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A Gasper Elikana lo encontraron los cazadores en octubre pasado cerca de Geita, noreste de Tanzania, un pueblo ubicado en una zona rica en oro que hasta hace menos de un siglo fue colonia alemana. Siguieron sus movimientos durante semanas y decidieron atacarlo cuando iba rumbo a su casa porque creyeron que ese sería el mejor momento. Querían algo de él que pudieran vender. Había plena luz del día cuando lo agarraron a la fuerza por sus extremidades y le taparon la boca para que no pidiera auxilio, pero Gasper logró zafarse pese a sus escasos diez años y lanzó un grito que fue oído por su padre y varios vecinos. El pueblo estaba cerca y en segundos al menos media docena de adultos llegaron a ayudarlo, pero nada pudieron hacer frente a los cazadores. La lucha fue corta, intensa y desigual. Armados de cuchillos y machetes, los verdugos de Gasper hicieron un círculo impenetrable a su alrededor. Todos retrocedieron, menos su padre, que al lanzarse recibió un machetazo en la cabeza que lo mandó a una camilla del precario hospital del pueblo donde luchó por su vida durante varios días. El golpe lo dejó inconsciente, por lo que no pudo ver cómo los cazadores decapitaban a su hijo para que dejara de llorar y luego escapaban de allí con una de sus piernas, que después venderían a un brujo de la región.

El único crimen que cometió Gasper para merecer semejante ejecución fue haber nacido albino.

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Lo peor de ser albino en Tanzania —además del inminente peligro de ser asesinado— es ser un paria entre los suyos. Pese a tener el código genético de cualquier persona de raza negra, un albino tiene el pelo rubio y la piel blanca, pero no es blanco. Se trata de un ser pálido que carece de rasgos físicos caucásicos. Es en realidad rosado con piel seca, arrugada y llena de pecas por el exceso de sol africano y la falta de pigmentación en la piel, lo que hace que personas de 30 años parezcan de 60. Algunos se protegen con sombreros, ropa de manga larga, bloqueador y lentes oscuros. Otros, además, evitan el sol desde las once de la mañana hasta las cuatro de la tarde. Pero son los menos. La pobreza en el África no es solo económica, también cultural, y la falta de educación hace que los albinos no tomen las medidas necesarias, lo que hace que su expectativa de vida sea no menos de una década inferior al promedio del continente, que de por sí ya es bajo: 49 años.

Por eso ver albinos en Tanzania es una rareza pese a que hay más de doscientos mil. Son fantasmas que andan con miedo en la capital del país, Dar es Salaam, pero que lejos de las ciudades andan en compañía de su familia o simplemente no salen de casa por miedo a ser atacados.

Matabu es uno de esos fantasmas. Tiene 15 años y camina al menos dos horas diarias bajo el sol para ir de su casa al centro de Dar es Salaam, donde pide limosna en la puerta de un supermercado. Vivir en la gran ciudad es lo que lo ha mantenido con vida, aunque más que vivir, sobrevive de la caridad. Como si fuera una sombra que nadie ve, a duras penas recibe entre 1000 y 2000 shillings diarios, el equivalente a un dólar norteamericano. Pese a su juventud, tiene llagas oscuras en la cara, que no son otra cosa que comienzos de cáncer de piel. La ropa que le han regalado y le queda holgada deja ver sus profusas arrugas en cuello, nuca y brazos, las zonas de su cuerpo que más contacto tienen con el sol. Matabu habla poco y no mira a la cara; en parte por vergüenza, en parte porque cree que si no mira a las personas ellas tampoco lo verán. Entre la intensa voluntad de querer ser invisible y no salir de la capital ha logrado, más que vivir, sobrevivir. Además del estigma social y la caza está el asunto del trabajo. Para gente como Matabu conseguir un empleo es casi imposible, y si lo logra será por el buen corazón del dueño de una compañía que lo pondrá en la trastienda, como obrero posiblemente, y no en el frente donde seguro ahuyentará a gran parte de la clientela. Un cargo administrativo o un ascenso son por ahora sueños inalcanzables para un albino en Tanzania.

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Matabu no tiene idea de por qué nació albino, pero repite lo que ha oído en la calle desde que tiene uso de razón: sus padres hicieron algo malo y fueron castigados por los dioses, o su madre cometió adulterio con un blanco. De hecho, su padre abandonó a su madre siendo él un recién nacido, convencido de que su esposa, que no es albina, había tenido relaciones sexuales con un hombre de raza blanca. El asunto es que nadie le ha explicado que el albinismo es la ausencia en la piel, ojos y pelo de una sustancia llamada melanina, que puede ocurrirle a todo ser vivo —vegetales incluso—, y que en el mundo una de cada 20.000 personas es albina, tasa que en África es de una por cada 5000 sin que la ciencia haya sabido explicar bien por qué. El número es tan alto que cuando los colonizadores portugueses llegaron al continente, separaron a los albinos del resto como si se tratara de una raza aparte. Hoy, varios siglos después, las mujeres embarazadas que se cruzan con un albino lo evitan y se tiran al suelo para que el espíritu no se meta en la barriga e infecte al bebé.

Cuando asistía al colegio, los otros niños le preguntaban a Matabu quién le había pintado la cara, solo por fastidiarlo. Los padres de sus compañeros de salón prohibían a sus hijos que se metieran con él, pero ellos desobedecían las órdenes así fuera solo para molestarlo. Esos factores, sumados a la falta de dinero, precipitaron que abandonara sus estudios cuando apenas cursaba los primero años de colegio. A partir de ahí se convirtió en un niño que poco salía de la casa y tenía contacto solo con su madre y sus hermanos. Alguna vez, en lo que parecía un gesto de buena voluntad, otros niños vecinos lo invitaron a jugar. Matabu se emocionó y sin entender bien por qué ahora sí lo aceptaban se unió a ellos. Luego de juegos de contacto físico cada vez más bruscos, fue abandonado amarrado a una silla con la cabeza rapada. El episodio lo volvió aun más solitario y tímido.

Ocurrió años atrás, antes de que tuviera que abandonar la casa para pedir dinero. Por esa misma época acompañó a su madre a visitar a unos vecinos y descubrió, cuando se le ocurrió quedarse jugando cerca —y solo, como era su costumbre—, que los dueños de casa prefirieron botar antes que lavar el plato, el vaso y los cubiertos que él había usado.

Ahora la vida no es necesariamente mejor, pero al menos cuenta con la ayuda de una ONG holandesa que lo surte de bloqueador solar para proteger su piel. La organización se llama Afrikaanse Albinos, tiene su sede en la ciudad de Utrecht y ayuda a más de 3000 albinos de diez países de África. Cada año manda al continente unas 15.000 botellas de bloqueador que son donadas por marcas que van a regalar existencias, destruirlas o mandarlas a mercados del tercer mundo.

Daphne Blaauw, una holandesa entrada en sus 30, se ocupa de las comunicaciones de la organización y ha hecho varios viajes a África, en los que enseña a los albinos a aplicar el bloqueador, les explica que es preferible no estar al sol entre las once de la mañana y las cuatro de la tarde, y tiene calculado que cada uno de ellos gasta en promedio seis botellas al año. La llegada de Daphne y sus compañeros es esperada por semanas en los pueblos a los que van. Son recibidos con regalos que van desde café hasta maíz y las reuniones son clases de cómo evitar el cáncer de piel. El tema de seguridad y persecución no es tema de ellos y se lo dejan a las autoridades. Suficientes problemas tienen con que los funcionarios de aduana de los países beneficiados pidan sobornos para dejar entrar los cargamentos. El proyectó comenzó en Malawi y se ha extendido a Malí, Burkina Faso, Senegal, Tanzania misma. En todos los países les piden soborno para dejarlos trabajar. La fundación se las ha arreglado, según Daphne, para no dar un solo centavo.

Afrikaanse Albinos congrega albinos en iglesias y colegios del continente para ilustrarlos en un tema desconocido para ellos: las manchas oscuras que varios de ellos tienen, principalmente en la cara. Son marcas que muy pocos reconocen como lo que es, cáncer de piel. En Tanzania, donde el tema de los albinos es noticia diaria, el Ministerio de Salud ha dicho que 17.000 de ellos están en riegos de contraer cáncer de piel. La cifra carece de credibilidad según las ONG y eso que se trata del país que mejor censados tiene a sus habitantes albinos. En los demás lugares de África la cifra es sencillamente imposible de establecer.

Una de las cosas que Afrikaanse Albinos se asegura de dejar en claro a las familias de los albinos que protegen es que las botellas de bloqueador que regalan es para uso de los albinos, y que quienes tienen la piel negra no necesitan usarlo. Matabu no pudo usar el primer frasco de bloqueador que llegó a sus manos porque a su madre le gustó el olor y la consistencia, por lo que empezó a usarla como loción después del baño o para dormir más fresca. Las botellas que llegan hoy en día son solo para Matabu, pero cuando está de buen humor o quiere decirle a su madre que la quiere, comparte un poco con ella.

Por muy tragicómica que suene la historia de Matabu, no es descabellado decir que le ha ido bien para ser albino en Tanzania. Desde 2007 hasta hoy, 68 de ellos fueron asesinados por su color de piel.

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Los albinos cotizan al alza en países de África Oriental como Tanzania, Burundi, Kenia y Uganda: cuatrocientos dólares por una mano, y hasta 65.000 dólares por el juego entero: las cuatro extremidades, los genitales, las orejas, la lengua y la nariz. Así como los católicos creen en la Virgen María y en un Dios que es tres y uno al mismo tiempo, en Tanzania sus habitantes creen firmemente que los albinos son seres mágicos que dan buena suerte y protegen de los maleficios.

El asesinato de albinos parece estar ligado directamente a la minería. Tanzania produce diamantes, oro y hierro, y quienes exploran las minas creen que la fortuna los acompañará si consumen pócimas hechas con partes de albinos. Gasper Elikana corrió con la suerte de haber nacido albino en un lugar rodeado de minas productoras. Se supone que mientras su cabeza quedó separada del cuerpo a apenas un par de cientos de metros de su casa, su pierna fue vendida por algo así como 3000 dólares al dueño de una mina, que se la llevó a un brujo quien, tras diseccionarla, elaboró una pócima y se la dio luego a su cliente para que le fuera bien en los negocios. Los grandes terratenientes del café y el algodón parecen estar implicados también. Acuden a un brujo antes de la cosecha, y cuando este les dice que el secreto de la riqueza y la prosperidad está en tomarse una poción hecha con partes de albino, es cuando el tráfico y el precio se disparan.

A apenas cientos de kilómetros de donde murió Gasper, también en el noreste del país, Miriam, de cinco años, fue despojada de las dos piernas y los dos brazos por cuatro adultos que huyeron a mitad de la noche mientras la niña moría desangrada.

Todo es tan confuso como las confusas cifras que maneja el Estado tanzano y, al parecer, llega hasta miembros del mismo gobierno. El precio que se maneja en el mercado negro no puede ser costeado por un ciudadano promedio y todo apunta a que ricos empresarios y políticos con aspiraciones a cargos importantes se encomiendan a los poderes secretos que da un albino para conseguir lo que quieren. Nadie en Tanzania da nombres propios, señala a alguien. En una tierra donde todo es desinformación, la matanza de albinos es territorio aún más virgen.

En Dar es Salaam el problema está controlado porque la Policía hace inspecciones y el mercado de albinos está en el campo, pero en lugares apartados, casos como los de Gasper y Miriam son frecuentes. Una vez más, como en todo lo relacionado con el asunto, las cifras varían y vienen de diferentes fuentes. Sesenta y ocho es la cifra oficial de muertos según el gobierno, pero diferentes organizaciones hablan de más de cien en los últimos tres años.

Una de ellas es Tanzania Albino Centre, dirigida por un hombre de raza negra llamado Frank Alphonse. Alphonse vive también en Holanda, pero viaja varias veces al año a Arusha, una ciudad de más de un millón de habitantes cercana a la frontera con Kenia, empotrada en medio de las reservas naturales más imponentes de África. Su Tanzania Albino Centre convive con los miles de turistas que viajan a la zona en busca de las emociones de un safari, pero mientras al turismo le va bien, su organización sobrevive de milagro con el dinero de unos cuantos mecenas extranjeros. De los 1000 dólares que necesita mensualmente para ayudar a cerca de ochocientos albinos, 750 se van en comida y 250 en medicinas y bloqueador. El dinero rendido al máximo a duras penas alcanza para 30 días.

En un escueto edificio levantado en grandes bloques de ladrillos de color gris en medio del paisaje de Arusha y a la vista del monte Meru, un volcán de casi cinco mil metros, que es la montaña más alta del país después del Kilimanjaro, los albinos de Tanzania Albino Centre toman clases de matemáticas e historia. Aprenden también a manejar máquinas de coser y otras manualidades que eventualmente les permitirán sobrevivir en la calle. Alphonse tuvo la oportunidad de albergar a Gasper Elikana antes de que este fuera decapitado y mutilado. Cuando se le pregunta por él prefiere guardar silencio. Luego de unos segundos que usa para no explotar —en llanto o rabia— solo atina a decir que en manos de la justicia de Tanzania —tan precaria como la de cualquier país africano— está el destino del caso. A la fecha, solo ocho personas han sido encarceladas por matar o mutilar albinos, todos ellos cazadores. Según Alphonse, los hasta ahora condenados son solo chivos expiatorios y lo que debe hacer el gobierno del país es llegar hasta las personas que encargan las cacerías.

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La cara menos salvaje de esta historia salvaje es Sudáfrica. Con una de las economías más grandes del mundo —pero también una de las sociedades más desiguales— y el honor de haber organizado mundiales de rugby, cricket y fútbol, es también el país más avanzado de África en materia de albinos. Sudáfrica es el único lugar del continente donde se reconoce la condición genética como una discapacidad, algo que es aceptado en el resto del mundo ya que la despigmentación incluye también los ojos, lo que significa que un albino es también un invidente. El desgaste de la piel durante los años va de la mano de la pérdida de la visión. En los nueve puntos más poblados del país, el gobierno provee a los albinos de bloqueadores, tratamientos oftalmológicos y subsidios de alimento y desempleo.

Estos pequeños logros se deben en gran parte a Nomasonto Mazibuko, directora de la Asociación de Albinismo de Sudáfrica, la cual, pese a su gran nombre, no pasa de ser una pequeña oficina de menos de setenta metros cuadrados en el centro de Johannesburgo que a duras penas sobrevive mes a mes con una cantidad cercana a los mil quinientos dólares. Nomasonto, albina también, nació en un día domingo, cuando todos estaban en la iglesia, y su nombre quiere decir “nacida en la iglesia”. Viste siempre de manga larga para protegerse del sol, usa boina, gafas negras y nunca sale de casa sin bloqueador. Habla con vehemencia pese a la austeridad de la organización que dirige y mientras lo hace sus ojos se mueven sin ritmo de un lado a otro, justo como los de un ciego, y cuenta, con la alegría natural de los africanos, historias como que la gente del común está convencida de que los albinos son personas mágicas, que son inmortales o que simplemente se esfuman, leyenda generalizada por el detalle de que nadie recuerda haber asistido al funeral de un albino.

Desde su centro de operaciones, lleno de folios desordenados con informes y estudios, computadores con más de quince años de uso donados por el gobierno y pintura que alguna vez fue blanca pero hoy no se sabe, Nomasonto toca el tema de las llamadas “violaciones correctivas”. Sudáfrica es el país del mundo con más enfermos de sida, seis millones, y la ignorancia colectiva ha hecho creer que violar a una lesbiana o a una albina es lo único que puede curar la enfermedad. La Policía del país reportó cerca de medio millón de agresiones sexuales durante 2009, pero no discriminó qué porcentaje correspondía a aquellas llamadas “correctivas”.

Nomasonto Mazibuko es una especie de celebridad que asiste a encuentros mundiales de albinos y que ha estado varias veces en Tanzania. Mientras en las calles de su país se siente relativamente segura, en Tanzania debe andar escoltada todo el tiempo. Su caso es excepcional porque la Policía del país no puede proteger a los doscientos mil albinos a lo largo del casi millón de kilómetros cuadrados de extensión. Pero la clave para evitar casos como el de Gasper Elikana no está en aumentar el número de agentes, sino en educar a la gente y combatir la brujería en un país con mayoría de musulmanes.

Por lo pronto, sería conveniente enseñar a las mujeres que se agolpan en las puertas de una peluquería cada vez que ven entrar a un albino que un amuleto hecho con su cabello no es capaz de atraer para siempre al hombre amado. Logrado lo sencillo, vendría lo difícil: hacer ver a los mineros que los 1500 millones de dólares en exportaciones que representan las 400 toneladas anuales de oro que descubren cada año se debe a la riqueza de la tierra, y no a beberse una pócima hecha con las partes de un albino mutilado.

República Dominicana es como un estuche de acuarelas. La vida parece estar clasificada en colores. El turquesa significa playas. El blanco es sinónimo de la arena. El verde, de las palmeras y de sus cocos. Los distintos tonos del amarillo son el ámbar, el ron y el plátano frito. Y el negro es Haití.

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Recién llegado, al abordar una guagua —que es como aquí llaman a los buses— con rumbo a Santo Domingo, todos los pasajeros lucen bastante uniformados por la piel. Predomina el cutis color caoba, acompañado de cabellos y facciones afro.

—¿Pero cómo puedo diferenciar a un haitiano de un dominicano?
—Por el color de la piel —me responde un pasajero, moreno de ironías—, los haitianos son negros, y son malos.

Luego de la explicación, y tras los vidrios de la guagua, en el malecón, la mayoría de transeúntes me parecen haitianos. Pero eso es poco probable, Santo Domingo —su nombre completo es Santo Domingo de Guzmán— es la capital de República Dominicana, y la urbe empieza a desdoblarse entre pasos a desnivel, tráfico lento y un calor similar al que hay en San Salvador al mediodía.

El área metropolitana de esta ciudad es más grande de lo imaginado. De un total de 9.5 millones de dominicanos, casi 4 millones residen aquí, entre edificios de 40 pisos y volcanes de berenjenas y mamoncillos sobre las aceras. Una carreta lleva plátanos encima y dos burros delante. El contraste está en sintonía con la misma disposición del país, que tiene como vecinos más cercanos al relativo bienestar de la isla estadounidense de Puerto Rico y al país más empobrecido del continente: Haití. Es más íntima la vecindad con Haití, comparten isla, una que Cristóbal Colón bautizó como La Española cuando llegó en 1492. Dominicanos al oriente y haitianos al poniente.

Colón es omnipresente en Santo Domingo. Aparentemente él, el descubridor, vivió y murió aquí, con más penas que glorias. Aún se le puede ver de pie en plena plaza Central, bronceado bajo el sol caribeño. Es de bronce. Con su dedo índice señala la vía peatonal, salpicada por algunos de los primeros edificios que los europeos hicieron en América, y atiborrada de vitrinas con artesanías en madera, de apariencia más bien africana. Allí mismo los dominicanas y las dominicanos guiñan ojos y el turismo adquiere matiz sexual. Los “Oye ven pa’ca” o los “Te voy a llevar al espacio pa’que vea puras estrellita” se repiten con ligeras variantes. Resulta difícil ser indiferente.

El lugar no puede ser más cosmopolita y paradójico. Italianos que comen mangú (puré de plátano). Ingleses intentando inhalar habanos. Alemanes irritados de sol. Clics de cámaras. Clincs de botellas de cerveza Presidente. Gente que compra las gemas de la isla: ámbar o larimar. Pero justo afuera del hollywoodense Hard Rock Café hay un grupo de niños reunidos. Son haitianos. Lustran zapatos por 20 pesos (34 pesos forman un dólar). Pero hay poco trabajo y muchas sandalias. Uno de los carajitos —o niños— se acerca.

—¿Cómo te llamas? ¿De dónde sos?
—Me llamo Ibison. Soy de Mirebalais, en Haití.
—¿Te gusta más aquí?
—¡Coño, más aquí, sí! Pero la única vaina es que no nos quieren acá.

Dicho esto, corre hacia uno de los pocos que calza botas en pleno mediodía.

Joel Torres, un dominicano de 28 años, ve la escena y trata de explicarme. Dice que los haitianos “son un grupo de ratas, siempre violan niñas, matan y roban”. “Pero no digo que todos son así. No. Muchas veces aquí cogen ‘mucha lucha’ (mala intención) contra ellos, los hacen trabajar en construcción y cuando el edificio está terminado, llaman a la Policía para que los deporten y se ahorren pagarles.” Joel cuenta que los haitianos son llamados despectivamente congo, congui o piti. Apodos con reminiscencias africanas. Joel es negro también, pero él se esfuerza por convencerme de que los haitianos son de otro tono: azules, como el metileno.

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La tensa relación racial entre ambos países hunde sus raíces en los tiempos coloniales. Nacieron de espaldas. El historiador dominicano Ricardo Hernández cree que las desavenencias se gestaron a finales del siglo XVIII. Los esclavos negros de Saint Domingue, la zona poniente de La Española, se levantaron contra sus colonizadores, los franceses, y lograron echarlos de la isla. El 1.° de enero de 1804 Haití obtuvo su independencia, algo que en el caso de los dominicanos se pospuso hasta 1821. En 1822, Haití invadió lo que ellos consideraban el “Estado independiente del Haití español”, ocupación que se prolongó hasta 1844, cuando las armas restablecieron la República Dominicana.

Seguirá habiendo episodios de enfrentamientos políticos entre ambos pueblos hasta bien entrado el siglo XX. En 1937, el dictador dominicano Rafael Trujillo ordenó asesinar a —por lo menos— 17,000 haitianos, por considerarlos una invasión “de tribus salvajes”. No le bastó, y Trujillo indemnizó el horror con 30 pesos pagados a Haití por cada muerto. Además, en su afán por blanquear su país y diferenciarlo de sus vecinos, Trujillo incentivó la llegada a la isla familias húngaras, españolas, japonesas y libanesas.

“El presidente Trujillo cultivó un discurso marcado por el racismo. Haití fue convertido en un gran monstruo en el imaginario cultural.” Así interpreta Ricardo Hernández la consolidación del antihaitianismo. Un racismo que antropólogos como Pablo Mella traducen como odio y desprecio hacia el mismo dominicano, quienes niegan alguna conexión sanguínea con África, a pesar de que ello sea más que evidente. El dominicano con rasgos afro se autodefine como indio. Pero para ser indio debe elegir un tono: indio claro, indio lavado, indio canelo o indio oscuro, pero nunca negro.

Es un asunto de color. O colores. En el Santo Domingo contemporáneo basta abrir el principal periódico del país, el Listín, para notar que no toda la piel dominicana es de color oscura. En la sección social saltan apellidos como Kasse, Brugal, Brusíloff, Ziegenhert, Chevalier, Khoury, Sued o Dumit. Nadie indio oscuro ni mulato en las fotografías. Alrededor del barrio de Naco, que no tiene nada de naco, se erizan decenas de torres de apartamentos y centros comerciales que son recorridos por pocos representantes del 80% de la población dominicana. El último censo de 2000 develó que un 69% son mulatos y un 11% descendientes de africanos. El resto, uno de cada cinco dominicanos, sí, son blancos como la yuca.

Muy cerca de Naco, en el lujoso barrio de Mirador Sur, residía hasta hace muy poco un mulato: Sammy Sosa, el beisbolista más exitoso de los muchos que exporta República Dominicana a las Ligas Mayores. Mientras un tractor derriba la mansión piramidal de Sosa —para dar paso a tres nuevos rascacielos—, en el oeste de Santo Domingo (hogar de una mayoría de clase baja) el equipo estadounidense de los Mets inaugura una academia de béisbol de $8 millones para intentar asegurar una nueva generación de sammysosas. Jóvenes beisbolistas que incluyen a haitianos como Ángel Luis Joseph, de 17 años, a quien le ofrecieron desde Estados Unidos en julio un contrato por $350,000 anuales, que no pudo concretarse. Ángel carece de un acta de nacimiento que ratifique que nació en Santo Domingo. Sus padres son inmigrantes indocumentados. Es hijo de haitianos. No tiene nacionalidad.

Nadie sabe cuántos haitianos viven indocumentados en República Dominicana. Nadie. Los dominicanos perciben que se codean con más de 1 millón de ellos. Y ser haitiano pasa a ser cuestión de percepciones y números. Negocio y perjuicio. Hace un par de meses, el Gobierno haitiano reconoció que 147,000 de sus 9.6 millones de habitantes —casi igual número que Dominicana— habían emigrado legalmente a Dominicana, pero no se habló ni de los ilegales, ni de éxodos. Alberto Despradel, ex embajador dominicano en Puerto Príncipe (2000-2004) explica que el tema migratorio, racial y laboral ha sido manipulado por las fuerzas hegemónicas de ambos países. Uno es pobre y el otro tiene necesidad de mano de obra barata.

La mano de obra haitiana ha sido empleada para construir todo tipo de proyectos, como el ambicioso metro de Santo Domingo. Una red de trenes subterráneos de la compañía francesa Alstom que recorrerá 60 kilómetros de la capital y cuyo primer tramo, de 14.5 kilómetros, se inaugurará a finales de este año. Despradel estima que de los 11,000 empleados que ha requerido la obra, 9,000 son haitianos.

El metro consumió cinco años y todo ese tiempo la atención pública ha estado puesta primero en los costos (más de $326 millones su primera etapa) y luego en los haitianos. Tantos haitianos en planilla causó recelo entre los dominicanos. El gerente del metro, Diandino Peña, tuvo que describirles el perfil del obrero haitiano: “No son beligerantes ni se atienden a un horario establecido, no crean problemas de reclamaciones, viven al pie de la obra y encantan por su docilidad”.

Diandino irónicamente trabaja para el presidente Leonel Fernández, cuyo gobierno ha sido tildado de pro haitiano y hasta se ha dicho que él es haitiano. Otros dicen que es antihaitiano. Política. Tal vez hasta podría considerársele pro chino. En abril inauguró el Barrio Chino de Santo Domingo. Fernández invirtió más de $7 millones en arcos-pagoda y estatuas de Confucio. Lo justificaron 15,000 chinos que residen en el país. La mayoría no habla español, pero tiene negocios como jugueterías, electrodomésticos o cadenas de restaurantes donde venden pollo frito con tostones (rodajas de plátano fritas) y choufán (arroz).

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En Santo Domingo se habla mucho del Barrio Chino, pero se habla más de Santiago. La segunda ciudad del país. Cuando hablan de ella, hacen énfasis en que su gente es blanca y que por esa razón las mujeres son mucho más guapas. Rubias. Con una guagua y 250 pesos (unos $7) se puede llegar a ella desde la Santo Domingo. Son 155 kilómetros de autopista, muchas vacas y plantaciones de tabaco. Tras dos horas y media, en dirección norte, aparece Santiago. Edificios de apartamentos, humedad atrapada y varios cerros dominan el Valle del Cibao, un valle industrial con aeropuerto internacional.

Hay un rótulo que dice “Un millón de habitantes”, y luego otro de ron Barceló, que recuerda que esta región destila ron. Ron Matusalén, Brugal, Siboney… Pero de gente blanca, poco. En Santiago, sus calles están llenas de indios oscuros que bailan al ritmo de merengue con solo oír música a lo lejos. El merengue se empezó a mover sobre este valle hace más de 125 años.

Santiago vive cerca y lejos de Haití. Cerca de la tensa frontera norte, la de Dajabón. Y alejada de una convivencia binacional libre de hostilidades y crímenes protagonizados, bajo la óptica dominicana, casi siempre por haitianos. Eso a pesar de que el año pasado se difundió en distintos medios de comunicación que la población carcelaria dominicana era de 14,000 reclusos y solo 475 de ellos eran haitianos. 475. Sin embargo, la región noroeste de Dominicana es famosa por deportar haitianos en grupos de tres cifras y por hacerlo con regularidad, como los estadounidenses hacen con los salvadoreños.

De vez en cuando se lincha a supuestos delincuentes haitianos y hasta se los quema vivos. Mientras eso sucede de este lado, Haití denuncia el tráfico de sus infantes, del otro. Niños de dos a seis años comprados en el área rural haitiana a $4.40 cada uno para ser vendidos en República Dominicana. Según la entidad jesuita “Solidaridad fronteriza”, al menos 1,353 niños fueron comerciados por una organización criminal solo en los primeros cuatro meses de este año. Los infantes terminarían realizando oficios domésticos, corta de caña de azúcar o trabajando en la prostitución.

Los cañaverales del Cibao —que se extienden como enormes crucigramas— han sido llevados al cine internacional. Titulares de los documentales: “Niños de la caña” y “The price of sugar”. La sinopsis es la de la esclavitud moderna. Historias de haitianos —niños y adultos— forzados a trabajar en la zafra, bajo vigilancia armada y discriminados por ser “piel de charol” y vivir en paupérrimas casas de tablones o bateyes.

Sonia Pierre ha visitado veintenas de esos bateyes y ha ganado fama. Fama buena y mala, dependiendo de los ojos con que se vea. Ella es dominicana morena y ha denunciado ante diversos organismos internacionales que en su país existe xenofobia, contra lo afro y contra lo haitiano. En respuesta, el año pasado la Junta Central Electoral puso en duda si Sonia era dominicana. Se dijo que su acta de nacimiento era falsa. Y casi es desterrada, a Haití.

Pero no se trata solo de Sonia Pierre. La Organización de las Naciones Unidas concluyó el año pasado que la sociedad dominicana padecía de “un profundo racismo” y que había que hacer algo. Lo mismo hizo público antes la ONG Amnistía Internacional.

El premio Pulitzer de literatura de este año lo ganó un dominicano llamado Junot Díaz. Vive en Nueva York, y es activista pro haitiano. Se crió en un humilde barrio de Santo Domingo, donde él dice que el odio contra el haitiano es cosa diaria. Junot marchó en agosto por todo Manhattan junto con otros activistas. Sus palabras producen escozor entre la mayoría de sus connacionales. “A veces me da risa oír a un dominicano más prieto que tres haitianos diciendo que esos inmigrantes son malos.” Junot está convencido de que la situación es cruel, abusiva e inhumana, y de que el Estado y las clases dominantes son las responsables.

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Lo afro es malo. Un salón de belleza santiagueño exhibe en su vitrina una enorme fotografía de Beyoncé. La famosa cantante afroamericana, de piel achocolatada y lustrosa. Cabello liso y dorado, es la idealización occidental de la belleza afro. Rashell Méndez, una joven de 19 años, ha llevado ahí sus voluptuosos rizos afro.

—Para todos mis amigos y familia yo tengo pelo malo (colocho).
—¿Y el pelo bueno cuál es?
—El liso es el bueno. Así le decimos acá, pelo bueno. El mío es malo.
—¿Es que todos son blancos en esta ciudad?
—No. Hay blancos, pero solo los que tienen dinero, como los árabes o los de la Vinícola (productores de ron). ¡Ay vida mía! Sé que tengo pelo malo, pero al menos tengo cuerpo bueno.

Rashell baila. El merengue y la bachata son sus amores. Son los dos géneros considerados dominicanos por excelencia, aunque existe una perenne controversia sobre si el merengue comparte un origen haitiano. Lo cierto es que el aporte africano en merengue y bachata pocos lo discuten. Incluso se dice que la palabra merengue viene de “muserengue” o “tamtan mouringue”, que significan baile en Guinea Ecuatorial. En casi todas las ciudades y playas dominicanas deambulan los tríos merengueros o bacheteros. Y muchas veces son tres haitianos quienes ofrecen interpretar una canción por 150 pesos. Uno lleva la tambora; otro, el acordeón; y un tercero agita una güira. La güira es fundamental para el merengue. Es un cilindro de aluminio lleno de agujeros que se raspa con un tenedor y provoca bailar un “perico ripiao” o “bailar pegao”.

Las letras de las canciones pican. “Es que tú cuando comes camarón, te gusta que te jalen por los moños” reza el merengue de Silvio Mora, un éxito local. El sexo musicalizado en conjunción de la cultura afro causó que las clases altas marginaran el merengue hasta hace unos 65 años. La bachata —un ritmo surgido del bolero alrededor de 1940— aún vive algo de eso. Algunos dominicanos la consideran popular, pobre, o un entretenimiento para turistas.

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En Quisqueya (nombre taíno de la isla) existen sitios donde el turismo se funde con la prostitución. Boca Chica, un municipio al oriente de Santo Domingo, es un ejemplo. Es el destino de decenas de menores haitianos. La ciudad vive frente a una playa de ensueño: aguas azul zafiro y arenas finas. De día es evidente que hay muchos italianos. Precios en euros. Vespas y agua importada desde Europa. Pero el turismo no pone su mirada sobre las olas, sino debajo de unas sobrillas de playa, donde varias adolescentes y niñas en bikinis flirtean. Son haitianas. “¿Cómo tú está?” saludan, una tras otra, a medida que uno camina por la playa. Un proxeneta, se acerca: “Dame 60 euros por esa diablita de 16 años”. La diablita es haitiana, se llama Zul, y ha empezado a bailar merengue.

Cuando cae la noche, Boca Chica se transforma en una enorme discoteca. Las bachatas y merengues retumban desde las numerosas casas de citas y bares. Mucho baile y sudor. Solo la brisa y la cerveza refrescan. A media noche, en las penumbras de las calles asoman niños, mujeres y hombres. Venden intimidad. Los dominicanos afirman que gran parte de ellos son haitianos. Esa es otra razón para llamarlos de manera despectiva como ‘cueros’ a las mujeres, y ‘Sangui-pangui’ a los adolescentes que se prostituyen, en especial, para extranjeros. Una patrulla policial recorre la calle, observa la escena, pero continúa su marcha. Todo resulta demasiado cotidiano como para hacer algo al respecto.

República Dominicana seduce al turismo ¿O es al revés? Más de 4 millones de turistas arribaron a este lado de la isla el año pasado. Esa cantidad equivale al número de turistas recibidos ese mismo año en Perú y Costa Rica juntos. $15,000 millones anuales —sin contar la inversión turística extranjera— que representan el principal flotador económico del país. Pero el 52% de los turistas —muchos estadounidenses y españoles— prefiere el extremo oriental de la isla. Playas extensas, coral, conga y hoteles todo incluido. Punta Cana, Bávaro, Altos de Chavón y La Romana es todo eso. Muchos vacacionan ahí, pero los haitianos trabajan, y lo hacen casi en el anonimato.

“Haitiana” para muchos turistas —en Bávaro y Punta Cana— es una pintura al óleo —técnica primitiva— que reproduce el intenso color de Quisqueya. Las pinturas son ejecutadas por haitianos y algunos dominicanos, y cuestan alrededor de $15. Las “haitianas” están aquí y allá, en aceras y calles dominicanas. Debe ser significativo eso. Pero lo que podría pasar inadvertido en Punta Cana es que detrás de sus complejos hoteleros se concentran más de 40,000 haitianos. Ilegales. Trabajan de todo y nada. Y habitan en bateyes en colonias llamadas por los mismos haitianos como hormigones, Pequeña Haití o Matamosquitos.

En República Dominicana lo que no tiene color son las ironías y paradojas, que se diluyen y mezclan en la misma licuadora. Muchos dominicanos, al igual que muchos haitianos, han emigrado. Más de 1 millón de dominicanos han partido rumbo a Puerto Rico, Estados Unidos o a España. Detrás del turismo, las remesas son el principal rubro económico. Los dominicanos que se van al extranjero narran discriminación o éxito, como el de Junot Díaz.

Y las ironías continúan. Rashell, la del pelo malo, sueña con ir a Cancún, para ver “playas celestes”. Me dice que en su país no hay así. En las discotecas “pipirisnais” se prefiere al reguetón, no la melosa bachata. Las mujeres más guapas, las que se envían a los concursos de Miss Universo, deben ser blancas, nunca mulatas o indias oscuras. Y en toda Dominicana, donde lo africano resulta para la mayoría casi indigesto, la gastronomía tiene mucho de África. Se come a diario el guandul (o frijol de Angola), caupí (o frijol blanco africano), ñame (tubérculo popular en el Congo) y se come mucho frito. Se fríen las yucas, las batatas, los plátanos, las berenjenas, los pescaditos, el salchichón y el queso.

En República Dominicana se distinguen muchos matices, incluso los del miedo. Podría resultar más atemorizante que la isla entera se convierta en una sola república a que un huracán se aproxime.

Sin embargo, en las playas de Barahona —más cerca de Haití que de Santo Domingo— no hay grises de huracán en el atardecer. Eso sí, las palmeras y cocoteros se han tornado negros. Un cielo naranja los recorta, como sucede en los óleos haitianos. A espaldas se puede ver la verde y montañosa frontera haitiana. Y se respira paz.

Eleodora, una vendedora dominicana de 40 años, prepara los últimos tostones del día. Más noche se irá de conga y me pregunta.

—Oye, hoy me compré dos pares de sandalias. Unas negras y otras más claras. ¿Qué color tú crees que debería llevar?