieron que el paciente fuera trasladado. El otro caso fue, si se puede, menos grave: después de una acalorada discusión con su marido, la esposa enfurecida se tomó unas pastillas. “¿Cuántas y de qué?”, preguntó la enfermera telefonista: “Tres aspirinas”, fue la respuesta. El médico resolvió no enviar la ambulancia psiquiátrica al sitio, pero programó algunas llamadas a la mujer para verificar en los días siguientes que no quisiera aumentar la dosis de analgésico.

Las fiestas de fin de año predisponen más al suicidio a las personas deprimidas: el contraste entre su tristeza y aislamiento comparados con la alegría ambiente y el espíritu festivo de la mayoría acentúa aún más la sensación de sinsentido. En los primeros 22 días de diciembre del año pasado, en el número 125 de Bogotá, se habían reportado 31 intentos de suicidio. Y entre Navidad y Año Nuevo, esos intentos parecen multiplicarse por arte de la felicidad de los demás, tan en contraste con el propio hundimiento.

“Hay que temerles más a los meditabundos que a los impulsivos”, me aclara el psiquiatra. “Los primeros llevan más tiempo pensando en su muerte y la planean mejor; los impulsivos casi siempre fallan en el intento”. Le pregunto si hay diferencias entre hombres y mujeres o por grupos de edad. “Hombres y mujeres lo intentan por igual, pero los hombres son más efectivos. Al final de la adolescencia y al principio de la vejez los casos son un poco más frecuentes, pero ninguna edad está exenta de riesgos”.

De hecho, los dos casos graves a los que asisto en esta noche cercana a la Navidad, son de personas muy jóvenes. La primera es una muchacha de 18 años, que vive por Chapinero, y que después de una discusión familiar (ella había perdido el año y se siente mal con su familia) se tomó 13 pastillas de Amitriptilina, un antidepresivo. Al parecer vomitó, pero cuando la mamá la llevó hasta un centro de atención, a eso de las tres de la madrugada, la paciente llegó muy agresiva y golpeó varias veces al personal de enfermería. Cuando el psiquiatra llega en la ambulancia que envían del CRU, se encuentra con que la médica de turno tuvo que darle dos dosis inyectadas de un sedante para calmarla, y no fue posible practicarle un lavado gástrico. Así que la entrevista psiquiátrica tiene que ser postergada pues la niña está en un sueño profundo. La mamá no ha vuelto desde que la dejó ahí en la madrugada. No tienen tampoco los datos familiares, ni el teléfono. Habrá que esperar unas ocho horas hasta que se despierte.

El solo hecho de que su madre la haya dejado sola, indica el desinterés de su familia y la soledad de la muchacha. La miro desde la puerta del cuarto: muy flaca, la boca abierta y la respiración regular. Hay signos del momento duro que acaba de pasar: está despelucada, tiene rasguños en la cara y las uñas sucias. Es casi bonita y me pregunto si será una empleadita de tienda que sueña con ser actriz de telenovela; su cara se ve tan tranquila que parece imposible que pocas horas atrás hubiera estado a punto de matarse. Por un momento la luz del cuarto titila y recuerdo algo que escribió un ensayista inglés:

“Lo mismo que las luces de la cárcel disminuyen cuando se hace pasar la corriente por la silla eléctrica, así nos estremecemos en el fondo de nuestro corazón ante cada suicidio, pues no hay suicidio del que la sociedad entera no sea responsable”. Si ni siquiera sabemos su nombre y sus mismos parientes la dejaron sola aquí, este 22 de diciembre, en el momento más oscuro de su vida ¿quién no abandonará a esta muchacha? ¿Quién le contestará al teléfono si ella quisiera llamar a pedir ayuda?

La psicóloga de turno en el 125 contesta siempre de la misma manera: “Salud mental, buenos días” o “Salud mental, buenas tardes”. Como no hay un turno nocturno, nunca se saluda “Salud mental, buenas noches”, y es una lástima porque según las estadísticas durante la noche aumenta la propensión al suicidio. Basta pararnos un momento a imaginar nuestra muerte deliberada para saber que probablemente sería así: menos cerca del mediodía que de la medianoche. Como me dice la psicóloga, “de noche se acentúa el contraste entre quienes están durmiendo y quienes no pueden dormir”. Como confirmación de esto, no es la psicóloga diurna sino el médico de turno nocturno quien recibe el último caso al que asisto, el más grave de los que me tocan.

Se trata de un joven de 24 años, que vive por Teusaquillo. Ya es un conocido en el servicio pues ha tenido otros episodios de agresividad contra otros o contra sí. Es drogadicto, de lo que sea, pero como últimamente no se puede pagar ninguna droga, ni siquiera marihuana, se ha dedicado a oler pegante. Su familia es disfuncional; el padre le pega, la mamá, separada, no quiere volver a verlo ni saber de él. Viven en una casa que por fuera es casi burguesa, pero por dentro es una pocilga de desorden, ruido y suciedad. De la cocina sale un vaho maloliente, y el aspecto del muchacho (incoherente, sucio, perdido) rima con el estado de la casa.

Lo tienen amarrado pues hace unas cuantas horas decidió que sabía volar (eso dice un hermano), y se tiró por la ventana. Rompió varios cables de teléfono, lo que amortiguó el impacto de la caída y por eso nada le pasó. El muchacho niega esa versión, dice que no quiere volar, que simplemente se quería matar. Cuenta que el papá le pega, que a veces no tiene dónde dormir, que no le dan plata. El papá aclara que todo lo que le da se lo gasta en droga. El muchacho lo admite, pero dice que no es capaz de dejarla, que la necesita. Está mugriento, inquieto, tiembla de frío, tiene la ropa raída. Por momentos se pone agresivo y se levanta; grita y le quiere pegar a alguien de la familia. Al psiquiatra y a los enfermeros -que ya lo conocen- los trata con más respeto.

Ya ha estado varias veces en el hospital. Cuando no lo tienen sedado, se escapa. Ha intentado desintoxicarse en algunos centros especializados, pero no ha sido capaz de seguir nunca el tratamiento. Cuando está en fase agresiva, lo llevan a la policía, y allí lo esposan. A veces le pegan. También en la casa le pegan o lo amarran. El psiquiatra, aunque es pesimista sobre lo que puedan hacer, pues sin el apoyo de la familia es difícil que cualquier tratamiento surta algún efecto, resuelve internarlo de nuevo en el hospital. Eso no lo curará; solo le dará algunos días de tregua. El muchacho no quiere que se lo lleven, pero el enfermero le pone una inyección que en dos minutos lo deja desmadejado, dócil.

“Esta cosa acabó con las camisas de fuerza. Esto es mucho mejor que cuatro enfermeros fornidos”, me explica el enfermero mostrándome la jeringa. De hecho, el joven se deja manejar como un trapo, obedece tranquilo, se lo llevan en andas y lo acuestan en la camilla.

Mientras lo acompañamos en la ambulancia hacia el hospital, trato de ponerme en su lugar. Creo que el razonamiento de muchacho, repetido una y otra vez, por inconexo que sea, no es del todo equivocado. Él se quiere morir. No le ve ningún sentido a su vida, ninguna perspectiva. Lo que el Estado le ofrece como solución (y ya es algo) es solamente un asilo temporal, que no lo curará de la adicción. La familia lo tiene abandonado; a duras penas pueden sobrellevar sus vidas; no son capaces de solucionar también la de él. Su infelicidad es tan honda, y sus perspectivas de mejoría tan remotas, que estoy por pensar que lo que él ha pensado hacer no es lo más insensato. En el suicida, escribió el poeta Yehuda Amijai, “la soledad de la muerte es la muerte de la soledad”. La tristeza de la muerte sería también, en su caso, la muerte de la tristeza.

Pero harán un nuevo intento con la familia. Un hermano promete apoyarlo si él decide someterse a un tratamiento, gratuito, contra la drogadicción. Habrá que ver cuánto duran sus buenas intenciones; habrá que ver si tiene el tiempo y el valor para acompañar a su hermano, pues él mismo, desempleado y pobre, no está mucho mejor.

La vida, sin duda, es un gran valor: podemos disfrutar de la naturaleza, de los animales, la comida, el sexo, el arte, la curiosidad intelectual. Pero ¿qué pasa cuando la realidad de nuestras vidas concretas nos niega todo esto? Este joven que dejamos en el hospital no tiene nada, ni novia, ni afecto, ni apoyo, nada. Solo su adicción, y ni siquiera los recursos para hundirse en ella. Tal vez cuando escribo esto ya haya dado el salto definitivo desde una ventana más alta, y sin cables que lo atajen. Las luces de la ciudad titilan y todos deberíamos sentir un poco de la culpa por su muerte. Más que él. Él no tiene la culpa. Tal vez él, al suicidarse, escogió lo menos malo que, en sus circunstancias, podía hacer.

Los teléfonos de emergencias ayudan, en muchos casos. Pero no pueden cambiar ni enderezar una familia entera, una vida entera, toda una sociedad. Pienso en esto y me imagino a Marilyn Monroe hundiendo las teclas del número de ayuda: uno, dos, cinco. No es el Señor quien contesta, sino la voz amable de una psicóloga que hace lo posible por ayudar: “Salud mental, buenas tardes”. ¿Marilyn Monroe se habría dejado de matar?

En un lugar oscuro, muy parecido a una cueva, una mujer afligida pide auxilio a gritos. Tiene miedo, sabe que va a morir, que será violada, que sufrirá. Pronuncia súplicas que solo una persona escucha.

Una sombra aparece en la cueva. Es el hombre que la ha capturado y que la atormenta sin piedad. Aparece otra sombra y otra… hay varios hombres. Ella grita y su grito enloquece a quien la oye.

Casi todos los días de su vida, Choreja escucha a esa mujer. Le viene por las noches el sonido de su lamento, como si la cueva fría estuviera justo al lado. El grito no se va, está siempre ahí pero nadie hace nada por ella. Quizá están todos sordos y solo Choreja tiene la maldición de escuchar.

A veces hay más de una mujer, a veces hay muchas mujeres que lloran juntas pidiendo auxilio. ¡Nadie hace nada! “Yo sé que a mí me tienen preso aquí y que no puedo salir. ¡Puta! Pero entonces yo les digo que vayan, que vayan con la policía a buscar por ahí… por ahí… por ahí… yo les digo dónde buscar a esas mujeres… ¡Puta, cómo gritan, pobrecitas!”, dice Choreja, y señala con las manos nerviosas la ubicación de la cueva, de las cuevas.

A veces, entre tanta mujer, se escucha el llanto de un niño, de un niño pequeño. Por lo agudo del llanto, Choreja sabe decir el tamaño exacto del chiquillo, que está a punto de padecer un suplicio. “O que si quieren, que solo me den al niño, vaya, me valen verga las mujeres, ¡pero que me den al niño! ¿No lo oyen cómo llora? Está chiquito, así ve… así, de este tamaño… así, ve…”, y baja la mano a un palmo del suelo, y luego la baja tantito, para no errar el tamaño del niño.

Cuando ya no puede más, cuando los gritos le torturan la cabeza, Choreja salta de su cama y aúlla por las noches, atormentado, sufriente. Entonces todos piensan que está loco y lo amarran en la cama. Él no entiende nada y piensa en lo locos que están todos, en lo sordos que son.

Choreja tiene pruebas de lo que dice. En el dorso de la mano izquierda tiene tatuadas dos alitas: “Si no me creen, miren: esta alita sí es mía, agüevo, yo respondo por ella”, y nos muestra la alita derecha. “¡Pero esta otra a saber de quién putas es!, no es mía. ¿No ven que está medio caída? ¡Ahí es cuando llora el niño! ¿Vieron? ¿Vieron que no les estoy dando paja? ¿Vieron?…” y se mira la alita izquierda, a la que ve triste, caída. Esa es la alita que prueba que llora un niño.

Choreja peleó en la guerra civil salvadoreña.

El Choreja lleva casi 20 años preso entre Mariona y la penitenciaria psiquiátrica por homicidio. No tiene ni idea de en qué fecha quedará en libertad.

***

En 1993, Choreja estaba en una cantina pasando trago pesado por la garganta en compañía de unos amigos. Como suele pasar en estos casos, una palabra mal dicha, un gesto mal interpretado prendió la chispa que hizo fuego con el guaro. Para colmo, uno de los compadres de Choreja tenía un machete… y quizá ese compadre no sabía que Choreja tenía una pistola. El resultado fue el compadre muerto y un machetazo en la cabeza de Choreja que le deformó el cráneo y le robó la mitad de la oreja izquierda y quizá la cordura para siempre.

Choreja acabó preso en el penal más grande del país: La Esperanza. Y al cabo de un tiempo aparecieron las voces. Ahí fue tratado como un perro. Le robaban su ración de comida y vivía como viven los animales: robando de la basura, alimentándose de la piedad burlona de los otros. Hasta que lo trasladaron a este lugar.

Hasta aquí lo siguieron esas mujeres atormentadas. Ese niño que suplica. Choreja fue militar. Lo reclutaron por la fuerza, siendo un niño.

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Choreja duerme al final de una habitación alargada, sobre un catre con un colchón maloliente y manchado. A lo largo de la habitación hay un catre frente a otro y entre ellos se forma un pasillo de poco más de un metro de ancho. En el espacio entre camas se pasea Choreja, descalzo, musitando palabras. Va de prisa, como si fuera a un lugar importante. Al llegar al inicio del pasillo, da media vuelta y vuelve hasta su catre.

Sobre las camas suele haber bultos, tapados por completo con sábanas roñosas, y un montón de rostros perdidos, que le sonríen a la nada. En el pasillo por el que camina Choreja siempre hay tráfico.

Un hombre avejentado y diminuto pregunta todo el día, con su boca cholca, si ya le toca regresar a la penitenciaría central. “¿Ya me van a mandar a Mariona? ¿Ya me toca irme a Mariona? ¿Le puede decir al juez que si por favor me manda ya a Mariona? Es que a mí me gusta más en Mariona”. No importa qué se le responda, él lo entenderá como un sí. “Gracias, gracias, entonces, ¿ya me toca irme a Mariona?…”

Un tipo grande, probablemente muy fuerte, sonríe sin parar. Nació con una deformidad: es como si sobre su cerebro hubieran vaciado el cráneo en estado líquido y luego este se hubiera endurecido, lleno de surcos y de bultos de los que brota el pelo. Es un tipo muy amable y le gusta dar la mano… y que se la den.

En la puerta de una habitación contigua ríe y llora una mujer. Habla como si fuera una niña y cuando se le pregunta cómo está ríe a carcajadas para demostrar que está bien. “Contenta, contenta, feliz”. Luego llora con auténtica amargura porque extraña a su hijo. “¡Hijo, te amo, hijo, te extraño, hijo!”. Y se va derramando lágrimas, renqueando. Hace ratos que se fracturó el tobillo derecho y nadie se lo enderezó; así que el hueso pando se terminó pegando a otro hueso fuera de lugar y ahora camina con el pie de lado, apoyando un callo antiguo que se le formó en la parte externa del pie. Se echa sobre su catre, sucio, llorando por su hijo.

***

En un pequeño cuarto de madera se celebra una reunión donde un hombre mayor da un discurso que se supone que debe ser motivador para unos 15 hombres que, siendo francos, no lo escuchan:

—Vieran qué triste se siente eso de oír voces, tener temblores permanentes, ver gente que no existe.

El tipo es todo un actor. Cuando cuenta su vida en la calle, hace gestos que respaldan la idea de que está durmiendo, o comiendo basura, o viviendo apestoso, sucio.

—Yo regalé a un niño, un hijo mío, ya habrá tenido unos sus ocho meses, porque ya se sentaba solo, no me acuerdo ni a quién se lo regalé…

El tipo es sólo un visitante, es el padrino de la Asociación de Alcohólicos Anónimos que ha formado una sede también en esta prisión. Da testimonio de su vida como borracho y frente a él los 15 hombres que no lo escuchan miran para distintas direcciones, ríen solos o lo miran con la boca abierta sin hacer un solo gesto. Hay un solo tipo en un rincón que escucha ansioso, deseando que el padrino se calle de una buena vez. Cuando esto al fin ocurre, aquel hombre salta al atril, levantando las manos, como las personas que aparecen en los programas televisivos de concursos. Se llama Levy.

“Mi nombre es Levy, conocido a nivel nacional e internacional…”, grita con una sonrisa de oreja a oreja. Asegura que hay un satélite que a él le toma fotos y que luego las publica en una revista que circula en 180 países. Cuando tiene la atención de los demás, cuando puede sentirse un poquito superior, Levy es feliz, brilla.

Así transcurren los días en este manicomio, o cárcel, según por quién se deje uno guiar: la Dirección General de Centros Penales (DGCP) asegura que estamos en el pabellón psiquiátrico de centros penales; pero según las autoridades del Hospital Psiquiátrico estamos en el ala penitenciaria del hospital para enfermedades mentales.

Más allá de dónde ponga uno el acento, todos o casi todos los que están recluidos en este recinto han cometido delitos graves y un juez los ha declarado inhábiles para afrontar la ley, debido a sus evidentes trastornos mentales. Según el Código Penal salvadoreño, uno de los atenuantes ante la justicia es precisamente ese: estar loco de una locura demostrable, no haber sido capaz de medir las consecuencias de los actos cometidos.

Tomando en cuenta la gravedad de los delitos que cometieron y el riesgo que ellos representan para la sociedad, el juez deberá sustituir la pena por “medidas”. Sin embargo, por lo general, las dos son demasiado parecidas: en lugar de condenar a una persona con esquizofrenia paranoide a 30 años de prisión, se le cambia la pena por la “medida” de que esté recluído 29 años en este sitio.

Claro, para recibir semejante medida, el interno… o el paciente –siempre es complejo decidir– tuvo que haber cometido un asesinato y el juez tuvo que haber advertido que las condiciones en las que vivía no garantizaban que no volvería a matar y entonces mandó confinarlo en esta cárcel–manicomio. El problema es que al menos el 60% de las personas que están en este pabellón han asesinado a alguien. El resto han lesionado gravemente a personas, generalmente familiares, o son violadores… o enfermos mentales que según la ley no medían las consecuencias de sus actos. Depende dónde ponga uno el énfasis.

Quienes habitan este pabellón probablemente guarden más similitudes con la población penitenciaria que con pacientes de la red de hospitales públicos… viven hacinados y sus posibilidades de rehabilitarse gracias a los procesos institucionales son muy pocas, o ninguna.

Para septiembre del año pasado, 88 personas vivían en un espacio pensado para 60. Al finalizar el año eran más de 100. Desde luego, si se le compara con el nivel de hacinamiento del resto de recintos penitenciarios, habría que decir que viven holgadamente, con lujos, incluso, como que cada uno tiene su propio catre, o al menos un pedazo de colchoneta que les separe las espaldas del llano suelo. O sea, un catre o un pedazo de colchoneta para cada uno. Quizá por eso algunos incluso hacen alguna que otra trampilla para acabar acá.

En nuestra primera visita al pabellón encontramos que los internos amaban la cámara de fotos. Posaban, bailaban… exigían fotos y ser entrevistados cuantas veces fuera posible. Salvo dos huéspedes huidizos, ariscos. Yuri Rodolfo Jenkins, por ejemplo, una vez que nos veía entrar, corría de donde estuviera a refugiarse de pies a cabeza bajo su sábana. Resultaba impresionante el tiempo que era capaz de pasar sin asomar ni los ojos. Él era asesor del ministro de Economía y catedrático de la maestría en finanzas de la UCA. La policía lo capturó por el delito de acoso sexual contra dos menores de edad y él convenció al juez de que padecía ataques de pánico y una terrible depresión. Yuri consiguió pasar su proceso en el recinto psiquiátrico hasta que fue declarado inocente.

La otra es Jessica Emilia Santos. Ella fue capturada en mayo del año pasado, justo en el momento en que pretendía vender tres fusiles M-16 que había robado de los arsenales militares. Ostentaba el grado de subteniente del ejército y según fuentes de la policía las armas irían a parar a manos del cártel de Los Zetas, en Guatemala. A cualquier pregunta, Jessica respondió siempre: “I don’t speak spanish”. Solía ser agresiva con las otras internas y para diciembre le habían quintuplicado la dosis de calmantes a fin de que pudiera convivir en paz con sus compañeras. Según la ley ella padece una notoria depresión.

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Víctor Álvarez perdió su pierna en la cárcel psiquiátrica después de que una leve herida se le infectara gravemente por estar su catre demasiado cerca del sanitario.

Mientras jugaba fútbol en un patio interior, en 2010, Víctor Álvarez falló una patada al balón y como consecuencia se rompió la uña del dedo gordo del pie derecho. Hasta hace poco, la mayoría de internos andaba descalza.

Algunos días se les permite a los internos abandonar la galera-celda en la que transcurre su vida, para visitar un patio de cemento. No es raro que algún custodio tome un silbato y haga de profesor de deporte. A veces también hace de árbitro de fútbol.

Víctor jugaba descalzo cuando se partió la uña.

Pasaron los días y las semanas y Víctor dejó de moverse. Cuando alguien por fin miró su dedo, estaba podrido, negro, comido por la gangrena. Había que amputarlo, pero para ello se necesita la autorización de algún familiar, y nunca nadie había visitado a Víctor, así que la directora Rosmary Dinarte tuvo que averiguar dónde fue capturado. El pie se empezaba a poner negro también. Luego hubo que dar con la delegación de policía de ese lugar. El tobillo comenzó a perder la vida, el tejido del pie entero estaba muerto, ya no circulaba sangre por él. Cuando algún policía de la delegación recordó esa captura, fueron hasta la casa donde solía vivir Víctor y encontraron a una hermana. Al fin había alguien que podía autorizar la cirugía. La mujer se puso al teléfono y le gritó a la directora: “¡No me importa lo que le pase a él. No vuelva a llamarme!”, y colgó el teléfono. Dinarte interpretó aquello como un sí y se la jugó autorizando la operación.

En 2000 Víctor apaleó a su madre hasta matarla. Ahora mira a los extraños con ojos huraños y esconde su pierna derecha bajo las sábanas. La gangrena le comió la pierna hasta la rodilla. Le averguenza mostrar el muñón. Víctor ha aprendido a usar una prótesis de plástico que le entregaron luego de amputarlo. Padece una esquizofrenia paranoica profunda que le impide distinguir la realidad de sus propias fantasías.

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Antes de que la directora Dinarte asumiera la responsabilidad de este pabellón, el recinto era dirigido por uno de los custodios. Hasta esta administración, al parecer a ninguno de los directores generales de centros penales anteriores les había parecido que una galera llena de locos ameritara un director en forma.

No existe un programa especializado para cada interno. Hay un solo psiquiatra para todos los pacientes. Aunque el recinto está físicamente dentro de las instalaciones del Hospital Psiquiátrico, son una isla. Los internos no pueden salir del recinto para recibir terapia ocupacional en los edificios contiguos, ni para ser tratados por especialistas en sus trastornos. Los pacientes que son capaces de seguir instrucciones reciben clases de piñatería y de origami. Los internos reciben regularmente la visita de un pastor evangélico y de su equipo, que les enseñan cantos religiosos y les explican la Biblia. A veces llega un cura. Todas las semanas los visita un grupo de Alcohólicos Anónimos. Cuando les pidieron que bautizaran al grupo de Alcohólicos Anónimos, Levy insistió en que se le llamara “Grupo Mente Sana”.

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Cuando visitamos el pabellón por primera vez, en octubre del año pasado, había dos niños de aproximadamente 10 años, según los cálculos del psiquiatra del lugar. Son niños encerrados en el cuerpo de hombres.

Uno es Juan; juguetón, servicial. Casi nunca habla Juan, pero ríe siempre. Corretea por el recinto y cuando consigue marcar un gol lo celebra a gritos y la alegría le dura toda la tarde. Juan nació con retardo mental. Su cuerpo lleva creciendo 23 años, pero su psique quedó atorada en una eterna infancia. En el cantón donde vívía abusó de un niño y fue remitido al penal La Esperanza, hasta que alguien reparó en su evidente condición.

El otro es Silvio, que es tan serio, tan grave. Es barbado y fácil de provocar. Silvio habla siempre con diminutivos y ha inventado su propia muletilla: “Ito”. Cuando la usa para hablar con alguien significa que ese alguien ha sido de su agrado. Ito quiere decir “amiguito”. Le gusta contar que cerca de su cantón había tres canchas de fútbol. Le gusta que lo abracen. En el cantón donde vivía, un pastor tuvo la ocurrencia de exorcizarlo para sacarle los demonios que lo perjudicaban. Silvio lo mató a machetazos.

Silvio, con la mirada absorta en algo que no existe, no deja de hablar impulsivamente usando diminutivos en un lenguaje incomprensible.

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En medio de un culto evangélico, luego de mucho cantar y aplaudir, una mujer les cuenta un cuento, que según la Biblia ya había sido contado hace bastantes años. Se trata de la parábola del hijo pródigo. “Había una vez un señor que tenía dos hijos”, dice la mujer, y sigue contando el relato, dando brincos, actuando, haciendo voces, según el personaje que interpreta.

Juan está absorto, con la boca abierta, con los ojos brillantes, como ocurre a los niños de su edad cuando los adultos les relatan una historia. La mujer interpreta al desfachatado hijo, al que luego se le apellidará “pródigo”, en medio de una juerga con mujeres, licor y bailes y Juan suelta una enorme carcajada, y en la cara se le dibuja la felicidad, el deseo de que aquello no termine nunca.

Al concluir, la mujer les descifra el cuento, les explica que no importa el pecado que hayan cometido, Dios los perdonará si se arrepienten verdaderamente. Silvio no puede más y se pone de pie sin pensarlo mucho para gritarle a la mujer: “La escuché, hermanita de antiojitos, y me llegó al corazoncito mío”.

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En un pequeño rancho campesino de Usulután vivía una pareja de ancianos, junto a su hijo menor, Isaías. El chico tenía un temperamento irascible y los ancianos se habían impuesto una disciplina: nunca dejar nada afilado a su alcance. Así pasaron los días y los años e Isaías dejó de ser un niño y de pronto su altura y su fuerza eran las de un hombre.

Un día el anciano llegó de trabajar y al desmontar su caballo, olvidó que en la silla estaba atado un machete.

Ese día Isaías estaba molesto con su padre, pues le había reñido en la mañana. Tomó el machete y se dirigió hacia él. Al ver lo obvio, la anciana intentó intervenir, creyó que su voz suavizaría el enojo del muchacho. Él le partió el brazo izquierdo a machetazos y luego hirió a su padre hasta quitarle la vida.

La mayor parte de los internos de este recinto son homicidas, y sus víctimas por lo general fueron aquellos a los que tenían más a la mano, como el hombre que mató a su hijo a golpes, o la mujer que parió en una fosa séptica, o todos los que mataron a sus padres, a sus madres, o la mujer que asfixió a sus niños… por eso suelen ser indeseables, por eso en la mayor parte de casos, las familias prefieren olvidarlos para siempre, sepultar su recuerdo o vivirlo con odio. Por eso aunque las visitas están permitidas todos los días a la hora del almuerzo, casi nunca hay nadie.

A la 1 de la tarde, los custodios colocan unas bancas que separan a los que tienen visita de los que no; y esa barda loca, casi imaginaria, ha dado lugar a un ritual diario que distingue a los internos en dos clases. Los afortunados siempre son minoría: nunca son más de cinco y el resto mira del otro lado de la banca, envidiando la suerte de quienes fueron recordados, imaginándose a sí mismos del otro lado de la banca.

El abandono de algunos llegó a ser tan profundo que la directora Dinarte se inventó una especie de “plan padrino”, donde a la lástima ajena, a la buena conciencia de algún prójimo, no se les pide dinero, o ropa o juguetes, sino compañía. La idea de la directora era convencer a alguna gente para que adoptara a uno de los internos que nunca reciben visitas y se apareciera por ahí de vez en cuando, para hacerlo sentir acompañado, aunque sea por un extraño. Para que pudieran pasar la banca aunque sea de vez en cuando.

La lista para el plan de la directora solo está hecha para aquellos internos con condenas largas, que nunca han recibido una sola visita. Hasta finales del año pasado aún no había ningún padrino.

Una sola persona llega todos los días al recinto a visitar a su hijo. Es una pequeña mujer, una anciana que usa siempre vestidos de manga larga, para ocultar las cicatrices que un machete le dejó en el brazo izquierdo. La madre de Isaías llega puntual todos los días a la 1 de la tarde con un tarrito con comida, un cepillo de dientes y un calzoncillo limpio para su hijo.

La anciana pasó tres meses recuperándose de la fractura en el brazo y domando la tristeza de saberse viuda. Cuando por fin se decidió a visitar a Isaías, él le reconoció la voz y lloraron juntos por la tragedia que les había ocurrido. Eventualmente Isaías pregunta por su padre. Quiere saber cuándo irá a visitarlo. El resto del tiempo está con la mirada perdida, babeando sobre una colchoneta.

A su madre lo único que le preocupa del encierro de su hijo es que se acabe. ¿Quién cuidará de él cuando ella falte? Es solo un niño. “¡Ay, es que este bichito es bien peleonero, viera las cosas que ha hecho… imagínese que mató al papá!”

***

Levy pide que le tomen una foto solo a él, para que salga en todos los periódicos; no, mejor no, mejor que le tomen una foto a él hablándole a todos los demás, pero que los demás estén de espaldas, que solo a él se le vea la cara… y que se publique en todos los periódicos, claro. Choreja pasa por ahí, apurado, rumiando palabras, e intenta saludar, pero Levy le corta el impulso: “¡Andate a la mierda, loco cerote!”, y Choreja baja la mirada y sigue a paso rápido musitando cosas inaudibles.

Choreja no está en la lista de personas a apadrinar, porque una vez, el año pasado, llegó una hermana a verlo. Él tiene una terrible sospecha sobre su ausencia de visitas: “¿Será que esos cerotes me los mataron a todos? Puta, esa es mi preocupación”, dice, y sigue caminando solo, susurrando cosas extrañas.

I.

Esta será, amable lector, una historia triste.

II.

Cuando uno sube hacia Aranzazu desde el sur, desde el valle del río Cauca, tiene la sensación de que se lo está tragando la montaña. Atrás se queda la planicie abierta y verde, con sus enormes ceibas centenarias meciéndose con modesta dulzura a la vera del río, en ese aire como dormido de la tierra caliente. Primero el paisaje se va ondulando y se llena de cerros breves, como un mar que se inquieta antes de la tormenta. Después de dejar atrás Pereira, la carretera comienza a serpentear cuesta arriba sin tregua hasta llegar a Manizales. Pero en Manizales uno todavía alcanza a ver el valle, amplio y magnífico, en la distancia.

En cambio, en el trayecto que va de Manizales a Aranzazu, un municipio en el norte del departamento, la cordillera parece un abanico que se cierra de golpe. Los cauces de las quebradas no son más que navajazos entre las altísimas paredes verdes, llenas de una vegetación húmeda y bella, misteriosa.

Aranzazu está casi a 2.000 metros de altura, y hace un sol radiante al mediodía. El pueblo no puede ser más pintoresco. Los jeeps de colores se alinean en la plaza central recién remodelada, parqueados como para una exposición. Las casas están perfectamente pintadas, no hay un solo papel en el suelo, y todo el pueblo parece haber decidido salir a la calle: es sábado, y la gente de las veredas vecinas ha venido a comerciar. Los hombres llevan sus camisas recién planchadas, impecables, su toallita al hombro, su bigote recio y su sombrero blanco bien puesto, y se juntan en grupos pequeños a conversar. No parecen tener ninguna prisa. Hay una sensación muy nítida de próspera dignidad.

El pueblo es tan escarpado, y el desnivel entre la imponente iglesia y el terraplén de la plaza es tan alto que debajo de la iglesia se han montado algunos negocios. Curiosamente, esa hilera de almacenes que dan a la plaza, empotrados debajo de la iglesia —que ya de por sí tiene pretensiones de catedral—, le dan al edificio un aire de exagerada monumentalidad.

Aranzazu tiene poco más de 12.000 habitantes, y de ellos, 580 han sido diagnosticados con trastorno afectivo bipolar. El término médico suena extraño, sobre todo porque nada tiene que ver con el afecto. Tal vez ayude saber que hace 25 siglos, Hipócrates lo llamaba melancolía. O tal vez no, porque la palabra melancolía ha ido adquiriendo a través de los siglos un significado entre ingenuo y nimio, el del padecimiento romántico por excelencia, y sirve para poco más que para un título y un puñado de versos memorables. La enfermedad, en cambio, es terrible.

III.

Llamémosla Ana.

Hace tres meses, una mañana de mayo, Ana se ahorcó. Cerró con llave todas las puertas de su casa, aseguró las ventanas y se dirigió a la cocina. Tomó una vela, la prendió y la puso sobre la mesa, como si hubiera querido ella misma anticipar su velorio. Ató una soga a la viga del techo, hizo el nudo, se lo metió por la cabeza, apretó fuerte, se subió a una silla y saltó. Ana tenía 58 años y vivía con su esposo en una finca de la vereda Campoalegre, en Aranzazu, y el suyo es el tercer suicidio en ese municipio en lo que va corrido del año. Los tres suicidas habían sido diagnosticados con el trastorno afectivo bipolar, al igual que el 5% de los habitantes de Aranzazu.

Voy a intentar reproducir aquí, en términos legos, lo mejor que pueda, en qué consiste la enfermedad. Le debo a la amable paciencia del psiquiatra Eduardo Baena lo que he entendido y, así mismo, la seca tristeza que me ha quedado ante las devastadoras cifras de bipolaridad en la región.

Todos los seres humanos tenemos estados de ánimo que oscilan entre la alegría, la felicidad y la tristeza leve o profunda. Reaccionamos ante los acontecimientos traumáticos de la vida, como ante las buenas noticias. En toda vida hay tantos dolores como alegrías. Y a veces, tantas veces, mucho más sufrimiento que felicidad. Digamos que si uno traza una línea recta horizontal, oscilamos suavemente hacia arriba y hacia abajo, trazando una suave curva que sube y baja, atravesando esa línea horizontal. En los pacientes bipolares, esa curva es simplemente mucho más pronunciada. Dramáticamente más. Si tienen un episodio y la curva sube hacia el territorio llamado manía, pueden llegar a tener ideas delirantes —curiosamente, muchos se creen dioses, sanadores, salvadores del mundo—, comportamientos irascibles, una euforia desmedida (gritan, saltan, se ríen a carcajadas) y un amor propio magnificado hasta el absurdo. Gastan enormes sumas de dinero convencidos de que son genios financieros y asedian a las personas del sexo opuesto creyéndose irresistibles. Apenas si duermen, y despliegan una energía desmesurada. Se creen perfectos, brillantes, poderosos. Superiores a todos los demás. Y por supuesto, es imposible razonar con ellos. Algunos pacientes solo tienen este tipo de episodios, pero otros llegan a entristecerse hasta tal punto —y aquí la curva se desploma—, que caen en la más profunda depresión. Y en esa depresión, el 15% de los pacientes se suicida. El 15%. Lector, este promedio es más alto que el de la mayoría de las muertes por diagnóstico de cáncer. Pocas enfermedades tienen un índice tan alto de mortalidad.

El trastorno afectivo bipolar se puede tratar y el paciente, tener una vida más o menos normal. Ese paciente debe ser monitoreado todo el tiempo, porque la medicación para la fase maníaca es distinta a la que se administra en la fase depresiva. Y la medicación no garantiza que no pueda tener recaídas. Hasta hace cuatro años, en Aranzazu ni siquiera había un psicólogo de planta. Hoy, Leidy Johanna Ocampo, cuya ayuda para este artículo ha sido invaluable y cuya sobria compostura profesional contradice sus pocos años, vive allí. Si algo le gustaría es que hubiera un psiquiatra de planta en el municipio. O por lo menos uno que viniera una vez por semana. ¿No es lo mínimo que se puede pedir? Caldas no es un departamento pobre. Pero en los tiempos que corren el progreso se mide con otras varas y es más importante invertir en carreteras que en salud. Y es que cada vez que un paciente tiene un episodio maníaco, debe ser hospitalizado de inmediato. Ante la falta de un psiquiatra local, deben ir hasta Manizales. Sí, en su estado. Sí, muchas veces solos. Y sí, se pierden por el camino, no llegan, por supuesto. Es insensato. Pero solo un psiquiatra puede hospitalizar y medicar.

Si el paciente se medica, su vida puede ser como la de cualquiera. Alan García, el presidente de Perú, por ejemplo, es bipolar. Y de hecho, una amiga de Ana asegura que era una persona completamente normal. Recuerda, sí, una tarde, años atrás, en la que comenzó a gritar como loca, sin motivo. Y que la llevaron al hospital mental de Manizales. Pero aquello había pasado. Ana no estaba, aquella mañana de mayo de su suicidio, en tratamiento; ningún psiquiatra la veía; no tomaba ninguna medicación.

IV.

¿Por qué? Hay que preguntarse por qué. Si las estadísticas dicen que el porcentaje de la población mundial aquejada por el trastorno afectivo bipolar está entre el 0,4 y el 1,6 % de la población, ¿cómo es posible que las cifras de Aranzazu lleguen al 5%?

¿Qué tiene este plácido pueblo de particular? La respuesta es nada. Aranzazu no tiene nada que lo distinga de los otros pueblos de la zona y comparte con ellos su historia. Simplemente, la Universidad de Antioquia —entre los muchos estudios que ha hecho en la zona a lo largo de los años— llevó a cabo una investigación exhaustiva hace siete años en el municipio. Y a partir de ahí, han llegado a la prensa algunos pocos artículos sobre los bipolares en Aranzazu. Es por eso que esta revista me ha enviado al pueblo. Pero la realidad es aún más turbadora: toda la zona del norte de Caldas, del sur de Antioquia e incluso de Risaralda tiene un porcentaje similar de bipolaridad. De hecho, entre el 70 y el 80% de los pacientes del hospital mental de Pereira egresan con diagnóstico de trastorno afectivo bipolar. Y en Aguadas, cuya población es más alta que la de Aranzazu, el año pasado había casi 700 casos diagnosticados. Así mismo, podría dar aquí las altas cifras de intentos de suicidio en Pensilvania del 2008. Si se navega por la red con paciencia, los ejemplos van corroborando toda esta triste realidad: Santuario, Pácora, Salamina… Los hospitales y centros de salud de la zona lo saben. Las cifras del sur de Antioquia son también tan altas, que no es exagerado hablar de una endemia en la zona, cuya definición es sencillamente una enfermedad que afecta a un número de individuos superior al esperado en una población durante un tiempo determinado.

Ahora sí podemos intentar responder por qué. Para ello, es necesario primero contar lo que se sabe sobre las causas del trastorno. La bipolaridad es una enfermedad que resulta de varios factores: unos genéticos y otros ambientales. Es decir, es necesario heredar la alteración genética, pero es posible que a pesar de tenerla, la enfermedad no se desarrolle nunca. Hace falta —no sé muy bien cómo decirlo y me excuso por la torpeza— un golpe de la vida. Los factores ambientales que se suelen citar como detonantes frecuentes son la pérdida de uno de los padres, el abuso físico y sexual en la infancia y los sistemas educativos represores, muy severos. O el trauma del parto en las mujeres.

El factor genético se debe simplemente a que toda la zona fue poblada por la colonización antioqueña. Y los colonos, que buscaron las tierras altas, más frías, para evitar el paludismo, fueron fundando los pueblos de Caldas anclados en lo alto de esa dura y cerrada montaña. La geografía, allí, no es inocente. Se dice que la alteración genética (que no es fácil de rastrear y todavía hay mucho de especulación en ello) fue heredada de los vascos, y ellos, a su vez, de las migraciones judías en el viejo continente.

Cuando se habla de la colonización antioqueña, a veces se piensa que la migración hacia el sur en busca de oro y fuentes de sustento que se dio a lo largo del siglo XIX fue inmensa. Pero no. No eran más que un puñado de gentes en busca de una vida. Los pueblos eran diminutos y aunque no les guste demasiado admitirlo, se casaban entre sí. Es la endogamia la que ha producido las cifras. Ignacio Zarante, profesor asociado del Instituto de Genética Humana de la Universidad Javeriana, dice que no es gratuito que los primeros códigos penales europeos castigaran, ante todo, el incesto: puro instinto de supervivencia. Pero es que en Europa no existe ese apretado nudo de las cordilleras colombianas, que sumieron esos pueblos en un aislamiento casi total durante siglos. De hecho hoy, uno nota que entre pueblo y pueblo del norte de Caldas hay casi exactamente una hora en carro. Y esa hora de hoy, cuenta el doctor Zarante, equivale a un día a caballo del siglo antepasado. Estaban bien lejos entre sí.

Y es que toda la historia se confabula. Los indígenas de Antioquia fueron exterminados con más eficacia que los de otras regiones del país. Uno lo ve en el pueblo: blancos, de ojos claros, buenos mozos. Los fenotipos son muy recurrentes: si uno lo piensa, no es gratuito que la imagen de un Juan Valdez produzca tan alto grado de identificación colectiva. Es que las gentes se parecen mucho.

Algunos habitantes de Aranzazu han elaborado con paciencia su árbol genealógico, y se sabe que la mayoría de sus habitantes descienden de Marinilla. Se han hecho estudios para evaluar las relaciones genéticas entre los habitantes de uno y otro pueblo, analizando la frecuencia de los apellidos. El resultado es que los dos pueblos comparten, hoy por hoy, el 45,6% de ellos.

Es por eso. Por eso hay tanta gente allí que se hunde en el quieto abismo de la depresión.

V.

Paréntesis. ¿Será casualidad que la música montañera sea tan triste? ¿Que en sus estrofas hasta los guaduales se echen a llorar? ¿O qué el tango tenga en la cultura antioqueña tanto arraigo? ¿Dónde acaba el cuerpo y dónde empieza el alma de los hombres? ¿Dónde se encuentran? ¿Dónde se acaba el sufrimiento del cuerpo y dónde comienza el sufrimiento del espíritu?

La cultura católica es tan binaria, tan simple, que ha creado un poderoso modelo de oposiciones: el bien y el mal, el cielo y el infierno, el cuerpo y el alma. Pero la realidad no está hecha de efectistas antagonismos sino de ambiguas zonas grises.

Ana no lo supo nunca, pero es posible que el alma de los hombres esté alojada en alguna misteriosa combinación genética. Que toda expresión de la voluntad de elevación del espíritu del hombre puede ser leída desde la biología. Toda ansia humana de trascendencia, toda pregunta por la existencia, podrían estar encapsuladas en el denso ovillo de los cromosomas. Polvo eres y en polvo te convertirás.

VI.

Te dije, lector, que esta era una historia triste. No es la historia de un pueblo de locos, en absoluto. Aquí no hay caricatura posible. En Aranzazu la vida es apacible, y el pueblo, abrazado de verde, es muy hermoso. Sus habitantes son, de veras, amables y tranquilos. La sirena del pueblo suena a las diez de la noche y todos los menores de edad deben marcharse a casa. Pero tras las puertas cerradas de todos esos pueblos y ciudades de la zona, mucha gente sufre. Lo que pasa es que este tipo de enfermedades se absorben como tragedias silenciosas. Con un “aquí hay mucha gente como apagada” aceptan el problema. Pero eso que la psiquiatría llama, con correcta asepsia profesional, factores ambientales se traduce en infancias muy dolorosas, en las durísimas vidas de las gentes pobres, en una historia de poca escolaridad, de maltrato, de absurdas exigencias: sea fuerte, sea berraco, no llore, sea macho, haga plata, triunfe o usted no sirve para nada. Y si es mujer, aguante, mija, que para eso vino al mundo. Esa es la cultura paisa.

La historia de vida de Olga, la segunda mujer que se suicidó este año, es desoladora. Huérfana, explotada de niña por parientes lejanos, probó el bazuco antes de los diez años. Por fin, después de muchos penosos ires y venires, de un matrimonio y hasta de un hijo, logró encontrar algo de felicidad con una joven mujer. Pero su hermano, al enterarse, horrorizado, amenazó a su pareja, y esta la abandonó. Olga tenía 38 años cuando se quitó la vida. Había sido diagnosticada, pero tampoco tomaba medicación.

Los prejuicios, la intolerancia, la reaccionaria cerrazón son como espejos metafóricos del infranqueable relieve. ¿Dónde acaba pues la geografía del paisaje y dónde comienza la geografía del corazón? ¿Dónde el adentro y dónde el afuera de las cordilleras? ¿Y cuántos de nosotros portamos en los dedos los anillos de Saturno, ese dios implacable de la tristeza exagerada?

Pero, de nuevo, hay que llamar a las puertas del desarrollo. Apertura, educación, más inversión en salud mental. No puede terminar de otra forma este artículo más que tocando a las puertas de la Secretaría de Salud de esos departamentos. Si los pacientes están monitoreados, medicados, lograrán el milagro feliz del equilibrio. Y eso es más progreso que cualquier autopista, aunque nadie pueda inaugurarla ni hacer discursos autocongratulatorios. Nadie puede cortar la cinta exacta la felicidad. Pero para muchos, para un altísimo 5% de una vasta población, sí se puede procurar un poco de sombra fresca para el salvaje sol de la melancolía.

El psiquiatra y la machi

Publicado: 4 septiembre 2010 en Oscar Guisoni
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El psiquiatra Arturo Philip es argentino, descendiente de franceses y vive en un pequeño pueblo de la Bretaña, ubicado en el corazón del bosque de Brocéliande, en el lluvioso norte de Francia. En ese bosque, según la leyenda, habitaban el Rey Arturo y sus caballeros.

Para entrar en su casa hay que atravesar un pasillo que es un laberinto. El interior se asemeja a un viejo barco anclado. Philip tiene el aspecto de un antiguo marinero bretón. Suéter de lana azul con cuello alto, pipa, barba blanca y una calva portentosa que termina en una mínima cabellera enloquecida, físico de ex jugador de rugby, hablar sereno, es el autor de, entre otros libros, El hospital bizarro (De los cuatro vientos, 2008), en el que cuenta su historia con la machi mapuche Dominga Ñancufil, una especie de chamana de la última cultura indígena que habitó el sur argentino.

Veinticinco años atrás, Arturo Philip dirigía el Hospital Neuropsiquiátrico de Carmen de Patagones, una ciudad en el confín de la provincia de Buenos Aires, donde comienza la Patagonia. Fue entonces cuando conoció a doña Dominga Ñancufil, a la que describe en su libro como sacerdotisa y médica, una mujer que se convirtió, gracias a él, en la primera machi mapuche que llegó a trabajar en un hospital aportando su cosmovisión a la hora de enfrentarse con la locura.

En el invierno de 1990, Arturo Philip se encontraba en la ciudad de La Plata, a sesenta kilómetros de Buenos Aires. Para ese entonces ya era un psiquiatra célebre, había ganado el premio a la Mejor Labor Institucional otorgado por la Asociación Psiquiátrica Argentina en 1986 por su trabajo con Dominga en el Hospital Neuropsiquiátrico de Carmen de Patagones, y hacía tres años que su experiencia con la machi se había derrumbado. Philip, sin embargo, no había dejado de ocuparse en los temas que le interesaban y había extendido su labor al teatro, presentando una serie de trabajos que contribuyeron a extender su prestigio en otros ámbitos. En esos tiempos comenzó a coordinar en La Plata una comunidad terapéutica que funcionaba como una casa de prealta para pacientes que habían estado internados en hospitales psiquiátricos y requerían una etapa de resocialización antes de volver a sus hogares. Un grupo de estudiantes universitarios de distintas disciplinas colaboraban con la comunidad. Y aunque el periodismo tiene poco punto de contacto con la psiquiatría, al menos en apariencia, decidí sumarme al grupo atraído por la historia del primer psiquiatra que había decidido reconocer los conocimientos de una machi. A la comunidad la conocíamos como “la casa de la calle 7” o “7” a secas. En La Plata las calles no tienen nombres, sino números, y la casa de prealta quedaba en la avenida 7. Era un típico caserón con infinidad de habitaciones y un pasillo central que llevaba a una sala en la que Philip solía hacer esperar a los padres de los pacientes. Las primeras historias sobre quién era en realidad doña Dominga las escuché de primera mano en aquella casa, ya que algunos de los que allí trabajaban la habían conocido en tiempos en los que aún funcionaba el Neuropsiquiátrico de Carmen de Patagones.

El periodista de la desaparecida revista El Porteño, Fernando Almirón, había entrevistado en el año 1983 a la machi en un artículo que tituló “Dominga, la mapuche que venció la tristeza”. “¿Qué es la locura, Dominga?”, le preguntaba Almirón. “Los locos son así porque se les debilita la mente —decía Dominga—. Piensan cosas malas. Unos se enloquecen porque quieren tener mucho, pero no pueden tener. Otros porque quieren trabajar pero no les gusta, y de ahí se transforma la locura, de ahí se transforman los malos pensamientos. Gritan, se desesperan”. El diálogo de la machi con el periodista despertó la curiosidad del mundo intelectual porteño de aquellos años. La mítica revista Crisis, dirigida por Vicente Zito Lema, también se fascinó con Dominga y su historia. En un artículo firmado por Ernesto Adelson, titulado “Mapuches, la salud entre dos culturas” y publicado en 1987 se denuncia que “pese a la obtención de resultados altamente satisfactorios, las autoridades hospitalarias alarmadas despidieron al personal médico interrumpiendo el desarrollo de las actividades”.

Un día Arturo Philip anunció que la machi iba a venir a la ciudad.

El escenario del encuentro no podía ser más sugerente. Philip, además de la comunidad en La Plata, dirigía una fundación llamada Tierra Firme que tenía su sede en una vieja casona aristocrática de la calle Arias, en el elegante barrio de Belgrano, en el norte de la ciudad de Buenos Aires. En esa fundación el psiquiatra atendía pacientes, daba clases privadas y organizaba talleres de fin de semana con grupos de personas interesadas en el conocimiento mapuche y sus aplicaciones en la vida cotidiana.

En uno de los salones de la sede de Tierra Firme, de paredes blancas y piso de madera lustrada, el psiquiatra dictaba en 1991 un curso de seis meses de duración para unas treinta personas bajo el título de “Bienestar, arte sutil y delicado placer”. Dominga fue invitada a participar en una sesión.

El grupo que formaba parte del taller era bastante heterogéneo. Más allá de las cuatro o cinco infaltables señoras new age, incansables consumidoras de cuanto curso con tufillo exótico se hiciera en la ciudad, la mayoría de los presentes teníamos entre 20 y 30 años y procedíamos de los ambientes universitarios o de las escuelas de teatro de la ciudad. Había también pintores, escultores, bailarines. Yo había comenzado el curso motivado por su sugerente título y por la curiosidad que me despertaba acercarme a una cultura de la que sabía tan poco. La mayoría había llegado atraída por el prestigio de Philip no sólo como psiquiatra sino también como director teatral. Ángel Tessadro, un colega de la Facultad de Periodismo al que yo había invitado al taller, era uno de los presentes. “Nunca me había sugestionado tanto”, recuerda con una sonrisa detrás de sus anteojos redondos de comelibros. “Una cosa es leer acerca de los indios mapuches, otra muy distinta es tener una machi al lado haciendo una danza, como aquella tarde”.

¿Cómo había llegado doña Dominga Ñancufil hasta ese lugar? ¿Bajo qué circunstancias se habían encontrado la machi y el psiquiatra? ¿Qué había ocurrido en aquel hospital de provincias entre 1980 y 1987 como para despertar el interés y hasta la fascinación de una ciudad cosmopolita e incrédula como Buenos Aires? Para entender todo eso hay que volver atrás. Muy atrás.

***

Patagonia, a finales de los años treinta del siglo pasado. Escondida entre una mata de árboles una niña mapuche observa con atención el movimiento de los animales que se acercan al “paraíso”. El paraíso se llama Yaimanhué y es el último reducto mapuche que los hombres blancos todavía no han descubierto, a pesar de que hace medio siglo que terminó la guerra de conquista y exterminio que llevó a cabo, en 1880, el ejército argentino comandado por el siniestro general Julio Argentino Roca contra el pueblo mapuche. Yaimanhué es un enclave protegido por los accidentes geográficos cerca de la meseta de Somuncurá, en la provincia de Río Negro. El apellido de la niña, Ñancufil, hace referencia a su antiguo linaje: el águila, ñancu, la serpiente, filü, los animales totémicos creadores de todo lo que existe según la cultura mapuche. La abuela de la niña intuye que el rincón del mundo en el que viven está a punto de ser descubierto por los hombres blancos, los huincas, vencedores de la guerra, y que se aproximan tiempos difíciles para su gente y su cultura. “La abuela me enseñaba cosas que ella sabía. Me decía que yo sería la única que iba a poder andar cerca del hombre blanco sin perder el valor y todo el conocimiento de mi raza”, recordaría años después la niña, ya convertida en doña Dominga.

Los únicos hombres blancos que llegan al rincón de Yaimanhué son los comerciantes siriolibaneses que en esos años recorren la Patagonia llevando mercancías. “De chiquita yo tenía que salir corriendo apenas veía un huinca, y eso hacía cuando empezó a llegar el turco, el mercachifle que venía con mercadería. Yo me escapaba de la casa, me escondía en los matorrales y me quedaba ahí calladita hasta que se fuera la visita. A veces me quedaba un día entero o más. No quería saber nada con los huincas”. Durante esos años, Dominga aprende de la naturaleza, de los animales, los secretos del comportamiento humano. Su abuela la ha apostado entre los matorrales a propósito, para que sepa de la paciencia y ejerza el arte de la observación. “Si aprendés de los bichos —le dice— vas a saber mucho sobre la gente”. Años después, en el hospital de Carmen de Patagones, todo lo que ha observado entre las matas del desierto le servirá para lidiar con la locura.

“Mi abuela era una gran machi. Ella me enseñó a escuchar el agua, la tierra, mirar las señales del cielo, observar el fuego y quemar las porquerías en él”, le contará Dominga años después al psiquiatra en una de las charlas en su casa de la Villa del Carmen, el suburbio pobre en las afueras de Carmen de Patagones en el que vivía. “En aquellos años yo aprendí todo lo que necesitaba para lo que iba a vivir más tarde. La abuela me enseñó a sentir con mi cuerpo los dolores y los sufrimientos de las personas enfermas”.

Cuando su abuela le dijo que estaba destinada a encontrarse con los hombres blancos y a compartir con ellos el conocimiento milenario de su raza, la joven machi se rebeló. “A veces me cansaba y me decía a mí misma: ¿Qué me dice esta vieja? ¿Para qué sirve todo esto? No aceptaba lo que me profetizaba sobre mi futuro. Lo que más rabia me daba era eso de andar cerca del blanco. Yo quería estar siempre ahí, en el sitio donde nací”. Pero una noche, en un bar del poblado de Los Menucos, uno de los empleados del turco Abraham, el vendedor que tanto la asustaba, habló de más y un comisario se enteró de la existencia del poblado mapuche. Días más tarde una patrulla de policía rompió “la cortina de viento” que, según la leyenda, las machis habían tejido alrededor de Yaimanhué para protegerlo de los hombres blancos. Las autoridades huincas pusieron manos a la obra para controlar el pueblo y apoderarse de las nuevas tierras. En esos tiempos se consideraba a los indios poco menos que salvajes y la existencia de una comunidad así era impensable. Las tierras enseguida despertaron la codicia de los poderosos de la zona. El padre de Dominga se resistió y acabó en prisión. “Estuvo en el calabozo el tiempo suficiente para que nos quitaran todo”, le dirá años después Dominga a Philip. “Mi pobre madre veía cómo se llevaban las ovejas, las cabritas. Ella entendió que había llegado el momento de repartir a sus hijas. Salimos cada una para donde pudimos. Hasta esa época, yo no sabía lo que era sufrir”.

Dominga fue a parar a Carmen de Patagones. Apenas era una adolescente. Ya en la ciudad de los blancos, empezó a pensar que su abuela se había equivocado. Era un mundo de “injusticias y mentiras” en el que nadie parecía dispuesto a recibir su conocimiento. “La primera que había llegado era mi hermana Anastasia, la menor”. Después, de a poco “vino toda mi familia. Aquí nos pudimos juntar de nuevo; despacito, cada uno pudo hacerse la casita, en esta villa que es casi toda de nuestra gente”. No fue un periodo agradable para ella, que nunca hablaba de esos años en los que sólo se dedicó a criar hijos, primero con un hombre de su raza que fue su marido, después con un descendiente de siriolibaneses, con el que vivió hasta sus últimos años.

A punto estaba por olvidarse de las profecías de su abuela mientras se dedicaba “a la curación de enfermos, gente que venía de todos lados para verme y pedirme que la ayudara, hasta que algunos paisanos me empezaron a hablar de un médico que los atendía bien en el hospital municipal. Tanto me dijeron que yo fui a verlo, me hice pasar por enferma, le dije que me dolía la cabeza. Y la verdad que me trató muy bien, como nadie antes lo había hecho. El doctor ni se dio cuenta a lo que yo iba. Yo quería conocerlo, estudiarlo un poco. Después estuve pensando mucho en ese doctor y pasó un tiempo antes de que él viniera a verme. Me trajo un enfermo del hospital que no podían curar. El médico no se acordaba de mí, pero yo me dije: a lo mejor mi abuela tenía razón”.

***

Arturo Philip pisó por primera vez Carmen de Patagones cuando tenía 18 años, en diciembre de 1965. El tren que lo llevaba junto a sus compañeros del colegio desde Buenos Aires a Bariloche en viaje de estudios, se detuvo en la polvorienta estación construida por los ingleses a finales del siglo xix. “No sé por qué”, dice, mientras observa la caída de la tarde sobre el verde espeso de la Bretaña, “pero en mi mente jugué con la idea de quedarme y no continuar el viaje. Diez años más tarde ese inocente juego se hizo realidad”.

En 1965 las bombas llovían sobre Vietnam, Los Beatles enloquecían los oídos del planeta y los estudiantes de París no habían cubierto todavía el mundo de sueños imposibles, pero ya se respiraban aires de rebelión global. Hacía apenas un año, en Londres, el psiquiatra escocés Ronald Laing y el filósofo y psiquiatra británico David Cooper habían publicado Razón y violencia, un libro que Philip no tardaría en leer, junto al mítico Psiquiatría y antipsiquiatría, el texto con el que Cooper sacudiría dos años más tarde, en 1967, los cimientos del concepto de enfermedad mental y de las formas tradicionales de tratarla. Cooper había pegado una patada en la mesa de la psiquiatría tradicional al dejar de considerar la locura una enfermedad química y trasladando el núcleo del problema a la cultura, la familia y el contexto general del enfermo.

Después de ese viaje a Bariloche, Arturo Philip, que provenía de una familia de clase media de La Plata, comenzó sus estudios de psiquiatría en la Universidad Nacional de su ciudad. Años después, ya con el título bajo el brazo y luego de una breve experiencia en el Melchor Romero, uno de los hospitales neuropsiquiátricos más importantes de Argentina, decidió que era tiempo de abandonar la ciudad y marchar al sur. Corrían los años de plomo y fuego, las bandas ultraderechistas de la Triple A acosaban a los intelectuales y militantes de izquierda, mientras que se multiplicaban las guerrillas que pretendían lograr la revolución con la lucha armada. “Se habían despertado las peores ambiciones de los mediocres y violentos, el país se sumergió en una feroz batalla por aniquilar a quienes pensaban distinto y el precio por sobrevivir consistía en cerrar los ojos”, recuerda. Un año después de instalarse en Carmen de Patagones el general Videla dio el golpe de Estado el 24 de marzo de 1976 y comenzó la peor dictadura de la historia argentina.

Durante esos años los pueblos y las pequeñas ciudades del interior del país fueron un territorio de exilio. Allí se podían hacer cosas que, con sólo proponerlas, en Buenos Aires podían llegar a costar la vida. En 1980, Arturo Philip se hizo cargo de la dirección del Hospital Neuropsiquiátrico de Carmen de Patagones y decidió implementar un sistema “que se conoce como ‘comunidad terapéutica’, en el que no hay lugares de privilegio entre pacientes, enfermeros, profesionales y vecinos; cualquiera de ellos podía manifestar su opinión en las reuniones semanales que se llevaban a cabo”, explica en El hospital bizarro. El nuevo director abrió además las puertas del neuropsiquiátrico, permitiendo a los pacientes “pasear por las calles, visitar a sus familias”. Pero había un problema sin resolver. Gran parte de los internos pertenecían a la etnia mapuche y las nuevas concepciones terapéuticas que se empezaban a aplicar en la institución no resultaban muy eficaces con ellos.

“Yo estoy enfermo porque me hicieron un daño, me metieron algo en la sangre para que me vuelva loco. Creo que ningún médico podrá curarme”. De esta forma describía César C. su enfermedad y así consta en su historia clínica. César era de origen mapuche y contra él se habían estrellado todas las técnicas terapéuticas del nuevo director del hospital y de su equipo. “No ingería alimentos y su estado se tornaba cada vez más crítico —recuerda Philip—. Sólo sobrevivía gracias al suero, todo parecía anticipar un final nada feliz. En un esfuerzo desesperado, una psicopedago-ga estuvo todas las mañanas durante un mes sentada junto a su cama tratando de hablarle con cariño, intentando comunicarse con la ayuda de un títere, pero fue inútil”. Arturo Philip recordó entonces que la socióloga del hospital le había hablado de la presencia, en los alrededores de la ciudad, de una machi, una curandera mapuche. Como ya no le quedaban opciones para salvar a César, el médico arriesgó una última carta. “Conseguí la dirección de esa mujer y me fui a visitarla. Le comenté el caso y la machi aceptó ver al paciente, pero en su casa y sin nadie presente”, recuerda.

Jacinto Ñancufil también guarda un preciso recuerdo de ese día. Jacinto es el actual lonco —jefe, en su lengua—, de la comunidad mapuche de Carmen de Patagones. Tiene el mismo apellido totémico que Dominga y en su porte se adivina el linaje que los une. Sentado a la mesa del comedor de su humilde casa, en el que abundan amarillentos cuadros con la figura de ese extraño santo católico de origen mapuche que es Ceferino Namuncurá, junto a fotos de una familia infinita, Jacinto recuerda que “lo de Arturo fue muy bueno porque creyó en Dominga, muy pocos profesionales creen que nosotros podemos recuperar un enfermo”. Después de dejar a César C. en una habitación a solas con la machi, el psiquiatra y la enfermera que lo llevaron hasta allí se quedaron a esperarlo, sentados en el coche. No había pasado ni una hora cuando César apareció “por la puerta del frente de la casa seguido de Dominga y diciéndome: ‘Bueno, doctor, ya estoy mejor. Voy a comenzar a comer y a tomar los remedios que usted me quiere dar porque estoy muy débil. Qué malos momentos les hice pasar, deben disculparme’ ”.

“Todo esto nos modificó nuestros esquemas —cuenta Philip—. En un primer momento pensamos que nos habíamos equivocado con el diagnóstico del paciente, pero luego lo confirmamos”.

Silvia Ocampo también es psiquiatra y actualmente dirige el Hospital General de Patagones. En aquella época se encontraba haciendo las prácticas bajo la dirección de Arturo Philip. “Yo venía de trabajar en el Melchor Romero —afirma— y si alguien venía y me decía que tenía un daño lo medicábamos como si estuviera alucinando. Aquí me di cuenta de que se trataba de una cuestión cultural, algo diferente”.

“Cuando vi ese resultado comprendí que no podía quedarme quieto”, sostiene Arturo Philip y los ojos se le van iluminando con los recuerdos. “Mi curiosidad médica me llevó acercarme a Dominga y pedirle permiso para aprender de ella”. Pero la machi pensaba más en un intercambio que en tener un aprendiz, así que finalmente “hicimos una alianza, no hubo un maestro y un discípulo. Entonces nos pusimos a trabajar juntos en resolver patologías, sobre todo de gente de su raza. Dominga nos estaba abriendo la puerta al mundo oculto de América, de la América profunda, pero eso lo íbamos a descubrir después”.

A pesar de que por respeto nadie quiso preguntarle a César qué había sucedido en aquella habitación con la machi, los médicos del hospital pudieron oír luego cómo les contaba el episodio a sus compañeros de habitación. Arturo Philip recrea el relato en su libro: “Cuando el doctor me dejó solo con doña Dominga, ella se me vino encima y me dio un empujón que me tiró al piso. Yo no me asusté ni nada, pero estaba tan débil que no podía moverme, así que me quedé tirado mientras la machi empezó a dar vueltas alrededor. Daba vueltas y vueltas, y cantaba bajito. Yo empecé a marearme, a ver todo nublado, y entonces ella se me acercó y me metió la mano en el estómago. Me metió la mano y todo el brazo adentro. Yo sentía como me revolvía las tripas. Sentí un gran dolor, creí que me iba a desmayar. Entonces ella agarró algo que estaba muy prendido en todo mi cuerpo y empezó a tirar para afuera. Hasta que sacó una serpiente, estaba viva dentro de mi cuerpo. Después la machi me mostró cómo le aplastaba la cabeza con una piedra contra el piso”.

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Con la historia clínica de César en la mano, Arturo Philip decidió tomar la decisión más arriesgada de su carrera: incorporar a Dominga Ñancufil a la plantilla del Hospital Neuropsiquiátrico de Carmen de Patagones en calidad de asistente terapéutica. Terminaba el año 1983 y con él también la dictadura militar. Con la democracia florecieron los viejos sueños y volvieron a ocupar posiciones de poder algunos soñadores. Uno de ellos era el médico psiquiatra Miguel Materazzi, que fue nombrado director de Salud Mental de la Provincia de Buenos Aires y que en esos tiempos presidía la Asociación de Psiquiatras Argentinos. “Cuando me encontré con Arturo Philip” —recuerda desde su casa en Buenos Aires— me di cuenta de que era una persona superadora, con una visión distinta de la profesión, que tenía un proyecto claro para hacer un hospital de puertas abiertas. Entonces me contó sobre las vivencias fuera de lo común que tenía con doña Dominga”. Con el apoyo de Materazzi la gobernación dio el visto bueno al incipiente trabajo que se estaba desarrollando en el hospital de Carmen de Patagones. “Dominga era una mujer con una presencia extraordinaria —recuerda Materazzi— con una hidalguía y una sapiencia fuera de lo común. La experiencia de Philip fue significativa porque demostró que no hay una sola verdad, que no puede ser todo visto desde un solo punto de vista y que la medicina occidental no puede ser tan omnipotente”.

El trabajo con los pacientes mapuches comenzó a dar tan buenos resultados que Arturo Philip creyó oportuno probar las técnicas de la machi con una paciente de raza blanca. Para sorpresa de los miembros del equipo, el experimento funcionó. La paciente, de nombre Norma, era hija de un hombre alcohólico y agresivo que había intentado violarla cuando ella era niña. En su libro La curación chamánica (Planeta, 1994) Philip cuenta que el padre de la paciente muere “cuando ella tiene apenas 17 años” y poco después Norma ve su cara “en el rostro de su compañero de baile en una situación claramente erotizante”. Norma comienza a sentir que su padre la posee, por lo cual Philip y su equipo deciden “resolver la situación dentro de la misma concepción mítica de la paciente. Es decir, estábamos dispuestos a realizar un exorcismo. La lectura de Una neurosis demoníaca en el siglo xvii de Sigmund Freud nos aportó algunas puntas —recuerda hoy Philip—, pero la cuestión era ¿quién iba a ocupar el lugar del exorcista? ¿Un médico? ¿Un cura?”. “Yo lo voy a hacer”, dijo entonces doña Dominga.

Dominga iba todos los días al hospital y compartía con los médicos las reuniones en las que se evaluaban las historias clínicas, pero cierto tipo de ceremonias necesitaba hacerlas siempre en el contexto de la naturaleza. Por esa razón el ritual mapuche se llevó a cabo durante la noche en las inmediaciones de “la loma”, un terreno elevado a orillas del Río Negro en el que los mapuches de la zona llevan a cabo sus ceremonias. Philip y un par de colaboradores llevaron a la paciente hasta el lugar donde la estaba esperando la machi. En medio de la oscuridad, valiéndose sólo de la palabra y la sugestión del paisaje, Dominga revivió los fantasmas de la paciente y comenzó a modificar su percepción de la realidad. Para sorpresa de todos, Norma experimentó una gran mejoría. Con esta historia clínica bajo el brazo, más una exposición detallada del trabajo que se realizaba en el hospital, el equipo de Philip enfrentó en abril de 1986 al jurado del Primer Encuentro Nacional de Psiquiatría que se realizaba en la ciudad de Tucumán, en el norte argentino. Se llevaron el Premio a la Mejor Labor Institucional del país.

El hospital era pequeño y no albergaba a más de una treintena de pacientes, así que en poco tiempo Dominga se encontró dando consejos sobre casi todos los casos. “Para los que veníamos de la ciudad, después de habernos quemado las cejas en la universidad, era un duro golpe a nuestro narcisismo tener que discutir con la machi si correspondía o no que le diéramos a tal enfermo una medicina”, recuerda Silvia Ocampo.

“Los resultados fueron tan buenos —cuenta Philip— que en poco tiempo el hospital se fue vaciando”. Los pacientes que quedaban disfrutaban del régimen de puertas abiertas que el hospital instauró siguiendo el modelo de la psiquiatría italiana que era puntera en Europa en este tipo de propuestas. El equipo del hospital comenzó a concentrarse en la salud mental de la población desde un punto de vista preventivo. El hospital empezó a organizar cursos, obras de teatro con participación de los enfermos y un gran número de actividades que involucraban cada vez más a la gente de la pequeña ciudad, lo que contribuyó también a despertar las resistencias de los sectores más conservadores.

Philip, mientras tanto, compatibilizaba su labor frente al hospital dando clases en la Universidad del Comahue, al tiempo que coordinaba el Programa de Epidemiología Psiquiátrica en Patagonia creado por el Consejo Nacional de Investigaciones Científicas y Técnicas (Conicet) que dirige el prestigioso Fernando Pagés Larraya. La Asociación Psiquiátrica Argentina lo puso al frente de su Capítulo de Psiquiatría Transcultural, empezó a dictar clases en el Instituto de Psiquiatría de la Universidad de Londres y a llevar a cabo trabajos etnográficos sobre el terreno en Colombia junto a Nohemi Infante, consejera de la Organización Panamericana de la Salud. Visitó Perú y Brasil para continuar con sus investigaciones sobre el uso del mito y de la medicina tradicional indígena a la hora de abordar la locura. “El Hospital se transformó en la niña bonita de la psiquiatría nacional —recuerda—. En los meses siguientes recibimos numerosas visitas, médicos, psicoanalistas, profesionales de la salud mental del país y del extranjero, artistas, directores de teatro, periodistas”.

Pero en la conservadora Carmen de Patagones se estaba gestando la reacción. El hospital tenía los días contados.

En octubre de 1987 se impuso, en las elecciones a gobernador de la provincia de Buenos Aires, Antonio Cafiero, un exponente de los sectores más conservadores del peronismo. Miguel Materazzi abandonó su cargo de director de Salud y Arturo Philip se quedó sin respaldo. En Carmen de Patagones se hizo, con el gobierno municipal, del mismo sector político. Irene Roldán, una psicopedagoga empleada del hospital, hija de un militar implicado en la dictadura y con asiduos vínculos con la Iglesia católica, para quien Dominga era una simple curandera ejerciendo ilegalmente la medicina, le advirtió a Philip que, según su parecer, “estamos transitando por el borde de un peligroso abismo”. Poco después, en connivencia con políticos locales y un grupo de profesionales recién llegados, molestos con el lugar que se le había otorgado a una machi sin estudios, Irene se prestó a denunciar a sus colegas, a pesar de que todo el trabajo que se estaba haciendo era legal. Sin prestar mucha atención a las formas legales, el municipio despidió a todo el equipo médico sin siquiera hacerles un sumario administrativo. Fue un final abrupto y fulminante. En 1992, después de un largo proceso, la Corte Suprema de Justicia de la provincia de Buenos Aires le dio la razón a Arturo Philip, en el juicio que éste inició contra la municipalidad por la forma arbitraria de acabar con el programa de salud que se estaba llevando a cabo. Pero el hospital no volvería a abrir sus puertas, ya que el municipio decidió quitarle su independencia y lo puso bajo la jurisdicción del Hospital Municipal como una simple Área de Salud Mental. Las puertas se cerraron y los pacientes volvieron a ser tratados de modo convencional.

Dominga le había advertido a Philip lo que estaba por suceder. Lo hizo a su manera. La machi intuía que la cultura blanca estaba empezando a defenderse de su conocimiento. Le dijo al psiquiatra que iba a encontrarse pronto una serpiente en su camino y que si no quería que “sucedieran cosas malas” tenía que matarla. “Un día me fui a correr al cerro, como hacía a menudo —cuenta Philip— y una serpiente se cruzó delante. Me detuve con intenciones de matarla, pero pudo más mi razón y me dije ‘pobre bicho’ y la dejé marchar”. Cuando la tempestad que acabó con la experiencia se desató, Arturo Philip recordó el incidente. Pero ya era demasiado tarde.

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En 1992, Arturo Philip no sólo ganó su lucha en la justicia, sino que decidió poner pie en Europa con el objetivo de difundir la experiencia aprovechando el prestigio internacional que había ganado en el campo psiquiátrico. Durante los cinco años que siguieron, Dominga lo acompañó por todo el país dictando conferencias y realizando talleres en los que la machi siguió ofreciendo al hombre blanco sus conocimientos, tal como su abuela se lo había anunciado. Cuando se disponía a viajar en compañía de Philip a España, la muerte la sorprendió en su humilde rancho de Carmen de Patagones. Nadie sabía su edad, tal vez ni ella misma. Ni siquiera sus más allegados supieron muy bien cuál fue el mal que terminó por carcomerla. Durante los últimos años un grupo de su propia gente le había dado la espalda. No comprendían las razones por las que había decidido compartir su conocimiento ancestral con los hombres blancos. Ya no contaba con los ingresos que le proporcionaba el hospital, donde cobraba un modesto salario como asistente, aunque no le faltó trabajo durante sus últimos años gracias a las actividades que realizaba, junto a Philip y el pequeño equipo que siguió acompañando al psiquiatra durante los tiempos que siguieron al cierre del Neuropsiquiátrico. Murió con la misma dignidad con la que vivió toda su vida, sin que nadie escuchara de su boca una queja. Hoy vive en el recuerdo de los muchos hijos que tuvo, mientras los mapuches de Carmen de Patagones esperan que se cumpla la leyenda y que la machi vuelva reencarnada en una de sus nietas. “Se murió Dominga, se acabaron las machis”, dice Jacinto Ñancufil con una triste contundencia en su mirada. “Hasta donde sabemos —dice Guillermo Sabanes, uno de los hombres que acompañó a Philip en la aventura—, nadie hasta ahora ocupó su lugar”.

Una vez en Europa, Arturo Philip se alejó progresivamente de la práctica psiquiátrica convencional, un espacio a su juicio ocupado cada vez más “por las multinacionales de los medicamentos que sólo buscan hacer negocio”, y decidió volcar su experiencia en el teatro y en el cine documental, dirigiendo obras como Ciao, Diego, un documental en el que indaga los orígenes del mito Diego Maradona filmado en la ciudad de Nápoles en 1996, que fue exhibido en distintos circuitos alternativos de Europa y América Latina. En 1996, precisamente, la justicia decidió restituirlo en el cargo de director del hospital. “Un hospital que ya no era el mismo”, recuerda, ya que ahora dependía del hospital central y no tenía autonomía. De regreso en Carmen de Patagones, el psiquiatra decidió crear un área científica desde la que desarrolló trabajos de investigación y docencia hasta que se jubiló en 2007. Durante todos esos años no dejó de transmitir la experiencia sin par que significó ese pequeño hospital patagónico. A finales de los años noventa fundó en París la Asociación Cultural Franco-Argentina, que luego radicó en la región de Bretaña y abrió el portal http://www.eventualmente.com, uno de los sitios pioneros en atención psiquiátrica virtual, en el que promovió también su trabajo artístico, sus documentales y sus libros. Hoy vive en Francia, en la tierra desde la que partieron sus abuelos hace un siglo. Su experiencia con doña Dominga es objeto de estudio en varias facultades de psicología de América Latina.